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El blog de Pipo lópez

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miércoles, 26 agosto 2015

Por Alfredo Relaño

“¡Así, así, así gana el Madrid!”

El 25 de noviembre de 1979, el Madrid visitó al Sporting. Gran Sporting el de aquellos años. Tenía a Quini, formidable goleador, que más adelante pasaría al Barcelona, y varios otros jugadores locales extraordinarios que menudeaban en la selección. Y tres argentinos estupendos, los defensas Doria y Rezza y el extremo Ferrero.

Sporting

La última visita del Madrid, el curso anterior, fue con la Liga en juego. Ganó el Madrid 0-1, gol de Santillana, y cogió una distancia sólida a siete jornadas del final. Una victoria sin objeciones… o no tanto. Nadie objetó la justicia del resultado, del que fue causante, sobre todo, García Remón, infranqueable meta madridista. Pero la semana anterior, el Sporting había regresado muy dolido de Salamanca, donde el árbitro García Carrión había expulsado a Doria y a Ferrero. La consecuencia fue que, aparte de traerse un pobre 0-0 entre las manos, el Sporting sufrió esas dos bajas para recibir al Madrid. Sobre todo la de Ferrero era fundamental.

El Madrid ganó finalmente la Liga con cuatro puntos sobre el Sporting, segundo. Nunca antes el equipo gijonés había estado tan cerca del título. Eso bullía aún en el recuerdo unos meses después, cuando le toca al Madrid visitar El Molinón en la jornada 11. Los dos siguen fuertes. Es líder la Real, con 16 puntos, el Madrid es segundo, con los mismos, y el Sporting, tercero, con 15. En Gijón se habla de las expulsiones de Salamanca. La tensión crece cuando se conoce el árbitro, Ausocúa Sanz, vallisoletano, que en la Liga anterior había montado un lío en la visita del Madrid a San Mamés: anuló un gol al madridista Aguilar para volverse luego atrás y concederlo. Aquel partido acabó 3-3.

El partido tiene foco nacional. Durante la semana hay negociaciones para televisarlo, cosa que se discute hasta el mismo sábado. Al final, se da. Para el Sporting, es una primera victoria, porque va a cobrar por ello seis millones, más dos y medio de taquilla y uno de publicidad estática. Su presidente, Vega Arango, negoció bien.

El Madrid llega la mañana del sábado, en coche cama. Se entrena por la tarde en Mareo, la escuela del Sporting. Allí mismo se entrenó por la mañana el Sporting, concentrado en la instalación. Luis de Carlos, presidente del Madrid, hace relaciones públicas. Acude a Langreo, a dar una charla a peñas madridistas tras visitar una mina.

Hay ola de frío: cero grados a las ocho de la tarde, cuando empieza el partido. Con El Molinón lleno y toda la afición nacional ante la tele, saltan al campo los equipos. Novoa alinea a: Castro; Uría, Doria, Jiménez, Cundi; Joaquín, David, Mesa; Abel, Quini y Ferrero. (Castro, hermano de Quini, fallecería en condiciones trágicas y heroicas en 1993, en una playa cántabra, al salvar a un niño inglés que se ahogaba). Aguilar entró por Quini en el 82', y Rezza por Abel en el 89'. Aguilar era el del gol en San Mamés. En verano pasó del Madrid al Sporting. Boskov saca a: García Remón; San José, Benito, Pirri, Camacho; Ángel, Stielike, García Hernández; Juanito, Santillana y Cunningham. En el 38' salió Roberto Martínez por San José, ya se explicará por qué.

En el 6' llega la jugada que alborotará el partido. Ferrero encara a San José y le hace una clásica: le pasa el balón por un lado y le rodea por el otro. San José reacciona tratándole de obstruir y le lanza el codo para que no pase. Así le frena, en falta. Ferrero, enfadado, le da un empujón seguido de patada en la rodilla. San José cae y se duele. Ausocúa pita la falta… y expulsa a Ferrero. Este protesta, muestra que está sangrando por la nariz y la boca, pero Ausocúa se muestra inflexible. El público, cuando ve que Ferrero sale expulsado con la cara partida (la sangre es visible desde la grada), estalla. Tardará seis minutos en reanudarse el partido, por las sucesivas oleadas de almohadillas.

Y estalla el grito, espontáneo, unánime: “¡Así, así, así gana el Madrid!”. Desde las casas de toda España se percibe.

El partido ya está malbaratado. Los dos equipos juegan nerviosos y con suciedad. Cada vez que San José toca el balón se arma un escándalo. En el 31', el Madrid, que está jugando mal, se adelanta, en un córner que lanza Cunningham y remata García Hernández, tras rozar Quini con la cabeza. El humor del público empeora.

En el 38', Boskov retira a San José, temiendo que le expulsen o le lesionen. Sale Roberto Martínez y recompone el equipo, metiendo a Stielike en la defensa y a Juanito en la media. No funcionará. Para más escándalo, en el 41' Benito entra fuerte a Mesa, Ausocúa acude y le muestra roja… para de inmediato rectificar y mostrarle la amarilla. (Luego justificará que su idea inicial era la amarilla, y que tiró de la roja por error). Ya es el colmo.

“¡ASÍ, ASÍ, ASÍ GANA EL MADRID!”. El campo es un trueno.

Al borde del descanso empata el Sporting, en remate de Joaquín al borde del área chica. Es el 1-1. Ya no habrá más partido. El segundo tiempo es un barullo. El Sporting, con 10 e irritado, no encuentra los caminos. Ferrero era su gran baza para abrir defensas. El Madrid se encajona atrás, apenas contraataca, está desdibujado por el cambio y el punto, a fin de cuentas, le sirve. Así acaba el partido. Todo lo que ocurre es el cántico, repetido una y otra vez, cada vez que el árbitro pita algo que al público no le va: “¡Así, así, así gana el Madrid!”

El Madrid ganará esa Liga, con un solo punto de ventaja sobre la Real, que no perdió ningún partido hasta el penúltimo, en Sevilla. El Sporting fue tercero, pero ya lejos, a 14 puntos del campeón. Su gran generación se quedó sin título.

Pero de aquella aguda rivalidad surgió ese grito denuncia del que se apropiaron los antimadridistas de toda España. Y más tarde los madridistas, que lo cantan a su vez a pleno pulmón y con orgullo, dándole la vuelta en la intención, en las grandes remontadas.

"¡Así, así, así gana el Madrid!"

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miércoles, 19 agosto 2015

Por Alfredo Relaño

El curioso final de la primera Liga

Liga

Hacía ya algunos años que se hablaba en nuestro fútbol de copiar la fórmula inglesa del todos contra todos, que ya existía allí desde cuarenta años atrás. Crecía el profesionalismo, los jugadores querían cobrar más y hacían falta más y mejores partidos. Con los campeonatos regionales más la Copa, a la que acudían los mejor clasificados de aquellos, no llegaba. Se trataba de completar los ingresos con amistosos e incluso giras por el extranjero, pero la solución sólo la podía dar una Liga, con un calendario firme y otro título, distinto del de Copa, en juego.

Hubo, eso sí, discusiones sobre cuántos y quiénes debían participar. Los que habían ganado alguna vez la Copa se pusieron de acuerdo en que debían ser ellos y sólo ellos. Eso reduciría el campeonato a seis participantes: Barcelona, Athletic de Bilbao, Real Madrid, Real Sociedad (heredera del Club Ciclista de San Sebastián, como se llamaba cuando ganó la Copa), Real Unión de Irún y Arenas de Guecho. Pero otros querían participar. Tenían también un desarrollo amplio, la misma necesidad de hacer más taquillas y sostenían que con más equipos la cosa saldría mejor. A los primeros se les llamó minimalistas, a los otros, maximalistas. Estos hicieron un grupo fuerte y vindicativo, con tres que habían llegado a ser subcampeones de Copa, Atlético de Madrid, Espanyol, Europa (de Barcelona), más Celta, Iberia (de Zaragoza), Murcia, Racing de Santander, Sevilla, Sporting y Valencia.

La polémica fue larga y dura. A falta de acuerdo, durante el año 28 cada grupo organizó su Liga propia, la maximalista y la minimalista, pero ninguna de las dos llegó a completar el calendario, aunque de aquello salió la idea de hacer una Primera y una Segunda División.

Por fin llegó el acuerdo. Los minimalistas accedieron a abrirse a diez participantes, dando entrada al Atlético, el Espanyol y el Europa, más un equipo, primero llamado X, que saldría de una competición entre los restantes aspirantes. La ganó el Racing. Así que aquella primera Liga la jugaron cuatro vascos (Athletic, Real Sociedad, Real Unión y Arenas de Guecho), tres barceloneses (Barça, Espanyol y Europa), dos madrileños (Real Madrid y Atlético) y un cántabro, el Racing.

Arrancó el 10 de febrero del 29, una semana después de la final de Copa. Es la única Liga que se jugó después de la Copa, en lo sucesivo sería al revés, primero la Liga y luego la Copa, hasta estos últimos tiempos, en los que van revueltas.

Liga2


La final de Copa de ese año, por cierto, fue sonada. Se disputó el 3 de febrero en Valencia, entre el Espanyol y el Madrid. Valencia parecía un lugar propicio, por equidistancia y clima invernal que se suponía suave, pero esos días ocurrió lo que hoy conocemos como gota fría. Llovió muchísimo.

Y hubo un grave incidente político. Por la mañana llegó al puerto de Valencia, procedente de Sette (Francia), un vapor de nombre Onsala a bordo del cual iba uno de los políticos más célebres de la época: José Sánchez Guerra. Había sido jefe del Partido Conservador, presidente del Congreso, presidente del Consejo de Ministros, dos veces ministro de la Gobernación. Se había opuesto a la dictadura de Primo de Rivera y exiliado en París. Su retorno a España tenía como fin derrocarle. Fue detectado y recluido en el cañonero Dato, en el que pasaría meses.

En esas circunstancias, el delegado del Gobierno se negó a que el partido fuera aplazado dos o tres días como le pedían. No quería gente en la ciudad, y el partido había atraído a mucha. Como era inminente el comienzo de la Liga, la final sólo podría jugarse ese mismo día o ya acabado el nuevo campeonato. Confiando en una mejoría del tiempo, los equipos decidieron jugar. Pero la gota fría siguió ahí, persistente. Se jugó sobre una laguna, en condiciones que no se han vuelto a ver. Ganó el Espanyol 2-1. Pasó a la historia como La Final del Agua.

Siete días, después, el 10, empezó la Liga. El primer gol se lo marcó el extremo derecha del Espanyol, José Prat, al meta del Real Unión de Irún, Antonio Emery, abuelo del hoy entrenador del Sevilla.

Los resultados de aquella primera jornada fueron: Arenas 2, Atlético 3; Espanyol 3, Real Unión 1; Real Sociedad 1, Athletic 1; Real Madrid 5, Europa 0; Racing 0, Barcelona 2.

El 23 de junio, concluidas las dieciocho jornadas, el Barça era primero, con los mismos puntos que el Madrid, el goal average particular empatado (1-2 en Les Corts y 0-1 en Chamartín) y una ajustadísima ventaja en el general, que entonces y durante mucho tiempo se establecía por división, no por diferencia. El Barça, con 35 marcados y 23 encajados, tenía un cociente de 1,5217. El Madrid, con 40-27, tenía 1,4814.

Pero el Barça no era campeón. ¿Por qué? Porque tenía aplazado un partido, su visita a Guecho, que debía haber cubierto el 19 de mayo. Aquel partido se pospuso por luto en honor a José María Acha, presidente del Arenas y alma mater de la Liga. Era el hombre que más había luchado para superar incomprensiones y sacar adelante el campeonato. Se había matado esa misma semana, en carretera, cuando acudía a ver en Madrid el España-Inglaterra. Un partido histórico que España ganó 4-3 y que supuso la primera derrota de los ingleses con un equipo del Continente. Una ocasión jubilosa, que se ensombreció con la muerte de Acha.

Primero y con un partido aún por jugar… Pero el Barça no era campeón porque cualquier derrota en Guecho, aun por un gol, haría su cociente peor que el del Madrid. El Arenas era el quinto en la tabla, había hecho algunos resultados muy buenos.

Así que una semana después de acabados todos los partidos se jugó el decisivo Arenas-Barça, en el viejo campo de Ibaiondo, donde cuentan que una vaca miraba siempre los partidos, lo que dio lugar a no pocos dichos. (“Ese ha visto más fútbol que la vaca de Ibaiondo”. O: “No te creas que ése, por haber visto tanto fútbol, sabe mucho; más fútbol ha visto la vaca de Ibaiondo y no sabe nada”).

El partido, disputado el 30 de junio, estuvo empatado a cero hasta mediada la segunda mitad. Dos goles del extremo izquierda del Barça, Parera, lo decidieron luego. El Barça ganó 0-2 y se proclamó campeón después de una semana de suspense.

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lunes, 10 agosto 2015

Por Alfredo Relaño

Kubala debutó ante el Sevilla

Kubala llegó a España tras peripecias de película. Se escapó de Hungría disfrazado de soldado ruso, en un camión militar que le dejó en las montañas. Cruzó a pie la frontera de Austria. Firmó por el Pro Patria italiano, pero no pudo jugar porque el Vasas de Budapest denunció su fuga a la FIFA. Con varios jugadores del Este europeo en su misma situación, y con su cuñado Daucik como entrenador, se creó un equipo llamado Hungaria, que jugaba partidos de exhibición. El Partido Comunista Italiano se opuso a que el Hungaria fuera contratado, y el equipo apátrida se trasladó a España, donde, al revés, fue acogido con calor. La primera vez que jugaron fue en Chamartín y Kubala deslumbró. Les contrataron para más partidos, dos de ellos como sparring de la selección, que preparaba el Mundial de Río. En cada partido, Kubala fue el mejor.

 

Bernabéu quiso ficharle, pero la Federación le dijo que no se podía. Entre eso y que Kubala le quiso imponer a Daucik de entrenador, Bernabéu desistió. Pero el Barça se avivó. Tenía de su lado al secretario de la Federación, Ricardo Cabot, y consiguió colar un contrato como amateur por el que le pagaba 1.200 pesetas como “compensación” más 3.800 en concepto de “estímulo y alimentación”. Y además fichó a Daucik. Todo eso, en el verano del 50. Empezó a alinearle en amistosos, el primero el 12 de octubre, ante Osasuna. Marcó dos goles. La Federación puso al Barça una multa simbólica, de 50 pesetas, para hacer como que cumplía ante la FIFA. Luego vinieron más amistosos: Zaragoza, Frankfurter (dos), Girona y Badalona. En total marcó 11 goles.

 

Desde luego, era un fenómeno. Pero, ¿de qué le servían al Barça y al propio Kubala estos partidos? El Barça apenas sacaba para pagarle, y el jugador, que tenía 23 años, se comía los puños. Estuvo incluso tentado de enrolarse en la liga pirata de Colombia, en la que por aquellos años jugaba Di Stéfano. Allí habían ido varios compañeros del Hungaria. Tuvo una oferta tentadora del Atlético Bucaramanga.

 

Pero para el régimen, Kubala era una pieza única. Un fugado del comunismo. Además, un joven semidiós de los estadios, bello, rubio, fuerte, deportivo… El 2 de abril del 51 le conceden estatuto de refugiado político, como apátrida. Y poco después, la nacionalidad española, previo bautismo en Águilas, la localidad natal del presidente de la Federación, Muñoz Calero. Cuando acaba la Liga y va a empezar la Copa, el Barça recibe por fin permiso para alinearle. No está el tránsfer FIFA, que no llegará hasta el verano de 1954, cuando al fin el Vasas se avenga a recibir un pago (300.000 pesetas) y renunciar al jugador. Antes, en julio de 1952, el Barça le habrá pagado 12 millones de liras al Pro Patria, que reclamaba sus derechos.

 

Todo ello muy seguido en España, por la prensa y por el NO-DO. Al fin iba a debutar de forma oficial. Y la Copa arroja una bomba en el primer sorteo: el Barcelona se enfrentará al Sevilla.

 

El Sevilla estaba en grandes años, como ahora, y había desarrollado una firme rivalidad con el Barça. En 1946, había birlado la Liga a los azulgrana en la última jornada con un empate en Les Corts. En 1948 se enfrentaron en la Copa Eva Duarte Perón, la Supercopa de entonces, con victoria del Barça. En esa Liga 50-51 habían jugado a tres jornadas del final en Sevilla, con victoria local por 4-0 que apartó al Barça de la carrera por el título.

 

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Así que cuando se supo que el 29 de abril Kubala iba a debutar en Nervión y ante el Sevilla, la ciudad se agitó. El sevillismo estaba malhumorado, porque justo una semana antes, el domingo 22, se había escapado la Liga en el último partido, en el propio Nervión, ante el Atlético de Madrid. El partido acabó 1-1, pero el árbitro, Azón, había anulado un gol al Sevilla provocando indignación general. Fue una llegada al fondo de Ayala, que centró atrás para que rematara Araújo. Azón dio el gol, pero luego se echó atrás porque el linier de ese lado, al que protestaron los atléticos, le dijo que el balón había salido por la línea de fondo antes de que Ayala lo centrara.

 

La Federación recibió esa semana miles de cartas de sevillistas indignados. El tema hervía más que nunca el fin de semana, porque el sábado 21 Marca publicó en su última página las imágenes en serie del gol, sin duda tomadas del NO-DO (que nunca las exhibiría, para no dar lugar a alborotos) y cada cual las interpretó como quiso. En Sevilla se hablaba de la jugada, de que a Kubala le autorizaban a jugar justo ante ellos… y hasta de que el linier que había mandado el gol al limbo, Lucas Saz, era catalán. Los ánimos estaban excitados.

 

El Barça viajó en avión directo, tres horas y media desde El Prat hasta Tablada. Se encontró mucho calor en el termómetro y en el ambiente: “Hay unas colas interminables en las taquillas”, escribe Carlos Pardo, enviado especial de El Mundo Deportivo.

 

Campanal I, entrenador del Sevilla, tiene una baja, su sobrino, Campanal II, el mejor defensa del equipo. Saca a estos once: Busto; Guillamón, Antúnez, Navarro; Alconero, Enrique; Oñoro, Arza, Araújo, Doménech y Ayala. Por su parte, Daucik saca a este equipo: Ramallets; Calvet, Biosca, Segarra; Gonzalvo III, Seguer; Basora, Kubala, César, Aldecoa y Nicolau.

 

En el Barça debuta también Aldecoa, recién fichado del Valladolid. Aldecoa era un niño de la guerra, niño vasco criado en Inglaterra (no solo fueron a Rusia) y que se había hecho futbolista allí, para luego repatriarse. Y es Aldecoa el que, en el minuto cuatro, envía con precisión a Nicolau para que marque el 0-1. El malhumor de los sevillistas aumenta.

 

Pero todas las miradas están puestas en Kubala. Años después me contaría el ya desaparecido Doménech, que regentaba un pequeño bar en Sevilla, lo que fue aquello:

 

— Lo nunca visto. Sacaba Ramallets y la mataba con el pecho, o con cualquiera de las dos piernas. Si le entrabas te regateaba en una baldosa. Lo mismo arrancaba que daba la vuelta, para que sus compañeros se colocaran. La ponía donde quería. Tiró una falta que no se había visto aquí. Además, de cuando en cuando cambiaba con César, se ponía de delantero centro y César de interior. Nos volvieron locos. El enfado de la gente se fue cambiando por clamores. Estábamos asistiendo a algo extraordinario. Fue como pasar del cine en blanco y negro al color.

 

El Barça ganó 1-2. Kubala hizo un gol en el minuto 13 que le anularon por fuera de juego posicional de Basora, quizá cortesía del árbitro, Arqué, hacia el público local. El 0-2 llega en el minuto 31, en un golpe franco suyo que da en el larguero y recoge Nicolau para marcar con Busto batido. Araújo marcará el 1-2 en el 34. Así acaba el partido.

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miércoles, 05 agosto 2015

Por Alfredo Relaño

El verano que se fue Di Stéfano

Me han preguntado mucho este verano, al hilo de lo de Casillas, si la salida de Di Stéfano del Madrid fue tan traumática. Ocurrió en el verano del 64. La historia fue así:

El Madrid ganó la Liga 63-64 y llegó a la final de la Copa de Europa. Di Stéfano seguía siendo inamovible. La final, el 27 de mayo, en Viena, contra el Inter de Helenio Herrera, iba a ser el desencadenante de su salida. La víspera discutió con Muñoz, el entrenador, delante del propio Bernabéu y del gerente, Calderón. Di Stéfano sostenía que el lateral derecho, Isidro (padre de Quique Sánchez Flores), debería ir a la media con Corso, falso extremo del Inter. Muñoz decía que no, porque el lateral izquierdo, Facchetti, velocísimo, encontraría un pasillo libre para aprovechar los lanzamientos de Luis Suárez. Di Stéfano llegó a sugerir que Amancio, extremo derecha, se fuera a la izquierda junto a Gento.

 

Distefano

—¡A ver si Facchetti se atreve a quedarse en la izquierda o se va al otro lado a seguir a Amancio!

Era, me explicó en su día Di Stéfano, una forma de forzar la argumentación.

—Pasó lo que me temía. Ellos atacaban con Jair, al que cogía Pachín, y Milani, al que marcaba Santamaría. Isidro estaba solo, sin misión. Milani se movía, arrastraba a Santamaría, y Zoco tenía que bajar a tapar el centro. Total, atacaban dos y defendíamos con cuatro. Y en el medio eran más. Tenían el juego.

Di Stéfano insistía a Isidro que se fuera a la media sobre Corso, pero no se atrevía. Muñoz no quiso cambiar en el descanso. En la segunda mitad, Di Stéfano se acercaba al banquillo cada vez que podía para insistir en lo mismo. Muñoz acabó por mandarle a la mierda, Di Stéfano le mandó a la mierda a él. Todo con los peores gritos y modos.

—¡Yo me estaba preocupando por todo, matando a correr y me manda a la mierda! ¡Me podía haber quedado arriba, de delantero centro y allá cuentas!

El Madrid perdió 3-1. Era miércoles. El domingo se jugaba la vuelta de cuartos de Copa contra el Atlético. A la hora de hacer la convocatoria para el partido de vuelta, Muñoz no incluye a Di Stéfano.

Di Stéfano le pidió explicaciones. Muñoz le dijo que hablara con Saporta.

Subió a hablar con él. Bernabéu acudió al despacho, pero no decía nada. Saporta le razonó que ya tenía casi 38 años (cumplía el 4 de julio), que había perdido la velocidad. Que podía quedarse en el Madrid “de lo que quisiera”, pero no le aclaraba de qué. Después de la bronca con Muñoz, la perspectiva no le era grata. Él pedía seguir jugando, se ofreció para, si en noviembre no era titular, aceptar ese “lo que fuera”, pero sólo cuando estuviera convencido. Al fin y al cabo, había sido titular en una campaña con título de Liga y final de Copa de Europa. Aunque también era cierto su número de goles bajaba. Sólo 11 en esa Liga.

La noticia se hizo pública: el Madrid le ofrecía a Di Stéfano un puesto fuera del césped. Mientras, el equipo perdió, tras desempate, la eliminatoria contra el Atlético. El joven Grosso, que precisamente había jugado media Liga como cedido en el Atlético, cargó con el 9 de Di Stéfano.

Recibe ofertas. Del Celtic. Del Espanyol, donde Kubala acaba de pasar de jugador a técnico. Del Betis. Del Milán, ante el que en esa misma Copa de Europa había hecho su última gran exhibición, en un 4-1 en el Bernabéu.

Eso le afianza en la idea de que aún puede jugar. Mientras, pide permiso para irse de vacaciones. Se lo niegan. Tiene contrato hasta el 30 de junio y ha de cumplir. Así que el 10 de junio juega obligado un amistoso en Rouen. Era la ampliación del estadio Robert Diochon, con inauguración de luz artificial. La alineación fue: Araquistain; Miera, Santamaría, Pachín; Muller, Felo; Evaristo, Pipi Suárez, Di Stéfano, Puskas y Gento. El campo revienta, acude incluso Maurice Herzog, mítico conquistador del Annapurna, a la sazón Ministro del Deporte de Francia. En Madrid, el partido apenas merece pequeños recuadros en prensa. Ese día se concentra la Selección con vistas a la fase final de la Eurocopa, que ganará con el célebre gol de Marcelino. En el grupo hay dos madridistas, Zoco y Amancio, que por ello faltarán a ese último partido de Di Stéfano, hoy olvidado.

Juega mal. Se retira en el descanso por un tirón. Le sustituye Yanko Daucik. El Madrid gana 1-4. El otro partido de la minigira por Francia, ante el Olympique de Lyon, ya no lo juega. El 24 de junio de 1964 el club anuncia oficialmente su baja como jugador. Atrás quedaban 11 temporadas, con ocho Ligas y cinco Copas de Europa.

Veranea primero en Niza, luego en Galicia. Acude a Madrid a algún encuentro con Saporta y Bernabéu. La prensa informa escuetamente de esos contactos. Siempre se dice que el acuerdo está cera. Versión Saporta, claro.

Pero el 19 de agosto, notición: ha fichado por el Espanyol. Circula la foto de la firma, con Kubala, Ricardo Zamora y el presidente, el audaz Vila Reyes, muy sonrientes detrás. No hay ningún acto de despedida en el Madrid, ni solo ni acompañado. Por los duendes del fútbol, el primer partido de la Liga 64-65 será Espanyol-Real Madrid. Rara imagen: el Madrid a un lado, Di Stéfano al otro, vestido de blanquiazul. Jugará bien, pero gana el Madrid 1-2, los dos de Puskas.

El Boletín del Madrid de septiembre publica en su página editorial la cartas cruzadas, todavía en mayo, entre Di Stéfano y Bernabéu, donde aquel le solicita la baja antes de tiempo y donde éste le esgrimía las razones por las que se la niega. Esta carta incluye la expresión DISCIPLINA IMPRESCINDIBLE, así, en versales. La publicación me pareció en su día, y aún hoy me parece, un acto excesivo y feo.

Jugó dos temporadas en el Espanyol, con rendimiento decreciente. Al final de la 65-66, al borde de los 40, colgó las botas. El verano siguiente el Madrid le ofreció su partido de homenaje, debido a todos los que cumplían diez años de permanencia en el club. Fue ante el Celtic de Glasgow, campeón de Europa trece días antes. Jugó unos minutos y luego cedió el puesto Grosso, confirmado así como su heredero. Fue la última vez que se saludó con Bernabéu. Se esfumó lo de quedarse “de lo que sea”.

Quedó desconcertado. Aunque pronto le saldría una oferta para entrenar al Elche, pensó primero volver a Buenos Aires. Y le dejó a Bernabéu un telegrama doliente:

“Don Santiago me voy a mi tierra-No sé si volveré pronto o nunca- En estos años se habló mucho de nosotros-Yo llevé la peor parte-Fui un fenómeno o un gamberro-Si no me acerqué a usted era porque no quería que creyera que buscaba un puesto regalado-Por lo menos eso no me lo puede quitar nadie-Lo que gané siempre fue con esfuerzo-Observé que para estar bien con usted había que ser falso-Tuve muchas desilusiones y nadie me dio moral-Usted como padre me falló-Ahí se ve que nunca tuvo hijos porque los padres siempre perdonan-Si no vuelvo más le llegue a usted mi felicitación y mi recuerdo cariñoso-Un abrazo-Alfredo.”

Bernabéu cambió de nombre su barca de pesca. Borró el de Saeta Rubia, que le había puesto en homenaje a Di Stéfano, y la rebautizó como Marizápalos, el apodo con que de niña conocían en familia a su esposa, Doña María.

No se volvieron a hablar. Pero siempre preguntaron el uno por el otro a los conocidos comunes.

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jueves, 30 julio 2015

Por Alfredo Relaño

Coppi estrenó el Alpe d’Huez

“Ha sido asombrosa la subida de esta formidable cuesta de Alpe d'Huez que desbanca, desde luego, por su porcentaje y espectacularidad, a todas las cuestas de la Vuelta a Francia. Y aunque el Tourmalet le aventaja en cuatro kilómetros de longitud, no obstante la de hoy es superior desde todos los puntos de vista. Se trata de catorce kilómetros, de los que la mitad es un tendido continuado de hasta un doce por ciento como mínimo. Una vez allí, y aunque aparatosas por sus zig-zags frecuentes, su pendiente disminuye cuando las piernas parecía que tenían que resentirse y la inclinación se suponía igual a la primera parte.”

Alpe

Así describía Manuel Serdán, en su crónica de Marca del sábado 5 de julio de 1952, la subida a L’Alpe d´Huez, estreno ese año en el Tour. No era propiamente un puerto, sino la subida a una estación de esquí, sin bajada por detrás. La ganó Fausto Coppi, El Campeonísimo. Su dureza hizo que no se programara de nuevo hasta 1976. Desde entonces ha sido casi permanente y casi siempre decisiva, como ha resultado de nuevo esta vez, con Froome sufriendo los arreones de Quintana. “He creído morir de mil muertes”, dijo Froome al llegar. Lo mismo que le pasó a todo el pelotón en 1952, torturado por Coppi.

Fausto Coppi fue un genio, al que sólo la Segunda Guerra Mundial, que interrumpió las actividades en lo mejor de su edad, impidió tener un palmarés igual o mejor que Merckx. Su rivalidad con Gino Bartali, cinco años mayor, fue legendaria.

Coppi apareció en el Giro como doméstico de Bartali en 1940, y lo ganó. Desbancó a su intocable jefe de filas, ganador ya por entonces del Giro en el 36, y el 37, y del Tour del 38. ¿Quién era ese mocoso que se atrevía a desbancarle?

Ese mocoso era un chico espigado, de cuerpo leve, nariz aerodinámica, sonrisa triste y dos piernas muy largas, fortísimas en los muslos, finísimas hacia el tobillo. Apareció junto a su enigmático descubridor, Biagio Cavanna, su masajista ciego. Había sido boxeador y corredor de pista antes de perder la visión por una enfermedad venérea. Alguien le habló del joven Coppi y le tomó a su cargo. Fue su masajista (decían que sus dedos emitían radiaciones curativas) y su consejero.

No hubo Giro del 41 al 45, ni Tour desde el 40 al 46, ambos inclusive. Durante la guerra, Coppi incluso estuvo prisionero de los ingleses en Túnez, desde abril del 43 hasta febrero del 45. Con la paz volvió el ciclismo. El Giro del 46 lo ganó Bartali, por delante de Coppi. Hacía diez años que había ganado su primer Giro. Y en 1948 ganó el Tour, diez años también después del primero.

Pero Coppi no le dejaba vivir. Ganó el Giro de 1947, el Giro y el Tour de 1949. Con este Tour, en el que perdió media hora el primer día, dio el gran salto. Era la primera vez que un corredor ganaba Giro y Tour el mismo año. Los franceses quedaron de verdad impresionados. Allí, Fausto pasó a ser Fostó.

Aquella legendaria rivalidad estaba en sus máximos en 1952. Italia se dividía entre ambos. Para más leña al fuego, Coppi se había declarado agnóstico, mientras Bartali era un fervoroso creyente, al que apodaron El Monje Volador. Físicamente también eran muy distintos. Bartali era macizo, proteico; Coppi, aéreo, con tipo de ave zancuda. Coppi era el favorito de los intelectuales; Bartali, el del pueblo. Alfredo Binda, el seleccionador italiano, tuvo enormes problemas para hacer el equipo para el Tour del 52, porque ambos, más un tercero en discordia, el gran Fiorenzo Magni, querían imponer sus domésticos favoritos. Italia acudió en la idea de que Coppi sería el jefe de filas… en principio. Luego, la carrera decidiría.

Y la carrera decidió en la décima etapa, la del Alpe d’Huez. Se llegó a allí, curiosamente, con el maillot amarillo en las espaldas de otro italiano, Andrea Carrea, fiel doméstico de Coppi. La víspera se había metido en una escapada, para controlar. La fuga prosperó y él acabó la jornada como líder, sin comerlo ni beberlo. Lloró. Temía haber contravenido a su jefe, que le tuvo que tranquilizar.

Pero estábamos en la décima etapa, Lausana-Alpe d’Huez. En Bourg d’Oissans arrancaron Robic y Geminiani, dos franceses que también se las tenían entre sí. Tras ellos saltó Coppi, les alcanzó, les rebasó. Robic le aguantó la rueda más tiempo, con su cuerpo pequeño y su estilo epiléptico. Coppi subía a marcheta, con suaves acelerones, casi imperceptibles. Le soltó de rueda. Llegó arriba solo. Se puso líder.

Por las dudas, el día siguiente ganó también la gran etapa alpina, que incluía la Croix de Fer, el Galibier, Lautaret, Monginèvre y la meta en alto en Sestriere. Coppi se va solo desde el Galibier, gana de nuevo. Segundo ese día será Bernardo Ruiz, al que suelo visitar los veranos en Torrevieja: “Es el mejor que ha habido. El único que podía irse cuesta arriba y luego aumentar la ventaja bajando y llaneando. Además, corría y dejaba correr. Él marcaba unas etapas en las que resolver y el resto lo dejaba para otros”.

Bernardo Ruiz fue tercero en ese Tour, lo que le convirtió en gloria nacional. Aún tiene el récord de grandes vueltas (Vuelta, Giro y Tour) consecutivas terminadas: doce, entre 1954 y 1958. En el 55, 56 y 57 hizo las tres. Ayer, al llegar a París, le igualó Adam Hansen. Han pasado 57 años hasta que alguien ha igualado su récord.

Bartali tuvo que inclinar la cabeza ante Coppi. El signo de sumisión llegó en la etapa siguiente, Sestriere-Mónaco. Coppi pincha y Bartali le pasa la rueda. En Italia, el gesto será noticia de primera página. Muchos afirman que la célebre foto en que se pasan el agua es de ese mismo día. La superioridad de Coppi fue tal que la organización aumentó sobre la marcha en 500.000 francos el premio para el segundo. Coppi ganó con 28m17s sobre Ockers, que se llevó ese premio extra. Casi tanta distancia hubo entre Coppi y Ockers como entre éste y el décimo, el español Gelabert.

Ganó dos Tours, cinco Giros, un Mundial, el récord de la hora, tres Milán-San Remo, cinco Giros de Lombardía, una París-Roubaix y una Flecha Valona, e innumerables carreras menores. Eso después del corte de la guerra y de pasar el 1950 casi entero lesionado, con graves fracturas y 1951 hundido por la muerte de su hermano Serse, que se mató al meter la rueda en una vía de tranvía en Turín, en el Giro del Piamonte.

Su fama se agrandó por su vida personal. Abandonó a su mujer, Bruna Ciampolini, La Dama Nera, siempre vestida de negro, por la de su médico, Giulia Occhini, La Dama Bianca, siempre de blanco. La Italia de la época, tan católica, lo desaprobó. Tuvo hasta una admonición del Papa. La Dama Bianca fue encarcelada tres días, por denuncia de adulterio por parte del marido abandonado. Se casaron en Buenos Aires, matrimonio que Italia no reconocíó. Tuvieron un hijo allí, conocido en Italia como Coppino.

Murió en enero de 1960, antes de los 40. Aún corría exhibiciones para mantener a sus dos familias. Fue invitado con otros ciclistas a una cacería en Burkina Fasso, a cambio de correr un critérium. Volvió enfermo. Se pensó primero en una gripe, luego en neumonía. De Francia avisaron que Geminiani había regresado con malaria, pero no hicieron caso. Y murió de malaria, mientras Geminiani, bien tratado, se salvaba.

Una de las curvas del Alpe d'Huez lleva su nombre.

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miércoles, 22 julio 2015

Por Alfredo Relaño

Pero Manzaneque dijo: “¡Leches!”

—Yo pude ganar el Tour del 67. Pero Manzaneque dijo: ¡Leches! Y me fastidió.

 

El Tour de 1967 se corrió por equipos nacionales. Aquellos eran años de vaivén, en los que pasaba de equipos comerciales a nacionales con alguna frecuencia. Cada corredor lucía un cartel con la publicidad de su marca, pero el maillot era el nacional. En el caso de España, gris cruzado por una franja con los colores de la bandera.

RELAÑO

España mandó dos equipos: el A, el suyo, y el Promesa, cuyo jefe de filas era, contradictoriamente, un gran veterano, Fernando Manzaneque, de 33 años. Un manchego duro. Era de Campo de Criptana, el mismo pueblo de Sara Montiel.

 

Los dos equipos, cuyos jefes eran Gabriel Saura y José Serra, acordaron hacer bolsa común para repartir los premios y comportarse como uno solo. Pero no sería tan así. Unos eran del Fagor, otros del Ferrys, otros del Margnat Paloma... Con frecuencia había acuerdos extranacionales con corredores de la misma marca comercial y de otra selección. Los patronos del equipo con el que se corría el resto de la temporada lo imponían. Era un lío. Y además, a España le faltaron los del Kas, el gran equipo español. El Kas había corrido Vuelta y Giro y sus hombres no fueron al Tour.

 

La cosa empezó entre optimismo, porque Errandonea cogió el maillot el primer día y Jiménez pasó bien las primeras etapas llanas, incluida la Amiens-Roubaix, con el pavés. Goddet, el patrón del Tour, declara que ha sido el vencedor moral en el pavés. Al salir de esas etapas indemne, refuerza su candidatura.

 

Pero entre Roubaix y Jambes sobreviene el gran contratiempo. Ginés García desencadena un ataque furioso que destroza el pelotón. Al final se hunde y el resultado es que gana el francés Roger Pingeon, un doméstico de Poulidor. Se pone líder, con más de siete minutos sobre Julio Jiménez. No parece grave en principio, al fin y al cabo no es más que un doméstico instalado ahí por una escapada-bidón.

 

Pero en los Vosgos, Poulidor sufre un montón de calamidades y pierde 20 minutos. A partir de ese momento, trabajará para Pingeon, todo un refuerzo. Jiménez, que encuentra poco apoyo entre los españoles, busca el de Aimar, compañero de su marca comercial, el Bic, al que él había ayudado mucho a ganar el Tour anterior. Pero en Francia lo detectan y obligan a este a cambiar de actitud.

 

El resto del Tour es una lucha titánica de Julio Jiménez contra Pingeon, al que va recortando tiempo pacientemente. Una lucha se ve salpicada por la muerte del inglés Tom Simpson, recogida casi en directo por las cámaras. En el paisaje lunar del Mont Ventoux, a una temperatura entre los cuarenta y los cincuenta grados, empieza a dar tumbos a tres kilómetros de la cima. Cae, le montan en la bici, vuelve a caer. El médico le pone oxígeno, un helicóptero le lleva al hospital donde ingresará fallecido.

 

Calor, falta de líquidos, anfetaminas y hasta coñac se unieron para ese desenlace, que provocó la primera gran alarma contra el doping en el ciclismo. En aquel tiempo, los equipos no podían dar líquidos a sus corredores más que en los avituallamientos. En esa etapa, de 211,5 kilómetros, hubo dos. Los ciclistas paraban en fuentes, cascadas o arroyos. A veces asaltaban los bares. Entraban como alimañas, se llevaban de todo. Ese día, un doméstico de Simpson se había llevado, casi a ciegas, Coca-Cola y una botella de coñac. Simpson bebió de las dos. Poco después moriría. Era campeón del mundo. Murió con el maillot arcoíris.

 

Cuando Julio Jiménez llegó al Mont Ventoux, demarró. Le acompañó Poulidor mientras pudo, luego cedió para tirar de Pingeon. Jiménez fue adelantando a corredores de una escapada previa, en el llano. Pasó por donde la tragedia sin enterarse. Saura le dijo que ya era primero. Coronó en cabeza el Mont Ventoux ese dramático día. Luego, en la bajada, el grupo de Pingeon y Poluidor le alcanza a quince kilómetros de la meta.

 

El 17 de julio, la Toulouse-Luchon, cabalgada por los Pirineos, era la gran ocasión. La noche anterior, Saura y Serra reunieron lo que quedaba de sus dos equipos. Se acordó que en el kilómetro 50 saltara Manzaneque. Muy retrasado en la general, por lo que no le vigilarían. Luego saltaría Julio Jiménez, en el Portet d'Aspet, Manzaneque le esperaría y juntos subirían el Mente y el Portillón, para luego descender a la meta de Luchon, se supone que con ventaja decisiva sobre Pingeon.

 

Manzaneque salió como una bala. Llegó a sacar 17 minutos, a ser casi líder virtual. Luego saltó Julio Jiménez. Todo iba bien. Pero cuando José Serra le dijo a Manzaneque que esperara, este dijo:

 

—¡Leches!

 

Y no hubo manera. El coche de Serra esperó al de Saura, que iba con Jiménez.

 

—¿Qué pasa?

 

—Nada. Que no quiere esperar.

 

—¿Pero no le has dicho que Julio va escapado?

 

—Sí.

 

—¿Y qué te ha dicho?

 

—Pues eso, que leches.

 

—¿Leches?

 

—Sí. Leches. Y no hay quien le saque de ahí.

 

Manzaneque llegó a Luchon con un minuto sobre Julio y cuatro sobre el paquete de Pingeon. La ganancia de Julio Jiménez, pues, fue de tres minutos. Se quedaba en la general a 2m 3s. El golpe había fallado.

 

Aún queda la vigésima etapa, que llega al Puy de Dômme. Pero sin apenas equipo, vigiladísimo, con Poulidor, Aimar y una colación bien pagada en la que entraron Gimondi y varios belgas protegiendo a Pingeon, apenas puede rebañar 24s. La etapa la gana Gimondi. A la contrarreloj del último día, Versalles-París, llegan a 1m 39s. Pingeon, que sale el último, dos minutos después de Julio Jiménez, le alcanza en la llegada. Le toma dos minutos más. Total, 3m 39s.

 

Julio Jiménez fue segundo en la general y Rey de la Montaña. Nunca ha dejado de pensar que aquel pudo ser su Tour. Lo tenía en las piernas. Pero Manzaneque dijo: "¡Leches!".

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miércoles, 15 julio 2015

Por Alfredo Relaño

Anquetil, Poulidor, El Águila y El Relojero

Dos fotos míticas dejó el periodo clásico del ciclismo: la de Coppi y Bartali, feroces rivales, compartiendo un bidón de agua, y la de Anquetil y Poulidor cargándose de costado en las rampas del Puy de Dôme. A la segunda me voy a referir aquí.

Ciclismo
Aquel de 1964 fue un gran Tour. Anquetil ya había ganado cuatro, iba por el quinto. Tenía 30 años, buena edad. Poulidor, dos más joven, aspiraba a desbancarle. Por ahí seguía también, como firme aspirante, Bahamontes, El Águila de Toledo, ya con 36, pero todavía terrible en la montaña. Y había surgido otro colosal escalador español, Julio Jiménez, El Relojero de Ávila, que iba a discutirle la primacía en las cumbres.

Poulidor había ganado la Vuelta a España, que entonces se corría en mayo. Anquetil, el Giro, que vino entre la Vuelta y el Tour. Tras cuatro Tours victoriosos, entre ellos los tres últimos, parte de Francia se estaba hartando de Anquetil. Demasiado frío. Corría con calculadora. Resistía en la montaña, dominaba contra el reloj (le llamaban Monsieur Chrono). No regalaba nada, se favorecía visiblemente de unos trazados a su medida, con muchas contrarreloj (en el 64 fueron tres, más otra por equipos) y escasas llegadas en alto. Poulidor gustaba más. Arriesgaba en la montaña, donde era casi tan fuerte como Bahamontes. Casi. Se defendía contra el reloj, donde era casi tan bueno como Anquetil. Casi. Sumando los dos casis daba para ser un posible vencedor del Tour.

Y sin embargo, nunca lo fue. Lo corrió desde 1962 hasta 1978, con una sola ausencia y dos abandonos. 15 ediciones. Hizo ocho podios, tres como segundo, cinco como tercero, el último de ellos con 42 años. Empalmó dos generaciones, sufrió a Anquetil y a Merckx. No sólo no ganó ningún Tour sino que ni siquiera vistió un solo día el maillot amarillo, honor del que han disfrutado 227 corredores hasta la fecha, muchos de ellos gente de poca monta. Hasta ahí llegó su desdicha.

Nunca estuvo tan cerca del maillot como aquel 12 de julio de 1964, cuando la carga de costado en las rampas del Puy de Dôme. Ni nunca volvió a estar tan cerca de ganar un Tour como aquel año.

Bahamontes y Julio Jiménez pusieron un gran telón de fondo, con sus peleas en la montaña, a la rivalidad entre los dos astros franceses. Bahamontes dio una exhibición en la octava etapa, ganando en Briançon tras cabalgar en solitario por el Telegraphe y el Galibier. En Andorra ganó Julio Jiménez en otra gran cabalgada en solitario. En la Andorra-Toulouse, los dos españoles, más Poulidor le dieron una batalla tremenda a Anquetil. Fue después del día de descanso en la propia Andorra. Anquetil estuvo en una fiesta de Radio Mónaco, en la que tomó langosta y champán. Cuando Bahamontes lo supo, pensó que esa era la oportunidad:

—Mañana le van a salir las antenas de la langosta por los costados.

Atacó de salida, se le unieron Jiménez, Poulidor, Galera, Manzaneque y Esteban Martín. Un ataque en toda regla. A 25,7 kilómetros de la salida está la cima del Envalira, con una niebla que parece un puré de guisantes. A Anquetil le salen, sí, las antenas de la langosta por los costados. Corona a cuatro minutos. Varias veces está a punto de abandonar. En la niebla, sus coequipiers Rostollan y Miniere le empujan, casi le remolcan. Pasa como puede, pero tras la bajada aparece milagrosamente junto a los escapados. Anquetil era un gran bajador, pero aun así aquello fue raro. A Bahamontes nadie le quita aún de la cabeza que le bajaron en coche. Julio Jiménez no lo cree. Con Anquetil ahí, cesaron las hostilidades. Poulidor, por su parte, pinchó hacia el final, fue derribado por sus propios mecánicos cuando tras cambiarle la bici le empujaron. Cayó al segundo pelotón y perdió dos minutos. La organización, siempre benévola con Anquetil, le sancionó con 11'' por los empujones de sus equipiers.

Con todo, gracias a una gran victoria en Luchon el 7 de julio, día en el que Bahamontes estuvo inesperadamente calmado (siempre intentaba ganar ese día, San Fermín, en homenaje a su mujer, Fermina), Poulidor consiguió colocarse a 9s de Anquetil. El 8, entre Luchon y Pau hay una escapada de Bahamontes y Jiménez, que en España seguimos por televisión con el corazón en vilo. No cooperan bien, al final se descuelga Julio Jiménez. Gana Bahamontes, pero con corta renta, porque desde la última cima hasta la meta hay 90 kilómetros en los que le liman los seis minutos de la cumbre a menos de dos. Ese día, el diminuto Georges Groussard (1,50, 46 kilos) que había mantenido el maillot durante muchos días, lo cede por fin. Lo coge Anquetil, con 9s sobre Poulidor, que ampliará pronto hasta los 54s gracias a una contrarreloj de Bayona.

Y así, a 54s, llega Poulidor a la etapa del 12 de julio, la vigésima, con llegada en el Puy de Dôme. Francia es un hervidero. ¿Podrá desbancar a Anquetil? Se percibe que la mayoría lo desea. Se especula con que Bahamontes se ha aliado con uno de los dos, unos dicen que con el uno, otros que con el otro. Hay un minuto de bonificación al ganador en la meta, medio para el segundo. Con el tiempo que Poulidor le pueda sacar arriba a Anquetil más bonificación, puede alcanzar el maillot con margen suficiente para resistir la contrarreloj final, una más, el último día entre Versalles y París.

La etapa es terrible: 237,5 kilómetros y llegada arriba. Bahamontes se despista en un corte y tiene que tirar en el llano, porque los mejores se le han ido por delante ya cerca de las primeras rampas. Ahí les alcanza. A cinco kilómetros de la cima, El Águila y El Relojero se van. En España nos indignamos, porque la cámara se queda con los dos astros franceses, no sabemos qué pasa arriba entre los nuestros. Pero el duelo Poulidor-Anquetil es épico. Aquel arranca, Anquetil se mantiene a su lado. No detrás, sino al lado, para no dar síntomas de debilidad. Así una y otra vez. La lucha es titánica. Ahí se produce la célebre foto, hombro con hombro. Poulidor sólo le suelta a falta de ochocientos metros. Le meterá 42s, insuficiente, porque se queda sin bonificación: Jiménez ha sido primero, Bahamontes segundo. Anquetil llega quinto, tras el italiano Adorni, que se le cuela al final.

Gracias al Relojero y al Águila ha salvado el maillot por 14s. 14 míseros segundos separaron a Poulidor del amarillo. Anquetil ha sufrido lo indecible. Se queda cinco minutos de reloj en la bici, apoyado en su jefe de filas, Geminiani. Está desencajado. Poulidor declarará, al verle así, que debería haberle atacado más abajo.

El desenlace llega en la etapa final, Versalles-París, contrarreloj. Goddet, director de L'Equipe, titula su crónica previa en español: Mano a mano. Aún hay quienes creen en Poulidor, porque está más fuerte. De hecho, a mitad del recorrido le ha ganado 11s a Anquetil, está a 3s de la victoria. Pero Anquetil, azuzado por Geminiani, mejora su golpe de pedal y gana la etapa por 21s. Más 20s de bonificación, más los 14s que ya tenía, 55s sobre Poulidor. Nunca se había ganado un Tour con tan corto margen. Bahamontes es tercero, y Rey de la Montaña. Se le ve feliz en el podio. Ya había sido primero, segundo y cuarto en ediciones anteriores. Le parece haber completado una colección. Así era él. Julio Jiménez es séptimo.

Allí empezó la leyenda de Poulidor como eterno segundo, leyenda que aún sigue. Pero no es el corredor que más veces ha sido segundo en el Tour, en realidad sólo tres, a las que une cinco terceros puestos. Zoetemelk, con el que llegó a coincidir en las postrimerías de su carrera y ganó el Tour del 80, fue segundo hasta seis veces.

Así que hasta en eso es segundo el pobre Poulidor. Hasta en ser segundo.

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miércoles, 08 julio 2015

Por Alfredo Relaño

Gol fantasmal en un escenario de dolor

La portería en la que Alexis Sánchez marcó su decisivo penalti la noche del sábado fue, en el lejano noviembre de 1973, escenario del gol más bufo y desagradable de la historia. Lo marcó el Chamaco Valdés a portería vacía, en ausencia de la URSS. Eran los tiempos del Chile de Pinochet, que de esa manera se clasificaba para el Mundial-74.

 

RELAÑO

 

En aquel Mundial, a celebrar en Alemania Occidental y que aún jugaban dieciséis equipos, se había decidido dar una plaza más al tercer mundo futbolístico. Había que sacarla de Europa o de Sudamérica. La fórmula fue enfrentar a los ganadores de grupo de ambas zonas que hubieran alcanzado el puesto con menor suficiencia. Les tocó a Chile y a la URSS. Chile había pasado con desempate ante Perú en Montevideo. La URSS había pasado con apuros en su grupo, gracias a un empate de Irlanda en París. Así que sería Chile o URSS, a doble partido.

 

El 11 de septiembre de 1973 los jugadores chilenos amanecen en su lugar de concentración, Puente Alto, muy cerca de Santiago. La idea es salir a las diez hacia el aeropuerto para una gira previa al partido en Moscú, fijado para el 26. Chile quería prepararlo a fondo, como no podía ser menos. Acababa de disputar un amistoso con el Portoalegre y antes de cruzar el charco había concertado amistosos en Guatemala, El Salvador y México. Pero cuando se despiertan, todo se cae: ha habido un brutal golpe de Estado militar, con ataque de aviación y carros al Palacio de la Moneda, sede de la Presidencia. El presidente, el izquierdista Salvador Allende, se ha suicidado. El hombre fuerte es el general Pinochet, tenido hasta la víspera como leal a Allende.

 

Empiezan detenciones masivas de izquierdistas y se decide utilizar el Estadio Nacional de Santiago como Centro de detención y clasificación. Los presos pasan interrogatorios duros, palizas y torturas, a veces hasta la muerte. Hay dos suicidios. Cada día salen veinte, treinta, cuarenta… Algunos a sus casas, bajo juramento de no contar nada, otros a los vuelos de la muerte, lanzados desde helicópteros al mar.

 

Entre los fallecidos de aquellos días está una celebridad de la cultura, Víctor Jara, cantautor, profesor, director de teatro.

 

¿Y el Mundial? El gobierno de Pinochet, tras la confusión de los primeros días, decide que es una de las prioridades. A ello contribuye no poco uno de los médicos del equipo, Jacobo Helo, a su vez médico personal de Gustavo Leigh, jefe de la Fuerza Aérea.

 

Se reorganiza la salida, aunque ya sólo habrá tiempo de jugar en México antes del salto a Europa. Y los detenidos, que vagan temerosos por las gradas del estadio, contemplan alucinados cómo una tropilla de jardineros mima el césped. Es el estadio de la capital, el mejor del país, y ahí se ha de jugar el partido de vuelta el 21 de noviembre.

 

Viajan a México. Les advierten de que no hagan declaraciones inconvenientes con palabras siniestras: “Dejáis a vuestras familias aquí”. Se van alicaídos. Ganan en México. Luego van a Suiza, donde ganan al Neuchâtel. Ahí escuchan que en Moscú piensan tomarles como rehenes para rescatar izquierdistas de manos de Pinochet.

 

En Moscú, Carlos Caszely y Elías Figueroa son retenidos en el aeropuerto de Sheremétievo, porque las fotos de su pasaporte no correspondían con su aspecto. Figueroa, por una melena que no tenía en la foto del pasaporte. Caszely, por su bigotón, que en la foto, de cuando era muy joven, es apenas perceptible. El resto se niega a salir del aeropuerto sin ellos. Por fin, tras tres horas y media, pasan todos. El partido se juega en el Estadio Lenin, el día 26 de septiembre, quince después del golpe. Chile, en un ambiente muy adverso, con cuatro bajo cero, se cuelga del larguero y saca un 0-0.

 

La URSS comunicó a la FIFA su negativa a jugar el partido de vuelta del 21 de noviembre en el escenario de las infamias. Francisco Fluxá, presidente de la Federación Chilena, sugirió a su Gobierno jugar en el Sausalito de Viña del Mar y por poco se la carga. La intención de Pinochet era fingir estabilidad y normalidad, y lo estable y lo normal sólo sería jugar en el gran estadio de la capital.

 

La FIFA se vio en un apuro. Tras estudiar el asunto, decidió nombrar una comisión para examinar el caso sobre el terreno. Dos de los designados se negaron a ir: Helmut Riedel, alemán oriental, y Sandor Bacs, húngaro. La comisión se redujo al brasileño Abilio D’Almeida y al suizo Helmut Kaiser, secretario de la FIFA, que se presentaron en Santiago el 24 de octubre. Están 48 horas. Les muestran el estadio, donde ya no hay presos, ni rastros de sangre en las dependencias que visitan. El césped está en buen estado. Informan a la FIFA que el partido es posible.

 

Cuando se acerca la fecha, Chile mantiene la ficción de que el partido se va a jugar, y sigue con ella hasta el final, a pesar de que el 17 de noviembre la FIFA les ha confirmado oficialmente la retirada de la URSS. La noche del 20, los jugadores saben que los rivales no han venido. Se alegran. ¡Están clasificados para el Mundial!

 

Pero Pinochet se empeña en escenificar una patochada. Se abre el estadio y a la hora convenida, con menos de media entrada, Chile comparece con sus jugadores correctamente uniformados. Con ellos, un árbitro local, Juan Hormazábal, ya que la FIFA no ha enviado ninguno. Se saca de centro, avanzan los delanteros y el capitán, Francisco Chamaco Valdés, cumple la penosa tarea de marcar a puerta vacía el gol más ridículo y ominoso de la historia del fútbol. Luego, para compensar al público, se juega un partido con el Santos, que ganará el equipo brasileño 0-5.

 

Caszely, antipinochetista declarado que en las malas se jugó el bigote negándole la mano al dictador, fue protagonista de aquellos hechos. Lo recuerda con bochorno:

 

—Yo lo llamé El Teatro del Absurdo. Nos engañaron hasta última hora, nos dijeron que sí habían venido los rusos, ¡pero habían contratado al Santos ya de antemano, porque sabían que no! Del partido apenas recuerdo que Edu jugó fenomenal y que nosotros no teníamos ganas de nada. Nos dieron un baile a toda orquesta.

 

De aquello hace ya mucho tiempo. Una placa en el estadio hace alusión a aquellos hechos con la siguiente leyenda:

 

“Un pueblo sin memoria es un pueblo sin futuro”.

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miércoles, 01 julio 2015

Por Alfredo Relaño

Aquella patada de Jair a Salomón

Esta vez no habrá choque Argentina-Brasil en la Copa América. Para muchos una pérdida, para otros un alivio. Su rivalidad es legendaria, viene de muy lejos y tuvo su peor expresión en la tarde quizá más turbulenta de toda la historia del fútbol, cunado Jair le partió la pierna a Salomón. El partido duró varias horas (siete, según la historia oficial de la Copa América) y en diez años no volvieron a enfrentarse.

RELAÑO

Cien veces exactas han jugado hasta ahora entre sí, con un balance muy parejo. Brasil, 40 victorias, Argentina, 36, y 24 empates. En goles, gana Brasil 158-155. Argentina registra doce victorias en la Copa América por ocho de Brasil, y se siente superior, pero en el resto del planeta no se ve así, por los cinco Mundiales de Brasil contra sólo dos de Argentina.

  

El primer partido entre ambos data 1914, en la Copa Roca, llamada así en honor a Julio Argentino Roca, prócer argentino que consolidó el país a base de exterminar a los indios. Ganó Argentina por 3-1, y eso que en Brasil jugaba el legendario Friedenreich, un mulato de ojos azules, hijo de ingeniero alemán y lavandera negra, al que algunos tratadistas adjudican más goles que a Pelé. Una semana después volveiron a jugar y ganó Brasil 1-0.

 

Los primeros roces llegaron por ofensas racistas. En aquellos años los futbolistas eran en su mayoría de la clase dominante y hasta se discutía que negros o indios pudieran jugar el Campeonato Sudamericano, nombre inicial de la que hoy es Copa América, que arrancó en 1918. En 1920, en vísperas de un Argentina-Brasil, comentarios despectivos de la prensa bonaerense (un periódico les llamó ‘macacos’) hicieron que cuatro brasileños se negaran a jugar. Se intentó salvar el partido reforzando a los otros siete con cuatro argentinos, pero el público rechazó esa solución y acabaron jugando siete contra siete. Ni la FIFA ni la CBF lo registran, pero sí la AFA, que ganó 3-1. Para los argentinos, pues, van 101 partidos.

 

En 1937, los dos equipos acaban el campeonato, que se jugaba por liguilla, empatados a puntos. Hay desempate, con prórroga, en la que De la Mata marca dos goles para Argentina; Brasil se retira, por insultos racistas. En 1939, enfrentados en la Copa Roca, van 2-2 cuando el árbitro da un penalti para Brasil. Argentina se retira y el árbitro ordena el lanzamiento a portería vacía.  

 

 Los partidos se fueron endureciendo según avanzaba el siglo, fruto de una rivalidad creciente, choque de países, orgullos, estilos y hasta razas.

 

En 1947, Ademir Menezes le parte la pierna en un choque a José Battagliero y eso causa furor en Argentina. Sólo un año después se van a encontrar, en Buenos Aires, en el último partido del Camppeonato Sudamerican. Llegan invictos. Argentina, cuatro victorias; Brasil, tres y un empate. El partido dará el campeón. Se armará la de San Quintín.

 

Es 10 de febrero de 1946, verano austral. Era el Brasil de Domingos da Guía, Zizinho, Jair y Chico. Y la Argentina de Salomón, cacique de la defensa, con De la Mata, Mendes, Pedernera, Labruna y Loustau en el ataque. El partido empezó bravo y pronto las patadas nublaron el sol. En el 28’, todo saltó por los aires, en una entrada de Jair a Salomón de la que el argentino saldría con la pierna rota. Hubo pelea masiva con intervención bárbara de la policía local, que no salió a separar, sino a reforzar a los suyos. Dejo el relato a Félix Frascara, firma del ‘El Gráfico’, la célebre revista argentina, que describió así los hechos en el número correspondiente:

 

“(…) momento en que explotó la bomba de la agresión colectiva. Salomón, caído tras un encontrón con Jair; Fonda y Strembel persiguieron a Chico y a Jair; puñetazos y puntapiés; revuelo general, confusión, zancadillas, palos; invasión del campo por innumerables agentes de policía; Chico, tras pegarle a Pescia, es perseguido por Marante, recibe un puntapié, sigue su carrera hacia el túnel y los policías, ante la imposibilidad de alcanzarlo con los brazos, pretenden derribarlo haciéndoles zancadillas; cae Chico frente al mismo palco de periodistas, y recibe una andanada de golpes, hasta que lo dejan reanudar su marcha hacia los vestuarios, tomándose la cabeza dolorida y mirando, extraviada la vista, con expresión de terror; en el resto del campo de juego -¡amarga ironía!- se prolonga la gresca. Son cinco o diez minutos de locura increíble. La policía, excesivamente numerosa, ha sido también excesiva e innecesariamente enérgica. Atenuada la riña, desahogados los puños y los pies, van los brasileños al vestuario, mientras los jugadores locales permanecen en la cancha. Y transcurre una hora y once minutos hasta el momento en que se reanuda el match. En realidad, el match no se reanudó. Por lo menos el juego no tenía nada que ver con lo que habíamos presenciado antes del escándalo. El árbitro había decidido expulsar a Chico y a De la Mata, de manera que cada cuadro reapareció con diez hombres. No estaba Salomón en el equipo argentino. El capitán había resultado la víctima más seria: doble fractura en la pierna derecha (…).”

 

El descanso demoró otra hora, porque los brasileños no se sentían seguros. Domingos da Guía salvó el partido, me contaría años después Labruna, al que traté en España cuando era entrenador de Ríver y vino a un Villa de Madrid. Él convenció a los compañeros para seguir tras obtener de las autoridades locales garantías firmadas de que la policía no volvería a saltar al campo. En eso le ayudó el árbitro uruguayo Nobel Valentini, que había quedado espantado de la brutalidad de la policía. Un libro oficial de la Copa América, editado en 2008, asegura que el partido, que empezó a las tres, acabó a las diez. Seguramente exagera, pero sí tomó cuatro horas y media completarlo, y tres más sacar a Brasil de allí. Y eso que había ganado Argentina, con dos goles del Tucho Méndez.

 

Se decidió separarles A las siguientes cuatro ediciones o fue uno o fue el otro, nunca los dos. En 1947, a Ecuador, fue Argentina, que ganó, con Di Stéfano, por cierto, en sus únicos y brillantes partidos con Argentina. Contribuyó al título con seis goles. El 49 se juega en Brasil y gana Brasil. Al 53, en Perú, va Brasil. Ganará un Paraguay con Heriberto Herrera, el que luego pasaría por aquí. Al 55, en Chile, va Argentina y lo gana. El campeonato aún no tenía  periodicidad estable.

 

El reencuentro se produce en 1956, diez años después, en Montevideo. Queda un solo jugador de la gresca, precisamente Labruna, que recordaba que fueron muy advertidos por el árbitro. En Brasil ya asomaban dos futuros bicampeones mundiales, Gilmar y Djalma Santos. No hubo nada, ganó Brasil 1-0. El título fue para Uruguay.

 

Ahí acabó todo. O no. Quedan en la memoria la agresión de Maradona a Batista en Sarriá, en el 82, o la intoxicación de Branco en Italia-90. Y la discusión eterna de si Pelé o Maradona.

 

Y en nuestro campeonato, fíjense, cada vez que dos contendientes se atizan sin disimulo ni razón aparente siempre resulta que el uno es argentino y el otro brasileño.

 

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jueves, 25 junio 2015

Por Alfredo Relaño

Marcelino y el Marqués de Villaverde

Hasta el gol de Iniesta en Sudáfrica, el de Marcelino a la URSS (Rusia, decíamos nosotros) había sido el más importante en la historia de España. Arrumbó el recuerdo del de Zarra a los ingleses en el Mundial de Río. Aquel gol de Marcelino se produjo el domingo 21 de junio de 1964, en el Bernabéu, en la final de la Eurocopa.


Fue el 2-1, el gol de la victoria para una España que no ganaba en casi nada: ante Rusia, zona cero del Comunismo, el peor fantasma del Régimen; con Franco en el palco; y con Yashin, vigente Balón de Oro (aún es el único portero que lo ha ganado) en la portería. A Yashin nos lo habían mitificado los curas de mi colegio con la leyenda de que era uno de los niños vascos secuestrados en la guerra, al que habían lavado de cerebro y le obligaban a jugar contra su país. Marcelino marcó ese gol, a pase de Pereda (el NO-DO, falto de la imagen completa, empalmó un centro de Amancio con el gol) en un cabezazo rápido, sorprendente, a la cepa del palo izquierdo de Yashin, que hizo la estatua.


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Marcelino era la perla de un Zaragoza glorioso, el de Los Magníficos, apodo que mereció su delantera: Canario, Santos, Marcelino, Villa y Lapetra. Les vino de un western de gran éxito, Los Siete Magníficos. Una delantera artística y efectiva, con la peculiaridad de un extremo retrasado, Lapetra. Un equipo capaz de todo menos de la constancia. Un rey de copas (cuatro finales seguidas de la del Generalísimo, de las que ganó dos, y dos de la de Ferias, de las que ganó una), pero falto de fuelle en la Liga. En campo propio o ajeno, alternaba con el Madrid, el Barça o el Atlético. A los demás los solía barrer en casa, pero en las salidas duras la cosa era distinta. En los campos secos y duros de Córdoba, Elche o Sevilla, o en los embarrados del Norte, esos sitios donde el Madrid se dejaba la piel, el Zaragoza no daba la talla.


Antes de una final de la Copa de Ferias, el punta del Zaragoza asistió con el yerno de Franco a una operación de corazón


Era un equipo firme atrás, pero muy señorito por arriba, en la tripleta Marcelino, Villa y Lapetra. Estos dos últimos habían sido lo que en la época se llamaba niños bien. Villa, licenciado en Químicas, era hijo de un directivo del Madrid, Lapetra, de una familia muy acomodada de Huesca, hizo Derecho. Marcelino, gallego, había sido seminarista y era muy instruido, muy por encima del fútbol de entonces. El contrapeso lo ponía el central cántabro Santamaría, de enorme personalidad, que trataba de congeniar los caprichos de estos tres (exigían, por ejemplo, comer a la carta en los hoteles) con el rigor de los entrenadores de turno.


Marcelino y Lapetra fueron titulares ante la URSS y el Zaragoza aportó además dos suplentes: Villa y el defensa Reija. Un orgullo para el club, pero también una preocupación para Waldo Marco, su presidente, porque tres días después de la gloriosa final el Zaragoza tenía pendiente una propia, la de Copa de Ferias, en Barcelona, su primera final europea. Y más allá se dibujaba en el horizonte la vuelta de la semifinal de Copa, contra el Barça.


Ahí se jugaba la temporada el Zaragoza al que, como siempre, en la Liga le habían faltado puntos en las salidas difíciles.


Así que Waldo Marco estuvo el lunes 22 en Madrid, para llevarse a sus jugadores a la concentración de Barcelona en cuanto acabara la preceptiva recepción con Franco. Pero al término de la misma, Marcelino se esfumó. No hubo manera de encontrarle. Waldo tomó el avión a Barcelona con Villa, Lapetra y Reija, pero sin Marcelino.


¿Dónde está Marcelino? Esa fue la pregunta que le hizo el entrenador Luis Belló, sustituto sobre la marcha esa temporada de Ramallets, que había sido el creador de la delantera. ¿Dónde está Marcelino? peguntaban todos. “No lo sé”. Waldo Marco, avergonzado, no podía decir otra cosa.


El martes, en el Telediario, apareció por fin Marcelino. Vestido con bata médica, había asistido a una operación a corazón abierto practicada por el Marqués de Villaverde, el yerno de Franco. El Marqués de Villaverde, de nombre Cristóbal Martínez Bordiú, casado con la única hija de Franco, era cirujano del corazón, como se decía entonces, y un desenvuelto bonvivant. Había invitado a Marcelino (a las cámaras de televisión) para darse pisto en esa operación revolucionaria. (Más tarde intentó imitar al doctor Barnard y practicó el primer trasplante de corazón en España, con resultado pésimo).


Viéndole ahí, en la tele, los compañeros alucinaban. En eso llegó Pueblo, diario de la tarde de máxima difusión. En un reportaje detallaba esas horas de Marcelino y el Marqués de Villaverde juntos, que incluían una noche en sala de fiestas (el Marqués acudió acompañado de su esposa, se aclaraba) donde bailó para ellos Lucero Tena. El periódico iba de mano en mano. Los jugadores se lo querían comer.


A la cena, como si nada, apareció Marcelino en la concentración. Santamaría fue el primero en echarle la bronca: “¡Figúrese! ¡Era nuestra primera final europea! ¡Y el Valencia era un equipazo, con Paquito, Roberto, Guillot, Waldo y todos esos!”. Cuentan que hasta le cogió por el cuello. Él no lo recuerda, o dice no recordarlo.


Marcelino asume los hechos: “Sí, me despisté, pero ¡hay que vivir, no todo va a ser fútbol! Pero le dije a Belló, que estaba consternado: usted póngame, y si no meto un gol y soy el mejor de los 22, le juro que cuelgo las botas”. Luego se fue a dormir. Durmió casi 24 horas seguidas.


La final fue día siguiente, miércoles 24, en el Camp Nou. Belló le puso. El Zaragoza ganó 2-1. El 1-0 fue una bajada de cabeza de Marcelino a Villa; el 2-1, tirazo de Marcelino tras genial combinación con Villa y Lapetra. Ha sido el mejor de los 22. El viernes, el equipo pasea la Copa de Ferias por Zaragoza. Marcelino entra en El Pilar a hombros del gentío, como un cristo pagano.


Sus detractores le llamaban 'El bobo del Volvo'. Pero no era ningún bobo. Era listo, y un gran delantero centro


Ahora toca la vuelta de semifinales de Copa, contra el Barça, que había ganado la ida 3-2. El domingo 28, el Zaragoza gana 2-0, los dos en cesión de la cabeza de Marcelino al medio Isasi. La final es en el Bernabéu, contra el Atlético, el siguiente domingo, 5 de julio. Gana el Zaragoza 2-1. Marcelino facilita el segundo a Villa, en otra cesión de cabeza. Lapetra ha marcado el primero. Marcelino y Lapetra han ganado en dos semanas Eurocopa, Copa de Ferias y Copa España.


Pronto se empieza a ver a Marcelino por Zaragoza con un Volvo rojo descapotable, todo un platillo volante en la época. Se lo había conseguido, como prima extra (a los eurocampeones les habían dado 150.000 pesetas por cabeza) el Marqués de Villaverde. Marcelino, que lo había visto el año anterior en el Salón de Muestras de la Feria de Barcelona y se había encaprichado de él, se lo pidió a su célebre amigo y éste se lo consiguió. A saber cómo se pagaría aquel coche.


En Zaragoza, sus detractores le llamaban el bobo del Volvo. Pero no era ningún bobo. Era un tipo cultivado y listo, además de un gran delantero centro, rápido, con visión y remate. Y con el mejor manejo de la cabeza que he conocido junto al de Kocsis.

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