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miércoles, 28 septiembre 2011

Por Alfredo Relaño

Jesús María Pereda, ‘in memoriam’

La primera vez que le vi fue en una foto del Blanco y Negro, como extremo izquierdo del Real Madrid que jugó la final del Copa contra el ‘Atlético de Bilbao’ (entonces se decía así. Desde la Guerra y hasta la Transición, estuvieron prohibidos en el fútbol los nombres ingleses, o incluso las construcciones inglesas, así que el F.C. Barcelona pasó a ser C.F. Barcelona, por ejemplo). Había jugado por Gento aquel día, lo que no dejaba de ser una cosa extraordinaria. Gento rara vez se perdía un partido. Ganaron la final los bilbaínos, que de aquella hicieron célebre lo de ‘los once aldeanos’. Todos vizcaínos, habían podido con un Madrid que por entonces encadenaba las Copas de Europa como el que lava.

  Pereda

Luego supe que había empezado en el Indauchu, equipo interesante de Bilbao. Equipo de barrio, pero de barrio ilustrado. A dos manzanas de San Mamés (de la Catedral le separa la Escuela de Ingenieros Industriales), era un fabuloso productor de jugadores, aunque los más no acababan en el ilustre vecino, sino en cualquier otro sitio, entre otras razones porque  Jaime Olaso, el alma mater del club, creía que se los querían coger muy baratos. Con todo, sí pasaron a San Mamés algunos tan notables como Argotia y Larrauri, pero no Cobo, Irusquieta, Isasi, Urquiaga y Gárate, entre otros muchos que triunfaron en Primera División. El caso de Pereda fue otro: había nacido en Medina de Pomar (Burgos), así que no podría haber jugado en el primer equipo de Bilbao.

Como en el Madrid no había sitio para él, fue cedido al Valladolid, de donde pasó al Sevilla para formar una delantera tan fina que fue llama ‘de cristal’: Antoniet, Diéguez, Agüero, Pereda y Szalay. Y de ahí, al Barça.

Fue un Barça de entreguerras, el que media entre la salida de Helenio y Herrera, a la que siguió el cierre de las fronteras, hasta el de Cruyff. Catorce años sin ganar ninguna Liga. Alló jugó Pereda, junto a otros notables, como Sadurní, Fusté y Rifé, y jugó bien. He leído en ocasiones que fue extremo (lo fue bastante al principio) o centrocampista. En realidad fue delantero, segundo delantero, dentro del modelo al uso en la época: el cuatro-dos-cuatro que jugaba todo el mundo. La madurez de su carrera la alcanzó en esa posición, junto a un nueve de referencia, Zaldúa, por ejemplo, en el Barça, o Marcelino el glorioso 21 de junio de 1964, ante la URSS. El segundo delantero solía retrasarse algo a hacer de enganche, de ahí que algunos lo hayan considerado centrocampista. Era hábil, rápido, alegre en su juego, muy atento y con cierta capacidad de gol. Cuando, entrando en la treintena, el Barça le dio la baja, aún tuvo fuerzas para jugar dos temporadas en el Sabadell y una en el Mallorca.

Luego fue entrenador de categorías inferiores de la Selección durante muchos años. Tipo alegre y animoso, buen líder y maestro para tantos jugadores como mejoraron al pasar por él.

La gloria que no le pudo dar el Barça (aunque sí ganó dos copas, una ‘la de las botellas’ y una Copa de Ferias, competición ‘paraoficial’ pero que en esos años ya había cogido bastante vuelo) se la dio la Selección. Fue uno de los once que ganaron la Eurocopa en Chamartín ante la URSS, al término de un partido precedido de intrigas. Aquello de recibir ‘rusos’ en nuestro suelo era duro, en plena época de abominación del comunismo, y con el lejano ‘Rusia es culpable’ de Serrano Suñer resucitado por algunas plumas de prensa. Después de eliminar sucesivamente a Rumanía y a las dos Irlandas, nos metimos en unas semifinales, que debían jugarse en España con Hungría, Dinamarca y la URSS. Se confiaba en que no nos tocara la URSS. No nos tocó en semifinales, pero ganamos a Hungría en Barcelona y la URSS ganó a Dinamarca. Hubo que jugar y la víspera los ministros más rancios le pedían a Franco la retirada. Éste no accedió, confiando en la victoria. Y ganamos.

Fíjense cómo sería la cosa que en el colegio nos contaron que Yashin (el portero de ellos, tenido oficialmente por el mejor portero del mundo, era el Balón de Oro de 1963, o sea, el vigente en ese momento) era un niño vasco de los trasladados en la Guerra a Rusia, y al que habían hecho un lavado de cerebro para que no recordara nada.

Pues ganamos, con un primer gol de Pereda, empate de Khusainov, un pequeñazo insidioso, y el célebre gol de Marcelino que el NO-DO contó mal. El centro es de Pereda, el NO-DO empalma un centro de Amancio con el cabezazo de Marcelino. Esa imagen se ha visto durante muchos años, y en estos días da una vez más lugar a no pocos comentarios. Desde que la vi en su día supe que estaba mal. Yo estuve en el partido (y en ese fondo, en el de los goles de Khusainov en la primera parte y Marcelino en la segunda) y había visto la jugada. Pero además el empalme de NO-DO está mal hecho: el centro de Amancio ya va hacia abajo cuando el balón traspasa la raya lateral del área. En ningún caso llevaba trayectoria hacia la cabeza de Marcelino.

No me extrañó. Entonces eran frecuentes esas chapuzas. Se grababa con dos o tres cámaras, se ahorraba cinta (era cara) y se escapaban goles o se empalmaban unas jugadas con otras. Si alguien quiere revisar resúmenes del NO-DO de esa época (estábamos en 1964) verá bastantes defectos de estos.

Claro, que pega mucho decir que el Madrid era el equipo del franquismo y que se metió ahí de clavo a Amancio. Pero no, no es mi impresión. Yo diría, con toda seguridad, que se trata de una de tantas chapuzas de la época. ¿Por qué Amancio? Porque jugó de extremo derecha, y a falta de la jugada completa tendrían más de un centro de él desde ese lado para empalmar con el cabezazo. Si Pereda llega a centrar desde la izquierda, la superchería se hubiera montado sobre un centro de Lapetra, que jugaba por ese lado. O de Calleja, que subía mucho. En todo caso bueno es que ya en vida Pereda viera (cuando salió a relucir la grabación completa del partido en televisión, en el que la jugada está completa) cómo se le devolvía lo que era suyo. Marcó el primero, facilitó el segundo. Y antes y después de eso tuvo una trayectoria ejemplar, como futbolista y persona, noble, alegre y cargada de amigos. Descanse en paz. 

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