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jueves, 28 agosto 2014

Por Alfredo Relaño

Los años del Córdoba y del Cordobés

El Córdoba C.F. apareció en Primera en la 62-63, sólo ocho años después de su fundación, fusión de dos clubes locales, el RCD Córdoba y el San Álvaro. Fue un ascenso en circunstancias curiosas. Llegó a la última jornada como líder del Grupo Sur, con un punto más que el Málaga, pero con el goal average perdido. Tenía que ganar en Huelva para asegurar el ascenso. Como el Recreativo no se jugaba nada, el Málaga le primó de una forma realmente singular: le pagó cuatro días de ejercicios espirituales, en parte para asegurar su descanso y en parte para mover su conciencia a la virtud. No sirvió de mucho: el Córdoba ganó 0-4, con tres goles de Miralles, héroe del ascenso. Ese Córdoba jugó después contra el Depor de Amancio y Veloso, campeón del Grupo Norte, por el título honorífico de campeones de Segunda, y salió ganador.

Cordobes1
 

Aquel era un equipo bien hecho por Olsen, exjugador del Madrid y del propio Córdoba. Futbolista en buena edad y con cierto recorrido en equipos de Primera o de lo mejor de Segunda. Bastaron los mismos más el central Mingorance, fichado del Granada, para mantenerse en Primera con serenidad en la temporada de su presentación. Otros fichajes (Castaño, Egea…) no llegaron a hacerse sitio fijo. Eran tiempos de alineaciones de memoria: Benegas; Simonet, Mingorance, Navarro; Ricardo Costa, Martínez; Riaji, Juanín, Miralles, Paz y Homar. Riaji, marroquí, era la estrella de importación. Juanín, criado en el Betis, era el cerebro, el favorito de la afición, junto al goleador Miralles.


La última jornada de la 63-64 ocurrió una tragedia que conmocionó a toda España. Un autobús que reforzaba la línea de Pío XII al campo de fútbol, El Arcángel, cayó al Guadalquivir. Murieron 11 personas. Eran rezagados que iban al partido, que comenzaba a la hora del accidente. En la ciudad cundió el pánico, porque todo el que tenía familiares en el fútbol tuvo razones para temer. La megafonía del campo dio multitud de avisos llamando a familiares. En medio de esa confusión, el Córdoba ganó 4-0 al Levante, un gran resultado que descartaba el riesgo de la promoción, pero nadie lo celebró. Al final, el campo estaba casi vacío.

 

El zapatazo llegó en la temporada 64-65. Terminó quinto. En casa ganó todos los partidos menos tres que empató. Sólo encajó dos goles, uno de Di Stéfano, para el Espanyol, el otro en propia meta. Fue el curso de la irrupción de Reina, aún juvenil. Salió del Santiago, un equipo local, y su aparición, de la mano de Ignacio Eizaguirre, entrenador, glorioso portero en los cuarenta, fue estelar. Entonces se daba por sentado que los porteros necesitaban más maduración que los jugadores de campo. Un portero de 18 años era extraordinario. Se mantenía, aún, a grandes trazos, el equipo del ascenso, aunque con algunos refrescos, como el ex madridista Luis Costa, extremo de la generación de Velázquez, o el fino interior Tejada, surgido, como Reina, del Santiago. La alineación también se recitaba de memoria: Reina; Simonet, Mingorance, López; Martí, Ricardo Costa; Luis Costa, Juanín, Miralles, Tejada y Cabrera.

 

Eran los años del estallido de El Cordobés. Córdoba estaba de moda. Es difícil explicar a quien no lo vivió el grado de popularidad que alcanzó en esos años El Cordobés, con su leyenda del robagallinas que llegó a ser habitual de las cacerías de Franco. Revolucionario en su toreo, detestado por los aficionados clásicos, arrebataba a los grandes públicos. Le llevaba El Pipo, un genio del marketing cuando no se sabía lo que era eso. Ni juntando ahora a Nadal, Gasol, Alonso, Márquez, Casillas, Iniesta y los mejores toreros del momento se construiría una montaña de popularidad como la que levantó él. Fuera de España fue tan célebre como aquí. El libro O llevarás luto por mí, de Lapierre y Collins, fue best seller mundial. Aún recuerdo que el día de su presentación en Madrid, en mayo de 1964, en mi colegio nos dieron suelta una hora antes para que se pudiera ver la corrida por televisión.

El Cordobés fue gran hincha del equipo. En lo posible, no fallaba a un partido. Siempre invitado al palco, repartiendo abrazos efusivos en cada gol o puñetazos simulados si el gol era en contra. Muchos jueves participaba en el entrenamiento. Los jueves siempre había partidillo. Como las plantillas eran cortas, se completaban dos equipos con algún juvenil, algún ex, el segundo entrenador… El Cordobés, un apasionado, acudía mucho, aprovechando que la temporada de fútbol va a contrapié con la de toros. Miralles, con el que me vi hace poco en su Xàtiva natal, recuerda aquello con simpatía: “Se apañaba. Jugaba de medio, iba y venía, corría sin parar. Siempre estaba donde el balón. Con él en los pies era otra cosa, claro. Pero tenía un entusiasmo…”.

 

Ese entusiasmo le llevó tiempo más tarde a proponer una extravagancia: su propio fichaje, sólo que poniendo el dinero él. Eso fue ya a finales de la 67-68. Al cabo de cinco años en Primera, el Córdoba empezó a sufrir el peso de los sueldos que en la categoría debía pagar. Y fue traspasando jugadores. Mingorance y Miralles, al Espanyol, Tejada al Madrid, Reina al Barça. Ricardo Costa se mató en accidente de tráfico, lo que fue un impacto tremendo. Empezaron los apuros.

 

Fue entonces cuando, en marzo de 1968, El Cordobés lanzó su ofrecimiento. Era muy amigo del entrenador, Marcel Domingo, y entre bromas y veras, entre que este no supo decirle que no o le pareció bien probar, urdieron la propuesta: El Cordobés pagaba un millón de pesetas a cambio de jugar tres partidos. Aspiraba, por así decir, a una triple oportunidad. El escrito, tal como fue enviado al club y apareció en la prensa, fue este:

 

“Yo, Manuel Benítez, El Cordobés, me comprometo a fichar y a jugar a las órdenes de don Marcel Domingo, entrenador del Córdoba C.F., siempre que lo considere oportuno. Bajo las condiciones que yo, Manuel Benítez Pérez, manifieste. Pongo a disposición del Córdoba C.F. que Marcel Domingo entrena la cantidad de un millón de pesetas a fondo perdido siempre que me den tres partidos a jugar de oportunidad, en las temporadas que yo indique. En la temporada 67-68 jugaré un partido, pero si el entrenador señor Domingo lo considera oportuno jugaré los dos restantes. En caso contrario me comprometo en jugar los dos partidos en los ocho primeros de la Liga 68-69. Manuel Benítez Pérez, al final de los tres partidos queda libre de todo compromiso con dicho club, perdiendo el mismo todos los derechos de opción y retención de cualquier clase sobre el jugador”. Firman él, Marcel Domingo y tres testigos.

 

El club no accedió, claro. Marcel Domingo, el complotado, ni siquiera acabó la temporada. Le sustituyó Argila, que consiguió mantener al equipo tras el susto de una promoción con el Calvo Sotelo. En la 68-69 ya bajó el Córdoba. Kubala sustituyó a Argila en diciembre. No pudo salvar al equipo, pero sacó buenos jóvenes. Quedó bien. De ahí saltó a seleccionador. Aún volvería, fugazmente, en la 71-72. Era ya el Córdoba de Manolín Cuesta. Nada más subir, Verdugo fue traspasado al Madrid, por ocho millones y las cesiones de Fermín y Del Bosque. El equipo llevaba ya semanas descendido cuando en la penúltima jornada recibió al Barça, que se jugaba la Liga. Traía de portero a Reina. Ganó el Córdoba, 1-0, gol de penalti del madridista Fermín. El Madrid ganó esa Liga y cada jugador del Córdoba recibió 100.000 pesetas. Varios se compraron un piso con esa prima.

 

El Córdoba no ha estado muchas temporadas en Primera, pero fueron sonadas. Ahora vuelve, a los 43 años. Es un gusto reencontrarle.

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domingo, 24 agosto 2014

Por Alfredo Relaño

El Infante Felipe se declara atlético

El 11 de enero de 1976 se enfrentaron el Atlético y el Madrid en el Manzanares. El Madrid era el líder. Era la jornada diecisiete, última de la primera vuelta. Se trataba de la primera Liga de la Transición. Franco había muerto el noviembre del año anterior. Aquel partido fue escogido por la Familia Real para acudir por primera vez a un espectáculo deportivo. En realidad, para asistir por primera vez a un gran evento público. Acudieron el flamante Rey, Don Juan Carlos, su esposa, Doña Sofía, y el hijo varón, Felipe. Hoy Felipe VI, Rey de España. Entonces, un niño al que le faltaban tres semanas para cumplir los ocho años.

Principe1

Fue un partido apasionante, ganado por el Atlético por 1-0, gol de Leal. Para situar mejor al aficionado en la época, estas fueron las alineaciones:

Atlético: Reina; Capón, Eusebio, Pereira, Panadero Díaz; Marcelino, Leal, Adelardo, Bermejo; Leivinha (Gárate, 85') y Ayala (Bermejo, 46', luego Aguilar, 85').

Madrid: Miguel Ángel; Uría, Benito, Pirri, Camacho; Del Bosque, Velázquez, Netzer; Amancio, Santillana y Roberto Martínez.

 

As tenía entonces una pareja de reporteros, Heras Lobato con la pluma y Antonio Alcoba con la cámara, que hacían una página de ambiente, con entrevistas en el palco y en las gradas, muy seguida. Se publicaba en la última el día siguiente al partido bajo el epígrafe Show en las Gradas. Ese día, Heras Lobato entendió que lo suyo era ir a por la Familia Real:

 

—Pedimos permiso, claro, y Santos Campano, el vicepresidente, preguntó a alguien y nos dijeron que sí. Nos sorprendió la poca bulla que había en torno al Rey. Me refiero a acompañantes, seguridad y todo eso. Mucho menos que Franco, que iba a las finales de Copa mucho más custodiado y rodeado. ¡Y Juan Carlos ya era el Rey!

 

Juan Carlos les vaciló cariñosamente. Falseó la voz, les dijo que estaba afónico, y les encaminó hacia su hijo. Y ahí se produjo la revelación que tanto dio que hablar en adelante.

 

Lo que sigue es la reproducción del tramo del reportaje en el que el protagonista es Felipe, tal como se publicó el día siguiente, 12 de enero de 1976:

 

"—Mira, estos señores quieren hablar contigo.

El príncipe sonrió y dijo que 'bueno'.

—¿Has visto muchos partidos?

—No.

El Rey aclaró:

—Es el primero que ve en el campo.

—¿Le está gustando?

El Príncipe, un poco cohibido, respondió:

—Mucho.

—¿De qué equipo es?

No lo dudó un instante:

—Del Atlético.


El padre sonrió. Todos sonreímos. El Príncipe se hizo el amo por el desparpajo con que dio la respuesta. Alguna mujer hasta le dijo un piropo al niño. Y luego comentó: 'Es sólo una criatura y se ha ganado a España".

 

La victoria colocó como líder al Atlético. Aunque al final esa Liga la ganaría el Madrid, el Atlético sería campeón de Copa, con un 1-0 sobre el Zaragoza. Marcó Gárate y aquel fue su último gol. Una prematura y rara lesión pudo con él. Aunque aún se llamó Copa del Generalísimo, porque Franco vivía cuando empezó la temporada futbolística, la entregó el Rey Juan Carlos. A su lado, el niño Felipe sonreía feliz en las fotos. Algunas radios captaron sus palabras ese día y de nuevo se manifestó Atlético.

 

Al Atlético, que entonces presidía Calderón, le alegró mucho aquella inclinación atlética de Felipe y la cultivó. Le hicieron padrino de los actos del LXXV Aniversario, que culminaron con un Atlético-Brasil como cierre de una tarde-noche festiva en la que Rafaella Carra cantó embutida en cuero negro aquello de que para hacer bien el amor había que venir al Sur, enloqueciendo a la parroquia. Los hijos del vicepresidente, Salvador Santos, hicieron amistad con él y la familia visitaba con frecuencia La Zarzuela, en muchas ocasiones con Vicente Calderón. Mientras los chicos jugaban, Juan Carlos aprovechaba para que ellos le comentaran cosas de la calle.

 

Al Madrid, de clara tradición monárquica (lleva el título de Real y la corona por concesión de Alfonso XIII, bisabuelo de Felipe VI) aquello le gustó a medias. Raimundo Saporta, en sus encuentros off de record con periodistas en su chalé de la calle Serrano, solía deslizar que no era tan así, que como era bien sabida la filiación madridista del padre, se había lanzado la especie de que Felipe era del Atlético para compensar. Un poco para no alarmar demasiado a Cataluña, decía.

 

El Atlético manejó la relación a través de Santos Campano, por un lado, y Antonio Villacieros, Jefe de Protocolo de la Casa Real, por otro. Casi cada año le regalaban una equipación. También le enviaron reproducciones de los trofeos y algún regalo más. De todas esas cosas ha hecho donación ahora, convertido ya en Felipe VI, y el Atlético las exhibe en su museo (muy recomendable, por otra parte, una gran obra de Pablo Ornaque) situado en los bajos del estadio. También Cerezo, actual presidente, cuidó esa relación. En un simpático acto regaló a Felipe y Letizia unos patucos del Atlético para el primer bebé que viniera.

 

Con todo, hay gente que lo pone en duda. Los que han tratado al nuevo rey le encuentran más bien escéptico con el fútbol. Los atléticos se sintieron decepcionados cuando al besamanos en La Zarzuela no invitó a Cerezo y sí a Florentino, pero la invitación a éste no fue hecha como presidente del Madrid, sino de ACS.

 

Curiosamente, esta Supercopa enfrenta a doble partido al Madrid y al Atlético y el partido de vuelta será en el Manzanares. El mismo partido en el que debutó como aficionado e hizo su declaración atlética. Aún no se sabe si acudirá ni si hará la entrega. La Supercopa la suele entregar Villar.

 

Pero al cabo de los años, Heras Lobato no tiene dudas:

—Mira, no sé si ahora es o no es, si le gusta o no el fútbol. Pero aquel niño era del Atleti, seguro. Se le veía en la mirada, en la sonrisa, en lo contento que estaba.

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domingo, 17 agosto 2014

Por Alfredo Relaño

Campanal II, el coco del Madrid

Repasando revistas antiguas, topé con una entrevista a Di Stéfano en El Gráfico, mítico semanario argentino. Le preguntaban por los defensas centrales de España:

—En España hay muy buenos defensas centrales, como Garay, Parra... Pero cuando me tengo que enfrentar siempre a ellos, suelo dormir bien la noche antes. Sin embargo, cuando tengo que jugar contra Campanal no puedo conciliar el sueño.

Una vez le pregunté por él a Kopa, y enarcó las cejas:

—¿Campanal? ¡La catastrof!

Marcelino Campanal, Campanal II en sus inicios, se llamó así en honor a su tío materno, delantero centro de la delantera sevillista conocida como Los Stuka: López, Pepillo, Campanal, Raimundo y Berrocal. Huérfano de guerra, su madre le mandó a Sevilla, con su tío. Ni uno ni otro se llamaban Campanal. Ese nombre era el de una marca de fabadas de la familia. Campanal I se llamaba en realidad Guillermo González, y Campanal II, Marcelino Vaquero González. Pero entre ambos hicieron de aquella vieja marca de fabadas una palabra con resonancias de leyenda futbolística.

Campanal
Si Guillermo Campanal, Campanal I, fue un gran delantero centro, su sobrino, Campanal II, fue un defensa de rompe y rasga, espléndido jugador, atleta superdotado que no despuntó en esta modalidad deportiva porque no se dedicó a ella. Le midieron 10,8s en 100 metros lisos y 7,25m en longitud, registros que en su momento le hubieran dado sendos récords de España. Se discutía si en 60 metros ganaría Gento o ganaría él, pero nadie discutía su superioridad en el salto sobre cualquier otro, porque tal cosa se podía comprobar palmariamente en las fotos, en las que se le veía siempre dominando a cualquiera con la misma superioridad que mostró años después Santillana: la cadera, o incluso las rodillas, a la altura de la cabeza del rival.

Era un tipo caliente, un camión sin frenos, un bravo dispuesto a dejarse el último centímetro cuadrado de piel en cualquier jugada. Ganador. O el que nunca se entrega en caso de derrota. Tanto carácter le costó una vez dos días de prisión en Portugal, hecho sin precedentes ni consecuentes, que yo conozca. Fue con ocasión de un partido amistoso en Oporto, que no lo fue tanto. El Oporto esperaba en aquel partido al Sevilla con sangre en el ojo, por la lesión grave pocos días antes de su jugador Duarte en partido jugado contra el Espanyol. Poco tenía que ver el Sevilla en aquello, pero la rivalidad hispano-lusa, muy latente en aquellos años, cargó de tensión el partido. Avanzada la segunda parte, un salto del lateral sevillista Santín, sobre el extremo izquierda portugués, Morais, desencadenó la tormenta. Teixeira, delantero centro portugués, acudió a agredir a Santín y allí se lió la de San Quintín.

Saltó la policía, el árbitro dio por terminado el partido y todo el Sevilla ganó el túnel salvo Campanal, que se hizo con un banderín de córner y no dejó títere con cabeza. Atacado por todos, público, policía y jugadores del Oporto supervivientes, se refugió en el rincón de una portería para protegerse con la red y que no le atacaran por detrás. Cuando por fin fue reducido, le llevaron a un calabozo, donde pasó dos días, hasta ser rescatado previo pago de una fuerte multa y con la intervención del embajador de España en Portugal, a la sazón José Ibáñez, sucesor en el cargo de Nicolás Franco.

Pero estaba con el Sevilla y el Madrid. Se enfrentaron en la tercera Copa de Europa, temporada 57-58. El Madrid había ganado el curso anterior Liga y Copa de Europa. Participaba como campeón de Europa. Su plaza como campeón de Liga corrió a favor del Sevilla, segundo en la Liga 56-57. El Sevilla había alcanzado esa plaza gracias a la buena mano de Helenio Herrera, pero este ya se había ido, y nada era lo mismo. Con todo, el Sevilla avanzó eliminatorias hasta cuartos de final, cuando choca con el Madrid. Poco antes han jugado en la Liga, en el Sánchez Pizjuán, y ha ganado el Sevilla 3-2.

El partido del Bernabéu se juega con pasión por ambas partes, y con el fútbol encendido. Es el primer choque entre dos equipos españoles en Europa. Al descanso se llega 2-0 y el segundo gol del Madrid es de antología, con un centro de Gento desde la izquierda que dejan pasar entre las piernas Di Stéfano y Marsal y finalmente Kopa remata a gol. Quizá el tanto más bonito del Madrid en aquel serial de las cinco primeras copas. En la segunda parte, el Sevilla defiende el fondo sur, helado, porque allí nunca daba el sol y estábamos a 23 de enero. El marcador se eleva hasta el 8-0. Con el 4-0, hay una bronca. Campanal pega a Marsal, el árbitro expulsa a los dos. Luego se sabrá que Marsal había escupido al sevillista.

La vuelta la gana el Sevilla 2-0. El Madrid sigue. Será campeón por tercera vez consecutiva. Queda sangre en el ojo.

El último día de agosto de ese mismo año vuelven a enfrentarse en el Trofeo Carranza. El Sevilla había ganado las tres primeras ediciones del Trofeo, que iba a más. Ya era un cuadrangular. Tras ganar respectivamente al Roma y al Austria de Viena, Sevilla y Madrid juegan la final en un ambiente apasionado. Está delante el Madrid 1-0, con gol de Di Stéfano, cuando al borde del descanso se desencadenan unos incidentes tremendos. En respuesta a una entrada de Marquitos a Arza, Campanal replica con otra tremenda a Santisteban, frágil medio madridista, en edad aún casi juvenil, y tenido por algo así como el benjamín por todo el equipo. El árbitro, Blanco Pérez expulsa a Campanal, pero este se niega a irse, porque aduce que antes debió ser expulsado Marquitos. (Para la época, sin tarjetas, las expulsiones directas, aunque contempladas por el reglamento, eran poco frecuentes).

Era el minuto 42. El árbitro decreta el descanso, a ver si así se calman los ánimos. Pero la tensión no baja. El Sevilla exige que juegue Campanal la segunda parte, el árbitro se niega. El Sevilla exige entonces que cuando menos se le permita sustituirle. Acaba por bajar el propio Santiago Bernabéu al vestuario, donde hay una negociación con el presidente del Sevilla, Ramón de Carranza, y su hermano, el alcalde de Cádiz, José León de Carranza, hijos ambos del hombre en cuya memoria se disputaba el trofeo. Al final, Bernabéu accede y el Sevilla sustituye a Campanal por Pepín. La segunda mitad se jugó 11 contra 11. El descano se alargó inusualmente, como es de suponer.

(La leyenda suele cambiar estos hechos y traducirlos en que el Madrid, en la persona de Bernabéu o Di Stéfano, según las versiones, expulsó a Campanal. Basta leer los periódicos del día siguiente para certificar lo que pasó).

El público sevillista, que era mayoría, la tomó con Di Stéfano, coreando un canto en su contra, a lo que él respondió moviendo los índices como si dirigiera la orquesta. Gento marcó otro gol y el Madrid ganó 2-0.

Hoy, Campanal vive feliz en su Asturias natal. Acumula ya más de 100 medallas de oro en campeonatos de atletismo de veteranos. Aun con una rodilla hecha polvo, hace marcas estimables en velocidad, salto y lanzamientos. Y recuerda con cariño aquellos buenos viejos tiempos. No hace mucho hablé con él de estas cosas:

—Eran buenos, pero se quejaban mucho. No lesioné a ninguno. Y la lesión más grave que yo tuve fue en un choque con Gento.

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miércoles, 30 julio 2014

Por Alfredo Relaño

18 de julio: paga y Tour de Bahamontes

En una fecha imprecisa del invierno 58-59, Bahamontes invitó a Coppi a una partida de caza con galgos en la finca La Solana, en Toledo. Madrugaron, disfrutaron de los galgos, almorzaron migas, siguieron disfrutando de los galgos, de perfil aerodinámico tan parecido a Coppi. A las tres de la tarde comieron un cocido.

 

Y Coppi le hizo la propuesta: que fichara por el equipo que estaba creando, el Tricofilina-Coppi. Tricofilina era una brillantina para el pelo. Podría llevar a sus dos gregarios favoritos, Herrero Berrendero y Julio San Emeterio. Y le dijo:

—Tú puedes ganar este Tour. Déjate de la montaña, puedes ganar el Tour. Si corres con atención en el llano no llegarás a la montaña con una hora perdida. Si lo intentas, puedes estar más arriba en la contrarreloj. Tienes piernas para ganar el Tour.

 

Bahamontes nunca se lo había planteado. Sólo corría por la Montaña, en la que arrasaba. Eran célebres sus chaladuras, que la leyenda agrandaba. Escapadas míticas, helado en la cima, caprichos como querer pasar el primero todos los puertos de los Pirineos, derrumbes inesperados, abandonos inexplicables...

 

Un individualista incorregible. Pero el mejor escalador que haya dado la historia.

 

Acababa de cumplir los 30 años y le idea le caló: ¡ganar el Tour!

 

La siguiente escena es el 22 de junio, en Madrid, en Barquillo, 42, sede de la Federación. La víspera ha sido el campeonato de España contrarreloj, 100 kilómetros, Madrid-Madrid, pasando por El Escorial y Guadarrama. El Tour se va a correr por equipos nacionales y Dalmacio Langarica es el seleccionador. Antonio Suárez había ganado la prueba de la víspera. Ese mismo año había ganado la Vuelta a España. Bahamontes, que en la Vuelta había tenido que abandonar por un ántrax, había sido segundo. Estaba en forma. Langarica da la selección. Están los dos, claro. Y Loroño, la otra gran figura del momento, que ha sido el sexto en la prueba de la víspera. Él y Bahamontes son enemigos acérrimos y sus huestes de partidarios, más aún. Loroño, vizcaíno formal, carece del encanto de Bahamontes y de su extraordinaria clase, pero es duro y fiable. Al final de la lista, Langarica hace un anuncio y se lía:

—Suárez y Bahamontes van como jefes de fila.

 

Loroño se enfada. Dice que él no es gregario de nadie. "Pues si no aceptas, no vienes". "Pues no acepto". Se va, baja a la calle, donde tiene varios admiradores que ya se olían algo. Algunos suben, uno se encara con Langarica, hay una escena, empujones, un puñetazo. Loroño se queda sin ir al Tour y le cae una sanción de dos meses.

 

Bahamontes tour

Se arranca de Mulhouse, hacia el norte, y se recorre Francia en sentido inverso a las agujas del reloj. Nueve etapas llanas más una contrarreloj antes de los Pirineos. Bahamontes cumple, rueda arriba, no se despista en ningún corte, ni en el pavés. Hay un pequeño rifirrafe en la tercera etapa, cuando Suárez se escapa cerca del final y Bahamontes salta a por él. Hay bronca en la meta. Langarica templa gaitas.

 

En la contrarreloj, quinta etapa, Bahamontes sale bien librado gracias a una gambada de la organización de la que sabe favorecerse. Él era el 13º en la general, Anquetil el 31º. Sin embargo, se dispone que Anquetil salga justo dos minutos después "para dar espectacularidad". Se buscaba la foto del normando, ganador del Tour de 1957, pasando a Bahamontes como un avión. Pero este actúa con su proverbial astucia. Hace la primera mitad sin entregarse y cuando Anquetil le alcanza, se coloca en paralelo con él (detrás está obviamente prohibido) y le aguanta, pedaleando siempre a su lado. Incluso le esprinta en la llegada y le gana. Total, limita la pérdida ante Anquetil a dos minutos. Y, muy importante, ha hecho mejor tiempo que Antonio Suárez. Cuando se llega a los Pirineos está a 6m7s del líder, Pauwels. Y un par de puestos por delante de Charly Gaul, luxemburgués, ganador de 1958, otro terrible escalador. Con frío, Gaul era imbatible. Con calor, no tanto. Y se anuncia calor en Los Pirineos.

 

Se espera una traca de Bahamontes, del tipo que sea: escapada heroica o espantá clamorosa. Pero no hay tal. Corre con cabeza, atento sólo a los grandes. Permite escapadas de gente sin valor en la general. No gana ninguna etapa. Entra en los Pirineos el 17º, sale 9º y líder de la Montaña, pero hay decepción. Se esperaba otra cosa. "Bahamontes ya no arriesga, ya no es Bahamontes", era la conclusión.

 

El miércoles 8 de julio, transición entre Pirineos y Macizo Central, Albi-Aurillac, dos puertos de tercera y uno de segunda. El equipo francés estaba dando el cante, con sus cuatro grandes (Bobet, Geminiani, Anquetil y Rivière) desunidos y vigilándose. ¡El mejor francés estaba siendo el regional Anglade, del equipo Centro-Sudoeste! En esta jornada, los astros franceses desencadenan una ofensiva a la que se suma Bahamontes. La víctima es Gaul, que en un mal día pierde más de veinte minutos. Bahamontes entra tercero, junto a Anglade y Anquetil. A los demás favoritos les ha ganado tiempo. Entre los que llegan fuera de control está medio equipo español, incluido Antonio Suárez.

 

El viernes 10 es su gran día: cronoescalada al Puy de Dôme. 12,5 kilómetros. Bahamontes los revienta a todos: 1m26s a Gaul, 3m00s a Anglade, 3m37s a Rivière, 3m44s a Anquetil... En la clasificación general queda segundo, a sólo 4s de Hoevenaers, un belga instalado ahí por una de tantas escapadas consentidas.

 

En los Alpes se anuncia frío, lluvia y ataques franceses. Por fortuna, Gaul está a 23m17s en la general. Camino de Grenoble, él y Bahamontes pactan. Se van solos, Bahamontes le cede la etapa a cambio de ayuda para hacer hueco en la general. Es la estocada definitiva: coge el maillot, distancia a todos a más de cuatro minutos. Anquetil y Rivière atacan furiosos los días siguientes, pero a por quien en realidad van es a por Anglade, el del equipo regional, que les precede, lo que les resulta humillante. Bahamontes pasa algunos apuros en las bajadas, pero sale indemne. Queda una contrarreloj, el penúltimo día, Dijon-Dijon, de 69,1 kilómetros, pero Anquetil está a 9m16s y Rivière a 11m36s. Bahamontes rueda cómodo, controlando. Cede 6m17s frente al ganador, Rivière, y sólo 1m50s frente a Anglade, al que deja a 4m01s en la general.

 

Así llegarán a París, el día siguiente, tras una cabalgada de 331 kilómetros que dura casi 10 horas. Siempre desconfiado, ha metido la bici en la habitación la noche anterior, para que no le hagan ninguna jugarreta. Llega al Parque de los Príncipes con el grupo y le entrega el ramo a Fermina, su adorada esposa, por la que cada año intentaba ganar la etapa del 7 de julio. En su honor, la organización ha vestido a las azafatas de lagarteranas. Bahamontes ha ganado el Tour y también la Montaña, su Montaña. El público le aplaude a rabiar, tanto como pita a Anquetil y Rivière, que visiblemente le han hecho la guerra a Anglade. En España mucha gente se coloca una tira amarilla en la solapa, algunos hasta una corbata. En Toledo se ve mucho pañuelo amarillo al cuello, al estilo del rojo en Pamplona en San Fermín.

 

Es 18 de julio, fecha muy esperada entonces, no tanto por el aniversario del Glorioso Alzamiento Nacional como porque ese día se daba la paga de verano. Esta vez, la paga venía con extra: Bahamontes había ganado el Tour. Hasta se le compuso un pasodoble, con letra de Alfredo Rueda, corresponsal del diario Marca en Barcelona.

 

A Langarica, vizcaíno como Loroño, aquello le costó muchos amigos en Bilbao. A su mujer le insultaron en el mercado, a él le rompieron el escaparate de su tienda. Pero había acertado. La Federación se sintió magnánima e indultó a Loroño, un perdón que resultó humillante para sus partidarios. Y los de Bahamontes, dudábamos. Había ganado el Tour, sí, pero no había sido él. En ese Bahamontes tan calculador no nos reconocíamos.

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miércoles, 23 julio 2014

Por Alfredo Relaño

La cabalgada de Loroño en los Pirineos

Lorono

Jesús Loroño, en una etapa del Tour. / DIARIO AS

 

España se encariñó con el Tour en 1933, cuando se creó, conmemorando el trigésimo aniversario, el Gran Premio de la Montaña. Lo ganó Vicente Trueba, un cántabro tan pequeño que L’Equipe le apodó La pulga de Torrelavega. Julián Berrendero, El Negro de Ojos Azules, repitió el éxito en 1936, pero esa hazaña suya, más la del año siguiente, cuando ganó la etapa reina, Luchon-Pau, quedaron un poco en sordina por la guerra. Berrendero, además, fue mal visto en la España oficial de la posguerra porque durante el conflicto se quedó en Francia ejerciendo su oficio de ciclista. De hecho, una vez que regresó para ver a la familia fue encarcelado.

 

En el arranque de los cincuenta, España se iba encariñando de nuevo con la prueba, y eso que la edición de 1949 fue tan calamitosa que todo el equipo fue sancionado por tres meses y a la de 1950 ni acudimos. Pero vino a reconciliarnos con el Tour Bernardo Ruiz, el durísimo oriolano que ganó dos etapas en 1951 y fue tercero en 1952. Volvíamos a mirar al Tour con ilusión. Y sobre todo a sus cumbres, en especial a las de los Pirineos, que tan cerca nos pillan.

 

En esas estábamos cuando un prometedor muchacho de caserío vizcaíno, Jesús Loroño, fue incluido en el equipo nacional. Familia numerosa, huérfano de padre desde chico, loco por la bicicleta. La primera que tuvo era de aquellas de cuadro curvado hacia abajo, de mujer, para que se pudiera pedalear con faldas. Le colocaba un manillar de carreras prestado y con eso y un maillot de tela de colchón cosido por las hermanas se presentaba en las carreras. Pero sólo hacía el ridículo en la salida. En la meta quedaba bien, y pronto pudo hacerse con una bici más aparente.

 

Mariano Cañardo, seleccionador, le incluyó en el equipo del Tour de 1953. Para entonces ya había corrido un Giro y se había defendido relativamente bien. Fue cargado de ilusión. Fue solo, en tren a París, desde Hendaya. Allí le recibió el masajista del equipo. Juntos fueron a L’Equipe, donde le dieron la bici (entonces el Tour las ponía todas, para que no hubiera diferencia), el material, un librillo de ruta y algunas instrucciones. En seguida, tren a Estrasburgo, donde les esperaba el equipo. Se partía desde allí. Era la edición del cincuentenario del Tour.

 

Al llegar, Loroño tuvo dos noticias: una buena y una mala. La buena, que habían llamado de urgencia al también vizcaíno Dalmacio Langarica, en sustitución de Pérez, que no pudo acudir. Loroño se sintió feliz ante la compañía de ese paisano al que conocía bien. La mala llegó inmediatamente: Serra, Gelabert, Masip y Trobat eran los jefes de fila. Los demás (Iturat, Vidal Porcar, Victorio García, José Gil y ellos dos) estaban para ayudarles. O sea: darles la rueda si pinchaban, darles agua, colocarles en cabeza del grupo si se despistaban, tirar de ellos si se rezagaban en un corte… 

 

A Loroño se le cayó el alma a los pies. Se sentía muy fuerte. Se lo dijo a Cañardo, pero este fue inflexible:
—Has venido aquí a ayudar.

 

Y ayudando estuvo las nueve primeras etapas. Así que no fue extraño que al llegarse a los Pirineos, Langarica fuera el farolillo rojo, en el puesto cien, y él, el penúltimo, nonagésimo noveno. España estaba dando el cante. Era la última por equipos. El mejor colocado era Serra, el 19º; luego iban Trobat, el 39º, Gelabert, el 59º, Masip, el 54º, Vidal Porcar el 91º, Iturat el 94º… García y Gil habían abandonado la carrera. La décima etapa era Pau-Cauterets. Se pasaba el Aubisque, por el lado duro, luego el Soulor, corto por ese lado, pero de durísimas rampas, y se llegaba arriba, en Cauterets. Cien kilómetros justos. Loroño llevaba mirando y remirando ese perfil en el librillo de ruta desde que se lo dieron en París. Fue un caso de flechazo a primera vista. Le roía un deseo de enamorado, de conocerla, acariciarla, abrazarla, recorrerla, conquistarla.

 

La noche anterior, Cañardo , que le veía raro, le preguntó:
—¿Qué pasa? ¿Estás pensando en atacar mañana?
—Bueno… No sé… A ver qué pasa…

 

Cañardo no le dijo nada, lo que él tomó como un consentimiento tácito. De modo que cuando empezó la etapa decidió pedalear arriba del pelotón, atento a todo. Pronto escapó Darrigade, tras el que mandaron sendos gregarios Magni y Koblet, de nombres Drei y Huber respectivamente. Alcanzaron a Darrigade y se consolidó una escapada de tres. En el kilómetro treinta, cuando el trío había pasado, se cerró el paso a nivel del tren a la llegada del pelotón. Loroño, que iba por delante, vio la ocasión: aceleró como un loco, pasó arriesgando la vida y se quedó solo, en persecución de los escapados. Metió la cabeza entre los hombres y arreó, arreó…

 

Les dio caza en el arranque del Aubisque. Les fue dejando atrás. En eso apareció el jeepde Cañardo, que había conseguido llegar a su altura. Loroño se temió lo peor, pero llegó lo mejor: “¡Bravo, Jesús, bravo! ¡Dale, dale, que llegas!”.

 

Coronó en cabeza el Aubisque, lo descendió temerariamente, aumentó la ventaja en el Soulor, llegó solo a Cauterets, a 5m 56s del segundo, Jean Robic. Entre sus derrotados de la jornada estaban nombres tan ilustres como Magni, Bobet, Bauvin o Bartali. Pero sobre todo Hugo Koblet.

 

Hugo Koblet, el Bello Hugo, el suizo de ojos verdes que se peinaba al llegar a la meta para salir mejor en las fotos, era el gran favorito de la carrera. También había apuntado esa etapa en rojo. Dejó al pelotón subiendo el Aubisque y en el descenso se cayó cuando intentaba mantener el hueco con los otros favoritos. Aquí lo tradujimos porque se había caído persiguiendo a Loroño, que, bien mirado, poco podía preocuparle, tan distanciado como estaba en la general.

 

Todo resultó legendario: la rebelión del doméstico, el audaz salto del paso a nivel, la cabalgada en solitario, el descenso a tumba abierta, la caída de Koblet cuando le perseguía, otra caída en esos barrancos de Buchaille, que tuvo que ser rescatado con cuerdas, el cincuenta aniversario del Tour, los cien kilómetros exactos... Los Pirineos.

 

Hasta las cantidades ganadas por él y por el equipo ese día, de las que se dio cuenta con precisión: 100.000 francos por ganar la etapa, 100.000 por ser el más combativo, 50.000 por coronar el primero el Aubisque, más 100.000 para el equipo, que ganó la clasificación de ese día. ¿Cuánto sería eso en pesetas? ¿Tanto se podía ganar en tres horas y cuarto? Sí, pero sólo si eras como Loroño.

 

“¡Nos has salvado, Jesús, nos has salvado!”, le gritaba Cañardo alborozado en la meta. El Tour de los españoles, que iba para hecatombe, se había convertido de repente en un suceso que emocionó al país. Loroño lo acabó el quincuagésimo, pero ganó el Gran Premio de la Montaña. En París le recibiría el embajador, el Conde de Casas Rojas, que conseguiría del Tour que le regalara la bici prestada.
Nunca volvería ser doméstico, claro. Bahamontes le arrebataría pronto el papel de gran galán de las cumbres del Tour, tras una rivalidad que dividió a España. A la larga ganó con claridad Bahamontes. Pero aquella proeza en los Pirineos colocó para siempre a Jesús Loroño en el santoral de nuestro ciclismo.

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miércoles, 16 julio 2014

Por Alfredo Relaño

Di Stéfano y Pelé, frente a frente

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Di Stéfano y Pelé, en el partido homenaje a Miguel Muñoz en el Bernabéu, en 1959

 

Sólo una vez jugaron frente a frente Di Stéfano y Pelé. Fue el miércoles 17 de junio de 1959, en el Bernabéu. Homenaje a Miguel Muñoz. Ganó el Madrid, 5-3. Di Stéfano no marcó, Pelé hizo un gol y tuvo una intervención muy directa en los otros dos. Antes del partido, se retrataron juntos. Ya empezaba a discutirse sobre cuál de los dos era el mejor del mundo. Pelé tenía 18 años; Di Stéfano, 32. A Pelé siempre le pesó perder ese partido.

 

Era, decía, el homenaje a Miguel Muñoz, retirado un año antes y que no mucho más tarde sería nombrado entrenador del Madrid, puesto en el que estaría 13 años. La elección del Santos fue un acierto, creó enorme expectación. Pelé había estallado en el Mundial de 1958, justo un año antes, en Suecia, donde Brasil ganó su primer título. Aún tenía 17 años cuando alcanzó fama mundial en dos semanas. La Perla Negra, se le llamó. La aparición del Santos en Madrid, en el Hotel Alexandra, provocó revuelo.

 

La prensa informó de que en el campeonato paulista de 1958, Pelé había marcado 62 goles en 35 partidos. Ahora venía de una larga gira por Europa, en la que en 13 partidos había marcado 14 goles. Pero ese Santos, que había ganado 11 de los 13 partidos de la gira, no era sólo Pelé. Está apareciendo un tal Coutinho, que había cumplido 16 años dos días antes de aterrizar en Madrid, y de quien algunos dicen que llegará a ser mejor que el propio Pelé. Está Pagao, la mejor cabeza de Brasil. Está el extremo Pepe, a quien equivocadamente los niños de la época llamábamos Pepé e imaginábamos más negro que el propio Pelé. Pero era Pepe, José Macías, hijo de valencianos emigrados, y aún sostienen cuantos le vieron que poseyó el disparo más potente de la historia del fútbol. Y está Zito, el cerebral medio que daba reposo y sentido al juego de la Brasil campeona del mundo.

 

En los tres últimos partidos, en Hamburgo (0-6), Hannover (1-7) y Enschede (0-5), este Santos ha acumulado un 1-18 en un hipotético marcador agregado. Impresionante.

 

Le acompañan tres radios, Bandeirantes, Maua y Panamerican, y varios representantes de prensa escrita.

 

Para Brasil también es todo un acontecimiento. El Madrid acaba de levantar su cuarta Copa de Europa consecutiva, es el cénit del fútbol europeo. Brasil es la campeona del mundo, el Santos, su mejor equipo, Pelé, su gran joya. A un lado y otro del Atlántico apetece la comparación. En Brasil se recela. Se escribe que se invitó al Madrid a jugar contra Brasil, y que rehusó. Y que a una oferta del Flamengo para jugar en Río respondió pidiendo 20.000 dólares, lo que allí se tradujo por una negativa encubierta. El Madrid tiene miedo a venir aquí, era la conclusión. El Madrid explica que no tenía fechas, que las tenía comprometidas. Un poco al humo de esa polémica se concierta el partido. El Santos no teme medirse con el Madrid en su campo, era la conclusión en Brasil. Al mismo tiempo hay miedo de que el Madrid aproveche para fichar a Pelé. Ya existe el rumor de que tiene atado a Didí, del Botafogo, que ocupa el otro interior en la selección campeona del mundo. Pelé será entrevistado al respecto en Marca. Dirá que es profesional, que irá donde más le paguen, siempre que puedan ir con él sus padres, sus hermanos, su abuela y un tío que vive con ellos. Pero que pregunten a su padre. Pero su padre (exfutbolista, con el apodo de Dondinho) no ha venido.

 

La víspera, los dos equipos acuden, también en el Bernabéu, al desempate de semifinales de Copa, en el que el Granada, pendiente de los agobios de la promoción para mantenerse en Primera, vence sorprendentemente al Valencia, 3-1. El Granada, pues, será finalista de la Copa del Generalísimo. Ante el Barcelona, que a su vez ha eliminado al Madrid en semifinales.

 

Eso, el martes. El miércoles, a las 20.30 y organizado por la Asociación de la Prensa, se juega el gran partido. En el Madrid hay dos estrellas invitadas. Una es el extremo bilbaíno Gaínza, que ese año deja el fútbol. Se aprovecha el partido para que el público madrileño, que le admiró muchísimo, le tribute un último aplauso. Gento le cederá la banda izquierda. Además estará el joven Del Sol, el Di Stéfano del Betis. El Madrid anda tras él, y le fichará antes de que pase un año. Con eso, el Madrid, que juega de morado, cediendo el blanco al Santos, sale así: Berasaluce; Marquitos, Santamaría, Casado; Santisteban, Ruiz; Gento, Mateos, Di Stéfano, Del Sol y Gaínza.

 

En el segundo tiempo, retirado Gaínza, Gento pasa a la izquierda y deja su plaza a Gento II. También entrarán Atienza por Marquitos y Puskas por Mateos.

 

El Santos, que trae un preparador español, Luis Alonso, hijo de vigueses, juega con estos: Carlos; Getulio, Pavao, Dalmo; Ramiro, Zito; Dorval, Alvaro, Pagao, Pelé y Pepe. Mediado el primer tiempo, Pagao, resentido de una lesión, deja su puesto a Coutinho. En la segunda mitad, entra Alfonsinho por Álvaro (Ramiro y Álvaro eran hermanos. Pronto ficharán por el Atlético, donde curiosamente el que triunfó, y mucho, fue Ramiro, que venía como acopladoen la operación. Álvaro fue un fiasco).

 

Arbitra el holandés Horn, porque el Santos ha pedido árbitro neutral. Casi se cuelga el No hay billetes. Muñoz tendrá una gran taquilla.

 

En el 9’ marca Pelé de un cañonazo desde lejos. Pero al descanso ya gana el Madrid por 3-1, los tres marcados por Mateos, todos ellos a pase de Di Stéfano, que va y viene, como siempre. En el 54’ se filtra Pelé, que es objeto de penalti. Lo transforma Pepe, con su disparo potencialmente homicida. En el 57’, centro de Gento II y gol de Puskas, de cabezazo en plancha, rarísima avis. En el 67’, cañonazo de Pelé que Berasaluce repele como puede y Coutinho remacha. En el 84’, avance de Di Stéfano, que adelanta a Gento para que marque. Total, 5-3 para el Madrid. Los brasileños se quejarán luego de que a Pelé le han hecho un segundo penalti, que Horn no se atrevió a pitar.

 

La conclusión en Madrid fue que el Santos tenía cuatro delanteros de disparo terrible (Pepe, Pelé, Pagao y Coutinho) pero una defensa pasmosamente lenta y débil. Respecto a Pelé, que era una gran promesa, aunque muy individualista. Nada que ver con Di Stéfano. “En el Santos, el equipo jugaba para Pelé. En el Madrid, Di Stéfano jugaba para el equipo”, fue la conclusión que años después me dio Gaínza, con el que llegué a hablar de esto. En Brasil se achacó la derrota al desplome final del equipo, consecuencia de la fatiga de la gira (tres partidos por semana, con los correspondientes viajes) y seguramente había bastante razón en eso. Y la gira siguió: el día siguiente, tras ir a los toros, el Santos fue al Teresa Herrera. Y luego a Barcelona. Y luego, y luego y luego…

 

Pelé aún lamentaba hace 10 años, cuando hablé con él de esto, que ese partido no tuviera revancha. “La gira era agotadora”, insistía. Francamente, sentí que su melancolía no era personal, sino por el Santos. Le dolía que el único enfrentamiento entre el Santos y el Madrid lo hubiesen perdido los suyos.

 

Bernabéu visitó al equipo en el hotel Alexandra, la víspera. Él mismo me dijo que fue con la intención de hablar del fichaje de Pelé para el Madrid, pero no se decidió: “Le vi tan niño que me pareció una grosería hacer una oferta. Lo dejé para más adelante, y más adelante fue imposible”. Optó por rematar la operación Didí, que fue un fracaso.

 

Di Stéfano y Pelé, pues, no jugaron nunca juntos. Y sólo una vez frente a frente. Pelé marcó, Di Stéfano, no. Pero ganó el Madrid.

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martes, 15 julio 2014

Por Alfredo Relaño

Lo de Di Stéfano, de una vez por todas

Ahora que ha fallecido Di Stéfano, me encuentro de nuevo con la recurrente acusación por parte de Barcelona de que llegó al Madrid en una operación de despojo al Barça, que encajaría con un pretendido deseo de Franco (o el franquismo) de hacer del equipo de la capital del país el gran equipo de España. A costa del Barça.

 

No es verdad. Hay una bola de nieve que se echó a rodar en Barcelona el 30 de noviembre de 1980, a partir de un artículo de Lluís Permanyer, hijo de un vicepresidente del Barcelona cuando se produjeron los hechos, que a mi modo de ver presentó una versión distorsionada del asunto.

 

Un asunto enredado, propicio a las medias verdades.

 

Sobre aquel arranque se han ido añadiendo fantasías, a partir de la idea matriz, que han ido enriqueciendo una leyenda fácil de creer. La prensa internacional ha contribuido a difundirla al exterior. Cuadra con la idea de un Franco combativo contra las aspiraciones independentistas de Cataluña.

 

Pero no fue así. Di Stéfano no jugó en el Madrid porque tal cosa se le metiera a Franco (o al franquismo) en la cabeza. Sé que es difícil ‘desconvencer’ a los convencidos, pero me parece de justicia intentarlo.

 

La cosa fue así:

 

Di Stéfano se había fugado del River Plate de Buenos Aires en agosto de 1949 para jugar con el Millonarios de Bogotá. Hasta ahí todas las versiones están de acuerdo. Allí se había organizado algo así como una ‘liga pirata’, que contrató a jugadores de diversas procedencias (muchos argentinos, pero no sólo de allí) sin pagar traspaso por ellos.

 

La FIFA reaccionó expulsando a Colombia de su organismo. Y se decretó la prohibición, para el resto del mundo, de concertar partidos amistosos con los equipos de la ‘liga pirata’ colombiana.

 

La situación no era deseable ni para la FIFA (el fútbol de clubes de todo el mundo estaba amenazado por un país que no pagaba traspasos) ni para los propios clubes colombianos, que no podían recaudar ingresos en exhibiciones en amistosos, fórmula que entonces (sin televisión ni torneos internacionales) daba mucho dinero.

 

Así que en 1951 se llegó a un pacto, el llamado ‘Pacto de Lima’, en el correspondiente congreso de la FIFA. Por él, se llegó al acuerdo de que los jugadores ’fugados’, seguirían siendo propiedad del correspondiente club colombiano hasta el final de su contrato, fecha en la cual su propiedad regresaría a su club de origen.

 

El correspondiente club colombiano no podría traspasar a ningún jugador incurso en el caso, ya que no era se su propiedad más allá del tiempo en que expirara el contrato. Y el club que podríamos llamar ‘de origen’ no podría disponer del jugador hasta una vez expirado su contrato con el club colombiano de que se tratase.

 

Con eso resuelto, los clubes colombianos ya podían jugar amistosos en el exterior. Eso permitió al Millonarios hacer una gira por Europa, que incluyó su presencia en los actos principales del Cincuenta Aniversario del Real Madrid. Un triangular entre el Madrid, el Norrköping y el Millonarios. Lo ganó el Millonarios y Di Stéfano deslumbró.

 

Eso ocurrió en marzo de 1952.

 

A Bernabéu le fascinó el jugador, se interesó por su fichaje y Alfonso Senior, presidente del Millonarios, le dijo que no podía vendérselo, por las condiciones del pacto de Lima. José Samitier, entonces secretario técnico del Barça y hombre extraordinario en todo (perspicacia, simpatía, relaciones…), también quedó prendado del jugador.

 

Ese mismo verano de 1952 el Real Madrid viajó a Caracas, a la llamada Pequeña Copa del Mundo. Allí jugaron dos partidos más el Madrid y el Millonarios, que, por cierto, salieron a palos. Y aún hubo un partido más, en Bogotá, entre ambos equipos. Mientras los jugadores se pegaban en el campo, los directivos estrechaban relaciones en el palco.

 

Al final de ese año 1952, y tras unos amistosos en Chile, Di Stéfano decide dejar el Millonarios y quedarse en Buenos Aires. Tiene ya 26 años, dos hijas, le aterroriza el avión (algo que siempre le acompañó) y su padre ha comprado una estancia grande en la que debe echar una mano. Está casado, con su novia del barrio (con la que hará toda su vida, hasta la muerte de ella), y tiene dos hijas. Le harta el ritmo de amistosos con que el Millonarios se está financiando.

 

Antes de quedarse en Buenos Aires, cobra por adelantado 4.000 dólares, en concepto de anticipo por el contrato que le ligaba al Millonarios hasta finales de 1954.. Se justifica ante sí mismo en la idea de que el Millonarios le tuvo sin pagar traspaso y que eso, a la larga, le ha complicado la vida. En el Millonarios, además, ha dado un rendimiento sensacional. Se siente con derecho a ese dinero.

 

Así que al empezar el año 1953, Di Stéfano está en Buenos Aires, resuelto a dejar el fútbol. No tiene, en principio, deseo de regresar al River Plate, donde ya antes de fugarse a Colombia había tenido problemas, porque había sido uno de los jugadores distinguidos en la huelga de futbolistas que, a la larga, desembocó en aquella fuga masiva a Colombia.

 

En esas condiciones recibe la visita de enviados del Barça. Domingo Vals Taberner y Riera. El Barça se había encontrado con que Kubala tuvo una afección pulmonar grave que hizo temer por su carrera. Martí Carreto, presidente del club, encargó a José Samitier la búsqueda de una estrella que pudiera compensar tamaña ausencia.

 

Samitier pensó inmediatamente en Di Stéfano.

 

Di Stéfano recibió a los enviados del Barça, y tras algunas conversaciones, animado por su padre y tras saber que en España viajaría en general en tren (coche-cama), decidió aceptar.

 

El Barça le pagó al River Plate cuatro millones de pesetas en números redondos. Y Di Stéfano vino a España para jugar con el Barça. El 22 de mayo de 1953, Samitier le recibió en Barajas. Di Stéfano venía con su familia. Viajaron por carretera, hicieron noche en Zaragoza y el día siguiente llegaron a Barcelona.

 

Pero mientras, habían sucedido dos cosas.

 

Una: Kubala se había curado. El Barça había vuelto a ser campeón de Liga. Y pronto lo sería también de Copa.

 

Otra: el Millonarios (Alfonso Sénior), conocedor de la operación, la había denunciado ante la FIFA. Sénior, que era hombre de alto vuelo en el fútbol internacional, tenía además razón. Di Stéfano era del Millonarios hasta el final de 1954, sólo a partir de enero de 1955 volvía a ser propiedad de River. Los derechos que había comprado el Barça no podrían entrar en vigor hasta entonces.

 

Al Barça la cuestión le pilla a contrapié, porque aún está litigando ante la FIFA el caso Kubala. En realidad, lo está litigando la Federación Española en su nombre. Al que tenga interés en este asunto y quera lealmente conocer la verdad, le remito al correspondiente capítulo de mi libro ‘Nacidos para incordiarse’.

 

(En síntesis, podríamos resumirlo en que Kubala, fugado de Hungría, fue acogido en España por su valor como propaganda anticomunista. Lo intentó fichar Bernabéu, pero la Federación, cuyo secretario y personaje crucial era entonces Ricardo Cabot, importante personaje barcelonista, lo desvió al Barça. Primero fue camuflado como ‘amateur’, hasta jugó como profesional. Hasta las fechas del Mundial de 1954, en el correspondiente congreso de la FIFA, no tuvo el Barça el tránsfer internacional. Para entonces llevaba dos años largos jugando en el Barça como profesional, tiempo en el que el Barça había ganado de forma consecutiva Copa (52), Liga y Copa (53), Liga y Copa (54). Este es quizá el momento de decir que si por algún jugador se partió el brazo el Régimen fue por Kubala, que además fue utilizado directamente como propaganda anticomunista en una película titulada ‘Los Ases buscan la paz’).

 

Ases

 

Insisto, el que tenga deseo de mayores precisiones, puede leer el citado capítulo.

 

Di Stéfano llegó a Barcelona. En esos primeros días se le ve junto a Kubala presenciando un partido del España Industrial (después llamado Condal), a la sazón filial del Barça.

 

Y también de esos días son las fotos de Di Stéfano vestido del Barça, una de ellas, muy difundida, acuclillado junto a Kubala. En otra, fingen jugar uno contra otro. En otra, él controla un balón. Corresponden a un reportaje publicado en ‘Vida Deportiva’, revista de la época. Están hechas en Las Corts, el campo del Barça en la época. Las gradas están vacías. No corresponden a ningún partido.

 

  Kubala

Kubala2

Pero para el Barça, el asunto se convirtió pronto en un problema, porque la FIFA, ante la que aún estaba pendiente el litigio por Kubala, advirtió a la Federación Española de que Di Stéfano no podía jugar en el Barça.

 

Y no jugó en esas fechas, aunque se haya sostenido muchas veces lo contrario. Jugó algunos amistosos u homenajes más adelante, como lo hizo en otros clubes, como mostraré después. En la época eso era una práctica bastante común.

 

Se ha sostenido con frecuencia, decía, que Di Stéfano jugó con el Barça tres partidos ese verano. No es verdad. Esos partidos no existen. No aparecen en ningún lado. Existen unos partidos ‘de costellada’ a los que me referiré luego.

 

El que tenga interés puede repasar (es fácil ahora, en internet) las colecciones de El Mundo Deportivo o La Vanguardia en esos meses de verano de 1953. O, si se prefiere atajar, se puede consultar el espléndido libro ‘Barçaeterno’, de Toni Closas y David Salinas, que recoge con un detalle impresionante todos los partidos de la historia del Barça.

 

Un trabajo colosal. Existe una versión pequeña, del tamaño de una cajetilla de tabaco, o ni eso, en papel biblia, extremadamente útil.

 

El que quiera, puede comprobar que el Barça jugó ese verano, tras la final de Copa (que ganó al Athletic de Bilbao por 2-1), tres amistosos: uno en Perpiñán, otro en Manresa y otro en Badalona. Fechas, 25, 28 y 29 de junio, respectivamente. En ninguno de ellos jugó Di Stéfano.

 

Después de eso, el Barça se fue a Caracas, a la ‘Pequeña Copa del Mundo’, en la que se enfrentará a la Selección de Caracas, el Corinthians y el Roma. Dos veces a cada uno, porque era ligulla a dos partidos (Días 16, 18, 23, 26 y 28 de julio y 1 de agosto). Aún antes de regresar el Barça juega el día 4 de agosto con el Curaçao.

 

Di Stéfano no fue a esa gira. El Barça no le podía llevar porque pertenecía Millonarios, que había denunciado el caso.

 

Al partir hacia la gira, Martí Carreto declara que aprovechará el viaje para solucionar el ‘caso Di Stéfano’. Y, en efecto, allí se entrevista con Alfonso Sénior, con el que no llega a un acuerdo. Sénior le pide 27.000 dólares, el equivalente a 1.350.000 pesetas, la tercera parte de lo que el Barça había pagado al River. Martí Carreto no lo encuentra razonable. Entiende que el Millonarios quiere sacar un dinero excesivo por un jugador que en realidad ya no tiene, que se les ha fugado. Y le dice que está dispuesto si hace falta a tenerle un año y medio sin jugar, hasta que se cumpla el plazo de propiedad del Millonarios. Lo declara así, cosa que a Di Stéfano no le hizo ninguna gracia, como es de entender.

 

Rompen, pues, el Barça y Millonarios. Es entonces cuando Sénior habla con el Madrid, con el que tiene buenas relaciones. Y a instancias de Álvaro Bustamante, un vicepresidente muy atrevido que iba más allá que Bernabéu, el Madrid decide comprarle al Millonarios, por esos 27.000 dólares, la parte correspondiente de los derechos. Raimundo Saporta viaja para hacer la entrega.

 

Conviene hacer aquí dos reflexiones:

 

Una: si Martí Carreto hubiera pagado los 27.000 dólares al Millonarios, Di Stéfano hubiera sido jugador del Barça automáticamente.

 

Dos: el Madrid no podía ejercer su derecho sobre Di Stéfano, porque el Pacto de Lima establecía que los clubes colombianos no podían traspasar los derechos de los jugadores incursos en el caso, sólo disfrutarlos mientras se consumía el contrato.

 

Di Stéfano, por tanto, estaba bloqueado, al menos hasta enero de 1955.

 

¿Y qué hizo ese verano de 1953? Impacientarse, quemarse. Para moverle, Samitier le montó tres partidos, esos que se pretende que jugó en el Barça ese verano, y que no jugó. Uno fue con el Palafrugell, contra el Barcelona amateur. Di Stéfano jugó con el Palafrugell, no con el Barcelona. Ahí están las fotos.

 

Pala1

 

Pala2

Otro fue un partido en El Masnou (el pueblo de mi madre, precisamente), un partido entre ‘veraneantes’ y ‘residentes’. Entre los ‘veraneantes’ se anunció a Di Stéfano, César y Kubala. A la hora de la verdad no acudió Kubala, supongo que para no dar mucho el cante. Di Stéfano estaba en Barcelona en un estado de semiclandestinidad.

Masnou

 

Masnou1

 

El otro partido fue en Sitges. No he encontrado foto de él.

 

Suele esgrimirse como prueba de que Di Stéfano llegó a jugar en el Barcelona y posteriormente ‘robado’ por la codicia franquista a favor del Madrid la foto que aparece abajo.

 

Robo

 

Pero esta foto corresponde a un partido jugado dos años más tarde de los hechos, el 12 de junio de 1955, ante Vasco da Gama, cuando Di Stéfano ya había jugado dos temporadas completas en el Madrid. Acudió como invitado a ese partido, en el que faltó Kubala. Ganó el Barça 1-0, con gol de Flotats.

 

 

Vasco1

 

Di Stéfano - Barça

 

El que tenga dudas puede acudir a las hemerotecas de El Mundo Deportivo o La Vanguardia, tan fáciles de consultar, y mirar esos días. O a la citada compilación de Toni Closa y David Salinas.

 

Y basta con ver que a Di Stéfano le flanquean Villaverde y Luis Suárez, que en el verano de 1953 no estaban en el Barcelona. Luis Suárez llegó a finales de la 53-54, y Villaverde se incorporó para la 54-55.

 

Hacía, insisto, dos años que Di Stéfano estaba jugando con el Madrid, que había ganado esas dos primeras ligas con él, cosa que no hacía desde la República, cuando había ganado las dos únicas que tenía hasta le llegada del genio.

 

No era la primera vez que Di Stéfano jugaba un amistoso en Barcelona desde su fichaje con el Madrid. Ya había jugado antes, el 26 de enero de ese 1955, un partido entre la Selección Catalana (que jugaba con alguna asiduidad durante el franquismo, aunque ahora suene raro) contra el Bolonia.

 

Esa fue la primera vez que Kubala y Di Stéfano jugaron juntos, porque Di Stéfano aún no se había nacionalizado y no habían podido coincidir en la Selección Española. El equipo estaba formado por jugadores del Espanyol y el Barça, con Di Stéfano como guinda. Kubala le cedió el nueve. La delantera fue Basora, Villaverde, Di Stéfano, Kubala y Moll. La ‘Selección Catalana’ ganó 6-3. Los que lo presenciaron lo recuerdan como un partido colosal.

 

A estas alturas, seguramente alguien estará viendo algo extraño en esos dos viajes de Di Stéfano a Barcelona para jugar ‘como local’. Para entender eso, hay que trasladarse a la época. En aquellos tiempos, con calendarios menos cargados y mayores dosis de cortesía, era frecuente que grandes figuras se prestaran a reforzar a otros equipos, en casos de homenajes o partidos internacionales. Hoy suena raro. ¿Podría Messi jugar un amistoso con el Madrid, o Casillas con el Barça?

 

Pero entonces era frecuente. Aportaré algunos casos:

 

 

  Mallo

En agosto del 59 jugó un amistoso contra el Newcastle con la camiseta del Mallorca, ciudad en la que estaba veraneando. Fue con motivo de la inauguración de la luz artificial en el Lluís Sitjar.

 

El propio Kubala jugó con el Real Madrid, en una delantera en la que coincidió con Di Stéfano, en el homenaje a Molowny. Y Collar, el glorioso extremo izquierda del Atlético, también estuvo en esa delantera.

 

Molowny

 

Como estuvieron Di Stéfano, el propio Molowny y el central Oliva vestidos del Atlético en el homenaje a Escudero.

 

ATLETI - Di Stéfano 1

 

ATLETI - Di Stéfano 2

 

Y aquí podemos ver a Di Stéfano en el Depor, entre Arsenio y Pahíño, en el homenaje a Cuenca.

 

Deportivo

 

Y más adelante, de nuevo vestido del Barça, a Di Stéfano, en el homenaje a Kubala, celebrado el 30 de agosto de 1961. En la foto que sigue aparecen Kubala, Di Stéfano y Puskas. No sé si con alguna intención, con frecuencia veo la foto de los dos primeros, sin Puskas. Fue un Barça-Stade de Reims, 4-3. Otro gran partido. En ese Stade de Reims jugaba Lucien Müller, que luego pasó por los dos clubes, Madrid y Barça, sucesivamente.

 

Puskaskub

 

Pero retomo el relato. Di Stéfano vivía en un piso de la calle Balmes que puso a su disposición el Barça. En la misma calle tenía Samitier una oficina de un negocio de textiles que llevaba con un socio. La única distracción de Di Stéfano era visitarle. La monotonía sólo la rompieron aquellos tres partidillos que le montó. Notó que en las oficinas del Barça le rehuían.

 

Saporta le visitó allí. Le recibió con cajas destempladas:

 

-Ustedes qué quieren, ¿bloquearme?

 

Saporta le aseguró que no, que lo que querían era contratarle, convencer al Barça de que les vendiera el contrato de River. En prueba de buena voluntad le adelantó dinero. Di Stéfano empezaba a estar corto de recursos y se agobiaba al notar que el Barça le daba largas, que se había convertido en un problema.

 

Como la fecha se echaba encima, la Federación hizo una consulta a la FIFA, que a su vez delegó el arbitraje en Muñoz Calero, ex presidente de la Federación Española pero miembro de la propia FIFA. Muñoz Calero era hombre del Atlético, no del Madrid. Fue vicepresidente del Atlético. A su pueblo, Águilas, había llevado a Kubala para bautizarse como católico, a fin de que pudiera obtener la nacionalidad española.

 

Fue Muñoz Calero quien determinó la solución salomónica. Primera y tercera temporadas (53-54 y 55-56), con el Madrid. Segunda y cuarta (54-55 y 56-57) con el Barça. Luego ya se vería. No dos y dos, como suele decirse, sino una, una, una y una.

 

Entretanto se había echado encima la fecha del 24 de agosto, en la que entraba en vigor la nueva prohibición de la Delegación Nacional de Deportes para fichar extranjeros. Una complicación más.

 

Todavía hace el Barça un último intento con Alfonso Sénior, que está en Madrid. El vicepresidente, Narciso de Carreras, viaja a Madrid a verle. Va él, y no Martí Carreto, por la mala relación de este con Sénior. Pero no hay arreglo, Sénior insiste en que ha vendido su parte al Madrid y que no tenía interés en reabrir la cuestión.

 

Martí Carreto intenta entonces vender su parte a la Juve, que no acepta, porque entiende que lo que le ofrecen comprar no es un futbolista sino un problema, un jugador bloqueado durante año y medio. Después, intenta revender los derechos a River, que también rechaza. Ambas maniobras, hechas sin conocimiento y mucho menos consentimiento de Di Stéfano, irritan a este, que se va inclinando más hacia el Madrid.

 

Por fin el Barça se aviene al laudo de Muñoz Calero y acepta el pacto salomónico, que ambos clubes firman. Al tiempo, elevan un recurso de súplica al General Moscardó, Delegado Nacional de Deportes, para que prorrogue el plazo de inscripción de extranjeros, a fin de dar salida al asunto, que se había convertido en un problema casi de Estado.

 

Martí Carreto y Narciso de Carreras me contaron, por separado, que fueron presionados para aceptar el acuerdo. Creo que eso es verdad. La Federación se veía a contrapié ante la FIFA, porque el pleito entre los dos clubes españoles estaba bloqueando a un jugador, justo en el tiempo, y esto es importante, en el que la Federación estaba solicitando insistentemente de la FIFA que obtuviera de la Federación Húngara el tránsfer de Kubala.

 

Ninguno me habló de amenazas personales, como he llegado a leer (“Recuerde que tiene familia”). Martí Carreto me dijo que le insinuaron que no tendría las facilidades por parte del Instituto de Moneda Extranjera que venía teniendo para sus negocios con el exterior. Narciso de Carreras me dijo que se sintió espiado cuando estuvo en el Palace. Pudiera ser, pero me figuro que por parte del Madrid.

 

En todo caso, la maniobra de Martí Carreto de querer quitarse de encima a Di Stéfano, mandándolo a la Juve y devolviendo los derechos al River Plate, no lo ayudó.

 

Moscardó viajó al Pazo de Meirás, donde estaba reunido el Consejo de Ministros, para consultar a su superior, el Ministro Secretario General del Movimiento, Fernández Cuesta. Ese viaje es lo que hace a muchos relacionar a Franco directamente con el asunto. El nombre del General Moscardó también es muy goloso, hay que admitirlo. Pero es que era el Delgado Nacional de Deportes, y viajó para obtener la autorización para echar para atrás un decreto.

 

Esa autorización no era exactamente para que Di Stéfano jugara en el Madrid, sino para que jugara un año en el Madrid, otro en el Barça, el tercero en el Madrid y el cuarto en el Barça. Conviene recordarlo.

 

El 19 de septiembre, tras la autorización correspondiente, la Delegación Nacional de Deportes admite que se inscriban los jugadores extranjeros que estuvieran en trámite antes del 22 de agosto. A esta apertura del plazo se apuntaron, además de Di Stéfano, el holandés Faas Wilkes, para el Valencia,  el chileno Andrés Prieto, para el Espanyol, y el francés Charles Ducasse, para el Valladolid.

 

Martí Carreto, descontento con la solución, dimitió. El Barça nombró una gestora, a cargo de Agustín Montal padre, que haría el tránsito hasta la llegada de Miró Sans.

 

La ficha de Di Stéfano fue presentada en la Federación el 22 de septiembre. Al día siguiente se presentó en un amistoso organizado ex profeso, ante el Nancy. El Madrid perdió 2-4. Él marcó en el 67’ su primer gol como madridista. De ese partido quedó para el recuerdo esta espectacular foto de una chilena. Medias negras. Las medias blancas no aparecerán hasta tiempo después, con la Copa de Europa y sus partidos nocturnos entre semana.

 

Dis

 

Chilena

La chilena de Di Stéfano en su debut ante el Nancy

 

El domingo 27 debuta en la Liga, ante el Racing.

 

Tras la quinta jornada, el Madrid aventajaba al Barça en dos puntos. En la sexta deberían enfrentarse ambos equipos en Chamartín, llamado así entonces, más adelante Estadio Santiago Bernabéu. El Barça decidió esa semana (“per vosaltres el pollastre”, “para vosotros el pollo”) venderle su parte de Di Stéfano al Madrid. Le parecía irregular la situación de tener un jugador compartido con el club blanco. Previamente al partido entre ambos clubes, jugado el 25 de octubre, se firmó el documento por el que el Madrid le pagaba al Barça los cuatro millones, con intereses, que el Barça había pagado meses atrás a River Plate.

 

Desde eso momento, Di Stéfano era plenamente del Madrid. El partido lo ganaron los blancos por 5-0.

 

Luego vino todo lo que vino: el título de Liga, primero desde la Guerra Civil, el siguiente, las cinco Copas de Europa… El Madrid cambió.

 

Ese fue el asunto, si quieren creerme. Y si han tenido paciencia de llegar hasta aquí.

 

En Barcelona se cuenta de otra forma, que a mi modo de ver se aleja de la verdad. Hubiera bastado que Martí Carreto le pagara a Sénior la cantidad que le pidió para que Di Stéfano hubiera sido del Barça.

 

Si Franco hubiera tenido tanto interés en hacer del Madrid una gran cosa hubiera empezado antes, digo yo. Para cuando ocurrió todo esto, el Madrid no había ganado ni una Liga desde las dos de antes de la Guerra, ambas, por cierto, ganadas durante la República. Tras la guerra, lo que el Madrid se encontró fue una competencia extraordinaria en su propia ciudad, el Atlético Aviación, fusión del Atlético de Madrid y el equipo ‘Aviación’, creado durante la guerra para jugar partidos de exhibición en retaguardia, con jugadores de verdad o soldados muy aptos. El Atlético Aviación ganó las dos primeras ligas de la posguerra. Los cuarenta son el único periodo largo en el que el Madrid fue menos que su rival ciudadano. Y fue menos que el Barcelona, el Athletic e incluso el Valencia.

 

Los cuarenta, los años de hierro del franquismo, fueron los peores años del Madrid.

 

Con Di Stéfano cambió todo. A partir de los sesenta el Madrid estuvo instalado y se convirtió, de facto, en un instrumento del Estado. Como tal se le percibió. Y en momentos abusó de ello. Pero eso pasó en los sesenta, y como consecuencia de lo que provocó Di Stéfano. No antes. Y no fue un estatus provocado por las fuerzas del Estado, sino por la tenacidad de Bernabéu y la extraordinaria capacidad de Di Stéfano.

 

Para el que quiera alguna precisión más, añado unos anexos que detallan alguno de los pasajes.

 

ANEXO 1

 

El pacto de Lima

 

Congreso Sudamericano. Lima, 1951

 

“Los jugadores de los Clubs de la División Mayor, habiendo pertenecido anteriormente a Clubs de las Asociaciones Nacionales de los ocho países siguientes: Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Ecuador, Paraguay, Perú y Uruguay y, habiendo sido transferidos sin tener el certificado correspondiente de transferencia de parte de sus Clubs de origen, son autorizados a continuar jugando con sus Clubs respectivos y actuales de la División Mayor hasta lo más tardar el 15 de octubre de 1954. Inmediatamente después estos jugadores están obligados a regresar a sus Clubs de origen”.

“La Asociación Colombiana de Fútbol no está autorizada para transferir ni siquiera uno solo de estos jugadores a otra Asociación Nacional, a menos que no se haya hecho con arreglo previo a este respecto con la Asociación Nacional interesada”.

 

“Los jugadores de los Clubs de la División Mayor, transferidos sin un certificado de transferencia emitido por su Club de origen, y sin haber pertenecido a un Club de una Asociación Nacional de los ocho países arriba mencionados, habiendo sido suspendidos de este hecho por su Asociación Nacional correspondiente, quedan suspendidos y no son autorizados de continuar jugando con su Club actual de la División Mayor, hasta que no se haya hecho un arreglo, por el cual la Asociación Nacional competente levantará expresa y formalmente la suspensión promulgada anteriormente”.

 

Asimismo, los jugadores ilegalmente huidos de sus clubs, con contrato en vigor, deberían retornar a los mismos al finalizar los contratos suscritos con los equipos colombianos y con el plazo máximo del día 31 de diciembre de 1954.

     

ANEXO 2

 

El River Plate se lava las manos

 

Comunicado de Enrique Pardo, presidente del River Plate. Buenos Aires, 1953.

 

El 3 de septiembre, Enrique Pardo, presidente del River Plate, hacía público el siguiente comunicado:

1.º Cuando el River Plate transfirió a Di Stéfano al Club de Fútbol Barcelona no existía la resolución de la Federación Española que posteriormente prohibió la contratación de jugadores extranjeros.

 

2.º En el convenio de la transferencia de Di Stéfano no dejó constancia de que cualquier arreglo con el jugador era por cuenta y riesgo del C.F. Barcelona.

 

3.º Al hacer entrega de la transferencia de Alfredo Di Stéfano a la Asociación del Fútbol Argentino para formalizar su traspaso al Barcelona, el River Plate quedó totalmente desligado del jugador y “de los compromisos posteriores”.

 

4.º Si la Federación Española tomó una resolución posterior a la transferencia, “el River Plate no tiene nada que hacer”.

  

ANEXO 3

 

Di Stéfano se reparte

 

Acuerdo al que llegan Santiago Bernabéu, presidente del Madrid, Enrique Martí, presidente del Barcelona, y Muñoz Calero, miembro de la FIFA.

 

Madrid, 15 de septiembre de 1953

  

“ACUERDAN.- Primero.- Aceptar plenamente el arbitraje de don Armando Muñoz Calero, así como las siguientes cláusulas dictadas por el mismo, con la advertencia de que están inspiradas en el mejor deseo de solucionar esta cuestión, y que requieren previamente para su efectividad la aprobación por parte del Excmo. Sr. Conde del Alcázar de Toledo, delegado nacional de Deportes, del escrito de Súplica al mismo dirigido, y la anuencia de la Real Federación Española de Fútbol:

 

a) El jugador Alfredo di Stéfano, una vez cumplido el requisito reglamentario de su inscripción legal en la Real Federación Española de Fútbol, podrá ser alineado en el equipo representativo del Real Madrid F.C. en las temporadas de 1953-54 y 1955-56, y, por el Barcelona C.F. en las temporadas 1954-55 y 1956-57, tanto en los encuentros de competición oficial como en los amistosos o de entrenamientos públicos o privados que los respectivos Clubs consideren oportuno organizar.

 

b) Los Clubs Barcelona C.F. y Real Madrid C.F. designarán respectivamente un delegado que con plena autoridad liquidará los gastos efectuados por cada uno de los Clubs, aceptando el cargo del 50% del total para cada uno de ellos.

 

c) Finalizada la temporada 1956-57, ambos Clubs, con la conformidad del jugador Alfredo di Stéfano, y si así se lo permitieran las disposiciones legales entonces, decidirán sobre la posterior actuación de dicho jugador en España.

 

d) Los ya indicados Clubs podrán de mutuo acuerdo modificar las anteriores cláusulas, en el sentido de la cesión definitiva de derechos sobre el jugador, en favor de alguno de ellos, siempre que a esta modificación contractual no se opongan las disposiciones vigentes de los Organismos Superiores.

 

e) Sea cualquiera la resolución que la Delegación Nacional de Deportes adoptara en relación con el jugador Di Stéfano, ambos presidentes se comprometen a realizar el máximo esfuerzo para consolidar las amistosas relaciones deportivas que siempre han debido existir entre sus respectivos Clubs, de tan destacada raigambre en la afición futbolística de Barcelona y Madrid”.

 

ANEXO 4

 

La dimisión de Enrique Martí por el caso Di Stéfano

 

Barcelona, 22 de septiembre de 1953

 

“Aceptando la amable invitación que me hace el excelentísimo señor gobernador civil y consciente de mi deber, me creo en la obligación de dar pública cuenta de la causa de mi dimisión a los socios y simpatizantes del Club de Fútbol Barcelona. Iniciadas las gestiones para la adquisición, en traspaso, del jugador Alfredo Di Stéfano, con el River Plate, de Buenos Aires, no pudimos mantener relaciones oficiales con el jugador por estar reglamentariamente prohibido por la Real Federación Española, hasta tanto no fuera un hecho el traspaso.

Una vez tenida la anuencia del River Plate, nos pusimos en relación con el Club Millonarios, de Bogotá, y después de largas gestiones y vicisitudes se nos manifestó por su delegado que el club que presentara el pase del River obtendría también el de ellos. Esto no sucedió, ya que más adelante tuvimos conocimiento de que el presidente del Millonarios había cedido sus derechos al Real Madrid.

Hecha pública la disposición de la Delegación Nacional de Deportes  sobre jugadores extranjeros, orden que acatamos respetuosamente, hicimos todos los posibles para traspasar el jugador a un club extranjero.

 

Como para esto necesitábamos la conformidad del Real Madrid, me trasladé a dicha capital y bajo los auspicios de un miembro de la FIFA, que se ofreció para ello, se hicieron todas las gestiones para efectuar el traspaso de acuerdo totalmente con el Real Madrid, sin lograrlo, en definitiva. En esta situación y tratando ya sólo de defender los intereses deportivos y económicos del club, y bajo el arbitraje del doctor Muñoz Calero, se dirigió una súplica conjunta al excelentísimo señor Delegado Nacional de Deportes, en solicitud de excepción para dicho jugador, ya que los trámites reglamentarios se habían cumplimentado con anterioridad.

 

No obstante, era necesario que ambos clubs se pusieran de acuerdo y tras arduo empeño mío en querer superar todas las dificultades, en un caso que, más que difícil me pareció especialísimo, sintiendo el pesar de presumir que no satisfaría la decisión, acepté el laudo y firmé el pacto, que establecía una igualdad económica y un contrato alternativo entre los dos clubs, con las salvedades de que de mutuo acuerdo podría ceder un club al otro definitivamente el jugador.

 

Inmediatamente después de dar cuenta al Comité Directivo del club, y sabiendo que el criterio de muchos socios hubiera preferido que se realizara de otra forma, se confirmó mi creencia de que cualquiera de ellos, con más acierto, podría cumplir la misión mejor que yo, presenté por mi propia voluntad la dimisión irrevocable, que ha sido aceptada por la Real Federación Española de Fútbol.

 

En la presidencia del Club de Fútbol Barcelona he puesto con ilusión toda mi posible capacidad de trabajo, y si el Club ha triunfado en lo deportivo ha sido gracias a la colaboración de mis compañeros de Directiva, de los servicios técnicos, de los empleados, entrenadores y, sobre todo, de los jugadores, a los que he animado siempre y tenido verdadero afecto.

No habiendo llevado a cabo todo lo que hubiera querido en beneficio del Club, no tengo ninguna razón para sentirme satisfecho; sin embargo, mis cinco años en la Directiva son bastante conocidos. Por eso, al dimitir no siento amargura.

 

He buscado el bien por la satisfacción de hacerlo, y a ello han tendido siempre mis anhelos por los colores azulgranas de mi querido Club de Fútbol Barcelona”.

 

ANEXO 5

 

El Barça renuncia a Di Stéfano

 

Madrid, 23 de octubre de 1953

 

“En Madrid, a 23 de octubre de 1953, de una parte don José Vidal-Ribas Güell, como miembro de la Comisión Gestora del Club de Fútbol Barcelona, debidamente autorizado por la misma y en nombre y representación del referido Club, y de otra don Santiago Bernabéu de Yeste, como presidente del Real Madrid Club de Fútbol, y en nombre y representación del mismo, con relación al acuerdo concertado entre los Presidentes de ambos Clubs con fecha 15 de septiembre próximo pasado, bajo el arbitraje de don Armando Muñoz Calero, miembro de la FIFA, convienen y estipulan:

 

Primero. Que el Club de Fútbol Barcelona hace expresa renuncia en favor del Real Madrid Club de Fútbol de todos cuantos derechos le corresponden, a tenor de lo que se preceptúa en el apartado a) del acuerdo antes referido, sobre el jugador don Alfredo Di Stéfano, el cual, a partir de este momento, dependerá de la exclusiva disciplina del Real Madrid Club de Fútbol durante los cuatro años de vigencia del acuerdo antes citado.

 

Segundo. Que el Real Madrid Club de Fútbol, en compensación a esta renuncia, se compromete a reintegrar al Club de Fútbol Barcelona la cantidad de CUATRO MILLONES CUATROCIENTAS CINCO MIL PESETAS, importe de los desembolsos efectuados por el Club de Fútbol Barcelona, más los intereses del pago aplazado en parte que corresponde satisfacer al Real Madrid Club de Fútbol.

Tercero. La indicada cantidad de CUATRO MILLONES CUATROCIENTAS CINCO MIL PESETAS la hará efectiva el Real Madrid Club de Fútbol en la siguiente forma: UN MILLÓN DOSCIENTAS VEINTICINCO MIL PESETAS, que se entregan en este acto por cheque al portador número 329998 a cargo de la cuenta corriente número 20337 que el Real Madrid Club de Fútbol tiene abierta en el Banco Mercantil e Industrial, de Madrid. UN MILLÓN QUINIENTAS MIL PESETAS, en una letra aceptada por el Real Madrid Club de Fútbol, con vencimiento al 31 de julio de 1954, siendo el efecto empleado en esta operación de la clase primera número A3351252. SETECIENTAS CINCUENTA MIL PESETAS, en otro efecto aceptado por el Real Madrid Club de Fútbol, con vencimiento al treinta y uno de enero de mil novecientos cincuenta y cinco, siendo el efecto empleado para esta operación de la clase primera, número A3351253. NOVECIENTAS TREINTA MIL PESETAS, en otra letra aceptada con vencimiento el treinta y uno de julio de mil novecientos cincuenta y cinco, siendo el efecto empleado en esta operación de la clase primera número A3351254. Este efecto enjuga el saldo total de la cuenta aplazada y los intereses correspondientes a la misma y con ello quedan canceladas todas las obligaciones que el Real Madrid Club de Fútbol hubiera contraído con el Club de Fútbol Barcelona por cesión de los derechos que este Club ostentaba sobre el jugador señor Di Stéfano.

Y para que así conste y surta todos los efectos, lo firman por cuadriplicado las partes en Madrid, en la fecha arriba indicada”.

 

Y, a más a más, como se dice en la tierra de mi madre, adjunto como anuncié antes el capítulo de mi ‘Nacidos para incordiarse’ sobre el fichaje de Kubala. El que tenga paciencia y lo lea, verá que aquellos hechos se compadecen mal con la imagen de un Barça perseguido durante el franquismo. 

 

El Barça se lleva a Kubala

 

Explicar hoy, más de cincuenta años más tarde, lo que significó Kubala en el fútbol español, resulta difícil. Fue el primer genio de importación, casi podría decirse que ‘el primer genio’, a secas, a no ser por la presencia, algo anterior, de Ben Barek, exquisito marroquí que llegó al Atlético ya bien pasados los treinta. Pero Kubala fue un verdadero ‘boom’. Jugador potente y tremendamente técnico, dotado de un control de balón y de un golpeo del mismo desconocidos hasta la fecha. Kubala paraba con el pecho, el pie o la cabeza el balón que sacaba en largo su propio portero, mostraba regates nuevos, golpeaba con efecto o con potencia, o con ambas cosas al tiempo, era casi imposible que fallara un penalti… Eso en tiempos en que el nuestro era aún un fútbol un tanto rústico y en los que era muy difícil ver figuras de otros lugares. Aquí no había aún televisión y en los noticiarios del NO-Do sólo se veían, cuando se veían, algunas jugadas de partidos locales.

Además de eso era fuerte como un toro, bello hasta el insulto, con ojos claros, pelo fuerte rubio y ondulado y mandíbula poderosa. En aquella España gris fue un relámpago. Se adelantó en el tiempo a los Di Stéfano y Puskas, con lo que durante algunos años estuvo solo. Con él, el fútbol español dio un salto parecido al del cine cuando pasó del blanco y negro al ‘technicolor’.

Aquel jugador lo descubrió el Madrid, lo quiso el Madrid, lo contactó el Madrid… y fichó por el Barça, con la base del contrato que le había preparado el propio Madrid.

Kubala, ya fallecido (su entierro, en mayo de 2002, fue un acto multitudinario en Barcelona) había nacido en Budapest el 10 de junio de 1927, hijo de húngaro y de checoslovaca. Muy pronto era jugador célebre en ambos países. Jugó en el Slovan de Bratislava y en el Vasas de Budapest y fue internacional con ambos países, por poseer ambas nacionalidades. (Más adelante, nacionalizado español, lo sería también con nosotros, resultando de este modo el único futbolista de la historia que ha alcanzado la internacionalidad en tres países distintos).

Pero a Kubala, el marco ‘amateur’ del fútbol decretado en los países del Este de Europa después de la II Guerra Mundial se le quedaba estrecho. Allí, el profesionalismo en el deporte estaba considerado  como un vicio del capitalismo, y aunque los deportistas buenos tenían ‘un pasar’ porque se les solía conceder cargos en el Estado que les proporcionaban sueldos cómodos a cambio de no hacer nada más que su deporte, a él la solución no le convencía. Quería ser profesional de verdad y todavía con veintiún años tomó contacto con alguna de las organizaciones que se dedicaban a sacar gente del ‘paraíso comunista’ al mundo capitalista. El 27 de enero de 1948 fue transportado en un camión, vestido de soldado ruso, hasta muy cerca de la frontera con Austria. Años después él me contaba el miedo que pasó cuando pasaron un control, por la posibilidad de ser reconocido. Pero pasó. Le dejaron cerca de la frontera y, junto a los demás fugitivos, completó la fuga caminando toda la noche. En Innsbruck se encontró con el presidente del club italiano Pro Patria, de Busto Arsizio, por el que firmó. El Pro Patria contaba con una vaga promesa de la FIFA de que al cabo de un año el jugador, pese a haberse fugado con contrato en vigor por el Vasas, podría jugar ya con todas las de la ley en Italia. El Vasas, mientras, había denunciado la fuga del jugador a la Federación Húngara, y ésta trasladó el caso a la FIFA, que el 18 de marzo comunicó la suspensión del futbolista por un año.

Y con el Pro Patria empezó a jugar unos amistosos, ya que no podía participar en el campeonato oficial mientras no se resolviera su caso. Pero pronto la FIFA hizo saber al Pro Patria que cuanto más utilizara al jugador en exhibiciones, más difícil sería resolver el enojoso asunto de su fuga y conseguir el tránsfer de la Federación Húngara. De hecho, cumplido un año, el 18 de marzo de 1950 la FIFA comunicó que Kubala continuaba descalificado.  

Así que el Pro Patria le dio la baja y él viajó a Roma, donde se encontró con un grupo de jugadores en la misma situación: hombres que habían saltado ‘El Telón de Acero’ para hacerse un hueco en el rico fútbol profesional de Italia, Francia, España o cualquier otro lugar. Todos juntos formaron un equipo que llamaron ‘Hungaria’, en atención a que de sus componentes todos eran húngaros excepto cuatro. El entrenador era Fernando Daucik, con cuya hermana estaba casado Kubala. En principio, se ganaban bien la vida contratándose para partidos de exhibición por toda Italia, hasta que el entonces fortísimo Partido Comunista Italiano hizo tanta presión que se les dejó de contratar.

Y entonces empezaron a buscar fuera. España, territorio donde no iban a encontrar problemas, dado el acerbado anticomunismo de la época en nuestro país, como bien señala Duncan Shaw en su ‘Fútbol y franquismo’, que dedica un capítulo a la llegada de jugadores futbolistas a España durante la época. Y en mayo de 1950 se recibió una carta en las oficinas del Madrid con la oferta de un partido amistoso de Hungaria. Bernabéu, que tenía noticias de la calidad del equipo, lo encuentra una buena idea y acepta el partido. El 5 de junio el Hungaria salta al campo de Chamartín, con Kubala en sus filas. En el Madrid juega de portero Acuña, del Deportivo de La Coruña, a petición del seleccionador, que le está dando vueltas a este puesto con vistas al inminente Mundial de Brasil. (También, a petición del seleccionador, juega Miguel Muñoz de interior derecho, en lugar de medio derecho, su posición habitual). Gana el Madrid 4-2, pero los dos goles del Hungaria los marca Kubala, que maravilla a todo el mundo.

Inmediatamente el Madrid habla con Kubala y le propone el fichaje. Pero se plantea una pega: Kubala quiere que junto a él se contrate a su cuñado-entrenador, Fernando Daucik, cosa a la que Bernabéu no está dispuesto. Por entonces tiene un entrenador inglés, Míster Keeping, en el que está dispuesto a seguir confiando. Entre eso y una consulta a la Federación, que le ve problemas al asunto, decide pensárselo.

El Hungaria, mientras, completa una gira que ha ido pespunteando en España al compás de su primera visita al Madrid: 8 de junio en el Metroplitano, contra la Selección Española; el 10, en Sarriá contra el Español; el 14, de nuevo contra España en el Metropolitano (estamos en vísperas del Mundial, de ahí tanta actividad de la Selección, que luego saldría cuarta en Brasil) y el 18, de nuevo en Sarriá con el Español. En todos los partidos hay muchos goles y en todos despunta Kubala. Pero, entre el penúltimo y el último, el 16 de junio, se produce la sensacional noticia: Kubala ha fichado por el Barça…¡como jugador aficionado!

En el Madrid saltan chispas. Hernández Coronado, secretario general del club, eleva una protesta a la Federación denunciando que el Barcelona habría incumplido un célebre ‘pacto de no agresión’ entre ambos clubes, al inmiscuirse en una operación que estaba en marcha. El Barça rechaza la acusación, declarando, por voz de Narciso de Carreras (a la sazón directivo, con Montal padre, más adelante sería presidente), que llevaban meses de contacto, lo que muy probablemente no era verdad. Al tiempo, el Barça argumenta que por ser Kubala un jugador ‘amateur’ puesto que en Hungría no se reconocía el profesionalismo, gozaba, según la normativa vigente en España para los jugadores ‘amateurs’, de plena libertad para fichar por cualquier equipo.

En todo caso, el contrato como aficionado no permitía a Kubala ganar el dinero por el que él abandonó su país, y mientras la Federación Húngara no se aviniera a enviar el tránsfer no podría jugar partidos oficiales. En realidad no pasaba de ser un precontrato para cuando se pudiera arreglar formalmente el pase con todas las de la ley. El Hungaria pasaba el verano en Mallorca y se encontraba en fases de disolución. De hecho se disolvería el 26 de julio. Y Kubala da un nuevo paso para desatascar la situación. Con su cuñado ya ‘colocado’ en el Barça y pensando, quizá, que el Madrid tendría más fuerza que el club catalán para sacarle de la situación, o simplemente con la intención de urgir a éste a que se moviera, envía una carta al Madrid pidiéndole entablar nuevas negociaciones.

El Barça, que lo sabe, decide firmarle, el 27 de julio (justo un día después de la disolución formal del Hungaria) un contrato en el que le incluía en nómina como ‘amateur’ con un salario mensual de 1.200 pesetas más un complemente de 3.800 en concepto de ‘estímulo y alimentación’. El Barça forzaba muchos mecanismos legales al hacer este contrato, pero contaba con el apoyo del secretario de la Federación Española, Ricardo Cabot, barcelonista de pro que había trabajado muchos años en el club. Y con el interés del Régimen, que veía en Kubala la posibilidad de un golpe de efecto contra el comunismo internacional, que era uno de sus grandes fantasmas.

Y el 12 de octubre Kubala debuta por fin con el Barça, en Les Corts, en amistoso contra Osasuna. El Madrid vuelve a protestar ante la Federación, que le contesta con esta carta:

“Con mucho gusto contestamos a su atenta carta, fecha de hoy, relativa a la situación del jugador húngaro Kubala, y le comunicamos que, tanto dicho señor como sus compañeros del Hungaria C. de F. , no pueden actuar en ningún Club reglamentariamente afiliado a una Federación nacional inscrita en la F.I.F.A., salvo que los interesados presenten el certificado de transferencia de su Federación de origen, la cual, por lo que respecta concretamente a estos jugadores, no la dará , por haber abandonado el Club que poseía los derechos reglamentarios sobre ellos…  su participación en partidos amistosos no será posible tampoco, pues para tomar parte en los mismos ha de estar inscrito en el Club que trate de alinearlo, y esta Real Federación Española de Fútbol, en cumplimiento de la advertencia que le ha sido hecha, no despachará ninguna solicitud que en tal sentido se le curse…” .

Con la situación resuelta todavía sólo a medias, Kubala se entrena con el Barça, sirve de modelo a su cuñado para mejorar la técnica de otros jugadores y para ensayos sobre el campo, pero no puede jugar. Le tientan de la liga pirata de Colombia (donde juegan algunos de sus excompañeros del Hungaria y donde está un entonces aún desconocido en España Di Stéfano). El Atlético Bucaramanga entra en contacto con él, pero la operación no cuaja. En diciembre juega dos nuevos amistosos de Navidad, con otras tantas ridículas multas de 50 pesetas al Barça. Y mientras, las autoridades del Régimen, que han visto en él la gran oportunidad, se mueven. El 2 de abril de 1951 se le da el estatuto de refugiado político, como apátrida. Y en breve se le concede la nacionalidad española, previo bautismo en la fe católica en Águilas (Murcia) localidad natal del Presidente de la Federación Española, Armando Muñoz Calero. (El del célebre ‘Excelencia, hemos vencido a la Pérfida Albión’).

Y ya en el campeonato de Copa puede debutar en partido oficial, como español, contra el Sevilla, cuando aún no se había cumplido un año de su aparición en Chamartín. Más adelante, el Barça irá pagando por la ficha del jugador a sus dos clubes de origen. En septiembre del 52 paga al Pro Patria, que reclama unos derechos, 12 millones de liras. Y, ya en agosto de 1954 el Congreso de la FIFA celebrado en Berna, durante el Mundial de Suiza, obtiene por fin el plácet de Hungría a enviar el tránsfer del jugador a cambio de un pago del equivalente de 300.000 pesetas.

En realidad, sólo a partir de ese momento puede decirse que la situación de Kubala está perfectamente regularizada. Para entonces ya llevaba dos años jugados en el Barça, para el que había ganado sucesivamente Copa, Liga, Copa, Liga y Copa. Todo. Es el periodo del Barça de ‘Las Cinco Copas’, que en ocasiones suele relacionarse con esa serie de cinco campeonatos consecutivos, pero que en realidad nació al término de la 51-52, en la que el Barça ganó todo: Liga, Copa, Copa Latina (que disputaban los campeones de España, Italia, Francia y Portugal) más la “Copa Duward” y el “Trofeo Martini Rossi” trofeos publicitarios pero valorados en la época, que premiaban al equipo más goleador y al menos goleado.

Sí, con Kubala el Barça dio un salto, hasta el punto de que Les Corts se quedó pequeño y su presencia obligó al Barça a dar el paso que ya había dado Bernabéu en 1947: la construcción de un nuevo estadio, más capaz, el Camp Nou.

Las historias del Barça escritas a partir de la fecha, muy inclinadas a relatar faenas más o menos reales o imaginarias sufridas por el club bajo el franquismo, suelen pasar de puntillas por el fichaje de Kubala, a cuyo logro tanto contribuyó el Régimen. En esas historias aparece como por ensalmo, como el Ángel Anunciador se presentó en la estancia de la Virgen María. Pero para conseguirlo el Barça contó con la empeñada cooperación de varios estamentos oficiales, que vieron la ocasión de hacer de Kubala un símbolo anticomunista, y como tal fue profusamente presentado en la prensa de la época.

No sólo eso, sino que con él de protagonista se rodó una película ‘Los Ases buscan la Paz’, una pieza directa de propaganda anticomunista, cargada de todos los tics de la época. La película justifica el deseo de Kubala de marcharse de Hungría porque le obligan a espiar cuando viajaba fuera de su país con la selección o con su equipo. La escena para describir esto es particularmente ingenua. Kubala está vestido para saltar al campo en Roma cuando le interpela un tipo vestido con gabardina, muy en policía secreto comunista y le dice que tiene que espiar. Kubala dice que se niega, que él sólo es deportista y el otro le dice que se atenga a las consecuencias. Uno, al ver ahora la película, se pregunta cómo puede espiar un futbolista cuando va por ahí con su equipo a jugar un partido, y se pregunta si la gente de esa época podría creer esas cosas, o si la propaganda era tan ciega como para ni siquiera planteárselo. Por lo demás, la película narra la peripecia de su salida y sus apuros hasta que encuentra la felicidad en un país ideal, España, y en una ciudad que también lo es Barcelona, como futbolista de éxito. Un buen hombre que lucha por escapar de las garras del comunismo y por ganarse la vida decentemente con lo único que sabe hacer: jugar al fútbol. Varios tramos de la película están rodados en las instalaciones del Barça, y en ella colaboran algunos otros jugadores del club, como Ramallets y Biosca, tenidos por los más fotogénicos del grupo.

Para completar el capítulo daré voz en el siguiente párrafo a Sancho Dávila, que fuera presidente de la Federación desde febrero de 1952 hasta la primavera del 54, cuando cayó a consecuencia de la eliminación de España por Turquía en la clasificación para el Mundial de Suiza que había de jugarse ese verano. La eliminación se produjo en desempate en Roma, acabado a su vez en empate y resuelto por sorteo. Minutos antes del partido, con los jugadores ya vestidos, se recibió un telegrama de la FIFA previniendo sobre la presencia de Kubala en el equipo. Kubala ya había jugado algunos partidos con España, pero el asunto de su fuga de Hungría aún no estaba lo bastante bien resuelto en el papeleo internacional y la Federación decidió, por prudencia, dejarle fuera del partido y sustituirle por Escudero. (Luego nos quedamos sin Mundial, por el papelito con el nombre de Turquía extraído de una copa por un dichoso bambino llamado Franco Gemma y aquello fue el llanto y el crujir de dientes).

Pero vuelvo a Sancho Dávila. Cuando dimitió tras la eliminación escribió un libro con sus memorias de esos dos años y poco, titulado ‘De Vuelta a Casa’. Y, clavado como tenía el ‘caso Kubala’, se esforzó en contar todos los pasos que durante su mando se habían dado para legalizar plenamente la posición del jugador. Lo que sigue es uno de los capítulos. En la primera línea se refiere al encuentro que se convocó, durante los JJOO de 1952 en Helsinki, con la legación húngara. Luego hace un relato de otros encuentros. El texto es éste:   
 
‘Con nuestra entrevista con los húngaros terminaré este capítulo. Pero antes tengo que dedicar un espacio al tan debatido asunto, que puede compendiarse en una sola palabra: Kubala.

De origen checo, inscrito por la Federación Húngara como jugador ‘amateur’ y en el club de Vasas de Budapest, el jugador Laszlo Kubala se fugó de Hungría y pasó la frontera que separaba este país de la zona austriaca de ocupación alemana (errata, quiere decir americana), en el mes de enero de 1949. No llevaba pasaporte. Tuvo que burlar la vigilancia policiaca, según declaración de la Federación Húngara en carta que dirigió a la FIFA con fecha 2 de febrero de aquel año.

Ya en el mundo libre, quiso integrarle en su equipo el club italiano Pro Patria. A este efecto, el 19 de marzo presentó una carta al secretario de la FIFA, acompañada de otra para la Federación Húngara, haciendo valer su condición de ‘amateur’. Amparado en el artículo 31 del Reglamento, comprometiéndose con aquel club a cambio de determinada cantidad en concepto de gastos, durante el año que debía permanecer sin jugar, no llegó a formalizarse su inscripción por la Federación Italiana y, naturalmente, quedó sin efecto el compromiso.

En junio de 1950 expiró el plazo. Kubala, entonces, se puso al habla con un club español. Y por no contar con el certificado de transferencia de la FIFA, la Real Federación Española tuvo que denegar la autorización.

En las reuniones de Bruselas y Zúrich expuso el caso el señor Muñoz Calero. Se encargó al señor Drewry para que hiciera del asunto un estudio a fondo. Se le remitió un dossier con todos los antecedentes. Y el fallo resultó favorable a la petición española. Bien claro quedó señalado que la reclamación húngara tenía más de carácter político que de carácter deportivo.

Al ser enviado desde Zúrich a Londres, inexplicablemente el dossier “se extravió”. Lamentablemente, ni siquiera se había sacado una copia. Tampoco habían sido guardados los originales. Ni se hicieron fotocopias.

Clara la maniobra, hubo de hacerse un nuevo dossier, basado en las declaraciones de los húngaros, sin cotejo posible. En definitiva, estilo “telón”, se trataba de condenar a Kubala y de rendirle por el pacto del hambre. El Comité ejecutivo español, previa autorización de la Delegación Nacional de Deportes, se reunió y accedió a que el C.F. Barcelona alineara al jugador en partidos de competición. Con más razón, como por haber sido nacionalizado español, según acuerdo del Consejo de Ministros del día 1 de junio, inserto en el Boletín Oficial del Estado del 27 del mismo mes del año 1951.

Por otra parte, en Bruselas, el Comité de urgencia de nuevo quiso poner en vigor el artículo 118. Para informar y defender sus derechos, a esta reunión asistió una representación española, presidida por Manuel Valdés, entonces presidente; el miembro del Comité Ejecutivo don Agustín Pujol y el representante de España en la FIFA, señor Muñoz Calero. Con sólidos argumentos, nuestra Delegación hizo ver que cuando en los Estatutos se aprobó el mencionado artículo 118 no pudo preverse el estado caótico del mundo como epílogo de la última guerra mundial, ni que dicha disposición pudiera ser empleada por una federación deportiva como medio de acción y de persecución política.

Con toda claridad hicieron ver que Kubala se evadió de su país no para mercantilizar en su propio provecho sus actividades de jugador de fútbol al mejor postor, sino con el exclusivo fin de huir de una muerte cierta por no prestarse a ser instrumento ciego del comunismo. Porque se le había obligado a asistir a un seminario comunista. Él se resistió. Y “por tibieza” se había decidido su asesinato. Esto fue corroborado por Mathias Toth, expresidente del Vasas, Presidente de la Comisión que descalificó al jugador húngaro. También se evadió de Hungría con posterioridad.
Las imputaciones de la Federación Húngara tampoco podían tener ningún valor por cuanto tales denuncias eran de fecha 31 de enero de 1949 y Kubala jugó en Budapest su último partido el día 25 de aquel mes.
Para no abrumar al lector, señalaré, por último, que, en Londres, en octubre de 1951, se celebró otra reunión. En ella se prometió a la Delegación española, que “el caso estaba resuelto”. Tanto la Prensa española, como la extranjera, con grandes titulares, así lo anunciaron.

El día 28, en la mejor disposición, nos enfrentamos con la Federación Húngara. Como habíamos proyectado, nos presidió Mr. Rimet. También asistían el hoy Presidente, señor Seeldrayers, y el Secretario, señor Gassmann. Se celebró la reunión en una salita del Hotel Vaccuna. En mi mucho peregrinar, desde mi infancia, por todos los países de Europa, excepto Rusia, como señalan los pasaportes, jamás he visto ningún hotel de construcción tan original. Su estilo moderno, de líneas elegantes y artísticas, contrasta con la sólida mole de una de las estaciones mayores del mundo, la de Helsinki, situada enfrente.
Con nosotros tomaron asiento el representante húngaro y tres miembros más. Habíamos cambiado un frío saludo, una inclinación de cabeza. Inmediatamente comenzaron a atacar a Kubala: “Es un desertor de nuestro país”.

Replicamos que se ciñeran al aspecto deportivo. Les recordamos un viejo refrán: “De lo perdido saca lo que puedas”. La entrevista duró cerca de tres cuartos de hora.

Nuestras peticiones fundamentales fueron: una indemnización económica a su favor y la firma de un compromiso por su parte en el que renunciarían definitivamente a cualquier reclamación posterior contra el jugador.

-Kubala-dijimos- tiene derecho a vivir del fútbol.
-También yo he sido jugador-indicó uno de los miembros-. Cuando los alemanes invadieron mi país huí a Francia y pude vivir gracias a las clases que daba.

El Señor Muñoz Calero preguntó a Mr.Rimet:

-¿No es cierto que la FIFA reconoce el profesionalismo? ¿Por qué, pues, no se puede vivir de este deporte?

Eran muy convincentes nuestros razonamientos; sus denuncias estaban desprovistas de todo sentido y deshicimos todos sus argumentos. Y hubo acuerdo. España, es decir, el C.F.Barcelona, entregaría una cantidad determinada al Vasas. Dirigiéndome a Mr.Gassmann y a Andrés Ramírez, les rogué que redactaran el compromiso, que se firmaría en aquel instante.

-¿Sin consultar?-me preguntaron.

-Y abonando la cantidad estipulada en el acto, en la FIFA, de nuestra cuenta -respondí.

Cambiaron las miradas. Hablaron en su idioma entre sí, aunque hasta aquel momento todos lo hicimos en francés. Se levantaron. Y con cara de pocos amigos nos dijeron que no podían resolver sin consultar antes con Budapest.

Otra vez, igual que en 1951, el caso “Kubala” quedaba en el aire, entorpeciendo toda la buena voluntad de la Federación Española y de su representante en la FIFA.

Cuando la Delegación española se despedía de Mr.Rimet, el viejecito respetable y cariñoso retuvo entre las suyas mis manos y me dijo:

-Ya ve, querido, lo que es vida. Se dice que soportáis una dictadura atroz y, sin consultar, podéis resolver. En cambio, los del “mundo nuevo” por sí solos no se atreven a dar ni un paso.

Hasta Roma, lector, abandono este asunto.’

El ‘hasta Roma’ remite a un capítulo posterior del propio libro, en el que trata de quitarse culpas por lo sucedido en aquella eliminación ante Turquía. Pero lo de Roma confirma que aún para entonces no tenía la Federación el tránsfer de Kubala, y de ahí que ante la advertencia de la FIFA se renunciara a alinearle en tan crucial encuentro. El arreglo final no llegó hasta agosto de ese 1954, justo después del Mundial de Suiza.

En suma, el Barça se llevó a Kubala porque se manejó mejor. El secretario de la Federación Española era Ricardo Cabot, barcelonista, y posiblemente eso le ayudó. Pero luego supo mover todos los resortes del Régimen, que trabajó feliz en la construcción de aquel símbolo anticomunista. La contratación de Kubala fue toda una ‘joint venture’ entre el Barça y el Régimen y conviene no olvidarlo a la hora de hacer un juicio con perspectiva de la historia comparada entre el Madrid y el Barça. El Delegado Nacional de Deportes durante los hechos era el General Moscardó, los presidentes de la Federación eran todos hombres muy del Régimen, como no podía ser menos. Sancho Dávila era falangista de primera hora, camarada de flechas y luceros de José Antonio, al que llama ‘El Jefe’ en la introducción del citado ‘De Vuelta a Casa’. De hecho ése era su mayor mérito para llegar a la presidencia de la Federación (en sustitución de Valdés Larrañaga, otro prohombre franquista que dejó el cargo con destino a la embajada de Santo Domingo), porque en realidad era un hombre ‘del toro’, ajeno por completo hasta su nombramiento al fútbol.

Por cierto, como se ve en el capítulo recogido, también recoge la tesis de que Kubala salió de Hungría no para ganar dinero, sino huyendo de una muerte segura. Un poco la tesis de la película, se entiende que tesis oficial en el Régimen. 

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jueves, 10 julio 2014

Por Alfredo Relaño

Aquel golpe franco al Milan

Alcancé a ver a Di Stéfano por los pelos. Mi primera temporada de asistencia asidua al Bernabéu fue la 62-63, la penúltima de él en el Madrid. Camino del fútbol, mi hermano, que me saca siete años y había disfrutado ya lo mejor de aquel Madrid legendario, me hablaba y no paraba. Para ser sinceros, y un poco por ponerme frente a mi hermano, yo me hice de Amancio, que apareció justo esa temporada, regateaba como un diablo y alegraba el ritmo académico y pausado de aquel equipo señorial. Di Stéfano me pareció venerable, como Puskas y Santamaría, pero mi jugador era Amancio. Ni mi hermano me podía convencer.

 

Así fue hasta el siguiente año. El Madrid estaba, una vez más, en la Copa de Europa. Una eliminatoria tremenda le cruzó con el Milan, en cuartos de final. El Milan traía leyenda: era el campeón de Europa, tras batir en la anterior final al Benfica, que a su vez había ganado las dos finales anteriores al Barça y al Madrid. En ese Milan venía Amarildo, un brasileño del que sabíamos que había tenido que sustituir a Pelé, por lesión, en el Mundial de 1962 y había marcado goles decisivos (entre ellos, dos a España) para que Brasil ganara aquella Copa del Mundo. Venía también Rivera, al que apodaban Il Bambino de Oro, y un líbero llamado Maldini, de enorme estampa y que representaba un avance por sí mismo, porque entonces aquí no había líbero ni sabíamos lo que era eso. El delantero centro era Altafini, autor de 14 goles en la Copa de Europa anterior. Entre ellos, los dos de la final al Benfica. La cosa se presentaba dura.

Relaño

Yo tenía 13 años. Mi carnet de socio me daba derecho a ir de pie a uno de los fondos. Siempre escogía el sur. Por mi estatura, que nunca ha sido aventajada, me esmeraba por ir muy pronto y colocarme en la primera fila. El partido era a las ocho y media y a las siete, cuando se abrieron las puertas, ya estaba yo allí. Bajé corriendo y me coloqué tras la portería, como solía, un poquito en línea con el palo izquierdo. Allí esperé hora y media, emocionado.

 

La salida del Milan fue impactante. Con sus rayas, muchas y finas, rojas y negras. Las rayas negras (yo no había visto aún ni al Baracaldo ni al Sestao) me parecieron de una distinción elegante. Todo en ellos traslucía un cierto aire de poder, sin arrogancia. Desde luego, eran más delgados y más jóvenes que los jugadores del Madrid, donde varios avanzaban ya peligrosamente por la treintena.

 

Ese día entendí lo que era Di Stéfano. El Madrid empezó defendiendo la portería del Fondo Sur, que protegía Vicente, mi portero favorito porque fue, junto a Pazos, el último que llevó rodilleras. El Milan apretaba y yo veía a Di Stéfano por ahí atrás, cortando, animando, regañando, intimando, arrancando la jugada hasta el otro campo, donde casi se me perdía de vista. Amarildo, que jugó de extremo izquierdo, dominó peligrosamente a Isidro (padre de Quique Flores), al que desbordó tres veces seguidas. Di Stéfano mandó a Isidro al medio campo, se puso de lateral derecho y le cerró las tres siguientes internadas a Amarildo, la última de ellas amagando que le compraba el amague y quedándose luego la pelota en el tacón izquierdo, que retrasó. Luego, la pisó, le hizo un gesto a Amarildo y arrancó. Isidro recuperó la marca y Amarildo no se le volvió a marchar. A todo esto, en dos llegadas, Amancio y Puskas habían conseguido sendos goles, allá en lontananza, en el Fondo Norte. Al descanso el Madrid ganaba dos a cero, pero en aquella primera fila de lo que hablábamos era de Di Stéfano y de cómo le había comido la moral a Amarildo.

 

A todo esto, Félix Ruiz, interior navarro de ida y vuelta, se lesionó. Una entrada de Rivera le produjo una mala caída y se rompió la clavícula. No había cambios. Pero el Madrid no se afligió, esta vez pasó al ataque, todos entendimos que por decisión de Di Stéfano, que se multiplicó. Otra vez el juego estaba ante mi portería. En eso, hay una falta cerca del área del Milan, un poco en la posición del interior derecho. Ideal para Puskas, preciso lanzador de toda clase de saques a balón parado. Se perfila. Pero de repente Di Stéfano le grita, le pide que se aparte, y es el propio Di Stéfano, que estaba cinco metros más atrás el que se arranca y le pega al balón. Le pega de una forma extraña, con la derecha, pero con el exterior del pie. El balón pasa junto a la oreja derecha del primero de la barrera y luego se curva y baja hacia el hierro izquierdo de la portería, ¡justo hacía mí! El meta Barluzzi vuela, lo roza, pero se cuela. Ha sido un gol fabuloso, inédito, casi transgresor. Luego marcará Gento, a la salida de un córner, el cuarto, en fabuloso tiro cruzado. Muy al final, Lodetti dejará un 4-1 que no bastaría para el partido de vuelta.

 

Fue, todos lo dijeron, el último gran partido de Di Stéfano, dueño del campo y la pelota, en las malas y en las buenas. Ese mismo año dejaría el Madrid tras perder la final de esa misma Copa de Europa, ante el Inter.

 

Con el tiempo, tuve la suerte de poder hablar con él de aquella noche y de aquella falta. Me contó que fue una inspiración repentina y que en realidad se trató de un plagio incompleto de la folha seca de Didí.

“Didí le pegaba al balón de una forma muy personal. Yo le pregunté cómo lo hacía, pero no quería compartir el secreto. Mateos y yo anduvimos observándole un tiempo, hasta deducir lo que hacía: metía la parte exterior, los tres dedos últimos, y al entrar en contacto con el balón sacudía el pie para arriba, muy bruscamente. Con eso lograba ese efecto tan especial que hacía caer el balón como a plomo, tras superar la barrera. Una vez que entendí lo que hacía, decidí intentarlo. Pero me daba una sacudida muy fuerte por detrás del muslo. Había que tener el músculo flexible que tienen aquella gente para hacer eso. Lo olvidé. Hasta ese día. Se me ocurrió de golpe, vi el gol claro, sólo que en una versión más amortiguada, sin hacer pasar el balón exactamente por encima de la barrera, como él, sino al lado. Pero el efecto de bajar bruscamente, que es lo que mata al portero, se mantuvo. Puskas me abrazó y luego me miró, enarcando las cejas, de una manera significativa. Me sentí feliz de haberle asombrado”.

Han pasado 50 años de aquello. Pero aún puedo cerrar los ojos y ver ese balón volando, sacándole la lengua a Barluzzi y viniendo hacia mí hasta recogerse, mullidito, en la red de la portería del Fondo Sur, junto al hierro.

Sí, mi hermano tenía razón. Como Di Stéfano, ninguno.

 

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miércoles, 09 julio 2014

Por Alfredo Relaño

Yashin se come un gol olímpico

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Yashin, tras recibir el gol olímpico de Colombia

 

En el fútbol se llama gol olímpico al gol cobrado directamente en un saque de córner. Una rareza. Se llama así porque al poco de aceptarse como válidos en el reglamento los goles cobrados de esta forma (antes se consideraba el saque de córner como indirecto) consiguió uno el argentino Cesáreo Onzari sobre Uruguay, reciente campeona olímpica. Fue en fecha tan lejana como el 2 de octubre de 1924. Argentina ganó 2-1. En rechifla sobre la campeona olímpica, Uruguay, lo llamaron gol olímpico.

 

En la Copa del Mundo sólo ha habido uno, y lo vino a encajar el tenido como mejor portero de todos los tiempos, el ruso Lev Yashin. El autor, menos conocido, fue Marcos Coll, interior colombiano, que aún vive, rodeado de una tenue aura de celebridad por aquello. Cada nuevo Mundial, su pequeña proeza vuelve a relucir.

 

Fue un suceso de verdad extraordinario. Entonces no era Rusia, era la URSS, Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. En su lengua y su alfabeto, no era URSS, sino CCCP, lo que un chusco periodista mexicano tradujo por “Cucurrucucú, Paloma”.

 

La URSS no acudió a la Copa del Mundo hasta 1958, y lo hizo rodeada de aura y misterio. Ya para entonces se tenía a Yashin como un portero sensacional, tras su actuación en los Juegos Olímpicos de Melbourne, que le encumbraron. Aportó un estilo nuevo, dominando todo el área, aparte de ser también un coloso bajo los palos. En ese Mundial de 1958 dejaron fuera a Inglaterra, tras duro desempate, y cayeron dos días después en cuartos, ante la selección local, Suecia, finalista a la postre.

 

Desde entonces hasta el 62, el prestigio de aquel fútbol y el de Yashin no habían hecho más que crecer. La URSS había ganado la primera Eurocopa que se celebró, la de 1960. Al Mundial de 1962 acudió como la alternativa europea al gran juego de Brasil. El prestigio de aquella selección lo apuntalaba la carrera espacial, en la que para entonces la URSS había cobrado delantera sobre Estados Unidos, con sus Sputnik I y II, su perrita Laika y su primer hombre en órbita, Yuri Gagarin. Se tenía a la URSS por una gran potencia en todo.

 

La forma misteriosa y aislada en que encaraba sus concentraciones acrecentaba su leyenda. Formó grupo junto a Yugoslavia, Colombia y Uruguay. Ganó el primer partido, 2-0, a Yugoslavia, el tenido por más difícil. Ese día los palos nublaron el sol, cuentan. Hubo varios lesionados. Uno de ellos, el soviético Dubinski, sufrió una fractura de tibia tan mal tratada que en el plazo de siete años perdió primero la pierna y después la vida.

 

El segundo partido era ante Colombia, que tenía como entrenador a Pedernera, aquel que había sido el delantero centro de La Máquina de River, luego compañero y casi hermano mayor de Di Stéfano en el Millonarios. Colombia acudió a ese Mundial sin más aspiración que hacer experiencia. Había perdido dignamente en la primera jornada, ante Uruguay. El partido contra los soviéticos amenazó en sus inicios con ser un diluvio de goles, porque en 12 minutos la URSS ganaba 3-0. Pero el roto no fue a más, y para el minuto 68 el marcador estaba en un razonable 4-1. Fue entonces cuando Marcos Coll sacó un córner, en principio sólo eso, un córner.

 

Marcos Coll, un interior muy activo, era hijo de árbitro, el primer árbitro colombiano reconocido por la FIFA para partidos internacionales. Era un buen jugador, pero digamos que uno más. Ese córner le iba a cambiar la vida para bien. El saque se produjo desde el ala izquierda del ataque colombiano. Lo lanzó con la derecha, no muy bien, bajo y muy cerrado. Luego confesaría alguna vez que pegarle exactamente así no había sido su intención. El balón botó al llegar al área chica, tras pasar junto a Ivanov y luego se coló entre Chokheli y el palo derecho de Yashin, que quedó paralizado como un espantapájaros: 4-2. Lo llamativo fue que ese gol desplomó a la URSS y a su portero, cuyas recriminaciones a los defensas fueron muy visibles. Colombia, que se vino arriba acabó empatando a cuatro, lo que hasta el gol a los alemanes en Italia (“¡Dios es colombiano!”, ¿lo recuerdan?) se tuvo por la jornada más feliz de Colombia en la Copa del Mundo. Aún hoy hay veteranos que lo ponen sobre cualquier logro.

 

Marcos Coll fue apreciado y querido en Colombia desde aquello como ningún jugador antes. Aquel gol fue un poco como los de Zarra o Marcelino entre nosotros.

 

En cuanto a Yashin, aquel suceso pudo liquidar su carrera. Ya se ha dicho que a ese gol sucedieron otros dos. El tercer partido del grupo, ante Uruguay, lo ganó la URSS y Yashin dejó nuevas notas de inseguridad. Y ya en cuartos, ante Chile, llegaría el fin. Un tiro libre de Leonel Sánchez, ante el que hizo la estatua, y un disparo lejanísimo de Rojas dieron la victoria a Chile, 2-1. La URSS quedaba fuera y Yashin, muy mal.

 

La selección estuvo acompañada de un comisario político que a su vez hacía de enviado especial de Pravda. Sus escritos y su informe final sobre Yashin fueron durísimos. El propio portero contó años después, en France Football, que se erigió en su enemigo personal y que aquello estuvo a punto de quitarle del fútbol. Para más complicarle las cosas, ese año de 1962 el Balón de Oro fue para el checoslovaco Joseph Masopust, excelente medio.

 

En la URSS, que uno de sus países satélite acaparara tal honor resultó casi una ofensa. Tan fue así, que Checoslovaquia puso sordina, por miedo a incomodar al gigante soviético, a aquel éxito. Mucha gente en Checoslovaquia no se enteró de ese Balón de Oro, fue un secreto muy bien guardado. Así nos lo contaba en AS hace pocos años el propio Masopust, al que provocamos un encuentro con Amancio, Di Stéfano y Gento con ocasión de un partido en Praga.

 

El fútbol internacional se apiadó de Yashin. En octubre de 1963 se celebró un partido solemne en Wembley para conmemorar el Centenario de la creación del fútbol. El partido enfrentó a Inglaterra con una selección mundial. Yashin fue el portero. Jugó sólo el primer tiempo, pero hizo paradas soberbias y dejó el arco invicto en el descanso. Dos meses después, France Football le daba el Balón de Oro, todavía el único que ha recibido un portero.

 

Estaba rehabilitado. El gol olímpico de Coll y sus consecuencias quedaban atrás.

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miércoles, 02 julio 2014

Por Alfredo Relaño

América se enfada con Europa

El Mundial de 1966 se celebró en Inglaterra y lo ganó Inglaterra. No fue un Mundial bonito y mucho menos bien arbitrado. Stanley Rous, presidente de la FIFA, inglés, expresidente de la Federación Inglesa, exárbitro y hombre de gran prestigio por su redacción en la que reordenó el Reglamento en 1925 para hacerlo más sencillo de entender y aplicar, se dejó gran parte de su prestigio en el empeño de que el título se quedara en casa de los inventores.

 

Para empezar, se atribuyó, junto a su asesor directo, el también exárbitro inglés Aston, la designación directa de los árbitros para la primera fase. Además, vulneró el acuerdo según el cual habría dos árbitros de cada país participante. Los españoles fueron Gardeazábal y Ortiz de Mendibil. Los ingleses designados en principio fueron Finney y Howley, pero a la hora de la verdad aparecieron más: McCabe y Dagnall, que arbitraron partidos, y Taylor, Clements y Crawford, que hicieron de liniers, como Howley. Además del irlandés Aldair, el escocés Phillips y el galés Callaghan, que hizo de linier.

 

Desco

Schnellinger salva el gol con el puño. El árbitro no pitó nada./as

 

A Brasil, que había ganado los dos últimos campeonatos, le tocó árbitro alemán con liniers ingleses para el primer partido y árbitros ingleses para los otros dos. El primer día, ante Bulgaria, Pelé fue golpeado inmisericordemente y estuvo inútil durante el tramo final del partido. Aun así, Brasil ganó, 2-0. El siguiente partido, contra Hungría, no lo pudo jugar Pelé y Brasil perdió 3-1. En el tercero, ante Portugal, McCabe permitió que Morais terminara con lo que quedaba de Pelé, que a duras penas había podido reaparecer. Brasil perdió y quedó fuera. Aconsejo ver en youtube la patada de Morais, por la que le recrimina el propio Eusebio, pero no el árbitro.

 

Como se armó cierto revuelo con las designaciones a dedo, Rous aceptó que las designaciones para cuartos las hiciera el Comité de Árbitros, en el que figuraba, entre otros, el español Pedro Escartín. El día 20 de julio se celebró la última jornada de la primera fase. A las diez de la noche de ese día, los miembros del comité fueron convocados a la reunión para designar los cuartos que se había de celebrar… ¡a las nueve de la mañana del 21, en Londres! La mayoría estaban fuera. Escartín había asistido el 20 al URSS-Chile, en Sunderland, como informador. Imposible plantarse en 11 horas en Londres, no había tren nocturno. Lo mismo les ocurrió al ruso Latychev, delegado permanente en esa sede. Y al sueco Lindeberg, al que la comunicación le pilló en Sheffield.

 

A las nueve de la mañana del 21 sólo estaban en la reunión de Londres tres personas. Stanley Rous, su fiel Aston y el malayo Ko, al que bizcocharon sin problema. Así que colocaron un árbitro alemán, Kreitlein, para el Inglaterra-Argentina, y un árbitro inglés, Finney, para el Alemania-Uruguay.
Ambos partidos se jugaron simultáneamente, el día 23. El Inglaterra-Argentina, en Wembley, dejó una de las imágenes más recordadas de la historia de la Copa del Mundo, la expulsión del capitán argentino, Rattin, por reiteradas protestas al árbitro. Rattin se negó durante 15 minutos a abandonar el campo, argumentando que como capitán tenía derecho a hacer observaciones al árbitro. Kreitlein explicaría luego que le había insultado, cosa que no podía saber con certeza, porque desconocía el castellano, pero que dedujo de la forma en que le miraba. El partido se televisó en directo, por satélite (fue el primer Mundial en ser emitido por este medio) y en muchas casas del mundo se pudo ver la bochornosa escena. Cuando por fin salió, Rattin se quedó un rato sentado en la alfombra roja que cortaba la pista que rodeaba el campo para conectar a este con el palco. “En el corazón podrido del Imperio Británico”. Luego, se marchó parsimoniosamente, rodeando el terreno de juego hacia el fondo por donde estaba la entrada de vestuarios. Al pasar por un córner retorció el banderín, que tenía los colores de la Union Jack.

 

 

 

El mismo día, a la misma hora, Uruguay y Alemania Occidental jugaban en Sheffield. Arbitró el inglés Finney. Todavía con 0-0, un córner sacado por Domingo Pérez fue cabeceado a portería por Rocha. Con Tilkowski batido, Schnellinger salvó el gol con el puño. Finney estaba en plena línea de vista, pero dejó seguir. Una buena foto publicada el día siguiente le delató. Después de eso marcó Haller el 1-0. Los uruguayos fueron dando rienda suelta a su indignación y a Finney no le costó mucho expulsar a dos de ellos, Troche y Silva. Sin ellos, Uruguay se desmoronó y en los últimos 20 minutos encajó tres goles más. Total, 4-0. Crimen perfecto.

 

Aquello creó una ola de indignación en toda Sudamérica, enconó una rivalidad que aún subsiste. El tono despectivo de Ramsey, seleccionador inglés, y de la prensa británica para con los argentinos no contribuyó a calmar los ánimos.

 

Inglaterra y Alemania Occidental llegaron a la final, donde a los ingleses les validaron aquel gol que no entró. Inglaterra ganó la Copa del Mundo. Stanley Rous pasó a ser sir Stanley Rous.

 

Para el Mundial siguiente, en México 70, se introdujeron las tarjetas, amarilla y roja, a fin de evitar hechos pasados. Brasil volvió a ganar el Mundial. Con Pelé, al que nadie lesionó.

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