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El blog de Juan Jiménez

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Inicio | enero 2013 »

26/12/2012

Por Juan Jiménez

Iker

Observé a Iker Casillas el pasado sábado en la zona mixta de La Rosaleda. El Málaga-Real Madrid ya había concluido. Estaba sereno. Subió y bajó un par de veces del autobús, las que le pidieron algunos elegidos, aficionados o conocidos de él, que pudieron atravesar el cordón y acceder a los pies del autobús del Madrid. Casillas cumplió con la gente porque va en el negocio y sabe que eso hace feliz a muchos, pero en cuanto pudo subió definitivamente y se sentó justo en el primer asiento que hay detrás de la entrada trasera del bus. Justo detrás de él, Adán, visiblemente afectado, masticaba un sándwich. La estampa resultaba paradójica e impactante. Casillas se limitó a chequear su teléfono, pero no movió un músculo hasta que el autobús abandonó el estadio en medio de la mirada de cientos de curiosos. No quería gestos que se pudiesen malinterpretar, pero es obvio que tampoco le apetecía hablar. Optó por la inacción.

 

 

  Juan

 

 

Las imágenes de El Día Después desnudaron a Iker durante el partido. Algo animado al principio, cuando comentó con Callejón y Morata la falta que Cristiano estrelló en Caballero y el larguero, su ánimo, ya de por sí bajo, se fue apagando a ritmo de los goles del histórico Málaga, que 30 años después y, por primera desde su denominación de Club de Fútbol, tumbó al gigante. La imagen de Casillas, con la cabeza agachada, fue una copia de la que se vio en Balaídos una semana antes en la Copa. Demasiado rendido. Demasiado habitual. Se nota a leguas que a Casillas le invade algo más que el dolor por ser suplente en Málaga: la tristeza.

 

IkerQue Iker no es feliz salta la vista por más que él quiera evitarlo. Y el asunto va más allá de la imagen que captó La1 a principio de curso, cuando no celebró el 3-2 de Cristiano ante el Manchester City en el primer partido de la fase de grupos de la Champions. Hay algo que le tiene neutralizado, que no le permite liberarse. Casillas ha estado en capitán siempre y este curso también. A cada crítica de Mourinho a sus jugadores, él ha respondido en sus actos públicos con declaraciones sensatas, incluso de respaldo a su entrenador. Aunque sea imposible ocultar ciertos problemas de convivencia en el vestuario del Madrid, aunque haya podido jugar en ventaja con los últimos resultados, Casillas ha huido de la crispación, pero no ha conseguido evitar cierta incomodidad en su rostro cada vez que habla. Y él, que siempre ha sido transparente, sabe que no termina de ser creíble. Es como si le

desorientase en qué se ha convertido el entorno de su club. Casillas se siente muy capitán del Madrid y un capitán quiere que la línea de un club sea lo más ejemplar posible. Así que le toca ser políticamente correcto. Pero eso para Iker no es suficiente.

 

Casillas, nombrado de nuevo mejor portero del mundo en 2012 por multitud de publicaciones, piensa tan en capitán, tan en Madrid, que podría decirse que lo último que le interesa ahora es su titularidad, sorprendentemente perdida. Porque Casillas son sus paradas al Bayer Leverkusen en la final de la Novena, los penaltis contra Irlanda en Japón y Corea donde ya descubrimos que tenía una estrella especial, los de Italia en la Euro de 2008. Los milagros ante Cardozo y Robben. Pero desde hace tiempo es mucho más: embajador solidario con mil proyectos en marcha, Príncipe de Asturias, pacificador de la gresca Madrid-Barcelona que solventó por el bien de la mejor Selección de la historia aun a riesgo de facturas como la de estos días. Su figura trasciende lo futbolístico hacia un perfil humano y de transmisión de valores que, ha comprobado, hay que priorizar por encima incluso de desafíos profesionales. Casillas parece en el mejor estado de madurez y reflexión de toda su carrera.

 

Ikercasillas3

 

 

Iker es patrimonio de todos pero él no quiere ser protagonista. Intentará recuperar la titularidad del Madrid y es posible que sea pronto. Mourinho sabe que es una batalla que no le conduce a ningún sitio: futbolístico, de imagen y de impacto internacional. Pero eso es secundario para Casillas. Sólo quiere que el Madrid al que pertenece y quiere porque lleva tan dentro vuelva a gustarle. Aunque sea con él en el banquillo.    

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18/12/2012

Por Juan Jiménez

Carlos Jiménez y cuatro más

Carlos Jiménez ya no jugará más prórrogas. La última no duró cinco minutos, sino los meses que le pidió el Unicaja para que le hiciese su último servicio al club (cubrir la baja temporal de Sergi Vidal), al que ahora ayudará como asistente de Jasmin Repesa. Así ha sido toda su carrera Carlos Jiménez, un entregado a los demás. Al baloncesto le duele su adiós. Primero, por sus cualidades innatas para entender el juego con una intuición muy especial. Pero, sobre todo, por su manera de desarrollar la profesión: desde el respeto y el amor al juego. Jiménez ha dignificado el baloncesto hasta límites poco conocidos en este país y siempre desde una discreción exquisita.

 

 Family22

 

Su trayectoria abruma, pero mucho más lo hacían sus emociones. Tuve la fortuna de hacerle alguna entrevista y conversar en alguna ocasión algo más informalmente con él. Esencialmente, de forma profesional. Carlos Jiménez prefirió distinguir bien los planos. Durante una concentración de la selección española en San Fernando (2008), habló del intervencionismo de los entrenadores en el juego, excesivo en ocasiones: “El baloncesto es de los jugadores”, simplificó como algo molesto por el tacticismo que alcanzó el juego. Toda una declaración de intenciones. Sorprendentes intenciones, porque si ha habido un modelo de jugador esforzado y respetuoso con la táctica, ese ha sido Carlos Jiménez. Su exterior, sin embargo, esconde sus verdaderos sentimientos sobre el juego, mucho más lúdicos. Los que nunca abandonó desde que empezó a criarse en el Club Deportivo San Viator. Es posible que Jiménez desarrollase otro concepto de la diversión en baloncesto, mucho más colectivo. Rebotes ofensivos, anticipación defensiva, palmeos, faltas provocadas, ayudas. Fue la mejor manera de hacer útiles sus propias condiciones. Eso no quiere decir que no respetase la inspiración individual siempre que no rompiese un grupo. Es más, escuchándole, le pareció esencial.

 

 

 Pau3

 

 

Jiménez, más de un centenar de veces internacional, ya estaba allí cuando aparecieron los Júniors de Oro. Nunca formó parte de su pandilla, pero a su llegada ayudó a integrarlos aunque había veteranos para ello (el eterno Nacho Rodríguez, por ejemplo). Luego, cuando el superior fue él, intervino sólo cuando fue necesario para salvaguardar la integridad del grupo, la clave de los éxitos. Durante los Juegos de 2008, poco después de que Estados Unidos apalizase a España en la primera fase (82-119), se organizó un viaje a Mutianyu, a aproximadamente una hora y media de Beijing, para visitar un trocito de la Muralla China con menos aglomeración de turistas. El ambiente estaba algo turbio y la excursión resultó caótica. Para empezar, algunos jugadores decidieron permanecer en la Villa Olímpica para descansar… Algo con Aíto no iba bien. Luego, además, cayó una tormenta de época y la visita se semi-abortó. Se intuía alguna disfunción en la Selección que dirigía a Aíto. Jiménez, después del último partido de la primera fase ante Angola (98-50) se plantó ante la prensa y estuvo en capitán: impecable: reclamó menos divismo a los jugadores: Menos quejarse de horarios, camas y comidas: jugar. Jiménez sabía que aquella sería su despedida de la Selección y quería marcharse como finalmente hizo: reuniendo en un círculo a sus compañeros, orgullosos de ellos, en uno de los días más grandes de la historia del baloncesto español: el de la final olímpica. Allí, en mitad de la cancha del Wukesong, en imagen memorable, les dio en un corrillo las gracias llorando.

 

 

 Pekin22

 

 

Horas después, ahora se puede contar, en el fin de fiesta del restaurante Mare, propiedad de un español y convertido en Casa de España de facto durante el torneo olímpico, Jiménez confesó que pocas veces se había sentido tan pleno jugando al baloncesto. Justo el día que se marchaba: “He repartido más hostias que nunca”. Especialmente, a LeBron James. Lo decía en el mejor sentido. Jiménez siempre disfrutó viendo un equipo comprometido en el afán de defender. Aquella final fue una selva y él, el día que se iba, se sintió más vivo que nunca.

 

Jiménez engordó su palmarés como jugador en la Selección (en clubes, una Copa con Estudiantes): campeón del mundo en 2006, plata olímpica en 2008 y triple plata y bronce en Eurobasket. Fue capitán desde 2005 y tuvo un emotivísimo detalle con Pau Gasol permitiendo al gigante de Sant Boi levantar el primer trofeo de campeón del mundo de la historia del baloncesto español. Así fue Jiménez como jugador, un altruista para las cosas del equipo. Y de su casa. El nacimiento de su hijo Pablo, justo antes del Mundial de Japón, le cambió las prioridades. Tanto que apenas duró un par de veranos más con la Selección. Málaga también le cambió. Le dio otra hija, Elsa. Pablo ya juega al baloncesto, en Los Guindos. Pero también ha salido futbolero y entrena algunos días con el Juval, equipo de base con tradición en Málaga Las cosas del mar.

 

 

Pablo-elsa

 

 

Después de un verano decidiéndose entre Málaga y Madrid, Juanma Rodríguez (exdirector deportivo), Sergio Scariolo y Unicaja, club que cuida como pocos los detalles, le convencieron para que aterrizase en Málaga. A Jiménez, Málaga le pareció una buena salida. Evitaría el conflicto social con la Demencia, que no lo quería en el Real, y seguiría en un club de Euroliga y con aspiraciones a todo: nada menos que el club que defendería su condición de campeón. Era un salto. Él, que había vivido una época preciosa en Estudiantes (además de la Copa alcanzó finales de Liga y Korac en las que cayó ante el Barça), tenía ganas de empezar otra aventura.

Jiménez se desnudó a su llegada y advirtió: “no soy Garbajosa”. El club también le protegió y prefirió que ese papel corriese a cargo de Jiri Welsch. Con menos carisma que Jorge, inigualable en Málaga, a Jiménez le costó calar. Era imposible que lo hiciese desde el populismo. Tampoco como un tribunero en el parqué. Nunca fue un jugador histriónico. Pocos gritos y puños en alto. Esfuerzo. Era evidente que si algún día calaba en el corazón de los malagueños sería poco a poco y por dedicación. Un trabajo diesel. Su primer año, como el del equipo, fue irregular pero tuvo un bonito colofón: la Final Four en Atenas. Allí, un episodio de integridad.

 

Mariano Pozo, maestro de la fotografía de baloncesto con una larguísima trayectoria a su espalda y compañero en AS, y Manolo Rubia, entonces delegado (y hoy director deportivo), facilitaron un precioso reportaje en El Partenón (foto) en el que Jiménez demostró su categoría como persona. Poco amigo de los reportajes, soportó estoicamente un calor de justicia a las puertas del Partenón mientras Mariano Pozo evitaba a los miembros de seguridad, que no permitían la entrada de su equipo fotgográfico. Jiménez y Welsch, ejemplares, esperaron más de media hora a la sombra de un diminuto olivo bajo el reconocible calor húmedo de Atenas a que Mariano escondiese su cámara en la mochila de un turista español ataviado con la camiseta del Betis (gran ejercicio de periodismo). El reportaje, que estuvo en el aire como está la salud de los periodistas cuando se va a frustrar, fue posible por la ejemplaridad de Jiménez y Welsch. Un detalle más.

 

 

 Partenon2

 

 

Unicaja no creció más con Jiménez. Es más, su llegada coincidió con el pico más feliz del club en su historia antes de bajar el puerto. Le han tocado derrotas, malos momentos y división social. Un lustro duro en Málaga con pocas alegrías (además de esa Final Four, apenas una final más de la Copa del Rey). Jamás ha escurrido la realidad, pero la ha llenado de sensatez.

 

A Jiménez, tipo recto, sólo le ha nublado el mar de Málaga. Su sol, su paz, su paseo marítimo Pablo Picasso junto a Huelin, debieron resultarle un descubrimiento para quien creció en la inabarcable Madrid. Así que aunque Jiménez volvió a Estudiantes, su vida y su nueva vivienda (que se construyó en Guadalmar, junto al aeropuerto), cambió sus planes y se quedó en Málaga como tantos otros tantos exdeportistas. También en Málaga empieza su nueva vida.

 

La primera charla de Carlos Jiménez como técnico podría resultar algo contradictoria. Recuerden. “El baloncesto es de los jugadores”. ¿Cómo transformar la sentencia?

 

En mi equipo, desde luego, siempre serían Carlos Jiménez y cuatro más. Suerte.

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12/12/2012

Por Juan Jiménez

La sala Pionir

Baloncesto también se dice Sala Pionir.

 

Hace sólo una semana que el Barça visitó la Sala Pionir en la Euroliga. Lo hizo con victoria agónica con tapón del entrañable gigante Jawai. Nadie sabe si el Partizan de Belgrado, el antiguo club del ejército que cada poco se debe reinventar por la continua fuga de talentos que sufre, se va a clasificar para la próxima fase de la Euroliga y qué camino seguirá. Pero hay una coincidencia general entre todo aquel que ha visitado alguna vez la sala Pionir: es una experiencia única. A mí me pareció exactamente eso.

 

A finales de enero de 2007 (cada año de superviviencia del Pionir debe hacerlo aún más épico), Unicaja viajaba a Belgrado. Se jugaba el paso al Top 16 (se gestaba, insospechadamente entonces, una de las mayores hazañas del Club Baloncesto Málaga: su clasificación para la Final Four de Atenas: otra sala humeante e imperial: la OAKA). La importancia del partido invitó al club a fletar un vuelo chárter Málaga-Belgrado y Unicaja, siempre gentil con los medios, fijó precios realmente asequibles para el desplazamiento. Pocos días después, pisábamos suelo serbio.

 

La llegada a la terminal de cualquier aeropuerto siempre resulta apasionante para cualquier periodista. La aventura, lo distinto. Se hace especial. Unicaja iba a hacernos un favor más nada más aterrizar. Como fue costumbre un buen puñado de años, permitía a los periodistas subir al autobús del equipo. Apenas viajaban unos cuantos elegidos. El pacto era sencillo: el periodista sería tan discreto como fuera necesario para no invadir espacios prohibidos.

Belgrado2

 

El Unicaja se alojó en el President, un coquetísimo hotel de lujo con habitaciones elegidas escondido en un bosquecillo indescifrable a las afueras de Belgrado (ciudad blanca, en serbio). El trayecto desde el aeropuerto hasta allí, sin embargo, dejaba sin aliento. Las imágenes de los edificios derruidos casi una década después de los bombardeos de la OTAN sobre Belgrado (1999) sobrecogían. Intactos después de los impactos para mantener el recuerdo y alimentar la memoria. Por más que fuese de noche, rostros en el autobús como el de Carlos Jiménez contemplando los gigantescos boquetes abiertos por las bombas resultan imborrables. El silencio en el autobús, apenas impedido por los intentos de Cabezas por encontrar una red de teléfono móvil que le permitiese llegar a casa, se cortaba.

 

Pero el destino del viaje era el Pionir. Puede leerse lo suficiente de cualquier lugar, pero estar allí diferente. El in-situ. Unicaja necesitaba ganar aquella noche para asegurar su pase al Top-16 pero sólo una combinación diabólica lo dejaba fuera. El Partizan dependía, por su parte, del partido de la Lottomatica de Roma. No era, por tanto, un partido más. Tampoco el baloncesto es algo más en Serbia. Y menos para el Partizan, el club europeo que más jugadores ha dado la NBA: Djordjevic, Danilovic, Paspalj, Drobnjak, Divac, Rebraca, Savovic, Krstic, Pekovic, Perovic, Varda…

 

Faltó poco para advertir lo que le esperaba aquella noche al Unicaja. El trayecto desde la inquietante oscuridad del hotel President al Pionir era sencillo: una recta kilométrica, una de esas largas avenidas que componían el esqueleto de las grandes capitales del bloque comunista. Atrás y adelante del autobús del Unicaja, en el que se escuchaba a Santiago cantar reggaeton cristiano, policía. Mucha policía. Pero lo que más impresionaba no era la escolta, sino el enorme cordón que rodeaba la vieja sala Pionir, casi como a trescientos metros del recinto. Allí siempre se cuece algo.

Pionir2

 

Llegamos con demasiada antelación. Casi dos horas antes del partido. Apenas una treintena de aficionados y unos cuantos periodistas: Nacho Rodrigo (Málaga Hoy), Fali Guerra (La Opinión), Emilio Guerrero (Cadena Cope), Ale Sandino (Punto Radio) Paco Rodríguez (fotógrafo de AS). También Canal Sur… Todavía se escuchaba eco en el pabellón, pero fue fácil entender que aquella duraría poco. Santiago, el puertorriqueño de la cinta, salió solo a lanzar unos tiros libres como una hora antes del partido. Justo detrás del aro donde lanzaba, un aficionado cayó redondo desde la grada al parqué. Retumbó el pabellón y Santiago asistió atónito a la escena. No se cayeron muchos más pero entraron miles de hinchas. Apasionados hinchas.

 

El Pionir tiene sus propias reglas. En el Pionir se fuma. Es más, es raro quien no fuma. Así que a media hora de que arranque el partido, cuando Vujosevic, entrenador y semidios para su gente, sale a chequear el calentamiento de su equipo, la liturgia ya se ha puesto en marcha. Humo, ultras, devoción a la camiseta blanca y negra, mágica, del Partizan. La atmósfera era exagerada. Casi tan exagerada como el recibimiento a los aficionados del Unicaja. Hostilidad sería el término correcto.

 

La distancia entre los periodistas y los aficionados en la sala Pionir era, exactamente, de una valla. En ocasiones, ni eso. Más de un aficionado invadió la zona de los acreditados para comprobar en los portátiles de los periodistas qué estaba pasando en Roma. El partido se fue envileciendo. Tanto que ganar o perder se convirtió en una cuestión de honor. Eliminados, tal vez (finalmente el Partizan pasó) pero humillados no. El asunto se puso tan calentito que, a muy pocos segundos del final y con la victoria del Partizan casi asegurada, agarramos  los portátiles y corrimos rumbo al túnel… Con el ordenador en brazos vimos a Pepe Sánchez meter un triplazo (otro guiño hacia la Final Four). Aunque los portátiles estuviesen en juego, la batalla merecía no ver la prórroga por los monitos del pequeño habitáculo convertido en sala de prensa en las entrañas del Pionir. La veríamos en directo.


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No recuerdo el sitio exacto dónde escribí finalmente la crónica entre aquel tumulto de sillas movidas, afición a pie de cancha, canastas y euforia cajista, que conquistó el Pionir. Ni siquiera hasta que decidí escribir este artículo había releído la crónica de aquel día. Y emociona.

Salimos a pie del Pionir, donde fumaban hasta los jugadores cuando acabó el partido y Pepe Sánchez describía como sólo él sabía hacer las sensaciones de jugar en esa cancha. Tampoco fue para tanto. Mientras el autobús, con el reggaeton cristiano de Daniel Santiago, nos llevaba al aeropuerto de Belgrado, vimos una gran obra no destruida como esos viejos edificios, sino en construcción: era el Beogradska Arena, donde hoy, en 2012, el Partizan juega sus partidos grandes.

El Beogradska Arena es una construcción ultramoderna, pero muchos quieren seguir fumando en la guarida del Pionir.

 

 

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04/12/2012

Por Juan Jiménez

Vida celta

Quede o no fuera el 5 de diciembre de los octavos de final de la Champions League, nadie apostaría a que lo que más le importa a un seguidor del Celtic es el resultado.

 

 

En Gallowgate, la zona relativamente cercana a Celtic Park donde se amontonan los pubs celtas y las banderas irlandesas y los hoops demuestran el orgullo de pertenencia a una clase, lo más importante no es el resultado: es reconocerse seguidor del Celtic. Cuando cinco minutos antes de empezar el partido suena el You’ll never walk alone (el original, según algunos: el de Liverpool vino después), lo más importante es saberse un celtic. Cuando se escucha the celtic song (“Because we only know that there's going to be a show and the Glasgow Celtic will be there), lo importante es sentirse Celtic. Y cuando le Green Brigade hierve mientras se oye ese trueno que es el Just Can’t Get Enough de Depeche Mode, lo único importante es vivir en celta.

 

  

 

El Celtic presume en su modesto museo, apenas una vitrina en una sala mediana con una moqueta británica, de la vieja Copa de Europa, la primera que ganó un club británico, al Inter de Milán. El nacimiento de la leyenda de los Lisbon Lions. Fue en 1967 y todavía resulta gracioso leer esa cita memorable del memorable Jimmy Johnstone (1944-2006): “Ahí estaban Fachetti o Mazzola. Todos medían metro ochenta y al otro lado estábamos nosotros, enanos. Yo casi no tengo dientes, a Bobby Lennox también le faltan y Ronnie Simpson no tiene ninguno. Los italianos nos miraban y nosotros les dábamos nuestra mejor sonrisa. Parecíamos salidos del circo”. Pero aquel Celtic, la obra de Jock Stein, ganó. Joaquín Peiró, que no estuvo en aquella final pero conoció mucho mundo con el Inter y contaba maravillas de aquellos viajes del gran Inter de HH con la familia Moratti, llegó a decirme en una ocasión que aquel Celtic fue el mejor equipo que vio jugar al fútbol.

 

 Jimmy

 

Giralda

Pero si de algo está orgulloso el Celtic no es de su vieja orejona sino del premio que recibió de manos de la UEFA por el ejemplar comportamiento de la afición después de la final de la UEFA de 2003 en Sevilla. Aquello fue un tsunami. Doblar una calle era encontrarse un seguidor del Celtic. Durmieron en cajeros, se juntaron en la explanada del Prado de San Sebastián, donde estaba ubicada su fan zone, compraban y acumulaban durante el día cajas de cerveza, que, puestas una encima de otra, podían llegar a los cinco metros de altura (así evitaban quedarse sin provisiones de noche, cuando la ley prohíbe, o prohibía según comprobamos hoy en algunas estaciones de servicio, la venta). En algunos casos, seguidores del Celtic que llegaron a venir desde cualquier parte del mundo (Boston, Canadá, Australia) fueron engañados por agencias de viajes que le señalaron Andalucía como una ciudad minúscula en lugar de una región de ocho provincias y los enviaron a dormir, por ejemplo, a Almería, a seis horas de camino de Sevilla. En lugar de sentirse estafados, decidieron quedarse más tiempo.

 

 

Les dio igual. No produjeron altercados, vivieron felices y despidieron a sus héroes con más grandeza que si le hubieran ganado al Oporto de Mourinho. Perdieron 3-2 pero hubo una imagen estremecedora, para el recuerdo, en el Olímpico de Sevilla. Bobo Balde, un gigantesco central de raza negra, portentoso físicamente pero descontrolado en sus entradas, fue expulsado nada más empezar la prórroga. Balde pudo evitar la rojaa, por lo que se trató de un error que, además, terminó por costarle la final al Celtic. Sin embargo, la despedida de aquel futbolista fue lo más parecido al adiós a un mártir. La afición del Celtic consideraba que si estaba fuera del partido en el minuto ciento y pico era, simplemente, porque se había dejado la vida por los hoops. La situación ponía los pelos de punta.

 

 

Saldé una deuda con el espíritu Celtic hace relativamente poco. El Barça visitó Celtic Park y acompañé a un buen amigo, Moisés Llorens, que se pateó Glasgow en busca de buenas historias. El viaje también me permitió conocer a Fernando Zueras, fotero de raza con un bonito currículo detrás. Disfruté de ellos y del Celtic, que cumplía 125 años. Era el día perfecto para bautizarse.

 

 

El corredor que conecta los vestuarios con el césped (foto inferior) de Celtic Park es liturgia. De poco más de un metro de anchura, donde casi no caben las dos filas de los equipos, sus paredes se dividen en pequeños ladrillos rectangulares. Cada baldosa tiene una leyenda. El vello se pone de punta. “Hail, hail, the Celts are here”. El Celtic es más historia que títulos. En la fachada principal, dos estatuas. Una para Brother Walfried, el fundador de la entidad. Otra, para John Jock Stein, su entrenador leyenda. El padre de la obra de los Leones de Lisboa.

 

La tienda entra en ebullición antes del partido. Y los pubs. Corre la cerveza, ruge la afición, que se abraza a Samaras. Y suenan las canciones. Just Can’t Get Enough, Just Can’t Get Enough.

 

 

Empieza el Celtic-Barça y apostaría que lo más importante para un hincha del Celtic no es el resultado. Pero si encima gana con un gol de un niño llamado Tony Watt… Si encima llora Rod Stewart

 Celticpark

 

Que arda Gallowgate.

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