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El blog de Pipo lópez

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miércoles, 17 diciembre 2014

Por Alfredo Relaño

Aquella primera Copa Intercontinental...

Para 1960 se llevaban jugadas cinco ediciones de la Copa de Europa, todas ellas ganadas por el Madrid. El éxito de la Copa de Europa movió a Sudamérica a copiar la iniciativa. Se creó la Copa Libertadores para enfrentar a los clubes campeones de cada país. Aquella primera edición la ganó el Peñarol de Montevideo, que batió en la final al Olimpia de Asunción. Antes, en la semifinal, había eliminado al San Lorenzo de Almagro, con su fenomenal Sanfilippo, quizá el favorito a priori.

Relano

Surgió entonces la idea de enfrentar al campeón de Europa con el de Sudamérica, gestada en contactos entre Pierre Delauney, secretario de la UEFA, y José Ramón de Freitas, que lo era de la CSF. El acuerdo fue rápido: doble partido, árbitros del continente donde se jugara el partido pero de país distinto del campeón, se cuentan los puntos, no la diferencia de goles, desempate a las 48 horas del partido de vuelta y alternancia anual en el orden de partidos. El sorteo designó que en esa primera edición se jugara la ida en América. La FIFA no autoriza a utilizar el nombre de Copa Mundial, puesto que sólo se dirime entre dos confederaciones, no están presentes los demás continentes. Se opta por el nombre de Copa Intercontinental, que gusta mucho. Como gusta el trofeo, un balón de oro sobre un soporte metálico.

 

La fecha para el partido de Montevideo es el 3 de julio. El 26 de junio se ha cerrado la temporada en España con la final de Copa, a la que acude el Madrid con su flamante quinta Copa de Europa recién ganada (7-3 en Glasgow) y tras aplastar con un 8-1 al Athletic en la semifinal. El rival es el Atlético, el escenario el Bernabéu, y se da por sentada una gran fiesta madridista. Era frecuente escuchar: “Siete al Eintracht, ocho al Athletic… ¡A estos les caen nueve!”. Pero gana el Atlético, 3-1, una bomba sólo comparable a la intempestiva retirada a las primeras de cambio de Bahamontes en el Tour, al que acudía tras ganar la edición anterior y con las mejores perspectivas.

 

La noche siguiente, mientras el Atlético celebra su título con una cena al aire libre en el restaurante El Bosque, en su barrio de Cuatro Caminos, el Madrid vuela a Montevideo, con una derrota a cuestas y encima sin Gento, lesionado en la final. La misma noche se produce una curiosa concentración de la selección con vistas a una gira por Sudamérica: sólo acuden tres jugadores, Araquistain (Real Sociedad), Garay (Athletic) y Pereda (Sevilla). ¿Cómo así? Porque los del Atlético (tres) tienen permiso para la cena-fiesta, los del Barça (seis), por un amistoso esa misma noche ante el Santos, y los del Madrid (cuatro), se incorporarán ya en Lima.

 

El Madrid encuentra en Montevideo un invierno dulce, que un cronista compara con “abril en Barcelona”. Hay una expectación grandísima ante el partido, visto como un desafío en toda regla entre los dos continentes. De hecho, cada equipo lucirá en el pecho el escudo de su confederación, no el del club. No deja de haber comentarios allá sobre el hecho de que el campeón europeo cuenta con cuatro jugadores nacidos en Sudamérica: Domínguez y Di Stéfano, argentinos, Santamaría, uruguayo, y Canario, brasileño, mientras que todo el Peñarol es americano. Tiene tres figuras importadas, pero del propio continente: Salvador, brasileño, Linazza, argentino, y Spencer, ecuatoriano. Uruguay es país fuerte entonces. Su peso es la gran moneda sudamericana, se conoce a Uruguay como la Suiza de Sudamérica. Las 71.872 localidades del mítico Estadio Centenario están vendidas desde días antes. Habrá una recaudación de un millón de pesos, récord en el continente. La colonia española en Buenos Aires se ha hecho con 2.000 entradas.

 

La tarde anterior al partido, el abril barcelonés se convierte en noviembre belga. Entra un frío brusco y llueve, llueve mucho. A la hora del choque (las 15:30 allí, las 19:30 aquí, donde será transmitido por Radio Nacional, en las voces de Matías Prats y Enrique Mariñas), el campo es un charco.

 

El Madrid sale con los de la final de Glasgow salvo Gento, al que sustituye Manolín Bueno: Domínguez; Marquitos, Santamaría, Pachín; Vidal, Zárraga; Canario, Del Sol, Di Stéfano, Puskas y Bueno. Arbitra el argentino José Luis Praddaude. El partido, sobre agua, es malo. Malo para la técnica uruguaya, malo para la velocidad del Madrid. El público abuchea a los americanos del Madrid, tenidos por desertores, en especial a Santamaría, que encima procedía del rival directo, el Nacional. Pero juega muy bien. Él y Domínguez están entre los mejores. Pasa poco o nada. Empate a cero.

 

La vuelta es en el Bernabéu, el 4 de septiembre, una semana antes de que empiece la Liga. Los uruguayos llegan seis días antes. Se les agasaja, se les pasea, van a los toros, a Chicote, de compras. Se quejan del calor. Hace mucho esos días en Madrid. Se entrenan mal por ello. El Madrid no lo sufre, porque se ha concentrado en El Escorial. La víspera, Roberto Scarone, entrenador, confiesa que le da miedo el partido. No ve a los suyos bien. Encima, la última noche causa baja Gonçalvez, el medio centro, cacique de la parte de atrás, clave del entramado defensivo. En el madridismo hay locura. En el Bernabéu entran 120.000 personas, las entradas de a pie se venden sin tasa. El equipo es el de la ida, pero con diferentes extremos. A la izquierda, Gento. A la derecha, el joven Chus Herrera, jugador de dinastía: hijo de Herrerita (el de Herrerita y Emilín del Oviedo) y de una hermana de Chus Alonso, elegante interior del Madrid de posguerra. Están en marcha los Juegos de Roma. La antevíspera ha caído el último récord de Jesse Owens al cabo de seis olimpiadas: Ralph Boston ha saltado 8,12m en longitud. Pero en Madrid se habla de fútbol. El partido es de noche, a las 20:30, y atruena el “¡Hala Madrid!”. Se televisa, pero hay pocos televisores. Bares, escaparates y unos cuantos plutócratas. Arbitra el inglés Ken Aston.

 

Esa noche el Bernabéu alcanza el éxtasis. En nueve minutos gana 3-0, los tres de Puskas, el segundo en autoría compartida con Di Stéfano, que desvía de tacón su disparo. El Peñarol vigila a Gento y Di Stéfano carga el juego por la derecha, donde Chus Herrera se sale. El propio Herrera marcará al filo del descanso. Luego, en el minuto 62, Gento hará el quinto. El que sufre en sus costillas la goleada es Maidana, el meta al que la historia reserva un lugar equívoco porque a él le tocará encajar años después el gol número 1.000 de Pelé. Cuando el Madrid afloja, el Peñarol luce al fin su fútbol elegante, de toque, y marca el gol del honor.

 

Acaba 5-1 y la multitud invade el campo mientras el capitán, el guechotarra Zárraga, levanta la Copa al cielo de Madrid, entregada por el danés Ebbe Schwartz, presidente de la UEFA. Herrerita aparece en todas las fotos. Él y Rogelio Domínguez pasean a hombros al capitán, entre la multitud. La final ha durado en realidad nueve minutos, pero Jean Eskenazy, de L’Equipe, que se ha fugado de los Juegos de Roma para verla, deja una frase gloriosa: “He viajado desde Roma a Madrid para ver una final que ha durado 10 minutos, pero viajaría gustoso otras 10 veces por ver el primer gol de Puskas”.

 

¡El Madrid es campeón del mundo! De todo el mundo menos España, dirán los atléticos. Y es que ese año en que el Madrid ganó Copa de Europa e Intercontinental, aquí ganó la Liga el Barça y la Copa del Atlético. Así era nuestro fútbol en esos años.

 

Herrera no tendrá suerte. Pronto empezará a jugar mal, a sentirse mal. Pierde el puesto, va cedido a la Real en el traspaso de Araquistáin, pero sólo juega ocho partidos. No se sabe qué le pasa. Él, que empieza a estudiar Medicina, intuye lo que tiene y se lo dice un día a Manolín Bueno: “Yo sé lo que tengo y es muy malo. Pero voy a luchar”. Lo que tenía era un cáncer, enfermedad entonces más terrible que hoy. Morirá el 20 de octubre de 1962, con 24 años. Hacía dos de aquella final que le encumbró. Duró poco en el fútbol, pero estuvo presente el día que el Madrid alcanzó su cénit.

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miércoles, 10 diciembre 2014

Por Alfredo Relaño

Kubala y un pasillo del Espanyol al Barça

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Kubala había sido bandera del Barcelona desde 1951. Llegó como un redentor del fútbol español. Rubio, bello, anticomunista, fugado del otro lado del Telón de Acero. El Régimen lo utilizó como propaganda. Jugó sin el tránsfer FIFA hasta el verano de 1954. Protagonizó una película, Los Ases buscan la Paz, de propaganda anticomunista. El Barça fue, en el arranque de los cincuenta, el mejor equipo de España y Kubala llenaba todos los campos. Les Corts, el viejo estadio del Barça, reventaba cada 15 días. Se emprendió entonces la construcción del Camp Nou, que se estrenaría en 1957. Se ha dicho siempre que la necesidad del nuevo campo la creó Kubala.

Empezó a ser cuestionado por Helenio Herrera, a finales de la década. Le veía mayor y lento, sólo le ponía en casa. Parte del público barcelonés la tomó con Luis Suárez. El Camp Nou se dividió entre kubalistas y suaristas. Curioso, porque el que dejaba sin sitio fuera a Kubala era Eulogio Martínez. Suárez era titular en casa y fuera. Pero los kubalistas consideraban que Suárez era el preferido de HH y la tomaron con él.

La derrota en la final de la Copa de Europa de 1961 marcó el fin de Kubala como jugador del Barça. Tenía 34 años, dos menos que Di Stéfano y Puskas, que seguían jugando en el Madrid, pero había abusado de su físico y se le notaban más los años. De ahí que pasara primero a director de la escuela de futbolistas del club y luego a entrenador. Lo fue durante la segunda mitad de la 61-62 y la primera de la 62-63, hasta que el presidente Llaudet le echó, con dolor de su corazón.

Kubala era entonces como esos toreros retirados que piensan que les ha quedado algo por decir. Ya se había ofrecido a Llaudet para ser entrenador-jugador, cosa que el presidente había rechazado. Cuando se vio en la calle se sintió mal, despechado.

Y el 3 de septiembre de 1963 aceptó una oferta para jugar en el Espanyol. Una bomba. El Espanyol había manejado algún tiempo atrás la posibilidad de comprarle al Barça el viejo Les Corts, todavía no derruido, y hasta habló de meter en esa operación la incorporación de Kubala. Pero se había considerado una fantasía en sus dos términos. Se sabía también en los círculos próximos a Kubala que éste se estaba mirando en el espejo de Di Stéfano y Puskas y que querría volver. Pero tenía otras ofertas y a ningún barcelonista le parecía concebible que se le ocurriera escoger al Espanyol.

Y, sin embargo, lo hizo y eso provocó un revuelo en la prensa y en la calle descomunales. Entre los que le apoyaron estuvieron Federico Gallo, de Radio Nacional, y Juan José Castillo, redactor jefe de La Prensa (Gallo llegaría a ser Gobernador Civil de Albacete y presentador de TVE con Esta es su vida, y Castillo, director de El Mundo Deportivo). Por el contrario, fue muy duro con él Carlos Pardo, la gran firma entonces de El Mundo Deportivo (y corresponsal en España de L'Equipe), que llegó a calificarle como "un judas que se ha vendido por un plato de lentejas". También se mostró muy contrariado Ibáñez Escofet, firma importante de El Correo Catalán, que acababa de editar el libro Kubala, un catalán nacido en Budapest. En la portada aparecía Kubala, con barretina, junto a su hijo. Aunque de forma menos explícita, ya se relacionaba Barcelona con catalanidad y Espanyol (entonces Español) con españolía.

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Los futbolistas del Espanyol hacen el pasillo a los del Barça. En primer plano, Kubala saluda a un jugador azulgrana.

El arranque no fue malo en lo personal: marcó en los dos primeros partidos, un 4-4 en casa, ante el Levante, y una derrota, 2-1, en Mestalla. Los pericos estaban en principio felices con la presencia del gran Kubala en sus filas, con el sofoco que les habían dado a los culés y con el empaque que a su club le daba su presencia. Pero el equipo no iba bien. Con Kubala habían llegado otros veteranos, no había nervio ni velocidad. Y Vila Reyes, vicepresidente (luego sería presidente) y hombre fuerte de la casa, decide, tras una reunión en el Hotel Sol con los más notables periodistas pericos del momento, hacer de Kubala el eje del proyecto. Caen el secretario técnico, Scopelli y el entrenador, Areso, y se le da el mando a Kubala, aunque compartido con Argilés, el gran veterano de la plantilla. Defensa lateral, era una bandera para la afición. Se nombra entrenador a Perico Solé, técnico ascendido desde las tripas del club. Pero la vara alta la tienen Kubala, el genio, y Argilés, la solera, que se toleran pero se miran con recelo. Una componenda.

El partido con el Barça en la primera vuelta es en Sarrià y termina 2-2. No se rompe nada. Ese día debuta otro veterano, Maguregui. La cantidad de titulares que pasan de los 30 años en el Espanyol ya es alarmante. El domingo siguiente termina la primera vuelta. El Espanyol pierde en Sevilla, es penúltimo y Kubala sólo lleva tres goles.

Vagará toda la segunda vuelta en posiciones incómodas. Y así llega a la jornada 29, el 19 de abril de 1964, cuando toca visitar el Camp Nou. El Barça es segundo, el Espanyol, cuarto por la cola, puesto de promoción. El público culé está ávido por ver una paliza al traidor Kubala.

La víspera ocurre algo extraordinario. Cuando los jugadores del Espanyol pasean por la carretera en Caldas de Montbuy, su lugar de concentración, una moto que esquiva a una bicicleta se precipita sobre ellos. Al que pega de lleno es a Kubala, que se lleva un golpe en la rodilla. Hay otros magullados, pero Kubala es el peor parado. La prensa del domingo le presenta sentado en la cama, con el médico observándole y hielo en la rodilla. Hay rumores, claro. Muchos no lo creen. Piensan que se trata de un truco propagandístico para escaparse del partido.

Pero no. El golpe era verdad. Y finalmente no impidió jugar a Kubala, para felicidad de los barcelonistas, que vieron con jolgorio un demoledor 5-0. Pericos han ido pocos, porque se lo temían. Marca tres goles el paraguayo Re, tan pequeño como hábil y peligroso, y los otros dos, Kocsis y Gracia.

Al final del partido, Kubala toma una decisión que se discutirá durante semanas y de la que se hablará durante años: pide a sus compañeros que hagan pasillo al Barça y le aplaudan al retirarse. Muy posiblemente, el gesto le fue inspirado por el aplauso espontáneo que cinco años antes le había dedicado el Wolverhampton al Barça en la Copa de Europa, tras un fenomenal 2-5. Kubala buscó un acercamiento entre los clubes, entre las aficiones, entre la prensa. Un beau geste que borrara el conflicto.

Pero nadie lo entendió así. Para empezar, Argilés se negó, se marchó sin hacer el pasillo y visiblemente molesto. Y las aficiones tampoco lo agradecieron. Los culés lo vieron como un arrepentimiento tardío e interesado. Los pericos, como una humillación innecesaria y una prueba de que Kubala arrastraba un sentido de culpa sin tener por qué.

El Espanyol acabó salvando la categoría tras pasar el difícil trámite de una promoción contra el Sporting. Kubala dejó de jugar. En su última Liga marcó siete goles, uno de penalti. Pero siguió en el club como entrenador. Ese verano salió fuera Argilés y al tiempo llegaron más veteranos, singularmente Di Stéfano, que ya tenía 38 años. Y Carmelo. El Espanyol no pasó angustias, pero vivió en la segunda mitad de la tabla. En la antepenúltima jornada, Kubala sacó a su hijo Branko, de 16 años, en San Mamés. Fracasó. Pese a ello, repitió el domingo siguiente, en Sarrià, ante el Sevilla. Ganó el Sevilla 0-2 y Branko fue el objeto de todas las iras. Cargó con todas las culpas de una segunda temporada consecutiva de expectativas defraudadas. También es cierto que luego no hizo carrera en el fútbol. Pasó por el Sabadell, el Cartagena, el San Andrés y el Atlético Malagueño sin cuajar. Renunció a los 24 años. No dio el nivel.

Poco después, y ya en la Copa, el Espanyol se enfrentó al Sporting. Hubo necesidad de dos partidos de desempate. Antes del segundo, varios directivos aprovecharon un viaje de Vila Reyes a América para enviar un telegrama a Kubala prohibiéndole alinear a Branko. Él respondió negándose a sentarse en el banquillo. Tras nuevo empate, el Sporting eliminó al Espanyol con un gol de oro.

Así acabó la aventura españolista de Kubala, que dejó más ruido que nueces.

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jueves, 04 diciembre 2014

Por Alfredo Relaño

El Valencia revienta el 'Proyecto Kubala'

Waldo

 

A primeros de los sesenta, el Valencia le ganó en 10 meses dos partidos al Barça por 6-2, ambos en Mestalla. Eso le costó al club culé dos proyectos y una Copa de Ferias. Al final de la 60-61, Kubala se retiró. El Barça acababa de perder por 3-2 la final de la Copa de Europa, ante el Benfica. Kubala tenía 34 años. Pasó a ser director de la escuela de futbolistas del club. Pero mucha gente clamaba porque fuera el entrenador. Tenía el título, con el número uno de su promoción.

Para entrenador fue designado Luis Miró, que tenía más recorrido. Había sido portero del Barça (el del 11-1 en Chamartín, tras lo que se retiró) y una buena experiencia. Afrontaba la renovación del gran Barça de finales de los cincuenta, el de HH. Además de Kubala se fue Luis Suárez, al Inter. Más Tejada y Czibor, entre otros. Ramallets estaba en las últimas y el Barça fichó a Pesudo, del Valencia, para lo que entregó, además de dinero, dos jóvenes promesas, Ribelles y Coll. También fichó a Zaldúa, Pereda, Szalay, Zaballa, Vicente y el malogrado Benítez.

En seis jornadas, el Barça estaba a cinco puntos del Madrid y muchas voces pedían que Miró dejara paso a Kubala. En la jornada 13ª, el Barça visitó Mestalla y se llevó un saco: 6-2. Ya eran nueve los puntos de distancia con el Madrid. Miró dimitió. Aquel día fue el gran estallido de Waldo, incorporado ese verano. Su fichaje lo forzó la trágica muerte de Walter, brasileño como él, en accidente de tráfico. Varios jugadores se reunieron para celebrar el cumpleaños del recién fichado Coll. Tras la comida, algunos se animaron a viajar a Sueca a visitar a Puchades, exjugador del club. Convencieron a Walter, que fue a desgana. El coche en el que viajaba con Sócrates y Coll se estrelló con una camioneta en el kilómetro 13 de la carretera de El Saler. Walter, que conducía, murió en el acto. Los otros dos salieron ilesos. Era el 21 de junio de 1961.

Ese mismo verano juega el Fluminense el Trofeo Naranja. Impresiona el delantero centro, Waldo, y le fichan. Con él, más Guillot, del Mestalla, y Ribelles, llegado del Barça, se rearmó una tripleta central de ataque cuya alma había sido Walter. Tanto se quiso a Walter que al principio se discutía a Waldo. Walter era habilidoso, Waldo era todo potencia, velocidad y disparo. Para los leales al recuerdo de Walter, Waldo resultaba basto. Sus cuatro goles al Barça (a Pesudo) convencieron a los nostálgicos.

En el Barça todo fue a mejor con Kubala. Acabó segundo, a tres puntos del Madrid, lo que quiere decir que remontó seis. Vengó el 6-2 de Mestalla con un 4-0 en el Camp Nou. Pasó todas las eliminatorias de la Copa de Ferias, hasta meterse en la final. Sólo falló en la Copa, cuando, tras ganar 0-1 al Madrid en la ida de la semifinal, perdió 1-3 en el Camp Nou. Pero era un buen arranque. Para la 62-63, pudo, además, recomponer la plantilla a su gusto. Hizo sus propias incorporaciones: Re, Goywaerts, Cubilla, Silveira, Camps... También dio bajas, entre ellas las de Evaristo y Eulogio Martínez, muy polémicas.

La temporada oficial 62-63 empezaba con la final de la Copa de Ferias del curso anterior, aplazada por el Mundial de Chile. Era la cuarta edición. El Barça había ganado las dos primeras. Era un poco su torneo. Final a dos partidos: en Mestalla, el sábado 8 de septiembre, y en el Camp Nou el miércoles 12. Es la primera final europea entre equipos españoles. Tres días antes de la ida, el Atlético ha ganado la Recopa, a la Fiorentina, partido también aplazado por el Mundial. El fútbol español de clubes arrasa. Stanley Rous, presidente de la FIFA, asistirá al partido de vuelta para entregar el trofeo. La FIFA ampara la Copa de Ferias, que imaginó como una competencia (fallida) de la Copa de Europa, creada por L'Equipe y pronto amparada por la UEFA.

El Valencia, que tiene de entrenador a Scopelli, sale con: Zamora; Piquer, Quincoces, Mestre; Sastre, Chicao; Héctor Núñez, Ribelles, Waldo, Guillot y Yosu. Zamora debuta. Hijo del mítico Ricardo Zamora, ha rodado por varios clubes hasta despuntar por fin en el Mallorca. Ya tiene 29 años, pero hará buenas campañas en el Valencia. Viene a sustituir a Goyo, que no ha llenado el hueco de Pesudo. En el Barça se espera que éste sea el primero de una larga lista de títulos de Kubala como entrenador. Alinea a Pesudo; Benítez, Rodri, Olivella; Vergés, Gracia; Cubilla, Kocsis, Re, Villaverde y Camps.

El Barça se adelanta 0-1 y 1-2, pero al descanso ya llega 3-2 por detrás. El tercero del Valencia ha llegado con una escapada del lateral Piquer, sin que le siga Camps, y provoca la avería. Por el mismo camino llegaron en la segunda mitad el 4-2, el 5-2 y el 6-2. En Valencia, la goleada provoca una felicidad sin límites. El Barça les quitó el portero, y le meten seis por segunda vez en diez meses. El interior Ribelles juega como una figura. La tripleta central de ataque, Ribelles-Waldo-Guillot, ha estado de maravilla, sobre todo éste, autor de tres goles. Walter queda lejos...

En Barcelona hay desolación. El proyecto Kubala sale zarandeado. ¿Cómo no ha visto que Piquer se iba una y otra vez? ¿Por qué no le perseguía Camps? ¡Scopelli le ha ganado la partida!

El lunes, el Barça al pleno cena con la prensa en el Hotel Masía del Tibidabo, lugar de concentración. La escena la define alguien "como de novela rusa". Gracia, capitán, Kubala y Llaudet, presidente, piden perdón. Llaudet anuncia que se cambiará el protocolo: "Saldrá primero el Valencia para recibir los aplausos; después el Barcelona, para que reciba los silbidos. Después saldrá Kubala, para que arrecien. Y finalmente yo, para que caigan todos los silbidos sobre mi persona, porque soy el barcelonista que más quiere al club y que está destinado a morir en el campo, si es preciso...". Termina entre sollozos. Así lo hará, en efecto. Y verá el partido en el banquillo.

Eulogio Martínez, que ese día ficha por el Elche, agriará aún más el ambiente: "Kubala siempre me tuvo celos, porque yo jugaba en su puesto y cuando había que darlo todo me ponían a mí. Él me llamaba Coco, yo a él le llamaba Cabezón".

Por contra, en Valencia todo es euforia. El club cierra, todos los empleados viajan a Barcelona. Los plutócratas que ya tienen televisión en casa se ven invadidos de familiares. Los bares con televisión se atestarán. Las tiendas de electrodomésticos son el punto de cita de los que no tienen otro sitio para verlo. En la época, esa era la mejor manera de vender televisores: poner los partidos en directo, en el escaparate. Se calcula que cien mil valencianos verán la final por la tele.

Media entrada. El Valencia repite once. Kubala hace cambios: Pesudo; Benítez, Garay, Gracia; Vergés, Fusté; Cubilla, Villaverde, Kocsis, Goywaerts y Camps.

El Barça no marca hasta el 46', en una bonita acción de Kocsis, pero ni así se inflama. Se nota que no cree. El Valencia se crece al final, porque no ha perdido ningún partido en toda la competición y quiere terminarla invicto. En el 88', otra llegada de Piquer al fondo, centro al área y gol de Guillot. El Valencia es campeón invicto, como quería. El proyecto Kubala se ha caído en dos partidos. Su carisma se ha esfumado. A mitad de temporada le echarán y su reacción será fichar el curso siguiente por el Espanyol como jugador, bomba devastadora para el ánimo blaugrana. Al Barça le esperan unos años sesenta malos, sin referente, entre disensiones internas.

Un desconcierto que en buena medida le provocó el Valencia, que a su vez vivió días felices. El año siguiente volvería a ganar la Copa de Ferias.

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miércoles, 26 noviembre 2014

Por Alfredo Relaño

Hernández Coronado inventó las rotaciones

Una caricatura de Hernández Coronado, en un periódico de la época.

El Madrid estrenó campo, el nuevo Chamartín, construido en parte sobre el viejo (algo así como en una variación de 30º sobre el eje anterior, paralelo al Paseo de la Habana, y a partir de entonces paralelo a la Castellana) en 1947. El empeño por hacer el nuevo campo redujo severamente la inversión en la plantilla. Esa Liga, la 47-48, las pasó canutas. Llegó a la última jornada en riesgo de descenso, aunque al final se salvó, por su victoria en casa (2-0) sobre el Oviedo. Por si acaso, había primado al Atlético para ganar en Gijón, cosa que hizo (2-7).

 

Pero la gran capacidad del Nuevo Chamartín (no se llamaría Santiago Bernabéu hasta enero de 1955) permitió pronto renovar el equipo. La plantilla, envejecida, fue bruscamente agitada en dos veranos. Llegaron jugadores notables, entre ellos Muñoz, Montalvo, Olmedo, Pahíño, Marcet, Juanito Alonso, Cabrera… El Madrid se hizo con una plantilla pareja, en la que había figuras singulares, particularmente Molowny y Pahíño, pero en la que primaba el fondo de armario.

 

Por la época era secretario técnico del club un tipo singular, Pablo Hernández Coronado, hoy olvidado, pero que merecería una jaculatoria en su nombre al comienzo de cada partido, al menos en el Bernabéu… a no ser por la peligrosa fama de gafe que empañó sus brillantes ideas. Hernández Coronado, que vivió más de cien años, fue coetáneo de Bernabéu. Portero del Madrid antes de la guerra, quedó vinculado al club hasta los 50. Fue velador de los archivos del club durante el sitio de Madrid, del 36 al 39. Fue inventor, literalmente, de la figura del Secretario Técnico, puesto intermedio entre la directiva y la plantilla, traducible hoy por la enfática figura de Director General Deportivo. Escribió innumerables artículos y un inolvidable libro, Las cosas del fútbol, que recomiendo a quien sea capaz de encontrarlo en alguna librería de viejo o vía Internet. Y eso que no tenía un gran concepto de los periodistas deportivos. En el libro nos despachaba con una frase:

—Para escribir de fútbol en un periódico es necesario reunir dos condiciones: ser amigo del director y no servir para otra cosa.

 

En la época de que me ocupo, Hernández Coronado era el Secretario Técnico de Bernabéu, que le toleraba por su conocimiento y su ingenio, pero empezaba a inquietarse. Ya para entonces había tenido una incursión como seleccionador en 1947, durante la cual dijo: “Tendré el honor de ser el primer seleccionador que pierda con Portugal”. Cosa que, efectivamente, sucedió. Y, claro, le echaron. Empezaba a cargar fama de gafe.

 

A finales de los 40 era el Secretario Técnico del Madrid. Hizo las adquisiciones que he citado y alguna más, muy original: Dida, un muchacho de Villa Cisneros, ciudad del Sáhara Español, que no consiguió ni siquiera sostenerse en el Plus Ultra, filial del Madrid en Segunda.

 

Pero al arranque de la 49-50, el Madrid tenía buena plantilla. Eran dos veranos fichando jugadores de prestigio, gracias a las taquillas del monumental Nuevo Chamartín, cuya dimensión de la época excedía al resto. Y se llenaba. Bernabéu, tachado de megalómano cuando emprendió su obra, se cargaba ahora de razón.

 

En el estreno de la Liga 49-50, 4 de septiembre, el Madrid gana 4-2 al Sevilla, un gallito. La gente se va contenta de Chamartín. Y eso que faltaba Molowny, la estrella, por una lesión. Juegan: Adauto: Clemente, Pont, Mariscal; Muñoz, Narro; Macala, Olmedo, Pahíño, Toni y Arsuaga.

 

Pero la paz de la semana se altera con un anuncio: Hernández Coronado ha decidido sacar un once radicalmente distinto en La Coruña, primera salida. La teoría era que fuera de casa se juega de otra forma. No se ataca una defensa cerrada, sino se contraataca. No valen los artistas frágiles, sino los tipos duros, a los que no aflija el ambiente. El juego es distinto, hacen falta otros.

 

La portada de Marca del jueves 8 trae la sensacional revelación: en La Coruña el Madrid va a sacar un equipo B. La foto es para Marcet, que va a ocupar el puesto del sensacional Pahíño, autor de uno de los goles al Sevilla. Hernández Coronado defiende sus argumentos durante la semana. Campa por sus respetos, porque el entrenador del equipo, el inglés Míster Keeping, es suspendido por la Federación. España estrenó ese verano el curso de entrenadores, que se dictó en Burgos, y Míster Keeping, llegado al Madrid el año anterior con la WM bajo el brazo, no se apuntó, lo que se consideró una afrenta. No se apuntó porque ni sabía español ni creía que pudiera aprender nada ahí. El caso es que le suspenden.

 

Lo más parecido a un caso Zidane ya en 1949, como ven.

 

Coronado, sin contrapeso, tira con su idea. Ni siquiera le hace cambiar el partidillo del jueves, contra el filial Plus Ultra. Juegan el primer tiempo los de fuera y no pasa nada. En el segundo juegan los de casa y se salen, sobre todo los interiores Belmar y Molowny, éste ya recuperado. Marcan un chorro de goles, pero Hernández Coronado sigue a la suya.

 

El Madrid viaja a La Coruña, en coche cama, la noche del viernes. En la ciudad hay una mezcla de decepción y esperanza cuando se ve que llega sin sus figuras. Hernández Coronado se ve obligado a defenderse: “Yo considero a todos los jugadores del Madrid de una calidad muy semejante (…). Lo que me propongo es tener a estos dos equipos bien acoplados y bien entrenados (…). Es una medida previsora, que me hará tener 22 hombres en forma (…)”.

 

El domingo 11 de septiembre de 1949, día para la pequeña historia del fútbol, salta al campo el Madrid para enfrentarse al Deportivo. El equipo es: Adauto; Azcárate, García, Barinaga; Muñoz, Soto; Juanco, Toni, Marcet, Montalvo y Cabrera. Sólo repiten Adauto, Miguel Muñoz (luego legendario, sobre todo como entrenador) y el interior Toni, cambiado de lado. El resultado es calamitoso. Partido muy malo, ganado por el Deportivo 3-0, con Adauto regalando dos goles. Hernández Coronado prohíbe a los jugadores hacer declaraciones. Cuando el corresponsal de Marca, Ponte Patiño, acude a él, se lo confirma:

—Es verdad. ¡Les he dicho que para decir tonterías ya estoy yo!

 

La bronca es monumental. La tercera jornada es en casa, ante el Barça. Salen los de casa, los buenos, y ganan 6-1, con tres goles de Pahíño y un Molowny brillante. Toca ir a Atocha, a visitar a la Real. Bernabéu le dice a Coronado que se deje líos y vuelven a salir los buenos. Resultado: 1-1, goles de Molowny y Ontoria, el jugador favorito de Iñaki Gabilondo. Ya no habrá más rotaciones: el Madrid viaja siempre con los buenos. Empata en Valencia, gana en Málaga, empata en Sarrià, gana en Tarragona… Siempre los mejores, Pahíño y Molowny por delante… Acaba la primera vuelta en cabeza. Pero empieza la segunda perdiendo en Sevilla, y ya flojea sistemáticamente. Incluso es goleado en sus visitas a los dos atléticos, el de Madrid y el de Bilbao. Gana la Liga el Atlético de Madrid, seguido del Deportivo y el Valencia. El Madrid es cuarto.

 

Hernández Coronado masculla. “Si Bernabéu me hubiera dejado seguir con mi idea…”.

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miércoles, 19 noviembre 2014

Por Alfredo Relaño

Kubala, Lora y las palmas por sevillanas

Enrique Lora, con la selección española.

 

Kubala llegó al cargo de seleccionador como un redentor. Despertó algún recelo que no fuera nacido en España, pero su larga y excelsa campaña como jugador aquí y su carácter de símbolo anticomunista compensaron el prejuicio. Llegó tras la calamitosa peripecia que nos dejó sin acudir al Mundial de México-70. Su primer partido fue el último de aquella fase, una jornada patriótica, un 6-0 sobre Finlandia en La Línea, frente al Peñón. Ese día aún jugó Gento, próximo ya a los 36 años.

 

El segundo partido fue un amistoso contra Alemania, en Sevilla. Había sido subcampeona del mundo en 1966 y por supuesto se había clasificado para México-70. Un coco. Pero Kubala trataba de irradiar optimismo. Acuñó la expresión Club España, como el equipo de todos. Su frase favorita antes de los partidos sería:

—Chicos bien, moral óptima.

 

Kubala hizo de la convocatoria un alarde. Citó a 21 para la A (por la época lo suyo era citar a 16) y a 27 sub 23, con vistas a un amistoso con Italia. Con todos hizo un espectacular tótum revolutum de partidillos y entrenamientos.

 

Entre las novedades estaba Lora, el siete del Sevilla. No era extremo, como significaba el número en la época, sino mediocampista. Ese año el Sevilla iba bien gracias a un entrenador alemán, Max Merkel, Míster Látigo, y sus sistemas de preparación física que entonces sonaban a campo de concentración: pesas, balones medicinales, trepar las gradas cargando sacos de arena... A Lora, un chico de La Puebla del Río que había pasado su adolescencia trabajando el campo en plan duro, aquello no le asustaba. Al revés: le puso como una moto.

 

Lo que nadie esperaba era que llegara así como así a la selección. Como el partido era en Sevilla, enseguida empezó el run-rún de que se trataba de un guiño a la afición local. Cuando por unas razones o por otras empezaron a caer de la lista jugadores de tronío, la sospecha se convirtió en polémica. Luis, por ejemplo, fue descartado. El domingo 8, el Atlético se enfrentó al Slovan de Bratislava, campeón de Recopa, en homenaje a San Román. Luis marcó un gran gol y Kubala, presente, tuvo que escuchar una bronca.

 

Tampoco los madridistas estaban felices. Velázquez cayó por una fiebre que muchos no se creyeron. Pirri estaba tocado. De Gento se pensaba que con sus 43 partidos, a sólo 3 de los 46 de Zamora, entonces el récord, merecía estar... Esos días coincide que pasa Garrincha por España y se vuelca en elogios a Gento.

 

Para más INRI, en un partidillo contra el Plus Ultra Kubala había alineado a Lora de extremo derecha. Hizo poco. Al final le dijo:

—Te he visto algo despistadillo.

—Míster, es que yo no juego como extremo. Llevo el siete pero juego en la media.

—¡Ah...!

 

Aquello trascendió, porque algún testigo lo contó. ¡Kubala ni siquiera sabía de qué jugaba Lora, pero estaba decidido a alinearlo!

 

Pueblo, diario madrileño de la tarde que era el de mayor venta en España, abrió su cuadernillo de deportes y espectáculos con un titular llamativo en la información de su reportero, el célebre José María García. LORA, UN IMPUESTO DE LUJO.

 

Los alemanes llegaron a Sevilla, vacunados de viruela, por una epidemia en Westfalia. Arrastran 104 periodistas. Les faltan Overath, lesionado, y Beckenbauer, a cuyo hijo de tres años se le ha declarado una enfermedad muy grave. Asisten a una capea en la finca El Toruño, de Salvador Guardiola, donde torean Diego Puerta y Jaime Maraver. Pero la atención en la víspera está en Kubala, que suelta ese día una frase que quedará:

—Para jugar en la selección hay que querer, saber y poder.

 

Eso es gasolina al fuego. Luis se quejará en la última de AS: "Yo quiero, sé y puedo".

 

El partido es a las 20:30. La alineación de Alemania aún impresiona: Manglitz; Vogts, Schutz, Weber, Schnellinger; Netzer, Haller; Libuda, Müller, Seeler y Grabowski.

 

Kubala opone a estos: Iríbar; Sol, Gallego, Costas, Eladio; Lora, Uriarte; Amancio, Gárate, Arieta II y Rojo. Además de Lora, debutan Sol, Costas y Arieta II. Una renovación en toda regla. No hemos ganado a Alemania desde 1935. Hace frío en Sevilla, un frío extraño.

 

Pero el partido es una delicia. España muestra juego y energía y el mejor es Lora, que se mete a Netzer en el bolsillo y además alimenta el ataque. Da tantos balones a Amancio, al que tenía más cerca, que éste acaba por decirle:

—A todos, Lorita, repártela entre todos, que me asfixias.

 

En las casas de toda España asistimos admirados al juego de la selección al tiempo que descubrimos las palmas por sevillanas, esa manera de cortar el ritmo tan de allí, tan inimitable, que pone un fondo sonoro de felicidad y belleza al partido. Palmas de Sevilla en homenaje a España y a Lora, y dos golazos de otro debutante, el vasco Arieta II, uno de ellos en jugada ensayada con dos compañeros del Athletic, Uriarte, que saltó sobre el balón, y Rojo, que se la tocó en corto para que él reventara la escuadra. Arieta II hizo gran pareja con Gárate. Se conocían bien. La esposa del primero y la hermana del segundo eran íntimas.

 

España gana 2-0. También participan Ufarte (desde el 70', por Gárate) y otro debutante, Melo (desde el 85', por Sol). Al final, Schön, seleccionador alemán, dice que no entiende cómo España no va a estar en el Mundial. Todos los alemanes lo dicen.

 

En España sólo se habla de Lora, de las palmas por sevillanas y del jugador número doce, el público de Sevilla. Esa era expresión acuñada por José Antonio Blázquez, periodista sevillano, tiempo atrás. Pero tomó carácter nacional ese día, por la televisión.

 

Pueblo y García rectificaron. El titular fue: LORA, UN IMPUESTO... ¡DE LUJO!

 

Lora recuerda aquello con cariño. Debutar en la selección le produjo una ganancia de 100.000 pesetas, cuando su ficha anual era de 200.000.

—Yo creo que el Sevilla me lo había puesto por poner, sin pensar que llegaría... Me compré un coche, un 600, que me costó 72.000. Aún me sobró dinero.

 

Lora jugaría catorce partidos con la selección. El último acabó en bronca. Fue contra Yugoslavia, en Las Palmas, de clasificación para Alemania 74. España ganaba 1-0 en el descanso y él entró en la segunda parte. La idea era amarrar. Pero Yugoslavia dio la vuelta con dos goles de Bajevic, en el 52' y el 61', y en el 70' Kubala quitó a Lora para meter a Ufarte. Desde casa, todo el mundo lo vio como un desprecio a un jugador que había llegado a concitar gran cariño.

 

—A mí también me sentó mal y le dije no sé cuántas cosas...

 

Y claro, ahí se acabó el Lora internacional. Pero aquel partido queda en el recuerdo, con las palmas por sevillanas. Su camiseta con el siete la guarda un buen amigo en Gines.

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miércoles, 12 noviembre 2014

Por Alfredo Relaño

Amancio convierte a Puskas en suplente

Olivella intenta sujetar a Amancio sin conseguirlo. / DIARIO AS

 

La temporada 64-65 se presentaba cargada de dudas para el Madrid. Se había ido Di Stéfano, enfurruñado con Bernabéu, porque no admitía que le sacaran del césped y le pasaran a la secretaría técnica. Ese verano del 64 cumplía 38 años, pero no se resignó. Se fue al Espanyol. Quedaba Puskas, pero también entraba en los 38 y engordaba a ojos vistas. Había que renovar el ataque.

 

Para Miguel Muñoz, no era fácil. Seguía Gento pero metido en la treintena también. Perdía velocidad. La chispa del ataque la ponía Amancio, fichado del Deportivo para la 62-63. En el Deportivo había jugado de interior, como segundo punta, junto a Veloso. Desde esa posición había sido Pichichi de la categoría y había contribuido al ascenso del Depor. Pero al Madrid llegó como extremo, en una delantera que formaron Amancio, Féliz Ruiz, Di Stéfano, Puskas y Gento. Tenía partidarios (yo entre ellos) y detractores. Su juego levantaba al público de los asientos, pero muchos se quejaban de que siempre le sobraba el último regate. Era, para entendernos, un chupón. Pero cuando culminaba la jugada con el pase de gol o el gol propio, se le perdonaba todo, porque entonces parecía indefendible.

 

Bernabéu lo había fichado contra viento y marea. Emilio Rey, casado con la hija del propietario de La Voz de Galicia, gran madridista y amigo de Bernabéu, le avisó de que el Barça iba tras Amancio. El Madrid estaba sin dinero, y eso que acababa de vender a Luis Del Sol a la Juve. La directiva le rechazó la propuesta. No se podía pedir un nuevo crédito. Pero Bernabéu maniobró en solitario, le pidió dinero prestado a Muñoz Lusarreta, vicepresidente que tenía muchos cines y salas de teatro, y este accedió. Amancio costó 12 millones. Del Sol había sido vendido por 22.

 

Y vuelvo a la 64-65. Era la tercera temporada de Amancio. Como extremo había llegado a internacional, incluso campeón de la Eurocopa, ante la URSS aquel célebre día del gol de Marcelino. Muñoz trataba de cubrir el hueco de Di Stéfano y la decadencia de Puskas a base de ignorar ambas cosas. Por Di Stéfano jugaban, según el día, el joven Grosso o Morollón, goleador fichado del Valladolid. A la derecha, Amancio y Félix Ruiz (un interior navarro de largo recorrido que tuvo muy mala suerte con las lesiones), a la izquierda, Puskas y Gento.

 

El 8 noviembre, hace casi exactamente cincuenta años, el Barça visita el Bernabéu. El Madrid está tercero y el partido se presenta lleno de contratiempos para Muñoz. Dos semanas antes, Félix Ruiz ha sufrido un tirón en Zaragoza. Y el domingo anterior, a Puskas le han expulsado en el campo del Betis y le han caído tres partidos. El mismo día, Morollón se ha lesionado de cierta importancia. A Muñoz le faltan tres delanteros.

 

Movido por las circunstancias, recuerda que Amancio empezó de interior, en La Coruña. Tiene en la plantilla un buen extremo, Serena, de la cantera. Y ese año ha llegado de Granada, todavía con ficha amateur, un delantero llamado Pirri. Su aspecto no era alentador: piernas arqueadas como de cowboy, orejudo, cejijunto... Y encima eso de Pirri... El Madrid ya tenía un Pipi, Suárez de apellido, interior fichado del Málaga que no resultó. Entonces existía una popular pareja de gemelas, en el cine y la canción, Pili y Mili. Las bromas con Pili, Mili, Pirri y Pipi estaban a la orden del día. A Bernabéu aquello le endemoniaba. Instó a los periódicos a que les llamaran Martínez y Suárez (así aparecen en algunas alineaciones ese año), pero a la larga perdió la batalla.

 

Muñoz, a la fuerza, ideó una nueva delantera: Serena, Amancio, Grosso, Pirri y Gento. Grosso y Pirri tenían que correr de arriba para abajo. Amancio se quedaba casi solo en punta. Para los clásicos, ver a esos Grosso y Pirri con el 9 de Di Stéfano y el 10 de Puskas en la espalda era como asistir en directo a la caída del Imperio Romano. Pero Muñoz fue contundente en la víspera, cuando habló de Pirri. "Tiene condiciones y puede llegar a ser un auténtico valor positivo", dijo con su estilo lacónico. También, y ante la suma de lesiones y expulsiones en los últimos partidos, dijo: "Me bastaría con empezar el partido con once y acabarlo con once". Recordemos que no había cambios.

 

El sábado por la mañana desembarca el Barça del coche cama en Atocha. Su renovación ha empezado antes. Ya no queda ninguno de los lujosos delanteros del Barça de HH: Tejada, Kubala, Kocsis, Evaristo, Eulogio Martínez, Suárez, Villaverde, Czibor... Ni queda apenas nada de la sólida parte de atrás. Pero hay jugadores emergentes con muy buena pinta: Sadurní, Benítez, Eladio, Fusté, Rifé, Pereda, el goleador paraguayo Re... Es un Barça joven que viene alternando goleadas con derrotas absurdas. Está séptimo, pero ha cambiado al entrenador, César, por su segundo, Sasot, y se le augura mejoría.

 

El partido empieza a las cuatro y media, en un Bernabéu desconfiado. De hecho, cuando alguno de los jóvenes pierde un balón suenan esos murmullos espesos tan característicos. Pero en el minuto 16 hay una rápida combinación entre Pirri y Grosso que acaba a pies de Amancio, que se cuela con dos regates y bate a Sadurní de cerca. 1-0. Ovación y, tras ella, murmullo de satisfacción. El Barça se despliega y ataca. En el m. 31, cuando más aprieta, un centro de Benítez lo corta Zoco y cae a pies de Amancio, que está en su propio campo, a veinte metros de la divisoria. Arranca como una flecha, quiebra a Torrent, luego a Olivella que cae y trata de agarrarle del calzón, sin lograr asirle del todo, se va y tras una carrera de setenta metros bate a Sadurní. 2-0. Gol de pañuelos. En el 68, el Barça descuenta en un córner que saca Rifé y remata Re. 2-1. En el 74, con nueva presión del Barça, escapada del joven Serena y centro alto que Amancio cabecea perfecto, con el parietal, al palo contrario de Sadurní. 3-1, más pañuelos y Amancio en boca de todos. En el 76, buena jugada de toda la delantera, con remate final de Serena, que vale el 4-1. El partido acaba así.

 

Muñoz había encontrado su delantera. Diez días más tarde, en partido de Copa de Europa ante el Dukla de Praga, Puskas es suplente por primera vez, aunque se invoca una lesión para justificar su ausencia. El Madrid gana 4-0, con tres goles de Amancio, definitivamente elevado a los altares. "De profesión extremo, de vocación interior"... escribirá Fragoso del Toro en su crónica de Marca.

 

Puskas queda ya como suplente. No volverá al equipo hasta cerca del final de la Liga, cuando Amancio caiga lesionado en la segunda vuelta, precisamente en el Camp Nou. Torrent, autor de la entrada, confesaría. "He ido duro, porque en el Bernabéu me acusaron de dejarle demasiado suelto". Amancio no se lo tuvo en cuenta: "Quería mermarme, no lesionarme. Esas cosas pasan en el fútbol".

 

Curiosamente, en el curso siguiente, el 65-66, el Madrid completaría su equipo ye-yé gracias también al Barça, que en el penúltimo partido de la primera vuelta, ganó 1-3 en el Bernabéu, en gran tarde de Fusté. Fue el fin de Santamaría, que dejó el puesto a De Felipe. Y el domingo siguiente, Muñoz se decidió a probar a un interior cerebral, salido de la cantera, y que había jugado como cedido en el Málaga. Se llamaba (se llama) Velázquez. El Madrid ganó 2-5 en Mallorca, Velázquez marcó dos goles. Serena, Amancio, Grosso, Velázquez y Gento quedó como delantera definitiva. Pirri bajó a la media, donde su vigor tenía más aprovechamiento, junto a Zoco. De Felipe se instaló como central. En la portería Betancort, respaldado por Araquistain. En los laterales, Calpe y Sanchís. Más Miera y Pachín.

 

Ese fue el Madrid ye-yé. Nació de dos partidos contra el Barça. Los enemigos también son para las ocasiones.

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miércoles, 05 noviembre 2014

Por Alfredo Relaño

Guerra fría... y el Atleti de local en Malmoe

Malmo

Jones marca al Motor Jena en la Recopa de 1962 / AS

 

 

 

Era la segunda edición de la Recopa. A la primera, la de 1961, que jugaron sólo diez participantes y ganó la Fiorentina, no acudió por un lamentable descuido de la Federación, que no le inscribió. El Atlético había ganado la Copa de 1960, y muy brillantemente, batiendo en la final en el Bernabéu al mismísimo Real Madrid del 7-3 al Eintracht de Frankfurt. En 1961 volvió a ser campeón de Copa, de nuevo en el Bernabéu y también ante aquel Madrid que terminaba en Di Stéfano, Puskas y Gento.

 

Esta vez sí le inscribieron en la Recopa.

Y tuvo una buena marcha. Eliminó sucesivamente al Sedan-Torcy, el Leicester y el Werder Bremen, campeones respectivos de Francia, Inglaterra y la RFA. Con eso se plantó en semifinales. Y ahí vino la cuestión, porque el sorteo le enfrentó al campeón de la otra Alemania, la RDA, Alemania Oriental o Alemania comunista, como solíamos llamarle. Aquel campeón era el Motor Jena, club que en épocas anteriores y ahora llevó y lleva el nombre de Karl Zeiss Jena. Pero entonces era Motor Jena.

 

España rompió relaciones con la RDA por el muro de Berlín y los colchoneros tuvieron que recibir al Motor Jena en Suecia

 

Para lectores jóvenes y poco versados en historia, explicaré que tras la guerra Mundial Alemania quedó divida en dos mitades. La mitad occidental, bajo la órbita capitalista, en excelentes relaciones con los EEUU y con capital en Bonn, y la mitad oriental, bajo la órbita comunista y en la práctica Estado satélite de la URSS. Las conocíamos por sus siglas, RFA (República Federal de Alemania) y RDA (República Democrática Alemana), respectivamente. Para más complicación, en el territorio de la RDA estaba Berlín, a su vez dividido en dos mitades, la occidental, como territorio libre afín a la RFA y al mundo occidental, y la oriental, capital de la RDA.

 

En torno a Berlín y a las dos Alemanias se vivieron grandes tensiones en la llamada guerra fría, casi podríamos decir que las mayores dejando aparte el bloqueo de Cuba. Pero este fue un episodio breve, la tensión en torno a Berlín fue permanente. En 1958 la RDA llegó a cortar, como ya habían hecho los rusos durante un año en 1948, toda comunicación por tierra entre la RFA y Berlín Oeste. El bloque occidental logró aprovisionar la ciudad con un puente aéreo que alcanzó a tener un servicio de un avión cada dos minutos.

 

La UEFA pretendió, y consiguió en parte, saltar sobre el problema. Los campeones de la RDA fueron admitidos en las competiciones a partir de que solicitaran su inscripción, y los partidos de ida y vuelta se jugaron con normalidad. Así fue en las primeras participaciones. Pero en agosto del 61 la tensión llegó al límite cuando las autoridades comunistas decidieron levantar un muro que separara a las dos mitades de Berlín e incluso rodeara al Berlín Oeste por detrás, aislándolo del exterior. Las autoridades de la RDA veían que se les estaba fugando demasiada gente al otro lado.

 

Aquello fue un trueno. Y a raíz de ese verano, y por dos temporadas, la inmensa mayoría de los países de Europa Occidental rompieron todo tipo de relación con la RDA. Incluida España, pero no sólo ella. En esa Recopa, el Motor Jena eliminó sucesivamente al Swansea de Gales, al Dudelange de Luxemburgo y al Leixoes de Oporto sin jugar un solo partido en campo contrario. Los rivales no tenían más opción que darse por eliminados o jugar su partido local bien de nuevo en la RDA, bien en uno de los únicos tres países (aparte de los de la órbita comunista) que aceptaban la presencia de alemanes orientales: Suecia, Austria y Suiza. La UEFA no entraba en política. Si en un país no se podía recibir al competidor de la RDA, era cosa suya. O buscaba un campo fuera de él para jugar como local o el equipo quedaba eliminado.

 

Ese problema se encontró el Atlético al llegar a la semifinal, y escogió Malmoe. Esperaba buen ambiente allí, porque había tenido diez años antes un gran interior sueco, Carlsson. En los años 53 y 54 el club hizo sendas giras con éxito por aquellas tierras y allí tenían otro embajador además de Carlsson: Antonio Durán, jugador de la época del propio Carlsson. Se había casado con la institutriz de los hijos de éste y se había instalado en Suecia, donde haría carrera como entrenador, deslumbrando en aquel mundo, aún amateur, con los métodos que aprendió de Herrera en el Atlético.

 

El partido de ida en Jena fue toda una experiencia. Una inmersión en lo más duro del mundo comunista. Volaron hasta Frankfurt, y de ahí a la frontera. Todo les pareció deprimente, empezando por el autocar al que se tuvieron que cambiar: “No encontramos ni en qué gastar los 50 marcos de dieta que nos daban”, me contaba Calleja. Cuando regalaban insignias o llaveros la gente no se los quería coger en principio, porque pensaban que costarían mucho y no lo podrían pagar.

 

Hasta Franco se hizo eco de ese viaje, en sus conversaciones con su primo Francisco Franco Salgado-Araujo. Cuenta las impresiones que le transmitió el Doctor Garaizábal, médico del Atlético. Se le nota complacido por el relato que le hizo. El célebre libro dedica un párrafo al asunto.

 

El partido salió bien. Ganó el Atlético 0-1, con gol de Peiró. Era el 28 de marzo de 1962. El Atlético se sacaba la espina de un ridículo reciente, la eliminación de la Copa a pies del humildísimo Basconia, en partido de desempate en Valladolid. En aquel Basconia empezaba a despuntar Iríbar.

 

Y el miércoles 11 de abril tocaba jugar como local en Malmoe. El vuelo fue el lunes, en la SAS, el regreso el viernes, porque no había vuelo el jueves.

 

Los dos equipos compartieron hotel, y a los atléticos les resultó llamativo el régimen de vida los rivales. Comían en un salón aparte, entraban y salían de golpe, no se relacionaban con nadie. Eran viajes en los que siempre había miembros de la Stasi, la temible policía del terrible Erich Mielke, vigilando para que ninguno tuviera la tentación de quedarse en el mundo occidental. Mientras, los españoles coqueteaban con las suecas, que les encontraban muy simpáticos, entraban y salían libremente y hasta echaban ratos en el pequeño casino del mismo hotel.

 

Al partido asistió el cónsul español en Berlín. El estadio del Malmoe estrena iluminación. Hay lleno y victoria por 4-0, con dos goles de Jones y dos de Peiró. Marca abrirá a toda página: ‘El Atlético de Madrid, finalista de la Recopa’. Y dos sumarios: ‘4-0, en Malmoe superó al Motor Jena de punta a punta’. ‘Los rojiblancos jugaron en plan de exhibición’. Pero no gozaron de la foto de portada, reservada a la recepción de Franco a Llaudet, presidente del Barça, junto a sus directivos más Elola Olaso y Samaranch. La foto muestra a Llaudet leyéndole unas cuartillas a Franco y el pie explica que en el acto le regaló “una labor de artesanía, La Sagrada Cena, en mosaico, como recuerdo de la visita”.

 

Javier Barroso, presidente del Atlético, se muestra feliz por la clasificación, pero se lamenta: “En el Metropolitano podríamos haber reunido setenta mil espectadores. Entre el viaje y la menor taquilla esto nos ha costado cuatro millones”. Los dos partidos los jugaron: Madinabeytia; Rivilla, Chuzo, Calleja; Ramiro, Glaría; Jones, Adelardo, Mendonça, Peiró y Collar. La final fue contra la Fiorentina, campeona vigente. Hubo empate (1-1) y el desempate se retrasó hasta septiembre, porque se echó encima el Mundial de Chile. Ganó el Atlético, 3-0, con esa misma alineación, salvo Griffa por Chuzo. Griffa era el titular. Chuzo, comodín de categoría, le había suplido en las semifinales y en la primera final. Aquel equipo aún me sigue pareciendo el mejor que le he visto al Atlético.

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miércoles, 29 octubre 2014

Por Alfredo Relaño

Pizzinato, el pequeño Nicolás del Español

La página del Marca del 15 de agosto de 1948 en la que se anuncia en el fichaje de Pizzinato.

 

La peripecia del Pequeño Nicolás, ese peperillo audaz y entrometido que ha pisado los principales salones de este país a fuerza de labia, me sirve para desempolvar un curioso caso que se produjo en el fútbol, en tiempo tan lejano como 1948. Fueron protagonistas el Español y un señor que dijo ser y llamarse Alberto Pizzinato, italiano de nación, y que se presentó a sí mismo como una celebridad del fútbol transalpino.

 

El asunto fue curioso. Me lo contó hace algún tiempo mi amigo Bernardo Salazar y puede rastrearse en Mundo Deportivo y Marca a partir de mediados de agosto de 1948.

 

Un buen día se presentó en la frontera de Port Bou un señor muy depauperado. Decía ser italiano, estar huyendo de los comunistas, ser futbolista de profesión y buscar asilo político en España. Se le trasladó a la comisaría de Figueras, donde completó un relato novelesco. Había tenido que huir de Italia porque había sido conocido partidario de Mussolini, y de ahí que el movimiento comunista, tan fuerte en la Italia de la posguerra, la tuviera tomada con él. Había sido, contaba, jugador de gran mérito. Extremo izquierdo, aunque también podía desenvolverse como delantero centro. Había sido titular de la Selección Olímpica de Italia en 1936, en los JJOO de Berlín. Había jugado luego como profesional en la Ambrosiana, haciendo ala con Silvio Piola. La Ambrosiana es como se llamó el Inter en los años de Mussolini, porque lo de Internazionale podría evocar el concepto de la Internacional Comunista. La Ambrosiana era uno de los grandes equipos de Italia, y Piola, uno de los fenómenos de la historia. Piola tenía fama universal. Haber hecho carrera a su lado era todo un aval.

 

También declaró que durante la guerra había pertenecido al arma de artillería y combatido en distintos frentes. El derrumbe final del Eje le había pillado en Alemania, de donde había huido de la ola rusa hasta llegar, a pie, a Italia. Allí le encarcelaron los comunistas durante un tiempo. Cuando cobró la libertad, le confiscaron un bar-restaurante que había montado con sus ahorros de profesional antes de la guerra y no le dejaron jugar. Le acusaban de colaboracionista. Se fue entonces a Luxemburgo, a intentar una nueva vida como entrenador, pero allí se sintió vigilado. Había venido a España, de nuevo caminando (¡desde Luxemburgo!) y pasando hambre y calamidades porque sabía que sólo en España podía estar a salvo de los comunistas.

 

Tras tan sensacional declaración, le mandaron de Figueras a la Cárcel Modelo de la calle Entenza de Barcelona, no como detenido, sino como huésped a considerar. De ahí le trasladaron a la Cárcel Modelo de Las Ramblas. Allí le dieron ropa, cama y comida.

 

Quien primero se enteró de la presencia en la ciudad de esta especie de Rocambole del fútbol fue el Español, que se entusiasmó. Un crack italiano no era cualquier cosa. Italia había ganado el Mundial en 1934 y en 1938, y entre una cosa y otra, el torneo futbolístico de 1936, en Berlín. Era el primer torneo de fútbol olímpico en el que participaron sólo amateurs. La persistencia del fútbol en colar profesionales había acabado en su expulsión del Movimiento Olímpico. En Los Ángeles, 1932, no hubo fútbol. Regresó en Berlín, todos aficionados. Pizzinato, con 29 años cuando apareció en España, tendría 17 cuando los JJOO de Berlín. Muy joven, pero tratándose de un amateur no sorprendería tanto. Italia ganó el título, batiendo en la final a Austria, 2-1 en prórroga, ante 85.000 espectadores. De aquella selección olímpica saltaron varios al equipo que ganaría luego en París el Mundial-38. Era todo un aval. Y más lo del ala con Piola. Y perseguido por los comunistas, por más señas. Un mirlo blanco.

 

Así que el Español le firmó contrato a botepronto, sin la menor comprobación. En la época, por otra parte, no era fácil comprobar alineaciones de otros países, ni había grandes contactos internacionales por los que circulara el conocimiento. Y menos con dos guerras, la nuestra y la Mundial, por en medio.

 

El 11 de agosto, Pizzinato firma por el Español. Esa misma mañana acude a por él a la Cárcel Modelo el Gerona, recién ascendido a Segunda. Hace la gestión a través de su entrenador, Carlos Plattko, hermano del célebre portero al que cantó Alberti. Por la tarde se presenta Agustín Montal, presidente del Barça. (Su hijo también lo sería, mucho más adelante. Con él vendría Cruyff). Pero el jugador ya era del Español, cuyo presidente, Paco Sáenz, que había llegado al cargo en las Navidades, no cabía en sí de gozo. El Español tenía un equipo apañado, con jugadores estimables, singularmente Trías, Teruel, Parra, Rosendo Hernández y Artigas. Había sido finalista de Copa en 1947. Quizá Pizzinato fuera el empujón preciso.

 

El 11 de agosto, Pizzinato firma por el Español. Esa misma mañana acude a por él a la Cárcel Modelo el Gerona

 

La noticia del fichaje aparece en primera página de El Mundo Deportivo del 12 de agosto. Pizzinato es hospedado en La Manigua, un palacete colonial, rodeado de palmeras, donde estaban las oficinas del club y algunas habitaciones. Estaba situado detrás de una de las porterías de Sarrià. Lo administraba, cuidaba y habitaba la familia de Crisanto Bosch, glorioso extremo del equipo antes de la guerra. Allí pasó a vivir, a cuerpo de rey y a salvo de comunistas, el héroe de esta historia.

 

Pidió algún tiempo para enfrentarse al balón. Estaba demasiado estragado. Necesitaba fortalecerse. Así que le arrimaron solomillos y paellas en cantidad. Él salía a trotar al campo, aunque no demasiado intensamente, no fuera a hacerse daño.

 

El Marca del 15 de agosto se hace eco del caso en portada. El reportaje cuenta su peripecia e incluye una breve entrevista con él, en la que se declara muy agradecido:

—Hace año y medio que no juego; pero en cuanto recupere algo de peso y me haya recuperado, creo que podré dar buen rendimiento y recordar con acierto mis temporadas mejores, cuando hacía ala con Piola. Tengo 29 años, no me considero veterano... Y nada más que rogarle haga patente mi emocionado agradecimiento a todos los que me han recibido con los brazos abiertos, haciendo alto honor a la reconocida hospitalidad española y a la hermandad del deporte, que no conoce otras luchas más que las de los terrenos de juego.

 

Pidió algún tiempo para enfrentarse al balón. Estaba demasiado estragado. Necesitaba fortalecerse. Así que le arrimaron solomillos y paellas en cantidad

 

Pepe Espada, el entrenador, pretendió convencerle para que el día 28, cuando ya llevaba más de dos semanas de relax, jugara al menos un tiempo en un amistoso en Granollers. Pero se resistió. No estaba a punto, temía hacer el ridículo. Él prefería seguir en lo suyo: buena mesa, buena cama y trotecillos por Sarrià, que era como el jardín de su casa.

 

Pasó otra semana y a Pepe Espada se le acabó la paciencia. Un día le cogió del cogote para decirle que o se metía en el partidillo de titulares contra suplentes o se iba de allí en ese mismo instante. Sólo entonces cantó de plano. No era futbolista, nunca lo había sido. Ni Berlín, ni Piola, ni nada. Pero podía servir en el club para alguna tarea...

 

Como la única tarea para la que había servido era para empujarse las paellas y los solomillos de la señora de Bosch, le mandaron con viento fresco. El Español no dio explicaciones. Tampoco en la prensa aparecen. Bochorno, me figuro.

 

De su carrera en el fútbol queda como único vestigio aquel lejano cromo. No le busquen en la alineación de Italia en Berlín, ni en ninguna de la Ambrosiana. Ni del Español tampoco. Fue el futbolista que nunca existió.

 

Fue el Pequeño Nicolás de nuestro fútbol. Sólo que tardaron menos en detectarle.

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miércoles, 22 octubre 2014

Por Alfredo Relaño

Un homenaje nacional a Zarra

Di Stéfano, Zarra, Wilkes y Kubala. / MARCA

 

 

Estos días se habla mucho de Zarra por el asalto de Messi a sus 251 goles. Quizá sea la ocasión de desempolvar un partido singular, El Homenaje Nacional que se le tributó en el Bernabéu el jueves 29 de abril de 1954, cuando su estrella declinaba. Un hecho sin precedentes entonces en nuestro fútbol. Sólo Zamora, años más tarde, tendría un reconocimiento así.

 

Zarra, Telmo Zarraonandía Montoya, que reunía sangres vasca y gitana, fue jugador de dinastía. Sus dos hermanos mayores, Tomás y Domingo, jugaron antes de la guerra. Tomás fue portero del Arenas de Guecho y del Oviedo, y aun en la posguerra jugó en Osasuna. Domingo fue extremo izquierda del Arenas de Guecho. Murió en la guerra, en el frente del Ebro, combatiendo en las filas de un Tercio Requeté.

 

Telmo, nacido en 1920, apareció al final de la guerra, en el Erandio y ya para la 40-41 le incorporó el Athletic, tras un partido de selecciones Vizcaya-Guipúzcoa en el que marcó seis de los nueve goles de los suyos. Para el Athletic, con el equipo desarmado por la guerra y la excursión sin regreso de la selección de Euskadi, Zarra fue pieza esencial en la reconstrucción.

 

Pronto se hizo jugador favorito de todas las aficiones. Entonces el Athletic tiraba mucho. Había sido el gran equipo de la preguerra y su insistencia en contar sólo con jugadores de la tierra se veía bien en todas partes. Zarra era además extremadamente correcto, hasta el punto de haber echado dos veces la pelota fuera, desperdiciando la posibilidad de rematar a puerta, por lesiones de sendos rivales: una ante el Málaga, cuando el caído era el central Arnau, y otra ante el Depor, con Ponte en el suelo. Enseguida apareció en la selección y sus goles eran los goles de todos. Sobre todo lo fue el que sirvió para ganar a Inglaterra en Río, en 1950, cantado por Matías Prats. Ese gol hizo feliz a una generación.

 

Para la 52-53, cuando Marca, el deportivo de la época, crea, entre otros, el trofeo Pichichi, lo gana Zarra, como no podía ser menos. Fueron 26 goles en 30 partidos, una buena cifra, aunque por debajo de los 38 que había marcado dos temporadas antes. Pero era el primer Trofeo Pichichi como tal y nada más lógico que lo ganara él. Estaba en el máximo de su gloria, eje del ataque más nombrado de nuestro fútbol: Iriondo, Venancio, Zarra, Panizo y Gaínza.

 

Pero justamente entonces llegó el bajón. Le alcanzó el tiempo, como diría Alfonso Guerra. La 53-54 fue conocida por los aficionados bilbaínos como la del Ocaso de los Dioses. La gloriosa delantera, que avanza en la treintena, va dejando paso a una nueva generación, los Arteche, Marcaida, Arieta y Uribe. Sólo Gaínza aguantará unos años más. A Zarra le empuja Ignacio Arieta, máximo goleador del Athletic ese año

Zarra, en un partido con el Athletic

 

El ocaso de Zarra, su caída en la suplencia, causa dolor nacional. Tan es así, que el General Moscardó, delegado nacional de Deportes, cursa el 23 de noviembre de 1953 un oficio a la Federación con instrucción de que se le organice a Zarra un homenaje. Y la Federación, que preside Sancho Dávila, falangista de primera hora, se pone a ello.

 

Por en medio se produce un suceso que nos confirma que sin Zarra no somos nadie: Turquía nos elimina, tras desempate y sorteo, del camino del Mundial de 1954. Tras haber sido cuartos en Brasil 50, no vamos a estar en Suiza 54.

 

Así que se decide no contratar ningún equipo extranjero, sino convertir la jornada en una especie de exaltación del fútbol nacional al tiempo que una busca de valores para la selección. Sólo habrá jugadores españoles, salvo las cuatro grandes estrellas extranjeras del momento: Kubala, Di Stéfano, Wilkes y el meta Domingo. El propio Zarra compone dos equipos, una selección Centro-Norte y otra Levante-Cataluña. La única presencia andaluza será el asturiano del Sevilla Campanal II, que no llegará a jugar. Antonio Barrios entrenará al Centro-Norte, que vestirá de blanco. Benito Díaz, al Levante-Cataluña, que vestirá de azul. Ningún club regatea un solo jugador. Es más: pagan el desplazamiento. El Ayuntamiento de Madrid exime al partido de dos impuestos que en la época gravaban los espectáculos deportivos, el de Protección de Menores y el de Consumo, que reduce a 500 simbólicas pesetas.

 

El partido se fija para el 29 de abril de 1954. Por desgracia, ese día llueve mucho en Madrid. “Llovió como cuando enterraron a Zafra”, escribe un cronista. No hay lleno total, pero la entrada es magnífica. A las 5:30 saltan al estadio de Chamartín (aún no rebautizado como Bernabéu) los dos equipos:

 

Centro-Norte: Carmelo; Martín, Lesmes I, Lesmes II; Muñoz, Garay; Atienza, Coque, Zarra, Di Stéfano y Gaínza. Tras el descanso entrarán Eizaguirre, Venancio, Mújica y Panizo por Carmelo, Lesmes I, Muñoz y Coque.

 

Levante-Cataluña: Domingo; Argilés, Biosca, Segarra; Pasieguito, Puchades; Basora, Wilkes, Kubala, César y Manchón. Tras el descanso, Bosch por Pasieguito y Marcet por Kubala.

 

En la puerta, se ha entregado a cada uno de los 80.000 espectadores una hojita con el himno a Zarra, composición del maestro Urrengoechea y letra de Pedro Montes. Al salir los equipos al campo, la megafonía emitió la música y el público lo cantó a coro. Fue tremendo. Este era aquel texto:

 

Tiene España un futbolista que / es ejemplo de valor / recio temple, bravo estilo / e indudable pundonor. / Su nobleza es peculiar / siendo para la afición / el jugador caballero / de más grande corazón. / Sus triunfos en el Athletic / y el equipo nacional / le han cubierto de laureles / del fútbol universal.

Cantemos con alegría / a esa figura bizarra / gritando ¡Viva Munguía! / ¡Zarra, Zarra, Zarra!

Cuando Zarra sale al campo / le aplauden con ilusión / todos los hinchas de España / porque colma su emoción. / De su cadena gloriosa / son eslabones sin fin / San Mamés, Río de Janeiro, / Colombes y Chamartín. / Desde Amberes no ha tenido / nunca el equipo español / un ariete que se vaya / con más decisión al gol.

Cantemos con alegría / a esa figura bizarra / gritando ¡Viva Munguía! / ¡Zarra, Zarra, Zarra!

 

No era natural de Munguía exactamente, pero como tal se le tenía, pues su padre había sido jefe de la estación de tren de esa localidad. Lo de Amberes alude a la gesta de 1920 en esa ciudad, con la plata olímpica para la selección.

 

Todo salió redondo después. Ganaron los de blanco, los de Zarra, por 4-3, y el último de los goles fue, justamente, el suyo. Di Stéfano estuvo cumbre y Ramón Melcón, el seleccionador, tomó nota de varios buenos jóvenes con los que iniciar la renovación: Argilés, Biosca, Segarra, Bosch, Garay, Coque, Manchón. A Zarra le quedaron 823.000 pesetas, un dineral en la época.

 

A fin de temporada subió a Segunda el Indauchu, que jugaba en Garellano, a dos manzanas de San Mamés. Zarra se enroló con ellos. Las visitas del Indauchu fueron un maná rodante para los rivales de Segunda, porque la visita del club bilbaíno era llenazo seguro. Y cantaban a coro aquella estrofa: “Cantemos con alegría / a esa figura bizarra /, gritando: ‘¡Viva Munguía! / ¡Zarra, Zarra, Zarra!”.

 

Luego, un año en el Baracaldo, y la misma historia. Hasta que por fin bajó el telón.

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miércoles, 15 octubre 2014

Por Alfredo Relaño

‘El Himno de Riego’ en el verde Edén

Sepain

La selección española posa antes de enfrentarse a Checoslovaquia en 1967. / AS

 

 

 

El Himno de Riego no se había vuelto a oír en España desde la República. Los chicos de la época ni sabíamos de él. Pero el 1 de octubre de 1967 irrumpió en los salones de todas las casas, a través del televisor. El día siguiente no se hablaba de otra cosa.

 

Eran tiempos en que andábamos enfurruñados con la selección. Tras la victoria en la Eurocopa de 1964, habíamos dado el cante en el Mundial 66. Eso le costó la salida a José Villalonga, que dio paso a Domingo Balmanya, un catalán grueso y afable, ex jugador del Barça a caballo de la Guerra Civil. Su objetivo era la Eurocopa de 1968, con fase final en Italia. Nos tocó en el Grupo I, con Irlanda, Turquía y Checoslovaquia, que reunía lo que hoy son la República Checa y Eslovaquia.

 

Lo que hizo Balmanya no gustó. Mucho medio campo y sólo dos delanteros. Un fútbol egoísta, muy a la italiana. Los partidos se fueron desgranando un poco al buen tuntún, no como ahora, que estos grupos se juegan en jornadas completas. Con su táctica ramplona, Balmanya sacó sendos empates a cero en Dublín y en Estambul. En casa ganamos a ambos rivales por 2-0, en Valencia y Bilbao. Este de Bilbao, ante Turquía, el 31 de mayo de 67, sigue siendo el último partido jugado por la selección en el País Vasco. Ese día, quién sabe si como homenaje al clasicismo de San Mamés, Balmanya alineó dos extremos de verdad, Ufarte y Gento.

 

En esas estábamos cuando se nos venían encima los partidos de Checoslovaquia, ambos en octubre. Checoslovaquia nos sacaba una ventaja: había ganado en Dublín. Así que en el doble duelo, habría que hacer algo más que ellos. Era crucial empatar allí.

 

 

Cuatro días antes del partido se organizó en el Bernabéu un partido en Homenaje a Ricardo Zamora, el gran portero de España entre el 20 y el 36. Aún retenía el récord de partidos en la selección. Está algo olvidado, pero en su día fue una celebridad Mundial, al grado que lo haya sido, por ejemplo, Michael Jordan en años recientes.

 

Jugaron España y una selección mundial, se anunció como ensayo para lo de Praga. La selección mundial se quedó al final en europea, por ausencia de aportaciones del otro lado del charco: Sarti; Burgnich, Ure, Schnellinger; Cooke, Coluna; Hamrin, Mazzola, Eusebio, Rivera y Corso. Entre el Inter, el Milan y el Benfica salvaron el homenaje. Por España jugaron Iribar; Sanchís, De Felipe, Reija; Glaría, Gallego; Ufarte, Grosso, Marcelino, Adelardo y José María. Las alineaciones se recitaban así, al 1-3-2-5, pero con esos jugadores España no tenía más ataque real que Ufarte y Marcelino.

 

El partido resultó fatal. España no hizo nada y perdió 3-0. Además se lesionó De Felipe de un menisco que le daría la lata ya el resto de su carrera; al retirarse, volvió a entrar José María, que había dejado su sitio a Bueno, lo que contribuyó a la sensación de chapuza. En la selección mundial entraron como suplentes durante la segunda mitad tres extranjeros de la Liga española, Benítez, Goywaerts y Waldo. Buenos jugadores, pero no de selección mundial. La gente se fue de un humor de perros. Zamora hubiera merecido algo mejor, y el juego de la selección, a cuatro días de Praga, fue infumable.

 

Allá viajó el equipo con Pirri y Amancio, que habían faltado en el Bernabéu porque el domingo anterior regresaron tocados de Zaragoza. La víspera hay tensión entre Balmanya y Amancio, porque este dice que no está para jugar (tiene un bocadillo en el muslo izquierdo) pero Balmanya opina que sí, que está para jugar.

 

El partido es el domingo 1 de octubre, a las tres de la tarde, y va a ser televisado. Es el XXXI Aniversario de la exaltación de Franco a la Jefatura del Estado. La prensa del día lo recuerda, como señala la tensión Balmanya-Amancio.

 

Se juega en el campo del Slavia, llamado Edén. Matías Prats narra la salida al verde Edén de Iribar, Sanchís, Tonono, Reija, Pirri, Gallego, Amancio, Grosso, Marcelino, Adelardo y José María. Forman, preceptivamente, junto a los que llamábamos, mal, checos, apócope inadecuado. Suenan los himnos, interpretados por una banda militar a pie de campo.

 

Pero a España no le dedican La Marcha Real, sino El Himno de Riego. Inidentificable para la población joven, pero no así para los que nacieron en el 30 o antes. En el palco, los directivos españoles se agitan con incomodidad. En las casas, según quién, se reacciona con indignación o con cierto regocijo. Luego, el himno local, tras el cual los checoslovacos disuelven la formación. Y a continuación los españoles, que creen que ha habido un olvido.

 

El partido es malo. España pierde por 1-0. Apenas chuta a puerta. Lo más cerca que está del gol es en un tiro libre de José María que da en un palo, rebota en el meta Viktor y éste se revuelve y atrapa en la raya. El gol local llega en un mal tiro de Horvath que pega en un pie de Tonono y descoloca a Iribar. Todo feo y espeso.

 

Y queda lo peor: afrontar el enfado de las autoridades por la ofensa comunista. El Himno de Riego no era visto entonces, como puede ser ahora, como el himno de España de un tiempo pasado, sino como el himno de la antiespaña. Sale a relucir que Lafuente Chaos, presidente de la Federación en 1960, había exigido en un Argentina-España, en el campo del Ríver Plate, que se retirara de una grada una bandera republicana de 10 metros de largo, colocada a modo de pancarta. Salió a relucir también un caso de Manolete en México, cuando pidió que se quitara una banderita republicana de la mesa en una recepción en la embajada de Ecuador. Aquello lo agrandó la leyenda, convirtiéndolo en que habría hecho retirar una bandera republicana de la Monumental de México, tras el paseíllo, bajo amenaza de no torear.

 

El presidente de la Federación era José Luis Costa, que se vio a contrapié. Médico de carrera, había sido jugador del Zaragoza y del Atlético y directivo de este club. Un hombre de categoría, metido en un apuro. Por edad, tenía que conocer El Himno de Riego. Por posición, tendría que haber actuado. Alguien en su defensa esgrimió que la pieza estaba tan mal interpretada que podía confundirse con elOriamendi, el himno carlista, muy grato al Régimen y que se oía mucho en España.

 

Pero no, fue El Himno de Riego. Y había sonado en todos los sagrados hogares españoles en pleno domingo, el Día del Señor, a la hora de comer, con toda la familia reunida. Y, para más inri, en el aniversario de la exaltación de Franco a la Jefatura del Estado. Provocación comunista sin respuesta de la Federación.

 

No fue provocación, sino error. España había jugado allí el 26 de abril de 1936, tiempo aún de la República, y todavía estaba por allí guardada esa partitura. La buscaron, la desempolvaron, la ensayaron y la tocaron con toda formalidad. Costa aterrizó en España con una carta de disculpas firmada por el presidente de la Federación Checoslovaca, muy bien redactada y que deploraba el incidente. El Delegado Nacional de Deportes, Benito Castejón, le esperó a pie de avión. Juntos capearon la crisis.

 

Eso sí: no faltó quien recordara que el Madrid tomaba siempre una precaución cuando viajaba más allá del Telón de Acero: Saporta llevaba la bandera y el himno.

 

Aquella fase de grupo tuvo un final con estrambote. Balmanya llegó a dimitr ante la ventaja de puntos de los centroeuropeos, que parecía insalvable. Pero Checoslovaquia perdió en casa con Irlanda y eso nos metió de rebote. Balmanya volvió un poco a rastras (tenía previsto un gran contrato como secretario técnico del Barça) para la eliminatoria de cuartos, con Inglaterra. Eran los campeones del mundo y nos ganaron, con Charlton a la cabeza, allí y aquí. Así dejamos la corona del 64.

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