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El blog de Juan Jiménez

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17/03/2014

Por Juan Jiménez

El mítico United-Barça: Old Trafford se agarra a otro 1984

No todo son las finales. Ni los títulos. El partido de vuelta de los cuartos de final de la Recopa de Europa de 1984 es, probablemente, uno de los mejores recuerdos que guardan en su imaginario los aficionados del Manchester United que llevan media vida acudiendo a Old Trafford.

 

La eliminatoria enfrenta a Barcelona y Manchester United y se jugará los días 7 y 21 de marzo. Primero, en el Camp Nou. Estamos ante el Barcelona de Menotti, Schuster y Maradona, un equipo concebido a golpe de talonario con la obsesión de conquistar la Liga (llevaba sin levantarla desde la 73-74 de Cruyff) y asaltar, al fin, el viejo sueño de la Copa de Europa. Mientras eso llegaba, el Barça había tenido que conformarse con la Recopa, a la que había accedido después de derrotar al Real Madrid en la final de Copa de La Romareda (el 2-1 de Marcos y el famoso corte de mangas de Schuster). El Barça había eliminado al Magdeburgo y al Nec Nimega en las dos primeras rondas mientras que el United había dejado en el camino al Dukla de Praga y al Spartak Varna.

 

El partido de ida  no fue transmitido en directo por TVE ni TV-3 (la polémica se arrastró durante años e incluso en parte del territorio español no se vio el 3-0 de Barça al Goteborg en la vuelta de la semifinal de Copa de Europa de 1986). A pesar de los pitos a Maradona, resuelve el Barça con triunfo de 2-0. Marcaron en propia puerta Hogg, defensa del United, y Rojo. Este último tanto, casi sobre la hora en un golpe de fortuna que se consideró decisivo para la eliminatoria. El Barça había jugado horrible tras el descanso.

 

Schuster2

 

 

El Barça era favorito para la vuelta, pero el ambiente fatalista del club en aquella época empezó a llenar de inquietud la atmósfera previa a la vuelta. Para empezar, el United le había metido cuatro goles al Arsenal y se había colocado líder. Estaba imparable, aunque aquella Liga terminaría siendo para el Liverpool.

 

Maradona, mientras, había enfermado en la previa. Empezaban a conocerse sus correrías nocturnas por la Ciudad Condal (“vox populi”, se decía en AS), más graves incluso advirtiendo que estaba recuperándose de una hepatitis y poniéndose aún a punto después de la gravísima lesión que le había producido Goikoetxea (septiembre de 1983). Finalmente, las ruedas de prensa antes del partido resultaron definitorias. Al United lo dirigía Ron Atkinson. Big Ron apenas ganó un par de Copas con el United y una Copa de la Liga con el Sheffield Wednesday durante su carrera. Además, fue subcampeón de la Premier con el Aston Villa (1993) y sufrió los rigores de Jesús Gil cuando firmó por el Atlético de Madrid. Pero Atkinson tenía carisma. Cuando le preguntaron por Casarin, el colegiado italiano que dirigiría la vuelta, se lo tomó a broma: “Jamás vi que un árbitro metiese un gol”.

 

 

Atkinson2

 

 

El Flaco Menotti, sin embargo, estaba tenso. Ya la había liado después del partido de ida: “El United juega un fútbol de hace 40 años”.

 

En su comparecencia el día anterior a la vuelta, primero pareció que iba a Trafalgar: “Jamás preparé equipos para la guerra, pero mis jugadores no renunciarán a la guerra si hay que guerrear”. Igual tenía una explicación. El conflicto de Las Malvinas, desarrollado entre el 2 de abril y el 14 de junio de 1982, todavía estaba latente. Y en el césped iba a estar Maradona.

Luego su discurso derivó en una especie de reivindicación de valores políticos-deportivos: “Venimos representando al fútbol español. A Barcelona, a España y a Cataluña. Mi equipo será honesto y trabajará con señorío para ganar. Pero si, por las circunstancias del juego se plantea que para ganar hay que pelear al margen del reglamento, puedo asegurar que también estamos, preparados para eso”.

 

 

Flaquito2

 

 

Finalmente, una alusión, sin citarlo, al famoso marcaje de Gentile a Maradona en Sarriá con motivo del Italia-Argentina del Mundial 82 (en el que Maradona finalmente es expulsado). “Mi experiencia internacional me demuestra que mi equipo siempre intentó jugar a fútbol y no siempre lo logró, porque a veces el rival le ha hecho 35 faltas a uno de mis jugadores y, encima, su marcador ha salido en los periódicos al día siguiente como el gran héroe del encuentro”. Zas.

 

Bajo esos parámetros se presentó un partido que, finalmente, entró en los libros del United.

 

Están a punto de cumplirse 30 años. La alineación de los red devils aquella noche de 21 de marzo de 1984, la más memorable en Old Trafford según cuentan las crónicas de los mismos periodistas ingleses, fue la siguiente: Bailey; Duxbury, Hogg, Moran, Albinston; Moses, Muhren, Robson, Wilkins; Stapleton y Whiteside. Whiteside, por cierto es el jugador que todavía tiene el récord de precocidad en un Mundial. Jugó en España’82 con 17 años y 41 días. En la segunda parte salió Hugues (futuro culé). Por el Barça jugaron Urruti; Gerardo Alexanco, Moratalla, Julio Alberto; Víctor, Perico Alonso, Schuster, Rojo; Maradona y Marcos.

 

 

El Barça se derrumbó. Bryan Robson marca el primer gol a la salida de un córner peinado por Stapleton. Luego, en la segunda parte, dos goles en dos minutos. Robson de nuevo después de que Schuster y Víctor se hagan un lío en la salida del balón. Y al momento, el tercero. El gol de Whiteside es el mejor símbolo de una avalancha. Cae el Barça y los palos de la prensa no se hacen esperar: “El Barça tampoco es nadie en Europa”, “Eurodesastre”, “Qué debacle”, “No habrá segunda Basilea”. El Barça de toda la vida por entonces…

 

 

Manchester, mientras, vitorea a sus héroes. Estos fueron algunos de los más destacados. El goleador Bryan Robson, 90 internacionalidades con la selección inglesa, alcanzó el calificativo de Capitán Marvel, un superhéroe del cómic. Kevin Moran jugó diez años en el United y fue una leyenda (71 internacionalidades) en la selección de Irlanda. Pasó por España (Sporting de Gijón) y suele Arnold Muhren era el hermano menor de Gerrie Muhren, que ganó tres Copas de Europa con el Ajax. Arnold empezó en el Volendam pero emigró, extrañamente para la época, al Ipswich Town, con el que ganó una UEFA (1981). Luego jugó en el United pero le dio tiempo a regresar al Ajax y ganar una Recopa (1987) y estar en la lista de la Holanda campeona de la Eurocopa 88. Hay más, pero finalmente Remi Mark Moses fue uno de los más grandes afros de la Liga inglesa. Empezó a hacer fama en el West Brom, al que metió en Europa. Fue un pivote defensivo de calidad. Las lesiones le obligaron a abandonar el fútbol con unos 28 años.

 

Muy recientemente visité Old Trafford con un grupo de buenos amigos. En el Manchester United, por supuesto, la tragedia aérea de Múnich, su respeto a las víctimas y la obligación de honrarles ocupan un lugar exclusivo. Sus leyendas son Sir Matt Busby, Sir Bobby Charlton, Dennis Law y George Best. También sir Alex Ferguson o Ryan Giggs. Bryan Robson o Cantona. Y Cristiano Ronaldo, su cuarto Balón de Oro. No hay nada como sus tres Copas de Europa y sus 20 títulos de Liga. Pero si uno recorre los rincones de su museo y se detiene en los vídeos comprueba al segundo que aquella remontada ante el Barça está entre las páginas más brillantes de su historia.

 

 

Museo2

 

 

Una camiseta amarilla de Meyba, un banderín del Barça, un programa del partido y un vaso se diría que de pinta de cerveza (ver foto) en una vitrina del museo recuerdan aquel partido en un sitio modesto, pero exclusivo. Eso nos puso en la pista para informarnos de aquel partido. Periodistas como Joan Domenech, de El Periódico, nos refrescaron la memoria. Especialmente, nos hicieron entender la importancia de aquel partido para la gente de Manchester y cuánto significa ganar a ese nuevo Barça planetario que nunca llegó a triunfar.

 

A los jugadores del actual y deprimido United, Mata (aunque no pueda jugar este miércoles) y De Gea entre ellos, deberían pasarle el vídeo de aquella fabulosa noche en el Teatro de los Sueños antes de salir a jugar ante el Olympiacos.

Por cierto, a aquel United de la noche heroica ante el Barça lo tumbó la Juventus. Pero no todo son las finales. Ni los títulos.

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04/03/2014

Por Juan Jiménez

26 años de España-Italia: del duro fajador (perdedor) al fino estilista (ganador)

Hace casi 26 años de estas alineaciones. Estamos en el Waldstadion de Francfort, en la Eurocopa de 1988. Por España, Miguel Muñoz alinea a Zubizarreta; Tomás Reñones, Andrinúa, Sanchís, Gordillo; Míchel, Gallego, Víctor Muñoz, Soler; Bakero; y Butragueño. En Italia juegan Zenga; Ferri, Baresi, Bergomi, Maldini; De Napoli, Ancelotti, Giannini, Donadoni; Vialli y Mancini. El frustrante resultado final es 1-0, gol del inevitable Gianluca Vialli, que por entonces sembraba el terror por Europa con Mancini en la Sampdoria. España quedará fuera de la segunda fase. Alemania e Italia vuelven a ser, una vez más, superiores a una Selección a la que ni la final del 84 le ha quitado su estigma de perdedor. Será peor aún. Después de la caída de la Eurocopa de Alemania, España ni se clasificará para la Eurocopa del 92. Será el principio del fin de la Quinta del Buitre.

 

 

Vialli2

 

Antes de aquel partido, España e Italia sólo se habían enfrentado tres veces más en partido de gran competición. En la Eurocopa de 1980 (0-0) y dos veces en el Mundial de 1934. Después del 1-1 del primer partido, un gol de Meazza (que luego puso su nombre al estadio) había sentenciado el partido del desempate. Pero no eran los emparejamientos directos (igualados) los que habían alejado a Italia de España a lo largo de la historia, sino los tres títulos mundiales de la Nazionale.

 

La historia no cambió en 1994. Entre otras cosas, porque la Selección seguía empeñada, más aún con Clemente, en que el estilo se llamase La Furia. Es imposible no sorprenderse si uno revisa la cinta del Italia-España jugado en el Foxboro de Boston el 9 de julio de 1994. De aquel partido de cuartos de final quedaron unos cuantos flashes. El golazo de Dino Baggio en el que tal vez Zubizarreta reaccione tarde, el empate de Caminero (nuestro corazón en aquel Mundial), el error de Salinas y, finalmente, el gol de Roberto Baggio que no salva Abelardo y el codazo a Luis Enrique. Un segundo visionado al partido nos esconde qué era España en aquel tiempo. Un equipo que jugaba al límite, en unos umbrales de agresividad casi prohibidos. Revisemos la alineación de aquel día: Clemente, que había dividido por trincheras a la prensa entre partidarios y detractores por cuestiones que ahora no vienen al caso, alineó a Zubizarreta; Ferrer, Alkorta, Abelardo, Nadal, Otero; Goikoetxea, Caminero, Bakero, Sergi; y Luis Enrique. Excepto Bakero, el resto de jugadores habían actuado en algún momento de sus carreras como defensas (Caminero llegó a ser líbero en el Castilla y Luis Enrique y Goikoetxea jugaron de laterales, en el Madrid el asturiano y los dos, en el Barça).

 

 

Puhl2

 

La memoria colectiva considera que aquel partido fue una colección de injusticias, empezando por el codazo de Tassotti a Luis Enrique no sancionado por Puhl. También se vendió como el triunfo del catenaccio. Observemos, sin embargo, el once con el que jugó Italia: Pagliuca; Benarrivo, Costacurta, Tassotti, Maldini; Conte, Albertini, Dino Baggio, Donadoni; Baggio y Massaro. Al descanso, y ganando 1-0, Sacchi introdujo a Giuseppe Signori, otro delantero zurdo que triunfó en el Lazio. A Italia se le ha llegado a vulgarizar por su obsesión con el rigor táctico y su obsesión por la defensa. Pero sería injusto no reconocerle que siempre ha abierto espacio a jugadores únicos: la lista incluye a Del Piero, Totti, Baggio, Zola, Gianinni… No estaría de más reconocérselo algún día. La España que perdió ante Italia era más defensiva que esa Italia.

España e Italia no volvieron a jugar en partido oficial durante 14 años (con el paréntesis de los Juegos Olímpicos, en los que España ganó 1-0 con gol de Kiko en los cuartos de final, Luis Casanova, pero no era lo mismo). Es normal que, pese a su estado de optimismo, España afrontase el partido con cierto pánico los cuartos de la Eurocopa 2008. Para empezar, Italia había añadido un nuevo Mundial a su palmarés sólo dos años antes. El miedo no era al emparejamiento, sino al currículo… (4-0 en Mundiales) La nueva gesta italiana había animado a los azzurri a viajar así que ni la fiebre por la Roja de Luis permitió estar en mayoría a la afición española en Viena. En el Prater retumbó el himno de Italia y los cánticos a Toni, una pesadilla para Casillas.

 

 

 

Euro2

 

Cesc

 

España no fue mucho mejor que Italia aquel día. Tanto que muchos han olvidado que Luis tuvo que mover el árbol y sustituir a las dos banderas del tiqui-taca. Xavi dejó su sitio a Fábregas (59’) e Iniesta, a Cazorla (60’). A lo que sí que no renunció España fue a su estilo. El duro fajador del 94 se había transformado en fino estilista Y en contra del aspecto liviano, frágil y casi lúdico de la Selección, España no se arrugó en la tanda de penaltis: marcaron Villa, Cazorla, Senna y Fábregas, apenas un chaval. Fue el día en que le robamos el gen ganador a Italia.

Luego hemos vuelto a jugar contra Italia tres veces más en competición oficial. Y hasta le hemos goleado, así intenté expresarlo en esta crónica de la final que intenté resumir en un GRACIAS

 

Navas2

Pero también hemos empatado dos partidos. La diferencia, sin embargo, sigue sin estar en los resultados. Lo que al fin nos ha acercado a Italia es el día que le robamos la fórmula ganadora. Y los títulos.

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24/02/2014

Por Juan Jiménez

¡Moore detenido en Colombia!

Imaginen por un momento a Iker Casillas, capitán de la selección campeona del mundo, detenido en Washington durante la concentración de la Selección por robar un diamante en la víspera del viaje a Brasil para defender la corona. Pues bien, algo así ocurrió de verdad. Fue en 1970.

 

Antes de llegar a México para empezar la defensa de la Copa Jules Rimet que los inventores del fútbol habían conquistado en casa en 1966, Inglaterra hizo una parada técnica de aclimatación en Colombia. Su capitán, el hombre que había levantado la Copa en Wembley, Bobby Moore (1941), y algún compañero más visitaron la joyería Fuego Verde, sita dentro del hotel Tequendama de Bogotá. Sólo un par de horas más tarde, el dueño de la joyería presentó una denuncia contra Moore por el robo de un brazalete de oro blanco de 18 quilates de cinco gramos de peso con incrustaciones de doce esmeraldas y doce diamantes. La denuncia no cristalizó hasta tres días después y, por entonces, la selección de Inglaterra estaba en Quito. Había un problema: había que volver a Bogotá para hacer escala rumbo a México, donde el Mundial empezaría en días. Además de capitán, Bobby Moore no fue un jugador más. Nacido en 1941 en Barking, un suburbio de Londres, está considerado por muchos expertos en el once ideal histórico de la historia. Defensa inteligente, único al corte, fue patrimonio del West Ham (al final de sus días probó en Estados Unidos) y de todo el país. Pelé llegó a declarar que era el mejor defensa contra el que había jugado.

 

Moore3

 

Moore fue parado en el tránsito. El juez Pedro Dorado, encargado del caso, había reclamado su detención ante la estupefacción general. El resto de la expedición inglesa, campeona del mundo, siguió rumbo a México sin su capitán. La noticia corrió como un reguero de pólvora. Y como era de esperar, generó un conflicto diplomático. Moore estuvo acompañado por el embajador británico en Bogotá, Tom Rogers. Pero no hubo manera de que se uniese de inmediato con sus compañeros.

 

Durante tres días, Moore, retenido en territorio colombiano, se alojó en la casa de un directivo de la Federación colombiana de fútbol, Alfonso Senior, y se levantó a las seis y media de la mañana para entrenarse en las instalaciones de Millonarios. El estrés y la gravedad de la situación, sin embargo, afectaron a su peso. Perdió tres kilos. Algo empezó a jugar a su favor. Las declaraciones empezaron a presentar grietas. La denuncia había sido presentada por Danilo Rojas, propietario del negocio y, días más tarde, reforzada por el testimonio de Álvaro Suárez, que dijo haber visto a Moore llevarse la joya… Pero el caso se complicó cuando se supo que Danilo Rojas estaba relacionado con el comercio clandestino de las joyas: la conocida Mafia esmeraldera. Álvaro Suárez, por su parte, apareció tres días después, como sospechoso en intermediaciones de tráfico de esmeraldas.

 

 

Moore4

 

 

Moore fue liberado, viajó a México e Inglaterra venció en su debut a Rumanía por 1-0. Luego no pudo conservar la Copa Jules Rimet (Inglaterra fue eliminada por Alemania en cuartos), que acabó en manos de Brasil por última vez (luego fue robada…). Algunos documentos desclasificados años después demostraron la intervención del Foreign Office, el Ministerio de Asuntos Exteriores británicos, para desbloquear el caso y facilitar la liberación de Moore. ¿Pero, y quién no lo habría hecho?

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29/01/2014

Por Juan Jiménez

¿Por qué no tiró Matthaus el penalti de la final del 90?

Lothar Herbert Matthaus (Erlangen, Baviera, 1961) fue, sin duda, el futbolista del Mundial de Italia 1990. Hubo jugadores de momentos. El primero, Salvatore Totó Schillaci, ese delantero que celebraba hasta el éxtasis sus goles y fue decisivo en los difíciles cruces ante Uruguay e Irlanda. Italia soñó que Schillaci interpretase el mismo papel que Rossi jugó en el Mundial de España (1982). No fue posible. También despuntó Baggio, con su fabuloso e inolvidable gol en slalom a Checoslovaquia en la primera fase. O Roger Milla, que jugó con 38 años (también iría a Estados Unidos ya en un papel más marginal con 42…) con la fascinante Camerún, gran sensación del torneo. O Paul Gascoigne con Inglaterra (inolvidables sus lágrimas en la semifinal ante Alemania que le habrían impedido jugar una hipotética final que luego no fue tal). El parapenaltis Sergio Goycoechea del que igual otro día contamos una historia y, cómo no, Maradona.

 

Pero el hombre del Mundial, decíamos fue Matthaus. Era el abanderado de una Alemania engrasada liderada por la armada del Inter (además de Matthaus, Brehme y Klinsmann habían llegado al club neroazzurro para acabar con el dominio del Milán de los holandeses en el Scudetto). El once tipo de Alemania no tenía fisuras. Dos carrileros (Berthold y Brehme), dos centrales de rompe y rasga (Buchwald y Kohler), el monstruoso Augenthaler para librar, la magia de dos pequeños clones: Haessler (incipiente) y Littbarski (en retirada). Y además del liderazgo de Matthaus, una delantera que jugaba de memoria y era difícilmente descifrable para las defensas rivales: Klinsmann-Voeller. Alemania jugó una primera fase maravillosa, con un partido memorable en la jornada inaugural ante Yugoslavia en el que expresó todas las cualidades que mejor la definían. Una puesta en escena que intimidó a los rivales.

 

Luego Alemania sufrió. En octavos eliminó a Holanda (campeona en la Eurocopa de 1988 con Koeman, Gullit, Van Basten… y una de las grandes favoritas) el día de los famosos escupitajos de Rijkaard a Vöeller. Pero fue perdiendo fuerza en el trascurso de la competición. Sólo ganó 1-0 a Checoslovaquia en cuartos y la suerte le acompañó en los penaltis de la semifinal. La selección de Lineker, que había eliminado injustamente a Camerún, estuvo a punto de tumbar a Alemania, que sin embargo tuvo buen pulso en el momento cumbre. Matthaus también fue de más a menos, pero aun así le llegó para conducir a su selección hacia la final de Roma.

 

Lothar8

 

 

A Alemania le favoreció el desenlace de la otra semifinal. El rival de la final iba a ser Argentina, sorprendente ganador de la semi ante Italia, que llegaba sin el único socio que estaba a la altura del talento de Maradona. Caniggia, goleador en octavos ante Brasil y verdugo en semifinales de Italia con otro partido de categoría que jamás le perdonó Nápoles ni Italia (por aquellos años jugó en Atalanta y Roma) no jugó por sanción. La sociedad Maradona-Caniggia fue el único argumento ofensivo de Argentina en aquel Mundial, pero los desmarques del delantero (gol ante Brasil en octavos) eran deliciosos. El único plan de aquella selección recibida pésimamente en Roma (pitos para el himno y los labios de Maradona silabeando nítidamente “hijos de puta” como respuesta) era el 0-0. Dezotti, un delantero fuerte físicamente pero poco dotado técnicamente, no era un socio a la altura de Maradona.

 


 Pero vamos a nuestra historia. Cerca del final, el expresivo colegiado mexicano Edgardo Codesal señaló un penalti de Sensini sobre Voeller que Argentina reclamó cuerpo con cuerpo al mexicano. La decisión, desde luego, fue más que discutible. Todos los ojos miraron entonces a Matthaus, especialista consumado en la suerte, pero quien apareció para lanzar el penalti fue Brehme, que lo transformó con sangre fría y su pierna derecha. Brehme era zurdo de pie pero golpeaba bien con las dos piernas y aseguró luego sentirse más seguro así. Alemania levantó la Copa y nadie echó de menos que Matthaus lanzase el penalti, pero la memoria del fútbol lo conservó hasta que en alguna de esas entrevistas conmemorativas alguien se lo volvió a recordar. Las peores lenguas periodísticas (su relación con el gremio no era bueno) dejaban caer que se escondió y no quiso lanzar el penalti. Algo así como hizo Bebeto en el penalti de Djukic que definió la Liga de la temporada 1993-94.

 

Matthaus tenía una explicación más fácil que esa: “Se me rompió la suela y en esa época no teníamos un segundo par de botas. No éramos muy profesionales. Me las cambié al descanso, pero no eran mi modelo. Seguí jugando pero cuando llegó el penalti no me sentía suficientemente seguro como para asumir la responsabilidad de lanzarlo.”

 

En la foto, Matthaus está justo detrás de Brehme cuando éste va a lanzar. Muy a pesar de las botas, ¿quería Matthaus tirar aquel penalti?

 


 

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14/01/2014

Por Juan Jiménez

Cuando Cruyff tumbó a Adidas

Sí. Aunque en estos tiempos que corren podría parecer un auténtico disparate, Hendrik Johannes Cruyff jugó con una camiseta distinta a la del resto de sus compañeros de la selección holandesa durante el Mundial de Alemania en 1974, nada menos que el de la aparición de la Naranja Mecánica, seguramente la selección más recordada de la historia de los Mundiales junto a la Hungría de 1954. Las dos reinas sin corona.

 

Era imposible que el detalle pasase desapercibido. Holanda tenía firmado un contrato firmado con Adidas, la marca de las tres rayas y Cruyff apareció en el debut del Mundial, ante Uruguay, con una camiseta a la que le había sido arrancada una de las tiras. Para que no haya dudas, el mismo Cruyff explicaba hace poquísimos días en Icon, revista de El País, la situación. Como siempre, a su manera: “Bueno, nosotros, por ejemplo, jugamos el Mundial de 1974, y hacía justamente dos años que el fútbol era profesional. Las empresas venían, había promociones… Y la Federación, en esa época, negoció con Adidas. Querían que lleváramos su camiseta, y yo pedí mi parte. Me la negaron diciendo que la camiseta era suya, y yo les dije que la cabeza era mía. Entonces en todo el Mundial jugué con una camiseta diferente del resto”.

 

 

Cruyff4

 

 

La realidad es que Cruyff no sólo había pedido su parte, sino que no hacía tanto que había firmado un contrato con Puma, la firma que le suministraba las botas. Que la federación holandesa hubiese firmado con Adidas no le hizo ninguna gracia a Puma. Primero, porque era otra empresa. Segundo, porque no era cualquier otra empresa. Puma surgió de las divergencias entre dos hermanos Adolf y Rudolph Dassler. El primero, Adi, diminutivo de Adolf había creado Adidas (AdiDassler). El segundo, que primero colaboró con su hermano en la idea pero luego se alistó para combatir en la segunda Guerra Mundial (estaba afiliado al partido nazi), empezó a hacer fama con las históricas Dassler Puma. El caso es que Cruyff se saltó a la torera las tres rayas de Adidas, que accedió a suministrarle una equipación, véase en imágenes, diferente al resto.

 

En eso, como en tantas otras cosas (el Ajax del nuevo tiempo que lideró, el Barça del nuevo tiempo que inventó), Cruyff fue distinto. Empezó a explorar en el mundo de la representación, el marketing, las firmas con patrocinadores. Para eso siempre tiró de Cor Coster, padre de su mujer Danny, que con 17 años se ofreció para echarle un cable. Desde entonces, Cruyff se remitió a Coster en cualquier negociación con el Ajax. Y desde entonces Cruyff siguió cobrando…, hasta hoy. Su fama en esa faceta, hasta para conceder entrevistas, no le ha abandonado.

 

Cruyff también faltó al Mundial 78 de Argentina. Algunas voces dijeron que fue un boicot a la dictadura militar argentina. Otros, sin embargo, hablan de un intento de secuestro meses antes de Barcelona que afectó a Johann y a su mujer Danny que les hizo replantearse las cosas. Otros, simplemente de divergencias con la Federación. Nadie habló del contrato de Adidas. El caso es que los gemelos Van der Kerkhof, René y Willy, vistieron equipaciones Adidas con dos rayas…

 

 

Cruyff5

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07/01/2014

Por Juan Jiménez

Canta Gardel..., pierde Argentina

Quién no recuerda a Sandro Pertini en pie aplaudiendo en el palco del Bernabéu junto al joven Rey Juan Carlos los goles de Italia en la final del Mundial 82 o el Mundial del 78 rodeado de un ambiente sombrío y amenazas de boicot de futbolistas (Cruyff entre ellos) por la horrible dictadura militar de Videla. El famoso telegrama (“o vincere o morire”) de Benito Mussolini a la selección italiana antes de la final de la edición de 1938. El Mundial, evento de dimensión mundial, acerca siempre fútbol y política, esfera garrapata donde las haya.

 

Pero…, ¿y los artistas?

 

Uno de los primeros precedentes del fútbol que acerca artistas y futbolistas es Carlos Gardel (1890-1935). Uruguay (Tacuarembó) y Francia (Toulouse) se atribuyen el nacimiento de ‘la voz’ del tango. Lo que nadie discute es que Gardel se crió en Buenos Aires (se nacionalizó argentino en 1923), lo que le acercó a dos equipos: Racing de Avellaneda. De hecho, dedicó un tango, “Patadura”, a Pedro Ochoa (“ser como Ochoíta, el crack de la afición”). A Gardel también se le conoce su apego al Nacional de Montevideo y al Barça por su amistad con Samitier y Zamora (es conocida una foto de Gardel en el hospital con Samitier y Platko después de un durísimo partido contra el Real Madrid a principios de los 30). Barcelona y París fueron dos de las ciudades de Gardel. Fútbol, turf y boxeo fueron las pasiones deportivas de Gardel, que ya decidió acompañar a la selección olímpica argentina para los Juegos de Amsterdam en 1928. Días antes de la final (ante Uruguay…), Gardel cantó el tango “Dandy” para la expedición argentina en el hotel Moderne de París en medio de la emoción general. La final, sin embargo, la ganó Uruguay (2-1) después de un replay.

 

 

Samitier2

 

Dos años después, 1930, se celebró la primera edición del Mundial. Fue en Uruguay. Argentina fue finalista de nuevo y, en la previa, Gardel decidió volver al hotel de concentración de la albiceleste. Allí le querían y nadie consideró la experiencia de dos años antes. “Canta de nuevo dandy”, le pidieron los argentinos. Gardel volvió a cantar…, y Argentina volvió a perder a pesar de un gol de Guillermo Stabile, amigo personal del actor, cantante y compositor. Dandy no volvió a cantarse nunca jamás en una concentración argentina. Uruguay decidió sacarle tajada a la historia. Cuenta la leyenda que Gardel también estuvo en el hotel de concentración charrúa en la previa de la final y que cantó todo el repertorio. Todo…, menos el tango “dandy". El gafe tango "Dandy".

 

 

Aquella final del estadio Centenario (4-2) dejó secuelas y abrió una fenomenal rivalidad entre Uruguay y Argentina, el ya histórico clásico del Río de la Plata. Gardel, con sangre uruguaya y nacionalidad argentino, quiso mediar en la rivalidad y organizó un recital en París para las dos selecciones. La ‘convención de paz’ acabó como el rosario de la aurora. El uruguayo Andrada atacó al argentino Orsi, que decidió defenderse nada menos que con un Stradivarius de uno de los miembros de la orquesta de Gardel

 

A Gardel no le dio tiempo a arreglar aquellas rencillas. Falleció en accidente aéreo en Medellín en 1935. Argentina fue campeona del mundo 43 años después.

Pero en la oscuridad de la dictadura. Sin música.

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18/11/2013

Por Juan Jiménez

Francia y su otoño negro del 93

Visto su último desastre en Ucrania, puede que un francés treintañero de a pie acepte con serenidad la ausencia de Francia en el Mundial de Brasil. Lo que jamás podrá alcanzar a comprender es lo que sucedió en 1993. Y bien que lo sabe Deschamps.

 

Camino al Mundial de Estados Unidos de 1994, Francia circula líder indiscutible del Grupo VI a sólo dos jornadas del final. Se clasifican la dos primeras de grupo y la selección que dirige Gerard Houllier es líder con 13 puntos, uno más que Suecia y tres más que Bulgaria. Le quedan dos partidos, ambos en su guarida del Parque de los Príncipes (Saint Denis, el campo donde se coronará en 1998 como campeón del mundo, aún no existe). Primero ante Israel y luego ante Bulgaria. Una victoria ante los israelitas le clasifica matemáticamente para Estados Unidos. Por entonces, la victoria todavía valía dos puntos). Hay ansiedad porque han faltado a la cita de Italia’90. La transición post-Platini ha sido dura pero parece enderezada.

 

Francia juega con Lama; Desailly, Roche, Blanc, Petit, Le Guen, Deschamps, Sauzee, Papin, Cantona y Ginola. Un equipo de jugadores de tremendo renombre que harán carrera grande. En el minuto 39 de partido, Francia en el Mundial. Sauzee y Ginola superan el susto del 0-1 de Harazi con dos goles que les definen. El primero, con un gol desde fuera del área. Ajustado, raso. Sauzee siempre fue un llegador. El de Ginola es otro golazo que enloquece el Parque de los Príncipes, porque en ese momento es el héroe del PSG.

 

2-1. Se supone que Francia va a completar una clasificación casi perfecta, con siete victorias y un empate, y va a llegar como selección pujante a USA (paradójicamente sus enemigas fueron semifinalistas...). Israel no parece una amenaza seria. Apenas tiene a Ronny Rosenthal, delantero que hace carrera en la Premier (Tottenham y Liverpool), y a Berkovich, suplente ese día, como nombres conocidos. Por ahí está también Nimni, que posteriormente jugaría en el Atlético de Madrid.

 

En el minuto 83, el accidente. Marca Berkovich el 2-2 y Francia se lanza al ataque porque quiere cerrar la clasificación sin esperar al último partido. Rosenthal aprovecha la confusión y avanza por la izquierda. Saca un buen centro y Atar engatilla a bote pronto. 2-3 en el minuto 93. Un resultado insospechado ante una selección debilísima que no ha ganado un solo partido en toda la fase de clasificación (el grupo, además de Suecia, Bulgaria y el mismo Israel, lo completan Austria y Finlandia) que hiela París. Israel es última incluso a final de la jornada con un goalaverage de -17 pero ha ganado en París y complica a Francia, que no quiere ni ponerse en lo peor. Suecia y Bulgaria ganan. Los suecos de Ravelli, Brolin y Larsson ya vuelan rumbo a Estados Unidos.

 

Francia aún tiene una gran ventaja. Juega la última jornada en su casa y le valen dos resultados. Pero ya no se siente tan segura. Bulgaria es imprevisible. Las leyendas sobre sus hábitos de concentración, entre alcohol y cigarrillos, darán la vuelta al mundo meses después y nombres como los de Balakov y Letchkov se volverán universales. De momento, es la selección de Stoichkov con dos escuderos de lujo: Penev y Kostadinov. Una selección con un dibujo táctico tan heterodoxo como su carácter. Dos delanteros centros (Penev y Kostadinov) y otro criado en esa posición en el Sredets hasta que Cruyff, que sólo respeta esa posición en la temporada 90-91 justo a su llegada a Barcelona, lo ha trasladado a la banda.

 

 

 

El 13 de octubre de 1993, Francia juega con el mismo equipo que ha perdido contra Israel pero con un retoque. Esta vez Houllier da marcha atrás y se carga a Ginola, el preferido del Parque de los Príncipes. Para asegurar en el centro del campo juega Pedros, zurdo de buen toque que estaría en el mejor Nantes (Ouedec, N’Doram. Loko, Karembeau, Makelele).

 

Pita el escocés Leslie Mottram. Bulgaria juega con Mikhailov, Kremenliev, Ivanov, Khubtchev, Tzvetanov, Yankov, Letchkov, Balakov, Kostadinov, Penev, Stoichkov. Hay miedo, pero el partido empieza bien para Francia. Papin asiste de cabeza con maestría a Cantona, que fusila y se sube encima de una valla publicitaria. Abre los brazos. Lo peor ha pasado. Pero la imprevisible Bulgaria no acusa el golpe. Cinco minutos después, en el 37’, Balakov saca un córner abierto desde la izquierda y remata Kostadinov. A la escuadra derecha de Lama.

 

 

Kostadinov

 

 

A Francia le entra el vértigo, pero sobrevive en la segunda parte. Parece mentira que un equipo que estaba a una victoria como local ante el colista de llegar al Mundial se vea ahora en el alambre. Su drama llega en el minuto 91 cuando los búlgaros, bohemios y distintos, se niegan a dar un pelotazo para hacer el gol heroico. Balakov agarra el balón pocos metros por delante de su área, Penev se retrasa, recibe y ve un desmarque de Kostadinov, que empalma el balón de su vida. Otra vez a la escuadra y otra vez lejos de Lama. La locura en Bulgaria, la incredulidad en Francia. Tanto que la realización recibe el gol de los búlgaros con el rótulo confundido (Francia 2-Bulgaria 1). La realidad era distinta. Mottram pita el final y Francia está fuera del Mundial. El estado de shock es general.

Llora Deschamps y se mesa los cabellos Aimé Jaquet, ayudante entonces de Houllier, responsable directo de aquel desastre. Aquella noche inconsolable, con Francia levantada en armas por el desastre.

 

Deschamps, hoy seleccionador y en el abismo otra vez, pudo levantar la Copa del mundo en Saint Denis y Jaquet, mandar al infierno a los periodistas que tanto y tan fuerte le golpearon. Él estuvo a los mandos de la campeona en 1998. Ellos tuvieron revancha. Cantona jamás jugó un Mundial.

 

Francia lo tiene en chino contra Ucrania, pero nada podrá ser futbolísticamente peor que aquel otoño negro de 1993.

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29/10/2013

Por Juan Jiménez

Maracaná y la trama del Cóndor Rojas: el cénit del anti Fair-play

Ahora que estamos en tiempos de eliminatorias y repescas mundialistas me vino a la cabeza uno de los episodios más bochornosos de la historia del fútbol, que ya alcancé a vivir en directo con cierta conciencia. Fue en septiembre de 1989 y podría ser considerado el paradigma del anti Fair-Play. Uno de los pasajes más sucios de la historia del fútbol. Contextualicemos la historia.

 

Se enfrentan, en el grandioso Maracaná, Chile y Brasil en partido de clasificación para el Mundial de Italia’90. La FIFA concede tres plazas fijas a Sudamérica y Argentina está clasificada de oficio como campeona en México. Hay dos plazas fijas más y una tercera que jugará una repesca contra el equipo ganador de la zona de Oceanía. El caso es que, con nueve selecciones pertenecientes a la Conmebol (excluyendo Argentina), se habían configurado tres grupos de tres selecciones cada uno. En el grupo 3 coinciden Brasil, Chile y Venezuela. La verdeamarelha y la Roja llegan igualadas a puntos a la última jornada. Han ganado sus compromisos  ante la cándida Vino Tinto y firmado un empate a uno en Santiago de Chile (roja a Romario incluida). Decidirá Maracaná, pero Brasil sale con ventaja. Primero, porque hay más de 140.000 personas torciendo por la entonces tricampeona. Y luego, porque un simple empate le basta a la selección de Lazaroni para sacarse el billete. Tiene un goalaverage favorable de +10 por el +7 de los chilenos.

 

 Chile1

 

 

 

Chile, sin embargo, no se resigna a verse fuera del Mundial y durante semanas busca fórmulas para detener a Brasil. Fórmulas de todo tipo. Brasil, con Lazaroni en el banquillo, juega con todo en el once: Taffarel, Aldair, Jorginho, Branco, Valdo, Bebeto, Careca… La cara más reconocible para nosotros en Chile es el Pato Yáñez, aunque uno de los grandes ídolos es Rojas, el Cóndor. El portero de Chile debe ser el héroe si los de Aravena quieren estar en el Mundial.

 

Empieza el partido, domina Brasil y resiste Chile. Eso hasta el minuto 49, cuando Bebeto asiste a Careca, compañero de batallas de Maradona en el Nápoles, y éste hace el 1-0. Explota Maracaná. Brasil estará en el Mundial de no mediar un cambio inesperado. Pero algo sucede en el minuto 64 que hace girar el plano master del cámara.

 

 

Chile2

 

 

 

Una bengala cae sobre el área que defiende Chile. La primera imagen muestra a Rojas, portero de Chile, tendido en el suelo junto a una bengala. Sus compañeros se acercan. Entre ellos Yáñez, que dedica un par de cortes de manga a la afición de Maracaná. Piden la entrada de los asistentes y, en medio de un extraño consenso por rápido, deciden abandonar el terreno de juego. Aparentemente, la bengala ha impactado en el meta Rojas. El Cóndor sangra abundantemente y Chile se marcha del campo.

 

 

Chile3

 

 

El pánico cunde en Maracaná, porque el incidente, de confirmarse, puede conllevar la repetición del partido en campo neutral o, en caso más extremo, la eliminación de Brasil. Chile abandona el campo en imagen casi militar. Todos juntos. Sin dudas. La imagen concede verosimilitud y contundencia y llena de incertidumbre a los brasileños, que sólo respirarán tranquilos cuando una fotografía de la revista El Gráfico demuestra que la bengala ha caído lejos del Cóndor Rojas, que poco después confesó en el Canal 13 chileno que él mismo se ha autolesionado con una cuchilla escondida en una de sus medias y que, además, llevaba tiempo preparando el complot. En principio el plan consistía en acercarse a la grada y simular que había recibido una pedrada. La bengala había facilitado el trabajo. Orlando Aravena, seleccionador, y Fernando Astengo, capitán, estaban al lado de la historia, fueron sancionados: cinco años para el técnico y cuatro para el futbolista. El presidente de la Federación chilena, Sergio Stoppel, fue sancionado de por vida para ejercer cargo alguno internacional.

 

Queda un cabo suelto de la historia y una leyenda. Vayamos a lo primero. ¿Quién lanzó la bengala que le dio la coartada a Rojas para fingir que sangraba? Fue Rosenery Mello, una chica que en días se convirtió en celebridad y, poco después, en portada de la revista Playboy. Rosenery Mello falleció en 2011 víctima de sus excesos.

La leyenda nunca estuvo demostrada. Cuando fue sancionado por su sucio episodio en Maracaná, el Cóndor Rojas jugaba en el Sao Paulo. Era 1989. Para 2000, cuando su sanción se levantó, ya tenía 43 años. No volvió a jugar pero se quedó trabajando en Brasil. Las peores lenguas aseguraron que la verdadera trama organizada fue la de Brasil con Rojas. Que ambas partes supieron que se sabría la verdad y Chile, que no pudo jugar las eliminatorias para el Mundial 94 por sanción, quedaría eliminada consiguiese o no la proeza en Maracaná.

 

Recuerdo estar viendo el partido en TVE sin tener conciencia de que Rojas y el fútbol se estaban manchando para siempre.

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30/09/2013

Por Juan Jiménez

Labruna, el Ángel de River

Buscando en un quiosco por Buenos Aires cualquier cosa que tuviese que ver con fútbol, tropecé con la revista 1986. Desconocía su existencia y a leguas puede comprobarse que es la publicación de los hinchas de River Plate. Aunque mis simpatías giran más hacia Boca, la portada de 1986 resultaba, sin embargo, cautivadora. Se trataba de una edición homenaje a Labruna, el Ángel de River. La foto, una preciosa postal de época del jugador, con la celebrada equipación franjirroja de River y el balón de costuras que en estos días de culto al marketing no estaría mal que se recuperase, era una invitación formal a comprarla. El 19 de septiembre se cumplieron 30 años de la muerte de Ángel Amadeo Labruna, miembro de la mítica delantera que fue conocida como La Máquina: Moreno, Muñoz, Pedernera, Labruna y Lostau.

 

 

Labruna3

 

 

Leyendo 1986 se comprueba, además, que no es necesario prolongarse demasiado en el tiempo para convertirse en leyenda. Aquella delantera al completo, en realidad, sólo jugó 18 partidosy ganó tres títulos. Pero ha quedado grabada como uno de los incunables del fútbol mundial. Pero si algo me decidió a escribir y leer algo más sobre Labruna, inconfundible con su bigote (se le conoció como El Feo) y también compañero de Di Stéfano en River, fue sin duda por esta frase: “Si me dan a elegir entre River y mi vida, elijo River. Porque River es mi vida”. No hay ni una gota de demagogia en la sentencia si se repasa la carrera del delantero, que vivió por y para River y que, además de hacer campeón a Los Millonarios como jugador y entrenador, es dueño del registro más amado por cualquiera en Buenos Aires, Argentina y Sudámerica: sus 16 goles a Boca Juniors en 35 partidos le convierten en el máximo goleador de la historia Superclásico. Uno de sus goles, el que convirtió en 1949, tuvo un sabor todavía más especial: River ganó 1-0 y afianzó su liderato. Boca Juniors durmió último.

 

 

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Labruna ganó 9 títulos como jugador de River (por entonces los campeonatos eran a dos vueltas, no existían los Apertura y Clausura de esta época) y seis como entrenador (rompió una increíble sequía de años sin títulos), pero se quedó con una espina clavada. En 1976 perdió la final de la Copa Libertadores (que no existía cuando él era jugador) ante el Cruzeiro. River no la había ganado nunca, así que cuando al fin River conquistó la ansiada copa en 1986 (ya saben el motivo del nombre de la revista), el Monumental latió al grito de: “Se siente, se siente, Labruna está presente”. Las huellas de El Feo perviven. En Universidad de Chile crece Marco Ángel Labruna. El Nieto estuvo en las escuelas de River pero por motivos familiares (el empleo del padre) se trasladó a Chile. Una de sus frases explican bien por qué Labruna no es sólo un miembro de la delantera de La Máquina, ni siquiera el máximo goleador de los Superclásicos. “Como entrenador, lo que más risa me da es ver las fotos entrando a La Bombonera tapándose la nariz. Era muy hincha de River”. Tanto, que lo elegía a su propia vida.

 

 

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29/07/2013

Por Juan Jiménez

Una barricada en Atenas

Ahora que andan los equipos de pretemporada, me vienen unas cuantas historias buenas. He disfrutado de unas cuantas (Sevilla, Betis, Málaga), en lugares de lo más cercano (Isla Canela, Montecastillo, Costa Ballena) o de lo más fresquito (Schrüns, Cardiff), donde se trabaja a pleno rendimiento, pero también donde se hacen importantes lazos con periodistas. Y los mejores contactos con la gente del fútbol. Habría muchos capítulos que contar e igual si me aburro algún día hasta me sale otra. A esta primera se me ha ocurrido llamarla la barricada de Atenas.

 

Resulta que era julio de 2002 y Joaquín había sido la sensación en el Mundial de Corea y Japón. Le dieron un homenaje de grana y oro en El Puerto de Santa María y, como había fallado el penalti, casi lo habíamos apadrinado entre todos. Se empezó a correr el rumor de que el Madrid podía intentar su fichaje ese mismo verano y en un periquete (mi jefe por entonces era José Manuel García y fue quien lo gestionó) organizamos un viaje a Atenas, porque el Betis jugaba un amistoso con Olympiacos. Sevilla-Madrid-Milán-Atenas (en Madrid, por cierto, me crucé a Loquillo, increíble). Dormir, levantarse en una ciudad patas arriba que prepara los Juegos (el hotel, un Marriot, estaba literalmente en obras y daba a una autovía también levantada y con un tráfico infernal), acudir a un entrenamiento en la furgoneta de los utilleros del Betis y buscarse la vida para llegar al partido por la tarde. Sólo hace diez años, pero entonces no había navegadores (también es verdad que no llevábamos un coche de alquiler) y explicarle a un taxista griego dónde está un estadio del que desconoces por completo su ubicación es una tarea difícil.

 

 

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Era mi primer viaje como periodista y, por supuesto, el avión me daba más miedo que las escalas y que la entrevista. Joaquín, además, me lo puso bien fácil. Joaquín y mi compañero Miguel Ángel Morenatti, que era quien realmente lo conocía y que le hizo unas fotos con las que ya habríamos solucionado la historia. No he conocido un no de Joaquín para hacer una historia, menos cuando te han enviado sólo para eso. Allí, además de Morenatti, sólo nos acompañaba David Durán, entonces en Marca.

 

La primera parte del trabajo, la exigida por la jefatura, ya estaba hecha: la entrevista a Joaquín salió bien, las fotos dejaban testimonio de que estábamos allí y le sacamos un titular a la historia que más o menos vendiese. Se suponía que al amistoso iríamos a hacer lo que más nos gusta: escribir y vivir la pasión de un partido en Grecia. A mí, que no había viajado nunca, la experiencia me parecía fascinante. Cogimos un taxi en un punto de x de Atenas (años más tarde volví con el Unicaja en la Final Four y me orienté algo más; en aquel viaje no sabía ni dónde estaba) y nos dirigimos al punto y. Creo recordar, o eso nos dijeron, que el partido era en el campo del Akratitos, un barrio cercano. Olympiacos no jugaba en su estadio. Llegamos al campo una hora después en mitad del caos, otra prueba superada. Caían 40 grados a peso con una humedad que yo en verdad no recuerdo sufrir tanto. Al pobre Durán la camiseta se le empapaba al minuto.

 

 

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El caso es que nos instalamos con ganas de ver al Betis, un equipo que apuntaba cosas. Capi, Joaquín, Alfonso, Prats, Assunçao. Iba (luego no lo fue) para gran Betis. Pero resulta que al Betis le metieron seis goles, seis. 6-2. Con el partido sentenciado, la crónica la cerramos volando. Bajamos a la sala de prensa y Víctor Fernández, recién llegado al Betis, estaba con un humor de perros. Él respondió rápido y nosotros lo escribimos más rápido aún. Cerramos los portátiles, cogimos las mochilas y advertimos que estábamos en una zona muerta. Ni un transporte público, ni un taxi y, por supuesto, ni la más remota idea de dónde estábamos. Llegó entonces el momento clave: como en algún club se estilaba, pedimos un permiso especial para poder montarnos en el autobús del equipo. No es una práctica muy usual, menos ahora, pero en ocasiones límite se respeta. Más en pretemporadas y en situaciones en las que es necesaria la camaradería. Es humano. Alguien nos dijo, sin embargo, que no era el mejor día para montarse en el bus y nos disuadió de la idea.

 

El bus del Betis marchó y, aún lo recuerdo, ahí nos quedamos los tres. Con la cara ‘partía’, que diría aquel. Como ya no había solución nos pusimos andar. Alguno con más miedo que otro, porque allí no había farola posible ni luz que se viese. Pronto escuchamos algún ruido. Era alguna fiesta dentro de una cosa. Unas cuantas botellas volando y, de pronto, una luz. La luz era una barricada que los hinchas del Olympiacos habían montado en mitad de la carretera, justo en el camino del autobús del Betis. Y allí que fuimos nosotros, ilusionados con la idea de que a alguien en ese autobús se le había enfriado la cabeza después de los seis goles y había pensado en nosotros. Corrimos tipo Michael Johnson los 400 metros y, justo cuando llegamos a la altura del autobús con la boca fuera, volvió a arrancar. No nos esperaban, simplemente habían levantado la barricada.

 

Olympia2
 

 

 

No escapamos mal para la inquietante atmósfera que respirábamos. A los veinte minutos de paseo, y cuando ya pensábamos en algún asalto, encontramos un bar no con demasiada buena pinta. Pedimos una cerveza y un kebab para aclarar las ideas y mitigar nuestra indignación. Decidimos contarle nuestra historia al chico que llevaba el bar, de origen marroquí creo recordar. Cuando acabamos el kebab, pidió que nos subiéramos en su coche. Montó los equipos, arrancó y creo que nos dejó recordar en la plaza Syntagma. Gratis. De allí cogimos un taxi que nos dejó en el hotel. Lo que no había hecho el Betis aquella noche lo había hecho un chico al que podríamos haber prejuzgado interesado y que resultó ser un tipo fantástico.

 

Llegamos al hotel Marriot al filo de la medianoche, casi al tiempo de que los jugadores (algunos) se acostaban. Entra dentro del territorio de lo privado lo que pasó allí pero un importante futbolista tuvo que pedir perdón a David Durán (a mí no me conocían todavía). Nos había visto. Como todos. No fue un detalle demasiado humano. Recuerdo que aquella noche pedí por primera vez un JB en inglés (pronunciar /yei and bi/. Ya tenía una historia para contar.

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