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El blog de Pipo lópez

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miércoles, 22 junio 2016

Por Alfredo Relaño

Cesarini comparte protagonismo con Iniesta

Parece que por el momento los dos nombres propios más citados en la Eurocopa son Iniesta y Renato Cesarini. Aquel, por su grandioso juego; éste, por los goles de última hora, a los que acabó por dar nombre. Pero, ¿quién era Cesarini?

Renato Cesarini fue el hijo de unos inmigrantes italianos de principio del siglo pasado que se fueron a América a buscarse la vida. Había nacido el 11 de abril de 1906 en Senigallia, en la costa de Italia que mira al Adriático. Hoy es una gran localidad turística, pero en la época sólo ofrecía miseria. Se fue de allí con pocos meses.

Los padres se instalaron en Buenos Aires, y allí creció el muchacho. Un chico guapo, espigado, ocurrente, con la ley del barrio bien aprendida, ojos vivos y firmes rizos negros. Salió futbolista. Se hizo en Chacarita Juniors. Con veinte años debutó con la selección argentina, en la que jugó dos partidos, ante Paraguay ambos. Interior ocurrente y goleador, un poco sobrado, provocador, favorito de su público, abroncado por los contrarios. Y de gran ascendente entre sus compañeros. Cuentan que tenía una voz fuerte y profunda, un poco al estilo de la de Menotti, y que era sentencioso y directo en sus conversaciones. Divertido a ratos, ácido otras veces. Siempre se le escuchaba.

Por esos años se acercaba ya el Mundial de Italia, de 1934, que Mussolini había decidido que tenían que ganar los suyos. Vio cómo tanto la final de los JJ OO de Ámsterdam (1928) como la del primer Mundial, el de Uruguay en 1930, la jugaron Argentina y Uruguay. Concluyó que el gran fútbol estaba en la desembocadura del Río de la Plata. Y comprobó la cantidad de apellidos italianos que había en la selección argentina. Se le encendió la bombilla e inventó los oriundos. Impulsó a los clubes italianos a fichar a esos italianos o hijos de italianos que tanto brillaban en el fútbol.

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Y ahí regresa Renato Cesarini a Italia. Para entonces estaba en Ferrocarril Oeste. Le fichó, dentro de lo que fue un gran éxodo, la Juventus, junto a Orsi y Monti. Estos dos jugarían el Mundial del 34 y lo ganarían, como había previsto Mussolini. Monti, apodado Doble Ancho por su tremenda corpulencia, tiene un registro único: jugó la final de 1930 con Argentina y la de 1934 con Italia.
Cesarini se perdió el Mundial porque la temporada 33-34 arrastró una lesión molesta. Pero triunfó: ganó cinco campeonatos consecutivos con la Juventus, entre 1931 y 1935, en lo que fue la segunda edad de oro de aquel club. Y también en la selección italiana, en la que debutó al poco de llegar y jugó 11 partidos, entre 1931 y 1934. Entonces no había impedimento para que quien hubiera jugado en una selección lo hiciera después en otra. Eso llegó en 1962.

Y con la selección italiana nació lo de la Zona Cesarini. Fue con ocasión de un Italia-Hungría, disputado el 13 de diciembre de 1931 en Turín. En el 89’, el partido estaba 2-2 y Cesarini, impaciente. Su compañero de línea, Raffaele Costantino, tenía el balón como a cuatro metros del área, y en la zona del interior derecho y parecía no saber qué hacer con él. Cesarini se le echó encima, le apartó con un empellón que le derribó al suelo, hizo un amago y soltó un cañonazo que entró junto a la cepa del palo izquierdo del meta húngaro. Italia ganó 3-2 gracias a esa audacia de Cesarini.

Hace años encontré la narración de la jugada, y hasta un dibujo de la misma, en un precioso Manuale del Gol, de Vezio Melegari, editado en 1974. Fue la primera vez que tuve noticia de la expresión Zona Cesarini. Ahí mismo se cuenta que pocos meses antes Cesarini había marcado sobre la hora en Berna el gol que significó el 1-1 entre Suiza e Italia. Esa repetición llevó a un periodista llamado Eugenio Danese a hablar del caso Cesarini, expresión que luego el uso transformó en Zona Cesarini.

Zona no entendida como lugar, sino como espacio temporal. Zona Cesarini llegó así en Italia a significar ese tiempo final dramático de los partidos, tramo en el que tantos goles están llegando en esta Eurocopa.

En un libro raro de encontrar, Storia Illustrata della Nazionale di Calcio, de Luigi Bocali, el propio Cesarini explica que se sentía especialista en ello desde sus tiempos de Chacarita Juniors. Y cuenta la jugada: “Eché a Costantino a un lado, con una carga por la espalda como si fuera un contrario, y lo mandé lejos; luego amagué como que iba a centrar hacia la izquierda, al extremo Orsi, y con el portero húngaro moviéndose en esa otra dirección tiré hacia el palo que tenía más cerca…”.

Aquello de Zona Cesarini quizá no se hubiera repetido tanto de no ser por su gran carrera posterior en el fútbol, ya como técnico, y por su acusada personalidad. Eso refrescaba la jugada una y otra vez, al compás que engrandecía su prestigio.

Regresó a Argentina, donde volvió a jugar en Charita y se retiró en el River Plate. Se quedó de técnico en este club, donde contribuyó, a medias con Carlos Peucelle, a crear la célebre delantera conocida como La Máquina, que aún se recita de memoria allá: Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Loustau. Detrás venía Di Stéfano, que también pasó por sus manos y siempre me habló de él con un respeto máximo.

—Él y Peucelle amaban el juego por bajo, exigían rasear la pelota. Si la tirabas por alto, se enfadaban. Te decían: “Escuchá, nene, ¿de qué está hecha la pelota”. Y tú: “De cuero, señor”. Y ellos, “¿Y de dónde viene el cuero?”. Y tú: “De la vaca, señor”. Y ellos: “¿Y qué come la vaca?”. Y tú: “Pasto, señor, come pasto…”. Y ellos te decían entonces: “¡Pues echá la pelota al pasto, boludo, no la levantés!”.

Con esas máximas se hicieron La Máquina y Di Stéfano. Y más adelante Omar Sívori, alias El Cabezón, un apunte de Maradona, aunque con menos velocidad. Cesarini, reclamado por la Juventus, regresó a Italia como director técnico del club y se lo llevó con él. Al principio fue un drama, porque Sívori se echó a la mala vida, no daba una a derechas y su inutilidad comprometía el prestigio del propio Cesarini. Hasta que éste le cogió un día por la pechera, en un entrenamiento:

—¿Qué te creés, Cabezón? ¿Un galán? ¡Si hubieran querido un galán hubieran contratado otro más lindo, no a vos! ¡Vos no naciste para galán, vos naciste para la gambeta!
Sívori se corrigió y triunfó. La Juventus ganó con él dos campeonatos seguidos, los 59-60 y 60-61. Él ganó el Balón de Oro de 1961. Trotamundos, entrenó también en México, volvió a Italia, al Nápoles, dirigió a Boca, dos años en la selección argentina... Murió prematuramente, aún con 62 años, en 1969, a causa de una embolia. Aún le quedaba mucho por explicar.
Quedan vivos bastantes jugadores que pasaron por sus manos, y es una delicia escucharles repetir una y otra vez sus anécdotas, con ese estilo rico y jocoso que tienen los argentinos para hablar de fútbol. En su homenaje crearon un club, el Renato Cesarini, en principio un divertimento para veteranos, más tarde una academia que ha dado buenos jugadores, entre ellos Mascherano.
Hoy se vuelve a hablar de Renato Cesarini, por esos goles tardíos que tanto llegan en la Eurocopa. Y yo me alegro. Merece que le recordemos.

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miércoles, 15 junio 2016

Por Alfredo Relaño

Iribar se quedó sin el partido número 50

—Fue algo muy raro… Estábamos en el autobús para ir a entrenar al campo del Pegaso cuando nos dijeron que Iribar no venía… Que se marchaba a Bilbao por un problema familiar grave… Sin más explicaciones.... Ni siquiera le vimos…

 

El que habla es Juan Manuel Asensi, y la escena que narra se produjo el miércoles 19 de mayo de 1976, sobre las seis y media de la tarde. España estaba concentrada en Madrid, con vistas a un partido contra Alemania. Aquel hubiera sido el partido número 50 de Iribar. Pero no lo jugó ni volvería más a la selección. Se quedó en 49. La explicación a la prensa fue otra: nos dijeron que tenía un dedo mal. Luego, aunque siguió jugando a gran nivel en el Athletic tres temporadas más, no volvió a ser llamado. Nunca jugó el partido 50. Aquello quedó envuelto en una nebulosa.

 

Iribar

 

A vista de hoy, cincuenta partidos en la Selección no parecen algo extraordinario, pero entonces lo eran. Ricardo Zamora había dejado el récord de internacionalidades en 46, tras permanecer de 1920 a 1936 como titular, cediendo muy pocos partidos. En un tramo de tiempo parecido, Casillas ha acumulado 166. Pero es que antes había mucha menos actividad internacional. El récord de Zamora se consideró por mucho tiempo una barrera inalcanzable. Resistió a los Zarra, Gaínza, Puchades, Ramallets, Garay, Segarra, Amancio, Gento y tantos otros grandes y longevos jugadores que hubo en las décadas siguientes. Gento fue el que más se le acercó. Se quedó en 43.

 

Iribar apareció en el Athletic en la 1962-63, deslumbrando. Desplazó al gran Carmelo, que fue traspasado al Espanyol. Debutó en la Selección el 11 de marzo de 1964, con solo 21 años, lo que se consideró algo excepcional. Se suponía que los porteros tardaban en madurar más que los jugadores de otras posiciones. Pero era un fenómeno, con un físico perfecto para el puesto, reflejos, colocación, sobriedad… Con él, España ganó a los pocos meses la Eurocopa ante la URSS.

 

Pronto fue un gran favorito de la afición de toda España. Fue célebre la reacción de la afición bilbaína en la final de Copa de 1966, cuando pese a perder con el Zaragoza 2-0 le pasearon a hombros al grito de: “¡Como Iribar no hay ninguno. Iribar, Iribar, Iribar es cojonudo…!”. Toda España le quiso, como prototipo de vasco serio y futbolista cabal. Sostuvo algunos años malos del Athletic, en los que llegó a acuñarse la frase: “El Athletic son Iribar y diez más”. Era del Athletic, pero era patrimonio de todos. Se le quiso y respetó tanto como ahora se quiere y respeta a Nadal, por buscar un ejemplo próximo.

 

Se instaló en la selección, casi sin competencia. Por alguna lesión o baja forma, cedió algún partido a Sadurní o a Betancort, pero en general fue inamovible. Como había empezado tan joven, se empezó a especular en algún momento que sí, que esta vez alguien podría alcanzar la barrera mítica de los 46 de Zamora.

 

Y llegó. Fue, digamos, en dos partidos consecutivos contra Escocia, en la fase de clasificación de la Eurocopa de 1976. En Hampden Park (1-2) cumplió el 46. Era el 20 de noviembre de 1975, justo un año antes de que muriera Franco. El 5 de febrero de 1975, en Valencia (1-1), hizo el 47, desempatando con Zamora.

 

Los cincuenta los podría haber cumplido antes, pero por esos años empezaba a tener dolores de espalda, lo que permitió algunas apariciones de Reina, García Remón y Deusto. También tuvo un parón por un tifus que mantuvo a todo Bilbao en vilo, con mucha gente ofreciendo misas y novenas por él. Me contó que un día sintió la muerte muy cerca.

 

—Me vi a mí mismo en la cama, rodeado de la familia. Contemplé la escena como desde el techo. En eso sentí que caí de golpe, volví a estar dentro de mí. Me desperté, empezó a bajar la fiebre y me curé.

 

Cumplió el 48 ante Rumania, en abril de 1975. Los dos siguientes (ante Dinamarca y Rumania) los juega Miguel Ángel. En el primero de ellos Iribar, con molestias, es suplente. En el segundo, el suplente es Deusto.

 

España pasa la fase de grupos y ha de jugar en cuartos contra Alemania. (Entonces la fase final de la Eurocopa se limitaba a semifinales y final, todo lo anterior se jugaba en los distintos países). En el Manzanares, el 24 de abril de 1976 (primer partido de la selección después de muerto Franco), juega su partido número 49, 1-1.

 

Se vivían las agitaciones de la Transición, difíciles de entender desde la mentalidad de ahora. Iribar firmó para la llamada Junta Proamnistía, lo mismo que Irureta y varias decenas de notables de la sociedad vasca, entre ellos Chillida. Aquel movimiento no es equiparable al de las actuales gestoras proamnistía. A la muerte de Franco, estaba muy extendida en capas de la población de toda España una mirada indulgente hacia ETA, que luego esta fue perdiendo con su actitud posterior. La izquierda en general no veía a los etarras como terroristas, sino como presos políticos del franquismo.

 

Más tarde, Iribar daría nuevas muestras de compromiso con la causa vasca. Es muy recordada la estampa de la ikurriña, portada por él y Kortabarria en un derbi vasco, cuando aún era una enseña prohibida. Eso fue en diciembre de 1976. Tres años después, en su última temporada en activo, aceptó un puesto como independiente en la Mesa Nacional de Herri Batasuna, gesto que le generó ya rechazo general en toda España. Para entonces, ETA empezaba a ser considerada como un sabotaje al intento general de reconciliación.

 

Se fue apartando discretamente de aquel mundo y es sabido que el tema no le gusta.

 

En el aire quedó la pregunta: ¿por qué nunca jugó el partido número cincuenta? Don Balón llegó a publicar que, amenazado por ETA, rogó a Kubala que no le llamara más. Desde el mundo abertzale se deslizó que él mismo se negó, para no ser utilizado como un símbolo de España. Sin embargo, en declaraciones suyas de tiempos relativamente recientes, he leído que hubiera querido cumplir los 50 partidos. Y también en el libro Iribar irudia eta eredua, de Pedro Mari Goikoetxea, traducido al castellano por Carlos Latxaga con el título Iribar, la alargada sombra del Txopo. “Estaba en plena forma y hubiera podido conseguirlo, pero no me convocaron más”.

 

Sobre este asunto he cruzado unos mensajes con él estos días. No quería extenderse sobre ello, pero a mi pregunta de si existió causa (familiar o de lesión) para su abandono de la concentración antes del viaje a Alemania, me contestó:

 

—Estaba entero y ningún problema familiar.

 

Y a la de si hubiera querido retirarse con cincuenta partidos, me contestó:

 

—Si me hubiera convocado Kubala HUBIERA JUGADO EL CINCUENTA.

 

(Las mayúsculas son suyas).

 

El presidente de la Federación, Pablo Porta, era un hombre muy de derechas. El seleccionador era Kubala. ¿Recibió alguna orden? Ninguno de los dos vive. No se les puede consultar.

 

El primero que alcanzó los 50 fue Arconada. Luego, Zubizarreta llegó a los cien. Casillas pasó hace tiempo de los 150. Hoy tenemos 36 jugadores que han pasado los cincuenta. Esa barrera ya no impresiona, pero en su día fue debate nacional.

 

Porque Iribar fue mucho Iribar.

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Por Alfredo Relaño

Iribar se quedó sin el partido número 50

—Fue algo muy raro… Estábamos en el autobús para ir a entrenar al campo del Pegaso cuando nos dijeron que Iribar no venía… Que se marchaba a Bilbao por un problema familiar grave… Sin más explicaciones.... Ni siquiera le vimos…

El que habla es Juan Manuel Asensi, y la escena que narra se produjo el miércoles 19 de mayo de 1976, sobre las seis y media de la tarde. España estaba concentrada en Madrid, con vistas a un partido contra Alemania. Aquel hubiera sido el partido número 50 de Iribar. Pero no lo jugó ni volvería más a la selección. Se quedó en 49. La explicación a la prensa fue otra: nos dijeron que tenía un dedo mal. Luego, aunque siguió jugando a gran nivel en el Athletic tres temporadas más, no volvió a ser llamado. Nunca jugó el partido 50. Aquello quedó envuelto en una nebulosa.

 

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A vista de hoy, cincuenta partidos en la Selección no parecen algo extraordinario, pero entonces lo eran. Ricardo Zamora había dejado el récord de internacionalidades en 46, tras permanecer de 1920 a 1936 como titular, cediendo muy pocos partidos. En un tramo de tiempo parecido, Casillas ha acumulado 166. Pero es que antes había mucha menos actividad internacional. El récord de Zamora se consideró por mucho tiempo una barrera inalcanzable. Resistió a los Zarra, Gaínza, Puchades, Ramallets, Garay, Segarra, Amancio, Gento y tantos otros grandes y longevos jugadores que hubo en las décadas siguientes. Gento fue el que más se le acercó. Se quedó en 43.

Iribar apareció en el Athletic en la 1962-63, deslumbrando. Desplazó al gran Carmelo, que fue traspasado al Espanyol. Debutó en la Selección el 11 de marzo de 1964, con solo 21 años, lo que se consideró algo excepcional. Se suponía que los porteros tardaban en madurar más que los jugadores de otras posiciones. Pero era un fenómeno, con un físico perfecto para el puesto, reflejos, colocación, sobriedad… Con él, España ganó a los pocos meses la Eurocopa ante la URSS.

Pronto fue un gran favorito de la afición de toda España. Fue célebre la reacción de la afición bilbaína en la final de Copa de 1966, cuando pese a perder con el Zaragoza 2-0 le pasearon a hombros al grito de: “¡Como Iribar no hay ninguno. Iribar, Iribar, Iribar es cojonudo…!”. Toda España le quiso, como prototipo de vasco serio y futbolista cabal. Sostuvo algunos años malos del Athletic, en los que llegó a acuñarse la frase: “El Athletic son Iribar y diez más”. Era del Athletic, pero era patrimonio de todos. Se le quiso y respetó tanto como ahora se quiere y respeta a Nadal, por buscar un ejemplo próximo.

Se instaló en la selección, casi sin competencia. Por alguna lesión o baja forma, cedió algún partido a Sadurní o a Betancort, pero en general fue inamovible. Como había empezado tan joven, se empezó a especular en algún momento que sí, que esta vez alguien podría alcanzar la barrera mítica de los 46 de Zamora.

Y llegó. Fue, digamos, en dos partidos consecutivos contra Escocia, en la fase de clasificación de la Eurocopa de 1976. En Hampden Park (1-2) cumplió el 46. Era el 20 de noviembre de 1975, justo un año antes de que muriera Franco. El 5 de febrero de 1975, en Valencia (1-1), hizo el 47, desempatando con Zamora.

Los cincuenta los podría haber cumplido antes, pero por esos años empezaba a tener dolores de espalda, lo que permitió algunas apariciones de Reina, García Remón y Deusto. También tuvo un parón por un tifus que mantuvo a todo Bilbao en vilo, con mucha gente ofreciendo misas y novenas por él. Me contó que un día sintió la muerte muy cerca.

—Me vi a mí mismo en la cama, rodeado de la familia. Contemplé la escena como desde el techo. En eso sentí que caí de golpe, volví a estar dentro de mí. Me desperté, empezó a bajar la fiebre y me curé.

Cumplió el 48 ante Rumania, en abril de 1975. Los dos siguientes (ante Dinamarca y Rumania) los juega Miguel Ángel. En el primero de ellos Iribar, con molestias, es suplente. En el segundo, el suplente es Deusto.

España pasa la fase de grupos y ha de jugar en cuartos contra Alemania. (Entonces la fase final de la Eurocopa se limitaba a semifinales y final, todo lo anterior se jugaba en los distintos países). En el Manzanares, el 24 de abril de 1976 (primer partido de la selección después de muerto Franco), juega su partido número 49, 1-1.

Se vivían las agitaciones de la Transición, difíciles de entender desde la mentalidad de ahora. Iribar firmó para la llamada Junta Proamnistía, lo mismo que Irureta y varias decenas de notables de la sociedad vasca, entre ellos Chillida. Aquel movimiento no es equiparable al de las actuales gestoras proamnistía. A la muerte de Franco, estaba muy extendida en capas de la población de toda España una mirada indulgente hacia ETA, que luego esta fue perdiendo con su actitud posterior. La izquierda en general no veía a los etarras como terroristas, sino como presos políticos del franquismo.

Más tarde, Iribar daría nuevas muestras de compromiso con la causa vasca. Es muy recordada la estampa de la ikurriña, portada por él y Kortabarria en un derbi vasco, cuando aún era una enseña prohibida. Eso fue en diciembre de 1976. Tres años después, en su última temporada en activo, aceptó un puesto como independiente en la Mesa Nacional de Herri Batasuna, gesto que le generó ya rechazo general en toda España. Para entonces, ETA empezaba a ser considerada como un sabotaje al intento general de reconciliación.

Se fue apartando discretamente de aquel mundo y es sabido que el tema no le gusta.

En el aire quedó la pregunta: ¿por qué nunca jugó el partido número cincuenta? Don Balón llegó a publicar que, amenazado por ETA, rogó a Kubala que no le llamara más. Desde el mundo abertzale se deslizó que él mismo se negó, para no ser utilizado como un símbolo de España. Sin embargo, en declaraciones suyas de tiempos relativamente recientes, he leído que hubiera querido cumplir los 50 partidos. Y también en el libro Iribar irudia eta eredua, de Pedro Mari Goikoetxea, traducido al castellano por Carlos Latxaga con el título Iribar, la alargada sombra del Txopo. “Estaba en plena forma y hubiera podido conseguirlo, pero no me convocaron más”.

Sobre este asunto he cruzado unos mensajes con él estos días. No quería extenderse sobre ello, pero a mi pregunta de si existió causa (familiar o de lesión) para su abandono de la concentración antes del viaje a Alemania, me contestó:

—Estaba entero y ningún problema familiar.

Y a la de si hubiera querido retirarse con cincuenta partidos, me contestó:

—Si me hubiera convocado Kubala HUBIERA JUGADO EL CINCUENTA.

(Las mayúsculas son suyas).

El presidente de la Federación, Pablo Porta, era un hombre muy de derechas. El seleccionador era Kubala. ¿Recibió alguna orden? Ninguno de los dos vive. No se les puede consultar.

El primero que alcanzó los 50 fue Arconada. Luego, Zubizarreta llegó a los cien. Casillas pasó hace tiempo de los 150. Hoy tenemos 36 jugadores que han pasado los cincuenta. Esa barrera ya no impresiona, pero en su día fue debate nacional.

Porque Iribar fue mucho Iribar.

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miércoles, 08 junio 2016

Por Alfredo Relaño

Chicas, gabarra, biscúter y Florentino

Veo la foto de la comitiva que paseaba en triunfo a las chicas del Athletic por la ciudad y la encabeza un Biscúter. Me pareció un detalle simpático. Ese cochecillo (o no sé ni si llegaba a eso) forma parte de la imágenes de mi infancia. Me imagino a muchos abuelos contándoles a sus nietos qué era aquello.

El caso es que la originalidad del desfile, que sacó a la calle a diez mil personas, fue el Biscúter, no La Gabarra, como algunos y algunas (más de éstas, claro) habían pedido. La Gabarra no ha vuelto a salir desde aquellas dos Ligas consecutivas (una con doblete) de los tiempos de Clemente. Se volvió a hablar de ella cuando estas recientes finales de Copa del Athletic, que perdió. Sí ganó la Supercopa, ante el Barça de Messi, nada menos, y entonces hubo insistencia en sacarla de nuevo. La directiva lo desestimó. Lo consideró un título menor, y en verdad lo era. Sacarla se considera un homenaje de rango tan elevado que no se quiso trivializar.

Ahora ha habido polémica. Las chicas no es que hayan ganado la Liga, es que ya llevan cinco. El Athletic de chicas ha sido el gran impulsor del crecimiento del fútbol femenino en España. Ya hace tiempo que consiguieron meter una considerable cantidad de público en San Mamés. Esta vez les hubiera gustado tener el reconocimiento máximo, ver cómo La Gabarra se soltaba del amarre por ellas y volvía a recorrer el Nervión, recogiendo aplausos desde las dos orillas.

Me parece algo bastante íntimo del sentimiento athlético como para meterme sin pedir disculpas previas. Desde una mirada lejana, es difícil no admitir que hay una discriminación. Y, vista la respuesta que ha habido en la calle, parece que podría haber sido una buena idea. Habrían estado animadas las márgenes del Nervión. Y era una quinta Liga, no una Liga. Hubiera sido bueno para el fútbol femenino, que está tirando muy para arriba, esa imagen.

Esto dicho, me sabe mal que el Athletic quede a contrapié a causa del fútbol femenino cuando ha sido quizá el club que más ha hecho por él. No hubo Gabarra, pero hubo recepción en el Ayuntamiento, paseo por al ciudad, una multitud aclamando. Y ya digo más arriba que las chicas han jugado en el viejo San Mamés con alguna frecuencia y buena cantidad de público.

Se habla de discriminación porque ha salido a reducir lo de La Gabarra, pero me basta mirar a otro club que ha hecho mucho por el fútbol femenino, el Barça. Había ganado las últimas cuatro Ligas. Tampoco se han celebrado como las de los chicos, ni por asomo. No ha habido rúa, no ha habido recepción en el Ayuntamiento, no ha habido fiesta en el estadio. En algún caso, si el título ha coincidido con un partido de los chicos en casa, han salido a saludar en los prolegómenos y se han llevado el correspondiente aplauso. Pero nada que ver con los festejos que han provocado los títulos de los hombres.

Y podemos mirar al Madrid. Ni siquiera tiene equipo. A la mentalidad retardataria de Florentino le choca tener equipo de chicas. Ni siquiera lo tiene en baloncesto. Aquí es menos grave, porque el baloncesto femenino tiene un gran desarrollo en España, pero al fútbol femenino le haría un gran bien que el Madrid se apuntara. De hecho, están todos los demás clubes de campanillas. Lo del Madrid es una clamorosa ausencia.

LaLiga está apoyando, el fútbol femenino crece en España y en el mundo. Las chicas de Estados Unidos, que como selección son una potencia, exigen ya ganar tanto como los chicos, cuyos logros son mucho menores. Allí practican el fútbol más mujeres que hombres.

El desarrollo en España es más lento, pero no culpemos de eso al Athletic, que ha ido en cabeza. No le culpemos aunque no haya desamarrado la Gabarra. Ha hecho más que otros y desde antes. Ha hecho más que nadie.

Más que La Gabarra, lo que el fútbol femenino necesita en España es al Madrid. ¡Y le costaría tan poco!

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Por Alfredo Relaño

¡¡¡Lombardía, déjate meter un gol, que está arreglaooo…!!!

A la última jornada de la temporada 1971- 1972 llegó el Oviedo ascendido a Primera, y tres equipos, Zaragoza, Castellón y Elche, en pugna por los otros dos puestos. El Oviedo cerró la Liga en Elche y allí se produjo una escena cochambrosa que habla de a qué niveles llegó el fútbol. Esta historia la conocí por el Información de Alicante,en la pluma de mi colega Toni Cabot. He recabado algunos datos, más, pero a él debo la historia y la foto, cuya autoría corresponde a Perfecto Arjones.

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El Oviedo había recibido al Zaragoza en la penúltima jornada. Le bastaba con empatar para conseguir el ascenso. Al Zaragoza, el empate le dejaba bien para la última jornada. Pactaron empatar a cero y empataron... a uno y con problemas. Galán marcó para el Oviedo, casi sin querer, y luego al Zaragoza le costó un triunfo batir a Lombardía, el meta del Oviedo, que iba por el Zamora de Segunda y no quería saber nada de apaños. Los jugadores del Zaragoza se enfadaron. Por fin empató Luis Costa, con un gol de verdad. El Oviedo celebró su ascenso.
Una semana después, el 1 de junio terminaba el campeonato. De manera singular, por cierto, pues la jornada que quedaba se arrastraba desde seis meses atrás. Era, nominalmente, la jornada 15 y debía haberse disputado el 1 de enero, pero los jugadores consiguieron que se les diera la fecha libre y que se corriera esa jornada al final del campeonato, como una especie de 38 bis.

En lo que respecta al ascenso, incluía el Elche-Oviedo, el Castellón-Mallorca y el Zaragoza-Cádiz. Mallorca y Cádiz no se jugaban nada. Al Castellón, que había ganado el domingo anterior 0-1 en Santander, le bastaba con ganar en casa y se sentía muy superior. Era un buen Castellón, con Muller en el banquillo, Araquistain en la portería y Planelles en el centro de ataque. Pero el Zaragoza necesitaba ganar su partido y que no ganara el Elche.

Lombardía, me cuenta: “El Zaragoza nos ofreció una prima enorme, un millón para repartir entre la plantilla. Aceptamos. Primas por ganar siempre se han dado y se han seguido dando. Otra cosa es cobrar por dejarse ganar. Eso no se puede hacer”.

El Elche no dio ningún paso. Martínez Valero, presidente de la entidad, confiaba en las buenas relaciones entre los dos clubes y en una especie de ley de bronce que de tiempo inmemorial existe en Segunda División. Nada más acabar el sorteo de la Liga, los clubes que se van a enfrentar en la última jornada hablan entre sí y pactan: si a uno de los dos le hacen falta los puntos y al otro no, que sean para el que los necesita. Un secreto que ha ido atravesando los tiempos. Una ley que rara vez se vulnera.

Así que Martínez Valero confiaba en que el Oviedo no apretara. Además, llegaba ya campeón, después de pasar una semana feliz y relajada, llena de comilonas y sidra con familiares y amigos.

Pero el Zaragoza estimuló al Oviedo con ese millón para la plantilla más medio millón para Eduardo Toba, el entrenador, según he podido saber por otra fuente.
A las cinco de la tarde, el estadio de Altabix está a reventar. El ambiente es de optimismo. Le avisan a Martínez Valero de que parece que el Zaragoza ha ofrecido algo, pero no se preocupa.

El Oviedo sale con todo. No perdona un balón, ataca, se repliega, corren todos bajo un sol que no les podía resultar cómodo, hechos como estaban al clima asturiano. El público empieza a mosquearse. “¿Estos por qué corren tanto?”. “Dicen que les ha untao el Zaragoza”. “¡Qué cabrones…!”. El marcador no se mueve, y mientras el simultáneo y los transistores van dando noticias inquietantes: Castellón 1, Mallorca, 0… Zaragoza 1, Cádiz 0… Castellón 2, Mallorca 0… Zaragoza 2, Cádiz 0… Cada gol provoca un ¡aaahhhh! de decepción en Altabix.

Llega el descanso con la gente comiéndose las uñas. Joaquín Vidal, directivo y delegado de campo, sube a ver a Martínez Valero y le convence de que hay que hacer algo. El presidente le autoriza a ofrecer medio millón. Joaquín Vidal baja a vestuarios, llama a la puerta del Oviedo y le permiten pasar. Lombardía retoma el relato:

—Ofreció medio millón por dejarnos ganar. Pero le dijimos que no, y no porque fuera menos. Una cosa es cobrar por ganar y otra por perder. Se enfadó, se fue gritando “peor para vosotros, porque vais a perder igual y os vais a quedar sin nada” y dio un portazo.

El Elche salió en el segundo tiempo como una moto. Atacó mucho, pero Lombardía fue una fiera. Dos veces le salvó el palo. En una ocasión se llevó una patada en la cabeza y no se inmutó: “No sé qué pasó, pero me sentía invulnerable. Aquel fue el mejor año de mi carrera”. En efecto, acabaría esa Liga con 19 goles encajados en 38 partidos, récord de todas las categorías nacionales.

De Zaragoza llegan más noticias: Zaragoza 3, Cádiz 0. Joaquín Vidal no espera más, sube a hablar con Martínez Valero y baja con una propuesta con la que se dirige a Eduardo Toba, en el propio banquillo del Oviedo. Los suplentes oyen la conversación:

—Me ha dicho el presidente que os da la taquilla de hoy. ¡Toda para vosotros!

—Demasiado tarde.

La lacónica respuesta de Toba desespera a Joaquín Vidal, que intenta una pirueta final: engañar a Lombardía. Como calcula que ha podido verle hablando con Toba, recorre la banda, luego el fondo, se coloca junto al palo y, con medio cuerpo dentro del campo, empieza a gritarle:

—“¡Lombardía, Lombardía! ¡Que está todo arreglaoooo! ¡Déjate meter un gol!”.

Lombardía tarda en oírle, con el fragor del partido, mientras el estadio entero se huele lo que está pasando. Y los que están tras la portería lo oyen perfectamente.

—Desde el banquillo, Rubiera, nuestro utilero, me hacía gestos de que no. Entendí enseguida lo que pasaba. Le dije que se fuera. Él insistió hasta que el árbitro, Juango, le echó de allí.

El Elche siguió apretando, Lombardía siguió parando. El partido acabó 0-0, el Zaragoza ganó 4-0 al Cádiz. El Elche se quedó sin ascenso.

—Nos quedamos más de una hora en el campo, porque había agitación fuera. Aún así, nos apedrearon al salir. En Aspe nos estaba esperando un enviado del Zaragoza con el dinero. Cumplieron.

Cada jugador se llevó 80.000 pesetas. Con ese dinero casi te comprabas un piso en Oviedo en la época.

Y para el recuerdo quedó el intento desesperado de Joaquín Vidal, reflejado en esa foto de Arjones, el mejor testimonio de una época que pienso que estamos camino de superar.

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sábado, 04 junio 2016

Por Alfredo Relaño

Di Stéfano le pasó la patata a Gento

—¡Qué pasa, Nene! ¡Se te va todas las veces!

—¡Es que me gambetea con las cejas!

—¡Pues no le mirés a la cara, mierda! ¡Mirále a los pies!

El Nene era Héctor Rial, el que le increpaba, Alfredo Di Stéfano, y el aludido, el sueco Liedholm, regista del Milan. La escena se producía en la final de la tercera Copa de Europa, en el viejo Heysel de Bruselas. Aunque tiene más fama la quinta, la del 7-3, todos los jugadores del Madrid de aquella época recordaron esta, la tercera, como la mejor y más difícil de cuantas ganaron.

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Fue un 28 de mayo, como la de anteayer. En 1958. No fue en Milán, pero fue contra el Milan.

El Madrid ya llevaba dos. Para alcanzar esta final había eliminado sucesivamente al Royal Antwerp (Amberes), al Sevilla y al Vasas. El Milán tuvo una eliminatoria más, que le cayó por sorteo, para cuadrar los dieciséis octavofinalistas: Rapid de Viena, Glasgow Rangers, Borussia Dortmund y, ya en semifinales, Manchester United. Un Manchester reconstruido como se pudo tras la catástrofe sufrida poco antes en Múnich, donde se estrelló su avión en la escala de vuelta de Belgrado, donde había eliminado al Estrella Roja. Murieron ocho de sus jugadores. En las semifinales contra el Milán jugaron cinco supervivientes: Gregg, Foulkes, Morgans, Viollet y Webster. El resto del equipo era nuevo.

Bruselas bullía de gentes de toda Europa y aún de América, porque celebraba la Exposición Universal, la primera tras la guerra. Era tiempo de avances científicos pasmosos y la manera de informarse de ellos era acudir presencialmente, porque la información no viajaba tanto como ahora. La perla de la Exposición era el Atomium, que allí sigue, como gran reclamo turístico de la ciudad. Situado junto al viejo Heysel, su audaz silueta era perfectamente visible desde el campo.

El Madrid viajó el lunes, feliz. Era campeón de Liga y había eliminado al Atlético en octavos de la Copa. Contaba con todos sus titulares y Di Stéfano en gran forma. Por tercer año consecutivo (todos desde su llegada) había sido Pichichi, si bien esta vez compartido con Badenes, del Valladolid. Visitaron el pabellón español, donde unas bailaoras de Cádiz eran la sensación, comieron en el restaurante de la bola superior del Atómium, que sigue en servicio. Firmaron autógrafos, se entrenaron, visitaron la embajada, pasearon, descansaron… Lo de siempre.

El Milán venía menos feliz. En su último partido de Liga había perdido 1-5 en casa ante el Genoa. Cierto es que reservó a cinco titulares, pero aún así el marcador cayó como un tiro. Buffon no estuvo exento de culpa. Buffon, tío abuelo del actual, era el gran portero italiano de la época. Enorme, tenía tendencia al sobrepeso si se descuidaba, y estaba en una de esas fases. Ese partido le costaría la final.

Los precedentes son buenos para el Madrid, que ya ha eliminado al Milan en la semifinal de la primera Copa de Europa, dos años antes, y en la Copa Latina, el año anterior. Pero aquel Milan estaba en mejoría continua. Había incorporado a dos astros argentinos, Grillo (gran jugador e insidioso provocador) y Cucchiaroni. Además, crecía en su defensa un joven llamado Cesare Maldini, que acabaría por ser el primer gran líbero de la historia. Padre, a su vez, del celebérrimo Paolo.

El partido es a las seis de la tarde y lo cuenta Matías Prats por Radio Nacional. Aún no tenemos fútbol televisado en España. Hay bastantes más italianos que españoles, aunque también los hay. Algunos, viajeros. Otros, inmigrantes, que emplean ahorros difícilmente ganados para ver al Madrid. Como siempre, Santiago Bernabéu, en su santiaguina, apelará a ellos: “Pensad que mañana podrán ir con la cara alta al trabajo si ganáis. Esta gente manda divisas a España con mucho esfuerzo. No merecen que fracaséis”.

Arbitra Alsteen, belga, y juegan estos:

Real Madrid: Alonso; Atienza, Santamaría, Lesmes; Santisteban, Zárraga; Kopa, Joseíto, Di Stéfano, Rial y Gento.

Milán: Soldan; Fontana, Maldini, Beraldo; Bergamaschi, Radice; Danova, Liedholm, Schiaffino, Grillo y Cucchiaroni.

Los cuatro últimos de la alineación del Milán son extranjeros. También el Madrid tiene cuatro importados: Santamaría, Kopa, Di Stéfano y Rial. Ambos equipos representan el modelo superprofesional e importador, que para algunos está perjudicando a sus selecciones: ni España ni Italia se han clasificado para el inminente Mundial de Suecia.

Y el partido es una maravilla. Años después, hablando con Rial, que fue quien me contó su anécdota con Liedholm, me decía: “Fue como tenis: de un lado a otro todo el rato. Llegábamos, llegábamos, llegábamos. Todo el mundo jugó bien”.

Todo el mundo, incluso los porteros. Soldan, el suplente de Bufon, estuvo enorme, lo mismo que Juanito Alonso, que había recuperado la titularidad perdida tras el fichaje de Rogelio Domínguez. Al descanso se llegó con empate a cero gracias a los dos porteros y a los postes, que repelieron disparos de Gento y Cucchiaroni. En la segunda mitad, hay veinte minutos bárbaros, entre el 59’ y el 79’, en los que marcan sucesivamente Schiaffino, Di Stéfano, Grillo y Rial, los cuatro de antología. Para entonces, Rial ha dejado el marcaje a Liedholm, que pasó a ser tarea de Joseíto.

Queda muy poco para el final cuando Antonio Ruiz, en el banco de suplentes (no había cambios, pero viajaban cuatro más por precaución) ve que llega Di Stéfano como una flecha, a cortar un avance de Cucchiaroni. Se arrastra con los pies por delante, corta, se estrella en el banquillo y grita: “¡No puedo más!”. Antonio Ruiz, un novato, se quedó impresionado: “Fue la única vez que le vi así”.

El 2-2 da paso a la prórroga. Di Stéfano aparta a Gento: “Paquito, el único que tiene fuerza ya aquí eres tú. Te las vamos a echar todas. Si tú no nos sacas de esta, no ganamos”. Gento se quedó impresionado. Llevaba cinco años en el Madrid, junto a Di Stéfano: “Él era el que lo arreglaba siempre todo. ¡Y ahora tenía que arreglarlo yo!”.

Y lo arregló. Se le ocurrió retrasarse un poco, para recibir mejor, porque así se despegaba de Fontana. Y en el 107’, nada más empezar la segunda mitad de la prórroga, soltó un tirazo raso y cruzado, desde la esquina del área, que cruzó entre un bosque de piernas y se coló junto al palo.

Juanito Alonso, que aún tuvo a su cargo un milagro final a tiro de Cucchiaroni, cogió la Copa. Tanto él como Rial, Di Stéfano y Gento me dijeron más de una vez que aquel Milán fue el mejor equipo contra el que nunca jugaron. De ningún partido estuvieron nunca tan orgullosos.

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lunes, 30 mayo 2016

Por Alfredo Relaño

¿Cuál es para usted el once de las once?

Lo planteaba El Mundo hace unos días, lo comentábamos ayer en la comida mi hermano (mayor que yo, tuvo la fortuna de ver en plenitud al Madrid grande), Alex Grijelmo (que alcanzó a ver a los ye-yés, como yo) y Tomás Roncero, para el que aquellos tiempos son un referente de su padre, pero que no los disfrutó.

La pregunta es tan simple como absurda: ¿cuál sería para ti el once ideal escogido entre todos los jugadores que han ganado la Copa de Europa con el Madrid, del 56 acá?


Intentemos atenernos a unas normas mínimas. No se trata del mejor Madrid de la historia, sino del mejor Madrid entre los que han ganado la Copa de Europa, hoy Champions. Eso descarta generaciones (hubo 32 años) de mucho mérito, singularmente La Quinta del Buitre, que no la consiguieron.

La propuesta es hacer un equipo razonable. Digamos que equilibrado, palabra poco romántica, pero que nos remite a la verdad del fútbol. Todos los equipos del Madrid que han ganado la Copa de Europa han tenido gloriosos delanteros, pero respaldados por un medio campo trabajador y una defensa eficaz. Estamos en buenos días para hablar de eso: Casemiro no es jugador brillante, pero su introducción en el equipo ha dado una estabilidad que antes no existía. Igualmente, el Madrid de Di Stéfano, Puskas y Gento tuvo detrás un Marquitos y un Zárraga. El de Amancio, tuvo a un Pirri y un Zoco. El de Mijatovic, tuvo a un Hierro y un Redondo.


Lo que pedimos no es una acumulación de estrellas, sino un equipo ‘creíble’. Hacerlo obliga a descartes dolorosos en la parte de arriba. El Madrid ha tenido en todos estos años delanteros extraordinarios. Veamos: Cristiano y Gento han jugado por la misma zona. ¿Quién es mejor? Gento ganó seis veces la Copa de Europa. Cristiano es el máximo goleador de la competición y, aunque sólo tenga dos títulos (con el Madrid, y uno más con el Manchester), en ella ha estado seis años consecutivos pasando de cincuenta goles. ¿Y entre Puskas y Raúl?  Para algunos de sus coetáneos, Puskas fue incluso mejor que Di Stéfano. Marcó cuatro goles en una final ganada, tres en una final perdida, ante el Benfica. Por desgracia, llegó al Madrid ya con 31 años, nos perdimos lo anterior. Raúl fue bandera de la generación que rescató la Copa de Europa después de 32 años sin ella. Marcó en dos de las tres finales ganadas.


Como ha habido tantísimos jugadores que han participado en las once copas, la propuesta es elegir entre los que participaron al menos en alguna final, para no extraviarnos. Pero cabe alterar la norma. Cabe alterar cada norma. Alguien, con razón, reivindicaba el papel de Xabi Alonso, tan importante en el equipo de la Décima, aunque se perdiera la final.


Una sugerencia, aceptable o no, es tener en cuenta a todas las generaciones. La primera, la de las cinco, queda muy lejos, pero su mérito es terrible. Cinco seguidas, las cinco primeras, salvando situaciones dificilísimas. Liderados por Di Stéfano, pero desde un trabajo colectivo. Hay varios (Alonso, Marquitos, Lesmes, Zárraga, Rial y Gento, más el propio Di Stéfano), que cumplieron todo el ciclo, como titulares o no. Ese ciclo lo empalman Pachín (que ganó la Quinta) y Gento con la Sexta, la de los ye-yés, ganada por un equipo de once españoles, en tiempos en que se cerró la importación de extranjeros. De ahí saltamos a la ‘generación Raúl’, que comparte días felices con Hierro, Redondo y Mijatovic entre otros. Luego, los Galácticos, de anteayer, más los de ahora, ese grupo feliz capitaneado por Sergio Ramos y en el que brilla sobre todos Cristiano Ronaldo.


Sólo es un juego, insisto, ¿pero hay algo más bonito que jugar?


En la portería yo pondría a CASILLAS. Ahí tengo pocas dudas, a pesar de respeto que tengo por el ya lejano Juanito Alonso, portero de las tres primeras, al que llegué a tratar, y del que Di Stéfano me hizo el mejor elogio: “Paraba lo que tenía que parar. Nunca regaló un gol”. Pero Casillas asumió la portería con poquísimos años y la recuperó en circunstancias dramáticas en aquella final de Glasgow, ante el Bayer Leverkusen. Ha sido un gigante, aunque su última final (ganada a pesar de todo) no le dejara bien.


El lateral derecho se lo daría a MARQUITOS, héroe de las cinco primeras. Se perdió la tercera final, pero fue central en las dos primeras, lateral en la cuarta y la quinta. Uno de los grandes lugartenientes de Di Stéfano. Y conste que me han gustado mucho Michel Salgado, nacido para esa posición, y Panucci, al que vi como un incomprendido en su paso por el Madrid, y que al fin y al cabo sólo ganó una. El cartel de Marquitos, salvando épocas, me parece imbatible.


Para central, tengo que poner a SERGIO RAMOS por delante de Santamaría, imponente defensa de la tercera, cuarta y quinta. Un grande de aquel tiempo grande. Pero Sergio Ramos se ha convertido en un coloso en estas dos últimas copas, y no sólo por los dos goles, aunque también. El que marcó en Lisboa me parece uno de los goles con mayor influencia en la historia del Madrid.


A su lado, como otro central o medio defensivo, como correspondería a épocas anteriores, sería HIERRO. Un jugador pleno, con carácter, quite, ciencia, desplazamiento de balón, liderazgo, intimidación. Zárraga fue titular de las primas cinco, pero me inclino por el poderío de Hierro. Zoco fue importante también en esa posición. A él le tocó la evolución de medio de cierre a cuarto defensa y en las dos posiciones fue impecable.


De lateral izquierdo, ROBERTO CARLOS. Ahí creo que habrá pocas discusiones, dicho con el mayor respeto al recuerdo de Lesmes. Y al de Pachín, que tiene el mérito antes citado de empalmar dos generaciones, la de Di Stéfano y la ye-yé.


Por delante de ellos, sería PIRRI o Redondo. Me inclino por Pirri, una sola Copa, pero jugador de amplio espectro, con una capacidad de gol tremenda. Marcó un gol cada tres partidos, jugando en posiciones retrasadas. Goles desde fuera, o llegando, o de cabeza, o de penalti, o de tiro libre. Y fue el heredero y transmisor del sentido de invencibilidad que Di Stéfano había instalado en el equipo. Llegó justo después que él y mantuvo encendida esa llama hasta que se retiró, catorce años después.


En mi medio campo debería estar ZIDANE, por la elegancia y precisión de su juego. No hacen falta mayores explicaciones. Es reciente, todos lo hemos visto, todos los añoramos. Rial, Velázquez y Modric sabrán perdonármelo.


Entre ellos y los tres de más arriba, claro, DI STËFANO. Aquí tampoco hay nada que aclarar. Cinco finales ganadas, marcando gol en las cinco. Líder de aquel periodo colosal. Nada de lo que ocurrió hubiera sido posible sin él. Aún sobrecoge escuchar el fervor con el que hablan de él quienes le vieron en su mejor momento, compañeros o rivales, partidarios del Madrid o adversarios.


Arriba llega el tormento y la trampilla. Pondría CRISTIANO, si me lo permite, por la derecha, en respeto a Gento. Le traslado de lado pidiéndole que me lo perdone, y con dolor por Kopa, Figo y Amancio (Éste ganó su Copa como interior en punta, pero empezó en el Madrid como impecable extremo derecho).


A la izquierda, con permiso de Cristiano, GENTO, cuyas seis Copas son mérito inigualable. Diez años de distancia entre la primera y la sexta. Se velocidad inatacable, su frenada en seco, su buen centro a la carrera, su zambombazo… Era, me dijo Di Stéfano más de una vez, el recurso último cuando el equipo no tenía salida. Desde un punto de vista académico, era un jugador bastante primario, pero no hubo en el mundo extremo más peligroso ni vertiginoso que él.


¿Y en punta? Ahí me quedo con RAÚL por delante del mismísimo Puskas. Y del gran Ronaldo. Menos jugador que ellos en cierto sentido, pero más constante el influyente, y de mayor peso en el juego. Líder del equipo que recuperó la Copa y que la renovó dos veces, con compañeros diferentes. Bandera del Madrid, símbolo de sus mejores virtudes.


En suma, recitado el equipo al modo actual, sería un cuatro-tres-tres así:


CASILLAS; MARQUITOS, SERGIO RAMOS, HIERRO, ROBERTO CARLOS; PIRRI, DI STÉFANO, ZIDANE; CRISTIANO, RAÚL Y GENTO.


Claro, que a mí me suena mejor recitado al tres-dos-cinco, como se hacía en el periodo clásico, con Di Stéfano en su sitio de delantero centro:


CASILLAS; MARQUITOS, SERGIO RAMOS, ROBERTO CARLOS; PIRRI, HIERRO; CRISTIANO, RAÚL, DI STÉFANO, ZIDANE Y GENTO.


En ese equipo veo carácter, velocidad, arte y trabajo. La combinación de factores que ha hecho al Madrid once veces campeón de Europa.

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miércoles, 25 mayo 2016

Por Alfredo Relaño

El Sevilla de HH deja al Barça sin Copa de Europa

Era el Domingo de Resurrección de 1957 y terminaba la Liga. El Barça recibía al Sevilla con el segundo puesto en juego. Un puesto con mucha miga. El Madrid ya era campeón, desde el domingo anterior, por su victoria en Zaragoza. Y tenía a mano repetir título en la Copa de Europa, de la que ya había ganado la primera edición. Estaba en las semifinales, había ganado 3-1 al Manchester United en casa. Le bastaba con defender ese resultado en Old Trafford para ir a la final, que habría de disputarse en el Bernabéu, honor que le correspondía al Madrid como ganador de la anterior edición, la primera.

 

Relaño

 

En fin, que tenía bastante a mano ganar la Copa de Europa, además de la Liga. Y en ese caso, el subcampeón de Liga tendría acceso a la plaza correspondiente al campeón español, pues el Madrid acudiría como campeón de Europa.

De ahí la importancia de ese Barça-Sevilla. La Copa de Europa, en sólo dos ediciones (esta por completar) se había revelado como la gran competición del futuro. Su contrafigura, la Copa de Ferias, se estaba quedando en poco. En dos cursos aún no había completado su primera edición, que exigiría tres. El Barça, que apostó por ella, veía que el prestigio se lo llevaba el Madrid por la Copa de Europa. Y quería jugarla, necesitaba jugarla. El Sevilla, dirigido por el genial y polémico Helenio Herrera, también lo ambicionaba. De eso se hablaba, y mucho, en las vísperas del partido, al que llegaron empatados a 38 puntos. El Sevilla había ganado el de la primera vuelta en su campo de Nervión, así que en caso de empatar ahora, el segundo puesto sería suyo.

 

Era un estupendo Sevilla, con Helenio Herrera en su tercera temporada allí. Un buen portero vasco, Busto; un gran defensa asturiano, Campanal; el formidable delantero navarro Arza, y una gran mayoría de sevillanos, a los que Helenio Herrera recordaba, una vez que hablé con él, como artistas, disciplinados y alegres:

 

—Nunca lo pasé tan bien. A la menor ocasión estaban tocando las palmas y riendo. Nunca me fue tan fácil mantener un buen ambiente en un grupo.

 

El Barça también era formidable, con Kubala como estrella, un emergente Luis Suárez en el otro interior, el gran goleador Eulogio Martínez, buenos extremos y una parte de atrás, todos catalanes, que servía de base a la Selección Nacional.

 

Sólo que venía un poco alicaído: el domingo anterior había perdido en su visita al Español, al tiempo que el Madrid ganaba en Zaragoza y se proclamaba campeón. Ahí se le había ido la Liga al Barça. Por el contrario, el Sevilla venía de meterle esa misma fecha, 4-1 al Athletic, otro grande de España en esos años.

 

Helenio Herrera tiene miedo a la Semana Santa, a la afición de sus sevillanísimos jugadores a salir en las cofradías y pasar horas de pie viendo las procesiones. Aprovecha que ya hay línea de vuelo Sevilla-Barcelona y se los lleva el jueves. Se concentrarán en Castelldefells. No quiere ni las distracciones de Barcelona.

 

Llega con piel de cordero. Se queja de las bajas: tiene lesionados a los dos extremos titulares, Loren y Pahuet, y a los que podrían servirle de suplentes, Payá y Quirro. Además, el interior Doménech ha sufrido un corte, se está tratando con penicilina. Lamenta que no estén ni Arsenio ni Antoniet, fichados para la inminente Copa.

 

También Balmanya, que concentra a los suyos en Vallvidrera, sufre bajas. Bosch, expulsado ante el Espanyol, ha sido sancionado por cuatro partidos. Mandi está lesionado. Basora está enfermo del estómago. Por Bosch y Mandi jugarán los jóvenes Vergés y Tejada, llamados a hacer gran carrera en el club. Por Basora, ya se verá. Quizá Villaverde, quizá el comodín Flotats.

 

El partido es a las cinco de la tarde, con el previo de un choque de juveniles entre la Peña Azulgrana y la Peña Cinco Copas, a las tres y cuarto. Así la gente iba llegando escalonadamente. Las Corts se llena. Arbitrará Birigay, ante el que hay algunas reservas. En sus partidos eran frecuentes los líos. Se solía decir: “¿Birigay? ¡Guirigay!”.

 

Según saltan los jugadores, la megafonía da las alineaciones:

 

Barcelona: Ramallets; Olivella, Brugué, Gracia; Vergés, Segarra; Basora, Kubala, Eulogio Martínez, Luis Suárez y Tejada.

 

(Hay un ¡ahhhh…! de alivio al saber que juega Basora).

 

Sevilla. Busto; Romero, Campanal, Valero; Ruiz Sosa, Enrique; Pepín, Arza, Pepillo, Doménech y Amaro.

 

A la prensa le llegan las mismas alineaciones, con los correspondientes números.

 

Empieza el partido y pronto los periodistas barceloneses ven que algo no les cuadra. Campanal, muy conocido, no lleva el 5, sino el 3. El 5 lo lleva otro, que alguien identifica como el lateral Romero. Arza no es el 8, sino el 7. Y así siguiendo. Nadie ve a Ruiz Sosa ahí abajo. El 4 lo lleva alguien que no se sabe quién es, y que se mueve por delante de la defensa.

 

El Sevilla no juega la WM como casi todos en la época. El 8 marca al hombre a Kubala, eso sí está claro en medio de aquel galimatías. ¿Quién es el 8? Alguien lo identifica como Enrique. Juegan muy agrupados atrás, pero de repente hay una salida rápida, Arza se va por la derecha, envía a la frontal del área y aparece Enrique para marcar. ¿Enrique? ¿No es el que está marcando a Kubala? Pues sí, es el mismo, el 8. Pero se ha desenganchado y ha llegado completamente solo. Es el minuto 21 y gana el Sevilla, 0-1. La prensa barcelonesa hablará el día siguiente de “táctica del béton elástico”. (Béton, cemento en francés, es como se conocía en aquellos años el cerrojo).

 

El Barça juega mal. Balmanya no sabe abordar el lío que le ha montado Helenio Herrera. En el descanso, los periodistas mandan un enviado a vestuarios a enterarse de verdad quién es quién, sobre todo quién es el misterioso número 4, que nadie identifica con Ruiz Sosa. La pesquisa es buena. Se entera de que es Maraver, un joven suplente de la defensa. Ahora todo cuadra: está jugando de cuarto defensa, por delante, como tapón. Por fin todos tienen el Sevilla de verdad, con sus números.

 

A la vuelta del descanso, Kubala empata, en un buen remate. Eso anima al público, pero el equipo no mejora. El partido discurre sin demasiados agobios, aunque Busto tiene que hacer alguna parada. Final, 1-1. El Sevilla es segundo.

 

El Barça protesta. Una reciente circular federativa obligaba a dar las alineaciones antes del partido. Helenio Herrera la ha dado deliberadamente mal, para confundir. Sí, pero ¿qué se puede hacer? Una amonestación y ya está.

 

El Sevilla es segundo y, en efecto, irá a la Copa de Europa. El Barça tendrá que esperar. Lo conseguirá, precisamente, con Helenio Herrera, al que fichará para la 58-59 con éxito fulminante: doblete el primer año y Liga el segundo.

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lunes, 23 mayo 2016

Por Alfredo Relaño

La final que traspasó la pantalla

Con frecuencia he lamentado que las transmisiones por televisión hacen que el deporte sufra, en el tránsito catódico, una cierta fuga de dramatismo. La mueca de esfuerzo, el sudor, el golpe, se difuminan en millones de electrones o lo que sea, que viajan, se reagrupan y se transforman en una imagen en dos dimensiones, lista para el consumo rápido en casa. A veces, contempladas distraídamente, mientras se sostiene una conversación. Ese viaje falsifica inevitablemente la esencia del deporte.

 

No es lo mismo verlo de cerca que en la televisión, por mucho que esta esté más cerca. Por ejemplo, si se ve el fútbol desde la banda se aprecia su velocidad, el sonido del balón, que delata la calidad del toque, el ¡ay!, la ansiedad general. Desde la tele, todo parece casi como ensayado.

  Copa

Recuerdo que cuando llevé los deportes de Canal + tuve la sensación de que no fuimos capaces de explicar bien en las transmisiones el juego del ‘Dream Team’. Visto desde abajo, el balón circulaba a una velocidad de rayo. Resultaba inconcebible la habilidad con la que unos se los enviaban a otros, a un toque, siempre con Guardiola en medio. Visto desde la televisión, lo de Guardiola parecía simple. Balón que viene, balón que va, toque aquí, toque allá. Eso lo hace cualquiera. Pero no, porque el balón viajaba a una velocidad que vista en la tele desde el salón de casa no se percibe.

 

No es raro, por eso, que años después muchos hayan visto, y con sinceridad, aburrido el juego de La Roja y del Barça en los grandes años de Xavi Hernández y su entorno. La velocidad del pase, la precisión inaudita del golpeo, la violencia de las entradas, esquivadas a veces por centímetros, otras veces alcanzando el objetivo…  En general, todo parecía sosegado, ensayado, monótono. La televisión le quitaba alma. Lo que se apreciaba desde abajo, se perdía en ese viaje catódico hasta nuestras casas.

 

La final del otro día entre el Sevilla y el Barça me quedará en el recuerdo porque traspasó eso. La emoción creciente desde la expulsión de Mascherano (esa camiseta de Gameiro estirada por el agarrón del central) fue poco a poco rompiendo esa barrera. Empezando por el subsecuente tiro libre de Banega, que salvó Ter Stegen con un manotazo de ahogado.

 

El esfuerzo de Luis Suárez por alcanzar un balón, su desconcierto al sentirse lesionado, su primer intento por apurar la jugada, su llanto desconsolado en el banquillo… El tremendo golpe de cabeza entre Carriço y Messi, que se quedó como si le hubiera golpeado la campana de la catedral de Burgos. Luego, el enrojecimiento rápido de la cara golpeada, tan perceptible. Y en los primeros planos, su mirada, inteligente, decidida, necesitada, cuando iba a sacar cada falta. Esa determinación que le nacía de lo más profundo. Los cortes agónicos de Piqué, las salidas de patinador de Iniesta, que bailaba un vals en el territorio entre trincheras. La entrada ‘in extremis’ de Banega, su gesto resignado. Evitó un gol, pero se iba fuera. Su imagen tan digna, marchándose sin protesta tras la expulsión inevitable. Tras jugar un grandioso partido, le dio a su equipo lo último que le quedaba, su propia inmolación.

 

Las pasadas por el trío Colau-Bartomeu-Puigdemont, tan circunspectos durante tanto rato. Los dos goles, culminación de un partido que nos presentó otra cara del Barça, apretado hasta su límite, pero que confirmaron lo que habíamos percibido en el fondo de los ojos de Messi: su determinación de ganar esa final. Dos pases, dos goles, dos montañas de hombres celebrándolo. Las nuevas pasadas por el trío antedicho, que fueron evolucionando de aliviados a felices. El enfado final de Carriço con el árbitro, una queja que en realidad tenía como destinatario al Destino.

 

Luego, acabó todo. Se convirtió en algo así como una feliz fiesta de cumpleaños de niños de papás ricos, que les acompañaban, cariñosos, para que vieran de cerca al Rey, como si eso fuera el regalo.

 

Volvió a ser la tele. Y fue entretenido. Pero antes de eso, toda la tremenda fuerza del fútbol había sacudido la pantalla.

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miércoles, 18 mayo 2016

Por Alfredo Relaño

La semana gloriosa de Pichichi Porta

El lunes de Pascua de 1972, el Barça recibió al Madrid y le ganó por 1-0. Con eso, completaba dieciocho jornadas sin perder y se situaba, a seis jornadas del final, a cuatro puntos del Madrid y con el goal average particular favorable.

Pero ahora el Barça tenía que visitar al Granada, y eso era punto y aparte.

Era un equipo tremendo. En torno a Aguirre Suárez se formó un grupo durísimo, con Fernández y Jaén de lugartenientes. Tenía dos muy buenos extremos, Lasa y Vicente, y gran capacidad de gol con Barrios y sobre todo con Porta. El equipo era entusiasta y combativo. Destacaba el lateral De la Cruz, con sus subidas. En el último partido en casa, el Granada le había ganado 5-1 al Athletic de Iríbar.

Precisamente en torno a De la Cruz se organizó la polémica durante la semana. Acababa de ser fichado por el Barça por seis millones. Bernabéu se quejó:

—Nosotros no fichamos jugadores de los equipos con los que vamos a jugar.

 

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Se desata un debate nacional, y sobre todo en Granada. Pese a todo, Joseíto le alinea. Joseíto, para más complicar las cosas, había sido jugador del Madrid en las primeras Copas de Europa, compañero de fatigas de Muñoz. Se rumorea que “habrá prima”. Unos dicen que lo ha tratado Muñoz con Joseíto. Otros, que Pirri con Santos. Pirri había jugado en el Granada y de aquella plantilla aún quedaba Santos.

En fin, que el partido se espera con ambiente y llenazo. El autobús del Barça circula por las calles entre expectación y gritos. Camino de Los Cármenes, pasa frente a la plaza de toros y Rexach suelta una frase que se hará célebre:

—¡Qué suerte tienen los toreros! ¡Ellos no tienen que jugar contra el Granada!

Y eso que al partido va a faltar Aguirre Suárez, lesionado un par de semanas antes en la Copa, ante el Tenerife. Pero están los demás…

El partido empieza con un gol rápido de Porta:

—Fue un centro de Vicente, Barrios me la bajó de cabeza y yo empalmé de bote pronto, fortísimo. Uno de los goles más bonitos que he metido. Pegó en el hierro por dentro y salió tan rápido que temí que el árbitro pensara que había dado en el poste.

Iban cinco minutos. Quince más tarde, Asensi entra en el área salvando tarascadas de Fernández y Jaén y remata a gol. ¡Pero Urrestarazu señala la falta previa! El Barça protesta, pero no hay nada que hacer. La falta se tira sin consecuencias.

A los tres minutos del segundo tiempo, Porta golpea de nuevo. Es una escapada de Lasa por la derecha, centro, mal despeje de Gallego y taponazo de Porta desde el borde del área. Reina y Gallego discuten. Al Barça se le ve descentrado. Michels ha retirado a Juan Carlos para colocar a Dueñas y fortalecer el ataque, pero la distancia ya es grande. El Barça aprieta, el Granada espera, Izcoa para bien. El Barça pierde 2-0. La misma tarde, el Madrid ha ganado en el Bernabéu a Las Palmas. Otra vez a seis puntos. Michels dirá: “Hoy hemos perdido el campeonato”.

Candi, el presidente, exportero del equipo, un populista tipo Jesús Gil, baja al vestuario. Jaén le hace carantoñas, escribe en la pizarra que merecen prima doble, Candi asume la broma y lo confirma. En lugar de 20.000 pesetas por barba, como estaba previsto, son 40.000. Más las 50.000 del Madrid. Un total de 90.000. Con ese dinero, el interior Manolín se compra un Simca 1000 esa misma semana.

Porta es el héroe de la semana. Se ha disparado en el Pichichi, a tres goles ya de distancia de Germán. “Y eso que falté a los cuatro primeros partidos y que no tiraba los penaltis”. El suyo es un caso de explosión tardía. Aragonés, fue desestimado por el Zaragoza. Despuntó en el Huesca, de donde le fichó el Granada. Pero no había gustado ni a Marcel Domingo ni a Pipo Rossi ni a Joseíto. Rossi intentó ponerle de lateral derecho y le bajó unos partidos al Tercera. “Me salvó el público, que me veía marcar en los amistosos y, a partir de su creación, en la Copa de Andalucía de Reservas”. Ahí se salía, lucía su regate, era un goleador certero. Como ya había cambios, cuando la cosa iba mal Los Cármenes clamaba: “¡Porta! ¡Porta! ¡Porta…!”.

Sólo ese año había empezado a ponerle, a partir de la quinta jornada, Joseíto. Y se defendió por sus goles. Tenía ya 27 años.

—Pero cuando fuimos al Bernabéu no me puso. Dijo que yo sólo marcaba en casa y no me sacó de titular. Me metió cuando ya perdíamos 4-0, ¡y marqué dos! Perdimos 4-2.

Aquello fue el acabóse, claro. Y de eso se hablaba esa semana tras la victoria sobre el Barça porque ahora hay que recibir al Madrid, que viene sin Amancio por la gresca que tuvo con Fernández en la primera vuelta, el día del 4-2. Fernández, que salió en camilla y expulsado, se la había jurado a Amancio. (Y se lo cobraría dos años después, en la Copa de 1974, con aquella célebre patada).

El Madrid llega haciendo la pelota. Pirri recuerda que empezó allí, que lo lleva en el corazón. Muñoz confiesa que quizá se excedió en sus declaraciones aquel día. Pero el ambiente es de tremenda pasión. La taquilla llega a cinco millones, récord de récords. Candi baja antes del partido al vestuario, y se toca la chaqueta a la altura del corazón, donde se ve un gran bulto: “Estos son los billetes que os lleváis si ganáis hoy”. Otra vez prima doble. El Granada ya tiene los puntos que aseguran la permanencia, ahora Candi piensa en el quinto puesto, que le clasificaría para la UEFA.

¿Y del Barcelona? Del Barcelona no hay nada, cree que ya no hay nada que hacer.

Todavía no está Aguirre Suárez, pero sí Fernández, el agraviado del Bernabéu, que abre el marcador con un cañonazo de lejos y lo canta con furia. Luego empatará Marañón y Porta hará el 2-1:

—Fue un saque de Izcoa, empujado por el viento. Barrios saltó con Touriño, Benito se comió el bote, García Remón salió y yo me adelanté, le gané por un centímetro y se la toqué flojita, por un lado. Entró rodando, flojita, ayudada por el viento.

El Barça vuelve a estar a cuatro puntos. El final será tremendo. Es esa Liga en la que en la penúltima jornada pierde en Córdoba, con el equipo ya descendido, con un célebre penalti de Fermín, cedido por el Madrid. Ahí se le fue la Liga del todo.

Porta fue Pichichi con 20 goles, ninguno de ellos de penalti. Le siguieron Amiano y Germán, con 15. Michels le quiso fichar, pero Candi se subió a la parra. Pidió 20 millones, “uno por gol”. No se hizo.

Terminó en el Zaragoza. Aún vive allí. Puso una chocolatería, que ahora regentan sus hijos. De cuando en cuando viaja a Granada, a encontrarse con sus viejos camaradas de aquel fabuloso año del Pichichi, de aquel Granada Matagigantes que en una semana ganó consecutivamente al Barça y al Madrid.

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