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El blog de Pipo lópez

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martes, 03 mayo 2016

Por Alfredo Relaño

Leicester. Más allá del 'cholismo'

Lo que tenía que pasar, pasó: el Leicester ganó Premier League. El desenlace, ya saben, llegó por el empate, vía Hazard, del Chelsea ante el Tottenham. Lo siento por Pocchettino, que va para entrenador grande, si no lo es ya. Pero lo celebro por el Leicester y lo que supone esa rebelión del modesto en una Premier que no contaba con él.

 

Leicester está asociada a mi imaginario infantil, porque durante una larga gripe, de las de entonces, leí las aventuras (en cuarenta capítulos, ahí es nada) de Dick Turpin, que siempre andaba por allí. Con el tiempo he sabido que en realidad era un bandolero más bien cutre, pero el relato que leí le presentaba como un héroe en defensa de los derechos dinásticos de Carlos Estuardo frente a la casa de Hannover. Unas bellas aventuras de cabalgatas, disparos e ideal romántico.

 

Muchos años más tarde conocí a mi entrañable Michael Robinson, que resultó ser nacido en Leicester ("aunque me sacaron de allí cuando yo todavía era un huevo") que me aclaró que no se pronunciaba 'leichester', como yo estaba convencido, sino 'leister', descubrimiento que no me entusiasmó.

 

Esta irresistible ascensión del Leicester (leister, qué le vamos a hacer) al título ha servido para que nos reencontremos. Y para que hablemos de su padre, el hombre por el que en mi vida más he lamentado no hablar inglés. Papá Robinson es de Leicester e hincha del equipo, y ha tenido que esperar a los 92 años para ver a su equipo campeón. Parte del tiempo de espera lo invirtió, antes de en la grata tarea de formar una familia con el pequeño Mike dentro, en luchar en la II Guerra Mundial. Fue comando en suelo europeo, enlace y combatiente tras las líneas enemigas, saboteador de instalaciones nazis y pieza de riesgo en la gran operación del desembarco.

 

Sólo una vez hablé con él, con  su hijo de intérprete. Pero no hay vez que vea a Robinson que no le pregunte por 'el viejo luchador antifascista'. Robin me habla siempre con orgullo de él. Últimamente compartíamos la ilusión porque su padre cumpliera el deseo de ver al Leicester campeón. Ya lo tiene. Después de ayudar al Continente de liberarse de la barbarie nazi no merecía menos.

 

Ha sido un milagro, pienso. Un milagro continuado. El Leicester fue líder en la jornada trece. Una chiripa, pensamos todos. Lo perdió una jornada, lo recuperó en la quince, lo mantuvo hasta la diecinueve, lo recuperó en la veintitrés y ya no lo soltó.

 

Trasladado a España, es como si un Getafe o un Granada, equipos fabricados para no descender, ganaran la Liga. Es verdad que no hay tanto salto en presupuesto con los grandes allá como acá, pero aun así este título era inconcebible. De hecho, en las apuestas se pagaba cinco mil a uno o más. Dice Robin que se cotizaba algo así como el hallazgo del monstruo del Lago Ness o la confirmación de que Elvis está vivo. Como hay de todo, 47 audaces apostaron por ello. Veintitrés se echaron para atrás sobre la marcha y pactaron un cobro honorable. El resto ha seguido provocando un notable descalabro en las casas de apuestas.

 

¿Qué ha pasado aquí? Primero, que jugadores que andan por ahí abajo no son tan malos, sino que no han tenido una buena oportunidad. Como el célebre Vardy, que llegó a la Premier ya en la treintena porque el Leicester no tenía dinero para nada mejor, hay varios. Un equipo hecho de gente venida de abajo y con un entrenador veterano y barato, Ranieri, que nunca ganó una Liga en un país grande. Un diseño para no descender. Ranieri hizo un equipo prudente (o sea, cerrojero) fiando el gol a unas pocas salidas veloces en busca de Vardy. Entre eso, la ingenuidad táctica general de la Premier y un punto de suerte, el Leicester cogió la cabeza. Luego, y ese es el mérito, esos chicos creyeron en sí mismos, y hasta en ocasiones fueron capaces de jugar bien cuando el de enfrente les esperaba.

 

Así, partido a partido, han ganado la Liga. Han colocado una frontera más allá del 'cholismo'. Simeone, al fin y al cabo, cuenta con una plantilla de internacionales. Su mérito es rebelarse contra el tercer puesto en LaLiga que el escalafón le asigna. Pero lo del Leicester es un salto del último puesto de la parrilla al primero del podio.

 

Las rarezas del fútbol. En ese equipo jugó Gordon Banks, 'El Chino', aquel portero que ganó el Mundial 66 con Inglaterra y que cuatro años más tarde le hizo a Pelé una parada eterna en México. También jugaron allí Peter Shilton, tantos años internacional inglés, y Gary Lineker. Pero ha tenido que venir un grupo de desconocidos jornaleros del fútbol, con un entrenador medio pasado de fecha a la cabeza, para que el club del padre de mi amigo Robinson ganara por fin el título.

 

Benditos sean los designios inescrutables del fútbol.

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miércoles, 27 abril 2016

Por Alfredo Relaño

El primer viaje del Real Madrid a Manchester

Los ingleses no se inscribieron en la primera Copa de Europa, cuya final ganó el Madrid al Stade de Reims 3-4, en París. Prefirieron esperar. A la segunda, la 56-57, ya enviaron al Manchester United, su campeón de Liga. Un equipo joven, que apodaron los Busby Babes,los chicos de Busby, por Matt Busby, su manager escocés.

Llegó a semifinales tras deshacerse del Anderlecht, el Borussia de Dortmund y, ya en cuartos, del Athletic de Bilbao. (España tenía dos participantes, el Athletic, campeón de Liga, y el Madrid, campeón de Europa). Aquella eliminatoria fue de gran impacto. El Athletic, que acababa de eliminar al Honved de Puskas, Bozsik, Kocsis, Czibor y demás, ganó en San Mamés 5-3, con el campo nevado. Pero en la vuelta perdió 3-0 ante un Manchester perfecto.

La semifinal enfrentó al Madrid y al Manchester. Campeón de Europa contra campeón de Inglaterra. Toda Europa atenta. La ida, en el Bernabéu, la gana el Madrid 3-1. Los mismos dos goles de ventaja que el Athletic. Toca viajar a Manchester a hacerlos valer.

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El partido de Old Trafford se fija para el jueves 25 de abril. El domingo anterior ha terminado la Liga, con el Madrid campeón. La última jornada recibe al Celta, ante el que se permite reservar a algunos titulares, aunque no así a Di Stéfano, que marca tres goles. Con ellos suma 31 y es Pichichi con once de ventaja sobre Murillo. No falló ni a un partido. Estaba en su zénit.

También el Manchester ha ganado su Liga.

El Madrid viaja el lunes, tras un madrugón. Incorpora al lateral Torres, cedido por el Zaragoza. Bernabéu era muy amigo del presidente del club, César Alierta (padre del actual mandamás de Telefónica), y obtuvo esa cesión. El titular, Atienza, estaba lesionado; el suplente, Becerril, convencía poco. En Inglaterra se criticó la maniobra. La prensa británica motejó a Torres de jugador-taxi.

El Madrid voló a Londres y de ahí fue en autocar a Manchester. La idea era presenciar el Manchester United-Burnley de la noche. Pero por retraso del vuelo, llegaron a la media hora de juego. Se provocó un revuelo terrible. En Inglaterra ya estaba extendido el fenómeno fan (de ahí tomamos la palabra, apócope de fanatics) y a los madridistas se los comieron en la grada pidiéndoles autógrafos, costumbre que aquí no existía aún. Sobre todo a Di Stéfano, que nunca fue un prodigio de paciencia para estos casos.

El espionaje resultó fallido, porque el United jugó con ocho suplentes. Al salir del campo, el autobús del Madrid se vio rodeado de una multitud, que les hacía gestos de cinco (goles) con la mano o de pulgares hacia abajo. Costó salir del tumulto.

La mañana siguiente, Bernabéu recibió en el hotel a un numeroso grupo de periodistas ingleses ante los que se quejó suavemente. Dijo que el Madrid había hecho ya varias salidas por Europa y nunca le había pasado eso. Estaba recibiendo explicaciones cuando de la calle llegó una noticia que lo empeoró todo. El hotel estaba en el centro de Manchester y a Di Stéfano se le había ocurrido salir a comprarse una gabardina. Se vio asaltado por solicitantes de autógrafos y fotógrafos de prensa. Acabó por tirar al suelo un lápiz y un papel, que resultaron ser de un chiquillo de trece años que se echó a llorar.

Varios testigos entraron al hotel a contarlo. Ahora fue Bernabéu el que tuvo que dar explicaciones, e incluso invitó al niño, de nombre John Donoue, al entrenamiento. Y así fue. El niño fue al entrenamiento de la tarde, Di Stéfano le pidió disculpas y hasta le firmó su autógrafo.

El miércoles se organizó en la cámara de comercio un coloquio sobre el fútbol y la Copa de Europa, precedido de la proyección del partido de ida. Volvieron las discusiones sobre si el gol del Manchester en Madrid había traspasado o no la raya antes de que lo atrapara Alonso. Cada cual lo vio a su manera. El Madrid ya no entrenó. Hubo salida a comprar cortes de traje (Rial se hizo nada menos que con siete) pero todos en grupo, y discretamente escoltados por agentes de Scotland Yard.

Y el jueves, el mismo día del partido, el alcalde de Manchester invitó a un almuerzo a la prensa inglesa y española, en busca de conciliación.

En Madrid se seguían esas vísperas al detalle. La mejor noticia es que hace “un sol cordobés”, según expresión del entrenador blanco, José Villalonga, cordobés él mismo. Nada de frío ni niebla. Eso debe favorecer el juego técnico del Madrid, frente al más enérgico de los ingleses. Faltos de televisión, el partido será radiado para España por Matías Prats. Marca inserta un gran anuncio sobre la transmisión, gentileza de González Byass, Lambretta, Otsein y Profidén, según se hace constar.

Por fin llega el partido. Las entradas de diez chelines se han pagado a cinco libras, veinte veces más. En Madrid, muchos hinchas se dan cita para escuchar el partido por radio en tiendas del ramo. En aquel tiempo, no todo el mundo podía permitirse una en casa. De hecho, esos partidos del Madrid por Europa fomentaron mucho su venta.

El Madrid sale con: Alonso; Torres (el jugador-taxi), Marquitos, Lesmes; Muñoz, Zárraga; Kopa, Mateos, Di Stéfano, Rial y Gento. Es su mejor ataque. Su atrevimiento se contrastará después con la cobardía de Daucik no mucho antes, cuando alteró la delantera del Athletic para sacar al defensa Etura de falso interior.

El Manchester sale con los mismos del Bernabéu, salvo Viollet, estupendo interior izquierdo al que sustituye un chico de diecisiete años llamado Bobby Charlton.

Los equipos saltan en un ambiente que Matías Prats describe como “infernal”. Con cada entrada se ha dado un megáfono de cartón, pero más que ellos suenan las carracas, desconocidas en España entonces, y que luego tuvieron un uso ocasional.

La primera carga del Manchester es tremenda, pero pronto Di Stéfano, que se echa atrás, coge el hilo. De él arrancan los dos goles del Madrid: en el minuto 25, obra de Kopa, y en el 33, cabezazo de Rial. O sea, 0-2, 1-5 en total. Di Stéfano ha callado las carracas.

Se reaniman cuando en el 52 Taylor marca en un barullo. Entonces cae sobre el área del Madrid todo el peso que un buen ataque inglés de aquellos años podía provocar. Allí se multiplican todos, pero sobre todo se agiganta Marquitos, emparejado con Taylor, el ídolo local. Con los años me contaría, con orgullo: “La prensa inglesa me proclamó el mejor central del mundo”. El 1-2 dura hasta el 85, cuando un cañonazo desde fuera del jovencísimo Charlton sacude la red y reaviva las carracas, pero ahí terminó todo. 2-2 y el Madrid sigue. Su primer tiempo queda enmarcado como algo imborrable.

“Fue la lucha del hacha contra la espada”, tituló el Daily Mirror.

Torres, el jugador taxi, regresó feliz. Jugó la final, que ganó el Madrid. Campeón de Europa en dos partidos. Y campeón inmediatamente de la Copa Latina, también con dos partidos. También jugó tres de Copa, donde el Madrid fue eliminado por el Barça. Luego no hubo acuerdo para su fichaje definitivo, y regresó al Zaragoza.

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miércoles, 20 abril 2016

Por Alfredo Relaño

Helenio Herrera va a Mestalla con Canito de 9

El Barça ganó en Basilea la Recopa de 1979, ante el Fortuna de Düsseldorf. José Luis Núñez había llegado a la presidencia un año antes prometiendo un Barça triomfant. Y, en efecto, aquello pareció el albor de una nueva gran época.

Para la temporada 79-80 incorporó un brillante fichaje, Alan Simonsen, danés del Borussia Moenchengladbach, Balón de Oro en 1977. También a Canito, excelente líbero del Español, y al cerebral interior Landáburu, entre otros.


Pero el hombre propone y Dios dispone. El curso empezó mal. Rifé, el entrenador de la Recopa, chocó con Heredia y forzó su salida. En noviembre fue traspasado al River Plate. Pero nada mejoró. Al final de la primera vuelta, el Barça era noveno y Rifé señaló a Krankl, héroe del curso anterior. En febrero se marchó al First de Viena. No traspasado, sólo cedido. Núñez no quería perderle definitivamente. Para compensar tanta baja en ataque, el Barça fichó a un imponente delantero del Vasco de Gama, Roberto Dinamita, cuya llegada causó un gran revuelo. Pero daría el petardazo.

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Mientras, se perdió la Supercopa de Europa ante el Nottingham, otra decepción. En la Recopa pasó dos eliminatorias fáciles y en la tercera le tocó el Valencia. Un gran Valencia, con Kempes y Bonhof como estrellas extranjeras y Di Stéfano en el banquillo.

El 5 de marzo, el Valencia gana 0-1 la ida en Barcelona y desencadena la crisis. Cae Rifé, sorprendido por la difusión de una charla telefónica con Alex Botines, de Radio Barcelona, en la que pone a caldo a Núñez. Rifé no sabía que le grababan. Núñez prohibió a Botines la entrada en las instalaciones del Barça, con el consiguiente revuelo.

Núñez hurgó entonces en la historia del Barça y fichó a Helenio Herrera, entrenador del club en las temporadas 58-59 y 59-60, con dos títulos de Liga, uno de Copa y una Copa de Ferias. Dos grandes años. Luego triunfó en el Inter. Pero había pasado el tiempo y ya no le iba tan bien. Del Inter había pasado al Roma y de ahí al humilde Rímini. Su llegada fue vista con escepticismo salvo por algunos antiguos devotos. Al tiempo, Núñez hizo gestiones para recuperar a Krankl, pero el First se agarró al contrato.

Helenio Herrera trata de animar el ambiente con buenas palabras. Se defiende de las pegas que le ponen por la edad (la Federación dudó si expenderle la licencia por un infarto reciente): “A mis 63 años no soy viejo. Ahí tienen a Tito, y también a Sandro Pertini, quien hacía el servicio militar cuando yo llevaba chupete y ahora es el presidente de la República Italiana”. Algún año se quitaba. En un cambio de papeles se hizo nacer cuatro años más tarde de lo que de verdad nació. Carrasco lo recuerda como un gran motivador, pero algo desgastado por los años: “Los jugadores notamos que a partir de treinta metros no veía”.

Tras comprobar que Krankl no volvía y que Roberto Dinamita no pitaba, tomó una decisión sorprendente: colocar al líbero Canito como delantero centro. Algunos lo vieron como la chaladura de un gagá. Otros, como una de las genialidades que le eran propias.

Canito, natural del pueblo ilerdense de Llavorsí, fue un jugador singular con una biografía tormentosa. Abandonado por la madre, se crió en un hospicio del que se escapó a los 14 años. Se formó en la calle. El fútbol le salvó… por un tiempo. El Español lo fichó del Lloret, lo cedió al Lleida y por fin lo incorporó. La mili le llevó a jugar una temporada en el Cádiz, hasta que regresó al Español, que siempre fue su amor. Enorme jugador, como medio, líbero o central. Con estatura, empaque, control, desplazamiento largo… Fue internacional con Kubala.

El Barça lo compró a cambio de Fortes, Amarillo y 35 millones. Cuando llegó Helenio Herrera, supo que en sus inicios había sido delantero centro, y de ahí que le buscara como solución. El estreno no fue bueno: el Barça perdió en Atocha 3-0 y quedó eliminado de la Copa en octavos (había ganado 2-1 en la ida, todavía con Rifé). Aún así, Helenio Herrera insistió con Canito de nueve en Burgos, donde empató 0-0.

Y con Canito como delantero centro acudió al encuentro de Valencia, donde se jugaba la temporada. Repetir título de Recopa hubiera compensado todo. El partido se jugó el día de San José, en plenas Fallas, con luz diurna. Se televisó en simultáneo con un Madrid-Celtic de Copa de Europa. Yo asistí al de Valencia y lo recuerdo trepidante: 1-0, 1-1, 1-2, 2-2, 3-2, 4-2 y 4-3. Canito marcó dos, el primero y el tercero del Barça, y la leyenda elevó con el tiempo la cifra a tres. Así creen recordarlo muchos culés. En todo caso, con dos goles cumplió y el fallo se produjo atrás. El Barça defendió mal, en una tarde particularmente infeliz de Olmo. Muchos opinaron que el Barça hubiera necesitado dos Canitos: uno en su sitio natural, el otro en el que no habían sabido defender ni Krankl ni Roberto Dinamita. Regresó encumbrado.

Pero el fulgor de Canito en el Barça acabó pronto. Un mes después jugaban en el Camp Nou el Barça y el Athletic. El partido estaba aburrido y el público malhumorado. En eso, el marcador simultáneo anunció gol del Español en Alicante. Canito lo celebró visiblemente. A la afición le sentó como un tiro y se le volvió todo en contra. Se comentaron sus salidas, su extravagante manera de apalear el dinero. Y se dijo, y aún se comenta, que jugaba con una camiseta del Español debajo de la del Barça. Carrasco me asegura que eso no es cierto, pero sí que era españolista radical.

Y al Español volvería, año y medio más tarde, junto a 65 millones, por Urruti. Pero chocó primero con Maguregui, luego con la directiva. Pasó al Betis, al Zaragoza... Siempre era lo mismo, chocaba con el entrenador, o con la directiva, o con ambas partes. Aquella infancia tremenda le pesó siempre, le hizo llevar una vida desbocada. Murió a los 44 años, víctima de sí mismo. Su hermana y los veteranos del Barça y el Español le estuvieron tirando cables hasta el último día.

Cese y repesca

Aquella Recopa la ganó el Valencia, ante el Arsenal. Helenio Herrera cesó a final de temporada, aunque quedó en el club como consejero. Hurgando de nuevo en el baúl de los recuerdos, Núñez dio el banquillo a Kubala, pero sólo le duró hasta noviembre. Una derrota ante el Colonia en Copa de la UEFA por 0-4 acabó con él. Entonces, qué lío, Núñez repescó a Helenio Herrera, que aparcó la coquetería y se puso gafas.

Consiguió la Copa de ese curso, ante el Sporting en el Calderón. Claro que para entonces, ya tenía resuelto el problema del nueve: ahora era Quini, fichado el verano anterior precisamente del Sporting de Gijón. Él marcó a los suyos dos de los tres goles del Barça en aquella final. Antes había sufrido aquel célebre secuestro, cuando el Barça iba lanzado en persecución del Atlético hacia la cabeza de la Liga, que acabaría siendo para la Real, con aquel gol de Zamora en El Molinón. Sin secuestro, quién sabe. Quizá Helenio Herrera hubiera conseguido un doblete otoñal.

La Copa no le alcanzó para seguir. Núñez contrató a Udo Lattek, cuyas peleas con Schuster serían legendarias. El Barça de aquellos años era un lío incesante.

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lunes, 18 abril 2016

Por Alfredo Relaño

Una jornada imponente en Valladolid

Este blog se llama ‘Me gusta el Fútbol’, por lo que algunos desavisados podrían pensar que dedicar este espacio al Rugby contravendría el título y el espíritu. Bueno, mirado literalmente, contravendría el título. Pero Fútbol y Rugby son ramas de un mismo tronco y no me siento mal por traer aquí mi experiencia de este fin de semana.

Me avisó Juan Mora:

-El fin de semana, la final del Rugby entre el Quesos Entrepinares y El Salvador va a llenar Zorrilla. Habrá veintitantos mil espectadores. ¿Te vienes conmigo?

Le dije que sí, que iría con él. Me asaltaron la memoria las mejores imágenes que recuerdo del Rugby. Los primeros partidos en TVE, cuando Carlos Piernavieja glosaba a “Williams, zaguero de Gales…”, que siempre desagobiaba a los suyos con una patada limpia desde la línea de veintidós. Carlos Piernavieja (internacional en cinco deportes, en aquellos años heroicos) fue el primer vate del rugby en nuestro país. Con él viví aquellas primeras emociones.


Rugby-2


Recuerdo haberle preguntado entonces a mi padre por qué el Rugby no había cuajado en España. Mi padre formó parte de aquella juventud de antes de la guerra que aspiraba a una España que superara el casticismo garbancero y que vio como buenas todas las influencias del deporte, aquella corriente que nos venía de fuera:

-Este es un país seco. Jugar al rugby en un país tan seco es muy duro.

En esos años, yo jugaba mucho al fútbol y andaba siempre raspado. Viendo a los jugadores del Cinco Naciones (hoy Seis Naciones por la, a mi juicio, aún no justificada presencia de Italia) rebozarse en el barro casi sentía envidia.

Tantos años después, este domingo disfruté de la apoteosis del Rugby en Valladolid. Los dos grandes equipos de España son de esa ciudad, en la que en cada familia hay algún tipo de nexo con uno de los dos equipos, cuya raíz está en sendos colegios de la ciudad. En Valladolid o eres ‘escocés’ (del VRAC, o Quesos Entrepinares) o eres de El Salvador. SilverStorm. Puedes no ser de ninguno, pero no es lo común.

 

Rugby-blog


A José Ignacio Tornadijo, cabeza de la SER Deportes, se le ocurrió hace poco más de un mes que la final de Copa, a la que llegaron ‘escoceses’ y ‘chamizos’, vallisoletanos todos, podría jugarse en el Nuevo Zorrilla, el gran estadio de fútbol de la ciudad. Lo soltó en su programa, animado por Fernando ‘Canas’, el gran prócer del Rugby en la ciudad. Entre ambos plantearon como un desafío llenar el anillo más bajo, unas diez mil localidades.

El alcalde, el socialista Óscar Puente, la cazó al vuelo y se puso al frente de la manifestación. Reclutó de inmediato a Pedro Sánchez para la causa, y luego se afanó en llevar al Rey. Envió a la Casa Real un par de misivas con respuestas frías (esto es un eufemismo), pero aprovechó la visita de la Reina Madre a Valladolid por la causa del Banco de Alimentos para darle la brasa. Así consiguió que acudiera el Rey al partido.


Desde que Alfonso XIII fue a un España-Italia en Montjuïc hasta el partido de Valladolid, ningún Rey de España había acudido a un partido de Rugby. Éste lo habrá agradecido, sin duda. Una estruendosa ovación saludó su presencia. Alguien, a mi lado, me comentó lo que todos estábamos pensando:

-¡Qué diferencia con su papelón en la final de fútbol, con el Barça y el Athletic!

Y, en efecto, qué diferencia. Pero no la única. Fue una pena que RTVE no diera el partido, no ya por la Monarquía, cuyas cuitas van por otro lado, sino por el valor que el Rugby supone en todos. He empezado por decir que el Fútbol y el Rugby son ramas de un mismo tronco. Es hora de decir que el Rugby ha conseguido ser el santuario de los valores deportivos que alumbró el Siglo XIX. A su alrededor, todos los deportes se han ido encanallando. El Rugby sigue fiel a unos principios que le hacen admirable.

Valladolid, sin ningún entrenamiento previo, fue testigo de eso. Todo el campo vendido, sin localidad asignada, y cada cual encontró su sitio. Silencio expectante en cada golpe de castigo o transformación. Moderada cuanto fiel animación a cada equipo cada vez que metió al otro en apuros, cosa que ocurrió pocas veces, en honor a la verdad. Felicitaciones al final, entre vencedores y vencidos, en una bella liturgia.

Mi padre ya no vive hace muchos años. Ahora tendría 103. Imposible. Pero le recordé, eché en falta que hubiera visto esa forma de estar en el deporte, que su (y mi) querido fútbol abandonaron hace tiempo. El masajista en el campo mientras se juega. El profundo respeto al árbitro. El afecto del público por el rival. Ese silencio ‘maestrante’ ante cada tiro a palos.

No fue un gran partido de Rugby, pero honró al Rugby.

Me desagradó, tengo que decirlo, el mamoneo del hiperdesarrollado palco. Estuve tras ‘ello’, en la cabina de la SER. Hacía más de diez minutos del final del descanso cuando todavía volvían a su asiento ‘estupendos y estupendas’ que habían ido allí a pintar la mona. Faltaban cinco minutos para el final cuando, con marcador apretado, ese mismo tipo de gente se iba marchando. En la Gloria estén.

Esfumados de una vez, asistimos, sin ellos, a un ritual magnífico. Felipe VI bajó y dio la Copa, ante una ciudad feliz, sin exageraciones. El lunes habría de amanecer con los problemas de siempre. El deporte no da soluciones, pero da alegrías. Tras el partido, las aficiones de uno y otro se mezclaron, como los dos equipos. Comieron judías con chorizo en las carpas aledañas, bebieron cerveza, que al Rugby viene a ser lo que el vino a la Misa. Se abrazaron, entre sí y con aficionados o jugadores de otras partes de España. Todos felices, porque el Rugby había vivido su mejor día en España.

Juan Mora y yo volvimos en un AVE. Petado, como el de ida. En el fondo de la tarde bullía la inquietud de lo que harían o dejarían de hacer el Atlético ante el Granada y el Barça ante el Valencia. Pero los dos, Juan y yo, teníamos la sensación de haber vivido algo diferente.

Y, si se me permite decirlo, superior.

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lunes, 11 abril 2016

Por Alfredo Relaño

Del ‘aquest any tampoc’ al espíritu Juanito

Leo en La Vanguardia un estupendo artículo de Sergi Pàmies en el que, en condición de viejo aficionado culé, llamaba a las nuevas generaciones, criadas en la victoria, para que lideraran el tránsito de aquí a final de temporada. En el artículo viene a decir que el culé ‘de toda la vida’ es fácil víctima del pesimismo y hasta del pánico. Y tiene razón. Motivos sufrió para ello. Aquello hasta se tradujo en una frase, la del ‘aquest any tampoc’, expresión pesimista con que los más salían del campo tras el Gamper de cada año. ‘Aquest any tampoc’, este año tampoco ganaremos la Liga. Así salían y muchos piensan que en realidad habían ido a eso: a alimentar su pesimismo. Y tenían razón. Casi nunca ganaban la Liga.

 

Pero este es otro tiempo. El Barça gana muchas más Ligas ya que nadie, incluido el Madrid, pisa fortísimo en Europa, tiene al jugador que por primera vez en la historia ha ganado cinco veces Balón de Oro (entre ellos el último) y al Balón de Bronce, además de una constelación de estrellas. Acaba de ganar cinco títulos de seis.

 

Pero ha ganado sólo por 2-1 al Atlético en la ida de cuartos de Champions y sólo saca tres puntos al Atlético y cuatro al Madrid (más el ‘goal average’ a ambos) amén de estar clasificado para la final de Copa y de repente se detecta un ataque de pesimismo.

 

Desde luego, el Madrid se daría con un canto en los dientes por estar como el Barça. Un 2-1 en casa suele bastar, estadísticamente, el 51% de las veces. Un 2-0 en la ida sólo es levantado en un 17 % de ocasiones. Respecto a la Liga, las apuestas pagan el título del Barça a 1,11, la del Madrid o el Atlético a 12,66. Respecto a la Copa, mejor ni hablar. El Madrid salió de ella con ignominia.

 

Sin embargo (escribo el lunes) entre los madridistas hay un estadio casi de euforia. Ni siquiera se habla mucho del ‘Espíritu de Juanito’, eso se considera para causas mayores. En el Bernbaéu se le ha llegado a levantar un 5-1 al Borussia de Mönchengladbach, lo del 2-0 del Wolfsburgo se considera cosa más fácil. No hacen falta apoyos extrasensoriales. Una vez resuelto el trámite (ese es el sentir general) será el momento de reactivar la Cofradía del Clavo Ardiendo e ir a por la Copa.

 

Lo del ‘Espíritu de Juanito’ fue expresión levantada por Casillas, creo recordar que tras una goleada (6-1) sufrida en Copa ante el Zaragoza. El Madrid salió en la vuelta con tal fiebre que casi lo consigue. Lo frenó un ataque de racionalidad de López Caro, que enfrió la caldera, él sabrá por qué. Bueno, yo lo sé: a los entrenadores esas remontadas bárbaras les dejan en mal lugar. Ellos prefieren imponer su teoría científica.

 

Juanito se ganó ese protagonismo nominal en el heroísmo de las remontadas por un par de buenas razones. Por un lado, fue él quien, tras una derrota por 3-1 en San Siro ante el Inter de Milán, se retiró del campo amenazando a los rivales: “Noventa minuti y Bernabéu son Molto longo”. Y, por otra, con los saltos jubilosos, irrepetibles, con que se retiró del campo cuando fue sustituido tras consumarse la remontada ante el Borussia.

 

Pero con el mismo derecho o más que Juanito podrían haber sido otros: Camacho, Santillana… O el Bernabéu, el propio estadio, que ha sabido creer hasta el fanatismo en esas remontadas. Lo mismo en caso de eliminatorias que para hacer asaltos finales a Ligas imposibles. Algunas las ganó, en otras dio un apretón terrible. Recuerdo a Guardiola, en una conferencia de prensa, en sus años mejores: “Si nosotros estuviéramos detrás, a esa distancia, habríamos abandonado. Pero ellos no se van a rendir. Está en su adn”. Se detectaba admiración en sus palabras.

 

Es curioso que siga siendo así. El Madrid y el Barcelona se han cruzado en casi todo. El Madrid es ahora el Barça de antes: se afana en fichar caro, desbarata proyectos, descuida la cantera, sospecha de los arbitrajes, se enorgullece de ganarle al menos uno de los dos partidos al rival. Por el contrario, el  Barça es el Madrid de antes: tiene un proyecto estable, gasta en lo que necesita, basa su personalidad en la cantera, le llueve en los títulos, desprecia a quienes hablan de árbitros.

 

Todo se ha cruzado menos esa afición al pesimismo o al optimismo. Eso no se ha cruzado todavía. Sergi Pàmies reclama en su artículo que la afición nueva refresque la sangre del Camp Nou, pero se ve que aún no ha llegado el día. Costumbres son costumbres. ¿Cuánto hace que llegó el Euro y todavía hay gente contando en pesetas?

 

¿Y el Atlético? ¿Lo he olvidado? No. El Atlético está donde siempre estuvo, feliz en la victoria, conforme en la derrota. No he visto nunca mayor armonía con la existencia. Los atléticos saben que hay cuatro estaciones, que a veces tocan lluvias, otras frío, otras tiempo ideal, luego calor insoportable. Y vuelta a empezar. El Madrid necesita que siempre sea primavera, el Barça que siempre sea otoño.

 

Como Pàmies, no sé si cambiará algún día. De momento, no ha cambiado.

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miércoles, 06 abril 2016

Por Alfredo Relaño

Camacho desactivó el ‘efecto Cruyff’

Era la jornada 15 de la Liga 74-75 y el Barça visitaba el Bernabéu. El curso anterior, primero de Cruyff en España, había ganado 0-5. Luego, todo fue una marcha triunfal hasta el campeonato. El Madrid reaccionó contratando ese verano a un entrenador yugoslavo muy acreditado, Miljan Miljanic. Las cosas, de momento, le iban bien. A esa jornada llegaba líder, con tres puntos sobre los culés.

 

Ahora volvía el Barça al Bernabéu, la víspera del día de Reyes de 1975. No era exactamente el mismo Barça, porque Rinus Michels había fichado a otro holandés, el fortísimo medio Neeskens, sacrificando al peruano Sotil, autor del quinto gol el día célebre. Pasó un año jugando sólo amistosos, para dejar su plaza de extranjero a Neeskens. Como hispanoamericano, podía adquirir la doble nacionalidad después de dos años de estancia en España, pero no antes. Así que el Barça perdió esa pieza para la 74-75, y en realidad para siempre, porque el año sin jugar le mató. Nunca fue el mismo.

 

Relaño

 

Además, Michels estaba toqueteando la defensa, a la que había incorporado, en condición de oriundo, a Mario Marinho, central brasileño. El Barça iba a tirones, pero se pensaba que en cualquier momento arrancaría definitivamente. Ahí estaba Cruyff, con sus tres Balones de Oro y en la mejor edad del futbolista: 27 años.

 

Miljanic decidió que le marcaría Camacho, entonces un muchacho de 19 años. Había subido del Castilla el curso anterior, dos jornadas después del 0-5. De ahí al final de temporada sólo jugó tres partidos más. Pero desde la llegada de Miljanic no se había perdido un partido. Como lateral casi siempre, a veces marcando al delantero más peligroso del rival. Del Bosque recuerda sus apuros ante Aitor Aguirre, del Racing. Pero a Camacho no le preocupó el encargo de marcar a Cruyff: “Yo no tenía nada que perder. ¡Él era el mejor jugador del mundo, yo era un chiquillo!”.

 

Camacho se tenía una fe que a Miljanic le fascinó. En uno de sus primeros partidos, Netzer le había pedido en el primer tiempo dos veces el balón a Camacho, tras sendos cortes de este, pero él había preferido enviárselos a Velázquez porque le vio más cerca y no quiso arriesgar. En el descanso, Netzer habló con Miljanic, señalando a Camacho y pidiéndole que lo cambiara. O al menos eso dedujo él, que fue hacia ellos, cogió por la camiseta a Netzer y le amenazó. Miljanic vio que ese chico no tenía miedo a nada.

 

Así que decidió jugársela con él, y eso que era consciente de que en ese partido se jugaba su propia credibilidad. Además, faltaban Pirri y Amancio. En la víspera se le vio nervioso ante la prensa, cuando alguien le preguntó si era cierto que Del Bosque iba a ser líbero y que Camacho iba a marcar a Cruyff. Le desconcertó que sus planes fueran conocidos y contestó mal, cosa inusual en él.

 

El Barça llegó el sábado y se alojó en el Club Náyade de Los Ángeles de San Rafael, urbanización de recreo creada por Jesús Gil. El lugar en el que se le había derrumbado un edificio con consecuencias fatales en 1969. Pero entonces eso ya estaba medio olvidado, de Jesús Gil no se hablaba y Michels lo que buscaba era paz. A 70 kilómetros de Madrid, no tendría visitas inoportunas. Y no había más que una línea de teléfono. Michels les puso allí a sus jugadores películas sobre el nuevo Madrid.

 

El domingo, 5 de enero, el Bernabéu está de bote en bote. Hay ansias de revancha, conseguida ya en parte en la final de Copa del curso anterior, ganada por 4-0 al Barça. Claro que entonces la Copa no la jugaban los extranjeros, así que no estuvo Cruyff.

 

Salen los equipos. Velázquez, ausentes Amancio y Pirri, es por primera vez capitán del Madrid. Cambia banderines con Cruyff, que lo fue recién llegado al Barça y lucía los colores de la senyera en el brazalete. Y a jugar.

 

Efectivamente, Camacho se empareja con Cruyff y parece unido a él por una cuerda invisible de no más de un metro. Andando, parados, esprintando, saltando… A ratos resulta casi cómico. El crack mundial y el principiante con melenilla de doncel, el uno de azulgrana, el otro de blanco, juntos, juntos, juntos… Dos extraños siameses.

 

“La consigna era que no la cogiera, porque si se iba podía inventar cualquier cosa. Era como Messi ahora, que si te hace cuatro, tres son de gol y la otra es directamente gol. Así que yo, todo el rato a su lado. ¡Si se llega a ir al baño me voy con él!”.

 

Cruyff se iba a una banda, a la otra, arriba, atrás… Camacho siempre a su lado. No había manera. Asensi lo recuerda con admiración: “No le conocíamos, no habíamos jugado contra él. Sabíamos, claro, de él, pero no le habíamos visto. Fue tremendo. Era rapidísimo. Si Cruyff pillaba por fin un balón y le quebraba, al momento lo tenía otra vez delante. Si caía al suelo, rebotaba, estaba de pie al instante”.

 

Cruyff no sabía dónde ponerse. Empezó a regañar a todos, a Camacho, al árbitro, a los linieres, a sus compañeros. Se fue echando cada vez más para atrás, pero su sombra blanca le acompañaba. Alguna vez se paró, para desentenderse visiblemente del juego a ver si Camacho se aburría, pero este se quedaba tan pancho a su lado, siempre a un metro. Falto de Cruyff, el Barça se desdibujó. Rexach se quedó casi como único delantero válido y jugó bien, con una presencia y combatividad raras en él. El partido fue bastante trabado en el medio campo, donde poco a poco la clase de Velázquez, Breitner y Netzer se fue imponiendo. En el minuto 42, pared Breitner-Velázquez por la derecha, centro preciso de éste y cabezazo de Roberto Martínez que pega en De la Cruz y se cuela, imparable para Sadurní. 1-0.

 

Cruyff protestaba, el Bernabéu le gritaba “¡Chulo, chulo…!” con 120.000 gargantas. Al fin se lleva una tarjeta (entonces blanca) por sus inacabables protestas, como Camacho y Neeskens se las llevan por sus entradas. Michels saca en el 75 a Clares, un goleador oportunista. Miljanic reacciona mandando a Camacho sobre Clares y colocando a Benito (que se llevó otra tarjeta) sobre Cruyff, que se fue decididamente arriba. El empujón final del Barça fue inútil. Cruyff no consiguió coger el hilo y Clares ni la olió. El Madrid estuvo cerca de cazar más goles en contraataques.

 

Acabó 1-0. El Madrid se puso a cinco puntos, el Barça quedó tercero, ¡tras el Español, que el mismo día ganó al Atlético! En Barcelona surgieron las primeras críticas a Cruyff, eclipsado por un desconocido, y al clan holandés, que había borrado del equipo a Sotil.

 

Asensi regresó a Barcelona pensando que pronto se encontraría a ese chico en la Selección, como así sería. El nombre de Camacho saltó de un día para otro a los titulares de prensa, incluida la internacional. El día siguiente tuvo muchas peticiones de entrevistas de enviados especiales de toda Europa venidos al partido. Se consagró.

 

El Madrid ganó esa Liga, con 13 puntos de ventaja sobre el Barça. Y la Copa. Y la Liga siguiente.

 

Ese día, Camacho acabó con el efecto Cruyff. Bueno, con el efecto Cruyff como jugador, entiéndase bien. El efecto Cruyff como entrenador nacería más tarde y llegaría para quedarse. Aún se detecta.

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miércoles, 30 marzo 2016

Por Alfredo Relaño

Cinco pequeños espantan el pesimismo ante Rumania

Al Mundial Chile 62 fuimos con un equipo de figuras pero caímos en la fase de grupos. Cesó el dúo seleccionador-entrenador, Hernández Coronado-Helenio Herrera, y entró José Villalonga como seleccionador-entrenador, fusionando ambas funciones.

José Villalonga, cordobés, era militar (comandante), como el presidente de la Federación, Benito Pico (coronel y auditor general del Cuerpo Jurídico). Voluntario en el bando franquista en la guerra, la acabó como alférez provisional. Luego ingresó en la Escuela de Mandos de Toledo, donde además de formación militar adquirió nociones de preparación física. Hasta la aparición del INEF, lo más parecido a la preparación física que se podía estudiar en España era aquello. Le tiraba el fútbol. Jugó de portero en equipos menores. Pensó que su tarea podía estar en lo físico.


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Entró en el Madrid como preparador físico en 1952, y en 1954 ascendió a entrenador por cese de Enrique Fernández, que chocó con Ipiña, el secretario técnico. Ganó las Ligas 54-55 y 56-57, y las Copas de Europa de 55-56 y 56-57. Pese a ello, Bernabéu no le quiso pagar lo que le pedía. Reemprendió su carrera militar, ascendió de capitán a comandante y ya en 1960 fichó por el Atlético, con el que ganó la Copa en 1960 y 1961 y luego la Recopa, aunque para entonces había pasado a secretario técnico a fin de tener tiempo para seguir con su carrera militar.

Su nombramiento fue polémico sobre todo porque era secretario técnico del Atlético. El primer rival es Rumania, eliminatoria a ida y vuelta para la Eurocopa. Su lista es esperada con máximo interés. ¿Cuántos de Chile caerán? ¿Caerán las vacas sagradas?

Villalonga anuncia una lista previa de 22 en la que faltan 14 de los mundialistas. Parte de la cuestión la resolvió la FIFA, que en agosto había prohibido que quienes hubieran jugado en una selección militaran después en otra. Eso eliminaba a Di Stéfano (que fue a Chile pero no jugó por lesión), Puskas, Santamaría y Eulogio Martínez. También cayeron santones como Carmelo, Garay y Segarra. Más los emigrados a Italia: Suárez, Del Sol y Peiró, los tres mejores jugadores nacionales del momento.

No hay nadie del Athletic y sólo un vasco: Araquistain. Cuando reduce la lista a 18, borra a Araquistain, Vergés, Oliveros y Marcelino. ¡Por primera vez en la historia no hay ningún vasco en el equipo nacional!

Y sí hay seis del Atlético: Rivilla, Calleja, Glaría, Jones, Adelardo y Collar, más madera. Y hay muchos jugadores sin experiencia internacional y varios con muy pocos partidos en Primera. Villalonga se defiende: “Dentro de cuatro años, todos estos jugadores estarán en plenitud”. Curiosamente, se habla más del Mundial del 66 que de la Eurocopa del 64, que es lo que se iba a jugar… y que acabaríamos ganando.

Defiende la amplia convocatoria de atléticos porque el equipo es el líder. Pero el domingo inmediatamente anterior al partido, el Atlético cae aparatosamente en Mallorca 4-0, deja el liderato y le pone en posición aún más comprometida.

El grupo se concentra en el Hotel Zurbano. Hay dos bajas de última hora: Rivilla y Amancio. Éste era el único extremo derecho. Sin él, habrá que tirar de la misma solución que se improvisó en el Mundial: Collar a un lado y Gento al otro. Ambos zurdos. En la época, lo del extremo cambiado de banda se veía sacrílego.

Los rumanos llegan el domingo. Se sabe poco de ellos. Su único jugador de algún peso internacional es el interior Ozon. Vienen de ganar en casa 4-0 a la Selección Olímpica de Checoslovaquia, 3-0 a Marruecos y de perder 3-2 en Leipzig ante Alemania Oriental. Son gente amable. Visitan El Escorial y se deshacen en elogios.

Jueves, 1 de noviembre de 1962, 16:30, Estadio Bernabéu. Es el día. Entrada de dos tercios, en tarde fresca, soleada y magnífica. Fue el primer partido de la Selección al que asistí, y antes de empezar todo eran discusiones, en el autobús, en la puerta, en la grada… Que si Di Stéfano, que si Puskas, que si el Atleti, que si se le ve el plumero. Que si Amancio está lesionado o no. Que si Collar a la derecha y Gento a la izquierda o Gento a la derecha y Collar a la izquierda. Que cuándo se ha visto una selección sin ningún vasco. Que los delanteros son cinco renacuajos. Que si coincide con un desempate en la Copa de Ferias del Barça y que por eso no está este y sí aquel… Cada cual, un seleccionador.

Villalonga ha hecho declaraciones cautelosas que trae la prensa del día. Se queja de que no haya habido un amistoso antes, de que el estreno sea oficial. Y sin tiempo: el domingo hubo Liga, sólo se pudo trabajar martes y miércoles: “Es como una obra de teatro que se representa con sólo una lectura, sin ensayos previos”.

Salen los actores: Vicente (2); Pachín (6), Rodri (2), Calleja (4); Paquito (0), Glaría (0); Collar (11), Adelardo (1), Veloso (0), Guillot (0) y Gento (29). Fuera quedan Sadurní (0), Reija (1), Antonio Ruiz (0), Jones (0) y Fusté (0). El paréntesis marca los partidos internacionales. Como se ve, salvo Collar y Gento, no había gente fogueada.

Guillot me cuenta que la víspera habían discutido quién era más alto, si Adelardo o él. Por gusto, se tallaron los cinco delanteros. El gálibo lo ponía Adelardo, con 1,69, frente al 1,68 de Guillot. Los demás eran más bajos. “Les dijimos a Paquito y Glaría que no enviaran ningún balón por alto, porque era balón perdido. Que todo por abajo”.

Arranca el partido y, en efecto, España rasea el balón. Y, sorpresa general, todo sale como la seda. Esa selección pardilla, de delanteros bajitos, sin vacas sagradas, sin “transatlánticos ni transdanubianos”, (como escribió Antonio Valencia, crítico con los internacionales de importación) jugó como los ángeles. En media hora ganaba 4-0. Terminó 6-0. Atacó con velocidad e ingenio, profundizó, divirtió. Guillot y Veloso se entendieron de maravilla, Collar lo bordó una hora en la derecha y la última media en la izquierda, cuando cambió de lado con Gento, que lució igualmente a ambos lados. Guillot debutó con tres goles, uno de ellos, ¡de cabeza!: “De los dos o tres que he marcado en mi carrera, no más. ¡Ese día salía todo! Y eso que éramos tan nuevos. Yo jamás había jugado con ninguno de esos, pero nos entendimos a la primera”. Veloso marcó uno, pero le dio dos de los suyos a Guillot. Otro fue de Collar y el sexto, en propia meta, al desviar Numweiler un tiro de Gento.

España pasó esa eliminatoria, y otra, y otra… Llegó a la semifinal y la ganó. Y a la final, ante la URSS, y ganó la Eurocopa. Con Villalonga pero con sólo uno de los de aquel día ante Rumania: Calleja. La revolución permanente. Desde Iríbar, con el que volvió a haber vasco (¡y qué vasco!) en la Selección, hasta Lapetra, el extremo-interior que le quitó el puesto a Gento, y pasando por otros ocho puestos, el equipo cambió. Guillot no lo lamenta: “Seguimos asistiendo a la Selección, pero iban apareciendo otros, y sí, en la final, veinte meses después, no quedaba casi ninguno. Pero pusimos la primera piedra en un día muy difícil. Nosotros enterramos el pesimismo que desató lo de Chile. Eso no nos lo quita nadie”.

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miércoles, 23 marzo 2016

Por Alfredo Relaño

Un no gol del maoísta Breitner a ‘superPaco’

El internacional alemán dio medio millón de pesetas a unos obreros cuando en España estaba prohibido el derecho a la huelga.

 

Paco cubre la escuadra y el balón entra por el lateral, en el Sevilla-Madrid de 1975. AS La 75-76 era la segunda temporada de Breitner en el Madrid. Llegó reclamado por Miljanic, que dio una sacudida al club. Metió preparación física a tope y conceptos tácticos nuevos. Breitner era lateral izquierdo de Alemania y del Bayern de Múnich. Dado que entonces sólo podía haber dos extranjeros (el otro era Netzer), resultó chocante que Miljanic fichara a un lateral izquierdo. Pero le colocó en el medio del campo, de interior derecho, y funcionó.

 

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Breitner tenía una personalidad especial. Era un hombre que iba en muchas cosas por libre y su llegada produjo impacto en el Madrid. Llevaba pelo a lo afro y una corta barba. Fumaba puros. Puros pequeños, sin tragarse el humo, pero que no dejaban de dar el cante. Y era de izquierdas, cosa inquietante en el Madrid de ese tiempo. El secretario de la gerencia, José Luis López Serrano, que hablaba alemán, era el contacto de Netzer y Breitner con el club. Un día le llegó Breitner con un póster y le pidió que le hiciera un cuadro con él. López Serrano le dijo que en pocos días lo tendría. La sorpresa fue cuando lo desenrolló: era una enorme imagen de Mao.

—Fui a ver a Don Raimundo, que me dijo: “Hazte el despistado”.

Breitner le reclamaba el cuadro. No se olvidaba. López Serrano vio que no podía disimular más y acudió de nuevo a Saporta. Éste le dijo:

—Está bien. Hágaselo, pero en un sitio de confianza y que no se entere nadie.

Y así lo hizo López Serrano.

En otra ocasión, un grupo de trabajadores de la Standard acudió a un entrenamiento del Madrid. Estaban en huelga, y pidieron a los jugadores una ayuda para la caja de resistencia. La huelga no estaba entonces reconocida en España. Toda huelga era, por definición, salvaje. Los jugadores se excusaron. Les dijeron que sin autorización del club no podían tomar una decisión así. Por simpatía, consiguieron distraer unos pocos balones para que los utilizaran para una rifa. Pero Breitner sí atendió a su demanda y les dio medio millón de pesetas. Era un buen dinero en la época.

Cuando en el club se supo, le pidieron a López Serrano que le citara para encontrarse con Antonio Calderón, que era el gerente, y Raimundo Saporta. Se vieron los cuatro. Calderón le recordó que en España toda huelga iba contra la ley. Breitner no se inmutó:

—Yo con mi dinero hago lo que quiero.

El club puso sordina a esas cosas, que sólo trascendieron poco a poco, con el tiempo.

En eso llegó el partido de Sevilla, justo después de una gran machada europea del Madrid, que el miércoles previo eliminó al Derby County en la Copa de Europa. Era el 9 de noviembre de 1975. Franco agonizaba, moriría 11 días después. La prensa se agolpaba en las puertas de La Paz. El equipo médico habitual leía cada día el parte médico de turno.

Las vísperas son de partido de campanillas. Se especula sobre si el Madrid estará cansado. Falta Amancio, baja tras la machada. Se estrena por fin la ampliación del Sánchez Pizjuán, extendida en el tiempo como la obra de El Escorial. Ahora tiene capacidad para 70.000 espectadores. La recaudación llega a los veinte millones de pesetas, récord histórico. El Sevilla es quinto, después de tres temporadas en Segunda. Tres años sin ver al Real Madrid, campeón de la Liga anterior y líder invicto de esta. Es el Sevilla de Superpaco, uno de los grandes metas de la época, de Gallego, regresado del Barça, de Hita, Jaén, Blanco y Biri-Biri, entre otros.

Al descanso se llega con 0-0. El público lo está pasando bien, porque el partido es emocionante y el Sevilla no es menos que el Madrid. Antes del minuto de la reanudación, Breitner avanza por el callejón del ocho. Blanco le marcaba:

—Me hizo un recorte y soltó un cañonazo. Tiraría desde unos veinte metros o algo más. Me volví, vi que Paco volaba bien, pero el balón apareció en la red. Era la portería del Gol Norte, donde ahora van los Biris. Paco protestó desde el primer momento. Él estaba seguro de que no había entrado el balón.

Paco, que regenta ahora un estupendo restaurante en Punta Roche (Cádiz), tuvo clara la cosa desde el primer momento: “Yo volé bien, mis manos cubrieron la escuadra y el balón pasó por fuera, al menos a medio metro del palo. Me levanté, fui a recogerlo detrás de la portería, ¡y vi que estaba dentro!”.

Protestó, algunos compañeros le secundaron. ¡Pero el balón estaba dentro! Gallego reclamaba tanto como Paco, y llegó a forzar un cuadro de la red, para demostrar que había pasado el balón por ahí. Blanco piensa que eso fue un error, porque de existir una prueba se había alterado. El caso es que López Cuadrado dio gol. El público, claro, tomó parte por la versión del no gol, en especial los que estaban más cerca del palo izquierdo de la portería, que lo habían visto bien.

Pirri recuerda que el partido se embarulló:

—El público se indignó, todo se alteró. Estábamos jugando muy bien, a partir de ahí perdimos el hilo y el Sevilla se creció. Yo le pregunté a Breitner y él pensaba que su tiro no había cogido puerta, ¡pero el balón estaba dentro!

El Sevilla mandó el resto del partido y empató por medio de Biri-Biri. El lunes hubo gran expectación en el programa de la moviola, pero las imágenes de entonces, en blanco y negro, lejanas y una sola toma, no aclararon nada. El forcejeo de Gallego con la red para abrir un cuadro no contribuyó a dar crédito a la versión del Sevilla.

El martes la selección se concentró en Madrid, con vistas a un partido en Rumanía el domingo siguiente. Ahí circuló el As Color de mano en mano. As Color salía el martes, cubriendo el día de descanso de la prensa deportiva. La portada la ocupaba la foto de Agustín Vega, nítida, en color, y en ella se podía apreciar claramente que el balón estaba atravesando la red por el lateral, muy arriba. El titular era: “No fue gol”.

Para Sevilla fue una satisfacción moral, pero el empate, claro, no se movió. En la concentración de España había varios jugadores del Madrid y ninguno del Sevilla. Paco iba a veces en la época, pero en esa ocasión Kubala llevó de titular a Miguel Ángel y de suplente a Deusto.

Pirri piensa que se libraron de una buena: ¡lo que hubieran tenido que escucharle a Superpaco si llega a estar en la concentración!

 

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miércoles, 16 marzo 2016

Por Alfredo Relaño

Waldo y Wanderlei, hermanos y residentes en Valencia

El 21 de junio de 1961, Valencia sufrió una conmoción: la muerte en accidente de Walter.

Walter había llegado al Valencia en septiembre de 1957, traído por el secretario técnico, Cubells, que viajó a Brasil en busca de una figura que matara, si tal cosa fuera posible, la añoranza del holandés Wilkes, la primera gran W del Valencia. Con el tiempo, Cubells contó que estuvo tentado de fichar a un chiquillo del Santos llamado Pelé, pero no se decidió, porque sólo tenía 16 años. Optó por el armador de juego del Vasco de Gama, Walter Marciano de Queirós. El problema fue que lo que la afición esperaba era un delantero. Walter se vio obligado a jugar arriba. Se defendió por su regate eléctrico y por algunos goles espectaculares.

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Acabó por ser muy querido después de las controversias iniciales. En ese momento estaba cuando el 21 de junio del 61 se estrelló con su coche en un punto negro (kilómetro 23) de la carretera de El Saler. Había comido con varios compañeros para celebrar el cumpleaños del recién incorporado Coll. Le convencieron para prolongar el encuentro en Sueca, donde vivía Sendra. Eran siete, y sólo había otro coche y el suyo. Se resistió, porque acababa de tener un bebé y quería ir a casa, pero acabó por aceptar. En la llamada curva de la muerte, un despistado que venía de frente le hizo dar un volantazo y se estrelló contra un camión de refrescos. Murió en el acto. Coll y Sendra, que iban con él, salieron ilesos.

El dolor fue tremendo. El 1 de julio se celebra en Mestalla un partido en su homenaje y en beneficio de la viuda y el bebé. El Valencia se refuerza con Pesudo (recién traspasado al Barça), Evaristo, Didí, y Recamán. Pero la estrella del partido fue el nueve del equipo invitado, el Fluminense, un tal Waldo Machado da Silva, de raza negra, como Walter. Con W, como él. El Fluminense ganó 2-3, con dos goles de Waldo.

El Valencia fichó de inmediato a su tercera W. Delantero rompedor, con ímpetu, un tiro terrible y golpes francos con ‘folha seca’ como la que se le había visto a Didí en su fugaz paso por el Madrid. Tenía 26 años, estaba en plena madurez. Había jugado cinco partidos con Brasil, con Garrincha, Didí y Pelé, disputándole el puesto a Vavá. Su primera temporada vino acompañada de la Copa de Ferias, primer título europeo del Valencia. Marcó 14 goles en la Liga y 7 en la Copa de Ferias.

Tenía un hermano llamado Wanderlei, cuatro años más joven que él. Delantero centro del Vasco de Gama. Olímpico con Brasil en Roma, con el gran Gerson, entre otros.

Waldo había hecho amistad con un vicepresidente del Elche, un peletero llamado Francisco Sáez, y le habló de su hermano para cubrir la baja de Re, traspasado al Barça. El presidente ilicitano, Esquitino, dudó, porque pretendía a Eulogio Martínez, soltado por el Barça, que a su vez estaba pendiente de que le fichara el Inter. Mientras, Bogossian, el gran agente de la época, había llevado a Elche a un paraguayo llamado Lezcano. No era un delantero centro, pero sí un interior goleador. Todo eso, ya con la 62-63 en marcha.

Wanderlei pasó tres semanas amargado en el Hotel Sol. Entrenaba, pero no fichaba. “Mañana”, le decían. Lezcano, que estaba en el mismo hotel y en el mismo caso, recuerda haberle visto llorar mucho, de saudade y de frustración.

El Elche eligió a Lezcano y le encontró salida a Wanderlei en el Levante, que estaba en Segunda. Eso complació a Wanderlei: allí estaría con su hermano Waldo. Acababa de prohibirse el fichaje de extranjeros en Segunda, pero se apañó la operación con el pretexto de que ya estaba en marcha cuando se produjo el cierre.

Wanderlei llegó al Levante el 1 de enero del 63, cuando ya se llevaban jugadas 14 jornadas. Mano de santo. El primer partido fue un 0-1 en Cartagena, con gol suyo. El Levante acabó segundo, con catorce goles de Wanderlei. Jugó la promoción contra el Depor y ascendió, por primera vez en su historia.

Así que en la 63-64 compareció en Primera, agarrado a Wanderlei. Los hinchas granotas se atrevían a compararle con Waldo. La ocasión de verles frente a frente llegó pronto, en la tercera jornada. Primer derbi valenciano en Primera, además.

Se enfrentaron en Mestalla. El Levante, un empate y una derrota, iba delante, porque el Valencia, una derrota y un partido aplazado, tenía cero puntos. Se jugó al sábado 28 de septiembre, a las 22:45 de la noche. (El Valencia fue el inventor del late night. Partidos a esa hora eran frecuentes en Mestalla, y del agrado de la afición). Fue Día del Club, de modo que pagaban todos los socios, pero Mestalla reventó.

Lo de los dos hermanos frente a frente, ambos ídolos y delanteros centro, tuvo impacto nacional. Wanderlei, soltero, aún vivía con Waldo, que le ayudó a aterrizar. Todo contribuyó a hacer de aquella noche algo excepcional. Hasta la W de ambos nombres, de tanta significación en la ciudad.

El partido fue espléndido. Ganó el Valencia 5-3. Waldo no marcó, Wanderlei hizo uno para los suyos. El héroe fue Guillot, con tres goles. Guillot era un interior canterano, fino, regateador y con gol. La afición del Valencia discutía entre Waldo, con su terrible potencia y sus tiros libres, y Guillot, más artista. Había guillotistas y waldistas.

Wanderlei no tenía el poderío de su hermano. Era más veloz y más hábil, pero menos contundente. Frente a frente jugaron tres derbis más. Siempre ganó el de casa. Luego, el Levante bajó a Segunda y tras dos años en la categoría, Wanderlei fue traspasado al Málaga, en Primera, donde dio buen rendimiento tres años más.

El Hércules les reunió al final de sus carreras. Waldo consumió nueve años en el Valencia. Di Stéfano le dio la baja, ya con 37. Él y Wanderlei fueron llamados por el Hércules, en Segunda, para subir. Pero ya no eran lo mismo ni el uno ni el otro. Waldo jugó 19 partidos con un gol; Wanderlei, nueve partidos sin gol. Tuvieron cinco entrenadores distintos, dos de los cuales repitieron. César, de la jornada 1 a la 14; en la 15, Jesús Berenguer; de la 16 a la 24, Migue; la 25 y la 26, de nuevo César; en la 27, Pedro Gutiérrez; la 28, de nuevo Berenguer; y por fin, de la 29 a la 38, Sandor Kocsis. El equipo no subió ni bajó. Ya es bastante.

Los dos se quedaron con nosotros. Waldo, en Valencia. Encaneció, su figura es reconocida y admirada. Siempre lamentó que el Valencia no tirara de él para la cantera. Wanderlei, mucho más discreto, se retiró a Massanassa, a 8 kilómetros de Valencia, pues se casó con una chica que tenía una farmacia allí. Prefería el incógnito. Sé de gente que le reconoció por la calle y él negó ser él, diciendo que se trataba de un equívoco.

Los dos van perdiendo la memoria. Pero en la ciudad se les recuerda muy bien, como protagonistas de las vísperas muy especiales de un derbi que resultó inolvidable.

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miércoles, 09 marzo 2016

Por Alfredo Relaño

Gaínza estrenó el ‘gol de oro’ en Mestalla

Las semifinales entre Valencia y Athletic en la Copa de 1950 fueron de aúpa. Quince goles en cuatro días. El último lo marcó Gaínza. Fue un remoto antecedente de lo que más adelante llamaríamos gol de oro.Un acuerdo de aquel día para deshacer el empate, ante la falta de fechas.

 

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Se habían enfrentado en la final del año anterior, 1949, que ganó el Valencia con un gol de Epi. Los valencianos, que vivían una edad de oro gracias a la presidencia de Luis Casanova (algo así como el Santiago Bernabéu del Valencia) se tomaron ahí la revancha de dos finales perdidas contra los bilbaínos en el 44 y el 45. Eran dos grandes equipos en plena rivalidad.

Aquellas semifinales hubieron de comprimirse. Apretaba la perspectiva del Mundial de Río. Era cuestión de Estado. Se fijó la final de Copa para el 28 de mayo, a fin de que los jugadores tuvieran dos semanas de descanso tras la larga temporada antes de la concentración para prepararse. Las semifinales hubieron de jugarse en cuatro días: el domingo 21 y el miércoles 24. Mientras, una preselección va de gira a México. Un equipo sin los que juegan en los cuatro semifinalistas.

El domingo 21 se enfrentaron en San Mamés. Hay mayoría de finalistas del año anterior. Es el tiempo de la gran delantera del Athletic, Iriondo, Venancio, Zarra, Panizo y Gaínza, aunque tanto en la final del 49 como en estas semifinales va a faltar Panizo, cuyo lugar ocupará José Félix Arrieta. El Valencia ha perdido a Epi, fenomenal extremo derecha, que se ha marchado a la Real dando un gran disgusto a Casanova.

El partido es una exhibición del Athletic, que gana 5-1. Al descanso llega ya 4-0, tres de Iriondo y uno de Arrieta. En la segunda mitad, Gago (sustituto de Epi) descuenta para el Valencia, pero Zarra marca el quinto. En Marca, José María Mateos, célebre crítico de la época, que en su día fuera seleccionador nacional, escribe: “Y como han sido cinco goles, pudieron ser nueve, sin contar con las abundantes y felicísimas actuaciones del portero valenciano”. Se refería a Pérez (fallecido este domingo a los 96 años), que había relegado a la suplencia a Ignacio Eizaguirre, fijo en la selección durante aquellos años. Fue algo extraordinario: Eizaguirre era el titular en la selección, pero el suplente de Pérez en el Valencia. De éste escribe también Mateos en esa crónica: “Pérez no puede estar muy agradecido a su defensa, pero el equipo puede estar bien agradecido a Pérez”.

Un baño, en fin. La cosa parecía resuelta.

El miércoles, 24, se juega la vuelta en Mestalla. Luis Casanova hijo, que asistió al encuentro siendo un muchacho, lo recuerda como el partido más emocionante que vio en su vida, y ya ha pasado agua bajo los puentes desde entonces. El campo se llenó, a pesar del 5-1. El Valencia era grande, y el prestigio del Athletic, imponente. Era lo más de lo más. Aquel año había empezado a viajar en avión. Los llamaron leones con alas.

Tarde calurosa y campo duro. Luis Casanova se instala, como solía, en el banquillo, junto al entrenador, Jacinto Quincoces. Casanova hijo me cuenta: “Siempre veía el fútbol ahí, para sentirlo. Salvo que fuera la final de Copa, que no tenía más remedio que ir al palco. ¡Lo pasaba muy mal! Se iba a veces al vestuario, volvía, salía otra vez. Cada poco iba el masajista, Merino, a darle novedades. Pero él, por el clamor, ya sabía lo que iba pasando. El estadio tiene un sonido propio para cada situación, no solo para los goles. ¡Quién sabe cuántas veces entró y salió ese día!”.

El Valencia empezó atolondrado. Mucho balón largo, mucho bombeo al área. El Athletic esperaba cómodo, rechazaba, no arriesgaba. El tiempo estaba de su lado. En el minuto 25, Puchades cuela un fuerte disparo raso desde lejos que se convierte en el 1-0. Mestalla se anima algo, pero el partido sigue igual. En el minuto 35, Amadeo lanza córner e Igoa cabecea a gol. 2-0 y Mestalla empieza a creer. El Valencia aprieta, jaleado por el público, y en el 44 Amadeo, en jugadón de Seguí, hace el 3-0. Mestalla se entusiasma. Ahora todo el público cree.

Iraragorri, entrenador bilbaíno, abronca a los suyos, que salen de otra manera. Abandonan la defensa, se despliegan. Zarra marca en el minuto 52 y repite en el 70. Con 3-2 frente al 5-1 a falta de 20 minutos, parece que ya no hay nada que hacer.

Pero entonces Puchades levanta al equipo y al público, en una de sus reacciones clásicas. Medio de gran estatura, potencia, presencia y espíritu, toca el tambor y lleva a los suyos hacia arriba, como un émbolo gigante. La tormenta que desata su entusiasmo contagioso da lugar a dos goles muy seguidos, en el minuto 75 y en el 78, uno de Amadeo y otro de Gago. ¡5-2! Mestalla es un trueno incesante. El Valencia aprieta y aprieta, el Athletic se mete en el área, el tiempo corre… Ya en el 89, cuando el árbitro Fombona consulta el reloj, llega el 6-2, obra de Igoa. La locura. Hace falta una prórroga.

Hay conciliábulo entre los capitanes, los entrenadores y Fombona. Se acuerda, en atención a la proximidad de la final y a evitar desgaste de los inminentes mundialistas (entre ambos equipos reunían varios) que la prórroga se juegue en dos tiempos de 10 minutos, en lugar los 15 usuales. Así se hace. La prórroga es un vaivén, un correcalles entre dos equipos desarticulados, rotos. Una sucesión de ataques malogrados en el remate por cansancio, o por intervenciones de Pérez o Lezama. El público no puede más. Cumplidos 10 minutos, cambian de lado. Otra vez lo mismo: como dos boxeadores groguis, pegándose sin defensa, pero sin hacerse daño por agotamiento. La prórroga acaba sin goles.

¿Qué hacer? La final va a ser en cuatro días, luego vendrá el Mundial. No hay fecha para un desempate. Lo de las tandas de penaltis no se había ingeniado todavía. Nuevo conciliábulo y se acuerda que el primero que marque gol, gana. No todos los jugadores se enteran. Algunos, alejados, agotados, no prestan atención.

Pita Fombona y se juega de nuevo. Seguí tiene una ocasión al minuto que se escapa de milagro. Dos minutos después, Gaínza se va y con su última fuerza mete un tiro cruzado al que Pérez no llega. Pérez, que aún vive, en Nules, nunca se quitó ese gol de la cabeza.

Gaínza se va corriendo a la caseta, en busca de la ducha, Algunos se extrañan, no saben por qué. Incluso entre los espectadores no se sabía, se esperaba otra prórroga completa. Fuera del campo, en Valencia y en toda España, sí se sabía, porque el partido fue radiado y se había informado de ello. Pero en el campo no había radio, no era aún tiempo de transistores.

Cuando llegan las explicaciones, el público desfila. El Valencia no estará en la final, pero todos ellos han visto el partido de sus vidas.

El Athletic jugó la final contra el Valladolid y la ganó… en la prórroga. Tras el 1-1 en el minuto 90, Zarra marcó tres goles en el alargue.

Un mes después, Asensi, Puchades, Igoa, Nando, Zarra y Gaínza, protagonistas de este partido viajaron a Río. Más Panizo Y Eizaguirre, que se lo perdieron. Allí, España sería cuarta en la Copa del Mundo, nuestra mejor clasificación hasta el triunfo en Sudáfrica.

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