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miércoles, 03 febrero 2016

Por Alfredo Relaño

60 años de aquel milagro en Belgrado

—Nada más empezar, atacaron. Marquitos le salió al cruce a Herceg y se pegó una culada que fue patinando casi hasta el córner. El tirazo de Herceg pegó en el larguero y me cayeron como cuatro kilos de nieve en los hombros. Ese día me dieron doce balones en los postes. No sé cómo pudimos tener tanta suerte.

 

Eso me contaba, 25 años después de los hechos que luego refiero, Juanito Alonso, portero del Madrid ese día, uno de los héroes de aquellas Copas de Europa del blanco y negro. Hablamos en la cafetería de la calle Conde Peñalver, Albany, que montó con sus ahorros. Me pareció que todavía sentía el frío y el miedo de aquella noche.

 

RELAÑO

 

Era la segunda eliminatoria de la primera Copa. El Madrid había eliminado antes al Servette. Ahora el rival era el Partizán, del mundo comunista. El partido de ida se jugó el día de Navidad de 1955, a las tres de la tarde. No estaba extendida la iluminación eléctrica en los campos y para la Copa de Europa se buscaban festivos entre semana. No había jornadas fijas, como ahora, sino un plazo para completar la eliminatoria. Los clubes pactaban las fechas. Aquello de comunistas en Navidad a las tres de la tarde fue un acontecimiento. Ganó el Madrid 4-0, en tarde explosiva de un extremo llamado Castaño, que luego haría carrera en el Betis. Buen resultado. Pero el Partizán gustó. Con 0-0 le anularon dos goles, uno injustamente, en apreciación del propio Alonso.

 

La vuelta se fijó para el domingo 29 de enero de 1956. El Madrid tuvo que aplazar su partido de Liga contra el Español. Era el primer viaje de una legación española de cualquier tipo al otro lado del Telón de Acero. El Madrid viajó el jueves, en un chárter que se completó con algunos aficionados selectos y adinerados. Prohibidas las cámaras fotográficas. Los jugadores tardaron dos horas en pasar la aduana; los acompañantes, más, por si entre ellos había espías. En Belgrado encontraron sol y frío, con restos de una pequeña nevada. El viernes se entrenaron en Estadio de la Armada, escenario del partido. Lo encontraron resbaladizo e irregular, pero sin restos de nieve. Luego fueron de compras y a un paseo. Al regreso vieron que sus maletas habían sido registradas de nuevo en el hotel, pero nadie echó en falta nada.

 

A las tres de la madrugada del sábado empezó a nevar, y así siguió durante doce horas. Una nevada intensísima, que bloqueó la ciudad, depositando cuarenta centímetros. Por la noche, una delegación del Partizán se presentó en el hotel del Madrid. Ofrecieron dos propuestas: limpiar toda la nieve, advirtiendo de que el campo quedaría helado, lo que podía ser peor, o dejar una cuarta de nieve, con lo que jugarían sobre nieve, no sobre hielo, lo que sería más practicable. Bernabéu les dijo que lo que quisieran. Ellos anunciaron que dejarían la nieve.

 

Al llegar al campo, a los jugadores se les cayó el alma al suelo. Todo blanco, las rayas marcadas en rojo. Lo pisaron y era nieve por los lados, pero hielo en el centro. La temperatura era de seis bajo cero y bajaría según cayera la tarde. Di Stéfano discutió con Bernabéu. No quería jugar, pero Bernabéu fue inflexible. Era uno de los grandes valedores de la Copa de Europa y quería que la eliminatoria concluyera en su plazo. En paralelo, la Copa de Ferias estaba fracasando: tardó tres años en completar la primera edición. Bernabéu no quería perder esa fecha ni ese viaje. Así que a jugar.

 

Los once valientes fueron: Alonso; Becerril, Marquitos, Lesmes; Muñoz, Zárraga; Castaño, Olsen, Di Stéfano, Rial y Gento.

 

Ya comenta arriba Juanito Alonso cómo empezó el partido, con el cañonazo al larguero. El primer cuarto de hora fue un cúmulo de remates desde todas partes, con Alonso en héroe. Sin guantes ni pantalón de chándal (entonces eran de materiales tan malos que si se mojaban pesaban mucho y hasta provocaban más frío), empapado, aterido, crujido a balonazos, atormentado por los sobresaltos. Su preocupación era asentar los pies, no patinar en la arrancada del vuelo. Ante él, sus diez compañeros andaban culada tras culada. Los yugoslavos se apañaban mucho mejor, luego veremos por qué.

 

El primer gol se retrasó hasta el minuto 25, obra de Milos Milutinovic (hermano del célebre entrenador Bora Milutinovic, que tantas selecciones ha dirigido), la estrella del equipo. Felizmente, el Partizán para un poco a partir de ese momento, en busca de un segundo aire. El Madrid ha encontrado cómo jugar, por las bandas, con cautela, evitando el centro, donde patina sobre el hielo. Llega un par de veces, hasta da un palo. En el 42, Gento mete un centro que corta Lazarevic con la mano. El suizo Josef Guide da penalti. Rial, a saber por qué, le insiste a Di Stéfano en tirarlo. Di Stéfano, a saber por qué, se lo otorga. Rial va al balón, le resbala el pie de apoyo y su derechazo sale cinco metros por encima del larguero. Van al descanso 1-0.

 

Al regresar al campo descubren que los yugoslavos meten los pies en una lata de gasóleo antes de salir. Eso explica que no se les pegara la nieve entre los tacos, como a los madridistas, que se la tenían que quitar continuamente con dedos doloridos, porque ese cúmulo de nieve entre los tacos era lo que más les hacía patinar.

 

A los dos minutos de la reanudación, es Muñoz quien hace penalti, por mano. Lo marca Mihajlovic que, claro, no resbala. ¡El gasóleo! Ahí caen todos en la treta.

 

Quedaban 43 minutos para defender dos goles. La temperatura ya era de diez bajo cero. Cómo lo consiguieron, ninguno se lo explica. Se echaron atrás. Di Stéfano se clavó delante de la defensa. Castaño y Gento se replegaron. Todos allí, patinando, llevándose balonazos, Alonso por los suelos una y otra vez, un infierno helado. Pierden tiempo, la echan fuera, retrasan los saques. No sé si los tiros al palo serían tantos como Alonso creía recordar (Di Stéfano me dijo que no doce, pero sí más de seis) pero en el 86 la cosa seguía 2-0. Solo entonces llegó el 3-0, de nuevo Milutinovic. Los últimos tres minutos les parecieron tres horas, pero acabaron así. Se retiraron entre bolazos de nieve de los aficionados, frustrados. En el interior de algunas bolas había piedras. El entrenador, Villalonga, se llevó el impacto de una de esas bolas preñadas.

 

El Partizán se portó bien: les habían provisto de barreños de agua caliente, uno para cada uno, para que recuperaran la temperatura en pies y manos, antes o después de ducharse. Los acogieron con júbilo. Pero cuando Becerril metió los pies empezó a gritar de dolor. Tenía el derecho roto, y con el frío congelador no lo había advertido. Al volver a la temperatura normal le llegó el dolor. Fue escayolado allí mismo, por los servicios médicos del Partizán. El equipo aterrizó en Madrid el lunes y la imagen de Becerril escayolado contribuyó a darle más épica al suceso.

 

Pero el gran impacto se produjo cuando, una semana más tarde, el No-Do ofreció un resumen del partido, unas imágenes borrosas, el campo blanquísimo, los jugadores patinando, Alonso haciendo lo que podía, los goles, la voz metálica del locutor de siempre glosando la proeza. Aquellas imágenes provocaron un enorme respeto por el Madrid. Luego, semifinales contra el Milan y final ante el Stade de Reims, en París ganada por 3-4, remontando un 2-0 y un 3-2. Y luego, las cuatro siguientes, de una tacada. La leyenda.

 

Esa leyenda, que hizo del Madrid el mejor club del siglo XX, arrancó sobre la nieve y el hielo de Belgrado, hace estos días sesenta años, esa tarde que Juanito Alonso creyó haber recibido doce balones en los postes. El mismo día me dijo, con seguridad: “A partir de ese día supimos que podríamos salir adelante en cualquier mal trance”.

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miércoles, 27 enero 2016

Por Alfredo Relaño

¿Habrá mayor desatino? ¡Traspasar Peiró al Torino!

Así como ahora nuestro fútbol hoy es como el coco, feroz depredador de las mayores figuras que surjan por ahí, en los sesenta aquel papel correspondía al calcio. En poco tiempo se nos llevó a Luis Suárez, Luis del Sol y Joaquín Peiró. La más traumática fue la salida de este.

 

Luis Suárez salió para el Inter al final de la 60-61. Su último partido con el Barça fue la desdichadísima final de Copa de Europa de Berna, la de los cuatro postes. El Barça estaba en apuros económicos, lo dirigía una gestora, Helenio Herrera se había ido al Inter, desde donde echó su red y un sector del barcelonismo nunca llegó a encariñarse del todo con Luis Suárez, al que vieron como competidor de Kubala. Además, aquel traspaso, 250 millones de liras, 25 millones de pesetas, estableció un récord absoluto en la historia del fútbol, así que la operación no fue tan mal vista.

 

Luis del Sol dejó el Madrid, también por motivos económicos, al final de la 61-62, tras el Mundial de Chile. Fue vendido al Torino, pero allí se encontró la hinchada encrespada. Culpaban al presidente, Filippone, de gastar 220 millones de liras en un fichaje cuando las familias de los fallecidos del Grande Torino (el equipo que se estrelló en accidente de avión en Superga en 1949, sin supervivientes) pasaban dificultades. La operación se salvó porque la Juventus se hizo cargo del acuerdo con el Madrid y con el jugador y éste se quedó en Italia, en Turín… pero en la Juve. El madridista quería mucho a Del Sol, pero sólo había estado dos años y medio. Y al fin y al cabo, seguían Di Stéfano, Puskas y Gento. Y venía de La Coruña un tal Amancio, del que hablaban maravillas. Dolió, pero se soportó.

 

En Turín se volvieron las tornas. La operación había acabado reforzando a la Juve, el rival odiado. En torno a estos dos clubes se da un caso curioso: la Juve es el gran club de Italia, pero en Turín apenas tiene hinchas, y entonces aún menos que hoy.

 

Así que Filippone se vio libre para fichar y se tiró por Joaquín Peiró, interior del Atlético, jugador de ciencia, zancada y gol. El Galgo de Cuatro Caminos. La mitad del ala infernal, Peiró-Collar, que enloquecía a los atléticos. Fichado de la Ferroviaria, completado en un cesión al Murcia, junto a Collar. Muy querido por la afición. Para entonces tenía 26 años. Estaba en lo mejor de su carrera.

 

El Atlético empezó la 62-63 como una moto. Del curso anterior se había dejado un compromiso aplazado: el desempate de la final de la Recopa ante la Fiorentina. Habían empatado 1-1 en el primer envite, antes del Mundial. La proximidad de éste hizo que el nuevo partido se dejara para la vuelta de las vacaciones. Fue el 5 de septiembre, en Stuttgart, y ganó el Atlético, 3-0. Era el primer título europeo del club. Peiró marcó el tercero, como había marcado el único gol del Atlético en la final empatada.

 

El comienzo de la Liga, el 16 de septiembre, fue tremendo, porque el Atlético recibía al Valencia, campeón de la Copa de Ferias tras haber batido al Barça 6-2. ¡Atlético-Valencia, dos campeones de Europa frente a frente! Gana el Atlético 5-1, con dos de Peiró. Esa misma mañana ha sido la Asamblea del Club, presidida por el trofeo de la Recopa. Todo es euforia entre los socios, que no prestan atención a la situación económica, dramática. Ni saben que el Torino viene a por El Galgo.

 

No tenía nada de extraño. Peiró había llamado la atención en Italia desde sus tres goles en un España-Italia de selecciones B, en el 58. Había brillado en las dos finales de Copa 60 y 61, ganadas al Madrid en el Bernabéu, como en la doble final ante la Fiorentina. Y había sido mundialista en Chile. También le quería el Mantova.

 

Pero el socio era ajeno a ese interés. El segundo partido de Liga iba a complicar más las cosas. El Atlético se desplazó a Sevilla, donde ganó 2-4, ¡los cuatro de Peiró! La euforia sube al compás que sube la oferta del Torino, de la que ya empieza a haber rumores. Se oye, se dice, se comenta… Que si ofrecen tanto más cuanto. El club tiene comprados los terrenos del Manzanares pero no hay dinero para las obras, atascadas. Se dice que los jugadores no cobran. Se recuerda que en la asamblea el tesorero había descartado que se traspasara a ningún jugador, “salvo una situación agobiante y para salvar al equipo, porque el equipo vale más que un solo jugador…” Se dice, se dice, se dice…

 

El domingo 30 hay nueva salida, a La Coruña. El Atlético empata 1-1. No marca Peiró, pero juega igual de bien y es Pichichi con sus seis goles anteriores. El equipo regresa en coche cama. Al apearse en el andén, a Peiró le espera un directivo:

 

—Joaquín, esta tarde pásate por el club. Tenemos que hablar del Torino.

 

El martes 1 de octubre, aparece en prensa una nota del club desmintiendo que hubiera negociaciones, pero ya no hay quien pare la agitación de los socios. El 2 está a punto de culminarse el traspaso, tanto que Peiró llega a tener los billetes de avión para el miércoles 3, pero un grupo de notables del club presiona para que se quede. Aseguran tener un crédito puente para salvar la crisis económica. El mismo día 3, la directiva se reúne en la sede del club, en Barquillo, 22. Cientos de aficionados cortan la calle. En el número 5 de la misma, vive el presidente, Barroso, que mantiene ese día una conversación con Peiró, que le pide que acepte. Va a ganar cinco veces más. Y los 25 millones que ofrecen al club aliviarán la situación económica. Peiró sabe que sus propios compañeros ven en su salida la solución a los atrasos.

 

La directiva prolonga la decisión hasta entrada la noche, quizá esperando que se disolvieran los aficionados. Por fin aparece la nota inexorable: Peiró se va.

 

El revuelo entre los atléticos es enorme. El trueno de los aún recientes cuatro goles de Peiró en Sevilla hace aún más dolorosa su salida, que corta de raíz la euforia y desmonta una hermosa delantera que aún se recita: Jones, Adelardo, Mendonça, Peiró y Collar. El domingo, el Atleti recibe al Zaragoza en el Metropolitano. El ambiente es de dolor. Una gran pancarta reza: “¿Habrá mayor desatino? ¡Traspasar Peiró al Torino!”. El Atlético gana 2-1, pero no hay consuelo. Es demasiado fuerte la nostalgia por la ausencia del número diez, el querido interior de las medias caídas. El de los cuatro en Sevilla.

 

A Peiró le fue bien en Italia. Tras dos cursos en el Torino pasó al Inter de Luis Suárez y Helenio Herrera, con los que ganó consecutivamente dos Copas de Europa y dos Intercontinentales. Así que formó parte de los dos mejores años de ese club, donde le apodaron Il Rapinatore, por un célebre gol al Liverpool, hurtándole el balón al portero cuando lo botaba… Luego pasó cuatro cursos en el Roma, donde se retiró, con la Copa de Italia de 1970. Tenía 34 años. Por su parte, Luis Del Sol, tuvo una larga y feliz estancia de ocho años en la Juve, donde la apodaron Siete pulmones. En el 70 pasó al Roma, tras la baja de Peiró, donde estuvo dos años. Y aún apuró su carrera en el regreso a España, en su Betis, donde había arrancado, antes de ir al Madrid. Allí se retiró, con 38 años. Luis Suárez, tras nueve años en el Inter, se fue, también en el 70, a la Sampdoria, donde se retiró al cabo de tres temporadas, ya como líbero científico. También tenía 38 años cuando lo dejó.

 

Los tres triunfaron. No sólo ganaron dinero: nos hicieron quedar bien.

 

Aquí, cada noche de domingo, las radios nos contaban sus peripecias, que seguíamos con interés y emoción. Sobre todo los atléticos, para los que Peiró fue tan especial.

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jueves, 21 enero 2016

Por Alfredo Relaño

A Bernabéu le caía gordo Velázquez

Velázquez se enteró por Breitner, un día de junio de 1977, de que no le iban a renovar. Se encontraron por los pasillos del Bernabéu. Breitner, después de tres temporadas en el Madrid, se iba al Eintracht Braunchsweig. Velázquez le abrazó, le dijo que esperaba verle pronto:

—¡Claro que sí! ¡Vendré a finales de agosto, a tu homenaje, con el Eintracht!

Velázquez se quedó de piedra y Breitner se fue con la sensación de haber metido la pata.

Velaz


Velázquez nunca le había cayó bien a Bernabéu. Cuando era un joven reportero, yo, que era un velazquista radical, llegué a tener alguna osada discrepancia con él sobre esa cuestión. Siempre noté que no lo aguantaba.

Era madrileño, del barrio de Chamartín, socio de niño (al llegar a la primera plantilla le dieron de baja porque Bernabéu tenía el principio de que un jugador no podía ser socio, dado que eso daba unos remotos derechos políticos), se hizo en la cantera, llegó al club tras cesiones en el Rayo y en el Málaga, donde su conducta fue buena, y ya en el Madrid su juego era luminoso y su conducta extremadamente deportiva…

Pero no le aguantaba.

Llegué a la conclusión de que Velázquez era un heraldo del tiempo que llegaba y que a Bernabéu le cogió a traspiés. Era más ilustrado de lo que solían los jugadores entonces, estudió banca, hablaba inglés, le gustaba la música anglosajona, cuidaba su pelo, vestía a la moda. Igual se dejaba bigote que se lo quitaba. A Bernabéu todo eso se le hacía molesto y sospechoso.

Además, sin ser díscolo, a veces pedía explicaciones, y eso era lo peor de todo.

Hubo una escena que Bernabéu jamás perdonó. Fue con ocasión de la final de Recopa de 1971, en Atenas, contra el Chelsea. En primera instancia, la final acabó 1-1, gracias a un gol in extremis de Zoco. Había que repetir a los tres días, también en Atenas. Con varios jugadores golpeados y Pirri con fractura de cúbito, Muñoz decidió llamar al central De Felipe, al que había dejado en casa.

De Felipe, canterano como Velázquez, había perdido el sitio por culpa de una lesión de rodilla mal curada y de la aparición de Benito. Por eso se había quedado en Madrid. La noche del partido había sido entrevistado en La noche de Los Santos, un programa de variedades de Radio Madrid, primer experimento de programa de medianoche, del que derivaría Hora 25. A pregunta de Miguel de los Santos, inventor y conductor del espacio, dijo que sí, que le hubiera gustado estar ahí. Eso fue todo. No fue una rajada. Yo lo oí en su día.

Pero a Bernabéu le llegó una versión deformada, cosa que pasa con frecuencia en temas de radio. Abundan los malintencionados que cuentan las cosas como no fueron. A Bernabéu alguien le llamó desde Madrid y le contó lo que no fue. Y él reunió a los jugadores, el día intermedio entre un partido y otro, mientras De Felipe volaba.

—Mientras ustedes se estaban partiendo la cara por la institución, un mal compañero estaba hablando mal de ella en España. Ahora está viniendo. Espero que cuando llegue le reciban con el desprecio que se merece.

Velázquez se levantó y le dijo que le extrañaba mucho, que podía tratarse de un equívoco, que convenía esperar y preguntarle qué había dicho antes de dar por hecha la versión que le había llegado al presidente. Para Bernabéu, ya fue el colmo que le discutiera delante del resto de la plantilla. Eso no se lo había hecho nadie desde que era presidente. Disolvió la reunión y le cogió aparte.

—Pues si usted y su amiguito son tan listos, pasado mañana se van del club donde quieran, con la carta de libertad.

—Por mi parte, si mantiene la palabra le cojo la carta de libertad y me voy.

Pasó la final, que Pirri afrontó con un vendaje fuerte de su hueso roto. De Felipe no jugó (Velázquez sí, hasta el minuto 75) y el Madrid perdió. Pero no le dio la baja. Era demasiado importante. Pero cuando terminó el contrato le renovó por una sola temporada, cosa que sólo se hacía a partir de los 30 años, que aún no tenía. Y así siguió, renovando de año en año hasta el final.

Cuando en la 73-74, se abrió la frontera a los extranjeros, el gran fichaje del Madrid fue Netzer, que jugaba en su posición. Le dieron el 10 de Velázquez, que tuvo que conformarse con el 6. A muchos nos enfureció eso. En una asamblea Bernabéu se vio obligado a defenderse ante la lluvia de quejas. Tanto que llegó a hacer algo impropio: dio la suma del dinero que Velázquez llevaba ganado en sus años en el Madrid, sin ponerlo en relación con lo que cobraban otros compañeros. Nunca fue de los mejor pagados, más bien al revés, como jugador de cantera que fue.

El paso de Netzer por el Madrid fue un pinchazo, por cierto. Cuando se fue, Velázquez recuperó el 10 para su última temporada, hasta que le llegó la suplencia en beneficio de Guerini o Vitoria, que tampoco le mejoraron.

Como estuvo 12 temporadas, le correspondió partido de homenaje, que era norma para todos los que completaran al menos 10. El rival lo escogió el club, y ya se sabe cómo, sin consultarle. La fecha, también: el 24 de agosto. Velázquez propuso el 31, porque habría más gente en Madrid, pero le dijeron que habían hablado también para esas fechas con la selección de Perú, y que para el homenaje era mejor el primero de los dos días, pues sería la presentación de los nuevos fichajes: Juanito, Stielike y Wolff, mientras que si escogía el 31, la expectación por la novedad decaería. A la hora de la verdad, no hubo partido contra Perú. El homenaje fue el 24, el 31 quedó libre.

A la vuelta de la playa pidió entrenarse con los compañeros, para estar bien el día del homenaje. No le dejaron, aunque sí con el Castilla. Ahí se entrenó tres semanas, en un campo de la Ciudad Deportiva anejo a aquel en el que entrenaba el Madrid. Hubiera querido jugar un tiempo, pero le dijeron que solo 15 minutos, porque había que probar el equipo nuevo.

La víspera, le negaron la petición de que su hijo mayor hiciera el saque de honor. Se hartó. Le dijo a Agustín Domínguez que se acabó, que renunciaba al dinero (la taquilla era para el homenajeado), que lo dejaran todo en partido de presentación de la nueva temporada y de despedida a Breitner, que él se quedaba en casa.

A las dos horas le llamaron. Le dijeron que bueno, que podía ser. Y el chiquillo hizo el saque.

A la hora de la verdad, fue un éxito. El campo se llenó a pesar de la fecha, porque a Velázquez se le quería mucho.

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miércoles, 13 enero 2016

Por Alfredo Relaño

El Betis destroza el estreno del Pizjuán

El verano de 1958 se vivió en el ambiente futbolístico sevillano con una efervescencia extraordinaria. El Sevilla iba a estrenar un campo nuevo, mientras el Betis había regresado a Primera División después de estar fuera 15 años, algunos de ellos incluso en Tercera.

Había sido una larga y penosa travesía para el Betis, que antes de la Guerra Civil había llegado a ganar la Liga de 1934-1935. He conocido a béticos que para ver a a Zarra, a Kubala o a Di Stéfano habían tenido que pasar por el humillante trámite de comprar una entrada en Nervión, el viejo campo sevillista, para ver a esos grandes genios cuando visitaban la ciudad. Ahora eso se terminaba. ¡El Betis volvía a Primera!

El nuevo campo del Sevilla se iba a llamar Ramón Sánchez Pizjuán en homenaje al hombre que puso en marcha la iniciativa y que había fallecido como presidente del club. Su sucesor, Ramón de Carranza, Marqués de Soto Hermoso (hijo del célebre alcalde gaditano del mismo nombre), anunció en su toma de posesión que culminaría el proyecto. Y así fue. El nuevo campo se edificó justo al lado del viejo Nervión. Marcelino Campanal, me explica: “El Nervión estaba donde ahora está esa gran zona comercial. Desde él, cuando entrenábamos, veíamos día a día cómo iba creciendo el nuevo. Estábamos ilusionados, claro. Cabría el doble de gente y todo sería nuevo”.

En efecto, el Sánchez Pizjuán duplicaría en su estreno la capacidad de Nervión: de 20.000 a 42.000 espectadores, con la idea de aumentarlo a 60.000 en una segunda fase, que más adelante se llevaría a efecto. El nuevo estadio estaba inspirado en el Bernabéu, inaugurado en 1947. El arquitecto Manuel Muñoz Monasterio participó en ambos proyectos. El Sevilla se despidió de Nervión el 25 de mayo, en el partido de vuelta de octavos de la Copa, ante Las Palmas. En la ida habían ganado los canarios por 5-0. La vuelta se quedó en 2-0. El último gol lo marcó Pepín, y lo encajó otro Pepín, portero de Las Palmas, que más adelante sería figura del Betis.

Eran buenos años para el Sevilla. En la 1956-1957 había sido subcampeón de Liga, lo que le permitió jugar el curso siguiente la Copa de Europa, gracias a haber sido el Madrid campeón de Liga y también del torneo continental, con lo que la plaza de España quedó para el segundo. En la temporada 1957-1958 no había estado tan bien. En la Copa de Europa cayó precisamente ante el Madrid y en la Liga acabó décimo, pero se consideró algo pasajero. Generalmente, los equipos que construían campo ahorraban en refuerzos y pasaban un bache. Pero ahora, con el campo en perspectiva de estreno y los nuevos préstamos por las previsibles taquillas, había reforzado muy bien su delantera, con el argentino Diéguez y el húngaro Szalay.

Aquel fue un verano de húngaros. Se cumplía año y medio de la entrada de los tanques soviéticos en Budapest para sofocar un levantamiento popular. Aquello provocó muchos exiliados, entre ellos bastantes futbolistas, a los que la FIFA suspendió por año y medio. Cumplido el plazo, muchos recalaron en España. Algunos tan ilustres como Puskas (al Madrid) o Kocsis y Czibor (al Barça). El Sevilla trajo a Szalay, excelente extremo, además de al nuevo entrenador, Janos Kalmar. También el Betis se había reforzado con un húngaro: Kuzman, delantero centro. Aunque la figura del equipo era Luis Del Sol, entonces extremo, más adelante colosal interior del Madrid y de la Juve.

El sorteo del calendario decidió que el primer visitante del Sevilla sería ¡el Betis! Al Sevilla no le hizo gracia. Así que aunque la idea era estrenar el campo en el primer partido de Liga, se decidió cristianarlo antes. Se pensó en el Cádiz, pero no cuajó. Se optó entonces por otro vecino, el Jaén, que acaba de descender a Segunda División después de dos temporadas en Primera.

Se fijó el domingo 7 de septiembre, el anterior al inicio de Liga. Tras la Música del Regimiento de Soria, los preceptivos discursos y el hisopo del beneficiado de la Catedral y capellán del club, se jugó el partido, con floja entrada, que acabó 3-3. El primer gol lo marcó el visitante Arregui, que luego haría otro. Arregui había pasado por el Sevilla, de donde le sacó una lesión. Fue el gran jugador de la historia del Jaén, con 225 goles, repartidos entre Primera, Segunda y Tercera. Un exquisito cabeceador con un triste final: falleció en accidente de tráfico en 1967, con sólo 41 años.

El 14 se jugó la primera jornada de Liga: el Betis ganó 2-1 en casa al Granada, el Sevilla empató 2-2 en Pamplona. Kuzman hizo dos goles y Szalay, uno.

El 21 es el gran día: Sevilla-Betis, todo vendido, Zariquiegui de árbitro. El partido es a las cinco, con un calor de 36 grados. Juegan estos:

Sevilla: Cardoso; Santín, Campanal, Maraver; Ruiz Sosa, Pepín; Antoniet, Diéguez, Gómez, Arza (capitán) y Szalay.

Betis: Otero; Valderas, Ríos, Portu; Isidro, Paqui; Castaño, Areta, Kuzman, Azpeitia y Del Sol (capitán).

No han pasado dos minutos cuando Del Sol, muy fuera del área, caza un balón perdido y la clava desde lejos. 0-1. Del Sol lo recuerda bien. “Fue un gran gol, aunque para que entre algo así has de tener mucha suerte. Yo venía jugando de extremo izquierdo, pero Antonio Barrios, nuestro entrenador, me animaba a moverme por todas partes. Como yo no me cansaba… Y en una de esas me encontré ese balón”. (Del Sol era tan incansable que cuando jugó en la Juve le apodaron Siete Pulmones).

El Sevilla fue cogiendo poco a poco el aplomo y en el 35’ hay un penalti por mano de Valderas que transforma Szalay. Y en el 44’, un jugadón enorme de Diéguez, que regatea a varios rivales y la pone en la escuadra. 2-1 al descanso y alegría sevillista.

Pero todo cambia enseguida. En el 52, hay un centro-tiro muy cerrado de Kuzman que manotea torpemente Cardoso a la red, sin nadie que le acose. Le sienta tan mal que sufre un ataque de nervios y Kalmar aprovecha para sustituirle por Guerrica —en la época no cabía más cambio que el del portero, y previa lesión—. Pero el Sevilla ha perdido la concentración, el Betis se siente seguro, Del Sol es el amo. En el 70’, una cesión a Guerrica se queda corta y Areta aprovecha para anticiparse y marcar. 2-3. Y en el 76’, falta de Maraver a Castaño. El saque lo recoge Kuzman y a la media vuelta, y con Campanal encima, marca un golazo. 2-4.

Gritos de “¡Betis, Betis, Betis!” inundaron el cielo de Sevilla. El estreno del nuevo campo, orgullo del sevillismo, había quedado aguado por la victoria bética. Campanal, desde su Avilés natal, donde aún practica atletismo (es el terror en los campeonatos de veteranos) admite: “Nos ganaron bien. Fueron mejores en el segundo tiempo”. Del Sol vive en Sevilla, y todavía aparece de cuando en cuando algún bético que le pide que le cuente aquel partido: “Fue una gran tarde. De esas que quedan”.

En Sevilla todavía se discute cuál fue el verdadero estreno: ¿El del partido amistoso contra el Jaén, con baja asistencia, o el del partido oficial, frente al Betis, ante 42.000 sevillanos, entre ellos todos los notables de la ciudad?

Según a quién se pregunte, claro, la respuesta es una u otra…

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jueves, 07 enero 2016

Por Alfredo Relaño

Uriarte ganó el pichichi en Nochevieja

Aquel partido de fin de año, el 31 de diciembre de 1967, se presentaba duro para el Betis. Viaje largo, del Sur al Norte, un San Mamés embarrado, las uvas por fuerza en el tren de vuelta, y el precedente de que el Atlético de Madrid se había llevado un 6-1 de allí dos semanas antes, y eso que se presentó como líder.


La noche del sábado, ya en Bilbao, los jugadores, en su mayoría sevillanos, contemplaban con aprensión la lluvia desde las ventanas del hotel. Alguno, para animar al resto, dijo: “Tranquilos, Manolo es del Norte, ha jugado mucho por aquí. Es el ideal para frenar a éstos…”. Manolo era Manolo Villanova, portero del equipo. No era exactamente de por allí, sino de Zaragoza, pero había empezado su carrera por el Logroñés.


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—Ya ves. Confiaban en mí, ¡y me llevé ocho! Claro que Uriarte estaba desatado entonces y aquella tarde se desparramó del todo. ¡Él solito me hizo cinco! Y eso que ya le conocíamos. En los saques contra el área pusimos a marcarle a Quino, que era el mejor de cabeza y de casi todo del equipo. Pero ni así…


Uriarte (Fidel Uriarte Macho, natural, como Panizo, de Sestao, margen izquierda) fue un jugador grande. Todos sus contemporáneos del Athletic le consideran el mejor de entre ellos. El propio Quino, desde su Cádiz actual, me sigue hablando maravillas de él:


—A mí me gustaban mucho Velázquez y Rexach, pero quizá Pirri y Uriarte fueran los más completos. Lo tenían todo: técnica, fuerza, presencia…Uriarte además hacía muchísimos goles, sobre todo de cabeza. Tenía un salto tremendo y una gran zurda.


Y recuerda una anécdota:


—En la selección juvenil coincidimos. Ya parecía un adulto. Nos ponían a comer en mesas de cuatro, con una botella de vino. Él buscaba tres que no bebieran para hacer su mesa y se metía la botella entera él solo, y como si nada.


Apareció en el gran fútbol de un modo llamativo. Aún estaba en edad juvenil cuando el club decidió elevarle, junto a Aranguren, a la plantilla profesional, con la temporada 62-63 en marcha. Por entonces, subir a un juvenil al primer equipo exigía dos condiciones: que hubiera sido al menos diez veces internacional juvenil y que pasara examen médico en la Federación, para acreditar que reunía condiciones físicas. Aranguren y Uriarte lo pasaron la tercera semana de septiembre del 62 y fueron declarados aptos. Aquello llenó a España de admiración: “Chicarrones del Norte”, se decía. Esa misma semana, el domingo 22, Uriarte debutó en Málaga, el mismo día, por cierto, que lo hizo Iríbar, por lesión de Carmelo. Esperó en Madrid tres días, entre el examen médico y el paso del equipo para recogerle, en los que se enamoró de los bocadillos de calamares.


No mucho más tarde, el 6 de enero de 1963, le vi por primera vez, en el Bernabéu. Di Stéfano compareció bajo una gran pita porque había hecho un anuncio de medias Berkshire que indignó a la afición madridista. Bernabéu tuvo incluso que pagar para que se retirase el anuncio, que se consideró un baldón. Uriarte tenía que encontrarse en el medio campo con Di Stéfano, cuando éste se retrasase. Años después pude hablar con él de aquel día:


Di Stéfano, que pronto marcó un gol, me dijo luego: “Chaval, tú juegas bien, pero eres más de ataque. Mira, si tú no me sigues, yo no te sigo”. A mí me pareció un buen acuerdo, porque lo que me tiraba era el ataque. Y noté que cumplía. Así que le dejé tranquilo cuando arrancaba. Y, claro, nos metió otro gol. Nos ganaron 3-2. Y la gente acabó aplaudiéndole.


Para el Fin de Año de 1967, Uriarte ya era un consagrado. No jugaba en la media, sino de interior, con llegada, era habitual de la Selección. Aquella fue su gran noche: intervino en el primer gol, de Aranguren, e hizo el segundo, el cuarto, el quinto, el sexto y el octavo, de penalti, que le hicieron a él mismo. Tres fueron de cabeza, dos de ellos en saque medido de Aguirre y cabezazo ganando a todos. El sexto, cuarto suyo, fue el más comentado cuando TVE ofreció el resumen: se lanzó en plancha, a un centro de Rojo al segundo palo, y lo cabeceó a ras de suelo, patinando sobre la tripa con los brazos abiertos, como un hidroavión amerizando. Se pudo destrozar la cabeza en la cepa del poste. Aquellos cinco goles le colocaron con 15 en 14 jornadas, seis por encima de Luis y de José María, aquel gran extremo que se hizo en el Oviedo y que ya entonces era uno de los Cinco Delfines del Español.


Nochevieja feliz para Uriarte y triste para los béticos. Villanova tuvo permiso para pernoctar en Logroño, donde vivía su familia política. Viajó en tren y en la estación le recogió su mejor amigo de la ciudad, hincha de los bilbaínos: “Él estaba más avergonzado que yo, casi quería pedirme disculpas”.


El resto del Betis regresó en coche cama. Cada cual en su departamento, cabizbajos. Hasta que empezó a moverse algo aquello. Quino lo recuerda: “Claro, primero uno, luego otro, empezamos a animarnos, a decir que lo pasado, pasado está…”. Apareció champán que llevaba el tren, por el día especial, las uvas, las caras cambiaron, hubo bromas, chistes, canciones… Los ocho goles quedaron atrás.


En Sevilla algunos aún achacan aquellos ocho goles a la leyenda de que el viaje de ida fue difícil, con averías del autobús, y a que el Betis llegó tarde y cansado. Quino desmiente deportivamente esa versión: “Nada, nada. El viaje fue bueno, dormimos en Bilbao. Nos metieron ocho por la cara, nos arrollaron. Estaban muy fuertes y el barro no nos iba nada y ellos se crecieron”. El Athletic de aquellos años se quejaba mucho de que en el Sur le esperaban con los campos muy duros, sin regar. Y en San Mamés se cobraba esa cuenta.


Uriarte fue Pichichi ese año, con cinco goles de ventaja (los de Fin de Año ante el Betis) sobre Luis. Curiosamente, ese jugador tan norteño terminó su carrera en el Sur. El Athletic le dio la baja, al final de la 73-74. Tenía 29 años. Le dio la baja, pero le hizo un favor: el Málaga se interesó por él y el Athletic ocultó que ya le había anunciado al jugador la baja, cobró al Málaga cinco millones de traspaso y se los dio a él.


Con el gesto, el club premiaba a un jugador tan noble que incluso aceptó, cuando surgió Clemente con 19 años y él era ya figura, cederle el 10 y coger el 8 para que no hubiera polémicas. (Los clementistas lanzaron una campaña, con pegatinas en los coches, reclamando: Clemente, el 10 del Athletic). Esos cinco millones más los tres por temporada que recibió de ficha, hicieron que ganara más en sus tres años en el Málaga que en sus doce temporadas en el Athletic. El último lo jugó de líbero, dando salida al juego, y disfrutó otra forma de sentir el fútbol.


Uriarte aún sigue entre nosotros. Vive en Castro Urdiales, donde llegó a ser concejal. Aún se le ve paseando por allí, con una planta de futbolista que impresiona, pero siempre acompañado. Por desgracia, ya no puede recordar nada de esto. Pero aunque él no recuerde nada, su recuerdo sigue muy presente en el fútbol español.

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miércoles, 30 diciembre 2015

Por Alfredo Relaño

El difícil arranque de la Copa de Ferias

Aquel trofeo es ahora uno de los objetos más singulares y queridos del Museo Blaugrana.

 

Se ha recordado mucho este curso que hace 60 años que nació la Copa de Europa, pero menos o casi nada que al tiempo nació la Copa de Ferias. Arrancó con problemas, pero creció hasta mutar en Copa de la UEFA, origen a su vez de la Liga Europa.

 

La idea la acariciaba desde 1950 Ernst B. Thommen, gerente de las apuestas de Suiza y vicepresidente de la FIFA: un campeonato entre selecciones de ciudades que acogían ferias internacionales. Quería ligar al fútbol con el desarrollo de las ferias, escaparate de los avances y el progreso mundial. Una competición así contaría, claro, con el apoyo entregado de los ayuntamientos.

 

RELAÑO

 

La idea seguía ahí cuando, en 1955, L'Equipe planeó la Copa de Europa, con ciertas reticencias de la UEFA (creada en 1954) y más aún de la FIFA, que veía más viable el otro proyecto. Con la Copa de Ferias se alinearon activamente dos vicepresidentes de la FIFA: el italiano Ottorino Barassi —de gran prestigio, entre otras cosas, porque tuvo la Copa Jules Rimet escondida un tiempo bajo su cama, fuera del alcance de los nazis— y el inglés Stanley Rous, más adelante presidente de la FIFA.

 

Les parecía irrealizable la idea de L'Equipe. Pensaban que los clubes no podrían hacer frente a los gastos, que muy pocos podrían instalar iluminación artificial para jugar entre semana. Que con los Ayuntamientos todo sería más viable.

 

Y, sin embargo, la Copa de Europa que arrancó en septiembre de 1955, con 16 participantes, se completó en el primer año, con el Madrid como campeón. La Copa de Ferias se adelantó en su primer partido, que se jugó el 4 de junio, el Basilea-Londres (0-1), pero la participación flojeó e hicieron falta tres años para completarse la primera edición. La idea original eran cuatro grupos de tres, pero deserciones finales (fue muy dolorosa la de Viena) dejaron el número en 10, que quedaron organizados en cuatro grupos: 1.- Leipzig y Lausana; 2.- Basilea, Londres y Fráncfort; 3.- Milán, Zagreb y Birmingham; 4.- Barcelona y Copenhague.

 

No todos cumplieron con el espíritu fundacional. Londres, Zagreb, Basilea, Fráncfort, Leipzig y Copenhague presentaron combinados de varios equipos de la ciudad, mientras que Lausana, Barcelona, Birmingham y Milán presentaron a un club, aunque bajo el nombre de la ciudad. Milán, dado que el Milán estaba enrolado en la Copa de Europa, envió al Inter. En muchos tratados sale 'Milán', pero era el Inter.

 

En cuanto a Barcelona, jugó el Barça, por decisión de la Federación Catalana, sin la menor concesión al Espanyol, entonces Español. Eso sí: no jugó de blaugrana ni con su escudo. Alternó el blanco con el azul, según el rival, y el escudo fue el de la ciudad.

 

Para el Barça, que había estado entre los que no vieron viable la Copa de Europa, la Copa de Ferias fue un buen escaparate, un contrapeso (aunque menor) al prestigio que el Madrid alcanzó gracias a la Copa de Europa. Puso interés en ella. Debutó el 25 de Diciembre del 55, ante el Copenhague (6-2) y se metió cómodamente en semifinales tras empatar (1-1) en la vuelta, el 26 de abril del 56. Lo de recibir a Copenhague el día de Navidad no debe sonar extraño. Durante años fue tradición del Barça jugar un amistoso internacional en la mañana de ese día, contra algún rival extranjero. Para que el padre llevara a los hijos y la madre pudiera cocinar tranquila, se decía entonces.

 

La primera edición avanzó tan a trancas y barrancas que, en toda la temporada 56-57, el 'Barça-Barcelona' no jugó ningún partido. Hubo de esperar hasta la 57-58 para que se conocieran las semifinales, que fueron Barcelona-Birmingham y Lausana-Londres. Barcelona eliminó a Birmingham, con desempate en Bolonia, y Londres a Lausana. La final se jugó a doble partido: 2-2 en Londres y un espectacular 6-0 en Barcelona. El equipo de ese día fue: Ramallets; Olivella, Brugué, Segarra; Vergés, Gensana; Tejada, Evaristo, Eulogio Martínez, Suárez, y Basora. Todos del Barça, como en los seis partidos anteriores. Dado que habían pasado tres cursos, en la plantilla del Barça se habían producido 12 cambios desde el inicio del campeonato. La final se jugó en el flamante Camp Nou; el primer partido se había disputado en el viejo Las Corts.

 

En cuanto a Londres, el otro finalista, fue el equipo que más al pie de la letra siguió el espíritu del torneo. En sus ocho partidos utilizó 56 jugadores de once equipos: Tottenham, Chelsea, Arsenal, QPR, West Ham, Fulham, Charlton, Millwall, Leyton Orient, Brentford y Crystal Palace. Los cuatro partidos en casa los repartió entre Wembley, White Hart Lane, Highbury y Stamford Bridge.

 

En la segunda edición se inscribieron 16 y se desarrolló por eliminatorias. El Barça jugó esta vez como sí mismo, con sus colores y su escudo. Sólo seis ciudades acudieron como tales: Belgrado, Copenhague, Colonia, Leipzig, Basilea y Zagreb. Lo demás fueron equipos. Necesitó dos temporadas, la 58-59 y la 59-60. La ganó otra vez el Barça, esta vez ante el Birmingham: 0-0 allí y 4-1 en el Camp Nou. En la 59-60, el Barça alternó partidos de la Copa de Ferias con los de la Copa de Europa, en la que participó como campeón de la Liga 58-59, hasta caer con el Madrid en semifinales. Fue el año del 7-3 en Glasgow, la quinta Copa de Europa consecutiva del Real Madrid. El Barça había ganado mientras las dos primeras ediciones de la Copa de Ferias, que Bernabéu hizo de menos llamándola 'la copa de los pueblos'.

 

A partir de la tercera edición, en la 60-61, ya hubo un campeón por año y todo fueron clubes. Se fueron animando otros españoles. Valencia, Zaragoza, Atlético… El Valencia ganó las de 61-62 y 62-63. El Zaragoza, la del 63-64. El Barcelona, la del 65-66. Fue cogiendo más formalidad y mejor participación.

 

Tras la decimotercera edición, en la 70-71, la UEFA decidió adoptarla. Perdió el nombre de Copa de Ferias, pasó a llamarse Copa de la UEFA, se olvidó el requisito de tener feria en la ciudad y se abrió a los mejor clasificados de cada país, descontados el campeón de Liga, que iba a la Copa de Europa, y el de Copa, que iba a la Recopa. Con los años, esa Copa de la UEFA se transmutaría, a su vez, en la actual Liga Europa.

 

El último campeón de la vieja Copa de Ferias fue el Leeds United. Para enterrar dignamente la competición, la UEFA decidió que el trofeo utilizado en las trece ediciones se lo quedara en el ganador de una finalísima entre los campeones primero y último: Barça y Leeds. Se jugó el 22 de septiembre de 1971, a partido único, en el Camp Nou. Ganó el Barça 2-1, con este equipo: Sadurní; Rifé, Gallego, Eladio; Torres, Costas; Rexach, Juan Carlos, Dueñas, Marcial y Asensi (Fusté, 79'). Dueñas hizo los dos goles, en su gran noche de gloria, pues enfrente tuvo al célebre Jackie Charlton, La Jirafa. 75.000 espectadores llenaron el Camp Nou y vieron a Rifé levantar la copa, que ese día supimos que tenía por nombre oficial Noël Beard, el orfebre que la creó a encargo de la institución ferial de Basilea y previo cobro de 10.000 francos suizos.

 

Aquel trofeo es ahora uno de los objetos más singulares y queridos del Museo Blaugrana.

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miércoles, 23 diciembre 2015

Por Alfredo Relaño

Di Stéfano salvó a Gento ante Bernabéu

Le dijo a Bernabéu que confiara en Gento: "Tiene velocidad y le pega al balón como un cañón. Eso no se aprende, se trae. Lo demás se lo podemos enseñar"

Cuando Pachín llegó al Real Madrid, a la altura de la quinta Copa de Europa, le sorprendió una cosa: "Todos le hacían la pelota a Gento. Hasta Di Stéfano. Él más que nadie. Le decía: 'A ver Paco, ¿cómo estás?' Y él batía los tacos en el suelo del vestuario, repiqueteando muy rápido, con los dos pies, como esprintando sin moverse del sitio, y aquello sonaba como un motor muy bien afinado. Y entonces Alfredo decía: 'Paco está bien, podemos salir'. Yo me quedaba asombrado".

 

RELAÑO

 

Y eso que Gento estuvo a punto de pinchar en el Madrid. Llegó en el verano de 1953, con sólo media temporada en Primera, diez partidos de Liga y cuatro de Copa, con el Racing de Santander. Su velocidad era eléctrica, pero su fútbol era rústico. La afición la tomó pronto con él. Movía las piernas tan deprisa que casi resultaba cómico, un poco al estilo del 'celuloide rancio', aquellas películas que, por los modos de grabación arcaicos, ofrecían en la proyección movimientos anómalamente rápidos. Dejaba atrás a los defensas, pero también el balón. Chutaba a cualquier parte. Acabó por provocar burlas crueles. Jugó diecisiete partidos de los treinta de Liga, pero a peor. No marcó ningún gol. En la segunda vuelta casi no jugó. Corrió el bulo de que era tan bruto que la primera vez que le citaron en el Racing para viajar en coche cama se presentó en la estación con su propio colchón. Mientras, Espina, también extremo izquierdo, que Bernabéu había cedido al Racing dentro de la operación Gento, hizo allí una temporada más que decente, con 23 partidos y seis goles.

 

La idea de Bernabéu al final de la temporada era deshacer la operación: recuperar a Espina y devolver a Gento.

 

Pero Di Stéfano le había visto algo. Di Stéfano llegó pocas semanas después de Gento, a tiempo para jugar la tercera jornada de Liga, y había llevado al Madrid al título, con su juego asombroso, pleno de técnica, genio y conocimiento. Y con sus goles. Fue máximo goleador, con 27 en 28 partidos. Era la primera Liga que ganaba el Madrid después de veinte años.

 

Le dijo a Bernabéu que confiara en Gento: "Tiene velocidad y le pega al balón como un cañón. Eso no se aprende, se trae. Lo demás se lo podemos enseñar". Y de paso, le pidió que fichara a Héctor Rial, nacido en Argentina pero con pasaporte español, porque era hijo de gallegos. Le había conocido en Colombia y para entonces jugaba en el Nacional de Montevideo.

 

—Necesito uno que cuando le dé el balón, me lo devuelva.

 

Con esa expresión, Di Stéfano estaba proyectando el fútbol español hacia la modernidad. Por entonces aquí se jugaba demasiado a la antigua: el que cogía el balón en el medio campo lo subía conduciendo. Apenas se combinaba. Di Stéfano quería superar a los rivales en el medio campo con paredes, triangulaciones, como se empezó a decir entonces, no con esfuerzos individuales largos. Así se jugaba en Sudamérica, así jugaba Hungría, en torno al genial medio Bozsik.

 

Bernabéu no quiso negarle ninguna de las dos cosas. Era la piedra angular del equipo, le había dado la Liga y sus argumentos eran futbolísticos y razonados. Además, le había negado permiso para comprarse un coche, porque no quería que sus jugadores fueran ostentosos. Así que mantuvo a Gento y fichó a Héctor Rial, sin gustarle nada de aquel y sin saber nada de este. Pero acertó.

 

Rial empezó jugando de interior derecho. Joseíto solía ocupar el interior del otro lado. El Madrid fue adquiriendo el juego que Di Stéfano buscaba, pero Gento aún era un verso suelto. Hasta que en la octava jornada, Rial pasó a interior izquierdo, tras pacto a tres entre Di Stéfano, el entrenador, Enrique Fernández, y él mismo. Habían descubierto la forma de hacer útil a Gento. Rial se lo explicó:

 

—Cuando yo tenga el balón, ven hacia mí: yo te lo doy, tú me lo devuelves al pie y sales corriendo. Yo te lo meto al fondo, a tu carrera. Mientras tú y yo nos la pasamos, Alfredo sale como una flecha para arriba, para llegar al remate. Y si lo coges tú antes, lo hacemos al revés, pero con un toque más: me lo das, te lo devuelvo, me lo vuelves a dar y entonces te lanzo.

 

El estreno fue en el campo del Alavés, el 31 de octubre de 1954. Funcionó. El Madrid ganó 2-4. Y así siguieron, con Rial y Gento haciendo ala. Gento llegaba a los balones de Rial y como fue aprendiendo a centrar, su velocidad resultó letal. A veces, el pase era más interior y entonces soltaba el zambombazo, que si cogía puerta, cosa que fue sucediendo cada vez más, resultaba imparable. Si algún defensa era capaz de seguirle, sacaba a relucir una característica inesperada: el frenazo en seco. Muchos defensas se quejaban de eso: no sólo era problema cómo corría, sino cómo frenaba.

 

El ala Rial-Gento fue una mina de oro. El Madrid ganó esa segunda Liga de Di Stéfano y Gento, la 54-55, que les dio paso a la primera Copa de Europa. Y la ganaron. Y la otra y la otra, así cinco seguidas. En la cuarta entró Puskas, que también supo lanzar con precisión a Gento. La dinámica ya estaba creada. Gento, en efecto, y como suponía Di Stéfano, fue aprendiendo más y más cosas, hasta convertirse en estrella. Cuando en el cine el NO-DO, donde entonces se veían los resúmenes, daba imágenes de algún Madrid-Barça, se escuchaba un rumor cuando Gento la cogía y se veía al Barça retrasarse en bloque, como única forma de precaverse de su velocidad.

 

En 1963 se jugó un partido solemne en Wembley entre Inglaterra y el Resto del Mundo para celebrar el Centenario de la creación del fútbol. Gento fue el extremo izquierda de aquel equipo único, que capitaneó Di Stéfano.

 

Aquel chico rústico al que la afición madridista repudió con crueldad en sus inicios se fue del Madrid después de dieciocho temporadas, con 605 partidos y doce Ligas, seis Copas de Europa y una Intercontinental como trofeos más relevantes. Además, jugó 43 partidos en la Selección, lo que incluye dos Mundiales.

 

Tiene mucho de qué presumir. Pero la primera vez que le pregunté por Di Stéfano, me dijo:

 

—Sin él no hubiéramos ganado nada de lo que ganamos. Era el que lo hacía todo. No nos dejaba descansar ni en el campo ni en los entrenamientos. Ni en los viajes, cuando había partido importante. Le daba vueltas a todo, explicaba todo. Todo lo sabía.

 

La primera vez que le pregunté a Di Stéfano por Gento, me dijo:

 

—Era una salida segura para nosotros. Cuanto peor estábamos, más echábamos mano de él y siempre nos ofrecía una escapatoria. Yo creo que echando a pies le hubiera cogido el primero.

 

Alfredo Di Stéfano y Paco Gento, presidentes de Honor del Real Madrid.

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miércoles, 16 diciembre 2015

Por Alfredo Relaño

Atlético rojiblanco gana; Atlético blanco pierde

El 24 de junio de 1956, se jugó la final de los dos atléticos. Entonces, el hoy Athletic era Atlético, como el de Madrid. El de Bilbao vistió de rojiblanco, el de Madrid, con camiseta blanca y pantalón azul.

 

Las semifinales habían sido duras para ambos. El de Bilbao se enfrentó al Madrid. Fueron dos partidos ásperos, 2-2 en Madrid y 3-2 en Bilbao, donde los rojiblancos llegaron a estar 3-0 y se vieron agobiados muy al final hasta ese 3-2. Di Stéfano no jugó. Aún era extranjero y no podía jugar la Copa. Entre la ida y la vuelta, el Madrid había ganado su primera Copa de Europa, con final en París, ante el Stade de Reims.

 

RELAÑO

 

Por su parte, los de Madrid necesitaron desempate para eliminar al Español. En el partido de vuelta perdió a Escudero, con luxación de clavícula, pese a la cual se atrevió a lanzar un penalti en el último minuto, que falló. Ese penalti hubiera evitado el partido de desempate, que se jugó en el Bernabéu a cuatro días de la final. Los rojiblancos salieron ganadores, 3-0, pero con Hernández, Peiró y Collar tocados.

 

Ambos equipos se concentraron en El Escorial. Los de Bilbao llegaron tras un retiro espiritual de tres días (el club bilbaíno era extremadamente religioso en la época), los de Madrid, directamente de los toros, de presenciar la corrida del Montepío, un mano a mano entre Antonio Bienvenida y Antonio Ordóñez.

 

En el hotel de los bilbaínos, el Victoria, todo es sosiego. En el de los madrileños, el Felipe II, la bulla era tremenda, porque allí dormía el grupo de rodaje de 'Orgullo y Pasión', película sobre la Guerra de la Independencia. Junto a Cary Grant, Frank Sinatra, el forzudo Juanito Olaguibel y el director Stanley Kramer, se hospedada la fabulosa Sofía Loren, que traía de cabeza a todos. Así que poca paz en las vísperas.

 

El sábado se incorpora a la concentración Uribe, que se había quedado en Bilbao con gripe. Con él listo, Daucik, podrá contar con su once de gala, que aún se recita de memoria: Carmelo; Orúe, Garay, Canito; Mauri, Maguregui; Arteche, Marcaida, Arieta, Uribe y Gaínza. Once vizcaínos. El único no vizcaíno es Daucik, checoslovaco. El vizcaíno que falta, Antonio Barrios, entrena precisamente a los de Madrid.

 

Los de Bilbao han sido, los once, campeones de Copa alguna vez, varios más de una. Y son flamantes campeones de Liga, por lo que les espera la Copa Latina. Pero no fanfarronean. Sus declaraciones son muy medidas. Más crecidos llegan a Madrid sus veinte mil seguidores, que inundan de banderas y chapelas el centro de la villa y corte el domingo por la mañana. De madrugada ha llegado un tren de quince unidades, fletado por el popular Mario Jiménez Eguizábal, apodado 'El Tercer Hombre', que siempre se ocupaba del tren en las finales, tan frecuentes, de los bilbaínos. Y toda la mañana llegaron multitud de autobuses, taxis y coches particulares.

 

En los madrileños, un solo campeón, el lateral Martín, que lo ha sido dos veces con el Barcelona. El entrenador, Barrios, ha llegado a dos finales, con el Valladolid y con los de Bilbao, pero las perdió. El sábado recibe una buena noticia: el doctor Garaizábal examina a Hernández, Peiró y Collar y les da el alta. Con ellos listos, tiene el equipo completo, salvo Escudero: Pazos; Martín, Heriberto Herrera, Verde; Cobo, Hernández; Miguel, Molina, Peiró, Agustín y Collar.

 

El domingo, Marca trae una mala noticia: Galiana ha sufrido el primer K.O. de su carrera, ante Dulio Loi en Milán. Nadie lo puede creer. La crónica de Vadillo se lee y se comenta. Otra noticia del día: el Barça-Botafogo en Las Corts, inauguración del iluminado eléctrico, fue suspendido en el 63' por bronca tumultuaria en la que los brasileños se extralimitaron tanto que fueron expulsados casi todos. ¡Y eso que iban ganando 0-2 y que la chispa estalló con la anulación de un gol al Barça! La última página anuncia la selección para el Tour, en la que están Bahamontes, Poblet y Loroño. La cartelera anuncia el estreno de 'Lola Torbellino', de Lola Flores, por supuesto.

 

A las cuatro de la tarde se juega la final de juveniles, que gana 4-0 el Atlético (con San Román, Mendiondo, Chuzo y Oviedo entre otros) al Zaragoza. Al acabar, los veintidós juveniles forman en línea frente al palco. Entonces salen por el túnel los dos finalistas mayores, más el Madrid, en chándal. También forman en fila horizontal, el Madrid en medio, algo más atrás que los juveniles, frente al palco. Entonces entra Franco, entre los sones del himno. La Federación y el Ayuntamiento han decidido homenajear al Madrid por su victoria en la Copa de Europa. Bernabéu recibe la medalla de oro de la ciudad y los jugadores la de plata, que les imponen los propios finalistas, ahí abajo.

 

A las dos aficiones atléticas la cosa no les hace ninguna gracia. Para unos, es el rival eterno, para los otros, el semifinalista con el que han salido a palos poco antes. A los de Madrid, encima, les pilla vestidos de blanco, porque el club ha elegido ese color, inusual. En la época, en los choques entre atléticos el que cambiaba solía elegir el color primitivo de ambos, la camiseta dividida en dos bandas verticales, una azul y una blanca, como la del Blackburn.

 

Por fin se retira el Madrid, ¡y a jugar! El partido es apretado y duro. Se adelanta Molina en el 25', cuando sobre la salida de Carmelo le filtra por un lado el balón, que da en el palo y le vuelve a él mismo, para marcar. En el 37' empatan los de Bilbao, en una de las muchas veces que Gaínza (imponente a sus 34 años) se va de Martín, centra, y Arteche cabecea a gol. En la segunda mitad, los de Madrid queman un cartucho que será el último, cuando en el 65' Molina cabecee al palo. Ahí se van parando. Acusan el desempate de cuatro días atrás. Peiró y Collar renquean, Hernández tiene un tirón y queda inútil. Los de Bilbao se adelantan en un saque de falta de Gaínza que cabecea Maguregui, jugada que tenían muy ensayada. Canito se lesiona y se va arriba, de figura decorativa (como Hernández en el Atleti) y Arteche ocupa su puesto. El partido decae. En el último minuto es expulsado Collar, por entrada fea a Carmelo, que se demora en un saque. Ganan los bilbaínos. Es su decimonovena Copa, por doce del Barça, nueve del Madrid y ninguna todavía de sus homólogos madrileños. Gaínza coge la Copa.

 

Inmediatamente, viaje a Milán, para la Copa Latina, que jugaban los campeones de Liga de España, Francia, Italia y Portugal, cada año en uno de esos países. Allí ganará en semifinales al Niza y perderá la final contra el Milán. Buen balance. Liga, Copa y finalista en la Copa Latina. Y un gran remate para club tan religioso: el 6 de julio son recibidos en Roma por el Papa Pío XII, que en su discurso les hace grandes elogios.

 

El Atlético de Madrid tuvo una mala tarde. Empezó homenajeando a su pesar al Real Madrid y acabó contemplando, con camiseta blanca, cómo otras camisetas rojiblancas paseaban la Copa. La revancha llegaría en el 60, cuando, vestido de rojiblanco, le ganó la final en el mismísimo Bernabéu al blanquísimo Real Madrid, que acaba de ganar su quinta Copa de Europa. Era la primera Copa del Atlético de Madrid. Repetiría el año siguiente, con el mismo rival y el mismo escenario. Espina sacada.

 

Eso sí, nunca más volvió a vestir camiseta blanca.

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martes, 08 diciembre 2015

Por Alfredo Relaño

El internacional que durmió en la calle

Esta historia me ha resultado muy difícil de indagar, y hasta he dudado en publicarla, por temor a herir la sensibilidad de personas próximas al protagonista. Si me he decidido a hacerlo es por ensalzar la necesidad de las agrupaciones de futbolistas veteranos, que hacen una labor que se conoce demasiado poco).

 

Un día, Zorriqueta, exjugador del Athletic y entonces presidente de los veteranos, me habló de lo importante que era que los veteranos de toda España se agruparan. De lo mucho que podían necesitar unos de otros. Y me habló de un caso extremo:

 

—No hace mucho supe de un exjugador del Athletic, internacional, que llegó a dormir en la calle.

 

No me quiso decir de quién se trataba. Más adelante me di cuenta de que se refería a Deusto, porque en Alicante supe de su peripecia personal.

 

RELAÑO

 

José Antonio Deusto Olagorta nació en Deusto el 8 de enero de 1946. Tenía unas magníficas condiciones para la portería. Jugó en el Athletic juvenil y en la Selección Nacional de Aficionados. Cuando llegó al Athletic, se encontró con Iríbar. Imposible, claro, como les pasaría en esos años a varios otros: Echevarría, Zamora, Marro, Santamaría, Zaldúa… Deusto era demasiado buen portero para consumirse en el banquillo, así que en la 69-70, con solo once partidos de Liga en cuatro temporadas, fichó por el Málaga. Por aquellos años hubo curiosos lazos entre el Athletic y el Málaga. Allí debutaron Iríbar y Uriarte, un mismo día, allí cerró su carrera Garay y allí la cerraría también Uriarte. Deusto acertó al fichar. Eran los años felices del Málaga de Viberti, Migueli, Monreal, Orozco, Vilanova, Guerini…

 

Jugó bien, tanto que empezó a recibir llamadas de Kubala para la Selección. Claro, que ahí también estaba Iríbar. Se disputó con Reina el puesto de suplente. Ganó el Trofeo Zamora en la 71-72, tras encajar solo 17 goles en 28 partidos.

 

En Málaga aún se le recuerda como el mejor portero en la historia del club.

 

El gran premio le llegó por fin cuando el 24 de noviembre de 1973 fue internacional en Stuttgart, por baja de Iríbar. Reina fue su suplente. España perdió 2-1, goles de Heynckes para los alemanes, de Claramunt para nosotros.

 

El buen Málaga de esos años se fue agotando. En la 1974-75 llegó el descenso a Segunda División. Pero Deusto siguió en Primera, contratado por un Hércules emergente que pagó ocho millones por él. Allí también recalaron dos athléticos de aquellos años, Betzuen y Arieta II. En Alicante le tocó competir con Santoro, internacional argentino, pero le fue muy bien. Tanto, que en una visita del Barça a Alicante, Cruyff, entonces jugador pero que se metía en todo, llegó a decirle al delegado del club, Manolo Maldonado:

 

—¿Para qué queréis dos porterazos? Dile a Rico Pérez que si nos vende a Deusto. Sé que en la casa gusta.

 

Pero no, Rico Pérez no entró en la cuestión. Siguió en el Hércules y volvió a rozar la Selección. Estuvo en Bucarest, en noviembre de 1978, en partido clasificatorio para el Mundial-78. Pero el titular fue Miguel Ángel. Ya era el periodo pos-Iríbar.

 

Su estancia en el Hércules duró cuatro años, sin más contratiempo que una lesión de rodilla. Su figura en la ciudad era muy apreciada. Casado, con un hijo (que llegó a jugar de portero en el Alicante) y una hija, la familia era popular en la ciudad, con esa seriedad de vascos tan apreciada en todas partes. Se retiró del fútbol a los 34 años, tras 223 partidos en Primera. Rico Pérez, presidente del club, que le tenía mucho aprecio, le concedió la dirección del bingo del club. Por aquel entonces, varios clubes crearon su propio bingo, en busca de nuevos ingresos.

 

Al cabo del tiempo se marchó de la ciudad, se le fue olvidando. Hasta que, pasados unos años, el Hércules viajó a Las Palmas para un partido, y apareció en el hotel. Joanet, el entrenador (ex portero él también), que le había conocido en los grandes días, se quedó desconcertado. Su aspecto era catastrófico, con ropas sucias y rotas, la boca mellada, desaseado. Los dos días que pasó el Hércules allí comió y cenó con ellos. Joanet tuvo la impresión de que podrían haber sido sus únicas comidas en mucho tiempo. A la vuelta lo contó en Alicante y nadie lo podía creer.

 

—¿Deusto? ¿Seguro que era Deusto?

 

Y sí, era Deusto. Alguien indagó. En la ciudad se sabía que se había divorciado. Regresó a Bilbao, donde montó un bar y le fue mal. Algún amigo le hizo uno de esos trucos de avalar conjuntamente y luego poner sus propios bienes a recaudo en algún familiar que hiciera de testaferro. La misma historia de bastantes futbolistas que uno ha llegado a conocer, tan connotados como Deusto o más, solo que a él le cayó peor. Después de aquello se le había dejado de ver por Bilbao, a ese periodo pertenecerá la escena de Las Palmas. Por dónde vagó durante muchos años es un cierto misterio. Un amigo suyo, hombre del fútbol en Bilbao, piensa que no quería venir por la ciudad, donde tenía quien le ayudara: su hermana, propietaria de un bar, que tenía un buen pasar, y los veteranos del Athletic, que durante años hacían esfuerzos por localizarle y hacerle llegar algún dinero. Pero no era fácil dar con él. El propio Ángel Villar hizo gestiones con Valentín Botella, presidente del Hércules, sin resultado.

 

Al fin regresó a Bilbao, donde su hermana fue su tabla de salvación. Pero rehuía el contacto con los veteranos, rehuía el contacto con todos. Su cuerpo estaba estragado, por los sufrimientos, la mala alimentación, las noches pasadas probablemente a la intemperie en quién sabe qué lugares, bajo qué fríos o lluvias.

 

El 21 de julio de 2011 falleció en el hospital de Basurto. Solo tenía 65 años.

 

La primera mitad de su vida fue una continua ascensión, hacia la gloria y la fama deportiva. Dejó el recuerdo de un portero grande y respetado, particularmente en Málaga y Alicante, pero también en el resto de España, por su leyenda de suplente de Iríbar que pelea contra su suerte y alcanza la internacionalidad.

 

Pero la segunda mitad fue un tobogán sin freno, en el que durante mucho tiempo se escondió hasta de los que le buscaban para ayudarle: su hermana y sus ex compañeros.

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miércoles, 02 diciembre 2015

Por Alfredo Relaño

Iselín Santos Ovejero derrumba la portería ante Pelé

Fue el 3 de septiembre de 1974. Ese día, Pelé jugó su último partido en Europa con el Santos. El partido se anunció como tal, pero pasó a la historia por otro hecho: Iselín Santos Ovejero derrumbó una portería, engrandeciendo así su leyenda.

 

En agosto de 1969, Estudiantes de la Plata y Atlético de Madrid coincidieron en el Carranza. El Atlético había decidido prescindir de Griffa después de diez años. Un central de rompe y rasga. Para los madridistas, y algunos más, fue el terror. En esta sección he hablado de él, a propósito de un partido en San Mamés que él acabó en comisaría.

 

RELAÑO

 

En Cádiz, Víctor Martínez, secretario técnico del Atlético, le preguntó a Osvaldo Zubeldía, entrenador del Estudiantes, si había en Argentina “un nuevo Griffa”. Era necesario que tuviera antepasados españoles, porque estaba cerrada la importación de extranjeros. Osvaldo Zubeldía orientó a Víctor Martínez:

 

—Iselín Santos Ovejero. Es el central de Vélez Sarsfield. Y por los apellidos, no hay duda de que tendrá origen español.

 

Víctor Martínez indagó, movió el papeleo y el Atlético fichó a Ovejero, que impresionó por su aspecto: alto, tronco muy desarrollado por arriba, hombros fortísimos, cuello corto, patillas y barbilla fuerte.

 

Su presentación se retrasó. Había sido internacional por Argentina y eso impedía su fichaje. Pero se colaron tantos en esos años que acabó pasando por el ancho tubo. Debutó en la jornada trece, ante el Athletic, en el Manzanares. El Atlético era líder, los bilbaínos segundos, a un punto. En la segunda mitad apretó mucho el Athletic y Ovejero dio una medida impresionante: rápido, firme, implacable. En un cruce hacia la banda por donde se colaba el joven extremo Lavín confirmó que no hacía prisioneros. Ganó el Atlético, como ganaría después la Liga.

 

Aquel partido se televisó. Impactó Ovejero. Ese día se hizo célebre su apodo: El Cacique del Área. Sí, había un “nuevo Griffa”.

 

Cinco años se mantuvo en el Atlético. Dos Ligas, una Copa, aquella Copa de Europa de los tres expulsados en Glasgow y la final con el Bayern… Pero al final de la 73-74, el Atlético prescindió de él. Con la apertura del mercado de extranjeros había incorporado al líbero Heredia, tenía además un buen central extremeño, Eusebio, más el paraguayo Benegas.

 

Ovejero cargaba con fama de feroz, en años de recelo con la brutalidad de los defensas argentinos. Además, el Athletic y la Real, hartos del pitorreo de los oriundos ilegales, habían decidido impugnar todos los partidos en los que interviniese alguno. Así que, a pesar del cariño que los atléticos le profesaban, Calderón le dejó libre. Le fichó el Zaragoza, un grande de nuestro fútbol en esos años. Era el Zaragoza de los zaraguayos, con Arrúa y Diarte.

 

La presentación de Ovejero fue de tronío: ante el Santos de Pelé. Era, a priori, su despedida de Europa, aunque luego regresaría con el Cosmos. El Santos venía del Carranza, de enfrentarse al Barça de Cruyff.

 

La Romareda se llena a reventar en una noche plácida. Marca Diarte el 1-0, marca Soto el 2-0, marca Pelé de penalti el 2-1. En el descanso, el público está entusiasmado. Gusta Pelé, gustan sus compañeros de ataque Clayton y Edu, gusta el Zaragoza, gusta la firmeza de Ovejero.

 

En el minuto 62 se produce la jugada del partido:

 

—Ellos esperaban como a diez metros del área, dejando descolgados dos arriba, y Pelé en medio. Y si cortaban la metían no veas cómo, justita y precisa. En una de esas, yo vi que presionaban a Arrúa, y lo tenía mal. Le avisé que me la retrasara, pero dudó, la tocó el defensa y le cayó a Pelé, que le metió un pase tremendo a Clayton, con toda la ventaja sobre su marcador, Rico.

 

El que habla es el propio Ovejero, que recuerda la jugada con precisión y gracia:

 

—Yo corrí como un loco a cerrar. Salió nuestro portero, Nieves, pero Clayton se la tocó justita por arriba. El balón caía hacia el gol, blando, llovidito, y yo salté, embalado como venía, y alcancé a pegarle de cuchara, arriba, pero ya estaba dentro, así que dio en el larguero y rebotó aún más dentro. Mientras, yo, volando como una bala de cañón, me agarré a la parte alta de la red para amortiguar mi caída, y lo arrastré todo.

 

Se troncharon los dos postes, uno por la base, el otro como a medio metro del suelo. El larguero le golpeó y le abrió la cabeza. Quedó allí, atrapado como un pez gigante. Nieves le ayudó a salir. Pelé acudió, como todos, y se echó las manos a la cabeza:

 

—Em vinte anos jogando futebol nunca havia visto nada parecido.

 

No había repuesto. Se tardó cuarenta minutos en reparar la portería, un poco a la chapuza. Por fin se reanudó el partido, ya con 2-2. Pelé marcaría el 2-3 en un perfecto golpe franco por la escuadra de la portería agredida. Pero el día siguiente nadie hablaba del último partido de Pelé en Europa, sino de que Ovejero había debutado en La Romareda rompiendo la portería.

 

Cuando el Zaragoza cumplió los LXXV, hubo gran cena de veteranos. Ovejero fue invitado. Por supuesto, todos le hablaban de la portería.

 

—¡Y me lo agradecían! Decían que todos pudieron hacerse la foto con Pelé, y luego sus familiares, y luego sus amigos. Y todos los niños del campo. El bueno de Pelé pasó cuarenta minutos de aquí para allá haciéndose fotos. ¡En Zaragoza hay casi tantas fotos de Pelé como del Pilar! Y gracias a mí.

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