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06 noviembre, 2014 | 12:36

Por Juan Jiménez

Piqué

“¿Qué te han parecido los centrales? Impresionante, ¿eh?”. El 10 de enero de 2007, Gerard Piqué no había cumplido todavía 20 años y la frase pertenece al que entonces era su entrenador, Víctor Fernández, que se acercó a un corrillo de periodistas y presumió de defensa después de un Málaga-Zaragoza semiclandestino de Copa en La Rosaleda. Efectivamente, el central impresionaba. Piqué, sobrado, estaba haciendo la mili antes de volver a Manchester.

 

 

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Casi ocho años después, Piqué toca suelo y hace pensar en su salida (en Amsterdam se confirmó que está por detrás de Mascherano, Mathieu y Bartra) después de una trayectoria grandiosa en el Barcelona que es imposible juzgar sin su ángel de la guarda: Puyol. El sábado pasado, día de la derrota ante el Celta, Piqué no entró en la lista, sea por su demasiado manoseada conversación con el móvil el día de la Supercopa catalana o simplemente por un estado de forma cada vez más preocupante. Fuese lo que fuese, lo que sí resultó evidente es que, vestido de traje y corbata, en el palco, expresó más complicidad con Puyol en el palco que con cualquiera de sus compañeros en el césped. Cuentan que, cuando volvió a Barcelona en el verano de 2008, y también cuando regresó Cesc en 2011, Piqué tuvo picos de dispersión en los que siempre recurría a Puyol, su auténtica cruz de guía.

 

 

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Cuando Guardiola se atrevió con el fichaje de Piqué (cinco millones de euros), su primera intervención en la previa de la Champions ante el Wisla Cracovia (agosto de 2008) polaco resultó algo desconcertante. Parecía lento para lo que requería el nuevo plan del Barça. El chico, sin embargo, caía bien. Nieto de Amador Bernabéu, ex directivo culé, Piqué se había marchado joven y sin miedo a Manchester, donde aprendió todo el fútbol menos la competición. Ferguson, con Ferdinand y Vidic en plena madurez, no creyó en él. Piqué había debutado con 17 años en la antigua Carling y con 19 en la Premier pero puede decirse que el Barça fichó a ciegas. Su retrato robot respondía a lo que pretendía por la sencilla razón de que se había criado en La Masia, pero era un melón sin calar. Además, la presencia de Márquez, Puyol e incluso Milito le hacía suponer suplente. Un complemento para temporadas largas mientras terminase su formación.

 

 

 

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Menos de un año después, ya era ídolo. Terminó de hacerse imagen del Barça el día del 2-6, cuando cerró una goleada histórica con un gol que definió su personalidad: desinhibido para irse hacia arriba en pleno festival e inspirado para resolver con un remate a la media vuelta. Su gesto hacia en la esquina norte del Bernabéu, sumado luego a la mano abierta la noche del 5-0 en la temporada 2010-11, quedó en el imaginario del barcelonismo. Eran buenos tiempos para Piqué, que por el camino había debutado con la Selección y había marcado ante Turquía en el Bernabéu. Jugaba pletórico. Estaba rápido, bueno al corte, elegante en la salida del balón. Siempre con Puyol cerca. Un consejo en el vestuario. Una voz en el campo. Piqué, capaz de medirse a Cristiano sin miedo en numerosos mano a mano, con relativo éxito, tocó el cielo. En 2010 era capaz de hacer goles en semifinales de Champions (aunque fueran inútiles, como ante el Inter), y levantar la Copa del mundo en Sudáfrica.

 

 

 

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Parecía difícil pensar, sin embargo, que un futbolista con tantas inquietudes fuera del campo pudiera prolongar su estado de excelencia en el césped. De por medio, Piqué se ganó el corazón de Shakira, una celebridad que le multiplicaba en ingresos y repercusión. Piqué pasó a ser más que un futbolista.

 

Hay algo, no obstante, contradictorio en el personaje. Seis años después de llegar al Barça, aún no es capitán. Sergio Busquets, que lleva el mismo tiempo que él en la primera plantilla, fue nombrado este verano cuarto capitán (junto a Xavi, Iniesta y Messi). Puede ser que su personalidad, por tanto, se desborde más hacia afuera que hacia dentro del vestuario, donde se reclaman otro tipo de valores. En el último año de Guardiola corrió como un reguero de pólvora el rumor de que el técnico de Santpedor había pedido su salida a Sandro Rosell como una de las condiciones para su continuidad. Todas las partes desmintieron tal extremo, pero desde la temporada 2011-2012 Piqué estuvo bajo sospecha. Casi literalmente. En febrero de 2013, se conoció que Guardiola ordenó espiar al central a través de la agencia de detectives Método 3.

 

Con o sin Shakira, Piqué es un vendaval fuera del campo. Alejado de cualquier perfil bajo, jamás ha tenido problema en declarar que aspira a ser presidente del Barça, a aparecer en célebres partidas de póker, en viajes y actos de su pareja o en manifestaciones a favor del derecho a decidir de Cataluña en las que aparece fotografiado junto a su hijo Milan.  

 

En favor de Piqué se puede decir que todo lo que le rodea se escruta con mucho más celo que en la gran mayoría de jugadores. “Me da la impresión de que siempre que está Piqué hay algo más detrás”, declaró el seleccionador Vicente del Bosque hace días. Curiosamente, en él ha encontrado el central uno de sus escasos apoyos. Del Bosque, para quien Piqué fue indiscutible en el Mundial de Sudáfrica (pese a su error ante Suiza o el penalti que cometió ante Paraguay) y jugó todos los minutos de la Eurocopa 2012, le perdonó sus evidentes gestos de pasotismo en los últimos entrenamientos de Curitiba y en el banquillo antes del partido ante Australia. Hasta que le formase un incendio revelando en los prolegómenos de una rueda de prensa que Cesc volaba por 33 millones al Chelsea. E incluso justificó su ausencia a principio de temporada por motivos físicos a pesar de que días después fue alineado por Luis Enrique. 

 

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Piqué, en cualquier caso, resulta una personalidad refrescante para el fútbol industrial, que produce demasiados clones de lo políticamente correcto. Hasta su relación con los periodistas es singular. Rico en titulares, es capaz de tirar una bomba fétida en una zona mixta pero también puede apadrinar la décima edición del libro Relatos Solidarios cuyos beneficios se destinaron al Hospital de Neurorehabilitación Instituto Guttmann.

Es preferible, sin embargo, no perder el equilibrio. Y resulta innegable que su rendimiento en el césped, sea o no por cuestiones extradeportivas, ha descendido. Y que sus frentes abiertos se multiplican. Tal vez esta vez Piqué sí esté en el límite.

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Comentarios

juan

que escribe, la mama de Gerardo? Este tio es un impresentable. Fuera de la selección yA!

Pedro

Excelente artículo. Preciso, ameno, bien escrito, con todos los ángulos... lo dice un periodista con 25 años de carrera. Chapeau.

kobabumga

Da igual lo que haga fuera. Su rendimiento en cancha es lamentable. En la elite si no tienes la cabeza en el cesped, no llegas el nivel. Tal vez esté a tiempo de recuperarse, pero no parece dispuesto para ese esfuerzo. Otro prejubilado más como Balloteli, Ronaldinho, Robinho, Adriano...

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