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martes, 19 mayo 2015

Por Alfredo Relaño

Quino, la forja de un rebelde

Joaquín Sierra Vallejo, Quino para el mundo del fútbol, no fue un jugador corriente. Se enfrentó a su época y podemos decir que en cierto modo perdió. Pero el tiempo le daría satisfacción, para suerte de todos sus colegas.

Quino era un chico instruido, cosa no habitual entre los futbolistas de la época. Su padre, Juan Sierra, era un conocido poeta de la generación del 27 cuyos tres hijos, Juan, Ignacio y Joaquín, destacaron desde niños en los descampados del barrio León, al final de Triana. El mayor fue juvenil del Sevilla, el segundo y el tercero, del Betis. De Ignacio dicen todos que era el mejor, pero una fractura de pierna con la Selección Juvenil Andaluza le partió la carrera. El que más lejos llegó fue Joaquín, Quino.

 

QUINO

 

Ya era la bomba como juvenil. Y en el Triana, filial del Betis. Estudiaba para aparejador, pero se le veía que podría ganarse la vida con el fútbol. En la 63-64, aún en edad juvenil, Balmanya le echa el ojo y le sube a entrenar con los mayores. Incluso lo alinea en partido oficial de Primera, contra el Pontevedra aquel del hai que roelo.

 

Y allí viene el primer desengaño. Le dicen que tiene que firmar ficha profesional para debutar en Primera. Y él, con la ilusión, firma. Más tarde se enterará de que no sólo no era necesaria esa ficha, sino incluso que no se podía inscribir como profesional a un juvenil. Pero le han hecho firmar y está atrapado de por vida por el derecho de retención, que permitía a los clubes, aun sin la anuencia del jugador, prorrogar el contrato al fin del mismo con sólo subir el 10 %. Aquello entonces parecía normal. A Quino, instruido, inquieto, de alma izquierdista y rebelde, le pareció indignante.

 

Ya era futbolista, debutó haciendo ala con Luis Aragonés, pero se sintió ultrajado desde el primer día. Luego, su carrera siguió su curso. Se instaló como titular, se hizo ídolo local. Tuvo la satisfacción de jugar contra Di Stéfano el último partido oficial de este. Di Stéfano jugó de medio, Quino de interior, se marcaron el uno al otro, lo que consideró un honor. Esa misma temporada, la 65-66, bajaron a Segunda, pero en la Copa eliminaron al Madrid ye-yé, a los tres días de proclamarse campeón de Europa, y llegaron a semifinales. En la ida de esa eliminatoria también se despidió del fútbol en el campo del Betis, Puskas.

 

Tocó jugar en Segunda, subir, volver a bajar la 67-68, en unión del Sevilla. Quino iba creciendo y se convirtió en el mejor jugador de la categoría. En la 68-69 marca 33 goles en Segunda, una barbaridad y Kubala le hace debutar en la Selección, contra Finlandia. Un jugador de Segunda en la Selección era algo absolutamente excepcional. El Madrid intenta reiteradamente ficharle, pero se niegan a venderle.

 

Al final de la 69-70 termina su primer contrato, y pide que, ya que no le venden al Madrid, que le mejoren bien. Le quieren aplicar el 10% y él anuncia que se retira. Al fin le hacen un buen contrato, pero luego llegan represalias: cada poco, una multa, por falta de espíritu en el entrenamiento, o por lo que sea. Represalias mezquinas, entiende él. Teme que así no va a poder seguir. A la hora de viajar a un trofeo amistoso, el Montilla-Moriles, se niega a ir, dice que lo deja. El secretario, Mauduit, tiene una larga conversación y le convence. Él le dice que sólo va si es para jugar, porque teme que le lleven para humillarle con el banquillo. Llega, y ¡zas! banquillo. Se va a la grada con un periodista amigo.

 

Vuelven a convencerle, paran las multas, vuelve a ser titular. Pero el 12 de octubre de 1970 se produce una escena definitiva. En el descanso del Betis-Moscardó, baja Pepe León, vicepresidente, enfadado, porque a su juicio están jugando mal:

 

—¡No tienen ustedes vergüenza!

 

Quino no se aguanta:

 

—¡El que no tiene vergüenza es usted! ¿Cómo puede bajar aquí a insultar a unos profesionales? ¡Salga ahora mismo!

 

El partido lo gana el Betis, pero Quino no vuelve. Pasará unos meses entrenándose en las instalaciones de Piscinas Sevilla, con los toreros: Pepe Luis padre, Carriles, El Vito, Manolo Cortés… Al final de la Liga le busca el Betis. El Valencia está dispuesto a pagar 18 millones por él. No es el Madrid, pero ha ganado la Liga y lo entrena Di Stéfano, su ídolo. Quino regresa, se entrena y ficha por el Valencia.

 

Ahí jugará cinco temporadas. Volvió a la Selección, donde alternó en el puesto de delantero centro con Gárate, entre otros. Luego terminará en el Cádiz. Deja el fútbol a los 33, pensando que las cosas podrían haber sido diferentes con otras normas o con otras personas al frente del Betis. Que podría haber hecho una gran carrera en el Madrid y en la Selección. Pero contento porque ha salvado su dignidad.

 

En la Transición, hay un movimiento para crear un sindicato de futbolistas, la AFE. En la primera reunión de jugadores andaluces en Sevilla le piden que acuda, aunque esté retirado, y le envían como delegado a Madrid. Allí asiste a las sesiones fundacionales. A la hora de elegir presidente, hay empate entre Villar y él. Él sugiere que sea Villar, abogado, pero los andaluces insisten en que se repita la votación y gana. Es el primer presidente de la AFE.

 

Esa AFE inicial provocó dos huelgas de verdad, lejanas del postureo actual, que entre otras cosas metieron a los jugadores en la Seguridad Social y sirvieron para abolir el derecho de retención. Los presidentes dejaron de ser señores de horca y cuchillo. Quino, rebelde con causa, consiguió dar un sentido positivo a sus malas experiencias.

 

Hoy mira el mar desde un piso alto sobre la playa de Cádiz. Piensa que, después de todo, mereció la pena.

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miércoles, 13 mayo 2015

Por Alfredo Relaño

Derby: la remontada fundacional

Las grandes remontadas europeas son el espacio favorito en el imaginario madridista. Se recuerdan mucho las de la Quinta del Buitre, un serial enloquecido que proporcionó dos títulos consecutivos de la Copa de la UEFA a mediados de los ochenta. Pero existía un precedente, la eliminatoria de octavos de final de la Copa de Europa de la 75-76 ante el Derby County, el campeón inglés.

 

Ninguno de los que jugaron o presenciaron ese partido lo ha olvidado.

 

Como toda remontada, el punto de arranque es un fracaso previo. El Madrid perdió la ida 4-1 en el viejo Baseball Ground de Derby, ya desaparecido. Un diputado laboralista había pedido en el Parlamento que no se celebrara. Estaban muy recientes los últimos fusilamientos de Franco y eso provocó reacciones contra el decrépito Régimen en todo el mundo, sobre todo en Europa. Incluso fue asaltada y quemada la embajada española en Portugal. La petición del diputado no tuvo eco, pero en esas mismas fechas el Lazio se negó a recibir al Barça en Roma, en Copa de la UEFA.

SANTILLANA-PAIS

Pero, decía, el partido se jugó. Era el miércoles 22 de octubre de 1975. El sábado anterior fue la visita a Atocha, salida durísima para el Madrid. Benito y Santillana no habían podido terminar el partido y seguían lesionados. A Miljan Miljanic, el entrenador del Madrid, aquellas bajas le desconcertaron demasiado, sobre todo la de Benito. Decidió colocar a Del Bosque como líbero, con Camacho de central, y pasar a Pirri, habitual líbero, a la media. El equipo que salió fue éste: Miguel Ángel; Sol, Camacho, Del Bosque, Rubiñán; Breitner, Pirri, Netzer, Velázquez; Amancio y Roberto Martínez.

El Madrid juega mal, lo reconocen sus protagonistas, aunque tampoco tiene suerte. Dos de los goles son de penalti. A Pirri le anulan un gol que la televisión demostrará después que era legal. El árbitro, el ruso Ivanov, lo concedió en principio, pero luego rectificó al ver levantado el banderín del linier, señalando un fuera de juego que las repeticiones demostrarían que no hubo.

 

Aquel linier era Bakhramov, el mismo que, actuando también de linier, había dado por bueno el gol fantasma de Hurst en al final de 1966, Inglaterra-Alemania.

 

El resultado final fue 4-1. Demoledor. Miljanic, bloqueado, no había hecho ningún cambio, a pesar de que varios acabaron exhaustos o doloridos. Sus explicaciones en la conferencia de prensa posterior son confusas.

 

Del Bosque recuerda que ya en el autocar de vuelta al hotel se desencadenó histeria, griterío y golpes en el techo, en la seguridad de que iban a remontar. Había un antecedente próximo: en la Copa 74-75 le habían dado la vuelta a un 4-0 de Las Palmas con un 5-0 en la vuelta. Pirri me cuenta que descontando los errores propios y los factores que desencadenaron la goleada, se sintieron superiores al Derby. Y por eso, de repente, con Camacho como primera levadura, convirtieron la goleada en euforia.

 

Miljanic quedó en entredicho. Hubo hasta una minicrisis. Amancio y Netzer, dos vacas sagradas, criticaron el planteamiento y Miljanic no les alineó el domingo siguiente en el Bernabéu ante el Español. Pasó otra semana, que calmó algo los ánimos. Luego, partido en Valencia (1-1) y a esperar al Derby. La cita en el Bernabéu es el 5 de noviembre.

 

El partido no se televisó, porque coincidía en día y hora con el Barça-Lazio, que empezaba 3-0 a favor del Barça por la renuncia del Lazio a recibirle en Roma. Son los últimos días de Franco, que está en La Paz, rodeado de médicos y taladrado de tubos, en una invocación pagana de la inmortalidad a través de la ciencia médica. Pero en el Bernabéu nadie piensa en eso. El Bernabéu se llena a reventar, con esa costumbre de la época de vender papel sin tasa para las zonas de a pie, amplísimas. Gran parte del público lo forman peñistas venidos de fuera de Madrid. Camacho lo recuerda con agradecimiento. “Era otro público, para nosotros mucho mejor. El público habitual es más exigente y desconfiado. El que llegaba de fuera para la Copa de Europa venía entregado, a divertirse. Buena comida, unas copas, un optimismo que transmitían”.

 

La alineación que sale es otra: Miguel Ángel; Sol, Benito, Pirri, Camacho; Breitner, Netzer, Del Bosque; Amancio, Santillana y Roberto Martínez.

El Bernabéu es una caldera, con banderas y pancartas. En el 3’, el primer gol justifica la euforia: Netzer-Pirri-Breitner-Netzer, envío largo por la banda a Camacho, que centra al área para que tras toque de Santillana marque Roberto Martínez.

 

El Bernabéu es un pandemónium, no hay más equipo que el Madrid, que llega y llega, pero el gol se retrasa. Hay remates de Roberto en el 5’, Amancio en el 8’, Pirri en el 13’, Roberto en el 18’, Del Bosque en el 20’, Netzer en el 26’, Santillana en el 38’, Roberto en el 40’, Pirri en el 43’… Pero al descanso el marcador sigue 1-0. Algunos mueven la cabeza. Otros aún creen. O desean creer.

 

El regreso es fulminante: en el 51’ marca Roberto, en el 55’, Santillana, con un cabezazo terrible. ¡Ya está! El 3-0 basta para levantar un 4-1 (ya existe el valor extra del gol fuera) y llegan el jolgorio y los olés a la grada. Pero todo se frena en seco cuando en el 61’, George, el mejor del Derby allí (donde ya hizo tres goles) y aquí, cuela un zambombazo desde lejos por la escuadra de Miguel Ángel, al que pilla en frío.

 

Hay que volver a subir a la montaña. Eso fue lo más difícil, cuentan los protagonistas: reactivar el motor tras haberlo enfriado algo. Es entonces, dicen también, cuando más notan el público, ese público de la Copa de Europa, venido de fuera, indesmayable. ¡No se hacen tantos kilómetros, se pide un día libre y se pierde el sueño de la noche de vuelta para regresar eliminados, expuestos a las burlas!

 

En el minuto 80’ aún sigue el 3-1, con el Madrid eliminado, cuando Amancio, con un último aliento, entra en el área y es derribado por McFarland. ¡Penalti! Amancio es el encargado de tirarlos, pero está dolorido y agotado. No puede. Mira a Pirri: “¡Tíralo tú!”.

 

“Me adelanté, coloqué el balón. Entonces cesó el griterío que nos había acompañado todo el partido. Se escuchó primero un tchsss… muy extendido. Luego, nada. Quedó todo en silencio como nunca antes ni después conocí en el Bernabéu. Lo tiré muy seguro y entró. Entonces estalló el júbilo. Pero cuando volví a mi campo y ellos sacaron de centro me entró una tiritona, un tembleque tremendo en las piernas. Me decía yo mismo que cómo se me había ocurrido tirarlo…”.

 

Hay prórroga. En el 95’ Amancio, que no puede más (anda ya por los 35), saca bandera blanca. Le sustituye Rubiñán., lateral-extremo muy combativo. Sigue el ataque blanco, aunque no tan rabioso. Los dos equipos están muy castigados. En el 100’, en una aproximación al área, Breitner mete un balón por alto a Santillana, que marca el mejor gol de su vida. Entra a la carrera acosado por su marcador, controla con el pecho, le hace un sombrero y empalma un voleón tremendo con la izquierda. El estallido es descomunal.

 

Aquel era el primer día que el padre de Santillana acudía a ver a su hijo al Bernabéu. No podría haber escogido mejor ocasión. TVE ofreció a la noche un largo resumen, para deleite de los madridistas de toda España.

Hoy hablamos del Espíritu de Juanito, pero aquello nació el día del Derby. Eso sí, todos me dicen lo mismo:

 

—En realidad, toda remontada nace de una cagada previa.

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lunes, 04 mayo 2015

Por Alfredo Relaño

Una eliminatoria truculenta con la Juve

Era la VII Copa de Europa. El Madrid había ganado las cinco primeras y en la sexta había sido eliminado por el Barça en octavos, con influencia decisiva de dos árbitros ingleses, Míster Ellis y Míster Leafe. El Barça acabaría llegando a la final y perdiendo, con increíble desgracia (cuatro tiros a los postes cuadrados de Berna y una tarde anómalamente mala del gran meta Ramallets) ante el Benfica.

 

En la nueva edición, el Madrid había eliminado sin problemas al Vasas de Budapest y al Odense, pero el cruce de cuartos era de aúpa: la Juventus de Turín. A toda Italia le roía el deseo de ganar la Copa de Europa.

 

Aquella Juve tenía un gran equipo, con jugadores italianos sólidos y dos extranjeros de calidad extraordinaria. Uno era galés, John Charles, un gigantón de 1,92 con buen pie y mejor sentido táctico, que podía jugar lo mismo de defensa que de medio o delantero. El otro era Sívori, de 1,61 y enorme cabeza rematada con fuerte pelambrera negra. Argentino, le apodaron Cabezón allí, El Ángel de la Cara Sucia en Italia. Tenía un regate endiablado y un genio de mil demonios. Difícil de controlar fuera del campo, su gran mentor, Cesarini, le llegó a decir: “Escuchá, acá te ficharon como jugador no como galán. Para galán hubieran escogido a uno más guapo”. Pero cuando sujetaba su vida privada y se entrenaba bien era imparable. Había ganado el Balón de Oro de 1961.

Futbol

La ida fue en Turín. El vuelo hizo escala en Niza y allí supieron que el aeropuerto de Turín estaba cerrado por la niebla. Hubo que seguir en autobús, y costó encontrarlo, por huelga en la ciudad. Al fin apareció uno, pero no un pullman, como se conocía ya en la época a los preparados para largos viajes, con ciertas comodidades como asientos reclinables, sino uno común, viejo y con poco motor. Nevó al poco de salir de Niza. El recorrido tortuoso, entre túneles y montañas, se hizo interminable. En alguna curva con fuerte pendiente se pidió a jugadores y directivos que bajaran del autobús en plena oscuridad y empujaran, porque se atascaba el autobús.

 

Llegaron a Turín a las cuatro y media de la madrugada del martes y fueron directos a la cama, sin cenar más que un bocadillo. Cuando despertaron, al mediodía, vieron el hotel cercado por cinco mil manifestantes con pancartas contra España y contra Franco. Eran días de agitación aquí, con intentos de manifestaciones obreras siempre disueltas a palos, y crecía la presión internacional contra Franco. Los manifestantes exigieron que una delegación entrara en el hotel a hablar con el Madrid. El primero al que se dirigieron fue a Di Stéfano, pidiéndole que se adhiriera a un manifiesto que le presentaron. Él dijo que era jugador, que hablaran al jefe de la expedición, el vicepresidente Muñoz Lusarreta, que escondió su gruesa humanidad tras una columna.

 

La policía tuvo que abrir paso a la fuerza para que el autobús saliera al entrenamiento el martes, y lo mismo el miércoles (día 14, San Valentín) para el partido. No hubo paseo, ni compras, ni recepción en la embajada. La prensa silenció aquello.

 

Muñoz ha tomado una mala decisión: retrasar a Del Sol para que marcara a Sívori, con lo que se perdía su aportación fundamental en el medio campo. Más acierta Parola emparejando a John Charles con Di Stéfano, que juega incómodo sin Del Sol cerca. En el 39', en una de sus apariciones en el ataque, el galés baja de cabeza para Sívori un lanzamiento largo de Stacchini, y el balón de oro remata con habilidad. Era una jugada que repetía mucho la Juve, pero esta vez pilló descuidado al Madrid. Luego, Antonio Ruiz se rompe el brazo en una mala caída, y juega el segundo tiempo de delantero, como figura decorativa. No habrá más goles, aunque los ataques del Madrid producen sendos cabezazos al travesaño de Puskas y de Di Stéfano.

 

En el Madrid hay desolación. Es su primera derrota en Copa de Europa en el Bernabéu tras dieciocho victorias y un empate, el del Barça con Míster Ellis el año anterior.

 

El desempate es a la semana justa, el miércoles 28 en París. Ahora la Juve es favorita. Bela Guttman, entrenador del Benfica, dice que la Juve es el mejor equipo de Europa, junto al suyo, y que el Madrid envejece. En París hace un frío que pela, pero las 40.000 entradas vuelan y la reventa triplica los precios. La víspera se sortean allí las semifinales. El ganador jugará contra el Standard de Lieja. Muñoz recupera a Pachín y Felo, los hombres clave de Turín. Juegan: Araquistáin; Casado, Santamaría, Miera; Felo, Pachín; Tejada, Del Sol, Di Stéfano, Puskas y Gento. Visten de azul. La Juve, con sus rayas y con John Charles esta vez de medio. Al minuto marca Felo y el Madrid juega prudente. Empata Sívori en el 35'. El partido es durísimo, salen a relucir todos los piques acumulados, y el Madrid pega más o con mejor tino, porque en el 60' John Charles queda inútil y Stacchini también acaba cojo. Marca Del Sol el 2-1 en el 75' y Tejada el 3-1 en el 82'. Con el pitido final, Sívori propina un patadón a Pachín.

 

Como en los dos partidos anteriores, hay cena por la noche. El lugar escogido es un restaurante de alto copete en los Campos Elíseos, pero los jugadores llegan como gallos de pelea. Sívori se va por Pachín, Del Sol le intercepta y le desafía a salir a la calle. Di Stéfano les frena como puede. Mal que bien, se consigue que unos y otros se sienten, pero se corta el aire entre silencios y murmuraciones. Cuando llega el discurso de Bernabéu, los juventinos giran ostensiblemente sus sillas y se ponen de espaldas. Bernabéu dice que es más fácil hacer un discurso en la derrota que en la victoria, “porque con felicitar al ganador ya has cumplido”. Luego interviene el vicepresidente de la Juve (el presidente, un entonces jovencísimo Agnelli, de veintitrés años, no acude a la cena), y dice que les gustaría haber jugado con once, no con diez ni con nueve. Los jugadores de la Juve aplauden a rabiar.

 

Se levantan las mesas, salen entre voces y gestos. Del Sol, encendido, se va al autobús de la Juve y les desafía a bajar uno a uno. Un gendarme le aparta de allí.

 

El Madrid eliminará en semifinales al Standard de Lieja, pero luego perderá la final ante el Benfica, 5-3, en estrepitosa noche de Eusebio, que se quedó como recuerdo la camiseta de Di Stéfano. Puskas marcó tres goles que no sirvieron para nada.

 

Ese verano, Del Sol fichó por la Juve. Allí hizo una amistad entrañable con Sívori.

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miércoles, 29 abril 2015

Por Alfredo Relaño

Un gol de Castro con mucha historia

La fecha del 21 de marzo de 1971 quedó como una de las grandes en la historia del Celta de Vigo y no sólo por la victoria sobre el Madrid, aunque también por eso.

 

Aquella temporada, la UEFA había decidido transformar la Copa de Ferias (Copa de Ciudades en Feria) en torneo oficial. Ya no se iría por invitación, sino por clasificación. A España le corresponderían cuatro plazas.

 

Y ese era el objetivo del Celta, un objetivo que arrebató a la ciudad. El Celta tenía un buen equipo, fortísimo en Balaídos, donde estaba invicto. Un equipo compacto, con dos perlas. Una, el medio defensivo Luis Costa, que sería traspasado al Barça. La otra, el fino y escurridizo delantero Rodilla, cuya aparición fue fulminante. Con 19 años, Kubala le hizo debutar en la selección ante Grecia. Y más: le metió en el equipo Resto de Europa que jugó en el homenaje al portugués Coluna, en diciembre de 1970. Y ahí estuvo, con los Cruyff, Beckenbauer, Fachetti…

 

CASTRO

 

El Celta había ampliado Balaídos con una nueva tribuna que elevaba la capacidad a 40.000. La inauguración estaba prevista para un España-Polonia sub-23, pero las obras estuvieron terminadas justo para recibir al Real Madrid, a cinco jornadas del final.

 

La ciudad hervía, claro. Era un Madrid un poco de entreguerras, en la que los ye-yés iban cumpliendo años y el veterano Gento estaba al borde de la retirada. Por primera vez, el Madrid (y Gento) no se habían clasificado para la Copa de Europa, después de ¡quince! presencias consecutivas. Jugaba la Recopa, en la que llegaría a la final, que perdería tras desempate con el Chelsea. En la Liga había empezado así así, pero en la segunda vuelta había mejorado mucho. Cuando llegaba esa jornada veintiséis, amenazaba ya al trío de cabeza, Valencia, Atlético y Barça. Traía victorias de sus dos últimas salidas, al Camp Nou y San Mamés. Amenazaba la imbatibilidad de Balaídos.

 

Las 40.000 localidades del remozado Balaídos volaron entre espectaculares colas en la Central de Espectáculos, donde se vendían. La directiva declaró Día del Club, lo que suponía que todos los socios tenían que pagar y la recaudación fue de ocho millones, que ayudarían a pagar la obra, como el traspaso de Luis Costa al Barça. Había sido vendido por 11 millones, pero seguía en el Celta hasta final de la temporada. Además del dinero, el Barça metía en la operación la ficha de Castro, una perla de la época. Interior cerebral, fan de Luis Suárez cuando niño. Y de Velázquez luego.

 

Santiago Castro, gallego de Mugrados, había despuntado en El Ferrol, en Segunda, donde hacía la mili en la Marina. De ahí le fichó el Barça. La primera temporada le fue mal, porque aunque consiguió el traslado a Barcelona, le tuvieron frito: “El Jefe de la Comandancia era perico, me dijeron. No me dejaban ni entrenar y me frieron a guardias. Tanto fue así, que pedí el traslado a Madrid, y allí al menos pude entrenarme algo. ¡Aún tengo pesadillas sobre aquella temporada. Hasta ahí llegó la obsesión!”.

 

Sólo pudo entrar a final de temporada, en la Copa de Ferias y la Copa, cuando acabó la mili. Estuvo en el banquillo el día del penalti de Guruceta. El segundo fue titular. Debutó en la Liga en el Bernabéu, el día de la lesión de Bustillo. Pero en la 70-71, con Buckingham, se vio suplente. Cuando sobrevino la oportunidad de entrar en la operación Costa, le agradó: “Lo que quería a esa edad era jugar. Y volvía a Galicia”.

 

La semana del partido tiene una sorpresa. Aunque la operación no era efectiva hasta la 71-72, el Barça decide, para reforzar al Celta, cederlo en los últimos cinco partidos, empezando por el del Madrid, claro. Así que viajó antes de tiempo.

 

El Celta se concentra en el Parador de Tuy. Su entrenador, Juan Arza, un navarro-andaluz que fue leyenda como jugador en el Sevilla, (algo así como el Kubala o el Di Stéfano del club sevillano), se siente incómodo cuando le preguntan si Castro va a ser titular. En la delantera hay, además, la baja de Rodilla. Arza se muestra renuente. Es un refuerzo caído del cielo, pero sin encaje con el resto. Por otra parte, hay presión en la calle y en la prensa, y más con la ausencia de Rodilla. El Madrid llega el sábado en coche cama y se aloja en Samil. Muñoz, que en sus inicios había jugado en el Celta y es bien recordado, se muestra prudente y cortés en sus declaraciones. Reconoce que se juegan la Liga. Al Madrid el partido le llega en mal momento, en vísperas de la visita europea del Cardiff, frente al que hay que remontar un 1-0 de la ida.

 

Ha llovido toda la semana, pero en la mañana del domingo clarea y sale el sol. Como hay viento, se confía en que eso ayude a secar el campo. Confía sobre todo el Madrid. Los barrizales de Balaídos, cuyo terreno sufría mucho los desbordamientos del río contiguo, el Lagares, eran legendarios en la época. Hoy se ha aliviado el problema

 

A las cuatro y media saltan al campo:

 

Celta: Gost; Isabelo, Rivas, Hidalgo; Costas, Manolo; Lezcano, Almagro, Doblas, Rivera y Jiménez. Hay un ¡oh! de decepción cuando se ve que no está Castro.

 

Real Madrid: Borja; Zunzunegui, Benito, Sanchís; Grande, Zoco; Amancio, Pirri, Grosso, Velázquez y Marañón. Zunzunegui había sido del Celta. Se le pita, por haberse marchado. El único aplaudido del Madrid es Pirri, que viene de hacer el miércoles dos goles con la selección en Valencia, ante Francia, con los que igualó un 0-2.

 

Arbitra el valenciano Cardós, protestadísimo.

 

El campo está pesado y el Madrid se mueve mal. El entusiasmo del Celta le encajona y apenas sale. Al descanso, cero a cero y el público se queja de dos penaltis en el área del Madrid. La segunda parte tiene el mismo son. En el minuto 60, Zoco, lesionado, deja el sitio a De Felipe. Se pide otro penalti, el más claro según las crónicas de la época, de Benito a Doblas. El Celta renueva su rabia atacante y por fin llega el gol, en el 70, en cabezazo en escorzo de Jiménez. Inmediatamente, Arza retira al delantero centro, Doblas, y mete a Castro, para calmar el juego y retener el balón. Muñoz reacciona al revés: retira al medio Grande para meter a Fleitas, delantero goleador.

 

El Madrid pasa al ataque, en una de sus clásicas reacciones y vuelca el campo sobre el área de Gost. Queda más de un cuarto de hora. En juego está, por un lado, la lucha por la Liga; por el otro, la persecución de la plaza UEFA.

 

El apretón dura y dura, Gost lo pasa mal, pero en una de las pocas salidas del Celta, Castro agarra un tirazo fenomenal. ¡2-0! El refuerzo de última hora, el hombre cedido por el Barça para la ocasión, resuelve. Es el 87 y ya no hay tiempo para más. Balaídos estalla en júbilo. Los madridistas, fatigados, bajan la cabeza.

 

Aquella fue la Liga que ganó el Valencia ese día que perdió en Sarriá en la última jornada, mientras empataban en el Manzanares el Atlético y el Barça. El Madrid se quedó a dos puntos del campeón. ¿Los puntos de Balaídos? El Celta fue sexto y se convirtió en Eurocelta. Se inscribió entre los clasificados para la primera Copa de la UEFA, aunque la aventura sería corta: cayó a la primera, ante el Aberdeen escocés.

 

Castro trabaja hoy en el cuadro técnico del Celta. Ha seguido en el club desde entonces. Recuerda, claro, con cariño aquel día: “En realidad, el Madrid siempre se me dio bien. Durante los diez años que jugué, les marqué gol casi siempre. Claro, que ese fue especial. Le pegué con todo y esos balones suelen salir para cualquier lado. ¡Pero salió para donde debía!”.

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miércoles, 22 abril 2015

Por Alfredo Relaño

Cuando Collar volteó los pronósticos

La primera final de su historia la jugaron el Madrid y el Atlético el 24 de junio de 1960. Final de Copa, de Copa del Generalísimo se llamaba entonces. En el Bernabéu. Era el Real Madrid cuya alineación terminaba en Di Stéfano, Puskas y Gento y estaba en la cima de su gloria. Era favorito abrumador… pero ganó el Atlético.

 

Aquel fue el primer partido que vi en mi vida y la primera vez que vi una televisión, raro fenómeno del que se hablaba. Mi padre tenía un amigo acomodado, condiscípulo en los años del bachillerato, una de esas amistades que sobreviven al tiempo. Él nos invitó a su casa a ver el partido por el televisor, precedido por una serie de un héroe interestelar que se llamaba Diego Valor, al que debió el torero Diego Puerta que le aplicaran ese apodo.

 

COLLAR

 

Yo, decía, nunca había visto fútbol. El Madrid había ganado cinco Copas de Europa, pero a mis nueve años eso no era más que un run-rún entre los mayores. Los mayores, en mi caso, eran mi padre, mi hermano y mis tíos, todos madridistas felices y henchidos de legítimo orgullo. El Madrid acababa de ganar su quinta Copa de Europa en un partido arrasador, 7-3 al Eintracht de Frankfurt, cuatro de Puskas y tres de Di Stéfano. Y no era sólo eso: esa final se había jugado a caballo de la semifinal de Copa con el Athletic de Bilbao. En San Mamés había perdido el Madrid 3-0 en la ida. A nadie le extrañó mucho: la mente en la final europea, lo buenísimo y copero que era el Athletic… Se daba por eliminado al Madrid, que era precisamente todo menos copero. ¡Y sin embargo, en la vuelta barrió al Athletic, 8-1, ocho goles al gran Carmelo!

 

Así que en vísperas de la final (en el Bernabéu, además), era frecuente escuchar: “Siete al Eintracht, ocho al Athletic… ¡A estos nueve!”.

 

El Atlético además tenía sus apuros. Le faltaban Griffa y Calleja, lesionados. Le faltaban Mendonça y Vavá, que como extranjeros no podían jugar la Copa. En la Liga sólo había sido quinto, a trece puntos del Madrid.

 

Realmente, en las vísperas había que ser muy osado para dar favorito al Atlético.

 

El mismo día empieza el Tour, al que Bahamontes acude en plena gloria, ganador de la edición anterior. Farolea en la prensa francesa, a la que sabe dar lo que le gusta. Asegura que se le da bien torear y que un empresario le ha ofrecido 12 millones por seis corridas. (La bola es descomunal: aún faltan seis años para que El Cordobés cobre un millón por corrida).

 

Bernabéu y Saporta pasan la víspera en Lausana: se están atando los detalles de la primera Intercontinental. El Madrid jugará el domingo siguiente en Montevideo, el partido de vuelta se fija para primeros de septiembre, en el Bernabéu. Todo es el Madrid. Todo lo que no es Bahamontes, por lo menos.

 

Ambos equipos se concentran en El Escorial. José Villalonga es el entrenador del Atlético. Lo había sido del Madrid en las dos primeras Copas de Europa. Militar de carrera, entró en el fútbol como preparador físico. La Escuela de Mandos de Toledo fue la primera cantera de preparadores físicos del deporte. Había ascendido a entrenador tras una pelea entre Ipiña, secretario técnico, y Enrique Fernández. Después de esos éxitos europeos pidió aumento de sueldo y Bernabéu le despachó con cajas destempladas. La mañana del partido tuvo una inspiración. Llama a Collar:

 

—Vas a ser el capitán. Vamos a ganar el partido por ti y vas a ser tú el que coja la Copa.

 

A Collar le extraña, porque el más antiguo es Callejo. Hoy piensa que Villalonga lo hizo por cábala. Él ya había cogido una Copa de manos de Franco, en la final juvenil del 52.

 

Al Madrid le entrenaba Miguel Muñoz, jugador en las tres primeras Copas de Europa. Había entrenado ese mismo curso al Plus Ultra y Bernabéu le había reclamado cuando echó sobre la marcha a Fleitas Solich, arrastrado por el fracaso de Didí. Muñoz acababa de empezar, pero tenía el laurel de la semifinal de Copa de Europa sobre el Barça de HH (3-1 y 1-3) y de la final del 7-3. Aunque se suponía que quien mandaba era Di Stéfano.

 

También el Madrid tenía bajas: Marquitos, Pachín y Canario. Canario era extranjero. Marquitos estaba lesionado. Pachín arrastraba una suspensión en España por un caso previo de doble contratación (fichó a un tiempo por Osasuna y Burgos) que no le impedía jugar en la selección ni en la Copa de Europa.

 

El partido es a las 20:30. Antes, el Firestone de Basauri, con un hermano del famoso Maguregui en sus filas, ha ganado la final juvenil por 5-2 al Murcia. Llega Franco, con el himno, los cuatro finalistas forman, el capitán del Firestone sube a por la Copa. Empieza el partido, se espera una masacre. Los equipos salen así:

 

Real Madrid: Domínguez; Pantaleón, Santamaría, Miche; Vidal, Zárraga; Herrera, Del Sol, Di Stéfano, Puskas y Gento.

 

Atlético de Madrid: Madinabeytia; Rivilla, Callejo, Alvarito; Ramiro, Chuzo; Polo, Adelardo, Jones, Peiró y Collar.

 

Arbitra Birigay. El Madrid no ha ganado la Copa desde 1947. El Atleti, nunca.

 

El Atlético sale a aguantar. Callejo se coloca de defensa escoba. Los laterales fijan a los extremos. Ramiro marca a Di Stéfano, Chuzo a Puskas, Polo, supuesto extremo, baja a la media a vigilar a Del Sol. Adelardo les ayuda a todos. El ataque queda fiado a la velocidad de Peiró y Collar (el ala infernal) y a la constancia del guineano Jones.

 

El Madrid, dueño del campo y el balón, marca el 1-0 en el 20'. Raro gol, un córner directo lanzado por Puskas, desde la izquierda y con la izquierda, pegándole con el exterior. Madinabeytia no queda en buen lugar. Luego hará un buen partido.

 

Pero al tiempo se lesiona Gento, al que se le reproduce un tirón mal curado. Quedará inútil para el resto del partido y servirá de explicación a la derrota. Aún con él de figura decorativa, el Madrid domina, manda. Hay un cabezazo de Di Stéfano al palo, hay paradas de Madinabeytia, hay un penalti a Del Sol que Birigay saca fuera del área. Hay un par de fallos inesperados de Puskas en el remate. Precisamente él, siempre infalible. Al descanso se llega 1-0. El Atlético ha hecho poco, pero algo inquieta a los madridistas: Collar le ha ganado todas a Pantaleón. “Como carguen el juego por ahí…”.

 

En el 51' llega el 1-1 precisamente por Collar. Se va, tira y falla estrepitosamente Domínguez, cuyo paso por el Madrid se caracterizó por parar bien todo menos lo que le enviaba Collar. La facilidad con que este le hacía goles se hizo legendaria.

 

El Madrid aprieta, pero el partido se le ha puesto cuesta arriba. Liquidado Gento, Polo se va al extremo, a apoyar el ataque, para que Adelardo tome a Del Sol y Rivilla apoye. Herrera juega mal, no gana ni una. El Madrid ataca por el centro, con calidad, pero progresivamente más lento. El paso de los minutos le empeora. Al Atlético le mejora.

 

Se empieza a especular con la prórroga cuando en el 76' Collar se va una vez más de Pantaleón, tira, rechaza Domínguez como puede y Jones, atento, remacha desde cerca. Me figuro que Domínguez pensaría: “Para una que le paro a Collar…”. Es el 1-2. El Madrid gasta lo que le queda en un último arreón, pero la salud está del lado del Atlético. En el 86', Collar se va por enésima vez de Pantaleón y envía un centro raso, claro y medido, a Peiró, que machaca desde cerca. El Atlético es campeón.

 

Collar sube los escalones para coger la Copa de manos de Franco. La intuición de Villalonga se ha cumplido. El Madrid, abajo, aplaude agotado.

 

El Madrid es campeón de toda Europa menos España. Así lo dirán los atléticos.

 

Y Bahamontes, con ictericia, pierde ocho minutos el primer día del Tour.

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jueves, 16 abril 2015

Por Alfredo Relaño

Faas Wilkes, el holandés errante

Muy niño aún, cuando apenas sabía lo que era el fútbol, presencié una conversación entre dos de mis tíos. Uno defendía el regate de Ben Barek, el otro el de Molowny. En eso medió un tercer tío, el hermano mayor de los contendientes. Y zanjó: “Ni Ben Barek ni Molowny. El mejor regate que se ha visto en España es el de Faas Wilkes”. Fue la primera vez que escuché ese nombre. Despertó mi curiosidad para siempre. Fue el primer futbolista cuyas grandes jugadas hicieron flamear pañuelos.

 

HOLANDES

 

Servaas Wilkes nació en Rotterdam el 13 de octubre de 1923. El fútbol holandés, entonces menor, se le quedó pronto pequeño. En 1947 formó parte del equipo FIFA creado para jugar contra Gran Bretaña en festejo del retorno de los británicos a su seno. En la temporada 48-49 obtuvo un supercontrato con el Inter. En la 52-53 pasó al Torino, que luchaba por rehacer el equipo que se estrelló en Superga en 1949. En junio de 1953, el Valencia contrató al Torino para un amistoso a fin de recaudar dinero para el fútbol modesto. Allí estaba Wilkes. Al partido asistió, aún chiquillo, Luis Casanova Iranzo, hijo del mítico presidente del Valencia, Luis Casanova Giner.

 

—Apenas hizo nada. Pero Eduardo Cubells, que era un gran secretario técnico, vio que era el hombre a fichar y se lo dijo a mi padre. En la misma cena oficial se arregló.

 

Cuentan que el presidente de la Federación Valenciana, Guzmán Zamorano, preguntó: “Ché, ¿y cuántos camiones de naranjas costará?”. Para él, la unidad de moneda para grandes magnitudes era esa: el camión de naranjas.

 

Wilkes llegó al mismo tiempo que Di Stéfano. Tres años después que Kubala. Formaron una trilogía sagrada. Para Luis Casanova Iranzo, Wilkes fue el mejor de los tres:

 

—Lo que le he visto hacer a él no se lo he visto hacer a nadie. Medía 1,90, tenía una zancada enorme. Bale me lo recuerda en algo, pero era mucho más habilidoso. Imagine la zancada y el poder de Bale y el regate de Robben. Pero más imaginativo. Cuando arrancaba era incontenible, podía encadenar seis o siete regates y sentar al portero.

 

Era, eso sí, muy discontinuo. “Cuatro o seis jugadas por partido. Y eso en Mestalla y en los campos de Madrid, Barcelona o Bilbao”, confiesa Luis Casanova Iranzo. “¡Pero qué jugadas!”. En una de ellas, ante el Sevilla, ocurrió de forma espontánea aquello del flamear de pañuelos, que pasó a ser costumbre, traída del toro. Luis Casanova padre acababa de ampliar Mestalla. Muchos aseguran que Wilkes contribuyó a pagarlo, porque cada partido fue un llenazo.

 

Lo de Faas era apócope de su nombre, Servaas. Su mujer le llamaba así, Vaas, pero la pronunciación germánica de la V tira tanto a F que se tradujo en Faas. Y venía bien, porque a veces hacía cosas tan inverosímiles que ni sus compañeros las captaban y le preguntaban ¿qué haces? en valenciano: “¿Qué fas, Faas?”. Se extendió entre el público, que lo decía jocoso. Y cuando se lo encontraban por la calle, o en una tienda, o un restaurante, siempre la misma broma. “¿Qué fas, Faas?”.

 

Se alojó en la Pepica, hostal-restaurante sobre la playa, de ambiente futbolístico y también parada fija de Hemingway en sus giras taurinas. Se hizo adicto a la paella. El raro español que habló desde muy pronto, reconstruido desde el italiano que traía, resultaba muy gracioso. Su mujer era de raza indonesia, muy guapa, simpática y lista (discutía ella los contratos) y el exotismo de la pareja les provocó mayor cariño aún. Eran los favoritos de la ciudad.

 

El primer año marcó 18 goles en 28 partidos. En el segundo llegaron algunas lesiones (le pegaron mucho) y en el tercero una mala enfermedad. Un sábado se presentó en casa de los Casanova. Le abrió el hijo. Eran las nueve de la mañana. Insistió en ver al padre-presidente, que estaba en la cama, con gripe. Este se levantó. Wilkes le dijo que le habían diagnosticado bocio, que quería operarse en Holanda. Le pidió rescindir el contrato. Casanova, claro, accedió.

 

Se fue, dejando una atmósfera de nostalgia. Se operó, salió bien, volvió a jugar en Holanda, en el VV Venlo. Pero echaba de menos Valencia. Todo: el aire, el mar, la gente, las Fallas, las paellas. En el verano del 58 volvió, tras un viaje a Barcelona en misiones un poco ya de intermediario de una promesa holandesa. Su aparición en Valencia agitó el ambiente. Hubo una especie de presión de los medios y la afición para que fichara de nuevo, pero no se podía: el límite era de dos extranjeros por club y ya los había: Joel y Walter, brasileños.

 

El Levante estaba en Segunda. Su presidente, Antonio Román, era un hombre hábil y atrevido. En Segunda no podían jugar extranjeros mayores de 26 años y él tenía casi diez más, pero el Levante tuvo mano en las altas esferas y pudo saltar la prohibición. Le fichó por un millón de pesetas el primer año (del que él tenía que pagar su liberación al VV Venlo) y 650.000 el segundo, condicionado al ascenso. Antes de hacerse oficial, Wilkes envió una carta a Casanova, para que no se enterara por fuera.

 

¡Al Levante! A los valencianistas no les sentó bien, pero muchos de ellos fueron, más o menos de tapadillo, al viejo Vallejo, a ver sus diabluras. Ya no jugaba en punta, sino como segundo delantero, pero aún era especial. Allí encontró un buen socio, Montejano, apodo futbolístico de Gómez Pintado, aquel aspirante a la presidencia del Madrid del eslogan Bueno para el Madrid. Montejano estaba cedido por el Madrid. Compartieron habitación. Montejano canalizaba el juego y se la echaba a Wilkes cuando le veía desmarcado y descansado, las dos cosas a la vez. Wilkes se lo agradecía.

 

Pero vivía entre dos amores. En marzo, el Valencia le invitó a participar en el partido de inauguración de la luz en Mestalla, contra el Stade Reims, y aceptó. Los levantinistas torcieron el gesto.

 

No se consiguió el ascenso directo. El Levante acabó segundo, tras el Elche. Él aportó 12 goles. Cayó el entrenador, Álvaro, con la plantilla en contra. Antonio Román propuso a Wilkes ser el entrenador en lo que quedaba, Copa y promoción. (El Elche había subido con la fórmula del gran veterano César como entrenador-jugador). En la Copa, contra el Zaragoza, la cosa no fue bien: el Levante perdió 3-0 en la ida, y aunque ganó 3-1 la vuelta no bastó. No jugó Wilkes. Los extranjeros no jugaban la Copa.

 

Lo importante era la promoción… y salió mal. En casa, con Wilkes de entrenador-jugador, el Levante pierde 1-2. Wilkes, muy marcado por Felo (que más adelante ficharía por el Madrid) no da una. El mismo Montejano me cuenta con dolor: “¡Hasta yo le grité! Hubo mucha leña y se inhibió”. La gente se fue enfadadísima. Encima, entre la ida y la vuelta de la promoción, jugó otro amistoso con el Valencia, contra el Inter. Fue el acabóse. A Las Palmas ni viajó. El entrenador ese día fue Agustín Dolz, un hombre de la casa. El partido acabó 1-1. Subió Las Palmas.

 

Ahí terminó su aventura en el Levante. Aún jugaría un último partido con el Valencia, contra el Nottingham Forest, homenaje compartido para él e Ignacio Eizaguirre. Jugó un año en el Levante, sí, pero seguía siendo del Valencia.

 

Él creyó que eso era compatible, pero no lo era.

 

 

 

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miércoles, 08 abril 2015

Por Alfredo Relaño

Los años de Fernández y Amancio

Me contaba Asensi que cuando el Barça pasaba por delante de la Plaza de Toros de Granada, camino del viejo campo de Los Cármenes, Rexach decía:

 

—¡Qué suerte tienen los toreros! ¡Ellos lo tienen más fácil!

 

Ese humor negro tenía que ver con la feroz actitud de dos defensas del Granada, Aguirre Suárez, argentino, y Fernández, paraguayo. Primero llegó éste, a través del Barcelona, donde no cuajó. Aguirre Suárez vino después, con la peor de las recomendaciones: se había distinguido por su brutalidad en una final Intercontinental entre el Estudiantes y el Milán, televisada al mundo. El dictador argentino, Héctor Onganía, le encarceló dos meses junto a sus compañeros Poletti y Manera por dar mala imagen de la nación. Fue suspendido por 30 partidos en Argentina y cinco años para el fútbol internacional.

 

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Entonces no se podían fichar extranjeros, pero sí oriundos. Todos sudamericanos, claro. Se distinguían por su buena técnica. Los defensas, además, por sus malas mañas. El Granada, presidido por Candi, exportero del club y directivo activo y audaz, fichó a Aguirre Suárez a despecho de esos precedentes, o quizá por ellos. Vino con papeles falsificados, haciéndose pasar por paraguayo. Coló, entre una multitud de casos así que se dieron en la época, y que ya he contado en esta sección.

Fernández ya se había hecho su cartel de duro, pero, digamos, de un duro más, en un fútbol en que los había. Con Aguirre Suárez al lado se crecería. Junto a ellos se asilvestró Jaén, un medio español que había empezado su carrera con buen estilo.

 

El primer gran estallido fue el partido en Los Cármenes contra el Valencia, el 28 de noviembre del 71. El Valencia era el campeón, el Granada andaba fuerte. Antes del pitido inicial, Adorno, fino interior del Valencia, argentino y por tanto conocedor del paño, fue a confraternizar con Aguirre Suárez. Cruzó al campo para darle la mano:

 

—Está bien. Pero recordá que de esta raya para allá comen tus hijos, y de esta para acá comen los míos.

 

La respuesta anunciaba la brutalidad con que se iba a emplear. En los córners, Aguirre Suárez gritaba a sus compañeros: “¡Estos vienen a quitarnos la prima!”. Quino, delantero centro ché, se retiró, cegado, porque le metió los dedos en los ojos. Ganó el Granada, 1-0. Di Stéfano, entrenador del Valencia, estalla en sus declaraciones contra Aguirre Suárez, al que acusa de premeditación y alevosía. “La palabra que le corresponde no entra en el Espasa”. “Podemos estar contentos de que nadie se vaya con una pierna rota”. Bautiza a Fernández como “el comando de Aguirre Suárez”. Ese día echa a correr un error que aún persiste: que Aguirre Suárez estaba suspendido a perpetuidad en Argentina. No era así, el suspendido a perpetuidad fue Poletti.

 

Al hilo de aquello empezó a comentarse por aquí y por allá lo que pasaba en Los Cármenes y la condescendencia de los árbitros con ello. (El único expulsado de la refriega fue el valencianista Fuertes). La buena mano de Candi, posiblemente.

 

La siguiente gran escena es en el Bernabéu, el 12 de diciembre. El Madrid marca en los minutos uno y cinco. Pero los granadinos estiman que el balón ha salido fuera antes de que Grosso marcara el 2-0 y protestan en masa. Llegan a zarandear al árbitro, Santana, que no reacciona. Luego hay una escapada de Amancio en la que señala fuera de juego; Amancio, que no ha oído el pitido, sigue su carrera y Aguirre Suárez le entra violentamente por detrás. No hay falta, ya que el juego estaba parado, ni tampoco tarjeta, aunque la entrada fue brutal. Mientras Amancio se retuerce en el suelo, Aguirre saca él mismo el fuera de juego. La bronca es monumental.

 

Poco después hay un balón alto dividido entre Amancio y Fernández, al que el madridista va con la cabeza y Fernández con la plancha. Los dos caen. Amancio se levanta y patea a Fernández en el suelo. Acude Velázquez, Jaén le da una patada, llega Pirri, llegan todos. Se monta la marimorena. Santana expulsa a Amancio. Fernández sale en camilla, le dan oxígeno en la banda. Por fin se levanta dispuesto a volver y entonces se entera de que también ha sido expulsado. O lo sabía y ha hecho comedia.

 

El Madrid llega a ponerse 4-0, con uno de los goles de penalti protestado por el Granada. Finalmente Porta, salido del banquillo, hace dos. El 4-2 final permite al Granada echar cuentas: sin el de Grosso y el penalti, sería 2-2. Ambos equipos terminan indignados y enfrentados. Miguel Muñoz, entrenador del Madrid, carga las tintas:

 

—En lugar de traer a Cruyff, nos traemos a estos indios.

 

(Muñoz soñaba con la apertura de fronteras y con que Bernabéu le fichara a Cruyff).

 

Fernández se la juró explícitamente a Amancio. Tan fue así, que a éste, que siempre fue valiente hasta la temeridad, le ahorraron el viaje a Granada en las dos siguientes ligas. Pero en la Copa de 1974, se decidió que fuera de nuevo. Ya había extranjeros, Cruyff había fichado por el Barça y le había hecho campeón de Liga. Fue el año de la caída de Miguel Muñoz tras trece temporadas, y el 0-5 en el Bernabéu, que ya se comió Molowny. El Madrid necesitaba la Copa para salvar la temporada.

 

Y ahí está Amancio en Los Cármenes, el 8 de junio del 74. Cuartos de final. No está Aguirre Suárez, lesionado en octavos, ante el Castellón, justo en la acción en la que marcó su último gol para el Granada. Pero sí está Fernández…

 

En el minuto 15, Amancio avanza por el campo del Granada, balón controlado a ras de césped. Fernández viene de frente y le entra con el pie en alto, al muslo derecho. El balón llega a Santillana, que marca. Pero Oliva ha señalado la falta. Eso sí, sin tarjeta. Amancio sale sostenido por García Remón y Marañón, con el muslo hinchado visiblemente. Al momento le ha salido un bulto del tamaño de una manzana, que impacta en las fotos.

 

El partido acaba 0-0. El día siguiente se ve la jugada en el telediario y mueve a espanto. Amancio se queja: “Gente como Fernández no debería estar en el fútbol. Yo quizá no vuelva a jugar, pero ya tengo 34 años. Pero ¿y si le hace esto a uno que empieza?”.

 

La contenida indignación nacional contra el Granada saltó como un resorte. Hasta Oliva, catalán, fue muy criticado en Barcelona por ni siquiera amonestar a Fernández, al que le cayeron quince partidos. La vuelta, en el Bernabéu, se vivió en una atmósfera extraña, con el Granada entregado. Ganó el Madrid 7-3. Luego eliminaría a Las Palmas y ganaría la final, 4-0, a un Barça sin Cruyff. La Copa no admitía aún extranjeros.

 

Amancio no estuvo, claro. Regresó mediada la temporada siguiente, incluso se dio el gusto de marcarle el único gol del partido al Granada en el Bernabéu, en la jornada veintiséis. Aún jugaría otro curso, el 75-76.

 

Candi dio la baja a Aguirre Suárez, pero mantuvo a Fernández por el clamor de la asamblea en verano. El Granada bajó dos años después. El entrenador del descenso fue Miguel Muñoz, que escogió al Granada como primer banquillo tras un año sabático después de salir del Madrid. Con él, Fernández fue titular. Cuenta que Muñoz le dijo: “Si le hubiera conocido mejor, no hubiera hablado así de usted”.

 

En la 77-78, en Segunda, Fernández seguía en la plantilla. En marzo fue cesado el entrenador, Vavá. El primer sustituto que tanteó Salvador Muñoz, nuevo presidente, fue Amancio, que había sacado el título. Amancio se lo pensó. Preguntado sobre Fernández, declaró: “Aquello fue como jugador. Ahora mi idea está en mi nueva profesión. Y que intervenga o no Fernández en el equipo no es algo que se deba tener en cuenta. Aquello es pasado”.

 

Pero el fichaje no cuajó. La afición se opuso. Nos quedamos sin ver a Amancio como jefe de Fernández.

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jueves, 02 abril 2015

Por Alfredo Relaño

Violeta, Cruyff, Reina... Autogol

—¡Yo mismo me hubiera dado tres guantás a mí mismo!

El que habla así es Reina. Miguel Reina, portero excelente entre la mitad de los sesenta y los setenta. Criado en el Córdoba, brilló en el equipo califal, entonces en Primera, cuando él estaba todavía en edad juvenil. Un trueno. Le fichó el Barça, donde estuvo varios años para después pasar al Atlético. Estaba llamado a ser el sucesor de Iríbar en la Selección, pero la jugada más absurda que han registrado los casi cien años que llevamos de ella le quitó del cartel. Pasado tanto tiempo, lo toma con humor:

—¡Con todo lo que yo hice, aún me recuerdan cada poco aquello!

Testigo directo y cooperador necesario fue Violeta, brillante medio del Zaragoza en los mismos años. Fue lo que en Inglaterra se conoce aún como one club man, jugador de un solo club. Entró sobre la marcha en el Zaragoza de Los Magníficos y enlazó con el de los Zaraguayos. Futbolista estupendo, con físico, visión, colocación, manejo, pierna fuerte cuando era preciso y pie suave para mover el balón. Peleó su puesto en la Selección con gente de tanto peso como Zoco y Glaría al principio y como Luis Costas y Jesús Martínez al final. Como Reina, se cayó de la Selección aquel infausto día. También lo recuerda con relajado humor:

—¿Sabe? Me vale para ganar cafés. Alguna gente me dice que yo metí el gol. Les digo que no sé, que no me acuerdo, que no estoy seguro. Me acabo jugando un café. Antes esas apuestas se resolvían llamando al Heraldo, o al As, o al Marca. Ahora se puede mirar en Internet, y ahí lo ven. Si ha sido un tío borde, y hay muchos, le cobro el café. Si no, se lo perdono. Lo pago yo a cambio de la promesa de que siempre testifique que yo no metí el gol. Aunque tampoco es para estar feliz con lo que pasó.

Lo que pasó. ¿Qué pasó? Pasó que España jugó el 2 de mayo de 1973 en Ámsterdam frente a Holanda, el seleccionador era Kubala. Había llegado en 1969, con España ya eliminada para el Mundial de México 70. En su primer partido, goleada patriótica ante Finlandia, frente al Peñón y con despedida de Gento, fueron titulares Reina y Violeta. Aún estaba vigente Iríbar, pero avanzando ya en la treintena. Se pensaba ya en el relevo, y el relevo era Reina. En cuanto a Violeta, era un grande de nuestro fútbol. En su puesto, un primus inter pares cuando menos.

El primer chasco de Kubala fue no ir a la Eurocopa de 1972, culpa de un 0-0 ante Rusia, en Sevilla, en noche invencible de un tal Rudakov, heredero de Yashin. Ahora el objetivo era el Mundial de 1974, en Alemania.

En el plan de preparación Kubala incluyó una visita a Holanda. Como selección, Holanda aún no había adquirido mayor fama, pero sí sus clubes. El Feyenoord había ganado la Copa de Europa de 1970; el Ajax, las de 1971 y 1972. Y estaba clasificado para la final de 1973 tras eliminar entre otros al Real Madrid.

El Holanda-España llega para muchos como una mosca en la sopa. Los holandeses no lo quieren, es visible. No lo quiere el Ajax, base de la Selección, que tiene un calendario recargado y la perspectiva de la final el 30 de mayo. Y en España desconfiamos del partido, porque se percibe que en Holanda está creciendo algo grande.

Cruyff


Las vísperas son polémicas. El seleccionador de Holanda, Frantisek Fadrhonc, checoslovaco y amigo de Kubala le pidió aplazarlo. Kubala no aceptó. Los jugadores del Ajax cedieron sólo cuando apareció una empresa holandesa que ofreció mil dólares a cada uno si ganaban. Se publicitó salvando el partido. Aun así, dos días antes se dieron de baja Arnold Muhren (Ajax) y Willy Brokamp (MVV), que se sabían suplentes.

El partido se juega en Ámsterdam el 2 de mayo. Holanda sale con Van Beveren; Suurbier, Israel, Hushoff, Krol; Haan, Neeskens, Van Hanegen; Rep, Cruyff y Keizer. Van Beveren es del PSV; Israel y Van Hanegen, del Feyenoord; los otros ocho son del Ajax. En el minuto 58 entrará Schneider (Feyenoord) por Hulshoff.

España juega con: Reina; Sol, Benito, Violeta. Macías; Claramunt, Pirri, Irureta; Aguilar, Gárate y Valdez. En el descanso saldrán García Remón por Reina y Planelles por Irureta. Y en el 67, Galán por Gárate.

Marcan Rep (minuto 12) y Valdez (20). España, que cumple su partido oficial número 200, juega con ánimo y está 1-1 cerca del descanso. Pero en el 42 se produce la jugada extraordinaria.

Holanda ha atacado y el balón acaba fuera, en un centro largo, cerca del córner, a la derecha de Reina. Éste va a por él y se dispone a hacer algo que entonces permitía el Reglamento (hoy no) y era usual. Se lo envía a Violeta, para que éste saque desde el pico del área chica. Él espera fuera del área, en línea con la frontal del área chica. La cosa consiste en que Violeta le envíe el balón en paralelo a la línea de fondo, él lo meta suavemente con el pie en el área grande, lo recoja ahí con la mano y luego saque largo, en voleón. Algo, ya digo, prohibido en la actualidad, muy usual entonces.

Violeta hace el envío, y Cruyff, vivo, corre hacia Reina, en paralelo al lateral del área, a hostigarle. “Hubiera bastado con que me hubiese metido en el área coger el balón y se hubiera repetido el saque. Pero me lie…”

Dejó venir el balón y cuando le llegó ya tenía cerca a Cruyff. Nervioso, pretendió devolvérselo a Violeta con el interior del pie izquierdo, mientras se inclinaba a la derecha para protegerse de Cruyff. El resultado fue un golpeo desequilibrado, mal dirigido y fuerte, que sorprendió a Violeta. Cuando éste se dio cuenta y corrió hacia el balón, la catástrofe era inevitable. El balón siguió su carrera, pegó en el segundo palo y entró. Casi paralelo a la raya de gol, para más burla.

Al descanso, Kubala estaba endemoniado. Hizo salir a García Remón. Violeta se lo reprochó: “No por García Remón, que era muy bueno. Pero sí le dije que cambiarle con ese gol no estaba bien. Incluso si lo tuviera pensado, debería haber retrasado el cambio un cuarto de hora”. García Remón paró muy bien. El partido acabó 3-2. Valdez, un oriundo que jugó en la Selección indebidamente (si nos llegamos a clasificar para el Mundial 74 no nos hubieran dejado participar, con lo que se supo luego) hizo también el segundo, en el 48. Cruyff marcó el 3-2 en el 90, lo que contribuyó al mal humor.

El gol fue la rechifla nacional por tiempo. Eran años en los que no había piedad con la Selección. Más bien estorbaba. Hubo quien calculó el ángulo imposible: 5º26’.

Luego llegaron dos partidos muy seguidos. En Turquía, por el L Aniversario del nacimiento de la República Turca, y a los cuatro días en Belgrado, clasificatorio para el Mundial. Kubala hizo dos grupos diferentes. En Turquía jugó García Remón; en Belgrado, donde fueron los mejores, preservados de cualquier golpe en Turquía, jugó Iríbar, con Reina de suplente. Violeta, ni en uno ni en otro. Reina no volvió más. Le desbancó Deusto, un suplente de Iríbar en el Athletic que encontró sitio en el Málaga. Luego apareció Miguel Ángel, que se impuso a García Remón en el Madrid. Para él sería ya la plaza hasta Arconada.

No, Reina no volvió, se quedó en cinco partidos, pero no se queja: “Fue la más tonta de las jugadas tontas. Con ese ángulo, de izquierda, y a la primera, el único que la metía era Puskas. Yo podía haber chutado cien veces de ahí y no metería ninguna”.

Pero esa entró. Los duendes del fútbol.

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miércoles, 25 marzo 2015

Por Alfredo Relaño

¡El penalti de Guruceta!

La Liga 69-70 la ganó el Atlético de Madrid. El Madrid fue sexto y por primera vez desde la creación de la Copa de Europa no entraría en ella. Desde 1955-56 no había faltado a ninguna, ni tampoco Gento, que se mantenía como titular. Siempre hasta ese año el Madrid había ganado la Liga o, si no, la propia Copa de Europa, lo que le permitía reengancharse. Ahora no. Para estar en Europa, tenía la Copa de Ferias o la Recopa, que jugaban los campeones de Copa. A la Copa de Ferias (precedente de la Copa de la UEFA, hoy Liga Europa) se acudía por invitación. Había nacido al tiempo que la Copa de Europa, protegida por Ayuntamientos de ciudades con ferias importantes, y fue el consuelo del Barça mientras el Madrid campaba a su gusto en la competición mayor. La primera edición tardó tres años en completarse y la segunda, dos. El Barça ganó ambas. Bernabéu la llamaba la Copa de los pueblos.

 

 

GURUCETA

 

Así que existía la curiosidad morbosa de ver al Madrid en la Copa de Ferias, a la que se vería abocado salvo que ganara la Copa. Y esta no le era competición propicia. La última la había ganado en 1962. La anterior se remontaba a 1947. Una sola Copa, pues, en 23 años. Esta la necesitaba especialmente para esquivar la Copa de Ferias.

 

Se jugaba al terminar la Liga. El Madrid eliminó al Castellón y a Las Palmas. Por su lado, el Barça eliminó al Espanyol y al Celta. El sorteo les cruzó en cuartos.

 

La ida, en el Bernabéu, la gana el Madrid 2-0. El segundo gol, de Amancio, es muy protestado por el Barça. Vi el partido y recuerdo la jugada. El Barça sale a la contra y pierde el balón. Amancio, que venía detrás de la defensa del Barça, corre hacia su campo para habilitarse. Le envían el balón, se revuelve, avanza, y marca. Zariquiegui da el gol. Difícil precisar si cuando le enviaron el balón estaba o no todavía adelantado.

 

El Barça se quejó mucho de ese gol, que encadenó a otros agravios recientes: un gol fuera de hora de Veloso en la 1966-67, el ostracismo de Rigo tras la final de 1968 (final de las botellas) y la lesión de Bustillo por entrada de De Felipe en el primer partido de la propia temporada en curso, la 1969-70. Desde 1960, el Barça no había ganado la Liga. Sólo dos Copas y una Copa de Ferias. En los sesenta, años del estallido de la televisión, el Madrid se le iba, en fútbol y baloncesto, a una distancia estratosférica.

 

La vuelta se juega el 6 de junio de 1970 en el Camp Nou, y en lo que respecta a la rivalidad entre nuestros dos grandes clubes sería la mayor ocasión que contemplaron los siglos y hayan de contemplar los venideros. El árbitro es Emilio Carlos Guruceta Muro, donostiarra, joven, de gran planta, gesto seguro y máximo atrevimiento.

 

El comienzo es soso, con un Madrid a verlas venir y un Barça flojo. Pero en el minuto 45 hay un tiro de Rexach que pega en un poste, va al otro, y entra. Al descanso con 1-0.

 

El Barça sale con otro ánimo en la segunda mitad, aprieta al Madrid, fuerza faltas cerca del área. En el 59, hay una escapada de Velázquez hacia el área, en ventaja. Rifé le persigue y le derriba cerca del área. No a 10 metros, que se ha llegado a decir, pero sí a uno, o poco menos. Visiblemente fuera. Pero Guruceta señala penalti.

 

Entonces se revuelven todos los demonios en el Camp Nou. Los 10 años sin Liga, el gol de Veloso del 66, las botellas del 68, la impune lesión de Bustillo, la presencia permanente del Madrid en la tele, por Copa de Europa de fútbol o de baloncesto o por el Torneo de Navidad, que invade la sopa familiar de los hogares catalanes cada 25 de diciembre. Todo eso salta como un muelle liberado. El campo se llena de almohadillas. Los jugadores del Barça hacen gestos de retirarse y les frena su entrenador, Buckingham, inglés al fin y al cabo. Tras ocho minutos de lío lanza Amancio y marca el 1-1. Eladio aplaude briosamente a Guruceta, que le expulsa. Más almohadillas. Ya, el resto del partido será una sucesión de lluvias de almohadillas e interrupciones para retirarlas. Se grita en chufla “¡Campeones, campeones…!”. Al cabo, lo que invade el campo ya no son almohadillas, sino hinchas. Guruceta suspende el partido a falta de 10 minutos.

 

Los jerarcas madridistas no contribuyen a la calma. Bernabéu dice cínicamente: “¿De qué se quejan? ¡Si ha sido un penalti como una casa!”. El gerente, Antonio Calderón, es más hiriente: “Ha pasado lo que pasa en cualquier pueblo”.

 

Montal, presidente del Barça, hace un gran escrito de alegación, en el que razona las quejas anteriores y pide que se reanude el partido desde el minuto 59, sin penalti. Su actitud de esos días le consolidará en el ánimo de un barcelonismo en el que había ganado las elecciones no mucho antes por corto margen.

 

Las autoridades deportivas tienen una bomba en las manos. ¿Qué hacer? El asunto llega al Consejo de Ministros, por la irritación que ha producido en Cataluña. Lo que procedería, en pura y fría lógica futbolística, sería dar el partido por terminado y cerrar el Camp Nou, pero lo último no es posible. Se improvisa una salida política.

 

El resultado vale, claro. El Madrid sigue.

 

No se cierra el Camp Nou. El Barça es multado con 90.000 pesetas y Eladio suspendido por dos partidos por burlas al árbitro.

 

Se suspende a Guruceta, en decisión sin antecedentes ni consecuentes, por seis meses, “por alteración del orden público”. Plaza dimitirá de su condición de presidente del Colegio de Árbitros, en solidaridad con él. Regresará a los seis meses, con sello ya indeleble de madridista irredento.

 

En la línea de aplacamiento de la irritación barcelonista, el ministro secretario general del Movimiento, Torcuato Fernández-Miranda, liberó una partida de 50 millones para la construcción de un pabellón de hielo del club. Y aceptó la dimisión como delegado nacional de Deportes de Juan Antonio Samaranch, supuestamente disconforme con las decisiones tomadas, aunque nunca lo expresó así. Nombró en su lugar al que desde 1965 y hasta esos días había sido gerente del Barça, Juan Gich i Bech de Careda, falangista como Don Torcuato, que había apadrinado a uno de sus hijos.

 

El Madrid eliminó al Athletic en semifinales. Jugó la final contra el Valencia, precisamente en el Camp Nou, con un tremendo ambiente en contra, y la ganó por 2-1. Marcaron los goles Fleitas y Planelles, que entraron en el minuto 10 y el 20, por Grosso y Amancio, lesionados por sendas duras entradas.

 

Así que no tuvo que ir a la Copa de Ferias. En la 70-71 fue a la Recopa y llegó a la final, que perdería en desempate, en Atenas, con el Chelsea. Pero esa es otra historia.

 

Guruceta no arbitró más al Barça en partido oficial, ni cuando se suspendió el sistema de recusaciones. Sólo le arbitró, 14 años después, un amistoso en Mallorca ante el Gremio de Portoalegre. Perdió el Barça, 1-0. No se repitió la experiencia.

 

Un día hablé con Guruceta sobre esta jugada. Dice que lo vio dentro: “Fue un contraataque rápido, me pilló lejos, lo seguí a toda carrera… Me equivoqué, eso está claro”.

 

Luego fue árbitro de éxito, internacional muchos años. Con otros errores renovó su fama de madridista. Falleció en accidente de carretera el 25 de febrero de 1987, aún en activo, cuando iba a arbitrar un Osasuna-Real Madrid de Copa.

 

Diez años después de su muerte el, a la sazón, presidente del Anderlecht confesó formalmente ante la UEFA haber sobornado a Guruceta con un millón de francos belgas en un partido de los suyos contra el Nottingham. Ganó el Anderlecht 3-0. He visto el resumen, Guruceta pitó un penalti inverosímil. La UEFA dejó un año sin participar en Europa al Anderlecht y suspendió al presidente belga de por vida.

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miércoles, 18 marzo 2015

Por Alfredo Relaño

La aventura de Cruyff en el Levante

Cuando terminaba 1980, Cruyff regresó a Barcelona para un partido en beneficio de Unicef. Formó parte del Humane Stars, conjunto de estrellas que se enfrentó al Barça el 16 de diciembre. Ganó el Barça, 3-2. Aunque también jugaron figuras como Rummenigge, Chinaglia, Platini o Blokhin, el suceso fue Cruyff. Había jugado en el Barça de la 73-74 a la 77-78, con rendimiento espectacular al principio, luego no. De ahí se fue a EE UU, a Los Ángeles Aztecas, después a los Washington Diplomats.

Su partido fue polémico, pues estuvo tan impertinente con el árbitro, el catalán Miguel Pérez, que este terminó por expulsarle. Pero le cubrieron de entrevistas y en ellas reflejó nostalgia por el fútbol europeo. Dijo que deseaba volver. Estaba próximo a los 34 años (cumple en abril), ya no se le veía para el primerísimo nivel, pero aún podría brillar en muchos clubes. Se habló del Espanyol, al que tentaba repetir la operación Kubala. Se habló de Arsenal y Chelsea, de Betis y Sevilla, de un segunda escocés, el Dumbarton, y de un segunda español, el Levante, rumor que nadie tomó en serio.

 

Cruyff

El Levante estaba en puestos de arriba de Segunda y aspiraba al ascenso. Su presidente era Paco Aznar, un hombre audaz. Animado por un intermediario llamado Luis Rodríguez, inspirador de la idea, y en su compañía, viajó a Ámsterdam a entrevistarse con Cruyff y su suegro, Cor Coster, que llevaba sus asuntos. La idea era que las taquillas del Levante podrían multiplicarse por cinco con Cruyff, que con él subirían seguro y así los 5.000 socios serían 21.000. Aunque se coló una oferta del Leicester, de 5.000 libras por semana (real o inventada por Coster) Aznar no cejó. A finales de enero anunció el fichaje, al que coadyuvó la marca de ropa deportiva local Ressy, que vestía al club. Los términos no fueron públicos. Corrió que cobraría dos millones de pesetas por partido, ficha de diez millones aparte. Y chalé gratis en L’ Eliana. Una copia del contrato publicada en una historia del Levante de 1984 (75º Aniversario) habla de diez millones por todos los conceptos.

El entrenador era Pachín. Cuando se lo dijeron lo tomó a broma. Igual les pasó a los jugadores. Vicente Latorre, presidente de los veteranos del club, recuerda bien el día que Pachín les dijo que venía Cruyff: “Nos parecía una broma. Luego nos hizo una ilusión enorme. ¡Imagínese! Yo era un chaval de 19 años, había entrado el año anterior por la norma que obligaba a dos sub-20 por partido. El primer año, me ponían por cumplir la norma y me cambiaban a los diez minutos. Pero en la 80-81 ya estaba consolidado. ¡Y me iba a ver al lado de Cruyff!”.

Cuando llegó, la prensa local le preguntó la diferencia entre el Cruyff Balón de Oro del 71, 73 y 74 y el de ahora. “Ahora soy más listo”, dijo. La afición se sentía feliz. Los socios veteranos recordaban al gran Faas Wilkes, que jugó allí la 58-59.

Su primer entrenamiento llenó el campo del Nou Estadi. Hizo maravillas. Pero con todo a punto para el debut, el 1 de febrero ante el Sabadell, se produjo un chasco. Instada por la AFE, la Federación rechazaba el fichaje en tanto en cuanto el Levante no pagara deudas atrasadas con jugadores, algunos de la plantilla, otros de campañas anteriores. El montante total alcanzaba los 11 millones.

Paco Aznar tuvo que buscar más dinero. Le costó un mes. Mientras, Cruyff regresó a Holanda y retomó los contactos con el Leicester. Al cabo de un mes de suspense, Aznar consiguió el plácet de la federación tras rocambolesca historia de una carta de ida y vuelta a la sede de la AFE, con los pagarés del Banco Internacional de Comercio dentro y la dirección mal anotada fuera. Por fin, a las diez de la noche del sábado 28 de febrero llega la autorización. El domingo, el Levante recibe al Palencia. El Nou Estadi no se llena del todo, quizá porque muchos han dudado hasta última hora si jugaría o no. Pero la taquilla es de cinco millones y medio, muy por encima del millón cien mil, récord de la temporada. La tribuna ha pasado de 800 a 1.200, la general, de 400 a 600. El Levante gana 1-0. Cruyff hace poco. Dos detallitos. La estrella es el árbitro, Orellana, que decide lucirse y expulsa a uno de casa y dos de fuera. El equipo se mantiene segundo, como estaba. Ascendían los tres primeros.

No se mata en los entrenamientos. La primera salida es a Granada y no va con todos, sino con el presidente, en el coche de éste. Los Cármenes se llena a reventar y gana el Granada 1-0. Pachín tuerce el gesto, porque el reclamo de Cruyff ha producido el llenazo y un ambiente tremendo que ha ayudado al rival. Y el crack no ha hecho nada.

Domingo siguiente, 1-0 ante el Barakaldo, con taquillazo y poca cosa de Cruyff. Un calco del día del Palencia. La situación hace crisis en la siguiente salida, a Vitoria. Pachín lleva al equipo a Tudela para entrenar el sábado. Cruyff va con el presidente, y llega cuando el entrenamiento ha acabado. Luego, expone la pretensión de exigirle al Alavés la mitad de la taquilla, pues entiende que el que llena el campo es él. Zárraga, gerente del Alavés (ex compañero de Pachín en el Madrid) se niega en redondo. Ya en Vitoria, Cruyff decide no jugar y regresa a Valencia con unos reporteros de televisión franceses que habían acudido a grabarle. El Levante improvisa la explicación de que su mujer ha enfermado, y de ahí el regreso. El equipo pierde 1-0. Esa semana es destituido Pachín, al que sucede Rifé, ex compañero de Cruyff en el Barça.

Pachín sospecha: “Yo creo que todo estaba preparado de antemano. Se buscó el momento para quitarme y se aprovechó el revuelo de Vitoria”.

Rifé debuta con un 2-4 en casa ante el Málaga, luego pierde 2-0 en Cádiz y empata en casa 2-2 con el Oviedo. Ese día, Cruyff marca los dos, que serán los únicos en la triste aventura. El equipo ya ha caído de la zona de ascenso a esas alturas. Luego, doble salida a Madrid, con 0-0 en Vallecas y 2-3 ante el Atlético Madrileño. En casa, 1-0 ante el Castellón. Después, salida a Linares donde, vestido y todo, decide no salir, tras fracasar la negociación por el porcentaje de taquilla. Gana el Linares, 3-1, en medio de bronca gorda. Penúltima jornada, 0-2 en casa ante el Recreativo. La última salida, a Santander, se la fuma, se va a Barcelona a jugar en el homenaje a Asensi.

En total, diez partidos, dos goles. El Levante pasó de segundo a noveno. Fue el cuento de la lechera de Paco Aznar. Las taquillas fueron a menos y no hubo ascenso ni incremento de socios.

Pachín no guarda amargura: “Era un club pequeño. Ahí no podía encajar Cruyff. Pero su llegada movió una ilusión. Lo malo es que no resultó”. Latorre lo recuerda así: “Era un lujo entrenar con él… si le apetecía. A veces llenaba un cubo de agua caliente, se sentaba en el banquillo, metía el pie en él, decía que para curarse el tobillo, y miraba. En cada partido dejaba algún detalle colosal, pero sólo eso. Con Rifé se montó todo al gusto de Cruyff, pero no salió bien”.

Para el club quedó un recuerdo agridulce y un agujero económico. A Cruyff aquello no le dio ninguna gloria, pero sí un dinero con el que empezar a reponerse del fracaso de su inversión en granjas, a la que le arrastró un socio desleal. Según cuenta Luis Rodríguez en la historia del club, sólo costó seis millones. Como responsable de la idea, pudo tener la tentación de minimizar el coste. Otras fuentes hablan de dieciocho y hasta más. A saber. Los únicos beneficiados claros fueron los jugadores o exjugadores que gracias a aquello y a la firmeza de la AFE cobraron los once millones que les debían.

En la siguiente temporada, la 81-82, el Levante pierde dos categorías y baja a Tercera por reiterado impago a sus jugadores. Para entonces, Cruyff ya estaba de regreso en el Ajax.

Pero es igualmente cierto que, pasados tantos años, el Levante conserva cierto orgullo por aquella aventura. Cruyff jugó en el Levante. Eso no se lo va a quitar nadie. En el antepalco del estadio, siempre te muestran con satisfacción la foto.

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