Por Joseba Larrañaga
Sigo renegando de aquellos que hace cuarenta años vieron como la Real ascendía por última vez a primera en Puertollano y consideran que el descenso es una parte alícuota de la historia de la Real. Yo siempre la conocí en primera, coqueteando con los puestos europeos, ganando dos ligas, una copa, llegando a la semifinal de la Copa de Europa y claro, cuando venían mal dadas, luchando por mantener la categoría.
En los últimos años la Real ha sufrido un proceso de desnaturalización galopante que ha terminado con sus huesos en segunda y a eso hay que ponerle nombres y apellidos. El equipo txuri urdin siempre se ha caracterizado por representar la cultura y la idiosincrasia de una provincia: Equipo de gente honrada, trabajadora, entregada a los colores y sentida, a sabiendas de que la camiseta y el escudo que vestían iban más allá de un equipo de fútbol. En la Real encontrábamos un estandarte, daba igual que te gustara el fútbol o no, la sensación de cariño y cercanía que provocaba hacía que todo el mundo se sintiera orgulloso de aquel grupo que, afrontando todas las dificultades del mundo, se dejaba la vida en cada partido.
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