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El blog de Juanma Rubio

Un blog para tratar el pasado, presente y futuro del baloncesto tanto nacional como internacional: ACB, ULEB, Euroliga, Eurocup y la NBA.

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viernes, 17 octubre 2014

Por Juanma Rubio

Y el segundo mejor entrenador de la NBA es...

En mi opinión, Rick Carlisle.

 

Porque supongo que no hay dudas a estas alturas de que el mejor entrenador en activo es Gregg Popovich. Así que Pops queda fuera de este debate porque la cuestión con él es qué lugar ocupará entre los mejores de siempre cuando se retire. Porque seguimos suponiendo que se retirará en algún momento, incluso que veremos con nuestros ojos unos playoffs del Oeste sin los Spurs. Por mi parte, Popovich sólo tiene ya por delante a Phil Jackson, Pat Riley y a un Red Auerbach cuya era no viví pero a la que tengo demasiado respeto como parte inevitable y constitutiva de la leyenda de la NBA.

 

De la historia de Popovich y de los Spurs, que son ya la misma cosa y otro tomo ineludible de la enciclopedia completa de la NBA (1996-¿?), se ha escrito una montaña de artículos tan laudatorios como justos desde que pulverizó la era del big three de Miami Heat con un baloncesto sencillamente perfecto. Y no es una manera de hablar: la forma en la que los Spurs hicieron trizas a Durant y LeBron, el ying y el yang de esta generación, en las dos rondas finales de los playoffs 2014, supuso una de las lecciones de baloncesto más sobrecogedoras de la historia, pura poesía si se contextualiza como culmen, hasta ahora, de la franquicia milagrosa que lleva quince años ganando 50 o más partidos y superando el 60 % de victorias en Regular Season. La que no se pierde los playoffs desde 1997, cuando el mundo era tan distinto que Goggle no pasaba todavía de proyecto universitario. Y la que decidió superarse a sí misma, pulirse hasta su quintaesencia cuando muchos otros habrían optado por dejarse ir en el sueño de los justos de su propia gloria tras el golpe descomunal que fue la derrota en la final de 2013.

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Ese es el legado de Popovich: la forja de una leyenda tan lejos de los grandes mercados y los centros gravitacionales del glamour americano. El viaje desde los primeros triunfos a partir de la defensa y los pívots a las conquistas últimas con el mejor juego en cinco contra cinco de la historia del baloncesto. Una maravilla de movimientos coreografiados e infinitos pases extra que poco tiene que ver con el equipo que, antes de que todos quisieran ser como él, quería ser como los Jazz de Jerry Sloan, John Stockton y Karl Malone. En realidad, otro ejemplo asombroso de estabilidad y competitividad.

 

El legado de Popovich son cinco anillos pero podrían ser más: ¿Y si Leonard no hubiera fallado aquel tiro libre y Ray Allen no hubiera metido a continuación aquel triple en la final de 2013 que los Spurs tenían literalmente ganada? Y más atrás, en la cacareada y ya rota maldición de los años pares, ¿y si Derek Fisher no hubiera metido aquella canasta imposible a falta de cuatro décimas en el quinto partido de las semifinales del Oeste en 2004 que perdieron antes los Lakers? ¿Y si Ginóbili no hubiera hecho aquella maldita falta para el 2+1 de Nowitzki que llevó a la prórroga el séptimo partido de las semifinales del Oeste de 2006 que acabaron clasificando a los Mavericks?

 

La derrota ha cincelado primero y enseñado después al mejor Popovich, el de la compostura estoica que encuentra siempre formas de escapar al pánico. El que comenzó a ganar el anillo de 2014 cuando todavía no había perdido el de 2013. Aquella derrota imposible en el sexto partido ante Miami Heat podría, de hecho casi debería, haber servido de epílogo para la lucha de los Spurs contra el padre tiempo. Pero Popovich se pasó la comida del día siguiente deteniéndose con los jugadores y sus familias, de uno en uno, soportando lágrimas y escuchando gritos y lamentos: recogiendo los añicos de su equipo y formando un vínculo final y casi fatalista: los Spurs compitieron más allá de lo que hubiera hecho casi cualquiera en el séptimo partido, aunque perdieron, y al hacerlo estaban empezando a ganar el título del año siguiente. Aunque todavía no lo sabían. Tampoco Popovich, al que todavía le quedaba salir de un verano de ensimismamiento torturante (“sentía que era imposible estar más triste de lo que estaba”…) en el que perdió además a Brett Brown, que se fue a Philadelphia, y a Mike Budenholzer, que llevaba diecisiete años con él y que había sido designado por muchos como su delfín. Hasta que decidió irse a Atlanta Hawks.

 

Esa fuga de cerebros constante responde a una aritmética simple: todos los equipos quieren ganar y casi todos quieren ser como los Spurs, porque no hay ejemplo ni siquiera cercano en términos de éxito sostenible y porque sólo los Knicks pueden permitirse la montaña de dólares que cuesta la cultura ganadora de Phil Jackson. Quien quiera replicar la filosofía spur tendrá que replicar una irrepetible conjunción de los planetas, alineación perfecta de fuerzas generalmente en conflicto permanente: el dueño (Peter Holt), el general manager (R.C. Buford, el al entrenador (Popovich) y el jugador (Tim Duncan). Una leyenda semejante no se hubiera construido sin una aportación esencial de los cuatro por mucho que Holt, uno de los propietarios más inteligentes de la historia del deporte estadounidense, asegure entre bromas que él es un simple trabajador a las órdenes de Popovich mientras este recuerda que todos, al final, están al servicio de Tim Duncan. Dos almas gemelas según Buford, la unión de Popovich y Duncan es uno de los vínculos entrenador-jugador más profundos, asombrosos, exitosos y longevos de la historia del deporte. Habría que mirar, otra vez, a Red Auerbach y Bill Russell. En la actualidad lo más parecido sería el maridaje en New England Patriots de Bill Bellichick y Tom Brady. Pero cuando el casi divino quarterback debutó en la NFL (2000), Popovich y Duncan ya habían ganado un anillo. Palabra de Kobe Bryant: “Lo que de verdad envidio de Duncan es que ha jugado toda su carrera a las órdenes del mismo entrenador”. Y qué entrenador…

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Popovich suele asegurar con esa retranca que ya es marca registrada, que su gran contribución a la historia del baloncesto ha sido “elegir con el número 1 del draft a Tim Duncan” y que no existe sistema de juego que no hubiera funcionado con David Robinson y Duncan como torres gemelas. La narración oficial olvida las intrahistorias en las que realmente se forjan las leyendas y el carácter. Los viajes de Popovich a las Islas Vírgenes antes de aquel draft de 1997 para, después de discutir con la mitad de la población de Saint Croix porque nadie le había explicado que se conducía por el lado izquierdo, cortejar primero y convencer después a Duncan. A su manera: “Nosotros no enviamos tarjetas de cumpleaños, ni bandas de mariachis ni regalamos desayunos en la cama”. 

 

Intrahistoria: Popovich, la fina línea que separa tantas veces la mediocridad de la gloria, pudo ser destituido en marzo de 1999, meses antes del primer anillo y cuando buena parte de la afición texana clamaba por el ascenso de Doc Rivers después de que los Spurs comenzaran en 6-8 la temporada del lockout. No sabemos cómo sería la historia del baloncesto del nuevo milenio si las espuelas plateadas hubiera perdido un partido peliagudo en pista de unos Houston Rockets que tenían a Olajuwon, Barkley y Pippen. Pero ganaron (82-99) porque justo antes Robinson y Avery Johnson salieron de una reunión en casa de Popovich convencidos de que no se podía permitir perder a aquel entrenador: el base sumó 18 puntos y 13 asistencias; el pívot, 15 puntos y 9 rebotes. Duncan, 23+14 con 5 tapones. Ese partido abrió un tramo de 31-5 en ruta hacia los playoffs y el primer anillo. Y la historia, la que tampoco se reescribió cuando Doc Rivers estuvo a punto de llevarse a Tim Duncan a Orlando en el verano de 2000 y en el único punto de conflicto documentado en la relación entre el mejor ala-pívot de la historia y el que ya fue desde entonces y sin discusión su equipo para toda la vida. Esa decisión que flotó en el aire, indecisa ante Florida y Texas, habría cambiado la historia de la NBA, la de de los Spurs y desde luego la de la los Magic, que habrían reunido a Duncan con Grant Hill y Tracy McGrady. “Estuve con un pie dentro y otro fuera”, reconoció después Duncan.

 

Intrahistorias: tanto en la primavera de 1999 como en el verano de 2000 pudo acabar un proyecto que ahora nos parece irrompible, impermeable. Los Spurs dieron pasos correctos, a veces tan sencillos como ganar un partido de Regular Season, en los momentos adecuados. Como hizo Mark Cuban cuando le dio las riendas de los Mavericks a Rick Carlisle después de ocho años al frente de una franquicia que le había costado 285 millones de dólares y que no había bajado con él de las 50 victorias. Cuban buscaba respuestas después de que un Dwyane Wade sobrehumano le quitara una final de 2006 que parecía suya y de que la siguiente temporada se fuera al traste con sus 67 triunfos en Regular Season y su MVP de Nowitzki porque les cazaron los Warriors en primera ronda de playoffs. Precisamente el equipo de Don Nelson, su entrenador apenas un par de años antes. Aquella serie, una de las mayores y más hermosas sorpresas de toda la historia de la NBA, fue un canto precisamente a la figura del entrenador mientras una miríada de avispas supersónicas (el espíritu del 'We Believe': Baron Davis, Monta Ellis, Stephen Jackson, Jason Richardson, Matt Barnes…) sacaban de quicio a los todopoderosos Mavs con quintetos imposibles y baloncesto kamikaze. La cima del estilo, Nellie Ball, de ese genio loco llamado Don Nelson.

 

Mark Cuban sabía, recién derrotado por la obra cumbre de un entrenador, que sus respuestas estaban en el banquillo. Y lo puso en manos de Rick Carlisle, un ortodoxo a contraestilo absoluto con Nelson que tenía por entonces, en el verano de 2008, menos cartel que números: una final de Conferencia jugada con los Pistons y otra con los Pacers en el periodo 2002-2003 en el que fue Entrenador del Año. Si se suma a los Mavericks, ya son tres las franquicias en las que ha alcanzado al menos una temporada de 50 victorias un Carlisle que lleva en la NBA desde siempre. Drafteado por los Celtics, en Boston ganó el anillo de 1986 e hizo migas con Larry Bird, que le tuvo después como asistente y estratega en los Pacers que llevaron a siete partidos a los Bulls de Phil Jackson y Michael Jordan en la final del Este del 98, una de las dos únicas eliminatorias en las que los toros tuvieron que jugar siete partidos de las 24 que invirtieron en sus seis viajes hacia el anillo (la otra medalla al mérito es para los Knicks del 92). Bird también le reclutó ya como head coach de sus Pacers cuando él estaba en los despachos y Carliste diseñaba en Detroit la estructura con la que luego Larry Brown ganó el título en 2004. Su estrella se apagó en un feo final de trayecto en Indiana, otra víctima silenciosa del infame Malice at the Palace, la vergonzosa pelea de sanciones históricas (146 partidos, 11 millones de dólares) en la que se enzarzaron Pistons y Pacers el 19 de noviembre de 2004.

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En Dallas se produjo otra de esas conjunciones perfectas por momento y lugar: Mark Cuban-Rick Carlisle-Dirk Nowitzki. Carlisle se convirtió en la pieza maestra que hizo que encajaran todas las demás: En los playoffs de 2011, con Nowitzki mutado en una suerte de Larry Bird de 2,13, los Mavericks ventilaron con un 8-1 global al viejo campeón y al joven aspirante a serlo, Lakers y Thunder. En la final, Carlisle dirigió una coreografía impresionante que desmembró la primera versión del big-three de Miami. Aquella derrota dejó tan desnudos a LeBron y Wade que cuesta creer que no fue un acicate notable en el proceso de maduración y transformación de dos súper estrellas que recibieron una decisiva cura de humildad después de una eliminatoria en la que gesticularon más de lo que jugaron. Carlisle construyó un ecosistema en el que todos sus jugadores resultaban importantes y todas las carencias de los Heat relucían en carne viva. Y lo hizo con tres triunfos seguidos a partir del 2-1 en contra y con ajustes drásticos como la entrada en el quinteto de Barea junto a Kidd para barajar de nuevo las cartas de la creación de juego y la defensa, donde DeShawn Stevenson pasó a dar relevos desde el banquillo a Marion para no dejar ni un respiro a un LeBron que acabó drenado. La trama de Carlisle reservó un rol a jugadores que no volvieron a ser igual de productivos (Terry, Barea, Stevenson, Mahinmi… hasta Cardinal, que jugó minutos de leñador). Al ancla Tyson Chandler esa final le valió un contrato de 58 millones con los Knicks y una buena porción del título de Defendor del Año, ganado en 2012 casi por obligación moral heredada de la final de 2011. 

 

Miami Heat entregó el título en el sexto partido en plena disolución, en su pista e incapaz de tomar decisiones (2/9 en triples entre LeBron y Wade) ante un equipo que le negó todas sus zonas de confort y le atacó a base de extra pass y concentración en pista de generadores de juego y tiradores. Un aroma a baloncesto old school, casi un homenaje al juego que tuvo continuidad en los últimos playoffs cuando los Mavericks llevaron a siete partidos a unos Spurs que perdieron cuatro entre las tres rondas siguientes. Otra vez Carlisle exprimió todos los recursos a su disposición, encontró roles muy definidos y sacó la mejor de su roster. Para comprender su trascendencia, basta poner al Monta Ellis de Carlisle frente al Monta Ellis de temporadas anteriores. 

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Carlisle es estricto, obsesivo y milimétricamente detallista. Y dejó de ser demasiado tozudo (rígido) a tiempo, convertido en un excelente gestor (no ya sólo preparador) de partidos. Su reconocimiento es por fin general aunque ha tardado para un tipo que está en el club de los que han sido campeones como jugador y entrenador (once con él) y que tiene un título de Entrenador del Año y un 58% de victorias a lo largo de su carrera. Conoce los códigos de vestuario y tiene las lecciones y las historias que contar de su trabajo junto a Larry Bird o Chuck Daly. Y hay un hecho definitivo: Dallas Mavericks no pierde nunca porque el entrenador del equipo rival supera a Rick Carlisle en la batalla táctica. Casi, casi nunca.

 

Rivers, Thibodeau, Van Gundy…

 

Supongo que para muchos Doc Rivers y Tom Thibodeau deberían estar como mínimo por encima de Carlisle. Para mí son tercero y cuarto en la lista, todavía por delante Rivers porque cuando ganaron juntos en los Celtics del big three (Pierce, Garnett y Allen), Thibodeau (mezcla de científico y ermitaño) era el ingeniero defensivo pero Rivers era el capitán general, gestor y capitán de aquel espíritu del ‘ubuntu’ que puso en armonía los egos de unas súper estrellas que entendieron que se necesitaban las unas o las otras. Ambos se enfrentan a un año importante, especialmente un Doc Rivers renovado por los Clippers en cifras desorbitadas (diez millones anuales) para los técnicos de la NBA e incluso para los grandes gurús de la NFL.

 


Del resto, resulta admirable el trabajo de esa nueva guardia representada por Steve Clifford, Mike Budenholzer, Dwaney Casey o Jeff Hornacek. Y veremos cómo se manejan todos esos hijos de Phil Jackson que se están convirtiendo en la (millonaria) respuesta para muchos equipos: Brian Shaw, Derek Fisher, Steve Kerr. Sólo me parecen fuera de foco Flip Saunders, al que veremos si no le llega tarde este nuevo paso por el banquillo de los Wolves, y Steve Brooks, que sirvió bien a los Thunder en el crecimiento de su poderoso núcleo joven pero que ha parecido desnortado en casi todos los grandes duelos de playoffs, con la excepción de la final del Oeste en 2012, en la que jugó bien al gato y al ratón con Popovich.

Spo

Me gusta que esté de vuelta Stan Van Gundy y me parece que Byron Scott no es un gran entrenador pero sí una buena opción para los actuales (ay) Lakers. Y me gusta Spoelstra, que se puso al frente de los Heat de LeBron, Wade y Bosh con 39 años y acabó forjando un estilo atípico pero ideal para las virtudes de sus estrellas mientras sorteaba, sobre todo después del zarandeo de Carlisle en la final de 2011, rumores sobre la bajada de Pat Riley al banquillo. Ahora tiene 43 años, seis más que el benjamín Brad Stevens, que trata de ordenar el alboroto de los Celtics, donde tiene todavía mucha plancha por delante. Y este año se suma a una guerra de los banquillos especialmente fascinante David Blatt, nada menos que en el ojo del huracán de los nuevos Cavaliers de LeBron, que si quieren ser campeones tendrán que pasar por encima de, entre otros, los viejos Spurs de Popovich, vigente campeón y Entrenador del Año en la NBA. Suerte con eso.

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lunes, 06 octubre 2014

Por Juanma Rubio

Gasol, Mirotic, Chicago: ¿Destino ideal?

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Para los muy optimistas, o sencillamente para los amantes de las matemáticas, el asunto es sencillo: Chicago Bulls vuelve a ser uno de los grandes favoritos al título porque cambia el parche que fue DJ Augustin por el regreso de Derrick Rose y los 15,3 millones de dólares que cobró la temporada pasada Carlos Boozer por los menos de 14,7 que cobrarán entre Pau Gasol (7,1) y los rookies Nikola Mirotic (5,3) y Doug McDermott (2,2). Es decir, porque insuflan liderazgo, jerarquía, juventud y talento ofensivo a un equipo que se las apañó la pasada temporada para acabar, con todo en contra, en 48 victorias antes de ser purgados por la vía rápida en primera ronda de playoffs, el algodón no engaña, por Washington Wizards (4-1). La realidad de un equipo con una defensa que fue la mejor de la NBA por números brutos (apenas 90,2 puntos encajados) y la segunda mejor (un pelo por detrás de Indiana Pacers) una vez cocinado el rating… pero también con la peor cifra de anotación (93,7 puntos de media) y el tercero peor rating ofensivo. Sólo Philadelphia 76ers y Orlando Magic atacaron peor. Dos equipos que ganaron 42 partidos… entre los dos.

 

Volver a empezar

 

En la temporada 2010-11, Chicago Bulls estrenó la era Thibodeau con 62 victorias después de dos cursos seguidos de 41-41, aprobado raspado. Y con visita a la final del Este, en la que ganaron el primer partido antes de perder los cuatro siguientes ante la primera versión del big-three de Miami Heat, todavía disfuncional y camino de un choque frontal contra el muro que levantó Rick Carlisle en Dallas. En esos cuatro partidos LeBron James reventó la tela de araña aritmética de Thibodeau (28,5 puntos, 7,7 rebotes y 6,7 asistencias de media) y terminó con una temporada que había dejado en la Ciudad del Viento el MVP de Derrick Rose, el título de Entrenador del Año de Thibodeau y el de Ejecutivo del Año de Gar Forman. Los Bulls, con ese big-three de premios, habían tenido su primera oportunidad real de ser campeones desde la clausura de aquel período Phil Jackson - Michael Jordan que aupó para siempre a la franquicia al piso noble de la enciclopedia histórica de la NBA. Ese pedigrí ha seguido intacto desde entonces. No en vano ninguna pista recibió más público la temporada pasada que el United Center y sus más de 893.000 espectadores.

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Estos últimos Bulls de entreguerras han sido un equipo con el que era muy fácil empatizar. Traspasado Luol Deng y lesionado Derrick Rose (50 partidos jugados en las tres últimas temporadas, justo desde el MVP), cada victoria era un ejercicio conmovedor de sufrimiento defensivo y ataque en comuna, inventando por el camino héroes como el citado Augustin o aquel Nate Robinson volcánico de los playoffs 2013, un jugador en las antípodas del por entonces mortificado Thibodeau. La fórmula ha sido jugar cada partido como si fuera el séptimo de una final y aferrarse a una coraza definida por la pareja Gibson-Noah: el ala-pívot terminó segundo en la carrera por ser Mejor Sexto Hombre, el pívot francés fue nombrado Mejor Defensor. Juntos formaban una pareja innegociable en los finales apretados, atomizando ataques rivales con Carlos Boozer en el banquillo y en obvio declive. 

 

Cinco jugadores de la última versión de los Bulls jugaron una media de más de 30 minutos por partido y ocho superaron los 28. Un maratón extenuante para luchar contra las propias limitaciones que se cobró su precio en playoffs ante los (más jóvenes, entre otras cosas) Wizards. Esos Bulls 2013-14 fueron un buen equipo en rebote, intimidación y distribución del juego en ataque. Pero escaso de talento individual y de referentes exteriores: casi nadie se generaba sus propias canastas y por eso, de la necesidad surge la virtud, ningún otro equipo anotó tantos puntos como ellos tras asistencias: hasta el 61% de su producción llegó así mientras que sólo el 10% se ganó fácil (contraataques y transiciones rápidas) y apenas el 40% se generó en la zona. Más: su 43% en tiros iba en cola de la Liga con apenas 18 triples intentados por partido (y 5,3 correspondían al fugado Augustin…): sólo Pelicans y Grizzlies tiraron menos de tres.

 

Diagnóstico claro, nuevas soluciones

 

Los Bulls se han empeñado en competir hasta las últimas consecuencias a pesar de arrastrar un cuadro clínico perfectamente diagnosticado: 65% de triunfos en Regular Season y 3-4 en series de playoff con Thibodeau como head coach. Y ahora suman la jerarquía de Derrick Rose y Pau Gasol y la wild card joven que suponen Nikola Mirotic, Doug McDermott, Cameron Bairstow y hasta un Tony Snell muy mejorado las Ligas de Verano. McDermott: caza mayor que obligó a los Bulls a esclar en el draft hasta el puesto 11, propiedad de los Nuggets. Un jugador que ha cubierto ciclo universitario completo en Creighton (tiene 22 años) y que parece hecho para jugar en estos Bulls. La temporada pasada lideró el baloncesto universitario con 26,7 puntos por partido (y añadió más de 7 rebotes: es un alero de 2,03). En tres de sus cuatro temporadas NCAA ha superado los 20 puntos de media y salta a la NBA con un último curso con un 45% en triples que se iba hasta el 51 en lanzamientos en transición. Perfecto para recibir abierto y tirar con unos abrumadores 1,95 puntos por posesión en esas acciones de catch and shoot. Una barbaridad que debería encajar como un guante en el estilo y las intenciones de los Bulls, que quieren clonar una versión mejorada de su 2010-11 para ganar en la 2014-15.

 

Derrick Rose como alfa y omega

 

Más allá del resto de movimientos, todo ese plan (estilo, intenciones…) de los Bulls pasa por Derrick Rose (y por sus rodillas. Crucemos los dedos). Cuando las lesiones pararon el reloj del base criado en los suburbios de Englewood, en el South Side de Chicago, era un portento que garantizaba 24 puntos y 8 asistencias por noche. En el Mundial (a más de seis meses de los playoffs…) se le vio emerger de su congelación en la carbonita de las lesiones, todavía sin sensaciones en el trazo fino pero sin limitación de minutos y sin más lastre físico que ese óxido de las horas incontables en rehabilitación. 

 

Una buena versión de Derrick Rose, no digamos una cercana a la mejor posible,convertiría a los Bulls en aspirantes automáticos al anillo. Por producción, por liderazgo y (el estilo, otra vez), y por esa capacidad para partir defensas a partir de penetraciones que generan una tonelada de puntos, suyos o de los tiradores que esperan en las esquinas. Ese era el A-B-C ofensivo de Thibodeau hasta que las lesiones obligaron a virar hacia un sistema noahcentrista. Noah: un pívot que repartió la pasada temporada 5,4 asistencias por partido por las dos 2,2 que promedió hace tres años, cuando Rose fue MVP. Y Pau Gasol: 3,3 asistencias de media en su carrera, 3,4 la pasada temporada. Noah+Gasol: 8,8 asistencias por partido en la 2013-14. Un atisbo del futuro que puede ser.

 

Gasol y Mirotic, sí o no

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Una franquicia ejemplar y un equipo estable y ambicioso que necesita profundidad, tiro exterior, puntos en el poste y experiencia pero también juventud. A priori, el aterrizaje de Pau Gasol y Nikola Mirotic en Chicago está bendecido. Pero no se puede olvidar que entran en un ecosistema cerrado, a las órdenes de un entrenador tozudo por obsesivo y en un equipo cuya última gran seña de identidad es ese eje Gibson-Noah que resulta casi simétrico a la pareja que podrían formar Gasol y Mirotic en lo que les falta (puntos, movimientos) y lo que les sobra (defensa, defensa, defensa). Los cuatro juntos, y esa es la gran tarea de Thibodeau, pueden formar un arsenal con una profundidad y variedad que escapa al juego interior del resto de franquicias NBA. De forma individual, y en momentos tan opuestos de sus respectivas carreras, tanto Gasol como Mirotic tienen equipación para triunfar en Chicago pero también incógnitas que les puede frenar en seco. Los dos tienen cosas que Thibodeau va a adorar pero también otras que pueden sacarle de quicio.

 

Pau Gasol tiene de su lado, con respecto a Mirotic, el pedigrí pero también la urgencia (34 años, 13 temporadas NBA). Su primera experiencia en la Costa Este será o simple epílogo o capitulo central de su impresionante biografía deportiva. Su reto es dejar atrás un final confuso en los Lakers, donde no hubo finalmente forma de distinguir qué iba al debe del declive en su rendimiento (lesiones, cuentakilómetros al límite…) y qué correspondía a ese galimatías estratégico y deportivo que ha sido la franquicia desde la salida de Phil Jackson y que terminó con el español absolutamente desmotivado (entre otras cosas). 

 

Descartada L.A. para su última cabalgada, Gasol quiso maridar la aspiración de un tercer anillo con la mayor cantidad posible de ese montón de dólares que valía como agente libre. Por lo deportivo se cayeron las ofertas más pudientes en lo económico de Hawks y Lakers y por cortas (la mid-level exception: unos 5,3 millones) no pudieron prosperar las tentativas de Spurs y Thunder, dos opciones que parecían perfectas para el Gasol jugador. Los Thunder porque necesitan de forma apremiante un anotador interior (Ibaka es un interior que anota, no un anotador interior), los Spurs porque son el ecosistema perfecto para minimizar las carencias y sacar lustre a las virtudes de un pívot de su inteligencia y talento. El premio fue para Chicago en un Este en el que, bien mirado, hasta el reparto de billetes para el All Star es más barato…

 

Pau Gasol eligió Chicago y al hacerlo contribuyó a la transformación de una Conferencia en la que Cleveland y Chicago son, con LeBron como eje, lo que hace doce meses eran Miami e Indiana. Cruza el país tras una temporada en la que al menos recuperó parte de la efectividad numérica que había perdida en aquellas fantasmal 2012-13. Los números de sus tres últimas temporadas en los Lakers no distan tanto de los de Boozer durante sus sobrepagados cuatro años en Chicago. Su valor diferencial tiene que estar en cómo y cuándo acumular esa producción: soluciones al poste, inteligencia en el juego colectivo, experiencia y amenaza como cebo para las defensas rivales. Una garantía de éxito, más en los actuales Bulls, siempre y cuando su cuerpo tenga capacidad para un último gran asalto físico. Porque Gasol tendrá que recuperar y convertir en rutina los niveles de esfuerzo y concentración defensiva que exhibió en los playoffs de 2009 y 2010, en ruta hacia sus dos títulos con los Lakers. Y va a tener que jugar mucho de ala-pívot, lo cual ha resultado una letanía en los últimos tiempos: de compartir pista con Bynum a hacerlo con Dwight Howard y de ahí al sistema híper abierto de Mike D’Antoni. Contra eso queda la capacidad para entenderse de tres tipos inteligentes que saben que necesitan a los otros dos: Thibodeau, Noah, Gasol. La capacidad de Thibs para crear un sistema que exprima lo mejor de sus nuevas torres gemelas y el recordatorio de que a Gasol no le dolía tanto jugar de 4 como hacerlo de 4 abierto, ese rol de stretch four que abre la pista y tira desde posiciones de alero para el que ya no tiene ni cuerpo ni seguramente ganas.

 

En su actual versión, si medimos el rastro de sus movimientos por la pista en las dos últimas temporadas, Gasol ha sido especialmente efectivo jugando al poste y atacando cerca del aro, donde hizo el 52% de sus tiros la temporada pasada con un 55% de efectividad, o como mucho haciéndolo desde fuera hacia dentro, iniciando la jugada en las zonas frontal o derecha del ataque y sin acercarse demasiado a la línea de fondo y las esquinas: según se aleja del aro y se escora, sus porcentajes van cayendo hacia el 35%, peores en tiros más allá del rango de los cinco-seis metros. Pau Gasol y thibodeau tienen que encontrarse y entenderse, seguramente poniendo los dos de su parte. Porque Gasol va a jugar mucho, seguro: la cuestión es si va a jugar cuando queman los partidos. Para eso tendrá que dar el plus que no tiene la pareja Gibson-Noah, algo que podrá hacer por talento y estilo siempre y cuando sepa sufrir y salir lo suficiente de las zonas de confort de su juego.

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Con Mirotic las cábalas se convierten en apuestas. No le hemos visto jugar en el nivel NBA y sabemos que tiene un talento innato y extraordinario pero también que se le hacía muy hostil enfrentarse a grandes retos físicos. Bien lo demostraron Dunston en cuartos de la Euroliga o Tyus en la final. También sabemos que Chicago le ha seguido al milímetro en los últimos años y confía en él. Y que no tiene de cara al público norteamericano el cartel con el que sí que cuenta McDermott. También sabemos que la cuesta será más empinada porque a Thibodeau le cuesta abrir la mano con sus rookies. Y que quizá le esté reservando a Mirotic un rol de alero abierto y tirador que le saque de la rotación interior para hacerle competir con Dunleavy y, otra vez, McDermott. Estos, en cualquier caso, han sido los promedios de minutos que han tenido los rookies que han jugado a las órdenes de Thibodeau en Chicago:

 

Omer Asik: 12,1

Jimmy Butler: 8,5

Marquis Teague: 8,2

Erik Murphy: 2,6

Tony Snell: 16

 

Con 23 años y tanto talento, es difícil predecir dónde y cómo aterrizará Mirotic en la NBA, cómo de capaz será de modular sus expectativas y qué le tiene reservado un Thibodeau que no tiene más objetivo para la próxima temporada que ganar y que terminará cerrando una rotación corta y de minutos largos con la que irá al fin del mundo. Ni siquiera es fácil saber si sería mejor por ahora ser quinto interior o tercer alero, si bien el último Mirotic que vimos en Europa sufriría mucho como 3 para defender y atacar el aro y quedaría seguramente limitado a ese rol de tirador abierto. Claro que en su caso cuenta con tiempo y carrera por delante, en realidad toda. Y con el ejemplo de Jimmy Butler, que en dos años convirtió esos 8,5 minutos por partido en 38,7, líder junto a Carmelo Anthony de toda la NBA. Y 2,6 puntos en 13,1. Sin el talento de Mirotic pero con más físico e instinto defensivo, uno de esos soldados perfectos que moldea Thibodeau en titanio y entre los que Mirotic puede ser una rara avis. Pronto veremos si eso es bueno o malo.

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