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jueves, 24 noviembre 2016

Por Alfredo Relaño

Zamora vence ‘la maldición del francés’

La Liga 1980-1981 fue la más tremenda que he conocido. Se escapó el Atleti, cuya ventaja minaron unos arbitrajes-respuesta a las intemperancias de Alfonso Cabeza. El Barça le acechaba cuando le secuestraron a Quini. El Madrid y la Real quedaron mano a mano. Todo se decidió en Gijón, en foto finish, con un gol de Zamora que conjuró la llamada maldición del francés,proferida en 1913.

La Real estuvo invicta hasta la penúltima jornada de la Liga anterior, pero perdió en Sevilla. Eruditos del club recordaron entonces la maldición lanzada por Julien Cormet, un francés que había creado el Club Ciclista de San Sebastián. Bajo el nombre de Club Ciclista, los pioneros del fútbol en la ciudad habían ganado la Copa del Rey en 1907. Luego, ya como Real Sociedad, hicieron su campo de Atocha en 1913, para lo que demolieron el viejo velódromo. Comet se sintió agredido por los futboleros y les lanzó su maldición:

—Nunca más ganaréis el campeonato de fútbol.

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Y así había sido. La Real no había ganado nunca más la Copa, ni la Liga desde su creación. Aquella caída en Sevilla, que le dio la Liga al Madrid, renovó el recuerdo, y más por la forma en que se produjo. La Real se puso 0-1, con un gol que el Sevilla protestó masivamente por fuera de juego. La intensidad de la protesta fue proporcional a la gran prima que llevaban del Madrid por ganar, y el árbitro expulsó a dos. El Sevilla se quedó nueve contra once y aun así ganó el partido, con dos goles finales de Bertoni.

Un año después, en la última jornada la Real es líder, con 44 puntos. El Madrid tiene 43. El goal average favorece a la Real, que juega en Gijón. El Madrid juega en Valladolid. A la Real le vale el empate. Incluso perdiendo, gana la Liga si el Madrid no gana.

San Sebastián es un hervidero la semana anterior. Todo el mundo quiere una de las tres mil entradas que el Sporting le vende a la Real. López Ufarte recuerda los agobios: “El club nos daba, de pago, por supuesto, veinticinco a cada jugador. Pero pedíamos más y más. Primero la familia, luego más familia, los amigos del barrio, del pueblo, de la infancia, de los comercios… No se podía atender todo”.

Se organizó un desplazamiento masivo a Gijón. Muchos sin entrada. En Gijón la alarma fue tal que se decidió instalar una pantalla gigante en el pabellón de la Feria de Muestras, para dar el partido en directo, previo pago de 400 pesetas. Las del partido iban de 900 a 1.500. Gijón se sentía expectante ante el suceso. Era un gran Sporting, que los años anteriores había apretado seriamente al Madrid. Un Sporting cargado de internacionales. Ahora la ciudad hablaba de si ganaría o no, de si acusarían al equipo de no oponer resistencia a la Real, para ajustar cuentas recientes con el Madrid o si, al revés, le acusarían de oponer demasiada por la existencia de una nueva prima. Miera, el entrenador, y un jugador, Aguilar, tenían largo pasado blanco. Se llegó a publicar que a Aguilar no se le dejó entrenar en Mareo porque pretendía trasladar la propuesta del Madrid.

El club se ve sometido a una presión inaudita de todo orden. Doce radios van a dar el partido en directo, se acreditan más de cien periodistas de toda España, hasta Radio Rivadavia de Argentina conecta la última media hora.

La Real viaja en avión a Gijón, hecho insólito, según me comenta López Ufarte. Un cordón de coches y autobuses ocupa el domingo la carretera. “Salió un domingo frío y lluvioso, muy desapacible. El campo estaba muy mal. Pero creo que íbamos convencidos. Pensábamos que el fútbol nos debía una. Particularmente lo pensaba yo, que no pude jugar el día de Sevilla”.

Penalti a López Ufarte

Los dos partidos empiezan a las cinco. La tarde empieza con un autogol del madridista Sabido en Valladolid que el árbitro anula. Según los transistores están contando eso en Gijón, Maceda le hace penalti a López Ufarte. “Yo, por lo que sea, estaba convencido de que me harían un penalti. Yo era el encargado de tirarlos, pero antes del partido se lo había dicho a Kortabarría: ‘Me van a hacer un penalti, y lo tiras tú. Yo sólo tiro si hay algún penalti que le hagan a otro’. Y pasó. Tiró Kortabarria y marcó”. Iban seis minutos.

Se acercaba el descanso y todo iba viento en popa para la Real. Pero en el minuto 43, una mala cesión de Richard a Fenoy permite a Santillana hacer el 0-1 en Valladolid. En el 44, jugada de Ferrero, avería en el área de la Real, rebotes, y gol de Mesa. 1-1.

La Real se va al descanso campeona, pero nada más regresar, en el 46, otro barullo en el área y otro remate forzado de Mesa, que da en el palo y entra llorando.

¡Ahora el Madrid sería campeón!

En Gijón, la Real pasa un largo bache, el Sporting manda, tiene cerca el tercero varias veces. En Valladolid, también aprieta el local, que empata por Gilberto en el minuto 59.

¡Ahora sería campeón la Real!

El Madrid se vuelca y sufre despistes atrás. Sabido y García Navajas salvan goles en la raya. En el minuto 79, una parábola de Santillana que Fenoy rechaza y García Hernández remacha. 1-2.

¡Otra vez el Madrid campeón! En el 85’, un tirazo de Stielike liquida el partido. 1-3.

Final en Valladolid. Los jugadores se quedan en el campo, mirando el simultáneo. Juanito se pone de rodillas: ha prometido bajar así al vestuario si gana la Liga.

Pero en Gijón aún hay partido. En el último cuarto de hora, la Real se ha venido arriba, los suyos han vuelto a levantar las banderas. Hay subidas, llegadas, remates, defensa heroica del Sporting. En el 89’, en un ataque más, el balón sale rechazado del área, le llega a Górriz, que dispara raso y fuerte; el balón se le queda a Zamora entre el pie izquierdo y el barro, se gira, ve puerta, Castro se adelanta para cerrar ángulo, él dispara, el balón pega en el pie derecho de Castro, se eleva y…

—Nos pareció que no terminaba de caer nunca. ¿Iba a caer más allá del larguero o más acá? Por fin cayó…

¡Gooool…! La explosión es tremenda mientras Zamora se sube a la alambrada. En Valladolid, hay un murmullo creciente entre los que escuchan los transistores, y el encargado del simultáneo retira el 1 de la Real y pone un 2. Juanito se levanta. Boskov se lleva a sus jugadores al vestuario.

La maldición del francés había sido vencida.

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viernes, 11 noviembre 2016

Por Alfredo Relaño

Un Gallego de Puerto Real

Las historias del Barça y el Sevilla se entrelazaron en los 60 y 70 por un jugador singular, llamado Francisco Fernández, para el fútbol, Gallego…Alto, fuerte, rubio, entusiasta, noble, imprescindible durante siete años en la selección. Jugó de 1961 hasta 1979, en un viaje de ida y vuelta Sevilla-Barcelona-Sevilla. Vivió hechos memorables en los enfrentamientos entre sus dos equipos del alma.

Lo de Gallego era un apodo heredado del padre, al que llamaban así por rubio, aunque de gallego no tenía nada: era de Puerto Real y su familia procedía de Jerez y Paterna de la Rivera.

Desde chaval jugó muy bien al fútbol, lo que le permitiría escaparse del trabajo duro en el dique de Matarrosa. Su fama llegó a oídos de Mario Klug, célebre entrenador de categorías inferiores del Sevilla, que lo incorporó. Aquel fue su primer viaje. ¡Sevilla! Paseaba sus ojos asombrados por la ciudad. Y el segundo viaje fue, precisamente, a Barcelona para un partido de selecciones regionales juveniles. ¡Barcelona! ¿Cómo sería vivir ahí?

En la 61-62 jugó en el juvenil, con el que sería campeón de España. Pero ya tiraron cuatro veces de él para el primer equipo. En la 62-63 pasó al Sevilla Atlético, en Segunda, pero a mitad de temporada ya ascendió como titular inamovible al primer equipo. Pronto llegó la selección: primero la B, luego la militar, con la que fue campeón del Mundo. En la A empezó a ser convocado como suplente del Olivella. Como tal estuvo en La Berzosa, en la concentración para la victoriosa final contra la URSS, del 64.

Era el central del futuro. El Sevilla arrastraba aún problemas desde la construcción del Sánchez Pizjuán, y con gran dolor de la afición y polémica en la ciudad accedió a traspasarle por siete millones al final de la 64-65. Tenía 21 años. Había sido figura en el Sevilla, pero ¿en el Barcelona? El central era justamente el de la Selección Nacional, Olivella, el capitán que levantó la Eurocopa.

No tuvo que esperar mucho para ser titular, aunque no de central, sino en la media, con el francés Müller. Gallego era el medio defensivo. Su exuberancia física era un complemento perfecto del flemático Müller. Por decirlo todo, en el Barça de esos años eran pocos los que corrían, así que Gallego les vino de perlas. Al final de ese curso ya fue titular en la Selección, en el Mundial de Inglaterra.

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Lo malo era jugar contra el Sevilla. Y dos veces especialmente:

—En el 68 jugamos la penúltima jornada, y les mandamos a Segunda. Hacía 31 años que el Sevilla no pisaba la Segunda. Yo tenía ahí todavía algunos compañeros, y muchos amigos. Te pones en su lugar, pero ¿qué vas a hacerle?

La otra vez fue peor, porque fue en Sevilla:

—Era en plena Feria y quedaban tres jornadas para el final. Nosotros íbamos pisándole los talones al Madrid. El Sevilla había vuelto a Primera, pero andaba mal. Les ganamos allí, y aunque eso no fue el descenso automático, les dejó liquidados.

El Barça se puso muy bien para la Liga, pero en la penúltima jornada perdió con el Córdoba.

Le pasó cerca un lío célebre, en mayo del 73. El Barça perdió 3-1 en partido de ida de la Copa en el Pizjuán. Se quedó a dormir en la ciudad, en el Hotel Colón. Rexach, Marcial, Martí Filosía, Reina, Sadurní, Pérez y Juan Carlos se reunieron en una habitación para jugar a las cartas. A las dos se agotó la bebida y encargaron dos botellas de champán. Cuando el camarero subía, se topó con el entrenador, Michels, que venía de cenar. Al saber dónde iba, le acompañó. Llamó él mismo a la puerta. Cuando abrieron, entró con la bandeja y arrojó las botellas al suelo. El caso trascendió y el escándalo fue tremendo. Gallego no estaba en el ajo: “Ese día me puse malo antes del partido. No jugué. Me quedé en el hotel con fiebre. De todo eso me enteré después”.

En la 74-75 ya asomaba Migueli, que empujaba, como él había empujado a Olivella. El Sevilla insistía en recuperarle. Ya lo había intentado el verano anterior, pero el Barça no quiso. Ahora sí, aunque se decidió muy a última hora. Tanto que se lo dijeron cuando salíade gira de pretemporada por Europa, con el equipaje ya embarcado. Dejó que otros se hicieran cargo de devolvérselo y se fue a Sevilla. Tan feliz. Atrás quedaban 427 partidos en blaugrana.

Regresó, pues, en la 75-76, con 31 años, una rodilla mal curada pero mucha ciencia y las ganas de siempre: “Quise firmar por tres años, pero sólo me dieron dos. Luego, otro, después, otro más”.

Ahí le tocó otro Sevilla-Barça sonado. Fue en 1976. “Me tocó marcar a Cruyff, ¡menudo papelón! Pero ganamos 2-0. Weisweiler no estaba contento con él y en el minuto setenta le cambió. ¡La que se armó!”. Weisweiler quedó sentenciado. A los dos meses estaba fuera del Barça.

Mediada la cuarta temporada, notó que la rodilla le molestaba más, y anunció que dejaría el fútbol ese año. Pero se recuperó, acabó bien, siempre titular, y hubiera querido seguir, pero le tomaron la palabra. Le agradecieron los servicios prestados.

Le hicieron un homenaje. Un Sevilla-Barça, el 30 de agosto de 1979, por todo lo alto. El Sánchez Pizjuán a reventar, sus amigos del Barça enfrente, la nueva ola sevillista a su lado, un 3-3 final. El cierre soñado para un hombre que había estado ocho años en el Sevilla, en dos tandas, y diez en el Barça. Jugó 17 minutos. La foto a hombros de Blanco, Rubio, Asensio y Rexach es mítica.

Pero la afición no quedó conforme, había muchos en la idea de que aún hacía falta. Encima, a las primeras de cambio, el Sevilla perdió en casa con el Xerez, 1-3, en Copa, y se armó la gorda. La grada se indignó y reclamó a Gallego. Fue un clamor. Miguel Muñoz, entrenador ese curso, se apuntó a la petición. Así que…

—Me pidieron que volviera para acallar a la gente. Yo no había entrenado en todo el verano. No estaba ya… Pero jugué tres partidos.

Aplacada la gente, Muñoz desistió. No era posible.

—Pero para mí fue bueno, fue como un aterrizaje amortiguado. Entrenaba con los chavales, daba consejos. Me fue menos duro irme así.

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lunes, 31 octubre 2016

Por Alfredo Relaño

Los húngaros eran bienvenidos

En los cincuenta, nuestro fútbol recibió dos oleadas de jugadores húngaros que fueron muy bienvenidos. Para el Régimen, supusieron una gran ocasión de propaganda anticomunista. Para nuestra Liga, una inyección impresionante de calidad técnica.

Aunque ya había habido húngaros en nuestro fútbol antes de la guerra (Platko, Berkessy, Alberty…), el heraldo de aquel movimiento al que aludo fue Nemes, un extremo que llegó al Racing de Santander en la 49-50. Venía de Francia, donde había ido en busca de los beneficios del profesionalismo, proscrito en Hungría. El Racing hizo un temporadón, subió a Primera, y Nemes pasó al Madrid, donde una grave lesión le frenaría. Luego sería el referente para los que fueron viniendo.

El gran golpe en la primera ola fue Kubala. Se escapó de Hungría en condiciones novelescas, disfrazado de soldado ruso en un camión que le dejó cerca de la frontera de Austria, que pasó a pie. Tenía acordado fichar en Italia por el Pro Patria, pero el partido comunista italiano impidió que él, y varios otros fugados en condiciones parecidas de los países satelizados por la URSS, tuvieran en Italia la carrera esperada. Acabaron por conformar un equipo, el Hungaria, que se contrataba para exhibiciones. El entrenador era el checoslovaco Daucik, con cuya hermana estaba casado Kubala.

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Rechazado en Italia, el Hungaria llegó a España, donde jugó varios amistosos, el primero contra el Madrid. Bernabéu quiso ficharle, pero no lo consiguió, porque no se podría obtener el transfer. Pero Ricardo Cabot, secretario de la Federación, movió y movió hilos después y consiguió que Kubala fichara por el Barça, primero como amateur y finalmente como profesional. Se le nacionalizó español (previo bautizo en Águilas, localidad natal del presidente de la Federación, Muñoz Calero) y se convirtió en el hombre del momento.

Fuerte, bello, rubio, técnico hasta mucho más allá de lo que por aquí se había visto. Con él, el Barça ganó la Copa de 1951 e hizo doblete los dos años siguientes. Se rodó una película, Los Ases buscan la Paz, que narraba su fuga (no para ganar dinero, sino porque en Hungría le obligaban a espiar, según la cinta) y su felicidad posterior en la amigable España de Franco. La Federación le tuvo jugando en el Barça sin transfer FIFA hasta el verano de 1954, que fue cuando se consiguió que Hungría cediera. Toda una joint venture entre el Régimen y el Barça que a muchos les sonará hoy rara, porque les han contado las cosas de otra manera. Jugó en la Selección, en la que debutó en una gira por Sudamérica en el verano de 1953.

Otros náufragos del Hungaria se quedaron entre nosotros: Szegedi, en el propio Barça, Licker y Otto en el Granada, Hrotko en el Zaragoza, Lakatos en el Logroñés… En la 51-52, aún vendrían Nagy a Las Palmas y Samu y Bela Sarosi al Zaragoza. Todos eran bienvenidos, con nacionalización exprés. Recibían generoso espacio en los periódicos, donde narraban las penurias en su país, y sus dificultades para salir de allí, en muchos casos sin la familia.

La segunda oleada la impulsaron los sucesos de finales de 1956, cuando la revuelta de quienes no aceptaban que Hungría fuera un satélite de la URSS terminó siendo aplastada por los tanques de Kruschev. Para entonces, el prestigio del fútbol húngaro era máximo. Su selección había dado la campanada al ganar en Wembley 3-6 en lo que se llamó El partido del Siglo. La mayoría de esa selección era del Honved, que cuando se produjo la revuelta, el 23 de octubre, había salido para jugar en Bilbao su eliminatoria de Copa de Europa, y de paso algunos amistosos. Perdió 5-3 en Bilbao y el partido de vuelta ya se jugó en Bruselas, ante la inseguridad en Budapest. El Honved fue eliminado. Sus jugadores decidieron no regresar mientras no se calmara la situación. También andaban por fuera jugando amistosos el MTK, el Ferencvaros y el Ujpest Dösza. Y la selección juvenil, que disputó un partido en Austria.

El Honved concertó una gira por Suramérica mientras las cosas se calmaban, con algún refuerzo de otros equipos. Cuando regresaron, ya en febrero de 1957, la situación se había restablecido bajo un férreo control soviético, con miles de muertos y detenidos, un gobierno títere y tremenda represión. Hasta 200.000 personas se calcula que escaparon del país. Tres de las grandes figuras del Honved, Puskas, Kocsis y Czibor, decidieron no regresar. Como a otros que hicieron lo mismo, la FIFA les impuso una suspensión de dos años, que luego se reduciría a uno.

En España, aquellos sucesos fueron muy seguidos. El No-Do (la tele de la época) ofreció muchas imágenes. El 30 de enero de 1957 España jugó con Holanda, en partido que supuso los debuts de Di Stéfano y Luis Suárez. La Federación lo consagró a homenaje y apoyo a los exiliados húngaros, a los que se destinó esa recaudación.

Pronto llegaron varios de la selección juvenil, a los que no alcanzaba la sanción: Beke y Stancsik al Valladolid y Peter, Csoka, Csabai y Henny al Atlético. Peter era una maravilla de jugador que alcanzó pronto la titularidad en el Atlético. Jugaba bien de todo. Un accidente de coche quebró su carrera. Cuando la reinició, fichado por el Barça, que le cedió al Condal, le remató una lesión de rodilla.

Ya para la 58-59 llegó el gran contingente, con Puskas, Kocsis y Czibor a la cabeza. Puskas al Madrid, junto a Szabo. Kocsis y Czibor, al Barça, con Kaszas. Kuzman al Betis, Szalay al Sevilla, Szolnok al Español, Tybor al Tarrasa. Muchos cambiarían posteriormente de equipo, varios más de una vez, de modo que su presencia se extendió por casi toda la Primera División y parte de la Segunda. Casi no hubo equipo que tuviera su húngaro, o aspirara a él. En tiempos en que sólo se admitían dos extranjeros por equipo, uno de ellos hispanoamericano, llegaban sin ocupar plaza. Y libres de traspaso. Y con una enorme calidad técnica, para la época. También vino el entrenador del Honved, Kalmar, que empezó por el Sevilla y entrenó aquí a muchos equipos.

El triunfador de esta segunda racha fue Puskas, como es conocido. Y eso que el entrenador del Madrid del año de su llegada, Carniglia, no le quería. Puskas había pasado su suspensión en La Riviera italiana, jugando algunos amistosos. Había engordado 12 kilos. Carniglia, cuando le anunciaron el fichaje, protestó:

—¿Y qué hacemos con los kilos?

—Los kilos se los quita usted, que para eso está.

Puskas llegó con 31 años y con ese sobrepeso, pero ganó cinco Ligas, tres Copas de Europa, una Intercontinental y una Copa de España. Y cuatro veces el Pichichi. Se retiró casi con 40, dejando 261 partidos y 236 goles, y el apodo de Cañoncito Pum, por su tiro de izquierda. Kubala le invitó a su homenaje, junto a Di Stéfano. Ese día vistieron de azulgrana los tres.

Kocsis y a Czibor no brillaron tanto. Alternaron de igual a igual con los otros delanteros destacadísimos del Barça: Tejada, Evaristo, Eulogio Martínez, Kubala, Luis Suárez, Villaverde… Helenio Herrera barajaba aquel ataque cuando aún no se había acuñado el término rotar. Vivieron juntos en 1961 la desgraciada final de Berna ante el Benfica, la de los cinco tiros en los postes cuadrados. En el mismo estadio (Walkdorf) en el que habían perdido la final del Mundial de 1954 contra Alemania.

Czibor, pelirrojo y de aire informal, fue apodado El Pájaro Loco. En la 61-62 pasó al Español, luego al Europa, luego a Toronto… Regresó a Barcelona para instalar un bar, el Kep Duna (Danubio Azul), punto de encuentro de exiliados. Kocsis jugó siete años en el Barça, con 75 partidos y 41 goles. Fueron célebres sus goles de cabeza, que le valieron el apodo de Cabecita de Oro. En 1979, enfermo de cáncer de estómago, se lanzó por una ventana, abrumado por el dolor.

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Por Alfredo Relaño

Helenio Herrera, en el derbi gallego más dramático

Sucedió el 12 de julio de 1953, en Balaídos. Aquel partido cerraba la liguilla de promoción, en la que habían caído Dépor y Celta por su mala temporada. El Celta iba por su tercer entrenador del curso y el Dépor, por el quinto, el genial y polémico Helenio Herrera, que a su vez esa temporada estableció un récord: entrenó sucesivamente a tres equipos de Primera: el Atlético, el Málaga y el Deportivo, cosa hoy inconcebible.

Vayamos por partes. El Celta se vio en esas por culpa de una gira de verano. Una gira feliz, en la que exportó galleguismo y trajo un buen dinero. Pero volvió dos semanas antes de la Liga. El entrenador, Odilio Bravo, improvisó unas jornadas de preparación en A Cañiza, pero faltaron bastantes jugadores, agotados o con golpes. El Celta pasó el año entre lesiones musculares. La sustitución de Odilio Bravo por Armando tras el derbi gallego de la segunda vuelta no remedió nada. Se salvó del descenso automático (al que cayeron Zaragoza y Málaga) gracias a un jovencísimo portero, Pazos, enorme todo el curso, pero tuvo que disputar la liguilla de permanencia. Ya en ella, tuvo que tirar de un tercer entrenador, Urquiri, prestado por el Oviedo.

Por su parte, el Deportivo estaba un poco envejecido. Cuatro años antes había sido segundo en la Liga. Poco después había disfrutado de su célebre Orquesta Canaro, la delantera compuesta por Corcuera, Oswaldo, Franco, Moll y Tino, un grupo genial, pero discontinuo. Dormido en esas glorias, el equipo se fue cayendo. Lo empezó entrenando Casal, le sucedió su segundo y preparador físico, Eduardo Toba (que llegaría años más tarde a seleccionador nacional, sin éxito) y a este le sucedió Fernando Fariña. Ya en la liguilla de ascenso, entró por unos días Waldo Botana, y, finalmente, Helenio Herrera, que acabará por ser el protagonista de esta historia, con su paso fugaz y exitoso.

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La peripecia de Helenio Herrera en la 52-53 fue única. La empezó en el Atlético, al que había hecho campeón en la 49-50 y la 50-51. La 51-52 la ganó el Barça, con la irrupción de Kubala. En verano del 52 hubo elecciones en el Atlético y las ganó el Marqués de la Florida, con el que Helenio Herrera se llevó a tiros. En sus memorias, dice que “era tan rico que se creía inteligente” y que cometió un error: “No irme en cuanto supe que era el nuevo presidente”.

Florida no trajo los fichajes prometidos y el Atlético, falto de renovación, fue mal. A Herrera le acusaron de haber quemado a los jugadores, leyenda que arrastraría por tiempo en España. La situación hizo crisis el 25 de enero, cuando el Málaga visitó el Metropolitano. Llegaba en el fondo de la tabla, con nueve negativos, pero ganó 1-3 en medio de un tremendo escándalo. Ese día, Herrera hizo debutar a un tan Arangelovich, ex compañero de Kubala en el Hungaria, calvo, esmirriado más que delgado, que no hizo nada. Florida echó a Herrera… e inmediatamente fichó por el Málaga. Muchos hasta sospecharon de él.

El Málaga reaccionó, consiguió algunos buenos resultados y creyó en la salvación, pero en la antepenúltima jornada, el empate (3-3) del Deportivo en Oviedo le complicó. Herrera dijo en Radio Nacional que había sido un tongo, lo que despertó una oleada de comentarios en todo el país. En La Coruña provocó una irritación terrible. Para más inri, esa semana, penúltima jornada, el Málaga visitaría Riazor. Rafael Salgado Torres, presidente del Dépor, exigió y consiguió que a Helenio Herrera se le impidiera estar en el banquillo. Vio el partido desde una cabina de radio, a la que accedió protegidísimo. Ganó el Deportivo, 1-0.

El Málaga bajó, junto al Zaragoza. Lo dos puestos anteriores fueron para Celta y Deportivo. De Segunda subieron directamente los campeones de grupo, Osasuna y Jaén. Los segundos y terceros, España Industrial, Hércules, Avilés y Atlético Tetuán jugarían la promoción junto a los dos grandes clubes gallegos. Consistía en una liguilla de seis, a dos vueltas, para optar a dos plazas en Primera.

Tras perder en Tetuán y empatar en Riazor con el España Industrial, Rafael Salgado tomó una decisión sorprendente: ¡Contratar a Helenio Herrera! ¡Al mismo al que había denunciado un mes antes e impedido sentarse en el banquillo de Riazor! Herrera aceptó, previa exigencia de que se depositara por delante el dinero en un banco de A Coruña. Al llegar, lo primero que hizo fue ir al banco, a comprobar que estaba el dinero. Luego, se reunió con los jugadores: “Vosotros sois de Primera, habéis tenido problemas con equipos de vuestra categoría, pero ahora tenéis que jugar contra una mayoría de rivales de Segunda. Sois mejores que ellos”.

Arrancó ganado en Riazor al Avilés, pero luego perdió en Alicante y de nuevo en Riazor, con el Celta. Acabada la primera vuelta, el Dépor era último, con 3 puntos. En cabeza estaban el España Industrial con 7, y el Celta, con 6. Pero Helenio Herrera no se arredró: “No pasa nada, la liguilla está ganada”.

Y en efecto, hizo una gran segunda vuelta, llegando al final con posibilidades. Los partidos del último día, 12 de julio, eran Hércules-Avilés, España Industrial-Atlético Tetuán y ¡Celta-Deportivo! La tabla estaba así: España Industrial y Celta, 10 puntos; Deportivo y Atlético Tetuán, 9; Avilés y Hércules, 8.

Así que el derbi de Vigo señalaría el descenso o la permanencia para ambos.

El Celta venía flojeando: sólo 3 puntos en la segunda vuelta, la mitad que el Dépor. Le faltaban Atienza, Sansón y Hermida, tres veteranos que transmitían seguridad. El Deportivo traía la ventaja psicológica. Helenio Herrera había conseguido recuperar a Acuña, gran meta de la época, que entre lesiones y peso (le hizo perder seis kilos en poco tiempo) había hecho un mal año. También adoptó con entusiasmo la superstición local de arrastrase bajo la piedra milagrosa de Pastoriza. Hablaba, convencía, era líder.

A Vigo hizo llevar su propio café y té, por si les envenenaban allí, provocando la consiguiente irritación. En el campo, retrasó la salida de su equipo. Zariquiegui, el árbitro, tocó el timbre, como era preceptivo, cinco minutos antes de las cinco. Salió el Celta, bajo la llovizna. El Dépor, no. Zariquiegui tocó otra vez, a las cinco. El Dépor no salía. A y cinco, presionó el timbre largo rato sin soltarlo, y Herrera puso paños sobre el gong para que sonara menos. Zariquiegui terminó por ir al vestuario y amenazarle con la preceptiva multa, que era insignificante. Mientras, el Celta peloteaba aburrido bajo la llovizna y el público de Vigo se temía una treta.

El partido empezó a las cinco y veinte. En el minuto 6 marcó Corcuera para el Dépor. En el 16’, Oswaldo, de cabeza, hace el 0-2. El Celta consigue en el 30’ descontar por medio de Amoedo, pero en el 42’ un acoso de Arsenio (sí, el Bruxo de Arteixo) acaba provocando que entre Pazos y Lolín se marquen en propia meta el 1-3. En la segunda mitad, el Dépor enfría el partido. El Celta consigue llegar alguna vez, pero Acuña responde como en sus mejores días. En efecto, Herrera le había recuperado.

Los otros dos partidos acaban 1-1. La clasificación final queda así: Dépor, 11 puntos(campeón por goal average), España Industrial, 11 también; Celta y Atlético Tetuán, 10; Avilés y Hércules, 9.

Así que el Dépor a Primera, el Celta a Segunda… Al regreso a A Coruña, Helenio Herrera es sacado del autocar por los hinchas, los mismos que le maldijeron no hacía mucho, y paseado a hombros.

¿Y el Celta? El Celta se salva del descenso a los nueve días. El España Industrial era filial del Barça (luego adoptaría el nombre de Condal, luego el de Barcelona Atlético y finalmente Barcelona B) y tras nueve días de deliberaciones la Federación decidió que no podía subir. La plaza corrió para el Celta.

De modo que aquella temporada desastrosa, de los ocho entrenadores entre ambos y el derbi terrible con HH de protagonista, tuvo final feliz de alivio para ambos.

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jueves, 25 agosto 2016

Por Alfredo Relaño

La Real baja con cuatro madridistas

A mediados de la temporada 60-61 el Madrid fichó a Araquistain, eslabón brillante de una larga saga de grandes porteros que produjo la Real durante muchos años. En principio, se iba a quedar aún en la Real la 61-62, pero el Madrid necesitó incorporarle ya esa temporada, por lesión de Vicente en la muñeca. La Real no quería. El Madrid mejoró la cantidad hasta llegar a los seis millones (lo que limpiaba la deuda del club) y cedió a tres jugadores, que luego serían cuatro.

Dos de los cedidos procedían de la cantera. Uno era Valentín Raba, medio de ataque. Santanderino, su padre había sido el portero del Racing en la fundación de la Primera División, en 1929. Campeón de España amateur con el Madrid en 1960, había pasado luego un año de cesión en el Salamanca. El otro era Villa. Extremo o interior, exquisita clase, regate y visión de juego. Era hijo de un directivo del Madrid. Había jugado un año y medio en Segunda, en el Plus Ultra, antecedente del Castilla. Dos buenas promesas.

 

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El tercero era el sueco Simonsson, una estrella internacional. Marcó en la final del Mundial de 1958, la que el Brasil de Pelé le ganó a Suecia. Hizo dos goles en Wembley, en 1959, en la primera victoria de Suecia en casa de los inventores (2-3). Ese año fue quinto en el Balón de Oro, tras Di Stéfano, Kopa, John Charles y Luis Suárez. En el verano del 60, el Madrid jugó un amistoso en Goteborg frente a un combinado sueco. En el descanso, los suecos ganaban 2-1, los dos de Simonsson. El Madrid acabó ganando ese partido 4-5. Antonio Ruiz, que lo jugó, me contó hace años que en el descanso hubo una gran bronca en el vestuario entre Santamaría y Del Sol. “Simonsson se movía del sitio, iba atrás, arriba, nos volvía locos”. Bernabéu le fichó de inmediato, en la plaza de extranjero que dejó libre Didí. Aún no tenía 25 años, Di Stéfano ya estaba en los 34. Bernabéu pensó que podría ser su sucesor.

Jugó en el Madrid la Liga 60-61, pero sólo tres partidos (marcó un gol), y eso que Bernabéu, para hacerle sitio, había cedido a Pepillo, suplente habitual de Di Stéfano, al River Plate. Simonsson, gustaba en los amistosos entre semana, frecuentes en la época, pero a Di Stéfano no le había llegado la hora.

Su llegada a la Real se acogió con gran interés. He leído alguna vez que fue el primer extranjero del club, pero no es cierto. Aparte de los ingleses de primera hora, que los hubo en todos los clubes, la Real ya había tenido después de la guerra al portugués Bravo y al italo-francés Caligaris. Pero eso había sido años antes y la llegada de Simonsson provocó tal revuelo que hay quien le tiene por el primero. (También lo he leído recientemente sobre el malogrado Chipirón Atkinson, error sobre error).

Raba, Villa y Simonsson llegaron desde el principio. La afición de la Real se las prometía muy felices. El año anterior, el equipo había sido noveno. Ahora no estaría Araquistain, pero estaba Goicoechea, buen portero. Y Arriaga. Y había otro foco de ilusión: por segunda temporada, el Sanse, el filial, jugaba en Segunda. Era un equipo joven, activo, de ataque, bello. Iñaki Gabilondo, entonces un joven aficionado, se entusiasma aún con el recuerdo: “Jugaban en Atocha, así que había buen fútbol cada domingo. La Real uno, el Sanse el siguiente. El Sanse tiraba, llegó a ir casi tanta gente como a la Real. ¡Unas goleadas! Amas, Urreisti, Olano… El culmen fue su enfrentamiento con el Madrid, en la Copa. El Madrid no se fiaba y fue con los titulares. Ganó 1-3, pero con mucha fortuna. Di Stéfano, con el que siempre nos las teníamos tiesas, hizo tras el partido un gran elogio del Sanse que sentó muy bien”.

Mientras, la Real hizo una primera vuelta mala. Cayó el entrenador, Albéniz, sustituido por Joseba Elizondo. En enero, el Madrid cedió un cuarto jugador, el extremo Chus Herrera. Una figura en problemas. Había llegado al Madrid en la 58-59, procedente del Oviedo y les discutió el puesto un año a Kopa y el otro a Canario. Iba para estrella. Había debutado en la Selección. Fue titular en el 5-1 de la Intercontinental, en septiembre de 1960. De repente, empezó a tener molestias en un hombro. Acabó por salirle un bulto, que le extirparon en el verano del 61. Para fin de año parecía recuperado. Fue a la Real como último refuerzo, y para recuperar la forma.

Pero la Real no mejoró. Fue penúltima toda la segunda vuelta. Mientras, el Sanse iba muy bien, llegó a ser tercero. De cada grupo de Segunda (había dos, Norte y Sur), subía el campeón y promocionaba el segundo. De Primera bajaban los dos últimos y promocionaban los dos anteriores. Llegó a haber una intriga nacional: “¿Y si baja la Real y sube el Sanse? ¿Eso, se puede? ¿Quién jugaría en Primera, los del Sanse o los de la Real? ¿Y si promocionan entre ellos? ¿Obligarán a los del Sanse a dejarse ganar por los de la Real?”. De aquellas cosas hablábamos los chicos en Madrid y me figuro que en toda España, y más en San Sebastián, claro.

Al final, se consumó la catástrofe. La Real, penúltima, bajó. El Sanse acabó quinto, pero fue descendido reglamentariamente a Tercera, con lo que el desencanto en San Sebastián fue doble. Lo del Sanse provocó una oleada de lástima en toda España. Carmelo Amas, que jugaba en aquel equipo, lo recuerda como una decepción tremenda, un contraste enorme: “Jugamos muy bien, disfrutamos, todo era alegría, pero vino el mazazo. ¡Bajar así…! Pero eran las normas, y era lógico”.

A Araquistain le fue muy bien en Madrid: titularísimo, ganó Liga y Copa, fue finalista de la Copa de Europa (derrota ante el Benfica) y, a final de año, mundialista.

Por su parte, el papel de los madridistas cedidos fue desigual.

Raba jugó tres partidos de Liga y uno de Copa. Luego haría una digna carrera en Primera. De la Real marchó también cedido al Celta y al Racing, al que volvió, ya traspasado, tras un paso por el Melilla durante la mili. Allí acabó siendo el capitán.

Villa jugó 21 partidos de Liga (nueve goles) y uno de Copa. Fue figura en el Zaragoza, como uno de Los Cinco Magníficos: Canario, Santos, Marcelino, Villa y Lapetra. Llegó a ser internacional. Evoca con cariño aquel paso por la Real: “Campo lleno, buen ambiente, me sentí bien. Jugué a gusto. Pero aquello salió mal, aún no sé por qué”.

Simonsson jugó 22 partidos, con nueve goles. Regresó a Suecia, a su club de siempre, el Örgryte. Un poco por morriña, otro poco porque veía que Di Stéfano no cumplía años. Siguió siendo estrella en la selección sueca, en la que acumuló 57 partidos y 32 goles.

Chus Herrera jugó seis partidos, con dos goles. Pero recayó. Murió al poco de acabar la temporada, en octubre de 1962. Sus problemas de hombro procedían de un sarcoma óseo, algo que hasta entonces sólo se había comentado en voz baja. Su fallecimiento, con 24 años, causó impacto nacional. Toda su familia era del fútbol. Su padre fue Herrerita, el célebre interior del Oviedo que hizo pareja con Emilín. El hermano mayor de Herrerita, Herrera El Sabio, también había sido jugador célebre. Y la madre de Chus Herrera era hermana de Chus Alonso, estrella del Madrid en los cuarenta.

La Real se quedó en Segunda hasta la 66-67, cuando regresó, con un empate a dos en Puertollano. La base de aquel equipo era el Sanse de aquel dichoso año. El fútbol siempre ofrece revancha a quien la merece.

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sábado, 23 julio 2016

Por Alfredo Relaño

Sancho Dávila nombra seleccionador a su dentista

En materia de seleccionadores hemos tenido de todo. Incluso un dentista, que tuvo la suerte de tener entre sus clientes a quien a la sazón era presidente de la Federación de Fútbol, Sancho Dávila y Fernández de Celis.

Sancho Dávila, natural de Cádiz, fue un falangista muy activo desde primera hora. Era primo tercero de José Antonio. El estallido de la guerra le pilló detenido, en la Cárcel Modelo de Madrid, pero consiguió salir. Hizo la guerra en el bando franquista y participó en el célebre alboroto entre dos facciones de Falange (la suya y la de Hedilla) en Salamanca, de resultas del cual Franco lanzó su famoso decreto de unificación.

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No era hombre del fútbol, y sí del toro, donde tenía prestigio por sus conocimientos. Un hijo suyo, llamado igualmente Sancho Dávila, llegó a ser matador de toros con el nombre de Sancho Álvaro. También desciende de él Eduardo Dávila Miura. El fútbol no era lo suyo. No obstante, el General Moscardó, Delegado Nacional de Deportes, le designó como presidente de la Federación el 31 de enero de 1952, en sustitución de Manuel Valdés Larrañaga, a quien se concedió la embajada de España en Puerto Rico, destino envidiable, sin duda.

Sancho Dávila se encontró nada más llegar con la dimisión del seleccionador, Ricardo Zamora, que recibió una fantástica oferta de Venezuela. Después de varias consultas, eligió como seleccionador a Pedro Escartín, célebre exárbitro y permanente perejil de todas las salsas en el fútbol español.

Escartín debutó con derrota ante Argentina. Luego, 2-2 contra Alemania y 3-1 a Bélgica. Todo ello en casa. Lo siguiente, fue una pequeña gira por América, en el verano del 53, que iba a suponer el debut de Kubala.

Kubala, que había llegado a España en 1950, fugado de Hungría. Por su transfer FIFA Sancho Dávila peleó a brazo partido con la FIFA durante dos años y medio. Un libro raro de encontrar, titulado De vuelta a casa, cuenta esta peripecia y varias otras que le tocó lidiar. La llegada de Kubala a España fue tan sensacional que se dio por sentado que con él España sería imbatible. Pero perdimos en Buenos Aires, 1-0. Decepción y acusaciones de juego defensivo. Luego ganamos 1-2 en Santiago de Chile, con un gol de Kubala, pero ni eso compensó el disgusto. Se tenía a Kubala por un supermán y con cierta razón. Apareció en el Barça en la Copa del 51, y la ganó. Y luego Liga y Copa en el 52 y el 53. El Barça lo había ganado todo desde que apareció, era lo nunca visto, y los resultados de esa gira se juzgaron paupérrimos. Escartín dimitió con dos victorias, dos derrotas y un empate.

Había que buscar otro seleccionador. Marca hizo una encuesta nacional, de la que salieron muy destacados dos nombres, Ricardo Zamora, regresado ya de su bien remunerado paso por Venezuela, y Ramón Encinas, hombre de larga trayectoria. Exjugador del Celta, dos estancias como entrenador en la Selección, con José María Mateos y Amadeo García Salazar como seleccionadores. Y títulos nacionales con el Valencia y el Sevilla.

Pero Sancho Dávila estaba cautivado por la sapiencia futbolística de su dentista. Hombre del toro como ya he dicho, el mundillo del fútbol le hizo un poco de menos. Le vieron demasiado lego como para gastar tiempo en conversaciones con él. Su dentista, Luis Iribarren, había sido jugador amateur mucho tiempo atrás, en el Real Unión y en la Gimnástica de Madrid. Su Real Unión había llegado a ganar la Copa, aunque él sólo había jugado un partido, pues era suplente. Lo que le interesaba era la carrera. Por eso dejó un tiempo Irún por Madrid y luego se fue a Nueva York, a completar estudios. No había vuelto a tener contacto con el fútbol desde mediados los veinte.

Era un odontólogo de prestigio que seguía el fútbol, por el que le había quedado afición. Dávila, falto de mayores referentes, le consideró un pozo de ciencia futbolística. Primero le metió en el Comité de Competición, tras el desmantelamiento de éste que siguió al caso Kubala-Oliva, que ya conté en esta sección. Y ahora dio la campanada al hacerle seleccionador sin que, por supuesto, nadie se hubiera acordado de él en la encuesta de Marca. Eso sí, le acompañó Encinas como entrenador. Esa doble figura fue frecuente durante años: seleccionador, por encima, que escogía los jugadores y decidía la alineación, y entrenador, que los preparaba físicamente.

Lo que había por delante era la clasificación para el Mundial, contra Turquía. A dos partidos, ida y vuelta. Contaban puntos, no goles, así que había que ganar uno y al menos empatar otro.

El proyecto Iribarren se estrenó en San Mamés, ante Suecia (8-11-53), con Kubala de interior derecha y un resultado poco prometedor, 2-2. Dejó una sensación fría. Para el segundo partido, ya de clasificación para el Mundial, contra Turquía en Chamartín (6-1-54), sólo repiten cuatro jugadores. Dávila e Iribarren no se atreven a contar con Kubala porque aún no se han cumplido los tres años de su nacionalización, requisito para que pudiera jugar con España. Se le había utilizado en amistoso, pero en este, ya oficial, no se atrevieron. España ganó 4-1 a Turquía. Bien. Medio billete.

Ahora hay que empatar al menos en Estambul (14-3-54). Como siempre, se habla de pasión, de infierno turco, de que habrá encerrona, de que campo seco… El equipo da otro vuelco, justificado en la necesidad de jugar de otra manera. Sobreviven cinco de los de Madrid, algunos en posición distinta. Iribarren, de acuerdo con Sancho Dávila, tira de Kubala, ante la gravedad del compromiso, a ver si cuela. Juega y nadie protesta, pero España pierde 1-0. Tremenda decepción. Y vuelta a la encerrona, el infierno turco, el campo duro…

Queda el desempate, en Roma, tres días después. Esta vez Iribarren mantiene, o casi, el equipo de Turquía, con muy pocos cambios, porque lo tuvo que afrontar con los mismos convocados. Está previsto que juegue otra vez Kubala. Pero justo antes del partido, se recibe en el estadio un telegrama de la FIFA Attention equipe espagnol situation joueur Kubala. Dicho es castizo, cuidadito con lo que hacéis.

Dávila e Iribarren se sienten cazados. Había colado en Turquía, pero Hungría (gran atracción del Mundial y cuya eventual retirada habría sido una catástrofe) alertó a la FIFA, que se curó en salud con ese telegrama. Kubala deja su plaza a Escudero. El partido acaba 2-2, tras prórroga. La clasificación se decide por sorteo, donde la mano inocente de un bambino, Giuliano Gemma, saca de una copa la papeleta de Turquía. La de España, en la que previamente Sancho Dávila ha pintado una cruz como sortilegio, se queda dentro.

Sancho Dávila y Luis Iribarren cesaron inmediatamente. Ahí terminó su joint venture.

Cuatro partidos, uno ganado, dos empatados, uno perdido. Fuera del Mundial por las botas de Turquía. Ese fue todo el palmarés de Iribarren, que regresó a su consulta, como su mentor, Sancho Dávila, regresó al mundo del toro. En cuatro partidos utilizó 24 jugadores diferentes. Sólo Venancio jugó los cuatro.

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miércoles, 13 julio 2016

Por Alfredo Relaño

Salió a hombros, ‘ganó’ la Eurocopa e inauguró la moviola

Ortiz de Mendívil sigue siendo el único español que ha arbitrado una final de Eurocopa, la de 1968. Bon vivan bilbaíno de porte aristocrático, gran árbitro, con una carrera salpicada de hechos singulares. Marcó un gol en La Romareda, protagonizó uno de los grandes episodios entre el Madrid y el Barça, salió a hombros del público tras arbitrar una Copa de Europa… Una vez retirado, fue juez de sus propios compañeros en Estudio Estadio, cuando la aparición de la moviola.

Nacido en Portugalete en 1926, fue eslabón brillante en una larga saga de célebres árbitros vizcaínos, que arranca quizá en el abuelo de Iturralde. Ortiz de Mendívil sucedió en esa saga a Gardeazábal, un grande. Alto, delgado, con aire inglés, gran autoridad… Bilbaíno, nació tres años antes que Ortiz de Mendívil, y fue en parte su referente y en parte su freno, porque el segundo no pudo arbitrar un Mundial hasta que el primero dejó de hacerlo. Gardeazábal arbitró los de Suecia 58, Chile 62 e Inglaterra 66. Sigue siendo el único árbitro español que ha estado en tres. Pero un cáncer segó su carrera cuando, aunque ya veterano, aún podía seguir en activo. Falleció en 1969. Su recuerdo fue tan grato que dos años después se le hizo un homenaje, en el que jugaron sucesivamente en San Mamés selecciones de veteranos Vizcaya-Madrid, y selecciones regionales Vizcaya-Cataluña.

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Ortiz de Mendívil pasó a ocupar el primer puesto. Era alto, como Gardeazábal, esbelto, sin la delgadez de aquel, cuidadoso de su aspecto, con gran movilidad para lo que se pedía en la época. Fuera del campo era un tipo distinguido, al que los compañeros apodaron Petronio, por lo bien que vestía. Visitador médico, tenía una vida económicamente desahogada. Su mujer, Elvira Larrazábal, fue campeona de España de golf varios años seguidos, en los cincuenta.

Muy sibarita. Cuando viajaba en coche cama, pedía que su vagón lo aparcaran en vía muerta hasta que él se despertara. Si el hotel designado no le gustaba, buscaba otro y pagaba la diferencia, Era igualmente selecto con los restaurantes y con los vinos. A los que viajaban con él de jueces de línea (en la época esa función correspondía a prometedores principiantes de la misma regional) les hacía felices. Ildefonso Urízar Azpitarte me lo ha contado más de una vez:

—¡Menuda diferencia! Entre quedarte en Vizcaya arbitrando un partido de Tercera en cualquier sitio y expuesto a todo, a viajar a cuerpo de rey, con él… ¡Y lo que se aprendía! Del fútbol, de la vida… de todo.

Ortiz de Mendívil tenía una autoridad y un prestigio, que no menguaron ni siquiera cuando marcó un gol. Fue en un Zaragoza-Las Palmas de Liga. León, delantero del gran equipo canario de aquel tiempo, lo recuerda como si fuera ayer:

—Íbamos ganando 0-2 y era ya la segunda parte. Hubo un córner contra nuestra portería, un rechace corto, Santos tiró y él, al ver que le venía el balón, se dobló y se dio como la vuelta. El balón le pegó en la espalda y entró. Le rodeamos, pero él nos decía: ‘¿Qué culpa tengo yo?’ No tenía más remedio que dar el gol, para el Reglamento el árbitro es como un poste. Pero no hubo más goles. Ganamos igual, 1-2. Como no alteró el resultado, ni andaban Madrid ni Barça por medio, no hubo revuelo.

Distinto fue lo del Madrid-Barça del 20 de noviembre de 1966, en el Bernabéu. El partido llegó 0-0 al minuto 90. Habían pasado cuatro minutos y Veloso marcó para el Madrid. Los jugadores del Barça le protestaron indignados, por el tiempo transcurrido. Pero él prolongó todavía siete minutos más, con lo que el alargue total fue de once. Aquello levantó una polvareda enorme. Del lado culé se dijo que los siete minutos posteriores fueron para disimular. Con el tiempo, el suceso fue deformado por la memoria barcelonista y se suele escribir que Veloso marcó a los once minutos de descuento, y que justo ahí pitó el final. Así lo cree mucha gente aún hoy. Pero basta ver los periódicos (barceloneses o madrileños) del día siguiente para ver que fueron cuatro minutos, hasta el gol y siete más después. Aquello le costó una recusación del Barcelona.

Hablé largamente con él de aquel suceso muchos años después. Me dijo que él simplemente paraba el reloj cuando había interrupciones y lo ponía en marcha después. Que era más escrupuloso que el resto en eso. Con todo, yo lo recuerdo como algo extraordinario y es evidente que los usos han ido por otro lado. Recuérdense, por ejemplo, los comentarios por los cinco minutos de alargue de la final de Lisboa.

Mejor recuerdo tenía de la final de la Copa de Europa de 1969, también en el Bernabéu, Milán-Ajax. Ya estaba Cruyff, aunque el equipo no había fraguado aún. Ganó el Milán 4-1, en noche de exhibición de todos, pero en especial de Rivera, Sormani y Prati. Al final, algunos aficionados saltaron al campo, alzaron a Ortiz de Mendívil y le pasearon a hombros, como a un torero. Sospecho que eran madrileños, neutrales que habían acudido al partido, orgullosos de que un español hubiera sido el árbitro.

Lo de la final de Eurocopa fue de rebote. Se enfrentaron Italia (que jugaba de local y había pasado la semifinal con la URSS por moneda al aire) y Yugoslavia, ganadora de Inglaterra, con arbitraje de Ortiz de Mendívil. Estaba designado el húngaro Zsolt, pero en un trile de última hora se le dio el tercer y cuarto puesto, y la final pasó al suizo Dienst. (Sí, el mismo que en Inglaterra-66 había concedido el gol fantasma de Hurst a Inglaterra). Dienst fue infamemente casero. Los italianos camparon por libre, hubo un penalti de Castano estrepitoso. Aun así, la cosa quedó en 1-1, tras prórroga.

Dos días después, el 11 de junio, se repitió la final y el designado fue Ortiz de Mendívil. En España, los más enterados señalaron que era amigo de Italia. En el minuto 12 concedió el primer gol de Italia, marcado por Riva en rotundo fuera de juego. Amenazó severamente señalando con el índice al vestuario a los yugoslavos que le reclamaban y el resto del partido tuvo un tono menos desvergonzado que el de Dienst días antes, pero se le siguió viendo la oreja. La diferencia en su modo de contar los pasos de las barreras fue estrepitosa. Ganó Italia 2-0.

Árbitro de confianza del sistema, en fin. De los que si se equivocan lo hacen de la manera conveniente, que sigue siendo la forma de progresar. No llegó a arbitrar una final de Copa del Mundo, aunque sí una semifinal de 1970, Brasil-Uruguay, de mucho tronío. (Aquella del regate de Pelé al portero Mazurkiewicz sin tocar el balón). Y la final Intercontinental (desempate en Madrid) entre el Inter y el Independiente de 1968, que ganó el Inter. Tuvo mucha fama de amigo del Inter, tanta que alguna vez comentó Luis Suárez que Ortiz de tenía más medallas del club que él mismo. Y esa final del 69, la de la salida a hombros. Y una final de Recopa, la del 71.

Una vez retirado, alcanzó mayor celebridad cuando Pedro Ruiz le contrató para Estudio Estadio, a fin de juzgar las actuaciones arbitrales en la moviola, que estrenó. Fue apodado como Míster Moviola, Don Moviolo o El Moviolo. La siguiente generación de árbitros se revolvió contra él, por prestarse a juzgarles, pero más adelante todos ellos hicieron lo mismo cuando algún medio les llamó.

Envejeció feliz hasta una caída en 2012, que le produjo una fisura de cráneo. Falleció tres años después. Ningún otro árbitro español ha pitado una gran final de selecciones.

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jueves, 07 julio 2016

Por Alfredo Relaño

“España ganará al son del ‘La, la, la”. Pero no

El miércoles 8 de mayo del 68 recibimos a Inglaterra en el partido de vuelta de cuartos de final de la Eurocopa. España era la campeona de Europa. Inglaterra, del mundo. El no va más. El partido de vuelta, en el Bernabéu, se jugó entre la mayor euforia que he visto nunca ahí con el equipo nacional. La gasolina de aquella euforia venía de fuera: un mes antes, Massiel había ganado el festival de Eurovisión con su La, la, la, batiendo por un solo punto al inglés Cliff Richards, con su Congratulations. Aquello creó una extraña sugestión colectiva.

Habíamos llegado a aquellos cuartos un poco de rebote. Disputamos el grupo con Checoslovaquia, Irlanda del Norte y Turquía. Cuando ya habíamos jugado todo, a Checoslovaquia le quedaba un último partido, en Praga, con Irlanda. Les bastaba empatarlo para ganar el grupo. Balmanya, el seleccionador, se dio por eliminado y aceptó una oferta del Barça para ser secretario técnico. Pero Checoslovaquia perdió sorprendentemente 1-2. España ganó el grupo y Balmanya tuvo que volver a hacerse cargo del equipo.

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El sorteo de cuartos nos emparejó con Inglaterra, nada menos. Su título (1966) estaba más cercano que el nuestro (1964). De hecho, en el partido de ida, en Londres, el 3 de abril, jugaron ocho de sus campeones del mundo. De los campeones europeos de España sólo quedan Zoco y Amancio. Podría hacer estado Iríbar pero, lesionado, tuvo que dejar el puesto a Sadurní.

Por Londres andaba esos días Massiel, entonces no muy conocida, que les visitó en el hotel. Ella tenía que defender allí el La, la, la en el festival de Eurovisión, cuyo seguimiento entonces era máximo. Esa edición venía precedida de un trueno. La canción, del Dúo Dinámico, estaba destinada a Serrat. Pero este pidió cantarla en catalán y el revuelo fue tremendo. Se le sustituyó por Massiel. Pirri recuerda:

—Una chica muy simpática, nos visitó, bromeamos. Españoles a la conquista de Londres, decíamos. También vino Julio Iglesias, que era amigo de Grosso y Velázquez porque había jugado con ellos en los juveniles. Nos estuvo cantando La vida sigue igual, antes de estrenarla. ¡Luego resultó un éxito tremendo! Él vivía entonces allí, conocía el fútbol inglés. Se despidió diciéndonos una frase que se me quedó grababa: “Cuidado con los ingleses, siempre meten gol a última hora”. Me dejó inquieto con eso.

España jugó bien, Poli sujetó a Bobby Charlton, Amancio hizo un partidazo, le sacó tres paradones a Banks, pero Inglaterra ganó con un gol en el 84’. Un golpe franco por una falta que nos pareció que era al revés (cama de Jackie Charlton a Zoco que el árbitro pitó como empujón de este). Peters tocó para Charlton, que tras quebrar a Claramunt, que salió de la barrera, tiró muy esquinado, imposible para Sadurní. Y uno a cero. La sensación fue equívoca. Habíamos jugado bien, pero habíamos perdido. Pero sólo por uno. Podemos remontar. Pero ellos son los campeones del mundo. Pero, pero…

En esas estábamos cuando el 6 de abril, tres días después del partido Massiel gana con su La, la, la, y por un solo punto de ventaja sobre el inglés Cliff Richards. El seguimiento de aquella votación tuvo a toda España pegada al televisor. Amábamos u odiábamos a cada país europeo según inclinaban su voto. La victoria final de Massiel produjo el que recuerdo como mayor estado de felicidad colectiva en la España de aquellos años ingenuos.

Cuando un mes después los ingleses aterrizaron en Barajas, los ecos aún no se habían apagado. Massiel visitó a nuestra selección en La Berzosa. Todo el mundo invocaba el La, la, la. Los ingleses, ajenos a todo, hacían su vida. Se hospedaron en el Castellana Hilton, fueron al cine Paz a ver La mitad de seis peniques en versión original, fueron recibidos en su embajada, se entrenaron…

Vuelan las entradas. La mitad más uno del equipo va a ser del Madrid, que acaba de ganar la Liga y que el miércoles siguiente recibirá al Manchester United en partido de vuelta de semifinal de Copa de Europa. Resultado abierto, también 1-0 en la ida.

El miércoles 8 no cabe un alfiler en el Bernabéu. Todos cantando el La, la, la a pleno pulmón desde media hora antes, con pequeños intervalos para gritar “¡España, España, España!”. Decenas de pancartas, más de la mitad con el La, la, la. El partido empieza a las 20:30, con arbitraje del checoslovaco Krnávek y estas alineaciones:

España: Sadurní; Sáez, Gallego, Canós; Pirri, Zoco; Rifé, Amancio, Grosso, Velázquez y Gento.

Inglaterra: Bonetti; Newton, Labone, Wilson; Mullery, Bobby Moore; Ball, Peters, Bobby Charlton, Hunt y Hunter. Esta vez, sólo seis campeones del mundo. Mejor.

Primer tiempo de juego alterno. Se protesta la dureza de los ingleses, que arruga a Rifé y Gento. También a Velázquez, en duda las vísperas por una molestia en la rodilla. El resto juega bien, incluido Sadurní, que ha pasado por delante de Iríbar porque está en espléndida forma. En el 30’, un choque entre Gallego y Bobby Moore deja al español maltrecho. Grosso baja a la defensa, junto a Zoco. Cuando Gallego vuelve, renqueante, Balmanya le coloca de delantero centro, donde se batirá como un jabato. Al descanso, 0-0. La grada es un hervidero de comentarios. Ellos pegan, no, es que Rifé y Gento se arrugan, Velázquez también, no es que tenía la rodilla mal, pues que hubiera salido Germán, es que Balmanya quería mantener el bloque, y ahora, si Grosso sigue de central, ¿quién persigue a Charlton?, pues Pirri, hombre, Pirri puede con todo…

Salen los equipos y se vuelve a cantar el La, la, la. España sorprende con un ataque feroz. El balón va arriba, donde Gallego, medio rengo, pelea como un león. Lucha, choca, cae, se levanta… Es algo emocionante, que inflama el Bernabéu. En una de esas deja suelto el balón para Amancio, que dispara, hay rebote en Labone y ¡¡¡¡gol!!!! El Bernabéu casi se cae. 1-0 en el 47’. La euforia está desatada. España sigue igual, con Grosso y Pirri haciendo de todo, con Velázquez apagado y los extremos inexistentes, pero con Gallego hecho un león ahí arriba. Un león herido, pero implacable. Nunca vi a un jugador del Barça tan aplaudido en el Bernabéu. Hay dos ocasiones claras que desbarata Bonetti. Se masca el gol… pero llega en el otro lado. Un contraataque claro acaba en paradón de Sadurní. Córner. Lo saca Charlton y Peters se mete entre Zoco y Pirri y cabecea a placer. 1-1. Es el 55’.

¡Da igual! ¡Hay tiempo! Sigue la exhibición de Amancio, sigue el heroísmo de Gallego, Pirri y Grosso… pero poco más. El La-la-lá va perdiendo fuerza, a medida que vemos (yo estuve allí) que España se derrite como un helado. Inglaterra crece, con todo su prestigio histórico enriquecido por su título mundial. En el 81’, saque de banda rápido que recoge Hunt, envía al área, Charlton deja pasar y Hunter machaca. Es el 1-2. Se acabó. Se recogen las pancartas, se acaban los cánticos. Ya no somos campeones de Europa.

Y Pirri volvió a casa pensando otra vez en la advertencia de Julio Iglesias sobre los goles ingleses tardíos. Y la recordará de nuevo cuando una semana más tarde, el Manchester empate 3-3 en el Bernabéu, y eche al Madrid de Europa… también con un gol de última hora.

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miércoles, 29 junio 2016

Por Alfredo Relaño

El pesar de Messi y el pesar de Simeone

Argentina le pide a Messi que rectifique, con millones de voces, entre ellas la de Maradona, que no hace mucho le había hecho de menos, hablando con Pelé, ahí es nada. Pero no es sólo Maradona, es el presidente de la Nación, son niños grabados, llorando, pidiéndole que se le quede, es el acalde de Buenos Aires, que le levanta una estatua, son los viejos campeones del 86, reunidos en encuentro fraternal.

Messi tiene 29 años. Le quedan muchas cosas por decir en la Selección Argentina. ¿Por qué quiere irse?

 

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Tengo la sensación de que Messi ha remado siempre río arriba en ese equipo. Por un lado, por muy buenos jugadores que tenga Argentina (siempre los tuvo y es previsible que los siga teniendo) lo que no ha conseguido es el funcionamiento del Barça estos años. Un funcionamiento, servido, por cierto, por jugadores tan buenos o mejores que los que pueda tener Argentina. Y un funcionamiento que se ha creado en torno a él, crecido en ese medio, y que se ha acomodado al entorno al tiempo que el entorno se acomodaba a él. Messi y el resto del Barça, el resto del Barça y Messi. Todo ha sido uno. Y hay que insistir en que ese ‘resto del Barça’ es algo muy serio. Ha puesto buena parte en los grandes éxitos de España en estos años.

Por otra parte, Messi no se sintió plenamente bienvenido cuando apareció en la Selección Argentina. Un amigo de allá me dijo: “Es como el hijo que te viene con dieciocho años, que te dicen que es tu hijo y efectivamente es así, pero no lo has criado. No le puedes querer igual que si lo hubieras visto nacer”.

Así que Messi apareció allí como un cometa caído de Europa, rodeado de elogios en Barcelona, en España y en todo el Continente que allí escamó algo. Argentina tiene una devoción casi idólatra (y justificada) por Maradona. Messi y Maradona son próximos en muchas cosas, no son moldes de jugador muy diferentes. Zurdos, dieces, ingeniosos, incontrolables para los defensas… Las comparaciones empezaron pronto. A medida que Messi consiguió despegar y deslumbrar, empezó a correr la idea de que con el tiempo iba a merecer el primer puesto en la historia del fútbol. Y eso es más de lo que muchos argentinos pueden soportar. Allí no hay discusión con Maradona (a Gatti se le ocurrió hace muchos años decir que Pelé fue mejor y le cayó la del pulpo). Messi empezó a ser visto con recelo. Argentino, sí, pero criado en Europa y presentado como el suplantador de Maradona.

Así empezó la carrera de Messi en la albiceleste, y así ha continuado: teniéndose que hacer perdonar algo de lo que él no tiene ninguna culpa. Rodeado de compañeros ocasionales, sin el juego fluido del Barça, sin el respeto que en su club se ha ganado, casi reverencial. Todo eso puede combatirse sólo con grandes títulos.

Y cuatro veces, cuatro, ha estado Messi a punto de ‘hacerse perdonar’ con algún título, y las cuatro ha salido perdedor de la final. La última, echando fuera un penalti de la tanda, y eso a los pocos días de que Maradona le dijera  Pelé que ‘Messi no es un líder’.

Se rompió por dentro, dijo basta.

La persistencia en el fracaso es devastadora. Lo vimos en Simeone: perdió su segunda final ante el Madrid en tres años y se vino abajo. “Tengo que pensar”, dijo, y sonó a despedida. Por suerte para el Atlético, reflexionó y va a seguir. Su caso es distinto en parte, porque él ha vivido en el Atlético rodeado de aclamación. Messi, en Argentina, no. Hasta ahora.

Ahora, con el anuncio de su salida, ha habido una reacción tremenda, aunque en realidad en proporción con la magnitud de la pérdida. Por primera vez, Messi se va a sentir deseado y amado por el país que le vio nacer. Se va a sentir, también, necesario.

Así que espero, como tantos argentinos, como tantos ciudadanos del mundo, que recapacite. Tiene un par de mundiales por delante (el de Qatar le pillará con 35 años, y por su clase y por la evolución de su juego bien podrá seguir ahí) y el mundo no debe perderse eso.

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miércoles, 22 junio 2016

Por Alfredo Relaño

Cesarini comparte protagonismo con Iniesta

Parece que por el momento los dos nombres propios más citados en la Eurocopa son Iniesta y Renato Cesarini. Aquel, por su grandioso juego; éste, por los goles de última hora, a los que acabó por dar nombre. Pero, ¿quién era Cesarini?

Renato Cesarini fue el hijo de unos inmigrantes italianos de principio del siglo pasado que se fueron a América a buscarse la vida. Había nacido el 11 de abril de 1906 en Senigallia, en la costa de Italia que mira al Adriático. Hoy es una gran localidad turística, pero en la época sólo ofrecía miseria. Se fue de allí con pocos meses.

Los padres se instalaron en Buenos Aires, y allí creció el muchacho. Un chico guapo, espigado, ocurrente, con la ley del barrio bien aprendida, ojos vivos y firmes rizos negros. Salió futbolista. Se hizo en Chacarita Juniors. Con veinte años debutó con la selección argentina, en la que jugó dos partidos, ante Paraguay ambos. Interior ocurrente y goleador, un poco sobrado, provocador, favorito de su público, abroncado por los contrarios. Y de gran ascendente entre sus compañeros. Cuentan que tenía una voz fuerte y profunda, un poco al estilo de la de Menotti, y que era sentencioso y directo en sus conversaciones. Divertido a ratos, ácido otras veces. Siempre se le escuchaba.

Por esos años se acercaba ya el Mundial de Italia, de 1934, que Mussolini había decidido que tenían que ganar los suyos. Vio cómo tanto la final de los JJ OO de Ámsterdam (1928) como la del primer Mundial, el de Uruguay en 1930, la jugaron Argentina y Uruguay. Concluyó que el gran fútbol estaba en la desembocadura del Río de la Plata. Y comprobó la cantidad de apellidos italianos que había en la selección argentina. Se le encendió la bombilla e inventó los oriundos. Impulsó a los clubes italianos a fichar a esos italianos o hijos de italianos que tanto brillaban en el fútbol.

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Y ahí regresa Renato Cesarini a Italia. Para entonces estaba en Ferrocarril Oeste. Le fichó, dentro de lo que fue un gran éxodo, la Juventus, junto a Orsi y Monti. Estos dos jugarían el Mundial del 34 y lo ganarían, como había previsto Mussolini. Monti, apodado Doble Ancho por su tremenda corpulencia, tiene un registro único: jugó la final de 1930 con Argentina y la de 1934 con Italia.
Cesarini se perdió el Mundial porque la temporada 33-34 arrastró una lesión molesta. Pero triunfó: ganó cinco campeonatos consecutivos con la Juventus, entre 1931 y 1935, en lo que fue la segunda edad de oro de aquel club. Y también en la selección italiana, en la que debutó al poco de llegar y jugó 11 partidos, entre 1931 y 1934. Entonces no había impedimento para que quien hubiera jugado en una selección lo hiciera después en otra. Eso llegó en 1962.

Y con la selección italiana nació lo de la Zona Cesarini. Fue con ocasión de un Italia-Hungría, disputado el 13 de diciembre de 1931 en Turín. En el 89’, el partido estaba 2-2 y Cesarini, impaciente. Su compañero de línea, Raffaele Costantino, tenía el balón como a cuatro metros del área, y en la zona del interior derecho y parecía no saber qué hacer con él. Cesarini se le echó encima, le apartó con un empellón que le derribó al suelo, hizo un amago y soltó un cañonazo que entró junto a la cepa del palo izquierdo del meta húngaro. Italia ganó 3-2 gracias a esa audacia de Cesarini.

Hace años encontré la narración de la jugada, y hasta un dibujo de la misma, en un precioso Manuale del Gol, de Vezio Melegari, editado en 1974. Fue la primera vez que tuve noticia de la expresión Zona Cesarini. Ahí mismo se cuenta que pocos meses antes Cesarini había marcado sobre la hora en Berna el gol que significó el 1-1 entre Suiza e Italia. Esa repetición llevó a un periodista llamado Eugenio Danese a hablar del caso Cesarini, expresión que luego el uso transformó en Zona Cesarini.

Zona no entendida como lugar, sino como espacio temporal. Zona Cesarini llegó así en Italia a significar ese tiempo final dramático de los partidos, tramo en el que tantos goles están llegando en esta Eurocopa.

En un libro raro de encontrar, Storia Illustrata della Nazionale di Calcio, de Luigi Bocali, el propio Cesarini explica que se sentía especialista en ello desde sus tiempos de Chacarita Juniors. Y cuenta la jugada: “Eché a Costantino a un lado, con una carga por la espalda como si fuera un contrario, y lo mandé lejos; luego amagué como que iba a centrar hacia la izquierda, al extremo Orsi, y con el portero húngaro moviéndose en esa otra dirección tiré hacia el palo que tenía más cerca…”.

Aquello de Zona Cesarini quizá no se hubiera repetido tanto de no ser por su gran carrera posterior en el fútbol, ya como técnico, y por su acusada personalidad. Eso refrescaba la jugada una y otra vez, al compás que engrandecía su prestigio.

Regresó a Argentina, donde volvió a jugar en Charita y se retiró en el River Plate. Se quedó de técnico en este club, donde contribuyó, a medias con Carlos Peucelle, a crear la célebre delantera conocida como La Máquina, que aún se recita de memoria allá: Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Loustau. Detrás venía Di Stéfano, que también pasó por sus manos y siempre me habló de él con un respeto máximo.

—Él y Peucelle amaban el juego por bajo, exigían rasear la pelota. Si la tirabas por alto, se enfadaban. Te decían: “Escuchá, nene, ¿de qué está hecha la pelota”. Y tú: “De cuero, señor”. Y ellos, “¿Y de dónde viene el cuero?”. Y tú: “De la vaca, señor”. Y ellos: “¿Y qué come la vaca?”. Y tú: “Pasto, señor, come pasto…”. Y ellos te decían entonces: “¡Pues echá la pelota al pasto, boludo, no la levantés!”.

Con esas máximas se hicieron La Máquina y Di Stéfano. Y más adelante Omar Sívori, alias El Cabezón, un apunte de Maradona, aunque con menos velocidad. Cesarini, reclamado por la Juventus, regresó a Italia como director técnico del club y se lo llevó con él. Al principio fue un drama, porque Sívori se echó a la mala vida, no daba una a derechas y su inutilidad comprometía el prestigio del propio Cesarini. Hasta que éste le cogió un día por la pechera, en un entrenamiento:

—¿Qué te creés, Cabezón? ¿Un galán? ¡Si hubieran querido un galán hubieran contratado otro más lindo, no a vos! ¡Vos no naciste para galán, vos naciste para la gambeta!
Sívori se corrigió y triunfó. La Juventus ganó con él dos campeonatos seguidos, los 59-60 y 60-61. Él ganó el Balón de Oro de 1961. Trotamundos, entrenó también en México, volvió a Italia, al Nápoles, dirigió a Boca, dos años en la selección argentina... Murió prematuramente, aún con 62 años, en 1969, a causa de una embolia. Aún le quedaba mucho por explicar.
Quedan vivos bastantes jugadores que pasaron por sus manos, y es una delicia escucharles repetir una y otra vez sus anécdotas, con ese estilo rico y jocoso que tienen los argentinos para hablar de fútbol. En su homenaje crearon un club, el Renato Cesarini, en principio un divertimento para veteranos, más tarde una academia que ha dado buenos jugadores, entre ellos Mascherano.
Hoy se vuelve a hablar de Renato Cesarini, por esos goles tardíos que tanto llegan en la Eurocopa. Y yo me alegro. Merece que le recordemos.

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