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El blog de Juan Jiménez

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05/05/2015

Por Juan Jiménez

Cuando Reyes y Joaquín se enfrentaron a la Play....

Juegan Sevilla y Fiorentina y es un buen partido para aplaudir las carreras deportivas de José Antonio Reyes (Utrera, 1983) y Joaquín Sánchez Rodríguez (El Puerto de Santa María, 1981). A mí me apetecía hacerlo remontando en el tiempo hacia una historieta que habla del carácter especial de estos dos jugadores, por más que hayan pasado doce años. En 2003, uno, Reyes, estaba ya cerca de convertirse en el traspaso más caro de la historia del Sevilla y la solución a su maltrecha economía. El otro, Joaquín, se había convertido en un fenómeno de masas por su aparición fresca y deslumbrante en el Mundial de Corea, penalti incluido. Su imagen sentado delante de un cristal en el hotel de concentración de España el día después, mirando al infinito, conmovió a todos. Le dieron un homenaje en su tierra. Se diría que era el Isco del momento, querido en todos lados. Había un Betis-Sevilla en el horizonte y, obviamente, eran los dos futbolistas del momento.

 

 

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Hace 12 años de aquello, pero ya en esa época lo de juntar jugadores para montar reportajes empezaba a estar difícil. Y si era un derbi, mucho más. Por evitar declaraciones incómodas, por no hacer distingos y herir sensibilidades entre medios. O por lo especial de los futbolistas, ya sabemos cuánto, aunque habría que hacerlo dándole un rodeo a los clubes. Juntar a los jugadores tenía sentido y ya sería un éxito. Había opciones. Víctor Fernández (redactor del periódico entonces, hoy en la Cope) tenía a Reyes en el bolsillo. Teníamos buen feeling también con Joaquín. Pero al reportaje había que darle contenido, venderle la piruleta a los futbolistas... En la redacción empezamos a pensar sobre el tema y, como siempre, la mejor idea no salió de quienes iban a escribirlo. José Manuel Olías (ahora redactor en Málaga Hoy) y Luis Rafael Villalta (hoy excelente profesor de Historia, que así es esto) convinieron en que habría que darles algo que les animase a hacer el reportaje. Y surgió. La play station, el juguetito del momento, sería una buena bandera de enganche. Una recreación del Betis-Sevilla que se jugaba el domingo siguiente en un césped virtual.

 

 

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El reportaje se hizo en casa de Joaquín después de una preparación que fue una gymkhana. Primero hubo que contarle la idea por separado a los protagonistas, y hacerles el compromiso. Ellos todavía no pedían favores, pero coordinarlos fue un drama. Había que evitar los descansos de los equipos, la cercanía extrema con el partido. El día del reportaje, martes previo al derbi creo recordar, fue de perros. Morenatti (fotógrafo de trayectoria) y servidor con Joaquín por medio de la Buhaira en un Mercedes deportivo plateado. En un Mercedes más grande aún, Reyes, desde la Ciudad Deportiva de la carretera de Utrera a Sevilla Este, donde vivía el interior verdiblanco. De chófer, el hermano de José Antonio. Aunque luego Reyes coleccionó coches como rosquillas, su hermano hacía de ángel de la guarda y no le dejaba ir solo a ninguna parte.

 

 

Portada

 

 

Joaquín pasaba por poco los 20 años, pero en el reportaje, publicado el 27 de febrero de 2003, mandaba mensajes tan actuales como éste. Contra los violentos: “A los que destrozan los campos y ensucian la imagen de una ciudad tan bonita como Sevilla les metía en un cuartito los 90 minutos de partido”. Reyes iba más a lo práctico: “A Joaquín lo ataría a una pata de la cama hasta el lunes”. Aquel derbi de la Play lo ganó Reyes 0-2. Joaquín no sabía ni dónde estaban los botones y Reyes se pasaba el día ganándole a sus compañeros… El domingo siguiente, en el campo, Joaquín jugó mejor que Reyes (el dandy, según la crónica de nuestro compañero Alejandro Delmás), pero también ganó el Sevilla… 0-1, con gol de Marcos Vales. Aquel derbi se celebró hasta altas horas en bares de calle Betis, Pablo Alfaro a la cabeza….

 

Sorprende que las carreras de Reyes y Joaquín hayan estado fiscalizadas. Siempre bajo sospecha. Reyes ha ganado títulos allá donde ha estado: Arsenal, Real Madrid, Atlético, Benfica y hasta en su regreso al Sevilla. Joaquín fue uno de los mejores jugadores de banda de Europa y alarga su carrera adaptándose a posiciones desconocidas. De segundo delantero con Pellegrini, de carrilero con Montella. A los dos les mueve un profundo placer el fútbol, que ha chocado con las leyendas negras sobre su supuesta dispersión y falta de preparación. A Reyes le han llamado más vago que buen jugador y de Joaquín se ha computado más las veces que salió a tomarse una manzanilla que sus condiciones físicas (velocidad, potencia, resistencia), basadas en su cuidado. Ha sido muy buen profesional. Esa fama también le persiguió en la Selección. Los dos sólo coincidieron en un gran torneo, el Mundial de 2006. Luego, a Reyes, protagonista de aquella famosa secuencia con Luis (“usted es mejor que el negro”, en referencia a Henry) le perdieron la pista en el extranjero. En total, 21 partidos internacionales y cuatro goles. A Joaquín le penalizaron aquellas palabras (“es un despelote”) en el que sólo él expresó en voz alta lo que pensaban todos. Es cierto que Luis, que le valoraba como jugador, no se lo tuvo del todo en cuenta. Pero sí fue fundamental para no incluirlo en la lista de la Eurocopa 2008, la que cambió la historia de la Selección. Antes de la última convocatoria de 23, Joaquín era favorito. Pero el Sabio prefirió un armazón de 13-14 jugadores y algunos que no molestasen. Sergio García ocupó el lugar que era de Joaquín. Su amigo Juanito, compañeros de tantas y tantas correrías y del piso de Sevilla Este, le echó de menos... El chico de El Puerto ha sido 51 veces internacional y marcó 4 goles. Nunca lo ha vuelto a decir demasiado, pero le dolió una salida así de la Selección. Reyes termina contrato y Joaquín apura su fútbol en la Fiorentina. Yo espero a Reyes renovado para la próxima temporada y a Joaquín de vuelta en un gran Betis de Primera. Y en un reportaje 13 años después para un derbi en Primera. Esta vez por twitter, o yo qué sé.

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27/01/2015

Por Juan Jiménez

Xavi, 35 años de Von Karajan

La mañana del intrascendente España-Grecia de la Eurocopa 2008 (España ya era primera de grupo), Jesús Paredes, preparador físico, alter ego de Luis Aragonés y elemento de costura fundamental en el éxito de La Roja, salió a dar un paseo por la mañana y entró a una tienda cualquiera. Bien cultivado en numerosas disciplinas, compró un disco de Herbert Von Karajan, director de orquesta de la Filarmónica de Berlín durante 35 años. Luego volvió al hotel de concentración de Salzburgo, la ciudad donde aquella noche jugaba España y que alumbró a Von Karajan. Y le entregó el disco a Xavi. Todavía hoy Paredes, y algunos cercanos más, le siguen llamando Von Karajan.

 

 

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El domingo cumplió 35 años Xavi Hernández Creus, seguramente el jugador más influyente del fútbol español en toda su historia. El gran Gento le aguanta la comparación en títulos gracias a un palmarés memorable con el Madrid de las primeras seis Copas de Europa. Luis Suárez, en distinciones individuales porque fue Balón de Oro, galardón que no ha alcanzado el de Terrasa ni ningún futbolista español nunca más. Y quienes lo vieron jugar hablan de un futbolista delicioso que cambió al Barça aunque no levantó la Copa de Europa ante el Benfica y que revolucionó la fisonomía del Inter, grande de Europa en esos 70 con HH y Angelo Moratti al mando. Casillas e Iniesta fueron principio y fin del campeón del mundo. Xavi, sin embargo, pasará a la historia por mucho más que sus títulos o sus cualidades individuales. Mil veces escrito está, ha sido el arquitecto de uno de los clubes más determinantes y ganadores de la historia (el Barça de Guardiola) y de la Selección del Mundial y las dos Eurocopas.

 

 

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Por su tremenda ascendencia, suele olvidarse que, más que ser un producto original, Xavi nació como un futbolista más de esos que salían como rosquillas en la cantera del Barcelona. Fuesen cuales fuesen sus habilidades individuales, desde que salió Milla casi todos los jugadores que tuviesen cierto perfil de centrocampista intentaban ser acomodados en la posición de cuatro. En el mismo jardín que Milla creció Guardiola. Pero su sombra fue amplia. Jugadores como Gerard, De la Peña, Celades e incluso Óscar intentaron ser colocados ahí en sus inicios pese a que todos tenían otras condiciones. También Cesc. Antes de terminar en sus posiciones naturales, todos tenían que pasar por el cuatro como si fueran las doce del reloj. Luego se dispersaban.

 

 

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A Xavi le pasó lo mismo. Y eso que pronto dio noticias de que no era el cuatro que siempre esperaba de La Masia. En el Mundial de Nigeria, protegido por Orbaiz en el centro del campo, mezcló muy bien con Gabri y se acercó por el área más de lo que hizo con el Barça en años posteriores. Fue campeón del mundo sub-20. También destacó en los Juegos de Sidney, en los que España rozó el oro, sólo frustrado por Camerún. Uno de los méritos de Xavi fue que siempre fue capaz de organizar el fútbol con menos metros para verlo por delante como Schuster, Guardiola u otros grandes centrocampistas de otras épocas. Alguien sabría reconocérselo más tarde.

 

Xavi, también está mil veces escrito, debutó con Van Gaal el 3 de octubre de 1998 en un partido ante el Valencia y muy poco después le salvó el cuello con un famoso gol en Valladolid que reactivó un equipo que empezó cojo y terminó siendo campeón. A Xavi le hizo daño el adiós de Van Gaal, liquidado por la guerra de familias en el Barça que también terminó con Núñez. El Barça, y él con el club, se desorientó. Hace pocas fechas revisé un Milán-Barça en San Siro con Serra Ferrer en el banquillo. El Barça no perdió pero Xavi vio pasar el balón por encima de su cabeza no menos cien veces. Daba pena verlo expresarse en ese modelo que estaba perdiendo las huellas.

 

Xavi empezó a ser discutido en Barcelona. Se dijo que jamás llegaría al nivel de influencia de Guardiola, algo que habría podido soportar por el inigualable significado sentimental que alcanzó el de Santpedor, capaz de parafrasear a Tarradellas el día que la Copa de Europa aterrizó por primera vez en Cataluña cuando apenas tenía 20 años. Lo que pareció que no aguantaría Xavi serían las dudas futbolísticas. Con Rijkaard su situación no cambió sustancialmente. Hizo un gol en el Bernabéu a finales de la temporada 2003-04 que simbolizó el nuevo tiempo que venía con el Barça de Ronaldinho. Sin embargo, una lesión de rodilla y el éxito del centro del campo Edmilson-Van Bommel-Deco volvieron a tapar a Xavi, que no tuvo relevancia en la Champions que conquistó el Barça en 2006.

 

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Precisamente ahí, en la primavera de 2006, Xavi empezó a sospechar que había un entrenador que le tenía más fe que nadie. Luis Aragonés le esperó para llevarlo al Mundial de Alemania. Ya había estado en el de Corea y Japón con Camacho, pero andaba Luis en la búsqueda de algo que en Hannover se frustró contra Francia pero que dos años después floreció en Viena. Xavi sólo ha rendido pleitesía a un entrenador. Ni siquiera a Guardiola. Sólo a Luis. A su ritmo se ordenaron la selección campeona de Europa de 2008, mucho más vibrante, y la del fútbol control de Del Bosque. Xavi estuvo en casi todas las fotos. Hizo un gol en la semifinal de la Eurocopa ante Rusia, dio el pase del gol de la final a Torres. Luego se confabuló con Puyol para repetir el mismo saque de esquina que significó un gol en el 2-6 del Bernabéu. Fue el histórico tanto de la semifinal ante Alemania. Su última obra de arte, un pase al espacio a Jordi Alba en la final de la Eurocopa de Kiev (4-0 ante Italia). Luis fue todo para Xavi, que adelantó unos metros su posición y sobre todo le transmitió confianza.

 

 

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Xavi suele contar que regresó distinto de la Eurocopa. Diez años después de debutar, y a pesar de su Mundial Sub-20, su plata olímpica, su primera Champions y sus dos Ligas, ahora sí estaba preparado para ser líder. Durante tres años, Xavi, Iniesta y Messi fueron los tres dictadores del fútbol. Tal vez el partido que mejor lo refleje sea la final de Champions de 2011 en Wembley contra el Manchester United. Los tres jugadores se pasaron durante minutos el balón en un triángulo perfecto. Para Xavi, sin embargo, el partido que mejor expresó la idea que tiene de fútbol fue el 5-0 al Madrid. Xavi, Iniesta y Messi, los dictadores, fueron los tres jugadores del mismo club ocuparon los tres puestos del cajón del Balón de Oro 2010.

 

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A Xavi también le ha llegado la crisis. Cuestionado ya en el Barça de Vilanova y Roura, el fin del ciclo del Barça y la Selección se relacionaron con su final. Este verano, Xavi mandó un mensaje a sus más allegados, entre ellos algunos periodistas, para advertirles de que se marchaba del Barça. Tal vez, dirección Qatar. O Estados Unidos. Al final se arrepintió. Unos dicen que le convenció Luis Enrique. Otros, que nadie le pagaba lo que cobra en el Barça. El caso es que recién cumplidos los 35, Xavi ya sí tiene a tiro retirarse en el Barça. Ser un hombre de único club. Como lo fueron Baresi, Maldini, Scholes o Giggs. Como lo será Totti. Como espiritualmente lo será Gerrard aunque vaya a acabar sus días en Estados Unidos.

 

Xavi ha tenido sus lunares. Sus declaraciones sobre el césped o su pique con el Madrid de Mourinho. O la amenaza de ser un elemento tóxico en el nuevo vestuario del Barça de Luis Enrique. Que no lo parece. Todos pecados veniales entre ese inmenso currículum. Es hasta Premio Príncipe de Asturias. Un premio más en una montaña de títulos. Tal vez peor fue su último desaire a Del Bosque, dolido por su suplencia ante Chile después de la hecatombe ante Holanda cuando España empezaba la frustrante defensa del título. La suma de déficits, sin embargo, resulta ridícula en medio de tanto y tanto éxito y, especialmente, de tanta y tanta influencia. Von Karajan tiene 35 años. Listo para dirigir su última pieza.

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06/11/2014

Por Juan Jiménez

Piqué

“¿Qué te han parecido los centrales? Impresionante, ¿eh?”. El 10 de enero de 2007, Gerard Piqué no había cumplido todavía 20 años y la frase pertenece al que entonces era su entrenador, Víctor Fernández, que se acercó a un corrillo de periodistas y presumió de defensa después de un Málaga-Zaragoza semiclandestino de Copa en La Rosaleda. Efectivamente, el central impresionaba. Piqué, sobrado, estaba haciendo la mili antes de volver a Manchester.

 

 

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Casi ocho años después, Piqué toca suelo y hace pensar en su salida (en Amsterdam se confirmó que está por detrás de Mascherano, Mathieu y Bartra) después de una trayectoria grandiosa en el Barcelona que es imposible juzgar sin su ángel de la guarda: Puyol. El sábado pasado, día de la derrota ante el Celta, Piqué no entró en la lista, sea por su demasiado manoseada conversación con el móvil el día de la Supercopa catalana o simplemente por un estado de forma cada vez más preocupante. Fuese lo que fuese, lo que sí resultó evidente es que, vestido de traje y corbata, en el palco, expresó más complicidad con Puyol en el palco que con cualquiera de sus compañeros en el césped. Cuentan que, cuando volvió a Barcelona en el verano de 2008, y también cuando regresó Cesc en 2011, Piqué tuvo picos de dispersión en los que siempre recurría a Puyol, su auténtica cruz de guía.

 

 

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Cuando Guardiola se atrevió con el fichaje de Piqué (cinco millones de euros), su primera intervención en la previa de la Champions ante el Wisla Cracovia (agosto de 2008) polaco resultó algo desconcertante. Parecía lento para lo que requería el nuevo plan del Barça. El chico, sin embargo, caía bien. Nieto de Amador Bernabéu, ex directivo culé, Piqué se había marchado joven y sin miedo a Manchester, donde aprendió todo el fútbol menos la competición. Ferguson, con Ferdinand y Vidic en plena madurez, no creyó en él. Piqué había debutado con 17 años en la antigua Carling y con 19 en la Premier pero puede decirse que el Barça fichó a ciegas. Su retrato robot respondía a lo que pretendía por la sencilla razón de que se había criado en La Masia, pero era un melón sin calar. Además, la presencia de Márquez, Puyol e incluso Milito le hacía suponer suplente. Un complemento para temporadas largas mientras terminase su formación.

 

 

 

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Menos de un año después, ya era ídolo. Terminó de hacerse imagen del Barça el día del 2-6, cuando cerró una goleada histórica con un gol que definió su personalidad: desinhibido para irse hacia arriba en pleno festival e inspirado para resolver con un remate a la media vuelta. Su gesto hacia en la esquina norte del Bernabéu, sumado luego a la mano abierta la noche del 5-0 en la temporada 2010-11, quedó en el imaginario del barcelonismo. Eran buenos tiempos para Piqué, que por el camino había debutado con la Selección y había marcado ante Turquía en el Bernabéu. Jugaba pletórico. Estaba rápido, bueno al corte, elegante en la salida del balón. Siempre con Puyol cerca. Un consejo en el vestuario. Una voz en el campo. Piqué, capaz de medirse a Cristiano sin miedo en numerosos mano a mano, con relativo éxito, tocó el cielo. En 2010 era capaz de hacer goles en semifinales de Champions (aunque fueran inútiles, como ante el Inter), y levantar la Copa del mundo en Sudáfrica.

 

 

 

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Parecía difícil pensar, sin embargo, que un futbolista con tantas inquietudes fuera del campo pudiera prolongar su estado de excelencia en el césped. De por medio, Piqué se ganó el corazón de Shakira, una celebridad que le multiplicaba en ingresos y repercusión. Piqué pasó a ser más que un futbolista.

 

Hay algo, no obstante, contradictorio en el personaje. Seis años después de llegar al Barça, aún no es capitán. Sergio Busquets, que lleva el mismo tiempo que él en la primera plantilla, fue nombrado este verano cuarto capitán (junto a Xavi, Iniesta y Messi). Puede ser que su personalidad, por tanto, se desborde más hacia afuera que hacia dentro del vestuario, donde se reclaman otro tipo de valores. En el último año de Guardiola corrió como un reguero de pólvora el rumor de que el técnico de Santpedor había pedido su salida a Sandro Rosell como una de las condiciones para su continuidad. Todas las partes desmintieron tal extremo, pero desde la temporada 2011-2012 Piqué estuvo bajo sospecha. Casi literalmente. En febrero de 2013, se conoció que Guardiola ordenó espiar al central a través de la agencia de detectives Método 3.

 

Con o sin Shakira, Piqué es un vendaval fuera del campo. Alejado de cualquier perfil bajo, jamás ha tenido problema en declarar que aspira a ser presidente del Barça, a aparecer en célebres partidas de póker, en viajes y actos de su pareja o en manifestaciones a favor del derecho a decidir de Cataluña en las que aparece fotografiado junto a su hijo Milan.  

 

En favor de Piqué se puede decir que todo lo que le rodea se escruta con mucho más celo que en la gran mayoría de jugadores. “Me da la impresión de que siempre que está Piqué hay algo más detrás”, declaró el seleccionador Vicente del Bosque hace días. Curiosamente, en él ha encontrado el central uno de sus escasos apoyos. Del Bosque, para quien Piqué fue indiscutible en el Mundial de Sudáfrica (pese a su error ante Suiza o el penalti que cometió ante Paraguay) y jugó todos los minutos de la Eurocopa 2012, le perdonó sus evidentes gestos de pasotismo en los últimos entrenamientos de Curitiba y en el banquillo antes del partido ante Australia. Hasta que le formase un incendio revelando en los prolegómenos de una rueda de prensa que Cesc volaba por 33 millones al Chelsea. E incluso justificó su ausencia a principio de temporada por motivos físicos a pesar de que días después fue alineado por Luis Enrique. 

 

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Piqué, en cualquier caso, resulta una personalidad refrescante para el fútbol industrial, que produce demasiados clones de lo políticamente correcto. Hasta su relación con los periodistas es singular. Rico en titulares, es capaz de tirar una bomba fétida en una zona mixta pero también puede apadrinar la décima edición del libro Relatos Solidarios cuyos beneficios se destinaron al Hospital de Neurorehabilitación Instituto Guttmann.

Es preferible, sin embargo, no perder el equilibrio. Y resulta innegable que su rendimiento en el césped, sea o no por cuestiones extradeportivas, ha descendido. Y que sus frentes abiertos se multiplican. Tal vez esta vez Piqué sí esté en el límite.

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15/05/2014

Por Juan Jiménez

Emery se da la razón

En la tribuna de prensa del Juventus Stadium, algún redactor arrancó en aplausos cuando el alemán Brych autorizó el cambio de Gameiro por Marin. El alemán sólo jugó 26 minutos en el partido y aunque los protagonistas trataron de endulzar la medida drástica, lo cierto es que Marin estaba en buena condición para jugar y los médicos advirtieron al técnico de que no tenía ningún problema físico. Pero Emery vio que perdía la final y le quitó. Marin no competía. “Soy entrenador, entiendo las críticas. Pero lo único que intento es tener un criterio profesional”. 

 

Unai Emery (Fuenterrabía, Guipúzcoa, 1971) se consagró como entrenador el miércoles en Turín después de meses durísimos. Monchi había pensando en él hacía años como conductor de la transición y el nuevo ciclo, pero primero su trayectoria en el Valencia y más tarde su aventura en el Spartak Moscú dilataron el cruce de caminos. La destitución de Míchel permitió el aterrizaje en Nervión de Emery, un entrenador metódico y hecho a sí mismo. Obsesionado con la idea de mejorar. Ecléctico, su fútbol no es de una sola escuela. Tiene sello y empezó a comprobarse en Lorca. Allí, después de subir a Segunda División, estuvo a punto de ascender a Primera a un equipo con aspiraciones y presupuesto de permanencia.

 

 

 

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Su osadía convenció a Alfonso García. El presidente del Almería solía escuchar las ruedas de prensa de los entrenadores rivales. Puede decirse que Emery vivió allí los dos años más felices de su carrera. Allí conserva casa y muy buenos amigos, de los que quedan para siempre. Ascendió brillantemente al Almería a Primera y jugó muy bien con un equipo liderado por Diego Alves, Bruno, Mané, Felipe Melo o Negredo. Allí es un icono.

 

En Valencia, Emery descubrió la élite, la exigencia máxima y la crítica: la justificada y la interesada. Abierto y casi jovial en su etapa anterior, en Mestalla empezó a ponerse la coraza. Se volvió más desconfiado en la vida pública pero no sucumbió a las presiones. Duramente criticado por la poca eficacia de los che en las eliminatorias, ni siquiera le valieron sus terceros puestos consecutivos (con ventas anuales de figuras) y un par de semifinales (Copa y Europa League) para entrar en el corazón de la gente.

 

 En Sevilla resulta inevitable, mucho más ahora, comparar su trayectoria a la de Juande Ramos, que estuvo en el alambre en su primera temporada en el Sevilla (2005-06) y no fue despedido por un triunfo providencial en Bilbao. Cuentan que a Emery le salvó una victoria en Cornellá, aunque eso está menos claro. El club andaba inestable por el asunto Del Nido y José Castro, futuro presidente, no quería más alteraciones, menos en el vestuario. Sólo su famoso “proyecto a tres años” y su mensaje de tranquilidad a la plantilla. Unai, amante del coaching, que le permite mantener el autocontrol y enfrentarse a jugadores, entorno y medios de comunicación en los términos adecuados, ha terminado dándose la razón. “Me dicen cabezón, pero es que creo en mí”. Tal vez no haya nada mejor que eso.

 

 

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17/03/2014

Por Juan Jiménez

El mítico United-Barça: Old Trafford se agarra a otro 1984

No todo son las finales. Ni los títulos. El partido de vuelta de los cuartos de final de la Recopa de Europa de 1984 es, probablemente, uno de los mejores recuerdos que guardan en su imaginario los aficionados del Manchester United que llevan media vida acudiendo a Old Trafford.

 

La eliminatoria enfrenta a Barcelona y Manchester United y se jugará los días 7 y 21 de marzo. Primero, en el Camp Nou. Estamos ante el Barcelona de Menotti, Schuster y Maradona, un equipo concebido a golpe de talonario con la obsesión de conquistar la Liga (llevaba sin levantarla desde la 73-74 de Cruyff) y asaltar, al fin, el viejo sueño de la Copa de Europa. Mientras eso llegaba, el Barça había tenido que conformarse con la Recopa, a la que había accedido después de derrotar al Real Madrid en la final de Copa de La Romareda (el 2-1 de Marcos y el famoso corte de mangas de Schuster). El Barça había eliminado al Magdeburgo y al Nec Nimega en las dos primeras rondas mientras que el United había dejado en el camino al Dukla de Praga y al Spartak Varna.

 

El partido de ida  no fue transmitido en directo por TVE ni TV-3 (la polémica se arrastró durante años e incluso en parte del territorio español no se vio el 3-0 de Barça al Goteborg en la vuelta de la semifinal de Copa de Europa de 1986). A pesar de los pitos a Maradona, resuelve el Barça con triunfo de 2-0. Marcaron en propia puerta Hogg, defensa del United, y Rojo. Este último tanto, casi sobre la hora en un golpe de fortuna que se consideró decisivo para la eliminatoria. El Barça había jugado horrible tras el descanso.

 

Schuster2

 

 

El Barça era favorito para la vuelta, pero el ambiente fatalista del club en aquella época empezó a llenar de inquietud la atmósfera previa a la vuelta. Para empezar, el United le había metido cuatro goles al Arsenal y se había colocado líder. Estaba imparable, aunque aquella Liga terminaría siendo para el Liverpool.

 

Maradona, mientras, había enfermado en la previa. Empezaban a conocerse sus correrías nocturnas por la Ciudad Condal (“vox populi”, se decía en AS), más graves incluso advirtiendo que estaba recuperándose de una hepatitis y poniéndose aún a punto después de la gravísima lesión que le había producido Goikoetxea (septiembre de 1983). Finalmente, las ruedas de prensa antes del partido resultaron definitorias. Al United lo dirigía Ron Atkinson. Big Ron apenas ganó un par de Copas con el United y una Copa de la Liga con el Sheffield Wednesday durante su carrera. Además, fue subcampeón de la Premier con el Aston Villa (1993) y sufrió los rigores de Jesús Gil cuando firmó por el Atlético de Madrid. Pero Atkinson tenía carisma. Cuando le preguntaron por Casarin, el colegiado italiano que dirigiría la vuelta, se lo tomó a broma: “Jamás vi que un árbitro metiese un gol”.

 

 

Atkinson2

 

 

El Flaco Menotti, sin embargo, estaba tenso. Ya la había liado después del partido de ida: “El United juega un fútbol de hace 40 años”.

 

En su comparecencia el día anterior a la vuelta, primero pareció que iba a Trafalgar: “Jamás preparé equipos para la guerra, pero mis jugadores no renunciarán a la guerra si hay que guerrear”. Igual tenía una explicación. El conflicto de Las Malvinas, desarrollado entre el 2 de abril y el 14 de junio de 1982, todavía estaba latente. Y en el césped iba a estar Maradona.

Luego su discurso derivó en una especie de reivindicación de valores políticos-deportivos: “Venimos representando al fútbol español. A Barcelona, a España y a Cataluña. Mi equipo será honesto y trabajará con señorío para ganar. Pero si, por las circunstancias del juego se plantea que para ganar hay que pelear al margen del reglamento, puedo asegurar que también estamos, preparados para eso”.

 

 

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Finalmente, una alusión, sin citarlo, al famoso marcaje de Gentile a Maradona en Sarriá con motivo del Italia-Argentina del Mundial 82 (en el que Maradona finalmente es expulsado). “Mi experiencia internacional me demuestra que mi equipo siempre intentó jugar a fútbol y no siempre lo logró, porque a veces el rival le ha hecho 35 faltas a uno de mis jugadores y, encima, su marcador ha salido en los periódicos al día siguiente como el gran héroe del encuentro”. Zas.

 

Bajo esos parámetros se presentó un partido que, finalmente, entró en los libros del United.

 

Están a punto de cumplirse 30 años. La alineación de los red devils aquella noche de 21 de marzo de 1984, la más memorable en Old Trafford según cuentan las crónicas de los mismos periodistas ingleses, fue la siguiente: Bailey; Duxbury, Hogg, Moran, Albinston; Moses, Muhren, Robson, Wilkins; Stapleton y Whiteside. Whiteside, por cierto es el jugador que todavía tiene el récord de precocidad en un Mundial. Jugó en España’82 con 17 años y 41 días. En la segunda parte salió Hugues (futuro culé). Por el Barça jugaron Urruti; Gerardo Alexanco, Moratalla, Julio Alberto; Víctor, Perico Alonso, Schuster, Rojo; Maradona y Marcos.

 

 

El Barça se derrumbó. Bryan Robson marca el primer gol a la salida de un córner peinado por Stapleton. Luego, en la segunda parte, dos goles en dos minutos. Robson de nuevo después de que Schuster y Víctor se hagan un lío en la salida del balón. Y al momento, el tercero. El gol de Whiteside es el mejor símbolo de una avalancha. Cae el Barça y los palos de la prensa no se hacen esperar: “El Barça tampoco es nadie en Europa”, “Eurodesastre”, “Qué debacle”, “No habrá segunda Basilea”. El Barça de toda la vida por entonces…

 

 

Manchester, mientras, vitorea a sus héroes. Estos fueron algunos de los más destacados. El goleador Bryan Robson, 90 internacionalidades con la selección inglesa, alcanzó el calificativo de Capitán Marvel, un superhéroe del cómic. Kevin Moran jugó diez años en el United y fue una leyenda (71 internacionalidades) en la selección de Irlanda. Pasó por España (Sporting de Gijón) y suele Arnold Muhren era el hermano menor de Gerrie Muhren, que ganó tres Copas de Europa con el Ajax. Arnold empezó en el Volendam pero emigró, extrañamente para la época, al Ipswich Town, con el que ganó una UEFA (1981). Luego jugó en el United pero le dio tiempo a regresar al Ajax y ganar una Recopa (1987) y estar en la lista de la Holanda campeona de la Eurocopa 88. Hay más, pero finalmente Remi Mark Moses fue uno de los más grandes afros de la Liga inglesa. Empezó a hacer fama en el West Brom, al que metió en Europa. Fue un pivote defensivo de calidad. Las lesiones le obligaron a abandonar el fútbol con unos 28 años.

 

Muy recientemente visité Old Trafford con un grupo de buenos amigos. En el Manchester United, por supuesto, la tragedia aérea de Múnich, su respeto a las víctimas y la obligación de honrarles ocupan un lugar exclusivo. Sus leyendas son Sir Matt Busby, Sir Bobby Charlton, Dennis Law y George Best. También sir Alex Ferguson o Ryan Giggs. Bryan Robson o Cantona. Y Cristiano Ronaldo, su cuarto Balón de Oro. No hay nada como sus tres Copas de Europa y sus 20 títulos de Liga. Pero si uno recorre los rincones de su museo y se detiene en los vídeos comprueba al segundo que aquella remontada ante el Barça está entre las páginas más brillantes de su historia.

 

 

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Una camiseta amarilla de Meyba, un banderín del Barça, un programa del partido y un vaso se diría que de pinta de cerveza (ver foto) en una vitrina del museo recuerdan aquel partido en un sitio modesto, pero exclusivo. Eso nos puso en la pista para informarnos de aquel partido. Periodistas como Joan Domenech, de El Periódico, nos refrescaron la memoria. Especialmente, nos hicieron entender la importancia de aquel partido para la gente de Manchester y cuánto significa ganar a ese nuevo Barça planetario que nunca llegó a triunfar.

 

A los jugadores del actual y deprimido United, Mata (aunque no pueda jugar este miércoles) y De Gea entre ellos, deberían pasarle el vídeo de aquella fabulosa noche en el Teatro de los Sueños antes de salir a jugar ante el Olympiacos.

Por cierto, a aquel United de la noche heroica ante el Barça lo tumbó la Juventus. Pero no todo son las finales. Ni los títulos.

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04/03/2014

Por Juan Jiménez

26 años de España-Italia: del duro fajador (perdedor) al fino estilista (ganador)

Hace casi 26 años de estas alineaciones. Estamos en el Waldstadion de Francfort, en la Eurocopa de 1988. Por España, Miguel Muñoz alinea a Zubizarreta; Tomás Reñones, Andrinúa, Sanchís, Gordillo; Míchel, Gallego, Víctor Muñoz, Soler; Bakero; y Butragueño. En Italia juegan Zenga; Ferri, Baresi, Bergomi, Maldini; De Napoli, Ancelotti, Giannini, Donadoni; Vialli y Mancini. El frustrante resultado final es 1-0, gol del inevitable Gianluca Vialli, que por entonces sembraba el terror por Europa con Mancini en la Sampdoria. España quedará fuera de la segunda fase. Alemania e Italia vuelven a ser, una vez más, superiores a una Selección a la que ni la final del 84 le ha quitado su estigma de perdedor. Será peor aún. Después de la caída de la Eurocopa de Alemania, España ni se clasificará para la Eurocopa del 92. Será el principio del fin de la Quinta del Buitre.

 

 

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Antes de aquel partido, España e Italia sólo se habían enfrentado tres veces más en partido de gran competición. En la Eurocopa de 1980 (0-0) y dos veces en el Mundial de 1934. Después del 1-1 del primer partido, un gol de Meazza (que luego puso su nombre al estadio) había sentenciado el partido del desempate. Pero no eran los emparejamientos directos (igualados) los que habían alejado a Italia de España a lo largo de la historia, sino los tres títulos mundiales de la Nazionale.

 

La historia no cambió en 1994. Entre otras cosas, porque la Selección seguía empeñada, más aún con Clemente, en que el estilo se llamase La Furia. Es imposible no sorprenderse si uno revisa la cinta del Italia-España jugado en el Foxboro de Boston el 9 de julio de 1994. De aquel partido de cuartos de final quedaron unos cuantos flashes. El golazo de Dino Baggio en el que tal vez Zubizarreta reaccione tarde, el empate de Caminero (nuestro corazón en aquel Mundial), el error de Salinas y, finalmente, el gol de Roberto Baggio que no salva Abelardo y el codazo a Luis Enrique. Un segundo visionado al partido nos esconde qué era España en aquel tiempo. Un equipo que jugaba al límite, en unos umbrales de agresividad casi prohibidos. Revisemos la alineación de aquel día: Clemente, que había dividido por trincheras a la prensa entre partidarios y detractores por cuestiones que ahora no vienen al caso, alineó a Zubizarreta; Ferrer, Alkorta, Abelardo, Nadal, Otero; Goikoetxea, Caminero, Bakero, Sergi; y Luis Enrique. Excepto Bakero, el resto de jugadores habían actuado en algún momento de sus carreras como defensas (Caminero llegó a ser líbero en el Castilla y Luis Enrique y Goikoetxea jugaron de laterales, en el Madrid el asturiano y los dos, en el Barça).

 

 

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La memoria colectiva considera que aquel partido fue una colección de injusticias, empezando por el codazo de Tassotti a Luis Enrique no sancionado por Puhl. También se vendió como el triunfo del catenaccio. Observemos, sin embargo, el once con el que jugó Italia: Pagliuca; Benarrivo, Costacurta, Tassotti, Maldini; Conte, Albertini, Dino Baggio, Donadoni; Baggio y Massaro. Al descanso, y ganando 1-0, Sacchi introdujo a Giuseppe Signori, otro delantero zurdo que triunfó en el Lazio. A Italia se le ha llegado a vulgarizar por su obsesión con el rigor táctico y su obsesión por la defensa. Pero sería injusto no reconocerle que siempre ha abierto espacio a jugadores únicos: la lista incluye a Del Piero, Totti, Baggio, Zola, Gianinni… No estaría de más reconocérselo algún día. La España que perdió ante Italia era más defensiva que esa Italia.

España e Italia no volvieron a jugar en partido oficial durante 14 años (con el paréntesis de los Juegos Olímpicos, en los que España ganó 1-0 con gol de Kiko en los cuartos de final, Luis Casanova, pero no era lo mismo). Es normal que, pese a su estado de optimismo, España afrontase el partido con cierto pánico los cuartos de la Eurocopa 2008. Para empezar, Italia había añadido un nuevo Mundial a su palmarés sólo dos años antes. El miedo no era al emparejamiento, sino al currículo… (4-0 en Mundiales) La nueva gesta italiana había animado a los azzurri a viajar así que ni la fiebre por la Roja de Luis permitió estar en mayoría a la afición española en Viena. En el Prater retumbó el himno de Italia y los cánticos a Toni, una pesadilla para Casillas.

 

 

 

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España no fue mucho mejor que Italia aquel día. Tanto que muchos han olvidado que Luis tuvo que mover el árbol y sustituir a las dos banderas del tiqui-taca. Xavi dejó su sitio a Fábregas (59’) e Iniesta, a Cazorla (60’). A lo que sí que no renunció España fue a su estilo. El duro fajador del 94 se había transformado en fino estilista Y en contra del aspecto liviano, frágil y casi lúdico de la Selección, España no se arrugó en la tanda de penaltis: marcaron Villa, Cazorla, Senna y Fábregas, apenas un chaval. Fue el día en que le robamos el gen ganador a Italia.

Luego hemos vuelto a jugar contra Italia tres veces más en competición oficial. Y hasta le hemos goleado, así intenté expresarlo en esta crónica de la final que intenté resumir en un GRACIAS

 

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Pero también hemos empatado dos partidos. La diferencia, sin embargo, sigue sin estar en los resultados. Lo que al fin nos ha acercado a Italia es el día que le robamos la fórmula ganadora. Y los títulos.

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24/02/2014

Por Juan Jiménez

¡Moore detenido en Colombia!

Imaginen por un momento a Iker Casillas, capitán de la selección campeona del mundo, detenido en Washington durante la concentración de la Selección por robar un diamante en la víspera del viaje a Brasil para defender la corona. Pues bien, algo así ocurrió de verdad. Fue en 1970.

 

Antes de llegar a México para empezar la defensa de la Copa Jules Rimet que los inventores del fútbol habían conquistado en casa en 1966, Inglaterra hizo una parada técnica de aclimatación en Colombia. Su capitán, el hombre que había levantado la Copa en Wembley, Bobby Moore (1941), y algún compañero más visitaron la joyería Fuego Verde, sita dentro del hotel Tequendama de Bogotá. Sólo un par de horas más tarde, el dueño de la joyería presentó una denuncia contra Moore por el robo de un brazalete de oro blanco de 18 quilates de cinco gramos de peso con incrustaciones de doce esmeraldas y doce diamantes. La denuncia no cristalizó hasta tres días después y, por entonces, la selección de Inglaterra estaba en Quito. Había un problema: había que volver a Bogotá para hacer escala rumbo a México, donde el Mundial empezaría en días. Además de capitán, Bobby Moore no fue un jugador más. Nacido en 1941 en Barking, un suburbio de Londres, está considerado por muchos expertos en el once ideal histórico de la historia. Defensa inteligente, único al corte, fue patrimonio del West Ham (al final de sus días probó en Estados Unidos) y de todo el país. Pelé llegó a declarar que era el mejor defensa contra el que había jugado.

 

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Moore fue parado en el tránsito. El juez Pedro Dorado, encargado del caso, había reclamado su detención ante la estupefacción general. El resto de la expedición inglesa, campeona del mundo, siguió rumbo a México sin su capitán. La noticia corrió como un reguero de pólvora. Y como era de esperar, generó un conflicto diplomático. Moore estuvo acompañado por el embajador británico en Bogotá, Tom Rogers. Pero no hubo manera de que se uniese de inmediato con sus compañeros.

 

Durante tres días, Moore, retenido en territorio colombiano, se alojó en la casa de un directivo de la Federación colombiana de fútbol, Alfonso Senior, y se levantó a las seis y media de la mañana para entrenarse en las instalaciones de Millonarios. El estrés y la gravedad de la situación, sin embargo, afectaron a su peso. Perdió tres kilos. Algo empezó a jugar a su favor. Las declaraciones empezaron a presentar grietas. La denuncia había sido presentada por Danilo Rojas, propietario del negocio y, días más tarde, reforzada por el testimonio de Álvaro Suárez, que dijo haber visto a Moore llevarse la joya… Pero el caso se complicó cuando se supo que Danilo Rojas estaba relacionado con el comercio clandestino de las joyas: la conocida Mafia esmeraldera. Álvaro Suárez, por su parte, apareció tres días después, como sospechoso en intermediaciones de tráfico de esmeraldas.

 

 

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Moore fue liberado, viajó a México e Inglaterra venció en su debut a Rumanía por 1-0. Luego no pudo conservar la Copa Jules Rimet (Inglaterra fue eliminada por Alemania en cuartos), que acabó en manos de Brasil por última vez (luego fue robada…). Algunos documentos desclasificados años después demostraron la intervención del Foreign Office, el Ministerio de Asuntos Exteriores británicos, para desbloquear el caso y facilitar la liberación de Moore. ¿Pero, y quién no lo habría hecho?

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29/01/2014

Por Juan Jiménez

¿Por qué no tiró Matthaus el penalti de la final del 90?

Lothar Herbert Matthaus (Erlangen, Baviera, 1961) fue, sin duda, el futbolista del Mundial de Italia 1990. Hubo jugadores de momentos. El primero, Salvatore Totó Schillaci, ese delantero que celebraba hasta el éxtasis sus goles y fue decisivo en los difíciles cruces ante Uruguay e Irlanda. Italia soñó que Schillaci interpretase el mismo papel que Rossi jugó en el Mundial de España (1982). No fue posible. También despuntó Baggio, con su fabuloso e inolvidable gol en slalom a Checoslovaquia en la primera fase. O Roger Milla, que jugó con 38 años (también iría a Estados Unidos ya en un papel más marginal con 42…) con la fascinante Camerún, gran sensación del torneo. O Paul Gascoigne con Inglaterra (inolvidables sus lágrimas en la semifinal ante Alemania que le habrían impedido jugar una hipotética final que luego no fue tal). El parapenaltis Sergio Goycoechea del que igual otro día contamos una historia y, cómo no, Maradona.

 

Pero el hombre del Mundial, decíamos fue Matthaus. Era el abanderado de una Alemania engrasada liderada por la armada del Inter (además de Matthaus, Brehme y Klinsmann habían llegado al club neroazzurro para acabar con el dominio del Milán de los holandeses en el Scudetto). El once tipo de Alemania no tenía fisuras. Dos carrileros (Berthold y Brehme), dos centrales de rompe y rasga (Buchwald y Kohler), el monstruoso Augenthaler para librar, la magia de dos pequeños clones: Haessler (incipiente) y Littbarski (en retirada). Y además del liderazgo de Matthaus, una delantera que jugaba de memoria y era difícilmente descifrable para las defensas rivales: Klinsmann-Voeller. Alemania jugó una primera fase maravillosa, con un partido memorable en la jornada inaugural ante Yugoslavia en el que expresó todas las cualidades que mejor la definían. Una puesta en escena que intimidó a los rivales.

 

Luego Alemania sufrió. En octavos eliminó a Holanda (campeona en la Eurocopa de 1988 con Koeman, Gullit, Van Basten… y una de las grandes favoritas) el día de los famosos escupitajos de Rijkaard a Vöeller. Pero fue perdiendo fuerza en el trascurso de la competición. Sólo ganó 1-0 a Checoslovaquia en cuartos y la suerte le acompañó en los penaltis de la semifinal. La selección de Lineker, que había eliminado injustamente a Camerún, estuvo a punto de tumbar a Alemania, que sin embargo tuvo buen pulso en el momento cumbre. Matthaus también fue de más a menos, pero aun así le llegó para conducir a su selección hacia la final de Roma.

 

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A Alemania le favoreció el desenlace de la otra semifinal. El rival de la final iba a ser Argentina, sorprendente ganador de la semi ante Italia, que llegaba sin el único socio que estaba a la altura del talento de Maradona. Caniggia, goleador en octavos ante Brasil y verdugo en semifinales de Italia con otro partido de categoría que jamás le perdonó Nápoles ni Italia (por aquellos años jugó en Atalanta y Roma) no jugó por sanción. La sociedad Maradona-Caniggia fue el único argumento ofensivo de Argentina en aquel Mundial, pero los desmarques del delantero (gol ante Brasil en octavos) eran deliciosos. El único plan de aquella selección recibida pésimamente en Roma (pitos para el himno y los labios de Maradona silabeando nítidamente “hijos de puta” como respuesta) era el 0-0. Dezotti, un delantero fuerte físicamente pero poco dotado técnicamente, no era un socio a la altura de Maradona.

 


 Pero vamos a nuestra historia. Cerca del final, el expresivo colegiado mexicano Edgardo Codesal señaló un penalti de Sensini sobre Voeller que Argentina reclamó cuerpo con cuerpo al mexicano. La decisión, desde luego, fue más que discutible. Todos los ojos miraron entonces a Matthaus, especialista consumado en la suerte, pero quien apareció para lanzar el penalti fue Brehme, que lo transformó con sangre fría y su pierna derecha. Brehme era zurdo de pie pero golpeaba bien con las dos piernas y aseguró luego sentirse más seguro así. Alemania levantó la Copa y nadie echó de menos que Matthaus lanzase el penalti, pero la memoria del fútbol lo conservó hasta que en alguna de esas entrevistas conmemorativas alguien se lo volvió a recordar. Las peores lenguas periodísticas (su relación con el gremio no era bueno) dejaban caer que se escondió y no quiso lanzar el penalti. Algo así como hizo Bebeto en el penalti de Djukic que definió la Liga de la temporada 1993-94.

 

Matthaus tenía una explicación más fácil que esa: “Se me rompió la suela y en esa época no teníamos un segundo par de botas. No éramos muy profesionales. Me las cambié al descanso, pero no eran mi modelo. Seguí jugando pero cuando llegó el penalti no me sentía suficientemente seguro como para asumir la responsabilidad de lanzarlo.”

 

En la foto, Matthaus está justo detrás de Brehme cuando éste va a lanzar. Muy a pesar de las botas, ¿quería Matthaus tirar aquel penalti?

 


 

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14/01/2014

Por Juan Jiménez

Cuando Cruyff tumbó a Adidas

Sí. Aunque en estos tiempos que corren podría parecer un auténtico disparate, Hendrik Johannes Cruyff jugó con una camiseta distinta a la del resto de sus compañeros de la selección holandesa durante el Mundial de Alemania en 1974, nada menos que el de la aparición de la Naranja Mecánica, seguramente la selección más recordada de la historia de los Mundiales junto a la Hungría de 1954. Las dos reinas sin corona.

 

Era imposible que el detalle pasase desapercibido. Holanda tenía firmado un contrato firmado con Adidas, la marca de las tres rayas y Cruyff apareció en el debut del Mundial, ante Uruguay, con una camiseta a la que le había sido arrancada una de las tiras. Para que no haya dudas, el mismo Cruyff explicaba hace poquísimos días en Icon, revista de El País, la situación. Como siempre, a su manera: “Bueno, nosotros, por ejemplo, jugamos el Mundial de 1974, y hacía justamente dos años que el fútbol era profesional. Las empresas venían, había promociones… Y la Federación, en esa época, negoció con Adidas. Querían que lleváramos su camiseta, y yo pedí mi parte. Me la negaron diciendo que la camiseta era suya, y yo les dije que la cabeza era mía. Entonces en todo el Mundial jugué con una camiseta diferente del resto”.

 

 

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La realidad es que Cruyff no sólo había pedido su parte, sino que no hacía tanto que había firmado un contrato con Puma, la firma que le suministraba las botas. Que la federación holandesa hubiese firmado con Adidas no le hizo ninguna gracia a Puma. Primero, porque era otra empresa. Segundo, porque no era cualquier otra empresa. Puma surgió de las divergencias entre dos hermanos Adolf y Rudolph Dassler. El primero, Adi, diminutivo de Adolf había creado Adidas (AdiDassler). El segundo, que primero colaboró con su hermano en la idea pero luego se alistó para combatir en la segunda Guerra Mundial (estaba afiliado al partido nazi), empezó a hacer fama con las históricas Dassler Puma. El caso es que Cruyff se saltó a la torera las tres rayas de Adidas, que accedió a suministrarle una equipación, véase en imágenes, diferente al resto.

 

En eso, como en tantas otras cosas (el Ajax del nuevo tiempo que lideró, el Barça del nuevo tiempo que inventó), Cruyff fue distinto. Empezó a explorar en el mundo de la representación, el marketing, las firmas con patrocinadores. Para eso siempre tiró de Cor Coster, padre de su mujer Danny, que con 17 años se ofreció para echarle un cable. Desde entonces, Cruyff se remitió a Coster en cualquier negociación con el Ajax. Y desde entonces Cruyff siguió cobrando…, hasta hoy. Su fama en esa faceta, hasta para conceder entrevistas, no le ha abandonado.

 

Cruyff también faltó al Mundial 78 de Argentina. Algunas voces dijeron que fue un boicot a la dictadura militar argentina. Otros, sin embargo, hablan de un intento de secuestro meses antes de Barcelona que afectó a Johann y a su mujer Danny que les hizo replantearse las cosas. Otros, simplemente de divergencias con la Federación. Nadie habló del contrato de Adidas. El caso es que los gemelos Van der Kerkhof, René y Willy, vistieron equipaciones Adidas con dos rayas…

 

 

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07/01/2014

Por Juan Jiménez

Canta Gardel..., pierde Argentina

Quién no recuerda a Sandro Pertini en pie aplaudiendo en el palco del Bernabéu junto al joven Rey Juan Carlos los goles de Italia en la final del Mundial 82 o el Mundial del 78 rodeado de un ambiente sombrío y amenazas de boicot de futbolistas (Cruyff entre ellos) por la horrible dictadura militar de Videla. El famoso telegrama (“o vincere o morire”) de Benito Mussolini a la selección italiana antes de la final de la edición de 1938. El Mundial, evento de dimensión mundial, acerca siempre fútbol y política, esfera garrapata donde las haya.

 

Pero…, ¿y los artistas?

 

Uno de los primeros precedentes del fútbol que acerca artistas y futbolistas es Carlos Gardel (1890-1935). Uruguay (Tacuarembó) y Francia (Toulouse) se atribuyen el nacimiento de ‘la voz’ del tango. Lo que nadie discute es que Gardel se crió en Buenos Aires (se nacionalizó argentino en 1923), lo que le acercó a dos equipos: Racing de Avellaneda. De hecho, dedicó un tango, “Patadura”, a Pedro Ochoa (“ser como Ochoíta, el crack de la afición”). A Gardel también se le conoce su apego al Nacional de Montevideo y al Barça por su amistad con Samitier y Zamora (es conocida una foto de Gardel en el hospital con Samitier y Platko después de un durísimo partido contra el Real Madrid a principios de los 30). Barcelona y París fueron dos de las ciudades de Gardel. Fútbol, turf y boxeo fueron las pasiones deportivas de Gardel, que ya decidió acompañar a la selección olímpica argentina para los Juegos de Amsterdam en 1928. Días antes de la final (ante Uruguay…), Gardel cantó el tango “Dandy” para la expedición argentina en el hotel Moderne de París en medio de la emoción general. La final, sin embargo, la ganó Uruguay (2-1) después de un replay.

 

 

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Dos años después, 1930, se celebró la primera edición del Mundial. Fue en Uruguay. Argentina fue finalista de nuevo y, en la previa, Gardel decidió volver al hotel de concentración de la albiceleste. Allí le querían y nadie consideró la experiencia de dos años antes. “Canta de nuevo dandy”, le pidieron los argentinos. Gardel volvió a cantar…, y Argentina volvió a perder a pesar de un gol de Guillermo Stabile, amigo personal del actor, cantante y compositor. Dandy no volvió a cantarse nunca jamás en una concentración argentina. Uruguay decidió sacarle tajada a la historia. Cuenta la leyenda que Gardel también estuvo en el hotel de concentración charrúa en la previa de la final y que cantó todo el repertorio. Todo…, menos el tango “dandy". El gafe tango "Dandy".

 

 

Aquella final del estadio Centenario (4-2) dejó secuelas y abrió una fenomenal rivalidad entre Uruguay y Argentina, el ya histórico clásico del Río de la Plata. Gardel, con sangre uruguaya y nacionalidad argentino, quiso mediar en la rivalidad y organizó un recital en París para las dos selecciones. La ‘convención de paz’ acabó como el rosario de la aurora. El uruguayo Andrada atacó al argentino Orsi, que decidió defenderse nada menos que con un Stradivarius de uno de los miembros de la orquesta de Gardel

 

A Gardel no le dio tiempo a arreglar aquellas rencillas. Falleció en accidente aéreo en Medellín en 1935. Argentina fue campeona del mundo 43 años después.

Pero en la oscuridad de la dictadura. Sin música.

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