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El blog de Juanma Rubio

Un blog para tratar el pasado, presente y futuro del baloncesto tanto nacional como internacional: ACB, ULEB, Euroliga, Eurocup y la NBA.

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sábado, 08 octubre 2016

Por Juanma Rubio

Machismo y deporte: es demasiado tarde... hace tiempo

Derrick Rose anda enfrascado en un juicio en el que se resuelve el supuesto abuso sexual que cometió hace unos tres años, en Los Angeles y junto a dos de sus mejores amigos. Según la acusación, Rose (que acaba de cumplir 28 años) y sus compañeros de juerga drogaron a una mujer a la que horas después violaron en su apartamento cuando ella estaba prácticamente inconsciente. Si es declarado culpable, porque la presunción de inocencia es sagrada, produciría nauseas el comportamiento de un jugador que cuando (supuestamente) sucedieron los hechos tenía 25 años, un MVP de la NBA y casi 40 millones amasados solo en contratos con Chicago Bulls. También sorprende que más allá de la prensa sensacionalista, el asunto apenas haya tenido relevancia hasta ahora y que solo se haya hablado de Rose por su llegada a los Knicks o sus declaraciones sobre si en Nueva York estaban formando o no un súper equipo al estilo Golden State Warriors. La respuesta a esto último, aunque no venga ahora al caso, es un obvio y rotundo no.

 


Uno puede ir saltando en los medios de este caso a, por ejemplo, el último (y vomitivo) escándalo de Donald Trump y su “cuando eres una estrella puedes hacer lo que sea a las mujeres: agarrarlas del coño… lo que sea”. Y de ahí al cochambroso asunto de los jugadores del Eibar, que alcanzaron un ridículo peligroso cuando emitieron uno de esos comunicados supuestamente bienintencionados que huelen a hacemos-esto-asesorados-por-la-que-se-ha-montado y que olvidaba, en la lógica y plausible defensa de su libertad como adultos para hacer lo que les venga en gana mientras haya consentimiento de las partes, que precisamente el lío se ha organizado porque, en lo que se refiere al vídeo, no había consentimiento de una de las partes: la mujer, que corre el riesgo de acabar pareciendo parte del atrezzo cuando es la principal damnificada, precisamente porque no se respetó su derecho a poner límites: en este caso, a ser grabada. Que el vídeo no desapareciera en cuanto así lo hizo ver es la prueba. Y que haya acabado siendo público es un final cochambroso para un asunto cochambroso… pero peligroso. Alguien dijo no a algo y no se le hizo caso. Ese alguien, casi siempre es así, era la mujer.

 


El descenso desde la punta de este iceberg cultural acaba en una cuestión capital y que hemos naturalizado de manera intolerable: las mujeres son asesinadas. A diario, en todas las partes del mundo y en casi todas las culturas, al menos en las geopolíticamente predominantes. Sufren abusos y humillaciones. Son vejadas, maltratadas, sometidas a una vida de miedo, asco e infelicidad. Y finalmente asesinadas. Sucede en un ecosistema social (cultura, política, religión…) en el que el deporte es actor y parte. Y como tal también se estampa contra lo que es, solo hay que buscar el número de víctimas en que desemboca, una pandemia vergonzosa: la cosificación de la mujer, su conversión en parte del paisaje. Algo que está ahí para que disponga de ella el hombre, especialmente si este tiene poder (relevancia, influencia, fama, dinero: poder). El poder de un conseguidor multimillonario sin escrúpulos que, todavía cuesta creerlo, aspira a ser presidente de Estados Unidos. O el de una estrella del deporte profesional estadounidense (hay montones de casos). Una noción que se va degradando hasta llegar, casi como los últimos posos del café, a un par de futbolistas a los que un buen montón de gente ni ponía cara hace apenas un puñado de días.

 

En Broke, el excelente documental de ESPN sobre la ruina en la que se ven sumidas estrellas del deporte a los pocos años de retirarse, el ex quarterback Bernie Kosar (si no me falla la memoria) asegura que el capricho carísimo del que más se arrepentía era su ex mujer. Más allá del sarcasmo amargo, es casi una definición de ese tipo de relación que se establece entre muchas de esas figuras del deporte y las mujeres, finalmente nociva y propiciada en muchos casos por ambas partes. Porque esto no trata tanto de géneros o individuos como de roles que se perpetúan con una resistencia pasmosa, como un virus que siempre encuentra una forma de replicarse y sobrevivir. El deporte sirve como plataforma de cambio y buenos ejemplos, también como ancla de los peores vericuetos de una sociedad con la que obviamente comparte código genético y, por lo tanto, problemas.

 

Y así seguimos encallados en un lenguaje (de la insensibilidad y el tópico a la discriminación y el insulto) que fundamenta ese armazón por ahora inamovible en el que, además, la mujer periodista sigue teniendo que adaptarse en la prensa deportiva a unos roles generalmente limitados y habitualmente muy encasillados. Resulta pasmoso que el consumidor mida el conocimiento de un informador o la confianza en él en función de su sexo, pero siempre ha sido y todavía sigue siendo así. En ese estado de las cosas, a veces hasta desde la buena intención se confunden las formas. Las mujeres deportistas, celebradas cuando disparan el balance general como ha sucedido en España en los últimos años, no deberían ser tratadas con condescendencia paternalista. No habría que evitarles la crítica ni azucararles demasiado el halago ni ponerles siempre esos apodos que parecen haberse convertido en obligatorios. Mientra en Río se batían récords de participación (y prominencia, diría) del deporte femenino, Fox (sospechosa habitual) montaba un escándalo innecesario con algunas opiniones, extremadamente machistas, vertidas por sus tertulianos en un debate sobre si las deportistas deberían maquillarse o no para competir.

 

En las Finales de la NBA, la nube de periodistas que integra la comitiva de la liga es perfectamente masculina salvo un puñado de excepciones que, además, suele reducirse a reporteras de televisión cortadas por un mismo patrón físico. La NBA es la competición de Estados Unidos con mejores índices de integración de mujeres (y minorías raciales) en sus estructuras de trabajo. Pero el número de ellas en las oficinas no llega a un 40% que se despeña cuando se rebusca entre los altos cargos: 21,5%. Elena Delle Donne, una de las mejores jugadoras de baloncesto del mundo, se ha mostrado harta, literalmente harta, de convivir con comentarios sexistas. De los aficionados que la mandan “a planchar”, claro, pero también de los que la piropean por su aspecto y no por su juego. O de los periodistas que vinculan, muchas veces sin ni siquiera darse cuenta, su éxito o sus contratos publicitarios a su belleza física. Sólo a su belleza física. En las cloacas de todo eso, donde desemboca lo más desechable y pernicioso, están el insulto y, finalmente, la agresión. Todo el mundo debería ver en Youtube el vídeo en el que hombres elegidos al azar leen cara a cara (a veces con verdadero esfuerzo y genuina vergüenza) a dos mujeres que trabajan en prensa deportiva, Sarah Spain y Julie DiCaro, algunos de los tuits que estas reciben. Van de la más absoluta falta de respeto a ese tipo de amenazas cargadas de brutalidad sexual que parecen provocar un patológico efecto excitante en las ensoñaciones del abusador. Siempre un cobarde, evidentemente feliz en el anonimato de las redes sociales. En la cúspide de cristal construida sobre toda esa basura están el poder, la cultura y la tradición como garantía del status quo para quienes son felices con él. La actividad de los malos, la pasividad de los insensibles, de los que no saben a los que no quieren saber. De los que hacen bromas a los que creen que no es para tanto o que ellas esto y ellas aquello. Ellas: deportistas, periodistas, aficionadas. Mujeres.

 

Ellas, parece, tienen que tener éxito y además ser atractivas o, ¿peor?, tener éxito cuando son atractivas. Y ser atractivas supone, además, encajar en el molde de las modas de turno, casi siempre inclinadas a la imagen de una mujer frágil, finalmente dependiente de la figura masculina a la que tiene que, casi como una cuestión de supervivencias atávica, gustar. En torno a esto, y a su efecto en la mujer deportista, recomiendo lo que escribió en la revista Time Kareem Abdul-Jabbar, desde su prisma siempre beligerante en el tema racial, sobre el cuerpo de Serena Williams. Aquí un enlace al texto casi completo y aquí un extracto:

 


Toni Morrison escribió que “junto a la idea del amor romántico se nos inculcó el de belleza física. Quizá el más destructivo en la historia de la humanidad”. Es apropiado. Hemos fijado una definición de belleza tan estrecha que casi nadie encaja en ella. Para las mujeres es un suplicio someterse a esas constricciones que generan las expectaciones sociales, casi como meterse en un corsé victoriano. Disparamos constantemente estos clichés en anuncios, portadas de revistas… Hay muchas evidencias de lo nocivo que es este estándar para nuestra sociedad. Una mujer americana se gasta de media 15.000 dólares al año en maquillaje. Nadie invierte más en cosméticos que los norteamericanos pero estamos en el puesto 23 del ranking de satisfacción con nuestras vidas. Muchas mujeres se torturan física y mentalmente para intentar encajar en un molde en el que no encajarán de todas formas. Serena Williams no encaja en ese patrón occidental de lo que tiene que ser lo femenino. Y hay otro factor: nuestra falta de respeto al cuerpo de la mujer en general. Hay una presión enorme sobre nuestras atletas y su imagen, una situación misógina que va en detrimento de sus carreras y de todas las niñas que se fijan en ellas como modelos a imitar. Les obligamos a que alcancen la excelencia en su campo profesional… pero también en otros ámbitos. El presidente de la Federación Rusa llamó a las hermanas Williams “los hermanos Williams”. Serena dice que se tiene que cubrir los brazos cuando quiere que no la reconozcan. Parece que sólo a los fans de Xena o Super Woman les podría parecer válido ese tipo de cuerpo femenino. Supongo que porque se sigue prefiriendo una idea de mujer vulnerable e incapaz de defenderse de un hombre. Encaja con la normalidad social de un hombre fuerte y protector y una mujer dependiente y maternal. Quizá la idea de una mujer musculosa y autosuficiente amenaza a esos que prefieren verla frágil y débil.

 

Esta misma semana Darren Collison, base de Sacramento Kings, ha sido sancionado ocho partidos de Regular Season por un caso de violencia doméstica. Y Jeff Van Gundy, gurú de los banquillos y ahora infaltable comentarista televisivo, ha dejado claro que la sanción para cualquier delito cometido contra una mujer se alargue, de entrada, a toda la temporada completa. Porque en Estados Unidos una mujer es asaltada por un hombre cada nueve segundos. Porque siempre que no se avanza, se retrocede. Porque, sencillamente, ya es suficiente.

 

Porque mientras no se ejerza una concienciación constructiva, constante y activa, el deporte tenderá a ser depositario de esos viejos valores que acaban pareciendo los únicos válidos, casi un reducto feliz para una estirpe de hombres y el mundo que ellos han creado (y que incluye a las mujeres que se acomodan a él). Un sistema viciado que permite, vías de escape cuando la presión es peligrosamente alta, altavoces de protesta cuando un árbitro es agredido por su condición sexual o una pequeña catarata de halagos medidos cuando un deportista decide salir del armario. La homofobia, lo escribí cuando Jason Collins reveló que era gay, está fuertemente enraizada en el machismo y germina en el mismo caldo de cultivo que todos esos otros ismos: racismo, sexismo, clasismo… El deporte desde ese punto de vista es una cuestión de género que se imbuye en contacto con la alta competición de valores tradicionalmente masculinos, de la fuerza física al instinto de prevalecer por encima del resto. La feminización perpetua del gay lleva a considerarlo menos apto. Con la lesbiana y su masculinización se aplica el prejuicio contrario. Mientras, los medios de comunicación y la descomunal industria que finalmente define al deporte de elite hacen poco por cambiar estos estereotipos. Detrás de la diferencia mal entendida está el prejuicio y al doblar la esquina de este, el odio. Sexismo o racismo, engranajes de una estructura social y cultural que sigue finalmente definida por barreras y estratos socioeconómicos.

 

Pero los mandamases, habitantes de despacho y dueños, también los periodistas, siguen siendo mayoritariamente hombres, blancos y heterosexuales. El blanco acaba representando el poder político, la moral oficialista, la racionalidad o el progreso mientras que el negro, o en otro lugares el gitano, representa lo sensual, lo artístico y, en un perverso giro de este pensamiento, cierto nivel de patología cultural. ¿Y el gay? En algunos terrenos, con el deporte a la cabeza, es el último de la fila, un tabú del que nadie se libra o un cliché del que nadie se preocupa. Los insultos en los estadios, en los que finalmente también se ridiculiza lo femenino, valen como ejemplo obvio. Hay muchas situaciones (los insoportables ismos) en las que palabras como negro, gay y mujer resultan perfectamente intercambiables.

 


La mujer que ha denunciado a Derrick Rose ya ha sido definida por la defensa de este, más preocupada de inicio por esta estrategia que por probar la inocencia de su cliente, como muy activa sexualmente, incluso agresiva. La que aparece en el vídeo de los muchachotes del Eibar está siendo tratada en rangos que van de la indiferencia a la insignificancia pasando por el desprecio. Ni hablemos de las víctimas de los asquerosos comportamientos de Doland Trump en Estados Unidos. Un país donde, por ejemplo, el equipo de baloncesto de la Universidad de Louisville se perdió el último torneo universitario por el escándalo de unas fiestas de reclutamiento de jóvenes talentos que incluían prostitutas de lujo: parte del regalo, un objeto más. El machismo no se irá sólo: es tan inherente a nuestras sociedades que estará mientras no trabajemos para que no esté. Y eso incluye al deporte, a las mujeres que lo practican y a las periodistas que lo cuentan, sometidas tantas veces al tabú que supone su éxito ante los ojos de un hombre primitivo y cercado: del si no estuviera tan buena al a quién se habrá tirado esa. El deporte ha sido parte tradicional del problema, también es  motor de la solución, un excelente campo de batalla porque finalmente vive de historias maravillosas y es un generador, nos guste o no y sea justo o no, de referentes sociales. Los deportistas de elite no están obligados por ello a hacer lo que los demás queramos que hagan, pero sí tienen una deuda, al menos en lo más básico, con quienes los idolatran. La misma que tenemos los periodistas y que tienen los aficionados/consumidores. Porque hace mucho tiempo que es demasiado tarde.

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miércoles, 03 agosto 2016

Por Juanma Rubio

Del sueño a la redención: ¿puede perder Estados Unidos?

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La última derrota de la selección de Estados Unidos, el Team USA que parece otra vez inalcanzable para los demás, llegó en el Mundial de Japón, en semifinales: 95-101 ante Grecia, dos días después desmontada por España (70-47), el 1 de septiembre de 2006. Si se lleva el oro en Río cumplirá una década sin haber perdido un partido oficial. Ha conseguido que nos parezca una cuestión de simple sentido común pero ha sido en realidad un proceso fascinante: de la gloria al fango y de regreso: del Dream Team a la peor crisis de su historia y de ahí al Redeem Team: del sueño a la redención, las dos mejores generaciones de la historia del baloncesto NBA hilvanadas por el fino hilo de la selección nacional.

 

El proceso, al menos en el trazo grueso, es conocido: Barcelona 92 abre la puerta olímpica a los jugadores de la NBA y reúne a un grupo de ellos (Magic, Bird y Jordan a la cabeza) que aunaba los sueños heroicos de la era que transformó la competición en el gigante que ha sido desde entonces. Lo nunca visto, el mejor equipo de la historia. Uno que jugó, en Mónaco y en plena preparación, un partidillo amistoso dividido en dos bandos a los que el entrenador Chuck Daly pidió que compitieran a muerte. Fue, para los periodistas que estaban allí, el mejor partido de la historia… que nadie vio jamás. Michael Jordan también aseguró que nunca había participado en algo como aquello. Este tramo de leyenda se prolongó con el Dream Team II de Atlanta 96 (otra locura: Charles Barkley, Karl Malone, Hakeem Olajuwon, Shaquille O’Neal, John Stockton, Reggie Miller, Gary Payton, Scottie Pippen, David Robinson, Mitch Richmond, Grant Hill, Penny Hardaway) y finalizó en Sidney 2000, donde la fórmula enseñó costuras pese a Ray Allen, Vince Carter, Kevin Garnett, Gary Payton o Tim Hardaway. Estados Unidos ganó el oro pero se llevó un sofoco por entonces histórico en semifinales: 85-83 a una Lituania que tuvo el milagro en manos de Jasikevicius. Tampoco le sobró tanto en cuartos ante Rusia (85-70) y en la final ante Francia (85-75). Los nuevos tiempos llamaban a la puerta: a Estados Unidos ya no le bastaba con ir, ver y vencer. Y el baloncesto FIBA estaba entrando en una nueva dimensión gracias en gran parte a, todo son finalmente vasos comunicantes, el inicio del salto cada vez más masivo de jugadores no estadounidenses a la NBA.

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A aquel 24-0 durante ocho años con toque de atención final le siguió un período de oscurantismo que hace pocos días recordaban en una excepcional oral story Bill Leopold y Ben Teielbaum para NBC. Allí está todo: el descenso al infierno, el reparto de culpas, la reflexión y reconstrucción y el regreso al trono. Con un grupo de nombres sin estructura ni sentido, Estados Unidos descubrió su vulnerabilidad en el Mundial 2002, en Indianapolis: sexta, tres derrotas en nueve partidos. Pero un Mundial, incluso en su casa, es apenas un rasponazo para el Team USA. La brecha, la herida por la que se desangró su concepción etnocentrista del baloncesto fue Atenas 2004. Un campeonato en el que el roster se hizo en pocos días, apenas una suma de cromos sin atender (por última vez) ni a la química del grupo ni a las necesidades del baloncesto FIBA. Parches que apenas casaban con el ultra estricto Larry Brown y jugadores que ahora son leyenda pero que por entonces eran apenas niños (LeBron, Carmelo, Wade) junto a Iverson, Stoudemire, Odom, Boozer, Marbury…

 

Aquel equipo fue bronce con más derrotas (5-3) de las que había sufrido el baloncesto estadounidense en toda su historia olímpica. La primera sin apenas competir contra Puerto Rico, que le avergonzó con un Carlos Arroyo imperial. También cayó ante Lituania (cuatro años después, la venganza de Jasikevicius) y en semifinales contra la inolvidable Argentina de la generación dorada y en un manual de cómo se ganaba a aquellos Estados Unidos disfuncionales en los que Larry Brown se peleaba con Marbury e Iverson, Stern criticaba a Brown y el resto de jugadores casi ni sabían qué hacían allí. Defensas zonales que les obligaban a lanzar desde la media y larga distancia y ataques con jugadas de pick and roll y cortes que los NBA apenas leían. Una pesadilla albiceleste para un equipo que un año antes había destrozado a ese futuro campeón olímpico (106-73) en el Torneo de las Américas.

 

En realidad no era el mismo equipo, claro. En un año se habían caído nueve de los doce de 2003. En Atenas tampoco se formó un equipo que podría haber tenido un quinteto con, por ejemplo, Kobe Bryant, Shaquille O’Neal, Ray Allen, Kevin Garnett y Jason Kidd. Unos por lesión, otros por inminente paternidad y unos cuantos porque había cundido el pánico terrorista: fueron los primeros Juegos posteriores al 11-S y Atenas no transmitió una imagen demasiado tranquilizadora antes del evento. Consumido por una falta intolerable de estructura y el crecimiento de sus rivales, Estados Unidos se abocó al diván del psicoanalista.

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Entonces cambió todo: Jerry Colangelo asumió los mandos y Mike Krzyzewski fue elegido entrenador tras un cónclave en el que fue bendecido por viejos rivales de banquillo y por un comité de leyendas con Michael Jordan, Larry Bird y Jerry West a la cabeza. Eran dos figuras de una autoridad incuestionable en el baloncesto estadounidense, dos que pidieron trabajar sin ataduras ni obligaciones, con libertad y desde la premisa de que era necesaria una estructura real: una cultura, un regreso a valores perdidos que comenzaban por el respeto al rival, a la competición y a la propia camiseta. Y un esfuerzo explícito y profundo por cambiar desde la asunción, poco antes impensable, de que ya no bastaba con reunir a doce grandes jugadores y lanzarlos al tapete como si fueran dados. El proceso se llevó su último guantazo con aquella derrota ante Grecia en 2006, pero ya estaba en marcha. Tanto que aquello fue más un refuerzo, una lección bajo el principio de que la letra con sangre entra, que un golpe dañino para unos cimientos que ya se habían consolidado: El Redeem Team ya estaba en el horno.

 

De Pekín a Londres pasando por los Mundiales de Turquía y España, Estados Unidos ganó y recuperó el rastro de admiración que había perdido, en su casa y en las de los rivales. Recuerdo a Coach K, en el Mundial 2014, saliendo de las salas de prensa saludando a todo el mundo, desde organizadores hasta el personal de limpieza. El baloncesto NBA, además, ha evolucionado hacia una fórmula letal para los rivales FIBA si se parte de su superioridad en talento y físico: tiro exterior, juego colectivo, muchos pases, alternativas defensivas… Ese Mundial evidenció que la brecha se había abierto de nuevo, en cuanto Estados Unidos se reagrupó y los rivales ya no eran, además, aquellas históricas Argentina y España, las dos (cada una a su manera) en proceso de salida de sus años de máximo esplendor. Sin la primera línea de su firmamento pero con algunos que estaban entrando en él (Stephen Curry, James Harden, Kyrie Irving Klay Thompson… pero todos en versión 2014, recuerdo), el torneo fue una exhibición que promete otra en Río. ¿Pueden perder? Siempre hay que dejar una puerta abierta en el mundo del deporte pero la respuesta es no. No si no sucede algo sencillamente milagroso. No en mi opinión y a pesar de que viví en primera persona los sucesos de la Final 2016 de la NBA, el último gran recordatorio de que en el deporte siempre, y a pesar de todo, puede suceder lo increíble.

 

Estados Unidos debería ser oro sin grandes sustos (Kevin Durant, Paul George, Kyrie Irving, Klay Thompson, Carmelo Anthony, Draymond Green, DeMarcus Cousins…). Su equipo es extraordinario pero es un equipo B. A pesar de tanta estrella descomunal: son todos los que están pero no están todos los que son: LeBron James, Stephen Curry, Kawhi Leonard, Russell Westbrook, Chris Paul, James Harden y Anthony Davis, por ejemplo, son más de medio equipo que hubiera estado en Rio si todos hubieran querido o podido, según el caso. Y faltan otros cuantos, y un tercer y casi hasta un cuarto equipo que se puede formar y que parecería superior a cualquiera de ámbito FIBA ante el último torneo de Krzyzewski. Que se va y deja como relevo a Gregg Popovich: para quien crea que Estados Unidos caerá en errores del pasado, Pops es la línea roja.

Curry

 

Porque en realidad, ese es el gran peligro y ese es un factor que seguramente haya incidido (junto a lesiones, agotamientos y situaciones contractuales) en la plaga de bajas del Team USA 2016, aún así formidable: el riesgo es el espejo, volver a sentirse invulnerables, perder la motivación tremenda que supuso apodarse Reedem Team y trabajar para recuperar una corona que nunca creyeron que iban a perder. Eso tendría que coincidir con una no precisamente pequeña serie de catastróficas desdichas y con la aparición de otro equipo generacional en el mundo de selecciones. De la mezcla de todos esos factores podría salir otra debacle, ahora mismo casi imposible de imaginar. Porque ahora, con la mayor profundidad de talento de, tal vez, toda la historia del baloncesto NBA, vuelve a parecer que todo está en sus manos y que el reinado será suyo mientras quieren que sea así.

 

Porque sí, eso que vuelve a parecer puro sentido común, no era así hace tanto. Y el proceso de refundación y regreso ha sido apasionante y ejemplar, de la cura de humildad a la reeducación con el eje de ese talento que nadie más tiene para jugar al baloncesto. En Río, en apenas tres días, volveremos a comprobarlo.

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miércoles, 20 julio 2016

Por Juanma Rubio

Pau Gasol y los nuevos Spurs: sobrevivir a Tim Duncan

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¿Pueden los Spurs seguir siendo los Spurs sin Tim Duncan? Esencialmente, este milagro en movimiento ha sido obra de Gregg Popovich y Duncan, y que me perdone esa genealogía gloriosa que va de David Robinson a Kawhi Leonard pasando obviamente, y parándose ahí a celebrar una de las historias más hermosas que jamás ha dado el deporte, por Tony Parker y Manu Ginóbili. Pero hay un hilo nada invisible que lo unía todo, del vestuario y el banquillo a la pista. Una influencia ética y deportiva, cultural y transversal, que pasaba por Tim Duncan. Cuesta no imaginar un halo de melancolía de punta a punta de la franquicia que se ha quedado sin él, comenzando por el propio Popovich, tan plenamente consciente de qué y quién era Duncan. Más que un jugador, una identidad. No sé si finalmente y en estos nuevos tiempos los Spurs, hasta ellos, dan ya irremediablemente pasos a un lado. Eso sentí la temporada pasada, y sé que es un pecado decirlo de un equipo que ganó 67 partidos. Pero eso son los Spurs: cualquier medida se hace desde el corazón de la excelencia. No hablo de desplomes ni desapariciones, solo de ese punto último de finura, o más bien de recursos, que tiene que ver con los playoffs y no con ser una máquina de triturar el alma de los rivales en Regular Season.

 

Y hablo también de lo deportivo: Tim Duncan seguía, casi dos décadas después y evidentemente en un ocaso ahora completado, un jugador primordial, extraordinario. Más allá de los números, aún así imponentes en mediciones ajustadas. Su labor como ancla en defensa seguía siendo esencial, su conocimiento de cuándo y dónde estaba cada uno de sus compañeros en cada ataque, también. Tim Duncan ha sido el mejor de la historia en su puesto, ha sido un jugador extraordinario y ha sido San Antonio Spurs. Él ha sido la franquicia, al menos tal y como la conocemos ahora: una de las grandes, un acontecimiento milagroso en un mercado antaño minúsculo. Cuando Duncan sencillamente no podía seguir en pista mientras el small ball de los Warriors rastrillaba la cancha a velocidad supersónica, la sensación era de una fragilidad última, difícil de detectar en la primera mirada, que los Spurs jamás hubieran tenido cuando todavía podían adaptar los partidos a Timmy… y viceversa. No es una crítica, es el signo de los tiempos. Y, funcione o no, no hay mejor forma de combatirlo que LaMarcus Aldridge un verano y Pau Gasol el siguiente. Bueno, había una mejor en el mercado… pero se fue ha ido a jugar a los Warriors. Precisamente.

 

Poco más de dos años después de haber jugado uno de los mejores baloncestos de la historia en las Finales de la revancha ante los Heat, a los Spurs se les ha caído casi toda su selvática profundidad, ajustes de salario, y se han tenido que enfrentar a una bajada de nivel de Parker, Green y Ginóbili que afectó a su potencia exterior y a una circulación menos intuitiva por el vuelco hacia zonas más próximas al aro y también por la llegada de LaMarcus, un jugador de aclarados y finalización durante toda su carrera en los Blazers. A cambio Kawhi Leonard se ha situado en la órbita de los cinco mejores jugadores de la NBA, a falta de la enorme prueba que supondrá para él asumir un liderazgo que tiene que ser suyo, en el mismo estilo silencioso del que ejercía Duncan. Leonard es pura genética spur pero ahora se enfrentará a una ausencia descomunal, no por prevista menos difícil, seguramente imposible, de rellenar.

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 Y en esas llega Pau Gasol, que por cierto se retirará habiendo vestido las camisetas de Lakers, Bulls y Spurs. Un Gasol de 36 años pero capaz de mantener una producción numérica en volúmenes de all star. Que a veces en Chicago jugó peor de lo que decía la estadística pero que desde luego acabó siendo el factor más estable de un equipo que acabó yéndose literalmente por el desagüe. Pau será titular en el lugar de Duncan y jugará para uno de los mejores entrenadores de la historia, uno que ya le quiso hace dos años y que sabrá exprimir su talento para anotar y pasar mientras buscará las posiciones donde todavía puede incidir en defensa, un asunto que será delicado con él y Aldridge por dentro y el actual Parker por fuera. El propio LaMarcus jugó su mejor temporada defensiva a las órdenes de Pops, y Dedmon pondrá el toque de elasticidad que obviamente le falta a una pareja interior de extremada finura ofensiva. Desde luego los Spurs competirán y serán uno de los mejores equipos de la Regular Season. ¿Pero van a estar en mejor disposición que hace un año de retar a Warriors y Cavaliers? Diría que todo lo contrario, al menos a priori. Pero como mínimo seguirá siendo interesante evaluar su marcha crujiente y a contraestilo, desde un frontcourt gigante –Leonard, Aldridge, Gasol- en la era de los quintetos pequeños y la liquidación de las posiciones fijas en pista. Será difícil que soporten a unos Warriors en plenitud. Pero me temo que ese problema no va a ser solo de ellos, en todo caso…

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También podría ser, en julio todos los planes son todavía posibles, que a Parker y Green le quede un repunte, Kawhi dé otro paso adelante y surjan jugadores como Bertans para añadir potencia de fuego contra los rivales a los que, por muy bien que defiendas, no vas a dejar en 95 puntos en cuatro partidos de una eliminatoria de siete. Son los Spurs, todo es posible. Y es cierto que la desintegración de los Thunder les borra otro rival en un Oeste de pronto mucho menos salvaje. Un rival que les resultaba además especialmente molesto. Pero el caso es que imagino a unos Spurs peores, más por la ausencia de Duncan, y todo lo demás, que por la presencia de Gasol, con el que conviene evitar las opiniones más enfrentadas y ceñirse al juicio como mínimo templado, en buena revisión de momentos y lugares, que merece un jugador extraordinario, que ha hecho de su longevidad la prueba última de su talento. Y que no es el mejor de la historia en su puesto, como Duncan, pero sí uno de los grandes. Diría que situado ya en algún lugar entre los diez y quince mejores…

 

Salga bien o mal, los Spurs son un destino ideal para él. A pesar de todo, a pesar de que puedan no ser ya, al fondo del primero fogonazo, los mismos Spurs. Ya lo eran hace dos años, cuando él eligió Chicago por razones entonces perfectamente comprensibles. Es una nueva etapa, en una franquicia que acumula casi dos décadas de excelencia y es una NBA que incluye a un rival que partirá con uno de los mejores quintetos iniciales de la historia, quizá el mejor. Puede que precisamente eso, nuevos retos, sea lo que necesiten tanto los Spurs (Popovich…) como el propio Pau, por mucho que finalmente la realidad acabe siendo demasiado tozuda. Yo sigo sin ver forma, y menos ahora con Kevin Durant, de que los de Texas le ganen cuatro partidos de siete a los Warriors... pero ahí están las pasadas Finales para recordarnos que aunque no podamos esperar un milagro anual, siempre que hay que seguir mirando con la máxima atención. No vaya a ser que...

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jueves, 19 mayo 2016

Por Juanma Rubio

Popovich, la NASA y el principio del fin de los Spurs

Spurs1

 

Hace 19 años que los Spurs no se quedan fuera de playoffs y los mismos, estrictamente la carrera de Tim Duncan y casi la de Gregg Popovich, que no bajan del 60% de victorias en Regular Season. Su milagro ha sido un proceso tan lógico y tan estructurado que casi ha parecido sencillo: la revolución de la evolución, un caso único en la historia del deporte. Por eso la franquicia texana ha pasado de no dar titulares a dar constantemente titulares porque no da titulares. Y por eso se ha convertido en el epitome del trabajo bien hecho y de la victoria como motor y finalmente meta en una NBA cada vez más alterada y cortoplacista. Pero los Spurs han perdido mucho, el precio de competir casi siempre: han ganado cinco anillos, han perdido todo lo demás en casi dos décadas de ser aspirantes de primera categoría prácticamente cada año. Sus derrotas son un hilo narrador de su proyecto y un testamento de su grandeza (la cicatriz como testimonio) casi tan grande como sus victorias. Y en 2016 han vuelto a perder. La remontada encajada ante los Spurs tras su mejor Regular Season (67 victorias) y tras un 124-92 en el primer partido de la serie ante los Thunder, es otro punto cardinal en una cartografía que incluye la canasta ganadora de Chris Paul en el séptimo partido de 2015, el triple de Ray Allen en las Finales de 2013, el 2+1 de Nowitzki ante Ginóbili en 2006 o la canasta de Derek Fisher a falta de cuatro décimas en 2004. De Durant y Westbrook a Fisher: doce años puestos en fila, y todavía habría que remontarse cinco más para encontrar el primer anillo de Popovich y Duncan (1999). Este equipo no es una vida: es una era.

 

Ahora han perdido. Antes de tiempo y después de meses de anticipación de la final del Oeste Warriors-Spurs. La guerra de los mundos que no fue. No han fracasado ni han hecho el ridículo ni les ha pasado nada que no sea una derrota inesperada pero posible ante uno de los cuatro equipos con opciones reales (eran tres y medio: Warriors, Spurs, Cavaliers y ese medio, la wildcard, unos Thunder ahora ya candidatos de pleno derecho). Hoy en día, todo el que no falla puede ser motivo de burla o de demolición. Y el deporte no funciona así ni su Regular Season es menos espectacular solo porque después se hayan quedado cortos. La misma lógica se puede aplicar a los Warriors: su 73-9 seguirá siendo algo absolutamente alucinante si no son campeones. Sería un golpe, se harían bromas y se analizaría de forma ventajista. Pero cuando pase todo eso, quedará el 73-9. Y el 67-15 de los Spurs.

 

¿Qué hace cada equipo? Lo que considera mejor. Los Warriors se vieron ante la historia y la devoraron. Los Spurs llevan años dosificando fuerzas y midiendo rotaciones. Estropeando partidos de Regular Season (más o menos desde 2011) para ganar partidos de playoffs. Cada equipo, lo que considera mejor con lo que tiene y con cómo lo tiene. ¿Qué funciona? Todo… y nada. Los Warriors no van a ser campeones ni a dejar de serlo por haber ganado 73 partidos en lugar de 71 y a los Spurs no les ha funcionado en 2016 y 2015 lo que sí les funcionó en 2014. Porque a veces todo depende de una canasta (Fisher, Nowitzki, Allen, Paul…). Incluso ante los Thunder, los Spurs acabaron siendo peores en una serie en la que pronto dejaron de ser mejores. Pero todo el tramo central de la eliminatoria se resolvió en finales apretados. En los que influye la planificación, estructura y ejecución de cada uno, pero también que un tiro rebote o no en el aro. Es la teoría de algunos: la NBA es finalmente una liga de make or miss, meter o fallar. Y no es ni una cosa ni otra. Y luego está lo imprevisible, que es la carne de los playoffs: los Thunder han pasado de ser el peor equipo de la NBA en finales igualados en Regular Season solo por detrás de los Sixers a firmar, por ahora, un 5-2 a favor en duelos que llegan a los últimos cinco minutos con el marcador en ventajas de cinco puntos o menos.

 

Y ahí están los Spurs, de vacaciones y con Popovich diciendo que nada es para tanto en un mundo en el que la NASA ha descubierto 1.200 planetas habitables. Al fin y al cabo, solo es baloncesto. Pero en este pequeño microcosmos dentro del universo de las cosas muy poco importantes, hay una pregunta importante. Y angustiosa: ¿se han acabado los Spurs, estos Spurs? Probablemente sí. Pero puede que no: eso pensamos después de las Finales de 2013, cuando el puñal de la remontada imposible de los Heat parecía un golpe mortal. Pero es que eso pensamos también en 2011, cuando a una temporada de 61 victorias le siguió una eliminación en primera ronda ante los Grizzlies. Han pasado equipos y generaciones, modas o transformaciones en el juego, y los Spurs han acabado flotando en todas las aguas. Como un corcho, pero con GPS.

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Pero esta vez puede que sea más distinto que lo distinto que era otras veces. Tim Duncan tiene 40 años y no sabe si seguirá. Manu Ginóbili cumplirá 39 en julio y ya se planteaba hace un año qué hacía corriendo detrás de chicos de 20 ochenta y dos agotadoras noches. Y Tony Parker tiene 34 pero su rendimiento está en claro declive. Y los Spurs, estos Spurs, son ellos tres. Y Popovich, que ha perdido un duelo de banquillos contra Billy Donovan, nuevo en la NBA pero desde luego no novato (19 años en Florida). Sucede: también creemos que Popovich siempre gana y no es cierto. Y eso no implica que no esa uno de los tres o cuatro mejores entrenadores de la historia. Otra vez: muchas cicatrices por cada triunfo. Los Spurs que pueden venir, con Leonard, Aldridge y quien sea, serán ya otro equipo en cuanto no estén, como mínimo, Duncan y Ginóbili. En las Finales 2014, una de las mayores exhibiciones de la era moderna de la NBA, el MVP fue Kawhi. Pero Parker jugó 35 minutos por noche y anotó 18 puntos de media, Duncan firmó 15+10 en 33 minutos y Ginóbili 14,4 y 4,4 asistencias en casi 29 minutos.

 

En 2016, además, Danny Green bajó su porcentaje exterior, Patty Mills no fue el mismo (post lesión) de un par de años antes y problemas musculares tuvieron a Diaw fuera de foco en el tramo final de competición. Y los Spurs, un martillo pilón en Regular Season, se quedaron sin puntos y sin variantes ante las embestidas de músculo y talento concentrado de los Thunder. Podrían haber pasado la eliminatoria y habrían mantenido intactas sus opciones de ser campeones. Pero perdieron. En parte, porque parecieron siempre un plan anti Warriors y les terminó atrapando un rival muy diferente. Su transformación, de la máquina móvil y elástica que escupía triples dos años antes al panzer defensivo con mucha incidencia en el pick and roll y las zonas templadas del ataque resultó… hasta que dejó de hacerlo. Sencillamente, es el baloncesto. Los Spurs, entre la evolución de su roster, las posibilidades del mercado y la presión de los Warriors, trataron de mutar hacia una mezcla de sus dos versiones ganadoras, la primera de Duncan y Popovich con David Robinson y la segunda, con ellos dos y todos los demás. Funcionó muy bien… durante unos meses. Pero ante los Thunder la defensa no bastó y el ataque no dio suficientemente de sí. Lo que ganó el anillo hace dos años (circulación, tiro, penetraciones y pases extra) no ha aparecido cuando los lanzamientos no han entrado y los que partían defensas (Parker, Ginóbili…) ya no han podido atacar a partir de esa (excepcional) velocidad de ejecución (y decisión) que tenían.

 

Ahora los Spurs tienen que repensarse otra vez. Lo que no es noticia… salvo que se vayan Duncan y Ginóbili y los Spurs dejen de ser los Spurs. Al menos ya han visto que, incluso de nuevo con ellos, tienen que ser otra cosa. Y eso contando con que lo mejor podría ser que siguieran desde un punto de vista ajeno al emocional, donde la conexión es obvia. A 5,6 y 2,9 millones, respectivamente, aportarían hasta donde pudieran en salarios muy beneficiosos a la vista de un cap que se va a ir por encima de los 90 millones. Tampoco hay una certeza absoluta sobre lo que pasará con David West, Marjanovic o Boris Diaw, ni por lo tanto qué opciones manejarán en un mercado en el que ya se les ha vinculado con Pau Gasol, Mike Conley y hasta Kevin Durant, opción volátil que se llevó un buen revés cuando precisamente los Thunder les eliminaron. Las grandes certezas son los contratazos: LaMarcus Aldridge tiene pendientes tres años por más de 64 millones y Kawhi Leonard, cuatro por casi 78. Contratos sacando músculo, a priori ventajosos, asunto que cambia si se miran los casi 30 millones que tiene que cobrar Tony Parker hasta 2018 y los 30 que le quedan a Green hasta 2019. Lo que tuvo sentido puede dejar de tenerlo… y después recuperarlo. Green tiene todavía 28 años por los 30 de Aldridge.

 

Los Spurs habían despertado mucha expectación y habían respondido a ella durante la Regular Season. Se vendió que no se hablaba de ellos, pero no era cierto. Sencillamente les hacían sombra los Warriors, como a todos. Pero su capacidad para retener a los jugadores que querían retener y para atraer a una estrella (estrella, no mega estrella) que ayudara a asfaltar el puente generacional que estaba tendiendo Kawhi les habían situado en todos los radares. Después firmaron el 40-1 en casa y las 67 victorias con el séptimo mejor más/menos de siempre (+10,6), la mejor cifra de un equipo que no ha llegado como mínimo a la Final de su Conferencia. Se puede analizar en qué han fallado o simplemente pensar que en el microcosmos de una eliminatoria puntual fueron peores que un rival al que habían dejado a doce victorias en Regular Season. En uno u otro caso, el proyecto 2015-16 se ha quedado corto y el próximo, 2016-17, puede ser el primero de algo así como los post Spurs, la primera mutación verdaderamente tangible de uno de los mejores y más asombrosos (por longevidad y mecanismos) bloques de la historia del baloncesto. La revolución de la evolución, tal vez el fin... al fin. Pero, ¿ y si…?

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viernes, 06 mayo 2016

Por Juanma Rubio

Larry Bird es su cosmovisión, pero esta vez se ha equivocado

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Larry Bird era (es) un tipo difícil, un competidor enfermizo, un compañero duro y un rival imposible. Es vieja escuela. No: es la vieja escuela. Con 59 años, nadie va a cambiar esa especie de cosmovisión que es su visión del baloncesto. Ganó tres anillos, fue dos veces MVP de las Finales, tres de la Regular Season… y 12 All Star. Larry Bird se enfadaba cuando le ponían defensores blancos porque le parecía una falta de respeto. Larry Bird jugó con la espalda hecha un puzzle y aniquilado por el dolor, Larry Bird tardó años en sentir simpatía por Magic Johnson porque sentía que eso le debilitaría en aquellos inevitables duelos que convirtieron la NBA en lo que es hoy. Larry Bird le decía a sus defensores como iba a anotar en el siguiente ataque y anotaba… exactamente así. Cuando Kevin McHale puso el récord de anotación de los Celtics en 56 puntos (marzo de 1985, ante los Pistons), Bird le dijo que tendría que haber intentado meter 60. Y nueve días después, él metió 60 porque sí: con el partido resuelto, metió 19 puntos en el tercer cuarto y 18 en el último, la última canasta sobre la bocina. Porque sí. Y ahora, cuando ha tenido que explicar las razones de la no continuidad de Frank Vogel, ha regresado a su cosmovisión: en mayo de 1997 Donnie Walsh buscaba entrenador para los Pacers. Cuando se lo planteó a Larry Legend, el paleto de French Lick, la gran personalidad del estado de Indiana, no se llevó una respuesta general sino una explicación detallada de cómo serían los entrenamientos, los sistemas de juego, el trato con los medios y la planificación, de la pretemporada a las Finales. Y se llevó una advertencia: “pero estaré tres años, pase lo que pase. Después los jugadores dejan de conectar contigo”. Pase lo que pase. Los Pacers con Bird (1997-2000, Entrenador del Año en la 1997-98) jugaron dos finales del Este y una de la NBA (2-4 ante los Lakers). Después se fue (tres años) y llegaron Isiah Thomas… y tres derrotas en primera ronda de Conferencia.

 

Larry Bird se ha equivocado (creo) al no ofrecer un nuevo contrato a Vogel. Es imposible saber si saldrá bien o mal en lo deportivo, pero como mínimo el discurso fue fallido, también las formas y el mensaje: la plantilla de esta temporada podría haber dado más de sí (falso), hace falta un nuevo impulso y un nuevo motivador (discutible), no llamaré a Kevin McHale porque me une una relación demasiado estrella con él (muy cuestionable) y considero que el estilo de juego tiene que ser más flexible y ofensivo (válido… pero veremos).

 

Para empezar, Bird reajusta la historia cuando asegura que hace falta un cambio de ciclo y que él lo vivió en primera persona. No le salió bien cuando se fue y llegó Isiah. Y como jugador vio como su reverenciado acertó al sustituir a Bill Fitch por KC Jones después de perder una final del Este. Jones llevó a los Celtics a cuatro Finales seguidas pero cogió un equipo con Bird, McHale, Parish, Ainge, Dennis Johnson, Quinn Buckner, Cedric Maxwell… En el quinto año de su ciclo, los verdes perdieron la final de Conferencia y se nombró entrenador a Jimmy Rodgers… que perdió en primera ronda de playoffs. Los cambios pueden ser oportunidades y desde luego pueden ser positivos, pero no lo son per se, por el cambio en sí mismo.

 

Los Pacers cierran el ciclo Fran Vogel (2011-2016) con un 58% de victorias (250-181), con dos finales del Este perdidas ante los Heat de LeBron y el recuerdo de un equipo construido sobre las ideas de su entrenador, que sacó el máximo (ahora lo sabemos) de jugadores como Lance Stephenson y Roy Hibbert. Y cuyo gran pecado fue no controlar de la mejor manera el ascenso desproporcionado de los egos en un vestuario que de repente se sintió mucho mejor de lo que era. Después, Vogel llevó a Indiana a 38 victorias (las mismas que el octavo clasificado que entró en playoffs, Brooklyn Nets) en la temporada jugada casi completamente sin Paul George. Y este año lo ha metido en las eliminatorias (en las que no han estado Bulls, Wizards o Bucks, por cierto) con una plantilla poco profunda y descompensada, con una súper estrella (George), una pieza esencial para el futuro (el pívot Myles Turner, número 11 del último draft)... y no mucho más. Desde ese punto de vista, se podría afirmar que Vogel ha cumplido mejor con su parte que Larry Bird con la suya: fichó a Monta Ellis para jugar de otra manera pero este ha dado a los 30 años síntomas de declive, igual que George Hill (30 también y nunca un playmaker, por cierto). Jugadores como CJ Miles, Lavoy Allen o Rodney Stuckey han tenido que funcionar por encima de su lugar lógico en una rotación competitiva. Y en muchos tramos de la temporada, lo han hecho.

 

Los Pacers, de hecho, llegaron como séptimos a playoffs y solo cedieron en los últimos instantes del séptimo partido. Entre otras cosas, porque estuvieron muy bien entrenados. El discurso de Bird no fue del todo justo con Vogel, como no lo fue que sugiriera sin mucha delicadeza (su cosmovisión) que este casi le imploró por su puesto y por un nuevo comienzo. Larry Bird tiene derecho a buscar un estilo nuevo y un impulso regenerador, y su acierto solo lo juzgarán los resultados futuros, pero los primeros nombres que pone la prensa de Indianápolis sobre la mesa generan más dudas que el del entrenador que se va: Brian Shaw (excompañero de Bird y exasistente de Vogel) no funcionó en Denver, Mark Jackson (pasado como jugador en Indiana) no lució en los Warriors precisamente por sus sistemas de ataque (luego llegó Kerr… y ya se sabe), Randy Wittman es de la zona y jugó en los Pacers pero ha salido de muy mala manera de Washington, a Mike Woodson (otro nacido allí, donde además fue ídolo de instituto y jugó en la Universidad de Indiana) se le conocía en Atlanta y Nueva York por su ataque absolutamente basado en aclarados para Joe Johnson/Carmelo Anthony, Nate McMillan forma parte del actual cuerpo técnico (no sería precisamente una revolución) y Mike D’Antoni sería una revolución ofensiva, desde luego, pero su premio de Entrenador del Año se remonta a 2005.

Vogel

 

Bird despidió a Vogel con buenas palabras pero dejó caer, y se le puede sacar punta, que gran parte del trabajo defensivo que ha hecho competitivos a estos Pacers ha llevado la firma del asistente Dan Burke (lo mismo que se decía del Vogel ayudante de Jim O'Brien: todo es cíclico). La cuestión ahora es si Larry Bird, en su actual viraje hacia el small ball y el juego de ataque, tiene una hoja de ruta bien diseñada. Si se entrará en reconstrucción y por lo tanto si se dejará salir a Paul George... y hasta si Myles Turner encaja de lleno en el nuevo proyecto (así debería ser). No es lo mismo transformar que reconstruir y ninguna de las dos opciones tiene una sola cara. Pero esta vez parece que Larry Bird (que le recuerda a su mujer que quizá no le quede mucho porque los tipos de su altura no suelen llegar a muy viejos: su cosmovisión) se ha equivocado. O eso parece. Y lo ha hecho por mucho Larry Bird que sea… o seguramente porque es Larry Bird, uno de los mejores jugadores y una de las personalidades más fascinantes de toda la historia del baloncesto.

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miércoles, 06 abril 2016

Por Juanma Rubio

Casi dos temporadas después... ¿quién es Nikola Mirotic?

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La NBA, casi dos temporadas completas después, sigue mirando con curiosidad a Niko Mirotic. Con cierta desazón pero con curiosidad. Su lugar todavía no está claro, lo cual significa que sus oportunidades perdidas no le han debilitado por completo pero también que sus buenos momentos siguen llevando, un año después, la incógnita del novato en un equipo que, y eso no ayuda a dar claridad, es una absoluta incógnita en sí mismo. Qué depende de la disfunción colectiva y qué no, cómo separar lo que corre de su cuenta del movimiento de placas tectónicas que está demoliendo a los Bulls, entre el mal final de la era Thibodeau y el pésimo inicio de la era Hoiberg...

 

A priori el curso 2015-16 era prometedor para Mirotic: Hoiberg, cosas del verano, iba a primar un estilo más abierto y valiente en ataque y era un entrenador que había sacado chispas a la posición de cuatro abierto en Iowa State. Después, los Bulls han sido un desastre sin identidad. Por culpa de las lesiones, de las idas y venidas de Derrick Rose y su difícil encaje con Jimmy Butler, de la desaparición del régimen defensivo de Thibodeau sin que haya ocupado su espacio nada que no sea un enorme vacío... Los Bulls ganan unos partidos por su ataque, con sesenta estilos distintos que no es ninguno en realidad, y otros por su defensa, que de repente en otros partidos desaparece por completo. Unos días compiten a sangre y fuego y otros se dejan ir y el resultado es que afrontan, salvo milagro, sus primeros playoffs de vacaciones en ocho años. Eso, se mire como se mire y contando con el obvio repunte del Este, sería un fracaso mayúsculo y una invitación a la revolución en una franquicia que no parece saber por dónde avanzar. Unos días se habla (por poco sentido que tenga) del traspaso de Butler, otros del relevo de Rose en el puesto de base (le queda un año de contrato: 21,3 millones). Noah queda libre y Pau Gasol se va a liberar para buscar, con los nuevos contratos televisivos y la bonanza del salary cap, algo más de los 7,7 millones que tiene garantizados en la 2016-17, en Chicago. ¿Y Mirotic?

 

Mirotic está en el limbo, como otros jugadores de la rotación (McDermott, Snell) sobre los que también cuesta pronunciarse. Todavía. La próxima temporada cobrará 5,7 millones en el cierre de su contrato rookie, y entonces firmará algo que va a depender casi absolutamente, porque casi todo el mundo quiere saber más, de esa próxima temporada. Sea como sea (salvo desastre) le queda al menos otra buena oportunidad NBA, en Chicago o en otro sitio. Y eso, después de dos temporadas, es una buena y una mala noticia. No se descarta su progreso hacia el nivel de los jugadores con galones pero tampoco se apuesta con pulso firme por ello. Un año después y con otro entrenador, Mirotic ni juega (de 20,2 a 24,6) ni anota (de 10,2 a 11,4) mucho más. Su porcentaje de tiro (de 40,5 a 40,2%) solo es mejor en el lanzamiento de tres (de 31,6 a 38,6%) y se mueve en números casi idénticos en rebotes, asistencias, robos, tapones, pérdidas… Cuando le sobrevuela la cruz, asoma. Cuando amenaza despegue, se mete en la madriguera. Este año arrancó con 19,7 puntos y 8 rebotes en los tres partidos de octubre, bajó el listón y ha reaparecido en abril con 15+4,7 y un 50% en triples, además de puntos decisivos en algunos de los dramáticos triunfos que no parece que vayan a evitar, al fin, lo que se ha ido convirtiendo para los Bulls en la crónica de una muerte anunciada.

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A Mirotic le beneficia el talento, los 25 años, la muñeca. Los flashes en los que parece algo más que un jugador de rotación larga. También le perjudica un rol de especialista del que tampoco ha hecho demasiado por separarse. Si definitivamente se define como un cuatro abierto para buscar tiros liberados desde las esquinas, puede hacer carrera pero le amenaza que tampoco es lo suficientemente eficiente, no hasta ahora, y que en la actual NBA el esencial cuatro tirador que todo el mundo quería ha virado hacia el esencial cuatro multiusos que todo el mundo necesita. En ese sentido, Mirotic tiene problemas en defensa, le cuesta jugar como tres alto y no enseña dotes de point forward (1,5 asistencias de media esta temporada). Incluso como tirador ha sido en estas casi dos temporadas racheado, a veces demasiado fiado de unos amagos que en Europa le garantizaban tiros plácidos pero que en la NBA quedan absorbidos por la capacidad de recuperación unos defensores mucho más físicos. Salvo en determinados partidos, su presencia no ha alterado la inercia positiva o negativa de su equipo y sus ratings arrojan también un resultado neutro (103,6 el ofensivo, 103,5 el defensivo). Otra vez, ¿el bloque o el individuo?

 

Quizás sus highlights impresionan más en Europa, donde tenemos un enfoque más claro del jugador que puede ser, del mismo modo que también conocíamos algunos de los asuntos que podían afectar a su carrera NBA. En Estados Unidos, da la sensación de que siguen sin saber si Mirotic va o viene. Casi dos años después. ¿Bueno o malo? Bueno y malo, según el nivel de optimismo con el que se mire. Suficiente para que, en una franquicia en la que nadie sabe nada de cara a la próxima temporada, sus 5,7 millones de dólares sean un riesgo asumible por un jugador al que le quedan vidas que gastar. Si la situación de los Bulls es razón o excusa, se sabrá más adelante... o no. Por ahora, el arranque NBA de Mirotic deja sabor a decepción pero también la casi obligación de seguir mirando. Porque de momento, aunque casi casi, ni esta temporada esta oficialmente perdida. Así que los juicios están en el limbo pero, es así y si no pasa nada cada vez más improbable, a días de que se desate la tormenta en Chicago. Veremos a quiénes coge a buen recaudo y a quiénes deja a la intemperie.

 

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lunes, 15 diciembre 2014

Por Juanma Rubio

La importancia de llamarse Kobe

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¿Quién es realmente Kobe Bean Bryant, el chico nacido en Philadelphia (23/08/1978) al que sus padres llamaron así después de descubrir fascinados la ternera de Kobe? ¿Ángel o demonio? Probablemente un ángel y un demonio. Desde luego, uno de los mejores jugadores de todos los tiempos y también uno de los más polarizadores. A Kobe, en un recuento rápido, se le ha llamado: egoísta, chupón, mal compañero, mal líder, psicópata y, la traca para el final, jugador muy sobrevalorado. Lista a la que en España hay que añadir ese acento carpetovetónico que acompaña a veces a nuestros grandes deportistas y que consiste en enfrentarles a una turba de enemigos (no pocas veces imaginarios): A Kobe le quisieron meter en la lista negra de Pau Gasol. El que le oscurecía, le quitaba tiros y hasta le robó con alevosía (y nocturnidad: esos malditos juegan mientras nosotros dormimos) el MVP de una final. Una de esas defensas de bandera y naftalina, tan de aquí, que un jugador de la dimensión de Pau Gasol nunca ha pedido ni desde luego ha necesitado. Pero, es el reverso de la misma moneda, de Kobe también se ha dicho que es el mejor jugador de siempre; O como mínimo que es el mejor escolta por delante… de Michael Jordan, al que precisamente acaba de superar para convertirse en el tercer máximo anotador de todos los tiempos. Temperaturas extremas que dejan poco espacio a los climas templados: ángel o demonio, ángel y demonio.

 

Es difícil trazar el término medio de un jugador que no lo tiene, ni en la cancha ni fuera de ella. En sus palabras: “No tengo ningún tipo de filtro, no me cuesta nada decirle a cualquiera lo que pienso de él. No soy el tipo más paciente que te puedas encontrar”. Es difícil separar a la persona del personaje: “Si me ves peleando con un oso, reza por el oso”. Y es desde luego delicado medir si la alargada sombra de Michael Jordan le ha terminado haciendo bien o mal. Como mínimo hay tipos que le han dado una vuelta interesante a ese calcetín. Esta vez habla Doc Rivers: “El hecho de seguir los pasos de Michael hace que seguramente no reciba todo el reconocimiento que merece. Pero es un jugador increíble. Lo que hace está a otro nivel”.

 

He pensado sobre ello. Mucho: soy de los Lakers y de Kobe Bryant. Muy de los Lakers y muy de Kobe Bryant. En mi quinteto histórico el escolta sería él, no Jordan. Y que nadie lea lo que no he escrito. No digo que sea mejor sino que le elegiría antes en mi quinteto histórico. Entiendo unas cuantas de las críticas que recibe y comparto algunas. En cuanto a su carácter y sus formas y más allá de los prejuicios que provoca su estilo, otra vez jugando y sin jugar. Y asumo que es uno de esos deportistas/héroes/fenómenos de masas cuya legión de seguidores incluye un porcentaje de opinadores enfebrecidos y disparatados que vuelven muchas lenguas contra él. A veces se ataca a Kobe para atacar al kobismo. Hay muchos casos similares y, vuelvo a citar al español, otro ejemplo podría ser Gasol y cierto tipo de gasolismo. Pero también creo que muchas críticas son recurrentes, guionizadas entre la idea preconcebida, la asunción de la parte por el todo y el cacareo de los lugares comunes. Y que, mal de gigantes, las cosas extraordinarias que hacen los tipos extraordinarios acaban pareciéndonos rutina y su dimensión no se reevalúa hasta que no quedan a nuestra espalda. Se me ocurren que ha podido pasar con Federer, Messi o Nadal y que pasa con LeBron o Durant. No tanto como los que exponen de forma mucho menos cotidiana sus hazañas, por ejemplo Bolt o Phelps. Como hacen cualquier día y casi silbando lo que otros hacen una vez en la vida, se tiende a valorarles finalmente sólo lo que ellos hacen una vez en su vida. Parece un trabalenguas pero el mejor ejemplo son los 81 puntos de Kobe Bryant en aquel partido ante Toronto Raptors aquel día de enero de 2006.

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Tantos años de carrera, tantos números y tantas historias requieren como mínimo una relectura calmada sobre la vida y obra del jugador del que Lamar Odom dijo que Dios había puesto en la tierra para que todos le viéramos jugar. La carrera de Kobe no es desde luego un queso Gruyere pero tiene agujeros, como todas. Algunos agrandados por el reverso tenebroso de la leyenda, otros ponderados de forma irregular y algunos curiosamente olvidados.

 

Desde luego, y si se empieza por el final, su última renovación por dos años y 48’5 millones fue una hipoteca para la reconstrucción/resurrección de la franquicia y una ocasión perdida para él, que vienía de ganar 30’4 millones en una temporada 2013/14 en la que jugó 6 partidos y 177 minutos. Y que lleva amasados casi 280 millones sólo en contratos con los Lakers. Un nuevo acuerdo rebajado a algo más de la mitad hubiera parecido más lógico si se enhebran sus 36 años y 19 temporadas en la liga con el sobrecargo que al fin y al cabo iban a asumir los Lakers para evitar sainetes en la continuidad de uno de sus símbolos históricos. Duncan sí supo leer en su día el equilibrio entre forrarse y jugar al lado de buenos jugadores, y LeBron, Bosh y Wade modularon sus salarios lo justo por debajo del máximo para conformarse como big-three en Miami. Más una cuestión de actitud, casi de intención moral, que de cuestas económicas. No en vano hablamos de jugadores con muchos ceros en los cheques y un casi ilimitado potencial de ingresos. Desde luego hay voluntad de ordeñar hasta el límite la ubre de la que caen los dólares, cosa que no es en realidad demasiado criticable de un punto de vista real, pero también un trasfondo de postura emocional. Kobe ha ganado mucho dinero y quería ganar, es obvio hasta la obsesión, el sexto anillo que iguale los de Jordan. Así que la cuestión esencial es que seguramente seguía pensando que podía ser el pez más gordo de un estanque campeón. Esa actitud post lesiones y post D’Antoni marca la confección de la actual y la próxima plantilla y aparece como un asunto tan trascendente o más para los Lakers, desde luego más delicado, que esos 48’5 millones comprometidos en la operación.

 

Al final del camino, un debate sobre egoísmo y colectividad que ha impregnado toda la carrera de Kobe, en gran medida una escalada egomaníaca que supo modular Phil Jackson con la retórica zen que también reajustó, hasta en eso hay vasos comunicantes, a Michael Jordan. Va en el carácter: en su segunda temporada (1997/98) Kobe se convirtió por aclamación popular en el titular más joven en la historia de los All Star. Como siempre sintió que todo lo que le rodeaba estaba dispuesto para que él lo cogiera, como un escenario coreografiado, aquel día tiró más (6/17) que Garnett y Malone juntos (8/15). Y se quitó de delante para marcar a Jordan al propio Malone, que dijo después que ya lo interesaban esos partidos “en los que los jovencitos le mandaban apartarse". Hoy no queda nada de la extraordinaria capacidad atlética que tenía entonces pero a cambio se fue modulando aquella hambruna bizarra y necesaria para sobrevivir en un ecosistema creado para devorar jóvenes promesas. Sin una fe en sí mismo que iba más allá del sentido común quizá Kobe no habría sobrevivido a las expectativas, a los demás y a sí mismo. Y no habría decidido saltar directamente de Lower Marion a la NBA desoyendo los cantos de sirena de Duke o la North Carolina en la que había jugado… Michael Jordan.

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Cuando sus padres todavía firmaban sus contratos porque estaba por debajo de la edad legal, el planeta baloncesto ya tenía su mirada fija sobre él. Es el tipo de presión y escrutinio que destruye carreras de altísimas miras. Demasiado pronto. Así que conviene analizar el carácter de las jóvenes pirañas pero también el ecosistema de las peceras que creamos para ellas. Bryant fue el jugador más joven en debutar en la NBA (18 años y 72 días: después le superaron Jermaine O’Neal y Andrew Bynum) y sigue siendo el más joven en estrenarse como titular (18 años, 158 días). Tardó tres partidos en anotar su primera canasta pero no terminó su año rookie sin meterse en el despacho de Del Harris para pedirle más jugadas diseñadas para él. Por entonces ya había lidiado con el olor a chamusquina que provocaba entre los veteranos. Veían peligrar tanto su puesto en el quinteto (Van Exel) como la primera plana de la franquicia (Shaquille llegó a decir que él no iba a ser “la canguro de nadie”). Y con las boutades calculadas de su agente, un Arn Tellen que ya había aireado que si había “un jugador que pudiera acercarse a Michael Jordan ese era Kobe Bryant”. Por la trituradora de la metáfora Jordan pasaron en su carrera con menos suerte, por unas u otras cosas, Vince Carter, Tracy McGrady, Jerry Stackhouse o Grant Hill. Nadie se acercó tanto y Michael Jordan selló el debate: “Veo mucho de mi forma de jugar cuando veo los partidos de Kobe Bryant”.

 

La verdadera fotocopia del mito, extraída de semejante nómina de aspirantes (jóvenes Prometeos), se gestaba cuando el mundo todavía miraba hacia otro lado. Los Lakers le probaron antes del draft de 1996 lanzándole a jugar contra un mito de la franquicia como Michael Cooper, que a los pocos minutos se lo dejó claro a Jerry West: “Es mejor que cualquiera de los que tenemos ahora en el equipo”. El destino estaba escrito pero había que darle un empujón. West acordó con los Hornets el intercambio de Vlade Divac por un número 13 del sorteo que fue Kobe Bryant aunque los Lakers no se lo dijeron a los Hornets hasta cinco minutos antes de su turno de elección. En secreto y anticipándose a todos, los Lakers habían trasladado armamento nuclear de Lower Merion (Pennsylvania) a Los Ángeles.

 

Así que para convertirse en lo que fue el Kobe de los siguientes quince años en la NBA había que ser el Kobe de los dos primeros años en la NBA. Al menos en cuanto al equipamiento psicológico básico. Del mismo modo que un cierto grado de sociopatía y canibalismo competitivo (más acentuados en Kobe que en otros) son necesarios para seguir con el hambre intacta a medida que se van acumulando lustros de carrera, reconocimientos, decenas de millones en el banco y magulladuras por todo el cuerpo. Kobe, como Duncan o Garnett, son un ejemplo para muchos, y pienso por ejemplo en la implosión de los egos en los Pacers de la pasada temporada sin más motivo que poco más de una temporada brillante y un par de ascensos, por ahora circunstanciales, a la categoría de All Star.

 

En su espantada/paréntesis de L.A. (18 junio 2004-15 junio 2005), Phil Jackson definió a Kobe Bryant como un jugador “imposible de entrenar” en aquella catarsis en formato libro que fue “The Last Season”. Pero ribeteó su regreso con un “si vuelvo a entrenar a este equipo es porque Kobe Bryant sigue en él” y acabó asegurando que Kobe era el mejor jugador de la tierra durante el tramo de los dos últimos anillos. Cuarto y quinto para el escolta, décimo y undécimo para el entrenador. De aquella pesadilla de 2004, el Payton-Kobe-Malone-Shaquille que quedó como un sueño suspendido y distópico, salió un Kobe Bryant propulsado al lado oscuro. Más de 46 minutos por noche en la final maldita ante los Pistons con un infame 17% en triples y, en cinco partidos, apenas 22 asistencias por 18 pérdidas. La rivalidad Bryant-Shaquille, hasta ahí llegó el equilibrio entre machos alfa, acabó con Kobe casi fuera de los Lakers y con Shaquille fuera de los Lakers. Y con una guerra no siempre fría de egos que tuvo a los medios de comunicación felices y a la NBA atrincherada durante unos años que al fin y al cabo acabaron en intercambio de halagos, asunciones de culpa, abrazos y el MVP compartido del All Star 2009 como armisticio con sabor a blockbuster hollywoodiense.

Cuatro_magnificos

 

De sus relaciones de vestuario y pista sale uno de los debates más incendiarios sobre Kobe Bryant, que ha sido ya joven con altísima concepción de sí mismo, locomotora que no ha mirado atrás ni siquiera para ver quienes eran los compañeros que le seguían a lo lejos y finalmente veterano de liderazgo particular pero positivo. Y con Phil Jackson como pastor zen y fuente de iluminación. Aquí se juega Kobe, sea consciente o no, una parte de su legado casi tan crucial como el sexto anillo. Le está tocando lidiar con una reconstrucción que no llega, con un cuerpo al que cada vez le cuesta más seguir a su mente y con la esperada llegada de nuevos (y más jóvenes) gallos al corral. De los modos del traspaso de poderes dependerá en gran parte el regusto que deje este tramo final de su carrera. Del resultado de esta ecuación, y porque los medios somos como somos, saldrá un Kobe que será Gandalf o Torquemada. El examen de fin de curso de quien en los últimos tiempos, por cierto, apenas hablan mal excompañeros como Kwame Brown (ejem), Smush Parker (ejem, ejem) o Dwight Howard (ejem, ejem, ejem).

 

Pau Gasol, con el que en España se quiso montar una fricción transatlántica de una sola dirección, habla maravillas de un jugador que le llama hermano, le defendió a dentelladas en sus valles mediáticos de los dos últimos años y al que consideró una de las pocas razones para firmar un nuevo y último contrato en los Lakers que finalmente no llegó. En la liga, y el Team USA de Londres posicionó su jerarquía espiritual entre las nuevas y grandes estrellas, Bryant es ahora un jugador respetado y admirado. Aunque desde luego ya no tan temido. Hace algunos meses Kevin Durant le señaló como el mejor de la historia y un amigo al que llamaba a cualquier hora de la noche para resolver crisis de su supersónica fase de crecimiento. Phil Jackson, otra vez, bendijo al último Kobe: “Ha aprendido a ser el tipo de líder que la sus compañeros quieren seguir”. De Kobe a lo largo de los años se han dicho cosas como estas dentro de su gremio:

Lo intentas todo en defensa y él sigue metiendo tiros. Y sigue, y sigue…” (Doc Rivers)
Si entra en racha, no hay forma humana de pararle. Es imposible” (Jalen Rose)
Siempre he pensado que es el mejor. No creo que ni siquiera se le acerque ninguno” (Alvin Gentry)
No hay nadie capaz de defenderle, ni un solo jugador en la NBA” (Byron Scott)
Es el modelo para cualquier jugador joven que llega a la NBA. Cada año ha ido aprendiendo y mejorando para ser mejor jugador” (Larry Brown)
“Se pone a meter tiros que parecen mal seleccionados pero entonces empieza a meterlos… Es muy difícil defenderle” (Chris Bosh)
¿Quién es mejor que Kobe Bryant?” (Amare Stoudemire)
Si tuvieras que hacer un equipo a partir de un jugador, sería él. Es imposible de defender y es casi imposible anotar contra él cuando se poen a defender” (Nate McMillan)
No hay nadie con más talento. Es capaz de cualquier cosa” (Alonzo Mourning)
Me encanta jugar contra él. Siempre quieres enfrentarte a los mejores y el mejor del mundo es él. Va e encontrar la forma de ganar el partido sea como sea. En eso me recuerda a Jordan” (LeBron James)
Acabará siendo considerado el mejor de la historia. Su mentalidad, su estilo… No se conforma con ganarte, tiene que machacarte, darte la última puñalada. Ese es un viejo arte que se está perdiendo en la NBA” (Mark Jackson)

Y por supuesto… Kobe Bryant es mi héroe” (Shaquille O’Neal)

 

Tampoco se puede cuestionar el amor de Kobe Bryant por los Lakers y es una cuestión más de lógica que de hacer sonetos: lleva allí 19 años, una vida. Y no se puede por mucho que en ese tiempo haya habido dos sonados amagos de divorcio. Primero el flirteo con los Clippers que acompañó a su divorcio con Shaquille y que acabó con la firma de una ampliación por siete años y 136 millones… al día siguiente del traspaso de Shaq. Y la zozobra de 2007, con los Bulls al final del pasillo, tras los ha dicho pero no ha dicho pero quizá haya querido decir que precedieron a la entrevista con Stephen A. Smith en la que pronunció el infame “I want to be traded” (quiero que me traspasen). Tres horas después anunció que había hablado con Phil Jackson y que seguiría en Los Angeles.

 

En realidad su peor momento, su ascenso temporal al trono de gran villano oficial de la NBA, se hilvanó en el tramo central entre los primeros tres anillos y los dos últimos, entre el Kobe al que se le perdonaba por joven y el Kobe que aprendió a hacerse perdonar. Al menos un poco. Como eje, el paso por el purgatorio que fue la denuncia por ataque sexual (verano de 2003) de una trabajadora del hotel The Dodge And Spa At Cordillera, en Colorado. Un asunto resuelto muy de aquella manera y que coincidió con los años en los que unos Lakers de perfil bajo retrataron al Kobe, entra la obligación y la vocación, más individualista. De todo ese trance personal y deportivo emergió el Kobe definitivo. Sobrevivió al temporal que en gran parte había provocado con la rehabilitación deportiva y la reinserción mediática. Después de ese valle que pudo hundirle en la sombra, llegaron dos anillos, su único MVP de Regular Season, tres extensiones millonarias más con los Lakers y contratos con Nike, Spalding o Coca-Cola. Kobe había aprendido a sobrevivir a tantas cosas que supo hacer la más difícil: sobrevivir a Kobe.

Kobe_vanesa

La fama de individualista está tan bien ganada como exagerada hasta la parodia por quienes pierden la razón al hacerlo. Muchos se regodean con que ya es el jugador que más tiros ha fallado en la historia pero no se fijan en que la mejor anotación en una decimonovena temporada en la NBA eran los 14,6 puntos por partido de Kareem: Kobe está promediando este año 25,4.  El Kobe jugador es así y el Kobe personaje ha acabado haciendo de ello bandera, entre la retranca que da la experiencia y la retórica bélica que le define: “Mi puesto es shooting guard, lleva en su nombre la palabra shoot: tirar. Así que no voy a dejar de hacerlo”. Kobe ha ganado una tonelada de partidos en volúmenes de tiro muy poco razonables. Aunque también los ha perdido, especialmente en los últimos tiempos y cuando no ha sabido asumir una más saludable modulación de su estilo y sus números. Los jugadores como él a veces desconectan a sus compañeros pero muchas otras les salvan. Son ceros en sus cheques muchas veces, un vórtice que se los lleva por delante otras. Desde luego su saldo final es positivo en el paradigma tirador/metedor más allá de extravagancias exóticas como la de la temporada 2005/06, en la que anotó la barbaridad de 35’4 puntos por partido… y lanzó la barbaridad de 27 tiros por noche. El resultado de cruzar a un Kobe muy enfadado y todavía a toda máquina en lo físico con un equipo fantasmal en el que formaba quinteto con Parker, Odom, Cook y Kwame Brown.

 

Aquel equipo, tan justo en tantas cosas, ganó 45 partidos en una Temporada Regular en la que Kobe anotó 27 veces más de 40 puntos… y 6 más de 50. Ese equipo tuvo a los Suns de Nash, Marion y Stoudemire 3-1 en primera ronda del Oeste, antesala de una de las actuaciones más discutidas de toda la carrera de Kobe Bryant. Después de sus heroicidades del cuarto partido para amasar tres match points para su equipo, dimitió en el séptimo (perdieron 121-90). Literalmente: sólo tiró tres tiros en todo el segundo tiempo y la TNT definió aquella como “una noche que iba a marcar su reputación para siempre”. Barkley perfeccionó la lógica inversa y aseguró que resultaba la cima del egoísmo del jugador egoísta dejar de serlo para que sus compañeros tuvieran que asumir responsabilidades… y quedaran en evidencia. Kobe y Phil Jackson hicieron luego un ejercicio de revisionismo al asegurar que había un plan trazado para que el resto de jugadores entraran en partido porque Kobe no iba a ganar solo. Incluso si fue realmente así terminó en un extremo tan grotesco que sigue siendo una de las peores noches, entre unas cosas y otras, en toda la carrera de Kobe.

 

Para el frente patriótico de debate baloncestístico queda, para algunos todavía y más de cuatro años después, el MVP de la final de 2010. Hay pocos análisis limpios porque maridan en formato bomba atómica las filias y fobias con respecto a Pau Gasol y Kobe Bryant. Para digerir eso basta una llamada a esa realidad tan obvia como muchas veces esquivada: ambos fueron campeones dos años seguidos. Kobe como el go-to guy que necesitaba Gasol, éste como el secundario fuera de categoría sin el que no podría haberlo ganado todo el primero. En el séptimo partido de la final en el Staples, el meollo de las iras de muchos gasolistas, ambos estuvieron a punto de ser sepultados por un muro monstruoso de presión. Pero finalmente ambos hicieron lo que había que hacer para ganar el anillo en un partido del que, si se juzga en absoluta pureza y sin mirar ni hacia delante ni hacia atrás, quizá el verdadero MVP fue Metta World Peace. Kobe se fue a 6/24 en tiros, desnortado durante más de tres cuartos, pero terminó con 23 puntos y 15 rebotes... y los Lakers ganaron. Pau Gasol anotó 19 puntos y cogió 18 rebotes también con más sufrimiento que estilo: 6/16 en tiros de campo, 7/13 en tiros libres. Y los Lakers ganaron. A partir de ahí, para que un jugador franquicia que rinde a buen nivel durante toda la temporada y los playoffs se quede sin el MVP de una final, en esta tiene que ser muy claro su bajón de rendimiento y muy evidente la superioridad sobre él del otro aspirante. Y no fue el caso. A lo largo de siete partidos contra los sistemas quirúrgicos de Doc Rivers, Kobe se las apañó para promediar 28’6 puntos, 8 rebotes, casi cuatro asistencias y más de dos robos por partido. El MVP fue justo y decirlo no implica negar que en esos partidos vimos a Gasol en, seguramente, su mejor nivel real de competitividad, dureza y producción (18’6´11’6+3’5 asistencias+2’1 tapones). Una catarsis, otra vez Phil Jackson al fondo, en la que rastrilló a un Garnett que le había devorado dos año antes, en la final de 2008.

Ultimo_anillo

El cuerpo de Kobe Bryant es un mapa topográfico que recorre casi dos décadas de batallas, ganadas y perdidas, y constante exigencia extrema. Ha tenido que probar tratamientos experimentales para las rodillas y ha jugado con lesiones de tobillo o con fracturas en dedos de la mano de tiro. Una pelea contro todo en la que sólo el tiempo le aguantó el pulso primero y comenzó a combar su voluntad de hierro después: “Siento dudas e inseguridad. Tengo miedo a fracasar. Ahora hay noches en las que salgo a la pista y me duele las espalda, me duelen los pies, las rodillas… Me dan escalofríos. No sé ni cómo voy a recuperarme de esta lesión pero mi intención es lograrlo. Es el último capítulo, sé que mi libro se está cerrando. Sólo me queda por averiguar cómo van a ser las últimas páginas”. Las últimas páginas se empezaron a escribir cuando se rompió el talón de Aquiles el 13 de abril de 2013. Sobre un pie anotó dos tiros libres que ayudaron a que una temporada de pesadilla acabara al menos en playoffs y se fue para jugar desde entonces sólo seis partidos entre el 8 y el 17 de diciembre. En el cuarto sumó 21 puntos, 7 rebotes y 8 asistencias, en el sexto se rompió para el resto de la temporada: primero la tibia, después la rodilla. El tiempo cobrando cheques atrasados, el penúltimo pagaré de un libro que, efectivamente se cierra. Pero que lo hará siendo un tomo de la historia de la NBA.

 

Kobe comenzó la temporada con 36 años. Un final de trayecto recorrido por la gatera parecía una opción tan lógica que quizá por eso mismo no era conveniente apostar contra Kobe. No mucho dinero al menos. Como mínimo sigue siendo la única certeza inamovible en unos Lakers irreconocibles a los que se les está oxidando hasta la mística. Y entonces les quedaría muy poco. Kobe ha asumido con naturalidad que los jóvenes cabalgan sobre él en términos del Team USA y así lo demostró también en los alrededores del pasado All Star. De momento no lo ha sabido hacer de la misma manera en los Lakers: los 48 millones que firmó le robaron el beneficio de la duda. Es un cruce de caminos cuyo resultado es imprevisible: para muchos, y tiene sentido, su figura está retrayendo a las grandes estrellas que salen al mercado pero que no quieren arriesgarse a someterse a su gigantesca sombra o a tener que verse obligado a robarle a palos el bastón de mando. Por eso los Lakers quizá deberían haber pensado más en estrellas en el camino hacia la plenitud que en las que ya están en ella. Pero al mismo tiempo, y algo de eso espantó a Dwight Howard, Kobe Bryant es el último de un linaje sagrado que pasó de su camiseta a sus venas. No hay casi nadie más laker que Kobe. Y hablamos de la franquicia, recuerdo por si hiciera falta, de Magic Johnson, James Worthy, Kareem Abdul-Jabbar, Wilt Chamberlain, Elgin Baylor, Jerry West, Gail Goodrich, Jamaal Wilkes o Shaquille O'Neal.

Abrazo_jackson

En definitiva, muy pocos han jugado mejor y nadie ha jugado más de púrpura y oro que Kobe Bryant. Hasta hoy, 1269 partidos y 46440 minutos en Regular Season, 220 y 8640 en playoffs. A lo largo de 19 años y en unos números que no distinguen noches buenas de malas ni salud de enfermedad, ha promediado 25’5 puntos, 5’3 rebotes, 4’8 y 1’5 robos por partido. Una tabla calcada con precisión robótica en las eliminatorias por el título, cuando las defensas hacen crujir los huesos y el balón abrasa las manos: 25’6, 5’1, 4’7 y 1’4. Los mejores entrenadores del mundo, buena parte de ellos entre los mejores de la historia, han lanzado sistemas defensivos de toda clase contra él y casi todos han reconocido que hay días, esos días, en los que podrías lanzarle una manada de gorilas: no le detendrías. En el quinto partido de la primera ronda de 2012 desató 43 puntos sobre los Nuggets de George Karl. Denver ganó ese partido pero perdió la serie. Y Karl hizo esta reflexión: “Hay jugadores que son especiales por su deseo inquebrantable de ganarte. Kobe puede tener días malos, puede a veces obcecarse por ser egoísta… pero ese deseo que tiene de derrotarte es tan poderoso… En los últimos cuartos igualados se siente capaz de todo, no tiene miedo a nada. Ni a las mejores defensas colectivas o individuales, ni a dobles o triples marcajes… ¿Veis los tiros que mete? Por favor… ¿Qué se supone que se puede hacer contra eso? Nada, sólo decir 'bueno, lo ha vuelto a hacer'. Es un ganador, porque hay una diferencia entre jugadores con talento y jugadores ganadores”.

Kobe_suspension

Todo lo que se dice de Kobe no se dice sólo por los cinco anillos y no se dice desde luego porque un día metió 81 puntos o porque ha anotado ya más que Michael Jordan . Los hitos son apenas puntos cardinales, referencias temporales de una trayectoria en la que ha sucedido todo esto:

- Cinco anillos de campeón de la NBA
- Dos MVP de las finales
- Un MVP de la Temporada Regular
- Dieciséis veces All Star
- Cuatro veces MVP, récord histórico, del All Star
- Once veces incluido en el Mejor Equipo de la temporada, algo que sólo han logrado él y Karl Malone
- Nueve veces en el Mejor Equipo Defensivo de la temporada
- Dos Oros Olímpicos
- Máximo anotador de la historia de los Lakers
- 17 veces Mejor Jugador del Mes en la NBA
- 33 veces Mejor Jugador de la Semana en la NBA
- Máximo anotador en activo y tercero máximo de la historia
- Máximo anotador en activo y tercer máximo de la historia de los playoffs
- Máximo anotador de la historia del All Star

 

Kobe ha sido cuatro veces el máximo anotador de la NBA, las mismas que Kevin Durant y ambos sólo por detrás de las once de Michael Jordan y las siete de Wilt Chamberlain. Entre 2000 y 2013 estuvo siempre en el top ten de la liga en anotación, y en ocho de esas trece temporadas también figuró entre los tres primeros. Cuando anotó 81 puntos ante Toronto Raptors el 22 de enero de 2006 se puso detrás de los 100 puntos de Chamberlain en anotación en un partido y también en medio: 55. El mítico pívot, en su día un gigante entre hombres, es la última frontera de muchos de los récords de Kobe, lo que demuestra que sus cifras pertenecen en muchos casos a otro tiempo, a otro baloncesto. En la temporada 2006/07 (en la que batió su récord de tiros de campo: 1757) firmó diez partidos anotando 50 o más puntos. Otra vez, algo que sólo había conseguido Chamberlain… en la era jurásica: 45 partidos en la 1961/62, 30 en la 1962/63.

 

Kobe tiene todavía el récord de triples en un partido NBA: tiró 18 y metió 12 el 7 de enero de 2003 contra Seattle Supersonics. Sus topes personales en un partido son 81 puntos (claro), 47 tiros a canasta (contra Boston, el 7 de noviembre de 2002), 16 rebotes, 15 asistencias, 7 robos, 5 tapones, 54 minutos, 23 tiros libres anotados, 27 tiros libres intentados… Ha superado dos veces los 30 puntos en un solo cuarto, ha anotado cinco veces 60 o más puntos; 24 veces 50 o más, 115 veces 40 o más… Fue en su momento el más joven en alcanzar cada cifra redonda de anotación entre los 23.000 puntos y los 31.000. Y sigue siendo el único jugador que ha metido 600 puntos en tres playoffs seguidos (2008-2010). Entre el 16 y el 23 de marzo de 2007, Kobe firmó cuatro partidos seguidos con más de 50 puntos, la segunda mejor marca de siempre por detrás de… sí, Wilt Chamberlain (siete). Entre el 6 y el 23 de febrero de 2003 enlazó nueve partidos seguidos con 40 o más: los mismos que Michael Jordan. Chamberlain llegó dos veces hasta los catorce.

 

Se podría seguir pero esto no pretende ser una recopilación wikipédica sino una exposición que explica y saca lustre a casi todo lo dicho anteriormente. De la mezcla de palabras y números emerge la dimensión del jugador que dominó junto a Tim Duncan una era de la NBA, la que rodó (la década 2000-2010 como eje) del final de Michael Jordan al ascenso de LeBron primero y Durant después. Kobe, viajando al partido que salpica por varios sitios este artículo, no es el jugador que metió 81 puntos en un partido pero es un jugador que metió 81 puntos en un partido. El pensamiento europeo, tan a carta cabal, reniega muchas veces de estas hazañas a favor de una idea del juego que considera más ortodoxa del mismo modo que no encuentra diversión en los All Star Game. El deporte americano se lo pasa de maravilla, en cambio, sentándose delante del televisor para divertirse y, cuando la ocasión lo permite, citarse con la historia venga esta por donde venga. Pensamiento de star-system. Está en su cultura y está en su deporte. A los que reniegan de forma más incorregible de las mareas que funden los dos lados del Atlántico hay que reprocharles la crítica de lo circense, la conversión automática de los espectacular en poco serio. Dicho esto, desde luego ese no fue el mejor partido de Kobe Bryant. Fue una extravagancia maravillosa en su contexto pero no la definición más amplia posible de todo lo que recordaremos de él.

Kobe_phil

Ahora que anochece en su carrera, es difícil no recordar con absoluta admiración noches que quedan suspendidas en nuestras retinas como la prueba de que los jugadores especiales pasan pero la estela de sus hazañas permanece. Quizá el icono del primer Kobe sea aquel game 7 de la final del Oeste de 2000 contra los Blazers de Rasheed, Pippen y Sabonis. Con 21 años, comandó la furiosa remontada laker en ruta hacia el primer anillo desde 1988 (31-13 en el último cuarto para el 89-84 final) con 25 puntos, 11 rebotes, 7 asistencias, 4 tapones y el ya icónico alley-oop a Shaquille que selló el triunfo y que ahora recordamos como la imagen definió una era, la que inició una dinastía. Después, en el segundo partido de la final ante Indiana, se torció el tobillo al caer tras una suspensión sobre el pie de un Jalen Rose que doce años después reconoció haberle lesionado a propósito. Se perdió ese partido y el tercero pero decidió el cuarto, resuelto en la prórroga (118-120) y con Shaquille en el banquillo con seis faltas (y 36 puntos y 21 rebotes...). Kobe anotó 22 puntos en el segundo tiempo, los últimos en la canasta de la victoria.

 

Un años después, los Lakers pasan como un vendaval por los playoffs de 2001 (15 victorias, una derrota) con 29’4 puntos, 7’3 rebotes y 6’1 asistencias por partido de un Kobe al que Shaquille (más de 30 puntos y 15 rebotes por noche) bautiza como “el mejor jugador de la NBA”. En la temporada 2002/03 atraviesa febrero en un trance celestial literalmente asombroso: 40’6 puntos, 6’9 rebotes, 5’9 asistencias y 2’2 robos por partido. Incluso en la siguiente temporada, la que termina con la desaparición en la final ante los Pistons, hay algún recuerdo colosal que aterriza a vuelapluma: en el último partido de la temporada los Lakers aseguran el título del Pacífico con un partido de 37 puntos y 8 rebotes de un Kobe que anotó el triple que forzó la prórroga y el que decidió el triunfo en el segundo tiempo extra.

 

Desde luego, el partido de los 81 puntos no fue el gran partido de Kobe, sólo un descomunal mordisco a la historia. En esa misma temporada 2005/06 anotó veintisiete veces más de 40 puntos. El 20 de diciembre fundió a los Mavericks con 62 puntos en tres cuartos en los que dominaba a todos el equipo rival (62-61), lo única vez que ha sucedido algo semejante desde que existe el reloj de tiro.

 

La mayoría de estos partidos están en la memoria colectiva aunque, la continuidad en la excelencia, se tienden a difuminar las grandes noches atrapadas por las excelentes. En la ruta de las tres finales y los dos anillos junto a Pau Gasol (2008-2010), Kobe jugó series de playoffs estratosféricas, operaciones de cirugía aplicadas sobre rivales de toda clase, siempre entre los mejores de la liga. En 2008 fundió a los Nuggets con secuencias de juego incontrolables y rematadas con un partido de 49 puntos, 10 asistencias y un 66% en tiros de campo. Un año después, y tras una temporada en la que logró seis winning shots sobre la bocina, volvió a Denver para sofocar la insurgencia nugget en una muy comprometida final de Conferencia y recuperar el factor cancha perdido en el Staples con 41 puntos en el tercer partido. Después los Lakers jugaron contra Orlando una final de mentiroso 4-1: los partidos segundo y cuarto cayeron de milagro del lado angelino. El primero no porque Kobe dio la bienvenida a Howard y compañía con 40 puntos, 8 rebotes y 8 asistencias. En esa final sumó 32’4 puntos, 5’6 rebotes y 7’4 asistencias por noche. En 2010, y antes de la ya muy citada final ante los Celtics, los Lakers escaparon a las defensas zonales de los Suns de Gentry, un inesperado pero incómodo rival en la final del Oeste. Kobe anotó 40 puntos en el primer partido y repartió 34 asistencias entre los tres siguientes para desmontar la estrategia de los de Arizona. La versión playoffs de Kobe: “Si yo entro en pánico, todos los demás entrarían en pánico”.

 

El casi perfecto plan de persecución de Michael Jordan quedó congelado ahí, en el tope de los cinco anillos. Diversos extravíos han alejado cada vez más el sexto mientras la NBA redibujaba su mapa de poder y la Mamba Negra se convertía en Vino y lidiaba con los primeros achaques de la edad. Los reales y los que imaginaban los demás: en 2010 ESPN le rebajó hasta el séptimo puesto en su ránking de mejores jugadores de la liga. Su respuesta fue batir el récord de puntos de un jugador en decimosexta temporada: 48 a Utah Jazz. “No está mal para el séptimo de la liga”, dijo camino de los tres siguientes partidos: 40, 42 y 42 puntos. No apuesten contra Kobe. No demasiado dinero.

 

La montaña megalítica de datos no esconde detrás de ella a un jugador superdotado: lo encumbra. Uno de los mejores de siempre más allá del tacto con el que hay que enhebrar posiciones y épocas. Es difícil compara a Kobe con Chamberlain, Russell o Abdul-Jabbar... pero no lo es tanto hacerlo con Michael Jordan. Los dos escoltas, seguramente los dos mejores de siempre y los dos solapados en el tiempo. Kobe ha vivido para lo bueno y para lo malo colgado de esa comparación que no deja de ser la búsqueda eterna del jugador perfecto. Cada año más parecido en estilo y números pero finalmente por detrás de His Airness en casi todos los medidores objetivos. Jordan fue, al menos, competitivamente impenetrable en tramos más concentrados y estancos de su carrera: quince años a pesar de un par de retiradas tentativas e incluyendo el periplo final en Washington. Para mí Kobe está por delante desde un punto de vista puramente subjetivo, prácticamente emocional. Pero ambos están también por detrás de Magic Johnson.

 

Kobe_suspension_verticalA Kobe le queda haber sido mimético a Air en muchos movimientos en pista y en muchas formas de demoler rivales. Y le queda el haber alcanzado un punto incluso más plástico y de una mayor perfección técnica en algunos aspectos de su juego. Quizá el discípulo no superó al maestro pero se hizo con casi todas las armas para hacerlo. Y no es poco. El mejor ejemplo son esas suspensiones en fade away que en Jordan eran de una rectitud intachable y en Kobe de una angulosidad inexplicable a partir de su increíble capacidad para formular sus posiciones de tiro ya en el aire, en elevaciones heterodoxas y con los rivales literalmente encima. Cuando Kobe dejó de volar por encima de los rivales aprendió a crujirlos llevándolos la poste. Cuando perdió velocidad ganó lectura de juego. Y el depredador no declinó, sólo mutó. Lo mismo supo hacer Jordan.

 

Kobe casi siempre pierde en el debate con Jordan pero ha conseguido que exista el debate y que se pueda sostener con cierta legitimidad. Un trecho al que nunca se acercaron otros llamados a heredar la corona. Los ingredientes iban en el código genético pero la receta se ha cocinado a fuego lento y a través de 19 años de trabajo infatigable y sin excusas. En cada ciudad a la que llegaban los Lakers había una habitación de hotel acondicionada para que Kobe Bryant entrenara. Cuidados escrupulosos los 365 días del año, estudio científico del juego. Esa es la pasta de la que están hechos Kobe, Tim Duncan o Kevin Garnett. Y eso les ha apartado del resto en términos de longevidad y competitividad. Precisamente lo mismo que ha ido acercando a Kobe a la alargada sombra de Michael Jordan. No olvidemos lo que dijo George Orwell: “Todos somos iguales menos algunos que somos más iguales que otros”.

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viernes, 17 octubre 2014

Por Juanma Rubio

Y el segundo mejor entrenador de la NBA es...

En mi opinión, Rick Carlisle.

 

Porque supongo que no hay dudas a estas alturas de que el mejor entrenador en activo es Gregg Popovich. Así que Pops queda fuera de este debate porque la cuestión con él es qué lugar ocupará entre los mejores de siempre cuando se retire. Porque seguimos suponiendo que se retirará en algún momento, incluso que veremos con nuestros ojos unos playoffs del Oeste sin los Spurs. Por mi parte, Popovich sólo tiene ya por delante a Phil Jackson, Pat Riley y a un Red Auerbach cuya era no viví pero a la que tengo demasiado respeto como parte inevitable y constitutiva de la leyenda de la NBA.

 

De la historia de Popovich y de los Spurs, que son ya la misma cosa y otro tomo ineludible de la enciclopedia completa de la NBA (1996-¿?), se ha escrito una montaña de artículos tan laudatorios como justos desde que pulverizó la era del big three de Miami Heat con un baloncesto sencillamente perfecto. Y no es una manera de hablar: la forma en la que los Spurs hicieron trizas a Durant y LeBron, el ying y el yang de esta generación, en las dos rondas finales de los playoffs 2014, supuso una de las lecciones de baloncesto más sobrecogedoras de la historia, pura poesía si se contextualiza como culmen, hasta ahora, de la franquicia milagrosa que lleva quince años ganando 50 o más partidos y superando el 60 % de victorias en Regular Season. La que no se pierde los playoffs desde 1997, cuando el mundo era tan distinto que Goggle no pasaba todavía de proyecto universitario. Y la que decidió superarse a sí misma, pulirse hasta su quintaesencia cuando muchos otros habrían optado por dejarse ir en el sueño de los justos de su propia gloria tras el golpe descomunal que fue la derrota en la final de 2013.

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Ese es el legado de Popovich: la forja de una leyenda tan lejos de los grandes mercados y los centros gravitacionales del glamour americano. El viaje desde los primeros triunfos a partir de la defensa y los pívots a las conquistas últimas con el mejor juego en cinco contra cinco de la historia del baloncesto. Una maravilla de movimientos coreografiados e infinitos pases extra que poco tiene que ver con el equipo que, antes de que todos quisieran ser como él, quería ser como los Jazz de Jerry Sloan, John Stockton y Karl Malone. En realidad, otro ejemplo asombroso de estabilidad y competitividad.

 

El legado de Popovich son cinco anillos pero podrían ser más: ¿Y si Leonard no hubiera fallado aquel tiro libre y Ray Allen no hubiera metido a continuación aquel triple en la final de 2013 que los Spurs tenían literalmente ganada? Y más atrás, en la cacareada y ya rota maldición de los años pares, ¿y si Derek Fisher no hubiera metido aquella canasta imposible a falta de cuatro décimas en el quinto partido de las semifinales del Oeste en 2004 que perdieron antes los Lakers? ¿Y si Ginóbili no hubiera hecho aquella maldita falta para el 2+1 de Nowitzki que llevó a la prórroga el séptimo partido de las semifinales del Oeste de 2006 que acabaron clasificando a los Mavericks?

 

La derrota ha cincelado primero y enseñado después al mejor Popovich, el de la compostura estoica que encuentra siempre formas de escapar al pánico. El que comenzó a ganar el anillo de 2014 cuando todavía no había perdido el de 2013. Aquella derrota imposible en el sexto partido ante Miami Heat podría, de hecho casi debería, haber servido de epílogo para la lucha de los Spurs contra el padre tiempo. Pero Popovich se pasó la comida del día siguiente deteniéndose con los jugadores y sus familias, de uno en uno, soportando lágrimas y escuchando gritos y lamentos: recogiendo los añicos de su equipo y formando un vínculo final y casi fatalista: los Spurs compitieron más allá de lo que hubiera hecho casi cualquiera en el séptimo partido, aunque perdieron, y al hacerlo estaban empezando a ganar el título del año siguiente. Aunque todavía no lo sabían. Tampoco Popovich, al que todavía le quedaba salir de un verano de ensimismamiento torturante (“sentía que era imposible estar más triste de lo que estaba”…) en el que perdió además a Brett Brown, que se fue a Philadelphia, y a Mike Budenholzer, que llevaba diecisiete años con él y que había sido designado por muchos como su delfín. Hasta que decidió irse a Atlanta Hawks.

 

Esa fuga de cerebros constante responde a una aritmética simple: todos los equipos quieren ganar y casi todos quieren ser como los Spurs, porque no hay ejemplo ni siquiera cercano en términos de éxito sostenible y porque sólo los Knicks pueden permitirse la montaña de dólares que cuesta la cultura ganadora de Phil Jackson. Quien quiera replicar la filosofía spur tendrá que replicar una irrepetible conjunción de los planetas, alineación perfecta de fuerzas generalmente en conflicto permanente: el dueño (Peter Holt), el general manager (R.C. Buford, el al entrenador (Popovich) y el jugador (Tim Duncan). Una leyenda semejante no se hubiera construido sin una aportación esencial de los cuatro por mucho que Holt, uno de los propietarios más inteligentes de la historia del deporte estadounidense, asegure entre bromas que él es un simple trabajador a las órdenes de Popovich mientras este recuerda que todos, al final, están al servicio de Tim Duncan. Dos almas gemelas según Buford, la unión de Popovich y Duncan es uno de los vínculos entrenador-jugador más profundos, asombrosos, exitosos y longevos de la historia del deporte. Habría que mirar, otra vez, a Red Auerbach y Bill Russell. En la actualidad lo más parecido sería el maridaje en New England Patriots de Bill Bellichick y Tom Brady. Pero cuando el casi divino quarterback debutó en la NFL (2000), Popovich y Duncan ya habían ganado un anillo. Palabra de Kobe Bryant: “Lo que de verdad envidio de Duncan es que ha jugado toda su carrera a las órdenes del mismo entrenador”. Y qué entrenador…

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Popovich suele asegurar con esa retranca que ya es marca registrada, que su gran contribución a la historia del baloncesto ha sido “elegir con el número 1 del draft a Tim Duncan” y que no existe sistema de juego que no hubiera funcionado con David Robinson y Duncan como torres gemelas. La narración oficial olvida las intrahistorias en las que realmente se forjan las leyendas y el carácter. Los viajes de Popovich a las Islas Vírgenes antes de aquel draft de 1997 para, después de discutir con la mitad de la población de Saint Croix porque nadie le había explicado que se conducía por el lado izquierdo, cortejar primero y convencer después a Duncan. A su manera: “Nosotros no enviamos tarjetas de cumpleaños, ni bandas de mariachis ni regalamos desayunos en la cama”. 

 

Intrahistoria: Popovich, la fina línea que separa tantas veces la mediocridad de la gloria, pudo ser destituido en marzo de 1999, meses antes del primer anillo y cuando buena parte de la afición texana clamaba por el ascenso de Doc Rivers después de que los Spurs comenzaran en 6-8 la temporada del lockout. No sabemos cómo sería la historia del baloncesto del nuevo milenio si las espuelas plateadas hubiera perdido un partido peliagudo en pista de unos Houston Rockets que tenían a Olajuwon, Barkley y Pippen. Pero ganaron (82-99) porque justo antes Robinson y Avery Johnson salieron de una reunión en casa de Popovich convencidos de que no se podía permitir perder a aquel entrenador: el base sumó 18 puntos y 13 asistencias; el pívot, 15 puntos y 9 rebotes. Duncan, 23+14 con 5 tapones. Ese partido abrió un tramo de 31-5 en ruta hacia los playoffs y el primer anillo. Y la historia, la que tampoco se reescribió cuando Doc Rivers estuvo a punto de llevarse a Tim Duncan a Orlando en el verano de 2000 y en el único punto de conflicto documentado en la relación entre el mejor ala-pívot de la historia y el que ya fue desde entonces y sin discusión su equipo para toda la vida. Esa decisión que flotó en el aire, indecisa ante Florida y Texas, habría cambiado la historia de la NBA, la de de los Spurs y desde luego la de la los Magic, que habrían reunido a Duncan con Grant Hill y Tracy McGrady. “Estuve con un pie dentro y otro fuera”, reconoció después Duncan.

 

Intrahistorias: tanto en la primavera de 1999 como en el verano de 2000 pudo acabar un proyecto que ahora nos parece irrompible, impermeable. Los Spurs dieron pasos correctos, a veces tan sencillos como ganar un partido de Regular Season, en los momentos adecuados. Como hizo Mark Cuban cuando le dio las riendas de los Mavericks a Rick Carlisle después de ocho años al frente de una franquicia que le había costado 285 millones de dólares y que no había bajado con él de las 50 victorias. Cuban buscaba respuestas después de que un Dwyane Wade sobrehumano le quitara una final de 2006 que parecía suya y de que la siguiente temporada se fuera al traste con sus 67 triunfos en Regular Season y su MVP de Nowitzki porque les cazaron los Warriors en primera ronda de playoffs. Precisamente el equipo de Don Nelson, su entrenador apenas un par de años antes. Aquella serie, una de las mayores y más hermosas sorpresas de toda la historia de la NBA, fue un canto precisamente a la figura del entrenador mientras una miríada de avispas supersónicas (el espíritu del 'We Believe': Baron Davis, Monta Ellis, Stephen Jackson, Jason Richardson, Matt Barnes…) sacaban de quicio a los todopoderosos Mavs con quintetos imposibles y baloncesto kamikaze. La cima del estilo, Nellie Ball, de ese genio loco llamado Don Nelson.

 

Mark Cuban sabía, recién derrotado por la obra cumbre de un entrenador, que sus respuestas estaban en el banquillo. Y lo puso en manos de Rick Carlisle, un ortodoxo a contraestilo absoluto con Nelson que tenía por entonces, en el verano de 2008, menos cartel que números: una final de Conferencia jugada con los Pistons y otra con los Pacers en el periodo 2002-2003 en el que fue Entrenador del Año. Si se suma a los Mavericks, ya son tres las franquicias en las que ha alcanzado al menos una temporada de 50 victorias un Carlisle que lleva en la NBA desde siempre. Drafteado por los Celtics, en Boston ganó el anillo de 1986 e hizo migas con Larry Bird, que le tuvo después como asistente y estratega en los Pacers que llevaron a siete partidos a los Bulls de Phil Jackson y Michael Jordan en la final del Este del 98, una de las dos únicas eliminatorias en las que los toros tuvieron que jugar siete partidos de las 24 que invirtieron en sus seis viajes hacia el anillo (la otra medalla al mérito es para los Knicks del 92). Bird también le reclutó ya como head coach de sus Pacers cuando él estaba en los despachos y Carliste diseñaba en Detroit la estructura con la que luego Larry Brown ganó el título en 2004. Su estrella se apagó en un feo final de trayecto en Indiana, otra víctima silenciosa del infame Malice at the Palace, la vergonzosa pelea de sanciones históricas (146 partidos, 11 millones de dólares) en la que se enzarzaron Pistons y Pacers el 19 de noviembre de 2004.

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En Dallas se produjo otra de esas conjunciones perfectas por momento y lugar: Mark Cuban-Rick Carlisle-Dirk Nowitzki. Carlisle se convirtió en la pieza maestra que hizo que encajaran todas las demás: En los playoffs de 2011, con Nowitzki mutado en una suerte de Larry Bird de 2,13, los Mavericks ventilaron con un 8-1 global al viejo campeón y al joven aspirante a serlo, Lakers y Thunder. En la final, Carlisle dirigió una coreografía impresionante que desmembró la primera versión del big-three de Miami. Aquella derrota dejó tan desnudos a LeBron y Wade que cuesta creer que no fue un acicate notable en el proceso de maduración y transformación de dos súper estrellas que recibieron una decisiva cura de humildad después de una eliminatoria en la que gesticularon más de lo que jugaron. Carlisle construyó un ecosistema en el que todos sus jugadores resultaban importantes y todas las carencias de los Heat relucían en carne viva. Y lo hizo con tres triunfos seguidos a partir del 2-1 en contra y con ajustes drásticos como la entrada en el quinteto de Barea junto a Kidd para barajar de nuevo las cartas de la creación de juego y la defensa, donde DeShawn Stevenson pasó a dar relevos desde el banquillo a Marion para no dejar ni un respiro a un LeBron que acabó drenado. La trama de Carlisle reservó un rol a jugadores que no volvieron a ser igual de productivos (Terry, Barea, Stevenson, Mahinmi… hasta Cardinal, que jugó minutos de leñador). Al ancla Tyson Chandler esa final le valió un contrato de 58 millones con los Knicks y una buena porción del título de Defendor del Año, ganado en 2012 casi por obligación moral heredada de la final de 2011. 

 

Miami Heat entregó el título en el sexto partido en plena disolución, en su pista e incapaz de tomar decisiones (2/9 en triples entre LeBron y Wade) ante un equipo que le negó todas sus zonas de confort y le atacó a base de extra pass y concentración en pista de generadores de juego y tiradores. Un aroma a baloncesto old school, casi un homenaje al juego que tuvo continuidad en los últimos playoffs cuando los Mavericks llevaron a siete partidos a unos Spurs que perdieron cuatro entre las tres rondas siguientes. Otra vez Carlisle exprimió todos los recursos a su disposición, encontró roles muy definidos y sacó la mejor de su roster. Para comprender su trascendencia, basta poner al Monta Ellis de Carlisle frente al Monta Ellis de temporadas anteriores. 

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Carlisle es estricto, obsesivo y milimétricamente detallista. Y dejó de ser demasiado tozudo (rígido) a tiempo, convertido en un excelente gestor (no ya sólo preparador) de partidos. Su reconocimiento es por fin general aunque ha tardado para un tipo que está en el club de los que han sido campeones como jugador y entrenador (once con él) y que tiene un título de Entrenador del Año y un 58% de victorias a lo largo de su carrera. Conoce los códigos de vestuario y tiene las lecciones y las historias que contar de su trabajo junto a Larry Bird o Chuck Daly. Y hay un hecho definitivo: Dallas Mavericks no pierde nunca porque el entrenador del equipo rival supera a Rick Carlisle en la batalla táctica. Casi, casi nunca.

 

Rivers, Thibodeau, Van Gundy…

 

Supongo que para muchos Doc Rivers y Tom Thibodeau deberían estar como mínimo por encima de Carlisle. Para mí son tercero y cuarto en la lista, todavía por delante Rivers porque cuando ganaron juntos en los Celtics del big three (Pierce, Garnett y Allen), Thibodeau (mezcla de científico y ermitaño) era el ingeniero defensivo pero Rivers era el capitán general, gestor y capitán de aquel espíritu del ‘ubuntu’ que puso en armonía los egos de unas súper estrellas que entendieron que se necesitaban las unas o las otras. Ambos se enfrentan a un año importante, especialmente un Doc Rivers renovado por los Clippers en cifras desorbitadas (diez millones anuales) para los técnicos de la NBA e incluso para los grandes gurús de la NFL.

 


Del resto, resulta admirable el trabajo de esa nueva guardia representada por Steve Clifford, Mike Budenholzer, Dwaney Casey o Jeff Hornacek. Y veremos cómo se manejan todos esos hijos de Phil Jackson que se están convirtiendo en la (millonaria) respuesta para muchos equipos: Brian Shaw, Derek Fisher, Steve Kerr. Sólo me parecen fuera de foco Flip Saunders, al que veremos si no le llega tarde este nuevo paso por el banquillo de los Wolves, y Steve Brooks, que sirvió bien a los Thunder en el crecimiento de su poderoso núcleo joven pero que ha parecido desnortado en casi todos los grandes duelos de playoffs, con la excepción de la final del Oeste en 2012, en la que jugó bien al gato y al ratón con Popovich.

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Me gusta que esté de vuelta Stan Van Gundy y me parece que Byron Scott no es un gran entrenador pero sí una buena opción para los actuales (ay) Lakers. Y me gusta Spoelstra, que se puso al frente de los Heat de LeBron, Wade y Bosh con 39 años y acabó forjando un estilo atípico pero ideal para las virtudes de sus estrellas mientras sorteaba, sobre todo después del zarandeo de Carlisle en la final de 2011, rumores sobre la bajada de Pat Riley al banquillo. Ahora tiene 43 años, seis más que el benjamín Brad Stevens, que trata de ordenar el alboroto de los Celtics, donde tiene todavía mucha plancha por delante. Y este año se suma a una guerra de los banquillos especialmente fascinante David Blatt, nada menos que en el ojo del huracán de los nuevos Cavaliers de LeBron, que si quieren ser campeones tendrán que pasar por encima de, entre otros, los viejos Spurs de Popovich, vigente campeón y Entrenador del Año en la NBA. Suerte con eso.

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lunes, 06 octubre 2014

Por Juanma Rubio

Gasol, Mirotic, Chicago: ¿Destino ideal?

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Para los muy optimistas, o sencillamente para los amantes de las matemáticas, el asunto es sencillo: Chicago Bulls vuelve a ser uno de los grandes favoritos al título porque cambia el parche que fue DJ Augustin por el regreso de Derrick Rose y los 15,3 millones de dólares que cobró la temporada pasada Carlos Boozer por los menos de 14,7 que cobrarán entre Pau Gasol (7,1) y los rookies Nikola Mirotic (5,3) y Doug McDermott (2,2). Es decir, porque insuflan liderazgo, jerarquía, juventud y talento ofensivo a un equipo que se las apañó la pasada temporada para acabar, con todo en contra, en 48 victorias antes de ser purgados por la vía rápida en primera ronda de playoffs, el algodón no engaña, por Washington Wizards (4-1). La realidad de un equipo con una defensa que fue la mejor de la NBA por números brutos (apenas 90,2 puntos encajados) y la segunda mejor (un pelo por detrás de Indiana Pacers) una vez cocinado el rating… pero también con la peor cifra de anotación (93,7 puntos de media) y el tercero peor rating ofensivo. Sólo Philadelphia 76ers y Orlando Magic atacaron peor. Dos equipos que ganaron 42 partidos… entre los dos.

 

Volver a empezar

 

En la temporada 2010-11, Chicago Bulls estrenó la era Thibodeau con 62 victorias después de dos cursos seguidos de 41-41, aprobado raspado. Y con visita a la final del Este, en la que ganaron el primer partido antes de perder los cuatro siguientes ante la primera versión del big-three de Miami Heat, todavía disfuncional y camino de un choque frontal contra el muro que levantó Rick Carlisle en Dallas. En esos cuatro partidos LeBron James reventó la tela de araña aritmética de Thibodeau (28,5 puntos, 7,7 rebotes y 6,7 asistencias de media) y terminó con una temporada que había dejado en la Ciudad del Viento el MVP de Derrick Rose, el título de Entrenador del Año de Thibodeau y el de Ejecutivo del Año de Gar Forman. Los Bulls, con ese big-three de premios, habían tenido su primera oportunidad real de ser campeones desde la clausura de aquel período Phil Jackson - Michael Jordan que aupó para siempre a la franquicia al piso noble de la enciclopedia histórica de la NBA. Ese pedigrí ha seguido intacto desde entonces. No en vano ninguna pista recibió más público la temporada pasada que el United Center y sus más de 893.000 espectadores.

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Estos últimos Bulls de entreguerras han sido un equipo con el que era muy fácil empatizar. Traspasado Luol Deng y lesionado Derrick Rose (50 partidos jugados en las tres últimas temporadas, justo desde el MVP), cada victoria era un ejercicio conmovedor de sufrimiento defensivo y ataque en comuna, inventando por el camino héroes como el citado Augustin o aquel Nate Robinson volcánico de los playoffs 2013, un jugador en las antípodas del por entonces mortificado Thibodeau. La fórmula ha sido jugar cada partido como si fuera el séptimo de una final y aferrarse a una coraza definida por la pareja Gibson-Noah: el ala-pívot terminó segundo en la carrera por ser Mejor Sexto Hombre, el pívot francés fue nombrado Mejor Defensor. Juntos formaban una pareja innegociable en los finales apretados, atomizando ataques rivales con Carlos Boozer en el banquillo y en obvio declive. 

 

Cinco jugadores de la última versión de los Bulls jugaron una media de más de 30 minutos por partido y ocho superaron los 28. Un maratón extenuante para luchar contra las propias limitaciones que se cobró su precio en playoffs ante los (más jóvenes, entre otras cosas) Wizards. Esos Bulls 2013-14 fueron un buen equipo en rebote, intimidación y distribución del juego en ataque. Pero escaso de talento individual y de referentes exteriores: casi nadie se generaba sus propias canastas y por eso, de la necesidad surge la virtud, ningún otro equipo anotó tantos puntos como ellos tras asistencias: hasta el 61% de su producción llegó así mientras que sólo el 10% se ganó fácil (contraataques y transiciones rápidas) y apenas el 40% se generó en la zona. Más: su 43% en tiros iba en cola de la Liga con apenas 18 triples intentados por partido (y 5,3 correspondían al fugado Augustin…): sólo Pelicans y Grizzlies tiraron menos de tres.

 

Diagnóstico claro, nuevas soluciones

 

Los Bulls se han empeñado en competir hasta las últimas consecuencias a pesar de arrastrar un cuadro clínico perfectamente diagnosticado: 65% de triunfos en Regular Season y 3-4 en series de playoff con Thibodeau como head coach. Y ahora suman la jerarquía de Derrick Rose y Pau Gasol y la wild card joven que suponen Nikola Mirotic, Doug McDermott, Cameron Bairstow y hasta un Tony Snell muy mejorado las Ligas de Verano. McDermott: caza mayor que obligó a los Bulls a esclar en el draft hasta el puesto 11, propiedad de los Nuggets. Un jugador que ha cubierto ciclo universitario completo en Creighton (tiene 22 años) y que parece hecho para jugar en estos Bulls. La temporada pasada lideró el baloncesto universitario con 26,7 puntos por partido (y añadió más de 7 rebotes: es un alero de 2,03). En tres de sus cuatro temporadas NCAA ha superado los 20 puntos de media y salta a la NBA con un último curso con un 45% en triples que se iba hasta el 51 en lanzamientos en transición. Perfecto para recibir abierto y tirar con unos abrumadores 1,95 puntos por posesión en esas acciones de catch and shoot. Una barbaridad que debería encajar como un guante en el estilo y las intenciones de los Bulls, que quieren clonar una versión mejorada de su 2010-11 para ganar en la 2014-15.

 

Derrick Rose como alfa y omega

 

Más allá del resto de movimientos, todo ese plan (estilo, intenciones…) de los Bulls pasa por Derrick Rose (y por sus rodillas. Crucemos los dedos). Cuando las lesiones pararon el reloj del base criado en los suburbios de Englewood, en el South Side de Chicago, era un portento que garantizaba 24 puntos y 8 asistencias por noche. En el Mundial (a más de seis meses de los playoffs…) se le vio emerger de su congelación en la carbonita de las lesiones, todavía sin sensaciones en el trazo fino pero sin limitación de minutos y sin más lastre físico que ese óxido de las horas incontables en rehabilitación. 

 

Una buena versión de Derrick Rose, no digamos una cercana a la mejor posible,convertiría a los Bulls en aspirantes automáticos al anillo. Por producción, por liderazgo y (el estilo, otra vez), y por esa capacidad para partir defensas a partir de penetraciones que generan una tonelada de puntos, suyos o de los tiradores que esperan en las esquinas. Ese era el A-B-C ofensivo de Thibodeau hasta que las lesiones obligaron a virar hacia un sistema noahcentrista. Noah: un pívot que repartió la pasada temporada 5,4 asistencias por partido por las dos 2,2 que promedió hace tres años, cuando Rose fue MVP. Y Pau Gasol: 3,3 asistencias de media en su carrera, 3,4 la pasada temporada. Noah+Gasol: 8,8 asistencias por partido en la 2013-14. Un atisbo del futuro que puede ser.

 

Gasol y Mirotic, sí o no

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Una franquicia ejemplar y un equipo estable y ambicioso que necesita profundidad, tiro exterior, puntos en el poste y experiencia pero también juventud. A priori, el aterrizaje de Pau Gasol y Nikola Mirotic en Chicago está bendecido. Pero no se puede olvidar que entran en un ecosistema cerrado, a las órdenes de un entrenador tozudo por obsesivo y en un equipo cuya última gran seña de identidad es ese eje Gibson-Noah que resulta casi simétrico a la pareja que podrían formar Gasol y Mirotic en lo que les falta (puntos, movimientos) y lo que les sobra (defensa, defensa, defensa). Los cuatro juntos, y esa es la gran tarea de Thibodeau, pueden formar un arsenal con una profundidad y variedad que escapa al juego interior del resto de franquicias NBA. De forma individual, y en momentos tan opuestos de sus respectivas carreras, tanto Gasol como Mirotic tienen equipación para triunfar en Chicago pero también incógnitas que les puede frenar en seco. Los dos tienen cosas que Thibodeau va a adorar pero también otras que pueden sacarle de quicio.

 

Pau Gasol tiene de su lado, con respecto a Mirotic, el pedigrí pero también la urgencia (34 años, 13 temporadas NBA). Su primera experiencia en la Costa Este será o simple epílogo o capitulo central de su impresionante biografía deportiva. Su reto es dejar atrás un final confuso en los Lakers, donde no hubo finalmente forma de distinguir qué iba al debe del declive en su rendimiento (lesiones, cuentakilómetros al límite…) y qué correspondía a ese galimatías estratégico y deportivo que ha sido la franquicia desde la salida de Phil Jackson y que terminó con el español absolutamente desmotivado (entre otras cosas). 

 

Descartada L.A. para su última cabalgada, Gasol quiso maridar la aspiración de un tercer anillo con la mayor cantidad posible de ese montón de dólares que valía como agente libre. Por lo deportivo se cayeron las ofertas más pudientes en lo económico de Hawks y Lakers y por cortas (la mid-level exception: unos 5,3 millones) no pudieron prosperar las tentativas de Spurs y Thunder, dos opciones que parecían perfectas para el Gasol jugador. Los Thunder porque necesitan de forma apremiante un anotador interior (Ibaka es un interior que anota, no un anotador interior), los Spurs porque son el ecosistema perfecto para minimizar las carencias y sacar lustre a las virtudes de un pívot de su inteligencia y talento. El premio fue para Chicago en un Este en el que, bien mirado, hasta el reparto de billetes para el All Star es más barato…

 

Pau Gasol eligió Chicago y al hacerlo contribuyó a la transformación de una Conferencia en la que Cleveland y Chicago son, con LeBron como eje, lo que hace doce meses eran Miami e Indiana. Cruza el país tras una temporada en la que al menos recuperó parte de la efectividad numérica que había perdida en aquellas fantasmal 2012-13. Los números de sus tres últimas temporadas en los Lakers no distan tanto de los de Boozer durante sus sobrepagados cuatro años en Chicago. Su valor diferencial tiene que estar en cómo y cuándo acumular esa producción: soluciones al poste, inteligencia en el juego colectivo, experiencia y amenaza como cebo para las defensas rivales. Una garantía de éxito, más en los actuales Bulls, siempre y cuando su cuerpo tenga capacidad para un último gran asalto físico. Porque Gasol tendrá que recuperar y convertir en rutina los niveles de esfuerzo y concentración defensiva que exhibió en los playoffs de 2009 y 2010, en ruta hacia sus dos títulos con los Lakers. Y va a tener que jugar mucho de ala-pívot, lo cual ha resultado una letanía en los últimos tiempos: de compartir pista con Bynum a hacerlo con Dwight Howard y de ahí al sistema híper abierto de Mike D’Antoni. Contra eso queda la capacidad para entenderse de tres tipos inteligentes que saben que necesitan a los otros dos: Thibodeau, Noah, Gasol. La capacidad de Thibs para crear un sistema que exprima lo mejor de sus nuevas torres gemelas y el recordatorio de que a Gasol no le dolía tanto jugar de 4 como hacerlo de 4 abierto, ese rol de stretch four que abre la pista y tira desde posiciones de alero para el que ya no tiene ni cuerpo ni seguramente ganas.

 

En su actual versión, si medimos el rastro de sus movimientos por la pista en las dos últimas temporadas, Gasol ha sido especialmente efectivo jugando al poste y atacando cerca del aro, donde hizo el 52% de sus tiros la temporada pasada con un 55% de efectividad, o como mucho haciéndolo desde fuera hacia dentro, iniciando la jugada en las zonas frontal o derecha del ataque y sin acercarse demasiado a la línea de fondo y las esquinas: según se aleja del aro y se escora, sus porcentajes van cayendo hacia el 35%, peores en tiros más allá del rango de los cinco-seis metros. Pau Gasol y thibodeau tienen que encontrarse y entenderse, seguramente poniendo los dos de su parte. Porque Gasol va a jugar mucho, seguro: la cuestión es si va a jugar cuando queman los partidos. Para eso tendrá que dar el plus que no tiene la pareja Gibson-Noah, algo que podrá hacer por talento y estilo siempre y cuando sepa sufrir y salir lo suficiente de las zonas de confort de su juego.

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Con Mirotic las cábalas se convierten en apuestas. No le hemos visto jugar en el nivel NBA y sabemos que tiene un talento innato y extraordinario pero también que se le hacía muy hostil enfrentarse a grandes retos físicos. Bien lo demostraron Dunston en cuartos de la Euroliga o Tyus en la final. También sabemos que Chicago le ha seguido al milímetro en los últimos años y confía en él. Y que no tiene de cara al público norteamericano el cartel con el que sí que cuenta McDermott. También sabemos que la cuesta será más empinada porque a Thibodeau le cuesta abrir la mano con sus rookies. Y que quizá le esté reservando a Mirotic un rol de alero abierto y tirador que le saque de la rotación interior para hacerle competir con Dunleavy y, otra vez, McDermott. Estos, en cualquier caso, han sido los promedios de minutos que han tenido los rookies que han jugado a las órdenes de Thibodeau en Chicago:

 

Omer Asik: 12,1

Jimmy Butler: 8,5

Marquis Teague: 8,2

Erik Murphy: 2,6

Tony Snell: 16

 

Con 23 años y tanto talento, es difícil predecir dónde y cómo aterrizará Mirotic en la NBA, cómo de capaz será de modular sus expectativas y qué le tiene reservado un Thibodeau que no tiene más objetivo para la próxima temporada que ganar y que terminará cerrando una rotación corta y de minutos largos con la que irá al fin del mundo. Ni siquiera es fácil saber si sería mejor por ahora ser quinto interior o tercer alero, si bien el último Mirotic que vimos en Europa sufriría mucho como 3 para defender y atacar el aro y quedaría seguramente limitado a ese rol de tirador abierto. Claro que en su caso cuenta con tiempo y carrera por delante, en realidad toda. Y con el ejemplo de Jimmy Butler, que en dos años convirtió esos 8,5 minutos por partido en 38,7, líder junto a Carmelo Anthony de toda la NBA. Y 2,6 puntos en 13,1. Sin el talento de Mirotic pero con más físico e instinto defensivo, uno de esos soldados perfectos que moldea Thibodeau en titanio y entre los que Mirotic puede ser una rara avis. Pronto veremos si eso es bueno o malo.

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lunes, 29 septiembre 2014

Por Juanma Rubio

¿Cuánto cuesta un quinteto campeón?

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Un montón de dinero, claro. Se insiste tanto en que derrochar no garantiza éxitos, lo que durante muchos años se ha podido llamar el paradigma Knicks, que a veces se olvida que el éxito (hablo del deporte profesional estadounidense) cuesta millones. Unas veces muchos, otras muchísimos. Para ganar anillos hay que gastar bien pero ante todo hay que gastar. Este análisis se refiere a la confección de los quintetos titulares que acaban alcanzando el éxito, no a las (evidentemente esenciales) plantillas completas ni a esos jugadores, sextos y séptimos en la rotación, que resultan más importantes que sus homónimos del quinteto. Sí, con Manu Ginóbili como arquetipo en los últimos años.

 

Cheques, impuestos, oportunidades

 

El debate sobre jugadores infrapagados y sobrepagados va y viene durante las temporadas pero nunca desaparece, estructural porque siempre habrá rendimientos que hagan justicia a los ceros del cheque y otros que se queden a años luz. La necesidad de estabilidad hace que se firmen hoy las cifras que se cobrarán dentro de cinco años, un problema porque algunos jugadores se tumban a la bartola cuando llegan los cheques de primera categoría pero sobre todo porque algunos se lesionan y otros pasan por altibajos en su juego o estado físico. Y todos envejecen. Por eso siempre habrá entre los diez mejor pagados unos cuantos que eran de los diez mejores unos años antes, no en ese momento. Aunque a cambio también hay en casi todos los equipos impecables trabajadores a precio de ganga y proyectos de estrella en ajustados contratos de rookie. Así que lo normal es que ni estén todos los que son ni sean todos los que estén. Esta es, de hecho, la lista de los diez salarios más altos que se pagarán por jugar en la NBA en la temporada 2014/15:

 

Kobe Bryant: 23,5 millones
Amare Stoudemire: 23,4
Joe Johnson: 23,1
Carmelo Anthony: 22,4
Dwight Howard: 21,4
Chris Bosh: 20,6
LeBron James: 20,6
Chris Paul: 20
Deron Williams: 19,7
Rudy Gay: 19,3
Kevin Durant: 18,9
Derrick Rose: 18,8
Blake Griffin. 17,6
Zach Randolph: 16,5

 

Hay cosas que concuerdan y cosas que no casi en la misma proporción. A partir de ahí, las circunstancias para valorar la justicia de cada contrato no dependen sólo del rendimiento estadístico y su trasposición al éxito colectivo, finalmente los elementos de juicio últimos y fundamentales. El proceso de ingeniería de mercados se complica en una trama de necesidades, oportunidades y las inevitables leyes de oferta y demanda. Retener a una buen jugador cuesta dinero, más en esos mercados pequeños donde el dinero vale más. Los centímetros garantizan mercado y buenos cheques a casi cualquier siete pies en condiciones de jugar. Kwame Brown ha ganado casi 65 millones de dólares en su carrera y Hasheem Thabeet roza ya los 17. Fueron números 1 y 2 de draft a hombros del viejo los fundamentos se enseñan, los centímetros no, padre de disparates cuando se toma como dogma de fe. Finalmente, rellenar necesidades concretas sale muy caro en este juego de especialistas, más cuanto más altas sean las miras: ¿O acaso hay que regatear con ese jugador que puede ser la pieza que complete el puzzle de un equipo campeón? El defensor exterior, el protector del aro, el reboteador, el tirador…

 

Además, los cambios de contexto convierten lo bueno en malo y viceversa. Chris Bosh, con sus enormes virtudes y sus notorios defectos, tenía una oferta gigantesca para ser la tercera vía que propulsara definitivamente la era Harden/Howard en los Rockets. Se llevó finalmente casi 120 millones por seguir cinco años en Miami Heat. Movimiento sobrepagado pero seguramente correcto en su contexto: no es mucho más de lo que, en el actual mercado, hubiera costado un jugador de su nivel. Y, el contexto, enviaba un mensaje de control de pánico tras la salida de LeBron en un equipo con, de repente y además, mucha masa salarial disponible. Otro nombre que salta especialmente a la vista es el de Rudy Gay. Pero su vínculo de cinco años por más de 82 millones se firmó en 2010, cuando algunos pensaban todavía que podía convertirse en el Dominique Wilkins de su generación. El tamaño de su contrato confunde: cobra como una estrella y no lo es, pero no es desde luego un mal jugador. Acaba de salir de una temporada de 20 puntos por partido con el mejor porcentaje de tiro de su carrera.

 

Así que casi todo es discutible, salvo casos extremos como los más de 48 millones que le han firmado a Kobe Bryant los Lakers. Demasiado incluso contando con la mezcla de gratitud y peaje que suele requerir la continuidad de una leyenda, un gesto en realidad más manirroto que gentil. Todo es discutible: incluso las teóricas concesiones económicas que hacen los jugadores cuando eligen jugar en un equipo y no en otro, porque no se tributa igual en todos los estados. Texas tiene las mejores condiciones fiscales de Estados Unidos y California las peores (13,3% de impuestos), así que Dwight Howard no renunció a tanto cuando firmó en Houston menos de lo que iba a cobrar bruto en Los Ángeles. El estado de California recaudó en 2012 casi 217 millones de dólares en tributación de sus deportistas profesionales.

 

Otro caso reciente y escrutado al milímetro: Carmelo Anthony ha renovado con los Knicks a cambio de 123 millones de dólares. El máximo que podía ofrecerle la franquicia era de 129 millones, de las que él habría cobrado sólo 66,7. El resto, 46 para impuestos federales y 16,3 para los del estado y la ciudad. Lo otra gran oferta que manejó, la de los Bulls, rozaba los 96 millones por cuatro años. Libres de impuestos, se habría llevado algo menos de 54.

 

Incluso existen impuestos exprés que se cargan a los jugadores por cambiar de estado para jugar sus partidos como parte del equipo visitante. Se les llama Jock Tax y hacen que los jugadores prefieran girar, por ejemplo, por una Southwest con tres equipos texanos y sólo un rival contra el que se paga ese peaje: los Pelicans. Todo esto forma parte de las lecciones con las que machacan con insistencia a los rookies cuando llegan a la NBA en reuniones en las que incluso se les hace repetir, como un mantra, la frase “I don’t want to go broke” (no quiero acabar en la ruina). Ya se sabe: muchos la tienen en cuenta y muchos no. El último Novato del Año, Michael Carter-Williams, puso en plazo fijo intocable los casi 4,5 millones que le garantizaban sus dos primeros años en los Sixers y está viviendo sólo de lo que produce por patrocinios y explotación de su imagen. Pronto llegará el momento de firmar su primer gran contrato, el salto definitivo para los jugadores que llegan a la liga y consiguen quedarse y hacerse un nombre. La generación de 2010, excelente en lo deportivo, ya se ha asegurado 577 millones (el 41% generado por productos de la Universidad de Kentucky, por cierto) en sus siguientes y actuales contratos: John Wall, Derrick Favors, DeMarcus Cousins, Gordon Hayward, Paul George, Larry Sanders o el último, Eric Bledsoe y los 70 millones por cinco años que le acaban de firmar los Suns.

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Quintetos: estrellas, roles, equilibrio

 

Las cifras de los contratos listados al comienzo resultan estremecedoras (y plenamente justificadas sólo en los casos de los LeBron, Durant, Paul y…¿quiénes más?) en la perspectiva de los 63 millones de dólares en los que está proyectado el próximo salary cap (tope salarial), un techo de gasto en salarios que incluye un suelo de 56,7 millones y que supone un aumento del 7,5% con respecto a la temporada pasada, en ruta hacia el crecimiento exponencial previsto para 2016 y que ha hecho que, por ejemplo, LeBron sólo haya firmado por dos años con los Cavaliers. El Rey será este año por primera vez, y este dato explica mejor que cualquier otro hasta qué punto es variable y extraña la ingeniería de contratos, el jugador con el sueldo más alto de su equipo. Nunca lo ha sido, en solitario, hasta ahora. Dos franquicias, once años, cuatro MVP y dos anillos después.

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Si se suman los salarios de la próxima temporada de los jugadores que previsiblemente serán titulares en cada equipo (con el margen de inestabilidad que implica la presunción todavía en septiembre), el resultado es que las franquicias invierten sus quintetos una media de 44,3 millones, casi el 70% de esos 63 millones de margen salarial. Quince equipos, la mitad la liga, están por encima de los 45 millones. Entre ellos, diez de los dieciséis que jugaron los playoffs 2014. Lo normal, con excepciones en los dos sentidos, es encontrar a los grandes aspirantes al frente del ranking y a los equipos en reconstrucción al fondo. Estos son los quintetos más caros para la 2014/15:

 

Brooklyn Nets: 73,8 millones
OKC Thunder: 59,2
LA Clippers: 59
Cleveland Cavaliers: 57,5
NO Pelicans: 57,4
Miami Heat: 54,6
Y estos son los más baratos:
Philadelphia 76ers: 13,9 millones
Orlando Magic: 14
Milwaukee Bucks: 28,5

 

Excepciones: Los Nets viven en esa realidad alternativa en la que el archimillonario Mikhail Prokhorov considera que el impuesto de lujo es una de esas extrañas costumbres americanas. Incluso sin Paul Pierce, siguen reuniendo los contratos de Deron Williams (19,7 millones), Joe Johnson (23,1), Kevin Garnett (12) y Brook Lopez (15,7). Los Pelicans tienen una cifra muy inflada después de asumir los contratos de Jrue Holiday, Eric Gordon, Tyreke Evans y Omer Asik. Y más si se considera que Anthony Davis todavía no ha firmado el contrato máximo que firmará con absoluta seguridad.

 

Excepciones: los Lakers, con un quinteto de más de 51 millones, tendrán negro meterse en playoffs. Y excepciones: los Spurs no pasan de los 39 millones (sólo hay once quintetos más económicos) y ganaron el pasado anillo con 38,3.

Excepciones y formas: los Spurs no sólo no gastan mucho sino que equilibran sus salarios entre los 12,5 millones de Parker y los 3 de un Kawhi Leonard a las puertas, claro, de una extensión súpermillonaria. En el otro extremo están los Rockets, que invierten 36 millones en Dwight Howard y James Harden y apenas 2,5 en Patrick Beverley y Terrence Jones para un total de 47,1 millones incluidos los 8,6 del pródigo Ariza. Beverley y sus 915.000 dólares son de hecho el sueldo más bajo de un titular en toda la NBA, a la altura de un Henry Sims que en teoría comenzará como pívot de los Sixers y por delante de los 981.000 que ha firmado un Wesley Johnson con opciones de ser el alero titular de los Lakers en disputa con el renqueante Xavier Henry.

 

Pero el algodón no engaña. Más allá de los Spurs, esta es la inversión en titulares para la próxima temporada de los equipos del Oeste que juegaron playoffs la pasada: Thunder 59,2 millones, Clippers 59, Rockets 47,1, Blazers 42,3, Warriors 53,7, Grizzlies 53,7 y Mavericks 50,1. Los eliminatorias del Este son más baratas en un sentido literal: 35,9 los Hornets, 39,7 los Hawks y 34,8 los próximos Raptors.

 

El salario medio de un jugador NBA es ligeramente superior a los cinco millones de dólares, una cifra que se dispara en los jugadores titulares que, más allá de ciertas creencias contrarias, se reparten el pastel entre puestos de forma notablemente homogénea. Un base titular cobra 8,7 millones de media, un escolta 7,2, un alero 9,1, un ala-pívot 9 y un pívot 9,5. En general, los jugadores altos sí que siguen siendo más caros y, mientras que hay pocos ala-pívots titulares a precio de saldo, los aleros alcanzan cifras medias similares gracias a un muy notable desequilibrio entre los mejores (que cobran mucho: LeBron, Durant, Carmelo…) y el resto. Históricamente ha sido así y los números lo refrendan: entre los 50 primeros del ranking de eficiencia de la pasada temporada hay 15 ala-pívots y 12 pívots por 11 bases, 9 aleros y sólo 3 escoltas, de hecho el puesto más económico y que tiene a sus representantes en los puestos 12 (James Harden), 34 (Demar DeRozan) y 43 (Monta Ellis). Entre los veinte primeros hay ocho ala-pívots y seis pívots. En el top-ten, cuatro y uno.

 

El milagro en movimiento de los Spurs, otra vez

 

Esos livianos 39 millones que cuesta el quinteto del actual campeón hacen que se pueda permitir una segunda unidad con jugadores como Ginóbili y Diaw, que además rinden por encima de sus sueldos en un ejercicio de rentabilidad máxima. Esa ejemplar perfección de proyecto, en lo deportivo y en lo ideológico, se traslada a la arquitectura de plantilla de una forma asombrosa: los tres quintetos más baratos que han sido campeones en los últimos diez años son… los tres de San Antonio Spurs. 2005, 2007 y 2014. El primero, 29 millones sobre tope salarial de casi 44 (cerca del 66%); El segundo 41 sobre 53 (más del 77%). Y el ganado este pasado junio, algo menos de 39 sobre 58,6 (un 66%). Con salarios además bien modulados en función del rendimiento: Duncan baja de los 17,4 millones de hace siete años a los 10,3 de la pasada temporada; Parker sube de 1,5 a 12,5.

 

El gasto en los jugadores que están en pista en el salto inicial para los últimos diez campeones se ordena así:

 

Lakers 2010: 62,7
Boston Celtics 2008: 61,6
Heat 2013: 60,1
Heat 2012: 55,3
Lakers 2009: 52,9
Mavericks 2011: 47,5
Miami Heat 2006: 42,3
San Antonio Spurs 2007: 41,2
San Antonio Spurs 2014: 38,3
San Antonio Spurs 2005: 29

 

No es casualidad que predominen los equipos articulados en torno a la concentración de estrellas: el big-three de Miami Heat (LeBron, Wade y Bosh acumulaba 47,6 millones en 2012 y 52,1 en 2013. Los últimas versiones campeonas de Lakers y Celtics también se formularon en torno a tres contratos monstruosos: Kobe Bryant, Gasol y Bynum se llevaban en 2010 casi 52 millones mientras que dos años antes Ray Allen, Kevin Garnett y Paul Pierce devolvieron la gloria a los verdes de Boston a cambio de 56 millones combinados.

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Una filosofía que obliga a sacar petróleo del resto de recursos: Lamar Odom o Derek Fisher en los Lakers, o la sorprendente evolución de Rajon Rondo en unos Celtics en los que Doc Rivers convirtió en una roca a un Kendrick Perkins cuyo contrato es ahora una roca para los Thunder. Y en los que sacó chispas de reservas como Eddie House, Tony Allen o James Posey. Como ha hecho Spoelstra en los últimos Heat con veteranos como Mike Miller, Udonis Haslem o Ray Allen, cuyo caso es también paradigmático: estrella  que cobraba 16 millones de dólares en aquellos Celtics que fueron campeones hace seis años y complemento de lujo que se llevó poco más de tres por, entre otras cosas, meter el triple que salvó la vida de los Heat en el sexto partido de las penúltimas finales, en 2013.

 

No es casualidad tampoco que se recuerde como equipos más corales y profundos a algunos de los menos caros, sobre todo Spurs y Mavericks y más allá de la incidencia estelar evidente de los Duncan, Parker o Nowitzki.

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Entrenadores, rookies, decisiones

 

Tampoco es casual que hasta el año pasado fuera Gregg Popovich el único entrenador NBA en activo que colaba su su salario (unos 6 millones anuales) entre los más altos de los head coach del deporte profesional estadounidense, una lista en la que mandan los gurús de la NFL: Sean Payton y Bill Belichick -ambos en el terreno de los 8 millones- además de Andy Reid, Pete Carroll o Jeff Fisher. En los últimos meses, Stan Van Gudy le ha sacado a los Pistons 7 millones anuales por, eso sí, entrenar y dirigir los despachos. Y Doc Rivers ha renovado en los Clippers a ritmo de diez millones anuales hasta 2019 gracias al provechoso escenario que se le abrió en clipperland la necesidad de ganar mezclada con la obligación de dar pasos en dirección correcta u unívoca para recuperar una imagen taladrada por el escándalo Sterling.

 

La rutina de ingeniería financiera que permite competir con garantías requiere de tino y delicadeza, y también de suerte, en firma de contratos máximos y ofrecimientos a los jugadores que salen de contratos rookies, una escala que ciñe de forma obligatoria el estreno en la liga de los elegidos en primera ronda: el último número 1, Andrew Wiggins, se asegura por esa condición algo más de 11 millones por sus dos primeros años de baloncesto. El dos, Jabari Parker, 10. Y así hasta los 2,3 del número 30 que cierra la primera ronda: Kyle Anderson, que jugará precisamente en esos Spurs tan habituados a optimizar contratos como el suyo.

 

La confección de ese quinteto que acaba siendo la estructura del edificio, sea Patrimonio de la Humanidad o una ruina con aluminosis, gobierna el proceso diario de toma de decisiones de las franquicias, especialmente de la que son meritorias y animadoras pero quieren ser más. Cuando hay que dar ese paso, casi siempre el más difícil, es cuando los Warriors se vuelven locos pensando qué hacer con los 15 millones de David Lee y los Blazers no dudan en igualar el ofertón de los Timberwolves y retener a Nico Batum, entonces agente libre restringido, por más de 46 millones en cuatro años. Porque sabían que en el peor de los casos no encontrarían cemento que orbitara mejor en le planeta Lillard/Aldridge y en el mejor estaban garantizando la continuidad de uno de los grandes aleros de la próxima NBA. Ya lo es, de hecho. ¿Sobrepagado? Ajustado al mercado y a las necesidades y disponibilidad de la franquicia.

 

Son estas decisiones sobre apuestas a partir de carencias en los quintetos, un hervidero cada verano, las que disparan o lastran el recorrido de las franquicias y las que encumbran o hunden las carreras de los general managers. Un problema que exige especial delicadeza cuando se trata con jugadores que salen de su primer contrato y para el que los actuales Thunder suponen un perfecto pero inestable experimento porque son un equipo forjado, desde la salida de Seatlle hasta las puertas del anillo, a partir de elecciones de draft. Kevin Durant y Jeff Green fueron números 2 y 5 en 2007 y Russell Westbrook llegó desde el 4 en 2008. Un año después, ya en Oklahoma, aterrizó James Harden desde el número 3 y se recultó a Serge Ibaka, elegido un año antes con el número 24.Las posteriores ampliaciones multimillonarias eran una apuesta inamovible en los casos de Durant, que firmó por más de 89 millones y cinco años en julio de 2010, y Russell Westbrook, 78,5 millones y otros cinco años en 2012. A partir de ahí, la franquicia negocia borrascas de cuya resolución dependen sus opciones de seguir siendo uno de los mejores equipos de la NBA durante la próxima década. Seguramente fue un error priorizar la salida de contrato rookie de Ibaka, que firmó 49 millones por cuatro años que empezaron a ser efectivos la pasada temporada, por delante de la de la de James Harden, que se quedó sin sitio, empujado definitivamente por su confuso desempeño en las Finales de 2012 y que firmó en Houston Rockets un contrato máximo poco después. Un problema que se repetirá ahora con Reggie Jackson, que apura un primer contrato que le dará menos de 2,5 millones esta temporada, ya en medio de tambores de renovación de los que saldrá un contrato mucho más alto en Oklahoma… o en otro sitio. Una situación no muy distinta a la de Steven Adams, que no pasará de los 2,1 millones ahora y que es la  llave para deshacerse de una vez por todas de los más de 9 que recibirá un Kendrick Perkins que está a años luz de ser un pívot titular a la altura de esos números y que nunca ha respondido a las expectativas de una operación que obligó a la salida de Jeff Green. Jackson fue número 24 en 2011 y Adams, 12 en 2013.

 

Un panorama en perpetuo movimiento que avanza hacia una interesante bifurcación: por un lado el exponencial incremento del salary cap que llegará en dos años y que seguramente premiará de nuevo a los más pudientes (jugadores y equipos); Por otro el actual y mucho más crudo marco del impuesto de lujo, de hecho prohibitivo ya para muchas franquicias aunque, otra vez, apenas una molestia para ese Midas Prokhorov que tiene a los Nets en casi 89 millones de inversión total en plantilla para una temporada en la que sólo se proyectan más allá del impuesto de lujo los Clippers y los dos equipos de la Gran Manzana, los Nets y esos Knicks que cargan con los casi 35,5 millones que suman entre Bargnani y un Stoudemire que cierra este año un contrato mastodóntico que le ha pasado por encima entre lesiones y la repentina ausencia de las asistencias de Steve Nash. Otro ejemplo de los peligros de la indigesta mezcla de oportunidad, necesidades, ingeniería de despachos... y suerte. Un sudoku en el que sólo hay una respuesta segura: hacer un equipo campeón en la NBA implica poner millones encima de la mesa. Unas veces muchos, otras muchísimos.

 

 

 

 

 

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