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miércoles, 29 agosto 2012

Por Alfredo Relaño

Coentrao y el felizmente repuesto honor de las madres de los árbitros

Por esas cosas de que nuestro fútbol anda manga por hombro y a la que salta (¿qué hacemos ahora con el Atlético-Betis?) la final de Copa de 2010 nos cayó en una fecha inadecuada. Demasiado cerca de la Copa América de Selecciones, de modo que el Atlético se podía quedar sin Forlán y Agüero, uruguayo y argentino respectivamente. Era como ir a un combate de boxeo con las dos manos atadas en la espalda. El Atlético, dado que no era culpable de la mala elección de la fecha, acudió a la Federación en busca de amparo, y esta consiguió de las federaciones uruguaya y argentina un aplazamiento para la incorporación de Forlán y Agüero. De modo que ambos quedaron libres para jugar la final.

 

Pero hete aquí que Negredo tenía una espada de Damocles pendiente sobre su cabeza. Le había dicho: “Me cago en tu puta madre” (así lo consignó el acta y nadie lo discutió) a Rubinos Pérez, árbitro del Almería-Sevilla, última jornada de Liga. De modo que a Negredo le iba a caer un buen puro. Desde luego, nadie podía pensar que estuviera para la final de Copa.

 

Pero la Federación le había hecho un favor al Atlético, abogando por el retraso de la incorporación de Forlán y Agüero a sus respectivas concentraciones, y Del Nido puso el grito en el cielo. Y la Federación de Villar, que no se sostiene sobre principios serios y nobles sino sobre el conchabeo y el reparto arbitrario de favores, atendió la queja de Del Nido, se despreocupó de la sensibilidad de Rubinos Pérez y, en su caso, de todo el colectivo arbitral, y decidió cambiar la tarjeta roja por insulto grave por tarjeta amarilla por ‘desconsideración’. Desde entonces hasta hoy, ofender gravemente a la madre del árbitro se había calificado como ‘desconsideración’. Un puñadito de los que llaman ‘ilustres juristas’ que han pasado por los comités ha dado por bueno eso. Llamar hijo de puta a un árbitro o mandarle con su puta madre no era insulto, era desconsideración. Uno de los últimos en escaparse con bien de eso fue Pepe, lo que creó no poco escándalo social. Pepe llamó hijo de puta a Paradas Romero en el vestuario del Villarreal-Real Madrid de la Liga pasada, de lo que escapó con dos partidos por ‘desconsideración’ ¿Cómo es que Pepe puede llamar hijo de puta al árbitro y que se califique tal cosa como desconsideración? ¿Justo para esto con Pepe, el reo ideal? Bueno, pues eso pasó porque al Villarato le convino en su día abrir la mano para colar a Negredo. Y de ahí en adelante…

 

Y hasta ahora. Ahora hay tres nuevos ‘grandes juristas’ a cargo de la cosa, a los que espero un mejor destino que a los igualmente ‘grandes juristas’ que les precedieron. Esta vez han resuelto, con un respeto al diccionario que sus predecesores no tuvieron, restablecer el viejo principio de que llamar ‘puta’ a la madre de alguien es insultar. Coincide en que los primeros damnificados son un jugador del Madrid (cuya ausencia durante cuatro partidos lamentará más Mourinho que la mayoría de los aficionados madridistas) y uno de Osasuna que tuvo un serio entrevero con Muñiz Fernández, un gran fantasma donde los haya, en una jugada contra el Barça que decidió el partido. A cambio, eso sí, a Tito Vilanova le meten dos partidos por un no sé qué que me parece que no es nada. Sólo que Tito no juega, su trabajo está entre partido y partido…

 

En fin, que hay comité nuevo y que maneja el diccionario de la lengua con más tino que el anterior. Pero hará falta un tiempo para que me convenza de que su ánimo es de verdad limpio. Ánimo y a ello. De momento ya han deshecho un entuerto: llamar a alguien ‘hijo de puta’ o cagarse en ‘tu puta madre’ es insulto, no desconsideración. Gran hallazgo. El Villarato busca escapatorias a sus cochambrosos callejones. Aunque sea a costa de Coentrao y Puñal.

 

Por cierto, y nadie se ofenda: me choca hasta qué punto los árbitros, como colectivo, y en especial quienes lideran su organización (Sánchez Arminio y Díaz Vega, particularmente) han sido tolerantes con el criterio anterior. Hay cosas por las que yo entiendo que nunca se debe pasar.  

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