Ciencia y medallas
Un blog diferente. Trato de aproximar la ciencia al deporte, trasladar los avances en medicina deportiva, en fisiología del ejercicio, a las pistas, las piscinas y las canchas. La lucha contra el dopaje, ese monstruo invisible que amenaza con destruir el deporte, será otro de los pilares de esta bitácora. Mi gratitud hacia todos los que se asomen por aquí.
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miércoles, 22 mayo 2013
Marta Domínguez tiene que pedir perdón. Es la única forma de que algún día el atletismo pueda aceptarla de nuevo, la única posibilidad de redención que le queda. La palentina ha caído por tercera vez en las redes de un supuesto caso de dopaje. Son demasiados asuntos ya, demasiados indicios y demasiados problemas con las autoridades. Primero, con las autoridades policiales y ahora con las deportivas.
La Federación Internacional de Atletismo (IAAF), según ha desvelado hace unas horas el periodista Carlos Arribas, de El País, acaba de abrir un expediente sancionador a Marta Domínguez. La historia apunta a anomalías en su pasaporte biológico durante los Mundiales de 2009, con unos valores disparados de hemoglobina que son compatibles con un presunto caso de dopaje sanguíneo.
Se trata del tercer pecado de Domínguez. Cronológicamente, el primero de sus presuntos problemas con el dopaje fue la aparición, durante la 'operación Puerto', de bolsas de sangre etiquetadas con el nombre del perro Urco, un asunto que se remonta a 2006 y cuyas pruebas se empeña en destruir, de forma inexplicable, la jueza Santamaría. El segundo lío de la palentina fue su imputación en la 'operación Galgo', en la que se grabó la famosa y horrible conversación acerca de "limpiar la casa por dentro", lo que señalaba el presunto uso de una hormona prohibida en 2010.
Ahora cae con todo su peso el expediente de la IAAF. Un expediente por presunto dopaje sanguíneo. Se divisan dos años de sanción en el horizonte para Marta, quizá el ocaso de su carrera. Me pregunto si esta sanción servirá para convencer de una vez a los presidentes Odriozola (quien seguía ofreciéndole puestos en su junta directiva tras el estallido de la 'operación Galgo') y Blanco (quien puso a su disposición la sede del COE para aquella rueda de prensa, kafkiana, de 2011) de que ya no se pueden cerrar más los ojos ante la realidad. Las trampas, tarde o temprano, son descubiertas.
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martes, 21 mayo 2013
El Centro de Alto Rendimiento de Madrid ha dejado de serlo. La imagen que ofrecen actualmente sus pistas de atletismo es deprimente: la pista ha perdido el tartán en muchas zonas y se encuentra totalmente deteriorada, las líneas que separan las calles están desdibujadas y son muchos los atletas que prefieren no usarla para evitar lesionarse. "El deterioro del tartán hace imposible el uso de varias de las calles, entre ellas, la calle 1, la más importante para efectuar series rápidas, porque es la que marca la cuerda de la pista", señala un técnico.
Las pistas del INEF, como se han llamado toda la vida, hoy destrozadas, fueron testigo de actuaciones míticas, como aquel salto de 8,23 metros que protagonizó Antonio Corgos en 1980 y vivió durante años en el libro de récords de España. Hoy estas pistas, se han convertido en toda una triste metáfora de la dejadez y la desidia en la que vive el atletismo español desde hace años. Ya ni siquiera se utilizan para competir (por desgracia, Madrid sigue perdiendo instalaciones para el atletismo de forma imparable) desde hace años, pero al menos hasta el año pasado servían para que muchos componentes de la selección española se entrenaran en ellas. Ya ni eso.
La pista del CAR se cae a pedazos. "Está como lijada" aseguran los que intentan entrenarse en ella. El deterioro se percibía ya el pasado mes de octubre pero nadie parece mover un dedo para su reparación. Los atletas se lamentan a diario del estado del tartán (el que queda) y tratan de utilizar las calles menos deterioradas o bien se conforman con correr en el anillo exterior de hierba artificial. Y los entrenadores, que se han quedado este año en la miseria, se entristecen cada vez más.
¿Quién es el culpable de esta desidia? El Consejo Superior de Deportes no termina de aprobar la reparación del tartán. La federación de Odriozola parece no querer ver lo evidente, como en tantos asuntos. El próximo presidente de la RFEA se encontrará un panorama demencial. Un atletismo seco y deprimido.
A día de hoy, el estado de las pistas del CAR de Madrid, el emblema del atletismo español, es simplemente vergonzoso. Inaceptable en una ciudad que aspira a organizar los Juegos Olímpicos.
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jueves, 16 mayo 2013
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miércoles, 15 mayo 2013
Me pregunto qué significan 11 segundos en una carrera de maratón. Quizá sean algo así como 60 metros en línea de meta, después de haber recorrido más de 42 kilómetros. Jaume Leiva corrió en 2h13:41 en la última Maratón de Barcelona. Le sobraron 11" para lograr la mínima establecida por Ramón Cid para los Mundiales de Moscú. Algo así como el 0,1% del tiempo total de carrera. Lo dijo Daley Thompson, el decatleta irrepetible, el que jamás se callaba a la hora de denunciar injusticias en nuestro deporte: "El atletismo puede ser cruel".
Llevo mucho tiempo siguiendo a Jaume Leiva. Me llamó la atención cuando hizo 2h16' en Sevilla, creo que hace tres años. Jamás había oído hablar de él. Su progresión ha sido excelente desde entonces. Registró un crono de 2h15' en Berlín y ha sabido hacerse maratoniano a base de esfuerzo, 'el chico de las botas de basket', el corredor de la cabeza cubierta, siempre a caballo entre el amateurismo y la profesionalidad. Hay mucho futuro en sus piernas.
Jaume fue valiente al escoger el Maratón de Barcelona, una prueba que quedó coja tras la absurda negativa de los organizadores a negociar la participación de Carles Castillejo. "Los dos últimos kilómetros te matan", me dijo Nacho Cáceres, otro protagonista al que echamos de menos, sobre el trazado de la carrera. ¿Habría hecho la mínima Leiva en Londres, Rotterdam, incluso en A Coruña? Eso no lo sabe nadie. La realidad es que Jaume sigue creciendo como corredor de maratón.
Nadie le puede reprochar a Ramón Cid que cumpla sus criterios. Pero, por favor, que no se abra la mano en julio para agrandar la selección cuando lleguen las presiones y las prisas de última hora. Sería una injusticia. Un tremendo agravio para un deportista de Terrassa que ha encajado la ruptura de un sueño como sólo puede hacerlo un gran corredor de maratón. Con una elegancia asombrosa.
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lunes, 13 mayo 2013

Estoy en Edimburgo, un privilegio inmenso. La capital de Escocia, una ciudad verde donde las haya, con un castillo en lo alto y el mar en un costado, es lo más parecido al paraíso. Una de mis referencias desde hace años y una ciudad deportiva, más de lo que parece.
Conocí Edimburgo hace mucho, gracias a su festival de agosto, una explosión de cultura y juventud. A mi, por mi enfermedad atlética, siempre me recuerda a Allan Wells, el muchacho que vivía junto al Estadio Meadowbank y que se proclamó campeón olímpico de 100 metros lisos, el último de raza blanca.
El deporte por excelencia en Edimburgo se llama rugby. La ciudad estalla cada vez que se disputa en Murrayfield (67.000 espectadores) un partido del Seis Naciones, como estalló en 1990, cuando la memorable victoria de las camisetas azul oscuro sobre Inglaterra (13-7) les dio el título, la Calcutta Cup y el Grand Slam. Precisamente acabo de cenar en un pub de Rose Street (steak pie a la cerveza) y allí me han recordado que cada vez que gana Escocia en el Seis Naciones, un buen local debe cumplir la vieja costumbre de beberse una pinta en cada uno de los pubs de esta estrecha calle, paralela a Princes Street. El problema es que ya son 22 los pubs de Rose Street...
El golf completa la tradición deportiva de Edimburgo, porque nació muy cerca, en el mítico campo de Saint Andrews. Y el fútbol, aunque sus equipos no tienen la calidad de los de Glasgow (donde los católicos del Celtic acaban de llevarse el título frente a los protestantes Rangers), cuenta con una gran tradición. Los Hibs (de verde) y los Hearts (de granate) se midieron hace mucho por vez primera en un derby histórico. Fue el día de Navidad. En 1875.
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sábado, 11 mayo 2013
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domingo, 05 mayo 2013
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miércoles, 01 mayo 2013
Algún día alguien tendrá que explicar a los jueces españoles lo que significa el dopaje, el horrible rostro de la trampa, el fraude deportivo. Algún día tendrán que entender los jueces de nuestro país que la lucha contra el dopaje es un indicador de avance social, de honradez, de seriedad, de limpieza, de protección a los que compiten sin doparse. Y tendrán que abandonar la permisividad, la ceguera y la sordera ante las evidencias que tienen delante. Y tendrán que hacer llegar todas las pruebas de uso de sustancias dopantes a las autoridades deportivas. Y dejar de encogerse de hombros de una vez.
El juez Antonio Serrano fue el primero, un atrevido. Sentenció en su día que en la ‘operación Puerto’ no había riesgo para la salud. Opinó que trajinar con más de 100 litros de sangre en un piso de forma chapucera era algo admisible. Después vino la jueza Pérez Barrios, quien se negó una y otra vez a que las pruebas de la ‘operación Galgo’ pasaran a manos de las autoridades deportivas para imponer las sanciones de dopaje pertinentes. Desconozco si habrá quedado satisfecha de semejante decisión de impunidad.
Y la última ha sido la jueza Julia Patricia Santamaría. Ayer ordenó la destrucción de las más de 200 bolsas de sangre y plasma que podrían haber desenmascarado del todo la mayor trampa de la historia del deporte en todo el mundo, la ‘operación Puerto’. Yo no sé por qué los jueces españoles toman semejantes decisiones. Es inaudito. Son sentencias que nos van a costar muy caras en la dura pugna de Madrid por lograr los Juegos Olímpicos de 2020. Estos tres jueces han ingresado ya por derecho propio en la historia del deporte. Por contribuir al fracaso de la lucha antidopaje.
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martes, 30 abril 2013
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lunes, 29 abril 2013
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