as.com Ver todos los blogs >

Me gusta el fútbol

El blog de Pipo lópez

Categorías

Calendario

julio 2015
lun. mar. mié. jue. vie. sáb. dom.
    1 2 3 4 5
6 7 8 9 10 11 12
13 14 15 16 17 18 19
20 21 22 23 24 25 26
27 28 29 30 31    

Subscríbete a RSS

Añadir este sitio a RSS

¿Que es RSS?

Es una tecnología que envía automáticamente los titulares de un medio a un programa lector o agregador. Para utilizar las fuentes RSS existen múltiples opciones. La más común consiste en instalar un programa llamado 'agregador' o lector de noticias.

publicidad

jueves, 30 julio 2015

Por Alfredo Relaño

Coppi estrenó el Alpe d’Huez

“Ha sido asombrosa la subida de esta formidable cuesta de Alpe d'Huez que desbanca, desde luego, por su porcentaje y espectacularidad, a todas las cuestas de la Vuelta a Francia. Y aunque el Tourmalet le aventaja en cuatro kilómetros de longitud, no obstante la de hoy es superior desde todos los puntos de vista. Se trata de catorce kilómetros, de los que la mitad es un tendido continuado de hasta un doce por ciento como mínimo. Una vez allí, y aunque aparatosas por sus zig-zags frecuentes, su pendiente disminuye cuando las piernas parecía que tenían que resentirse y la inclinación se suponía igual a la primera parte.”

Alpe

Así describía Manuel Serdán, en su crónica de Marca del sábado 5 de julio de 1952, la subida a L’Alpe d´Huez, estreno ese año en el Tour. No era propiamente un puerto, sino la subida a una estación de esquí, sin bajada por detrás. La ganó Fausto Coppi, El Campeonísimo. Su dureza hizo que no se programara de nuevo hasta 1976. Desde entonces ha sido casi permanente y casi siempre decisiva, como ha resultado de nuevo esta vez, con Froome sufriendo los arreones de Quintana. “He creído morir de mil muertes”, dijo Froome al llegar. Lo mismo que le pasó a todo el pelotón en 1952, torturado por Coppi.

Fausto Coppi fue un genio, al que sólo la Segunda Guerra Mundial, que interrumpió las actividades en lo mejor de su edad, impidió tener un palmarés igual o mejor que Merckx. Su rivalidad con Gino Bartali, cinco años mayor, fue legendaria.

Coppi apareció en el Giro como doméstico de Bartali en 1940, y lo ganó. Desbancó a su intocable jefe de filas, ganador ya por entonces del Giro en el 36, y el 37, y del Tour del 38. ¿Quién era ese mocoso que se atrevía a desbancarle?

Ese mocoso era un chico espigado, de cuerpo leve, nariz aerodinámica, sonrisa triste y dos piernas muy largas, fortísimas en los muslos, finísimas hacia el tobillo. Apareció junto a su enigmático descubridor, Biagio Cavanna, su masajista ciego. Había sido boxeador y corredor de pista antes de perder la visión por una enfermedad venérea. Alguien le habló del joven Coppi y le tomó a su cargo. Fue su masajista (decían que sus dedos emitían radiaciones curativas) y su consejero.

No hubo Giro del 41 al 45, ni Tour desde el 40 al 46, ambos inclusive. Durante la guerra, Coppi incluso estuvo prisionero de los ingleses en Túnez, desde abril del 43 hasta febrero del 45. Con la paz volvió el ciclismo. El Giro del 46 lo ganó Bartali, por delante de Coppi. Hacía diez años que había ganado su primer Giro. Y en 1948 ganó el Tour, diez años también después del primero.

Pero Coppi no le dejaba vivir. Ganó el Giro de 1947, el Giro y el Tour de 1949. Con este Tour, en el que perdió media hora el primer día, dio el gran salto. Era la primera vez que un corredor ganaba Giro y Tour el mismo año. Los franceses quedaron de verdad impresionados. Allí, Fausto pasó a ser Fostó.

Aquella legendaria rivalidad estaba en sus máximos en 1952. Italia se dividía entre ambos. Para más leña al fuego, Coppi se había declarado agnóstico, mientras Bartali era un fervoroso creyente, al que apodaron El Monje Volador. Físicamente también eran muy distintos. Bartali era macizo, proteico; Coppi, aéreo, con tipo de ave zancuda. Coppi era el favorito de los intelectuales; Bartali, el del pueblo. Alfredo Binda, el seleccionador italiano, tuvo enormes problemas para hacer el equipo para el Tour del 52, porque ambos, más un tercero en discordia, el gran Fiorenzo Magni, querían imponer sus domésticos favoritos. Italia acudió en la idea de que Coppi sería el jefe de filas… en principio. Luego, la carrera decidiría.

Y la carrera decidió en la décima etapa, la del Alpe d’Huez. Se llegó a allí, curiosamente, con el maillot amarillo en las espaldas de otro italiano, Andrea Carrea, fiel doméstico de Coppi. La víspera se había metido en una escapada, para controlar. La fuga prosperó y él acabó la jornada como líder, sin comerlo ni beberlo. Lloró. Temía haber contravenido a su jefe, que le tuvo que tranquilizar.

Pero estábamos en la décima etapa, Lausana-Alpe d’Huez. En Bourg d’Oissans arrancaron Robic y Geminiani, dos franceses que también se las tenían entre sí. Tras ellos saltó Coppi, les alcanzó, les rebasó. Robic le aguantó la rueda más tiempo, con su cuerpo pequeño y su estilo epiléptico. Coppi subía a marcheta, con suaves acelerones, casi imperceptibles. Le soltó de rueda. Llegó arriba solo. Se puso líder.

Por las dudas, el día siguiente ganó también la gran etapa alpina, que incluía la Croix de Fer, el Galibier, Lautaret, Monginèvre y la meta en alto en Sestriere. Coppi se va solo desde el Galibier, gana de nuevo. Segundo ese día será Bernardo Ruiz, al que suelo visitar los veranos en Torrevieja: “Es el mejor que ha habido. El único que podía irse cuesta arriba y luego aumentar la ventaja bajando y llaneando. Además, corría y dejaba correr. Él marcaba unas etapas en las que resolver y el resto lo dejaba para otros”.

Bernardo Ruiz fue tercero en ese Tour, lo que le convirtió en gloria nacional. Aún tiene el récord de grandes vueltas (Vuelta, Giro y Tour) consecutivas terminadas: doce, entre 1954 y 1958. En el 55, 56 y 57 hizo las tres. Ayer, al llegar a París, le igualó Adam Hansen. Han pasado 57 años hasta que alguien ha igualado su récord.

Bartali tuvo que inclinar la cabeza ante Coppi. El signo de sumisión llegó en la etapa siguiente, Sestriere-Mónaco. Coppi pincha y Bartali le pasa la rueda. En Italia, el gesto será noticia de primera página. Muchos afirman que la célebre foto en que se pasan el agua es de ese mismo día. La superioridad de Coppi fue tal que la organización aumentó sobre la marcha en 500.000 francos el premio para el segundo. Coppi ganó con 28m17s sobre Ockers, que se llevó ese premio extra. Casi tanta distancia hubo entre Coppi y Ockers como entre éste y el décimo, el español Gelabert.

Ganó dos Tours, cinco Giros, un Mundial, el récord de la hora, tres Milán-San Remo, cinco Giros de Lombardía, una París-Roubaix y una Flecha Valona, e innumerables carreras menores. Eso después del corte de la guerra y de pasar el 1950 casi entero lesionado, con graves fracturas y 1951 hundido por la muerte de su hermano Serse, que se mató al meter la rueda en una vía de tranvía en Turín, en el Giro del Piamonte.

Su fama se agrandó por su vida personal. Abandonó a su mujer, Bruna Ciampolini, La Dama Nera, siempre vestida de negro, por la de su médico, Giulia Occhini, La Dama Bianca, siempre de blanco. La Italia de la época, tan católica, lo desaprobó. Tuvo hasta una admonición del Papa. La Dama Bianca fue encarcelada tres días, por denuncia de adulterio por parte del marido abandonado. Se casaron en Buenos Aires, matrimonio que Italia no reconocíó. Tuvieron un hijo allí, conocido en Italia como Coppino.

Murió en enero de 1960, antes de los 40. Aún corría exhibiciones para mantener a sus dos familias. Fue invitado con otros ciclistas a una cacería en Burkina Fasso, a cambio de correr un critérium. Volvió enfermo. Se pensó primero en una gripe, luego en neumonía. De Francia avisaron que Geminiani había regresado con malaria, pero no hicieron caso. Y murió de malaria, mientras Geminiani, bien tratado, se salvaba.

Una de las curvas del Alpe d'Huez lleva su nombre.

Archivado en Deportes

miércoles, 22 julio 2015

Por Alfredo Relaño

Pero Manzaneque dijo: “¡Leches!”

—Yo pude ganar el Tour del 67. Pero Manzaneque dijo: ¡Leches! Y me fastidió.

 

El Tour de 1967 se corrió por equipos nacionales. Aquellos eran años de vaivén, en los que pasaba de equipos comerciales a nacionales con alguna frecuencia. Cada corredor lucía un cartel con la publicidad de su marca, pero el maillot era el nacional. En el caso de España, gris cruzado por una franja con los colores de la bandera.

RELAÑO

España mandó dos equipos: el A, el suyo, y el Promesa, cuyo jefe de filas era, contradictoriamente, un gran veterano, Fernando Manzaneque, de 33 años. Un manchego duro. Era de Campo de Criptana, el mismo pueblo de Sara Montiel.

 

Los dos equipos, cuyos jefes eran Gabriel Saura y José Serra, acordaron hacer bolsa común para repartir los premios y comportarse como uno solo. Pero no sería tan así. Unos eran del Fagor, otros del Ferrys, otros del Margnat Paloma... Con frecuencia había acuerdos extranacionales con corredores de la misma marca comercial y de otra selección. Los patronos del equipo con el que se corría el resto de la temporada lo imponían. Era un lío. Y además, a España le faltaron los del Kas, el gran equipo español. El Kas había corrido Vuelta y Giro y sus hombres no fueron al Tour.

 

La cosa empezó entre optimismo, porque Errandonea cogió el maillot el primer día y Jiménez pasó bien las primeras etapas llanas, incluida la Amiens-Roubaix, con el pavés. Goddet, el patrón del Tour, declara que ha sido el vencedor moral en el pavés. Al salir de esas etapas indemne, refuerza su candidatura.

 

Pero entre Roubaix y Jambes sobreviene el gran contratiempo. Ginés García desencadena un ataque furioso que destroza el pelotón. Al final se hunde y el resultado es que gana el francés Roger Pingeon, un doméstico de Poulidor. Se pone líder, con más de siete minutos sobre Julio Jiménez. No parece grave en principio, al fin y al cabo no es más que un doméstico instalado ahí por una escapada-bidón.

 

Pero en los Vosgos, Poulidor sufre un montón de calamidades y pierde 20 minutos. A partir de ese momento, trabajará para Pingeon, todo un refuerzo. Jiménez, que encuentra poco apoyo entre los españoles, busca el de Aimar, compañero de su marca comercial, el Bic, al que él había ayudado mucho a ganar el Tour anterior. Pero en Francia lo detectan y obligan a este a cambiar de actitud.

 

El resto del Tour es una lucha titánica de Julio Jiménez contra Pingeon, al que va recortando tiempo pacientemente. Una lucha se ve salpicada por la muerte del inglés Tom Simpson, recogida casi en directo por las cámaras. En el paisaje lunar del Mont Ventoux, a una temperatura entre los cuarenta y los cincuenta grados, empieza a dar tumbos a tres kilómetros de la cima. Cae, le montan en la bici, vuelve a caer. El médico le pone oxígeno, un helicóptero le lleva al hospital donde ingresará fallecido.

 

Calor, falta de líquidos, anfetaminas y hasta coñac se unieron para ese desenlace, que provocó la primera gran alarma contra el doping en el ciclismo. En aquel tiempo, los equipos no podían dar líquidos a sus corredores más que en los avituallamientos. En esa etapa, de 211,5 kilómetros, hubo dos. Los ciclistas paraban en fuentes, cascadas o arroyos. A veces asaltaban los bares. Entraban como alimañas, se llevaban de todo. Ese día, un doméstico de Simpson se había llevado, casi a ciegas, Coca-Cola y una botella de coñac. Simpson bebió de las dos. Poco después moriría. Era campeón del mundo. Murió con el maillot arcoíris.

 

Cuando Julio Jiménez llegó al Mont Ventoux, demarró. Le acompañó Poulidor mientras pudo, luego cedió para tirar de Pingeon. Jiménez fue adelantando a corredores de una escapada previa, en el llano. Pasó por donde la tragedia sin enterarse. Saura le dijo que ya era primero. Coronó en cabeza el Mont Ventoux ese dramático día. Luego, en la bajada, el grupo de Pingeon y Poluidor le alcanza a quince kilómetros de la meta.

 

El 17 de julio, la Toulouse-Luchon, cabalgada por los Pirineos, era la gran ocasión. La noche anterior, Saura y Serra reunieron lo que quedaba de sus dos equipos. Se acordó que en el kilómetro 50 saltara Manzaneque. Muy retrasado en la general, por lo que no le vigilarían. Luego saltaría Julio Jiménez, en el Portet d'Aspet, Manzaneque le esperaría y juntos subirían el Mente y el Portillón, para luego descender a la meta de Luchon, se supone que con ventaja decisiva sobre Pingeon.

 

Manzaneque salió como una bala. Llegó a sacar 17 minutos, a ser casi líder virtual. Luego saltó Julio Jiménez. Todo iba bien. Pero cuando José Serra le dijo a Manzaneque que esperara, este dijo:

 

—¡Leches!

 

Y no hubo manera. El coche de Serra esperó al de Saura, que iba con Jiménez.

 

—¿Qué pasa?

 

—Nada. Que no quiere esperar.

 

—¿Pero no le has dicho que Julio va escapado?

 

—Sí.

 

—¿Y qué te ha dicho?

 

—Pues eso, que leches.

 

—¿Leches?

 

—Sí. Leches. Y no hay quien le saque de ahí.

 

Manzaneque llegó a Luchon con un minuto sobre Julio y cuatro sobre el paquete de Pingeon. La ganancia de Julio Jiménez, pues, fue de tres minutos. Se quedaba en la general a 2m 3s. El golpe había fallado.

 

Aún queda la vigésima etapa, que llega al Puy de Dômme. Pero sin apenas equipo, vigiladísimo, con Poulidor, Aimar y una colación bien pagada en la que entraron Gimondi y varios belgas protegiendo a Pingeon, apenas puede rebañar 24s. La etapa la gana Gimondi. A la contrarreloj del último día, Versalles-París, llegan a 1m 39s. Pingeon, que sale el último, dos minutos después de Julio Jiménez, le alcanza en la llegada. Le toma dos minutos más. Total, 3m 39s.

 

Julio Jiménez fue segundo en la general y Rey de la Montaña. Nunca ha dejado de pensar que aquel pudo ser su Tour. Lo tenía en las piernas. Pero Manzaneque dijo: "¡Leches!".

Archivado en

miércoles, 15 julio 2015

Por Alfredo Relaño

Anquetil, Poulidor, El Águila y El Relojero

Dos fotos míticas dejó el periodo clásico del ciclismo: la de Coppi y Bartali, feroces rivales, compartiendo un bidón de agua, y la de Anquetil y Poulidor cargándose de costado en las rampas del Puy de Dôme. A la segunda me voy a referir aquí.

Ciclismo
Aquel de 1964 fue un gran Tour. Anquetil ya había ganado cuatro, iba por el quinto. Tenía 30 años, buena edad. Poulidor, dos más joven, aspiraba a desbancarle. Por ahí seguía también, como firme aspirante, Bahamontes, El Águila de Toledo, ya con 36, pero todavía terrible en la montaña. Y había surgido otro colosal escalador español, Julio Jiménez, El Relojero de Ávila, que iba a discutirle la primacía en las cumbres.

Poulidor había ganado la Vuelta a España, que entonces se corría en mayo. Anquetil, el Giro, que vino entre la Vuelta y el Tour. Tras cuatro Tours victoriosos, entre ellos los tres últimos, parte de Francia se estaba hartando de Anquetil. Demasiado frío. Corría con calculadora. Resistía en la montaña, dominaba contra el reloj (le llamaban Monsieur Chrono). No regalaba nada, se favorecía visiblemente de unos trazados a su medida, con muchas contrarreloj (en el 64 fueron tres, más otra por equipos) y escasas llegadas en alto. Poulidor gustaba más. Arriesgaba en la montaña, donde era casi tan fuerte como Bahamontes. Casi. Se defendía contra el reloj, donde era casi tan bueno como Anquetil. Casi. Sumando los dos casis daba para ser un posible vencedor del Tour.

Y sin embargo, nunca lo fue. Lo corrió desde 1962 hasta 1978, con una sola ausencia y dos abandonos. 15 ediciones. Hizo ocho podios, tres como segundo, cinco como tercero, el último de ellos con 42 años. Empalmó dos generaciones, sufrió a Anquetil y a Merckx. No sólo no ganó ningún Tour sino que ni siquiera vistió un solo día el maillot amarillo, honor del que han disfrutado 227 corredores hasta la fecha, muchos de ellos gente de poca monta. Hasta ahí llegó su desdicha.

Nunca estuvo tan cerca del maillot como aquel 12 de julio de 1964, cuando la carga de costado en las rampas del Puy de Dôme. Ni nunca volvió a estar tan cerca de ganar un Tour como aquel año.

Bahamontes y Julio Jiménez pusieron un gran telón de fondo, con sus peleas en la montaña, a la rivalidad entre los dos astros franceses. Bahamontes dio una exhibición en la octava etapa, ganando en Briançon tras cabalgar en solitario por el Telegraphe y el Galibier. En Andorra ganó Julio Jiménez en otra gran cabalgada en solitario. En la Andorra-Toulouse, los dos españoles, más Poulidor le dieron una batalla tremenda a Anquetil. Fue después del día de descanso en la propia Andorra. Anquetil estuvo en una fiesta de Radio Mónaco, en la que tomó langosta y champán. Cuando Bahamontes lo supo, pensó que esa era la oportunidad:

—Mañana le van a salir las antenas de la langosta por los costados.

Atacó de salida, se le unieron Jiménez, Poulidor, Galera, Manzaneque y Esteban Martín. Un ataque en toda regla. A 25,7 kilómetros de la salida está la cima del Envalira, con una niebla que parece un puré de guisantes. A Anquetil le salen, sí, las antenas de la langosta por los costados. Corona a cuatro minutos. Varias veces está a punto de abandonar. En la niebla, sus coequipiers Rostollan y Miniere le empujan, casi le remolcan. Pasa como puede, pero tras la bajada aparece milagrosamente junto a los escapados. Anquetil era un gran bajador, pero aun así aquello fue raro. A Bahamontes nadie le quita aún de la cabeza que le bajaron en coche. Julio Jiménez no lo cree. Con Anquetil ahí, cesaron las hostilidades. Poulidor, por su parte, pinchó hacia el final, fue derribado por sus propios mecánicos cuando tras cambiarle la bici le empujaron. Cayó al segundo pelotón y perdió dos minutos. La organización, siempre benévola con Anquetil, le sancionó con 11'' por los empujones de sus equipiers.

Con todo, gracias a una gran victoria en Luchon el 7 de julio, día en el que Bahamontes estuvo inesperadamente calmado (siempre intentaba ganar ese día, San Fermín, en homenaje a su mujer, Fermina), Poulidor consiguió colocarse a 9s de Anquetil. El 8, entre Luchon y Pau hay una escapada de Bahamontes y Jiménez, que en España seguimos por televisión con el corazón en vilo. No cooperan bien, al final se descuelga Julio Jiménez. Gana Bahamontes, pero con corta renta, porque desde la última cima hasta la meta hay 90 kilómetros en los que le liman los seis minutos de la cumbre a menos de dos. Ese día, el diminuto Georges Groussard (1,50, 46 kilos) que había mantenido el maillot durante muchos días, lo cede por fin. Lo coge Anquetil, con 9s sobre Poulidor, que ampliará pronto hasta los 54s gracias a una contrarreloj de Bayona.

Y así, a 54s, llega Poulidor a la etapa del 12 de julio, la vigésima, con llegada en el Puy de Dôme. Francia es un hervidero. ¿Podrá desbancar a Anquetil? Se percibe que la mayoría lo desea. Se especula con que Bahamontes se ha aliado con uno de los dos, unos dicen que con el uno, otros que con el otro. Hay un minuto de bonificación al ganador en la meta, medio para el segundo. Con el tiempo que Poulidor le pueda sacar arriba a Anquetil más bonificación, puede alcanzar el maillot con margen suficiente para resistir la contrarreloj final, una más, el último día entre Versalles y París.

La etapa es terrible: 237,5 kilómetros y llegada arriba. Bahamontes se despista en un corte y tiene que tirar en el llano, porque los mejores se le han ido por delante ya cerca de las primeras rampas. Ahí les alcanza. A cinco kilómetros de la cima, El Águila y El Relojero se van. En España nos indignamos, porque la cámara se queda con los dos astros franceses, no sabemos qué pasa arriba entre los nuestros. Pero el duelo Poulidor-Anquetil es épico. Aquel arranca, Anquetil se mantiene a su lado. No detrás, sino al lado, para no dar síntomas de debilidad. Así una y otra vez. La lucha es titánica. Ahí se produce la célebre foto, hombro con hombro. Poulidor sólo le suelta a falta de ochocientos metros. Le meterá 42s, insuficiente, porque se queda sin bonificación: Jiménez ha sido primero, Bahamontes segundo. Anquetil llega quinto, tras el italiano Adorni, que se le cuela al final.

Gracias al Relojero y al Águila ha salvado el maillot por 14s. 14 míseros segundos separaron a Poulidor del amarillo. Anquetil ha sufrido lo indecible. Se queda cinco minutos de reloj en la bici, apoyado en su jefe de filas, Geminiani. Está desencajado. Poulidor declarará, al verle así, que debería haberle atacado más abajo.

El desenlace llega en la etapa final, Versalles-París, contrarreloj. Goddet, director de L'Equipe, titula su crónica previa en español: Mano a mano. Aún hay quienes creen en Poulidor, porque está más fuerte. De hecho, a mitad del recorrido le ha ganado 11s a Anquetil, está a 3s de la victoria. Pero Anquetil, azuzado por Geminiani, mejora su golpe de pedal y gana la etapa por 21s. Más 20s de bonificación, más los 14s que ya tenía, 55s sobre Poulidor. Nunca se había ganado un Tour con tan corto margen. Bahamontes es tercero, y Rey de la Montaña. Se le ve feliz en el podio. Ya había sido primero, segundo y cuarto en ediciones anteriores. Le parece haber completado una colección. Así era él. Julio Jiménez es séptimo.

Allí empezó la leyenda de Poulidor como eterno segundo, leyenda que aún sigue. Pero no es el corredor que más veces ha sido segundo en el Tour, en realidad sólo tres, a las que une cinco terceros puestos. Zoetemelk, con el que llegó a coincidir en las postrimerías de su carrera y ganó el Tour del 80, fue segundo hasta seis veces.

Así que hasta en eso es segundo el pobre Poulidor. Hasta en ser segundo.

Archivado en

miércoles, 08 julio 2015

Por Alfredo Relaño

Gol fantasmal en un escenario de dolor

La portería en la que Alexis Sánchez marcó su decisivo penalti la noche del sábado fue, en el lejano noviembre de 1973, escenario del gol más bufo y desagradable de la historia. Lo marcó el Chamaco Valdés a portería vacía, en ausencia de la URSS. Eran los tiempos del Chile de Pinochet, que de esa manera se clasificaba para el Mundial-74.

 

RELAÑO

 

En aquel Mundial, a celebrar en Alemania Occidental y que aún jugaban dieciséis equipos, se había decidido dar una plaza más al tercer mundo futbolístico. Había que sacarla de Europa o de Sudamérica. La fórmula fue enfrentar a los ganadores de grupo de ambas zonas que hubieran alcanzado el puesto con menor suficiencia. Les tocó a Chile y a la URSS. Chile había pasado con desempate ante Perú en Montevideo. La URSS había pasado con apuros en su grupo, gracias a un empate de Irlanda en París. Así que sería Chile o URSS, a doble partido.

 

El 11 de septiembre de 1973 los jugadores chilenos amanecen en su lugar de concentración, Puente Alto, muy cerca de Santiago. La idea es salir a las diez hacia el aeropuerto para una gira previa al partido en Moscú, fijado para el 26. Chile quería prepararlo a fondo, como no podía ser menos. Acababa de disputar un amistoso con el Portoalegre y antes de cruzar el charco había concertado amistosos en Guatemala, El Salvador y México. Pero cuando se despiertan, todo se cae: ha habido un brutal golpe de Estado militar, con ataque de aviación y carros al Palacio de la Moneda, sede de la Presidencia. El presidente, el izquierdista Salvador Allende, se ha suicidado. El hombre fuerte es el general Pinochet, tenido hasta la víspera como leal a Allende.

 

Empiezan detenciones masivas de izquierdistas y se decide utilizar el Estadio Nacional de Santiago como Centro de detención y clasificación. Los presos pasan interrogatorios duros, palizas y torturas, a veces hasta la muerte. Hay dos suicidios. Cada día salen veinte, treinta, cuarenta… Algunos a sus casas, bajo juramento de no contar nada, otros a los vuelos de la muerte, lanzados desde helicópteros al mar.

 

Entre los fallecidos de aquellos días está una celebridad de la cultura, Víctor Jara, cantautor, profesor, director de teatro.

 

¿Y el Mundial? El gobierno de Pinochet, tras la confusión de los primeros días, decide que es una de las prioridades. A ello contribuye no poco uno de los médicos del equipo, Jacobo Helo, a su vez médico personal de Gustavo Leigh, jefe de la Fuerza Aérea.

 

Se reorganiza la salida, aunque ya sólo habrá tiempo de jugar en México antes del salto a Europa. Y los detenidos, que vagan temerosos por las gradas del estadio, contemplan alucinados cómo una tropilla de jardineros mima el césped. Es el estadio de la capital, el mejor del país, y ahí se ha de jugar el partido de vuelta el 21 de noviembre.

 

Viajan a México. Les advierten de que no hagan declaraciones inconvenientes con palabras siniestras: “Dejáis a vuestras familias aquí”. Se van alicaídos. Ganan en México. Luego van a Suiza, donde ganan al Neuchâtel. Ahí escuchan que en Moscú piensan tomarles como rehenes para rescatar izquierdistas de manos de Pinochet.

 

En Moscú, Carlos Caszely y Elías Figueroa son retenidos en el aeropuerto de Sheremétievo, porque las fotos de su pasaporte no correspondían con su aspecto. Figueroa, por una melena que no tenía en la foto del pasaporte. Caszely, por su bigotón, que en la foto, de cuando era muy joven, es apenas perceptible. El resto se niega a salir del aeropuerto sin ellos. Por fin, tras tres horas y media, pasan todos. El partido se juega en el Estadio Lenin, el día 26 de septiembre, quince después del golpe. Chile, en un ambiente muy adverso, con cuatro bajo cero, se cuelga del larguero y saca un 0-0.

 

La URSS comunicó a la FIFA su negativa a jugar el partido de vuelta del 21 de noviembre en el escenario de las infamias. Francisco Fluxá, presidente de la Federación Chilena, sugirió a su Gobierno jugar en el Sausalito de Viña del Mar y por poco se la carga. La intención de Pinochet era fingir estabilidad y normalidad, y lo estable y lo normal sólo sería jugar en el gran estadio de la capital.

 

La FIFA se vio en un apuro. Tras estudiar el asunto, decidió nombrar una comisión para examinar el caso sobre el terreno. Dos de los designados se negaron a ir: Helmut Riedel, alemán oriental, y Sandor Bacs, húngaro. La comisión se redujo al brasileño Abilio D’Almeida y al suizo Helmut Kaiser, secretario de la FIFA, que se presentaron en Santiago el 24 de octubre. Están 48 horas. Les muestran el estadio, donde ya no hay presos, ni rastros de sangre en las dependencias que visitan. El césped está en buen estado. Informan a la FIFA que el partido es posible.

 

Cuando se acerca la fecha, Chile mantiene la ficción de que el partido se va a jugar, y sigue con ella hasta el final, a pesar de que el 17 de noviembre la FIFA les ha confirmado oficialmente la retirada de la URSS. La noche del 20, los jugadores saben que los rivales no han venido. Se alegran. ¡Están clasificados para el Mundial!

 

Pero Pinochet se empeña en escenificar una patochada. Se abre el estadio y a la hora convenida, con menos de media entrada, Chile comparece con sus jugadores correctamente uniformados. Con ellos, un árbitro local, Juan Hormazábal, ya que la FIFA no ha enviado ninguno. Se saca de centro, avanzan los delanteros y el capitán, Francisco Chamaco Valdés, cumple la penosa tarea de marcar a puerta vacía el gol más ridículo y ominoso de la historia del fútbol. Luego, para compensar al público, se juega un partido con el Santos, que ganará el equipo brasileño 0-5.

 

Caszely, antipinochetista declarado que en las malas se jugó el bigote negándole la mano al dictador, fue protagonista de aquellos hechos. Lo recuerda con bochorno:

 

—Yo lo llamé El Teatro del Absurdo. Nos engañaron hasta última hora, nos dijeron que sí habían venido los rusos, ¡pero habían contratado al Santos ya de antemano, porque sabían que no! Del partido apenas recuerdo que Edu jugó fenomenal y que nosotros no teníamos ganas de nada. Nos dieron un baile a toda orquesta.

 

De aquello hace ya mucho tiempo. Una placa en el estadio hace alusión a aquellos hechos con la siguiente leyenda:

 

“Un pueblo sin memoria es un pueblo sin futuro”.

Archivado en

miércoles, 01 julio 2015

Por Alfredo Relaño

Aquella patada de Jair a Salomón

Esta vez no habrá choque Argentina-Brasil en la Copa América. Para muchos una pérdida, para otros un alivio. Su rivalidad es legendaria, viene de muy lejos y tuvo su peor expresión en la tarde quizá más turbulenta de toda la historia del fútbol, cunado Jair le partió la pierna a Salomón. El partido duró varias horas (siete, según la historia oficial de la Copa América) y en diez años no volvieron a enfrentarse.

RELAÑO

Cien veces exactas han jugado hasta ahora entre sí, con un balance muy parejo. Brasil, 40 victorias, Argentina, 36, y 24 empates. En goles, gana Brasil 158-155. Argentina registra doce victorias en la Copa América por ocho de Brasil, y se siente superior, pero en el resto del planeta no se ve así, por los cinco Mundiales de Brasil contra sólo dos de Argentina.

  

El primer partido entre ambos data 1914, en la Copa Roca, llamada así en honor a Julio Argentino Roca, prócer argentino que consolidó el país a base de exterminar a los indios. Ganó Argentina por 3-1, y eso que en Brasil jugaba el legendario Friedenreich, un mulato de ojos azules, hijo de ingeniero alemán y lavandera negra, al que algunos tratadistas adjudican más goles que a Pelé. Una semana después volveiron a jugar y ganó Brasil 1-0.

 

Los primeros roces llegaron por ofensas racistas. En aquellos años los futbolistas eran en su mayoría de la clase dominante y hasta se discutía que negros o indios pudieran jugar el Campeonato Sudamericano, nombre inicial de la que hoy es Copa América, que arrancó en 1918. En 1920, en vísperas de un Argentina-Brasil, comentarios despectivos de la prensa bonaerense (un periódico les llamó ‘macacos’) hicieron que cuatro brasileños se negaran a jugar. Se intentó salvar el partido reforzando a los otros siete con cuatro argentinos, pero el público rechazó esa solución y acabaron jugando siete contra siete. Ni la FIFA ni la CBF lo registran, pero sí la AFA, que ganó 3-1. Para los argentinos, pues, van 101 partidos.

 

En 1937, los dos equipos acaban el campeonato, que se jugaba por liguilla, empatados a puntos. Hay desempate, con prórroga, en la que De la Mata marca dos goles para Argentina; Brasil se retira, por insultos racistas. En 1939, enfrentados en la Copa Roca, van 2-2 cuando el árbitro da un penalti para Brasil. Argentina se retira y el árbitro ordena el lanzamiento a portería vacía.  

 

 Los partidos se fueron endureciendo según avanzaba el siglo, fruto de una rivalidad creciente, choque de países, orgullos, estilos y hasta razas.

 

En 1947, Ademir Menezes le parte la pierna en un choque a José Battagliero y eso causa furor en Argentina. Sólo un año después se van a encontrar, en Buenos Aires, en el último partido del Camppeonato Sudamerican. Llegan invictos. Argentina, cuatro victorias; Brasil, tres y un empate. El partido dará el campeón. Se armará la de San Quintín.

 

Es 10 de febrero de 1946, verano austral. Era el Brasil de Domingos da Guía, Zizinho, Jair y Chico. Y la Argentina de Salomón, cacique de la defensa, con De la Mata, Mendes, Pedernera, Labruna y Loustau en el ataque. El partido empezó bravo y pronto las patadas nublaron el sol. En el 28’, todo saltó por los aires, en una entrada de Jair a Salomón de la que el argentino saldría con la pierna rota. Hubo pelea masiva con intervención bárbara de la policía local, que no salió a separar, sino a reforzar a los suyos. Dejo el relato a Félix Frascara, firma del ‘El Gráfico’, la célebre revista argentina, que describió así los hechos en el número correspondiente:

 

“(…) momento en que explotó la bomba de la agresión colectiva. Salomón, caído tras un encontrón con Jair; Fonda y Strembel persiguieron a Chico y a Jair; puñetazos y puntapiés; revuelo general, confusión, zancadillas, palos; invasión del campo por innumerables agentes de policía; Chico, tras pegarle a Pescia, es perseguido por Marante, recibe un puntapié, sigue su carrera hacia el túnel y los policías, ante la imposibilidad de alcanzarlo con los brazos, pretenden derribarlo haciéndoles zancadillas; cae Chico frente al mismo palco de periodistas, y recibe una andanada de golpes, hasta que lo dejan reanudar su marcha hacia los vestuarios, tomándose la cabeza dolorida y mirando, extraviada la vista, con expresión de terror; en el resto del campo de juego -¡amarga ironía!- se prolonga la gresca. Son cinco o diez minutos de locura increíble. La policía, excesivamente numerosa, ha sido también excesiva e innecesariamente enérgica. Atenuada la riña, desahogados los puños y los pies, van los brasileños al vestuario, mientras los jugadores locales permanecen en la cancha. Y transcurre una hora y once minutos hasta el momento en que se reanuda el match. En realidad, el match no se reanudó. Por lo menos el juego no tenía nada que ver con lo que habíamos presenciado antes del escándalo. El árbitro había decidido expulsar a Chico y a De la Mata, de manera que cada cuadro reapareció con diez hombres. No estaba Salomón en el equipo argentino. El capitán había resultado la víctima más seria: doble fractura en la pierna derecha (…).”

 

El descanso demoró otra hora, porque los brasileños no se sentían seguros. Domingos da Guía salvó el partido, me contaría años después Labruna, al que traté en España cuando era entrenador de Ríver y vino a un Villa de Madrid. Él convenció a los compañeros para seguir tras obtener de las autoridades locales garantías firmadas de que la policía no volvería a saltar al campo. En eso le ayudó el árbitro uruguayo Nobel Valentini, que había quedado espantado de la brutalidad de la policía. Un libro oficial de la Copa América, editado en 2008, asegura que el partido, que empezó a las tres, acabó a las diez. Seguramente exagera, pero sí tomó cuatro horas y media completarlo, y tres más sacar a Brasil de allí. Y eso que había ganado Argentina, con dos goles del Tucho Méndez.

 

Se decidió separarles A las siguientes cuatro ediciones o fue uno o fue el otro, nunca los dos. En 1947, a Ecuador, fue Argentina, que ganó, con Di Stéfano, por cierto, en sus únicos y brillantes partidos con Argentina. Contribuyó al título con seis goles. El 49 se juega en Brasil y gana Brasil. Al 53, en Perú, va Brasil. Ganará un Paraguay con Heriberto Herrera, el que luego pasaría por aquí. Al 55, en Chile, va Argentina y lo gana. El campeonato aún no tenía  periodicidad estable.

 

El reencuentro se produce en 1956, diez años después, en Montevideo. Queda un solo jugador de la gresca, precisamente Labruna, que recordaba que fueron muy advertidos por el árbitro. En Brasil ya asomaban dos futuros bicampeones mundiales, Gilmar y Djalma Santos. No hubo nada, ganó Brasil 1-0. El título fue para Uruguay.

 

Ahí acabó todo. O no. Quedan en la memoria la agresión de Maradona a Batista en Sarriá, en el 82, o la intoxicación de Branco en Italia-90. Y la discusión eterna de si Pelé o Maradona.

 

Y en nuestro campeonato, fíjense, cada vez que dos contendientes se atizan sin disimulo ni razón aparente siempre resulta que el uno es argentino y el otro brasileño.

 

Archivado en

jueves, 25 junio 2015

Por Alfredo Relaño

Marcelino y el Marqués de Villaverde

Hasta el gol de Iniesta en Sudáfrica, el de Marcelino a la URSS (Rusia, decíamos nosotros) había sido el más importante en la historia de España. Arrumbó el recuerdo del de Zarra a los ingleses en el Mundial de Río. Aquel gol de Marcelino se produjo el domingo 21 de junio de 1964, en el Bernabéu, en la final de la Eurocopa.


Fue el 2-1, el gol de la victoria para una España que no ganaba en casi nada: ante Rusia, zona cero del Comunismo, el peor fantasma del Régimen; con Franco en el palco; y con Yashin, vigente Balón de Oro (aún es el único portero que lo ha ganado) en la portería. A Yashin nos lo habían mitificado los curas de mi colegio con la leyenda de que era uno de los niños vascos secuestrados en la guerra, al que habían lavado de cerebro y le obligaban a jugar contra su país. Marcelino marcó ese gol, a pase de Pereda (el NO-DO, falto de la imagen completa, empalmó un centro de Amancio con el gol) en un cabezazo rápido, sorprendente, a la cepa del palo izquierdo de Yashin, que hizo la estatua.


Blog

Marcelino era la perla de un Zaragoza glorioso, el de Los Magníficos, apodo que mereció su delantera: Canario, Santos, Marcelino, Villa y Lapetra. Les vino de un western de gran éxito, Los Siete Magníficos. Una delantera artística y efectiva, con la peculiaridad de un extremo retrasado, Lapetra. Un equipo capaz de todo menos de la constancia. Un rey de copas (cuatro finales seguidas de la del Generalísimo, de las que ganó dos, y dos de la de Ferias, de las que ganó una), pero falto de fuelle en la Liga. En campo propio o ajeno, alternaba con el Madrid, el Barça o el Atlético. A los demás los solía barrer en casa, pero en las salidas duras la cosa era distinta. En los campos secos y duros de Córdoba, Elche o Sevilla, o en los embarrados del Norte, esos sitios donde el Madrid se dejaba la piel, el Zaragoza no daba la talla.


Antes de una final de la Copa de Ferias, el punta del Zaragoza asistió con el yerno de Franco a una operación de corazón


Era un equipo firme atrás, pero muy señorito por arriba, en la tripleta Marcelino, Villa y Lapetra. Estos dos últimos habían sido lo que en la época se llamaba niños bien. Villa, licenciado en Químicas, era hijo de un directivo del Madrid, Lapetra, de una familia muy acomodada de Huesca, hizo Derecho. Marcelino, gallego, había sido seminarista y era muy instruido, muy por encima del fútbol de entonces. El contrapeso lo ponía el central cántabro Santamaría, de enorme personalidad, que trataba de congeniar los caprichos de estos tres (exigían, por ejemplo, comer a la carta en los hoteles) con el rigor de los entrenadores de turno.


Marcelino y Lapetra fueron titulares ante la URSS y el Zaragoza aportó además dos suplentes: Villa y el defensa Reija. Un orgullo para el club, pero también una preocupación para Waldo Marco, su presidente, porque tres días después de la gloriosa final el Zaragoza tenía pendiente una propia, la de Copa de Ferias, en Barcelona, su primera final europea. Y más allá se dibujaba en el horizonte la vuelta de la semifinal de Copa, contra el Barça.


Ahí se jugaba la temporada el Zaragoza al que, como siempre, en la Liga le habían faltado puntos en las salidas difíciles.


Así que Waldo Marco estuvo el lunes 22 en Madrid, para llevarse a sus jugadores a la concentración de Barcelona en cuanto acabara la preceptiva recepción con Franco. Pero al término de la misma, Marcelino se esfumó. No hubo manera de encontrarle. Waldo tomó el avión a Barcelona con Villa, Lapetra y Reija, pero sin Marcelino.


¿Dónde está Marcelino? Esa fue la pregunta que le hizo el entrenador Luis Belló, sustituto sobre la marcha esa temporada de Ramallets, que había sido el creador de la delantera. ¿Dónde está Marcelino? peguntaban todos. “No lo sé”. Waldo Marco, avergonzado, no podía decir otra cosa.


El martes, en el Telediario, apareció por fin Marcelino. Vestido con bata médica, había asistido a una operación a corazón abierto practicada por el Marqués de Villaverde, el yerno de Franco. El Marqués de Villaverde, de nombre Cristóbal Martínez Bordiú, casado con la única hija de Franco, era cirujano del corazón, como se decía entonces, y un desenvuelto bonvivant. Había invitado a Marcelino (a las cámaras de televisión) para darse pisto en esa operación revolucionaria. (Más tarde intentó imitar al doctor Barnard y practicó el primer trasplante de corazón en España, con resultado pésimo).


Viéndole ahí, en la tele, los compañeros alucinaban. En eso llegó Pueblo, diario de la tarde de máxima difusión. En un reportaje detallaba esas horas de Marcelino y el Marqués de Villaverde juntos, que incluían una noche en sala de fiestas (el Marqués acudió acompañado de su esposa, se aclaraba) donde bailó para ellos Lucero Tena. El periódico iba de mano en mano. Los jugadores se lo querían comer.


A la cena, como si nada, apareció Marcelino en la concentración. Santamaría fue el primero en echarle la bronca: “¡Figúrese! ¡Era nuestra primera final europea! ¡Y el Valencia era un equipazo, con Paquito, Roberto, Guillot, Waldo y todos esos!”. Cuentan que hasta le cogió por el cuello. Él no lo recuerda, o dice no recordarlo.


Marcelino asume los hechos: “Sí, me despisté, pero ¡hay que vivir, no todo va a ser fútbol! Pero le dije a Belló, que estaba consternado: usted póngame, y si no meto un gol y soy el mejor de los 22, le juro que cuelgo las botas”. Luego se fue a dormir. Durmió casi 24 horas seguidas.


La final fue día siguiente, miércoles 24, en el Camp Nou. Belló le puso. El Zaragoza ganó 2-1. El 1-0 fue una bajada de cabeza de Marcelino a Villa; el 2-1, tirazo de Marcelino tras genial combinación con Villa y Lapetra. Ha sido el mejor de los 22. El viernes, el equipo pasea la Copa de Ferias por Zaragoza. Marcelino entra en El Pilar a hombros del gentío, como un cristo pagano.


Sus detractores le llamaban 'El bobo del Volvo'. Pero no era ningún bobo. Era listo, y un gran delantero centro


Ahora toca la vuelta de semifinales de Copa, contra el Barça, que había ganado la ida 3-2. El domingo 28, el Zaragoza gana 2-0, los dos en cesión de la cabeza de Marcelino al medio Isasi. La final es en el Bernabéu, contra el Atlético, el siguiente domingo, 5 de julio. Gana el Zaragoza 2-1. Marcelino facilita el segundo a Villa, en otra cesión de cabeza. Lapetra ha marcado el primero. Marcelino y Lapetra han ganado en dos semanas Eurocopa, Copa de Ferias y Copa España.


Pronto se empieza a ver a Marcelino por Zaragoza con un Volvo rojo descapotable, todo un platillo volante en la época. Se lo había conseguido, como prima extra (a los eurocampeones les habían dado 150.000 pesetas por cabeza) el Marqués de Villaverde. Marcelino, que lo había visto el año anterior en el Salón de Muestras de la Feria de Barcelona y se había encaprichado de él, se lo pidió a su célebre amigo y éste se lo consiguió. A saber cómo se pagaría aquel coche.


En Zaragoza, sus detractores le llamaban el bobo del Volvo. Pero no era ningún bobo. Era un tipo cultivado y listo, además de un gran delantero centro, rápido, con visión y remate. Y con el mejor manejo de la cabeza que he conocido junto al de Kocsis.

Archivado en

miércoles, 17 junio 2015

Por Alfredo Relaño

Luis Suárez y Di Stéfano vivieron lo de Piqué

Muchos me han preguntado si el caso Piqué tenía antecedentes. Pues sí, tiene dos, y ambos con la rivalidad Madrid-Barça de fondo. El primero lo sufrió Luis Suárez, en el Bernabéu. Di Stéfano le sostuvo el ánimo. Tres años después, sería Di Stéfano el abroncado en Barcelona, con Suárez de soporte.

 

En lo de Suárez hubo móvil. Fue en un amistoso España-Turquía, el 6 de noviembre de 1957, en el Bernabéu. Lo de amistoso entonces no tenía el matiz menor que tiene ahora. Apenas había partidos oficiales y los partidos de la Selección, escasos, se vivían todos con interés y emoción. Este con Turquía, más. Por la tradicional desconfianza en España ante el turco (Lepanto en la memoria, “la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos ni esperan ver los venideros”) y porque Turquía nos había dejado fuera del Mundial de 1954, en rocambolesca eliminatoria con desempate en Roma. Algunos nombres de aquella selección aún resonaban en la memoria. El del portero y capitán Turgay, por ejemplo.

 

DISTEFANO

 

El seleccionador, Manolo Meana, hace un equipo con fuerte base madridista, cinco jugadores. Natural. El Madrid es ya por dos veces campeón de Europa y encabeza la Liga en la jornada novena, tras ganar 3-0 al Athletic de Bilbao.

 

Salen estos: Ramallets; Quincoces II, Garay, Segarra; Santisteban, Zárraga; Miguel, Kubala, Di Stéfano, Rial y Gento. Ramallets, Segarra y Kubala son del Barça; Quincoces II, del Valencia; Garay, del Athletic; Miguel, del Atlético de Madrid; Santisteban, Zárraga, Di Stéfano, Rial y Gento son los cinco madridistas. Rial era nacido y criado en Argentina, pero hijo de gallegos que le inscribieron como español en el consulado desde su nacimiento. Era muy querido por la afición del Bernabéu. Siempre se diría que él había hecho productivo a Gento, aprovechando su velocidad con sus lanzamientos profundos. Y era cierto.

 

La cosa fue bien hasta el descanso. Buen partido y España que gana 2-0, los dos de Kubala, el segundo de penalti. Pero en el descanso Meana toma la decisión de sustituir a Rial por Luis Suárez, joven interior del Barça. A la afición le sentó como un tiro:

 

—Salí y en cuanto toqué el balón me pitaban. A cada balón me pitaban. Me desconcertó un poco, porque yo era joven, llevaba poco en la selección. Era mi quinto partido. Gracias que tuve cerca a Alfredo, que era un fenómeno. Me dijo con su acento: “Gallego —porque siempre me llamó gallego— no te preocupés. Vamos a jugar bien, tú y yo cerca, y en un rato estos aplauden”. Y fue así. Se lo agradecí siempre.

 

No había el precedente de ningún encontronazo con el Madrid. No era un caso Piqué. Fue una reacción por la retirada de Rial, quizá avivada por el recuerdo del España, 2-Suiza, 2 de marzo de ese mismo año, un empate que nos dejaría sin ir al Mundial-58. Precisamente el día anterior, se había cerrado el grupo con el Escocia, 3-Suiza, 2, que nos dejaba sin Mundial a salvo de una improbable repesca ante Israel a la que se accedía por sorteo entre los segundos de todos los grupos europeos. (Le tocaría a Gales).

 

El día del empate ante Suiza el ataque había sido Miguel, Kubala, Di Stéfano, Suárez y Gento. Suárez jugó mal, pero no por su culpa. Como Kubala y Di Stéfano se echaban atrás, Meana le hizo colocarse en punta, algo que no era lo suyo. Suárez era interior retrasado, de zancada ágil, espléndido regate largo, lanzamientos profundos a los atacantes y llegada por sorpresa al gol. Como punta de referencia fracasó. Con el cambio de Rial por Suárez, se rehacía en sus cinco nombres aquella delantera de la catástrofe. De ahí, en parte, tanto pito. La otra parte, mero partidismo o predilección por Rial. Pero todo acabó bien: Kubala marcó un tercer gol y España ganó 3-0.

 

El otro caso se dio en el Camp Nou, ante Italia, el 13 de marzo de 1960, la víctima fue Di Stéfano y obedeció a un equívoco. Ya no está Meana, ahora hay un trío seleccionador: José Luis Costa (más tarde presidente de la Federación), José Luis Lasplazas y Ramón Gabilondo, con Helenio Herrera como entrenador. El equipo es: Ramallets; Olivella, Garay, Gracia; Segarra, Gensana (Vergés, 46’); Herrera, Eulogio Martínez, Di Stéfano, Suárez y Gento. Garay sigue en el Athletic, Herrera, Di Stéfano y Gento son del Madrid. Los demás, incluido el suplente, Vergés, del Barça.

 

La mayoría del Barça no debe extrañar. Está muy fuerte, con Helenio Herrera de entrenador, que al tiempo lo es de la selección. Marcha codo a codo en la Liga con el Madrid y va pasando eliminatorias en la Copa de Ferias y la Copa de Europa.

 

Y ahí viene el problema. El Barça, tras arrasar al Milan en octavos con sendas victorias ( 0-2 y 5-1), jugó en cuartos con el Wolverhampton, el campeón inglés. El choque atrajo la atención en toda Europa. The People mandó un enviado a España para las previas. Entrevistó a Di Stéfano, que se volcó en elogios hacia el Barça: que si Kubala esto, que si Villaverde lo otro, que si Kocsis, que si Czibor, que si Ramallets, que si Suárez… El periodista convino con Di Stéfano convertir la entrevista en algo firmado por el propio jugador, a cambio de un pago. Y así lo publicó The People. El corresponsal de EFE en Londres rebotó la publicación con un sesgo imprevisto: “Di Stéfano desvela al Wolverhampton la manera de jugar del Barça”. ¡La que se lió!

 

Antes del España-Italia ya se había jugado la eliminatoria. El Barça arrasó al Wolverhampton: 4-0 en casa y 2-5 fuera, partido a cuyo final los jugadores ingleses les hicieron pasillo espontáneo a los culés, tal fue su exhibición. Así que el famoso Informe Di Stéfano no resultó dañino. Pero seguía el enfado.

 

Suárez lo recuerda con humor: “No desvelaba nada, no decía más que elogios. Lo leímos y le estábamos agradecidos, además era amigo de todos. Aunque en el campo tuviéramos las nuestras, era amigo de todos. Pero el ambiente fue tremendo”.

 

Había, recuerda Di Stéfano en sus memorias, hasta una larga pancarta, de cincuenta metros (algo exageraría) que decía: “No queremos chivatos en este estadio”. Suárez le animaba: “¿Y ahora qué, Alfredo? ¡Ahora te tengo que defender yo!”. Suárez estaba acostumbrado a que le pitaran en el Camp Nou, de mayoría kubalista. Le tenían por el ojito derecho de Helenio Herrera, que empezaba a postergar a Kubala.

 

España jugó un mal primer tiempo. Hasta Di Stéfano jugó mal, se equivocó varias veces, lo que aumentó los pitos. Italia marcó por delante. En el descaso el malhumor en las gradas era máximo. Pero Herrera acertó al sacar a Vergés, que le dio empuje al equipo. Di Stéfano sacó lo mejor de sí, todo mejoró y España ganó, con goles de Vergés, el propio Di Stéfano y Eulogio Martínez. Tres a uno y todos contentos.

 

Ese año Di Stéfano ganaría su quinta Copa de Europa (el 7-3 al Eintracht, tras haber eliminado al Barça en la semifinal). El Barça ganó la Liga y la Copa de Ferias Y Luis Suárez ganó el Balón de Oro. Al final todos felices.

Archivado en

miércoles, 10 junio 2015

Por Alfredo Relaño

Aquella final de los postes cuadrados

El 31 de mayo de 1961, el Barça saltó al estadio Wankdorf de Berna para jugar su primera final de la Copa de Europa. Dos de sus jugadores, los húngaros Kocsis y Czibor, viven un mal recuerdo: siete años antes habían perdido allí con increíble fatalidad la final de la Copa del Mundo, ante Alemania. Eso les roía por dentro.

 

Ese año el Barça participó en cuatro competiciones: Liga, Copa, Copa de Ferias y Copa de Europa. La Liga la había acabado cuarto, a veinte puntos del Madrid. En la Copa acaba de eliminarle en octavos el Espanyol. De la Copa de Ferias, cuyas dos ediciones previas había ganado, le eliminó en cuartos el Hibernian.

 

Sólo le quedaba una bala, pero como diría Valdano, era de cañón: la Copa de Europa.

 

La Copa de Europa había sido patrimonio exclusivo hasta entonces del Madrid, ganador de las cinco primeras ediciones. En la sexta se cruzó con el Barça, en octavos. Pasó el Barça, con dos muy polémicos arbitrajes ingleses. Luego, en la semifinal con el Hamburgo de Uwe Seeler, se produjo una curiosa situación. El Barça viajó a Alemania con la corta renta de un 1-0. El partido de Hamburgo se televisó en España. Iba 2-0 cuando en el minuto 89 se apagó la señal. El horario contratado de los enlaces internacionales se ajustó tanto que un pequeño retraso del partido hizo que la pantalla se fuera a negro, con 2-0 y el choque expirando. Fue entonces, en el último instante y lejos de los ojos de la afición, cuando Kocsis marcó el 2-1. En España, la mayoría nos enteramos el día siguiente, por el periódico. En la época no había ni programas de radio nocturnos. Aquel gol milagroso de Kocsis dio paso a un desempate en París que ganó el Barça.

 

Así que allí estaba el Barça, en la final, en su primer año post HH. Helenio Herrera había sido el creador de aquel equipo, ganador en el 60 de Liga, Copa y Copa de Ferias, pero no de la Copa de Europa, de la que le eliminó el Madrid, y aquello precipitó su salida al Inter de Milán. Le había sustituido un yugoslavo, Ljubisa Brocic, caído a su vez en enero ante la mala marcha en la Liga. Ahora el entrenador era su segundo, Enrique Orizaola, que se jugaba su carrera a este partido.

 

Enfrente estaba el Benfica, en el que asomaba el nuevo poder del fútbol portugués. Aún no estaba Eusebio, que los siguientes años aterrorizaría Europa con sus goles. Pero era un buen equipo, todos portugueses salvo su entrenador, el húngaro trotamundos Bela Guttman, un sabio de la época. La perla es Coluna, el diez, mozambiqueño como Eusebio y jugador con ciencia, ritmo, pase y gol.

 

El Barça viaja con un problema y una incógnita. El problema es la baja a última hora de Segarra, candado de la defensa, lesionado ante el Espanyol. Su baja se une a la ya larga del central Rodri. La incógnita es el papel de Luis Suárez. Justo cinco días antes se ha anunciado su venta al Inter de Helenio Herrera por la fabulosa cantidad de 25 millones de pesetas. Una decisión muy polémica de una comisión gestora que maneja el club tras la dimisión en febrero de Miró Sans, a la espera de nuevas elecciones. La gente se pregunta si Luis Suárez debe jugar o no. Pero es el vigente Balón de Oro, ¿cómo dejarle fuera? Arbitró el suizo Dienst y los equipos fueron:

 

Barcelona: Ramallets; Foncho, Gensana, Gracia; Vergés, Garay; Kubala, Kocsis, Evaristo, Suárez y Czibor.

 

Benfica: Costa Pereira; Joao, Germano, Ángelo; Netto, Cruz; José Augusto, Santana, Aguas, Coluna y Cavem.

 

El Barça tiene la defensa remendada, pero su equipo es de fábula, y aún quedan fuera de él tres delanteros extraordinarios: Tejada, Villaverde y Eulogio Martínez. Kubala juega de extremo derecha; aunque sin desborde, pero distribuye bien desde ahí, un poco al estilo del Beckham de la década pasada. Evaristo y Kocsis atacan por el centro, Czibor desborda por la izquierda, Luis Suárez arma desde atrás y a veces aparece por la banda derecha. El Barcelona es muy superior, a pesar de que Vergés no termina de hacerse con Coluna, única salida del Benfica. La superioridad del Barça va goteando ocasiones. Llega el 1-0 en el minuto 20; es una de las apariciones de Suárez por la derecha, con centro medido que Kocsis (Cabecita de Oro, le apodaban) cabecea a gol.

 

El Barça sigue mandando, aunque se echa en falta algo más de ritmo.

 

En tres minutos todo se complica. En el 30, Coluna lanza a Cruz, que se va de Foncho; Ramallets sale precipitadamente y Cruz que llega antes, cruza el balón y remata Aguas a puerta vacía. 1-1. En el 33, balón alto al área del Barça, Gensana lo toca de cabeza, sale hacia atrás, Ramallets, cegado por el sol, lo palmotea, pega en la parte alta de su palo izquierdo y bota en el suelo. ¿Dentro de la portería? ¿Fuera? Ramallets juró hasta su muerte que ese balón no entró. La jugada (la final entera) se puede ver en youtube. Después de botar en el suelo, el balón sale de la portería. Incluso parece levantar algo de polvo de cal, señal de que habría botado en la raya. Pero Dienst da gol.

 

Queda un tiempo, el Barça es mejor y al reanudarse el partido se masca el gol en la portería de Costa Pereira. Pero donde llega es en la otra, cuando en un raro contraataque Coluna caza un rebote y suelta una colosal volea desde la media luna. Esta vez no es culpa de Ramallets. El partido se pone 3-1 en el 54.

 

Ahora el Barça ya se lanza al ataque con otro nervio. Kubala va y viene al centro del campo, Luis Suárez prodiga más su llegada por las bandas, todos los delanteros juegan bien, el Barça achicharra el área de Costa Pereira, donde los defensas se multiplican. Hay rebotes, rechaces en la raya. En el 68, un balón parecido al del gol tonto del Barça: un centro alto al que Germano mete la cabeza, pasa sobre Costa Pereira, que iba a por él, Kocsis acude para cabecear a puerta vacía ¡y lo manda al palo! Tres minutos después, Kubala agarra un tirazo desde la frontal del área que pega en el palo derecho, recorre toda la línea, rebota en el izquierdo y vuelve al campo, donde lo recoge, ya dócil, Costa Pereira. En el 75, Czibor coloca un zurdazo terrible a la escuadra a la salida de un córner que vale el 3-2. ¡Aún hay tiempo! Sigue el acoso, los remates, las paradas de Costa Pereira. La jugada más perfecta del partido, con intervención de toda la genial delantera, termina en un remate seco de Czibor desde el punto de penalti que se estrella en el palo. El agobio es incesante. En el 88 hay tres córners seguidos. No hay respiro para el Benfica, pero el partido termina así.

 

Kocsis, en el vestuario, rompió a llorar en una especie de acceso de histeria, maldiciendo los postes de ese campo mientras Czibor se encierra en un mutismo alucinado. En la final del 54, Hungría también había estrellado dos balones en los postes de aquel campo.

 

Postes cuadrados cuya forma estaba proscrita ya entonces en muchos sitios, entre otros España. Pronto los proscribiría la FIFA para todos los campos del mundo, recomendando los ovales. Quedó la leyenda de que se cambiaron a partir de aquel partido, culpando a su forma del injusto resultado de aquel partido. Nunca he encontrado nada que certifique eso. Los postes cuadrados podían provocar daño a los jugadores, pero no atraían más balones que los ovalados. Aquel 3-2 fue simplemente inexplicable.

Archivado en Deportes

miércoles, 03 junio 2015

Por Alfredo Relaño

La final de Copa de Kubala y Zarra

El partido fue el 21 de junio, en el Bernabéu, aún llamado Chamartín entonces. Acudieron doce mil bilbaínos, en la clásica riada de autobuses y coches. De Barcelona vino una décima parte de esa cantidad. El resto del público era madrileño, neutral a medias. Más bien del Athletic, y sobre todo de Zarra. Empieza a las seis, justo cuando ha acabado la final de juveniles, Madrid-Barça, empate a cero. (Repetirán el martes, con nuevo empate, y ganará el trofeo el Madrid por más córners lanzados, 5-1).

Kubala

El Barça, entrenado por Daucik, sale con Ramallets; Seguer, Biosca, Segarra; Flotats, Gonzalvo III; Basora, Bosch, Kubala, Moreno y Manchón. De la delantera que cantó Serrat falta César, duda hasta última hora. Bosch, medio, se adelantó una línea.


Al Athletic le entrena Barrios. Sale con estos: Carmelo; Orúe, Areta, Garay; Canito, Manolín; Iriondo, Venancio, Zarra, Panizo y Gaínza. Será el último partido de la célebre delantera, pues ese verano Iriondo pasará a la Real.


Los 13 finalistas convocados por Escartín son: Ramallets, Biosca, Segarra, Bosch, Basora, Kubala, Moreno, Garay, Manolín, Venancio, Zarra, Panizo y Gaínza.


Juega mejor el Athletic, el Barça acusa la mala colocación de Bosch, con cuyo cambio pierde la media y pierde la delantera. Pero atrás, Biosca puede con Zarra. Y Ramallets para lo que le llega. Al descanso aún no hay goles. Nada más volver del mismo, Areta se entretiene en el centro del campo, se lía, Manchón le quita la pelota, se escapa y ya ante Carmelo cede a Kubala que marca cómodamente. Es el 1-0. Sólo diez minutos después, una cesión defectuosa de Garay da lugar a otro ataque rápido del Barça; el balón llega a Kubala, cuyo chutazo repele como puede Carmelo y Manchón remata a gol. 2-0. La insistencia del Athletic en su ataque continuo alcanza por fin premio en el minuto 75, cuando Gaínza pasa a Zarra, y este a Venancio, que remata, rechaza Ramallets y el propio Venancio cabecea a gol.


Kubala hace más de una vez su jugarreta en el córner nordeste del Bernabéu. Un día me contó que se lo copió a Angelovich, compañero suyo en el Hungaria. La bronca es mayor cada vez que lo repite.


Y no hubo más: ganó el Barça, ganó Kubala. Gaínza se quejaría luego con una frase que quedó: “El húngaro es muy listo perdiendo el tiempo para ganar tiempo”.


Como todo el mundo suponía, el titular en Argentina y Chile fue Kubala. Zarra no volvería a la selección. En realidad, aquel curso fue su canto del cisne. En la 53-54, un joven Ignacio Arieta le desplazaría de la titularidad en el Athletic.

Archivado en

miércoles, 27 mayo 2015

Por Alfredo Relaño

Rompecascos, un hincha de otro tiempo

A primeros de los sesenta empezaron a televisarse partidos de Liga. Uno de los primeros fue un Athletic-Sevilla, en San Mamés. Era el Athletic de Carmelo, aún no de Iríbar, el de Ignacio Arieta, aún no de Antón Arieta. Era el Sevilla de Achúcarro y Diéguez. Vi aquel partido en casa de un tío mío. Nosotros aún no teníamos televisión.

Al poco de empezar, se oyó un grito fuerte que se impuso a la narración y al sonido ambiente. Un grito individual:

—¡¡¡Athleeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeetic!!!!

Era todo un do de pecho. San Mamés, al unísono, respondió:

—¡¡¡Euuuup!!!

Mi hermano, que me saca siete años y siempre he tenido la impresión de que lo sabía todo, entre otras cosas porque era y sigue siendo así, dijo con tranquilidad:

—Ese es el Rompecascos.

Blog


—¿El Rompecascos?

—Sí. Cuando el Athletic meta un gol, se romperá una botella en la cabeza. Ya lo veréis.

Luego aclaró que ya le había visto en alguna final de Copa, e incluso en una exhibición en la Plaza Mayor. Para los aficionados madrileños, el Athletic de esos años era algo muy familiar, por lo frecuentemente que jugaba las finales de Copa en Madrid, arrastrando una riada de aficionados que entonces no se estilaba. La hinchada del Athletic viajaba por miles a la final de Copa, esa competición “cuya final juegan el Athletic de Bilbao y otro, y casi siempre la gana el Athletic”, se decía. Así que en Madrid, Rompecascos ya era conocido. Pero ese día, en la transmisión ante el Sevilla, adquirió nombradía nacional.

Porque, efectivamente, llegó un gol de Arieta y Rompecascos se estrelló una botella de vidrio en la cabeza, cubierta, eso sí, por una chapela. La botella se hizo trizas.

Aquel hombre fue el hincha más popular de España, en años anteriores a los de Manolo El del Bombo. Se llamó (ya no vive) Gabriel Ortiz. Nació en Bilbao, en 1920 y fue pescador. Encarnaba casi hasta la caricatura la imagen que de los vascos teníamos en la época, y que con el tiempo se ha ido endulzando: alto, fuerte, jovial, gran voz, comedor… Y con chapela. Era cuando se decía: “un vasco es una boina; dos vascos, un partido de pelota; tres vascos, un orfeón; cuatro vascos, una partida de mus...”.
Ya en 1933, con 13 años, se fugó a Barcelona en un camión de pescado, sin permiso de a sus padres, a ver una final de Copa del Athletic contra el Madrid. El mismo día y en el mismo campo (25 de junio de 1933, Montjuïc) jugaba el Erandio la final de la Copa de Aficionados contra el Sevilla. Nuestro héroe hizo doblete, porque ganaron el Erandio y el Athletic. El de aquel año era el Athletic de Míster Pentland, que ganó 2-1 la final con una delantera lujosa: Lafuente, Iraragorri, Unamuno, Bata y Gorostiza. Gabriel regresó a Bilbao como polizón consentido en el autobús del Erandio.

Quedó contaminado por el fútbol desde muy joven, pues, y con motivo, porque aquel Athletic era tremendo. Llegó a ganar 0-6 al Madrid en Chamartín y 12-1 al Barça en San Mamés en una misma temporada. Respecto a lo de la botella, fue un descubrimiento accidental. Una riña de marinos en una tasca, un noruego que le pega un botellazo y él que le tumba de un cate. El botellazo no le hizo mella. Así descubrió su superpoder.

Pronto se hizo popular en San Mamés. Por el grito, que todo el estadio respondía, y por el detalle del autobotellazo, que su cráneo soportaba sin daño mientras a su alrededor saltaban trozos del vidrio. Él subrayaba el gesto con un comentario:

—¡P’a los pollos!

Que era una manera de decir que aquello no tenía importancia.

Chechu Rojo le recuerda con cariño en doble versión. Eran vecinos en el barrio de Lacruz, junto a Begoña:

—Yo era un crío, claro. Él era muy famoso, muy querido entre los vecinos. Todo el mundo le conocía. Le recuerdo grande, gordote, muy jovial, siempre con amigos. Luego, cuando yo jugaba en San Mamés le veía ahí, en su localidad, siempre la misma. Pero me mudé de barrio y le perdí la pista.

Ahí estuvo muchos años. Descolló también en la rara especialidad local de romper nueces con el culo, arte de difícil valoración. Entrando los ochenta empezó a faltar a algunos partidos, por motivos de salud. Me lo describen como el clásico hombretón que abusa de su organismo, y en este caso no me refiero a la dureza del cráneo, sino al estómago, hígado y demás vigilantes de nuestras costumbres. A su mujer y a su hija no les hacía gracia la cosa, sobre todo a partir de cierta edad. Alguna vez fueron, me cuenta Sarita Maratón, a Radio Juventud, a pedir que no le entrevistaran, que no le animaran a seguir en ese ambiente macho y futbolero, un poco brutal.

Sus últimas apariciones fueron cuando la segunda Liga de Clemente, en 1984. El estruendo de aquellos años, con aquel conflicto Clemente-Sarabia que fue debate nacional, puso sordina en su retirada, discreta. San Mamés perdió el grito de Rompecascos y su estampa chirene rompiéndose la botella en la cabeza.

Quedan algunas fotos, y alguna imagen vieja de película o TVE, que se pueden encontrar en internet, donde está todo, como en la cabeza de mi hermano. Y se puede escuchar ahí, todavía, su fenomenal grito:

—“¡¡¡¡Athleeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeetic!!!!” .

Archivado en Deportes

© DIARIO AS, S.L. - Valentín Beato, 44 - 28037 Madrid [España] - Tel. 91 375 25 00