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El blog de Juanma Rubio

Un blog para tratar el pasado, presente y futuro del baloncesto tanto nacional como internacional: ACB, ULEB, Euroliga, Eurocup y la NBA.

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lunes, 29 septiembre 2014

Por Juanma Rubio

¿Cuánto cuesta un quinteto campeón?

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Un montón de dinero, claro. Se insiste tanto en que derrochar no garantiza éxitos, lo que durante muchos años se ha podido llamar el paradigma Knicks, que a veces se olvida que el éxito (hablo del deporte profesional estadounidense) cuesta millones. Unas veces muchos, otras muchísimos. Para ganar anillos hay que gastar bien pero ante todo hay que gastar. Este análisis se refiere a la confección de los quintetos titulares que acaban alcanzando el éxito, no a las (evidentemente esenciales) plantillas completas ni a esos jugadores, sextos y séptimos en la rotación, que resultan más importantes que sus homónimos del quinteto. Sí, con Manu Ginóbili como arquetipo en los últimos años.

 

Cheques, impuestos, oportunidades

 

El debate sobre jugadores infrapagados y sobrepagados va y viene durante las temporadas pero nunca desaparece, estructural porque siempre habrá rendimientos que hagan justicia a los ceros del cheque y otros que se queden a años luz. La necesidad de estabilidad hace que se firmen hoy las cifras que se cobrarán dentro de cinco años, un problema porque algunos jugadores se tumban a la bartola cuando llegan los cheques de primera categoría pero sobre todo porque algunos se lesionan y otros pasan por altibajos en su juego o estado físico. Y todos envejecen. Por eso siempre habrá entre los diez mejor pagados unos cuantos que eran de los diez mejores unos años antes, no en ese momento. Aunque a cambio también hay en casi todos los equipos impecables trabajadores a precio de ganga y proyectos de estrella en ajustados contratos de rookie. Así que lo normal es que ni estén todos los que son ni sean todos los que estén. Esta es, de hecho, la lista de los diez salarios más altos que se pagarán por jugar en la NBA en la temporada 2014/15:

 

Kobe Bryant: 23,5 millones
Amare Stoudemire: 23,4
Joe Johnson: 23,1
Carmelo Anthony: 22,4
Dwight Howard: 21,4
Chris Bosh: 20,6
LeBron James: 20,6
Chris Paul: 20
Deron Williams: 19,7
Rudy Gay: 19,3
Kevin Durant: 18,9
Derrick Rose: 18,8
Blake Griffin. 17,6
Zach Randolph: 16,5

 

Hay cosas que concuerdan y cosas que no casi en la misma proporción. A partir de ahí, las circunstancias para valorar la justicia de cada contrato no dependen sólo del rendimiento estadístico y su trasposición al éxito colectivo, finalmente los elementos de juicio últimos y fundamentales. El proceso de ingeniería de mercados se complica en una trama de necesidades, oportunidades y las inevitables leyes de oferta y demanda. Retener a una buen jugador cuesta dinero, más en esos mercados pequeños donde el dinero vale más. Los centímetros garantizan mercado y buenos cheques a casi cualquier siete pies en condiciones de jugar. Kwame Brown ha ganado casi 65 millones de dólares en su carrera y Hasheem Thabeet roza ya los 17. Fueron números 1 y 2 de draft a hombros del viejo los fundamentos se enseñan, los centímetros no, padre de disparates cuando se toma como dogma de fe. Finalmente, rellenar necesidades concretas sale muy caro en este juego de especialistas, más cuanto más altas sean las miras: ¿O acaso hay que regatear con ese jugador que puede ser la pieza que complete el puzzle de un equipo campeón? El defensor exterior, el protector del aro, el reboteador, el tirador…

 

Además, los cambios de contexto convierten lo bueno en malo y viceversa. Chris Bosh, con sus enormes virtudes y sus notorios defectos, tenía una oferta gigantesca para ser la tercera vía que propulsara definitivamente la era Harden/Howard en los Rockets. Se llevó finalmente casi 120 millones por seguir cinco años en Miami Heat. Movimiento sobrepagado pero seguramente correcto en su contexto: no es mucho más de lo que, en el actual mercado, hubiera costado un jugador de su nivel. Y, el contexto, enviaba un mensaje de control de pánico tras la salida de LeBron en un equipo con, de repente y además, mucha masa salarial disponible. Otro nombre que salta especialmente a la vista es el de Rudy Gay. Pero su vínculo de cinco años por más de 82 millones se firmó en 2010, cuando algunos pensaban todavía que podía convertirse en el Dominique Wilkins de su generación. El tamaño de su contrato confunde: cobra como una estrella y no lo es, pero no es desde luego un mal jugador. Acaba de salir de una temporada de 20 puntos por partido con el mejor porcentaje de tiro de su carrera.

 

Así que casi todo es discutible, salvo casos extremos como los más de 48 millones que le han firmado a Kobe Bryant los Lakers. Demasiado incluso contando con la mezcla de gratitud y peaje que suele requerir la continuidad de una leyenda, un gesto en realidad más manirroto que gentil. Todo es discutible: incluso las teóricas concesiones económicas que hacen los jugadores cuando eligen jugar en un equipo y no en otro, porque no se tributa igual en todos los estados. Texas tiene las mejores condiciones fiscales de Estados Unidos y California las peores (13,3% de impuestos), así que Dwight Howard no renunció a tanto cuando firmó en Houston menos de lo que iba a cobrar bruto en Los Ángeles. El estado de California recaudó en 2012 casi 217 millones de dólares en tributación de sus deportistas profesionales.

 

Otro caso reciente y escrutado al milímetro: Carmelo Anthony ha renovado con los Knicks a cambio de 123 millones de dólares. El máximo que podía ofrecerle la franquicia era de 129 millones, de las que él habría cobrado sólo 66,7. El resto, 46 para impuestos federales y 16,3 para los del estado y la ciudad. Lo otra gran oferta que manejó, la de los Bulls, rozaba los 96 millones por cuatro años. Libres de impuestos, se habría llevado algo menos de 54.

 

Incluso existen impuestos exprés que se cargan a los jugadores por cambiar de estado para jugar sus partidos como parte del equipo visitante. Se les llama Jock Tax y hacen que los jugadores prefieran girar, por ejemplo, por una Southwest con tres equipos texanos y sólo un rival contra el que se paga ese peaje: los Pelicans. Todo esto forma parte de las lecciones con las que machacan con insistencia a los rookies cuando llegan a la NBA en reuniones en las que incluso se les hace repetir, como un mantra, la frase “I don’t want to go broke” (no quiero acabar en la ruina). Ya se sabe: muchos la tienen en cuenta y muchos no. El último Novato del Año, Michael Carter-Williams, puso en plazo fijo intocable los casi 4,5 millones que le garantizaban sus dos primeros años en los Sixers y está viviendo sólo de lo que produce por patrocinios y explotación de su imagen. Pronto llegará el momento de firmar su primer gran contrato, el salto definitivo para los jugadores que llegan a la liga y consiguen quedarse y hacerse un nombre. La generación de 2010, excelente en lo deportivo, ya se ha asegurado 577 millones (el 41% generado por productos de la Universidad de Kentucky, por cierto) en sus siguientes y actuales contratos: John Wall, Derrick Favors, DeMarcus Cousins, Gordon Hayward, Paul George, Larry Sanders o el último, Eric Bledsoe y los 70 millones por cinco años que le acaban de firmar los Suns.

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Quintetos: estrellas, roles, equilibrio

 

Las cifras de los contratos listados al comienzo resultan estremecedoras (y plenamente justificadas sólo en los casos de los LeBron, Durant, Paul y…¿quiénes más?) en la perspectiva de los 63 millones de dólares en los que está proyectado el próximo salary cap (tope salarial), un techo de gasto en salarios que incluye un suelo de 56,7 millones y que supone un aumento del 7,5% con respecto a la temporada pasada, en ruta hacia el crecimiento exponencial previsto para 2016 y que ha hecho que, por ejemplo, LeBron sólo haya firmado por dos años con los Cavaliers. El Rey será este año por primera vez, y este dato explica mejor que cualquier otro hasta qué punto es variable y extraña la ingeniería de contratos, el jugador con el sueldo más alto de su equipo. Nunca lo ha sido, en solitario, hasta ahora. Dos franquicias, once años, cuatro MVP y dos anillos después.

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Si se suman los salarios de la próxima temporada de los jugadores que previsiblemente serán titulares en cada equipo (con el margen de inestabilidad que implica la presunción todavía en septiembre), el resultado es que las franquicias invierten sus quintetos una media de 44,3 millones, casi el 70% de esos 63 millones de margen salarial. Quince equipos, la mitad la liga, están por encima de los 45 millones. Entre ellos, diez de los dieciséis que jugaron los playoffs 2014. Lo normal, con excepciones en los dos sentidos, es encontrar a los grandes aspirantes al frente del ranking y a los equipos en reconstrucción al fondo. Estos son los quintetos más caros para la 2014/15:

 

Brooklyn Nets: 73,8 millones
OKC Thunder: 59,2
LA Clippers: 59
Cleveland Cavaliers: 57,5
NO Pelicans: 57,4
Miami Heat: 54,6
Y estos son los más baratos:
Philadelphia 76ers: 13,9 millones
Orlando Magic: 14
Milwaukee Bucks: 28,5

 

Excepciones: Los Nets viven en esa realidad alternativa en la que el archimillonario Mikhail Prokhorov considera que el impuesto de lujo es una de esas extrañas costumbres americanas. Incluso sin Paul Pierce, siguen reuniendo los contratos de Deron Williams (19,7 millones), Joe Johnson (23,1), Kevin Garnett (12) y Brook Lopez (15,7). Los Pelicans tienen una cifra muy inflada después de asumir los contratos de Jrue Holiday, Eric Gordon, Tyreke Evans y Omer Asik. Y más si se considera que Anthony Davis todavía no ha firmado el contrato máximo que firmará con absoluta seguridad.

 

Excepciones: los Lakers, con un quinteto de más de 51 millones, tendrán negro meterse en playoffs. Y excepciones: los Spurs no pasan de los 39 millones (sólo hay once quintetos más económicos) y ganaron el pasado anillo con 38,3.

Excepciones y formas: los Spurs no sólo no gastan mucho sino que equilibran sus salarios entre los 12,5 millones de Parker y los 3 de un Kawhi Leonard a las puertas, claro, de una extensión súpermillonaria. En el otro extremo están los Rockets, que invierten 36 millones en Dwight Howard y James Harden y apenas 2,5 en Patrick Beverley y Terrence Jones para un total de 47,1 millones incluidos los 8,6 del pródigo Ariza. Beverley y sus 915.000 dólares son de hecho el sueldo más bajo de un titular en toda la NBA, a la altura de un Henry Sims que en teoría comenzará como pívot de los Sixers y por delante de los 981.000 que ha firmado un Wesley Johnson con opciones de ser el alero titular de los Lakers en disputa con el renqueante Xavier Henry.

 

Pero el algodón no engaña. Más allá de los Spurs, esta es la inversión en titulares para la próxima temporada de los equipos del Oeste que juegaron playoffs la pasada: Thunder 59,2 millones, Clippers 59, Rockets 47,1, Blazers 42,3, Warriors 53,7, Grizzlies 53,7 y Mavericks 50,1. Los eliminatorias del Este son más baratas en un sentido literal: 35,9 los Hornets, 39,7 los Hawks y 34,8 los próximos Raptors.

 

El salario medio de un jugador NBA es ligeramente superior a los cinco millones de dólares, una cifra que se dispara en los jugadores titulares que, más allá de ciertas creencias contrarias, se reparten el pastel entre puestos de forma notablemente homogénea. Un base titular cobra 8,7 millones de media, un escolta 7,2, un alero 9,1, un ala-pívot 9 y un pívot 9,5. En general, los jugadores altos sí que siguen siendo más caros y, mientras que hay pocos ala-pívots titulares a precio de saldo, los aleros alcanzan cifras medias similares gracias a un muy notable desequilibrio entre los mejores (que cobran mucho: LeBron, Durant, Carmelo…) y el resto. Históricamente ha sido así y los números lo refrendan: entre los 50 primeros del ranking de eficiencia de la pasada temporada hay 15 ala-pívots y 12 pívots por 11 bases, 9 aleros y sólo 3 escoltas, de hecho el puesto más económico y que tiene a sus representantes en los puestos 12 (James Harden), 34 (Demar DeRozan) y 43 (Monta Ellis). Entre los veinte primeros hay ocho ala-pívots y seis pívots. En el top-ten, cuatro y uno.

 

El milagro en movimiento de los Spurs, otra vez

 

Esos livianos 39 millones que cuesta el quinteto del actual campeón hacen que se pueda permitir una segunda unidad con jugadores como Ginóbili y Diaw, que además rinden por encima de sus sueldos en un ejercicio de rentabilidad máxima. Esa ejemplar perfección de proyecto, en lo deportivo y en lo ideológico, se traslada a la arquitectura de plantilla de una forma asombrosa: los tres quintetos más baratos que han sido campeones en los últimos diez años son… los tres de San Antonio Spurs. 2005, 2007 y 2014. El primero, 29 millones sobre tope salarial de casi 44 (cerca del 66%); El segundo 41 sobre 53 (más del 77%). Y el ganado este pasado junio, algo menos de 39 sobre 58,6 (un 66%). Con salarios además bien modulados en función del rendimiento: Duncan baja de los 17,4 millones de hace siete años a los 10,3 de la pasada temporada; Parker sube de 1,5 a 12,5.

 

El gasto en los jugadores que están en pista en el salto inicial para los últimos diez campeones se ordena así:

 

Lakers 2010: 62,7
Boston Celtics 2008: 61,6
Heat 2013: 60,1
Heat 2012: 55,3
Lakers 2009: 52,9
Mavericks 2011: 47,5
Miami Heat 2006: 42,3
San Antonio Spurs 2007: 41,2
San Antonio Spurs 2014: 38,3
San Antonio Spurs 2005: 29

 

No es casualidad que predominen los equipos articulados en torno a la concentración de estrellas: el big-three de Miami Heat (LeBron, Wade y Bosh acumulaba 47,6 millones en 2012 y 52,1 en 2013. Los últimas versiones campeonas de Lakers y Celtics también se formularon en torno a tres contratos monstruosos: Kobe Bryant, Gasol y Bynum se llevaban en 2010 casi 52 millones mientras que dos años antes Ray Allen, Kevin Garnett y Paul Pierce devolvieron la gloria a los verdes de Boston a cambio de 56 millones combinados.

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Una filosofía que obliga a sacar petróleo del resto de recursos: Lamar Odom o Derek Fisher en los Lakers, o la sorprendente evolución de Rajon Rondo en unos Celtics en los que Doc Rivers convirtió en una roca a un Kendrick Perkins cuyo contrato es ahora una roca para los Thunder. Y en los que sacó chispas de reservas como Eddie House, Tony Allen o James Posey. Como ha hecho Spoelstra en los últimos Heat con veteranos como Mike Miller, Udonis Haslem o Ray Allen, cuyo caso es también paradigmático: estrella  que cobraba 16 millones de dólares en aquellos Celtics que fueron campeones hace seis años y complemento de lujo que se llevó poco más de tres por, entre otras cosas, meter el triple que salvó la vida de los Heat en el sexto partido de las penúltimas finales, en 2013.

 

No es casualidad tampoco que se recuerde como equipos más corales y profundos a algunos de los menos caros, sobre todo Spurs y Mavericks y más allá de la incidencia estelar evidente de los Duncan, Parker o Nowitzki.

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Entrenadores, rookies, decisiones

 

Tampoco es casual que hasta el año pasado fuera Gregg Popovich el único entrenador NBA en activo que colaba su su salario (unos 6 millones anuales) entre los más altos de los head coach del deporte profesional estadounidense, una lista en la que mandan los gurús de la NFL: Sean Payton y Bill Belichick -ambos en el terreno de los 8 millones- además de Andy Reid, Pete Carroll o Jeff Fisher. En los últimos meses, Stan Van Gudy le ha sacado a los Pistons 7 millones anuales por, eso sí, entrenar y dirigir los despachos. Y Doc Rivers ha renovado en los Clippers a ritmo de diez millones anuales hasta 2019 gracias al provechoso escenario que se le abrió en clipperland la necesidad de ganar mezclada con la obligación de dar pasos en dirección correcta u unívoca para recuperar una imagen taladrada por el escándalo Sterling.

 

La rutina de ingeniería financiera que permite competir con garantías requiere de tino y delicadeza, y también de suerte, en firma de contratos máximos y ofrecimientos a los jugadores que salen de contratos rookies, una escala que ciñe de forma obligatoria el estreno en la liga de los elegidos en primera ronda: el último número 1, Andrew Wiggins, se asegura por esa condición algo más de 11 millones por sus dos primeros años de baloncesto. El dos, Jabari Parker, 10. Y así hasta los 2,3 del número 30 que cierra la primera ronda: Kyle Anderson, que jugará precisamente en esos Spurs tan habituados a optimizar contratos como el suyo.

 

La confección de ese quinteto que acaba siendo la estructura del edificio, sea Patrimonio de la Humanidad o una ruina con aluminosis, gobierna el proceso diario de toma de decisiones de las franquicias, especialmente de la que son meritorias y animadoras pero quieren ser más. Cuando hay que dar ese paso, casi siempre el más difícil, es cuando los Warriors se vuelven locos pensando qué hacer con los 15 millones de David Lee y los Blazers no dudan en igualar el ofertón de los Timberwolves y retener a Nico Batum, entonces agente libre restringido, por más de 46 millones en cuatro años. Porque sabían que en el peor de los casos no encontrarían cemento que orbitara mejor en le planeta Lillard/Aldridge y en el mejor estaban garantizando la continuidad de uno de los grandes aleros de la próxima NBA. Ya lo es, de hecho. ¿Sobrepagado? Ajustado al mercado y a las necesidades y disponibilidad de la franquicia.

 

Son estas decisiones sobre apuestas a partir de carencias en los quintetos, un hervidero cada verano, las que disparan o lastran el recorrido de las franquicias y las que encumbran o hunden las carreras de los general managers. Un problema que exige especial delicadeza cuando se trata con jugadores que salen de su primer contrato y para el que los actuales Thunder suponen un perfecto pero inestable experimento porque son un equipo forjado, desde la salida de Seatlle hasta las puertas del anillo, a partir de elecciones de draft. Kevin Durant y Jeff Green fueron números 2 y 5 en 2007 y Russell Westbrook llegó desde el 4 en 2008. Un año después, ya en Oklahoma, aterrizó James Harden desde el número 3 y se recultó a Serge Ibaka, elegido un año antes con el número 24.Las posteriores ampliaciones multimillonarias eran una apuesta inamovible en los casos de Durant, que firmó por más de 89 millones y cinco años en julio de 2010, y Russell Westbrook, 78,5 millones y otros cinco años en 2012. A partir de ahí, la franquicia negocia borrascas de cuya resolución dependen sus opciones de seguir siendo uno de los mejores equipos de la NBA durante la próxima década. Seguramente fue un error priorizar la salida de contrato rookie de Ibaka, que firmó 49 millones por cuatro años que empezaron a ser efectivos la pasada temporada, por delante de la de la de James Harden, que se quedó sin sitio, empujado definitivamente por su confuso desempeño en las Finales de 2012 y que firmó en Houston Rockets un contrato máximo poco después. Un problema que se repetirá ahora con Reggie Jackson, que apura un primer contrato que le dará menos de 2,5 millones esta temporada, ya en medio de tambores de renovación de los que saldrá un contrato mucho más alto en Oklahoma… o en otro sitio. Una situación no muy distinta a la de Steven Adams, que no pasará de los 2,1 millones ahora y que es la  llave para deshacerse de una vez por todas de los más de 9 que recibirá un Kendrick Perkins que está a años luz de ser un pívot titular a la altura de esos números y que nunca ha respondido a las expectativas de una operación que obligó a la salida de Jeff Green. Jackson fue número 24 en 2011 y Adams, 12 en 2013.

 

Un panorama en perpetuo movimiento que avanza hacia una interesante bifurcación: por un lado el exponencial incremento del salary cap que llegará en dos años y que seguramente premiará de nuevo a los más pudientes (jugadores y equipos); Por otro el actual y mucho más crudo marco del impuesto de lujo, de hecho prohibitivo ya para muchas franquicias aunque, otra vez, apenas una molestia para ese Midas Prokhorov que tiene a los Nets en casi 89 millones de inversión total en plantilla para una temporada en la que sólo se proyectan más allá del impuesto de lujo los Clippers y los dos equipos de la Gran Manzana, los Nets y esos Knicks que cargan con los casi 35,5 millones que suman entre Bargnani y un Stoudemire que cierra este año un contrato mastodóntico que le ha pasado por encima entre lesiones y la repentina ausencia de las asistencias de Steve Nash. Otro ejemplo de los peligros de la indigesta mezcla de oportunidad, necesidades, ingeniería de despachos... y suerte. Un sudoku en el que sólo hay una respuesta segura: hacer un equipo campeón en la NBA implica poner millones encima de la mesa. Unas veces muchos, otras muchísimos.

 

 

 

 

 

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miércoles, 24 septiembre 2014

Por Juanma Rubio

Todo es más grande en Texas

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En 1976, año bisiesto, nació Kevin Garnett y murió Agatha Chrisite; Rocky ganó el Óscar a la mejor película, el Mobilgirgi Varese ganó al Real Madrid la final de la Copa de Europa (81-74) y Nadia Comaneci (con 14 años) cambió la historia del deporte en los Juegos Olímpicos de Montreal con aquel 10 en barras asimétricas que dejó boquiabierto hasta al marcador electrónico, que enseñó un 1 porque no estaba preparado para una puntuación que hasta ese momento se consideraba inalcanzable para un ser humano. En la NBA, Boston Celtics ganó la final a Phoenix Suns y Kareem Abdul-Jabbar fue MVP en su primer año en los Lakers con 27,7 puntos y 16,9 rebotes por partido. Los Jazz estaban en Nueva Orleans, los Kings en Kansas City y los Clippers eran todavía los Buffalo Braves…

 

Y no hubo ningún equipo texano en playoffs. Por última vez y en circunstancia que no se ha repetido en los siguientes 38 años. Por entonces sólo doce equipos jugaban las eliminatorias (16 a partir de 1984), San Antonio Spurs y Houston Rockets jugaban en la Conferencia Este y Dallas Mavericks no era ni el proyecto que nació en la expansión de 1980. Desde entonces siempre ha habido al menos un equipo texano en las eliminatorias por el título y sólo siete veces ha habido solamente uno, cuatro de ellas los Spurs. Y diez veces han estado presentes los tres. Una verdadera declaración de firmeza competitiva, especialmente si se considera el potencial que ha tenido la Conferencia Oeste históricamente, más después de la era Jordan y en los últimos tres lustros. Y en una tendencia que no hace sino reafirmarse: de esas diez veces en las que los tres han jugado playoffs, seis han sido desde 2004: seis en once años. Desde 2000 (jugaron sólo los Spurs y cayeron en primera ronda ante los Suns) ha habido como mínimo dos y al menos uno en segunda ronda. 

 

Dice el viejo axioma americano que todo es más grande en Texas, everything’s bigger in Texas. Es el segundo estado más grande sólo por detrás de Alaska, mayor que los diez más pequeños juntos. En tanto espacio, claro, todo fue siempre más grande: las granjas, los ranchos, las fábricas. Además es también segundo en número de habitantes, muchos de los cuales perpetúan una tradición localista que les hace ser primero tejanos y después estadounidenses. Así que Texas tiene tres franquicias en sus tres grandes núcleos urbanos (Houston, Dallas, San Antonio), por delante -entre las que tienen más de una- de las dos de Florida y Nueva York y sólo por detrás de California y su superior masa de población en grandes núcleos urbanos (Los Ángeles, Sacramento, Oakland, San Francisco, San Diego…). En California hay cuatro franquicias (Lakers, Clippers, Warriors y Kings) que no replican, más allá del brillo dorado de los Lakers, la sostenibilidad competitiva de los equipos tejanos, situados en ciudades que por lo demás no alcanzan en cantidad y calidad la pulsión mercantil y el atractivo como lugar de residencia de Los Ángeles, Nueva York, Chicago o incluso Miami.

 

Texas, el Nuevo Reino de Filipinas para los colonos españoles, es un bastión de un Oeste en casi permanente escalada competitiva. Los Spurs y su milagro en perpetuo movimiento suman diecisiete presencias en playoffs seguidas con cinco títulos y han estado por encima del 50% de victorias desde 1997. Los Mavericks ganaron el título en 2011, como colofón a un histórico periodo desde que Mark Cuban asumió el mando (2001-2012), en el que no faltaron a playoffs ni bajaron de ese 50% de triunfos. Mientras, los Rockets han sido los que más altibajos han tenido desde sus títulos en formato back a back (1994-1995), ganados a lomos de Olajuwon mientras Michael Jordan jugaba al béisbol. Y lo más llamativo es que los tres equipos han encontrado su propia autovía competitiva en formatos de franquicia muy distintos. Un contraste del que la próxima temporada se podrá hacer de nuevo balance tras otra temporada, densa, dura y crucial: todas los son en la NBA.

 

Las tres deberían estar de nuevo en los playoffs 2015, salvo catástrofe Spurs y Rockets y con muchas papeletas los Mavs. El caso de San Antonio ha sido escrutado al milímetro tras el quinto anillo en quince años de un proyecto sostenido (Peter Holt-R.C. Buford-Gregg Popovich-Tim Duncan) que precisamente alcanzó la perfección en las finales ante Thunder (en el Oeste) y Heat. Este verano se ha limitado a alargar la vida del núcleo duro y renovar de forma rápida y limpia a jugadores instrumentales de su presente como Mills y Diaw. Poco ruido y muchas nueces a las puertas de una temporada en la que, a diferencia de lo sucedido antes de las cuatro o cinco últimas, nadie profetiza su colapso por saturación del cuentakilómetros. 

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Mucho más llamativo es el contraste entre los modelos de Mavericks y Rockets como fuerzas emergentes. En realidad casi antitéticos. Estrellas contra profundidad, personalidades fuertes fuera de la cancha o dentro de ella: Carlisle y Cuban contra Harden y Howard. La pasada temporada, los Rockets ganaron 54 partidos y fueron cuartos del Oeste y quintos de la liga. Los Mavericks, 49 y octavos, décimos de un top-ten global que, otra vez, incluía a los tres equipos de Texas. A los primeros les faltaba la profundidad de los segundos, que a su vez no tenían el diferencial individual de los Rockets con un Dirk Nowitzki todavía imponente pero ya en el tramo crepuscular de su carrera. Generalmente es más difícil ganar partidos en playoffs sin grandes estrellas que sin una inmaculada estructura colectiva, si bien los campeones acostumbran a tener ambas cosas. Unos y otros cayeron en segunda ronda pero, contra pronóstico, fue mucho más saludable la imagen de los Mavericks ante San Antonio Spurs (4-3) que la de los Rockets ante unos Blazers (2-4) que partían como víctimas de un rival que en octubre era aspirante wild card para algunos analistas. 

 

No sería raro que en la nueva temporada, los dos equipos frenaran exactamente en el mismo lugar: unos por falta de profundidad y armonía, otros por la ausencia de egos impulsores en los momentos decisivos. Ambos van a ganar muchos partidos a partir de estructuras radicalmente opuestas. Los Rockets siguen metidos en la revolución que inició en los despachos Daryl Morey para superar los traumas de la fallida era Ming-McGrady. Giros copernicanos muy arriesgados que valieron las imprevistas llegadas de James Harden y Dwight Howard pero que han hecho aguas por primera vez este verano en la búsqueda del tercer soldado: ni Carmelo ni sobre todo un Chris Bosh que casi tenía billete de avión para Houston cuando la salida de LeBron atronó en Miami pero que plantó a los Rockets en el altar y después de un flirteo que había amasado espacio salarial con las muy baratas salidas de los muy caros Lin y Asik. Los Rockets perdieron también a Chandler Parsons, que se fue precisamente a Dallas demasiado sobrepagado para los planes iniciales de Morey, que recuperó a un Trevor Ariza que se había ido cuatro años antes y víctima de la misma política acrobática y agresiva que ahora le devuelve a un equipo que necesita como el comer su capacidad de cubrir campo en defensa y de anotar triples liberados en ataque. Los Rockets no serán en definitiva muy distintos al colectivo ligero articulado sobre el dúo ultrapesado que forman Dwight Howard y un James Harden al que Kevin McHale permite unas ausencias defensivas que no tenía en sus años en Oklahoma City. Basta con revisar sus minutos emparejado con Kobe Bryant en los playoffs de 2010. 

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Esa inestabilidad -en positivo y en negativo- diseñada para competir a zancadas, choca con la reconstrucción a partir de la clase media que ha vivido Dallas Mavericks, que optó por rehacerse desde la cima justo cuando fue por fin campeón, en 2011. En lugar de agotar un proyecto que había tocado techo, retuvo a Nowitzki como fundamento de su identidad y removió todo lo demás. Primero hizo espacio económico y planes para unas grandes estrellas que dijeron sistemáticamente que no (LeBron, Howard, Deron Williams, Chris Paul, Chris Bosh…); Después evitó caer en el pánico a base de utilizar esa masa salarial en rellenar un roster híper profundo, con pocos reyes pero muchos alfiles. A la fuerza, pero sin dejar nunca de competir a partir del libreto de un entrenador como Rick Carlisle que está entre los mejores de la liga, marca una de las diferencias fundamentales con (por ejemplo) los Rockets y es la razón principal por la que los Mavericks fueron el rival más incómodo para los Spurs en los últimos playoffs.

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Esa necesidad hecha virtud de los Mavericks será aún más profunda ahora con el regreso de Tyson Chandler y la llegada de Chandler Parsons, Jameer Nelson, Greg Smith, Richard Jefferson, Raymond Felton o Al-Farouq Aminu. Química, profundidad y eje Ellis-Nowitzki al servicio de un excelente ideólogo que cuenta con una vasta red de mimbres que resulta incluso excesiva para algunos analistas. Todo lo contrario a Houston y lejos, como lo están todos los equipos de la NBA, del proyecto/milagro de San Antonio. Y finalmente sólo una certeza: los tres equipos texanos volverán a ser, animadores o favoritos, nombres propios en la nueva temporada. Queda ver cuánto y hasta dónde y si, al final y una vez más, todo es más grande en Texas.

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martes, 16 septiembre 2014

Por Juanma Rubio

Coach K: el padre de la redención

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Poco antes de los Juegos Olímpicos de Londres, el Team USA visitó el Cementerio Nacional de Arlington, donde descansan soldados de todas las guerras que ha librado el país de las barras y estrellas desde la de Independencia a las de Irak y Afganistán. Allí, entre una cuadrícula de interminables hileras de lápidas que descansan bajo las 72 toneladas de la Tumba al Soldado Desconocido, los mejores jugadores de baloncesto del mundo se quedaron absortos durante unos minutos que parecieron horas. “Ese día… sólo puedo asegurar que nunca lo olvidaré”, explicó después un Kevin Durant al que todavía atronaba el ruido de tanto silencio. Aquella visita, como la parada en una base militar de Corea antes del Mundial de Japón, formaba parte del programa que sigue a pies juntillas Coach K: Mike Krzyzewski, padre de la nueva era dorada de la Selección estadounidense de baloncesto.

 

La inspiración castrense le viene a Krzyzewski (que se pronuncia zha-zhev-ski) de su paso por la Academia Militar de West Point, donde se graduó en 1969, donde jugó y entrenó y donde conoció a Bobby Knight. Y, adaptada al ideario deportivo, forma parte del sistemático y constante proceso de reeducación en el que entró la Selección de Estados Unidos, en realidad todo el conglomerado que se parapeta bajo la estructura del USA Basketball, después de tocar fondo en el Mundial de Indianápolis en 2002 (sexta, 6 victorias y 3 derrotas) y en los Juegos de Atenas 2004, donde se llevó el bronce después de perder tres partidos, uno más de los que había perdido en toda la historia olímpica hasta entonces. En 2005 Jerry Colangelo se puso al frente de unas oficinas que eran todo caos y comenzó un proceso destinado a enterrar la noción de que a Estados Unidos le bastaba con reunir a los doce mejores jugadores disponibles en cada momento y lanzarlos a jugar tras concentraciones de menos de dos semanas y organización como mínimo laxa. El directivo Jim Tooley dijo entonces que la “la selección iba a acabar consiguiendo que todo el mundo odiara el baloncesto estadounidense”. Las razones: “Juntábamos a un puñado de jugadores, entrenaban unos días, les explicábamos de pasada un par de normas FIBA y les decíamos que se fueran a ganar un oro. No respetábamos lo que estaban haciendo todos los demás equipos así que no podíamos inculcárselo a los jugadores”.


De la improvisación había que pasar a pensar en términos de programa integral. En la decisiva hora de elegir arquitecto para la rehabilitación a la que luego se llamó Redeem Team (el equipo de la redención), Colangelo reunió en secreto a leyendas como Michael Jordan, Larry Bird, Jerry West o Chuck Daly. De entre todas sus vivencias en sus periplos con la selección y de entre todos los nombres que surgieron en esas interminables conversaciones terminó quedando uno por encima de todos: Krzyzewski.

 

Coach K es un tipo pragmático y extremadamente competitivo, en el que LeBron James dijo ver “todas las razones por las que estamos orgullosos de ser estadounidenses”. El sueño americano de un niño de origen polaco y cuna muy humilde que ha acabado siendo uno de los grandes entrenadores de la historia, ya miembro del Hall of Fame y al frente de la Universidad de Duke desde 1980, con récord de triunfos universitarios y un reguero de suculentas ofertas NBA rechazadas a lo largo de los años: de los Celtics a los Lakers a los más de 12 millones anuales que le pusieron sobre la mesa los Nets. Nunca ha habido forma de llevar a la gran liga a un tipo que es la K de Duke: cuatro títulos (el primero en 1991, el último en 2010) y billete para el torneo final en 29 de los últimos 30 años, 19 seguidos desde 1996 hasta el último, en 2014. Mucho más allá, las raíces de la familia Krzyzewski están ya hundidas en el tejido de la comunidad de Durham hasta lo inseparable. Más: la pista que pisan los jugadores que saltan al Cameron Indoor Stadium fue bautizada como Coach K e incluso existe, cada año y puntualmente desde hace casi tres décadas, un lugar llamado Krzyzewskiville (K-Ville): las explanadas de césped donde acampan los estudiantes que todavía no se han graduado para poder acceder a los partidos de Duke cuando llega el gran torneo universitario.

 


Bobby Knight, mentor que ya le contrató como asistente en la Selección para los Juegos de 1984 que acabó ganando el oro ante España, dice no haber visto nunca a nadie con la capacidad de Krzyzewski para “conocerse a sí mismo y a sus jugadores”. La Selección de Estados Unidos le permite ejercitar un tipo de liderazgo radicalmente distinto al de su día a día: de trabajar con jóvenes que sueñan con llegar a la NBA a hacerlo con los mejores jugadores de esa NBA. Un abismo que se sabe de memoria: también era asistente de Chuck Daly en el Dream Team de Barcelona 92 después de haber dirigido a la Selección en el Mundial de 1990. Entonces EE UU, con un grupo de jugadores no profesionales que no superaba los 20 años de edad media, fue tercera sólo a la espalda de dos versiones termonucleares de dos gigantes extintos: Yugoslavia y la Unión Soviética.

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Hasta que en 2005 aceptó un reto que por entonces era mayúsculo, un sudoku al que arrimaba pero en el que también ponía en cuestión su hasta entonces intocable reputación, la que nunca ha llegado a testar la NBA. Krzyzewski nunca aceptó entrenar a profesionales pero sí afrontó el reto de enseñar a los mejores de entre los mejores profesionales que sólo volverían a ser invencibles si entendían que habían dejado de serlo. Desde entonces ha ganado 75 partidos de 76, un 98,7% de triunfos que no han visto más derrota oficial que la de semifinales del Mundial de Japón ante Grecia (95-101), el 1 de septiembre de 2006. Hace más de ocho años. Ha ganado dos oros olímpicos y dos Mundiales, además de un Torneo de las Américas. Cinco campeonatos saldados con 44 victorias en 44 partidos… por una media de 31,4 puntos de diferencia.

 

La redención era eso pero no era sólo eso. Krzyzewski sabía que el baloncesto internacional había dado el salto al hiperespacio desde que el Dream Team arrasó Barcelona con muchos de los mejores jugadores de siempre. Y sabía que era importante volver a ganar casi siempre pero que era todavía más importante la forma en la que se ganaba. Por eso las concentraciones se han convertido en verdaderos campus en los que Coach K ensambla piezas, ajusta egos, establece vínculos, refuerza compromisos y explica las reglas de otro baloncesto y los peligros de rivales aparentemente inferiores. Su éxito son cuatro oros en seis años pero es también la excelente imagen que sus jugadores han dejado, en cada competición un poco más que en la anterior, como competidores y como deportistas. A años luz de aquellas versiones empalagosas y demasiado queridas de sí mismas de los Team USA de no hace tanto. Habla James Harden: “El entrenador nos ha hecho sentir lo que de verdad significa representar a Estados Unidos y llevar esa camiseta más allá de los clichés. Ahora mucha gente nos pregunta si no sería mejor tener más tiempo para descansar en verano y no arriesgarnos a tener lesiones graves como la de Paul George. Él ha sabido inculcarnos las respuestas a esas preguntas: jugamos por la pasión por el baloncesto. Pero no sólo por la que sentimos nosotros, también por la de toda la gente a la que representamos”.

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En ese sentido, esta versión 2014 de Estados Unidos que ha sorprendido siendo la más inabordable cuando parecía más accesible que las de Pekín o Londres, queda como la obra maestra de Krzyzewski en el baloncesto internacional. Por ahora. Quizá porque jugadores muy jóvenes y en tránsito hacia el estrellato masivo compraron su mensaje con especial fidelidad, quizá porque su fórmula ha cuajado ya. El programa. Además, en el aspecto puro de entrenador, Krzyzewski también ha dado una lección de adaptación. Sin sus grandes estrellas y sin los '4' abiertos que suele usar como estilentes fulminantes (Kevin Durant, Carmelo Anthony…), Estados Unidos presentó un bloque mucho más blindado por dentro y con una estructura adaptada al estilo FIBA: al estilo europeo. Líderes, jugadores con buen manejo de balón, tiradores, obreros y una buena combinación de pesos pesados y atletas elásticos en las zonas. Un equipo joven que ha repartido minutos, puntos y protagonismo con armonía y compañerismo y que se fue del Mundial dejando un rastro de empatía, comportamiento exquisito y sonrisas que enmarcan otro oro colgado al cuello. La redención, finalmente, era eso. Todo eso.

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