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El blog de Pipo lópez

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sábado, 23 julio 2016

Por Alfredo Relaño

Sancho Dávila nombra seleccionador a su dentista

En materia de seleccionadores hemos tenido de todo. Incluso un dentista, que tuvo la suerte de tener entre sus clientes a quien a la sazón era presidente de la Federación de Fútbol, Sancho Dávila y Fernández de Celis.

Sancho Dávila, natural de Cádiz, fue un falangista muy activo desde primera hora. Era primo tercero de José Antonio. El estallido de la guerra le pilló detenido, en la Cárcel Modelo de Madrid, pero consiguió salir. Hizo la guerra en el bando franquista y participó en el célebre alboroto entre dos facciones de Falange (la suya y la de Hedilla) en Salamanca, de resultas del cual Franco lanzó su famoso decreto de unificación.

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No era hombre del fútbol, y sí del toro, donde tenía prestigio por sus conocimientos. Un hijo suyo, llamado igualmente Sancho Dávila, llegó a ser matador de toros con el nombre de Sancho Álvaro. También desciende de él Eduardo Dávila Miura. El fútbol no era lo suyo. No obstante, el General Moscardó, Delegado Nacional de Deportes, le designó como presidente de la Federación el 31 de enero de 1952, en sustitución de Manuel Valdés Larrañaga, a quien se concedió la embajada de España en Puerto Rico, destino envidiable, sin duda.

Sancho Dávila se encontró nada más llegar con la dimisión del seleccionador, Ricardo Zamora, que recibió una fantástica oferta de Venezuela. Después de varias consultas, eligió como seleccionador a Pedro Escartín, célebre exárbitro y permanente perejil de todas las salsas en el fútbol español.

Escartín debutó con derrota ante Argentina. Luego, 2-2 contra Alemania y 3-1 a Bélgica. Todo ello en casa. Lo siguiente, fue una pequeña gira por América, en el verano del 53, que iba a suponer el debut de Kubala.

Kubala, que había llegado a España en 1950, fugado de Hungría. Por su transfer FIFA Sancho Dávila peleó a brazo partido con la FIFA durante dos años y medio. Un libro raro de encontrar, titulado De vuelta a casa, cuenta esta peripecia y varias otras que le tocó lidiar. La llegada de Kubala a España fue tan sensacional que se dio por sentado que con él España sería imbatible. Pero perdimos en Buenos Aires, 1-0. Decepción y acusaciones de juego defensivo. Luego ganamos 1-2 en Santiago de Chile, con un gol de Kubala, pero ni eso compensó el disgusto. Se tenía a Kubala por un supermán y con cierta razón. Apareció en el Barça en la Copa del 51, y la ganó. Y luego Liga y Copa en el 52 y el 53. El Barça lo había ganado todo desde que apareció, era lo nunca visto, y los resultados de esa gira se juzgaron paupérrimos. Escartín dimitió con dos victorias, dos derrotas y un empate.

Había que buscar otro seleccionador. Marca hizo una encuesta nacional, de la que salieron muy destacados dos nombres, Ricardo Zamora, regresado ya de su bien remunerado paso por Venezuela, y Ramón Encinas, hombre de larga trayectoria. Exjugador del Celta, dos estancias como entrenador en la Selección, con José María Mateos y Amadeo García Salazar como seleccionadores. Y títulos nacionales con el Valencia y el Sevilla.

Pero Sancho Dávila estaba cautivado por la sapiencia futbolística de su dentista. Hombre del toro como ya he dicho, el mundillo del fútbol le hizo un poco de menos. Le vieron demasiado lego como para gastar tiempo en conversaciones con él. Su dentista, Luis Iribarren, había sido jugador amateur mucho tiempo atrás, en el Real Unión y en la Gimnástica de Madrid. Su Real Unión había llegado a ganar la Copa, aunque él sólo había jugado un partido, pues era suplente. Lo que le interesaba era la carrera. Por eso dejó un tiempo Irún por Madrid y luego se fue a Nueva York, a completar estudios. No había vuelto a tener contacto con el fútbol desde mediados los veinte.

Era un odontólogo de prestigio que seguía el fútbol, por el que le había quedado afición. Dávila, falto de mayores referentes, le consideró un pozo de ciencia futbolística. Primero le metió en el Comité de Competición, tras el desmantelamiento de éste que siguió al caso Kubala-Oliva, que ya conté en esta sección. Y ahora dio la campanada al hacerle seleccionador sin que, por supuesto, nadie se hubiera acordado de él en la encuesta de Marca. Eso sí, le acompañó Encinas como entrenador. Esa doble figura fue frecuente durante años: seleccionador, por encima, que escogía los jugadores y decidía la alineación, y entrenador, que los preparaba físicamente.

Lo que había por delante era la clasificación para el Mundial, contra Turquía. A dos partidos, ida y vuelta. Contaban puntos, no goles, así que había que ganar uno y al menos empatar otro.

El proyecto Iribarren se estrenó en San Mamés, ante Suecia (8-11-53), con Kubala de interior derecha y un resultado poco prometedor, 2-2. Dejó una sensación fría. Para el segundo partido, ya de clasificación para el Mundial, contra Turquía en Chamartín (6-1-54), sólo repiten cuatro jugadores. Dávila e Iribarren no se atreven a contar con Kubala porque aún no se han cumplido los tres años de su nacionalización, requisito para que pudiera jugar con España. Se le había utilizado en amistoso, pero en este, ya oficial, no se atrevieron. España ganó 4-1 a Turquía. Bien. Medio billete.

Ahora hay que empatar al menos en Estambul (14-3-54). Como siempre, se habla de pasión, de infierno turco, de que habrá encerrona, de que campo seco… El equipo da otro vuelco, justificado en la necesidad de jugar de otra manera. Sobreviven cinco de los de Madrid, algunos en posición distinta. Iribarren, de acuerdo con Sancho Dávila, tira de Kubala, ante la gravedad del compromiso, a ver si cuela. Juega y nadie protesta, pero España pierde 1-0. Tremenda decepción. Y vuelta a la encerrona, el infierno turco, el campo duro…

Queda el desempate, en Roma, tres días después. Esta vez Iribarren mantiene, o casi, el equipo de Turquía, con muy pocos cambios, porque lo tuvo que afrontar con los mismos convocados. Está previsto que juegue otra vez Kubala. Pero justo antes del partido, se recibe en el estadio un telegrama de la FIFA Attention equipe espagnol situation joueur Kubala. Dicho es castizo, cuidadito con lo que hacéis.

Dávila e Iribarren se sienten cazados. Había colado en Turquía, pero Hungría (gran atracción del Mundial y cuya eventual retirada habría sido una catástrofe) alertó a la FIFA, que se curó en salud con ese telegrama. Kubala deja su plaza a Escudero. El partido acaba 2-2, tras prórroga. La clasificación se decide por sorteo, donde la mano inocente de un bambino, Giuliano Gemma, saca de una copa la papeleta de Turquía. La de España, en la que previamente Sancho Dávila ha pintado una cruz como sortilegio, se queda dentro.

Sancho Dávila y Luis Iribarren cesaron inmediatamente. Ahí terminó su joint venture.

Cuatro partidos, uno ganado, dos empatados, uno perdido. Fuera del Mundial por las botas de Turquía. Ese fue todo el palmarés de Iribarren, que regresó a su consulta, como su mentor, Sancho Dávila, regresó al mundo del toro. En cuatro partidos utilizó 24 jugadores diferentes. Sólo Venancio jugó los cuatro.

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miércoles, 13 julio 2016

Por Alfredo Relaño

Salió a hombros, ‘ganó’ la Eurocopa e inauguró la moviola

Ortiz de Mendívil sigue siendo el único español que ha arbitrado una final de Eurocopa, la de 1968. Bon vivan bilbaíno de porte aristocrático, gran árbitro, con una carrera salpicada de hechos singulares. Marcó un gol en La Romareda, protagonizó uno de los grandes episodios entre el Madrid y el Barça, salió a hombros del público tras arbitrar una Copa de Europa… Una vez retirado, fue juez de sus propios compañeros en Estudio Estadio, cuando la aparición de la moviola.

Nacido en Portugalete en 1926, fue eslabón brillante en una larga saga de célebres árbitros vizcaínos, que arranca quizá en el abuelo de Iturralde. Ortiz de Mendívil sucedió en esa saga a Gardeazábal, un grande. Alto, delgado, con aire inglés, gran autoridad… Bilbaíno, nació tres años antes que Ortiz de Mendívil, y fue en parte su referente y en parte su freno, porque el segundo no pudo arbitrar un Mundial hasta que el primero dejó de hacerlo. Gardeazábal arbitró los de Suecia 58, Chile 62 e Inglaterra 66. Sigue siendo el único árbitro español que ha estado en tres. Pero un cáncer segó su carrera cuando, aunque ya veterano, aún podía seguir en activo. Falleció en 1969. Su recuerdo fue tan grato que dos años después se le hizo un homenaje, en el que jugaron sucesivamente en San Mamés selecciones de veteranos Vizcaya-Madrid, y selecciones regionales Vizcaya-Cataluña.

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Ortiz de Mendívil pasó a ocupar el primer puesto. Era alto, como Gardeazábal, esbelto, sin la delgadez de aquel, cuidadoso de su aspecto, con gran movilidad para lo que se pedía en la época. Fuera del campo era un tipo distinguido, al que los compañeros apodaron Petronio, por lo bien que vestía. Visitador médico, tenía una vida económicamente desahogada. Su mujer, Elvira Larrazábal, fue campeona de España de golf varios años seguidos, en los cincuenta.

Muy sibarita. Cuando viajaba en coche cama, pedía que su vagón lo aparcaran en vía muerta hasta que él se despertara. Si el hotel designado no le gustaba, buscaba otro y pagaba la diferencia, Era igualmente selecto con los restaurantes y con los vinos. A los que viajaban con él de jueces de línea (en la época esa función correspondía a prometedores principiantes de la misma regional) les hacía felices. Ildefonso Urízar Azpitarte me lo ha contado más de una vez:

—¡Menuda diferencia! Entre quedarte en Vizcaya arbitrando un partido de Tercera en cualquier sitio y expuesto a todo, a viajar a cuerpo de rey, con él… ¡Y lo que se aprendía! Del fútbol, de la vida… de todo.

Ortiz de Mendívil tenía una autoridad y un prestigio, que no menguaron ni siquiera cuando marcó un gol. Fue en un Zaragoza-Las Palmas de Liga. León, delantero del gran equipo canario de aquel tiempo, lo recuerda como si fuera ayer:

—Íbamos ganando 0-2 y era ya la segunda parte. Hubo un córner contra nuestra portería, un rechace corto, Santos tiró y él, al ver que le venía el balón, se dobló y se dio como la vuelta. El balón le pegó en la espalda y entró. Le rodeamos, pero él nos decía: ‘¿Qué culpa tengo yo?’ No tenía más remedio que dar el gol, para el Reglamento el árbitro es como un poste. Pero no hubo más goles. Ganamos igual, 1-2. Como no alteró el resultado, ni andaban Madrid ni Barça por medio, no hubo revuelo.

Distinto fue lo del Madrid-Barça del 20 de noviembre de 1966, en el Bernabéu. El partido llegó 0-0 al minuto 90. Habían pasado cuatro minutos y Veloso marcó para el Madrid. Los jugadores del Barça le protestaron indignados, por el tiempo transcurrido. Pero él prolongó todavía siete minutos más, con lo que el alargue total fue de once. Aquello levantó una polvareda enorme. Del lado culé se dijo que los siete minutos posteriores fueron para disimular. Con el tiempo, el suceso fue deformado por la memoria barcelonista y se suele escribir que Veloso marcó a los once minutos de descuento, y que justo ahí pitó el final. Así lo cree mucha gente aún hoy. Pero basta ver los periódicos (barceloneses o madrileños) del día siguiente para ver que fueron cuatro minutos, hasta el gol y siete más después. Aquello le costó una recusación del Barcelona.

Hablé largamente con él de aquel suceso muchos años después. Me dijo que él simplemente paraba el reloj cuando había interrupciones y lo ponía en marcha después. Que era más escrupuloso que el resto en eso. Con todo, yo lo recuerdo como algo extraordinario y es evidente que los usos han ido por otro lado. Recuérdense, por ejemplo, los comentarios por los cinco minutos de alargue de la final de Lisboa.

Mejor recuerdo tenía de la final de la Copa de Europa de 1969, también en el Bernabéu, Milán-Ajax. Ya estaba Cruyff, aunque el equipo no había fraguado aún. Ganó el Milán 4-1, en noche de exhibición de todos, pero en especial de Rivera, Sormani y Prati. Al final, algunos aficionados saltaron al campo, alzaron a Ortiz de Mendívil y le pasearon a hombros, como a un torero. Sospecho que eran madrileños, neutrales que habían acudido al partido, orgullosos de que un español hubiera sido el árbitro.

Lo de la final de Eurocopa fue de rebote. Se enfrentaron Italia (que jugaba de local y había pasado la semifinal con la URSS por moneda al aire) y Yugoslavia, ganadora de Inglaterra, con arbitraje de Ortiz de Mendívil. Estaba designado el húngaro Zsolt, pero en un trile de última hora se le dio el tercer y cuarto puesto, y la final pasó al suizo Dienst. (Sí, el mismo que en Inglaterra-66 había concedido el gol fantasma de Hurst a Inglaterra). Dienst fue infamemente casero. Los italianos camparon por libre, hubo un penalti de Castano estrepitoso. Aun así, la cosa quedó en 1-1, tras prórroga.

Dos días después, el 11 de junio, se repitió la final y el designado fue Ortiz de Mendívil. En España, los más enterados señalaron que era amigo de Italia. En el minuto 12 concedió el primer gol de Italia, marcado por Riva en rotundo fuera de juego. Amenazó severamente señalando con el índice al vestuario a los yugoslavos que le reclamaban y el resto del partido tuvo un tono menos desvergonzado que el de Dienst días antes, pero se le siguió viendo la oreja. La diferencia en su modo de contar los pasos de las barreras fue estrepitosa. Ganó Italia 2-0.

Árbitro de confianza del sistema, en fin. De los que si se equivocan lo hacen de la manera conveniente, que sigue siendo la forma de progresar. No llegó a arbitrar una final de Copa del Mundo, aunque sí una semifinal de 1970, Brasil-Uruguay, de mucho tronío. (Aquella del regate de Pelé al portero Mazurkiewicz sin tocar el balón). Y la final Intercontinental (desempate en Madrid) entre el Inter y el Independiente de 1968, que ganó el Inter. Tuvo mucha fama de amigo del Inter, tanta que alguna vez comentó Luis Suárez que Ortiz de tenía más medallas del club que él mismo. Y esa final del 69, la de la salida a hombros. Y una final de Recopa, la del 71.

Una vez retirado, alcanzó mayor celebridad cuando Pedro Ruiz le contrató para Estudio Estadio, a fin de juzgar las actuaciones arbitrales en la moviola, que estrenó. Fue apodado como Míster Moviola, Don Moviolo o El Moviolo. La siguiente generación de árbitros se revolvió contra él, por prestarse a juzgarles, pero más adelante todos ellos hicieron lo mismo cuando algún medio les llamó.

Envejeció feliz hasta una caída en 2012, que le produjo una fisura de cráneo. Falleció tres años después. Ningún otro árbitro español ha pitado una gran final de selecciones.

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jueves, 07 julio 2016

Por Alfredo Relaño

“España ganará al son del ‘La, la, la”. Pero no

El miércoles 8 de mayo del 68 recibimos a Inglaterra en el partido de vuelta de cuartos de final de la Eurocopa. España era la campeona de Europa. Inglaterra, del mundo. El no va más. El partido de vuelta, en el Bernabéu, se jugó entre la mayor euforia que he visto nunca ahí con el equipo nacional. La gasolina de aquella euforia venía de fuera: un mes antes, Massiel había ganado el festival de Eurovisión con su La, la, la, batiendo por un solo punto al inglés Cliff Richards, con su Congratulations. Aquello creó una extraña sugestión colectiva.

Habíamos llegado a aquellos cuartos un poco de rebote. Disputamos el grupo con Checoslovaquia, Irlanda del Norte y Turquía. Cuando ya habíamos jugado todo, a Checoslovaquia le quedaba un último partido, en Praga, con Irlanda. Les bastaba empatarlo para ganar el grupo. Balmanya, el seleccionador, se dio por eliminado y aceptó una oferta del Barça para ser secretario técnico. Pero Checoslovaquia perdió sorprendentemente 1-2. España ganó el grupo y Balmanya tuvo que volver a hacerse cargo del equipo.

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El sorteo de cuartos nos emparejó con Inglaterra, nada menos. Su título (1966) estaba más cercano que el nuestro (1964). De hecho, en el partido de ida, en Londres, el 3 de abril, jugaron ocho de sus campeones del mundo. De los campeones europeos de España sólo quedan Zoco y Amancio. Podría hacer estado Iríbar pero, lesionado, tuvo que dejar el puesto a Sadurní.

Por Londres andaba esos días Massiel, entonces no muy conocida, que les visitó en el hotel. Ella tenía que defender allí el La, la, la en el festival de Eurovisión, cuyo seguimiento entonces era máximo. Esa edición venía precedida de un trueno. La canción, del Dúo Dinámico, estaba destinada a Serrat. Pero este pidió cantarla en catalán y el revuelo fue tremendo. Se le sustituyó por Massiel. Pirri recuerda:

—Una chica muy simpática, nos visitó, bromeamos. Españoles a la conquista de Londres, decíamos. También vino Julio Iglesias, que era amigo de Grosso y Velázquez porque había jugado con ellos en los juveniles. Nos estuvo cantando La vida sigue igual, antes de estrenarla. ¡Luego resultó un éxito tremendo! Él vivía entonces allí, conocía el fútbol inglés. Se despidió diciéndonos una frase que se me quedó grababa: “Cuidado con los ingleses, siempre meten gol a última hora”. Me dejó inquieto con eso.

España jugó bien, Poli sujetó a Bobby Charlton, Amancio hizo un partidazo, le sacó tres paradones a Banks, pero Inglaterra ganó con un gol en el 84’. Un golpe franco por una falta que nos pareció que era al revés (cama de Jackie Charlton a Zoco que el árbitro pitó como empujón de este). Peters tocó para Charlton, que tras quebrar a Claramunt, que salió de la barrera, tiró muy esquinado, imposible para Sadurní. Y uno a cero. La sensación fue equívoca. Habíamos jugado bien, pero habíamos perdido. Pero sólo por uno. Podemos remontar. Pero ellos son los campeones del mundo. Pero, pero…

En esas estábamos cuando el 6 de abril, tres días después del partido Massiel gana con su La, la, la, y por un solo punto de ventaja sobre el inglés Cliff Richards. El seguimiento de aquella votación tuvo a toda España pegada al televisor. Amábamos u odiábamos a cada país europeo según inclinaban su voto. La victoria final de Massiel produjo el que recuerdo como mayor estado de felicidad colectiva en la España de aquellos años ingenuos.

Cuando un mes después los ingleses aterrizaron en Barajas, los ecos aún no se habían apagado. Massiel visitó a nuestra selección en La Berzosa. Todo el mundo invocaba el La, la, la. Los ingleses, ajenos a todo, hacían su vida. Se hospedaron en el Castellana Hilton, fueron al cine Paz a ver La mitad de seis peniques en versión original, fueron recibidos en su embajada, se entrenaron…

Vuelan las entradas. La mitad más uno del equipo va a ser del Madrid, que acaba de ganar la Liga y que el miércoles siguiente recibirá al Manchester United en partido de vuelta de semifinal de Copa de Europa. Resultado abierto, también 1-0 en la ida.

El miércoles 8 no cabe un alfiler en el Bernabéu. Todos cantando el La, la, la a pleno pulmón desde media hora antes, con pequeños intervalos para gritar “¡España, España, España!”. Decenas de pancartas, más de la mitad con el La, la, la. El partido empieza a las 20:30, con arbitraje del checoslovaco Krnávek y estas alineaciones:

España: Sadurní; Sáez, Gallego, Canós; Pirri, Zoco; Rifé, Amancio, Grosso, Velázquez y Gento.

Inglaterra: Bonetti; Newton, Labone, Wilson; Mullery, Bobby Moore; Ball, Peters, Bobby Charlton, Hunt y Hunter. Esta vez, sólo seis campeones del mundo. Mejor.

Primer tiempo de juego alterno. Se protesta la dureza de los ingleses, que arruga a Rifé y Gento. También a Velázquez, en duda las vísperas por una molestia en la rodilla. El resto juega bien, incluido Sadurní, que ha pasado por delante de Iríbar porque está en espléndida forma. En el 30’, un choque entre Gallego y Bobby Moore deja al español maltrecho. Grosso baja a la defensa, junto a Zoco. Cuando Gallego vuelve, renqueante, Balmanya le coloca de delantero centro, donde se batirá como un jabato. Al descanso, 0-0. La grada es un hervidero de comentarios. Ellos pegan, no, es que Rifé y Gento se arrugan, Velázquez también, no es que tenía la rodilla mal, pues que hubiera salido Germán, es que Balmanya quería mantener el bloque, y ahora, si Grosso sigue de central, ¿quién persigue a Charlton?, pues Pirri, hombre, Pirri puede con todo…

Salen los equipos y se vuelve a cantar el La, la, la. España sorprende con un ataque feroz. El balón va arriba, donde Gallego, medio rengo, pelea como un león. Lucha, choca, cae, se levanta… Es algo emocionante, que inflama el Bernabéu. En una de esas deja suelto el balón para Amancio, que dispara, hay rebote en Labone y ¡¡¡¡gol!!!! El Bernabéu casi se cae. 1-0 en el 47’. La euforia está desatada. España sigue igual, con Grosso y Pirri haciendo de todo, con Velázquez apagado y los extremos inexistentes, pero con Gallego hecho un león ahí arriba. Un león herido, pero implacable. Nunca vi a un jugador del Barça tan aplaudido en el Bernabéu. Hay dos ocasiones claras que desbarata Bonetti. Se masca el gol… pero llega en el otro lado. Un contraataque claro acaba en paradón de Sadurní. Córner. Lo saca Charlton y Peters se mete entre Zoco y Pirri y cabecea a placer. 1-1. Es el 55’.

¡Da igual! ¡Hay tiempo! Sigue la exhibición de Amancio, sigue el heroísmo de Gallego, Pirri y Grosso… pero poco más. El La-la-lá va perdiendo fuerza, a medida que vemos (yo estuve allí) que España se derrite como un helado. Inglaterra crece, con todo su prestigio histórico enriquecido por su título mundial. En el 81’, saque de banda rápido que recoge Hunt, envía al área, Charlton deja pasar y Hunter machaca. Es el 1-2. Se acabó. Se recogen las pancartas, se acaban los cánticos. Ya no somos campeones de Europa.

Y Pirri volvió a casa pensando otra vez en la advertencia de Julio Iglesias sobre los goles ingleses tardíos. Y la recordará de nuevo cuando una semana más tarde, el Manchester empate 3-3 en el Bernabéu, y eche al Madrid de Europa… también con un gol de última hora.

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miércoles, 29 junio 2016

Por Alfredo Relaño

El pesar de Messi y el pesar de Simeone

Argentina le pide a Messi que rectifique, con millones de voces, entre ellas la de Maradona, que no hace mucho le había hecho de menos, hablando con Pelé, ahí es nada. Pero no es sólo Maradona, es el presidente de la Nación, son niños grabados, llorando, pidiéndole que se le quede, es el acalde de Buenos Aires, que le levanta una estatua, son los viejos campeones del 86, reunidos en encuentro fraternal.

Messi tiene 29 años. Le quedan muchas cosas por decir en la Selección Argentina. ¿Por qué quiere irse?

 

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Tengo la sensación de que Messi ha remado siempre río arriba en ese equipo. Por un lado, por muy buenos jugadores que tenga Argentina (siempre los tuvo y es previsible que los siga teniendo) lo que no ha conseguido es el funcionamiento del Barça estos años. Un funcionamiento, servido, por cierto, por jugadores tan buenos o mejores que los que pueda tener Argentina. Y un funcionamiento que se ha creado en torno a él, crecido en ese medio, y que se ha acomodado al entorno al tiempo que el entorno se acomodaba a él. Messi y el resto del Barça, el resto del Barça y Messi. Todo ha sido uno. Y hay que insistir en que ese ‘resto del Barça’ es algo muy serio. Ha puesto buena parte en los grandes éxitos de España en estos años.

Por otra parte, Messi no se sintió plenamente bienvenido cuando apareció en la Selección Argentina. Un amigo de allá me dijo: “Es como el hijo que te viene con dieciocho años, que te dicen que es tu hijo y efectivamente es así, pero no lo has criado. No le puedes querer igual que si lo hubieras visto nacer”.

Así que Messi apareció allí como un cometa caído de Europa, rodeado de elogios en Barcelona, en España y en todo el Continente que allí escamó algo. Argentina tiene una devoción casi idólatra (y justificada) por Maradona. Messi y Maradona son próximos en muchas cosas, no son moldes de jugador muy diferentes. Zurdos, dieces, ingeniosos, incontrolables para los defensas… Las comparaciones empezaron pronto. A medida que Messi consiguió despegar y deslumbrar, empezó a correr la idea de que con el tiempo iba a merecer el primer puesto en la historia del fútbol. Y eso es más de lo que muchos argentinos pueden soportar. Allí no hay discusión con Maradona (a Gatti se le ocurrió hace muchos años decir que Pelé fue mejor y le cayó la del pulpo). Messi empezó a ser visto con recelo. Argentino, sí, pero criado en Europa y presentado como el suplantador de Maradona.

Así empezó la carrera de Messi en la albiceleste, y así ha continuado: teniéndose que hacer perdonar algo de lo que él no tiene ninguna culpa. Rodeado de compañeros ocasionales, sin el juego fluido del Barça, sin el respeto que en su club se ha ganado, casi reverencial. Todo eso puede combatirse sólo con grandes títulos.

Y cuatro veces, cuatro, ha estado Messi a punto de ‘hacerse perdonar’ con algún título, y las cuatro ha salido perdedor de la final. La última, echando fuera un penalti de la tanda, y eso a los pocos días de que Maradona le dijera  Pelé que ‘Messi no es un líder’.

Se rompió por dentro, dijo basta.

La persistencia en el fracaso es devastadora. Lo vimos en Simeone: perdió su segunda final ante el Madrid en tres años y se vino abajo. “Tengo que pensar”, dijo, y sonó a despedida. Por suerte para el Atlético, reflexionó y va a seguir. Su caso es distinto en parte, porque él ha vivido en el Atlético rodeado de aclamación. Messi, en Argentina, no. Hasta ahora.

Ahora, con el anuncio de su salida, ha habido una reacción tremenda, aunque en realidad en proporción con la magnitud de la pérdida. Por primera vez, Messi se va a sentir deseado y amado por el país que le vio nacer. Se va a sentir, también, necesario.

Así que espero, como tantos argentinos, como tantos ciudadanos del mundo, que recapacite. Tiene un par de mundiales por delante (el de Qatar le pillará con 35 años, y por su clase y por la evolución de su juego bien podrá seguir ahí) y el mundo no debe perderse eso.

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Por Alfredo Relaño

Ganamos en Cagliari con el público a favor

Era un amistoso de 1971. Se sabía que iba a faltar la gran figura del equipo local, Gigi Riva, lesionado, y tampoco iban a van a jugar Albertosi ni Domenghini.

 

Ahora que nos jugamos el tipo ante Italia, quiero desempolvar un duelo de 1971 que salió muy bien. Ganamos a domicilio a Italia, a la sazón campeona de Eurocopa y subcampeona del mundo. Sí, ganamos allí, ¡y con el público italiano a nuestro favor!

 

Relaño


Aquel era el séptimo partido de Kubala como seleccionador. En los seis anteriores llevábamos cinco victorias y un empate, precisamente ante Italia, en el Bernabéu. Amistoso también, como el que íbamos a disputar ahora en Cerdeña, devolución de visita. La fecha era el 20 de febrero de 1971, sábado. Hubo concentración en Madrid desde las nueve de la noche del lunes 15. Los convocados fueron: Iribar, Esnaola, Sol, Gallego, Tonono, De la Cruz, Antón, Costas, Pirri, Uriarte, Claramunt, Marcial, Amancio, Rexach, Gárate, Arieta y Churruca. Un buen grupo. Amancio, aunque ya veterano, se mantenía bien. Gente tan importante como Iribar, Sol, Gallego, Claramunt, Pirri, Uriarte o Gárate estaban en su plenitud.

Como siempre, en torno a los entrenamientos de Kubala hay gran animación de prensa. Era célebre su show disparando a los porteros, con su prodigioso golpeo de balón, que aún conservaba intacto a los 43 años. Colocaba a un portero en el suelo, apoyado sobre los codos y las rodillas, en modo mesilla de salón, y el otro tenía que volar sobre él en busca de sus lanzamientos, que llevaban la fuerza y colocación precisas para que el portero llegara a ellos, pero con el máximo esfuerzo.

Pero esta vez está menos expansivo que otras. Se le ve serio. También en el partidillo, que él mismo arbitra, en la Ciudad Deportiva madridista, contra un equipo del Madrid en el que están entre otros Grande, el hoy ayudante de Del Bosque, y Gento, que juega de interior, dejando a Bueno de extremo izquierda. España gana 3-1.

Se supone que el miércoles Kubala va a ir a Lisboa, a ver y tutelar el amistoso de la sub-23 (en la que asomaban los Quini y Asensi entre otros), y que se perdió por 2-1, pero no va. La explicación es que no le hubiera sido posible regresar a Madrid a tiempo para coger el avión, a las tres de la tarde, para ir a Cagliari, donde se va a jugar el partido.

La explicación cuela, pero a la hora de salir el grupo para Cagliari se suman a él Joaquín Ramos, locutor de Radio Nacional, que la noche anterior ha estado en el partido de la sub-23, y el céltico Manolo, que tras jugar en Lisboa ha sido requerido por Kubala para la selección mayor. Ah, ¿pero no decían que no había tiempo de…?

Alguien indaga y se descubre el pastel. Kubala está enfadado con cuatro jugadores y, por añadidura, con el presidente de la federación, Pérez Payá. Resulta que el lunes, Gallego, Marcial y Amancio no han llegado a las nueve de la noche al hotel, sino los dos primeros a las seis y el segundo, a las cuatro. Gallego y Marcial se habían distraido al llegar a Madrid y perdido por alguna sala de fiestas. Amancio tuvo un susto médico con su mujer, se retrasó por ese motivo, pero no avisó. A eso se suma que Antón le ha dicho a Kubala que si no va a jugar (cosa que se huele por los entrenamientos), que no le lleve.

El asunto salta en la prensa el primer día de estancia allí, en Cagliari. Kubala ha pedido a Pérez Payá que les sancione y ha pretendido dejarles en casa. Pérez Payá ha tenido un pulso de dos días con él: “Primero jugar, luego sancionar”, es su tesis. Le parecía un cante castigar a jugadores de tal nivel en vísperas de todo un Italia-España. Además, lo de Amancio tenía justificación, pero claro, ¿cómo separarle de los del Barça, si el hecho era el mismo aunque las razones fueran distintas?

España se concentra en Santa Margherita di Pula, a 40 kilómetros de Cagliari. Hay malas caras. Kubala renuncia a ir a entrenar al Sant'Elia, el estadio del Cagliari, con lo que da plantón a la prensa italiana y a buena parte de la española. Los que se enteran asisten a los ejercicios físicos del equipo entre los pinos próximos al Hotel Abamar, donde están recluidos.

Por dar una buena noticia, alguien recuerda que en ese escenario de Cagliari ha ganado en 1956 la Selección B de España, un equipo, por cierto, lleno de grandes nombres: Carmelo; Olivella, Campanal, Valero; Vergés, Gensana; Tejada, Sampedro, Pepillo, Peiró y Collar. 0-1, con gol de Tejada.

Pero en Italia las cosas están peor. El Cagliari es el campeón de la Liga 70-71, ha sido el segundo en la anterior. El partido es en su ciudad, capital de Cerdeña. Se sabe que va a faltar su gran figura, Gigi Riva, lesionado, pero resulta que tampoco van a jugar Albertosi ni Domenghini, según se desprende del entrenamiento. Sus puestos van a ser para Zoff y Mazzola. La gente de la isla no lo puede creer. El seleccionador, Ferruccio Valcareggi, es acosado a preguntas en la conferencia de prensa y aviva el fuego:

—Esto es la selección de toda Italia, no la de una isla.

¡Para qué más!

El partido se televisa en España y en Italia, pero no en Cerdeña, a pesar de lo cual sólo hay 40.000 espectadores, de 68.000 posibles. Muchos han exigido la devolución del dinero. Los que van, confían hasta última hora en que Valcareggi cambie. Pero la megafonía da la alineación:

Zoff (tremenda pitada….); Bet, Burgnich, Rosato, Facchetti; Bertini, Rivera, De Sisti… (máxima expectación)…Mazzola (bronca mayúscula…), Boninsegna y Prati. Cuando se cantan los suplentes, las ovaciones a Albertosi y Domenghini son tremendas. Y es igualmente ovacionada la alineación de España: Iribar; Sol, Gallego, Costas, Tonono; Claramunt; Pirri, Uriarte; Amancio, Gárate y Churruca. Cada nombre es subrayado con una ovación.

A Valcareggi le tiraron naranjas al salir, y lo mismo al palco de los directivos.

España manda, juega, se siente bien. Los italianos miran a los nuestros, como diciéndoles: ¿tú puedes creer esto? Y los nuestros se encogen de hombros y juegan. En el minuto 35, Claramunt se va por la derecha, centra, el balón pega en Burgnich, queda suelto y Pirri le gana la acción a Zoff, al que coloca un globito por encima. El gol deja mal a Zoff, lo que incrementa la bronca. En el 40, otro centro de Claramunt lo deja pasar Churruca y Uriarte suelta un zurriagazo a la escuadra. 0-2. Llueven naranjas.

El segundo tiempo será coser y cantar. En Italia entra Ferrante, que tampoco es del Cagliari, por Burgnich. Otro enfado. España mantiene el balón y ahorra fuerzas. Salen Marcial por Arieta (m. 69) y Gárate por Amancio (m. 76). Italia caza en el 79 el 1-2 en un golpe de fortuna, un balón largo de Mazzola al que Iribar no llega porque resbala; remata Boninsegna, rechaza Gallego en la raya y marca De Sisti a puerta vacía. El gol no es bonito y la gente lo abuchea. Final, 1-2. Salimos aplaudidos. Valcareggi fue evacuado dos horas después del partido, escondido en una ambulancia.

España regresó en triunfo. No hubo sanciones, claro. Pelillos a la mar. ¡Habíamos ganado al campeón de Europa y subcampeón del mundo…!

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miércoles, 22 junio 2016

Por Alfredo Relaño

Cesarini comparte protagonismo con Iniesta

Parece que por el momento los dos nombres propios más citados en la Eurocopa son Iniesta y Renato Cesarini. Aquel, por su grandioso juego; éste, por los goles de última hora, a los que acabó por dar nombre. Pero, ¿quién era Cesarini?

Renato Cesarini fue el hijo de unos inmigrantes italianos de principio del siglo pasado que se fueron a América a buscarse la vida. Había nacido el 11 de abril de 1906 en Senigallia, en la costa de Italia que mira al Adriático. Hoy es una gran localidad turística, pero en la época sólo ofrecía miseria. Se fue de allí con pocos meses.

Los padres se instalaron en Buenos Aires, y allí creció el muchacho. Un chico guapo, espigado, ocurrente, con la ley del barrio bien aprendida, ojos vivos y firmes rizos negros. Salió futbolista. Se hizo en Chacarita Juniors. Con veinte años debutó con la selección argentina, en la que jugó dos partidos, ante Paraguay ambos. Interior ocurrente y goleador, un poco sobrado, provocador, favorito de su público, abroncado por los contrarios. Y de gran ascendente entre sus compañeros. Cuentan que tenía una voz fuerte y profunda, un poco al estilo de la de Menotti, y que era sentencioso y directo en sus conversaciones. Divertido a ratos, ácido otras veces. Siempre se le escuchaba.

Por esos años se acercaba ya el Mundial de Italia, de 1934, que Mussolini había decidido que tenían que ganar los suyos. Vio cómo tanto la final de los JJ OO de Ámsterdam (1928) como la del primer Mundial, el de Uruguay en 1930, la jugaron Argentina y Uruguay. Concluyó que el gran fútbol estaba en la desembocadura del Río de la Plata. Y comprobó la cantidad de apellidos italianos que había en la selección argentina. Se le encendió la bombilla e inventó los oriundos. Impulsó a los clubes italianos a fichar a esos italianos o hijos de italianos que tanto brillaban en el fútbol.

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Y ahí regresa Renato Cesarini a Italia. Para entonces estaba en Ferrocarril Oeste. Le fichó, dentro de lo que fue un gran éxodo, la Juventus, junto a Orsi y Monti. Estos dos jugarían el Mundial del 34 y lo ganarían, como había previsto Mussolini. Monti, apodado Doble Ancho por su tremenda corpulencia, tiene un registro único: jugó la final de 1930 con Argentina y la de 1934 con Italia.
Cesarini se perdió el Mundial porque la temporada 33-34 arrastró una lesión molesta. Pero triunfó: ganó cinco campeonatos consecutivos con la Juventus, entre 1931 y 1935, en lo que fue la segunda edad de oro de aquel club. Y también en la selección italiana, en la que debutó al poco de llegar y jugó 11 partidos, entre 1931 y 1934. Entonces no había impedimento para que quien hubiera jugado en una selección lo hiciera después en otra. Eso llegó en 1962.

Y con la selección italiana nació lo de la Zona Cesarini. Fue con ocasión de un Italia-Hungría, disputado el 13 de diciembre de 1931 en Turín. En el 89’, el partido estaba 2-2 y Cesarini, impaciente. Su compañero de línea, Raffaele Costantino, tenía el balón como a cuatro metros del área, y en la zona del interior derecho y parecía no saber qué hacer con él. Cesarini se le echó encima, le apartó con un empellón que le derribó al suelo, hizo un amago y soltó un cañonazo que entró junto a la cepa del palo izquierdo del meta húngaro. Italia ganó 3-2 gracias a esa audacia de Cesarini.

Hace años encontré la narración de la jugada, y hasta un dibujo de la misma, en un precioso Manuale del Gol, de Vezio Melegari, editado en 1974. Fue la primera vez que tuve noticia de la expresión Zona Cesarini. Ahí mismo se cuenta que pocos meses antes Cesarini había marcado sobre la hora en Berna el gol que significó el 1-1 entre Suiza e Italia. Esa repetición llevó a un periodista llamado Eugenio Danese a hablar del caso Cesarini, expresión que luego el uso transformó en Zona Cesarini.

Zona no entendida como lugar, sino como espacio temporal. Zona Cesarini llegó así en Italia a significar ese tiempo final dramático de los partidos, tramo en el que tantos goles están llegando en esta Eurocopa.

En un libro raro de encontrar, Storia Illustrata della Nazionale di Calcio, de Luigi Bocali, el propio Cesarini explica que se sentía especialista en ello desde sus tiempos de Chacarita Juniors. Y cuenta la jugada: “Eché a Costantino a un lado, con una carga por la espalda como si fuera un contrario, y lo mandé lejos; luego amagué como que iba a centrar hacia la izquierda, al extremo Orsi, y con el portero húngaro moviéndose en esa otra dirección tiré hacia el palo que tenía más cerca…”.

Aquello de Zona Cesarini quizá no se hubiera repetido tanto de no ser por su gran carrera posterior en el fútbol, ya como técnico, y por su acusada personalidad. Eso refrescaba la jugada una y otra vez, al compás que engrandecía su prestigio.

Regresó a Argentina, donde volvió a jugar en Charita y se retiró en el River Plate. Se quedó de técnico en este club, donde contribuyó, a medias con Carlos Peucelle, a crear la célebre delantera conocida como La Máquina, que aún se recita de memoria allá: Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Loustau. Detrás venía Di Stéfano, que también pasó por sus manos y siempre me habló de él con un respeto máximo.

—Él y Peucelle amaban el juego por bajo, exigían rasear la pelota. Si la tirabas por alto, se enfadaban. Te decían: “Escuchá, nene, ¿de qué está hecha la pelota”. Y tú: “De cuero, señor”. Y ellos, “¿Y de dónde viene el cuero?”. Y tú: “De la vaca, señor”. Y ellos: “¿Y qué come la vaca?”. Y tú: “Pasto, señor, come pasto…”. Y ellos te decían entonces: “¡Pues echá la pelota al pasto, boludo, no la levantés!”.

Con esas máximas se hicieron La Máquina y Di Stéfano. Y más adelante Omar Sívori, alias El Cabezón, un apunte de Maradona, aunque con menos velocidad. Cesarini, reclamado por la Juventus, regresó a Italia como director técnico del club y se lo llevó con él. Al principio fue un drama, porque Sívori se echó a la mala vida, no daba una a derechas y su inutilidad comprometía el prestigio del propio Cesarini. Hasta que éste le cogió un día por la pechera, en un entrenamiento:

—¿Qué te creés, Cabezón? ¿Un galán? ¡Si hubieran querido un galán hubieran contratado otro más lindo, no a vos! ¡Vos no naciste para galán, vos naciste para la gambeta!
Sívori se corrigió y triunfó. La Juventus ganó con él dos campeonatos seguidos, los 59-60 y 60-61. Él ganó el Balón de Oro de 1961. Trotamundos, entrenó también en México, volvió a Italia, al Nápoles, dirigió a Boca, dos años en la selección argentina... Murió prematuramente, aún con 62 años, en 1969, a causa de una embolia. Aún le quedaba mucho por explicar.
Quedan vivos bastantes jugadores que pasaron por sus manos, y es una delicia escucharles repetir una y otra vez sus anécdotas, con ese estilo rico y jocoso que tienen los argentinos para hablar de fútbol. En su homenaje crearon un club, el Renato Cesarini, en principio un divertimento para veteranos, más tarde una academia que ha dado buenos jugadores, entre ellos Mascherano.
Hoy se vuelve a hablar de Renato Cesarini, por esos goles tardíos que tanto llegan en la Eurocopa. Y yo me alegro. Merece que le recordemos.

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miércoles, 15 junio 2016

Por Alfredo Relaño

Iribar se quedó sin el partido número 50

—Fue algo muy raro… Estábamos en el autobús para ir a entrenar al campo del Pegaso cuando nos dijeron que Iribar no venía… Que se marchaba a Bilbao por un problema familiar grave… Sin más explicaciones.... Ni siquiera le vimos…

 

El que habla es Juan Manuel Asensi, y la escena que narra se produjo el miércoles 19 de mayo de 1976, sobre las seis y media de la tarde. España estaba concentrada en Madrid, con vistas a un partido contra Alemania. Aquel hubiera sido el partido número 50 de Iribar. Pero no lo jugó ni volvería más a la selección. Se quedó en 49. La explicación a la prensa fue otra: nos dijeron que tenía un dedo mal. Luego, aunque siguió jugando a gran nivel en el Athletic tres temporadas más, no volvió a ser llamado. Nunca jugó el partido 50. Aquello quedó envuelto en una nebulosa.

 

Iribar

 

A vista de hoy, cincuenta partidos en la Selección no parecen algo extraordinario, pero entonces lo eran. Ricardo Zamora había dejado el récord de internacionalidades en 46, tras permanecer de 1920 a 1936 como titular, cediendo muy pocos partidos. En un tramo de tiempo parecido, Casillas ha acumulado 166. Pero es que antes había mucha menos actividad internacional. El récord de Zamora se consideró por mucho tiempo una barrera inalcanzable. Resistió a los Zarra, Gaínza, Puchades, Ramallets, Garay, Segarra, Amancio, Gento y tantos otros grandes y longevos jugadores que hubo en las décadas siguientes. Gento fue el que más se le acercó. Se quedó en 43.

 

Iribar apareció en el Athletic en la 1962-63, deslumbrando. Desplazó al gran Carmelo, que fue traspasado al Espanyol. Debutó en la Selección el 11 de marzo de 1964, con solo 21 años, lo que se consideró algo excepcional. Se suponía que los porteros tardaban en madurar más que los jugadores de otras posiciones. Pero era un fenómeno, con un físico perfecto para el puesto, reflejos, colocación, sobriedad… Con él, España ganó a los pocos meses la Eurocopa ante la URSS.

 

Pronto fue un gran favorito de la afición de toda España. Fue célebre la reacción de la afición bilbaína en la final de Copa de 1966, cuando pese a perder con el Zaragoza 2-0 le pasearon a hombros al grito de: “¡Como Iribar no hay ninguno. Iribar, Iribar, Iribar es cojonudo…!”. Toda España le quiso, como prototipo de vasco serio y futbolista cabal. Sostuvo algunos años malos del Athletic, en los que llegó a acuñarse la frase: “El Athletic son Iribar y diez más”. Era del Athletic, pero era patrimonio de todos. Se le quiso y respetó tanto como ahora se quiere y respeta a Nadal, por buscar un ejemplo próximo.

 

Se instaló en la selección, casi sin competencia. Por alguna lesión o baja forma, cedió algún partido a Sadurní o a Betancort, pero en general fue inamovible. Como había empezado tan joven, se empezó a especular en algún momento que sí, que esta vez alguien podría alcanzar la barrera mítica de los 46 de Zamora.

 

Y llegó. Fue, digamos, en dos partidos consecutivos contra Escocia, en la fase de clasificación de la Eurocopa de 1976. En Hampden Park (1-2) cumplió el 46. Era el 20 de noviembre de 1975, justo un año antes de que muriera Franco. El 5 de febrero de 1975, en Valencia (1-1), hizo el 47, desempatando con Zamora.

 

Los cincuenta los podría haber cumplido antes, pero por esos años empezaba a tener dolores de espalda, lo que permitió algunas apariciones de Reina, García Remón y Deusto. También tuvo un parón por un tifus que mantuvo a todo Bilbao en vilo, con mucha gente ofreciendo misas y novenas por él. Me contó que un día sintió la muerte muy cerca.

 

—Me vi a mí mismo en la cama, rodeado de la familia. Contemplé la escena como desde el techo. En eso sentí que caí de golpe, volví a estar dentro de mí. Me desperté, empezó a bajar la fiebre y me curé.

 

Cumplió el 48 ante Rumania, en abril de 1975. Los dos siguientes (ante Dinamarca y Rumania) los juega Miguel Ángel. En el primero de ellos Iribar, con molestias, es suplente. En el segundo, el suplente es Deusto.

 

España pasa la fase de grupos y ha de jugar en cuartos contra Alemania. (Entonces la fase final de la Eurocopa se limitaba a semifinales y final, todo lo anterior se jugaba en los distintos países). En el Manzanares, el 24 de abril de 1976 (primer partido de la selección después de muerto Franco), juega su partido número 49, 1-1.

 

Se vivían las agitaciones de la Transición, difíciles de entender desde la mentalidad de ahora. Iribar firmó para la llamada Junta Proamnistía, lo mismo que Irureta y varias decenas de notables de la sociedad vasca, entre ellos Chillida. Aquel movimiento no es equiparable al de las actuales gestoras proamnistía. A la muerte de Franco, estaba muy extendida en capas de la población de toda España una mirada indulgente hacia ETA, que luego esta fue perdiendo con su actitud posterior. La izquierda en general no veía a los etarras como terroristas, sino como presos políticos del franquismo.

 

Más tarde, Iribar daría nuevas muestras de compromiso con la causa vasca. Es muy recordada la estampa de la ikurriña, portada por él y Kortabarria en un derbi vasco, cuando aún era una enseña prohibida. Eso fue en diciembre de 1976. Tres años después, en su última temporada en activo, aceptó un puesto como independiente en la Mesa Nacional de Herri Batasuna, gesto que le generó ya rechazo general en toda España. Para entonces, ETA empezaba a ser considerada como un sabotaje al intento general de reconciliación.

 

Se fue apartando discretamente de aquel mundo y es sabido que el tema no le gusta.

 

En el aire quedó la pregunta: ¿por qué nunca jugó el partido número cincuenta? Don Balón llegó a publicar que, amenazado por ETA, rogó a Kubala que no le llamara más. Desde el mundo abertzale se deslizó que él mismo se negó, para no ser utilizado como un símbolo de España. Sin embargo, en declaraciones suyas de tiempos relativamente recientes, he leído que hubiera querido cumplir los 50 partidos. Y también en el libro Iribar irudia eta eredua, de Pedro Mari Goikoetxea, traducido al castellano por Carlos Latxaga con el título Iribar, la alargada sombra del Txopo. “Estaba en plena forma y hubiera podido conseguirlo, pero no me convocaron más”.

 

Sobre este asunto he cruzado unos mensajes con él estos días. No quería extenderse sobre ello, pero a mi pregunta de si existió causa (familiar o de lesión) para su abandono de la concentración antes del viaje a Alemania, me contestó:

 

—Estaba entero y ningún problema familiar.

 

Y a la de si hubiera querido retirarse con cincuenta partidos, me contestó:

 

—Si me hubiera convocado Kubala HUBIERA JUGADO EL CINCUENTA.

 

(Las mayúsculas son suyas).

 

El presidente de la Federación, Pablo Porta, era un hombre muy de derechas. El seleccionador era Kubala. ¿Recibió alguna orden? Ninguno de los dos vive. No se les puede consultar.

 

El primero que alcanzó los 50 fue Arconada. Luego, Zubizarreta llegó a los cien. Casillas pasó hace tiempo de los 150. Hoy tenemos 36 jugadores que han pasado los cincuenta. Esa barrera ya no impresiona, pero en su día fue debate nacional.

 

Porque Iribar fue mucho Iribar.

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Por Alfredo Relaño

Iribar se quedó sin el partido número 50

—Fue algo muy raro… Estábamos en el autobús para ir a entrenar al campo del Pegaso cuando nos dijeron que Iribar no venía… Que se marchaba a Bilbao por un problema familiar grave… Sin más explicaciones.... Ni siquiera le vimos…

El que habla es Juan Manuel Asensi, y la escena que narra se produjo el miércoles 19 de mayo de 1976, sobre las seis y media de la tarde. España estaba concentrada en Madrid, con vistas a un partido contra Alemania. Aquel hubiera sido el partido número 50 de Iribar. Pero no lo jugó ni volvería más a la selección. Se quedó en 49. La explicación a la prensa fue otra: nos dijeron que tenía un dedo mal. Luego, aunque siguió jugando a gran nivel en el Athletic tres temporadas más, no volvió a ser llamado. Nunca jugó el partido 50. Aquello quedó envuelto en una nebulosa.

 

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A vista de hoy, cincuenta partidos en la Selección no parecen algo extraordinario, pero entonces lo eran. Ricardo Zamora había dejado el récord de internacionalidades en 46, tras permanecer de 1920 a 1936 como titular, cediendo muy pocos partidos. En un tramo de tiempo parecido, Casillas ha acumulado 166. Pero es que antes había mucha menos actividad internacional. El récord de Zamora se consideró por mucho tiempo una barrera inalcanzable. Resistió a los Zarra, Gaínza, Puchades, Ramallets, Garay, Segarra, Amancio, Gento y tantos otros grandes y longevos jugadores que hubo en las décadas siguientes. Gento fue el que más se le acercó. Se quedó en 43.

Iribar apareció en el Athletic en la 1962-63, deslumbrando. Desplazó al gran Carmelo, que fue traspasado al Espanyol. Debutó en la Selección el 11 de marzo de 1964, con solo 21 años, lo que se consideró algo excepcional. Se suponía que los porteros tardaban en madurar más que los jugadores de otras posiciones. Pero era un fenómeno, con un físico perfecto para el puesto, reflejos, colocación, sobriedad… Con él, España ganó a los pocos meses la Eurocopa ante la URSS.

Pronto fue un gran favorito de la afición de toda España. Fue célebre la reacción de la afición bilbaína en la final de Copa de 1966, cuando pese a perder con el Zaragoza 2-0 le pasearon a hombros al grito de: “¡Como Iribar no hay ninguno. Iribar, Iribar, Iribar es cojonudo…!”. Toda España le quiso, como prototipo de vasco serio y futbolista cabal. Sostuvo algunos años malos del Athletic, en los que llegó a acuñarse la frase: “El Athletic son Iribar y diez más”. Era del Athletic, pero era patrimonio de todos. Se le quiso y respetó tanto como ahora se quiere y respeta a Nadal, por buscar un ejemplo próximo.

Se instaló en la selección, casi sin competencia. Por alguna lesión o baja forma, cedió algún partido a Sadurní o a Betancort, pero en general fue inamovible. Como había empezado tan joven, se empezó a especular en algún momento que sí, que esta vez alguien podría alcanzar la barrera mítica de los 46 de Zamora.

Y llegó. Fue, digamos, en dos partidos consecutivos contra Escocia, en la fase de clasificación de la Eurocopa de 1976. En Hampden Park (1-2) cumplió el 46. Era el 20 de noviembre de 1975, justo un año antes de que muriera Franco. El 5 de febrero de 1975, en Valencia (1-1), hizo el 47, desempatando con Zamora.

Los cincuenta los podría haber cumplido antes, pero por esos años empezaba a tener dolores de espalda, lo que permitió algunas apariciones de Reina, García Remón y Deusto. También tuvo un parón por un tifus que mantuvo a todo Bilbao en vilo, con mucha gente ofreciendo misas y novenas por él. Me contó que un día sintió la muerte muy cerca.

—Me vi a mí mismo en la cama, rodeado de la familia. Contemplé la escena como desde el techo. En eso sentí que caí de golpe, volví a estar dentro de mí. Me desperté, empezó a bajar la fiebre y me curé.

Cumplió el 48 ante Rumania, en abril de 1975. Los dos siguientes (ante Dinamarca y Rumania) los juega Miguel Ángel. En el primero de ellos Iribar, con molestias, es suplente. En el segundo, el suplente es Deusto.

España pasa la fase de grupos y ha de jugar en cuartos contra Alemania. (Entonces la fase final de la Eurocopa se limitaba a semifinales y final, todo lo anterior se jugaba en los distintos países). En el Manzanares, el 24 de abril de 1976 (primer partido de la selección después de muerto Franco), juega su partido número 49, 1-1.

Se vivían las agitaciones de la Transición, difíciles de entender desde la mentalidad de ahora. Iribar firmó para la llamada Junta Proamnistía, lo mismo que Irureta y varias decenas de notables de la sociedad vasca, entre ellos Chillida. Aquel movimiento no es equiparable al de las actuales gestoras proamnistía. A la muerte de Franco, estaba muy extendida en capas de la población de toda España una mirada indulgente hacia ETA, que luego esta fue perdiendo con su actitud posterior. La izquierda en general no veía a los etarras como terroristas, sino como presos políticos del franquismo.

Más tarde, Iribar daría nuevas muestras de compromiso con la causa vasca. Es muy recordada la estampa de la ikurriña, portada por él y Kortabarria en un derbi vasco, cuando aún era una enseña prohibida. Eso fue en diciembre de 1976. Tres años después, en su última temporada en activo, aceptó un puesto como independiente en la Mesa Nacional de Herri Batasuna, gesto que le generó ya rechazo general en toda España. Para entonces, ETA empezaba a ser considerada como un sabotaje al intento general de reconciliación.

Se fue apartando discretamente de aquel mundo y es sabido que el tema no le gusta.

En el aire quedó la pregunta: ¿por qué nunca jugó el partido número cincuenta? Don Balón llegó a publicar que, amenazado por ETA, rogó a Kubala que no le llamara más. Desde el mundo abertzale se deslizó que él mismo se negó, para no ser utilizado como un símbolo de España. Sin embargo, en declaraciones suyas de tiempos relativamente recientes, he leído que hubiera querido cumplir los 50 partidos. Y también en el libro Iribar irudia eta eredua, de Pedro Mari Goikoetxea, traducido al castellano por Carlos Latxaga con el título Iribar, la alargada sombra del Txopo. “Estaba en plena forma y hubiera podido conseguirlo, pero no me convocaron más”.

Sobre este asunto he cruzado unos mensajes con él estos días. No quería extenderse sobre ello, pero a mi pregunta de si existió causa (familiar o de lesión) para su abandono de la concentración antes del viaje a Alemania, me contestó:

—Estaba entero y ningún problema familiar.

Y a la de si hubiera querido retirarse con cincuenta partidos, me contestó:

—Si me hubiera convocado Kubala HUBIERA JUGADO EL CINCUENTA.

(Las mayúsculas son suyas).

El presidente de la Federación, Pablo Porta, era un hombre muy de derechas. El seleccionador era Kubala. ¿Recibió alguna orden? Ninguno de los dos vive. No se les puede consultar.

El primero que alcanzó los 50 fue Arconada. Luego, Zubizarreta llegó a los cien. Casillas pasó hace tiempo de los 150. Hoy tenemos 36 jugadores que han pasado los cincuenta. Esa barrera ya no impresiona, pero en su día fue debate nacional.

Porque Iribar fue mucho Iribar.

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miércoles, 08 junio 2016

Por Alfredo Relaño

Chicas, gabarra, biscúter y Florentino

Veo la foto de la comitiva que paseaba en triunfo a las chicas del Athletic por la ciudad y la encabeza un Biscúter. Me pareció un detalle simpático. Ese cochecillo (o no sé ni si llegaba a eso) forma parte de la imágenes de mi infancia. Me imagino a muchos abuelos contándoles a sus nietos qué era aquello.

El caso es que la originalidad del desfile, que sacó a la calle a diez mil personas, fue el Biscúter, no La Gabarra, como algunos y algunas (más de éstas, claro) habían pedido. La Gabarra no ha vuelto a salir desde aquellas dos Ligas consecutivas (una con doblete) de los tiempos de Clemente. Se volvió a hablar de ella cuando estas recientes finales de Copa del Athletic, que perdió. Sí ganó la Supercopa, ante el Barça de Messi, nada menos, y entonces hubo insistencia en sacarla de nuevo. La directiva lo desestimó. Lo consideró un título menor, y en verdad lo era. Sacarla se considera un homenaje de rango tan elevado que no se quiso trivializar.

Ahora ha habido polémica. Las chicas no es que hayan ganado la Liga, es que ya llevan cinco. El Athletic de chicas ha sido el gran impulsor del crecimiento del fútbol femenino en España. Ya hace tiempo que consiguieron meter una considerable cantidad de público en San Mamés. Esta vez les hubiera gustado tener el reconocimiento máximo, ver cómo La Gabarra se soltaba del amarre por ellas y volvía a recorrer el Nervión, recogiendo aplausos desde las dos orillas.

Me parece algo bastante íntimo del sentimiento athlético como para meterme sin pedir disculpas previas. Desde una mirada lejana, es difícil no admitir que hay una discriminación. Y, vista la respuesta que ha habido en la calle, parece que podría haber sido una buena idea. Habrían estado animadas las márgenes del Nervión. Y era una quinta Liga, no una Liga. Hubiera sido bueno para el fútbol femenino, que está tirando muy para arriba, esa imagen.

Esto dicho, me sabe mal que el Athletic quede a contrapié a causa del fútbol femenino cuando ha sido quizá el club que más ha hecho por él. No hubo Gabarra, pero hubo recepción en el Ayuntamiento, paseo por al ciudad, una multitud aclamando. Y ya digo más arriba que las chicas han jugado en el viejo San Mamés con alguna frecuencia y buena cantidad de público.

Se habla de discriminación porque ha salido a reducir lo de La Gabarra, pero me basta mirar a otro club que ha hecho mucho por el fútbol femenino, el Barça. Había ganado las últimas cuatro Ligas. Tampoco se han celebrado como las de los chicos, ni por asomo. No ha habido rúa, no ha habido recepción en el Ayuntamiento, no ha habido fiesta en el estadio. En algún caso, si el título ha coincidido con un partido de los chicos en casa, han salido a saludar en los prolegómenos y se han llevado el correspondiente aplauso. Pero nada que ver con los festejos que han provocado los títulos de los hombres.

Y podemos mirar al Madrid. Ni siquiera tiene equipo. A la mentalidad retardataria de Florentino le choca tener equipo de chicas. Ni siquiera lo tiene en baloncesto. Aquí es menos grave, porque el baloncesto femenino tiene un gran desarrollo en España, pero al fútbol femenino le haría un gran bien que el Madrid se apuntara. De hecho, están todos los demás clubes de campanillas. Lo del Madrid es una clamorosa ausencia.

LaLiga está apoyando, el fútbol femenino crece en España y en el mundo. Las chicas de Estados Unidos, que como selección son una potencia, exigen ya ganar tanto como los chicos, cuyos logros son mucho menores. Allí practican el fútbol más mujeres que hombres.

El desarrollo en España es más lento, pero no culpemos de eso al Athletic, que ha ido en cabeza. No le culpemos aunque no haya desamarrado la Gabarra. Ha hecho más que otros y desde antes. Ha hecho más que nadie.

Más que La Gabarra, lo que el fútbol femenino necesita en España es al Madrid. ¡Y le costaría tan poco!

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Por Alfredo Relaño

¡¡¡Lombardía, déjate meter un gol, que está arreglaooo…!!!

A la última jornada de la temporada 1971- 1972 llegó el Oviedo ascendido a Primera, y tres equipos, Zaragoza, Castellón y Elche, en pugna por los otros dos puestos. El Oviedo cerró la Liga en Elche y allí se produjo una escena cochambrosa que habla de a qué niveles llegó el fútbol. Esta historia la conocí por el Información de Alicante,en la pluma de mi colega Toni Cabot. He recabado algunos datos, más, pero a él debo la historia y la foto, cuya autoría corresponde a Perfecto Arjones.

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El Oviedo había recibido al Zaragoza en la penúltima jornada. Le bastaba con empatar para conseguir el ascenso. Al Zaragoza, el empate le dejaba bien para la última jornada. Pactaron empatar a cero y empataron... a uno y con problemas. Galán marcó para el Oviedo, casi sin querer, y luego al Zaragoza le costó un triunfo batir a Lombardía, el meta del Oviedo, que iba por el Zamora de Segunda y no quería saber nada de apaños. Los jugadores del Zaragoza se enfadaron. Por fin empató Luis Costa, con un gol de verdad. El Oviedo celebró su ascenso.
Una semana después, el 1 de junio terminaba el campeonato. De manera singular, por cierto, pues la jornada que quedaba se arrastraba desde seis meses atrás. Era, nominalmente, la jornada 15 y debía haberse disputado el 1 de enero, pero los jugadores consiguieron que se les diera la fecha libre y que se corriera esa jornada al final del campeonato, como una especie de 38 bis.

En lo que respecta al ascenso, incluía el Elche-Oviedo, el Castellón-Mallorca y el Zaragoza-Cádiz. Mallorca y Cádiz no se jugaban nada. Al Castellón, que había ganado el domingo anterior 0-1 en Santander, le bastaba con ganar en casa y se sentía muy superior. Era un buen Castellón, con Muller en el banquillo, Araquistain en la portería y Planelles en el centro de ataque. Pero el Zaragoza necesitaba ganar su partido y que no ganara el Elche.

Lombardía, me cuenta: “El Zaragoza nos ofreció una prima enorme, un millón para repartir entre la plantilla. Aceptamos. Primas por ganar siempre se han dado y se han seguido dando. Otra cosa es cobrar por dejarse ganar. Eso no se puede hacer”.

El Elche no dio ningún paso. Martínez Valero, presidente de la entidad, confiaba en las buenas relaciones entre los dos clubes y en una especie de ley de bronce que de tiempo inmemorial existe en Segunda División. Nada más acabar el sorteo de la Liga, los clubes que se van a enfrentar en la última jornada hablan entre sí y pactan: si a uno de los dos le hacen falta los puntos y al otro no, que sean para el que los necesita. Un secreto que ha ido atravesando los tiempos. Una ley que rara vez se vulnera.

Así que Martínez Valero confiaba en que el Oviedo no apretara. Además, llegaba ya campeón, después de pasar una semana feliz y relajada, llena de comilonas y sidra con familiares y amigos.

Pero el Zaragoza estimuló al Oviedo con ese millón para la plantilla más medio millón para Eduardo Toba, el entrenador, según he podido saber por otra fuente.
A las cinco de la tarde, el estadio de Altabix está a reventar. El ambiente es de optimismo. Le avisan a Martínez Valero de que parece que el Zaragoza ha ofrecido algo, pero no se preocupa.

El Oviedo sale con todo. No perdona un balón, ataca, se repliega, corren todos bajo un sol que no les podía resultar cómodo, hechos como estaban al clima asturiano. El público empieza a mosquearse. “¿Estos por qué corren tanto?”. “Dicen que les ha untao el Zaragoza”. “¡Qué cabrones…!”. El marcador no se mueve, y mientras el simultáneo y los transistores van dando noticias inquietantes: Castellón 1, Mallorca, 0… Zaragoza 1, Cádiz 0… Castellón 2, Mallorca 0… Zaragoza 2, Cádiz 0… Cada gol provoca un ¡aaahhhh! de decepción en Altabix.

Llega el descanso con la gente comiéndose las uñas. Joaquín Vidal, directivo y delegado de campo, sube a ver a Martínez Valero y le convence de que hay que hacer algo. El presidente le autoriza a ofrecer medio millón. Joaquín Vidal baja a vestuarios, llama a la puerta del Oviedo y le permiten pasar. Lombardía retoma el relato:

—Ofreció medio millón por dejarnos ganar. Pero le dijimos que no, y no porque fuera menos. Una cosa es cobrar por ganar y otra por perder. Se enfadó, se fue gritando “peor para vosotros, porque vais a perder igual y os vais a quedar sin nada” y dio un portazo.

El Elche salió en el segundo tiempo como una moto. Atacó mucho, pero Lombardía fue una fiera. Dos veces le salvó el palo. En una ocasión se llevó una patada en la cabeza y no se inmutó: “No sé qué pasó, pero me sentía invulnerable. Aquel fue el mejor año de mi carrera”. En efecto, acabaría esa Liga con 19 goles encajados en 38 partidos, récord de todas las categorías nacionales.

De Zaragoza llegan más noticias: Zaragoza 3, Cádiz 0. Joaquín Vidal no espera más, sube a hablar con Martínez Valero y baja con una propuesta con la que se dirige a Eduardo Toba, en el propio banquillo del Oviedo. Los suplentes oyen la conversación:

—Me ha dicho el presidente que os da la taquilla de hoy. ¡Toda para vosotros!

—Demasiado tarde.

La lacónica respuesta de Toba desespera a Joaquín Vidal, que intenta una pirueta final: engañar a Lombardía. Como calcula que ha podido verle hablando con Toba, recorre la banda, luego el fondo, se coloca junto al palo y, con medio cuerpo dentro del campo, empieza a gritarle:

—“¡Lombardía, Lombardía! ¡Que está todo arreglaoooo! ¡Déjate meter un gol!”.

Lombardía tarda en oírle, con el fragor del partido, mientras el estadio entero se huele lo que está pasando. Y los que están tras la portería lo oyen perfectamente.

—Desde el banquillo, Rubiera, nuestro utilero, me hacía gestos de que no. Entendí enseguida lo que pasaba. Le dije que se fuera. Él insistió hasta que el árbitro, Juango, le echó de allí.

El Elche siguió apretando, Lombardía siguió parando. El partido acabó 0-0, el Zaragoza ganó 4-0 al Cádiz. El Elche se quedó sin ascenso.

—Nos quedamos más de una hora en el campo, porque había agitación fuera. Aún así, nos apedrearon al salir. En Aspe nos estaba esperando un enviado del Zaragoza con el dinero. Cumplieron.

Cada jugador se llevó 80.000 pesetas. Con ese dinero casi te comprabas un piso en Oviedo en la época.

Y para el recuerdo quedó el intento desesperado de Joaquín Vidal, reflejado en esa foto de Arjones, el mejor testimonio de una época que pienso que estamos camino de superar.

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