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jueves, 27 julio 2017

Por Alfredo Relaño

Mari Paz Corominas, la primera Mireia

En México 68, se convirtió en la primera finalista española en cualquier cosa, tras clasificarse en 200 espalda

 

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A los Juegos Olímpicos de México 68, España mandó 124 deportistas: 122 hombres y dos mujeres, nadadoras ambas. Una era Mari Paz Corominas, de 16 años. La otra, Pilar Von Carsten, de 21. Mari Paz fue finalista en 200 espalda, primera finalista olímpica española en cualquier cosa. Hoy lo recuerda con cariño y modestia:

—Es que yo tuve mucha suerte.

Barcelonesa, hija de un industrial textil que llegó a ser presidente del banco de Sabadell, tuvo una educación avanzada en el seno de una familia burguesa de ideas abiertas. Su colegio, la Escuela Betania, incorporaba la natación a las actividades escolares. En mayo y junio iban a una piscina en Montjuïc (justo donde en los Juegos de Barcelona se colocó el vaso para los saltos, con esa panorámica espectacular de la ciudad). Resultó que se le daba bien, pero que muy bien. Alguien le dijo a su padre que ese talento no se podía desperdiciar y la inscribió en el Club Natación Sabadell.

Aquel era el gran centro de la época. Ahí estaban Miguel Torres y Santiago Esteva, por ejemplo, y un legendario entrenador holandés, Kees Oudigeest.

—Mi madre me llevaba en su 600 tres tardes por semana a entrenar. Primero una hora, luego llegaron a ser cuatro…

Las amigas le decían a la madre que no hiciera eso, que el deporte le iba a estropear el tipo a la niña, que luego no le saldría novio. Pero la madre no hizo caso.

A los trece años ya era campeona de España. Empezó a tener éxitos internacionales. Su nombre sonaba. Llegaron los JJOO de México y la incluyeron en el grupo, junto a la madrileña Pilar Von Carsten. Tan pocas chicas entre tantos chicos… Se decidió que las acompañaran otras dos, no para competir, sino para que no estuvieran tan solas. Las designadas fueron Marta López (hija de Anselmo López, un prócer del deporte español) y Marta Gancedo.

—Nunca había cruzado el charco. Volamos de Madrid a Santo Domingo, donde aterrizamos con una tormenta terrible. ¡Qué miedo! Y luego a México. La Federación fue previsora: volamos un mes antes, para adaptarnos a la altura. Eso me ayudó. No todas las delegaciones hicieron lo mismo. Además, yo había esquiado mucho, porque en mi familia éramos muy aficionados, así que era rica en glóbulos rojos. Aunque ese invierno no esquié, por México. El esquí y la natación no es bueno compaginarlos, porque el uso de los tobillos es muy distinto.

Fueron unos Juegos cargados de noticias. La primera, pésima: la matanza en la Plaza de las Tres Culturas, poco antes de empezar. Les pilló ya en la Villa Olímpica. Hubo toque de queda, cantidad de policías y de ejército en las puertas. Se habló de suspensión, pero al final los Juegos salieron adelante y pasaron cosas sensacionales: Fosbury, Beamon, Lee Evans, el puño enguantado en negro de Tommy Smith. Pero para México la gran conmoción fue un nadador Tibio Muñoz, que ganó la primera medalla de oro en natación para México. Le llamaban Tibio porque su padre era de Aguascalientes y su madre de Río Frío.

—Para mí que fueron los primeros Juegos Olímpicos de la modernidad.

Ella nadó bien. Aquí se siguieron las pruebas, fueron los primeros Juegos ofrecidos en directo por la televisión, entonces ya muy extendida. En 100 espalda, su mejor prueba, no llegó a meterse en la final, pero sí en 200 espalda. España se paró para ver esa prueba. Fue séptima, pero su clase y bravura entusiasmaron. Las ondinas se llamaba entonces a las nadadoras, en la tele y en la prensa. Santiago Esteva también fue finalista: quinto en 200 estilos.

Fueron sus primeros Juegos… y los últimos. A los 18 años tuvo que retirarse, a pesar de sus magníficas marcas. Terminado el bachillerato, estudió Económicas y ¿cómo compaginarlo? En España no había CAR ni nada parecido. Santiago Esteva le habló de la Universidad de Indiana, en Bloomington, donde estaba él, y había las mejores condiciones. Se fue, sufragada por su padre. Llegó un mes de febrero, todo nevado, sin papa de inglés. Aquí los de esa quinta estudiábamos francés en el colegio.

Entre otros, estaba allí Mark Sptiz, del que recuerda que era muy vago para entrenar.

—Counsilman, su entrenador, andaba siempre detrás de él. Se quitaba el cinturón y pegaba con él en el suelo, como amenazándole, medio en broma medio en serio. A veces le pegaba un manguerazo, para que se echara a la piscina.

Duró hasta el verano. La Federación no la becó para el curso siguiente y prefirió quedarse en Barcelona a rematar la carrera. Y lo dejó con 18 años.

—Entonces era muy difícil. En principio, a nadie le importó que lo dejara. Luego, sí, me empezaron a echar de menos, me decían. Pero ya…

Contra el mal augurio de las amigas de su madre sí le salió novio. Se casó con 21 años. Hoy es una joven abuela feliz, con tres hijos y seis nietos, que ha trabajado en lo suyo, como economista, todos estos años, y aún sigue. Juega al golf con su marido, esquía y cada semana va un par de veces a nadar, a las ocho de la mañana, y se traga entre 2.500 y 2.800 metros. Y hace, con su hija marnatones, como se han dado en llamar las travesías a nado en el mar. Nunca falla a la travesía de Cadaqués, en el Cabo de Creus.

Ahora, a casi 50 años de aquello, se entusiasma con las de hoy. Con Ona Carbonell, con Mireia:

—Son unas fieras. Nada que ver conmigo. ¡No sé cómo pueden hacer esos sacrificios! Es admirable. ¡Y qué fuerza!

Ella les abrió el camino, en un tiempo muy difícil. Pero se limita a decir:

—Tuve suerte. La pena es que tuviera que dejarlo tan pronto…

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