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Mamá, quiero ser pilier

El blog de Mario Ornat

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10 diciembre 2012

Por Mario Ornat

¿Por qué lo llaman amistoso cuando quieren decir rugby?

Si llevas poco tiempo en el rugby y en tu equipo te han dicho que el próximo sábado vais a jugar un amistoso y que te convendría foguearte, mejor que leas esto. O si eres un veterano que ha regresado y te pueden las ganas de jugar todo lo que se te ponga por delante... Una de las ventajas de jugar un partido amistoso de rugby es que el término amistoso carece por completo de significado. Cuando en la prensa no avisada leemos eso de amistoso internacional en otoño, nos reímos por dentro. La palabra test fue un hallazgo estilístico de primera magnitud. En el rugby lo único amistoso es el Tercer Tiempo... y no siempre. En los amistosos se reparten el número más alto de castañas de toda la campaña invernal. El ambiente lo favorece porque, además, el árbitro suele andar poco meticuloso. Si es que es árbitro at all. De modo que hay que desconfiar por principio de los llamados amistosos, esos partiditos que monta el entrenador, con algún otro entrenador amigo suyo, en las semanas en las que no hay liga “para que los chicos se mantengan activos y seguir probando cosas”. Cuando oigo el planteamiento, empiezo a inquietarme. Sé que esos días aparentemente inocuos a menudo se convierten en una trampa para elefantes. Llegado el día del partido, la gente se borra. Inventan bodas y comuniones. Incluso las propias. Aprovechan para hacer otras cosas, comidas familiares, llevar a la chica al centro comercial o... ¡estudiar! Saben lo que hacen. Son arteros, pero más listos que tú. Si tú eres veterano y te dejas llevar a uno de estos acontecimientos será porque estás auténticamente enfermo, radicalmente solo en la vida o bien has decidido que perder la memoria acaba por compensar en algún otro ámbito de la existencia. De todo esto te das cuenta en ese momento en el que miras alrededor en el vestuario y te encuentras en medio de una alineación repleta de muchachos lampiños, mezclados con espontáneos de calcetín corto a los que jamás en tu vida habías visto antes. “Oye, ¿quién era ese desgarbado que se ha puesto de ala?”, se pregunta la gente después. “Ah, sí, ese que ha dado una patada desde el fondo y se ha quedado parado mirando… Ni idea”. El resto, los que juegan habitualmente, no se lo acaban de tomar en serio. Y en un partido de rugby todo puede acabar siendo serio... Estos siervos de la gleba que se ponen tu misma camiseta, muchos cogidos a lazo de camino al partido para completar un quince, contrastan con el rival, que viene pertrechado como la legión romana. No te extrañe que el rival sea uno de esos equipos de larga tradición que, por vaya a saber cuál motivo, este año no ha podido juntar la suficiente gente para sacar equipo en la regional. Esos son los peores. Porque andan sin desfogarse durante todo el año, están como encelados, furiosos, sin desbravar, salvo que hayan podido meterse en una pelea tabernaria de cuando en cuando. Los equipos así se toman el partido amistoso como ocasión para recordarte que si ellos estuvieran en la liga la historia sería otra cosa. Tienen ganas de caza y sangre. A poder ser, claro, la tuya: miras a tu alrededor y los muchachitos que te acompañan en el partido han adquirido el aspecto de inocentes cervatillos. En casi todas las jugadas te la dan a ti, porque tienen la sensación de que tú sí sabes qué hacer con la pelota. Son listos, pero lo son por todas las razones equivocadas. Las que menos te convienen...

 

Jugar al rugby es como andar en bicicleta: en cuanto empiezas, te acuerdas de cómo iba la cosa. Nadie olvida cómo se hacen según qué cosas. En el rugby no hay voces que te avisen, ni señales que adviertan del peligro en los arcenes del campo. Por eso, en partidos así, en los que la relajación va adherida al embustero concepto del amistoso, se reparten con frecuencia los peores tortazos de la temporada. De modo que agarras el balón en apoyo de una ruptura y viene por el costado ciego un tipo que te vuelve la nariz del otro lado. El golpazo tiene, de momento, un efecto liberador, como las pastillas mentoladas: se te abren las vías respiratorias y te entra hasta el pulmón una corriente limpia de aire, como un émbolo. Después, igual que ese mar asesino que se retira sobre sí mismo unos segundos antes del tsunami, te sobreviene un ahogo y sientes que te están sacando de dentro, de manera muy poco amistosa, el aire y algo más. Afortunadamente, a pesar del cacharrazo, el cerebro del jugador de rugby trabaja solo, por costumbre o enseñanza, y es capaz de ordenar por riguroso orden de prioridad, tomar decisiones, comunicar mensajes y resolver actos: no hay dolor, no hay dolor... el baloncito limpio, atrás, ahí sobre la hierba, como un bebé, arropadito como un bebé, para que lo jueguen los que quedan en pie. Y ahora, cuando se levante toda esta gente que nos ha caído encima, ahora cuando estos ochocientos kilos que nos aplastan se vayan a liarla ocho o diez metros más allá, porque es lo que les gusta, entonces ya miraremos a ver si nos han roto la nariz, nos han derribado el puente sobre el río Kwai o nos han hecho la estética completa con una de esas rajitas que tanto gusto le agregan a las fotos carcelarias de los malevos.

Rugby4

Son apenas tres minutos de partido. Podrían ser horas, pero son tres minutos. Y ya te estás preguntando para qué viniste. Y, espera, sí… ese cosquilleo viscoso que baja por el caño izquierdo y gotea sobre la hierba es lo que parece. "¡Señor, cambio por sangre!", grita alguien. No será raro que de árbitro en un encuentro de éstos haga uno de esos veteranos que lleva sin jugar desde los días en que hacer el ascensor en las touches era ilegal y el punto de encuentro un nombre en clave para los cuartos oscuros. El árbitro éste ignora que hay cuatro tiempos en la melé y cuando se lo explicas le parece innecesaria tanta burocracia para el simple choque de toda la vida. En la segunda parte, ante el desparrame de las entradas, accede a lo de los cuatro tiempos, pero ni hablar de palabritas en inglés. "Cuento uno, dos, tres, cuatro... y al cuatro entráis", es su solución. Pretender que se haga cargo de qué cosa es un cambio por sangre resulta inútil. Lo suyo eran los cambios de sangre, como los Stones o el señor Burns. “Todo lo que está en el suelo es hierba, y por tanto se puede pisar”, era el lema de aquellos tipos, de forma que en estos encuentros los rucks te devuelven a aquella luminosa época añorada que era la Edad Media de la melé, cuando todos los delanteros jugábamos de lo mismo: de carniceros. Cambio por sangre. Deben de estar hablando de mí. Miro al suelo puesto a cuatro patas, una posición que sólo en un par de situaciones de la vida no resulta patética, y ésta no es una de ellas. Sangre en la hierba. Rojo y verde, como mi camiseta. Ahora habrá que examinarles las caras mientras me curan. Su cara es mi espejo. Depende de la aprensión de las miradas y los comentarios, uno sabe hasta dónde llega la cosa, más o menos.

 

Si la obligación de tener una ambulancia a la entrada del partido ya constituye de por sí en estas categorías una moneda al aire, en partidos como éste puedes olvidarte de cualquier tipo de asistencia letrada o facultativa. Uno mismo camina hasta la banda con ese hilo de chapapote saliéndole de las entrañas y el que te atiende es el Tonono, amigo tuyo, hermano diríamos porque ha jugado culo con culo contigo, porque ha repartido algún puñetazo que te correspondía a ti o bien se ha llevado otro que lo mismo, también era tuyo por sorteo... Tonono mira y hace una de esas preguntas que quieren decir aquí nadie sabemos nada así que mejor rezamos: "¿Te la notas rota?", es su capcioso requerimiento. No hay que culparlo: Tonono somos todos. "Yo creo que no, me parece que es sólo el golpe". Un placaje mal medido; o muy bien medido, según como se mire. Un placaje de inspiración samoana, con hombro, brazo, antebrazo y casi todo el tercio superior del cuerpo. Se placa con el hombro, pero se golpea con todo lo que uno puede. El asunto va de eso, todos lo hemos hecho. Lo hacemos. Hay que confesar que vamos a seguir haciéndolo.

 

Tonono pide algodón y agua. Es lo que hay. Algodón y agua. Y si eso no te cura, ya lo hará la vida. En realidad tenemos un botiquín completo, con cánula y todo porque el doctor la trajo cierto día y nos dio un tutorial de cinco segundos y medio sobre cómo sacarle la lengua del esófago a un compañero si le diera por comérsela. Como estábamos a punto de empezar un partido, en el ritual de embrutecimiento, nadie lo miró ni atendió nada a aquella frase tan vehemente que nos soltó, de pie en medio del hirviente vestuario: "¡Esto puede salvar una vida!". En el botiquín hay muchas cosas, pero ninguna sirve para hacer radiografías a la nariz de un-pilar-que-juega-hoy-de-talonador-porque-quizás-ya-no-pesa-lo-que-debería-pesar-un-pilar-izquierdo. Lo mío suelen ser las cejas. Cejas abiertas como los cortes de los boxeadores, una tontería muy molesta porque hay que detener la sangre o no puedes seguir jugando, y depende del árbitro que te dejen. Esta vez es la nariz, que ya tengo torcida siempre hacia un lado porque, de crío, un portero despejó de puños en cierta ocasión y no encontró el balón, sino que me encontró a mí. Casi todas las semanas me la retoco un poco con algún golpecito en entrenamientos o partidos. Los golpes que se extravían, caen ahí. Esta vez el topetazo no se había perdido, venía directo a mi encuentro. Así que aparte de meterte algodón en el agujero y limpiarte la sangre de las manos con agua para no parecer El Carnicero Bill Cutting (Daniel Day-Lewis en Gangs of New York) no hay mucho más que hacer. Frenar la hemorragia y listo. No es grave, creo. Se acerca el entrenador, que vigila de reojo el campo y hace una sola pregunta: "¿Puedes seguir?". Naturalmente que sí. La nariz no es del cuerpo. Y además, el cuerpo siempre estuvo al servicio del club.

 

De vuelta a casa, cuando el contorno de los ojos sea ya un antifaz oscuro y parezcas un seguidor trasnochado de Robert Smith con sombra en los párpados, ella y los demás preguntarán: "Pero, ¿no dijiste que este fin de semana no había partido?". Y tendrás que reconocer que no, que el idioma no da para definir estas enfermedades. "Era un amistoso. El entrenador quería probar cosas...". A eso habíamos ido, un sábado cualquiera. En lugar de ir al cine, fuimos a que el entrenador probara cosas. Algo así deben de decirles al oído los hombres de la bata a las ratitas blancas de laboratorio.

 

[La fotografía pertenece a una divertida serie con jugadores de los Boksprings de Minnesotta, a cargo del fotógrafo norteamericano Robb Long].

 

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Comentarios

Joder, Mario, ¿este texto lo habías publicado antes en algún sitio? Es que me resulta muy muy familiar, me da que lo he leído ya.

P.S.: me ha vuelto a encantar :-)

#antonioostras
No exactamente así, ni con este título o enfoque, pero algún párrafo sí estaba publicado en mi viejo blog personal, sí. Ahora los recupero en ocasiones para reinterpretarlos y actualizarlos; los releo, reviso y reedito en 'Mamá, quiero ser pilier'. No son exactamente iguales. Hasta yo mismo había olvidado muchas de las cosas que he escrito. Así que aquí aprovecho para recuperarlos. Añado y quito cosas, pero están muy basados en aquéllos. Ya he dicho antes que el propio nombre del blog proviene de uno de aquellos primeros escritos y me parece una idea aceptable volver a airear aquí, donde mucha más gente pueda encontrarlos, aquellas líneas que fueron mis primeros 'ensayos' de tinta.

grandioso otra vez

se acaban los adjetivos, un verdadero placer leerte , una de las alegrias de cada dia entrar aqui y encontrar algo nuevo

un saludi

Que buenoooooooooooo, bravo Mario, bravo.
Añadiré que yo fui uno de esos "alas de calcetín corto", tuve la suerte de que un equipo de tios fabulosos (El Moreras de Valladolid) me dejara entrenar con ellos durante 4 días; al siguiente fin de semana vino a jugar un amistoso un equipo de veteranos de Madrid, y como faltaba uno me dijeron "ponte tu".
Y me puse, más bien me pusieron DE ALA, supongo que mis treinta y muchos tacos y mis 105 kilos de peso fueron motivo suficiente para ponerme allí.
El caso es que estabamos atacando (me habian mandado con los visitantes, que cucos los "moreros") me llega el balón a 5 metros de la linea de ensayo; viendo llegar el placaje intento una patadita que por supuesto no me sale.
Conclusión de la jugada: con mi patadita pijotera propicié un ensayo del equipo contrario de parte a parte del campo, les quedó bonito de cojones oiga.
De las miradas asesinas de mis recientes compañeros de equipo mejor no digo nada...

Jajaja... Otro día hablaremos de los peligros de ir a ver un partido de rugby y de cómo acabas jugando sin querer. O queriendo. Los novatos sobrevenidos son un clásico. Gracias a todos por pasar por aquí.

@mornat
Encontré el artículo al que me recordaba, el artículo que copi-pasteé hace años y que me guardé en .doc para leer en días de bajón [1].

Porque yo seré zaguero (a veces, otras centro, otras ala y otras, aguador) pero ser primera... ay, amigo, ser primera es otra cosa.

Un saludo.

[1] http://ornat.blogia.com/2008/100601-mama-yo-quiero-ser-pilier.php

La foto me recuerda a un amigo que es del frente Atleti. Mas o menos igual de "guapo". Ahora que lo del nombre del equipo es de nota.

precioso, como siempre es un gusto leerte Mario. Si hubiese más periodistas como tú...

Siempre hay que llevar las botas en el coche.
Felicidades, Mario.

Maese Mornat, he llorado de la risa,
Esto me ha recordado mi juventud en Zaragoza, cuando era reclutado para "amistosos" en plena Recogida a horas intempestivas....
En fin, gracias por este ratito....

una verdad del rugby inmutable en el tiempo es que en un partido se "rifan" cierta cantidad de hostias y cuantos menos sean los que sepan jugar más probabilidades tienen de que les "toquen".

buenísimo el artículo como todos los que se refieren a ese rugby "pata negra" del que todos podemos hablar en primera persona.

muchas gracias.

Buenísimo el artículo, pero traigo malas noticias... ¡ahora los tiempos de la melé son tres!

Enorme Mario. Todo esto se magnifica si el contrario del amistoso es "francés" o la tripulación de "un barco inglés" que como cojones ha llegado a Tarazona. Por cierto lo de la cánula de Guedel " no lo explico más"

Bravo Sr. Ornat. Yo tambien he leido algunos párrafos en su otro blog, pero da igual,siguen siendo una delicia y a los que hemos oido y sufrido lo de "todo lo que esta en el piso es pasto", porque yo se lo oí a un argentino, se nos escapa una sonrisa cuando no una carcajada.

Hay que j...., que la única lesión permanente, nariz, fuera jugando al fútbol.
Enhorabuena, un gran artículo.

Madre mía, y yo mañana con amistoso!!!!!,y por cierto,en tu provincia Mario.
Que bien va a venir a los novatos que se lean este artículo para que mañana no tenga que soltar la charla sobre que en rugby no hay amistosos.

@Manolo
¡No me digas! Prometo decírselo enseguida a aquel 'árbitro' en el que está basado el artículo, para que se actualice. Si pudo adaptarse sobre la marcha al "uno, dos, tres, cuatro", no creo que tenga problemas para asumir el "un, dos, tres...". Efectivamente la entrada, en ese aspecto, estaba desfasada: porque cuando jugué aquel último amistoso en el que me pusieron los ojos morados, todavía eran cuatro tiempos. Todo está basado en hechos reales, como las películas.

@The Doc
Usted no se moleste, doctor. Por más veces que lo explique nadie le va a atender. Ni a entender.

@Angel Ll. Carrillo
El desvío de la nariz viene de lejos, sí. Pero la única lesión permanente, hace dos años, fue una rotura de peroné. No era amistoso, era de Liga. Pero hemos vuelto.

@iurisman
Ojo... en esta provincia los amistosos los carga el diablo.

Sensacional articulo Señor Ornat, sensacional.
Siento ser el unico en disentir un poco, pero yo soy ( mejor dicho, he sido ) de los que no aguantaban las caricias innecesarias.
El rugby como deporte de contacto ya tiene de por si bastante acciones bruscas ( y peligrosas, no hay que obviarlo ) como para que te venga un segunda a rascarte la espalda con los tacos, o ( cogiendo tu definicion de placaje samoano ) algunos aprovechen para dar severos y repetidos golpes en la cara en lugar de realizar placajes.
Lo siento, nunca me gusto ni creo que me guste que el rugby sea excusa para hacer agresiones encubiertas.
Amo la lirica de este deporte: tu como nadie la retratas, pero detesto la violencia con la que en ocasiones un servidor se topo.

Has pasado por alto que probablemente, al no tener partido oficial, saliste a dar una "vueltilla" a tomar una copichuelas la víspera del partido y se alargó más de cuenta.

Very good, aunque sigo esperando como agua de mayo a "yo soy el 1". jeje. un saludo.

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