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miércoles, 22 abril 2015

Por Alfredo Relaño

Cuando Collar volteó los pronósticos

La primera final de su historia la jugaron el Madrid y el Atlético el 24 de junio de 1960. Final de Copa, de Copa del Generalísimo se llamaba entonces. En el Bernabéu. Era el Real Madrid cuya alineación terminaba en Di Stéfano, Puskas y Gento y estaba en la cima de su gloria. Era favorito abrumador… pero ganó el Atlético.

 

Aquel fue el primer partido que vi en mi vida y la primera vez que vi una televisión, raro fenómeno del que se hablaba. Mi padre tenía un amigo acomodado, condiscípulo en los años del bachillerato, una de esas amistades que sobreviven al tiempo. Él nos invitó a su casa a ver el partido por el televisor, precedido por una serie de un héroe interestelar que se llamaba Diego Valor, al que debió el torero Diego Puerta que le aplicaran ese apodo.

 

COLLAR

 

Yo, decía, nunca había visto fútbol. El Madrid había ganado cinco Copas de Europa, pero a mis nueve años eso no era más que un run-rún entre los mayores. Los mayores, en mi caso, eran mi padre, mi hermano y mis tíos, todos madridistas felices y henchidos de legítimo orgullo. El Madrid acababa de ganar su quinta Copa de Europa en un partido arrasador, 7-3 al Eintracht de Frankfurt, cuatro de Puskas y tres de Di Stéfano. Y no era sólo eso: esa final se había jugado a caballo de la semifinal de Copa con el Athletic de Bilbao. En San Mamés había perdido el Madrid 3-0 en la ida. A nadie le extrañó mucho: la mente en la final europea, lo buenísimo y copero que era el Athletic… Se daba por eliminado al Madrid, que era precisamente todo menos copero. ¡Y sin embargo, en la vuelta barrió al Athletic, 8-1, ocho goles al gran Carmelo!

 

Así que en vísperas de la final (en el Bernabéu, además), era frecuente escuchar: “Siete al Eintracht, ocho al Athletic… ¡A estos nueve!”.

 

El Atlético además tenía sus apuros. Le faltaban Griffa y Calleja, lesionados. Le faltaban Mendonça y Vavá, que como extranjeros no podían jugar la Copa. En la Liga sólo había sido quinto, a trece puntos del Madrid.

 

Realmente, en las vísperas había que ser muy osado para dar favorito al Atlético.

 

El mismo día empieza el Tour, al que Bahamontes acude en plena gloria, ganador de la edición anterior. Farolea en la prensa francesa, a la que sabe dar lo que le gusta. Asegura que se le da bien torear y que un empresario le ha ofrecido 12 millones por seis corridas. (La bola es descomunal: aún faltan seis años para que El Cordobés cobre un millón por corrida).

 

Bernabéu y Saporta pasan la víspera en Lausana: se están atando los detalles de la primera Intercontinental. El Madrid jugará el domingo siguiente en Montevideo, el partido de vuelta se fija para primeros de septiembre, en el Bernabéu. Todo es el Madrid. Todo lo que no es Bahamontes, por lo menos.

 

Ambos equipos se concentran en El Escorial. José Villalonga es el entrenador del Atlético. Lo había sido del Madrid en las dos primeras Copas de Europa. Militar de carrera, entró en el fútbol como preparador físico. La Escuela de Mandos de Toledo fue la primera cantera de preparadores físicos del deporte. Había ascendido a entrenador tras una pelea entre Ipiña, secretario técnico, y Enrique Fernández. Después de esos éxitos europeos pidió aumento de sueldo y Bernabéu le despachó con cajas destempladas. La mañana del partido tuvo una inspiración. Llama a Collar:

 

—Vas a ser el capitán. Vamos a ganar el partido por ti y vas a ser tú el que coja la Copa.

 

A Collar le extraña, porque el más antiguo es Callejo. Hoy piensa que Villalonga lo hizo por cábala. Él ya había cogido una Copa de manos de Franco, en la final juvenil del 52.

 

Al Madrid le entrenaba Miguel Muñoz, jugador en las tres primeras Copas de Europa. Había entrenado ese mismo curso al Plus Ultra y Bernabéu le había reclamado cuando echó sobre la marcha a Fleitas Solich, arrastrado por el fracaso de Didí. Muñoz acababa de empezar, pero tenía el laurel de la semifinal de Copa de Europa sobre el Barça de HH (3-1 y 1-3) y de la final del 7-3. Aunque se suponía que quien mandaba era Di Stéfano.

 

También el Madrid tenía bajas: Marquitos, Pachín y Canario. Canario era extranjero. Marquitos estaba lesionado. Pachín arrastraba una suspensión en España por un caso previo de doble contratación (fichó a un tiempo por Osasuna y Burgos) que no le impedía jugar en la selección ni en la Copa de Europa.

 

El partido es a las 20:30. Antes, el Firestone de Basauri, con un hermano del famoso Maguregui en sus filas, ha ganado la final juvenil por 5-2 al Murcia. Llega Franco, con el himno, los cuatro finalistas forman, el capitán del Firestone sube a por la Copa. Empieza el partido, se espera una masacre. Los equipos salen así:

 

Real Madrid: Domínguez; Pantaleón, Santamaría, Miche; Vidal, Zárraga; Herrera, Del Sol, Di Stéfano, Puskas y Gento.

 

Atlético de Madrid: Madinabeytia; Rivilla, Callejo, Alvarito; Ramiro, Chuzo; Polo, Adelardo, Jones, Peiró y Collar.

 

Arbitra Birigay. El Madrid no ha ganado la Copa desde 1947. El Atleti, nunca.

 

El Atlético sale a aguantar. Callejo se coloca de defensa escoba. Los laterales fijan a los extremos. Ramiro marca a Di Stéfano, Chuzo a Puskas, Polo, supuesto extremo, baja a la media a vigilar a Del Sol. Adelardo les ayuda a todos. El ataque queda fiado a la velocidad de Peiró y Collar (el ala infernal) y a la constancia del guineano Jones.

 

El Madrid, dueño del campo y el balón, marca el 1-0 en el 20'. Raro gol, un córner directo lanzado por Puskas, desde la izquierda y con la izquierda, pegándole con el exterior. Madinabeytia no queda en buen lugar. Luego hará un buen partido.

 

Pero al tiempo se lesiona Gento, al que se le reproduce un tirón mal curado. Quedará inútil para el resto del partido y servirá de explicación a la derrota. Aún con él de figura decorativa, el Madrid domina, manda. Hay un cabezazo de Di Stéfano al palo, hay paradas de Madinabeytia, hay un penalti a Del Sol que Birigay saca fuera del área. Hay un par de fallos inesperados de Puskas en el remate. Precisamente él, siempre infalible. Al descanso se llega 1-0. El Atlético ha hecho poco, pero algo inquieta a los madridistas: Collar le ha ganado todas a Pantaleón. “Como carguen el juego por ahí…”.

 

En el 51' llega el 1-1 precisamente por Collar. Se va, tira y falla estrepitosamente Domínguez, cuyo paso por el Madrid se caracterizó por parar bien todo menos lo que le enviaba Collar. La facilidad con que este le hacía goles se hizo legendaria.

 

El Madrid aprieta, pero el partido se le ha puesto cuesta arriba. Liquidado Gento, Polo se va al extremo, a apoyar el ataque, para que Adelardo tome a Del Sol y Rivilla apoye. Herrera juega mal, no gana ni una. El Madrid ataca por el centro, con calidad, pero progresivamente más lento. El paso de los minutos le empeora. Al Atlético le mejora.

 

Se empieza a especular con la prórroga cuando en el 76' Collar se va una vez más de Pantaleón, tira, rechaza Domínguez como puede y Jones, atento, remacha desde cerca. Me figuro que Domínguez pensaría: “Para una que le paro a Collar…”. Es el 1-2. El Madrid gasta lo que le queda en un último arreón, pero la salud está del lado del Atlético. En el 86', Collar se va por enésima vez de Pantaleón y envía un centro raso, claro y medido, a Peiró, que machaca desde cerca. El Atlético es campeón.

 

Collar sube los escalones para coger la Copa de manos de Franco. La intuición de Villalonga se ha cumplido. El Madrid, abajo, aplaude agotado.

 

El Madrid es campeón de toda Europa menos España. Así lo dirán los atléticos.

 

Y Bahamontes, con ictericia, pierde ocho minutos el primer día del Tour.

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jueves, 16 abril 2015

Por Alfredo Relaño

Faas Wilkes, el holandés errante

Muy niño aún, cuando apenas sabía lo que era el fútbol, presencié una conversación entre dos de mis tíos. Uno defendía el regate de Ben Barek, el otro el de Molowny. En eso medió un tercer tío, el hermano mayor de los contendientes. Y zanjó: “Ni Ben Barek ni Molowny. El mejor regate que se ha visto en España es el de Faas Wilkes”. Fue la primera vez que escuché ese nombre. Despertó mi curiosidad para siempre. Fue el primer futbolista cuyas grandes jugadas hicieron flamear pañuelos.

 

HOLANDES

 

Servaas Wilkes nació en Rotterdam el 13 de octubre de 1923. El fútbol holandés, entonces menor, se le quedó pronto pequeño. En 1947 formó parte del equipo FIFA creado para jugar contra Gran Bretaña en festejo del retorno de los británicos a su seno. En la temporada 48-49 obtuvo un supercontrato con el Inter. En la 52-53 pasó al Torino, que luchaba por rehacer el equipo que se estrelló en Superga en 1949. En junio de 1953, el Valencia contrató al Torino para un amistoso a fin de recaudar dinero para el fútbol modesto. Allí estaba Wilkes. Al partido asistió, aún chiquillo, Luis Casanova Iranzo, hijo del mítico presidente del Valencia, Luis Casanova Giner.

 

—Apenas hizo nada. Pero Eduardo Cubells, que era un gran secretario técnico, vio que era el hombre a fichar y se lo dijo a mi padre. En la misma cena oficial se arregló.

 

Cuentan que el presidente de la Federación Valenciana, Guzmán Zamorano, preguntó: “Ché, ¿y cuántos camiones de naranjas costará?”. Para él, la unidad de moneda para grandes magnitudes era esa: el camión de naranjas.

 

Wilkes llegó al mismo tiempo que Di Stéfano. Tres años después que Kubala. Formaron una trilogía sagrada. Para Luis Casanova Iranzo, Wilkes fue el mejor de los tres:

 

—Lo que le he visto hacer a él no se lo he visto hacer a nadie. Medía 1,90, tenía una zancada enorme. Bale me lo recuerda en algo, pero era mucho más habilidoso. Imagine la zancada y el poder de Bale y el regate de Robben. Pero más imaginativo. Cuando arrancaba era incontenible, podía encadenar seis o siete regates y sentar al portero.

 

Era, eso sí, muy discontinuo. “Cuatro o seis jugadas por partido. Y eso en Mestalla y en los campos de Madrid, Barcelona o Bilbao”, confiesa Luis Casanova Iranzo. “¡Pero qué jugadas!”. En una de ellas, ante el Sevilla, ocurrió de forma espontánea aquello del flamear de pañuelos, que pasó a ser costumbre, traída del toro. Luis Casanova padre acababa de ampliar Mestalla. Muchos aseguran que Wilkes contribuyó a pagarlo, porque cada partido fue un llenazo.

 

Lo de Faas era apócope de su nombre, Servaas. Su mujer le llamaba así, Vaas, pero la pronunciación germánica de la V tira tanto a F que se tradujo en Faas. Y venía bien, porque a veces hacía cosas tan inverosímiles que ni sus compañeros las captaban y le preguntaban ¿qué haces? en valenciano: “¿Qué fas, Faas?”. Se extendió entre el público, que lo decía jocoso. Y cuando se lo encontraban por la calle, o en una tienda, o un restaurante, siempre la misma broma. “¿Qué fas, Faas?”.

 

Se alojó en la Pepica, hostal-restaurante sobre la playa, de ambiente futbolístico y también parada fija de Hemingway en sus giras taurinas. Se hizo adicto a la paella. El raro español que habló desde muy pronto, reconstruido desde el italiano que traía, resultaba muy gracioso. Su mujer era de raza indonesia, muy guapa, simpática y lista (discutía ella los contratos) y el exotismo de la pareja les provocó mayor cariño aún. Eran los favoritos de la ciudad.

 

El primer año marcó 18 goles en 28 partidos. En el segundo llegaron algunas lesiones (le pegaron mucho) y en el tercero una mala enfermedad. Un sábado se presentó en casa de los Casanova. Le abrió el hijo. Eran las nueve de la mañana. Insistió en ver al padre-presidente, que estaba en la cama, con gripe. Este se levantó. Wilkes le dijo que le habían diagnosticado bocio, que quería operarse en Holanda. Le pidió rescindir el contrato. Casanova, claro, accedió.

 

Se fue, dejando una atmósfera de nostalgia. Se operó, salió bien, volvió a jugar en Holanda, en el VV Venlo. Pero echaba de menos Valencia. Todo: el aire, el mar, la gente, las Fallas, las paellas. En el verano del 58 volvió, tras un viaje a Barcelona en misiones un poco ya de intermediario de una promesa holandesa. Su aparición en Valencia agitó el ambiente. Hubo una especie de presión de los medios y la afición para que fichara de nuevo, pero no se podía: el límite era de dos extranjeros por club y ya los había: Joel y Walter, brasileños.

 

El Levante estaba en Segunda. Su presidente, Antonio Román, era un hombre hábil y atrevido. En Segunda no podían jugar extranjeros mayores de 26 años y él tenía casi diez más, pero el Levante tuvo mano en las altas esferas y pudo saltar la prohibición. Le fichó por un millón de pesetas el primer año (del que él tenía que pagar su liberación al VV Venlo) y 650.000 el segundo, condicionado al ascenso. Antes de hacerse oficial, Wilkes envió una carta a Casanova, para que no se enterara por fuera.

 

¡Al Levante! A los valencianistas no les sentó bien, pero muchos de ellos fueron, más o menos de tapadillo, al viejo Vallejo, a ver sus diabluras. Ya no jugaba en punta, sino como segundo delantero, pero aún era especial. Allí encontró un buen socio, Montejano, apodo futbolístico de Gómez Pintado, aquel aspirante a la presidencia del Madrid del eslogan Bueno para el Madrid. Montejano estaba cedido por el Madrid. Compartieron habitación. Montejano canalizaba el juego y se la echaba a Wilkes cuando le veía desmarcado y descansado, las dos cosas a la vez. Wilkes se lo agradecía.

 

Pero vivía entre dos amores. En marzo, el Valencia le invitó a participar en el partido de inauguración de la luz en Mestalla, contra el Stade Reims, y aceptó. Los levantinistas torcieron el gesto.

 

No se consiguió el ascenso directo. El Levante acabó segundo, tras el Elche. Él aportó 12 goles. Cayó el entrenador, Álvaro, con la plantilla en contra. Antonio Román propuso a Wilkes ser el entrenador en lo que quedaba, Copa y promoción. (El Elche había subido con la fórmula del gran veterano César como entrenador-jugador). En la Copa, contra el Zaragoza, la cosa no fue bien: el Levante perdió 3-0 en la ida, y aunque ganó 3-1 la vuelta no bastó. No jugó Wilkes. Los extranjeros no jugaban la Copa.

 

Lo importante era la promoción… y salió mal. En casa, con Wilkes de entrenador-jugador, el Levante pierde 1-2. Wilkes, muy marcado por Felo (que más adelante ficharía por el Madrid) no da una. El mismo Montejano me cuenta con dolor: “¡Hasta yo le grité! Hubo mucha leña y se inhibió”. La gente se fue enfadadísima. Encima, entre la ida y la vuelta de la promoción, jugó otro amistoso con el Valencia, contra el Inter. Fue el acabóse. A Las Palmas ni viajó. El entrenador ese día fue Agustín Dolz, un hombre de la casa. El partido acabó 1-1. Subió Las Palmas.

 

Ahí terminó su aventura en el Levante. Aún jugaría un último partido con el Valencia, contra el Nottingham Forest, homenaje compartido para él e Ignacio Eizaguirre. Jugó un año en el Levante, sí, pero seguía siendo del Valencia.

 

Él creyó que eso era compatible, pero no lo era.

 

 

 

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miércoles, 08 abril 2015

Por Alfredo Relaño

Los años de Fernández y Amancio

Me contaba Asensi que cuando el Barça pasaba por delante de la Plaza de Toros de Granada, camino del viejo campo de Los Cármenes, Rexach decía:

 

—¡Qué suerte tienen los toreros! ¡Ellos lo tienen más fácil!

 

Ese humor negro tenía que ver con la feroz actitud de dos defensas del Granada, Aguirre Suárez, argentino, y Fernández, paraguayo. Primero llegó éste, a través del Barcelona, donde no cuajó. Aguirre Suárez vino después, con la peor de las recomendaciones: se había distinguido por su brutalidad en una final Intercontinental entre el Estudiantes y el Milán, televisada al mundo. El dictador argentino, Héctor Onganía, le encarceló dos meses junto a sus compañeros Poletti y Manera por dar mala imagen de la nación. Fue suspendido por 30 partidos en Argentina y cinco años para el fútbol internacional.

 

AMANCIO.pdf

 

Entonces no se podían fichar extranjeros, pero sí oriundos. Todos sudamericanos, claro. Se distinguían por su buena técnica. Los defensas, además, por sus malas mañas. El Granada, presidido por Candi, exportero del club y directivo activo y audaz, fichó a Aguirre Suárez a despecho de esos precedentes, o quizá por ellos. Vino con papeles falsificados, haciéndose pasar por paraguayo. Coló, entre una multitud de casos así que se dieron en la época, y que ya he contado en esta sección.

Fernández ya se había hecho su cartel de duro, pero, digamos, de un duro más, en un fútbol en que los había. Con Aguirre Suárez al lado se crecería. Junto a ellos se asilvestró Jaén, un medio español que había empezado su carrera con buen estilo.

 

El primer gran estallido fue el partido en Los Cármenes contra el Valencia, el 28 de noviembre del 71. El Valencia era el campeón, el Granada andaba fuerte. Antes del pitido inicial, Adorno, fino interior del Valencia, argentino y por tanto conocedor del paño, fue a confraternizar con Aguirre Suárez. Cruzó al campo para darle la mano:

 

—Está bien. Pero recordá que de esta raya para allá comen tus hijos, y de esta para acá comen los míos.

 

La respuesta anunciaba la brutalidad con que se iba a emplear. En los córners, Aguirre Suárez gritaba a sus compañeros: “¡Estos vienen a quitarnos la prima!”. Quino, delantero centro ché, se retiró, cegado, porque le metió los dedos en los ojos. Ganó el Granada, 1-0. Di Stéfano, entrenador del Valencia, estalla en sus declaraciones contra Aguirre Suárez, al que acusa de premeditación y alevosía. “La palabra que le corresponde no entra en el Espasa”. “Podemos estar contentos de que nadie se vaya con una pierna rota”. Bautiza a Fernández como “el comando de Aguirre Suárez”. Ese día echa a correr un error que aún persiste: que Aguirre Suárez estaba suspendido a perpetuidad en Argentina. No era así, el suspendido a perpetuidad fue Poletti.

 

Al hilo de aquello empezó a comentarse por aquí y por allá lo que pasaba en Los Cármenes y la condescendencia de los árbitros con ello. (El único expulsado de la refriega fue el valencianista Fuertes). La buena mano de Candi, posiblemente.

 

La siguiente gran escena es en el Bernabéu, el 12 de diciembre. El Madrid marca en los minutos uno y cinco. Pero los granadinos estiman que el balón ha salido fuera antes de que Grosso marcara el 2-0 y protestan en masa. Llegan a zarandear al árbitro, Santana, que no reacciona. Luego hay una escapada de Amancio en la que señala fuera de juego; Amancio, que no ha oído el pitido, sigue su carrera y Aguirre Suárez le entra violentamente por detrás. No hay falta, ya que el juego estaba parado, ni tampoco tarjeta, aunque la entrada fue brutal. Mientras Amancio se retuerce en el suelo, Aguirre saca él mismo el fuera de juego. La bronca es monumental.

 

Poco después hay un balón alto dividido entre Amancio y Fernández, al que el madridista va con la cabeza y Fernández con la plancha. Los dos caen. Amancio se levanta y patea a Fernández en el suelo. Acude Velázquez, Jaén le da una patada, llega Pirri, llegan todos. Se monta la marimorena. Santana expulsa a Amancio. Fernández sale en camilla, le dan oxígeno en la banda. Por fin se levanta dispuesto a volver y entonces se entera de que también ha sido expulsado. O lo sabía y ha hecho comedia.

 

El Madrid llega a ponerse 4-0, con uno de los goles de penalti protestado por el Granada. Finalmente Porta, salido del banquillo, hace dos. El 4-2 final permite al Granada echar cuentas: sin el de Grosso y el penalti, sería 2-2. Ambos equipos terminan indignados y enfrentados. Miguel Muñoz, entrenador del Madrid, carga las tintas:

 

—En lugar de traer a Cruyff, nos traemos a estos indios.

 

(Muñoz soñaba con la apertura de fronteras y con que Bernabéu le fichara a Cruyff).

 

Fernández se la juró explícitamente a Amancio. Tan fue así, que a éste, que siempre fue valiente hasta la temeridad, le ahorraron el viaje a Granada en las dos siguientes ligas. Pero en la Copa de 1974, se decidió que fuera de nuevo. Ya había extranjeros, Cruyff había fichado por el Barça y le había hecho campeón de Liga. Fue el año de la caída de Miguel Muñoz tras trece temporadas, y el 0-5 en el Bernabéu, que ya se comió Molowny. El Madrid necesitaba la Copa para salvar la temporada.

 

Y ahí está Amancio en Los Cármenes, el 8 de junio del 74. Cuartos de final. No está Aguirre Suárez, lesionado en octavos, ante el Castellón, justo en la acción en la que marcó su último gol para el Granada. Pero sí está Fernández…

 

En el minuto 15, Amancio avanza por el campo del Granada, balón controlado a ras de césped. Fernández viene de frente y le entra con el pie en alto, al muslo derecho. El balón llega a Santillana, que marca. Pero Oliva ha señalado la falta. Eso sí, sin tarjeta. Amancio sale sostenido por García Remón y Marañón, con el muslo hinchado visiblemente. Al momento le ha salido un bulto del tamaño de una manzana, que impacta en las fotos.

 

El partido acaba 0-0. El día siguiente se ve la jugada en el telediario y mueve a espanto. Amancio se queja: “Gente como Fernández no debería estar en el fútbol. Yo quizá no vuelva a jugar, pero ya tengo 34 años. Pero ¿y si le hace esto a uno que empieza?”.

 

La contenida indignación nacional contra el Granada saltó como un resorte. Hasta Oliva, catalán, fue muy criticado en Barcelona por ni siquiera amonestar a Fernández, al que le cayeron quince partidos. La vuelta, en el Bernabéu, se vivió en una atmósfera extraña, con el Granada entregado. Ganó el Madrid 7-3. Luego eliminaría a Las Palmas y ganaría la final, 4-0, a un Barça sin Cruyff. La Copa no admitía aún extranjeros.

 

Amancio no estuvo, claro. Regresó mediada la temporada siguiente, incluso se dio el gusto de marcarle el único gol del partido al Granada en el Bernabéu, en la jornada veintiséis. Aún jugaría otro curso, el 75-76.

 

Candi dio la baja a Aguirre Suárez, pero mantuvo a Fernández por el clamor de la asamblea en verano. El Granada bajó dos años después. El entrenador del descenso fue Miguel Muñoz, que escogió al Granada como primer banquillo tras un año sabático después de salir del Madrid. Con él, Fernández fue titular. Cuenta que Muñoz le dijo: “Si le hubiera conocido mejor, no hubiera hablado así de usted”.

 

En la 77-78, en Segunda, Fernández seguía en la plantilla. En marzo fue cesado el entrenador, Vavá. El primer sustituto que tanteó Salvador Muñoz, nuevo presidente, fue Amancio, que había sacado el título. Amancio se lo pensó. Preguntado sobre Fernández, declaró: “Aquello fue como jugador. Ahora mi idea está en mi nueva profesión. Y que intervenga o no Fernández en el equipo no es algo que se deba tener en cuenta. Aquello es pasado”.

 

Pero el fichaje no cuajó. La afición se opuso. Nos quedamos sin ver a Amancio como jefe de Fernández.

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jueves, 02 abril 2015

Por Alfredo Relaño

Violeta, Cruyff, Reina... Autogol

—¡Yo mismo me hubiera dado tres guantás a mí mismo!

El que habla así es Reina. Miguel Reina, portero excelente entre la mitad de los sesenta y los setenta. Criado en el Córdoba, brilló en el equipo califal, entonces en Primera, cuando él estaba todavía en edad juvenil. Un trueno. Le fichó el Barça, donde estuvo varios años para después pasar al Atlético. Estaba llamado a ser el sucesor de Iríbar en la Selección, pero la jugada más absurda que han registrado los casi cien años que llevamos de ella le quitó del cartel. Pasado tanto tiempo, lo toma con humor:

—¡Con todo lo que yo hice, aún me recuerdan cada poco aquello!

Testigo directo y cooperador necesario fue Violeta, brillante medio del Zaragoza en los mismos años. Fue lo que en Inglaterra se conoce aún como one club man, jugador de un solo club. Entró sobre la marcha en el Zaragoza de Los Magníficos y enlazó con el de los Zaraguayos. Futbolista estupendo, con físico, visión, colocación, manejo, pierna fuerte cuando era preciso y pie suave para mover el balón. Peleó su puesto en la Selección con gente de tanto peso como Zoco y Glaría al principio y como Luis Costas y Jesús Martínez al final. Como Reina, se cayó de la Selección aquel infausto día. También lo recuerda con relajado humor:

—¿Sabe? Me vale para ganar cafés. Alguna gente me dice que yo metí el gol. Les digo que no sé, que no me acuerdo, que no estoy seguro. Me acabo jugando un café. Antes esas apuestas se resolvían llamando al Heraldo, o al As, o al Marca. Ahora se puede mirar en Internet, y ahí lo ven. Si ha sido un tío borde, y hay muchos, le cobro el café. Si no, se lo perdono. Lo pago yo a cambio de la promesa de que siempre testifique que yo no metí el gol. Aunque tampoco es para estar feliz con lo que pasó.

Lo que pasó. ¿Qué pasó? Pasó que España jugó el 2 de mayo de 1973 en Ámsterdam frente a Holanda, el seleccionador era Kubala. Había llegado en 1969, con España ya eliminada para el Mundial de México 70. En su primer partido, goleada patriótica ante Finlandia, frente al Peñón y con despedida de Gento, fueron titulares Reina y Violeta. Aún estaba vigente Iríbar, pero avanzando ya en la treintena. Se pensaba ya en el relevo, y el relevo era Reina. En cuanto a Violeta, era un grande de nuestro fútbol. En su puesto, un primus inter pares cuando menos.

El primer chasco de Kubala fue no ir a la Eurocopa de 1972, culpa de un 0-0 ante Rusia, en Sevilla, en noche invencible de un tal Rudakov, heredero de Yashin. Ahora el objetivo era el Mundial de 1974, en Alemania.

En el plan de preparación Kubala incluyó una visita a Holanda. Como selección, Holanda aún no había adquirido mayor fama, pero sí sus clubes. El Feyenoord había ganado la Copa de Europa de 1970; el Ajax, las de 1971 y 1972. Y estaba clasificado para la final de 1973 tras eliminar entre otros al Real Madrid.

El Holanda-España llega para muchos como una mosca en la sopa. Los holandeses no lo quieren, es visible. No lo quiere el Ajax, base de la Selección, que tiene un calendario recargado y la perspectiva de la final el 30 de mayo. Y en España desconfiamos del partido, porque se percibe que en Holanda está creciendo algo grande.

Cruyff


Las vísperas son polémicas. El seleccionador de Holanda, Frantisek Fadrhonc, checoslovaco y amigo de Kubala le pidió aplazarlo. Kubala no aceptó. Los jugadores del Ajax cedieron sólo cuando apareció una empresa holandesa que ofreció mil dólares a cada uno si ganaban. Se publicitó salvando el partido. Aun así, dos días antes se dieron de baja Arnold Muhren (Ajax) y Willy Brokamp (MVV), que se sabían suplentes.

El partido se juega en Ámsterdam el 2 de mayo. Holanda sale con Van Beveren; Suurbier, Israel, Hushoff, Krol; Haan, Neeskens, Van Hanegen; Rep, Cruyff y Keizer. Van Beveren es del PSV; Israel y Van Hanegen, del Feyenoord; los otros ocho son del Ajax. En el minuto 58 entrará Schneider (Feyenoord) por Hulshoff.

España juega con: Reina; Sol, Benito, Violeta. Macías; Claramunt, Pirri, Irureta; Aguilar, Gárate y Valdez. En el descanso saldrán García Remón por Reina y Planelles por Irureta. Y en el 67, Galán por Gárate.

Marcan Rep (minuto 12) y Valdez (20). España, que cumple su partido oficial número 200, juega con ánimo y está 1-1 cerca del descanso. Pero en el 42 se produce la jugada extraordinaria.

Holanda ha atacado y el balón acaba fuera, en un centro largo, cerca del córner, a la derecha de Reina. Éste va a por él y se dispone a hacer algo que entonces permitía el Reglamento (hoy no) y era usual. Se lo envía a Violeta, para que éste saque desde el pico del área chica. Él espera fuera del área, en línea con la frontal del área chica. La cosa consiste en que Violeta le envíe el balón en paralelo a la línea de fondo, él lo meta suavemente con el pie en el área grande, lo recoja ahí con la mano y luego saque largo, en voleón. Algo, ya digo, prohibido en la actualidad, muy usual entonces.

Violeta hace el envío, y Cruyff, vivo, corre hacia Reina, en paralelo al lateral del área, a hostigarle. “Hubiera bastado con que me hubiese metido en el área coger el balón y se hubiera repetido el saque. Pero me lie…”

Dejó venir el balón y cuando le llegó ya tenía cerca a Cruyff. Nervioso, pretendió devolvérselo a Violeta con el interior del pie izquierdo, mientras se inclinaba a la derecha para protegerse de Cruyff. El resultado fue un golpeo desequilibrado, mal dirigido y fuerte, que sorprendió a Violeta. Cuando éste se dio cuenta y corrió hacia el balón, la catástrofe era inevitable. El balón siguió su carrera, pegó en el segundo palo y entró. Casi paralelo a la raya de gol, para más burla.

Al descanso, Kubala estaba endemoniado. Hizo salir a García Remón. Violeta se lo reprochó: “No por García Remón, que era muy bueno. Pero sí le dije que cambiarle con ese gol no estaba bien. Incluso si lo tuviera pensado, debería haber retrasado el cambio un cuarto de hora”. García Remón paró muy bien. El partido acabó 3-2. Valdez, un oriundo que jugó en la Selección indebidamente (si nos llegamos a clasificar para el Mundial 74 no nos hubieran dejado participar, con lo que se supo luego) hizo también el segundo, en el 48. Cruyff marcó el 3-2 en el 90, lo que contribuyó al mal humor.

El gol fue la rechifla nacional por tiempo. Eran años en los que no había piedad con la Selección. Más bien estorbaba. Hubo quien calculó el ángulo imposible: 5º26’.

Luego llegaron dos partidos muy seguidos. En Turquía, por el L Aniversario del nacimiento de la República Turca, y a los cuatro días en Belgrado, clasificatorio para el Mundial. Kubala hizo dos grupos diferentes. En Turquía jugó García Remón; en Belgrado, donde fueron los mejores, preservados de cualquier golpe en Turquía, jugó Iríbar, con Reina de suplente. Violeta, ni en uno ni en otro. Reina no volvió más. Le desbancó Deusto, un suplente de Iríbar en el Athletic que encontró sitio en el Málaga. Luego apareció Miguel Ángel, que se impuso a García Remón en el Madrid. Para él sería ya la plaza hasta Arconada.

No, Reina no volvió, se quedó en cinco partidos, pero no se queja: “Fue la más tonta de las jugadas tontas. Con ese ángulo, de izquierda, y a la primera, el único que la metía era Puskas. Yo podía haber chutado cien veces de ahí y no metería ninguna”.

Pero esa entró. Los duendes del fútbol.

Archivado en Deportes

miércoles, 25 marzo 2015

Por Alfredo Relaño

¡El penalti de Guruceta!

La Liga 69-70 la ganó el Atlético de Madrid. El Madrid fue sexto y por primera vez desde la creación de la Copa de Europa no entraría en ella. Desde 1955-56 no había faltado a ninguna, ni tampoco Gento, que se mantenía como titular. Siempre hasta ese año el Madrid había ganado la Liga o, si no, la propia Copa de Europa, lo que le permitía reengancharse. Ahora no. Para estar en Europa, tenía la Copa de Ferias o la Recopa, que jugaban los campeones de Copa. A la Copa de Ferias (precedente de la Copa de la UEFA, hoy Liga Europa) se acudía por invitación. Había nacido al tiempo que la Copa de Europa, protegida por Ayuntamientos de ciudades con ferias importantes, y fue el consuelo del Barça mientras el Madrid campaba a su gusto en la competición mayor. La primera edición tardó tres años en completarse y la segunda, dos. El Barça ganó ambas. Bernabéu la llamaba la Copa de los pueblos.

 

 

GURUCETA

 

Así que existía la curiosidad morbosa de ver al Madrid en la Copa de Ferias, a la que se vería abocado salvo que ganara la Copa. Y esta no le era competición propicia. La última la había ganado en 1962. La anterior se remontaba a 1947. Una sola Copa, pues, en 23 años. Esta la necesitaba especialmente para esquivar la Copa de Ferias.

 

Se jugaba al terminar la Liga. El Madrid eliminó al Castellón y a Las Palmas. Por su lado, el Barça eliminó al Espanyol y al Celta. El sorteo les cruzó en cuartos.

 

La ida, en el Bernabéu, la gana el Madrid 2-0. El segundo gol, de Amancio, es muy protestado por el Barça. Vi el partido y recuerdo la jugada. El Barça sale a la contra y pierde el balón. Amancio, que venía detrás de la defensa del Barça, corre hacia su campo para habilitarse. Le envían el balón, se revuelve, avanza, y marca. Zariquiegui da el gol. Difícil precisar si cuando le enviaron el balón estaba o no todavía adelantado.

 

El Barça se quejó mucho de ese gol, que encadenó a otros agravios recientes: un gol fuera de hora de Veloso en la 1966-67, el ostracismo de Rigo tras la final de 1968 (final de las botellas) y la lesión de Bustillo por entrada de De Felipe en el primer partido de la propia temporada en curso, la 1969-70. Desde 1960, el Barça no había ganado la Liga. Sólo dos Copas y una Copa de Ferias. En los sesenta, años del estallido de la televisión, el Madrid se le iba, en fútbol y baloncesto, a una distancia estratosférica.

 

La vuelta se juega el 6 de junio de 1970 en el Camp Nou, y en lo que respecta a la rivalidad entre nuestros dos grandes clubes sería la mayor ocasión que contemplaron los siglos y hayan de contemplar los venideros. El árbitro es Emilio Carlos Guruceta Muro, donostiarra, joven, de gran planta, gesto seguro y máximo atrevimiento.

 

El comienzo es soso, con un Madrid a verlas venir y un Barça flojo. Pero en el minuto 45 hay un tiro de Rexach que pega en un poste, va al otro, y entra. Al descanso con 1-0.

 

El Barça sale con otro ánimo en la segunda mitad, aprieta al Madrid, fuerza faltas cerca del área. En el 59, hay una escapada de Velázquez hacia el área, en ventaja. Rifé le persigue y le derriba cerca del área. No a 10 metros, que se ha llegado a decir, pero sí a uno, o poco menos. Visiblemente fuera. Pero Guruceta señala penalti.

 

Entonces se revuelven todos los demonios en el Camp Nou. Los 10 años sin Liga, el gol de Veloso del 66, las botellas del 68, la impune lesión de Bustillo, la presencia permanente del Madrid en la tele, por Copa de Europa de fútbol o de baloncesto o por el Torneo de Navidad, que invade la sopa familiar de los hogares catalanes cada 25 de diciembre. Todo eso salta como un muelle liberado. El campo se llena de almohadillas. Los jugadores del Barça hacen gestos de retirarse y les frena su entrenador, Buckingham, inglés al fin y al cabo. Tras ocho minutos de lío lanza Amancio y marca el 1-1. Eladio aplaude briosamente a Guruceta, que le expulsa. Más almohadillas. Ya, el resto del partido será una sucesión de lluvias de almohadillas e interrupciones para retirarlas. Se grita en chufla “¡Campeones, campeones…!”. Al cabo, lo que invade el campo ya no son almohadillas, sino hinchas. Guruceta suspende el partido a falta de 10 minutos.

 

Los jerarcas madridistas no contribuyen a la calma. Bernabéu dice cínicamente: “¿De qué se quejan? ¡Si ha sido un penalti como una casa!”. El gerente, Antonio Calderón, es más hiriente: “Ha pasado lo que pasa en cualquier pueblo”.

 

Montal, presidente del Barça, hace un gran escrito de alegación, en el que razona las quejas anteriores y pide que se reanude el partido desde el minuto 59, sin penalti. Su actitud de esos días le consolidará en el ánimo de un barcelonismo en el que había ganado las elecciones no mucho antes por corto margen.

 

Las autoridades deportivas tienen una bomba en las manos. ¿Qué hacer? El asunto llega al Consejo de Ministros, por la irritación que ha producido en Cataluña. Lo que procedería, en pura y fría lógica futbolística, sería dar el partido por terminado y cerrar el Camp Nou, pero lo último no es posible. Se improvisa una salida política.

 

El resultado vale, claro. El Madrid sigue.

 

No se cierra el Camp Nou. El Barça es multado con 90.000 pesetas y Eladio suspendido por dos partidos por burlas al árbitro.

 

Se suspende a Guruceta, en decisión sin antecedentes ni consecuentes, por seis meses, “por alteración del orden público”. Plaza dimitirá de su condición de presidente del Colegio de Árbitros, en solidaridad con él. Regresará a los seis meses, con sello ya indeleble de madridista irredento.

 

En la línea de aplacamiento de la irritación barcelonista, el ministro secretario general del Movimiento, Torcuato Fernández-Miranda, liberó una partida de 50 millones para la construcción de un pabellón de hielo del club. Y aceptó la dimisión como delegado nacional de Deportes de Juan Antonio Samaranch, supuestamente disconforme con las decisiones tomadas, aunque nunca lo expresó así. Nombró en su lugar al que desde 1965 y hasta esos días había sido gerente del Barça, Juan Gich i Bech de Careda, falangista como Don Torcuato, que había apadrinado a uno de sus hijos.

 

El Madrid eliminó al Athletic en semifinales. Jugó la final contra el Valencia, precisamente en el Camp Nou, con un tremendo ambiente en contra, y la ganó por 2-1. Marcaron los goles Fleitas y Planelles, que entraron en el minuto 10 y el 20, por Grosso y Amancio, lesionados por sendas duras entradas.

 

Así que no tuvo que ir a la Copa de Ferias. En la 70-71 fue a la Recopa y llegó a la final, que perdería en desempate, en Atenas, con el Chelsea. Pero esa es otra historia.

 

Guruceta no arbitró más al Barça en partido oficial, ni cuando se suspendió el sistema de recusaciones. Sólo le arbitró, 14 años después, un amistoso en Mallorca ante el Gremio de Portoalegre. Perdió el Barça, 1-0. No se repitió la experiencia.

 

Un día hablé con Guruceta sobre esta jugada. Dice que lo vio dentro: “Fue un contraataque rápido, me pilló lejos, lo seguí a toda carrera… Me equivoqué, eso está claro”.

 

Luego fue árbitro de éxito, internacional muchos años. Con otros errores renovó su fama de madridista. Falleció en accidente de carretera el 25 de febrero de 1987, aún en activo, cuando iba a arbitrar un Osasuna-Real Madrid de Copa.

 

Diez años después de su muerte el, a la sazón, presidente del Anderlecht confesó formalmente ante la UEFA haber sobornado a Guruceta con un millón de francos belgas en un partido de los suyos contra el Nottingham. Ganó el Anderlecht 3-0. He visto el resumen, Guruceta pitó un penalti inverosímil. La UEFA dejó un año sin participar en Europa al Anderlecht y suspendió al presidente belga de por vida.

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miércoles, 18 marzo 2015

Por Alfredo Relaño

La aventura de Cruyff en el Levante

Cuando terminaba 1980, Cruyff regresó a Barcelona para un partido en beneficio de Unicef. Formó parte del Humane Stars, conjunto de estrellas que se enfrentó al Barça el 16 de diciembre. Ganó el Barça, 3-2. Aunque también jugaron figuras como Rummenigge, Chinaglia, Platini o Blokhin, el suceso fue Cruyff. Había jugado en el Barça de la 73-74 a la 77-78, con rendimiento espectacular al principio, luego no. De ahí se fue a EE UU, a Los Ángeles Aztecas, después a los Washington Diplomats.

Su partido fue polémico, pues estuvo tan impertinente con el árbitro, el catalán Miguel Pérez, que este terminó por expulsarle. Pero le cubrieron de entrevistas y en ellas reflejó nostalgia por el fútbol europeo. Dijo que deseaba volver. Estaba próximo a los 34 años (cumple en abril), ya no se le veía para el primerísimo nivel, pero aún podría brillar en muchos clubes. Se habló del Espanyol, al que tentaba repetir la operación Kubala. Se habló de Arsenal y Chelsea, de Betis y Sevilla, de un segunda escocés, el Dumbarton, y de un segunda español, el Levante, rumor que nadie tomó en serio.

 

Cruyff

El Levante estaba en puestos de arriba de Segunda y aspiraba al ascenso. Su presidente era Paco Aznar, un hombre audaz. Animado por un intermediario llamado Luis Rodríguez, inspirador de la idea, y en su compañía, viajó a Ámsterdam a entrevistarse con Cruyff y su suegro, Cor Coster, que llevaba sus asuntos. La idea era que las taquillas del Levante podrían multiplicarse por cinco con Cruyff, que con él subirían seguro y así los 5.000 socios serían 21.000. Aunque se coló una oferta del Leicester, de 5.000 libras por semana (real o inventada por Coster) Aznar no cejó. A finales de enero anunció el fichaje, al que coadyuvó la marca de ropa deportiva local Ressy, que vestía al club. Los términos no fueron públicos. Corrió que cobraría dos millones de pesetas por partido, ficha de diez millones aparte. Y chalé gratis en L’ Eliana. Una copia del contrato publicada en una historia del Levante de 1984 (75º Aniversario) habla de diez millones por todos los conceptos.

El entrenador era Pachín. Cuando se lo dijeron lo tomó a broma. Igual les pasó a los jugadores. Vicente Latorre, presidente de los veteranos del club, recuerda bien el día que Pachín les dijo que venía Cruyff: “Nos parecía una broma. Luego nos hizo una ilusión enorme. ¡Imagínese! Yo era un chaval de 19 años, había entrado el año anterior por la norma que obligaba a dos sub-20 por partido. El primer año, me ponían por cumplir la norma y me cambiaban a los diez minutos. Pero en la 80-81 ya estaba consolidado. ¡Y me iba a ver al lado de Cruyff!”.

Cuando llegó, la prensa local le preguntó la diferencia entre el Cruyff Balón de Oro del 71, 73 y 74 y el de ahora. “Ahora soy más listo”, dijo. La afición se sentía feliz. Los socios veteranos recordaban al gran Faas Wilkes, que jugó allí la 58-59.

Su primer entrenamiento llenó el campo del Nou Estadi. Hizo maravillas. Pero con todo a punto para el debut, el 1 de febrero ante el Sabadell, se produjo un chasco. Instada por la AFE, la Federación rechazaba el fichaje en tanto en cuanto el Levante no pagara deudas atrasadas con jugadores, algunos de la plantilla, otros de campañas anteriores. El montante total alcanzaba los 11 millones.

Paco Aznar tuvo que buscar más dinero. Le costó un mes. Mientras, Cruyff regresó a Holanda y retomó los contactos con el Leicester. Al cabo de un mes de suspense, Aznar consiguió el plácet de la federación tras rocambolesca historia de una carta de ida y vuelta a la sede de la AFE, con los pagarés del Banco Internacional de Comercio dentro y la dirección mal anotada fuera. Por fin, a las diez de la noche del sábado 28 de febrero llega la autorización. El domingo, el Levante recibe al Palencia. El Nou Estadi no se llena del todo, quizá porque muchos han dudado hasta última hora si jugaría o no. Pero la taquilla es de cinco millones y medio, muy por encima del millón cien mil, récord de la temporada. La tribuna ha pasado de 800 a 1.200, la general, de 400 a 600. El Levante gana 1-0. Cruyff hace poco. Dos detallitos. La estrella es el árbitro, Orellana, que decide lucirse y expulsa a uno de casa y dos de fuera. El equipo se mantiene segundo, como estaba. Ascendían los tres primeros.

No se mata en los entrenamientos. La primera salida es a Granada y no va con todos, sino con el presidente, en el coche de éste. Los Cármenes se llena a reventar y gana el Granada 1-0. Pachín tuerce el gesto, porque el reclamo de Cruyff ha producido el llenazo y un ambiente tremendo que ha ayudado al rival. Y el crack no ha hecho nada.

Domingo siguiente, 1-0 ante el Barakaldo, con taquillazo y poca cosa de Cruyff. Un calco del día del Palencia. La situación hace crisis en la siguiente salida, a Vitoria. Pachín lleva al equipo a Tudela para entrenar el sábado. Cruyff va con el presidente, y llega cuando el entrenamiento ha acabado. Luego, expone la pretensión de exigirle al Alavés la mitad de la taquilla, pues entiende que el que llena el campo es él. Zárraga, gerente del Alavés (ex compañero de Pachín en el Madrid) se niega en redondo. Ya en Vitoria, Cruyff decide no jugar y regresa a Valencia con unos reporteros de televisión franceses que habían acudido a grabarle. El Levante improvisa la explicación de que su mujer ha enfermado, y de ahí el regreso. El equipo pierde 1-0. Esa semana es destituido Pachín, al que sucede Rifé, ex compañero de Cruyff en el Barça.

Pachín sospecha: “Yo creo que todo estaba preparado de antemano. Se buscó el momento para quitarme y se aprovechó el revuelo de Vitoria”.

Rifé debuta con un 2-4 en casa ante el Málaga, luego pierde 2-0 en Cádiz y empata en casa 2-2 con el Oviedo. Ese día, Cruyff marca los dos, que serán los únicos en la triste aventura. El equipo ya ha caído de la zona de ascenso a esas alturas. Luego, doble salida a Madrid, con 0-0 en Vallecas y 2-3 ante el Atlético Madrileño. En casa, 1-0 ante el Castellón. Después, salida a Linares donde, vestido y todo, decide no salir, tras fracasar la negociación por el porcentaje de taquilla. Gana el Linares, 3-1, en medio de bronca gorda. Penúltima jornada, 0-2 en casa ante el Recreativo. La última salida, a Santander, se la fuma, se va a Barcelona a jugar en el homenaje a Asensi.

En total, diez partidos, dos goles. El Levante pasó de segundo a noveno. Fue el cuento de la lechera de Paco Aznar. Las taquillas fueron a menos y no hubo ascenso ni incremento de socios.

Pachín no guarda amargura: “Era un club pequeño. Ahí no podía encajar Cruyff. Pero su llegada movió una ilusión. Lo malo es que no resultó”. Latorre lo recuerda así: “Era un lujo entrenar con él… si le apetecía. A veces llenaba un cubo de agua caliente, se sentaba en el banquillo, metía el pie en él, decía que para curarse el tobillo, y miraba. En cada partido dejaba algún detalle colosal, pero sólo eso. Con Rifé se montó todo al gusto de Cruyff, pero no salió bien”.

Para el club quedó un recuerdo agridulce y un agujero económico. A Cruyff aquello no le dio ninguna gloria, pero sí un dinero con el que empezar a reponerse del fracaso de su inversión en granjas, a la que le arrastró un socio desleal. Según cuenta Luis Rodríguez en la historia del club, sólo costó seis millones. Como responsable de la idea, pudo tener la tentación de minimizar el coste. Otras fuentes hablan de dieciocho y hasta más. A saber. Los únicos beneficiados claros fueron los jugadores o exjugadores que gracias a aquello y a la firmeza de la AFE cobraron los once millones que les debían.

En la siguiente temporada, la 81-82, el Levante pierde dos categorías y baja a Tercera por reiterado impago a sus jugadores. Para entonces, Cruyff ya estaba de regreso en el Ajax.

Pero es igualmente cierto que, pasados tantos años, el Levante conserva cierto orgullo por aquella aventura. Cruyff jugó en el Levante. Eso no se lo va a quitar nadie. En el antepalco del estadio, siempre te muestran con satisfacción la foto.

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miércoles, 11 marzo 2015

Por Alfredo Relaño

Ocho goles, tres penaltis y un título

Está perdido en el recuerdo, salvo para unos poquísimos, pero quizá no haya habido nunca un Atlético-Valencia como el del 23 de abril de 1950. Era la última jornada de Liga. Tres equipos llegaban con posibilidades de ser campeones: ellos dos y el Deportivo de La Coruña, que ese día jugaba en San Mamés. El Atlético (32 puntos en 25 jornadas) sería campeón si ganaba o empataba. El Valencia (30 puntos) sólo sería campeón si ganaba y el Depor (31) no pasaba del empate en San Mamés. Ganando los dos visitantes, sería campeón el Depor.

 

Fue tremendo. Se jugó en el viejo Metropolitano, situado al final de la bajada de Reina Victoria, a la derecha. Más o menos en el rectángulo que ahora forman las calles Juan XIII, Santiago Rusiñol, Conde de la Cimera y Beatriz de Bobadilla. Ahí se vivió mucho fútbol, mucha emoción. Pero pocas tardes como esa.

 

OCHO GOLES

 

Aún vive uno de los protagonistas de aquel partido, Antonio Pérez Balada, por nombre futbolístico Pérez a secas. Jugó con el Valencia, aunque había sido antes jugador del Atlético, en años de posguerra reciente, cuando se llamaba Atlético Aviación.

 

-Mi mujer tenía un problema de huesos. El clima de Madrid no le iba bien. Yo hablé con Juan Touzón, el presidente, y le dije que nos teníamos que ir. Él fue impecable: 'Lo primero es lo primero.' Me dejó salir y nos fuimos a Valencia."

 

Uno de sus últimos partidos como atlético lo jugó en París, contra el Stade Français. Ahí había un formidable portero, Marcel Domingo, que ficharían los rojiblancos y daría grandes tardes en el equipo. Y también vieron ahí a Ben Barek, un superclase algo metido en años ya, pero que dejó una impronta colosal en el equipo.

 

Pero vuelvo al día de autos. El Valencia se aloja en el Hotel Nacional, calle Arenal, junto a la Puerta del Sol. Lo entrena el mítico Quincoces, con motivos para sentirse seguro: ganó ¡6-0! al Atlético en Mestalla, final de la primera vuelta. Curioso: tras aquello, el Valencia era noveno y el Atlético, undécimo. Pero hicieron una segunda vuelta espectacular, sobre todo el Atlético, cuyo entrenador era Helenio Herrera, llamado a ser un revolucionario de los banquillos. La concentración del Atlético, en el Felipe II, de El Escorial, es un hervidero de visitantes en busca de una entrada.

 

El Atlético inserta el domingo una nota en la prensa: "Agotadas las localidades y entradas para el partido Atlético de Madrid-Valencia, no se abrirán las taquillas de la calle de la Beneficencia ni la del campo. Lo que se advierte al público al objeto de evitarle que acuda a las citadas taquillas, y con ello, inútiles molestias."

 

Tarde ventosa en Madrid, a ratos demasiado. Arbitra Arqué, aragonés. A la entrada se vende, a peseta, una guía del partido. Las alineaciones son éstas:

 

Atlético de Madrid: Domingo; Mencía, Lozano, Farías; Hernández, Mújica; Juncosa, Ben Barek, Silva, Carlsson y Escudero. Es la delantera de cristal, heredera de la delantera de seda. ¿Por qué de cristal? Porque por la época salieron unas medias de cristal, más finas que las de seda. Domingo fue duda hasta última hora por fisura de peroné, a la altura del tobillo. Le pusieron una inyección de novocaína.

 

Valencia: Pérez; Asensi, Monzó, Díaz; Santacatalina, Puchades; Gago, Fuertes, Igoa, Pasieguito y Seguí. Puchades acaba de renovar por cinco años y un millón de pesetas. La noticia sale en prensa ese mismo domingo. Ha rechazado una oferta estratosférica del Barça: "Gracias, pero no podría jugar cada tarde mi partida de dominó en el casino de Sueca". El meta suplente del Valencia es Iñaki Eizaguirre, portero de la Selección durante diez años, que lo seguía siendo. Pérez le había quitado el sitio en el Valencia, pero el seleccionador seguía contando con él. Hasta le llevaría al Mundial de Río, ese verano, donde jugaría el primer partido para luego ceder el puesto a Ramallets.

 

El viento sopla fuerte contra la portería del Valencia y el Atlético aprieta. Ben Barek está inspirado y fuerza dos paradones de Pérez. Pero en la primera llegada del Valencia al área de Domingo, en el 5', Lozano derriba a Igoa. El propio Igoa transforma: 0-1

 

El Atleti se lanza empujado por el viento y bien movido por Mújica y Hernández. En el 10', falta lanzada por Mujica y cabezazo de Ben Barek: 1-1. El Valencia lo pasa mal hasta el descanso, agobiado por el viento y la moral del Atlético. En el 40', una escapada de Juncosa acaba con el pase de la muerte a Ben Barek. 2-1.

 

En el intermedio, los ches están afligidos: pierden 2-1, el Depor gana 0-2 en San Mamés y cuando salen al campo comprueban que el viento, que esperaban ahora a favor, se ha calmado. Peor aún, en el 47' Juncosa hace otra escapada y le pone esta vez el gol en bandeja para Carlsson: 3-1. Y aún más: en el 51' Monzó derriba a Silva en el área y el penalti lo transforma Mújica en el 4-1.

 

La grada ya canta "¡Alirón, alirón, el Atleti es campeón…!" cuando todo cambia bruscamente. Coinciden una entrada de Santacatalina a Mújica, que se retira lesionado (volverá, mermado, de extremo izquierda, pasando Silva a la media y Escudero al eje del ataque) y el regreso del ventarrón. Juan Deportista, crítico de ABC, lo narrará después como "la media hora de juego más angustioso que he presenciado".

 

El Valencia, empujado por el viento y por Puchades, se lanza a una loca remontada. En el 63' Igoa hace el 4-2 y al instante se retira Domingo, que no siente el pie y se ve inseguro ante lo que llega. Le sustituye Pérez Zabala, que nada más salir, en el 65', encaja el 4-3, en córner lanzado por Gago y tras varios rebotes en un área que el meta no domina. El balón, rematado finalmente por Puchades, apenas ha atravesado la línea cuando Farías lo despeja, en acrobática chilena, pero Arqué da el gol entre murmullos de la grada. A esas alturas ya sabe el banquillo del Valencia que en San Mamés campea un empate a dos, lo que da más fe a los valencianistas. Sigue su ofensiva loca, con viento de popa y un Pérez Zabala progresivamente más nervioso.

 

Hay un rayo de esperanza para el Atlético cuando en el 67' Juncosa cae en el área del Valencia en fuerte carga de Monzó. Arqué da penalti, que los valencianistas protestan. Para sorpresa de todos, lo lanza el renqueante Mújica. Su disparo lo detiene Pérez.

 

El Valencia renueva sus ataques. En el 77' llega el 4-4, avance de Seguí por la derecha con cabezazo de Igoa. Quedan más de diez minutos, el Atlético está muerto y el Valencia, a un solo gol del título. Helenio Herrera, que ve a Pérez Zabala hecho un flan, toma una decisión extrema: decide el regreso de Marcel Domingo, cosa que en la época (en la que no valía más cambio que el del portero en caso de lesión) estaba permitida. Pérez Zabala se va humillado.

 

Lo que queda es tremendo, con el viento inflando las velas del Valencia. Pero el Atleti resiste. El partido acaba con Gago corriendo hacia la portería atlética, con el balón controlado. Los valencianistas se quejarán después de eso y del segundo penalti. Pero el final es muy deportivo. Todos se abrazan. Extenuados, conscientes de haber participado de algo extraordinario. El Metropolitano aplaude por igual a los dos equipos.

 

En Nules, con 95 años cumplidos, Pérez recuerda aquella tarde como si hubiera pasado ayer: "Arqué nos hizo mil perrerías, pero la culpa de que no ganáramos no la tuvo él. La tuvo Juncosa. ¡Tenía usted que haberle visto! ¡No había quién le quitara la pelota!".

 

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miércoles, 04 marzo 2015

Por Alfredo Relaño

Max Merkel, ‘míster látigo’

La temporada 69-70, el Sevilla iba a reaparecer en Primera tras un año de ausencia. El presidente, Ramón Cisneros, decidió darle al equipo un nuevo tono físico. España vivía cierto complejo. Se hablaba mucho de fútbol fuerza y Cisneros pensó en un modelo alemán. Conocía a un emigrante regresado, José María Negrillo, que había vivido el fútbol de Alemania como jugador del modesto TSV Coppengrave. Le preguntó quién era el mejor entrenador alemán. Negrillo le recomendó a Max Merkel: exlateral del Rapid de Viena, entrenador luego en Austria, Holanda y Alemania. Había hecho campeón de Liga al Núremberg, como antes al München 1860 y antes aún al Rapid de Viena. Había dejado el Núremberg, enfadado con los directivos.

 

—Muy bien. Usted que sabe alemán, mándele una carta, a ver si quiere venir al Sevilla.

 

Negrillo la mandó con poca fe de que contestara, pero contestó… pidiendo dos entradas para la final de Copa de Europa Milán-Ajax, en el Bernabéu. Se las consiguieron, organizaron la cita allí y se llegó al acuerdo. Incluso asistió al Sevilla-Mestalla, última jornada, de apoteosis con el ascenso ya asegurado.

 

MERKEL

 

Abc de Sevilla localizó una foto de tres años atrás de una fiesta de Cáritas, una tradición en Múnich, en la que actuaban famosos con disfraces singulares. Merkel hizo de domador, con un látigo en la mano. José Antonio Blázquez, del Abc, comenzó a llamarle en sus muy leídas crónicas, Míster Látigo. El apodo cuajó.

 

Y es que el ritmo semanal en todos los clubes en la época era: lunes, descanso; martes, baño y masaje; miércoles, trotes por el campo con tablitas de gimnasia; jueves, partidillo contra el juvenil; viernes, baloncesto o balonmano y a la concentración o al viaje; sábado, paseo por la mañana cerca y por la tarde, cine. En ese hábito irrumpió Merkel con balones medicinales, cuerdas, vallas… Hacía a los jugadores correr por las gradas, arriba y abajo, en ocasiones con sacos de arena. Y eso en el agosto de Sevilla. Tres sesiones en pretemporada, luego dos, de martes a viernes, una el sábado por la mañana. Las fotos movían a compasión. Sí, el apodo le cuadraba: Míster Látigo. Él decía que había que sufrir en los entrenamientos para disfrutar en los partidos. El debut en Liga fue Sevilla-Atlético y ofreció otra novedad: sus jugadores salieron a calentar al campo media hora antes del partido, cosa ahora absolutamente natural, pero en la época no. La costumbre era calentar dando brincos o trotes estáticos en el propio vestuario, y lanzando balonazos en las paredes. La presentación no fue un éxito: ganó el Atlético 0-1. Los jugadores se dieron cuenta de que Merkel desconocía el fútbol español y hacía emparejamientos inadecuados. Para el siguiente domingo, en Valencia, se organizaron ellos mismos y el Sevilla ganó 0-1.

 

Físicamente, eso sí, el Sevilla destacó pronto. Algunos, por ejemplo Enrique Lora, lo agradecían. “Me puso tan fuerte que fui a la selección. Yo no corría, volaba. Podía con todo”. A otros, singularmente los sudamericanos, venidos de un fútbol en el que se trabajaba aún menos, la cosa no les hacía gracia. Pazos, argentino, Bergara, uruguayo, o Baby Acosta, paraguayo, racaneaban en lo posible. A Baby Acosta, goleador, estrella y favorito del público, le tuvo que consentir algo. Con los otros dos, chocó. Con el cerebral Eloy Matute tuvo un trato en cierto modo deferente.

 

El Sevilla fue tercero esa Liga, con un once de memoria: Rodri; Toni, Toñánez, Hita; Costa, Santos; Lora, Bergara o Blanquito, Acosta, Eloy y Berruezo. Un exitazo, si recordamos que estaba recién ascendido. Pero el idilio sólo duró otro curso. El 70-71 empezó muy bien, pero al final sólo fue séptimo, justo por debajo del puesto que daba acceso a la Copa de la UEFA, creada en sustitución de la Copa de Ferias. Se empezó a decir que quemaba a los jugadores. Pero el golpe definitivo llegó por unas declaraciones. Merkel había subido del Sevilla Atlético a San José. Supo cómo vivía: en una casa muy modesta, de las hechas tras la riada del Tamarguillo. Siete hermanos dormían en una pequeña habitación. Merkel declaró que era una vergüenza que un jugador del Sevilla viviera así. A Cisneros aquello le pareció ofensivo y renunció a la idea de alargarle el contrato. La declaración además, la hizo al Sur de Málaga, ciudad rival, lo que le sentó peor a Cisneros.

 

Volvió a Alemania, donde no tuvo un equipo de su gusto para la 70-71. Y cuando empezaba a convertirse en recuerdo, resultó que en el Atlético las cosas iban mal y cayó Marcel Domingo, justo tras una derrota en casa ante el Sevilla. Empezaba noviembre. Calderón, presidente del Atlético, tiró de Merkel, que a su vez exigió como segundo a Negrillo, contratado con el filial del Granada, el Recreativo. Hubo que pagar una cantidad para que le liberara el inflexible presidente granadino, Candi.

 

Merkel llegó con las mismas. Como en el Sevilla, hubo jugadores amantes de la preparación física que lo agradecieron. Por ejemplo, Adelardo: “Yo creo que a mí me alargó la carrera. Pero es verdad que otros no lo aguantaban”. Pronto se produjo el primer choque. Me lo cuenta el portero Pacheco: “Nos llevó a correr a la Casa de Campo, con un preparador físico. Corrimos como locos por los cerros, deseando el momento de volver al autobús. Cuando llegamos donde nos había dejado, no estaba. Se lo había llevado él. Se suponía que teníamos que regresar corriendo hasta el Manzanares. Nos negamos. Paramos coches de gente que circulaba por ahí, y fuimos bajando de a pocos”. Y, claro, allí fue la bronca. Alguno le dijo: “Tracking, caca”.

 

Los jugadores del Atlético eran celebridades y la prensa de Madrid tenía difusión nacional. Esas imágenes ahora de los internacionales, de los Luis, Ufarte, Gárate… trepando gradas o cargando balones medicinales incrementaron el prestigio de torturador de Míster Látigo. Y fue célebre su choque con Becerra, brasileño melenudo al que exigía que llevara el cabello más corto. Becerra se peló al cero. Merkel era inflexible. La primera vez que apareció por el vestuario el todopoderoso vicepresidente Santos Campano le preguntó si era un homosexual que quería ver hombres desnudos. Pero funcionó. El Atlético enmendó la marcha en la Liga, de la que fue cuarto, y ganó la Copa. Calderón, claro, le dio un año más.

 

En la 72-73, siguieron las tensiones… ¡pero el equipo ganó la Liga! En la celebración, cena multitudinaria en el Palacio de Congresos, Calderón anunció su renovación. Los cientos de asistentes se levantaron a aplaudir… con la excepción de los veinticinco jugadores, que se quedaron sentados y sombríos. Al día siguiente, los más notables de entre ellos se presentaron a Calderón para pedirle que Merkel se fuera. Calderón, consternado, les dijo que le había firmado la víspera.

 

Pero, en esas, Merkel hizo unas declaraciones tremendas en el sensacionalista Bild Zeitung, que vendía cinco millones de ejemplares. El titular de portada era: “Estoy hasta las narices de los españoles”. Y en el interior rajaba de los caprichos de los jugadores, de la falta de organización, de las costumbres del país… El Atlético le exigió que rectificara. Él dijo que era un invento, pero no atendió al requerimiento del club de exigir una rectificación. Seguramente lo habría dicho… sin pensar que iba a trascender en España. Calderón aprovechó eso para despedirle.

 

Y adiós a Míster Látigo. Reemprendió su carrera en Alemania. Murió en 2006, con 88 años. Negrillo, que se hizo un nombre a su lado, voló por su cuenta. Entrenó al Burgos, al Tenerife, al Pontevedra, al Orense, al Calvo Sotelo de Puertollano, al Jerez… Hoy vive en Sevilla, feliz con sus recuerdos, en vecindad de Eloy Matute. Los dos defienden su recuerdo: “Fuera del campo era un tipo amable. Por cierto, no ponga que era alemán: era austriaco. Él decía: ‘Soy austriaco de Viena y español de Sevilla”.

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miércoles, 25 febrero 2015

Por Alfredo Relaño

Romero marca el gol más gamberro

A finales de los cincuenta y principios de los sesenta hubo gran afluencia de jugadores paraguayos en el fútbol español. Se debió quizá a dos empujes. Uno, el gran rendimiento de Eulogio Martínez en el Barça, donde llegó en 1956. Fue inolvidable su Copa de 1957, en la que un día le marcó cuatro goles al Madrid en 15 minutos y otro ¡siete! al Atlético en un solo partido. El otro empujón fue el magnífico desempeño de la selección guaraní en el Mundial de 1958. Muy flojo por atrás, pero de enorme calidad e inspiración por arriba. Fue una de las noticias del torneo.

 

Tanto gustó aquel equipo que en España trajimos a su delantera completa, más dos suplentes, más el potente medio Achúcarro. Todo de un golpe. Al Sevilla vinieron Aguilera, Agüero (que luego pasaría por el Madrid) y el citado Achúcarro. Al Oviedo, Antonio Romero y Amarilla. Al Elche, el goleador Re, que luego iría al Barcelona y, de ahí, al gran Espanyol de Los Delfines. Al Valencia, Aveiro. Y a Las Palmas, Parodi.

 

GAMBERRO

 

Pero quedaba fuera el mejor de aquella generación, no detectado porque no estuvo en ese Mundial. Se llamaba también Romero, como el espigado delantero que fue al Oviedo. Pero era interior, más chaparro, tendente a coger peso. Por nombre completo, Juan Ángel Romero Isasi. Ya había sido estrella en el campeonato Sudamericano de 1953, que ganó Paraguay gracias, entre otras cosas, a las diabluras de ese número 10, que entonces sólo tenía 18 años. De aquel equipo, el Atlético trajo tres hombres: el meta Riquelme, el central Heriberto Herrera, que llegaría a ser internacional con España, y el delantero Atilio González. Por su parte, nuestro hombre fichó por el Nacional de Montevideo, y esa fue la causa de que faltara al Mundial. En la época, se solía prescindir de los que se iban a otro país. Un poco incluso se les perdía la pista.

 

La efervescencia del mercado español acabó por captarle. Quien le trajo aquí fue el mismo que a los demás, un intermediario llamado Arturo Boghossian, de origen armenio. En aquel tiempo sin noticias ni contactos, se movía bien, iba y venía, conocía las necesidades de los clubes españoles y les ofrecía soluciones del otro lado del charco. Tenía muy buen trato con Esquitino, el genial presidente del Elche que había conseguido ascender al equipo en dos temporadas de Tercera a Primera (no había Segunda B) con César como entrenador-jugador.

 

Romero, le dijo, podía ser la perla que le diera al equipo caché de Primera. Una estrella por poco precio. Esquitino aceptó. También aceptó Romero, aunque vino engañado. Boghossian le dijo que le traía para el Barcelona. Una vez en España, le contó la verdad: no venía al campeón de las dos últimas Ligas sino al Elche. Por supuesto, Romero no sabía ni de la ciudad ni del equipo. Pero una vez hecho el viaje… Lo mismo le había hecho Boghossian no mucho antes a Griffa, un central al que le dijo que venían al Barça para luego decirle que no, que al Atlético. Claro, que en el caso de Romero, el salto era mucho mayor.

 

Y deslumbró. Tras siete años en Nacional (y dos antes en el Olimpia) era, a sus 26 años, un jugador cuajado y en plenitud. No cuidaba mucho su figura, pero aquí estábamos entonces acostumbrados a eso, desde el ya citado Eulogio Martínez al celebérrimo Puskas, con cuyo juego, además, emparentaba el de Romero. En su primera Liga consiguió 21 goles, una enormidad para un jugador del Elche, todavía entonces un equipo que luchaba por la permanencia. Tanto, que se salvó en promoción.

 

Elche, en efecto, tenía un ídolo como nunca hubiera soñado. Y él se sentía feliz. De arranque, jugó 153 partidos seguidos, sin perderse ni uno entre 1960 y 1965.

 

Tenía cierta facilidad para el gol olímpico (cuentan que marcó siete en su carrera), pero el gol más celebrado por los suyos fue el que le marcó al Murcia el 10 de noviembre de 1963. El Murcia había regresado a Primera División después de varios años. Venía a disputarle al Elche un protagonismo como equipo hegemónico de aquella zona. Había derbi. Y por primera vez en Primera División.

 

Ese 10 de noviembre, en un Altabix lleno y ansioso, salta al campo el Elche con estos jugadores: Pazos; Chancho, Iborra, Quirant; Ramos, Forneris; Cardona, Lezcano, Eulogio Martínez, Romero y Oviedo. Es la célebre delantera del CLERO, palabra que resulta de empalmar las iniciales de los cinco. Eulogio Martínez era el mismo que había estado en el Barça. La tripleta central era paraguaya. Cardona era hondureño y Oviedo, español. El entrenador era Heriberto Herrera, paraguayo también, citado más arriba.

 

Por su parte, el Murcia va con: Campillo; Tatono, Marquitos, Dauder; Lax, Martínez; Miguel, Aznar, Marsal, Merodio y Szalay. Entrena Fernando Daucik.

 

El Murcia ha hecho un equipo competitivo, apuntalando a los héroes del ascenso con destacados veteranos: Marquitos, Miguel, Marsal, Merodio… Sale bien y marca por delante, por medio de Lax.

 

Pero el Elche, bien hecho, más joven y achuchado por su público, da la vuelta al marcador con goles de Cardona y Lezcano, este, por cierto, paraguayo también, llegado un año antes de la mano, cómo no, de Boghossian… bajo promesa de llevarle al Valencia para depositarle luego en Elche.

 

Está el partido 2-1 cuando a ocho minutos del final se produce la jugada de la que se hablará años en aquella parte de España. Tatono quiere ceder un balón a Campillo, pero se le queda corto. Romero, astuto, lo ve, burla la salida desesperada del meta, va a puerta solo, el gol es inevitable… y de repente se para. Pisa el balón frente a la raya, se pone a cuatro patas y con un suave golpe de cabeza le hace atravesar la raya. A la estupefacción sigue el júbilo en Altabix por esa ocurrencia burlona.

 

Por supuesto, a Campillo no le hizo la menor gracia. La jugada le quedó royendo por dentro las horas siguientes. Hasta que, seguro de que Romero cenaría con algunos compañeros en La Goleta, en Alicante, como solía, salió a las nueve de su casa en Guardamar y se fue a buscarle. Y, en efecto, allí le encontró, con Lezcano, Eulogio y algún otro. Le retó a salir y Romero salió, entre la expectación de la clientela. Pero le calmó. Le dijo que algunos compañeros de Campillo le habían hecho burla con el 0-1, y que por eso se le ocurrió lo que hizo. Que sentía haberle ofendido a él, que si llega a saber lo mal que le iba a sentar no lo hubiera hecho.

 

Campillo aceptó las explicaciones. Y fuese y no hubo nada.

 

Romero aún dejaría otra jugada muy especial para el recuerdo de la afición. Fue el 3 de abril de 1966, última jornada de Liga, cuando tras desarbolar a toda la defensa ché no marcó, sino que regaló el gol a Vavá, joven delantero nacido en Béjar pero cocinado en el Ilicitano. Con ese gol, Vavá fue Pichichi con 19, uno más que Luis Aragonés.

 

El curso siguiente, llegó Di Stéfano como entrenador. Tenía el encargo de renovar el equipo y dio la baja a Romero, decisión muy controvertida. Aunque ya tenía casi 33 años, a otro que no fuera Di Stéfano no se lo hubieran consentido. Se fue un año al Hércules, y de ahí regresó al Ilicitano, como entrenador-jugador. En el 70 se retiró. Se quedó para siempre en Elche, donde falleció en 2009.

 

Los veteranos del club se reúnen con frecuencia a hablar de aquellos buenos viejos tiempos. En las conversaciones siempre está Romero. Y su gol inaudito al Murcia en aquel lejano derbi.

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miércoles, 18 febrero 2015

Por Alfredo Relaño

Bernabéu quiso tirar el Bernabéu

Estos días en que se habla de reforma o traslado del Bernabéu me recuerdan un suceso poco conocido (quizá porque casa mal con la leyenda de favoritismo franquista hacia el Madrid). Me refiero al berrinche que se llevó Santiago Bernabéu cuando quiso derribar el estadio que llevaba, y aún lleva, su nombre, vender los terrenos, y hacer uno nuevo en la salida de la carretera de Colmenar. No le dejaron.

 

El asunto surgió como una gran sorpresa el 8 de septiembre de 1973. Para entonces Bernabéu llevaba 40 años en el club, tenía 78, y el estadio, 37. Eran tiempos en que la principal partida de ingresos de los clubes era la de socios y taquilla. La televisión ya daba algún dinero, muy poco en proporción a lo de ahora, y luego habría que añadir las contrataciones para torneos de verano y otros amistosos. No existían los ingresos de márketing, tan suculentos ahora para los grandes clubes. Se hablaba entonces de ingresos atípicos como algo que se presentía y deseaba para el futuro, sin saber bien lo que sería.

 

Bernabeu
 

 

Aquel 8 de septiembre de 1973 el Madrid, en comunicado público, lanzó la idea. Tras una larga consideración sobre su historia, su implantación social, sus perspectivas y sus necesidades, anuncia que tiene el proyecto de construir un nuevo estadio en el barrio de Fuencarral, junto a la salida de la Nacional I (Madrid-Burgos-Irún-Francia). Por donde ahora está la zona residencial llamada Tres Olivos. Lo pensaba financiar con la venta del solar del Bernabéu, que previamente debía obtener autorización municipal para que en él se pudiera edificar una torre de imponentes dimensiones y una zona residencial.

 

El proyecto había sido elaborado por un estudio internacional, con razón en Suiza, dirigido por un tal William Zeckendorf, del que la propia nota aclara, quizá para endulzar la dureza fonética del apellido, que era descendiente de sevillanos (por parte de madre, se supone). También informa, para prestigiar la firma ante la opinión pública, que ha llevado a cabo, entre otros proyectos importantes salpicados por el mundo, el del edificio de la ONU de la Place Ville Marie de Montreal.

 

 

En el consejo de la empresa figura Alfonso de Borbón, primo del entonces príncipe don Juan Carlos, y casado con una nieta de Franco. Por la época eran insistentes los rumores de que doña Carmen, esposa de Franco, soñaba con convencer a su marido para que la Monarquía se reencarnara en el marido de su nieta, en lugar de en don Juan Carlos.

 

El nuevo estadio tendría capacidad para 120.000 espectadores, la mitad de asiento, todos cubiertos. Y 6.000 plazas de aparcamiento. Se financiaría con la venta del solar del Bernabéu, del que se preveía el siguiente uso: un 88% quedaría dedicado a parque público; el restante 12% se repartiría en una torre mayor que cualquier otra de las que entonces había en Madrid (248 metros, 70 pisos, oficinas y un hotel de 600 habitaciones) y un bloque residencial, de menor altura, con fachada a Padre Damián.

 

Bernabéu en persona acude a El Pardo a presentar el proyecto, con las correspondientes maquetas. Cuentan los testigos que doña Carmen se deshizo en elogios, pero que Franco estuvo más bien lacónico. No preocupó mucho, porque era su estilo.

 

En la opinión pública, el asunto chocó. Por un lado, la mudanza de estadio difícilmente es bien vista por parte de los aficionados, que se ven incomodados en su hábito. Además, la localización se veía entonces demasiado remota. Ahora no lo es, claro, y seguro que la presencia del estadio del Madrid hubiera tirado de la ciudad antes hacia allá, como pasa en casi todas partes con casi todos los estadios, pero entonces era lejos. Y luego estaba el problema de los reversionistas. El Madrid compró en su día los terrenos del Bernabéu para uso deportivo, darles otro destino no era fácil. Y se hablaba además del impacto brutal que sobre el tráfico de la zona significarían las nuevas viviendas y la monumental torre, con todos sus empleados entrando y saliendo a la misma hora y obstaculizando la arteria esencial de la ciudad, como es la Castellana.

 

Para Bernabéu, era una oportunidad. El estadio estaba viejo, se hacía incómodo. Sólo tenía 32.000 asientos. Contar con 60.000, manteniendo otras 60.000 localidades de pie y todo cubierto podría aumentar mucho los ingresos y relanzar al club, como en su día lo relanzó el viejo estadio, mucho mayor en capacidad que los de la época.

 

Y el Barcelona y el Atlético lo habían conseguido. El Barcelona hizo el Camp Nou en 1957 y pudo aliviar su deuda cuando en 1965, tras tres recalificaciones que forzaron mucho las cosas, consiguió vender el terreno del viejo Les Corts, que ahora está ocupado por pisos. Y, más cerca en tiempo y lugar, el Atlético vendió el terreno del viejo Metropolitano (también todo pisos hoy) para construir el Manzanares, que estrenó en 1966. Así que Bernabéu entendía que pedía lo que ya habían hecho otros.

 

Pero se le torció. La prensa no le siguió, como hubiera esperado. Incluso el Arriba lanzó la especie, falsa, pero que aún perdura, de que los terrenos del Bernabéu eran una expropiación forzosa al final de la guerra, algo así como un regalo al club.

 

En medio del debate se cruzó como un trueno un artículo tremendo en la página tres de Abc. El artículo de la página tres de Abc era entonces, y con mucho, el más leído e influyente de España. Siendo además, por ADN, el Abc un periódico decididamente madridista (a fuer de monárquico) el artículo tuvo un impacto decisivo. Se oponía duramente, casi cruelmente, haciendo incluso caricatura de los méritos del Madrid. El artículo, firmado por Luis Pascual Estevill (cuya calamitosa biografía posterior da qué pensar), estaba en línea con la opinión del ministro de la Gobernación, Arias Navarro, que había sido alcalde de la ciudad, y que se había opuesto firmemente al proyecto: “Lo que el Real Madrid pretende está prohibido por ley, como está prohibido el asesinato”, había dicho. Pascual Estevill recogía esa misma expresión, y sobre el argumento del Madrid de que otros lo habían hecho antes, recogía una frase de la revista Cambio 16 en su número 81. “También los regicidios tienen precedentes, y los parricidios, genocidios y demás actos repugnantes de que está plagada la historia de la Humanidad”. Entre las aportaciones de su propia cosecha, Estevill añadía: “Va a ser un test. Vamos a ver si el Real Madrid puede tanto que puede torcer la ley, pisotear el derecho, aplastar el bien común, perjudicar los intereses generales y hacer negocios fabulosos a capricho”.

 

No mucho más tarde, recibió la negativa oficial, que nunca entendió.

 

Ese berrinche se lo llevó a la tumba. Tanta fue su decepción que en unas memorias finales recogidas por el periodista Jaime Martín Semprún llegó a decir: “Yo luché en el bando nacional y si retornara esta situación hoy, no lo dudaría, volvería mi mosquetón contra éste”. Una exageración, sin duda. Bernabéu no podría haber luchado junto a los republicanos entre otras cosas porque probablemente le hubieran fusilado en cuanto le pillaran. Había sido activista de la CEDA y en los primeros días de la guerra estuvo escondido en un hospital y luego en la Embajada de Francia. Cuando pudo salir, se incorporó al bando nacional como voluntario y participó, como cabo, en la campaña de Lérida, donde su unidad ganó la Medalla Militar Colectiva por el copo de Bielsa.

 

Pero se entiende el berrinche, y más en perspectiva, cuando se ve cuántas torres se han construido en la zona, y zonas aledañas, sin miedo a colapsar el tráfico. ¿Por qué aquella negativa a Santiago Bernabéu, expresada con tanta severidad? Agustín Domínguez, secretario de la gerencia del Madrid entonces, creía saber que un altísimo personaje del Régimen, cuyo nombre me reservo porque no he podido comprobarlo, tenía intereses en el proyecto de la Torre Europa, la primera de las de la zona, esa que está en diagonal con el Bernabéu, en la esquina de la Castellana con General Perón.

 

Verosímil, cuando menos. El caso es que el Madrid se quedó sin lo que sí habían obtenido el Barça y el Atlético.

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