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El blog de Pipo lópez

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jueves, 25 mayo 2017

Por Alfredo Relaño

El Málaga tentó a Puskas, pero...

Moreno de Luna fue un gran presidente del Málaga. Personaje de ímpetu, alcalde de Fuengirola, presidente del Sindicato de Hostelería, uno de los impulsores, en aquel tiempo, de la emergente industria turística española. Uno más de los admiradores de Bernabéu en aquella época, copió cosas de él. Intentó, y casi lo consigue, que Puskas se retirara en el Málaga, ya con los cuarenta cumplidos.


Moreno de Luna llegó al club en enero de 1963. Entonces el Málaga estaba en Primera, pero en dificultades. Tantas, que se le fue irremediablemente a Segunda, y con un fuerte déficit. Buscó la solución en el Madrid. Tenía un jugador estrella, Alberto Suárez, conocido futbolísticamente como Pipi. Al Madrid le interesaba. Era un buen interior de ataque, que en aquellos años de reciente prohibición de fichajes de extranjeros (que duraría de 1962 a 1973, el año en que vino Cruyff) era de lo mejor que ofrecía el mercado. Podía hacer pareja con Amancio, si este jugaba de extremo, o ser un buen reemplazo de él como media punta. Visto con perspectiva, Moreno de Luna hizo una buena operación. A cambio de Pipi le sacó al Madrid un millón de pesetas, más las cesiones de los extremos Rovira y Otiñano y el interior Velázquez. Luego, ante una serie de bajas en la defensa, también fue Antonio Ruiz, medio defensivo o central.


Moreno de Luna contrató también como entrenador a José María Zárraga, cinco veces campeón de la Copa de Europa con el Madrid de Di Stéfano. El presidente malaguista esperaba de él que trasladara al Málaga el espíritu Real Madrid. Zárraga recogió un equipo descendido, a reconstruir y sin su gran estrella, Pipi. Pero supo organizar un buen equipo, primero como entrenador, luego como secretario técnico. A final de temporada se dio el gusto de ganar el trofeo Costa del Sol, precisamente ante el Madrid, que acudió como parte de la operación Pipi. Un año más tarde, el Málaga estaba de vuelta en Primera, movido sobre todo por Velázquez, llamado a hacer pronto una larga y exitosa carrera en el Madrid. Y fueron saliendo buenos jugadores de la cantera, según la política que en esos años emprendieron mano a mano Moreno de Luna y Zárraga. De aquella siembra salieron los Aragón, Benítez, Berruezo (malogrado cuando, una vez traspasado al Sevilla, falleció por un paro cardiaco en Pasarón), Monreal, Jorge, Espejo, Conejo... Aquellos fueron los ye-yés del Málaga. Siempre en la senda de Bernabéu, Moreno de Luna creó una sección de baloncesto, dirigida por Miguel Queipo de Llano, antecedente del actual Unicaja Málaga.


Mientras, al Madrid lo de Pipi le había salido regular. Jugaba poco. El ala derecha del ataque se había consolidado con Serena (un ye-yé de la cantera) y Amancio. Además, a Bernabéu aquel apodo de Pipi, no le parecía serio. En la 64-65, además, llegó al Madrid un tal Pirri, procedente del Granada. Pipi y Pirri en una alineación se prestaba a bromas, más en una época en la que fue célebre una pareja de gemelas, actrices-bailarinas llamadas Pili y Mili. Bernabéu presionó a los periódicos para que les llamaran Suárez y Martínez, y así aparecen en algunas alineaciones de aquel curso. Pero la inercia se impuso. Eran Pipi y Pirri y así se les siguió conociendo. Pipi siempre sospechó que aquella coincidencia le perjudicó. Acabó por ser traspasado al Sevilla. Pirri resultó inamovible, con su apodo y todo.


Por su parte, Puskas envejecía y engordaba. Aquel año ya había pasado los 38. Di Stéfano se había ido al Español, donde agotaría sus dos últimos años. Puskas, por pura clase, cada día más gordo y metiéndose cada vez más arriba, sobrevivió como titular durante media campaña 64-65, hasta que Velázquez, regresado ya de Málaga, se quedó con su diez, en una delantera formada por Serena, Amancio, Grosso, él y Gento. Pirri se instaló como medio, junto a Zoco. Había equipo para años. Puskas sólo jugó en esa Liga 18 partidos, en los que dejó 11 goles.


El curso siguiente, que empezó con 38 y acabó con 39, ya fue suplente. Ocho partidos y cuatro goles en Liga. Su canto del cisne fue en septiembre de 1965, ante el Feyenoord, antes del boom holandés. Faltaron Amancio y Velázquez, jugó él y marcó cuatro goles. Estaba muy gordo, pero mantenía una precisión para el tiro con la izquierda que no se ha vuelto a ver. Luego regresó a la suplencia. Fue ejemplar. Jugó los amistosos de los jueves, en los que el Madrid solía recibir a equipos de Segunda de ida o vuelta por España para mantener en forma a los reservas, recuperar lesionados y foguear promesas.


Aquel año los ye-yés ganaron la Copa de Europa, en Bruselas, al Partizán. Él viajó como suplente. Decidió retirarse, el mismo verano que lo hizo Di Stéfano, tras dos temporadas en el Español. Ambos se acercaban ya a los 40. Entonces fue cuando acudió a él Moreno de Luna, con su oferta para el Málaga, que acababa de bajar, tras ser el cuarto por la cola y perder la promoción con el Granada. No había hecho mal campeonato, pero le había faltado gol. Con 24 en 30 partidos, había sido el equipo menos goleador de la categoría. Y Moreno de Luna pensó en Puskas.
Puskas quería manejar directamente su negocio, una fábrica de salchichas que cuadraba con su cada vez más oronda figura. Y no le hacía gracia jugar en Segunda. Con todo, por complacer a Zárraga, su viejo compañero del Madrid, fue a entrenar unos días. Benítez, jugador de la época, recuerda aquello:


-Vino, se desvistió y le vimos tal barriga que nos reímos. Él nos dijo: "¿Qué, hijoputas?", porque era muy taquero: "¿Os reís del comandante?". Había sido comandante del Ejército húngaro. "Pues ahí fuera nos vemos". Salimos y nos desafió a tirar desde fuera del área al larguero. Tiró cinco y pegó las cinco. De nosotros, el que más, pegó una. Se reía: "¿Y ahora, qué, hijoputas?". Lo pasamos formidable.


No se decidió. Lo más que consiguió Moreno de Luna fue que, ya en febrero, aceptara jugar un amistoso contra el Odense. La Rosaleda se llenó. La delantera la formaron Aragón, Valenzuela, Pepillo, Puskas y Cabrera. Pepillo había estado unos años en el Madrid como suplente de Di Stéfano. Aragón es el padre de este otro Aragón que le dio una Supercopa al Madrid con un golazo de lejos y luego triunfó en el Zaragoza. Siempre Madrid y Málaga entrelazados.


Demasiado mayor, demasiado gordo, demasiado estático. Cazó dos zambombazos desde fuera del área que se escaparon junto al palo. Eso fue todo. En el fondo, según me contó años después, lo prefirió. Había accedido ante la insistencia de Zárraga y Moreno de Luna, pero aquello no tenía sentido. "Menos mal que no metí gol. Si lo meto, igual me dejo convencer".
Y aun sin Puskas, el Málaga regresó a Primera aquella temporada. Tenía realmente un buen equipo.

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sábado, 20 mayo 2017

Por Alfredo Relaño

Pasando frío en Qatar a 41 grados

Relano

La curiosidad y una invitación oficial me llevaron a Qatar, a presenciar la final de la Copa del Emir. El partido tenía un algo de especial, porque se trataba del estreno del primero de los campos del mundial qatarí ya terminado. Ocupa el espacio de un campo antiguo, pero no puede hablarse de remodelación, sino de campo nuevo en todo su concepto. Una maravilla, por cierto. Esa circunstancia hizo que acudiera al partido el propio Infantino.

Y también había algo entrañable para mí en el partido: enfrentaba al equipo de Xavi, el Al Assad, con el de Sergio García, el Al Rayyan. Con los dos pudimos conversar un largo rato Alejandro Elortegui, que me acompañó en el viaje, y yo. Sergio García, que ha jugado de maravilla aquí, se despedía con este partido. Regresa a España, al Espanyol. Se le ha visto aquí, y se ha visto él mismo, en condiciones sobradamente competitivas como para batirse de nuevo en una Liga del más alto nivel. En cuanto a Xavi, seguirá aquí. Está feliz, tiene junto a sí a toda la familia y hace más cosas que jugar, como bien contó hace dos días en una entrevista con Aritz Gabilondo. Es un personaje muy considerado en el país, como pude comprobar. Y sigue al día el desarrollo de las cosas en España. Las conoce al dedillo, según pude comprobar.

Uno de los reclamos del partido era comprobar ese milagro anunciado de la refrigeración integral del campo. Para estas fechas ya hace mucho calor aquí. Por la mañana, como a las once, nos llevaron a ver un centro de mezcla, generación y tratamiento de distintas modalidades de césped. La visita tuvo interés, porque entre otras cosas habla del ahínco con el que está gente pelea cada detalle por hacer un gran mundial, pero la hicimos a 45 grados. Sólo una vez recuerdo haber pasado tanto calor, en Écija, donde fui a ver una de las últimas corridas de Manolo Vázquez.

El partido se jugaba a las siete. A esa hora estábamos a 41 grados. Al final, a 38. Pero dentro del campo la temperatura era de 19. Estupenda para jugar, pero demasiado fría para presenciarlo. Felizmente llevamos una chaqueta, prevenidos como estábamos por Sergio García, que había entrenado la víspera.

El prodigio se logra haciendo circular bajo el estadio una enorme masa de agua muy fría (agua de desaladora, enfriada en una descomunal instalación a un kilómetro de distancia), que a su vez refresca un aire comprimido que sale proyectado hacia un par de centenares de toberas, alineadas en zonas altas, medias y bajas del campo, que lo expelen hacia el interior. La sensación, en nuestros asientos del palco, era la de recibir una continua brisa fresca, algo así como ver un partido junto al Cantábrico, ponga El Molinón o El Sardinero, ya a primeros de octubre.

Un prodigio de la tecnología, en fin. En el descanso, el presidente del comité organizador de Qatar 2022, un hombre joven que habla español con acento de Chamberí (hijo de diplomático pasó algunos años de su adolescencia en Madrid), estaba eufórico. En un corro con Ramón Calderón, que nos lo presentó, presumía lo suyo. "Nadie pensaba que esto iba en serio, y ya lo veis...". Y tanto que lo vimos.

El partido fue grato. La inauguración, sencilla y bonita, sin ese aire pretencioso y excesivo que solemos gastar últimamente por aquí. Ganaron por 2-1 los de Xavi, con un gran pase suyo, ya en el 89', a un tal Hamroun, extremo bullicioso. Me alegré por Xavi tanto como lo sentí por Sergio. Fue un gusto ver de nuevo jugar a Xavi, que mantiene ese control del balón, los compañeros y el juego. Le colocan más arriba, liberado de compromisos defensivos, y el juego se activa cuando el balón le llega. Sergio a su vez es la megaestrella de su equipo, el delantero brillante, pero a este partido llegó con dolor de abductores y se le notó. "Jugaré porque es la final y mi último día, pero en otras condiciones no jugaría", nos dijo por la mañana.

El nivel no es bueno, ni táctica ni técnicamente. Calderón comentaba atinadamente al final: "Jugar bien el fútbol es muy difícil. Por eso ganan tanto los pocos que juegan de verdad bien".

Salimos, hay que decirlo, con alivio. No porque nos hubiera aburrido el partido, que no, sino porque los 37 grados de la calle se agradecían. Fuimos andando al hotel, que estaba muy cerca, y aún estuvimos un cuarto de hora fuera, "tomando el calorcito", antes de someternos al aire acondicionado del interior, más moderado, hay que decirlo, que el del estadio. Sólo entramos una vez repuestos.

Cenamos con Iván Bravo, un español que dirige la Academia Aspire, organización estatal creada para elevar el nivel del deporte qatarí. Entre otras misiones, la principal es conseguir un equipo competitivo para su mundial. Esa misma noche volaba a Barcelona,  donde la Cultural, que apadrina Aspire y tiene dos promesas qatarís, jugaba el partido de ida con el Barça B del play off de ascenso a Segunda. En Bélgica ya tienen un equipo, el Euden, en Primera. Se trata de ir abriendo espacios para que sus futbolistas más prometedores se vayan haciendo. Todo con tiempo por delante y buena programación.

Mientras, la legislación laboral. Que estaba permitiendo a las grandes constructoras del mundo abusar de mano de obra inmigrante y barata (nepalís sobre todo) se va suavizando. Un beneficio más del fútbol, cuya universalidad mueve flujos de pensamiento y estímulo, no sólo bandas de feroces ultras, como algunos pretenden creer.

Regresé a España convencido, de nuevo, de que esta gente va en serio, de que quiere hacer las cosas bien. De que habrá un buen mundial. Y como será a finales del otoño, no hará falta darle tanta leña al aire acondicionado porque en eso, caray, se pasaron. La euforia del estreno.

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jueves, 18 mayo 2017

Por Alfredo Relaño

El día que Manolo Santana jugó para Franco en El Pardo

El extenista, cuyo padre fue encarcelado tras la Guerra Civil, jugó un partidillo ante el dictador.

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Raimundo Saporta sacó un paquete de fotos de Santana:

—Fírmelas, con una dedicatoria. La del Caudillo se la da usted esta tarde. Las otras, se las enviaremos a los ministros a sus despachos.—¿Y por qué no se las llevo a todos?

—No, Manuel. El Caudillo tiene que ver que usted tiene una atención exclusiva con él. Pero mañana, cuando todos lleguen a sus despachos se sentirán honrados de haber tenido lo mismo que el Caudillo.

—Pero luego le podrán decir que también les llegó la foto…

—No, no se lo comentarán. Ninguno se atrevería a hacer eso.

Me lo contó el propio Manuel Santana, admirado de las sutilezas de Saporta, que le había hecho interrumpir bruscamente el Torneo de Gstaad, al que había acudido justo después de ganar en Wimbledon aquel 1966. Estaba en su cénit. Pocos meses antes, España había alcanzado por primera vez la finalísima de la Copa Davis, en Australia, con aquel equipo en el que le acompañaban José Luis Arilla en el doble, Juan Gisbert para el otro individual y Juan Manuel Couder, cuarto hombre. El tenis había vivido gracias a ellos su gran explosión. La popularidad de aquellos muchachos llegó a superar a la de los futbolistas, ciclistas y boxeadores de la época.Y Franco quiso ver un partido en El Pardo. El Consejo de Ministros concedió la Encomienda de la Real Orden de Isabel la Católica a Manuel Santana y Franco sugirió que le gustaría dársela en persona en El Pardo tras verle jugar un partido.

Dicho y hecho. Solís Ruiz, ministro del Movimiento, del que dependía el deporte, habló con Raimundo Saporta, vicepresidente del Madrid. Santana acababa de fichar por el Madrid, que le daba un dinero bajo cuerda para jugar con el escudo del club. Y así había ganado Wimbledon, con un escudo del Madrid cosido a mano sobre el impecable niqui blanco. Saporta sugirió que el adversario de Santana fuese José Luis Arilla, su compañero de dobles.

Y allá fueron los tres, una tarde de julio. Les recibió Manuel Lozano Sevilla una figura singular de la época. Era taquígrafo de Franco y al tiempo destacado crítico taurino, cuya carrera como tal terminaría cuando Jaime Ostos, en Marbella y ante la tele, le dedicó un brindis venenoso en el que le tachó de “sobrecogedor”, cosa que efectivamente era.

Pero entonces estaba en su plenitud. Y él fue el encargado de recibirles y mostrarles la instalación. Arilla recuerda: —Había una piscina y una cancha de tenis. Nos cambiamos en el vestuario de la piscina. La cancha apenas se usaba, nos dijo Lozano Sevilla. Jugaban algo los nietos, solía estar abandonada, pero la habían puesto fenomenal. Se encargó, claro, Saporta. El Madrid tenía un fenómeno en la Ciudad Deportiva que se llamaba Ángel Ayuso. Él fue el que preparó la de El Pardo, con tierra batida, muy bien prensada. Estaba mejor que la pista central de Roland Garros. Perfecta. Al lado habían montado bajo un dosel una gradita para unas cuarenta personas.

Una vez vestidos, salieron a esperar. Nerviosillos, claro. Eran dos chicos de origen humilde. Arilla nació en las propias instalaciones del Club de Tenis Conde de Godó, de las que su padre, un inmigrante aragonés, era el encargado. Santana, en un barrio humilde de Madrid, hijo de un padre perdedor, que sufrió cárcel tras la guerra. Llegó al tenis como recogepelotas. Una vez fallecido su padre, fue acogido por una familia del club Velázquez de Tenis, los Romero Girón, a los que cayó en gracia. Adivinaron su talento y le dieron instrucción y oportunidades.

Lozano Sevilla fue a avisar de que ya estaban listos, y entonces salió el cortejo. Arilla lo recuerda vívidamente:

—Salieron muy ordenados, en una larga fila, de dos en dos. Cada uno, con la señora de otro. Franco abría el cortejo, del brazo de la mujer de Agustín Muñoz Grandes. Luego iba éste con la mujer de Franco. Y así, todos, de dos en dos, siempre un ministro llevando del brazo a la mujer de otro. Y al final, los nietos, unos chiquillos.

Entonces el control pasó de Lozano Sevilla a Fuertes de Villavicencio, Jefe de la Casa Civil. Él hizo la indicación de empezar. Fue un partido a siete juegos, en el que lucieron sus mejores golpes. Cuando el sol bajaba, el propio Fuertes de Villavicencio les hizo la señal de terminar, porque a esa hora bajaba un aire un poco fresco.´

Ahí mismo, entre la gradita y la pista, Franco le impuso la Encomienda a Santana, y a Arilla la Cruz de Caballero. Un grado menos, pero una alta consideración también.

Luego se ducharon y salieron a merendar. Sigue Arilla:

—Habían montado una mesa ovalada, bastante grande. Franco se puso en un extremo, con nosotros dos a los lados. Luego, a derecha e izquierda, los ministros, y al otro fondo de la mesa, las señoras y los nietos. Pasteles, refrescos…

Recuerda la locuacidad y el don de gentes de Solís Ruiz, al que se apodó en su día como La Sonrisa del Régimen. A Santana se le quedó grabada otra cosa: algo así como una disculpa de Franco por el encarcelamiento de su padre:

—Mi padre había trabajado durante la guerra en la Compañía Municipal de Transportes y estuvo en el sindicato. Le cayeron 12 años. Luego se quedó en seis, así que llegó a salir, pude convivir algún tiempo con él. Incluso le ayudaba en chapucillas. Él recuperó su trabajo, porque no tenía antecedentes, pero se ganaba tan poco que lo completaba trabajando como camarero o haciendo arreglillos eléctricos por ahí. A veces me llevaba de aprendiz. Por eso aún me gustan las cosas de la electricidad. Por desgracia no vivió mucho después de la cárcel. Salió muy consumido.

Franco se había informado antes de las vidas de ambos, claro:

—Me dijo que en las guerras a veces pagaban justos por pecadores, y que quizá ese hubiera sido el caso de mi padre. Me dejó sorprendido. Nunca llegué a decírselo a mi madre, por no resucitarle recuerdos dolorosos. Ella, además, nunca sacó el tema, no quiso que viviéramos con rencor por lo sucedido.

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jueves, 11 mayo 2017

Por Alfredo Relaño

Aquella noche del Cagliari

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Fue el 4 de noviembre de 1970 y ninguno de los que acudieron lo ha olvidado. El Atlético ganó 3-0 al Cagliari, campeón italiano, los tres de Luis, y se desató el delirio.

 

El Cagliari era y sigue siendo un club sin gran pedigrí, pero entonces estaba viviendo un tiempo luminoso. Ganó el Scudetto y alimentó a la Azurra con seis titulares: Albertosi, Nicolai, Cera, Domenghini, Gori y Riva. Este último fue estrella mundial. Alto, elástico, rápido, llevaba el 11, alternaba la posición de extremo con la de delantero centro y marcaba con facilidad, tanto de cabeza como con su zurda precisa. Gianni Brera, célebre periodista italiano, le apodó El Ruido del Trueno. Impresionaba.

El enfrentamiento en octavos entre el campeón de Liga español y el italiano atrajo la atención de toda Europa. L’Equipe lo llamó: “la Copa de Europa de los latinos”.

El partido de ida ya fue tremendo. Rodri, portero del Atlético, piensa que donde de verdad salvó el equipo la eliminatoria fue allí, en el Sant’Elia de Cagliari, el 21 de octubre: “El árbitro era un checoslovaco (Josek Krnavek) que desapareció nada más llegar allí. Nuestros directivos habían ido al aeropuerto a recibirle, porque algo se olían pero desapareció y no se le vio hasta la hora del partido”.

Consintió todo al Cagliari, que en la primera mitad agobió al Atlético. Rodri paró una barbaridad. (Acumuló 47 intervenciones en el partido). En el minuto 42, una falta inexistente (una más), un centro al área, Riva que se monta sobre Jayo y cabecea el 1-0. Aquello acabó con la paciencia de algunos: “Ya se estaba endureciendo el partido, entonces lo hizo más. Nosotros teníamos gente muy brava, como Ovejero o Jayo, por ejemplo”. Al poco del gol hay una trifulca bárbara en el medio campo, todos contra todos. Krvanek, que vio que aquello iba para catástrofe, acabó montando un congresillo de urgencia junto a los banquillos, con Calleja, Cera (capitanes), Domingo, Scopigno (entrenadores) y los dos linieres. Vuelta al juego y en el 52 (la interrupción duró mucho) otro gol del Cagliari: Riva aparta a Jayo, el balón le llega a Gori, que marca. 2-0 y al descanso.

“Pero reaccionamos. Yo creo que la trifulca hizo reflexionar al árbitro. Y ellos con dos goles se hicieron más prudentes”. Justo entonces entraba en vigor el valor preferente del gol fuera de casa para casos de empate. (Sólo hasta cuartos de final, luego se extendería a todas las eliminatorias). El Cagliari dejó de apretar y le hizo un favor al Atlético, que se adueñó del campo. En el 77 tuvo el premio, en una gran jugada de Gárate por la izquierda, regateando a tres rivales, con pase final a Luis, que marca. Del 2-0, que exigía un 3-0 en la vuelta, al 2-1, para el que bastaba un 1-0, había un mundo.

El ambiente en la vuelta fue tremendo. Por primera vez vi un campo español con aspecto inglés: bufandas rojiblancas, banderas rojiblancas, gorras rojiblancas, carracas rojiblancas… Eso lo habíamos visto en campos ingleses, pero no hasta ese día aquí. La afición del Atlético acudió al partido con una pasión sin precedentes. El prestigio del Cagliari y los hechos del partido de ida provocaron la caldera.

 

Y eso que entre un partido y otro se había producido una noticia favorable para el Atlético: la lesión de Gigi Riva, víctima, cinco días antes de la vuelta, de una entraba brutal de central Hof en el Prater de Viena, en un Austria-Italia.

Calderón decidió que socios y abonados fueran gratis. Acababa de completar la Operación 40.000, para alcanzar ese número de socios. Quería un estadio lleno. Era el cuarto año del nuevo campo y estaba costando mucho acostumbrar al madrileño a visitarlo. Fue un acierto.

El partido es a las nueve, en una noche templada y sin viento. Por el Atlético juegan: Rodri; Melo, Jayo, Calleja; Adelardo, Iglesias; Ufarte, Luis, Gárate, Irureta y Alberto. Son los mismos de la ida salvo Ovejero (lesionado) y Salcedo, que dejan su sitio a Iglesias y Alberto. El Cagliari sale sin Riva, pero con sus otros cinco internacionales más el portugués Nene, de terrible disparo de lejos.

Aquel era un gran Atleti, es hora de decirlo. Lo entrenaba Marcel Domingo, exportero de la casa, y tenía clase, genio, seguridad y calidad. Jugaba 4-4-2 (Alberto era un falso extremo) y por la banda izquierda aparecía con frecuencia Gárate, o subía Calleja. En la derecha, Ufarte era un demonio y le desdoblaba Melo si hacía falta. Luis era sabio, constante, líder y goleador. Adelardo, Irureta y Alberto llenaban de juego el medio campo. Los centrales eran feroces. Rodri era seguro y decidido.

 

El Cagliari espera. Su baza es cazar un contraataque y no encajar, o uno a lo sumo. El Atlético va y va. Melo y Calleja suben Gárate se mueve para abrir la defensa, Ufarte intenta lo suyo, Luis amenaza… Pero es difícil meter el cuchillo ahí. El campo es un griterío continuo salvo cuando llega algún contrataque del Cagliari, que a falta de Riva intimida con Domenghini, bien conocido desde sus éxitos en el Inter de Helenio Herrera. Los contraataques silencian fugazmente el campo. Y eso que nunca son servidos por más de tres jugadores.

Al fin, en el 33, una buena jugada de Calleja termina con centro al área, hay un despeje un poco precario y Luis recoge en su zona y la cuela con el exterior, con habilidad, por la única rendija que ve. ¡1-0! Ahora tendrán que abrirse, pensamos todos…

Pero no. Siguieron ahí metidos hasta el descanso, y aún después. Sentían que un gol aún les clasificaría, que podría llegar en cualquier momento, y lo mismo sentía la afición, que se debatía entre el entusiasmo y el temor. Sigue el ataque constante, sigue la defensa italianísima. En el 71, Ufarte se cuela, Tomasini le carga a destiempo y le derriba. El galés Ronald Jones señala penalti, protestadísimo por los italianos. Penalti casero, digamos. Antes del lanzamiento, Tomasini comente un segundo error, que es darle un patadón al balón, que estaba ya sobre el punto de penalti. Jones le expulsa.

 

Así que 2-0 y con diez. Ahora sí están las cosas mal para el Cagliari, que se despliega por fin. El Atlético, entre el botín y la fatiga (ha cargado con el peso del partido durante más de una hora), afloja. Vuelve el miedo. ¿Y si marcan? ¿Y si hay prórroga? Ellos están con diez pero los clásicos recuerdan aquella boutade de Helenio Herrera, de que con diez se juega mejor que con once. El público no cesa de animar y agitar sus colores, pero el aire del partido no es el mismo. Ese siniestro temor a la ciencia maquiavélica del fútbol italiano acecha a todos. Así hasta el 89, cuando Gárate se va por la izquierda, cede a Luis y éste marca su tercer gol de la noche, cuarto de la eliminatoria. Es el delirio. Hay invasión del campo para abrazar a los jugadores. Los italianos piensan que el partido está acabado, Jones dice que no. Todavía hay que jugar un minuto, que es una fiesta en las gradas. Ya nadie mira al campo, todos se abrazan, se felicitan como si todos fueran Luis, el de los tres goles, que entonces no se llamaban hat-trick.

Nadie de los que estuvieron en el campo lo ha olvidado.

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jueves, 04 mayo 2017

Por Alfredo Relaño

Un 3-6 en Chamartín con danza de Ben Barek

Para Sergio Nieto, socio número 1 del Madrid, es un mal recuerdo. Para José Luis Rodríguez, socio número 1 del Atlético, al revés: una evocación feliz. Los dos acudieron aquel 12 de noviembre de 1950 a Chamartín. El Atlético era campeón vigente de Liga, su tercer título en la competición desde la Guerra. El Madrid no había vuelto a ganar la Liga desde la República. Incluso había pasado sus apuros, porque la construcción del nuevo campo (1947) impuso gastos que le privaron de buenos fichajes.

Pero Bernabéu, al que se tachó de megalómano cuando hizo su gran campo, estaba demostrando que tenía razón. La gente iba, el zapato apretaba menos, llegaron fichajes. Había una gran pareja de ataque, Molowny-Pahíño. Al comienzo de la temporada 49-50 fichó refuerzos que sonaron bien: el catalán Navarro (que llegaría a fifo), los franceses Hon y Luciano, el húngaro Nemes… “Pero el Atleti era mucho mejor —reconoce Sergio Nieto—. ¡Menudo equipazo! Nosotros teníamos a Molowny y Pahíño. En aquel Atleti todos eran buenos. Y el entrenador, mejor aún. Hasta que no vino Di Stéfano…”.

El Atlético mantenía el equipo campeón, con su fabulosa delantera Juncosa, Ben Barek, Pérez Payá, Carlsson y Escudero. Se la conoció como “la delantera de cristal”, porque su predecesora había sido llamada “de seda” y habían salido al mercado unas medias de mujer llamadas “de cristal”, que mejoraban las de seda.

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Y seguía el entrenador, el genial Helenio Herrera. Por el contrario, el Madrid acababa de perder al suyo, el inglés Míster Keeping, que no hablaba ni papa de español. Le sustituyó Baltasar Albéniz. La cosa empezó bien: el domingo anterior al derbi, el Madrid ganó 2-5 en San Mamés.

HH sorprende a todos cuando da a elegir a los jugadores entre concentrarse en El Escorial o quedarse en sus casas. Deciden lo segundo, claro. Se toma como una muestra de liberalidad y confianza en tiempos en que eran ley las concentraciones para evitar trasnoches pecaminosos. El Madrid, por contra, se encierra viernes y sábado en el Hotel Avenida de Aranjuez, bajo una continua lluvia. Sus jugadores se aburren. En la calle se discute qué es mejor.

La mañana del domingo amanece despejado. En las declaraciones previas se percibe alegría en los atléticos, que respiran libertad, y tedio en los madridistas, encerrados en su monotonía de lluvia tras las ventanas. La cita es a las cuatro, el árbitro es García Fernández. Alinean así: Real Madrid: Alonso; Oliva, Hon, Navarro; Muñoz, Narro; Macala, Montalvo, Pahíño, Molowny y Arsuaga.
Atlético: Domingo; Tinte, Riera, Farias; Silva, Mujica; Juncosa, Ben Barek, Pérez Payá, Carlsson y Escudero. La defensa está remendada, por las ausencias de Mencía y Lozano, pero de media para adelante el equipo es el de lujo.

El partido se recordará durante décadas como un derbi trepidante, con sus nueve goles y un penalti fallado. La defensa del Madrid quedará marcada por sus fallos.

En el minuto 3 hay una llegada de Carlsson, que tira, rechaza Alonso y el balón le llega a Navarro; este se entretiene, se hace un lío y le acaba arrebatando el balón el propio Carlsson, que machaca de cerca: 0-1. En el 12’, Mujica lanza un tiro defectuoso que recoge Carlsson para rematar desde cerca: 0-2. En el 15’, Escudero lanza una falta sobre el área, Ben Barek se eleva y cabecea sin oposición: 0-3. En un cuarto de hora, el partido parece resuelto.

Pero, regalos atrás aparte, el Madrid está jugando con coraje y a ratos con acierto. Bien Muñoz, bien la dupla Molowny-Pahíño. Y el premio llega en el 18’, cuando Pahíño persigue un despeje largo de Hon, llega con ímpetu a disputarlo entre Riera y Domingo y lo cuela por encima de este: 1-3. ¡Hay partido!, piensan los madridistas. Pero el Atlético recoge pronto el hilo. Mandan Silva, Mujica, Ben Barek y Carlsson, los dos medios y los dos interiores, “el cuadrado mágico” de la WM, táctica de la época. En el 25’, Hon duda ante un balón alto al área, Alonso sale tarde y entre ambos se cuela Pérez Payá, que supera al meta con una vaselina, luego deja caer el balón y lo cabecea a puerta vacía: 1-4. Y con esa diferencia se van al descanso.

La segunda mitad también es imponente. El Madrid se rebela, el Atlético controla. Muñoz se agiganta, Molowny, que tiene una gran tarde, marca en el 62’, en buen remate de cabeza, a centro de Montalvo: 2-4. ¡Hay tiempo! Por primera vez, el Atlético parece dudar y el Madrid es dueño del juego. En el 72’, Montalvo arrebata un balón a Mujica y envía a Macala, que se escapa de Farias y bate a Domingo en la salida: ¡3-4! Farias tenía una leve afección hepática y se pasó el partido pidiendo a su entrenador permiso para retirarse, sobre todo cuando el Madrid cargó el juego por ahí. Pero no había cambios y HH era inflexible... “Tuvimos un rato bueno en la segunda mitad, pero el Atlético era más compacto, se notaba la mano de HH”, insiste Sergio Nieto.
La euforia del Madrid duró dos minutos. En el 74’, una genialidad de Ben Barek deja solo a Escudero, que fusila a Alonso: 3-5. Aún puede el Madrid meterse otra vez en el partido cuando en el 86’ hay penalti por mano de Farias. Lo lanza Pahíño, pero Domingo lo para: “Vestía colores muy llamativos, eléctricos, y eso atraía la mirada de los chutadores, o eso se decía”, explica José Luis Rodríguez. El retorno de esa jugada cierra el partido: Carlsson culmina el contraataque con un centro al área, donde Ben Barek le gana a Oliva y cabecea el 3-6. Fin. Lo celebra con un baile inédito, brazos arriba, moviendo caderas y rodillas, los pies fijos en el suelo, mientras mira a la grada. Quizá el más lejano precedente de las celebraciones heterodoxas.

“Ben Barek era un genio, aunque no siempre jugaba igual. No llegamos a saber la edad que tenía. A veces se escondía donde no le pudieran enviar el balón. Pero cuando estaba bien era incontenible, y esa fue una de sus grandes tardes —dice José Luis Rodríguez, que le recuerda con cariño y orgullo—. Fue el primero. Luego vinieron Kubala, Di Stéfano y todos los demás, pero él fue el primer genio que pisó nuestro fútbol”.

El Atlético repitió título. Bernabéu trajo ese invierno otros dos extranjeros, Olsen e Imbelloni, pero ni así. Sólo cuando llegó Di Stéfano cambiaron las cosas.

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jueves, 27 abril 2017

Por Alfredo Relaño

Homenaje de la selección de Barcelona al Madrid

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¿Imaginan una cosa así ahora? Pues sucedió, el 1 de septiembre del 56. La selección de Barcelona recibió al Real Madrid en un Les Corts repleto en partido que se planteó como un homenaje a los blancos, recientes ganadores de su primera Copa de Europa.

La iniciativa correspondió a Diego Ramírez Pastor, Presidente de la Asociación de la Prensa de Barcelona, y supuso todo un acto de hermanamiento de la ciudad con el Real Madrid. El rival del Madrid fue un combinado de jugadores de los tres clubes de la ciudad en Primera: el Barça, el Español y el Condal. Este último estaba recién ascendido con el nombre de España Industrial, que cambió por el de Condal para pasar de filial del Barça (que lo era) a club autónomo. Sólo permaneció en Primera un año, y volvió a ser filial del Barça. Con el tiempo mutó en Barcelona Atlético y finalmente en Barcelona B.

El seleccionador fue Pedro L. Lasplazas, que había sido seleccionador nacional, y que durante muchos años lo fue de la selección catalana o la barcelonesa. La mala sorpresa fue que no llamó a Kubala, por manifiesta baja forma, explicó, lo que le acarreó fuertes críticas. Sus razones tendría, porque Kubala, tras jugar el primer partido de Liga (una semana después de este homenaje), fue suplente en los siguientes cinco.

La ausencia de Kubala la compensó la aparición de Kopa, el gran jugador de Francia. Kopa había dirigido el ataque del Stade de Reims en esa primera edición de la Copa de Europa, cuya final perdió precisamente ante el Madrid. Bernabéu le había fichado, pero con un litigio por resolver. Estaba cerrada la importación de extranjeros desde 1953, así que no podría alinearle más que en la Copa de Europa. Bernabéu presionaba a la Federación para que reabriera la frontera. Algunos clubes, en especial el Atlético, presionaban en contra. El presidente atlético, Javier Barroso, pensaba que si se abría la frontera el Madrid ya tenía a su extranjero listo, y los demás tendrían que buscarlo.

En la prensa barcelonesa del día hay entrevistas en las que Bernabéu se explica. Lanza el concepto de “fútbol espectáculo”, alaba la internacionalización (“los toros no progresan porque no hay competencia exterior”), cuenta que en los tres años de Di Stéfano el Madrid ha ingresado 10, 15 y 21 millones más que antes, que hacen falta más figuras para seguir esa progresión. Defiende el fútbol espectáculo como base para el impulso del fútbol base: “No queremos los beneficios del estadio para repartírnoslos, sino para hacer una Ciudad Deportiva en la que los jóvenes puedan hacer deporte”. Hace un llamamiento a los padres: “La ciudad deportiva es para sus hijos”.

(Y realmente, sería así: con los beneficios de su gran equipo hizo una ciudad deportiva en la que jugaron al fútbol muchos chicos de Madrid. Abriría un camino).

El Barça, que está a un año de inaugurar su colosal Camp Nou, respalda implícitamente los anhelos de Bernabéu, porque al aeropuerto de El Prat acude el propio presidente culé, Miró Sans, junto a Bernabéu, para recibir a Kopa.

El día del partido es una sucesión de cortesías: vino de honor en la Asociación de la Prensa, comida de fraternidad en el Hotel Avenida, donde se lee un escrito de adhesión de la Casa de Cataluña en Madrid, visita por la tarde a las obras de ampliación de Sarrià y a las del futuro Camp Nou. A las 21.30, en Les Corts, juegan el Barça juveniles contra los juveniles de la Casa de Madrid en Barcelona. Y a las 23.00, la selección catalana y el Real Madrid. Juega Kopa, autorizado en telegrama del presidente de la Federación, Lafuente Chaos. El permiso lo solicitó el presidente de la Asociación de la Prensa de Barcelona. El interés benéfico del partido (nadie cobra, ni el Madrid por ir, ni el Barça por ceder el estadio ni los jugadores de los clubes barceloneses) ayuda a la autorización.

El día del partido, la prensa anuncia el no hay billetes, “para evitar molestias innecesarias a los que pretendan adquirirlos a última hora”. Los equipos forman así:

Selección catalana: Ramallets; Argilés, Biosca, Gracia; Bosch, Casamitjana; Arcas, Villaverde, Benavídez, Sampedro y Tejada. Tras el descanso salen Vicente, Vergés, Luis Suárez y Duró por Ramallets, Casamitjana, Sampedro y Tejada.

Real Madrid: Berasaluce; Atienza II, Marquitos, Lesmes II; Muñoz, Zárraga; Joseíto, Kopa, Di Stéfano, Rial y Gento. Es la alineación campeona en la final de París, salvo Berasaluce por Alonso y Kopa por Marsal. En la segunda mitad, Navarro, Manolín y Olsen entran por Atienza, Muñoz y Joseíto.

Lleno: 50.000 espectadores, que saldrán felices.

En el minuto 3 marca Rial a pase de Kopa. Pero en el 15’, la selección de Barcelona ya gana 3-1, gracias a un juego magnífico de su tripleta de ataque, Villaverde-Benavídez-Sampedro. En el 21’, un autogol de Gracia viene seguido, en dos minutos, de tantos de Muñoz y Rial. ¡En tres minutos se ha pasado del 3-1 al 3-4! Así se llega al descanso, entre buenas jugadas y grandes paradas de Berasaluce y Ramallets. En la segunda mitad, el Madrid va a más y marca otros tres, por Zárraga, Rial y Olsen. El Madrid gana 3-7 y se retira entre una gran ovación. La prensa barcelonesa del día siguiente no escatima elogios al juego del Madrid y refleja el éxito de la propuesta de Bernabéu en favor de la nueva época, la del “fútbol espectáculo”. Si algo se ha echado en falta es justamente a Kubala, el otro gran pilar del fútbol espectáculo. Se dice entonces que el Camp Nou se está construyendo porque en Les Corts ya no caben tantos como desean ver a Kubala.

Berasaluce fue el portero del Madrid aquella noche. Fichado del Alavés (llegó a ser internacional B) se mantuvo en el club durante las cinco primeras Copas de Europa del club, para luego pasar al Racing de Santander. Una operación de amígdalas de Alonso, titular entonces, le permitió vivir esa noche. Hoy vive tranquilo en su ciudad natal, Deva: “Lo recuerdo como algo muy grato. Todo era bonito. Campo lleno, grandes jugadas, deportividad, aplauso. Era la presentación de Kopa, que se quedó ya con nosotros. En ellos, Villaverde y Sampedro hacían diabluras. La gente disfrutó. Luego nos llevaron a cenar a una masía. Bernabéu estaba feliz…”.

Y tanto. Aquello fue el empujón definitivo para que se reabriera la importación de extranjeros, en pro del “fútbol espectáculo”. Eso sí: limitado a que sólo se podía alinear a uno por partido. Lo que hizo Bernabéu fue convencer a Di Stéfano, que ya llevaba tres años entre nosotros, para que se nacionalizara. A finales de septiembre, ya pudieron jugar los dos.

Y siguieron viniendo extranjeros hasta 1962, cuando el fracaso en el Mundial de Chile provocó otro cierre, hasta la apertura definitiva en la 73-74. La temporada de Cruyff.

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jueves, 20 abril 2017

Por Alfredo Relaño

El Bayern abandona el Bernabéu a medio partido

Los modos del árbitro español no gustaron a los alemanes. Breitner se marchó del campo y Rummenigue fue expulsado

 

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Para entonces ya habían tenido el Madrid y el Bayern algunos encontronazos. El Loco del Bernabéu. La expulsión de Amancio en el partido de vuelta, su último partido en la Copa de Europa. El 9-1 en un amistoso de verano, al que el Madrid acudió sin preparación y el Bayern, ya rodado, abusó hasta el escarnio. Boskov resolvió aquello con una frase célebre: “Mejor perder un partido por nueve goles que nueve por un gol”.

Pero aún con eso y con todo lo que ha venido después, lo peor para mí de todo lo que ha ocurrido entre el Bayern y el Madrid fue lo del Trofeo Bernabéu de 1981.

El Trofeo Bernabéu fue una creación de Luis de Carlos en honor al patriarca blanco, fallecido en el verano de 1978. Se estrenó en 1979 y en sus inicios tuvo un formato excelente, que el tiempo ha limitado por sus costos. Los cuatro participantes tenían tal rango que aquello parecía unas semifinales de Copa de Europa. Y en paralelo jugaban los juveniles de los mismos clubes. Cuatro jornadas de buen fútbol.

El Bayern había ganado las dos primeras ediciones y acudió a esta tercera, donde se enfrentaría en la semifinal con el AZ 67. La otra semifinal era Madrid-Dinamo Tblisi. El Bayern aceptó el compromiso, pero al primer partido vino sin tres internacionales, Durnberger, Breitner (que había pasado por el Madrid no mucho antes) y Rummenigge, por compromiso con su selección. Con eso, empataron a dos y perdieron en la tanda de penaltis. Se esfumó la final soñada, Madrid-Bayern. El Madrid sí cumplió y ganó al Dinamo, aunque en un partido flojo. Había malas caras. Estábamos en vísperas de huelga de futbolistas, que amenazaba el inicio de la Liga, el equipo no gustaba, se pedía una mejor ubicación de los socios. El público llegó a protestarle a De Carlos: “¡De Carlos, dimite, el socio no te admite!”.

Los alemanes quedaron malhumorados. El Madrid hizo valer el contrato y presionó para que el segundo día salieran los tres internacionales que faltaron el primer día, y así fue.

Las dos ediciones anteriores las habían arbitrado extranjeros, pero esta vez el Madrid invitó a dos extranjeros y dos españoles. Franco Martínez había arbitrado el primero del Bayern. El tercer y cuarto puesto correspondió a Pes Pérez:

—Fue por intervención de Plaza. Yo había estado recusado por el Madrid el año anterior. Por el ruego de Plaza, que me tenía estima, accedieron a levantarme la recusación y para escenificar la paz me invitaron al torneo.

Pes Pérez era árbitro de armas tomar. Valiente, encarador con los jugadores que protestaban. Halcón, como se decía entonces, expresión traída al fútbol por el periodista Alfonso Azuara desde la administración americana. Halcones eran los consejeros duros del presidente. Palomas, los prudentes. Azuara dividió a los árbitros en halcones y palomas e hizo fortuna. El sueño de todo equipo era tener halcón fuera de casa y paloma en casa.

Los modos de Pes Pérez molestaban visiblemente a los arrogantes ganalotodoalemanes, a los que además el público abroncó constantemente. En el minuto 30, le pita una falta a Breitner y este, sin más, se va del campo. Por la cara. Csernai, el entrenador, tiene que improvisar el cambio. En el 44, con 2-1 a favor del Dinamo, Rummenigge hace una falta cerca de los banquillos y el público le abronca. Él se encara y hace gestos feos. Pes Pérez acude y le expulsa. Se forma un revuelo, acude Dieter Hoennes, que también es expulsado. Breitner sale del banquillo, se junta al tumulto, le hace señales a Pes Pérez de que le falta un tornillo.

De repente, todos se marchan. Todos al túnel.

 

En la grada, los espectadores no sabíamos a qué atenernos. Más bien pensábamos que Pes Pérez había adelantado el descanso para calmar los ánimos. Pero en vestuarios se vivía otra realidad. El gerente del Bayern, Uli Hoeness, pedía a los jugadores que accedieran a regresar al campo, a lo que estos se negaban salvo que pudieran jugar los expulsados. Breitner incluso exigía que se cambiara de árbitro: “¡Yo no he venido aquí a hacer el tonto!”, gritaba una y otra vez Breitner. El Madrid trató de conseguir que Pes Pérez dejara salir a los once, pero él los daba a todos por expulsados.

Pasó un cuarto de hora, veinte minutos, media hora… Ya la megafonía lo confirma: el Bayern se ha retirado. La bronca es brutal. Hay que esperar hasta las diez de la noche para que empiece la final, ya que hay televisión. Todos aburridos e indignados. La final se sigue con el peor de los humores, nuevos gritos contra De Carlos y mal juego. Al menos gana el Madrid en los penaltis, tras un soporífero 0-0.

Ahora queda qué hacer con el Bayern. El Madrid no le paga, pero deposita la cantidad (150.000 marcos) en la Federación Alemana, que a su vez tiene una papeleta. Era norma sancionar con severidad a los equipos que tenían mala conducta en el extranjero. No hacía mucho, Keegan había sido suspendido dos meses por incidentes en un partido fuera de Alemania. Pero el Bayern mandaba mucho…

Llamaron a Pes Pérez:

—Fui allí porque me lo pidieron Porta y Plaza. Fui en coche, desde Zaragoza, con mi linier, Jesús Villanueva, que ahora es el médico del Zaragoza. Su hermano era cónsul de España en Dusseldorf, y él nos esperó en Bonn, para acompañarnos y hacernos de intérprete. Nos recibieron con alfombra roja. Me quisieron pagar muy generosamente los kilómetros nada más llegar. Luego, ante el fiscal de la federación, Hans Kinderman, estuve contestando las preguntas, con el hermano de Villanueva como traductor. Cuando acabó todo, pidió que le leyeran lo que habían transcrito y empezó a rectificarles: “No, eso no, eso tampoco…”. Habían cambiado lo que habían querido. Se molestaron mucho con las correcciones. Al despedirnos, la amabilidad inicial cambió en malas caras. ¡Me costó cobrar los kilómetros y el hotel! El presidente, Neuberger, era vicepresidente de la FIFA y luego pasó lo que ya me imaginé ese día: me puso tres cruces negras para partidos internacionales de importancia.

 

De su informe hicieron poco caso. No hubo suspensiones. El Bayern y Breitner fueron multados con cinco mil marcos. Los 150.000 que el Madrid depositó en la Federación Alemana no volvieron. De ahí se cobró las multas la Federación. El resto fue para el Bayern. Se dijo que jugarían un partido gratis en Madrid, como desagravio, pero si te he visto no me acuerdo.

Nunca antes ni después he visto a un equipo retirarse del campo. He visto amagos, pero nunca culminados.

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jueves, 13 abril 2017

Por Alfredo Relaño

Aquel chasco del Atlético ante la Vojvodina

1491753440_756391_1491754691_noticia_normal_recorte1El Atlético ganó la última Liga del Metropolitano, así que el curso del estreno del Calderón, la 66-67, jugó la Copa de Europa. Una ilusión en la nueva casa. Pero el primer gran chasco no tardó en llegar. Todavía creo que es el mayor en cincuenta años.

La primera eliminatoria fue ante el Malmoe y salió bien. En octavos tocó el campeón yugoslavo, la Vojvodina de Novi Sad. Por entonces sonaban el Partizán, el Estrella Roja y el OFK de Belgrado. La Vojvodina sonaba a pequeño equipo de provincia, campeón en un año afortunado. Sólo sonaba su portero, Pantelic, que era el de la Selección.

 

El sorteo estableció la ida en Madrid, pero la propia Vojvodina pidió el cambio. El mandamás deportivo era un tal Vujadin Boskov, más adelante tan célebre por aquí. Él propuso el cambio, que le costó críticas en Yugoslavia y que el Atlético aceptó de mil amores. Tenía suspendido para un partido a un tal Sekeres, un medio de garantías, y pensaba que le era más llevadero jugar sin él en casa que fuera.

 

El 16 de noviembre se jugó la ida. El Atlético iba no iba bien en la Liga. El césped del nuevo campo no estaba bien asentado. Además, faltaba el calor del Metropolitano. La grada del río aún no estaba hecha. Además, sufrió muchas lesiones. En el viaje le faltaban Griffa y Jayo, lo que descompuso la defensa, que hubo que apañar cambiando de puesto a tres: Glaría fue central, Rivilla lateral izquierdo, Calleja, medio. También faltaban Adelardo, Mendoza y Collar, pero quedaba un buen ataque: Ufarte, Luis, Gárate (en sus inicios) Urtiaga y Cardona. Pero Cardona se constipó al llegar. Metió el abrigo en la maleta y pasó un frío tremendo en los trámites de aduana. Jugó enfermo.

 

El partido se jugó a las dos de la tarde y se siguió por Radio Nacional, en la voz de Martín Navas. El Atlético perdió 3-1. Glaría se resbaló en un gol, hizo un penalti por mano absurda en otro y en el tercero Madinabeytia se comió un centro fácil. El gol atlético lo marcó Luis, de penalti. La única buena noticia fue que la Vojvodina no pareció gran cosa. El Atleti perdió por los regalos…

 

La vuelta es el 14 de diciembre, día del Referéndum del Proyecto para la Ley Orgánica del Estado. Marca incluye ese día declaraciones de Griffa, Collar y Puskas diciendo que van a votar sí mezcladas con noticias de la llegada de la Vojvodina. Boskov está expansivo y optimista. Su equipo se juega la honrilla de Yugoslavia, que ha sido eliminada de la Eurocopa por la URSS, como el OFK de la Recopa y el Estrella Roja de la Copa de Ferias. Sólo queda la Vojvodina. Viene el tal Sekeres. Takac, que gustó en la ida, comenta que va a ser su último partido con el equipo, le acaba de fichar el Rennes. Visitan el Valle de los Caídos y El Escorial, donde comen con el Atlético, hospedado allí, en el Hotel Victoria. Todo son cortesías.

 

En este partido se estrena la iluminación artificial en el nuevo campo, todo un suceso. Hubo un experimento, entre dos luces, en la segunda parte ante el Betis, pero este era el primer partido nocturno. El martes los dos equipos se entrenan bajo la nueva luz, con mucho público. Unos operarios movían a brazo los focos según las indicaciones de los porteros, que se desgañitaban: “¡No, que así deslumbran!”. Pero a tanta distancia… Griffa prueba y se retira.

 

El Atlético pide a la afición que acude en gran número (la mejor entrada hasta esa fecha) que ocupe las gradas más bajas, para que los jugadores sientan más el apoyo. Otto Gloria ha podido recuperar a Jayo, Mendoza, Adelardo y Collar, así que sale una alineación muy solvente, aunque con una rareza: Luis de extremo, haciendo ala con Gárate. No sale Ufarte. Al descanso ya se gana 2-0, y eso que Pantelic está parando muy bien. Parece cosa hecha. Pero Pantelic sigue parando y la cosa queda así: 2-0.

 

Los titulares del jueves se los reparten Pantelic y el Invicto Caudillo, que ha ganado su referéndum por un apretado 95,06 %.

 

La Vojvodina pacta jugar el desempate en Madrid a cambio de una semana a gastos pagados y la mitad de la taquilla. El domingo intermedio había derbi en el Bernabéu, así que el Atlético volvió a El Escorial, donde estaría confinado, entre una y otra cosa, diez días. La Vojvodina se quedó en el Hotel Carlton de Madrid y alternó entrenamientos en el Parque Sindical con visitas a los alrededores. Takac aplaza su incorporación al Rennes. Feliz semana de relax.

 

La Vojvodina asiste al derbi, que pierde el Atlético 2-1. Se descuelga de la Liga.

 

El miércoles 21 parecen confirmarse las felices expectativas, porque el Atlético marca en el minuto 3 y en el 5. Los retrasados se perdieron los goles. Pero la Vojvodina decide encanallar el partido, se lía a patadas, consentidas por el árbitro O’Neill, con ese dejar jugar tan de las Islas Británicas. El Atlético se enfanga en la pelea. El partido se embronca. En esas estamos cuando en el minuto 24 Takac, que ha atrasado una semana su incorporación al Rennes, lanza una falta por abajo y el balón, tras rozar en un pie, se cuela junto a la cepa del palo.

 

En el minuto 67 se produce la jugada que amargará a Rodri. El medio Radovic lanza un tiro desde más de treinta metros. En realidad, se quita de encima un balón con el que no sabía qué hacer. Rodri ni se mueve, lo deja pasar. Es el 2-2. En el campo hay un murmullo tremendo. Quizá aún sea el gol más raro que vi en mi vida. A mi lado, alguien que había acudido la víspera del entrenamiento y había visto el lío de los focos aventuró: “A Rodri le ha cegado un foco”. Crea un maremágnum de discusiones.

 

¿Y ahora? Ahora, más leña yugoslava. El Atlético aprieta pero se le escapan tres goles.

 

Se llega a la prórroga con un gol claro que se le escapa a Mendoza. Hay run-rún y pesimismo. ¿Será posible que…? Se habla del 2-0 de salida, del increíble segundo gol yugoslavo, de Rodri, de los goles que perdió el Atleti, de Takac, que al final del partido ha roto a jugar con peligro.… Hay negros presentimientos que se confirman dos minutos antes del descanso de la prórroga, cuando Takac se escapa una vez más, se planta ante Griffa, le favorece el rebote y bate mano a mano a Rodri. ¡Horror!

 

La segunda mitad de la prórroga no vale para nada. El Atlético nota el derbi del domingo, los golpes, los goles, la frustración. Ni las expulsiones de Trivic y Pusibrk, muy tardías, sirvieron. Fin. Los de la Vojvodina se abrazan. El héroe no ha sido Pantelic, sino Takac, cuyo nombre tardarán en olvidar los atléticos.

 

A las tres semanas, Rodri fue al cine Roxy con su mujer y el NO-DO pasó un resumen del partido: “Fue la primera vez que vi el gol. En su día, ni lo vi pasar, me pilló de pleno aquel foco. Hubo un murmullo en la sala, alguno comentó: ¡qué malo es Rodri! Me quedé ahí, disimulando”.

 

Le costó la suplencia hasta fin de temporada, en favor de San Román. Por suerte, era lo bastante buen portero como para rehacerse. Tuvo una gran carrera en el Atlético.

 

Eso sí: siempre que fue al Bernabéu tuvo que escuchar al público madridista gritarle “¡¡¡¡Vooooojvodina!!!!”.

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jueves, 06 abril 2017

Por Alfredo Relaño

Todo el mal que hizo Juanito cabe en un minuto

La primera vez que supe de él fue en un partido de selecciones regionales juveniles, Castellana-Tinerfeña, en Vallecas. Con los castellanos, camiseta morada y pantalón blanco, había un diablo pequeño y cabezón que nos entusiasmó a todos.

—¿Quién es el siete?

—Es un chico de Fuengirola que ha traído Víctor Martínez al Atleti.

El Atlético tenía una perla, pues. Vivía en la residencia de solteros del club, Hortaleza 19, con Leal, entre otros, figura en ciernes también. Venía de Fuengirola con maneras de golfillo que en Madrid explayó al máximo. Siempre supo divertirse, pero se entrenaba y progresaba. Miraba, aprendía, tenía afición, aunque su falta de control le costaba problemas. Pero llegó a ser la estrella del Atlético Madrileño.

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El 10 de enero del 73 le sacaron con el equipo grande en un amistoso contra el Benfica, en el Manzanares, partido en beneficio de los damnificados de la catástrofe de Managua. Estaba loco de alegría. ¡Su primer partido con los mayores! Pero fue una desdicha: le cayó sobre la pierna el meta portugués, José Henrique, y le produjo fractura completa de tibia y peroné. La recuperación duró todo el verano. El plan de incorporarle al primer equipo en la 73-74 se frenó. Prefirieron cederle al Burgos, en Segunda. Que se recuperara ahí.

No parecía mala idea. El Burgos era un buen Segunda. Pero Juanito me comentó años después: “Me equivoqué de medio a medio. Me creí figura entre los demás, no hacía mucho caso, discutía con el entrenador, con los árbitros. Me expulsaron varias veces. Me estaba hundiendo y no lo sabía”.

Al final del curso, el Atlético le dejó en libertad: “Se me vino el mundo a los pies. Yo no lo podía esperar”. Llamó al Burgos, con las orejas gachas y propósito de enmienda. Ya no era una figura en cesión, ahora necesitaba una plaza de meritorio. Martínez Laredo, el presidente, decidió creer en él. Siempre le vio un talante generoso. “Se equivocaba mucho, pero siempre reconocía el error a la primera”.

Fue una gran decisión. El Burgos pulió a un gran jugador. Juanito fue la figura del equipo, que en la segunda temporada de su regreso subió a Primera. En Primera destacó en cada partido, en especial en su visita al Calderón, una especie de venganza: el Burgos ganó 0-3. Los que le habíamos visto cinco años antes en aquel Castilla-Tenerife de juveniles reconocíamos sus regates, su velocidad, su visión, su nervio. Un genio.

En mayo, Bernabéu viajó a Roma, a la final de la Copa de Europa Liverpool-Borussia Moenchengladbach. El Madrid estaba interesado en el medio alemán Wimmer y Bernabéu quiso verlo en directo. Agustín Domínguez, que le acompañó, me contó lo que sigue: “Camino del campo nos encontramos a Lucien Müller. Don Santiago le dijo que, como se retiraba Amancio, necesitaba “uno que levantara al público de los asientos”. Bernabéu tenía esa obsesión desde Kopa. Amancio había cubierto ese papel durante años. Pero, ¿y ahora? Müller, que había entrenado al Burgos en la temporada del ascenso, le dijo que fichara a Juanito. Bernabéu se enfadó, le parecía Juanito un chico ingobernable, al que había tenido que echar el Atleti. Le gritó que se lo estaba ofreciendo Martínez Laredo, desde semanas atrás, y le parecía un disparate. Pero Müller le insistió mucho: “Don Santiago, yo le conozco, he trabajado con él, es un chico noble. Sólo necesita cuidarle las compañías”. Müller era un tipo serio y Bernabéu acabó por dejarse convencer, aunque a regañadientes. Luego vio el partido y cambió la decisión de los técnicos para el refuerzo del medio campo: “Wimmer no. Diles que ese del bigote que tiene tan mala leche”. Ese del bigote y la mala leche se llamaba Stielike.

Martínez Laredo se sintió feliz cuando Bernabéu le llamó. Se lo vendió por 31 millones, frente a una oferta mucho mayor del Barça. Laredo era un madridista radical, hasta sonó entre los posibles sucesores de Bernabéu tres años más tarde.

Müller tuvo razón y Bernabéu también. Los dos funcionaron, aunque se llevaron, andaluz el uno y alemán el otro, como el perro y el gato. Bernabéu rodeó a Juanito de buenas compañías (García Remón, Del Bosque y Camacho fueron su pandilla), pero aun así salpicó su magnífica carrera en el Madrid de continuos incidentes, dentro y fuera del campo. Los enemigos del Madrid, Núñez especialmente (“¿qué dirían de nosotros si tuviéramos un jugador que anda embarazando mujeres por las esquinas?”) le escogieron como foco de sus críticas. Él dio motivos, con sus salidas de madre, de las que inmediatamente se arrepentía: “Otra vez me ha traicionado mi pronto malo”, declaraba cada vez, sinceramente arrepentido. “No lo consigo dominar”.

Valdano me dijo en una de tantas frases felices suyas: “Todo el mal que haya hecho Juanito en su vida cabe en un minuto. Claro, que ese minuto es tremendo: dar un cabezazo a un linier, pisar la cabeza de Matthaus, escupir a Stielike... Pero siempre se arrepintió al instante”.

El público del Madrid le adoró, perdonándole eso. Su retirada tras el cuarto gol al Borussia en una de esas remontadas de la Copa de la UEFA, con sus saltos de alegría, sus manotazos al aire, quedó para la historia. Por eso lo primero que le vino a la cabeza a Casillas tras el 6-1 copero sufrido en Zaragoza fue que para la vuelta había que “apelar al espíritu de Juanito”.

Por el pisotón en la cabeza a Matthaus le suspendieron cinco años en Europa, así que tuvo que dejar el Madrid. Dio todas las facilidades, y eso que dinero no le sobraba. Era demasiado generoso y atolondrado para los negocios, que le fueron fatal.

Aún disfrutó del fútbol en el Málaga, su Málaga, que siempre quiso tanto como al Madrid. Cuando compareció como malaguista en Atocha, el campo que más le había gritado, se llevó una ovación tremenda. En la ciudad se sabía que con ocasión del homenaje a Sagarzazu había hecho más que nadie para reunir a una selección de figuras a fin de que el partido tuviera brillo.

Se retiró con Curro Romero cortándole la coleta. Aún soltó unos últimos partidos en Los Boliches, uno de sus primeros equipos, en Segunda B.

De ahí a entrenar. Iba bien en el Mérida. Relanzó a Cañizares, cuya carrera se estaba atascando. Los jugadores que pasaron por sus manos cuentan lo mejor de él. Tenía por delante una carrera, unos ingresos para tapar las trampas de los negocios olvidados y para sacar adelante una familia.

Hasta aquel Madrid-Torino de hace 25 años. Vino de Mérida a verlo, con tres jugadores, Ricardo, Echevarría y Pepe Pla, y Manuel Ángel Jiménez, Lolín, el preparador físico. Al final del partido, regresaron sin demora. Los jugadores, delante, se encontraron con unos troncos en la carretera, que se le habían caído a un camión al que vieron parado poco más adelante. Tras el susto, pensaron con aprensión en los del coche de atrás. Conducía Lolín, con Juanito dormido en el asiento de al lado. Esquivó como pudo los troncos, pero fue a estrellarse contra la trasera del camión. Juanito se rompió el cráneo, murió en el acto. Lolín resultó conmocionado, pero sobrevivió.

El impacto en la opinión pública fue tremendo. A Juanito, al cabo del tiempo, le quería todo el mundo. Vivió deprisa, se entregó a todos.

Muy poco antes, una gitana le había dicho que le quedaba poca vida. Entonces se acordó de Ramos Marcos, que le había ofrecido un seguro de vida que rechazó. Le llamó e hizo el seguro. “Para que mis hijos queden bien”.

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jueves, 30 marzo 2017

Por Alfredo Relaño

Kopa, el ‘tourbillon’ y la glucosuria

El partido numero 100 de la Selección se jugó contra Francia en Chamartín el 17 de marzo de 1955. El anterior, exactamente un año antes (17 de marzo de 1954), había supuesto un berrinche mayúsculo, porque nos dejó sin ir al Mundial de Suiza. Fue aquel desempate empatado contra Turquía en Roma, resuelto por sorteo, con un bambino que sacó de la copa la papeleta de Turquía. Un año, pues, sin jugar. Para la reaparición se pactó un amistoso con Francia en Chamartín. No parecía mala idea. Francia no era gran cosa entonces en fútbol, pero su prestigio como país sería un plus para la previsible victoria española. De ocho partidos anteriores contra ellos habíamos ganado siete y perdido sólo uno. El último había sido una estruendosa victoria en Colombes, 1-5, con Basora en figura.

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Francia aterrizó el martes 15 en Madrid, con catorce jugadores, seleccionador, entrenador, masajista, dos directivos y ¡38 periodistas! Es conocida la atracción que provoca todo lo español en Francia. Y nuestro fútbol, pese a no haber ido al último Mundial, tenía prestigio. Aquí estaba Kubala, había llegado Di Stéfano… Entre los periodistas está el célebre Gabriel Hanot, que en esos días da los últimos toques a la creación de la Copa de Europa, iniciativa suya lanzada desde L’Équipe. Como todos, no tiene dudas: ganará España. Nuestro equipo ‘B’ acababa de ganar, el domingo 13, al ‘A’ de Grecia por 7-1, con cuatro goles de Badenes y una exhibición de la media Mauri-Maguregui, del Athletic. El partido ha impresionado.

Francia sube a La Berzosa. España está en Aranjuez. Los jugadores reciben continuas visitas de amigos en busca de entradas, agotadas en Madrid. Se quejan del frío y entretienen el aburrimiento matando pajaritos con una escopeta de perdigones. El seleccionador, Ramón Melcón, es optimista. Menos lo es el entrenador, Benito Díaz, viejo zorro. (En la época, el cargo de seleccionador y el de entrenador estaban separados). ‘El Tío Benito’ sabía que Francia tenía un equipo rápido, en el que destacaba un joven menudo llamado Kopa. Se estaba forjando la Francia que sería tercera en el Mundial-58, pero aquí nadie sospechaba eso más que él, que había pasado la Guerra Civil en Burdeos entrenando al Girondins. Cuando le hablan de goleada se muestra irónico: “Sí, a los ocho o nueve deberíamos parar…”.

La víspera, la recién creada Agrupación de Periodistas Deportivos ofrece un cóctel a sus colegas del país vecino. Los españoles se enteran con asombro de que traen un camión especial para revelar y transmitir fotos desde la puerta del campo. También traen televisión. El partido se va a televisar a Francia. Aquí no, estamos en mantillas. Por la mañana ha entrenado Francia en Chamartín. Los franceses se vuelcan en elogios sobre el césped y la inmensidad de las gradas. En Francia no hay nada así. Se acaba de jugar en París un Racing-Nimes, decisivo para el título, ante 18.000 espectadores.

El jueves a las 16:30, cuando saltan los equipos, hay 125.000 aficionados en las gradas. Marca, que se vendía a 0,80 pesetas, anuncia para el día siguiente un número extraordinario, que cobrará a peseta. Tal era la expectación.

Francia sale con: Remetter; Bieganski, Jonquet, Marché; Penverne, Louis; Kopa, Glovacki, Bliard, Mahjoub y Vicente.

Por España: Ramallets; Segarra, Marquitos, Lesmes II; Muñoz, Bosch; Basora, Molowny, Arieta, Rial y Gaínza. Ramallets, Segarra, Bosch y Basora son del Barça. Arieta y Gaínza, del Athletic. Los otros cinco, del Madrid. Melcón ha barrido para casa. Marquitos y Lesmes II debutan. Falta Kubala, lesionado, y eso da sitio a Molowny, ya mayor, pero gran favorito de la afición madridista. Se podía entender: el Madrid había ganado la Liga anterior y se encaminaba a ganar esta... Pero eso se debía sobre todo a Di Stéfano, que aún era extranjero y no podía ser seleccionado. Mucha gente que ha visto el 7-1 a Grecia se pregunta si no hubieran merecido algunos de los ‘B’ estar en el partido. Sobre todo Badenes y los medios Mauri y Maguregui, que dieron un recital.

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La cosa empieza bien. Francia sale encogida ante los 125.000 espectadores que revientan la grada y animan a esa especie de Madrid reforzado. En el 10’, gol español: buena jugada de Rial que abre a Basora para que éste centre a Gaínza, que se ha metido en diagonal al área y marca. En las gradas, claro, se habla de goleada.

Pero ahí se acabaron las buenas noticias. Francia se suelta, se la ve más fuerte, más saludable y más técnica. Louis, un mulato de la Martinica, enorme y fortísimo, se mete a Molowny en el bolsillo y le sobra fuerza para armar el medio campo. Muñoz y Bosch son lentos, Rial es lento, Francia es rápida. Kopa deja la banda y se va hacia el centro. Los delanteros franceses cambian de posición constantemente, es lo que llaman el tourbillon, el torbellino. Todo con Kopa al frente de la maniobra. Ramallets retrasa el empate hasta el 34’, cuando ya no puede hacer nada ante un empalme de Kopa. 1-1. No mucho más tarde, Molowny se va por ‘lesión’ (sólo así estaba permitido el cambio) y le sustituye Arteche. Al descanso hay mal humor.

En la segunda, Francia es dueña del campo y del balón, Ramallets aguanta como puede. En el 72’, la enésima diablura de Kopa acaba en gol de Vincent. El partido queda 1-2. No ha habido goleada, no… gracias a Ramallets.

Kopa sale a hombros de aficionados franceses, como un torero. En la caseta, Molowny declara que no estaba lesionado, que le han obligado a fingir. Más polémica para el día siguiente. Benito Díaz desliza críticas a la alineación de Melcón. Nadie duda de que él hubiera preferido a Mauri y Maguregui para la media.

Pasado el fin de semana con su jornada de Liga, una palabra se apodera de la escena: GLUCOSURIA. ¿Y eso qué es? Un exceso de azúcar en la sangre, que habría sido culpable del mal rendimiento. La noticia la lanza el martes un diario de la noche y la recogen todos la mañana siguiente. Hay desconcierto. Marca respalda a la Federación, aporta testimonios de muchos médicos que descartan tal cosa. Pronto se ve que el origen ha sido una filtración del Madrid, que acaba por enseñar la patita. Primero, con una nota del club. Luego, con un largo informe de sus médicos, publicado íntegro en ABC. El parte explica que los jugadores tomaron zumo de naranja enriquecido con azúcar tras cada entrenamiento en Aranjuez y que en pruebas hechas el viernes, todos los internacionales del Madrid menos Molowny dieron un exceso de azúcar en la sangre, lo que explicaría su mal rendimiento.

¿Y los del Barça y el Athletic? Sus médicos no detectaron nada. La polémica da para días, como todo lo que envuelve al Madrid. ¿Excusa del club, comprometido en el fracaso, por la amplia presencia de jugadores propios en el partido? Han pasado muchos

años, no hay testigos vivos, pero es a lo que suena. Tanto tiempo después, nadie ha vuelto a oír nada de la glucosuria relacionada con mal rendimiento en el fútbol.

El siguiente partido de España fue un empate en Chamartín contra Inglaterra, tras el que cayó Melcón. De los de la glucosuria sólo repitió Rial. Muñoz y Molowny volvieron a la Selección. Marquitos y Lesmes II, sí, sólo una vez cada uno, y pasado mucho tiempo.

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