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El blog de Juanma Rubio

Un blog para tratar el pasado, presente y futuro del baloncesto tanto nacional como internacional: ACB, ULEB, Euroliga, Eurocup y la NBA.

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martes, 16 septiembre 2014

Por Juanma Rubio

Coach K: el padre de la redención

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Poco antes de los Juegos Olímpicos de Londres, el Team USA visitó el Cementerio Nacional de Arlington, donde descansan soldados de todas las guerras que ha librado el país de las barras y estrellas desde la de Independencia a las de Irak y Afganistán. Allí, entre una cuadrícula de interminables hileras de lápidas que descansan bajo las 72 toneladas de la Tumba al Soldado Desconocido, los mejores jugadores de baloncesto del mundo se quedaron absortos durante unos minutos que parecieron horas. “Ese día… sólo puedo asegurar que nunca lo olvidaré”, explicó después un Kevin Durant al que todavía atronaba el ruido de tanto silencio. Aquella visita, como la parada en una base militar de Corea antes del Mundial de Japón, formaba parte del programa que sigue a pies juntillas Coach K: Mike Krzyzewski, padre de la nueva era dorada de la Selección estadounidense de baloncesto.

 

La inspiración castrense le viene a Krzyzewski (que se pronuncia zha-zhev-ski) de su paso por la Academia Militar de West Point, donde se graduó en 1969, donde jugó y entrenó y donde conoció a Bobby Knight. Y, adaptada al ideario deportivo, forma parte del sistemático y constante proceso de reeducación en el que entró la Selección de Estados Unidos, en realidad todo el conglomerado que se parapeta bajo la estructura del USA Basketball, después de tocar fondo en el Mundial de Indianápolis en 2002 (sexta, 6 victorias y 3 derrotas) y en los Juegos de Atenas 2004, donde se llevó el bronce después de perder tres partidos, uno más de los que había perdido en toda la historia olímpica hasta entonces. En 2005 Jerry Colangelo se puso al frente de unas oficinas que eran todo caos y comenzó un proceso destinado a enterrar la noción de que a Estados Unidos le bastaba con reunir a los doce mejores jugadores disponibles en cada momento y lanzarlos a jugar tras concentraciones de menos de dos semanas y organización como mínimo laxa. El directivo Jim Tooley dijo entonces que la “la selección iba a acabar consiguiendo que todo el mundo odiara el baloncesto estadounidense”. Las razones: “Juntábamos a un puñado de jugadores, entrenaban unos días, les explicábamos de pasada un par de normas FIBA y les decíamos que se fueran a ganar un oro. No respetábamos lo que estaban haciendo todos los demás equipos así que no podíamos inculcárselo a los jugadores”.


De la improvisación había que pasar a pensar en términos de programa integral. En la decisiva hora de elegir arquitecto para la rehabilitación a la que luego se llamó Redeem Team (el equipo de la redención), Colangelo reunió en secreto a leyendas como Michael Jordan, Larry Bird, Jerry West o Chuck Daly. De entre todas sus vivencias en sus periplos con la selección y de entre todos los nombres que surgieron en esas interminables conversaciones terminó quedando uno por encima de todos: Krzyzewski.

 

Coach K es un tipo pragmático y extremadamente competitivo, en el que LeBron James dijo ver “todas las razones por las que estamos orgullosos de ser estadounidenses”. El sueño americano de un niño de origen polaco y cuna muy humilde que ha acabado siendo uno de los grandes entrenadores de la historia, ya miembro del Hall of Fame y al frente de la Universidad de Duke desde 1980, con récord de triunfos universitarios y un reguero de suculentas ofertas NBA rechazadas a lo largo de los años: de los Celtics a los Lakers a los más de 12 millones anuales que le pusieron sobre la mesa los Nets. Nunca ha habido forma de llevar a la gran liga a un tipo que es la K de Duke: cuatro títulos (el primero en 1991, el último en 2010) y billete para el torneo final en 29 de los últimos 30 años, 19 seguidos desde 1996 hasta el último, en 2014. Mucho más allá, las raíces de la familia Krzyzewski están ya hundidas en el tejido de la comunidad de Durham hasta lo inseparable. Más: la pista que pisan los jugadores que saltan al Cameron Indoor Stadium fue bautizada como Coach K e incluso existe, cada año y puntualmente desde hace casi tres décadas, un lugar llamado Krzyzewskiville (K-Ville): las explanadas de césped donde acampan los estudiantes que todavía no se han graduado para poder acceder a los partidos de Duke cuando llega el gran torneo universitario.

 


Bobby Knight, mentor que ya le contrató como asistente en la Selección para los Juegos de 1984 que acabó ganando el oro ante España, dice no haber visto nunca a nadie con la capacidad de Krzyzewski para “conocerse a sí mismo y a sus jugadores”. La Selección de Estados Unidos le permite ejercitar un tipo de liderazgo radicalmente distinto al de su día a día: de trabajar con jóvenes que sueñan con llegar a la NBA a hacerlo con los mejores jugadores de esa NBA. Un abismo que se sabe de memoria: también era asistente de Chuck Daly en el Dream Team de Barcelona 92 después de haber dirigido a la Selección en el Mundial de 1990. Entonces EE UU, con un grupo de jugadores no profesionales que no superaba los 20 años de edad media, fue tercera sólo a la espalda de dos versiones termonucleares de dos gigantes extintos: Yugoslavia y la Unión Soviética.

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Hasta que en 2005 aceptó un reto que por entonces era mayúsculo, un sudoku al que arrimaba pero en el que también ponía en cuestión su hasta entonces intocable reputación, la que nunca ha llegado a testar la NBA. Krzyzewski nunca aceptó entrenar a profesionales pero sí afrontó el reto de enseñar a los mejores de entre los mejores profesionales que sólo volverían a ser invencibles si entendían que habían dejado de serlo. Desde entonces ha ganado 75 partidos de 76, un 98,7% de triunfos que no han visto más derrota oficial que la de semifinales del Mundial de Japón ante Grecia (95-101), el 1 de septiembre de 2006. Hace más de ocho años. Ha ganado dos oros olímpicos y dos Mundiales, además de un Torneo de las Américas. Cinco campeonatos saldados con 44 victorias en 44 partidos… por una media de 31,4 puntos de diferencia.

 

La redención era eso pero no era sólo eso. Krzyzewski sabía que el baloncesto internacional había dado el salto al hiperespacio desde que el Dream Team arrasó Barcelona con muchos de los mejores jugadores de siempre. Y sabía que era importante volver a ganar casi siempre pero que era todavía más importante la forma en la que se ganaba. Por eso las concentraciones se han convertido en verdaderos campus en los que Coach K ensambla piezas, ajusta egos, establece vínculos, refuerza compromisos y explica las reglas de otro baloncesto y los peligros de rivales aparentemente inferiores. Su éxito son cuatro oros en seis años pero es también la excelente imagen que sus jugadores han dejado, en cada competición un poco más que en la anterior, como competidores y como deportistas. A años luz de aquellas versiones empalagosas y demasiado queridas de sí mismas de los Team USA de no hace tanto. Habla James Harden: “El entrenador nos ha hecho sentir lo que de verdad significa representar a Estados Unidos y llevar esa camiseta más allá de los clichés. Ahora mucha gente nos pregunta si no sería mejor tener más tiempo para descansar en verano y no arriesgarnos a tener lesiones graves como la de Paul George. Él ha sabido inculcarnos las respuestas a esas preguntas: jugamos por la pasión por el baloncesto. Pero no sólo por la que sentimos nosotros, también por la de toda la gente a la que representamos”.

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En ese sentido, esta versión 2014 de Estados Unidos que ha sorprendido siendo la más inabordable cuando parecía más accesible que las de Pekín o Londres, queda como la obra maestra de Krzyzewski en el baloncesto internacional. Por ahora. Quizá porque jugadores muy jóvenes y en tránsito hacia el estrellato masivo compraron su mensaje con especial fidelidad, quizá porque su fórmula ha cuajado ya. El programa. Además, en el aspecto puro de entrenador, Krzyzewski también ha dado una lección de adaptación. Sin sus grandes estrellas y sin los '4' abiertos que suele usar como estilentes fulminantes (Kevin Durant, Carmelo Anthony…), Estados Unidos presentó un bloque mucho más blindado por dentro y con una estructura adaptada al estilo FIBA: al estilo europeo. Líderes, jugadores con buen manejo de balón, tiradores, obreros y una buena combinación de pesos pesados y atletas elásticos en las zonas. Un equipo joven que ha repartido minutos, puntos y protagonismo con armonía y compañerismo y que se fue del Mundial dejando un rastro de empatía, comportamiento exquisito y sonrisas que enmarcan otro oro colgado al cuello. La redención, finalmente, era eso. Todo eso.

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sábado, 19 julio 2014

Por Juanma Rubio

Lakers: no se trata sólo del contrato de Kobe...

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…Y ahí va Kobe Bryant, un solitario barco de 48 millones de dólares que navega hacia la puesta de sol"

 

La frase es una adaptación libre de la reflexión de un periodista estadounidenses en el puñado de horas convulsas en las que el mapa de la NBA se redibujó con LeBron de vuelta a Cleveland, Carmelo echando el ancla en Nueva York y Gasol haciendo los casi 3.000 kilómetros que separan Los Ángeles de Chicago. Es decir: ningún premio gordo para los Lakers. Es decir: como mínimo otro año en barbecho. Es decir: todas las miradas sobre Kobe Bryant

 

En los últimos días he discutido bastante, o como mínimo he tratado de matizar, la ecuación básica según la cual la renovación de Kobe Bryant es el eje de todos los males de los Lakers. Recuerdo: al filo de los 36 años, 18 de ellos en la NBA, Kobe regresará después de una temporada de sólo seis partidos y tras una pesadilla en formato lesiones que incluye una rotura del tendón de Aquiles que suele ser epitafio para muchos deportistas veteranos. Fue el 12 de abril de 2013 y mientras hacía monstruosidades sin más objetivo que meter en playoffs a aquel disfuncional equipo (Nash, Kobe, Gasol, Howard) en el que no funcionó nada. En los seis partidos anteriores a la lesión había jugado 45,4 minutos de media. En diez días. Y cuando hizo crack ante los Warriors llevaba 44:54 en cancha. Sus números en esos siete partidos, por cierto: 28,8 puntos, 7,2 rebotes y 8,4 asistencias. El 25 de noviembre, y cerca de salir de la ampliación de contrato firmada en 2010 (83,5 millones de dólares por tres años), los Lakers le firman a Kobe una extensión de dos temporadas más y un total de 48,5 millones. Es decir: en la 2014-15, Kobe cobrará más de 24 millones sobre un tope salarial que estará establecido en torno a los 63.

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¿Desmesurado? Sin duda ¿Una hipoteca intolerable hasta para esos Lakers que parecen tener una fábrica de billetes en los sótanos de las instalaciones de El Segundo? Desde luego. Pero: ¿la madre de todos los problemas de los Lakers? No. Eso no. El asunto no es ni tan reciente (recuerdo: la firma llega en noviembre de 2013) ni tan sencillo. Por eso llevo días discutiendo y repitiendo una frase que va camino de convertirse en mi mantra del verano: el contrato de Kobe tiene la culpa de que los Lakers vayan a seguir siendo un mal equipo, no de que hayan llegado a serlo. Lo que sigue es una hoja de ruta de un viaje a ninguna parte que se ha cobrado ya unos cuantos jirones de la mística de una franquicia que se puede permitir perder todo menos precisamente eso: la leyenda y la metáfora de Hollywood. La foto de Magic Johnson y Jerry Buss empapados en champán con el trofeo Larry O’Brien debajo del brazo.

 

El 17 de junio de 2010 los Lakers ganan en el Staples una pelea de perros callejeros (83-79) a los Celtics y son campeones de la NBA. Es el segundo título seguido, un back to back que trae de propina el primer triunfo de siempre en un séptimo partido ante un archienemigo al que encima pasaban la cuenta de la derrota de 2008. Buenos tiempos. Llegaron a playoffs tras una temporada de 57 victorias que siguió a una de 65. Después: 57, 41 (con lockout), 45 y el último e infame 27-55. De aquel equipo sólo queda Kobe Bryant.

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Los Lakers, y también conviene recordarlo, tenían un plan para refrescar un equipo campeón pero cerca del agotamiento físico y mental. Por eso una de las fechas definitivas para entender la descomposición actual es el 8 de diciembre de 2011. En esa fecha los Lakers se hacen con Chris Paul en una operación que llevaba a Pau Gasol a Houston Rockets y a Lamar Odom, Luis Scola, Kevin Martin y Goran Dragic a New Orleans Hornets. Pero Stern, rigiendo en nombre de la NBA los designios de unos Hornets en proceso de venta y presionado hasta el extremo por un núcleo de propietarios de los considerados mercados pequeños, aplicó un veto que anuló el traspaso. Chris Paul tuiteó un simple “WoW” y los Hornets, que iban a quedarse de cualquier forma sin el mejor base de la NBA cuando este acabara contrato aquel verano, le enviaron menos de una semana después a los Clippers a cambio de Al-Farouq Aminu, Eric Gordon, Chris Kaman y una primera ronda de draft.

 

Vistas las ofertas y con el recuerdo de cómo se gestó la intromisión, el asunto fue una cacicada en la que influían el temor al nuevo gusto de las estrellas por reagruparse, la entonces reciente decisión de LeBron James o el recuerdo colectivo de cómo los Lakers se llevaron a Pau Gasol de Memphis a cambio de lo que en su momento parecía casi nada. Ese movimiento, lo nunca visto, congeló a unos Lakers en cuya boceto había un backcourt formado por Paul y Kobe y un futuro con Dwight Howard, íntimo de Paul y con el que, se decía, había acordado hacer ambos todo lo posible para jugar juntos.

 

Desde ahí, ningún plan funcionó y la política de renovación encalló, sin capacidad para hacer buenos traspasos en el momento oportuno. Pau Gasol se ha pasado casi tres años yéndose a todas partes sin irse a ninguna y saliendo finalmente como agente libre y sin dejar nada a cambio. Lamar Odom salió en diciembre de 2011 a cambio de casi nada: una futura ronda de draft de los Mavericks y una trade exception. El gran giro copernicano llegó con el intento Nash-Kobe-Metta World Peace-Gasol-Howard, un órdago que pudo salir bien pero que ni siquiera tuvo ocasión de despegar: Nash se perdió 32 partidos, Gasol 33 y Howard se pasó el año recuperándose de la espalda y haciéndose daño en el hombro. Claro que esa maltraída apuesta nacía capada por, y enlazo con el siguiente gran problema, la inestabilidad y falta de jerarquía en el banquillo.

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Jerry Buss, seguramente el mejor propietario de la historia del deporte estadounidense, muere el 18 de febrero de 2013 tras una larga convalecencia. Los Lakers pasan definitivamente a estar a cargo de unos hijos no siempre bien avenidos con Jeanie, la pareja sentimental de Phil Jackson, y Jim a la cabeza. Jim, hijísimo sin testar como gestor, amplía su capacidad de decisión e impone su rechazo (tras mucho tiempo de guerra fría) a Phil Jackson y a todo lo que tuviera que ver con único entrenador que ha hecho campeones a los Lakers (y cinco veces) desde Pat Riley. Jackson se va en el verano de 2011 y llega Mike Brown, que cabe entero en uno solo de los zapatos del Maestro Zen. Cuando Brown sale propulsado por el mal inicio de curso -noviembre de 2012- Phil Jackson vuelve a escena y está a un paso de regresar hasta que el juego de tronos del hijísimo Jim le envía de vuelta a su rancho de Montana y pone los Lakers en manos de Mike D’Antoni. Esa inestabilidad, esa falta de peso e influencia en el banquillo, ha afectado de forma drástica en el mal rendimiento deportivo del equipo pero también en el desinterés de los grandes agentes libres. Los Lakers son un equipo inestable que gatea por un campo de minas y no pueden evitar airearlo. Pero en una realidad alternativa, negada por errores de otros y sobre todo propios, podría haber estado vendiendo en estos dos últimos años un proyecto con Chris Paul, quizá Dwight Howard y la figura de Phil Jackson en el banquillo o en un despacho. Y su magnetismo, eso que ahora se llama cultura ganadora, está al lado de un saco de millones y las preferencias de LaLa Vazquez en la lista razones por las que Carmelo Anthony ha decidido seguir en los Knicks.

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Porque claro, los Lakers actuales tienen a Phil Jackson y Derek Fisher repensando los Knicks, a Magic Johnson flirteando con comprar los Clippers, a Pau Gasol rechazando más dinero para jugar al otro lado del país y a casi todos los analistas tomándose casi a broma desde el principio su interés por LeBron James o Carmelo Anthony. O por Chris Bosh y hasta por un Kevin Love que hasta hace poco parecía destinado a jugar en L.A. Los grandes jugadores no quieren jugar ahora en los Lakers y, en ese sentido, se estableció un peligroso hito el 13 de julio de 2013 cuando Dwight Howard se fue a Houston Rockets dejando atrás una oferta más lucrativa a corto plazo de los Lakers. Una estrella todavía en sus años de plenitud se iba por su propia voluntad y a la carrera de los Lakers: lo nunca visto, otra vez.

 

De todo este embrollo es del que hay que desenmarañar el actual influjo negativo de Kobe Bryant. Dicen que Dwight Howard decidió irse cuando Kobe le dijo que le quedaban “tres o cuatro años más”. Kobe es como es y resulta difícil que una megaestrella se meta en su redil a estas alturas y se mate por ganar partidos con un contrato que tendría que ser notablemente inferior al de Kobe y en un equipo que seguiría siendo el de Kobe. En ese sentido, él no ha sabido gestionar el tan cacareado paso a un lado, airear que sería un patrón inteligente y colaboracionista con las estrellas que pudieran llegar. Ahí hacen esos 48 millones de marras más daño que en los libros de cuentas. Los ceros de los cheques establecen las jerarquías y si algo pergeñó ese nuevo contrato es que los Lakers seguirían siendo kobecentristas. Porque al final el asunto filosófico trasciende al económico: Tim Duncan rebajó sus pretensiones en esos Spurs que siempre tienen un plan, Nowitzki acaba de cambiar los 22,7 millones que cobró la pasada temporada por los menos de 8 de la próxima para encontrarse en un equipo que difícilmente irá más allá de la segunda ronda de playoffs y en el que cobrará unos 7 millones anuales menos… que Chandler Parsons. No todo es cuadrar números y hacer espacio. Hay que tener plan e imán. Los Lakers muchas veces han tenido lo primero y siempre han estado por encima del resto en lo segundo. Eso está cambiando y ese puede ser el verdadero drama para la franquicia a medio y sobre todo largo plazo. No puede pasar de lo que es y será a sólo lo que fue y por ahí está perdiendo muchas batallas y tal vez la guerra.

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A partir de ahí, desde luego el contrato de Kobe Bryant es una rémora sangrante para estos actuales Lakers que ni van ni vienen. No se puede servir a dos señores y no se puede, salvo contadísimas y geniales excepciones, reconstruir casi desde la tierra quemada y competir al mismo tiempo. En ese galimatías está el equipo y parece muy cándido pensar que si Kobe hubiera firmado un contrato normal LeBron o Carmelo, o LeBron y Carmelo, estarían ahora buscando casa en Los Ángeles. Un contrato normal: la mitad de lo que va a cobrar Kobe sería una cifra ya inflada por el inevitable agradecimiento por los servicios prestados y la necesidad de evitar un sainete con uno de los grandes jugadores de la historia: de la franquicia y del baloncesto. Es difícil escrutar la mente de Kobe Bryant, un competidor híper obsesivo que ya ha ganado casi 280 millones de dólares sólo en contratos con los Lakers y sin contar sus inacabables ingresos publicitarios. Pero en el pecado lleva la (multimillonaria, eso sí) penitencia: se ha matado para volver tras un año de medio en rehabilitación y se va a encontrar con que le recibe un  equipo de outsiders sin objetivos demasiado claros. Y eso afectará a su legado como jugador y eso es algo con lo que el Kobe post Shaquille no parecía dispuesto a negociar. Así que tal vez nada sea lo que parece pero hay una cosa clara: el desaguisado actual de los Lakers se ha gestado en los últimos cuatro años. La renovación irresponsable de Kobe sólo ha sido otra piedra en el camino. Enorme, pero otra más. Ahora las cuentas no salen y los planes ni se vislumbran. Así que, a una afición tan poco acostumbrada a sufrir, sólo le queda aferrarse al viejo lema que va impreso por la memoria colectiva de la NBA: los Lakers siempre vuelven. Y muchas veces, ahora cuesta creerlo, bastante más rápido de lo previsto.

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lunes, 26 mayo 2014

Por Juanma Rubio

¿Es Chris Paul el mejor base de la NBA?

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Chris Paul: 29 años, de profesión mejor base del mundo. ¿O no? Lo sea o no, y advierto que creo que lo es, suma nueve temporadas en la NBA en las que ha visto por televisión todo lo que ha pasado en playoffs más allá de las semifinales de Conferencia. Lleva seis visitas a la postemporada con tres eliminaciones en primera ronda y tres en segunda. Y se acaba de convertir en el primer jugador de la historia que supera las 6.000 asistencias en su carrera sin haber sido capaz de llevar a su equipo a, al menos, una final de Conferencia.

 

Casi dos semanas después del adiós de los Clippers a la que podría haber sido su temporada, todavía se analizan las razones del descarrilamiento de la, para muchos, plantilla más completa de la NBA. La que ganó 57 partidos en Regular Season, tercera marca del Oeste y tercera de la liga: los Pacers ganaron 56 y Miami 54. Chris Paul, recuerdo, llegó a los Clippers para cambiar la historia. Por ahora lo ha hecho sólo en la parte correspondiente a la letra pequeña. Lleva tres temporadas en L.A. y los Clippers han superado siempre el 60% de victorias y jugado playoffs. Como son los Clippers, eso es cambiar la historia. Su historia.

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Los Ángeles: Paul aterriza en los Clippers el 14 de diciembre de 2011 a cambio de Aminu, Eric Gordon, Kaman y una primera ronda de draft invertida después en Austin Rivers. 14 de diciembre: menos de una semana después del veto que impidió el traspaso consumado de Paul a los Lakers, el vecino que tenía un plan de reconstrucción que pasaba por el base y Dwight Howard, amigos y cabezas de la NBA en sus respectivas posiciones. El veto de Stern, razones baloncestísticas, dio la gran oportunidad a la franquicia que nunca ha tenido demasiadas grandes oportunidades y que este mismo año ha vuelto a dispararse en el pie. Cuando se iba colando en el corazón de los aficionados, estalló el caso Sterling. Cuando éste podía haber sido utilizado para construir una narrativa de épica y superación en ruta hacia un anillo (o unas finales al menos), el equipo la pifió en lo deportivo ante los Thunder y después de sudar la gota gorda ante los Warriors.

 

Sobre la caída (¿antes de tiempo?) de los Clippers se pueden hacer dos anotaciones a pie de página. En lo colectivo conviene recordar que este es un Oeste especialmente salvaje en el que el principal objetivo de los Clippers era asentarse entre la realeza, por delante de una clase alta superpoblada y opulenta en la que empujan Warriors, Rockets, Blazers o Grizzlies. Logrado ese objetivo, no deberían considerarse un fracaso estrepitoso las monedas que salgan cruz en los duelos directos entre mastodontes como (cada uno en su estilo) Thunder, Spurs o los propios Clippers. En lo individual, la buena prensa que casi siempre ha acompañado a Paul contrasta con opiniones generalmente más extendidas que reales y muy de este lado del Atlántico: los Clippers han jugado en playoffs contra otros dos bases extraordinarios. Stephen Curry lo es más allá de ser un tirado delicioso (23 puntos y 8’4 asistencias en primera ronda); Y desde luego Westbrook lo es aunque muchos aprovechen sus defectos para sepultar sus virtudes: 27’8 puntos, 6 rebotes y 8’8 asistencias en segunda ronda ante los Clippers. Contra todo eso ha peleado Chris Paul.

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Así que hay coartada en lo individual y lo colectivo pero este proyecto clipper se había creado precisamente para fumigar coartadas. Al final, los grandes jugadores y los grandes entrenadores (los grandes equipos) son los que no quieren ni oír hablar de ellas. Y los Clippers han perdido una gran ocasión en estos playoffs de 2014. Tener a Paul debería llevarte más lejos. Y poner a Doc Rivers al frente debería ayudarte en momentos críticos. Así que la derrota es una posibilidad y la demolición una exageración, pero sí es lógico que las jerarquías se revisen con perspectiva después del patinazo. Chris Paul ha jugado unos playoffs de promedios intachables (19’8 puntos, 10’4 asistencias, 4’2 rebotes, 2’8 robos y un 45% en triples). Ha tenido momentos antológicos (5 triples en el primer cuarto cuarto y 8/9 totales en la apertura de segunda ronda en Oklahoma) y partidos casi perfectos (22 puntos, 14 asistencias y 4 robos en el peliagudo séptimo ante los Warriors). Ha demostrado que es un competidor feroz y un jugador incómodo para rivales y árbitros: de la defensa a Kevin Durant (1’83 contra 2’06) en el milagro de su equipo en el cuarto partido en pista de los Thunder (24-38 en el último cuarto y 23 puntos, 10 asistencias y 4 robos de Paul) a las acciones más allá del límite de la falta para evitar triples decisivos de Curry en primera ronda y Westbrook en segunda. La primera no se la pitaron y valió el 2-1 y la recuperación del factor cancha ante los Warriors, la segunda sí y su equipo acabó perdiendo el polémico y a la postre decisivo quinto partido ante los Thunder. Pero también se ha equivocado de forma grosera en momentos muy importantes de partidos: donde él no debería. Tiros libres errados a destiempo en el fallido arranque ante Golden State o dos pérdidas impropias en el último minuto del citado quinto partido en Oklahoma. Y conviene advertir que a él se le ha criticado pero que a Westbrook se le hubiera aniquilado en situaciones y condiciones similares.

 

El 10 de julio de 2013, Chris Paul firmó una ampliación de contrato con los Clippers (con el mismo Sterling al que por entonces ya precedía su fama de racista, por cierto) de más de 107 millones por cinco años, con una player option en la 2017/18. En semejante cheque viaja la obligación de liderar a su equipo, llevarlo lejos (más de lo que lo ha llevado hasta ahora) y cargar con las críticas cuando vengan en cascada. Con una batería de exteriores retumbante, un entrenador experto en playoffs y un juego interior muy mejorado con una versión súper de Griffin y un DeAndre Jordan al que Doc Rivers hizo parecerse por fin a un pívot útil, este podría haber sido el año de los Clippers. Podría

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Con la eliminación llegaron las dudas: incluso hubo quien aseguró que un jugador franquicia no podía medir 1’83. Y quien recordó que Paul tampoco supo llevar a Wake Forest al Sweet 16 en dos temporadas universitarias que sí sirvieron para que viera su camiseta retirada (número 3). De un plumazo quedaron en suspenso los siete All Star (con un MVP), las inclusiones en el Mejor Quinteto (primer clipper que lo logra desde el traspaso a L.A.), los tres títulos de mejor asistente y los seis de mayor ladrón de la NBA. O que es segundo en el ranking de eficiencia de todas las carreras completas de todos los jugadores en activo sólo por detrás de, claro, LeBron James. O los dos oros olímpicos como una de las piezas esenciales del Redeem Team que devolvió a Estados Unidos a su carril de supremacía de Pekín a Londres. En la segunda final apareció cuando España soñaba (85-84 ya en el último cuarto) para sumar en menos de tres minutos cinco puntos, un robo y una asistencia a Durant que abrieron la zona de confort que necesitaban los estadounidenses: 93-86 en un santiamén.

 

Nadie discute al Chris Paul de Regular Season: este año 19’1 puntos, 10’7 asistencias, 2’5 robos (por 2’3 pérdidas) y 4’3 rebotes, más que cualquier base que no sea Tyreke Evans (que ya no juega de base), Kyle Lowry o Michael Carter-Williams. El que está en cuestión es el Paul de postemporada, el que ha cobrado esta temporada 18’6 millones y ha dejado a su equipo aparcado en segunda ronda. El que no llega más allá aunque haya sido capaz de jugar playoffs seis veces en sus nueve temporadas en la NBA (todas en el Oeste…), sólo dos veces con equipos de aspiraciones realmente legítimas. Estos Clippers de la 2014 y los Hornets de 2008, la sensación de la liga durante buena parte de aquella temporada y semifinalista del Oeste que llegó a ganar 3-2 (perdió 3-4) a unos Spurs que después se quedaron ante los Lakers sin billete para las finales. Eran unos Hornets dirigidos por Byron Scott, con la precisión del último gran Stojakovic y con Paul propulsando su carrera y las de David West y Tyson Chandler. En aquellos playoffs, el base se fue a 24’1 puntos, 11’3 asistencias, 4’9 rebotes, 2’3 robos y sólo 1’8 pérdidas por partido. Números descomunales. Al último Paul de Nueva Orleans, por cierto, hay que recordarle también su viaje a playoffs en 2011 con un equipo casi desmantelado y azotado por lesiones. Y dos obras de artes en los dos triunfos improbables de su equipo en primera ronda ante los Lakers, que defendían título: 33 puntos, 14 asistencias, 7 rebotes y 4 robos en el primer partido en el Staples. Y 27 puntos, 13 rebotes y 15 asistencias en el cuarto, una monstruosidad en NOLA que puso un increíble 2-2 (al final, 4-2 para Lakers).

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Paul es un defensor inteligente y físico, un líder carismático fuera de la pista y duro (no more mister nice guy) en ella. Un anotador que ha ido ampliando repertorio (especialmente en el tiro exterior) y un playmaker de primera categoría, que asiste a su antojo y, sobre todo, hace mejores a sus compañeros. Si se hace una media pura con todos los atributos que debe tener un buen base, resulta casi imposible (aunque opinable) encontrar uno mejor en la NBA desde que llegó con el número 4 del draft de 2005. Justo por detrás de un Deron Williams que le hizo sombra mientras estuvo en Utah pero que ha dimitido en los Nets entre la desgana y los problemas con los tobillos. Paul y Deron han sido el eslabón perdido entre dos generaciones de bases, la última un torbellino de jugadores híper físicos y en su mayoría extraordinarios. Pero Paul ahora mismo sigue siendo mejor gestor que Westbrook o Wall, más completo que Curry, más fiable que Rose (claro), mejor anotador que Rondo o Ricky, más brillante que Conley o Holiday, más jugador aunque (quizá menos jugón) que Irving y mejor maquinista que Tony Parker. Por lo tanto el mejor base de la NBA. El mejor base del mundo.

 

Pero finalmente la cuestión no serán sus dobles-dobles, en la última Temporada Regular 39 en 62 partidos, el único exterior entre los 20 mejores de la liga hasta que aparecen los 29 de John Wall… en 82 partidos. El debate girará cada vez más, ya lo está haciendo, hacia los anillos, las finales y las batallas ganadas en playoffs. Eso distingue a los grandes jugadores de los extraordinarios y esa es la última frontera para un Chris Paul del que no hace tanto, recuerdo, se debatía si era ya uno de los mejores guards de la historia. Mejor detenerse en que es ahora el mejor de los que juegan ahora. Pero todavía un jugador pendiente de la evaluación definitiva, de demostrar que es capaz de llevar a su equipo al último estrato competitivo. La presión aumenta a medida que mejoran sus cartas. Y este año llevaba una mano ganadora: plantilla de lujo y Doc Rivers. Desde ese punto de vista, la temporada 2013/14 queda más como una ocasión perdida (¿o será la maldición de los Clippers?) que como otra gran campaña en lo individual. Otro verano en el que toca escuchar que no se puede llevar a un equipo al anillo desde esos 183 centímetros. Pero si me preguntaran, todavía hoy, con qué base me gustaría que mi equipo jugara un partido decisivo, diría Chris Paul. Seguro.

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lunes, 12 mayo 2014

Por Juanma Rubio

¿Te acuerdas del Run TMC?

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Normalmente, cuando hacemos memoria nos aupamos sobre equipos de leyenda, victorias históricas o trances inolvidables. Equipos de los que, otra vez normalmente, no habría que preguntar quién se acuerda de ellos y quién no. Pero a veces hay que abandonarse al romanticismo más puro y darse la vuelta por lo que fuimos para echar un vistazo a un equipo que perdió más de lo que ganó y duró muy poco…. Pero que se lo pasó de maravilla y amenazó con poner la NBA patas arriba. No lo hizo pero dejó un inolvidable aroma a contracultura. Romanticismo: entonces pensábamos hasta donde podría llegar y ahora, y tantos años después de su final abrupto, nos preguntamos hasta donde habría llegado. Un equipo que tenía tres jugadores maravillosos, un científico loco pero genial en el banquillo y hasta un apodo para el recuerdo. Y tú, ¿te acuerdas del TMC?

 

Uno de los nombres primigenios que aparecen al final del ovillo de lana que es la cultura hip-hop es el del Run DMC, los raperos de Queens que fueron los primeros en su género en alcanzar un disco de oro y que acabaron en el Rock And Roll Hall of Fame. Formados en 1981, su nombre sirvió ocho años después para jugar con las palabras y propiciar uno de los sobrenombres más míticos de la historia de la NBA: el Run TMC, los Golden State Warriors del tramo 1989-1991. El equipo de Tim Hardaway, Mitch Richmond y Chris Mullin. Tim, Mitch y Chris. T, M y C: Run TMC. Les dirigió el inconfundible (te guste más o menos siempre lo fue: 100% genuino) Don Nelson y pusieron la liga del revés a base de anotar puntos en formato avalancha. Un espectáculo sin consideración por las defensas, ni la del rival ni la propia, y que seguramente por eso no dio para ganar pero nos divirtió como pocos equipos lo han hecho. O así lo recuerdo al hacer memoria que, ya se sabe, suele ser muchas veces hacer poesía. Desde entonces, los Warriors han sido un equipo que ha sabido meterse en el corazón de muchísimos aficionados a la NBA. La Bahía de San Francisco, equipaciones fantásticas, el recuerdo difuminado de los campeones liderados por Rick Barry y Jamaal Wilkes (1975) y sus exquisitas revoluciones posteriores. El equipo que propulsó en 2007 Baron Davis, el del espíritu del We Believe que reventó desde el octavo puesto y en primera ronda a unos Mavericks que venían de jugar la anterior final y de ganar 67 partidos en Regular Season. O, ahora con la dulce criminología aplicada del extraordinario Stephen Curry y su escudero Klay Thompson. Puro ADN warrior que no ha terminado de maridar con Mark Jackson, muy poco ADN warrior.

 

Pero cuando la NBA había aterrizado ya como realidad palpable en España y los inolvidables 80 devenían en los mucho más siderúrgicos 90, una extraña mutación del juego dejó dos años para el recuerdo en Oakland. Un equipo que atacaba en ráfagas supersónicas y que podía meter 130 puntos cualquier noche… y también encajarlos ante cualquier rival. Lo dirigía Don Nelson, con mando también en los despachos tras su paso por los Bucks (1976-1987) y su experiencia de catorce años como jugador. En total, Nellie fue un personaje bisagra de la liga entre 1962 y 2010, una eminencia que entendió el baloncesto según su propia filosofía y que se retiró para, según sus palabras más o menos literales, irse a nadar con los delfines. Alcanzó cinco anillos de campeón como jugador, un número 19 retirado por los Celtics y tres designaciones después como Entrenador del Año. Jamás llevó a un equipo a unas finales pero dejó por el camino 1335 victorias (más que nadie) y la trascendencia de haber sido uno de los grandes entrenadores de siempre. Por esa montaña de victorias (por 1063 derrotas: 55% de triunfos en su carrera) y por la forma de lograrlo: Nellie Ball o el baloncesto convertido en una desquiciada guerra de matchups basada en correr y tirar (el run and gun tan perfeccionado después por otros), y en formar quintetos atípicos que generen desigualdades en cancha que provoquen más quebraderos de cabeza al rival que a ti. O que como mínimo lleven los partidos a un tiroteo en el que los tuyos siempre tengan al menos una última bala con la moneda en el aire. La quintaesencia fue el Run TMC, la última y más extrema versión fue el equipo del We Believe que pulió a los aquellos Mavs del mejor Nowitzki y que cayó en segunda ronda ante los Jazz. Fue una excentricidad maravillosa ver a un equipo perfectamente equilibrado y pensado (Devin Harris, Jason Terry, Nowitzki, Josh Howard, Stackhouse…) volverse literalmente loco (111-86 en el último partido, jugado en Oakland en medio de uno de los ambientes más increíbles de la historia de los playoffs: We Believe) persiguiendo a un ejército de avispas que jugaba muchos minutos sin más referencia interior que Al Harrington o incluso Stephen Jackson y que zumbaba por toda la pista entre aguijonazos invisibles de una batería inacabable de bajitos desatados: Jason Richardson, Monta Ellis, Matt Barnes, Pietrus, el  propio Jackon y ese Baron Davis que fue el último gran profeta de Nelson. Repito:  uno de los ambientes más increíbles de la historia de los playoffs. Eso generaba el Nellie Ball cuando funcionaba. Y eso, aunque ningún anillo, dejó un Don Nelson de cuyo libreto hay mucho aplicado en la actual NBA. Casi nadie abraza su propuesta en el sentido más radical pero sí despuntan aquí y allá pequeños pero constantes pellizcos de ella. Y acabo de ver a los Clippers remontar 22 puntos y salvar el pellejo ante los Thunder con cuatro pequeños y Chris Paul (1’83) defendiendo a Kevin Durant (2’06).  

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Nelson imprimió una cultura en los Warriors del último cuarto de siglo que apenas ha valido para estar tres veces en segunda ronda de playoffs. Sin embargo, quedó una de esas mezclas de mística y código genético que hacen que un equipo tenga que ser de una determinada manera. Y que se le permita buscar equilibrio y alternativas para llegar al siguiente nivel pero jamás traicionarse a sí mismo. Eso es lo que ha acabado pasando, al menos en parte, con la salida de ese Mark Jackson de perfil defensivo cuyos Warriors empeoraron dramáticamente su juego de ataque en cuanto el especialista Michael Malone dejó a Jackson para encabezar (suerte con eso...) un nuevo proyecto en Sacramento Kings. Para ganar hay que defender y dar cera en el pintura, casi siempre es así, pero la invitación a ser como en realidad eres suele ser una llamada atávica y demasiado atractiva. Y más sin cuentas con Curry, Thompson, Barnes o reyes del mismatch como Iguodala o el sorprendente Green. Y seguro que eso lo entiende si finalmente se pone al frente de la nave Stan Van Gundy, una debilidad personal.

 

Aquel Run TMC que volvió loca a la NBA comenzando por ellos mismos, surgió de un excelente trabajo de cosecha vía draft. Chris Mullin fue el número 7 en 1985 (el de Ewing en el 1 y Karl Malone en el 13). Mitch Richmond llegó vía número 5 en el del 88 y Tim Hardaway aterrizó desde el 14 de 1989. De estos dos últimos es difícil señalar uno mejor de los diecisiete seleccionados por encima de ellos. Juntos (base-escolta-alero) formaron uno de los tríos más espectaculares y más anotadores de siempre. Y su reivindicación, insisto, es una cuestión de puro romanticismo: sólo ganaron una serie de playoffs en dos años y su balance fue de 81 victorias por 83 derrotas. Después de caer en la segunda ronda de 1991 ante los últimos grandes Lakers de Magic (4-1 con el divino base promediando un triple-doble: 25’8 puntos, 10 rebotes y 12’8 asistencias), a Nelson le apretaron para que el equipo subiera al siguiente escalón. Se le pedía algo más que circo y buscó reforzarse por dentro con Billy Owens. Como Sarunas Marciulionis estaba cuajando en alero total, Nelson envío a Richmond a los Kings para hacerse con Owens, número 3 del draft de 1991 que sólo jugó tres años en los Warriors sin dejar una impresión perdurable y sin más bagaje en playoffs que dos primeras rondas con un balance de 1-6. Así murió el Run TMC, desde luego demasiado pronto. “Aquel fue el traspaso que jamás volvería a hacer si volviera atrás”. Lo dijo años después un Nelson que, quizá por ese despecho, escribió su venganza llevando su estilo al límite en su siguiente y último periplo en los Warriors (2006-2010).

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En su primer años juntos, el Run TMC promedió 61’9 puntos y el equipo ganó 37 partidos y se quedó fuera de playoffs después de anotar 116’3 puntos de media (máximo de la temporada) pero de tener la penúltima defensa: 119’4 encajados por noche. Una locura. Un Hardaway rookie tardo un poco en desperezarse y por eso el trío no alcanzó un mínimo de 20 puntos por cabeza hasta casi mitad de temporada. A partir de ahí, lo lograron 48 veces (30-18 para su equipo) incluida una segunda temporada (1990/91) en la que saltaron a 44 victorias y en la que superaron en primera ronda de playoffs a San Antonio Spurs antes de caer ante la varita de hierro de Magic Johnson. En esa temporada, el Run TMC promedia 72’5 puntos y sube la media del equipo a los 116’6 por partido. También siguen encajando en oleadas: 115. Un poco de perspectiva sobre esos 72’5 puntos por partido de Mullin, Hardaway y Richmond: el big-three de los Heat (LeBron, Wade y Bosh) ha promediado en los totales de sus cuatro temporadas juntos 70’9, 67’2, 64’6 y 62’3 puntos por partido. En los Spurs, el máximo en una temporada conjunta de Parker, Ginóbili y Duncan ha sido hasta ahora de 57’6 (en la 2007/08). En el año antes de la salida de Harden, el escolta sumó junto a Durant y Westbrook 68’4 puntos por partido. Sólo un trío les ha batido en una temporada, la 1982/83: 76’7 puntos para Denver Nuggets entre Alex English, Kiki Vandeweghe y Dan Issel.

 

En los dos años del Run TMC, Mullin promedió 18’2 puntos, 4’1 rebotes y 3’5 asistencias por partido. Richmond, 21+3'9+3’5. Y Hardaway, 18’1+5’4+8’3. Como si el karma hubiera plagado después la pésima decisión de Don Nelson, este equipo quedó sepultado por la historia. Casi literalmente: Richmond triunfó en los Kings, que le retiraron el número y con los que alcanzó seis veces el All Star. Hardaway también fue cinco veces All Star, y aunque tres fueron todavía en los Warriors se recuerda más su paso por Miami Heat, donde llegó a formar en el Mejor Quinteto de la Temporada (1997). Y Mullin, doce años metiendo triples y jugando una tonelada de minutos con una precisión quirúrgica para los Warriors, sigue siendo para muchos el blanco que jugó en el Team USA que ganó a España en Los Angeles 84 y que estuvo también en el icónico Dream Team de Barcelona 92. Con Estados Unidos, por cierto, también fueron oro olímpico Hardaway (Sidney 2000) y Richmond (Atlanta 1996).

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Los Warriors, iba en el lote, tenían una defensa de papel y un equilibrio fantasmal. En ese periplo 1989-1991, un maravilloso viaje a ninguna parte, su pista se llenó en todos los partidos de la 90/91 para ver, por ejemplo, una inauguración de curso cerrado con la mayor anotación histórica sin prórroga: 162-158 a Denver Nuggets (87-83 al descanso). En ese partido, Mullin se fue a 38 puntos, 9 rebotes, 5 asistencias y 5 robos; Richmond metió 29 puntos y Hardaway 32 con 18 asistencias. Después, el 26 de febrero, caen por 131-119 ante Orlando con los tres anotando 30 o más puntos (30 Richmond, 33 Mullin y 35 Hardaway). El resto del equipo totalizó... 21, nadie por encima de los seis de Mario Elie. Equilibrio…

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El Boston Globe llegó a asegurar que Run TMC era “el mejor apodo de la historia del deporte estadounidense y cuando Chris Mullin entró en el Hall of Fame aseguró que le hubiera gustado hacerlo de la mano de Richmond y un Hardaway que pasó, por cierto, de homófobo insoportable a activista en favor de los derechos de la comunidad gay. Y es que la historia ha tratado mejor a Mullin que a sus dos compañeros de banda. Letal en el tiro y con una inteligencia descomunal en pista, el alero fue durante muchos años uno de los jugadores más fiables de toda la NBA. Pero conviene recordar también que Hardaway llegó como un ciclón proveniente de UTEP y fue durante años el point guard más eléctrico de la liga, un jugador con el turbo de los bases del futuro y por lo tanto adelantado a su tiempo. Y padre, además, de un crossover marca de la casa al que se bautizó como el UTEP Two Step, un movimiento que ribeteaba su capacidad para anotar tiros complicadísimos y le convertía en una máquina total en ataque.

 

Y sin embargo puede que el mejor de los tres fuera Mitch Richmond, finalmente el único que ganó un anillo al hacerlo (¿el karma, otra vez?) en 2002 con los Lakers de Shaquille, Bryant y Phil Jackson. En su última temporada y con un rol absolutamente residual (2 minutos y 1’5 puntos por partido en playoffs). Richmond, The Rock, es uno de los jugadores más infravalorados de la historia del baloncesto, una tremenda estrella demasiado olvidada a la que Michael Jordan siempre recuerda como el reto defensivo más grande que tuvo que asumir jamás en pista. Con 1’96, era un tirador celestial que se convertía en un ala-pívot, fuerza de pura seda, cuando se acercaba al aro. Como rookie firmó 22 puntos por partido (fue Rookie del Año, claro) y estuvo después otros nueve años superando la veintena de puntos de media. De 1988 a 1998 se movió entre los 21’9 y los 25’9. De los Warriors a los Kings y de ahí a un último paso por los Wizards antes de lograr su anillo con los Lakers. Richmond fue un jugador esplendoroso, un talento biológico y gigantesco al que no reivindicamos lo suficiente seguramente porque se rompió demasiado pronto su etapa en los Warriors y porque los mejores Kings llegaron cuando él se fue a Washington a cambio de… Chris Webber. La historia deja poco espacio para los que no acabaron resultando vencedores pero de vez en cuando no viene mal volver a echar un vistazo, por puro amor al juego, a estos equipos que nos hicieron enamorarnos de él. Aunque duraran demasiado poco y aunque al final tendemos a recordar poco más que su apodo. Uno de los mejores de la historia, eso sí.

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domingo, 04 mayo 2014

Por Juanma Rubio

La importancia de llamarse Kobe

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¿Quién es realmente Kobe Bean Bryant, el chico nacido en Philadelphia (23/08/1978) al que sus padres llamaron así después de descubrir fascinados la ternera de Kobe? ¿Ángel o demonio? Probablemente un ángel y un demonio. Desde luego, uno de los mejores jugadores de todos los tiempos y también uno de los más polarizadores. A Kobe, en un recuento rápido, se le ha llamado: egoísta, chupón, mal compañero, mal líder, psicópata y, la traca para el final, jugador muy sobrevalorado. Lista a la que en España hay que añadir ese acento carpetovetónico que acompaña a veces a nuestros grandes deportistas y que consiste en enfrentarles a una turba de enemigos (no pocas veces imaginarios): A Kobe le quisieron meter en la lista negra de Pau Gasol. El que le oscurecía, le quitaba tiros y hasta le robó con alevosía (y nocturnidad: esos malditos juegan mientras nosotros dormimos) el MVP de una final. Una de esas defensas de bandera y naftalina, tan de aquí, que un jugador de la dimensión de Pau Gasol nunca ha pedido ni desde luego ha necesitado. Pero, es el reverso de la misma moneda, de Kobe también se ha dicho que es el mejor jugador de siempre; O como mínimo que es el mejor escolta por delante… de Michael Jordan. Temperaturas extremas que dejan poco espacio a los climas templados: ángel o demonio, ángel y demonio.

 

Es difícil trazar el término medio de un jugador que no lo tiene, ni en la cancha ni fuera de ella. En sus palabras: “No tengo ningún tipo de filtro, no me cuesta nada decirle a cualquiera lo que pienso de él. No soy el tipo más paciente que te puedas encontrar”. Es difícil separar a la persona del personaje: “Si me ves peleando con un oso, reza por el oso”. Y es desde luego delicado medir si la alargada sombra de Michael Jordan le ha terminado haciendo bien o mal. Como mínimo hay tipos que le han dado una vuelta interesante a ese calcetín. Esta vez habla Doc Rivers: “El hecho de seguir los pasos de Michael hace que seguramente no reciba todo el reconocimiento que merece. Pero es un jugador increíble. Lo que hace está a otro nivel”.

 

He pensado sobre ello. Mucho: soy de los Lakers y de Kobe Bryant. Muy de los Lakers y muy de Kobe Bryant. En mi quinteto histórico el escolta sería él, no Jordan. Y que nadie lea lo que no he escrito. No digo que sea mejor sino que le elegiría antes en mi quinteto histórico. Entiendo unas cuantas de las críticas que recibe y comparto algunas. En cuanto a su carácter y sus formas y más allá de los prejuicios que provoca su estilo, otra vez jugando y sin jugar. Y asumo que es uno de esos deportistas/héroes/fenómenos de masas cuya legión de seguidores incluye un porcentaje de opinadores enfebrecidos y disparatados que vuelven muchas lenguas contra él. A veces se ataca a Kobe para atacar al kobismo. Hay muchos casos similares y, vuelvo a citar al español, otro ejemplo podría ser Gasol y cierto tipo de gasolismo. Pero también creo que muchas críticas son recurrentes, guionizadas entre la idea preconcebida, la asunción de la parte por el todo y el cacareo de los lugares comunes. Y que, mal de gigantes, las cosas extraordinarias que hacen los tipos extraordinarios acaban pareciéndonos rutina y su dimensión no se reevalúa hasta que no quedan a nuestra espalda. Se me ocurren que ha podido pasar con Federer, Messi o Nadal y que pasa con LeBron o Durant. No tanto como los que exponen de forma mucho menos cotidiana sus hazañas, por ejemplo Bolt o Phelps. Como hacen cualquier día y casi silbando lo que otros hacen una vez en la vida, se tiende a valorarles finalmente sólo lo que ellos hacen una vez en su vida. Parece un trabalenguas pero el mejor ejemplo son los 81 puntos de Kobe Bryant en aquel partido ante Toronto Raptors aquel día de enero de 2006.

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Tantos años de carrera, tantos números y tantas historias requieren como mínimo una relectura calmada sobre la vida y obra del jugador del que Lamar Odom dijo que Dios había puesto en la tierra para que todos le viéramos jugar. La carrera de Kobe no es desde luego un queso Gruyere pero tiene agujeros, como todas. Algunos agrandados por el reverso tenebroso de la leyenda, otros ponderados de forma irregular y algunos curiosamente olvidados.

 

Desde luego, y si se empieza por el final, su reciente renovación por dos años y 48’5 millones es una hipoteca para la reconstrucción/resurrección de la franquicia y una ocasión perdida para él, que viene de ganar 30’4 millones en una temporada 2013/14 en la que ha jugado 6 partidos y 177 minutos. Y que lleva amasados casi 280 millones sólo en contratos con los Lakers. Un nuevo acuerdo rebajado a algo más de la mitad hubiera parecido más lógico si se enhebran sus 35 años y 18 temporadas en la liga con el sobrecargo que al fin y al cabo iban a asumir los Lakers para evitar sainetes en la continuidad de uno de sus símbolos históricos. Duncan sí supo leer en su día el equilibrio entre forrarse y jugar al lado de buenos jugadores, y LeBron, Bosh y Wade modularon sus salarios lo justo por debajo del máximo para conformarse como big-three en Miami. Más una cuestión de actitud, casi de intención moral, que de cuestas económicas. No en vano hablamos de jugadores con muchos ceros en los cheques y un casi ilimitado potencial de ingresos. Desde luego hay voluntad de ordeñar hasta el límite la ubre de la que caen los dólares, cosa que no es en realidad demasiado criticable de un punto de vista real, pero también un trasfondo de postura emocional. Kobe ha ganado mucho dinero y quiere ganar, es obvio hasta la obsesión, el sexto anillo que iguale los de Jordan. Así que la cuestión esencial es que seguramente siga pensando que puede ser el pez más gordo de un estanque campeón. Esa actitud post lesiones y post D’Antoni marcará la confección de las dos próximas plantillas y aparece como un asunto tan trascendente o más para los Lakers, desde luego más delicado, que esos 48’5 millones comprometidos en la operación.

 

Al final del camino, un debate sobre egoísmo y colectividad que ha impregnado toda la carrera de Kobe, en gran medida una escalada egomaníaca que supo modular Phil Jackson con la retórica zen que también reajustó, hasta en eso hay vasos comunicantes, a Michael Jordan. Va en el carácter: en su segunda temporada (1997/98) Kobe se convirtió por aclamación popular en el titular más joven en la historia de los All Star. Como siempre sintió que todo lo que le rodeaba estaba dispuesto para que él lo cogiera, como un escenario coreografiado, aquel día tiró más (6/17) que Garnett y Malone juntos (8/15). Y se quitó de delante para marcar a Jordan al propio Malone, que dijo después que ya lo interesaban esos partidos “en los que los jovencitos le mandaban apartarse". Hoy no queda nada de la extraordinaria capacidad atlética que tenía entonces pero a cambio se fue modulando aquella hambruna bizarra y necesaria para sobrevivir en un ecosistema creado para devorar jóvenes promesas. Sin una fe en sí mismo que iba más allá del sentido común quizá Kobe no habría sobrevivido a las expectativas, a los demás y a sí mismo. Y no habría decidido saltar directamente de Lower Marion a la NBA desoyendo los cantos de sirena de Duke o la North Carolina en la que había jugado… Michael Jordan.

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Cuando sus padres todavía firmaban sus contratos porque estaba por debajo de la edad legal, el planeta baloncesto ya tenía su mirada fija sobre él. Es el tipo de presión y escrutinio que destruye carreras de altísimas miras. Demasiado pronto. Así que conviene analizar el carácter de las jóvenes pirañas pero también el ecosistema de las peceras que creamos para ellas. Bryant fue el jugador más joven en debutar en la NBA (18 años y 72 días: después le superaron Jermaine O’Neal y Andrew Bynum) y sigue siendo el más joven en estrenarse como titular (18 años, 158 días). Tardó tres partidos en anotar su primera canasta pero no terminó su año rookie sin meterse en el despacho de Del Harris para pedirle más jugadas diseñadas para él. Por entonces ya había lidiado con el olor a chamusquina que provocaba entre los veteranos. Veían peligrar tanto su puesto en el quinteto (Van Exel) como la primera plana de la franquicia (Shaquille llegó a decir que él no iba a ser “la canguro de nadie”). Y con las boutades calculadas de su agente, un Arn Tellen que ya había aireado que si había “un jugador que pudiera acercarse a Michael Jordan ese era Kobe Bryant”. Por la trituradora de la metáfora Jordan pasaron en su carrera con menos suerte, por unas u otras cosas, Vince Carter, Tracy McGrady, Jerry Stackhouse o Grant Hill. Nadie se acercó tanto y Michael Jordan selló el debate: “Veo mucho de mi forma de jugar cuando veo los partidos de Kobe Bryant”.

 

La verdadera fotocopia del mito, extraída de semejante nómina de aspirantes (jóvenes Prometeos), se gestaba cuando el mundo todavía miraba hacia otro lado. Los Lakers le probaron antes del draft de 1996 lanzándole a jugar contra un mito de la franquicia como Michael Cooper, que a los pocos minutos se lo dejó claro a Jerry West: “Es mejor que cualquiera de los que tenemos ahora en el equipo”. El destino estaba escrito pero había que darle un empujón. West acordó con los Hornets el intercambio de Vlade Divac por un número 13 del sorteo que fue Kobe Bryant aunque los Lakers no se lo dijeron a los Hornets hasta cinco minutos antes de su turno de elección. En secreto y anticipándose a todos, los Lakers habían trasladado armamento nuclear de Lower Merion (Pennsylvania) a Los Ángeles.

 

Así que para convertirse en lo que fue el Kobe de los siguientes quince años en la NBA había que ser el Kobe de los dos primeros años en la NBA. Al menos en cuanto al equipamiento psicológico básico. Del mismo modo que un cierto grado de sociopatía y canibalismo competitivo (más acentuados en Kobe que en otros) son necesarios para seguir con el hambre intacta a medida que se van acumulando lustros de carrera, reconocimientos, decenas de millones en el banco y magulladuras por todo el cuerpo. Kobe, como Duncan o Garnett, son un ejemplo para muchos, de plena actualidad la implosión de los egos en Indiana Pacers sin más motivo que poco más de una temporada brillante y un par de ascensos, por ahora circunstanciales, a la categoría de All Star.

 

En su espantada/paréntesis de L.A. (18 junio 2004-15 junio 2005), Phil Jackson definió a Kobe Bryant como un jugador “imposible de entrenar” en aquella catarsis en formato libro que fue “The Last Season”. Pero ribeteó su regreso con un “si vuelvo a entrenar a este equipo es porque Kobe Bryant sigue en él” y acabó asegurando que Kobe era el mejor jugador de la tierra durante el tramo de los dos últimos anillos. Cuarto y quinto para el escolta, décimo y undécimo para el entrenador. De aquella pesadilla de 2004, el Payton-Kobe-Malone-Shaquille que quedó como un sueño suspendido y distópico, salió un Kobe Bryant propulsado al lado oscuro. Más de 46 minutos por noche en la final maldita ante los Pistons con un infame 17% en triples y, en cinco partidos, apenas 22 asistencias por 18 pérdidas. La rivalidad Bryant-Shaquille, hasta ahí llegó el equilibrio entre machos alfa, acabó con Kobe casi fuera de los Lakers y con Shaquille fuera de los Lakers. Y con una guerra no siempre fría de egos que tuvo a los medios de comunicación felices y a la NBA atrincherada durante unos años que al fin y al cabo acabaron en intercambio de halagos, asunciones de culpa, abrazos y el MVP compartido del All Star 2009 como armisticio con sabor a blockbuster hollywoodiense.

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De sus relaciones de vestuario y pista sale uno de los debates más incendiarios sobre Kobe Bryant, que ha sido ya joven con altísima concepción de sí mismo, locomotora que no ha mirado atrás ni siquiera para ver quienes eran los compañeros que le seguían a lo lejos y finalmente veterano de liderazgo particular pero positivo. Y con Phil Jackson como pastor zen y fuente de iluminación. Aquí se juega Kobe, sea consciente o no, una parte de su legado casi tan crucial como el sexto anillo. Le toca lidiar con una reconstrucción, con un cuerpo que ya no puede seguir a su mente y con la llegada de nuevos (y más jóvenes) gallos al corral. De los modos del traspaso de poderes dependerá en gran parte el regusto que deje el tramo final de su carrera. Y eso incluye la bienvenida a una, suponemos, altísima elección de draft 2014, sangre nueva y quien sabe si quizá un nuevo ojito derecho para el Staples. Del resultado de esta ecuación, y porque los medios somos como somos, saldrá un Kobe que será Gandalf o Torquemada. El examen de fin de curso de quien en los últimos tiempos, por cierto, apenas hablan mal excompañeros como Kwame Brown (ejem), Smush Parker (ejem, ejem) o Dwight Howard (ejem, ejem, ejem).

 

Pau Gasol, con el que en España se quiso montar una fricción transatlántica de una sola dirección, habla maravillas de un jugador que le llama hermano, le ha defendido a dentelladas en sus valles mediáticos de los dos últimos años y al que considera una de las principales razones para firmar un hipotético nuevo y último contrato en los Lakers. En la liga, y el último Team USA posicionó su jerarquía espiritual entre las nuevas y grandes estrellas, Bryant es ahora un jugador respetado y admirado. Aunque desde luego ya no tan temido. Hace algunos meses Kevin Durant le señaló como el mejor de la historia y un amigo al que llamaba a cualquier hora de la noche para resolver crisis de su supersónica fase de crecimiento. Phil Jackson, otra vez, bendijo al último Kobe: “Ha aprendido a ser el tipo de líder que la sus compañeros quieren seguir”. De Kobe a lo largo de los años se han dicho cosas como estas dentro de su gremio:

Lo intentas todo en defensa y él sigue metiendo tiros. Y sigue, y sigue…” (Doc Rivers)
Si entra en racha, no hay forma humana de pararle. Es imposible” (Jalen Rose)
Siempre he pensado que es el mejor. No creo que ni siquiera se le acerque ninguno” (Alvin Gentry)
No hay nadie capaz de defenderle, ni un solo jugador en la NBA” (Byron Scott)
Es el modelo para cualquier jugador joven que llega a la NBA. Cada año ha ido aprendiendo y mejorando para ser mejor jugador” (Larry Brown)
“Se pone a meter tiros que parecen mal seleccionados pero entonces empieza a meterlos… Es muy difícil defenderle” (Chris Bosh)
¿Quién es mejor que Kobe Bryant?” (Amare Stoudemire)
Si tuvieras que hacer un equipo a partir de un jugador, sería él. Es imposible de defender y es casi imposible anotar contra él cuando se poen a defender” (Nate McMillan)
No hay nadie con más talento. Es capaz de cualquier cosa” (Alonzo Mourning)
Me encanta jugar contra él. Siempre quieres enfrentarte a los mejores y el mejor del mundo es él. Va e encontrar la forma de ganar el partido sea como sea. En eso me recuerda a Jordan” (LeBron James)
Acabará siendo considerado el mejor de la historia. Su mentalidad, su estilo… No se conforma con ganarte, tiene que machacarte, darte la última puñalada. Ese es un viejo arte que se está perdiendo en la NBA” (Mark Jackson)

Y por supuesto… Kobe Bryant es mi héroe” (Shaquille O’Neal)

 

Tampoco se puede cuestionar el amor de Kobe Bryant por los Lakers y es una cuestión más de lógica que de hacer sonetos: lleva allí 18 años, una vida. Y no se puede por mucho que en ese tiempo haya habido dos sonados amagos de divorcio. Primero el flirteo con los Clippers que acompañó a su divorcio con Shaquille y que acabó con la firma de una ampliación por siete años y 136 millones… al día siguiente del traspaso de Shaq. Y la zozobra de 2007, con los Bulls al final del pasillo, tras los ha dicho pero no ha dicho pero quizá haya querido decir que precedieron a la entrevista con Stephen A. Smith en la que pronunció el infame “I want to be traded” (quiero que me traspasen). Tres horas después anunció que había hablado con Phil Jackson y que seguiría en Los Angeles.

 

En realidad su peor momento, su ascenso temporal al trono de gran villano oficial de la NBA, se hilvanó en el tramo central entre los primeros tres anillos y los dos últimos, entre el Kobe al que se le perdonaba por joven y el Kobe que aprendió a hacerse perdonar. Al menos un poco. Como eje, el paso por el purgatorio que fue la denuncia por ataque sexual (verano de 2003) de una trabajadora del hotel The Dodge And Spa At Cordillera, en Colorado. Un asunto resuelto muy de aquella manera y que coincidió con los años en los que unos Lakers de perfil bajo retrataron al Kobe, entra la obligación y la vocación, más individualista. De todo ese trance personal y deportivo emergió el Kobe definitivo. Sobrevivió al temporal que en gran parte había provocado con la rehabilitación deportiva y la reinserción mediática. Después de ese valle que pudo hundirle en la sombra, llegaron dos anillos, su único MVP de Regular Season, tres extensiones millonarias más con los Lakers y contratos con Nike, Spalding o Coca-Cola. Kobe había aprendido a sobrevivir a tantas cosas que supo hacer la más difícil: sobrevivir a Kobe.

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La fama de individualista está tan bien ganada como exagerada hasta la parodia por quienes pierden la razón al hacerlo. El Kobe jugador es así y el Kobe personaje ha acabado haciendo de ello bandera, entre la retranca que da la experiencia y la retórica bélica que le define: “Mi puesto es shooting guard, lleva en su nombre la palabra shoot: tirar. Así que no voy a dejar de hacerlo”. Kobe ha ganado una tonelada de partidos en volúmenes de tiro muy poco razonables. Aunque también los ha perdido, especialmente en los últimos tiempos y cuando no ha sabido asumir una modulación en su estilo y sus números a la que se volverá a enfrentar la próxima temporada. Los jugadores como él a veces desconectan a sus compañeros pero muchas otras les salvan. Son ceros en sus cheques muchas veces, un vórtice que se los lleva por delante otras. Desde luego su saldo final es positivo en el paradigma tirador/metedor más allá de extravagancias exóticas como la de la temporada 2005/06, en la que anotó la barbaridad de 35’4 puntos por partido… y lanzó la barbaridad de 27 tiros por noche. El resultado de cruzar a un Kobe muy enfadado y todavía a toda máquina en lo físico con un equipo fantasmal en el que formaba quinteto con Parker, Odom, Cook y Kwame Brown.

 

Aquel equipo, tan justo en tantas cosas, ganó 45 partidos en una Temporada Regular en la que Kobe anotó 27 veces más de 40 puntos… y 6 más de 50. Ese equipo tuvo a los Suns de Nash, Marion y Stoudemire 3-1 en primera ronda del Oeste, antesala de una de las actuaciones más discutidas de toda la carrera de Kobe Bryant. Después de sus heroicidades del cuarto partido para amasar tres match points para su equipo, dimitió en el séptimo (perdieron 121-90). Literalmente: sólo tiró tres tiros en todo el segundo tiempo y la TNT definió aquella como “una noche que iba a marcar su reputación para siempre”. Barkley perfeccionó la lógica inversa y aseguró que resultaba la cima del egoísmo del jugador egoísta dejar de serlo para que sus compañeros tuvieran que asumir responsabilidades… y quedaran en evidencia. Kobe y Phil Jackson hicieron luego un ejercicio de revisionismo al asegurar que había un plan trazado para que el resto de jugadores entraran en partido porque Kobe no iba a ganar solo. Incluso si fue realmente así terminó en un extremo tan grotesco que sigue siendo una de las peores noches, entre unas cosas y otras, en toda la carrera de Kobe.

 

Para el frente patriótico de debate baloncestístico queda, para algunos todavía y cuatro años después, el MVP de la final de 2010. Hay pocos análisis limpios porque maridan en formato bomba atómica las filias y fobias con respecto a Pau Gasol y Kobe Bryant. Para digerir eso basta una llamada a esa realidad tan obvia como muchas veces esquivada: ambos fueron campeones dos años seguidos. Kobe como el go-to guy que necesitaba Gasol, éste como el secundario fuera de categoría sin el que no podría haberlo ganado todo el primero. En el séptimo partido de la final en el Staples, el meollo de las iras de muchos gasolistas, ambos estuvieron a punto de ser sepultados por un muro monstruoso de presión. Pero finalmente ambos hicieron lo que había que hacer para ganar el anillo en un partido del que, si se juzga en absoluta pureza y sin mirar ni hacia delante ni hacia atrás, quizá el verdadero MVP fue Metta World Peace. Kobe se fue a 6/24 en tiros, desnortado durante más de tres cuartos, pero terminó con 23 puntos y 15 rebotes... y los Lakers ganaron. Pau Gasol anotó 19 puntos y cogió 18 rebotes también con más sufrimiento que estilo: 6/16 en tiros de campo, 7/13 en tiros libres. Y los Lakers ganaron. A partir de ahí, para que un jugador franquicia que rinde a buen nivel durante toda la temporada y los playoffs se quede sin el MVP de una final, en esta tiene que ser muy claro su bajón de rendimiento y muy evidente la superioridad sobre él del otro aspirante. Y no fue el caso. A lo largo de siete partidos contra los sistemas quirúrgicos de Doc Rivers, Kobe se las apañó para promediar 28’6 puntos, 8 rebotes, casi cuatro asistencias y más de dos robos por partido. El MVP fue justo y decirlo no implica negar que en esos partidos vimos a Gasol en, seguramente, su mejor nivel real de competitividad, dureza y producción (18’6´11’6+3’5 asistencias+2’1 tapones). Una catarsis, otra vez Phil Jackson al fondo, en la que rastrilló a un Garnett que le había devorado dos año antes, en la final de 2008.

Ultimo_anillo

El cuerpo de Kobe Bryant es un mapa topográfico que recorre casi dos décadas de batallas, ganadas y perdidas, y constante exigencia extrema. Ha tenido que probar tratamientos experimentales para las rodillas y ha jugado con lesiones de tobillo o con fracturas en dedos de la mano de tiro. Una pelea contro todo en la que sólo el tiempo le aguantó el pulso primero y comenzó a combar su voluntad de hierro después: “Siento dudas e inseguridad. Tengo miedo a fracasar. Ahora hay noches en las que salgo a la pista y me duele las espalda, me duelen los pies, las rodillas… Me dan escalofríos. No sé ni cómo voy a recuperarme de esta lesión pero mi intención es lograrlo. Es el último capítulo, sé que mi libro se está cerrando. Sólo me queda por averiguar cómo van a ser las últimas páginas”. Las últimas páginas se empezaron a escribir cuando se rompió el talón de Aquiles el 13 de abril de 2013. Sobre un pie anotó dos tiros libres que ayudaron a que una temporada de pesadilla acabara al menos en playoffs y se fue para jugar desde entonces sólo seis partidos entre el 8 y el 17 de diciembre. En el cuarto sumó 21 puntos, 7 rebotes y 8 asistencias, en el sexto se rompió para el resto de la temporada: primero la tibia, después la rodilla. El tiempo cobrando cheques atrasados, el penúltimo pagaré de un libro que, efectivamente se cierra. Pero que lo hará siendo un tomo de la historia de la NBA.

 

Kobe comenzará la nueva temporada con 36 años. No se sabe con qué entrenador ni con qué rookie ni con qué compañeros. Ni con cuántas fuerzas. Un final de trayecto recorrido por la gatera parece una opción tan lógica que quizá por eso mismo no sea conveniente apostar contra Kobe. No mucho dinero al menos. Como mínimo es una certeza inamovible en unos Lakers irreconocibles a los que se les puede oxidar hasta la mística. Y entonces les quedaría muy poco. Kobe ha asumido con naturalidad que los jóvenes cabalgan sobre él en términos del próximo Team USA y en los alrededores del pasado All Star. De momento no lo ha hecho en los Lakers: los 48 millones que ha firmado le roban, por ahora, el beneficio de la duda. Es un cruce de caminos cuyo resultado es imprevisible: para muchos, y tiene sentido, su figura retraerá a las grandes estrellas que salgan al mercado pero que no quieran arriesgarse a someterse a su gigantesca sombra o a tener que verse obligado a robarle a palos el bastón de mando. Por eso los Lakers tienen que pensar más en el siugiente verano que en este próximo y más en estrellas en el camino hacia la plenitud que en las que ya están en ella. Pero al mismo tiempo, y algo de eso espantó a Dwight Howard, Kobe Bryant es el último de un linaje sagrado que pasó de su camiseta a sus venas. No hay casi nadie más laker que Kobe. Y hablamos de la franquicia, recuerdo por si hiciera falta, de Magic Johnson, James Worthy, Kareem Abdul-Jabbar, Wilt Chamberlain, Elgin Baylor, Jerry West, Gail Goodrich, Jamaal Wilkes o Shaquille O'Neal.

Abrazo_jackson

En definitiva, muy pocos han jugado mejor y nadie ha jugado más de púrpura y oro que Kobe Bryant. Hasta hoy, 1245 partidos y 45585 minutos en Regular Season, 220 y 2014 en playoffs. A lo largo de casi 18 años y en unos números que no distinguen noches buenas de malas ni salud de enfermedad, ha promediado 25’5 puntos, 5’3 rebotes, 4’8 y 1’5 robos por partido. Una tabla calcada con precisión robótica en las eliminatorias por el título, cuando las defensas hacen crujir los huesos y el balón abrasa las manos: 25’6, 5’1, 4’7 y 1’4. Los mejores entrenadores del mundo, buena parte de ellos entre los mejores de la historia, han lanzado sistemas defensivos de toda clase contra él y casi todos han reconocido que hay días, esos días, en los que podrías lanzarle una manada de gorilas: no le detendrías. En el quinto partido de la primera ronda de 2012 desató 43 puntos sobre los Nuggets de George Karl. Denver ganó ese partido pero perdió la serie. Y Karl hizo esta reflexión: “Hay jugadores que son especiales por su deseo inquebrantable de ganarte. Kobe puede tener días malos, puede a veces obcecarse por ser egoísta… pero ese deseo que tiene de derrotarte es tan poderoso… En los últimos cuartos igualados se siente capaz de todo, no tiene miedo a nada. Ni a las mejores defensas colectivas o individuales, ni a dobles o triples marcajes… ¿Veis los tiros que mete? Por favor… ¿Qué se supone que se puede hacer contra eso? Nada, sólo decir 'bueno, lo ha vuelto a hacer'. Es un ganador, porque hay una diferencia entre jugadores con talento y jugadores ganadores”.

Kobe_suspension

Todo lo que se dice de Kobe no se dice sólo por los cinco anillos y no se dice desde luego porque un día metió 81 puntos. Los hitos son apenas puntos cardinales, referencias temporales de una trayectoria en la que ha sucedido todo esto:

- Cinco anillos de campeón de la NBA
- Dos MVP de las finales
- Un MVP de la Temporada Regular
- Dieciséis veces All Star
- Cuatro veces MVP, récord histórico, del All Star
- Once veces incluido en el Mejor Equipo de la temporada, algo que sólo han logrado él y Karl Malone
- Nueve veces en el Mejor Equipo Defensivo de la temporada
- Dos Oros Olímpicos
- Máximo anotador de la historia de los Lakers
- 17 veces Mejor Jugador del Mes en la NBA
- 33 veces Mejor Jugador de la Semana en la NBA
- Máximo anotador en activo y cuarto máximo de la historia
- Máximo anotador en activo y tercer máximo de la historia de los playoffs
- Máximo anotador de la historia del All Star

 

Kobe ha sido cuatro veces el máximo anotador de la NBA, las mismas que Kevin Durant y ambos sólo por detrás de las once de Michael Jordan y las siete de Wilt Chamberlain. Entre 2000 y 2013 estuvo siempre en el top ten de la liga en anotación, y en ocho de esas trece temporadas también figuró entre los tres primeros. Cuando anotó 81 puntos ante Toronto Raptors el 22 de enero de 2006 se puso detrás de los 100 puntos de Chamberlain en anotación en un partido y también en medio: 55. El mítico pívot, en su día un gigante entre hombres, es la última frontera de muchos de los récords de Kobe, lo que demuestra que sus cifras pertenecen en muchos casos a otro tiempo, a otro baloncesto. En la temporada 2006/07 (en la que batió su récord de tiros de campo: 1757) firmó diez partidos anotando 50 o más puntos. Otra vez, algo que sólo había conseguido Chamberlain… en la era jurásica: 45 partidos en la 1961/62, 30 en la 1962/63.

 

Kobe tiene todavía el récord de triples en un partido NBA: tiró 18 y metió 12 el 7 de enero de 2003 contra Seattle Supersonics. Sus topes personales en un partido son 81 puntos (claro), 47 tiros a canasta (contra Boston, el 7 de noviembre de 2002), 16 rebotes, 15 asistencias, 7 robos, 5 tapones, 54 minutos, 23 tiros libres anotados, 27 tiros libres intentados… Ha superado dos veces los 30 puntos en un solo cuarto, ha anotado cinco veces 60 o más puntos; 24 veces 50 o más, 114 veces 40 o más… Fue en su momento el más joven en alcanzar cada cifra redonda de anotación entre los 23.000 puntos y los 31.000. Y sigue siendo el único jugador que ha metido 600 puntos en tres playoffs seguidos (2008-2010). Entre el 16 y el 23 de marzo de 2007, Kobe firmó cuatro partidos seguidos con más de 50 puntos, la segunda mejor marca de siempre por detrás de… sí, Wilt Chamberlain (siete). Entre el 6 y el 23 de febrero de 2003 enlazó nueve partidos seguidos con 40 o más: los mismos que Michael Jordan. Chamberlain llegó dos veces hasta los catorce.

 

Se podría seguir pero esto no pretende ser una recopilación wikipédica sino una exposición que explica y saca lustre a casi todo lo dicho anteriormente. De la mezcla de palabras y números emerge la dimensión del jugador que dominó junto a Tim Duncan una era de la NBA, la que rodó (la década 2000-2010 como eje) del final de Michael Jordan al ascenso de LeBron primero y Durant después. Kobe, viajando al partido que salpica por varios sitios este artículo, no es el jugador que metió 81 puntos en un partido pero es un jugador que metió 81 puntos en un partido. El pensamiento europeo, tan a carta cabal, reniega muchas veces de estas hazañas a favor de una idea del juego que considera más ortodoxa del mismo modo que no encuentra diversión en los All Star Game. El deporte americano se lo pasa de maravilla, en cambio, sentándose delante del televisor para divertirse y, cuando la ocasión lo permite, citarse con la historia venga esta por donde venga. Pensamiento de star-system. Está en su cultura y está en su deporte. A los que reniegan de forma más incorregible de las mareas que funden los dos lados del Atlántico hay que reprocharles la crítica de lo circense, la conversión automática de los espectacular en poco serio. Dicho esto, desde luego ese no fue el mejor partido de Kobe Bryant. Fue una extravagancia maravillosa en su contexto pero no la definición más amplia posible de todo lo que recordaremos de él.

Kobe_phil

Ahora que anochece en su carrera, es difícil no recordar con absoluta admiración noches que quedan suspendidas en nuestras retinas como la prueba de que los jugadores especiales pasan pero la estela de sus hazañas permanece. Quizá el icono del primer Kobe sea aquel game 7 de la final del Oeste de 2000 contra los Blazers de Rasheed, Pippen y Sabonis. Con 21 años, comandó la furiosa remontada laker en ruta hacia el primer anillo desde 1988 (31-13 en el último cuarto para el 89-84 final) con 25 puntos, 11 rebotes, 7 asistencias, 4 tapones y el ya icónico alley-oop a Shaquille que selló el triunfo y que ahora recordamos como la imagen definió una era, la que inició una dinastía. Después, en el segundo partido de la final ante Indiana, se torció el tobillo al caer tras una suspensión sobre el pie de un Jalen Rose que doce años después reconoció haberle lesionado a propósito. Se perdió ese partido y el tercero pero decidió el cuarto, resuelto en la prórroga (118-120) y con Shaquille en el banquillo con seis faltas (y 36 puntos y 21 rebotes...). Kobe anotó 22 puntos en el segundo tiempo, los últimos en la canasta de la victoria.

 

Un años después, los Lakers pasan como un vendaval por los playoffs de 2001 (15 victorias, una derrota) con 29’4 puntos, 7’3 rebotes y 6’1 asistencias por partido de un Kobe al que Shaquille (más de 30 puntos y 15 rebotes por noche) bautiza como “el mejor jugador de la NBA”. En la temporada 2002/03 atraviesa febrero en un trance celestial literalmente asombroso: 40’6 puntos, 6’9 rebotes, 5’9 asistencias y 2’2 robos por partido. Incluso en la siguiente temporada, la que termina con la desaparición en la final ante los Pistons, hay algún recuerdo colosal que aterriza a vuelapluma: en el último partido de la temporada los Lakers aseguran el título del Pacífico con un partido de 37 puntos y 8 rebotes de un Kobe que anotó el triple que forzó la prórroga y el que decidió el triunfo en el segundo tiempo extra.

 

Desde luego, el partido de los 81 puntos no fue el gran partido de Kobe, sólo un descomunal mordisco a la historia. En esa misma temporada 2005/06 anotó veintisiete veces más de 40 puntos. El 20 de diciembre fundió a los Mavericks con 62 puntos en tres cuartos en los que dominaba a todos el equipo rival (62-61), lo única vez que ha sucedido algo semejante desde que existe el reloj de tiro.

 

La mayoría de estos partidos están en la memoria colectiva aunque, la continuidad en la excelencia, se tienden a difuminar las grandes noches atrapadas por las excelentes. En la ruta de las tres finales y los dos anillos junto a Pau Gasol (2008-2010), Kobe jugó series de playoffs estratosféricas, operaciones de cirugía aplicadas sobre rivales de toda clase, siempre entre los mejores de la liga. En 2008 fundió a los Nuggets con secuencias de juego incontrolables y rematadas con un partido de 49 puntos, 10 asistencias y un 66% en tiros de campo. Un año después, y tras una temporada en la que logró seis winning shots sobre la bocina, volvió a Denver para sofocar la insurgencia nugget en una muy comprometida final de Conferencia y recuperar el factor cancha perdido en el Staples con 41 puntos en el tercer partido. Después los Lakers jugaron contra Orlando una final de mentiroso 4-1: los partidos segundo y cuarto cayeron de milagro del lado angelino. El primero no porque Kobe dio la bienvenida a Howard y compañía con 40 puntos, 8 rebotes y 8 asistencias. En esa final sumó 32’4 puntos, 5’6 rebotes y 7’4 asistencias por noche. En 2010, y antes de la ya muy citada final ante los Celtics, los Lakers escaparon a las defensas zonales de los Suns de Gentry, un inesperado pero incómodo rival en la final del Oeste. Kobe anotó 40 puntos en el primer partido y repartió 34 asistencias entre los tres siguientes para desmontar la estrategia de los de Arizona. La versión playoffs de Kobe: “Si yo entro en pánico, todos los demás entrarían en pánico”.

 

El casi perfecto plan de persecución de Michael Jordan quedó congelado ahí, en el tope de los cinco anillos. Diversos extravíos han alejado cada vez más el sexto mientras la NBA redibujaba su mapa de poder y la Mamba Negra se convertía en Vino y lidiaba con los primeros achaques de la edad. Los reales y los que imaginaban los demás: en 2010 ESPN le rebajó hasta el séptimo puesto en su ránking de mejores jugadores de la liga. Su respuesta fue batir el récord de puntos de un jugador en decimosexta temporada: 48 a Utah Jazz. “No está mal para el séptimo de la liga”, dijo camino de los tres siguientes partidos: 40, 42 y 42 puntos. No apuesten contra Kobe. No demasiado dinero.

 

La montaña megalítica de datos no esconde detrás de ella a un jugador superdotado: lo encumbra. Uno de los mejores de siempre más allá del tacto con el que hay que enhebrar posiciones y épocas. Es difícil compara a Kobe con Chamberlain, Russell o Abdul-Jabbar... pero no lo es tanto hacerlo con Michael Jordan. Los dos escoltas, seguramente los dos mejores de siempre y los dos solapados en el tiempo. Kobe ha vivido para lo bueno y para lo malo colgado de esa comparación que no deja de ser la búsqueda eterna del jugador perfecto. Cada año más parecido en estilo y números pero finalmente por detrás de His Airness en casi todos los medidores objetivos. Jordan fue, al menos, competitivamente impenetrable en tramos más concentrados y estancos de su carrera: quince años a pesar de un par de retiradas tentativas e incluyendo el periplo final en Washington. Para mí Kobe está por delante desde un punto de vista puramente subjetivo, prácticamente emocional. Pero ambos están también por detrás de Magic Johnson.

 

Kobe_suspension_verticalA Kobe le queda haber sido mimético a Air en muchos movimientos en pista y en muchas formas de demoler rivales. Y le queda el haber alcanzado un punto incluso más plástico y de una mayor perfección técnica en algunos aspectos de su juego. Quizá el discípulo no superó al maestro pero se hizo con casi todas las armas para hacerlo. Y no es poco. El mejor ejemplo son esas suspensiones en fade away que en Jordan eran de una rectitud intachable y en Kobe de una angulosidad inexplicable a partir de su increíble capacidad para formular sus posiciones de tiro ya en el aire, en elevaciones heterodoxas y con los rivales literalmente encima. Cuando Kobe dejó de volar por encima de los rivales aprendió a crujirlos llevándolos la poste. Cuando perdió velocidad ganó lectura de juego. Y el depredador no declinó, sólo mutó. Lo mismo supo hacer Jordan.

 

Kobe casi siempre pierde en el debate con Jordan pero ha conseguido que exista el debate y que se pueda sostener con cierta legitimidad. Un trecho al que nunca se acercaron otros llamados a heredar la corona. Los ingredientes iban en el código genético pero la receta se cocinó a fuego lento y a través de 18 años de trabajo infatigable y sin excusas. En cada ciudad a la que llegaban los Lakers había una habitación de hotel acondicionada para que Kobe Bryant entrenara. Cuidados escrupulosos los 365 días del año, estudio científico del juego. Esa es la pasta de la que están hechos Kobe, Tim Duncan o Kevin Garnett. Y eso les ha apartado del resto en términos de longevidad y competitividad. Precisamente lo mismo que fue acercando a Kobe a la alargada sombra de Michael Jordan. No olvidemos lo que dijo George Orwell: “Todos somos iguales menos algunos que somos más iguales que otros”.

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jueves, 10 abril 2014

Por Juanma Rubio

Finalmente, la niña Lacey murió

Nena4

A Sofoklis Schortsanitis le pueden caer ocho partidos de sanción por lanzarse a la grada a la caza de un aficionado. Perdió la cabeza, sí, pero ese aficionado le había dicho “voy a violar a tu hija y a tu hijo”. El jugador, más de 140 kilos de humanidad (¿le diría eso el mismo tipo en plena calle y cara a cara? Pues eso), se disculpó después del partido. Me quedo con esta frase que pasó algo desapercibida: “He escuchado cosas muy negativas pero nunca como las que ese seguidor dijo sobre mi madre y mi mujer. Cuando mencionó a mis hijos perdí el control”. Es la cultura de la barra libre en las gradas. Y es detestable.

 

En todos los estadios y pabellones hay personajes despreciables que entienden el deporte a través del odio o que sencillamente canalizan sus frustraciones a través de él. De hecho hay padres de niños de ocho, nueve o diez años que se desgañitan en los partidos de estos en una vuelta de tuerca hacia la más absoluta falta de sentido común y de responsabilidad. La vida es dura, tiene que serlo para generar tanta frustración y tanto rencor. Lo barruntamos desde que pasamos la adolescencia, lo aprendemos (algunos a golpes) después. El fenómeno va de la institucionalización de la violencia (verbal, gestual, física) entre grupos radicales a la creencia de que adquirir una entrada y camuflarse entre la masa es un salvoconducto que permite comportamientos cobardes, mezquinos, maleducados y asociales (o deberían serlo) que no estarían bien vistos ni en un zoo y que generan un clima de circo romano del que algunos después se vanaglorian. Padres y madres gritan con chiquillos a su lado, ojalá más atónitos que atentos. El deporte, que en su forma más pura reúne lo mejor del ser humano, se convierte en el cobijo de todas las bajezas. La excusa matriz. No causa, nunca debería serlo, sino consecuencia. Consiste en desgañitarse en una catarsis que no es tal: Del negro, moro, maricón al voy a violar a tu hija y a tu hijo. ¿Alguien se va a casa más tranquilo después de una buena sesión de insultos? Menuda desgracia ¿Alguien cree que esos chicos, muchas veces sólo porque son multimillonarios o porque son básicamente lo que tú querías ser, están ahí para encajar y encajar porque el público siempre tiene la razón? Qué espanto de pensamiento.

 

Escribo esto asqueado sencillamente porque eso no es deporte. Ni creo que lo sea la alimentación de prejuicios y bajos instintos en la que participa, de unos años a esta parte con especial alegría, una parte de la profesión periodística. Eso no es deporte porque eso no es la vida, que es demasiado corta como para dedicarla a amontonar cosas que echar encima del vecino de enfrente o del pueblo de al lado: del diferente. Pero, por suerte, por cada historia que nos degrada, a quien la protagoniza y a quienes miramos, el deporte nos regala todavía un montón de sueños envueltos en el papel de celofán de las buenas noticias o las moralejas hermosas. De eso se trata: superación, esfuerzo, compañerismo. De eso debería tratarse en su núcleo, dejemos por un momento a un lado (aunque no deberíamos) los millones, las banderas y los títulos. A través del deporte a veces, todavía sucede, nos habla la vida. Y deberíamos escuchar. A quienes los rivales de su equipo les generan sentimientos tan horrendos y las derrotas les parecen el fin del mundo, les preguntaría si saben que un neuroblastoma es un extraño y terrible cáncer infantil que se forma en los tejidos nerviosos y que se suele diagnosticar en los tres primeros años de vida y cuando ya está muy extendido por el cuerpo. Su tasa de mortalidad es descomunal. Si una derrota de tu equipo es lo que te lleva a la histeria y te parece una señal del Apocalipsis, o has tenido mucha suerte en la vida o tienes la cabeza muy hueca.  

 

Neuroblastoma: la palabra entra y sale continuamente de los medios estadounidenses en las últimas semanas a raíz de la historia de Lacey Holsworth, una jovencita de ocho que luchó y luchó contra él, hasta que, a veces la vida debería ser Hollywood, perdió la batalla y murió. Sucedió el pasado miércoles y cerró, con más de 100.000 búsquedas en Google justo después del anuncio del fallecimiento, la gran historia del torneo de baloncesto universitario 2014.

 

Y estas, creo, son las historias que vuelan por debajo del radar porque perdemos demasiado tiempo en otras que a veces tienen que ver con un tipo que le grita a otro que va a violar a sus hijos porque juega en un equipo de baloncesto que ha ganado, maldito sea, a su equipo. La historia, que ha conmovido a América pero que es más hermosa cuanto menos lacrimógena se pinte, es también la de Adreian Payne, un power foward de los Spartans de Michigan State que se quedaron a las puertas de la Final Four después de tener contra las cuertas (con 13 puntos y 9 rebotes de Payne) al después campeón, los Huskies de UConn. Payne dará el salto a la NBA y las proyecciones le sitúan como un top-20 en el draft, un jugador con mucho motor físico y buena muñeca que, no es lo habitual, ha completado los cuatro años del ciclo universitario. En mitad de ese camino, hace un par de años, conoció a Lacey Holsworth en una de esas (tan importantes) visitas que realizan los deportistas a los hospitales infantiles. Entre ellos, un tremendo atleta negro y una niñita rubia que no podía caminar por un gigantesco tumor que devoraba su abdomen y su espina dorsal, surgió una química especial y, sobre todo, real. Y seguramente Payne tenía la equipación emocional adecuada para empatizar con el optimismo sencillamente ilógico de una chiquita a la que la muerte estaba devorando a bocados. Con 13 años, el ala-pívot spartan vio como su madre moría en sus brazos con un ataque de asma y mientras él intentaba encontrar el inhalador. Después su abuela, que se hizo cargo de él, también murió por un problema respiratorio que él conoce: sus pulmones son más pequeños de lo normal para sus 205 centímetros y ha tenido que aprender a modular su respiración en pequeñas bocanadas para poder jugar al baloncesto. No ganar un montón de títulos y cheques con un montón de ceros: sólo jugar al baloncesto.

 

Payne siguió visitando a Lacey de forma regular hasta el reciente encuentro que recorrió Estados Unidos de punta a punta: mientras los Spartans celebraban en la cancha su triunfo en el Big Ten Tournament, el entrenador Tom Izzo apareció en pista con Lacey. Una sorpresa para Payne, que aupó a la niña para que le ayudara a cortar las redes. Un honor que suele estar reservado para familiares muy cercanos y muy importantes. A veces, no muchas, supongo que hay lazos más importantes que la familia o que no sólo son familia quienes  comparten sangre o parentesco. “Me llama su Superman pero la que tiene superpoderes es ella. Es increíble ver su energía a pesar de lo que está sufriendo. Los médicos le dijeron que no podría volver a caminar y ha logrado hacerlo. Es una luchadora. Y si puedo darle al menos un momentito de alegría para que se olvide un poco de todo lo demás, entonces no hay nada más importante para mí que eso”. Esto, supongo que la palabra es perspectiva, lo dijo Payne mientras su compañero de equipo Gary Harris aseguraba que la niña Lacey se había convertido “en la inspiración de todo el equipo. A veces pierdes y te cabreas. Pero entonces piensas en lo que le está pasando a ella siempre con una sonrisa…”.

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Días después, la niña Lacey murió como mueren todos los días un montón de niños. De cáncer y, lo que debería avergonzarnos a todos, de enfermedades menores o sencillamente de hambre. Payne dejó este mensaje en las redes sociales: “Ha llegado el momento de que mi princesita se vaya a su casa y no sienta más dolor. Ahora estará feliz y será el ángel que me cuide”.

 

Nena2De esta historia, como habrá tantas en cada rincón del mundo, hay testimonio porque Adreian Payne es un tipo que juega muy bien al baloncesto y al que en el corazón y en la cabeza le caben unas cuantas cosas más. Y eso también es deporte o al menos lo mejor que este nos puede contar. Historias: de eso se trata para que no nos olvidemos de lo que somos. Siempre ha sido así. Y queda, por cierto, una movilización masiva para recaudar fondos y avanzar en la lucha contra el neuroblastoma. Lacey Holsworth ha sido un canalizador enorme que no podrá disfrutar de la energía que ha generado. Seguramente y por suerte otros sí. Estos son los héroes que a su vez tienen como héroes a deportistas. Y eso, por suerte, también es el deporte, todavía y si lo dejan en paz. Los de los gritos racistas, los de las pancartas xenófobas, los que quieren violar a hijos de jugadores y salen corriendo cuando estos se les echan encima... Todos los de su clase. El deporte es otra cosa porque la vida debería ser otra cosa. Una suma de todas esas cosas que a veces te parten de verdad el alma y a veces te hacen de verdad sonreír. El deporte en sí mismo es maravilloso porque tiene esa capacidad, un don demasiado grande como para atribuírselo a las victorias y las derrotas de tu equipo o del de enfrente.

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miércoles, 09 abril 2014

Por Juanma Rubio

Minnesota Timberwolves: proyecto fallido

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Era una intrigante temporada para Minnesota Timberwolves. E importantísima. Más allá de Ricky, pero también por él, la hemos seguido con lupa. Y en mi caso con desconfianza. En mis quinielas de principio de temporada lo situé como el equipo que no iba a estar a la altura de lo que se esperaba de él. No es ventajismo: fallé en casi todo lo demás. Sólo es la constatación de que muchas veces cuestas más accionar el interruptor que reformar la casa y renovar toda la instalación eléctrica. Ya hablé de que la manada de lobos puede disgregarse porque llega un punto en el que no avanzar es retroceder. Y hace poco señalé que bien haría Flipe Saunders en valorar si los brotes verdes de Dieng (12 puntos, 15 rebotes ante los Spurs) no son una oportunidad de redefinirse con, quién lo hubiera dicho hace algo más de un año, un traspaso de Pekovic. Pero la realidad va más allá de esta temporada o del ciclo de Kevin Love y Ricky Rubio y engloba los diez años sin playoffs, la racha en activo más larga de cualquier equipo NBA. La rúbrica del constante proyecto fallido.

 

Los Wolves han vuelto a quedarse fuera de playoffs, condición sine qua non para seducir al desenamorado Love (el juego de palabras facilón ha salido sin pretenderlo) y para apuntalar uno de esos proyectos que estaba en el punto de mira de todos hace no tanto y que se ha caído por su dificultad endémica para volar por encima del 50% de victorias. En números que en el Oeste no llevan a ningún sitio, el lugar al que aspiraban lo han ido ocupando (la NBA es una entidad darwiniana) Clippers, Warriors, Rockets y hasta Blazers.  A los Wolves, se ha analizado hasta la saciedad, les ha fallado la ejecución, el factor que convierte en sistémico lo que en el equipo de Adelman ha sido anecdótico: cuando juega bien, juega muy bien; Cuando se desinfla, no gana a nadie. Incapaz de tapiar su zona en defensa, sin más referencia como generador de tiros que Kevin Love, con la versión unidimensional de casi siempre de Kevin Martin y con un Ricky Rubio enredado entre la progresión y la falta de ella. Incapaz de solventar partidos igualados y con la mosca detrás de la oreja: Love ha sugerido que se le ha agotado la paciencia, los Lakers como canto de sirena constante para un californiano sobrino de un Beach Boy que todavía no sabe lo que es un jugar un partido de playoffs y al que se le va a ir al limbo una temporada de tres triples-dobles y casi 26+13 por partido.

Love

Los despachos tampoco ayudan: el fugado David Kahn, por orden del dueño Glen Taylor, le negó a Love un contrato máximo de cinco años y le firmó un tres+uno por más de sesenta millones… y una opción de salida que será efectiva el próximo verano. Si sigue allí. El jugador franquicia es la reina en el tablero de ajedrez. Si cae, un tsunami dará la vuelta al roster en planes otra vez a medio/largo plazo que lanzarán al mercado casi todos los contratos con muchos ceros o de jugadores que de repente dejarán de ser estratégicos. Ahí se enmarca la encrucijada de Ricky Rubio, con un año más garantizado (más de 5 millones) y a la caza de su gran contrato, asunto que le puede distanciar de su actual equipo, hasta hace poco enamorado perdidamente de él, y vinculado directamente a lo que suceda con Love y un Pekovic que seguirá cobrando más de once millones y medio en la 2017/18.

 

El problema no tiene tanto que ver con este proyecto sino con el proyecto. Los Timberwolves llegan a la NBA en la expansión de 1989 junto a Orlando Magic, que ya ha jugado dos finales después de ganar el Este en 1995 y 2009: con Shaquille O’Neal y Dwight Howard. Tiene cinco títulos de División por uno, el de 2004, de unos Wolves que no tienen nada más que llevarse a la boca. Aquel año, su año, lo tenían todo para ser campeones pero se estrellaron en su primera y única visita a la final del Oeste, donde los Lakers les hicieron pagar la novatada en el primer partido (88-97 en el Target Center) y les llevaron ya con la lengua fuera hasta la sentencia del sexto partido: 96-90 con remontada en el último cuarto, al que entraron por detrás en el marcador pero ya en ruta hacia una final donde les desnudaron los Pistons, Bad Boys 2.0.

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Minneapolis, si se mantiene la comparación con los Magic, no es Florida. Ni es un gran mercado ni es un lugar donde las estrellas de la NBA se peguen por vivir. Tiene una amplia comunidad afroamericana pero también una temperatura media de 7’4 grados durante todo el año. La más fría de todo el área continental de Estados Unidos. En Orlando no nieva desde enero de 2010 y el turismo supone una industria boyante y desde luego expansiva. Franquicias de ciudades como Minneapolis (o Milwaukee, o por otras circunstancias Toronto, o…) necesitan el doble de acierto para obtener la mitad de resultados. Y en los Timberwolves nada ha salido demasiado bien en los últimos diez años. Y ahora la amenaza es quedarse en el camino: despegue abortado. "¿Os acordáis de aquel equipo que…?" Hay ejemplos casi cada temporada. Hace no tanto, los Blazers parecían encaminados a dominar el mundo con un equipo liderado por Brandon Roy y Greg Oden. Ahora, los Thunder post Sonics (desde Oklahoma, otro mercado remoto) han construido su fuerza vía draft (Durant, Westbrook, Ibaka, Harden, Green).

 

Vuelvo a 2004 y a lo de acertar el doble para conseguir la mitad. En aquella temporada 2003/2004, la última en playoffs y la de la única final de Conferencia, los Timberwolves ganaron 58 partidos (en el banquillo Saunders, ahora equilibrista en los despachos) con una versión sobrehumana de Garnett, MVP en una de las mejores actuaciones individuales de la historia: 24’2 puntos (50% en tiros de campo), 13’9 rebotes, 5 asistencias, 1’5 robos y 2’2 tapones por partido. Quien tenga cierta edad quizá recuerde el tremendo séptimo partido de la tremenda semifinal del Oeste ante los Kings: 83-80 con (hay que coger respiración) 32 puntos, 21 rebotes, 4 robos y 5 tapones de un Garnett que siguió hasta 2007 pero que vio como las 58 victorias pasaron en esos tres siguientes años a 44, 33 y 32. Primero lesiones, después cambios de roster y entrenadores… y finalmente a la deriva. En esos tres años, Garnett pasó de formar en un quinteto con Cassell, Sprewell, Hassell y Olowokandi o Ervin Johnson como pívots a hacerlo con Mike James, Ricky Davis, Hassell y Mark Blount. Cambios, cambios y más cambios. Para nada.  En la temporada 2009/2010, los Timberwolves ya estaban en 17-65 en medio de una década horribilis en la que casi nada ha funcionado y en la que sólo parte de la culpa es de los elementos. En la 2012/13, por ejemplo, sí es obvio que las lesiones tuvieron una influencia capital: Kevin Love jugó 18 partidos, Budinger 23, Ricky 47 y Kirilenko 64.

 

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La de Minnesota Timberwolves es la historia de la eterna reconstrucción y un aviso con moraleja en estos tiempos de glorificación del tanking y de las revoluciones copernicanas. No todas las franquicias tienen "Miami" en su nombre y a Pat Riley en su despacho. Y no a todas las va a salir bien el constante órdago a grande que le está funcionando a Daryl Morey en los Rockets. Los Timberwolves no han sacado provecho ni del megatraspaso de su megaestrella ni de casi constantes años de altas elecciones en el draft. 

 

El 31 de julio de 2007 Kevin Garnett se fue a por su anillo, lo ganó, a Boston Celtics. Minnesota recibió un lote con Ryan Gomes, Gerald Green, Al Jefferson, Theo Ratliff y Sebastian Telfair con dos primeras rondas de 2009 que acabaron siendo Wayne Elligton y Jonny Flynn. De todo eso no salió nada. Hay dos que están firmando una excelente temporada lejos, hace ya mucho, de Minny: Al Jefferson se fue a Utah Jazz a cambio de Kosta Koufos y dos interesantes elecciones de draft que ahora juegan en los Rockets: Donatas Motiejunas y Terrence Jones. Y Gerald Green se fue también a Houston por Kirk Snyder y la futura elección de Paulao Prestes. Vía draft han contado con ocho elecciones de top ten desde 2006 y sólo ha sido un acierto rotundo y sin asteriscos el número 3 invertido en OJ Mayo y cambiado en 2008 por el número 5, Kevin Love.

En esa lista: Brandon Roy (6 en 2006, traspasado inmeditamente por Randy Foye), Corey Brewer (un número siete de 2007 que al menos ha vuelto tras vagar por Knicks, Mavs y Nuggets), Wesley Johnson (4 en 2010), Derrick Williams (2 en 2011) o el 9 del año pasado invertido en Trey Burke para intercambiarlo por dos proyectos todavía en formación: Shabazz Muhammad y Gorgui Dieng. Es dramático que en tres años ya no estuvieran ni Johnson y Williams, un 4 y un 2 en años consecutivos y elegidos por delante de Cousins, Monroe, Paul George, Bledsoe, Klay Thompson o Kawhi Leonard. Y como epicentro del desastre, el año que tenía que ser el del punto y aparte, un draft de 2009 al que los Wolves llegaban cargadísimos gracias a traspasos anteriores y del que salió un borrón que ha hipotecado al equipo: el número 5 fue para Ricky Rubio y el 6, para otro base como Jonny Flynn por delante de Jrue Holiday o… Stephen Curry. El 18 fue para Ty Lawson, enviado a Denver a cambio de una primera ronda de 2010 que fue a parar a Luke Babbitt. Con el 28 llegó Wayne Elligton, con el 45 Nick Calathes y con el 47 Henk Norel. Es decir, sólo Ricky Rubio sigue en el equipo. El resto ni están ni dejaron nada importante a cambio con sus salidas. 

 

PortadaTambién se ha movido la rueda de entrenadores durante esta década maldita: de Flip Saunders a Kevin McHale (éxito rotundo en los Rockets), Dwane Casey (que ha reestructurado con enorme éxito a los Raptors), Randy Wittman, el fiasco de Kurt Rambis y finalmente un Rick Adelman para el que esta temporada apunta a fin de trayecto: 67 años y uno de los ocho entrenadores con más de 1000 victorias en la historia de la NBA. Y en los despachos, de Kahn a Saunders. Los Timberwolves lo han probado todo. Pero hay lesiones, hay mala suerte y malas decisiones y la mezcla de ambas es muy indigesta en lugares del país que para muchos jugadores son sencillamente recónditos. Y así se pasa de ser un proyecto al que todos miran a un equipo al que pocos prestan verdadera atención.

 

Hay malas elecciones de draft y traspasos fallidos pero también operaciones con pinta impecable que acaban dando mal resultado. Hay una mezcla de muchas cosas para que un equipo mantengan la racha más larga en activo de temporadas sin playoffs sin más consuelo que su (cuestionable, de hecho) pertenencia al Oeste: en el Este pelearía por la sexta plaza. Esos son los Timberwolves que miran con el gesto torcido a la temporada 2014/2015. Este tendría que haber sido el año del siguiente paso adelante, ya imposible de aplazar y al que le han pasado por la derecha hasta unos Suns que partían desde la verdadera tierra quemada. Quizá convenzan a Kevin Love aunque parece imposible. Quizá acierten con el próximo contrato de Ricky Rubio, al firmarlo o al no hacerlo. Y quizá sepan hacer un traspaso que cambie por completo la dinámica de la franquicia. Nada de todo eso merece ahora mismo una apuesta en firme. En tierra de nadie, fuera de playoffs y en la cola de los que elegirán en la lotería del draft. Ni lo uno ni lo otro, en un incómodo páramo congelado dentro esta NBA darwiniana y de movimientos sísmicos. Este año le han pasado unos cuantos por delante, el riesgo es que lo hagan también los que están poniendo cimientos y que son ahora muy malos con la esperanza de ser muy buenos mañana. Los Timberwolves, mientras, no son ni buenos ni malos sino todo lo contrario. Y mientras, Kevin Love mira a California y tararea: “The West coast has the sunshine And the girls all get so tanned…”.

 

 

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domingo, 30 marzo 2014

Por Juanma Rubio

Los Bad Boys: cuando ser malo fue bueno

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Detroit es una ciudad en la ruina. Literalmente: declarada en bancarrota en julio de 2013 y con un índice de paro real que sitúan, más allá del maquillaje de los números oficiales, cerca del 50%. Consumida por la delincuencia y  un futuro en el limbo por la decadencia  de la industria del motor que un día la convirtió en la pujante MoTown: General Motors, Ford, Chrysler. Detroit es el fantasma de otra época, la promesa suspendida de una bonanza que seguramente no vuelva: el signo de los tiempos o más bien una de esas desgracias a pie de calle que apenas son gráficos con líneas de colores en los gestores de la macroeconomía, ese deus ex machina que ni supo anticipar la crisis ni sabe solucionarla básicamente porque no la sufre.

 

En Detroit se ha planteado crear un parque temático zombi, para aprovechar el hype pero también para dar salida a unos escenarios urbanos que son, la realidad supera a la ficción, una pesadilla sacada de bocetos postapocalípticos, de George A. Romero a Robert Kirkman. También se ha intentado atraer a personalidades de la cultura y las artes con condiciones fiscales especiales. Cualquier cosa para intentar salvar una ciudad en la que ahora resuenan índices de criminalidad donde antes retumbaban ecos de música negra, el sonido MoTown, hip-hop y por supuesto las guitarras eléctricas. ¿Os acordáis de KISS? “You Gotta Lose Your Mind In Detroit Rock City…”.

Detroit tiene esa trama de alfasto y cielo de ceniza que es la imagen de casi todas las grandes ciudades, un lugar que espantaba a los ciudadanos de la Costa Oeste hasta que, decían, la visitaban. Su idiosincrasia de ciudad obrera y hecha a sí misma la ha hecho siempre un poco de todos, en lo bueno y en lo malo. Dura pero real. Por eso sus referentes tuvieron siempre algo de global y seguramente el mayor de todos, el menos raído por los puñetazos de la vida, sean los Bad Boys que han sido homenajeados porque se cumplen 25 años de su primer anillo, en 1989. Una ocasión tan buena como cualquier otra para desempolvar el viejo orgullo. Los pistones, el equipo que obligó a la NBA a reescribir su reglamento defensivo. Bad Boys: cuando ser malo fue bueno.

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Andan tan mal las cosas en Detroit que ni siquiera el homenaje fue completo. No estuvo Rodman y no habló Dumars, jefe de los despachos desde 2000 pero parece que por poco tiempo. Los actuales Pistons apenas hacen honor a lo que fueron, recién vapuleados por los Heat y por esos Sixers que habían perdido 26 partidos seguidos: tienen talento, pierden con cualquiera. Es el estigma de un equipo sin suerte en la última década, maldito desde aquel Malice At The Palace, la pelea entre jugadores de Pistons y Pacers, con intervención del público, que avergonzó a América (19 de noviembre de 2004) y se saldó con sanciones que sumaron 146 partidos y 11 millones de dólares en salarios congelados. Ese año los Pistons perdieron la final y el título que defendían tras abrasar a los desestructurados Lakers de Bryant, O’Neal, Malone y Payton. Ese equipo jugó seis finales de Conferencia seguidas (2003-2008), la segunda mejor marca de la historia por detrás de los Lakers del showtime (ocho: 1982-1989). Ese equipo, que se construyó en silencio y saltó a la estratosfera con la llegada de Rasheed Wallace en febrero de 2004 (jaque mate al anillo que llegó meses después), fue tan bueno que revisar el homenaje a los del 89 me hizo plantearme si quizá había sido mejor que aquellos Bad Boys aunque peor ponderado por la historia. Dándole vueltas me di cuenta de que no había caso: los originales fueron mejores, uno de los grandes equipos de siempre.

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De hecho el gran mérito del segundo advenimiento de los Pistons campeones (tres anillos: 1989, 1990 y 2004) fue que se convirtieron en una especie de Bad Boys revisados. Como si para ganar en Detroit hubiera que jugar de una determinada manera, un sello genético que contrasta, el reverso de la misma moneda, con el show hollywoodiense de los Lakers a los que aplanaron en las finales de 1989 y de 2004. La mejor temporada del último gran equipo piston fue el 64-18 de la 2005/06, cuando Miami Heat le apartó de la final en ruta hacia el gran anillo de Wade. Los originales se quedaron en 63-19 (1988-89) aunque se imponen por dos anillos a uno en una era de dominio del Este más breve pero mucho más pirotécnica.

 

Los Pistons del 89 ganaron a los Lakers que buscaban el tercer anillo seguido con Pat Riley. Los de 2004 acabaron con el sueño del cuarto en cinco años de los angelinos, Phil Jackson al mando. A los primeros les ayudaron de forma definitiva las lesiones de Byron Scott y Magic Johnson para unos Lakers que llegaron 11-0 a la final y la perdieron 0-4; Los segundos se alimentaron de las deficiencias colectivas y emocionales de aquel experimento sideral (Kobe, Shaquille, Payton, Malone) que enviaron al purgatorio los egos y,otra vez, las lesiones. En la final del 89 los Lakers anotaron algo más de 102 puntos en poco más de 90 posesiones por partido. Los de 2004, sólo 81’8 puntos en 83’4 posesiones.

Dos versiones para la historia de la depredación defensiva que gana anillos. En 2004 los Pistons lograron tres de sus cuatro victorias en dobles dígitos de diferencia y con un ejemplar 88-68 en el tercero. Antes y todavía en Los Angeles, en el primero que avisó a Estados Unidos de que se avecinaba caza mayor, los Pistons asaltaron terreno a priori vedado (75-87) porque dejaron en 16 puntos a cualquier jugador de los Lakers que no fuera Shaquille o un Kobe desquiciado según avanzó la final: 38% en tiro. Aquellos Pistons los construyó el ahora denostado Dumars, otro espejo al pasado, a base de traspasos arriesgados y elecciones de draft inteligentes que le convirtieron en Ejecutivo del Año en 2003. La defensa forjada por Larry Brown quedó como una de las mejores de siempre, con cinco especialistas en los cinco puestos del quinteto: Billups, Hamilton, Prince, Rasheed Wallace y Ben Wallace, uno de los tipos que mejor ha jugado al baloncesto sin saber jugar al baloncesto y por eso, y por su inagotable dureza, un avatar mejorado de lo que fue Rick Mahorn: 4 veces Mejor Defensor de la NBA, 14’3 rebotes y 2’4 tapones por partido a lo largo de aquellos playoffs de 2004. Además, el engranaje ofensivo se impulsaba a partir de un backcourt de precisión quirúrgica: 38 puntos por partido en playoffs y más de 42 en la final entre Billups (MVP) y Hamilton. Otra comparación con otro backcourt, este entre los mejores de la historia y desde luego de sangre mucho más caliente: Isiah Thomas y Joe Dumars. En 1989, con el escolta como MVP, troncharon a los Lakers con casi 50 puntos por partido entre ambos.

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La versión 2004 de los Bad Boys era más maquinal y opresiva pero sólo saca clara ventaja al equipo que había ganado quince años antes en un puesto, el de Rasheed Wallace. Un espanto para los árbitros, pura MoTown, el padre del ya icónico “Ball Don’t Lie” ha sido uno de los grandes ala-pívots de la historia, un talento único y multidisciplinar que señala los lustros de diferencia entre los dos equipos en la balanza. En la final que ganaron: 13 puntos, 7’8 rebotes, 1’4 asistencias y 1’6 tapones. Pero, en total, este segundo equipo fue una reformulación, una versión moderna y machacahuesos de la vieja leyenda de los Bad Boys. No les resto mérito: recuperaron la bandera y la volvieron a izar. Y eso es muchas veces más difícil que abrir la senda. Demostraron qué había un ADN y una forma de ser que iba en el escudo, que representaban a una ciudad en mucho más que el nombre de la franquicia. Algo que, me temo, ni entienden ni entenderán nunca ahora Brandon Jennings o Josh Smith.

 

Los Bad Boys originales fueron un equipo que surge de la nada en las enciclopedias de la NBA, un puente entre los Lakers-Celtics de los 80 y los seis anillos de los Bulls. El eslabón perdido entre Bird y Magic y Michael Jordan. Una tuerca sin la que no se sostiene el engranaje de la evolución de la liga. Surgido de las cenizas: 21 derrotas seguidas en la temporada 1980/81 (21-61) les dio un número 2 del draft que invirtieron en Isiah Thomas. El 1 fue Mark Aguirre, al que sacaron de Dallas en plena temporada 1988/89 (rumbo al anillo, la pieza definitiva: como Rasheed). En 1982 llegaron vía trade Bill Laimbeer y Vinnie Jonhson. Y en el 85 en el draft Joe Dumars (número 18) y mediante traspaso Rick Mahorn. Después llegarían Dennis Rodman, John Salley y Adrian Dantley, el comodín cuyo trapaso valió después (contra la opinión de muchos) el aterrizaje de Mark Aguirre. Los Bad Boys habían nacido, el inolvidable Chuck Daly trabajaba con un grupo humano que acabó siendo mucho más que la suma de las partes: otra forma de entender el baloncesto.

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Aquellos Pistons se hicieron a sí mismos: perdieron contra los Celtics en la final del Este de 1987 (3-4) y se vengaron en la del 88 (4-2). Ese año perdieron la final con los Lakers (3-4) y un año después respondieron con el 4-0 y el título. Fueron la némesis de Michael Jordan durante tres eliminatorias (1988, 89 y 90) y no cedieron ante ante ellos hasta el 91 ya con el Phil Jackson a bordo (le habían recibido con un 4-3 en la final del Este del 90).

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Lakers, Celtics, Bulls. Bird, Jordan, Magic. Pat Riley o Phil Jackson. Si los nombres de tus rivales dan la medida de tu verdadero valor, el de aquellos Pistons era genuinamente inquebrantable. Jugaron partidos históricos y series de playoffs icónicas. Perdieron su primera final del Este ante los Celtics 3-4 y después de haber tenido el quinto partido (con 2-2) ganado en el Garden. Lo evitó una precipitada decisión de Thomas que desoyó la petición de tiempo muerto de Chuck Daly y propició el histórico robo de Larry Bird para la canasta ganadora de Dennis Johnson. Un año después llegaron a la final y la perdieron 3-4 después de haber estado 3-2 arriba y de tener el título a mano en un sexto partido antológico de Thomas: 25 puntos en el tercer cuarto… con un tobillo deshecho. Los Lakers ganaron con una falta final de Laimbeer a Kareem que el pívot piston todavía recuerda como phantom foul. La falta fantasma.

 

Y los Bulls, claro. Aquella final del Este de 1990 que ganaron 4-3 los de Michigan ante de ganar su segundo anillo ante los Blazers con la canasta de Vinnie Johnson a falta de siete décimas en el quinto partido. Isiah Thomas fue el MVP de una final que cerró con una frase para el recuerdo. Una que resumía la filosofía de su equipo: “Puedes decir lo que quieras de mí, cualquier cosa menos que no soy un ganador”. Sin los Bad Boys, quizá los Bulls nunca hubieran tenido que recurrir a Phil Jackson y la historia del baloncesto sería hoy distinta. Sin los puñales de Thomas y Dumars, los golpes de Mahorn, las argucias y los triples frontales de Laimbeer, los rebotes de Rodman, los tapones de Salley, el trabajo en ataque del Buda James Edwards… y la dirección extraordinaria de Chuck Daly, el técnico que convirtió a un puñado de outsiders en un equipo de leyenda. Todos los que formaron aquel equipo se siguen refiriendo a él como un padre: murió en 2009, cáncer de páncreas, diecisiete años después de haber dirigido al equipo más histórico de la historia: el Dream Team de 1992.

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Daly implementó las Jordan Rules que desquiciaron durante años a Michael Jordan, hasta la salvación zen que significó Phil Jackson. Era un tratado de cómo defender a un anotador indefendible. Al fin y al cabo un tratado de cómo molerle a palos con dobles y triples marcajes y ayudas que se cerraban concéntricas sobre él. Pero también un entramado perfecto que variaba defensores y estrategias en función de la posición de ataque en la que irrumpía Jordan. Dijo Daly que no querían pararle, sólo minimizarle: “puedes llevarle a ciertas posiciones de tiro pero finalmente él puede metértela desde el puesto de perritos”. La NBA nunca había visto nada igual. Se revisaron las normas, se releyeron los códigos y se habló abiertamente de cambiar criterios y aplicaciones. Un nuevo nivel físico, un baloncesto disparado hacia los años 90. Y un equipo que fue capaz de encarnar casi literalmente a una ciudad. Sin glamour, sin sangre azul. Partiéndose el espinazo para hacerse un nombre primero y defenderlo después. El culmen de la clase obrera, siderurgia y orgullo. Puro Detroit, pura MoTown: los Bad Boys. Uno de los mejores equipos de siempre, el que se saltó muchos discursos oficiales y nos enseñó que a veces, al menos sólo a veces, ser malo era bueno.

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jueves, 27 marzo 2014

Por Juanma Rubio

Dieng y Pekovic, ¿cruce de caminos en los Wolves?

Dieng

Nikola Pekovic es un buen jugador, un pívot excelente. Mide 211 centímetros y pesa 132 kilos realmente difíciles de mover. De verdad: es una fuerza física demoledora en las zonas con una capacidad para producir asombrosa. Consiste en darle el balón en la pintura y pasan cosas. Canastas, personales, tiros adicionales… Lo vimos en el Partizán, lo vimos en el Panathinaikos y lo hemos visto en los Timberwolves: una carrera de 13 puntos y casi 7 rebotes por partido, siempre en ascenso (17’7 y 9 este año) y ya un contrato de 60 millones de dólares por cinco años firmado el 15 de agosto de 2013 como agente libre restringido.

 

Pekovic estará ganando mucho dinero hasta la temporada 2017/18 (11’6 millones). Tiene 28 años, así que ya no esperan de él grandes evoluciones. Sólo, y si aguanta el físico, unos cuantos muy buenos años de un pívot capaz de hacer 25 puntos cualquier noche e interesante, por corpulencia, en la defensa sobre su par en uno contra uno. Un pívot ofensivo con ciertos valores defensivos que desde luego no pasan por la defensa del aro, la intimidación y el cierre del rebote defensivo (es mucho mejor en el ofensivo). En cualquier caso un jugador que querría casi cualquier franquicia aunque quizá no a cualquier precio y, sobre todo, quizá no si tu ‘4’ es Kevin Love. A priori la pareja es ideal: un center puro que no sale de la zona y un ala-pívot que tira de tres y abre la pista. Pero lo que dan en ataque, una barbaridad, lo pierden en defensa: los dos permiten que sus rivales anoten por encima del 50%. Y los Timberwolves encajan más de 103 puntos por partido, séptima cifra más alta de la liga y permiten los mejores porcentajes de toda la NBA a sus rivales: 47'2%

 

Demasiado lastre. El resultado es un problema de ejecución que desquicia a los Wolves en los finales igualados y que tiene al equipo otra vez con un pie y medio fuera de los playoffs. Desde luego, no en el ratio de crecimiento esperado del proyecto Ricky-Love. Y ya se sabe: en la NBA si no creces, retrocedes. Con un punto de no retorno claro: la franquicia no le dio cinco años a Love sino 4+1 por lo que el Santa Mónica podría salir al mercado en el verano de 2015. Patata caliente: no ha ocultado que no quiere seguir en un equipo que no aprende a ganar y el problema puede ser definitivamente público a partir de este mismo verano, cuando su agente tendrá la opción de presionar a los Wolves ya en cuenta atrás hacia la agencia libre. Al fondo del pasillo, ya se sabe, los Lakers. El pedigrí de Love: californiano, jugó en UCLA, su pareja vive en L.A. y su tío es uno de los miembros originales de los Beach Boys. ¿Amarillo y en botella?...

 

En esas, con Love mosqueado, Ricky ofuscado con su tiro y el equipo rondando el 50% de victorias, llegó la lesión de Pekovic. Un problema de tobillo que le ha tenido fuera seis partidos: no juega desde el 14 de marzo y se le ha colado en el salón de casa un invitado sólo hasta cierto punto inesperado: Gorgui Dieng. El pívot senegalés, novato pero no nuevo (24 años) y campeón de la NCAA el pasado año con la Louisville de Pitino, ha irrumpido como un coloso en el tramo final de la temporada NBA. En cuanto ha tenido ocasión: sin ningún partido de más de 22 minutos hasta ahora, se ha visto titular por Pekovic con este resultado: casi 34 minutos, 12’6 puntos y 14 rebotes por partido. Nunca más de 4 personales (vacunado contra un mal habitual del pívot novato) e hitos como el 22+21 ante los Rockets o el último 15+15 ante los Hawks. Dieng: un '5' que sabía jugar, con lectura de juego (6 asistencias en la final de la última Final Four ante Michigan) y 211 centímetros que se fue al número 21 del draft. Por delante salieron un buen puñado de pívots, entre ellos Lucas Nogueira. En un draft sin demasiado talento se optó por jugadores más jóvenes, diamantes que apenas asomaban pero en los que, en teoría, se podía pulir más.

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Dieng ha enseñado en media docena de partidos lo que pensábamos muchos: llegaba a la NBA listo para aportar. Tardó, Adelman tardó, pero en la línea actual seguramente entrará en el Mejor Quinteto de Rookies. Con Len y Noel por descubrir, su lucha en los puestos interiores es con Plumlee, Antic, Olynyk o Zeller. Más allá, Dieng ha encajado como un guante en el quinteto y al lado de Kevin Love, al que hace la vida algo más fácil a base de rebotes y trabajo sucio en defensa. Los Wolves pueden tenerle con contrato durante los próximos tres años a precio de rookie: 2’3 millones en la 2016/17. Así que lo que parece una excelente noticia puede poner a los Wolves en la encrucijada: ¿Y si la apuesta es traspasar a Pekovic, apostar por Love-Dieng y reforzar a cambio el resto del roster para forjar un verdadero aspirante a cotas mayores? Pero, ¿y si en cualquier caso Love decide irse y entonces el equipo echa de menos la producción anotadora de Pekovic?

 

De elecciones como esta viven o mueren la carrera de los general managers. Sí: patata caliente pero sobre todo oportunidad para Flip Saunders. Sólo una pista: esos 28 años de Pekovic tampoco le convierten en un jugador de futuro si realmente Love se va y toca rehabilitar el edificio para salvar a la manada de lobos de la extinción. Así que si Dieng acaba la temporada al nivel de los últimos diez días…

 

Toca moverse, toca dar razones, a Kevin Love para no irse (si es que hay tiempo) y al proyecto para no estancarse (y acabar muriendo antes de tiempo). Así que seguramente, y por una lesión de tobillo no demasiado grave de su titular y caro pívot, a los Wolves se les ha abierto una puerta. Se llama Dieng y es un pívot africano que sabe jugar al baloncesto. Exacto: la antítesis de Hasheem Thabeet, que lleva 481 puntos y 590 rebotes en casi cinco temporadas (2310 minutos jugados). Dieng, en 476 minutos: 146 puntos y 180 rebotes. Pues eso. Hora de tomar decisiones en Minnesota.

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viernes, 21 marzo 2014

Por Juanma Rubio

Pat Riley y Phil Jackson: el aura y la oportunidad

PRIMERA

Pat Riley nació el 20 de marzo de 1945 en el condado de Oneida, en Nueva York. Acaba de cumplir 69 años. Phil Jackson Nació en Deer Lodge, Montana, el 17 de septiembre también de 1945. Así que los cumplirá en unos meses.

Ambos son dos figuras sin las cuales es imposible comprender, ni siquiera de forma aproximada, la historia de la NBA. Y ambos llegaron a ella como jugadores en el mismo draft, el de 1967 y cuando la liga, todavía no la gran liga, cumplía 20 años: Riley se llevó el número 7 (San Diego Rockets), Jackson el 17 (New York Knicks). Desde entonces han ganado 22 anillos, 9 Pat y 13 Phil. Boston Celtics y Los Angeles Lakers son las únicas franquicias con más anillos que ellos: 17 y 16. Y el dato laker tiene trampa: desde 1980 no gana un campeonato sin uno de los dos a bordo. En el del 81, el último sin ninguno de los dos como entrenador jefe, Riley ya era ayudante de Westhead.

JUGADORES


Riley (un anillo como jugador, otro como entrenador asistente, cinco como entrenador y dos como directivo) jugó doce años en la NBA: Rockets, Lakers, Suns. Jackson jugó 12, siempre en los Knicks antes de un periplo final en los Nets. Riley fue campeón en 1972, Jackson en 1970 y 1973. Los dos fueron jugadores de rol, activos importantes desde el banquillo. Riley daba tandas de descanso a los West, Baylor y Goodrich y firmó una carrera de más de 8000 minutos, casi 4000 puntos y algo menos de 1000 asistencias. Jackson, un ala pívot con perfil de lo que ahora se llama energy guy, aportaba esfuerzo, defensa y envergadura en la segunda unidad. Jugó más de 14000 minutos con más de 5000 puntos y casi 3500 rebotes. Su mejor temporada numérica fue la 1973/74, más de 11 puntos y cinco rebotes por partido. La de Riley, la 74/75 también con algo más de once puntos por partido. Jackson era hijo de un predicador pentecostal y creció sin ver la televisión y sin saber lo que era un baile antes de forjarse como deportista en  North Dakota. Riley tenía pedigrí Kentucky y los astros alineados casi desde la cuna: en 1961 jugó un memorable partido de high school, con Linton y contra power Memorial, donde ya sobresalía… Lew Alcindor, después Kareem Abdul-Jabbar y soldado universal a los órdenes de Riley en los Lakers de los 80. Los Lakers de verdad. Los Lakers a secas.

Phil Jackson se retiró tras la temporada 1979/80, en la que un Riley de 35 años que había dejado las canchas cuatro antes conquistó el título como entrenador asistente: el jefe Jack McKinney sufrió un accidente que le obligó a dejar su sitio a Paul Westhead y corrió el escalafón de técnicos hasta situar a Riley ya a pie de pista. Dos años después dirigía la nave. Hizo falta, todo se combaba hacia su lado, que Magic Jonhson se hartara de Westhead y que Jerry West no quisiera coger las riendas del equipo. Entre 1984 y 1988 jugó cuatro finales y ganó tres anillos con aquellos Lakers. En esos mismos años Phil Jackson tuvo que sudar su oportunidad en vieja de la CBA a Puerto Rico. Cuando los Lakers de Riley techaban su reinado y comenzaban a apagarse, nacía la estrella de Jackson: ayudante de Doug Collins en los Bulls en 1987, entrenador en jefe en el 89 y ya en maridaje con Tex Winter, el padre del triángulo ofensivo.

ENTRENADORES


Como primer entrenador, Riley ganó cinco anillos (1982, 85, 87, 88 y 2006, este en Miami), fue tres veces Entrenador del Año (1990, 1993, 1997) y dirigió nueve veces a equipos del All-Star. De hecho la norma de que un entrenador no puede repetir dos años seguidos se hizo a partir de Riley y su inamovible presencia como técnico del Oeste en la edad de oro de los Lakers. Entrenó 24 años por los 20 de Jackson: once anillos: 1991, 92, 93, 96, 97, 98, 2000, 2001, 2002, 2009, 2010. Cuatro All Star como técnico y un premio de Entrenador del Año, en 1996. Se retiró con 1155 partidos ganados por 485 perdidos, un 70% de victorias. Riley ganó 1210 y perdió 694: 63%. En playoffs, 229-104 y 68% de triunfos por el 60% de Riley: 171-111.

Pat Riley dijo: “Nunca se tiene suficiente talento a tu disposición”. Phil Jackson dijo: “No quiero jugadores a los que motivar, quiero jugadores motivados a los que entrenar”. No viví los años de fotos en blanco y negro y puros de Red Auerbah y Bill Russell, y con ese asterisco digo que no ha habido entrenadores como ellos dos. Y que ahora sólo hay uno que se acerca a su aroma de grandeza: Gregg Popovich.

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Pat Riley hilvanó los Lakers y Hollywood con el showtime, un estilo basado en correr hasta dejar atrás, con la lengua fuera, al rival. En el arranque del primer cuarto o en el último de un séptimo partido de eliminatoria. En eso y en tener a Magic Johnson, claro. Jackson transformó a Michael Jordan primero y a Kobe Bryant después, y maximizó a Shaquille, gracias a su triángulo ofensivo, con los años aparentemente más un mantra que un sistema, un punto de partida genérico de interpretación ultra abierta que bendijo a todo tipo de jugadores, especialmente a los de una clase única: los inteligentes. Jackson metió en su filosofía vital, mucho más allá del juego, a jugadores de toda clase y carácter. Y sacó siempre lo mejor de ellos. Riley supo amoldarse a los que tuvo a su cargo. Del showtime a la siderurgia de los Knicks que perdieron la final  de 1994 en siete abrasivas batallas contra los Rockets de Olajuwon. Riley se hizo cargo de los Knicks en la 1991/992, justo cuando Jackson había comenzado su reinado ganando su primer anillo… a Los Angeles Lakers, en plena transición post Riley con Mike Dunleavy a los mandos. Vasos comunicantes: Jackson iría luego a ganar cinco anillos en Los Angeles entre 2000 y 2010. En los años convulsos entre los Lakers de Shaquille y Kobe y los de Kobe y Gasol, emergieron unos Heat campeones… con pati Riley como entrenador. Y con Wade y Shaquille en pista.

Ahora Jackson cierra el círculo en los Knicks, donde se le pide que ejerza el mismo influjo que sugiere Riley en los Heat: un título como entrenador, dos como directivo después de sobrecoger a la NBA con una conjunción interplanetaria nunca antes imaginada: LeBron James, Dwyane Wade, Chris Bosh. El terreno del ideólogo, el autor intelectual que ha cosechado los anillos octavo y noveno de Riley, es el que afrontará como rookie Phil Jackson, además en una franquicia que es el epitome de los problemas intestinos y que no gana nada desde que él jugaba. Y que sólo ha jugado una final, la del lockout de 1999, desde que llegó a la del 94… a las órdenes de Riley.

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Espejos convexos pero de la misma entraña: el éxito como forma de vida. Jackson es el Maestro Zen, la aplicación heterodoxa de una filosofía personal y orientalizada al baloncesto. Riley fue Hollywood, el entrenador mejor vestido y el peinado inamovible. Dos sonrisas: una casi irónica y con cierta retranca, la otra de mandíbula firme y confianza exultante. Pero ambas sinónimo de victoria. Y eso, el aura, es la melodía de seducción que Riley ha interpretado en Miami. Y eso es lo que esperan los Knicks, en plena sequía, del chamán Jackson. Que su sonrisa haga llover. Es el intangible que engloba ese concepto escurridizo y posmoderno: la cultura ganadora. El gen midas que convierte en oro todo lo que toca. Una alquimia infalible que extrae el máximo respeto de todos los círculos de la liga: de general managers a jugadores. Quizá lo único que pueda salvar a los Knicks de una disfunción ya casi endémica. Un redentor zen contra el letargo y una partida de ajedrez que medirá a dos tomos de la enciclopedia de la NBA -Riley y Jackson, Jackson y Riley- desde el próximo mercado veraniego. Los únicos que han sido campeones como entrenadores en dos ciudades distintas. El Riley que llevó a cuatro temporadas seguidas de más de 60 triunfos a los Lakers contra el Jackson que hizo un 72-10 con los Bulls y un 15-1 en playoffs también con los Lakers. Todo, el showtime y el triángulo, Kareem y Shaquille, Jordan y Bryant, al servicio de la autopsia de un juego destripado hasta la piedra filosofal: ganar como jugador y como entrenador, ganar como directivo. Ganar, ganar y ganar. Riley lo ha hecho: convenció a LeBron, toleró los patinazos de Spoelstra. Supo poner cara de tahúr primero y de candidato a la presidencia después. Su sonrisa es el gran sueño americano y el American Airlines Arena es la hoguera de las vanidades de South Florida. Un matrimonio condenado a funcionar. Veremos que sucede entre el equilibrio vital zen, las salidas de tono de James Dolan y las añoranzas de Jackson, del rancho de Montana a las playas de Santa Mónica. Recuerdo: a Jackson le gusta Nueva York pero odia el frío.

Surgió la oportunidad y Dolan se compró lo único que el dinero que no le puede dar: el aura. Lo que va más allá de las estadísticas, de las redes de contactos y las horas al teléfono. La materia gris y el latido vital que hay detrás del baloncesto, unidos. Rodearse de la gente adecuada, tomar las decisiones oportunas, aliarse con la suerte y atreverse donde otros se achican. Es la vida de Riley y es la vida de Jackson. ¿Qué jugador no escuchará los consejos de quienes los susurraron en el oído de Jordan o Magic? ¿Quién dejará pasar la oportunidad de unir se nombre al de los que siempre, de una manera o de otra, acaban ganando? Ahí llegaron los Heat y ahí quieren mudarse los Knicks: el aura y la oportunidad. Justo lo que están perdiendo los Lakers mientras los que escribieron su historia la revisan ahora en otras latitudes. Incluso Hollywood, incluso la butaca de Jack Nicholson y la camiseta de Magic Johnson colgando del cielo estrellado del Staples pueden quedar atrás como símbolos de otro tiempo. No se trata de quién eres sino de dónde creen los demás que les puedes llevar. Eso han sido siempre los Lakers, eso pueden dejar de ser ahora entre otras cosas porque quedan muy lejos los tipos que fueron causa y parte de su leyenda. Uno se fue hace tiempo, el otro lo acaba de hacer dejando esposa y directiva en las oficinas de San Segundo. Así que cuidado, Jim Buss, al aura hay que sacarle brillo. Incluso a la de los Lakers, la que jamás marchitaba.

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