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miércoles, 25 febrero 2015

Por Alfredo Relaño

Romero marca el gol más gamberro

A finales de los cincuenta y principios de los sesenta hubo gran afluencia de jugadores paraguayos en el fútbol español. Se debió quizá a dos empujes. Uno, el gran rendimiento de Eulogio Martínez en el Barça, donde llegó en 1956. Fue inolvidable su Copa de 1957, en la que un día le marcó cuatro goles al Madrid en 15 minutos y otro ¡siete! al Atlético en un solo partido. El otro empujón fue el magnífico desempeño de la selección guaraní en el Mundial de 1958. Muy flojo por atrás, pero de enorme calidad e inspiración por arriba. Fue una de las noticias del torneo.

 

Tanto gustó aquel equipo que en España trajimos a su delantera completa, más dos suplentes, más el potente medio Achúcarro. Todo de un golpe. Al Sevilla vinieron Aguilera, Agüero (que luego pasaría por el Madrid) y el citado Achúcarro. Al Oviedo, Antonio Romero y Amarilla. Al Elche, el goleador Re, que luego iría al Barcelona y, de ahí, al gran Espanyol de Los Delfines. Al Valencia, Aveiro. Y a Las Palmas, Parodi.

 

GAMBERRO

 

Pero quedaba fuera el mejor de aquella generación, no detectado porque no estuvo en ese Mundial. Se llamaba también Romero, como el espigado delantero que fue al Oviedo. Pero era interior, más chaparro, tendente a coger peso. Por nombre completo, Juan Ángel Romero Isasi. Ya había sido estrella en el campeonato Sudamericano de 1953, que ganó Paraguay gracias, entre otras cosas, a las diabluras de ese número 10, que entonces sólo tenía 18 años. De aquel equipo, el Atlético trajo tres hombres: el meta Riquelme, el central Heriberto Herrera, que llegaría a ser internacional con España, y el delantero Atilio González. Por su parte, nuestro hombre fichó por el Nacional de Montevideo, y esa fue la causa de que faltara al Mundial. En la época, se solía prescindir de los que se iban a otro país. Un poco incluso se les perdía la pista.

 

La efervescencia del mercado español acabó por captarle. Quien le trajo aquí fue el mismo que a los demás, un intermediario llamado Arturo Boghossian, de origen armenio. En aquel tiempo sin noticias ni contactos, se movía bien, iba y venía, conocía las necesidades de los clubes españoles y les ofrecía soluciones del otro lado del charco. Tenía muy buen trato con Esquitino, el genial presidente del Elche que había conseguido ascender al equipo en dos temporadas de Tercera a Primera (no había Segunda B) con César como entrenador-jugador.

 

Romero, le dijo, podía ser la perla que le diera al equipo caché de Primera. Una estrella por poco precio. Esquitino aceptó. También aceptó Romero, aunque vino engañado. Boghossian le dijo que le traía para el Barcelona. Una vez en España, le contó la verdad: no venía al campeón de las dos últimas Ligas sino al Elche. Por supuesto, Romero no sabía ni de la ciudad ni del equipo. Pero una vez hecho el viaje… Lo mismo le había hecho Boghossian no mucho antes a Griffa, un central al que le dijo que venían al Barça para luego decirle que no, que al Atlético. Claro, que en el caso de Romero, el salto era mucho mayor.

 

Y deslumbró. Tras siete años en Nacional (y dos antes en el Olimpia) era, a sus 26 años, un jugador cuajado y en plenitud. No cuidaba mucho su figura, pero aquí estábamos entonces acostumbrados a eso, desde el ya citado Eulogio Martínez al celebérrimo Puskas, con cuyo juego, además, emparentaba el de Romero. En su primera Liga consiguió 21 goles, una enormidad para un jugador del Elche, todavía entonces un equipo que luchaba por la permanencia. Tanto, que se salvó en promoción.

 

Elche, en efecto, tenía un ídolo como nunca hubiera soñado. Y él se sentía feliz. De arranque, jugó 153 partidos seguidos, sin perderse ni uno entre 1960 y 1965.

 

Tenía cierta facilidad para el gol olímpico (cuentan que marcó siete en su carrera), pero el gol más celebrado por los suyos fue el que le marcó al Murcia el 10 de noviembre de 1963. El Murcia había regresado a Primera División después de varios años. Venía a disputarle al Elche un protagonismo como equipo hegemónico de aquella zona. Había derbi. Y por primera vez en Primera División.

 

Ese 10 de noviembre, en un Altabix lleno y ansioso, salta al campo el Elche con estos jugadores: Pazos; Chancho, Iborra, Quirant; Ramos, Forneris; Cardona, Lezcano, Eulogio Martínez, Romero y Oviedo. Es la célebre delantera del CLERO, palabra que resulta de empalmar las iniciales de los cinco. Eulogio Martínez era el mismo que había estado en el Barça. La tripleta central era paraguaya. Cardona era hondureño y Oviedo, español. El entrenador era Heriberto Herrera, paraguayo también, citado más arriba.

 

Por su parte, el Murcia va con: Campillo; Tatono, Marquitos, Dauder; Lax, Martínez; Miguel, Aznar, Marsal, Merodio y Szalay. Entrena Fernando Daucik.

 

El Murcia ha hecho un equipo competitivo, apuntalando a los héroes del ascenso con destacados veteranos: Marquitos, Miguel, Marsal, Merodio… Sale bien y marca por delante, por medio de Lax.

 

Pero el Elche, bien hecho, más joven y achuchado por su público, da la vuelta al marcador con goles de Cardona y Lezcano, este, por cierto, paraguayo también, llegado un año antes de la mano, cómo no, de Boghossian… bajo promesa de llevarle al Valencia para depositarle luego en Elche.

 

Está el partido 2-1 cuando a ocho minutos del final se produce la jugada de la que se hablará años en aquella parte de España. Tatono quiere ceder un balón a Campillo, pero se le queda corto. Romero, astuto, lo ve, burla la salida desesperada del meta, va a puerta solo, el gol es inevitable… y de repente se para. Pisa el balón frente a la raya, se pone a cuatro patas y con un suave golpe de cabeza le hace atravesar la raya. A la estupefacción sigue el júbilo en Altabix por esa ocurrencia burlona.

 

Por supuesto, a Campillo no le hizo la menor gracia. La jugada le quedó royendo por dentro las horas siguientes. Hasta que, seguro de que Romero cenaría con algunos compañeros en La Goleta, en Alicante, como solía, salió a las nueve de su casa en Guardamar y se fue a buscarle. Y, en efecto, allí le encontró, con Lezcano, Eulogio y algún otro. Le retó a salir y Romero salió, entre la expectación de la clientela. Pero le calmó. Le dijo que algunos compañeros de Campillo le habían hecho burla con el 0-1, y que por eso se le ocurrió lo que hizo. Que sentía haberle ofendido a él, que si llega a saber lo mal que le iba a sentar no lo hubiera hecho.

 

Campillo aceptó las explicaciones. Y fuese y no hubo nada.

 

Romero aún dejaría otra jugada muy especial para el recuerdo de la afición. Fue el 3 de abril de 1966, última jornada de Liga, cuando tras desarbolar a toda la defensa ché no marcó, sino que regaló el gol a Vavá, joven delantero nacido en Béjar pero cocinado en el Ilicitano. Con ese gol, Vavá fue Pichichi con 19, uno más que Luis Aragonés.

 

El curso siguiente, llegó Di Stéfano como entrenador. Tenía el encargo de renovar el equipo y dio la baja a Romero, decisión muy controvertida. Aunque ya tenía casi 33 años, a otro que no fuera Di Stéfano no se lo hubieran consentido. Se fue un año al Hércules, y de ahí regresó al Ilicitano, como entrenador-jugador. En el 70 se retiró. Se quedó para siempre en Elche, donde falleció en 2009.

 

Los veteranos del club se reúnen con frecuencia a hablar de aquellos buenos viejos tiempos. En las conversaciones siempre está Romero. Y su gol inaudito al Murcia en aquel lejano derbi.

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miércoles, 18 febrero 2015

Por Alfredo Relaño

Bernabéu quiso tirar el Bernabéu

Estos días en que se habla de reforma o traslado del Bernabéu me recuerdan un suceso poco conocido (quizá porque casa mal con la leyenda de favoritismo franquista hacia el Madrid). Me refiero al berrinche que se llevó Santiago Bernabéu cuando quiso derribar el estadio que llevaba, y aún lleva, su nombre, vender los terrenos, y hacer uno nuevo en la salida de la carretera de Colmenar. No le dejaron.

 

El asunto surgió como una gran sorpresa el 8 de septiembre de 1973. Para entonces Bernabéu llevaba 40 años en el club, tenía 78, y el estadio, 37. Eran tiempos en que la principal partida de ingresos de los clubes era la de socios y taquilla. La televisión ya daba algún dinero, muy poco en proporción a lo de ahora, y luego habría que añadir las contrataciones para torneos de verano y otros amistosos. No existían los ingresos de márketing, tan suculentos ahora para los grandes clubes. Se hablaba entonces de ingresos atípicos como algo que se presentía y deseaba para el futuro, sin saber bien lo que sería.

 

Bernabeu
 

 

Aquel 8 de septiembre de 1973 el Madrid, en comunicado público, lanzó la idea. Tras una larga consideración sobre su historia, su implantación social, sus perspectivas y sus necesidades, anuncia que tiene el proyecto de construir un nuevo estadio en el barrio de Fuencarral, junto a la salida de la Nacional I (Madrid-Burgos-Irún-Francia). Por donde ahora está la zona residencial llamada Tres Olivos. Lo pensaba financiar con la venta del solar del Bernabéu, que previamente debía obtener autorización municipal para que en él se pudiera edificar una torre de imponentes dimensiones y una zona residencial.

 

El proyecto había sido elaborado por un estudio internacional, con razón en Suiza, dirigido por un tal William Zeckendorf, del que la propia nota aclara, quizá para endulzar la dureza fonética del apellido, que era descendiente de sevillanos (por parte de madre, se supone). También informa, para prestigiar la firma ante la opinión pública, que ha llevado a cabo, entre otros proyectos importantes salpicados por el mundo, el del edificio de la ONU de la Place Ville Marie de Montreal.

 

 

En el consejo de la empresa figura Alfonso de Borbón, primo del entonces príncipe don Juan Carlos, y casado con una nieta de Franco. Por la época eran insistentes los rumores de que doña Carmen, esposa de Franco, soñaba con convencer a su marido para que la Monarquía se reencarnara en el marido de su nieta, en lugar de en don Juan Carlos.

 

El nuevo estadio tendría capacidad para 120.000 espectadores, la mitad de asiento, todos cubiertos. Y 6.000 plazas de aparcamiento. Se financiaría con la venta del solar del Bernabéu, del que se preveía el siguiente uso: un 88% quedaría dedicado a parque público; el restante 12% se repartiría en una torre mayor que cualquier otra de las que entonces había en Madrid (248 metros, 70 pisos, oficinas y un hotel de 600 habitaciones) y un bloque residencial, de menor altura, con fachada a Padre Damián.

 

Bernabéu en persona acude a El Pardo a presentar el proyecto, con las correspondientes maquetas. Cuentan los testigos que doña Carmen se deshizo en elogios, pero que Franco estuvo más bien lacónico. No preocupó mucho, porque era su estilo.

 

En la opinión pública, el asunto chocó. Por un lado, la mudanza de estadio difícilmente es bien vista por parte de los aficionados, que se ven incomodados en su hábito. Además, la localización se veía entonces demasiado remota. Ahora no lo es, claro, y seguro que la presencia del estadio del Madrid hubiera tirado de la ciudad antes hacia allá, como pasa en casi todas partes con casi todos los estadios, pero entonces era lejos. Y luego estaba el problema de los reversionistas. El Madrid compró en su día los terrenos del Bernabéu para uso deportivo, darles otro destino no era fácil. Y se hablaba además del impacto brutal que sobre el tráfico de la zona significarían las nuevas viviendas y la monumental torre, con todos sus empleados entrando y saliendo a la misma hora y obstaculizando la arteria esencial de la ciudad, como es la Castellana.

 

Para Bernabéu, era una oportunidad. El estadio estaba viejo, se hacía incómodo. Sólo tenía 32.000 asientos. Contar con 60.000, manteniendo otras 60.000 localidades de pie y todo cubierto podría aumentar mucho los ingresos y relanzar al club, como en su día lo relanzó el viejo estadio, mucho mayor en capacidad que los de la época.

 

Y el Barcelona y el Atlético lo habían conseguido. El Barcelona hizo el Camp Nou en 1957 y pudo aliviar su deuda cuando en 1965, tras tres recalificaciones que forzaron mucho las cosas, consiguió vender el terreno del viejo Les Corts, que ahora está ocupado por pisos. Y, más cerca en tiempo y lugar, el Atlético vendió el terreno del viejo Metropolitano (también todo pisos hoy) para construir el Manzanares, que estrenó en 1966. Así que Bernabéu entendía que pedía lo que ya habían hecho otros.

 

Pero se le torció. La prensa no le siguió, como hubiera esperado. Incluso el Arriba lanzó la especie, falsa, pero que aún perdura, de que los terrenos del Bernabéu eran una expropiación forzosa al final de la guerra, algo así como un regalo al club.

 

En medio del debate se cruzó como un trueno un artículo tremendo en la página tres de Abc. El artículo de la página tres de Abc era entonces, y con mucho, el más leído e influyente de España. Siendo además, por ADN, el Abc un periódico decididamente madridista (a fuer de monárquico) el artículo tuvo un impacto decisivo. Se oponía duramente, casi cruelmente, haciendo incluso caricatura de los méritos del Madrid. El artículo, firmado por Luis Pascual Estevill (cuya calamitosa biografía posterior da qué pensar), estaba en línea con la opinión del ministro de la Gobernación, Arias Navarro, que había sido alcalde de la ciudad, y que se había opuesto firmemente al proyecto: “Lo que el Real Madrid pretende está prohibido por ley, como está prohibido el asesinato”, había dicho. Pascual Estevill recogía esa misma expresión, y sobre el argumento del Madrid de que otros lo habían hecho antes, recogía una frase de la revista Cambio 16 en su número 81. “También los regicidios tienen precedentes, y los parricidios, genocidios y demás actos repugnantes de que está plagada la historia de la Humanidad”. Entre las aportaciones de su propia cosecha, Estevill añadía: “Va a ser un test. Vamos a ver si el Real Madrid puede tanto que puede torcer la ley, pisotear el derecho, aplastar el bien común, perjudicar los intereses generales y hacer negocios fabulosos a capricho”.

 

No mucho más tarde, recibió la negativa oficial, que nunca entendió.

 

Ese berrinche se lo llevó a la tumba. Tanta fue su decepción que en unas memorias finales recogidas por el periodista Jaime Martín Semprún llegó a decir: “Yo luché en el bando nacional y si retornara esta situación hoy, no lo dudaría, volvería mi mosquetón contra éste”. Una exageración, sin duda. Bernabéu no podría haber luchado junto a los republicanos entre otras cosas porque probablemente le hubieran fusilado en cuanto le pillaran. Había sido activista de la CEDA y en los primeros días de la guerra estuvo escondido en un hospital y luego en la Embajada de Francia. Cuando pudo salir, se incorporó al bando nacional como voluntario y participó, como cabo, en la campaña de Lérida, donde su unidad ganó la Medalla Militar Colectiva por el copo de Bielsa.

 

Pero se entiende el berrinche, y más en perspectiva, cuando se ve cuántas torres se han construido en la zona, y zonas aledañas, sin miedo a colapsar el tráfico. ¿Por qué aquella negativa a Santiago Bernabéu, expresada con tanta severidad? Agustín Domínguez, secretario de la gerencia del Madrid entonces, creía saber que un altísimo personaje del Régimen, cuyo nombre me reservo porque no he podido comprobarlo, tenía intereses en el proyecto de la Torre Europa, la primera de las de la zona, esa que está en diagonal con el Bernabéu, en la esquina de la Castellana con General Perón.

 

Verosímil, cuando menos. El caso es que el Madrid se quedó sin lo que sí habían obtenido el Barça y el Atlético.

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jueves, 12 febrero 2015

Por Alfredo Relaño

El derbi de la tortilla

Manzanares al Barça, que acababa de sufrir el secuestro de Quini. Anunció que jugaría un día, cuando ya tuvieran el título seguro, de defensa central:

—Yo había jugado en la Facultad de Medicina. No era técnico, era de los de si pasa el balón que no pase el hombre. Pero no sería tan malo. Me dejaron caer algo del España Industrial, antecedente del Condal, el filial del Barça. Pero no cuajó.

Blog-relano


Y llegó lo inevitable. Le pusieron a Guruceta en Sarriá y perdió 2-1. Luego, empate en casa 1-1 con el Salamanca, Condón Uriz mediante. Derrota en Gijón, 3-0, con Fandós. Un punto en tres partidos. La Real Sociedad y Real Madrid, en una gran segunda vuelta, se le están echando encima. Así se llegó al partido del Zaragoza en el Manzanares, a cuatro jornadas del final. El público va al Manzanares mosqueadísimo por esos arbitrajes, con Cabeza en todos los periódicos y radios soltando lo que piensa.

Arbitró Álvarez Margüenda y aún lo recuerdo como la jornada de mayor enfado atlético con un arbitraje, que ya es decir. El Zaragoza pegó mucho (Rubén Cano se fue lesionado en el minuto 4) pero los expulsados fueron atléticos, Marcos y Robi. Se le reclamaron dos penaltis en el área aragonesa, pero el que pitó fue contra el Atlético. Ganó el Zaragoza, 1-2, con un gol final de Valdano. Cayeron vallas, se invadió el campo. Hubo alborotos en la calle. Resultado: cierre y jugadores suspendidos.

Aun así, el Atlético saca un 1-1 con Sánchez Arminio en la visita a Valencia, lo que descarta a este equipo para el título. Toca visitar el Bernabéu, en la penúltima jornada. Al Madrid le faltan seis titulares: García Remón, Benito, Ángel, Gallego, Juanito y Cunningham, más Pineda, suplente de estos últimos dos. El Atlético tiene 41 puntos, como el Madrid. La Real, 42. Aún puede aspirar al título. Pero Cabeza dice que les van a robar seguro y convoca a una merienda con tortilla y bota de vino en el Manzanares a la hora del partido, las cinco de la tarde. Es el 19 de abril, Domingo de Resurrección.

Acuden unos diez mil, que se concentran en la grada baja, delante del palco, en el que se instala Cabeza. Una pancarta le ensalza: “No seremos campeones/ pero tenemos un presidente/ que le hecha (sic) coj…”. Cabeza firma billetes de metro, carnés del Atlético, fotos, billetes de cien, mil y hasta cinco mil pesetas. La megafonía conecta la transmisión del partido. Arbitra Urízar. El Madrid gana 2-0, desperdiciando un penalti. El duelo se disuelve pacíficamente: “Todos a reírse, no quiero una cara triste. Si el partido de hoy se ha perdido en el terreno de juego, como hemos oído, no hay nada que decir. También sabemos perder. La Liga nos la robaron el día del Zaragoza”.

Para la última jornada, el destierro, Cabeza escoge Albacete. Empate (0-0) con Osasuna. Arbitró Ramos Marcos. Ese mismo día la Real gana la Liga in extremis, con gol de Zamora cuando el Madrid ya había acabado en Valladolid (1-3) y se sentía campeón.

El Atlético había hecho tres puntos en los últimos siete partidos.

Cabeza aguantó un año más. Le suspendieron por 16 meses. Al final de la 81-82 se fue. Equilibró cuentas con las ventas de Marcos y Julio Alberto al Barça. Al cabo de tanto tiempo, no se arrepiente de nada:

—Alguien tenía que decir esas cosas, y fui yo. No sabía callarme, ni sé ahora, ni lo pretendo. Por cierto, unos años después mi familia y yo nos encontramos a Álvarez Margüenda por Sevilla. Nos saludamos. Me pidió perdón. Si alguien te pide perdón es que te ha hecho algo malo, ¿no?

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miércoles, 04 febrero 2015

Por Alfredo Relaño

Roca Junyent, azote de falsos oriundos

A Roca Junyent es frecuente verle ahora en los telediarios, como abogado de la Infanta Cristina. Político de largo recorrido, es uno de los siete padres de la Constitución y nunca ha dejado de estar presente en el panorama nacional. Pero la primera vez que se oyó hablar de él fue por el fútbol. Un informe suyo dio fin a un lío que duró tanto que hasta tuvo dos nombres: “Timo de los Paraguayos” y “Timo de los Oriundos”.

Tras el fracaso del Mundial de 1962, en Chile, la federación prohibió la importación de futbolistas. Dejó, no obstante, entreabierto un portillo: se podría fichar descendientes de españoles… siempre que no hubieran sido internacionales en su país de origen. “Si no han sido internacionales es que no serán buenos”, razonaba el aficionado. Pero se argüía que podrían venir jóvenes con futuro, baratos y que incluso reforzaran a la selección.

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Y empezaron a venir. Venían argentinos, uruguayos, chilenos, pero sobre todo paraguayos. Algunos muy buenos. Tan buenos, que costaba pensar que no fueran internacionales, que los hubiera mejores en Paraguay. Por ejemplo, Fleitas, interior en punta que vino al Málaga, de donde lo adquirió el Madrid para hacer pareja con Amancio. O Aníbal, líbero del Valencia.

En eso, en junio de 1969 llegó a El Prat, procedente del Cerro Porteño, un tal Severiano Irala, extremo de ambos lados o media punta, fichado por el Barça. Se le presentó tan elogiosamente en la rueda de prensa que un periodista preguntó ingenuamente:

—Y si usted es tan bueno, ¿cómo no es internacional en Paraguay?

—Claro que soy internacional.

—¡Entonces no puede jugar aquí!

—¿Cómo que no?

Y citó siete nombres de paraguayos internacionales en España, entre ellos los de Fleitas y Aníbal. Fleitas había pasado justo ese verano al Madrid.

No circulaba tanta información como ahora, nadie sabía aquí quién había sido o no internacional en Paraguay. Así que intermediarios espabilados habían encontrado un funcionario venal en la Federación de Paraguay que por mil dólares expedía un certificado de no internacional. Irala, sin quererlo, descubrió el pastel.

La federación no permitió que el Barça le inscribiera, pero dio como hecho consumado los inscritos con anterioridad. En medio de todo, estaba Fleitas. El Madrid podía defender que había comprado a Fleitas aquí, al Málaga, y que eso no se lo podía echar atrás nadie. Y era verdad. Pero si no se echaba atrás a Fleitas, ¿cómo echar atrás a otros? Así que todos. ¿E Irala? Irala no, porque no llegó a ser inscrito.

Para más inri, la Liga empezó con un Madrid-Barça, 3-3. Fleitas metió dos goles. El mismo día, De Felipe lesionó a Bustillo. El Barça estaba que echaba chispas.

Se acuñó como expresión “El timo de los paraguayos”. El secretario de la federación, Andrés Ramírez, fue suspendido durante seis meses por negligencia in vigilando. Se pensó que se había cerrado la brecha. Bastaría con vigilar bien en cada caso, vía la FIFA, si el paraguayo de turno había sido o no internacional.

Pero el problema rebrotó con más fuerza. ¿Eran de verdad todos oriundos? ¿Tanto dio de sí nuestra ínclita raza ubérrima en su aventura americana? Porque venían muchos, muchísimos. Aleccionados a medias. “Sí, mis abuelos son gallegos, de Celta”. O “¿Es verdad que sus abuelos eran navarros?”. “No, eran de Pamplona”. Esto último corresponde al feroz Aguirre Suárez, argentino, que vino como paraguayo.

Se les buscaban padres para crearles un origen español. Algunos argentinos venían de paraguayos, para borrar su internacionalidad. Llegó a darse el caso de tres hermanos de padre, Carlos Martínez Diarte (Lobo Diarte), Diomedes Martínez Cabrera y Luis Óscar Martínez Leguizamon, que figuraban como hijos de un industrial gráfico de Asunción, Antonio Martínez Rubalcaba, al que utilizaron sin su consentimiento.

En el verano 72-73, en medio de aquel coladero, al Barça le echan para atrás los papeles de Juan Carlos Heredia y Fernández Cos. Para el Barça, ya es el colmo. El Barça, que está por la apertura de fronteras, que lo que quiere es traer a Cruyff, se ve de nuevo parado en un semáforo que sólo se enciende para él.

Es entonces cuando Agustín Montal dice basta. Bien asesorado por un estupendo gerente, Armando Carabén, crea una comisión de abogados, con Francisco Segura, Ignacio Gispert y Miguel Roca Junyent, el más joven de los tres, compañero de bufete en el Gabinete Jurídico y Económico de Narcís Serra, el que luego fuera alcalde de Barcelona y ministro socialista. Se decide enviar a Roca Junyent (“me tocó porque era el más joven”, me comenta con humor) a investigar in situ. Llevaba en su cartera 40 casos de oriundos sospechosos.

—Para mí fue una feliz experiencia de juventud. Lo recuerdo de una manera muy grata. Tenía un buen contacto de partida, Pertiné, muy bien relacionado. La nacionalidad española se pierde si se hace servicio de armas en otro país. O sea, que un español con doble nacionalidad que hace la mili, por ejemplo, en Argentina, deja de ser español. Y de esos había muchos casos. Hijos o nietos de españoles, pero cuyos padres ya no podían transmitir la nacionalidad, porque la habían perdido en su día.

Se vio con bastante militares “algunos de los cuales sonaron luego, cuando el golpe”, para consultar fichas de enrolamiento. En Córdoba le ayudó mucho Fernando de la Rúa, más adelante presidente de la República, época en la que fue apodado como Frenando de la Duda, por su carácter irresoluto. Felizmente, pudo regresar a Barcelona el mismo día 24 de diciembre de 1973 para pasar la Navidad en casa.

El informe era demoledor: sólo uno de los 40, Quetglás, del Mallorca, estaba legalmente. Los otros 39, no. Dos de ellos, Roberto Martínez y Rubén Valdez habían jugado de forma irregular en la Selección partidos de clasificación para el Mundial.

Lo entregó en el Barça. Montal habló con Porta, presidente de la federación española, y le propuso destruirlo a cambio de que se admitiera el fichaje de extranjeros. Porta no estaba seguro de si el informe era tan explosivo o si Montal iba de farol.

El despacho de Roca estuvo en obras esos días. La misma empresa pintaba la federación catalana. Sospechosamente, el Informe Roca fue fotocopiado y acabó en la mesa de Porta. Y éste concluyó que sí, que era inconveniente que se conociera todo aquello. Entre otras cosas, aparecía cierto cónsul español demasiado ligero a la hora de firmar papeles. Así que se reabrió la importación de extranjeros para la 73-74. El Barça fichó a Cruyff y Sotil; el Madrid, a Netzer y Mas; el Atlético, a Ayala y Cacho Heredia; el Valencia, a Keita y Kurt Jara…

Algunos falsos oriundos ficharon como extranjeros y a los dos años se hicieron españoles. Ese fue el caso de Juan Carlos Heredia, que empezó cedido en el Elche como extranjero para más tarde llegar al Barça y a la selección.

El Athletic y la Real, que durante todo el proceso se opusieron tanto a extranjeros como a oriundos, estuvieron denunciando como alineación indebida todos y cada uno de los casos. Ellos también habían enviado un detective, José Luis Gallo, que lo pasó muy mal. Las denuncias fueron acumulándose hasta que se dictó un indulto general. Y aquí paz y después gloria.

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miércoles, 28 enero 2015

Por Alfredo Relaño

Aquel atraco al Atlético en Esmirna

Si hay un club cuya afición es especialmente dada a desconfiar de los árbitros, generación tras generación, ese es el Atlético. Y hay que admitir que ocasiones para alimentar ese recelo nunca han faltado. Pero ninguna tan clara como el despojo que sufrió en la localidad turca de Esmirna el 22 de noviembre de 1967, en partido de Copa de Ferias. Aquello fue excepcional.

 

Y eso que el Atlético viajó allá tan feliz. Era un Atlético lujoso, con Ufarte, Luis, Gárate, Adelardo y Collar en la delantera. Había ganado 2-0 el partido de ida, en el que mereció más, pero parecía bastar. Además, estaba líder en la Liga. El partido inmediatamente anterior al viaje fue la visita al Sánchez Pizjuán. Vicente Calderón, el presidente, les propuso una prima curiosa: como el viaje a Esmirna se iba a realizar en un vuelo chárter (aquello en la época aún sonaba a novedad) les dijo a los jugadores que si ganaban en Sevilla cada cual tendría derecho a una plaza gratis (que incluía los gastos de estancia) en el vuelo. Para la mujer, el hermano, el padre, la madre, un amigo… De novias no hablo, porque entonces no se concebía semejante posibilidad.

 

ATRACO

 

El Atlético ganó en Sevilla y bien, 0-2, goles de Gárate y Collar. Los jugadores tuvieron su plaza de acompañante, que cada cual empleó como quiso. El viaje se hizo en un Coronado de 130 plazas, vía Fráncfort. Allí aterrizaron en un aeródromo militar, donde ya las cosas empezaron a cambiar de color. Estaba en pleno estallido la crisis grecoturca por Chipre y los trámites de entrada fueron engorrosos. Además, la presencia de tanto soldado armado con tremendos fusiles ametralladores imponía.

 

La llegada fue el lunes por la noche. El martes hubo una interesante excursión a Éfeso, donde se estableció ya en el siglo XIX que tuvo su última morada la Virgen María. Ahí había estado en julio de ese mismo año el papa Pablo VI, en una misa multitudinaria que vino a ser como una ratificación del hecho. Y allí fue el Atlético, la mañana del martes, a escuchar una misa celebrada por su capellán, Pablo Serrano. Fue una visita agradable para todos, de la que regresaron con ánimo alegre y espíritu confortado.

 

Pero el entrenamiento en el escenario del partido, al anochecer, dio un giro a sus ánimos. El campo era espantoso, sin rastro de hierba, de una tierra oscura, casi negra, que las ráfagas de viento levantaban en molestas nubes de polvo. La impresión que daba ese campo era, en palabras del crítico Antonio Valencia, “como si el caballo de Atila hubiera galopado por él en varias direcciones y no hubiese dejado para los siglos venideros la posibilidad de una brizna de hierba”. Solo había gradas en los costados, tras las porterías, no. El viento corría de lo lindo. La luz era mala, cuatro torres, una en cada esquina.

 

El Göztepe, además, estaba lanzado. Acababa de ganar 2-0 al poderoso Besiktas, se había puesto líder, su delantero Fevzi es pichichi, con ocho goles. En una ciudad menor, tener al equipo líder por encima de los equipos de Estambul creaba una euforia enorme. Las 25.000 localidades estaban vendidas.

 

El partido se jugó a las 18:30, hora española, ya de noche allí. Al Atlético le va a faltar el portero titular, Rodri, con molestias desde Sevilla. Le sustituye San Román, hoy presidente de los veteranos del club. Por delante de él, los mismos de Sevilla: Rivilla, Iglesias, Calleja; Glaría, Jayo; Ufarte, Luis, Gárate, Adelardo y Collar. También han viajado Rodri, Colo, Ruiz Sosa y Urtiaga, uno por línea. Era el primer año de cambios en la Copa de Ferias. Urtiaga saldría por Gárate en el 59.

 

Hace frío, seis grados. Arbitra un yugoslavo llamado Josip Strmecki, que en principio no significaba gran cosa para el Atlético, pero que luego, ¡caray! Los turcos salen en tromba, el Atlético aguanta. Cuando intenta salir le pegan y rara vez se pita. Si el avance progresa, se corta por fuera de juego y santas pascuas. El Atlético ya se está mosqueando cuando llega algo peor. En el 14, tras una jugada confusa con un par de rebotes, Iglesias carga por detrás a Fevzi cuando este iba a entrar en el área; la falta es visiblemente fuera, pero Strmecki da penalti, entre las protestas del Atlético. Halil lo transforma en el 1-0, entre el júbilo de la hinchada. De regreso al centro del campo, Collar le dice algo a Strmecki y este le expulsa. De repente, el Atlético pierde por un gol y está con 10.

 

El Göztepe reinicia una ofensiva furiosa, que se estrella en la defensa o en San Román, enorme. Por fin, en el 28, culmina una buena jugada de Ertan por la derecha con un cabezazo de Gürsel. 2-0. El Göztepe se toma un respiro, el Atlético intenta desplegarse, pero le siguen pegando de lo lindo. Cerca del descanso, hay otro apretón del Göztepe, que frenan la defensa y San Román. El árbitro alarga ocho minutos la primera parte, con lo que prolonga el agobio.

 

Los atléticos se conjuran en el descanso para aguantar como sea. El entrenador, Otto Gloria, trata de calmarles. Al menos hay que marcar un gol. Se confía en Ufarte. Pero en el 66 le expulsan, por protestar el enésimo fuera de juego mal señalado por el linier. Ahora son nueve contra 11 y sin goles que defender.

 

En eso, aprovechando un momento de juego parado, la megafonía anuncia que va a emitir un mensaje de la Marina. Se hace un silencio sepulcral hasta que suena el aviso: “Marina de Guerra turca en el mar, en misión de servicio, desea la mejor suerte al Göztepe”. El clamor es tremendo. El Göztepe se lanza, el campo se vuelca, el Atlético se mete en su área donde, al fondo de la cuesta, San Román para lo que le echen.

 

Llega el minuto 90, el 91, el 92, el 93, el 94, el 95, el 96, el 97… Aquel bombardeo no para. Strmecki contesta con gestos de “jueguen, jueguen” a las reclamaciones de los atléticos (en la época no había carteles, la prolongación era a discreción del árbitro). Hasta que tras 11 minutos de juego añadidos al minuto 90, Halil marca con un disparo alto. Inmediatamente, Strmecki pita el fin, sin ni siquiera sacar de centro. El partido ha durado, con los dos descuentos, 109 minutos. El Atlético está eliminado.

 

Los jugadores se lanzan sobre el árbitro, que primero cae y luego se defiende a patadas. Llegan en su auxilio los linieres, con los banderines, y pronto gendarmes y hasta fotógrafos locales. Mientras, los jugadores del Göztepe reciben la ovación de los suyos. Cuando los atléticos son reducidos y llevados al túnel, les reciben a botellazos. En la trifulca sale herido el conde de Cheles, uno de los directivos del equipo. Necesitará siete puntos en la nuca. Jayo tiene una ceja partida, por el palo de un linier.

 

Un grupo de exaltados destruye el autobús del Atlético y zarandea el de seguidores, que pasan un susto tremendo. La policía restablece el orden. Los jugadores son evacuados al hotel en taxis protegidos. El Atlético renuncia a la cena oficial, y eso que le dicen que el árbitro no está invitado. A Calderón le envían el regalo a la habitación. Él lo devuelve con una tarjeta.

 

La mañana siguiente hay que madrugar, porque a partir de las nueve el aeropuerto militar ya no estará disponible. Con la indignación general, ahí no duerme casi nadie. Cuando despegan oyen unas explosiones. El miedo dura hasta que se alejan de Turquía y la zona del conflicto. Tras escala en Fráncfort, aterrizan en Barajas a las 13:35, recibidos por hinchas y banderas. Si llegan a pasar no hubieran tenido ese recibimiento.

 

Ninguno de los viajeros olvidó jamás aquellos hechos.

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miércoles, 21 enero 2015

Por Alfredo Relaño

El sonado regreso de Lángara

El regreso de Torres al Atlético trae a la memoria uno de los sucesos del fútbol de la posguerra: el de Lángara, el formidable goleador, al Oviedo. Fue en el verano de 1946. Para entonces él tenía ya 34 años. Llevaba diez fuera de España y una novia le esperaba.

 

Lángara es el goleador más formidable que ha tenido nuestro fútbol. Nacido en Pasajes (Gipuzkoa), el 15 de mayo de 1912, se mudó de chaval a Andoain y rompió como jugador en el Tolosa. Hasta allí llegó para ficharle un enviado del Atlético de Madrid, Ángel Romo, con instrucciones inconcretas. Le dijeron que se trajera “al delantero centro, al precio que sea”. Pero ese día Lángara no jugó de delantero centro, sino de interior. Romo fichó a José María Arteche, que fue el delantero centro esa vez. Un buen jugador, pero con un defecto: tenía una pierna más corta que otra.

 

El siguiente en interesarse por Lángara fue el Oviedo, entonces en Segunda División. Era la temporada 30-31. Para la 32-33 ya estaban en Primera y Lángara era el terror de todas las defensas. Su poderío le hizo imprescindible en la Selección. Para cuando llegó la Guerra, en verano del 36, era, con 24 años, una gloria del fútbol español. Máximo goleador de la Liga en los tres últimos años y bandera de la Selección Nacional, para la que hizo 17 goles en 12 partidos. Barrió a Portugal en los choques de clasificación para el Mundial de 1934.

 

Langara

 

 

La Guerra Civil le pilló en Andoain, de vacaciones. En principio fue encarcelado, porque había participado como soldado de reemplazo en las operaciones contra la Revolución de Asturias, en 1934. Pero su popularidad y la evidencia de que su responsabilidad era mínima provocaron su liberación. Cuando se formó una selección vasca para hacer jugar por Europa a fin de recabar fondos y hacer propaganda del Gobierno vasco, contaron con él, como no podía ser menos, junto a los Blasco, Zubieta, Cilaurren, Regueiro, Iraragorri, Gorostiza y demás. Aquel equipo hizo una sonada gira por Europa: Francia, Checoslovaquia, Polonia, URSS, Finlandia, Dinamarca y Noruega. De regreso a Francia, tras ser rechazados en Inglaterra, se replantearon el futuro. El País Vasco ya había sido tomado por Franco. Algunos (Gorostiza entre ellos) regresaron a España. Los más viajaron a América. En México jugaron el campeonato con su nombre, el Euzkadi. Luego, la creciente presión de la FIFA, que reconoció a la nueva Federación de la España de Franco, les fue cerrando la posibilidad de contratar partidos y condujo a la disolución del equipo.

 

La mayoría se quedó a jugar allá. Lángara fichó, como Iraragorri, Zubieta y Emilín Alonso, por el San Lorenzo de Almagro. Su debut fue célebre, con cuatro goles al River Plate el mismo día que desembarcó en Buenos Aires. Fue uno de los primeros partidos que de la mano de su padre presenció Di Stéfano, hincha de Ríver, con 12 años. Di Stéfano siempre me aseguró que era capaz de reconocerse en una de las fotos de los goles, detrás de la portería en que marcó Lángara los cuatro goles. El Vasco, como le apodaron, jugó allí cuatro temporadas, dejando 110 goles en 121 partidos. Tras una gira de San Lorenzo por México, en la que hizo 23 goles en 10 partidos, fue contratado allí por el Real Club España, con vistas a la creación de una Liga Profesional mexicana. Siguió marcando goles en cantidad.

 

Avanzando 1946, le pudo la nostalgia de España. Llevaba diez años fuera. Al final de la guerra, se había emitido un Decreto Ley sobre Responsabilidades Políticas que perseguía a quienes habiéndoles pillado la guerra en zona republicana y habiendo conseguido salir al extranjero no se hubieran presentado en Zona Nacional. En el caso de los deportistas, una circular del Consejo Nacional de Deportes fijaba suspensión de seis años, extensible a doce por agravantes o reducible a uno por atenuantes.

 

Lángara llevaba nueve años largos fuera. Le pesaban. Se le cruzó un amor imposible, que le hizo difícil la estancia en México. Y aún le roía el recuerdo de su novia de Oviedo, de nombre Nieves. Su hermano Jesús le animaba al regreso. Habló con el Madrid, pero Bernabéu estaba en la construcción del nuevo estadio y además acababa de fichar a Molowny, un prometedor joven canario. No le quedaba dinero ni para planteárselo. La mejor opción fue el Oviedo, cuyo presidente, Carlos Tartiere, valoró el golpe de efecto que supondría. Le animó especialmente un directivo, Calixto Marqués. Para el Oviedo fue una seria inversión: 100.000 pesetas de ficha anual, más 1.250 de sueldo mensual. Era el contrato más alto del club.

 

Con Lángara se animó a regresar Iraragorri, al Athletic, donde aún jugaría un par de temporadas, hasta pasar a ser entrenador. Ninguno de los dos fue molestado, más bien el Régimen utilizó sus regresos como aval de normalidad.

 

Viajaron en barco hasta Bilbao, donde se quedó Iraragorri. Allí, Lángara cogió tren hacia Oviedo. Llegó el 20 de agosto del 46. La noticia había corrido como la pólvora por la ciudad. Para regatear a la multitud, se apeó en Colloto, a diez kilómetros de Oviedo, donde le esperaban entre otros Calixto Marqués, el entrenador Manolo Meana, el jugador Herrerita, compañero de antes de la guerra que seguía en activo, y dos célebres periodistas locales, Ramón Martínez, Moncho, y Serafín Martínez González, Segoma. Pese al disimulo, muchos aficionados se avivaron y en Colloto hubo gran tumulto. Le costó salir de allí. Fueron en coche a casa de Carlos Tartiere, donde firmaron los contratos y, el mismo día, a entrenar.

 

Para su presentación se organizó el 15 de septiembre, una semana antes de que empezara la Liga, un partido contra el Racing de Santander. El lleno fue total. Ganó el Oviedo 6-1 y Lángara marcó cuatro. La gente, que le había visto por la calle con cierto aire de señor mayor, cargado de peso y grandes entradas, se quedó feliz.

 

El debut real, una semana más tarde, no fue tan brillante. El rival fue el Madrid, que visitó Oviedo. Fue sin su nueva estrella, Molowny, jugó descaradamente atrás, marcó muy encima a Lángara y el partido acabó sin goles.

 

Con todo, el primer año de Lángara fue bueno. Marcó 18 goles en 20 partidos. Fue cuarto goleador de la tabla, que encabezó Zarra. Incluso fue seleccionado una vez, bien que como suplente de Zarra. No estaba mal para sus 34 años, pero las expectativas que levantaron aquellos cuatro goles al Racing no se confirmaron.

 

Tampoco lo sentimental salió como él hubiera esperado. Habían pasado diez años, con una guerra. “No te ha guardado ausencia”, le decían las malas lenguas. La novia de Lángara se convirtió en una especie de espectro, sobra la que todos hablaban cuando pasaba: “Mira, ahí va… Es la novia de Lángara…”

 

Su segunda temporada fue la última. Nueve partidos y siete goles. Esteban Echeverría, del que hemosvuelto a saber ahora cuando el récord de partidos seguidos de Cristiano marcando, estaba en mejor forma. Le relegó.

 

Se marchó discretamente. Luego hizo vida como técnico en México, Chile y Argentina. Terminado el fútbol, trabajó en una factoría propiedad de Luis Regueiro. Viajó frecuentemente a España. Madrid, Oviedo, Andoain. Siempre el mismo recorrido. Cuando le atacó el Alzheimer, ya en 1990, se estableció en Andoain, en casa de su sobrina María Jesús, hija de su hermano Jesús, fallecido antes. Allí falleció, el 21 de agosto de 1992. Murió soltero.

 

Era otra España. Ya nadie recordaba guerras ni exilios ni ausencias por guardar. Sólo se hablaba de los Juegos Olímpicos recién celebrados y de un futuro esperanzador a construir entre todos.

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miércoles, 14 enero 2015

Por Alfredo Relaño

El día que Marcial limpió las telarañas

Fue el domingo 3 de diciembre de 1978, en el Camp Nou. Marcial Pina, ex jugador del Barça, hizo una curiosa proeza: marcó dos golpes francos directos en el mismo partido, cada uno con un pie. El primero, en el primer tiempo, con el izquierdo. El segundo, en el segundo tiempo, con el derecho. Dos balones perfectamente tocados, a la misma escuadra, donde duermen las arañas. Lo sufrió Artola, el buen portero donostiarra del Barça.

MARCIAL


Marcial era un jugador de medio campo de calidad exquisita y planta inmejorable. Alto, rubio, de gran zancada, manejaba el balón con los dos pies. Había nacido en Asturias, donde estuvo destinado su padre como Guardia Civil, pero desde los dos años ya estaba en Elche, donde emergió como jugador de cantera entre una cosecha formidable, que incluía a los Asensi, Lico, Canós o Ballester, todos internacionales. Bernabéu lo quiso para el Madrid, llegó a un acuerdo por ocho millones con el Elche. Pero a última hora se cruzó el Espanyol, que en esos años presidía Vilá Reyes, un audaz empresario que acabaría mal, encarcelado por el caso Matesa, uno de los grandes escándalos del franquismo. Pero entonces aún estaba en buenos días y el Espanyol pudo pagar más que el propio Madrid por Marcial: diez millones. Con él, Vila Reyes compuso una célebre delantera, llamada Los Delfines: Amas, Marcial, Re, Rodilla y José María.


Era un jugador formidable, de apariencia fría por su trote con la cabeza alta, pero de amplia presencia, buen salto, gran visión de juego y desplazamiento largo de balón. Y ambidextro como no he visto casi ninguno. Regateaba igual por los dos perfiles:


—Bueno, de niño yo era diestro. Y soy diestro. Si tiraba un penalti lo tiraba con la derecha. Pero me esforcé y cada vez tuve más facilidad con la izquierda, sobre todo para regatear.


Pasó allí tres temporadas. Con el caso Matesa, el Espanyol tuvo que desprenderse de él y se fue al Barça por 20 millones. Allí pasaría ocho temporadas. Allí le pillaría la llegada de Cruyff, de modo que formaría parte del equipo del célebre 0-5 en el Bernabéu, aquella temporada en la que el Barça recuperaría el título después de 14 años.


Pero no siempre le fue bien. Le colocaban de extremo, que no le gustaba. Llegó a sospechar que al clan holandés Michels-Cruyff-Neeskens, no le iba su fútbol. La aventura acabó mal cuando tras una derrota del Barça en Burgos en la 76-77, (el célebre día que el presidente del Burgos saltó al campo, según él para proteger al árbitro, según el árbitro para agredirle) se vería comprometido en un caso sonadísimo. Tras el partido de Burgos, que terminó con un penalti fallado por Cruyff (de ahí el enfado del presidente local), el Barça viajó a Madrid a dormir. Michels iba con un humor de mil demonios. Al Barça se le iba la Liga. Por la noche, varios jugadores salieron. En la prensa aparecieron fotos: Rexach, Neeskens, Marcial... Bárbara Rey, la española más sexy de la época, aparecía hablando con Rexach.


Se armó la gorda. Michels anunció que se cargaría a los tres, pero Neeskens era "de los suyos" y Rexach era a su vez todo un símbolo del Barça en esos años ya de la Transición. Todas las culpas se las llevó Marcial. Fue él el único al que dieron la baja. Luis, entusiasmado, lo reclamó para el Atlético.


La temporada 77-78 le pilló de baja el partido del Camp Nou. Pero en la siguiente, acudió. El público del Camp Nou le recibió mal. En el tiempo que había pasado había hecho algunas declaraciones explicando sus recelos por cómo había sido tratado en el club. Así que desde que empezó el partido, cada vez que tocaba el balón tenía que escuchar pitos.


Fue un buen partido, que tuve la suerte de presenciar en directo. Ya no estaba Cruyff, pero sí Neeskens. Krankl, austriaco, era la nueva figura internacional del Barça. Jugó muy bien el Barça, pero se estrelló en Navarro, excelente portero al que una lesión mal tratada apartó demasiado pronto del fútbol.


En el minuto 13, hay un golpe franco contra el Barcelona. Marcial se prepara para tirarlo, pero Ayala se adelanta, porque ve la barrera mal armada, tira por abajo y marca. 0-1. Sólo han pasado dos minutos y otros dos ataques del Barça cuando hay una nueva falta cerca del área culé, una zancadilla de Zuviría a Guzmán, a unos seis metros de la frontal, en la zona del interior derecho. Se perfila Marcial para pegarle con la izquierda. Esta vez, sin nadie que se le cuele, suelta un tiro limpio que se cuela por la escuadra, sin que Artola llegue a pesar de su gran vuelo. 0-2.


El partido llega así al descanso. En el arranque del segundo, parece arreglarse para el Barça. En el minuto 46, Krankl hace el 1-2 de penalti. En el 48, Urízar, el árbitro, expulsa al atlético Guzmán, por doble amarilla. El partido es bonito, emocionante y accidentado. El Barça aprieta, Navarro para mucho. En eso, en el 52', penalti a favor del Atlético en un contraataque que transforma Rubén Cano: 1-3.


Y en el 55', Marcial completa su proeza. Ahora es un derribo de Olmo a Leal, cerca de la esquina derecha del área del Barça. Ahí va Marcial. Ahora, claro, se perfila como diestro. Le pega perfecto, de nuevo a la escuadra. Artola, en su vuelo, se parte la boca con el poste y tiene que ser atendido. Es el 1-4. El Barça marcará en el minuto 66, por medio de Tente Sánchez, el 2-4. Así acabará. Un partido loco, precioso, con una perla: esos dos tiros libres de Marcial, uno con cada pie.


Artola, curioso, recuerda muchas cosas del partido, incluido el resultado. Y los goles de falta. Pero no tenía registrado que uno llegara con cada pie. Artola forma parte de la larga cadena de porteros que durante 15 años traspasó la Real, que los fabricaba como churros: Araquistain (Real Madrid), Goicoechea (Málaga), Zubiarrain (Atlético), Esnaola (Betis), Urruti (Espanyol) y él mismo, al Barça. La racha paró en Arconada. Tan buenos porteros fabricó la Real por aquellos años que a la Eurocopa de Italia en 1980 Kubala llevó a tres de ellos: Arconada, Artola y Urruti.


— Marcial era extraordinario. Podía hacer cualquier cosa. Weisweiler quiso que jugara de líbero, pero él no se sentía a gusto ahí.


Marcial recuerda de forma especial aquel día, claro, como no puede ser menos. Sé que Platini y Zico han marcado golpes francos con los dos pies, pero no tengo noticia de que ninguno de ellos lo haya conseguido en un mismo día.


— Fue suerte. Le pegas y a veces va a cualquier lado. Y te ponían la barrera a seis o siete metros. Eso no se ha hecho bien hasta ahora. A mí me da envidia Cristiano, que los tira todos en el Madrid. Yo en el Elche no tiraba, tiraba Romero. En el Espanyol, sí, con frecuencia. En el Barça éramos muchos a la pelea. Y en el Atleti. Ahora lo pienso y quizá hubiera debido ser más egoísta y tirar más. Los goles cuentan.
Paradoja, Marcial fue poco a la selección. Lo mismo que Velázquez, el otro gran cerebro de la época.


—Kubala era un poco refractario a nosotros, le gustaba otra cosa. Un día me dijo Velázquez que le fastidiaba no ir, pero que le fastidiaba aún más que no fuera yo...

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miércoles, 07 enero 2015

Por Alfredo Relaño

Marianín, aquel ‘Jabalí del Bierzo’

El 26 de noviembre de 1972, un nombre saltó a la primera página de los periódicos deportivos: Marianín. Jugaba de número 9 en el Oviedo y había conseguido marcarle tres goles a Iríbar en San Mamés, proeza hasta entonces sólo conseguida por Marcial, en una espectacular exhibición con el Espanyol de Los Delfines. Entonces no lo llamábamos hat trick, no conocíamos este término, pero el suyo lo fue en toda regla: porque los marcó seguidos, sin que se intercalase entre ellos el gol de ningún compañero. Llegaron entre el minuto 55 y el 75, y dieron la vuelta al marcador, de un 2-0 con que se llegó al descanso, a un 2-3. El tercero fue de antología, en una media chilena que él practicaba mucho. El choque acabó 3-3. En años de todos los partidos a un tiempo, cuando Carruseltransmitía simultáneamente desde todos los campos, el eco de la proeza de Marianín llegó a todas las aficiones.

Marianin

¿Quién era ese Marianín?

Los más entendidos habían oído hablar de él dos años antes, al final de la 70-71. Jugaba entonces para al Cultural Leonesa, tras haberse iniciado en su pueblo, Fabero, en plena cuenca minera del Bierzo, y pasar por el Bembibre. Ese 70-71 subió la Cultural a Segunda gracias a sus 36 goles. Fue el máximo goleador de todas las categorías, lo que ya le hizo merecer apariciones en la prensa deportiva nacional.

Incluso pensó en él el Madrid, según supe muchos años más tarde. El Madrid andaba a la búsqueda de un 9 puro, pensando en el relevo de Amancio, interior en punta, que ya entraba en la treintena. Se buscaba jugador de área joven y el primero en que se pensó fue Marianín, punta insistente, muy veloz en corto, con 20 metros demoledores, pegada potente con los dos pies, sentido del oportunismo, con ese raro olfato para saber dónde caen los rebotes y un tremendo salto. No era muy alto, 1,74, pero su potencia de salto era enorme.

Su juego era primitivo, pero podría depurarse con el tiempo. Compañeros que le enseñaran iba a tener. Le adornaba un apodo sonoro: El Jabalí del Bierzo, que le había puesto un periodista del Diario de León, Ángel Herrero, de apodo Roherre.

Una casualidad le sacó de la agenda. El Madrid estaba también detrás de Aguilar, fino extremo del Racing. Se lo dijeron a Bernabéu y él, que ya vivía casi permanentemente en Santa Pola, aprovechó un Hércules-Racing, de Segunda, para verle. Posiblemente, quería verle para dar su conformidad. Era un partido a cara de perro, porque acababa la Liga y los dos estaban en peligro de descenso. A Bernabéu le pareció bien Aguilar, pero mejor todavía otro chico, un delantero no muy alto, que saltaba mucho y que se había partido la cara todo el partido. Tanto le gustó que al final bajó a los vestuarios y pidió que se lo presentaran.

—Chaval, ¿a ti te gustaría fichar por el Madrid?

Santillana se puso pálido y contestó que sí. Bernabéu llamó al club:

—Sí, ese Aguilar está bien, pero al que hay que fichar sobre todo es al delantero centro.

Nadie había pensado en él, pero lo decía el Jefe y se acabó. Madrid y Racing se pusieron de acuerdo en un paquete que incluía a Aguilar, Santillana y el portero Corral. Desde luego, con Santillana, El Patriarca tuvo un gran ojo. Fue el mejor de los tres.

Así que Marianín se quedó en la Cultural, en Segunda, sin enterarse de que la suerte había pasado por su puerta. Siguió su buen rendimiento. En la 71-72 ascendió a Primera el Oviedo. Tenía un buen delantero, un valenciano de mucho estilo, Galán, pero fichó a Marianín para reforzar el ataque. Eso creó un debate entre la afición, un debate clásico. Galán era el fino estilista, Marianín, el duro fajador. Galán era el favorito de la afición, había llegado antes. Para Marianín no fue fácil, pero lo resolvió con goles. Los tres a Iríbar en San Mamés terminaron por convencer a muchos.


Al final de esa su primera temporada en la máxima categoría alcanzó 19 goles, sin penaltis. Y fue Pichichi, por delante de jugadores como Gárate, Amancio, Quini, Luis o Santillana, los grandes goleadores en aquel tiempo sin extranjeros. También se dio el lujo de marcar el gol número 1.000 del Oviedo, en precioso cabezazo en el Manzanares. A medida que marcaba goles el Barça empezó a interesarse por él. Las conversaciones con el Oviedo fueron conocidas por la prensa, y un directivo del Barça trató de enfriar el entusiasmo diciendo que Marianín sólo servía para cabecear. Pero Rinus Michels, el entrenador, se cruzó con halagos al berciano, valorándolo como el delantero completo. Marianín aún se duele de aquel comentario del directivo del Barça, y recuerda que de sus 19 goles de aquel año sólo cinco fueron de cabeza.

Pero justo entonces se abrió de nuevo la importación de extranjeros, cerrada desde 1964. Fue una decisión adoptada a la vista del coladero en que se había convertido la importación de oriundos, que había dado pie a toda clase de desmanes, sobornos y disparates, hasta constituir la página más chusca de nuestro fútbol. Por fin, después de años de pleitos, dimes y diretes, y hasta de una suspensión por seis meses del secretario de la federación, Andrés Ramírez, por negligencia in vigilando, se decidió abrir de nuevo las fronteras, con el límite de dos extranjeros por club.

El Barça, que había empujado mucho por la apertura, ya tenía avanzadas las conversaciones con Cruyff. Además, fue a por un gran interior en punta, peruano, Sotil. Marianín quedó olvidado. Otra vez la suerte pasó de largo.

El curso siguiente, la 73-74, se dio el lujo de debutar con la selección, contra Turquía, en Estambul, partido para celebrar los 50 años de existencia de la moderna Turquía. Cuatro días después, España tenía un partido contra Yugoslavia para el Mundial 74, de modo que Kubala partió la selección en dos. Los mejores jugaron el partido oficial. Los siguientes, el de Estambul. Marianín jugó sólo los 15 últimos minutos de este partido, en sustitución de Clares, que precisamente más adelante iría al Barça. Quince minutos y en una selección un poco de aquella manera, pero era partido concertado a nivel de selecciones A. Así que cuenta. Marianín fue internacional con todos los pronunciamientos. Y guarda orgulloso su camiseta de aquel día.

Pero justo entonces empezó la cuesta abajo. Sufrió pubalgia, cuando aquello aún se trataba mal. Tenía que descansar, algún entrenador no le creía, él tampoco era dócil ni servil, así que las discusiones subían de tono. Perdió partidos y goles. El Oviedo bajó. Al año siguiente le fue mejor, ascendieron de nuevo. Pero le dolía. Finalmente se operó con el doctor Mesovic, un yugoslavo pionero en esas intervenciones. Otro descenso. Y una quinta temporada en el Oviedo, esta vez en Segunda, ya definitivamente mala, con sólo 13 partidos y tres goles, siempre lastrado por lesiones musculares… o de las otras. Le pegaron mucho. Para la 77-78, ya con 31, volvió a la Cultural. Luego, un año más en el Fabero y la retirada.

Hoy vive feliz allá, en Fabero, entre minas cerradas y los preciosos montes del Bierzo. No se queja de su suerte. Al fin y al cabo, él se metió en el fútbol empujado por su padre, minero, que le veía condiciones cuando jugaba en el pueblo, con vejigas de cerdo o pelotas de trapo. El fútbol le dejó viajes, ahorrillos que empleó bien, una camiseta internacional que luce en la salita de su casa convertida en museo y, sobre todo, un Pichichi. Un Pichichi ganado a ley, en el Oviedo, frente a la afición propia, con su mayoría de galanistas, sin penaltis y frente a los grandes goleadores de la época. Uno de ellos, Gárate, le hizo un día el mejor reconocimiento:

—Para nosotros, los que jugamos en el Atlético, en el Madrid o en el Barça, era fácil. Pero lo tuyo, o lo de Vavá en Elche, o lo de Porta, en Granada, eso sí que tiene mérito.

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miércoles, 31 diciembre 2014

Por Alfredo Relaño

Marathon, la voz que escondía a una mujer

Me lo contó Santiago Segurola hace ya algunos años. Los chicos de Bilbao eran devotos en los años sesenta de un programa deportivo de Radio Juventud de Vizcaya, llamado Stadium.Buena información, seria y firme. Bastante de todo, mucho Athletic y un comentario rotundo siempre. Un espacio editorial-informativo, crítico, valioso, con equidad y una mirada siempre al futuro, firmado por un tal Marathon. Ahí se hablaba mucho de la cantera. Eran años propicios. El Athletic fue por esos tiempos campeón de España de juveniles cinco años consecutivos, de 1962 a 1967.

Marathon abogaba por la incorporación al primer equipo de los juveniles más brillantes. Año tras año, se iba comprobando que aquellos por los que apostaba eran, efectivamente, los mejores, los que llegaban a triunfar. Su prestigio crecía. Ese tal Marathon tenía ojo. Nadie sabía de quién se trataba exactamente. Por la época, eran frecuentes los seudónimos en los periodistas deportivos. Tampoco a nadie le importaba demasiado quién fuera o dejar de ser. Bastaba con argumentar: “Lo ha dicho Marathon”. Y discusión resuelta.

Sólo con los años se supo que Marathon era una mujer. Se llama Sara Estévez, Sarita le llaman hoy, tiene 88 años y está como una niña. En Bilbao ya muchos saben quién fue, quién es, y le saludan por la calle con un cariño entrañable.

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Sara, huérfana de padre desde los dos años, entró a trabajar muy joven en Unión Química del Nordeste de España, Unquinesa. No tardó mucho en llegar a secretaria de dirección. Un buen trabajo en aquellos años de dificultades. Pero su pasión era el Athletic y en 1947 se hizo abonada del club. No socia, porque entonces no se admitían socias, pero sí abonada, tras guardar una larga lista de espera. Cuando le llegó el turno, empleó las 750 pesetas de la paga del 18 de julio de 1947 en sacar el abono. Eran los años de Iriondo, Venancio, Zarra, Panizo y Gaínza.

Chica inquieta, enseguida consiguió meterse poco a poco en el ambiente futbolístico y acabó haciendo colaboraciones en Radio Juventud de Vizcaya, llamada más adelante Radio Juventud de Bilbao. Infatigable, alimentaba con noticias y propuestas el programa de la noche del domingo, llamado Stadium. Montó un sistema artesanal de corresponsales para los partidos. En cada campo modesto conseguía alguien, en general la madre de algún jugador, que dejara el resultado en un bar próximo. Les llamaba sus comandos. Hizo que cada bar dispusiera de una pizarra para que los comandos anotaran los resultados. Luego, por teléfono, se hacía con todos los resultados y elaboraba las clasificaciones a toda prisa. Hoy resulta extraño, pero en aquel tiempo reunir todos los resultados de fútbol cada domingo en toda Vizcaya y ofrecerlos antes de las 11 de la noche era una proeza.

Empezaron a darle más cuerda. Viajó en 1958 a Madrid, a La final de los aldeanos en la que el Athletic venció al Real Madrid de Di Stéfano en el mismísimo Santiago Bernabéu. Ese día triunfó Koldo Aguirre, un juvenil por el que ella había apostado. Su buen ojo para las promesas empezó a hacerse proverbial. También anunció la llegada de Iribar, tras el partido de ida de una célebre eliminatoria Atlético de Madrid-Basconia en 1962. A ella el partido de ida le pilló en Madrid, en viaje de la empresa. Aprovechó para ver el partido en el Metropolitano y advirtió de la explosión de Iribar. También fue al de vuelta, en Basoselay, en el que el Basconia igualó el 3-1 de la ida. Su madre estaba agonizante, pero le insistió en que fuera:

—Ve hija, ve. Es lo tuyo.

El Basconia pasó, tras desempate en Valladolid, gesta muy sonada. En la siguiente ronda el Barça le metió 10 al Basconia de Iribar y no faltó quien dijera en la emisora que Sara se había precipitado en el juicio. Pero pronto se vería que no…

A todo esto, Stadium se había extendido a toda la semana. Ya se emitía cada día, a las 22:30. Empezaban los transistores y los chicos se los metían bajo la almohada cuando les mandaban a dormir. Los hombres lo escuchaban en el comedor. En los bares se ponía la radio con el programa. Aún empezaba a asomar la televisión. Lo más esperado de Stadium era el editorial de Marathon. Serio, seco, combativo, informativo, siempre con un ojo en los juveniles. Con un prestigio creciente, porque sus criterios y sus propuestas se abrían camino a la larga. Un artículo de unos dos minutos, leído por una implacable y profesional voz masculina, que firmaba: Marathon. Nada oficialista. Tomó posiciones firmes en las grandes polémicas de la época: la relación con el Indauchu, Ronie Allen, Rojo, al que defendió a capa y espada.

Esos textos tan seguidos los escribía Sara, pero los leía un hombre, Francisco Blanco. Tampoco es que éste quisiera apropiarse de nada. Nadie le relacionó con ellos. Marathon era Marathon, una personalidad misteriosa, el oráculo del Athletic. Muchas veces contra el criterio de la directiva, pero siempre en sintonía con el aficionado de verdad.

Marathon era Sara, que en ese tiempo se afanaba, como tantos españoles, en un pluriempleo. Se levantaba temprano en su piso de la calle San Francisco, donde aún vive, cogía el tren de la margen derecha para ir a Axpe, a las oficinas de Inquinasa, volvía a casa a comer, regresaba por la tarde, terminaba sobre las seis, luego cogía el tren de regreso para ir a la emisora, en la calle Irala, cerca de su casa, hasta que la trasladaron al Casco Viejo, que tampoco le iba mal. Ahí, hasta que acaba el programa. Los fines de semana, de campo en campo. Y si jugaba el Athletic, a San Mamés. Quienes se rozaban con esa chica a la entrada o la salida, o en las escaleras, o la tenían cerca en la grada, no sospechaban que se encontraban en la cercanía de Marathon.

Poca paga, pero mucha ilusión.

—No, no era por ser mujer. En ese tiempo en la radio, en todas las radios, se pedía tener muy buena voz y dicción para hablar en antena. Era frecuente que uno escribiera, hombre o mujer, y que leyera un buen locutor. O locutora, que también las hubo. Juana Ginzo fue una figura nacional. Francisco Blanco tenía muy buena dicción y tenía eso que entonces se llamaba “colocar bien la voz”.

A Sara le bastaba con su ilusión satisfecha de ver cómo cada editorial suyo tenía un eco. A veces lo escuchaba comentar en el tren de la mañana, camino de la oficina. Le gustaba ver cómo los chicos por los que había apostado saltaban al Athletic. Tuvo la satisfacción de ver a Uriarte convertirse en estrella nacional (“El mejor cabeceador que he visto nunca”). Vivió una racha fulgurante de cinco títulos consecutivos de Campeón de España de juveniles del Athletic, cuando los Arieta II, Estéfano, Iturriaga, Rojo, Lavín y demás. Trabajaba siete días de siete pero no se daba cuenta. La radio no era trabajo, era fútbol, amigos, Athletic, pasión.

Pasados bastantes años, le hicieron contrato en firme en la radio. La empresa reconoció sus méritos, aún desconocidos en la calle. Pero pronto llegó una fusión de Radio Juventud con Radio Nacional y algún genio de despacho suprimió sin remordimientos el programa Stadium. Para Bilbao aquello fue una pequeña tragedia, pero había otras.

Sara, reportera, quemó muchas horas en atentados de ETA. De cuando en cuando podía hacer alguna información de fútbol, que sentía como una liberación. Pero Stadium y Marathon ya eran recuerdo cada día un poco más lejano para los aficionados maduros. Como los cabezazos de Uriarte.

Hoy es una jubilada de Radio Nacional que vive donde siempre. Ya no va a San Mamés, porque le da pereza y no le gustan algunas de las cosas que ve allí. Pero sigue al Athletic, por la tele y los periódicos. De cuando en cuando le piden una colaboración o alguna opinión en un debate de actualidad. Ahora sí es conocida y su opinión, muy respetada.

Tanto como lo fue la de Marathon.

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miércoles, 24 diciembre 2014

Por Alfredo Relaño

Aquella Intercontinental del Atlético

Con frecuencia me preguntan cómo pudo el Atlético ganar una Intercontinental sin haber ganado la Copa de Europa. Ahora que estamos aún bajo los ecos del Mundialito quizá sea momento para explicarlo.

 

El Atlético empezó la temporada 74-75 bajo la depresión de aquel gol de Schwarzenbeck, que les arrebató la Copa de Europa en los últimos instantes de la prórroga. El shock del Atlético permitió que el Bayern ganara el desempate por 4-0.

 

Al empezar la nueva temporada, se produjo un hecho que vino a ahondar en el complejo: en el Teresa Herrera, tenía ganada la semifinal al Borussia cuando en el último minuto marcó Heynckes. En los penaltis cayó el Atlético. En la consolación, con el Barça, ocurrió lo mismo: gol de Sotil a última hora, penaltis y el Atlético que queda cuarto sin perder ningún partido.

 

Así, alicaído, el Atlético entró en la Liga con paso inseguro. El brillante equipo del año anterior, segundo en la Liga y cuasicampeónde Europa, se había convertido en una medianía, con resultados desiguales. Finalmente, el 25 de noviembre, tras un 2-2 ante el Sporting en el Calderón y gran bronca, la directiva cesa a Juan Carlos Lorenzo (el que había llevado al Atlético hasta la final europea) y le sustituye Luis Aragonés, jugador hasta ese mismo día. Luis pasa de golpe a hablar de usted a sus compañeros de la víspera. Lorenzo se lamentará de su salida:

 

—Es más fácil prescindir de uno que de 25.

 

A todo eso, el Bayern de Múnich estaba dando largas a la hora de poner fecha para la Copa Intercontinental, que debía disputar, a ida y vuelta, con el Independiente argentino. La razón estaba en la dureza creciente que estaban mostrando los equipos sudamericanos, particularmente los argentinos. El partido de América de esta Copa fue escandaloso en las ediciones de 1967 (Racing-Celtic), 1968 (Estudiantes-Manchester) y 1969 (Estudiantes-Milan). Cómo sería la cosa que al término de este último partido (televisado a Europa y que vimos con horror) tres jugadores de Estudiantes fueron encarcelados por orden expresa del dictador argentino de turno, Héctor Onganía. El cargo contra ellos (Poletti, Manera y Aguirre Suárez) era haber avergonzado a la nación con su conducta. Bilardo, que jugaba en el equipo, viajó hasta Bariloche, donde estaban presos (a 1.567 kilómetros de Buenos Aires) en solidaridad con los encarcelados e hizo una huelga de hambre en la puerta de la prisión.

 

Aquello puso en problemas la Copa. El Ajax renunció en 1971 y 73, siendo sustituido por el Panathinaikos y la Juventus, respectivamente. La Juventus participó con la exigencia de que se disputara a partido único, en Roma. El Independiente, campeón también aquel año de la Libertadores, había aceptado… y había ganado.

 

Así, urgido por la UEFA, que a su vez recibía las exigencias de la CONMEBOL, el Bayern acabó por renunciar. Para entonces habíamos entrado en 1975. El Atlético fue invitado y aceptó. Reina me comenta con gracia:

 

—¡Si nosotros casi teníamos más argentinos que ellos! ¿Qué íbamos a temer?

 

Y era cierto: el Atlético de ese tiempo era muy argentino y arrastraba cierta leyenda feroz. Esa leyenda se acrecentó con los expulsados de Glasgow, justo en la Copa de Europa del gol de Schwarzenbeck.

 

La ida fue en Avellaneda, Buenos Aires, el miércoles 12 de marzo. El Atlético voló la noche del domingo 9, tras su partido de Liga. Entre los aficionados no faltaron quienes torcieron el morro ante esta aventura, que podía crear fatiga y complicar más un curso de por sí difícil.

 

En Avellaneda, el Atlético encontró, como era de esperar, una pasión hostil, 60.000 espectadores volcados, porque este enfrentamiento América-Europa siempre significó más allá que acá. A los enviados especiales les impresionan los continuos cánticos: “Dale Rojo, dale Rojo, somos los dueños de América del Sur” (Independiente viste de rojo). “Aplauda, aplauda, no deje de aplaudir, los goles del peruano que acá van a venir” (por Percy Rojas, el número nueve, peruano). “Y ya lo ve, y ya lo ve, ahora dicen que Bochini es el hijo de Pelé” (Bochini era el violinista del equipo). “Esta noche se van, esta noche se van, de la cancha del Rojo con unos cuantos goles de más…”.

 

Luis dispuso un equipo muy prudente: Reina, Heredia de cierre tras una defensa de cuatro con Melo, Benegas, Eusebio y Capón, tres medios, que eran Irureta, Adelardo y Alberto, y Ayala y Gárate en punta. En el Independiente, Bochini y Bertoni eran los artistas de la compañía. Entre el resto había mucho forajido. López le hizo una entrada a Gárate que tembló la tierra. Pero el Atlético ya sabía de antemano cómo iba a ser la cosa y tenía con quiénes responder. El partido fue áspero y de poco juego. El árbitro holandés Corver se las apañó, dentro de lo que pudo. Marcó Balbuena en el minuto 38, en buena jugada de Bertoni. Tras el descanso ingresó Becerra por Alberto, pasó Heredia a la media y el Atlético atacó más. Acabó así, 1-0. No era mal resultado. Ya contaban los goles, así que ganando por dos el Atlético sería campeón.

 

La vuelta es el 10 de abril, miércoles también. El Atlético ha ganado el domingo 5-2 al Valencia, está reaccionando, va a mejor. Hay ebullición antes del partido. Luis concentra el mismo domingo por la noche a los jugadores en El Escorial y ya al llegar le avisa a Pacheco, meta suplente, de que va a jugar. No ha visto bien a Reina. Esa será la sorpresa de la alineación.

 

El Calderón presenta a las nueve de la noche del miércoles un aspecto vibrante y colorido. No es el tono de una gran noche, es un tono de noche única. Para darle más magia, es el partido número 500 del capitán, Adelardo, que recibe una placa antes del partido. Y a jugar.

 

Luis saca esa noche histórica a: Pacheco; Melo, Eusebio, Heredia, Capón; Adelardo, Alberto, Irureta; Aguilar, Gárate y Ayala. Aguilar era un extremo joven y rápido, fichado poco antes del Rayo Vallecano. Luis juega la baza de la velocidad. En el minuto 69 saldrá Salcedo por Alberto, para refrescar. Arbitra el chileno Robles.

 

Y funciona. 2-0, goles de Irureta y Ayala. El primero, en el minuto 22, en preciosa jugada de Gárate y un forzado cabezazo de Irureta, casi más hombro que cabeza. Y en el 85, cuando se olía la prórroga, una falta sobre el área de Independiente, unos rebotes y al final Ayala mete un punterazo cruzado entre un bosque de piernas. Dos a cero.

 

Adelardo alza la copa, él es alzado a su vez por Capón. El gol de Schwarzenbeck ya duele menos. Pacheco, titular inesperado, lo vive con un gozo especial. Estuvo en el Atlético 12 años, con fuertes competidores: Rodri, San Román, Zubiarrain, Reina, Pepe Navarro, Aguinaga… Pero, siempre paciente y bien entrenado, encontró huecos para estar presente como titular en dos alirones (uno de ellos en el Bernabéu), el partido número 1.000 del Atlético, y esta Intercontinental.

 

Quién sabe. Quizá Luis le eligió para esa noche por cábala. Tratándose de Luis…

 

La edición del año siguiente no se celebraría. La de 1978, tampoco. La Copa Intercontinental se salvó porque a partir de 1980 pasó a disputarse a partido único en campo neutral, Tokio. Y es que a finales de los 60 y en todos los 70 hubo muy pocos europeos que se atrevieran a cruzar el charco y jugarse el físico. El Atlético lo hizo, y obtuvo su premio. Un premio mayor.

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