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miércoles, 21 enero 2015

Por Alfredo Relaño

El sonado regreso de Lángara

El regreso de Torres al Atlético trae a la memoria uno de los sucesos del fútbol de la posguerra: el de Lángara, el formidable goleador, al Oviedo. Fue en el verano de 1946. Para entonces él tenía ya 34 años. Llevaba diez fuera de España y una novia le esperaba.

 

Lángara es el goleador más formidable que ha tenido nuestro fútbol. Nacido en Pasajes (Gipuzkoa), el 15 de mayo de 1912, se mudó de chaval a Andoain y rompió como jugador en el Tolosa. Hasta allí llegó para ficharle un enviado del Atlético de Madrid, Ángel Romo, con instrucciones inconcretas. Le dijeron que se trajera “al delantero centro, al precio que sea”. Pero ese día Lángara no jugó de delantero centro, sino de interior. Romo fichó a José María Arteche, que fue el delantero centro esa vez. Un buen jugador, pero con un defecto: tenía una pierna más corta que otra.

 

El siguiente en interesarse por Lángara fue el Oviedo, entonces en Segunda División. Era la temporada 30-31. Para la 32-33 ya estaban en Primera y Lángara era el terror de todas las defensas. Su poderío le hizo imprescindible en la Selección. Para cuando llegó la Guerra, en verano del 36, era, con 24 años, una gloria del fútbol español. Máximo goleador de la Liga en los tres últimos años y bandera de la Selección Nacional, para la que hizo 17 goles en 12 partidos. Barrió a Portugal en los choques de clasificación para el Mundial de 1934.

 

Langara

 

 

La Guerra Civil le pilló en Andoain, de vacaciones. En principio fue encarcelado, porque había participado como soldado de reemplazo en las operaciones contra la Revolución de Asturias, en 1934. Pero su popularidad y la evidencia de que su responsabilidad era mínima provocaron su liberación. Cuando se formó una selección vasca para hacer jugar por Europa a fin de recabar fondos y hacer propaganda del Gobierno vasco, contaron con él, como no podía ser menos, junto a los Blasco, Zubieta, Cilaurren, Regueiro, Iraragorri, Gorostiza y demás. Aquel equipo hizo una sonada gira por Europa: Francia, Checoslovaquia, Polonia, URSS, Finlandia, Dinamarca y Noruega. De regreso a Francia, tras ser rechazados en Inglaterra, se replantearon el futuro. El País Vasco ya había sido tomado por Franco. Algunos (Gorostiza entre ellos) regresaron a España. Los más viajaron a América. En México jugaron el campeonato con su nombre, el Euzkadi. Luego, la creciente presión de la FIFA, que reconoció a la nueva Federación de la España de Franco, les fue cerrando la posibilidad de contratar partidos y condujo a la disolución del equipo.

 

La mayoría se quedó a jugar allá. Lángara fichó, como Iraragorri, Zubieta y Emilín Alonso, por el San Lorenzo de Almagro. Su debut fue célebre, con cuatro goles al River Plate el mismo día que desembarcó en Buenos Aires. Fue uno de los primeros partidos que de la mano de su padre presenció Di Stéfano, hincha de Ríver, con 12 años. Di Stéfano siempre me aseguró que era capaz de reconocerse en una de las fotos de los goles, detrás de la portería en que marcó Lángara los cuatro goles. El Vasco, como le apodaron, jugó allí cuatro temporadas, dejando 110 goles en 121 partidos. Tras una gira de San Lorenzo por México, en la que hizo 23 goles en 10 partidos, fue contratado allí por el Real Club España, con vistas a la creación de una Liga Profesional mexicana. Siguió marcando goles en cantidad.

 

Avanzando 1946, le pudo la nostalgia de España. Llevaba diez años fuera. Al final de la guerra, se había emitido un Decreto Ley sobre Responsabilidades Políticas que perseguía a quienes habiéndoles pillado la guerra en zona republicana y habiendo conseguido salir al extranjero no se hubieran presentado en Zona Nacional. En el caso de los deportistas, una circular del Consejo Nacional de Deportes fijaba suspensión de seis años, extensible a doce por agravantes o reducible a uno por atenuantes.

 

Lángara llevaba nueve años largos fuera. Le pesaban. Se le cruzó un amor imposible, que le hizo difícil la estancia en México. Y aún le roía el recuerdo de su novia de Oviedo, de nombre Nieves. Su hermano Jesús le animaba al regreso. Habló con el Madrid, pero Bernabéu estaba en la construcción del nuevo estadio y además acababa de fichar a Molowny, un prometedor joven canario. No le quedaba dinero ni para planteárselo. La mejor opción fue el Oviedo, cuyo presidente, Carlos Tartiere, valoró el golpe de efecto que supondría. Le animó especialmente un directivo, Calixto Marqués. Para el Oviedo fue una seria inversión: 100.000 pesetas de ficha anual, más 1.250 de sueldo mensual. Era el contrato más alto del club.

 

Con Lángara se animó a regresar Iraragorri, al Athletic, donde aún jugaría un par de temporadas, hasta pasar a ser entrenador. Ninguno de los dos fue molestado, más bien el Régimen utilizó sus regresos como aval de normalidad.

 

Viajaron en barco hasta Bilbao, donde se quedó Iraragorri. Allí, Lángara cogió tren hacia Oviedo. Llegó el 20 de agosto del 46. La noticia había corrido como la pólvora por la ciudad. Para regatear a la multitud, se apeó en Colloto, a diez kilómetros de Oviedo, donde le esperaban entre otros Calixto Marqués, el entrenador Manolo Meana, el jugador Herrerita, compañero de antes de la guerra que seguía en activo, y dos célebres periodistas locales, Ramón Martínez, Moncho, y Serafín Martínez González, Segoma. Pese al disimulo, muchos aficionados se avivaron y en Colloto hubo gran tumulto. Le costó salir de allí. Fueron en coche a casa de Carlos Tartiere, donde firmaron los contratos y, el mismo día, a entrenar.

 

Para su presentación se organizó el 15 de septiembre, una semana antes de que empezara la Liga, un partido contra el Racing de Santander. El lleno fue total. Ganó el Oviedo 6-1 y Lángara marcó cuatro. La gente, que le había visto por la calle con cierto aire de señor mayor, cargado de peso y grandes entradas, se quedó feliz.

 

El debut real, una semana más tarde, no fue tan brillante. El rival fue el Madrid, que visitó Oviedo. Fue sin su nueva estrella, Molowny, jugó descaradamente atrás, marcó muy encima a Lángara y el partido acabó sin goles.

 

Con todo, el primer año de Lángara fue bueno. Marcó 18 goles en 20 partidos. Fue cuarto goleador de la tabla, que encabezó Zarra. Incluso fue seleccionado una vez, bien que como suplente de Zarra. No estaba mal para sus 34 años, pero las expectativas que levantaron aquellos cuatro goles al Racing no se confirmaron.

 

Tampoco lo sentimental salió como él hubiera esperado. Habían pasado diez años, con una guerra. “No te ha guardado ausencia”, le decían las malas lenguas. La novia de Lángara se convirtió en una especie de espectro, sobra la que todos hablaban cuando pasaba: “Mira, ahí va… Es la novia de Lángara…”

 

Su segunda temporada fue la última. Nueve partidos y siete goles. Esteban Echeverría, del que hemosvuelto a saber ahora cuando el récord de partidos seguidos de Cristiano marcando, estaba en mejor forma. Le relegó.

 

Se marchó discretamente. Luego hizo vida como técnico en México, Chile y Argentina. Terminado el fútbol, trabajó en una factoría propiedad de Luis Regueiro. Viajó frecuentemente a España. Madrid, Oviedo, Andoain. Siempre el mismo recorrido. Cuando le atacó el Alzheimer, ya en 1990, se estableció en Andoain, en casa de su sobrina María Jesús, hija de su hermano Jesús, fallecido antes. Allí falleció, el 21 de agosto de 1992. Murió soltero.

 

Era otra España. Ya nadie recordaba guerras ni exilios ni ausencias por guardar. Sólo se hablaba de los Juegos Olímpicos recién celebrados y de un futuro esperanzador a construir entre todos.

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miércoles, 14 enero 2015

Por Alfredo Relaño

El día que Marcial limpió las telarañas

Fue el domingo 3 de diciembre de 1978, en el Camp Nou. Marcial Pina, ex jugador del Barça, hizo una curiosa proeza: marcó dos golpes francos directos en el mismo partido, cada uno con un pie. El primero, en el primer tiempo, con el izquierdo. El segundo, en el segundo tiempo, con el derecho. Dos balones perfectamente tocados, a la misma escuadra, donde duermen las arañas. Lo sufrió Artola, el buen portero donostiarra del Barça.

MARCIAL


Marcial era un jugador de medio campo de calidad exquisita y planta inmejorable. Alto, rubio, de gran zancada, manejaba el balón con los dos pies. Había nacido en Asturias, donde estuvo destinado su padre como Guardia Civil, pero desde los dos años ya estaba en Elche, donde emergió como jugador de cantera entre una cosecha formidable, que incluía a los Asensi, Lico, Canós o Ballester, todos internacionales. Bernabéu lo quiso para el Madrid, llegó a un acuerdo por ocho millones con el Elche. Pero a última hora se cruzó el Espanyol, que en esos años presidía Vilá Reyes, un audaz empresario que acabaría mal, encarcelado por el caso Matesa, uno de los grandes escándalos del franquismo. Pero entonces aún estaba en buenos días y el Espanyol pudo pagar más que el propio Madrid por Marcial: diez millones. Con él, Vila Reyes compuso una célebre delantera, llamada Los Delfines: Amas, Marcial, Re, Rodilla y José María.


Era un jugador formidable, de apariencia fría por su trote con la cabeza alta, pero de amplia presencia, buen salto, gran visión de juego y desplazamiento largo de balón. Y ambidextro como no he visto casi ninguno. Regateaba igual por los dos perfiles:


—Bueno, de niño yo era diestro. Y soy diestro. Si tiraba un penalti lo tiraba con la derecha. Pero me esforcé y cada vez tuve más facilidad con la izquierda, sobre todo para regatear.


Pasó allí tres temporadas. Con el caso Matesa, el Espanyol tuvo que desprenderse de él y se fue al Barça por 20 millones. Allí pasaría ocho temporadas. Allí le pillaría la llegada de Cruyff, de modo que formaría parte del equipo del célebre 0-5 en el Bernabéu, aquella temporada en la que el Barça recuperaría el título después de 14 años.


Pero no siempre le fue bien. Le colocaban de extremo, que no le gustaba. Llegó a sospechar que al clan holandés Michels-Cruyff-Neeskens, no le iba su fútbol. La aventura acabó mal cuando tras una derrota del Barça en Burgos en la 76-77, (el célebre día que el presidente del Burgos saltó al campo, según él para proteger al árbitro, según el árbitro para agredirle) se vería comprometido en un caso sonadísimo. Tras el partido de Burgos, que terminó con un penalti fallado por Cruyff (de ahí el enfado del presidente local), el Barça viajó a Madrid a dormir. Michels iba con un humor de mil demonios. Al Barça se le iba la Liga. Por la noche, varios jugadores salieron. En la prensa aparecieron fotos: Rexach, Neeskens, Marcial... Bárbara Rey, la española más sexy de la época, aparecía hablando con Rexach.


Se armó la gorda. Michels anunció que se cargaría a los tres, pero Neeskens era "de los suyos" y Rexach era a su vez todo un símbolo del Barça en esos años ya de la Transición. Todas las culpas se las llevó Marcial. Fue él el único al que dieron la baja. Luis, entusiasmado, lo reclamó para el Atlético.


La temporada 77-78 le pilló de baja el partido del Camp Nou. Pero en la siguiente, acudió. El público del Camp Nou le recibió mal. En el tiempo que había pasado había hecho algunas declaraciones explicando sus recelos por cómo había sido tratado en el club. Así que desde que empezó el partido, cada vez que tocaba el balón tenía que escuchar pitos.


Fue un buen partido, que tuve la suerte de presenciar en directo. Ya no estaba Cruyff, pero sí Neeskens. Krankl, austriaco, era la nueva figura internacional del Barça. Jugó muy bien el Barça, pero se estrelló en Navarro, excelente portero al que una lesión mal tratada apartó demasiado pronto del fútbol.


En el minuto 13, hay un golpe franco contra el Barcelona. Marcial se prepara para tirarlo, pero Ayala se adelanta, porque ve la barrera mal armada, tira por abajo y marca. 0-1. Sólo han pasado dos minutos y otros dos ataques del Barça cuando hay una nueva falta cerca del área culé, una zancadilla de Zuviría a Guzmán, a unos seis metros de la frontal, en la zona del interior derecho. Se perfila Marcial para pegarle con la izquierda. Esta vez, sin nadie que se le cuele, suelta un tiro limpio que se cuela por la escuadra, sin que Artola llegue a pesar de su gran vuelo. 0-2.


El partido llega así al descanso. En el arranque del segundo, parece arreglarse para el Barça. En el minuto 46, Krankl hace el 1-2 de penalti. En el 48, Urízar, el árbitro, expulsa al atlético Guzmán, por doble amarilla. El partido es bonito, emocionante y accidentado. El Barça aprieta, Navarro para mucho. En eso, en el 52', penalti a favor del Atlético en un contraataque que transforma Rubén Cano: 1-3.


Y en el 55', Marcial completa su proeza. Ahora es un derribo de Olmo a Leal, cerca de la esquina derecha del área del Barça. Ahí va Marcial. Ahora, claro, se perfila como diestro. Le pega perfecto, de nuevo a la escuadra. Artola, en su vuelo, se parte la boca con el poste y tiene que ser atendido. Es el 1-4. El Barça marcará en el minuto 66, por medio de Tente Sánchez, el 2-4. Así acabará. Un partido loco, precioso, con una perla: esos dos tiros libres de Marcial, uno con cada pie.


Artola, curioso, recuerda muchas cosas del partido, incluido el resultado. Y los goles de falta. Pero no tenía registrado que uno llegara con cada pie. Artola forma parte de la larga cadena de porteros que durante 15 años traspasó la Real, que los fabricaba como churros: Araquistain (Real Madrid), Goicoechea (Málaga), Zubiarrain (Atlético), Esnaola (Betis), Urruti (Espanyol) y él mismo, al Barça. La racha paró en Arconada. Tan buenos porteros fabricó la Real por aquellos años que a la Eurocopa de Italia en 1980 Kubala llevó a tres de ellos: Arconada, Artola y Urruti.


— Marcial era extraordinario. Podía hacer cualquier cosa. Weisweiler quiso que jugara de líbero, pero él no se sentía a gusto ahí.


Marcial recuerda de forma especial aquel día, claro, como no puede ser menos. Sé que Platini y Zico han marcado golpes francos con los dos pies, pero no tengo noticia de que ninguno de ellos lo haya conseguido en un mismo día.


— Fue suerte. Le pegas y a veces va a cualquier lado. Y te ponían la barrera a seis o siete metros. Eso no se ha hecho bien hasta ahora. A mí me da envidia Cristiano, que los tira todos en el Madrid. Yo en el Elche no tiraba, tiraba Romero. En el Espanyol, sí, con frecuencia. En el Barça éramos muchos a la pelea. Y en el Atleti. Ahora lo pienso y quizá hubiera debido ser más egoísta y tirar más. Los goles cuentan.
Paradoja, Marcial fue poco a la selección. Lo mismo que Velázquez, el otro gran cerebro de la época.


—Kubala era un poco refractario a nosotros, le gustaba otra cosa. Un día me dijo Velázquez que le fastidiaba no ir, pero que le fastidiaba aún más que no fuera yo...

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miércoles, 07 enero 2015

Por Alfredo Relaño

Marianín, aquel ‘Jabalí del Bierzo’

El 26 de noviembre de 1972, un nombre saltó a la primera página de los periódicos deportivos: Marianín. Jugaba de número 9 en el Oviedo y había conseguido marcarle tres goles a Iríbar en San Mamés, proeza hasta entonces sólo conseguida por Marcial, en una espectacular exhibición con el Espanyol de Los Delfines. Entonces no lo llamábamos hat trick, no conocíamos este término, pero el suyo lo fue en toda regla: porque los marcó seguidos, sin que se intercalase entre ellos el gol de ningún compañero. Llegaron entre el minuto 55 y el 75, y dieron la vuelta al marcador, de un 2-0 con que se llegó al descanso, a un 2-3. El tercero fue de antología, en una media chilena que él practicaba mucho. El choque acabó 3-3. En años de todos los partidos a un tiempo, cuando Carruseltransmitía simultáneamente desde todos los campos, el eco de la proeza de Marianín llegó a todas las aficiones.

Marianin

¿Quién era ese Marianín?

Los más entendidos habían oído hablar de él dos años antes, al final de la 70-71. Jugaba entonces para al Cultural Leonesa, tras haberse iniciado en su pueblo, Fabero, en plena cuenca minera del Bierzo, y pasar por el Bembibre. Ese 70-71 subió la Cultural a Segunda gracias a sus 36 goles. Fue el máximo goleador de todas las categorías, lo que ya le hizo merecer apariciones en la prensa deportiva nacional.

Incluso pensó en él el Madrid, según supe muchos años más tarde. El Madrid andaba a la búsqueda de un 9 puro, pensando en el relevo de Amancio, interior en punta, que ya entraba en la treintena. Se buscaba jugador de área joven y el primero en que se pensó fue Marianín, punta insistente, muy veloz en corto, con 20 metros demoledores, pegada potente con los dos pies, sentido del oportunismo, con ese raro olfato para saber dónde caen los rebotes y un tremendo salto. No era muy alto, 1,74, pero su potencia de salto era enorme.

Su juego era primitivo, pero podría depurarse con el tiempo. Compañeros que le enseñaran iba a tener. Le adornaba un apodo sonoro: El Jabalí del Bierzo, que le había puesto un periodista del Diario de León, Ángel Herrero, de apodo Roherre.

Una casualidad le sacó de la agenda. El Madrid estaba también detrás de Aguilar, fino extremo del Racing. Se lo dijeron a Bernabéu y él, que ya vivía casi permanentemente en Santa Pola, aprovechó un Hércules-Racing, de Segunda, para verle. Posiblemente, quería verle para dar su conformidad. Era un partido a cara de perro, porque acababa la Liga y los dos estaban en peligro de descenso. A Bernabéu le pareció bien Aguilar, pero mejor todavía otro chico, un delantero no muy alto, que saltaba mucho y que se había partido la cara todo el partido. Tanto le gustó que al final bajó a los vestuarios y pidió que se lo presentaran.

—Chaval, ¿a ti te gustaría fichar por el Madrid?

Santillana se puso pálido y contestó que sí. Bernabéu llamó al club:

—Sí, ese Aguilar está bien, pero al que hay que fichar sobre todo es al delantero centro.

Nadie había pensado en él, pero lo decía el Jefe y se acabó. Madrid y Racing se pusieron de acuerdo en un paquete que incluía a Aguilar, Santillana y el portero Corral. Desde luego, con Santillana, El Patriarca tuvo un gran ojo. Fue el mejor de los tres.

Así que Marianín se quedó en la Cultural, en Segunda, sin enterarse de que la suerte había pasado por su puerta. Siguió su buen rendimiento. En la 71-72 ascendió a Primera el Oviedo. Tenía un buen delantero, un valenciano de mucho estilo, Galán, pero fichó a Marianín para reforzar el ataque. Eso creó un debate entre la afición, un debate clásico. Galán era el fino estilista, Marianín, el duro fajador. Galán era el favorito de la afición, había llegado antes. Para Marianín no fue fácil, pero lo resolvió con goles. Los tres a Iríbar en San Mamés terminaron por convencer a muchos.


Al final de esa su primera temporada en la máxima categoría alcanzó 19 goles, sin penaltis. Y fue Pichichi, por delante de jugadores como Gárate, Amancio, Quini, Luis o Santillana, los grandes goleadores en aquel tiempo sin extranjeros. También se dio el lujo de marcar el gol número 1.000 del Oviedo, en precioso cabezazo en el Manzanares. A medida que marcaba goles el Barça empezó a interesarse por él. Las conversaciones con el Oviedo fueron conocidas por la prensa, y un directivo del Barça trató de enfriar el entusiasmo diciendo que Marianín sólo servía para cabecear. Pero Rinus Michels, el entrenador, se cruzó con halagos al berciano, valorándolo como el delantero completo. Marianín aún se duele de aquel comentario del directivo del Barça, y recuerda que de sus 19 goles de aquel año sólo cinco fueron de cabeza.

Pero justo entonces se abrió de nuevo la importación de extranjeros, cerrada desde 1964. Fue una decisión adoptada a la vista del coladero en que se había convertido la importación de oriundos, que había dado pie a toda clase de desmanes, sobornos y disparates, hasta constituir la página más chusca de nuestro fútbol. Por fin, después de años de pleitos, dimes y diretes, y hasta de una suspensión por seis meses del secretario de la federación, Andrés Ramírez, por negligencia in vigilando, se decidió abrir de nuevo las fronteras, con el límite de dos extranjeros por club.

El Barça, que había empujado mucho por la apertura, ya tenía avanzadas las conversaciones con Cruyff. Además, fue a por un gran interior en punta, peruano, Sotil. Marianín quedó olvidado. Otra vez la suerte pasó de largo.

El curso siguiente, la 73-74, se dio el lujo de debutar con la selección, contra Turquía, en Estambul, partido para celebrar los 50 años de existencia de la moderna Turquía. Cuatro días después, España tenía un partido contra Yugoslavia para el Mundial 74, de modo que Kubala partió la selección en dos. Los mejores jugaron el partido oficial. Los siguientes, el de Estambul. Marianín jugó sólo los 15 últimos minutos de este partido, en sustitución de Clares, que precisamente más adelante iría al Barça. Quince minutos y en una selección un poco de aquella manera, pero era partido concertado a nivel de selecciones A. Así que cuenta. Marianín fue internacional con todos los pronunciamientos. Y guarda orgulloso su camiseta de aquel día.

Pero justo entonces empezó la cuesta abajo. Sufrió pubalgia, cuando aquello aún se trataba mal. Tenía que descansar, algún entrenador no le creía, él tampoco era dócil ni servil, así que las discusiones subían de tono. Perdió partidos y goles. El Oviedo bajó. Al año siguiente le fue mejor, ascendieron de nuevo. Pero le dolía. Finalmente se operó con el doctor Mesovic, un yugoslavo pionero en esas intervenciones. Otro descenso. Y una quinta temporada en el Oviedo, esta vez en Segunda, ya definitivamente mala, con sólo 13 partidos y tres goles, siempre lastrado por lesiones musculares… o de las otras. Le pegaron mucho. Para la 77-78, ya con 31, volvió a la Cultural. Luego, un año más en el Fabero y la retirada.

Hoy vive feliz allá, en Fabero, entre minas cerradas y los preciosos montes del Bierzo. No se queja de su suerte. Al fin y al cabo, él se metió en el fútbol empujado por su padre, minero, que le veía condiciones cuando jugaba en el pueblo, con vejigas de cerdo o pelotas de trapo. El fútbol le dejó viajes, ahorrillos que empleó bien, una camiseta internacional que luce en la salita de su casa convertida en museo y, sobre todo, un Pichichi. Un Pichichi ganado a ley, en el Oviedo, frente a la afición propia, con su mayoría de galanistas, sin penaltis y frente a los grandes goleadores de la época. Uno de ellos, Gárate, le hizo un día el mejor reconocimiento:

—Para nosotros, los que jugamos en el Atlético, en el Madrid o en el Barça, era fácil. Pero lo tuyo, o lo de Vavá en Elche, o lo de Porta, en Granada, eso sí que tiene mérito.

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miércoles, 31 diciembre 2014

Por Alfredo Relaño

Marathon, la voz que escondía a una mujer

Me lo contó Santiago Segurola hace ya algunos años. Los chicos de Bilbao eran devotos en los años sesenta de un programa deportivo de Radio Juventud de Vizcaya, llamado Stadium.Buena información, seria y firme. Bastante de todo, mucho Athletic y un comentario rotundo siempre. Un espacio editorial-informativo, crítico, valioso, con equidad y una mirada siempre al futuro, firmado por un tal Marathon. Ahí se hablaba mucho de la cantera. Eran años propicios. El Athletic fue por esos tiempos campeón de España de juveniles cinco años consecutivos, de 1962 a 1967.

Marathon abogaba por la incorporación al primer equipo de los juveniles más brillantes. Año tras año, se iba comprobando que aquellos por los que apostaba eran, efectivamente, los mejores, los que llegaban a triunfar. Su prestigio crecía. Ese tal Marathon tenía ojo. Nadie sabía de quién se trataba exactamente. Por la época, eran frecuentes los seudónimos en los periodistas deportivos. Tampoco a nadie le importaba demasiado quién fuera o dejar de ser. Bastaba con argumentar: “Lo ha dicho Marathon”. Y discusión resuelta.

Sólo con los años se supo que Marathon era una mujer. Se llama Sara Estévez, Sarita le llaman hoy, tiene 88 años y está como una niña. En Bilbao ya muchos saben quién fue, quién es, y le saludan por la calle con un cariño entrañable.

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Sara, huérfana de padre desde los dos años, entró a trabajar muy joven en Unión Química del Nordeste de España, Unquinesa. No tardó mucho en llegar a secretaria de dirección. Un buen trabajo en aquellos años de dificultades. Pero su pasión era el Athletic y en 1947 se hizo abonada del club. No socia, porque entonces no se admitían socias, pero sí abonada, tras guardar una larga lista de espera. Cuando le llegó el turno, empleó las 750 pesetas de la paga del 18 de julio de 1947 en sacar el abono. Eran los años de Iriondo, Venancio, Zarra, Panizo y Gaínza.

Chica inquieta, enseguida consiguió meterse poco a poco en el ambiente futbolístico y acabó haciendo colaboraciones en Radio Juventud de Vizcaya, llamada más adelante Radio Juventud de Bilbao. Infatigable, alimentaba con noticias y propuestas el programa de la noche del domingo, llamado Stadium. Montó un sistema artesanal de corresponsales para los partidos. En cada campo modesto conseguía alguien, en general la madre de algún jugador, que dejara el resultado en un bar próximo. Les llamaba sus comandos. Hizo que cada bar dispusiera de una pizarra para que los comandos anotaran los resultados. Luego, por teléfono, se hacía con todos los resultados y elaboraba las clasificaciones a toda prisa. Hoy resulta extraño, pero en aquel tiempo reunir todos los resultados de fútbol cada domingo en toda Vizcaya y ofrecerlos antes de las 11 de la noche era una proeza.

Empezaron a darle más cuerda. Viajó en 1958 a Madrid, a La final de los aldeanos en la que el Athletic venció al Real Madrid de Di Stéfano en el mismísimo Santiago Bernabéu. Ese día triunfó Koldo Aguirre, un juvenil por el que ella había apostado. Su buen ojo para las promesas empezó a hacerse proverbial. También anunció la llegada de Iribar, tras el partido de ida de una célebre eliminatoria Atlético de Madrid-Basconia en 1962. A ella el partido de ida le pilló en Madrid, en viaje de la empresa. Aprovechó para ver el partido en el Metropolitano y advirtió de la explosión de Iribar. También fue al de vuelta, en Basoselay, en el que el Basconia igualó el 3-1 de la ida. Su madre estaba agonizante, pero le insistió en que fuera:

—Ve hija, ve. Es lo tuyo.

El Basconia pasó, tras desempate en Valladolid, gesta muy sonada. En la siguiente ronda el Barça le metió 10 al Basconia de Iribar y no faltó quien dijera en la emisora que Sara se había precipitado en el juicio. Pero pronto se vería que no…

A todo esto, Stadium se había extendido a toda la semana. Ya se emitía cada día, a las 22:30. Empezaban los transistores y los chicos se los metían bajo la almohada cuando les mandaban a dormir. Los hombres lo escuchaban en el comedor. En los bares se ponía la radio con el programa. Aún empezaba a asomar la televisión. Lo más esperado de Stadium era el editorial de Marathon. Serio, seco, combativo, informativo, siempre con un ojo en los juveniles. Con un prestigio creciente, porque sus criterios y sus propuestas se abrían camino a la larga. Un artículo de unos dos minutos, leído por una implacable y profesional voz masculina, que firmaba: Marathon. Nada oficialista. Tomó posiciones firmes en las grandes polémicas de la época: la relación con el Indauchu, Ronie Allen, Rojo, al que defendió a capa y espada.

Esos textos tan seguidos los escribía Sara, pero los leía un hombre, Francisco Blanco. Tampoco es que éste quisiera apropiarse de nada. Nadie le relacionó con ellos. Marathon era Marathon, una personalidad misteriosa, el oráculo del Athletic. Muchas veces contra el criterio de la directiva, pero siempre en sintonía con el aficionado de verdad.

Marathon era Sara, que en ese tiempo se afanaba, como tantos españoles, en un pluriempleo. Se levantaba temprano en su piso de la calle San Francisco, donde aún vive, cogía el tren de la margen derecha para ir a Axpe, a las oficinas de Inquinasa, volvía a casa a comer, regresaba por la tarde, terminaba sobre las seis, luego cogía el tren de regreso para ir a la emisora, en la calle Irala, cerca de su casa, hasta que la trasladaron al Casco Viejo, que tampoco le iba mal. Ahí, hasta que acaba el programa. Los fines de semana, de campo en campo. Y si jugaba el Athletic, a San Mamés. Quienes se rozaban con esa chica a la entrada o la salida, o en las escaleras, o la tenían cerca en la grada, no sospechaban que se encontraban en la cercanía de Marathon.

Poca paga, pero mucha ilusión.

—No, no era por ser mujer. En ese tiempo en la radio, en todas las radios, se pedía tener muy buena voz y dicción para hablar en antena. Era frecuente que uno escribiera, hombre o mujer, y que leyera un buen locutor. O locutora, que también las hubo. Juana Ginzo fue una figura nacional. Francisco Blanco tenía muy buena dicción y tenía eso que entonces se llamaba “colocar bien la voz”.

A Sara le bastaba con su ilusión satisfecha de ver cómo cada editorial suyo tenía un eco. A veces lo escuchaba comentar en el tren de la mañana, camino de la oficina. Le gustaba ver cómo los chicos por los que había apostado saltaban al Athletic. Tuvo la satisfacción de ver a Uriarte convertirse en estrella nacional (“El mejor cabeceador que he visto nunca”). Vivió una racha fulgurante de cinco títulos consecutivos de Campeón de España de juveniles del Athletic, cuando los Arieta II, Estéfano, Iturriaga, Rojo, Lavín y demás. Trabajaba siete días de siete pero no se daba cuenta. La radio no era trabajo, era fútbol, amigos, Athletic, pasión.

Pasados bastantes años, le hicieron contrato en firme en la radio. La empresa reconoció sus méritos, aún desconocidos en la calle. Pero pronto llegó una fusión de Radio Juventud con Radio Nacional y algún genio de despacho suprimió sin remordimientos el programa Stadium. Para Bilbao aquello fue una pequeña tragedia, pero había otras.

Sara, reportera, quemó muchas horas en atentados de ETA. De cuando en cuando podía hacer alguna información de fútbol, que sentía como una liberación. Pero Stadium y Marathon ya eran recuerdo cada día un poco más lejano para los aficionados maduros. Como los cabezazos de Uriarte.

Hoy es una jubilada de Radio Nacional que vive donde siempre. Ya no va a San Mamés, porque le da pereza y no le gustan algunas de las cosas que ve allí. Pero sigue al Athletic, por la tele y los periódicos. De cuando en cuando le piden una colaboración o alguna opinión en un debate de actualidad. Ahora sí es conocida y su opinión, muy respetada.

Tanto como lo fue la de Marathon.

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miércoles, 24 diciembre 2014

Por Alfredo Relaño

Aquella Intercontinental del Atlético

Con frecuencia me preguntan cómo pudo el Atlético ganar una Intercontinental sin haber ganado la Copa de Europa. Ahora que estamos aún bajo los ecos del Mundialito quizá sea momento para explicarlo.

 

El Atlético empezó la temporada 74-75 bajo la depresión de aquel gol de Schwarzenbeck, que les arrebató la Copa de Europa en los últimos instantes de la prórroga. El shock del Atlético permitió que el Bayern ganara el desempate por 4-0.

 

Al empezar la nueva temporada, se produjo un hecho que vino a ahondar en el complejo: en el Teresa Herrera, tenía ganada la semifinal al Borussia cuando en el último minuto marcó Heynckes. En los penaltis cayó el Atlético. En la consolación, con el Barça, ocurrió lo mismo: gol de Sotil a última hora, penaltis y el Atlético que queda cuarto sin perder ningún partido.

 

Así, alicaído, el Atlético entró en la Liga con paso inseguro. El brillante equipo del año anterior, segundo en la Liga y cuasicampeónde Europa, se había convertido en una medianía, con resultados desiguales. Finalmente, el 25 de noviembre, tras un 2-2 ante el Sporting en el Calderón y gran bronca, la directiva cesa a Juan Carlos Lorenzo (el que había llevado al Atlético hasta la final europea) y le sustituye Luis Aragonés, jugador hasta ese mismo día. Luis pasa de golpe a hablar de usted a sus compañeros de la víspera. Lorenzo se lamentará de su salida:

 

—Es más fácil prescindir de uno que de 25.

 

A todo eso, el Bayern de Múnich estaba dando largas a la hora de poner fecha para la Copa Intercontinental, que debía disputar, a ida y vuelta, con el Independiente argentino. La razón estaba en la dureza creciente que estaban mostrando los equipos sudamericanos, particularmente los argentinos. El partido de América de esta Copa fue escandaloso en las ediciones de 1967 (Racing-Celtic), 1968 (Estudiantes-Manchester) y 1969 (Estudiantes-Milan). Cómo sería la cosa que al término de este último partido (televisado a Europa y que vimos con horror) tres jugadores de Estudiantes fueron encarcelados por orden expresa del dictador argentino de turno, Héctor Onganía. El cargo contra ellos (Poletti, Manera y Aguirre Suárez) era haber avergonzado a la nación con su conducta. Bilardo, que jugaba en el equipo, viajó hasta Bariloche, donde estaban presos (a 1.567 kilómetros de Buenos Aires) en solidaridad con los encarcelados e hizo una huelga de hambre en la puerta de la prisión.

 

Aquello puso en problemas la Copa. El Ajax renunció en 1971 y 73, siendo sustituido por el Panathinaikos y la Juventus, respectivamente. La Juventus participó con la exigencia de que se disputara a partido único, en Roma. El Independiente, campeón también aquel año de la Libertadores, había aceptado… y había ganado.

 

Así, urgido por la UEFA, que a su vez recibía las exigencias de la CONMEBOL, el Bayern acabó por renunciar. Para entonces habíamos entrado en 1975. El Atlético fue invitado y aceptó. Reina me comenta con gracia:

 

—¡Si nosotros casi teníamos más argentinos que ellos! ¿Qué íbamos a temer?

 

Y era cierto: el Atlético de ese tiempo era muy argentino y arrastraba cierta leyenda feroz. Esa leyenda se acrecentó con los expulsados de Glasgow, justo en la Copa de Europa del gol de Schwarzenbeck.

 

La ida fue en Avellaneda, Buenos Aires, el miércoles 12 de marzo. El Atlético voló la noche del domingo 9, tras su partido de Liga. Entre los aficionados no faltaron quienes torcieron el morro ante esta aventura, que podía crear fatiga y complicar más un curso de por sí difícil.

 

En Avellaneda, el Atlético encontró, como era de esperar, una pasión hostil, 60.000 espectadores volcados, porque este enfrentamiento América-Europa siempre significó más allá que acá. A los enviados especiales les impresionan los continuos cánticos: “Dale Rojo, dale Rojo, somos los dueños de América del Sur” (Independiente viste de rojo). “Aplauda, aplauda, no deje de aplaudir, los goles del peruano que acá van a venir” (por Percy Rojas, el número nueve, peruano). “Y ya lo ve, y ya lo ve, ahora dicen que Bochini es el hijo de Pelé” (Bochini era el violinista del equipo). “Esta noche se van, esta noche se van, de la cancha del Rojo con unos cuantos goles de más…”.

 

Luis dispuso un equipo muy prudente: Reina, Heredia de cierre tras una defensa de cuatro con Melo, Benegas, Eusebio y Capón, tres medios, que eran Irureta, Adelardo y Alberto, y Ayala y Gárate en punta. En el Independiente, Bochini y Bertoni eran los artistas de la compañía. Entre el resto había mucho forajido. López le hizo una entrada a Gárate que tembló la tierra. Pero el Atlético ya sabía de antemano cómo iba a ser la cosa y tenía con quiénes responder. El partido fue áspero y de poco juego. El árbitro holandés Corver se las apañó, dentro de lo que pudo. Marcó Balbuena en el minuto 38, en buena jugada de Bertoni. Tras el descanso ingresó Becerra por Alberto, pasó Heredia a la media y el Atlético atacó más. Acabó así, 1-0. No era mal resultado. Ya contaban los goles, así que ganando por dos el Atlético sería campeón.

 

La vuelta es el 10 de abril, miércoles también. El Atlético ha ganado el domingo 5-2 al Valencia, está reaccionando, va a mejor. Hay ebullición antes del partido. Luis concentra el mismo domingo por la noche a los jugadores en El Escorial y ya al llegar le avisa a Pacheco, meta suplente, de que va a jugar. No ha visto bien a Reina. Esa será la sorpresa de la alineación.

 

El Calderón presenta a las nueve de la noche del miércoles un aspecto vibrante y colorido. No es el tono de una gran noche, es un tono de noche única. Para darle más magia, es el partido número 500 del capitán, Adelardo, que recibe una placa antes del partido. Y a jugar.

 

Luis saca esa noche histórica a: Pacheco; Melo, Eusebio, Heredia, Capón; Adelardo, Alberto, Irureta; Aguilar, Gárate y Ayala. Aguilar era un extremo joven y rápido, fichado poco antes del Rayo Vallecano. Luis juega la baza de la velocidad. En el minuto 69 saldrá Salcedo por Alberto, para refrescar. Arbitra el chileno Robles.

 

Y funciona. 2-0, goles de Irureta y Ayala. El primero, en el minuto 22, en preciosa jugada de Gárate y un forzado cabezazo de Irureta, casi más hombro que cabeza. Y en el 85, cuando se olía la prórroga, una falta sobre el área de Independiente, unos rebotes y al final Ayala mete un punterazo cruzado entre un bosque de piernas. Dos a cero.

 

Adelardo alza la copa, él es alzado a su vez por Capón. El gol de Schwarzenbeck ya duele menos. Pacheco, titular inesperado, lo vive con un gozo especial. Estuvo en el Atlético 12 años, con fuertes competidores: Rodri, San Román, Zubiarrain, Reina, Pepe Navarro, Aguinaga… Pero, siempre paciente y bien entrenado, encontró huecos para estar presente como titular en dos alirones (uno de ellos en el Bernabéu), el partido número 1.000 del Atlético, y esta Intercontinental.

 

Quién sabe. Quizá Luis le eligió para esa noche por cábala. Tratándose de Luis…

 

La edición del año siguiente no se celebraría. La de 1978, tampoco. La Copa Intercontinental se salvó porque a partir de 1980 pasó a disputarse a partido único en campo neutral, Tokio. Y es que a finales de los 60 y en todos los 70 hubo muy pocos europeos que se atrevieran a cruzar el charco y jugarse el físico. El Atlético lo hizo, y obtuvo su premio. Un premio mayor.

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miércoles, 17 diciembre 2014

Por Alfredo Relaño

Aquella primera Copa Intercontinental...

Para 1960 se llevaban jugadas cinco ediciones de la Copa de Europa, todas ellas ganadas por el Madrid. El éxito de la Copa de Europa movió a Sudamérica a copiar la iniciativa. Se creó la Copa Libertadores para enfrentar a los clubes campeones de cada país. Aquella primera edición la ganó el Peñarol de Montevideo, que batió en la final al Olimpia de Asunción. Antes, en la semifinal, había eliminado al San Lorenzo de Almagro, con su fenomenal Sanfilippo, quizá el favorito a priori.

Relano

Surgió entonces la idea de enfrentar al campeón de Europa con el de Sudamérica, gestada en contactos entre Pierre Delauney, secretario de la UEFA, y José Ramón de Freitas, que lo era de la CSF. El acuerdo fue rápido: doble partido, árbitros del continente donde se jugara el partido pero de país distinto del campeón, se cuentan los puntos, no la diferencia de goles, desempate a las 48 horas del partido de vuelta y alternancia anual en el orden de partidos. El sorteo designó que en esa primera edición se jugara la ida en América. La FIFA no autoriza a utilizar el nombre de Copa Mundial, puesto que sólo se dirime entre dos confederaciones, no están presentes los demás continentes. Se opta por el nombre de Copa Intercontinental, que gusta mucho. Como gusta el trofeo, un balón de oro sobre un soporte metálico.

 

La fecha para el partido de Montevideo es el 3 de julio. El 26 de junio se ha cerrado la temporada en España con la final de Copa, a la que acude el Madrid con su flamante quinta Copa de Europa recién ganada (7-3 en Glasgow) y tras aplastar con un 8-1 al Athletic en la semifinal. El rival es el Atlético, el escenario el Bernabéu, y se da por sentada una gran fiesta madridista. Era frecuente escuchar: “Siete al Eintracht, ocho al Athletic… ¡A estos les caen nueve!”. Pero gana el Atlético, 3-1, una bomba sólo comparable a la intempestiva retirada a las primeras de cambio de Bahamontes en el Tour, al que acudía tras ganar la edición anterior y con las mejores perspectivas.

 

La noche siguiente, mientras el Atlético celebra su título con una cena al aire libre en el restaurante El Bosque, en su barrio de Cuatro Caminos, el Madrid vuela a Montevideo, con una derrota a cuestas y encima sin Gento, lesionado en la final. La misma noche se produce una curiosa concentración de la selección con vistas a una gira por Sudamérica: sólo acuden tres jugadores, Araquistain (Real Sociedad), Garay (Athletic) y Pereda (Sevilla). ¿Cómo así? Porque los del Atlético (tres) tienen permiso para la cena-fiesta, los del Barça (seis), por un amistoso esa misma noche ante el Santos, y los del Madrid (cuatro), se incorporarán ya en Lima.

 

El Madrid encuentra en Montevideo un invierno dulce, que un cronista compara con “abril en Barcelona”. Hay una expectación grandísima ante el partido, visto como un desafío en toda regla entre los dos continentes. De hecho, cada equipo lucirá en el pecho el escudo de su confederación, no el del club. No deja de haber comentarios allá sobre el hecho de que el campeón europeo cuenta con cuatro jugadores nacidos en Sudamérica: Domínguez y Di Stéfano, argentinos, Santamaría, uruguayo, y Canario, brasileño, mientras que todo el Peñarol es americano. Tiene tres figuras importadas, pero del propio continente: Salvador, brasileño, Linazza, argentino, y Spencer, ecuatoriano. Uruguay es país fuerte entonces. Su peso es la gran moneda sudamericana, se conoce a Uruguay como la Suiza de Sudamérica. Las 71.872 localidades del mítico Estadio Centenario están vendidas desde días antes. Habrá una recaudación de un millón de pesos, récord en el continente. La colonia española en Buenos Aires se ha hecho con 2.000 entradas.

 

La tarde anterior al partido, el abril barcelonés se convierte en noviembre belga. Entra un frío brusco y llueve, llueve mucho. A la hora del choque (las 15:30 allí, las 19:30 aquí, donde será transmitido por Radio Nacional, en las voces de Matías Prats y Enrique Mariñas), el campo es un charco.

 

El Madrid sale con los de la final de Glasgow salvo Gento, al que sustituye Manolín Bueno: Domínguez; Marquitos, Santamaría, Pachín; Vidal, Zárraga; Canario, Del Sol, Di Stéfano, Puskas y Bueno. Arbitra el argentino José Luis Praddaude. El partido, sobre agua, es malo. Malo para la técnica uruguaya, malo para la velocidad del Madrid. El público abuchea a los americanos del Madrid, tenidos por desertores, en especial a Santamaría, que encima procedía del rival directo, el Nacional. Pero juega muy bien. Él y Domínguez están entre los mejores. Pasa poco o nada. Empate a cero.

 

La vuelta es en el Bernabéu, el 4 de septiembre, una semana antes de que empiece la Liga. Los uruguayos llegan seis días antes. Se les agasaja, se les pasea, van a los toros, a Chicote, de compras. Se quejan del calor. Hace mucho esos días en Madrid. Se entrenan mal por ello. El Madrid no lo sufre, porque se ha concentrado en El Escorial. La víspera, Roberto Scarone, entrenador, confiesa que le da miedo el partido. No ve a los suyos bien. Encima, la última noche causa baja Gonçalvez, el medio centro, cacique de la parte de atrás, clave del entramado defensivo. En el madridismo hay locura. En el Bernabéu entran 120.000 personas, las entradas de a pie se venden sin tasa. El equipo es el de la ida, pero con diferentes extremos. A la izquierda, Gento. A la derecha, el joven Chus Herrera, jugador de dinastía: hijo de Herrerita (el de Herrerita y Emilín del Oviedo) y de una hermana de Chus Alonso, elegante interior del Madrid de posguerra. Están en marcha los Juegos de Roma. La antevíspera ha caído el último récord de Jesse Owens al cabo de seis olimpiadas: Ralph Boston ha saltado 8,12m en longitud. Pero en Madrid se habla de fútbol. El partido es de noche, a las 20:30, y atruena el “¡Hala Madrid!”. Se televisa, pero hay pocos televisores. Bares, escaparates y unos cuantos plutócratas. Arbitra el inglés Ken Aston.

 

Esa noche el Bernabéu alcanza el éxtasis. En nueve minutos gana 3-0, los tres de Puskas, el segundo en autoría compartida con Di Stéfano, que desvía de tacón su disparo. El Peñarol vigila a Gento y Di Stéfano carga el juego por la derecha, donde Chus Herrera se sale. El propio Herrera marcará al filo del descanso. Luego, en el minuto 62, Gento hará el quinto. El que sufre en sus costillas la goleada es Maidana, el meta al que la historia reserva un lugar equívoco porque a él le tocará encajar años después el gol número 1.000 de Pelé. Cuando el Madrid afloja, el Peñarol luce al fin su fútbol elegante, de toque, y marca el gol del honor.

 

Acaba 5-1 y la multitud invade el campo mientras el capitán, el guechotarra Zárraga, levanta la Copa al cielo de Madrid, entregada por el danés Ebbe Schwartz, presidente de la UEFA. Herrerita aparece en todas las fotos. Él y Rogelio Domínguez pasean a hombros al capitán, entre la multitud. La final ha durado en realidad nueve minutos, pero Jean Eskenazy, de L’Equipe, que se ha fugado de los Juegos de Roma para verla, deja una frase gloriosa: “He viajado desde Roma a Madrid para ver una final que ha durado 10 minutos, pero viajaría gustoso otras 10 veces por ver el primer gol de Puskas”.

 

¡El Madrid es campeón del mundo! De todo el mundo menos España, dirán los atléticos. Y es que ese año en que el Madrid ganó Copa de Europa e Intercontinental, aquí ganó la Liga el Barça y la Copa del Atlético. Así era nuestro fútbol en esos años.

 

Herrera no tendrá suerte. Pronto empezará a jugar mal, a sentirse mal. Pierde el puesto, va cedido a la Real en el traspaso de Araquistáin, pero sólo juega ocho partidos. No se sabe qué le pasa. Él, que empieza a estudiar Medicina, intuye lo que tiene y se lo dice un día a Manolín Bueno: “Yo sé lo que tengo y es muy malo. Pero voy a luchar”. Lo que tenía era un cáncer, enfermedad entonces más terrible que hoy. Morirá el 20 de octubre de 1962, con 24 años. Hacía dos de aquella final que le encumbró. Duró poco en el fútbol, pero estuvo presente el día que el Madrid alcanzó su cénit.

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miércoles, 10 diciembre 2014

Por Alfredo Relaño

Kubala y un pasillo del Espanyol al Barça

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Kubala había sido bandera del Barcelona desde 1951. Llegó como un redentor del fútbol español. Rubio, bello, anticomunista, fugado del otro lado del Telón de Acero. El Régimen lo utilizó como propaganda. Jugó sin el tránsfer FIFA hasta el verano de 1954. Protagonizó una película, Los Ases buscan la Paz, de propaganda anticomunista. El Barça fue, en el arranque de los cincuenta, el mejor equipo de España y Kubala llenaba todos los campos. Les Corts, el viejo estadio del Barça, reventaba cada 15 días. Se emprendió entonces la construcción del Camp Nou, que se estrenaría en 1957. Se ha dicho siempre que la necesidad del nuevo campo la creó Kubala.

Empezó a ser cuestionado por Helenio Herrera, a finales de la década. Le veía mayor y lento, sólo le ponía en casa. Parte del público barcelonés la tomó con Luis Suárez. El Camp Nou se dividió entre kubalistas y suaristas. Curioso, porque el que dejaba sin sitio fuera a Kubala era Eulogio Martínez. Suárez era titular en casa y fuera. Pero los kubalistas consideraban que Suárez era el preferido de HH y la tomaron con él.

La derrota en la final de la Copa de Europa de 1961 marcó el fin de Kubala como jugador del Barça. Tenía 34 años, dos menos que Di Stéfano y Puskas, que seguían jugando en el Madrid, pero había abusado de su físico y se le notaban más los años. De ahí que pasara primero a director de la escuela de futbolistas del club y luego a entrenador. Lo fue durante la segunda mitad de la 61-62 y la primera de la 62-63, hasta que el presidente Llaudet le echó, con dolor de su corazón.

Kubala era entonces como esos toreros retirados que piensan que les ha quedado algo por decir. Ya se había ofrecido a Llaudet para ser entrenador-jugador, cosa que el presidente había rechazado. Cuando se vio en la calle se sintió mal, despechado.

Y el 3 de septiembre de 1963 aceptó una oferta para jugar en el Espanyol. Una bomba. El Espanyol había manejado algún tiempo atrás la posibilidad de comprarle al Barça el viejo Les Corts, todavía no derruido, y hasta habló de meter en esa operación la incorporación de Kubala. Pero se había considerado una fantasía en sus dos términos. Se sabía también en los círculos próximos a Kubala que éste se estaba mirando en el espejo de Di Stéfano y Puskas y que querría volver. Pero tenía otras ofertas y a ningún barcelonista le parecía concebible que se le ocurriera escoger al Espanyol.

Y, sin embargo, lo hizo y eso provocó un revuelo en la prensa y en la calle descomunales. Entre los que le apoyaron estuvieron Federico Gallo, de Radio Nacional, y Juan José Castillo, redactor jefe de La Prensa (Gallo llegaría a ser Gobernador Civil de Albacete y presentador de TVE con Esta es su vida, y Castillo, director de El Mundo Deportivo). Por el contrario, fue muy duro con él Carlos Pardo, la gran firma entonces de El Mundo Deportivo (y corresponsal en España de L'Equipe), que llegó a calificarle como "un judas que se ha vendido por un plato de lentejas". También se mostró muy contrariado Ibáñez Escofet, firma importante de El Correo Catalán, que acababa de editar el libro Kubala, un catalán nacido en Budapest. En la portada aparecía Kubala, con barretina, junto a su hijo. Aunque de forma menos explícita, ya se relacionaba Barcelona con catalanidad y Espanyol (entonces Español) con españolía.

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Los futbolistas del Espanyol hacen el pasillo a los del Barça. En primer plano, Kubala saluda a un jugador azulgrana.

El arranque no fue malo en lo personal: marcó en los dos primeros partidos, un 4-4 en casa, ante el Levante, y una derrota, 2-1, en Mestalla. Los pericos estaban en principio felices con la presencia del gran Kubala en sus filas, con el sofoco que les habían dado a los culés y con el empaque que a su club le daba su presencia. Pero el equipo no iba bien. Con Kubala habían llegado otros veteranos, no había nervio ni velocidad. Y Vila Reyes, vicepresidente (luego sería presidente) y hombre fuerte de la casa, decide, tras una reunión en el Hotel Sol con los más notables periodistas pericos del momento, hacer de Kubala el eje del proyecto. Caen el secretario técnico, Scopelli y el entrenador, Areso, y se le da el mando a Kubala, aunque compartido con Argilés, el gran veterano de la plantilla. Defensa lateral, era una bandera para la afición. Se nombra entrenador a Perico Solé, técnico ascendido desde las tripas del club. Pero la vara alta la tienen Kubala, el genio, y Argilés, la solera, que se toleran pero se miran con recelo. Una componenda.

El partido con el Barça en la primera vuelta es en Sarrià y termina 2-2. No se rompe nada. Ese día debuta otro veterano, Maguregui. La cantidad de titulares que pasan de los 30 años en el Espanyol ya es alarmante. El domingo siguiente termina la primera vuelta. El Espanyol pierde en Sevilla, es penúltimo y Kubala sólo lleva tres goles.

Vagará toda la segunda vuelta en posiciones incómodas. Y así llega a la jornada 29, el 19 de abril de 1964, cuando toca visitar el Camp Nou. El Barça es segundo, el Espanyol, cuarto por la cola, puesto de promoción. El público culé está ávido por ver una paliza al traidor Kubala.

La víspera ocurre algo extraordinario. Cuando los jugadores del Espanyol pasean por la carretera en Caldas de Montbuy, su lugar de concentración, una moto que esquiva a una bicicleta se precipita sobre ellos. Al que pega de lleno es a Kubala, que se lleva un golpe en la rodilla. Hay otros magullados, pero Kubala es el peor parado. La prensa del domingo le presenta sentado en la cama, con el médico observándole y hielo en la rodilla. Hay rumores, claro. Muchos no lo creen. Piensan que se trata de un truco propagandístico para escaparse del partido.

Pero no. El golpe era verdad. Y finalmente no impidió jugar a Kubala, para felicidad de los barcelonistas, que vieron con jolgorio un demoledor 5-0. Pericos han ido pocos, porque se lo temían. Marca tres goles el paraguayo Re, tan pequeño como hábil y peligroso, y los otros dos, Kocsis y Gracia.

Al final del partido, Kubala toma una decisión que se discutirá durante semanas y de la que se hablará durante años: pide a sus compañeros que hagan pasillo al Barça y le aplaudan al retirarse. Muy posiblemente, el gesto le fue inspirado por el aplauso espontáneo que cinco años antes le había dedicado el Wolverhampton al Barça en la Copa de Europa, tras un fenomenal 2-5. Kubala buscó un acercamiento entre los clubes, entre las aficiones, entre la prensa. Un beau geste que borrara el conflicto.

Pero nadie lo entendió así. Para empezar, Argilés se negó, se marchó sin hacer el pasillo y visiblemente molesto. Y las aficiones tampoco lo agradecieron. Los culés lo vieron como un arrepentimiento tardío e interesado. Los pericos, como una humillación innecesaria y una prueba de que Kubala arrastraba un sentido de culpa sin tener por qué.

El Espanyol acabó salvando la categoría tras pasar el difícil trámite de una promoción contra el Sporting. Kubala dejó de jugar. En su última Liga marcó siete goles, uno de penalti. Pero siguió en el club como entrenador. Ese verano salió fuera Argilés y al tiempo llegaron más veteranos, singularmente Di Stéfano, que ya tenía 38 años. Y Carmelo. El Espanyol no pasó angustias, pero vivió en la segunda mitad de la tabla. En la antepenúltima jornada, Kubala sacó a su hijo Branko, de 16 años, en San Mamés. Fracasó. Pese a ello, repitió el domingo siguiente, en Sarrià, ante el Sevilla. Ganó el Sevilla 0-2 y Branko fue el objeto de todas las iras. Cargó con todas las culpas de una segunda temporada consecutiva de expectativas defraudadas. También es cierto que luego no hizo carrera en el fútbol. Pasó por el Sabadell, el Cartagena, el San Andrés y el Atlético Malagueño sin cuajar. Renunció a los 24 años. No dio el nivel.

Poco después, y ya en la Copa, el Espanyol se enfrentó al Sporting. Hubo necesidad de dos partidos de desempate. Antes del segundo, varios directivos aprovecharon un viaje de Vila Reyes a América para enviar un telegrama a Kubala prohibiéndole alinear a Branko. Él respondió negándose a sentarse en el banquillo. Tras nuevo empate, el Sporting eliminó al Espanyol con un gol de oro.

Así acabó la aventura españolista de Kubala, que dejó más ruido que nueces.

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jueves, 04 diciembre 2014

Por Alfredo Relaño

El Valencia revienta el 'Proyecto Kubala'

Waldo

 

A primeros de los sesenta, el Valencia le ganó en 10 meses dos partidos al Barça por 6-2, ambos en Mestalla. Eso le costó al club culé dos proyectos y una Copa de Ferias. Al final de la 60-61, Kubala se retiró. El Barça acababa de perder por 3-2 la final de la Copa de Europa, ante el Benfica. Kubala tenía 34 años. Pasó a ser director de la escuela de futbolistas del club. Pero mucha gente clamaba porque fuera el entrenador. Tenía el título, con el número uno de su promoción.

Para entrenador fue designado Luis Miró, que tenía más recorrido. Había sido portero del Barça (el del 11-1 en Chamartín, tras lo que se retiró) y una buena experiencia. Afrontaba la renovación del gran Barça de finales de los cincuenta, el de HH. Además de Kubala se fue Luis Suárez, al Inter. Más Tejada y Czibor, entre otros. Ramallets estaba en las últimas y el Barça fichó a Pesudo, del Valencia, para lo que entregó, además de dinero, dos jóvenes promesas, Ribelles y Coll. También fichó a Zaldúa, Pereda, Szalay, Zaballa, Vicente y el malogrado Benítez.

En seis jornadas, el Barça estaba a cinco puntos del Madrid y muchas voces pedían que Miró dejara paso a Kubala. En la jornada 13ª, el Barça visitó Mestalla y se llevó un saco: 6-2. Ya eran nueve los puntos de distancia con el Madrid. Miró dimitió. Aquel día fue el gran estallido de Waldo, incorporado ese verano. Su fichaje lo forzó la trágica muerte de Walter, brasileño como él, en accidente de tráfico. Varios jugadores se reunieron para celebrar el cumpleaños del recién fichado Coll. Tras la comida, algunos se animaron a viajar a Sueca a visitar a Puchades, exjugador del club. Convencieron a Walter, que fue a desgana. El coche en el que viajaba con Sócrates y Coll se estrelló con una camioneta en el kilómetro 13 de la carretera de El Saler. Walter, que conducía, murió en el acto. Los otros dos salieron ilesos. Era el 21 de junio de 1961.

Ese mismo verano juega el Fluminense el Trofeo Naranja. Impresiona el delantero centro, Waldo, y le fichan. Con él, más Guillot, del Mestalla, y Ribelles, llegado del Barça, se rearmó una tripleta central de ataque cuya alma había sido Walter. Tanto se quiso a Walter que al principio se discutía a Waldo. Walter era habilidoso, Waldo era todo potencia, velocidad y disparo. Para los leales al recuerdo de Walter, Waldo resultaba basto. Sus cuatro goles al Barça (a Pesudo) convencieron a los nostálgicos.

En el Barça todo fue a mejor con Kubala. Acabó segundo, a tres puntos del Madrid, lo que quiere decir que remontó seis. Vengó el 6-2 de Mestalla con un 4-0 en el Camp Nou. Pasó todas las eliminatorias de la Copa de Ferias, hasta meterse en la final. Sólo falló en la Copa, cuando, tras ganar 0-1 al Madrid en la ida de la semifinal, perdió 1-3 en el Camp Nou. Pero era un buen arranque. Para la 62-63, pudo, además, recomponer la plantilla a su gusto. Hizo sus propias incorporaciones: Re, Goywaerts, Cubilla, Silveira, Camps... También dio bajas, entre ellas las de Evaristo y Eulogio Martínez, muy polémicas.

La temporada oficial 62-63 empezaba con la final de la Copa de Ferias del curso anterior, aplazada por el Mundial de Chile. Era la cuarta edición. El Barça había ganado las dos primeras. Era un poco su torneo. Final a dos partidos: en Mestalla, el sábado 8 de septiembre, y en el Camp Nou el miércoles 12. Es la primera final europea entre equipos españoles. Tres días antes de la ida, el Atlético ha ganado la Recopa, a la Fiorentina, partido también aplazado por el Mundial. El fútbol español de clubes arrasa. Stanley Rous, presidente de la FIFA, asistirá al partido de vuelta para entregar el trofeo. La FIFA ampara la Copa de Ferias, que imaginó como una competencia (fallida) de la Copa de Europa, creada por L'Equipe y pronto amparada por la UEFA.

El Valencia, que tiene de entrenador a Scopelli, sale con: Zamora; Piquer, Quincoces, Mestre; Sastre, Chicao; Héctor Núñez, Ribelles, Waldo, Guillot y Yosu. Zamora debuta. Hijo del mítico Ricardo Zamora, ha rodado por varios clubes hasta despuntar por fin en el Mallorca. Ya tiene 29 años, pero hará buenas campañas en el Valencia. Viene a sustituir a Goyo, que no ha llenado el hueco de Pesudo. En el Barça se espera que éste sea el primero de una larga lista de títulos de Kubala como entrenador. Alinea a Pesudo; Benítez, Rodri, Olivella; Vergés, Gracia; Cubilla, Kocsis, Re, Villaverde y Camps.

El Barça se adelanta 0-1 y 1-2, pero al descanso ya llega 3-2 por detrás. El tercero del Valencia ha llegado con una escapada del lateral Piquer, sin que le siga Camps, y provoca la avería. Por el mismo camino llegaron en la segunda mitad el 4-2, el 5-2 y el 6-2. En Valencia, la goleada provoca una felicidad sin límites. El Barça les quitó el portero, y le meten seis por segunda vez en diez meses. El interior Ribelles juega como una figura. La tripleta central de ataque, Ribelles-Waldo-Guillot, ha estado de maravilla, sobre todo éste, autor de tres goles. Walter queda lejos...

En Barcelona hay desolación. El proyecto Kubala sale zarandeado. ¿Cómo no ha visto que Piquer se iba una y otra vez? ¿Por qué no le perseguía Camps? ¡Scopelli le ha ganado la partida!

El lunes, el Barça al pleno cena con la prensa en el Hotel Masía del Tibidabo, lugar de concentración. La escena la define alguien "como de novela rusa". Gracia, capitán, Kubala y Llaudet, presidente, piden perdón. Llaudet anuncia que se cambiará el protocolo: "Saldrá primero el Valencia para recibir los aplausos; después el Barcelona, para que reciba los silbidos. Después saldrá Kubala, para que arrecien. Y finalmente yo, para que caigan todos los silbidos sobre mi persona, porque soy el barcelonista que más quiere al club y que está destinado a morir en el campo, si es preciso...". Termina entre sollozos. Así lo hará, en efecto. Y verá el partido en el banquillo.

Eulogio Martínez, que ese día ficha por el Elche, agriará aún más el ambiente: "Kubala siempre me tuvo celos, porque yo jugaba en su puesto y cuando había que darlo todo me ponían a mí. Él me llamaba Coco, yo a él le llamaba Cabezón".

Por contra, en Valencia todo es euforia. El club cierra, todos los empleados viajan a Barcelona. Los plutócratas que ya tienen televisión en casa se ven invadidos de familiares. Los bares con televisión se atestarán. Las tiendas de electrodomésticos son el punto de cita de los que no tienen otro sitio para verlo. En la época, esa era la mejor manera de vender televisores: poner los partidos en directo, en el escaparate. Se calcula que cien mil valencianos verán la final por la tele.

Media entrada. El Valencia repite once. Kubala hace cambios: Pesudo; Benítez, Garay, Gracia; Vergés, Fusté; Cubilla, Villaverde, Kocsis, Goywaerts y Camps.

El Barça no marca hasta el 46', en una bonita acción de Kocsis, pero ni así se inflama. Se nota que no cree. El Valencia se crece al final, porque no ha perdido ningún partido en toda la competición y quiere terminarla invicto. En el 88', otra llegada de Piquer al fondo, centro al área y gol de Guillot. El Valencia es campeón invicto, como quería. El proyecto Kubala se ha caído en dos partidos. Su carisma se ha esfumado. A mitad de temporada le echarán y su reacción será fichar el curso siguiente por el Espanyol como jugador, bomba devastadora para el ánimo blaugrana. Al Barça le esperan unos años sesenta malos, sin referente, entre disensiones internas.

Un desconcierto que en buena medida le provocó el Valencia, que a su vez vivió días felices. El año siguiente volvería a ganar la Copa de Ferias.

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miércoles, 26 noviembre 2014

Por Alfredo Relaño

Hernández Coronado inventó las rotaciones

Una caricatura de Hernández Coronado, en un periódico de la época.

El Madrid estrenó campo, el nuevo Chamartín, construido en parte sobre el viejo (algo así como en una variación de 30º sobre el eje anterior, paralelo al Paseo de la Habana, y a partir de entonces paralelo a la Castellana) en 1947. El empeño por hacer el nuevo campo redujo severamente la inversión en la plantilla. Esa Liga, la 47-48, las pasó canutas. Llegó a la última jornada en riesgo de descenso, aunque al final se salvó, por su victoria en casa (2-0) sobre el Oviedo. Por si acaso, había primado al Atlético para ganar en Gijón, cosa que hizo (2-7).

 

Pero la gran capacidad del Nuevo Chamartín (no se llamaría Santiago Bernabéu hasta enero de 1955) permitió pronto renovar el equipo. La plantilla, envejecida, fue bruscamente agitada en dos veranos. Llegaron jugadores notables, entre ellos Muñoz, Montalvo, Olmedo, Pahíño, Marcet, Juanito Alonso, Cabrera… El Madrid se hizo con una plantilla pareja, en la que había figuras singulares, particularmente Molowny y Pahíño, pero en la que primaba el fondo de armario.

 

Por la época era secretario técnico del club un tipo singular, Pablo Hernández Coronado, hoy olvidado, pero que merecería una jaculatoria en su nombre al comienzo de cada partido, al menos en el Bernabéu… a no ser por la peligrosa fama de gafe que empañó sus brillantes ideas. Hernández Coronado, que vivió más de cien años, fue coetáneo de Bernabéu. Portero del Madrid antes de la guerra, quedó vinculado al club hasta los 50. Fue velador de los archivos del club durante el sitio de Madrid, del 36 al 39. Fue inventor, literalmente, de la figura del Secretario Técnico, puesto intermedio entre la directiva y la plantilla, traducible hoy por la enfática figura de Director General Deportivo. Escribió innumerables artículos y un inolvidable libro, Las cosas del fútbol, que recomiendo a quien sea capaz de encontrarlo en alguna librería de viejo o vía Internet. Y eso que no tenía un gran concepto de los periodistas deportivos. En el libro nos despachaba con una frase:

—Para escribir de fútbol en un periódico es necesario reunir dos condiciones: ser amigo del director y no servir para otra cosa.

 

En la época de que me ocupo, Hernández Coronado era el Secretario Técnico de Bernabéu, que le toleraba por su conocimiento y su ingenio, pero empezaba a inquietarse. Ya para entonces había tenido una incursión como seleccionador en 1947, durante la cual dijo: “Tendré el honor de ser el primer seleccionador que pierda con Portugal”. Cosa que, efectivamente, sucedió. Y, claro, le echaron. Empezaba a cargar fama de gafe.

 

A finales de los 40 era el Secretario Técnico del Madrid. Hizo las adquisiciones que he citado y alguna más, muy original: Dida, un muchacho de Villa Cisneros, ciudad del Sáhara Español, que no consiguió ni siquiera sostenerse en el Plus Ultra, filial del Madrid en Segunda.

 

Pero al arranque de la 49-50, el Madrid tenía buena plantilla. Eran dos veranos fichando jugadores de prestigio, gracias a las taquillas del monumental Nuevo Chamartín, cuya dimensión de la época excedía al resto. Y se llenaba. Bernabéu, tachado de megalómano cuando emprendió su obra, se cargaba ahora de razón.

 

En el estreno de la Liga 49-50, 4 de septiembre, el Madrid gana 4-2 al Sevilla, un gallito. La gente se va contenta de Chamartín. Y eso que faltaba Molowny, la estrella, por una lesión. Juegan: Adauto: Clemente, Pont, Mariscal; Muñoz, Narro; Macala, Olmedo, Pahíño, Toni y Arsuaga.

 

Pero la paz de la semana se altera con un anuncio: Hernández Coronado ha decidido sacar un once radicalmente distinto en La Coruña, primera salida. La teoría era que fuera de casa se juega de otra forma. No se ataca una defensa cerrada, sino se contraataca. No valen los artistas frágiles, sino los tipos duros, a los que no aflija el ambiente. El juego es distinto, hacen falta otros.

 

La portada de Marca del jueves 8 trae la sensacional revelación: en La Coruña el Madrid va a sacar un equipo B. La foto es para Marcet, que va a ocupar el puesto del sensacional Pahíño, autor de uno de los goles al Sevilla. Hernández Coronado defiende sus argumentos durante la semana. Campa por sus respetos, porque el entrenador del equipo, el inglés Míster Keeping, es suspendido por la Federación. España estrenó ese verano el curso de entrenadores, que se dictó en Burgos, y Míster Keeping, llegado al Madrid el año anterior con la WM bajo el brazo, no se apuntó, lo que se consideró una afrenta. No se apuntó porque ni sabía español ni creía que pudiera aprender nada ahí. El caso es que le suspenden.

 

Lo más parecido a un caso Zidane ya en 1949, como ven.

 

Coronado, sin contrapeso, tira con su idea. Ni siquiera le hace cambiar el partidillo del jueves, contra el filial Plus Ultra. Juegan el primer tiempo los de fuera y no pasa nada. En el segundo juegan los de casa y se salen, sobre todo los interiores Belmar y Molowny, éste ya recuperado. Marcan un chorro de goles, pero Hernández Coronado sigue a la suya.

 

El Madrid viaja a La Coruña, en coche cama, la noche del viernes. En la ciudad hay una mezcla de decepción y esperanza cuando se ve que llega sin sus figuras. Hernández Coronado se ve obligado a defenderse: “Yo considero a todos los jugadores del Madrid de una calidad muy semejante (…). Lo que me propongo es tener a estos dos equipos bien acoplados y bien entrenados (…). Es una medida previsora, que me hará tener 22 hombres en forma (…)”.

 

El domingo 11 de septiembre de 1949, día para la pequeña historia del fútbol, salta al campo el Madrid para enfrentarse al Deportivo. El equipo es: Adauto; Azcárate, García, Barinaga; Muñoz, Soto; Juanco, Toni, Marcet, Montalvo y Cabrera. Sólo repiten Adauto, Miguel Muñoz (luego legendario, sobre todo como entrenador) y el interior Toni, cambiado de lado. El resultado es calamitoso. Partido muy malo, ganado por el Deportivo 3-0, con Adauto regalando dos goles. Hernández Coronado prohíbe a los jugadores hacer declaraciones. Cuando el corresponsal de Marca, Ponte Patiño, acude a él, se lo confirma:

—Es verdad. ¡Les he dicho que para decir tonterías ya estoy yo!

 

La bronca es monumental. La tercera jornada es en casa, ante el Barça. Salen los de casa, los buenos, y ganan 6-1, con tres goles de Pahíño y un Molowny brillante. Toca ir a Atocha, a visitar a la Real. Bernabéu le dice a Coronado que se deje líos y vuelven a salir los buenos. Resultado: 1-1, goles de Molowny y Ontoria, el jugador favorito de Iñaki Gabilondo. Ya no habrá más rotaciones: el Madrid viaja siempre con los buenos. Empata en Valencia, gana en Málaga, empata en Sarrià, gana en Tarragona… Siempre los mejores, Pahíño y Molowny por delante… Acaba la primera vuelta en cabeza. Pero empieza la segunda perdiendo en Sevilla, y ya flojea sistemáticamente. Incluso es goleado en sus visitas a los dos atléticos, el de Madrid y el de Bilbao. Gana la Liga el Atlético de Madrid, seguido del Deportivo y el Valencia. El Madrid es cuarto.

 

Hernández Coronado masculla. “Si Bernabéu me hubiera dejado seguir con mi idea…”.

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miércoles, 19 noviembre 2014

Por Alfredo Relaño

Kubala, Lora y las palmas por sevillanas

Enrique Lora, con la selección española.

 

Kubala llegó al cargo de seleccionador como un redentor. Despertó algún recelo que no fuera nacido en España, pero su larga y excelsa campaña como jugador aquí y su carácter de símbolo anticomunista compensaron el prejuicio. Llegó tras la calamitosa peripecia que nos dejó sin acudir al Mundial de México-70. Su primer partido fue el último de aquella fase, una jornada patriótica, un 6-0 sobre Finlandia en La Línea, frente al Peñón. Ese día aún jugó Gento, próximo ya a los 36 años.

 

El segundo partido fue un amistoso contra Alemania, en Sevilla. Había sido subcampeona del mundo en 1966 y por supuesto se había clasificado para México-70. Un coco. Pero Kubala trataba de irradiar optimismo. Acuñó la expresión Club España, como el equipo de todos. Su frase favorita antes de los partidos sería:

—Chicos bien, moral óptima.

 

Kubala hizo de la convocatoria un alarde. Citó a 21 para la A (por la época lo suyo era citar a 16) y a 27 sub 23, con vistas a un amistoso con Italia. Con todos hizo un espectacular tótum revolutum de partidillos y entrenamientos.

 

Entre las novedades estaba Lora, el siete del Sevilla. No era extremo, como significaba el número en la época, sino mediocampista. Ese año el Sevilla iba bien gracias a un entrenador alemán, Max Merkel, Míster Látigo, y sus sistemas de preparación física que entonces sonaban a campo de concentración: pesas, balones medicinales, trepar las gradas cargando sacos de arena... A Lora, un chico de La Puebla del Río que había pasado su adolescencia trabajando el campo en plan duro, aquello no le asustaba. Al revés: le puso como una moto.

 

Lo que nadie esperaba era que llegara así como así a la selección. Como el partido era en Sevilla, enseguida empezó el run-rún de que se trataba de un guiño a la afición local. Cuando por unas razones o por otras empezaron a caer de la lista jugadores de tronío, la sospecha se convirtió en polémica. Luis, por ejemplo, fue descartado. El domingo 8, el Atlético se enfrentó al Slovan de Bratislava, campeón de Recopa, en homenaje a San Román. Luis marcó un gran gol y Kubala, presente, tuvo que escuchar una bronca.

 

Tampoco los madridistas estaban felices. Velázquez cayó por una fiebre que muchos no se creyeron. Pirri estaba tocado. De Gento se pensaba que con sus 43 partidos, a sólo 3 de los 46 de Zamora, entonces el récord, merecía estar... Esos días coincide que pasa Garrincha por España y se vuelca en elogios a Gento.

 

Para más INRI, en un partidillo contra el Plus Ultra Kubala había alineado a Lora de extremo derecha. Hizo poco. Al final le dijo:

—Te he visto algo despistadillo.

—Míster, es que yo no juego como extremo. Llevo el siete pero juego en la media.

—¡Ah...!

 

Aquello trascendió, porque algún testigo lo contó. ¡Kubala ni siquiera sabía de qué jugaba Lora, pero estaba decidido a alinearlo!

 

Pueblo, diario madrileño de la tarde que era el de mayor venta en España, abrió su cuadernillo de deportes y espectáculos con un titular llamativo en la información de su reportero, el célebre José María García. LORA, UN IMPUESTO DE LUJO.

 

Los alemanes llegaron a Sevilla, vacunados de viruela, por una epidemia en Westfalia. Arrastran 104 periodistas. Les faltan Overath, lesionado, y Beckenbauer, a cuyo hijo de tres años se le ha declarado una enfermedad muy grave. Asisten a una capea en la finca El Toruño, de Salvador Guardiola, donde torean Diego Puerta y Jaime Maraver. Pero la atención en la víspera está en Kubala, que suelta ese día una frase que quedará:

—Para jugar en la selección hay que querer, saber y poder.

 

Eso es gasolina al fuego. Luis se quejará en la última de AS: "Yo quiero, sé y puedo".

 

El partido es a las 20:30. La alineación de Alemania aún impresiona: Manglitz; Vogts, Schutz, Weber, Schnellinger; Netzer, Haller; Libuda, Müller, Seeler y Grabowski.

 

Kubala opone a estos: Iríbar; Sol, Gallego, Costas, Eladio; Lora, Uriarte; Amancio, Gárate, Arieta II y Rojo. Además de Lora, debutan Sol, Costas y Arieta II. Una renovación en toda regla. No hemos ganado a Alemania desde 1935. Hace frío en Sevilla, un frío extraño.

 

Pero el partido es una delicia. España muestra juego y energía y el mejor es Lora, que se mete a Netzer en el bolsillo y además alimenta el ataque. Da tantos balones a Amancio, al que tenía más cerca, que éste acaba por decirle:

—A todos, Lorita, repártela entre todos, que me asfixias.

 

En las casas de toda España asistimos admirados al juego de la selección al tiempo que descubrimos las palmas por sevillanas, esa manera de cortar el ritmo tan de allí, tan inimitable, que pone un fondo sonoro de felicidad y belleza al partido. Palmas de Sevilla en homenaje a España y a Lora, y dos golazos de otro debutante, el vasco Arieta II, uno de ellos en jugada ensayada con dos compañeros del Athletic, Uriarte, que saltó sobre el balón, y Rojo, que se la tocó en corto para que él reventara la escuadra. Arieta II hizo gran pareja con Gárate. Se conocían bien. La esposa del primero y la hermana del segundo eran íntimas.

 

España gana 2-0. También participan Ufarte (desde el 70', por Gárate) y otro debutante, Melo (desde el 85', por Sol). Al final, Schön, seleccionador alemán, dice que no entiende cómo España no va a estar en el Mundial. Todos los alemanes lo dicen.

 

En España sólo se habla de Lora, de las palmas por sevillanas y del jugador número doce, el público de Sevilla. Esa era expresión acuñada por José Antonio Blázquez, periodista sevillano, tiempo atrás. Pero tomó carácter nacional ese día, por la televisión.

 

Pueblo y García rectificaron. El titular fue: LORA, UN IMPUESTO... ¡DE LUJO!

 

Lora recuerda aquello con cariño. Debutar en la selección le produjo una ganancia de 100.000 pesetas, cuando su ficha anual era de 200.000.

—Yo creo que el Sevilla me lo había puesto por poner, sin pensar que llegaría... Me compré un coche, un 600, que me costó 72.000. Aún me sobró dinero.

 

Lora jugaría catorce partidos con la selección. El último acabó en bronca. Fue contra Yugoslavia, en Las Palmas, de clasificación para Alemania 74. España ganaba 1-0 en el descanso y él entró en la segunda parte. La idea era amarrar. Pero Yugoslavia dio la vuelta con dos goles de Bajevic, en el 52' y el 61', y en el 70' Kubala quitó a Lora para meter a Ufarte. Desde casa, todo el mundo lo vio como un desprecio a un jugador que había llegado a concitar gran cariño.

 

—A mí también me sentó mal y le dije no sé cuántas cosas...

 

Y claro, ahí se acabó el Lora internacional. Pero aquel partido queda en el recuerdo, con las palmas por sevillanas. Su camiseta con el siete la guarda un buen amigo en Gines.

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