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El blog de Juanma Rubio

Un blog para tratar el pasado, presente y futuro del baloncesto tanto nacional como internacional: ACB, ULEB, Euroliga, Eurocup y la NBA.

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lunes, 12 noviembre 2012

Por Juanma Rubio

El hombre del 5%

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El poder, más allá de rumores excéntricos, es el poco sutil hilo que ha hilvanado estos días de giros copernicanos y cuchillos largos en L.A. Una ópera bufa interpretada por un lado por la salud debilitada de Jerry Buss, 78 años y casi 35 en el gobierno de los Lakers, su hijísimo Jim y la pulsión shakesperiana que aporta entre bastidores, y Mitch Kupchak, perenne y excelente General Manager. Por otro por Mike Brown, un frágil tentetieso en mitad del oleaje, y Phil Jackson, mejor entrenador de la historia, ganador de once anillos, futuro entrenador de Lakers “al 95 % de posibilidades” y pareja sentimental de Jeanie, hija de Jerry y hermana de Jim. Y finalmente el otro 5%, un grupo de meritorios encabezado por Mike D'Antoni y animado por Mike Dunleavy, Nate McMillan o el rictus anti Hollywood: Jerry Sloan.

Ha sido una cuestión de poder pero finalmente no tanto de si Phil Jackson atemperaba su trasatlántico ego o solicitaba no dirigir partidos en las giras lejos del sol de California. No: el trasfondo en un estado mucho más esencial es el poder que Bertrand Russell definió como la capacidad de producir el efecto deseado en los demás y en los acontecimientos, el poder junto a la gloria como articulaciones de los deseos infinitos del ser humano, el poder como triunfo de quienes lo desean de forma excepcional: el poder y cómo lo ostenta la familia Buss.

En cuestión de 72 horas hemos pasado del asombro por la posible llegada de Phil Jackson a la perplejidad por el traspié de las negociaciones. Mi opinión y mi bendición a la tercera venida del Maestro Zen quedaron aquí escritas al lado del obituario del ya minúsculo Mike Brown, de cuya etapa de 71 partidos al frente de los Lakers ya nadie quiere hablar. Jackson era el 95 %, el mesías aclamado por el Staples, el clavo ardiendo de una plantilla a la que el calendario muerde los tobillos, el deseo inflamado de Kobe Bryant y hasta un intríngulis motivante para Nash y Howard. Así que conviene aclarar en primer lugar las razones de la llegada del capitán general del 5%, un Mike D'Antoni que fue favorito instantáneo tras la salida de Brown pero cuyo nombre se había perdido entre los cantos de sirena que emanaban desde el rancho de Montana donde el arquitecto de los últimos cinco anillos de los Lakers amasaba el momentum y preparaba, eso llegó a parece, la madre de todos los desembarcos.

Se ha escrito mucho de las escandalosas peticiones de Jackson, de ceros inacabables en el cheque, de pellas en partidos demasiado alejados de su mansión de Playa del Rey. Se ha hablado mucho pero parece que nada de eso llegó a cobrar cuerpo y que el propio Jackson esperaba este lunes 12 de noviembre como día X para desanudar el cordón umbilical de su regreso. Antes de todo eso, de la lima de asperezas y las concesiones al ego rugiente y súper alimentado por los acontecimientos del mejor entrenador de siempre, Kupchak cogió el teléfono y le comunicó personalmente que los Buss habían votado D'Antoni. Fin a la saga que nunca fue. Y puede que al menos por un instante el mismísimo Maestro Zen se quedara tan petrificado como todos nosotros.

El hecho es que todos, los que creíamos en la redención de Jackson tras una última temporada que no hizo justicia a su trayectoria y los que no percibían la energía necesaria en un entrenador de 67 años, ningún sueño por cumplir y problemas horripilantes en las rodillas y la cadera, nos quedaremos sin saber si aguardaba un éxito glorioso o un fracaso antológico. Sea como fuere, el baloncesto y los que lo contamos nos hemos quedado sin una historia de primera y los Lakers, y eso queda en el retrovisor (detrás pero a la vista), sin el que parecía el plan A de consenso. En la decisión final hay desde luego juegos de poder pero con más baile de salón que fangos del día a día (otra vez los partidos fuera de casa…). Jerry Buss ha vuelto a confiar en Jim y este a su vez ha guardado las espaldas de Kupchak. Jackson iba a pedir mucho dinero, jamás un problema en Hollywood, pero también una cuota de mando deportivo que equivalía a las llaves del castillo. Eso y un contrato renovable anualmente. Demasiado para un Jim Buss que de paso se evita el sonrojo de abrazar como si fuera un padre pródigo al entrenador con el que terminó a las bravas y cuya herencia decapitó en cuanto le vio salir por las puertas de El Segundo. Desde luego es un acierto no convertir a Kupchak en cadáver a cuenta de los daños colaterales pero la apuesta del hijísimo Jim es un órdago: elegir a Brown por delante de Adelman le ha provocado una seria cefalea, elegir a D'Antoni por encima de la sombra tan y tan alargada de Phil Jackson puede provocarle jaquecas en versión cadena perpetua.

Arbitro

Los Buss conservan la mano de la partida y reparten las cartas. Otra vez. Pero más allá trascienden motivos deportivos de primera magnitud porque es en la cancha, aunque a veces lo olvidemos, donde florecen o marchitan las Ardenas y Waterloos que se dirimen en los despachos. Los Lakers, eso venden, eligieron D'Antoni sin esperar a Phil Jackson porque le consideraron finalmente la mejor apuesta deportiva. Creyeron que el triángulo ofensivo requeriría un tiempo de aprendizaje para Nash y Howard y no sintieron tenerlo en esta plantilla en la que Nash tiene 38 años, Bryant  34, Gasol 32 y Dwight Howard sólo este año de contrato. Creen que D'Antoni aportará un estilo de entresijos más livianos, ni Princeton ni el triángulo, y en el que se podrán diagnosticar males y ejecutar medidas con más flexibilidad con el objetivo que es obsesión: ganar ahora o el próximo año antes de aligerar los libros de cuentas y en la última cabalgada de Kobe, Gasol y Nash. Y renovar por el camino a Howard.

D'Antoni es un buen tipo y cuenta con la bendición de los pesos pesados de la plantilla. Kobe creció en Milán cuando el ahora entrenador ejercía de base genial en Olimpia Milano y después ha coincidido con él en el staff olímpico tanto en Londres como antes en Pekín, donde también estuvo Howard. Y Nash gobernó, y dos MVP dan fe, a los Suns de D'Antoni en una cagalbada que va camino de cumplir una década y que se quedó a las puertas del anillo que seguramente mereció.

Los defensores del técnico de West Virginia (61 años y una rodilla recién operada) creen que su vigoroso estilo ofensivo alimentará rescoldos del showtime que vive en el subconsciente de L.A. y que su aprovechamiento optimizado del pick and roll será un arma de destrucción masiva en manos de la pareja Nash-Howard. Y aseguran que su fama de disoluto entrenador defensivo no es del todo justa y que sin ser desde luego un enorme estratega de stops sí es capaz de enhebrar una defensa lo suficientemente sana para acompañar al ataque que le gana los partidos. Sus Suns encajaban muchos puntos pero eso tenía que ver con el endiablado ritmo de juego y el descomunal intercambio de posesiones y sus Knicks se enderezaron hacia el top ten defensivo de la NBA en cuanto llegó un pívot aglutinador de esfuerzos como Chandler. Y flota la sensación de que si bien no sacó nada de la caldera excesivamente presurizada de Nueva York (ni un solo partido de playoff ganado en cuatro temporadas), aquellos Suns que por desgracia ya se pierden en el recuerdo tenían material de los campeones. Aunque nunca ganaron.

Dantoninash

D'Antoni tendrá que mejorar mucho su paso por la Gran Manzana: ataque caótico, defensa como mucho discreta, relación esquiva con Carmelo Anthony, su gran foco de ego, y nula competitividad. Y si mira a aquellos esplendorosos Suns (2003–2008) tendrá que adaptarse a otras exigencias, otros tiempos y sobre todo otros jugadores. Porque la filosofía de base de aquel equipo es imposible de trasladar a los actuales Lakers: el run and gun, correr y tirar, basado en acabar ataques con un lanzamiento en los primeros siete segundos de posesión; correr hasta reventar, jugar pick and rolls con Nash como alfa y omega y bombardear desde el exterior. Tendrá otra vez a Nash (casi una década más viejo) pero ni mucho menos una batería extensa de tiradores ni una plantilla joven  y larga con la que galopar de lado a lado de la pista durante 48 minutos cada dos noches.

Entre 2004 y 2006, los mejores años de D'Antoni en Arizona, los Suns jugaron dos finales del Oeste, en las que cayeron ante Spurs, con los que establecieron una rivalidad para los anales, y Mavericks. En la temporada 2004/2005 el equipo ganó 62 partidos y parecía en ruta hacia el título hasta que se estamparon contra la muralla tejana de Greg Popovich (que sigue allí y sigue jugando finales de Conferencia). En aquel curso los Suns atacaron mejor que nadie en toda la NBA (110.4 puntos por partido) pero también encajaron más que nadie (103.3). Los ratios de eficiencia le confirmaron como el mejor ataque y les elevaron hasta ser la decimoséptima mejor defensa. Era un equipo monstruoso en el rebote y letal en el tiro de tres (rondando el 40%), con cinco jugadores por encima de los diez puntos por partido y tres tirando triples con un 43% o más de eficacia. Era el equipo de Nash (más de 15 puntos y 11 asistencias por partido) pero también de Amare Stoudemire, Shawn Marion, Joe Johnson, Quentin Richardson, Jim Jackson, Leandrinho Barbosa…Nash tenía 30 años, ningún de los demás superaba los 26.

Ahora y con la excepción de Howard, D'Antoni toma un roster de estrellas con el cuentakilómetros sobrepasado y en el que tendrá que hacer correr la bola mucho más que las piernas: Nash, Kobe, Artest, Gasol, Jamison… Su batería de tiradores no es precisamente para presumir ni aunque Meeks adquiera la regularidad que nunca ha tenido y por encima de todo tendrá que inculcar a Kobe, que ha aprobado su llegada, las bondades de un sistema en el que Nash cocinará las posesiones y en el que la primera opción será el juego con los pívots, fundamentalmente con Howard. Kobe puede redefinir o llevar a la implosión una nueva era que llega al galope y en la que Gasol deberá resolver incógnitas que no se le habrían planteado con el triángulo ofensivo de Jackson.

Mike D'Antoni afronta el gran reto de su carrera con la obligación de convencer a los escépticos, a los que creemos que no lleva dentro un entrenador capaz de ganar anillos. Y tiene que hacerlo desde el equilibrio y con la sombra del mejor entrenador de la historia -uno de esos what if tan del gusto yanqui: que habría pasado si…- pisándole los talones cuando doble la esquina de cada derrota. Los Lakers no pueden entrar en un bucle de lateralidad infame: de un entrenador defensivo que acabó sin cimentar una buena defensa a uno ofensivo sobre el que pende el riesgo de no encajar en ataque las piezas de un quinteto lujoso pero compatible sólo en unas condiciones muy concretas. Mike D'Antoni es más barato (12 millones por los tres primeros años con un cuarto opcional) y desde luego más manejable que Jackson, una especie de Némesis redentora por la que ni jugadores expertos como los Buss se han atrevido a apostar.

Quizá  sólo tenga que simplificar las cosas y poner la bola en manos de sus estrellas, lo que no supo hacer Brown y algo de lo que está haciendo ahora Bickerstaff o por lo que siempre se ha desconfiado del propio D'Antoni y en cierto modo también de Jackson. Se trata de que los Lakers jueguen bien, de que compitan, de que Nash y Kobe disfruten jugando juntos y de que Howard se lo pase lo suficientemente bien para firmar contrato nuevo el próximo verano. Es muy difícil o muy fácil según como se mire. Más difícil que con Jackson pero, concedámosle eso al recién llegado, más fácil que con Dunleavy, otro de los entrevistados. Toca esperar y observar, los Lakers redoblan la apuesta pero esa mano la tiene la NBA y el repóker que amenaza desde South Florida. Nuevos tiempos, otra vez…

 

 

 

 

 

 

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domingo, 11 noviembre 2012

Por Juanma Rubio

Nunca digas nunca, Maestro Zen

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En su último año jugué con una sola pierna. La rodilla de la otra no me dejó poner lo mejor de mí al servicio de Phil en su despedida y eso es algo que me ha atormentado desde entonces. Es un entrenador demasiado grande como para acabar su carrera de la forma en que lo hizo”. Las palabras son de Kobe Bryant después de derrotar a los Warriors con Bernie Bickerstaff como entrenador (muy) interino. Kobe, mirada asesina al margen, fue escrupulosamente respetuoso con Mike Brown. Le apoyó públicamente, le apoyó con sus números en cancha y los que están cerca de él aseguran que realmente quería hacer funcionar el sistema de ataque Princeton que Brown quiso instalar con Eddie Jordan a los mandos.

Los palabras de Kobe Bryant iluminan un camino que ha terminado por ser el único posible cuando era el más disparatado días, casi horas, antes: Phil Jackson es la desembocadura de la deriva de una franquicia inmersa en un drama shakesperiano aderezado con toda la pompa hollywoodiense que para bien o para mal define lo que son los Lakers, el polvo de estrellas que atrae a tantos y satura a no pocos. Es el plan A y de repente el único con sentido dentro de un puzzle kafkiano que no tiene ningún sentido o lo tiene de forma rotunda, íntima y absoluta. Depende de cómo se mire. Ni D’Antoni ni Sloan ni McMillan ni por supuesto Brian Shaw, el heredero de Jackson decapitado en su día por Jim Buss, el hijísimo que está aprendiendo por la vía rápida de los coscorrones que no es fácil ponerse al frente de las tropas y avanzar entre el fango de la toma de decisiones. Él aplicó la política de tierra quemada sobre toda la herencia de Jackson y descartó después a Rick Adelman para apostar por Mike Brown. Jerry Buss, su padre (y el de Jeanie, novia de Phil), tiene 78 años, ha gobernado los Lakers desde hace casi 35 y es el que ha dado el paso al frente: hay que escuchar a la gente y dar a los aficionados lo que piden. Hay que permitir que, siempre, siga el espectáculo y hay que sacar como mínimo un montón de victorias y puñado de buenos ratos de una plantilla de 100 millones de dólares, impuesto de lujo al margen.

Busses

El padre enmendando al hijo y los errores cometidos cerniéndose en nubarrones de maldición en formato déjà vu. Otra vez: Phil Jackson se fue de los Lakers en junio de 2004 tres anillos y una implosión de vestuario después: Kobe y Shaquille se retaron y el pívot se fue a Miami. Jackson se marchó, cargó contra Kobe y no sintió que Jerry Buss tuviera demasiado interés en retenerle. En junio de 2005 Phil Jackson había regresado, por el camino una temporada de 48 derrotas que ni pudo terminar un entrenador tremendo pero finalmente abrasado como Rudy Tomjanovich. Él no pudo manejar la herencia del Maestro Zen, ¿cómo iba a hacerlo el mucho más frágil Mike Brown? Los Lakers despiden a Brown tras cinco partidos de Regular Season, apenas el 6% de la temporada, en un vaivén sin parangón y que sólo vagamente recuerda a la salida de Paul Westhead con sólo seis partidos consumidos de la temporada 81-82. Entonces una petición imperativa de Magic Johnson provocó la quiebra y propició la llegada de Pat Riley. Y el nombre no aparece por casualidad: desde aquel 1981 los Lakers han tenido 13 entrenadores. Once de ellos no han conseguido ningún anillo y entre Pat Riley y Phil Jackson han sumado nueve en veinte temporadas. Ellos representan la excelencia pero también la leyenda y el estilo: eso es Hollywood y ese es el ADN de los Lakers. Tipos genuinos y geniales y, con permiso de Auerbach o Popovich, los mejores de siempre.

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En 2005 los Lakers agotaron temporada antes de regresar a Phil Jackson, 36 millones de dólares por tres años de por medio, y se quedaron fuera de playoffs por segunda vez en casi tres décadas. Esa es una enseñanza que Jerry Buss lleva grabada a fuego. Lo que vale en otros equipos no vale, para bien y para mal, en los Lakers. Es una cuestión de cultura, de ambición e incluso de show: el equipo de Mike Brown perdía, el equipo de Mike Brown jugaba rematadamente mal. Esta plantilla no guarda en los bolsillos meses para completar una evolución copernicana hacia el sistema Princeton. Nash tiene 38 años, Bryant  34, Gasol 32 y Dwight Howard sólo este año de contrato. Esta versión de Lakers tiene un margen máximo de dos temporadas y ha demostrado no tener tiempo para Mike Brown. Este argumento sirve para combatir la comparación con Miami Heat y su sacrosanta paciencia durante más de una temporada con Erik Spoelstra. Aquel equipo sí podía permitirse un proceso (process: la palabra que Spoelstra repitió hasta la saciedad) con tres estrellas viviendo o entrando en sus mejores años. Estos Lakers manejan una urgencia diferente pero igual de carnívora y ella determinó, acabó siendo así, la decisión de prescindir de Mike Brown y saldar con él un contrato de 18 millones por cuatro años recién estrenado el segundo. Justo o no, ese despido y la millonada histórica que pedirá Phil Jackson es una inversión perfectamente asumible para una franquicia que, sin ir más lejos, ha vendido sus derechos a Time Warner para veinte años y por una cifra cercana a… 5000 millones de dólares.

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Mike Brown ha sido víctima de un cargo que le quedaba enorme. Difícil asumir el mando de los Lakers, imposible sustituir a Phil Jackson. De vuelta a Kobe y a Saturno devorando a sus hijos: “lo que ha pasado es en parte culpa de Phil. Es un genio del baloncesto, a cualquiera le resultaría especialmente difícil calzarse sus zapatos”. Mike Brown tiene 42 años, no jugó en la NBA (asunto crucial en la gestión de un vestuario lleno de gallos) y se hizo a sí mismo como entrenador a partir de su trabajo como especialista de vídeo en Denver, en 1992 y por encargo de… Bickerstaff, que 21 años después dirigió el primer partido post Brown en L.A. Brown contó con el apoyo público de los Buss, de Kupchak y de Kobe, pero las derrotas lo hicieron todo artificial, viciado: insostenible. En sus cinco partidos, que siguieron a ocho derrotas en ocho partidos de pretemporada, los Lakers atacaron mal aunque dejaron algún destello de lo que podría ser, en un futuro pluscuamperfecto (imposible), la bondad Princeton. Sin embargo no existieron en defensa, la especialidad de la casa Brown con la que cayó rendido sus pies poco más de un año antes Jim Buss. Defensa deficiente y un ataque cuyos brotes verdes se iban por el desagüe de las pérdidas de balón: 91 en esos cinco partidos, casi 19 de media. Indecoroso.

En defensa de Brown se puede argumentar que es un buen tipo, que adora el baloncesto y que es un comunicador entregado. Quizá su apuesta guardaba un destino brillante (que no se vislumbraba) y desde luego ha tenido menos margen del que indica el calendario: la primera temporada estuvo marcada por el lockout, en la segunda apenas ha tenido a su quinteto inicial en un partido y medio. Lesión de Nash, Howard en busca de la plenitud… El hecho es que los Lakers dejaron de estar interesados en lo que podía haber detrás del engranaje Princeton y, con toda la cochambre que escenifica un despido al quinto partido, la medida parece justificable donde ha muerto la confianza y donde un puñado de partidos para alzarse al 50% de victorias no iba a arreglar nada. Despedirle así ha resultado feo pero el error fue primero contratarle en su momento y después prolongar la confianza superado el primer verano. El error fue de Jim Buss, el hijísimo, que ahora se tiene que tragar un sapo de dimensiones cósmicas para abrir los brazos a Phil Jackson. Los brazos y la puerta del despacho que literalmente ocupó tras la salida del mejor entrenador de todos los tiempos. Jerry le enseña a Jim las reglas de un juego cuyas llaves las tiene el público que coreaba “We Want Phil (queremos a Phil)” durante el tercer cuarto del triunfo ante los Warriors, un partido cómodo en el que el equipo jugó con más cohesión y energía y en el que el banquillo aportó a un nivel al menos digno. Otros debes que llenaron la mochila de Mike Brown.

Y queda Phil Jackson, sus cuentas pendientes con Buss hijo a caballo entre su retiro de Montana y su mansión en Playa del Rey, a minutos de la cancha de entrenamiento de los Lakers. El entrenador de los once anillos y la mística inigualable, el que usaba un tam-tam en los entrenamientos y quemaba incienso en el vestuario para ahuyentar a los malos espíritus tras una derrota dolorosa. El mejor gestor de grupos que ha dado el deporte, un motivador único capaz de implicar en una relación casi paternal a todos sus jugadores, de las grandes estrellas a los temporeros. El que canalizó la pulsión ganadora casi sociópata de Jordan, el que atemperó a Pippen y apaciguó en la medida de lo posible a Rodman. El que articuló, al menos por un tiempo, a Kobe Bryant y Shaquille O’Neal. El entrenador que regala libros a los jugadores y que cambia las sesiones de vídeo por visionado de películas en mitad de una final de Conferencia. Con la bendición de Kobe Bryant, de Pau Gasol y la curiosidad de Nash, que apura su carrera en busca de anillo. Y con la aprobación de Dwight Howard, al que los Lakers consideran en su toma de decisiones porque le necesitan feliz y en ruta hacia la renovación veraniega.

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Si las alternativas son D’Antoni, Sloan o McMillan, parece que Phil Jackson es una opción casi sorprendentemente lógica. Con él volverá el triángulo ofensivo y su guardia pretoriana -Rambis, Hamblen, Cleamons- y volverá el estilo, veremos si la química y la competitividad. El último Phil Jackson dejó la NBA hastiado y mermado por sus problemas de cadera y espalda, recuerdo de un costalazo tremendo que limitó su carrera como jugador en su segunda temporada con los Knicks, con los que fue campeón. Un contratiempo decisivo para un jugador de intensidad proletaria y eléctrica que se ganó  a los ojeadores NBA exhibiendo envergadura al abrir las cuatro puertas de un Volkswagen sentado en el asiento de atrás. El último Phil Jackson se fue por la gatera de un 4-0 ante Dallas Mavericks, 122-86 en el castigo infinito del último partido, sepulcro de un equipo sin ética de trabajo, sin cohesión y sin hambre. Allí estaban los hijos del Maestro Zen, reunidos para el adiós. La ceremonia final, vislumbramos casi un funeral vikingo, de un tipo que desde luego dejaba un adiós, no un hasta luego.

Ahora Phil Jackson tiene 67 años y tiene que resolver primero la duda de si es aquel mundano Phil Jackson o el de tantas temporadas de oro, tantas series de playoff para la historia. Quienes le conocen aseguran que más de un año como jubilado y una operación de rodilla le han mejorado en lo físico de forma casi milagrosa y, al contrario de lo que podía parecer, demasiado tiempo libre ha instalado en él de nuevo el gusanillo de la competición: escruta los partidos de Lakers y hace cábalas sobre las posibilidades de esta plantilla. Él consiguió la versión más intensa de Gasol y la más concentrada de Artest/Metta World Peace. Y él, recuerdo, señaló hace años que si tuviera que elegir un jugador para convertirle en jugador franquicia de un nuevo equipo ese sería… Dwight Howard. Y él es el único que puede obligar a una rendición sumisa y a un cheque lleno de ceros a Jim Buss, al que hasta ahora el traje de su padre le ha quedado enorme.

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Las grandes dudas son Nash y Kobe. El escolta profesa su amor a Phil Jackson cada vez que tiene ocasión y éste, vista la actitud y el estado físico de un jugador antaño casi imposible de entrenar, parece dispuesto a unirse a él meses después de que una de las razones de su marcha fuera “no entrenar a Kobe cuando deje de ser Kobe”. Nash es el playmaker que, como tal, nunca ha tenido ni necesitado Phil Jackson. Pero conviene recordar que el triángulo ofensivo es flexible y sí incluye opciones de pick and roll, el arma de destrucción masiva de Nash, y que aunque el canadiense ya no puede defender prácticamente a nadie sigue siendo uno de los mejores tiradores de tres de la liga. Y conviene recordar para entender este punto a Paxson o, claro, Steve Kerr.

Visto desde el punto de vista de la planificación laker el cambio no oculta grandes enseñanzas ni moralejas aleccionadoras. Es sencillamente una apuesta por lo óptimo, la misma búsqueda de mejora que ha propiciado las llegadas de Nash, Howard o Jamison. Mejorar el puesto de base, mejorar el banquillo, mejorar al segundo mejor pívot de la liga sustituyéndole por el mejor. ¿Mejorar todo y no mejorar al capitán general? Desde luego la destitución de Brown enseña una disfunción, pero esta estuvo en la apuesta mal calculada de su contratación, no tanto en esta decisión drástica y de máximo riesgo. Las expectativas se vuelven a disparar, la espada de Damocles se afila. Será un triunfo histórico o un desplome legendario. Donde Mike Brown parecía una figura diminuta, casi intrascendente, Phil Jackson proyecta sus más de dos metros de mística, la profundidad del conocimiento del juego (y de la vida) que inspira confianza en los que le tocan y temor en los que se enfrentan a él. En un vestuario que casi no tiene tiempo y en el que combaten a muerte edad y talento, parece, si se piensa con un poco de perspectiva, una oportunidad que no se puede desaprovechar si es que se presenta. Y así son los Lakers, otra vez a la caza de un éxito glorioso bajo amenaza de un fracaso para los libros de historia, que al fin y al cabo están llenos de relatos inolvidables de equipos como los Lakers y tipos como Phil Jackson. Y termino con el argumento más sencillo de todos: su vuelta es desde luego una excepcional noticia para el baloncesto.
 
El baloncesto no es como el fútbol americano y sus normas perfectamente establecidas, es un juego de improvisación. Es como el jazz: si a alguien se le escapa una nota, otro tiene que aparecer para rellenar ese vacío y permitir que no cese el ritmo que sustenta al equipo” (Phil Jackson)

 

 


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