Crónicas Mundanas

La riqueza del Real Madrid

El asunto generó cierta polémica en Twitter, peculiar testador de opiniones. Allí fue donde intenté transmitir un sentimiento que no siempre fue bien entendido (casi nunca, para ser exactos). El caso es que dije (y digo) que el Real Madrid de los 80, por centrarme en una década bien conocida por mí, era un equipo que tenía menos talento que el actual, pero más suspense. Expresado de otro modo: ser madridista en aquella época era un ejercicio ligeramente más arriesgado.

Aunque el equipo seguía siendo referente en la competición nacional (especialmente a partir de la irrupción de la Quinta), en Europa tocaba enfrentarse a clubes más poderosos financiera y deportivamente. Así era, por ejemplo, aquel Milán de infausto recuerdo para el madridismo. Y así fueron antes tantos y tantos enemigos alemanes que acostumbraban a golear al Madrid en sus respectivos estadios. No nos extenderemos sobre la cuestión.

Es obvio señalar que la vulnerabilidad hacía más excitantes las victorias. De hecho, parte de la mejor historia del club se construye sobre las remontadas que permitieron enderezar aquellos resultados adversos. Una de ellas, la que mejor recuerdo por estar yo mismo en el estadio (fondo norte, gol de Scifo), fue el 6-1 al Anderlecht, en la UEFA de 1985. Nadie restó mérito a la gesta a pesar de lograrse en la segunda competición europea. Otros tiempos, insisto.

La inferioridad económica y las lagunas deportivas (el Madrid no ganó ninguna Liga entre 1981 y 1985) no impidieron que el equipo fuera semifinalista de la Copa de Europa en 1980, finalista en 1981 (con los Garcías), finalista de la Recopa en 1983 o campeón de la UEFA en 1985 y 86. Es decir, a pesar de las dificultades, el Real Madrid seguía siendo extremadamente competitivo y gratificante.

Hoy en día, la situación es distinta en determinados aspectos. Ya no hay clubes más ricos, capaces de acaparar a los mejores talentos del momento (Boniek, Platini, Maradona, Schuster, Gullit, Van Basten…). Ahora, el Madrid es el club más rico del planeta, el que acostumbra a fichar al futbolista más destacado de cada temporada. El resultado de tanta opulencia es que el suspense deportivo se limita a media docena de partidos por temporada (los Clásicos, los derbis últimamente y el Bayern o similar). Entre tanto, y sin apenas sustos, goleada tras goleada.

Hasta aquí, más o menos, mi argumentación. Y a partir de aquí, la polémica. Sostuve en Twitter que encontraba algo obsceno en fichar al mejor cada año y comenté que al Madrid le vendría bien experimentar la sensación de no fichar durante un verano, como le ocurrirá al Barcelona, pues aprendería el significado de la palabra paciencia. En este sentido, y sólo en este sentido, defendí que vendría bien una sanción como la del Barça.

En ningún momento dije (ni se me ocurriría pensarlo) que el Madrid deba ser castigado por trata de blancas o de menores. Sólo me referí al esfuerzo impuesto de no fichar durante un curso. Tampoco declaré culpable al Madrid por ser rico, menuda tontería. La bonanza económica es un mérito del club. Ahora bien, se puede ser rico de muchas maneras. Se puede fichar al mejor de cada año (haga o no haga falta) o se puede invertir ese dinero en el desarrollo de una casa del socio en Valdebebas, o en una reducción del precio de los abonos. Pongamos por caso. No critico la riqueza, sino la ostentación o el dispendio. Ahora mismo, sin ir más lejos, el Madrid no sabe qué hacer con Illarramendi, fichado por 39 millones hace dos años. A eso me refiero.

Quien me asegura que prefiere disfrutar de un Bernabéu plagado de estrellas defiende un argumento muy razonable. Probablemente no vivió aquel Madrid de los 80. Además, el suspense no gusta todo el mundo, ni la incertidumbre, ni el romanticismo que nos hace creer que los escudos cuentan. Sobre gustos, todavía, no hay nada escrito.

Yo, ave migratoria

Cuando en el periódico me ofrecieron la posibilidad de escribir un blog dije sí de inmediato. Es la respuesta que me impongo ante cualquier desafío relacionado con las redes sociales o la tecnología, con todo aquello que corre más que yo. Pensé que no me exigiría demasiado. Me equivocaba. Alrededor del blog se formó una comunidad de intervinientes que se multiplicaron y crecieron al margen de mis esporádicas entradas. Gente interesante, en su gran mayoría. Diré más: varios de ellos son tipos brillantísimos, escritores de nivel. Todos aceptaron el juego: yo abría el bar y cada uno se podía servir a su gusto. Sospecho que, en más de una ocasión, debieron reponer ellos las existencias de licores y almendras.

En fin, al lo que voy. No me dio la vida para atender el bar, tal y como merecían los clientes. Y todavía me siento culpable por ello. Al igual que los personajes de algunas novelas, ese mundo se me escapó y, cuanto más me alejaba, más me costaba volver, y dar explicaciones.

Me sucedió algo similar (levemente) con una novieta de la adolescencia. Cuando tuvo que volver a su casa (era verano y pasaba unas semanas en el piso de un amigo mío) me despedí desgarradoramente de ella, dando por finalizado nuestro amor. No es que viviéramos en países diferentes. Ni siquiera en ciudades distintas. No teníamos otras parejas, ni tuberculosis, ni guerra en la que luchar. Era más cutre. Yo vivía en las afueras y no me sentía con ganas de tomar el autobús cada día para visitarla en el centro de Madrid.

Si hablo de mi blog es porque ha cambiado de plataforma y se perderán todos los comentarios de la comunidad que le dio vida durante varios años. Hoy mismo he sabido que mis clientes han emigrado a otro local, cosa que lamento, aunque no tengo nada que reprocharles. Me tocará empezar de nuevo, supongo. Quién sabe si algún día volverán. Quién sabe si aquella extraña mujer que se me aparece en Facebook es la novieta de aquel verano. Quién sabe si seré más disciplinado a partir de ahora. No tengo respuestas, todavía.

Entretanto, copio la carta de despedida que me envió un cliente. Fue un gran bar, sin duda. Veremos este.

 

Muy buenas, compañero. 

 

Como ya sabrás, se cierra "La Comunidad" y con el cierre se demolerá también cierto bareto virtual del que fuiste propietario, barman y, finalmente, novio a la fuga.  Hay ciertos temas recurrentes (los ronquidos, el mus...)  que vertebran una relación y en este caso tu (no) implicación con el blog ha sido una especie de hilo conductor que a mí personalmente me ha hecho más gracia que otra cosa (precisando: yo apenas he escrito unos pocos párrafos en los dos últimos años, así que te comprendo bien; los entusiasmos van y vienen y si se divorcia uno de la santa, imagínate de una web...).  

 

Por mi parte, solo agradecerte la atención y la amabilidad que en un tiempo nos dispensaste. Fue un verdadero placer tener esta relación tan especial contigo y con el resto de fenómenos. 

 

En fin, sé que eres un hombre ocupado así que no te entretengo más. Los parroquianos queremos seguir manteniendo el contacto (o resistiendo a ese gran cabrón, el paso del tiempo...) y nos mudamos al blog que fundó Seguidor en nuestra primera Hégira, cuando huíamos de los malvados trolls. Ni qué decir tiene que si te apetece pasarte (a despedirte o a saludar, como gustes) serás tan bien recibido como tú nos recibiste siempre a nosotros (y hablo en mi nombre pero creo que cualquiera de los colegas estaría de acuerdo). 

 

¡Un abrazo, crack!

 

PD: http://elbardetrueba2.blogspot.com.es/2014/12/adecentando-un-poquito.html#comment-form

 

Madrid-Talavera-Lisboa

Madrid.
Ayer mismo me sumé a una conversación entre tres jóvenes compañeros del periódico. El asunto: la barba es atractiva. Sobra decir que los tertulianos masculinos eran barbudos; la chica, no. Al primer minuto entendí que yo estaba de más: ni soy barbudo ni soy chica. Tampoco soy alto, condición indispensable para tener barba, a mi modesto entender. Los defensores de la pelambre facial me aseguraron que con barba la posibilidad de ligar se multiplica por dos o por tres. Imagino que ayuda el hecho de tener la cara semioculta. La verdad es que últimamente no salgo mucho y cuando lo hago luzco un afeitado impecable. No hablamos de la final de la Champions. Y aquello me preocupó un poco.

Hoy mismo he comido con un amigo. Después de charlar sobre la final de Champions, me ha contado que en Madrid todo el mundo está liado con todo el mundo. Ignoro si ha mencionado Madrid porque este fenómeno sólo se produce en la capital o porque su muestreo se reduce a la ciudad en la que habitamos. En cualquier caso me ha dejado algo aturdido. Al no estar yo liado con nadie me ha dado por pensar en el triángulo amoroso que estoy provocando. Luego he concluido que salgo poco y que me afeito mucho.

Madrid, por lo demás, está plomiza. Cuando no hay sol, la ciudad tiene cara de recién levantada. Tal vez esa modorra sea la responsable de que se hable poco de la final de Champions. O no tanto como se debería. En mi opinión tendría que ser el único asunto de conversación; ni barbas, ni cuernos. Las calles deberían estar engalanadas para la ocasión y plagadas de transeúntes con las camisetas de sus respectivos equipos. No sé por qué los telediarios no se emiten ya desde Lisboa. Y el Sálvame. La gente no está en lo que tiene que estar.

Talavera.
Estoy convencido de que Talavera, ciudad que no tengo el gusto de conocer, posee mil encantos. Casi todas las ciudades los tienen. También estoy seguro de que en Talavera hay la misma proporción de sensatos/cafres que en cualquier parte de España. Nuestro país es bastante homogéneo en este sentido. Mi reciente conflicto con algunos talaveranos me ha demostrado que la crítica que peor toleramos es la que viene de fuera. Yo en ningún caso critiqué a Talavera, pero ser de fuera (de Madrid, para mayor provocación) me condenó tanto como el equívoco que generó el texto. La reacción posterior me sorprendió relativamente. En Twitter, la minoría ruidosa acaba convirtiéndose en mayoría aplastante. El proceso posterior sólo lo imagino. Supongo que uno de los pirómanos de Twitter le comió la oreja a un político al grito de están insultando a Talavera y al concejal no se le ocurrió otra cosa que llevar la página del AS al pleno municipal. Y no lo hicieron para discutir sobre la chica de la contraportada (interesante debate), sino para exigirme disculpas públicas. http://www.latribunadetalavera.es/noticia/Z6DD0A4F7-F7DC-976A-A9EAA39DD55CB9BA/20140508/ayuntamiento/exigira/rectificacion/publica/diario/as
Luego supe que el PSOE, oposición municipal, apoyaba la moción del PP. Y casi al mismo tiempo tuve noticia de todos los problemas que sufre Talavera, empezando por el paro lacerante. Lástima que los políticos del consistorio sean tan ineptos como otros colegas de fuera. Nuestro país es bastante homogéneo en este sentido.

Lisboa.
Lisboa es más bonita que San Francisco. San Francisco ni siquiera la gana en terremotos. El de 1755 cambió la fisonomía del sur de la península ibérica. El problema de Lisboa es que tiene peor publicidad. Su drama es que está más cerca de nosotros. Lisboa es un lugar para perderse donde resulta bastante fácil perderse. Desde ese punto de vista, lo tiene todo. Si quienes la visiten el próximo fin de semana la perciben como una ciudad normal, tan apta para el jolgorio como cualquier otra, les recomiendo que observen sus pies; estarán pisando lo mejor de Lisboa: la melancolía.

Postdata. Hace pocos días posé con una bufanda del CF Talavera para limar asperezas. Declarada la paz, no espero que mis odiadores talaveranos posen con una bufanda con mi nombre, aunque sería hermoso. Me conformo con que se retraten con una contraportada del lunes. Como si estuvieran secuestrados, pero sonrientes. Si no es mucho pedir.

Menú a la carta: de Iker a Scarlett


Advierto que esta entrada la han propuesto los lectores, de ahí lo variopinto de los asuntos en cuestión. Quien me quiera felicitar por una iniciativa tan democrática debe saber que lo que me impulsa en primer lugar es mi falta de imaginación; la democracia viene después. Los temas son demasiado caóticos como para ordenarlos, de manera que no malgastaré fuerzas en ello. Mientras escribo, también quiero apuntarlo, estoy viendo curling, un Canadá-Suecia, concretamente; femenino, naturalmente. Lo señalo porque todavía no se han medido los efectos del curling en el cerebro de los televidentes, pero me temo lo peor.
Esto me recuerda a la carta que escribió mi amigo Paco a una chica que le gustaba, allá en nuestra bulliciosa adolescencia. En la posdata, y a sugerencia mía (valga la inmodestia), recomendaba a la muchacha leer la carta con la misma música que había sido escrita, alguna canción de The Cars, si no recuerdo mal ‘Who’s gonna drive you home’. La joven, guapísima, pero de escasa sensibilidad musical, siguió sin dirigirle la palabra.
En fin, que me pongo a la tarea.
1. El compañero y sin embargo amigo Alfredo Matilla (no se pierdan su blog Míster Pentland) me propone que diserte sobre las opciones a los títulos de Madrid y Barça. Sin duda, me tiende una trampa. En ella caeré gustoso (ya me volverá el boomerang). A día de hoy, apostaría por el Madrid para ganar Liga y, probablemente, la Champions (con permiso del Bayern). Paso a explicarlo. En España, no hay plantilla más larga ni más fuerte. Tampoco hay defensa mejor en estos momentos. Por no hablar del arsenal ofensivo o de la progresión del equipo. No hace falta mucho más para imponerse en las 14 jornadas que restan. Entretanto, sus oponentes cojean de algún pie. Al Atlético se que le queda corta la plantilla y al Barça, la defensa. Demasiados problemas para ganar Liga o Champions. Suficiente, sin embargo, para que el Barcelona gane, o pelee de tú a tú, la final de Copa.
Matilla también me invita a comparar los canteranos de Madrid y Barça. No sabría decir cuáles son mejores porque todos son buenos, por eso mencionaré a los que me suscitan dudas. Bartra, el primero. Demasiado blando todavía para lo que requiere el puesto. Tello, por su parte, está perdiendo entusiasmo y filo, a base de no tener minutos. Jesé es estupendo, pero Rafinha no es peor. Deulofeu necesita volver y Morata precisa irse.
2. Ricardo me plantea el futuro de Casillas en el Madrid. Lo tengo claro: yo me iría en verano. Por orgullo y por ver mundo, para que el niño aprenda idiomas y algunos aprendan respeto. Inglaterra o el París Saint Germain serían buenos destinos.
3. Sobre los actores que me marcaron en la juventud (Javi) tendría que hacer memoria. No creo que ninguno me marcara en sentido estricto. Me gustaban muchos. La noche que casi palmo en un accidente de coche me disponía a ver ‘Adivina quien viene a cenar esta noche’. Ya saben: Spencer Tracy, la Hepburn, Poitier.... Suerte que me la grabó mi hermana y pude verla un mes después. En aquella época me impactó mucho James Mason, al que vi por vez primera en Operación Cicerón. Si aquellos tiempos eran mejores es porque en televisión todavía ponían películas en blanco y negro. No sólo por eso: las chicas de Porkys no tenían un gramo de silicona o bótox, todo era natural y desbordante (esto no habrá quien me lo rebata).
4. Pablo Rivas quiere conversar sobre tebeos, pero yo tengo poca conversación al respecto. Nunca he profundizado. Recuerdo escaparme del colegio San Viator para comprar tebeos de la Marvel en un kiosko cercano. Pero no me hice fiel a los superhéroes (con lo que molaría ahora). Lo mismo vale para Mortaledo y Filemón, la Rue del Percebe, Hazañas Bélicas y otros. Mi primo Nacho lo sabía todo de Asterix; yo ya empezaba a no saber nada de nada. De Tintín, ni rastro. El perrito me impedía tomármelo en serio.
5. Kyle es muy ambicioso y quiere que le dé la próxima plantilla del Barça, ardua tarea y bajo presupuesto. Lo intentaré. Ter Stegen (ya fichado) y Roberto (Olympiacos); Alves, Adriano, Alba, Montoya, Piqué, Bartra, Hummels; Busquets, Fábregas, Iniesta, Xavi, Sergi Roberto, Rafinha, Deulofeu; Messi, Neymar, Pedro y Tello. Salen Valdés (por voluntad propia), Pinto (por años), Song y Alexis (por razones obvias). Si alcanza el dinero para fichar a Reus, yo también lo haría. Y quizá un nueve de perfil bajo que no se interponga con el ego de Messi.
6. Y ahora, Modric. Gran temporada y excelente en los últimos partidos. Veremos en los siguientes. Reconociendo su talento y su magnífico momento, su delicado pase con el exterior, su dinamismo y proyección ofensiva, sigo viendo en él algo espumoso, volátil, inconsistente para el mediocampo. Pero es fácil que esté equivocado.
7. Alberto saca a colación Twitter y la valentía del anonimato. Cobardía, más bien, me atrevo a puntualizarle. En cualquier caso, el odio y la mala educación que proyecta Twitter de manera casi multitudinaria, dice poco de nosotros como sociedad. Hay demasiada gente deseando odiar.
8. Según creo entender, a Diego le gustaría una final de la Copa del Rey a doble partido, pero cuanto más lo pienso más convencido estoy de que no he debido entenderle bien. Una final debe jugarse a un partido. Seguro que se refiere a las eliminatorias previas. Y en eso estoy con él. La Copa tenía que ser más sensible a los milagros, más amable con los modestos, más distinta, en definitiva.
9. Por último, Lance Armstrong y la condición humana (Miguel). La historia es compleja y el final corre el riesgo de borrar lo anterior. Armstrong fue un tramposo e incluso más que eso: un matón, un mafioso. Sin embargo, su ejemplo como superviviente del cáncer que vuelve a subirse a una bicicleta, y que compite al primer nivel, sigue siendo válido. Su Fundación tampoco es mentira. Ni su inspiración para tantos enfermos. Eso es verdad. A mi modo de ver, su confesión pública ante Oprah también tiene valor. Al final dijo la verdad (o parte de ella) y aceptó que le avergonzaran delante de las cámaras y eso ya es mucho más de lo que han hecho otros. Quizá su única razón fue evitar la cárcel, pero se expuso, aun sabiendo que ese estigma le marcará siempre y le impedirá rehabilitarse por muchas vidas que viva. En último instante, fue digno.
10. La foto me la pide Marcos y a él me debo. Con ustedes, la señorita Johansson. Nuestra pasión, lo sospecho, tiene mucho que ver con las películas de Porkys antes citadas. Scarlett podría haber salido por cualquier ventana de cualquier pajar, perseguida por un granjero puritano o por media docena de pueblerinos muy poco puritanos. Sin silicona ni bótox. Qué tiempos los 80.
http://www.youtube.com/watch?v=zqC3KF3fT84
http://www.youtube.com/watch?v=DrgSzcctUyY

Luis, aquel joven

Yo no conocí a Luis Aragonés. Quizá eso me convierta en un periodista deportivo único; habrá que conformarse con eso. Compartí un almuerzo en el que Luis era el protagonista, pero no creo que intercambiara palabras con él. Me imagino embobado ante su presencia, silencioso, observador, espía de los más mínimos detalles; la discreción es muy poco proactiva. Me quedó el recuerdo, eso sí, de un hombre imponente, en muchos aspectos, incluido el físico, similar a Fernando Fernán Gómez, al que tampoco conocí, y con el que ni siquiera compartí almuerzo. Luis tenía esa voz y esa autoridad. No se veía obligado a ser un tipo simpático. El humor era su única aproximación a la simpatía. Aragonés se sabía gracioso, como Fernán Gómez, como sólo pueden serlo las personas esencialmente serias.
Luis contaba con una legión de admiradores entre los periodistas. Muchos exhibían su amistad, o su cercanía (quizá esto sea más correcto), como el carnet de un club exclusivo. “Yo soy amigo de Luis”, repetían con frecuencia, presumiendo de un acceso personal, afectivo o sólo telefónico (quizá esto sea más correcto).
Como observador lejano, mi aproximación a Luis se produce, igual que para tantos, en la Eurocopa de 2008, cuando nos cambió todo. Se suele idealizar ese torneo y localizar en él la gloriosa explosión del tiqui-taca. Mi recuerdo no es tan idílico. España superó los cuartos por penaltis, sin jugar un gran partido, y fue después de eliminar a Italia, en semifinales, liberados de un complejo histórico, cuando la Selección descubrió su verdadera personalidad. Para ello fue necesario que Villa se lesionara en el minuto 34 y que Luis lo sustituyera por Cesc. La coincidencia de Fábregas con Xavi, Iniesta y Silva (escoltados por Senna) fue lo que nos dotó de un poder mágico sobre la pelota. Aquellos chicos eran capaces de tocar y tocar hasta superar los límites de lo visto hasta entonces. Allí se forjó la España campeona, la que levantaría después esa copa y las sucesivas.
Como todos los elegidos, Luis tuvo mérito y suerte.
Tiempo después se hicieron públicos los vídeos rodados por la Federación durante la concentración de España. Las charlas de Aragonés son fascinantes, por amenas, divertidas y precisas. Ningún otro discurso hubiera fijado la atención de los jugadores, y ninguno les hubiera calado tan profundo. Leemos en sus obituarios que Luis siempre fue un futbolista, que jamás perdió esa condición, pero yo diría que lo que siempre fue es joven. De ahí su capacidad para comunicarse con los jóvenes, para hacerse entender por ellos.
La inercia de aquella Eurocopa, y de aquel Luis, nos condujo a lo demás, nadie lo duda. Sin embargo, creo que los éxitos que vinieron, Mundial y otra Eurocopa, sólo fueron posibles gracias a que Del Bosque fue el continuador de su obra. Desde el primer instante se puso como objetivo no romper nada, no alterar el ambiente. Del Bosque actuó con la delicadeza de un buen padrastro sin que ello significara renunciar a su forma de entender el fútbol.
Yo no conocí a Luis, insisto, pero la conmoción causada por su muerte, el sentimiento general de pérdida, me hace ver que fue más profundo que grande, que el fútbol tiene memoria y que hay esperanza para nosotros, alguna.

Hacerse mayor

Mi aproximación al mundo de los adultos fue tan traumática como la de cualquier otro niño. Me sentía perseguido por un mundo que me reclamaba besos y cabriolas, o que se empeñaba en interrogarme sobre cuestiones absurdas: elegir dramáticamente entre mi madre o mi padre, contarles si tenía novia o descubrirles qué quería ser de mayor. Esta última cuestión era quizá la más desconcertante, porque yo no sentía ninguna necesidad de hacerme mayor. Hoy, visto con cierta perspectiva, advierto que en aquellos tiempos alcancé cotas de sabiduría que no volvería a igualar jamás.

Sin embargo, un día estalló la primavera en forma de floridas espinillas, voz de gallo e incipiente bigote mexicano. Había dejado de ser un niño y la vida adquiría, de pronto, una velocidad inesperada. El sistema seguía empeñado en que tomara decisiones trascendentales sobre mi futuro y ya no había tiempo que perder. Ninguna elección ofrecía garantías, pero obligaba a un descarte perpetuo. Por allí se me perdieron el matemático, el físico, el profesor de griego, el bohemio pintor y tantas variantes de mi persona que no hubieran sido muy distintas de la actual o tal vez sí.

Mi aproximación al mundo de los adultos fue tan traumática como la de cualquier otro adulto. Para mi sorpresa, mi recién estrenado gremio no poseía ninguna certeza y casi ninguna razón. Nadie estaba revestido de autoridad moral y a casi nadie encontré adornado con el don de hacer justicia. Los adultos no eran profesores especializados en diversas materias, como algún día de máxima ingenuidad llegué a imaginarme. Sólo contaban con el mérito del dinero y del disimulo. Para añadir confusión, el mundo adulto invertía el orden del recreo: el héroe de antes era el marginado de ahora y el marginado de ayer se había convertido en el empresario del momento.

Teníamos motivos para encontrarnos perdidos. Mi generación, la que sea, ha sido la primera que no encontró ventaja alguna en eso que llamamos la independencia y el desarrollo personal. Para nuestros padres la mayoría de edad significaba una zambullida en un universo mejor: el primer sueldo, el primer Seiscientos, la primera libertad y, probablemente, las primeras escapadas románticas.

A nosotros eso nos vino de serie y sin esfuerzo: la paga, la moto, la primera libertad, el primer amor y los sucesivos. El problema es que, a fuerza de agarrarnos al niño que fuimos, nos costó muchísimo más despedirnos de él. El presente era simplemente peor que el pasado y del futuro qué decir. La encrucijada no sólo era laboral, sino emocional, romántica y existencial.

Creo que fue entonces cuando respondí las preguntas que forjan el camino de cada hombre. Primero determiné que quería igual a mi padre y a mi madre, y a ambos tanto y tan profundo que me resultará imposible explicárselo sin ahogarme; luego busqué a la novia de la infancia y, por último, decidí qué quería ser de mayor. Niño, me dije. Tener las televisiones encendidas, contar historias, hablar de fútbol, estar con amigos, vivir con una sola corbata y ver deporte a todas horas. De modo que me hice periodista. Después, los adultos, inconscientes, eligieron equipos y me dejaron jugar.

Hasta hoy.

The Newsroom y el Real Madrid


“No, me considero republicano porque lo soy. Yo creo en las soluciones del mercado , las realidades de sentido común y la necesidad de defendernos de un mundo peligroso, y eso es más o menos todo. El problema es que ahora tengo que ser homofóbico. Tengo que contar el número de veces que la gente va a la iglesia. Tengo que negar los hechos y creer que la investigación científica es una gran estafa. Tengo que pensar que a la gente pobre se le está ofreciendo un dulce empujón. Y tengo que tener un complejo de inferioridad tan pasmoso, que tengo que temer a la educación y al intelecto… en pleno siglo XXI. Pero sobre todo, el más grande de los nuevos requisitos, en realidad el único requisito, es que debo odiar a los demócratas”. Así explica el periodista Will McAvoy (Jeff Daniels) su militancia republicana en el último capítulo de The Newsroom , una serie más que recomendable, aunque trate sobre periodistas.
El juego que propongo es cambiar “republicano” por “madridista”. Hecho el cambio, y modificados algunos argumentos políticos (que no éticos), un madridista podría tomar el mismo camino que McAvoy para explicar su militancia crítica e incluso independiente. Prosigamos el juego. “No, me considero madridista porque lo soy. Entiendo que los sentimientos se heredan y creo que debo un respeto al padre que me legó esa pasión y al niño que entretuvo tantas tardes pegado al transistor, gozando o sufriendo, al muchacho que se pasaba una hora en el autobús hasta llegar al estadio. Tan fiel soy a la nostalgia, que tengo por ciertos los valores que algún día se atribuyeron al club, y eso es más o menos o todo. El problema es que ahora tengo que ser florentinista. Tengo que desconfiar de los que cuestionan al presidente y aceptar cualquier decisión que tome, ya sea fichar a Mourinho o vender a Özil. Tengo que negar los hechos y aceptar que la prensa conspira para dirigir el Real Madrid. Tengo que pensar que ciertos espacios televisivos defienden las tesis de Florentino ‘espontáneamente’. Y tengo que tener un complejo de superioridad tan pasmoso, que me veo obligado a negar la evidencia de que el Madrid está perdiendo, en España y en el mundo, la batalla de la imagen y del cariño; también la del fútbol. Pero sobre todo, el más grande de los nuevos requisitos, es que debo odiar al Barcelona, y por extensión a Messi, exactamente igual que nos odiaban algunos barcelonistas hace 25 años, cuando nos temían y tenían por ciertos nuestros valores como equipo y como club”.
Y fin del juego. Ahora, retomemos la realidad.

Valor y precio

Gareth Bale es un gran futbolista y lo escribo en primer lugar por si al segundo párrafo se me acusa de afirmar lo contrario. Tan bueno es, y tan poderoso físicamente, que recuerda mucho a Cristiano Ronaldo. Juntarlos en un mismo equipo sería como reunir a dos superhéroes en la misma historieta, un experimento fantástico. Contra la magia pitufa del Barcelona, multiplicada por la incorporación de Neymar, el Madrid opondría la fórmula contraria, reforzada por el músculo de Bale. No pintaría mal, desde luego.
El problema es que Bale cuesta cien millones de euros, riñón arriba, riñón abajo. Una cifra exagerada, porque, aunque el chico se parece a Cristiano, todavía está lejos de ser un jugador tan influyente y determinante. Y porque los tiempos no parecen propicios para semejante dispendio.
Asumo que la reflexión anterior es altamente impopular. Sacar el tema te convierte de inmediato en un triste aguafiestas. También, por supuesto, en un demagogo. Lo comprobé recientemente en Twitter. La sensación que me queda es que hay muchos aficionados del Real Madrid, incluso socios, que piensan que el fichaje mejorara a su equipo sin afectar a su bolsillo. Al fin y al cabo, paga Florentino (aunque lo correcto sería afirmar que paga el Madrid, y por tanto, ellos).
No he escuchado, y me sorprende, que ninguna peña de socios madridistas o agrupación de cualquier tipo solicite al club que el dinero de Bale, o una parte, se emplee en rebajar los abonos, o en construir en Valdebebas la casa del socio de la que tantas veces se ha hablado, o en techar el Bernabéu (promesa de largo recorrido), o en impulsar la Fundación. No conozco a madridistas sin carnet (eso que llaman simpatizantes, tan dignos como los socios) que, con el ahorro que significaría el descarte de Bale, reclamen una rebaja en el altísimo precio de las entradas. La verdad es que apenas he tenido noticia de voces discordantes. Que venga Bale. Paga Florentino.
Sí, soy un demagogo. Me lo recuerdan los más entusiastas: Bale sería una inversión que se amortizaría con títulos y camisetas. Además, me aseguran, el madridista paga gustosamente lo que sea menester con tal de ver a los mejores jugadores del mundo. Lo demás son zarandajas pseudopiadosas y demagógicas. Cosas de Trueba, marioneta ‘prisaica’ que trata de dinamitar el club porque los entrenadores ya no comen con los periodistas en el Txistu. Qué se puede esperar de un personaje así, defensor de Casillas y Del Bosque, y por todo ello, y en lógica consecuencia, probablemente rojiblanco, tal vez culé.
Y ahora, después de esta catarsis automutiladora, pasemos a otra perspectiva: ¿necesita el actual Real Madrid a Bale? Nunca sobran los buenos, desde luego, pero no parece que Bale (jugador con más pegada que circulación) sea la pieza clave para hacer funcionar al equipo. Su entrada en el once sacrificaría a un talento creativo (Özil o Isco), salvo que el galés empujara a la suplencia a Benzema, asunto que se antoja bastante improbable por razones que son conocidas y no vienen al caso.
Si el empeño es gastar cien millones, también se podrían emplear en la contratación de Luis Suárez y Agüero, por citar a un eficiente relevo de Benzema y a un genio con habilidad para todo, incluido abrir espacios. Quiero suponer que ellos serían capaces, igualmente, de vender algunas camisetas por el ancho mundo. Si la idea es contrarrestar con un nombre el nombre de Neymar y fascinar al planeta con una presentación mega galáctica, retiro lo dicho y me aplico a la búsqueda de una nueva conspiración.
No hace falta recordarlo, pero lo recordaré: expreso una opinión personal. Para el perverso negocio de la comunicación (ese que quiere mangonear en el Madrid, aseguran algunos) sería positivo que vinieran Bale, Suárez, Kun, Pocholo y Lady Gaga, todos al mismo tiempo. Total, paga Florentino.

De bicis y crepúsculos


Lo siguiente es un post por sugerencia pública. Los temas han sido propuestos por amables tuiteros, en auxilio de este pobre escribiente sin asunto. Vayamos al tajo.
Ciclismo.
Diré que me gusta por herencia genética. Mi padre soñaba con ser corredor y mi abuelo paterno, según creo, fue juez de carreras ciclistas en Cantabria. No tenía escapatoria, pues. Y menos aún cuando, siendo un niño, me regalaron una bicicleta de carreras, un maillot naranja, un culotte negro y unas pequeñas zapatillas con calas. Todo hecho a medida y con riguroso mimo. Es fácil imaginar el espanto que me causó aquello. El uniforme oficial de ciclista (la lycra en general) es algo que sólo se puede asumir en la incipiente madurez. Ningún niño está preparado para vestirse como Nureyev y andar como un pato. Si les espeluzna la imagen, añadan una gorra con la visera levantada.
Sin embargo, por la felicidad de un padre uno es capaz de cualquier cosa. Incluso de pedalear de esa guisa. Juraría que sólo lo hice durante los veranos en Galicia, donde mi prestigio, ganado a pulso durante ocho años de inmaculada existencia, estaba protegido por el anonimato. En cuanto tuve ocasión, y con cierto disimulo, doné todo el aparataje al museo familiar que alimentan las madres en algún cajón escondido.
El proceso fue idéntico al que atravesé con Los Panchos. Después de escuchar boleros sin cesar en cada viaje veraniego (600, 850, GS Club, Renault 18), en la más tierna adolescencia me prohibí las guitarras, los lodos y las flores de la canela. Años después, y ante mi propio asombro, volví a ellas ocasionalmente como regresé a la bicicleta con lycra. A pesar de mi resistencia y de mi titánico esfuerzo por encontrar mi propia voz, no podía negar lo evidente: era un Trueba.
Actualmente, todos mis achaques físicos (no tantos, señoras) se arreglarían si saliera regularmente en bicicleta. Así me lo dijo un fisio argentino tan entusiasta que igual me hubiera convencido de pilotar un ala delta. Lo ideal, he pensado, sería ir a trabajar en bicicleta, pero el problema, como tantos, es logístico: ropa, distancia, sudores, horarios, asaltantes callejeros… Aunque debo confesar que existe otro inconveniente mucho mayor: la terrible vergüenza que me daría ser interceptado por algún conocido (o amigo de) con mi maillot del Bianchi y mis peludas piernas embutidas en un sugerente culotte negro. Por no hablar del casco achampiñonado. Lo dicho: en Galicia me resarciré. Y tan pancho.
El tardofranquismo.
Lo bueno del término tardofranquismo es que se explica solo: la última parte del franquismo (da gusto saber hablar latín). Quien me sugiere el asunto quiere expresar su indignación por el empleo de la palabra en este periódico, para definir, con una metáfora, a los nostálgicos del ordeno y mando (ya pueden imaginar el contexto). Personalmente, no lo encuentro inapropiado, aunque comprendo que se pueden sentir molestos los franquistas o los antifranquistas, cada uno con sus argumentos. El hecho, no obstante, nos sirve para enfocar otro fenómeno que han multiplicado las redes sociales: la conocida susceptibilidad patria. Hay gente que está deseando sentirse insultada para justificar así sus propios insultos. Valga un ejemplo personal: fueron incontables los improperios que recibí (y aún sigo recibiendo) por escribir en su día que Lass Diarra estaba incluido en el parte de bajas por un “embarazo psicológico”, expresión con la que quise explicar (sin éxito) sus evanescentes lesiones sin justificación médica. Escuché todo tipo de calificativos por aquello. Salvo tardofranquista.
Futbolistas comprometidos socialmente.
Haberlos, haylos, no tengo la menor duda. Lo complicado es determinar si el compromiso social debe estar acompañado de una manifestación pública o si basta con su práctica íntima. La cuestión cambia sustancialmente si hablamos de donaciones o de política. Y en ningún caso lo tengo claro. Gasol o Casillas presumen de su compromiso con África y estoy convencido de que la publicidad ayuda a los proyectos benéficos que defienden. La política es más delicada. Por muy sensatos que sean los argumentos de un deportista, siempre será acusado de su ventajosa posición social, o de su dinero, o de su fama. Volvemos a la conocida susceptibilidad patria.
Capitanes del Madrid que determinan salidas y entradas de entrenadores.
Sospecho que aunque el título parece de tesis doctoral, no hay casos con los que rellenar tantas páginas. Yo, al menos, no los conozco. Hasta donde yo sé, los presidentes tienen más influencia que los entrenadores en las grandes decisiones de los clubes, y aviso que según escribo la frase ya me estoy arrepintiendo de haberla empezado.
El crepúsculo de los dioses: de Gasol a Federer.
Me remito a una frase de la película del mismo nombre (Sunset Boulevard, en versión original). Alguien pretende adular a Gloria Swanson diciéndola que ella fue grande y la vieja actriz del cine mudo responde indignada: “¡Yo sigo siendo grande. Es el cine el que se ha hecho pequeño!”.
Fichajes.
También llamados salvavidas o salvapresidentes. Tienen en común que son caros. Y, en ocasiones, la cresta.
La misteriosa desaparición de Florentino a los mandos del club.
Corrijo, si se me permite: lo que ha desaparecido no es Florentino, sino los mandos del club.

Hacerse mayor

El aficionado al cine y, en cierta medida, el aficionado al deporte asiste, con el paso de los años, a un hecho particular y conmovedor: el envejecimiento de sus héroes. Te haces mayor cuando los jugadores de tus cromos se convierten en entrenadores. El cambio no se asimila jamás. Yo, sin ir más lejos (disculpen la inmodestia, pero soy el ejemplo más cercano que tengo) sigo viendo a Schuster como el ángel exterminador que fue como futbolista. Cuando fichó por el Barcelona parecía salido de un cómic de la Marvel, Thor, concretamente. Era, al mismo tiempo, un centrocampista grandioso, adelantado a su tiempo (aún hoy lo sería), y un anuncio de Sunsilk (Timotei, si lo prefieren). El tipo que le suplanta ahora se le asemeja bastante, pero no puede ser él, es imposible. Buen trabajo, no obstante, del turista alemán que imita su voz y su ironía.

Con el cine, la experiencia resulta mucho más dramática. Quien se enamoró de Michelle Pfeiffer en los 80 se puede quedar paralizado por la conmoción si la observa ahora, desfigurada por las operaciones. Algo en nuestra cabeza sustituye de inmediato esa visión y la reemplaza por la que grabamos al ver Lady Halcón, o Cuando llega la noche, dos películas en las que está verdaderamente preciosa. Michelle es esa; la otra, su madre, tal vez su abuela. No hablemos ya de casos como el de Carrie Fischer, la mítica princesa Leia, a la que la mala vida y las operaciones han transformado directamente en una persona radicalmente distinta, vulgar por fuera, aunque mucho más hermosa por dentro (la Fischer se gana la vida burlándose de sí misma en los teatros, en una admirable psicoanálisis con público). Quizá Greta Garbo decidió ahorrar el trauma a sus fans cuando se retiró a los 36 años.

El actor que tiene la fortuna de alargar su carrera hasta la vejez está expuesto como ningún otro ser humano a la comparación permanente entre su juventud y su ancianidad. Una comparación desgarradora, en la mayor parte de los casos (Meryl Streep es la excepción). Paul Newman, probablemente el hombre más bello que ha dado el cine, no tuvo inconveniente en someterse a ese doloroso contraste y en los últimos años de vida ejerció como padre o abuelo de otros galanes que no le hubieran lustrado los zapatos en sus años mozos (Redford todavía se resiste a eso). Igual de doloroso es pensar qué algunos jóvenes sólo tendrán el recuerdo del Harrison Ford oxidado de estos últimos años, o del Pacino decrépito, o del De Niro abuelete. Debería ser de obligado cumplimiento que antes de ver Siete días y siete noches, pongamos por caso, los jóvenes disfrutaran de La Guerra de las Galaxias, o de las películas de Indiana, igual que habría que empezar por Taxi Driver o El Cazador antes de adentrarse en Los padres de ella.

He pensado muchas veces, en esas ensoñaciones que tiene uno y que no le llevan a ninguna parte, que los clubes de fútbol deberían comprometerse en la revisión constante de sus viejas glorias. Primero como lección a los jugadores actuales, que deberían distinguir con exactitud, y por contrato, a esos ancianos con los que coinciden en actos y presentaciones. Sería de enorme utilidad emocional que las estrellas de ahora supieran que lo que hacen y lo que nunca harán ya lo practicaban otros tipos hace 50 años. Resultaría productivo, y saludable, que antes de un gran partido, y finalizada su siesta, los futbolistas interrumpieran sus partidas en la Play para ver vídeos de jugadores históricos, partidos memorables que han forjado la identidad de los equipos de los que forman parte. Todo resultaría más lógico entonces, y más justo.

En eso, en la reverencia a las viejas glorias, el cine supera de largo al deporte y a casi cualquier actividad profesional. Cada ceremonia de los Oscar incluye un reconocimiento anual a los pioneros. En el fútbol, a los pioneros se les puede ver, con suerte, en alguna peña, en algún entierro, probablemente el propio, o en algún reportaje en sepia.

Yo, ya que se empeñan en hablar de mí, me sentí muy atraído por Helen Mirren, esa viejita que hace poco interpretó a la Reina de Inglaterra. Todavía me asombra que nuestros periodos de actividad sexual hayan podido coincidir en algún momento. Pero ocurrió. Seguramente por esa tara mental que arrastro me siento tan vinculado (es un decir) a mis actrices y actores coetáneos, a los que han cumplido años en mi misma franja horaria, a los que han envejecido al mismo tiempo, sin que ni ellos ni yo hayamos querido reparar en las arrugas del otro. Por eso todavía encuentro tan absolutamente arrebatadora a Julia Roberts, tan maravillosos a Ethan Hawke y Julie Delpy. Por eso, entre otras cosas, me cuesta tanto aceptar a Khedira. Porque yo vi a Stielike.

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