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El blog de Juan Jiménez

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13/05/2013

Por Juan Jiménez

Most Vassilis Player

Vassilis Spanoulis nació en Larissa, justo a los pies del Monte Olimpo. Imposible mejor sitio para un semi-dios del baloncesto.

 

A Vassilis Spanoulis cuentan que lo bautizaron Kill Bill exactamente después de aquella semifinal memorable del Mundial 2006 en Saitama, cuando Grecia destrozó a Estados Unidos. En esencia, Grecia ha sido la única selección que ha derrotado a la mejor selección de Estados Unidos, la que tuvo que rehacerse para evitar batacazos tan horribles como los de Indianápolis y Atenas. Aún no era el Redeem Team, pero casi. Excepto a Kobe Bryant, aquella selección que luego terminó conjurándose en Las Vegas durante el verano de 2007 (allí donde se supone Kobe y LeBron firmaron un pacto que acabó en la vuelta a la gloria) para no perder nunca más, ya tenía a todos los grandes jugadores que han sido medalla de oro en Londres y Pekín y campeones del mundo en Turquía.

 

 

Spanoulis2

 

Spanoulis es el segundo jugador que gana el MVP del año en la Euroliga y luego lo acompaña con el MVP de la Final Four. Antes, sólo lo había conseguido un compatriota suyo tan bueno o mejor que él: Dimitrios Diamantidis. Spanoulis y Diamantidis, Diamantidis y Spanoulis, jalonan la historia del baloncesto europeo en la última década. Muy pocos jugadores han sido tan decisivos para sus clubes. Uno, Kill Bill, más pasional. Otro, el héroe del Panathinaikos, más cerebral. Dimanatidis no se marchó nunca del Panathinaikos. Ni siquiera la NBA. “Nunca tuve ofertas reales”, ha vuelto a decir alguna vez. La sala OAKA es su casa. Es casi un one club man (aterrizó del Iraklis con 24 años) Posiblemente, ser casi un one club man sea más difícil aún que en el fútbol. Capitán y venerado, dice que continuará en el Panathinaikos hasta que se cansen de él. Diamantidis decidió retirarse hace tiempo de la selección griega. Su baloncesto resulta apolíneo, menos eléctrico pero más fino que el de Spanoulis.

 

 

Cabezas2

 

 

Spanoulis, más dionisiaco si gustan, con un baloncesto más agresivo, hambriento, prefirió más la aventura. Especialmente, se supone, saber qué se siente en el arriesgado salto del barco del Pao al Pireo. Odiado por los verdes del Panathinaikos, es el único jugador invicto en Final Four. También el único que ha ganado tres MVP junto a Toni Kukoc, otro jugador absolutamente irrepetible y cuya dimensión se elevó por encima de la de Spanoulis. Kukoc era otra cosa, un chico desgarbado capaz de aplastar el sueño del Barcelona de Aíto siendo apenas un desconocido con un juego lleno de naturalidad. Sin aparentes alardes pero con un despliegue de recursos de impresión. Un iluminado del juego en sus primeros tiempos de la Jugoplastika. Un jugador capaz de encontrar todos los problemas posibles y alguno más a su llegada a los Bulls y superarlos uno por uno. Primero, la coincidencia de su llegada (1994) con la retirada de Jordan con el solar de melancolía que eso generó en los Bulls y luego, ciertas reticencias de Jordan a su vuelta a mitad de la temporada 94-95. Jordan, o eso nos contaban, no veía demasiado bien esos ‘inventos’ europeos Eso, hasta que se acabó convirtiendo en un jugador decisivo para Phil Jackson, que utilizó con maestría su talento único para repartir roles. Kukoc siempre estuvo detrás de Jordan y Pippen, pero acabó siendo un aporte capital y obtuvo el reconocimiento del mejor jugador de la historia. Jordan ya sí lo quería. Hasta ahí debió llegar su talento. Trasciende, por supuesto, a Spanoulis.

 

 

 

KUKOC2

 

 

“Vassilis es nuestro líder indiscutible”, dijo en enero Hines, el gladiador que también quedará en la memoria de la Final Four de Londres por su increíble tapón a Mirotic. Spanoulis, decíamos, prefirió la aventura. En la NBA no fue Kukoc. Su estilo de juego no le pareció el más adecuado a Jeff Van Gundy, su entrenador en Houston Rockets: “Tiene un porcentaje altísimo de pérdidas, un mal porcentaje de tiros, pierde balones…”. Spanoulis no estuvo cómodo en la NBA, alegó un problema familiar e hizo el viaje de vuelta. Regresó al Panathinaikos y ganó la Euroliga. Pero era obvio que Spanoulis necesitaba más y más protagonismo, El gigantismo del Panathinaikos, campeón casi por inercia con Obradovic, terminó por hacer germinar demasiados egos. En 2009, en el primer MVP de Spanoulis, el equipo tenía una nómina escandalosa: Diamantidis, Jasikevicius, Pekovic, Fotsis, Perperoglou, Tsartsaris, Batiste, Nicholas. Spanoulis necesitaba otros horizontes. Ser líder y ser icono. Con Diamantidis en Panathinaikos, allí era tarea casi imposible. Así aterizó en el Olympiacos, un club de alto riesgo cuando, después de su terrorífica inversión en 2010 (Kleiza, Teodosic, Childress…), cayó en la final ante el Barça y decidió empezar a manejar presupuestos más razonables al abrigo, también por supuesto, de la crisis griega. No con Spanoulis, claro, que cobró un pastizal. Él decidió jugársela. Y no le fue mal.

 

 

Spanoulis32

 

 

 

“Se trata de ver quién tiene la ambición más grande”, suele repetir Spanoulis antes de cualquier gran partido. En los dos últimos años, Spanoulis ha reventado de ambición y ha encontrado la complicidad de un entrenador que cobra y que respeta los status, pero que no es político. Manda y es valiente. Bartzokas soportó las dudas de su afición, crítica con la marcha de Ivkovic, que había conquistado la Euroliga más inesperada de los últimos años Tal vez la conexión de Bartzokas con Spanoulis esté en los orígenes. Ambos pasaron por clubes de segunda fila en Grecia, Larissa y Marousi. Pero esa es una intuición. Lo que sí es una certeza es que Spanoulis terminó con cero puntos la primera parte y con valoración negativa y Bartzokas lo volvió a meter en la pista. A veces, es una mera cuestión de jerarquía. También podía haberle dado un ataque de entrenador a Bartzokas y después del buen inicio y el interesante partido de Sloukas, no volver a hacerle aparecer. Pero no lo hizo. Le devolvió al mando y Spanoulis le devolvió a él el partido.

 

Es maravilloso ver a un jugador de baloncesto dominar un partido como ha hecho Spanoulis en la Final Four. Capaz de destrozar una disciplina más hermética, la de Messina, o de desquiciar un equipo con alguna grieta táctica más como el Madrid. Pero aún es más maravilloso ver cómo después del partido saludaba, uno por uno, saltando vallas si era suficiente, para consolar a los jugadores del Real Madrid. Spanoulis ha logrado todo lo que pretendía: ser icono y ser leyenda de un club. Esa barba no se olvida.  

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24/04/2013

Por Juan Jiménez

Comprarse un Neymar o ser responsable

De Wembley 1992 a Wembley 2011. Del humillante 4-0 en Atenas ante el Milán (1994) al doloroso 4-0 en el Allianz (2013). De ciclo a ciclo. Así suele redondearse el fútbol, con la misma majestuosidad. Con la misma crueldad.

 

 El Barça cayó a plomo en el Allianz de la misma manera que se había elevado en Wembley. Visto ahora con perspectiva, y aunque siguió ganando algo, tal vez ese día (y en el del Mundialito ante el Santos) coronó su obra, su particular filosofía de fútbol, con un 3-1 ante el Manchester en la mayor expresión del guardiolismo, un anexo mejorado del cruyffismo que había triunfado veinte años. Lo que ha venido después ha sido un año repleto de nostalgia (para cuando dijo que se iba, Guardiola llevaba ya un tiempo fuera en alma) a pesar de los títulos (Mundial de Clubes, Supercopa de Europa y Copa del Rey), y otro de dificultades y malos síntomas que, sin embargo, cerrará con la dignidad de una Liga, cuarta en cinco años. En la Champions, sin embargo, ha ido enseñando piedrecitas en el camino: la derrota en Glasgow, el desastre de Milán, los apuros ante Spartak y en cuartos ante el PSG… Aunque un 4-0 a un equipo tan estético como éste resulte doloroso de asimilar, es obvio que el Barça se había buscado este Waterloo a base de bien.

 

 El Barça está ante la interesante opción de reconstruirse desde ya y rescatar lo bueno que quede de un equipo memorable. Después de este 4-0, el buenismo ya no es una opción posible. Peor fue lo de 1994, por ejemplo, cuando Romario se marchó de la final sin querer recibir la medalla conmemorativa y, meses después del Mundial, se marchó dando un portazo; Stoichkov y Koeman ya estaban en caída y Cruyff, en pleno delirium tremens, decidió empezar la reconstrucción con los fichajes de Escaich, Sánchez Jara, Eskurza, Korneiev y José Mari. Aquello no fue una reconstrucción, sino un circo, aunque hay que reconocerle una cosa, sirvió para liquidar por derribo y empezar de cero: la quinta del Mini, Figo y esos fichajes de Zidane y Giggs que nunca llegaron.

 

 

Pero aquel Barça de 1994 era un equipo con una fecha de caducidad más determinada que el actual: más que por el momento determinado de sus cracks (Romario fue campeón del mundo ese año, Stoichkov había ganado el Balón de Oro y Laudrup aún tuvo un brillante año en el Madrid de Valdano), por el desgaste acumulado de seis temporadas de Cruyff, que ya había exprimido lo mejor de aquellas estrellas en medio de enfrentamientos verbales y críticas (muy a lo Mourinho) que les mantenían en tensión (en un 7-2 al Sporting, a Stoichkov se le llegaron a saltar las lágrimas de los latigazos públicos que le asestaba su entrenador). Una bomba de relojería que convenía dinamitar.

 

 

Esta transición para el Barça será, si cabe, más complicada. Con Iniesta y Messi, se supone, aún en plenitud, el Barça debe analizar casos realmente delicados. Primero, deportivos. Valdés es caso perdido. Puyol y Xavi terminan de renovar, son y serán de la casa y además el club mantiene el reto de que sus símbolos se retiren, por una vez, en su hogar (hasta Guardiola se marchó) ¿Qué hacer? Más casos de la casa: Cesc. Un traspaso caro, a petición expresa de Guardiola, que siempre quiso proteger el vestuario con un núcleo duro de culés de base que rodearan a Messi. Cesc decepcionó a Guardiola, pero su marcha sería asumir un error excesivo. Otros, se supone, serán más sencillos: Villa y Alves podrían dejar paso, y ficha, a nuevos elementos. Alexis estará en el mercado, se incorporarán centrales…

 

 

Y luego están los casos humanos. El Barça ha sobrevivido a dos dramas de vestuario: Abidal y Tito Vilanova. Dos héroes en todo caso. El primero pide una renovación que el club no sabe si resulta conveniente deportivamente. Aun así, debería ejercerla. Sería de justicia. Pero su caso, sin duda, es menos problemático que el de Vilanova, inmóvil durante la caída de Múnich: 4-0. Y lejos de Barcelona por cuestiones obvias. El Barça ha vivido en la anormalidad este año. La gestión del asunto Vilanova será capital. Podría decirse que lo de Abidal es colateral y lo de Vilanova, estructural. Se ha esperado tanto del cuerpo técnico este año como poco del staff directivo, el que ahora deberá tomar decisiones.

 

 

Así que, aunque a Freixa no le guste, cabría decirle que no hubo transición mejor que la de Guardiola, que en 2008 heredó un Barcelona trasnochador, caprichoso y, sobre todo, ya perdedor e indolente y despachó a Ronaldinho, que aunque estaba en caída era el icono que había devuelto la alegría al club. También a su amigo Deco, para liberar a Messi de las malas influencias. Y un año después, a Etoo, decisivo nada menos que en dos finales de Copa de Europa, para evitar ‘activos tóxicos’ en el vestuario. Freixa cree que Guardiola no hizo mucho, pero la verdad que lo hizo perfecto. Tanto que igual hasta alguno tira de teléfono para enderezar este ciclo o empezar uno nuevo.

 

 

Y si Rosell y Freixa creen que esto se arregla sólo con un Neymar, que se lo compren. Un Ronaldinho sólo sale una vez en la vida. Proyecto no es sólo eso.

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11/04/2013

Por Juan Jiménez

El quinto semifinalista

En semifinales nos falta el Málaga, al que nadie robará sus noches gloriosas. Sé que muchos periodistas lloraron en Málaga tanto como sus aficionados porque llevan al club muy dentro. Sé que muchos periodistas lloraron a lágrima viva también en Dortmund. Que no podían dejar de llorar en el aeropuerto de Munster y que lloraron todavía más cuando aterrizaron en Málaga y vieron a seiscientos aficionados en el aeropuerto. Un choque de emociones impactante. “Es casi como si se te muere alguien”, me llegó a escribir un buen amigo que estuvo en el Westfalen a través del teléfono móvil. Sé que en unos días el Málaga pasará al olvido para muchos. Y no deberíamos olvidar a este Málaga. Seguramente, porque a partir de ahora vivirá momentos muchos más difíciles. Y no deberíamos olvidarlo por esa huelle indeleble que ha dejado el estilo Pellegrini, desde que se empeñó en sacar a un equipo del pozo a través de la posesión hasta las hazañas del Milán, el Oporto o el Dortmund, merece que le demos un cuidado para siempre.

 

Hubiera resultado glorioso ver mañana viernes a Paco Martín Aguilar, toda una vida en Málaga (hasta participó activamente en el enjuague burocrático que permitió que el Málaga CF de nueva creación, heredero del CD Málaga, no bajase del todo a los infiernos de las regionales para volver a
empezar) en el sorteo de semifinales. El descuento de Dortmund fue algo más que el error grosero del complaciente (para el Borussia) Thomson (sus últimos veinte minutos de vale todo para los alemanes resultó grotesco) y sus asistentes. Fue un conjuro diabólico. Costará ver concentrado tanto infortunio
en tan poco espacio de tiempo. Desde aquella final Bayern-United del Camp Nou en la que Collina recogía jugadores muniqueses como bolos caídos (Kuffour, Scholl, al que llegó a convencer de que se levantase prometiéndole que daría un minuto de descuento más), no se veía cosa igual.

 

El Málaga y sus imágenes ya van a ir con nosotros en el mes y poco que queda de Champions (y mucho tiempo más), pero las semifinales también dejan cuatro equipos grandes, cuatro estilos admirables. También el del Dortmund a pesar de la mala educación de Klopp con los periodistas malagueños.
Un buen entrenador como él, que asegura no sólo querer ganar sino también sentir, tiene que saber ganar. Eso es lo más importante. Ni Klopp ni alguno de los jugadores que se mofaron de Caballero después del 3-2 estuvieron a la altura de su fútbol ni de la impresionante atmósfera del grandioso Wesfalenstadion.

 Real Madrid (9), Bayern (4), Barcelona (4) y Borussia (1) suman 18 Copas de Europa/Champions. La liturgia de estos equipos, que han sido campeones gracias a leyendas como Di Stéfano, Gento, Raúl, Casillas, Zidane, Maier, Beckenbauer, Müller, Effenberg, Kahn, Koeman, Ronaldinho, Messi, Xavi,
Iniesta, Sammer, Riedle o Möller es indiscutible. El Madrid sigue siendo el viejo rey de Europa y, seguramente, el Bayern uno de sus peores ogros. El Barça, casi cien años sin Champions, se ha incorporado al jardín de los ricos de Europa en la última década. Y el regreso del Dortmund, que tuvo una floreciente época a mediados de los 90, ha supuesto una aparición refrescante.

 

Si por algo nos detendremos a disfrutar con pasión las semifinales dentro de 15 días es por la mezcolanza de estilos que expondrán los cuatro clubes. El Barça ha gobernado Europa en los últimos años (seis semifinales consecutivas, tres títulos en las últimas siete temporadas) con su estilo refinado de posesión y la tiranía de Messi. Era el primer Barça de Guardiola un equipo más exuberante, incontenible, capaz de hacer a uno de sus posibles rivales en semis, el Bayern, cuatro goles en un ratito (2008-09). Su superioridad resultó aplastante. La exuberancia dio paso al control y así también le alcanzó. Ahora se le atisban ciertos síntomas de agotamiento, pero su espíritu competitivo, su experiencia en grandes citas y ese gen ganador que fue desconocido para el club durante tanto tiempo, le permite mantener su condición de favorito máximo en todas las apuestas. Los rivales, además, todavía respetan su condición de club hegemónico: Milán y PSG han tenido la eliminatoria en ventaja y, más que eso, en su mano. Pero han tenido momentos de debilidad, todavía hipnotizados por el historial de su rival, que le han condenado.

 

El Madrid aparece en su tercera semifinal consecutiva, tercera desde que llegó Mourinho, con un equipo, teóricamente, más duro mentalmente que en las semifinales de 2011 y 2012. Por entonces, jugadores como Özil o Khedira tenían menos fuste que ahora y el Madrid aún tenía ciertas lagunas en su estructura. A pesar de estar lejos en la Liga, esta temporada parece haber rebasado ese umbral. Ha demostrado que sabe sufrir (remontó ante el City y el United y también salvó un punto in extremis ante el Dortmund en el Bernabéu) y se siente preparado. Los automatismos que Mourinho pretendía a su llegada ya existen. El Madrid, guste más o menos, tiene un estilo tan definido como pretendía su entrenador (un sistema defensivo estable y el mejor despliegue en contragolpe posiblemente de la historia) y le añade la presencia de Cristiano Ronaldo, máximo goleador de la competición esta temporada, héroe en los partidos del Bernabéu ante City y United y más colectivo que nunca. Otra vez, ante el reto de penúltimo escalón. Ahí se quedó los dos últimos años con el Madrid en Champions y de ahí no pasó en la Eurocopa, gran Eurocopa que jugó,con Portugal.

 

En Múnich deben andar sorprendidos. Ni su exhibición ante el Arsenal en Londres ni su convincente eliminatoria ante la pujante Juve que ha resuelto con una determinación asombrosa por un global de 4-0 le han permitido elevarse a máximo favorito de la competición. Ancelotti dio la razón a las casas de apuestas: “Por sus individualidades, los equipos españoles tienen ventaja”. Pero el Bayern está muy seguro. Enfrente del estilo estético  del Barça o del contragolpe de Madrid, Heynckes ha devuelto a la gigantesca institución de Baviera el sello de rodillo. El Bayern ataca por tierra, mar y aire. Tiene un lateral incansable, Lahm (Alaba también se prodiga), jugadores de larguísimo recorrido (Schweinsteiger, Javi Martínez o, más adelantados, el ahora lesionado Kroos y Muller), dos cracks (Ribery y Robben aunque con cierta cruz de perdedores) y martillos en la delantera: Mandzukic, Mario Gómez y Pizarro. Todo eso, más una cruz y una deuda grabada a fuego: la final del Allianz la temporada pasada.

 

La supuesta cenicienta de semifinales es el Borussia del impertinente Klopp, que sin embargo se ha liberado de la presión que sintió en cuartos de final ante el Málaga. El Dortmund, sin la presión del favorito, ha dejado esta temporada actuaciones para el recuerdo ante el Real Madrid y el City. Juega con una marcha más gracias a la velocidad de combinación (ver el 1-1 en el partido ante el Málaga) que demuestran Götze, Reus y Lewandowski. El polaco es un demonio. Juega con las dos piernas, recibe bien de espaldas, es capaz de dar la vuela, lanza contras y se desmarca como los ángeles. Tiene un gran sentido táctico. El Dortmund se paralizó ante el Málaga, que supo descubrir ciertas carencias en la creación a pesar de futbolistas como Gundogan. Pero ahora no tendrá ninguna carga extra en las piernas. Está donde se le pedía, aunque nosotros deseábamos que estuviese el Málaga. Que no caiga en el olvido el Málaga, el quinto semifinalista.    

 

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01/04/2013

Por Juan Jiménez

"Tuya es la historia, Gica"

“Tuya es la historia, Gica”. Antonio Jesús López Nieto, árbitro malagueño dedicado ahora a tareas políticas, nunca ha olvidado la frase que le dirigió a Gica Popescu cuando le entregó el balón al rumano antes de que lanzase el penalti definitivo de la final de la Copa de la UEFA del año 2000. En el Parken de Copenhague, Arsenal y Galatasaray habían agotado los 120 minutos con empate a cero. Ergun Penbe, Hakan Sukur (el toro del Bósforo) y Umit Davala habían marcado para el Galata, al que había sostenido Taffarel durante el partido. Sólo Parlour, aquel interior derecho de rizos y buen recorrido, marcó un penalti en el Arsenal. Suker y Vieira fallaron. Y Popescu, como le había sugerido López Nieto, hizo historia.

 

Popescu2El Galatasaray, un club capaz de mover hoy en día a dos millones y medio de personas en twitter, por ejemplo, ganó su primer título europeo 95 años después de ser fundado por Ali Sami Yen, el pionero que dio nombre a su estadio, hoy Turk Telecom Arena. El entrenador, en aquella noche mágica en el que vaya uno a saber cómo despertó Copenhage con esa fenomenal colonia turca que rodea el mundo, era Fatih Terim. Trece años después, Terim vuelve a dirigir al entrañable Galata. “Sin miedo al Bernabéu”, ha dicho fiel a su carácter desafiante y agitador de masas.

 

Los próximos rivales de Madrid y Barça, Galataray y PSG, entrelazan batallas europeas con los íntimos enemigos españoles. Las épicas, por clubes inferiores en historial, son las de su sus victorias.

 

Seguro que Florentino Pérez, por ejemplo, no ha olvidado al Galatasaray. El 25 de agosto de 2000, llevaba poco un mes como presidente, cargo al que había accedido entre cierta sorpresa general (Lorenzo Sanz había conquistado dos Copas de Europa). Figo, el arma electoral, ya vestía de blanco, pero aquella noche la gran estrella fue Jardel, gigantesco delantero brasileño, torpón de movimientos pero con gol por castigo. En apenas tres meses, el Galatasaray había ganado dos títulos europeos. Tocó el cielo y se puso a la altura de su historia y su masa social, tan pasional que sólo hace unos días, en la vuelta de los octavos ante el Schalke, intentó construir un túnel para acceder al estadio. No tenía entradas. Después de aquella legendaria victoria de Mónaco en la que el Galatasaray tumbó al mayor gigante de la historia del fútbol mundial, no ha ganado ningún título europeo más. Eso sí, casi le pega otro susto al Madrid en Champions. En los cuartos de 2001, Umit Davala, Hasan Sas y Jardel remontaron en Estambul un 0-2 y apuraron al Madrid hasta la vuelta, cuando el Real puso las cosas en su sitio. Era el Galata de Hagi y un prometedor mediocentro zurdo, muy fino, que luego hizo carrera: Emre.

 

Galata2

Años antes, sin embargo, hubo un capítulo que convirtió el Galatasaray y al Ali Sami Yen en nombres ya imborrables para el fútbol español. Fue el episodio Busquets. Carlos fue uno de los porteros más discutidos de la historia del Barcelona y, sobre todo, una de las mayores excentricidades de Cruyff, que se sintió legitimado para terminar antes de tiempo con el ciclo de Zubizarreta en el Barça. Cruyff se convenció de que el Barça, subcampeón de Europa y campeón de Liga, podía pasearse por la élite con Busquets y su yerno Angoy. El revolcón en Estambul, donde el Busquets se metió dentro de la portería con un balón después de un disparo de Arif Erden (http://www.firstpost.com/topic/person/hakan-sukur-galatasaray-2-1-barcelona-video-16sxTAAyn1Q-68482-17.html), dejó tocado el prestigio de Cruyff y del Barça, que acabaría por desangrarse en esa competición en la que terminó siendo eliminado por… el PSG.

 

Porque lo del Galata con los clubes españoles fue una broma al lado del ogro parisino, que durante tres temporadas limpió a los españoles que se le ponían en el camino. Fue el mejor PSG hasta estos días de jeque, un equipo construido por Artur Jorge que se desintegró sin haber levantado ningún título europeo. Posiblemente, una injusticia. Un equipo sobrio y ortodoxo, con una defensa seria (Gomes, Roche), centrocampistas académicos (el zurdo Le Guen, el ambidiestro Guerin, Fournier…). Un equipo que se coronaba brillantemente arriba, con el liviano Valdo de mediapunta (excelente jugador con gran golpeo a balón parado) y Weah y Ginola en la delantera. Daba gusto ver jugar al liberiano y al francés. Weah, primer Balón de Oro no europeo (1995) fue el primer delantero africano que mezcló un físico exuberante con una estimable dosis de talento. Era un bisonte en carrera (para recordar, un gol suyo ya con la camiseta del Milán en San Siro, de portería a portería. Y otro en Roma, ante la Lazio, con veinte metros eléctricos), pero tenía cualidades técnicas para sentar a Koeman en una baldosa. Weah, pura raza negra, mezcló de manera mágica con Ginola, que desprendía ese aroma de francés refinado. Bien parecido, resultaba un prodigio cuando se acostaba en la banda izquierda. Desde allí, a pesar de ser más diestro que zurdo, desbordaba en el uno contra uno, tiraba buenos centros con la zurda y disparaba con la derecha. Fue un gran jugador que se perdió demasiado pronto, antes que Weah. Su trayectoria en el Newcastle no fue brillante y sus mejores años con Francia se perdieron después del fiasco de la fase de clasificación para el Mundial de 1994. Francia quedó fuera y Ginola ya no llegó a tiempo a 1998.

 

Weah

 

El PSG, que luego sería reforzado por Raí (éste cuajó menos que Valdo, Ginola o Weah a pesar de llegar en la cima de su carrera después de liderar un gran Sao Paulo campeón de la Intercontinental en 1992 ante ese mismo Barça de Cruyff) tumbó al Madrid de la UEFA de 1993 con un partido de vuelta memorable. Después del 3-1 de la ida, un gol de Kombouaré (entrenador del PSG hasta hace bien poco, la llegada de los jeques desembocó en Ancelotti) volteó definitivamente la eliminatoria. Aquel equipo parecía imbatible pero la Juventus le apartó de la final. Un año después, volvió a mandar a la lona el Madrid. Esta vez fue en la Recopa y esta vez fue el Arsenal quien le apartó de la final. Pareció, sin embargo, que su gran temporada sería la 1994-95. Pleno de confianza después de ser campeón al fin de la Liga, realizó una primera fase memorable: le ganó los dos partidos al Bayern y también a Spartak de Moscú y Dynamo de Kiev. Terminó la primera fase con seis victorias en seis partidos y puede decirse que fue el equipo que firmó la defunción del Dream Team. Mucho más superior de lo que indicó el global de la eliminatoria (3-2), el PSG casi no tuvo rival en un Barça de saldo en el que Romario había puesto pies en polvorosa: Jose Mari, Sánchez Jara, Escaich, Korneiev. Un espanto. Después de la ida en el Camp Nou (1-1), los franceses voltearon el gol de Bakero en la vuelta (Rai otra vez en el camino del Barça y Guerin).

 


Pero el PSG volvió a quedarse a las puertas del cielo. El Milán, ganador y en el que todavía aguantaba a Baresi y apenas dos extranjeros en el equipo tipo (Boban y Desailly), sacó el orgullo y le sacó de la gran final que, posteriormente, coronaría al Ajax de Van Gaal.

 

Para cuando el PSG ganó la Recopa, en 1996, su equipo ya no transmitía tanto. Luego perdió otra, ante el Barça curiosamente. Pero jamás, hasta este PSG del jeque, transmitió la misma ilusión. Este es otro PSG. Lo que no está tan claro es que éste sea otro Galatasaray. Por Terim, se ha demostrado, no pasa el tiempo.

 

Como diría López Nieto, tuya sigue siendo la historia, Fatih.

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11/03/2013

Por Juan Jiménez

Cuando el Barça-Milán fue el partido imposible

En estos días, un Barça-Milán, incluso éste que apunta a épica o batacazo, algo sonado y que estará en los libros, es un partido común. El hat-trick de Rivaldo en 2000, el gol de Shevchenko en 2004, el de Giuly en 2006, los cuatro enfrentamientos de la temporada pasada solucionados en cuartos con un polémico arbitraje en Barcelona… Rutina.

 

Hubo un tiempo, sin embargo, en que el Barça-Milán no fue nada común. Hay quien llegó a llamarlo el partido imposible.

 

El final de los 80 y el principio de los 90 hizo casi converger dos revolucionarios modelos que transformaron, en parte, el fútbol moderno. Uno tuvo éxito devastador a corto plazo. El Milán de los holandeses construido por Sacchi (87-91) fue un terremoto. Terminó por aplastar la revolución de Maradona desde el sur y conquistó Europa, la puso a sus pies. El Milán dominó el mundo entre 1988 y 1990, fue recordado por actuaciones tan redondas como el 5-0 al Real Madrid en San Siro o el 4-0 al Steaua en la final de Copa de Europa del Camp Nou (1989) y, sobre todo, abrió los ojos a entrenadores con conceptos arcaicos, o cuanto menos demasiado tradicionales. Sacchi, el innovador, convenció al mundo de que su fútbol acordeón al grito “¡Milan!” de Baresi (así se empezaba la presión) era posible. Fue un maravilloso golpe al fútbol.

 

 

Sacchi2

 

 

La historia del Barça fue más a trompicones. Cruyff había llegado al Barça con esa idea que hoy el club azulgrana publicita planetariamente, pero el Barça, convulso y con las cenizas todavía del motín del Hesperia, no sabía si creía en Cruyff, que parecía más un profeta que un entrenador de fútbol. Hasta que aquella revolución terminó de asentar gracias a la osadía del inteligente holandés, en la Liga 90-91 ya con Koeman, Laudrup y Stoichkov, el Barça de Cruyff fue dando tumbos y el Johann estuvo cerca de la destitución en varias ocasiones. Le salvaron dos títulos. Una Copa ganada en Valencia al Madrid (2-0) y una Recopa conquistada ante la Sampdoria que, cosas del destino, le iba a hacer cruzar con el Milán. Antes de tiempo.

 

 

Johann2

 

 

Milán y Barcelona, campeones de la Copa de Europa y Recopa respectivamente, se enfrentaron en la Supercopa de Europa del año 89. Por entonces, no había nada épico ni especial en aquel enfrentamiento porque el Barça no era espejo de nadie ni referencia de nada y todavía no estaba en condiciones de competir con un rodillo. Iba dando palos de ciego para comprobar si esa idea de Cruyff iba a algún sitio. Sacchi no le dio demasiada importancia a la competición, utilizó algunos suplentes y, aun así, la ganó. Después del 1-1 de la ida en el Camp Nou (gol de Amor para el Barcelona), Evani, un buen zurdo que no era indiscutible pero tenía muchos minutos con Sacchi por su buen entendimiento del juego, consiguió el gol del título. Fue una Supercopa de Europa clandestina, sin televisión en España excepto para Cataluña (TV3). Aún no era un partido global y además Núñez tuvo la equívoca idea de cobrar la entrada al ‘soçi’, lo que provocó una protesta general que le hizo rectificar: devolvió el importe de las entradas.

 

 

 

Marcoblog

 

 

Pero el Barça empezó a crecer, hasta que conquistó la Copa de Europa en Wembley, 1992. Lo hizo ante la Sampdoria, ganadora el año anterior del Scudetto con 51 puntos, cinco más que el Milán que, aunque hubiese sido de nuevo campeón, no hubiese podido participar en competición europea y no hubiese podido cruzarse con el Barça. En los cuartos de la temporada anterior, el emergente Olympique de Bernard Tapie, futuro campeón de Europa y futuro tramposo, empató en San Siro (1-1). Luego, en el Velodrome, un gol de Waddle, fabuloso zurdo (uno de los primeros que empezó a hacer frecuente ver jugar extremos a pie cambiado) adelantó a los franceses hasta que, en el minuto 87, se fue la luz. Galliani ordenó al equipo retirarse del campo. El Milán estaba a punto de caer, pero Galliani había tenido una idea. Si lograba demostrar que el Olympique no había podido garantizar su seguridad, la UEFA daría por ganador al Milán. A Galliani le salió el tiro por la culata. Fue sancionado por dos años y el club rossonero quedó fuera una temporada de competiciones europeas. “Me comporté como un tifoso cualquiera”, llegó a llorar Galliani. La temporada 91-92, la primera que podría haber medido a Barcelona y Milán en plenitud, pasó de largo.

 

El Barça, por tanto, conquistó Wembley el 20 de mayo de 1992, pero por entonces el Milán ya había vuelto y, para medir la hegemonía real del Brarça en Europa, era una obligación ganarle al Milán. Había ganado el Scudetto sin perder un solo partido. Su alineación tipo asustaba: Rossi; Tassotti, Costacurta, Baresi, Maldini; Albertini, Rijkaard, Donadoni, Gullit; Van Basten y Massaro. Evani, Fuser, Simone, Ancelotti, Serena y Filipo Galli eran los recambios más utilizados por Capello, ya entrenador. Respecto al equipo que arrasó al Madrid, ya habían entrado Albertini y Massaro. Evani y Ancelotti, más habituales en temporadas anteriores, habían pasado sus días más dulces. Era un Milán terrible, que añadió en el verano de 1992 los fichajes de Papin y Lentini. El francés no entró tanto en los corazones de los tifosi como Van Basten, pero cubrió bien sus ausencias. Por entonces a Van Basten las lesiones empezaban a abrasarle. Hizo 13 goles, entre ellos aquel inolvidable de chilena ante el Goteborg en Champions. Papin también marcó 13, como el holandés.

 

 La prensa europea especuló en la pretemporada del curso 1992-93 sobre aquel partido soñado: Barça-Milán. El modelo Cruyff, ya asentado y triunfador en Europa, contra el modelo Milán, que vivía el segundo año de transición Sacchi-Capello. Capello, ya anunciaban desde Italia, no era Sacchi, pero con aquella colección de estrellas (algunas ya, eso sí, en el crepúsculo) parecía imposible renunciar a una idea de fútbol. El Milán brindó tardes memorables en el Scudetto (3-7 incluido en campo de la Fiorentina) y alcanzó la final. El Barça también pero en Europa, sin embargo, no cumplió su parte del trato. Con el estilo ya moldeado, pagó cara una noche fatal en el Camp Nou. Después de empatar en Moscú en la ida de los octavos ante un CSKA desconocido y que no hizo ninguna carrera posteriormente, jugó media hora primorosa y ganaba 2-0 (Nadal y Beguiristain). Los anónimos Bushmanov, Mashkarin y Karkasov provocaron uno de los mayores terremotos que se recuerdan en Barcelona (2-3). El Barça, actual campeón, había quedado fuera de la competición antes incluso de la liguilla. Europa quedó atónita. El Barça era tan estético como poco fiable.

 


Se rompieron tantos pronósticos y daba tanto gusto ver jugar a aquellos dos equipos que, obligados por la frustración que suponía no poder cruzarlos, El Día Después, que por entonces ya era programa con fama (y en abierto) en los primeros años de vida de Canal Plus, imaginó un Partido Imposible (codificado, por supuesto). Un buen ejemplo que explicó la rabia de no poder cruzar a Koeman con Baresi, a Laudrup con Gullit, a Stoichkov con Van Basten o el mismo Papin. A Guardiola con Albertini… Robinson y Nacho Lewin, presentadores del programa, fantasearon con todo su equipo sobre las emociones que hubiese deparado un partido que parecía pasar de largo para siempre. Los puristas consideraban descabellado que no se fueran a enfrentar.

 

Y aunque algunos de los protagonistas principales ya habían abandonado el barco (Sacchi, Van Basten…), el PARTIDO IMPOSIBLE se hizo carne. El 4-4-2 del Milán ya no ponía la defensa a 50 metros de la portería ni Baresi gritaba ¡Milan! tan adelantado y el 3-4-3 del Barça se había corregido en el trayecto de la temporada 93-94. Cruyff había retocado el sistema para darle prioridad a la magia y el gol de Romario y sumar un defensa después de un humillante 6-3 ante el Zaragoza de Víctor Fernández. Así, menos puros pero todavía grandes, Milán y Barça eliminaron a Mónaco y Oporto en semifinales de Champions y alcanzaron la gran final de Atenas. El Milán era menos magia y más músculo y velocidad (Desailly en el centro, Savicevic). El Barça había cometido el sacrilegio de meter en un rincón a Laudrup, una de las llaves del juego intuitivo de aquel equipo que construyó Cruyff. Y así, el partido imposible, el más deseado, el duelo de modelos, el que muchos críticos pensaron que jamás sería posible destripar y el que muchos periodistas pensaron que jamás podrían escribir, fue posible…

 

Pero lo escribimos hasta que fue imposible.       

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26/02/2013

Por Juan Jiménez

Memoria de la última noche mágica del Sevilla

La escena resultaba chocante. Mientras en las entrañas del hotel Rey Juan Carlos de Barcelona Enrique Cerezo, presidente del Atlético de Madrid, departía tranquilamente y en soledad con una de sus secretarias completamente ajeno a lo que sucedía fuera, la fachada principal del edificio estaba iluminada de arriba abajo. Un espectacular foco de luz proyectaba un escudo gigante del Sevilla Fútbol Club. Así comenzó el Sevilla a jugar, y a ganar, la final de la Copa del Rey 2010.

 

Era mayo y estaba Barcelona radiante. El Sevilla, también. Resultaba paradójico que, después de una temporada con ciertos síntomas de descomposición y con la dolorosa destitución de Manolo Jiménez (la primera desde antes de Caparrós), se respirase tanta ilusión. Lo cierto es que la temporada se había arreglado en Almería. Allí se había llegado tropezando y con una extraña intentona en Córdoba, no concretada, por Luis Aragonés. Rodri, un menudo delantero que ahora ha caído en Zaragoza después de ir a Barcelona y luego al histórico Sheffield Wednesday, le había dicho a uno de los ayudantes de Antonio Álvarez que lo sacase al campo, que estaba seguro de que haría el gol del triunfo. Una bella locura juvenil. Acasiete se echó hacia atrás, Rodri se marcó una media chilena y hubo milagro. En Mallorca, Manzano y Martí tuvieron que meter el champán en el vestuario. El Sevilla era cuarto.

 

El Sevilla, que por tanto llegaba en Champions y en paz a Barcelona, ha sabido hacer muy bien una cosa todos estos años. Se ha sabido en una época especial, posiblemente irrepetible. Y ha convertido cada evento en un acontecimiento inolvidable.

Carnaval

Así que la noche antes de la gran final de Copa, y mientras el presidente del Atlético pululaba por los interiores de un hotel desierto, el Sevilla había montado una cena de gala en los jardines del hotel. Una fiesta. La ocasión lo merecía. Del Nido había invitado a todos los presidentes de Primera, a ex jugadores, a miembros de la Federación Española y a los periodistas sevillanos, muchísimos, que acudieron como enviados especiales. A todos, también a los de línea crítica. Esa conciencia de estar disfrutando de años mágicos para una entidad le ha permitido al Sevilla saborear sus títulos con muchísima más pasión. Así que fue una noche entrañable, con discursos emocionados, entre ellos uno de José Antonio Sánchez Araújo, maestro de la profesión, voz histórica de Radio Sevilla. Hubo hasta carnavales. Monchi, director deportivo de profesión y carnavalero por devoción, reunió un grupo de buenos amigos. Actuaron. Era una noche para hacerlo. No molestaba a nadie y fue la mejor manera, otra vez, de demostrar hasta qué punto le resultaba excitante al Sevilla llegar a cualquier final.

 

Claro que la gran sorpresa de la noche fue la aparición, a los postres, de Joan Laporta. Laporta y Del Nido mantuvieron un bonito juego durante años, entre otras cosas porque el Sevilla le pudo mirar a la cara al Barça y hasta lo apalizó en Mónaco: 0-3. Uno le dijo al otro "Del Niu" y otro le contestó "Juan Lapuerta". O al revés. Pero se llevaban bien. Y hasta hicieron negocios: Alves, Keita (Adriano resultó ser el primer fichaje de la era Rosell…). Así que Laporta entró allí en medio del murmullo general y hasta soportó cierta guasa. Pero acabó aclamado: “Amic Joan, Amic Joan, llévanos a Luz de Gas”.

Laporta

Laporta se ofreció para facilitar la entrada al clásico local de Barcelona donde más de una vez le vimos desbarrar. Laporta no vino pero nosotros, los periodistas claro, sí acudimos. La noche acabó con un encuentro casual con Pérez Lasa en Luz de Gas. El árbitro ya estaba fuera de temporada y no pitaba la final, así que su presencia era más que justificable. Eso sí, lo que no podía sospechar es que algunos sevillistas le iban a recordar, unos cuantos años después, un gol de Aloisi (Osasuna) al Sevilla con la mano. La noche acabó, como Dios manda, hablando de fútbol.

 

El día de la final amaneció igual de espectacular que el anterior pero, esta vez, desde primera hora se notó cierta preocupación en la expedición sevillista. Por Barcelona, desde los alrededores de Sants a la Diagonal o en las mismas Ramblas, la superioridad rojiblanca era abrumadora. 65.000 a 25.000 decían los mejores pronósticos para los hispalenses. El club, en previsión de una grada sevillista desierta, fletó autobuses que salieron de madrugada de Sevilla y volvieran después del partido. No más de un día de ausencia al trabajo.

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Cerezo, mientras, seguía en su hotel.

 

Los atléticos tomaron Barcelona convencidos. Se sentían seguros y con razón. Tenían un equipo con la moral por las nubes que Quique había resucitado y habían explotado de júbilo en Hamburgo sólo una semana antes en una noche memorable con Forlán y Agüero de héroes ante el Fulham. El Atleti había tomado el testigo en la Europa League (antigua UEFA) del Sevilla y además, había obtenido el permiso (gracias a la Federación) de Uruguay y Argentina para contar unos días más con Forlán y Agüero. Luis Fabiano, mientras, se había ido a Brasil. Estaba lesionado, sí, pero tampoco estaba dispuesto a arriesgar su condición de delantero titular de la pentacampeona. A cambio, la Federación hizo la vista gorda a la expulsión de Negredo en Almería (“me cago en tu puta madre”, le dijo a Rubinos Pérez). Negredo, a las puertas de uno de los golpes más duros de su carrera, no ir al Mundial, podía jugar la final.

 

El Sevilla empezó a sentir que podía ganar su quinta Copa hora y media antes del partido. Una masa de aficionados descendió de la pequeña colinita donde se había ubicado la fan zone sevillista, y donde Del Nido había arengado a las masas (de manera brillante pero no como en Eindhoven, repetían algunos) hacia las puertas del Camp Nou. Concretamente, el sevillismo bajó a la puerta por donde iba a entrar el autobús del Sevilla. Aquello fue una locura. El gentío detuvo el autobús, que empezó a balancearse. Casi parecía un paso. Luna y Capel, desde arriba, golpeaban el cristal. Un momento de comunión tan intensa que, cuando al fin el autobús del Sevilla ganó las instalaciones del Camp Nou, quedó un silencio pero un murmullo generalizado: el Sevilla podía ganar la final.

Tifo

 

Contar la final resultaría absurdo si han llegado a estas alturas del post. El golazo de Capel, la carrera hacia la gloria de Navas, el único partido digno de Konko con la camiseta del Sevilla, la valentía de Luna, la extraña seriedad de Zokora, el muro Squillaci y Palop, donde todo nació en aquella Copa.

 

Durante la final, y por la posición en la cabina de prensa del Camp Nou, en vertical y por encima del palco presidencial, fue difícil quitarse de encima la pierna izquierda de Del Nido, temblorosa durante todo el partido, como queriendo cortar, rematar, llegar a  cada jugada. Aquel día Del Nido cumplió su promesa y se puso sombrero. Así cerró un círculo que se había iniciado allí mismo, en el Camp Nou tal que un día de Reyes de 2010. El Sevilla fue el primer equipo en tumbar en una eliminatoria al Barcelona de Guardiola y Del Nido se había inventado una mascota que resultó ser el símbolo de aquella Copa del Rey que el Sevilla conquistó de manera insospechada.

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Palop levantó la gloria y todos recordaron a Puerta. Fue la última noche mágica del sevillismo. Luego hubo fiesta y más fiesta…

 

A Cerezo, cuentan, lo vieron de nuevo solo aquella noche en el hall de aquel hotel.

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05/02/2013

Por Juan Jiménez

El genio del Pabellón de Arquitectura

Es un error monstruoso no estar en Vitoria. Las fases finales de la Copa del Rey son un clásico en la agenda, una rutina necesaria, gracias a la gentileza de la ACB, que pocas veces niega una acreditación y tiene un servicio mucho mejor de lo que muchos quieren vender. También a un compañero de batallas único, José Manuel Olías (síganlo en twitter, @jolias78), con el que me he recorrido unas cuantas. Este año se nos echó el tiempo encima y, hay que decirlo así, ir a Vitoria y no parar en el Lakua, hotel fetiche donde Unicaja celebró la única Liga ACB de su historia, en 2006, hubiese sido una traición imperdonable. Ya no había plazas. Han sido fechas, hoteles y despistes. Pero, a dos días de la Copa, empieza a no asimilarse. Esto uno no se lo perdona.

 

Supongo que es inevitable engancharse a la Copa, que conocí in situ en 2001. Es un punto de reunión incomparable y te permite sentir uno más aunque allí te conozcan los justos. Es casi un asunto de familia. Jose Montero, Romay, Llou Llorente, Epi, Iturriaga, Paco Zapata, Ferrán Martínez. Clásicos que no fallan dando vueltas por ahí, hagan más o hagan menos. Los directores deportivos de los clasificados, los directores deportivos de los no clasificados. Los presidentes de clubes clasificados, los presidentes de los que no. La comida oficial con regalo, sin regalo o la ‘no comida’. Los agentes y su lobby. Los ojeadores NBA, todos en tropa… Como los periodistas: los mediáticos y los que no, esos que te encuentras el jueves en la zona de acreditaciones y a lo que citas para una cerveza por la noche que luego se hace imposible a no ser que el encuentro sea casual. Muntión (a sus pies, otro día contamos una de taxistas lituanos) y Lekuona son anfitriones este año. Schell, Duque, José Miguel Aguilar, Delmás, Pérez Ramos, Ricardo González, Fernando Martín, Mariano Pozo, Mundet, Julio Cruz… Y Javier Gancedo, que seguro que me permite colgarme la medalla de haberle salvado un ordenador portátil que olvidó en un autobús. La carrera me costó un par de días de agujetas y el cartel de loco por Bilbao. Aquella Copa empezó con una carrera absurda y terminó con un avión perdido. Pero esa es otra historia.

 

Parecía lógico empezar por Pau Gasol, pero probablemente el recuerdo más colateral e impactante de la Copa es uno que no vi. Eso alimenta la leyenda. Fue en 2004, en la Copa de Sevilla. Mientras Rudy Fernández se presentaba en sociedad al gran mundo del baloncesto, en el pabellón de la Escuela Superior Técnica de Arquitectura, en Reina Mercedes, un clásico en las ligas universitarias de la ciudad, se jugaba la Mini-Copa, un torneo paralelo que disputaban los equipos infantiles de los participantes en la Copa de los grandes. “Hay un chico increíble. Se llama Ricky Rubio. Le he bajado del autobús para hacerle una entrevista”, me dijo un periodista que entonces trabajaba para AS, diario que, y no porque trabaje aquí, apadrinó con cariño la idea (Localia Televisión transmitió el evento). Años después tuvimos noticias de aquellos cincuenta o no sé cuántos puntos de Ricky en Linares… Y hasta el Ricky de hoy. Aquel diablo del Pabellón de Arquitectura era cosa seria. Le fotografió Miguel Ángel Morenatti y al chico le costó posar. “¿Quién este niño, este niño es importante?”. Pero allí estuvo los tres días. Con él…

 

 

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Pero estábamos en Pau Gasol, que en 2001 explotó en Málaga. “Nunca me he visto tan desbordado por un jugador”, ha confesado múltiples veces Scariolo, entonces entrenador del Madrid que acabó en aquella final Barça-Madrid ‘recomendando’ a sus jugadores hacer faltas a Gasol. Pau, al contrario que hoy, los metía todos. Se llevó las redes de la final y la gloria. Tal vez aquel día Andrés Montes, que vio aquella final justo una fila delante de mí por casualidad, decidió bautizarle E.T. Gasol dejó boquiabierto a Florentino Pérez, que bajó a Málaga con Valdano en busca de una Copa que terminó… en el Siempre Así, local por excelencia entonces en el centro de Málaga donde el Barça, capitaneado por un malagueño, Nacho Rodríguez, celebró el título hasta la mañana. Sin Jasikevicius, todo hay que decirlo, no había previa. Las celebraciones: otro de los ganchos de la Copa. Ahí también hay unos cuantos MVP.

 

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En la Copa todo es posible: hasta hacerte fotos con un sonriente Audie Norris en las entrañas del Sant Jordi mientras el Real Madrid, íntimo enemigo de esta leyenda, alza la Copa en medio de un pabellón semivacío, decepcionado por la exhibición del eterno rival. Ocurrió el año pasado. La vuelta del Madrid con Carroll y Llull desatados.

 

 

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Preferimos las Copas, en todos sus sentidos, en ciudades pequeñas: Málaga, Vitoria, Bilbao, Sevilla. No hay dispersión. El circo de la ACB no tiene por qué estar cerca del pabellón de turno, sino en el centro de las ciudades. Folklore, teatrillo y buen rollo. Un poco de turismo y bares en la misma acera. Gana, de largo, la afición del Baskonia. También queremos a la de Canarias, que viene jueves, ve perder a su equipo y se queda hasta el lunes (es broma, ojalá cambie este año). Pero la de Baskonia es insuperable. Querejeta se moverá bien en la ACB con el asunto de entradas pero quien se mueve es su gente.

 

 

 

En Madrid, 2009, se pegaron otra fiesta. Fue la final que más cerca vi de la madera. Básicamente, en primera fila. Se escuchaba todo, especialmente a Prigioni comerle la oreja a los árbitros y a Berni darle unos palitos a Mickeal, que era incontenible. No vamos a engañarnos. Yo iba con el Unicaja, así que me tocó ver de cerca cómo sabe la derrota, especialmente cuando un fondo verde se vio ganador después de una bandeja de Gomis que no remató con el tiro libre decisivo. Vi alguna lágrima en los puestos de prensa reservados a la gente de Málaga, y a un jugador eufórico, Igor Rakocevic, abrazarse a los periodistas de Vitoria como si fueran unos cuantos amigos. Merece la pena ver ganar a Baskonia porque, sin ese club, la Copa no sería igual.

 

Hay triunfos de jugadores medianos, como el de Jordi Trías, que le ganó una Copa al Barça. Lo hizo con la ayuda inestimable de Navarro pero fue un homenaje al jugador esforzado, que barre todo lo que queda suelto. En estado de gracia, Trías ganó entre otras cosas por la confianza que le dio Dusko Ivanovic. Su abrazo con el entrenador montenegrino en las entrañas del Carpena resultó especialmente emotivo. Porque a Ivanovic le detestarán la mayoría de los jugadores. Pero a algunos los ha hecho mejores aunque pida diez abdominales más. Desde entonces, conTrías, por ejemplo, muchos entrenadores tuvieron muy buenas palabras pero nadie lo hizo tan bien con él como Dusko. Trías, Alan Anderson, que abandonó el Palacio de Deportes de Goya como un rey de verdad el día que se coronó MVP. Jugadores medianos, temporeros en el caso de Anderson con estrella cuatro días.

Así que esta vez me pierdo baloncesto, me pierdo a Rudy de vuelta a la Copa (dos veces MVP, la primera impactante en San Pablo, Sevilla), me pierdo Txitxilu, Sagatorki, Mario’s. Me pierdo la afición de Baskonia. Las inevitables canastas portátiles para los críos, los inevitables sándwiches del village de prensa. Los jueves desencadenados que ya luego se acusan hasta el largo domingo. La tentación es inevitable así que si la ACB me quiere dar un paseo… Esta vez no olvidaremos pasar por la Minicopa.

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22/01/2013

Por Juan Jiménez

1973-2013: hotel en Guadarrama todavía espera al Málaga

Este post podría autodestruirse dentro de 48 horas...

 

48 horas separan al Málaga CF de la primera semifinal de Copa de su historia. 48 horas separan al Málaga de su segunda semifinal de siempre en cualquiera de sus denominaciones. De aquella, ni se acuerdan tres generaciones o quién sabe cuántas. Hace 40 años, en 1973, el Málaga se vació ante el Athletic. Pero perdió los dos partidos. 2-1 en San Mamés el 17 de junio y 0-1 en La Rosaleda seis días después. No hubo suerte, pero 1973 fue un año especial para Málaga. Fue el año del Málaga grande de Marcel Domingo, del trofeo Zamora de Deusto. El año en que se escuchó por primera vez el himno de La Bombonera.

 

 

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Por eso hoy hay colas en La Rosaleda. Colas y sueños. 40 años de pura mediocridad en la competición con horribles e irritantes derrotas recientes en Ceuta, Lorca, Baza. 40 años, y alguno más, esperando lo que hoy vive Málaga: el mejor equipo de fútbol que jamás vio la ciudad y que esta temporada parecía tenerlo peor que nunca en la Copa. Un recorrido horrible. Con piedras inesperadas desde el principio (Cacereño y Éibar han estado a punto de eliminarle) y con dos Everest en el camino. Cualquiera puede sentirse espantado teniendo a Barça y, lo peor, al Madrid (casi seguro vencedor de la eliminatoria ante el Valencia, nadie le remontó dos goles en Copa en su historia) si a los blanquiazules se les ocurre tumbar al gigante azulgrana, el rey de Copas. Pellegrini le ha dado tal normalidad a la Copa que ha pasado por encima del rival, fuesen Éibar o Barcelona. Ha hecho las rotaciones que consideraba necesarias. Para él, la base es el estilo. Pocas cosas mejores se pueden decir de un entrenador y un equipo.

 

La Copa no ha querido demasiado al Málaga. De los actuales cuartofinalistas, es el único que no fue nunca campeón. Por eso, por tener la intuición de estar cerca de algo único, lo que se siente en Málaga es distinto. Como en aquel 1973 que queda lejano para todos menos para memorias privilegiadas que lo han contado como nadie. Juan Cortés, maestro del Diario Sur, referencia absolutamente imprescindible del periodismo malagueño, lo cuenta con limpieza a este Abierto 24 horas. “La ciudad estaba ilusionada porque se veía en la final. El Málaga ofrecía garantías y, además, por la otra parte del cuadro en la semifinal también había equipos de nivel medio. El otro finalista fue el Castellón, que eliminó al Sporting. El Málaga ya había bloqueado todas las habitaciones de un hotel en Guadarrama. Ya nos veíamos en la final…”.

 

 

 

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Era un gran Málaga, con permiso para soñar. Un equipo experto en la contención y fiable dirigido con maestría por Marcel Domingo. Un equipo estable al que ponía el candado el inolvidable Deusto. El sostén era Viberti. Y luego, Arias, Migueli, Montero, Requejo y Vallejo le daban empaque.

 

 

 

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La ida se iba a jugar en San Mamés el 17 de junio de 1973. Era, hasta ese momento, el partido más importante de la historia del Málaga. “Por entonces, la Copa tenía mucha más importancia que ahora, todo el mundo estaba pendiente de él”, recuerda Cortés.

 

La eliminatoria era de máximo interés. Eliminados Barcelona y Madrid, Marca y AS desplazaron como enviados especiales a San Mamés a sus mejores plumas. “Cronos era el de Marca y Gerardo García, de AS. Resultó increíble, porque subí a ver al gerente del Athletic, José Ignacio Zarza, y, cuando bajé, vi el asiento número uno de la tribuna de prensa de San Mamés vacío. Me extrañó que no se ocuparan ese hueco ni AS y Marca. ¡Era el mejor asiento del campo! La visión era privilegiada, así que pregunté si podía sentarme y me dijeron que sin problema. Sólo había un único pero. Un ex seleccionador, Eduardo Teus, que también había sido cronista de Ya, se había quedado en el sitio en ese mismo asiento. Ya nadie se sentaba allí”. Se intuía que de esa semifinal saldría el campeón. Ganó el Athletic (2-1) con goles de Rojo y Villar pero el tanto de Migueli dejó la eliminatoria abierta. Juan Cortés abre los ojos a los malaguistas: “El Málaga debió perder aquel partido 7-1 u 8-1, esa es la verdad. El Athletic era un equipo espectacular pero Deusto aquel día las paraba todas, todas. Llegamos vivos a la vuelta”.

 

 

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Málaga esperó en ambiente encendido al Athletic el 23 de junio. Encendido no quiere decir incendiario. “No era un clima anti-Athletic porque los leones despertaban pasiones en toda España. También en Málaga. Tuvieron un recibimiento multitudinario”… Y no fallaron a sus fieles. Lasa liquidó la eliminatoria con el 0-1 de la vuelta.

 

Aquel hotel de Guadarrama que soñó con ocupar el Málaga sería, metafóricamente, para el Athletic de Bilbao, que jugó la final ante un Castellón que tenía en nómina a… Vicente del Bosque. El Athletic, entrenado por Miroslav Misha Pavic (que luego dirigiría, y ascendería, al Málaga a Primera División), formó con Iribar; Sáez, Larrauri, Subyaga (Aranguren 72’); Guisasola, Rojo II; Lasa, Villar; Arieta (Carlos 74’), Uriarte y Rojo I.

 

Málaga no vio a su equipo en la final. Se supo en una oportunidad única. 40 años después, acaricia las semifinales. Le hace falta una proeza más. Si elimina a este Barcelona de los sueños merecería mucho más que un post. Todavía tiene unas habitaciones bloqueadas en un hotel de Guadarrama.

 

Este post podría destruirse dentro de 48 horas. La historia que lleva dentro, no.

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10/01/2013

Por Juan Jiménez

Messi: la única cuenta pendiente

Messi ofrecerá estos días su cuarto Balón de Oro al Camp Nou en Barcelona. Su carrera es inmejorable. Seguramente, insuperable. Su proeza ya le ha situado por encima de los tres Balones de Cruyff, Platini y Van Basten. El primero, en el cuarteto de gigantes de la historia. Los dos siguientes, faros de la década de los 80 y en el segundo escalón de los tops de siempre. Ganadores de Copa de Europa y Eurocopa (Platini, con la Juve y Francia en 1984 y Van Basten con el Milán dos veces y Holanda, en 1988). Salió Messi al estrado del Palacio de Congresos de Zúrich con el atrevido traje de Dolce&Gabanna y apenas acertó a enlazar cuatro agradecimientos: a sus compañeros del Barça, en especial Iniesta, a los jugadores de la selección argentina, a los seleccionadores y capitanes que le votaron (olvidó, cómo no, a los periodistas) y, finalmente a sus amigos, su familia y su mujer y su recién nacido hijo Tiago. Mientras bajaba las escaleras ya le debieron advertir de todo lo que se había dejado por el camino, así que se precipitó contra los micrófonos de TV3 para acordarse de Tito y Abidal… Igual que tiene algún tic autoritario en el campo (su nueva posición acabó en el Barça con Etoo, Ibrahimovic y podría hacerlo con Villa), es una obviedad decir que el olvido de Messi, como el de no mencionar a Cristiano, fue completamente involuntario. Siempre hay que ser bienpensado.

 

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Pero ahora que Messi se ha sacado definitivamente billete vip en el exclusivo club de mejores futbolistas y deportistas de la historia, se echa de menos un gesto más tangible, más físico, aunque sea simbólico, de agradecimiento a sus socios, también exclusivos. Queda claro que si Messi ha sido ya cuatro veces de oro es por su talento único: una especie de mochila gigante a la que ha ido añadiendo además, cada año, una piedra nueva: empezó siendo un regateador eléctrico, juvenil, de una única dirección regateando contrarios: sin el libro del fútbol aún en la cabeza. El Messi del gol a Serbia en el Mundial 2006 de Alemania, del gol del 3-3 ante el Madrid en la Liga que terminó tirando el Barça o el mismo gol maradoniano en Copa ante el Getafe.

 

Messi pasó de la banda al centro. Fue el movimiento táctico estrella de la era Guardiola. El falso nueve que empezó marcando goles la tarde del 2-6 ante el Madrid o en la final de la Champions ante el Manchester United de 2009 es ahora, tres años después, un cocktail mágico: siempre desde la aparente posición de delantero, mantiene su capacidad única para conducir el balón a otra velocidad, es capaz de retrasar su posición y dar 20 asistencias por temporada y ha alcanzado una habilidad nunca vista para hacer del gol un asunto fácil. Se habló de la capacidad única de Ronaldo en el uno contra uno. La mejor cualidad de Messi para el gol es localizar ángulos desde cualquier posición. Ya ni siquiera recurre a la genialidad para hacerlos. Viéndolo, se diría que es hasta sencillo marcarlos. Demasiado fácil. Hasta aburrido.

Esos méritos de Messi le corresponden sólo a él y ya le convierte en único. Sin entrar en debates, uno de los mejores jugadores de siempre. Sucede que Messi ha llegado a ese punto casi desde la ley del mínimo esfuerzo en ocasiones. Messi se dosifica con maestría porque sus socios, su equipo, es dueño innegociable del balón y, a diferencia de cómo se ha visto en ocasiones en Argentina, Messi juega dentro del área cuando le apetece y a diez metros de la frontal cuando prefiere retrasar su posición para ver el juego de cara y aprovechar los pasillos que le abren Iniesta o Fábregas por medio o Alba, Adriano o Alves en los laterales. Todos ellos, futbolistas con una lectura privilegiada del juego.

 

Así que como Messi ya es grande, como bien grande que es se le ha echado de menos ya, a la altura de cuatro Balones de Oro, ese gesto tangible. Me dio por pensar, viéndolo ahí posando con su traje de topos, en aquel gesto gigante que tuvo Michael Jordan en las finales de la NBA de 1997. Era el quinto anillo del neoyorquino, el icono de los Bulls. Por impacto, seguramente el mejor deportista de la historia. Jordan ya había sido cuatro veces MVP (1991-92-93-96) de las finales de la NBA pero su carrera no hubiese sido la misma sin Scottie Pippen, fiel escudero que aterrizó en los Bulls cuando Chicago aún chocaba contra la barrera de los Bad Boys, los irreverentes Pistons de Chuck Daly de Isiah Thomas, Dumars, Aguirre, Laimbeer. Pippen nunca le falló a Jordan. Es más, Jordan se marchó y le dejó huérfano entre 1994 y 1996 (en 1994, por cierto, Pippen fue MVP del All Star y en el 96 Jordan reapareció pero, con el dorsal 45, aún no era Jordan…). Las finales del 97, ante Utah, pasaron a la historia por un mítico quinto partido en el que Jordan, después de pasar la noche con 40 de fiebre, se coronó con una actuación memorable. La foto de aquella noche en Salt Lake City resultó impactante: con Pippen sosteniéndole en el parqué para que no cayera. Jordan, por una vez, frágil. La ayuda de Pippen en aquellas finales resultó tan exageradamente decisiva que el 23 quiso darle el premio que acompañaba el MVP, un coche, a Scottie Pippen. El detalle de Jordan, que durante sus inicios había representado el paradigma del individualismo (con sus consiguientes fracasos en repetidos playoffs), simbolizó el premio a la fidelidad y al entendimiento ya puro del baloncesto como juego de equipo.

 

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Otra imagen imborrable de generosidad física se produjo en los Juegos de Atlanta (1996). España, medalla de bronce en balonmano, subió al podio. Las imágenes mostraban los rostros de unos jugadores eufóricos cuando, de pronto, el plano se detuvo en Mateo Garralda, enorme lateral derecho (zurdo de mano) que hacía un gesto a la cámara. Garralda decidió partir en dos su medalla de bronce y la regaló la mitad de la presea a Enric Masip (ver foto). El central, lesionado, no había podido viajar a los Juegos. El detalle también quedó para siempre.

 

 

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Didier Drogba se ha llevado toda una vida persiguiendo una Champions. Aquella frase (“es una jodida vergüenza”) le perseguía desde la semifinal de la temporada 2008-09 cuando el Barça eliminó al Chelsea después de un arbitraje lamentable de Ovrebo, que privó de un buen puñado de penaltis a los blues. Drogba siguió persiguiendo un sueño que alcanzó en mayo, cuando el Chelsea levantó la Champions en el Allianz Arena.  Un momento único que quiso inmortalizar para todos sus compañeros. Ni corto ni perezoso, el marfileño se fue a una joyería de Beverly Hills y diseñó unos anillos conmemorativos de la final que regaló a sus compañeros. Essien, hoy en el Madrid, lo lució no hace mucho.

 

 

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Ha habido gestos igual de altruistas pero no tan físicos como regalar un coche o partir una medalla. En Saitama, 2006, Carlos Jiménez dejó que Pau Gasol levantara la Copa del campeón del mundo. Pau, faro de la selección y clave en la fabulosa trayectoria de España en aquel Mundial, se había lesionado en la semifinal ante Argentina y no estuvo ante Grecia. El emotivo gesto de Jiménez y sus compañeros motivó unas lágrimas que dieron la vuelta al mundo. El último gesto para Messi es más reciente. El Barça, campeón en Wembley y Puyol, capital, ‘obligando’ a Eric Abidal a que sintiese subir la adrenalina levantando esa preciosa Copa de Europa.

 

 

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Igual Messi ya ha tenido algún detalle de estos en las entrañas del vestuario, lo cual resultaría aún más grande porque lo hubiese hecho en la intimidad, sin necesidad de hacerlo con luz y taquígrafos. Pero si no lo ha hecho, es una humilde sugerencia: que parta el Balón de Oro a pedacitos: Uno para Valdés, otro para Piqué, uno más para Puyol. Y para Alves, Alba, Villa. Y dos piezas para Xavi e Iniesta. ¿Ustedes creen que se lo merecen? O que haga algo. Humildad, dicen quienes le conocen desde que apareció en La Masia hasta hoy, no le falta para hacerlo. Un jugador inolvidable merece regalar gestos inolvidables.

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26/12/2012

Por Juan Jiménez

Iker

Observé a Iker Casillas el pasado sábado en la zona mixta de La Rosaleda. El Málaga-Real Madrid ya había concluido. Estaba sereno. Subió y bajó un par de veces del autobús, las que le pidieron algunos elegidos, aficionados o conocidos de él, que pudieron atravesar el cordón y acceder a los pies del autobús del Madrid. Casillas cumplió con la gente porque va en el negocio y sabe que eso hace feliz a muchos, pero en cuanto pudo subió definitivamente y se sentó justo en el primer asiento que hay detrás de la entrada trasera del bus. Justo detrás de él, Adán, visiblemente afectado, masticaba un sándwich. La estampa resultaba paradójica e impactante. Casillas se limitó a chequear su teléfono, pero no movió un músculo hasta que el autobús abandonó el estadio en medio de la mirada de cientos de curiosos. No quería gestos que se pudiesen malinterpretar, pero es obvio que tampoco le apetecía hablar. Optó por la inacción.

 

 

  Juan

 

 

Las imágenes de El Día Después desnudaron a Iker durante el partido. Algo animado al principio, cuando comentó con Callejón y Morata la falta que Cristiano estrelló en Caballero y el larguero, su ánimo, ya de por sí bajo, se fue apagando a ritmo de los goles del histórico Málaga, que 30 años después y, por primera desde su denominación de Club de Fútbol, tumbó al gigante. La imagen de Casillas, con la cabeza agachada, fue una copia de la que se vio en Balaídos una semana antes en la Copa. Demasiado rendido. Demasiado habitual. Se nota a leguas que a Casillas le invade algo más que el dolor por ser suplente en Málaga: la tristeza.

 

IkerQue Iker no es feliz salta la vista por más que él quiera evitarlo. Y el asunto va más allá de la imagen que captó La1 a principio de curso, cuando no celebró el 3-2 de Cristiano ante el Manchester City en el primer partido de la fase de grupos de la Champions. Hay algo que le tiene neutralizado, que no le permite liberarse. Casillas ha estado en capitán siempre y este curso también. A cada crítica de Mourinho a sus jugadores, él ha respondido en sus actos públicos con declaraciones sensatas, incluso de respaldo a su entrenador. Aunque sea imposible ocultar ciertos problemas de convivencia en el vestuario del Madrid, aunque haya podido jugar en ventaja con los últimos resultados, Casillas ha huido de la crispación, pero no ha conseguido evitar cierta incomodidad en su rostro cada vez que habla. Y él, que siempre ha sido transparente, sabe que no termina de ser creíble. Es como si le

desorientase en qué se ha convertido el entorno de su club. Casillas se siente muy capitán del Madrid y un capitán quiere que la línea de un club sea lo más ejemplar posible. Así que le toca ser políticamente correcto. Pero eso para Iker no es suficiente.

 

Casillas, nombrado de nuevo mejor portero del mundo en 2012 por multitud de publicaciones, piensa tan en capitán, tan en Madrid, que podría decirse que lo último que le interesa ahora es su titularidad, sorprendentemente perdida. Porque Casillas son sus paradas al Bayer Leverkusen en la final de la Novena, los penaltis contra Irlanda en Japón y Corea donde ya descubrimos que tenía una estrella especial, los de Italia en la Euro de 2008. Los milagros ante Cardozo y Robben. Pero desde hace tiempo es mucho más: embajador solidario con mil proyectos en marcha, Príncipe de Asturias, pacificador de la gresca Madrid-Barcelona que solventó por el bien de la mejor Selección de la historia aun a riesgo de facturas como la de estos días. Su figura trasciende lo futbolístico hacia un perfil humano y de transmisión de valores que, ha comprobado, hay que priorizar por encima incluso de desafíos profesionales. Casillas parece en el mejor estado de madurez y reflexión de toda su carrera.

 

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Iker es patrimonio de todos pero él no quiere ser protagonista. Intentará recuperar la titularidad del Madrid y es posible que sea pronto. Mourinho sabe que es una batalla que no le conduce a ningún sitio: futbolístico, de imagen y de impacto internacional. Pero eso es secundario para Casillas. Sólo quiere que el Madrid al que pertenece y quiere porque lleva tan dentro vuelva a gustarle. Aunque sea con él en el banquillo.    

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