as.com Ver todos los blogs >

Campoatras

El blog de Juanma Rubio

Un blog para tratar el pasado, presente y futuro del baloncesto tanto nacional como internacional: ACB, ULEB, Euroliga, Eurocup y la NBA.

Calendario

mayo 2013
lun. mar. mié. jue. vie. sáb. dom.
    1 2 3 4 5
6 7 8 9 10 11 12
13 14 15 16 17 18 19
20 21 22 23 24 25 26
27 28 29 30 31    

Subscríbete a RSS

Añadir este sitio a RSS

¿Que es RSS?

Es una tecnología que envía automáticamente los titulares de un medio a un programa lector o agregador. Para utilizar las fuentes RSS existen múltiples opciones. La más común consiste en instalar un programa llamado 'agregador' o lector de noticias.


Últimos comentarios

publicidad

lunes, 13 mayo 2013

Por Juanma Rubio

Olympiacos: los que nunca se rinden

Tengo una teoría: si das siempre el cien por cien, alguna vez las cosas te acaban saliendo bien”. La frase es de Larry Bird, tres veces campeón de la NBA, tres veces MVP de la temporada y dos de las finales. Entre otras muchas cosas. Se me ocurren pocas formas mejores de definir a este Olympiacos que ha convertido en oficio ser el mejor cuando nadie espera que lo seas. Es probable que llegue la próxima Euroliga y volvamos a infravalorar a este equipo. Le consideraremos uno de los cinco o seis mejores equipos de Europa pero no uno de los dos o tres mejor equipados para ser campeones. Y al hacerlo estaremos, otra vez, exponiendo la yugular a los colmillos de un grupo de jugadores que en las dos últimas Euroligas ha sacado brillo al concepto esencial de equipo. De Larry Bird a la leyenda del béisbol, Babe Ruth: “Es muy difícil derrotar a aquellos que no se rinden nunca”.

Campeones

Visto el partido en directo y revisionado apenas doce horas después, visto en realidad todo lo sucedido durante el fin de semana en el O2, es de ley comenzar por Georgios Bartzokas, un técnico de 47 años que había volado por debajo del radar para el gran público pero que ya había hecho jugar de maravilla al Maroussi. Bartzokas es un tipo tranquilo, ponderado y diría que feliz, que ha transitado por la Final Four todo buenas formas y buen fondo, comedido cuando su equipo estrujaba al CSKA y cuando las pasaba canutas ante el tornado efímero del Real Madrid. Bartzokas sale encumbrado de Londres: su Olympiacos no ha empeorado ni un ápice con respecto a la base que dejó un histórico como Ivkovic. En versión corregida y ampliada, ha jugado mejor y ha ganado con una autoridad incontestable. Back to back, campeón en dos ediciones consecutivas con el añadido de que lo que en  Estambul pareció un milagro esta vez ha sonado a consecuencia lógica del juego. Menos Termópilas y más baloncesto, el OIympiacos ha sido el mejor de cabo a rabo.

 

Pocas bromas: nadie repetía título desde el Maccabi, en 2004 y 2005. Aquel también era hasta ahora el último equipo que había superado la barrera de los 100 puntos en una final: 118-74 en la demolición del Bolonia en 2004. Para encontrar otro campeón con tres cifras de anotación hay que irse hasta el CSKA de 1968. A aquel Maccabi lo recordamos ya como uno de los grandes equipos de la historia del baloncesto europeo (Anthony Parker, Jasikevicius, David Blu, Vujcic…). No digamos al CSKA de los Belov. ¿Cómo recordaremos a este Olympiacos?

 

Lucha Después de aplanar al acaudalado y ultra físico CSKA d Messina, Olympiacos aplicó la mejor versión de su danza macabra a un Real Madrid al que concedió mil leguas de ventaja: 27-10 en el primer cuarto, 73-87 superado el ecuador del último parcial. Eso es un 46-77 en poco más de medio partido. Difícil volver a infravalorar a este equipo, ya nunca más el campeón improbable, un rol que en estas dos temporadas le ha funcionado a la perfección y que en Estados Unidos denominan underdog. Este Olympiacos tiene al MVP de la temporada y de la Final Four, un Spanoulis que jugó un segundo tiempo de 22 puntos en el que desnudó a Rudy en la puja de jugadores franquicia. Un talento para la historia, se fue al descanso sin anotar y en un agujero negro de pérdidas y malas decisiones; Y volvió de vestuarios con la gélida seguridad del asesino en serie que le valió el apodo de Kill Bill. Un ganador al estilo Muhammad Ali: “Un campeón no se forja sólo en los entrenamientos. Hay algo especial dentro de ellos. Un deseo, un sueño, una visión”.

 

Pero Olympiacos fue mucho más: 90 puntos en treinta minutos después de los 10 de su miserable primer cuarto. Los tres triples seguidos de Spanoulis, la escenificación del viraje definitivo de la final, llegaron siempre tras bloqueos de cemento de Kyle Hines, un jugador que es metáfora perfecta de su equipo. Ala-pívot al que le va largo el 1’98 que se le da de forma oficial pero capaz de devorar como aperitivo a los gigantes del CSKA y como plato principal a los interiores mucho más volátiles del Real Madrid. Entre los dos partidos 25 puntos, 15 rebotes y 36 de valoración. Olympiacos jugó a un nivel extraordinario en ataque, 38 puntos más que en la Final de 2012. Con paciencia y rigor, esperando su momento y sacándole chispas cuando llegó. El partido encumbra el trabajo colectivo del bloque, la dureza primigenia de Hines y Antic, la persistencia anímica de Acie Law y el instinto de Sloukas, base de 23 años que sale confirmado de Londres, la ciudad que ha vuelto a demostrar lo importante que resulta en el balocesto moderno contar con una buena pareja de aleros altos. Papanikolau no enseñó lo mejor de un repertorio que es carne de NBA pero Perperoglou puso dureza, sostenibilidad y talento. Otro jugador excelente al que solemos pasar por alto y cuya respuesta tiene forma de, por ahora, tres Euroligas.

 

A partir del segundo cuarto Olympiacos secuestró el tempo de partido. Circuló de maravilla, encontró buenos tiros y muñecas que no temblaban. Masacró los desequilibrios del Real Madrid e hizo una defensa para el recuerdo.En realidad ha dejado dos despliegues defensivos para las escuelas de entrenadores. Con un nivel de contacto descomunal y una dureza abrasiva, asunto que el Real Madrid no debe tomar como excusa sino como enseñanza. Las mejores siempre llegan con los huesos molidos y el Real Madrid ya sabe que en la Euroliga no se arbitra como en ACB y que el criterio proyecta una tupida sombra sobre el reglamento. El que aprende eso, se adapta antes y marca las pautas. Por encima de la estopa, Bartzokas planteó un despliegue militarizado y vibrante. Los exteriores salvando los bloqueos sin permitir contactos y los interiores dejando un trabajo sencillamente sublime: ayudas larguísimas, recuperaciones de posición supersónicas, agilidad en el desplazamiento lateral, comunicación, inteligencia, lectura magistral de los dos contra uno… Una defensa en formato manada, apasionado en pista pero regida por el equilibrio emocional de su entrenador, un metrónomo anímico que inunda el espíritu de un equipo que parece jugar sin mirar el marcador en el mejor sentido de la palabra. Cuando vienen mal dadas y cuando todo parece de cara. Ni hundimientos ni exceso de confianza. Ni miedo a perder primero ni miedo a ganar después. Otra enseñanza para el Real Madrid.

Trio

Real Madrid: Aprender la lección


Porque el Real Madrid sale de Londres con el gesto torcido. Esta temporada de fases deslumbrantes se le ha afeado en las dos citas principales: Copa del Rey y Final Four. Las horas después del partido son para sentir, los días después para pensar. El objetivo ahora es volver y ser mejor, volver con cicatrices que sirvan de testimonio de las lecciones aprendidas. Eso hacen los equipos grandes y esa es la primera barrera que tiene que derribar el Madrid: acostumbrarse a volver. Ha jugado su segunda Final Four en tres años, las únicas de una última década en la que CSKA ha disputado nueve por las cinco de Barcelona, Maccabi o Panathinaikos o las cuatro de Olympiacos. El título será una cuestión de cuándo y dónde si regresa a la jerarquía europea y en el camino está, aunque ahora duelan las heridas de una final improbable en la que perdió ante el rival que parecía más accesible y en la que perdió a una puntuación que le tendría que haber bendecido. Ganó un equipo sin grandes referentes interiores y ganó anotando 100 puntos. Pero no fue el Real Madrid.

RMA

En realidad el Real Madrid jugó un primer cuarto para el recuerdo (27-10: intensidad defensiva, talento descorchado y una lluvia de triples que inundó el O2). Pero a continuación jugó otros tres cuartos en delicado pero imparable declive, cada vez menos ánimo y cada vez menos juego. El ataque se aplanó en estático, previsible y suicida, envarado en un perpetuo viaje a los callejones sin salida que construyó Bartzokas. Laso falló con las rotaciones, demasiados minutos en el último cuarto con tres pequeños que caían en el autismo en ataque y se despeñaban en defensa (39 puntos encajados en diez minutos). la defensa del Real Madrid terminó desajustada, con poca comunicación y malas ayudas. La apuesta por el talento tiene que ser la rúbrica de un plan bien definido, no un brindis al sol.

 

La final deja en mal lugar al juego interior pero también a Llull, Mirotic y Rudy. El menorquín volvió a funcionar sólo en plena orgía inicial y con el equipo desatado. Después, otra vez, se le notó demasiado que jugaba uno de esos partidos que le incordian, igual que un Mirotic demasiado transparente.En las dos últimas temporadas he esperado un despegue sideral que todavía no ha completado un Mirotic que es demasiado joven para ingresar la nómina de los sospechosos pero al que hay que exigir como lo que es: un talento descomunal con arsenal para ser ‘4’ de referencia en Europa. Pero sigue pendiente de pasar la ITV definitiva en asuntos relacionados con la defensa, la acción en la batalla física, el gusto por la zona o el click definitivo en el interruptor de la consistencia mental.

 

Rudy Rudy, finalmente, jugó un mal partido ante el Barcelona y uno engañoso ante Olympiacos: 21 puntos y 20 de valoración pero cuesta abajo a partir de un gran inicio, superado por Spanoulis e incapaz de ser un líder asertivo y sólido cuando el balón quemaba en el último cuarto. No puso el salto de calidad del que se le supone portador y dejó tuerto en el peor momento a un equipo en el que Felipe estaba drenado tras su despliegue de semifinales, en el que el ‘5’ más fiable volvió a ser Slaughter con todo lo que eso supone... Y en el que Carroll, en su peor momento físico desde que fichó por el Real Madrid, jugó sin escopeta (5 puntos en los dos partidos).

 

La crítica, advierto, no es destructiva. El Real Madrid ha perdido la Euroliga en el último cuarto de la final y tiene un estilo que cuenta con la bendición de sus seguidores. El proyecto es bueno pero no está rematado. Existe el riesgo es que tantas victorias aplastantes en la ACB actúen como sedante o que todos los partidos jugados a la carrera se consideren grandes partidos. El Real Madrid necesita el punto definitivo de consistencia, un plan B bien definido para su ataque y algo más de pegamento defensivo. Inexperto ante el nivel de dureza del partido del año en Europa pero también sin los jugadores más adecuados para igualar el órdago del rival.

 

Sería un error afligirse o conformarse y desde luego lo sería caer en la histeria reconstructiva. Ni una cosa ni otra. Tampoco mirarse el ombligo: ahora mismo el Real Madrid no es campeón ni de ACB ni de Copa ni de la Euroliga. Y eso es por algo. Pero era favorito a priori en Copa, lo era el domingo por la mañana para esta final y lo será cuando arranquen los playoffs de la ACB. Y eso también es por algo.Quizá falte músculo, seguramente se echa en falta en determinados partidos un alero alto de perfil distinto al del distante Suárez; Y desde luego hace falta un pívot de primer nivel, asunto peliagudo porque el Real Madrid necesita uno de los mejores que ofrezca el mercado pero uno que además se adapte a un estilo que seguirá siendo preferentemente uptempo. Es la moraleja del caso Tomic. Mejri, sólo Mejri, parece ahora mismo un tiro con demasiada parábola para las necesidades competitivas de un Real Madrid que al fin y al cabo sigue quemando pasos pero que fue peor que Olympiacos en una final de excelente nivel.  Olympiacos, ejemplo del ganador que dibujó la legendaria Billie Jean King: “a todo el mundo le da miedo ganar. A un campeón sólo le da miedo perder”.

 

 

 

 

 

Archivado en

martes, 07 mayo 2013

Por Juanma Rubio

Jason Collins y los vientos de cambio

JC1 La noticia es conocida, ya vieja en estos tiempos de exposición instantánea y aireo en escalada geométrica de la información: Jason Collins se convirtió, en una portada de Sports Illustrated que ya es parte de la historia del periodismo deportivo,  en el primer deportista en activo de una de las cuatro grandes ligas estadounidenses -NFL,MLB,NBA,NHL- en reconocer su condición de homosexual. “Tengo 34 años, soy pívot de la NBA. Soy negro. Y soy gay”. Aquí está la historia de una frase que no es una frase: es un antes y un después, una cabeza de puente en la lucha por la igualdad de derechos. De todos los derechos y de los derechos de todos.

 

 

El ecosistema de la liga envió un abrumador mensaje de comprensión y aceptación. Salvo excepciones porque seguimos sin estar a salvo del fundamentalista religioso de turno -en este caso, sorpresa, un periodista de ESPN- o del joven atleta desbocado por el éxito y las hormonas que cacarea en formato paladín el anticuado mantra: “hay demasiadas mujeres en el mundo como para hacerse gay”. El axioma es fallido, claro. La mentalidad, también. Pero la montaña se mueve. Casualidad o no, en los últimos meses el baloncesto estadounidense ha abierto una de esas brechas que ya sólo e pueden seguir creciendo de forma inevitable. El viento de los tiempos trae progreso por mucho que algunos sigan soplando a carrillo lleno en dirección contraria.

 

Antes de la revelación de Jason Collins, Kenneth Faried mostró su apoyo público a la igualdad de derechos para gays, lesbianas y transexuales. Faried creció con su madre y la mujer de esta y con ellas grabó un vídeo en el que transmitía, por encima de muchas otras cosas, normalidad. Faried, por cierto, es uno de los jugadores más físicos e intensos de la liga. Manimal, así le apodan precisamente por eso, fue criado por dos madres: bofetón a otro tópico rancio.

Faried

Además, la número 1 del draft de la WNBA acaba de reconocer su condición de lesbiana. Se llama Brittney Griner, está llamada a marcar una época en el baloncesto femenino y Mark Cuban flirteó con la idea de draftearla para los Mavericks: “No puedes saber si funcionaría hasta que no lo intentas. Si entrena con nosotros y responde bien a las pruebas, no tendría ningún problema en contar con ella. Si fuera la mejor entre los que podemos elegir, la elegiría”. Si escuchas el sonido de una montaña de prejuicios que se resquebraja, es el viento de los tiempos, que arrecia.

 

Entre las muchas opiniones sobre la revelación de Jason Collins y la explosión de neutrones mediática que le siguió me encontré repetidamente con una casi siempre bienintencionada pero (creo) también fallida: perfecto por él, pero esto no debería ser noticia. No al menos semejante noticia. No estoy de acuerdo y no sólo porque su condición de hecho extraordinario lo convierte automáticamente en noticiable. No lo estoy porque me parece un paso necesario y valiente, que merece y necesita luz y taquígrafos. Una historia hermosa, compleja o sencilla (un tipo en paz consigo mismo, finalmente), que se enfrenta a una oxidada pero vigente raigambre de desigualdad y prejuicios. Había que contarlo porque desde luego no es normal que hasta 2013 ningún deportista en activo haya hablado con naturalidad de una condición sexual que, por lo tanto, sigue siendo tabú. Como historia de superación, como punto de partida y como denuncia de un arquetipo que todavía hace sufrir a muchas personas que no deberían sufrir. No por amar, desear, sentir atracción o simplemente meterse en la cama de personas de su mismo género. O de distinta raza, o de otra condición social... Debería ser una obviedad pero no lo es. Y por eso había que contarlo.

 

Porque el deporte es el escaparate de lo mejor pero también de mucho de lo peor que queda en nosotros: nosotros como hecho social, nosotros como personas. La homofobia está fuertemente enraizada en el machismo y germina en el mismo caldo de cultivo que todos esos otros malditos ismos: racismo, sexismo, clasismo…  El deporte es una cuestión de género que se imbuye en contacto con la alta competición de valores tradicionalmente masculinos, de la fuerza física al instinto de prevalecer por encima del resto. La feminización perpetua del gay lleva a considerarlo menos apto. Con la lesbiana y su masculinización se aplica el prejuicio contrario. Mientras, los medios de comunicación y la descomunal industria que finalmente define al deporte de elite hacen poco por cambiar estos estereotipos.

Girls

Detrás de la diferencia mal entendida está el prejuicio y al doblar la esquina de este, el odio. Sexismo o racismo, engranajes de una estructura social y cultural que sigue finalmente definida por barreras y estratos socioeconómicos.

 

Cancha El ojo menos entrenado que se acerque a cualquier partido de la NBA o la NFL descubrirá un porcentaje muy alto de negros en la pista o el campo y de blancos en las gradas. Y aunque hay una cuestión de genética, la realidad es que el deportista negro no se ha convertido en una versión posmoderna del súperhombre de Nietzsche. El fundamento final es cultural, económico, social. De clase. No se trata sólo de genes superiores aunque finalmente la diversidad también muestra la democratización que alcanza a los deportes que requieren menos medios y casi ninguna infraestructura. Los jóvenes negros de los suburbios de Estados Unidos tienen acceso a canchas de baloncesto. En Kenia o Tanzania, donde apenas tienen nada, sólo pueden correr. Y en eso son los mejores.

 

Pero los mandamases, habitantes de despacho y dueños, incluso los periodistas, siguen siendo mayoritariamente blancos… y heterosexuales, aunque en este sesgo pensamos mucho menos a menudo. El blanco acaba representando el poder político, la moral oficialista, la racionalidad o el progreso mientras que el blanco, o en otro lugares el gitano, representa lo sensual, lo artístico y, en un perverso giro de este pensamiento, cierto nivel de patología cultural. ¿Y el gay? En algunos terrenos, con el deporte a la cabeza, es el último de la fila, un tabú del que nadie se libra o un cliché del que nadie se preocupa. Los insultos en los estadios valen como ejemplo obvio.

 

La sociedad occidental, por influencia de lo estadounidense, ha sido siempre muy sensible a la diferenciación blanco/negro. Todo lo avanzado en ese terreno es el espejo en el que se tiene que mirar la carrera por la normalización de la condición sexual, un asunto necesario porque su negación implica desigualdad. Y la desigualdad es injusticia y la injusticia es el arma de ese maldito odio que infecta las mentes ignorantes. La lucha por una sociedad en la que se celebre la diferencia desde la igualdad ha llegado a nuevos terrenos pero es una historia tan vieja como conocida. Y en Estados Unidos, recuerdo, la esclavitud fue abolida hace menos de doscientos años y su sombra se extiende hasta nuestros días. El Ku Klux Klan, que siguió a la Guerra de Secesión, no es precisamente una institución medieval en un país en el que muchos se frotaron los ojos cuando un negro, Barack Obama, llegó a Presidente. Era 2008.

Cartel

La fuerte identidad de raza de los jugadores negros de la NBA es un hecho tan asumido hoy como inimaginable hace poco más de medio siglo, cuando el baloncesto estadounidense participaba de una segregación racial que era norma: cines, restaurantes, hasta baños públicos diferentes para los negros. Todos saben que Bill Russell ganó once anillos pero no todo el mundo conoce su no siempre bien comprendida lucha por la igualdad de derechos entre razas.  Víctima de abusos raciales desde su infancia en West Monroe, se convirtió después en integrante del primer quinteto inicial completamente negro de la historia y en el primer entrenador negro del deporte estadounidense posterior a 1929. Todo en Boston, una ciudad que él mismo llegó a llamar “un mercadillo de racismo” y en los Celtics del añorado Red Auerbach, mito y entrenador de raza blanca que llevó a su equipo a nueve títulos pero también a draftear jugadores mirando el talento y no el color de la piel o a jugar con ese legendario quinteto completamente negro: Tom Sanders, Sam Jones, KC Jones, Willie Naulls Y Bill Russell, que alargó su cruzada hasta, harto de prejuicios, no personarse en las ceremonias de la retirada de su camiseta o de su inducción en el Hall of Fame. Un tipo que dignificó su deporte y su sociedad, que dignificó al ser humano igual que lo hizo Auerbach o Bob Cousy, jugador blanco que abandonó hoteles junto a sus compañeros negros que eran enviados a dormir a otra parte y que aseguró que no entendía “la raíz de tanto odio salvo que viniera de la inseguridad que muchos sienten hacia los que son diferentes”.

 

Byn

La inseguridad, el miedo, el odio. Los diferentes. Un caballo de batalla eterno, el mismo que combatió Billie Jean, tenista blanca que nació en 1943 y que no reconoció abiertamente su condición de homosexual hasta 1998.  Seis veces ganadora de Wimbledon y pionera que con 29 años derrotó a un hombre de 55, Booby Riggs, en una escenificación -“la batalla de los sexos”- que puso en vilo a América y que el New York Times explicó así: “No fue una cuestión de físico lo importante. Demostró que una mujer puede lidiar perfectamente con situación de máxima tensión y que los hombres también pueden verse atenazados por los nervios”. Ella, que después peleó para dar forma a un circuito de competición femenina que acabó tomando forma en la WTA, aseguró que antes de jugar sentía que si perdía “los situación de las mujeres retrocedería 50 años”.

  Bjean Martina Navratilova, tenista que ganó 18 títulos de Grand Slam, lesbiana y activista, aseguró que Billie Jean era “una cruzada que peleó por todos, la encargada de llevar la bandera”. Quizá hoy esa bandera la lleven Jason Collins, Kenneth Faried o Brittney Griner. Encargados de hurgar en las zonas de confort de una sociedad que se jacta de que apenas quedan barreras cuando en realidad muchas siguen ahí, enredadas en nuestra cultura, nuestras tradiciones o nuestro deporte. Esperando a que se las lleve un golpe de ese viento del cambio que es en realidad la voz de muchos. Cuantos más, mejor. Griner, recién reconocida su condición de homosexual, habló sobre su vivencia en una texto en carne viva del que tomo prestado este extracto:

Es una cuestión de ser honesto con uno mismo y sentirte feliz con quién eres. Igual que ser jugadora de baloncesto no define completamente quién soy, tampoco lo hace mi condición de lesbiana. Mi vida no ha sido fácil, crecer así no ha sido fácil. Se me ha ofendido e insultado de todas las maneras imaginables, la peor las agresiones verbales y los instintos. Y eso en mi caso porque como siempre fui alta y fuerte, nadie se atrevía a pegarme. En el instituto todos los días me insultaban por ser negra y por ser lesbiana. Todos los días alguien dudaba de si era una mujer… y aún así, no es nada comparado con lo que me dicen ahora. El que no se lo crea, que eche un vistazo a mis cuentas de Twitter e Instagram… Nadie merece pasar por algo así, por tantos y tantos abusos... Cuando eres joven, intentas fingir que no duele. Pero duele mucho, estás sola y triste. Me ha costado mucho superarlo, comprender que todos somos distintos y tenemos un lugar distinto en el mundo. Ahora sólo quiero ser yo misma y mucha gente se me ha acercado a darme las gracias por haber dado ejemplo. Supongo que eso he de hacer ahora: ser una luz que inspire a otros”.

Griner

A Bill Russell, uno de los mejores jugadores de la historia del baloncesto, le echaban de restaurantes por ser negro. Eso hoy ya no sucede. A Brittney Griner, camino de la leyenda en el baloncesto femenino, le insultaban en el autobús camino del instituto porque su apariencia no era lo suficientemente femenina y le insultan ahora porque no se siente atraída por los chicos. A ella y a tantas y tantos sin su porvernir ni los altavoces que éste le procuran. Por eso había que contarlo. Para que el viento sople. Por todos los que sufren y por todos los que quieren dar ejemplo. Y por eso era noticia: para que algún día,  en un futuro que cabalga a nuestro encuentro, por fin haya dejado de serlo.

Archivado en

martes, 12 febrero 2013

Por Juanma Rubio

Copa del Rey: valor y baloncesto

Barca1

El General Patton definió el valor como “aguantar el miedo un minuto más”. Mucho de eso ha habido en la excepcional Copa del Rey del Barcelona, un equipo que lleva en el código genético las pinturas de guerra, que compite hasta las últimas consecuencias y que aprovechó su paso por Vitoria para sumar otro título y de paso acercar de nuevo al equilibrio un ciclo que parecía, esta vez sí, teñido de blanco. El Barcelona estuvo muy por encima de las limitaciones que le afearon horriblemente en la primera vuelta ACB y fue mejor de cabo a rabo que tres rivales terriblemente peligrosos en partidos concentrados en el tiempo: tres en cuatro días, otra mina inutilizada por un equipo acostumbrado a desactivarlas todas.

 

El Barcelona acabó la primera vuelta zarandeado por Estudiantes, séptimo, en la barrera del 50% de victorias (9-8) y en solfa: el estilo a debate (hablan las sillas vacías del Palau), unas cuantas derrotas sonrojantes (Valladolid y Obradoiro al frente) y proyecto cuestionado porque las sinfonías de Creus llevan un par de veranos menos afinadas de lo habitual. Pascual ha parecido un técnico atrincherado y la plantilla se ha visto atrapada entre el pasado y el presente, enredada en el galimatías que separa a los Navarro y Mickeal de los Abrines y Todorovic. No es el Barça, con sus enormes exigencias competitivas, un club de transición y guisos a fuego lento. El puzzle además ha cojeado por la mala gestión de los cupos y una reforma que dejó goteras y rodapiés levantados: no se cubrieron con la garantía prevista las necesidades exteriores en cuanto a talento y tiro y cambió el perfil interior con más ataque pero menos intimidad y defensa. Jawai y Tomic por NDong y Vázquez parecía un peligroso cambio de cemento por plastilina en una gestión enredada por la fuga abortada de Lorbek a la NBA, que condicionó la inversión con su renovación y puso asteriscos en los cimientos: conviviría con Tomic, a priori su sustituto. El Barcelona parecía seguir alejándose de la fórmula perfecta con la que apenas tres años antes -y con Pascual, recuerdo- había rastrillado Europa con un nivel de juego que le situaba entre los grandes equipos de la historia FIBA. Un equipo con Ricky desatado y con unos más jóvenes y menos castigados físicamente Navarro, Mickeal y Lorbek. Sí, pero también un equipo con un comando de especialistas que cubrían todos los roles del baloncesto moderno y encajaban con dulzura en una plantilla perfectamente armonizada. El Barcelona fue empeorando progresivamente en el relevo de los Basile, Grimau, Lakovic, Morris, NDong…

 

Vitoria queda atrás y todo eso sigue ahí. El Barcelona tiene cuestiones que resolver y seguramente volvería a no ser el gran favorito si la Copa se disputara otra vez el próximo mes. Y si las cosas siguen como hasta ahora no lo será si tiene que medirse con el Real Madrid a cinco partidos en los playoffs ACB. Pero insisto: en unos meses que sugieren cambio de ciclo el Barcelona ha ganado las últimas ediciones de ACB y Copa y sólo se ha dejado la Supercopa, hermana menor. Y el mismo Barça que ha dejado partidos bochornosos en lo doméstico está repartiendo martillazos por Europa con una primera fase holgada y un Top-16 hasta ahora brillante. Hasta tal punto que sólo Real Madrid y CSKA han parecido hasta ahora tan o más favoritos si se considera el formato del K.O. que alcanza máxima expresión en la Final Four. Este Barcelona con síntomas de recesión sigue siendo uno de los tres o cuatro grandes favoritos en Europa y ha ganado dos de los últimos tres títulos en España. Desde luego hay inversión, y la llegada de Oleson airea mala planificación pero también ambición y recursos, pero además hay proyecto. Desde el cambio de milenio el Barcelona ha ganado el 50% de las Ligas y Copas disputadas. En el último lustro ha amasado tres Ligas, tres Copas, tres Supercopas y una Euroliga. Todo con Xavi Pascual.

Barca2

Resulta tentador recurrir al tópico de la competitividad, de las individualidades diferenciales y del lugar idóneo y la hora adecuada. Mucho hay de eso en este Barcelona en una mística que une la última final ACB con esta Copa 2013. Siempre será así mientras sigan ahí, 94 años entre los tres, la chistera de Navarro, el yunque de Mickeal y la puntualidad de Lorbek, tan lejos de su mejor forma como incidente en los momentos calientes de los tres partidos. La corteza competitiva y la genética ganadora, así como la experiencia, son factores pero no son todos los factores. El Barcelona ha ganado por baloncesto y en una reivindicación retumbante de Xavi Pascual, que le ha puesto firma a una obra de autor a partir de las que son sus grandes virtudes como entrenador: scouting, preparación previa de partidos, dirección en embudo hacia un lugar del juego en el que las virtudes de su equipo se dan un festín a costa de los defectos del contrario.

 

Tremendo otra vez en planificación y ajustes defensivos, el Barcelona dio al Real Madrid una de sus tardes más incómodas de los últimos tiempos con nuevas dinámicas defensivas sobre los bloqueos que impidieron lanzar felices a Carroll y Rudy y un control del tempo que asfixió el caudal blanco pero que le permitió sumar: Pascual también ha entendido que contra este Real Madrid hay que correr y jugar en transición cuando se puede y hay que anotar cada vez que hay ocasión para ir recolectando como una hormiga lo que luego compensará los acelerones de guepardo del rival. Lo más sorprendente no fue que el Barcelona ganara al Real Madrid sino que llevó la iniciativa durante la mayor parte de los 50 minutos que duró un partido para la historia. Y con Navarro bajo mínimos. Pascual ha cedido a una nueva rotación que maximiza factores hasta ahora confusos: Sada (intangibles para el recuerdo, otra vez) casa con Navarro y permite una segunda unidad vibrante con Huertas facilitando bombas de Oleson y continuaciones al aro de Jawai. El australiano ha tenido en Vitoria pequeños ciclos de máximo impacto en el juego, su rol ideal, y el brasileño se ha destapado con 30 puntos, 27 asistencias, 6 pérdidas y 48 de valoración en 76 minutos de juego. Sólo hay que sacar las medias para entender la trascendencia de un jugador con el que parece que Pascual por fin ha entendido que es mejor dejarle ser Marcelinho, también con sus defectos, que intentar que sea un tipo de base que nunca será. Oleson no ha tardado nada en demostrar que tiene lo que necesitaba la línea exterior del Barcelona: defensa (excelente sobre Carroll), carácter y muñeca. 

 

El Barcelona ha encontrado además, y hablo de los dos últimos duelos directos ante el Real Madrid, formas de que sus pívots, superioridad de centímetros y talento, tengan influencia en el juego, algo que no logró en la final de la Supercopa. Y aunque nunca será Bill Laimbeer, es posible que el Real Madrid no hubiera cortado al Ante Tomic de Vitoria, 20 de valoración media, feliz en un estilo ofensivo que le va como un guante y más comprometido en esos agujeros negros que explicaban su salida del Madrid y desaconsejaban, y hablo en primera persona en ambos casos, su fichaje por el Barcelona. Sus 11 rebotes y 4 tapones en el Clásico de cuartos son el mejor ejemplo, también el más doloroso para el Real Madrid.

Barca3

Porque el Real Madrid sale de Vitoria con una cornada profunda, y negarlo sería tan ridículo como poner en solfa por esta derrota su trabajo del último año y medio. Contra el maniqueísmo: el Real Madrid es un gran equipo que tiene defectos de los que cuestan derrotas (¿hay de otro tipo?), y Laso es un buen entrenador con unas ideas muy claras y una apuesta enormemente atractiva que a veces pierde partidas tácticas y comete errores en la dirección y en las rotaciones. En Vitoria le sucedió y ni hay que ocultar que fue una derrota dolorosa y seguramente justa ni desde luego hay que caer en la histeria o el pánico. El Real Madrid es muy favorito, desde luego lo sería si se disputarán ahora mismo, en las series a cinco partidos que decidirán la ACB, y está entre el póquer de equipos que aspiran de forma legítima a ganar la Euroliga. Ha jugado algunos partidos para el recuerdo a lo largo de la temporada y el del Barcelona fue uno de ellos, también uno que salió torcido en el peor momento. El Real Madrid ha refrescado y relanzado su proyecto de forma admirable en los últimos 18 meses y todo apunta a que ganará títulos en el corto y el medio plazo, pero no ha sabido hincar el diente a uno que tuvo en el bolsillo, la última ACB, y a uno al que llegaba en destacada pole position, esta Copa que le ha explicado que no es fácil ser favorito y digerir la presión en los ambientes viciados de estos partidos a todo o nada. Un aviso para la Euroliga, uno de varios: sufre contra pívots grandes y sufre, ha sufrido siempre en las dos últimas temporadas, para defender el pick and roll desde la cabeza de la bombilla. Asuntos que CSKA o Barcelona, ya se ha visto, castigarán hasta la nausea si se citan en Londres con la Euroliga en juego.

Laso

El mensaje positivo es que sin la inercia del juego y en un ecosistema demasiado masticado para su gusto sólo perdió tras dos prórrogas y después de tener el triunfo casi cerrado en la primera de ellas. El negativo, que de una forma u otra el Barcelona parece encontrar formas de meterse debajo de su piel, con un Navarro celestial o con muy poco de él. Y el Barcelona acabará apareciendo por lógica al final del túnel que conduce a cada título. Lo bueno es que parece superior durante casi todo el año, lo malo es que le está costando que lo parezca en los duelos directos. Sus manos serán ganadoras mientras cuente con el talento inigualable que aporta el núcleo exterior Sergio Rodríguez-Llull-Rudy-Carroll. Pero los equipos muy basados en el tiro exterior tienden al riesgo máximo en lizas a un partido. El antídoto es cerrar en defensa la zona (el Barcelona le ganó el rebote y firmó un 62% en tiros de dos muy basado en canastas cerca del aro) y buscar equilibrio y alternativas en ataque, donde le resulta difícil implicar a un juego interior en el que Begic decepciona, Hettsheimeir trata de no romper nada, Felipe se gana las habichuelas por su cuenta y Slaughter exhibe músculo e intensidad a la vez que falta de fundamentos y problemas ante los jugadores de siete pies, que no abundan en muchas partidos pero suelen estar enfrente en LOS partidos. Estos cuatro jugadores sumaron ante el Barcelona 14 puntos, 14 rebotes, 15 faltas personales, 2 tapones y 4 pérdidas. Saldo muy negativo.

 

Así que una de la claves para que el Real Madrid se enhebre como un equipo más equilibrado y profundo está en Mirotic. Nunca será un equipo, ni por ritmo ni por sistemas, apto para que decidan los hombres altos, pero en la otra punta del espectro está un juego nocivo en el que estos apenas se limitan a poner bloqueos y en el que la circulación apenas toca las posiciones interiores. Eso obliga a acertar mucho por fuera y aunque el Real Madrid tiene caudal para hacerlo, metralla exterior casi infinita, no debería convertirlo en obligación. Con Suárez ajeno en tantos partidos trascendentes, Mirotic es el nexo de unión entre el perímetro y la zona y, no lo olvidemos, un talento de profundidad maravillosa. Esta es una crítica que, advierto, sólo puede salir de alguien que le tiene en la máxima consideración como jugador: sigo esperando el salto definitivo, el que le haga trascendente en estos partidos o al menos el que le haga fabuloso en muchos partidos seguidos y en muchos minutos de esos partidos. Sigo esperando y me doy cuenta de que tiene 22 años y el mundo, y la vida, por delante. Pero odiaría ver a Mirotic establecido definitivamente como un jugador de climas fríos, con sus triples desde las esquinas y acciones de seda pero también con disimulo defensivo y grandes números que no equivalen a gobierno de partidos y aroma a MVP. Creo que llegaremos al firmamento Mirotic pero creo también que el Real Madrid le necesita ya en esa versión más de lo que el propio equipo cree.

 

Creo que, en la costalada de cuartos, Laso manejó mal la rotación, a destiempo con los pívots y con Rudy y Llull agotados en el tramo final. El Real Madrid tiró 39 triples pero esta vez eso mostró más angustia ofensiva que la alegría con el gatillo de otras veces. Y creo que se ha hablado demasiado de los 17 triples que intentó Llull. Muchos más de lo normal y de lo saludable, por supuesto, pero quizá más síntoma del problema que problema en sí. Creo que Llull es un jugador con una tendencia al 'hero-ball' que hace saltar a los aficionados del sofá, para bien muchas veces, para mal otras. Y es tan obvio que tomó malas decisiones, y no por primera vez, como que sostuvo al equipo en momentos delicados y que la crucifixión habría sido coronación si unos cuantos más de esos tiros hubieran entrado. Tengo la sensación de que se ha castigado más la falta de puntería que la de criterio y creo que Llull sigue teniendo cosas que mejorar pero es un jugador mejor ahora que en los últimos coletazos de la era Messina/Molin. En crecimiento, por lo tanto.

Llull1

La Copa ha afilado la sensación de fractura entre Real Madrid y Barcelona con respecto a sus perseguidores, los más legitimados Baskonia y Valencia. Al final los presupuestos pesan toneladas y se puede apostar un puñado de euros por una final con los dos gigantes a pesar de la tozudez de unos rivales de enorme mérito, seguramente el mejor un Caja Laboral con mimbre para ganarles pero en un evidente escalón inferior: en las últimas semanas ha jugado dos veces en Vitoria partidos trascendentales ante el Barcelona, en Euroliga y Copa. En los dos el Barça tuvo que sudar la gota gorda pero los dos los acabó gobernando con puño de hierro.

 

La Copa me dejó además la pena de no ver al Estudiantes competir, con English o sin él. La dramática ausencia del escolta le ha dado rango de MVP, explicó por sí sola la derrota de un equipo que se quedó en el hotel con junto a su descompuesta estrella, superado por la aflicción en lo emocional y por la ausencia el ejecutor de casi todos sus sistemas en la cancha. La Copa transcurrió sin Unicaja, una obviedad que esconde el perpetuo desastre en el que lleva demasiado tiempo instalado ese equipo que, además, tenía plantilla de sobra para estar en Vitoria vaivenes institucionales al margen. Repesa no da con la tecla en una era que parece la de los técnicos patrios. No sólo Pascual y Laso: Moncho Fernández y su Obradoiro que no estuvo pero pudo y seguramente debió, Abós y su aritmético CAI y un clásico como Pedro Martínez, un excepcional gestor que casa como nadie con el extraordinario proyecto de Gran Canaria, una afición inolvidable y la eterna multiplicación de los panes y los peces en el corte y confección de plantillas. De su excelente hacer habla su presencia y su papel pero también la de otros protagonistas del fin de semana: Jaycee Carroll, CJ Wallace, el propio English… hijos de su ojo y su mano. Y de ellos a Nelson, Toolson o Newley. Un gran equipo, un milagro perpetuado en el tiempo. Y digo milagro donde debería decir trabajo, trabajo y más trabajo. Casi siempre es así aunque nos encante dar coba a la fortuna y sus veleidades, que también juegan al baloncesto y que en Vitoria se pusieron del lado del que aguantó el miedo un minuto más, del más valiente. O simplemente del que jugó mejor: el Barcelona Regal.

Archivado en

lunes, 14 enero 2013

Por Juanma Rubio

Oden o la teoría de la catástrofe

El 27 de junio de 2007 Portland Trail Blazers le dio el muy caro número 1 de uno de los drafts más célebres de los últimos años a Greg Oden, (2'13, 110 kilos) pívot de los Buckeyes de Ohio State. Mil días después, en 2010, un Oden de todavía 22 años pero devastado por las lesiones de rodilla aseguró que un buen día era aquel “en el que podía caminar un poco sin sentir dolor”. Hoy el calendario devora otra temporada en blanco para un Oden al que muchos han recomendado que comience a planificar su vida fuera del baloncesto y en cualquier caso lejos del río Columbia y la populosa Portland, donde pasó de héroe a mártir y de ahí a extraño villano. De reverenciado a compadecido, de querido a odiado y finalmente olvidado, sepultado por el reverso del gran sueño americano, que aún le puede reservar un último asalto: Miami Heat, a vueltas con su problema estructural con el rebote, le quiere en el habitual juego de apuestas de alto riesgo del tahúr Riley. Él se deja querer y prepara, mientras estudia en Ohio State, un regreso que querría completar para el training camp de la 2013-14. Y no sólo Miami, que tendrá cuentas pendientes con ese impuesto de lujo que será más de lujo que nunca la próxima temporada, sigue sus pasos. Otras franquicias se plantean firmarle hoy para tenerle atado mañana, el último pellizco de fama que aún no le ha robado al gigante Oden su paso por los Blazers. Una absoluta pesadilla a la americana.

Oden1

Después de un fracaso los planes mejor elaborados parecen absurdos. Lo dijo Dostoyevski y firmaría debajo Larry Miller, ya expresidente de los Blazers, la franquicia de Oregon que pasó de aspirante en ciernes a proyecto derribado en pleno despegue. El equipo de un mañana que nunca llegó. Porque se asumieron unos riesgos que se cobraron un precio demasiado alto, porque después de un fracaso los planes mejor elaborados parecen absurdos… Ese destello de grandeza que se escurrió entre los dedos, y por el que transitaron Sergio Rodríguez y Rudy Fernández, se cartografió vía draft en un arco de tres años. En 2006 los Blazers se hicieron con el ala- pívot LaMarcus Aldridge con el número dos y, a través de un traspaso, con el escolta Brandon Roy, número 6 de esa promoción y un fuera de serie en cuarentena por sus problemas de rodilla. En 2008 llegó Nicolas Batum y un año antes, en el nudo de esta historia, Greg Oden, número 1 en 2007 por delante de Kevin Durant. Una decisión polarizante, cuestión de filosofía: el pívot de hormigón o el anotador de seda.

 

Kevin Durant acabó en Seattle, vecino y rival de Portland, con esos Supersonics que quedaron en suspenso para dar paso a Oklahoma City Thunder, hoy una de las fuerzas motrices de la liga. Con Nate McMillan como meticuloso arquitecto, Portland puso en marcha un plan que nunca resultó de la forma prevista. Aunque el golpe de gracia fue la primera retirada de Roy con tan sólo 27 años, tres All-Star y unos infernales problemas degenerativos en las rodillas, fue la perpetua rehabilitación de Greg Oden el epítome del descenso blazer a los infiernos. La alargada sombra del jugador elegido por delante de Durant, hoy icono global en busca de su primer anillo. Los planes y el absurdo de Dovstoyevski: los Blazers y Oden.

 

Pero los directivos de los Blazers eligieron a Oden con el beneplácito de casi todos los que ahora les ponen en solfa. Durant era un relámpago de límites imposibles de evaluar pero Oden parecía un jugador nacido para ser ancla de un equipo campeón. La constante presencia defensiva, una montaña que oscureciese las zonas e hiciera muy fácil la vida para Roy y Aldridge, la argamasa que cohesionara el matemático sistema de McMillan y la respuesta al viejo axioma de la NBA, aquel que hizo saltar por los aires Magic Johnson: “si quieres jugar bien, ficha a un base. Si quieres ganar, hazte con un pívot”.

Durant1

Steve Kerr, cinco anillos le legitiman, le definió como un jugador “de los que aparecen uno en cada década”.  Un importante ejecutivo de la liga recomendó a todo el que no creyera que Oden merecía el número 1 que buscara “trabajo fuera de la NBA”. Oden, un chico de rostro tempranamente avejentado que algunos comparaban con el de Abraham Lincoln: la barba, el gesto ceñudo, la frente amplia, los ojos hundidos de mirada profunda. Inteligente, sociable y sencillo, con la madurez de quien ha vivido bajo la lupa inquisitiva de América, casi desde el instituto con la obligación de responder a unas expectativas que no le citaban con sus contemporáneos sino con la historia. De Greg Oden se dijo que sería el jugador más parecido a Bill Russell, corazón de los Celtics y Némesis de Wilt Chamberlain, la leyenda de los once anillos. Un joven serio casi a la fuerza pero  agradable y cercano. Sonny Vaccaro, asesor que trabajó para Nike, Adidas y Reebok, predijo que grandes campañas de marketing girarían de nuevo en torno a un gran pívot gracias a Oden, “uno de los tipos más sencillos y comunicativos que he conocido en los últimos años”.

Oden3

Antes de su número 1 de draft y antes de Ohio State, Oden eclosionó en Indiana, el estado del baloncesto, donde recibió amenazas de muerte por no ingresar en la universidad local tras sus años de instituto en Lawrence North. Criado en Terre Haute, orgullosa capital del valle del Wabash y antiguo feudo de exploradores franceses, saltó a Ohio State para llevar a la final universitaria a los Buckeyes, que gravitaban en torno a sus 213 centímetros y que cayeron ante una Florida superlativa. En esa final, su último partido junto a su amigo Mike Conley, Oden sumó 25 puntos, 12 rebotes y 4 tapones contra un rival cuyo juego interior es hoy un sueño NBA: Al Horford, Joakim Noah. Él y Durant fueron los primeros en más de tres lustros en ser nombrados All-American en su primer y único año en la NCAA. Cuando eligió el número 52 de los Blazers dejó atrás, sin ninguna derrota como local ni en el instituto ni en la universidad, una trayectoria retumbante y una imagen de líder templado y generoso, capaz de gobernar partidos mientras se recuperaba de una lesión de ligamentos en su muñeca buena, la derecha.

 

La leyenda negra del draft está hecha de desastres así, por azar o por mala cabeza, muchas veces por riesgo mal calculado. Los Blazers, ay, protagonizaron en 1984 el caso más sonado al elegir con el número 2 a Sam Bowie. Por delante de Stockton, Barkley… y Michael Jordan, número 3 para los Bulls y para la historia. Nadie culpó a Houston por darle el 1 a Hakeem Olajuwon, pívot eterno que ganó dos anillos en los dos años de ausencia de Jordan, entonces jugador de béisbol. Pero los Blazers… Bowie promedió poco más de diez puntos en cuatro años en los que se perdió demasiados partidos por lesión. El pívot malogrado por las lesiones y el alero para la historia: Bowie y Jordan, ¿Oden y Durant? Esta decisión forma parte de la cultura popular de la gran liga pero no tantos recuerdan que en 1972 los Blazers se hicieron con LaRue Martin en el número 1 de un draft en el que estaban McAdoo, Westphal… y Julius Erving. Martin sólo jugó cuatro temporadas en la NBA, Erving sigue jugando, colgado del cielo, en la retina de todos los aficionados. Martin y Erving, ¿Oden y Durant?...

Bowie_olaj

Muchos de los grandes errores de la historia del draft han estado movidos por la búsqueda esencial del gigante sobre el que armar un imperio, la torre desde la que vislumbrar el mundo. En 2009 Memphis tiró un número 2 en el inacabable tanzano Hasheem thabeet (2'21). En 2006 Toronto Raptors invirtió su número 1 en el talento gélido de Andrea Bargnani, seducido hasta la hipnosis por su muñeca de alero… y sus 213 centímetros. Un año antes Milwaukee coronó a Bogut por delante de Chris Paul y Deron Williams y a nadie le extrañó demasiado. En 1998 los Clippers erraron con Olowokandi y en 2001 Michael Jordan persiguió para sus Washington Wizards un sueño de instituto llamado Kwame Brown…  a la postre uno de los peores números 1 de siempre. Como Jordan, otro histórico de las canchas carga con una de las más trágicas decisiones de despacho jamás tomadas, otra tragicomedia orquestada por la búsqueda del gigante primordial: en 2003 Joe Dumars gastó el número 2 de Detroit Pistons en Darko Milicic. Era uno de los sorteos con más talento de la historia. El 1 fue LeBron James. Por detrás de Milicic quedaron Carmelo Anthony, Chris Bosh, Dwyane Wade…



Casi todos los que han incluido a Oden en la galería de horrores del draft le habrían seleccionado en aquel verano de 2007 si hubieran podido. “Los fundamentos técnicos se entrenan, los centímetros no”, dicen los ojeadores. Oden era un siete pies que movía sus más de 110 kilos con una rapidez envidiable. Tenía talento para anotar cerca del aro y era un muro  imposible de superar en defensa. Elegir a Oden era no elegir a Durant pero elegir a Durant era no elegir a Oden. Portland eligió en función de las directrices de un plan ya en marcha. Eligió bien, salió mal.


El juego siempre ha gravitado en torno a un gran pívot, pieza básica en casi todos los equipos de leyenda. Miami Heat intenta redefinir esa ecuación pero en el primer fracasó de su big-three tuvo mucha culpa… Tyson Chandler, pívot-guardaespaldas de Dirk Nowitzki y jugador instrumental en el campeonato de los Mavericks: rebote, intimidación, cohesión defensiva. Hasta los Bulls de Jordan tenían pívots sufridos pero fundamentales en la albañilería, tipos de perfil bajo pero talla XL. Así que a los Blazers también les avalaba una historia que ahora se reescribe desde el estudio de arquitectura de los playmakers, los bases que dominan el juego y las últimas loterías: Rose, Wall, Irving, Rondo, Paul, Williams, Curry, Westbrook, Conely, Holiday… o Damian Lillard, la estrella que sí será en los Blazers. Oden era también una apuesta a contracorriente y un brindis a la vieja escuela, un gigante para martirizar a todos esos pequeños demonios sibilantes que estaban por llegar; El tránsito por una tradición que en la última década apenas han mantenido viva Yao Ming (número 1, 2002) y Dwight Howard (número 1, 2004). Un pedigrí que nos lleva a la primera elección de 1956 (Russell), 1959 (Chamberlain), 1969 (Kareem) o 1974 (Bill Walton), y de esa prehistoria maravillosa a los dorados años 80 y cinco loterías (1983-1987) con cinco centers descomunales como números 1: Ralph Sampson, Hakeem Olajuwon, Patrick Ewing, Brad Daugherty y David Robinson. La historia de la NBA, letra a letra. En 1992 los dos primeros puestos fueron para Shaquille O'Neal y Alonzo Mourning, cuyas batallas aún resuenan en los huesos de los años 90. La tradición de construir a partir de un pívot aglutinador de rebotes y amasador de stops (defensas que fuerzan posesiones improductivas del rival) seguía viva en la elección de Oden. Su destino entonces no estaba escrito. Tampoco el de Durant, tal vez sólo un anotador compulsivo y no el fiero híper jugador que ahora conocemos.

Olajuwon_ewing

Cualquier General Manager ha sido y es susceptible de estrellarse contra ese muro de volátil ilusión que es la búsqueda de la extraña combinación de centímetros y talento. Cuando draftear extranjeros era algo exótico, casi todo lo que se pescaba fuera eran pívots (Manute Bol, Rick Smits, Sabonis…). Cuando la importación se comenzó a hacer en serie en los años 90, también. Cualquier joven gigante que asomara en cualquier rincón del mundo tenía los ojos de la NBA sobre él. De Divac se llegó a Ilgauskas, Nesterovic, Krstic… se buscaban fuera los fundamentos que cada vez era más difícil encontrar en los pívots estadounidenses. Todos eran drafteados, por si acaso. En busca de la gallina de los huevos de oro fueron carne de lotería Piculín Ortiz, Tarlak, Drobjnak, Betts, Weiss, Javtokas, Kasun, Sinanovic, Vranes, Schortsanitis… hasta Roberto Dueñas (Chicago Bulls, número 57). Marc Gasol fue número 48 del draft de 2007 (Los Angeles Lakers) cuando apenas despuntaba la estrella que es hoy. Fran Vázquez se llevó el 11 de Orlando Magic en 2005, un puesto por detrás de Andrew Bynum, que ya era número 10 con 17 años (y 2'13…) y tras dar calabazas de la Universidad de Connecticut: los Lakers tenían prisa.

 

El imán de los centímetros, siempre fue así. No dejes que sea para otro, que nadie construya un equipo campeón con ese chico enorme que tú dejaste escapar. El pívot ha sido la pieza básica del juego tradicional de playoff: las defensas se endurecen, el ritmo se congela, los ataques se alargan, los puntos se ganan con sangre y los rebotes son cabezas de puente en territorio enemigo. Aunque ahora el juego haya virado hacia la producción en serie de bases atléticos y supersónicos igual que viró antes hacia el ala-pívot, puesto rediseñado por Garnett, Nowitzki y el mejor de todos, Tim Duncan. Desde 2000 (Shaquille O'Neal) ningún '5' puro ha sido MVP de la Regular Season. El propio Shaquille, Olajuwon, Jabbar, Moses Malones… todos fueron MVP de las finales aunque si hay un galardón que pertenece al center es el de Defensor del Año: 20 de los 30 que se han entregado han sido para pívots: el último Tyson Chandler y antes Howard (los tres anteriores) Ben Wallace (4), Mutombo (4), Mourming (2), Olajuwon (2)…



Sí: casi todos habrían elegido a Oden. Los que lo niegan y sonríen de medio lado ante las desgracias que azotaron a los Blazers son los que proclaman que los colosos están en peligro de extinción. Hombres montaña con pies de bailarín como Hibbert, de la fábrica de Georgetown y ya All-Star, demonios de brazos eternos como Noah o pesos pesados con autoridad para gobernar el juego, como Marc Gasol… el pívot es especie protegida y por eso todos han perseguido hasta el sainete a Howard, el mejor de su generación, y todos han esperado a Bynum tras cada lesión de rodilla. Y por eso se pagan millonadas a Kwame Brown (todavía) o DeAndre Jordan. O A Chandler, al que los Knicks reconocieron como líder en la sombra de los Mavs campeones. Todos, los General Managers que los fichen o renuevan y los aficionados que lo celebran, habrían elegido a Oden si hubieran dispuesto, como los Blazers, de aquel número 1 de 2007.

Oden4

Oden, el tipo de rostro avejentado y mirada profunda y hundida: triste. El tipo de enorme corpachón, manos de gigante y sonrisa amistosa y sincera. El de la barba a lo Abe Lincoln, el fanático del Guitar Hero y las películas de Will Smith y Denzel Washington. El chico que difícilmente será el nuevo Bill Russell ni uno de los mejores jugadores defensivos de siempre tal y como vaticinaba el entrenador universitario Bruce Pearl: “Crecí en Boston y no me perdía un partido de aquellos Celtics así que sé lo que digo: Oden es un Russell aún más grande”.



El tiempo se ha parado para Oden, congelado en una estación por la que ya no pasa ningún tren. Le queda, bien lo saben en Portland, un referente en Bill Walton, aquel número 1 del 74 cuya carrera estuvo a punto de ser aniquilada por las lesiones y que no jugó una temporada completa y con salud hasta la 76/77, en la que fue el mejor de la liga en rebotes y tapones… y la piedra angular del primer y único anillo de los Blazers. Pero ni Walton tuvo que lidiar con lo que le ha tocado vivir a Oden: el 14 de septiembre de 2007 una operación en la rodilla derecha le impidió debutar en su primer año. En su segunda temporada, aunque como rookie, se manejó por encima de los 130 kilos con un serio problema de sobrepeso vinculado a su larga rehabilitación. Jugó 61 partidos, 39 como titular aunque con pocas trazas del jugador que la NBA quería ver: 8'9 puntos y 7 rebotes por partido. Una noche de 24+15 enseñó al jugador que escondía aquella maldita pelea con esa fortuna que no aflojó el nudo de la soga ni en el día de su estreno NBA. Ante Lakers y en el rutilante Staples, sólo jugó 13 minutos antes de lesionarse en un pie.

 

La temporada 2009/2010 debió ser la de su despegue. Fue la consumación de la catástrofe: sus números y sus sensaciones mejoraban partido a partido hasta que el 1 de diciembre captura por primera vez 20 rebotes. La NBA contiene el aliento ante la eclosión tardía pero imparable de Oden… que cuatro días después, un maldito 5 de diciembre de 2009, sufre una grave lesión en la rótula de la rodilla hasta entonces menos dañada, la izquierda. Se pierde el resto de esa temporada y se pierde, hasta hoy, su carrera. El 17 de noviembre de 2010 se anuncia otra lesión en la rodilla izquierda y otra temporada suspendida en el éter. Durante el pasado lockout y a pesar de la renovación que le firman los Blazers, el rumor crece hasta confirmar una nueva tormenta de arena sobre el jugador incapaz de serlo: la recuperación se enfanga, la rodilla derecha necesita una operación. Es 3 de febrero de 2012. Apenas diecisiete días después es la rodilla izquierda la que tiene que pasar de nuevo por quirófano. Esa segunda operación lleva a otra porque descubre nuevos daños en los cartílagos.



¿Cuántos jugadores de la NBA han regresado de trances infernales con las lesiones? Muchos, por suerte. ¿Cuántos han superado un vía crucis como el de Greg Oden? La respuesta es mucho más concreta: ninguno, jamás. La pasada fue la quinta temporada de Oden con contrato NBA, la tercera en blanco para su currículum. En las otras dos jugó un total de 82 partidos, número redondo en el universo NBA y cruelmente irónico en esta historia: 82 son los partidos de una Temporada Regular completa. Apenas 60 partidos como titular y unos promedios totales de 9'4 puntos, 7'3 rebotes y 1'4 tapones. La nada: 1815 minutos en las canchas NBA, 773 puntos, 602 rebotes, 117 tapones…

 

Una decepción vivida en tiempo real por aficionados, medios de comunicación y cualquier curioso que haya querido asomarse por allí. Síntoma de nuestro tiempo, blog para contar la primera rehabilitación y blog del propio Oden, significativamente mudo desde octubre de 2009. El proceso social desesperante y revelador: del ánimo y la esperanza a la crítica y de ahí a la burla. De la empatía al desapego, de culpar a los hados a culparle a él por cualquier razón, culparle por ser un tipo sin estrella, caído en desgracia. En el prospecto del draft de 2007 no se avisaban efectos secundarios, no se sugerían ni las tramas ni los traumas mientras aquel espigado chico de la Universidad de Texas, Kevin Durant, se convertía en el nuevo emblema global del baloncesto. Primero culpamos a la suerte por apartar su vista de los nuestros, después a la víctima por no darnos lo que su simple mención sugería. Oden, machacado en las redes sociales, el termómetro de esta sociedad febril y posmoderna. Destrozado, ripped, por la ciudad que el clásico speaker Bill Schonely bautizó en los 70 y en otro contexto mucho más feliz como Rip City: Portland, sepulcro de los sueños de un chico corriente que primero quiso ser dentista y después, por no negar los dones de la naturaleza, jugador de baloncesto.

 

Dudas sobre su compromiso con la rehabilitación, sobre la ética de trabajo de quien pareció de repente un millonario descarado que disfruta de los réditos de un billete de lotería robado. Dudas y acusaciones sin más prueba que sus aireados escarceos con el alcohol y algunas fotos colgadas en la red (algunas con poca ropa: pecados de juventud más indecorosos que ofensivos) y sin más carburante que el paso del tiempo y la frustrante falta de buenas noticias. Cargas de profundidad contra un joven de 24 años que asegura que sus días son una sucesión interminables de horas en la máquina elíptica, sobre la bicicleta, en la piscina… No importa porque no hay resultados. Y así se justifica el tránsito de  la empatía a una decepción cada vez más amarga y de ahí al olvido. Así somos y así nos lo recuerdan historias como ésta. Regalamos migajas de edulcorada atención hasta que los planes se tuercen y entonces aplicamos la estrategia de tierra quemada antes de mirar para otro lado. Hoy más que nunca porque nos enredamos en microhistorias, consumimos la actualidad en fragmentos de caducidad inmediata y leemos en hipervínculos. El desván de la memoria se llena de cadáveres tan rápido que hay que vaciarlo, airearlo constantemente. Nos despistamos más, nos despistamos más rápido y nuestros ojos saltan de un lugar a otro movidos por impulsos en realidad muy primarios: colores más brillantes, sonidos más estridentes, figuras más estrambóticas. El corpus de esta nueva sociedad de la información es todavía un bebé cuyo principal alimento son seres humanos triturados, licuados, consumidos hasta el hueso. Seres humanos como Greg Oden, un tipo bonachón que no pidió nada de todo esto, que creció y creció soñando con ser dentista y que nunca tuvo una concepción especial de sí mismo. Nada importa porque Eduardo Galeano tenía razón: el nuevo código moral no condena la injusticia sino el fracaso.

 

Vuelvo a la imagen que parece ya vieja y gastada, de allá por 2010, en la que Oden, casi siempre con muletas y con un constante atisbo de melancolía en una mirada sin brillo, aseguraba que para él “un buen día era aquel en el que podía caminar un poco sin que le dolieran las rodillas”. Ya entonces costaba reconocer a la súper estrella universitaria que fue, no digamos atisbar a un futuro All-Star de la NBA. La frase es una demolición, casi un dramático epitafio a una historia tan imposible que sigue sin ser escrita. Es, en un puñado de palabras, el diario de un hombre destruido, incapaz de volver a hacer lo que mejor sabe hacer, lo que le hacía sentirse querido. Por eso hay que interpretar esta tragedia más en términos de afectividad que de vanidad, la serena pero nostálgica dosis de realidad de quien aprende a estar de repente solo y apenas puede pedir auxilio con mucho disimulo. Y mucho pesar.



Lo sencillo es recordar ahora y en avalancha que Greg Oden ha ganado en este lapso NBA, toda una vida concentrada en un parpadeo de ojos, más de 23 millones de dólares. Lo fácil es tirar de calculadora y sarcasmo: 280.487 dólares por cada uno de sus ochenta y dos partidos, más de 38.000 dólares por cada uno de sus 602 rebotes con el número 52 de los Trail Blazers. Ahora la premisa bienpensante es quitarse esta historia de encima y quitarle importancia, recordar que los verdaderos dramas de la ciudad de Portland se agolpan junto a los sin techo que duermen bajo la sombra gigantesca del puente de Burnside. Cierto y mil veces cierto. Tan cierto como que esas limpiezas de conciencia colectiva niegan el hecho esencial de que los deportistas son lo que hacemos de ellos y ganan lo que hacemos que generen, y ribetean el viejo axioma de que no tienen derecho a inspirar lástima, en última instancia, quienes tienen sacos de billetes debajo del colchón. Así somos y así desmontamos pieza a pieza lo que antes hemos construido, consumidores compulsivos de las grandes historias que cuenta el deporte, ávidos por emocionarnos con un triunfo, un récord, un sueño cumplido o una historia de superación.

Oden5

Sin esas historias en las que actualizamos a Ulises y a Hércules, sin esas moralejas en las que Cenicienta se casa con el príncipe y Goliath cae derribado una y cien veces, el deporte, la gran catarsis de nuestra sociedad, sería apenas una hueca hoguera de vanidades. Pero por suerte sigue abrazando mucho de lo mejor que tiene el ser humano, esa energía atávica y primaria que conecta a los chiquillos que juegan en un patio descascarillado con los hombres que ponen en juego un título, millones de ilusiones y puñados infinitos de dólares en una cancha NBA. Greg Oden, para el que un día feliz es un día sin dolor en las rodillas, cargó desde el instituto con las miradas de todo un país y desde el 28 de junio de 2007 con la responsabilidad de legitimar un número 1 de draft y llevar sobre sus hombros las ansias de gloria de todos los aficionados al baloncesto del estado de Oregón. Un proceso que ha revelado un negativo en carne viva para un hombre sensible, inteligente y reflexivo. Sísifo redivivo, un choque tras otro contra su propia frustración, una consciencia demasiado nítida sobre cuánto y para cuántos está resultando una decepción colosal. Una exigencia excesiva y ansiosa que ha devenido en una fragilidad psicológica demoledora para quien no sólo necesita rehabilitación física sino también reeducación fisiológica y cicatrización psicológica. Con el proceso en cuarentena todos los esfuerzos de Greg Oden son tierra yerma, la costa hostil y rocosa en la que naufragan una y otra vez sus rodillas, agotadas.

 

Greg Oden, demasiado empeñado en examinarse y demasiado envarado en las expectativas que despertó (recuerdo: el nuevo Bill Russell), ha llorado mucho. Y lo ha hecho apartado de los focos y las redes sociales. Cuando jugó, aquellos 82 partidos, lo hizo con cemento en las zapatillas, con la constante espada de Damocles que le obligaba a ser lo que sabía que podía ser, lo que todos necesitaban que fuera: su equipo, sus rivales, la NBA. Presión, frustración, estrés: ingredientes que cocinan a fuego lento esos miembros que en un momento dado dicen basta, cansados de cargar con más de 110 kilos pero cansados sobre todo de cargar con miradas de duda, con escrutinios milimétricos, con sentencias demasiado tempranas.



Las críticas, las exigencias, las malas noches en la cancha que te persiguen horas después como duendes que secuestran las horas de sueño… Un océano en el que cada vez resulta más difícil rastrear la confianza en uno mismo. Los psicólogos deportivos lo llaman arousal, el nivel de activación física y psicológica que permite el rendimiento óptimo de un deportista, una interacción compleja a la que castigan los extremos de excitación y presión, arquitectos de un bucle hacia ninguna parte que conduce a otro concepto clave para entender el miasma en el que se mueve la mente del deportista de elite: la teoría de la catástrofe, un fallo en la ejecución alimentado por la ansiedad competitiva, más dañina en tipos con una alta ansiedad cognitiva que se deshacen entre sobrecargas emocionales por miedo a la decepción, a la derrota y al fracaso…  Un capítulo obvio en la historia de Greg Oden, un buen título para este artículo sobre la historia ya gastada de un gigante sin suerte en la era de los bases y el small ball, los quintetos de pocos centímetros. Una era en la que sin embargo y en su impulso más primario todos -General Managers, entrenadores, jugadores, aficionados…- siguen buscando al gran pívot, al perro grande que mantenga a todos a salvo. Una quimera cada vez más lejana pero vigente porque hay algo en el pívot que llena de esperanza y temor los sueños de baloncesto. Todos quieren ganar y saben que es más fácil con un Kareem, un Shaquille, un Olajuwon, un Russell, un Chamberlain, un Moses Malone, un Ewing, un Robinson.... Así que sí, todos o casi todos habríamos elegido a Oden en aquel draft de 2007 por mucho que después de un fracaso hasta los planes mejor elaborados parezcan absurdos…

 

Archivado en

sábado, 05 enero 2013

Por Juanma Rubio

Pau Gasol en la encrucijada

Dantoni

Voy a escribir un artículo sobre Pau Gasol. Y advierto que los que escrutan a nuestros deportistas con la bandera de España entorpeciéndoles la visión pueden parar de leer aquí y ahora. Y también pueden dejarlo a tiempo los corazones sensibles que asociarán de forma histérica las críticas, por constructivas que pretendan ser, con poco reconocimiento a una carrera y unos méritos indiscutibles. Advierto finalmente que mi opinión es, ventaja o hándicap, la del seguidor de los Lakers desde los tiempos del showtime. Pedigrí que le recibió como angelino y que le sobrevivirá.  Hechas estas advertencias, esto es lo que quiero decir: ¿Pau Gasol está mal? Horriblemente mal ¿Toda la culpa es suya? No ¿Toda la culpa es de los demás? Tampoco. Pau Gasol no es un jugador ni incomprendido ni maltratado. Ha ganado más de 120 millones de dólares desde su llegada a la NBA en 2001, y no cuento los más de 19 que tiene garantizados para la 2013/14: el noveno sueldo más alto de toda la liga. Pau Gasol ha ganado dos anillos y jugado cuatro All-Star en una liga en la que aterrizó siendo Rookie del Año. Criticado, sí. A veces justamente y a veces con excesiva dureza, otra vez sí. ¿Incomprendido y maltratado? Desde luego que no.

 

La perspectiva demuestra que tampoco lo fueron Sergio o Rudy, a los que sencillamente no les fueron las cosas como esperaban mientras aquí se buscaban culpables y antídotos. Una caza de brujas chovinista que a veces afea a los propios deportistas, que no suelen tener culpa alguna. Un exceso de celo patrio que resulta especialmente ridículo, y creo que innecesario, en deportistas de la categoría –ciclópea- de Pau Gasol o Fernando Alonso, los dos en los que percibo con más nitidez cierta suerte de pastoreo sobreactuado que creo que no se da en el entorno de otro gigante como Rafa Nadal, seguramente el más grande de todos. Son deportistas de tal rango que no necesitan nada de eso. Y creer que sí es imaginarlos más pequeños de lo que son. Ni el snobismo del que aplaude sistemáticamente lo de fuera ni patriotismo paleto. Pau Gasol es el mejor jugador de la historia del baloncesto español, y creo que nadie puede dudarlo a pesar de que Navarro se empeña en animar el debate. Pau Gasol está en el panteón de los mejores no estadounidenses de siempre y su relevancia descomunal reúne los tomos I, II y III del salto a la estratosfera de nuestro baloncesto y de nuestro deporte. Un español jugando en los Lakers con relevancia de estrella, haciéndose asiduo del All-Star y ganador de dos anillos con enorme peso específico en ambos. Lo que éramos, lo que somos tras décadas de transformación social y lo que podríamos ser reflejado en el deporte. Un reflejo feliz y tan necesario en tiempos nefastos como los que vivimos.

 

Me voy por las ramas mientras retumba en mi cabeza la decimoséptima derrota de los Lakers en treinta y dos partidos, ante (sal en la herida) los Clippers, el vecino que ha virado de pobre a pujante por obra y gracia de (triple ración de sal) Chris Paul, que fue laker durante un puñado de horas, hasta que Stern convirtió en reversible un traspaso consumado. Pau Gasol terminó el partido con 2 puntos, 1/6 en tiros de campo, 4 rebotes, 2 asistencias y un -20 en diferencia de puntos durante sus parciales en pista, otra vez restringidos en un último cuarto en el que sólo jugó porque salió eliminado Howard. El partido de Gasol fue horrible pero no fue sólo un partido horrible: el motor no arranca, ni antes ni después de la tendinitis, y se ha metido en un túnel subsónico que devora las buenas intenciones y las buenas soluciones para todas las partes, que ahora ni se adivinan. Él está en un momento físico extremadamente delicado, Mike D’Antoni no tiene ni la más remota idea de cómo hacer funcionar al equipo cuando él y Howard coinciden en pista y su valor de mercado se desploma progresivamente hasta convertir en una quimera cualquier salida que beneficie a Lakers. 32 años, recientes problemas de rodillas, los peores números de su carrera y un contrato ahora mismo fuera de mercado. Los Lakers ya ni sueñan, salvo carambola al borde del cierre del mercado, con que Atlanta le considere caza suficiente como para dejar ir a Josh Smith. Y no hay proyecto ganador a corto plazo que necesite un Pau Gasol en el que invertir a ojos ciegas antes de que acabe el invierno en busca de un asalto al anillo en primavera. La situación es peliaguda.

 

El partido ante los Clippers volvió a demostrar que D’Antoni y Pau Gasol hablan distintos idiomas por mucho que intercambien promesas en restaurantes griegos de Manhattan Beach. En realidad en los Lakers casi todos hablan su propio dialecto y así zozobra esa lujosa pero hueca Torre de Babel. Vuelvo al derbi de Los Angeles: Gasol apenas jugó 27 minutos y desapareció del flujo ofensivo arrinconado en posiciones de tirador abierto, un rol que no es para él por mucho que su actual entrenador se empeñe; O se vea obligado a empeñarse. Así fue su primera intervención en el partido: Nash aglutinando defensas,  Griffin acudiendo a cubrir la continuación de Howard y liberando a su par, Pau Gasol, en un triple abierto y cómodo… que el español falla. Ese tipo de jugadas se suceden y los Lakers pierden de vista al único Gasol que hasta ahora les ha resultado útil con el actual sistema, el que ejerce como distribuidor desde el poste alto cuando Nash ataca por el centro y con los dos pívots inician la jugada en la cabeza de la zona,  Howard en continuación hacia el aro y Pau como ancla y facilitador. Así rondó las cinco asistencias en sus mejores partidos de esta triste, tan triste temporada. El esperpento siguió tras la derrota. D’Antoni no supo explicar las razones del mal partido del español, Nash no se explicaba su falta de participación, Kobe tampoco aunque la reclamó y el propio Gasol se limitó a decir que él no ordena las jugadas de ataque. Un buen retrato de lo que son estos Lakers. No me chilles que no te veo. Babel.

How

Números de divorcio, números de declive


Los números no fueron, y eso es lo peor, un accidente obsceno.  Impropios de la carrera de Pau Gasol, impropios del noveno contrato más alto de la liga, más de 19 millones que superan los ingresos en esta 2012/13 de Chris Paul, Kevin Durant o LeBron James.  Su media de minutos es la menor desde 2005 con la única excepción de los vaivenes de la temporada del traspaso a Lakers. Apenas juega el 52% de los minutos después de dos temporadas en las que fue el laker más usado por encima de Kobe: 77% en la 2011/12 y  76% en la pasada.  Su ratio de productividad se ha hundido, es la temporada en la que menos tira (11’6) y menos mete (4’8) en cada partido (6’7/13 como rookie). Sólo en la 2003/04 tiró por debajo del 50% (48%). Ahora está en un decadente 41%. Nunca en su carrera había tirado menos de cuatro tiros libres por partido y está también en mínimos personales en rebotes de ataque (2’3).  Por no hablar de los hasta hace poco inimaginables 12’7 puntos por partido, una miseria para un jugador cuya primera década en la NBA le emparentó estadísticamente, esos estudios tan a la americana, con Kevin McHale o Elgin Baylor.

 

Las estadísticas no sólo escenifican el retroceso de Gasol desde la gloria de los dos anillos sino que lo exponen en términos de eficacia y posicionamiento en pista. El actual Gasol apenas tira el 34% de sus tiros desde la pintura, un mal sueño tras las cifras cercanas al 50% en los mejores tiempos de la era Phil Jackson. Y cuando busco gloria recuerdo los dos pasos por playoffs de los que los Lakers salieron campeones: en el primero 18’3 puntos, 10’8 rebotes y un 58% en tiros de campo. En el segundo, 19’6, 11’1 y 54%. La pasada temporada, la segunda de dos malas aplicaciones personales seguidas en las eliminatorias, 12’5, 9’5 y 43%.  Actualmente su producción mejora como ‘5’ y los Lakers son ligeramente mejores en ataque y ligeramente peores en defensa con él en pista. Los quintetos que más le favorecen le emparejan con Jamison, Hill o Metta World Peace en el puesto de ‘4’, nunca con Howard. Y conviene recordar, más nostalgia, que el mejor Gasol por números y por sensaciones fue el que jugaba de pívot con Lamar Odom como escudero y dentro del triángulo ofensivo de Phil Jackson. Otros tiempo y una certeza: en el actual momento de su carrera Pau Gasol puede ejercer de ‘5’ con variedad registros pero no de ‘4’ polivalente y capaz de abrirse para tirar con elasticidad física y eficiencia porcentual. Quien pensaba eso cuando llegó Howard, o cuando explotó Bynum, se equivocaba. D’Antoni, por cierto ni siquiera lo piensa. Le mueve la obligación, la inercia y la falta de plan. Ni B ni C ni, ahora lo sabemos, A.

Backs

Un guiño al corazón de los problemas: sólo el 2% de los puntos de Gasol están llegando vía mate y aunque nunca ha sido ni pretendido ser Blake Griffin ni Shawn Kemp, detrás de esa cifra se esconde la piedra filosofal del vía crucis: poca energía física, poco contacto con la bola cerca del aro.  Y el primer apartado le apunta directamente a él y negarlo, o no querer verlo, comienza a resultar mezquino. Está mal, rematadamente mal físicamente, en un punto tan bajo que necesita una explicación que trascienda los 32 años y los más de 35.000 minutos entregados ya a las canchas NBA. El cuentakilómetros envía avisos, los últimos a través de las rodillas, y Gasol aparece en cancha como una sombra lánguida: lento de movimientos y reflejos, sin energía para aprovechar su talento ofensivo, no digamos para disimular su discreto registro defensivo. Jugar como pívot puro podría ser el maná o podría terminar de desnudar esa falta de vigor. Una paradoja que enlaza con otra: cuanto menos se entiende con los Lakers, más se necesitan mutuamente. Ni él hace méritos para encontrar un destino noble ni su equipo encontrará quien le entregue a cambio piezas que le den el salto cualitativo que salve una temporada que apunta a siniestro total. Gasol ya no vale lo que valía hace poco más de un año, cuando David Stern tiró por tierra la operación que le enviaba a Houston Rockets y ponía a Chris Paul en Lakers. Una operación que era, apuesta fácil entonces y evidencia estruendosa ahora, el paso correcto en el plan maestro de Lakers: apurar los últimos sorbos de Kobe Bryant y construir un futuro que sobreviva a la Mamba Negra. Ahí se empezó a convertir en quimera un diseño que ha terminado de emborronar Jim Buss, el hijísimo, con su olvido de Adelman, su desprecio a todo lo que huela a Phil Jackson y sus apuestas por Mike Brown y Mike D’Antoni.

 

Así de cruda es la situación: su bajo nivel de implicación le aísla de sus compañeros pero le ancla a  su actual equipo. Es muy difícil de traspasar y eso obliga a D’Antoni a inventar formas de convertirle en útil. Mientras unos y otras imaginan un futuro casi imposible, Gasol sufre como un perro en emparejamientos como el del viernes ante Blake Griffin: ni le tiene piernas para defenderle ni su juego o el de su equipo le permiten darle réplica en ataque a base de fundamentos y envergadura. Gasol queda en evidencia, los Lakers se bloquean en un proceso que ya no es tal: el equipo parece haber tocado un techo de mediocridad al que no se le adivina remedio. Ya ni la plaza en playoffs parece fuera de peligro y aunque esta se alcance no se vislumbra cómo este equipo podría ganar, no ahora mismo, a los cuatro mejores equipos del Oeste.  No a siete partidos: rotación corta, plantilla avejentada, defensa irrisoria. Mike D’Antoni retratado tanto o más que cualquiera de sus jugadores; Un buen entrenador tiene que encontrar formas de sacar partido de buenos jugadores. Y es tan cierto que en Estados Unidos se critica con dureza a Gasol como que se recuerda su 24+8+7 en la final de los Juegos. Quienes se preguntan donde está ese jugador que cargó con el peso de toda España en un tercer cuarto heroico miran directamente a los ojos de un entrenador ahora mismo perdido entre sonrisas nerviosas y aspavientos, microscópico ante el recuerdo de quien ocupó su sillón hace no tanto, quien debería haberlo vuelto a ocupar ahora.

Jackson

Ese tipo, el maestro Zen que puede acabar en Brooklyn (¿qué te parece eso, hijísimo Jim?) era una bendición también para Pau Gasol, el entrenador que mejor le ha entendido, el que mejor le ha utilizado. Pero Gasol no fue feliz en el último tramo con Jackson y no lo ha sido, entre rumores de traspaso y partidos demasiado discretos, ni con Mike Brown ni con Mike D’Antoni. Así que parece evidente que parte de la culpa es suya y que la conclusión es que ahora mismo no ofrece un rendimiento acorde ni a su status  ni a su contrato. Son las reglas del juego y quienes aprecian ahora en el negocio trazas de canibalismo y poca bonhomía no las avistaban cuando Gasol firmó el 23 de diciembre de 2009 su extensión de 57 millones ni cuando los Lakers le sacaron del agujero negro que eran aquellos Grizzlies y le lanzaron, con su incuestionable aportación, a la disputa de tres finales de la NBA. Gasol tiene un año y medio de contrato y tiene que honrarlo para no estropear el final de una carrera legendaria para nosotros, brillante para cualquier aficionado al baloncesto en cualquier rincón del mundo. Sólo después se podría dibujar el futuro que casi todos le imaginamos: el Barcelona, la Euroliga, un palmarés estruendoso aún más enriquecido. Sólo entonces y si no siente la motivación o no encuentra la apuesta adecuada en una NBA donde, con mucho menos ceros en el cheque, seguirá teniendo ofertas. Esa es una de las pocas certezas de una situación convertida en quiste, una encrucijada que se resolverá esta semana, el próximo mes o dentro de un año y medio. Difícil imaginar hacia donde irá pero ahora mismo aún más difícil imaginar, y juro que me encantaría equivocarme,  más días de gloria para Pau Gasol en L.A.

 

 

Archivado en

miércoles, 02 enero 2013

Por Juanma Rubio

El chico con el tatuaje de Sinatra

White_cara

Royce White tiene 21 años y un corpachón de 203 centímetros y casi 120 kilos repleto de tatuajes, uno de ellos de Frank Sinatra. Y tiene un rostro que vira a avejentado, de mirada profunda y ribeteado por una barba que homenajea a John Lennon. Royce White adora la música pero al contrario que tantos compañeros de canchas y generación prefiera a Prince o Adele antes que el rap y adora rebuscar entre la vieja colección de vinilos de su abuela. Tatuaje de Sinatra, barba de Lennon… Royce White es distinto, ni mejor ni peor, que tantos otros jóvenes afroamericanos que se abren paso a dentelladas en la jungla del deporte profesional yanqui. Lo es en la cancha por su talento diferente y orquestal (un brillante chico para todo, all around player) y lo es fuera de ella por culpa de un trastorno de ansiedad que le ha convertido en rara avis de un negocio que todavía venera al súper hombre y arrastra esquirlas de la idealización del macho alfa.

 

Royce White, aireado su problema mental, sólo vio caer su talento de top ten hasta el puesto 16 del último draft. Top ten: alero alto, 3-4, con las manos más grandes de toda la lotería y unas cifras en press de banca como ningún otro integrante del draft desde 2003. Fuerte pero sobre todo con un potencial descomunal como jugador capaz de anotar pero también y sobre todo de aportar en todas las disciplinas. Inteligente y distribuidor desde el poste, uno de esos raros point forward (un base pisando la pintura) que endulza cualquier sistema de ataque. Royce White se había medido de igual a igual en el año universitario a Anthony Davis, Thomas Robinson o Harrison Barnes (números 1, 5 y 7). Pero su particular problema abría un debate incómodo entre propietarios y general managers. El riesgo de dejar ir a una estrella contra el de no hacer diana en uno de los mejores drafts de los últimos años. Una situación nueva para arquitectos de equipos acostumbrados a manejar otras variantes en la proyección de tantos chicos tan jóvenes y tan talentosos: madurez, ética de trabajo, engine (motor)… Boston Celtics le prometió el 21 que finalmente fue para Jared Sullinger. Royce White salió del agua antes, en el número 16, pescado por Houston Rockets, equipo en reconstrucción que se limitó a medir en términos de capacidad y oportunidad. A partir de ahí podría, y hubiera sido precioso, haber comenzado uno de esos cuentos de hadas tan a la americana: White se integra con su enfermedad bajo control, sirve de inspiración para otros que sufren el mismo mal u otros similares e incluso opta desde la estación más temprana de la temporada al galardón de Rookie del Año.

 

Nada de eso ha sucedido. De hecho hasta ahora casi nada ha ido bien. Porque esta no es una historia de superhombres y sus hazañas hercúleas. Esta es una historia sobre una persona y sus conflictos. Pequeña o grande, es una historia sobre el mundo real.

 

La situación, la realidad, es la que sigue desde aquella noche de lotería del 28 de junio en el Prudential Center de Newark: Royce White falta al arranque del training camp de los Rockets, el 1 de noviembre en McAllen, porque negocia en ese momento una solución (viajes en autobús) para un terror que es dinamita para su problema de ansiedad: los viajes en avión. Menos de dos semanas después protagoniza otra espantada cuando los Rockets insinúan su asignación a la D-League (Rio Grande Valley Vipers) junto a otros dos rookies: Scott Machado y Donatas Motiejunas. Desde entonces ha cruzado, con Twitter como invasiva arma de doble filo, insinuaciones, acusaciones y reconciliaciones a medias con una franquicia con la que todavía no ha debutado en Regular Season y en la que su única promesa de un futuro feliz ha sido su paso por la Summer League de Las Vegas con unos saludables promedios de 8’4 puntos, 7’2 rebotes y 3’6 asistencias por partido. La situación se acaba de agravar con el fin de año cuando el jugador, missing, ha rechazado otra vez engrosar las filas del afiliado en Liga de Desarrollo de los Rockets.

 

White marca terreno: “He decidido junto con mis médicos que no sería bueno para mí salud”. Y después golpea: “Desde las oficinas de los Rockets no pueden decidir sobre mí personas que no están cualificadas desde el punto de vista médico”. En Texas por ahora capean el temporal y ni por asomo se plantean dejar ir al jugador y su contrato garantizado por dos temporadas (1’6 y 1’8 millones de dólares). Pero el debate se complica en Estados Unidos. White, que hizo pública su problemática para ayudar a otros que la padecen, puede estar lanzando piedras contra ese tejado al que ha comprometido mucha de su energía. Si la cosas se tuercen definitivamente, ¿habrá cerrado la penúltima puerta a otros jóvenes deportistas con trastornos como el suyo o similares? ¿Está ayudando a destruir un tabú o agigantándolo en un país en el que algunos ya le ven como un joven casquivano que gana mucho dinero y practica el absentismo laboral? ¿Cobija en esos problemas de ansiedad otras fallas disciplinarias o se trata de un pionero capaz de reescribir las normas y de establecer nuevos vínculos de comprensión y sostenibilidad de la salud mental de los deportistas en la franquicias estadounidenses? El asunto es peliagudo porque ya no sólo le afecta a él. Y lo es como lo es cualquier cuestión en la que colisionan las esferas pública y privada. 2012: luz y taquígrafos sustituidos por webs especializadas, redes sociales e inmediatez febril.

 

Cargas pesadas se tenga o no esos problemas de ansiedad que son definidos así por quienes los padecen: “es como si fueras un coche. La mente es el motor con el acelerador pisado a fondo pero el cuerpo sigue parado en plaza de parking”. Adrenalina disparada, miedo y secuelas físicas que trascienden el epicentro de los ataques. Taquicardias, manos temblorosas, verbo acelerado. Y en el caso de White miedo a volar, otro trauma delicado en esta NBA de constantes e interminables giras. Y todo desde que jugando al baloncesto con apenas diez años un amigo suyo, LaDream Yarbrough, casi cae fulminado por un problema cardiaco hasta entonces oculto. Sobrevivió pero sus convulsiones y su flirteo con la muerte cambiaron para siempre a Royce White.

 

Ahora White se enfrenta a un negocio que su médico, la doctora Mary Wilkins, le dibujó como “creado para destruir” a tipos como él. Un mundo que quiere historias extraordinarias y que huye de lo humano en busca de proezas y sagas posmodernas. Y que todavía glorifica el ideal del macho y sus atributos en una estrechez de visión que no ayuda a comprender a un chico con un problema tan mundano pero a la vez no demasiado cotidiano como Royce White. Un mundo que regala pero también destruye sueños, que aterra: el gurú universitario John Calipari explicó que Michael Kidd-Gilchrist, su guerrero ultra competitivo en Kentucky y número 2 del último draft, le llamó en verano aterrado y minúsculo. Se sentía, un tipo que es proyecto de jugador tremendo por consenso, demasiado poco para triunfar en ese afilado Himalaya que es la NBA.

White_juega

 

Calipari precisamente le quiso en Kentucky y logró un compromiso que se rompió porque White no subió al avión que le debía llevar a una Universidad que rechazó, según su versión, porque no era un buen lugar para criar a un bebé. Su novia se acababa de quedar embarazada, él quería jugar más cerca de casa y eligió para sorpresa de muchos Iowa State. El exjugador Fred Hoiberg fue su entrenador en los Cyclones, confeccionados por un Jamie Pollard que pronto supo que White no era un jugador más. Al final de una cena en su casa con los recién reclutados, todos salieron a tirar unas canastas con los hijos de Pollard. Todos menos Royce White, que se quedó tocando el piano con la hija pequeña del ejecutivo. La música ha sido hasta ahora un lugar menos contradictorio para él que el baloncesto. Sueña con dar forma al sello discográfico IAMU después de un período en el que dio por completo la espalda al baloncesto y se encerró en un estudio de grabación, hastiado de los desórdenes de una estrella de instituto inmadura, problemática y con un trastorno con el que todavía no se había ni familiarizado ni conciliado. Baloncesto y chicas, denuncias por robo y agresión a vigilantes de seguridad, incluso sospechas sobre reclutamiento ilegal cuando pasó de DeLaSalle a Hopkins High School. Todo eso pero también el alumbramiento mediático cuando se le nombró segundo mejor alero de High School de todo el país. Inmadurez y ansiedad, un cóctel molotov. Anunció su adiós al juego en un vídeo de Youtube que pronto tuvo que retirar y finalmente volvió para triunfar en el baloncesto universitario y exhibir una vida transformada: hábitos saludables, rutinas controladas y una recién descubierta madurez. Una joya peligrosa (comparaciones con Boris Diaw o Antoine Walker) que susurraba en el oído de todos los cazatalentos que rodean a la noche del draft: pensar en términos de riesgo o de oportunidad con un jugador de casi siete pies que lideró a Iowa State en puntos, rebotes, asistencias, robos y tapones. All around player y un físico listo para triunfar en la gran liga. ¿Y la mente?


Ahora mismo esta es la situación. No sabemos si se desbloqueará, si Royce White debutará esta temporada, si será un habitual en el fin de semana del All-Star o si no llegará a jugar nunca en la NBA. Me encantaría que le fuera bien, me encantaría que viviera una carrera lo más normal posible con su enfermedad bajo control. Me gustaría que se transmitiera ese mensaje, para él y para todos, los que sufren problemas mentales y los que no terminan de asumirlos como las patologías que son, ni excluyentes ni intratables. Creo que White fue valiente al hacer pública su condición antes de ser jugador profesional y de haber firmado ya su primer contrato con un montón de ceros. Él hizo lo que no hicieron en el albor de sus carreras otros que han convivido con la ansiedad como Ricky Williams y Brandon Marshall (NFL) o Zach Greinke (MLB). Y él se defiende ahora de los que mezclan enfermedad con falta de disciplina y ambición: “Quizá vosotros sacrificaríais vuestra salud por hacer carrera en el baloncesto profesional. Pero yo no pienso hacerlo”.

Toyce_tira

El deporte profesional es un monstruoso lienzo de colores chirriantes y contrastes imposibles, una selección magnificada de lo que es la sociedad. De lo que somos para lo bueno y para lo malo. Seguramente sea un error extraer conclusiones universales de las vivencias de un chico que juega al baloncesto, una historia entre un millón, y desde luego lo es hacerlo cuando todavía está a medio escribir. O eso espero. Pero lo haremos, lo uno y lo otro, porque así devoramos todo para alimentar al monstruo social que habitamos. Por eso creo que merece la pena echar un vistazo cuando las cosas todavía no han ido ni heroicamente bien ni funestamente mal. Entre récords, victorias estruendosas y colisiones para los anales, no está mal revisar de vez en cuando estas historias que sudan realidad sin un ápice de cuento de hadas. La historia de una persona con un problema. Nada más. Por los deportistas, personas al fin y al cabo aunque a veces no nos guste y aunque muchas veces ni lo parezcan. Por quienes padecen lo que ellos con menos medios y sin ninguna ayuda. Y porque al final ese montón de historias, las pequeñas y las grandes, dibujan lo que somos, una moneda que a veces sale cara y a veces cruz y que para Royce White sigue en el aire, girando y girando.


Archivado en

lunes, 12 noviembre 2012

Por Juanma Rubio

El hombre del 5%

1

El poder, más allá de rumores excéntricos, es el poco sutil hilo que ha hilvanado estos días de giros copernicanos y cuchillos largos en L.A. Una ópera bufa interpretada por un lado por la salud debilitada de Jerry Buss, 78 años y casi 35 en el gobierno de los Lakers, su hijísimo Jim y la pulsión shakesperiana que aporta entre bastidores, y Mitch Kupchak, perenne y excelente General Manager. Por otro por Mike Brown, un frágil tentetieso en mitad del oleaje, y Phil Jackson, mejor entrenador de la historia, ganador de once anillos, futuro entrenador de Lakers “al 95 % de posibilidades” y pareja sentimental de Jeanie, hija de Jerry y hermana de Jim. Y finalmente el otro 5%, un grupo de meritorios encabezado por Mike D'Antoni y animado por Mike Dunleavy, Nate McMillan o el rictus anti Hollywood: Jerry Sloan.

Ha sido una cuestión de poder pero finalmente no tanto de si Phil Jackson atemperaba su trasatlántico ego o solicitaba no dirigir partidos en las giras lejos del sol de California. No: el trasfondo en un estado mucho más esencial es el poder que Bertrand Russell definió como la capacidad de producir el efecto deseado en los demás y en los acontecimientos, el poder junto a la gloria como articulaciones de los deseos infinitos del ser humano, el poder como triunfo de quienes lo desean de forma excepcional: el poder y cómo lo ostenta la familia Buss.

En cuestión de 72 horas hemos pasado del asombro por la posible llegada de Phil Jackson a la perplejidad por el traspié de las negociaciones. Mi opinión y mi bendición a la tercera venida del Maestro Zen quedaron aquí escritas al lado del obituario del ya minúsculo Mike Brown, de cuya etapa de 71 partidos al frente de los Lakers ya nadie quiere hablar. Jackson era el 95 %, el mesías aclamado por el Staples, el clavo ardiendo de una plantilla a la que el calendario muerde los tobillos, el deseo inflamado de Kobe Bryant y hasta un intríngulis motivante para Nash y Howard. Así que conviene aclarar en primer lugar las razones de la llegada del capitán general del 5%, un Mike D'Antoni que fue favorito instantáneo tras la salida de Brown pero cuyo nombre se había perdido entre los cantos de sirena que emanaban desde el rancho de Montana donde el arquitecto de los últimos cinco anillos de los Lakers amasaba el momentum y preparaba, eso llegó a parece, la madre de todos los desembarcos.

Se ha escrito mucho de las escandalosas peticiones de Jackson, de ceros inacabables en el cheque, de pellas en partidos demasiado alejados de su mansión de Playa del Rey. Se ha hablado mucho pero parece que nada de eso llegó a cobrar cuerpo y que el propio Jackson esperaba este lunes 12 de noviembre como día X para desanudar el cordón umbilical de su regreso. Antes de todo eso, de la lima de asperezas y las concesiones al ego rugiente y súper alimentado por los acontecimientos del mejor entrenador de siempre, Kupchak cogió el teléfono y le comunicó personalmente que los Buss habían votado D'Antoni. Fin a la saga que nunca fue. Y puede que al menos por un instante el mismísimo Maestro Zen se quedara tan petrificado como todos nosotros.

El hecho es que todos, los que creíamos en la redención de Jackson tras una última temporada que no hizo justicia a su trayectoria y los que no percibían la energía necesaria en un entrenador de 67 años, ningún sueño por cumplir y problemas horripilantes en las rodillas y la cadera, nos quedaremos sin saber si aguardaba un éxito glorioso o un fracaso antológico. Sea como fuere, el baloncesto y los que lo contamos nos hemos quedado sin una historia de primera y los Lakers, y eso queda en el retrovisor (detrás pero a la vista), sin el que parecía el plan A de consenso. En la decisión final hay desde luego juegos de poder pero con más baile de salón que fangos del día a día (otra vez los partidos fuera de casa…). Jerry Buss ha vuelto a confiar en Jim y este a su vez ha guardado las espaldas de Kupchak. Jackson iba a pedir mucho dinero, jamás un problema en Hollywood, pero también una cuota de mando deportivo que equivalía a las llaves del castillo. Eso y un contrato renovable anualmente. Demasiado para un Jim Buss que de paso se evita el sonrojo de abrazar como si fuera un padre pródigo al entrenador con el que terminó a las bravas y cuya herencia decapitó en cuanto le vio salir por las puertas de El Segundo. Desde luego es un acierto no convertir a Kupchak en cadáver a cuenta de los daños colaterales pero la apuesta del hijísimo Jim es un órdago: elegir a Brown por delante de Adelman le ha provocado una seria cefalea, elegir a D'Antoni por encima de la sombra tan y tan alargada de Phil Jackson puede provocarle jaquecas en versión cadena perpetua.

Arbitro

Los Buss conservan la mano de la partida y reparten las cartas. Otra vez. Pero más allá trascienden motivos deportivos de primera magnitud porque es en la cancha, aunque a veces lo olvidemos, donde florecen o marchitan las Ardenas y Waterloos que se dirimen en los despachos. Los Lakers, eso venden, eligieron D'Antoni sin esperar a Phil Jackson porque le consideraron finalmente la mejor apuesta deportiva. Creyeron que el triángulo ofensivo requeriría un tiempo de aprendizaje para Nash y Howard y no sintieron tenerlo en esta plantilla en la que Nash tiene 38 años, Bryant  34, Gasol 32 y Dwight Howard sólo este año de contrato. Creen que D'Antoni aportará un estilo de entresijos más livianos, ni Princeton ni el triángulo, y en el que se podrán diagnosticar males y ejecutar medidas con más flexibilidad con el objetivo que es obsesión: ganar ahora o el próximo año antes de aligerar los libros de cuentas y en la última cabalgada de Kobe, Gasol y Nash. Y renovar por el camino a Howard.

D'Antoni es un buen tipo y cuenta con la bendición de los pesos pesados de la plantilla. Kobe creció en Milán cuando el ahora entrenador ejercía de base genial en Olimpia Milano y después ha coincidido con él en el staff olímpico tanto en Londres como antes en Pekín, donde también estuvo Howard. Y Nash gobernó, y dos MVP dan fe, a los Suns de D'Antoni en una cagalbada que va camino de cumplir una década y que se quedó a las puertas del anillo que seguramente mereció.

Los defensores del técnico de West Virginia (61 años y una rodilla recién operada) creen que su vigoroso estilo ofensivo alimentará rescoldos del showtime que vive en el subconsciente de L.A. y que su aprovechamiento optimizado del pick and roll será un arma de destrucción masiva en manos de la pareja Nash-Howard. Y aseguran que su fama de disoluto entrenador defensivo no es del todo justa y que sin ser desde luego un enorme estratega de stops sí es capaz de enhebrar una defensa lo suficientemente sana para acompañar al ataque que le gana los partidos. Sus Suns encajaban muchos puntos pero eso tenía que ver con el endiablado ritmo de juego y el descomunal intercambio de posesiones y sus Knicks se enderezaron hacia el top ten defensivo de la NBA en cuanto llegó un pívot aglutinador de esfuerzos como Chandler. Y flota la sensación de que si bien no sacó nada de la caldera excesivamente presurizada de Nueva York (ni un solo partido de playoff ganado en cuatro temporadas), aquellos Suns que por desgracia ya se pierden en el recuerdo tenían material de los campeones. Aunque nunca ganaron.

Dantoninash

D'Antoni tendrá que mejorar mucho su paso por la Gran Manzana: ataque caótico, defensa como mucho discreta, relación esquiva con Carmelo Anthony, su gran foco de ego, y nula competitividad. Y si mira a aquellos esplendorosos Suns (2003–2008) tendrá que adaptarse a otras exigencias, otros tiempos y sobre todo otros jugadores. Porque la filosofía de base de aquel equipo es imposible de trasladar a los actuales Lakers: el run and gun, correr y tirar, basado en acabar ataques con un lanzamiento en los primeros siete segundos de posesión; correr hasta reventar, jugar pick and rolls con Nash como alfa y omega y bombardear desde el exterior. Tendrá otra vez a Nash (casi una década más viejo) pero ni mucho menos una batería extensa de tiradores ni una plantilla joven  y larga con la que galopar de lado a lado de la pista durante 48 minutos cada dos noches.

Entre 2004 y 2006, los mejores años de D'Antoni en Arizona, los Suns jugaron dos finales del Oeste, en las que cayeron ante Spurs, con los que establecieron una rivalidad para los anales, y Mavericks. En la temporada 2004/2005 el equipo ganó 62 partidos y parecía en ruta hacia el título hasta que se estamparon contra la muralla tejana de Greg Popovich (que sigue allí y sigue jugando finales de Conferencia). En aquel curso los Suns atacaron mejor que nadie en toda la NBA (110.4 puntos por partido) pero también encajaron más que nadie (103.3). Los ratios de eficiencia le confirmaron como el mejor ataque y les elevaron hasta ser la decimoséptima mejor defensa. Era un equipo monstruoso en el rebote y letal en el tiro de tres (rondando el 40%), con cinco jugadores por encima de los diez puntos por partido y tres tirando triples con un 43% o más de eficacia. Era el equipo de Nash (más de 15 puntos y 11 asistencias por partido) pero también de Amare Stoudemire, Shawn Marion, Joe Johnson, Quentin Richardson, Jim Jackson, Leandrinho Barbosa…Nash tenía 30 años, ningún de los demás superaba los 26.

Ahora y con la excepción de Howard, D'Antoni toma un roster de estrellas con el cuentakilómetros sobrepasado y en el que tendrá que hacer correr la bola mucho más que las piernas: Nash, Kobe, Artest, Gasol, Jamison… Su batería de tiradores no es precisamente para presumir ni aunque Meeks adquiera la regularidad que nunca ha tenido y por encima de todo tendrá que inculcar a Kobe, que ha aprobado su llegada, las bondades de un sistema en el que Nash cocinará las posesiones y en el que la primera opción será el juego con los pívots, fundamentalmente con Howard. Kobe puede redefinir o llevar a la implosión una nueva era que llega al galope y en la que Gasol deberá resolver incógnitas que no se le habrían planteado con el triángulo ofensivo de Jackson.

Mike D'Antoni afronta el gran reto de su carrera con la obligación de convencer a los escépticos, a los que creemos que no lleva dentro un entrenador capaz de ganar anillos. Y tiene que hacerlo desde el equilibrio y con la sombra del mejor entrenador de la historia -uno de esos what if tan del gusto yanqui: que habría pasado si…- pisándole los talones cuando doble la esquina de cada derrota. Los Lakers no pueden entrar en un bucle de lateralidad infame: de un entrenador defensivo que acabó sin cimentar una buena defensa a uno ofensivo sobre el que pende el riesgo de no encajar en ataque las piezas de un quinteto lujoso pero compatible sólo en unas condiciones muy concretas. Mike D'Antoni es más barato (12 millones por los tres primeros años con un cuarto opcional) y desde luego más manejable que Jackson, una especie de Némesis redentora por la que ni jugadores expertos como los Buss se han atrevido a apostar.

Quizá  sólo tenga que simplificar las cosas y poner la bola en manos de sus estrellas, lo que no supo hacer Brown y algo de lo que está haciendo ahora Bickerstaff o por lo que siempre se ha desconfiado del propio D'Antoni y en cierto modo también de Jackson. Se trata de que los Lakers jueguen bien, de que compitan, de que Nash y Kobe disfruten jugando juntos y de que Howard se lo pase lo suficientemente bien para firmar contrato nuevo el próximo verano. Es muy difícil o muy fácil según como se mire. Más difícil que con Jackson pero, concedámosle eso al recién llegado, más fácil que con Dunleavy, otro de los entrevistados. Toca esperar y observar, los Lakers redoblan la apuesta pero esa mano la tiene la NBA y el repóker que amenaza desde South Florida. Nuevos tiempos, otra vez…

 

 

 

 

 

 

Archivado en

domingo, 11 noviembre 2012

Por Juanma Rubio

Nunca digas nunca, Maestro Zen

Jax_mic

En su último año jugué con una sola pierna. La rodilla de la otra no me dejó poner lo mejor de mí al servicio de Phil en su despedida y eso es algo que me ha atormentado desde entonces. Es un entrenador demasiado grande como para acabar su carrera de la forma en que lo hizo”. Las palabras son de Kobe Bryant después de derrotar a los Warriors con Bernie Bickerstaff como entrenador (muy) interino. Kobe, mirada asesina al margen, fue escrupulosamente respetuoso con Mike Brown. Le apoyó públicamente, le apoyó con sus números en cancha y los que están cerca de él aseguran que realmente quería hacer funcionar el sistema de ataque Princeton que Brown quiso instalar con Eddie Jordan a los mandos.

Los palabras de Kobe Bryant iluminan un camino que ha terminado por ser el único posible cuando era el más disparatado días, casi horas, antes: Phil Jackson es la desembocadura de la deriva de una franquicia inmersa en un drama shakesperiano aderezado con toda la pompa hollywoodiense que para bien o para mal define lo que son los Lakers, el polvo de estrellas que atrae a tantos y satura a no pocos. Es el plan A y de repente el único con sentido dentro de un puzzle kafkiano que no tiene ningún sentido o lo tiene de forma rotunda, íntima y absoluta. Depende de cómo se mire. Ni D’Antoni ni Sloan ni McMillan ni por supuesto Brian Shaw, el heredero de Jackson decapitado en su día por Jim Buss, el hijísimo que está aprendiendo por la vía rápida de los coscorrones que no es fácil ponerse al frente de las tropas y avanzar entre el fango de la toma de decisiones. Él aplicó la política de tierra quemada sobre toda la herencia de Jackson y descartó después a Rick Adelman para apostar por Mike Brown. Jerry Buss, su padre (y el de Jeanie, novia de Phil), tiene 78 años, ha gobernado los Lakers desde hace casi 35 y es el que ha dado el paso al frente: hay que escuchar a la gente y dar a los aficionados lo que piden. Hay que permitir que, siempre, siga el espectáculo y hay que sacar como mínimo un montón de victorias y puñado de buenos ratos de una plantilla de 100 millones de dólares, impuesto de lujo al margen.

Busses

El padre enmendando al hijo y los errores cometidos cerniéndose en nubarrones de maldición en formato déjà vu. Otra vez: Phil Jackson se fue de los Lakers en junio de 2004 tres anillos y una implosión de vestuario después: Kobe y Shaquille se retaron y el pívot se fue a Miami. Jackson se marchó, cargó contra Kobe y no sintió que Jerry Buss tuviera demasiado interés en retenerle. En junio de 2005 Phil Jackson había regresado, por el camino una temporada de 48 derrotas que ni pudo terminar un entrenador tremendo pero finalmente abrasado como Rudy Tomjanovich. Él no pudo manejar la herencia del Maestro Zen, ¿cómo iba a hacerlo el mucho más frágil Mike Brown? Los Lakers despiden a Brown tras cinco partidos de Regular Season, apenas el 6% de la temporada, en un vaivén sin parangón y que sólo vagamente recuerda a la salida de Paul Westhead con sólo seis partidos consumidos de la temporada 81-82. Entonces una petición imperativa de Magic Johnson provocó la quiebra y propició la llegada de Pat Riley. Y el nombre no aparece por casualidad: desde aquel 1981 los Lakers han tenido 13 entrenadores. Once de ellos no han conseguido ningún anillo y entre Pat Riley y Phil Jackson han sumado nueve en veinte temporadas. Ellos representan la excelencia pero también la leyenda y el estilo: eso es Hollywood y ese es el ADN de los Lakers. Tipos genuinos y geniales y, con permiso de Auerbach o Popovich, los mejores de siempre.

Jax_3

En 2005 los Lakers agotaron temporada antes de regresar a Phil Jackson, 36 millones de dólares por tres años de por medio, y se quedaron fuera de playoffs por segunda vez en casi tres décadas. Esa es una enseñanza que Jerry Buss lleva grabada a fuego. Lo que vale en otros equipos no vale, para bien y para mal, en los Lakers. Es una cuestión de cultura, de ambición e incluso de show: el equipo de Mike Brown perdía, el equipo de Mike Brown jugaba rematadamente mal. Esta plantilla no guarda en los bolsillos meses para completar una evolución copernicana hacia el sistema Princeton. Nash tiene 38 años, Bryant  34, Gasol 32 y Dwight Howard sólo este año de contrato. Esta versión de Lakers tiene un margen máximo de dos temporadas y ha demostrado no tener tiempo para Mike Brown. Este argumento sirve para combatir la comparación con Miami Heat y su sacrosanta paciencia durante más de una temporada con Erik Spoelstra. Aquel equipo sí podía permitirse un proceso (process: la palabra que Spoelstra repitió hasta la saciedad) con tres estrellas viviendo o entrando en sus mejores años. Estos Lakers manejan una urgencia diferente pero igual de carnívora y ella determinó, acabó siendo así, la decisión de prescindir de Mike Brown y saldar con él un contrato de 18 millones por cuatro años recién estrenado el segundo. Justo o no, ese despido y la millonada histórica que pedirá Phil Jackson es una inversión perfectamente asumible para una franquicia que, sin ir más lejos, ha vendido sus derechos a Time Warner para veinte años y por una cifra cercana a… 5000 millones de dólares.

Brown_kobe

Mike Brown ha sido víctima de un cargo que le quedaba enorme. Difícil asumir el mando de los Lakers, imposible sustituir a Phil Jackson. De vuelta a Kobe y a Saturno devorando a sus hijos: “lo que ha pasado es en parte culpa de Phil. Es un genio del baloncesto, a cualquiera le resultaría especialmente difícil calzarse sus zapatos”. Mike Brown tiene 42 años, no jugó en la NBA (asunto crucial en la gestión de un vestuario lleno de gallos) y se hizo a sí mismo como entrenador a partir de su trabajo como especialista de vídeo en Denver, en 1992 y por encargo de… Bickerstaff, que 21 años después dirigió el primer partido post Brown en L.A. Brown contó con el apoyo público de los Buss, de Kupchak y de Kobe, pero las derrotas lo hicieron todo artificial, viciado: insostenible. En sus cinco partidos, que siguieron a ocho derrotas en ocho partidos de pretemporada, los Lakers atacaron mal aunque dejaron algún destello de lo que podría ser, en un futuro pluscuamperfecto (imposible), la bondad Princeton. Sin embargo no existieron en defensa, la especialidad de la casa Brown con la que cayó rendido sus pies poco más de un año antes Jim Buss. Defensa deficiente y un ataque cuyos brotes verdes se iban por el desagüe de las pérdidas de balón: 91 en esos cinco partidos, casi 19 de media. Indecoroso.

En defensa de Brown se puede argumentar que es un buen tipo, que adora el baloncesto y que es un comunicador entregado. Quizá su apuesta guardaba un destino brillante (que no se vislumbraba) y desde luego ha tenido menos margen del que indica el calendario: la primera temporada estuvo marcada por el lockout, en la segunda apenas ha tenido a su quinteto inicial en un partido y medio. Lesión de Nash, Howard en busca de la plenitud… El hecho es que los Lakers dejaron de estar interesados en lo que podía haber detrás del engranaje Princeton y, con toda la cochambre que escenifica un despido al quinto partido, la medida parece justificable donde ha muerto la confianza y donde un puñado de partidos para alzarse al 50% de victorias no iba a arreglar nada. Despedirle así ha resultado feo pero el error fue primero contratarle en su momento y después prolongar la confianza superado el primer verano. El error fue de Jim Buss, el hijísimo, que ahora se tiene que tragar un sapo de dimensiones cósmicas para abrir los brazos a Phil Jackson. Los brazos y la puerta del despacho que literalmente ocupó tras la salida del mejor entrenador de todos los tiempos. Jerry le enseña a Jim las reglas de un juego cuyas llaves las tiene el público que coreaba “We Want Phil (queremos a Phil)” durante el tercer cuarto del triunfo ante los Warriors, un partido cómodo en el que el equipo jugó con más cohesión y energía y en el que el banquillo aportó a un nivel al menos digno. Otros debes que llenaron la mochila de Mike Brown.

Y queda Phil Jackson, sus cuentas pendientes con Buss hijo a caballo entre su retiro de Montana y su mansión en Playa del Rey, a minutos de la cancha de entrenamiento de los Lakers. El entrenador de los once anillos y la mística inigualable, el que usaba un tam-tam en los entrenamientos y quemaba incienso en el vestuario para ahuyentar a los malos espíritus tras una derrota dolorosa. El mejor gestor de grupos que ha dado el deporte, un motivador único capaz de implicar en una relación casi paternal a todos sus jugadores, de las grandes estrellas a los temporeros. El que canalizó la pulsión ganadora casi sociópata de Jordan, el que atemperó a Pippen y apaciguó en la medida de lo posible a Rodman. El que articuló, al menos por un tiempo, a Kobe Bryant y Shaquille O’Neal. El entrenador que regala libros a los jugadores y que cambia las sesiones de vídeo por visionado de películas en mitad de una final de Conferencia. Con la bendición de Kobe Bryant, de Pau Gasol y la curiosidad de Nash, que apura su carrera en busca de anillo. Y con la aprobación de Dwight Howard, al que los Lakers consideran en su toma de decisiones porque le necesitan feliz y en ruta hacia la renovación veraniega.

Kobe2

Si las alternativas son D’Antoni, Sloan o McMillan, parece que Phil Jackson es una opción casi sorprendentemente lógica. Con él volverá el triángulo ofensivo y su guardia pretoriana -Rambis, Hamblen, Cleamons- y volverá el estilo, veremos si la química y la competitividad. El último Phil Jackson dejó la NBA hastiado y mermado por sus problemas de cadera y espalda, recuerdo de un costalazo tremendo que limitó su carrera como jugador en su segunda temporada con los Knicks, con los que fue campeón. Un contratiempo decisivo para un jugador de intensidad proletaria y eléctrica que se ganó  a los ojeadores NBA exhibiendo envergadura al abrir las cuatro puertas de un Volkswagen sentado en el asiento de atrás. El último Phil Jackson se fue por la gatera de un 4-0 ante Dallas Mavericks, 122-86 en el castigo infinito del último partido, sepulcro de un equipo sin ética de trabajo, sin cohesión y sin hambre. Allí estaban los hijos del Maestro Zen, reunidos para el adiós. La ceremonia final, vislumbramos casi un funeral vikingo, de un tipo que desde luego dejaba un adiós, no un hasta luego.

Ahora Phil Jackson tiene 67 años y tiene que resolver primero la duda de si es aquel mundano Phil Jackson o el de tantas temporadas de oro, tantas series de playoff para la historia. Quienes le conocen aseguran que más de un año como jubilado y una operación de rodilla le han mejorado en lo físico de forma casi milagrosa y, al contrario de lo que podía parecer, demasiado tiempo libre ha instalado en él de nuevo el gusanillo de la competición: escruta los partidos de Lakers y hace cábalas sobre las posibilidades de esta plantilla. Él consiguió la versión más intensa de Gasol y la más concentrada de Artest/Metta World Peace. Y él, recuerdo, señaló hace años que si tuviera que elegir un jugador para convertirle en jugador franquicia de un nuevo equipo ese sería… Dwight Howard. Y él es el único que puede obligar a una rendición sumisa y a un cheque lleno de ceros a Jim Buss, al que hasta ahora el traje de su padre le ha quedado enorme.

Buss1

Las grandes dudas son Nash y Kobe. El escolta profesa su amor a Phil Jackson cada vez que tiene ocasión y éste, vista la actitud y el estado físico de un jugador antaño casi imposible de entrenar, parece dispuesto a unirse a él meses después de que una de las razones de su marcha fuera “no entrenar a Kobe cuando deje de ser Kobe”. Nash es el playmaker que, como tal, nunca ha tenido ni necesitado Phil Jackson. Pero conviene recordar que el triángulo ofensivo es flexible y sí incluye opciones de pick and roll, el arma de destrucción masiva de Nash, y que aunque el canadiense ya no puede defender prácticamente a nadie sigue siendo uno de los mejores tiradores de tres de la liga. Y conviene recordar para entender este punto a Paxson o, claro, Steve Kerr.

Visto desde el punto de vista de la planificación laker el cambio no oculta grandes enseñanzas ni moralejas aleccionadoras. Es sencillamente una apuesta por lo óptimo, la misma búsqueda de mejora que ha propiciado las llegadas de Nash, Howard o Jamison. Mejorar el puesto de base, mejorar el banquillo, mejorar al segundo mejor pívot de la liga sustituyéndole por el mejor. ¿Mejorar todo y no mejorar al capitán general? Desde luego la destitución de Brown enseña una disfunción, pero esta estuvo en la apuesta mal calculada de su contratación, no tanto en esta decisión drástica y de máximo riesgo. Las expectativas se vuelven a disparar, la espada de Damocles se afila. Será un triunfo histórico o un desplome legendario. Donde Mike Brown parecía una figura diminuta, casi intrascendente, Phil Jackson proyecta sus más de dos metros de mística, la profundidad del conocimiento del juego (y de la vida) que inspira confianza en los que le tocan y temor en los que se enfrentan a él. En un vestuario que casi no tiene tiempo y en el que combaten a muerte edad y talento, parece, si se piensa con un poco de perspectiva, una oportunidad que no se puede desaprovechar si es que se presenta. Y así son los Lakers, otra vez a la caza de un éxito glorioso bajo amenaza de un fracaso para los libros de historia, que al fin y al cabo están llenos de relatos inolvidables de equipos como los Lakers y tipos como Phil Jackson. Y termino con el argumento más sencillo de todos: su vuelta es desde luego una excepcional noticia para el baloncesto.
 
El baloncesto no es como el fútbol americano y sus normas perfectamente establecidas, es un juego de improvisación. Es como el jazz: si a alguien se le escapa una nota, otro tiene que aparecer para rellenar ese vacío y permitir que no cese el ritmo que sustenta al equipo” (Phil Jackson)

 

 


Archivado en

miércoles, 26 octubre 2011

Por Juanma Rubio

La oportunidad Ibaka

Ibaka1

El fichaje de Ibaka por el Real Madrid pasó de forma vertiginosa de rumor a realidad. El lunes se especulaba con su llegada y el martes, operación relámpago y papeleo resuelto al galope, con su debut 48 horas después en Euroliga ante el lujoso Milán de Scariolo. En esas horas de vértigo mediático (en positivo: bueno para el Real Madrid) las opiniones se han acumulado y agrupado y aquí está la mía: el Real Madrid, que tan corto se ha quedado tantas veces en los últimos años y al que tantas cosas hemos criticado en las temporadas recientes en términos de falta de ambición, movilidad y ejecución en el eje  despachos-banquillo-pista, ha hecho esta vez una jugada ganadora en la que ha demostrado elasticidad, reflejos y ambición. Con el obvio condicionante competitivo del fin del lockout pero un buen movimiento. Y a continuación me explico.

Continuar leyendo "La oportunidad Ibaka" »

Archivado en ACB

miércoles, 19 octubre 2011

Por Juanma Rubio

ACB, tenemos un problema

Img1_intro

¿ACB, tenemos un problema? ACB, desde luego, necesitamos un debate. ¿Liga localista o europeísta? ¿Minoritaria o generalista? ¿Un deporte de una o dos direcciones con el Atlántico como autopista? Cada verano el baloncesto español entra en ebullición: la generación del 80, los Juniors de Oro, son la locomotora que tira de ese tren pero, y este es el primer mito que conviene derribar, no del baloncesto español, atrapado en una paradoja dañina cuando el balón está en juego: canchas llenas, televisiones apagadas. El proceso, estructural y no coyuntural, es ya tan pronunciado que los peores enemigos del baloncesto español de clubes empiezan a ser el silencio y el inmovilismo. Así que sí: tenemos un problema.

Continuar leyendo "ACB, tenemos un problema" »

Archivado en

© DIARIO AS, S.L. - Valentín Beato, 44 - 28037 Madrid [España] - Tel. 91 375 25 00