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El blog de Jesús Mínguez

Ningún deporte es tan parecido a la vida. El boxeo tiene sus héroes, sus villanos, sus millonarios y sus desheredados. Sus artistas y sus guerreros. Y su cine, sus libros, su música… Te invito a asomarte a este ring

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lunes, 15 junio 2015

Por Jesús Mínguez

'Hasta la victoria siempre', Maravilla

Sergio ‘Maravilla’ Martínez se retira. “Si pierdo con Cotto, será la última”, dijo antes de subir al ring del Madison Square Garden en junio del año pasado. Entonces, y después de un año sin boxear tras llenar el estadio de Vélez frente a Martin Murray en una de las grandes explosiones del deporte argentino de los últimos años, se puso delante del killer puertorriqueño y sus maltrechas rodillas le jugaron una mala pasada.

 

Pero para un tipo que ha ido ganando partidas a la vida a dentelladas no era la mejor forma de despedirse. Así que ha esperado doce meses para confirmar oficialmente su adiós, confiado en que la visita a los médicos le diera una luz para hacer otro combate de despedida. Para no irse con el mal sabor de boca de la derrota. No será así. No importa. “Daré un paso a un lado antes de que el boxeo me obligue a darlo atrás”, me dijo el día antes de enfrentarse a Miguel Cotto. Y ha sabido darlo. Con 40 años, queda su historia, su boxeo heterodoxo de manos bajas y piernas rápidas, su historia de superación. Y le seguiremos viendo por las veladas, porque su promotora Maravillabox ha traído también aire nuevo a un panorama, al menos en España, que corría el riesgo de apolillarse.

Maraas

 

Conocí a Sergio cuando todavía no era maravilloso. Le había visto boxear en una velada de Canal+ y me quedé prendado por su estilo, por sus condiciones, por esa zurda que viajaba como un látigo impregnado de veneno. Un día que me acerqué al gimnasio del Rayo para hacer un reportaje a Javi Castillejo, lo encontré entrenando allí. “Este es tan bueno que no quieren pegarse con él”, me dijo, más o menos, Ricardo Sánchez Atocha, que por entonces le buscaba combates en España, a donde había llegado sin blanca huyendo del corralito y donde un papel que llevaba en el pantalón con el teléfono de Pablo Sarmiento le salvó de acabar tirado. Gabi, un exboxeador, le cogió la llamada cuando llegó a Madrid sin nada, porque le habían robado el equipaje en el viaje. Fue la tabla que apareció a tiempo para que no se ahogara el náufrago. La otra fue Miguel de Pablos, que ha sido y es su sombra y le ha ayudado a manejar los negocios.

 

A raíz de ese encuentro en los bajos del campo del Rayo, le hice una pequeña nota a Sergio en el AS porque compaginaba sus entrenamientos con trabajos esporádicos de modelo, portero de discoteca, ayudante en gimnasios… Luego me enteré de que además había tenido que recurrir a la caridad de Caritas para aguantar tiempos malos y que incluso estuvo bastante tiempo sin papeles, arriesgándose a ser mandado de vuelta a Argentina. Entonces, no salían quejas de su boca. Aguantaba estoico el sacrificio, como esa manía de Sarmiento de levantarlo a las cuatro de la madrugada a correr, para ser alguien en el boxeo.

 

Como el lema del Ché que adoptó (‘Hasta la victoria siempre’) Maravilla nunca dejó que la vida le derrotara. Para comprobarlo, ruego encarecidamente que quien pueda lea su autobiografía ‘Corazón de Rey’. Consiguió ir a boxear a Inglaterra contra Richard Williams y el 21 de junio de 2003 su carrera vivió un punto de inflexión. “Allí comenzó todo a nivel internacional. El haber ganado el título mundial de la IBO me hizo convencerme de que estaba para las grandes ligas. Caí al suelo varias veces, vi a mi padre en las sillas de ring y di la vida entera por ganar. Me dejé mucha salud en ese combate y muchas fracturas, pero valió la pena”, me contó un día en Alovera delante de un café. Era 2011, y la gente le miraba extrañada cuando cargaba por la plaza mayor con sus cinturones de campeón del mundo del superwelter y el medio. Nadie le conocía. Nadie le paraba. Era como un extraterrestre caído de otro mundo. Alovera, y después Madrid, eran su refugio frente al ajetreo de Estados Unidos.

 

Maraalovera

 

Porque al otro lado del charco ya era una celebridad. En 2007 había conseguido un combate contra Saúl Román en Houston y ganó por KO en el cuarto asalto. En 2010 se proclamó campeón mundial al derrotar a Kelly Pavlik, y lo defendió con Paul Williams, al que recetó un KO impresionante —el mejor del año—.

Mara ko

 

Luego, dejó el título para hacer un favor al Consejo Mundial y que lo pudiera pelear Julio César Chávez, y se vio envuelto en un entuerto, con el mexicano evitándole. Cayeron también Dzinziruk, Baker o Mcklin… y llegó por fin su gran noche frente a Julio César Chávez Jr. en Las Vegas. La gran exhibición contra el mexicano y contra el mundo después de un largo litigio con el Consejo Mundial de Boxeo, organismo al que hizo un favor renunciando a su título del medio pero luego no quería darle la oportunidad de recuperarlo.

 

 

 

En el Thomas & Mack Center de Las Vegas puso en práctica su filosofía. Esa que nos desgranó a veces en la redacción de AS y que muchos no entendían. La guardia baja: dar y no tomar. "En Ali está el ABC del boxeo. El boxeo está mal desde la base. ¿Por qué no enseñan a boxear como Ali? Él, Sugar Ray Robinson y Leonard peleaban con la guardia baja. Ahora te enseñan a estar firme, cerrado, cruzado. En el boxeo importan el tiempo y la distancia, engañar al rival. No voy a ganar por pegar más, sino porque no me peguen. El boxeo no es posicional, es mental. Hay que trabajar para recibir poco. Mientras otros sigan con la teoría contraria, mejor para mí”, desgranaba con su verbo fácil, ese que ahora le hace triunfar también sobre las tablas de los teatros con un monólogo.

 

De Maravilla queda su boxeo, pero sobre todo la lección que ha dado en España, Argentina o Estados Unidos de cómo puede ser un boxeador. De cómo debe ser un deportista en suma. Amable, educado, listo y a la vez inteligente, exigente, humilde, perseverante y sacrificado. El boxeo es superación desde el mismo momento que exige algo tan crudo como encerrarse un cuadrilátero para cruzar golpes. Su historia personal y profesional es una lección en ese sentido. En la era de Pacquiao y Mayweather, saliendo desde Claypole y pasando por Vallecas, Sergio ‘Maravilla’ Martínez llegó a codearse con los dos monstruos en el ránking ‘libra por libra’. Sólo le faltó que ‘Money’ hubiera atendido la llamada para pelear contra él. Esa que le hubiera bañado totalmente en oro. De los 840 euros que cobraba de bolsa en 2007 por boxear en Aluche a las ocho cifras. 

Mara rey

 

Mi inmersión en el mundo del boxeo y mi trabajo como periodista han ido paralelas también a la carrera de Sergio sobre el ring. Me ha abierto su casa y su gimnasio siempre que se lo hemos pedido. Cuando entrenaba en California, Miami o Las Vegas y los medios de EE UU y Latinoamérica le acribillaban, no se olvidó de guardar un hueco para atender a los colegas de Madrid, esos que comenzaron a seguirle cuando no era maravilloso. Se va el boxeador, pero nos queda un gran tipo. Enorme. ¡Hasta la victoria siempre, Champ!

 

 

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martes, 26 mayo 2015

Por Jesús Mínguez

El destructor Golovkin merece su gran noche

Los pegadores, esos tipos que tienen en sus puños el poder para acabar un combate antes del límite, son la especie más admirada del boxeo. Porque en el KO, espectacular y a la vez dramático, se condensa mucha de la magia de este deporte. Son como esos goles de Cruyff, de Maradona, de Ronaldo o de Messi que circulan por tu memoria y nunca se diluyen. Como esa canastas que puntean tu cerebro una y otra vez: ese triple de Sasha Djorjevic, cualquiera de los vuelos majestuosos de Michael Jordan o el mate de Rudy Fernández en los morros de Dwight Howard en la final olímpica de Pekín.

 

Pues ahora mismo, el rey del KO en el boxeo se llama Gennady Golovkin. El kazajo, que ha montado su base de operaciones en Big Bear (California) a las órdenes de Abel Sánchez, es un destructor que acredita 30 victorias antes del límite en 33 combates. A sus 33 años, y tras una buena carrera amateur en la que fue plata olímpica en Atenas 2004 y campeón mundial en 2003, es el actual monarca mundial de la AMB, FIB y campeón interino del CMB. Su última exhibición la culminó noqueando a Willie Monroe jr. en el Forum de Inglewood. El estadounidense sólo le duró seis asaltos.

  

Golov

 

Golovkin fue exitosamente reconvertido al boxeo de pago por Abel Sánchez, que ‘mexicanizó’ su estilo para ir siempre a la guerra. El kazajo no especula, y por eso llega a los aficionados. Le rodea ese suspense que tienen los noqueadores. No se sabe nunca cuándo puede sobrevenir el golpe decisivo, pero se sabe que llegará. Por lo tanto, no se puede despegar la vista del ring. Su boxeo hipnotiza. Con Floyd Mayweather o Guillermo Rigondeaux te puedes despistar, con el bombardero kazajo no.

 

GGG, que así se autodenomina Golovkin, ha dejado ya en la cuneta a boxeadores como Nobuiro Ishida, Matthew Macklin, Daniel Geale, Marco Antonio Rubio o Martin Murray. Nombres sonoros, de la élite. Pero como a todo tipo peligroso (que se lo pregunten, por ejemplo, a ‘Maravilla’ Martínez) los boxeadores que generan las grandes bolsas, de momento, lo intentan ignorar. Pero va a llegar un momento en que será inevitable cruzarse con él. Y ya va sonando la hora. En el peso de Golovkin está como campeón del medio del CMB Miguel Cotto. En las cercanías, el invicto Danny García (30-0), Canelo Álvarez o Floyd Mayweather. No parece probable, eso sí, que ‘Money’ se arriesgue a ser cazado en septiembre por GGG, en el que debería ser el último combate de su carrera si no se arrepiente y se lanza a una revancha con Manny Pacquiao.

 

  

 

 Así pues, lo que pide el cuerpo es ver a Golovkin, que está colocado ya entre los cinco mejores libra por libra del mundo, enfrentarse a Miguel Cotto o Canelo Álvarez, que dio una exhibición también de boxeo agresivo ante James Kirkland este mes de mayo, noqueándolo en el tercer asalto. Cuentan que en 2011, en Big Bear, Canelo y Golovkin guantearon juntos. Uno preparaba su combate contra Kassim Ouma y el otro frente a Ryan Rhodes.  Según testigos, aquello fue un show de cañonazos que acabó con dominio de GGG tras seis asaltos. “Canelo no podía igualar la fuerza ni el poder de Golovkin”, dejó escrito un periodista presente. Pero de eso han pasado ya cuatro años. Los dos han madurado, pero siguen pegando como mulas. Así que un combate entre el kazajo ‘mexicanizado’ y el mexicano podría hacer retumbar cualquier recinto. Golovkin merece una gran noche. A ver quién se la da. 

 

 

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jueves, 07 mayo 2015

Por Jesús Mínguez

Perdió el boxeo en la ciudad del juego

El combate del siglo se esfumó y dejó flotando en el ambiente un humillo de decepción. El mismo día de la velada, antes de que Floyd Mayweather y Manny Pacquiao cruzaran las cuerdas para meterse en el ring, todo parecía haberse desinflado. La previa, publicitada desde hace meses, repetido cada dato, había engullido al mismo combate. Los esfuerzos por hacerse con una acreditación –peticiones de más de 10.000 periodistas de todo el mundo- o una entrada (salieron sólo 500 a la venta) habían acabado agotando a todos.

 

Box

 

El que había conseguido su meta, estaba ya saciado. El MGM tenía entre sus 16.500 localidades a mucho VIP y a mucho personaje con los bolsillos rebosantes pero quizá no tanto de interés por el boxeo. Hasta el mismo momento del combate no se llenó. Sólo importaban los dos pesos welter que se iban a medir por ver quién era el mejor libra por libra del momento. El pesaje del viernes, al que asistieron 11.500 personas, tuvo más alegría, electricidad y tensión. Muchos de los que estuvieron allí debían ser los que estuvieran dentro el 2 de mayo. Soltaban su rabia de no poder ver el choque, y rugían.

 

 

 

A toro pasado, parece claro que el combate le llegó tarde a Manny Pacquiao, y que encima se presentó lesionado. Lo cual es un fraude. Si llevaba dos semanas con problemas, se podía haber aplazado el combate. Si no comunicó en el momento del pesaje la rotura en su hombro derecho (lesión grave, similar a la de Kobe Bryant, que le puede tener un año parado), no venía a cuento quejarse luego. Hubiera sido más fácil, elegante y políticamente inteligente decir que se había lesionado durante el combate. El filipino brilló como el sol y movió sus puños como una batidora (su combate ante De la Hoya fue tremendo) hasta que en 2012 Bradley y Márquez disiparon su aura con dos derrotas, a los puntos y por KO. Sus opciones ante Floyd Mayweather pasaban por tirar muchos golpes pero lanzó casi los mismos que el estadounidense (429 frente a 435) y conectó muchos menos (81 contra 148). La lesión pudo, entonces, influir.

 

 

 

Los que no siguen habitualmente el boxeo, vieron a un atleta de piernas ligeras escapando, y contragolpeando cuando salía de la presión. Y a otro desesperado intentando cazarle. Mayweather ganó feo, pero ganó (118-110, 116-112 y 116-112). La defensa triunfó sobre el ataque. Y perdió el boxeo. Porque un combate épico, jugado sin cálculo ni estrategia, lo habría elevado a otro nivel. Mayweather y Pacquiao no fueron Ali y Frazier, ni Joe Louis y Max Schmeling, ni Tommy Hearns y Sugar Ray Leonard. Sobre todo Mayweather, aunque ganó, fue incluso menos boxeador que en otras ocasiones. Pero él es así, siempre con la calculadora en la mano, inteligente y conservador. No vamos a descubrirlo. Mas esta vez se jugaba demasiado, debía sentir tanto la presión de mantenerse invicto, y de que el mundo no se riera en su cara de una derrota que generalmente se deseaba, que no arriesgó nada.

 

 

 

Mayweather también vino a chocar con Pacquiao con el tren llegando a su destino. “Ya no siento la pasión que tenía por el boxeo”, reconoció tras el combate mientras enseñaba un cheque de 100 millones de dólares (se espera que con el reparto del PPV vuelva a tener otro con otros cien). Su motivación era conseguir las nueve cifras. No dar una lección sobre el ring que le consagrara como The Best Ever (‘El mejor de todos los tiempos’), como temerariamente se autodenomina mientras algunos se remueven en su tumba y otros desearían dirimir eso con él sobre el tapiz. De hecho, el de Grand Rapids dijo que sólo haría un combate más en septiembre. Aunque ya empieza a desdecirse al olor de una posible revancha en 2016 con el filipino. Y me da que, después de sus exhibiciones de derroche y su desempeño frente a Pacquiao, nadie le va a echar de menos.

 

Pero queda el poso de lo grande del boxeo, del torrente de pasión que pueden provocar dos personas encima de un ring. España descubrió que en Estados Unidos, y en casi todo el resto del mundo, millones de personas siguen poniendo los ojos todos los fines de semana sobre el cuadrilátero. Durante toda la semana, las noticias del Mayweather-Pacquiao compitieron entre las más vistas de la web de AS con el Real Madrid, con Alonso, con los Playoff de la NBA. Entre las diez más vistas de la web, cinco llegaron a ser sobre la velada. Y aquí hemos tenido hasta hace nada a Javier Castillejo, ocho veces campeón del mundo del superwelter y el medio, y no lo hemos sabido disfrutar. El Lince boxeó contra el mismísimo Óscar de la Hoya en el Arena del MGM y le aguantó más que dignamente los doce asaltos. Kiko Martínez, en el supergallo, ha sido el último en ser campeón mundial. Y podría volver a reconquistarlo pronto. Merecería una oportunidad en la televisión, un guiño por parte de los que también se han interesado por el combate del siglo. El espectáculo puede estar ahí, en los que no son Mayweather ni Pacquiao. Las chispas saltan en cada velada.

 

Y el combate de los récords no podía haberse celebrado en otra ciudad que no fueran Las Vegas. En ese escenario irreal en medio de la nada del páramo seco de Nevada. En ese sitio donde por Fremont Street desfilan tipos arruinados en busca de fichas, un doble de Elvis tan metido en su papel que dan ganas de pedirle un autógrafo, donde las chicas-crupier bailan encima de las mesas mientras las ruletas giran. La ciudad del exceso, la ciudad del boxeo, que lo ha abrazado dentro de sus casinos.

 

Al calor del Mayweather-Pacquiao, por el MGM se pudo ver a Evander Holyfield sin ese trocito de oreja que el arrancó Mike Tyson. Iron Mike tampoco perdió la ocasión de acercarse, y siguió haciendo caja cobrando por firmar autógrafos en las tiendas de recuerdos de ‘Fields of dream’s' en un par de hoteles. Cerca de ellos, Deontay Wilder, tan histriónico como Mayweather. El campeón que ha devuelto un cetro de los pesados (CMB) a Estados Unidos, pero que no parece tener cabeza como para marcar una era. Y a su lado, el mítico Julio César Chávez con el rostro marcado por 115 batallas (este sí que no rehuía nunca el choque), la mole educada y ‘british’ de Lennox Lewis, otro bombardero de los grandes pesos. Y Bernard Hopkins, Roy Jones jr., Juan Manuel Márquez… Todo fue brillo en la ciudad del oro. Todo menos lo que tuvo que brillar. Un combate para recordar que hubiera hecho saltar la banca. Hablar de revancha ahora parece, simplemente, una falta de respeto. 

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miércoles, 15 abril 2015

Por Jesús Mínguez

Pacquiao-Mayweather: ángel contra demonio

El 2 de mayo en Las Vegas se librará el enésimo combate del siglo, calificación que, de tan manida, acaba perdiendo su lustre. Pero la batalla entre el invicto Floyd Mayweather y Manny Pacquiao, de momento, sí merece ser considerada como el evento más grande del boxeo en el siglo XXI. Porque, más allá de que romperá todos los récords de audiencia y recaudación, es también una pelea divina: la del ángel filipino contra el demonio estadounidense.

 

Dos personalidades totalmente antagónicas en la vida fuera del ring que luego sobre él se transmutan en lo contrario. Pacquiao es un hombre comedido y religioso que sobre el tapiz se convierte en un AK-47 que no para de escupir ráfagas de puñetazos. Mayweather representa el exceso, el derroche, las malas formas y también la esquiva y la defensa más exquisitas (con permiso de Guillermo Rigondeux ) que se ha visto en un cuadrilátero en los últimos tiempos.

 

 

 

Los grandes duelos del deporte siempre se han forjado en torno a personalidades opuestas. La gran trilogía del boxeo Ali-Frazier fue también la lucha entre la verborrea hiriente de ‘El Más Grande’ y el carácter reservado de ‘Smokin’. Luego apareció el demoledor Mike Tyson, una máquina de hacer dinero que acabó visitando la cárcel por una condena de abusos sexuales y con las cuentas corrientes vacías. Enfrente tuvo al amable Evander Holyfield, que acabó sin un trozo de oreja por un mordisco de Tyson. Bjorn Borg y John McEnroe fueron en el tenis el hielo y el fuego, algo similar a lo que ha ocurrido en los últimos tiempos con Roger Federer y Rafa Nadal. O en el ajedrez entre el oficialista Karpov y el rebelde Kasparov. Busca en tu contrario a tu complementario, a quien te haga crecer, dice un proverbio oriental.

PAC

 

Manny Pacquiao y Floyd Mayweather han tardado años en cerrar el combate, que ahora se hará por tres cinturones de campeón del mundo en el peso welter. Y son dos tipos propicios para tomar bando, porque sus personalidades no pueden ser más diferentes.

 

Pacquiao, de 36 años y un récord de 57 victorias, 5 derrotas y 2 nulos, salió de la nada que era su ciudad, General Santos. Más bien salió del infierno, por lo que los pleitos sobre el cuadrilátero sólo le provocan sonrisas. Cuenta Juanma Rodríguez en su libro ‘Quédate en el ring’ que Manny vio un día cómo su padre, aficionado a los licores más corrosivos, mató a su perro, lo echó al puchero y se lo comió. Pacquiao vendió cigarros y rosquillas por las calles de General Santos, durmió en cartones, fue un niño endurecido a golpes por la vida… y a golpes salió del Averno. Desde su debut en 1995, ha ido escalando peldaños hasta la cima del boxeo y hasta un escaño en el Parlamento de su país.  Del barro al cielo.

 

Pacquiao canta canciones melódicas, colabora con causas benéficas, juega al ajedrez con sus vecinos filipinos, está casado y tiene cuatro hijos. Nike, que siempre busca al deportista perfecto, luce en su calzón. Tras algunos despistes (los casinos de Las Vegas tienen esas cosas: juego y chicas) y una amenaza de divorcio de su esposa, Jinkie, Pacquiao descubrió La Biblia. Aunque no la piedad para sus rivales. “Un día, Manny me dijo que Dios no quiere lastimar a la gente. Pero le convencí de que Dios debe entender que el boxeo es un deporte”, cuenta su técnico Freddie Roach. Pacquiao se santigua, Pacquiao reza, pero Pacquiao también sabe que en el texto sagrado cabe la ira divina.

 

Enfrente estará Mayweather. Hijo de boxeador y sobrino del excampeón del mundo Roger Mayweather, que además le hace de entrenador. Rodeado de sacos y embriagado por el agrio olor del sudor en los gimnasios de Grand Rapids (Michigan), no podía dedicarse a otra cosa. Tras ganar el bronce en los Juegos de Atlanta 1996, se pasó al profesionalismo, donde ha forjado una carrera espectacular jalonada de títulos mundiales en cinco categorías y victorias sobre lo mejorcito del panorama: Corrales, Castillo, Judah, De la Hoya, Gatti, Márquez, Hatton, Mosley, Cotto o Canelo.

 

A puñetazos, ‘Pretty Money’ se convirtió en una máquina de hacer dinero. Su fortuna se calcula en más de 400 millones de dólares y Forbes le situó en la cima de su lista con más ingresos en el deporte: 105 millones en el último año. Y genera tanto como derrocha. Aficionado a colgar todos los detalles de su vida en Instagram, Twitter o Facebook, se le ha visto encima de una cama contando pilas de billetes en su jet privado o tumbado en una camilla de masajes mientras diez chicas despampanantes perrean delante de él. Todo menos políticamente correcto. Su casa no es nada modesta: ocupa casi 1.900 metros cuadrados en Las Vegas, tiene una sala de cine y está valorada en más de diez millones de dólares. Claro, que el boxeador llegó a apostar 11 milones de a que Miami ganaba el título de la NBA… En su garaje hay una colección de Mercedes, Ferraris o Rolls Royce. Su último capricho, ya en la preparación de la pelea, consistió en llamar al dueño de un concesionario de coches de lujo a las 03:00 de la madrugada para que le llevara un Bugati en menos de 12 horas a la puerta de su casa. Lo tuvo.

 

Mayweather, aficionado al rap y al hip-hop y amigo de estrellas como 50 Cent, está rodeado de un séquito gigantesco que se agrupa bajo el paraguas de ‘The Money Team’. Las marcas no se atreven asociar su imagen a la el campeón, que a través de esa marca da salida a sus negocios. El de Michigan fue acusado de violencia doméstica en por una de sus parejas y estuvo dos meses en la cárcel en 2012 por ello. Cuando salió, su carrera siguió en lo más alto.

 

 

MONEY

 

Pacquiao y Mayweather son diferentes tan diferentes en el boxeo como en su vida. Dos mundos paralelos que, sin embargo, se fundirán el 2 de mayo sobre un ring. Tomen partido. Dentro y fuera

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miércoles, 14 enero 2015

Por Jesús Mínguez

Deontay Wilder, el LeBron de los pesos pesados

Mientras el boxeo cruza los dedos para que se cierre el Mayweather-Pacquiao, también se mira de reojo hacia el MGM de Las Vegas. Este sábado, Deontay Wilder puede proclamarse campeón del mundo de los pesos pesados. Él es la gran esperanza negra. La gran esperanza de que el título de de la división más mítica vuelva a Estados Unidos. ‘El Bombardero de Bronce’, de 29 años, disputará al canadiense Bermane Stiverne (36 años, 24-1-1) el cinturón del Consejo Mundial, el que dejó Vitali Klitschko cuando decidió dedicarse ‘full-time’ a la política.

 

Deontay-wilder

 

Deontay Wilder para quien no lo haya visto, es un prodigio físico de 201 centímetros que igual podría haberse ganado la vida en la NFL o en la NBA. No en vano, en 2005 consiguió una beca deportiva para la Universidad de Alabama. Pero con 19 años fue padre y su hija, Nieya, nació con una grave enfermedad medular. Lo dejó todo para ponerse a trabajar y pagar los tratamientos… y comenzó a boxear. Entonces, descubrió que en sus manos había hormigón. Esa potencia seca de pegada que sólo tienen los elegidos. En los Juegos de Pekín 2008 conquistó la medalla de bronce… y se extrañó de que le pidieran autógrafos: le confundían con LeBron James. Con eso está todo dicho. Una bestia.

 

 

 

Llega al sábado con un récord de escalofrío: 32 victorias, todas por KO, 18 de ellas en el primer asalto. Ningún rival le ha durado más de cuatro rounds. Pero también es verdad que en el palmarés no lucen victorias ante púgiles de mucho relumbrón. Derrotó a Siarhei Liakhovich, pero este enfilaba la cuesta abajo. Su última victoria fue ante Jason Gavern, a quien tuvimos oportunidad de verlo (y sufrirlo) en el Madrid Arena en 2012. Muchas de sus víctimas han lucido más grasa que músculo. Stiverne puede ser la prueba del algodón para él, y para los aficionados.

 

Wilder tiene la oportunidad de proclamarse campeón mundial invicto, como lo hicieron en su momento Mike Tyson (20 años y 27-0), Lennox Lewis (27 años y 22-0), Evander Holyfield (24 años y 24-0) o Riddick Bowe (25 y 31-0) . El premio, además, podría ser el de batirse a Wladimir Klitschko en un duelo por la unificación de los cuatro cinturones de los pesados, ya que el ucraniano tiene los de la AMB, OMB y FIB. El sábado se podrá saber ya si Deontay es esperanza o realidad. Y si hay alguien que, por fin, pueda golpear con los nudillos, amenazante, la puerta del vestuario de los Klitscko.  

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martes, 02 diciembre 2014

Por Jesús Mínguez

#MalaSangre, una velada bien vestida en Barcelona

El boxeo es deporte, competición, pero el envoltorio con el que se presenta siempre ha sido importante. Cómo vestir una velada, cómo promocionarla. El sentido del espectáculo, el show. En ese sentido, Gallego Prada y Maravillabox, las dos promotoras que organizan la velada del viernes 12 de diciembre en Barcelona están siendo ejemplares.  Ahora las redes sociales permiten, sin demasiado coste, ir calentando el ambiente, y lo están aprovechando a la perfección.

 

Tomando prestado el nombre al Óscar de la Hoya-Fernando Vargas del 2002, que se adjudicó El Feroz, han bautizado la velada #MalaSangre. Un hastag para twitter que sirve para conectar al aficionado, que ya estaba prevenido de lo que se venía encima cuando Javi García Roche comenzó a retar mediante vídeos caseros en youtube a Roberto Santos.

 

 

 

 

 

Eso cristalizó en el combate de fondo en el superwelter. El barcelonés tiene indudable tirón por su personalidad. Y el de Benidorm muestra una carrera extensa para lo que se estila (32 combates) y bastante mundo recorrido, ya que ha boxeado en Austria, Alemania o Serbia y dejó buenas vibraciones contra Marcos Nader por el título de la UE. En el Vall d’Hebron tiene poco que ganar y mucho que perder ante Roche, que asegura guerra.

 

Para aderezar la promoción, Sergio ‘Maravilla’ Martínez se ha prestado a ser el maestro de ceremonias de un ‘Face off’ que no deja indiferente. Con pocos medios, mucho ruido. Algo inusual en España, donde también es justo reconocer que los organizadores pueden destinar pocos euros a la promoción si quieren cerrar carteles aceptables. Pero todo es cuestión de ganas, y de imaginación.

 

 

 

 

Para aderezar la noche, los dos últimos campeones del mundo españoles, Kiko Martínez y Gabriel Campillo, vuelven al ring en espera de cerrar compromisos mayores que les lleven otra vez a optar por los cetros mundiales. El madrileño ante el checo Tomas Adamek –no confundir con Tomasz Adamek, el polaco que boxeó con Vitali Klitschko- y el alicantino frente al francés Amor Belahdj Ali, un rival de más entidad pues disputó, y perdió, el combate por el título de la UE del supergallo frente a Sergio Prado ‘Schuster’ en Madrid el año pasado.

 

Si a esto le sumamos la aparición de la estrella más emergente del boxeo catalán, Sandor Martín, que se medirá al francés Renald Garrido, y un Juli Giner-Ryan Peleguer la cosa promete.

 

En fin, que se presenta una velada con muchos nombres y se envuelve bien. Como supongo que lucirá también el montaje la misma noche. En ese sentido, la velada en la que lució Luca Giacon en Mijas el fin de semana pasado también es para tomar nota. Deporte y show. Siempre de la mano en el boxeo. 

Sigue en directo el partido de Champions Barcelona - City en AS.com.

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jueves, 30 octubre 2014

Por Jesús Mínguez

"Yo sólo era un boxeador, y él historia"

Hay momentos de la historia, del deporte, que son como catedrales. Monumentos que resisten al paso del tiempo, que incluso se agigantan según va cubriendo el musgo sus paredes. Así es el ‘Rumble in the Jungle’. Han pasado cuarenta años del Ali-Foreman en la canícula de Kinshasa, pero pasarán otros cuarenta y la memoria volverá a retrotraerse al 30 de octubre de 1974. Lo que ocurrió ese día guarda la fascinación de lo extraordinario porque en el estadio ‘20 de mayo’ se dieron la mano la historia y el deporte, y se convirtieron en leyenda.

 

Para quien no sepa de este combate, aunque no le guste el boxeo, recomiendo que busque la película-documental ‘When we were kings’ (Cuando éramos reyes), de Leon Gast. Y verá a Ali corriendo por las calles del Zaire, vociferando sus bravatas mientras los chavales le jalean: ‘Ali, boma ye!’, ‘Ali, mátalo’. Una imagen millones de veces repetida: en anuncios, en posters, en libros… Un icono del siglo XX. Muhammad Ali, que rechazó el nombre de Cassius Clay por considerarlo de esclavos, iba a boxear en el continente de sus antepasados. “África es el lugar del hombre negro y aquí vamos a hacer la primera asamblea de negros americanos y africanos”, advierte Ali en una de las múltiples grabaciones previas a la velada. “¡Vamos a provocar el estallido en la jungla!”.

 

Y vaya si lo provocó. Todo fue posible porque el extravagante promotor Don King, tan ducho en recitar de carrerilla versos de Shakespeare como en dejar pufos en las carreras de boxeadores, consiguió que George Foreman firmara un contrato para poner en juego su cinturón de campeón mundial de los pesados cobrando cinco millones de dólares. Ali, que había estado tres años y medio sin boxear por negarse a ir a Vietnam, también rubricó por otros cinco… Diez millones que Don King no tenía y encontró en la selva: en Zaire, en casa del dictador Mobutu Sese Seko. “Los países van a la guerra para poner su nombre en el mapa y una guerra cuesta más de diez millones de dólares”, valoró ‘El Más Grande’ la operación de márketing desprovista de ética. Mobutu y Zaire pasaban a estar en el mapa con una batalla, pero de boxeo y con la bolsa más grande jamás vista.

 

Foreman tenía la pegada de un dinosaurio. Había mandado a la lona siete veces a Foreman en Kingston para ganar el Mundial y había cerrado después la defensa con Norton en dos asaltos. “Nadie pegaba como Foreman. Elegía los sacos más grandes y los dejaba abollados”, relata el escritor Norman Mailer, que vivió la velada en el ringside. Tenía una potencia brutal, descomunal, apabullante. Howard Cosell, el famoso locutor de las patillas y el tupé, pronosticó que el tejano retiraría a Ali. “Todos creían que iba a perder, que Foreman le iba a destrozar. Y él dijo ‘voy a bailar y bailar”, recuerda Mailer.

 

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Ali se preparó con el durísimo Ken Norton, al que había humillado Foreman, como sparring. Se aculaba en las cuerdas y dejaba que le clavara golpes secos. Maceró su cuerpo para acostumbrarlo al castigo que le iba a infligir el campeón. Y funcionó. El día del combate, en un ambiente eléctrico y (otro hecho fantástico) a las 04:00 de la madrugada para que en EE UU fuera prime-time, los dos colosos salieron a un estadio donde habían actuado previamente BB King y James Brown. Negritud al cubo para una banda sonora inigualable. Ali fue aclamado. Llevaba meses preparando el terreno, mientras un desafortunado Foreman había llegado a Kinshasa con un pastor alemán… la raza de perros empleados por los colonos cuando el Zaire era el Congo Belga para acosar a la población local. Mobutu, por miedo a ser asesinado, seguía el show de los diez millones de dólares por un circuito cerrado desde su palacio… Todo era surrealista a la vez que real.

 

Y entonces Ali mostró su estrategia suicida: dejar que Foreman le atizara como a esos sacos en los que hacía agujeros hasta que se cansara mientras en cada clinch le gritaba: “¡Me estás decepcionando!”. En el octavo round, ‘Big George’ perdió fuelle de tanto lanzar golpes. Y Ali encontró caminos para su derecha. La jungla estalló. Foreman cayó como un fardo. El líder negro de África y América volvía a conquistar el campeonato mundial de los pesos pesados. La lluvia, que había aguantado, lo inundaba todo relajando la tensión.

 

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La maravillosa historia de Ali escribía un nuevo capítulo. A la mañana siguiente se despidió de Zaire. “Tenéis dignidad en vuestra pobreza. Sois mejores que nosotros”, les dijo a un grupo de admiradores. Por eso era el más grande. Por eso el combate de Kinshasa fue mágico y fabuloso. El cierre lo pone Floyd Patterson, otro ex campeón mundial que acabó cegado por el resplandor y el boxeo de Ali: “Al final, comprendí que yo no era más que un boxeador y que él, en cambio, era historia”. Historia, sí. Kinshasa. El estallido en la jungla.

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miércoles, 18 junio 2014

Por Jesús Mínguez

Un libro y una velada para Manuel Alcántara

Cuando éramos reyes, en el boxeo español, la tinta con la que se firmaban las grandes gestas la ponían periodistas enormes, a los que merece la pena volver guste o no guste este deporte. Para aprender, entre otras cosas, simplemente a escribir bien. En AS se ocupaba del boxeo Fernando Vadillo -luego cogió el testigo el gran Vicente Carreño- y Marca fichó para hacerle sombra a Manuel Alcántara en 1967. El malagueño había pasado por Arriba y Pueblo, y ya era un poeta de relumbrón Premio Nacional de Literatura en 1963. Para escribir sobre héroes, no podía valer un juntaletras. 

 

ALCANTARA LIBRO

 

Ahora, otros dos periodistas malagueños, Agustín Rivera y Teodoro León Gross, han recogido los mejores trabajos del maestro Alcántara en el libro 'La edad de oro del boxeo: 15 asaltos de leyenda' (Editorial Libros del KO). Una joyita en la que no sobra un párrafo.

A la vez, se anuncia una velada para este sábado 21 de junio en su ciudad (Pabellón Carranque, desde las 22:00), en la que se le rendirá tributo. Los clubes Saga Heredia, Málaga Boxing Club y Distrito Oeste han organizado el homenaje de la mejor forma posible: con gladiadores sobre el ring. Varios combates amateur y tres profesionales: Wattif Nassir-Chatenira, Sergio Abad-Cavero en el superwelter y Senior Micha-Michael Carrero en el superpluma. Gente que quiere a Alcántara y al boxeo como Nacho Gutiérrez están echando el resto para que el maestro sienta el calor.

 

ALCANTARA GYM

 

Alcántara, que aún sigue publicando columnas aunque no de boxeo, vuelve a asomarse al ring en el que tanto disfrutó. Así lo ha contado: “De niño yo vivía en La Lagunilla (…) había un solar enfrente, que era una fábrica como de ladrillos, pero muy grande, desde el que se veían a los boxeadores. Cuando yo daba la lata en mi casa me decían 'Niño, vete con los boxeadores' (…) yo los veía entrenar, pegarle al saco y saltar a la comba y hacer guantes entre ellos. Y eso se me quedó para siempre (…) Yo siempre digo que de boxeo y del croché de izquierda entiendo más que de Góngora y de Villamediana". Cronista de boxeo. Palabras mayores que le hacen a uno muy pequeño.

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viernes, 25 abril 2014

Por Jesús Mínguez

'Jamás me verá nadie en un ring': la historia de Pedro Roca

Desde un recuerdo, el de un padre aficionado al boxeo, Julià Guillamon ha parido un libro maravilloso. “Cuando era un chico, encontraba ofensivo el olor de Lilimento Sloan que a mi padre le recordaba sus buenos tiempos en el gimnasio. El perfume de las friegas de alcohol de romero con que estimulaba los músculos tras unas tablas de gimnasia sueca y una ducha fría (…) yo no entendía cómo debíamos seguir en casa las reglas del gimnasio”, comienza 'Jamás me verá nadie en un ring: la historia del boxeador Pedro Roca’ (Editorial Comanegra). El padre de Juliá, boxeador aficionado en los cincuenta, sólo realizó un combate. Y nunca más se subió a un ring. Pero dejó un poso que al final ha cristalizado en 277 páginas y una portada del pintor Eduardo Arroyo, que aceptó hacer su particular retrato de Pedro Roca.

 

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¿Y quién fue ese Pedro Roca? Un boxeador del peso pesado muy popular a principios de los años treinta en Barcelona, cuando era el epicientro del boxeo en España. En el historial del ‘Uzcudun de Gracia’ (el céntrico barrio) sólo se contabilizó una victoria, y fue por abandono de su rival, Casals, al dislocarse un brazo. Siempre le noqueaban en los primeros asaltos. Diarios como ‘El Mundo deportivo’, revistas del gremio como ‘Boxeo’ o la satírica ‘Xut’ permitían seguir el rastro de Roca y su colegas, porque el boxeo bullía.

 

En todas ha buceado Guillamon para hilvanar el recorrido de Roca y, sobre todo, una historia del pugilismo en esa vieja Barcelona donde se ofrecían las primeras veladas en el Luna Park, el Nuevo Mundo, el Mundial Sport, el Iris Park, o grandes recintos como las plazas de toros de La Monumental o Las Arenas. También en el Estadio de Montjuïc. Espacios llenos de humo y sombreros, donde se mezclaban jugadores y directivos del Barça, alta sociedad, aficionados o supervivientes de la vida de barrios periféricos.

 

A Roca, quizá porque era así, quizá por los golpes, se le debieron de cruzar varios cables en su cabeza. Pero con la consecuencia de que, una vez le retiraron su licencia para evitar más castigo, escribió un libro en el que alcanzó un estilo “surrealista involuntario”, el “automatismo psíquico”. Redactó y publicó ‘De boxeador a literato’, un texto inclasificable de memorias que se incluye en el cuidado estuche de Comanegra en edición facsímil y que Roca se dedicó a vender por cafés y gimnasios.

 

Por sus páginas aparecen coetáneos de Roca como José Gironés, mito y campeón de Europa, el preparador Ángel Artero y sus ‘poulains’, Max Schmelling, o el combate que enfrentó a Paulino Uzcudun, al que Roca hizo de desafortunado sparring, y Primo Carnera el 23 de octubre de 1930 en Montjuïc. También el Arthur Cravan-Jack Johnson de La Monumental en 1916.

Jams me ver nadie en un ring

 

Julià Guillamon ha armado ‘Jamás me verá nadie en un ring’ con muchas horas de biblioteca. Y ha conseguido 120 fotografías que ya de por sí merecen también detenerse en el libro. Esos boxeadores posando tras sus carreras por los alrededores de Barcelona, Cravan haciendo sombra bajo una encina, Carnera y Uzcudun entrando imperiales con sus batines en Montjuïc engullidos por un mar de gente… Guillamon ha escrito un libro de historia y de historias. Y ha ajustado cuentas con sus recuerdos. Ahora supongo que esbozará una sonrisa cuando huela el inconfundible aroma del alcohol de romero o el agua fría le sorprenda en la ducha.

 

 

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lunes, 24 marzo 2014

Por Jesús Mínguez

Barcelona se mueve: Sandor Martín-Natxo Mendoza

Apalancados en Madrid, a veces perdemos la perspectiva sobre las veladas que salpican toda la geografía española. Y, sobre todo, de que Barcelona se mueve. Y mucho. De la asociación de Gallego Prada y KO Verdún, los más fuertes en Cataluña, han ido brotando veladas por L’Hospitalet, Castelldefels, el Vall d’Hebrom, Premià… O el Bon Pastor (C/Costa Daurada, 12-16, Barcelona) donde el sábado 29 debería concentrarse toda la parroquia para asistir a una de esas noches que suelen dejar regusto por mucho tiempo.

 

Y es que Sandor Martín, uno de los púgiles que corren de boca en boca, pone en juego su cinturón de Campeón de España del superligero ante el hispano-colombiano Natxo Mendoza, que no es un cualquiera como dice su récord: 38-8-2 con 23 victorias antes del límite.

 

¿Y quién es Sandor Martín? Pues el hijo de Rafa Martín, referente en el boxeo catalán y en otros deportes de contacto, que ha conseguido generar mucha ilusión. De tal palo tal astilla. Y de buena madera, porque con 19 años se convirtió en el campeón nacional más joven al derrotar a Daniel Rasilla y ahora con 20 luce un récord de 16-1-0. Sólo el francés Alexandre Lepelley consiguió vencerle. ‘Arrasandor’, que debió aprender a ponerse los guantes antes que el chupete, se sacó además con matrícula de honor un módulo de Educación Física y estudiará INEF. Vamos, que fondo y preparación tampoco le faltarán.

 

 

 

“Es el combate más importante de mi carrera. Ante uno de los cincuenta mejores del mundo en la categoría, y por eso llevamos cinco semanas preparándolo. Natxo es duro, con experiencia y pegador. No le da miedo nada”, cuenta Sandor. Un reto de los de verdad que debe marcar hacia dónde va el futuro de la gran esperanza del boxeo barcelonés.

 

Y tratándose de Barcelona, una ciudad que siempre ha estado muy puesta en esto del diseño y el marketing, la puesta en escena y la promoción debían ser acordes a la velada. Vídeo, camisetas… y un cartel guapo, muy guapo. Con aire retro. De esos que apetece guardar. Raro en el panorama un tanto kitch de la cartelería habitual. Vamos, una velada y un esfuerzo que merecen la pena. Y con entraditas desde 15 euros. Barcelona se mueve, sí.

 

Boxeo

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