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El blog de Juanma Rubio

Un blog para tratar el pasado, presente y futuro del baloncesto tanto nacional como internacional: ACB, ULEB, Euroliga, Eurocup y la NBA.

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jueves, 10 abril 2014

Por Juanma Rubio

Finalmente, la niña Lacey murió

Nena4

A Sofoklis Schortsanitis le pueden caer ocho partidos de sanción por lanzarse a la grada a la caza de un aficionado. Perdió la cabeza, sí, pero ese aficionado le había dicho “voy a violar a tu hija y a tu hijo”. El jugador, más de 140 kilos de humanidad (¿le diría eso el mismo tipo en plena calle y cara a cara? Pues eso), se disculpó después del partido. Me quedo con esta frase que pasó algo desapercibida: “He escuchado cosas muy negativas pero nunca como las que ese seguidor dijo sobre mi madre y mi mujer. Cuando mencionó a mis hijos perdí el control”. Es la cultura de la barra libre en las gradas. Y es detestable.

 

En todos los estadios y pabellones hay personajes despreciables que entienden el deporte a través del odio o que sencillamente canalizan sus frustraciones a través de él. De hecho hay padres de niños de ocho, nueve o diez años que se desgañitan en los partidos de estos en una vuelta de tuerca hacia la más absoluta falta de sentido común y de responsabilidad. La vida es dura, tiene que serlo para generar tanta frustración y tanto rencor. Lo barruntamos desde que pasamos la adolescencia, lo aprendemos (algunos a golpes) después. El fenómeno va de la institucionalización de la violencia (verbal, gestual, física) entre grupos radicales a la creencia de que adquirir una entrada y camuflarse entre la masa es un salvoconducto que permite comportamientos cobardes, mezquinos, maleducados y asociales (o deberían serlo) que no estarían bien vistos ni en un zoo y que generan un clima de circo romano del que algunos después se vanaglorian. Padres y madres gritan con chiquillos a su lado, ojalá más atónitos que atentos. El deporte, que en su forma más pura reúne lo mejor del ser humano, se convierte en el cobijo de todas las bajezas. La excusa matriz. No causa, nunca debería serlo, sino consecuencia. Consiste en desgañitarse en una catarsis que no es tal: Del negro, moro, maricón al voy a violar a tu hija y a tu hijo. ¿Alguien se va a casa más tranquilo después de una buena sesión de insultos? Menuda desgracia ¿Alguien cree que esos chicos, muchas veces sólo porque son multimillonarios o porque son básicamente lo que tú querías ser, están ahí para encajar y encajar porque el público siempre tiene la razón? Qué espanto de pensamiento.

 

Escribo esto asqueado sencillamente porque eso no es deporte. Ni creo que lo sea la alimentación de prejuicios y bajos instintos en la que participa, de unos años a esta parte con especial alegría, una parte de la profesión periodística. Eso no es deporte porque eso no es la vida, que es demasiado corta como para dedicarla a amontonar cosas que echar encima del vecino de enfrente o del pueblo de al lado: del diferente. Pero, por suerte, por cada historia que nos degrada, a quien la protagoniza y a quienes miramos, el deporte nos regala todavía un montón de sueños envueltos en el papel de celofán de las buenas noticias o las moralejas hermosas. De eso se trata: superación, esfuerzo, compañerismo. De eso debería tratarse en su núcleo, dejemos por un momento a un lado (aunque no deberíamos) los millones, las banderas y los títulos. A través del deporte a veces, todavía sucede, nos habla la vida. Y deberíamos escuchar. A quienes los rivales de su equipo les generan sentimientos tan horrendos y las derrotas les parecen el fin del mundo, les preguntaría si saben que un neuroblastoma es un extraño y terrible cáncer infantil que se forma en los tejidos nerviosos y que se suele diagnosticar en los tres primeros años de vida y cuando ya está muy extendido por el cuerpo. Su tasa de mortalidad es descomunal. Si una derrota de tu equipo es lo que te lleva a la histeria y te parece una señal del Apocalipsis, o has tenido mucha suerte en la vida o tienes la cabeza muy hueca.  

 

Neuroblastoma: la palabra entra y sale continuamente de los medios estadounidenses en las últimas semanas a raíz de la historia de Lacey Holsworth, una jovencita de ocho que luchó y luchó contra él, hasta que, a veces la vida debería ser Hollywood, perdió la batalla y murió. Sucedió el pasado miércoles y cerró, con más de 100.000 búsquedas en Google justo después del anuncio del fallecimiento, la gran historia del torneo de baloncesto universitario 2014.

 

Y estas, creo, son las historias que vuelan por debajo del radar porque perdemos demasiado tiempo en otras que a veces tienen que ver con un tipo que le grita a otro que va a violar a sus hijos porque juega en un equipo de baloncesto que ha ganado, maldito sea, a su equipo. La historia, que ha conmovido a América pero que es más hermosa cuanto menos lacrimógena se pinte, es también la de Adreian Payne, un power foward de los Spartans de Michigan State que se quedaron a las puertas de la Final Four después de tener contra las cuertas (con 13 puntos y 9 rebotes de Payne) al después campeón, los Huskies de UConn. Payne dará el salto a la NBA y las proyecciones le sitúan como un top-20 en el draft, un jugador con mucho motor físico y buena muñeca que, no es lo habitual, ha completado los cuatro años del ciclo universitario. En mitad de ese camino, hace un par de años, conoció a Lacey Holsworth en una de esas (tan importantes) visitas que realizan los deportistas a los hospitales infantiles. Entre ellos, un tremendo atleta negro y una niñita rubia que no podía caminar por un gigantesco tumor que devoraba su abdomen y su espina dorsal, surgió una química especial y, sobre todo, real. Y seguramente Payne tenía la equipación emocional adecuada para empatizar con el optimismo sencillamente ilógico de una chiquita a la que la muerte estaba devorando a bocados. Con 13 años, el ala-pívot spartan vio como su madre moría en sus brazos con un ataque de asma y mientras él intentaba encontrar el inhalador. Después su abuela, que se hizo cargo de él, también murió por un problema respiratorio que él conoce: sus pulmones son más pequeños de lo normal para sus 205 centímetros y ha tenido que aprender a modular su respiración en pequeñas bocanadas para poder jugar al baloncesto. No ganar un montón de títulos y cheques con un montón de ceros: sólo jugar al baloncesto.

 

Payne siguió visitando a Lacey de forma regular hasta el reciente encuentro que recorrió Estados Unidos de punta a punta: mientras los Spartans celebraban en la cancha su triunfo en el Big Ten Tournament, el entrenador Tom Izzo apareció en pista con Lacey. Una sorpresa para Payne, que aupó a la niña para que le ayudara a cortar las redes. Un honor que suele estar reservado para familiares muy cercanos y muy importantes. A veces, no muchas, supongo que hay lazos más importantes que la familia o que no sólo son familia quienes  comparten sangre o parentesco. “Me llama su Superman pero la que tiene superpoderes es ella. Es increíble ver su energía a pesar de lo que está sufriendo. Los médicos le dijeron que no podría volver a caminar y ha logrado hacerlo. Es una luchadora. Y si puedo darle al menos un momentito de alegría para que se olvide un poco de todo lo demás, entonces no hay nada más importante para mí que eso”. Esto, supongo que la palabra es perspectiva, lo dijo Payne mientras su compañero de equipo Gary Harris aseguraba que la niña Lacey se había convertido “en la inspiración de todo el equipo. A veces pierdes y te cabreas. Pero entonces piensas en lo que le está pasando a ella siempre con una sonrisa…”.

Nena1


Días después, la niña Lacey murió como mueren todos los días un montón de niños. De cáncer y, lo que debería avergonzarnos a todos, de enfermedades menores o sencillamente de hambre. Payne dejó este mensaje en las redes sociales: “Ha llegado el momento de que mi princesita se vaya a su casa y no sienta más dolor. Ahora estará feliz y será el ángel que me cuide”.

 

Nena2De esta historia, como habrá tantas en cada rincón del mundo, hay testimonio porque Adreian Payne es un tipo que juega muy bien al baloncesto y al que en el corazón y en la cabeza le caben unas cuantas cosas más. Y eso también es deporte o al menos lo mejor que este nos puede contar. Historias: de eso se trata para que no nos olvidemos de lo que somos. Siempre ha sido así. Y queda, por cierto, una movilización masiva para recaudar fondos y avanzar en la lucha contra el neuroblastoma. Lacey Holsworth ha sido un canalizador enorme que no podrá disfrutar de la energía que ha generado. Seguramente y por suerte otros sí. Estos son los héroes que a su vez tienen como héroes a deportistas. Y eso, por suerte, también es el deporte, todavía y si lo dejan en paz. Los de los gritos racistas, los de las pancartas xenófobas, los que quieren violar a hijos de jugadores y salen corriendo cuando estos se les echan encima... Todos los de su clase. El deporte es otra cosa porque la vida debería ser otra cosa. Una suma de todas esas cosas que a veces te parten de verdad el alma y a veces te hacen de verdad sonreír. El deporte en sí mismo es maravilloso porque tiene esa capacidad, un don demasiado grande como para atribuírselo a las victorias y las derrotas de tu equipo o del de enfrente.

Nena3

 

 

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miércoles, 09 abril 2014

Por Juanma Rubio

Minnesota Timberwolves: proyecto fallido

Ricky1

Era una intrigante temporada para Minnesota Timberwolves. E importantísima. Más allá de Ricky, pero también por él, la hemos seguido con lupa. Y en mi caso con desconfianza. En mis quinielas de principio de temporada lo situé como el equipo que no iba a estar a la altura de lo que se esperaba de él. No es ventajismo: fallé en casi todo lo demás. Sólo es la constatación de que muchas veces cuestas más accionar el interruptor que reformar la casa y renovar toda la instalación eléctrica. Ya hablé de que la manada de lobos puede disgregarse porque llega un punto en el que no avanzar es retroceder. Y hace poco señalé que bien haría Flipe Saunders en valorar si los brotes verdes de Dieng (12 puntos, 15 rebotes ante los Spurs) no son una oportunidad de redefinirse con, quién lo hubiera dicho hace algo más de un año, un traspaso de Pekovic. Pero la realidad va más allá de esta temporada o del ciclo de Kevin Love y Ricky Rubio y engloba los diez años sin playoffs, la racha en activo más larga de cualquier equipo NBA. La rúbrica del constante proyecto fallido.

 

Los Wolves han vuelto a quedarse fuera de playoffs, condición sine qua non para seducir al desenamorado Love (el juego de palabras facilón ha salido sin pretenderlo) y para apuntalar uno de esos proyectos que estaba en el punto de mira de todos hace no tanto y que se ha caído por su dificultad endémica para volar por encima del 50% de victorias. En números que en el Oeste no llevan a ningún sitio, el lugar al que aspiraban lo han ido ocupando (la NBA es una entidad darwiniana) Clippers, Warriors, Rockets y hasta Blazers.  A los Wolves, se ha analizado hasta la saciedad, les ha fallado la ejecución, el factor que convierte en sistémico lo que en el equipo de Adelman ha sido anecdótico: cuando juega bien, juega muy bien; Cuando se desinfla, no gana a nadie. Incapaz de tapiar su zona en defensa, sin más referencia como generador de tiros que Kevin Love, con la versión unidimensional de casi siempre de Kevin Martin y con un Ricky Rubio enredado entre la progresión y la falta de ella. Incapaz de solventar partidos igualados y con la mosca detrás de la oreja: Love ha sugerido que se le ha agotado la paciencia, los Lakers como canto de sirena constante para un californiano sobrino de un Beach Boy que todavía no sabe lo que es un jugar un partido de playoffs y al que se le va a ir al limbo una temporada de tres triples-dobles y casi 26+13 por partido.

Love

Los despachos tampoco ayudan: el fugado David Kahn, por orden del dueño Glen Taylor, le negó a Love un contrato máximo de cinco años y le firmó un tres+uno por más de sesenta millones… y una opción de salida que será efectiva el próximo verano. Si sigue allí. El jugador franquicia es la reina en el tablero de ajedrez. Si cae, un tsunami dará la vuelta al roster en planes otra vez a medio/largo plazo que lanzarán al mercado casi todos los contratos con muchos ceros o de jugadores que de repente dejarán de ser estratégicos. Ahí se enmarca la encrucijada de Ricky Rubio, con un año más garantizado (más de 5 millones) y a la caza de su gran contrato, asunto que le puede distanciar de su actual equipo, hasta hace poco enamorado perdidamente de él, y vinculado directamente a lo que suceda con Love y un Pekovic que seguirá cobrando más de once millones y medio en la 2017/18.

 

El problema no tiene tanto que ver con este proyecto sino con el proyecto. Los Timberwolves llegan a la NBA en la expansión de 1989 junto a Orlando Magic, que ya ha jugado dos finales después de ganar el Este en 1995 y 2009: con Shaquille O’Neal y Dwight Howard. Tiene cinco títulos de División por uno, el de 2004, de unos Wolves que no tienen nada más que llevarse a la boca. Aquel año, su año, lo tenían todo para ser campeones pero se estrellaron en su primera y única visita a la final del Oeste, donde los Lakers les hicieron pagar la novatada en el primer partido (88-97 en el Target Center) y les llevaron ya con la lengua fuera hasta la sentencia del sexto partido: 96-90 con remontada en el último cuarto, al que entraron por detrás en el marcador pero ya en ruta hacia una final donde les desnudaron los Pistons, Bad Boys 2.0.

Kg

Minneapolis, si se mantiene la comparación con los Magic, no es Florida. Ni es un gran mercado ni es un lugar donde las estrellas de la NBA se peguen por vivir. Tiene una amplia comunidad afroamericana pero también una temperatura media de 7’4 grados durante todo el año. La más fría de todo el área continental de Estados Unidos. En Orlando no nieva desde enero de 2010 y el turismo supone una industria boyante y desde luego expansiva. Franquicias de ciudades como Minneapolis (o Milwaukee, o por otras circunstancias Toronto, o…) necesitan el doble de acierto para obtener la mitad de resultados. Y en los Timberwolves nada ha salido demasiado bien en los últimos diez años. Y ahora la amenaza es quedarse en el camino: despegue abortado. "¿Os acordáis de aquel equipo que…?" Hay ejemplos casi cada temporada. Hace no tanto, los Blazers parecían encaminados a dominar el mundo con un equipo liderado por Brandon Roy y Greg Oden. Ahora, los Thunder post Sonics (desde Oklahoma, otro mercado remoto) han construido su fuerza vía draft (Durant, Westbrook, Ibaka, Harden, Green).

 

Vuelvo a 2004 y a lo de acertar el doble para conseguir la mitad. En aquella temporada 2003/2004, la última en playoffs y la de la única final de Conferencia, los Timberwolves ganaron 58 partidos (en el banquillo Saunders, ahora equilibrista en los despachos) con una versión sobrehumana de Garnett, MVP en una de las mejores actuaciones individuales de la historia: 24’2 puntos (50% en tiros de campo), 13’9 rebotes, 5 asistencias, 1’5 robos y 2’2 tapones por partido. Quien tenga cierta edad quizá recuerde el tremendo séptimo partido de la tremenda semifinal del Oeste ante los Kings: 83-80 con (hay que coger respiración) 32 puntos, 21 rebotes, 4 robos y 5 tapones de un Garnett que siguió hasta 2007 pero que vio como las 58 victorias pasaron en esos tres siguientes años a 44, 33 y 32. Primero lesiones, después cambios de roster y entrenadores… y finalmente a la deriva. En esos tres años, Garnett pasó de formar en un quinteto con Cassell, Sprewell, Hassell y Olowokandi o Ervin Johnson como pívots a hacerlo con Mike James, Ricky Davis, Hassell y Mark Blount. Cambios, cambios y más cambios. Para nada.  En la temporada 2009/2010, los Timberwolves ya estaban en 17-65 en medio de una década horribilis en la que casi nada ha funcionado y en la que sólo parte de la culpa es de los elementos. En la 2012/13, por ejemplo, sí es obvio que las lesiones tuvieron una influencia capital: Kevin Love jugó 18 partidos, Budinger 23, Ricky 47 y Kirilenko 64.

 

Ricky2

La de Minnesota Timberwolves es la historia de la eterna reconstrucción y un aviso con moraleja en estos tiempos de glorificación del tanking y de las revoluciones copernicanas. No todas las franquicias tienen "Miami" en su nombre y a Pat Riley en su despacho. Y no a todas las va a salir bien el constante órdago a grande que le está funcionando a Daryl Morey en los Rockets. Los Timberwolves no han sacado provecho ni del megatraspaso de su megaestrella ni de casi constantes años de altas elecciones en el draft. 

 

El 31 de julio de 2007 Kevin Garnett se fue a por su anillo, lo ganó, a Boston Celtics. Minnesota recibió un lote con Ryan Gomes, Gerald Green, Al Jefferson, Theo Ratliff y Sebastian Telfair con dos primeras rondas de 2009 que acabaron siendo Wayne Elligton y Jonny Flynn. De todo eso no salió nada. Hay dos que están firmando una excelente temporada lejos, hace ya mucho, de Minny: Al Jefferson se fue a Utah Jazz a cambio de Kosta Koufos y dos interesantes elecciones de draft que ahora juegan en los Rockets: Donatas Motiejunas y Terrence Jones. Y Gerald Green se fue también a Houston por Kirk Snyder y la futura elección de Paulao Prestes. Vía draft han contado con ocho elecciones de top ten desde 2006 y sólo ha sido un acierto rotundo y sin asteriscos el número 3 invertido en OJ Mayo y cambiado en 2008 por el número 5, Kevin Love.

En esa lista: Brandon Roy (6 en 2006, traspasado inmeditamente por Randy Foye), Corey Brewer (un número siete de 2007 que al menos ha vuelto tras vagar por Knicks, Mavs y Nuggets), Wesley Johnson (4 en 2010), Derrick Williams (2 en 2011) o el 9 del año pasado invertido en Trey Burke para intercambiarlo por dos proyectos todavía en formación: Shabazz Muhammad y Gorgui Dieng. Es dramático que en tres años ya no estuvieran ni Johnson y Williams, un 4 y un 2 en años consecutivos y elegidos por delante de Cousins, Monroe, Paul George, Bledsoe, Klay Thompson o Kawhi Leonard. Y como epicentro del desastre, el año que tenía que ser el del punto y aparte, un draft de 2009 al que los Wolves llegaban cargadísimos gracias a traspasos anteriores y del que salió un borrón que ha hipotecado al equipo: el número 5 fue para Ricky Rubio y el 6, para otro base como Jonny Flynn por delante de Jrue Holiday o… Stephen Curry. El 18 fue para Ty Lawson, enviado a Denver a cambio de una primera ronda de 2010 que fue a parar a Luke Babbitt. Con el 28 llegó Wayne Elligton, con el 45 Nick Calathes y con el 47 Henk Norel. Es decir, sólo Ricky Rubio sigue en el equipo. El resto ni están ni dejaron nada importante a cambio con sus salidas. 

 

PortadaTambién se ha movido la rueda de entrenadores durante esta década maldita: de Flip Saunders a Kevin McHale (éxito rotundo en los Rockets), Dwane Casey (que ha reestructurado con enorme éxito a los Raptors), Randy Wittman, el fiasco de Kurt Rambis y finalmente un Rick Adelman para el que esta temporada apunta a fin de trayecto: 67 años y uno de los ocho entrenadores con más de 1000 victorias en la historia de la NBA. Y en los despachos, de Kahn a Saunders. Los Timberwolves lo han probado todo. Pero hay lesiones, hay mala suerte y malas decisiones y la mezcla de ambas es muy indigesta en lugares del país que para muchos jugadores son sencillamente recónditos. Y así se pasa de ser un proyecto al que todos miran a un equipo al que pocos prestan verdadera atención.

 

Hay malas elecciones de draft y traspasos fallidos pero también operaciones con pinta impecable que acaban dando mal resultado. Hay una mezcla de muchas cosas para que un equipo mantengan la racha más larga en activo de temporadas sin playoffs sin más consuelo que su (cuestionable, de hecho) pertenencia al Oeste: en el Este pelearía por la sexta plaza. Esos son los Timberwolves que miran con el gesto torcido a la temporada 2014/2015. Este tendría que haber sido el año del siguiente paso adelante, ya imposible de aplazar y al que le han pasado por la derecha hasta unos Suns que partían desde la verdadera tierra quemada. Quizá convenzan a Kevin Love aunque parece imposible. Quizá acierten con el próximo contrato de Ricky Rubio, al firmarlo o al no hacerlo. Y quizá sepan hacer un traspaso que cambie por completo la dinámica de la franquicia. Nada de todo eso merece ahora mismo una apuesta en firme. En tierra de nadie, fuera de playoffs y en la cola de los que elegirán en la lotería del draft. Ni lo uno ni lo otro, en un incómodo páramo congelado dentro esta NBA darwiniana y de movimientos sísmicos. Este año le han pasado unos cuantos por delante, el riesgo es que lo hagan también los que están poniendo cimientos y que son ahora muy malos con la esperanza de ser muy buenos mañana. Los Timberwolves, mientras, no son ni buenos ni malos sino todo lo contrario. Y mientras, Kevin Love mira a California y tararea: “The West coast has the sunshine And the girls all get so tanned…”.

 

 

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domingo, 30 marzo 2014

Por Juanma Rubio

Los Bad Boys: cuando ser malo fue bueno

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Detroit es una ciudad en la ruina. Literalmente: declarada en bancarrota en julio de 2013 y con un índice de paro real que sitúan, más allá del maquillaje de los números oficiales, cerca del 50%. Consumida por la delincuencia y  un futuro en el limbo por la decadencia  de la industria del motor que un día la convirtió en la pujante MoTown: General Motors, Ford, Chrysler. Detroit es el fantasma de otra época, la promesa suspendida de una bonanza que seguramente no vuelva: el signo de los tiempos o más bien una de esas desgracias a pie de calle que apenas son gráficos con líneas de colores en los gestores de la macroeconomía, ese deus ex machina que ni supo anticipar la crisis ni sabe solucionarla básicamente porque no la sufre.

 

En Detroit se ha planteado crear un parque temático zombi, para aprovechar el hype pero también para dar salida a unos escenarios urbanos que son, la realidad supera a la ficción, una pesadilla sacada de bocetos postapocalípticos, de George A. Romero a Robert Kirkman. También se ha intentado atraer a personalidades de la cultura y las artes con condiciones fiscales especiales. Cualquier cosa para intentar salvar una ciudad en la que ahora resuenan índices de criminalidad donde antes retumbaban ecos de música negra, el sonido MoTown, hip-hop y por supuesto las guitarras eléctricas. ¿Os acordáis de KISS? “You Gotta Lose Your Mind In Detroit Rock City…”.

Detroit tiene esa trama de alfasto y cielo de ceniza que es la imagen de casi todas las grandes ciudades, un lugar que espantaba a los ciudadanos de la Costa Oeste hasta que, decían, la visitaban. Su idiosincrasia de ciudad obrera y hecha a sí misma la ha hecho siempre un poco de todos, en lo bueno y en lo malo. Dura pero real. Por eso sus referentes tuvieron siempre algo de global y seguramente el mayor de todos, el menos raído por los puñetazos de la vida, sean los Bad Boys que han sido homenajeados porque se cumplen 25 años de su primer anillo, en 1989. Una ocasión tan buena como cualquier otra para desempolvar el viejo orgullo. Los pistones, el equipo que obligó a la NBA a reescribir su reglamento defensivo. Bad Boys: cuando ser malo fue bueno.

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Andan tan mal las cosas en Detroit que ni siquiera el homenaje fue completo. No estuvo Rodman y no habló Dumars, jefe de los despachos desde 2000 pero parece que por poco tiempo. Los actuales Pistons apenas hacen honor a lo que fueron, recién vapuleados por los Heat y por esos Sixers que habían perdido 26 partidos seguidos: tienen talento, pierden con cualquiera. Es el estigma de un equipo sin suerte en la última década, maldito desde aquel Malice At The Palace, la pelea entre jugadores de Pistons y Pacers, con intervención del público, que avergonzó a América (19 de noviembre de 2004) y se saldó con sanciones que sumaron 146 partidos y 11 millones de dólares en salarios congelados. Ese año los Pistons perdieron la final y el título que defendían tras abrasar a los desestructurados Lakers de Bryant, O’Neal, Malone y Payton. Ese equipo jugó seis finales de Conferencia seguidas (2003-2008), la segunda mejor marca de la historia por detrás de los Lakers del showtime (ocho: 1982-1989). Ese equipo, que se construyó en silencio y saltó a la estratosfera con la llegada de Rasheed Wallace en febrero de 2004 (jaque mate al anillo que llegó meses después), fue tan bueno que revisar el homenaje a los del 89 me hizo plantearme si quizá había sido mejor que aquellos Bad Boys aunque peor ponderado por la historia. Dándole vueltas me di cuenta de que no había caso: los originales fueron mejores, uno de los grandes equipos de siempre.

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De hecho el gran mérito del segundo advenimiento de los Pistons campeones (tres anillos: 1989, 1990 y 2004) fue que se convirtieron en una especie de Bad Boys revisados. Como si para ganar en Detroit hubiera que jugar de una determinada manera, un sello genético que contrasta, el reverso de la misma moneda, con el show hollywoodiense de los Lakers a los que aplanaron en las finales de 1989 y de 2004. La mejor temporada del último gran equipo piston fue el 64-18 de la 2005/06, cuando Miami Heat le apartó de la final en ruta hacia el gran anillo de Wade. Los originales se quedaron en 63-19 (1988-89) aunque se imponen por dos anillos a uno en una era de dominio del Este más breve pero mucho más pirotécnica.

 

Los Pistons del 89 ganaron a los Lakers que buscaban el tercer anillo seguido con Pat Riley. Los de 2004 acabaron con el sueño del cuarto en cinco años de los angelinos, Phil Jackson al mando. A los primeros les ayudaron de forma definitiva las lesiones de Byron Scott y Magic Johnson para unos Lakers que llegaron 11-0 a la final y la perdieron 0-4; Los segundos se alimentaron de las deficiencias colectivas y emocionales de aquel experimento sideral (Kobe, Shaquille, Payton, Malone) que enviaron al purgatorio los egos y,otra vez, las lesiones. En la final del 89 los Lakers anotaron algo más de 102 puntos en poco más de 90 posesiones por partido. Los de 2004, sólo 81’8 puntos en 83’4 posesiones.

Dos versiones para la historia de la depredación defensiva que gana anillos. En 2004 los Pistons lograron tres de sus cuatro victorias en dobles dígitos de diferencia y con un ejemplar 88-68 en el tercero. Antes y todavía en Los Angeles, en el primero que avisó a Estados Unidos de que se avecinaba caza mayor, los Pistons asaltaron terreno a priori vedado (75-87) porque dejaron en 16 puntos a cualquier jugador de los Lakers que no fuera Shaquille o un Kobe desquiciado según avanzó la final: 38% en tiro. Aquellos Pistons los construyó el ahora denostado Dumars, otro espejo al pasado, a base de traspasos arriesgados y elecciones de draft inteligentes que le convirtieron en Ejecutivo del Año en 2003. La defensa forjada por Larry Brown quedó como una de las mejores de siempre, con cinco especialistas en los cinco puestos del quinteto: Billups, Hamilton, Prince, Rasheed Wallace y Ben Wallace, uno de los tipos que mejor ha jugado al baloncesto sin saber jugar al baloncesto y por eso, y por su inagotable dureza, un avatar mejorado de lo que fue Rick Mahorn: 4 veces Mejor Defensor de la NBA, 14’3 rebotes y 2’4 tapones por partido a lo largo de aquellos playoffs de 2004. Además, el engranaje ofensivo se impulsaba a partir de un backcourt de precisión quirúrgica: 38 puntos por partido en playoffs y más de 42 en la final entre Billups (MVP) y Hamilton. Otra comparación con otro backcourt, este entre los mejores de la historia y desde luego de sangre mucho más caliente: Isiah Thomas y Joe Dumars. En 1989, con el escolta como MVP, troncharon a los Lakers con casi 50 puntos por partido entre ambos.

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La versión 2004 de los Bad Boys era más maquinal y opresiva pero sólo saca clara ventaja al equipo que había ganado quince años antes en un puesto, el de Rasheed Wallace. Un espanto para los árbitros, pura MoTown, el padre del ya icónico “Ball Don’t Lie” ha sido uno de los grandes ala-pívots de la historia, un talento único y multidisciplinar que señala los lustros de diferencia entre los dos equipos en la balanza. En la final que ganaron: 13 puntos, 7’8 rebotes, 1’4 asistencias y 1’6 tapones. Pero, en total, este segundo equipo fue una reformulación, una versión moderna y machacahuesos de la vieja leyenda de los Bad Boys. No les resto mérito: recuperaron la bandera y la volvieron a izar. Y eso es muchas veces más difícil que abrir la senda. Demostraron qué había un ADN y una forma de ser que iba en el escudo, que representaban a una ciudad en mucho más que el nombre de la franquicia. Algo que, me temo, ni entienden ni entenderán nunca ahora Brandon Jennings o Josh Smith.

 

Los Bad Boys originales fueron un equipo que surge de la nada en las enciclopedias de la NBA, un puente entre los Lakers-Celtics de los 80 y los seis anillos de los Bulls. El eslabón perdido entre Bird y Magic y Michael Jordan. Una tuerca sin la que no se sostiene el engranaje de la evolución de la liga. Surgido de las cenizas: 21 derrotas seguidas en la temporada 1980/81 (21-61) les dio un número 2 del draft que invirtieron en Isiah Thomas. El 1 fue Mark Aguirre, al que sacaron de Dallas en plena temporada 1988/89 (rumbo al anillo, la pieza definitiva: como Rasheed). En 1982 llegaron vía trade Bill Laimbeer y Vinnie Jonhson. Y en el 85 en el draft Joe Dumars (número 18) y mediante traspaso Rick Mahorn. Después llegarían Dennis Rodman, John Salley y Adrian Dantley, el comodín cuyo trapaso valió después (contra la opinión de muchos) el aterrizaje de Mark Aguirre. Los Bad Boys habían nacido, el inolvidable Chuck Daly trabajaba con un grupo humano que acabó siendo mucho más que la suma de las partes: otra forma de entender el baloncesto.

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Aquellos Pistons se hicieron a sí mismos: perdieron contra los Celtics en la final del Este de 1987 (3-4) y se vengaron en la del 88 (4-2). Ese año perdieron la final con los Lakers (3-4) y un año después respondieron con el 4-0 y el título. Fueron la némesis de Michael Jordan durante tres eliminatorias (1988, 89 y 90) y no cedieron ante ante ellos hasta el 91 ya con el Phil Jackson a bordo (le habían recibido con un 4-3 en la final del Este del 90).

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Lakers, Celtics, Bulls. Bird, Jordan, Magic. Pat Riley o Phil Jackson. Si los nombres de tus rivales dan la medida de tu verdadero valor, el de aquellos Pistons era genuinamente inquebrantable. Jugaron partidos históricos y series de playoffs icónicas. Perdieron su primera final del Este ante los Celtics 3-4 y después de haber tenido el quinto partido (con 2-2) ganado en el Garden. Lo evitó una precipitada decisión de Thomas que desoyó la petición de tiempo muerto de Chuck Daly y propició el histórico robo de Larry Bird para la canasta ganadora de Dennis Johnson. Un año después llegaron a la final y la perdieron 3-4 después de haber estado 3-2 arriba y de tener el título a mano en un sexto partido antológico de Thomas: 25 puntos en el tercer cuarto… con un tobillo deshecho. Los Lakers ganaron con una falta final de Laimbeer a Kareem que el pívot piston todavía recuerda como phantom foul. La falta fantasma.

 

Y los Bulls, claro. Aquella final del Este de 1990 que ganaron 4-3 los de Michigan ante de ganar su segundo anillo ante los Blazers con la canasta de Vinnie Johnson a falta de siete décimas en el quinto partido. Isiah Thomas fue el MVP de una final que cerró con una frase para el recuerdo. Una que resumía la filosofía de su equipo: “Puedes decir lo que quieras de mí, cualquier cosa menos que no soy un ganador”. Sin los Bad Boys, quizá los Bulls nunca hubieran tenido que recurrir a Phil Jackson y la historia del baloncesto sería hoy distinta. Sin los puñales de Thomas y Dumars, los golpes de Mahorn, las argucias y los triples frontales de Laimbeer, los rebotes de Rodman, los tapones de Salley, el trabajo en ataque del Buda James Edwards… y la dirección extraordinaria de Chuck Daly, el técnico que convirtió a un puñado de outsiders en un equipo de leyenda. Todos los que formaron aquel equipo se siguen refiriendo a él como un padre: murió en 2009, cáncer de páncreas, diecisiete años después de haber dirigido al equipo más histórico de la historia: el Dream Team de 1992.

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Daly implementó las Jordan Rules que desquiciaron durante años a Michael Jordan, hasta la salvación zen que significó Phil Jackson. Era un tratado de cómo defender a un anotador indefendible. Al fin y al cabo un tratado de cómo molerle a palos con dobles y triples marcajes y ayudas que se cerraban concéntricas sobre él. Pero también un entramado perfecto que variaba defensores y estrategias en función de la posición de ataque en la que irrumpía Jordan. Dijo Daly que no querían pararle, sólo minimizarle: “puedes llevarle a ciertas posiciones de tiro pero finalmente él puede metértela desde el puesto de perritos”. La NBA nunca había visto nada igual. Se revisaron las normas, se releyeron los códigos y se habló abiertamente de cambiar criterios y aplicaciones. Un nuevo nivel físico, un baloncesto disparado hacia los años 90. Y un equipo que fue capaz de encarnar casi literalmente a una ciudad. Sin glamour, sin sangre azul. Partiéndose el espinazo para hacerse un nombre primero y defenderlo después. El culmen de la clase obrera, siderurgia y orgullo. Puro Detroit, pura MoTown: los Bad Boys. Uno de los mejores equipos de siempre, el que se saltó muchos discursos oficiales y nos enseñó que a veces, al menos sólo a veces, ser malo era bueno.

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jueves, 27 marzo 2014

Por Juanma Rubio

Dieng y Pekovic, ¿cruce de caminos en los Wolves?

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Nikola Pekovic es un buen jugador, un pívot excelente. Mide 211 centímetros y pesa 132 kilos realmente difíciles de mover. De verdad: es una fuerza física demoledora en las zonas con una capacidad para producir asombrosa. Consiste en darle el balón en la pintura y pasan cosas. Canastas, personales, tiros adicionales… Lo vimos en el Partizán, lo vimos en el Panathinaikos y lo hemos visto en los Timberwolves: una carrera de 13 puntos y casi 7 rebotes por partido, siempre en ascenso (17’7 y 9 este año) y ya un contrato de 60 millones de dólares por cinco años firmado el 15 de agosto de 2013 como agente libre restringido.

 

Pekovic estará ganando mucho dinero hasta la temporada 2017/18 (11’6 millones). Tiene 28 años, así que ya no esperan de él grandes evoluciones. Sólo, y si aguanta el físico, unos cuantos muy buenos años de un pívot capaz de hacer 25 puntos cualquier noche e interesante, por corpulencia, en la defensa sobre su par en uno contra uno. Un pívot ofensivo con ciertos valores defensivos que desde luego no pasan por la defensa del aro, la intimidación y el cierre del rebote defensivo (es mucho mejor en el ofensivo). En cualquier caso un jugador que querría casi cualquier franquicia aunque quizá no a cualquier precio y, sobre todo, quizá no si tu ‘4’ es Kevin Love. A priori la pareja es ideal: un center puro que no sale de la zona y un ala-pívot que tira de tres y abre la pista. Pero lo que dan en ataque, una barbaridad, lo pierden en defensa: los dos permiten que sus rivales anoten por encima del 50%. Y los Timberwolves encajan más de 103 puntos por partido, séptima cifra más alta de la liga y permiten los mejores porcentajes de toda la NBA a sus rivales: 47'2%

 

Demasiado lastre. El resultado es un problema de ejecución que desquicia a los Wolves en los finales igualados y que tiene al equipo otra vez con un pie y medio fuera de los playoffs. Desde luego, no en el ratio de crecimiento esperado del proyecto Ricky-Love. Y ya se sabe: en la NBA si no creces, retrocedes. Con un punto de no retorno claro: la franquicia no le dio cinco años a Love sino 4+1 por lo que el Santa Mónica podría salir al mercado en el verano de 2015. Patata caliente: no ha ocultado que no quiere seguir en un equipo que no aprende a ganar y el problema puede ser definitivamente público a partir de este mismo verano, cuando su agente tendrá la opción de presionar a los Wolves ya en cuenta atrás hacia la agencia libre. Al fondo del pasillo, ya se sabe, los Lakers. El pedigrí de Love: californiano, jugó en UCLA, su pareja vive en L.A. y su tío es uno de los miembros originales de los Beach Boys. ¿Amarillo y en botella?...

 

En esas, con Love mosqueado, Ricky ofuscado con su tiro y el equipo rondando el 50% de victorias, llegó la lesión de Pekovic. Un problema de tobillo que le ha tenido fuera seis partidos: no juega desde el 14 de marzo y se le ha colado en el salón de casa un invitado sólo hasta cierto punto inesperado: Gorgui Dieng. El pívot senegalés, novato pero no nuevo (24 años) y campeón de la NCAA el pasado año con la Louisville de Pitino, ha irrumpido como un coloso en el tramo final de la temporada NBA. En cuanto ha tenido ocasión: sin ningún partido de más de 22 minutos hasta ahora, se ha visto titular por Pekovic con este resultado: casi 34 minutos, 12’6 puntos y 14 rebotes por partido. Nunca más de 4 personales (vacunado contra un mal habitual del pívot novato) e hitos como el 22+21 ante los Rockets o el último 15+15 ante los Hawks. Dieng: un '5' que sabía jugar, con lectura de juego (6 asistencias en la final de la última Final Four ante Michigan) y 211 centímetros que se fue al número 21 del draft. Por delante salieron un buen puñado de pívots, entre ellos Lucas Nogueira. En un draft sin demasiado talento se optó por jugadores más jóvenes, diamantes que apenas asomaban pero en los que, en teoría, se podía pulir más.

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Dieng ha enseñado en media docena de partidos lo que pensábamos muchos: llegaba a la NBA listo para aportar. Tardó, Adelman tardó, pero en la línea actual seguramente entrará en el Mejor Quinteto de Rookies. Con Len y Noel por descubrir, su lucha en los puestos interiores es con Plumlee, Antic, Olynyk o Zeller. Más allá, Dieng ha encajado como un guante en el quinteto y al lado de Kevin Love, al que hace la vida algo más fácil a base de rebotes y trabajo sucio en defensa. Los Wolves pueden tenerle con contrato durante los próximos tres años a precio de rookie: 2’3 millones en la 2016/17. Así que lo que parece una excelente noticia puede poner a los Wolves en la encrucijada: ¿Y si la apuesta es traspasar a Pekovic, apostar por Love-Dieng y reforzar a cambio el resto del roster para forjar un verdadero aspirante a cotas mayores? Pero, ¿y si en cualquier caso Love decide irse y entonces el equipo echa de menos la producción anotadora de Pekovic?

 

De elecciones como esta viven o mueren la carrera de los general managers. Sí: patata caliente pero sobre todo oportunidad para Flip Saunders. Sólo una pista: esos 28 años de Pekovic tampoco le convierten en un jugador de futuro si realmente Love se va y toca rehabilitar el edificio para salvar a la manada de lobos de la extinción. Así que si Dieng acaba la temporada al nivel de los últimos diez días…

 

Toca moverse, toca dar razones, a Kevin Love para no irse (si es que hay tiempo) y al proyecto para no estancarse (y acabar muriendo antes de tiempo). Así que seguramente, y por una lesión de tobillo no demasiado grave de su titular y caro pívot, a los Wolves se les ha abierto una puerta. Se llama Dieng y es un pívot africano que sabe jugar al baloncesto. Exacto: la antítesis de Hasheem Thabeet, que lleva 481 puntos y 590 rebotes en casi cinco temporadas (2310 minutos jugados). Dieng, en 476 minutos: 146 puntos y 180 rebotes. Pues eso. Hora de tomar decisiones en Minnesota.

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viernes, 21 marzo 2014

Por Juanma Rubio

Pat Riley y Phil Jackson: el aura y la oportunidad

PRIMERA

Pat Riley nació el 20 de marzo de 1945 en el condado de Oneida, en Nueva York. Acaba de cumplir 69 años. Phil Jackson Nació en Deer Lodge, Montana, el 17 de septiembre también de 1945. Así que los cumplirá en unos meses.

Ambos son dos figuras sin las cuales es imposible comprender, ni siquiera de forma aproximada, la historia de la NBA. Y ambos llegaron a ella como jugadores en el mismo draft, el de 1967 y cuando la liga, todavía no la gran liga, cumplía 20 años: Riley se llevó el número 7 (San Diego Rockets), Jackson el 17 (New York Knicks). Desde entonces han ganado 22 anillos, 9 Pat y 13 Phil. Boston Celtics y Los Angeles Lakers son las únicas franquicias con más anillos que ellos: 17 y 16. Y el dato laker tiene trampa: desde 1980 no gana un campeonato sin uno de los dos a bordo. En el del 81, el último sin ninguno de los dos como entrenador jefe, Riley ya era ayudante de Westhead.

JUGADORES


Riley (un anillo como jugador, otro como entrenador asistente, cinco como entrenador y dos como directivo) jugó doce años en la NBA: Rockets, Lakers, Suns. Jackson jugó 12, siempre en los Knicks antes de un periplo final en los Nets. Riley fue campeón en 1972, Jackson en 1970 y 1973. Los dos fueron jugadores de rol, activos importantes desde el banquillo. Riley daba tandas de descanso a los West, Baylor y Goodrich y firmó una carrera de más de 8000 minutos, casi 4000 puntos y algo menos de 1000 asistencias. Jackson, un ala pívot con perfil de lo que ahora se llama energy guy, aportaba esfuerzo, defensa y envergadura en la segunda unidad. Jugó más de 14000 minutos con más de 5000 puntos y casi 3500 rebotes. Su mejor temporada numérica fue la 1973/74, más de 11 puntos y cinco rebotes por partido. La de Riley, la 74/75 también con algo más de once puntos por partido. Jackson era hijo de un predicador pentecostal y creció sin ver la televisión y sin saber lo que era un baile antes de forjarse como deportista en  North Dakota. Riley tenía pedigrí Kentucky y los astros alineados casi desde la cuna: en 1961 jugó un memorable partido de high school, con Linton y contra power Memorial, donde ya sobresalía… Lew Alcindor, después Kareem Abdul-Jabbar y soldado universal a los órdenes de Riley en los Lakers de los 80. Los Lakers de verdad. Los Lakers a secas.

Phil Jackson se retiró tras la temporada 1979/80, en la que un Riley de 35 años que había dejado las canchas cuatro antes conquistó el título como entrenador asistente: el jefe Jack McKinney sufrió un accidente que le obligó a dejar su sitio a Paul Westhead y corrió el escalafón de técnicos hasta situar a Riley ya a pie de pista. Dos años después dirigía la nave. Hizo falta, todo se combaba hacia su lado, que Magic Jonhson se hartara de Westhead y que Jerry West no quisiera coger las riendas del equipo. Entre 1984 y 1988 jugó cuatro finales y ganó tres anillos con aquellos Lakers. En esos mismos años Phil Jackson tuvo que sudar su oportunidad en vieja de la CBA a Puerto Rico. Cuando los Lakers de Riley techaban su reinado y comenzaban a apagarse, nacía la estrella de Jackson: ayudante de Doug Collins en los Bulls en 1987, entrenador en jefe en el 89 y ya en maridaje con Tex Winter, el padre del triángulo ofensivo.

ENTRENADORES


Como primer entrenador, Riley ganó cinco anillos (1982, 85, 87, 88 y 2006, este en Miami), fue tres veces Entrenador del Año (1990, 1993, 1997) y dirigió nueve veces a equipos del All-Star. De hecho la norma de que un entrenador no puede repetir dos años seguidos se hizo a partir de Riley y su inamovible presencia como técnico del Oeste en la edad de oro de los Lakers. Entrenó 24 años por los 20 de Jackson: once anillos: 1991, 92, 93, 96, 97, 98, 2000, 2001, 2002, 2009, 2010. Cuatro All Star como técnico y un premio de Entrenador del Año, en 1996. Se retiró con 1155 partidos ganados por 485 perdidos, un 70% de victorias. Riley ganó 1210 y perdió 694: 63%. En playoffs, 229-104 y 68% de triunfos por el 60% de Riley: 171-111.

Pat Riley dijo: “Nunca se tiene suficiente talento a tu disposición”. Phil Jackson dijo: “No quiero jugadores a los que motivar, quiero jugadores motivados a los que entrenar”. No viví los años de fotos en blanco y negro y puros de Red Auerbah y Bill Russell, y con ese asterisco digo que no ha habido entrenadores como ellos dos. Y que ahora sólo hay uno que se acerca a su aroma de grandeza: Gregg Popovich.

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Pat Riley hilvanó los Lakers y Hollywood con el showtime, un estilo basado en correr hasta dejar atrás, con la lengua fuera, al rival. En el arranque del primer cuarto o en el último de un séptimo partido de eliminatoria. En eso y en tener a Magic Johnson, claro. Jackson transformó a Michael Jordan primero y a Kobe Bryant después, y maximizó a Shaquille, gracias a su triángulo ofensivo, con los años aparentemente más un mantra que un sistema, un punto de partida genérico de interpretación ultra abierta que bendijo a todo tipo de jugadores, especialmente a los de una clase única: los inteligentes. Jackson metió en su filosofía vital, mucho más allá del juego, a jugadores de toda clase y carácter. Y sacó siempre lo mejor de ellos. Riley supo amoldarse a los que tuvo a su cargo. Del showtime a la siderurgia de los Knicks que perdieron la final  de 1994 en siete abrasivas batallas contra los Rockets de Olajuwon. Riley se hizo cargo de los Knicks en la 1991/992, justo cuando Jackson había comenzado su reinado ganando su primer anillo… a Los Angeles Lakers, en plena transición post Riley con Mike Dunleavy a los mandos. Vasos comunicantes: Jackson iría luego a ganar cinco anillos en Los Angeles entre 2000 y 2010. En los años convulsos entre los Lakers de Shaquille y Kobe y los de Kobe y Gasol, emergieron unos Heat campeones… con pati Riley como entrenador. Y con Wade y Shaquille en pista.

Ahora Jackson cierra el círculo en los Knicks, donde se le pide que ejerza el mismo influjo que sugiere Riley en los Heat: un título como entrenador, dos como directivo después de sobrecoger a la NBA con una conjunción interplanetaria nunca antes imaginada: LeBron James, Dwyane Wade, Chris Bosh. El terreno del ideólogo, el autor intelectual que ha cosechado los anillos octavo y noveno de Riley, es el que afrontará como rookie Phil Jackson, además en una franquicia que es el epitome de los problemas intestinos y que no gana nada desde que él jugaba. Y que sólo ha jugado una final, la del lockout de 1999, desde que llegó a la del 94… a las órdenes de Riley.

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Espejos convexos pero de la misma entraña: el éxito como forma de vida. Jackson es el Maestro Zen, la aplicación heterodoxa de una filosofía personal y orientalizada al baloncesto. Riley fue Hollywood, el entrenador mejor vestido y el peinado inamovible. Dos sonrisas: una casi irónica y con cierta retranca, la otra de mandíbula firme y confianza exultante. Pero ambas sinónimo de victoria. Y eso, el aura, es la melodía de seducción que Riley ha interpretado en Miami. Y eso es lo que esperan los Knicks, en plena sequía, del chamán Jackson. Que su sonrisa haga llover. Es el intangible que engloba ese concepto escurridizo y posmoderno: la cultura ganadora. El gen midas que convierte en oro todo lo que toca. Una alquimia infalible que extrae el máximo respeto de todos los círculos de la liga: de general managers a jugadores. Quizá lo único que pueda salvar a los Knicks de una disfunción ya casi endémica. Un redentor zen contra el letargo y una partida de ajedrez que medirá a dos tomos de la enciclopedia de la NBA -Riley y Jackson, Jackson y Riley- desde el próximo mercado veraniego. Los únicos que han sido campeones como entrenadores en dos ciudades distintas. El Riley que llevó a cuatro temporadas seguidas de más de 60 triunfos a los Lakers contra el Jackson que hizo un 72-10 con los Bulls y un 15-1 en playoffs también con los Lakers. Todo, el showtime y el triángulo, Kareem y Shaquille, Jordan y Bryant, al servicio de la autopsia de un juego destripado hasta la piedra filosofal: ganar como jugador y como entrenador, ganar como directivo. Ganar, ganar y ganar. Riley lo ha hecho: convenció a LeBron, toleró los patinazos de Spoelstra. Supo poner cara de tahúr primero y de candidato a la presidencia después. Su sonrisa es el gran sueño americano y el American Airlines Arena es la hoguera de las vanidades de South Florida. Un matrimonio condenado a funcionar. Veremos que sucede entre el equilibrio vital zen, las salidas de tono de James Dolan y las añoranzas de Jackson, del rancho de Montana a las playas de Santa Mónica. Recuerdo: a Jackson le gusta Nueva York pero odia el frío.

Surgió la oportunidad y Dolan se compró lo único que el dinero que no le puede dar: el aura. Lo que va más allá de las estadísticas, de las redes de contactos y las horas al teléfono. La materia gris y el latido vital que hay detrás del baloncesto, unidos. Rodearse de la gente adecuada, tomar las decisiones oportunas, aliarse con la suerte y atreverse donde otros se achican. Es la vida de Riley y es la vida de Jackson. ¿Qué jugador no escuchará los consejos de quienes los susurraron en el oído de Jordan o Magic? ¿Quién dejará pasar la oportunidad de unir se nombre al de los que siempre, de una manera o de otra, acaban ganando? Ahí llegaron los Heat y ahí quieren mudarse los Knicks: el aura y la oportunidad. Justo lo que están perdiendo los Lakers mientras los que escribieron su historia la revisan ahora en otras latitudes. Incluso Hollywood, incluso la butaca de Jack Nicholson y la camiseta de Magic Johnson colgando del cielo estrellado del Staples pueden quedar atrás como símbolos de otro tiempo. No se trata de quién eres sino de dónde creen los demás que les puedes llevar. Eso han sido siempre los Lakers, eso pueden dejar de ser ahora entre otras cosas porque quedan muy lejos los tipos que fueron causa y parte de su leyenda. Uno se fue hace tiempo, el otro lo acaba de hacer dejando esposa y directiva en las oficinas de San Segundo. Así que cuidado, Jim Buss, al aura hay que sacarle brillo. Incluso a la de los Lakers, la que jamás marchitaba.

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viernes, 07 marzo 2014

Por Juanma Rubio

En el Staples jugó un equipo…

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… Pero no eran los Lakers. Nunca deberían haberlo sido. En su lugar desfiló una Santa Compaña que había usurpado el gold and purple para fabricarse unas camisetas de viento que sólo resistieron un lavado, el del primer cuarto (27-29). Después, las falsificaciones baratas quedaron hechas jirones en dos cuartos saldados con un parcial de 33-80 comandado por un 0-19 en puntos al contraataque durante el segundo parcial (13-44 en doce de los peores minutos de toda la historia de la franquicia). D’Antoni, al que ya no le quedaba ni su habitual retranca, aseguró que los Clippers “habían ido a muerte en cuanto habían olido a sangre”. Pero no era sangre, era la electricidad estática de la reivindicación. Hartos de que siempre se hable de los Lakers, hartos de que siempre sean mejores que ellos y de que cuando son peores son tan malos que también les roban los titulares, los Clippers no soltaron nunca el pie del acelerador. Como si quisieran borrar a los Lakers de la faz de la tierra porque no existe otra manera de quitárselos de encima. Quizá por eso Chris Paul reconocía después del partido y casi conciliador que Los Angeles “era territorio laker y siempre sería así”. Pero durante 48 minutos casi deja de serlo…

Pero amanece en unas instalaciones de El Segundo que, hasta donde llegan nuestras informaciones, todavía no se ha tragado la tierra. Hasta hoy, las grandes derrotas que viven en la psique del aficionado de los Lakers correspondían a batallas titánicas ante rivales temibles. Y casi siempre con  venganza. Pienso en los Celtics: en el primer partido de la final de 1985 (27 de mayo), los Lakers ardieron en el Garden en un partido que pasó a la historia como el Memorial Day Massacre: 148-114. Pero los Lakers ganaron aquella final, después de la paliza inicial y del 0-8 histórico contra la eterna némesis verde. Más: el 17 de junio de 2008 los Lakers entregaron el anillo en el nuevo Garden ante los Celtics del ahora entrenador de los Clippers, punto de encuentro, Doc Rivers: 131-92, una paliza que quedó cicatrizada con la consecución de los dos siguientes anillo, el de 2010 otra vez ante unos Celtics a los que robaron el fuego del séptimo partido. Cada vez que llovía escampaba y salía el sol con aún más fuerza.

Esa es la historia de los Lakers, los huesos que construyen el mito: lo que no es tópico. Los Lakers maridaron Hollywood y baloncesto, decidieron que la vida era demasiado corta como para no vivirla pasándoselo de maravilla… pero no dejaron nunca de competir hasta las últimas consecuencias. Los protagonistas del showtime, los reyes que personifican los 80, jugaban como nadie pero eran unos perros rabiosos a los que tenías que matar mil veces y aun así tenías que mirar por encima del hombro para asegurarte de que no volvían a estar justo detrás de ti. Vuelvo al Memorial Day Massacre: 148-114 y 1-0 el 27 de mayo, 2-4 para los Lakers el 9 de junio.  

 

El tanking, manual de instrucciones

Cuando acabó esa final, Jerry Buss respiró hondo y con una sonrisa de oreja a oreja aseguró que ya no se podía decir que los Lakers no podían ganar una final a los Celtics, “la frase más odiosa que se ha pronunciado en nuestro idioma”. Eso eran los Lakers. ¿Hollywood? Sí ¿Showtime? A toneladas ¿Perder? Se podía perder, pero no se podía aceptarlo. Y así debería seguir siendo. Soy aficionado de los Lakers y este año he elegido ser práctico, con paciencia y sin traumas. Para una franquicia inestable en los despachos y (en el mejor de los casos) en transición en la cancha, ha sido una bendición de boca pequeña verse en la cola de la liga precisamente el año en el que viene uno de los drafts más esperados de la historia y en el que los Lakers tienen una de esas primeras rondas que tantas veces tienen colocadas en su ingeniería de traspasos. El tanking, la palabra del año en la NBA (reconozcámosle que es menos cargante que selfie) no es tanto perder muchos partidos a propósito para comprar muchas papeletas de cara a la lotería (casi ningún jugador acepta hacerlo) como poner al equipo desde los despachos en disposición de perder todos esos partidos. Véase lo que ha hecho Philadelphia 76ers. Los Lakers no han tanqueado pero una plaga bíblica de lesiones y una geometría contractual imposible (casi 60 millones de dólares este año para Kobe, Gasol y Nash) les ha puesto en la senda adecuada en el momento oportuno. Los Lakers no suelen reconstruir vía draft pero si el destino te hace un guiño, al menos debes coquetear con él.

Antes de abrazar el tanking como la madre de todas las soluciones, conviene advertir dos peligros. Uno tiene que ver con un karma que es en realidad probabilística: pierdes a discreción pero el número 1 se va a otro sitio. Y el dos, y el tres… eso al menos este año quedará enmendado por una camada de una profundidad extraordinaria. Como mínimo los seis primeros en elegir quedarán satisfechos: Embiid, Wiggins, Parker, Randle, Smart, Exum. Aun así no será fácil: Bucks, Sixers y Magic parecen inalcanzables en la carrera de los torpes, en la que también participan Jazz y Kings y en la que se han metido los Celtics y esos tristes Knicks que ni siquiera tienen su primera ronda para consolarse. El segundo aviso, crucial en el caso de los Lakers, tiene que ver con lo que tus actos cuentan de ti. Los Lakers son el sol de California y el dinero de Hollywood, único mercado que mira a la cara a la Gran Manzana, pero son también una historia de 31 finales y 16 anillos. Son los Lakers y de una u otra manera van a hacer de ti un icono global y van a ponerte a viajar lejos en playoffs casi cada año: haz las maletas y vente. Así funciona la caza y pesca del star system y eso les queda a los Lakers. Lo demás es una crisis de liderazgo representada por Jim Buss, el hijsíimo, una crisis de banquillo en la que no se adivina el sucesor de D’Antoni (ahora mismo cuesta creer que siga diga lo que diga el mensaje oficial) y una crisis de plantilla en la que ya se ha dado el primer paso en falso con la renovación por 48 millones de Kobe Bryant, que tenía que seguir pero (35 años, sólo 6 partidos jugados esta temporada) no con tantos ceros en un cheque que es una hipoteca.

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Así que las circunstancias justifican que los Lakers pierdan mucho. Que estén a una derrota de sellar su primera temporada con balance negativo desde la 2004/05 o que tengan muy cerca ser los peores Lakers desde el traslado a L.A. (todavía hoy los de la 74/75: 30-52). Y desde luego lo normal es que pierdan con los Clippers, ahora mismo un equipo de otra dimensión contra la tropa de outsiders y desarrapados en busca de segundas oportunidades que conforman el grueso de la plantilla laker. Pero no así, no 94-142 dos días después de encajar también en casa 132 puntos de unos Pelicans que parecían incapaces de ganar a nadie. Las derrotas pueden ser una consecuencia lógica pero no se pueden convertir en un hecho natural. Los Lakers tendrían que haber intentado perder de 46 y no de 48. No lo hicieron y se dejaron su orgullo, esté donde esté, en la peor derrota de su historia. Y ahora se enfrentan a los Nuggets (que esta temporada les dominan 2-0) y después doble ración de Thunder y otros dos platos de Spurs. Todo seguido. ¿Cómo de profundo es el abismo? Estamos a días de averiguarlo.

 

Las Hallway Series cambian de color

Si Jerry Buss levantara la cabeza encontraría a un extécnico de los Celtics dirigiendo a unos Clippers con pinta de aspirantes que cubren las banderas de los títulos de los Lakers en sus partidos como locales. Metralla para una ciudad que tiene a los Lakers como uno de sus símbolos de identidad. Porque Los Angeles es Hollywood, Tinseltown y los Lakers. Santa Monica, Venice Beach, Matador Beach… y, siempre, los Lakers. Aunque la NFL se repiense su ausencia de uno de los principales mercados de Estados Unidos, la cruceta deportiva de L.A. no ha dejado ni dejará de escribirse en púrpura y oro aunque hayan venido los buenos tiempos, por fin, para una pequeña minoría de entre casi cuatro millones de angelinos a la que el Wall Street Journal reconoció como el público más fiel de Estados Unidos en términos de tolerancia a la frustración y el fracaso: la  afición de los Clippers. El viento casi nunca ha soplado de cara para una franquicia maldita que llegó a Los Angeles demasiado tarde: en 1984, desde San Diego y 24 años después de que los Lakers aterrizaran procedentes de Minneapolis. Como el polvo de estrellas hollywoodiense ya había maridado con el logo de su ilustre vecino, los Clippers apostaron por los precios populares para ser el equipo del pueblo. Pat Riley respondió con su mejor sonrisa sardónica: “Creo que hemos hecho lo suficiente en las dos últimas décadas como para serlo nosotros”. Los Lakers, Hollywood, los dorados 80. La cima de la pirámide explica casi todo: Jerry Buss se hizo con los Lakers en 1979 y se convirtió en uno de los mejores propietarios de la historia del deporte estadounidense porque alumbró los años dorados del showtime convencido de que por encima de los triunfos el espectáculo siempre tiene que continuar. Buss compró los Lakers gracias en parte a la venta de unos apartamentos… a Donald Sterling, que dos años después y por consejo de Buss se hizo con los Clippers, donde ha enlazado chascos deportivos, rumores de traslado y escándalos personales relacionados con acusaciones de discriminación racial. Buss y Sterling, cara y cruz. Nada sucede por casualidad. El deporte y sus ceremonias se alimentan de grandes rivalidades, muchas de las mejores entre vecinos. Pero los Clippers nunca fueron siquiera una molestia para los Lakers en lo que Los Angeles Times definió como “la rivalidad que ni sus protagonistas se atreven a llamar así”. Cuando en 1999 ambos equipos se mudaron al Staples Center se pretendió vender sus duelos de la Regular Season como las Hallway Series, en referencia al corredor (hallway) que separa ambos vestuarios… mayor, claro, el de unos Lakers que alumbran el pabellón con sus dieciséis banderas de campeones y los alrededores con estatuas de Magic Johnson, Kareem Abdul Jabbar, Jerry West e incluso un narrador, el legendario Chick Hearn. ¿Y los Clippers? Una plaga de desgracias, de errores groseros en el draft a lesiones dramáticas. Una historia escrita de Bill Walton a Danny Manning o Michael Olowokandi. 33-97 en duelos vecinales contra los Lakers. ¿Hallway series? A sus dieciséis anillos el gigante amarillo añadía 31 títulos de Conferencia y 23 de División…

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…Hasta que la temporada pasada los Clippers amasaron el primer título de División de su historia y terminaron por quinta vez desde 1984 con mejor porcentaje de victorias que unos Lakers a los que abrasaron en los duelos directos: 4- 0 en el segundo triunfo histórico (y primero desde la 92/93) del vecino pobre, un cambio de ciclo que ya asomaba en el sufrido 2-1 laker de la 2011/12. De repente, un partido de siete técnicas, piques entre jugadores y silbidos a los Clippers desde el calentamiento cuando ejercen de visitantes: “es increíble, antes ni nos consideraban”, celebraba Blake  Griffin. Las Hallway Series fueron por un instante tales a costa del inicio del declive de los Lakers (65 victorias en la 2008/09, 45 en la 2012/13, 21 por ahora en el 2013/2014) y de una pujanza nunca antes vista de los Clippers (19, 56 y 43 y contando). Todo, la deriva de uno y el ascenso de otro, auspiciado por el bloqueo, en ópera bufa de David Stern, del traspaso de Chris Paul a los Lakers. Era el 8 de diciembre de 2011 y seis días después Paul puso rumbo a Los Angeles… para jugar en los Clippers. Sin el mejor base del mundo, los Lakers han teñido de confusión el cambio de guardia que se avecina. Con él al mando, los Clippers se han convertido en uno de los mejores equipos de la liga. Días de vino y rosas para los pocos outsiders de Hollywood que van al Staples a día cambiado, cuando Jack Nicholson, Leonardo Di Caprio y compañía no andan por allí: Billy Crystal, Michael Clarke Duncan o ese James L. Brooks que ha seguido con pulcra fidelidad a los Clippers desde su aterrizaje en la ciudad en lo que él mismo definió como “una extraña perversión”. Las Hallway Series alcanzaron la pasada temporada audiencias televisivas nunca vistas y Kobe Bryant reconoció que sólo jugar en el Madison es mejor que hacerlo en el Staples como visitante. Dos franquicias en universos distintos se miraron a los ojos en una rivalidad por fin real a la que sólo le faltaba un duelo en playoffs hasta hoy inédito casi siempre por incomparecencia de los Clippers... y que tampoco llegará este año porque evidentemente los Lakers no estarán allí. Y tienen suerte de que en la jornada inaugural pillaron con la guardia baja a los Clippers y así pudieron evitar (116-103) la segunda barrida en dos años. Ahora están 1-2 en esta temporada y 1-6 en los últimos siete partidos. El siguiente tormento, entre alley-oops de Paul para Griffin y Jordan, el 6 de abril.

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No sabemos cuánto durará el ciclo de los Clippers, a los que sigue mirando de reojo su capacidad para la autodestrucción y el fatalismo, ni cuánto tardarán los Lakers en volver a ser los Lakers. De cara a la próxima temporada sólo tres jugadores tienen contrato. Uno es Sacre. Ay. El otro es Nash. Ay. Y el otro es Kobe a razón de 24 millones. Ay, ay, ay. Nick Young tiene una player option que a priori ejercerá y a Marshall se le puede renovar por menos de un millón, una ganga hace dos semanas pero otra operación cuestionable, como mínimo insignficante, ahora mismo. El equipo se difumina a tal ritmo (recuerdo que comenzó la temporada 13-13 y está 21-41) que finalmente será difícil saber quién vale y quién no, quien puede ser de verdad un jugador de banquillo en unos Lakers que deberían despegar en un plazo de dos años, ahora mismo no sabemos cómo, cuesta imaginarlo. Incluso para los Lakers de Kobe, que ha recibido la paliza ante los Clippers echando mano a su manual del perfecto carnívoro (“Misery=motivation”).

Pero Kobe tiene 35 años y se recupera de lesiones terribles. Si tuviera 30…
Y si no se hubiera vetado el traspaso de Chris Paul
Y si no se hubiera ido Dwight Howard
Y si a Mike Brown le hubiera sustituido Phil Jackson y no Mike D’Antoni
O Brian Shaw…
O Rick Adelman…
O al menos Byron Scott…
Y si en Jim Buss se desperezara algo de la herencia de su padre…
Y si Kupchak tuviera en la chistera conejos que ahora ni imaginamos…


¿Y si los Lakers recordaran quiénes son y qué les ha hecho serlo? Eso, recordar, es ahora más importante que el tanking, el draft, y los grandes nombres de la free agency. Sólo volviendo a ser tú mismo entenderán los demás que lo sigues siendo. E irán, siempre acaban yendo. Se lo dijo Kobe a Carmelo: “Hay que vivir en Los Angeles. Nueva York está bien, pero hace un frío de cojones”. Pero primero tienes que ofrecer una garantía de que serás lo que siempre has sido, de repente lo más difícil de todo. ¿O no?

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lunes, 22 julio 2013

Por Juanma Rubio

La revolución del ruso global

Los dioses del baloncesto sonríen hoy a los Nets”. La frase es de Mikhail Prokhorov, ruso de 48 años, origen judío y poseedor de una fortuna que supera los 13.500 millones de euros. En el mundo sólo hay 57 personas más ricas que él, seis en esa nueva Rusia suya marcada por el signo del hípercapitalismo. Playboy, aspirante a político que obtuvo el 8% de los votos en la última carrera presidencial de su país y padrino de la versión 2.0 del viejo proverbio eslavo: “En Rusia no hay caminos, sólo direcciones”. La dirección de Prokhorov, de la metalurgia a la nanotecnología y de la industria pesada a las galerías de arte, es la consecución de todo aquello que se propone. La cita inicial corresponde a la presentación como jugadores de los Nets de Paul Pierce, Kevin Garnett y Jason Terry. Instantes después dejó claro que ese feliz día no era una meta para su rutilante franquicia sino un comienzo: “¿Si estoy orgulloso? Sólo lo estaré cuando ganemos el anillo”. No es un brindis al sol, es una ruta de una sola dirección que tiene perfecto sentido en su mente. Y en su cartera: “No soy un hombre de métodos. Soy un hombre de resultados”.

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Y el grueso de los propietarios NBA anda entre cada vez menos sorprendido y cada vez más mosqueado. Porque el primer dueño no estadounidense de una franquicia va en serio. No ha parido un circo histriónico y disfuncional sino que está construyendo en Brooklyn –ha construido- uno de los mejores equipos de la liga. Como entidad deportiva y como producto integral y cada vez más acabado. Y lo está haciendo rascando las normas que los demás han ido imponiendo y jugando con ellas como un gato con un ovillo de lana para llegar, él de verdad, al objetivo por el que todos suspiraban durante el último lockout: hacer que sus franquicias crezcan y sean cada vez más rentables; o simplemente rentables en unos cuantos casos. Catorce de los treinta propietarios de la NBA tienen fortunas que superan los mil millones. Pero casi ninguno se ha lanzado a una carrera de gasto absolutamente exponencial como la del padrino de los nuevos rusos globales, aquellos que mezclan la idiosincrasia y el acento de su madre patria con unas costumbres occidentales, cosmopolitas y refinadas hasta lo snob. Una nueva comunidad que ha roto tópicos en la Gran Manzana y que se ha distanciado del guetto ruso de Brighton Beach. Un nuevo estereotipo de la alta sociedad neoyorquina que “cocina como los franceses y se divierte como los americanos pero sigue estableciendo círculos de amistad como los rusos”.

 

Prokhorov se convierte oficialmente en dueño de New Jersey Nets, una franquicia depauperada y a la deriva, el 11 de mayo de 2010. Aterrizó con su innegable encanto, una frase de presentación para el recuerdo (“Americanos, vengo en son de paz”) y una estratégica fotografía junto a Jay-Z y Michael Bloomberg, el capo del espectáculo y el alcalde. El bautismo perfecto para un tipo que prometió un anillo en cinco anillos ante el escepticismo (y en algunos casos la hilaridad) de una comunidad NBA que le miró por encima del hombro y que en buena medida creyó que sólo quería un juguete con el que entrar como un terremoto en la vida social de la capital del mundo. Y esa parte era verdad. Pero la del anillo también. Y para ello desde luego no ha reparado en gastos ni en retorcer unas reglas que son finalmente las mismas con las que juegan todos los que han arqueado la ceja porque ha firmado por poco más de tres millones a un Kirilenko que renunció a diez de la player option de su contrato con los Timberwolves. Se dispara la conspiranoia sobre dinero debajo de la mesa y flujo fraudulento de millones. Mientras, el General Manager Billy King esgrime un argumento deportivo según el cual Kirilenko se pasó de largo en sus aspiraciones y se terminó amoldando a una oferta menor en lo económico pero apasionante en lo deportivo. Y de pasó desenfundó también la espada del pensamiento políticamente correcto: “Si no habláramos de un dueño ruso y un jugador ruso no habría sospechas”. ¿Jaque mate?

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En el antiguo convenio el impuesto de lujo obligaba a pagar un dólar por cada dólar en que se superara el tope salarial fijado para invertir en el total de nóminas de la plantilla. Esa cifra subirá ahora a 1,5 dólares por dólar y el ratio aumentará por cada 5 millones de más que se gasten por encima de un límite fijado para la nueva temporada en 71’75 millones. Un ajuste atómico que tiene en solfa incluso al rey Miami o a los generalmente más pudientes y espléndidos, Knicks y o Lakers. Prokohorov vive blindado en un oasis en el que casi todo es calderilla. El coloso que está construyendo desde que certificó el traslado a Brooklyn gastará este año en sueldos más de 101 millones de dólares, lo que implica una inversión total de unos 182 millones, impuesto incluido. Y feliz porque ha respaldado la relevancia de la franquicia y la legitimidad de su plan y ha puesto a su equipo en buena disposición para ganar a lo grande si bien es obvio, la ley última del deporte, que más dinero no significa más éxito. No siempre: Desde que existe el impuesto de lujo (temporada 2002-03), sólo una vez el campeón ha coincidido con la plantilla más cara (los Lakers de 2010: 21’4 millones de impuesto, luxury tax). Los Knicks de James Dolan, manirrotos por definición, necesitan sumar sus excesos de las seis últimas temporadas para llegar (en total) a esos casi 82 millones de impuesto que van a pagar sólo este año los Nets. Entre 2002 y 2013, los Knickerbockers han pagado 205 millones en impuesto de lujo y los Mavericks de Mark Cuban algo más de 150. Entre ambos suman… un anillo, el de Dallas en 2011. El récord en una temporada estaba hasta ahora fijado en los 51’97 millones extra que pagó Paul Allen en los Blazers de la 2002-03 que no pasaron de primera ronda de playoffs. Los Nets lo van a reventar ahora con esos casi 82 millones que suponen el triple de lo que la franquicia había gastado en las once últimas temporadas. Juntas.

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Aunque la moraleja queda sugerida con claridad, Prokohorov se ha propuesto doblegar una vez más los hechos a su voluntad (no caminos: direcciones). Ni siquiera es el propietario más rico porque le supera el citado Paul Allen de los Trail Blazers (más de 15.000 millones de dólares en el banco). Pero sí parece el más dispuesto a dejarse una fortuna para encontrar atajos hacia la gloria. Su receta es clara: devorar primero a los históricos Knicks como macho alfa de la ciudad de Nueva York y asaltar después el trono que ahora pertenece a Miami Heat y al que aspiran estos Nets que juegan en ese nuevo y lujoso Barclays Center cuyo videomarcador, obra cumbre de Daktronics, vale diez millones de dólares. Prokohorov, con la bendición de su mano derecha Irina Pavlova, no piensa en términos de gasto sino de oportunidad e inversión. Puede permitírselo y por ahora los números le sonríen. Aquellos Nets en los que no crecía la hierba que dejó Bruce Ratner le costaron al magnate ruso 220 millones de dólares. Ahora, tres años después, se les estima un valor que ronda los 700-800 millones.

 

Forbes Cerco a los Knicks: la pasada temporada la diferencia fue sólo de cinco victorias (54 a 49) a favor de los del Madison en la División Atlántico. La mudanza a Brooklyn ha funcionado a todos los niveles: la imagen, apoyada en los garbeos de Jay-Z y Beyonce, y una buena elección corporativa en cuanto a colores, uniformes, logos… La asistencia al pabellón ha aumentado en un 53% con respecto al triste epílogo en New Jersey. Y con las entradas un 50% más caras. De equipo con menos audiencia televisiva a decimosexto, en el ecuador de la liga y en ascenso imparable. Todo eso todavía sin Pierce y Garnett y en ruta hacia el perenne sold out del que presumen las grandes franquicias. Los Knicks llevan tres temporadas seguidas sin un asiento vacío en el Madison.  El trade con Boston ha traído en un puñado de días tres millones en venta de abonos… y el espaldarazo definitivo hacia la nobleza social y deportiva de la liga. En las apuestas sobre el campeón de las Finales 2014, los Nets pasaron de 40 a 1 a 12 a 1 cuando se certificó la gran operación del verano. Los Knicks, el espejo constante, están en 22 a 1.

 

La cuestión en ese plano deportivo no es si los Nets serán los reyes de la NBA en once meses sino que Prokohorov ha dispuesto todo el armamento posible para que así sea. Que es, ni más ni menos, lo que se le puede exigir a un propietario. Y eso en mitad de un plan cuyo santo grial situó él mismo en 2015. Muchos vaticinan un batacazo de ese equipo de Playstation al estilo del de los últimos Lakers de Kobe, Nash, Howard y Gasol. Puede que todo salga mal… pero puede que todo salga bien. Puede que Jason Kidd pague la novatada en su estreno como entrenado con sólo 40 años… o puede que no. Puede que las 37 primaveras de Garnett y las 35 de Pierce sean un hándicap definitivo… o puede que no. Y puede, no lo olvidemos, que ganadores de tanto calibre (Garnett como claro ejemplo de lo que en el deporte USA llaman un culture changer) despierten el instinto competitivo que incendie el descomunal talento de Brook Lopez, Joe Johnson o ese Deron Williams adormilado desde su salida de Utah Jazz.

 

En estos últimos tres años, los Nets han revolucionado una plantilla en la que sólo sobrevive Brook Lopez y porque no salió en su momento el trade por un Dwight Howard que tuvo fases de amor platónico con la “nueva” franquicia en ciernes. De un horrendo balance de 12-70 en la 2009/10 al 49-33 de la pasada temporada. Siempre en ascenso en lo que va de era Prokohorov: de un 14% de victorias a cerca de un 60%. Casi 12’5 millones de dólares será el sueldo 2013/14 de Kevin Garnett. Y será sólo (dato tremendo) el quinto más alto de plantilla: casi 21’5 de Johnson, casi 18’5 de Deron, algo más de 15 de Pierce y algo menos de Lopez. Jason Kidd dirigirá a un grupo de jugadores que suman tres anillos y 36 presencias en All-Star. De hecho el teórico quinteto titular no chirriaría como lineup en un Partido de las Estrellas: Deron Williams, Joe Johnson, Paul Pierce, Kevin Garnett y Brook Lopez. Y en la segunda unidad, aún más lujo: Jason Terry (antaño mejor Sexto Hombre de la Liga), Andrei Kirilenko, Shaun Livingston, Andray Blatche, Reggie Evans… y la posibilidad de que den un paso adelante los que no brillaron demasiado como rookies -Shengelia, Taylor y Teletovic- o el recién llegado del último draft, un Mason Plumlee con fama de gladiador en las zonas.

Barclays

Se puede dudar de las posibilidades de los Nets pero no de su transformación en una de las fuerzas legítimas del Este y en uno de los equipos de moda en la NBA. No era la intención de este artículo discutir si esta temporada acabará en orgía o en hambruna sino destacar que Prokohorov va cumpliendo paso a paso su palabra a un ritmo que tiene como mínimo alerta a unos cuantos pesos pesados de la liga. Es un equipo cuyo suelo es ser cuarto o quinto del Este, en parrilla de salida sólo por detrás de Miami Heat, Indiana Pacers y los Bulls de Chicago que recuperan a Derrick Rose. Y en pugna por los propios Knicks por el papel de principal alternativa. Despegue deportivo, nueva y rutilante imagen, un esplendoroso pabellón (1.000 millones de dólares de factura) y una identidad que empieza a echar raíces en uno de los barrios más atractivos del planeta.  De Prokohorov se podrán decir muchas cosas pero no que no avisó. Simplemente algunos no quisieron escuchar porque vieron a este playboy empapelado en millones de la misma y laberíntica forma que Winston Churchill dibujó en su día a la madre Rusia: “Una adivinanza envuelta en un misterio dentro de un enigma”.

 

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sábado, 20 julio 2013

Por Juanma Rubio

Los dos lados del Atlántico

Por su elasticidad, su capacidad para intimidar y jugar por encima del aro y su facilidad para correr la pista, Gustavo Ayón parecía el pívot ideal para el Real Madrid de Pablo Laso. El Barcelona, en plena renovación de su juego interior, también vio en el mexicano un relevo palmario para los N'Dong, Fran Vázquez... Su apuesta económica (60.000 euros) sacó al Real Madrid del cuadro a costa de un riesgo que se está materializando: por ahora Ayón no ha mostrado demasiado interés en poner rumbo al Barcelona. Juega sus bazas NBA: está en último año de un contrato que no le da desde luego más de lo que ganaría en Europa (1’5 millones de dólares), y espera en Milwaukee la oportunidad de despegar y firmar por las cifras que verdaderamente le instalen en la maquinaria NBA. Si el plan fracasa, el Barcelona espera con los abrazos abiertos y muchos ceros en el cheque. No hay demasiado riesgo y se asume con resignación un comienzo más que arduo: 13,6 minutos por partido con sólo tres titularidades como rookie, traspasado de Orlando a Milwaukee y raspando los 5 puntos y 5 rebotes de media por noche. Muy poca cosa, por ahora.

Splitter

El de Ayón es uno de los muchos casos que explican una situación cada vez más incómoda y peligrosa para el baloncesto europeo, criadero industrial para una NBA que ya no se lleva las joyas de la corona sino que arrasa con todo, bisutería incluida, especialmente cuando hay centímetros de por medio (la obsesión yanqui: “los fundamentos se enseñan, los centímetros no”…). Más: el Real Madrid sondeó a Splitter pero al brasileño le ha bastado una tercera temporada más sólida que brillante en los Spurs (prestaciones defensivas sazonadas con diez puntos y algo más de seis rebotes por partido) para seguir en Texas cuatro años más y con 36 millones de dólares en el banco. Ya en el rango inalcanzable para los grandes de Europa, que tampoco pueden competir con el polvo de estrellas de la NBA y ese sueño atávico que se instala en la psique de casi cualquier joven jugador y que puede incluso con los millones, rusos o turcos, de aquellos afortunados que viven al margen de la crisis: jugar en la gran liga. En sus tres primeros años, Splitter no llegaba a los cuatro millones de dólares, al cambio una cifra que sí podría haber alcanzado en Europa. Ese no era el problema. No desde luego todo el problema.

 

Más: Joel Freeland está jugando las ligas de verano estadounidenses, entre jóvenes promesas y meritorios de todo tipo, después de una opaca temporada como rookie: menos de diez minutos y poco más de dos puntos y dos rebotes por partido en unos Blazers que no tenían ni grandes ambiciones ni una profunda rotación que pudiera sepultar al pívot británico. Ganó tres millones de dólares y tiene garantizados otros seis hasta el verano de 2015, quizá también el del punto de inflexión: espaldarazo contractual o regreso. Mientras trabaja la tierra americana en busca de su sueño, pepitas de oro en el lecho de un río cada vez más caudaloso, Europa se pierde a otro pívot determinante que estuvo, y si se da el caso estará, en las agendas de Real Madrid y Barcelona. A Teletovic el sueño americano le ha regalado por ahora un año en el que sus highlights han sido air balls (tres seguidos en un partido contra los Pistons)  y en el que ha perdido la puntería (38% en tiros de campo, 34% en triples), en minutos de la basura que le han valido para promediar 3,5 puntos y 1,8 rebotes. Tiene firmados dos años más, ambos por encima de los tres millones de dólares, para demostrar en los Nets que tiene sitio entre los mejores del mundo. Otra vez, sabe que Europa siempre espera con millones y proyectos ganadores. Le hayan ido como le hayan ido las cosas al otro lado del Atlántico. Mucho más que un síntoma.

Teletovic

La actual NBA recluta a cualquier joven talento que sume centímetros y fundamentos, elasticidad o la rara combinación de ambas cosas. Se draftea todo, por si acaso. Se da cancha a casi todos, por si acaso. Ibaka se fue siendo muy suplente en Manresa y ahora tiene un contrato que bordea los 50 millones por cuatro años. En busca de un golpe de suerte similar al de los Thunder con el congoleño, Charlotte pagará este año más de tres millones a un Biyombo extraordinariamente verde. Rough talent, dicen en Estados Unidos: talento por pulir. Lucas Nogueira y su extraordinaria envergadura (230 centímetros) es otro proyecto de especialista defensivo que quizá pueda ser algo más que no aguantará mucho en Europa, rough pero número 16 del último draft. Valanciunas era esperado con una extraordinaria expectación en Toronto (9 puntos y 6 rebotes en su primera y discreta temporada). Tiene 21 años y en los Juegos de Londres había aireado una mezcla que ya no asusta a los general managers de la NBA: muchas posibilidades pero todavía un diamante muy en bruto: rough. Andrea Bargnani fue número 1 del draft  porque alguien vio en él un nuevo Nowitzki. Siempre hay un espejo, una justificación para el que agita el cazamariposas: el nuevo Nowitzki, el nuevo Sabonis, el nuevo Divac, ahora el nuevo Ibaka o pronto el nuevo Pekovic, otro que va a renovar con los Timberwolves en un rango próximo a los 50 millones por cuatro años. ¿Qué dimensión daría el actual Pekovic a cualquiera de los grandes de Europa? ¿Y Marc Gasol? ¿Y, en su perfil, Asik, Koufos o Gortat? ¿Y el actual Varejao que se fue del Barcelona todavía en su primer hervor? ¿Y los que vienen por detrás como Vucevic o los que aún no se sabe si vienen o van como Mozgov? Muchos aspirantes de Euroliga recuperarían sin pensárselo a Aron Baynes, el poderoso pívot australiano que se fue en cuanto despuntó en Euroliga con el Olimpija y que prefiere ganarse el pan y las oportunidades en la Liga de Desarrollo con poco más de 700.000 de contrato con los Spurs.

 

El asunto, hablamos de presente y futuro, es peliagudo. La NBA arrampla con todo y los que no están allí es por una carencia muy clara: de centímetros, de capacidad física, de energía. Con más motor, Tomic llevaría años en Estados Unidos, pero los Jazz nunca han escuchado la melodía de seducción de su indiscutible talento. Krstic viene de vuelta para ser determinante en la Euroliga y a Erden sencillamente le convenció un buen montón de dinero de su Turquía natal. Nunca pasó de 16 minutos por partido ni en Boston ni en Cleveland pero el Barcelona le tuvo en perspectiva antes de hacerse con Tomic y en ruta hacia una renovación multimillonaria que retuvo a un Lorbek que tuvo más de un pie y medio en los Spurs. El problema es global para el baloncesto continental pero adquiere rango de plaga en lo referente al juego interior y a los centímetros. No olvidemos que la vía de agua también es cada vez mayor en lo referente a aleros altos e incluso ala-pívots: Batum, Vesely, Kirilenko, Gallinari, Casspi, Claver, Ilyasova (el 4 más puro) o hasta Delfino y en su momento Turkoglu. Todos han dado el salto en unas condiciones u otras, como estrellas o como aventureros, igual que lo darán en el futuro Papanikolau o Mirotic si continúan progresando adecuadamente.

Tomic

Así que sólo los puestos de base y escolta se libran en buena medida de la gran cacería americana. Porque el perfil tipo europeo en esas posiciones no atrae tanto, porque las limitaciones físicas son en muchos casos determinantes y porque la actual NBA vive una particular era dorada en lo que se refiere a bases. Muchos, de mucho talento y muy jóvenes. Algunos de los mejores de la historia del baloncesto europeo en las posiciones de backcourt siguen aquí o tuvieron que volver: Diamantidis nunca llamó la atención en Estados Unidos, Jasikevicius o Spanoulis encallaron y Navarro volvió con mirada escéptica y sin un contrato que superara los millones del Barcelona y le hiciera replantearse la vuelta a casa. El Real Madrid llegó a jugarse la Euroliga en el último cuarto de la final con Rudy Fernández y Sergio Rodríguez, que volvieron trasquilados, y Sergio Llull, que aplaza sine die el salto porque  sabe que las virtudes con las que en Europa saca ventajas a sus pares quedarían en nada entre los supersónicos combo guards de la NBA. Ahora prueban suerte De Colo o Evan Fournier, estilistas que despiertan mucho menos interés que Giannis Antetokounmpo, número 15 del último draft (Milwaukee Bucks): portento griego de origen nigeriano que tiene 18 años, mide 2'06 y juega, gracias a su descomunal superioridad física, de base, escolta, alero o incluso ala-pívot.

 

El problema no es que estén en la NBA Gasol, Nowitzki, los hermanos Gasol o Tony Parker. Es el embrujo que ahora mismo y por unas u otras razones provocan en los States los Biyombo, Motiejunas, Vesely… Ese problema, multidimensional, afecta incluso al estilo actual del baloncesto europeo porque algo de eso hay en la importancia actual del pívot estadounidense que pulula por Europa debido básicamente a su falta de centímetros. Olympiacos ha ganado dos Euroligas seguidas sin grandes torres referenciales y con la tonelada de músculo de Hines, que se ha ido con caché de estrella al CSKA, y Dorsey, al que su mala cabeza y sus poco más de dos metros no le han impedido firmar por el Barcelona del mismo que el Real Madrid tiene a Slaughter. Hines es apenas un 1,98, Slaughter un 2,06 por los pelos y Dorsey un 2, 04 al que se le ha escapado algún centímetro de más en la medición oficial. Ninguno de los tres es un dechado de virtudes técnicas pero los tres tendrían hueco en un roster NBA si entraran en el rango de los siete pies, con ese puñado de centímetros más que alarga las carreras e infla los contratos (valgan los casos de los gemelos Collins o el infame Kwame Brown). Del mismo modo, ninguno de los tres sería carne de los grandes de Europa si estos tuvieran acceso a esos jugadores que figuran en el plan A de sus agendas pero que acaban irremediablemente en la NBA. La inercia es evidente: Lasme ha virado de un paso intrascendente por Obradoiro a ser pieza crucial de un Panathinaikos que casi le roba el billete para la última Final Four al Barcelona. De Splitter, Freeland o Ayón a Hettsheimeier, Dorsey o Slaughter. Esa es la realidad de los movimientos de mercado de los dos grandes del baloncesto español. También la de casi todos los aspirantes a la Euroliga, incluso los multimillonarios desahogados.

 

Y el aficionado percibe todo eso. Y lo padece. Se va instalando en su subconsciente la certeza de que la poderosa y muy notable Euroliga, no digamos las competiciones domésticas, dejan aroma a serie B en cuanto se mira más allá del Atlántico. Ni se puede luchar contra el glamour de la NBA ni existe, y menos en las circunstancias actuales, equilibrio en las posibilidades económicas (ingresos, marketing: producto). La única vía se abre cuando aquí son estrellas, y cobran como tales, jugadores que allí estaban siendo o iban a ser carne de rotación larga, soldados rasos: Rudy Fernández o incluso Sonny Weems son buenos ejemplos. Bobby Brown se convierte en Siena en máximo anotador de la pasada Euroliga y ya está en las redes de los Knicks, que valoran su contratación. Copeland protagonizó unas cuantas explosiones anotadoras en la Gran Manzana y ni se le ha pasado por la cabeza en verano un regreso al mundo exterior después de haber jugado en Holanda, Bélgica o Turquía. El aficionado es permeable a todo eso. A Spanoulis, el mejor jugador de las dos últimas Euroligas, le dijo Jeff Van Gundy en una pretemporada NBA que no iba a tener ni una oportunidad con él en los Rockets y que, básicamente, ni le conocía ni iba a ponerse a ello.

 

Muchas de las estrellas de aquí serían o han sido poco más que buenos jugadores de rotación allí. O ni eso. Y el público, especialmente el no especializado que engorda las audiencias y llena las gradas, paga entradas o enciende la televisión para ver estrellas. Es así por mucho que el análisis sea simplista y se salte algunas de las excelentes virtudes del estilo europeo. En este sentido, al baloncesto de aquí no le hizo ningún favor el lockout de allí, que propició un baile verbenero de jugadores que vinieron a pasar unos meses, la mayoría de rango medio y con Deron Williams como principal estrella. Y aunque algunos (Ty Lawson) no supieron adaptarse, otros (Batum) dejaron una muestra exacta de la diferente dimensión de ambos baloncestos.

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Hay más: el proceso de identificación del aficionado medio requiere de unos mecanismos que en su mejor expresión están vinculados a las grandes estrellas y sus recorridos en los grandes equipos, idilios que acumulan títulos y relatos para los libros de historia. Pero cada vez es más difícil que sea así. Los jugadores ya no se van cuando son figuras contrastadas: lo hacen en cuanto despuntas o en cuanto amenazan con hacerlo. O simplemente si tienen facultades que permiten suponer que despuntarán. Si les va mal, vuelven y no descartan otro salto al charco si su carrera se relanza en Europa, donde de pronto los grandes sufren el estado de tránsito que ellos han aplicado siempre a los modestos. Y tienen que apostar por jugadores que se irán si las cosas les salen medianamente bien, sin necesidad de fuegos de artificio, en cuyo caso se irán muy pronto. El Barcelona ha fichado a Papanikolau, un excepcional alero de 22 años. ha necesitado una apuesta económica de primera magnitud. Si el jugador no se adapta o se atasca en su proyección, ésta será estéril. Si rinde a su mejor nivel, será óptima pero efímera porque se irá a Estados Unidos. Está drafteado y quiere jugar allí. Mirotic se marchará si todo sigue su curso como se fueron Shved antes y Karasev ahora o como se irá Hezonja porque con los jóvenes se cae, de forma aún más vertiginosa, en la misma espiral. Si dan lo que se esperas que den, no estarán mucho tiempo contigo. El problema existey también se airea en esos Eurobaskets que dejan cada dos años un desdibujado mapa del baloncesto continental debido al habitual torrente de ausencias de jugadores NBA.

 

Cada verano de agitación en el mercado y emigración en masa de talento expone esa situación, una herencia de la época colonial en la que sólo se iban jugadores muy especiales y en la que esos fichajes por lo tanto eran prácticamente un honor para el club nodriza de turno en Europa. De ahí se ha llegado a un expolio que parece imparable cuando lo económico mezcla con el deseo de casi cualquier jugador de baloncesto de triunfar en la NBA. O al menos intentarlo porque además saben que siempre tendrán asfaltado el camino de regreso. Sé que el baloncesto europeo tiene algunas virtudes que le son exclusivas y sigue dejando grandes partidos y contando con grandes jugadores. Pero en esta tesitura tiene más difícil llegar a más público como paso para sortear las peliagudas circunstancias económicas actuales. La NBA llega prácticamente a todas las casas: televisión, Internet, League Pass… ¿Qué ve el aficionado, cómo lo ve? ¿Qué quiere ver? ¿Qué piensa de los fichajes de su equipo, de la volatilidad de aquellos que le llenan los ojos y le hacen ir al pabellón o encender el televisor? En pleno debate sobre la identidad de futuro de las competiciones en el viejo continente, este asunto se vuelve crucial porque, cruel paradoja, acortar el camino con América no ha hecho que Europa sea mejor sino que se empobrezca más porque todos se van. Y, cambiar todo para que nada cambie al estilo de Lampedusa, Estados Unidos ha conseguido que las diferencias se mantengan intactas y que el aficionado tenga tan claro como siempre o incluso más la diferencia que hay entre ambas competiciones. Que no dejan de ser productos separados por mucho más que los 6.000 kilómetros de mar que se abren entre las dos orillas del Atlántico.

 

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sábado, 06 julio 2013

Por Juanma Rubio

Howard eligió marcharse

Ningún gran jugador, suponíamos, se va de los Lakers en sus años de plenitud. Nunca. De hecho los Lakers no invierten demasiado sudor en las carreras de reclutamiento que agotan a franquicias mucho más mundanas. No: suelen hablar los 16 anillos, las 32 finales. Las camisetas retiradas. Chamberlain, Baylor, Magic, Kareem, Worthy, Jerry West, Shaquille… De hecho el último jugador prominente que le dio calabazas fue A.C. Green, que se fue a los Suns… en 1993.

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Algo, al menos una pequeña parte de toda esa mística se ha resquebrajado con la decisión de Dwight Howard de no regresar a Hollywood una vez terminado su contrato y marcharse a Texas para enrolarse en los Rockets. Es probable que a los grandes jugadores de hoy les baste con luchar contra sus contemporáneos y no tengan demasiado interés en medirse con la historia, con los recuerdos que conforman la mística de la NBA. Son otros tiempos. De hecho, ya abierto el melón, desde el bando laker se filtra que en la última reunión con Howard este apenas devolvía la mirada y se mostró siempre inexpresivo. Con la decisión ya tomada. Howard se va a los Rockets y es tan mal relaciones públicas de sí mismo que su imagen sale aún más mellada a pesar de que ha rechazado al gran pretendiente y ha renunciado a 30 millones de dólares: los Lakers podían llegar a 5 años y 118 millones. Los Rockets a cuatro y 87’6. Suficiente. También se ha filtrado, por cierto, que Howard pidió en el arranque de su única y maltraída temporada en L.A. el fichaje de Phil Jackson. Se fue Mike Brown pero llegó D’Antoni. Y en este par de párrafos están, de forma más o menos explícita, las claves de una resolución improbable a priori pero simplemente lógica en la práctica.

 

Dwight Howard quiere ganar a lo grande (jugó la final en 2009 y desde entonces casi nada ha ido como debería) y siente que lo tiene más fácil (o más a su gusto) en Houston, que vende presente en lugar de la mezcla de pasado y futuro que ofertaban los Lakers. Después de dos años entre lesiones y una gestión circense de su toma de decisiones, no quiere entregar un próximo año que apunta a tránsito en L.A., donde 2014 se espera como el maná. Ahora mucho más, claro. Howard no quería ser entrenado por D’Antoni pero le encanta la idea de aprender de Kevin McHale. Jim Buss y Kupchak no le transmitieron la pasión que puso Daryl Morey, General Manager de los Rockets. Howard anticipa sintonía con Harden pero no quiere dar más notas en la partitura de Kobe Bryant. En Los Angeles ganar es una obligación, en Houston hacerlo sería una heroicidad. ¿Los Lakers han tenido como centers a Chamberlain, Kareem y Shaquille? En el relato de la historia rocket aparecen Ralph Sampson, Hakeem Olajuwon y Yao Ming. Hasta Dikembe Mutombo…

 

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En realidad los Lakers nunca fueron el plan A de Howard, quizá porque Shaquille O’Neal hizo el camino Orlando-L.A. con tan buen resultado que cualquier intento iba a sonar a réplica. De hecho Howard pidió irse de Orlando, luego se quedó y luego pidió irse otra vez. Apretó para ir a Brooklyn y optó por Lakers como mal menor, un tránsito de un año con la mente abierta. Ese año no trajo el idilio que los Lakers y su  tradición heráldica esperaban, Postoperatorio difícil, otra inoportuna lesión de hombro, cambio de entrenador, presión salvaje y unas pírricas 45 victorias para salvar de milagro un puesto en playoffs que valió una barrida ante Spurs. Pocas migas con Kobe, poco que esperar de Nash y una unión con Gasol que resultó en cualquier cosa menos en cimientos de unas nuevas torres gemelas. En realidad, los Lakers lo tenían negro y acabaron colgados de los 30 millones extra de su oferta. Para nada.

 

Howard (27 años) eligió, y es perfectamente legítimo, crecer junto a un equipo en crecimiento. Un equipo que gracias a Yao Ming es referencial en China, donde la imagen de Howard sigue valiendo oro. Un equipo al que pidió un esfuerzo por su compadre Josh Smith, que se ha ido a los Pistons no se sabe todavía muy bien a qué (más allá de, claro, a ganar 56 millones). Howard, aunque resulte un personaje algo molesto, ha elegido por criterios deportivos. Los suyos, pero deportivos. Y eso, y más perdiendo dinero, es muy respetable. Howard, y sé que mucha gente ha dejado de pensarlo, sigue siendo en mi opinión el mejor pívot de la liga cuando está perfectamente sano. Definitivo en defensa y, con todas sus imperfecciones, muy útil en ataque si juega junto a tiradores que castiguen las ayudas y con buena ejecución del pick and roll. De todo eso no hubo nada en los Lakers de Mike D’Antoni. Tampoco su salud. Ni la de Nash, Gasol o finalmente Kobe. Y aún así Howard acabó con más de 17 puntos y 12 rebotes por partido. Hibbert tiene potencial para ser mejor. Noah y Marc Gasol son dos extraordinarios pívots. Tyson Chandler sabe defender y Brook Lopez atacar. ¿Alguno es más determinante en el juego hoy por hoy que la mejor versión de Dwight Howard?

 

Creo que no. O eso vamos a comprobar a partir de ahora. Porque Howard ha decidido y al hacerlo ha pasado a cargar con la enorme presión que acompañará a sus actos. Ya no podrá escudarse ni en el entrenador (al que él ha elegido), ni en el sistema (que ha bendecido), ni en los compañeros (a priori de su perfecto agrado). Si las cosas no van como todo el mundo espera en Houston, Howard será el primer y gran responsable. Más que Harden, más que McHale y más que Morey, el padre del milagro.

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Porque Houston Rockets es un ejemplo extraordinario de reconstrucción, un trabajo culminado en los dos últimos veranos y cuando muchos ya tachaban de suicida a un General Manager dinámico, ambicioso y de ideas modernas. Aspirantes sin haber pasado por vergonzosas temporadas sumergidos en la nada, compitiendo y reestructurándose. Mucho mérito de ello hay que dárselo al maestro Rick Adelman pero ha sido Morey el que en cuatro años ha convertido la era McGrady/Ming, abortada por las lesiones, en la era Harden/Howard. Nada queda de aquel equipo sobre el papel excelente en el que las dos estrellas formaban junto a Artest, Battier, Scola, Landry, Lowry o Mutombo. Excelente manejo de los traspasos y las rondas de draft y visión en el cálculo del riesgo. ¿No funcionó Trevor Ariza? Chandler Parsons llegó como alternativa más barata y finalmente mejor. Se traspasó a Lowry, se dejó ir a Dragic y se amnistió a Scola. Y todo ha terminado por tener sentido. Al menos hasta que comience la temporada y manden los caprichos de la pelota.

 

Una jornada loca en el mercado de agentes libres acabó con Howard en Houston e Iguodala en la bahía de San Francisco; Y con Rockets y Warriors como aspirantes a lo máximo si todo va como debe y en plazos ciertamente cortos. Los Warriors se han movido extraordinariamente bien en los últimos tiempos con Jerry West como gurú y Mark Jackson como descubrimiento en el banquillo. West, por cierto, se fue de los ahora desnortados Lakers para ocupar un rol al menos en lo espiritual no muy distinto al de Pat Riley en Miami.  Son tipos que saben de baloncesto y saben cómo conseguir que las cosas sucedan de la manera que diseñan. Los dos con pasado laker, sal en una herida que abre la necia fobia de Jim Buss a Phil Jackson. Apartado primero como entrenador, después como arquitecto de despachos. Pena capital.

 

Iguodala, por cierto, formó parte del mismo y gigantesco trade que acabó con Howard en los Lakers. Entonces Orlando Magic era el pagano, un primo que ahora parece algo muy parecido al vencedor moral. En los Lakers no siguen ni Howard ni los que llegaron con él (Clark y Duhon). Denver se hizo con Iguodala, que se ha ido a los Warriors. Y Philadelphia apostó por Andrew Bynum, que se ha ido sin saltar a una pista como sixer, en una decisión que le lastró la pasada temporada y le lastrará las siguientes. Orlando mientras ha puesto en marcha con las piezas obtenidas una sana reconstrucción en la que serán importantes Vucevic, Harkless, Tobias Harris o el recién llegado Victor Oladipo. Esperanza en Florida y trasquilones en Los Angeles, Philadelphia y Denver. La vieja premisa del póquer: si a los cinco minutos no sabes quién es el primo es que el primo eres tú.

 

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El Oeste se reordena con el ascenso de Warriors, Rockets y los Clippers de Doc Rivers. O el progresivo crecimiento de los nuevos Blazers de Lillard. El baile de sillas deja fuera de juego a los ateridos Lakers, a los Mavericks que deshicieron un equipo campeón según un plan que ha ido de batacazo en batacazo; Y a los kafkianos Nuggets que en cuestión de semanas se han quedado sin General Manager, sin entrenador (George Karl, recién nombrado Entrenador del Año) y sin Iguodala. Es la lógica de una NBA que afronta una temporada en la que todos mirarán de reojo a la siguiente. El draft de 2014 promete alta cocina: Julius Randle, Marcus Smart, Jabari Parker o la joya de la corona, un Andrew Wiggins por el que muchas franquicias sumarán gustosamente derrotas a partir de noviembre. Además, el mercado de agentes libres es también el más poderoso que se recuerda. A priori y a la cabeza LeBron James, Dwyane Wade, Chris Bosh, Carmelo Anthony, Paul George, Luol Deng… o Kobe Bryant y Pau Gasol.

 

Porque ese mercado del próximo verano es la gran baza de los Lakers, que saben que lo que no ha funcionado con Howard sí funcionará con otros y que al fin y al cabo son los Lakers. El segundo mayor mercado de la NBA, Hollywood, la butaca de Jack Nicholson en la sección 102 del Staples. Y los dieciséis anillos. Sin embargo, hay nubarrones que parten de un nuevo convenio que impide gastar de forma radical a los más acaudalados y manirrotos a golpe de un impuesto de lujo criminal, y que terminan en las dudas en torno a quién será el entrenador por entonces y qué hará un Kobe Bryant que la próxima temporada cobrará más de 30 millones. Una barbaridad que tendría que caer (muy) en picado en la previsible renovación para que llegue una nueva hornada de talento.

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Los rumores, claro, apuntarán a LeBron, que desde luego no ha descartado seguir en Miami como prioridad ni regresar a Cleveland como intrigante versión posmoderna del hijo pródigo. Es difícil imaginar que a LeBron le apetezca otra reconstrucción demasiado ardua y ya en 2010 rechazó a Knicks o Bulls en una muestra de que, así son los nuevos grandes jugadores, prefiere construir nuevas historias que sacar brillo a las viejas. Así que el panorama en L.A. no es tan alentador aunque ahora mismo sólo estén comprometidos para la 2014/2015 más de nueve millones que cobrará Steve Nash. Con todo, se puede apostar a que los Lakers volverán y no es descabellado pensar que quizá llegue antes su decimoséptimo anillo que el tercero de Houston Rockets. Pero eso no cambiará nada de lo sucedido en unas horas convulsas en las que Dwight Howard eligió perder dinero para no seguir en los Lakers y soñar con una nueva dinastía en Texas. Harden por delante de Kobe y el otoño en camino para empezar a desentramar un nuevo nudo en busca de respuestas en una liga que afronta una temporada en la que Lakers y Celtics no serán relevantes y en la que la jerarquía de Miami se enfrentará a peligros de naturaleza mutante, formas muy distintas de hacer camino con el gran trono en el horizonte: Bulls, Pacers, Nets, Knicks, Thunder, Spurs, Clippers, Grizzlies, Rockets, Warriors…

 

 

 

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lunes, 13 mayo 2013

Por Juanma Rubio

Olympiacos: los que nunca se rinden

Tengo una teoría: si das siempre el cien por cien, alguna vez las cosas te acaban saliendo bien”. La frase es de Larry Bird, tres veces campeón de la NBA, tres veces MVP de la temporada y dos de las finales. Entre otras muchas cosas. Se me ocurren pocas formas mejores de definir a este Olympiacos que ha convertido en oficio ser el mejor cuando nadie espera que lo seas. Es probable que llegue la próxima Euroliga y volvamos a infravalorar a este equipo. Le consideraremos uno de los cinco o seis mejores equipos de Europa pero no uno de los dos o tres mejor equipados para ser campeones. Y al hacerlo estaremos, otra vez, exponiendo la yugular a los colmillos de un grupo de jugadores que en las dos últimas Euroligas ha sacado brillo al concepto esencial de equipo. De Larry Bird a la leyenda del béisbol, Babe Ruth: “Es muy difícil derrotar a aquellos que no se rinden nunca”.

Campeones

Visto el partido en directo y revisionado apenas doce horas después, visto en realidad todo lo sucedido durante el fin de semana en el O2, es de ley comenzar por Georgios Bartzokas, un técnico de 47 años que había volado por debajo del radar para el gran público pero que ya había hecho jugar de maravilla al Maroussi. Bartzokas es un tipo tranquilo, ponderado y diría que feliz, que ha transitado por la Final Four todo buenas formas y buen fondo, comedido cuando su equipo estrujaba al CSKA y cuando las pasaba canutas ante el tornado efímero del Real Madrid. Bartzokas sale encumbrado de Londres: su Olympiacos no ha empeorado ni un ápice con respecto a la base que dejó un histórico como Ivkovic. En versión corregida y ampliada, ha jugado mejor y ha ganado con una autoridad incontestable. Back to back, campeón en dos ediciones consecutivas con el añadido de que lo que en  Estambul pareció un milagro esta vez ha sonado a consecuencia lógica del juego. Menos Termópilas y más baloncesto, el OIympiacos ha sido el mejor de cabo a rabo.

 

Pocas bromas: nadie repetía título desde el Maccabi, en 2004 y 2005. Aquel también era hasta ahora el último equipo que había superado la barrera de los 100 puntos en una final: 118-74 en la demolición del Bolonia en 2004. Para encontrar otro campeón con tres cifras de anotación hay que irse hasta el CSKA de 1968. A aquel Maccabi lo recordamos ya como uno de los grandes equipos de la historia del baloncesto europeo (Anthony Parker, Jasikevicius, David Blu, Vujcic…). No digamos al CSKA de los Belov. ¿Cómo recordaremos a este Olympiacos?

 

Lucha Después de aplanar al acaudalado y ultra físico CSKA d Messina, Olympiacos aplicó la mejor versión de su danza macabra a un Real Madrid al que concedió mil leguas de ventaja: 27-10 en el primer cuarto, 73-87 superado el ecuador del último parcial. Eso es un 46-77 en poco más de medio partido. Difícil volver a infravalorar a este equipo, ya nunca más el campeón improbable, un rol que en estas dos temporadas le ha funcionado a la perfección y que en Estados Unidos denominan underdog. Este Olympiacos tiene al MVP de la temporada y de la Final Four, un Spanoulis que jugó un segundo tiempo de 22 puntos en el que desnudó a Rudy en la puja de jugadores franquicia. Un talento para la historia, se fue al descanso sin anotar y en un agujero negro de pérdidas y malas decisiones; Y volvió de vestuarios con la gélida seguridad del asesino en serie que le valió el apodo de Kill Bill. Un ganador al estilo Muhammad Ali: “Un campeón no se forja sólo en los entrenamientos. Hay algo especial dentro de ellos. Un deseo, un sueño, una visión”.

 

Pero Olympiacos fue mucho más: 90 puntos en treinta minutos después de los 10 de su miserable primer cuarto. Los tres triples seguidos de Spanoulis, la escenificación del viraje definitivo de la final, llegaron siempre tras bloqueos de cemento de Kyle Hines, un jugador que es metáfora perfecta de su equipo. Ala-pívot al que le va largo el 1’98 que se le da de forma oficial pero capaz de devorar como aperitivo a los gigantes del CSKA y como plato principal a los interiores mucho más volátiles del Real Madrid. Entre los dos partidos 25 puntos, 15 rebotes y 36 de valoración. Olympiacos jugó a un nivel extraordinario en ataque, 38 puntos más que en la Final de 2012. Con paciencia y rigor, esperando su momento y sacándole chispas cuando llegó. El partido encumbra el trabajo colectivo del bloque, la dureza primigenia de Hines y Antic, la persistencia anímica de Acie Law y el instinto de Sloukas, base de 23 años que sale confirmado de Londres, la ciudad que ha vuelto a demostrar lo importante que resulta en el balocesto moderno contar con una buena pareja de aleros altos. Papanikolau no enseñó lo mejor de un repertorio que es carne de NBA pero Perperoglou puso dureza, sostenibilidad y talento. Otro jugador excelente al que solemos pasar por alto y cuya respuesta tiene forma de, por ahora, tres Euroligas.

 

A partir del segundo cuarto Olympiacos secuestró el tempo de partido. Circuló de maravilla, encontró buenos tiros y muñecas que no temblaban. Masacró los desequilibrios del Real Madrid e hizo una defensa para el recuerdo.En realidad ha dejado dos despliegues defensivos para las escuelas de entrenadores. Con un nivel de contacto descomunal y una dureza abrasiva, asunto que el Real Madrid no debe tomar como excusa sino como enseñanza. Las mejores siempre llegan con los huesos molidos y el Real Madrid ya sabe que en la Euroliga no se arbitra como en ACB y que el criterio proyecta una tupida sombra sobre el reglamento. El que aprende eso, se adapta antes y marca las pautas. Por encima de la estopa, Bartzokas planteó un despliegue militarizado y vibrante. Los exteriores salvando los bloqueos sin permitir contactos y los interiores dejando un trabajo sencillamente sublime: ayudas larguísimas, recuperaciones de posición supersónicas, agilidad en el desplazamiento lateral, comunicación, inteligencia, lectura magistral de los dos contra uno… Una defensa en formato manada, apasionado en pista pero regida por el equilibrio emocional de su entrenador, un metrónomo anímico que inunda el espíritu de un equipo que parece jugar sin mirar el marcador en el mejor sentido de la palabra. Cuando vienen mal dadas y cuando todo parece de cara. Ni hundimientos ni exceso de confianza. Ni miedo a perder primero ni miedo a ganar después. Otra enseñanza para el Real Madrid.

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Real Madrid: Aprender la lección


Porque el Real Madrid sale de Londres con el gesto torcido. Esta temporada de fases deslumbrantes se le ha afeado en las dos citas principales: Copa del Rey y Final Four. Las horas después del partido son para sentir, los días después para pensar. El objetivo ahora es volver y ser mejor, volver con cicatrices que sirvan de testimonio de las lecciones aprendidas. Eso hacen los equipos grandes y esa es la primera barrera que tiene que derribar el Madrid: acostumbrarse a volver. Ha jugado su segunda Final Four en tres años, las únicas de una última década en la que CSKA ha disputado nueve por las cinco de Barcelona, Maccabi o Panathinaikos o las cuatro de Olympiacos. El título será una cuestión de cuándo y dónde si regresa a la jerarquía europea y en el camino está, aunque ahora duelan las heridas de una final improbable en la que perdió ante el rival que parecía más accesible y en la que perdió a una puntuación que le tendría que haber bendecido. Ganó un equipo sin grandes referentes interiores y ganó anotando 100 puntos. Pero no fue el Real Madrid.

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En realidad el Real Madrid jugó un primer cuarto para el recuerdo (27-10: intensidad defensiva, talento descorchado y una lluvia de triples que inundó el O2). Pero a continuación jugó otros tres cuartos en delicado pero imparable declive, cada vez menos ánimo y cada vez menos juego. El ataque se aplanó en estático, previsible y suicida, envarado en un perpetuo viaje a los callejones sin salida que construyó Bartzokas. Laso falló con las rotaciones, demasiados minutos en el último cuarto con tres pequeños que caían en el autismo en ataque y se despeñaban en defensa (39 puntos encajados en diez minutos). la defensa del Real Madrid terminó desajustada, con poca comunicación y malas ayudas. La apuesta por el talento tiene que ser la rúbrica de un plan bien definido, no un brindis al sol.

 

La final deja en mal lugar al juego interior pero también a Llull, Mirotic y Rudy. El menorquín volvió a funcionar sólo en plena orgía inicial y con el equipo desatado. Después, otra vez, se le notó demasiado que jugaba uno de esos partidos que le incordian, igual que un Mirotic demasiado transparente.En las dos últimas temporadas he esperado un despegue sideral que todavía no ha completado un Mirotic que es demasiado joven para ingresar la nómina de los sospechosos pero al que hay que exigir como lo que es: un talento descomunal con arsenal para ser ‘4’ de referencia en Europa. Pero sigue pendiente de pasar la ITV definitiva en asuntos relacionados con la defensa, la acción en la batalla física, el gusto por la zona o el click definitivo en el interruptor de la consistencia mental.

 

Rudy Rudy, finalmente, jugó un mal partido ante el Barcelona y uno engañoso ante Olympiacos: 21 puntos y 20 de valoración pero cuesta abajo a partir de un gran inicio, superado por Spanoulis e incapaz de ser un líder asertivo y sólido cuando el balón quemaba en el último cuarto. No puso el salto de calidad del que se le supone portador y dejó tuerto en el peor momento a un equipo en el que Felipe estaba drenado tras su despliegue de semifinales, en el que el ‘5’ más fiable volvió a ser Slaughter con todo lo que eso supone... Y en el que Carroll, en su peor momento físico desde que fichó por el Real Madrid, jugó sin escopeta (5 puntos en los dos partidos).

 

La crítica, advierto, no es destructiva. El Real Madrid ha perdido la Euroliga en el último cuarto de la final y tiene un estilo que cuenta con la bendición de sus seguidores. El proyecto es bueno pero no está rematado. Existe el riesgo es que tantas victorias aplastantes en la ACB actúen como sedante o que todos los partidos jugados a la carrera se consideren grandes partidos. El Real Madrid necesita el punto definitivo de consistencia, un plan B bien definido para su ataque y algo más de pegamento defensivo. Inexperto ante el nivel de dureza del partido del año en Europa pero también sin los jugadores más adecuados para igualar el órdago del rival.

 

Sería un error afligirse o conformarse y desde luego lo sería caer en la histeria reconstructiva. Ni una cosa ni otra. Tampoco mirarse el ombligo: ahora mismo el Real Madrid no es campeón ni de ACB ni de Copa ni de la Euroliga. Y eso es por algo. Pero era favorito a priori en Copa, lo era el domingo por la mañana para esta final y lo será cuando arranquen los playoffs de la ACB. Y eso también es por algo.Quizá falte músculo, seguramente se echa en falta en determinados partidos un alero alto de perfil distinto al del distante Suárez; Y desde luego hace falta un pívot de primer nivel, asunto peliagudo porque el Real Madrid necesita uno de los mejores que ofrezca el mercado pero uno que además se adapte a un estilo que seguirá siendo preferentemente uptempo. Es la moraleja del caso Tomic. Mejri, sólo Mejri, parece ahora mismo un tiro con demasiada parábola para las necesidades competitivas de un Real Madrid que al fin y al cabo sigue quemando pasos pero que fue peor que Olympiacos en una final de excelente nivel.  Olympiacos, ejemplo del ganador que dibujó la legendaria Billie Jean King: “a todo el mundo le da miedo ganar. A un campeón sólo le da miedo perder”.

 

 

 

 

 

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