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El blog de Juanma Rubio

Un blog para tratar el pasado, presente y futuro del baloncesto tanto nacional como internacional: ACB, ULEB, Euroliga, Eurocup y la NBA.

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lunes, 14 enero 2013

Por Juanma Rubio

Oden o la teoría de la catástrofe

El 27 de junio de 2007 Portland Trail Blazers le dio el muy caro número 1 de uno de los drafts más célebres de los últimos años a Greg Oden, (2'13, 110 kilos) pívot de los Buckeyes de Ohio State. Mil días después, en 2010, un Oden de todavía 22 años pero devastado por las lesiones de rodilla aseguró que un buen día era aquel “en el que podía caminar un poco sin sentir dolor”. Hoy el calendario devora otra temporada en blanco para un Oden al que muchos han recomendado que comience a planificar su vida fuera del baloncesto y en cualquier caso lejos del río Columbia y la populosa Portland, donde pasó de héroe a mártir y de ahí a extraño villano. De reverenciado a compadecido, de querido a odiado y finalmente olvidado, sepultado por el reverso del gran sueño americano, que aún le puede reservar un último asalto: Miami Heat, a vueltas con su problema estructural con el rebote, le quiere en el habitual juego de apuestas de alto riesgo del tahúr Riley. Él se deja querer y prepara, mientras estudia en Ohio State, un regreso que querría completar para el training camp de la 2013-14. Y no sólo Miami, que tendrá cuentas pendientes con ese impuesto de lujo que será más de lujo que nunca la próxima temporada, sigue sus pasos. Otras franquicias se plantean firmarle hoy para tenerle atado mañana, el último pellizco de fama que aún no le ha robado al gigante Oden su paso por los Blazers. Una absoluta pesadilla a la americana.

Oden1

Después de un fracaso los planes mejor elaborados parecen absurdos. Lo dijo Dostoyevski y firmaría debajo Larry Miller, ya expresidente de los Blazers, la franquicia de Oregon que pasó de aspirante en ciernes a proyecto derribado en pleno despegue. El equipo de un mañana que nunca llegó. Porque se asumieron unos riesgos que se cobraron un precio demasiado alto, porque después de un fracaso los planes mejor elaborados parecen absurdos… Ese destello de grandeza que se escurrió entre los dedos, y por el que transitaron Sergio Rodríguez y Rudy Fernández, se cartografió vía draft en un arco de tres años. En 2006 los Blazers se hicieron con el ala- pívot LaMarcus Aldridge con el número dos y, a través de un traspaso, con el escolta Brandon Roy, número 6 de esa promoción y un fuera de serie en cuarentena por sus problemas de rodilla. En 2008 llegó Nicolas Batum y un año antes, en el nudo de esta historia, Greg Oden, número 1 en 2007 por delante de Kevin Durant. Una decisión polarizante, cuestión de filosofía: el pívot de hormigón o el anotador de seda.

 

Kevin Durant acabó en Seattle, vecino y rival de Portland, con esos Supersonics que quedaron en suspenso para dar paso a Oklahoma City Thunder, hoy una de las fuerzas motrices de la liga. Con Nate McMillan como meticuloso arquitecto, Portland puso en marcha un plan que nunca resultó de la forma prevista. Aunque el golpe de gracia fue la primera retirada de Roy con tan sólo 27 años, tres All-Star y unos infernales problemas degenerativos en las rodillas, fue la perpetua rehabilitación de Greg Oden el epítome del descenso blazer a los infiernos. La alargada sombra del jugador elegido por delante de Durant, hoy icono global en busca de su primer anillo. Los planes y el absurdo de Dovstoyevski: los Blazers y Oden.

 

Pero los directivos de los Blazers eligieron a Oden con el beneplácito de casi todos los que ahora les ponen en solfa. Durant era un relámpago de límites imposibles de evaluar pero Oden parecía un jugador nacido para ser ancla de un equipo campeón. La constante presencia defensiva, una montaña que oscureciese las zonas e hiciera muy fácil la vida para Roy y Aldridge, la argamasa que cohesionara el matemático sistema de McMillan y la respuesta al viejo axioma de la NBA, aquel que hizo saltar por los aires Magic Johnson: “si quieres jugar bien, ficha a un base. Si quieres ganar, hazte con un pívot”.

Durant1

Steve Kerr, cinco anillos le legitiman, le definió como un jugador “de los que aparecen uno en cada década”.  Un importante ejecutivo de la liga recomendó a todo el que no creyera que Oden merecía el número 1 que buscara “trabajo fuera de la NBA”. Oden, un chico de rostro tempranamente avejentado que algunos comparaban con el de Abraham Lincoln: la barba, el gesto ceñudo, la frente amplia, los ojos hundidos de mirada profunda. Inteligente, sociable y sencillo, con la madurez de quien ha vivido bajo la lupa inquisitiva de América, casi desde el instituto con la obligación de responder a unas expectativas que no le citaban con sus contemporáneos sino con la historia. De Greg Oden se dijo que sería el jugador más parecido a Bill Russell, corazón de los Celtics y Némesis de Wilt Chamberlain, la leyenda de los once anillos. Un joven serio casi a la fuerza pero  agradable y cercano. Sonny Vaccaro, asesor que trabajó para Nike, Adidas y Reebok, predijo que grandes campañas de marketing girarían de nuevo en torno a un gran pívot gracias a Oden, “uno de los tipos más sencillos y comunicativos que he conocido en los últimos años”.

Oden3

Antes de su número 1 de draft y antes de Ohio State, Oden eclosionó en Indiana, el estado del baloncesto, donde recibió amenazas de muerte por no ingresar en la universidad local tras sus años de instituto en Lawrence North. Criado en Terre Haute, orgullosa capital del valle del Wabash y antiguo feudo de exploradores franceses, saltó a Ohio State para llevar a la final universitaria a los Buckeyes, que gravitaban en torno a sus 213 centímetros y que cayeron ante una Florida superlativa. En esa final, su último partido junto a su amigo Mike Conley, Oden sumó 25 puntos, 12 rebotes y 4 tapones contra un rival cuyo juego interior es hoy un sueño NBA: Al Horford, Joakim Noah. Él y Durant fueron los primeros en más de tres lustros en ser nombrados All-American en su primer y único año en la NCAA. Cuando eligió el número 52 de los Blazers dejó atrás, sin ninguna derrota como local ni en el instituto ni en la universidad, una trayectoria retumbante y una imagen de líder templado y generoso, capaz de gobernar partidos mientras se recuperaba de una lesión de ligamentos en su muñeca buena, la derecha.

 

La leyenda negra del draft está hecha de desastres así, por azar o por mala cabeza, muchas veces por riesgo mal calculado. Los Blazers, ay, protagonizaron en 1984 el caso más sonado al elegir con el número 2 a Sam Bowie. Por delante de Stockton, Barkley… y Michael Jordan, número 3 para los Bulls y para la historia. Nadie culpó a Houston por darle el 1 a Hakeem Olajuwon, pívot eterno que ganó dos anillos en los dos años de ausencia de Jordan, entonces jugador de béisbol. Pero los Blazers… Bowie promedió poco más de diez puntos en cuatro años en los que se perdió demasiados partidos por lesión. El pívot malogrado por las lesiones y el alero para la historia: Bowie y Jordan, ¿Oden y Durant? Esta decisión forma parte de la cultura popular de la gran liga pero no tantos recuerdan que en 1972 los Blazers se hicieron con LaRue Martin en el número 1 de un draft en el que estaban McAdoo, Westphal… y Julius Erving. Martin sólo jugó cuatro temporadas en la NBA, Erving sigue jugando, colgado del cielo, en la retina de todos los aficionados. Martin y Erving, ¿Oden y Durant?...

Bowie_olaj

Muchos de los grandes errores de la historia del draft han estado movidos por la búsqueda esencial del gigante sobre el que armar un imperio, la torre desde la que vislumbrar el mundo. En 2009 Memphis tiró un número 2 en el inacabable tanzano Hasheem thabeet (2'21). En 2006 Toronto Raptors invirtió su número 1 en el talento gélido de Andrea Bargnani, seducido hasta la hipnosis por su muñeca de alero… y sus 213 centímetros. Un año antes Milwaukee coronó a Bogut por delante de Chris Paul y Deron Williams y a nadie le extrañó demasiado. En 1998 los Clippers erraron con Olowokandi y en 2001 Michael Jordan persiguió para sus Washington Wizards un sueño de instituto llamado Kwame Brown…  a la postre uno de los peores números 1 de siempre. Como Jordan, otro histórico de las canchas carga con una de las más trágicas decisiones de despacho jamás tomadas, otra tragicomedia orquestada por la búsqueda del gigante primordial: en 2003 Joe Dumars gastó el número 2 de Detroit Pistons en Darko Milicic. Era uno de los sorteos con más talento de la historia. El 1 fue LeBron James. Por detrás de Milicic quedaron Carmelo Anthony, Chris Bosh, Dwyane Wade…



Casi todos los que han incluido a Oden en la galería de horrores del draft le habrían seleccionado en aquel verano de 2007 si hubieran podido. “Los fundamentos técnicos se entrenan, los centímetros no”, dicen los ojeadores. Oden era un siete pies que movía sus más de 110 kilos con una rapidez envidiable. Tenía talento para anotar cerca del aro y era un muro  imposible de superar en defensa. Elegir a Oden era no elegir a Durant pero elegir a Durant era no elegir a Oden. Portland eligió en función de las directrices de un plan ya en marcha. Eligió bien, salió mal.


El juego siempre ha gravitado en torno a un gran pívot, pieza básica en casi todos los equipos de leyenda. Miami Heat intenta redefinir esa ecuación pero en el primer fracasó de su big-three tuvo mucha culpa… Tyson Chandler, pívot-guardaespaldas de Dirk Nowitzki y jugador instrumental en el campeonato de los Mavericks: rebote, intimidación, cohesión defensiva. Hasta los Bulls de Jordan tenían pívots sufridos pero fundamentales en la albañilería, tipos de perfil bajo pero talla XL. Así que a los Blazers también les avalaba una historia que ahora se reescribe desde el estudio de arquitectura de los playmakers, los bases que dominan el juego y las últimas loterías: Rose, Wall, Irving, Rondo, Paul, Williams, Curry, Westbrook, Conely, Holiday… o Damian Lillard, la estrella que sí será en los Blazers. Oden era también una apuesta a contracorriente y un brindis a la vieja escuela, un gigante para martirizar a todos esos pequeños demonios sibilantes que estaban por llegar; El tránsito por una tradición que en la última década apenas han mantenido viva Yao Ming (número 1, 2002) y Dwight Howard (número 1, 2004). Un pedigrí que nos lleva a la primera elección de 1956 (Russell), 1959 (Chamberlain), 1969 (Kareem) o 1974 (Bill Walton), y de esa prehistoria maravillosa a los dorados años 80 y cinco loterías (1983-1987) con cinco centers descomunales como números 1: Ralph Sampson, Hakeem Olajuwon, Patrick Ewing, Brad Daugherty y David Robinson. La historia de la NBA, letra a letra. En 1992 los dos primeros puestos fueron para Shaquille O'Neal y Alonzo Mourning, cuyas batallas aún resuenan en los huesos de los años 90. La tradición de construir a partir de un pívot aglutinador de rebotes y amasador de stops (defensas que fuerzan posesiones improductivas del rival) seguía viva en la elección de Oden. Su destino entonces no estaba escrito. Tampoco el de Durant, tal vez sólo un anotador compulsivo y no el fiero híper jugador que ahora conocemos.

Olajuwon_ewing

Cualquier General Manager ha sido y es susceptible de estrellarse contra ese muro de volátil ilusión que es la búsqueda de la extraña combinación de centímetros y talento. Cuando draftear extranjeros era algo exótico, casi todo lo que se pescaba fuera eran pívots (Manute Bol, Rick Smits, Sabonis…). Cuando la importación se comenzó a hacer en serie en los años 90, también. Cualquier joven gigante que asomara en cualquier rincón del mundo tenía los ojos de la NBA sobre él. De Divac se llegó a Ilgauskas, Nesterovic, Krstic… se buscaban fuera los fundamentos que cada vez era más difícil encontrar en los pívots estadounidenses. Todos eran drafteados, por si acaso. En busca de la gallina de los huevos de oro fueron carne de lotería Piculín Ortiz, Tarlak, Drobjnak, Betts, Weiss, Javtokas, Kasun, Sinanovic, Vranes, Schortsanitis… hasta Roberto Dueñas (Chicago Bulls, número 57). Marc Gasol fue número 48 del draft de 2007 (Los Angeles Lakers) cuando apenas despuntaba la estrella que es hoy. Fran Vázquez se llevó el 11 de Orlando Magic en 2005, un puesto por detrás de Andrew Bynum, que ya era número 10 con 17 años (y 2'13…) y tras dar calabazas de la Universidad de Connecticut: los Lakers tenían prisa.

 

El imán de los centímetros, siempre fue así. No dejes que sea para otro, que nadie construya un equipo campeón con ese chico enorme que tú dejaste escapar. El pívot ha sido la pieza básica del juego tradicional de playoff: las defensas se endurecen, el ritmo se congela, los ataques se alargan, los puntos se ganan con sangre y los rebotes son cabezas de puente en territorio enemigo. Aunque ahora el juego haya virado hacia la producción en serie de bases atléticos y supersónicos igual que viró antes hacia el ala-pívot, puesto rediseñado por Garnett, Nowitzki y el mejor de todos, Tim Duncan. Desde 2000 (Shaquille O'Neal) ningún '5' puro ha sido MVP de la Regular Season. El propio Shaquille, Olajuwon, Jabbar, Moses Malones… todos fueron MVP de las finales aunque si hay un galardón que pertenece al center es el de Defensor del Año: 20 de los 30 que se han entregado han sido para pívots: el último Tyson Chandler y antes Howard (los tres anteriores) Ben Wallace (4), Mutombo (4), Mourming (2), Olajuwon (2)…



Sí: casi todos habrían elegido a Oden. Los que lo niegan y sonríen de medio lado ante las desgracias que azotaron a los Blazers son los que proclaman que los colosos están en peligro de extinción. Hombres montaña con pies de bailarín como Hibbert, de la fábrica de Georgetown y ya All-Star, demonios de brazos eternos como Noah o pesos pesados con autoridad para gobernar el juego, como Marc Gasol… el pívot es especie protegida y por eso todos han perseguido hasta el sainete a Howard, el mejor de su generación, y todos han esperado a Bynum tras cada lesión de rodilla. Y por eso se pagan millonadas a Kwame Brown (todavía) o DeAndre Jordan. O A Chandler, al que los Knicks reconocieron como líder en la sombra de los Mavs campeones. Todos, los General Managers que los fichen o renuevan y los aficionados que lo celebran, habrían elegido a Oden si hubieran dispuesto, como los Blazers, de aquel número 1 de 2007.

Oden4

Oden, el tipo de rostro avejentado y mirada profunda y hundida: triste. El tipo de enorme corpachón, manos de gigante y sonrisa amistosa y sincera. El de la barba a lo Abe Lincoln, el fanático del Guitar Hero y las películas de Will Smith y Denzel Washington. El chico que difícilmente será el nuevo Bill Russell ni uno de los mejores jugadores defensivos de siempre tal y como vaticinaba el entrenador universitario Bruce Pearl: “Crecí en Boston y no me perdía un partido de aquellos Celtics así que sé lo que digo: Oden es un Russell aún más grande”.



El tiempo se ha parado para Oden, congelado en una estación por la que ya no pasa ningún tren. Le queda, bien lo saben en Portland, un referente en Bill Walton, aquel número 1 del 74 cuya carrera estuvo a punto de ser aniquilada por las lesiones y que no jugó una temporada completa y con salud hasta la 76/77, en la que fue el mejor de la liga en rebotes y tapones… y la piedra angular del primer y único anillo de los Blazers. Pero ni Walton tuvo que lidiar con lo que le ha tocado vivir a Oden: el 14 de septiembre de 2007 una operación en la rodilla derecha le impidió debutar en su primer año. En su segunda temporada, aunque como rookie, se manejó por encima de los 130 kilos con un serio problema de sobrepeso vinculado a su larga rehabilitación. Jugó 61 partidos, 39 como titular aunque con pocas trazas del jugador que la NBA quería ver: 8'9 puntos y 7 rebotes por partido. Una noche de 24+15 enseñó al jugador que escondía aquella maldita pelea con esa fortuna que no aflojó el nudo de la soga ni en el día de su estreno NBA. Ante Lakers y en el rutilante Staples, sólo jugó 13 minutos antes de lesionarse en un pie.

 

La temporada 2009/2010 debió ser la de su despegue. Fue la consumación de la catástrofe: sus números y sus sensaciones mejoraban partido a partido hasta que el 1 de diciembre captura por primera vez 20 rebotes. La NBA contiene el aliento ante la eclosión tardía pero imparable de Oden… que cuatro días después, un maldito 5 de diciembre de 2009, sufre una grave lesión en la rótula de la rodilla hasta entonces menos dañada, la izquierda. Se pierde el resto de esa temporada y se pierde, hasta hoy, su carrera. El 17 de noviembre de 2010 se anuncia otra lesión en la rodilla izquierda y otra temporada suspendida en el éter. Durante el pasado lockout y a pesar de la renovación que le firman los Blazers, el rumor crece hasta confirmar una nueva tormenta de arena sobre el jugador incapaz de serlo: la recuperación se enfanga, la rodilla derecha necesita una operación. Es 3 de febrero de 2012. Apenas diecisiete días después es la rodilla izquierda la que tiene que pasar de nuevo por quirófano. Esa segunda operación lleva a otra porque descubre nuevos daños en los cartílagos.



¿Cuántos jugadores de la NBA han regresado de trances infernales con las lesiones? Muchos, por suerte. ¿Cuántos han superado un vía crucis como el de Greg Oden? La respuesta es mucho más concreta: ninguno, jamás. La pasada fue la quinta temporada de Oden con contrato NBA, la tercera en blanco para su currículum. En las otras dos jugó un total de 82 partidos, número redondo en el universo NBA y cruelmente irónico en esta historia: 82 son los partidos de una Temporada Regular completa. Apenas 60 partidos como titular y unos promedios totales de 9'4 puntos, 7'3 rebotes y 1'4 tapones. La nada: 1815 minutos en las canchas NBA, 773 puntos, 602 rebotes, 117 tapones…

 

Una decepción vivida en tiempo real por aficionados, medios de comunicación y cualquier curioso que haya querido asomarse por allí. Síntoma de nuestro tiempo, blog para contar la primera rehabilitación y blog del propio Oden, significativamente mudo desde octubre de 2009. El proceso social desesperante y revelador: del ánimo y la esperanza a la crítica y de ahí a la burla. De la empatía al desapego, de culpar a los hados a culparle a él por cualquier razón, culparle por ser un tipo sin estrella, caído en desgracia. En el prospecto del draft de 2007 no se avisaban efectos secundarios, no se sugerían ni las tramas ni los traumas mientras aquel espigado chico de la Universidad de Texas, Kevin Durant, se convertía en el nuevo emblema global del baloncesto. Primero culpamos a la suerte por apartar su vista de los nuestros, después a la víctima por no darnos lo que su simple mención sugería. Oden, machacado en las redes sociales, el termómetro de esta sociedad febril y posmoderna. Destrozado, ripped, por la ciudad que el clásico speaker Bill Schonely bautizó en los 70 y en otro contexto mucho más feliz como Rip City: Portland, sepulcro de los sueños de un chico corriente que primero quiso ser dentista y después, por no negar los dones de la naturaleza, jugador de baloncesto.

 

Dudas sobre su compromiso con la rehabilitación, sobre la ética de trabajo de quien pareció de repente un millonario descarado que disfruta de los réditos de un billete de lotería robado. Dudas y acusaciones sin más prueba que sus aireados escarceos con el alcohol y algunas fotos colgadas en la red (algunas con poca ropa: pecados de juventud más indecorosos que ofensivos) y sin más carburante que el paso del tiempo y la frustrante falta de buenas noticias. Cargas de profundidad contra un joven de 24 años que asegura que sus días son una sucesión interminables de horas en la máquina elíptica, sobre la bicicleta, en la piscina… No importa porque no hay resultados. Y así se justifica el tránsito de  la empatía a una decepción cada vez más amarga y de ahí al olvido. Así somos y así nos lo recuerdan historias como ésta. Regalamos migajas de edulcorada atención hasta que los planes se tuercen y entonces aplicamos la estrategia de tierra quemada antes de mirar para otro lado. Hoy más que nunca porque nos enredamos en microhistorias, consumimos la actualidad en fragmentos de caducidad inmediata y leemos en hipervínculos. El desván de la memoria se llena de cadáveres tan rápido que hay que vaciarlo, airearlo constantemente. Nos despistamos más, nos despistamos más rápido y nuestros ojos saltan de un lugar a otro movidos por impulsos en realidad muy primarios: colores más brillantes, sonidos más estridentes, figuras más estrambóticas. El corpus de esta nueva sociedad de la información es todavía un bebé cuyo principal alimento son seres humanos triturados, licuados, consumidos hasta el hueso. Seres humanos como Greg Oden, un tipo bonachón que no pidió nada de todo esto, que creció y creció soñando con ser dentista y que nunca tuvo una concepción especial de sí mismo. Nada importa porque Eduardo Galeano tenía razón: el nuevo código moral no condena la injusticia sino el fracaso.

 

Vuelvo a la imagen que parece ya vieja y gastada, de allá por 2010, en la que Oden, casi siempre con muletas y con un constante atisbo de melancolía en una mirada sin brillo, aseguraba que para él “un buen día era aquel en el que podía caminar un poco sin que le dolieran las rodillas”. Ya entonces costaba reconocer a la súper estrella universitaria que fue, no digamos atisbar a un futuro All-Star de la NBA. La frase es una demolición, casi un dramático epitafio a una historia tan imposible que sigue sin ser escrita. Es, en un puñado de palabras, el diario de un hombre destruido, incapaz de volver a hacer lo que mejor sabe hacer, lo que le hacía sentirse querido. Por eso hay que interpretar esta tragedia más en términos de afectividad que de vanidad, la serena pero nostálgica dosis de realidad de quien aprende a estar de repente solo y apenas puede pedir auxilio con mucho disimulo. Y mucho pesar.



Lo sencillo es recordar ahora y en avalancha que Greg Oden ha ganado en este lapso NBA, toda una vida concentrada en un parpadeo de ojos, más de 23 millones de dólares. Lo fácil es tirar de calculadora y sarcasmo: 280.487 dólares por cada uno de sus ochenta y dos partidos, más de 38.000 dólares por cada uno de sus 602 rebotes con el número 52 de los Trail Blazers. Ahora la premisa bienpensante es quitarse esta historia de encima y quitarle importancia, recordar que los verdaderos dramas de la ciudad de Portland se agolpan junto a los sin techo que duermen bajo la sombra gigantesca del puente de Burnside. Cierto y mil veces cierto. Tan cierto como que esas limpiezas de conciencia colectiva niegan el hecho esencial de que los deportistas son lo que hacemos de ellos y ganan lo que hacemos que generen, y ribetean el viejo axioma de que no tienen derecho a inspirar lástima, en última instancia, quienes tienen sacos de billetes debajo del colchón. Así somos y así desmontamos pieza a pieza lo que antes hemos construido, consumidores compulsivos de las grandes historias que cuenta el deporte, ávidos por emocionarnos con un triunfo, un récord, un sueño cumplido o una historia de superación.

Oden5

Sin esas historias en las que actualizamos a Ulises y a Hércules, sin esas moralejas en las que Cenicienta se casa con el príncipe y Goliath cae derribado una y cien veces, el deporte, la gran catarsis de nuestra sociedad, sería apenas una hueca hoguera de vanidades. Pero por suerte sigue abrazando mucho de lo mejor que tiene el ser humano, esa energía atávica y primaria que conecta a los chiquillos que juegan en un patio descascarillado con los hombres que ponen en juego un título, millones de ilusiones y puñados infinitos de dólares en una cancha NBA. Greg Oden, para el que un día feliz es un día sin dolor en las rodillas, cargó desde el instituto con las miradas de todo un país y desde el 28 de junio de 2007 con la responsabilidad de legitimar un número 1 de draft y llevar sobre sus hombros las ansias de gloria de todos los aficionados al baloncesto del estado de Oregón. Un proceso que ha revelado un negativo en carne viva para un hombre sensible, inteligente y reflexivo. Sísifo redivivo, un choque tras otro contra su propia frustración, una consciencia demasiado nítida sobre cuánto y para cuántos está resultando una decepción colosal. Una exigencia excesiva y ansiosa que ha devenido en una fragilidad psicológica demoledora para quien no sólo necesita rehabilitación física sino también reeducación fisiológica y cicatrización psicológica. Con el proceso en cuarentena todos los esfuerzos de Greg Oden son tierra yerma, la costa hostil y rocosa en la que naufragan una y otra vez sus rodillas, agotadas.

 

Greg Oden, demasiado empeñado en examinarse y demasiado envarado en las expectativas que despertó (recuerdo: el nuevo Bill Russell), ha llorado mucho. Y lo ha hecho apartado de los focos y las redes sociales. Cuando jugó, aquellos 82 partidos, lo hizo con cemento en las zapatillas, con la constante espada de Damocles que le obligaba a ser lo que sabía que podía ser, lo que todos necesitaban que fuera: su equipo, sus rivales, la NBA. Presión, frustración, estrés: ingredientes que cocinan a fuego lento esos miembros que en un momento dado dicen basta, cansados de cargar con más de 110 kilos pero cansados sobre todo de cargar con miradas de duda, con escrutinios milimétricos, con sentencias demasiado tempranas.



Las críticas, las exigencias, las malas noches en la cancha que te persiguen horas después como duendes que secuestran las horas de sueño… Un océano en el que cada vez resulta más difícil rastrear la confianza en uno mismo. Los psicólogos deportivos lo llaman arousal, el nivel de activación física y psicológica que permite el rendimiento óptimo de un deportista, una interacción compleja a la que castigan los extremos de excitación y presión, arquitectos de un bucle hacia ninguna parte que conduce a otro concepto clave para entender el miasma en el que se mueve la mente del deportista de elite: la teoría de la catástrofe, un fallo en la ejecución alimentado por la ansiedad competitiva, más dañina en tipos con una alta ansiedad cognitiva que se deshacen entre sobrecargas emocionales por miedo a la decepción, a la derrota y al fracaso…  Un capítulo obvio en la historia de Greg Oden, un buen título para este artículo sobre la historia ya gastada de un gigante sin suerte en la era de los bases y el small ball, los quintetos de pocos centímetros. Una era en la que sin embargo y en su impulso más primario todos -General Managers, entrenadores, jugadores, aficionados…- siguen buscando al gran pívot, al perro grande que mantenga a todos a salvo. Una quimera cada vez más lejana pero vigente porque hay algo en el pívot que llena de esperanza y temor los sueños de baloncesto. Todos quieren ganar y saben que es más fácil con un Kareem, un Shaquille, un Olajuwon, un Russell, un Chamberlain, un Moses Malone, un Ewing, un Robinson.... Así que sí, todos o casi todos habríamos elegido a Oden en aquel draft de 2007 por mucho que después de un fracaso hasta los planes mejor elaborados parezcan absurdos…

 

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sábado, 05 enero 2013

Por Juanma Rubio

Pau Gasol en la encrucijada

Dantoni

Voy a escribir un artículo sobre Pau Gasol. Y advierto que los que escrutan a nuestros deportistas con la bandera de España entorpeciéndoles la visión pueden parar de leer aquí y ahora. Y también pueden dejarlo a tiempo los corazones sensibles que asociarán de forma histérica las críticas, por constructivas que pretendan ser, con poco reconocimiento a una carrera y unos méritos indiscutibles. Advierto finalmente que mi opinión es, ventaja o hándicap, la del seguidor de los Lakers desde los tiempos del showtime. Pedigrí que le recibió como angelino y que le sobrevivirá.  Hechas estas advertencias, esto es lo que quiero decir: ¿Pau Gasol está mal? Horriblemente mal ¿Toda la culpa es suya? No ¿Toda la culpa es de los demás? Tampoco. Pau Gasol no es un jugador ni incomprendido ni maltratado. Ha ganado más de 120 millones de dólares desde su llegada a la NBA en 2001, y no cuento los más de 19 que tiene garantizados para la 2013/14: el noveno sueldo más alto de toda la liga. Pau Gasol ha ganado dos anillos y jugado cuatro All-Star en una liga en la que aterrizó siendo Rookie del Año. Criticado, sí. A veces justamente y a veces con excesiva dureza, otra vez sí. ¿Incomprendido y maltratado? Desde luego que no.

 

La perspectiva demuestra que tampoco lo fueron Sergio o Rudy, a los que sencillamente no les fueron las cosas como esperaban mientras aquí se buscaban culpables y antídotos. Una caza de brujas chovinista que a veces afea a los propios deportistas, que no suelen tener culpa alguna. Un exceso de celo patrio que resulta especialmente ridículo, y creo que innecesario, en deportistas de la categoría –ciclópea- de Pau Gasol o Fernando Alonso, los dos en los que percibo con más nitidez cierta suerte de pastoreo sobreactuado que creo que no se da en el entorno de otro gigante como Rafa Nadal, seguramente el más grande de todos. Son deportistas de tal rango que no necesitan nada de eso. Y creer que sí es imaginarlos más pequeños de lo que son. Ni el snobismo del que aplaude sistemáticamente lo de fuera ni patriotismo paleto. Pau Gasol es el mejor jugador de la historia del baloncesto español, y creo que nadie puede dudarlo a pesar de que Navarro se empeña en animar el debate. Pau Gasol está en el panteón de los mejores no estadounidenses de siempre y su relevancia descomunal reúne los tomos I, II y III del salto a la estratosfera de nuestro baloncesto y de nuestro deporte. Un español jugando en los Lakers con relevancia de estrella, haciéndose asiduo del All-Star y ganador de dos anillos con enorme peso específico en ambos. Lo que éramos, lo que somos tras décadas de transformación social y lo que podríamos ser reflejado en el deporte. Un reflejo feliz y tan necesario en tiempos nefastos como los que vivimos.

 

Me voy por las ramas mientras retumba en mi cabeza la decimoséptima derrota de los Lakers en treinta y dos partidos, ante (sal en la herida) los Clippers, el vecino que ha virado de pobre a pujante por obra y gracia de (triple ración de sal) Chris Paul, que fue laker durante un puñado de horas, hasta que Stern convirtió en reversible un traspaso consumado. Pau Gasol terminó el partido con 2 puntos, 1/6 en tiros de campo, 4 rebotes, 2 asistencias y un -20 en diferencia de puntos durante sus parciales en pista, otra vez restringidos en un último cuarto en el que sólo jugó porque salió eliminado Howard. El partido de Gasol fue horrible pero no fue sólo un partido horrible: el motor no arranca, ni antes ni después de la tendinitis, y se ha metido en un túnel subsónico que devora las buenas intenciones y las buenas soluciones para todas las partes, que ahora ni se adivinan. Él está en un momento físico extremadamente delicado, Mike D’Antoni no tiene ni la más remota idea de cómo hacer funcionar al equipo cuando él y Howard coinciden en pista y su valor de mercado se desploma progresivamente hasta convertir en una quimera cualquier salida que beneficie a Lakers. 32 años, recientes problemas de rodillas, los peores números de su carrera y un contrato ahora mismo fuera de mercado. Los Lakers ya ni sueñan, salvo carambola al borde del cierre del mercado, con que Atlanta le considere caza suficiente como para dejar ir a Josh Smith. Y no hay proyecto ganador a corto plazo que necesite un Pau Gasol en el que invertir a ojos ciegas antes de que acabe el invierno en busca de un asalto al anillo en primavera. La situación es peliaguda.

 

El partido ante los Clippers volvió a demostrar que D’Antoni y Pau Gasol hablan distintos idiomas por mucho que intercambien promesas en restaurantes griegos de Manhattan Beach. En realidad en los Lakers casi todos hablan su propio dialecto y así zozobra esa lujosa pero hueca Torre de Babel. Vuelvo al derbi de Los Angeles: Gasol apenas jugó 27 minutos y desapareció del flujo ofensivo arrinconado en posiciones de tirador abierto, un rol que no es para él por mucho que su actual entrenador se empeñe; O se vea obligado a empeñarse. Así fue su primera intervención en el partido: Nash aglutinando defensas,  Griffin acudiendo a cubrir la continuación de Howard y liberando a su par, Pau Gasol, en un triple abierto y cómodo… que el español falla. Ese tipo de jugadas se suceden y los Lakers pierden de vista al único Gasol que hasta ahora les ha resultado útil con el actual sistema, el que ejerce como distribuidor desde el poste alto cuando Nash ataca por el centro y con los dos pívots inician la jugada en la cabeza de la zona,  Howard en continuación hacia el aro y Pau como ancla y facilitador. Así rondó las cinco asistencias en sus mejores partidos de esta triste, tan triste temporada. El esperpento siguió tras la derrota. D’Antoni no supo explicar las razones del mal partido del español, Nash no se explicaba su falta de participación, Kobe tampoco aunque la reclamó y el propio Gasol se limitó a decir que él no ordena las jugadas de ataque. Un buen retrato de lo que son estos Lakers. No me chilles que no te veo. Babel.

How

Números de divorcio, números de declive


Los números no fueron, y eso es lo peor, un accidente obsceno.  Impropios de la carrera de Pau Gasol, impropios del noveno contrato más alto de la liga, más de 19 millones que superan los ingresos en esta 2012/13 de Chris Paul, Kevin Durant o LeBron James.  Su media de minutos es la menor desde 2005 con la única excepción de los vaivenes de la temporada del traspaso a Lakers. Apenas juega el 52% de los minutos después de dos temporadas en las que fue el laker más usado por encima de Kobe: 77% en la 2011/12 y  76% en la pasada.  Su ratio de productividad se ha hundido, es la temporada en la que menos tira (11’6) y menos mete (4’8) en cada partido (6’7/13 como rookie). Sólo en la 2003/04 tiró por debajo del 50% (48%). Ahora está en un decadente 41%. Nunca en su carrera había tirado menos de cuatro tiros libres por partido y está también en mínimos personales en rebotes de ataque (2’3).  Por no hablar de los hasta hace poco inimaginables 12’7 puntos por partido, una miseria para un jugador cuya primera década en la NBA le emparentó estadísticamente, esos estudios tan a la americana, con Kevin McHale o Elgin Baylor.

 

Las estadísticas no sólo escenifican el retroceso de Gasol desde la gloria de los dos anillos sino que lo exponen en términos de eficacia y posicionamiento en pista. El actual Gasol apenas tira el 34% de sus tiros desde la pintura, un mal sueño tras las cifras cercanas al 50% en los mejores tiempos de la era Phil Jackson. Y cuando busco gloria recuerdo los dos pasos por playoffs de los que los Lakers salieron campeones: en el primero 18’3 puntos, 10’8 rebotes y un 58% en tiros de campo. En el segundo, 19’6, 11’1 y 54%. La pasada temporada, la segunda de dos malas aplicaciones personales seguidas en las eliminatorias, 12’5, 9’5 y 43%.  Actualmente su producción mejora como ‘5’ y los Lakers son ligeramente mejores en ataque y ligeramente peores en defensa con él en pista. Los quintetos que más le favorecen le emparejan con Jamison, Hill o Metta World Peace en el puesto de ‘4’, nunca con Howard. Y conviene recordar, más nostalgia, que el mejor Gasol por números y por sensaciones fue el que jugaba de pívot con Lamar Odom como escudero y dentro del triángulo ofensivo de Phil Jackson. Otros tiempo y una certeza: en el actual momento de su carrera Pau Gasol puede ejercer de ‘5’ con variedad registros pero no de ‘4’ polivalente y capaz de abrirse para tirar con elasticidad física y eficiencia porcentual. Quien pensaba eso cuando llegó Howard, o cuando explotó Bynum, se equivocaba. D’Antoni, por cierto ni siquiera lo piensa. Le mueve la obligación, la inercia y la falta de plan. Ni B ni C ni, ahora lo sabemos, A.

Backs

Un guiño al corazón de los problemas: sólo el 2% de los puntos de Gasol están llegando vía mate y aunque nunca ha sido ni pretendido ser Blake Griffin ni Shawn Kemp, detrás de esa cifra se esconde la piedra filosofal del vía crucis: poca energía física, poco contacto con la bola cerca del aro.  Y el primer apartado le apunta directamente a él y negarlo, o no querer verlo, comienza a resultar mezquino. Está mal, rematadamente mal físicamente, en un punto tan bajo que necesita una explicación que trascienda los 32 años y los más de 35.000 minutos entregados ya a las canchas NBA. El cuentakilómetros envía avisos, los últimos a través de las rodillas, y Gasol aparece en cancha como una sombra lánguida: lento de movimientos y reflejos, sin energía para aprovechar su talento ofensivo, no digamos para disimular su discreto registro defensivo. Jugar como pívot puro podría ser el maná o podría terminar de desnudar esa falta de vigor. Una paradoja que enlaza con otra: cuanto menos se entiende con los Lakers, más se necesitan mutuamente. Ni él hace méritos para encontrar un destino noble ni su equipo encontrará quien le entregue a cambio piezas que le den el salto cualitativo que salve una temporada que apunta a siniestro total. Gasol ya no vale lo que valía hace poco más de un año, cuando David Stern tiró por tierra la operación que le enviaba a Houston Rockets y ponía a Chris Paul en Lakers. Una operación que era, apuesta fácil entonces y evidencia estruendosa ahora, el paso correcto en el plan maestro de Lakers: apurar los últimos sorbos de Kobe Bryant y construir un futuro que sobreviva a la Mamba Negra. Ahí se empezó a convertir en quimera un diseño que ha terminado de emborronar Jim Buss, el hijísimo, con su olvido de Adelman, su desprecio a todo lo que huela a Phil Jackson y sus apuestas por Mike Brown y Mike D’Antoni.

 

Así de cruda es la situación: su bajo nivel de implicación le aísla de sus compañeros pero le ancla a  su actual equipo. Es muy difícil de traspasar y eso obliga a D’Antoni a inventar formas de convertirle en útil. Mientras unos y otras imaginan un futuro casi imposible, Gasol sufre como un perro en emparejamientos como el del viernes ante Blake Griffin: ni le tiene piernas para defenderle ni su juego o el de su equipo le permiten darle réplica en ataque a base de fundamentos y envergadura. Gasol queda en evidencia, los Lakers se bloquean en un proceso que ya no es tal: el equipo parece haber tocado un techo de mediocridad al que no se le adivina remedio. Ya ni la plaza en playoffs parece fuera de peligro y aunque esta se alcance no se vislumbra cómo este equipo podría ganar, no ahora mismo, a los cuatro mejores equipos del Oeste.  No a siete partidos: rotación corta, plantilla avejentada, defensa irrisoria. Mike D’Antoni retratado tanto o más que cualquiera de sus jugadores; Un buen entrenador tiene que encontrar formas de sacar partido de buenos jugadores. Y es tan cierto que en Estados Unidos se critica con dureza a Gasol como que se recuerda su 24+8+7 en la final de los Juegos. Quienes se preguntan donde está ese jugador que cargó con el peso de toda España en un tercer cuarto heroico miran directamente a los ojos de un entrenador ahora mismo perdido entre sonrisas nerviosas y aspavientos, microscópico ante el recuerdo de quien ocupó su sillón hace no tanto, quien debería haberlo vuelto a ocupar ahora.

Jackson

Ese tipo, el maestro Zen que puede acabar en Brooklyn (¿qué te parece eso, hijísimo Jim?) era una bendición también para Pau Gasol, el entrenador que mejor le ha entendido, el que mejor le ha utilizado. Pero Gasol no fue feliz en el último tramo con Jackson y no lo ha sido, entre rumores de traspaso y partidos demasiado discretos, ni con Mike Brown ni con Mike D’Antoni. Así que parece evidente que parte de la culpa es suya y que la conclusión es que ahora mismo no ofrece un rendimiento acorde ni a su status  ni a su contrato. Son las reglas del juego y quienes aprecian ahora en el negocio trazas de canibalismo y poca bonhomía no las avistaban cuando Gasol firmó el 23 de diciembre de 2009 su extensión de 57 millones ni cuando los Lakers le sacaron del agujero negro que eran aquellos Grizzlies y le lanzaron, con su incuestionable aportación, a la disputa de tres finales de la NBA. Gasol tiene un año y medio de contrato y tiene que honrarlo para no estropear el final de una carrera legendaria para nosotros, brillante para cualquier aficionado al baloncesto en cualquier rincón del mundo. Sólo después se podría dibujar el futuro que casi todos le imaginamos: el Barcelona, la Euroliga, un palmarés estruendoso aún más enriquecido. Sólo entonces y si no siente la motivación o no encuentra la apuesta adecuada en una NBA donde, con mucho menos ceros en el cheque, seguirá teniendo ofertas. Esa es una de las pocas certezas de una situación convertida en quiste, una encrucijada que se resolverá esta semana, el próximo mes o dentro de un año y medio. Difícil imaginar hacia donde irá pero ahora mismo aún más difícil imaginar, y juro que me encantaría equivocarme,  más días de gloria para Pau Gasol en L.A.

 

 

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miércoles, 02 enero 2013

Por Juanma Rubio

El chico con el tatuaje de Sinatra

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Royce White tiene 21 años y un corpachón de 203 centímetros y casi 120 kilos repleto de tatuajes, uno de ellos de Frank Sinatra. Y tiene un rostro que vira a avejentado, de mirada profunda y ribeteado por una barba que homenajea a John Lennon. Royce White adora la música pero al contrario que tantos compañeros de canchas y generación prefiera a Prince o Adele antes que el rap y adora rebuscar entre la vieja colección de vinilos de su abuela. Tatuaje de Sinatra, barba de Lennon… Royce White es distinto, ni mejor ni peor, que tantos otros jóvenes afroamericanos que se abren paso a dentelladas en la jungla del deporte profesional yanqui. Lo es en la cancha por su talento diferente y orquestal (un brillante chico para todo, all around player) y lo es fuera de ella por culpa de un trastorno de ansiedad que le ha convertido en rara avis de un negocio que todavía venera al súper hombre y arrastra esquirlas de la idealización del macho alfa.

 

Royce White, aireado su problema mental, sólo vio caer su talento de top ten hasta el puesto 16 del último draft. Top ten: alero alto, 3-4, con las manos más grandes de toda la lotería y unas cifras en press de banca como ningún otro integrante del draft desde 2003. Fuerte pero sobre todo con un potencial descomunal como jugador capaz de anotar pero también y sobre todo de aportar en todas las disciplinas. Inteligente y distribuidor desde el poste, uno de esos raros point forward (un base pisando la pintura) que endulza cualquier sistema de ataque. Royce White se había medido de igual a igual en el año universitario a Anthony Davis, Thomas Robinson o Harrison Barnes (números 1, 5 y 7). Pero su particular problema abría un debate incómodo entre propietarios y general managers. El riesgo de dejar ir a una estrella contra el de no hacer diana en uno de los mejores drafts de los últimos años. Una situación nueva para arquitectos de equipos acostumbrados a manejar otras variantes en la proyección de tantos chicos tan jóvenes y tan talentosos: madurez, ética de trabajo, engine (motor)… Boston Celtics le prometió el 21 que finalmente fue para Jared Sullinger. Royce White salió del agua antes, en el número 16, pescado por Houston Rockets, equipo en reconstrucción que se limitó a medir en términos de capacidad y oportunidad. A partir de ahí podría, y hubiera sido precioso, haber comenzado uno de esos cuentos de hadas tan a la americana: White se integra con su enfermedad bajo control, sirve de inspiración para otros que sufren el mismo mal u otros similares e incluso opta desde la estación más temprana de la temporada al galardón de Rookie del Año.

 

Nada de eso ha sucedido. De hecho hasta ahora casi nada ha ido bien. Porque esta no es una historia de superhombres y sus hazañas hercúleas. Esta es una historia sobre una persona y sus conflictos. Pequeña o grande, es una historia sobre el mundo real.

 

La situación, la realidad, es la que sigue desde aquella noche de lotería del 28 de junio en el Prudential Center de Newark: Royce White falta al arranque del training camp de los Rockets, el 1 de noviembre en McAllen, porque negocia en ese momento una solución (viajes en autobús) para un terror que es dinamita para su problema de ansiedad: los viajes en avión. Menos de dos semanas después protagoniza otra espantada cuando los Rockets insinúan su asignación a la D-League (Rio Grande Valley Vipers) junto a otros dos rookies: Scott Machado y Donatas Motiejunas. Desde entonces ha cruzado, con Twitter como invasiva arma de doble filo, insinuaciones, acusaciones y reconciliaciones a medias con una franquicia con la que todavía no ha debutado en Regular Season y en la que su única promesa de un futuro feliz ha sido su paso por la Summer League de Las Vegas con unos saludables promedios de 8’4 puntos, 7’2 rebotes y 3’6 asistencias por partido. La situación se acaba de agravar con el fin de año cuando el jugador, missing, ha rechazado otra vez engrosar las filas del afiliado en Liga de Desarrollo de los Rockets.

 

White marca terreno: “He decidido junto con mis médicos que no sería bueno para mí salud”. Y después golpea: “Desde las oficinas de los Rockets no pueden decidir sobre mí personas que no están cualificadas desde el punto de vista médico”. En Texas por ahora capean el temporal y ni por asomo se plantean dejar ir al jugador y su contrato garantizado por dos temporadas (1’6 y 1’8 millones de dólares). Pero el debate se complica en Estados Unidos. White, que hizo pública su problemática para ayudar a otros que la padecen, puede estar lanzando piedras contra ese tejado al que ha comprometido mucha de su energía. Si la cosas se tuercen definitivamente, ¿habrá cerrado la penúltima puerta a otros jóvenes deportistas con trastornos como el suyo o similares? ¿Está ayudando a destruir un tabú o agigantándolo en un país en el que algunos ya le ven como un joven casquivano que gana mucho dinero y practica el absentismo laboral? ¿Cobija en esos problemas de ansiedad otras fallas disciplinarias o se trata de un pionero capaz de reescribir las normas y de establecer nuevos vínculos de comprensión y sostenibilidad de la salud mental de los deportistas en la franquicias estadounidenses? El asunto es peliagudo porque ya no sólo le afecta a él. Y lo es como lo es cualquier cuestión en la que colisionan las esferas pública y privada. 2012: luz y taquígrafos sustituidos por webs especializadas, redes sociales e inmediatez febril.

 

Cargas pesadas se tenga o no esos problemas de ansiedad que son definidos así por quienes los padecen: “es como si fueras un coche. La mente es el motor con el acelerador pisado a fondo pero el cuerpo sigue parado en plaza de parking”. Adrenalina disparada, miedo y secuelas físicas que trascienden el epicentro de los ataques. Taquicardias, manos temblorosas, verbo acelerado. Y en el caso de White miedo a volar, otro trauma delicado en esta NBA de constantes e interminables giras. Y todo desde que jugando al baloncesto con apenas diez años un amigo suyo, LaDream Yarbrough, casi cae fulminado por un problema cardiaco hasta entonces oculto. Sobrevivió pero sus convulsiones y su flirteo con la muerte cambiaron para siempre a Royce White.

 

Ahora White se enfrenta a un negocio que su médico, la doctora Mary Wilkins, le dibujó como “creado para destruir” a tipos como él. Un mundo que quiere historias extraordinarias y que huye de lo humano en busca de proezas y sagas posmodernas. Y que todavía glorifica el ideal del macho y sus atributos en una estrechez de visión que no ayuda a comprender a un chico con un problema tan mundano pero a la vez no demasiado cotidiano como Royce White. Un mundo que regala pero también destruye sueños, que aterra: el gurú universitario John Calipari explicó que Michael Kidd-Gilchrist, su guerrero ultra competitivo en Kentucky y número 2 del último draft, le llamó en verano aterrado y minúsculo. Se sentía, un tipo que es proyecto de jugador tremendo por consenso, demasiado poco para triunfar en ese afilado Himalaya que es la NBA.

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Calipari precisamente le quiso en Kentucky y logró un compromiso que se rompió porque White no subió al avión que le debía llevar a una Universidad que rechazó, según su versión, porque no era un buen lugar para criar a un bebé. Su novia se acababa de quedar embarazada, él quería jugar más cerca de casa y eligió para sorpresa de muchos Iowa State. El exjugador Fred Hoiberg fue su entrenador en los Cyclones, confeccionados por un Jamie Pollard que pronto supo que White no era un jugador más. Al final de una cena en su casa con los recién reclutados, todos salieron a tirar unas canastas con los hijos de Pollard. Todos menos Royce White, que se quedó tocando el piano con la hija pequeña del ejecutivo. La música ha sido hasta ahora un lugar menos contradictorio para él que el baloncesto. Sueña con dar forma al sello discográfico IAMU después de un período en el que dio por completo la espalda al baloncesto y se encerró en un estudio de grabación, hastiado de los desórdenes de una estrella de instituto inmadura, problemática y con un trastorno con el que todavía no se había ni familiarizado ni conciliado. Baloncesto y chicas, denuncias por robo y agresión a vigilantes de seguridad, incluso sospechas sobre reclutamiento ilegal cuando pasó de DeLaSalle a Hopkins High School. Todo eso pero también el alumbramiento mediático cuando se le nombró segundo mejor alero de High School de todo el país. Inmadurez y ansiedad, un cóctel molotov. Anunció su adiós al juego en un vídeo de Youtube que pronto tuvo que retirar y finalmente volvió para triunfar en el baloncesto universitario y exhibir una vida transformada: hábitos saludables, rutinas controladas y una recién descubierta madurez. Una joya peligrosa (comparaciones con Boris Diaw o Antoine Walker) que susurraba en el oído de todos los cazatalentos que rodean a la noche del draft: pensar en términos de riesgo o de oportunidad con un jugador de casi siete pies que lideró a Iowa State en puntos, rebotes, asistencias, robos y tapones. All around player y un físico listo para triunfar en la gran liga. ¿Y la mente?


Ahora mismo esta es la situación. No sabemos si se desbloqueará, si Royce White debutará esta temporada, si será un habitual en el fin de semana del All-Star o si no llegará a jugar nunca en la NBA. Me encantaría que le fuera bien, me encantaría que viviera una carrera lo más normal posible con su enfermedad bajo control. Me gustaría que se transmitiera ese mensaje, para él y para todos, los que sufren problemas mentales y los que no terminan de asumirlos como las patologías que son, ni excluyentes ni intratables. Creo que White fue valiente al hacer pública su condición antes de ser jugador profesional y de haber firmado ya su primer contrato con un montón de ceros. Él hizo lo que no hicieron en el albor de sus carreras otros que han convivido con la ansiedad como Ricky Williams y Brandon Marshall (NFL) o Zach Greinke (MLB). Y él se defiende ahora de los que mezclan enfermedad con falta de disciplina y ambición: “Quizá vosotros sacrificaríais vuestra salud por hacer carrera en el baloncesto profesional. Pero yo no pienso hacerlo”.

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El deporte profesional es un monstruoso lienzo de colores chirriantes y contrastes imposibles, una selección magnificada de lo que es la sociedad. De lo que somos para lo bueno y para lo malo. Seguramente sea un error extraer conclusiones universales de las vivencias de un chico que juega al baloncesto, una historia entre un millón, y desde luego lo es hacerlo cuando todavía está a medio escribir. O eso espero. Pero lo haremos, lo uno y lo otro, porque así devoramos todo para alimentar al monstruo social que habitamos. Por eso creo que merece la pena echar un vistazo cuando las cosas todavía no han ido ni heroicamente bien ni funestamente mal. Entre récords, victorias estruendosas y colisiones para los anales, no está mal revisar de vez en cuando estas historias que sudan realidad sin un ápice de cuento de hadas. La historia de una persona con un problema. Nada más. Por los deportistas, personas al fin y al cabo aunque a veces no nos guste y aunque muchas veces ni lo parezcan. Por quienes padecen lo que ellos con menos medios y sin ninguna ayuda. Y porque al final ese montón de historias, las pequeñas y las grandes, dibujan lo que somos, una moneda que a veces sale cara y a veces cruz y que para Royce White sigue en el aire, girando y girando.


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