Crónicas Mundanas

Messi vs Cristiano: héroe y antihéroe

A Cristiano Ronaldo le pitaron en Roma más allá de lo que se abuchea a un futbolista rival. Y no fue porque el público se sintiera amenazado, o no sólo por eso. Tres días antes, a Messi se le reconoció la ocurrencia del penalti indirecto con un entusiasmo febril; apenas hubo críticas, y las que hubo, se consideraron de mal gusto, lamentables demostraciones de envidia.

Resulta evidente que Cristiano y Messi no caen igual. Habrá quien lo achaque a la personalidad de cada uno y habrá quien lo justifique en el fútbol de cada cual. Dos motivos de peso, sin duda. Pero existe otra razón. Hay un prejuicio, muy básico, que se relaciona con el aspecto de ambos y que condiciona nuestra percepción. Messi tiene el perfil (bajo) de los héroes de los dibujos animados. Cristiano es un personaje de Marvel dentro de una película de Disney. Messi sería el bueno de esta historia aunque atropellara viejitas en los pasos de cebra. Cristiano sería el malo aunque tuviera más talento.

A partir de Messi no sería difícil trazar la silueta de un roedor tan listo como Jerry (la pesadilla de Tom) o tan poderoso como Súper Ratón. Parientes de Messi son Piolín, Nemo, Chicken Little, Stuart Little, la hormiga Flik y la conejita Judy de Zootrópolis. Todos ellos debieron superar, y superaron, un hándicap físico. El mensaje está dirigido a una audiencia infantil, pero es apto para todos los públicos: los pequeños pueden ser grandes y en ese camino cabe una aventura con el éxito de taquilla asegurado.

Mientras el aspecto de Messi sólo recibe asociaciones positivas, Cristiano es el Grosso. Quien haya visto la película Futbolín (“Metegol”, en título original) no necesitará más explicaciones. Quienes aún no la vieron han de saber que el Grosso, antagonista del apocado Matías, es un futbolista fuerte, famoso y musculado que rinde culto a su imagen. En los carteles se le anuncia como “megalómano, caprichoso y ostentoso”. Y no se quedan cortos. En la puerta de su mansión, el visitante es recibido por una estatua del Grosso sujetando el mundo, como un atlas con botas de fútbol.

De todos los personajes de animación, sólo el Hércules de Disney sale al rescate de Cristiano. El chico es un portento y su desafío es controlar fuerza y soberbia; humanizarse como paso previo para ser un dios. Lo consigue, finalmente. La diferencia es que Hércules está asesorado por Philoctetes y Cristiano por Mendes.

Fútbol aparte, la percepción de lo exterior ha influido en la percepción de lo interior. Messi es el bueno de la película de manera individual y el Barcelona lo es de modo colectivo. La concentración de bajitos, el patrocinio de Unicef y la retórica de Guardiola contribuyeron a implantar esa idea. La oposición de Mourinho terminó de consolidarla. Ante la posibilidad de luchar como bueno o como malo, Florentino escogió a Gargamel. Por eso fichó a Mou y por eso consintió un sinfín de disparates que culminaron en la infame pancarta: “Tu dedo nos señala el camino”.

Quede claro que no analizo valores morales. Veo posible, incluso probable, que Cristiano sea mejor persona que Messi, más generoso en su vida privada y más transparente en la pública. Sin embargo, nunca podrá librarse del prejuicio y tampoco el resto del mundo. Si algún día Cristiano decide lanzar un penalti indirecto, o marcar con la espalda, las peores críticas lloverán sobre él: arrogante, soberbio, egocéntrico… Entretanto y como siempre, Piolín sonreirá desde el columpio de su jaula.

El Real Madrid y la riqueza

En los años 80 y 90, los que mejor recuerdo, el Real Madrid se definía por valores que no se discutían (carácter, historia, competitividad…) y por una condición que llamará la atención a los más jóvenes: no era el club más rico del mundo, ni siquiera de España (el Barça estaba por delante). Esa posición multiplicaba el mérito de cualquier triunfo contra el Barça y de las recurrentes remontadas europeas. Ser del Madrid, en aquellos tiempos, no significaba establecerse en una situación de ventaja, al menos económica. El club era clase alta en la competición nacional, pero clase media trabajadora en los torneos europeos, y con ese ánimo (humilde) se festejaron por todo lo alto las Uefas de 1985 y 1986. Los mejores futbolistas del momento jugaban en la rebosante Italia (Platini, Matthaeus, Van Basten, Gullit…) o en el opulento Barcelona (Schuster, Maradona…). Para el Madrid quedaba la explotación exhaustiva del producto nacional. Que en la Selección se concentrara una mayoría de jugadores madridistas era un hábito y un orgullo.

No se vivía mal en aquel Real Madrid aunque de tanto en cuanto los jugadores regresaban magullados de Alemania. Los futbolistas del equipo compartían una tipología determinada, la misma que sigue conectando a personajes (leyendas) como Camacho, Santillana, Del Bosque o Juanito. Incluso La Quinta, representación de una generación nueva, compartía esa esencia madridista. La afición, por lo general, se reconocía en esas caras y en ese ambiente.

Cuando el Real Madrid, años después, se convirtió en el club más rico del barrio (de la ciudad y del planeta), y cuando le dio por presumir de ello, algunos seguidores se quedaron desconcertados. Todavía lo están. El equipo pasaba a ser una constelación de estrellas, el más admirado desde el punto de vista astronómico, pero el más odiado para el resto de los aficionados al fútbol.

El nivel de las hazañas se fue rebajando necesariamente: es obvio que el presupuesto más grande no puede firmar las gestas de mayor tamaño. Esas quedan reservadas para quien consigue derribar al gigante.  

Siempre que he planteado esta reflexión he sido tomado por un tipo naif, cuando no directamente idiota. Los reproches son de diversa índole y podrían resumirse así (cito de memoria): ‘Qué pretende, ¿qué pidamos perdón por ser ricos?’. ‘Si le parece, cambiamos a Cristiano a Manucho para sentirnos mejor’.

Casualmente, Jorge Bustos (El Mundo) se refería a este mismo asunto en su columna del 23 de enero, con mayor elegancia, más ironía y mucho más filo: “Quizá llegue el día en que el Real Madrid, a fuerza de atender consejos bienintencionados, se empobrezca gentilmente y se gane así el favor de la nación moral (…)”.

Por supuesto, no se trata de empobrecerse, ni de pedir perdón. Bastaría con no hacer ostentación de la riqueza, con no fichar al mejor de cada verano o con privilegiar los criterios deportivos por delante de los intereses del márketing. La razón de ser del Real Madrid es ganar copas, no dinero. Y si por el camino se amasa una fortuna (cuestión legítima), lo que hay que esperar es que los excedentes redunden en beneficio (económico) de los socios, a los que se proclama constantemente como dueños del club.

Ser un club rico debería ser compatible con hacer una gestión responsable del dinero. Pienso, por citar tres ejemplos cercanos en el tiempo, en Danilo (31,5 millones, gratis al año siguiente), Illarramendi (38,9) o Lucas Silva (15). Los socios no han exigido responsabilidades por esas operaciones, a todas luces ‘mejorables’. Y deberían. Por una simple cuestión de salud institucional, y también, de paso, por la pésima imagen que se proyecta.

Recordar que el Real Madrid ganó ocho Copas de Europa sin ser el equipo más rico del mundo no es un ejercicio de nostalgia, ni significa hacer voto de pobreza. Es constatar un hecho y sugerir una lección.

Los colores de Mad Men

El Barça juega con franjas horizontales. El Atlético ha perdido las rayas de la espalda. Igual le ocurre al Betis, que además ha modificado el ancho de las barras tradicionales, que ya no son trece, sino cinco. Por cierto, el Betis jugó en Mestalla disfrazado de selección italiana, puramente ‘azzurri’. Hay más ejemplos, infinidad, pero ya es hora de las preguntas. ¿Quiénes son los responsables? ¿Quién está al otro lado? ¿Cómo funciona el departamento de diseño de una marca de ropa deportiva? ¿Qué les inspira, qué les motiva, que ingieren?

En la Selección española hemos recuperado (por fin) el pantalón azul y sin embargo no hay felicidad completa. Las medias negras, también de regreso, no se acompañan de la bandera nacional en su ribete. Y que nadie quiera ver aquí la menor intencionalidad política. Añoro, simplemente, el uniforme de la Selección de mi infancia, quizá aburrido en los colores (en los 70 y los 80 todos los pantalones de fútbol que se vendían eran azules o blancos, con bolsillo delantero), pero distinguido por esa peculiaridad de las medias negras con la vuelta rojigualda. Ningún otro equipo tenía algo así y en aquellos tiempos la originalidad era el único consuelo.

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Claro que resulta absurdo quejarse de la primera equipación de España ante la visión de la segunda. En este caso, el blanco de la camiseta está adornado por un manchurrón alucinógeno, algo así como una explosión romboidal que se justifica como homenaje a la camiseta que vistió el equipo en el Mundial de Estados Unidos. No se veía cosa parecida desde que el Athletic quiso rendir tributo al ketchup Heinz.

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Me encantaría saber cuál es el proceso. Entiendo que la primera consigna de los Mad Men es la innovación: hagamos algo distinto cada temporada para motivar la compra año tras año. Y no basta con cambios sutiles. No es suficiente con añadir un mensaje en el interior de la camiseta, ni sirve tampoco incorporar un motivo que podría ser recuerdo de un jugador histórico, quizá una frase suya, o una discreta serigrafía de su rostro o de su imagen. No. La huella tiene que ser más clara. Lo impactante es cambiar las rayas, tumbarlas, modificar los colores, o difuminarlos, apostar por la novedad desenfrenada o por los dorsales indescifrables, vean las espaldas de los jugadores del Real Madrid o del Villarreal. Es curioso, en la Premier, modelo de negocio entre las ligas profesionales, los dorsales se dibujan con una admirable sobriedad tipográfica sin que repercuta en la venta de camisetas. Lo mismo sucede en la NBA, otro mercado que tenemos por avanzado. Los cambios en la indumentaria se limitan, por lo general, a fechas señaladas (San Patricio, Navidad…) y casi siempre tienen una intencionalidad ‘vintage’, o lo que es lo mismo, no se proyecta la imaginación sobre un futuro galáctico, sino sobre un pasado histórico.

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Mi conclusión es que no les gusta el fútbol. Tengo por seguro, eso sí, que serán publicistas de primer nivel y diseñadores de la máxima categoría, cotizadísimos creativos. Pero, como no conocen el sentimiento, no respetan los símbolos. Lo mismo me pasaría a mí si tuviera que decidir los colores de los jockeys que participan en el Gran National, o de los equipos de la NHL. Tal vez hasta cambiara el color del hielo de las pistas, igual que alguien tiñó de azul la tierra del Masters de Madrid. No me quiero poner solemne, pero una camiseta es la bandera de un sentimiento. Solo debería admitir ligerísimas alteraciones, pincel fino, mis queridos Mad Men.

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La riqueza del Real Madrid

El asunto generó cierta polémica en Twitter, peculiar testador de opiniones. Allí fue donde intenté transmitir un sentimiento que no siempre fue bien entendido (casi nunca, para ser exactos). El caso es que dije (y digo) que el Real Madrid de los 80, por centrarme en una década bien conocida por mí, era un equipo que tenía menos talento que el actual, pero más suspense. Expresado de otro modo: ser madridista en aquella época era un ejercicio ligeramente más arriesgado.

Aunque el equipo seguía siendo referente en la competición nacional (especialmente a partir de la irrupción de la Quinta), en Europa tocaba enfrentarse a clubes más poderosos financiera y deportivamente. Así era, por ejemplo, aquel Milán de infausto recuerdo para el madridismo. Y así fueron antes tantos y tantos enemigos alemanes que acostumbraban a golear al Madrid en sus respectivos estadios. No nos extenderemos sobre la cuestión.

Es obvio señalar que la vulnerabilidad hacía más excitantes las victorias. De hecho, parte de la mejor historia del club se construye sobre las remontadas que permitieron enderezar aquellos resultados adversos. Una de ellas, la que mejor recuerdo por estar yo mismo en el estadio (fondo norte, gol de Scifo), fue el 6-1 al Anderlecht, en la UEFA de 1985. Nadie restó mérito a la gesta a pesar de lograrse en la segunda competición europea. Otros tiempos, insisto.

La inferioridad económica y las lagunas deportivas (el Madrid no ganó ninguna Liga entre 1981 y 1985) no impidieron que el equipo fuera semifinalista de la Copa de Europa en 1980, finalista en 1981 (con los Garcías), finalista de la Recopa en 1983 o campeón de la UEFA en 1985 y 86. Es decir, a pesar de las dificultades, el Real Madrid seguía siendo extremadamente competitivo y gratificante.

Hoy en día, la situación es distinta en determinados aspectos. Ya no hay clubes más ricos, capaces de acaparar a los mejores talentos del momento (Boniek, Platini, Maradona, Schuster, Gullit, Van Basten…). Ahora, el Madrid es el club más rico del planeta, el que acostumbra a fichar al futbolista más destacado de cada temporada. El resultado de tanta opulencia es que el suspense deportivo se limita a media docena de partidos por temporada (los Clásicos, los derbis últimamente y el Bayern o similar). Entre tanto, y sin apenas sustos, goleada tras goleada.

Hasta aquí, más o menos, mi argumentación. Y a partir de aquí, la polémica. Sostuve en Twitter que encontraba algo obsceno en fichar al mejor cada año y comenté que al Madrid le vendría bien experimentar la sensación de no fichar durante un verano, como le ocurrirá al Barcelona, pues aprendería el significado de la palabra paciencia. En este sentido, y sólo en este sentido, defendí que vendría bien una sanción como la del Barça.

En ningún momento dije (ni se me ocurriría pensarlo) que el Madrid deba ser castigado por trata de blancas o de menores. Sólo me referí al esfuerzo impuesto de no fichar durante un curso. Tampoco declaré culpable al Madrid por ser rico, menuda tontería. La bonanza económica es un mérito del club. Ahora bien, se puede ser rico de muchas maneras. Se puede fichar al mejor de cada año (haga o no haga falta) o se puede invertir ese dinero en el desarrollo de una casa del socio en Valdebebas, o en una reducción del precio de los abonos. Pongamos por caso. No critico la riqueza, sino la ostentación o el dispendio. Ahora mismo, sin ir más lejos, el Madrid no sabe qué hacer con Illarramendi, fichado por 39 millones hace dos años. A eso me refiero.

Quien me asegura que prefiere disfrutar de un Bernabéu plagado de estrellas defiende un argumento muy razonable. Probablemente no vivió aquel Madrid de los 80. Además, el suspense no gusta todo el mundo, ni la incertidumbre, ni el romanticismo que nos hace creer que los escudos cuentan. Sobre gustos, todavía, no hay nada escrito.

Yo, ave migratoria

Cuando en el periódico me ofrecieron la posibilidad de escribir un blog dije sí de inmediato. Es la respuesta que me impongo ante cualquier desafío relacionado con las redes sociales o la tecnología, con todo aquello que corre más que yo. Pensé que no me exigiría demasiado. Me equivocaba. Alrededor del blog se formó una comunidad de intervinientes que se multiplicaron y crecieron al margen de mis esporádicas entradas. Gente interesante, en su gran mayoría. Diré más: varios de ellos son tipos brillantísimos, escritores de nivel. Todos aceptaron el juego: yo abría el bar y cada uno se podía servir a su gusto. Sospecho que, en más de una ocasión, debieron reponer ellos las existencias de licores y almendras.

En fin, al lo que voy. No me dio la vida para atender el bar, tal y como merecían los clientes. Y todavía me siento culpable por ello. Al igual que los personajes de algunas novelas, ese mundo se me escapó y, cuanto más me alejaba, más me costaba volver, y dar explicaciones.

Me sucedió algo similar (levemente) con una novieta de la adolescencia. Cuando tuvo que volver a su casa (era verano y pasaba unas semanas en el piso de un amigo mío) me despedí desgarradoramente de ella, dando por finalizado nuestro amor. No es que viviéramos en países diferentes. Ni siquiera en ciudades distintas. No teníamos otras parejas, ni tuberculosis, ni guerra en la que luchar. Era más cutre. Yo vivía en las afueras y no me sentía con ganas de tomar el autobús cada día para visitarla en el centro de Madrid.

Si hablo de mi blog es porque ha cambiado de plataforma y se perderán todos los comentarios de la comunidad que le dio vida durante varios años. Hoy mismo he sabido que mis clientes han emigrado a otro local, cosa que lamento, aunque no tengo nada que reprocharles. Me tocará empezar de nuevo, supongo. Quién sabe si algún día volverán. Quién sabe si aquella extraña mujer que se me aparece en Facebook es la novieta de aquel verano. Quién sabe si seré más disciplinado a partir de ahora. No tengo respuestas, todavía.

Entretanto, copio la carta de despedida que me envió un cliente. Fue un gran bar, sin duda. Veremos este.

 

Muy buenas, compañero. 

 

Como ya sabrás, se cierra "La Comunidad" y con el cierre se demolerá también cierto bareto virtual del que fuiste propietario, barman y, finalmente, novio a la fuga.  Hay ciertos temas recurrentes (los ronquidos, el mus...)  que vertebran una relación y en este caso tu (no) implicación con el blog ha sido una especie de hilo conductor que a mí personalmente me ha hecho más gracia que otra cosa (precisando: yo apenas he escrito unos pocos párrafos en los dos últimos años, así que te comprendo bien; los entusiasmos van y vienen y si se divorcia uno de la santa, imagínate de una web...).  

 

Por mi parte, solo agradecerte la atención y la amabilidad que en un tiempo nos dispensaste. Fue un verdadero placer tener esta relación tan especial contigo y con el resto de fenómenos. 

 

En fin, sé que eres un hombre ocupado así que no te entretengo más. Los parroquianos queremos seguir manteniendo el contacto (o resistiendo a ese gran cabrón, el paso del tiempo...) y nos mudamos al blog que fundó Seguidor en nuestra primera Hégira, cuando huíamos de los malvados trolls. Ni qué decir tiene que si te apetece pasarte (a despedirte o a saludar, como gustes) serás tan bien recibido como tú nos recibiste siempre a nosotros (y hablo en mi nombre pero creo que cualquiera de los colegas estaría de acuerdo). 

 

¡Un abrazo, crack!

 

PD: http://elbardetrueba2.blogspot.com.es/2014/12/adecentando-un-poquito.html#comment-form

 

Madrid-Talavera-Lisboa

Madrid.
Ayer mismo me sumé a una conversación entre tres jóvenes compañeros del periódico. El asunto: la barba es atractiva. Sobra decir que los tertulianos masculinos eran barbudos; la chica, no. Al primer minuto entendí que yo estaba de más: ni soy barbudo ni soy chica. Tampoco soy alto, condición indispensable para tener barba, a mi modesto entender. Los defensores de la pelambre facial me aseguraron que con barba la posibilidad de ligar se multiplica por dos o por tres. Imagino que ayuda el hecho de tener la cara semioculta. La verdad es que últimamente no salgo mucho y cuando lo hago luzco un afeitado impecable. No hablamos de la final de la Champions. Y aquello me preocupó un poco.

Hoy mismo he comido con un amigo. Después de charlar sobre la final de Champions, me ha contado que en Madrid todo el mundo está liado con todo el mundo. Ignoro si ha mencionado Madrid porque este fenómeno sólo se produce en la capital o porque su muestreo se reduce a la ciudad en la que habitamos. En cualquier caso me ha dejado algo aturdido. Al no estar yo liado con nadie me ha dado por pensar en el triángulo amoroso que estoy provocando. Luego he concluido que salgo poco y que me afeito mucho.

Madrid, por lo demás, está plomiza. Cuando no hay sol, la ciudad tiene cara de recién levantada. Tal vez esa modorra sea la responsable de que se hable poco de la final de Champions. O no tanto como se debería. En mi opinión tendría que ser el único asunto de conversación; ni barbas, ni cuernos. Las calles deberían estar engalanadas para la ocasión y plagadas de transeúntes con las camisetas de sus respectivos equipos. No sé por qué los telediarios no se emiten ya desde Lisboa. Y el Sálvame. La gente no está en lo que tiene que estar.

Talavera.
Estoy convencido de que Talavera, ciudad que no tengo el gusto de conocer, posee mil encantos. Casi todas las ciudades los tienen. También estoy seguro de que en Talavera hay la misma proporción de sensatos/cafres que en cualquier parte de España. Nuestro país es bastante homogéneo en este sentido. Mi reciente conflicto con algunos talaveranos me ha demostrado que la crítica que peor toleramos es la que viene de fuera. Yo en ningún caso critiqué a Talavera, pero ser de fuera (de Madrid, para mayor provocación) me condenó tanto como el equívoco que generó el texto. La reacción posterior me sorprendió relativamente. En Twitter, la minoría ruidosa acaba convirtiéndose en mayoría aplastante. El proceso posterior sólo lo imagino. Supongo que uno de los pirómanos de Twitter le comió la oreja a un político al grito de están insultando a Talavera y al concejal no se le ocurrió otra cosa que llevar la página del AS al pleno municipal. Y no lo hicieron para discutir sobre la chica de la contraportada (interesante debate), sino para exigirme disculpas públicas. http://www.latribunadetalavera.es/noticia/Z6DD0A4F7-F7DC-976A-A9EAA39DD55CB9BA/20140508/ayuntamiento/exigira/rectificacion/publica/diario/as
Luego supe que el PSOE, oposición municipal, apoyaba la moción del PP. Y casi al mismo tiempo tuve noticia de todos los problemas que sufre Talavera, empezando por el paro lacerante. Lástima que los políticos del consistorio sean tan ineptos como otros colegas de fuera. Nuestro país es bastante homogéneo en este sentido.

Lisboa.
Lisboa es más bonita que San Francisco. San Francisco ni siquiera la gana en terremotos. El de 1755 cambió la fisonomía del sur de la península ibérica. El problema de Lisboa es que tiene peor publicidad. Su drama es que está más cerca de nosotros. Lisboa es un lugar para perderse donde resulta bastante fácil perderse. Desde ese punto de vista, lo tiene todo. Si quienes la visiten el próximo fin de semana la perciben como una ciudad normal, tan apta para el jolgorio como cualquier otra, les recomiendo que observen sus pies; estarán pisando lo mejor de Lisboa: la melancolía.

Postdata. Hace pocos días posé con una bufanda del CF Talavera para limar asperezas. Declarada la paz, no espero que mis odiadores talaveranos posen con una bufanda con mi nombre, aunque sería hermoso. Me conformo con que se retraten con una contraportada del lunes. Como si estuvieran secuestrados, pero sonrientes. Si no es mucho pedir.

Menú a la carta: de Iker a Scarlett


Advierto que esta entrada la han propuesto los lectores, de ahí lo variopinto de los asuntos en cuestión. Quien me quiera felicitar por una iniciativa tan democrática debe saber que lo que me impulsa en primer lugar es mi falta de imaginación; la democracia viene después. Los temas son demasiado caóticos como para ordenarlos, de manera que no malgastaré fuerzas en ello. Mientras escribo, también quiero apuntarlo, estoy viendo curling, un Canadá-Suecia, concretamente; femenino, naturalmente. Lo señalo porque todavía no se han medido los efectos del curling en el cerebro de los televidentes, pero me temo lo peor.
Esto me recuerda a la carta que escribió mi amigo Paco a una chica que le gustaba, allá en nuestra bulliciosa adolescencia. En la posdata, y a sugerencia mía (valga la inmodestia), recomendaba a la muchacha leer la carta con la misma música que había sido escrita, alguna canción de The Cars, si no recuerdo mal ‘Who’s gonna drive you home’. La joven, guapísima, pero de escasa sensibilidad musical, siguió sin dirigirle la palabra.
En fin, que me pongo a la tarea.
1. El compañero y sin embargo amigo Alfredo Matilla (no se pierdan su blog Míster Pentland) me propone que diserte sobre las opciones a los títulos de Madrid y Barça. Sin duda, me tiende una trampa. En ella caeré gustoso (ya me volverá el boomerang). A día de hoy, apostaría por el Madrid para ganar Liga y, probablemente, la Champions (con permiso del Bayern). Paso a explicarlo. En España, no hay plantilla más larga ni más fuerte. Tampoco hay defensa mejor en estos momentos. Por no hablar del arsenal ofensivo o de la progresión del equipo. No hace falta mucho más para imponerse en las 14 jornadas que restan. Entretanto, sus oponentes cojean de algún pie. Al Atlético se que le queda corta la plantilla y al Barça, la defensa. Demasiados problemas para ganar Liga o Champions. Suficiente, sin embargo, para que el Barcelona gane, o pelee de tú a tú, la final de Copa.
Matilla también me invita a comparar los canteranos de Madrid y Barça. No sabría decir cuáles son mejores porque todos son buenos, por eso mencionaré a los que me suscitan dudas. Bartra, el primero. Demasiado blando todavía para lo que requiere el puesto. Tello, por su parte, está perdiendo entusiasmo y filo, a base de no tener minutos. Jesé es estupendo, pero Rafinha no es peor. Deulofeu necesita volver y Morata precisa irse.
2. Ricardo me plantea el futuro de Casillas en el Madrid. Lo tengo claro: yo me iría en verano. Por orgullo y por ver mundo, para que el niño aprenda idiomas y algunos aprendan respeto. Inglaterra o el París Saint Germain serían buenos destinos.
3. Sobre los actores que me marcaron en la juventud (Javi) tendría que hacer memoria. No creo que ninguno me marcara en sentido estricto. Me gustaban muchos. La noche que casi palmo en un accidente de coche me disponía a ver ‘Adivina quien viene a cenar esta noche’. Ya saben: Spencer Tracy, la Hepburn, Poitier.... Suerte que me la grabó mi hermana y pude verla un mes después. En aquella época me impactó mucho James Mason, al que vi por vez primera en Operación Cicerón. Si aquellos tiempos eran mejores es porque en televisión todavía ponían películas en blanco y negro. No sólo por eso: las chicas de Porkys no tenían un gramo de silicona o bótox, todo era natural y desbordante (esto no habrá quien me lo rebata).
4. Pablo Rivas quiere conversar sobre tebeos, pero yo tengo poca conversación al respecto. Nunca he profundizado. Recuerdo escaparme del colegio San Viator para comprar tebeos de la Marvel en un kiosko cercano. Pero no me hice fiel a los superhéroes (con lo que molaría ahora). Lo mismo vale para Mortaledo y Filemón, la Rue del Percebe, Hazañas Bélicas y otros. Mi primo Nacho lo sabía todo de Asterix; yo ya empezaba a no saber nada de nada. De Tintín, ni rastro. El perrito me impedía tomármelo en serio.
5. Kyle es muy ambicioso y quiere que le dé la próxima plantilla del Barça, ardua tarea y bajo presupuesto. Lo intentaré. Ter Stegen (ya fichado) y Roberto (Olympiacos); Alves, Adriano, Alba, Montoya, Piqué, Bartra, Hummels; Busquets, Fábregas, Iniesta, Xavi, Sergi Roberto, Rafinha, Deulofeu; Messi, Neymar, Pedro y Tello. Salen Valdés (por voluntad propia), Pinto (por años), Song y Alexis (por razones obvias). Si alcanza el dinero para fichar a Reus, yo también lo haría. Y quizá un nueve de perfil bajo que no se interponga con el ego de Messi.
6. Y ahora, Modric. Gran temporada y excelente en los últimos partidos. Veremos en los siguientes. Reconociendo su talento y su magnífico momento, su delicado pase con el exterior, su dinamismo y proyección ofensiva, sigo viendo en él algo espumoso, volátil, inconsistente para el mediocampo. Pero es fácil que esté equivocado.
7. Alberto saca a colación Twitter y la valentía del anonimato. Cobardía, más bien, me atrevo a puntualizarle. En cualquier caso, el odio y la mala educación que proyecta Twitter de manera casi multitudinaria, dice poco de nosotros como sociedad. Hay demasiada gente deseando odiar.
8. Según creo entender, a Diego le gustaría una final de la Copa del Rey a doble partido, pero cuanto más lo pienso más convencido estoy de que no he debido entenderle bien. Una final debe jugarse a un partido. Seguro que se refiere a las eliminatorias previas. Y en eso estoy con él. La Copa tenía que ser más sensible a los milagros, más amable con los modestos, más distinta, en definitiva.
9. Por último, Lance Armstrong y la condición humana (Miguel). La historia es compleja y el final corre el riesgo de borrar lo anterior. Armstrong fue un tramposo e incluso más que eso: un matón, un mafioso. Sin embargo, su ejemplo como superviviente del cáncer que vuelve a subirse a una bicicleta, y que compite al primer nivel, sigue siendo válido. Su Fundación tampoco es mentira. Ni su inspiración para tantos enfermos. Eso es verdad. A mi modo de ver, su confesión pública ante Oprah también tiene valor. Al final dijo la verdad (o parte de ella) y aceptó que le avergonzaran delante de las cámaras y eso ya es mucho más de lo que han hecho otros. Quizá su única razón fue evitar la cárcel, pero se expuso, aun sabiendo que ese estigma le marcará siempre y le impedirá rehabilitarse por muchas vidas que viva. En último instante, fue digno.
10. La foto me la pide Marcos y a él me debo. Con ustedes, la señorita Johansson. Nuestra pasión, lo sospecho, tiene mucho que ver con las películas de Porkys antes citadas. Scarlett podría haber salido por cualquier ventana de cualquier pajar, perseguida por un granjero puritano o por media docena de pueblerinos muy poco puritanos. Sin silicona ni bótox. Qué tiempos los 80.
http://www.youtube.com/watch?v=zqC3KF3fT84
http://www.youtube.com/watch?v=DrgSzcctUyY

Luis, aquel joven

Yo no conocí a Luis Aragonés. Quizá eso me convierta en un periodista deportivo único; habrá que conformarse con eso. Compartí un almuerzo en el que Luis era el protagonista, pero no creo que intercambiara palabras con él. Me imagino embobado ante su presencia, silencioso, observador, espía de los más mínimos detalles; la discreción es muy poco proactiva. Me quedó el recuerdo, eso sí, de un hombre imponente, en muchos aspectos, incluido el físico, similar a Fernando Fernán Gómez, al que tampoco conocí, y con el que ni siquiera compartí almuerzo. Luis tenía esa voz y esa autoridad. No se veía obligado a ser un tipo simpático. El humor era su única aproximación a la simpatía. Aragonés se sabía gracioso, como Fernán Gómez, como sólo pueden serlo las personas esencialmente serias.
Luis contaba con una legión de admiradores entre los periodistas. Muchos exhibían su amistad, o su cercanía (quizá esto sea más correcto), como el carnet de un club exclusivo. “Yo soy amigo de Luis”, repetían con frecuencia, presumiendo de un acceso personal, afectivo o sólo telefónico (quizá esto sea más correcto).
Como observador lejano, mi aproximación a Luis se produce, igual que para tantos, en la Eurocopa de 2008, cuando nos cambió todo. Se suele idealizar ese torneo y localizar en él la gloriosa explosión del tiqui-taca. Mi recuerdo no es tan idílico. España superó los cuartos por penaltis, sin jugar un gran partido, y fue después de eliminar a Italia, en semifinales, liberados de un complejo histórico, cuando la Selección descubrió su verdadera personalidad. Para ello fue necesario que Villa se lesionara en el minuto 34 y que Luis lo sustituyera por Cesc. La coincidencia de Fábregas con Xavi, Iniesta y Silva (escoltados por Senna) fue lo que nos dotó de un poder mágico sobre la pelota. Aquellos chicos eran capaces de tocar y tocar hasta superar los límites de lo visto hasta entonces. Allí se forjó la España campeona, la que levantaría después esa copa y las sucesivas.
Como todos los elegidos, Luis tuvo mérito y suerte.
Tiempo después se hicieron públicos los vídeos rodados por la Federación durante la concentración de España. Las charlas de Aragonés son fascinantes, por amenas, divertidas y precisas. Ningún otro discurso hubiera fijado la atención de los jugadores, y ninguno les hubiera calado tan profundo. Leemos en sus obituarios que Luis siempre fue un futbolista, que jamás perdió esa condición, pero yo diría que lo que siempre fue es joven. De ahí su capacidad para comunicarse con los jóvenes, para hacerse entender por ellos.
La inercia de aquella Eurocopa, y de aquel Luis, nos condujo a lo demás, nadie lo duda. Sin embargo, creo que los éxitos que vinieron, Mundial y otra Eurocopa, sólo fueron posibles gracias a que Del Bosque fue el continuador de su obra. Desde el primer instante se puso como objetivo no romper nada, no alterar el ambiente. Del Bosque actuó con la delicadeza de un buen padrastro sin que ello significara renunciar a su forma de entender el fútbol.
Yo no conocí a Luis, insisto, pero la conmoción causada por su muerte, el sentimiento general de pérdida, me hace ver que fue más profundo que grande, que el fútbol tiene memoria y que hay esperanza para nosotros, alguna.

Hacerse mayor

Mi aproximación al mundo de los adultos fue tan traumática como la de cualquier otro niño. Me sentía perseguido por un mundo que me reclamaba besos y cabriolas, o que se empeñaba en interrogarme sobre cuestiones absurdas: elegir dramáticamente entre mi madre o mi padre, contarles si tenía novia o descubrirles qué quería ser de mayor. Esta última cuestión era quizá la más desconcertante, porque yo no sentía ninguna necesidad de hacerme mayor. Hoy, visto con cierta perspectiva, advierto que en aquellos tiempos alcancé cotas de sabiduría que no volvería a igualar jamás.

Sin embargo, un día estalló la primavera en forma de floridas espinillas, voz de gallo e incipiente bigote mexicano. Había dejado de ser un niño y la vida adquiría, de pronto, una velocidad inesperada. El sistema seguía empeñado en que tomara decisiones trascendentales sobre mi futuro y ya no había tiempo que perder. Ninguna elección ofrecía garantías, pero obligaba a un descarte perpetuo. Por allí se me perdieron el matemático, el físico, el profesor de griego, el bohemio pintor y tantas variantes de mi persona que no hubieran sido muy distintas de la actual o tal vez sí.

Mi aproximación al mundo de los adultos fue tan traumática como la de cualquier otro adulto. Para mi sorpresa, mi recién estrenado gremio no poseía ninguna certeza y casi ninguna razón. Nadie estaba revestido de autoridad moral y a casi nadie encontré adornado con el don de hacer justicia. Los adultos no eran profesores especializados en diversas materias, como algún día de máxima ingenuidad llegué a imaginarme. Sólo contaban con el mérito del dinero y del disimulo. Para añadir confusión, el mundo adulto invertía el orden del recreo: el héroe de antes era el marginado de ahora y el marginado de ayer se había convertido en el empresario del momento.

Teníamos motivos para encontrarnos perdidos. Mi generación, la que sea, ha sido la primera que no encontró ventaja alguna en eso que llamamos la independencia y el desarrollo personal. Para nuestros padres la mayoría de edad significaba una zambullida en un universo mejor: el primer sueldo, el primer Seiscientos, la primera libertad y, probablemente, las primeras escapadas románticas.

A nosotros eso nos vino de serie y sin esfuerzo: la paga, la moto, la primera libertad, el primer amor y los sucesivos. El problema es que, a fuerza de agarrarnos al niño que fuimos, nos costó muchísimo más despedirnos de él. El presente era simplemente peor que el pasado y del futuro qué decir. La encrucijada no sólo era laboral, sino emocional, romántica y existencial.

Creo que fue entonces cuando respondí las preguntas que forjan el camino de cada hombre. Primero determiné que quería igual a mi padre y a mi madre, y a ambos tanto y tan profundo que me resultará imposible explicárselo sin ahogarme; luego busqué a la novia de la infancia y, por último, decidí qué quería ser de mayor. Niño, me dije. Tener las televisiones encendidas, contar historias, hablar de fútbol, estar con amigos, vivir con una sola corbata y ver deporte a todas horas. De modo que me hice periodista. Después, los adultos, inconscientes, eligieron equipos y me dejaron jugar.

Hasta hoy.

The Newsroom y el Real Madrid


“No, me considero republicano porque lo soy. Yo creo en las soluciones del mercado , las realidades de sentido común y la necesidad de defendernos de un mundo peligroso, y eso es más o menos todo. El problema es que ahora tengo que ser homofóbico. Tengo que contar el número de veces que la gente va a la iglesia. Tengo que negar los hechos y creer que la investigación científica es una gran estafa. Tengo que pensar que a la gente pobre se le está ofreciendo un dulce empujón. Y tengo que tener un complejo de inferioridad tan pasmoso, que tengo que temer a la educación y al intelecto… en pleno siglo XXI. Pero sobre todo, el más grande de los nuevos requisitos, en realidad el único requisito, es que debo odiar a los demócratas”. Así explica el periodista Will McAvoy (Jeff Daniels) su militancia republicana en el último capítulo de The Newsroom , una serie más que recomendable, aunque trate sobre periodistas.
El juego que propongo es cambiar “republicano” por “madridista”. Hecho el cambio, y modificados algunos argumentos políticos (que no éticos), un madridista podría tomar el mismo camino que McAvoy para explicar su militancia crítica e incluso independiente. Prosigamos el juego. “No, me considero madridista porque lo soy. Entiendo que los sentimientos se heredan y creo que debo un respeto al padre que me legó esa pasión y al niño que entretuvo tantas tardes pegado al transistor, gozando o sufriendo, al muchacho que se pasaba una hora en el autobús hasta llegar al estadio. Tan fiel soy a la nostalgia, que tengo por ciertos los valores que algún día se atribuyeron al club, y eso es más o menos o todo. El problema es que ahora tengo que ser florentinista. Tengo que desconfiar de los que cuestionan al presidente y aceptar cualquier decisión que tome, ya sea fichar a Mourinho o vender a Özil. Tengo que negar los hechos y aceptar que la prensa conspira para dirigir el Real Madrid. Tengo que pensar que ciertos espacios televisivos defienden las tesis de Florentino ‘espontáneamente’. Y tengo que tener un complejo de superioridad tan pasmoso, que me veo obligado a negar la evidencia de que el Madrid está perdiendo, en España y en el mundo, la batalla de la imagen y del cariño; también la del fútbol. Pero sobre todo, el más grande de los nuevos requisitos, es que debo odiar al Barcelona, y por extensión a Messi, exactamente igual que nos odiaban algunos barcelonistas hace 25 años, cuando nos temían y tenían por ciertos nuestros valores como equipo y como club”.
Y fin del juego. Ahora, retomemos la realidad.

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