as.com Ver todos los blogs >

Me gusta el fútbol

El blog de Pipo lópez

Categorías

Calendario

julio 2015
lun. mar. mié. jue. vie. sáb. dom.
    1 2 3 4 5
6 7 8 9 10 11 12
13 14 15 16 17 18 19
20 21 22 23 24 25 26
27 28 29 30 31    

Subscríbete a RSS

Añadir este sitio a RSS

¿Que es RSS?

Es una tecnología que envía automáticamente los titulares de un medio a un programa lector o agregador. Para utilizar las fuentes RSS existen múltiples opciones. La más común consiste en instalar un programa llamado 'agregador' o lector de noticias.

publicidad

miércoles, 01 julio 2015

Por Alfredo Relaño

Aquella patada de Jair a Salomón

Esta vez no habrá choque Argentina-Brasil en la Copa América. Para muchos una pérdida, para otros un alivio. Su rivalidad es legendaria, viene de muy lejos y tuvo su peor expresión en la tarde quizá más turbulenta de toda la historia del fútbol, cunado Jair le partió la pierna a Salomón. El partido duró varias horas (siete, según la historia oficial de la Copa América) y en diez años no volvieron a enfrentarse.

RELAÑO

Cien veces exactas han jugado hasta ahora entre sí, con un balance muy parejo. Brasil, 40 victorias, Argentina, 36, y 24 empates. En goles, gana Brasil 158-155. Argentina registra doce victorias en la Copa América por ocho de Brasil, y se siente superior, pero en el resto del planeta no se ve así, por los cinco Mundiales de Brasil contra sólo dos de Argentina.

  

El primer partido entre ambos data 1914, en la Copa Roca, llamada así en honor a Julio Argentino Roca, prócer argentino que consolidó el país a base de exterminar a los indios. Ganó Argentina por 3-1, y eso que en Brasil jugaba el legendario Friedenreich, un mulato de ojos azules, hijo de ingeniero alemán y lavandera negra, al que algunos tratadistas adjudican más goles que a Pelé. Una semana después volveiron a jugar y ganó Brasil 1-0.

 

Los primeros roces llegaron por ofensas racistas. En aquellos años los futbolistas eran en su mayoría de la clase dominante y hasta se discutía que negros o indios pudieran jugar el Campeonato Sudamericano, nombre inicial de la que hoy es Copa América, que arrancó en 1918. En 1920, en vísperas de un Argentina-Brasil, comentarios despectivos de la prensa bonaerense (un periódico les llamó ‘macacos’) hicieron que cuatro brasileños se negaran a jugar. Se intentó salvar el partido reforzando a los otros siete con cuatro argentinos, pero el público rechazó esa solución y acabaron jugando siete contra siete. Ni la FIFA ni la CBF lo registran, pero sí la AFA, que ganó 3-1. Para los argentinos, pues, van 101 partidos.

 

En 1937, los dos equipos acaban el campeonato, que se jugaba por liguilla, empatados a puntos. Hay desempate, con prórroga, en la que De la Mata marca dos goles para Argentina; Brasil se retira, por insultos racistas. En 1939, enfrentados en la Copa Roca, van 2-2 cuando el árbitro da un penalti para Brasil. Argentina se retira y el árbitro ordena el lanzamiento a portería vacía.  

 

 Los partidos se fueron endureciendo según avanzaba el siglo, fruto de una rivalidad creciente, choque de países, orgullos, estilos y hasta razas.

 

En 1947, Ademir Menezes le parte la pierna en un choque a José Battagliero y eso causa furor en Argentina. Sólo un año después se van a encontrar, en Buenos Aires, en el último partido del Camppeonato Sudamerican. Llegan invictos. Argentina, cuatro victorias; Brasil, tres y un empate. El partido dará el campeón. Se armará la de San Quintín.

 

Es 10 de febrero de 1946, verano austral. Era el Brasil de Domingos da Guía, Zizinho, Jair y Chico. Y la Argentina de Salomón, cacique de la defensa, con De la Mata, Mendes, Pedernera, Labruna y Loustau en el ataque. El partido empezó bravo y pronto las patadas nublaron el sol. En el 28’, todo saltó por los aires, en una entrada de Jair a Salomón de la que el argentino saldría con la pierna rota. Hubo pelea masiva con intervención bárbara de la policía local, que no salió a separar, sino a reforzar a los suyos. Dejo el relato a Félix Frascara, firma del ‘El Gráfico’, la célebre revista argentina, que describió así los hechos en el número correspondiente:

 

“(…) momento en que explotó la bomba de la agresión colectiva. Salomón, caído tras un encontrón con Jair; Fonda y Strembel persiguieron a Chico y a Jair; puñetazos y puntapiés; revuelo general, confusión, zancadillas, palos; invasión del campo por innumerables agentes de policía; Chico, tras pegarle a Pescia, es perseguido por Marante, recibe un puntapié, sigue su carrera hacia el túnel y los policías, ante la imposibilidad de alcanzarlo con los brazos, pretenden derribarlo haciéndoles zancadillas; cae Chico frente al mismo palco de periodistas, y recibe una andanada de golpes, hasta que lo dejan reanudar su marcha hacia los vestuarios, tomándose la cabeza dolorida y mirando, extraviada la vista, con expresión de terror; en el resto del campo de juego -¡amarga ironía!- se prolonga la gresca. Son cinco o diez minutos de locura increíble. La policía, excesivamente numerosa, ha sido también excesiva e innecesariamente enérgica. Atenuada la riña, desahogados los puños y los pies, van los brasileños al vestuario, mientras los jugadores locales permanecen en la cancha. Y transcurre una hora y once minutos hasta el momento en que se reanuda el match. En realidad, el match no se reanudó. Por lo menos el juego no tenía nada que ver con lo que habíamos presenciado antes del escándalo. El árbitro había decidido expulsar a Chico y a De la Mata, de manera que cada cuadro reapareció con diez hombres. No estaba Salomón en el equipo argentino. El capitán había resultado la víctima más seria: doble fractura en la pierna derecha (…).”

 

El descanso demoró otra hora, porque los brasileños no se sentían seguros. Domingos da Guía salvó el partido, me contaría años después Labruna, al que traté en España cuando era entrenador de Ríver y vino a un Villa de Madrid. Él convenció a los compañeros para seguir tras obtener de las autoridades locales garantías firmadas de que la policía no volvería a saltar al campo. En eso le ayudó el árbitro uruguayo Nobel Valentini, que había quedado espantado de la brutalidad de la policía. Un libro oficial de la Copa América, editado en 2008, asegura que el partido, que empezó a las tres, acabó a las diez. Seguramente exagera, pero sí tomó cuatro horas y media completarlo, y tres más sacar a Brasil de allí. Y eso que había ganado Argentina, con dos goles del Tucho Méndez.

 

Se decidió separarles A las siguientes cuatro ediciones o fue uno o fue el otro, nunca los dos. En 1947, a Ecuador, fue Argentina, que ganó, con Di Stéfano, por cierto, en sus únicos y brillantes partidos con Argentina. Contribuyó al título con seis goles. El 49 se juega en Brasil y gana Brasil. Al 53, en Perú, va Brasil. Ganará un Paraguay con Heriberto Herrera, el que luego pasaría por aquí. Al 55, en Chile, va Argentina y lo gana. El campeonato aún no tenía  periodicidad estable.

 

El reencuentro se produce en 1956, diez años después, en Montevideo. Queda un solo jugador de la gresca, precisamente Labruna, que recordaba que fueron muy advertidos por el árbitro. En Brasil ya asomaban dos futuros bicampeones mundiales, Gilmar y Djalma Santos. No hubo nada, ganó Brasil 1-0. El título fue para Uruguay.

 

Ahí acabó todo. O no. Quedan en la memoria la agresión de Maradona a Batista en Sarriá, en el 82, o la intoxicación de Branco en Italia-90. Y la discusión eterna de si Pelé o Maradona.

 

Y en nuestro campeonato, fíjense, cada vez que dos contendientes se atizan sin disimulo ni razón aparente siempre resulta que el uno es argentino y el otro brasileño.

 

Archivado en

jueves, 25 junio 2015

Por Alfredo Relaño

Marcelino y el Marqués de Villaverde

Hasta el gol de Iniesta en Sudáfrica, el de Marcelino a la URSS (Rusia, decíamos nosotros) había sido el más importante en la historia de España. Arrumbó el recuerdo del de Zarra a los ingleses en el Mundial de Río. Aquel gol de Marcelino se produjo el domingo 21 de junio de 1964, en el Bernabéu, en la final de la Eurocopa.


Fue el 2-1, el gol de la victoria para una España que no ganaba en casi nada: ante Rusia, zona cero del Comunismo, el peor fantasma del Régimen; con Franco en el palco; y con Yashin, vigente Balón de Oro (aún es el único portero que lo ha ganado) en la portería. A Yashin nos lo habían mitificado los curas de mi colegio con la leyenda de que era uno de los niños vascos secuestrados en la guerra, al que habían lavado de cerebro y le obligaban a jugar contra su país. Marcelino marcó ese gol, a pase de Pereda (el NO-DO, falto de la imagen completa, empalmó un centro de Amancio con el gol) en un cabezazo rápido, sorprendente, a la cepa del palo izquierdo de Yashin, que hizo la estatua.


Blog

Marcelino era la perla de un Zaragoza glorioso, el de Los Magníficos, apodo que mereció su delantera: Canario, Santos, Marcelino, Villa y Lapetra. Les vino de un western de gran éxito, Los Siete Magníficos. Una delantera artística y efectiva, con la peculiaridad de un extremo retrasado, Lapetra. Un equipo capaz de todo menos de la constancia. Un rey de copas (cuatro finales seguidas de la del Generalísimo, de las que ganó dos, y dos de la de Ferias, de las que ganó una), pero falto de fuelle en la Liga. En campo propio o ajeno, alternaba con el Madrid, el Barça o el Atlético. A los demás los solía barrer en casa, pero en las salidas duras la cosa era distinta. En los campos secos y duros de Córdoba, Elche o Sevilla, o en los embarrados del Norte, esos sitios donde el Madrid se dejaba la piel, el Zaragoza no daba la talla.


Antes de una final de la Copa de Ferias, el punta del Zaragoza asistió con el yerno de Franco a una operación de corazón


Era un equipo firme atrás, pero muy señorito por arriba, en la tripleta Marcelino, Villa y Lapetra. Estos dos últimos habían sido lo que en la época se llamaba niños bien. Villa, licenciado en Químicas, era hijo de un directivo del Madrid, Lapetra, de una familia muy acomodada de Huesca, hizo Derecho. Marcelino, gallego, había sido seminarista y era muy instruido, muy por encima del fútbol de entonces. El contrapeso lo ponía el central cántabro Santamaría, de enorme personalidad, que trataba de congeniar los caprichos de estos tres (exigían, por ejemplo, comer a la carta en los hoteles) con el rigor de los entrenadores de turno.


Marcelino y Lapetra fueron titulares ante la URSS y el Zaragoza aportó además dos suplentes: Villa y el defensa Reija. Un orgullo para el club, pero también una preocupación para Waldo Marco, su presidente, porque tres días después de la gloriosa final el Zaragoza tenía pendiente una propia, la de Copa de Ferias, en Barcelona, su primera final europea. Y más allá se dibujaba en el horizonte la vuelta de la semifinal de Copa, contra el Barça.


Ahí se jugaba la temporada el Zaragoza al que, como siempre, en la Liga le habían faltado puntos en las salidas difíciles.


Así que Waldo Marco estuvo el lunes 22 en Madrid, para llevarse a sus jugadores a la concentración de Barcelona en cuanto acabara la preceptiva recepción con Franco. Pero al término de la misma, Marcelino se esfumó. No hubo manera de encontrarle. Waldo tomó el avión a Barcelona con Villa, Lapetra y Reija, pero sin Marcelino.


¿Dónde está Marcelino? Esa fue la pregunta que le hizo el entrenador Luis Belló, sustituto sobre la marcha esa temporada de Ramallets, que había sido el creador de la delantera. ¿Dónde está Marcelino? peguntaban todos. “No lo sé”. Waldo Marco, avergonzado, no podía decir otra cosa.


El martes, en el Telediario, apareció por fin Marcelino. Vestido con bata médica, había asistido a una operación a corazón abierto practicada por el Marqués de Villaverde, el yerno de Franco. El Marqués de Villaverde, de nombre Cristóbal Martínez Bordiú, casado con la única hija de Franco, era cirujano del corazón, como se decía entonces, y un desenvuelto bonvivant. Había invitado a Marcelino (a las cámaras de televisión) para darse pisto en esa operación revolucionaria. (Más tarde intentó imitar al doctor Barnard y practicó el primer trasplante de corazón en España, con resultado pésimo).


Viéndole ahí, en la tele, los compañeros alucinaban. En eso llegó Pueblo, diario de la tarde de máxima difusión. En un reportaje detallaba esas horas de Marcelino y el Marqués de Villaverde juntos, que incluían una noche en sala de fiestas (el Marqués acudió acompañado de su esposa, se aclaraba) donde bailó para ellos Lucero Tena. El periódico iba de mano en mano. Los jugadores se lo querían comer.


A la cena, como si nada, apareció Marcelino en la concentración. Santamaría fue el primero en echarle la bronca: “¡Figúrese! ¡Era nuestra primera final europea! ¡Y el Valencia era un equipazo, con Paquito, Roberto, Guillot, Waldo y todos esos!”. Cuentan que hasta le cogió por el cuello. Él no lo recuerda, o dice no recordarlo.


Marcelino asume los hechos: “Sí, me despisté, pero ¡hay que vivir, no todo va a ser fútbol! Pero le dije a Belló, que estaba consternado: usted póngame, y si no meto un gol y soy el mejor de los 22, le juro que cuelgo las botas”. Luego se fue a dormir. Durmió casi 24 horas seguidas.


La final fue día siguiente, miércoles 24, en el Camp Nou. Belló le puso. El Zaragoza ganó 2-1. El 1-0 fue una bajada de cabeza de Marcelino a Villa; el 2-1, tirazo de Marcelino tras genial combinación con Villa y Lapetra. Ha sido el mejor de los 22. El viernes, el equipo pasea la Copa de Ferias por Zaragoza. Marcelino entra en El Pilar a hombros del gentío, como un cristo pagano.


Sus detractores le llamaban 'El bobo del Volvo'. Pero no era ningún bobo. Era listo, y un gran delantero centro


Ahora toca la vuelta de semifinales de Copa, contra el Barça, que había ganado la ida 3-2. El domingo 28, el Zaragoza gana 2-0, los dos en cesión de la cabeza de Marcelino al medio Isasi. La final es en el Bernabéu, contra el Atlético, el siguiente domingo, 5 de julio. Gana el Zaragoza 2-1. Marcelino facilita el segundo a Villa, en otra cesión de cabeza. Lapetra ha marcado el primero. Marcelino y Lapetra han ganado en dos semanas Eurocopa, Copa de Ferias y Copa España.


Pronto se empieza a ver a Marcelino por Zaragoza con un Volvo rojo descapotable, todo un platillo volante en la época. Se lo había conseguido, como prima extra (a los eurocampeones les habían dado 150.000 pesetas por cabeza) el Marqués de Villaverde. Marcelino, que lo había visto el año anterior en el Salón de Muestras de la Feria de Barcelona y se había encaprichado de él, se lo pidió a su célebre amigo y éste se lo consiguió. A saber cómo se pagaría aquel coche.


En Zaragoza, sus detractores le llamaban el bobo del Volvo. Pero no era ningún bobo. Era un tipo cultivado y listo, además de un gran delantero centro, rápido, con visión y remate. Y con el mejor manejo de la cabeza que he conocido junto al de Kocsis.

Archivado en

miércoles, 17 junio 2015

Por Alfredo Relaño

Luis Suárez y Di Stéfano vivieron lo de Piqué

Muchos me han preguntado si el caso Piqué tenía antecedentes. Pues sí, tiene dos, y ambos con la rivalidad Madrid-Barça de fondo. El primero lo sufrió Luis Suárez, en el Bernabéu. Di Stéfano le sostuvo el ánimo. Tres años después, sería Di Stéfano el abroncado en Barcelona, con Suárez de soporte.

 

En lo de Suárez hubo móvil. Fue en un amistoso España-Turquía, el 6 de noviembre de 1957, en el Bernabéu. Lo de amistoso entonces no tenía el matiz menor que tiene ahora. Apenas había partidos oficiales y los partidos de la Selección, escasos, se vivían todos con interés y emoción. Este con Turquía, más. Por la tradicional desconfianza en España ante el turco (Lepanto en la memoria, “la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos ni esperan ver los venideros”) y porque Turquía nos había dejado fuera del Mundial de 1954, en rocambolesca eliminatoria con desempate en Roma. Algunos nombres de aquella selección aún resonaban en la memoria. El del portero y capitán Turgay, por ejemplo.

 

DISTEFANO

 

El seleccionador, Manolo Meana, hace un equipo con fuerte base madridista, cinco jugadores. Natural. El Madrid es ya por dos veces campeón de Europa y encabeza la Liga en la jornada novena, tras ganar 3-0 al Athletic de Bilbao.

 

Salen estos: Ramallets; Quincoces II, Garay, Segarra; Santisteban, Zárraga; Miguel, Kubala, Di Stéfano, Rial y Gento. Ramallets, Segarra y Kubala son del Barça; Quincoces II, del Valencia; Garay, del Athletic; Miguel, del Atlético de Madrid; Santisteban, Zárraga, Di Stéfano, Rial y Gento son los cinco madridistas. Rial era nacido y criado en Argentina, pero hijo de gallegos que le inscribieron como español en el consulado desde su nacimiento. Era muy querido por la afición del Bernabéu. Siempre se diría que él había hecho productivo a Gento, aprovechando su velocidad con sus lanzamientos profundos. Y era cierto.

 

La cosa fue bien hasta el descanso. Buen partido y España que gana 2-0, los dos de Kubala, el segundo de penalti. Pero en el descanso Meana toma la decisión de sustituir a Rial por Luis Suárez, joven interior del Barça. A la afición le sentó como un tiro:

 

—Salí y en cuanto toqué el balón me pitaban. A cada balón me pitaban. Me desconcertó un poco, porque yo era joven, llevaba poco en la selección. Era mi quinto partido. Gracias que tuve cerca a Alfredo, que era un fenómeno. Me dijo con su acento: “Gallego —porque siempre me llamó gallego— no te preocupés. Vamos a jugar bien, tú y yo cerca, y en un rato estos aplauden”. Y fue así. Se lo agradecí siempre.

 

No había el precedente de ningún encontronazo con el Madrid. No era un caso Piqué. Fue una reacción por la retirada de Rial, quizá avivada por el recuerdo del España, 2-Suiza, 2 de marzo de ese mismo año, un empate que nos dejaría sin ir al Mundial-58. Precisamente el día anterior, se había cerrado el grupo con el Escocia, 3-Suiza, 2, que nos dejaba sin Mundial a salvo de una improbable repesca ante Israel a la que se accedía por sorteo entre los segundos de todos los grupos europeos. (Le tocaría a Gales).

 

El día del empate ante Suiza el ataque había sido Miguel, Kubala, Di Stéfano, Suárez y Gento. Suárez jugó mal, pero no por su culpa. Como Kubala y Di Stéfano se echaban atrás, Meana le hizo colocarse en punta, algo que no era lo suyo. Suárez era interior retrasado, de zancada ágil, espléndido regate largo, lanzamientos profundos a los atacantes y llegada por sorpresa al gol. Como punta de referencia fracasó. Con el cambio de Rial por Suárez, se rehacía en sus cinco nombres aquella delantera de la catástrofe. De ahí, en parte, tanto pito. La otra parte, mero partidismo o predilección por Rial. Pero todo acabó bien: Kubala marcó un tercer gol y España ganó 3-0.

 

El otro caso se dio en el Camp Nou, ante Italia, el 13 de marzo de 1960, la víctima fue Di Stéfano y obedeció a un equívoco. Ya no está Meana, ahora hay un trío seleccionador: José Luis Costa (más tarde presidente de la Federación), José Luis Lasplazas y Ramón Gabilondo, con Helenio Herrera como entrenador. El equipo es: Ramallets; Olivella, Garay, Gracia; Segarra, Gensana (Vergés, 46’); Herrera, Eulogio Martínez, Di Stéfano, Suárez y Gento. Garay sigue en el Athletic, Herrera, Di Stéfano y Gento son del Madrid. Los demás, incluido el suplente, Vergés, del Barça.

 

La mayoría del Barça no debe extrañar. Está muy fuerte, con Helenio Herrera de entrenador, que al tiempo lo es de la selección. Marcha codo a codo en la Liga con el Madrid y va pasando eliminatorias en la Copa de Ferias y la Copa de Europa.

 

Y ahí viene el problema. El Barça, tras arrasar al Milan en octavos con sendas victorias ( 0-2 y 5-1), jugó en cuartos con el Wolverhampton, el campeón inglés. El choque atrajo la atención en toda Europa. The People mandó un enviado a España para las previas. Entrevistó a Di Stéfano, que se volcó en elogios hacia el Barça: que si Kubala esto, que si Villaverde lo otro, que si Kocsis, que si Czibor, que si Ramallets, que si Suárez… El periodista convino con Di Stéfano convertir la entrevista en algo firmado por el propio jugador, a cambio de un pago. Y así lo publicó The People. El corresponsal de EFE en Londres rebotó la publicación con un sesgo imprevisto: “Di Stéfano desvela al Wolverhampton la manera de jugar del Barça”. ¡La que se lió!

 

Antes del España-Italia ya se había jugado la eliminatoria. El Barça arrasó al Wolverhampton: 4-0 en casa y 2-5 fuera, partido a cuyo final los jugadores ingleses les hicieron pasillo espontáneo a los culés, tal fue su exhibición. Así que el famoso Informe Di Stéfano no resultó dañino. Pero seguía el enfado.

 

Suárez lo recuerda con humor: “No desvelaba nada, no decía más que elogios. Lo leímos y le estábamos agradecidos, además era amigo de todos. Aunque en el campo tuviéramos las nuestras, era amigo de todos. Pero el ambiente fue tremendo”.

 

Había, recuerda Di Stéfano en sus memorias, hasta una larga pancarta, de cincuenta metros (algo exageraría) que decía: “No queremos chivatos en este estadio”. Suárez le animaba: “¿Y ahora qué, Alfredo? ¡Ahora te tengo que defender yo!”. Suárez estaba acostumbrado a que le pitaran en el Camp Nou, de mayoría kubalista. Le tenían por el ojito derecho de Helenio Herrera, que empezaba a postergar a Kubala.

 

España jugó un mal primer tiempo. Hasta Di Stéfano jugó mal, se equivocó varias veces, lo que aumentó los pitos. Italia marcó por delante. En el descaso el malhumor en las gradas era máximo. Pero Herrera acertó al sacar a Vergés, que le dio empuje al equipo. Di Stéfano sacó lo mejor de sí, todo mejoró y España ganó, con goles de Vergés, el propio Di Stéfano y Eulogio Martínez. Tres a uno y todos contentos.

 

Ese año Di Stéfano ganaría su quinta Copa de Europa (el 7-3 al Eintracht, tras haber eliminado al Barça en la semifinal). El Barça ganó la Liga y la Copa de Ferias Y Luis Suárez ganó el Balón de Oro. Al final todos felices.

Archivado en

miércoles, 10 junio 2015

Por Alfredo Relaño

Aquella final de los postes cuadrados

El 31 de mayo de 1961, el Barça saltó al estadio Wankdorf de Berna para jugar su primera final de la Copa de Europa. Dos de sus jugadores, los húngaros Kocsis y Czibor, viven un mal recuerdo: siete años antes habían perdido allí con increíble fatalidad la final de la Copa del Mundo, ante Alemania. Eso les roía por dentro.

 

Ese año el Barça participó en cuatro competiciones: Liga, Copa, Copa de Ferias y Copa de Europa. La Liga la había acabado cuarto, a veinte puntos del Madrid. En la Copa acaba de eliminarle en octavos el Espanyol. De la Copa de Ferias, cuyas dos ediciones previas había ganado, le eliminó en cuartos el Hibernian.

 

Sólo le quedaba una bala, pero como diría Valdano, era de cañón: la Copa de Europa.

 

La Copa de Europa había sido patrimonio exclusivo hasta entonces del Madrid, ganador de las cinco primeras ediciones. En la sexta se cruzó con el Barça, en octavos. Pasó el Barça, con dos muy polémicos arbitrajes ingleses. Luego, en la semifinal con el Hamburgo de Uwe Seeler, se produjo una curiosa situación. El Barça viajó a Alemania con la corta renta de un 1-0. El partido de Hamburgo se televisó en España. Iba 2-0 cuando en el minuto 89 se apagó la señal. El horario contratado de los enlaces internacionales se ajustó tanto que un pequeño retraso del partido hizo que la pantalla se fuera a negro, con 2-0 y el choque expirando. Fue entonces, en el último instante y lejos de los ojos de la afición, cuando Kocsis marcó el 2-1. En España, la mayoría nos enteramos el día siguiente, por el periódico. En la época no había ni programas de radio nocturnos. Aquel gol milagroso de Kocsis dio paso a un desempate en París que ganó el Barça.

 

Así que allí estaba el Barça, en la final, en su primer año post HH. Helenio Herrera había sido el creador de aquel equipo, ganador en el 60 de Liga, Copa y Copa de Ferias, pero no de la Copa de Europa, de la que le eliminó el Madrid, y aquello precipitó su salida al Inter de Milán. Le había sustituido un yugoslavo, Ljubisa Brocic, caído a su vez en enero ante la mala marcha en la Liga. Ahora el entrenador era su segundo, Enrique Orizaola, que se jugaba su carrera a este partido.

 

Enfrente estaba el Benfica, en el que asomaba el nuevo poder del fútbol portugués. Aún no estaba Eusebio, que los siguientes años aterrorizaría Europa con sus goles. Pero era un buen equipo, todos portugueses salvo su entrenador, el húngaro trotamundos Bela Guttman, un sabio de la época. La perla es Coluna, el diez, mozambiqueño como Eusebio y jugador con ciencia, ritmo, pase y gol.

 

El Barça viaja con un problema y una incógnita. El problema es la baja a última hora de Segarra, candado de la defensa, lesionado ante el Espanyol. Su baja se une a la ya larga del central Rodri. La incógnita es el papel de Luis Suárez. Justo cinco días antes se ha anunciado su venta al Inter de Helenio Herrera por la fabulosa cantidad de 25 millones de pesetas. Una decisión muy polémica de una comisión gestora que maneja el club tras la dimisión en febrero de Miró Sans, a la espera de nuevas elecciones. La gente se pregunta si Luis Suárez debe jugar o no. Pero es el vigente Balón de Oro, ¿cómo dejarle fuera? Arbitró el suizo Dienst y los equipos fueron:

 

Barcelona: Ramallets; Foncho, Gensana, Gracia; Vergés, Garay; Kubala, Kocsis, Evaristo, Suárez y Czibor.

 

Benfica: Costa Pereira; Joao, Germano, Ángelo; Netto, Cruz; José Augusto, Santana, Aguas, Coluna y Cavem.

 

El Barça tiene la defensa remendada, pero su equipo es de fábula, y aún quedan fuera de él tres delanteros extraordinarios: Tejada, Villaverde y Eulogio Martínez. Kubala juega de extremo derecha; aunque sin desborde, pero distribuye bien desde ahí, un poco al estilo del Beckham de la década pasada. Evaristo y Kocsis atacan por el centro, Czibor desborda por la izquierda, Luis Suárez arma desde atrás y a veces aparece por la banda derecha. El Barcelona es muy superior, a pesar de que Vergés no termina de hacerse con Coluna, única salida del Benfica. La superioridad del Barça va goteando ocasiones. Llega el 1-0 en el minuto 20; es una de las apariciones de Suárez por la derecha, con centro medido que Kocsis (Cabecita de Oro, le apodaban) cabecea a gol.

 

El Barça sigue mandando, aunque se echa en falta algo más de ritmo.

 

En tres minutos todo se complica. En el 30, Coluna lanza a Cruz, que se va de Foncho; Ramallets sale precipitadamente y Cruz que llega antes, cruza el balón y remata Aguas a puerta vacía. 1-1. En el 33, balón alto al área del Barça, Gensana lo toca de cabeza, sale hacia atrás, Ramallets, cegado por el sol, lo palmotea, pega en la parte alta de su palo izquierdo y bota en el suelo. ¿Dentro de la portería? ¿Fuera? Ramallets juró hasta su muerte que ese balón no entró. La jugada (la final entera) se puede ver en youtube. Después de botar en el suelo, el balón sale de la portería. Incluso parece levantar algo de polvo de cal, señal de que habría botado en la raya. Pero Dienst da gol.

 

Queda un tiempo, el Barça es mejor y al reanudarse el partido se masca el gol en la portería de Costa Pereira. Pero donde llega es en la otra, cuando en un raro contraataque Coluna caza un rebote y suelta una colosal volea desde la media luna. Esta vez no es culpa de Ramallets. El partido se pone 3-1 en el 54.

 

Ahora el Barça ya se lanza al ataque con otro nervio. Kubala va y viene al centro del campo, Luis Suárez prodiga más su llegada por las bandas, todos los delanteros juegan bien, el Barça achicharra el área de Costa Pereira, donde los defensas se multiplican. Hay rebotes, rechaces en la raya. En el 68, un balón parecido al del gol tonto del Barça: un centro alto al que Germano mete la cabeza, pasa sobre Costa Pereira, que iba a por él, Kocsis acude para cabecear a puerta vacía ¡y lo manda al palo! Tres minutos después, Kubala agarra un tirazo desde la frontal del área que pega en el palo derecho, recorre toda la línea, rebota en el izquierdo y vuelve al campo, donde lo recoge, ya dócil, Costa Pereira. En el 75, Czibor coloca un zurdazo terrible a la escuadra a la salida de un córner que vale el 3-2. ¡Aún hay tiempo! Sigue el acoso, los remates, las paradas de Costa Pereira. La jugada más perfecta del partido, con intervención de toda la genial delantera, termina en un remate seco de Czibor desde el punto de penalti que se estrella en el palo. El agobio es incesante. En el 88 hay tres córners seguidos. No hay respiro para el Benfica, pero el partido termina así.

 

Kocsis, en el vestuario, rompió a llorar en una especie de acceso de histeria, maldiciendo los postes de ese campo mientras Czibor se encierra en un mutismo alucinado. En la final del 54, Hungría también había estrellado dos balones en los postes de aquel campo.

 

Postes cuadrados cuya forma estaba proscrita ya entonces en muchos sitios, entre otros España. Pronto los proscribiría la FIFA para todos los campos del mundo, recomendando los ovales. Quedó la leyenda de que se cambiaron a partir de aquel partido, culpando a su forma del injusto resultado de aquel partido. Nunca he encontrado nada que certifique eso. Los postes cuadrados podían provocar daño a los jugadores, pero no atraían más balones que los ovalados. Aquel 3-2 fue simplemente inexplicable.

Archivado en Deportes

miércoles, 03 junio 2015

Por Alfredo Relaño

La final de Copa de Kubala y Zarra

El partido fue el 21 de junio, en el Bernabéu, aún llamado Chamartín entonces. Acudieron doce mil bilbaínos, en la clásica riada de autobuses y coches. De Barcelona vino una décima parte de esa cantidad. El resto del público era madrileño, neutral a medias. Más bien del Athletic, y sobre todo de Zarra. Empieza a las seis, justo cuando ha acabado la final de juveniles, Madrid-Barça, empate a cero. (Repetirán el martes, con nuevo empate, y ganará el trofeo el Madrid por más córners lanzados, 5-1).

Kubala

El Barça, entrenado por Daucik, sale con Ramallets; Seguer, Biosca, Segarra; Flotats, Gonzalvo III; Basora, Bosch, Kubala, Moreno y Manchón. De la delantera que cantó Serrat falta César, duda hasta última hora. Bosch, medio, se adelantó una línea.


Al Athletic le entrena Barrios. Sale con estos: Carmelo; Orúe, Areta, Garay; Canito, Manolín; Iriondo, Venancio, Zarra, Panizo y Gaínza. Será el último partido de la célebre delantera, pues ese verano Iriondo pasará a la Real.


Los 13 finalistas convocados por Escartín son: Ramallets, Biosca, Segarra, Bosch, Basora, Kubala, Moreno, Garay, Manolín, Venancio, Zarra, Panizo y Gaínza.


Juega mejor el Athletic, el Barça acusa la mala colocación de Bosch, con cuyo cambio pierde la media y pierde la delantera. Pero atrás, Biosca puede con Zarra. Y Ramallets para lo que le llega. Al descanso aún no hay goles. Nada más volver del mismo, Areta se entretiene en el centro del campo, se lía, Manchón le quita la pelota, se escapa y ya ante Carmelo cede a Kubala que marca cómodamente. Es el 1-0. Sólo diez minutos después, una cesión defectuosa de Garay da lugar a otro ataque rápido del Barça; el balón llega a Kubala, cuyo chutazo repele como puede Carmelo y Manchón remata a gol. 2-0. La insistencia del Athletic en su ataque continuo alcanza por fin premio en el minuto 75, cuando Gaínza pasa a Zarra, y este a Venancio, que remata, rechaza Ramallets y el propio Venancio cabecea a gol.


Kubala hace más de una vez su jugarreta en el córner nordeste del Bernabéu. Un día me contó que se lo copió a Angelovich, compañero suyo en el Hungaria. La bronca es mayor cada vez que lo repite.


Y no hubo más: ganó el Barça, ganó Kubala. Gaínza se quejaría luego con una frase que quedó: “El húngaro es muy listo perdiendo el tiempo para ganar tiempo”.


Como todo el mundo suponía, el titular en Argentina y Chile fue Kubala. Zarra no volvería a la selección. En realidad, aquel curso fue su canto del cisne. En la 53-54, un joven Ignacio Arieta le desplazaría de la titularidad en el Athletic.

Archivado en

miércoles, 27 mayo 2015

Por Alfredo Relaño

Rompecascos, un hincha de otro tiempo

A primeros de los sesenta empezaron a televisarse partidos de Liga. Uno de los primeros fue un Athletic-Sevilla, en San Mamés. Era el Athletic de Carmelo, aún no de Iríbar, el de Ignacio Arieta, aún no de Antón Arieta. Era el Sevilla de Achúcarro y Diéguez. Vi aquel partido en casa de un tío mío. Nosotros aún no teníamos televisión.

Al poco de empezar, se oyó un grito fuerte que se impuso a la narración y al sonido ambiente. Un grito individual:

—¡¡¡Athleeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeetic!!!!

Era todo un do de pecho. San Mamés, al unísono, respondió:

—¡¡¡Euuuup!!!

Mi hermano, que me saca siete años y siempre he tenido la impresión de que lo sabía todo, entre otras cosas porque era y sigue siendo así, dijo con tranquilidad:

—Ese es el Rompecascos.

Blog


—¿El Rompecascos?

—Sí. Cuando el Athletic meta un gol, se romperá una botella en la cabeza. Ya lo veréis.

Luego aclaró que ya le había visto en alguna final de Copa, e incluso en una exhibición en la Plaza Mayor. Para los aficionados madrileños, el Athletic de esos años era algo muy familiar, por lo frecuentemente que jugaba las finales de Copa en Madrid, arrastrando una riada de aficionados que entonces no se estilaba. La hinchada del Athletic viajaba por miles a la final de Copa, esa competición “cuya final juegan el Athletic de Bilbao y otro, y casi siempre la gana el Athletic”, se decía. Así que en Madrid, Rompecascos ya era conocido. Pero ese día, en la transmisión ante el Sevilla, adquirió nombradía nacional.

Porque, efectivamente, llegó un gol de Arieta y Rompecascos se estrelló una botella de vidrio en la cabeza, cubierta, eso sí, por una chapela. La botella se hizo trizas.

Aquel hombre fue el hincha más popular de España, en años anteriores a los de Manolo El del Bombo. Se llamó (ya no vive) Gabriel Ortiz. Nació en Bilbao, en 1920 y fue pescador. Encarnaba casi hasta la caricatura la imagen que de los vascos teníamos en la época, y que con el tiempo se ha ido endulzando: alto, fuerte, jovial, gran voz, comedor… Y con chapela. Era cuando se decía: “un vasco es una boina; dos vascos, un partido de pelota; tres vascos, un orfeón; cuatro vascos, una partida de mus...”.
Ya en 1933, con 13 años, se fugó a Barcelona en un camión de pescado, sin permiso de a sus padres, a ver una final de Copa del Athletic contra el Madrid. El mismo día y en el mismo campo (25 de junio de 1933, Montjuïc) jugaba el Erandio la final de la Copa de Aficionados contra el Sevilla. Nuestro héroe hizo doblete, porque ganaron el Erandio y el Athletic. El de aquel año era el Athletic de Míster Pentland, que ganó 2-1 la final con una delantera lujosa: Lafuente, Iraragorri, Unamuno, Bata y Gorostiza. Gabriel regresó a Bilbao como polizón consentido en el autobús del Erandio.

Quedó contaminado por el fútbol desde muy joven, pues, y con motivo, porque aquel Athletic era tremendo. Llegó a ganar 0-6 al Madrid en Chamartín y 12-1 al Barça en San Mamés en una misma temporada. Respecto a lo de la botella, fue un descubrimiento accidental. Una riña de marinos en una tasca, un noruego que le pega un botellazo y él que le tumba de un cate. El botellazo no le hizo mella. Así descubrió su superpoder.

Pronto se hizo popular en San Mamés. Por el grito, que todo el estadio respondía, y por el detalle del autobotellazo, que su cráneo soportaba sin daño mientras a su alrededor saltaban trozos del vidrio. Él subrayaba el gesto con un comentario:

—¡P’a los pollos!

Que era una manera de decir que aquello no tenía importancia.

Chechu Rojo le recuerda con cariño en doble versión. Eran vecinos en el barrio de Lacruz, junto a Begoña:

—Yo era un crío, claro. Él era muy famoso, muy querido entre los vecinos. Todo el mundo le conocía. Le recuerdo grande, gordote, muy jovial, siempre con amigos. Luego, cuando yo jugaba en San Mamés le veía ahí, en su localidad, siempre la misma. Pero me mudé de barrio y le perdí la pista.

Ahí estuvo muchos años. Descolló también en la rara especialidad local de romper nueces con el culo, arte de difícil valoración. Entrando los ochenta empezó a faltar a algunos partidos, por motivos de salud. Me lo describen como el clásico hombretón que abusa de su organismo, y en este caso no me refiero a la dureza del cráneo, sino al estómago, hígado y demás vigilantes de nuestras costumbres. A su mujer y a su hija no les hacía gracia la cosa, sobre todo a partir de cierta edad. Alguna vez fueron, me cuenta Sarita Maratón, a Radio Juventud, a pedir que no le entrevistaran, que no le animaran a seguir en ese ambiente macho y futbolero, un poco brutal.

Sus últimas apariciones fueron cuando la segunda Liga de Clemente, en 1984. El estruendo de aquellos años, con aquel conflicto Clemente-Sarabia que fue debate nacional, puso sordina en su retirada, discreta. San Mamés perdió el grito de Rompecascos y su estampa chirene rompiéndose la botella en la cabeza.

Quedan algunas fotos, y alguna imagen vieja de película o TVE, que se pueden encontrar en internet, donde está todo, como en la cabeza de mi hermano. Y se puede escuchar ahí, todavía, su fenomenal grito:

—“¡¡¡¡Athleeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeetic!!!!” .

Archivado en Deportes

martes, 19 mayo 2015

Por Alfredo Relaño

Quino, la forja de un rebelde

Joaquín Sierra Vallejo, Quino para el mundo del fútbol, no fue un jugador corriente. Se enfrentó a su época y podemos decir que en cierto modo perdió. Pero el tiempo le daría satisfacción, para suerte de todos sus colegas.

Quino era un chico instruido, cosa no habitual entre los futbolistas de la época. Su padre, Juan Sierra, era un conocido poeta de la generación del 27 cuyos tres hijos, Juan, Ignacio y Joaquín, destacaron desde niños en los descampados del barrio León, al final de Triana. El mayor fue juvenil del Sevilla, el segundo y el tercero, del Betis. De Ignacio dicen todos que era el mejor, pero una fractura de pierna con la Selección Juvenil Andaluza le partió la carrera. El que más lejos llegó fue Joaquín, Quino.

 

QUINO

 

Ya era la bomba como juvenil. Y en el Triana, filial del Betis. Estudiaba para aparejador, pero se le veía que podría ganarse la vida con el fútbol. En la 63-64, aún en edad juvenil, Balmanya le echa el ojo y le sube a entrenar con los mayores. Incluso lo alinea en partido oficial de Primera, contra el Pontevedra aquel del hai que roelo.

 

Y allí viene el primer desengaño. Le dicen que tiene que firmar ficha profesional para debutar en Primera. Y él, con la ilusión, firma. Más tarde se enterará de que no sólo no era necesaria esa ficha, sino incluso que no se podía inscribir como profesional a un juvenil. Pero le han hecho firmar y está atrapado de por vida por el derecho de retención, que permitía a los clubes, aun sin la anuencia del jugador, prorrogar el contrato al fin del mismo con sólo subir el 10 %. Aquello entonces parecía normal. A Quino, instruido, inquieto, de alma izquierdista y rebelde, le pareció indignante.

 

Ya era futbolista, debutó haciendo ala con Luis Aragonés, pero se sintió ultrajado desde el primer día. Luego, su carrera siguió su curso. Se instaló como titular, se hizo ídolo local. Tuvo la satisfacción de jugar contra Di Stéfano el último partido oficial de este. Di Stéfano jugó de medio, Quino de interior, se marcaron el uno al otro, lo que consideró un honor. Esa misma temporada, la 65-66, bajaron a Segunda, pero en la Copa eliminaron al Madrid ye-yé, a los tres días de proclamarse campeón de Europa, y llegaron a semifinales. En la ida de esa eliminatoria también se despidió del fútbol en el campo del Betis, Puskas.

 

Tocó jugar en Segunda, subir, volver a bajar la 67-68, en unión del Sevilla. Quino iba creciendo y se convirtió en el mejor jugador de la categoría. En la 68-69 marca 33 goles en Segunda, una barbaridad y Kubala le hace debutar en la Selección, contra Finlandia. Un jugador de Segunda en la Selección era algo absolutamente excepcional. El Madrid intenta reiteradamente ficharle, pero se niegan a venderle.

 

Al final de la 69-70 termina su primer contrato, y pide que, ya que no le venden al Madrid, que le mejoren bien. Le quieren aplicar el 10% y él anuncia que se retira. Al fin le hacen un buen contrato, pero luego llegan represalias: cada poco, una multa, por falta de espíritu en el entrenamiento, o por lo que sea. Represalias mezquinas, entiende él. Teme que así no va a poder seguir. A la hora de viajar a un trofeo amistoso, el Montilla-Moriles, se niega a ir, dice que lo deja. El secretario, Mauduit, tiene una larga conversación y le convence. Él le dice que sólo va si es para jugar, porque teme que le lleven para humillarle con el banquillo. Llega, y ¡zas! banquillo. Se va a la grada con un periodista amigo.

 

Vuelven a convencerle, paran las multas, vuelve a ser titular. Pero el 12 de octubre de 1970 se produce una escena definitiva. En el descanso del Betis-Moscardó, baja Pepe León, vicepresidente, enfadado, porque a su juicio están jugando mal:

 

—¡No tienen ustedes vergüenza!

 

Quino no se aguanta:

 

—¡El que no tiene vergüenza es usted! ¿Cómo puede bajar aquí a insultar a unos profesionales? ¡Salga ahora mismo!

 

El partido lo gana el Betis, pero Quino no vuelve. Pasará unos meses entrenándose en las instalaciones de Piscinas Sevilla, con los toreros: Pepe Luis padre, Carriles, El Vito, Manolo Cortés… Al final de la Liga le busca el Betis. El Valencia está dispuesto a pagar 18 millones por él. No es el Madrid, pero ha ganado la Liga y lo entrena Di Stéfano, su ídolo. Quino regresa, se entrena y ficha por el Valencia.

 

Ahí jugará cinco temporadas. Volvió a la Selección, donde alternó en el puesto de delantero centro con Gárate, entre otros. Luego terminará en el Cádiz. Deja el fútbol a los 33, pensando que las cosas podrían haber sido diferentes con otras normas o con otras personas al frente del Betis. Que podría haber hecho una gran carrera en el Madrid y en la Selección. Pero contento porque ha salvado su dignidad.

 

En la Transición, hay un movimiento para crear un sindicato de futbolistas, la AFE. En la primera reunión de jugadores andaluces en Sevilla le piden que acuda, aunque esté retirado, y le envían como delegado a Madrid. Allí asiste a las sesiones fundacionales. A la hora de elegir presidente, hay empate entre Villar y él. Él sugiere que sea Villar, abogado, pero los andaluces insisten en que se repita la votación y gana. Es el primer presidente de la AFE.

 

Esa AFE inicial provocó dos huelgas de verdad, lejanas del postureo actual, que entre otras cosas metieron a los jugadores en la Seguridad Social y sirvieron para abolir el derecho de retención. Los presidentes dejaron de ser señores de horca y cuchillo. Quino, rebelde con causa, consiguió dar un sentido positivo a sus malas experiencias.

 

Hoy mira el mar desde un piso alto sobre la playa de Cádiz. Piensa que, después de todo, mereció la pena.

Archivado en

miércoles, 13 mayo 2015

Por Alfredo Relaño

Derby: la remontada fundacional

Las grandes remontadas europeas son el espacio favorito en el imaginario madridista. Se recuerdan mucho las de la Quinta del Buitre, un serial enloquecido que proporcionó dos títulos consecutivos de la Copa de la UEFA a mediados de los ochenta. Pero existía un precedente, la eliminatoria de octavos de final de la Copa de Europa de la 75-76 ante el Derby County, el campeón inglés.

 

Ninguno de los que jugaron o presenciaron ese partido lo ha olvidado.

 

Como toda remontada, el punto de arranque es un fracaso previo. El Madrid perdió la ida 4-1 en el viejo Baseball Ground de Derby, ya desaparecido. Un diputado laboralista había pedido en el Parlamento que no se celebrara. Estaban muy recientes los últimos fusilamientos de Franco y eso provocó reacciones contra el decrépito Régimen en todo el mundo, sobre todo en Europa. Incluso fue asaltada y quemada la embajada española en Portugal. La petición del diputado no tuvo eco, pero en esas mismas fechas el Lazio se negó a recibir al Barça en Roma, en Copa de la UEFA.

SANTILLANA-PAIS

Pero, decía, el partido se jugó. Era el miércoles 22 de octubre de 1975. El sábado anterior fue la visita a Atocha, salida durísima para el Madrid. Benito y Santillana no habían podido terminar el partido y seguían lesionados. A Miljan Miljanic, el entrenador del Madrid, aquellas bajas le desconcertaron demasiado, sobre todo la de Benito. Decidió colocar a Del Bosque como líbero, con Camacho de central, y pasar a Pirri, habitual líbero, a la media. El equipo que salió fue éste: Miguel Ángel; Sol, Camacho, Del Bosque, Rubiñán; Breitner, Pirri, Netzer, Velázquez; Amancio y Roberto Martínez.

El Madrid juega mal, lo reconocen sus protagonistas, aunque tampoco tiene suerte. Dos de los goles son de penalti. A Pirri le anulan un gol que la televisión demostrará después que era legal. El árbitro, el ruso Ivanov, lo concedió en principio, pero luego rectificó al ver levantado el banderín del linier, señalando un fuera de juego que las repeticiones demostrarían que no hubo.

 

Aquel linier era Bakhramov, el mismo que, actuando también de linier, había dado por bueno el gol fantasma de Hurst en al final de 1966, Inglaterra-Alemania.

 

El resultado final fue 4-1. Demoledor. Miljanic, bloqueado, no había hecho ningún cambio, a pesar de que varios acabaron exhaustos o doloridos. Sus explicaciones en la conferencia de prensa posterior son confusas.

 

Del Bosque recuerda que ya en el autocar de vuelta al hotel se desencadenó histeria, griterío y golpes en el techo, en la seguridad de que iban a remontar. Había un antecedente próximo: en la Copa 74-75 le habían dado la vuelta a un 4-0 de Las Palmas con un 5-0 en la vuelta. Pirri me cuenta que descontando los errores propios y los factores que desencadenaron la goleada, se sintieron superiores al Derby. Y por eso, de repente, con Camacho como primera levadura, convirtieron la goleada en euforia.

 

Miljanic quedó en entredicho. Hubo hasta una minicrisis. Amancio y Netzer, dos vacas sagradas, criticaron el planteamiento y Miljanic no les alineó el domingo siguiente en el Bernabéu ante el Español. Pasó otra semana, que calmó algo los ánimos. Luego, partido en Valencia (1-1) y a esperar al Derby. La cita en el Bernabéu es el 5 de noviembre.

 

El partido no se televisó, porque coincidía en día y hora con el Barça-Lazio, que empezaba 3-0 a favor del Barça por la renuncia del Lazio a recibirle en Roma. Son los últimos días de Franco, que está en La Paz, rodeado de médicos y taladrado de tubos, en una invocación pagana de la inmortalidad a través de la ciencia médica. Pero en el Bernabéu nadie piensa en eso. El Bernabéu se llena a reventar, con esa costumbre de la época de vender papel sin tasa para las zonas de a pie, amplísimas. Gran parte del público lo forman peñistas venidos de fuera de Madrid. Camacho lo recuerda con agradecimiento. “Era otro público, para nosotros mucho mejor. El público habitual es más exigente y desconfiado. El que llegaba de fuera para la Copa de Europa venía entregado, a divertirse. Buena comida, unas copas, un optimismo que transmitían”.

 

La alineación que sale es otra: Miguel Ángel; Sol, Benito, Pirri, Camacho; Breitner, Netzer, Del Bosque; Amancio, Santillana y Roberto Martínez.

El Bernabéu es una caldera, con banderas y pancartas. En el 3’, el primer gol justifica la euforia: Netzer-Pirri-Breitner-Netzer, envío largo por la banda a Camacho, que centra al área para que tras toque de Santillana marque Roberto Martínez.

 

El Bernabéu es un pandemónium, no hay más equipo que el Madrid, que llega y llega, pero el gol se retrasa. Hay remates de Roberto en el 5’, Amancio en el 8’, Pirri en el 13’, Roberto en el 18’, Del Bosque en el 20’, Netzer en el 26’, Santillana en el 38’, Roberto en el 40’, Pirri en el 43’… Pero al descanso el marcador sigue 1-0. Algunos mueven la cabeza. Otros aún creen. O desean creer.

 

El regreso es fulminante: en el 51’ marca Roberto, en el 55’, Santillana, con un cabezazo terrible. ¡Ya está! El 3-0 basta para levantar un 4-1 (ya existe el valor extra del gol fuera) y llegan el jolgorio y los olés a la grada. Pero todo se frena en seco cuando en el 61’, George, el mejor del Derby allí (donde ya hizo tres goles) y aquí, cuela un zambombazo desde lejos por la escuadra de Miguel Ángel, al que pilla en frío.

 

Hay que volver a subir a la montaña. Eso fue lo más difícil, cuentan los protagonistas: reactivar el motor tras haberlo enfriado algo. Es entonces, dicen también, cuando más notan el público, ese público de la Copa de Europa, venido de fuera, indesmayable. ¡No se hacen tantos kilómetros, se pide un día libre y se pierde el sueño de la noche de vuelta para regresar eliminados, expuestos a las burlas!

 

En el minuto 80’ aún sigue el 3-1, con el Madrid eliminado, cuando Amancio, con un último aliento, entra en el área y es derribado por McFarland. ¡Penalti! Amancio es el encargado de tirarlos, pero está dolorido y agotado. No puede. Mira a Pirri: “¡Tíralo tú!”.

 

“Me adelanté, coloqué el balón. Entonces cesó el griterío que nos había acompañado todo el partido. Se escuchó primero un tchsss… muy extendido. Luego, nada. Quedó todo en silencio como nunca antes ni después conocí en el Bernabéu. Lo tiré muy seguro y entró. Entonces estalló el júbilo. Pero cuando volví a mi campo y ellos sacaron de centro me entró una tiritona, un tembleque tremendo en las piernas. Me decía yo mismo que cómo se me había ocurrido tirarlo…”.

 

Hay prórroga. En el 95’ Amancio, que no puede más (anda ya por los 35), saca bandera blanca. Le sustituye Rubiñán., lateral-extremo muy combativo. Sigue el ataque blanco, aunque no tan rabioso. Los dos equipos están muy castigados. En el 100’, en una aproximación al área, Breitner mete un balón por alto a Santillana, que marca el mejor gol de su vida. Entra a la carrera acosado por su marcador, controla con el pecho, le hace un sombrero y empalma un voleón tremendo con la izquierda. El estallido es descomunal.

 

Aquel era el primer día que el padre de Santillana acudía a ver a su hijo al Bernabéu. No podría haber escogido mejor ocasión. TVE ofreció a la noche un largo resumen, para deleite de los madridistas de toda España.

Hoy hablamos del Espíritu de Juanito, pero aquello nació el día del Derby. Eso sí, todos me dicen lo mismo:

 

—En realidad, toda remontada nace de una cagada previa.

Archivado en

lunes, 04 mayo 2015

Por Alfredo Relaño

Una eliminatoria truculenta con la Juve

Era la VII Copa de Europa. El Madrid había ganado las cinco primeras y en la sexta había sido eliminado por el Barça en octavos, con influencia decisiva de dos árbitros ingleses, Míster Ellis y Míster Leafe. El Barça acabaría llegando a la final y perdiendo, con increíble desgracia (cuatro tiros a los postes cuadrados de Berna y una tarde anómalamente mala del gran meta Ramallets) ante el Benfica.

 

En la nueva edición, el Madrid había eliminado sin problemas al Vasas de Budapest y al Odense, pero el cruce de cuartos era de aúpa: la Juventus de Turín. A toda Italia le roía el deseo de ganar la Copa de Europa.

 

Aquella Juve tenía un gran equipo, con jugadores italianos sólidos y dos extranjeros de calidad extraordinaria. Uno era galés, John Charles, un gigantón de 1,92 con buen pie y mejor sentido táctico, que podía jugar lo mismo de defensa que de medio o delantero. El otro era Sívori, de 1,61 y enorme cabeza rematada con fuerte pelambrera negra. Argentino, le apodaron Cabezón allí, El Ángel de la Cara Sucia en Italia. Tenía un regate endiablado y un genio de mil demonios. Difícil de controlar fuera del campo, su gran mentor, Cesarini, le llegó a decir: “Escuchá, acá te ficharon como jugador no como galán. Para galán hubieran escogido a uno más guapo”. Pero cuando sujetaba su vida privada y se entrenaba bien era imparable. Había ganado el Balón de Oro de 1961.

Futbol

La ida fue en Turín. El vuelo hizo escala en Niza y allí supieron que el aeropuerto de Turín estaba cerrado por la niebla. Hubo que seguir en autobús, y costó encontrarlo, por huelga en la ciudad. Al fin apareció uno, pero no un pullman, como se conocía ya en la época a los preparados para largos viajes, con ciertas comodidades como asientos reclinables, sino uno común, viejo y con poco motor. Nevó al poco de salir de Niza. El recorrido tortuoso, entre túneles y montañas, se hizo interminable. En alguna curva con fuerte pendiente se pidió a jugadores y directivos que bajaran del autobús en plena oscuridad y empujaran, porque se atascaba el autobús.

 

Llegaron a Turín a las cuatro y media de la madrugada del martes y fueron directos a la cama, sin cenar más que un bocadillo. Cuando despertaron, al mediodía, vieron el hotel cercado por cinco mil manifestantes con pancartas contra España y contra Franco. Eran días de agitación aquí, con intentos de manifestaciones obreras siempre disueltas a palos, y crecía la presión internacional contra Franco. Los manifestantes exigieron que una delegación entrara en el hotel a hablar con el Madrid. El primero al que se dirigieron fue a Di Stéfano, pidiéndole que se adhiriera a un manifiesto que le presentaron. Él dijo que era jugador, que hablaran al jefe de la expedición, el vicepresidente Muñoz Lusarreta, que escondió su gruesa humanidad tras una columna.

 

La policía tuvo que abrir paso a la fuerza para que el autobús saliera al entrenamiento el martes, y lo mismo el miércoles (día 14, San Valentín) para el partido. No hubo paseo, ni compras, ni recepción en la embajada. La prensa silenció aquello.

 

Muñoz ha tomado una mala decisión: retrasar a Del Sol para que marcara a Sívori, con lo que se perdía su aportación fundamental en el medio campo. Más acierta Parola emparejando a John Charles con Di Stéfano, que juega incómodo sin Del Sol cerca. En el 39', en una de sus apariciones en el ataque, el galés baja de cabeza para Sívori un lanzamiento largo de Stacchini, y el balón de oro remata con habilidad. Era una jugada que repetía mucho la Juve, pero esta vez pilló descuidado al Madrid. Luego, Antonio Ruiz se rompe el brazo en una mala caída, y juega el segundo tiempo de delantero, como figura decorativa. No habrá más goles, aunque los ataques del Madrid producen sendos cabezazos al travesaño de Puskas y de Di Stéfano.

 

En el Madrid hay desolación. Es su primera derrota en Copa de Europa en el Bernabéu tras dieciocho victorias y un empate, el del Barça con Míster Ellis el año anterior.

 

El desempate es a la semana justa, el miércoles 28 en París. Ahora la Juve es favorita. Bela Guttman, entrenador del Benfica, dice que la Juve es el mejor equipo de Europa, junto al suyo, y que el Madrid envejece. En París hace un frío que pela, pero las 40.000 entradas vuelan y la reventa triplica los precios. La víspera se sortean allí las semifinales. El ganador jugará contra el Standard de Lieja. Muñoz recupera a Pachín y Felo, los hombres clave de Turín. Juegan: Araquistáin; Casado, Santamaría, Miera; Felo, Pachín; Tejada, Del Sol, Di Stéfano, Puskas y Gento. Visten de azul. La Juve, con sus rayas y con John Charles esta vez de medio. Al minuto marca Felo y el Madrid juega prudente. Empata Sívori en el 35'. El partido es durísimo, salen a relucir todos los piques acumulados, y el Madrid pega más o con mejor tino, porque en el 60' John Charles queda inútil y Stacchini también acaba cojo. Marca Del Sol el 2-1 en el 75' y Tejada el 3-1 en el 82'. Con el pitido final, Sívori propina un patadón a Pachín.

 

Como en los dos partidos anteriores, hay cena por la noche. El lugar escogido es un restaurante de alto copete en los Campos Elíseos, pero los jugadores llegan como gallos de pelea. Sívori se va por Pachín, Del Sol le intercepta y le desafía a salir a la calle. Di Stéfano les frena como puede. Mal que bien, se consigue que unos y otros se sienten, pero se corta el aire entre silencios y murmuraciones. Cuando llega el discurso de Bernabéu, los juventinos giran ostensiblemente sus sillas y se ponen de espaldas. Bernabéu dice que es más fácil hacer un discurso en la derrota que en la victoria, “porque con felicitar al ganador ya has cumplido”. Luego interviene el vicepresidente de la Juve (el presidente, un entonces jovencísimo Agnelli, de veintitrés años, no acude a la cena), y dice que les gustaría haber jugado con once, no con diez ni con nueve. Los jugadores de la Juve aplauden a rabiar.

 

Se levantan las mesas, salen entre voces y gestos. Del Sol, encendido, se va al autobús de la Juve y les desafía a bajar uno a uno. Un gendarme le aparta de allí.

 

El Madrid eliminará en semifinales al Standard de Lieja, pero luego perderá la final ante el Benfica, 5-3, en estrepitosa noche de Eusebio, que se quedó como recuerdo la camiseta de Di Stéfano. Puskas marcó tres goles que no sirvieron para nada.

 

Ese verano, Del Sol fichó por la Juve. Allí hizo una amistad entrañable con Sívori.

Archivado en

miércoles, 29 abril 2015

Por Alfredo Relaño

Un gol de Castro con mucha historia

La fecha del 21 de marzo de 1971 quedó como una de las grandes en la historia del Celta de Vigo y no sólo por la victoria sobre el Madrid, aunque también por eso.

 

Aquella temporada, la UEFA había decidido transformar la Copa de Ferias (Copa de Ciudades en Feria) en torneo oficial. Ya no se iría por invitación, sino por clasificación. A España le corresponderían cuatro plazas.

 

Y ese era el objetivo del Celta, un objetivo que arrebató a la ciudad. El Celta tenía un buen equipo, fortísimo en Balaídos, donde estaba invicto. Un equipo compacto, con dos perlas. Una, el medio defensivo Luis Costa, que sería traspasado al Barça. La otra, el fino y escurridizo delantero Rodilla, cuya aparición fue fulminante. Con 19 años, Kubala le hizo debutar en la selección ante Grecia. Y más: le metió en el equipo Resto de Europa que jugó en el homenaje al portugués Coluna, en diciembre de 1970. Y ahí estuvo, con los Cruyff, Beckenbauer, Fachetti…

 

CASTRO

 

El Celta había ampliado Balaídos con una nueva tribuna que elevaba la capacidad a 40.000. La inauguración estaba prevista para un España-Polonia sub-23, pero las obras estuvieron terminadas justo para recibir al Real Madrid, a cinco jornadas del final.

 

La ciudad hervía, claro. Era un Madrid un poco de entreguerras, en la que los ye-yés iban cumpliendo años y el veterano Gento estaba al borde de la retirada. Por primera vez, el Madrid (y Gento) no se habían clasificado para la Copa de Europa, después de ¡quince! presencias consecutivas. Jugaba la Recopa, en la que llegaría a la final, que perdería tras desempate con el Chelsea. En la Liga había empezado así así, pero en la segunda vuelta había mejorado mucho. Cuando llegaba esa jornada veintiséis, amenazaba ya al trío de cabeza, Valencia, Atlético y Barça. Traía victorias de sus dos últimas salidas, al Camp Nou y San Mamés. Amenazaba la imbatibilidad de Balaídos.

 

Las 40.000 localidades del remozado Balaídos volaron entre espectaculares colas en la Central de Espectáculos, donde se vendían. La directiva declaró Día del Club, lo que suponía que todos los socios tenían que pagar y la recaudación fue de ocho millones, que ayudarían a pagar la obra, como el traspaso de Luis Costa al Barça. Había sido vendido por 11 millones, pero seguía en el Celta hasta final de la temporada. Además del dinero, el Barça metía en la operación la ficha de Castro, una perla de la época. Interior cerebral, fan de Luis Suárez cuando niño. Y de Velázquez luego.

 

Santiago Castro, gallego de Mugrados, había despuntado en El Ferrol, en Segunda, donde hacía la mili en la Marina. De ahí le fichó el Barça. La primera temporada le fue mal, porque aunque consiguió el traslado a Barcelona, le tuvieron frito: “El Jefe de la Comandancia era perico, me dijeron. No me dejaban ni entrenar y me frieron a guardias. Tanto fue así, que pedí el traslado a Madrid, y allí al menos pude entrenarme algo. ¡Aún tengo pesadillas sobre aquella temporada. Hasta ahí llegó la obsesión!”.

 

Sólo pudo entrar a final de temporada, en la Copa de Ferias y la Copa, cuando acabó la mili. Estuvo en el banquillo el día del penalti de Guruceta. El segundo fue titular. Debutó en la Liga en el Bernabéu, el día de la lesión de Bustillo. Pero en la 70-71, con Buckingham, se vio suplente. Cuando sobrevino la oportunidad de entrar en la operación Costa, le agradó: “Lo que quería a esa edad era jugar. Y volvía a Galicia”.

 

La semana del partido tiene una sorpresa. Aunque la operación no era efectiva hasta la 71-72, el Barça decide, para reforzar al Celta, cederlo en los últimos cinco partidos, empezando por el del Madrid, claro. Así que viajó antes de tiempo.

 

El Celta se concentra en el Parador de Tuy. Su entrenador, Juan Arza, un navarro-andaluz que fue leyenda como jugador en el Sevilla, (algo así como el Kubala o el Di Stéfano del club sevillano), se siente incómodo cuando le preguntan si Castro va a ser titular. En la delantera hay, además, la baja de Rodilla. Arza se muestra renuente. Es un refuerzo caído del cielo, pero sin encaje con el resto. Por otra parte, hay presión en la calle y en la prensa, y más con la ausencia de Rodilla. El Madrid llega el sábado en coche cama y se aloja en Samil. Muñoz, que en sus inicios había jugado en el Celta y es bien recordado, se muestra prudente y cortés en sus declaraciones. Reconoce que se juegan la Liga. Al Madrid el partido le llega en mal momento, en vísperas de la visita europea del Cardiff, frente al que hay que remontar un 1-0 de la ida.

 

Ha llovido toda la semana, pero en la mañana del domingo clarea y sale el sol. Como hay viento, se confía en que eso ayude a secar el campo. Confía sobre todo el Madrid. Los barrizales de Balaídos, cuyo terreno sufría mucho los desbordamientos del río contiguo, el Lagares, eran legendarios en la época. Hoy se ha aliviado el problema

 

A las cuatro y media saltan al campo:

 

Celta: Gost; Isabelo, Rivas, Hidalgo; Costas, Manolo; Lezcano, Almagro, Doblas, Rivera y Jiménez. Hay un ¡oh! de decepción cuando se ve que no está Castro.

 

Real Madrid: Borja; Zunzunegui, Benito, Sanchís; Grande, Zoco; Amancio, Pirri, Grosso, Velázquez y Marañón. Zunzunegui había sido del Celta. Se le pita, por haberse marchado. El único aplaudido del Madrid es Pirri, que viene de hacer el miércoles dos goles con la selección en Valencia, ante Francia, con los que igualó un 0-2.

 

Arbitra el valenciano Cardós, protestadísimo.

 

El campo está pesado y el Madrid se mueve mal. El entusiasmo del Celta le encajona y apenas sale. Al descanso, cero a cero y el público se queja de dos penaltis en el área del Madrid. La segunda parte tiene el mismo son. En el minuto 60, Zoco, lesionado, deja el sitio a De Felipe. Se pide otro penalti, el más claro según las crónicas de la época, de Benito a Doblas. El Celta renueva su rabia atacante y por fin llega el gol, en el 70, en cabezazo en escorzo de Jiménez. Inmediatamente, Arza retira al delantero centro, Doblas, y mete a Castro, para calmar el juego y retener el balón. Muñoz reacciona al revés: retira al medio Grande para meter a Fleitas, delantero goleador.

 

El Madrid pasa al ataque, en una de sus clásicas reacciones y vuelca el campo sobre el área de Gost. Queda más de un cuarto de hora. En juego está, por un lado, la lucha por la Liga; por el otro, la persecución de la plaza UEFA.

 

El apretón dura y dura, Gost lo pasa mal, pero en una de las pocas salidas del Celta, Castro agarra un tirazo fenomenal. ¡2-0! El refuerzo de última hora, el hombre cedido por el Barça para la ocasión, resuelve. Es el 87 y ya no hay tiempo para más. Balaídos estalla en júbilo. Los madridistas, fatigados, bajan la cabeza.

 

Aquella fue la Liga que ganó el Valencia ese día que perdió en Sarriá en la última jornada, mientras empataban en el Manzanares el Atlético y el Barça. El Madrid se quedó a dos puntos del campeón. ¿Los puntos de Balaídos? El Celta fue sexto y se convirtió en Eurocelta. Se inscribió entre los clasificados para la primera Copa de la UEFA, aunque la aventura sería corta: cayó a la primera, ante el Aberdeen escocés.

 

Castro trabaja hoy en el cuadro técnico del Celta. Ha seguido en el club desde entonces. Recuerda, claro, con cariño aquel día: “En realidad, el Madrid siempre se me dio bien. Durante los diez años que jugué, les marqué gol casi siempre. Claro, que ese fue especial. Le pegué con todo y esos balones suelen salir para cualquier lado. ¡Pero salió para donde debía!”.

Archivado en

© DIARIO AS, S.L. - Valentín Beato, 44 - 28037 Madrid [España] - Tel. 91 375 25 00