as.com Ver todos los blogs >

Me gusta el fútbol

El blog de Pipo lópez

Calendario

noviembre 2016
lun. mar. mié. jue. vie. sáb. dom.
  1 2 3 4 5 6
7 8 9 10 11 12 13
14 15 16 17 18 19 20
21 22 23 24 25 26 27
28 29 30        

Subscríbete a RSS

Añadir este sitio a RSS

¿Que es RSS?

Es una tecnología que envía automáticamente los titulares de un medio a un programa lector o agregador. Para utilizar las fuentes RSS existen múltiples opciones. La más común consiste en instalar un programa llamado 'agregador' o lector de noticias.

publicidad

jueves, 24 noviembre 2016

Por Alfredo Relaño

Zamora vence ‘la maldición del francés’

La Liga 1980-1981 fue la más tremenda que he conocido. Se escapó el Atleti, cuya ventaja minaron unos arbitrajes-respuesta a las intemperancias de Alfonso Cabeza. El Barça le acechaba cuando le secuestraron a Quini. El Madrid y la Real quedaron mano a mano. Todo se decidió en Gijón, en foto finish, con un gol de Zamora que conjuró la llamada maldición del francés,proferida en 1913.

La Real estuvo invicta hasta la penúltima jornada de la Liga anterior, pero perdió en Sevilla. Eruditos del club recordaron entonces la maldición lanzada por Julien Cormet, un francés que había creado el Club Ciclista de San Sebastián. Bajo el nombre de Club Ciclista, los pioneros del fútbol en la ciudad habían ganado la Copa del Rey en 1907. Luego, ya como Real Sociedad, hicieron su campo de Atocha en 1913, para lo que demolieron el viejo velódromo. Comet se sintió agredido por los futboleros y les lanzó su maldición:

—Nunca más ganaréis el campeonato de fútbol.

Blog

Y así había sido. La Real no había ganado nunca más la Copa, ni la Liga desde su creación. Aquella caída en Sevilla, que le dio la Liga al Madrid, renovó el recuerdo, y más por la forma en que se produjo. La Real se puso 0-1, con un gol que el Sevilla protestó masivamente por fuera de juego. La intensidad de la protesta fue proporcional a la gran prima que llevaban del Madrid por ganar, y el árbitro expulsó a dos. El Sevilla se quedó nueve contra once y aun así ganó el partido, con dos goles finales de Bertoni.

Un año después, en la última jornada la Real es líder, con 44 puntos. El Madrid tiene 43. El goal average favorece a la Real, que juega en Gijón. El Madrid juega en Valladolid. A la Real le vale el empate. Incluso perdiendo, gana la Liga si el Madrid no gana.

San Sebastián es un hervidero la semana anterior. Todo el mundo quiere una de las tres mil entradas que el Sporting le vende a la Real. López Ufarte recuerda los agobios: “El club nos daba, de pago, por supuesto, veinticinco a cada jugador. Pero pedíamos más y más. Primero la familia, luego más familia, los amigos del barrio, del pueblo, de la infancia, de los comercios… No se podía atender todo”.

Se organizó un desplazamiento masivo a Gijón. Muchos sin entrada. En Gijón la alarma fue tal que se decidió instalar una pantalla gigante en el pabellón de la Feria de Muestras, para dar el partido en directo, previo pago de 400 pesetas. Las del partido iban de 900 a 1.500. Gijón se sentía expectante ante el suceso. Era un gran Sporting, que los años anteriores había apretado seriamente al Madrid. Un Sporting cargado de internacionales. Ahora la ciudad hablaba de si ganaría o no, de si acusarían al equipo de no oponer resistencia a la Real, para ajustar cuentas recientes con el Madrid o si, al revés, le acusarían de oponer demasiada por la existencia de una nueva prima. Miera, el entrenador, y un jugador, Aguilar, tenían largo pasado blanco. Se llegó a publicar que a Aguilar no se le dejó entrenar en Mareo porque pretendía trasladar la propuesta del Madrid.

El club se ve sometido a una presión inaudita de todo orden. Doce radios van a dar el partido en directo, se acreditan más de cien periodistas de toda España, hasta Radio Rivadavia de Argentina conecta la última media hora.

La Real viaja en avión a Gijón, hecho insólito, según me comenta López Ufarte. Un cordón de coches y autobuses ocupa el domingo la carretera. “Salió un domingo frío y lluvioso, muy desapacible. El campo estaba muy mal. Pero creo que íbamos convencidos. Pensábamos que el fútbol nos debía una. Particularmente lo pensaba yo, que no pude jugar el día de Sevilla”.

Penalti a López Ufarte

Los dos partidos empiezan a las cinco. La tarde empieza con un autogol del madridista Sabido en Valladolid que el árbitro anula. Según los transistores están contando eso en Gijón, Maceda le hace penalti a López Ufarte. “Yo, por lo que sea, estaba convencido de que me harían un penalti. Yo era el encargado de tirarlos, pero antes del partido se lo había dicho a Kortabarría: ‘Me van a hacer un penalti, y lo tiras tú. Yo sólo tiro si hay algún penalti que le hagan a otro’. Y pasó. Tiró Kortabarria y marcó”. Iban seis minutos.

Se acercaba el descanso y todo iba viento en popa para la Real. Pero en el minuto 43, una mala cesión de Richard a Fenoy permite a Santillana hacer el 0-1 en Valladolid. En el 44, jugada de Ferrero, avería en el área de la Real, rebotes, y gol de Mesa. 1-1.

La Real se va al descanso campeona, pero nada más regresar, en el 46, otro barullo en el área y otro remate forzado de Mesa, que da en el palo y entra llorando.

¡Ahora el Madrid sería campeón!

En Gijón, la Real pasa un largo bache, el Sporting manda, tiene cerca el tercero varias veces. En Valladolid, también aprieta el local, que empata por Gilberto en el minuto 59.

¡Ahora sería campeón la Real!

El Madrid se vuelca y sufre despistes atrás. Sabido y García Navajas salvan goles en la raya. En el minuto 79, una parábola de Santillana que Fenoy rechaza y García Hernández remacha. 1-2.

¡Otra vez el Madrid campeón! En el 85’, un tirazo de Stielike liquida el partido. 1-3.

Final en Valladolid. Los jugadores se quedan en el campo, mirando el simultáneo. Juanito se pone de rodillas: ha prometido bajar así al vestuario si gana la Liga.

Pero en Gijón aún hay partido. En el último cuarto de hora, la Real se ha venido arriba, los suyos han vuelto a levantar las banderas. Hay subidas, llegadas, remates, defensa heroica del Sporting. En el 89’, en un ataque más, el balón sale rechazado del área, le llega a Górriz, que dispara raso y fuerte; el balón se le queda a Zamora entre el pie izquierdo y el barro, se gira, ve puerta, Castro se adelanta para cerrar ángulo, él dispara, el balón pega en el pie derecho de Castro, se eleva y…

—Nos pareció que no terminaba de caer nunca. ¿Iba a caer más allá del larguero o más acá? Por fin cayó…

¡Gooool…! La explosión es tremenda mientras Zamora se sube a la alambrada. En Valladolid, hay un murmullo creciente entre los que escuchan los transistores, y el encargado del simultáneo retira el 1 de la Real y pone un 2. Juanito se levanta. Boskov se lleva a sus jugadores al vestuario.

La maldición del francés había sido vencida.

Archivado en Deportes

viernes, 11 noviembre 2016

Por Alfredo Relaño

Un Gallego de Puerto Real

Las historias del Barça y el Sevilla se entrelazaron en los 60 y 70 por un jugador singular, llamado Francisco Fernández, para el fútbol, Gallego…Alto, fuerte, rubio, entusiasta, noble, imprescindible durante siete años en la selección. Jugó de 1961 hasta 1979, en un viaje de ida y vuelta Sevilla-Barcelona-Sevilla. Vivió hechos memorables en los enfrentamientos entre sus dos equipos del alma.

Lo de Gallego era un apodo heredado del padre, al que llamaban así por rubio, aunque de gallego no tenía nada: era de Puerto Real y su familia procedía de Jerez y Paterna de la Rivera.

Desde chaval jugó muy bien al fútbol, lo que le permitiría escaparse del trabajo duro en el dique de Matarrosa. Su fama llegó a oídos de Mario Klug, célebre entrenador de categorías inferiores del Sevilla, que lo incorporó. Aquel fue su primer viaje. ¡Sevilla! Paseaba sus ojos asombrados por la ciudad. Y el segundo viaje fue, precisamente, a Barcelona para un partido de selecciones regionales juveniles. ¡Barcelona! ¿Cómo sería vivir ahí?

En la 61-62 jugó en el juvenil, con el que sería campeón de España. Pero ya tiraron cuatro veces de él para el primer equipo. En la 62-63 pasó al Sevilla Atlético, en Segunda, pero a mitad de temporada ya ascendió como titular inamovible al primer equipo. Pronto llegó la selección: primero la B, luego la militar, con la que fue campeón del Mundo. En la A empezó a ser convocado como suplente del Olivella. Como tal estuvo en La Berzosa, en la concentración para la victoriosa final contra la URSS, del 64.

Era el central del futuro. El Sevilla arrastraba aún problemas desde la construcción del Sánchez Pizjuán, y con gran dolor de la afición y polémica en la ciudad accedió a traspasarle por siete millones al final de la 64-65. Tenía 21 años. Había sido figura en el Sevilla, pero ¿en el Barcelona? El central era justamente el de la Selección Nacional, Olivella, el capitán que levantó la Eurocopa.

No tuvo que esperar mucho para ser titular, aunque no de central, sino en la media, con el francés Müller. Gallego era el medio defensivo. Su exuberancia física era un complemento perfecto del flemático Müller. Por decirlo todo, en el Barça de esos años eran pocos los que corrían, así que Gallego les vino de perlas. Al final de ese curso ya fue titular en la Selección, en el Mundial de Inglaterra.

Blog


Lo malo era jugar contra el Sevilla. Y dos veces especialmente:

—En el 68 jugamos la penúltima jornada, y les mandamos a Segunda. Hacía 31 años que el Sevilla no pisaba la Segunda. Yo tenía ahí todavía algunos compañeros, y muchos amigos. Te pones en su lugar, pero ¿qué vas a hacerle?

La otra vez fue peor, porque fue en Sevilla:

—Era en plena Feria y quedaban tres jornadas para el final. Nosotros íbamos pisándole los talones al Madrid. El Sevilla había vuelto a Primera, pero andaba mal. Les ganamos allí, y aunque eso no fue el descenso automático, les dejó liquidados.

El Barça se puso muy bien para la Liga, pero en la penúltima jornada perdió con el Córdoba.

Le pasó cerca un lío célebre, en mayo del 73. El Barça perdió 3-1 en partido de ida de la Copa en el Pizjuán. Se quedó a dormir en la ciudad, en el Hotel Colón. Rexach, Marcial, Martí Filosía, Reina, Sadurní, Pérez y Juan Carlos se reunieron en una habitación para jugar a las cartas. A las dos se agotó la bebida y encargaron dos botellas de champán. Cuando el camarero subía, se topó con el entrenador, Michels, que venía de cenar. Al saber dónde iba, le acompañó. Llamó él mismo a la puerta. Cuando abrieron, entró con la bandeja y arrojó las botellas al suelo. El caso trascendió y el escándalo fue tremendo. Gallego no estaba en el ajo: “Ese día me puse malo antes del partido. No jugué. Me quedé en el hotel con fiebre. De todo eso me enteré después”.

En la 74-75 ya asomaba Migueli, que empujaba, como él había empujado a Olivella. El Sevilla insistía en recuperarle. Ya lo había intentado el verano anterior, pero el Barça no quiso. Ahora sí, aunque se decidió muy a última hora. Tanto que se lo dijeron cuando salíade gira de pretemporada por Europa, con el equipaje ya embarcado. Dejó que otros se hicieran cargo de devolvérselo y se fue a Sevilla. Tan feliz. Atrás quedaban 427 partidos en blaugrana.

Regresó, pues, en la 75-76, con 31 años, una rodilla mal curada pero mucha ciencia y las ganas de siempre: “Quise firmar por tres años, pero sólo me dieron dos. Luego, otro, después, otro más”.

Ahí le tocó otro Sevilla-Barça sonado. Fue en 1976. “Me tocó marcar a Cruyff, ¡menudo papelón! Pero ganamos 2-0. Weisweiler no estaba contento con él y en el minuto setenta le cambió. ¡La que se armó!”. Weisweiler quedó sentenciado. A los dos meses estaba fuera del Barça.

Mediada la cuarta temporada, notó que la rodilla le molestaba más, y anunció que dejaría el fútbol ese año. Pero se recuperó, acabó bien, siempre titular, y hubiera querido seguir, pero le tomaron la palabra. Le agradecieron los servicios prestados.

Le hicieron un homenaje. Un Sevilla-Barça, el 30 de agosto de 1979, por todo lo alto. El Sánchez Pizjuán a reventar, sus amigos del Barça enfrente, la nueva ola sevillista a su lado, un 3-3 final. El cierre soñado para un hombre que había estado ocho años en el Sevilla, en dos tandas, y diez en el Barça. Jugó 17 minutos. La foto a hombros de Blanco, Rubio, Asensio y Rexach es mítica.

Pero la afición no quedó conforme, había muchos en la idea de que aún hacía falta. Encima, a las primeras de cambio, el Sevilla perdió en casa con el Xerez, 1-3, en Copa, y se armó la gorda. La grada se indignó y reclamó a Gallego. Fue un clamor. Miguel Muñoz, entrenador ese curso, se apuntó a la petición. Así que…

—Me pidieron que volviera para acallar a la gente. Yo no había entrenado en todo el verano. No estaba ya… Pero jugué tres partidos.

Aplacada la gente, Muñoz desistió. No era posible.

—Pero para mí fue bueno, fue como un aterrizaje amortiguado. Entrenaba con los chavales, daba consejos. Me fue menos duro irme así.

Archivado en Deportes

lunes, 31 octubre 2016

Por Alfredo Relaño

Los húngaros eran bienvenidos

En los cincuenta, nuestro fútbol recibió dos oleadas de jugadores húngaros que fueron muy bienvenidos. Para el Régimen, supusieron una gran ocasión de propaganda anticomunista. Para nuestra Liga, una inyección impresionante de calidad técnica.

Aunque ya había habido húngaros en nuestro fútbol antes de la guerra (Platko, Berkessy, Alberty…), el heraldo de aquel movimiento al que aludo fue Nemes, un extremo que llegó al Racing de Santander en la 49-50. Venía de Francia, donde había ido en busca de los beneficios del profesionalismo, proscrito en Hungría. El Racing hizo un temporadón, subió a Primera, y Nemes pasó al Madrid, donde una grave lesión le frenaría. Luego sería el referente para los que fueron viniendo.

El gran golpe en la primera ola fue Kubala. Se escapó de Hungría en condiciones novelescas, disfrazado de soldado ruso en un camión que le dejó cerca de la frontera de Austria, que pasó a pie. Tenía acordado fichar en Italia por el Pro Patria, pero el partido comunista italiano impidió que él, y varios otros fugados en condiciones parecidas de los países satelizados por la URSS, tuvieran en Italia la carrera esperada. Acabaron por conformar un equipo, el Hungaria, que se contrataba para exhibiciones. El entrenador era el checoslovaco Daucik, con cuya hermana estaba casado Kubala.

Blog2

Rechazado en Italia, el Hungaria llegó a España, donde jugó varios amistosos, el primero contra el Madrid. Bernabéu quiso ficharle, pero no lo consiguió, porque no se podría obtener el transfer. Pero Ricardo Cabot, secretario de la Federación, movió y movió hilos después y consiguió que Kubala fichara por el Barça, primero como amateur y finalmente como profesional. Se le nacionalizó español (previo bautizo en Águilas, localidad natal del presidente de la Federación, Muñoz Calero) y se convirtió en el hombre del momento.

Fuerte, bello, rubio, técnico hasta mucho más allá de lo que por aquí se había visto. Con él, el Barça ganó la Copa de 1951 e hizo doblete los dos años siguientes. Se rodó una película, Los Ases buscan la Paz, que narraba su fuga (no para ganar dinero, sino porque en Hungría le obligaban a espiar, según la cinta) y su felicidad posterior en la amigable España de Franco. La Federación le tuvo jugando en el Barça sin transfer FIFA hasta el verano de 1954, que fue cuando se consiguió que Hungría cediera. Toda una joint venture entre el Régimen y el Barça que a muchos les sonará hoy rara, porque les han contado las cosas de otra manera. Jugó en la Selección, en la que debutó en una gira por Sudamérica en el verano de 1953.

Otros náufragos del Hungaria se quedaron entre nosotros: Szegedi, en el propio Barça, Licker y Otto en el Granada, Hrotko en el Zaragoza, Lakatos en el Logroñés… En la 51-52, aún vendrían Nagy a Las Palmas y Samu y Bela Sarosi al Zaragoza. Todos eran bienvenidos, con nacionalización exprés. Recibían generoso espacio en los periódicos, donde narraban las penurias en su país, y sus dificultades para salir de allí, en muchos casos sin la familia.

La segunda oleada la impulsaron los sucesos de finales de 1956, cuando la revuelta de quienes no aceptaban que Hungría fuera un satélite de la URSS terminó siendo aplastada por los tanques de Kruschev. Para entonces, el prestigio del fútbol húngaro era máximo. Su selección había dado la campanada al ganar en Wembley 3-6 en lo que se llamó El partido del Siglo. La mayoría de esa selección era del Honved, que cuando se produjo la revuelta, el 23 de octubre, había salido para jugar en Bilbao su eliminatoria de Copa de Europa, y de paso algunos amistosos. Perdió 5-3 en Bilbao y el partido de vuelta ya se jugó en Bruselas, ante la inseguridad en Budapest. El Honved fue eliminado. Sus jugadores decidieron no regresar mientras no se calmara la situación. También andaban por fuera jugando amistosos el MTK, el Ferencvaros y el Ujpest Dösza. Y la selección juvenil, que disputó un partido en Austria.

El Honved concertó una gira por Suramérica mientras las cosas se calmaban, con algún refuerzo de otros equipos. Cuando regresaron, ya en febrero de 1957, la situación se había restablecido bajo un férreo control soviético, con miles de muertos y detenidos, un gobierno títere y tremenda represión. Hasta 200.000 personas se calcula que escaparon del país. Tres de las grandes figuras del Honved, Puskas, Kocsis y Czibor, decidieron no regresar. Como a otros que hicieron lo mismo, la FIFA les impuso una suspensión de dos años, que luego se reduciría a uno.

En España, aquellos sucesos fueron muy seguidos. El No-Do (la tele de la época) ofreció muchas imágenes. El 30 de enero de 1957 España jugó con Holanda, en partido que supuso los debuts de Di Stéfano y Luis Suárez. La Federación lo consagró a homenaje y apoyo a los exiliados húngaros, a los que se destinó esa recaudación.

Pronto llegaron varios de la selección juvenil, a los que no alcanzaba la sanción: Beke y Stancsik al Valladolid y Peter, Csoka, Csabai y Henny al Atlético. Peter era una maravilla de jugador que alcanzó pronto la titularidad en el Atlético. Jugaba bien de todo. Un accidente de coche quebró su carrera. Cuando la reinició, fichado por el Barça, que le cedió al Condal, le remató una lesión de rodilla.

Ya para la 58-59 llegó el gran contingente, con Puskas, Kocsis y Czibor a la cabeza. Puskas al Madrid, junto a Szabo. Kocsis y Czibor, al Barça, con Kaszas. Kuzman al Betis, Szalay al Sevilla, Szolnok al Español, Tybor al Tarrasa. Muchos cambiarían posteriormente de equipo, varios más de una vez, de modo que su presencia se extendió por casi toda la Primera División y parte de la Segunda. Casi no hubo equipo que tuviera su húngaro, o aspirara a él. En tiempos en que sólo se admitían dos extranjeros por equipo, uno de ellos hispanoamericano, llegaban sin ocupar plaza. Y libres de traspaso. Y con una enorme calidad técnica, para la época. También vino el entrenador del Honved, Kalmar, que empezó por el Sevilla y entrenó aquí a muchos equipos.

El triunfador de esta segunda racha fue Puskas, como es conocido. Y eso que el entrenador del Madrid del año de su llegada, Carniglia, no le quería. Puskas había pasado su suspensión en La Riviera italiana, jugando algunos amistosos. Había engordado 12 kilos. Carniglia, cuando le anunciaron el fichaje, protestó:

—¿Y qué hacemos con los kilos?

—Los kilos se los quita usted, que para eso está.

Puskas llegó con 31 años y con ese sobrepeso, pero ganó cinco Ligas, tres Copas de Europa, una Intercontinental y una Copa de España. Y cuatro veces el Pichichi. Se retiró casi con 40, dejando 261 partidos y 236 goles, y el apodo de Cañoncito Pum, por su tiro de izquierda. Kubala le invitó a su homenaje, junto a Di Stéfano. Ese día vistieron de azulgrana los tres.

Kocsis y a Czibor no brillaron tanto. Alternaron de igual a igual con los otros delanteros destacadísimos del Barça: Tejada, Evaristo, Eulogio Martínez, Kubala, Luis Suárez, Villaverde… Helenio Herrera barajaba aquel ataque cuando aún no se había acuñado el término rotar. Vivieron juntos en 1961 la desgraciada final de Berna ante el Benfica, la de los cinco tiros en los postes cuadrados. En el mismo estadio (Walkdorf) en el que habían perdido la final del Mundial de 1954 contra Alemania.

Czibor, pelirrojo y de aire informal, fue apodado El Pájaro Loco. En la 61-62 pasó al Español, luego al Europa, luego a Toronto… Regresó a Barcelona para instalar un bar, el Kep Duna (Danubio Azul), punto de encuentro de exiliados. Kocsis jugó siete años en el Barça, con 75 partidos y 41 goles. Fueron célebres sus goles de cabeza, que le valieron el apodo de Cabecita de Oro. En 1979, enfermo de cáncer de estómago, se lanzó por una ventana, abrumado por el dolor.

Archivado en Deportes

Por Alfredo Relaño

Helenio Herrera, en el derbi gallego más dramático

Sucedió el 12 de julio de 1953, en Balaídos. Aquel partido cerraba la liguilla de promoción, en la que habían caído Dépor y Celta por su mala temporada. El Celta iba por su tercer entrenador del curso y el Dépor, por el quinto, el genial y polémico Helenio Herrera, que a su vez esa temporada estableció un récord: entrenó sucesivamente a tres equipos de Primera: el Atlético, el Málaga y el Deportivo, cosa hoy inconcebible.

Vayamos por partes. El Celta se vio en esas por culpa de una gira de verano. Una gira feliz, en la que exportó galleguismo y trajo un buen dinero. Pero volvió dos semanas antes de la Liga. El entrenador, Odilio Bravo, improvisó unas jornadas de preparación en A Cañiza, pero faltaron bastantes jugadores, agotados o con golpes. El Celta pasó el año entre lesiones musculares. La sustitución de Odilio Bravo por Armando tras el derbi gallego de la segunda vuelta no remedió nada. Se salvó del descenso automático (al que cayeron Zaragoza y Málaga) gracias a un jovencísimo portero, Pazos, enorme todo el curso, pero tuvo que disputar la liguilla de permanencia. Ya en ella, tuvo que tirar de un tercer entrenador, Urquiri, prestado por el Oviedo.

Por su parte, el Deportivo estaba un poco envejecido. Cuatro años antes había sido segundo en la Liga. Poco después había disfrutado de su célebre Orquesta Canaro, la delantera compuesta por Corcuera, Oswaldo, Franco, Moll y Tino, un grupo genial, pero discontinuo. Dormido en esas glorias, el equipo se fue cayendo. Lo empezó entrenando Casal, le sucedió su segundo y preparador físico, Eduardo Toba (que llegaría años más tarde a seleccionador nacional, sin éxito) y a este le sucedió Fernando Fariña. Ya en la liguilla de ascenso, entró por unos días Waldo Botana, y, finalmente, Helenio Herrera, que acabará por ser el protagonista de esta historia, con su paso fugaz y exitoso.

Blog

La peripecia de Helenio Herrera en la 52-53 fue única. La empezó en el Atlético, al que había hecho campeón en la 49-50 y la 50-51. La 51-52 la ganó el Barça, con la irrupción de Kubala. En verano del 52 hubo elecciones en el Atlético y las ganó el Marqués de la Florida, con el que Helenio Herrera se llevó a tiros. En sus memorias, dice que “era tan rico que se creía inteligente” y que cometió un error: “No irme en cuanto supe que era el nuevo presidente”.

Florida no trajo los fichajes prometidos y el Atlético, falto de renovación, fue mal. A Herrera le acusaron de haber quemado a los jugadores, leyenda que arrastraría por tiempo en España. La situación hizo crisis el 25 de enero, cuando el Málaga visitó el Metropolitano. Llegaba en el fondo de la tabla, con nueve negativos, pero ganó 1-3 en medio de un tremendo escándalo. Ese día, Herrera hizo debutar a un tan Arangelovich, ex compañero de Kubala en el Hungaria, calvo, esmirriado más que delgado, que no hizo nada. Florida echó a Herrera… e inmediatamente fichó por el Málaga. Muchos hasta sospecharon de él.

El Málaga reaccionó, consiguió algunos buenos resultados y creyó en la salvación, pero en la antepenúltima jornada, el empate (3-3) del Deportivo en Oviedo le complicó. Herrera dijo en Radio Nacional que había sido un tongo, lo que despertó una oleada de comentarios en todo el país. En La Coruña provocó una irritación terrible. Para más inri, esa semana, penúltima jornada, el Málaga visitaría Riazor. Rafael Salgado Torres, presidente del Dépor, exigió y consiguió que a Helenio Herrera se le impidiera estar en el banquillo. Vio el partido desde una cabina de radio, a la que accedió protegidísimo. Ganó el Deportivo, 1-0.

El Málaga bajó, junto al Zaragoza. Lo dos puestos anteriores fueron para Celta y Deportivo. De Segunda subieron directamente los campeones de grupo, Osasuna y Jaén. Los segundos y terceros, España Industrial, Hércules, Avilés y Atlético Tetuán jugarían la promoción junto a los dos grandes clubes gallegos. Consistía en una liguilla de seis, a dos vueltas, para optar a dos plazas en Primera.

Tras perder en Tetuán y empatar en Riazor con el España Industrial, Rafael Salgado tomó una decisión sorprendente: ¡Contratar a Helenio Herrera! ¡Al mismo al que había denunciado un mes antes e impedido sentarse en el banquillo de Riazor! Herrera aceptó, previa exigencia de que se depositara por delante el dinero en un banco de A Coruña. Al llegar, lo primero que hizo fue ir al banco, a comprobar que estaba el dinero. Luego, se reunió con los jugadores: “Vosotros sois de Primera, habéis tenido problemas con equipos de vuestra categoría, pero ahora tenéis que jugar contra una mayoría de rivales de Segunda. Sois mejores que ellos”.

Arrancó ganado en Riazor al Avilés, pero luego perdió en Alicante y de nuevo en Riazor, con el Celta. Acabada la primera vuelta, el Dépor era último, con 3 puntos. En cabeza estaban el España Industrial con 7, y el Celta, con 6. Pero Helenio Herrera no se arredró: “No pasa nada, la liguilla está ganada”.

Y en efecto, hizo una gran segunda vuelta, llegando al final con posibilidades. Los partidos del último día, 12 de julio, eran Hércules-Avilés, España Industrial-Atlético Tetuán y ¡Celta-Deportivo! La tabla estaba así: España Industrial y Celta, 10 puntos; Deportivo y Atlético Tetuán, 9; Avilés y Hércules, 8.

Así que el derbi de Vigo señalaría el descenso o la permanencia para ambos.

El Celta venía flojeando: sólo 3 puntos en la segunda vuelta, la mitad que el Dépor. Le faltaban Atienza, Sansón y Hermida, tres veteranos que transmitían seguridad. El Deportivo traía la ventaja psicológica. Helenio Herrera había conseguido recuperar a Acuña, gran meta de la época, que entre lesiones y peso (le hizo perder seis kilos en poco tiempo) había hecho un mal año. También adoptó con entusiasmo la superstición local de arrastrase bajo la piedra milagrosa de Pastoriza. Hablaba, convencía, era líder.

A Vigo hizo llevar su propio café y té, por si les envenenaban allí, provocando la consiguiente irritación. En el campo, retrasó la salida de su equipo. Zariquiegui, el árbitro, tocó el timbre, como era preceptivo, cinco minutos antes de las cinco. Salió el Celta, bajo la llovizna. El Dépor, no. Zariquiegui tocó otra vez, a las cinco. El Dépor no salía. A y cinco, presionó el timbre largo rato sin soltarlo, y Herrera puso paños sobre el gong para que sonara menos. Zariquiegui terminó por ir al vestuario y amenazarle con la preceptiva multa, que era insignificante. Mientras, el Celta peloteaba aburrido bajo la llovizna y el público de Vigo se temía una treta.

El partido empezó a las cinco y veinte. En el minuto 6 marcó Corcuera para el Dépor. En el 16’, Oswaldo, de cabeza, hace el 0-2. El Celta consigue en el 30’ descontar por medio de Amoedo, pero en el 42’ un acoso de Arsenio (sí, el Bruxo de Arteixo) acaba provocando que entre Pazos y Lolín se marquen en propia meta el 1-3. En la segunda mitad, el Dépor enfría el partido. El Celta consigue llegar alguna vez, pero Acuña responde como en sus mejores días. En efecto, Herrera le había recuperado.

Los otros dos partidos acaban 1-1. La clasificación final queda así: Dépor, 11 puntos(campeón por goal average), España Industrial, 11 también; Celta y Atlético Tetuán, 10; Avilés y Hércules, 9.

Así que el Dépor a Primera, el Celta a Segunda… Al regreso a A Coruña, Helenio Herrera es sacado del autocar por los hinchas, los mismos que le maldijeron no hacía mucho, y paseado a hombros.

¿Y el Celta? El Celta se salva del descenso a los nueve días. El España Industrial era filial del Barça (luego adoptaría el nombre de Condal, luego el de Barcelona Atlético y finalmente Barcelona B) y tras nueve días de deliberaciones la Federación decidió que no podía subir. La plaza corrió para el Celta.

De modo que aquella temporada desastrosa, de los ocho entrenadores entre ambos y el derbi terrible con HH de protagonista, tuvo final feliz de alivio para ambos.

Archivado en Deportes

miércoles, 31 agosto 2016

Por Alfredo Relaño

El Barça le mete diez a Iribar y quiere ficharlo

El Barça le marcó diez goles a Iribar y aun así quiso ficharlo. Llegó a ofrecer tres millones al Basconia, que finalmente lo vendió por uno al Athletic. Aquel caso ocupó la atención pública en Bilbao durante dos meses largos.

 

De Iribar había empezado a hablarse en el invierno 61-62, al poco de aparecer en el Basconia, en Segunda División. Chico de caserío, tenía pasión por el fútbol, pero sobre todo por la posición de portero. Sentía por Edmundo, el portero del Zarautz (que jugaba siempre de negro, de ahí le vino a él) algo rayano en la devoción. También por otros, que nunca había visto jugar: Ramallets, Carmelo, Juanito Alonso... Se colaba en la peluquería de Zarautz a husmear en las revistas, por si aparecían fotos de ellos parando. Estudiaba sus posturas, imaginaba los movimientos previos a cada parada, los repetía en la playa y se sentía feliz cuando alcanzaba el balón. Lo miraba con cariño, como a un niño al que hubiera salvado de caer a un pozo.

Relaño

Llegó al juvenil del Zarautz. A su padre, aunque alguna vez le había llevado a Atocha a ver al Athletic, no le hacía gracia aquello. Quería que fuese tornero y que ayudara en el caserío. Pero un vecino, de nombre Echabe, exjugador del Basconia (club de Basauri, muy cerca de Bilbao) le consiguió una prueba allí. En la familia se discutió mucho si autorizarle o no. Al final, tozudo, alcanzó un compromiso: tenía un año para intentar ser futbolista. Si no, al torno y al caserío. No estaban las cosas para fantasías.

 

El Basconia le cogió, aunque con algunas dudas. Era alto, pero flacucho, poco consistente aún. Eso sí: rapidísimo. Las dudas las despejó Gaínza. El Athletic tenía convenio con varios clubes de Vizcaya y Gaínza se ocupaba de las relaciones. Por eso vio la prueba:

 

—Si no os decidís, pongo yo el dinero.

 

Palabra de Gaínza, palabra de Dios. Iribar fichó, en principio, como tercer portero tras Arego y Munillo. Le dieron 8.000 pesetas de ficha, pensión, comida gratis y 25 pesetas por partido ganado. Juan Ignacio Azurmendi, hoy presidente del Basconia, era entonces un adolescente, forofo del equipo, de esos que iban a mosconear a los entrenamientos: “Me ponía detrás de la portería a ver los entrenamientos de Iribar. ¡Qué espectáculo! Recuerdo esos ratos entre los mejores de mi vida”. La oportunidad le llegó en la séptima jornada, por lesión de Arego. Y nada menos que ante el Indauchu, otro club convenido con el Athletic, pero este, de la capital, de barrio rico, asociado con los jesuitas y con la Escuela de Ingenieros. El Basconia, de Basauri, de pueblo. Se jugó en San Mamés y ganó el Basconia (0-2) con Iríbar formidable.

 

Se empezó a hablar de él en Vizcaya. Y pronto en toda España, cuando el Basconia eliminó de la Copa al Atlético (campeón de las dos ediciones anteriores), con desempate en Valladolid. El responsable fue Iríbar, con un montón de goles evitados.

 

Luego tocó el Barça, que ganó al Basconia en su campo de Basoselay 0-2. Tres días después (8 de marzo de 1962), la devolución de visita fue una masacre: 10-1. Salvo error u omisión, la mayor goleada conseguida por el Barça en partido oficial en el Camp Nou, donde se instaló en 1957.

 

El ataque del récord fue: Zaballa, Pereda, Zaldúa, Pais y Szalay. Zaldúa, buen ariete navarro, marcó dos: “Los que jugamos éramos suplentes, queríamos reivindicarnos y fuimos a por todas. De Iribar ya se hablaba por entonces y eso quizá nos incitó más. Aunque parezca raro decirlo después de diez goles, estuvo enorme”.

 

La masacre vino favorecida porque el central, Orive, se fue lesionado al cuarto de hora. Aún en el primer tiempo, el ariete, Bolinaga, quedó inútil y se colocó de extremo, como figura decorativa. Iribar recuerda bien, claro, aquel día: “Eran mucho mejores y además jugamos con nueve. Hice lo que pude, pero aquello fue una avalancha”.

 

Ese humilde “hice lo que pude”, dio para que Kubala, entrenador culé, pidiera su fichaje. Como le querían más clubes, el Barça ofreció tres millones de pesetas. Un dineral, si se piensa que el Madrid acababa de fichar de la Real a Araquistain, internacional, por seis. Iribar apenas tenía 19 años y veintitantos partidos en Segunda.

 

El Athletic, claro, se avivó. Tenía derechos sobre el Basconia, como club convenido, figura imprecisa, pero que se traducía en que el Athletic daba apoyo económico y cedía jugadores con derecho a recuperarlos cuando quisiera o a tomar gratis a los valores que los clubes convenidos fabricaran. Pero Juan Alonso, presidente del Basconia, no lo quería dar así como así. Estaba enfadado con el Athletic. Un año antes había dado dos jugadores, Echeberría y Argoitia y no se vio correspondido. Pensaba que le daban los mejores al Indauchu. Particularmente le irritó que ese año había pedido un extremo izquierdo y el mejor disponible, Plácido, se lo cedieron al Indauchu.

 

Bilbao bulló con la polémica. Hubo cartas cruzadas entre el Athletic y el Basconia, cartas de aficionados, debates en la radio… Juan Alonso le exigió al Athletic un millón. La asamblea basconista discutió horas el asunto, recuerda Azurmendi, que estuvo: “Unos querían honrar el convenio, claro. Además, todos éramos en el fondo y en gran medida del Athletic. Pero se impuso la resolución de exigir un millón”. El Athletic, lo pagó, lo que consideró una humillación. Iríbar había ganado el reto a su familia: en un año era futbolista… ¡y del mismísimo Athletic!

 

Por esas travesuras del fútbol, la Liga 62-63 comenzó con un Athletic-Barça en San Mamés. El Barça, que ya se había llevado a Garay (formidable central, queridísimo en San Mamés) dos años antes, fue recibido de uñas. Le culpaban de intromisión en el granero del Athletic, a sus espaldas, con el costo de un millón y las relaciones con el Basconia rotas para algún tiempo.

 

El partido tuvo un inicio apasionado. Al minuto había marcado Menchaca, al momento, un córner de Uribe casi entra, en el 8', Foncho saca un balón de la raya… Pero el Barça se repuso y acabó ganando 2-3, con un último gol, de Fusté, en el que el linier marcó fuera de juego, pero que Zariquiegui concedió. La bronca fue de aúpa.

 

Iribar fue suplente de Carmelo ese día. Debutaría, no mucho después, en Málaga, por lesión de este. Una aparición esporádica. Su presentación en San Mamés fue en la última jornada, ante el Real Madrid, que llegaba campeón. Con 0-0, Prendes le pitó un penalti al Athletic por derribo a Manolín Bueno: “Era fuera del área y se armó la gorda. Yo, con mi inocencia, fui a Puskas, cuando se preparó para tirarlo y le dije: 'Oye, échalo fuera, que si lo metes se va a armar la gorda'. Total, ya eran campeones. Él me miró como a un idiota, me dio dos cachetitos y me dijo: 'Anda, hijoputa'. Eso para mí era gravísimo. Amancio me calmó: 'Tranquilo, este nos llama hijoputa a todos”. Puskas no perdonó.

 

El Barça hizo nuevos intentos por ficharle en años sucesivos. Y también el Madrid. Pero la respuesta del Athletic siempre era no.

 

—Sólo cuando ya había entrado en la treintena me hablaron de una buena oferta del Madrid para mí. El presidente, Eguidazu, me conminaba a aceptar, pero le dije que me daba igual el dinero. Yo donde siempre quise jugar fue en el Athletic.

Archivado en

jueves, 25 agosto 2016

Por Alfredo Relaño

La Real baja con cuatro madridistas

A mediados de la temporada 60-61 el Madrid fichó a Araquistain, eslabón brillante de una larga saga de grandes porteros que produjo la Real durante muchos años. En principio, se iba a quedar aún en la Real la 61-62, pero el Madrid necesitó incorporarle ya esa temporada, por lesión de Vicente en la muñeca. La Real no quería. El Madrid mejoró la cantidad hasta llegar a los seis millones (lo que limpiaba la deuda del club) y cedió a tres jugadores, que luego serían cuatro.

Dos de los cedidos procedían de la cantera. Uno era Valentín Raba, medio de ataque. Santanderino, su padre había sido el portero del Racing en la fundación de la Primera División, en 1929. Campeón de España amateur con el Madrid en 1960, había pasado luego un año de cesión en el Salamanca. El otro era Villa. Extremo o interior, exquisita clase, regate y visión de juego. Era hijo de un directivo del Madrid. Había jugado un año y medio en Segunda, en el Plus Ultra, antecedente del Castilla. Dos buenas promesas.

 

Blog


El tercero era el sueco Simonsson, una estrella internacional. Marcó en la final del Mundial de 1958, la que el Brasil de Pelé le ganó a Suecia. Hizo dos goles en Wembley, en 1959, en la primera victoria de Suecia en casa de los inventores (2-3). Ese año fue quinto en el Balón de Oro, tras Di Stéfano, Kopa, John Charles y Luis Suárez. En el verano del 60, el Madrid jugó un amistoso en Goteborg frente a un combinado sueco. En el descanso, los suecos ganaban 2-1, los dos de Simonsson. El Madrid acabó ganando ese partido 4-5. Antonio Ruiz, que lo jugó, me contó hace años que en el descanso hubo una gran bronca en el vestuario entre Santamaría y Del Sol. “Simonsson se movía del sitio, iba atrás, arriba, nos volvía locos”. Bernabéu le fichó de inmediato, en la plaza de extranjero que dejó libre Didí. Aún no tenía 25 años, Di Stéfano ya estaba en los 34. Bernabéu pensó que podría ser su sucesor.

Jugó en el Madrid la Liga 60-61, pero sólo tres partidos (marcó un gol), y eso que Bernabéu, para hacerle sitio, había cedido a Pepillo, suplente habitual de Di Stéfano, al River Plate. Simonsson, gustaba en los amistosos entre semana, frecuentes en la época, pero a Di Stéfano no le había llegado la hora.

Su llegada a la Real se acogió con gran interés. He leído alguna vez que fue el primer extranjero del club, pero no es cierto. Aparte de los ingleses de primera hora, que los hubo en todos los clubes, la Real ya había tenido después de la guerra al portugués Bravo y al italo-francés Caligaris. Pero eso había sido años antes y la llegada de Simonsson provocó tal revuelo que hay quien le tiene por el primero. (También lo he leído recientemente sobre el malogrado Chipirón Atkinson, error sobre error).

Raba, Villa y Simonsson llegaron desde el principio. La afición de la Real se las prometía muy felices. El año anterior, el equipo había sido noveno. Ahora no estaría Araquistain, pero estaba Goicoechea, buen portero. Y Arriaga. Y había otro foco de ilusión: por segunda temporada, el Sanse, el filial, jugaba en Segunda. Era un equipo joven, activo, de ataque, bello. Iñaki Gabilondo, entonces un joven aficionado, se entusiasma aún con el recuerdo: “Jugaban en Atocha, así que había buen fútbol cada domingo. La Real uno, el Sanse el siguiente. El Sanse tiraba, llegó a ir casi tanta gente como a la Real. ¡Unas goleadas! Amas, Urreisti, Olano… El culmen fue su enfrentamiento con el Madrid, en la Copa. El Madrid no se fiaba y fue con los titulares. Ganó 1-3, pero con mucha fortuna. Di Stéfano, con el que siempre nos las teníamos tiesas, hizo tras el partido un gran elogio del Sanse que sentó muy bien”.

Mientras, la Real hizo una primera vuelta mala. Cayó el entrenador, Albéniz, sustituido por Joseba Elizondo. En enero, el Madrid cedió un cuarto jugador, el extremo Chus Herrera. Una figura en problemas. Había llegado al Madrid en la 58-59, procedente del Oviedo y les discutió el puesto un año a Kopa y el otro a Canario. Iba para estrella. Había debutado en la Selección. Fue titular en el 5-1 de la Intercontinental, en septiembre de 1960. De repente, empezó a tener molestias en un hombro. Acabó por salirle un bulto, que le extirparon en el verano del 61. Para fin de año parecía recuperado. Fue a la Real como último refuerzo, y para recuperar la forma.

Pero la Real no mejoró. Fue penúltima toda la segunda vuelta. Mientras, el Sanse iba muy bien, llegó a ser tercero. De cada grupo de Segunda (había dos, Norte y Sur), subía el campeón y promocionaba el segundo. De Primera bajaban los dos últimos y promocionaban los dos anteriores. Llegó a haber una intriga nacional: “¿Y si baja la Real y sube el Sanse? ¿Eso, se puede? ¿Quién jugaría en Primera, los del Sanse o los de la Real? ¿Y si promocionan entre ellos? ¿Obligarán a los del Sanse a dejarse ganar por los de la Real?”. De aquellas cosas hablábamos los chicos en Madrid y me figuro que en toda España, y más en San Sebastián, claro.

Al final, se consumó la catástrofe. La Real, penúltima, bajó. El Sanse acabó quinto, pero fue descendido reglamentariamente a Tercera, con lo que el desencanto en San Sebastián fue doble. Lo del Sanse provocó una oleada de lástima en toda España. Carmelo Amas, que jugaba en aquel equipo, lo recuerda como una decepción tremenda, un contraste enorme: “Jugamos muy bien, disfrutamos, todo era alegría, pero vino el mazazo. ¡Bajar así…! Pero eran las normas, y era lógico”.

A Araquistain le fue muy bien en Madrid: titularísimo, ganó Liga y Copa, fue finalista de la Copa de Europa (derrota ante el Benfica) y, a final de año, mundialista.

Por su parte, el papel de los madridistas cedidos fue desigual.

Raba jugó tres partidos de Liga y uno de Copa. Luego haría una digna carrera en Primera. De la Real marchó también cedido al Celta y al Racing, al que volvió, ya traspasado, tras un paso por el Melilla durante la mili. Allí acabó siendo el capitán.

Villa jugó 21 partidos de Liga (nueve goles) y uno de Copa. Fue figura en el Zaragoza, como uno de Los Cinco Magníficos: Canario, Santos, Marcelino, Villa y Lapetra. Llegó a ser internacional. Evoca con cariño aquel paso por la Real: “Campo lleno, buen ambiente, me sentí bien. Jugué a gusto. Pero aquello salió mal, aún no sé por qué”.

Simonsson jugó 22 partidos, con nueve goles. Regresó a Suecia, a su club de siempre, el Örgryte. Un poco por morriña, otro poco porque veía que Di Stéfano no cumplía años. Siguió siendo estrella en la selección sueca, en la que acumuló 57 partidos y 32 goles.

Chus Herrera jugó seis partidos, con dos goles. Pero recayó. Murió al poco de acabar la temporada, en octubre de 1962. Sus problemas de hombro procedían de un sarcoma óseo, algo que hasta entonces sólo se había comentado en voz baja. Su fallecimiento, con 24 años, causó impacto nacional. Toda su familia era del fútbol. Su padre fue Herrerita, el célebre interior del Oviedo que hizo pareja con Emilín. El hermano mayor de Herrerita, Herrera El Sabio, también había sido jugador célebre. Y la madre de Chus Herrera era hermana de Chus Alonso, estrella del Madrid en los cuarenta.

La Real se quedó en Segunda hasta la 66-67, cuando regresó, con un empate a dos en Puertollano. La base de aquel equipo era el Sanse de aquel dichoso año. El fútbol siempre ofrece revancha a quien la merece.

Archivado en Deportes

miércoles, 17 agosto 2016

Por Alfredo Relaño

Aquel cuarto puesto de Haro... en Múnich

Un buen día de 1959, Don Heraclio, delegado del Frente de Juventudes en Becerril de Campos, les dijo a los muchachos que allí se reunían para alternar y jugar a los naipes que había una carrera en Palencia. Les llevaría y traería en una furgoneta y comerían gratis allí, al acabar la carrera. Escogió a los cinco que más fama tenían de correr bien. Uno de ellos se llamaba Mariano Haro. Tenía 19 años.

 

Mariano Haro cree que aprendió a correr antes que a andar: “De niño, no me recuerdo andando. Siempre corriendo. Iba corriendo por el pueblo, o más allá. Igual tres pueblos más allá, donde mi padre habría ajustado algún trabajo de siega, para coger el dinero y traérselo a mi madre. También corría las perdices, a las que agotaba, sus vuelos eran cada vez más cortos y terminaba por cogerlas a mano, vivas. Y con mi perro íbamos a por conejos y liebres, hasta que los encerrábamos contra la valla del monte. Luego se los daba a mi madre, que igual los cambiaba por pan o alguna otra cosa. A mi madre le asustaba que yo corriera tanto, le daba miedo: ‘Marianín, vas a acabar tísico’, me decía. No sé de dónde lo había sacado. Pero yo no quería otra cosa que correr. De niño, no me recuerdo andando”.

Haro

Para entonces, ya llevaba varios años trabajando en una azucarera de Monzón de Becerril, a 14 kilómetros de su casa, e iba y volvía corriendo, todos los días. Allí acarreaba carretillas que le cargaban con tres sacos de 60 kilos cada una. Al acabar la jornada, vuelta a casa, corriendo.

 

Así que estaba fuerte. Pero cuando llegó a Palencia se impresionó. Había tipos con buena pinta, con su chándal, calentando antes de la carrera. Le pareció que aquello era otra cosa. Él iba vestido de cualquier manera, con un pantaloncillo corto improvisado por su madre con una tela vieja, una camisa mala y alpargatas. “Pensé que para quedar bien lo mejor sería escaparme de salida y retirarme a los 500 metros o así, pretextando algo. Y salí, me fui, me sentí bien, me vine arriba y pensé que podía terminar, aunque me alcanzaran. Cuando quedaban 500 metros para el final, aún los tenía lejos. Me di cuenta de que iba a ganar. Y gané casi sin querer”.

 

Ahí empezó todo. Le cogió un entrenador, Gerardo Cisneros, que aún vive, feliz y orgulloso de él, en Palencia. Le dieron un trabajo en Sindicatos, en Palencia, como ordenanza, “con un uniforme con galones en la bocamanga, parecía un almirante”. Cada día hacía los 17 kilómetros desde su casa corriendo. A la ida, del tirón. A la vuelta, regresaba haciendo paradas y series que le fijaba Cisneros.

 

Se hizo atleta de verdad, en el equipo de Educación y Descanso. Siempre en distancias largas: 5.000, 10.000 o 3.000 obstáculos. Lo alternaba con desafíos en los pueblos, en los que recibía un dinero de tapadillo: “Entonces éramos amateurs. No se podía cobrar por hacer deporte si querías ser olímpico, pero había esas cosillas y nadie se enteraba”. Fue haciéndose célebre, primero en el entorno, luego en Aragón, donde eran frecuentes las llamadas pollaradas, porque en origen se daba un pollo al ganador. Pero ahora ya daban 5.000, 10,000, incluso 25.000 pesetas.

 

Y en el País Vasco. Allí alcanzó su récord, cuando hizo las 100 vueltas a la plaza de toros de Tolosa en menos de media hora, batiendo el récord del inglés Gordon Pillies. Ese día compitió contra tres, cada uno de los cuales corría un tercio de la distancia total. A los tres les dobló más de una vez: “Era muy emocionante, porque era persecución. Cada uno arrancaba de un lado de la plaza, y era de ver, cómo uno se acercaba, el otro remontaba…”. Aquel día ganó, con las apuestas y la plaza llena, una barbaridad: 550.000 pesetas. Tanto dinero le asustó e hizo que se lo dieran a su cuñado, que era de allí. Casado con una de sus hermanas, estaba en un apuro porque había enfermado y no podía trabajar.

 

Mantuvo una rivalidad amistosa con Aritmendi el Lebrel de Cogolludo, que ganó el Cross de las Naciones en 1964. Aquello fue el primer gran aldabonazo del atletismo español. Aritmendi era dos años mayor que él. Las lesiones le hicieron retirarse a los 30. Haro ocupó su lugar, aunque nunca pudo ganar aquella prueba que pasó a llamarse Campeonato del Mundo de Cross. Fue segundo en ella cuatro años consecutivos, en el arranque de los años 70.

 

Se quedó sin ir a los Juegos de Tokio porque le faltó un segundo para la mínima. Su debut olímpico fue en México 68, en los 3.000 obstáculos: “Me asfixié con la altitud. El último obstáculo lo pasé con las manos, no podía más. Primero me descalificaron, pero recurrimos y levantaron la decisión, porque el reglamento lo que prohibía era evitar el obstáculo rodeándolo, no decía cómo hay que saltarlo”. Aun así, el tiempo no le dio para entrar en al final.

 

Otra cosa fueron los JJ OO de Múnich 72, en los que rozó la medalla en 10.000. Fueron los Juegos de la matanza en el asalto de Septiembre Negro a la delegación israelí: “Aquello nos dejó aturdidos a todos. A mí me pasó una cosa muy curiosa. Yo les había comprado a los rusos caviar y una cámara Zenit muy buena, con un gran objetivo. Desde lejos, tiré muchas fotos, de los terroristas con capucha, hablando con la policía. El de EFE, que era amigo mío, Calle, era redactor, no tenía fotos. Y le di los dos carretes. ¡Así que las fotos que salieron en España de aquello fueron las mías!”.

 

En la carrera, iban como seis kilómetros cuando se cayó el finlandés Lasse Viren, el favorito: “Él iba justo delante de mí. Yo pensé, ‘esta es la mía’, y tiré fuerte, para dejarle. Adelanté a Bedford... Conmigo vinieron Yifter y Puttemans".

 

(España entera vibró ante la tele en ese momento. ¡Haro les iba a ganar a todos… Pero no).

 

—Increíblemente, Lasse Viren se repuso, nos alcanzó, nos superó y ganó. Puttemans fue segundo, Yifter tercero y yo cuarto, a 10 segundos. Me quedé en diploma. Lasse Viren, entonces no lo sabíamos, se cambiaba la sangre. Yo le había ganado varias veces en Finlandia, donde me trataban como a El Cordobés en España. ¡Allá se llenan los estadios, el atletismo es lo más! Pero en Múnich me ganó, por la sangre. Pero era legal. No me quejo.

 

(Viren fue un adelantado en el entrenamiento de altura. Se concentraba en Font Romeu, Colombia o Kenia. Allí la altitud enriquecía su hematocrito. Luego se sacaba sangre, que guardaba para volvérsela a inyectar en los momentos más convenientes. Ganó el oro en 5.000 y 10.000 en Múnich y Montreal).

 

Haro volvió a los JJ OO en Montreal 76, ya con 36 años. Fue sexto en 10.000. Segundo diploma olímpico. Y pronto la retirada, con 27 títulos de España en distintas distancias y especialidades, las cuatro medallas de plata consecutivas en la gran prueba internacional de cross y el recuerdo de aquella carrera de 10.000 metros en Múnich, para muchos la mejor de la historia. Una carrera que rompió él, en uno de esos tirones que nos levantaban de los asientos. Le falló, como tantas veces, el rush final.

 

Hoy vive feliz en su Beccerril de Campos, donde llegó la familia cuando él, nacido en realidad en Valladolid, tenía siete meses. Durante 25 años fue el alcalde del pueblo. Hoy es su más destacado vecino. Ya no corre, pero es un cazador andarín e infatigable. Y un tipo listo, capaz de cortar un fideo en el aire.

 

 

Archivado en

domingo, 14 agosto 2016

Por Alfredo Relaño

Sola, recórd olímpico... por media hora

Ignacio Sola, bilbaíno del barrio de Indauchu (vecino y amigo desde siempre de Ángel Villar), trabó contacto con la pértiga de una manera casual. Estudiaba en los jesuitas, como el propio Villar. Un cura llamado José Ignacio solía llevar los fines de semana a un grupo de chicos al campo, a pasear y a respirar buen aire. Hacían actividades deportivas, como carreras o el soga-tira. Y saltaban riachuelos con una pértiga de caña. De allí salió la idea de saltar en el colegio, en un foso de arena. Un profesor, llamado José Luis Borbolla, más ilustrado que el resto, les dijo que la pértiga no era para longitud, sino para altura, que así era prueba olímpica. Clavaron dos mástiles en el suelo, los unieron por una cuerda y ahí se pusieron a saltar.


Pertiguista


Ignacio Sola era el mejor. Muy pronto pasó los dos metros, “o lo que fuera, porque, claro, la cuerda se abombaba, por en medio quedaba más baja”.

Empezó a ser conocido en el ambientillo del atletismo vizcaíno. Le proporcionaron una pértiga mejor, ya de tres metros y medio, de bambú, que él forró con cinta aislante blanca y roja, los colores del Athletic. Participaba en exhibiciones y en campeonatos. Fue a los Juegos Escolares en Madrid, fuera de concurso, porque su colegio no participaba. Sus marcas empezaron a ser serias.

Fue becado en la Residencia Blume de Madrid. Le vino de perlas, porque quería estudiar para aparejador, y eso no se podía hacer en Bilbao. Todo era ideal: cama, comida, estudios pagados, tiempo para el entrenamiento y un gran entrenador, José Luis Torres. Chico serio, no se distraía más de lo justo. La pértiga era su diversión.

Sola, vivió la evolución de la pértiga, del bambú al aluminio. Con esta hizo su primer récord de España, 4,23, en 1961. Pronto aparecieron las de fibra de vidrio. Se fabricaban en París. Era importante hacerse con una, pero ¿cómo? Nuestro deporte era pobre.

En 1963, el Real Madrid estrenó su Ciudad Deportiva, con sus pistas. El club tenía entonces equipo de atletismo. Alguien dijo que a Franco le gustaban los saltos de pértiga (¡?), así que como iba a acudir a la inauguración, se invitó a saltar nada menos que al campeón del mundo, Dave Tork. Vino con dos pértigas Sky Pole de fibra de vidrio. Al terminar la exhibición, se las vendió a la Federación, a cien dólares cada una.

—Yo estaba entusiasmado, pero fue un chasco. No podía con ella. Supimos luego que cada pértiga debía ser hecha a medida del que la usara, de la fuerza para doblarla, la velocidad de carrera... Con las de Tork no podía. Pero Rafael Cavero, presidente de la Federación, encargó dos para mí en Dima Sport de París, la exclusivista. Confiaba en mis posibilidades. Era un gran esfuerzo. Me sentí obligado a responder.

Alternaba el dominio en España con Miguel Consegal, catalán, rival y gran amigo. Sus éxitos cada vez fueron mayores, participó en certámenes internacionales, corrió mundo, se quedó asombrado cuando vio los estadios llenos en Finlandia…

Y, todo un sueño, se clasificó para los Juegos Olímpicos de Tokio, en 1964. “El vuelo fue de aúpa. El avión venía de París, nos subimos en Madrid, e hicimos Madrid-Teherán, Teherán-Karachi, Karachi-Calcuta, Calcuta-Bangkok y Bangkok-Tokio. En el mismo avión. En cada sitio había que bajar, porque repostaban. ¡Unos calores en Calcuta! Tardamos veinticuatro horas exactas. Llegamos molidos, pero felices. ¡Menuda experiencia!”.

Allí, Fred Hansen dejó establecido el récord olímpico en 5,10. Sola quedó muy lejos de eso, en 4,40.

Los cuatro años siguientes fueron de gran progresión. La mínima para México era 4,80, pero la Federación Española exigía 5,05 o saltar dos veces 4,90. Hizo el 5.05 el 3 de junio, en el madrileño y entrañable estadio de Vallehermoso. Y los elevó a 5,10 el 23 del mismo mes.

Los JJ OO fueron en octubre. Sola ya no era el chiquillo que había ido a Tokio a hacer experiencia. Ya era gente entre la élite mundial. Torres le había programado bien la temporada, llegaba en un pico de forma. Aunque tuvo que pasar un susto: “Estábamos Garriga, Frutos, uno de hockey hierba, creo que Dalmau, y yo de paseo por el centro cuando fue la matanza en la plaza de las Tres Culturas. ¡Qué miedo! ¡Nos sacaron de debajo de un coche cuando ya hubo pasado todo!”.

Los Juegos empezaron el 12 de octubre. Se huyó del calor. El 16 era la final de pértiga, a la que pasaron quince saltadores, entre ellos Sola, que en la clasificación saltó 4,60, 4,80 y 4,90 a la primera. Para entonces, ya se había resuelto el enigma de los entrenamientos previos, en los que todos los saltadores vieron, extrañados, que les costaba mucho acercarse a sus marcas. Resulta que el pasillo de carrera estaba un poco en cuesta arriba, de ahí que abordaran mal el salto. Lo corrigieron.

El 16 es la final. Sola salta el primero. Todos renuncian al 4,40. Él pasa los 4,60 a la primera, los 4,80 a la segunda, los 5,00 a la primera. Renuncia a los 5,05 y salta los 5,10, que pasa a la segunda, igualando su récord nacional y el récord olímpico.

El siguiente desafío son los 5,15. Sola, siempre el primero. Antolín García, en televisión, nos advierte de que podemos estar ante algo histórico. Sola va ¡y pasa a la primera! Antolín García lo transmite con euforia. Él ni se había enterado:

—Me enteré un poco después, cuando me acerqué a la grada, y un periodista, José María Lorente, me lo dijo. Tuve una gran sensación. Pensé que se estaban cumpliendo mis sensaciones. Me sentía bien, había ido bien preparado. Podía soñar…

Su récord duró media hora. Varios lo fueron empatando. Luego, los 5,20, sólo los pasó a la tercera. Otros lo hicieron antes que él. Pero, nos recordaba Antolín García, él había igualado el de 5,10 primero y el de 5,20 después, y entre medias batido el de 5,15. ¿No podría volver a batirlo en 5,25?

Desgraciadamente, no. En 5,25 hizo tres nulos. El nuevo récord lo estableció Bob Seagren en 5,40. Sola se quedó en los 5,20, igual que el octavo, el alemán Engel. Fue noveno por el segundo nulo en 5,20: “Lástima. Octavo es diploma. Me quedé a un nulo. Pero volví satisfecho. Fue, dicen aún, el mejor concurso de pértiga de la historia”.

Se ha escrito con frecuencia que en aquellos juegos se había pasado a la pértiga de fibra de carbono, de nueva generación. Pero no fue así: “Eso vino después. Yo no llegué a utilizarla. El avance fue por mejoras técnicas y porque la altitud de México favorecía ciertas pruebas, entre otras la nuestra”.

Sola se quedó sin diploma, pero paró a España ante el televisor y dio la primera gran campanada olímpica de nuestro atletismo. Y su récord fugaz sigue en el recuerdo colectivo de una generación, como algo singular en unos Juegos sensacionales, aquellos de Beamon, Hines, Fosbury, Evans… y Tommy Smith, el del puño enguantado.

Archivado en

miércoles, 03 agosto 2016

Por Alfredo Relaño

Joaquín Blume, víctima del destino

El gimnasta catalán, primer héroe del olimpismo español, falleció en un accidente aéreo antes de alcanzar la gloria.

 

Joaquín Blume era hijo de un alemán, Armand Blume, que se asentó en Barcelona 1921 y se casó allí con una barcelonesa, Mari Paz Carreras. Se ganó la vida como profesor de gimnasia, primero en el Colegio Alemán y luego en un gimnasio que él mismo montó en la calle Padua, la misma en que vivían. Joaquín fue el segundo hijo de la familia, que ya tenía una niña cuando él nació, el 21 de junio de 1933. Con la Guerra Civil, los Blume se trasladaron a Alemania, pero regresaron una vez terminada esta, cuando el futuro gimnasta tenía seis años.

 

Blume

 

Pronto llamó la atención en el barrio por su agilidad. Destacaba en los partidillos de fútbol en los recreos del colegio, los Hermanos de la Doctrina Cristiana. Cuando cogió una raqueta de tenis pareció que aquello iba a ser lo suyo. Pero lo suyo iba a ser la gimnasia, por voluntad y constancia de su padre y por su propia afición. Se crio prácticamente en el gimnasio paterno, así que entre eso y su buena condición natural, perfeccionada por tantas horas de práctica, resultó un genio precoz de la gimnasia.

 

A los 15 años ya era campeón de España. Claro, que entonces la gimnasia española estaba muy poco desarrollada. Pero otra cosa fue cuando, con sólo 16 años, fue cuarto en un certamen internacional en Lisboa. La Delegación Nacional de Deportes decidió apostar por él, le buscó certámenes internacionales y, ante su incesante progresión, se decidió, en 1952, mandarle a los JJ OO de Helsinki. Tenía sólo 19 años. "Me conformo con quedar entre la primera mitad", dijo al partir. Se clasificó el 56 de 212.

 

Perfeccionista nato, fue noticia cuando se compró una cámara de cine para grabarse y para grabar a sus rivales en los campeonatos internacionales, a fin de mejorar sus movimientos. Su primer gran campanazo se produjo en los Juegos Mediterráneos de 1955, con cinco oros. Eso le elevó a gloria nacional, pero él sabía que la verdadera rivalidad la tenía en otros lares, entre los alemanes, los japoneses y los rusos.

 

Por aquel tiempo hizo amistad con Jordi Bonareu, el mejor jugador nacional de baloncesto de la época, que le recuerda como alguien absolutamente superdotado. "Jugaba bien a todo, lo hacía bien todo. Y tenía una enorme facilidad para los idiomas. Hablaba alemán, claro, por sus padres, y aprendió francés, inglés, italiano y hasta ruso".

 

El ruso lo aprendió por su rivalidad con los rusos y su obsesión por aprender de ellos. Y por un golpe de suerte: "Un día, en un concurso, acababa de hacer su ejercicio. Cuando regresó le dijo a su entrenador: '¿Bien, no? Ahora para ganar sólo falta que se caiga este cabrón'. Lo decía mientras pasaba ante ellos un gimnasta ruso. Para su sorpresa, éste se volvió y le dijo, en buen castellano: 'El cabrón lo serás tú'. ¡Blume se quedó helado! Resulta que aquel ruso era hijo de española, una niña de la guerra, y hablaba español perfectamente. Luego se hicieron grandísimos amigos. Y él fue quien le enseñó el ruso".

 

A Bonareu le admiraba de Blume que tenía tiempo para todo. Estudiaba Comercio, idiomas, hacía cinco horas diarias de gimnasio, salía con los amigos, viajaba a exhibiciones y campeonatos, se casó, con una compañera del gimnasio, María José Bonet. El día de su boda, tras cortar la tarta, ambos fueron al gimnasio, donde él hizo el cristo en las anillas, vestido de novio, para deleite de los fotógrafos.

 

En 1956 llegaban los JJ OO de Melbourne. Se presumía que Blume iba a ser la estrella española, en unos años de deporte depauperado, en los que los únicos deportes olímpicos en los que nos defendíamos eran el hockey hierba y la hípica. Poco antes, en una exhibición en Hannover, ganó a casi todas las grandes figuras de la época.

 

Pero España no fue a Melbourne. La URSS había aplastado el invierno anterior, con los tanques por delante, un levantamiento en Hungría. Hubo un movimiento internacional de rechazo. Se habló de expulsar a la URSS, o de boicoteo del mundo occidental a los JJ OO. El boicoteo quedó en poco: España, Holanda y Suiza. Más Líbano e Irak por la guerra del Canal de Suez.

 

Para Blume (como para Bonareu, Quadra Salcedo y varios otros, que veían esfumarse su sueño) fue un mazazo. ¡Fue hasta Hungría, y España no, en solidaridad con ella! Blume manejó la idea de acudir por Alemania, pero la descartó.

 

El gimnasta estrella fue el ruso Tschkarin, con 114,25 puntos. Blume había hecho 113,90 en el concurso internacional de Hannover.

 

La compensación le llegó en la Copa de Europa disputada en París en octubre de 1957. Allí ganó en anillas, potro con aros, paralela y la combinada. Fue segundo en barra fija. L'Equipe le dedicó una página llena de elogios: "No se recuerda un caso parecido excepto cuando Bannister corrió la milla en menos de cuatro minutos", concluía el largo artículo.

 

Un gentío le recibió en Barcelona en su regreso a la estación de Francia. Tenía entonces 24 años. Los JJOO de Roma, en el 60, le pillarían con 26 para 27. En plenitud. Eran su gran ilusión. Pero…

 

El miércoles 29 de abril de 1959 volaba de Barcelona a Madrid, escala previa para ir a Tenerife, a una exhibición. Con él iban su mujer (con quien ya había tenido una niña) y varios compañeros del gimnasio. El avión, un bimotor DC-3, matrícula EC-ABC, de Iberia, sale a las 15,25 de Barcelona. Encuentra tormenta y al pasar a la altura de Calamocha anuncia un desvío de su ruta. Luego, se pierde el contacto con él. A Madrid no llega a la hora prevista. Pasa una hora, dos, tres… La Guardia Civil informa que a las 20:15 se han presentado tres trabajadores del monte en el puesto de Valdemeca, en Cuenca. Han informado que sobre las cinco y media han escuchado un estruendo, han acudido al lugar y han visto un avión estrellado, sin supervivientes.

 

Raimundo Saporta, que es de los primeros en saberlo, llama a Barcelona a Juan Antonio Samaranch, delegado regional de deportes, para comunicárselo. Éste acude a casa de los Blume, a dar el pésame. Sube, llama a la puerta y le abre el padre, que le recibe tan jovial. "¿Vienes a ver a Joaquín? ¡Qué lástima! Esta misma tarde ha salido para Madrid con todo el equipo. Van a Tenerife". Samaranch se quedó paralizado. No se animó a decirle nada. Se despidió, bajó a la calle y dejó pasar media hora. Luego volvió, esperando que el padre ya se hubiera enterado por la radio, como así fue, para darle el pésame.

 

No hubo supervivientes. Los cuerpos fueron recogidos, en un radio amplio, en la Sierra del Telégrafo, en un lugar en el que se instaló una cruz de piedra, con el nombre de todos los fallecidos. Cada año hay una llamada Marcha Blume, una subida a pie desde la Huerta del Marquesado, hasta el lugar.

 

Un homenaje a la memoria del que nació para ser nuestro primer héroe olímpico, quizá el mejor de todos, pero que se topó con un destino fatal.

Archivado en

sábado, 23 julio 2016

Por Alfredo Relaño

Sancho Dávila nombra seleccionador a su dentista

En materia de seleccionadores hemos tenido de todo. Incluso un dentista, que tuvo la suerte de tener entre sus clientes a quien a la sazón era presidente de la Federación de Fútbol, Sancho Dávila y Fernández de Celis.

Sancho Dávila, natural de Cádiz, fue un falangista muy activo desde primera hora. Era primo tercero de José Antonio. El estallido de la guerra le pilló detenido, en la Cárcel Modelo de Madrid, pero consiguió salir. Hizo la guerra en el bando franquista y participó en el célebre alboroto entre dos facciones de Falange (la suya y la de Hedilla) en Salamanca, de resultas del cual Franco lanzó su famoso decreto de unificación.

Bl9og


No era hombre del fútbol, y sí del toro, donde tenía prestigio por sus conocimientos. Un hijo suyo, llamado igualmente Sancho Dávila, llegó a ser matador de toros con el nombre de Sancho Álvaro. También desciende de él Eduardo Dávila Miura. El fútbol no era lo suyo. No obstante, el General Moscardó, Delegado Nacional de Deportes, le designó como presidente de la Federación el 31 de enero de 1952, en sustitución de Manuel Valdés Larrañaga, a quien se concedió la embajada de España en Puerto Rico, destino envidiable, sin duda.

Sancho Dávila se encontró nada más llegar con la dimisión del seleccionador, Ricardo Zamora, que recibió una fantástica oferta de Venezuela. Después de varias consultas, eligió como seleccionador a Pedro Escartín, célebre exárbitro y permanente perejil de todas las salsas en el fútbol español.

Escartín debutó con derrota ante Argentina. Luego, 2-2 contra Alemania y 3-1 a Bélgica. Todo ello en casa. Lo siguiente, fue una pequeña gira por América, en el verano del 53, que iba a suponer el debut de Kubala.

Kubala, que había llegado a España en 1950, fugado de Hungría. Por su transfer FIFA Sancho Dávila peleó a brazo partido con la FIFA durante dos años y medio. Un libro raro de encontrar, titulado De vuelta a casa, cuenta esta peripecia y varias otras que le tocó lidiar. La llegada de Kubala a España fue tan sensacional que se dio por sentado que con él España sería imbatible. Pero perdimos en Buenos Aires, 1-0. Decepción y acusaciones de juego defensivo. Luego ganamos 1-2 en Santiago de Chile, con un gol de Kubala, pero ni eso compensó el disgusto. Se tenía a Kubala por un supermán y con cierta razón. Apareció en el Barça en la Copa del 51, y la ganó. Y luego Liga y Copa en el 52 y el 53. El Barça lo había ganado todo desde que apareció, era lo nunca visto, y los resultados de esa gira se juzgaron paupérrimos. Escartín dimitió con dos victorias, dos derrotas y un empate.

Había que buscar otro seleccionador. Marca hizo una encuesta nacional, de la que salieron muy destacados dos nombres, Ricardo Zamora, regresado ya de su bien remunerado paso por Venezuela, y Ramón Encinas, hombre de larga trayectoria. Exjugador del Celta, dos estancias como entrenador en la Selección, con José María Mateos y Amadeo García Salazar como seleccionadores. Y títulos nacionales con el Valencia y el Sevilla.

Pero Sancho Dávila estaba cautivado por la sapiencia futbolística de su dentista. Hombre del toro como ya he dicho, el mundillo del fútbol le hizo un poco de menos. Le vieron demasiado lego como para gastar tiempo en conversaciones con él. Su dentista, Luis Iribarren, había sido jugador amateur mucho tiempo atrás, en el Real Unión y en la Gimnástica de Madrid. Su Real Unión había llegado a ganar la Copa, aunque él sólo había jugado un partido, pues era suplente. Lo que le interesaba era la carrera. Por eso dejó un tiempo Irún por Madrid y luego se fue a Nueva York, a completar estudios. No había vuelto a tener contacto con el fútbol desde mediados los veinte.

Era un odontólogo de prestigio que seguía el fútbol, por el que le había quedado afición. Dávila, falto de mayores referentes, le consideró un pozo de ciencia futbolística. Primero le metió en el Comité de Competición, tras el desmantelamiento de éste que siguió al caso Kubala-Oliva, que ya conté en esta sección. Y ahora dio la campanada al hacerle seleccionador sin que, por supuesto, nadie se hubiera acordado de él en la encuesta de Marca. Eso sí, le acompañó Encinas como entrenador. Esa doble figura fue frecuente durante años: seleccionador, por encima, que escogía los jugadores y decidía la alineación, y entrenador, que los preparaba físicamente.

Lo que había por delante era la clasificación para el Mundial, contra Turquía. A dos partidos, ida y vuelta. Contaban puntos, no goles, así que había que ganar uno y al menos empatar otro.

El proyecto Iribarren se estrenó en San Mamés, ante Suecia (8-11-53), con Kubala de interior derecha y un resultado poco prometedor, 2-2. Dejó una sensación fría. Para el segundo partido, ya de clasificación para el Mundial, contra Turquía en Chamartín (6-1-54), sólo repiten cuatro jugadores. Dávila e Iribarren no se atreven a contar con Kubala porque aún no se han cumplido los tres años de su nacionalización, requisito para que pudiera jugar con España. Se le había utilizado en amistoso, pero en este, ya oficial, no se atrevieron. España ganó 4-1 a Turquía. Bien. Medio billete.

Ahora hay que empatar al menos en Estambul (14-3-54). Como siempre, se habla de pasión, de infierno turco, de que habrá encerrona, de que campo seco… El equipo da otro vuelco, justificado en la necesidad de jugar de otra manera. Sobreviven cinco de los de Madrid, algunos en posición distinta. Iribarren, de acuerdo con Sancho Dávila, tira de Kubala, ante la gravedad del compromiso, a ver si cuela. Juega y nadie protesta, pero España pierde 1-0. Tremenda decepción. Y vuelta a la encerrona, el infierno turco, el campo duro…

Queda el desempate, en Roma, tres días después. Esta vez Iribarren mantiene, o casi, el equipo de Turquía, con muy pocos cambios, porque lo tuvo que afrontar con los mismos convocados. Está previsto que juegue otra vez Kubala. Pero justo antes del partido, se recibe en el estadio un telegrama de la FIFA Attention equipe espagnol situation joueur Kubala. Dicho es castizo, cuidadito con lo que hacéis.

Dávila e Iribarren se sienten cazados. Había colado en Turquía, pero Hungría (gran atracción del Mundial y cuya eventual retirada habría sido una catástrofe) alertó a la FIFA, que se curó en salud con ese telegrama. Kubala deja su plaza a Escudero. El partido acaba 2-2, tras prórroga. La clasificación se decide por sorteo, donde la mano inocente de un bambino, Giuliano Gemma, saca de una copa la papeleta de Turquía. La de España, en la que previamente Sancho Dávila ha pintado una cruz como sortilegio, se queda dentro.

Sancho Dávila y Luis Iribarren cesaron inmediatamente. Ahí terminó su joint venture.

Cuatro partidos, uno ganado, dos empatados, uno perdido. Fuera del Mundial por las botas de Turquía. Ese fue todo el palmarés de Iribarren, que regresó a su consulta, como su mentor, Sancho Dávila, regresó al mundo del toro. En cuatro partidos utilizó 24 jugadores diferentes. Sólo Venancio jugó los cuatro.

Archivado en Deportes

© DIARIO AS, S.L. - Valentín Beato, 44 - 28037 Madrid [España] - Tel. 91 375 25 00