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miércoles, 26 noviembre 2014

Por Alfredo Relaño

Hernández Coronado inventó las rotaciones

Una caricatura de Hernández Coronado, en un periódico de la época.

El Madrid estrenó campo, el nuevo Chamartín, construido en parte sobre el viejo (algo así como en una variación de 30º sobre el eje anterior, paralelo al Paseo de la Habana, y a partir de entonces paralelo a la Castellana) en 1947. El empeño por hacer el nuevo campo redujo severamente la inversión en la plantilla. Esa Liga, la 47-48, las pasó canutas. Llegó a la última jornada en riesgo de descenso, aunque al final se salvó, por su victoria en casa (2-0) sobre el Oviedo. Por si acaso, había primado al Atlético para ganar en Gijón, cosa que hizo (2-7).

 

Pero la gran capacidad del Nuevo Chamartín (no se llamaría Santiago Bernabéu hasta enero de 1955) permitió pronto renovar el equipo. La plantilla, envejecida, fue bruscamente agitada en dos veranos. Llegaron jugadores notables, entre ellos Muñoz, Montalvo, Olmedo, Pahíño, Marcet, Juanito Alonso, Cabrera… El Madrid se hizo con una plantilla pareja, en la que había figuras singulares, particularmente Molowny y Pahíño, pero en la que primaba el fondo de armario.

 

Por la época era secretario técnico del club un tipo singular, Pablo Hernández Coronado, hoy olvidado, pero que merecería una jaculatoria en su nombre al comienzo de cada partido, al menos en el Bernabéu… a no ser por la peligrosa fama de gafe que empañó sus brillantes ideas. Hernández Coronado, que vivió más de cien años, fue coetáneo de Bernabéu. Portero del Madrid antes de la guerra, quedó vinculado al club hasta los 50. Fue velador de los archivos del club durante el sitio de Madrid, del 36 al 39. Fue inventor, literalmente, de la figura del Secretario Técnico, puesto intermedio entre la directiva y la plantilla, traducible hoy por la enfática figura de Director General Deportivo. Escribió innumerables artículos y un inolvidable libro, Las cosas del fútbol, que recomiendo a quien sea capaz de encontrarlo en alguna librería de viejo o vía Internet. Y eso que no tenía un gran concepto de los periodistas deportivos. En el libro nos despachaba con una frase:

—Para escribir de fútbol en un periódico es necesario reunir dos condiciones: ser amigo del director y no servir para otra cosa.

 

En la época de que me ocupo, Hernández Coronado era el Secretario Técnico de Bernabéu, que le toleraba por su conocimiento y su ingenio, pero empezaba a inquietarse. Ya para entonces había tenido una incursión como seleccionador en 1947, durante la cual dijo: “Tendré el honor de ser el primer seleccionador que pierda con Portugal”. Cosa que, efectivamente, sucedió. Y, claro, le echaron. Empezaba a cargar fama de gafe.

 

A finales de los 40 era el Secretario Técnico del Madrid. Hizo las adquisiciones que he citado y alguna más, muy original: Dida, un muchacho de Villa Cisneros, ciudad del Sáhara Español, que no consiguió ni siquiera sostenerse en el Plus Ultra, filial del Madrid en Segunda.

 

Pero al arranque de la 49-50, el Madrid tenía buena plantilla. Eran dos veranos fichando jugadores de prestigio, gracias a las taquillas del monumental Nuevo Chamartín, cuya dimensión de la época excedía al resto. Y se llenaba. Bernabéu, tachado de megalómano cuando emprendió su obra, se cargaba ahora de razón.

 

En el estreno de la Liga 49-50, 4 de septiembre, el Madrid gana 4-2 al Sevilla, un gallito. La gente se va contenta de Chamartín. Y eso que faltaba Molowny, la estrella, por una lesión. Juegan: Adauto: Clemente, Pont, Mariscal; Muñoz, Narro; Macala, Olmedo, Pahíño, Toni y Arsuaga.

 

Pero la paz de la semana se altera con un anuncio: Hernández Coronado ha decidido sacar un once radicalmente distinto en La Coruña, primera salida. La teoría era que fuera de casa se juega de otra forma. No se ataca una defensa cerrada, sino se contraataca. No valen los artistas frágiles, sino los tipos duros, a los que no aflija el ambiente. El juego es distinto, hacen falta otros.

 

La portada de Marca del jueves 8 trae la sensacional revelación: en La Coruña el Madrid va a sacar un equipo B. La foto es para Marcet, que va a ocupar el puesto del sensacional Pahíño, autor de uno de los goles al Sevilla. Hernández Coronado defiende sus argumentos durante la semana. Campa por sus respetos, porque el entrenador del equipo, el inglés Míster Keeping, es suspendido por la Federación. España estrenó ese verano el curso de entrenadores, que se dictó en Burgos, y Míster Keeping, llegado al Madrid el año anterior con la WM bajo el brazo, no se apuntó, lo que se consideró una afrenta. No se apuntó porque ni sabía español ni creía que pudiera aprender nada ahí. El caso es que le suspenden.

 

Lo más parecido a un caso Zidane ya en 1949, como ven.

 

Coronado, sin contrapeso, tira con su idea. Ni siquiera le hace cambiar el partidillo del jueves, contra el filial Plus Ultra. Juegan el primer tiempo los de fuera y no pasa nada. En el segundo juegan los de casa y se salen, sobre todo los interiores Belmar y Molowny, éste ya recuperado. Marcan un chorro de goles, pero Hernández Coronado sigue a la suya.

 

El Madrid viaja a La Coruña, en coche cama, la noche del viernes. En la ciudad hay una mezcla de decepción y esperanza cuando se ve que llega sin sus figuras. Hernández Coronado se ve obligado a defenderse: “Yo considero a todos los jugadores del Madrid de una calidad muy semejante (…). Lo que me propongo es tener a estos dos equipos bien acoplados y bien entrenados (…). Es una medida previsora, que me hará tener 22 hombres en forma (…)”.

 

El domingo 11 de septiembre de 1949, día para la pequeña historia del fútbol, salta al campo el Madrid para enfrentarse al Deportivo. El equipo es: Adauto; Azcárate, García, Barinaga; Muñoz, Soto; Juanco, Toni, Marcet, Montalvo y Cabrera. Sólo repiten Adauto, Miguel Muñoz (luego legendario, sobre todo como entrenador) y el interior Toni, cambiado de lado. El resultado es calamitoso. Partido muy malo, ganado por el Deportivo 3-0, con Adauto regalando dos goles. Hernández Coronado prohíbe a los jugadores hacer declaraciones. Cuando el corresponsal de Marca, Ponte Patiño, acude a él, se lo confirma:

—Es verdad. ¡Les he dicho que para decir tonterías ya estoy yo!

 

La bronca es monumental. La tercera jornada es en casa, ante el Barça. Salen los de casa, los buenos, y ganan 6-1, con tres goles de Pahíño y un Molowny brillante. Toca ir a Atocha, a visitar a la Real. Bernabéu le dice a Coronado que se deje líos y vuelven a salir los buenos. Resultado: 1-1, goles de Molowny y Ontoria, el jugador favorito de Iñaki Gabilondo. Ya no habrá más rotaciones: el Madrid viaja siempre con los buenos. Empata en Valencia, gana en Málaga, empata en Sarrià, gana en Tarragona… Siempre los mejores, Pahíño y Molowny por delante… Acaba la primera vuelta en cabeza. Pero empieza la segunda perdiendo en Sevilla, y ya flojea sistemáticamente. Incluso es goleado en sus visitas a los dos atléticos, el de Madrid y el de Bilbao. Gana la Liga el Atlético de Madrid, seguido del Deportivo y el Valencia. El Madrid es cuarto.

 

Hernández Coronado masculla. “Si Bernabéu me hubiera dejado seguir con mi idea…”.

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miércoles, 19 noviembre 2014

Por Alfredo Relaño

Kubala, Lora y las palmas por sevillanas

Enrique Lora, con la selección española.

 

Kubala llegó al cargo de seleccionador como un redentor. Despertó algún recelo que no fuera nacido en España, pero su larga y excelsa campaña como jugador aquí y su carácter de símbolo anticomunista compensaron el prejuicio. Llegó tras la calamitosa peripecia que nos dejó sin acudir al Mundial de México-70. Su primer partido fue el último de aquella fase, una jornada patriótica, un 6-0 sobre Finlandia en La Línea, frente al Peñón. Ese día aún jugó Gento, próximo ya a los 36 años.

 

El segundo partido fue un amistoso contra Alemania, en Sevilla. Había sido subcampeona del mundo en 1966 y por supuesto se había clasificado para México-70. Un coco. Pero Kubala trataba de irradiar optimismo. Acuñó la expresión Club España, como el equipo de todos. Su frase favorita antes de los partidos sería:

—Chicos bien, moral óptima.

 

Kubala hizo de la convocatoria un alarde. Citó a 21 para la A (por la época lo suyo era citar a 16) y a 27 sub 23, con vistas a un amistoso con Italia. Con todos hizo un espectacular tótum revolutum de partidillos y entrenamientos.

 

Entre las novedades estaba Lora, el siete del Sevilla. No era extremo, como significaba el número en la época, sino mediocampista. Ese año el Sevilla iba bien gracias a un entrenador alemán, Max Merkel, Míster Látigo, y sus sistemas de preparación física que entonces sonaban a campo de concentración: pesas, balones medicinales, trepar las gradas cargando sacos de arena... A Lora, un chico de La Puebla del Río que había pasado su adolescencia trabajando el campo en plan duro, aquello no le asustaba. Al revés: le puso como una moto.

 

Lo que nadie esperaba era que llegara así como así a la selección. Como el partido era en Sevilla, enseguida empezó el run-rún de que se trataba de un guiño a la afición local. Cuando por unas razones o por otras empezaron a caer de la lista jugadores de tronío, la sospecha se convirtió en polémica. Luis, por ejemplo, fue descartado. El domingo 8, el Atlético se enfrentó al Slovan de Bratislava, campeón de Recopa, en homenaje a San Román. Luis marcó un gran gol y Kubala, presente, tuvo que escuchar una bronca.

 

Tampoco los madridistas estaban felices. Velázquez cayó por una fiebre que muchos no se creyeron. Pirri estaba tocado. De Gento se pensaba que con sus 43 partidos, a sólo 3 de los 46 de Zamora, entonces el récord, merecía estar... Esos días coincide que pasa Garrincha por España y se vuelca en elogios a Gento.

 

Para más INRI, en un partidillo contra el Plus Ultra Kubala había alineado a Lora de extremo derecha. Hizo poco. Al final le dijo:

—Te he visto algo despistadillo.

—Míster, es que yo no juego como extremo. Llevo el siete pero juego en la media.

—¡Ah...!

 

Aquello trascendió, porque algún testigo lo contó. ¡Kubala ni siquiera sabía de qué jugaba Lora, pero estaba decidido a alinearlo!

 

Pueblo, diario madrileño de la tarde que era el de mayor venta en España, abrió su cuadernillo de deportes y espectáculos con un titular llamativo en la información de su reportero, el célebre José María García. LORA, UN IMPUESTO DE LUJO.

 

Los alemanes llegaron a Sevilla, vacunados de viruela, por una epidemia en Westfalia. Arrastran 104 periodistas. Les faltan Overath, lesionado, y Beckenbauer, a cuyo hijo de tres años se le ha declarado una enfermedad muy grave. Asisten a una capea en la finca El Toruño, de Salvador Guardiola, donde torean Diego Puerta y Jaime Maraver. Pero la atención en la víspera está en Kubala, que suelta ese día una frase que quedará:

—Para jugar en la selección hay que querer, saber y poder.

 

Eso es gasolina al fuego. Luis se quejará en la última de AS: "Yo quiero, sé y puedo".

 

El partido es a las 20:30. La alineación de Alemania aún impresiona: Manglitz; Vogts, Schutz, Weber, Schnellinger; Netzer, Haller; Libuda, Müller, Seeler y Grabowski.

 

Kubala opone a estos: Iríbar; Sol, Gallego, Costas, Eladio; Lora, Uriarte; Amancio, Gárate, Arieta II y Rojo. Además de Lora, debutan Sol, Costas y Arieta II. Una renovación en toda regla. No hemos ganado a Alemania desde 1935. Hace frío en Sevilla, un frío extraño.

 

Pero el partido es una delicia. España muestra juego y energía y el mejor es Lora, que se mete a Netzer en el bolsillo y además alimenta el ataque. Da tantos balones a Amancio, al que tenía más cerca, que éste acaba por decirle:

—A todos, Lorita, repártela entre todos, que me asfixias.

 

En las casas de toda España asistimos admirados al juego de la selección al tiempo que descubrimos las palmas por sevillanas, esa manera de cortar el ritmo tan de allí, tan inimitable, que pone un fondo sonoro de felicidad y belleza al partido. Palmas de Sevilla en homenaje a España y a Lora, y dos golazos de otro debutante, el vasco Arieta II, uno de ellos en jugada ensayada con dos compañeros del Athletic, Uriarte, que saltó sobre el balón, y Rojo, que se la tocó en corto para que él reventara la escuadra. Arieta II hizo gran pareja con Gárate. Se conocían bien. La esposa del primero y la hermana del segundo eran íntimas.

 

España gana 2-0. También participan Ufarte (desde el 70', por Gárate) y otro debutante, Melo (desde el 85', por Sol). Al final, Schön, seleccionador alemán, dice que no entiende cómo España no va a estar en el Mundial. Todos los alemanes lo dicen.

 

En España sólo se habla de Lora, de las palmas por sevillanas y del jugador número doce, el público de Sevilla. Esa era expresión acuñada por José Antonio Blázquez, periodista sevillano, tiempo atrás. Pero tomó carácter nacional ese día, por la televisión.

 

Pueblo y García rectificaron. El titular fue: LORA, UN IMPUESTO... ¡DE LUJO!

 

Lora recuerda aquello con cariño. Debutar en la selección le produjo una ganancia de 100.000 pesetas, cuando su ficha anual era de 200.000.

—Yo creo que el Sevilla me lo había puesto por poner, sin pensar que llegaría... Me compré un coche, un 600, que me costó 72.000. Aún me sobró dinero.

 

Lora jugaría catorce partidos con la selección. El último acabó en bronca. Fue contra Yugoslavia, en Las Palmas, de clasificación para Alemania 74. España ganaba 1-0 en el descanso y él entró en la segunda parte. La idea era amarrar. Pero Yugoslavia dio la vuelta con dos goles de Bajevic, en el 52' y el 61', y en el 70' Kubala quitó a Lora para meter a Ufarte. Desde casa, todo el mundo lo vio como un desprecio a un jugador que había llegado a concitar gran cariño.

 

—A mí también me sentó mal y le dije no sé cuántas cosas...

 

Y claro, ahí se acabó el Lora internacional. Pero aquel partido queda en el recuerdo, con las palmas por sevillanas. Su camiseta con el siete la guarda un buen amigo en Gines.

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miércoles, 12 noviembre 2014

Por Alfredo Relaño

Amancio convierte a Puskas en suplente

Olivella intenta sujetar a Amancio sin conseguirlo. / DIARIO AS

 

La temporada 64-65 se presentaba cargada de dudas para el Madrid. Se había ido Di Stéfano, enfurruñado con Bernabéu, porque no admitía que le sacaran del césped y le pasaran a la secretaría técnica. Ese verano del 64 cumplía 38 años, pero no se resignó. Se fue al Espanyol. Quedaba Puskas, pero también entraba en los 38 y engordaba a ojos vistas. Había que renovar el ataque.

 

Para Miguel Muñoz, no era fácil. Seguía Gento pero metido en la treintena también. Perdía velocidad. La chispa del ataque la ponía Amancio, fichado del Deportivo para la 62-63. En el Deportivo había jugado de interior, como segundo punta, junto a Veloso. Desde esa posición había sido Pichichi de la categoría y había contribuido al ascenso del Depor. Pero al Madrid llegó como extremo, en una delantera que formaron Amancio, Féliz Ruiz, Di Stéfano, Puskas y Gento. Tenía partidarios (yo entre ellos) y detractores. Su juego levantaba al público de los asientos, pero muchos se quejaban de que siempre le sobraba el último regate. Era, para entendernos, un chupón. Pero cuando culminaba la jugada con el pase de gol o el gol propio, se le perdonaba todo, porque entonces parecía indefendible.

 

Bernabéu lo había fichado contra viento y marea. Emilio Rey, casado con la hija del propietario de La Voz de Galicia, gran madridista y amigo de Bernabéu, le avisó de que el Barça iba tras Amancio. El Madrid estaba sin dinero, y eso que acababa de vender a Luis Del Sol a la Juve. La directiva le rechazó la propuesta. No se podía pedir un nuevo crédito. Pero Bernabéu maniobró en solitario, le pidió dinero prestado a Muñoz Lusarreta, vicepresidente que tenía muchos cines y salas de teatro, y este accedió. Amancio costó 12 millones. Del Sol había sido vendido por 22.

 

Y vuelvo a la 64-65. Era la tercera temporada de Amancio. Como extremo había llegado a internacional, incluso campeón de la Eurocopa, ante la URSS aquel célebre día del gol de Marcelino. Muñoz trataba de cubrir el hueco de Di Stéfano y la decadencia de Puskas a base de ignorar ambas cosas. Por Di Stéfano jugaban, según el día, el joven Grosso o Morollón, goleador fichado del Valladolid. A la derecha, Amancio y Félix Ruiz (un interior navarro de largo recorrido que tuvo muy mala suerte con las lesiones), a la izquierda, Puskas y Gento.

 

El 8 noviembre, hace casi exactamente cincuenta años, el Barça visita el Bernabéu. El Madrid está tercero y el partido se presenta lleno de contratiempos para Muñoz. Dos semanas antes, Félix Ruiz ha sufrido un tirón en Zaragoza. Y el domingo anterior, a Puskas le han expulsado en el campo del Betis y le han caído tres partidos. El mismo día, Morollón se ha lesionado de cierta importancia. A Muñoz le faltan tres delanteros.

 

Movido por las circunstancias, recuerda que Amancio empezó de interior, en La Coruña. Tiene en la plantilla un buen extremo, Serena, de la cantera. Y ese año ha llegado de Granada, todavía con ficha amateur, un delantero llamado Pirri. Su aspecto no era alentador: piernas arqueadas como de cowboy, orejudo, cejijunto... Y encima eso de Pirri... El Madrid ya tenía un Pipi, Suárez de apellido, interior fichado del Málaga que no resultó. Entonces existía una popular pareja de gemelas, en el cine y la canción, Pili y Mili. Las bromas con Pili, Mili, Pirri y Pipi estaban a la orden del día. A Bernabéu aquello le endemoniaba. Instó a los periódicos a que les llamaran Martínez y Suárez (así aparecen en algunas alineaciones ese año), pero a la larga perdió la batalla.

 

Muñoz, a la fuerza, ideó una nueva delantera: Serena, Amancio, Grosso, Pirri y Gento. Grosso y Pirri tenían que correr de arriba para abajo. Amancio se quedaba casi solo en punta. Para los clásicos, ver a esos Grosso y Pirri con el 9 de Di Stéfano y el 10 de Puskas en la espalda era como asistir en directo a la caída del Imperio Romano. Pero Muñoz fue contundente en la víspera, cuando habló de Pirri. "Tiene condiciones y puede llegar a ser un auténtico valor positivo", dijo con su estilo lacónico. También, y ante la suma de lesiones y expulsiones en los últimos partidos, dijo: "Me bastaría con empezar el partido con once y acabarlo con once". Recordemos que no había cambios.

 

El sábado por la mañana desembarca el Barça del coche cama en Atocha. Su renovación ha empezado antes. Ya no queda ninguno de los lujosos delanteros del Barça de HH: Tejada, Kubala, Kocsis, Evaristo, Eulogio Martínez, Suárez, Villaverde, Czibor... Ni queda apenas nada de la sólida parte de atrás. Pero hay jugadores emergentes con muy buena pinta: Sadurní, Benítez, Eladio, Fusté, Rifé, Pereda, el goleador paraguayo Re... Es un Barça joven que viene alternando goleadas con derrotas absurdas. Está séptimo, pero ha cambiado al entrenador, César, por su segundo, Sasot, y se le augura mejoría.

 

El partido empieza a las cuatro y media, en un Bernabéu desconfiado. De hecho, cuando alguno de los jóvenes pierde un balón suenan esos murmullos espesos tan característicos. Pero en el minuto 16 hay una rápida combinación entre Pirri y Grosso que acaba a pies de Amancio, que se cuela con dos regates y bate a Sadurní de cerca. 1-0. Ovación y, tras ella, murmullo de satisfacción. El Barça se despliega y ataca. En el m. 31, cuando más aprieta, un centro de Benítez lo corta Zoco y cae a pies de Amancio, que está en su propio campo, a veinte metros de la divisoria. Arranca como una flecha, quiebra a Torrent, luego a Olivella que cae y trata de agarrarle del calzón, sin lograr asirle del todo, se va y tras una carrera de setenta metros bate a Sadurní. 2-0. Gol de pañuelos. En el 68, el Barça descuenta en un córner que saca Rifé y remata Re. 2-1. En el 74, con nueva presión del Barça, escapada del joven Serena y centro alto que Amancio cabecea perfecto, con el parietal, al palo contrario de Sadurní. 3-1, más pañuelos y Amancio en boca de todos. En el 76, buena jugada de toda la delantera, con remate final de Serena, que vale el 4-1. El partido acaba así.

 

Muñoz había encontrado su delantera. Diez días más tarde, en partido de Copa de Europa ante el Dukla de Praga, Puskas es suplente por primera vez, aunque se invoca una lesión para justificar su ausencia. El Madrid gana 4-0, con tres goles de Amancio, definitivamente elevado a los altares. "De profesión extremo, de vocación interior"... escribirá Fragoso del Toro en su crónica de Marca.

 

Puskas queda ya como suplente. No volverá al equipo hasta cerca del final de la Liga, cuando Amancio caiga lesionado en la segunda vuelta, precisamente en el Camp Nou. Torrent, autor de la entrada, confesaría. "He ido duro, porque en el Bernabéu me acusaron de dejarle demasiado suelto". Amancio no se lo tuvo en cuenta: "Quería mermarme, no lesionarme. Esas cosas pasan en el fútbol".

 

Curiosamente, en el curso siguiente, el 65-66, el Madrid completaría su equipo ye-yé gracias también al Barça, que en el penúltimo partido de la primera vuelta, ganó 1-3 en el Bernabéu, en gran tarde de Fusté. Fue el fin de Santamaría, que dejó el puesto a De Felipe. Y el domingo siguiente, Muñoz se decidió a probar a un interior cerebral, salido de la cantera, y que había jugado como cedido en el Málaga. Se llamaba (se llama) Velázquez. El Madrid ganó 2-5 en Mallorca, Velázquez marcó dos goles. Serena, Amancio, Grosso, Velázquez y Gento quedó como delantera definitiva. Pirri bajó a la media, donde su vigor tenía más aprovechamiento, junto a Zoco. De Felipe se instaló como central. En la portería Betancort, respaldado por Araquistain. En los laterales, Calpe y Sanchís. Más Miera y Pachín.

 

Ese fue el Madrid ye-yé. Nació de dos partidos contra el Barça. Los enemigos también son para las ocasiones.

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miércoles, 05 noviembre 2014

Por Alfredo Relaño

Guerra fría... y el Atleti de local en Malmoe

Malmo

Jones marca al Motor Jena en la Recopa de 1962 / AS

 

 

 

Era la segunda edición de la Recopa. A la primera, la de 1961, que jugaron sólo diez participantes y ganó la Fiorentina, no acudió por un lamentable descuido de la Federación, que no le inscribió. El Atlético había ganado la Copa de 1960, y muy brillantemente, batiendo en la final en el Bernabéu al mismísimo Real Madrid del 7-3 al Eintracht de Frankfurt. En 1961 volvió a ser campeón de Copa, de nuevo en el Bernabéu y también ante aquel Madrid que terminaba en Di Stéfano, Puskas y Gento.

 

Esta vez sí le inscribieron en la Recopa.

Y tuvo una buena marcha. Eliminó sucesivamente al Sedan-Torcy, el Leicester y el Werder Bremen, campeones respectivos de Francia, Inglaterra y la RFA. Con eso se plantó en semifinales. Y ahí vino la cuestión, porque el sorteo le enfrentó al campeón de la otra Alemania, la RDA, Alemania Oriental o Alemania comunista, como solíamos llamarle. Aquel campeón era el Motor Jena, club que en épocas anteriores y ahora llevó y lleva el nombre de Karl Zeiss Jena. Pero entonces era Motor Jena.

 

España rompió relaciones con la RDA por el muro de Berlín y los colchoneros tuvieron que recibir al Motor Jena en Suecia

 

Para lectores jóvenes y poco versados en historia, explicaré que tras la guerra Mundial Alemania quedó divida en dos mitades. La mitad occidental, bajo la órbita capitalista, en excelentes relaciones con los EEUU y con capital en Bonn, y la mitad oriental, bajo la órbita comunista y en la práctica Estado satélite de la URSS. Las conocíamos por sus siglas, RFA (República Federal de Alemania) y RDA (República Democrática Alemana), respectivamente. Para más complicación, en el territorio de la RDA estaba Berlín, a su vez dividido en dos mitades, la occidental, como territorio libre afín a la RFA y al mundo occidental, y la oriental, capital de la RDA.

 

En torno a Berlín y a las dos Alemanias se vivieron grandes tensiones en la llamada guerra fría, casi podríamos decir que las mayores dejando aparte el bloqueo de Cuba. Pero este fue un episodio breve, la tensión en torno a Berlín fue permanente. En 1958 la RDA llegó a cortar, como ya habían hecho los rusos durante un año en 1948, toda comunicación por tierra entre la RFA y Berlín Oeste. El bloque occidental logró aprovisionar la ciudad con un puente aéreo que alcanzó a tener un servicio de un avión cada dos minutos.

 

La UEFA pretendió, y consiguió en parte, saltar sobre el problema. Los campeones de la RDA fueron admitidos en las competiciones a partir de que solicitaran su inscripción, y los partidos de ida y vuelta se jugaron con normalidad. Así fue en las primeras participaciones. Pero en agosto del 61 la tensión llegó al límite cuando las autoridades comunistas decidieron levantar un muro que separara a las dos mitades de Berlín e incluso rodeara al Berlín Oeste por detrás, aislándolo del exterior. Las autoridades de la RDA veían que se les estaba fugando demasiada gente al otro lado.

 

Aquello fue un trueno. Y a raíz de ese verano, y por dos temporadas, la inmensa mayoría de los países de Europa Occidental rompieron todo tipo de relación con la RDA. Incluida España, pero no sólo ella. En esa Recopa, el Motor Jena eliminó sucesivamente al Swansea de Gales, al Dudelange de Luxemburgo y al Leixoes de Oporto sin jugar un solo partido en campo contrario. Los rivales no tenían más opción que darse por eliminados o jugar su partido local bien de nuevo en la RDA, bien en uno de los únicos tres países (aparte de los de la órbita comunista) que aceptaban la presencia de alemanes orientales: Suecia, Austria y Suiza. La UEFA no entraba en política. Si en un país no se podía recibir al competidor de la RDA, era cosa suya. O buscaba un campo fuera de él para jugar como local o el equipo quedaba eliminado.

 

Ese problema se encontró el Atlético al llegar a la semifinal, y escogió Malmoe. Esperaba buen ambiente allí, porque había tenido diez años antes un gran interior sueco, Carlsson. En los años 53 y 54 el club hizo sendas giras con éxito por aquellas tierras y allí tenían otro embajador además de Carlsson: Antonio Durán, jugador de la época del propio Carlsson. Se había casado con la institutriz de los hijos de éste y se había instalado en Suecia, donde haría carrera como entrenador, deslumbrando en aquel mundo, aún amateur, con los métodos que aprendió de Herrera en el Atlético.

 

El partido de ida en Jena fue toda una experiencia. Una inmersión en lo más duro del mundo comunista. Volaron hasta Frankfurt, y de ahí a la frontera. Todo les pareció deprimente, empezando por el autocar al que se tuvieron que cambiar: “No encontramos ni en qué gastar los 50 marcos de dieta que nos daban”, me contaba Calleja. Cuando regalaban insignias o llaveros la gente no se los quería coger en principio, porque pensaban que costarían mucho y no lo podrían pagar.

 

Hasta Franco se hizo eco de ese viaje, en sus conversaciones con su primo Francisco Franco Salgado-Araujo. Cuenta las impresiones que le transmitió el Doctor Garaizábal, médico del Atlético. Se le nota complacido por el relato que le hizo. El célebre libro dedica un párrafo al asunto.

 

El partido salió bien. Ganó el Atlético 0-1, con gol de Peiró. Era el 28 de marzo de 1962. El Atlético se sacaba la espina de un ridículo reciente, la eliminación de la Copa a pies del humildísimo Basconia, en partido de desempate en Valladolid. En aquel Basconia empezaba a despuntar Iríbar.

 

Y el miércoles 11 de abril tocaba jugar como local en Malmoe. El vuelo fue el lunes, en la SAS, el regreso el viernes, porque no había vuelo el jueves.

 

Los dos equipos compartieron hotel, y a los atléticos les resultó llamativo el régimen de vida los rivales. Comían en un salón aparte, entraban y salían de golpe, no se relacionaban con nadie. Eran viajes en los que siempre había miembros de la Stasi, la temible policía del terrible Erich Mielke, vigilando para que ninguno tuviera la tentación de quedarse en el mundo occidental. Mientras, los españoles coqueteaban con las suecas, que les encontraban muy simpáticos, entraban y salían libremente y hasta echaban ratos en el pequeño casino del mismo hotel.

 

Al partido asistió el cónsul español en Berlín. El estadio del Malmoe estrena iluminación. Hay lleno y victoria por 4-0, con dos goles de Jones y dos de Peiró. Marca abrirá a toda página: ‘El Atlético de Madrid, finalista de la Recopa’. Y dos sumarios: ‘4-0, en Malmoe superó al Motor Jena de punta a punta’. ‘Los rojiblancos jugaron en plan de exhibición’. Pero no gozaron de la foto de portada, reservada a la recepción de Franco a Llaudet, presidente del Barça, junto a sus directivos más Elola Olaso y Samaranch. La foto muestra a Llaudet leyéndole unas cuartillas a Franco y el pie explica que en el acto le regaló “una labor de artesanía, La Sagrada Cena, en mosaico, como recuerdo de la visita”.

 

Javier Barroso, presidente del Atlético, se muestra feliz por la clasificación, pero se lamenta: “En el Metropolitano podríamos haber reunido setenta mil espectadores. Entre el viaje y la menor taquilla esto nos ha costado cuatro millones”. Los dos partidos los jugaron: Madinabeytia; Rivilla, Chuzo, Calleja; Ramiro, Glaría; Jones, Adelardo, Mendonça, Peiró y Collar. La final fue contra la Fiorentina, campeona vigente. Hubo empate (1-1) y el desempate se retrasó hasta septiembre, porque se echó encima el Mundial de Chile. Ganó el Atlético, 3-0, con esa misma alineación, salvo Griffa por Chuzo. Griffa era el titular. Chuzo, comodín de categoría, le había suplido en las semifinales y en la primera final. Aquel equipo aún me sigue pareciendo el mejor que le he visto al Atlético.

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miércoles, 29 octubre 2014

Por Alfredo Relaño

Pizzinato, el pequeño Nicolás del Español

La página del Marca del 15 de agosto de 1948 en la que se anuncia en el fichaje de Pizzinato.

 

La peripecia del Pequeño Nicolás, ese peperillo audaz y entrometido que ha pisado los principales salones de este país a fuerza de labia, me sirve para desempolvar un curioso caso que se produjo en el fútbol, en tiempo tan lejano como 1948. Fueron protagonistas el Español y un señor que dijo ser y llamarse Alberto Pizzinato, italiano de nación, y que se presentó a sí mismo como una celebridad del fútbol transalpino.

 

El asunto fue curioso. Me lo contó hace algún tiempo mi amigo Bernardo Salazar y puede rastrearse en Mundo Deportivo y Marca a partir de mediados de agosto de 1948.

 

Un buen día se presentó en la frontera de Port Bou un señor muy depauperado. Decía ser italiano, estar huyendo de los comunistas, ser futbolista de profesión y buscar asilo político en España. Se le trasladó a la comisaría de Figueras, donde completó un relato novelesco. Había tenido que huir de Italia porque había sido conocido partidario de Mussolini, y de ahí que el movimiento comunista, tan fuerte en la Italia de la posguerra, la tuviera tomada con él. Había sido, contaba, jugador de gran mérito. Extremo izquierdo, aunque también podía desenvolverse como delantero centro. Había sido titular de la Selección Olímpica de Italia en 1936, en los JJOO de Berlín. Había jugado luego como profesional en la Ambrosiana, haciendo ala con Silvio Piola. La Ambrosiana es como se llamó el Inter en los años de Mussolini, porque lo de Internazionale podría evocar el concepto de la Internacional Comunista. La Ambrosiana era uno de los grandes equipos de Italia, y Piola, uno de los fenómenos de la historia. Piola tenía fama universal. Haber hecho carrera a su lado era todo un aval.

 

También declaró que durante la guerra había pertenecido al arma de artillería y combatido en distintos frentes. El derrumbe final del Eje le había pillado en Alemania, de donde había huido de la ola rusa hasta llegar, a pie, a Italia. Allí le encarcelaron los comunistas durante un tiempo. Cuando cobró la libertad, le confiscaron un bar-restaurante que había montado con sus ahorros de profesional antes de la guerra y no le dejaron jugar. Le acusaban de colaboracionista. Se fue entonces a Luxemburgo, a intentar una nueva vida como entrenador, pero allí se sintió vigilado. Había venido a España, de nuevo caminando (¡desde Luxemburgo!) y pasando hambre y calamidades porque sabía que sólo en España podía estar a salvo de los comunistas.

 

Tras tan sensacional declaración, le mandaron de Figueras a la Cárcel Modelo de la calle Entenza de Barcelona, no como detenido, sino como huésped a considerar. De ahí le trasladaron a la Cárcel Modelo de Las Ramblas. Allí le dieron ropa, cama y comida.

 

Quien primero se enteró de la presencia en la ciudad de esta especie de Rocambole del fútbol fue el Español, que se entusiasmó. Un crack italiano no era cualquier cosa. Italia había ganado el Mundial en 1934 y en 1938, y entre una cosa y otra, el torneo futbolístico de 1936, en Berlín. Era el primer torneo de fútbol olímpico en el que participaron sólo amateurs. La persistencia del fútbol en colar profesionales había acabado en su expulsión del Movimiento Olímpico. En Los Ángeles, 1932, no hubo fútbol. Regresó en Berlín, todos aficionados. Pizzinato, con 29 años cuando apareció en España, tendría 17 cuando los JJOO de Berlín. Muy joven, pero tratándose de un amateur no sorprendería tanto. Italia ganó el título, batiendo en la final a Austria, 2-1 en prórroga, ante 85.000 espectadores. De aquella selección olímpica saltaron varios al equipo que ganaría luego en París el Mundial-38. Era todo un aval. Y más lo del ala con Piola. Y perseguido por los comunistas, por más señas. Un mirlo blanco.

 

Así que el Español le firmó contrato a botepronto, sin la menor comprobación. En la época, por otra parte, no era fácil comprobar alineaciones de otros países, ni había grandes contactos internacionales por los que circulara el conocimiento. Y menos con dos guerras, la nuestra y la Mundial, por en medio.

 

El 11 de agosto, Pizzinato firma por el Español. Esa misma mañana acude a por él a la Cárcel Modelo el Gerona, recién ascendido a Segunda. Hace la gestión a través de su entrenador, Carlos Plattko, hermano del célebre portero al que cantó Alberti. Por la tarde se presenta Agustín Montal, presidente del Barça. (Su hijo también lo sería, mucho más adelante. Con él vendría Cruyff). Pero el jugador ya era del Español, cuyo presidente, Paco Sáenz, que había llegado al cargo en las Navidades, no cabía en sí de gozo. El Español tenía un equipo apañado, con jugadores estimables, singularmente Trías, Teruel, Parra, Rosendo Hernández y Artigas. Había sido finalista de Copa en 1947. Quizá Pizzinato fuera el empujón preciso.

 

El 11 de agosto, Pizzinato firma por el Español. Esa misma mañana acude a por él a la Cárcel Modelo el Gerona

 

La noticia del fichaje aparece en primera página de El Mundo Deportivo del 12 de agosto. Pizzinato es hospedado en La Manigua, un palacete colonial, rodeado de palmeras, donde estaban las oficinas del club y algunas habitaciones. Estaba situado detrás de una de las porterías de Sarrià. Lo administraba, cuidaba y habitaba la familia de Crisanto Bosch, glorioso extremo del equipo antes de la guerra. Allí pasó a vivir, a cuerpo de rey y a salvo de comunistas, el héroe de esta historia.

 

Pidió algún tiempo para enfrentarse al balón. Estaba demasiado estragado. Necesitaba fortalecerse. Así que le arrimaron solomillos y paellas en cantidad. Él salía a trotar al campo, aunque no demasiado intensamente, no fuera a hacerse daño.

 

El Marca del 15 de agosto se hace eco del caso en portada. El reportaje cuenta su peripecia e incluye una breve entrevista con él, en la que se declara muy agradecido:

—Hace año y medio que no juego; pero en cuanto recupere algo de peso y me haya recuperado, creo que podré dar buen rendimiento y recordar con acierto mis temporadas mejores, cuando hacía ala con Piola. Tengo 29 años, no me considero veterano... Y nada más que rogarle haga patente mi emocionado agradecimiento a todos los que me han recibido con los brazos abiertos, haciendo alto honor a la reconocida hospitalidad española y a la hermandad del deporte, que no conoce otras luchas más que las de los terrenos de juego.

 

Pidió algún tiempo para enfrentarse al balón. Estaba demasiado estragado. Necesitaba fortalecerse. Así que le arrimaron solomillos y paellas en cantidad

 

Pepe Espada, el entrenador, pretendió convencerle para que el día 28, cuando ya llevaba más de dos semanas de relax, jugara al menos un tiempo en un amistoso en Granollers. Pero se resistió. No estaba a punto, temía hacer el ridículo. Él prefería seguir en lo suyo: buena mesa, buena cama y trotecillos por Sarrià, que era como el jardín de su casa.

 

Pasó otra semana y a Pepe Espada se le acabó la paciencia. Un día le cogió del cogote para decirle que o se metía en el partidillo de titulares contra suplentes o se iba de allí en ese mismo instante. Sólo entonces cantó de plano. No era futbolista, nunca lo había sido. Ni Berlín, ni Piola, ni nada. Pero podía servir en el club para alguna tarea...

 

Como la única tarea para la que había servido era para empujarse las paellas y los solomillos de la señora de Bosch, le mandaron con viento fresco. El Español no dio explicaciones. Tampoco en la prensa aparecen. Bochorno, me figuro.

 

De su carrera en el fútbol queda como único vestigio aquel lejano cromo. No le busquen en la alineación de Italia en Berlín, ni en ninguna de la Ambrosiana. Ni del Español tampoco. Fue el futbolista que nunca existió.

 

Fue el Pequeño Nicolás de nuestro fútbol. Sólo que tardaron menos en detectarle.

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miércoles, 22 octubre 2014

Por Alfredo Relaño

Un homenaje nacional a Zarra

Di Stéfano, Zarra, Wilkes y Kubala. / MARCA

 

 

Estos días se habla mucho de Zarra por el asalto de Messi a sus 251 goles. Quizá sea la ocasión de desempolvar un partido singular, El Homenaje Nacional que se le tributó en el Bernabéu el jueves 29 de abril de 1954, cuando su estrella declinaba. Un hecho sin precedentes entonces en nuestro fútbol. Sólo Zamora, años más tarde, tendría un reconocimiento así.

 

Zarra, Telmo Zarraonandía Montoya, que reunía sangres vasca y gitana, fue jugador de dinastía. Sus dos hermanos mayores, Tomás y Domingo, jugaron antes de la guerra. Tomás fue portero del Arenas de Guecho y del Oviedo, y aun en la posguerra jugó en Osasuna. Domingo fue extremo izquierda del Arenas de Guecho. Murió en la guerra, en el frente del Ebro, combatiendo en las filas de un Tercio Requeté.

 

Telmo, nacido en 1920, apareció al final de la guerra, en el Erandio y ya para la 40-41 le incorporó el Athletic, tras un partido de selecciones Vizcaya-Guipúzcoa en el que marcó seis de los nueve goles de los suyos. Para el Athletic, con el equipo desarmado por la guerra y la excursión sin regreso de la selección de Euskadi, Zarra fue pieza esencial en la reconstrucción.

 

Pronto se hizo jugador favorito de todas las aficiones. Entonces el Athletic tiraba mucho. Había sido el gran equipo de la preguerra y su insistencia en contar sólo con jugadores de la tierra se veía bien en todas partes. Zarra era además extremadamente correcto, hasta el punto de haber echado dos veces la pelota fuera, desperdiciando la posibilidad de rematar a puerta, por lesiones de sendos rivales: una ante el Málaga, cuando el caído era el central Arnau, y otra ante el Depor, con Ponte en el suelo. Enseguida apareció en la selección y sus goles eran los goles de todos. Sobre todo lo fue el que sirvió para ganar a Inglaterra en Río, en 1950, cantado por Matías Prats. Ese gol hizo feliz a una generación.

 

Para la 52-53, cuando Marca, el deportivo de la época, crea, entre otros, el trofeo Pichichi, lo gana Zarra, como no podía ser menos. Fueron 26 goles en 30 partidos, una buena cifra, aunque por debajo de los 38 que había marcado dos temporadas antes. Pero era el primer Trofeo Pichichi como tal y nada más lógico que lo ganara él. Estaba en el máximo de su gloria, eje del ataque más nombrado de nuestro fútbol: Iriondo, Venancio, Zarra, Panizo y Gaínza.

 

Pero justamente entonces llegó el bajón. Le alcanzó el tiempo, como diría Alfonso Guerra. La 53-54 fue conocida por los aficionados bilbaínos como la del Ocaso de los Dioses. La gloriosa delantera, que avanza en la treintena, va dejando paso a una nueva generación, los Arteche, Marcaida, Arieta y Uribe. Sólo Gaínza aguantará unos años más. A Zarra le empuja Ignacio Arieta, máximo goleador del Athletic ese año

Zarra, en un partido con el Athletic

 

El ocaso de Zarra, su caída en la suplencia, causa dolor nacional. Tan es así, que el General Moscardó, delegado nacional de Deportes, cursa el 23 de noviembre de 1953 un oficio a la Federación con instrucción de que se le organice a Zarra un homenaje. Y la Federación, que preside Sancho Dávila, falangista de primera hora, se pone a ello.

 

Por en medio se produce un suceso que nos confirma que sin Zarra no somos nadie: Turquía nos elimina, tras desempate y sorteo, del camino del Mundial de 1954. Tras haber sido cuartos en Brasil 50, no vamos a estar en Suiza 54.

 

Así que se decide no contratar ningún equipo extranjero, sino convertir la jornada en una especie de exaltación del fútbol nacional al tiempo que una busca de valores para la selección. Sólo habrá jugadores españoles, salvo las cuatro grandes estrellas extranjeras del momento: Kubala, Di Stéfano, Wilkes y el meta Domingo. El propio Zarra compone dos equipos, una selección Centro-Norte y otra Levante-Cataluña. La única presencia andaluza será el asturiano del Sevilla Campanal II, que no llegará a jugar. Antonio Barrios entrenará al Centro-Norte, que vestirá de blanco. Benito Díaz, al Levante-Cataluña, que vestirá de azul. Ningún club regatea un solo jugador. Es más: pagan el desplazamiento. El Ayuntamiento de Madrid exime al partido de dos impuestos que en la época gravaban los espectáculos deportivos, el de Protección de Menores y el de Consumo, que reduce a 500 simbólicas pesetas.

 

El partido se fija para el 29 de abril de 1954. Por desgracia, ese día llueve mucho en Madrid. “Llovió como cuando enterraron a Zafra”, escribe un cronista. No hay lleno total, pero la entrada es magnífica. A las 5:30 saltan al estadio de Chamartín (aún no rebautizado como Bernabéu) los dos equipos:

 

Centro-Norte: Carmelo; Martín, Lesmes I, Lesmes II; Muñoz, Garay; Atienza, Coque, Zarra, Di Stéfano y Gaínza. Tras el descanso entrarán Eizaguirre, Venancio, Mújica y Panizo por Carmelo, Lesmes I, Muñoz y Coque.

 

Levante-Cataluña: Domingo; Argilés, Biosca, Segarra; Pasieguito, Puchades; Basora, Wilkes, Kubala, César y Manchón. Tras el descanso, Bosch por Pasieguito y Marcet por Kubala.

 

En la puerta, se ha entregado a cada uno de los 80.000 espectadores una hojita con el himno a Zarra, composición del maestro Urrengoechea y letra de Pedro Montes. Al salir los equipos al campo, la megafonía emitió la música y el público lo cantó a coro. Fue tremendo. Este era aquel texto:

 

Tiene España un futbolista que / es ejemplo de valor / recio temple, bravo estilo / e indudable pundonor. / Su nobleza es peculiar / siendo para la afición / el jugador caballero / de más grande corazón. / Sus triunfos en el Athletic / y el equipo nacional / le han cubierto de laureles / del fútbol universal.

Cantemos con alegría / a esa figura bizarra / gritando ¡Viva Munguía! / ¡Zarra, Zarra, Zarra!

Cuando Zarra sale al campo / le aplauden con ilusión / todos los hinchas de España / porque colma su emoción. / De su cadena gloriosa / son eslabones sin fin / San Mamés, Río de Janeiro, / Colombes y Chamartín. / Desde Amberes no ha tenido / nunca el equipo español / un ariete que se vaya / con más decisión al gol.

Cantemos con alegría / a esa figura bizarra / gritando ¡Viva Munguía! / ¡Zarra, Zarra, Zarra!

 

No era natural de Munguía exactamente, pero como tal se le tenía, pues su padre había sido jefe de la estación de tren de esa localidad. Lo de Amberes alude a la gesta de 1920 en esa ciudad, con la plata olímpica para la selección.

 

Todo salió redondo después. Ganaron los de blanco, los de Zarra, por 4-3, y el último de los goles fue, justamente, el suyo. Di Stéfano estuvo cumbre y Ramón Melcón, el seleccionador, tomó nota de varios buenos jóvenes con los que iniciar la renovación: Argilés, Biosca, Segarra, Bosch, Garay, Coque, Manchón. A Zarra le quedaron 823.000 pesetas, un dineral en la época.

 

A fin de temporada subió a Segunda el Indauchu, que jugaba en Garellano, a dos manzanas de San Mamés. Zarra se enroló con ellos. Las visitas del Indauchu fueron un maná rodante para los rivales de Segunda, porque la visita del club bilbaíno era llenazo seguro. Y cantaban a coro aquella estrofa: “Cantemos con alegría / a esa figura bizarra /, gritando: ‘¡Viva Munguía! / ¡Zarra, Zarra, Zarra!”.

 

Luego, un año en el Baracaldo, y la misma historia. Hasta que por fin bajó el telón.

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miércoles, 15 octubre 2014

Por Alfredo Relaño

‘El Himno de Riego’ en el verde Edén

Sepain

La selección española posa antes de enfrentarse a Checoslovaquia en 1967. / AS

 

 

 

El Himno de Riego no se había vuelto a oír en España desde la República. Los chicos de la época ni sabíamos de él. Pero el 1 de octubre de 1967 irrumpió en los salones de todas las casas, a través del televisor. El día siguiente no se hablaba de otra cosa.

 

Eran tiempos en que andábamos enfurruñados con la selección. Tras la victoria en la Eurocopa de 1964, habíamos dado el cante en el Mundial 66. Eso le costó la salida a José Villalonga, que dio paso a Domingo Balmanya, un catalán grueso y afable, ex jugador del Barça a caballo de la Guerra Civil. Su objetivo era la Eurocopa de 1968, con fase final en Italia. Nos tocó en el Grupo I, con Irlanda, Turquía y Checoslovaquia, que reunía lo que hoy son la República Checa y Eslovaquia.

 

Lo que hizo Balmanya no gustó. Mucho medio campo y sólo dos delanteros. Un fútbol egoísta, muy a la italiana. Los partidos se fueron desgranando un poco al buen tuntún, no como ahora, que estos grupos se juegan en jornadas completas. Con su táctica ramplona, Balmanya sacó sendos empates a cero en Dublín y en Estambul. En casa ganamos a ambos rivales por 2-0, en Valencia y Bilbao. Este de Bilbao, ante Turquía, el 31 de mayo de 67, sigue siendo el último partido jugado por la selección en el País Vasco. Ese día, quién sabe si como homenaje al clasicismo de San Mamés, Balmanya alineó dos extremos de verdad, Ufarte y Gento.

 

En esas estábamos cuando se nos venían encima los partidos de Checoslovaquia, ambos en octubre. Checoslovaquia nos sacaba una ventaja: había ganado en Dublín. Así que en el doble duelo, habría que hacer algo más que ellos. Era crucial empatar allí.

 

 

Cuatro días antes del partido se organizó en el Bernabéu un partido en Homenaje a Ricardo Zamora, el gran portero de España entre el 20 y el 36. Aún retenía el récord de partidos en la selección. Está algo olvidado, pero en su día fue una celebridad Mundial, al grado que lo haya sido, por ejemplo, Michael Jordan en años recientes.

 

Jugaron España y una selección mundial, se anunció como ensayo para lo de Praga. La selección mundial se quedó al final en europea, por ausencia de aportaciones del otro lado del charco: Sarti; Burgnich, Ure, Schnellinger; Cooke, Coluna; Hamrin, Mazzola, Eusebio, Rivera y Corso. Entre el Inter, el Milan y el Benfica salvaron el homenaje. Por España jugaron Iribar; Sanchís, De Felipe, Reija; Glaría, Gallego; Ufarte, Grosso, Marcelino, Adelardo y José María. Las alineaciones se recitaban así, al 1-3-2-5, pero con esos jugadores España no tenía más ataque real que Ufarte y Marcelino.

 

El partido resultó fatal. España no hizo nada y perdió 3-0. Además se lesionó De Felipe de un menisco que le daría la lata ya el resto de su carrera; al retirarse, volvió a entrar José María, que había dejado su sitio a Bueno, lo que contribuyó a la sensación de chapuza. En la selección mundial entraron como suplentes durante la segunda mitad tres extranjeros de la Liga española, Benítez, Goywaerts y Waldo. Buenos jugadores, pero no de selección mundial. La gente se fue de un humor de perros. Zamora hubiera merecido algo mejor, y el juego de la selección, a cuatro días de Praga, fue infumable.

 

Allá viajó el equipo con Pirri y Amancio, que habían faltado en el Bernabéu porque el domingo anterior regresaron tocados de Zaragoza. La víspera hay tensión entre Balmanya y Amancio, porque este dice que no está para jugar (tiene un bocadillo en el muslo izquierdo) pero Balmanya opina que sí, que está para jugar.

 

El partido es el domingo 1 de octubre, a las tres de la tarde, y va a ser televisado. Es el XXXI Aniversario de la exaltación de Franco a la Jefatura del Estado. La prensa del día lo recuerda, como señala la tensión Balmanya-Amancio.

 

Se juega en el campo del Slavia, llamado Edén. Matías Prats narra la salida al verde Edén de Iribar, Sanchís, Tonono, Reija, Pirri, Gallego, Amancio, Grosso, Marcelino, Adelardo y José María. Forman, preceptivamente, junto a los que llamábamos, mal, checos, apócope inadecuado. Suenan los himnos, interpretados por una banda militar a pie de campo.

 

Pero a España no le dedican La Marcha Real, sino El Himno de Riego. Inidentificable para la población joven, pero no así para los que nacieron en el 30 o antes. En el palco, los directivos españoles se agitan con incomodidad. En las casas, según quién, se reacciona con indignación o con cierto regocijo. Luego, el himno local, tras el cual los checoslovacos disuelven la formación. Y a continuación los españoles, que creen que ha habido un olvido.

 

El partido es malo. España pierde por 1-0. Apenas chuta a puerta. Lo más cerca que está del gol es en un tiro libre de José María que da en un palo, rebota en el meta Viktor y éste se revuelve y atrapa en la raya. El gol local llega en un mal tiro de Horvath que pega en un pie de Tonono y descoloca a Iribar. Todo feo y espeso.

 

Y queda lo peor: afrontar el enfado de las autoridades por la ofensa comunista. El Himno de Riego no era visto entonces, como puede ser ahora, como el himno de España de un tiempo pasado, sino como el himno de la antiespaña. Sale a relucir que Lafuente Chaos, presidente de la Federación en 1960, había exigido en un Argentina-España, en el campo del Ríver Plate, que se retirara de una grada una bandera republicana de 10 metros de largo, colocada a modo de pancarta. Salió a relucir también un caso de Manolete en México, cuando pidió que se quitara una banderita republicana de la mesa en una recepción en la embajada de Ecuador. Aquello lo agrandó la leyenda, convirtiéndolo en que habría hecho retirar una bandera republicana de la Monumental de México, tras el paseíllo, bajo amenaza de no torear.

 

El presidente de la Federación era José Luis Costa, que se vio a contrapié. Médico de carrera, había sido jugador del Zaragoza y del Atlético y directivo de este club. Un hombre de categoría, metido en un apuro. Por edad, tenía que conocer El Himno de Riego. Por posición, tendría que haber actuado. Alguien en su defensa esgrimió que la pieza estaba tan mal interpretada que podía confundirse con elOriamendi, el himno carlista, muy grato al Régimen y que se oía mucho en España.

 

Pero no, fue El Himno de Riego. Y había sonado en todos los sagrados hogares españoles en pleno domingo, el Día del Señor, a la hora de comer, con toda la familia reunida. Y, para más inri, en el aniversario de la exaltación de Franco a la Jefatura del Estado. Provocación comunista sin respuesta de la Federación.

 

No fue provocación, sino error. España había jugado allí el 26 de abril de 1936, tiempo aún de la República, y todavía estaba por allí guardada esa partitura. La buscaron, la desempolvaron, la ensayaron y la tocaron con toda formalidad. Costa aterrizó en España con una carta de disculpas firmada por el presidente de la Federación Checoslovaca, muy bien redactada y que deploraba el incidente. El Delegado Nacional de Deportes, Benito Castejón, le esperó a pie de avión. Juntos capearon la crisis.

 

Eso sí: no faltó quien recordara que el Madrid tomaba siempre una precaución cuando viajaba más allá del Telón de Acero: Saporta llevaba la bandera y el himno.

 

Aquella fase de grupo tuvo un final con estrambote. Balmanya llegó a dimitr ante la ventaja de puntos de los centroeuropeos, que parecía insalvable. Pero Checoslovaquia perdió en casa con Irlanda y eso nos metió de rebote. Balmanya volvió un poco a rastras (tenía previsto un gran contrato como secretario técnico del Barça) para la eliminatoria de cuartos, con Inglaterra. Eran los campeones del mundo y nos ganaron, con Charlton a la cabeza, allí y aquí. Así dejamos la corona del 64.

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miércoles, 08 octubre 2014

Por Alfredo Relaño

Clemente, el 10 del Athletic

Javi
Clemente, en su época de jugador

 

El 26 de enero de 1969, domingo, amaneció lluvioso en Madrid. Normal: el Athletic visitaba el Bernabéu. No me pregunten por qué, pero en aquel tiempo, siempre que el Athletic venía a jugar a Madrid, llovía. Esa era una característica de sus visitas. La otra, que llenaba el campo. Avanzaban los sesenta, ya no era el gran Athletic de años atrás, pero su prestigio se mantenía incólume.

 

Ese año se hablaba de un juvenil recién ascendido, un tal Clemente. Algo que no tendría por qué tener nada de excepcional, porque el Athletic tenía año tras año un gran equipo juvenil, frecuentemente campeón de España. Saltaban al primer equipo con una frecuencia arrolladora, tanto que se llegó a cambiar una normativa. Para la 62-63, Uriarte y Aranguren hubieron de pasar examen en la Mutualidad de Futbolistas, para que un médico acreditara que tenían físico suficiente para jugar entre adultos. La norma impedía alinear juveniles entre los profesionales, por prudencia médica.

 

Pronto se quitaría, pero aquello fue sonado. Chicarrones del Norte, se decía.

Cada poco aparecían nuevos juveniles, a veces recién salidos de la final de Copa de la categoría. Antón Arieta, cuyo hermano Ignacio le precedió en el eje del ataque. Estéfano, fenómeno prematuro que cogió peso y no resultó. El ala Rojo-Lavín, deslumbrante en la final de Copa, ante la Damm. Un medio fortísimo, Igartua. Y, y, y...

 

Así que no había en principio nada extraordinario en que Gaínza, entrenador esa temporada, tirara de ese chico, Javier Clemente, que había crecido en el Baracaldo (donde se decía que eran Clemente y diez más) y que pintaba bien.

 

Pero estaba marcado por el destino. Ya el día que llegó se sentó en el vestuario en el sitio del capitán, Echeberría, mundialista en Chile. Cuentan que los primeros que llegaron le advirtieron: "Oye, chaval, que ahí se sienta el capitán", y que él dijo: "Pues que se siente en otro sitio".

 

Clemente no lo recuerda así: "El entrenamiento era a las diez y media y yo fui a las nueve y cuarto. ¡Lo último que quería era llegar tarde! Me senté en la primera taquilla que se me ocurrió, y cuando llegó Echeberría, me cambié. Lo demás es cuento". Sería así, pero la otra versión fue la que corrió en su día y aún corre por Bilbao. Le creo, pero si corrió tanto será porque resulta verosímil, dada su forma de ser.

 

Por entonces hubo una doble moda tonta en los coches: poner un cojín en la repisa trasera y calcomanías en el cristal trasero, con mensajes ocurrentes, o no tanto: "A mí aún me están haciendo el cojín". "No te acerques tanto". "Sonría, por favor". "Pita más fuerte, no te oigo". "Peligro, mujer al volante".

 

El Athletic empezó mal la 68-69 y Clemente no jugaba. Un par de partidos con el once, como suplente de Rojo. Y, de repente, empezaron a aparecer en Bilbao coches con una calcomanía polémica. "Clemente, el 10 del Athletic".

 

El 10 era Uriarte, internacional y pichichi nacional en la Liga anterior. Era de Sestao. Y de Baracaldo, localidad vecina, salió la iniciativa de exigir el 10 para Clemente, con lo que eso significaba: cerebro, organizador... La cosa tenía base, porque Uriarte era más un llegador, con colosal cabeceo, que un armador de juego. La pegatina tuvo éxito, reivindicar a Clemente como 10 tenía como un algo de transgresión juvenil, al humo del 68 parisino. Se discutía en la calle con pasión. En esas estábamos cuando Iriondo sustituyó a Gaínza, y en la jornada undécima estrenó delantera: Argoitia, Uriarte, Arieta II, Clemente y Rojo.

 

 

Aquel 26 de enero fuimos al Bernabéu curiosos por ver al juvenil que había arrebatado a Uriarte el 10. El ruido había llegado hasta Madrid. Cuando el Athletic saltó al césped, dejó de llover, un signo extraño. Entre el grupo era fácil distinguir al nuevo, un chicuelo rubio, carirrojo, con físico sin rematar ("yo pesaba entonces 60 kilos"). Lo contrario a un chicarrón del Norte. Pero empezó el partido y se agigantó. Activo, intenso, tenaz, preciso... Exquisita pierna izquierda y mucho carácter. Un virguero con el balón, un peleas sin él. Un torbellino. Marcó Amancio, empató él en un centro-chut que Betancort palmeó dentro y finalmente marcó el Madrid por medio de Grande. Nos fuimos todos hablando del singular toricantano.

 

En julio volvió al Bernabéu, a la final de Copa. La misma delantera, victoria 1-0 sobre el Elche y la Copa que volvía a Bilbao después de 11 años. El gol lo marcó Arieta II, pero el que se lo fabricó fue el 10, Clemente, con un jugadón. Todavía en 1969, ya en octubre, jugó un tercer partido en el Bernabéu, de Liga. El mismo torbellino y 2-2 al final. Fue protagonista del mejor juego de los suyos.

 

Pero semanas más tarde, el 23 de noviembre, cayó en Sabadell. El partido había sido duro. Quedaba poco para el final cuando Uriarte vio que el veterano Marañón se acercaba por detrás a Clemente: "¡Salta, Javi, salta!".

— Con el fragor del campo, no le oí. Me alcanzó de lleno por detrás. No me quejo. Me fue duro, pero entradas así hay muchas.

 

Fractura de peroné. Escayola y a esperar un tiempo. Pero las radiografías no mostraron una complicación: un astillamiento vertical en la tibia. Así que cuando reapareció, aún sentía molestias. Pasó otra vez por el Bernabéu, un año más tarde de la lesión, ganó el Athletic (1-2) y él marcó. Pero la tibia duró hasta la visita al Manzanares: "No hubo golpe ni nada. Se hubiera roto con una toba...".

 

 

Vuelta a escayolar. Reapareció a los varios meses. Pero en cada soldadura de hueso restañado se forma un ensanchamiento, una especie de nudo. Tras 22 partidos, una patada fuerte en Zaragoza hizo que los dos nudos se tocaran. El dolor era insoportable. Se operó con un gran especialista de Pamplona, Cañadel, pero las molestias no se iban. El paso por la mili con la bota de caña no le ayudó. A base de pisar mal y cargar sobre el peroné, este se rompió otra vez. Cañadel le operó de nuevo, pero le dio pocas esperanzas.

 

Se fue entonces a Lyon, con otro gran especialista, Trillat, que le dejó bien... pero le advirtió de que si jugaba al fútbol la pierna iría torciéndose hasta troncharse. Bajó al Bilbao Athletic para coger forma. La directiva le rebajó el sueldo, feo gesto. Ya no le pagaban como de la primera plantilla. Jugó unos partidos hasta que, en efecto, la pierna se tronchó. Volvió a Trillat, se operó de nuevo, le puso unas placas... Pero el Athletic ya no quiso esperar más. En verano del 75, con 25 años, recibió su homenaje, ante el Borussia Moenchengladbach. Saludó desde el centro, con sus muletas. En seis temporadas había jugado 47 partidos, a tirones.

 

"Clemente, el 10 del Athletic". Aún no hace muchos años seguía viendo de vez en cuando la célebre pegatina en algún coche antiguo. La última, en uno de aquellos Seat 850, el utilitario que sucedió al entrañable seiscientos. Cada vez que la he visto, he evocado el recuerdo de aquel chico que salió al Bernabéu con el 10 de Uriarte para hacerse dueño de las miradas siempre y del balón a ratos. Como entrenador dio después mucho que hablar. Como jugador le quedó mucho por decir.

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miércoles, 01 octubre 2014

Por Alfredo Relaño

Sobre un Atlético-Juve en el Bernabéu

Griffa

La estirada de Madinabeytia no evita uno de los goles del Juventus ante la mirada de Griffa. /MARCA

 

Entrando los sesenta, el Atlético tenía muy atascado el proyecto de un nuevo estadio y hasta llegó a dudarse de que lo sacara adelante. Le faltaban permisos y dinero. Jugaba aún en el viejo Metropolitano, campo castizo y simpático, pero muy superado. Y con una iluminación deplorable, no apta para televisión. Un handicap en años ya de torneos europeos, que se jugaban entre semana.

 

Javier Barroso, presidente del club, tenía muy buena amistad con Bernabéu. Habían jugado mucho frente a frente, porque Barroso había sido portero del Atlético cuando Bernabéu era delantero del Madrid, en los años veinte. Así que no costó que se pusieran de acuerdo para que el Atlético jugara en el Bernabéu nada menos que su partido de vuelta de semifinal de Recopa contra el Núremberg. Fue el 24 de abril de 1963. El Atlético era el campeón vigente de la Recopa. Tenía un gran equipo, que empezaba en Madinabeytia y acababa en Collar. El Núremberg había ganado la ida, 1-0, un partido duro y con un público muy alterado, o al menos eso se dijo aquí.

 

Unas cosas con otras, la noche se cargó de expectación. El Bernabéu se llenó. El Abc del día siguiente informa de que asistieron 100.000 espectadores. No todos atléticos, muchos madridistas también. Ese año, el Madrid había caído a la primera en la Copa de Europa, ante el Anderlecht. Bernabéu compensó las pérdidas con amistosos fuera de España. Ese día, el Madrid visitaba al Stoke City, donde Stanley Matthews aún corría la banda con 48 años. Así que el madridista estaba escaso de fútbol europeo. El partido apetecía y los socios entraban gratis. Con el Núremberg venía un veterano campeón Mundial de 1954, el interior Morlock, un atractivo más.

 

Fue el 1 de enero de 1964, ahora en la Copa de Ferias y todo fue un desastre para el conjunto rojiblanco

 

Así que fue un éxito. En la época (y puede decirse que hasta hace muy poco) se consideraba que ante cualquier equipo extranjero había que ir con cualquier equipo español. Y, desde luego, el Atlético no se sintió fuera da casa. Entre el gran apoyo de los suyos y el discreto de los madridistas, que no hicieron la contra, se vio envuelto en un gran ambiente. No terminó de jugar bien, pero Chuzo marcó un gol muy oportuno, tan al borde del descanso que no hubo ni lugar a sacar de centro. (Fue la primera vez en mi vida que vi que se daba esa circunstancia, que el Reglamento prevé). En la segunda mitad, una buena jugada de Chuzo termina en gran disparo de Mendonça desde fuera del área. El Atlético se metió en la final, entre el jolgorio colectivo.

 

Aquel partido dejó muy buen cuerpo y muchos comentarios. ¿Y si el Atlético olvidara su atascado proyecto de estadio y los dos clubes compartieran el Bernabéu? Más de uno editorializó sobre ello. El Bernabéu era un estadio perfecto y era absurdo tener ese gigante de cemento para ser utilizado sólo cada dos domingos y de cuando en cuando entre semana. Y más absurdo aún sería hacer otro gran estadio en la ciudad para infrautilizarlo igualmente. Salía a relucir el ejemplo de San Siro, en Milán, compartido por Inter y Milan, y tan ricamente. Se ponía como ejemplo de sensatez y convivencia.

 

Sí, se hablaba de aquello. Al entrar y al salir del colegio, y en los recreos, nos enfrascábamos en el debate. Siempre se terminaba igual: ¿y si el Atleti juega ahí seguiría llamándose Estadio Santiago Bernabéu? Y, claro, no había acuerdo. Cualquier sugerencia de un nuevo nombre aceptable para los dos clubes terminaba en bronca. Para los madridistas, lo de Bernabéu era irrenunciable; para los atléticos, era insalvable.

 

Beitia marca frente al Juventus en el Bernabéu, en 1964. / AS

 

Probablemente aquello no llegara a plantearse nunca formalmente en las instancias oportunas, pero en esas estábamos cuando en la temporada siguiente se hizo otro experimento. Fue el 1 de enero de 1964, ahora en la Copa de Ferias y con la Juventus como rival. También partido de vuelta, también con un 1-0 por remontar. Pero el Atlético no era el mismo: llegaba muy desmejorado. Ya no era campeón de Recopa, porque aquella final alcanzada con gloria tras eliminar al Núremberg la había perdido estruendosamente ante el Tottenham de Jimmy Greaves. En la Liga está tercero por la cola, con dos victorias, cinco empates y siete derrotas. Muy apretado económicamente, había fichado mal ese verano. Además, su mayor estrella, Collar, estaba molesto, porque en su contrato figuraba que sería el mejor pagado de la plantilla y supo que Ramiro cobraba más. Dejó de jugar algunos partidos. También Mendonça reclamaba más dinero. A eso se unió una racha larga de lesiones, sobre todo en la delantera, que pusieron de manifiesto la debilidad de los refuerzos, jugadores traídos de equipos medios de Segunda División.

 

El partido se jugó a la una y media, horario raro. Esta vez no había excusa con la iluminación. Se eligió el estadio del Madrid por su mayor capacidad

 

El partido se jugó a la una y media, horario raro. Esta vez no había excusa con la iluminación. Se eligió el Bernabéu por su mayor capacidad.Pero no se llenó. La mala marcha del Atlético, el horario inhabitual y el trasnoche de la víspera dejaron el campo a medias. Bernabéu ocupó una localidad de tribuna, con su esposa. Los socios del Madrid entraron gratis, como ante el Núremberg, pero su actitud no fue la misma. Con la Juve venía Luis Del Sol, traspasado por el Madrid año y medio antes. Aunque sólo había jugado dos temporadas y media en el club, quedaba un gran recuerdo de él. Había estado en el 7-3 al Eintracht y el 5-1 al Peñarol, era jugador de clase y esfuerzo, tan activo que en Italia le habían apodado Siete pulmones. Bernabéu le vendió en 22 millones porque el club necesitaba dinero y porque había encontrado un buen sucesor en el osasunista Félix Ruiz. Pero el madridista aún quería mucho a Del Sol.

 

Así que se empezó por aplaudir sus intervenciones, luego las de la Juve, y se acabó por rechifla con el Atlético, para el que todo fue un desastre. A los siete minutos ya perdía 0-2. El partido se durmió. La Juve ganduleó, el Atlético, con una delantera remendadísima (Beitia, Polo, Mendonça, Jayo y Collar) hizo un ejercicio de impotencia. “Lesiones, desmoralización, mandanga, mala forma de conjunto e individual, lentitud, resignación ante lo inevitable, mala suerte…” Así describió en Marca Antonio Valencia, el gran crítico del momento, la situación del Atlético. Beitia marcaría cerca del final el gol de la honrilla, en la única jugada de Collar, y que sonó a algo así como un mensaje a la directiva, un “mirad lo que os estáis perdiendo por tratarme mal”.

 

Se empezó por aplaudir a Del Sol, luego a los italianos, y se acabó por rechifla con el los rojiblancos

 

Hasta Del Sol se declaró apenado: “Nunca quisiera verme como se han visto hoy los jugadores del Atleti”, dijo a la prensa.

 

Aquel partido fue una catarsis para el Atlético. Cayó el entrenador, Tinte, sustituido por Barinaga. El Madridcompensó el desaire del público cediendo al Atlético a su joven goleador Grosso, que completaba su formación en el Plus Ultra. Pero, sobre todo, Javier Barroso aceleró el relevo que ya tenía in mente. La víspera del partido de la Juve, o sea, el último día de 1963, había nombrado vicepresidente tercero a Vicente Calderón. En unas semanas, dimitió él, dimitieron los otros dos vicepresidentes y Calderón fue elevado a la presidencia. Encontró créditos, fichó nuevos jugadores (entre ellos Luis Aragonés, del Betis) y desatascó la operación del nuevo campo.

 

El 2 de octubre de 1966 el Atlético estrenaba su nuevo campo, ante el Valencia. El primer gol lo marcó precisamente Luis. De jugar en el Bernabéu ni volvió a hablarse. Ni siquiera unos cuantos partidos-puente mientras se dejaba el Metropolitano y se remataba el nuevo campo.

 

Hubiera lo que hubiese de verdad o fantasía en los rumores, aquel partido ante la Juve vino a demostrar que, como dijo el Guerra, lo que no puede ser no puede ser y además es imposible.

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miércoles, 24 septiembre 2014

Por Alfredo Relaño

Sadurní en casa y Reina en las salidas

Si un portero juega la Liga y el otro la Champions, ¿cuál es el titular? Es una de las preguntas del momento. Recuerda las discusiones en Barcelona en la Liga 70-71, cuando Vic Buckingham decidió durante bastantes jornadas que Sadurní jugara los partidos de casa y Reina los de fuera.

 

Miguel Reina, surgido en el Córdoba, había fichado por el Barça para la 66-67, por ocho millones de pesetas. Era el gran portero emergente del fútbol español. Pero el Barça tenía la portería bien guardada por Salvador Sadurní, heredero directo de Ramallets. Criado en la casa, había saltado por delante de Pesudo, un porterazo comprado al Valencia, al que pronto retornó. Sadurní era fiable, alto, elástico, seguro. Llegó a jugar 10 partidos en la Selección, en rivalidad con Iríbar.

 

Así que a Reina le tocó esperar. Pero ya en la temporada 69-70 alternaron un tiempo hasta que finalizó Reina como indiscutible. Vic Buckingham, el entrenador, le prefería. Aprovechó el 3-3 del Bernabéu en el primer partido de Liga (el día de la lesión de Bustillo) para quitar a Sadurní, que sólo volvió en alguna racha esporádica. El curso acabó con Reina de portero el célebre día del penalti de Guruceta.

 

Reina tenía un estilo muy distinto al de Sadurní. Era más eléctrico. El Camp Nou prefería al sosegado Sadurní, que no había llegado a la treintena, y el run-rún estaba en la calle. Sadurní había sido el héroe de la final de las botellas del 68 y todo en su figura transmitía credibilidad. Vivía lejos de la ciudad, en el campo, donde cuidaba su propia granja. Una especie de futbolista-payés, un adelantado de la ecología moderna. Gustaba en toda España. El Bernabéu le respetaba.

 

Empezó la 70-71 y se vio claro que Reina iba para titular. Jugó los primeros tiempos en los partidos amistosos, Sadurní, los segundos, con los suplentes. Así estaban las cosas cuando llegó el Gamper, el 25 de agosto. Entonces era un día casi solemne. Era la presentación del equipo, con los nuevos fichajes. Ese curso no había adquisiciones llamativas y la gente estaba de mal humor. El Barça llevaba 10 años sin ganar la Liga. El último curso había empezado con la lesión de Bustillo en Madrid y terminado con el penalti de Guruceta. El hincha culé se sentía desdichado, humillado, toreado por el Madrid y los poderes federativos y en manos de directivas ineptas y desunidas.

 

La víspera hubo una entrevista a Sadurní, que barruntaba que no iba a jugar. Se confesó triste. Y en efecto, no jugó la semifinal del Gamper, en la que el Barça se enfrentó al Dinamo de Moscú, todavía con Yashin. Buckingham tuvo además la mala ocurrencia de colocar al navarro Zabalza, un medio con estupenda zurda, pero muy lento, de lateral izquierdo. El extremo derecha ruso, Estrekov, se lo comió. Una y otra vez llegaba a los fotógrafos y centraba atrás. A Reina le cayeron pronto dos goles, y los gritos del público, también. Los 80.000 espectadores volvieron contra él todas sus iras.

 

Tanto fue así, que el propio Reina me contaba hace poco:

 

—En el descanso, cuando íbamos al túnel de vestuarios, le dije al árbitro, el madrileño Antonio Camacho, con el que me llevaba muy bien: 'Oye, ¿y tú eres mi amigo? ¡Haz algo, ¿no ves que me están friendo?' Se lo dije entre bromas y veras, ¡y en el segundo tiempo les anuló dos goles!

Relaño

Pero, con todo y eso, fueron 0-5. Hecatombe. Cómo sería la cosa que el público jaleaba a los rusos y hasta protestó las anulaciones de Camacho. Reina sufrió rechiflas cada vez que tocó la pelota. El día siguiente, tercer y cuarto puesto, Barça-Schalke, jugó Sadurní. Ganó el Barça 1-0 con Sadurní aplaudidísimo. El Ujpest Dosza ganó 3-1 la final al Dinamo de Moscú, con lo que el 0-5 de la víspera resultó aún más lacerante.

 

Buckingham hizo saber a Reina a través de Minguella, técnico de la cantera del que se servía de intérprete, que para tranquilizar las cosas iba a empezar la temporada con Sadurní. Y así fue. Sadurní jugó los tres amistosos restantes, en Santander, Vallecas y Sabadell, y arrancó la Liga como titular. Reina, mientras, era un trueno en los entrenamientos. Sadurní no andaba mal, pero Buckingham aprovechó la conjunción de una derrota 0-2 en casa ante el Valencia más la eliminación en Copa de Ferias ante la Juventus para sacar a Reina en el Sánchez Pizjuán. El Barça ganó 0-1. Era la jornada novena. Pero no se atrevió a sacarle en el Camp Nou. Se produjo entonces una curiosa alternancia que dio mucho que hablar. Sadurní jugó las jornadas 10, 12, 15, 16 y 18, todas en el Camp Nou, ante Granada, Sporting, Atlético, Athletic y Celta. Reina jugó las 9, 11, 13, 14, 17 y 19, en Atocha, La Rosaleda, El Insular, La Romareda y la Creu Alta. El Barça ganó tres y perdió tres de esas salidas, pero Buckingham se decidió por fin a sacar a Reina en el Camp Nou en la jornada 20, ante el Elche (0-0). Hay protestas, pero ya se quedará titular. Aquella fue la Liga del final apasionante ganada por el Valencia mientras Atlético y Barça empataban en el Calderón. El Barça se compensó en la final de Copa, que ganó, 4-3, con prórroga, al Valencia. Con Reina en la portería.

 

Reina siguió en el Barça dos temporadas más y el run-rún de la grada nunca cedió. Alternó con Sadurní, ya no en casa y fuera, sino por rachas. A comienzo de la 73-74 se marchó al Atlético, donde completó una gran carrera. Sadurní se retiraría en el Barça en 1976, tras 16 temporadas en el club, récord para un portero, y con 465 partidos. Pero la salida de Reina no tuvo que ver nada con esa competencia:

 

—Yo tenía un negocio de textiles con 54 empleados. Lo llevaba mi hermano, yo no tenía tiempo. Estuvo de baja muchos meses, por un trasplante de hueso de la tibia a la columna. Dos sinvergüenzas, el encargado de almacén y el jefe de ventas, me hicieron un agujero de 32 millones. Tuve que declarar suspensión de pagos...

 

Al Barça no le hacía gracia que un jugador suyo declarase suspensión de pagos. Reina empezó a notar que le miraban mal. A través de Antonio Camacho, que era perejil de muchas salsas, entró en contacto con Santos Campano, vicepresidente del Atlético. Le ficharon por 12 millones.

 

—Calderón me pagó por adelantado la ficha de cinco años. Fue un segundo padre para mí. En tres años levanté la suspensión de pagos y recuperé bienes de Córdoba que me habían embargado: mi restaurante y la casa de mi padre.

 

Sadurní recuerda así aquellos días. "El público se puso en contra de Reina. No fue culpa de nadie". Reina lo ve igual. Y descarta que le atacaran por ser forastero:

 

—¡Más que conmigo se metían con Martí Filosía, que era de allí! Un gran chico. Y ya que va a escribir de esto, ponga una cosa bien clara: el puesto de portero no es propiedad de nadie. Juega el que convenza al entrenador. No hay más.

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