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El blog de Pipo lópez

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miércoles, 16 abril 2014

Por Alfredo Relaño

La final de las botellas

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Una de las dos semifinales de la Copa de 1968 enfrentó al Atlético de Madrid y al Barça y fue muy polémica. Del partido del Calderón salió el Atlético indignado, reclamando dos penaltis. Con todo, ganó 1-0 y viajó al de vuelta esperanzado. Allí se llegó al final con 2-1, lo que daría paso a la prórroga. Pero Rigo, el árbitro, aplicó un descuento excesivo a ojos del Atlético y Zaldúa marcó el 3-1. El Barça iba a la final. El Atlético regresó indignado y la prensa de Madrid se hizo amplio eco de ello.

 

Salió a relucir entonces que ambos partidos, el de ida y el de vuelta, los había arbitrado el balear Rigo. El mismo que había dirigido los dos partidos de cuartos entre el Barça y el Athletic, provocando también malestar en Bilbao. El mismo que había arbitrado once de los treinta partidos de Liga del Barça, con frecuentes quejas de los adversarios. En medio del debate se conoció la designación del propio Rigo para arbitrar la final, en la que el contendiente del Barça iba a ser… ¡el Real Madrid!


¡Para qué más! Sobre la ola de enfado de los atléticos se montó la de indignación y protesta de los madridistas, que sospechaban que Rigo era árbitro de cámara del Barça. Para más problema, entre las semifinales y la final hubo más tiempo del habitual, doce días. La final se retrasó hasta el 11 de julio por problemas de agenda de Franco. Visto con perspectiva, choca que Franco, al que tanto veíamos en el NO-DO cazando o pescando (salmones en Asturias o atunes desde el Azor) tuviera una agenda tan complicada. Pero esa vez la tuvo y la polémica se alargó.

 

El Madrid instó a la federación a que cambiara la designación, pero esta no quiso. En realidad, la costumbre entonces era designar a los árbitros cotejando la posición que tenían en la lista de los equipos contendientes. Tras cada partido, los dos clubes puntuaban al árbitro. Para cada partido se buscaba el mejor colocado en la suma de ambas listas. Para el Barça, Rigo era el primero y para el Madrid, el segundo. (Hasta después de esa final, claro). El primero en la del Madrid era Ortiz de Mendibil, que estaba recusado por los azulgrana desde un gol concedido también en el descuento a Veloso en un Madrid-Barça de 1966.

 

Ellos eran los dos grandes árbitros del momento y en caso de duda hacían lo posible por agradar al grande de turno. Así estaban arriba en sus dos listas y les arbitraban con frecuencia, lo que les daba fama y currículo. Pero cuando ambos se enfrentaban había que elegir, y… El caso es que se mantuvo a Rigo, contra las protestas del Madrid. El asunto fue comidilla durante doce días. Por su parte, en Barcelona se quejaban de que la final fuese en el Bernabéu, que la Federación defendía como “campo neutral”. No había privilegio en los precios de las entradas. Pero había el privilegio de la proximidad. Viajar desde Barcelona costaba dinero y ni había tanto ni era tan fácil ni habitual viajar como ahora. Para más inri, ese 11 de julio encontrado en la apretada agenda del Caudillo era jueves, día laborable. Para los barcelonistas era muy difícil acudir.

 

El Madrid llega como campeón de Liga, pero con tres bajas duplicadas. Le faltaban el lateral Calpe y su suplente, González; el interior Velázquez y su suplente, Félix Ruiz; el extremo izquierda, Gento, y su suplente, Bueno. Y además, el delantero Veloso. Muñoz recompone el equipo como puede: Betancort; Miera, Zunzunegui, Sanchis; Pirri, Zoco; Serena, Amancio, Grosso, José Luis y Miguel Pérez. A este último se le ha conseguido repescar de la mili la víspera, con un permiso extra. Se intenta lo mismo con el interior De Diego, pero no se consigue. El Barça sale con los mejores: Sadurní; Torres, Gallego, Eladio; Fusté, Zabalza; Rifé, Pereda, Mendoza, Zaldúa y Rexach, joven canterano éste que a última hora pasa por delante de Oliveros.

 

Cien mil espectadores, con abrumadora mayoría de madridistas. En el palco, los popes del Régimen, junto a los presidentes, Santiago Bernabéu y Narcís de Carreras. El partido empieza mal para el Madrid: centro desde la izquierda e intento de despeje en pifia de Zunzunegui, que manda el balón cruzado al segundo palo de Betancort. Gol. El Barça se parapeta, el Madrid ataca. Al público madridista este inicio le frustra. Hay indignación cuando Pereda, con la pierna en alto, golpea a José Luis, que queda un rato conmocionado. Más cuando, un poco más tarde, Serena se va por la banda, Rigo pita porque el balón se le ha escapado fuera de la línea, pero el extremo sigue y Gallego le cruza violentamente, sin necesidad, puesto que no hay juego. Caen algunas botellas en el lugar. Poco más tarde, el propio Gallego voltea a Pirri, que queda en el suelo, dañado. Otro pequeño lanzamiento de botellas. Pirri está fuera ocho minutos, vuelve con luxación de clavícula y así termina el partido, con el brazo doblado hacia arriba, corriendo con dificultad.

 

El Madrid ataca y ataca. Brilla Amancio, brilla Sadurní. Se llega al descanso. A los doce minutos de la segunda parte se desata el pandemónium. Serena entra por el centro del área y cae ante la entrada de Eladio. Rigo deja seguir. La lluvia de botellas es bestial, lo nunca visto. Por la época eran muy frecuentes los lanzamientos de almohadillas al terreno de juego, pero excepcionales los de botellas. Botellas de cristal, de cuarto o tercio de litro, de cerveza, Coca-cola o Fanta. En caso de impacto podían hace mucho daño. En general, cuando algún salvaje tiraba una los vecinos de localidad se lo reprobaban. Se arriesgaban incluso a salir detenidos.

 

Algo más tarde, una fricción entre Torres y Amancio provoca otra tremenda lluvia de botellas, que los propios jugadores blancos piden al fondo que cese. Sadurní decide pasar el resto del partido, cuando no tiene el juego cerca, dentro de la portería, esperando que la red le proteja, porque algunos hacen tiro al blanco con él. En cada zona del campo, cualquier falta de un barcelonista cerca que la banda es replicada con una lluvia de botellas. Sadurní, pese a todo, completa un gran partido, con una presencia de ánimo ejemplar. También ha sido ejemplar el esfuerzo del Madrid, con tantas bajas y Pirri mermado. (No había cambios). Se llega al final con el solitario autogol de Zunzunegui. Cuando Zaldúa recoge la Copa de manos de Franco, el estadio es un grito unánime: “¡Rigo, campeón!” El Barça se retira al túnel entre más botellas, parece mentira que aún queden.

 

En el palco, cuentan después en Barcelona, la señora de Camilo Alonso Vega, ministro de Gobernación, está muy afligida. Le dice a Bernabéu: “¡Qué desgracia, hemos perdido!” Su marido le reconviene: “Felicita al presidente del Barça…” Y ella se vuelve hacia este: “¡Ah, sí, perdón! Felicidades. Porque Cataluña también es España, ¿verdad?” A lo que Narcís de Carreras responde: “Señora, no fotem”.
El Barça se va con su Copa y queda la polvareda. ¿Merece el Madrid una sanción? La federación no lo aplica, porque estima que es ella la organizadora del partido, no el Madrid. Eso provoca enfado en el mundo culé. Eso sí: antes de comenzar la Liga siguiente, la federación emitió una circular prohibiendo despachar envases de vidrio en los estadios. Desde entonces debían ser previamente escanciados por el expendedor en vasos de plástico. Eso provocaba grandes colas en las barras, retrasos y barullos, lo que hizo que todas las aficiones de España pagaran en cierto modo la zaragata.

 

Respecto a Rigo, quedó marcado. Llegó a estar recusado por nueve clubes. En 1975, la federación, que entonces presidía Porta, le relacionó con una trama de árbitros cuya cabeza era el madrileño Antonio Camacho, que supuestamente se ofrecían para venderse. El asunto trascendió en sus detalles (algún día lo contaré en esta sección), pero no hubo sanción oficial. Simplemente, se les fue apartando. Rigo cayó en ese viaje, aunque la relación con la trama nunca estuvo clara. Para el Barça, la eliminación de Rigo fue un síntoma más del poder del Madrid. Para el Madrid, su designación para la final fue una concesión inaudita al Barça. Rigo ahora hace declaraciones de cuando en cuando. Dice que no era barcelonista ni antimadridista hasta aquella final, pero que desde ese día se convirtió en ambas cosas a la vez. 

 

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sábado, 12 abril 2014

Por Alfredo Relaño

Tras 48 horas en Qatar...

Dos días en Qatar o en cualquier sitio no dan para pontificar sobre lo que allí ocurre, pero sí sirven para sacar una idea y cruzarla con la que previamente se llevaba. Alejandro Elortegui y yo hemos estado dos días en Doha, invitados por la Academia Aspire, un centro para el desarrollo deportivo, no sólo en fútbol, sino en varios deportes más. Un espacio grandísimo con las mejores instalaciones que uno pueda imaginar y desarrollos informáticos de última generación. Lo dirige un español, Iván Bravo, ex del Real Madrid, y en él trabajan otros españoles, como Roberto Olabe, más algún viejo conocido por aquí, como Walter di Salvo, un sabio de la preparación física.

Pero no sólo con ellos nos vimos. Me hicieron sendas largas entrevistas en los dos principales canales, el nacional, Al Kass, y Bein, que viene a ser la marca deportiva de Al Jazeera. Y tuvimos encuentros con altos personajes del sistema. Lo mismo en las entrevistas televisivas que en los encuentros con estos personajes se detectaba cierto amargor por las críticas que están recibiendo desde que obtuvieron el Mundial.

Al respecto, hay dos temas ‘estrella’. El clima y las condiciones de los trabajadores de la construcción.

La cuestión del verano

 

Empezaré por el primero, menos espinoso. Para mi sorpresa, saqué la conclusión de que no había truco. De que ellos pidieron el Mundial pensando en hacerlo en las fechas habituales. Ellos viven allí, también en verano, y no les parece que el lugar sea inhabitable en esas fechas. Están ahí por muchas generaciones, conviven con eso. Casi les resulta ofensivo el espanto que en el resto del mundo produce la posibilidad de estar en un lugar en el que se alcanzan los 52 grados. Además, se sienten capaces de refrigerar no sólo los estadios (donde además se jugaría de noche, con 40 grados, no más calor del que hubo en México-86, por ejemplo, donde se jugaron muchos partidos, entre ellos la final, con el sol en su zénit) sino hasta las fan zone. En un debate posterior a mi conferencia me insistieron mucho en ello.

Es más, allí lo que se encuentra inhumano e inaceptable es que se haya podido jugar con el frío del invierno sudafricano. Para ellos los cero grados son mucho menos habitables que los cincuenta. Cuestión de dónde se ha nacido y vivido.

Con todo, no hay duda de que no será en verano. En recientes encuentros con Blatter y Platini les vi resueltos a trasladarlo a fechas en torno a fin de año. Ya veremos cuáles. Por mucho aire acondicionado que se pueda instalar, poquísimos aficionados de otros lugares se animarían a acudir a Qatar en verano. Sería un Mundial desambientado. Sin embargo, el invierno de allí es una primavera cálida para nosotros. Un tiempo ideal.

Alguien me habló del 15 de noviembre al 15 de diciembre. Habrá que trastornar los campeonatos nacionales en bastantes lugares, desde luego en Europa Occidental, y también la Champions, por supuesto. Quizá por eso Al Jazeera está en esa política intensa de comprar derechos de televisión en nuestro mundo. Con los derechos de televisión puedes disponer sobre los calendarios.

Para nuestro mundo futbolístico latino (en otros sitios de tradición como la Europa fría o Sudamérica ya se para en esas fechas) es un trastorno grave, desde luego, además de un ataque a una tradición de casi cien años.

Cuando vi resignados a Blatter y a Platini empecé a resignarme, y me ayudó a conseguirlo la idea de que con la elección de Qatar se conseguía (aparte de otros beneficios menos idealistas, como es de suponer) un nuevo salto en la universalidad del fútbol. Será el primer mundial en aquella región de la tierra, el primero también en un espacio islámico, no hay que olvidarlo. Pienso (y sobre eso reflexiono en mi último libro, ‘Tantos Mundiales, Tantas Historias’) que el Mundial es Mundial porque Jules Rimet tuvo la audacia de organizar el primero en Uruguay, lejos de la Vieja Europa, donde se había inventado el fútbol y donde residía la FIFA. Penó por ello. Sólo pudo enrolar a cuatro selecciones europeas, y tirando mucho de sus influencias: Francia, Bélgica, Yugoslavia y Rumanía. Esta última acudió como favor personal del Rey Karol a Rimet. Ni España ni Italia ni Austria ni Alemania ni Dinamarca ni Holanda ni tantas otras selecciones europeas fuertes quisimos acudir. La Europa de esos años concebía Sudamérica como un territorio a medio civilizar, poblado de indios, aventureros y la población emigrante europea, sacada de los lugares más pobres de cada país, particularmente de España, Portugal e Italia. Un mundo salvaje y primitivo. Pero se hizo allí, se descubrió que Sudamérica no era como pensábamos y el Mundial arrancó como un lazo entre dos continentes. Y según el fútbol se fue extendiendo, la Copa del Mundo  fue abriendo su participación a más y más latitudes. Y tras un largo periodo de alternancia entre Europa y Sudamérica el Mundial se abrió a zonas futbolísticamente ‘exóticas’, a fin de ganar universalidad: Estados Unidos, Corea-Japón y Sudáfrica.

Así que un Mundial en Qatar conecta con esa vocación universalista del fútbol. En ese altar habrá que forzar los campeonatos un año.

El mayor problema está en Estados Unidos, donde la FIFA tiene vendidos los derechos de 2018 y 2022 a Fox y Telemundo. En esas fechas, noviembre y diciembre, se juegan NBA y fútbol americano. En enero hay JJOO de Invierno los años pares no olímpicos. ¿Se podría llevar este Mundial a enero de 2023, profanar también el número par? Cualquiera sabe.

El caso es que los qataríes sienten que el mundo abomina de su clima natural y que por eso mismo presenta el Mundial de Qatar como un problema. ¿Y por qué no vienen en verano, se preguntan ellos? Porque no somos capaces de resistir eso, hay que decirles. Hablando se entiende la gente.

Las condiciones de trabajo

 

Y luego está la otra cuestión, más espinosa y dura, la de las condiciones de trabajo de los obreros de la construcción, en su gran mayoría nepalíes. Viven en barracones incómodos e insuficientes, sin sus familias, por supuesto, van y vienen al trabajo en condiciones económicas y, sobre todo, están indefensos.

Para captar el problema y urgir a sus soluciones hay que dibujar previamente el cuadro. Qatar es un país nuevo. Hace cuarenta años ahí apenas había nada. Ahora Doha es una especie de Manhattan en pleno desierto, que crece y crece. El petróleo y el gas proporcionan unos recursos ilimitados. Los qataríes de origen compran apoyo humano de toda índole y procedencia pero al tiempo tratan de preservar su identidad y sus costumbres.

Qatarí de verdad se considera al que lo es de cinco generaciones. Vienen a ser el 5% de toda la población actual. Visten todos de impecable túnica blanca y la cabeza permanente cubierta por el pañuelo, sujeto con un cordón negro, del que cae un cordón rematado en borla por la espalda. Ellas, de negro, con el rostro tapado. Los qataríes tienen un sueldo estatal por el hecho de serlo, equivalente a unos 3.000 euros al mes, más subsidios por matrimonio, hijos... En puridad, no tendrían necesidad de trabajar, aunque casi todos lo hacen. Muchos de ellos han estudiado en Inglaterra o Estados Unidos. Más en Inglaterra tiempo atrás, más en Estados Unidos la última generación.

La siguiente capa de la sociedad la constituyen altos ejecutivos, en general de nuestro mundo occidental. El estándar viene a ser un poco este: el presidente de una empresa es qatarí, el director general, un ejecutivo de este tipo. Entre los empleados de más rango pueden mezclarse estas dos clases.

Hay una tercera capa de profesionales liberales, en general egipcios o sirios. Abundan entre los periodistas, por ejemplo. Los hay en todo tipo de profesiones. Tienen buena vida y son bien considerados.

Una cuarta capa es la de trabajadores auxiliares en hostelería, vigilancia y demás, de muy variada procedencia, en general asiática.

Y la quinta, realmente desfavorecida, es la de trabajadores de la construcción, en su inmensa mayoría del Nepal, cuya suerte no es envidiable. Asusta pensar cómo estarían en el lugar de donde vienen.

Un país que se construye tan rápidamente es campo ideal para empresas sin escrúpulos, en busca de enriquecimiento brusco, para contratistas piratas y para capataces desalmados que esperan hacer más dinero sobreexplotando a la mano de obra.

Y es una mano de obra desprotegida desde el origen, por la llamada ‘norma Kafala’. Llegan con un visado que es propiedad de la empresa contratante. No pueden cambiar de empresa sin el permiso de la primera y ésta puede retirarles el visado si entiende que no cumplen. Y hasta necesitan del permiso de la propia empresa para regresar a su país. Eso les expone a cualquier abuso, y es obvio que se están dando. Aunque el asunto no resulte visible, empieza a ser conocido y denunciado internacionalmente. El ritmo frenético de construcción (tres turnos diarios de ocho horas, día y noche, incluyendo las horas de más calor del verano) no hace más que agravar la situación. Eso y un descuido con las normas de seguridad extendidas desde hace tiempo en otros lugares.

Probablemente no todos los datos que circulan sean exactos. Se ha llegado a decir que han fallecido ya mil nepalíes en la construcción de estadios, pero eso no es posible, porque esta no ha comenzado. Apenas se ha iniciado ya el movimiento de tierras para el primero de ellos. Hay que pensar que estamos a ocho años vista. Pero sí, por ejemplo, las obras del metro, que tienen relación con el Mundial. Y hay cantidad de torres en construcción.

La reacción allí pasa, según se alarga la conversación, de unas primeras quejas contra los ingleses, a los que se acusa de una estrategia de difamación porque ellos pretendían el Mundial, a la aceptación de que hay algo que resolver. Incluso se está haciendo. En los días que estuve comprobé que se había emitido un decreto que obligaba al aire acondicionado en los barracones y en los camiones de transporte de trabajadores. Se quejan mucho de que las mejoras en ese sentido no aparecen en la prensa inglesa, que es la que les preocupa. Y me insistían mucho en que están incitando la visita de organizaciones como Human Rights Watch y el Sindicato Internacional de los Trabajadores, para ir comprobando los progresos en este campo sobre el terreno.

Mi impresión es que saben que hay un problema, del que los qatarís no se sienten responsables directamente,  pero sí lo son indirectamente por negligencia ‘in vigilandi’, y que se han propuesto resolverlo.

 

Ellos quieren el Mundial para dar buena imagen de su país, y se encuentran con que hasta ahora les está dando imagen de ser un rincón de la tierra inhabitable en verano y de que se está desarrollando sobre una política esclavista.

Lo primero se tendrá que resolver haciendo el Mundial en invierno, no veo otra forma. Aunque no les entusiasme.

 

Lo segundo lo tendrán que resolver con leyes justas y vigilancia de que se cumplan. Me parece que se han puesto a ello. Aunque lo que veo muy difícil es que deroguen la ‘norma Kafala’, que viene a ser su valla de Melilla, o su muralla de México, para defender su identidad.

En todo caso, el Mundial será bueno, espero que en alta medida, para esos trabajadores nepalíes. Para estas cosas también es bueno el fútbol. Para conocernos unos y otros y copiar cada cual lo bueno de otras partes.

 

Respecto a sus costumbres, son sus costumbres. Me figuro que evolucionarán, aunque hará falta tiempo para comprobarlo. Hace cincuenta años, en España se vivía la Semana Santa con un recogimiento extremo. No se iba a las playas, no se exhibían en el cine películas que no fueran de Semana Santa, los cines no podían exhibir otras películas que las de argumento bíblico (ni la tele) y las radios no ponían música ligera, sólo clásica o de procesiones. Ninguna familia hubiera admitido entonces que su hija se acostara con el novio, ni la misma víspera de la boda, el divorcio no existía y ser madre soltera constituía un estigma insoportable. A los homosexuales se les podía aplicar la Ley de Peligrosidad Social. El país lo dirigía un general omnipotente que pasaba dos terceras partes de su tiempo cazando o pescando. Y había pena de muerte. Y nos dieron a organizar la Eurocopa de 1964, bien que en el formato reducido (cuatro partidos) de las fases finales de la época.

Hace cincuenta años, digo. Yo vivía y no soy el más viejo del lugar. En una generación ha cambiado mucho España. No sé cómo será Qatar dentro de una generación, pero seguro que el Mundial de 2022, con su inyección de universalidad, hará un efecto beneficioso en aquella sociedad. Y sospecho que ya lo está empezando a hacer en las deplorables condiciones de vida de los trabajadores nepalíes de la construcción.

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miércoles, 09 abril 2014

Por Alfredo Relaño

Conchiamancio, folclóricas y finolis

La selección sub-17 de chicas ha sido finalista de la Copa del Mundo, la de mayores encabeza el grupo de clasificación para el Mundial, la sub-19 es favorita en el suyo para el preeuropeo… Gol T televisa cada domingo un partido de la Liga femenina, cuyos resultados recoge regularmente la prensa deportiva. Nuestros clubes de campanillas (menos el Madrid, feo detalle) participan en esa Liga. Informe Robinson prepara un reportaje sobre el fenómeno…

 

Pero hubo tiempos difíciles. Fue en el arranque de los setenta. Algunas chicas empezaban a jugar al fútbol, ante la mirada generalmente hostil de sus padres, madres, hermanos y hasta compañeras de colegio. Pero les gustaba y eran atrevidas. Empezaron a organizarse equipos de barrio y en Villaverde, a las afueras de Madrid, un tipo emprendedor y entusiasta, llamado Rafael Muga, le dio un gran impulso. El 8 de diciembre de 1970 organizó una especie de partido fundacional entre su propio equipo, llamado Mercacredit, nombre de una empresa de Villaverde que ayudaba, y el Sizan de Madrid. Sizan de Nazis escrito al revés, porque su promotor era un feroz ultra.

 

Rafael Muga tenía amigos, activó sus contactos, consiguió interesar en el acontecimiento a José María García, la gran estrella de la radio de la noche en la época, y a AS. Acudió mucha gente al estadio del Boetticher. Ganó el Sizan 5-1 y súbitamente saltó a la fama, con solo 15 años, una chica llamada Concepción Sánchez Freire, para las amigas Conchi, y rebautizada de un día para otro como Conchiamancio. Jugaba como Amancio, con regate brujo, salida rápida y el gol entre ceja y ceja. Abundaron los reportajes sobre ella. Rafael Muga la fichó para su equipo, rebautizado como Olímpico de Villaverde, un poco en homenaje a Juan Antonio Samaranch, delegado nacional de Deportes y presidente del Comité Olímpico Español al que Muga escribió una carta pidiendo apoyo, de vuelta de la cual le llegó equipación completa para todo el equipo.

 

Conchi

Empezó entonces una lucha desigual entre el grupo de pioneras, con sus valedores masculinos y el mundo que les rodeaba. La Sección Femenina, que tenía a cargo el deporte femenino, escribió una severa carta a todas sus delegadas provinciales y locales, advirtiéndoles contra la peligrosidad de la práctica del fútbol para las mujeres. La delegada de Valdemoro fue despedida porque desoyó la instrucción y amparó la creación de un equipo. Pero no era solo la Sección Femenina. En general se miraba a las chicas que jugaban al fútbol como marimachos o chaladas que querían llamar la atención.

 

El presidente de la Federación de Fútbol, José Luis Perez Payá, que había sido notable jugador del Atlético y del Madrid, abogado de carrera y con buena formación, negó la inscripción del fútbol femenino en su organismo. Y lo justificó así:

 

—No estoy contra el fútbol femenino, pero tampoco me agrada. No lo veo muy femenino desde el punto de vista estético. La mujer en camiseta y pantalón no está muy favorecida. Cualquier traje regional le sentaría mejor.

 

Pero siguieron. Hubo campeonatos regionales y partidos amistosos interregionales. El gran Antonio Ramallets entrenó al Peña Femenina Barcelona, que amparó el presidente, Agustín Montal. Se jugó un partido de selecciones en Murcia, contra Portugal. La Federación se opuso, negó árbitro. Finalmente arbitró Sánchez Ríos, pero vestido de chándal, no con la equipación arbitral. Se concertaron tres partidos con Italia, uno allí y dos aquí, en Córdoba y Badajoz. El de allí se televisó, y eso dio a la organización para pagar el viaje de las españolas. La devolución de visita de las italianas dejó pérdidas, porque en el partido de Córdoba llovió a mares.

 

Muga editó una revista, que distribuía gratis a todos los equipos de España. Se recogían los resultados, entrevistas (el propio Ramallets aparece en una de ellas)… Era el hilo que unía todo aquello. Pero siempre río arriba. Se enfrentaron a dos iniciativas que ridiculizaron el fenómeno. Una fue el partido entre folclóricas y finolis. Las folclóricas, con Lola Flores de capitana, su hermana Carmen, Rocío Jurado, Marujita Díaz y demás, vestidas de Betis. Las finolis eran las Encarnita Polo, Luciana Wolff y cía, con los colores del Rayo Vallecano. Manolo Gómez Bur como masajista chulón. Buena asistencia al campo del Rayo, recaudación para las guarderías del Patronato de Nuestra Señora del Socorro, pero imagen bufa del fenómeno. También apareció una oportunista película de Pedro Masó, bastante infame, titulada Las Ibéricas FC, con las macizas de la época (Ingrid Garbo, Rosanna Yanni, Claudia Gravy, María Kosty…) viviendo las zozobras entre su afición al fútbol y el enfado de sus novios.

 

El Stade de Reims hizo una gira por España con buenas asistencias. Un Olímpico-Standard de Lieja metió 8.000 personas en Las Margaritas, en Getafe. Pero poco a poco la llama de la novedad fue languideciendo. Demasiadas dificultades. El 28 de abril de 1973, justo el día en que se casaba Rafael Muga, Conchiamancio dejó el Olímpico y se fue a Italia, al Padua, con una ficha de 75.000 pesetas. Aquello fue un bajón.

 

Conchiamancio hizo carrera en Italia. Jugó en cinco equipos, alcanzó fama, hizo algún dinero. Pero, con un contrato mal hecho, cuando tuvo una lesión de ligamentos tuvo que pagarse ella casi completa la operación y la estancia en el hospital, con lo que se le esfumaron casi todas las ganancias. La lesión le llegó justo cuando, ya legalizado el fútbol femenino (en 1980, a instancias de FIFA) le iban a llamar por primera vez para la selección. Había sido pionera y capitana de la selección apócrifa en aquellos partidos contra Portugal e Italia, pero no llegó a debutar oficialmente.

 

Recuperada, jugó en Inglaterra, en el Arsenal, el Brighton y el Bristol, donde también entrenó. Hizo la carrera de Terapia Nutricional. Al cabo del tiempo, se muestra contenta de haber vivido durante 25 años del fútbol, de su experiencia, de sus tres idiomas, de sus recuerdos, de aquellos reportajes que le hicieron con Amancio. La niña que jugaba en la Plaza del 2 de mayo con los chicos y asombraba (o escandalizaba) a los vecinos tiene todavía una aspiración: hacerse entrenadora en España.


Rafael Muga prepara un libro con todas aquellas vivencias. Cuando la Federación adoptó por fin el fútbol femenino no contaron con él, ni con Agustí Mallol, concejal de Tarragona,alma máter en Cataluña en aquellos años. Eso le desencantó. Se le dio el mando a Antonio Alberca, polémico hombre del fútbol sala.
El tiempo, el cambio de mentalidad, la presión de la FIFA, el estímulo del entorno, permitieron por fin cierto apoyo real al fútbol femenino en España. María Teresa Andreu, que fuera portera del Peña Femenina de Barcelona bajo el mando de Ramallets, entró en la Federación y lo activó. Ahora hay presupuesto, categorías inferiores, se llama a las que juegan fuera, aunque cueste dinero. Hay 25.000 fichas, aún muchas menos que en nuestro entorno, pero ya es algo. Hay figuras exportadas, como lo fue Conchiamancio en su día, con más dinero que ella, claro, y mejores condiciones.

 

Sobre todo, a nadie se le ocurriría ahora organizar un partido de folclóricas contra finolis, ni con la mejor intención, ni hacer una película como Las Ibéricas FC. Contra aquello lucharon Muga, Conchiamancio, Mallol, María Teresa Andreu y tantos más. El hoy les hace felices. Este hoy es posible por aquel ayer.

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miércoles, 02 abril 2014

Por Alfredo Relaño

Griffa, de San Mamés al calabozo y a El Pardo

Jorge Bernardo Griffa fue un central argentino que jugó en el Atlético del 59 al 69 y luego en el Espanyol. Todo un carácter. Hoy es un hombre apacible, simpático, gran anfitrión. Le visité en su casa de Buenos Aires no hace mucho, cuando nos dieron el chasco con la candidatura olímpica de Madrid. Viéndole ahora nadie le emparentaría con aquel tremendo defensa, al que el entusiasmo por su causa llevaba con frecuencia demasiado lejos. Para el madridista de la época fue el enemigo público número uno. Pero la peor bronca la tuvo en San Mamés, de donde fue directamente al calabozo.

 

Aquello ocurrió el 3 de marzo de 1963, a ocho jornadas del final de la Liga. El Atlético era segundo, el Madrid se le escapaba. El Atlético había hecho una gran campaña en casa, donde cedió solo un empate, pero fuera había perdido cinco. Griffa estaba harto. Aspiraba a ganar la Liga. El Atlético aún tenía que visitar el Bernabéu y eso le daba esperanzas. Griffa conjuró a los suyos: “¡Ya está bien! ¡En Bilbao tenemos que ganar!”.

 

Y no ganaron, empataron a cero, pero el partido fue bravo. El Atlético no era bien recibido esos años en San Mamés. Casi nunca lo ha sido, a pesar de ser hijo del club bilbaíno. Pero aquel día fue peor. Hubo palos y tensión, con Griffa en medio de casi todas las broncas. Cuando Bueno, aquel buen árbitro aragonés, pitó el final del partido, a Griffa le pilló al otro lado del campo. Mientras acudía a la bocana de vestuarios se desató un vendaval de abucheos. Se detuvo en la puerta a saludar a Bueno y el público entendió que lo hacía con retintín. Arreció la bronca. Cuando se retiró Bueno, él se quedó encarándose a la grada. Ahí se dividen las versiones. Según se contó en Bilbao, y siguen contando los que lo vieron, desafió al gentío echándose las manos a las partes pudendas. Según él, no pasó de levantarse la parte de arriba de la camiseta, con las dos manos, para hacer ver el escudo. En todo caso, su actitud encrespó aún más al público.

 

GriffaGriffa, en un partido con el Atlético. /as

 

—¡Me volví loco! Yo era así. ¡Estaba dispuesto a pegarme con los 10.000 de esa grada, uno por uno, me sentía capaz! ¡Qué sé yo lo que me pasó por la cabeza! Por el Atleti, era capaz de cualquier cosa…

 

Al fin, la policía (los grises de la época), le retiró a empujones, no sin esfuerzo. Una vez dentro, le dijeron que quedaba detenido por alteración del orden público. José Villalonga, secretario técnico del Atlético y capitán del Ejército, se enfrentó a los policías. Hubo una larga disputa, en la que intervinieron directivos de ambas partes. La grada seguía llena, con la gente exigiendo que Griffa saliera otra vez. Al fin, Griffa fue detenido. Le metieron en un furgón de la policía que colocó su trasera en la misma puerta central de San Mamés. La multitud siguió enfurecida, en la grada o alrededores del campo, hasta que el insistente mensaje de la megafonía convenció a todos de que había sido trasladado a la comisaría.

 

—Allí me encontré con un comisario gallego, lo recuerdo aún por un detalle que luego le contaré. Me dijo: “Hombre, chico, ¡que yo soy del Atleti! ¿Cómo has hecho esto? Los vascos son muy suyos… ¿Qué hago yo contigo ahora?”. Me tomaron declaración y me dejaron en el calabozo, con cuatro o cinco carteristas. Yo quería pelearme con todos, no me bajaba el calentón, pero estuvieron amables conmigo.

 

El Atlético decidió que el resto del equipo partiera. Con Griffa se quedó un directivo, el Conde de Cheles, con su coche y su chófer. Consiguió que por la noche le dejaran salir, un poco de tapadillo, a ducharse y a dormir en el hotel, con la condición de regresar temprano a la mañana siguiente, para completar las diligencias. Así lo hicieron.

 

—A las once de la mañana habíamos acabado y salimos. Pero yo le dije al chófer que parara en la Avenida un momento. Paró y me bajé a pasear, y miraba a todos los que veía retándolos. ¡Aún me duraba el calentón! El chófer me seguía despacio, el Conde de Cheles me hacía señales de que me subiera en el coche, pero yo no quería. ¡Quería pegarme con alguien! ¡Así de loco estaba yo! Todos me miraban extrañados.

 

Después de un cuarto de hora de desafío itinerante subió por fin al coche, que partió hacia Madrid. Comieron en el Landa, en Burgos, llegaron por la tarde, directamente al club, a Barquillo 22, donde estaba entonces.

 

(Lo que sigue no se conocía. Todo lo anterior fue relatado en los diarios de la época. Lo que sigue me lo contó en ese encuentro en Buenos Aires y me chocó muchísimo).

 

—Allí me recibieron bien. Pero Fuertes de Villavicencio, un vicepresidente nuestro que era el Jefe de la Casa Civil de Franco, me dijo que al día siguiente teníamos que ir a ver a Franco a El Pardo. Me quedé muy inquieto...

 

—¿Y…?

 

—Pues que al día siguiente, después del entrenamiento, me recogió en su coche y me llevó a El Pardo. Llegaríamos sobre las doce y media. Pasamos varias salas hasta llegar a un salón muy largo, lleno de tapices. Al fondo había una puerta y junto a ella una mesita con un militar escribiendo a máquina. Villavicencio me dejó ahí:

 

—Espera aquí hasta que te avisen. Luego te recogerá un coche.

 

—Yo me quedé ahí, sin atreverme casi ni a respirar. Había unos asientos pegados a la pared. Yo no sabía si estar de pie o sentado. Me sentaba, me levantaba… En eso se abrió la puerta del fondo y salió Franco. Me pilló de pie y eso me alegró. Cruzó el salón hacia mí. Se paró, me miró y me dijo:

 

—¿Así que tú eres Griffa?

 

—Sí, Excelencia (Me habían advertido que se le dijera Excelencia).

 

—…el que la armó el domingo en Bilbao…

 

—Sí, Excelencia, es que no me pude contener… Yo soy de una manera…

 

—Mira, muchacho. Los vascos piensan que son más altos, más fuertes, más ricos y más listos que nadie. Pero a mí, que soy gallego y bajito, me hacen caso. Porque sé cómo tratarles. No montes otro lío así. Y ahora, vete en paz.

 

Insisto: me extrañó este relato. He tratado a personas que hablaron con Franco y todas coinciden en que siempre escuchaba y rarísima vez arriesgaba un juicio, y menos imprudente. Pero Griffa me aseguró que la escena se produjo como tal y una vez transcrita dio el visto bueno a su publicación.
Por eso me he decidido, no sin dudas, a rematar así aquella historia.

 

Por lo demás, tuvo una sanción gubernativa de 10.000 pesetas. Mucha multa para la época. El Atlético le hizo un acto de desagravio, defendiendo que en Bilbao corrió una versión exagerada de los hechos. Incluso mandó una carta al padre a Argentina, para tranquilizarle, porque el asunto trascendió hasta allá. Él hoy lo recuerda con cariño:

 

—Y es que yo era así. Por el Atleti me volvía loco…

 

Y tenía que ser verdad. Aún tiene el salón de su buen piso, en La Recoleta, decorado con fotos del Atleti de esos años. Ahí, por esas paredes, se le ve en distintas alineaciones con los Pazos, Madinabeytia, Rodri, Rivilla, Colo, Griffa, Calleja, Ramiro, Glaría, Jayo, Jones, Cardona, Ufarte, Adelardo, Luis, Mendoza, Gárate, Peiró, Collar…

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miércoles, 26 marzo 2014

Por Alfredo Relaño

La polémica entrada de De Felipe a Bustillo

El campeonato 69-70 nos trajo un Madrid-Barça en la primera jornada. Ahora tal cosa no puede ocurrir, porque el sorteo se condiciona a fin de que los dos clásicos caigan en fechas convenientes, pero en aquel tiempo el calendario se definía por sorteo puro. El Barça llevaba sin ganar la Liga desde 1960, exactamente desde la marcha de Helenio Herrera. Salvo por una irrupción del Atlético, en 1966, el Madrid estaba acaparando el título en los sesenta. El Barça estaba harto.

 

Eran años del cierre de fronteras. El Madrid había sacado de la cantera sus ye-yés, un grupo espléndido, que unidos a Amancio, Pirri, Zoco, lo que quedaba de Gento y alguno más, le bastaba para el dominio en España. El Barça cada año fichaba en busca de mejorar el equipo, pero no le llegaba.

 

Esta vez esperaba que sí. Para ese campeonato incorporaba a Marcial, imponente interior que ya había triunfado en el Elche y en el Espanyol, y a un gran delantero de futuro, Bustillo, que había desplazado nada menos que a Marcelino del eje de la delantera del Zaragoza. El Barça había pagado por él 8.900.000 pesetas, un dinero en la época, más Borrás y Oliveros, dos buenos jugadores, y el costo de la presencia del Zaragoza en el Gamper. El fichaje se hizo al inicio de la 68-69, pero Bustillo jugó ese curso en el Zaragoza, como parte del acuerdo. Marcó 11 goles en 20 jornadas. En mayo del 69 apareció en la selección, donde fue en los siguientes cuatro partidos. La Copa de 68-69 ya la jugó con el Barça, pero como éste cayó ante la Real en dieciseisavos, apenas se le vio. Su presentación a lo grande fue en el Gamper del verano del 69, a dos semanas de la Liga. El Barça ganó en la semifinal al Slovan de Bratislava (que le había ganado la final de Recopa tres meses antes) y en la final, al Zaragoza. Bustillo marcó el gol de la victoria. A la salida, había esperanzas. Eran más los que decían aquest any, sí que los del aquest any, tampoc.

 

Y el 14 de septiembre empieza la Liga, con el Madrid-Barça en el Bernabéu. El Madrid estrena mejoría del alumbrado nocturno para la ocasión. El Barça presenta una delantera prometedora: Rexach, Marcial, Bustillo, Zaldúa y Puyol. Dos jóvenes extremos de la cantera, dos grandes fichajes y el valioso Zaldúa. El arranque de Bustillo es fulminante: marca en los minutos 3 y 5, ante el estupor del Bernabéu. El Madrid reacciona, se vuelca y consigue empatar a dos antes del descanso, ambos goles de Fleitas, que juega por baja de Amancio. En el descanso se saborea el partidazo. Pero a los 10 minutos de la segunda parte, la vida de Bustillo va a dar un vuelco. Calpe intercepta un ataque de Puyol por la izquierda, pero este consigue enviar a Bustillo, que ataca el área del Madrid en diagonal. El central madridista De Felipe sale a su encuentro y le cruza violentamente en la frontal. Bustillo ha llegado antes al balón, que consigue enviar a Rexach con la puntera del pie derecho, pero su pierna izquierda se queda enganchada, sufre una torsión de rodilla y se queda en el suelo. Ortiz de Mendibil no pita falta porque el balón llega a Rexach, que pronto lo pierde ante Sanchís.

 

El juego sigue. El Madrid produce un ataque, el Barça despeja, el Madrid vuelve a retomar el balón y ataca de nuevo, vuelve a cortar y a avanzar el Barça… De cuando en cuando, la tele enfoca fugazmente a Bustillo, que se duele visiblemente en el suelo. En la primera imagen, Calpe está junto a él, consciente quizá de la gravedad. Luego se incorpora al juego. Miguel Ors comenta en la transmisión de televisión que ha habido una circular recomendando a los jugadores no parar el juego, salvo decisión del árbitro, a la vista de abusos que se estaban produciendo para robar tiempo, como pasa hoy. Pero no es el caso. Al fin, Castro envía el balón fuera. Acuden Ortiz de Mendibil, Puyol y Zoco. Bustillo no se puede sostener en pie. Le retiran entre Puyol y Junquera, el meta del Madrid, hasta el fondo, donde el masajista Ángel Mur, que no ha recibido permiso para ingresar en el campo, le espera. Bustillo va con la pierna izquierda en el aire. No podrá reintegrarse. Sale Pellicer en su lugar. El partido sigue, acaba 3-3, con nuevos goles de Gento y Rexach. La sensación final es de partidazo, pero queda un malestar por Bustillo.

 

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Bustillo se retira lesionado. / DIARIO AS

 

¿Qué tendrá? Hasta que no baje la hemorragia, se informa, no se podrá conocer en detalle el alcance, pero se da por hecho que tiene roto el ligamento interior.

 

El martes se conoce el parte provisional: “Ruptura completa de ligamento lateral interno de la rodilla izquierda con posible lesión meniscal que requieren inmediata intervención quirúrgica, con un pronóstico de inactividad para la práctica del fútbol en un periodo de tres meses, salvo complicaciones”. El mismo día, El Mundo Deportivo de Barcelona se pregunta si será suspendido De Felipe por el tiempo que dure la baja de Bustillo. En la época era uso relativamente común. Eso le había costado al zaragocista Cortizo una sanción de 24 partidos por fractura de tibia de Collar dos años antes y, más recientemente, una de 12 a Guedes por lesionar a Planas II.

 

El miércoles se efectúa la operación, por los doctores Cabot, Altisench y García Cugat. “La primera impresión al operar ha sido de catástrofe”, declara Cabot al finalizar. Las consecuencias han sido más graves de lo temido, según informa el parte: “1.— Rotura total de la inserción del ligamento lateral interno en sus dos capas, superficial y profunda. 2.- Desinserción periférica del menisco interno. 3. — Ruptura del ligamento cruzado anterior”. Se augura recuperación completa, pero sin plazo.

 

Con el parte aún reciente, se conoce la decisión del Comité de Competición, que colma de indignación a los barcelonistas. No hay suspensión a De Felipe. Hay seis jugadores del Barça amonestados y multados por formular reparos al árbitro: Torres, Eladio, Castro, Gallego, Marcial… ¡y Bustillo! Bustillo se había quejado en la primera mitad de una entrada dura. Se recuerda entonces que Ortiz de Mendibil había estado recusado por el Barça dos años antes, por un gol del Madrid en el descuento y la directiva recibe críticas por haber levantado ese curso la impugnación. Ortiz de Mendibil era tenido entonces como árbitro de cámara del Madrid, lo mismo que Rigo del Barça.

 

El asunto llega a la Delegación Nacional de Deportes que preside Juan Antonio Samaranch. Este acude al NO-DO, junto a Antonio Calderón y De Felipe, a ver hasta 20 veces la repetición de la jugada, filmada con mucha nitidez. De Felipe y Calderón defienden que no hay impacto, que la lesión es un accidente. De Felipe ha ido abajo, la lesión es en la rodilla. Y así es. El propio Bustillo la describirá así, veinte años más tarde, en La Vanguardia: “Quedé con los pies trabados y al no poder articular bien el movimiento salté por encima de De Felipe pero caí en mala postura”.

 

Bustillo no jugó más esa temporada. En las dos siguientes jugó un partido cada una. Luego, aún con 25 años, se fue al Málaga, ya en posición de segundo delantero, donde jugó en las siguientes cuatro temporadas 31, 27, 24 y 13 partidos, con una producción de goles también menguante: ocho, tres, dos y por fin ninguno. Por supuesto, nunca volvió a la selección. Con 29 años dejó el fútbol. Se casó con una malagueña y hoy regenta un hotel en la Costa Dorada. No le gusta hablar del tema.

 

De Felipe jugó en el Madrid hasta la 72-73, cuando se marchó al Espanyol. Allí jugó hasta el 78, cuando se retiró, con 33 años. Volvió a enfrentarse con Bustillo, en el Málaga, y no hubo incidentes. Pero en sus años en Barcelona encontró con bastante frecuencia quien le recriminaba aquella acción. Un cúmulo de acontecimientos (la prometedora juventud de Bustillo, sus dos goles-relámpago, la actitud de Ortiz de Mendibil, la gravedad de la lesión y la ausencia de sanción a De Felipe junto a las cinco amonestaciones a blaugranas) convirtió aquel suceso en una de las partes principales de la leyenda negra del Madrid en Barcelona.

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miércoles, 19 marzo 2014

Por Alfredo Relaño

De las manoletinas a las ‘montalvinas’

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Ahora que el Madrid ha multado a Illarramendi por recortar vaquillas me saltan a la memoria imágenes de un tiempo en que el fútbol no tomaba tantas cautelas, ni en el Madrid ni en general, y los jugadores se exponían con gloriosa irresponsabilidad en fiestas camperas, sin el menor disimulo. En realidad era algo casi clásico. Con frecuencia, cuando visitaba España algún equipo extranjero, selección o club, se le invitaba a una tienta, y siempre había algún jugador de los nuestros que se lanzaba. Y no hacía falta que fuera andaluz o salmantino, tierras ganaderas por excelencia. Gento, cántabro, era de los más atrevidos, y toreó muchas vaquillas en festivales benéficos. Un veterano periodista me contó que Segarra y Gensana despuntaron con el capote y la muleta en la finca de Sancho Dávila, expresidente de la Federación, en las vísperas de aquel célebre Betis-Barça del “ganaremos sin bajarnos del autobús”.

El tiempo hizo que los reglamentos internos de los clubes fueran proscribiendo esa práctica, por peligrosa, del mismo modo que los jugadores tienen prohibido montar en moto o practicar deportes de riesgo. Se entiende. En el Madrid posterior vulneró la prohibición Juanito, de sangre muy torera, que presumió de ello mostrando fotos y vídeos y se llevó una multa sonada. Más recientemente los ha habido que han toreado con discreción en la finca de algún amigo torero, pero la intención de este artículo no es delatarles.

La intención es contar cómo de diferentes eran las cosas tiempo atrás. En primavera de 1952 y dentro de los festejos de las Bodas de Oro del Madrid, que ese año cumplía los 50, se introdujo un evento taurino: un festival en homenaje a Vicente Pastor, El Chico de La Blusa, entonces ya muy mayor y en dificultades económicas. Vicente Pastor, madrileño él mismo, había tomado la alternativa de manos de Luis Mazzantini (gran espada y cantante de ópera) el mismo año en que naciera el Madrid, de ahí que se estableciera el vínculo. El Madrid no sólo auspició el homenaje y lo introdujo en la programación de sus Bodas de Oro, sino que le dotó de mayor atractivo al permitir que algunos de sus jugadores (entre ellos Molowny y Pahiño, las dos figuras del club en ese tiempo previo a la llegada de Di Stéfano) participaran activamente.

El cartel del festival (los toreros vestían de corto, no de luces) está encabezado por un letrero que reza: “Gran corrida homenaje a beneficio a Vicente Pastor… del Real Madrid C. de F. en sus Bodas de Oro”. Estuvo anunciada para el 29 de marzo, sábado (el domingo 30 no había Liga, por la selección), pero el mal tiempo aconsejó retrasarla hasta el jueves siguiente, 3 de abril. El Duque de Pinohermoso abriría plaza rejoneando un novillo de su propia ganadería. Luego actuarían tres figuras del momento, Domingo Ortega, Antonio Bienvenida y Luis Gómez, El Estudiante, más un jovencísimo Antoñete (17 años) que aparecía en el panorama como un trueno. Novillos de la viuda de Montalvo.

Y finalmente se anunciaba, como cierre del cartel, que Montalvo (nada que ver con la ganadería), finísimo medio o interior del Madrid, torearía y mataría un becerro, ayudado por una cuadrilla formada por cuatro compañeros de equipo: Molowny, Pahiño, Gabriel Alonso y González. La curiosidad por verles tiró tanto de la taquilla como la presencia de las figuras del toreo, y aunque la tarde fue gélida (hasta granizó), la plaza se llenó y a Vicente Pastor (al que Santiago Bernabéu impuso sobre el ruedo, nada más acabar el paseíllo, la insignia de oro y brillantes del club) le quedó un dinero. La gente le quería. Fue el primer torero al que se concedió una oreja en la plaza de Madrid.

Quedaban dos jornadas para acabar la Liga y el Madrid aún tenía posibilidades. El domingo recibía al Real Santander (estaba proscrito lo de Racing), pero a nadie extrañó que sus jugadores se expusieran. Otro tiempo. De Molowny y Pahiño ya he dicho que eran las máximas estrellas. Gabriel Alonso era el lateral derecho titular, había estado en el Mundial de 1950, en sus botas arrancó la jugada del célebre gol de Zarra a los ingleses. González, defensa, jugaba menos, estuvo sólo un año en el club. (Su hijo fue muchos años jugador del Zaragoza y es tío de Lucas Alcaraz). En cuanto a Montalvo, llevaba varias temporadas en el Madrid. Para ese tiempo alternaba en la media con Muñoz y Zárraga.

 

Y Montalvo armó el lío. Cuando acabaron los toreros, tocó el becerro de los futbolistas. El becerro que salió resultó ser un pregonao que la presidencia tuvo a bien devolver. El sustituto, un eral crecidito y cómodo de cara, funcionó, y aunque Molowny demostró más atrevimiento que desenvoltura (canario al fin y al cabo, con infancia tan lejana a las pasiones taurinas) los demás se apañaron. En El Ruedo (revista que era la biblia taurina de la época) siguiente hay una doble gráfica del festival que incluye la foto de un impecable par de banderillas de Gabriel Alonso al bicho, que no es un cuatreño, pero tampoco una mona. Lo suficiente para quitar a un futbolista de unos cuantos partidos.

Pero, decía, el que la lio fue Montalvo. Muleteó bien, pero sobre todo creó un gran revuelo con una tanda interminable de manoletinas que tendría consecuencias muy duraderas. La manoletina, pase lanzado por Manolete (fallecido cinco años antes) era considerada por aficionados y críticos como un pase de ventaja, efectista y sin mérito. Un truco para engañar a turistas y a isidros. Ángel Luis Bienvenida las daba por entonces mirando al tendido, a fin de dotarles de más mérito, pero ni así. De modo que cuando Montalvo soltó aquel chaparrón de manoletinas los tendidos se encendieron en revuelo. Muchos lo tomaron incluso como una denuncia, un algo así como “esto lo hace cualquiera, no hay que ser torero”, y así quedó. Montalvo cortó la oreja y dio la vuelta al ruedo, pero al tiempo las manoletinas quedaron proscritas.

El Ruedo las llamó desde entonces y por un tiempo montalvinas y los matadores dejaron de practicarlas. Mondeño (un torero atormentado que se metió a monje) intentó resucitarlas a mediados de los sesenta, pero no pudo. Ahora, con José Tomás, han vuelto a ser aceptadas. Claro, que José Tomás todo lo hace de una forma…

Montalvo, por cierto, acabó mal con Bernabéu. Montalvo tenía en sus papeles que había nacido en 1924 en Sevilla. Alguien le demostró a Bernabéu que en realidad había nacido en 1921 y en La Granja de Torrehermosa, pueblo de la provincia de Badajoz cerca del límite con la de Córdoba. Seguro que a Bernabéu le pareció peor la falsificación del lugar que la de la edad. Bernabéu era de pueblo (Almansa) y aborrecía de forma automática a los que habiendo nacido en un pueblo trataban de presentarse como de ciudad. No había nada que desacreditara más a alguien ante sus ojos.

Así que Montalvo se tuvo que ir. Terminó su carrera en el Jaén. La media pasó a ser en firme Muñoz-Zárraga. Pero en Madrid quedó el recuerdo de su nombre en el ámbito taurino, donde cada vez que alguien pretendía echarse la muleta a la espalda para dar una tanda de manoletinas, los tendidos se encendían:

“¡Para dar montalvinas vete a tu pueblo, que esto es Madrid!”.

 

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miércoles, 12 marzo 2014

Por Alfredo Relaño

Campeones de Europa en Tercera

El 28 de octubre de 1970, salta una noticia chocante: un grupo de grandes jugadores retirados va a fichar por el Toluca, un desconocido equipo de Santander. Se habla de Marquitos, de Mateos, de Atienza, de Pantaleón, de Peiró, de Collar, de Pachín, de Félix Ruiz, de Casado… ¿Cómo era eso posible? ¿Qué era eso del Toluca?

 

El Toluca era un modestísimo club santanderino, cuyo nombre de origen había sido Paredón Vista Alegre, rebautizado como Toluca por un santanderino que entrenó al club de aquella ciudad mexicana y los hermanó. El Toluca había aparecido esa temporada en Tercera División. Era su primera experiencia en categoría nacional, y había llegado un poco de rebote, por renuncia del Balmaseda. En ocho jornadas había perdido ocho partidos. Marquitos, santanderino de pro, había decidido salir al rescate. Marquitos, Marcos Alonso Imaz, había sido uno de los grandes protagonistas de las cinco Copas de Europa del Madrid de Di Stéfano (paradójicamente, su hijo triunfaría en el Atlético y en el Barça). Mateos también perteneció a aquella gloriosa generación, como Atienza, aunque este participó menos. Pachín había enlazado la quinta copa, la del 7-3 al Eintracht, con la sexta, la de los ye-yés. Félix Ruiz había sido jugador destacado del Madrid en los sesenta, aunque las lesiones le frenaron algo. Peiró y Collar habían formado el ala infernal del Atlético. Collar fue protagonista de la mejor época del club, y Peiró, de la primera mitad de ella, hasta que se fue a Italia por un dineral.

 

Así que aquella noticia conmovió al mundillo del fútbol, que miró con simpatía el asunto. Finalmente, no se apuntan todos los que Marquitos tanteó, pero sí un grupo muy consistente: Marquitos, Mateos, Pachín, Pantaleón y Atienza, a los que a veces se agregan Félix Ruiz y Casado. Todos ellos andaban más cerca de los cuarenta que de los treinta y su intento les hizo ser vistos rodeados de un halo romántico. Algo así como si ahora La Quinta del Buitre se apuntara al rescate de un club menor en apuros. Sólo que más. Estamos hablando del Madrid de las primeras cinco Copas de Europa…

 

De repente, todo pareció iluminarse en torno al Toluca. Cada día una noticia: todos los miembros del Circo Atlas, de los célebres Hermanos Tonetti, se hacen socios de golpe. Se habla de Juan Julio Priso, un guineano de 21 años del que se dice que es un Pelé. Y de un panameño llamado Iván Simón, con un marcón en 100 metros lisos. Se apunta Vicedo, joven prodigio en el Barça a mediados de los cincuenta al que las lesiones frenaron. Otro día sale que la categoría es amateur, que es que ellos no van a cobrar, que hay un límite de edad para jugar como aficionado...

TolucaDe pie, con el Toluca, Marquitos, Pachín, Pantaleón. Agachados, Atienza y Mateos./ as

Al fin llega el día del debut de los refuerzos, en Barreda. Allí aparecen Pantaleón, Marquitos, Pachín, Atienza y Mateos. Entre todos reúnen 13 Copas de Europa con el Madrid. La expectación es tremenda. El Toluca empata, 1-1, es su primer punto, y ese empate se convierte en noticia nacional.

Pronto llegan los problemas. Marquitos declara que ayudan al Toluca porque el Racing no lo hace y en el Racing eso sienta mal. Tienen un acuerdo con el Toluca para disponer de sus juveniles a cambio de dejarles el campo para determinados partidos, y se rompe. Ante la visita de la Ponferradina no le dejan al Toluca El Sardinero. Entonces llega la oferta del campo del Regimiento Valencia, por amistad de Marquitos con el Coronel. Se instalan gradas supletorias, hay locura por ver el partido. La Ponferradina protesta antes del choque, considera irregular la presencia de los ex en el Toluca. Salen a relucir párrafos contradictorios de la legislación federativa. Al final, juegan. El partido acaba en tablas, y ese nuevo empate sabe bien. Pero mejor sabrá la primera victoria, cuatro semanas después, ante el Lugo, por 4-0. El Lugo era entonces el tercero del grupo.

 

La aventura sigue, con un halo entre rebelde, canalla y romántico. Viven en Madrid, viajan en el día, en un par de coches, y vuelven a dormir a casa. Pachín lee durante el viaje novelas de Lafuente Estefanía que luego utiliza como espinilleras. El mundo federativo está en contra, lo encuentran todo una transgresión, un absurdo. Marquitos hace unas declaraciones muy inspiradas:

 

—Somos demasiado viejos para ser jóvenes, pero demasiado jóvenes para sentirnos viejos.

 

Caen bien. En Madrid se pregunta cada noche de domingo qué ha hecho el Toluca. Circulan noticias infamantes contra la iniciativa. Se desliza que cuando llegan a un campo exigen dinero al presidente del club local:

 

—Esto está lleno porque jugamos nosotros. O nos da la mitad de la taquilla o no salimos.

 

Eso se aseguraba en círculos federativos. Incluso decían que iban más allá:

 

—Está bien. Nos conformamos con un cuarto de la taquilla. Pero si nos da la mitad nos dejamos ganar.

 

Y que luego intentaban ganar. Si ganaban o empataban, decían que les había podido el corazón y cobraban sólo la cuarta parte de la taquilla. Si perdían, cobraban la mitad.

 

Eso corrió y probablemente era mentira, porque a la vista de ello decidieron acudir sólo a los partidos de casa, al campo del Regimiento Valencia, en Santander, donde la concurrencia siempre fue alta. Iban sacando puntos hasta que todo se fue al traste el 28 de marzo, a ocho jornadas del final. Para entonces habían ganado ya siete partidos y empatado cuatro. No estaba mal si pensamos que llegaron con cero puntos. Era la jornada treinta, a ocho del final, y estaban cuartos por la cola, empatados con el Barreda. Bajaban cuatro. Estaban en línea de salvación. Ese día les visitó la Cultural Leonesa, el líder, cuyo ataque dirigía el fenomenal Marianín, El Jabalí del Bierzo, un gran goleador que quizá merecería más recuerdo y reconocimiento del que tiene.

 

En el minuto 56, con 0-1, sobreviene la catástrofe. Pachín reclama un penalti al árbitro, el guipuzcoano Anasagasti. Este le expulsa. Entra en acción Marquitos, que también es expulsado. Se niega a irse, se pone de rodillas, el público se pone de su lado, hay una interrupción de veinte minutos. Al final se lo lleva la Guardia Civil. Hay conato de invasión de campo. Para entonces estaba muy extendida la impresión de que los arbitrajes tendían a ser adversos al Toluca. Por fin se reanuda el partido. Lo ganará la Cultural, 0-2, ambos goles de Marianín. El acta de Anasagasti es durísima.

 

A Pachín le caen seis partidos: tres por insultos al árbitro y tres por blasfemar. A Marquitos, trece: cuatro por insultos al árbitro, dos por desacato a órdenes, dos por provocar al público y cinco por amenazas al árbitro. Son sanciones desusadas, dejan la impresión de que el Comité ha ido a degüello. Eran los dos grandes animadores de la iniciativa. Huérfano de ellos, el Toluca se deshincha, pierde el difícil impulso adquirido y acaba penúltimo, descendido, mientras Marquitos y Pachín se comen los puños de rabia. El Toluca sobrevive como puede en Regional unos años y acaba por desaparecer.
Mucho tiempo más tarde, cuando vi Space Cowboys, aquella película de los astronautas cincuentones que interpretaron Clint Eastwood, Tommy Lee Jones, Donald Sutherland y James Garner, recordé aquella aventura. Eran gente que se negaba a dejarse ganar por el tiempo.

 

Sólo que la película, claro, acabó bien.

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miércoles, 05 marzo 2014

Por Alfredo Relaño

De la manita a la mano de Alsúa

Los dos derbis madrileños (entonces se decía encuentro de la máxima rivalidad) de la temporada 47-48 fueron pródigos en acontecimientos notables y quedaron unidos en el recuerdo de los aficionados por una misma palabra: mano. Manita de cinco goles en la primera vuelta, mano de Alsúa en la segunda.
Aquella temporada el Madrid lo pasó muy mal. Fue el curso en el que inauguró el nuevo Chamartín (estrenado el 14 de diciembre de 1947), para lo que jugó como local en el Metropolitano, campo del Atlético, durante la primera vuelta. El esfuerzo para la construcción del nuevo campo (cuya dimensión, gigantesca para la época, provocó que muchos tacharan a Bernabéu de megalómano y le auguraran la ruina del club) había impedido reforzar el equipo. El Madrid tenía jugadores buenos, pero algo envejecidos.

 

En esas condiciones se llega al partido de la máxima. Novena jornada, en el Metropolitano. El Atlético es quinto; el Madrid, octavo. La Liga es de 14. El partido se juega el 23 de noviembre y Hernández Coronado, el inteligente, avanzado y también algo excéntrico secretario técnico del Madrid, incorpora una llamativa novedad: los números en las camisetas. Introducidos por Chapman en el Arsenal en 1928, aún no los había utilizado nadie en España. Hernández Coronado, siempre al tanto de las novedades, decidió que el Madrid los incorporara ese día. Ya que las cosas no iban bien, era una forma de ponerse por delante al menos en algo.

 

Los hombres que estrenaron los números en España, quede constancia aquí para la pequeña historia del fútbol, fueron estos: Clemente (2), Corona (3), Pont (4), Ortiz (5), Huete (6), Macala (7), Alonso (8), Pruden (9), Molowny (10) y Cabrera (11). Calleja, el portero, no llevó número.

 

Enfrente, un Atlético que iba a más, con una alineación que remata una delantera de lujo: Juncosa, Vidal, Silva, Campos y Escudero. El partido es un monólogo del Atlético, que donde pone los números es en el marcador: uno (Escudero), dos (Campos), tres (Juncosa), cuatro (Juncosa otra vez) y cinco (Vidal). (Úbeda, exjugador del Madrid y para las fechas crítico de Pueblo, bautiza a la gran delantera como La Delantera de Seda. El apodo colectivo hará fortuna). El lunes es duro para los madridistas. Por primera vez se habla de manita, tan en boga ahora. Los atléticos agitan la mano con los cinco dedos abiertos ante la cara de los madridistas, en los colegios, las oficinas o los cafés. También circula el “Os hemos ganado por Ortiz a cero”. Ortiz era el número cinco, un veterano que había jugado en el Athlétic de Bilbao a caballo de la guerra.

 

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Alsúa marca con la mano./ AS

 

El partido de la segunda vuelta será el 29 de febrero del 48, año bisiesto. El Atlético ha ido a mejor, ya es tercero, a dos puntos del Valencia y a uno del Barça, segundo. Por su parte, el Madrid ha ido a peor. Y eso que ya juega sus partidos de casa en el nuevo Chamartín (no se llamará Santiago Bernabéu hasta 1955). Y que ha sustituido al entrenador, Albéniz, por el inglés Míster Keeping, que llega con la WM bajo el brazo. La WM se consideraba entonces la fórmula atómica. A España, tan aislada e inmovilista esos años, tardó en llegar.

 

Pero, decía, aun así el Madrid está bordeando la catástrofe. En la jornada vigésima ha perdido en casa con el Gijón (entonces, prohibidos los términos extranjeros, se le llamaba así) y ha caído al penúltimo puesto, en descenso, pues bajan dos. En la vigésimoprimera ha visitado al Sevilla, donde fue recibido con gritos de “¡A Segunda, a Segunda!” y despedido con gritos de “¡Tongo, tongo!” tras ganar por 2-3. Aun así, cuando en la jornada siguiente, a cuatro del final, recibe al Atlético, es cuarto por la cola, a un punto del descenso.

 

Las vísperas son tensas. El Madrid se concentra en El Escorial, el Atlético en El Plantío. Este va a ser el primer derbi en el nuevo campo. Marca hace gran despliegue. A Bernabéu le escuecen las preguntas sobre si el Madrid puede bajar. Opinan los entrenadores, los jugadores, camareros, taxistas, famosos... Hasta las bellas oficiales de la época: Felisa Núñez, Mari Martínez, Dioni Peralta, Maribel López, Mari Gracia, Charito Martínez, Julita González, Elena Sander… En portada aparece el árbitro, Azón, número uno de la época (irá al Mundial de 1950). Se muestra confiado…

 

El nuevo Chamartín revienta. Se calculan 80.000 espectadores, muy de largo el récord hasta el momento en el fútbol español. Hay feroz reventa. Por primera vez, los críticos con Bernabéu empiezan a admitir que quizá su idea no fuera tan mala… Por el Madrid salen: Bañón; Azcárate, Corona; Moleiro, Pont, Ipiña; Molowny, Alonso, Pruden, Barinaga y Alsúa. Por el Atlético: Saso; Riera, Aparicio; Mencía, Arnau, Cuenca; Juncosa, Vidal, Jorge, Silva y Escudero. Falta Campos en la Delantera de Seda.

 

El Atlético, que es claramente más, sale a por el partido, se vuelca y a los cinco minutos se adelanta, por medio de Escudero. Luego se deja ir un poco, confiando en que el vaivén del partido le traiga nuevos goles. El Madrid juega con nerviosismo y desesperación, carga con el partido ante un Atlético cómodo. Domina por ímpetu y orgullo. A tres minutos del descanso, llega la jugada de la que se hablará durante años: ataque por el centro, remate de Barinaga al larguero, un pequeño lío en el área chica y Alsúa (Antonio Alsúa o Alsúa I, para diferenciarle de su genial hermano Rafael) marca con un manotazo furtivo. Los atléticos protestan, pero Azón da el gol. La jugada ha sido rápida, no tan fácil de ver en el barullo, y en la grada cada cual opina lo que le conviene. En el segundo tiempo no hay más goles. La cosa acaba 1-1 y el Atlético se ve alejado de la cabeza un punto más, porque Valencia y Barça han ganado.

 

Las discusiones se avivan cuando el día siguiente aparece en la prensa una foto inequívoca del instante en que Alsúa golpea con la mano. A su lado están el meta Saso y el defensa Riera. La foto no deja lugar a dudas. Los atléticos blanden el periódico ante la cara de los madridistas, que se encogen de hombros (en blogs de inclinación atlética o barcelonista que reproducen esta foto se suele leer que el que sale junto al Alsúa es el árbitro. Pero no, es Saso. Suplantarle por Azón resulta un exceso).

 

Cuando la jugada llega al NO-DO, se provocan alborotos en el cine, hasta el punto que acaba por retirarse. Lo mismo ocurrirá más adelante con jugadas como el gol no concedido al Sevilla en la última jornada de la 50-51, los cuatro anulados al Madrid por Míster Leafe en el Camp Nou o el penalti de Guruceta, entre otras jugadas. La consigna era paz en los cines. Que el alboroto del fútbol no entrara en ellos.

 

La Liga acabó de forma curiosa. El Madrid se jugaba el descenso la última jornada. Recibía al Oviedo, mientras que el Atlético visitaba al Gijón. Si el Madrid perdía y el Gijón ganaba, descendería el Madrid. Así que el Atlético viajó a Asturias primado por el Madrid. Allí ganó 2-7. Por su parte, el Madrid ganó 2-0 al Oviedo, no hubiera necesitado de la mano (otra vez una mano) que le echó el Atlético. Bajaron el Gijón y la Real. El Madrid fue cuarto por la cola. No había promoción. Nunca antes ni después estuvo tan cerca del descenso. Le sobraron sólo dos puntos. En cuanto al Atlético, terminó tercero, a cuatro puntos del Barça, cuyo rush final fue impresionante.

 

Y en Madrid se hablaba y no se paraba de la mano de Alsúa, punto histórico de partida de las numerosas quejas arbitrales del Atlético en sus partidos contra el Madrid. 

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miércoles, 26 febrero 2014

Por Alfredo Relaño

Aquel duelo entre Esnaola e Iríbar

La Copa de 1977, cuya final jugaron el Athletic y el Betis, volvió a llamarse Copa del Rey, después de tantos años de ser Copa del Generalísimo. Ningún bético lo olvida, porque la ganaron los suyos. Y porque fue la más thriller de la historia. Se resolvió a los penaltis, en un duelo final, como de viejos pistoleros, entre Esnaola e Iríbar. Sucedió el 25 junio de aquel 77, cuando España bullía entre ilusión e inquietudes, en los albores de la Transición. Todavía ahora, todos los últimos viernes de mes se reúnen a comer en el restauranteCambados, a tiro de piedra del Villamarín, los veteranos de aquella jornada gloriosa.

 

El Athletic era favorito. Había sido tercero en la Liga y aquel mismo año había sido finalista de la Copa de la UEFA, que se le escapó por muy poco ante la fabulosa Juventus de aquellos años, cuya alineación empezaba en Zoff y terminaba en Bettega. Era el Athletic de Koldo Aguirre entrenador, un Athletic que a su vez empezaba en Iríbar y terminaba en Rojo I, ahí queda eso. Se anunciaba gran mayoría de hinchas del Athletic, en cuyas manos ya se mezclaban las banderas rojiblancas con las ikurriñas. Lo de acudir a Madrid en masa a la final de Copa era una vieja tradición del club. En Madrid se tomaba como una invasión grata, de gente alegre y nada pendenciera. Aunque, esta vez, con eso de las ikurriñas…

 

Por su parte, el Betis había sido quinto en la Liga. Un gran Betis también, cargado de internacionales, que empezaba por Esnaola y terminaba por Benítez, a falta de Rogelio, ya mayor, y de Anzarda, lesionado. Benítez era un excelente jugador, ambidextro, que podía jugar por la banda en la defensa, en la media o en el ataque. Por menos costumbre (la anterior final del Betis databa de 46 años antes) hay menos reserva de entradas. Pero Núñez Naranjo, presidente bético, no se arredra cuando en la víspera le señalan esto:

 

—Cada bético anima por cuatro vascos.

 

El Betis sufre otras bajas, además de la de Anzarda: Muehren y Ladinski, porque en la Copa no valen los extranjeros, y su fulgurante aparición, Gordillo, que ya había jugado en Copa con el Betis Deportivo. Pero al menos, el club sevillano tiene sus gotas de solera copera en el entrenador, Rafa Iriondo, nada menos. Cuatro veces campeón con el Athletic como jugador, en los 40, cuando la célebre delantera, y una más como entrenador, también con el Athletic, en 1969. Ya con Iríbar y Rojo I, por cierto.

 

La final está precedida por la de juveniles, Barça-Zaragoza. El Príncipe Felipe acude a verla íntegra. Sus padres llegarán a tiempo justo para dar la Copa y presenciar la de los mayores. Sale un partido precioso: el Barça se adelanta 3-0, el Zaragoza arranca el 3-3, finalmente, un jugadón de Lobo Carrasco acaba en gol de Calderé. Los dos jugarán en el Barça y en la Selección.

 

A las nueve empieza la final de los mayores. Arbitra García Carrión, con Soriano Aladrén y Sánchez Arminio como linieres. Los equipos salen solemnemente y forman para escuchar el himno. Banderas españolas se mezclan entre las del Betis, como se mezclan ikurriñas entre las del Athletic. Pero no hay bronca. Juegan estos:

 

Athletic: Iríbar; Lasa, Guisasola, Alexanco, Escalza; Villar, Irureta, Churruca; Dani, Carlos y Rojo I. (Astrain por Lasa en el 38’ y Amorrortu por Carlos en el 80’).

 

Betis: Esnaola; Bizcocho, Biosca, Sabaté, Cobo; López, Alabanda, Cardeñosa; García Soriano, Megido y Benítez. (Del Pozo por Cobo en el 57’ y Eulate por Megido en el 107’).

 

RELAÑO

Iríbar y Esnaola se saludan durante la tanda de penaltis. © ruesga bono

 

Se adelanta el Athletic, en el 13’: Rojo I lanza un córner, Dani remata, Esnaola rechaza y Carlos remacha. 1-0. En el 45’, golpe franco contra el Athletic, que lanza Cardeñosa al palo, hacia donde ha volado Iríbar; el rebote lo recoge López y marca a puerta vacía. Forcejeo en la segunda parte, sin goles. Prórroga. En el 97’, Benítez cede un balón atrás sin advertir que Dani andaba por ahí, y el astuto extremo bilbaíno recoge y marca con facilidad. Benítez se echa las manos a la cabeza. 2-1. En el 117’, llega una falta sobre el área del Athletic: lanza Cardeñosa y López cabecea a gol. 2-2. Hay que ir a los penaltis. Y aquí llegarán los sucesos extraordinarios.

 

Tanda de cinco. Tira el Betis por delante. Marcan alternativamente García Soriano-Guisasola, Del Pozo-Churruca, López-Escalza y Biosca-Irureta. Queda el quinto lanzamiento por bando, que los dos entrenadores han reservado al mejor especialista: Cardeñosa y Dani. Va primero Cardeñosa: pega mal, medio en el suelo, y el balón sale fuera. El Betis está perdido. Dani, especialista no solo del Athletic sino también de la Selección, tiene la final en su bota. Esnaola recuerda que le miró, sonriéndole con suficiencia. Algo en su espíritu guipuzcoano y realista (procedía de la Real Sociedad), se le revolvió por dentro: ese dichoso aire de superioridad bilbaíno… ¡Y lo paró! Las banderas béticas y rojigualdas se agitaron más fuerte que nunca.

 

Hay que seguir. Ahora, lanzamientos alternos hasta que un equipo coja ventaja. Benítez se quita las botas, no quiere tirar, aún le escuece el regalo que le hizo a Dani.

 

Se adelanta Sabaté: gol. Va Amorrortu: gol. Hay que seguir. Alabanda: para Iríbar; el Betis está otra vez con la soga al cuello, si ahora marca el Athletic se habrá acabado todo. El turno es para Villar, hoy presidente de la Federación. Tira… ¡y para Esnaola! ¡Otra vez jolgorio en el lado bético! A seguir. ¡Y ahora es Esnaola el que se adelanta para tirar! ¡Esnaola frente a Iríbar! Tira… ¡y gol! Luego se queda bajo los palos y encaja el tiro de Alexanco. Se sigue. Tira Eulate y gol. Tira Rojo I y… ¡para Esnaola! ¡Betis campeón! Pero no. García Carrión dice que Esnaola se ha movido previamente y, entre la indignación bética, ordena la repetición. Esta vez, Rojo I marca. Así que hay que seguir. Van diecinueve penaltis, contando los dos de Rojo I. Nadie puede más.

 

Bizcocho tira el número veinte, y marca. Ahora es Iríbar el que decide jugársela. Por el Athletic sólo quedaba por lanzar Astrain y no se tenía confianza. Así que Iríbar recoge el guante que le lanzó Esnaola un rato antes, rato que ya parecía una eternidad. Y el tiro de Iríbar, con el interior del pie, a media altura, y a la izquierda de Esnaola, lo atrapa éste. Han pasado las doce de la noche, ya no es sábado, ya es domingo. Y el Betis es campeón de Copa por primera vez en su historia. En el palco, Felipe González, Secretario General del PSOE y sevillano del barrio de Bellavista, muy cerquita del campo del Betis, saca pecho. No es que le importara mucho el fútbol, pero se entiende que de ser de algo, sería bético. Y esta Copa, primera tras las del Generalísimo, concuerda con la leyenda izquierdista del Betis, que en su palmarés solo tiene una Liga, a su vez conquistada en la República. Y con mayoría de vascos, por cierto, como vascos son Iriondo (superviviente del bombardeo de Guernica) y Esnaola.

 

La vuelta de la hinchada del Athletic es amarga y conflictiva. Al paso por Burgos se producen enormes incidentes, de los que se culpan ambas partes. Según los burgaleses, los bilbaínos les arrojaron mendrugos y monedas, al tiempo que exhibían billetes de mil y agitaban las ikurriñas. Según los bilbaínos, les estaban esperando. Por la tarde hubo enorme tapón en el Gamonal, hoy otra vez célebre, apedreamiento de autobuses, peleas. La Guardia Civil pudo a duras penas contener la situación y decidió desviar el tráfico, parte hacia Santander por Villarcayo, parte a Logroño, por Pedraza. No, la Transición no iba a ser tan tranquila como se deseaba.

 

Todo lo contrario en Sevilla, claro. Noche de trompetas, cohetes, tambores, cante, baile por sevillanas… El Betis aterriza a mediodía y la multitud barrió a la policía, tomó la pista y sacó a los jugadores a hombros, como toreros grandes. El más grande, Esnaola, el sencillo vasco de Andoain. Sevillano para siempre. Tras ocho años en la Real, completó doce en el Betis, donde luego se quedó en el cuadro técnico 28 años más. Acaba de jubilarse y se ha quedado a vivir en Sevilla, donde ya tiene nietas sevillanísimas.

 

El próximo viernes, 28, se reunirán de nuevo. Faltará uno, Benítez, el primero que se va. Le enterraron el viernes, en su ciudad, Jerez de la Frontera. Pero estará vivo en las conversaciones de todos. Recordarán que no le gustaba nada lo de Currobetis. Siempre se quejaba de eso. Él, como buen jerezano, era devoto de Rafael de Paula.

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miércoles, 19 febrero 2014

Por Alfredo Relaño

Cruyff y el año ‘mil novecientos cero cinco’

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Sotil cabecea entre Zoco y Benito para lograr el tanto que cerraba el 0-5 en el marcador. as

 

En la temporada 73-74 se abrió de nuevo la posibilidad de fichar jugadores extranjeros, cerrada desde la 62-63, a consecuencia del fracaso del Mundial de Chile. Madrid y Barça siempre presionaron en favor de ello. Cerradas las fronteras, el mercado nacional se les hacía muy caro, y además a la hora de competir en Europa, notaban que les faltaba algo. Con todo, le había ido mucho mejor al Madrid, gracias a Amancio, Pirri, Zoco y una buena cosecha de canteranos, los Velázquez, Grosso, Serena, De Felipe… La generación ye-yé. Desde 1960, cuando se fue Helenio Herrera, el Barça no había ganado la Liga. Aquello se convirtió en una obsesión. Y fue en esos años sesenta cuando se desarrolló la fobia al Madrid, alimentada por una cadena de acontecimientos en pocos años: un gol de Veloso fuera de hora en el 66, la final de las botellas en el 68, una estrepitosa declaración de Bernabéu (“quiero a Cataluña a pesar de los catalanes”) también en el 68, la lesión de Bustillo en el 70, el penalti de Guruceta en el 71, el gol de penalti de Fermín en Córdoba en el 72… Una cadena de episodios de los que el Barça salió dolido, casi humillado. Fue por esos mismos años cuando a partir de un artículo de Permanyer en La Vanguardia empezó a circular que el fichaje de Di Stéfano había sido un despojo al Barça a instancias del Régimen. Y cuando salió la expresión “el Barça es más que un club”, propuesta por un publicista para los actos del LXXV aniversario. No llegó a utilizarla intensamente el Barça, porque enseguida saltó el chiste. “Más que un club, pero menos que un equipo”. También es de ese tiempo la afirmación “mientras Plaza sea presidente de los árbitros, el Barça no ganará la Liga”.

 

En esas circunstancias, el Barça tuvo en el verano del 73 un éxito entusiasmante: incorporó a Johan Cruyff, del Ajax, el gran jugador de la época. Pagó una cifra récord, 100 millones. Bernabéu también lo había pretendido, pero paró en 60. Luego diría, en plan la zorra y las uvas, que no le contrató porque “no me gustaba su jeta”. El Madrid trajo como gran estrella al alemán Netzer, por 36 millones. Y al extremo argentino Mas. El Barça fichó también al peruano Sotil. Se admitían dos extranjeros por club.

 

La incorporación de Cruyff se retrasó, porque las negociaciones fueron arduas e incluso el parlamento holandés debatió su salida. El Barça empezó la Liga sin él. Organizó una serie de amistosos para ponerle en forma y recaudar, mientras el equipo empezaba mal la Liga. Tras cinco jornadas, estaba por abajo en la tabla: tres salidas, tres derrotas, en Elche, Vigo y San Sebastián. En casa, victoria sobre el Espanyol y empate a cero con un Madrid que tampoco gustaba. Además, el Barça cayó en la primera ronda de la UEFA, ante el Olympique de Niza. Era enorme la ansiedad por que Cruyff compareciera de una vez. En Madrid se hacía burla. Corría un chiste:

 

—¿Sabes que hay una plaga de ranas en Las Ramblas?

 

—¡No me digas!

 

—Sí: van todos gritando cruyff, cruyff, cruyff

 

Cruyff apareció, por fin, el 28 de octubre, en casa, ante el Granada. Deslumbró. El Barcelona ganó 4-0, con dos goles suyos. El Barça fue otra cosa, se proyectó hacia arriba.

 

Mientras, el Madrid entraba en depresión. Netzer salió vago y Mas también. Netzer pasaba bien en largo, Mas colocó alguna volea magnífica, pero nada más. El público gritaba cada día “¡Fuera Muñoz!”. Cae el 13 enero, tras una derrota en Castellón, con nueve ligas ganadas de catorce. Le sustituye Luis Molowny.

 

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Once inicial del Barça en el Bernebéu el 17 de febrero de 1974 en el 0-5 ante el Madrid: Mora, Rifé, Costas, De la Cruz, Torres, Juan Carlos, Rexach, Asensi, Cruyff, Sotil y Marcial. efe

 

El 17 de febrero, jornada 22, el Barça visita el Bernabéu. Desde que llegó Cruyff, no ha vuelto a perder: doce victorias y cuatro empates. Es líder destacado. El Madrid es séptimo, ya a nueve puntos. Esa misma semana, el miércoles, España se ha quedado sin billete para el Mundial de Alemania, tras caer en Frankfurt ante Yugoslavia. Hay un cierto aire de decadencia del fútbol español y de su gran bandera, el Madrid, frente a lo cual Cruyff inspira un viento de modernidad, por su juego, por su estilo. Se presiente una nueva época. Aun así, las declaraciones previas del Barça son respetuosas. Y hay prima doble: 60.000 pesetas por ganar, más las 8.000 por ser líderes.

 

Salen al campo a las ocho de la noche. El partido se televisa y el campo tiene buen aspecto pero no está lleno. Arbitra José Luis Orrantía. Forman así:

 

Real Madrid: García Remón; Morgado, Benito, Zoco, Rubiñán; Pirri, Netzer, Velázquez; Aguilar, Amancio y Macanás. Entrenador, Luis Molowny.

 

Barcelona: Mora; Rifé, Torres, Costas, De la Cruz; Juan Carlos, Marcial, Asensi; Rexach, Cruyff y Sotil. Entrenador, Rinus Michels.

 

El Madrid sale con furia y crea dos ocasiones, de Pirri y Velázquez, que escapan por poco. Pero pronto el Barça se apodera del medio campo, al que se retrasa Cruyff, para enlazar. Netzer está perezoso, como es. Pirri y Velázquez quedan casi mano a mano contra cuatro. Arriba, el Barça varía posiciones, desconcierta. Su juego es fluido, rápido, límpido. Corre el balón, suave, preciso. El tranco elegante de Cruyff, Marcial y Rexach embellece aún más la exhibición. Los defensas del Madrid corren de un lado para otro, sus entradas siempre alcanzan el vacío, llegan un instante después de que el atacante azulgrana haya escapado. Asensi abre el marcador en el 31’. 0-1. En el 39’, Cruyff aprovecha un boquete en la defensa para marcar el 0-2. Molowny retira a Aguilar en el descanso, para dar entrada a Santillana. Amancio pasa a extremo derecha. Pero eso no remedia nada. En el 53’, otra vez Asensi, el mejor del partido, con buen tiro cruzado,  logra el 0-3. Poco después, marca Macanás, en fuera de juego. Se anula. En el 65’, un centro tiro desde la derecha de Juan Carlos sobrevuela a García Remón y aterriza en la segunda escuadra. 0-4. En el 70’, falta sobre el área del Madrid que Sotil cabecea a placer, desmarcado. 0-5. Al momento, Michels sustituye a Marcial, con molestas en la rodilla, por Tomé. Parece que se da por conforme.

 

Final. Los madridistas se retiran alicaídos. (Zoco anunciará a Bernabéu la mañana siguiente su determinación de abandonar el fútbol). Velázquez reflexiona: “De la lucha a la precipitación hay un paso”. Benito salva de culpas a la defensa: “La derrota se fraguó en el medio campo”. Marcial consuela: “Lo siento por el Madrid, tengo buenos amigos allí”. Cruyff está exultante: “Ha sido un sueño para mí. Hemos sido más rápidos. Hemos jugado todos para todos”. En Barcelona, la explosión de júbilo es colosal, quizá mayor que la de las finales de Basilea y Wembley o que las de los grandes éxitos de Guardiola. El muelle de tantos agravios concentrados en poco tiempo salta, liberado de golpe. No ha sido una victoria, ha sido una liberación. Se ha ganado al Real Madrid, pero con él a Madrid, capital de España, al Régimen, a un tiempo oscuro que ahora ilumina Cruyff. La gente salta a las calles en los coches, va a las Ramblas, a la plaza de Sant Jordi. Junto a las banderas entremezcladas aparecen senyeras, por primera vez en cantidad, en plena identificación pública de barcelonismo y catalanismo. La Trinca hará una célebre canción, perfecta síntesis de alegría futbolera, orgullo catalán, mirada oblicua hacia Madrid y expectativa de un tiempo nuevo. La penúltima estrofa termina: “¡Visca Catalunya lliure!”/“Visca el Barça y en Montal!”.

 

Pero, paradojas, sólo once días después del partido el presidente Montal y su directiva visitarán a Franco en El Pardo para ofrecerle la medalla de oro del club, que ese año cumplía sus bodas de platino.

El Barça ganará la Liga, con 8 puntos de ventaja sobre el Atlético. El Madrid acabó octavo, a 16. Se desquitaría en parte ganando 4-0 al Barça la final de Copa, jugada en el Manzanares. En la Copa no podían jugar extranjeros. Sin Cruyff y Sotil por un lado ni Netzer y Mas por el otro, era otra cosa. Ese día se despidió Zoco, inactivo desde el 0-5, jugando los últimos minutos. Grosso, capitán, se retiró para que él cogiera la Copa.

 

El tiempo nuevo que pareció anunciar aquella goleada sí llegó en la política, pero no en el fútbol. Cruyff se hizo tan perezoso como Netzer, el Barça tardó otros doce años en ganar una Liga... No fue el fin del dominio madridista, como muchos pensaron.

 

Quizá fuera como lo que dijo Churchill cuando el desembarco aliado en Norteáfrica: “Esto no es el fin, ni siquiera el principio del fin, pero sí el fin del principio”. Aquel 0-5, que hizo que los culés rebautizaran 1974 como el mil novecientos cero cinco, no fue en efecto el fin, ni siquiera el principio del fin. Pero sí podría decirse que fue el fin del principio.

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