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lunes, 12 marzo 2012

Por Alfredo Relaño

El Villarato y los 'Saberes Inmutables'

De repente, Godall me ha dado la razón al desembuchar, de la A a la Z, la ‘Teoría del Villarato’ y eso ha creado desconcierto en muchos. Ha sido bastante tiempo negándolo, presentándolo como malicia u obsesión de un madridista extraviado, o como truco periodístico amarillo de un director con pocos escrúpulos. Ahora un protagonista de los hechos dice lo que yo decía, y lo describe además como un hecho premeditado. Aquí les adjunto lo que dijo. Unas cuantas piezas más abajo verán, en este blog, la ‘Teoría General del Villarato’ y verán que lo de Godall (exvicepresidente de Laporta y en algún momento ‘delfín’ llamado a sucederle) es justo lo que yo digo.

Tengo que confesar que me he sentido gratificado, tanto como me había sentido incomprendido durante todo este tiempo. Hasta muy buenos amigos míos, y algunos que no lo son tanto pero de los que siempre he recibido un respeto que agradezco, me lo reprochaban como un extravío.

Sus reproches, en general cariñosos, siempre tuvieron dos patas:

1.- Los árbitros no tienen sesgo, simplemente son malos, se equivocan mucho, no hay que buscar intenciones.

2.- Creer que todo está condicionado será demoledor. No podríamos seguir el fútbol como lo seguimos, ni quererlo como lo queremos, si tuviéramos que admitir que los campeones se deciden desde los despachos, no sobre el campo.

Y no deja de ser paradójico que estos argumentos se manejen con tanta intensidad en un país que durante tantos años vivió convencido de que los árbitros ayudaron sistemáticamente al Madrid en sus logros. Esto último ha sido una de las verdades ‘esenciales’ de nuestro fútbol, quizá el lugar común más repetido del mismo. El Real Madrid, el equipo de la capital, mangoneaba, los presidentes de Federación frecuentaban más el palco del Bernabéu que los de otros estadios, el presidente de turno del Comité de Árbitros no digamos. (“Mientras Plaza sea presidente el Barça no ganará la Liga”, fue una de las frases más repetidas durante varios lustros). Se veía como algo consustancial a las relaciones entre el fútbol y el poder. El Madrid era el poder, los árbitros soplaban a favor del viento. En mi ‘Nacidos para incordiarse’ encontrarán bastante de esto. Reproduzco interesantes conversaciones con Sadurní y Gaspart sobre este tema.

Era un axioma comúnmente aceptado. Serían o no malos, pero se les adjudicaba un sesgo. Y esa prédica sostenida durante años y años (el “¡Así, así, así gana el Madrid!” que nació en Gijón) no desmoronó nuestro entusiasmo por el fútbol.

Lo revolucionario ha sido señalar un periodo (a mi juicio único, al menos desde que soy aficionado) en el que los árbitros han soplado contra el Madrid. Y los que nacieron escuchando que los árbitros siempre apoyaron al Madrid y aprendieron a repetirlo una y otra vez, como se recita el catecismo, se vieron incapaces de aceptar la nueva situación. Es difícil revisar ciertos ‘Saberes Inmutables’ sobre los que hemos construido nuestro mundo. A favor del Madrid, sí, por los mismos motivos: porque siempre halagó y se dejó halagar por el poder. En contra del Madrid, no, nunca, ni hablar, imposible.

Sería como admitir que el Ebro corre al revés, desde Tortosa a Fontibre. ¿Quién puede decir semejante cosa? Y salen los argumentos: es que son malos, ¿cómo podemos creer en el fútbol si admitimos cosas así?

En una posición parecida, aunque menos aguda y menos duradera, porque el asunto se consumió en pocos días, me vi cuando una encuesta que encargamos en AS nos dio que el Barça ya tenía más simpatías en España que el Real Madrid. Era contradecir otro ‘Saber Inmutable’: que ‘España es del Madrid’. Y es que así ha sido durante muchos años, y encuestas de no hace tanto tiempo lo reflejaban. A mí mismo me costó asumir ese resultado y mi entrañable Roncero casi sufrió un colapso emocional. Pero si uno se para a pensar, recuerda que durante los veinticinco años anteriores a los veinticinco últimos el Madrid lo ganó casi todo. Pero durante los veinticinco últimos se han repartido los títulos y según ha avanzado el tiempo cada vez los gana con más frecuencia el Barça. Del 6-0 en copas de Europa se ha pasado a 9-4, pero en la última época es 4-3 a favor del Barça. Y sus jugadores inundan la Selección campeona de Europa y del mundo. De ahí ese vuelco.

Las cosas cambian. Conocí una España que era del Athletic de Bilbao, aquello queda tan lejos que ni se recuerda.

Pero retomo el hilo. ¿Cómo admitir que los árbitros han sido severos con el Madrid durante unos años? Pues igual que admitimos durante tantos años que le fueron propicios, con la misma sencillez. Yo lo conté porque tuve esa impresión. Ahora lo cuenta Godall, desde la premeditación de una estrategia que se cruzó con el error de Florentino de apostar por un caballo perdedor en aquellas elecciones.

Godall no lo hace por hacerme un favor, lo sé. Lo hace por chinchar a Rosell, es evidente. Viene a decir que está estropeando lo que ellos hicieron. Y en ese sentido tiene razón. El otro día conté en Carrusel cómo conocí a Rosell personalmente. Él ya no era vicepresidente del Barça, estaba metido en una maniobra de candidatura alternativa a Villar, que encabezaba Joaquín Romeu, que había sido presidente del Murcia. Aquella candidatura no cuajó.

Y el caso es que ahora me parece, como a Godall, que el Villarato sopla al revés. Al Barça le pegan mucho, le protegen menos con tarjetas. Aquellos partidos en los que a los jugadores del Barça les miraban como hipnotizados, sin entrarles, han pasado. Y hemos visto algunos penaltis evidentes que se han ido al limbo. En el Madrid tengo la impresión contraria. Durante un tiempo ocurrió algo anómalo: una y otra vez el Madrid se enfrentaba a una severidad arbitral desacostumbrada. Ahora pega con más soltura, ahora sale mejor librado que antes en las áreas, en las dos áreas.

Todo podría tomarse aún como pura casualidad, pero Godall hace difícil seguir mirando para otro lado. Aunque muchos han querido hacerlo. Porque, y esto sí me decepciona, he visto a gente poner sordina a su extraordinaria revelación. Ha habido medios en los que ni se ha rozado. Como siempre, el condicionante primigenio: no admitir que en alguna época los árbitros han maltratado al Madrid, no admitir que el Ebro puede correr de Tortosa a Fontibre. O quizá no darle la razón a un colega, aunque se le quiera. En esto creo menos.

El caso es que Florentino no se ha movido en estas últimas elecciones, comió el otro día en el Ritz con Villar y Platini, ha reintegrado al Madrid a las instituciones. Ha hecho lo que el Madrid hizo siempre: estar cerca del poder. En mi libro verán unos estupendos consejos que Saporta le dio a Gaspart, cuando éste empezaba. Él mismo me los reveló. Gaspart empujó a Laporta por ese camino.

Rosell está en otro camino, no cultiva la Federación, conspiró contra Villar, va de verso suelto, y eso se une a que los mimos al Barça llegaron a hacerse tan excesivos que han cantado. Lo de la llegada tarde a Pamplona fue un cante imposible de disimular. No hay que abusar de los favores.

El mejor equipo que he visto

Así que ahora el Barça rema río arriba, como antes el Madrid. Habrá quien aún se escandalice al leer esto. ¿Es que se decide desde un despacho quién gana? No. Ni antes ni ahora. Sólo ganan los buenos equipos. Ningún Villarato podría hacer campeón al Rayo Vallecano, y lo cito porque es un club al que tengo cariño y entiendo que no se ofenderá. Pero con los arbitrajes benevolentes se vive mejor, hay más confort, más seguridad, menos histeria, menos expulsados, una paz interior que permite jugar mejor. Y con los arbitrajes en contra, todo al revés.

Si algo me ha sabido mal de lanzar la ‘Teoría del Villarato’ es que se ha recogido con frecuencia como una acusación al Barça de haber ganado todo lo que ha ganado recientemente con trampa (La misma, más o menos, que antes se le hacía al Madrid). Pues me apresuro a decir que no pienso eso. Nunca he visto jugar tan bien al fútbol como a este Barça. Doy por buenos todos sus títulos, como daré por buena esta Liga del Madrid. Los doy por buenos porque ha jugado tan bien que se puede uno hasta olvidar de Ovrebo, y los doy tan buenos porque, y este es el quid de la cuestión, sé que el fútbol es así. Que mundial tras mundial en caso de duda se decide a favor de los mismos (Brasil, Alemania, Italia, los que han mangoneado esto) salvo que ande por medio el equipo de casa.

Llegan los árbitros que saben eso y lo practican. Es un reflejo condicionado: en caso de duda, mejor así que asao. Parece triste decirlo, pero es lo que hay. Desde luego que todo lo que cuento puede estar trufado de errores humanos, que hay que mirarlo en perspectiva, pero eso es precisamente lo que pretendo hacer. Me dicen que los árbitros se equivocan, que equivocarse es humano. Y es verdad. Como también es humano tener simpatías o antipatías, querer agradar a los jefes para medrar…

Y ser valiente o ser cobardica. Recuerdo la división que estableció hace años Alfonso Azuara, a mi juicio acertadísima, entre halcones y palomas. Halcones, los valientes, claro; palomas, los blandos (Me figuro que tomó la figura de la administración estadounidense, en torno a la cual se echaron a rodar esos términos). Basta con mandarte palomas en casa y halcones fuera para que las cosas te vayan mejor de lo normal. Basta con mandarte halcones a casa y palomas fuera para que te vaya peor de lo normal. Y eso no quiere decir que ganes siempre con palomas en casa y halcones fuera, ni lo contrario. Pero sí que al cabo de treinta y tantos partidos eso tiene una influencia.

Y no me venga nadie con el argumento de ‘si creyera eso debería de dejar de creer en el fútbol’. El fútbol es hermoso, pero no es perfecto. Y es bonito, es tan bonito que lleva años y años sobreviviendo a esto, como ha sobrevivido a los entrenadores pelmazos. El fútbol es juego, es ilusión, es fantasía, es arte, es esfuerzo, es cooperación, pero en él también tiene un espacio el Poder, como en todo. Quizá poder en minúsculas, pero poder al fin y al cabo.

Y a todo esto: creo en la democracia y voy a votar una y otra vez, a pesar de que los que siguen más de cerca que yo las cosas grandes explican, una y otra vez en medios de la derecha y de la izquierda, que los jueces de las más altas instituciones de la Nación deciden según conviene al partido político que les colocó ahí. Cuando leo eso me pregunto con qué derecho podemos esperar neutralidad mineral a los árbitros de fútbol, personajes menores frente a nuestros grandes togados. 

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viernes, 09 marzo 2012

Por Alfredo Relaño

De Di Stéfano a Raúl y de Raúl a Messi

Di Stéfano tuvo el registro máximo de goles en la vieja Copa de Europa, con 49. Un registro brillante, conseguido en nueve ediciones (las nueve primeras) en las que se jugaban menos partidos. Eliminatorias a ida y vuelta, y el Madrid varias veces entró en octavos, exento de dieciseisavos por ser el campeón anterior. A base de pasar muchas eliminatorias, de jugarlo todo y de marcar casi siempre (lo hizo en las cinco finales que el Madrid ganó) Di Stéfano conquistó esa marca. Un buen día de 2004, precisamente ante el Bayer Leverkusen, Raúl se la igualó. Y luego fue capaz de elevarlo hasta los 71.


Raúl ya ha labrado su récord en otro tiempo, de liguillas, de más partidos y en catorce temporadas, más la última en el Schalke. Un récord de mérito en todo caso, el de la constancia. No es fácil aguantar catorce años como titular en la delantera del Madrid. Y cuando vio que ya no le daba para tanto, decidió irse al Schalke, cosa que sólo se entendía desde su deseo de jugar la Champions, de sumar nuevos goles a los que se llevó del Madrid. Y saltó de los 66 a los 71, en una aventura que desde España se siguió con admiración y respeto. Cinco goles más para llevar el récord lo más lejos posible.


Pero si Raúl era un Ferrari, como dijo Hierro, por detrás le viene un reactor. Messi, con 24 años, tiene ya los 49 de Di Stéfano, lleva ¡doce! en esta edición, y sin entrar todavía en cuartos. Perfectamente puede pasar de los cien, sólo con que su carrera mantenga un curso normal. No tiene la estética de Maradona ni la omnipresencia de Di Stéfano ni la potencia de Pelé ni la elegancia de Cruyff. Tampoco el físico tremendo de Cristiano, ni su pegada de balón. Pero no he visto nunca un jugador igual, tan capaz de resolver todo tipo de partidos: los fáciles, los difíciles y los imposibles. Es un prodigio.

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jueves, 01 marzo 2012

Por Alfredo Relaño

Cristiano, Messi, España y la dinámica de lo impensado

'Fútbol, dinámica de lo impensado' es el título de un libro de mediados los sesenta, reeditado hace poco. Se debe a un mítico periodista argentino, ya desaparecido, llamado Dante Panzeri. Lo recomiendo. Es una exaltación del ingenio invidual del jugador, al tiempo que un combate a la invasión de tacticismo y cienticismo y camelismo que empezaba a apoderarse del fútbol. Conviene situarse en la época para entenderlo mejor: entonces Argentina exportaba jugadores a Europa, e importaba a cambio técnicos. En Argentina se decía que había que jugar ‘a la europea’, pero en Europa nuestros clubes gastaban el dinero que entonces tampoco tenían en fichar a jugadores suyos, o brasileños o de cualquier país suramericano. Eran especiales, desde luego. Cuando yo empecé a ir al fútbol, niño de doce años, era fácil discernir quién o quiénes eran suramericanos de entre los del equipo visitante: todos tocaban mejor la pelota, todos eran más ingeniosos. O si no, también hay que decirlo, los más malvados.

 

Panzeri era pesimista. En su libro duda de que a las alturas del cambio de siglo (que él no vio) el fútbol mantuviera el enorme interés que por la época despertaba. Y no es así. Es lo contrario, ya lo vemos. ¿En qué se equivocó? En su pesimismo. El talento natural ha prevalecido sobre el resto.

 

Le recuerdo esta semana feliz porque tengo el taconazo de Cristiano, el tiro libre de Messi y la última, que no será la última, exhibición de la Selección Nacional. Eso no lo enseña nadie, eso no está en pizarras, eso no se entrena. Es la inspiración repentina para aprovechar una décima de segundo que te brinda una ocasión extraordinaria. Cristiano caza un balón suelto, que persigue de espaldas a la portería, y resuelve con una ocurrencia genial, materializada gracias a su técnica extraordinaria. El golpe es difícil, hacen falta muchas horas de balón (muchas horas de tenerlo, de quererlo, de juguetear con él) para pegarle así. Un producto de genio futbolístico. Y lo mismo pasó, el mismo día, y en la misma ciudad, con el gol de Messi. Aquí además hay transmisión de la ocurrencia, trabajo en equipo: Xavi es el que despierta la mente de Messi, porque sabe que no han pedido barrera y que puede tirar; Messi pone el resto, el toque exquisito, el balón cruzado, por arriba. Sobrepasando al portero más alto del campeonato para entrar limpiamente por la escuadra contraria. Otro gol genial, éste con inductor y ejecutor. De nuevo una oportunidad extraña, infrecuente, que despierta el talento de un individuo, y de nuevo la proeza técnica.

 

Los dos jugadores están a las órdenes de entrenadores grandiosos. Diferentes, pero grandiosos. Mourinho tiene cierto aire de alcaide de prisión, Guardiola parece un director espiritual. Los dos son buenísimos, los mejores que hay, posiblemente. Pero a los dos les ganó el partido el ingenio de sus mejores individualidades. Eso sigue llegando más lejos que toda la ciencia que se ha acumulado en los casi cincuenta años que median entre el libro de Panzeri y estos días. Esos cincuenta años que Panzeri temió que agotaran la ilusión de las gentes por este juego.

 

No ha sido así. El genio individual ha sobrenadado.

 

Y la combinación de genios individuales. Pero no la combinación programada, sino la que nace de una asociación de ideas espontánea, acompañada de nuevo de la destreza técnica. ¿Vio usted el partido de España? ¿Vio el tercer gol, el primero de Soldado, esa concatenación de lujos que acabó con el balón en la red? ¿Se ensaya eso, se puede ensayar? No. En realidad fue la muestra de que el buen fútbol es contagioso, así como lo es el fútbol rutinario que tanto temió Panzeri. Ha habido fútbol rutinario, precocinado, que agarrota el talento individual. Lo sigue habiendo. Incluso ha ganado partidos y títulos, aunque menos que el otro.

 

Pero no se ha impuesto. El otro, el fútbol puro, el fútbol ‘de barrio’, dicho como un elogio, embellecido por toda la liturgia de uniformes, estadios, medios y demás, prevalece todavía. España es un magnífico ejemplo de eso.

 

Panzeri no conoció la escuela de La Masía, ni la apuesta radical de Luis Aragonés por este modelo, ni el juego exquisito de la España campeona del Europa y del Mundo, ni el Barça de estos tiempos. Pero sería feliz si hoy viviera. Sería feliz viendo que sus malas previsiones no se habían cumplido, que sigue gustando y ganando el fútbol que a él le gustó.     

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