as.com Ver todos los blogs >

Me gusta el fútbol

El blog de Pipo lópez

Calendario

julio 2017
lun. mar. mié. jue. vie. sáb. dom.
          1 2
3 4 5 6 7 8 9
10 11 12 13 14 15 16
17 18 19 20 21 22 23
24 25 26 27 28 29 30
31            

Subscríbete a RSS

Añadir este sitio a RSS

¿Que es RSS?

Es una tecnología que envía automáticamente los titulares de un medio a un programa lector o agregador. Para utilizar las fuentes RSS existen múltiples opciones. La más común consiste en instalar un programa llamado 'agregador' o lector de noticias.

publicidad

jueves, 20 julio 2017

Por Alfredo Relaño

Aquel duelo entre Anquetil y Bahamontes

El Tour de 1963 estaba pensado para el francés, pero el toledano se empeñó en lo contrario.

1500224923_588178_1500225070_noticia_normal_recorte1El Tour de 1963 era el del Cincuentenario y estaba trazado para Anquetil: 69 kilómetros de contrarreloj individual y 21,5 por equipos; seis etapas de alta montaña, pero ninguna llegada en alto, ni cronoescalada.


Anquetil era el fenómeno de la época. Llevaba ganados tres Tours, había batido el récord de la hora, tenía un Giro, una Vuelta y decenas de victorias más. Intratable contrarreloj (Monsieur Crono, le llamaban), pasaba muy bien la alta montaña, podía ganar el sprint en pequeños grupos de escapados, era inteligente y práctico, tenía buen equipo, el Saint Raphäel, con un gran director, Raphael Geminiani. Y la organización de su lado.

Así que todo estaba pensado para que el 14 de julio, Fiesta Nacional de Francia, se coronara en París como ganador del Tour del Cincuentenario. Sería el primero en ganar cuatro veces la gran ronda.

Pero Bahamontes se empeñó en lo contrario. Enrolado en un equipo francés, el Margnat Paloma, estaba en la frontera de los 35 años. Había ganado el Tour de 1959, pero ya sólo se pensaba en él como implacable escalador. Demasiado irregular, demasiadas decisiones raras. Así se le veía.


El recorrido arranca de París, entra en Bélgica, luego recorre el Norte, baja por la costa atlántica hasta los Pirineos, de ahí a los Alpes y subida hasta París. Se suponía que tras ocho etapas llanas Bahamontes ya estaría descartado al llegar la montaña.

Pero llegó a los Pirineos a sólo 1m 19s de Anquetil, y por la contrarreloj. Ya avisó en la primera etapa, al escaparse con otros tres, lo que le permitió empezar el Tour como cuarto. Luego pasó bien el pavés belga, atento, arriba, sin sus legendarios despistes. Se defendió en la contrarreloj. No bajaría del duodécimo puesto, al que le relegó una “escapada-bidón” que metió a Desmets como líder durante muchas etapas.

Al llegar a los Pirineos, Anquetil está preocupado: “Si no hemos podido retrasar a Bahamontes en el llano, ¿cómo vamos a hacerlo en su terreno?”. Lo habitual había sido verle llegar a la montaña con media hora perdida, y luego avanzar hacia la cabeza a grandes saltos. Nos emocionaba eso.

Pero la carta de los descensos le mató. En España se siguieron las etapas por televisión y nos comíamos los puños. Escapado toda la etapa, sólo o en compañía de otros, pasaba primero los puertos, pero en los descensos le alcanzaban. Ya el primer día, en una maniobra final, Anquetil le ganó 10 segundos en la meta, más el minuto de bonificación. Más desesperante es el siguiente día, cuando en el último descenso, bajo una granizada, se deja rebasar por sus primeros perseguidores (escapados sin peso en la general, a los que él capturó y rebasó), no les sigue, y acaba entrando en el paquete de Anquetil. El tercer día, media etapa en cabeza, pasa solo el Portet d’Aspet, pero quedan 100 kilómetros. Por supuesto, es alcanzado.

En el tránsito a los Alpes, Anquetil aún le gana 30s, bonificando en una etapa que gana Van Looy, él es segundo y el toledano tercero. Total que había entrado en los Pirineos a 1m 19s de Anquetil y llegaba a los Alpes a 2m 49s. Y al salir de estos quedará la contrarreloj grande. De eso se habla el 6 de julio, el día de descanso. El toledano debería salir de los Alpes con al menos cuatro minutos de ventaja sobre el francés, como colchón. ¿Es posible? Nadie lo cree.

Pero… entre Sain Etienne y Grenoble, pasando el Grand Bous y el Porte, nueva cabalgada, esta vez baja como un loco, gana en Grenoble y se coloca segundo, con 3s de ventaja sobre Anquetil. Delante sigue Desmet, que aún administra su última ventaja de la ya lejana escapada-bidón. Hasta ahí. El día siguiente, entre Grenoble y Val d’Isere, con la Croix de Fer y el Iseran, gana Manzaneque. Bahamontes entra con Anquetil (de nuevo el descenso…) y coge el maillot amarillo. Es 9 de julio, día de su 35 cumpleaños. Tiene a Anquetil pegado, a 3s, pero la noticia de su maillot es sensacional. Insistiendo los ha ido derrumbando a todos menos a Anquetil. ¿Podrá ser el día siguiente? Lo del día siguiente es Val d’Isere-Chamonix, 227,5 kilómetros, con el Pequeño San Bernardo, el Gran San Bernardo, La Forclaz y el Montet. Los dos de en medio son tremendos, sobre todo el segundo, con sus rampas de grava suelta, desmenuzada por las nevadas.

De esa etapa se hablará durante años.

Bahamontes sale a por una escapada larga. Se comentó que fue un error, que debió guardar el estoque para La Forclaz. Bajando el Gran San Bernardo pierde la ventaja, su esfuerzo es baldío. Llega a la base del puerto con Anquetil y algunos más, que pronto se quedarán.

Geminiani, que no daba puntada sin hilo, ha preparado una superchería. No se podía cambiar de bici sin avería. Llegando a la base de La Forclaz, acerca su coche a Anquetil. El mecánico se cuelga de la ventanilla, hace como que inspecciona el cambio y con unas tenacillas, ¡clic!, corta el cable.

—“Mierda, avería. ¡Hay que cambiar la bici!”.

Y le dan otra más ligera, preparada al efecto, con 46-26 de desarrollo.

La subida es infernal. Bahamontes le da con todo, pero Anquetil resiste. Un par de veces incluso se intenta demarrar. La lucha es titánica. Sobre la cinta descarnada se ven una y otra vez los arreones bruscos del toledano, la recuperación terca de Anquetil, metro a metro. Una, dos, tres, diez, veinte veces… Bahamontes corona con sólo 12 segundos sobre Anquetil al que arriba, una vez reparada “la avería”, le dan la primera bici, más pesada, mejor para la bajada y el sprint. Llegan juntos, Bahamontes lanza el sprint, pero en la última curva Anquetil toma el rebufo oportuno de una moto y se lleva la etapa.

Ha sido un etapón. Dos héroes. Raoul Rémy, el director de equipo del Margnat Paloma, presenta una reclamación por la granujada de Geminiani, pero se la tiran a la papelera.
Anquetil ya tiene el Tour en el bolsillo. Ganará la contrarreloj, en la que Bahamontes será tercero. Acaba el Tour segundo. Pérez Francés será tercero. Las ovaciones a Bahamontes en el Parque de los Príncipes igualan a las del francés. Su lucha salvó un Tour que sin él no hubiera tenido argumento.

Y en España nos quejamos: ninguna llegada en alto, ni cronoescalada…

Archivado en Deportes

jueves, 13 julio 2017

Por Alfredo Relaño

Pereda, del Indauchu al Madrid

El Athletic descartó fichar al jugador por su origen: se formó en Bizkaia pero había nacido en Medina de Pomar, Burgos.

1499633620_447648_1499634185_noticia_normal_recorte1

—¿Qué club ha tenido más jugadores en Primera sin haber jugado nunca en Primera?


—El Indauchu.

Era una pregunta clásica de trivial futbolístico. Y seguirá siendo válida la respuesta, salvo que consideremos al Castilla, al Barça B clubes distintos de la matriz.

La polémica en torno al Athletic por el caso del joven Diarra me ha recordado el lejano caso de Pereda, y la epopeya del Indauchu a caballo de los cincuenta y los sesenta. Con un pie en el Colegio de Jesuitas y el otro en la Escuela de Industriales y campo en Garellano, a dos manzanas de San Mamés, el impulso de un héroe civil llamado Jaime de Olaso regó la Primera División de jugadores. Entre ellos, Pereda y Gárate.

En la posguerra, el Indauchu era un equipo amateur que llegó a ser campeón de España de la categoría en 1945 y subcampeón en el 47 y el 48.

En 1955 apareció en Segunda División, saludado con entusiasmo por el resto del Grupo Norte, ya que incorporó a los veteranos Ontoria, Panizo y Zarra. Sus visitas dejaban excelentes taquillas, pero a Garellano iba poca gente. Olaso vio que sólo tenía dos caminos: o apoyarse en el Athletic o convertirse en un club vendedor.

Lo primero no pudo ser. Aunque del Indauchu saltaron al Athletic primero Azcárate y luego Uribe, Olaso siempre pensó que pretendían pagarle mal sus jugadores y empezó a venderlos fuera. Y de pretendido equipo nodriza pasó ser visto como enemigo local, acusado de sustraer del control del Athletic promesas vizcaínas y venderlas fuera.

Gran escándalo produjo el caso de Pereda, nacido en Medina de Pomar, Burgos. Olaso quiso que fuera al Athletic. Era de fuera, pero se había hecho jugador en Bizkaia. El criterio del Athletic con este asunto ha variado según épocas y conveniencias. (Véase ahora el caso Diarra). Olaso cuenta en su libro sobre aquellos años (Cuando el balón no es redondo), que coincidió en un viaje con Enrique Guzmán, presidente del Athletic, en un restaurante de Somosierra. Comieron juntos, le insistió, pero Guzmán descartó el fichaje por su origen.

Quien fichó a Pereda fue el Madrid y en Bilbao se armó la marimorena. Guzmán se calló que había descartado el fichaje, dejó a Olaso a los pies de los caballos. Para más inri, la final de Copa de ese año, 1958, enfrentó al Madrid y al Athletic. Pereda la jugó, como extremo izquierdo, por lesión de Gento. Ganó el Athletic, con once vizcaínos, los once aldeanos. Asusta pensar a lo que se hubiera enfrentado Olaso si un gol de Pereda llega a decidir aquel partido.

Algo parecido pasó con Miguel Jones. Hijo de un importante hombre de negocios guineano, estudiaba en Deusto. A Daucik, entrenador del Athletic, le maravilló su velocidad. Olaso le permitió que entrenara con el Athletic, pero el club no accedió a ficharle, porque no era de allí. El Indauchu lo vendería al Atlético de Madrid.

Y fueron desfilando fuera otras figuras del club: Isasi, al Zaragoza de Los Magníficos, Cobo al Sevilla, Eusebio Ríos al Betis…

Con la entrada de Javier Prado por Enrique Guzmán en la presidencia del Athletic, la situación se alivió. El Athletic accedió a que sus jugadores en formación terminaran de cuajarse en el Indauchu, casos de Argoitia y Zorriqueta, por ejemplo, a cambio de un derecho de tanteo en cada traspaso del Indauchu. Pero rara vez quiso poner sobre la mesa lo que Olaso pretendía, y siguieron saliendo: Eraña al Sporting, Mendieta al Madrid (es padre adoptivo del jugador de no hace mucho), Irusquieta, al Zaragoza con Isasi y, sobre todo, Gárate, en cuyo caso también cupieron dudas, porque había nacido en Buenos Aires, aunque desde muy niño vivió en Éibar.

Olaso se sintió definitivamente amargado con el caso Larrauri. El Athletic maniobró para quedárselo por menos de lo acordado. Tiró la toalla en 1966. Para entonces, Pereda era figura en el Barça, y campeón de Eurocopa con España. En la final ante la URSS marcó el primer gol y dio el pase del segundo a Marcelino. A los dos años el club bajó, y nunca más se le ha visto por las alturas.

En aquel tiempo fabricó para la Primera División más de ochenta jugadores. Aún desde Segunda B fabricó una figura notable, Amorrortu.

En su frustrado empeño por sacar al Indauchu adelante como club nodriza de su querido Athletic, Olaso hasta llegó a desestimar una oferta de Bernabéu, que admiraba su ojo clínico, para ser secretario técnico del Madrid.

Archivado en Deportes

jueves, 06 julio 2017

Por Alfredo Relaño

Toda españa sintió lo de Ramón

1499012644_004749_1499029736_noticia_normal_recorte1En la temporada 1966-1967 le fichó el Atleti pero en el reconocimiento le descubrieron una valvulopatía incompatible con el fútbol.


Ramón Navarro Blázquez, hoy fotógrafo de Marca en Sevilla, tiene un recuerdo singular de su padre: "Siempre estaba jugando, en la playa de San Juan. Muchas veces participaban veteranos, futbolistas de verdad. La gente se paraba a verle. ¡Qué manera de jugar, qué manera de chutar!".


Así se quitaba el mono Ramón Navarro López, un chico cuya desgracia impresionó a toda España. Nació en Orihuela con el don del fútbol. A los 17 años ya estaba en el Hércules, en Segunda. Con 18 fue internacional juvenil. Con 19 contribuyó a su ascenso, como figura del equipo y autor del gol decisivo. Jugó en la Sub-21, con una generación espléndida: Reina, De Felipe, Lico, Uriarte, Marcial…

Tenía aire de jugador grande. Era pequeño de estatura, pero muy ancho, muy fuerte. "Es un dado", decía la gente. Cuando apareció Sergi, aquel lateral del 'Dream Team', me recordó su figura. Ramón, extremo izquierda, era velocísimo, con un regate endiablado del que salía como una piedra del tirachinas y tenía muy buena pegada al balón.

Al finalizar su primera temporada entre los grandes, la 66-67, le fichó el Atlético. Tenía lógica. El gran Enrique Collar, que llevaba catorce temporadas en el club, iba para los 33 años. Ramón tenía doce menos. Era el relevo ideal.

El contrato se firmó el 29 de abril. Cuatro millones, dos al contado y dos en letras a 90 días. Él triplicaba su ficha. El 2 de mayo llegó a Madrid loco de contento, a pasar el preceptivo examen médico. Era un torito. ¿Quién iba a pensar que…?

La familia estaba en casa el día siguiente, viendo el telediario: padre, madre y hermana. Ávidos porque saliera alguna imagen de Ramón, entrenando con el Atleti. Pero lo que salió fue una bomba: el reconocimiento había descubierto una valvulopatía incompatible con el fútbol. La familia quedó arrasada. El padre, un tío, Riquelme, que había jugado en el Sevilla, y un abogado amigo, salieron para Madrid. Concha, la hermana, se quedó con la madre, arrasada en lágrimas: "Mi tío Riquelme se quejó de que Ramón no le hubiera llevado consigo. Conocía los manejos del fútbol, pensaba que se podría arreglar".

El Hércules protestó. Sus médicos y los de la regional alicantina no habían descubierto nada, quizá porque tenían peores medios. El informe del Atlético lo avalan no sólo los médicos del club, doctores Ibáñez y Garaizábal, sino también un especialista en corazón, doctor Montes Velarde, y los doctores García-Moreno y Gabilondo, de la Mutualidad de Futbolistas.

Era la primera vez que se echaba atrás a un futbolista por un problema cardíaco.

Hay debate nacional. En esos días está en coma un jugador del Atlético, el medio Martínez, fichado tres años antes. En su primer verano en el club cayó en coma. Ya no despertaría hasta morir. En Alicante se piensa que aquel error del cuadro médico del Atlético quiere ser compensado ahora con una precaución extrema ante un jugador al que antes no se le había visto nada.

Ramón está desolado. A su regreso a Alicante declara: "Lo he perdido todo, hasta mis botas se quedaron en el Manzanares. Fue tan duro que preferimos volver cuanto antes". Pero anuncia su propósito de buscar nuevas opiniones: en Barcelona, en París o en Londres, si hace falta.

Toda la afición siente la congoja por este chico, del que se ocupan no sólo los deportivos, sino los diarios generalistas y el telediario. El debate se encanalla. El Atlético ya ha pagado los dos millones primeros. ¿Y ahora? El Hércules dice que ese dinero es suyo, y que ya se lo ha gastado en pagos urgentes. El Atlético lo reclama. Llega a decir que sólo acepta la no devolución de los dos millones si se le entregan a Ramón, al que todo el mundo ha cogido cariño. El Hércules replica que el Atlético no tiene por qué disponer de un dinero que no es suyo.

El 26 de mayo la Federación zanja el debate. Retira la ficha a Ramón, por lesión cardíaca incompatible por el fútbol. Da el traspaso por no existente. Obliga al Hércules a devolver el dinero. Ramón declara: "Me siento como mercancía averiada". Pero sigue luchando. Se apunta a la 'mili', para reclamarse de sano. Le aceptan. Hace el Campamento en Rabassa, luego será asistente de un comandante.

Luego, con ocasión de una visita del Doctor Barnard a España (estaba muy reciente su primer trasplante de corazón) viaja con su padre a verle, en el Hotel Mindanao. Él le recibe, pero no pasa de eso. "En realidad hizo un paripé", piensa la hermana.

Poco a poco deja de ser noticia nacional, aunque su caso movió tanto que se le organiza un homenaje nacional. Se jugará el 19 de marzo del 69, en La Viña, el campo del Hércules. Primero, una selección nacional de veteranos (con verdaderas glorias, como Ramallets, Marquitos, Puchades o Sánchez Lage, contra otra de veteranos locales. Luego, el Hércules contra un combinado nacional, en el que no todos colaboran como se pensaba. El equipo es: Reina; Tatono, González, Gustavo; Zunzunegui, Castellano; Veloso, Luis, Vavá, Waldo y Collar. Decepciona la participación del Madrid, del que se esperaba que fuera Amancio.

Van 15.000 personas. Él hace el saque de honor. Es una noche emotiva. La recaudación es para él y le ayuda a pagar la hipoteca de una casa que había comprado cuando sus expectativas eran otras.

Luego, ordenado y trabajador, saldrá adelante. Se casó con la hija de un ex futbolista, Emilio Blázquez, que había pertenecido al Madrid, el Hércules y el Alicante. Fue visitador médico de unos laboratorios, trabajo que le facilitó el doctor Ibáñez. También llevó representaciones deportivas. Trabajador y muy capaz de relacionarse, fue feliz, a pesar de que le arrebataran el fútbol. Además de Ramón, el fotógrafo, tuvo una hija, Bárbara, que fue campeona juvenil de España en tenis, y Carlos, piloto de helicópteros.

Con el tiempo, admitió que los médicos tenían razón. En febrero de 1984 fue noticia porque le implantaron una válvula. En una entrevista en As se confesaba: "Yo hice el bruto. Era reacio a dejar el deporte, me veía sano y fuerte. Seguía jugando a escondidas, en equipos de barrio o con los amigos. Jugaba al fútbol y al tenis. No tenía ningún miedo y he pagado las consecuencias. Quiero avisar a los que están en mi situación que no hagan las mismas barbaridades que yo."

Falleció en enero de 2006, con 60 años. Del corazón.

Archivado en Deportes

jueves, 29 junio 2017

Por Alfredo Relaño

Hugo Sánchez dice que se va

Aquel día, 4 de marzo de 1987, el Madrid tenía que jugar en Belgrado, contra el Estrella Roja, partido de ida de la Copa de Europa. Un Madrid espléndido, con la Quinta del Buitre en plenitud, más Hugo Sánchez, goleador firme.

 

La Gazzetta dello Sport publicó que Hugo tenía acuerdo con el Inter. La noticia llegó a la concentración. Algunos le preguntaron y les dijo que algo había. Buyo recuerda su decepción y la de Martín Vázquez: “Éramos sus amigos. Solíamos comer juntos. No nos había dicho nada”. Mendoza, presidente, habló con él. Quedaron emplazados a una conversación posterior. Estaba por en medio el partido, que era de aúpa.

 

Al poco de empezar hubo un penalti que Hugo Sánchez falló. El Madrid llegó a ir perdiendo 3-0. Hugo marcó el 3-1. Hubo otro penalti a favor del Madrid. Valdano le dijo a Hugo que si estaba nervioso lo tiraría él. Hugo prefirió aceptar la responsabilidad y marcó: 4-2. El desastre se convirtió en un resultado malo, pero abordable.

Blog
 

 A la vuelta empezaron a hervir los comentarios. Noticias y desmentidos. Poco a poco trascendió que la cosa iba en serio. Hugo le ofrecía al Madrid 120 millones por su libertad. Había sido fichado del Atlético por 200 milllones, estaba en la segunda de sus cinco temporadas, así que entendía justo darle al Madrid tres quintas partes del traspaso para liberar los tres últimos años. Si no, acudiría a la vía del Decreto 1006.

 

Aquel decreto, de 26 de junio de 1985, apareció para regular la relación laboral de los deportistas profesionales. En síntesis, establecía que si un deportista pretendía abandonar su club sin acuerdo previo, podría hacerlo, pero que en ese caso la jurisdicción laboral fijaría la indemnización. Dio mucho que hablar en su día, porque era un arma de doble filo difícil de utilizar. Fue el origen de las cláusulas de rescisión.

 

El clima se enrareció más cuando se supo que los abogados que le llevaban eran dos personajes atléticos, Ramón Entrena, vicepresidente, y José Luis Carceller, exgerente. Mientras, aparece Joan Gaspart, para empreñar. Gaspart había estado a punto de fichar a Hugo para el Barça dos años antes, pero a última hora el entrenador, Terry Venables, prefirió a Archibald. Comprobado el error, era verosímil que el Barça quisiera enmendarlo. Circuló que le habría ofrecido 750 millones por cinco años, pero él tendría que hacerse cargo de su liberación del Madrid. Se habló del Milan, la Juve y el Inter, esto último lo único que de verdad avanzó: 580 millones por cuatro años. A Hugo la cuenta le salía: 580 menos los 120 que pensaba pagarle al Madrid, 460. Eran 115 por año. En el Madrid cobraba 70. Y había más...

 

Ese más me lo contó en una entrevista en EL PAÍS. Fue en el Castellana Hilton, el viernes 13, y se publicó el sábado 14. Le vi determinado y frío, explicándose perfectamente. No se sentía querido. Marcaba los goles pero no se le agradecía: “Soy como el niño que llega a casa con dieces, se lo dice al padre y éste sigue viendo la televisión”. (El madridismo estaba enamorado del Buitre y su Quinta). Además, quería otros desafíos. Había triunfado en el Madrid. Esperaba acabar el curso con la Liga, la Copa de Europa y el Pichichi, y entonces, ¿qué? Se sentía el orgullo de México y necesitaba más logros. Miraba a Italia, la Meca del fútbol en aquellos días. Allí estaba Maradona, cuya sombra perseguía. No se sentía inferior a él. Valdano me cuenta que se le enfadó porque en una entrevista se le ocurrió decir que Maradona era el mejor del mundo. A nadie se le ocurría pensar otra cosa, pero: “Tuve que sentarme a hablar con él, alabar su capacidad para hacer goles… No se sentía para nada inferior a Maradona”.

 

El resultado de la entrevista le gustó tanto que el sábado la llevó a la Ciudad Deportiva, la pegó en un tablón del vestuario y dijo a todos: “El que quiera saber mis razones, ahí las tiene”. Pero la plantilla no se conformó. Le exigieron una reunión tras el entrenamiento. Insistió en los argumentos. Se comisionó a Santillana y Camacho para que hablaran ante la prensa. Era obligado, porque por primera vez lo de Hugo había sido ratificado por él mismo. Pusieron paños calientes: “El club decidirá”.

 

Lo primero era si se le podría sacar en San Mamés el domingo, y el miércoles en el Bernabéu ante el Estrella Roja. Beenhakker dudaba. Los jugadores estaban muy enfadados con Hugo. Molowny intervino y convenció a Mendoza: “Mientras esté, que siga metiendo goles. Es tan frío que esto no le va a afectar”. Así que fue a San Mamés. Mino marcó el 0-1. Luego, penalti a favor del Madrid. Otra vez Hugo, entre una expectación tremenda (asistí al partido), y gol. Goikoetxea, enorme, descuenta cerca del final, pero el Madrid gana 1-2.

 

¿Y Mendoza? Mendoza se mantuvo firme y acertó: no negociaría. Ni 120 ni nada. A Magistratura y que sea lo que Dios quiera. Y ahora, el Estrella Roja. Otra vez rumores, otra vez titular. Hace falta una remontada, ¿no romperá la presencia del desertor in pectore la magia necesaria? Se impone la doctrina Molowny y sale. No marca, pero el Madrid gana 2-0 y pasa a semifinales.
¿Y luego? Luego la cosa se va enfriando sola, poco a poco. El Inter, ante la incertidumbre del costo de la operación, recula discretamente. Hugo sigue jugando. En algunos partidos se le ve aislado, marca algo menos, pero poco a poco vuelve la normalidad Es decisivo para la victoria 2-3 en Sarrià el 16 de mayo. El 30 de mayo marca un hat trick al Sporting en el Bernabéu. Se considera el alta definitiva.

 

¿Cómo se arregló? “Se arregló sin ruido, así que me figuro que habría alguna mejora”, piensa Valdano. “Pero yo no lo recuerdo. Fue una tormenta que, como vino, pasó”. Buyo, más cercano a Hugo, comenta: “Quería cariño y Mendoza le dio cariño. Pero escribe cariño entre comillas”. En fin, que Mendoza le mejoró el contrato (con cuidado de que la cantidad no trascendiera) y aquí paz y después gloria. Para cuando armó el lío, Hugo llevaba 85 partidos y 61 goles. Después, jugaría otros 197, marcando 146 goles más.

Archivado en Deportes

viernes, 23 junio 2017

Por Alfredo Relaño

Al ‘Mestalleta’ no le dejaron subir

“Mi padre se vio atrapado entre la ciudad, que quería, la Federación, que no dejaba, y el Valencia, que no podía. Lo pasó fatal”. El que así habla es Luis Casanova Iranzo, hijo de Luis Casanova Giner, que fuera mítico presidente del Valencia, que en el verano de 1952 pasó un muy mal trago. El filial, Mestalla, ganó el derecho a subir a Primera, pero el ascenso no pudo consumarse.

 

El Mestalla nació de un equipo de barrio, el Cuenca, al que entrenaba el exvalencianista Rino. De él fue la idea. Se dirigió al secretario, Luis Colina, que convenció a Luis Casanova de que sería bueno tener un equipo para foguear a las promesas. Nació oficialmente el 9 de septiembre de 1944, con la misma sede social que el Valencia. Se hizo presidente a Federico Blasco, durante muchos años socio número uno del Valencia.

 

El Cuenca militaba en la categoría de Adheridos, y ahí arrancó el Mestalla que, entrenado por Valentín Reig Picolín, fue escalando, a ascenso por curso, hasta llegar a Segunda en la 47-48. Su aventura enamoró poco a poco a los valencianos. En el 46, llegó a jugar la final del Campeonato de España de Aficionados, que tenía su importancia. La jugó en Madrid, contra la Ferroviaria. El árbitro, Álvarez Orriols, era empleado de la RENFE. Expulsó al mestallista Peñalver y pitó un penalti a favor de la Ferro poco convincente. El Mestalleta, como ya se le llamaba cariñosamente, perdió 3-2, pero fue aclamado a su regreso de la capital.

Blog
 

La Segunda colmaba las aspiraciones del Valencia para su filial. Ahí podía dar una experiencia de más alto nivel a sus promesas. Para entonces ya habían saltado al primer equipo Puchades, Seguí, Gago, Pomar, Bienvenido, Solves y Fuertes.

 

Jugaba los sábados en Mestalla, el Valencia lo hacía los domingos. En la 51-52, el equipo fue una maravilla que hacía disfrutar a los aficionados más que el propio Valencia. El capitán era Juan Ramón, veterano central bajado del Valencia, tras larga y gran carrera, para darle solera y experiencia a un grupo muy joven. Regresó Fuertes, que se pensó que había subido prematuramente al primer equipo. El entrenador era Carlos Iturraspe, exjugador del Valencia, muy respetado. El fútbol rápido y alegre de ese año encandiló. La gente disfrutaba más los sábados que los domingos.

 

Quedó subcampeón del Grupo Sur de Segunda, lo que le dio acceso a la liguilla de promoción, que jugaban los segundos y terceros de los dos grupos de Segunda, y los clasificados trece y catorce de Primera: Logroñés, Mestalla, Ferrol, Alcoyano, Gijón y Santander, (entonces no Sporting y Racing, estaban proscritos los nombres extranjeros).

 

¡Y la ganó el Mestalla! El 29 de junio, entre euforia, pólvora y cohetes, goleó al Logroñés, 5-1, con lo que quedaba primero y obtenía el derecho a ascender. Todavía hay en Valencia quien recita de memoria aquella alineación: Timor; Ibáñez, Juan Ramón, Domínguez; Sendra, Mangriñán; Mañó, Fuertes, Sócrates, Pla y Valderas.

 

—¿Quién iba a pensar que el Mestalleta iba a subir a Primera? Pero es que salió una generación extraordinaria, algo así como el Madrid de la Quinta, o el Barça de los Xavi, Iniesta y demás. Pero mi padre sabía que no podía subir. Primero, no era deportivo. Era como que el Valencia saliera a la Liga con dos victorias seguras. Luego, que no había dinero para mantener a dos equipos en Primera, los sueldos tendrían que ser otros. Pero eso la gente no lo entendía.

 

Se desató la euforia y Luis Casanova se vio solo. Blasco, el presidente del Mestalla, exigía el ascenso, lo mismo que la afición. Cuatro expresidentes del Valencia, Royo, Jiménez Cánovas, Leonarte y Vidal, firmaron conjuntamente una carta en el diario Levante en el mismo sentido. La calle bullía. El Valencia, campeón de Liga tres veces en los cuarenta, sólo había sido quinto ese año, lo que pareció poco. Llegó a la final de Copa, pero perdió ante el Barça. Casi se estableció una rivalidad. Ese verano casi se puede decir que hubo más mestallistas que valencianistas.

 

Luis Casanova, casi el único en la ciudad que mantenía la sensatez, llamó en su apoyo a Sancho Dávila, presidente de la Federación. Había llegado al puesto como premio a sus méritos como camisa vieja, como se llamó a los falangistas de primera hora. No se le tenía por inteligente. Corría que José Antonio había dicho de él: “Si estarán claros los puntos de la Falange, que hasta mi primo Sancho los ha entendido”. Viajó a Valencia junto a Andrés Ramírez, secretario general. Se reunió con las directivas del Valencia, el Mestalla, la Regional y el Levante, que acababa de bajar a Tercera. El argumento de que el Mestalla no podría jugar en Primera por no tener campo propio lo reventó el Levante ofreciendo el suyo, a cambio de que sus socios pudieran asistir. Sancho Dávila se fue sin emitir veredicto, lo que dejó más desamparado a Casanova. Decidió aplazar la decisión a la Asamblea de Clubes del 9 de julio.

 

La Asamblea, claro, rechazó el ascenso y salvó de bajar al Santander, tercero de la liguilla. La ciudad se indignó. Luis Casanova sólo resistió gracias a su enorme prestigio y a la gran obra que traía de atrás. (Fue, para entendernos, algo así como el Santiago Bernabéu del Valencia). Sendra, Mañó, Sócrates, Mangriñán y Fuertes subieron al Valencia. Para la mitad del Mestalla, pues, sí hubo ascenso. Y no pocos criticaron lo que se conoció como “el desmantelamiento del Mestalleta”.


Curiosamente, el año siguiente se repitió la situación, pero con el España Industrial, filial del Barça, también campeón de la liguilla. Valencia se volvió a poner de uñas. ¿Y si ahora…? Pero no. Tampoco pudo subir.

 

Pero aún reflotó el asunto, con más fuerza que nunca y nuevas críticas para Casanova, al final de la 55-56. Otra vez el España Industrial ganó el derecho a subir, y ésta lo hizo, con un subterfugio: cambió el nombre por el de Condal y aseguró haberse desvinculado del Barça. Valencia se indignó, se dijo que al Barça se le había permitido trampear para obtener una ventaja, que al Valencia no se le permitió. Que el Barça iba a tener dos victorias aseguradas. ¡Y sin campo propio! Jugaba en Las Corts, el del Barça.

 

Pero, desmintiendo las malicias, el Condal-Barça de la primera vuelta terminó en empate. Al final, al Barça le faltó un punto para ser segundo, lo que le hubiera dado derecho a jugar por primera vez la Copa de Europa. El Madrid ganó el título europeo y la Liga, y su puesto de campeón español lo aprovechó el Sevilla y no el Barça.

 

Y, lo que son las cosas, el Condal cerró su Liga en Mestalla, contra el Valencia. Perdió y ese día regresó a Segunda. Su descenso dejó alivio en la ciudad. La presencia del Condal en Primera era una afrenta.

 

En 1984 el Castilla de La Quinta del Buitre y el Bilbao Athletic de los Salinas, Andrinúa y Pizo Gómez, fueron campeón y subcampeón de Segunda. Pero para entonces ya estaba todo bien reglamentado y no hubo caso.

Archivado en Deportes

jueves, 15 junio 2017

Por Alfredo Relaño

Real Madrid contra la selección española

El 21 de diciembre de 1960 se enfrentaron en un amistoso que homenajeaba al club blanco como campeón de la Intercontinental

1497189023_101379_1497203861_noticia_normal_recorte1

En septiembre de 1960, el Madrid ganó 5-1 al Peñarol, campeón americano ganando así la Copa Intercontinental en su primera edición tras haber encadenado las cinco primeras copas de Europa. En una España empobrecida y sometida al anacronismo oprobioso de una dictadura que había sobrevivido a las de Hitler y Mussolini, se convirtió en un símbolo de modernidad, audacia y calidad. En timbre de orgullo.


Y se decidió organizarle un gran homenaje nacional.

La primera idea fue enfrentarle a una Selección Europea, un Real Madrid-Resto de Europa, pero entonces surgieron voces de París, de que mejor hacerlo allí. Parecía más propio, dado que era Europa quien se lo rendía y París la cuna de la Copa de Europa. Pero el Régimen quería aquel acto para sí, y se insistió en que fuera en Madrid. El Boletín del Madrid del mes enero de 1961, que recoge la información del partido, se queja crípticamente de que “increíbles tibiezas e inexplicables manejos por parte de aquí junto a no menos increíbles e inexplicables rigideces y puntillos de ridículos celos por parte de allá” hicieran imposible el partido contra una Selección Europea.

Así que sería en Madrid y contra una selección de nuestra liga, con los mejores jugadores posibles, españoles o no. La organización correspondió a la Asociación de la Prensa. Pero uno de sus miembros, Pedro Escartín, fue justo entonces nombrado Seleccionador Nacional con vistas a la clasificación para el Mundial Chile-62. Escartín prefirió, y sus compañeros estuvieron de acuerdo, que el partido sirviera para ir formando el equipo de Chile. Sin los del Madrid, claro, pero sin extranjeros.

Mientras, se produjo un suceso. En la primera eliminatoria de la sexta Copa de Europa, se enfrentaron el Madrid y el Barça, y el Barça eliminó al Madrid. Si un equipo de la época podía compararse al Madrid, ése era el Barça, que había ganado las dos últimas Ligas. Pero las circunstancias en que se produjo la eliminación fueron irregulares. Al Madrid, que ya se quejó del arbitraje de Míster Ellis en el partido de ida, le anuló Míster Leafe cuatro goles en el de vuelta. Cayó por sólo uno de diferencia. Desde Madrid se interpretó que la UEFA quiso apartar al club que estaba monopolizando la Copa.

El homenaje, fijado para el 21 de diciembre, sólo 40 días después de aquello, pasó de golpe a tener un sentido equívoco para según quiénes: ¿homenaje al Madrid por sus éxitos o desagravio por las circunstancias de su eliminación?

Para demostrar que no se trataba de lo segundo y para reforzar la taquilla, Escartín metió como excepción una figura extranjera, el brasileño Evaristo. Justo el que había marcado el gol decisivo en el Camp Nou. Un cabezazo en plancha perfectamente recogido por dos fotógrafos, Pérez de Rozas y Nicolás. Aquella foto de Evaristo y Vicente volando el uno hacia el otro y el balón en medio, dio la vuelta al mundo. Aún se ve con frecuencia.

Evaristo era sólo uno de los cuatro barcelonistas convocados. Los otros fueron Ramallets, Garay y Kubala, internacionales habituales con España. Además, se decidió que en el banquete tras el homenaje se les impondría a Di Stéfano, Ramallets y Garay la Gran Cruz de Isabel la Católica. Lo del primero pegaba, cono ‘factótum’ de las proezas de aquel Madrid. Los otros dos tenían méritos, desde luego: Ramallets fue portero de la Selección casi inamovible en todos los 50, y Garay, que acababa de pasar al Barça tras diez años en el Athletic, era otro internacional ejemplar. Pero aun así…

La taquilla se dedicó a la Campaña Pro-Vivienda del Necesitado, cuya cara era Carmen Polo, esposa de Franco, presidenta de la Fundación del mismo nombre. Como un atractivo más, el Madrid trajo a Kopa, que año y medio antes se había vuelto al Stade de Reims. Se anunció que jugaría con el ‘9’, su número en el Stade de Reimes antes y después de sus tres años en el Madrid, en los que llevó el ‘7’. Esta vez Di Stéfano se lo cedía, para exiliarse él mismo voluntariamente al extremo.

Kubala hizo un esfuerzo por jugar el partido. Cuatro días antes había jugado en Chile, con el Universidad Católica contra el River Plate. Fue la estrella invitada para un partido de recaudación de fondos para reparar los destrozos de un tremendo terremoto, que obligó a Chile a un doble esfuerzo cara a su Mundial.

El partido se jugó a las 20.30 y para darle más solemnidad acudió Franco. Contra lo que a veces se ha dicho, no era habitual del fútbol. Sólo iba a las finales de Copa (y eso a partir de 1948) y a los partidos de la Selección en el Bernabéu. No iba a los partidos del Madrid de Liga ni de Copa de Europa, con la excepción de la final de la segunda, que se jugó en el Bernabéu y acudió como Jefe de Estado para dar la copa.

España salió de azul y con el escudo. Jugaron: Araquistain; Juan Manuel, Garay, Reija; Mauri, Maguregui; Odriozola, Kubala, Jones, Evaristo y Collar. Araquistain tuvo su oportunidad por la baja de última hora de Ramallets, con gripe. El Madrid le tenía ya echado el ojo y pronto le incorporaría. Tras el descanso salieron Etura por Juan Manuel y Ruiz Sosa por Mauri.

En el Madrid jugaron: Domínguez (Vicente); Marquitos, Santamaría, Pachín (Casado); Vidal, Zárraga (Pachín); Di Stéfano, Del Sol, Kopa, Puskas y Gento (Canario). Domínguez, Marquitos y Zárraga ya no eran titulares, pero figuraron en la foto inicial en atención a sus servicios en pasadas copas de Europa.

El Bernabéu estuvo casi repleto, a pesar de que los socios pagaban. En la víspera, los jugadores firmaron autógrafos a aficionados que acudieran con la entrada… pero en otro papel. El reverso de la entrada llevaba un espacio para que cada cual eligiera el mejor de cada equipo y al salir se echaba en una urna. A los ganadores se les daría un Balón de Plata.

El Madrid iba ese año embalado. Acababa de ganar 0-5 al Betis. La salida anterior fue un 3-5 al Barça, revancha de la eliminación. En catorce jornadas lleva una derrota, dos empates y once victorias, y en cierto modo abusó de un equipo nada conjuntado y que era España… sin los del Madrid, que entonces pesaban lo suyo en ella. El partido acabó 4-0, dos en cada tiempo, Di Stéfano jugó magníficamente de extremo. El día siguiente, su marcador, Reija, declararía que le había sorprendido: “Es igual de bueno en todas partes”. Marcaron Puskas, Del Sol, Di Stéfano y Canario.

La votación del Balón de Plata la ganaron Di Stéfano y Kubala, pero se dijo que Gento y Araquistain obtuvieron tantos votos que se les dio también. Alguien comentó maliciosamente que habían ganado estos dos, pero que convenía dárselo a Di Stéfano y Kubala. Sobre todo visto que éste había hecho 7.000 kilómetros para estar.

Archivado en Deportes

jueves, 08 junio 2017

Por Alfredo Relaño

No bastó con tres goles de Puskas

1496596635_118171_1496596838_noticia_normal_recorte1

El Madrid sólo ha perdido tres de sus quince finales europeas. Rara avis. Aquí traigo a relucir la primera de aquellas derrotas, la que peor le sentó. Aquella final de 1962 la afrontó el Madrid como una reparación, pero fue lo contrario. Fue el anuncio de que sus mejores días estaban llegando a su fin. Un chasco tremendo.

 

Era la séptima copa. El Madrid había ganado las cinco primeras y de la sexta había sido eliminado por el Barça en circunstancias difíciles de admitir. Se quejó mucho de los arbitrajes de los ingleses Ellis y Leafe. En el club se pensó en una maniobra de la UEFA para cortar el monopolio madridista.

 

El Barça llegó a la final de aquella sexta Copa, y la perdió ante el Benfica. Nuevo en el gran panorama europeo, apareció en aquella final un poco por sorpresa, para ganarla de pura chiripa. El Barcelona estrelló cinco tiros en los postes y para más desgracia su gran portero, el veterano Ramallets, regaló dos.

Ahora regresaba el Madrid, y justamente ante el Benfica, que, madurando y con un jugador más, Eusebio, extraordinario atacante mozambiqueño, se había vuelto a colar hasta ahí. Entre el madridismo, aún escocido por los dos arbitrajes ante el Barça, había un sentimiento algo así como “ahora va a ver el Barça cómo se gana una final”.

El partido se jugó en Ámsterdam, en coincidencia con los festejos por las bodas de plata de la reina Juliana, jubileo que reunió en la ciudad a 118 miembros de familias reales de todo el mundo. Las calles eran un desfile alegre, en aire festivo. Los holandeses llevaban en la solapa lazos con los colores de la bandera o flores de papel con los de la Casa de Orange.

Aquella final exigió de gradas supletorias en el estadio, convocó a 460 periodistas (30 españoles) y dejó una recaudación récord para el fútbol mundial de la época, equivalente a diez millones de pesetas. Una ridiculez en las escalas de hoy, algo nunca visto entonces.

Arbitra un holandés, Horn, al que Bela Guttman, un sabio húngaro que entrena al Benfica, mete presión en las vísperas. Dice que hubiera preferido un árbitro inglés, que el fútbol holandés es muy menor (en efecto, lo era entonces), que no cree que Horn esté preparado, que teme que le influya el halo del Madrid.

La final es el 2 de mayo, a las 19:30. Llega a España por Radio Nacional y, pretendidamente, por TVE, pero esta sólo conecta en el descanso y la imagen que ofrece es casi indescifrable. Provocará muchas quejas.

Real Madrid: Araquistain; Casado, Santamaría, Miera; Felo, Pachín; Tejada, Del Sol, Di Stéfano, Puskas y Gento. De azul, porque el sorteo le ha dado como visitante.
Benfica: Costa Pereira; Joao, Germano, Angelo; Cavem, Cruz; Jose Augusto, Eusebio, Aguas, Coluna y Simoes.

Tras unos minutos de tanteo, el Benfica, que tenía vocación atacante, trata de echársele encima al Madrid. Coluna, un medio cerebral, mozambiqueño como Eusebio, dirige la maniobra. Eusebio se mueve entre la media y el ataque, amenazando con su velocidad y disparo, terribles. Di Stéfano se preocupa y baja a la media.

La cosa se pone bien para el Madrid en el 18, cuando Del Sol corta un balón cerca del área del Madrid, entrega a Di Stéfano y este lanza a Puskas, que está en el círculo central. El húngaro corre 40 metros y al llegar al área cruza con precisión. 0-1. En el 23, otra vez Puskas: recibe de Del Sol y suelta desde 30 metros un cañonazo inalcanzable para Costa Pereira. 0-2.

Parece que va ser fácil, pero en el 25 Pachín le hace falta a Eusebio. El Benfica trae una jugada del laboratorio de Guttman: en lugar de chutar directo, Coluna toca hacia a Eusebio que está a dos metros, a su misma altura. Así puede tirar con mejor ángulo. Hoy una simpleza, entonces todavía un invento. El tiro de Eusebio, tremendo, pega en la cepa del palo y el rebote lo mete Aguas. 1-2. En el 34, ataque del Benfica, una mano de Eusebio que Horn no ve y el balón llega a Cavem, que desde fuera del área lo coloca en la escuadra. 2-2. En el 37, réplica de Puskas, que recoge un balón suelto tras ataque de Tejada, Felo y Del Sol: 2-3. Todavía hay un cabezazo de Tejada al larguero poco antes de ir al vestuario.

En el descanso, Marquitos, que se ha quedado sin jugar, está preocupado. Aunque era un tipo cargado de moral, comenta con Pachín: “Esta final la vamos a perder”. El Madrid está por delante en el marcador, pero también en la fatiga. El Benfica es más joven y se está notando. En el 51 vuelve a igualar, con un tiro de lejos de Coluna: 3-3. En ese momento decisivo, Casado sufre un tirón en la ingle. Tendrá que irse arriba, como figura decorativa, mientras Felo se coloca de lateral. Y peor: en el 63 Eusebio se va por la derecha con velocidad y al llegar al lateral del área es derribado por Pachín. La falta es al borde del área, pero fuera, sigue defendiendo Pachín al cabo de los años. Horn la señala dentro. Eusebio convierte el penalti en el 4-3.

Ahora el Madrid está por detrás, tiene que tomar la iniciativa por primera vez en el partido, pero se le ve lento y está prácticamente con diez. En el 68, la puntilla. Una mano de Santamaría cerca del área, otra vez el saque corto de Coluna para Eusebio y cañonazo de este. Es el 3-5. Araquistain ha encajado tres goles desde fuera del área que pesarán en su carrera futura. Le cargarán fama de miope: “Luego fuimos al Mundial de Chile y el oculista me hizo pasar una revisión especial, de tanto que se comentó. Me dijo que tenía la vista mejor que ninguno”, me cuenta. “Tiró Cavem desde el borde del área a la escuadra. Coluna me pilló tapado. El de Eusebio, rozó en Di Stéfano, me pasó como a Buffon con Casemiro. Pero el fútbol es así, y me quedó esa leyenda”.

El Madrid tiene un arrebato final. Di Stéfano pega una arrancada de rabia, entra en el área rodeado de tres defensas y es zancadilleado por detrás. Horn no da el penalti. El enfado del Madrid es monumental. Aún hay tiempo para un cañonazo de Gento y paradón de Costa Pereira, pero nada más.

Eusebio es alzado a hombros. Le ha pedido la camiseta a Di Stéfano, que lleva estrujada bajo la parte delantera del calzón, por miedo a perderla o a que se la roben.

Por primera vez, el Madrid ha perdido una final. Tiene argumentos de defensa: el palo de Tejada, la lesión de Casado y el arbitraje, quizá influido por las palabras previas de Guttman. De hecho, Di Stéfano estuvo hasta el fin de sus días mucho más enfado con Horn que con Ellis o Leafe: “Tiempo después estaba yo con Osterreicher cuando le vimos. Quiso que le saludáramos, yo me negué”, cuenta en sus memorias.

Pero la apreciación general, en la prensa de fuera y de dentro de España, fue que el Benfica ganó por su ventaja en salud y energía. Llevó el partido de su mano.

El gran Madrid se iba apagando. Aquella noche casi se salva por la excelencia de Puskas y por lo que quedaba de Di Stéfano, pero aquello anunciaba el Ocaso de los Dioses. Dos años después, aún llegarían a otra final, ante el Inter, otro equipo joven. También la perdieron. En realidad, la llevaban perdida desde Ámsterdam.

Archivado en Deportes

jueves, 01 junio 2017

Por Alfredo Relaño

De Mateos y Puskas a Isco y Bale

1495989564_572255_1495990453_noticia_normal_recorte1

Las discusiones sobre si Bale o Isco en Cardiff me recuerdan el caso de la cuarta final madridista, con Puskas y Mateos. Aquello le costó el puesto al entrenador, Carniglia.


Puskas había llegado a principios de esa temporada, después de año y medio parado. La irrupción de los tanques de Kruschev en Budapest, a finales del 56, le pilló fuera de Hungría, en viaje de Copa de Europa con el Honved. Decidió no regresar, como sus compañeros Kocsis y Czibor. La FIFA les suspendió por año y medio. El verano del 58, cumplida la sanción, los tres ficharon en España, que abría los brazos a los exiliados del comunismo. Puskas, por el Madrid; Kocsis y Czibor, por el Barça. A los tres se les nacionalizó españoles, como a Kubala siete años atrás.

El argentino Carniglia era el entrenador del Madrid. En su primera temporada había ganado Liga y Copa de Europa, ese doblete que el Madrid ahora quiere repetir. No veía lo de Puskas, que ya tenía 31 años. Aunque le avalaban 83 goles en 84 partidos con Hungría, cargaba con 12 kilos de más. Pero Bernabéu pensaba de otra manera y lo fichó. El encargado de comunicárselo a Carniglia fue Antonio Calderón, el gerente:

—Don Santiago me pide que le comunique que ya hemos fichado a Puskas.

—¿Ah, sí? ¿Y qué hacemos con la barriga?

—La barriga se la quita usted, que está para eso.

El fichaje fue visto con recelo por la plantilla, particularmente por Mateos, que se olía que perdería el puesto. Mateos, madrileño, era un delantero listo, entusiasta y trabajador. En Raúl se han podido reconocer muchas de sus virtudes. El grupo le quería mucho. Le llamaban Mateítos y Fifirichi. Entró con 19 años, ahora tenía 24.

Di Stéfano no decía nada. Todos esperaban con ansia su veredicto tras el primer entrenamiento. Y cuando acabó, Di Stéfano sentenció:


—Este Pancho maneja la bola con la zurda mejor que yo con la mano. Nos conviene.

Puskas adelgazó, en lo posible, y fue titular. En la Liga marcó 21 goles en 24 partidos. La delantera-tipo de aquel curso aún resuena como la más lujosa de la historia del club: Kopa, Rial, Di Stéfano, Puskas y Gento. Pero el Madrid no ganó esa Liga: quedó a cuatro puntos del Barça de HH. En la Champions eliminó a Besiktas, Wiener y Atlético de Madrid, ya en semifinal. Puskas no jugó la vuelta, en el Metropolitano, pero sí el desempate, en Zaragoza, resuelto precisamente con un gol suyo.

La final era en Stuttgart, el 3 de junio del 59. Frente al Stade de Reims, el mismo rival de la primera, sólo que ahora Kopa, su estrella entonces, estaba del lado del Madrid.

Pero el que no iba a estar era Puskas. Viajó con una pequeña molestia, que fue sólo parte de la justificación. Otra parte fue que podría poner en contra del Madrid al público alemán, porque tras la final del Mundial 54, Alemania 3, Hungría 2, había acusado a los alemanes de doping. Además, su padre había cambiado su apellido, Purczel, alemán, por el de Puskas, magiar, en el contexto de las iniciativas de magiarización lanzadas por el Almirante Horthy, regente de Hungría tras la caída el Imperio Austrohúngaro. El jugador ya nació como Puskas, pero la historia familiar hizo que en Alemania le consideraran un renegado, o al menos hijo de renegado. Todo eso, claro, salió a relucir en Alemania tras sus acusaciones de doping.

Pero algo más había, y se trasluce en un párrafo de Lorenzo López Sancho en su previa de ABC: </CF>Puskas se quedará en la grada y eso satisfará no solamente a la mayoría del equipo, que le reprocha sus inhibiciones recientes en Sevilla y Bilbao, sino que dará mayor conjunto y funcionamiento más uniforme”. Se trasluce que su integración aún no estaba lograda.

Jugaron: Domínguez; Marquitos, Santamaría, Zárraga; Santisteban, Ruiz; Kopa, Mateos, Di Stéfano, Rial y Gento. Mateos no cabía en sí de felicidad. Terminaba contrato, aspiraba a una buena renovación. Era su gran oportunidad.

Y salió como una moto: a los dos minutos, se coló por la izquierda y cruzó el balón con el exterior, ante la salida de Colonna. Gol magnífico: 1-0. En el 15, Jonquet le voltea en el área: penalti. Di Stéfano lo va a tirar, pero Mateos le ruega: “Déjame, Alfredo. Con dos goles en una final pido cuatro años y pillo el homenaje”. (Diez años comportaban partido de homenaje, costumbre ya perdida). Di Stéfano accede de mala gana: “Tirá fuerte. Mirá que Colonna es un gato”. “Sí, Alfredo”. Mateos tiró a media altura, no tan fuerte, a la derecha de Colonna, y éste se la agarró. Bernabéu resopló en el campo. Encima, en el 32 quedó inútil Kopa, por una entrada que le estropeó la rodilla. Siguió en el campo, pero sobre una pierna. Inservible. El Stade se creció. Al descanso se llegó 1-0, pero con malas caras en el grupo.

En el descanso bajó Antonio Calderón al vestuario, obviamente enviado por Bernabéu, a pedirle cuentas a Carniglia. “¿Por qué tiró el penalti Mateos?”, le insistía con malos modos. Carniglia se defendía como podía, argumentando que como se le habían hecho a él… Una y otra vez se repetía la pregunta, cada vez en peor tono, y la respuesta, cada vez más acobardada. Lo que latía ahí, estaba claro, era la ausencia de Puskas, que entre otras cosas era un casi infalible lanzador de penaltis. Di Stéfano, que estaba en el lavabo con las manos metidas en agua fría (siempre lo hacía, se le hinchaban) decidió intervenir. Salió del baño y se encaró con Calderón:

—¿Usted no es el gerente? ¡Pues váyase a vender entradas! ¡Acá dentro sabemos lo que tenemos que hacer!

El mal humor con que salió tras el descanso lo pagó el Stade, al que marcó un gol a los dos minutos. 2-0. Todo hecho. El Madrid ganó la cuarta, pero quedaron malas caras.

Carniglia perdió el puesto. Junto al nuevo entrenador, Fleitas Solich, Bernabéu fichó a Didí, interior derecho de la Brasil campeona del mundo, con lo que a Mateos se le puso más difícil que nunca jugar. A los dos años se fue al Sevilla. Completó su carrera en el Betis, el Recreativo y el Torrelavega.

Puskas sí jugaría la final del año siguiente, la del 7-3, en la que marcaría cuatro goles. Y tres en la del 62, que el Madrid perdió 5-3. Se fue del club con 39 años cumplidos, después de 261 partidos y 236 goles.

Archivado en Deportes

jueves, 25 mayo 2017

Por Alfredo Relaño

El Málaga tentó a Puskas, pero...

Moreno de Luna fue un gran presidente del Málaga. Personaje de ímpetu, alcalde de Fuengirola, presidente del Sindicato de Hostelería, uno de los impulsores, en aquel tiempo, de la emergente industria turística española. Uno más de los admiradores de Bernabéu en aquella época, copió cosas de él. Intentó, y casi lo consigue, que Puskas se retirara en el Málaga, ya con los cuarenta cumplidos.


Moreno de Luna llegó al club en enero de 1963. Entonces el Málaga estaba en Primera, pero en dificultades. Tantas, que se le fue irremediablemente a Segunda, y con un fuerte déficit. Buscó la solución en el Madrid. Tenía un jugador estrella, Alberto Suárez, conocido futbolísticamente como Pipi. Al Madrid le interesaba. Era un buen interior de ataque, que en aquellos años de reciente prohibición de fichajes de extranjeros (que duraría de 1962 a 1973, el año en que vino Cruyff) era de lo mejor que ofrecía el mercado. Podía hacer pareja con Amancio, si este jugaba de extremo, o ser un buen reemplazo de él como media punta. Visto con perspectiva, Moreno de Luna hizo una buena operación. A cambio de Pipi le sacó al Madrid un millón de pesetas, más las cesiones de los extremos Rovira y Otiñano y el interior Velázquez. Luego, ante una serie de bajas en la defensa, también fue Antonio Ruiz, medio defensivo o central.


Moreno de Luna contrató también como entrenador a José María Zárraga, cinco veces campeón de la Copa de Europa con el Madrid de Di Stéfano. El presidente malaguista esperaba de él que trasladara al Málaga el espíritu Real Madrid. Zárraga recogió un equipo descendido, a reconstruir y sin su gran estrella, Pipi. Pero supo organizar un buen equipo, primero como entrenador, luego como secretario técnico. A final de temporada se dio el gusto de ganar el trofeo Costa del Sol, precisamente ante el Madrid, que acudió como parte de la operación Pipi. Un año más tarde, el Málaga estaba de vuelta en Primera, movido sobre todo por Velázquez, llamado a hacer pronto una larga y exitosa carrera en el Madrid. Y fueron saliendo buenos jugadores de la cantera, según la política que en esos años emprendieron mano a mano Moreno de Luna y Zárraga. De aquella siembra salieron los Aragón, Benítez, Berruezo (malogrado cuando, una vez traspasado al Sevilla, falleció por un paro cardiaco en Pasarón), Monreal, Jorge, Espejo, Conejo... Aquellos fueron los ye-yés del Málaga. Siempre en la senda de Bernabéu, Moreno de Luna creó una sección de baloncesto, dirigida por Miguel Queipo de Llano, antecedente del actual Unicaja Málaga.


Mientras, al Madrid lo de Pipi le había salido regular. Jugaba poco. El ala derecha del ataque se había consolidado con Serena (un ye-yé de la cantera) y Amancio. Además, a Bernabéu aquel apodo de Pipi, no le parecía serio. En la 64-65, además, llegó al Madrid un tal Pirri, procedente del Granada. Pipi y Pirri en una alineación se prestaba a bromas, más en una época en la que fue célebre una pareja de gemelas, actrices-bailarinas llamadas Pili y Mili. Bernabéu presionó a los periódicos para que les llamaran Suárez y Martínez, y así aparecen en algunas alineaciones de aquel curso. Pero la inercia se impuso. Eran Pipi y Pirri y así se les siguió conociendo. Pipi siempre sospechó que aquella coincidencia le perjudicó. Acabó por ser traspasado al Sevilla. Pirri resultó inamovible, con su apodo y todo.


Por su parte, Puskas envejecía y engordaba. Aquel año ya había pasado los 38. Di Stéfano se había ido al Español, donde agotaría sus dos últimos años. Puskas, por pura clase, cada día más gordo y metiéndose cada vez más arriba, sobrevivió como titular durante media campaña 64-65, hasta que Velázquez, regresado ya de Málaga, se quedó con su diez, en una delantera formada por Serena, Amancio, Grosso, él y Gento. Pirri se instaló como medio, junto a Zoco. Había equipo para años. Puskas sólo jugó en esa Liga 18 partidos, en los que dejó 11 goles.


El curso siguiente, que empezó con 38 y acabó con 39, ya fue suplente. Ocho partidos y cuatro goles en Liga. Su canto del cisne fue en septiembre de 1965, ante el Feyenoord, antes del boom holandés. Faltaron Amancio y Velázquez, jugó él y marcó cuatro goles. Estaba muy gordo, pero mantenía una precisión para el tiro con la izquierda que no se ha vuelto a ver. Luego regresó a la suplencia. Fue ejemplar. Jugó los amistosos de los jueves, en los que el Madrid solía recibir a equipos de Segunda de ida o vuelta por España para mantener en forma a los reservas, recuperar lesionados y foguear promesas.


Aquel año los ye-yés ganaron la Copa de Europa, en Bruselas, al Partizán. Él viajó como suplente. Decidió retirarse, el mismo verano que lo hizo Di Stéfano, tras dos temporadas en el Español. Ambos se acercaban ya a los 40. Entonces fue cuando acudió a él Moreno de Luna, con su oferta para el Málaga, que acababa de bajar, tras ser el cuarto por la cola y perder la promoción con el Granada. No había hecho mal campeonato, pero le había faltado gol. Con 24 en 30 partidos, había sido el equipo menos goleador de la categoría. Y Moreno de Luna pensó en Puskas.
Puskas quería manejar directamente su negocio, una fábrica de salchichas que cuadraba con su cada vez más oronda figura. Y no le hacía gracia jugar en Segunda. Con todo, por complacer a Zárraga, su viejo compañero del Madrid, fue a entrenar unos días. Benítez, jugador de la época, recuerda aquello:


-Vino, se desvistió y le vimos tal barriga que nos reímos. Él nos dijo: "¿Qué, hijoputas?", porque era muy taquero: "¿Os reís del comandante?". Había sido comandante del Ejército húngaro. "Pues ahí fuera nos vemos". Salimos y nos desafió a tirar desde fuera del área al larguero. Tiró cinco y pegó las cinco. De nosotros, el que más, pegó una. Se reía: "¿Y ahora, qué, hijoputas?". Lo pasamos formidable.


No se decidió. Lo más que consiguió Moreno de Luna fue que, ya en febrero, aceptara jugar un amistoso contra el Odense. La Rosaleda se llenó. La delantera la formaron Aragón, Valenzuela, Pepillo, Puskas y Cabrera. Pepillo había estado unos años en el Madrid como suplente de Di Stéfano. Aragón es el padre de este otro Aragón que le dio una Supercopa al Madrid con un golazo de lejos y luego triunfó en el Zaragoza. Siempre Madrid y Málaga entrelazados.


Demasiado mayor, demasiado gordo, demasiado estático. Cazó dos zambombazos desde fuera del área que se escaparon junto al palo. Eso fue todo. En el fondo, según me contó años después, lo prefirió. Había accedido ante la insistencia de Zárraga y Moreno de Luna, pero aquello no tenía sentido. "Menos mal que no metí gol. Si lo meto, igual me dejo convencer".
Y aun sin Puskas, el Málaga regresó a Primera aquella temporada. Tenía realmente un buen equipo.

Archivado en Deportes

sábado, 20 mayo 2017

Por Alfredo Relaño

Pasando frío en Qatar a 41 grados

Relano

La curiosidad y una invitación oficial me llevaron a Qatar, a presenciar la final de la Copa del Emir. El partido tenía un algo de especial, porque se trataba del estreno del primero de los campos del mundial qatarí ya terminado. Ocupa el espacio de un campo antiguo, pero no puede hablarse de remodelación, sino de campo nuevo en todo su concepto. Una maravilla, por cierto. Esa circunstancia hizo que acudiera al partido el propio Infantino.

Y también había algo entrañable para mí en el partido: enfrentaba al equipo de Xavi, el Al Assad, con el de Sergio García, el Al Rayyan. Con los dos pudimos conversar un largo rato Alejandro Elortegui, que me acompañó en el viaje, y yo. Sergio García, que ha jugado de maravilla aquí, se despedía con este partido. Regresa a España, al Espanyol. Se le ha visto aquí, y se ha visto él mismo, en condiciones sobradamente competitivas como para batirse de nuevo en una Liga del más alto nivel. En cuanto a Xavi, seguirá aquí. Está feliz, tiene junto a sí a toda la familia y hace más cosas que jugar, como bien contó hace dos días en una entrevista con Aritz Gabilondo. Es un personaje muy considerado en el país, como pude comprobar. Y sigue al día el desarrollo de las cosas en España. Las conoce al dedillo, según pude comprobar.

Uno de los reclamos del partido era comprobar ese milagro anunciado de la refrigeración integral del campo. Para estas fechas ya hace mucho calor aquí. Por la mañana, como a las once, nos llevaron a ver un centro de mezcla, generación y tratamiento de distintas modalidades de césped. La visita tuvo interés, porque entre otras cosas habla del ahínco con el que está gente pelea cada detalle por hacer un gran mundial, pero la hicimos a 45 grados. Sólo una vez recuerdo haber pasado tanto calor, en Écija, donde fui a ver una de las últimas corridas de Manolo Vázquez.

El partido se jugaba a las siete. A esa hora estábamos a 41 grados. Al final, a 38. Pero dentro del campo la temperatura era de 19. Estupenda para jugar, pero demasiado fría para presenciarlo. Felizmente llevamos una chaqueta, prevenidos como estábamos por Sergio García, que había entrenado la víspera.

El prodigio se logra haciendo circular bajo el estadio una enorme masa de agua muy fría (agua de desaladora, enfriada en una descomunal instalación a un kilómetro de distancia), que a su vez refresca un aire comprimido que sale proyectado hacia un par de centenares de toberas, alineadas en zonas altas, medias y bajas del campo, que lo expelen hacia el interior. La sensación, en nuestros asientos del palco, era la de recibir una continua brisa fresca, algo así como ver un partido junto al Cantábrico, ponga El Molinón o El Sardinero, ya a primeros de octubre.

Un prodigio de la tecnología, en fin. En el descanso, el presidente del comité organizador de Qatar 2022, un hombre joven que habla español con acento de Chamberí (hijo de diplomático pasó algunos años de su adolescencia en Madrid), estaba eufórico. En un corro con Ramón Calderón, que nos lo presentó, presumía lo suyo. "Nadie pensaba que esto iba en serio, y ya lo veis...". Y tanto que lo vimos.

El partido fue grato. La inauguración, sencilla y bonita, sin ese aire pretencioso y excesivo que solemos gastar últimamente por aquí. Ganaron por 2-1 los de Xavi, con un gran pase suyo, ya en el 89', a un tal Hamroun, extremo bullicioso. Me alegré por Xavi tanto como lo sentí por Sergio. Fue un gusto ver de nuevo jugar a Xavi, que mantiene ese control del balón, los compañeros y el juego. Le colocan más arriba, liberado de compromisos defensivos, y el juego se activa cuando el balón le llega. Sergio a su vez es la megaestrella de su equipo, el delantero brillante, pero a este partido llegó con dolor de abductores y se le notó. "Jugaré porque es la final y mi último día, pero en otras condiciones no jugaría", nos dijo por la mañana.

El nivel no es bueno, ni táctica ni técnicamente. Calderón comentaba atinadamente al final: "Jugar bien el fútbol es muy difícil. Por eso ganan tanto los pocos que juegan de verdad bien".

Salimos, hay que decirlo, con alivio. No porque nos hubiera aburrido el partido, que no, sino porque los 37 grados de la calle se agradecían. Fuimos andando al hotel, que estaba muy cerca, y aún estuvimos un cuarto de hora fuera, "tomando el calorcito", antes de someternos al aire acondicionado del interior, más moderado, hay que decirlo, que el del estadio. Sólo entramos una vez repuestos.

Cenamos con Iván Bravo, un español que dirige la Academia Aspire, organización estatal creada para elevar el nivel del deporte qatarí. Entre otras misiones, la principal es conseguir un equipo competitivo para su mundial. Esa misma noche volaba a Barcelona,  donde la Cultural, que apadrina Aspire y tiene dos promesas qatarís, jugaba el partido de ida con el Barça B del play off de ascenso a Segunda. En Bélgica ya tienen un equipo, el Euden, en Primera. Se trata de ir abriendo espacios para que sus futbolistas más prometedores se vayan haciendo. Todo con tiempo por delante y buena programación.

Mientras, la legislación laboral. Que estaba permitiendo a las grandes constructoras del mundo abusar de mano de obra inmigrante y barata (nepalís sobre todo) se va suavizando. Un beneficio más del fútbol, cuya universalidad mueve flujos de pensamiento y estímulo, no sólo bandas de feroces ultras, como algunos pretenden creer.

Regresé a España convencido, de nuevo, de que esta gente va en serio, de que quiere hacer las cosas bien. De que habrá un buen mundial. Y como será a finales del otoño, no hará falta darle tanta leña al aire acondicionado porque en eso, caray, se pasaron. La euforia del estreno.

Archivado en

© DIARIO AS, S.L. - Valentín Beato, 44 - 28037 Madrid [España] - Tel. 91 375 25 00