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El blog de Pipo lópez

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lunes, 23 mayo 2016

Por Alfredo Relaño

La final que traspasó la pantalla

Con frecuencia he lamentado que las transmisiones por televisión hacen que el deporte sufra, en el tránsito catódico, una cierta fuga de dramatismo. La mueca de esfuerzo, el sudor, el golpe, se difuminan en millones de electrones o lo que sea, que viajan, se reagrupan y se transforman en una imagen en dos dimensiones, lista para el consumo rápido en casa. A veces, contempladas distraídamente, mientras se sostiene una conversación. Ese viaje falsifica inevitablemente la esencia del deporte.

 

No es lo mismo verlo de cerca que en la televisión, por mucho que esta esté más cerca. Por ejemplo, si se ve el fútbol desde la banda se aprecia su velocidad, el sonido del balón, que delata la calidad del toque, el ¡ay!, la ansiedad general. Desde la tele, todo parece casi como ensayado.

  Copa

Recuerdo que cuando llevé los deportes de Canal + tuve la sensación de que no fuimos capaces de explicar bien en las transmisiones el juego del ‘Dream Team’. Visto desde abajo, el balón circulaba a una velocidad de rayo. Resultaba inconcebible la habilidad con la que unos se los enviaban a otros, a un toque, siempre con Guardiola en medio. Visto desde la televisión, lo de Guardiola parecía simple. Balón que viene, balón que va, toque aquí, toque allá. Eso lo hace cualquiera. Pero no, porque el balón viajaba a una velocidad que vista en la tele desde el salón de casa no se percibe.

 

No es raro, por eso, que años después muchos hayan visto, y con sinceridad, aburrido el juego de La Roja y del Barça en los grandes años de Xavi Hernández y su entorno. La velocidad del pase, la precisión inaudita del golpeo, la violencia de las entradas, esquivadas a veces por centímetros, otras veces alcanzando el objetivo…  En general, todo parecía sosegado, ensayado, monótono. La televisión le quitaba alma. Lo que se apreciaba desde abajo, se perdía en ese viaje catódico hasta nuestras casas.

 

La final del otro día entre el Sevilla y el Barça me quedará en el recuerdo porque traspasó eso. La emoción creciente desde la expulsión de Mascherano (esa camiseta de Gameiro estirada por el agarrón del central) fue poco a poco rompiendo esa barrera. Empezando por el subsecuente tiro libre de Banega, que salvó Ter Stegen con un manotazo de ahogado.

 

El esfuerzo de Luis Suárez por alcanzar un balón, su desconcierto al sentirse lesionado, su primer intento por apurar la jugada, su llanto desconsolado en el banquillo… El tremendo golpe de cabeza entre Carriço y Messi, que se quedó como si le hubiera golpeado la campana de la catedral de Burgos. Luego, el enrojecimiento rápido de la cara golpeada, tan perceptible. Y en los primeros planos, su mirada, inteligente, decidida, necesitada, cuando iba a sacar cada falta. Esa determinación que le nacía de lo más profundo. Los cortes agónicos de Piqué, las salidas de patinador de Iniesta, que bailaba un vals en el territorio entre trincheras. La entrada ‘in extremis’ de Banega, su gesto resignado. Evitó un gol, pero se iba fuera. Su imagen tan digna, marchándose sin protesta tras la expulsión inevitable. Tras jugar un grandioso partido, le dio a su equipo lo último que le quedaba, su propia inmolación.

 

Las pasadas por el trío Colau-Bartomeu-Puigdemont, tan circunspectos durante tanto rato. Los dos goles, culminación de un partido que nos presentó otra cara del Barça, apretado hasta su límite, pero que confirmaron lo que habíamos percibido en el fondo de los ojos de Messi: su determinación de ganar esa final. Dos pases, dos goles, dos montañas de hombres celebrándolo. Las nuevas pasadas por el trío antedicho, que fueron evolucionando de aliviados a felices. El enfado final de Carriço con el árbitro, una queja que en realidad tenía como destinatario al Destino.

 

Luego, acabó todo. Se convirtió en algo así como una feliz fiesta de cumpleaños de niños de papás ricos, que les acompañaban, cariñosos, para que vieran de cerca al Rey, como si eso fuera el regalo.

 

Volvió a ser la tele. Y fue entretenido. Pero antes de eso, toda la tremenda fuerza del fútbol había sacudido la pantalla.

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miércoles, 18 mayo 2016

Por Alfredo Relaño

La semana gloriosa de Pichichi Porta

El lunes de Pascua de 1972, el Barça recibió al Madrid y le ganó por 1-0. Con eso, completaba dieciocho jornadas sin perder y se situaba, a seis jornadas del final, a cuatro puntos del Madrid y con el goal average particular favorable.

Pero ahora el Barça tenía que visitar al Granada, y eso era punto y aparte.

Era un equipo tremendo. En torno a Aguirre Suárez se formó un grupo durísimo, con Fernández y Jaén de lugartenientes. Tenía dos muy buenos extremos, Lasa y Vicente, y gran capacidad de gol con Barrios y sobre todo con Porta. El equipo era entusiasta y combativo. Destacaba el lateral De la Cruz, con sus subidas. En el último partido en casa, el Granada le había ganado 5-1 al Athletic de Iríbar.

Precisamente en torno a De la Cruz se organizó la polémica durante la semana. Acababa de ser fichado por el Barça por seis millones. Bernabéu se quejó:

—Nosotros no fichamos jugadores de los equipos con los que vamos a jugar.

 

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Se desata un debate nacional, y sobre todo en Granada. Pese a todo, Joseíto le alinea. Joseíto, para más complicar las cosas, había sido jugador del Madrid en las primeras Copas de Europa, compañero de fatigas de Muñoz. Se rumorea que “habrá prima”. Unos dicen que lo ha tratado Muñoz con Joseíto. Otros, que Pirri con Santos. Pirri había jugado en el Granada y de aquella plantilla aún quedaba Santos.

En fin, que el partido se espera con ambiente y llenazo. El autobús del Barça circula por las calles entre expectación y gritos. Camino de Los Cármenes, pasa frente a la plaza de toros y Rexach suelta una frase que se hará célebre:

—¡Qué suerte tienen los toreros! ¡Ellos no tienen que jugar contra el Granada!

Y eso que al partido va a faltar Aguirre Suárez, lesionado un par de semanas antes en la Copa, ante el Tenerife. Pero están los demás…

El partido empieza con un gol rápido de Porta:

—Fue un centro de Vicente, Barrios me la bajó de cabeza y yo empalmé de bote pronto, fortísimo. Uno de los goles más bonitos que he metido. Pegó en el hierro por dentro y salió tan rápido que temí que el árbitro pensara que había dado en el poste.

Iban cinco minutos. Quince más tarde, Asensi entra en el área salvando tarascadas de Fernández y Jaén y remata a gol. ¡Pero Urrestarazu señala la falta previa! El Barça protesta, pero no hay nada que hacer. La falta se tira sin consecuencias.

A los tres minutos del segundo tiempo, Porta golpea de nuevo. Es una escapada de Lasa por la derecha, centro, mal despeje de Gallego y taponazo de Porta desde el borde del área. Reina y Gallego discuten. Al Barça se le ve descentrado. Michels ha retirado a Juan Carlos para colocar a Dueñas y fortalecer el ataque, pero la distancia ya es grande. El Barça aprieta, el Granada espera, Izcoa para bien. El Barça pierde 2-0. La misma tarde, el Madrid ha ganado en el Bernabéu a Las Palmas. Otra vez a seis puntos. Michels dirá: “Hoy hemos perdido el campeonato”.

Candi, el presidente, exportero del equipo, un populista tipo Jesús Gil, baja al vestuario. Jaén le hace carantoñas, escribe en la pizarra que merecen prima doble, Candi asume la broma y lo confirma. En lugar de 20.000 pesetas por barba, como estaba previsto, son 40.000. Más las 50.000 del Madrid. Un total de 90.000. Con ese dinero, el interior Manolín se compra un Simca 1000 esa misma semana.

Porta es el héroe de la semana. Se ha disparado en el Pichichi, a tres goles ya de distancia de Germán. “Y eso que falté a los cuatro primeros partidos y que no tiraba los penaltis”. El suyo es un caso de explosión tardía. Aragonés, fue desestimado por el Zaragoza. Despuntó en el Huesca, de donde le fichó el Granada. Pero no había gustado ni a Marcel Domingo ni a Pipo Rossi ni a Joseíto. Rossi intentó ponerle de lateral derecho y le bajó unos partidos al Tercera. “Me salvó el público, que me veía marcar en los amistosos y, a partir de su creación, en la Copa de Andalucía de Reservas”. Ahí se salía, lucía su regate, era un goleador certero. Como ya había cambios, cuando la cosa iba mal Los Cármenes clamaba: “¡Porta! ¡Porta! ¡Porta…!”.

Sólo ese año había empezado a ponerle, a partir de la quinta jornada, Joseíto. Y se defendió por sus goles. Tenía ya 27 años.

—Pero cuando fuimos al Bernabéu no me puso. Dijo que yo sólo marcaba en casa y no me sacó de titular. Me metió cuando ya perdíamos 4-0, ¡y marqué dos! Perdimos 4-2.

Aquello fue el acabóse, claro. Y de eso se hablaba esa semana tras la victoria sobre el Barça porque ahora hay que recibir al Madrid, que viene sin Amancio por la gresca que tuvo con Fernández en la primera vuelta, el día del 4-2. Fernández, que salió en camilla y expulsado, se la había jurado a Amancio. (Y se lo cobraría dos años después, en la Copa de 1974, con aquella célebre patada).

El Madrid llega haciendo la pelota. Pirri recuerda que empezó allí, que lo lleva en el corazón. Muñoz confiesa que quizá se excedió en sus declaraciones aquel día. Pero el ambiente es de tremenda pasión. La taquilla llega a cinco millones, récord de récords. Candi baja antes del partido al vestuario, y se toca la chaqueta a la altura del corazón, donde se ve un gran bulto: “Estos son los billetes que os lleváis si ganáis hoy”. Otra vez prima doble. El Granada ya tiene los puntos que aseguran la permanencia, ahora Candi piensa en el quinto puesto, que le clasificaría para la UEFA.

¿Y del Barcelona? Del Barcelona no hay nada, cree que ya no hay nada que hacer.

Todavía no está Aguirre Suárez, pero sí Fernández, el agraviado del Bernabéu, que abre el marcador con un cañonazo de lejos y lo canta con furia. Luego empatará Marañón y Porta hará el 2-1:

—Fue un saque de Izcoa, empujado por el viento. Barrios saltó con Touriño, Benito se comió el bote, García Remón salió y yo me adelanté, le gané por un centímetro y se la toqué flojita, por un lado. Entró rodando, flojita, ayudada por el viento.

El Barça vuelve a estar a cuatro puntos. El final será tremendo. Es esa Liga en la que en la penúltima jornada pierde en Córdoba, con el equipo ya descendido, con un célebre penalti de Fermín, cedido por el Madrid. Ahí se le fue la Liga del todo.

Porta fue Pichichi con 20 goles, ninguno de ellos de penalti. Le siguieron Amiano y Germán, con 15. Michels le quiso fichar, pero Candi se subió a la parra. Pidió 20 millones, “uno por gol”. No se hizo.

Terminó en el Zaragoza. Aún vive allí. Puso una chocolatería, que ahora regentan sus hijos. De cuando en cuando viaja a Granada, a encontrarse con sus viejos camaradas de aquel fabuloso año del Pichichi, de aquel Granada Matagigantes que en una semana ganó consecutivamente al Barça y al Madrid.

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lunes, 16 mayo 2016

Por Alfredo Relaño

Han vuelto las alineaciones 'de memoria'

Carmelo; Orúe, Garay. Canito; Mauri, Maguregui; Arteche, Marcaida, Arieta, Uribe y Gaínza. Esa fue la alineación del Athetic de Bilbao (entonces Atlético de Bilbao, porque el franquismo proscribió las nominaciones extranjeras en los clubes de fútbol y en varios ámbitos más) que hizo doblete en 1956. Todos los de nuestra generación la sabemos aún repetir de memoria. Quizá, porque en aquel tiempo casi todos éramos de ese equipo, cuando menos como segunda opción. También, pienso, porque el ‘Dinámico’, un calendario de Liga que se sigue editando en Zaragoza y que entonces se compraba masivamente, los colocó en la portadilla, con sus caras.

 

Era tiempo de alineaciones de memoria. Todavía los de mi quinta y las anteriores a la mía solemos hacer justas de alineaciones, evocando las de los años cincuenta y sesenta de todos los equipos. Una especie de identificación entre los aficionados ‘de verdad’ y los que no lo son tanto. Me honro de conocer al que, a falta de competición oficial, tengo por campeón de España en la materia: Bernando Salazar, nieto, por cierto, por vía materna, del fundador del Atlético de Madrid, Eduardo de Acha.

 

En el tiempo no sólo nos sabíamos las alineaciones, sino nombre y dos apellidos de todos los jugadores notables. Eso era un paso más. ¿Por qué sabíamos todo eso? Sed indulgentes con nosotros. Entonces no había muchas más cosas de qué ocuparse. No había tele, los toros eran una cosa de los mayores, deportes que ahora son tan seguidos como el baloncesto, el tenis, los de motor, etcétera, no estaban presentes. En España los extendió, precisamente, la televisión, avanzando ya los sesenta. El deporte era, para España, lo que se ha dado en llamar la ‘trilogía clásica’. Fútbol, ciclismo y boxeo. El ciclismo era estacional, como ahora, y el boxeo, esporádico. El fútbol lo ocupaba casi todo. Con él sólo rivalizaba el cine.

 

Y todos los equipos, no sólo el Athletic de Bilbao (al que llamábamos ‘el Bilbao’, sin saber que eso molestaba allí), tenían ‘alineación de memoria. Once titulares para todo el año, salvo lesión larga. Las lesiones cortas hacían que el suplente, una vez cubierta la emergencia, regresara a la grada (tiempos sin sustituciones, más que la del portero en caso de lesión) y devolviera el puesto al titular

 

¿A qué viene todo esto? A que de repente, ha vuelto. Usted y yo podemos anticipar sin duda la alineación que va a sacar el Barça ante el Sevilla, o el Madrid ante el Atlético, o, con una duda menor, la del Atlético ante el Madrid. Un salto repentino, después de unos años en que con la posibilidad de cambios en cada partido, más las llamadas rotaciones para repartir la fatiga en temporadas cada vez más largas y cierta igualdad de calidad en varios puestos de la plantilla, los equipos variaban.

En este tiempo incluso ha habido quien consideraba que el equipo mejor, el ‘titular’, no tenía por qué ser el que empezara el partido, sino quizá el que lo terminara. Eso me explicaba un día Clemente sobre Sarabia: no jugaba de salida, pero sí al final, y eso no significaba que no fuera titular, sino al contrario. Al final es cuando más partidos se resuelven, me decía, y es así. Claro, eso escondía una razón de fondo: no veía a Sarabia jugador para los noventa minutos.

 

Y no es el único del que he escuchado esta teoría.

Pero he aquí que Barça, Madrid y Atlético, los tres primeros de la clase, tienen ahora alineación ‘de memoria’. La del Barça data ya de temporada y media, vino a nacer tras aquel célebre partido en Anoeta que Messi acabó de suplente porque estaba recién regresado de las vacaciones. Hasta entonces, Luis Enrique estaba dando bastantes palos de ciego. Por un tiempo, hasta Piqué fue suplente. Recuerdo bien que Luis Suárez, el del Balón de Oro, insistía con frecuencia en aquellas primeras semanas en cuál debería ser el equipo del Barça, con los jugadores que tenía. Empezó a serlo después de aquella catarsis de Anoeta, y hasta hoy:

 

Bravo; Alves, Piqué, Mascherano, Jordi Alba; Rakitic, Busquets, Iniesta; Messi, Luis Suárez y Neymar. Con ese equipo (y el otro portero, Ter Stegen, según manda el ritual, en las otras competiciones) remontó el Barça aquella Liga, ganó Copa y Champions, ha vuelto a ganar esta Liga y está en la final de Copa. Poquísimas variaciones, menos que nadie. El Barça está corto de suplentes, Aleix Vidal y Turan no le han funcionado, casi puede decirse que sólo Sergi Roberto rinde honorablemente, en el puesto en que le pongan.

 

El Madrid lo tiene desde hace mucho menos. Hubieron de pasar unos cuantos partidos de Zidane para que se decidiera por Casemiro y alguno más, con la derrota de Wolfsburgo, para que asumiera que Carvajal es mucho más fiable que Danilo, por más que eso disguste al presidente. A Casemiro lo trajo Benítez, como a Lucas Vázquez, otro hombre que da equilibrio. Los utilizó siempre que hubo bajas, pero tuvo la mala suerte de que el día de la visita del Barça todos estaban curados. Temeroso del presidente, puso a todos los cromos caros en el campo, sin atender a otra consideración. La consecuencia fue un equipo precioso en la foto, pero que replegaba muy mal. Un equipo para golear a muchos, pero para ser barrido fácilmente por equipos de buen nivel. Y el Barça lo era, aún sin Messi, que sólo entró avanzada la segunda parte.

 

Zidane tardó en tomar las decisiones, pero las tomó. Mantener la BBC inamovible arriba (este año, además, han mejorado mucho Bale, lesiones aparte, y Benzema) obligaba a rediseñar el medio campo. Bastó con Casemiro entre Modric y Kroos. También escogió a Pepe, más defensa que Varane. Y Wolfsburgo le llevó a dejar a Danilo por imposible. Ni James ni Danilo ni Varane. Tres disgustos para el presi, pero no se puede tener todo. La BBC es un lujo (los tres se desentienden demasiado de lo de atrás) que hay que compensar. Y así ha quedado el Madrid de este tramo final:

 

Keylor Navas; Carvajal, Pepe, Sergio Ramos, Marcelo; Modric, Casemiro, Kroos; Bale, Benzema y Cristiano.

 

En cuanto al Atlético, Simeone empezó la temporada en una búsqueda por arriba que no le salía. Jackson no pitó, Vietto tampoco. Probó varias fórmulas, con el 4-3-3 y Carrasco a un lado. Le sostuvieron los goles de Griezmann y la estabilidad atrás.  Finalmente se decidió por el 4-4-2, dejando a Carrasco como ‘arma secreta’ para segundas partes, como hizo en Múnich con éxito. Por suerte, Torres se ha ido viniendo arriba con la temporada (les suele ocurrir a los veteranos) y la está acabando de lujo. La pareja Griezmann-Torres asegura goles. Y Koke encuentra a Torres con una frecuencia ideal para meterle pases mortales. En el resto del equipo, Augusto, llegado en invierno, ha llenado hasta cierto punto el vacío de Tiago. Kranevitter aún no ha dado el salto. Augusto en el 4-4-2 o Carrasco para el 4-3-3, ésa es la única variante. Y últimamente me parece que empieza a dudar entre Savic y Giménez, por las intemperancias de éste, que con los años corregirá. Pero, en fin, casi todos apostaríamos porque en Milán saldrá con:

 

Oblak; Juanfran, Godín, Savic, Filipe Luis; Saúl, Gabi, Augusto, Koke; Torres y Griezmann.

 

¿Vuelven las alineaciones de memoria? Quizá sólo sea una coincidencia. Ya lo veremos.

 

Lo que no volverá es la sonoridad de aquellas, recitadas al uno, tres, dos, cinco. Fuera el equipo que fuera, sonaba bien. Sonaba con la contundencia recitada de cinco delanteros en línea. Ahora, acaban en dos o tres delanteros. Y, claro, no es igual.

 

Y de los segundos apellidos ya ni hablamos. No me sé ni el de Iniesta.

 

Pero aún recuerdo el de Luis Suárez, el nuestro, el Balón de Oro: Luis Suárez Miramontes.                   

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jueves, 12 mayo 2016

Por Alfredo Relaño

El ‘telegol’ de Argoitia a Las Palmas

—No lo supe hasta que un día en que llevaba a Platini y a Villar en mi coche a la sede del Athletic. Villar le dijo a Platini: “Mira, por un gol de éste tuvo que introducir International Board una aclaración a la Regla del Fuera de Juego”.

El que me hablaba así era José María Argoitia, delantero del Athletic en los sesenta y primeros setenta. Jugador de gran clase. Siempre le vi hacer buenos partidos en Madrid, ante el Madrid o el Atlético. Pero por una razón meramente casual su especialidad fue la Unión Deportiva Las Palmas. Le marcó muchos goles. En un mismo año, tres en San Mamés y tres en El Insular. Pero el más legendario fue el telegol' del 16 de enero de 1971. De aquello se habló un mes en toda España y años en Bilbao y Las Palmas. Y, en efecto, obligó a una aclaración formal del Reglamento.

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Las Palmas tenía muy buen equipo aquellos años, aunque en esta ocasión iba a la baja. Guedes había enfermado de cáncer (moriría en mayo) y el equipo acusaba tanto la falta de su buen juego como el pesar colectivo por su estado. En la 68-69, aquel equipo había disputado la Liga al Madrid hasta la penúltima jornada, en la 69-70 llegó a ser líder en algunas jornadas, pero ahora andaba apurado, con seis negativos.

El partido empezó a las cuatro, destinado en principio a ser uno de tantísimos partidos de Liga que no dejan nada para la historia, con estas alineaciones:

Athletic: Iribar; Sáez, Beitia, Aranguren; Betzuen, Larrauri; Arieta II, Uriarte, Zubiaga, Clemente y Argoitia. Once vascos.

Las Palmas: Oregui; Martín II, Tonono, Hernández; Castellano, Trona; León, Gilberto II, Gilberto I, Germán y Bosmediano. Diez canarios y un vasco: Oregui.

Arbitra Antonio Camacho, madrileño. San Mamés está embarrado, pese a lo cual Las Palmas juega mejor que el Athletic, en el que sólo destaca Argoitia, otra vez el mejor contra Las Palmas. Cero a cero al descanso y discusiones en la grada. Que si este, que si aquel, que si Ronie Allen, que si la prensa…

Nada más empezar la segunda parte, Argoitia, que arranca desde cerca del banquillo, se va en diagonal, profundiza y cuando está llegando al fondo centra atrás y se sale del campo: “Me salí para no quedar en fuera de juego. Hubo varios rebotes y mientras me fui acercando poco a poco al palo, pendiente de la jugada, con impaciencia por entrar”.

Hay un remate que pega en alguien, otro rebote, dos que chocan, Oregui sale, Castellano va a la raya, el balón que salta por aquí y por allá. Por fin se hace con él Martín II, que sale como hacia los fotógrafos, para desde allí despejar libre de acoso. Pero en eso, Argoitia se reincorpora por sorpresa, se le cruza y ¡zas! la clava en la escuadra.

—Lo hice instintivamente, sin malicia. Sin caer en si era ilegal o no reincorporarme así. Como traía el balón Martín II, sentí que no había fuera de juego.

León lo recuerda perfectamente: “Le dijimos a Camacho que de esa forma no podía reincorporarse, pero no nos hizo caso. Dio el gol. Perdimos 1-0, por ese gol y porque en el último instante Iribar le paró un cabezazo a Germán todavía no sé cómo. Nos volvimos frustrados. Ese año íbamos mal después de varios años muy bien”.

La cuestión era: un jugador que sale del campo por impulso de la jugada puede reintegrarse sin pedir permiso al árbitro, sí. Pero si ha salido por evitar el fuera de juego e interviene de inmediato, saca ventaja desleal de su situación. Para más enredarlo, el balón lo estaba jugando en ese momento un rival, Argoitia no acudía al pase de un compañero.

Dio para una discusión casi teológica en la propia prensa de Bilbao, de firmas muy célebres. Para Basterra, de la Hoja del Lunes, Sánchez Izquierdo, de Estadio, Joma, de Vasconia Express y Carlos Barrena, de El Correo Español-El Pueblo Vasco, el gol es válido. Argumentan que cuando Argoitia vuelve al campo la pelota la está jugando un rival. Para Arrianda, de Hierro, es “dudoso, dudosísimo” y aporta el testimonio del árbitro vizcaíno García Ibáñez, presente en el partido, que dice que debió ser anulado. José María Múgica, de La Gaceta del Norte, el más célebre quizá de todos, se posiciona en que el gol no es válido.

Las Palmas reclama al Comité de Competición, que lanza la pelota al de Árbitros. El lunes, el gol es tema nacional. TVE lo da hasta siete veces. Interviene Pedro Escartín, el gran santón del arbitraje nacional y miembro de International Board, que se pronuncia contra la validez del gol. Múgica publica el martes una entrevista con Ortiz de Mendíbil, el gran árbitro vizcaíno del momento, que coincide con Escartín y García Ibáñez:

—Un jugador no puede sacar provecho de una situación ilegal. Argoitia, al volver al campo, cometió una infracción y eso está sancionado.

—Entonces, ¿cuándo podía haber vuelto Argoitia sin cometer infracción?

—Cuando la jugada se hubiese resuelto y el balón hubiese sido despejado.

—¿En cuanto al fuera de juego?

—Eso hay que desecharlo. No había, efectivamente, fuera de juego. Pero está bien claro que Argoitia se aprovechó de una situación ilegal, ya que estaba fuera del terreno de juego para, entrando de nuevo al campo, marcar el gol.

En el mismo ejemplar de La Gaceta, Múgica bautiza la jugada como el telegol, lo que hará fortuna. Se queja con ironía de que no se repitan tanto las buenas jugadas del Athletic o las dudosas que favorecen al Madrid o al Atlético.

Pardo Hidalgo, presidente del Comité de Árbitros, se escabulle como puede. Dice que no ha podido verlo por televisión (¡?) pero que “por lo que me han contado, es ilegal”. A Camacho le prohíben hacer declaraciones. El resultado no se movió, claro.

Pedro Escartín impulsó a la International Board a ampliar una de las aclaraciones a la Regla XI, la del fuera de juego, que trataba un caso parecido a este, con el añadido: “(…) siempre que el árbitro aprecie que la salida del terreno fue consecuencia de la carrera del atacante, y no acto premeditado para buscar ventaja ilegal”. En cuyo caso se entendía que el gol no era válido.

Las Palmas lo pasó mal ese año. Le salvó de la promoción que el campeonato se ampliara de 16 a 18 equipos. León recuerda que el curso siguiente Camacho les arbitró en el Insular, ante el Granada: “Nos decía, ‘¡acercaos al área, acercaos al área!’. Yo creo que quería devolvernos algo. Jugamos muy mal, pero aún así empatamos a dos…”. En los dos partidos siguientes que les arbitró, les pitó sendos penaltis a favor.

Argoitia hoy lo recuerda divertido. No deja de hacerle gracia que una jugada suya obligara a la International Board a una aclaración especial de la regla..

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lunes, 09 mayo 2016

Por Alfredo Relaño

Menottismo y bilardismo o guardiolismo y cholismo

Hace algunos años Argentina vivió un crudo debate entre la escuela de Menotti y la de Bilardo. En realidad, actualizaba (en aquel tiempo) un conflicto entre dos escuelas.

 

Menotti representaba lo más castizo (en el buen sentido) del fútbol argentino: la inspiración individual, el buen manejo del balón. El juego puro. Bilardo invocaba una versión más ‘científica’ del juego, aprendida en gran parte de su entrenador en el Estudiantes de la Plata, Osvaldo Zubeldía. El culto al estudio del rival, a la pizarra, a las jugadas ensayadas… Sin desdeñar la trampa. Tirarse, robar tiempo, provocar…

 

No es que las dos escuelas desdeñaran lo del otro lado, ninguna se presentaba en estado puro. Menotti daba instrucciones: “Si voy vuelvo, si vuelvo, voy”, decía a sus jugadores para enseñarles a amagar y a desmarcarse; hacía hincapié en la posesión, en mover el balón “porque la jugada aparece sola, no hay que precipitarla”. Y, por supuesto, colocaba a sus jugadores.

 

Tampoco Bilardo era tan estricto en lo suyo. De hecho, ganó un Mundial a base de darle libertad a Maradona para que hiciera lo suyo, a cambio de esclavizar a los otros en el sistema. Eso sí: era capaz de llevar sus tretas al extremo de poner agua contaminada al alcance del rival, como hizo con Brasil en el Mundial de Italia.

 

Aquel debate llegó a España, en parte porque los dos pasaron por aquí, en parte porque pasaron muchos otros argentinos, en parte porque todo lo del fútbol nos interesa.

 

Se llegó a presentar, creo que erróneamente, como un debate entre lo bello y lo útil. Lo bello sería lo de Menotti, algo apreciable por su cariz romántico. Lo útil, lo de Bilardo, que se suponía que era lo que daba mejores resultados.

 

Menotti replicaba: “¿Qué es ser resultadista? Nadie ganó más mundiales que Brasil”.

 

Y yo estoy de acuerdo en eso. Brasil ganó mucho a base de jugar generosamente y al ataque, fiado principalmente en el talento de sus jugadores. Del mismo modo ganó mucho, lo cuenta la historia, el Wunderteam de Austria, la Hungría de Puskas, el Madrid de Di Stéfano, el Ajax de Cruyff, el Milán de Sacchi y tantos otros, hasta llegar a la España de estos tiempos y al Barça de Guardiola, ejemplos más recientes.

 

Sí, por en medio ha habido otros. El Inter de HH, Italia en algunas ocasiones, Grecia en la Eurocopa de Portugal. Claro que los ha habido. Pero la historia registra menos victorias de este estilo (legítimo, por otra parte) que del contrario.

 

Y este aspecto es esencial. Debe recordarse una y otra vez: se gana más veces, se ha ganado más veces, jugando la carta del talento que la carta de la táctica egoísta. Sin embargo, por algún extraño reflejo, llamamos ‘resultadista’ al estilo que ha dado peores resultados, y ‘romántico’ al que los ha dado mejores.

 

Digamos, ‘grosso’ modo, que el modelo feo ha dado un tercio de títulos, mundiales, europeos o nacionales, y el modelo bonito los otros dos tercios.

 

Sin embargo, hay una pulsión que lleva a considerar que lo ‘útil’ es lo contrario de lo ‘bello’. De hecho, esa manera de pensar ha dado lugar a una pregunta tramposo: “¿qué prefieres, jugar bien o ganar?” Como si fuesen cosas antagónicas. Prefiero que mi equipo juegue bien y gane. Y si ha de perder, prefiero que pierda jugando con atrevimiento, porque algo me queda. Si gana jugando bien estaré muy contento. Si gana jugando mezquinamente, estaré contento a medias. Si pierde jugando bien, estaré disgustado a medias. Si pierde jugando mal, estaré desolado.

 

Pero, decía, hay una pulsión que me parece irremediable, y que ahora asoma de nuevo. Cuando Brasil, con un equipo de ensueño, perdió en España contra Italia (cuyo equipo entonces, contra lo que se ha dicho, tampoco era una cumbre del cerrojo) se descarriló tanto que cambió su modelo, llenó su medio campo de ‘dungas’ y no ha vuelto a ser lo mismo. Clemente ganó dos Ligas con el Athletic y eso le dio licencia para ser seleccionador español durante un montón de años. Cuando Grecia ganó aquella Eurocopa de Portugal volvimos a escuchar la misma cantinela:

 

-Claro, así es como hay que ganar.

 

Ahora vuelve el asunto, en versión más nacional, con la caída del Bayern de Guardiola ante el Cholo Simeone en las semifinales de Champions. Las dos concepciones del fútbol, nuevamente enfrentadas. Simeone, capaz de echar un balón al campo para embarullar ante el Málaga o de producirse violentamente contra uno de sus ayudantes, sacó de la Champions con su esforzado grupo de defensores combativos al Bayern de Guardiola, que además contaba con mejores jugadores.

 

Bien. Demos mérito a Simeone. Con menos cartas ha metido al Atlético ahí arriba, en la élite europea. Eso es muy de apreciar. Para eso están los entrenadores y sus sistemas, para eso nacieron: para que el grupo de peores jugadores pudiera igualarse al grupo de mejores jugadores. Para acortar o anular la distancia entre los menos buenos y los muy buenos. A veces lo consiguen y hay que admirarlo, pero eso no debe llevarnos a decidir que eso es lo que hay que hacer. Eso es lo que hay que hacer, en todo caso, cuando se tienen peores cartas. Cuando se tienen las mejores cartas, hacer eso es absurdo.

 

Esto último, por cierto, se ha experimentado exhaustivamente en Italia durante años, estaremos de acuerdo. Y el ‘resultado’ de ese fútbol ‘resultadista’ es que el Calcio se ha hundido. Ha perdido aficionados en su país y prestigio fuera de él. Ambas cosas a raudales.

 

Ahora temo que baje el Rayo, que se ha mantenido cuatro temporadas en Primera, con plantillas renovadas cada año, a coste cero. Se ha mantenido desde un modelo de atrevimiento de su entrenador, Paco Jémez, que ha hecho del Rayo algo así como el Barça de los pobres. Todos estos años he escuchado que así no se podía jugar, que así bajaría. No ha bajado. Ahora está a punto. Pues bien: ¿alguien me asegura que no hubiera bajado antes, durante o después con todo el equipo en su área, mandando gorrazos hacia arriba? Hace años que vengo observando que sistemáticamente los que bajan han hecho eso, y generalmente con dos o tres entrenadores en el mismo curso, y con la misma receta.

 

La Historia la escriben los vencedores. Y la Historia da vueltas. Pero conviene leer la Historia siempre, y no dejarse avasallar por el ruido que nos llega cuando el modelo mal tenido como útil gana. Es respetable, es incluso plausible como método para suplir ciertas deficiencias.

 

Otra cosa es que haya quien se harte de escuchar que sólo hay un modelo posible de fútbol, como si eso implicara una superioridad moral. Hay quien se queja de eso y lo entiendo. Ninguna de las dos formas antagónicas de plantear el fútbol saca almas del Purgatorio. Pero es cierto que una de las dos es, además de más bella, más útil. La otra es un recurso sabio y trabajoso para el que tiene peores jugadores. Pero un mal método cuando se tiene en la plantilla más talento que el de enfrente.   

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miércoles, 04 mayo 2016

Por Alfredo Relaño

Un partido nada amistoso con el City

En vísperas de las Navidades de 1979, el Madrid recibió al Manchester City en un amistoso que no lo sería tanto. Boskov, entrenador del Madrid, el de “fútbol es fútbol”, había solicitado al club, que entonces presidía Luis de Carlos, este partido. Quería que los suyos jugaran ante un equipo británico, en previsión de que en la Copa de Europa les tocara el Nottingham Forest o el Celtic de Glasgow. El club accedió.

Se escogió el City porque no era muy caro, ni muy bueno ni muy malo (iba el 14º en la Liga), había sido campeón de la Recopa no hacía mucho (quedaba alguno de los ganadores) y tenía dos atractivos singulares. Uno era Kazimierz Deyna, celebridad mundial, que, ya veterano, había obtenido permiso para salir de Polonia; el otro era un tal Mike Robinson, un chico de 20 años fichado ese verano del Preston North End por 756.000 libras, 144 millones de pesetas. Récord de traspaso en su momento en la Isla. Aquel Mike Robinson es hoy nuestro Michael Robinson, reputadísimo comentarista de televisión y radio.

Es 19 de diciembre. El Madrid viene de ganar en Málaga 1-4 aunque con polémica, por una mano de Benito que el árbitro no vio. Al acabar el partido, Juanito había dicho que sí, que había sido mano y por tanto penalti. Eso no hizo gracia ni a Boskov ni a Benito ni a casi nadie en el Madrid. Se discutía si multarle o no multarle. El autobús del Madrid había sido apedreado al salir del campo y uno de sus directivos, Manuel Mestanza, alcanzado.

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Los precios son populares: de 100 a 700 pesetas, menos de la mitad de lo habitual. La hora, las nueve de la noche. Por desgracia, la víspera entró en Madrid una ola de frío, acompañada de fuertes lluvias.

Robinson recuerda: “Yo había estado el verano anterior en Mallorca, pero ese era mi primer viaje a España para jugar al fútbol. ¡Y al Bernabéu! Venía emocionado. Mi padre me había dicho de niño que sólo en un sitio se jugaba mejor al fútbol que en Inglaterra: en el Santiago Bernabéu. En el Preston tuve de manager a Bobby Charlton y de entrenador a Nobby Stiles, y me hablaban maravillas del Madrid. Así que llegué pensando en los fantasmas de Di Stéfano, Puskas, Gento… En el vestuario me hizo ilusión creer que quizá estaba sentado donde un día se sentó Bobby Charlton. Pero…”.

Pero todo salió mal. Llovía y la entrada era floja. El Madrid salió con Miguel Ángel; Sabido, Benito, Sol, Isidro; Ángel, Del Bosque, García Hernández; Juanito, Santillana y Cunningham. (Faltó Stielike, con permiso para ir a Alemania con su selección). A los seis minutos, Santillana marca el 1-0, los ingleses reclaman fuera de juego, pero el árbitro, el madrileño Lamo Castillo, lo concede. Juanito les enfada más, con sus virguerías, regatitos, túneles y demás. “Nosotros teníamos jugadores de mucho carácter —me dice Robinson— y eso les cayó muy mal”.

Empezaron las patadas. Para el 10’, cuando el City empató con un gol olímpico, ya estaba todo lanzado. Isidro (un gran comodín que lo mismo jugaba de defensa que de extremo) se desquitó de un entradón a Juanito con sendas tremendas patadas a Daley y Bennett. Cuando en el 25’ Juanito marca el 2-1, los ingleses se alborotan más y el Madrid responde. Isidro cuenta: “Boskov te perdonaba todo menos que no metieras el pie”. De inmediato, el técnico retiró por precaución a Cunningham, que ya venía con un tobillo tocado y en su lugar sacó a Poli Rincón, que se sumó gozoso a la pelea. Era un bravo.

Lamo Castillo actuó acobardado, consintiendo lo inconsentible. Quería sacar adelante el partido. Hay una reyerta entre Ángel y Daley en la que debería haber expulsado a ambos y no lo hace En el 36’ repite gol Juanito y Boskov le retira prudentemente, porque están yendo a por él, que les espera con caños. Boskov confía en que con eso se calme algo la cosa. En el 43’, Shinton hace el 3-2 y Boskov casi lo ve como un alivio. Así me lo comentó el día siguiente: “Una cosa es partido duro, otra es lo que pasó”.

Lo que pasó fue a más en la segunda mitad. Faltos de arbitraje, y por tanto de autoridad reguladora, los dos equipos se abandonaron, en efecto jauría, a una orgía de violencia. Asistí a ese partido y puedo decir que de las cincuenta patadas más violentas que haya visto en tantos años de aficionado, quizá la mitad se produjeron allí. He sabido de partidos así en Sudamérica, pero nunca en Europa.

Poli Rincón marcó el 4-2 en el 52’, en claro fuera de juego, y los ingleses se enfurecieron aún más. Isidro tiene muy vivo el recuerdo: “Ellos venían a por nosotros y respondimos. Íbamos a reventarnos los unos a los otros. Recuerdo un córner, que subieron a rematar los dos centrales. Les teníamos que marcar Benito y yo. Nos sacaban la cabeza y venían con cara de mala uva. Yo le dije a Goyo: ‘Oye, estos vienen a por nosotros’. Y Goyo me dijo: ‘Pues vamos antes nosotros a por ellos’. Según salía el balón, ya les habíamos sacudido y estaban en el suelo. No había que mostrar miedo”.

En el 57’, Isidro hace dos entradas espeluznantes consecutivas, sin que Lamo se altere. Dejaba dar patadas a unos y a otros pitando, como mucho, falta, acompañada de un leve gesto de reproche. El entrenador del City, Malcolm Allison, hizo gestos contra el público que, enardecido, le lanzó objetos, y lo mismo hizo en adelante con sus jugadores cuando había una refriega cerca de la banda.

En medio de todo eso, un relámpago de belleza: García Hernández coloca en la escuadra un golpe franco. Un 5-2 precioso.

Pero se reanuda la carnicería. Sabido, Benito, Isidro, Ángel y Rincón destacaron por el lado madridista. Ranson, Booth, Bennett, Daley y Shinton, por el City. Este último, habilidoso interior, se echaba adrede el balón largo, para dar ventaja al defensa que salía al cruce y sacudirle. Robinson recibió cantidad de patadas de Benito: “Llegué a pensar que veía mal. Stiles, que tanta fama tuvo como leñero, solía decir medio en broma que él no iba con mala fe, sino que pegaba porque veía mal. Como Benito bizqueaba un poco, yo pensaba que en su caso era verdad. Sin embargo, Sol era calmado. Cuando nos juntábamos, nos hacíamos gestos. Yo, claro, no hablaba nada de castellano, pero nos entendíamos. Era como: ¿Qué está pasando aquí? ¡Nos vamos a acabar matando unos a los otros! Y: ¿Qué quieres que yo le haga?”.

En el 64’, Benito y Booth se cogen del cuello, casi se estrangulan, se pegan… Por fin, Lamo interviene y expulsa a ambos. Los ánimos quedan aún más calientes. Bennett le da una patada a Rincón de la que sale milagrosamente vivo y la mejora cuando se cruza con Ranson, al que manda por los aires. Un directivo del City es sacado del palco por las autoridades, porque se ha puesto, él mismo, agresivo.

En el 70’ y el 72’, Lamo se decide a expulsar a dos más, Ranson y Ángel. Durante 20 minutos vi, creo que por única vez en mi vida, un curioso nueve contra nueve, los dos jugando al 3-3-2, y todavía buscándose, dentro de las fuerzas que les quedaban y superando el dolor de los cardenales, para pegarse. Por fortuna, el ser menos les alejaba a unos de otros.

Y, sí: el siguiente sorteo europeo emparejó al Madrid con el Celtic. Los de Boskov perdieron en Glasgow 2-0 pero remontaron aquí 3-0, en otra tarde de palos. El ensayo sirvió…

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martes, 03 mayo 2016

Por Alfredo Relaño

Leicester. Más allá del 'cholismo'

Lo que tenía que pasar, pasó: el Leicester ganó Premier League. El desenlace, ya saben, llegó por el empate, vía Hazard, del Chelsea ante el Tottenham. Lo siento por Pocchettino, que va para entrenador grande, si no lo es ya. Pero lo celebro por el Leicester y lo que supone esa rebelión del modesto en una Premier que no contaba con él.

 

Leicester está asociada a mi imaginario infantil, porque durante una larga gripe, de las de entonces, leí las aventuras (en cuarenta capítulos, ahí es nada) de Dick Turpin, que siempre andaba por allí. Con el tiempo he sabido que en realidad era un bandolero más bien cutre, pero el relato que leí le presentaba como un héroe en defensa de los derechos dinásticos de Carlos Estuardo frente a la casa de Hannover. Unas bellas aventuras de cabalgatas, disparos e ideal romántico.

 

Muchos años más tarde conocí a mi entrañable Michael Robinson, que resultó ser nacido en Leicester ("aunque me sacaron de allí cuando yo todavía era un huevo") que me aclaró que no se pronunciaba 'leichester', como yo estaba convencido, sino 'leister', descubrimiento que no me entusiasmó.

 

Esta irresistible ascensión del Leicester (leister, qué le vamos a hacer) al título ha servido para que nos reencontremos. Y para que hablemos de su padre, el hombre por el que en mi vida más he lamentado no hablar inglés. Papá Robinson es de Leicester e hincha del equipo, y ha tenido que esperar a los 92 años para ver a su equipo campeón. Parte del tiempo de espera lo invirtió, antes de en la grata tarea de formar una familia con el pequeño Mike dentro, en luchar en la II Guerra Mundial. Fue comando en suelo europeo, enlace y combatiente tras las líneas enemigas, saboteador de instalaciones nazis y pieza de riesgo en la gran operación del desembarco.

 

Sólo una vez hablé con él, con  su hijo de intérprete. Pero no hay vez que vea a Robinson que no le pregunte por 'el viejo luchador antifascista'. Robin me habla siempre con orgullo de él. Últimamente compartíamos la ilusión porque su padre cumpliera el deseo de ver al Leicester campeón. Ya lo tiene. Después de ayudar al Continente de liberarse de la barbarie nazi no merecía menos.

 

Ha sido un milagro, pienso. Un milagro continuado. El Leicester fue líder en la jornada trece. Una chiripa, pensamos todos. Lo perdió una jornada, lo recuperó en la quince, lo mantuvo hasta la diecinueve, lo recuperó en la veintitrés y ya no lo soltó.

 

Trasladado a España, es como si un Getafe o un Granada, equipos fabricados para no descender, ganaran la Liga. Es verdad que no hay tanto salto en presupuesto con los grandes allá como acá, pero aun así este título era inconcebible. De hecho, en las apuestas se pagaba cinco mil a uno o más. Dice Robin que se cotizaba algo así como el hallazgo del monstruo del Lago Ness o la confirmación de que Elvis está vivo. Como hay de todo, 47 audaces apostaron por ello. Veintitrés se echaron para atrás sobre la marcha y pactaron un cobro honorable. El resto ha seguido provocando un notable descalabro en las casas de apuestas.

 

¿Qué ha pasado aquí? Primero, que jugadores que andan por ahí abajo no son tan malos, sino que no han tenido una buena oportunidad. Como el célebre Vardy, que llegó a la Premier ya en la treintena porque el Leicester no tenía dinero para nada mejor, hay varios. Un equipo hecho de gente venida de abajo y con un entrenador veterano y barato, Ranieri, que nunca ganó una Liga en un país grande. Un diseño para no descender. Ranieri hizo un equipo prudente (o sea, cerrojero) fiando el gol a unas pocas salidas veloces en busca de Vardy. Entre eso, la ingenuidad táctica general de la Premier y un punto de suerte, el Leicester cogió la cabeza. Luego, y ese es el mérito, esos chicos creyeron en sí mismos, y hasta en ocasiones fueron capaces de jugar bien cuando el de enfrente les esperaba.

 

Así, partido a partido, han ganado la Liga. Han colocado una frontera más allá del 'cholismo'. Simeone, al fin y al cabo, cuenta con una plantilla de internacionales. Su mérito es rebelarse contra el tercer puesto en LaLiga que el escalafón le asigna. Pero lo del Leicester es un salto del último puesto de la parrilla al primero del podio.

 

Las rarezas del fútbol. En ese equipo jugó Gordon Banks, 'El Chino', aquel portero que ganó el Mundial 66 con Inglaterra y que cuatro años más tarde le hizo a Pelé una parada eterna en México. También jugaron allí Peter Shilton, tantos años internacional inglés, y Gary Lineker. Pero ha tenido que venir un grupo de desconocidos jornaleros del fútbol, con un entrenador medio pasado de fecha a la cabeza, para que el club del padre de mi amigo Robinson ganara por fin el título.

 

Benditos sean los designios inescrutables del fútbol.

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miércoles, 27 abril 2016

Por Alfredo Relaño

El primer viaje del Real Madrid a Manchester

Los ingleses no se inscribieron en la primera Copa de Europa, cuya final ganó el Madrid al Stade de Reims 3-4, en París. Prefirieron esperar. A la segunda, la 56-57, ya enviaron al Manchester United, su campeón de Liga. Un equipo joven, que apodaron los Busby Babes,los chicos de Busby, por Matt Busby, su manager escocés.

Llegó a semifinales tras deshacerse del Anderlecht, el Borussia de Dortmund y, ya en cuartos, del Athletic de Bilbao. (España tenía dos participantes, el Athletic, campeón de Liga, y el Madrid, campeón de Europa). Aquella eliminatoria fue de gran impacto. El Athletic, que acababa de eliminar al Honved de Puskas, Bozsik, Kocsis, Czibor y demás, ganó en San Mamés 5-3, con el campo nevado. Pero en la vuelta perdió 3-0 ante un Manchester perfecto.

La semifinal enfrentó al Madrid y al Manchester. Campeón de Europa contra campeón de Inglaterra. Toda Europa atenta. La ida, en el Bernabéu, la gana el Madrid 3-1. Los mismos dos goles de ventaja que el Athletic. Toca viajar a Manchester a hacerlos valer.

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El partido de Old Trafford se fija para el jueves 25 de abril. El domingo anterior ha terminado la Liga, con el Madrid campeón. La última jornada recibe al Celta, ante el que se permite reservar a algunos titulares, aunque no así a Di Stéfano, que marca tres goles. Con ellos suma 31 y es Pichichi con once de ventaja sobre Murillo. No falló ni a un partido. Estaba en su zénit.

También el Manchester ha ganado su Liga.

El Madrid viaja el lunes, tras un madrugón. Incorpora al lateral Torres, cedido por el Zaragoza. Bernabéu era muy amigo del presidente del club, César Alierta (padre del actual mandamás de Telefónica), y obtuvo esa cesión. El titular, Atienza, estaba lesionado; el suplente, Becerril, convencía poco. En Inglaterra se criticó la maniobra. La prensa británica motejó a Torres de jugador-taxi.

El Madrid voló a Londres y de ahí fue en autocar a Manchester. La idea era presenciar el Manchester United-Burnley de la noche. Pero por retraso del vuelo, llegaron a la media hora de juego. Se provocó un revuelo terrible. En Inglaterra ya estaba extendido el fenómeno fan (de ahí tomamos la palabra, apócope de fanatics) y a los madridistas se los comieron en la grada pidiéndoles autógrafos, costumbre que aquí no existía aún. Sobre todo a Di Stéfano, que nunca fue un prodigio de paciencia para estos casos.

El espionaje resultó fallido, porque el United jugó con ocho suplentes. Al salir del campo, el autobús del Madrid se vio rodeado de una multitud, que les hacía gestos de cinco (goles) con la mano o de pulgares hacia abajo. Costó salir del tumulto.

La mañana siguiente, Bernabéu recibió en el hotel a un numeroso grupo de periodistas ingleses ante los que se quejó suavemente. Dijo que el Madrid había hecho ya varias salidas por Europa y nunca le había pasado eso. Estaba recibiendo explicaciones cuando de la calle llegó una noticia que lo empeoró todo. El hotel estaba en el centro de Manchester y a Di Stéfano se le había ocurrido salir a comprarse una gabardina. Se vio asaltado por solicitantes de autógrafos y fotógrafos de prensa. Acabó por tirar al suelo un lápiz y un papel, que resultaron ser de un chiquillo de trece años que se echó a llorar.

Varios testigos entraron al hotel a contarlo. Ahora fue Bernabéu el que tuvo que dar explicaciones, e incluso invitó al niño, de nombre John Donoue, al entrenamiento. Y así fue. El niño fue al entrenamiento de la tarde, Di Stéfano le pidió disculpas y hasta le firmó su autógrafo.

El miércoles se organizó en la cámara de comercio un coloquio sobre el fútbol y la Copa de Europa, precedido de la proyección del partido de ida. Volvieron las discusiones sobre si el gol del Manchester en Madrid había traspasado o no la raya antes de que lo atrapara Alonso. Cada cual lo vio a su manera. El Madrid ya no entrenó. Hubo salida a comprar cortes de traje (Rial se hizo nada menos que con siete) pero todos en grupo, y discretamente escoltados por agentes de Scotland Yard.

Y el jueves, el mismo día del partido, el alcalde de Manchester invitó a un almuerzo a la prensa inglesa y española, en busca de conciliación.

En Madrid se seguían esas vísperas al detalle. La mejor noticia es que hace “un sol cordobés”, según expresión del entrenador blanco, José Villalonga, cordobés él mismo. Nada de frío ni niebla. Eso debe favorecer el juego técnico del Madrid, frente al más enérgico de los ingleses. Faltos de televisión, el partido será radiado para España por Matías Prats. Marca inserta un gran anuncio sobre la transmisión, gentileza de González Byass, Lambretta, Otsein y Profidén, según se hace constar.

Por fin llega el partido. Las entradas de diez chelines se han pagado a cinco libras, veinte veces más. En Madrid, muchos hinchas se dan cita para escuchar el partido por radio en tiendas del ramo. En aquel tiempo, no todo el mundo podía permitirse una en casa. De hecho, esos partidos del Madrid por Europa fomentaron mucho su venta.

El Madrid sale con: Alonso; Torres (el jugador-taxi), Marquitos, Lesmes; Muñoz, Zárraga; Kopa, Mateos, Di Stéfano, Rial y Gento. Es su mejor ataque. Su atrevimiento se contrastará después con la cobardía de Daucik no mucho antes, cuando alteró la delantera del Athletic para sacar al defensa Etura de falso interior.

El Manchester sale con los mismos del Bernabéu, salvo Viollet, estupendo interior izquierdo al que sustituye un chico de diecisiete años llamado Bobby Charlton.

Los equipos saltan en un ambiente que Matías Prats describe como “infernal”. Con cada entrada se ha dado un megáfono de cartón, pero más que ellos suenan las carracas, desconocidas en España entonces, y que luego tuvieron un uso ocasional.

La primera carga del Manchester es tremenda, pero pronto Di Stéfano, que se echa atrás, coge el hilo. De él arrancan los dos goles del Madrid: en el minuto 25, obra de Kopa, y en el 33, cabezazo de Rial. O sea, 0-2, 1-5 en total. Di Stéfano ha callado las carracas.

Se reaniman cuando en el 52 Taylor marca en un barullo. Entonces cae sobre el área del Madrid todo el peso que un buen ataque inglés de aquellos años podía provocar. Allí se multiplican todos, pero sobre todo se agiganta Marquitos, emparejado con Taylor, el ídolo local. Con los años me contaría, con orgullo: “La prensa inglesa me proclamó el mejor central del mundo”. El 1-2 dura hasta el 85, cuando un cañonazo desde fuera del jovencísimo Charlton sacude la red y reaviva las carracas, pero ahí terminó todo. 2-2 y el Madrid sigue. Su primer tiempo queda enmarcado como algo imborrable.

“Fue la lucha del hacha contra la espada”, tituló el Daily Mirror.

Torres, el jugador taxi, regresó feliz. Jugó la final, que ganó el Madrid. Campeón de Europa en dos partidos. Y campeón inmediatamente de la Copa Latina, también con dos partidos. También jugó tres de Copa, donde el Madrid fue eliminado por el Barça. Luego no hubo acuerdo para su fichaje definitivo, y regresó al Zaragoza.

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miércoles, 20 abril 2016

Por Alfredo Relaño

Helenio Herrera va a Mestalla con Canito de 9

El Barça ganó en Basilea la Recopa de 1979, ante el Fortuna de Düsseldorf. José Luis Núñez había llegado a la presidencia un año antes prometiendo un Barça triomfant. Y, en efecto, aquello pareció el albor de una nueva gran época.

Para la temporada 79-80 incorporó un brillante fichaje, Alan Simonsen, danés del Borussia Moenchengladbach, Balón de Oro en 1977. También a Canito, excelente líbero del Español, y al cerebral interior Landáburu, entre otros.


Pero el hombre propone y Dios dispone. El curso empezó mal. Rifé, el entrenador de la Recopa, chocó con Heredia y forzó su salida. En noviembre fue traspasado al River Plate. Pero nada mejoró. Al final de la primera vuelta, el Barça era noveno y Rifé señaló a Krankl, héroe del curso anterior. En febrero se marchó al First de Viena. No traspasado, sólo cedido. Núñez no quería perderle definitivamente. Para compensar tanta baja en ataque, el Barça fichó a un imponente delantero del Vasco de Gama, Roberto Dinamita, cuya llegada causó un gran revuelo. Pero daría el petardazo.

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Mientras, se perdió la Supercopa de Europa ante el Nottingham, otra decepción. En la Recopa pasó dos eliminatorias fáciles y en la tercera le tocó el Valencia. Un gran Valencia, con Kempes y Bonhof como estrellas extranjeras y Di Stéfano en el banquillo.

El 5 de marzo, el Valencia gana 0-1 la ida en Barcelona y desencadena la crisis. Cae Rifé, sorprendido por la difusión de una charla telefónica con Alex Botines, de Radio Barcelona, en la que pone a caldo a Núñez. Rifé no sabía que le grababan. Núñez prohibió a Botines la entrada en las instalaciones del Barça, con el consiguiente revuelo.

Núñez hurgó entonces en la historia del Barça y fichó a Helenio Herrera, entrenador del club en las temporadas 58-59 y 59-60, con dos títulos de Liga, uno de Copa y una Copa de Ferias. Dos grandes años. Luego triunfó en el Inter. Pero había pasado el tiempo y ya no le iba tan bien. Del Inter había pasado al Roma y de ahí al humilde Rímini. Su llegada fue vista con escepticismo salvo por algunos antiguos devotos. Al tiempo, Núñez hizo gestiones para recuperar a Krankl, pero el First se agarró al contrato.

Helenio Herrera trata de animar el ambiente con buenas palabras. Se defiende de las pegas que le ponen por la edad (la Federación dudó si expenderle la licencia por un infarto reciente): “A mis 63 años no soy viejo. Ahí tienen a Tito, y también a Sandro Pertini, quien hacía el servicio militar cuando yo llevaba chupete y ahora es el presidente de la República Italiana”. Algún año se quitaba. En un cambio de papeles se hizo nacer cuatro años más tarde de lo que de verdad nació. Carrasco lo recuerda como un gran motivador, pero algo desgastado por los años: “Los jugadores notamos que a partir de treinta metros no veía”.

Tras comprobar que Krankl no volvía y que Roberto Dinamita no pitaba, tomó una decisión sorprendente: colocar al líbero Canito como delantero centro. Algunos lo vieron como la chaladura de un gagá. Otros, como una de las genialidades que le eran propias.

Canito, natural del pueblo ilerdense de Llavorsí, fue un jugador singular con una biografía tormentosa. Abandonado por la madre, se crió en un hospicio del que se escapó a los 14 años. Se formó en la calle. El fútbol le salvó… por un tiempo. El Español lo fichó del Lloret, lo cedió al Lleida y por fin lo incorporó. La mili le llevó a jugar una temporada en el Cádiz, hasta que regresó al Español, que siempre fue su amor. Enorme jugador, como medio, líbero o central. Con estatura, empaque, control, desplazamiento largo… Fue internacional con Kubala.

El Barça lo compró a cambio de Fortes, Amarillo y 35 millones. Cuando llegó Helenio Herrera, supo que en sus inicios había sido delantero centro, y de ahí que le buscara como solución. El estreno no fue bueno: el Barça perdió en Atocha 3-0 y quedó eliminado de la Copa en octavos (había ganado 2-1 en la ida, todavía con Rifé). Aún así, Helenio Herrera insistió con Canito de nueve en Burgos, donde empató 0-0.

Y con Canito como delantero centro acudió al encuentro de Valencia, donde se jugaba la temporada. Repetir título de Recopa hubiera compensado todo. El partido se jugó el día de San José, en plenas Fallas, con luz diurna. Se televisó en simultáneo con un Madrid-Celtic de Copa de Europa. Yo asistí al de Valencia y lo recuerdo trepidante: 1-0, 1-1, 1-2, 2-2, 3-2, 4-2 y 4-3. Canito marcó dos, el primero y el tercero del Barça, y la leyenda elevó con el tiempo la cifra a tres. Así creen recordarlo muchos culés. En todo caso, con dos goles cumplió y el fallo se produjo atrás. El Barça defendió mal, en una tarde particularmente infeliz de Olmo. Muchos opinaron que el Barça hubiera necesitado dos Canitos: uno en su sitio natural, el otro en el que no habían sabido defender ni Krankl ni Roberto Dinamita. Regresó encumbrado.

Pero el fulgor de Canito en el Barça acabó pronto. Un mes después jugaban en el Camp Nou el Barça y el Athletic. El partido estaba aburrido y el público malhumorado. En eso, el marcador simultáneo anunció gol del Español en Alicante. Canito lo celebró visiblemente. A la afición le sentó como un tiro y se le volvió todo en contra. Se comentaron sus salidas, su extravagante manera de apalear el dinero. Y se dijo, y aún se comenta, que jugaba con una camiseta del Español debajo de la del Barça. Carrasco me asegura que eso no es cierto, pero sí que era españolista radical.

Y al Español volvería, año y medio más tarde, junto a 65 millones, por Urruti. Pero chocó primero con Maguregui, luego con la directiva. Pasó al Betis, al Zaragoza... Siempre era lo mismo, chocaba con el entrenador, o con la directiva, o con ambas partes. Aquella infancia tremenda le pesó siempre, le hizo llevar una vida desbocada. Murió a los 44 años, víctima de sí mismo. Su hermana y los veteranos del Barça y el Español le estuvieron tirando cables hasta el último día.

Cese y repesca

Aquella Recopa la ganó el Valencia, ante el Arsenal. Helenio Herrera cesó a final de temporada, aunque quedó en el club como consejero. Hurgando de nuevo en el baúl de los recuerdos, Núñez dio el banquillo a Kubala, pero sólo le duró hasta noviembre. Una derrota ante el Colonia en Copa de la UEFA por 0-4 acabó con él. Entonces, qué lío, Núñez repescó a Helenio Herrera, que aparcó la coquetería y se puso gafas.

Consiguió la Copa de ese curso, ante el Sporting en el Calderón. Claro que para entonces, ya tenía resuelto el problema del nueve: ahora era Quini, fichado el verano anterior precisamente del Sporting de Gijón. Él marcó a los suyos dos de los tres goles del Barça en aquella final. Antes había sufrido aquel célebre secuestro, cuando el Barça iba lanzado en persecución del Atlético hacia la cabeza de la Liga, que acabaría siendo para la Real, con aquel gol de Zamora en El Molinón. Sin secuestro, quién sabe. Quizá Helenio Herrera hubiera conseguido un doblete otoñal.

La Copa no le alcanzó para seguir. Núñez contrató a Udo Lattek, cuyas peleas con Schuster serían legendarias. El Barça de aquellos años era un lío incesante.

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lunes, 18 abril 2016

Por Alfredo Relaño

Una jornada imponente en Valladolid

Este blog se llama ‘Me gusta el Fútbol’, por lo que algunos desavisados podrían pensar que dedicar este espacio al Rugby contravendría el título y el espíritu. Bueno, mirado literalmente, contravendría el título. Pero Fútbol y Rugby son ramas de un mismo tronco y no me siento mal por traer aquí mi experiencia de este fin de semana.

Me avisó Juan Mora:

-El fin de semana, la final del Rugby entre el Quesos Entrepinares y El Salvador va a llenar Zorrilla. Habrá veintitantos mil espectadores. ¿Te vienes conmigo?

Le dije que sí, que iría con él. Me asaltaron la memoria las mejores imágenes que recuerdo del Rugby. Los primeros partidos en TVE, cuando Carlos Piernavieja glosaba a “Williams, zaguero de Gales…”, que siempre desagobiaba a los suyos con una patada limpia desde la línea de veintidós. Carlos Piernavieja (internacional en cinco deportes, en aquellos años heroicos) fue el primer vate del rugby en nuestro país. Con él viví aquellas primeras emociones.


Rugby-2


Recuerdo haberle preguntado entonces a mi padre por qué el Rugby no había cuajado en España. Mi padre formó parte de aquella juventud de antes de la guerra que aspiraba a una España que superara el casticismo garbancero y que vio como buenas todas las influencias del deporte, aquella corriente que nos venía de fuera:

-Este es un país seco. Jugar al rugby en un país tan seco es muy duro.

En esos años, yo jugaba mucho al fútbol y andaba siempre raspado. Viendo a los jugadores del Cinco Naciones (hoy Seis Naciones por la, a mi juicio, aún no justificada presencia de Italia) rebozarse en el barro casi sentía envidia.

Tantos años después, este domingo disfruté de la apoteosis del Rugby en Valladolid. Los dos grandes equipos de España son de esa ciudad, en la que en cada familia hay algún tipo de nexo con uno de los dos equipos, cuya raíz está en sendos colegios de la ciudad. En Valladolid o eres ‘escocés’ (del VRAC, o Quesos Entrepinares) o eres de El Salvador. SilverStorm. Puedes no ser de ninguno, pero no es lo común.

 

Rugby-blog


A José Ignacio Tornadijo, cabeza de la SER Deportes, se le ocurrió hace poco más de un mes que la final de Copa, a la que llegaron ‘escoceses’ y ‘chamizos’, vallisoletanos todos, podría jugarse en el Nuevo Zorrilla, el gran estadio de fútbol de la ciudad. Lo soltó en su programa, animado por Fernando ‘Canas’, el gran prócer del Rugby en la ciudad. Entre ambos plantearon como un desafío llenar el anillo más bajo, unas diez mil localidades.

El alcalde, el socialista Óscar Puente, la cazó al vuelo y se puso al frente de la manifestación. Reclutó de inmediato a Pedro Sánchez para la causa, y luego se afanó en llevar al Rey. Envió a la Casa Real un par de misivas con respuestas frías (esto es un eufemismo), pero aprovechó la visita de la Reina Madre a Valladolid por la causa del Banco de Alimentos para darle la brasa. Así consiguió que acudiera el Rey al partido.


Desde que Alfonso XIII fue a un España-Italia en Montjuïc hasta el partido de Valladolid, ningún Rey de España había acudido a un partido de Rugby. Éste lo habrá agradecido, sin duda. Una estruendosa ovación saludó su presencia. Alguien, a mi lado, me comentó lo que todos estábamos pensando:

-¡Qué diferencia con su papelón en la final de fútbol, con el Barça y el Athletic!

Y, en efecto, qué diferencia. Pero no la única. Fue una pena que RTVE no diera el partido, no ya por la Monarquía, cuyas cuitas van por otro lado, sino por el valor que el Rugby supone en todos. He empezado por decir que el Fútbol y el Rugby son ramas de un mismo tronco. Es hora de decir que el Rugby ha conseguido ser el santuario de los valores deportivos que alumbró el Siglo XIX. A su alrededor, todos los deportes se han ido encanallando. El Rugby sigue fiel a unos principios que le hacen admirable.

Valladolid, sin ningún entrenamiento previo, fue testigo de eso. Todo el campo vendido, sin localidad asignada, y cada cual encontró su sitio. Silencio expectante en cada golpe de castigo o transformación. Moderada cuanto fiel animación a cada equipo cada vez que metió al otro en apuros, cosa que ocurrió pocas veces, en honor a la verdad. Felicitaciones al final, entre vencedores y vencidos, en una bella liturgia.

Mi padre ya no vive hace muchos años. Ahora tendría 103. Imposible. Pero le recordé, eché en falta que hubiera visto esa forma de estar en el deporte, que su (y mi) querido fútbol abandonaron hace tiempo. El masajista en el campo mientras se juega. El profundo respeto al árbitro. El afecto del público por el rival. Ese silencio ‘maestrante’ ante cada tiro a palos.

No fue un gran partido de Rugby, pero honró al Rugby.

Me desagradó, tengo que decirlo, el mamoneo del hiperdesarrollado palco. Estuve tras ‘ello’, en la cabina de la SER. Hacía más de diez minutos del final del descanso cuando todavía volvían a su asiento ‘estupendos y estupendas’ que habían ido allí a pintar la mona. Faltaban cinco minutos para el final cuando, con marcador apretado, ese mismo tipo de gente se iba marchando. En la Gloria estén.

Esfumados de una vez, asistimos, sin ellos, a un ritual magnífico. Felipe VI bajó y dio la Copa, ante una ciudad feliz, sin exageraciones. El lunes habría de amanecer con los problemas de siempre. El deporte no da soluciones, pero da alegrías. Tras el partido, las aficiones de uno y otro se mezclaron, como los dos equipos. Comieron judías con chorizo en las carpas aledañas, bebieron cerveza, que al Rugby viene a ser lo que el vino a la Misa. Se abrazaron, entre sí y con aficionados o jugadores de otras partes de España. Todos felices, porque el Rugby había vivido su mejor día en España.

Juan Mora y yo volvimos en un AVE. Petado, como el de ida. En el fondo de la tarde bullía la inquietud de lo que harían o dejarían de hacer el Atlético ante el Granada y el Barça ante el Valencia. Pero los dos, Juan y yo, teníamos la sensación de haber vivido algo diferente.

Y, si se me permite decirlo, superior.

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