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jueves, 27 abril 2017

Por Alfredo Relaño

Homenaje de la selección de Barcelona al Madrid

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¿Imaginan una cosa así ahora? Pues sucedió, el 1 de septiembre del 56. La selección de Barcelona recibió al Real Madrid en un Les Corts repleto en partido que se planteó como un homenaje a los blancos, recientes ganadores de su primera Copa de Europa.

La iniciativa correspondió a Diego Ramírez Pastor, Presidente de la Asociación de la Prensa de Barcelona, y supuso todo un acto de hermanamiento de la ciudad con el Real Madrid. El rival del Madrid fue un combinado de jugadores de los tres clubes de la ciudad en Primera: el Barça, el Español y el Condal. Este último estaba recién ascendido con el nombre de España Industrial, que cambió por el de Condal para pasar de filial del Barça (que lo era) a club autónomo. Sólo permaneció en Primera un año, y volvió a ser filial del Barça. Con el tiempo mutó en Barcelona Atlético y finalmente en Barcelona B.

El seleccionador fue Pedro L. Lasplazas, que había sido seleccionador nacional, y que durante muchos años lo fue de la selección catalana o la barcelonesa. La mala sorpresa fue que no llamó a Kubala, por manifiesta baja forma, explicó, lo que le acarreó fuertes críticas. Sus razones tendría, porque Kubala, tras jugar el primer partido de Liga (una semana después de este homenaje), fue suplente en los siguientes cinco.

La ausencia de Kubala la compensó la aparición de Kopa, el gran jugador de Francia. Kopa había dirigido el ataque del Stade de Reims en esa primera edición de la Copa de Europa, cuya final perdió precisamente ante el Madrid. Bernabéu le había fichado, pero con un litigio por resolver. Estaba cerrada la importación de extranjeros desde 1953, así que no podría alinearle más que en la Copa de Europa. Bernabéu presionaba a la Federación para que reabriera la frontera. Algunos clubes, en especial el Atlético, presionaban en contra. El presidente atlético, Javier Barroso, pensaba que si se abría la frontera el Madrid ya tenía a su extranjero listo, y los demás tendrían que buscarlo.

En la prensa barcelonesa del día hay entrevistas en las que Bernabéu se explica. Lanza el concepto de “fútbol espectáculo”, alaba la internacionalización (“los toros no progresan porque no hay competencia exterior”), cuenta que en los tres años de Di Stéfano el Madrid ha ingresado 10, 15 y 21 millones más que antes, que hacen falta más figuras para seguir esa progresión. Defiende el fútbol espectáculo como base para el impulso del fútbol base: “No queremos los beneficios del estadio para repartírnoslos, sino para hacer una Ciudad Deportiva en la que los jóvenes puedan hacer deporte”. Hace un llamamiento a los padres: “La ciudad deportiva es para sus hijos”.

(Y realmente, sería así: con los beneficios de su gran equipo hizo una ciudad deportiva en la que jugaron al fútbol muchos chicos de Madrid. Abriría un camino).

El Barça, que está a un año de inaugurar su colosal Camp Nou, respalda implícitamente los anhelos de Bernabéu, porque al aeropuerto de El Prat acude el propio presidente culé, Miró Sans, junto a Bernabéu, para recibir a Kopa.

El día del partido es una sucesión de cortesías: vino de honor en la Asociación de la Prensa, comida de fraternidad en el Hotel Avenida, donde se lee un escrito de adhesión de la Casa de Cataluña en Madrid, visita por la tarde a las obras de ampliación de Sarrià y a las del futuro Camp Nou. A las 21.30, en Les Corts, juegan el Barça juveniles contra los juveniles de la Casa de Madrid en Barcelona. Y a las 23.00, la selección catalana y el Real Madrid. Juega Kopa, autorizado en telegrama del presidente de la Federación, Lafuente Chaos. El permiso lo solicitó el presidente de la Asociación de la Prensa de Barcelona. El interés benéfico del partido (nadie cobra, ni el Madrid por ir, ni el Barça por ceder el estadio ni los jugadores de los clubes barceloneses) ayuda a la autorización.

El día del partido, la prensa anuncia el no hay billetes, “para evitar molestias innecesarias a los que pretendan adquirirlos a última hora”. Los equipos forman así:

Selección catalana: Ramallets; Argilés, Biosca, Gracia; Bosch, Casamitjana; Arcas, Villaverde, Benavídez, Sampedro y Tejada. Tras el descanso salen Vicente, Vergés, Luis Suárez y Duró por Ramallets, Casamitjana, Sampedro y Tejada.

Real Madrid: Berasaluce; Atienza II, Marquitos, Lesmes II; Muñoz, Zárraga; Joseíto, Kopa, Di Stéfano, Rial y Gento. Es la alineación campeona en la final de París, salvo Berasaluce por Alonso y Kopa por Marsal. En la segunda mitad, Navarro, Manolín y Olsen entran por Atienza, Muñoz y Joseíto.

Lleno: 50.000 espectadores, que saldrán felices.

En el minuto 3 marca Rial a pase de Kopa. Pero en el 15’, la selección de Barcelona ya gana 3-1, gracias a un juego magnífico de su tripleta de ataque, Villaverde-Benavídez-Sampedro. En el 21’, un autogol de Gracia viene seguido, en dos minutos, de tantos de Muñoz y Rial. ¡En tres minutos se ha pasado del 3-1 al 3-4! Así se llega al descanso, entre buenas jugadas y grandes paradas de Berasaluce y Ramallets. En la segunda mitad, el Madrid va a más y marca otros tres, por Zárraga, Rial y Olsen. El Madrid gana 3-7 y se retira entre una gran ovación. La prensa barcelonesa del día siguiente no escatima elogios al juego del Madrid y refleja el éxito de la propuesta de Bernabéu en favor de la nueva época, la del “fútbol espectáculo”. Si algo se ha echado en falta es justamente a Kubala, el otro gran pilar del fútbol espectáculo. Se dice entonces que el Camp Nou se está construyendo porque en Les Corts ya no caben tantos como desean ver a Kubala.

Berasaluce fue el portero del Madrid aquella noche. Fichado del Alavés (llegó a ser internacional B) se mantuvo en el club durante las cinco primeras Copas de Europa del club, para luego pasar al Racing de Santander. Una operación de amígdalas de Alonso, titular entonces, le permitió vivir esa noche. Hoy vive tranquilo en su ciudad natal, Deva: “Lo recuerdo como algo muy grato. Todo era bonito. Campo lleno, grandes jugadas, deportividad, aplauso. Era la presentación de Kopa, que se quedó ya con nosotros. En ellos, Villaverde y Sampedro hacían diabluras. La gente disfrutó. Luego nos llevaron a cenar a una masía. Bernabéu estaba feliz…”.

Y tanto. Aquello fue el empujón definitivo para que se reabriera la importación de extranjeros, en pro del “fútbol espectáculo”. Eso sí: limitado a que sólo se podía alinear a uno por partido. Lo que hizo Bernabéu fue convencer a Di Stéfano, que ya llevaba tres años entre nosotros, para que se nacionalizara. A finales de septiembre, ya pudieron jugar los dos.

Y siguieron viniendo extranjeros hasta 1962, cuando el fracaso en el Mundial de Chile provocó otro cierre, hasta la apertura definitiva en la 73-74. La temporada de Cruyff.

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jueves, 20 abril 2017

Por Alfredo Relaño

El Bayern abandona el Bernabéu a medio partido

Los modos del árbitro español no gustaron a los alemanes. Breitner se marchó del campo y Rummenigue fue expulsado

 

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Para entonces ya habían tenido el Madrid y el Bayern algunos encontronazos. El Loco del Bernabéu. La expulsión de Amancio en el partido de vuelta, su último partido en la Copa de Europa. El 9-1 en un amistoso de verano, al que el Madrid acudió sin preparación y el Bayern, ya rodado, abusó hasta el escarnio. Boskov resolvió aquello con una frase célebre: “Mejor perder un partido por nueve goles que nueve por un gol”.

Pero aún con eso y con todo lo que ha venido después, lo peor para mí de todo lo que ha ocurrido entre el Bayern y el Madrid fue lo del Trofeo Bernabéu de 1981.

El Trofeo Bernabéu fue una creación de Luis de Carlos en honor al patriarca blanco, fallecido en el verano de 1978. Se estrenó en 1979 y en sus inicios tuvo un formato excelente, que el tiempo ha limitado por sus costos. Los cuatro participantes tenían tal rango que aquello parecía unas semifinales de Copa de Europa. Y en paralelo jugaban los juveniles de los mismos clubes. Cuatro jornadas de buen fútbol.

El Bayern había ganado las dos primeras ediciones y acudió a esta tercera, donde se enfrentaría en la semifinal con el AZ 67. La otra semifinal era Madrid-Dinamo Tblisi. El Bayern aceptó el compromiso, pero al primer partido vino sin tres internacionales, Durnberger, Breitner (que había pasado por el Madrid no mucho antes) y Rummenigge, por compromiso con su selección. Con eso, empataron a dos y perdieron en la tanda de penaltis. Se esfumó la final soñada, Madrid-Bayern. El Madrid sí cumplió y ganó al Dinamo, aunque en un partido flojo. Había malas caras. Estábamos en vísperas de huelga de futbolistas, que amenazaba el inicio de la Liga, el equipo no gustaba, se pedía una mejor ubicación de los socios. El público llegó a protestarle a De Carlos: “¡De Carlos, dimite, el socio no te admite!”.

Los alemanes quedaron malhumorados. El Madrid hizo valer el contrato y presionó para que el segundo día salieran los tres internacionales que faltaron el primer día, y así fue.

Las dos ediciones anteriores las habían arbitrado extranjeros, pero esta vez el Madrid invitó a dos extranjeros y dos españoles. Franco Martínez había arbitrado el primero del Bayern. El tercer y cuarto puesto correspondió a Pes Pérez:

—Fue por intervención de Plaza. Yo había estado recusado por el Madrid el año anterior. Por el ruego de Plaza, que me tenía estima, accedieron a levantarme la recusación y para escenificar la paz me invitaron al torneo.

Pes Pérez era árbitro de armas tomar. Valiente, encarador con los jugadores que protestaban. Halcón, como se decía entonces, expresión traída al fútbol por el periodista Alfonso Azuara desde la administración americana. Halcones eran los consejeros duros del presidente. Palomas, los prudentes. Azuara dividió a los árbitros en halcones y palomas e hizo fortuna. El sueño de todo equipo era tener halcón fuera de casa y paloma en casa.

Los modos de Pes Pérez molestaban visiblemente a los arrogantes ganalotodoalemanes, a los que además el público abroncó constantemente. En el minuto 30, le pita una falta a Breitner y este, sin más, se va del campo. Por la cara. Csernai, el entrenador, tiene que improvisar el cambio. En el 44, con 2-1 a favor del Dinamo, Rummenigge hace una falta cerca de los banquillos y el público le abronca. Él se encara y hace gestos feos. Pes Pérez acude y le expulsa. Se forma un revuelo, acude Dieter Hoennes, que también es expulsado. Breitner sale del banquillo, se junta al tumulto, le hace señales a Pes Pérez de que le falta un tornillo.

De repente, todos se marchan. Todos al túnel.

 

En la grada, los espectadores no sabíamos a qué atenernos. Más bien pensábamos que Pes Pérez había adelantado el descanso para calmar los ánimos. Pero en vestuarios se vivía otra realidad. El gerente del Bayern, Uli Hoeness, pedía a los jugadores que accedieran a regresar al campo, a lo que estos se negaban salvo que pudieran jugar los expulsados. Breitner incluso exigía que se cambiara de árbitro: “¡Yo no he venido aquí a hacer el tonto!”, gritaba una y otra vez Breitner. El Madrid trató de conseguir que Pes Pérez dejara salir a los once, pero él los daba a todos por expulsados.

Pasó un cuarto de hora, veinte minutos, media hora… Ya la megafonía lo confirma: el Bayern se ha retirado. La bronca es brutal. Hay que esperar hasta las diez de la noche para que empiece la final, ya que hay televisión. Todos aburridos e indignados. La final se sigue con el peor de los humores, nuevos gritos contra De Carlos y mal juego. Al menos gana el Madrid en los penaltis, tras un soporífero 0-0.

Ahora queda qué hacer con el Bayern. El Madrid no le paga, pero deposita la cantidad (150.000 marcos) en la Federación Alemana, que a su vez tiene una papeleta. Era norma sancionar con severidad a los equipos que tenían mala conducta en el extranjero. No hacía mucho, Keegan había sido suspendido dos meses por incidentes en un partido fuera de Alemania. Pero el Bayern mandaba mucho…

Llamaron a Pes Pérez:

—Fui allí porque me lo pidieron Porta y Plaza. Fui en coche, desde Zaragoza, con mi linier, Jesús Villanueva, que ahora es el médico del Zaragoza. Su hermano era cónsul de España en Dusseldorf, y él nos esperó en Bonn, para acompañarnos y hacernos de intérprete. Nos recibieron con alfombra roja. Me quisieron pagar muy generosamente los kilómetros nada más llegar. Luego, ante el fiscal de la federación, Hans Kinderman, estuve contestando las preguntas, con el hermano de Villanueva como traductor. Cuando acabó todo, pidió que le leyeran lo que habían transcrito y empezó a rectificarles: “No, eso no, eso tampoco…”. Habían cambiado lo que habían querido. Se molestaron mucho con las correcciones. Al despedirnos, la amabilidad inicial cambió en malas caras. ¡Me costó cobrar los kilómetros y el hotel! El presidente, Neuberger, era vicepresidente de la FIFA y luego pasó lo que ya me imaginé ese día: me puso tres cruces negras para partidos internacionales de importancia.

 

De su informe hicieron poco caso. No hubo suspensiones. El Bayern y Breitner fueron multados con cinco mil marcos. Los 150.000 que el Madrid depositó en la Federación Alemana no volvieron. De ahí se cobró las multas la Federación. El resto fue para el Bayern. Se dijo que jugarían un partido gratis en Madrid, como desagravio, pero si te he visto no me acuerdo.

Nunca antes ni después he visto a un equipo retirarse del campo. He visto amagos, pero nunca culminados.

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jueves, 13 abril 2017

Por Alfredo Relaño

Aquel chasco del Atlético ante la Vojvodina

1491753440_756391_1491754691_noticia_normal_recorte1El Atlético ganó la última Liga del Metropolitano, así que el curso del estreno del Calderón, la 66-67, jugó la Copa de Europa. Una ilusión en la nueva casa. Pero el primer gran chasco no tardó en llegar. Todavía creo que es el mayor en cincuenta años.

La primera eliminatoria fue ante el Malmoe y salió bien. En octavos tocó el campeón yugoslavo, la Vojvodina de Novi Sad. Por entonces sonaban el Partizán, el Estrella Roja y el OFK de Belgrado. La Vojvodina sonaba a pequeño equipo de provincia, campeón en un año afortunado. Sólo sonaba su portero, Pantelic, que era el de la Selección.

 

El sorteo estableció la ida en Madrid, pero la propia Vojvodina pidió el cambio. El mandamás deportivo era un tal Vujadin Boskov, más adelante tan célebre por aquí. Él propuso el cambio, que le costó críticas en Yugoslavia y que el Atlético aceptó de mil amores. Tenía suspendido para un partido a un tal Sekeres, un medio de garantías, y pensaba que le era más llevadero jugar sin él en casa que fuera.

 

El 16 de noviembre se jugó la ida. El Atlético iba no iba bien en la Liga. El césped del nuevo campo no estaba bien asentado. Además, faltaba el calor del Metropolitano. La grada del río aún no estaba hecha. Además, sufrió muchas lesiones. En el viaje le faltaban Griffa y Jayo, lo que descompuso la defensa, que hubo que apañar cambiando de puesto a tres: Glaría fue central, Rivilla lateral izquierdo, Calleja, medio. También faltaban Adelardo, Mendoza y Collar, pero quedaba un buen ataque: Ufarte, Luis, Gárate (en sus inicios) Urtiaga y Cardona. Pero Cardona se constipó al llegar. Metió el abrigo en la maleta y pasó un frío tremendo en los trámites de aduana. Jugó enfermo.

 

El partido se jugó a las dos de la tarde y se siguió por Radio Nacional, en la voz de Martín Navas. El Atlético perdió 3-1. Glaría se resbaló en un gol, hizo un penalti por mano absurda en otro y en el tercero Madinabeytia se comió un centro fácil. El gol atlético lo marcó Luis, de penalti. La única buena noticia fue que la Vojvodina no pareció gran cosa. El Atleti perdió por los regalos…

 

La vuelta es el 14 de diciembre, día del Referéndum del Proyecto para la Ley Orgánica del Estado. Marca incluye ese día declaraciones de Griffa, Collar y Puskas diciendo que van a votar sí mezcladas con noticias de la llegada de la Vojvodina. Boskov está expansivo y optimista. Su equipo se juega la honrilla de Yugoslavia, que ha sido eliminada de la Eurocopa por la URSS, como el OFK de la Recopa y el Estrella Roja de la Copa de Ferias. Sólo queda la Vojvodina. Viene el tal Sekeres. Takac, que gustó en la ida, comenta que va a ser su último partido con el equipo, le acaba de fichar el Rennes. Visitan el Valle de los Caídos y El Escorial, donde comen con el Atlético, hospedado allí, en el Hotel Victoria. Todo son cortesías.

 

En este partido se estrena la iluminación artificial en el nuevo campo, todo un suceso. Hubo un experimento, entre dos luces, en la segunda parte ante el Betis, pero este era el primer partido nocturno. El martes los dos equipos se entrenan bajo la nueva luz, con mucho público. Unos operarios movían a brazo los focos según las indicaciones de los porteros, que se desgañitaban: “¡No, que así deslumbran!”. Pero a tanta distancia… Griffa prueba y se retira.

 

El Atlético pide a la afición que acude en gran número (la mejor entrada hasta esa fecha) que ocupe las gradas más bajas, para que los jugadores sientan más el apoyo. Otto Gloria ha podido recuperar a Jayo, Mendoza, Adelardo y Collar, así que sale una alineación muy solvente, aunque con una rareza: Luis de extremo, haciendo ala con Gárate. No sale Ufarte. Al descanso ya se gana 2-0, y eso que Pantelic está parando muy bien. Parece cosa hecha. Pero Pantelic sigue parando y la cosa queda así: 2-0.

 

Los titulares del jueves se los reparten Pantelic y el Invicto Caudillo, que ha ganado su referéndum por un apretado 95,06 %.

 

La Vojvodina pacta jugar el desempate en Madrid a cambio de una semana a gastos pagados y la mitad de la taquilla. El domingo intermedio había derbi en el Bernabéu, así que el Atlético volvió a El Escorial, donde estaría confinado, entre una y otra cosa, diez días. La Vojvodina se quedó en el Hotel Carlton de Madrid y alternó entrenamientos en el Parque Sindical con visitas a los alrededores. Takac aplaza su incorporación al Rennes. Feliz semana de relax.

 

La Vojvodina asiste al derbi, que pierde el Atlético 2-1. Se descuelga de la Liga.

 

El miércoles 21 parecen confirmarse las felices expectativas, porque el Atlético marca en el minuto 3 y en el 5. Los retrasados se perdieron los goles. Pero la Vojvodina decide encanallar el partido, se lía a patadas, consentidas por el árbitro O’Neill, con ese dejar jugar tan de las Islas Británicas. El Atlético se enfanga en la pelea. El partido se embronca. En esas estamos cuando en el minuto 24 Takac, que ha atrasado una semana su incorporación al Rennes, lanza una falta por abajo y el balón, tras rozar en un pie, se cuela junto a la cepa del palo.

 

En el minuto 67 se produce la jugada que amargará a Rodri. El medio Radovic lanza un tiro desde más de treinta metros. En realidad, se quita de encima un balón con el que no sabía qué hacer. Rodri ni se mueve, lo deja pasar. Es el 2-2. En el campo hay un murmullo tremendo. Quizá aún sea el gol más raro que vi en mi vida. A mi lado, alguien que había acudido la víspera del entrenamiento y había visto el lío de los focos aventuró: “A Rodri le ha cegado un foco”. Crea un maremágnum de discusiones.

 

¿Y ahora? Ahora, más leña yugoslava. El Atlético aprieta pero se le escapan tres goles.

 

Se llega a la prórroga con un gol claro que se le escapa a Mendoza. Hay run-rún y pesimismo. ¿Será posible que…? Se habla del 2-0 de salida, del increíble segundo gol yugoslavo, de Rodri, de los goles que perdió el Atleti, de Takac, que al final del partido ha roto a jugar con peligro.… Hay negros presentimientos que se confirman dos minutos antes del descanso de la prórroga, cuando Takac se escapa una vez más, se planta ante Griffa, le favorece el rebote y bate mano a mano a Rodri. ¡Horror!

 

La segunda mitad de la prórroga no vale para nada. El Atlético nota el derbi del domingo, los golpes, los goles, la frustración. Ni las expulsiones de Trivic y Pusibrk, muy tardías, sirvieron. Fin. Los de la Vojvodina se abrazan. El héroe no ha sido Pantelic, sino Takac, cuyo nombre tardarán en olvidar los atléticos.

 

A las tres semanas, Rodri fue al cine Roxy con su mujer y el NO-DO pasó un resumen del partido: “Fue la primera vez que vi el gol. En su día, ni lo vi pasar, me pilló de pleno aquel foco. Hubo un murmullo en la sala, alguno comentó: ¡qué malo es Rodri! Me quedé ahí, disimulando”.

 

Le costó la suplencia hasta fin de temporada, en favor de San Román. Por suerte, era lo bastante buen portero como para rehacerse. Tuvo una gran carrera en el Atlético.

 

Eso sí: siempre que fue al Bernabéu tuvo que escuchar al público madridista gritarle “¡¡¡¡Vooooojvodina!!!!”.

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jueves, 06 abril 2017

Por Alfredo Relaño

Todo el mal que hizo Juanito cabe en un minuto

La primera vez que supe de él fue en un partido de selecciones regionales juveniles, Castellana-Tinerfeña, en Vallecas. Con los castellanos, camiseta morada y pantalón blanco, había un diablo pequeño y cabezón que nos entusiasmó a todos.

—¿Quién es el siete?

—Es un chico de Fuengirola que ha traído Víctor Martínez al Atleti.

El Atlético tenía una perla, pues. Vivía en la residencia de solteros del club, Hortaleza 19, con Leal, entre otros, figura en ciernes también. Venía de Fuengirola con maneras de golfillo que en Madrid explayó al máximo. Siempre supo divertirse, pero se entrenaba y progresaba. Miraba, aprendía, tenía afición, aunque su falta de control le costaba problemas. Pero llegó a ser la estrella del Atlético Madrileño.

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El 10 de enero del 73 le sacaron con el equipo grande en un amistoso contra el Benfica, en el Manzanares, partido en beneficio de los damnificados de la catástrofe de Managua. Estaba loco de alegría. ¡Su primer partido con los mayores! Pero fue una desdicha: le cayó sobre la pierna el meta portugués, José Henrique, y le produjo fractura completa de tibia y peroné. La recuperación duró todo el verano. El plan de incorporarle al primer equipo en la 73-74 se frenó. Prefirieron cederle al Burgos, en Segunda. Que se recuperara ahí.

No parecía mala idea. El Burgos era un buen Segunda. Pero Juanito me comentó años después: “Me equivoqué de medio a medio. Me creí figura entre los demás, no hacía mucho caso, discutía con el entrenador, con los árbitros. Me expulsaron varias veces. Me estaba hundiendo y no lo sabía”.

Al final del curso, el Atlético le dejó en libertad: “Se me vino el mundo a los pies. Yo no lo podía esperar”. Llamó al Burgos, con las orejas gachas y propósito de enmienda. Ya no era una figura en cesión, ahora necesitaba una plaza de meritorio. Martínez Laredo, el presidente, decidió creer en él. Siempre le vio un talante generoso. “Se equivocaba mucho, pero siempre reconocía el error a la primera”.

Fue una gran decisión. El Burgos pulió a un gran jugador. Juanito fue la figura del equipo, que en la segunda temporada de su regreso subió a Primera. En Primera destacó en cada partido, en especial en su visita al Calderón, una especie de venganza: el Burgos ganó 0-3. Los que le habíamos visto cinco años antes en aquel Castilla-Tenerife de juveniles reconocíamos sus regates, su velocidad, su visión, su nervio. Un genio.

En mayo, Bernabéu viajó a Roma, a la final de la Copa de Europa Liverpool-Borussia Moenchengladbach. El Madrid estaba interesado en el medio alemán Wimmer y Bernabéu quiso verlo en directo. Agustín Domínguez, que le acompañó, me contó lo que sigue: “Camino del campo nos encontramos a Lucien Müller. Don Santiago le dijo que, como se retiraba Amancio, necesitaba “uno que levantara al público de los asientos”. Bernabéu tenía esa obsesión desde Kopa. Amancio había cubierto ese papel durante años. Pero, ¿y ahora? Müller, que había entrenado al Burgos en la temporada del ascenso, le dijo que fichara a Juanito. Bernabéu se enfadó, le parecía Juanito un chico ingobernable, al que había tenido que echar el Atleti. Le gritó que se lo estaba ofreciendo Martínez Laredo, desde semanas atrás, y le parecía un disparate. Pero Müller le insistió mucho: “Don Santiago, yo le conozco, he trabajado con él, es un chico noble. Sólo necesita cuidarle las compañías”. Müller era un tipo serio y Bernabéu acabó por dejarse convencer, aunque a regañadientes. Luego vio el partido y cambió la decisión de los técnicos para el refuerzo del medio campo: “Wimmer no. Diles que ese del bigote que tiene tan mala leche”. Ese del bigote y la mala leche se llamaba Stielike.

Martínez Laredo se sintió feliz cuando Bernabéu le llamó. Se lo vendió por 31 millones, frente a una oferta mucho mayor del Barça. Laredo era un madridista radical, hasta sonó entre los posibles sucesores de Bernabéu tres años más tarde.

Müller tuvo razón y Bernabéu también. Los dos funcionaron, aunque se llevaron, andaluz el uno y alemán el otro, como el perro y el gato. Bernabéu rodeó a Juanito de buenas compañías (García Remón, Del Bosque y Camacho fueron su pandilla), pero aun así salpicó su magnífica carrera en el Madrid de continuos incidentes, dentro y fuera del campo. Los enemigos del Madrid, Núñez especialmente (“¿qué dirían de nosotros si tuviéramos un jugador que anda embarazando mujeres por las esquinas?”) le escogieron como foco de sus críticas. Él dio motivos, con sus salidas de madre, de las que inmediatamente se arrepentía: “Otra vez me ha traicionado mi pronto malo”, declaraba cada vez, sinceramente arrepentido. “No lo consigo dominar”.

Valdano me dijo en una de tantas frases felices suyas: “Todo el mal que haya hecho Juanito en su vida cabe en un minuto. Claro, que ese minuto es tremendo: dar un cabezazo a un linier, pisar la cabeza de Matthaus, escupir a Stielike... Pero siempre se arrepintió al instante”.

El público del Madrid le adoró, perdonándole eso. Su retirada tras el cuarto gol al Borussia en una de esas remontadas de la Copa de la UEFA, con sus saltos de alegría, sus manotazos al aire, quedó para la historia. Por eso lo primero que le vino a la cabeza a Casillas tras el 6-1 copero sufrido en Zaragoza fue que para la vuelta había que “apelar al espíritu de Juanito”.

Por el pisotón en la cabeza a Matthaus le suspendieron cinco años en Europa, así que tuvo que dejar el Madrid. Dio todas las facilidades, y eso que dinero no le sobraba. Era demasiado generoso y atolondrado para los negocios, que le fueron fatal.

Aún disfrutó del fútbol en el Málaga, su Málaga, que siempre quiso tanto como al Madrid. Cuando compareció como malaguista en Atocha, el campo que más le había gritado, se llevó una ovación tremenda. En la ciudad se sabía que con ocasión del homenaje a Sagarzazu había hecho más que nadie para reunir a una selección de figuras a fin de que el partido tuviera brillo.

Se retiró con Curro Romero cortándole la coleta. Aún soltó unos últimos partidos en Los Boliches, uno de sus primeros equipos, en Segunda B.

De ahí a entrenar. Iba bien en el Mérida. Relanzó a Cañizares, cuya carrera se estaba atascando. Los jugadores que pasaron por sus manos cuentan lo mejor de él. Tenía por delante una carrera, unos ingresos para tapar las trampas de los negocios olvidados y para sacar adelante una familia.

Hasta aquel Madrid-Torino de hace 25 años. Vino de Mérida a verlo, con tres jugadores, Ricardo, Echevarría y Pepe Pla, y Manuel Ángel Jiménez, Lolín, el preparador físico. Al final del partido, regresaron sin demora. Los jugadores, delante, se encontraron con unos troncos en la carretera, que se le habían caído a un camión al que vieron parado poco más adelante. Tras el susto, pensaron con aprensión en los del coche de atrás. Conducía Lolín, con Juanito dormido en el asiento de al lado. Esquivó como pudo los troncos, pero fue a estrellarse contra la trasera del camión. Juanito se rompió el cráneo, murió en el acto. Lolín resultó conmocionado, pero sobrevivió.

El impacto en la opinión pública fue tremendo. A Juanito, al cabo del tiempo, le quería todo el mundo. Vivió deprisa, se entregó a todos.

Muy poco antes, una gitana le había dicho que le quedaba poca vida. Entonces se acordó de Ramos Marcos, que le había ofrecido un seguro de vida que rechazó. Le llamó e hizo el seguro. “Para que mis hijos queden bien”.

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jueves, 30 marzo 2017

Por Alfredo Relaño

Kopa, el ‘tourbillon’ y la glucosuria

El partido numero 100 de la Selección se jugó contra Francia en Chamartín el 17 de marzo de 1955. El anterior, exactamente un año antes (17 de marzo de 1954), había supuesto un berrinche mayúsculo, porque nos dejó sin ir al Mundial de Suiza. Fue aquel desempate empatado contra Turquía en Roma, resuelto por sorteo, con un bambino que sacó de la copa la papeleta de Turquía. Un año, pues, sin jugar. Para la reaparición se pactó un amistoso con Francia en Chamartín. No parecía mala idea. Francia no era gran cosa entonces en fútbol, pero su prestigio como país sería un plus para la previsible victoria española. De ocho partidos anteriores contra ellos habíamos ganado siete y perdido sólo uno. El último había sido una estruendosa victoria en Colombes, 1-5, con Basora en figura.

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Francia aterrizó el martes 15 en Madrid, con catorce jugadores, seleccionador, entrenador, masajista, dos directivos y ¡38 periodistas! Es conocida la atracción que provoca todo lo español en Francia. Y nuestro fútbol, pese a no haber ido al último Mundial, tenía prestigio. Aquí estaba Kubala, había llegado Di Stéfano… Entre los periodistas está el célebre Gabriel Hanot, que en esos días da los últimos toques a la creación de la Copa de Europa, iniciativa suya lanzada desde L’Équipe. Como todos, no tiene dudas: ganará España. Nuestro equipo ‘B’ acababa de ganar, el domingo 13, al ‘A’ de Grecia por 7-1, con cuatro goles de Badenes y una exhibición de la media Mauri-Maguregui, del Athletic. El partido ha impresionado.

Francia sube a La Berzosa. España está en Aranjuez. Los jugadores reciben continuas visitas de amigos en busca de entradas, agotadas en Madrid. Se quejan del frío y entretienen el aburrimiento matando pajaritos con una escopeta de perdigones. El seleccionador, Ramón Melcón, es optimista. Menos lo es el entrenador, Benito Díaz, viejo zorro. (En la época, el cargo de seleccionador y el de entrenador estaban separados). ‘El Tío Benito’ sabía que Francia tenía un equipo rápido, en el que destacaba un joven menudo llamado Kopa. Se estaba forjando la Francia que sería tercera en el Mundial-58, pero aquí nadie sospechaba eso más que él, que había pasado la Guerra Civil en Burdeos entrenando al Girondins. Cuando le hablan de goleada se muestra irónico: “Sí, a los ocho o nueve deberíamos parar…”.

La víspera, la recién creada Agrupación de Periodistas Deportivos ofrece un cóctel a sus colegas del país vecino. Los españoles se enteran con asombro de que traen un camión especial para revelar y transmitir fotos desde la puerta del campo. También traen televisión. El partido se va a televisar a Francia. Aquí no, estamos en mantillas. Por la mañana ha entrenado Francia en Chamartín. Los franceses se vuelcan en elogios sobre el césped y la inmensidad de las gradas. En Francia no hay nada así. Se acaba de jugar en París un Racing-Nimes, decisivo para el título, ante 18.000 espectadores.

El jueves a las 16:30, cuando saltan los equipos, hay 125.000 aficionados en las gradas. Marca, que se vendía a 0,80 pesetas, anuncia para el día siguiente un número extraordinario, que cobrará a peseta. Tal era la expectación.

Francia sale con: Remetter; Bieganski, Jonquet, Marché; Penverne, Louis; Kopa, Glovacki, Bliard, Mahjoub y Vicente.

Por España: Ramallets; Segarra, Marquitos, Lesmes II; Muñoz, Bosch; Basora, Molowny, Arieta, Rial y Gaínza. Ramallets, Segarra, Bosch y Basora son del Barça. Arieta y Gaínza, del Athletic. Los otros cinco, del Madrid. Melcón ha barrido para casa. Marquitos y Lesmes II debutan. Falta Kubala, lesionado, y eso da sitio a Molowny, ya mayor, pero gran favorito de la afición madridista. Se podía entender: el Madrid había ganado la Liga anterior y se encaminaba a ganar esta... Pero eso se debía sobre todo a Di Stéfano, que aún era extranjero y no podía ser seleccionado. Mucha gente que ha visto el 7-1 a Grecia se pregunta si no hubieran merecido algunos de los ‘B’ estar en el partido. Sobre todo Badenes y los medios Mauri y Maguregui, que dieron un recital.

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La cosa empieza bien. Francia sale encogida ante los 125.000 espectadores que revientan la grada y animan a esa especie de Madrid reforzado. En el 10’, gol español: buena jugada de Rial que abre a Basora para que éste centre a Gaínza, que se ha metido en diagonal al área y marca. En las gradas, claro, se habla de goleada.

Pero ahí se acabaron las buenas noticias. Francia se suelta, se la ve más fuerte, más saludable y más técnica. Louis, un mulato de la Martinica, enorme y fortísimo, se mete a Molowny en el bolsillo y le sobra fuerza para armar el medio campo. Muñoz y Bosch son lentos, Rial es lento, Francia es rápida. Kopa deja la banda y se va hacia el centro. Los delanteros franceses cambian de posición constantemente, es lo que llaman el tourbillon, el torbellino. Todo con Kopa al frente de la maniobra. Ramallets retrasa el empate hasta el 34’, cuando ya no puede hacer nada ante un empalme de Kopa. 1-1. No mucho más tarde, Molowny se va por ‘lesión’ (sólo así estaba permitido el cambio) y le sustituye Arteche. Al descanso hay mal humor.

En la segunda, Francia es dueña del campo y del balón, Ramallets aguanta como puede. En el 72’, la enésima diablura de Kopa acaba en gol de Vincent. El partido queda 1-2. No ha habido goleada, no… gracias a Ramallets.

Kopa sale a hombros de aficionados franceses, como un torero. En la caseta, Molowny declara que no estaba lesionado, que le han obligado a fingir. Más polémica para el día siguiente. Benito Díaz desliza críticas a la alineación de Melcón. Nadie duda de que él hubiera preferido a Mauri y Maguregui para la media.

Pasado el fin de semana con su jornada de Liga, una palabra se apodera de la escena: GLUCOSURIA. ¿Y eso qué es? Un exceso de azúcar en la sangre, que habría sido culpable del mal rendimiento. La noticia la lanza el martes un diario de la noche y la recogen todos la mañana siguiente. Hay desconcierto. Marca respalda a la Federación, aporta testimonios de muchos médicos que descartan tal cosa. Pronto se ve que el origen ha sido una filtración del Madrid, que acaba por enseñar la patita. Primero, con una nota del club. Luego, con un largo informe de sus médicos, publicado íntegro en ABC. El parte explica que los jugadores tomaron zumo de naranja enriquecido con azúcar tras cada entrenamiento en Aranjuez y que en pruebas hechas el viernes, todos los internacionales del Madrid menos Molowny dieron un exceso de azúcar en la sangre, lo que explicaría su mal rendimiento.

¿Y los del Barça y el Athletic? Sus médicos no detectaron nada. La polémica da para días, como todo lo que envuelve al Madrid. ¿Excusa del club, comprometido en el fracaso, por la amplia presencia de jugadores propios en el partido? Han pasado muchos

años, no hay testigos vivos, pero es a lo que suena. Tanto tiempo después, nadie ha vuelto a oír nada de la glucosuria relacionada con mal rendimiento en el fútbol.

El siguiente partido de España fue un empate en Chamartín contra Inglaterra, tras el que cayó Melcón. De los de la glucosuria sólo repitió Rial. Muñoz y Molowny volvieron a la Selección. Marquitos y Lesmes II, sí, sólo una vez cada uno, y pasado mucho tiempo.

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jueves, 23 marzo 2017

Por Alfredo Relaño

El Celta se salva a costa del Deportivo

En la 69-70, el Celta reaparecía en Primera División, tras una década de ausencia. Allí se iba a reencontrar con el Dépor, que en los sesenta llegó a ser conocido como equipo ascensor, porque subía y bajaba continuamente. Pero en ese momento, con un presidente joven y audaz, Antonio González, se sentía seguro. Aspiraba a más. Se estaba dotando de una nueva estructura. Entró como gerente un destacado periodista coruñés, Manuel Fernández Trigo, más adelante gerente del Madrid.

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Antonio González era hombre prometedor y multifacético. Exjugador del club, fue también presidente de las federaciones gallega y española de hóckey sobre patines, deporte en el que había llegado a ser internacional. Cuando llegó la Asamblea de la Federación del verano de 1969 sonaba para el Consejo Directivo, entonces más reducido que ahora. Galicia tenía tres equipos en Primera (el otro era el Pontevedra) y dos en Segunda (Ferrol y Orense). Él era la cara más conocida de Galicia.

Un grupo de clubes que se movían en aquel tiempo entre la zona del miedo en Primera o de las aspiraciones en Segunda, presentó una propuesta: que la Primera pasara de 16 a 18 clubes. Encabezaba el movimiento el Sabadell, cuyo presidente, Ricardo Rosón, reclutó para la causa a los gallegos a cambio de apoyar a Antonio González para el Consejo Directivo.

Pero en la jaula de grillos que fue la Asamblea (como cada año), González les falló, o le fallaron ellos a él. La cosa es que ni González salió ni la Liga se amplió. En Vigo corrió que el Dépor ya no temía el descenso, que estaba agrandado y que González ni votó ni hizo campaña por la ampliación. Le acusaron de “nuevo rico futbolístico”.

Pero la realidad fue por otro lado. Al final de la primera vuelta, el Dépor era el tercero por la cola y bajaban tres mientras que el Celta estaba cerca de la zona templada. Y tercero por la cola seguía el Dépor cuando, a tres jornadas del final, le tocó recibir al Celta, que le precedía en tres puestos y cuatro puntos. El partido se presentaba con tintes dramáticos. El Dépor necesitaba ganar. El Celta sabía que ganando se salvaba seguro.

De aquel partido se hablaría durante años.

Salieron a relucir todos los agravios históricos. Saltó a relucir la fuga de varios jugadores vigueses (entre ellos el legendario Otero) al Dépor cuando se fusionaron el Fortuna de Vigo y el Vigo Sporting para dar lugar al Celta. Salió a relucir el partido en Chamartín de verano del 40, cuando el Celta le ganó al Dépor y le cerró la puerta de Primera. Salió a relucir la liguilla de promoción del 53, con HH en el Dépor, en la que los dos quedaron en Primera por carambola, tras un choque final muy polémico.

La semana previa es de gran emoción en ambas ciudades, con un paréntesis el viernes por la noche para el combate Urtain-Weiland, asalto del morrosko de Cestona al título de Europa. Weiland llegó a España diciendo “las piedras que levanta Urtain yo se las lanzo a los pajaritos”, lo que creó indignación patriótica. Hasta Vigo y La Coruña se pararon por dos horas. Una vez que ganó Urtain y quedamos todos tranquilos, el primer plano en Galicia lo volvió a ocupar el Dépor-Celta.

La Central de Espectáculos de Vigo vende 5.000 entradas. Otros 5.000 viajarán, confiando en conseguir entrada en La Coruña. Allí hay colas en las taquillas. Es día del club, tienen que pagar todos los socios y abonados. Se advierte que a las nueve del sábado se cierran las taquillas y el sobrante se venderá al público en general.

El Celta viaja el mismo sábado, duerme en Santa Cruz, en el hotel Portocobo. Se dice que llevan 100.000 pesetas de prima por cabeza, una exageración. Son 25.000. El Dépor duerme en el hotel Santa Cristina. Tiene una baja muy sensible, Domínguez, alma del equipo, y es duda Bellod, lateral atacante. Van a misa, a los jesuitas, junto al hotel.

La mañana del domingo llegan de Vigo un tren de especial, numerosos autocares y muchísimos coches con la matrícula PO. La baza del entusiasmo es viguesa. Los coruñeses van desconfiados al partido. Son las 4.30 del 5 de abril del 70 cuando con un sol reventón salen a Riazor los dos equipos:
Dépor: Joanet; Miguel, Luis, Cholo; Sertucha, Manolete; Loureda, Cervera, Beci, José Luis y Martínez. En el 39’, Bordoy por Miguel; en el 45’, Chapela por José Luis.
Celta: Bermúdez; Pedrito, Manolo, Herminio; Rivera, Costas; Lezcano, Almagro, Abel, Juan y Jiménez. Arza, entrenador del Celta, viejo zorro, ha cambiado la alineación al saber que faltaba Bellod. Rivera, habitual delantero, pasa a la media, en lugar de Hernández, más de contención.

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Un equipo del NO-Do ha acudido a filmar el partido. Es noticia nacional.

Minutos de tanteo hasta que en el 9’ Sertucha mete un tiro en el palo. Eso anima al Dépor, que ataca con firmeza 10 minutos, pero al Celta se le ve más calmado. Pasado el chaparrón, se despliega. Rivera, el delantero convertido en medio, se hace dueño del juego. Será el hombre del partido. En el 42’, falta cerca del área del Dépor. La saca Quique Costas (que luego haría gran carrera en el Barça de Cruyff) para Rivera, y…

—Le dije que me la tocara cortita y le pegué con todo. Salió un tiro raso que pasó por debajo de la barrera y se coló junto al palo.

Para Joanet, el buen meta deportivista, un tiro inalcanzable. Para Rivera, un hito en su carrera. Nacido en O Carballiño, donde hoy vive, fue Pichichi de Tercera con el Orense, jugó en el gran Sevilla de mediados de los sesenta y regresó a Galicia para fichar por el Celta, de Segunda. “Muchos me decían que cómo me iba del Sevilla, que era puntero, al Celta en Segunda. Pero yo quería volver a Galicia”. Hizo bien. Fue Pichichi en Segunda con el Celta, vivió el ascenso y grabó en mármol su nombre en la historia de la gran rivalidad gallega con ese gol.

En la segunda mitad mandó el Celta, al que le anularon otro gol. El Dépor, falto de Domínguez, que ponía el espíritu, se embarulló.

Al regreso a Vigo hubo desfiles y cohetes en Santiago. En La Coruña quedó depresión: el Dépor estaba condenado. Aunque luego empató en Mallorca y el último día ganó al Granada 3-0, terminó tercero por la cola y bajó.

En Vigo no dejaron de recordar que si Antonio González hubiera peleado más por la ampliación, el Dépor seguiría en Primera.

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viernes, 17 marzo 2017

Por Alfredo Relaño

Isidro al Madrid y Luis al Betis

El Boletín del Real Madrid de julio de 1961 anunciaba el fichaje de un jugador del Betis, Isidro. “Era una lástima que un jugador así estuviera fuera de la actividad”, añadía crípticamente, al tiempo que agradecía la comprensión de la directiva bética en las negociaciones.

 

Isidro Sánchez García-Figueras nació en Barcelona, donde a su padre, interventor del Banco de España, le pilló el inicio de la guerra. A los tres años le llevaron a Jerez, donde se crio. Siempre se consideró jerezano. Fue, además, sobrino por parte de madre de un célebre alcalde de la ciudad. Estuvo en el Betis que regresó por fin a Primera División tras una larga travesía. Jugó con la Selección de Promesas contra Italia, en marzo de 1959. En enero del 60 le marcó al Madrid el gol de la primera victoria del Betis sobre los blancos en lo que podríamos llamar la época moderna. Era un puntal del equipo, como medio de ataque. Pero en verano del 60 su relación con el club se agrió. Casado con Carmen Flores, hermana menor de la celebérrima Lola, quiso ser también agente suyo, y le faltaba tiempo para ambas actividades. Lola tiraba de ellos hacia Madrid, donde quería que Isidro, muchacho instruido y de alto nivel, fuera el gerente del espectáculo de las hermanas, incluso en las giras.

 

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Empezó a incumplir con el Betis. Se le mejoró el contrato (él argumentaba que podía ganar más como gerente del espectáculo de las Flores), pero la situación hizo crisis cuando no apareció en la concentración del equipo en vísperas del Betis-Sevilla de la 60-61. El club le declaró en rebeldía. Se quedó fuera del equipo, con 23 años.

 

En el Madrid tenía un valedor, Luis del Sol, que había jugado con él en el Betis y ahora triunfaba en el club blanco. Bernabéu no lo veía claro, porque estaba el precedente próximo del atlético Coque, que entró en amores con Lola Flores y se echó a perder como futbolista por meterse a productor de sus giras.

 

Pero al final se dejó convencer y fichó a Isidro. Después de mucho tira y afloja, el acuerdo fue dos millones más un jugador de la cantera, el que el Betis quisiera. Y el Betis escogió a un tal Luis Aragonés, que había pasado cesiones en el Getafe, el Recreativo, el Hércules, el Plus Ultra y el Oviedo, en este ya en Primera.

 

Cuando Bernabéu supo que el Madrid había dado a Luis, se enfadó, pero ya no tenía arreglo. Es verdad que al Madrid le sobraban delanteros. La tripleta central del ataque la formaban Del Sol, Di Stéfano y Puskas. Y por ahí andaban también Pepillo, Simonsson, Félix Ruiz y Villa, el futuro magnífico, suplentes o cedidos. Aun así, Bernabéu nunca se hubiera desprendido de Luis. El viejo patriarca tenía un gran instinto para los futbolistas. Le había visto algo y el tiempo le daría la razón.

 

Pero se fue al Betis, que además empleó los dos millones del Madrid en fichar a su compañero de línea en el Oviedo, Ansola, un nueve tanque. La pareja resultó. El Betis cambió un jugador que no utilizaba por un estupendo tándem de ataque.

 

A Isidro tampoco le fue mal en Madrid. En la primera temporada no terminó de hacerse con un sitio fijo, pero en las tres siguientes fue titular como lateral derecho, donde ocasionalmente había jugado también en el Betis. Alto, elástico, elegante, con calidad para subir y jugar la pelota. Hizo amistad íntima con Di Stéfano y Santamaría, con los que compartió sociedades. Carmen limitó mucho su actividad artística, venían los hijos… Fueron años de vino y rosas.

 

Pero fue víctima de la derrota en la final de Viena ante el Inter. El año siguiente apenas jugó. En la 65-66 se marchó al Sabadell. Mientras, la familia había crecido: dos niñas y dos niños. El benjamín, Enrique, no era otro que Quique Sánchez Flores, hoy entrenador del Espanyol, tras una buena carrera de futbolista como lateral derecho, el puesto de su padre. Di Stéfano fue su padrino en el bautizo.

 

Mientras, Luis regresó a Madrid… pero al Atlético. En la primavera del 64, cuando llegó a la presidencia, Vicente Calderón sacudió la plantilla con el hondureño Cardona y cuatro fichajes del Betis: Colo, Matito, Martínez (que se malograría) y Luis Aragonés. A este le esperaba una larga carrera como leyenda atlética, primero en el campo, luego en los banquillos. Y, finalmente, la gloria de definir para la selección española un nuevo estilo de juego. La de ser el padre de los éxitos de La Roja.

 

Isidro, que siempre pudo presumir de que en sus cinco años en el Madrid ganó otras tantas veces la Liga, aún pudo disfrutar mucho del fútbol en el Sabadell, que vivía los mejores años de su historia, instalado en Primera. Llegó con 29 años y fue titularísimo hasta los 34, cuando un choque cabeza con cabeza con el malaguista Migueli le produjo la fractura del arco cigomático derecho. Aquello no se lo trataron bien, y con el tiempo degeneró. Operación tras operación, acabó por perder el ojo derecho, extirpado. Como las desgracias nunca vienen solas, la familia se rompió.

 

Sacó el título de entrenador, dirigió al Portuense, pero la avería se extendió al otro ojo, del que acabó perdiendo la visión. Con 38 años estaba ciego y además arruinado, más por el precio de nueve operaciones inútiles que por el divorcio. La última (que tampoco le sirvió de nada) le costaría 125.000 pesetas que no tenía.

 

El fútbol nacional le montó un homenaje sonado en diciembre de 1974. El año anterior se había vuelto a autorizar la llegada de extranjeros, cerrada desde 1962, y nuestro fútbol se llenó de grandes figuras, como Cruyff, Netzer, Ayala o Carnevali. Surgió la idea de enfrentar a la selección (los Kubala-boys) con una de los extranjeros de la Liga. España contra un dream team. Al Bernabéu acudieron 80.000 personas, para ayudar a Isidro y para ver a tanta estrella junta. La decepción fue que Cruyff no pudo jugar, por una contractura. La gran ilusión era verle junto a Netzer. Compareció, vestido de paisano, en el saque de honor de Isidro, que llegó al centro del campo con un bastón y ayudado por los capitanes. Pero el holandés no pudo jugar y se llevó una pita injusta. Aún sin él, la delantera fue de lujo: Ayala, Breitner, Sotil, Netzer y Guerini, con Neeskens empujando desde atrás. El partido acabó 2-2.

 

Con el beneficio de ese día pudo pagar la última operación, tan inútil como las anteriores. Montó un bar en la plaza del Museo de Sevilla, llamado Maracaná. Aquel fue escenario de charlas futbolísticas durante años. Al tiempo lo cambió por otro más pequeño, en Rafael Calvo con Bailén, señal de que no iba muy bien. Falleció en 2013, a los 76, de un infarto.

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jueves, 09 marzo 2017

Por Alfredo Relaño

Kopa lanza el ‘marketing’ y escandaliza a Francia

La 58-59 fue la tercera temporada de Kopa en el Madrid. En las tres ganó la Copa de Europa. Aquella última había sido la de la llegada de Puskas, con lo que Bernabéu había reunido su delantera perfecta: Kopa, Rial, Di Stéfano, Puskas y Gento. Kopa terminaba contrato ese su tercer año. Bernabéu le ofreció una renovación por cinco más. Estaba seguro de que aceptaría, pero se lo pensó, se lo pensó… y al final rehusó. Bernabéu no lo esperaba. En el Madrid había ganado el triple que en su club de procedencia, el Stade de Reims. Bernabéu no se explicaba cómo podía marcharse.

A Kopa le empujaban a regresar al Stade de Reims dos motivos: su mujer lo deseaba, y él era feliz sólo a medias. Reconocidísimo por Bernabéu, por el público y por sus compañeros, no se resignaba a su puesto de extremo. En Francia jugaba en el eje del ataque, como nueve retrasado, agitando el ataque, protagonizando los avances, buscado por todos los compañeros. En el Madrid ese papel era, claro, de Di Stéfano.

Ya, pensaba Bernabéu, pero ¿y el dinero?

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El dinero le importaba a Kopa, como a todos. Se había enojado mucho cuando en 1951 fue traspasado de su primer club serio, el Angers, al Stade de Reims. Sólo entonces se enteró (así eran las cosas antes) de que se debía de por vida al Angers, de que estaba sometido desde su primera firma (con 17 años) al derecho de retención, de que para irse a otro club, este tendría que pagar un fuerte traspaso. Kopa hubiera encontrado natural que todo el dinero que el nuevo club estuviera dispuesto a gastarse en su contratación fuese para él.

En el Stade de Reims se completó como jugador, se convirtió en la gran estrella de Francia. En 1955 tuvimos aquí seria noticia de él: Francia pasó por Chamartín, ganó a España 1-2 y un grupo de franceses entusiasmados le sacó a hombros, como un torero. El Napoleón del Fútbol le bautizó ese día en su crónica Desmond Hacket, crítico del Daily Express. El apodo hizo fortuna en toda Europa.

Para entonces ya no era el simple muchacho hijo de emigrantes polacos al que se podía engañar fácilmente. Se orientó, tuvo amigos cultivados. Cuando le llegó la oferta del Madrid ya sabía que en España el derecho de retención no operaba con los extranjeros. Por eso aceptó la oferta de Bernabéu: contaba con que a los tres años quedaría en libertad y eso le permitiría cobrar en su siguiente destino el dinero equivalente a un traspaso, más sus emolumentos propios de estrella.

Así que comparó la propuesta de renovación de Bernabéu con las del Anderlecht y el Milan. Mientras, en Francia se creó un movimiento para recuperarle, que era lo que él deseaba. El problema para el Stade de Reims era que no tenía tanto dinero. Era el gran club de Francia (acababa de perder ante el Madrid la final de la cuarta Copa de Europa) pero no le alcanzaba para ofrecerle lo que otros. La solución fue crear un concierto con varias empresas que explotarían la imagen de Kopa.

Hubo un refresco llamado Kopa, unas botas Kopa, camisetas Kopa, calzones Kopa, unas medias Kopa y un chándal Kopa. Fue un avanzado del marketing en el fútbol, cuando eso todavía no se llamaba así ni de ninguna manera. En Francia, como luego haríamos aquí, adoptaron la palabra inglesa (o mejor, americana) para el caso.

En Francia, algunos torcieron el gesto. Por la época, el amateurismo aún tenía un prestigio, a los JJ OO no podían acudir profesionales de ningún tipo. Se admitía como algo inevitable que los futbolistas cobraran por su trabajo, pero esa explotación comercial de su apellido (sincopado, en realidad se llamaba Kopaszewski) se vio como un exceso mercantilista. Él, sin embargo, era un convencido de que era su derecho y de que el futuro le daría la razón. Se le habían abierto los ojos en ese sentido cuando un fotógrafo de la época, que les hizo un célebre posado a Bernabéu, Di Stéfano y él juntos, la colocó luego como reclamo en su estudio, lo que le atrajo multitud de clientes.

Hizo más anuncios. Creó su propia empresa para manejar esos asuntos. Al tiempo, desde su posición de figura máxima de Francia, empezó a predicar entre sus compañeros. Tuvo problemas con el seleccionador francés. Alguna vez dejó de convocarle, a instancias de la Federación.

No le acobardaban. Hijo de inmigrantes polacos, minero en su infancia como su padre (con 14 años perdió el índice de la mano izquierda, aplastado por una vagoneta en la mina), era interiormente duro, en contraste con el aire elegante de su fútbol de seda, de su apariencia, menudo de talla, rostro plácido, perfecto aseo, maneras suaves.

La gran bomba la soltó el 4 de julio de 1963, en una entrevista en France Dimanche, un semanario popular que salía los viernes. El titular fue: “Los jugadores son esclavos. Se les puede vender, hasta forzar a cambiar de país sin su acuerdo”. Aquello creó un revuelo europeo. La Federación le exigió que rectificara, no lo hizo y le suspendieron por seis meses. Así eran las cosas entonces. Algunos, para defenderle, argumentaron que hablaba así porque estaba nervioso por una grave enfermedad de su hijo. Eso le encolerizó más. Presentó demandas que algunos amigos le convencieron, con mucho esfuerzo, de retirar.

En la 63-64, sin su concurso, y con otras figuras algo gastadas, el Stade de Reims bajó a Segunda. Recobró la categoría en 1966, pero bajó otra vez de inmediato. Ni él ni el Stade de Reims volvieron a ser los mismos. Tras una corta retirada, jugó su último partido con 37 años, en 1968.

Francia se dividió en torno a su figura. Pero con su retirada más la nueva mirada surgida a partir de los sucesos de mayo de 1968, la opinión en contra fue girando, al compás que lo hacía la sociedad. Sus razones fueron mejor entendidas, se creó el sindicato de futbolistas... En 1970 fue nombrado Caballero de la Legión de Honor.

Fuera del fútbol, manejó sus negocios. El paso del tiempo hizo que su nombre fuera, progresivamente, más olvidado, menos comercial. Llegó a tener problemas y en 2001 sacó a subasta en una casa de Inglaterra sus recuerdos, premios, medallas…

Dejó fuera de esa subasta dos cosas: su Balón de Oro de 1958, y el regalo de despedida que le hizo Bernabéu: tres pequeñas reproducciones en oro de la Copa de Europa, sobre un soporte de madera.

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jueves, 02 marzo 2017

Por Alfredo Relaño

Karag acierta y el Atleti es campeón

Acisclo Karag, nacido en Filipinas en 1891, fue médico y periodista. Su firma ya era conocida desde antes de la guerra. En los sesenta, cuando yo era un chaval, tenía una cita fija con los lectores los jueves en Marca,donde pronosticaba, con general acierto, los resultados del domingo.

Pero lo grande venía cuando, a varias jornadas del final de la Liga, anunciaba el veredicto final: el campeón, los descendidos, el orden de todos. El día se esperaba con avidez y se consideraba palabra papal. Pocos se atrevían a discutirlo. Los hinchas del campeón se crecían, los de los descendidos se abatían.

Sin título


Esta era la temporada 65-66, última del Metropolitano. El Atlético iba bien. El Barça empezó muy mal, el Madrid, regular tirando a mal. En un par de oportunidades llegó a ser líder el Pontevedra del Hai que Roelo, la segunda tras ganar al Atlético en Pasarón. Pero el Atlético volvería a coger la cabeza. Iba fuerte.

El Barça mejoró a partir de una victoria 1-3 en el Bernabéu, acabando ya la primera vuelta, pero venía muy de atrás. El Madrid también mejoró tras esa derrota, que fue causa de la aparición de Velázquez y de la titularidad de De Felipe, con lo que se conformaba lo que sería el equipo ye-yé.

Tras la jornada 18 (el campeonato tenía 30) el Atlético es primero, con 26 puntos, le siguen el Madrid con 25, el Pontevedra, con 22 y el Barça, que crece, con 21, los mismos que Zaragoza, Valencia y Athletic de Bilbao.

Es entonces cuando, el 14 de enero, Karag dictamina: el Atlético, campeón con 45 puntos, el Madrid, segundo con 43. Para los madridistas, una bomba fétida. El Madrid había ganado de tacada las cinco ligas anteriores. Y ahora había encontrado por fin el equipo tras relegar a la suplencia a los casi cuarentones Santamaría y Puskas.

Karag había adelantado mucho su pronóstico. Empezó haciéndolo a seis jornadas del final, luego a ocho, después a diez y ahora ¡con doce jornadas por jugar! Sólo iban tres de la segunda vuelta.

En Madrid se discutía en las calles, en los bares, en las oficinas, en los autobuses, y desde luego en los colegios. Karag basaba sus pronósticos en un índice de performance que atribuía a cada equipo y que, de tantas vueltas que di al asunto, supe descifrar, para asombro mío y de mis compañeros. Me sentí Einstein al descubrir que ese índice salía de la suma de dos divisiones: la de puntos conseguidos entre partidos jugados y la de goles a favor entre goles en contra. Luego, confrontaba partido a partido los índices de performance de los contendientes, con un índice corrector para el de casa y de ahí extraía el resultado, partido a partido, jornada a jornada.

El 30 de enero, recibe al Atlético en el Bernabéu, el Madrid ya le ha igualado en cabeza. Una pancarta reza: “El 30 de enero, el Madrid el primero; a final de temporada, el Penta gana. Recuerdos, Karag”. (El “Penta” era el Madrid. Así se le conocía desde sus cinco Copas de Europa, a la que estaba a punto de añadir la sexta).

Ganó el Madrid, 3-1. Fue mejor, más rápido, más joven, más ambicioso. El Atlético dio imagen de estar gastado. El Madrid cogió la cabeza con dos puntos de ventaja.

La jornada 22, 6 de febrero, nos trae la visita del Barça al Metropolitano. El Barça se ha situado ya a sólo dos puntos del Atlético. Llega el jueves. Se entrena en la Ciudad Deportiva del Madrid el viernes y el sábado (¿sería imaginable eso hoy?). Hay frases de cariño para el viejo estadio y alguna esperanza de llegar aún al título. La reacción está siendo formidable. Llaudet, presidente, explica la receta: “Un poco de juventud, mucho de disciplina, mucho de hermandad y el resto, buena voluntad”.

El mismo día, el Madrid visita al Espanyol, donde aún juega Di Stéfano, por la mañana. Se televisa. Barcelonistas y Atlético ven al Madrid empatar, lo que no es del todo bueno ni del todo malo para nadie.

Por la tarde, el Metropolitano revienta. Hay miles de madridistas el pie de guerra en la enorme gradona Este, desde donde animan al Barça tanto que el sonido del estadio está repartido, como en una final de Copa. Gana el Barça 0-1 con gol, celebradísimo en la gradona, del exmadridista Muller, rara avis. Muller era un medio francés de exquisita técnica al que un periodista catalán describió así: “Nunca hizo una falta, nunca falló un pase, nunca tiró a puerta”. Las dos primeras eran verdad, la segunda, casi. Yo le recuerdo un gol con el Madrid y este con el Barça. No chutaría muchas más veces. El Atlético jugó mal, de nuevo sin energía. Apenas llegó. Queda como único argumento la queja de un penalti claro de Eladio a Luis que el balear Rigo no pitó.

Ahora el Madrid es primero, con dos puntos sobre el Atlético y el Barça. El pronóstico se tambalea. En su crónica de Marca, Antonio Valencia, subdirector del periódico, reconoce: “(…) el pronóstico ha sufrido un impacto gravísimo por debajo de la línea de flotación y comienza a irse a pique”. También escribe: “El campeón de invierno ha resultado como esas estatuas de nieve que el sol derrite conforme se acerca la primavera”.

El entrenador atlético, Balmanya, declara: “Todo ha terminado. Me siento defraudado de mi labor, el equipo se hunde físicamente”. Y un pellizco a sus chicos: “Yo puedo controlar la preparación de mis jugadores, no su descanso”.

El lunes los madridistas llegan en triunfo al trabajo o al colegio. “¡La Liga del Atleti ha durado lo que un pastel a la puerta de un colegio!”. “¡Si será malo el Atleti que hace fracasar a Karag!”.

Pero, tras empatar su siguiente salida, a Mallorca, el Atlético lo gana todo. El Madrid tras algún tropiezo, pierde en el Camp Nou en la penúltima jornada. El Atlético llega a la última dependiendo de sí mismo. Tiene que ganar en Sarriá al Espanyol, en el que sería último partido de Liga de Di Stéfano, que ya tenía los 39 corridos. Griffa, el poderoso central del Atlético, y él, volvían a encontrarse. Los dos viejos condottieros me contaron al cabo de los años aquello. Griffa le decía: “Alfredito, vos no necesitás los puntos, no vayás a querer hacerles un favor a tus amiguitos…. Si te acercás por acá, te mato”. Di Stéfano le replicaba: “Vos qué tenés, Jorgito, ¿un cementerio privado?”.

 

Ganó el Atlético 0-2, con goles de Ufarte y precisamente Griffa. Campeón, pues, el Atleti con 44 puntos, por 43 del Madrid y 38 del Barça. El orden que previó Don Acisclo. Bajan Mallorca y Betis, los dos que anunció. Todo ¡a doce jornadas del final!

Karag fue un mago. Rara vez fallaba. Y para cuando eso ocurría, tenía explicación: “No ha fallado el pronóstico, ha fallado el equipo”. Pero el Atlético no le falló. Se despidió de su viejo y querido Metropolitano como campeón de Liga.

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jueves, 23 febrero 2017

Por Alfredo Relaño

Mientras Plaza sea presidente...

El 11 de febrero de 1973, el Barça recibía al Betis. Arbitraba el asturiano Medina Iglesias. Antes del partido, cuando pisaba el césped, aún de paisano, se le acercó un directivo del Barça, Xavier Amat, y le hizo una pregunta sorprendente:

-¿Le hizo llegar Don Antonio Camacho unas cortadoras?

Antonio Camacho era árbitro también, del colegio castellano. A Medina Iglesias la pregunta le sorprendió. No, no había recibido ningunas cortadoras de Camacho ni las esperaba ni sabía a qué venía aquello. Amat le aclaró que 'cortadoras' era la clave que escondía las 100.000 pesetas que, vía Camacho, se suponía que el Barça le había entregado a Medina Iglesias por la victoria culé en Burgos el 17 de septiembre anterior.

Medina Iglesias entendió. Había arbitrado aquel Burgos-Barça, que ganó el Barça sin su ayuda. Pero él 'se había vendido' oficialmente. Camacho se habría ofrecido al Barça para 'tocarle' a cambio de 100.000 pesetas y no le dijo nada. Luego, el Barça ganó, le pagó a Camacho las 100.000 del ala y Medina no supo nada hasta ese día.

Se indignó y redactó un informe para el Comité de Árbitros.

El informe durmió el sueño de los justos durante tres años, en los que lo presidieron sucesivamente Pardo Hidalgo y Rodríguez Barroso. Pero cuando José Plaza regresó a ese puesto, que ya había ocupado desde 1967 a 1970, investigó el caso. Plaza había dimitido en 1970 en respuesta a la sanción que se le impuso a Guruceta por pitar aquel célebre penalti fuera del área en el Camp Nou a favor del Madrid. Para calmar la indignación culé, se suspendió seis meses a Guruceta 'por alteración de orden público'. A José Plaza aquello le pareció indigno y dimitió. Regresó en la 75-76, a instancias de Pablo Porta, se entiende que para combatir aquel cáncer de presuntos amaños.

El asunto se destapó en la primavera de 1976. Don Balón, revista muy seguida en la época, se ocupó extensamente del asunto en sus números 24 al 33. José María García, uno de los promotores de la revista, hizo de su programa radiofónico el gran centro de denuncias y contradenuncias. El asunto apasionó a la opinión pública.

En esencia, un grupo de árbitros se estaría vendiendo, algunos incluso sin saberlo. Al club comprador se le ofrecía el servicio. Si decía que sí, se hablaba con el árbitro si era uno de los complotados. Si no era de los complotados, se tiraba adelante igual. Luego, si el resultado no salía como esperaba al comprador, se le explicaba que a última hora el árbitro se había arrugado y se devolvía 'honradamente' el dinero. Así que algunos 'vendían' partidos sin saberlo ni cobrar. Los complotados se quedaban los beneficios.

Ni Plaza ni Porta lo contaron directamente tal cual, quizá por amortiguar el escándalo, quizá porque no había pruebas para defender las acusaciones, que en todos los casos habrían quedado palabra contra palabra, digamos en su caso la de Medina Iglesias contra las de Antonio Camacho y Amat. Pero producían filtraciones. Y se ataban cabos. Unos cuantos árbitros empezaron a ser designados para cada vez menos partidos, hasta dejar de serlo por completo. Antonio Camacho y López Samper dejaron de entrar en el bombo, lo mismo que Pérez Quintas y Pascual Tejerina, de Segunda. Y Antonio Rigo apenas arbitra. Era uno de los grandes de la época, pero tuvo frecuentes errores a favor del Barça, lo que produjo que en esa temporada estuviera recusado, además de por el Madrid (que lo hizo a partir de la final de Copa de 1968, la 'Final de las Botellas'), por Real Sociedad, Hércules, Betis, Athletic, Valencia, Las Palmas, Zaragoza y Elche.

Se conocen más casos. Victoriano Sánchez Arminio, entonces prometedor árbitro de Segunda, fue tocado para un Alavés-Depor. Ganó el Alavés en buena ley, pero él, de acuerdo con el Comité, cobró las 40.000 pesetas ofrecidas y llevó el cheque al organismo, para la pertinente investigación.

Para justificar el ostracismo de algunos árbitros, Plaza explica en Don Balón que 'tenemos ciertos informes que nos aconsejan obrar en este sentido, lo que no voy a decir es cómo los hemos conseguido'. El propio autor de la entrevista, Juan José Paradinas, da la clave en su comentario: "El Comité tiene pruebas suficientes, pero esas pruebas no son válidas, ya que los árbitros que las han aportado lo han hecho de forma secreta y personal y no están dispuestos a sostenerlas ante un juez'.

En plena tormenta, la situación de Antonio Camacho se ve más comprometida al aparecer en la portada de Don Balón una foto junto a un Mercedes recién adquirido que había pertenecido previamente al presidente del Elche, Martínez Valero. Él se defiende explicando que lo ha comprado legalmente, pero en la operación aparece un cheque raro de un conocido agente de la época, Roberto Dale. Todo muy feo

El gran ataque de Antonio Camacho llega a principios de la temporada siguiente, cuando ya está fuera del arbitraje, en una entrevista en el diario deportivo barcelonés 'Dicen' (ya desaparecido, pero de gran circulación en la época). El titular es: "Mientras Plaza sea presidente, el Barça no volverá a ser campeón". Se declaraba inocente y dice que todo era una venganza de Plaza porque no le secundó en el plante de Guruceta. Y le ataca en lo económico: dice que es extraño que un trapero haya hecho tanto dinero como tenía Plaza. Plaza, en efecto, era trapero, pero no de burrito y carromato. Se dedicaba a comprar sobrantes textiles y los vendía a la Casa de la Moneda, para fabricar billetes. Un momio. De ahí que tuviera un buen pasar.

La frase "mientras Plaza sea presidente, el Barça no volverá a ser campeón" hizo fortuna en los ámbitos barcelonistas y le acompañó el resto de su carrera. Su respaldo a Guruceta cuando fue sancionado se utilizó como prueba de madridismo. También la persecución a Rigo. Le quitó la internacionalidad en el 68, se la devolvieron sus sucesores, Pardo Hidalgo y Rodríguez Barroso (los que silenciaron las denuncias), y cuando regresó, se la volvió a quitar. Además, Rigo fue apartado al tiempo que Camacho y los demás, sin que se le relacionara nunca con la trama.

Plaza pasó a convertirse en la bestia negra del barcelonismo. Con el tiempo, hasta se deformó la declaración de Camacho, cambiándola por "Plaza me dijo que mientras él sea presidente el Barça no será campeón", lo que es un falseamiento de la frase original.

Pero no deja de ser cierto que al Madrid le fue muy bien en los años fuertes de Plaza.

En su primera época al frente del Comité, del 68 al 70, el Madrid gana dos ligas de tres. En los cinco de su ausencia, gana dos de cinco. Cundo vuelve, el Madrid gana cuatro de cinco ligas entre el 75 y el 80. Entonces, Núñez consigue de Porta que la designación de árbitros no la haga sólo Plaza, sino un trío en el que le acompañan Vara de Rey y Martínez la Fuente, y del 80 al 85 el Madrid no gana la Liga: ganan dos por cabeza la Real y el Athletic y una el Barça de Venables. El Barça sí ganó, pues, una Liga con Plaza como Presidente del Comité, pero cuando la designación se repartía. Luego, Plaza vuelve a ser designador único y ahí llegarían las cinco seguidas de la Quinta del Buitre, del 85 al 90. Con la llegada de Villar, se va Plaza y el Barça encadena las cuatro ligas del 'Dream Team'.

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