as.com Ver todos los blogs >

Me gusta el fútbol

El blog de Pipo lópez

Categorías

Calendario

marzo 2015
lun. mar. mié. jue. vie. sáb. dom.
            1
2 3 4 5 6 7 8
9 10 11 12 13 14 15
16 17 18 19 20 21 22
23 24 25 26 27 28 29
30 31          

Subscríbete a RSS

Añadir este sitio a RSS

¿Que es RSS?

Es una tecnología que envía automáticamente los titulares de un medio a un programa lector o agregador. Para utilizar las fuentes RSS existen múltiples opciones. La más común consiste en instalar un programa llamado 'agregador' o lector de noticias.

publicidad

miércoles, 25 marzo 2015

Por Alfredo Relaño

¡El penalti de Guruceta!

La Liga 69-70 la ganó el Atlético de Madrid. El Madrid fue sexto y por primera vez desde la creación de la Copa de Europa no entraría en ella. Desde 1955-56 no había faltado a ninguna, ni tampoco Gento, que se mantenía como titular. Siempre hasta ese año el Madrid había ganado la Liga o, si no, la propia Copa de Europa, lo que le permitía reengancharse. Ahora no. Para estar en Europa, tenía la Copa de Ferias o la Recopa, que jugaban los campeones de Copa. A la Copa de Ferias (precedente de la Copa de la UEFA, hoy Liga Europa) se acudía por invitación. Había nacido al tiempo que la Copa de Europa, protegida por Ayuntamientos de ciudades con ferias importantes, y fue el consuelo del Barça mientras el Madrid campaba a su gusto en la competición mayor. La primera edición tardó tres años en completarse y la segunda, dos. El Barça ganó ambas. Bernabéu la llamaba la Copa de los pueblos.

 

 

GURUCETA

 

Así que existía la curiosidad morbosa de ver al Madrid en la Copa de Ferias, a la que se vería abocado salvo que ganara la Copa. Y esta no le era competición propicia. La última la había ganado en 1962. La anterior se remontaba a 1947. Una sola Copa, pues, en 23 años. Esta la necesitaba especialmente para esquivar la Copa de Ferias.

 

Se jugaba al terminar la Liga. El Madrid eliminó al Castellón y a Las Palmas. Por su lado, el Barça eliminó al Espanyol y al Celta. El sorteo les cruzó en cuartos.

 

La ida, en el Bernabéu, la gana el Madrid 2-0. El segundo gol, de Amancio, es muy protestado por el Barça. Vi el partido y recuerdo la jugada. El Barça sale a la contra y pierde el balón. Amancio, que venía detrás de la defensa del Barça, corre hacia su campo para habilitarse. Le envían el balón, se revuelve, avanza, y marca. Zariquiegui da el gol. Difícil precisar si cuando le enviaron el balón estaba o no todavía adelantado.

 

El Barça se quejó mucho de ese gol, que encadenó a otros agravios recientes: un gol fuera de hora de Veloso en la 1966-67, el ostracismo de Rigo tras la final de 1968 (final de las botellas) y la lesión de Bustillo por entrada de De Felipe en el primer partido de la propia temporada en curso, la 1969-70. Desde 1960, el Barça no había ganado la Liga. Sólo dos Copas y una Copa de Ferias. En los sesenta, años del estallido de la televisión, el Madrid se le iba, en fútbol y baloncesto, a una distancia estratosférica.

 

La vuelta se juega el 6 de junio de 1970 en el Camp Nou, y en lo que respecta a la rivalidad entre nuestros dos grandes clubes sería la mayor ocasión que contemplaron los siglos y hayan de contemplar los venideros. El árbitro es Emilio Carlos Guruceta Muro, donostiarra, joven, de gran planta, gesto seguro y máximo atrevimiento.

 

El comienzo es soso, con un Madrid a verlas venir y un Barça flojo. Pero en el minuto 45 hay un tiro de Rexach que pega en un poste, va al otro, y entra. Al descanso con 1-0.

 

El Barça sale con otro ánimo en la segunda mitad, aprieta al Madrid, fuerza faltas cerca del área. En el 59, hay una escapada de Velázquez hacia el área, en ventaja. Rifé le persigue y le derriba cerca del área. No a 10 metros, que se ha llegado a decir, pero sí a uno, o poco menos. Visiblemente fuera. Pero Guruceta señala penalti.

 

Entonces se revuelven todos los demonios en el Camp Nou. Los 10 años sin Liga, el gol de Veloso del 66, las botellas del 68, la impune lesión de Bustillo, la presencia permanente del Madrid en la tele, por Copa de Europa de fútbol o de baloncesto o por el Torneo de Navidad, que invade la sopa familiar de los hogares catalanes cada 25 de diciembre. Todo eso salta como un muelle liberado. El campo se llena de almohadillas. Los jugadores del Barça hacen gestos de retirarse y les frena su entrenador, Buckingham, inglés al fin y al cabo. Tras ocho minutos de lío lanza Amancio y marca el 1-1. Eladio aplaude briosamente a Guruceta, que le expulsa. Más almohadillas. Ya, el resto del partido será una sucesión de lluvias de almohadillas e interrupciones para retirarlas. Se grita en chufla “¡Campeones, campeones…!”. Al cabo, lo que invade el campo ya no son almohadillas, sino hinchas. Guruceta suspende el partido a falta de 10 minutos.

 

Los jerarcas madridistas no contribuyen a la calma. Bernabéu dice cínicamente: “¿De qué se quejan? ¡Si ha sido un penalti como una casa!”. El gerente, Antonio Calderón, es más hiriente: “Ha pasado lo que pasa en cualquier pueblo”.

 

Montal, presidente del Barça, hace un gran escrito de alegación, en el que razona las quejas anteriores y pide que se reanude el partido desde el minuto 59, sin penalti. Su actitud de esos días le consolidará en el ánimo de un barcelonismo en el que había ganado las elecciones no mucho antes por corto margen.

 

Las autoridades deportivas tienen una bomba en las manos. ¿Qué hacer? El asunto llega al Consejo de Ministros, por la irritación que ha producido en Cataluña. Lo que procedería, en pura y fría lógica futbolística, sería dar el partido por terminado y cerrar el Camp Nou, pero lo último no es posible. Se improvisa una salida política.

 

El resultado vale, claro. El Madrid sigue.

 

No se cierra el Camp Nou. El Barça es multado con 90.000 pesetas y Eladio suspendido por dos partidos por burlas al árbitro.

 

Se suspende a Guruceta, en decisión sin antecedentes ni consecuentes, por seis meses, “por alteración del orden público”. Plaza dimitirá de su condición de presidente del Colegio de Árbitros, en solidaridad con él. Regresará a los seis meses, con sello ya indeleble de madridista irredento.

 

En la línea de aplacamiento de la irritación barcelonista, el ministro secretario general del Movimiento, Torcuato Fernández-Miranda, liberó una partida de 50 millones para la construcción de un pabellón de hielo del club. Y aceptó la dimisión como delegado nacional de Deportes de Juan Antonio Samaranch, supuestamente disconforme con las decisiones tomadas, aunque nunca lo expresó así. Nombró en su lugar al que desde 1965 y hasta esos días había sido gerente del Barça, Juan Gich i Bech de Careda, falangista como Don Torcuato, que había apadrinado a uno de sus hijos.

 

El Madrid eliminó al Athletic en semifinales. Jugó la final contra el Valencia, precisamente en el Camp Nou, con un tremendo ambiente en contra, y la ganó por 2-1. Marcaron los goles Fleitas y Planelles, que entraron en el minuto 10 y el 20, por Grosso y Amancio, lesionados por sendas duras entradas.

 

Así que no tuvo que ir a la Copa de Ferias. En la 70-71 fue a la Recopa y llegó a la final, que perdería en desempate, en Atenas, con el Chelsea. Pero esa es otra historia.

 

Guruceta no arbitró más al Barça en partido oficial, ni cuando se suspendió el sistema de recusaciones. Sólo le arbitró, 14 años después, un amistoso en Mallorca ante el Gremio de Portoalegre. Perdió el Barça, 1-0. No se repitió la experiencia.

 

Un día hablé con Guruceta sobre esta jugada. Dice que lo vio dentro: “Fue un contraataque rápido, me pilló lejos, lo seguí a toda carrera… Me equivoqué, eso está claro”.

 

Luego fue árbitro de éxito, internacional muchos años. Con otros errores renovó su fama de madridista. Falleció en accidente de carretera el 25 de febrero de 1987, aún en activo, cuando iba a arbitrar un Osasuna-Real Madrid de Copa.

 

Diez años después de su muerte el, a la sazón, presidente del Anderlecht confesó formalmente ante la UEFA haber sobornado a Guruceta con un millón de francos belgas en un partido de los suyos contra el Nottingham. Ganó el Anderlecht 3-0. He visto el resumen, Guruceta pitó un penalti inverosímil. La UEFA dejó un año sin participar en Europa al Anderlecht y suspendió al presidente belga de por vida.

Archivado en

miércoles, 18 marzo 2015

Por Alfredo Relaño

La aventura de Cruyff en el Levante

Cuando terminaba 1980, Cruyff regresó a Barcelona para un partido en beneficio de Unicef. Formó parte del Humane Stars, conjunto de estrellas que se enfrentó al Barça el 16 de diciembre. Ganó el Barça, 3-2. Aunque también jugaron figuras como Rummenigge, Chinaglia, Platini o Blokhin, el suceso fue Cruyff. Había jugado en el Barça de la 73-74 a la 77-78, con rendimiento espectacular al principio, luego no. De ahí se fue a EE UU, a Los Ángeles Aztecas, después a los Washington Diplomats.

Su partido fue polémico, pues estuvo tan impertinente con el árbitro, el catalán Miguel Pérez, que este terminó por expulsarle. Pero le cubrieron de entrevistas y en ellas reflejó nostalgia por el fútbol europeo. Dijo que deseaba volver. Estaba próximo a los 34 años (cumple en abril), ya no se le veía para el primerísimo nivel, pero aún podría brillar en muchos clubes. Se habló del Espanyol, al que tentaba repetir la operación Kubala. Se habló de Arsenal y Chelsea, de Betis y Sevilla, de un segunda escocés, el Dumbarton, y de un segunda español, el Levante, rumor que nadie tomó en serio.

 

Cruyff

El Levante estaba en puestos de arriba de Segunda y aspiraba al ascenso. Su presidente era Paco Aznar, un hombre audaz. Animado por un intermediario llamado Luis Rodríguez, inspirador de la idea, y en su compañía, viajó a Ámsterdam a entrevistarse con Cruyff y su suegro, Cor Coster, que llevaba sus asuntos. La idea era que las taquillas del Levante podrían multiplicarse por cinco con Cruyff, que con él subirían seguro y así los 5.000 socios serían 21.000. Aunque se coló una oferta del Leicester, de 5.000 libras por semana (real o inventada por Coster) Aznar no cejó. A finales de enero anunció el fichaje, al que coadyuvó la marca de ropa deportiva local Ressy, que vestía al club. Los términos no fueron públicos. Corrió que cobraría dos millones de pesetas por partido, ficha de diez millones aparte. Y chalé gratis en L’ Eliana. Una copia del contrato publicada en una historia del Levante de 1984 (75º Aniversario) habla de diez millones por todos los conceptos.

El entrenador era Pachín. Cuando se lo dijeron lo tomó a broma. Igual les pasó a los jugadores. Vicente Latorre, presidente de los veteranos del club, recuerda bien el día que Pachín les dijo que venía Cruyff: “Nos parecía una broma. Luego nos hizo una ilusión enorme. ¡Imagínese! Yo era un chaval de 19 años, había entrado el año anterior por la norma que obligaba a dos sub-20 por partido. El primer año, me ponían por cumplir la norma y me cambiaban a los diez minutos. Pero en la 80-81 ya estaba consolidado. ¡Y me iba a ver al lado de Cruyff!”.

Cuando llegó, la prensa local le preguntó la diferencia entre el Cruyff Balón de Oro del 71, 73 y 74 y el de ahora. “Ahora soy más listo”, dijo. La afición se sentía feliz. Los socios veteranos recordaban al gran Faas Wilkes, que jugó allí la 58-59.

Su primer entrenamiento llenó el campo del Nou Estadi. Hizo maravillas. Pero con todo a punto para el debut, el 1 de febrero ante el Sabadell, se produjo un chasco. Instada por la AFE, la Federación rechazaba el fichaje en tanto en cuanto el Levante no pagara deudas atrasadas con jugadores, algunos de la plantilla, otros de campañas anteriores. El montante total alcanzaba los 11 millones.

Paco Aznar tuvo que buscar más dinero. Le costó un mes. Mientras, Cruyff regresó a Holanda y retomó los contactos con el Leicester. Al cabo de un mes de suspense, Aznar consiguió el plácet de la federación tras rocambolesca historia de una carta de ida y vuelta a la sede de la AFE, con los pagarés del Banco Internacional de Comercio dentro y la dirección mal anotada fuera. Por fin, a las diez de la noche del sábado 28 de febrero llega la autorización. El domingo, el Levante recibe al Palencia. El Nou Estadi no se llena del todo, quizá porque muchos han dudado hasta última hora si jugaría o no. Pero la taquilla es de cinco millones y medio, muy por encima del millón cien mil, récord de la temporada. La tribuna ha pasado de 800 a 1.200, la general, de 400 a 600. El Levante gana 1-0. Cruyff hace poco. Dos detallitos. La estrella es el árbitro, Orellana, que decide lucirse y expulsa a uno de casa y dos de fuera. El equipo se mantiene segundo, como estaba. Ascendían los tres primeros.

No se mata en los entrenamientos. La primera salida es a Granada y no va con todos, sino con el presidente, en el coche de éste. Los Cármenes se llena a reventar y gana el Granada 1-0. Pachín tuerce el gesto, porque el reclamo de Cruyff ha producido el llenazo y un ambiente tremendo que ha ayudado al rival. Y el crack no ha hecho nada.

Domingo siguiente, 1-0 ante el Barakaldo, con taquillazo y poca cosa de Cruyff. Un calco del día del Palencia. La situación hace crisis en la siguiente salida, a Vitoria. Pachín lleva al equipo a Tudela para entrenar el sábado. Cruyff va con el presidente, y llega cuando el entrenamiento ha acabado. Luego, expone la pretensión de exigirle al Alavés la mitad de la taquilla, pues entiende que el que llena el campo es él. Zárraga, gerente del Alavés (ex compañero de Pachín en el Madrid) se niega en redondo. Ya en Vitoria, Cruyff decide no jugar y regresa a Valencia con unos reporteros de televisión franceses que habían acudido a grabarle. El Levante improvisa la explicación de que su mujer ha enfermado, y de ahí el regreso. El equipo pierde 1-0. Esa semana es destituido Pachín, al que sucede Rifé, ex compañero de Cruyff en el Barça.

Pachín sospecha: “Yo creo que todo estaba preparado de antemano. Se buscó el momento para quitarme y se aprovechó el revuelo de Vitoria”.

Rifé debuta con un 2-4 en casa ante el Málaga, luego pierde 2-0 en Cádiz y empata en casa 2-2 con el Oviedo. Ese día, Cruyff marca los dos, que serán los únicos en la triste aventura. El equipo ya ha caído de la zona de ascenso a esas alturas. Luego, doble salida a Madrid, con 0-0 en Vallecas y 2-3 ante el Atlético Madrileño. En casa, 1-0 ante el Castellón. Después, salida a Linares donde, vestido y todo, decide no salir, tras fracasar la negociación por el porcentaje de taquilla. Gana el Linares, 3-1, en medio de bronca gorda. Penúltima jornada, 0-2 en casa ante el Recreativo. La última salida, a Santander, se la fuma, se va a Barcelona a jugar en el homenaje a Asensi.

En total, diez partidos, dos goles. El Levante pasó de segundo a noveno. Fue el cuento de la lechera de Paco Aznar. Las taquillas fueron a menos y no hubo ascenso ni incremento de socios.

Pachín no guarda amargura: “Era un club pequeño. Ahí no podía encajar Cruyff. Pero su llegada movió una ilusión. Lo malo es que no resultó”. Latorre lo recuerda así: “Era un lujo entrenar con él… si le apetecía. A veces llenaba un cubo de agua caliente, se sentaba en el banquillo, metía el pie en él, decía que para curarse el tobillo, y miraba. En cada partido dejaba algún detalle colosal, pero sólo eso. Con Rifé se montó todo al gusto de Cruyff, pero no salió bien”.

Para el club quedó un recuerdo agridulce y un agujero económico. A Cruyff aquello no le dio ninguna gloria, pero sí un dinero con el que empezar a reponerse del fracaso de su inversión en granjas, a la que le arrastró un socio desleal. Según cuenta Luis Rodríguez en la historia del club, sólo costó seis millones. Como responsable de la idea, pudo tener la tentación de minimizar el coste. Otras fuentes hablan de dieciocho y hasta más. A saber. Los únicos beneficiados claros fueron los jugadores o exjugadores que gracias a aquello y a la firmeza de la AFE cobraron los once millones que les debían.

En la siguiente temporada, la 81-82, el Levante pierde dos categorías y baja a Tercera por reiterado impago a sus jugadores. Para entonces, Cruyff ya estaba de regreso en el Ajax.

Pero es igualmente cierto que, pasados tantos años, el Levante conserva cierto orgullo por aquella aventura. Cruyff jugó en el Levante. Eso no se lo va a quitar nadie. En el antepalco del estadio, siempre te muestran con satisfacción la foto.

Archivado en Deportes

miércoles, 11 marzo 2015

Por Alfredo Relaño

Ocho goles, tres penaltis y un título

Está perdido en el recuerdo, salvo para unos poquísimos, pero quizá no haya habido nunca un Atlético-Valencia como el del 23 de abril de 1950. Era la última jornada de Liga. Tres equipos llegaban con posibilidades de ser campeones: ellos dos y el Deportivo de La Coruña, que ese día jugaba en San Mamés. El Atlético (32 puntos en 25 jornadas) sería campeón si ganaba o empataba. El Valencia (30 puntos) sólo sería campeón si ganaba y el Depor (31) no pasaba del empate en San Mamés. Ganando los dos visitantes, sería campeón el Depor.

 

Fue tremendo. Se jugó en el viejo Metropolitano, situado al final de la bajada de Reina Victoria, a la derecha. Más o menos en el rectángulo que ahora forman las calles Juan XIII, Santiago Rusiñol, Conde de la Cimera y Beatriz de Bobadilla. Ahí se vivió mucho fútbol, mucha emoción. Pero pocas tardes como esa.

 

OCHO GOLES

 

Aún vive uno de los protagonistas de aquel partido, Antonio Pérez Balada, por nombre futbolístico Pérez a secas. Jugó con el Valencia, aunque había sido antes jugador del Atlético, en años de posguerra reciente, cuando se llamaba Atlético Aviación.

 

-Mi mujer tenía un problema de huesos. El clima de Madrid no le iba bien. Yo hablé con Juan Touzón, el presidente, y le dije que nos teníamos que ir. Él fue impecable: 'Lo primero es lo primero.' Me dejó salir y nos fuimos a Valencia."

 

Uno de sus últimos partidos como atlético lo jugó en París, contra el Stade Français. Ahí había un formidable portero, Marcel Domingo, que ficharían los rojiblancos y daría grandes tardes en el equipo. Y también vieron ahí a Ben Barek, un superclase algo metido en años ya, pero que dejó una impronta colosal en el equipo.

 

Pero vuelvo al día de autos. El Valencia se aloja en el Hotel Nacional, calle Arenal, junto a la Puerta del Sol. Lo entrena el mítico Quincoces, con motivos para sentirse seguro: ganó ¡6-0! al Atlético en Mestalla, final de la primera vuelta. Curioso: tras aquello, el Valencia era noveno y el Atlético, undécimo. Pero hicieron una segunda vuelta espectacular, sobre todo el Atlético, cuyo entrenador era Helenio Herrera, llamado a ser un revolucionario de los banquillos. La concentración del Atlético, en el Felipe II, de El Escorial, es un hervidero de visitantes en busca de una entrada.

 

El Atlético inserta el domingo una nota en la prensa: "Agotadas las localidades y entradas para el partido Atlético de Madrid-Valencia, no se abrirán las taquillas de la calle de la Beneficencia ni la del campo. Lo que se advierte al público al objeto de evitarle que acuda a las citadas taquillas, y con ello, inútiles molestias."

 

Tarde ventosa en Madrid, a ratos demasiado. Arbitra Arqué, aragonés. A la entrada se vende, a peseta, una guía del partido. Las alineaciones son éstas:

 

Atlético de Madrid: Domingo; Mencía, Lozano, Farías; Hernández, Mújica; Juncosa, Ben Barek, Silva, Carlsson y Escudero. Es la delantera de cristal, heredera de la delantera de seda. ¿Por qué de cristal? Porque por la época salieron unas medias de cristal, más finas que las de seda. Domingo fue duda hasta última hora por fisura de peroné, a la altura del tobillo. Le pusieron una inyección de novocaína.

 

Valencia: Pérez; Asensi, Monzó, Díaz; Santacatalina, Puchades; Gago, Fuertes, Igoa, Pasieguito y Seguí. Puchades acaba de renovar por cinco años y un millón de pesetas. La noticia sale en prensa ese mismo domingo. Ha rechazado una oferta estratosférica del Barça: "Gracias, pero no podría jugar cada tarde mi partida de dominó en el casino de Sueca". El meta suplente del Valencia es Iñaki Eizaguirre, portero de la Selección durante diez años, que lo seguía siendo. Pérez le había quitado el sitio en el Valencia, pero el seleccionador seguía contando con él. Hasta le llevaría al Mundial de Río, ese verano, donde jugaría el primer partido para luego ceder el puesto a Ramallets.

 

El viento sopla fuerte contra la portería del Valencia y el Atlético aprieta. Ben Barek está inspirado y fuerza dos paradones de Pérez. Pero en la primera llegada del Valencia al área de Domingo, en el 5', Lozano derriba a Igoa. El propio Igoa transforma: 0-1

 

El Atleti se lanza empujado por el viento y bien movido por Mújica y Hernández. En el 10', falta lanzada por Mujica y cabezazo de Ben Barek: 1-1. El Valencia lo pasa mal hasta el descanso, agobiado por el viento y la moral del Atlético. En el 40', una escapada de Juncosa acaba con el pase de la muerte a Ben Barek. 2-1.

 

En el intermedio, los ches están afligidos: pierden 2-1, el Depor gana 0-2 en San Mamés y cuando salen al campo comprueban que el viento, que esperaban ahora a favor, se ha calmado. Peor aún, en el 47' Juncosa hace otra escapada y le pone esta vez el gol en bandeja para Carlsson: 3-1. Y aún más: en el 51' Monzó derriba a Silva en el área y el penalti lo transforma Mújica en el 4-1.

 

La grada ya canta "¡Alirón, alirón, el Atleti es campeón…!" cuando todo cambia bruscamente. Coinciden una entrada de Santacatalina a Mújica, que se retira lesionado (volverá, mermado, de extremo izquierda, pasando Silva a la media y Escudero al eje del ataque) y el regreso del ventarrón. Juan Deportista, crítico de ABC, lo narrará después como "la media hora de juego más angustioso que he presenciado".

 

El Valencia, empujado por el viento y por Puchades, se lanza a una loca remontada. En el 63' Igoa hace el 4-2 y al instante se retira Domingo, que no siente el pie y se ve inseguro ante lo que llega. Le sustituye Pérez Zabala, que nada más salir, en el 65', encaja el 4-3, en córner lanzado por Gago y tras varios rebotes en un área que el meta no domina. El balón, rematado finalmente por Puchades, apenas ha atravesado la línea cuando Farías lo despeja, en acrobática chilena, pero Arqué da el gol entre murmullos de la grada. A esas alturas ya sabe el banquillo del Valencia que en San Mamés campea un empate a dos, lo que da más fe a los valencianistas. Sigue su ofensiva loca, con viento de popa y un Pérez Zabala progresivamente más nervioso.

 

Hay un rayo de esperanza para el Atlético cuando en el 67' Juncosa cae en el área del Valencia en fuerte carga de Monzó. Arqué da penalti, que los valencianistas protestan. Para sorpresa de todos, lo lanza el renqueante Mújica. Su disparo lo detiene Pérez.

 

El Valencia renueva sus ataques. En el 77' llega el 4-4, avance de Seguí por la derecha con cabezazo de Igoa. Quedan más de diez minutos, el Atlético está muerto y el Valencia, a un solo gol del título. Helenio Herrera, que ve a Pérez Zabala hecho un flan, toma una decisión extrema: decide el regreso de Marcel Domingo, cosa que en la época (en la que no valía más cambio que el del portero en caso de lesión) estaba permitida. Pérez Zabala se va humillado.

 

Lo que queda es tremendo, con el viento inflando las velas del Valencia. Pero el Atleti resiste. El partido acaba con Gago corriendo hacia la portería atlética, con el balón controlado. Los valencianistas se quejarán después de eso y del segundo penalti. Pero el final es muy deportivo. Todos se abrazan. Extenuados, conscientes de haber participado de algo extraordinario. El Metropolitano aplaude por igual a los dos equipos.

 

En Nules, con 95 años cumplidos, Pérez recuerda aquella tarde como si hubiera pasado ayer: "Arqué nos hizo mil perrerías, pero la culpa de que no ganáramos no la tuvo él. La tuvo Juncosa. ¡Tenía usted que haberle visto! ¡No había quién le quitara la pelota!".

 

Archivado en

miércoles, 04 marzo 2015

Por Alfredo Relaño

Max Merkel, ‘míster látigo’

La temporada 69-70, el Sevilla iba a reaparecer en Primera tras un año de ausencia. El presidente, Ramón Cisneros, decidió darle al equipo un nuevo tono físico. España vivía cierto complejo. Se hablaba mucho de fútbol fuerza y Cisneros pensó en un modelo alemán. Conocía a un emigrante regresado, José María Negrillo, que había vivido el fútbol de Alemania como jugador del modesto TSV Coppengrave. Le preguntó quién era el mejor entrenador alemán. Negrillo le recomendó a Max Merkel: exlateral del Rapid de Viena, entrenador luego en Austria, Holanda y Alemania. Había hecho campeón de Liga al Núremberg, como antes al München 1860 y antes aún al Rapid de Viena. Había dejado el Núremberg, enfadado con los directivos.

 

—Muy bien. Usted que sabe alemán, mándele una carta, a ver si quiere venir al Sevilla.

 

Negrillo la mandó con poca fe de que contestara, pero contestó… pidiendo dos entradas para la final de Copa de Europa Milán-Ajax, en el Bernabéu. Se las consiguieron, organizaron la cita allí y se llegó al acuerdo. Incluso asistió al Sevilla-Mestalla, última jornada, de apoteosis con el ascenso ya asegurado.

 

MERKEL

 

Abc de Sevilla localizó una foto de tres años atrás de una fiesta de Cáritas, una tradición en Múnich, en la que actuaban famosos con disfraces singulares. Merkel hizo de domador, con un látigo en la mano. José Antonio Blázquez, del Abc, comenzó a llamarle en sus muy leídas crónicas, Míster Látigo. El apodo cuajó.

 

Y es que el ritmo semanal en todos los clubes en la época era: lunes, descanso; martes, baño y masaje; miércoles, trotes por el campo con tablitas de gimnasia; jueves, partidillo contra el juvenil; viernes, baloncesto o balonmano y a la concentración o al viaje; sábado, paseo por la mañana cerca y por la tarde, cine. En ese hábito irrumpió Merkel con balones medicinales, cuerdas, vallas… Hacía a los jugadores correr por las gradas, arriba y abajo, en ocasiones con sacos de arena. Y eso en el agosto de Sevilla. Tres sesiones en pretemporada, luego dos, de martes a viernes, una el sábado por la mañana. Las fotos movían a compasión. Sí, el apodo le cuadraba: Míster Látigo. Él decía que había que sufrir en los entrenamientos para disfrutar en los partidos. El debut en Liga fue Sevilla-Atlético y ofreció otra novedad: sus jugadores salieron a calentar al campo media hora antes del partido, cosa ahora absolutamente natural, pero en la época no. La costumbre era calentar dando brincos o trotes estáticos en el propio vestuario, y lanzando balonazos en las paredes. La presentación no fue un éxito: ganó el Atlético 0-1. Los jugadores se dieron cuenta de que Merkel desconocía el fútbol español y hacía emparejamientos inadecuados. Para el siguiente domingo, en Valencia, se organizaron ellos mismos y el Sevilla ganó 0-1.

 

Físicamente, eso sí, el Sevilla destacó pronto. Algunos, por ejemplo Enrique Lora, lo agradecían. “Me puso tan fuerte que fui a la selección. Yo no corría, volaba. Podía con todo”. A otros, singularmente los sudamericanos, venidos de un fútbol en el que se trabajaba aún menos, la cosa no les hacía gracia. Pazos, argentino, Bergara, uruguayo, o Baby Acosta, paraguayo, racaneaban en lo posible. A Baby Acosta, goleador, estrella y favorito del público, le tuvo que consentir algo. Con los otros dos, chocó. Con el cerebral Eloy Matute tuvo un trato en cierto modo deferente.

 

El Sevilla fue tercero esa Liga, con un once de memoria: Rodri; Toni, Toñánez, Hita; Costa, Santos; Lora, Bergara o Blanquito, Acosta, Eloy y Berruezo. Un exitazo, si recordamos que estaba recién ascendido. Pero el idilio sólo duró otro curso. El 70-71 empezó muy bien, pero al final sólo fue séptimo, justo por debajo del puesto que daba acceso a la Copa de la UEFA, creada en sustitución de la Copa de Ferias. Se empezó a decir que quemaba a los jugadores. Pero el golpe definitivo llegó por unas declaraciones. Merkel había subido del Sevilla Atlético a San José. Supo cómo vivía: en una casa muy modesta, de las hechas tras la riada del Tamarguillo. Siete hermanos dormían en una pequeña habitación. Merkel declaró que era una vergüenza que un jugador del Sevilla viviera así. A Cisneros aquello le pareció ofensivo y renunció a la idea de alargarle el contrato. La declaración además, la hizo al Sur de Málaga, ciudad rival, lo que le sentó peor a Cisneros.

 

Volvió a Alemania, donde no tuvo un equipo de su gusto para la 70-71. Y cuando empezaba a convertirse en recuerdo, resultó que en el Atlético las cosas iban mal y cayó Marcel Domingo, justo tras una derrota en casa ante el Sevilla. Empezaba noviembre. Calderón, presidente del Atlético, tiró de Merkel, que a su vez exigió como segundo a Negrillo, contratado con el filial del Granada, el Recreativo. Hubo que pagar una cantidad para que le liberara el inflexible presidente granadino, Candi.

 

Merkel llegó con las mismas. Como en el Sevilla, hubo jugadores amantes de la preparación física que lo agradecieron. Por ejemplo, Adelardo: “Yo creo que a mí me alargó la carrera. Pero es verdad que otros no lo aguantaban”. Pronto se produjo el primer choque. Me lo cuenta el portero Pacheco: “Nos llevó a correr a la Casa de Campo, con un preparador físico. Corrimos como locos por los cerros, deseando el momento de volver al autobús. Cuando llegamos donde nos había dejado, no estaba. Se lo había llevado él. Se suponía que teníamos que regresar corriendo hasta el Manzanares. Nos negamos. Paramos coches de gente que circulaba por ahí, y fuimos bajando de a pocos”. Y, claro, allí fue la bronca. Alguno le dijo: “Tracking, caca”.

 

Los jugadores del Atlético eran celebridades y la prensa de Madrid tenía difusión nacional. Esas imágenes ahora de los internacionales, de los Luis, Ufarte, Gárate… trepando gradas o cargando balones medicinales incrementaron el prestigio de torturador de Míster Látigo. Y fue célebre su choque con Becerra, brasileño melenudo al que exigía que llevara el cabello más corto. Becerra se peló al cero. Merkel era inflexible. La primera vez que apareció por el vestuario el todopoderoso vicepresidente Santos Campano le preguntó si era un homosexual que quería ver hombres desnudos. Pero funcionó. El Atlético enmendó la marcha en la Liga, de la que fue cuarto, y ganó la Copa. Calderón, claro, le dio un año más.

 

En la 72-73, siguieron las tensiones… ¡pero el equipo ganó la Liga! En la celebración, cena multitudinaria en el Palacio de Congresos, Calderón anunció su renovación. Los cientos de asistentes se levantaron a aplaudir… con la excepción de los veinticinco jugadores, que se quedaron sentados y sombríos. Al día siguiente, los más notables de entre ellos se presentaron a Calderón para pedirle que Merkel se fuera. Calderón, consternado, les dijo que le había firmado la víspera.

 

Pero, en esas, Merkel hizo unas declaraciones tremendas en el sensacionalista Bild Zeitung, que vendía cinco millones de ejemplares. El titular de portada era: “Estoy hasta las narices de los españoles”. Y en el interior rajaba de los caprichos de los jugadores, de la falta de organización, de las costumbres del país… El Atlético le exigió que rectificara. Él dijo que era un invento, pero no atendió al requerimiento del club de exigir una rectificación. Seguramente lo habría dicho… sin pensar que iba a trascender en España. Calderón aprovechó eso para despedirle.

 

Y adiós a Míster Látigo. Reemprendió su carrera en Alemania. Murió en 2006, con 88 años. Negrillo, que se hizo un nombre a su lado, voló por su cuenta. Entrenó al Burgos, al Tenerife, al Pontevedra, al Orense, al Calvo Sotelo de Puertollano, al Jerez… Hoy vive en Sevilla, feliz con sus recuerdos, en vecindad de Eloy Matute. Los dos defienden su recuerdo: “Fuera del campo era un tipo amable. Por cierto, no ponga que era alemán: era austriaco. Él decía: ‘Soy austriaco de Viena y español de Sevilla”.

Archivado en

miércoles, 25 febrero 2015

Por Alfredo Relaño

Romero marca el gol más gamberro

A finales de los cincuenta y principios de los sesenta hubo gran afluencia de jugadores paraguayos en el fútbol español. Se debió quizá a dos empujes. Uno, el gran rendimiento de Eulogio Martínez en el Barça, donde llegó en 1956. Fue inolvidable su Copa de 1957, en la que un día le marcó cuatro goles al Madrid en 15 minutos y otro ¡siete! al Atlético en un solo partido. El otro empujón fue el magnífico desempeño de la selección guaraní en el Mundial de 1958. Muy flojo por atrás, pero de enorme calidad e inspiración por arriba. Fue una de las noticias del torneo.

 

Tanto gustó aquel equipo que en España trajimos a su delantera completa, más dos suplentes, más el potente medio Achúcarro. Todo de un golpe. Al Sevilla vinieron Aguilera, Agüero (que luego pasaría por el Madrid) y el citado Achúcarro. Al Oviedo, Antonio Romero y Amarilla. Al Elche, el goleador Re, que luego iría al Barcelona y, de ahí, al gran Espanyol de Los Delfines. Al Valencia, Aveiro. Y a Las Palmas, Parodi.

 

GAMBERRO

 

Pero quedaba fuera el mejor de aquella generación, no detectado porque no estuvo en ese Mundial. Se llamaba también Romero, como el espigado delantero que fue al Oviedo. Pero era interior, más chaparro, tendente a coger peso. Por nombre completo, Juan Ángel Romero Isasi. Ya había sido estrella en el campeonato Sudamericano de 1953, que ganó Paraguay gracias, entre otras cosas, a las diabluras de ese número 10, que entonces sólo tenía 18 años. De aquel equipo, el Atlético trajo tres hombres: el meta Riquelme, el central Heriberto Herrera, que llegaría a ser internacional con España, y el delantero Atilio González. Por su parte, nuestro hombre fichó por el Nacional de Montevideo, y esa fue la causa de que faltara al Mundial. En la época, se solía prescindir de los que se iban a otro país. Un poco incluso se les perdía la pista.

 

La efervescencia del mercado español acabó por captarle. Quien le trajo aquí fue el mismo que a los demás, un intermediario llamado Arturo Boghossian, de origen armenio. En aquel tiempo sin noticias ni contactos, se movía bien, iba y venía, conocía las necesidades de los clubes españoles y les ofrecía soluciones del otro lado del charco. Tenía muy buen trato con Esquitino, el genial presidente del Elche que había conseguido ascender al equipo en dos temporadas de Tercera a Primera (no había Segunda B) con César como entrenador-jugador.

 

Romero, le dijo, podía ser la perla que le diera al equipo caché de Primera. Una estrella por poco precio. Esquitino aceptó. También aceptó Romero, aunque vino engañado. Boghossian le dijo que le traía para el Barcelona. Una vez en España, le contó la verdad: no venía al campeón de las dos últimas Ligas sino al Elche. Por supuesto, Romero no sabía ni de la ciudad ni del equipo. Pero una vez hecho el viaje… Lo mismo le había hecho Boghossian no mucho antes a Griffa, un central al que le dijo que venían al Barça para luego decirle que no, que al Atlético. Claro, que en el caso de Romero, el salto era mucho mayor.

 

Y deslumbró. Tras siete años en Nacional (y dos antes en el Olimpia) era, a sus 26 años, un jugador cuajado y en plenitud. No cuidaba mucho su figura, pero aquí estábamos entonces acostumbrados a eso, desde el ya citado Eulogio Martínez al celebérrimo Puskas, con cuyo juego, además, emparentaba el de Romero. En su primera Liga consiguió 21 goles, una enormidad para un jugador del Elche, todavía entonces un equipo que luchaba por la permanencia. Tanto, que se salvó en promoción.

 

Elche, en efecto, tenía un ídolo como nunca hubiera soñado. Y él se sentía feliz. De arranque, jugó 153 partidos seguidos, sin perderse ni uno entre 1960 y 1965.

 

Tenía cierta facilidad para el gol olímpico (cuentan que marcó siete en su carrera), pero el gol más celebrado por los suyos fue el que le marcó al Murcia el 10 de noviembre de 1963. El Murcia había regresado a Primera División después de varios años. Venía a disputarle al Elche un protagonismo como equipo hegemónico de aquella zona. Había derbi. Y por primera vez en Primera División.

 

Ese 10 de noviembre, en un Altabix lleno y ansioso, salta al campo el Elche con estos jugadores: Pazos; Chancho, Iborra, Quirant; Ramos, Forneris; Cardona, Lezcano, Eulogio Martínez, Romero y Oviedo. Es la célebre delantera del CLERO, palabra que resulta de empalmar las iniciales de los cinco. Eulogio Martínez era el mismo que había estado en el Barça. La tripleta central era paraguaya. Cardona era hondureño y Oviedo, español. El entrenador era Heriberto Herrera, paraguayo también, citado más arriba.

 

Por su parte, el Murcia va con: Campillo; Tatono, Marquitos, Dauder; Lax, Martínez; Miguel, Aznar, Marsal, Merodio y Szalay. Entrena Fernando Daucik.

 

El Murcia ha hecho un equipo competitivo, apuntalando a los héroes del ascenso con destacados veteranos: Marquitos, Miguel, Marsal, Merodio… Sale bien y marca por delante, por medio de Lax.

 

Pero el Elche, bien hecho, más joven y achuchado por su público, da la vuelta al marcador con goles de Cardona y Lezcano, este, por cierto, paraguayo también, llegado un año antes de la mano, cómo no, de Boghossian… bajo promesa de llevarle al Valencia para depositarle luego en Elche.

 

Está el partido 2-1 cuando a ocho minutos del final se produce la jugada de la que se hablará años en aquella parte de España. Tatono quiere ceder un balón a Campillo, pero se le queda corto. Romero, astuto, lo ve, burla la salida desesperada del meta, va a puerta solo, el gol es inevitable… y de repente se para. Pisa el balón frente a la raya, se pone a cuatro patas y con un suave golpe de cabeza le hace atravesar la raya. A la estupefacción sigue el júbilo en Altabix por esa ocurrencia burlona.

 

Por supuesto, a Campillo no le hizo la menor gracia. La jugada le quedó royendo por dentro las horas siguientes. Hasta que, seguro de que Romero cenaría con algunos compañeros en La Goleta, en Alicante, como solía, salió a las nueve de su casa en Guardamar y se fue a buscarle. Y, en efecto, allí le encontró, con Lezcano, Eulogio y algún otro. Le retó a salir y Romero salió, entre la expectación de la clientela. Pero le calmó. Le dijo que algunos compañeros de Campillo le habían hecho burla con el 0-1, y que por eso se le ocurrió lo que hizo. Que sentía haberle ofendido a él, que si llega a saber lo mal que le iba a sentar no lo hubiera hecho.

 

Campillo aceptó las explicaciones. Y fuese y no hubo nada.

 

Romero aún dejaría otra jugada muy especial para el recuerdo de la afición. Fue el 3 de abril de 1966, última jornada de Liga, cuando tras desarbolar a toda la defensa ché no marcó, sino que regaló el gol a Vavá, joven delantero nacido en Béjar pero cocinado en el Ilicitano. Con ese gol, Vavá fue Pichichi con 19, uno más que Luis Aragonés.

 

El curso siguiente, llegó Di Stéfano como entrenador. Tenía el encargo de renovar el equipo y dio la baja a Romero, decisión muy controvertida. Aunque ya tenía casi 33 años, a otro que no fuera Di Stéfano no se lo hubieran consentido. Se fue un año al Hércules, y de ahí regresó al Ilicitano, como entrenador-jugador. En el 70 se retiró. Se quedó para siempre en Elche, donde falleció en 2009.

 

Los veteranos del club se reúnen con frecuencia a hablar de aquellos buenos viejos tiempos. En las conversaciones siempre está Romero. Y su gol inaudito al Murcia en aquel lejano derbi.

Archivado en

miércoles, 18 febrero 2015

Por Alfredo Relaño

Bernabéu quiso tirar el Bernabéu

Estos días en que se habla de reforma o traslado del Bernabéu me recuerdan un suceso poco conocido (quizá porque casa mal con la leyenda de favoritismo franquista hacia el Madrid). Me refiero al berrinche que se llevó Santiago Bernabéu cuando quiso derribar el estadio que llevaba, y aún lleva, su nombre, vender los terrenos, y hacer uno nuevo en la salida de la carretera de Colmenar. No le dejaron.

 

El asunto surgió como una gran sorpresa el 8 de septiembre de 1973. Para entonces Bernabéu llevaba 40 años en el club, tenía 78, y el estadio, 37. Eran tiempos en que la principal partida de ingresos de los clubes era la de socios y taquilla. La televisión ya daba algún dinero, muy poco en proporción a lo de ahora, y luego habría que añadir las contrataciones para torneos de verano y otros amistosos. No existían los ingresos de márketing, tan suculentos ahora para los grandes clubes. Se hablaba entonces de ingresos atípicos como algo que se presentía y deseaba para el futuro, sin saber bien lo que sería.

 

Bernabeu
 

 

Aquel 8 de septiembre de 1973 el Madrid, en comunicado público, lanzó la idea. Tras una larga consideración sobre su historia, su implantación social, sus perspectivas y sus necesidades, anuncia que tiene el proyecto de construir un nuevo estadio en el barrio de Fuencarral, junto a la salida de la Nacional I (Madrid-Burgos-Irún-Francia). Por donde ahora está la zona residencial llamada Tres Olivos. Lo pensaba financiar con la venta del solar del Bernabéu, que previamente debía obtener autorización municipal para que en él se pudiera edificar una torre de imponentes dimensiones y una zona residencial.

 

El proyecto había sido elaborado por un estudio internacional, con razón en Suiza, dirigido por un tal William Zeckendorf, del que la propia nota aclara, quizá para endulzar la dureza fonética del apellido, que era descendiente de sevillanos (por parte de madre, se supone). También informa, para prestigiar la firma ante la opinión pública, que ha llevado a cabo, entre otros proyectos importantes salpicados por el mundo, el del edificio de la ONU de la Place Ville Marie de Montreal.

 

 

En el consejo de la empresa figura Alfonso de Borbón, primo del entonces príncipe don Juan Carlos, y casado con una nieta de Franco. Por la época eran insistentes los rumores de que doña Carmen, esposa de Franco, soñaba con convencer a su marido para que la Monarquía se reencarnara en el marido de su nieta, en lugar de en don Juan Carlos.

 

El nuevo estadio tendría capacidad para 120.000 espectadores, la mitad de asiento, todos cubiertos. Y 6.000 plazas de aparcamiento. Se financiaría con la venta del solar del Bernabéu, del que se preveía el siguiente uso: un 88% quedaría dedicado a parque público; el restante 12% se repartiría en una torre mayor que cualquier otra de las que entonces había en Madrid (248 metros, 70 pisos, oficinas y un hotel de 600 habitaciones) y un bloque residencial, de menor altura, con fachada a Padre Damián.

 

Bernabéu en persona acude a El Pardo a presentar el proyecto, con las correspondientes maquetas. Cuentan los testigos que doña Carmen se deshizo en elogios, pero que Franco estuvo más bien lacónico. No preocupó mucho, porque era su estilo.

 

En la opinión pública, el asunto chocó. Por un lado, la mudanza de estadio difícilmente es bien vista por parte de los aficionados, que se ven incomodados en su hábito. Además, la localización se veía entonces demasiado remota. Ahora no lo es, claro, y seguro que la presencia del estadio del Madrid hubiera tirado de la ciudad antes hacia allá, como pasa en casi todas partes con casi todos los estadios, pero entonces era lejos. Y luego estaba el problema de los reversionistas. El Madrid compró en su día los terrenos del Bernabéu para uso deportivo, darles otro destino no era fácil. Y se hablaba además del impacto brutal que sobre el tráfico de la zona significarían las nuevas viviendas y la monumental torre, con todos sus empleados entrando y saliendo a la misma hora y obstaculizando la arteria esencial de la ciudad, como es la Castellana.

 

Para Bernabéu, era una oportunidad. El estadio estaba viejo, se hacía incómodo. Sólo tenía 32.000 asientos. Contar con 60.000, manteniendo otras 60.000 localidades de pie y todo cubierto podría aumentar mucho los ingresos y relanzar al club, como en su día lo relanzó el viejo estadio, mucho mayor en capacidad que los de la época.

 

Y el Barcelona y el Atlético lo habían conseguido. El Barcelona hizo el Camp Nou en 1957 y pudo aliviar su deuda cuando en 1965, tras tres recalificaciones que forzaron mucho las cosas, consiguió vender el terreno del viejo Les Corts, que ahora está ocupado por pisos. Y, más cerca en tiempo y lugar, el Atlético vendió el terreno del viejo Metropolitano (también todo pisos hoy) para construir el Manzanares, que estrenó en 1966. Así que Bernabéu entendía que pedía lo que ya habían hecho otros.

 

Pero se le torció. La prensa no le siguió, como hubiera esperado. Incluso el Arriba lanzó la especie, falsa, pero que aún perdura, de que los terrenos del Bernabéu eran una expropiación forzosa al final de la guerra, algo así como un regalo al club.

 

En medio del debate se cruzó como un trueno un artículo tremendo en la página tres de Abc. El artículo de la página tres de Abc era entonces, y con mucho, el más leído e influyente de España. Siendo además, por ADN, el Abc un periódico decididamente madridista (a fuer de monárquico) el artículo tuvo un impacto decisivo. Se oponía duramente, casi cruelmente, haciendo incluso caricatura de los méritos del Madrid. El artículo, firmado por Luis Pascual Estevill (cuya calamitosa biografía posterior da qué pensar), estaba en línea con la opinión del ministro de la Gobernación, Arias Navarro, que había sido alcalde de la ciudad, y que se había opuesto firmemente al proyecto: “Lo que el Real Madrid pretende está prohibido por ley, como está prohibido el asesinato”, había dicho. Pascual Estevill recogía esa misma expresión, y sobre el argumento del Madrid de que otros lo habían hecho antes, recogía una frase de la revista Cambio 16 en su número 81. “También los regicidios tienen precedentes, y los parricidios, genocidios y demás actos repugnantes de que está plagada la historia de la Humanidad”. Entre las aportaciones de su propia cosecha, Estevill añadía: “Va a ser un test. Vamos a ver si el Real Madrid puede tanto que puede torcer la ley, pisotear el derecho, aplastar el bien común, perjudicar los intereses generales y hacer negocios fabulosos a capricho”.

 

No mucho más tarde, recibió la negativa oficial, que nunca entendió.

 

Ese berrinche se lo llevó a la tumba. Tanta fue su decepción que en unas memorias finales recogidas por el periodista Jaime Martín Semprún llegó a decir: “Yo luché en el bando nacional y si retornara esta situación hoy, no lo dudaría, volvería mi mosquetón contra éste”. Una exageración, sin duda. Bernabéu no podría haber luchado junto a los republicanos entre otras cosas porque probablemente le hubieran fusilado en cuanto le pillaran. Había sido activista de la CEDA y en los primeros días de la guerra estuvo escondido en un hospital y luego en la Embajada de Francia. Cuando pudo salir, se incorporó al bando nacional como voluntario y participó, como cabo, en la campaña de Lérida, donde su unidad ganó la Medalla Militar Colectiva por el copo de Bielsa.

 

Pero se entiende el berrinche, y más en perspectiva, cuando se ve cuántas torres se han construido en la zona, y zonas aledañas, sin miedo a colapsar el tráfico. ¿Por qué aquella negativa a Santiago Bernabéu, expresada con tanta severidad? Agustín Domínguez, secretario de la gerencia del Madrid entonces, creía saber que un altísimo personaje del Régimen, cuyo nombre me reservo porque no he podido comprobarlo, tenía intereses en el proyecto de la Torre Europa, la primera de las de la zona, esa que está en diagonal con el Bernabéu, en la esquina de la Castellana con General Perón.

 

Verosímil, cuando menos. El caso es que el Madrid se quedó sin lo que sí habían obtenido el Barça y el Atlético.

Archivado en

jueves, 12 febrero 2015

Por Alfredo Relaño

El derbi de la tortilla

Manzanares al Barça, que acababa de sufrir el secuestro de Quini. Anunció que jugaría un día, cuando ya tuvieran el título seguro, de defensa central:

—Yo había jugado en la Facultad de Medicina. No era técnico, era de los de si pasa el balón que no pase el hombre. Pero no sería tan malo. Me dejaron caer algo del España Industrial, antecedente del Condal, el filial del Barça. Pero no cuajó.

Blog-relano


Y llegó lo inevitable. Le pusieron a Guruceta en Sarriá y perdió 2-1. Luego, empate en casa 1-1 con el Salamanca, Condón Uriz mediante. Derrota en Gijón, 3-0, con Fandós. Un punto en tres partidos. La Real Sociedad y Real Madrid, en una gran segunda vuelta, se le están echando encima. Así se llegó al partido del Zaragoza en el Manzanares, a cuatro jornadas del final. El público va al Manzanares mosqueadísimo por esos arbitrajes, con Cabeza en todos los periódicos y radios soltando lo que piensa.

Arbitró Álvarez Margüenda y aún lo recuerdo como la jornada de mayor enfado atlético con un arbitraje, que ya es decir. El Zaragoza pegó mucho (Rubén Cano se fue lesionado en el minuto 4) pero los expulsados fueron atléticos, Marcos y Robi. Se le reclamaron dos penaltis en el área aragonesa, pero el que pitó fue contra el Atlético. Ganó el Zaragoza, 1-2, con un gol final de Valdano. Cayeron vallas, se invadió el campo. Hubo alborotos en la calle. Resultado: cierre y jugadores suspendidos.

Aun así, el Atlético saca un 1-1 con Sánchez Arminio en la visita a Valencia, lo que descarta a este equipo para el título. Toca visitar el Bernabéu, en la penúltima jornada. Al Madrid le faltan seis titulares: García Remón, Benito, Ángel, Gallego, Juanito y Cunningham, más Pineda, suplente de estos últimos dos. El Atlético tiene 41 puntos, como el Madrid. La Real, 42. Aún puede aspirar al título. Pero Cabeza dice que les van a robar seguro y convoca a una merienda con tortilla y bota de vino en el Manzanares a la hora del partido, las cinco de la tarde. Es el 19 de abril, Domingo de Resurrección.

Acuden unos diez mil, que se concentran en la grada baja, delante del palco, en el que se instala Cabeza. Una pancarta le ensalza: “No seremos campeones/ pero tenemos un presidente/ que le hecha (sic) coj…”. Cabeza firma billetes de metro, carnés del Atlético, fotos, billetes de cien, mil y hasta cinco mil pesetas. La megafonía conecta la transmisión del partido. Arbitra Urízar. El Madrid gana 2-0, desperdiciando un penalti. El duelo se disuelve pacíficamente: “Todos a reírse, no quiero una cara triste. Si el partido de hoy se ha perdido en el terreno de juego, como hemos oído, no hay nada que decir. También sabemos perder. La Liga nos la robaron el día del Zaragoza”.

Para la última jornada, el destierro, Cabeza escoge Albacete. Empate (0-0) con Osasuna. Arbitró Ramos Marcos. Ese mismo día la Real gana la Liga in extremis, con gol de Zamora cuando el Madrid ya había acabado en Valladolid (1-3) y se sentía campeón.

El Atlético había hecho tres puntos en los últimos siete partidos.

Cabeza aguantó un año más. Le suspendieron por 16 meses. Al final de la 81-82 se fue. Equilibró cuentas con las ventas de Marcos y Julio Alberto al Barça. Al cabo de tanto tiempo, no se arrepiente de nada:

—Alguien tenía que decir esas cosas, y fui yo. No sabía callarme, ni sé ahora, ni lo pretendo. Por cierto, unos años después mi familia y yo nos encontramos a Álvarez Margüenda por Sevilla. Nos saludamos. Me pidió perdón. Si alguien te pide perdón es que te ha hecho algo malo, ¿no?

Archivado en

miércoles, 04 febrero 2015

Por Alfredo Relaño

Roca Junyent, azote de falsos oriundos

A Roca Junyent es frecuente verle ahora en los telediarios, como abogado de la Infanta Cristina. Político de largo recorrido, es uno de los siete padres de la Constitución y nunca ha dejado de estar presente en el panorama nacional. Pero la primera vez que se oyó hablar de él fue por el fútbol. Un informe suyo dio fin a un lío que duró tanto que hasta tuvo dos nombres: “Timo de los Paraguayos” y “Timo de los Oriundos”.

Tras el fracaso del Mundial de 1962, en Chile, la federación prohibió la importación de futbolistas. Dejó, no obstante, entreabierto un portillo: se podría fichar descendientes de españoles… siempre que no hubieran sido internacionales en su país de origen. “Si no han sido internacionales es que no serán buenos”, razonaba el aficionado. Pero se argüía que podrían venir jóvenes con futuro, baratos y que incluso reforzaran a la selección.

Imagen


Y empezaron a venir. Venían argentinos, uruguayos, chilenos, pero sobre todo paraguayos. Algunos muy buenos. Tan buenos, que costaba pensar que no fueran internacionales, que los hubiera mejores en Paraguay. Por ejemplo, Fleitas, interior en punta que vino al Málaga, de donde lo adquirió el Madrid para hacer pareja con Amancio. O Aníbal, líbero del Valencia.

En eso, en junio de 1969 llegó a El Prat, procedente del Cerro Porteño, un tal Severiano Irala, extremo de ambos lados o media punta, fichado por el Barça. Se le presentó tan elogiosamente en la rueda de prensa que un periodista preguntó ingenuamente:

—Y si usted es tan bueno, ¿cómo no es internacional en Paraguay?

—Claro que soy internacional.

—¡Entonces no puede jugar aquí!

—¿Cómo que no?

Y citó siete nombres de paraguayos internacionales en España, entre ellos los de Fleitas y Aníbal. Fleitas había pasado justo ese verano al Madrid.

No circulaba tanta información como ahora, nadie sabía aquí quién había sido o no internacional en Paraguay. Así que intermediarios espabilados habían encontrado un funcionario venal en la Federación de Paraguay que por mil dólares expedía un certificado de no internacional. Irala, sin quererlo, descubrió el pastel.

La federación no permitió que el Barça le inscribiera, pero dio como hecho consumado los inscritos con anterioridad. En medio de todo, estaba Fleitas. El Madrid podía defender que había comprado a Fleitas aquí, al Málaga, y que eso no se lo podía echar atrás nadie. Y era verdad. Pero si no se echaba atrás a Fleitas, ¿cómo echar atrás a otros? Así que todos. ¿E Irala? Irala no, porque no llegó a ser inscrito.

Para más inri, la Liga empezó con un Madrid-Barça, 3-3. Fleitas metió dos goles. El mismo día, De Felipe lesionó a Bustillo. El Barça estaba que echaba chispas.

Se acuñó como expresión “El timo de los paraguayos”. El secretario de la federación, Andrés Ramírez, fue suspendido durante seis meses por negligencia in vigilando. Se pensó que se había cerrado la brecha. Bastaría con vigilar bien en cada caso, vía la FIFA, si el paraguayo de turno había sido o no internacional.

Pero el problema rebrotó con más fuerza. ¿Eran de verdad todos oriundos? ¿Tanto dio de sí nuestra ínclita raza ubérrima en su aventura americana? Porque venían muchos, muchísimos. Aleccionados a medias. “Sí, mis abuelos son gallegos, de Celta”. O “¿Es verdad que sus abuelos eran navarros?”. “No, eran de Pamplona”. Esto último corresponde al feroz Aguirre Suárez, argentino, que vino como paraguayo.

Se les buscaban padres para crearles un origen español. Algunos argentinos venían de paraguayos, para borrar su internacionalidad. Llegó a darse el caso de tres hermanos de padre, Carlos Martínez Diarte (Lobo Diarte), Diomedes Martínez Cabrera y Luis Óscar Martínez Leguizamon, que figuraban como hijos de un industrial gráfico de Asunción, Antonio Martínez Rubalcaba, al que utilizaron sin su consentimiento.

En el verano 72-73, en medio de aquel coladero, al Barça le echan para atrás los papeles de Juan Carlos Heredia y Fernández Cos. Para el Barça, ya es el colmo. El Barça, que está por la apertura de fronteras, que lo que quiere es traer a Cruyff, se ve de nuevo parado en un semáforo que sólo se enciende para él.

Es entonces cuando Agustín Montal dice basta. Bien asesorado por un estupendo gerente, Armando Carabén, crea una comisión de abogados, con Francisco Segura, Ignacio Gispert y Miguel Roca Junyent, el más joven de los tres, compañero de bufete en el Gabinete Jurídico y Económico de Narcís Serra, el que luego fuera alcalde de Barcelona y ministro socialista. Se decide enviar a Roca Junyent (“me tocó porque era el más joven”, me comenta con humor) a investigar in situ. Llevaba en su cartera 40 casos de oriundos sospechosos.

—Para mí fue una feliz experiencia de juventud. Lo recuerdo de una manera muy grata. Tenía un buen contacto de partida, Pertiné, muy bien relacionado. La nacionalidad española se pierde si se hace servicio de armas en otro país. O sea, que un español con doble nacionalidad que hace la mili, por ejemplo, en Argentina, deja de ser español. Y de esos había muchos casos. Hijos o nietos de españoles, pero cuyos padres ya no podían transmitir la nacionalidad, porque la habían perdido en su día.

Se vio con bastante militares “algunos de los cuales sonaron luego, cuando el golpe”, para consultar fichas de enrolamiento. En Córdoba le ayudó mucho Fernando de la Rúa, más adelante presidente de la República, época en la que fue apodado como Frenando de la Duda, por su carácter irresoluto. Felizmente, pudo regresar a Barcelona el mismo día 24 de diciembre de 1973 para pasar la Navidad en casa.

El informe era demoledor: sólo uno de los 40, Quetglás, del Mallorca, estaba legalmente. Los otros 39, no. Dos de ellos, Roberto Martínez y Rubén Valdez habían jugado de forma irregular en la Selección partidos de clasificación para el Mundial.

Lo entregó en el Barça. Montal habló con Porta, presidente de la federación española, y le propuso destruirlo a cambio de que se admitiera el fichaje de extranjeros. Porta no estaba seguro de si el informe era tan explosivo o si Montal iba de farol.

El despacho de Roca estuvo en obras esos días. La misma empresa pintaba la federación catalana. Sospechosamente, el Informe Roca fue fotocopiado y acabó en la mesa de Porta. Y éste concluyó que sí, que era inconveniente que se conociera todo aquello. Entre otras cosas, aparecía cierto cónsul español demasiado ligero a la hora de firmar papeles. Así que se reabrió la importación de extranjeros para la 73-74. El Barça fichó a Cruyff y Sotil; el Madrid, a Netzer y Mas; el Atlético, a Ayala y Cacho Heredia; el Valencia, a Keita y Kurt Jara…

Algunos falsos oriundos ficharon como extranjeros y a los dos años se hicieron españoles. Ese fue el caso de Juan Carlos Heredia, que empezó cedido en el Elche como extranjero para más tarde llegar al Barça y a la selección.

El Athletic y la Real, que durante todo el proceso se opusieron tanto a extranjeros como a oriundos, estuvieron denunciando como alineación indebida todos y cada uno de los casos. Ellos también habían enviado un detective, José Luis Gallo, que lo pasó muy mal. Las denuncias fueron acumulándose hasta que se dictó un indulto general. Y aquí paz y después gloria.

Archivado en Deportes

miércoles, 28 enero 2015

Por Alfredo Relaño

Aquel atraco al Atlético en Esmirna

Si hay un club cuya afición es especialmente dada a desconfiar de los árbitros, generación tras generación, ese es el Atlético. Y hay que admitir que ocasiones para alimentar ese recelo nunca han faltado. Pero ninguna tan clara como el despojo que sufrió en la localidad turca de Esmirna el 22 de noviembre de 1967, en partido de Copa de Ferias. Aquello fue excepcional.

 

Y eso que el Atlético viajó allá tan feliz. Era un Atlético lujoso, con Ufarte, Luis, Gárate, Adelardo y Collar en la delantera. Había ganado 2-0 el partido de ida, en el que mereció más, pero parecía bastar. Además, estaba líder en la Liga. El partido inmediatamente anterior al viaje fue la visita al Sánchez Pizjuán. Vicente Calderón, el presidente, les propuso una prima curiosa: como el viaje a Esmirna se iba a realizar en un vuelo chárter (aquello en la época aún sonaba a novedad) les dijo a los jugadores que si ganaban en Sevilla cada cual tendría derecho a una plaza gratis (que incluía los gastos de estancia) en el vuelo. Para la mujer, el hermano, el padre, la madre, un amigo… De novias no hablo, porque entonces no se concebía semejante posibilidad.

 

ATRACO

 

El Atlético ganó en Sevilla y bien, 0-2, goles de Gárate y Collar. Los jugadores tuvieron su plaza de acompañante, que cada cual empleó como quiso. El viaje se hizo en un Coronado de 130 plazas, vía Fráncfort. Allí aterrizaron en un aeródromo militar, donde ya las cosas empezaron a cambiar de color. Estaba en pleno estallido la crisis grecoturca por Chipre y los trámites de entrada fueron engorrosos. Además, la presencia de tanto soldado armado con tremendos fusiles ametralladores imponía.

 

La llegada fue el lunes por la noche. El martes hubo una interesante excursión a Éfeso, donde se estableció ya en el siglo XIX que tuvo su última morada la Virgen María. Ahí había estado en julio de ese mismo año el papa Pablo VI, en una misa multitudinaria que vino a ser como una ratificación del hecho. Y allí fue el Atlético, la mañana del martes, a escuchar una misa celebrada por su capellán, Pablo Serrano. Fue una visita agradable para todos, de la que regresaron con ánimo alegre y espíritu confortado.

 

Pero el entrenamiento en el escenario del partido, al anochecer, dio un giro a sus ánimos. El campo era espantoso, sin rastro de hierba, de una tierra oscura, casi negra, que las ráfagas de viento levantaban en molestas nubes de polvo. La impresión que daba ese campo era, en palabras del crítico Antonio Valencia, “como si el caballo de Atila hubiera galopado por él en varias direcciones y no hubiese dejado para los siglos venideros la posibilidad de una brizna de hierba”. Solo había gradas en los costados, tras las porterías, no. El viento corría de lo lindo. La luz era mala, cuatro torres, una en cada esquina.

 

El Göztepe, además, estaba lanzado. Acababa de ganar 2-0 al poderoso Besiktas, se había puesto líder, su delantero Fevzi es pichichi, con ocho goles. En una ciudad menor, tener al equipo líder por encima de los equipos de Estambul creaba una euforia enorme. Las 25.000 localidades estaban vendidas.

 

El partido se jugó a las 18:30, hora española, ya de noche allí. Al Atlético le va a faltar el portero titular, Rodri, con molestias desde Sevilla. Le sustituye San Román, hoy presidente de los veteranos del club. Por delante de él, los mismos de Sevilla: Rivilla, Iglesias, Calleja; Glaría, Jayo; Ufarte, Luis, Gárate, Adelardo y Collar. También han viajado Rodri, Colo, Ruiz Sosa y Urtiaga, uno por línea. Era el primer año de cambios en la Copa de Ferias. Urtiaga saldría por Gárate en el 59.

 

Hace frío, seis grados. Arbitra un yugoslavo llamado Josip Strmecki, que en principio no significaba gran cosa para el Atlético, pero que luego, ¡caray! Los turcos salen en tromba, el Atlético aguanta. Cuando intenta salir le pegan y rara vez se pita. Si el avance progresa, se corta por fuera de juego y santas pascuas. El Atlético ya se está mosqueando cuando llega algo peor. En el 14, tras una jugada confusa con un par de rebotes, Iglesias carga por detrás a Fevzi cuando este iba a entrar en el área; la falta es visiblemente fuera, pero Strmecki da penalti, entre las protestas del Atlético. Halil lo transforma en el 1-0, entre el júbilo de la hinchada. De regreso al centro del campo, Collar le dice algo a Strmecki y este le expulsa. De repente, el Atlético pierde por un gol y está con 10.

 

El Göztepe reinicia una ofensiva furiosa, que se estrella en la defensa o en San Román, enorme. Por fin, en el 28, culmina una buena jugada de Ertan por la derecha con un cabezazo de Gürsel. 2-0. El Göztepe se toma un respiro, el Atlético intenta desplegarse, pero le siguen pegando de lo lindo. Cerca del descanso, hay otro apretón del Göztepe, que frenan la defensa y San Román. El árbitro alarga ocho minutos la primera parte, con lo que prolonga el agobio.

 

Los atléticos se conjuran en el descanso para aguantar como sea. El entrenador, Otto Gloria, trata de calmarles. Al menos hay que marcar un gol. Se confía en Ufarte. Pero en el 66 le expulsan, por protestar el enésimo fuera de juego mal señalado por el linier. Ahora son nueve contra 11 y sin goles que defender.

 

En eso, aprovechando un momento de juego parado, la megafonía anuncia que va a emitir un mensaje de la Marina. Se hace un silencio sepulcral hasta que suena el aviso: “Marina de Guerra turca en el mar, en misión de servicio, desea la mejor suerte al Göztepe”. El clamor es tremendo. El Göztepe se lanza, el campo se vuelca, el Atlético se mete en su área donde, al fondo de la cuesta, San Román para lo que le echen.

 

Llega el minuto 90, el 91, el 92, el 93, el 94, el 95, el 96, el 97… Aquel bombardeo no para. Strmecki contesta con gestos de “jueguen, jueguen” a las reclamaciones de los atléticos (en la época no había carteles, la prolongación era a discreción del árbitro). Hasta que tras 11 minutos de juego añadidos al minuto 90, Halil marca con un disparo alto. Inmediatamente, Strmecki pita el fin, sin ni siquiera sacar de centro. El partido ha durado, con los dos descuentos, 109 minutos. El Atlético está eliminado.

 

Los jugadores se lanzan sobre el árbitro, que primero cae y luego se defiende a patadas. Llegan en su auxilio los linieres, con los banderines, y pronto gendarmes y hasta fotógrafos locales. Mientras, los jugadores del Göztepe reciben la ovación de los suyos. Cuando los atléticos son reducidos y llevados al túnel, les reciben a botellazos. En la trifulca sale herido el conde de Cheles, uno de los directivos del equipo. Necesitará siete puntos en la nuca. Jayo tiene una ceja partida, por el palo de un linier.

 

Un grupo de exaltados destruye el autobús del Atlético y zarandea el de seguidores, que pasan un susto tremendo. La policía restablece el orden. Los jugadores son evacuados al hotel en taxis protegidos. El Atlético renuncia a la cena oficial, y eso que le dicen que el árbitro no está invitado. A Calderón le envían el regalo a la habitación. Él lo devuelve con una tarjeta.

 

La mañana siguiente hay que madrugar, porque a partir de las nueve el aeropuerto militar ya no estará disponible. Con la indignación general, ahí no duerme casi nadie. Cuando despegan oyen unas explosiones. El miedo dura hasta que se alejan de Turquía y la zona del conflicto. Tras escala en Fráncfort, aterrizan en Barajas a las 13:35, recibidos por hinchas y banderas. Si llegan a pasar no hubieran tenido ese recibimiento.

 

Ninguno de los viajeros olvidó jamás aquellos hechos.

Archivado en

miércoles, 21 enero 2015

Por Alfredo Relaño

El sonado regreso de Lángara

El regreso de Torres al Atlético trae a la memoria uno de los sucesos del fútbol de la posguerra: el de Lángara, el formidable goleador, al Oviedo. Fue en el verano de 1946. Para entonces él tenía ya 34 años. Llevaba diez fuera de España y una novia le esperaba.

 

Lángara es el goleador más formidable que ha tenido nuestro fútbol. Nacido en Pasajes (Gipuzkoa), el 15 de mayo de 1912, se mudó de chaval a Andoain y rompió como jugador en el Tolosa. Hasta allí llegó para ficharle un enviado del Atlético de Madrid, Ángel Romo, con instrucciones inconcretas. Le dijeron que se trajera “al delantero centro, al precio que sea”. Pero ese día Lángara no jugó de delantero centro, sino de interior. Romo fichó a José María Arteche, que fue el delantero centro esa vez. Un buen jugador, pero con un defecto: tenía una pierna más corta que otra.

 

El siguiente en interesarse por Lángara fue el Oviedo, entonces en Segunda División. Era la temporada 30-31. Para la 32-33 ya estaban en Primera y Lángara era el terror de todas las defensas. Su poderío le hizo imprescindible en la Selección. Para cuando llegó la Guerra, en verano del 36, era, con 24 años, una gloria del fútbol español. Máximo goleador de la Liga en los tres últimos años y bandera de la Selección Nacional, para la que hizo 17 goles en 12 partidos. Barrió a Portugal en los choques de clasificación para el Mundial de 1934.

 

Langara

 

 

La Guerra Civil le pilló en Andoain, de vacaciones. En principio fue encarcelado, porque había participado como soldado de reemplazo en las operaciones contra la Revolución de Asturias, en 1934. Pero su popularidad y la evidencia de que su responsabilidad era mínima provocaron su liberación. Cuando se formó una selección vasca para hacer jugar por Europa a fin de recabar fondos y hacer propaganda del Gobierno vasco, contaron con él, como no podía ser menos, junto a los Blasco, Zubieta, Cilaurren, Regueiro, Iraragorri, Gorostiza y demás. Aquel equipo hizo una sonada gira por Europa: Francia, Checoslovaquia, Polonia, URSS, Finlandia, Dinamarca y Noruega. De regreso a Francia, tras ser rechazados en Inglaterra, se replantearon el futuro. El País Vasco ya había sido tomado por Franco. Algunos (Gorostiza entre ellos) regresaron a España. Los más viajaron a América. En México jugaron el campeonato con su nombre, el Euzkadi. Luego, la creciente presión de la FIFA, que reconoció a la nueva Federación de la España de Franco, les fue cerrando la posibilidad de contratar partidos y condujo a la disolución del equipo.

 

La mayoría se quedó a jugar allá. Lángara fichó, como Iraragorri, Zubieta y Emilín Alonso, por el San Lorenzo de Almagro. Su debut fue célebre, con cuatro goles al River Plate el mismo día que desembarcó en Buenos Aires. Fue uno de los primeros partidos que de la mano de su padre presenció Di Stéfano, hincha de Ríver, con 12 años. Di Stéfano siempre me aseguró que era capaz de reconocerse en una de las fotos de los goles, detrás de la portería en que marcó Lángara los cuatro goles. El Vasco, como le apodaron, jugó allí cuatro temporadas, dejando 110 goles en 121 partidos. Tras una gira de San Lorenzo por México, en la que hizo 23 goles en 10 partidos, fue contratado allí por el Real Club España, con vistas a la creación de una Liga Profesional mexicana. Siguió marcando goles en cantidad.

 

Avanzando 1946, le pudo la nostalgia de España. Llevaba diez años fuera. Al final de la guerra, se había emitido un Decreto Ley sobre Responsabilidades Políticas que perseguía a quienes habiéndoles pillado la guerra en zona republicana y habiendo conseguido salir al extranjero no se hubieran presentado en Zona Nacional. En el caso de los deportistas, una circular del Consejo Nacional de Deportes fijaba suspensión de seis años, extensible a doce por agravantes o reducible a uno por atenuantes.

 

Lángara llevaba nueve años largos fuera. Le pesaban. Se le cruzó un amor imposible, que le hizo difícil la estancia en México. Y aún le roía el recuerdo de su novia de Oviedo, de nombre Nieves. Su hermano Jesús le animaba al regreso. Habló con el Madrid, pero Bernabéu estaba en la construcción del nuevo estadio y además acababa de fichar a Molowny, un prometedor joven canario. No le quedaba dinero ni para planteárselo. La mejor opción fue el Oviedo, cuyo presidente, Carlos Tartiere, valoró el golpe de efecto que supondría. Le animó especialmente un directivo, Calixto Marqués. Para el Oviedo fue una seria inversión: 100.000 pesetas de ficha anual, más 1.250 de sueldo mensual. Era el contrato más alto del club.

 

Con Lángara se animó a regresar Iraragorri, al Athletic, donde aún jugaría un par de temporadas, hasta pasar a ser entrenador. Ninguno de los dos fue molestado, más bien el Régimen utilizó sus regresos como aval de normalidad.

 

Viajaron en barco hasta Bilbao, donde se quedó Iraragorri. Allí, Lángara cogió tren hacia Oviedo. Llegó el 20 de agosto del 46. La noticia había corrido como la pólvora por la ciudad. Para regatear a la multitud, se apeó en Colloto, a diez kilómetros de Oviedo, donde le esperaban entre otros Calixto Marqués, el entrenador Manolo Meana, el jugador Herrerita, compañero de antes de la guerra que seguía en activo, y dos célebres periodistas locales, Ramón Martínez, Moncho, y Serafín Martínez González, Segoma. Pese al disimulo, muchos aficionados se avivaron y en Colloto hubo gran tumulto. Le costó salir de allí. Fueron en coche a casa de Carlos Tartiere, donde firmaron los contratos y, el mismo día, a entrenar.

 

Para su presentación se organizó el 15 de septiembre, una semana antes de que empezara la Liga, un partido contra el Racing de Santander. El lleno fue total. Ganó el Oviedo 6-1 y Lángara marcó cuatro. La gente, que le había visto por la calle con cierto aire de señor mayor, cargado de peso y grandes entradas, se quedó feliz.

 

El debut real, una semana más tarde, no fue tan brillante. El rival fue el Madrid, que visitó Oviedo. Fue sin su nueva estrella, Molowny, jugó descaradamente atrás, marcó muy encima a Lángara y el partido acabó sin goles.

 

Con todo, el primer año de Lángara fue bueno. Marcó 18 goles en 20 partidos. Fue cuarto goleador de la tabla, que encabezó Zarra. Incluso fue seleccionado una vez, bien que como suplente de Zarra. No estaba mal para sus 34 años, pero las expectativas que levantaron aquellos cuatro goles al Racing no se confirmaron.

 

Tampoco lo sentimental salió como él hubiera esperado. Habían pasado diez años, con una guerra. “No te ha guardado ausencia”, le decían las malas lenguas. La novia de Lángara se convirtió en una especie de espectro, sobra la que todos hablaban cuando pasaba: “Mira, ahí va… Es la novia de Lángara…”

 

Su segunda temporada fue la última. Nueve partidos y siete goles. Esteban Echeverría, del que hemosvuelto a saber ahora cuando el récord de partidos seguidos de Cristiano marcando, estaba en mejor forma. Le relegó.

 

Se marchó discretamente. Luego hizo vida como técnico en México, Chile y Argentina. Terminado el fútbol, trabajó en una factoría propiedad de Luis Regueiro. Viajó frecuentemente a España. Madrid, Oviedo, Andoain. Siempre el mismo recorrido. Cuando le atacó el Alzheimer, ya en 1990, se estableció en Andoain, en casa de su sobrina María Jesús, hija de su hermano Jesús, fallecido antes. Allí falleció, el 21 de agosto de 1992. Murió soltero.

 

Era otra España. Ya nadie recordaba guerras ni exilios ni ausencias por guardar. Sólo se hablaba de los Juegos Olímpicos recién celebrados y de un futuro esperanzador a construir entre todos.

Archivado en

© DIARIO AS, S.L. - Valentín Beato, 44 - 28037 Madrid [España] - Tel. 91 375 25 00