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miércoles, 29 octubre 2014

Por Alfredo Relaño

Pizzinato, el pequeño Nicolás del Español

La página del Marca del 15 de agosto de 1948 en la que se anuncia en el fichaje de Pizzinato.

 

La peripecia del Pequeño Nicolás, ese peperillo audaz y entrometido que ha pisado los principales salones de este país a fuerza de labia, me sirve para desempolvar un curioso caso que se produjo en el fútbol, en tiempo tan lejano como 1948. Fueron protagonistas el Español y un señor que dijo ser y llamarse Alberto Pizzinato, italiano de nación, y que se presentó a sí mismo como una celebridad del fútbol transalpino.

 

El asunto fue curioso. Me lo contó hace algún tiempo mi amigo Bernardo Salazar y puede rastrearse en Mundo Deportivo y Marca a partir de mediados de agosto de 1948.

 

Un buen día se presentó en la frontera de Port Bou un señor muy depauperado. Decía ser italiano, estar huyendo de los comunistas, ser futbolista de profesión y buscar asilo político en España. Se le trasladó a la comisaría de Figueras, donde completó un relato novelesco. Había tenido que huir de Italia porque había sido conocido partidario de Mussolini, y de ahí que el movimiento comunista, tan fuerte en la Italia de la posguerra, la tuviera tomada con él. Había sido, contaba, jugador de gran mérito. Extremo izquierdo, aunque también podía desenvolverse como delantero centro. Había sido titular de la Selección Olímpica de Italia en 1936, en los JJOO de Berlín. Había jugado luego como profesional en la Ambrosiana, haciendo ala con Silvio Piola. La Ambrosiana es como se llamó el Inter en los años de Mussolini, porque lo de Internazionale podría evocar el concepto de la Internacional Comunista. La Ambrosiana era uno de los grandes equipos de Italia, y Piola, uno de los fenómenos de la historia. Piola tenía fama universal. Haber hecho carrera a su lado era todo un aval.

 

También declaró que durante la guerra había pertenecido al arma de artillería y combatido en distintos frentes. El derrumbe final del Eje le había pillado en Alemania, de donde había huido de la ola rusa hasta llegar, a pie, a Italia. Allí le encarcelaron los comunistas durante un tiempo. Cuando cobró la libertad, le confiscaron un bar-restaurante que había montado con sus ahorros de profesional antes de la guerra y no le dejaron jugar. Le acusaban de colaboracionista. Se fue entonces a Luxemburgo, a intentar una nueva vida como entrenador, pero allí se sintió vigilado. Había venido a España, de nuevo caminando (¡desde Luxemburgo!) y pasando hambre y calamidades porque sabía que sólo en España podía estar a salvo de los comunistas.

 

Tras tan sensacional declaración, le mandaron de Figueras a la Cárcel Modelo de la calle Entenza de Barcelona, no como detenido, sino como huésped a considerar. De ahí le trasladaron a la Cárcel Modelo de Las Ramblas. Allí le dieron ropa, cama y comida.

 

Quien primero se enteró de la presencia en la ciudad de esta especie de Rocambole del fútbol fue el Español, que se entusiasmó. Un crack italiano no era cualquier cosa. Italia había ganado el Mundial en 1934 y en 1938, y entre una cosa y otra, el torneo futbolístico de 1936, en Berlín. Era el primer torneo de fútbol olímpico en el que participaron sólo amateurs. La persistencia del fútbol en colar profesionales había acabado en su expulsión del Movimiento Olímpico. En Los Ángeles, 1932, no hubo fútbol. Regresó en Berlín, todos aficionados. Pizzinato, con 29 años cuando apareció en España, tendría 17 cuando los JJOO de Berlín. Muy joven, pero tratándose de un amateur no sorprendería tanto. Italia ganó el título, batiendo en la final a Austria, 2-1 en prórroga, ante 85.000 espectadores. De aquella selección olímpica saltaron varios al equipo que ganaría luego en París el Mundial-38. Era todo un aval. Y más lo del ala con Piola. Y perseguido por los comunistas, por más señas. Un mirlo blanco.

 

Así que el Español le firmó contrato a botepronto, sin la menor comprobación. En la época, por otra parte, no era fácil comprobar alineaciones de otros países, ni había grandes contactos internacionales por los que circulara el conocimiento. Y menos con dos guerras, la nuestra y la Mundial, por en medio.

 

El 11 de agosto, Pizzinato firma por el Español. Esa misma mañana acude a por él a la Cárcel Modelo el Gerona, recién ascendido a Segunda. Hace la gestión a través de su entrenador, Carlos Plattko, hermano del célebre portero al que cantó Alberti. Por la tarde se presenta Agustín Montal, presidente del Barça. (Su hijo también lo sería, mucho más adelante. Con él vendría Cruyff). Pero el jugador ya era del Español, cuyo presidente, Paco Sáenz, que había llegado al cargo en las Navidades, no cabía en sí de gozo. El Español tenía un equipo apañado, con jugadores estimables, singularmente Trías, Teruel, Parra, Rosendo Hernández y Artigas. Había sido finalista de Copa en 1947. Quizá Pizzinato fuera el empujón preciso.

 

El 11 de agosto, Pizzinato firma por el Español. Esa misma mañana acude a por él a la Cárcel Modelo el Gerona

 

La noticia del fichaje aparece en primera página de El Mundo Deportivo del 12 de agosto. Pizzinato es hospedado en La Manigua, un palacete colonial, rodeado de palmeras, donde estaban las oficinas del club y algunas habitaciones. Estaba situado detrás de una de las porterías de Sarrià. Lo administraba, cuidaba y habitaba la familia de Crisanto Bosch, glorioso extremo del equipo antes de la guerra. Allí pasó a vivir, a cuerpo de rey y a salvo de comunistas, el héroe de esta historia.

 

Pidió algún tiempo para enfrentarse al balón. Estaba demasiado estragado. Necesitaba fortalecerse. Así que le arrimaron solomillos y paellas en cantidad. Él salía a trotar al campo, aunque no demasiado intensamente, no fuera a hacerse daño.

 

El Marca del 15 de agosto se hace eco del caso en portada. El reportaje cuenta su peripecia e incluye una breve entrevista con él, en la que se declara muy agradecido:

—Hace año y medio que no juego; pero en cuanto recupere algo de peso y me haya recuperado, creo que podré dar buen rendimiento y recordar con acierto mis temporadas mejores, cuando hacía ala con Piola. Tengo 29 años, no me considero veterano... Y nada más que rogarle haga patente mi emocionado agradecimiento a todos los que me han recibido con los brazos abiertos, haciendo alto honor a la reconocida hospitalidad española y a la hermandad del deporte, que no conoce otras luchas más que las de los terrenos de juego.

 

Pidió algún tiempo para enfrentarse al balón. Estaba demasiado estragado. Necesitaba fortalecerse. Así que le arrimaron solomillos y paellas en cantidad

 

Pepe Espada, el entrenador, pretendió convencerle para que el día 28, cuando ya llevaba más de dos semanas de relax, jugara al menos un tiempo en un amistoso en Granollers. Pero se resistió. No estaba a punto, temía hacer el ridículo. Él prefería seguir en lo suyo: buena mesa, buena cama y trotecillos por Sarrià, que era como el jardín de su casa.

 

Pasó otra semana y a Pepe Espada se le acabó la paciencia. Un día le cogió del cogote para decirle que o se metía en el partidillo de titulares contra suplentes o se iba de allí en ese mismo instante. Sólo entonces cantó de plano. No era futbolista, nunca lo había sido. Ni Berlín, ni Piola, ni nada. Pero podía servir en el club para alguna tarea...

 

Como la única tarea para la que había servido era para empujarse las paellas y los solomillos de la señora de Bosch, le mandaron con viento fresco. El Español no dio explicaciones. Tampoco en la prensa aparecen. Bochorno, me figuro.

 

De su carrera en el fútbol queda como único vestigio aquel lejano cromo. No le busquen en la alineación de Italia en Berlín, ni en ninguna de la Ambrosiana. Ni del Español tampoco. Fue el futbolista que nunca existió.

 

Fue el Pequeño Nicolás de nuestro fútbol. Sólo que tardaron menos en detectarle.

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miércoles, 22 octubre 2014

Por Alfredo Relaño

Un homenaje nacional a Zarra

Di Stéfano, Zarra, Wilkes y Kubala. / MARCA

 

 

Estos días se habla mucho de Zarra por el asalto de Messi a sus 251 goles. Quizá sea la ocasión de desempolvar un partido singular, El Homenaje Nacional que se le tributó en el Bernabéu el jueves 29 de abril de 1954, cuando su estrella declinaba. Un hecho sin precedentes entonces en nuestro fútbol. Sólo Zamora, años más tarde, tendría un reconocimiento así.

 

Zarra, Telmo Zarraonandía Montoya, que reunía sangres vasca y gitana, fue jugador de dinastía. Sus dos hermanos mayores, Tomás y Domingo, jugaron antes de la guerra. Tomás fue portero del Arenas de Guecho y del Oviedo, y aun en la posguerra jugó en Osasuna. Domingo fue extremo izquierda del Arenas de Guecho. Murió en la guerra, en el frente del Ebro, combatiendo en las filas de un Tercio Requeté.

 

Telmo, nacido en 1920, apareció al final de la guerra, en el Erandio y ya para la 40-41 le incorporó el Athletic, tras un partido de selecciones Vizcaya-Guipúzcoa en el que marcó seis de los nueve goles de los suyos. Para el Athletic, con el equipo desarmado por la guerra y la excursión sin regreso de la selección de Euskadi, Zarra fue pieza esencial en la reconstrucción.

 

Pronto se hizo jugador favorito de todas las aficiones. Entonces el Athletic tiraba mucho. Había sido el gran equipo de la preguerra y su insistencia en contar sólo con jugadores de la tierra se veía bien en todas partes. Zarra era además extremadamente correcto, hasta el punto de haber echado dos veces la pelota fuera, desperdiciando la posibilidad de rematar a puerta, por lesiones de sendos rivales: una ante el Málaga, cuando el caído era el central Arnau, y otra ante el Depor, con Ponte en el suelo. Enseguida apareció en la selección y sus goles eran los goles de todos. Sobre todo lo fue el que sirvió para ganar a Inglaterra en Río, en 1950, cantado por Matías Prats. Ese gol hizo feliz a una generación.

 

Para la 52-53, cuando Marca, el deportivo de la época, crea, entre otros, el trofeo Pichichi, lo gana Zarra, como no podía ser menos. Fueron 26 goles en 30 partidos, una buena cifra, aunque por debajo de los 38 que había marcado dos temporadas antes. Pero era el primer Trofeo Pichichi como tal y nada más lógico que lo ganara él. Estaba en el máximo de su gloria, eje del ataque más nombrado de nuestro fútbol: Iriondo, Venancio, Zarra, Panizo y Gaínza.

 

Pero justamente entonces llegó el bajón. Le alcanzó el tiempo, como diría Alfonso Guerra. La 53-54 fue conocida por los aficionados bilbaínos como la del Ocaso de los Dioses. La gloriosa delantera, que avanza en la treintena, va dejando paso a una nueva generación, los Arteche, Marcaida, Arieta y Uribe. Sólo Gaínza aguantará unos años más. A Zarra le empuja Ignacio Arieta, máximo goleador del Athletic ese año

Zarra, en un partido con el Athletic

 

El ocaso de Zarra, su caída en la suplencia, causa dolor nacional. Tan es así, que el General Moscardó, delegado nacional de Deportes, cursa el 23 de noviembre de 1953 un oficio a la Federación con instrucción de que se le organice a Zarra un homenaje. Y la Federación, que preside Sancho Dávila, falangista de primera hora, se pone a ello.

 

Por en medio se produce un suceso que nos confirma que sin Zarra no somos nadie: Turquía nos elimina, tras desempate y sorteo, del camino del Mundial de 1954. Tras haber sido cuartos en Brasil 50, no vamos a estar en Suiza 54.

 

Así que se decide no contratar ningún equipo extranjero, sino convertir la jornada en una especie de exaltación del fútbol nacional al tiempo que una busca de valores para la selección. Sólo habrá jugadores españoles, salvo las cuatro grandes estrellas extranjeras del momento: Kubala, Di Stéfano, Wilkes y el meta Domingo. El propio Zarra compone dos equipos, una selección Centro-Norte y otra Levante-Cataluña. La única presencia andaluza será el asturiano del Sevilla Campanal II, que no llegará a jugar. Antonio Barrios entrenará al Centro-Norte, que vestirá de blanco. Benito Díaz, al Levante-Cataluña, que vestirá de azul. Ningún club regatea un solo jugador. Es más: pagan el desplazamiento. El Ayuntamiento de Madrid exime al partido de dos impuestos que en la época gravaban los espectáculos deportivos, el de Protección de Menores y el de Consumo, que reduce a 500 simbólicas pesetas.

 

El partido se fija para el 29 de abril de 1954. Por desgracia, ese día llueve mucho en Madrid. “Llovió como cuando enterraron a Zafra”, escribe un cronista. No hay lleno total, pero la entrada es magnífica. A las 5:30 saltan al estadio de Chamartín (aún no rebautizado como Bernabéu) los dos equipos:

 

Centro-Norte: Carmelo; Martín, Lesmes I, Lesmes II; Muñoz, Garay; Atienza, Coque, Zarra, Di Stéfano y Gaínza. Tras el descanso entrarán Eizaguirre, Venancio, Mújica y Panizo por Carmelo, Lesmes I, Muñoz y Coque.

 

Levante-Cataluña: Domingo; Argilés, Biosca, Segarra; Pasieguito, Puchades; Basora, Wilkes, Kubala, César y Manchón. Tras el descanso, Bosch por Pasieguito y Marcet por Kubala.

 

En la puerta, se ha entregado a cada uno de los 80.000 espectadores una hojita con el himno a Zarra, composición del maestro Urrengoechea y letra de Pedro Montes. Al salir los equipos al campo, la megafonía emitió la música y el público lo cantó a coro. Fue tremendo. Este era aquel texto:

 

Tiene España un futbolista que / es ejemplo de valor / recio temple, bravo estilo / e indudable pundonor. / Su nobleza es peculiar / siendo para la afición / el jugador caballero / de más grande corazón. / Sus triunfos en el Athletic / y el equipo nacional / le han cubierto de laureles / del fútbol universal.

Cantemos con alegría / a esa figura bizarra / gritando ¡Viva Munguía! / ¡Zarra, Zarra, Zarra!

Cuando Zarra sale al campo / le aplauden con ilusión / todos los hinchas de España / porque colma su emoción. / De su cadena gloriosa / son eslabones sin fin / San Mamés, Río de Janeiro, / Colombes y Chamartín. / Desde Amberes no ha tenido / nunca el equipo español / un ariete que se vaya / con más decisión al gol.

Cantemos con alegría / a esa figura bizarra / gritando ¡Viva Munguía! / ¡Zarra, Zarra, Zarra!

 

No era natural de Munguía exactamente, pero como tal se le tenía, pues su padre había sido jefe de la estación de tren de esa localidad. Lo de Amberes alude a la gesta de 1920 en esa ciudad, con la plata olímpica para la selección.

 

Todo salió redondo después. Ganaron los de blanco, los de Zarra, por 4-3, y el último de los goles fue, justamente, el suyo. Di Stéfano estuvo cumbre y Ramón Melcón, el seleccionador, tomó nota de varios buenos jóvenes con los que iniciar la renovación: Argilés, Biosca, Segarra, Bosch, Garay, Coque, Manchón. A Zarra le quedaron 823.000 pesetas, un dineral en la época.

 

A fin de temporada subió a Segunda el Indauchu, que jugaba en Garellano, a dos manzanas de San Mamés. Zarra se enroló con ellos. Las visitas del Indauchu fueron un maná rodante para los rivales de Segunda, porque la visita del club bilbaíno era llenazo seguro. Y cantaban a coro aquella estrofa: “Cantemos con alegría / a esa figura bizarra /, gritando: ‘¡Viva Munguía! / ¡Zarra, Zarra, Zarra!”.

 

Luego, un año en el Baracaldo, y la misma historia. Hasta que por fin bajó el telón.

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miércoles, 15 octubre 2014

Por Alfredo Relaño

‘El Himno de Riego’ en el verde Edén

Sepain

La selección española posa antes de enfrentarse a Checoslovaquia en 1967. / AS

 

 

 

El Himno de Riego no se había vuelto a oír en España desde la República. Los chicos de la época ni sabíamos de él. Pero el 1 de octubre de 1967 irrumpió en los salones de todas las casas, a través del televisor. El día siguiente no se hablaba de otra cosa.

 

Eran tiempos en que andábamos enfurruñados con la selección. Tras la victoria en la Eurocopa de 1964, habíamos dado el cante en el Mundial 66. Eso le costó la salida a José Villalonga, que dio paso a Domingo Balmanya, un catalán grueso y afable, ex jugador del Barça a caballo de la Guerra Civil. Su objetivo era la Eurocopa de 1968, con fase final en Italia. Nos tocó en el Grupo I, con Irlanda, Turquía y Checoslovaquia, que reunía lo que hoy son la República Checa y Eslovaquia.

 

Lo que hizo Balmanya no gustó. Mucho medio campo y sólo dos delanteros. Un fútbol egoísta, muy a la italiana. Los partidos se fueron desgranando un poco al buen tuntún, no como ahora, que estos grupos se juegan en jornadas completas. Con su táctica ramplona, Balmanya sacó sendos empates a cero en Dublín y en Estambul. En casa ganamos a ambos rivales por 2-0, en Valencia y Bilbao. Este de Bilbao, ante Turquía, el 31 de mayo de 67, sigue siendo el último partido jugado por la selección en el País Vasco. Ese día, quién sabe si como homenaje al clasicismo de San Mamés, Balmanya alineó dos extremos de verdad, Ufarte y Gento.

 

En esas estábamos cuando se nos venían encima los partidos de Checoslovaquia, ambos en octubre. Checoslovaquia nos sacaba una ventaja: había ganado en Dublín. Así que en el doble duelo, habría que hacer algo más que ellos. Era crucial empatar allí.

 

 

Cuatro días antes del partido se organizó en el Bernabéu un partido en Homenaje a Ricardo Zamora, el gran portero de España entre el 20 y el 36. Aún retenía el récord de partidos en la selección. Está algo olvidado, pero en su día fue una celebridad Mundial, al grado que lo haya sido, por ejemplo, Michael Jordan en años recientes.

 

Jugaron España y una selección mundial, se anunció como ensayo para lo de Praga. La selección mundial se quedó al final en europea, por ausencia de aportaciones del otro lado del charco: Sarti; Burgnich, Ure, Schnellinger; Cooke, Coluna; Hamrin, Mazzola, Eusebio, Rivera y Corso. Entre el Inter, el Milan y el Benfica salvaron el homenaje. Por España jugaron Iribar; Sanchís, De Felipe, Reija; Glaría, Gallego; Ufarte, Grosso, Marcelino, Adelardo y José María. Las alineaciones se recitaban así, al 1-3-2-5, pero con esos jugadores España no tenía más ataque real que Ufarte y Marcelino.

 

El partido resultó fatal. España no hizo nada y perdió 3-0. Además se lesionó De Felipe de un menisco que le daría la lata ya el resto de su carrera; al retirarse, volvió a entrar José María, que había dejado su sitio a Bueno, lo que contribuyó a la sensación de chapuza. En la selección mundial entraron como suplentes durante la segunda mitad tres extranjeros de la Liga española, Benítez, Goywaerts y Waldo. Buenos jugadores, pero no de selección mundial. La gente se fue de un humor de perros. Zamora hubiera merecido algo mejor, y el juego de la selección, a cuatro días de Praga, fue infumable.

 

Allá viajó el equipo con Pirri y Amancio, que habían faltado en el Bernabéu porque el domingo anterior regresaron tocados de Zaragoza. La víspera hay tensión entre Balmanya y Amancio, porque este dice que no está para jugar (tiene un bocadillo en el muslo izquierdo) pero Balmanya opina que sí, que está para jugar.

 

El partido es el domingo 1 de octubre, a las tres de la tarde, y va a ser televisado. Es el XXXI Aniversario de la exaltación de Franco a la Jefatura del Estado. La prensa del día lo recuerda, como señala la tensión Balmanya-Amancio.

 

Se juega en el campo del Slavia, llamado Edén. Matías Prats narra la salida al verde Edén de Iribar, Sanchís, Tonono, Reija, Pirri, Gallego, Amancio, Grosso, Marcelino, Adelardo y José María. Forman, preceptivamente, junto a los que llamábamos, mal, checos, apócope inadecuado. Suenan los himnos, interpretados por una banda militar a pie de campo.

 

Pero a España no le dedican La Marcha Real, sino El Himno de Riego. Inidentificable para la población joven, pero no así para los que nacieron en el 30 o antes. En el palco, los directivos españoles se agitan con incomodidad. En las casas, según quién, se reacciona con indignación o con cierto regocijo. Luego, el himno local, tras el cual los checoslovacos disuelven la formación. Y a continuación los españoles, que creen que ha habido un olvido.

 

El partido es malo. España pierde por 1-0. Apenas chuta a puerta. Lo más cerca que está del gol es en un tiro libre de José María que da en un palo, rebota en el meta Viktor y éste se revuelve y atrapa en la raya. El gol local llega en un mal tiro de Horvath que pega en un pie de Tonono y descoloca a Iribar. Todo feo y espeso.

 

Y queda lo peor: afrontar el enfado de las autoridades por la ofensa comunista. El Himno de Riego no era visto entonces, como puede ser ahora, como el himno de España de un tiempo pasado, sino como el himno de la antiespaña. Sale a relucir que Lafuente Chaos, presidente de la Federación en 1960, había exigido en un Argentina-España, en el campo del Ríver Plate, que se retirara de una grada una bandera republicana de 10 metros de largo, colocada a modo de pancarta. Salió a relucir también un caso de Manolete en México, cuando pidió que se quitara una banderita republicana de la mesa en una recepción en la embajada de Ecuador. Aquello lo agrandó la leyenda, convirtiéndolo en que habría hecho retirar una bandera republicana de la Monumental de México, tras el paseíllo, bajo amenaza de no torear.

 

El presidente de la Federación era José Luis Costa, que se vio a contrapié. Médico de carrera, había sido jugador del Zaragoza y del Atlético y directivo de este club. Un hombre de categoría, metido en un apuro. Por edad, tenía que conocer El Himno de Riego. Por posición, tendría que haber actuado. Alguien en su defensa esgrimió que la pieza estaba tan mal interpretada que podía confundirse con elOriamendi, el himno carlista, muy grato al Régimen y que se oía mucho en España.

 

Pero no, fue El Himno de Riego. Y había sonado en todos los sagrados hogares españoles en pleno domingo, el Día del Señor, a la hora de comer, con toda la familia reunida. Y, para más inri, en el aniversario de la exaltación de Franco a la Jefatura del Estado. Provocación comunista sin respuesta de la Federación.

 

No fue provocación, sino error. España había jugado allí el 26 de abril de 1936, tiempo aún de la República, y todavía estaba por allí guardada esa partitura. La buscaron, la desempolvaron, la ensayaron y la tocaron con toda formalidad. Costa aterrizó en España con una carta de disculpas firmada por el presidente de la Federación Checoslovaca, muy bien redactada y que deploraba el incidente. El Delegado Nacional de Deportes, Benito Castejón, le esperó a pie de avión. Juntos capearon la crisis.

 

Eso sí: no faltó quien recordara que el Madrid tomaba siempre una precaución cuando viajaba más allá del Telón de Acero: Saporta llevaba la bandera y el himno.

 

Aquella fase de grupo tuvo un final con estrambote. Balmanya llegó a dimitr ante la ventaja de puntos de los centroeuropeos, que parecía insalvable. Pero Checoslovaquia perdió en casa con Irlanda y eso nos metió de rebote. Balmanya volvió un poco a rastras (tenía previsto un gran contrato como secretario técnico del Barça) para la eliminatoria de cuartos, con Inglaterra. Eran los campeones del mundo y nos ganaron, con Charlton a la cabeza, allí y aquí. Así dejamos la corona del 64.

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miércoles, 08 octubre 2014

Por Alfredo Relaño

Clemente, el 10 del Athletic

Javi
Clemente, en su época de jugador

 

El 26 de enero de 1969, domingo, amaneció lluvioso en Madrid. Normal: el Athletic visitaba el Bernabéu. No me pregunten por qué, pero en aquel tiempo, siempre que el Athletic venía a jugar a Madrid, llovía. Esa era una característica de sus visitas. La otra, que llenaba el campo. Avanzaban los sesenta, ya no era el gran Athletic de años atrás, pero su prestigio se mantenía incólume.

 

Ese año se hablaba de un juvenil recién ascendido, un tal Clemente. Algo que no tendría por qué tener nada de excepcional, porque el Athletic tenía año tras año un gran equipo juvenil, frecuentemente campeón de España. Saltaban al primer equipo con una frecuencia arrolladora, tanto que se llegó a cambiar una normativa. Para la 62-63, Uriarte y Aranguren hubieron de pasar examen en la Mutualidad de Futbolistas, para que un médico acreditara que tenían físico suficiente para jugar entre adultos. La norma impedía alinear juveniles entre los profesionales, por prudencia médica.

 

Pronto se quitaría, pero aquello fue sonado. Chicarrones del Norte, se decía.

Cada poco aparecían nuevos juveniles, a veces recién salidos de la final de Copa de la categoría. Antón Arieta, cuyo hermano Ignacio le precedió en el eje del ataque. Estéfano, fenómeno prematuro que cogió peso y no resultó. El ala Rojo-Lavín, deslumbrante en la final de Copa, ante la Damm. Un medio fortísimo, Igartua. Y, y, y...

 

Así que no había en principio nada extraordinario en que Gaínza, entrenador esa temporada, tirara de ese chico, Javier Clemente, que había crecido en el Baracaldo (donde se decía que eran Clemente y diez más) y que pintaba bien.

 

Pero estaba marcado por el destino. Ya el día que llegó se sentó en el vestuario en el sitio del capitán, Echeberría, mundialista en Chile. Cuentan que los primeros que llegaron le advirtieron: "Oye, chaval, que ahí se sienta el capitán", y que él dijo: "Pues que se siente en otro sitio".

 

Clemente no lo recuerda así: "El entrenamiento era a las diez y media y yo fui a las nueve y cuarto. ¡Lo último que quería era llegar tarde! Me senté en la primera taquilla que se me ocurrió, y cuando llegó Echeberría, me cambié. Lo demás es cuento". Sería así, pero la otra versión fue la que corrió en su día y aún corre por Bilbao. Le creo, pero si corrió tanto será porque resulta verosímil, dada su forma de ser.

 

Por entonces hubo una doble moda tonta en los coches: poner un cojín en la repisa trasera y calcomanías en el cristal trasero, con mensajes ocurrentes, o no tanto: "A mí aún me están haciendo el cojín". "No te acerques tanto". "Sonría, por favor". "Pita más fuerte, no te oigo". "Peligro, mujer al volante".

 

El Athletic empezó mal la 68-69 y Clemente no jugaba. Un par de partidos con el once, como suplente de Rojo. Y, de repente, empezaron a aparecer en Bilbao coches con una calcomanía polémica. "Clemente, el 10 del Athletic".

 

El 10 era Uriarte, internacional y pichichi nacional en la Liga anterior. Era de Sestao. Y de Baracaldo, localidad vecina, salió la iniciativa de exigir el 10 para Clemente, con lo que eso significaba: cerebro, organizador... La cosa tenía base, porque Uriarte era más un llegador, con colosal cabeceo, que un armador de juego. La pegatina tuvo éxito, reivindicar a Clemente como 10 tenía como un algo de transgresión juvenil, al humo del 68 parisino. Se discutía en la calle con pasión. En esas estábamos cuando Iriondo sustituyó a Gaínza, y en la jornada undécima estrenó delantera: Argoitia, Uriarte, Arieta II, Clemente y Rojo.

 

 

Aquel 26 de enero fuimos al Bernabéu curiosos por ver al juvenil que había arrebatado a Uriarte el 10. El ruido había llegado hasta Madrid. Cuando el Athletic saltó al césped, dejó de llover, un signo extraño. Entre el grupo era fácil distinguir al nuevo, un chicuelo rubio, carirrojo, con físico sin rematar ("yo pesaba entonces 60 kilos"). Lo contrario a un chicarrón del Norte. Pero empezó el partido y se agigantó. Activo, intenso, tenaz, preciso... Exquisita pierna izquierda y mucho carácter. Un virguero con el balón, un peleas sin él. Un torbellino. Marcó Amancio, empató él en un centro-chut que Betancort palmeó dentro y finalmente marcó el Madrid por medio de Grande. Nos fuimos todos hablando del singular toricantano.

 

En julio volvió al Bernabéu, a la final de Copa. La misma delantera, victoria 1-0 sobre el Elche y la Copa que volvía a Bilbao después de 11 años. El gol lo marcó Arieta II, pero el que se lo fabricó fue el 10, Clemente, con un jugadón. Todavía en 1969, ya en octubre, jugó un tercer partido en el Bernabéu, de Liga. El mismo torbellino y 2-2 al final. Fue protagonista del mejor juego de los suyos.

 

Pero semanas más tarde, el 23 de noviembre, cayó en Sabadell. El partido había sido duro. Quedaba poco para el final cuando Uriarte vio que el veterano Marañón se acercaba por detrás a Clemente: "¡Salta, Javi, salta!".

— Con el fragor del campo, no le oí. Me alcanzó de lleno por detrás. No me quejo. Me fue duro, pero entradas así hay muchas.

 

Fractura de peroné. Escayola y a esperar un tiempo. Pero las radiografías no mostraron una complicación: un astillamiento vertical en la tibia. Así que cuando reapareció, aún sentía molestias. Pasó otra vez por el Bernabéu, un año más tarde de la lesión, ganó el Athletic (1-2) y él marcó. Pero la tibia duró hasta la visita al Manzanares: "No hubo golpe ni nada. Se hubiera roto con una toba...".

 

 

Vuelta a escayolar. Reapareció a los varios meses. Pero en cada soldadura de hueso restañado se forma un ensanchamiento, una especie de nudo. Tras 22 partidos, una patada fuerte en Zaragoza hizo que los dos nudos se tocaran. El dolor era insoportable. Se operó con un gran especialista de Pamplona, Cañadel, pero las molestias no se iban. El paso por la mili con la bota de caña no le ayudó. A base de pisar mal y cargar sobre el peroné, este se rompió otra vez. Cañadel le operó de nuevo, pero le dio pocas esperanzas.

 

Se fue entonces a Lyon, con otro gran especialista, Trillat, que le dejó bien... pero le advirtió de que si jugaba al fútbol la pierna iría torciéndose hasta troncharse. Bajó al Bilbao Athletic para coger forma. La directiva le rebajó el sueldo, feo gesto. Ya no le pagaban como de la primera plantilla. Jugó unos partidos hasta que, en efecto, la pierna se tronchó. Volvió a Trillat, se operó de nuevo, le puso unas placas... Pero el Athletic ya no quiso esperar más. En verano del 75, con 25 años, recibió su homenaje, ante el Borussia Moenchengladbach. Saludó desde el centro, con sus muletas. En seis temporadas había jugado 47 partidos, a tirones.

 

"Clemente, el 10 del Athletic". Aún no hace muchos años seguía viendo de vez en cuando la célebre pegatina en algún coche antiguo. La última, en uno de aquellos Seat 850, el utilitario que sucedió al entrañable seiscientos. Cada vez que la he visto, he evocado el recuerdo de aquel chico que salió al Bernabéu con el 10 de Uriarte para hacerse dueño de las miradas siempre y del balón a ratos. Como entrenador dio después mucho que hablar. Como jugador le quedó mucho por decir.

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miércoles, 01 octubre 2014

Por Alfredo Relaño

Sobre un Atlético-Juve en el Bernabéu

Griffa

La estirada de Madinabeytia no evita uno de los goles del Juventus ante la mirada de Griffa. /MARCA

 

Entrando los sesenta, el Atlético tenía muy atascado el proyecto de un nuevo estadio y hasta llegó a dudarse de que lo sacara adelante. Le faltaban permisos y dinero. Jugaba aún en el viejo Metropolitano, campo castizo y simpático, pero muy superado. Y con una iluminación deplorable, no apta para televisión. Un handicap en años ya de torneos europeos, que se jugaban entre semana.

 

Javier Barroso, presidente del club, tenía muy buena amistad con Bernabéu. Habían jugado mucho frente a frente, porque Barroso había sido portero del Atlético cuando Bernabéu era delantero del Madrid, en los años veinte. Así que no costó que se pusieran de acuerdo para que el Atlético jugara en el Bernabéu nada menos que su partido de vuelta de semifinal de Recopa contra el Núremberg. Fue el 24 de abril de 1963. El Atlético era el campeón vigente de la Recopa. Tenía un gran equipo, que empezaba en Madinabeytia y acababa en Collar. El Núremberg había ganado la ida, 1-0, un partido duro y con un público muy alterado, o al menos eso se dijo aquí.

 

Unas cosas con otras, la noche se cargó de expectación. El Bernabéu se llenó. El Abc del día siguiente informa de que asistieron 100.000 espectadores. No todos atléticos, muchos madridistas también. Ese año, el Madrid había caído a la primera en la Copa de Europa, ante el Anderlecht. Bernabéu compensó las pérdidas con amistosos fuera de España. Ese día, el Madrid visitaba al Stoke City, donde Stanley Matthews aún corría la banda con 48 años. Así que el madridista estaba escaso de fútbol europeo. El partido apetecía y los socios entraban gratis. Con el Núremberg venía un veterano campeón Mundial de 1954, el interior Morlock, un atractivo más.

 

Fue el 1 de enero de 1964, ahora en la Copa de Ferias y todo fue un desastre para el conjunto rojiblanco

 

Así que fue un éxito. En la época (y puede decirse que hasta hace muy poco) se consideraba que ante cualquier equipo extranjero había que ir con cualquier equipo español. Y, desde luego, el Atlético no se sintió fuera da casa. Entre el gran apoyo de los suyos y el discreto de los madridistas, que no hicieron la contra, se vio envuelto en un gran ambiente. No terminó de jugar bien, pero Chuzo marcó un gol muy oportuno, tan al borde del descanso que no hubo ni lugar a sacar de centro. (Fue la primera vez en mi vida que vi que se daba esa circunstancia, que el Reglamento prevé). En la segunda mitad, una buena jugada de Chuzo termina en gran disparo de Mendonça desde fuera del área. El Atlético se metió en la final, entre el jolgorio colectivo.

 

Aquel partido dejó muy buen cuerpo y muchos comentarios. ¿Y si el Atlético olvidara su atascado proyecto de estadio y los dos clubes compartieran el Bernabéu? Más de uno editorializó sobre ello. El Bernabéu era un estadio perfecto y era absurdo tener ese gigante de cemento para ser utilizado sólo cada dos domingos y de cuando en cuando entre semana. Y más absurdo aún sería hacer otro gran estadio en la ciudad para infrautilizarlo igualmente. Salía a relucir el ejemplo de San Siro, en Milán, compartido por Inter y Milan, y tan ricamente. Se ponía como ejemplo de sensatez y convivencia.

 

Sí, se hablaba de aquello. Al entrar y al salir del colegio, y en los recreos, nos enfrascábamos en el debate. Siempre se terminaba igual: ¿y si el Atleti juega ahí seguiría llamándose Estadio Santiago Bernabéu? Y, claro, no había acuerdo. Cualquier sugerencia de un nuevo nombre aceptable para los dos clubes terminaba en bronca. Para los madridistas, lo de Bernabéu era irrenunciable; para los atléticos, era insalvable.

 

Beitia marca frente al Juventus en el Bernabéu, en 1964. / AS

 

Probablemente aquello no llegara a plantearse nunca formalmente en las instancias oportunas, pero en esas estábamos cuando en la temporada siguiente se hizo otro experimento. Fue el 1 de enero de 1964, ahora en la Copa de Ferias y con la Juventus como rival. También partido de vuelta, también con un 1-0 por remontar. Pero el Atlético no era el mismo: llegaba muy desmejorado. Ya no era campeón de Recopa, porque aquella final alcanzada con gloria tras eliminar al Núremberg la había perdido estruendosamente ante el Tottenham de Jimmy Greaves. En la Liga está tercero por la cola, con dos victorias, cinco empates y siete derrotas. Muy apretado económicamente, había fichado mal ese verano. Además, su mayor estrella, Collar, estaba molesto, porque en su contrato figuraba que sería el mejor pagado de la plantilla y supo que Ramiro cobraba más. Dejó de jugar algunos partidos. También Mendonça reclamaba más dinero. A eso se unió una racha larga de lesiones, sobre todo en la delantera, que pusieron de manifiesto la debilidad de los refuerzos, jugadores traídos de equipos medios de Segunda División.

 

El partido se jugó a la una y media, horario raro. Esta vez no había excusa con la iluminación. Se eligió el estadio del Madrid por su mayor capacidad

 

El partido se jugó a la una y media, horario raro. Esta vez no había excusa con la iluminación. Se eligió el Bernabéu por su mayor capacidad.Pero no se llenó. La mala marcha del Atlético, el horario inhabitual y el trasnoche de la víspera dejaron el campo a medias. Bernabéu ocupó una localidad de tribuna, con su esposa. Los socios del Madrid entraron gratis, como ante el Núremberg, pero su actitud no fue la misma. Con la Juve venía Luis Del Sol, traspasado por el Madrid año y medio antes. Aunque sólo había jugado dos temporadas y media en el club, quedaba un gran recuerdo de él. Había estado en el 7-3 al Eintracht y el 5-1 al Peñarol, era jugador de clase y esfuerzo, tan activo que en Italia le habían apodado Siete pulmones. Bernabéu le vendió en 22 millones porque el club necesitaba dinero y porque había encontrado un buen sucesor en el osasunista Félix Ruiz. Pero el madridista aún quería mucho a Del Sol.

 

Así que se empezó por aplaudir sus intervenciones, luego las de la Juve, y se acabó por rechifla con el Atlético, para el que todo fue un desastre. A los siete minutos ya perdía 0-2. El partido se durmió. La Juve ganduleó, el Atlético, con una delantera remendadísima (Beitia, Polo, Mendonça, Jayo y Collar) hizo un ejercicio de impotencia. “Lesiones, desmoralización, mandanga, mala forma de conjunto e individual, lentitud, resignación ante lo inevitable, mala suerte…” Así describió en Marca Antonio Valencia, el gran crítico del momento, la situación del Atlético. Beitia marcaría cerca del final el gol de la honrilla, en la única jugada de Collar, y que sonó a algo así como un mensaje a la directiva, un “mirad lo que os estáis perdiendo por tratarme mal”.

 

Se empezó por aplaudir a Del Sol, luego a los italianos, y se acabó por rechifla con el los rojiblancos

 

Hasta Del Sol se declaró apenado: “Nunca quisiera verme como se han visto hoy los jugadores del Atleti”, dijo a la prensa.

 

Aquel partido fue una catarsis para el Atlético. Cayó el entrenador, Tinte, sustituido por Barinaga. El Madridcompensó el desaire del público cediendo al Atlético a su joven goleador Grosso, que completaba su formación en el Plus Ultra. Pero, sobre todo, Javier Barroso aceleró el relevo que ya tenía in mente. La víspera del partido de la Juve, o sea, el último día de 1963, había nombrado vicepresidente tercero a Vicente Calderón. En unas semanas, dimitió él, dimitieron los otros dos vicepresidentes y Calderón fue elevado a la presidencia. Encontró créditos, fichó nuevos jugadores (entre ellos Luis Aragonés, del Betis) y desatascó la operación del nuevo campo.

 

El 2 de octubre de 1966 el Atlético estrenaba su nuevo campo, ante el Valencia. El primer gol lo marcó precisamente Luis. De jugar en el Bernabéu ni volvió a hablarse. Ni siquiera unos cuantos partidos-puente mientras se dejaba el Metropolitano y se remataba el nuevo campo.

 

Hubiera lo que hubiese de verdad o fantasía en los rumores, aquel partido ante la Juve vino a demostrar que, como dijo el Guerra, lo que no puede ser no puede ser y además es imposible.

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miércoles, 24 septiembre 2014

Por Alfredo Relaño

Sadurní en casa y Reina en las salidas

Si un portero juega la Liga y el otro la Champions, ¿cuál es el titular? Es una de las preguntas del momento. Recuerda las discusiones en Barcelona en la Liga 70-71, cuando Vic Buckingham decidió durante bastantes jornadas que Sadurní jugara los partidos de casa y Reina los de fuera.

 

Miguel Reina, surgido en el Córdoba, había fichado por el Barça para la 66-67, por ocho millones de pesetas. Era el gran portero emergente del fútbol español. Pero el Barça tenía la portería bien guardada por Salvador Sadurní, heredero directo de Ramallets. Criado en la casa, había saltado por delante de Pesudo, un porterazo comprado al Valencia, al que pronto retornó. Sadurní era fiable, alto, elástico, seguro. Llegó a jugar 10 partidos en la Selección, en rivalidad con Iríbar.

 

Así que a Reina le tocó esperar. Pero ya en la temporada 69-70 alternaron un tiempo hasta que finalizó Reina como indiscutible. Vic Buckingham, el entrenador, le prefería. Aprovechó el 3-3 del Bernabéu en el primer partido de Liga (el día de la lesión de Bustillo) para quitar a Sadurní, que sólo volvió en alguna racha esporádica. El curso acabó con Reina de portero el célebre día del penalti de Guruceta.

 

Reina tenía un estilo muy distinto al de Sadurní. Era más eléctrico. El Camp Nou prefería al sosegado Sadurní, que no había llegado a la treintena, y el run-rún estaba en la calle. Sadurní había sido el héroe de la final de las botellas del 68 y todo en su figura transmitía credibilidad. Vivía lejos de la ciudad, en el campo, donde cuidaba su propia granja. Una especie de futbolista-payés, un adelantado de la ecología moderna. Gustaba en toda España. El Bernabéu le respetaba.

 

Empezó la 70-71 y se vio claro que Reina iba para titular. Jugó los primeros tiempos en los partidos amistosos, Sadurní, los segundos, con los suplentes. Así estaban las cosas cuando llegó el Gamper, el 25 de agosto. Entonces era un día casi solemne. Era la presentación del equipo, con los nuevos fichajes. Ese curso no había adquisiciones llamativas y la gente estaba de mal humor. El Barça llevaba 10 años sin ganar la Liga. El último curso había empezado con la lesión de Bustillo en Madrid y terminado con el penalti de Guruceta. El hincha culé se sentía desdichado, humillado, toreado por el Madrid y los poderes federativos y en manos de directivas ineptas y desunidas.

 

La víspera hubo una entrevista a Sadurní, que barruntaba que no iba a jugar. Se confesó triste. Y en efecto, no jugó la semifinal del Gamper, en la que el Barça se enfrentó al Dinamo de Moscú, todavía con Yashin. Buckingham tuvo además la mala ocurrencia de colocar al navarro Zabalza, un medio con estupenda zurda, pero muy lento, de lateral izquierdo. El extremo derecha ruso, Estrekov, se lo comió. Una y otra vez llegaba a los fotógrafos y centraba atrás. A Reina le cayeron pronto dos goles, y los gritos del público, también. Los 80.000 espectadores volvieron contra él todas sus iras.

 

Tanto fue así, que el propio Reina me contaba hace poco:

 

—En el descanso, cuando íbamos al túnel de vestuarios, le dije al árbitro, el madrileño Antonio Camacho, con el que me llevaba muy bien: 'Oye, ¿y tú eres mi amigo? ¡Haz algo, ¿no ves que me están friendo?' Se lo dije entre bromas y veras, ¡y en el segundo tiempo les anuló dos goles!

Relaño

Pero, con todo y eso, fueron 0-5. Hecatombe. Cómo sería la cosa que el público jaleaba a los rusos y hasta protestó las anulaciones de Camacho. Reina sufrió rechiflas cada vez que tocó la pelota. El día siguiente, tercer y cuarto puesto, Barça-Schalke, jugó Sadurní. Ganó el Barça 1-0 con Sadurní aplaudidísimo. El Ujpest Dosza ganó 3-1 la final al Dinamo de Moscú, con lo que el 0-5 de la víspera resultó aún más lacerante.

 

Buckingham hizo saber a Reina a través de Minguella, técnico de la cantera del que se servía de intérprete, que para tranquilizar las cosas iba a empezar la temporada con Sadurní. Y así fue. Sadurní jugó los tres amistosos restantes, en Santander, Vallecas y Sabadell, y arrancó la Liga como titular. Reina, mientras, era un trueno en los entrenamientos. Sadurní no andaba mal, pero Buckingham aprovechó la conjunción de una derrota 0-2 en casa ante el Valencia más la eliminación en Copa de Ferias ante la Juventus para sacar a Reina en el Sánchez Pizjuán. El Barça ganó 0-1. Era la jornada novena. Pero no se atrevió a sacarle en el Camp Nou. Se produjo entonces una curiosa alternancia que dio mucho que hablar. Sadurní jugó las jornadas 10, 12, 15, 16 y 18, todas en el Camp Nou, ante Granada, Sporting, Atlético, Athletic y Celta. Reina jugó las 9, 11, 13, 14, 17 y 19, en Atocha, La Rosaleda, El Insular, La Romareda y la Creu Alta. El Barça ganó tres y perdió tres de esas salidas, pero Buckingham se decidió por fin a sacar a Reina en el Camp Nou en la jornada 20, ante el Elche (0-0). Hay protestas, pero ya se quedará titular. Aquella fue la Liga del final apasionante ganada por el Valencia mientras Atlético y Barça empataban en el Calderón. El Barça se compensó en la final de Copa, que ganó, 4-3, con prórroga, al Valencia. Con Reina en la portería.

 

Reina siguió en el Barça dos temporadas más y el run-rún de la grada nunca cedió. Alternó con Sadurní, ya no en casa y fuera, sino por rachas. A comienzo de la 73-74 se marchó al Atlético, donde completó una gran carrera. Sadurní se retiraría en el Barça en 1976, tras 16 temporadas en el club, récord para un portero, y con 465 partidos. Pero la salida de Reina no tuvo que ver nada con esa competencia:

 

—Yo tenía un negocio de textiles con 54 empleados. Lo llevaba mi hermano, yo no tenía tiempo. Estuvo de baja muchos meses, por un trasplante de hueso de la tibia a la columna. Dos sinvergüenzas, el encargado de almacén y el jefe de ventas, me hicieron un agujero de 32 millones. Tuve que declarar suspensión de pagos...

 

Al Barça no le hacía gracia que un jugador suyo declarase suspensión de pagos. Reina empezó a notar que le miraban mal. A través de Antonio Camacho, que era perejil de muchas salsas, entró en contacto con Santos Campano, vicepresidente del Atlético. Le ficharon por 12 millones.

 

—Calderón me pagó por adelantado la ficha de cinco años. Fue un segundo padre para mí. En tres años levanté la suspensión de pagos y recuperé bienes de Córdoba que me habían embargado: mi restaurante y la casa de mi padre.

 

Sadurní recuerda así aquellos días. "El público se puso en contra de Reina. No fue culpa de nadie". Reina lo ve igual. Y descarta que le atacaran por ser forastero:

 

—¡Más que conmigo se metían con Martí Filosía, que era de allí! Un gran chico. Y ya que va a escribir de esto, ponga una cosa bien clara: el puesto de portero no es propiedad de nadie. Juega el que convenza al entrenador. No hay más.

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Por Alfredo Relaño

Manolín Bueno, a la sombra de Gento

Doce años estuvo Manolín Bueno de suplente de Paco Gento en el Madrid. Un caso extraordinario. Un jugador excepcional que pasó su carrera esperando una oportunidad, mientras el Barça bebía los vientos por él. Pero Santiago Bernabéu nunca le dejó marchar.

 

BuenoManolín Bueno salió futbolista por fuerza. Su padre había sido portero, en el Mirandilla (antecedente del Cádiz), el Nacional de Madrid y luego en el Sevilla, con el que ganó la primera Copa tras la guerra, en 1939. Primera Copa del Generalísimo, pues. El otro finalista fue, por cierto, El Racing de El Ferrol. Retirado, Bueno fue masajista y conserje en el campo del Mirandilla, luego del Ramón de Carranza, ya existiendo el Cádiz. Como era habitual en esos tiempos, la familia del conserje vivía en el campo. Allí se crió Manolín Bueno. El jardín de su casa era el campo de fútbol. Creció rodeado de balones y futbolistas. Le enamoró el balón, para el que tenía una habilidad prodigiosa. Aún muy pequeño, le pretendió el Sevilla, pero el padre prefirió que empezara la carrera en el Cádiz, en casa.

 

Había jugado una sola temporada en el Cádiz, en Segunda, cuando le fichó el Real Madrid. Empezaba la temporada 59-60. El Madrid había ganado las cuatro primeras Copas de Europa. Su delantera el último curso había sido Kopa, Rial, Di Stéfano, Puskas... y Gento. Manolín Bueno jugaba de extremo izquierda, como Gento, entonces el mejor del mundo en su puesto. Velocidad terrible, frenazo en seco inesperado, una potencia de disparo fuera de lo común... Fichar por el Madrid, con semejante monstruo por delante, parecía una temeridad, pero ¿quién podría negarse? Además, Bueno tenía 19 años, Gento iba para los 26. Para Bernabéu era una apuesta de futuro, y una forma de presionar a Gento, que no siempre se recogía a la hora debida, o al menos eso decían las malas lenguas.

 

Al poco de llegar entusiasmó al Bernabéu en un amistoso (6-5) ante el Manchester United, en el que hizo diabluras y marcó cuatro goles. Al finalizar esa temporada, se dio el lujo de jugar en Montevideo el partido de ida de la Intercontinental, primera que se disputaba. Gento estaba lesionado, así que en el estreno de esa competición, Bueno formó parte de una delantera de fábula: Canario, Del Sol, Di Stéfano, Puskas y Bueno. La foto de aquel día, en el que el Madrid jugó, como a la vuelta, con el escudo de la UEFA en lugar del propio, cuelga en un gran cuadro en el bar La Escalerilla, a 50 metros del Carranza, por donde cada día se deja caer hoy Bueno para la tertulia.

 

Pero Gento, claro, se curó de aquella lesión. Y tuvo pocas más, y breves. A Manolín Bueno le tocaba esperar. Los compañeros le animaban, le tomaron cariño. Y le admiraban. Su habilidad con el balón era superior a cualquiera. Zoco me explicó que con él hacían un juego: en la ducha, plenamente mojado, le echaban una pastilla de jabón y él la paraba en el empeine. "¡Ni Pancho lo conseguía, oye! ¡Sólo él!". Pancho era Puskas, palabras mayores.

 

Avanzaban los sesenta y empezaba a impacientarse. El Barça, entre otros, le pretendía cada año. El Barça anduvo en esa década flojo de extremo izquierda. Le hubiera venido de perlas. Pero Bernabéu decía una y otra vez que ni hablar.

 

—Entonces había derecho de retención. Bastaba con que te subieran el 10% al acabar el contrato para que te retuvieran. Así que...

 

Bueno mira hoy con cierta nostalgia lo que pudo ser y no fue. Su escapatoria eran los partidos entre semana que montaba el Madrid con mucha frecuencia, contra algún equipo de Segunda contratado al efecto. Solían ser los jueves por la tarde, tardes libres de colegio en años aún de sábado con colegio mañana y tarde. Allí jugaban los suplentes del Madrid, más alguno que estuviera saliendo de una lesión, más alguna figura emergente de la cantera si hacía falta. Allí Manolín Bueno la rompía, era la gran atracción. Se iba de todos, daba goles, los metía. Era una delicia verle.

 

Pero el domingo, otra vez a la grada, o en casa, si el partido era fuera, porque entonces no viajaban más que los titulares y el portero suplente. No había cambios. Sólo el del portero, y por lesión. En la Copa de Europa, ni eso.

 

En este tiempo en que no chocan los extremos a banda cambiada, hubiera sido titular fijo. El Madrid dio muchas vueltas al puesto de extremo derecha, sin que nadie se asentara. Pero poner un zurdo en la diestra se consideraba sacrílego.

 

De cuando en cuando pudo colar unos cuantos partidos, en las cortas ausencias de Gento, o en primeras eliminatorias de Copa. Entre eso y su prestigio por los amistosos fue dos veces a la Selección B, ya desaparecida, más una a la A, en el Homenaje a Zamora, entre España y una selección mundial en la que estuvieron los Yashin, Mazzola, Eusebio y demás. Jugó la segunda parte, pero no le cuenta como partido internacional, porque no fue partido entre selecciones,

 

Para compensarle, Bernabéu presionaba para que de cuando en cuando le metieran en el parte de lesionados. Los lesionados cobraban media prima, así que si aparecía como lesionado, tenía un dinero extra. Entonces las primas por partido no se repartían entre todos, como hoy, sino que cobraban los que jugaban. Y media prima los lesionados.

 

Casi fue peor. Cuando aparecía en un parte de lesionados, la gente murmuraba: "¿Manolín Bueno lesionado? ¡Si no juega! ¡Este se lesiona leyendo el Marca!".

 

Así fueron pasando los años, con el Barça sin extremo izquierda, el Madrid sin extremo derecha y Bueno esperando a ver si Gento aflojaba. Pero por Gento no pasaba el tiempo.

 

 

La temporada 70-71 pareció abrirse una luz para Bueno. Se empezaron a permitir los cambios y llegó a participar en 20 partidos de Liga. Nunca antes había alcanzado ni los 10. Ya tenía 31 años, Gento 38. El Madrid jugó la final de Recopa, contra el Chelsea, en Atenas. Hubo necesidad de desempate. El primer partido no lo jugó. El segundo, sí, pero fue reemplazado por Grande en el minuto 60. Gento entró luego por Velázquez en el 75.

 

El Madrid perdió. Bernabéu quedó de un humor de perros y dio varias bajas. Entre ellas, Manolín Bueno y Paco Gento. Salieron del Madrid el mismo día.

 

Para entonces el Barça ya tenía a Rexach, así que se fue al Sevilla, el equipo que le quiso antes que nadie. Allí, Vic Buckingham le sentaba a su lado y le pedía una y otra vez que le contara historias de Di Stéfano y Puskas, mientras los demás daban vueltas al campo. Luego tuvo a un griego iluminado, Dan Georgiadis, que les enseñaba a distinguir capiteles y les obligaba a llevar un vademécum con sus pensamientos del día, pero no les daba balón. Y finalmente a Salvador Artigas, expiloto republicano de caza y devoto de los entrenamientos extenuantes. Lo dejó con 33 años, después de una provocación divertida. Artigas les hacía volver corriendo, tras el entrenamiento, de Alcalá de Guadaira al Pizjuán. Él y Superpaco se pusieron de acuerdo para alquilarle a un paisano el borriquillo, a lomos del cual hicieron el trayecto, cerrando la comitiva.

 

Hoy su mirada nostálgica se va a esa foto del bar La Escalerilla, a aquel momento feliz del verano de 1960: Domínguez; Marquitos, Santamaría, Pachín; Vidal, Zárraga; Canario, Del Sol, Di Stéfano, Puskas y Bueno. Después, pasó lo que pasó. Con derecho de retención, sin cambios, con el tabú de poner un zurdo a la derecha. Y con Gento por delante, "que no cogía ni un constipado".

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jueves, 11 septiembre 2014

Por Alfredo Relaño

Nos retiramos por no recibir a los rusos

La UEFA se creó en 1954. Con el nacimiento, se proyectó un campeonato continental de selecciones, al modo que ya se hacía, muchos años atrás, en Sudamérica. Se estableció que su fase final se jugaría en los años pares olímpicos, a contrapié con la Copa del Mundo. Había 33 federaciones afiliadas, pero finalmente sólo se apuntaron 17. Entre las no inscritas estaban las cuatro británicas, Italia y la RFA. Bajas serias.

Rusos1


España se apuntó, por el valor personal de Elola Olaso, Delegado Nacional de Deportes, y Lafuente Chaos, Presidente de la Federación de Fútbol. Ambos fueron advertidos, en el momento de hacer la solicitud formal de inscripción, de que “sigue siendo criterio de la Superioridad el negar la autorización a que se celebren encuentros deportivos entre equipos españoles y equipos de la Unión Soviética (…)”. Se aludía a lo sucedido en la Copa de Europa de baloncesto 57-58, de la que el Madrid fue obligado a retirarse antes de competir en las semifinales con el Riga.


Elola y Lafuente se hacen los despistados y apuntan a España, que queda emparejada en el sorteo de octavos con Polonia. País comunista. Vaya. Pero no hay objeciones.


El seleccionador es Helenio Herrera, adelantado, genio, provocador… Es al tiempo entrenador del Barça, empeñado en la tarea difícil de voltear al Madrid de Di Stéfano. España no ha ido al Mundial del 58 por un empate absurdo en el Bernabéu con Suiza. Con Helenio Herrera, que habla del Equipo España, se espera la revancha. Y los dos partidos con Polonia avalan su optimismo: 2-4 allí y 3-0 aquí. El equipo era de fábula: Ramallets; Olivella, Garay, Gracia; Gensana, Segarra; Mateos (en Madrid, Tejada), Kubala, Di Stéfano, Suárez y Gento. “Soy el entrenador del futuro campeón de Europa”, se ufanará Helenio Herrera.

 

Los cuartos se sortean el 11 de diciembre de 1959 en París, y nos toca… ¡La URSS! Los rusos, decíamos. Demonios rojos. Ruso o rojo eran palabras infernales en la época.



Lafuente y Elola, de acuerdo con el ministro de Exteriores, Castiella, y el del Movimiento, Solís Ruiz, del que dependía el deporte, siguieron los pasos pertinentes. Reunidos en París con los rusos, Valentin Granatkin, presidente, y Gavriil Katchalin, seleccionador, fijaron las fechas: 29 de mayo en Moscú y 6 de junio en Madrid. Como no había relaciones directas entre ambos países, los contactos y visados se harían a través de las embajadas en París. Se programaron las visitas de Katchalin al amistoso España-Inglaterra para el 15 de mayo en el Bernabéu y de Helenio Herrera al URSS-Polonia el 19 del mismo mes en Moscú. Todo en orden. Pero todo se enredó el viernes 20 de mayo, en el Consejo de Ministros celebrado en el Palacio de Pedralbes, en Barcelona. Franco pasó casi un mes en Cataluña, hinchándose de adhesiones. Allí se celebró el 1 de mayo, en el Camp Nou, la Demostración Sindical. También se había celebrado el domingo 8, por la Diagonal, el Desfile de la Victoria. Pero justo el 19, víspera del Consejo de Ministros en Pedralbes, hay un homenaje a Joan Maragall en el Palau de la Música. Se ha descartado el canto de la Senyera, cuya letra es suya. Un grupo de insurrectos lanza octavillas y lo canta. Entre los detenidos (luego encarcelado) está un jovencísimo Jordi Pujol.



Así que el viernes 20, en el Consejo de ministros no hay buen humor. Sale el tema de los partidos ante la URSS. Castiella y Solís Ruiz los defienden. Camilo Alonso Vega, Ministro de Gobernación, y Carrero Blanco, de Presidencia, se oponen duramente.


Eran además días difíciles. En la guerra fría, Estados Unidos había tenido un contratiempo, porque los rusos le habían derribado un U-2, avión espía, y capturado a su piloto, el capitán Powell. Eso, en vísperas de una Conferencia en París que pretendía la distensión. Aquel incidente colocaba a la URSS en ventaja. Camilo Alonso Vega fue pródigo en argumentos contra los soviéticos: aún había prisioneros de la División Azul en la URSS, entre los niños de la guerra repatriados en los últimos dos años (1.899, según datos de la época) se habían detectado seis “activistas pagados por el oro de Moscú”. El oro de Moscú era un mito recurrente en la época. Se trataba de las reservas de oro del Banco de España, que acabaron en Moscú como pago de Negrín a Stalin por material militar. Conclusión: nada de jugar contra la URSS, que encima la víspera, el 19 de mayo, había ganado 7-1 su amistoso contra Polonia.



De golpe, periódicos y radios dejan de hablar del partido. Ni la más mínima mención. Incluso dejó de llegar L'Equipe a los quioscos de Madrid y Barcelona en que se vendía. Lafuente Chaos y Elola Olaso se partieron el pecho. Fueron a Barcelona. Consiguieron que el lunes les recibiera Camilo Alonso Vega, al que ofrecieron que España viajara a la URSS sin directivos, sin carácter oficial, sólo con el entrenador, el masajista y los jugadores. Le garantizaron que España eliminaría a los rusos. El Madrid acababa de ganar su quinta Copa de Europa, el Barça había ganado la Liga y la Copa de Ferias. El fútbol español era imparable, insistieron.

 

Pero supieron entonces que lo que preocupaba a Camilo era una eventual manifestación procomunista en el partido de vuelta. Que “agitadores comunistas” pudieran infiltrarse en el campo, pitar a Franco, provocar una algarada. Decía tener informes de que tal cosa se estaba preparando. Intentaron entonces hablar con Franco, que el martes viajó por carretera, con escala en Zaragoza, donde tuvo misa en el Pilar y un acto oficial. Por fin les recibió el miércoles, en El Pardo. Les escuchó con educada atención y les despidió con pocas palabras:

—El Gobierno no ve prudente, en las circunstancias actuales, recibir aquí a los rusos…

Ese mismo miércoles 23, la selección se concentra en Madrid, en el Hotel Nacional. Helenio Herrera, que estaba en tratos con el Inter y había pasado por Italia al regreso del URSS-Polonia, era el único informado. Había leído la prensa francesa e italiana, que relacionaban la negativa de España con instrucciones directas de EEUU a cuenta del incidente del avión y del fracaso de la Conferencia de París.



En paralelo, la UEFA, intentando salvar el escollo y de acuerdo con Lafuente Chaos, ofreció tres posibilidades: jugar los dos partidos en campo neutral, jugar los dos partidos en Moscú o jugar el de ida en Moscú y el de vuelta en campo neutral. España renunciaba a participar en las taquillas, que serían íntegras para el rival. Pero la URSS rechazó las tres y exigió 600.000 rublos por daños y perjuicios. Equivalía a 30 millones de pesetas. Una cantidad a todas luces desorbitada, si se piensa que un año más tarde Luis Suárez, balón de oro del momento, fue fichado por el Inter por 25 millones.



El mismo miércoles se comunica a los jugadores que no hay partidos, que regresen a casa. El jueves aparece la noticia en la prensa, que culpa a la URSS por no haber aceptado las fórmulas propuestas. La multa que nos impone la UEFA no es tan gravosa como la que pretende la URSS: el equivalente en francos suizos a tres millones de pesetas. La UEFA valoró los esfuerzos ímprobos de Lafuente Chaos. No hubo, contra lo que se llegó a temer, suspensión de nuestros equipos de club en Europa.



Y, curioso, ni la Autobiografía de Federico Sánchez, de Jorge Semprún, ni la autobiografía de Santiago Carrillo hablan de ninguna movilización prevista para aquella ocasión. Todo fue fruto de la imaginación de Alonso Vega o sus colaboradores. La URSS ganó aquella primera Eurocopa, con final en París. La siguiente edición, la de 1964 la ganó España, ¡a la URSS! En el Bernabéu y con Franco en el palco. La peripecia está perfectamente narrada, en detalle, en el libro ¡Que vienen los rusos!, del periodista granadino Ramón Ramos, sobre documentación de Bernardo Salazar.

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jueves, 28 agosto 2014

Por Alfredo Relaño

Los años del Córdoba y del Cordobés

El Córdoba C.F. apareció en Primera en la 62-63, sólo ocho años después de su fundación, fusión de dos clubes locales, el RCD Córdoba y el San Álvaro. Fue un ascenso en circunstancias curiosas. Llegó a la última jornada como líder del Grupo Sur, con un punto más que el Málaga, pero con el goal average perdido. Tenía que ganar en Huelva para asegurar el ascenso. Como el Recreativo no se jugaba nada, el Málaga le primó de una forma realmente singular: le pagó cuatro días de ejercicios espirituales, en parte para asegurar su descanso y en parte para mover su conciencia a la virtud. No sirvió de mucho: el Córdoba ganó 0-4, con tres goles de Miralles, héroe del ascenso. Ese Córdoba jugó después contra el Depor de Amancio y Veloso, campeón del Grupo Norte, por el título honorífico de campeones de Segunda, y salió ganador.

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Aquel era un equipo bien hecho por Olsen, exjugador del Madrid y del propio Córdoba. Futbolista en buena edad y con cierto recorrido en equipos de Primera o de lo mejor de Segunda. Bastaron los mismos más el central Mingorance, fichado del Granada, para mantenerse en Primera con serenidad en la temporada de su presentación. Otros fichajes (Castaño, Egea…) no llegaron a hacerse sitio fijo. Eran tiempos de alineaciones de memoria: Benegas; Simonet, Mingorance, Navarro; Ricardo Costa, Martínez; Riaji, Juanín, Miralles, Paz y Homar. Riaji, marroquí, era la estrella de importación. Juanín, criado en el Betis, era el cerebro, el favorito de la afición, junto al goleador Miralles.


La última jornada de la 63-64 ocurrió una tragedia que conmocionó a toda España. Un autobús que reforzaba la línea de Pío XII al campo de fútbol, El Arcángel, cayó al Guadalquivir. Murieron 11 personas. Eran rezagados que iban al partido, que comenzaba a la hora del accidente. En la ciudad cundió el pánico, porque todo el que tenía familiares en el fútbol tuvo razones para temer. La megafonía del campo dio multitud de avisos llamando a familiares. En medio de esa confusión, el Córdoba ganó 4-0 al Levante, un gran resultado que descartaba el riesgo de la promoción, pero nadie lo celebró. Al final, el campo estaba casi vacío.

 

El zapatazo llegó en la temporada 64-65. Terminó quinto. En casa ganó todos los partidos menos tres que empató. Sólo encajó dos goles, uno de Di Stéfano, para el Espanyol, el otro en propia meta. Fue el curso de la irrupción de Reina, aún juvenil. Salió del Santiago, un equipo local, y su aparición, de la mano de Ignacio Eizaguirre, entrenador, glorioso portero en los cuarenta, fue estelar. Entonces se daba por sentado que los porteros necesitaban más maduración que los jugadores de campo. Un portero de 18 años era extraordinario. Se mantenía, aún, a grandes trazos, el equipo del ascenso, aunque con algunos refrescos, como el ex madridista Luis Costa, extremo de la generación de Velázquez, o el fino interior Tejada, surgido, como Reina, del Santiago. La alineación también se recitaba de memoria: Reina; Simonet, Mingorance, López; Martí, Ricardo Costa; Luis Costa, Juanín, Miralles, Tejada y Cabrera.

 

Eran los años del estallido de El Cordobés. Córdoba estaba de moda. Es difícil explicar a quien no lo vivió el grado de popularidad que alcanzó en esos años El Cordobés, con su leyenda del robagallinas que llegó a ser habitual de las cacerías de Franco. Revolucionario en su toreo, detestado por los aficionados clásicos, arrebataba a los grandes públicos. Le llevaba El Pipo, un genio del marketing cuando no se sabía lo que era eso. Ni juntando ahora a Nadal, Gasol, Alonso, Márquez, Casillas, Iniesta y los mejores toreros del momento se construiría una montaña de popularidad como la que levantó él. Fuera de España fue tan célebre como aquí. El libro O llevarás luto por mí, de Lapierre y Collins, fue best seller mundial. Aún recuerdo que el día de su presentación en Madrid, en mayo de 1964, en mi colegio nos dieron suelta una hora antes para que se pudiera ver la corrida por televisión.

El Cordobés fue gran hincha del equipo. En lo posible, no fallaba a un partido. Siempre invitado al palco, repartiendo abrazos efusivos en cada gol o puñetazos simulados si el gol era en contra. Muchos jueves participaba en el entrenamiento. Los jueves siempre había partidillo. Como las plantillas eran cortas, se completaban dos equipos con algún juvenil, algún ex, el segundo entrenador… El Cordobés, un apasionado, acudía mucho, aprovechando que la temporada de fútbol va a contrapié con la de toros. Miralles, con el que me vi hace poco en su Xàtiva natal, recuerda aquello con simpatía: “Se apañaba. Jugaba de medio, iba y venía, corría sin parar. Siempre estaba donde el balón. Con él en los pies era otra cosa, claro. Pero tenía un entusiasmo…”.

 

Ese entusiasmo le llevó tiempo más tarde a proponer una extravagancia: su propio fichaje, sólo que poniendo el dinero él. Eso fue ya a finales de la 67-68. Al cabo de cinco años en Primera, el Córdoba empezó a sufrir el peso de los sueldos que en la categoría debía pagar. Y fue traspasando jugadores. Mingorance y Miralles, al Espanyol, Tejada al Madrid, Reina al Barça. Ricardo Costa se mató en accidente de tráfico, lo que fue un impacto tremendo. Empezaron los apuros.

 

Fue entonces cuando, en marzo de 1968, El Cordobés lanzó su ofrecimiento. Era muy amigo del entrenador, Marcel Domingo, y entre bromas y veras, entre que este no supo decirle que no o le pareció bien probar, urdieron la propuesta: El Cordobés pagaba un millón de pesetas a cambio de jugar tres partidos. Aspiraba, por así decir, a una triple oportunidad. El escrito, tal como fue enviado al club y apareció en la prensa, fue este:

 

“Yo, Manuel Benítez, El Cordobés, me comprometo a fichar y a jugar a las órdenes de don Marcel Domingo, entrenador del Córdoba C.F., siempre que lo considere oportuno. Bajo las condiciones que yo, Manuel Benítez Pérez, manifieste. Pongo a disposición del Córdoba C.F. que Marcel Domingo entrena la cantidad de un millón de pesetas a fondo perdido siempre que me den tres partidos a jugar de oportunidad, en las temporadas que yo indique. En la temporada 67-68 jugaré un partido, pero si el entrenador señor Domingo lo considera oportuno jugaré los dos restantes. En caso contrario me comprometo en jugar los dos partidos en los ocho primeros de la Liga 68-69. Manuel Benítez Pérez, al final de los tres partidos queda libre de todo compromiso con dicho club, perdiendo el mismo todos los derechos de opción y retención de cualquier clase sobre el jugador”. Firman él, Marcel Domingo y tres testigos.

 

El club no accedió, claro. Marcel Domingo, el complotado, ni siquiera acabó la temporada. Le sustituyó Argila, que consiguió mantener al equipo tras el susto de una promoción con el Calvo Sotelo. En la 68-69 ya bajó el Córdoba. Kubala sustituyó a Argila en diciembre. No pudo salvar al equipo, pero sacó buenos jóvenes. Quedó bien. De ahí saltó a seleccionador. Aún volvería, fugazmente, en la 71-72. Era ya el Córdoba de Manolín Cuesta. Nada más subir, Verdugo fue traspasado al Madrid, por ocho millones y las cesiones de Fermín y Del Bosque. El equipo llevaba ya semanas descendido cuando en la penúltima jornada recibió al Barça, que se jugaba la Liga. Traía de portero a Reina. Ganó el Córdoba, 1-0, gol de penalti del madridista Fermín. El Madrid ganó esa Liga y cada jugador del Córdoba recibió 100.000 pesetas. Varios se compraron un piso con esa prima.

 

El Córdoba no ha estado muchas temporadas en Primera, pero fueron sonadas. Ahora vuelve, a los 43 años. Es un gusto reencontrarle.

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domingo, 24 agosto 2014

Por Alfredo Relaño

El Infante Felipe se declara atlético

El 11 de enero de 1976 se enfrentaron el Atlético y el Madrid en el Manzanares. El Madrid era el líder. Era la jornada diecisiete, última de la primera vuelta. Se trataba de la primera Liga de la Transición. Franco había muerto el noviembre del año anterior. Aquel partido fue escogido por la Familia Real para acudir por primera vez a un espectáculo deportivo. En realidad, para asistir por primera vez a un gran evento público. Acudieron el flamante Rey, Don Juan Carlos, su esposa, Doña Sofía, y el hijo varón, Felipe. Hoy Felipe VI, Rey de España. Entonces, un niño al que le faltaban tres semanas para cumplir los ocho años.

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Fue un partido apasionante, ganado por el Atlético por 1-0, gol de Leal. Para situar mejor al aficionado en la época, estas fueron las alineaciones:

Atlético: Reina; Capón, Eusebio, Pereira, Panadero Díaz; Marcelino, Leal, Adelardo, Bermejo; Leivinha (Gárate, 85') y Ayala (Bermejo, 46', luego Aguilar, 85').

Madrid: Miguel Ángel; Uría, Benito, Pirri, Camacho; Del Bosque, Velázquez, Netzer; Amancio, Santillana y Roberto Martínez.

 

As tenía entonces una pareja de reporteros, Heras Lobato con la pluma y Antonio Alcoba con la cámara, que hacían una página de ambiente, con entrevistas en el palco y en las gradas, muy seguida. Se publicaba en la última el día siguiente al partido bajo el epígrafe Show en las Gradas. Ese día, Heras Lobato entendió que lo suyo era ir a por la Familia Real:

 

—Pedimos permiso, claro, y Santos Campano, el vicepresidente, preguntó a alguien y nos dijeron que sí. Nos sorprendió la poca bulla que había en torno al Rey. Me refiero a acompañantes, seguridad y todo eso. Mucho menos que Franco, que iba a las finales de Copa mucho más custodiado y rodeado. ¡Y Juan Carlos ya era el Rey!

 

Juan Carlos les vaciló cariñosamente. Falseó la voz, les dijo que estaba afónico, y les encaminó hacia su hijo. Y ahí se produjo la revelación que tanto dio que hablar en adelante.

 

Lo que sigue es la reproducción del tramo del reportaje en el que el protagonista es Felipe, tal como se publicó el día siguiente, 12 de enero de 1976:

 

"—Mira, estos señores quieren hablar contigo.

El príncipe sonrió y dijo que 'bueno'.

—¿Has visto muchos partidos?

—No.

El Rey aclaró:

—Es el primero que ve en el campo.

—¿Le está gustando?

El Príncipe, un poco cohibido, respondió:

—Mucho.

—¿De qué equipo es?

No lo dudó un instante:

—Del Atlético.


El padre sonrió. Todos sonreímos. El Príncipe se hizo el amo por el desparpajo con que dio la respuesta. Alguna mujer hasta le dijo un piropo al niño. Y luego comentó: 'Es sólo una criatura y se ha ganado a España".

 

La victoria colocó como líder al Atlético. Aunque al final esa Liga la ganaría el Madrid, el Atlético sería campeón de Copa, con un 1-0 sobre el Zaragoza. Marcó Gárate y aquel fue su último gol. Una prematura y rara lesión pudo con él. Aunque aún se llamó Copa del Generalísimo, porque Franco vivía cuando empezó la temporada futbolística, la entregó el Rey Juan Carlos. A su lado, el niño Felipe sonreía feliz en las fotos. Algunas radios captaron sus palabras ese día y de nuevo se manifestó Atlético.

 

Al Atlético, que entonces presidía Calderón, le alegró mucho aquella inclinación atlética de Felipe y la cultivó. Le hicieron padrino de los actos del LXXV Aniversario, que culminaron con un Atlético-Brasil como cierre de una tarde-noche festiva en la que Rafaella Carra cantó embutida en cuero negro aquello de que para hacer bien el amor había que venir al Sur, enloqueciendo a la parroquia. Los hijos del vicepresidente, Salvador Santos, hicieron amistad con él y la familia visitaba con frecuencia La Zarzuela, en muchas ocasiones con Vicente Calderón. Mientras los chicos jugaban, Juan Carlos aprovechaba para que ellos le comentaran cosas de la calle.

 

Al Madrid, de clara tradición monárquica (lleva el título de Real y la corona por concesión de Alfonso XIII, bisabuelo de Felipe VI) aquello le gustó a medias. Raimundo Saporta, en sus encuentros off de record con periodistas en su chalé de la calle Serrano, solía deslizar que no era tan así, que como era bien sabida la filiación madridista del padre, se había lanzado la especie de que Felipe era del Atlético para compensar. Un poco para no alarmar demasiado a Cataluña, decía.

 

El Atlético manejó la relación a través de Santos Campano, por un lado, y Antonio Villacieros, Jefe de Protocolo de la Casa Real, por otro. Casi cada año le regalaban una equipación. También le enviaron reproducciones de los trofeos y algún regalo más. De todas esas cosas ha hecho donación ahora, convertido ya en Felipe VI, y el Atlético las exhibe en su museo (muy recomendable, por otra parte, una gran obra de Pablo Ornaque) situado en los bajos del estadio. También Cerezo, actual presidente, cuidó esa relación. En un simpático acto regaló a Felipe y Letizia unos patucos del Atlético para el primer bebé que viniera.

 

Con todo, hay gente que lo pone en duda. Los que han tratado al nuevo rey le encuentran más bien escéptico con el fútbol. Los atléticos se sintieron decepcionados cuando al besamanos en La Zarzuela no invitó a Cerezo y sí a Florentino, pero la invitación a éste no fue hecha como presidente del Madrid, sino de ACS.

 

Curiosamente, esta Supercopa enfrenta a doble partido al Madrid y al Atlético y el partido de vuelta será en el Manzanares. El mismo partido en el que debutó como aficionado e hizo su declaración atlética. Aún no se sabe si acudirá ni si hará la entrega. La Supercopa la suele entregar Villar.

 

Pero al cabo de los años, Heras Lobato no tiene dudas:

—Mira, no sé si ahora es o no es, si le gusta o no el fútbol. Pero aquel niño era del Atleti, seguro. Se le veía en la mirada, en la sonrisa, en lo contento que estaba.

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