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El blog de Pipo lópez

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miércoles, 31 agosto 2016

Por Alfredo Relaño

El Barça le mete diez a Iribar y quiere ficharlo

El Barça le marcó diez goles a Iribar y aun así quiso ficharlo. Llegó a ofrecer tres millones al Basconia, que finalmente lo vendió por uno al Athletic. Aquel caso ocupó la atención pública en Bilbao durante dos meses largos.

 

De Iribar había empezado a hablarse en el invierno 61-62, al poco de aparecer en el Basconia, en Segunda División. Chico de caserío, tenía pasión por el fútbol, pero sobre todo por la posición de portero. Sentía por Edmundo, el portero del Zarautz (que jugaba siempre de negro, de ahí le vino a él) algo rayano en la devoción. También por otros, que nunca había visto jugar: Ramallets, Carmelo, Juanito Alonso... Se colaba en la peluquería de Zarautz a husmear en las revistas, por si aparecían fotos de ellos parando. Estudiaba sus posturas, imaginaba los movimientos previos a cada parada, los repetía en la playa y se sentía feliz cuando alcanzaba el balón. Lo miraba con cariño, como a un niño al que hubiera salvado de caer a un pozo.

Relaño

Llegó al juvenil del Zarautz. A su padre, aunque alguna vez le había llevado a Atocha a ver al Athletic, no le hacía gracia aquello. Quería que fuese tornero y que ayudara en el caserío. Pero un vecino, de nombre Echabe, exjugador del Basconia (club de Basauri, muy cerca de Bilbao) le consiguió una prueba allí. En la familia se discutió mucho si autorizarle o no. Al final, tozudo, alcanzó un compromiso: tenía un año para intentar ser futbolista. Si no, al torno y al caserío. No estaban las cosas para fantasías.

 

El Basconia le cogió, aunque con algunas dudas. Era alto, pero flacucho, poco consistente aún. Eso sí: rapidísimo. Las dudas las despejó Gaínza. El Athletic tenía convenio con varios clubes de Vizcaya y Gaínza se ocupaba de las relaciones. Por eso vio la prueba:

 

—Si no os decidís, pongo yo el dinero.

 

Palabra de Gaínza, palabra de Dios. Iribar fichó, en principio, como tercer portero tras Arego y Munillo. Le dieron 8.000 pesetas de ficha, pensión, comida gratis y 25 pesetas por partido ganado. Juan Ignacio Azurmendi, hoy presidente del Basconia, era entonces un adolescente, forofo del equipo, de esos que iban a mosconear a los entrenamientos: “Me ponía detrás de la portería a ver los entrenamientos de Iribar. ¡Qué espectáculo! Recuerdo esos ratos entre los mejores de mi vida”. La oportunidad le llegó en la séptima jornada, por lesión de Arego. Y nada menos que ante el Indauchu, otro club convenido con el Athletic, pero este, de la capital, de barrio rico, asociado con los jesuitas y con la Escuela de Ingenieros. El Basconia, de Basauri, de pueblo. Se jugó en San Mamés y ganó el Basconia (0-2) con Iríbar formidable.

 

Se empezó a hablar de él en Vizcaya. Y pronto en toda España, cuando el Basconia eliminó de la Copa al Atlético (campeón de las dos ediciones anteriores), con desempate en Valladolid. El responsable fue Iríbar, con un montón de goles evitados.

 

Luego tocó el Barça, que ganó al Basconia en su campo de Basoselay 0-2. Tres días después (8 de marzo de 1962), la devolución de visita fue una masacre: 10-1. Salvo error u omisión, la mayor goleada conseguida por el Barça en partido oficial en el Camp Nou, donde se instaló en 1957.

 

El ataque del récord fue: Zaballa, Pereda, Zaldúa, Pais y Szalay. Zaldúa, buen ariete navarro, marcó dos: “Los que jugamos éramos suplentes, queríamos reivindicarnos y fuimos a por todas. De Iribar ya se hablaba por entonces y eso quizá nos incitó más. Aunque parezca raro decirlo después de diez goles, estuvo enorme”.

 

La masacre vino favorecida porque el central, Orive, se fue lesionado al cuarto de hora. Aún en el primer tiempo, el ariete, Bolinaga, quedó inútil y se colocó de extremo, como figura decorativa. Iribar recuerda bien, claro, aquel día: “Eran mucho mejores y además jugamos con nueve. Hice lo que pude, pero aquello fue una avalancha”.

 

Ese humilde “hice lo que pude”, dio para que Kubala, entrenador culé, pidiera su fichaje. Como le querían más clubes, el Barça ofreció tres millones de pesetas. Un dineral, si se piensa que el Madrid acababa de fichar de la Real a Araquistain, internacional, por seis. Iribar apenas tenía 19 años y veintitantos partidos en Segunda.

 

El Athletic, claro, se avivó. Tenía derechos sobre el Basconia, como club convenido, figura imprecisa, pero que se traducía en que el Athletic daba apoyo económico y cedía jugadores con derecho a recuperarlos cuando quisiera o a tomar gratis a los valores que los clubes convenidos fabricaran. Pero Juan Alonso, presidente del Basconia, no lo quería dar así como así. Estaba enfadado con el Athletic. Un año antes había dado dos jugadores, Echeberría y Argoitia y no se vio correspondido. Pensaba que le daban los mejores al Indauchu. Particularmente le irritó que ese año había pedido un extremo izquierdo y el mejor disponible, Plácido, se lo cedieron al Indauchu.

 

Bilbao bulló con la polémica. Hubo cartas cruzadas entre el Athletic y el Basconia, cartas de aficionados, debates en la radio… Juan Alonso le exigió al Athletic un millón. La asamblea basconista discutió horas el asunto, recuerda Azurmendi, que estuvo: “Unos querían honrar el convenio, claro. Además, todos éramos en el fondo y en gran medida del Athletic. Pero se impuso la resolución de exigir un millón”. El Athletic, lo pagó, lo que consideró una humillación. Iríbar había ganado el reto a su familia: en un año era futbolista… ¡y del mismísimo Athletic!

 

Por esas travesuras del fútbol, la Liga 62-63 comenzó con un Athletic-Barça en San Mamés. El Barça, que ya se había llevado a Garay (formidable central, queridísimo en San Mamés) dos años antes, fue recibido de uñas. Le culpaban de intromisión en el granero del Athletic, a sus espaldas, con el costo de un millón y las relaciones con el Basconia rotas para algún tiempo.

 

El partido tuvo un inicio apasionado. Al minuto había marcado Menchaca, al momento, un córner de Uribe casi entra, en el 8', Foncho saca un balón de la raya… Pero el Barça se repuso y acabó ganando 2-3, con un último gol, de Fusté, en el que el linier marcó fuera de juego, pero que Zariquiegui concedió. La bronca fue de aúpa.

 

Iribar fue suplente de Carmelo ese día. Debutaría, no mucho después, en Málaga, por lesión de este. Una aparición esporádica. Su presentación en San Mamés fue en la última jornada, ante el Real Madrid, que llegaba campeón. Con 0-0, Prendes le pitó un penalti al Athletic por derribo a Manolín Bueno: “Era fuera del área y se armó la gorda. Yo, con mi inocencia, fui a Puskas, cuando se preparó para tirarlo y le dije: 'Oye, échalo fuera, que si lo metes se va a armar la gorda'. Total, ya eran campeones. Él me miró como a un idiota, me dio dos cachetitos y me dijo: 'Anda, hijoputa'. Eso para mí era gravísimo. Amancio me calmó: 'Tranquilo, este nos llama hijoputa a todos”. Puskas no perdonó.

 

El Barça hizo nuevos intentos por ficharle en años sucesivos. Y también el Madrid. Pero la respuesta del Athletic siempre era no.

 

—Sólo cuando ya había entrado en la treintena me hablaron de una buena oferta del Madrid para mí. El presidente, Eguidazu, me conminaba a aceptar, pero le dije que me daba igual el dinero. Yo donde siempre quise jugar fue en el Athletic.

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jueves, 25 agosto 2016

Por Alfredo Relaño

La Real baja con cuatro madridistas

A mediados de la temporada 60-61 el Madrid fichó a Araquistain, eslabón brillante de una larga saga de grandes porteros que produjo la Real durante muchos años. En principio, se iba a quedar aún en la Real la 61-62, pero el Madrid necesitó incorporarle ya esa temporada, por lesión de Vicente en la muñeca. La Real no quería. El Madrid mejoró la cantidad hasta llegar a los seis millones (lo que limpiaba la deuda del club) y cedió a tres jugadores, que luego serían cuatro.

Dos de los cedidos procedían de la cantera. Uno era Valentín Raba, medio de ataque. Santanderino, su padre había sido el portero del Racing en la fundación de la Primera División, en 1929. Campeón de España amateur con el Madrid en 1960, había pasado luego un año de cesión en el Salamanca. El otro era Villa. Extremo o interior, exquisita clase, regate y visión de juego. Era hijo de un directivo del Madrid. Había jugado un año y medio en Segunda, en el Plus Ultra, antecedente del Castilla. Dos buenas promesas.

 

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El tercero era el sueco Simonsson, una estrella internacional. Marcó en la final del Mundial de 1958, la que el Brasil de Pelé le ganó a Suecia. Hizo dos goles en Wembley, en 1959, en la primera victoria de Suecia en casa de los inventores (2-3). Ese año fue quinto en el Balón de Oro, tras Di Stéfano, Kopa, John Charles y Luis Suárez. En el verano del 60, el Madrid jugó un amistoso en Goteborg frente a un combinado sueco. En el descanso, los suecos ganaban 2-1, los dos de Simonsson. El Madrid acabó ganando ese partido 4-5. Antonio Ruiz, que lo jugó, me contó hace años que en el descanso hubo una gran bronca en el vestuario entre Santamaría y Del Sol. “Simonsson se movía del sitio, iba atrás, arriba, nos volvía locos”. Bernabéu le fichó de inmediato, en la plaza de extranjero que dejó libre Didí. Aún no tenía 25 años, Di Stéfano ya estaba en los 34. Bernabéu pensó que podría ser su sucesor.

Jugó en el Madrid la Liga 60-61, pero sólo tres partidos (marcó un gol), y eso que Bernabéu, para hacerle sitio, había cedido a Pepillo, suplente habitual de Di Stéfano, al River Plate. Simonsson, gustaba en los amistosos entre semana, frecuentes en la época, pero a Di Stéfano no le había llegado la hora.

Su llegada a la Real se acogió con gran interés. He leído alguna vez que fue el primer extranjero del club, pero no es cierto. Aparte de los ingleses de primera hora, que los hubo en todos los clubes, la Real ya había tenido después de la guerra al portugués Bravo y al italo-francés Caligaris. Pero eso había sido años antes y la llegada de Simonsson provocó tal revuelo que hay quien le tiene por el primero. (También lo he leído recientemente sobre el malogrado Chipirón Atkinson, error sobre error).

Raba, Villa y Simonsson llegaron desde el principio. La afición de la Real se las prometía muy felices. El año anterior, el equipo había sido noveno. Ahora no estaría Araquistain, pero estaba Goicoechea, buen portero. Y Arriaga. Y había otro foco de ilusión: por segunda temporada, el Sanse, el filial, jugaba en Segunda. Era un equipo joven, activo, de ataque, bello. Iñaki Gabilondo, entonces un joven aficionado, se entusiasma aún con el recuerdo: “Jugaban en Atocha, así que había buen fútbol cada domingo. La Real uno, el Sanse el siguiente. El Sanse tiraba, llegó a ir casi tanta gente como a la Real. ¡Unas goleadas! Amas, Urreisti, Olano… El culmen fue su enfrentamiento con el Madrid, en la Copa. El Madrid no se fiaba y fue con los titulares. Ganó 1-3, pero con mucha fortuna. Di Stéfano, con el que siempre nos las teníamos tiesas, hizo tras el partido un gran elogio del Sanse que sentó muy bien”.

Mientras, la Real hizo una primera vuelta mala. Cayó el entrenador, Albéniz, sustituido por Joseba Elizondo. En enero, el Madrid cedió un cuarto jugador, el extremo Chus Herrera. Una figura en problemas. Había llegado al Madrid en la 58-59, procedente del Oviedo y les discutió el puesto un año a Kopa y el otro a Canario. Iba para estrella. Había debutado en la Selección. Fue titular en el 5-1 de la Intercontinental, en septiembre de 1960. De repente, empezó a tener molestias en un hombro. Acabó por salirle un bulto, que le extirparon en el verano del 61. Para fin de año parecía recuperado. Fue a la Real como último refuerzo, y para recuperar la forma.

Pero la Real no mejoró. Fue penúltima toda la segunda vuelta. Mientras, el Sanse iba muy bien, llegó a ser tercero. De cada grupo de Segunda (había dos, Norte y Sur), subía el campeón y promocionaba el segundo. De Primera bajaban los dos últimos y promocionaban los dos anteriores. Llegó a haber una intriga nacional: “¿Y si baja la Real y sube el Sanse? ¿Eso, se puede? ¿Quién jugaría en Primera, los del Sanse o los de la Real? ¿Y si promocionan entre ellos? ¿Obligarán a los del Sanse a dejarse ganar por los de la Real?”. De aquellas cosas hablábamos los chicos en Madrid y me figuro que en toda España, y más en San Sebastián, claro.

Al final, se consumó la catástrofe. La Real, penúltima, bajó. El Sanse acabó quinto, pero fue descendido reglamentariamente a Tercera, con lo que el desencanto en San Sebastián fue doble. Lo del Sanse provocó una oleada de lástima en toda España. Carmelo Amas, que jugaba en aquel equipo, lo recuerda como una decepción tremenda, un contraste enorme: “Jugamos muy bien, disfrutamos, todo era alegría, pero vino el mazazo. ¡Bajar así…! Pero eran las normas, y era lógico”.

A Araquistain le fue muy bien en Madrid: titularísimo, ganó Liga y Copa, fue finalista de la Copa de Europa (derrota ante el Benfica) y, a final de año, mundialista.

Por su parte, el papel de los madridistas cedidos fue desigual.

Raba jugó tres partidos de Liga y uno de Copa. Luego haría una digna carrera en Primera. De la Real marchó también cedido al Celta y al Racing, al que volvió, ya traspasado, tras un paso por el Melilla durante la mili. Allí acabó siendo el capitán.

Villa jugó 21 partidos de Liga (nueve goles) y uno de Copa. Fue figura en el Zaragoza, como uno de Los Cinco Magníficos: Canario, Santos, Marcelino, Villa y Lapetra. Llegó a ser internacional. Evoca con cariño aquel paso por la Real: “Campo lleno, buen ambiente, me sentí bien. Jugué a gusto. Pero aquello salió mal, aún no sé por qué”.

Simonsson jugó 22 partidos, con nueve goles. Regresó a Suecia, a su club de siempre, el Örgryte. Un poco por morriña, otro poco porque veía que Di Stéfano no cumplía años. Siguió siendo estrella en la selección sueca, en la que acumuló 57 partidos y 32 goles.

Chus Herrera jugó seis partidos, con dos goles. Pero recayó. Murió al poco de acabar la temporada, en octubre de 1962. Sus problemas de hombro procedían de un sarcoma óseo, algo que hasta entonces sólo se había comentado en voz baja. Su fallecimiento, con 24 años, causó impacto nacional. Toda su familia era del fútbol. Su padre fue Herrerita, el célebre interior del Oviedo que hizo pareja con Emilín. El hermano mayor de Herrerita, Herrera El Sabio, también había sido jugador célebre. Y la madre de Chus Herrera era hermana de Chus Alonso, estrella del Madrid en los cuarenta.

La Real se quedó en Segunda hasta la 66-67, cuando regresó, con un empate a dos en Puertollano. La base de aquel equipo era el Sanse de aquel dichoso año. El fútbol siempre ofrece revancha a quien la merece.

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miércoles, 17 agosto 2016

Por Alfredo Relaño

Aquel cuarto puesto de Haro... en Múnich

Un buen día de 1959, Don Heraclio, delegado del Frente de Juventudes en Becerril de Campos, les dijo a los muchachos que allí se reunían para alternar y jugar a los naipes que había una carrera en Palencia. Les llevaría y traería en una furgoneta y comerían gratis allí, al acabar la carrera. Escogió a los cinco que más fama tenían de correr bien. Uno de ellos se llamaba Mariano Haro. Tenía 19 años.

 

Mariano Haro cree que aprendió a correr antes que a andar: “De niño, no me recuerdo andando. Siempre corriendo. Iba corriendo por el pueblo, o más allá. Igual tres pueblos más allá, donde mi padre habría ajustado algún trabajo de siega, para coger el dinero y traérselo a mi madre. También corría las perdices, a las que agotaba, sus vuelos eran cada vez más cortos y terminaba por cogerlas a mano, vivas. Y con mi perro íbamos a por conejos y liebres, hasta que los encerrábamos contra la valla del monte. Luego se los daba a mi madre, que igual los cambiaba por pan o alguna otra cosa. A mi madre le asustaba que yo corriera tanto, le daba miedo: ‘Marianín, vas a acabar tísico’, me decía. No sé de dónde lo había sacado. Pero yo no quería otra cosa que correr. De niño, no me recuerdo andando”.

Haro

Para entonces, ya llevaba varios años trabajando en una azucarera de Monzón de Becerril, a 14 kilómetros de su casa, e iba y volvía corriendo, todos los días. Allí acarreaba carretillas que le cargaban con tres sacos de 60 kilos cada una. Al acabar la jornada, vuelta a casa, corriendo.

 

Así que estaba fuerte. Pero cuando llegó a Palencia se impresionó. Había tipos con buena pinta, con su chándal, calentando antes de la carrera. Le pareció que aquello era otra cosa. Él iba vestido de cualquier manera, con un pantaloncillo corto improvisado por su madre con una tela vieja, una camisa mala y alpargatas. “Pensé que para quedar bien lo mejor sería escaparme de salida y retirarme a los 500 metros o así, pretextando algo. Y salí, me fui, me sentí bien, me vine arriba y pensé que podía terminar, aunque me alcanzaran. Cuando quedaban 500 metros para el final, aún los tenía lejos. Me di cuenta de que iba a ganar. Y gané casi sin querer”.

 

Ahí empezó todo. Le cogió un entrenador, Gerardo Cisneros, que aún vive, feliz y orgulloso de él, en Palencia. Le dieron un trabajo en Sindicatos, en Palencia, como ordenanza, “con un uniforme con galones en la bocamanga, parecía un almirante”. Cada día hacía los 17 kilómetros desde su casa corriendo. A la ida, del tirón. A la vuelta, regresaba haciendo paradas y series que le fijaba Cisneros.

 

Se hizo atleta de verdad, en el equipo de Educación y Descanso. Siempre en distancias largas: 5.000, 10.000 o 3.000 obstáculos. Lo alternaba con desafíos en los pueblos, en los que recibía un dinero de tapadillo: “Entonces éramos amateurs. No se podía cobrar por hacer deporte si querías ser olímpico, pero había esas cosillas y nadie se enteraba”. Fue haciéndose célebre, primero en el entorno, luego en Aragón, donde eran frecuentes las llamadas pollaradas, porque en origen se daba un pollo al ganador. Pero ahora ya daban 5.000, 10,000, incluso 25.000 pesetas.

 

Y en el País Vasco. Allí alcanzó su récord, cuando hizo las 100 vueltas a la plaza de toros de Tolosa en menos de media hora, batiendo el récord del inglés Gordon Pillies. Ese día compitió contra tres, cada uno de los cuales corría un tercio de la distancia total. A los tres les dobló más de una vez: “Era muy emocionante, porque era persecución. Cada uno arrancaba de un lado de la plaza, y era de ver, cómo uno se acercaba, el otro remontaba…”. Aquel día ganó, con las apuestas y la plaza llena, una barbaridad: 550.000 pesetas. Tanto dinero le asustó e hizo que se lo dieran a su cuñado, que era de allí. Casado con una de sus hermanas, estaba en un apuro porque había enfermado y no podía trabajar.

 

Mantuvo una rivalidad amistosa con Aritmendi el Lebrel de Cogolludo, que ganó el Cross de las Naciones en 1964. Aquello fue el primer gran aldabonazo del atletismo español. Aritmendi era dos años mayor que él. Las lesiones le hicieron retirarse a los 30. Haro ocupó su lugar, aunque nunca pudo ganar aquella prueba que pasó a llamarse Campeonato del Mundo de Cross. Fue segundo en ella cuatro años consecutivos, en el arranque de los años 70.

 

Se quedó sin ir a los Juegos de Tokio porque le faltó un segundo para la mínima. Su debut olímpico fue en México 68, en los 3.000 obstáculos: “Me asfixié con la altitud. El último obstáculo lo pasé con las manos, no podía más. Primero me descalificaron, pero recurrimos y levantaron la decisión, porque el reglamento lo que prohibía era evitar el obstáculo rodeándolo, no decía cómo hay que saltarlo”. Aun así, el tiempo no le dio para entrar en al final.

 

Otra cosa fueron los JJ OO de Múnich 72, en los que rozó la medalla en 10.000. Fueron los Juegos de la matanza en el asalto de Septiembre Negro a la delegación israelí: “Aquello nos dejó aturdidos a todos. A mí me pasó una cosa muy curiosa. Yo les había comprado a los rusos caviar y una cámara Zenit muy buena, con un gran objetivo. Desde lejos, tiré muchas fotos, de los terroristas con capucha, hablando con la policía. El de EFE, que era amigo mío, Calle, era redactor, no tenía fotos. Y le di los dos carretes. ¡Así que las fotos que salieron en España de aquello fueron las mías!”.

 

En la carrera, iban como seis kilómetros cuando se cayó el finlandés Lasse Viren, el favorito: “Él iba justo delante de mí. Yo pensé, ‘esta es la mía’, y tiré fuerte, para dejarle. Adelanté a Bedford... Conmigo vinieron Yifter y Puttemans".

 

(España entera vibró ante la tele en ese momento. ¡Haro les iba a ganar a todos… Pero no).

 

—Increíblemente, Lasse Viren se repuso, nos alcanzó, nos superó y ganó. Puttemans fue segundo, Yifter tercero y yo cuarto, a 10 segundos. Me quedé en diploma. Lasse Viren, entonces no lo sabíamos, se cambiaba la sangre. Yo le había ganado varias veces en Finlandia, donde me trataban como a El Cordobés en España. ¡Allá se llenan los estadios, el atletismo es lo más! Pero en Múnich me ganó, por la sangre. Pero era legal. No me quejo.

 

(Viren fue un adelantado en el entrenamiento de altura. Se concentraba en Font Romeu, Colombia o Kenia. Allí la altitud enriquecía su hematocrito. Luego se sacaba sangre, que guardaba para volvérsela a inyectar en los momentos más convenientes. Ganó el oro en 5.000 y 10.000 en Múnich y Montreal).

 

Haro volvió a los JJ OO en Montreal 76, ya con 36 años. Fue sexto en 10.000. Segundo diploma olímpico. Y pronto la retirada, con 27 títulos de España en distintas distancias y especialidades, las cuatro medallas de plata consecutivas en la gran prueba internacional de cross y el recuerdo de aquella carrera de 10.000 metros en Múnich, para muchos la mejor de la historia. Una carrera que rompió él, en uno de esos tirones que nos levantaban de los asientos. Le falló, como tantas veces, el rush final.

 

Hoy vive feliz en su Beccerril de Campos, donde llegó la familia cuando él, nacido en realidad en Valladolid, tenía siete meses. Durante 25 años fue el alcalde del pueblo. Hoy es su más destacado vecino. Ya no corre, pero es un cazador andarín e infatigable. Y un tipo listo, capaz de cortar un fideo en el aire.

 

 

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domingo, 14 agosto 2016

Por Alfredo Relaño

Sola, recórd olímpico... por media hora

Ignacio Sola, bilbaíno del barrio de Indauchu (vecino y amigo desde siempre de Ángel Villar), trabó contacto con la pértiga de una manera casual. Estudiaba en los jesuitas, como el propio Villar. Un cura llamado José Ignacio solía llevar los fines de semana a un grupo de chicos al campo, a pasear y a respirar buen aire. Hacían actividades deportivas, como carreras o el soga-tira. Y saltaban riachuelos con una pértiga de caña. De allí salió la idea de saltar en el colegio, en un foso de arena. Un profesor, llamado José Luis Borbolla, más ilustrado que el resto, les dijo que la pértiga no era para longitud, sino para altura, que así era prueba olímpica. Clavaron dos mástiles en el suelo, los unieron por una cuerda y ahí se pusieron a saltar.


Pertiguista


Ignacio Sola era el mejor. Muy pronto pasó los dos metros, “o lo que fuera, porque, claro, la cuerda se abombaba, por en medio quedaba más baja”.

Empezó a ser conocido en el ambientillo del atletismo vizcaíno. Le proporcionaron una pértiga mejor, ya de tres metros y medio, de bambú, que él forró con cinta aislante blanca y roja, los colores del Athletic. Participaba en exhibiciones y en campeonatos. Fue a los Juegos Escolares en Madrid, fuera de concurso, porque su colegio no participaba. Sus marcas empezaron a ser serias.

Fue becado en la Residencia Blume de Madrid. Le vino de perlas, porque quería estudiar para aparejador, y eso no se podía hacer en Bilbao. Todo era ideal: cama, comida, estudios pagados, tiempo para el entrenamiento y un gran entrenador, José Luis Torres. Chico serio, no se distraía más de lo justo. La pértiga era su diversión.

Sola, vivió la evolución de la pértiga, del bambú al aluminio. Con esta hizo su primer récord de España, 4,23, en 1961. Pronto aparecieron las de fibra de vidrio. Se fabricaban en París. Era importante hacerse con una, pero ¿cómo? Nuestro deporte era pobre.

En 1963, el Real Madrid estrenó su Ciudad Deportiva, con sus pistas. El club tenía entonces equipo de atletismo. Alguien dijo que a Franco le gustaban los saltos de pértiga (¡?), así que como iba a acudir a la inauguración, se invitó a saltar nada menos que al campeón del mundo, Dave Tork. Vino con dos pértigas Sky Pole de fibra de vidrio. Al terminar la exhibición, se las vendió a la Federación, a cien dólares cada una.

—Yo estaba entusiasmado, pero fue un chasco. No podía con ella. Supimos luego que cada pértiga debía ser hecha a medida del que la usara, de la fuerza para doblarla, la velocidad de carrera... Con las de Tork no podía. Pero Rafael Cavero, presidente de la Federación, encargó dos para mí en Dima Sport de París, la exclusivista. Confiaba en mis posibilidades. Era un gran esfuerzo. Me sentí obligado a responder.

Alternaba el dominio en España con Miguel Consegal, catalán, rival y gran amigo. Sus éxitos cada vez fueron mayores, participó en certámenes internacionales, corrió mundo, se quedó asombrado cuando vio los estadios llenos en Finlandia…

Y, todo un sueño, se clasificó para los Juegos Olímpicos de Tokio, en 1964. “El vuelo fue de aúpa. El avión venía de París, nos subimos en Madrid, e hicimos Madrid-Teherán, Teherán-Karachi, Karachi-Calcuta, Calcuta-Bangkok y Bangkok-Tokio. En el mismo avión. En cada sitio había que bajar, porque repostaban. ¡Unos calores en Calcuta! Tardamos veinticuatro horas exactas. Llegamos molidos, pero felices. ¡Menuda experiencia!”.

Allí, Fred Hansen dejó establecido el récord olímpico en 5,10. Sola quedó muy lejos de eso, en 4,40.

Los cuatro años siguientes fueron de gran progresión. La mínima para México era 4,80, pero la Federación Española exigía 5,05 o saltar dos veces 4,90. Hizo el 5.05 el 3 de junio, en el madrileño y entrañable estadio de Vallehermoso. Y los elevó a 5,10 el 23 del mismo mes.

Los JJ OO fueron en octubre. Sola ya no era el chiquillo que había ido a Tokio a hacer experiencia. Ya era gente entre la élite mundial. Torres le había programado bien la temporada, llegaba en un pico de forma. Aunque tuvo que pasar un susto: “Estábamos Garriga, Frutos, uno de hockey hierba, creo que Dalmau, y yo de paseo por el centro cuando fue la matanza en la plaza de las Tres Culturas. ¡Qué miedo! ¡Nos sacaron de debajo de un coche cuando ya hubo pasado todo!”.

Los Juegos empezaron el 12 de octubre. Se huyó del calor. El 16 era la final de pértiga, a la que pasaron quince saltadores, entre ellos Sola, que en la clasificación saltó 4,60, 4,80 y 4,90 a la primera. Para entonces, ya se había resuelto el enigma de los entrenamientos previos, en los que todos los saltadores vieron, extrañados, que les costaba mucho acercarse a sus marcas. Resulta que el pasillo de carrera estaba un poco en cuesta arriba, de ahí que abordaran mal el salto. Lo corrigieron.

El 16 es la final. Sola salta el primero. Todos renuncian al 4,40. Él pasa los 4,60 a la primera, los 4,80 a la segunda, los 5,00 a la primera. Renuncia a los 5,05 y salta los 5,10, que pasa a la segunda, igualando su récord nacional y el récord olímpico.

El siguiente desafío son los 5,15. Sola, siempre el primero. Antolín García, en televisión, nos advierte de que podemos estar ante algo histórico. Sola va ¡y pasa a la primera! Antolín García lo transmite con euforia. Él ni se había enterado:

—Me enteré un poco después, cuando me acerqué a la grada, y un periodista, José María Lorente, me lo dijo. Tuve una gran sensación. Pensé que se estaban cumpliendo mis sensaciones. Me sentía bien, había ido bien preparado. Podía soñar…

Su récord duró media hora. Varios lo fueron empatando. Luego, los 5,20, sólo los pasó a la tercera. Otros lo hicieron antes que él. Pero, nos recordaba Antolín García, él había igualado el de 5,10 primero y el de 5,20 después, y entre medias batido el de 5,15. ¿No podría volver a batirlo en 5,25?

Desgraciadamente, no. En 5,25 hizo tres nulos. El nuevo récord lo estableció Bob Seagren en 5,40. Sola se quedó en los 5,20, igual que el octavo, el alemán Engel. Fue noveno por el segundo nulo en 5,20: “Lástima. Octavo es diploma. Me quedé a un nulo. Pero volví satisfecho. Fue, dicen aún, el mejor concurso de pértiga de la historia”.

Se ha escrito con frecuencia que en aquellos juegos se había pasado a la pértiga de fibra de carbono, de nueva generación. Pero no fue así: “Eso vino después. Yo no llegué a utilizarla. El avance fue por mejoras técnicas y porque la altitud de México favorecía ciertas pruebas, entre otras la nuestra”.

Sola se quedó sin diploma, pero paró a España ante el televisor y dio la primera gran campanada olímpica de nuestro atletismo. Y su récord fugaz sigue en el recuerdo colectivo de una generación, como algo singular en unos Juegos sensacionales, aquellos de Beamon, Hines, Fosbury, Evans… y Tommy Smith, el del puño enguantado.

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miércoles, 03 agosto 2016

Por Alfredo Relaño

Joaquín Blume, víctima del destino

El gimnasta catalán, primer héroe del olimpismo español, falleció en un accidente aéreo antes de alcanzar la gloria.

 

Joaquín Blume era hijo de un alemán, Armand Blume, que se asentó en Barcelona 1921 y se casó allí con una barcelonesa, Mari Paz Carreras. Se ganó la vida como profesor de gimnasia, primero en el Colegio Alemán y luego en un gimnasio que él mismo montó en la calle Padua, la misma en que vivían. Joaquín fue el segundo hijo de la familia, que ya tenía una niña cuando él nació, el 21 de junio de 1933. Con la Guerra Civil, los Blume se trasladaron a Alemania, pero regresaron una vez terminada esta, cuando el futuro gimnasta tenía seis años.

 

Blume

 

Pronto llamó la atención en el barrio por su agilidad. Destacaba en los partidillos de fútbol en los recreos del colegio, los Hermanos de la Doctrina Cristiana. Cuando cogió una raqueta de tenis pareció que aquello iba a ser lo suyo. Pero lo suyo iba a ser la gimnasia, por voluntad y constancia de su padre y por su propia afición. Se crio prácticamente en el gimnasio paterno, así que entre eso y su buena condición natural, perfeccionada por tantas horas de práctica, resultó un genio precoz de la gimnasia.

 

A los 15 años ya era campeón de España. Claro, que entonces la gimnasia española estaba muy poco desarrollada. Pero otra cosa fue cuando, con sólo 16 años, fue cuarto en un certamen internacional en Lisboa. La Delegación Nacional de Deportes decidió apostar por él, le buscó certámenes internacionales y, ante su incesante progresión, se decidió, en 1952, mandarle a los JJ OO de Helsinki. Tenía sólo 19 años. "Me conformo con quedar entre la primera mitad", dijo al partir. Se clasificó el 56 de 212.

 

Perfeccionista nato, fue noticia cuando se compró una cámara de cine para grabarse y para grabar a sus rivales en los campeonatos internacionales, a fin de mejorar sus movimientos. Su primer gran campanazo se produjo en los Juegos Mediterráneos de 1955, con cinco oros. Eso le elevó a gloria nacional, pero él sabía que la verdadera rivalidad la tenía en otros lares, entre los alemanes, los japoneses y los rusos.

 

Por aquel tiempo hizo amistad con Jordi Bonareu, el mejor jugador nacional de baloncesto de la época, que le recuerda como alguien absolutamente superdotado. "Jugaba bien a todo, lo hacía bien todo. Y tenía una enorme facilidad para los idiomas. Hablaba alemán, claro, por sus padres, y aprendió francés, inglés, italiano y hasta ruso".

 

El ruso lo aprendió por su rivalidad con los rusos y su obsesión por aprender de ellos. Y por un golpe de suerte: "Un día, en un concurso, acababa de hacer su ejercicio. Cuando regresó le dijo a su entrenador: '¿Bien, no? Ahora para ganar sólo falta que se caiga este cabrón'. Lo decía mientras pasaba ante ellos un gimnasta ruso. Para su sorpresa, éste se volvió y le dijo, en buen castellano: 'El cabrón lo serás tú'. ¡Blume se quedó helado! Resulta que aquel ruso era hijo de española, una niña de la guerra, y hablaba español perfectamente. Luego se hicieron grandísimos amigos. Y él fue quien le enseñó el ruso".

 

A Bonareu le admiraba de Blume que tenía tiempo para todo. Estudiaba Comercio, idiomas, hacía cinco horas diarias de gimnasio, salía con los amigos, viajaba a exhibiciones y campeonatos, se casó, con una compañera del gimnasio, María José Bonet. El día de su boda, tras cortar la tarta, ambos fueron al gimnasio, donde él hizo el cristo en las anillas, vestido de novio, para deleite de los fotógrafos.

 

En 1956 llegaban los JJ OO de Melbourne. Se presumía que Blume iba a ser la estrella española, en unos años de deporte depauperado, en los que los únicos deportes olímpicos en los que nos defendíamos eran el hockey hierba y la hípica. Poco antes, en una exhibición en Hannover, ganó a casi todas las grandes figuras de la época.

 

Pero España no fue a Melbourne. La URSS había aplastado el invierno anterior, con los tanques por delante, un levantamiento en Hungría. Hubo un movimiento internacional de rechazo. Se habló de expulsar a la URSS, o de boicoteo del mundo occidental a los JJ OO. El boicoteo quedó en poco: España, Holanda y Suiza. Más Líbano e Irak por la guerra del Canal de Suez.

 

Para Blume (como para Bonareu, Quadra Salcedo y varios otros, que veían esfumarse su sueño) fue un mazazo. ¡Fue hasta Hungría, y España no, en solidaridad con ella! Blume manejó la idea de acudir por Alemania, pero la descartó.

 

El gimnasta estrella fue el ruso Tschkarin, con 114,25 puntos. Blume había hecho 113,90 en el concurso internacional de Hannover.

 

La compensación le llegó en la Copa de Europa disputada en París en octubre de 1957. Allí ganó en anillas, potro con aros, paralela y la combinada. Fue segundo en barra fija. L'Equipe le dedicó una página llena de elogios: "No se recuerda un caso parecido excepto cuando Bannister corrió la milla en menos de cuatro minutos", concluía el largo artículo.

 

Un gentío le recibió en Barcelona en su regreso a la estación de Francia. Tenía entonces 24 años. Los JJOO de Roma, en el 60, le pillarían con 26 para 27. En plenitud. Eran su gran ilusión. Pero…

 

El miércoles 29 de abril de 1959 volaba de Barcelona a Madrid, escala previa para ir a Tenerife, a una exhibición. Con él iban su mujer (con quien ya había tenido una niña) y varios compañeros del gimnasio. El avión, un bimotor DC-3, matrícula EC-ABC, de Iberia, sale a las 15,25 de Barcelona. Encuentra tormenta y al pasar a la altura de Calamocha anuncia un desvío de su ruta. Luego, se pierde el contacto con él. A Madrid no llega a la hora prevista. Pasa una hora, dos, tres… La Guardia Civil informa que a las 20:15 se han presentado tres trabajadores del monte en el puesto de Valdemeca, en Cuenca. Han informado que sobre las cinco y media han escuchado un estruendo, han acudido al lugar y han visto un avión estrellado, sin supervivientes.

 

Raimundo Saporta, que es de los primeros en saberlo, llama a Barcelona a Juan Antonio Samaranch, delegado regional de deportes, para comunicárselo. Éste acude a casa de los Blume, a dar el pésame. Sube, llama a la puerta y le abre el padre, que le recibe tan jovial. "¿Vienes a ver a Joaquín? ¡Qué lástima! Esta misma tarde ha salido para Madrid con todo el equipo. Van a Tenerife". Samaranch se quedó paralizado. No se animó a decirle nada. Se despidió, bajó a la calle y dejó pasar media hora. Luego volvió, esperando que el padre ya se hubiera enterado por la radio, como así fue, para darle el pésame.

 

No hubo supervivientes. Los cuerpos fueron recogidos, en un radio amplio, en la Sierra del Telégrafo, en un lugar en el que se instaló una cruz de piedra, con el nombre de todos los fallecidos. Cada año hay una llamada Marcha Blume, una subida a pie desde la Huerta del Marquesado, hasta el lugar.

 

Un homenaje a la memoria del que nació para ser nuestro primer héroe olímpico, quizá el mejor de todos, pero que se topó con un destino fatal.

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sábado, 23 julio 2016

Por Alfredo Relaño

Sancho Dávila nombra seleccionador a su dentista

En materia de seleccionadores hemos tenido de todo. Incluso un dentista, que tuvo la suerte de tener entre sus clientes a quien a la sazón era presidente de la Federación de Fútbol, Sancho Dávila y Fernández de Celis.

Sancho Dávila, natural de Cádiz, fue un falangista muy activo desde primera hora. Era primo tercero de José Antonio. El estallido de la guerra le pilló detenido, en la Cárcel Modelo de Madrid, pero consiguió salir. Hizo la guerra en el bando franquista y participó en el célebre alboroto entre dos facciones de Falange (la suya y la de Hedilla) en Salamanca, de resultas del cual Franco lanzó su famoso decreto de unificación.

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No era hombre del fútbol, y sí del toro, donde tenía prestigio por sus conocimientos. Un hijo suyo, llamado igualmente Sancho Dávila, llegó a ser matador de toros con el nombre de Sancho Álvaro. También desciende de él Eduardo Dávila Miura. El fútbol no era lo suyo. No obstante, el General Moscardó, Delegado Nacional de Deportes, le designó como presidente de la Federación el 31 de enero de 1952, en sustitución de Manuel Valdés Larrañaga, a quien se concedió la embajada de España en Puerto Rico, destino envidiable, sin duda.

Sancho Dávila se encontró nada más llegar con la dimisión del seleccionador, Ricardo Zamora, que recibió una fantástica oferta de Venezuela. Después de varias consultas, eligió como seleccionador a Pedro Escartín, célebre exárbitro y permanente perejil de todas las salsas en el fútbol español.

Escartín debutó con derrota ante Argentina. Luego, 2-2 contra Alemania y 3-1 a Bélgica. Todo ello en casa. Lo siguiente, fue una pequeña gira por América, en el verano del 53, que iba a suponer el debut de Kubala.

Kubala, que había llegado a España en 1950, fugado de Hungría. Por su transfer FIFA Sancho Dávila peleó a brazo partido con la FIFA durante dos años y medio. Un libro raro de encontrar, titulado De vuelta a casa, cuenta esta peripecia y varias otras que le tocó lidiar. La llegada de Kubala a España fue tan sensacional que se dio por sentado que con él España sería imbatible. Pero perdimos en Buenos Aires, 1-0. Decepción y acusaciones de juego defensivo. Luego ganamos 1-2 en Santiago de Chile, con un gol de Kubala, pero ni eso compensó el disgusto. Se tenía a Kubala por un supermán y con cierta razón. Apareció en el Barça en la Copa del 51, y la ganó. Y luego Liga y Copa en el 52 y el 53. El Barça lo había ganado todo desde que apareció, era lo nunca visto, y los resultados de esa gira se juzgaron paupérrimos. Escartín dimitió con dos victorias, dos derrotas y un empate.

Había que buscar otro seleccionador. Marca hizo una encuesta nacional, de la que salieron muy destacados dos nombres, Ricardo Zamora, regresado ya de su bien remunerado paso por Venezuela, y Ramón Encinas, hombre de larga trayectoria. Exjugador del Celta, dos estancias como entrenador en la Selección, con José María Mateos y Amadeo García Salazar como seleccionadores. Y títulos nacionales con el Valencia y el Sevilla.

Pero Sancho Dávila estaba cautivado por la sapiencia futbolística de su dentista. Hombre del toro como ya he dicho, el mundillo del fútbol le hizo un poco de menos. Le vieron demasiado lego como para gastar tiempo en conversaciones con él. Su dentista, Luis Iribarren, había sido jugador amateur mucho tiempo atrás, en el Real Unión y en la Gimnástica de Madrid. Su Real Unión había llegado a ganar la Copa, aunque él sólo había jugado un partido, pues era suplente. Lo que le interesaba era la carrera. Por eso dejó un tiempo Irún por Madrid y luego se fue a Nueva York, a completar estudios. No había vuelto a tener contacto con el fútbol desde mediados los veinte.

Era un odontólogo de prestigio que seguía el fútbol, por el que le había quedado afición. Dávila, falto de mayores referentes, le consideró un pozo de ciencia futbolística. Primero le metió en el Comité de Competición, tras el desmantelamiento de éste que siguió al caso Kubala-Oliva, que ya conté en esta sección. Y ahora dio la campanada al hacerle seleccionador sin que, por supuesto, nadie se hubiera acordado de él en la encuesta de Marca. Eso sí, le acompañó Encinas como entrenador. Esa doble figura fue frecuente durante años: seleccionador, por encima, que escogía los jugadores y decidía la alineación, y entrenador, que los preparaba físicamente.

Lo que había por delante era la clasificación para el Mundial, contra Turquía. A dos partidos, ida y vuelta. Contaban puntos, no goles, así que había que ganar uno y al menos empatar otro.

El proyecto Iribarren se estrenó en San Mamés, ante Suecia (8-11-53), con Kubala de interior derecha y un resultado poco prometedor, 2-2. Dejó una sensación fría. Para el segundo partido, ya de clasificación para el Mundial, contra Turquía en Chamartín (6-1-54), sólo repiten cuatro jugadores. Dávila e Iribarren no se atreven a contar con Kubala porque aún no se han cumplido los tres años de su nacionalización, requisito para que pudiera jugar con España. Se le había utilizado en amistoso, pero en este, ya oficial, no se atrevieron. España ganó 4-1 a Turquía. Bien. Medio billete.

Ahora hay que empatar al menos en Estambul (14-3-54). Como siempre, se habla de pasión, de infierno turco, de que habrá encerrona, de que campo seco… El equipo da otro vuelco, justificado en la necesidad de jugar de otra manera. Sobreviven cinco de los de Madrid, algunos en posición distinta. Iribarren, de acuerdo con Sancho Dávila, tira de Kubala, ante la gravedad del compromiso, a ver si cuela. Juega y nadie protesta, pero España pierde 1-0. Tremenda decepción. Y vuelta a la encerrona, el infierno turco, el campo duro…

Queda el desempate, en Roma, tres días después. Esta vez Iribarren mantiene, o casi, el equipo de Turquía, con muy pocos cambios, porque lo tuvo que afrontar con los mismos convocados. Está previsto que juegue otra vez Kubala. Pero justo antes del partido, se recibe en el estadio un telegrama de la FIFA Attention equipe espagnol situation joueur Kubala. Dicho es castizo, cuidadito con lo que hacéis.

Dávila e Iribarren se sienten cazados. Había colado en Turquía, pero Hungría (gran atracción del Mundial y cuya eventual retirada habría sido una catástrofe) alertó a la FIFA, que se curó en salud con ese telegrama. Kubala deja su plaza a Escudero. El partido acaba 2-2, tras prórroga. La clasificación se decide por sorteo, donde la mano inocente de un bambino, Giuliano Gemma, saca de una copa la papeleta de Turquía. La de España, en la que previamente Sancho Dávila ha pintado una cruz como sortilegio, se queda dentro.

Sancho Dávila y Luis Iribarren cesaron inmediatamente. Ahí terminó su joint venture.

Cuatro partidos, uno ganado, dos empatados, uno perdido. Fuera del Mundial por las botas de Turquía. Ese fue todo el palmarés de Iribarren, que regresó a su consulta, como su mentor, Sancho Dávila, regresó al mundo del toro. En cuatro partidos utilizó 24 jugadores diferentes. Sólo Venancio jugó los cuatro.

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miércoles, 13 julio 2016

Por Alfredo Relaño

Salió a hombros, ‘ganó’ la Eurocopa e inauguró la moviola

Ortiz de Mendívil sigue siendo el único español que ha arbitrado una final de Eurocopa, la de 1968. Bon vivan bilbaíno de porte aristocrático, gran árbitro, con una carrera salpicada de hechos singulares. Marcó un gol en La Romareda, protagonizó uno de los grandes episodios entre el Madrid y el Barça, salió a hombros del público tras arbitrar una Copa de Europa… Una vez retirado, fue juez de sus propios compañeros en Estudio Estadio, cuando la aparición de la moviola.

Nacido en Portugalete en 1926, fue eslabón brillante en una larga saga de célebres árbitros vizcaínos, que arranca quizá en el abuelo de Iturralde. Ortiz de Mendívil sucedió en esa saga a Gardeazábal, un grande. Alto, delgado, con aire inglés, gran autoridad… Bilbaíno, nació tres años antes que Ortiz de Mendívil, y fue en parte su referente y en parte su freno, porque el segundo no pudo arbitrar un Mundial hasta que el primero dejó de hacerlo. Gardeazábal arbitró los de Suecia 58, Chile 62 e Inglaterra 66. Sigue siendo el único árbitro español que ha estado en tres. Pero un cáncer segó su carrera cuando, aunque ya veterano, aún podía seguir en activo. Falleció en 1969. Su recuerdo fue tan grato que dos años después se le hizo un homenaje, en el que jugaron sucesivamente en San Mamés selecciones de veteranos Vizcaya-Madrid, y selecciones regionales Vizcaya-Cataluña.

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Ortiz de Mendívil pasó a ocupar el primer puesto. Era alto, como Gardeazábal, esbelto, sin la delgadez de aquel, cuidadoso de su aspecto, con gran movilidad para lo que se pedía en la época. Fuera del campo era un tipo distinguido, al que los compañeros apodaron Petronio, por lo bien que vestía. Visitador médico, tenía una vida económicamente desahogada. Su mujer, Elvira Larrazábal, fue campeona de España de golf varios años seguidos, en los cincuenta.

Muy sibarita. Cuando viajaba en coche cama, pedía que su vagón lo aparcaran en vía muerta hasta que él se despertara. Si el hotel designado no le gustaba, buscaba otro y pagaba la diferencia, Era igualmente selecto con los restaurantes y con los vinos. A los que viajaban con él de jueces de línea (en la época esa función correspondía a prometedores principiantes de la misma regional) les hacía felices. Ildefonso Urízar Azpitarte me lo ha contado más de una vez:

—¡Menuda diferencia! Entre quedarte en Vizcaya arbitrando un partido de Tercera en cualquier sitio y expuesto a todo, a viajar a cuerpo de rey, con él… ¡Y lo que se aprendía! Del fútbol, de la vida… de todo.

Ortiz de Mendívil tenía una autoridad y un prestigio, que no menguaron ni siquiera cuando marcó un gol. Fue en un Zaragoza-Las Palmas de Liga. León, delantero del gran equipo canario de aquel tiempo, lo recuerda como si fuera ayer:

—Íbamos ganando 0-2 y era ya la segunda parte. Hubo un córner contra nuestra portería, un rechace corto, Santos tiró y él, al ver que le venía el balón, se dobló y se dio como la vuelta. El balón le pegó en la espalda y entró. Le rodeamos, pero él nos decía: ‘¿Qué culpa tengo yo?’ No tenía más remedio que dar el gol, para el Reglamento el árbitro es como un poste. Pero no hubo más goles. Ganamos igual, 1-2. Como no alteró el resultado, ni andaban Madrid ni Barça por medio, no hubo revuelo.

Distinto fue lo del Madrid-Barça del 20 de noviembre de 1966, en el Bernabéu. El partido llegó 0-0 al minuto 90. Habían pasado cuatro minutos y Veloso marcó para el Madrid. Los jugadores del Barça le protestaron indignados, por el tiempo transcurrido. Pero él prolongó todavía siete minutos más, con lo que el alargue total fue de once. Aquello levantó una polvareda enorme. Del lado culé se dijo que los siete minutos posteriores fueron para disimular. Con el tiempo, el suceso fue deformado por la memoria barcelonista y se suele escribir que Veloso marcó a los once minutos de descuento, y que justo ahí pitó el final. Así lo cree mucha gente aún hoy. Pero basta ver los periódicos (barceloneses o madrileños) del día siguiente para ver que fueron cuatro minutos, hasta el gol y siete más después. Aquello le costó una recusación del Barcelona.

Hablé largamente con él de aquel suceso muchos años después. Me dijo que él simplemente paraba el reloj cuando había interrupciones y lo ponía en marcha después. Que era más escrupuloso que el resto en eso. Con todo, yo lo recuerdo como algo extraordinario y es evidente que los usos han ido por otro lado. Recuérdense, por ejemplo, los comentarios por los cinco minutos de alargue de la final de Lisboa.

Mejor recuerdo tenía de la final de la Copa de Europa de 1969, también en el Bernabéu, Milán-Ajax. Ya estaba Cruyff, aunque el equipo no había fraguado aún. Ganó el Milán 4-1, en noche de exhibición de todos, pero en especial de Rivera, Sormani y Prati. Al final, algunos aficionados saltaron al campo, alzaron a Ortiz de Mendívil y le pasearon a hombros, como a un torero. Sospecho que eran madrileños, neutrales que habían acudido al partido, orgullosos de que un español hubiera sido el árbitro.

Lo de la final de Eurocopa fue de rebote. Se enfrentaron Italia (que jugaba de local y había pasado la semifinal con la URSS por moneda al aire) y Yugoslavia, ganadora de Inglaterra, con arbitraje de Ortiz de Mendívil. Estaba designado el húngaro Zsolt, pero en un trile de última hora se le dio el tercer y cuarto puesto, y la final pasó al suizo Dienst. (Sí, el mismo que en Inglaterra-66 había concedido el gol fantasma de Hurst a Inglaterra). Dienst fue infamemente casero. Los italianos camparon por libre, hubo un penalti de Castano estrepitoso. Aun así, la cosa quedó en 1-1, tras prórroga.

Dos días después, el 11 de junio, se repitió la final y el designado fue Ortiz de Mendívil. En España, los más enterados señalaron que era amigo de Italia. En el minuto 12 concedió el primer gol de Italia, marcado por Riva en rotundo fuera de juego. Amenazó severamente señalando con el índice al vestuario a los yugoslavos que le reclamaban y el resto del partido tuvo un tono menos desvergonzado que el de Dienst días antes, pero se le siguió viendo la oreja. La diferencia en su modo de contar los pasos de las barreras fue estrepitosa. Ganó Italia 2-0.

Árbitro de confianza del sistema, en fin. De los que si se equivocan lo hacen de la manera conveniente, que sigue siendo la forma de progresar. No llegó a arbitrar una final de Copa del Mundo, aunque sí una semifinal de 1970, Brasil-Uruguay, de mucho tronío. (Aquella del regate de Pelé al portero Mazurkiewicz sin tocar el balón). Y la final Intercontinental (desempate en Madrid) entre el Inter y el Independiente de 1968, que ganó el Inter. Tuvo mucha fama de amigo del Inter, tanta que alguna vez comentó Luis Suárez que Ortiz de tenía más medallas del club que él mismo. Y esa final del 69, la de la salida a hombros. Y una final de Recopa, la del 71.

Una vez retirado, alcanzó mayor celebridad cuando Pedro Ruiz le contrató para Estudio Estadio, a fin de juzgar las actuaciones arbitrales en la moviola, que estrenó. Fue apodado como Míster Moviola, Don Moviolo o El Moviolo. La siguiente generación de árbitros se revolvió contra él, por prestarse a juzgarles, pero más adelante todos ellos hicieron lo mismo cuando algún medio les llamó.

Envejeció feliz hasta una caída en 2012, que le produjo una fisura de cráneo. Falleció tres años después. Ningún otro árbitro español ha pitado una gran final de selecciones.

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jueves, 07 julio 2016

Por Alfredo Relaño

“España ganará al son del ‘La, la, la”. Pero no

El miércoles 8 de mayo del 68 recibimos a Inglaterra en el partido de vuelta de cuartos de final de la Eurocopa. España era la campeona de Europa. Inglaterra, del mundo. El no va más. El partido de vuelta, en el Bernabéu, se jugó entre la mayor euforia que he visto nunca ahí con el equipo nacional. La gasolina de aquella euforia venía de fuera: un mes antes, Massiel había ganado el festival de Eurovisión con su La, la, la, batiendo por un solo punto al inglés Cliff Richards, con su Congratulations. Aquello creó una extraña sugestión colectiva.

Habíamos llegado a aquellos cuartos un poco de rebote. Disputamos el grupo con Checoslovaquia, Irlanda del Norte y Turquía. Cuando ya habíamos jugado todo, a Checoslovaquia le quedaba un último partido, en Praga, con Irlanda. Les bastaba empatarlo para ganar el grupo. Balmanya, el seleccionador, se dio por eliminado y aceptó una oferta del Barça para ser secretario técnico. Pero Checoslovaquia perdió sorprendentemente 1-2. España ganó el grupo y Balmanya tuvo que volver a hacerse cargo del equipo.

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El sorteo de cuartos nos emparejó con Inglaterra, nada menos. Su título (1966) estaba más cercano que el nuestro (1964). De hecho, en el partido de ida, en Londres, el 3 de abril, jugaron ocho de sus campeones del mundo. De los campeones europeos de España sólo quedan Zoco y Amancio. Podría hacer estado Iríbar pero, lesionado, tuvo que dejar el puesto a Sadurní.

Por Londres andaba esos días Massiel, entonces no muy conocida, que les visitó en el hotel. Ella tenía que defender allí el La, la, la en el festival de Eurovisión, cuyo seguimiento entonces era máximo. Esa edición venía precedida de un trueno. La canción, del Dúo Dinámico, estaba destinada a Serrat. Pero este pidió cantarla en catalán y el revuelo fue tremendo. Se le sustituyó por Massiel. Pirri recuerda:

—Una chica muy simpática, nos visitó, bromeamos. Españoles a la conquista de Londres, decíamos. También vino Julio Iglesias, que era amigo de Grosso y Velázquez porque había jugado con ellos en los juveniles. Nos estuvo cantando La vida sigue igual, antes de estrenarla. ¡Luego resultó un éxito tremendo! Él vivía entonces allí, conocía el fútbol inglés. Se despidió diciéndonos una frase que se me quedó grababa: “Cuidado con los ingleses, siempre meten gol a última hora”. Me dejó inquieto con eso.

España jugó bien, Poli sujetó a Bobby Charlton, Amancio hizo un partidazo, le sacó tres paradones a Banks, pero Inglaterra ganó con un gol en el 84’. Un golpe franco por una falta que nos pareció que era al revés (cama de Jackie Charlton a Zoco que el árbitro pitó como empujón de este). Peters tocó para Charlton, que tras quebrar a Claramunt, que salió de la barrera, tiró muy esquinado, imposible para Sadurní. Y uno a cero. La sensación fue equívoca. Habíamos jugado bien, pero habíamos perdido. Pero sólo por uno. Podemos remontar. Pero ellos son los campeones del mundo. Pero, pero…

En esas estábamos cuando el 6 de abril, tres días después del partido Massiel gana con su La, la, la, y por un solo punto de ventaja sobre el inglés Cliff Richards. El seguimiento de aquella votación tuvo a toda España pegada al televisor. Amábamos u odiábamos a cada país europeo según inclinaban su voto. La victoria final de Massiel produjo el que recuerdo como mayor estado de felicidad colectiva en la España de aquellos años ingenuos.

Cuando un mes después los ingleses aterrizaron en Barajas, los ecos aún no se habían apagado. Massiel visitó a nuestra selección en La Berzosa. Todo el mundo invocaba el La, la, la. Los ingleses, ajenos a todo, hacían su vida. Se hospedaron en el Castellana Hilton, fueron al cine Paz a ver La mitad de seis peniques en versión original, fueron recibidos en su embajada, se entrenaron…

Vuelan las entradas. La mitad más uno del equipo va a ser del Madrid, que acaba de ganar la Liga y que el miércoles siguiente recibirá al Manchester United en partido de vuelta de semifinal de Copa de Europa. Resultado abierto, también 1-0 en la ida.

El miércoles 8 no cabe un alfiler en el Bernabéu. Todos cantando el La, la, la a pleno pulmón desde media hora antes, con pequeños intervalos para gritar “¡España, España, España!”. Decenas de pancartas, más de la mitad con el La, la, la. El partido empieza a las 20:30, con arbitraje del checoslovaco Krnávek y estas alineaciones:

España: Sadurní; Sáez, Gallego, Canós; Pirri, Zoco; Rifé, Amancio, Grosso, Velázquez y Gento.

Inglaterra: Bonetti; Newton, Labone, Wilson; Mullery, Bobby Moore; Ball, Peters, Bobby Charlton, Hunt y Hunter. Esta vez, sólo seis campeones del mundo. Mejor.

Primer tiempo de juego alterno. Se protesta la dureza de los ingleses, que arruga a Rifé y Gento. También a Velázquez, en duda las vísperas por una molestia en la rodilla. El resto juega bien, incluido Sadurní, que ha pasado por delante de Iríbar porque está en espléndida forma. En el 30’, un choque entre Gallego y Bobby Moore deja al español maltrecho. Grosso baja a la defensa, junto a Zoco. Cuando Gallego vuelve, renqueante, Balmanya le coloca de delantero centro, donde se batirá como un jabato. Al descanso, 0-0. La grada es un hervidero de comentarios. Ellos pegan, no, es que Rifé y Gento se arrugan, Velázquez también, no es que tenía la rodilla mal, pues que hubiera salido Germán, es que Balmanya quería mantener el bloque, y ahora, si Grosso sigue de central, ¿quién persigue a Charlton?, pues Pirri, hombre, Pirri puede con todo…

Salen los equipos y se vuelve a cantar el La, la, la. España sorprende con un ataque feroz. El balón va arriba, donde Gallego, medio rengo, pelea como un león. Lucha, choca, cae, se levanta… Es algo emocionante, que inflama el Bernabéu. En una de esas deja suelto el balón para Amancio, que dispara, hay rebote en Labone y ¡¡¡¡gol!!!! El Bernabéu casi se cae. 1-0 en el 47’. La euforia está desatada. España sigue igual, con Grosso y Pirri haciendo de todo, con Velázquez apagado y los extremos inexistentes, pero con Gallego hecho un león ahí arriba. Un león herido, pero implacable. Nunca vi a un jugador del Barça tan aplaudido en el Bernabéu. Hay dos ocasiones claras que desbarata Bonetti. Se masca el gol… pero llega en el otro lado. Un contraataque claro acaba en paradón de Sadurní. Córner. Lo saca Charlton y Peters se mete entre Zoco y Pirri y cabecea a placer. 1-1. Es el 55’.

¡Da igual! ¡Hay tiempo! Sigue la exhibición de Amancio, sigue el heroísmo de Gallego, Pirri y Grosso… pero poco más. El La-la-lá va perdiendo fuerza, a medida que vemos (yo estuve allí) que España se derrite como un helado. Inglaterra crece, con todo su prestigio histórico enriquecido por su título mundial. En el 81’, saque de banda rápido que recoge Hunt, envía al área, Charlton deja pasar y Hunter machaca. Es el 1-2. Se acabó. Se recogen las pancartas, se acaban los cánticos. Ya no somos campeones de Europa.

Y Pirri volvió a casa pensando otra vez en la advertencia de Julio Iglesias sobre los goles ingleses tardíos. Y la recordará de nuevo cuando una semana más tarde, el Manchester empate 3-3 en el Bernabéu, y eche al Madrid de Europa… también con un gol de última hora.

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miércoles, 29 junio 2016

Por Alfredo Relaño

El pesar de Messi y el pesar de Simeone

Argentina le pide a Messi que rectifique, con millones de voces, entre ellas la de Maradona, que no hace mucho le había hecho de menos, hablando con Pelé, ahí es nada. Pero no es sólo Maradona, es el presidente de la Nación, son niños grabados, llorando, pidiéndole que se le quede, es el acalde de Buenos Aires, que le levanta una estatua, son los viejos campeones del 86, reunidos en encuentro fraternal.

Messi tiene 29 años. Le quedan muchas cosas por decir en la Selección Argentina. ¿Por qué quiere irse?

 

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Tengo la sensación de que Messi ha remado siempre río arriba en ese equipo. Por un lado, por muy buenos jugadores que tenga Argentina (siempre los tuvo y es previsible que los siga teniendo) lo que no ha conseguido es el funcionamiento del Barça estos años. Un funcionamiento, servido, por cierto, por jugadores tan buenos o mejores que los que pueda tener Argentina. Y un funcionamiento que se ha creado en torno a él, crecido en ese medio, y que se ha acomodado al entorno al tiempo que el entorno se acomodaba a él. Messi y el resto del Barça, el resto del Barça y Messi. Todo ha sido uno. Y hay que insistir en que ese ‘resto del Barça’ es algo muy serio. Ha puesto buena parte en los grandes éxitos de España en estos años.

Por otra parte, Messi no se sintió plenamente bienvenido cuando apareció en la Selección Argentina. Un amigo de allá me dijo: “Es como el hijo que te viene con dieciocho años, que te dicen que es tu hijo y efectivamente es así, pero no lo has criado. No le puedes querer igual que si lo hubieras visto nacer”.

Así que Messi apareció allí como un cometa caído de Europa, rodeado de elogios en Barcelona, en España y en todo el Continente que allí escamó algo. Argentina tiene una devoción casi idólatra (y justificada) por Maradona. Messi y Maradona son próximos en muchas cosas, no son moldes de jugador muy diferentes. Zurdos, dieces, ingeniosos, incontrolables para los defensas… Las comparaciones empezaron pronto. A medida que Messi consiguió despegar y deslumbrar, empezó a correr la idea de que con el tiempo iba a merecer el primer puesto en la historia del fútbol. Y eso es más de lo que muchos argentinos pueden soportar. Allí no hay discusión con Maradona (a Gatti se le ocurrió hace muchos años decir que Pelé fue mejor y le cayó la del pulpo). Messi empezó a ser visto con recelo. Argentino, sí, pero criado en Europa y presentado como el suplantador de Maradona.

Así empezó la carrera de Messi en la albiceleste, y así ha continuado: teniéndose que hacer perdonar algo de lo que él no tiene ninguna culpa. Rodeado de compañeros ocasionales, sin el juego fluido del Barça, sin el respeto que en su club se ha ganado, casi reverencial. Todo eso puede combatirse sólo con grandes títulos.

Y cuatro veces, cuatro, ha estado Messi a punto de ‘hacerse perdonar’ con algún título, y las cuatro ha salido perdedor de la final. La última, echando fuera un penalti de la tanda, y eso a los pocos días de que Maradona le dijera  Pelé que ‘Messi no es un líder’.

Se rompió por dentro, dijo basta.

La persistencia en el fracaso es devastadora. Lo vimos en Simeone: perdió su segunda final ante el Madrid en tres años y se vino abajo. “Tengo que pensar”, dijo, y sonó a despedida. Por suerte para el Atlético, reflexionó y va a seguir. Su caso es distinto en parte, porque él ha vivido en el Atlético rodeado de aclamación. Messi, en Argentina, no. Hasta ahora.

Ahora, con el anuncio de su salida, ha habido una reacción tremenda, aunque en realidad en proporción con la magnitud de la pérdida. Por primera vez, Messi se va a sentir deseado y amado por el país que le vio nacer. Se va a sentir, también, necesario.

Así que espero, como tantos argentinos, como tantos ciudadanos del mundo, que recapacite. Tiene un par de mundiales por delante (el de Qatar le pillará con 35 años, y por su clase y por la evolución de su juego bien podrá seguir ahí) y el mundo no debe perderse eso.

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Por Alfredo Relaño

Ganamos en Cagliari con el público a favor

Era un amistoso de 1971. Se sabía que iba a faltar la gran figura del equipo local, Gigi Riva, lesionado, y tampoco iban a van a jugar Albertosi ni Domenghini.

 

Ahora que nos jugamos el tipo ante Italia, quiero desempolvar un duelo de 1971 que salió muy bien. Ganamos a domicilio a Italia, a la sazón campeona de Eurocopa y subcampeona del mundo. Sí, ganamos allí, ¡y con el público italiano a nuestro favor!

 

Relaño


Aquel era el séptimo partido de Kubala como seleccionador. En los seis anteriores llevábamos cinco victorias y un empate, precisamente ante Italia, en el Bernabéu. Amistoso también, como el que íbamos a disputar ahora en Cerdeña, devolución de visita. La fecha era el 20 de febrero de 1971, sábado. Hubo concentración en Madrid desde las nueve de la noche del lunes 15. Los convocados fueron: Iribar, Esnaola, Sol, Gallego, Tonono, De la Cruz, Antón, Costas, Pirri, Uriarte, Claramunt, Marcial, Amancio, Rexach, Gárate, Arieta y Churruca. Un buen grupo. Amancio, aunque ya veterano, se mantenía bien. Gente tan importante como Iribar, Sol, Gallego, Claramunt, Pirri, Uriarte o Gárate estaban en su plenitud.

Como siempre, en torno a los entrenamientos de Kubala hay gran animación de prensa. Era célebre su show disparando a los porteros, con su prodigioso golpeo de balón, que aún conservaba intacto a los 43 años. Colocaba a un portero en el suelo, apoyado sobre los codos y las rodillas, en modo mesilla de salón, y el otro tenía que volar sobre él en busca de sus lanzamientos, que llevaban la fuerza y colocación precisas para que el portero llegara a ellos, pero con el máximo esfuerzo.

Pero esta vez está menos expansivo que otras. Se le ve serio. También en el partidillo, que él mismo arbitra, en la Ciudad Deportiva madridista, contra un equipo del Madrid en el que están entre otros Grande, el hoy ayudante de Del Bosque, y Gento, que juega de interior, dejando a Bueno de extremo izquierda. España gana 3-1.

Se supone que el miércoles Kubala va a ir a Lisboa, a ver y tutelar el amistoso de la sub-23 (en la que asomaban los Quini y Asensi entre otros), y que se perdió por 2-1, pero no va. La explicación es que no le hubiera sido posible regresar a Madrid a tiempo para coger el avión, a las tres de la tarde, para ir a Cagliari, donde se va a jugar el partido.

La explicación cuela, pero a la hora de salir el grupo para Cagliari se suman a él Joaquín Ramos, locutor de Radio Nacional, que la noche anterior ha estado en el partido de la sub-23, y el céltico Manolo, que tras jugar en Lisboa ha sido requerido por Kubala para la selección mayor. Ah, ¿pero no decían que no había tiempo de…?

Alguien indaga y se descubre el pastel. Kubala está enfadado con cuatro jugadores y, por añadidura, con el presidente de la federación, Pérez Payá. Resulta que el lunes, Gallego, Marcial y Amancio no han llegado a las nueve de la noche al hotel, sino los dos primeros a las seis y el segundo, a las cuatro. Gallego y Marcial se habían distraido al llegar a Madrid y perdido por alguna sala de fiestas. Amancio tuvo un susto médico con su mujer, se retrasó por ese motivo, pero no avisó. A eso se suma que Antón le ha dicho a Kubala que si no va a jugar (cosa que se huele por los entrenamientos), que no le lleve.

El asunto salta en la prensa el primer día de estancia allí, en Cagliari. Kubala ha pedido a Pérez Payá que les sancione y ha pretendido dejarles en casa. Pérez Payá ha tenido un pulso de dos días con él: “Primero jugar, luego sancionar”, es su tesis. Le parecía un cante castigar a jugadores de tal nivel en vísperas de todo un Italia-España. Además, lo de Amancio tenía justificación, pero claro, ¿cómo separarle de los del Barça, si el hecho era el mismo aunque las razones fueran distintas?

España se concentra en Santa Margherita di Pula, a 40 kilómetros de Cagliari. Hay malas caras. Kubala renuncia a ir a entrenar al Sant'Elia, el estadio del Cagliari, con lo que da plantón a la prensa italiana y a buena parte de la española. Los que se enteran asisten a los ejercicios físicos del equipo entre los pinos próximos al Hotel Abamar, donde están recluidos.

Por dar una buena noticia, alguien recuerda que en ese escenario de Cagliari ha ganado en 1956 la Selección B de España, un equipo, por cierto, lleno de grandes nombres: Carmelo; Olivella, Campanal, Valero; Vergés, Gensana; Tejada, Sampedro, Pepillo, Peiró y Collar. 0-1, con gol de Tejada.

Pero en Italia las cosas están peor. El Cagliari es el campeón de la Liga 70-71, ha sido el segundo en la anterior. El partido es en su ciudad, capital de Cerdeña. Se sabe que va a faltar su gran figura, Gigi Riva, lesionado, pero resulta que tampoco van a jugar Albertosi ni Domenghini, según se desprende del entrenamiento. Sus puestos van a ser para Zoff y Mazzola. La gente de la isla no lo puede creer. El seleccionador, Ferruccio Valcareggi, es acosado a preguntas en la conferencia de prensa y aviva el fuego:

—Esto es la selección de toda Italia, no la de una isla.

¡Para qué más!

El partido se televisa en España y en Italia, pero no en Cerdeña, a pesar de lo cual sólo hay 40.000 espectadores, de 68.000 posibles. Muchos han exigido la devolución del dinero. Los que van, confían hasta última hora en que Valcareggi cambie. Pero la megafonía da la alineación:

Zoff (tremenda pitada….); Bet, Burgnich, Rosato, Facchetti; Bertini, Rivera, De Sisti… (máxima expectación)…Mazzola (bronca mayúscula…), Boninsegna y Prati. Cuando se cantan los suplentes, las ovaciones a Albertosi y Domenghini son tremendas. Y es igualmente ovacionada la alineación de España: Iribar; Sol, Gallego, Costas, Tonono; Claramunt; Pirri, Uriarte; Amancio, Gárate y Churruca. Cada nombre es subrayado con una ovación.

A Valcareggi le tiraron naranjas al salir, y lo mismo al palco de los directivos.

España manda, juega, se siente bien. Los italianos miran a los nuestros, como diciéndoles: ¿tú puedes creer esto? Y los nuestros se encogen de hombros y juegan. En el minuto 35, Claramunt se va por la derecha, centra, el balón pega en Burgnich, queda suelto y Pirri le gana la acción a Zoff, al que coloca un globito por encima. El gol deja mal a Zoff, lo que incrementa la bronca. En el 40, otro centro de Claramunt lo deja pasar Churruca y Uriarte suelta un zurriagazo a la escuadra. 0-2. Llueven naranjas.

El segundo tiempo será coser y cantar. En Italia entra Ferrante, que tampoco es del Cagliari, por Burgnich. Otro enfado. España mantiene el balón y ahorra fuerzas. Salen Marcial por Arieta (m. 69) y Gárate por Amancio (m. 76). Italia caza en el 79 el 1-2 en un golpe de fortuna, un balón largo de Mazzola al que Iribar no llega porque resbala; remata Boninsegna, rechaza Gallego en la raya y marca De Sisti a puerta vacía. El gol no es bonito y la gente lo abuchea. Final, 1-2. Salimos aplaudidos. Valcareggi fue evacuado dos horas después del partido, escondido en una ambulancia.

España regresó en triunfo. No hubo sanciones, claro. Pelillos a la mar. ¡Habíamos ganado al campeón de Europa y subcampeón del mundo…!

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