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El blog de Pipo lópez

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jueves, 30 marzo 2017

Por Alfredo Relaño

Kopa, el ‘tourbillon’ y la glucosuria

El partido numero 100 de la Selección se jugó contra Francia en Chamartín el 17 de marzo de 1955. El anterior, exactamente un año antes (17 de marzo de 1954), había supuesto un berrinche mayúsculo, porque nos dejó sin ir al Mundial de Suiza. Fue aquel desempate empatado contra Turquía en Roma, resuelto por sorteo, con un bambino que sacó de la copa la papeleta de Turquía. Un año, pues, sin jugar. Para la reaparición se pactó un amistoso con Francia en Chamartín. No parecía mala idea. Francia no era gran cosa entonces en fútbol, pero su prestigio como país sería un plus para la previsible victoria española. De ocho partidos anteriores contra ellos habíamos ganado siete y perdido sólo uno. El último había sido una estruendosa victoria en Colombes, 1-5, con Basora en figura.

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Francia aterrizó el martes 15 en Madrid, con catorce jugadores, seleccionador, entrenador, masajista, dos directivos y ¡38 periodistas! Es conocida la atracción que provoca todo lo español en Francia. Y nuestro fútbol, pese a no haber ido al último Mundial, tenía prestigio. Aquí estaba Kubala, había llegado Di Stéfano… Entre los periodistas está el célebre Gabriel Hanot, que en esos días da los últimos toques a la creación de la Copa de Europa, iniciativa suya lanzada desde L’Équipe. Como todos, no tiene dudas: ganará España. Nuestro equipo ‘B’ acababa de ganar, el domingo 13, al ‘A’ de Grecia por 7-1, con cuatro goles de Badenes y una exhibición de la media Mauri-Maguregui, del Athletic. El partido ha impresionado.

Francia sube a La Berzosa. España está en Aranjuez. Los jugadores reciben continuas visitas de amigos en busca de entradas, agotadas en Madrid. Se quejan del frío y entretienen el aburrimiento matando pajaritos con una escopeta de perdigones. El seleccionador, Ramón Melcón, es optimista. Menos lo es el entrenador, Benito Díaz, viejo zorro. (En la época, el cargo de seleccionador y el de entrenador estaban separados). ‘El Tío Benito’ sabía que Francia tenía un equipo rápido, en el que destacaba un joven menudo llamado Kopa. Se estaba forjando la Francia que sería tercera en el Mundial-58, pero aquí nadie sospechaba eso más que él, que había pasado la Guerra Civil en Burdeos entrenando al Girondins. Cuando le hablan de goleada se muestra irónico: “Sí, a los ocho o nueve deberíamos parar…”.

La víspera, la recién creada Agrupación de Periodistas Deportivos ofrece un cóctel a sus colegas del país vecino. Los españoles se enteran con asombro de que traen un camión especial para revelar y transmitir fotos desde la puerta del campo. También traen televisión. El partido se va a televisar a Francia. Aquí no, estamos en mantillas. Por la mañana ha entrenado Francia en Chamartín. Los franceses se vuelcan en elogios sobre el césped y la inmensidad de las gradas. En Francia no hay nada así. Se acaba de jugar en París un Racing-Nimes, decisivo para el título, ante 18.000 espectadores.

El jueves a las 16:30, cuando saltan los equipos, hay 125.000 aficionados en las gradas. Marca, que se vendía a 0,80 pesetas, anuncia para el día siguiente un número extraordinario, que cobrará a peseta. Tal era la expectación.

Francia sale con: Remetter; Bieganski, Jonquet, Marché; Penverne, Louis; Kopa, Glovacki, Bliard, Mahjoub y Vicente.

Por España: Ramallets; Segarra, Marquitos, Lesmes II; Muñoz, Bosch; Basora, Molowny, Arieta, Rial y Gaínza. Ramallets, Segarra, Bosch y Basora son del Barça. Arieta y Gaínza, del Athletic. Los otros cinco, del Madrid. Melcón ha barrido para casa. Marquitos y Lesmes II debutan. Falta Kubala, lesionado, y eso da sitio a Molowny, ya mayor, pero gran favorito de la afición madridista. Se podía entender: el Madrid había ganado la Liga anterior y se encaminaba a ganar esta... Pero eso se debía sobre todo a Di Stéfano, que aún era extranjero y no podía ser seleccionado. Mucha gente que ha visto el 7-1 a Grecia se pregunta si no hubieran merecido algunos de los ‘B’ estar en el partido. Sobre todo Badenes y los medios Mauri y Maguregui, que dieron un recital.

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La cosa empieza bien. Francia sale encogida ante los 125.000 espectadores que revientan la grada y animan a esa especie de Madrid reforzado. En el 10’, gol español: buena jugada de Rial que abre a Basora para que éste centre a Gaínza, que se ha metido en diagonal al área y marca. En las gradas, claro, se habla de goleada.

Pero ahí se acabaron las buenas noticias. Francia se suelta, se la ve más fuerte, más saludable y más técnica. Louis, un mulato de la Martinica, enorme y fortísimo, se mete a Molowny en el bolsillo y le sobra fuerza para armar el medio campo. Muñoz y Bosch son lentos, Rial es lento, Francia es rápida. Kopa deja la banda y se va hacia el centro. Los delanteros franceses cambian de posición constantemente, es lo que llaman el tourbillon, el torbellino. Todo con Kopa al frente de la maniobra. Ramallets retrasa el empate hasta el 34’, cuando ya no puede hacer nada ante un empalme de Kopa. 1-1. No mucho más tarde, Molowny se va por ‘lesión’ (sólo así estaba permitido el cambio) y le sustituye Arteche. Al descanso hay mal humor.

En la segunda, Francia es dueña del campo y del balón, Ramallets aguanta como puede. En el 72’, la enésima diablura de Kopa acaba en gol de Vincent. El partido queda 1-2. No ha habido goleada, no… gracias a Ramallets.

Kopa sale a hombros de aficionados franceses, como un torero. En la caseta, Molowny declara que no estaba lesionado, que le han obligado a fingir. Más polémica para el día siguiente. Benito Díaz desliza críticas a la alineación de Melcón. Nadie duda de que él hubiera preferido a Mauri y Maguregui para la media.

Pasado el fin de semana con su jornada de Liga, una palabra se apodera de la escena: GLUCOSURIA. ¿Y eso qué es? Un exceso de azúcar en la sangre, que habría sido culpable del mal rendimiento. La noticia la lanza el martes un diario de la noche y la recogen todos la mañana siguiente. Hay desconcierto. Marca respalda a la Federación, aporta testimonios de muchos médicos que descartan tal cosa. Pronto se ve que el origen ha sido una filtración del Madrid, que acaba por enseñar la patita. Primero, con una nota del club. Luego, con un largo informe de sus médicos, publicado íntegro en ABC. El parte explica que los jugadores tomaron zumo de naranja enriquecido con azúcar tras cada entrenamiento en Aranjuez y que en pruebas hechas el viernes, todos los internacionales del Madrid menos Molowny dieron un exceso de azúcar en la sangre, lo que explicaría su mal rendimiento.

¿Y los del Barça y el Athletic? Sus médicos no detectaron nada. La polémica da para días, como todo lo que envuelve al Madrid. ¿Excusa del club, comprometido en el fracaso, por la amplia presencia de jugadores propios en el partido? Han pasado muchos

años, no hay testigos vivos, pero es a lo que suena. Tanto tiempo después, nadie ha vuelto a oír nada de la glucosuria relacionada con mal rendimiento en el fútbol.

El siguiente partido de España fue un empate en Chamartín contra Inglaterra, tras el que cayó Melcón. De los de la glucosuria sólo repitió Rial. Muñoz y Molowny volvieron a la Selección. Marquitos y Lesmes II, sí, sólo una vez cada uno, y pasado mucho tiempo.

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jueves, 23 marzo 2017

Por Alfredo Relaño

El Celta se salva a costa del Deportivo

En la 69-70, el Celta reaparecía en Primera División, tras una década de ausencia. Allí se iba a reencontrar con el Dépor, que en los sesenta llegó a ser conocido como equipo ascensor, porque subía y bajaba continuamente. Pero en ese momento, con un presidente joven y audaz, Antonio González, se sentía seguro. Aspiraba a más. Se estaba dotando de una nueva estructura. Entró como gerente un destacado periodista coruñés, Manuel Fernández Trigo, más adelante gerente del Madrid.

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Antonio González era hombre prometedor y multifacético. Exjugador del club, fue también presidente de las federaciones gallega y española de hóckey sobre patines, deporte en el que había llegado a ser internacional. Cuando llegó la Asamblea de la Federación del verano de 1969 sonaba para el Consejo Directivo, entonces más reducido que ahora. Galicia tenía tres equipos en Primera (el otro era el Pontevedra) y dos en Segunda (Ferrol y Orense). Él era la cara más conocida de Galicia.

Un grupo de clubes que se movían en aquel tiempo entre la zona del miedo en Primera o de las aspiraciones en Segunda, presentó una propuesta: que la Primera pasara de 16 a 18 clubes. Encabezaba el movimiento el Sabadell, cuyo presidente, Ricardo Rosón, reclutó para la causa a los gallegos a cambio de apoyar a Antonio González para el Consejo Directivo.

Pero en la jaula de grillos que fue la Asamblea (como cada año), González les falló, o le fallaron ellos a él. La cosa es que ni González salió ni la Liga se amplió. En Vigo corrió que el Dépor ya no temía el descenso, que estaba agrandado y que González ni votó ni hizo campaña por la ampliación. Le acusaron de “nuevo rico futbolístico”.

Pero la realidad fue por otro lado. Al final de la primera vuelta, el Dépor era el tercero por la cola y bajaban tres mientras que el Celta estaba cerca de la zona templada. Y tercero por la cola seguía el Dépor cuando, a tres jornadas del final, le tocó recibir al Celta, que le precedía en tres puestos y cuatro puntos. El partido se presentaba con tintes dramáticos. El Dépor necesitaba ganar. El Celta sabía que ganando se salvaba seguro.

De aquel partido se hablaría durante años.

Salieron a relucir todos los agravios históricos. Saltó a relucir la fuga de varios jugadores vigueses (entre ellos el legendario Otero) al Dépor cuando se fusionaron el Fortuna de Vigo y el Vigo Sporting para dar lugar al Celta. Salió a relucir el partido en Chamartín de verano del 40, cuando el Celta le ganó al Dépor y le cerró la puerta de Primera. Salió a relucir la liguilla de promoción del 53, con HH en el Dépor, en la que los dos quedaron en Primera por carambola, tras un choque final muy polémico.

La semana previa es de gran emoción en ambas ciudades, con un paréntesis el viernes por la noche para el combate Urtain-Weiland, asalto del morrosko de Cestona al título de Europa. Weiland llegó a España diciendo “las piedras que levanta Urtain yo se las lanzo a los pajaritos”, lo que creó indignación patriótica. Hasta Vigo y La Coruña se pararon por dos horas. Una vez que ganó Urtain y quedamos todos tranquilos, el primer plano en Galicia lo volvió a ocupar el Dépor-Celta.

La Central de Espectáculos de Vigo vende 5.000 entradas. Otros 5.000 viajarán, confiando en conseguir entrada en La Coruña. Allí hay colas en las taquillas. Es día del club, tienen que pagar todos los socios y abonados. Se advierte que a las nueve del sábado se cierran las taquillas y el sobrante se venderá al público en general.

El Celta viaja el mismo sábado, duerme en Santa Cruz, en el hotel Portocobo. Se dice que llevan 100.000 pesetas de prima por cabeza, una exageración. Son 25.000. El Dépor duerme en el hotel Santa Cristina. Tiene una baja muy sensible, Domínguez, alma del equipo, y es duda Bellod, lateral atacante. Van a misa, a los jesuitas, junto al hotel.

La mañana del domingo llegan de Vigo un tren de especial, numerosos autocares y muchísimos coches con la matrícula PO. La baza del entusiasmo es viguesa. Los coruñeses van desconfiados al partido. Son las 4.30 del 5 de abril del 70 cuando con un sol reventón salen a Riazor los dos equipos:
Dépor: Joanet; Miguel, Luis, Cholo; Sertucha, Manolete; Loureda, Cervera, Beci, José Luis y Martínez. En el 39’, Bordoy por Miguel; en el 45’, Chapela por José Luis.
Celta: Bermúdez; Pedrito, Manolo, Herminio; Rivera, Costas; Lezcano, Almagro, Abel, Juan y Jiménez. Arza, entrenador del Celta, viejo zorro, ha cambiado la alineación al saber que faltaba Bellod. Rivera, habitual delantero, pasa a la media, en lugar de Hernández, más de contención.

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Un equipo del NO-Do ha acudido a filmar el partido. Es noticia nacional.

Minutos de tanteo hasta que en el 9’ Sertucha mete un tiro en el palo. Eso anima al Dépor, que ataca con firmeza 10 minutos, pero al Celta se le ve más calmado. Pasado el chaparrón, se despliega. Rivera, el delantero convertido en medio, se hace dueño del juego. Será el hombre del partido. En el 42’, falta cerca del área del Dépor. La saca Quique Costas (que luego haría gran carrera en el Barça de Cruyff) para Rivera, y…

—Le dije que me la tocara cortita y le pegué con todo. Salió un tiro raso que pasó por debajo de la barrera y se coló junto al palo.

Para Joanet, el buen meta deportivista, un tiro inalcanzable. Para Rivera, un hito en su carrera. Nacido en O Carballiño, donde hoy vive, fue Pichichi de Tercera con el Orense, jugó en el gran Sevilla de mediados de los sesenta y regresó a Galicia para fichar por el Celta, de Segunda. “Muchos me decían que cómo me iba del Sevilla, que era puntero, al Celta en Segunda. Pero yo quería volver a Galicia”. Hizo bien. Fue Pichichi en Segunda con el Celta, vivió el ascenso y grabó en mármol su nombre en la historia de la gran rivalidad gallega con ese gol.

En la segunda mitad mandó el Celta, al que le anularon otro gol. El Dépor, falto de Domínguez, que ponía el espíritu, se embarulló.

Al regreso a Vigo hubo desfiles y cohetes en Santiago. En La Coruña quedó depresión: el Dépor estaba condenado. Aunque luego empató en Mallorca y el último día ganó al Granada 3-0, terminó tercero por la cola y bajó.

En Vigo no dejaron de recordar que si Antonio González hubiera peleado más por la ampliación, el Dépor seguiría en Primera.

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viernes, 17 marzo 2017

Por Alfredo Relaño

Isidro al Madrid y Luis al Betis

El Boletín del Real Madrid de julio de 1961 anunciaba el fichaje de un jugador del Betis, Isidro. “Era una lástima que un jugador así estuviera fuera de la actividad”, añadía crípticamente, al tiempo que agradecía la comprensión de la directiva bética en las negociaciones.

 

Isidro Sánchez García-Figueras nació en Barcelona, donde a su padre, interventor del Banco de España, le pilló el inicio de la guerra. A los tres años le llevaron a Jerez, donde se crio. Siempre se consideró jerezano. Fue, además, sobrino por parte de madre de un célebre alcalde de la ciudad. Estuvo en el Betis que regresó por fin a Primera División tras una larga travesía. Jugó con la Selección de Promesas contra Italia, en marzo de 1959. En enero del 60 le marcó al Madrid el gol de la primera victoria del Betis sobre los blancos en lo que podríamos llamar la época moderna. Era un puntal del equipo, como medio de ataque. Pero en verano del 60 su relación con el club se agrió. Casado con Carmen Flores, hermana menor de la celebérrima Lola, quiso ser también agente suyo, y le faltaba tiempo para ambas actividades. Lola tiraba de ellos hacia Madrid, donde quería que Isidro, muchacho instruido y de alto nivel, fuera el gerente del espectáculo de las hermanas, incluso en las giras.

 

Relaño

 

Empezó a incumplir con el Betis. Se le mejoró el contrato (él argumentaba que podía ganar más como gerente del espectáculo de las Flores), pero la situación hizo crisis cuando no apareció en la concentración del equipo en vísperas del Betis-Sevilla de la 60-61. El club le declaró en rebeldía. Se quedó fuera del equipo, con 23 años.

 

En el Madrid tenía un valedor, Luis del Sol, que había jugado con él en el Betis y ahora triunfaba en el club blanco. Bernabéu no lo veía claro, porque estaba el precedente próximo del atlético Coque, que entró en amores con Lola Flores y se echó a perder como futbolista por meterse a productor de sus giras.

 

Pero al final se dejó convencer y fichó a Isidro. Después de mucho tira y afloja, el acuerdo fue dos millones más un jugador de la cantera, el que el Betis quisiera. Y el Betis escogió a un tal Luis Aragonés, que había pasado cesiones en el Getafe, el Recreativo, el Hércules, el Plus Ultra y el Oviedo, en este ya en Primera.

 

Cuando Bernabéu supo que el Madrid había dado a Luis, se enfadó, pero ya no tenía arreglo. Es verdad que al Madrid le sobraban delanteros. La tripleta central del ataque la formaban Del Sol, Di Stéfano y Puskas. Y por ahí andaban también Pepillo, Simonsson, Félix Ruiz y Villa, el futuro magnífico, suplentes o cedidos. Aun así, Bernabéu nunca se hubiera desprendido de Luis. El viejo patriarca tenía un gran instinto para los futbolistas. Le había visto algo y el tiempo le daría la razón.

 

Pero se fue al Betis, que además empleó los dos millones del Madrid en fichar a su compañero de línea en el Oviedo, Ansola, un nueve tanque. La pareja resultó. El Betis cambió un jugador que no utilizaba por un estupendo tándem de ataque.

 

A Isidro tampoco le fue mal en Madrid. En la primera temporada no terminó de hacerse con un sitio fijo, pero en las tres siguientes fue titular como lateral derecho, donde ocasionalmente había jugado también en el Betis. Alto, elástico, elegante, con calidad para subir y jugar la pelota. Hizo amistad íntima con Di Stéfano y Santamaría, con los que compartió sociedades. Carmen limitó mucho su actividad artística, venían los hijos… Fueron años de vino y rosas.

 

Pero fue víctima de la derrota en la final de Viena ante el Inter. El año siguiente apenas jugó. En la 65-66 se marchó al Sabadell. Mientras, la familia había crecido: dos niñas y dos niños. El benjamín, Enrique, no era otro que Quique Sánchez Flores, hoy entrenador del Espanyol, tras una buena carrera de futbolista como lateral derecho, el puesto de su padre. Di Stéfano fue su padrino en el bautizo.

 

Mientras, Luis regresó a Madrid… pero al Atlético. En la primavera del 64, cuando llegó a la presidencia, Vicente Calderón sacudió la plantilla con el hondureño Cardona y cuatro fichajes del Betis: Colo, Matito, Martínez (que se malograría) y Luis Aragonés. A este le esperaba una larga carrera como leyenda atlética, primero en el campo, luego en los banquillos. Y, finalmente, la gloria de definir para la selección española un nuevo estilo de juego. La de ser el padre de los éxitos de La Roja.

 

Isidro, que siempre pudo presumir de que en sus cinco años en el Madrid ganó otras tantas veces la Liga, aún pudo disfrutar mucho del fútbol en el Sabadell, que vivía los mejores años de su historia, instalado en Primera. Llegó con 29 años y fue titularísimo hasta los 34, cuando un choque cabeza con cabeza con el malaguista Migueli le produjo la fractura del arco cigomático derecho. Aquello no se lo trataron bien, y con el tiempo degeneró. Operación tras operación, acabó por perder el ojo derecho, extirpado. Como las desgracias nunca vienen solas, la familia se rompió.

 

Sacó el título de entrenador, dirigió al Portuense, pero la avería se extendió al otro ojo, del que acabó perdiendo la visión. Con 38 años estaba ciego y además arruinado, más por el precio de nueve operaciones inútiles que por el divorcio. La última (que tampoco le sirvió de nada) le costaría 125.000 pesetas que no tenía.

 

El fútbol nacional le montó un homenaje sonado en diciembre de 1974. El año anterior se había vuelto a autorizar la llegada de extranjeros, cerrada desde 1962, y nuestro fútbol se llenó de grandes figuras, como Cruyff, Netzer, Ayala o Carnevali. Surgió la idea de enfrentar a la selección (los Kubala-boys) con una de los extranjeros de la Liga. España contra un dream team. Al Bernabéu acudieron 80.000 personas, para ayudar a Isidro y para ver a tanta estrella junta. La decepción fue que Cruyff no pudo jugar, por una contractura. La gran ilusión era verle junto a Netzer. Compareció, vestido de paisano, en el saque de honor de Isidro, que llegó al centro del campo con un bastón y ayudado por los capitanes. Pero el holandés no pudo jugar y se llevó una pita injusta. Aún sin él, la delantera fue de lujo: Ayala, Breitner, Sotil, Netzer y Guerini, con Neeskens empujando desde atrás. El partido acabó 2-2.

 

Con el beneficio de ese día pudo pagar la última operación, tan inútil como las anteriores. Montó un bar en la plaza del Museo de Sevilla, llamado Maracaná. Aquel fue escenario de charlas futbolísticas durante años. Al tiempo lo cambió por otro más pequeño, en Rafael Calvo con Bailén, señal de que no iba muy bien. Falleció en 2013, a los 76, de un infarto.

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jueves, 09 marzo 2017

Por Alfredo Relaño

Kopa lanza el ‘marketing’ y escandaliza a Francia

La 58-59 fue la tercera temporada de Kopa en el Madrid. En las tres ganó la Copa de Europa. Aquella última había sido la de la llegada de Puskas, con lo que Bernabéu había reunido su delantera perfecta: Kopa, Rial, Di Stéfano, Puskas y Gento. Kopa terminaba contrato ese su tercer año. Bernabéu le ofreció una renovación por cinco más. Estaba seguro de que aceptaría, pero se lo pensó, se lo pensó… y al final rehusó. Bernabéu no lo esperaba. En el Madrid había ganado el triple que en su club de procedencia, el Stade de Reims. Bernabéu no se explicaba cómo podía marcharse.

A Kopa le empujaban a regresar al Stade de Reims dos motivos: su mujer lo deseaba, y él era feliz sólo a medias. Reconocidísimo por Bernabéu, por el público y por sus compañeros, no se resignaba a su puesto de extremo. En Francia jugaba en el eje del ataque, como nueve retrasado, agitando el ataque, protagonizando los avances, buscado por todos los compañeros. En el Madrid ese papel era, claro, de Di Stéfano.

Ya, pensaba Bernabéu, pero ¿y el dinero?

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El dinero le importaba a Kopa, como a todos. Se había enojado mucho cuando en 1951 fue traspasado de su primer club serio, el Angers, al Stade de Reims. Sólo entonces se enteró (así eran las cosas antes) de que se debía de por vida al Angers, de que estaba sometido desde su primera firma (con 17 años) al derecho de retención, de que para irse a otro club, este tendría que pagar un fuerte traspaso. Kopa hubiera encontrado natural que todo el dinero que el nuevo club estuviera dispuesto a gastarse en su contratación fuese para él.

En el Stade de Reims se completó como jugador, se convirtió en la gran estrella de Francia. En 1955 tuvimos aquí seria noticia de él: Francia pasó por Chamartín, ganó a España 1-2 y un grupo de franceses entusiasmados le sacó a hombros, como un torero. El Napoleón del Fútbol le bautizó ese día en su crónica Desmond Hacket, crítico del Daily Express. El apodo hizo fortuna en toda Europa.

Para entonces ya no era el simple muchacho hijo de emigrantes polacos al que se podía engañar fácilmente. Se orientó, tuvo amigos cultivados. Cuando le llegó la oferta del Madrid ya sabía que en España el derecho de retención no operaba con los extranjeros. Por eso aceptó la oferta de Bernabéu: contaba con que a los tres años quedaría en libertad y eso le permitiría cobrar en su siguiente destino el dinero equivalente a un traspaso, más sus emolumentos propios de estrella.

Así que comparó la propuesta de renovación de Bernabéu con las del Anderlecht y el Milan. Mientras, en Francia se creó un movimiento para recuperarle, que era lo que él deseaba. El problema para el Stade de Reims era que no tenía tanto dinero. Era el gran club de Francia (acababa de perder ante el Madrid la final de la cuarta Copa de Europa) pero no le alcanzaba para ofrecerle lo que otros. La solución fue crear un concierto con varias empresas que explotarían la imagen de Kopa.

Hubo un refresco llamado Kopa, unas botas Kopa, camisetas Kopa, calzones Kopa, unas medias Kopa y un chándal Kopa. Fue un avanzado del marketing en el fútbol, cuando eso todavía no se llamaba así ni de ninguna manera. En Francia, como luego haríamos aquí, adoptaron la palabra inglesa (o mejor, americana) para el caso.

En Francia, algunos torcieron el gesto. Por la época, el amateurismo aún tenía un prestigio, a los JJ OO no podían acudir profesionales de ningún tipo. Se admitía como algo inevitable que los futbolistas cobraran por su trabajo, pero esa explotación comercial de su apellido (sincopado, en realidad se llamaba Kopaszewski) se vio como un exceso mercantilista. Él, sin embargo, era un convencido de que era su derecho y de que el futuro le daría la razón. Se le habían abierto los ojos en ese sentido cuando un fotógrafo de la época, que les hizo un célebre posado a Bernabéu, Di Stéfano y él juntos, la colocó luego como reclamo en su estudio, lo que le atrajo multitud de clientes.

Hizo más anuncios. Creó su propia empresa para manejar esos asuntos. Al tiempo, desde su posición de figura máxima de Francia, empezó a predicar entre sus compañeros. Tuvo problemas con el seleccionador francés. Alguna vez dejó de convocarle, a instancias de la Federación.

No le acobardaban. Hijo de inmigrantes polacos, minero en su infancia como su padre (con 14 años perdió el índice de la mano izquierda, aplastado por una vagoneta en la mina), era interiormente duro, en contraste con el aire elegante de su fútbol de seda, de su apariencia, menudo de talla, rostro plácido, perfecto aseo, maneras suaves.

La gran bomba la soltó el 4 de julio de 1963, en una entrevista en France Dimanche, un semanario popular que salía los viernes. El titular fue: “Los jugadores son esclavos. Se les puede vender, hasta forzar a cambiar de país sin su acuerdo”. Aquello creó un revuelo europeo. La Federación le exigió que rectificara, no lo hizo y le suspendieron por seis meses. Así eran las cosas entonces. Algunos, para defenderle, argumentaron que hablaba así porque estaba nervioso por una grave enfermedad de su hijo. Eso le encolerizó más. Presentó demandas que algunos amigos le convencieron, con mucho esfuerzo, de retirar.

En la 63-64, sin su concurso, y con otras figuras algo gastadas, el Stade de Reims bajó a Segunda. Recobró la categoría en 1966, pero bajó otra vez de inmediato. Ni él ni el Stade de Reims volvieron a ser los mismos. Tras una corta retirada, jugó su último partido con 37 años, en 1968.

Francia se dividió en torno a su figura. Pero con su retirada más la nueva mirada surgida a partir de los sucesos de mayo de 1968, la opinión en contra fue girando, al compás que lo hacía la sociedad. Sus razones fueron mejor entendidas, se creó el sindicato de futbolistas... En 1970 fue nombrado Caballero de la Legión de Honor.

Fuera del fútbol, manejó sus negocios. El paso del tiempo hizo que su nombre fuera, progresivamente, más olvidado, menos comercial. Llegó a tener problemas y en 2001 sacó a subasta en una casa de Inglaterra sus recuerdos, premios, medallas…

Dejó fuera de esa subasta dos cosas: su Balón de Oro de 1958, y el regalo de despedida que le hizo Bernabéu: tres pequeñas reproducciones en oro de la Copa de Europa, sobre un soporte de madera.

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jueves, 02 marzo 2017

Por Alfredo Relaño

Karag acierta y el Atleti es campeón

Acisclo Karag, nacido en Filipinas en 1891, fue médico y periodista. Su firma ya era conocida desde antes de la guerra. En los sesenta, cuando yo era un chaval, tenía una cita fija con los lectores los jueves en Marca,donde pronosticaba, con general acierto, los resultados del domingo.

Pero lo grande venía cuando, a varias jornadas del final de la Liga, anunciaba el veredicto final: el campeón, los descendidos, el orden de todos. El día se esperaba con avidez y se consideraba palabra papal. Pocos se atrevían a discutirlo. Los hinchas del campeón se crecían, los de los descendidos se abatían.

Sin título


Esta era la temporada 65-66, última del Metropolitano. El Atlético iba bien. El Barça empezó muy mal, el Madrid, regular tirando a mal. En un par de oportunidades llegó a ser líder el Pontevedra del Hai que Roelo, la segunda tras ganar al Atlético en Pasarón. Pero el Atlético volvería a coger la cabeza. Iba fuerte.

El Barça mejoró a partir de una victoria 1-3 en el Bernabéu, acabando ya la primera vuelta, pero venía muy de atrás. El Madrid también mejoró tras esa derrota, que fue causa de la aparición de Velázquez y de la titularidad de De Felipe, con lo que se conformaba lo que sería el equipo ye-yé.

Tras la jornada 18 (el campeonato tenía 30) el Atlético es primero, con 26 puntos, le siguen el Madrid con 25, el Pontevedra, con 22 y el Barça, que crece, con 21, los mismos que Zaragoza, Valencia y Athletic de Bilbao.

Es entonces cuando, el 14 de enero, Karag dictamina: el Atlético, campeón con 45 puntos, el Madrid, segundo con 43. Para los madridistas, una bomba fétida. El Madrid había ganado de tacada las cinco ligas anteriores. Y ahora había encontrado por fin el equipo tras relegar a la suplencia a los casi cuarentones Santamaría y Puskas.

Karag había adelantado mucho su pronóstico. Empezó haciéndolo a seis jornadas del final, luego a ocho, después a diez y ahora ¡con doce jornadas por jugar! Sólo iban tres de la segunda vuelta.

En Madrid se discutía en las calles, en los bares, en las oficinas, en los autobuses, y desde luego en los colegios. Karag basaba sus pronósticos en un índice de performance que atribuía a cada equipo y que, de tantas vueltas que di al asunto, supe descifrar, para asombro mío y de mis compañeros. Me sentí Einstein al descubrir que ese índice salía de la suma de dos divisiones: la de puntos conseguidos entre partidos jugados y la de goles a favor entre goles en contra. Luego, confrontaba partido a partido los índices de performance de los contendientes, con un índice corrector para el de casa y de ahí extraía el resultado, partido a partido, jornada a jornada.

El 30 de enero, recibe al Atlético en el Bernabéu, el Madrid ya le ha igualado en cabeza. Una pancarta reza: “El 30 de enero, el Madrid el primero; a final de temporada, el Penta gana. Recuerdos, Karag”. (El “Penta” era el Madrid. Así se le conocía desde sus cinco Copas de Europa, a la que estaba a punto de añadir la sexta).

Ganó el Madrid, 3-1. Fue mejor, más rápido, más joven, más ambicioso. El Atlético dio imagen de estar gastado. El Madrid cogió la cabeza con dos puntos de ventaja.

La jornada 22, 6 de febrero, nos trae la visita del Barça al Metropolitano. El Barça se ha situado ya a sólo dos puntos del Atlético. Llega el jueves. Se entrena en la Ciudad Deportiva del Madrid el viernes y el sábado (¿sería imaginable eso hoy?). Hay frases de cariño para el viejo estadio y alguna esperanza de llegar aún al título. La reacción está siendo formidable. Llaudet, presidente, explica la receta: “Un poco de juventud, mucho de disciplina, mucho de hermandad y el resto, buena voluntad”.

El mismo día, el Madrid visita al Espanyol, donde aún juega Di Stéfano, por la mañana. Se televisa. Barcelonistas y Atlético ven al Madrid empatar, lo que no es del todo bueno ni del todo malo para nadie.

Por la tarde, el Metropolitano revienta. Hay miles de madridistas el pie de guerra en la enorme gradona Este, desde donde animan al Barça tanto que el sonido del estadio está repartido, como en una final de Copa. Gana el Barça 0-1 con gol, celebradísimo en la gradona, del exmadridista Muller, rara avis. Muller era un medio francés de exquisita técnica al que un periodista catalán describió así: “Nunca hizo una falta, nunca falló un pase, nunca tiró a puerta”. Las dos primeras eran verdad, la segunda, casi. Yo le recuerdo un gol con el Madrid y este con el Barça. No chutaría muchas más veces. El Atlético jugó mal, de nuevo sin energía. Apenas llegó. Queda como único argumento la queja de un penalti claro de Eladio a Luis que el balear Rigo no pitó.

Ahora el Madrid es primero, con dos puntos sobre el Atlético y el Barça. El pronóstico se tambalea. En su crónica de Marca, Antonio Valencia, subdirector del periódico, reconoce: “(…) el pronóstico ha sufrido un impacto gravísimo por debajo de la línea de flotación y comienza a irse a pique”. También escribe: “El campeón de invierno ha resultado como esas estatuas de nieve que el sol derrite conforme se acerca la primavera”.

El entrenador atlético, Balmanya, declara: “Todo ha terminado. Me siento defraudado de mi labor, el equipo se hunde físicamente”. Y un pellizco a sus chicos: “Yo puedo controlar la preparación de mis jugadores, no su descanso”.

El lunes los madridistas llegan en triunfo al trabajo o al colegio. “¡La Liga del Atleti ha durado lo que un pastel a la puerta de un colegio!”. “¡Si será malo el Atleti que hace fracasar a Karag!”.

Pero, tras empatar su siguiente salida, a Mallorca, el Atlético lo gana todo. El Madrid tras algún tropiezo, pierde en el Camp Nou en la penúltima jornada. El Atlético llega a la última dependiendo de sí mismo. Tiene que ganar en Sarriá al Espanyol, en el que sería último partido de Liga de Di Stéfano, que ya tenía los 39 corridos. Griffa, el poderoso central del Atlético, y él, volvían a encontrarse. Los dos viejos condottieros me contaron al cabo de los años aquello. Griffa le decía: “Alfredito, vos no necesitás los puntos, no vayás a querer hacerles un favor a tus amiguitos…. Si te acercás por acá, te mato”. Di Stéfano le replicaba: “Vos qué tenés, Jorgito, ¿un cementerio privado?”.

 

Ganó el Atlético 0-2, con goles de Ufarte y precisamente Griffa. Campeón, pues, el Atleti con 44 puntos, por 43 del Madrid y 38 del Barça. El orden que previó Don Acisclo. Bajan Mallorca y Betis, los dos que anunció. Todo ¡a doce jornadas del final!

Karag fue un mago. Rara vez fallaba. Y para cuando eso ocurría, tenía explicación: “No ha fallado el pronóstico, ha fallado el equipo”. Pero el Atlético no le falló. Se despidió de su viejo y querido Metropolitano como campeón de Liga.

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jueves, 23 febrero 2017

Por Alfredo Relaño

Mientras Plaza sea presidente...

El 11 de febrero de 1973, el Barça recibía al Betis. Arbitraba el asturiano Medina Iglesias. Antes del partido, cuando pisaba el césped, aún de paisano, se le acercó un directivo del Barça, Xavier Amat, y le hizo una pregunta sorprendente:

-¿Le hizo llegar Don Antonio Camacho unas cortadoras?

Antonio Camacho era árbitro también, del colegio castellano. A Medina Iglesias la pregunta le sorprendió. No, no había recibido ningunas cortadoras de Camacho ni las esperaba ni sabía a qué venía aquello. Amat le aclaró que 'cortadoras' era la clave que escondía las 100.000 pesetas que, vía Camacho, se suponía que el Barça le había entregado a Medina Iglesias por la victoria culé en Burgos el 17 de septiembre anterior.

Medina Iglesias entendió. Había arbitrado aquel Burgos-Barça, que ganó el Barça sin su ayuda. Pero él 'se había vendido' oficialmente. Camacho se habría ofrecido al Barça para 'tocarle' a cambio de 100.000 pesetas y no le dijo nada. Luego, el Barça ganó, le pagó a Camacho las 100.000 del ala y Medina no supo nada hasta ese día.

Se indignó y redactó un informe para el Comité de Árbitros.

El informe durmió el sueño de los justos durante tres años, en los que lo presidieron sucesivamente Pardo Hidalgo y Rodríguez Barroso. Pero cuando José Plaza regresó a ese puesto, que ya había ocupado desde 1967 a 1970, investigó el caso. Plaza había dimitido en 1970 en respuesta a la sanción que se le impuso a Guruceta por pitar aquel célebre penalti fuera del área en el Camp Nou a favor del Madrid. Para calmar la indignación culé, se suspendió seis meses a Guruceta 'por alteración de orden público'. A José Plaza aquello le pareció indigno y dimitió. Regresó en la 75-76, a instancias de Pablo Porta, se entiende que para combatir aquel cáncer de presuntos amaños.

El asunto se destapó en la primavera de 1976. Don Balón, revista muy seguida en la época, se ocupó extensamente del asunto en sus números 24 al 33. José María García, uno de los promotores de la revista, hizo de su programa radiofónico el gran centro de denuncias y contradenuncias. El asunto apasionó a la opinión pública.

En esencia, un grupo de árbitros se estaría vendiendo, algunos incluso sin saberlo. Al club comprador se le ofrecía el servicio. Si decía que sí, se hablaba con el árbitro si era uno de los complotados. Si no era de los complotados, se tiraba adelante igual. Luego, si el resultado no salía como esperaba al comprador, se le explicaba que a última hora el árbitro se había arrugado y se devolvía 'honradamente' el dinero. Así que algunos 'vendían' partidos sin saberlo ni cobrar. Los complotados se quedaban los beneficios.

Ni Plaza ni Porta lo contaron directamente tal cual, quizá por amortiguar el escándalo, quizá porque no había pruebas para defender las acusaciones, que en todos los casos habrían quedado palabra contra palabra, digamos en su caso la de Medina Iglesias contra las de Antonio Camacho y Amat. Pero producían filtraciones. Y se ataban cabos. Unos cuantos árbitros empezaron a ser designados para cada vez menos partidos, hasta dejar de serlo por completo. Antonio Camacho y López Samper dejaron de entrar en el bombo, lo mismo que Pérez Quintas y Pascual Tejerina, de Segunda. Y Antonio Rigo apenas arbitra. Era uno de los grandes de la época, pero tuvo frecuentes errores a favor del Barça, lo que produjo que en esa temporada estuviera recusado, además de por el Madrid (que lo hizo a partir de la final de Copa de 1968, la 'Final de las Botellas'), por Real Sociedad, Hércules, Betis, Athletic, Valencia, Las Palmas, Zaragoza y Elche.

Se conocen más casos. Victoriano Sánchez Arminio, entonces prometedor árbitro de Segunda, fue tocado para un Alavés-Depor. Ganó el Alavés en buena ley, pero él, de acuerdo con el Comité, cobró las 40.000 pesetas ofrecidas y llevó el cheque al organismo, para la pertinente investigación.

Para justificar el ostracismo de algunos árbitros, Plaza explica en Don Balón que 'tenemos ciertos informes que nos aconsejan obrar en este sentido, lo que no voy a decir es cómo los hemos conseguido'. El propio autor de la entrevista, Juan José Paradinas, da la clave en su comentario: "El Comité tiene pruebas suficientes, pero esas pruebas no son válidas, ya que los árbitros que las han aportado lo han hecho de forma secreta y personal y no están dispuestos a sostenerlas ante un juez'.

En plena tormenta, la situación de Antonio Camacho se ve más comprometida al aparecer en la portada de Don Balón una foto junto a un Mercedes recién adquirido que había pertenecido previamente al presidente del Elche, Martínez Valero. Él se defiende explicando que lo ha comprado legalmente, pero en la operación aparece un cheque raro de un conocido agente de la época, Roberto Dale. Todo muy feo

El gran ataque de Antonio Camacho llega a principios de la temporada siguiente, cuando ya está fuera del arbitraje, en una entrevista en el diario deportivo barcelonés 'Dicen' (ya desaparecido, pero de gran circulación en la época). El titular es: "Mientras Plaza sea presidente, el Barça no volverá a ser campeón". Se declaraba inocente y dice que todo era una venganza de Plaza porque no le secundó en el plante de Guruceta. Y le ataca en lo económico: dice que es extraño que un trapero haya hecho tanto dinero como tenía Plaza. Plaza, en efecto, era trapero, pero no de burrito y carromato. Se dedicaba a comprar sobrantes textiles y los vendía a la Casa de la Moneda, para fabricar billetes. Un momio. De ahí que tuviera un buen pasar.

La frase "mientras Plaza sea presidente, el Barça no volverá a ser campeón" hizo fortuna en los ámbitos barcelonistas y le acompañó el resto de su carrera. Su respaldo a Guruceta cuando fue sancionado se utilizó como prueba de madridismo. También la persecución a Rigo. Le quitó la internacionalidad en el 68, se la devolvieron sus sucesores, Pardo Hidalgo y Rodríguez Barroso (los que silenciaron las denuncias), y cuando regresó, se la volvió a quitar. Además, Rigo fue apartado al tiempo que Camacho y los demás, sin que se le relacionara nunca con la trama.

Plaza pasó a convertirse en la bestia negra del barcelonismo. Con el tiempo, hasta se deformó la declaración de Camacho, cambiándola por "Plaza me dijo que mientras él sea presidente el Barça no será campeón", lo que es un falseamiento de la frase original.

Pero no deja de ser cierto que al Madrid le fue muy bien en los años fuertes de Plaza.

En su primera época al frente del Comité, del 68 al 70, el Madrid gana dos ligas de tres. En los cinco de su ausencia, gana dos de cinco. Cundo vuelve, el Madrid gana cuatro de cinco ligas entre el 75 y el 80. Entonces, Núñez consigue de Porta que la designación de árbitros no la haga sólo Plaza, sino un trío en el que le acompañan Vara de Rey y Martínez la Fuente, y del 80 al 85 el Madrid no gana la Liga: ganan dos por cabeza la Real y el Athletic y una el Barça de Venables. El Barça sí ganó, pues, una Liga con Plaza como Presidente del Comité, pero cuando la designación se repartía. Luego, Plaza vuelve a ser designador único y ahí llegarían las cinco seguidas de la Quinta del Buitre, del 85 al 90. Con la llegada de Villar, se va Plaza y el Barça encadena las cuatro ligas del 'Dream Team'.

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jueves, 16 febrero 2017

Por Alfredo Relaño

El Real Madrid visita a su expresidente dominico

El 3 de abril de 1963, el Madrid visitaba a Osasuna, a tres jornadas del final. Partido sin trascendencia para el Madrid, que se había proclamado campeón dos jornadas antes, a falta de cinco. Así de fuerte estaba. Más comprometido era para Osasuna, que andaba en riesgo de descenso. Le bastaría con ganar sus dos partidos en casa, pero el primero de ellos era contra el Madrid, que aunque ya era campeón viajó con todos sus titulares excepto Di Stéfano, lesionado.

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El grupo llegó la víspera y se alojó en el Hotel Castillo, como solía. Pero el propio sábado hizo una visita discreta e inesperada al Seminario de Dominicos de Villava (el pueblo de Indurain), a tres kilómetros de la capital. En el seminario fue toda una revolución cuando aparecieron de repente los Puskas, Gento, Amancio, Santamaría y demás, entre los que se incluían dos navarros, triunfadores en Osasuna antes de ser traspasados al club blanco, Zoco y Félix Ruiz. Zoco, que ya no está entre nosotros, me contó alguna vez aquel revuelo, que recordaba bien. Hasta pelotearon con algunos seminaristas.

¿Y qué hacía el Madrid visitando aquel lugar? La explicación está en la figura de un expresidente, Rafael Sánchez Guerra, cuya vida fue toda una peripecia. Sánchez Guerra fue periodista y político y llegó a alcanzar el grado de secretario general de la República, mano derecha de Alcalá Zamora. Ya su padre, José, había sido importante político, con varios cargos que incluyeron la presidencia del Gobierno, la del Congreso y diversos ministerios. Monárquico convencido, propició una célebre intentona contra la dictadura de Primo de Rivera, que fracasó.

Su hijo, Rafael evolucionó a republicano. Colaboró con Alcalá Zamora en la creación de Derecha Liberal Republicana. Socio del Madrid, salvó de un apuro al club cuando Indalecio Prieto, a la sazón ministro de Obras Públicas con Azaña, aprobó el proyecto de prolongación de la Castellana y creación de los Nuevos Ministerios. Un eje que, partiendo de la plaza de San Juan de la Cruz, donde terminaba el trazado anterior, tiraría en oblicuo hacia la derecha para empalmar con la carretera de Burgos, atravesando de lleno los terrenos de Chamartín, el campo del Madrid. El club sería indemnizado con unas cantidades por expropiación de terrenos que no compensaban, ni de lejos, lo que le había costado construir el campo. Era la ruina. Desde su puesto de secretario general de la Presidencia, Sánchez Guerra consiguió modificar el plan, dando lugar al trazado actual, que respetaba la instalación madridista. En 1935 se presentó a la presidencia del Madrid y ganó, sin duda porque se le reconocía aquello.

Así que cuando llegó la Guerra Civil, en julio de 1936, era el presidente del Madrid. Alcalá Zamora había sido depuesto de la presidencia de la República en abril de ese año, y Sánchez Guerra, por tanto, abandonó la secretaría. Pero seguía en política. Ahora era concejal del Ayuntamiento. El golpe de Estado le cogió en San Rafael, pero regresó a Madrid a hacerse cargo de sus obligaciones. Fue de los pocos mandos responsables que se quedaron en Madrid durante toda la guerra, como Julián Besteiro, tratando de mantener el orden. Cuando, tras tres años de asedio, cayó Madrid, rehusó dos plazas, para él y su mujer, en el avión en el que Casado y otros se fueron a Valencia. Con Julián Besteiro esperó en los sótanos de Hacienda la llegada de las tropas franquistas.

Posiblemente pensó que no tenía nada que temer, nada que le empujase a huir. El golpe había sido dado, según sus primeras formulaciones, “para salvar la República”, él no había hecho más que cumplir con su deber. Era católico, tenía gran prestigio e incluso una condecoración militar cuando acudió como soldado voluntario de cuota a la guerra de África, donde fue herido.

Pero en la barbarie de aquellos días, en los que cualquier cosa podía pasar, le condenaron a 30 años y un día. El general Antonio Barroso y Sánchez Guerra, primo suyo, que había sido jefe del Estado Mayor de Franco y que llegaría a ministro del Ejército, consiguió rebajarle la pena a 28 meses. Cuando salió, se encontró sin ambiente ni trabajo, así que se fue a París en 1944, una vez liberada la ciudad por el Ejército aliado. Salió clandestinamente, aunque probablemente ayudado por su primo. Allí retomó el periodismo, creó la Agencia de información API y fue ministro en el exilio del Gobierno republicano de José Giral. Cuando falleció su esposa, en 1959, y por promesa que le había hecho a esta en el lecho de muerte, decidió profesar como dominico. De nuevo su primo, Antonio Barroso, ya ministro del Ejército, influyó para que pudiese regresar. Incluso asistió a su toma de hábitos, como lo hicieron los hijos del nuevo dominico. El acto de produjo el 5 de noviembre de 1960.

Según nos contó años después a Bernardo Salazar y a mí uno de sus hijos que hizo su vida en París pero venía a veranear a Colmenar Viejo, retomó su cariño por el fútbol, que seguía por la prensa y la radio. Y arbitraba los partidos de los seminaristas.

Para 1963 estaba enfermo de cáncer. Le habían tenido que extraer un riñón. Bernabéu, que se enteró, organizó esta visita, aprovechando el viaje del equipo para jugar en Pamplona. Zoco le recordaba “como un hombre consumido, se le veía mayor de lo que me dijeron que era, pero muy inteligente hablando, con buen espíritu, y se emocionó mucho. Lo único que sintió fue que no hubiera estado Di Stéfano”.

Aquella visita dejó comentarios en el seminario para años. Cuando el eco llegó fuera, un redactor de Pensamiento Navarro consiguió entrar en contacto con Sánchez Guerra, que accedió a hacer una pequeña declaración: “Conviene que se sepa, para agradecer en la medida de los merecimientos de tal detalle. Quedan pocas cosas, a través de los actuales directivos, que me enlacen con la época en que fui presidente. Pero es hermoso saber que hay continuidad, apego a los hombres de ayer, lealtad a los que pasaron. Me he sentido muy contento. Y creo que toda la población del seminario lo ha agradecido”.

La visita llegó oportuna. Sánchez Guerra falleció el 2 de abril de 1964, con 66 años. Faltaban unos días para que se cumpliera el año de aquella sorpresa. El Madrid envió una gran corona. ¿Y el partido? El Madrid no hizo más concesión que dejar fuera a Zoco y Félix Ruiz, para que no se vieran en un compromiso. El choque fue bravo y disputado. Acabó 1-1. Osasuna pensó que podría bastarle, pero ese mismo día ganó por sorpresa el Deportivo en San Mamés, pésima noticia para los navarros, que dos semanas después bajaban a Segunda.

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jueves, 09 febrero 2017

Por Alfredo Relaño

El Valencia vuelve a Mestalla tras la riada

El 14 de octubre de 1957 el Valencia vivió la peor catástrofe de su historia moderna, con el desbordamiento del río Turia. Llegó como en dos arreones, el primero sobre las diez de la mañana y luego, tras un recrudecimiento brusco de las lluvias, a las tres de la tarde, cebándose en quienes ya estaban en las tareas de salvamento. Murieron 81 personas. Los destrozos fueron tremendos. Las aguas alcanzaron los 5,20 metros en la calle Doctor Olóriz, cuatro en la Calle Las Rocas, 3,20 en los jardines del Parterre, 2,70 en la calle Pintor Sorolla…

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Al Valencia la riada le pilló en San Sebastián, donde había jugado en la quinta jornada de Liga, con empate a cero. No iba bien. Sólo había jugado dos partidos en casa, ante el Barça y el Madrid, y los dos los empató. Fuera, dos derrotas y ese empate. Tres puntos en cinco partidos. El Valencia era un grande, había contratado a una maravilla brasileña llamada Walter (que desaparecería en un accidente de carretera), pero no iba bien.

Y, sin embargo, ¿a quién le podía importar eso ese día? Luis Casanova, hijo del entonces presidente del club, me cuenta la angustia: “Fue una catástrofe, estábamos todos afligidos. Mi padre, como todos los jugadores, intentó ponerse en contacto desde San Sebastián, pero las comunicaciones estaban cortadas. No supieron nada de nosotros hasta que el lunes, ya muy tarde, llegaron a Valencia. Venían angustiados, porque habían oído que había muchos muertos, muchos desaparecidos”.

Entre los destrozos de la ciudad, inmensos, estaba el del propio campo del Valencia, Mestalla, cuyo césped quedó anegado por las aguas, que alcanzaron hasta la quinta fila. Los vestuarios y todas las dependencias de los bajos quedaron de agua hasta el techo. Aquel campo tenía una particularidad: la gente no se sentaba directamente sobre el cemento, como en los demás, sino que había unas coquetas sillas de enea, de esas que aún se ven en verano en los pueblos, en las tertulias vecinales de la noche. El agua arrasó con las sillas de Mestalla, las bajó de las gradas, las empujó a un fondo, las dejó amontonadas e inservibles.

¿Qué hacer? El Valencia no podía jugar en su campo. ¿Hasta cuándo? El Madrid y el Barça le ofrecieron al Valencia jugar en sus campos, instalarse en sus ciudades, con todas las facilidades. Pero al final se arbitró otra solución con la Federación Española, con todo el mundo de acuerdo. Primero, se aplazó el partido con el Gijón, que tenía que visitar Mestalla. Y luego, y hasta que bajaran las aguas y el campo volviese a ser utilizable, el Valencia invertiría el orden de partidos con los equipos que tenían que visitar Mestalla. Es decir: los jugaría todos fuera durante un tiempo, y en la segunda vuelta recibiría a esos rivales en casa.

Fueron, claro, unas semanas muy malas para el Valencia, que enlazó salidas sin descanso. Los viajes eran de otra forma: en autocar, y por aquellas carreteras. Ir de Valencia a Bilbao pongamos por caso, no era una broma. Llevaba dos días, con noche en Madrid. Y dos de vuelta. Apenas se podía entrenar. Era frecuente que, tras la comida, el autocar se adelantara cinco kilómetros, que los jugadores caminaban por el borde de la carretera para hacer algún ejercicio.

Si lo que esperaba al regreso era un partido en casa, quedaban por delante bastantes días para estar en casa y entrenar, hasta la siguiente salida. Pero si había que volver a viajar, sólo había un día para estar en Valencia. Y sin campo donde entrenar. Se intentaba en algún campo de los pueblos del entorno, pero eran pésimos. En algún caso se prefirió ni regresar a Valencia, sino empalmar dos salidas como mal menor, entrenando de prestado.

Para desconsuelo de la ciudad, el Valencia ya era el último al final de la octava jornada, tras perder 6-3 en Valladolid, y último seguía tras la undécima, pese a un empate en el Metropolitano. Era una Liga de dieciséis, bajaban dos y promocionaban otros dos.

Al fin, el 8 de diciembre se puede reabrir Mestalla. Es la primera buena noticia dentro del dolor de la tragedia y de la sensación de falta de ayuda del Estado para la reconstrucción. Se estableció una aportación de 25 céntimos en el sello de correos, pero sólo para los valencianos. No se impuso para el resto de España. Llegaron ayudas espontáneas, pero no del Gobierno de Franco, que llegó a ser criticado públicamente por ello por el alcalde de la ciudad, Tomás Trénor Azcárraga, Marqués del Turia. Franco le cesó, como fueron cesados también el director del diario Las Provincias y el del Ateneo Mercantil, que habían tomado la misma postura que el alcalde. Eso habla de la indignación y el sentimiento de desamparo que invadía la ciudad.

Cuarto en Liga

Pero estaba en el partido del 8 de diciembre. El encuentro se acogió como una fiesta. Mestalla se llenó, la hija del Gobernador Civil hizo el saque de honor y entregó una muñeca con traje regional aragonés al capitán del Zaragoza, Bernard, que correspondió con un gran ramo de flores. El Valencia ganó 3-1 al Zaragoza, con dos goles de Ricardo y uno de Walter. Por el Zaragoza marcó Wilson. ¡Era la jornada duodécima y era el primer partido que el Valencia ganaba en todo el campeonato! Puede decirse que fue la primera buena noticia para la ciudad en todo aquel tiempo. Jugaron ese día: Goyo; Piquer, Quincoces, Mestre; Pasieguito, Sendra; Mañó, Buqué, Walter, Ricardo y Seguí.

Y, claro, luego la segunda vuelta fue otra cosa. Cuando llegó el periodo de recibir a los que había visitado alterando el calendario, encadenó partidos seguidos en Mestalla, donde ya podía entrenar. Ahora no empalmaba semanas de carreteras de aquí para allá, con caminatas tras la comida en lugar de sesiones de balón. Ahora eran días y días en casa, para esperar descansados y bien entrenados a un visitante tras otro. El equipo fue encadenando victorias y terminó la Liga cuarto, tras Madrid, Atlético y Barça, del que le separaron sólo dos puntos.

Para más consuelo, su delantero Ricardo, criado en el filial Mestalla y recuperado a principios de la temporada tras una cesión en Gijón para hacer pareja de ataque con Walter, compartió la cabeza de la tabla del Pichichi con Di Stéfano y Badenes, los tres con 19 goles.

Y, mejor aún, el Gobierno reaccionó por fin al clamor popular y se agilizó el Plan Sur, desvío del Turia por un cauce nuevo, de mucha más capacidad. El viejo cauce es hoy un magnífico parque lineal, sobre el que se suceden jardines y zonas deportivas. Aquello ya es sólo un mal recuerdo.

Lo que va mal hoy es el Valencia, donde en lugar de Luis Casanova manda Peter Lim.

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jueves, 26 enero 2017

Por Alfredo Relaño

El incomprendido Martí Filosía

Martí Filosía nació en Palafrugell y allí se hizo futbolista: “Ya me pitaban entonces”, me dice con humor sombrío. Le pitaban los suyos, como pasó siempre. Lo achaca a su manera de correr: “Corría mal, trotaba casi sobre los talones, a la gente se le hacía raro”.

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Pero jugaba bien, así que el Barça le fichó. Primero le fogueó en el Condal, que hacía las veces de lo que hoy es el Barça B. Ahí se reunió con Rexach, Lluís Pujol, Borrás y un nueve llamado Feliú, muy bueno, hermano de Nuria Feliú. Allí disfrutó: “Jugábamos en el Camp Nou, después del Barça, casi sin público. Antes comíamos juntos y pasábamos un rato en casa de Feliú, tocando la guitarra, cantando. No se hacía la hora de ir al campo. Íbamos felices, a disfrutar”.

Subió al Barça, en la 66-67. Le avalaban 28 partidos y 16 goles en el Condal. Era una promesa para el ataque. Pero el entrenador era Roque Olsen, un tipo serio y severo, que quería sobre todo sacrificio, lucha, sufrir. Y eso no le iba. Hablando con Martí Filosía, recordé lo que me dijo años atrás Rexach: “Eso de que para jugar al fútbol hay que sufrir no lo entiendo. ¿A que lo que tú haces sufriendo te sale mal?”.

Balmanya, secretario técnico, solía acercarse al final de las comidas de concentración a la mesa de ambos. “Nos decía: quedaros, que tenemos que hablar. Y al camarero le pedía dos whiskies, ‘para estos dos, que tienen poca sangre y les hace falta’. Y de paso se pedía un chinchón. Pensábamos que en realidad lo que quería era excusa y compañía para tomarse su chinchón”.

Jugaba poco, y si jugaba, había bronca. El público no se hacía a ese delantero extraordinariamente alto (1,86) de trotar raro y físico envarado. El estirón en la adolescencia le dejó para siempre unas lumbares mal encajadas y jugaba con una faja ortopédica apretadísima, lo que daba a su correr un aire altivo. Y no gastaba una carrera de más, no iba a por una pelota que no viera clara. Pero tenía clase y visión. Y también sus partidarios, pero eran clamorosa y maltratada minoría.

La gente prefería a Zaldúa, un navarro impetuoso con facilidad de gol. Lo más opuesto a Martí Filosía. Cada balón a este era una pita, y cien discusiones en la grada, donde sus defensores eran abrumados por mayoría de vecinos. Para remate, un día, harto, hizo una butifarra: “Ahí me equivoqué, lo tengo que reconocer. No podía más”.

Pidió salir, pero Balmanya le dio una explicación demoledora: “Como no cuestas mucho al club, mejor tenerte aquí que dejarte ir por ahí y lo mismo quedamos mal”.

A Olsen le sucedió Artigas, de entrenamientos tan duros que se ganó el apodo de Míster K.O. Intentó confiar en Martí Filosía, pero el público se le volvía en contra. La alternativa era Mendoza, el angoleño que venía del Atlético, de fantástica técnica, pero que se movía aún menos, entrado en años, como estaba. Luego, Seguer. Y tampoco.

Su suerte pareció cambiar cuando apareció Vic Buckingham, un inglés que entre otros méritos tenía el de haber hecho debutar a Cruyff con 14 años en el Ajax. A Buckingham le fascinó Martí Filosía: “Usted en Inglaterra sería internacional”. Le colocó en punta, contra su tendencia a retrasarse para iniciar la jugada. Era el referente, el hombre diana, para devolver paredes o bajar pelotazos de cabeza. No era lo que más le gustaba, pero accedió. Además, tiraba los penaltis, porque ese era un golpe para el que tenía mucha seguridad. En una final del Mohammed V, en Casablanca, le había marcado cuatro seguidos en la tanda a Maier, lo que le dio el trofeo al Barça.

Pero los más le repudiaban. Sus partidarios podían hasta tener problemas si le defendían. Por aquel tiempo, el barcelonismo estaba tan dividido que hasta había dos revistas, Barça y RB, con apuestas contrarias en casi todo. RB defendía a Martí Filosía, le comparaba con Tony Musante, el actor de Anónimo Veneciano. Defenderle le costó difusión.

—Ahora lo recuerdo con humor, pero, la verdad, era duro. Cuando la megafonía daba la alineación, el público aclamaba cada nombre: Sadurní ¡bieeeen! Rifé ¡bieeeen! Gallego ¡bieeen! Así con todos hasta llegar al ocho, Juan Carlos, por ejemplo. A ese ya no le jaleaban, porque guardaban aire para mí. Y cuando decían mi nombre, la pita era descomunal.

Pero Buckingham aguantó. Aquella fue la temporada en la que el Barça más cerca estuvo de la Liga desde 1960, la del empate en el Manzanares mientras el Valencia salía campeón perdiendo en Sarriá. Martí Filosía marcó el gol del Barça en el Manzanares. Pero lo que quedó para el recuerdo es que él, tan seguro en los penaltis, había fallado el que tiró en Mestalla. Se lo paró Abelardo y el Barça perdió el partido. A la larga, un empate allí le hubiera dado el título.

—¡Aún hace poco me lo recordó uno en Barcelona! Parado en un semáforo, el del coche de al lado bajó la ventanilla y me hizo una señal. Yo bajé la ventanilla y me dijo: ¿Tú no serás Martí Filosía, el que falló aquel penalti en Valencia…?

Se fue Buckingham y llegó Michels, que montó la delantera sin él. Sin embargo era fijo un extremo rústico y muy trabajador que se llamaba Pérez. En la 73-74, cuando se abrió la importación el Barça fichó a Cruyff y Sotil, nada menos, así que ni pensar en jugar.

En la 75-76, ya con 30 años, se fue al Sant Andreu, esperando recuperar la alegría por el fútbol. Sus diez años en el Barça habían sido un tormento. Pero en el Sant Andreu se encontró con Fernando Daucik, ya muy mayor y lleno de tics extravagantes. Uno de ellos era que en los viajes paraba el autobús a cuatro manzanas del hotel, y les hacía ir, con la maleta y en cuclillas, hasta el hotel. “Para desentumecer, nos decía. La gente se nos quedaba mirando como si fuera una broma de la televisión”.

Duró dos años, colgó las botas y se dedicó a un negocio de anticuario en Palafrugell, que cerró no hace mucho. No guarda ningún mal sabor de todo aquello: “La tomaron conmigo, pero lo entiendo. ¡Con esa forma de correr que yo tenía…! Alguien tenía que pagar el pato ante la gente…”. Yo siempre pensé que ni el nombre le ayudaba: Martí Filosofía le decía la gente, por su aire pensativo. En Madrid todo aquello se veía como una de tantas cosas inexplicables que le pasaban al Barça en ese tiempo.

Ahora ve fútbol, pero sólo si juega alguno de los que le hacen disfrutar: Messi, Modric y… Benzema: “Por ejemplo, estoy viendo el Madrid y si quitan a Benzema apago la tele, porque ya no me interesa”.

Me pregunto qué pensaría el sábado cuando quitaron a Benzema y se fue entre división de opiniones.

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jueves, 19 enero 2017

Por Alfredo Relaño

Butifarra de Luis Suárez en el Camp Nou

—Mientras jugué allí ya iba mentalizado cada día de que me pitarían, porque la tomaron conmigo. Pero esta vez no me lo esperaba, y ¡zas! Hice un corte de mangas y me fui. Me equivoqué, pero es que me pilló blandito, sin esperármelo…

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Era el 25 de agosto de 1965 y se jugaba el partido inaugural de la temporada en el Camp Nou. Un amistoso de mucho tronío. El Barça iba a presentar a sus nuevos fichajes (Müller, Gallego y Serafín) frente al Inter, campeón de la Copa de Europa por segundo año consecutivo. También había ganado el Scudetto esos dos años y tenía el título Intercontinental, que ahora se aprestaba a renovar, ante el Independiente.

Era un Inter en la cima de la gloria.

Con él venían dos viejos conocidos del Camp Nou: Helenio Herrera y Luis Suárez. Helenio se había ido al Inter al final de la 59-60 y tiró de Luis Suárez tras la 60-61, la de la final perdida en Berna ante el Benfica con los cinco balones en los postes cuadrados. El fichaje tuvo el precio sensacional de 25 millones de pesetas, más un amistoso que dejaría otros cinco.

Volaron las entradas. La víspera del partido, la llegada del Inter en su lujoso Caravelle-Jet fue un acontecimiento. El éxito de aquella noche animaría al presidente, Enrique Llaudet, a crear a partir del año siguiente el Trofeo Gamper.

Helenio Herrera hace declaraciones amistosas. Volvería con gusto si se lo ofrecieran, “pero no me dejarán, porque al Inter le va muy bien conmigo”. Dice que el Barça se ha reforzado muy bien, la da por favorito en la Liga. Confirma que él mismo recomendó a Gallego. Pide que haya un máximo de dos cambios, más el portero, si acaso, “para dar seriedad al partido”.

Menos espacio se le dedica en la previa a Luis Suárez. En el Camp Nou no se le quiso mucho.

El de Suárez con el Barça fue un caso raro e injusto. Cuando Herrera llegó al Barça, Kubala estaba decadente, así que sólo le ponía en casa, donde aún podía aprovechar su clase, falto ya de vigor físico. El que jugaba fuera en su lugar solía ser Eulogio Martínez. Luis Suárez jugaba en casa y fuera, era intocable para Helenio Herrera. Los kubalistas (muchísimos, porque había dado gloria al club) la tomaban con él, que ni le quitaba el sitio a Kubala ni tenía diferencias con él, sino lo contrario:

—Me vieron como el niño bonito de Helenio y ya que Helenio quitaba a Kubala fuera, lo pagaban conmigo en casa. Y como yo arriesgaba en jugadas difíciles, si la perdía la pita era tremenda. ¡Pero si acertaba apenas me aplaudían!

El Camp Nou se dividió entre kubalistas y suaristas, pero los primeros eran muchos más, y se lo hicieron pasar mal. Una injusticia, porque Luis Suárez fue una barbaridad de jugador (desde luego el mejor del Barça en esos años), pilar de la selección, admirado por Di Stéfano, que le llamaba El Arquitecto y, ya es sabido, Balón de Oro. Con él al frente de las maniobras, aquel Barça ganó dos Ligas consecutivas al gran Madrid. Pero le pitaban…

—Luego yo iba por la calle y todo el que me veía me decía: “Eh, que yo voy al campo, pero no soy de los que te pitan”. Y así uno, y otro, y otro... Ninguno me pitaba, pero dentro del campo se oía que no veas. Yo me preguntaba: ¿y si ninguno me pita, cómo es que suena tanto?

Así hasta que se fue. Ya había vuelto una vez, en enero de 1962, en aquel amistoso que formaba parte del traspaso. Ganó el Barça 2-1 y no pasó nada. Así que ese día, Luis Suárez no se esperaba nada feo, al revés. Salió pensando en disfrutar. Los dos equipos salen de gala:

Barça: Sadurní; Benítez, Olivella, Eladio; Müller, Gallego; Serafín, Pereda, Re, Seminario y Vicente. En el descanso, Rifé por Serafín.

Inter: Sarti; Burgnich, Guarneri, Facchetti; Bedin, Picchi; Jair Mazzola, Peiró, Suárez y Corso. Los mismísimos once que ganaron dos meses antes la final europea al Benfica. En el minuto 38 entrará Domenghini por Suárez, luego se verá por qué. Y en el descanso, Capellini por Mazzola.

En el minuto uno, golazo de Pereda, que levanta a la gente de sus asientos. Pero el Inter se sobrepone y juega a la suya. Espera, atrae a un Barça crecido, se maneja, sale, contraataca. Pronto hay una colada de Peiró derribado en el área. El árbitro, el catalán Pintado, barre para casa y se hace el despistado. Varios italianos protestan, y con ellos Luis Suárez. Se le pita.

Pronto hay un jugadón entre Luis Suárez y Peiró que acaba con disparo del primero, alto, lo que origina rechifla. Al poco, otra buena jugada de ataque del Inter y cuando Suárez se dispone a rematar se la quita Benítez y vuelve la rechifla, a lo que él contesta con un manotazo despectivo. Desde entonces, cada vez que la toca hay bronca. En el 38, le hace una entrada a Gallego junto a la banda que Pintado castiga con falta. La bronca ya es enorme. Y entonces se produce el hecho que será portada el día siguiente en los periódicos: sacude un visible corte de mangas y se marcha por su pie al vestuario, sin más. Helenio Hererra le sustituye por Domenghini.

El público queda en principio indignado, pero pronto marca el Barça el segundo y en el descanso las conversaciones se reparten entre los que reniegan de Suárez y los que hablan de la ilusión de la victoria. Sin Suárez, el Inter es menos Inter. El Barça gana finalmente 4-1. La gente se va a casa alternando los improperios hacia Suárez con el esperanzado “Aquest any, sí. Aquest any guanyarem la Liga”.

No hubo declaración de Suárez tras el partido. Helenio Herrera cerró el vestuario a cal y canto.

Gallego, que venía del Sevilla y se presentaba ese día, se sorprendió mucho:

—Yo no sabía nada de su historia anterior. Luego me contaron en el vestuario, los veteranos, de qué venía la cosa y lo entendí mejor. Hay que estar ahí abajo para saber cómo se siente uno. Está mal hecho, pero es una reacción que a veces se te puede escapar, como le pasó el otro día a Sergio Ramos. A mí, por suerte, no me pasó. Cuando volví a Sevilla me trataron bien. Me pitaban si acaso por alguna entrada dura o algo así, pero como en cualquier campo. Por cierto, me extrañó el gesto, el corte de mangas. En Sevilla no se hacía.

En Madrid tampoco, añado, o así lo recuerdo yo. Se veía sólo en las películas italianas, como algo de aquel país. ¿Quizá lo trajo de allí Suárez?

—Desde luego, allá era de lo más habitual. En la menor discusión en un bar, ya se lo hacía uno a otro, ¡zas! Quizá por eso me salió así, tan espontáneo. Aquí se veía menos, pero tampoco creo que lo trajera yo, ¿eh?

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