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jueves, 30 julio 2015

Por Alfredo Relaño

Coppi estrenó el Alpe d’Huez

“Ha sido asombrosa la subida de esta formidable cuesta de Alpe d'Huez que desbanca, desde luego, por su porcentaje y espectacularidad, a todas las cuestas de la Vuelta a Francia. Y aunque el Tourmalet le aventaja en cuatro kilómetros de longitud, no obstante la de hoy es superior desde todos los puntos de vista. Se trata de catorce kilómetros, de los que la mitad es un tendido continuado de hasta un doce por ciento como mínimo. Una vez allí, y aunque aparatosas por sus zig-zags frecuentes, su pendiente disminuye cuando las piernas parecía que tenían que resentirse y la inclinación se suponía igual a la primera parte.”

Alpe

Así describía Manuel Serdán, en su crónica de Marca del sábado 5 de julio de 1952, la subida a L’Alpe d´Huez, estreno ese año en el Tour. No era propiamente un puerto, sino la subida a una estación de esquí, sin bajada por detrás. La ganó Fausto Coppi, El Campeonísimo. Su dureza hizo que no se programara de nuevo hasta 1976. Desde entonces ha sido casi permanente y casi siempre decisiva, como ha resultado de nuevo esta vez, con Froome sufriendo los arreones de Quintana. “He creído morir de mil muertes”, dijo Froome al llegar. Lo mismo que le pasó a todo el pelotón en 1952, torturado por Coppi.

Fausto Coppi fue un genio, al que sólo la Segunda Guerra Mundial, que interrumpió las actividades en lo mejor de su edad, impidió tener un palmarés igual o mejor que Merckx. Su rivalidad con Gino Bartali, cinco años mayor, fue legendaria.

Coppi apareció en el Giro como doméstico de Bartali en 1940, y lo ganó. Desbancó a su intocable jefe de filas, ganador ya por entonces del Giro en el 36, y el 37, y del Tour del 38. ¿Quién era ese mocoso que se atrevía a desbancarle?

Ese mocoso era un chico espigado, de cuerpo leve, nariz aerodinámica, sonrisa triste y dos piernas muy largas, fortísimas en los muslos, finísimas hacia el tobillo. Apareció junto a su enigmático descubridor, Biagio Cavanna, su masajista ciego. Había sido boxeador y corredor de pista antes de perder la visión por una enfermedad venérea. Alguien le habló del joven Coppi y le tomó a su cargo. Fue su masajista (decían que sus dedos emitían radiaciones curativas) y su consejero.

No hubo Giro del 41 al 45, ni Tour desde el 40 al 46, ambos inclusive. Durante la guerra, Coppi incluso estuvo prisionero de los ingleses en Túnez, desde abril del 43 hasta febrero del 45. Con la paz volvió el ciclismo. El Giro del 46 lo ganó Bartali, por delante de Coppi. Hacía diez años que había ganado su primer Giro. Y en 1948 ganó el Tour, diez años también después del primero.

Pero Coppi no le dejaba vivir. Ganó el Giro de 1947, el Giro y el Tour de 1949. Con este Tour, en el que perdió media hora el primer día, dio el gran salto. Era la primera vez que un corredor ganaba Giro y Tour el mismo año. Los franceses quedaron de verdad impresionados. Allí, Fausto pasó a ser Fostó.

Aquella legendaria rivalidad estaba en sus máximos en 1952. Italia se dividía entre ambos. Para más leña al fuego, Coppi se había declarado agnóstico, mientras Bartali era un fervoroso creyente, al que apodaron El Monje Volador. Físicamente también eran muy distintos. Bartali era macizo, proteico; Coppi, aéreo, con tipo de ave zancuda. Coppi era el favorito de los intelectuales; Bartali, el del pueblo. Alfredo Binda, el seleccionador italiano, tuvo enormes problemas para hacer el equipo para el Tour del 52, porque ambos, más un tercero en discordia, el gran Fiorenzo Magni, querían imponer sus domésticos favoritos. Italia acudió en la idea de que Coppi sería el jefe de filas… en principio. Luego, la carrera decidiría.

Y la carrera decidió en la décima etapa, la del Alpe d’Huez. Se llegó a allí, curiosamente, con el maillot amarillo en las espaldas de otro italiano, Andrea Carrea, fiel doméstico de Coppi. La víspera se había metido en una escapada, para controlar. La fuga prosperó y él acabó la jornada como líder, sin comerlo ni beberlo. Lloró. Temía haber contravenido a su jefe, que le tuvo que tranquilizar.

Pero estábamos en la décima etapa, Lausana-Alpe d’Huez. En Bourg d’Oissans arrancaron Robic y Geminiani, dos franceses que también se las tenían entre sí. Tras ellos saltó Coppi, les alcanzó, les rebasó. Robic le aguantó la rueda más tiempo, con su cuerpo pequeño y su estilo epiléptico. Coppi subía a marcheta, con suaves acelerones, casi imperceptibles. Le soltó de rueda. Llegó arriba solo. Se puso líder.

Por las dudas, el día siguiente ganó también la gran etapa alpina, que incluía la Croix de Fer, el Galibier, Lautaret, Monginèvre y la meta en alto en Sestriere. Coppi se va solo desde el Galibier, gana de nuevo. Segundo ese día será Bernardo Ruiz, al que suelo visitar los veranos en Torrevieja: “Es el mejor que ha habido. El único que podía irse cuesta arriba y luego aumentar la ventaja bajando y llaneando. Además, corría y dejaba correr. Él marcaba unas etapas en las que resolver y el resto lo dejaba para otros”.

Bernardo Ruiz fue tercero en ese Tour, lo que le convirtió en gloria nacional. Aún tiene el récord de grandes vueltas (Vuelta, Giro y Tour) consecutivas terminadas: doce, entre 1954 y 1958. En el 55, 56 y 57 hizo las tres. Ayer, al llegar a París, le igualó Adam Hansen. Han pasado 57 años hasta que alguien ha igualado su récord.

Bartali tuvo que inclinar la cabeza ante Coppi. El signo de sumisión llegó en la etapa siguiente, Sestriere-Mónaco. Coppi pincha y Bartali le pasa la rueda. En Italia, el gesto será noticia de primera página. Muchos afirman que la célebre foto en que se pasan el agua es de ese mismo día. La superioridad de Coppi fue tal que la organización aumentó sobre la marcha en 500.000 francos el premio para el segundo. Coppi ganó con 28m17s sobre Ockers, que se llevó ese premio extra. Casi tanta distancia hubo entre Coppi y Ockers como entre éste y el décimo, el español Gelabert.

Ganó dos Tours, cinco Giros, un Mundial, el récord de la hora, tres Milán-San Remo, cinco Giros de Lombardía, una París-Roubaix y una Flecha Valona, e innumerables carreras menores. Eso después del corte de la guerra y de pasar el 1950 casi entero lesionado, con graves fracturas y 1951 hundido por la muerte de su hermano Serse, que se mató al meter la rueda en una vía de tranvía en Turín, en el Giro del Piamonte.

Su fama se agrandó por su vida personal. Abandonó a su mujer, Bruna Ciampolini, La Dama Nera, siempre vestida de negro, por la de su médico, Giulia Occhini, La Dama Bianca, siempre de blanco. La Italia de la época, tan católica, lo desaprobó. Tuvo hasta una admonición del Papa. La Dama Bianca fue encarcelada tres días, por denuncia de adulterio por parte del marido abandonado. Se casaron en Buenos Aires, matrimonio que Italia no reconocíó. Tuvieron un hijo allí, conocido en Italia como Coppino.

Murió en enero de 1960, antes de los 40. Aún corría exhibiciones para mantener a sus dos familias. Fue invitado con otros ciclistas a una cacería en Burkina Fasso, a cambio de correr un critérium. Volvió enfermo. Se pensó primero en una gripe, luego en neumonía. De Francia avisaron que Geminiani había regresado con malaria, pero no hicieron caso. Y murió de malaria, mientras Geminiani, bien tratado, se salvaba.

Una de las curvas del Alpe d'Huez lleva su nombre.

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miércoles, 10 junio 2015

Por Alfredo Relaño

Aquella final de los postes cuadrados

El 31 de mayo de 1961, el Barça saltó al estadio Wankdorf de Berna para jugar su primera final de la Copa de Europa. Dos de sus jugadores, los húngaros Kocsis y Czibor, viven un mal recuerdo: siete años antes habían perdido allí con increíble fatalidad la final de la Copa del Mundo, ante Alemania. Eso les roía por dentro.

 

Ese año el Barça participó en cuatro competiciones: Liga, Copa, Copa de Ferias y Copa de Europa. La Liga la había acabado cuarto, a veinte puntos del Madrid. En la Copa acaba de eliminarle en octavos el Espanyol. De la Copa de Ferias, cuyas dos ediciones previas había ganado, le eliminó en cuartos el Hibernian.

 

Sólo le quedaba una bala, pero como diría Valdano, era de cañón: la Copa de Europa.

 

La Copa de Europa había sido patrimonio exclusivo hasta entonces del Madrid, ganador de las cinco primeras ediciones. En la sexta se cruzó con el Barça, en octavos. Pasó el Barça, con dos muy polémicos arbitrajes ingleses. Luego, en la semifinal con el Hamburgo de Uwe Seeler, se produjo una curiosa situación. El Barça viajó a Alemania con la corta renta de un 1-0. El partido de Hamburgo se televisó en España. Iba 2-0 cuando en el minuto 89 se apagó la señal. El horario contratado de los enlaces internacionales se ajustó tanto que un pequeño retraso del partido hizo que la pantalla se fuera a negro, con 2-0 y el choque expirando. Fue entonces, en el último instante y lejos de los ojos de la afición, cuando Kocsis marcó el 2-1. En España, la mayoría nos enteramos el día siguiente, por el periódico. En la época no había ni programas de radio nocturnos. Aquel gol milagroso de Kocsis dio paso a un desempate en París que ganó el Barça.

 

Así que allí estaba el Barça, en la final, en su primer año post HH. Helenio Herrera había sido el creador de aquel equipo, ganador en el 60 de Liga, Copa y Copa de Ferias, pero no de la Copa de Europa, de la que le eliminó el Madrid, y aquello precipitó su salida al Inter de Milán. Le había sustituido un yugoslavo, Ljubisa Brocic, caído a su vez en enero ante la mala marcha en la Liga. Ahora el entrenador era su segundo, Enrique Orizaola, que se jugaba su carrera a este partido.

 

Enfrente estaba el Benfica, en el que asomaba el nuevo poder del fútbol portugués. Aún no estaba Eusebio, que los siguientes años aterrorizaría Europa con sus goles. Pero era un buen equipo, todos portugueses salvo su entrenador, el húngaro trotamundos Bela Guttman, un sabio de la época. La perla es Coluna, el diez, mozambiqueño como Eusebio y jugador con ciencia, ritmo, pase y gol.

 

El Barça viaja con un problema y una incógnita. El problema es la baja a última hora de Segarra, candado de la defensa, lesionado ante el Espanyol. Su baja se une a la ya larga del central Rodri. La incógnita es el papel de Luis Suárez. Justo cinco días antes se ha anunciado su venta al Inter de Helenio Herrera por la fabulosa cantidad de 25 millones de pesetas. Una decisión muy polémica de una comisión gestora que maneja el club tras la dimisión en febrero de Miró Sans, a la espera de nuevas elecciones. La gente se pregunta si Luis Suárez debe jugar o no. Pero es el vigente Balón de Oro, ¿cómo dejarle fuera? Arbitró el suizo Dienst y los equipos fueron:

 

Barcelona: Ramallets; Foncho, Gensana, Gracia; Vergés, Garay; Kubala, Kocsis, Evaristo, Suárez y Czibor.

 

Benfica: Costa Pereira; Joao, Germano, Ángelo; Netto, Cruz; José Augusto, Santana, Aguas, Coluna y Cavem.

 

El Barça tiene la defensa remendada, pero su equipo es de fábula, y aún quedan fuera de él tres delanteros extraordinarios: Tejada, Villaverde y Eulogio Martínez. Kubala juega de extremo derecha; aunque sin desborde, pero distribuye bien desde ahí, un poco al estilo del Beckham de la década pasada. Evaristo y Kocsis atacan por el centro, Czibor desborda por la izquierda, Luis Suárez arma desde atrás y a veces aparece por la banda derecha. El Barcelona es muy superior, a pesar de que Vergés no termina de hacerse con Coluna, única salida del Benfica. La superioridad del Barça va goteando ocasiones. Llega el 1-0 en el minuto 20; es una de las apariciones de Suárez por la derecha, con centro medido que Kocsis (Cabecita de Oro, le apodaban) cabecea a gol.

 

El Barça sigue mandando, aunque se echa en falta algo más de ritmo.

 

En tres minutos todo se complica. En el 30, Coluna lanza a Cruz, que se va de Foncho; Ramallets sale precipitadamente y Cruz que llega antes, cruza el balón y remata Aguas a puerta vacía. 1-1. En el 33, balón alto al área del Barça, Gensana lo toca de cabeza, sale hacia atrás, Ramallets, cegado por el sol, lo palmotea, pega en la parte alta de su palo izquierdo y bota en el suelo. ¿Dentro de la portería? ¿Fuera? Ramallets juró hasta su muerte que ese balón no entró. La jugada (la final entera) se puede ver en youtube. Después de botar en el suelo, el balón sale de la portería. Incluso parece levantar algo de polvo de cal, señal de que habría botado en la raya. Pero Dienst da gol.

 

Queda un tiempo, el Barça es mejor y al reanudarse el partido se masca el gol en la portería de Costa Pereira. Pero donde llega es en la otra, cuando en un raro contraataque Coluna caza un rebote y suelta una colosal volea desde la media luna. Esta vez no es culpa de Ramallets. El partido se pone 3-1 en el 54.

 

Ahora el Barça ya se lanza al ataque con otro nervio. Kubala va y viene al centro del campo, Luis Suárez prodiga más su llegada por las bandas, todos los delanteros juegan bien, el Barça achicharra el área de Costa Pereira, donde los defensas se multiplican. Hay rebotes, rechaces en la raya. En el 68, un balón parecido al del gol tonto del Barça: un centro alto al que Germano mete la cabeza, pasa sobre Costa Pereira, que iba a por él, Kocsis acude para cabecear a puerta vacía ¡y lo manda al palo! Tres minutos después, Kubala agarra un tirazo desde la frontal del área que pega en el palo derecho, recorre toda la línea, rebota en el izquierdo y vuelve al campo, donde lo recoge, ya dócil, Costa Pereira. En el 75, Czibor coloca un zurdazo terrible a la escuadra a la salida de un córner que vale el 3-2. ¡Aún hay tiempo! Sigue el acoso, los remates, las paradas de Costa Pereira. La jugada más perfecta del partido, con intervención de toda la genial delantera, termina en un remate seco de Czibor desde el punto de penalti que se estrella en el palo. El agobio es incesante. En el 88 hay tres córners seguidos. No hay respiro para el Benfica, pero el partido termina así.

 

Kocsis, en el vestuario, rompió a llorar en una especie de acceso de histeria, maldiciendo los postes de ese campo mientras Czibor se encierra en un mutismo alucinado. En la final del 54, Hungría también había estrellado dos balones en los postes de aquel campo.

 

Postes cuadrados cuya forma estaba proscrita ya entonces en muchos sitios, entre otros España. Pronto los proscribiría la FIFA para todos los campos del mundo, recomendando los ovales. Quedó la leyenda de que se cambiaron a partir de aquel partido, culpando a su forma del injusto resultado de aquel partido. Nunca he encontrado nada que certifique eso. Los postes cuadrados podían provocar daño a los jugadores, pero no atraían más balones que los ovalados. Aquel 3-2 fue simplemente inexplicable.

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miércoles, 27 mayo 2015

Por Alfredo Relaño

Rompecascos, un hincha de otro tiempo

A primeros de los sesenta empezaron a televisarse partidos de Liga. Uno de los primeros fue un Athletic-Sevilla, en San Mamés. Era el Athletic de Carmelo, aún no de Iríbar, el de Ignacio Arieta, aún no de Antón Arieta. Era el Sevilla de Achúcarro y Diéguez. Vi aquel partido en casa de un tío mío. Nosotros aún no teníamos televisión.

Al poco de empezar, se oyó un grito fuerte que se impuso a la narración y al sonido ambiente. Un grito individual:

—¡¡¡Athleeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeetic!!!!

Era todo un do de pecho. San Mamés, al unísono, respondió:

—¡¡¡Euuuup!!!

Mi hermano, que me saca siete años y siempre he tenido la impresión de que lo sabía todo, entre otras cosas porque era y sigue siendo así, dijo con tranquilidad:

—Ese es el Rompecascos.

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—¿El Rompecascos?

—Sí. Cuando el Athletic meta un gol, se romperá una botella en la cabeza. Ya lo veréis.

Luego aclaró que ya le había visto en alguna final de Copa, e incluso en una exhibición en la Plaza Mayor. Para los aficionados madrileños, el Athletic de esos años era algo muy familiar, por lo frecuentemente que jugaba las finales de Copa en Madrid, arrastrando una riada de aficionados que entonces no se estilaba. La hinchada del Athletic viajaba por miles a la final de Copa, esa competición “cuya final juegan el Athletic de Bilbao y otro, y casi siempre la gana el Athletic”, se decía. Así que en Madrid, Rompecascos ya era conocido. Pero ese día, en la transmisión ante el Sevilla, adquirió nombradía nacional.

Porque, efectivamente, llegó un gol de Arieta y Rompecascos se estrelló una botella de vidrio en la cabeza, cubierta, eso sí, por una chapela. La botella se hizo trizas.

Aquel hombre fue el hincha más popular de España, en años anteriores a los de Manolo El del Bombo. Se llamó (ya no vive) Gabriel Ortiz. Nació en Bilbao, en 1920 y fue pescador. Encarnaba casi hasta la caricatura la imagen que de los vascos teníamos en la época, y que con el tiempo se ha ido endulzando: alto, fuerte, jovial, gran voz, comedor… Y con chapela. Era cuando se decía: “un vasco es una boina; dos vascos, un partido de pelota; tres vascos, un orfeón; cuatro vascos, una partida de mus...”.
Ya en 1933, con 13 años, se fugó a Barcelona en un camión de pescado, sin permiso de a sus padres, a ver una final de Copa del Athletic contra el Madrid. El mismo día y en el mismo campo (25 de junio de 1933, Montjuïc) jugaba el Erandio la final de la Copa de Aficionados contra el Sevilla. Nuestro héroe hizo doblete, porque ganaron el Erandio y el Athletic. El de aquel año era el Athletic de Míster Pentland, que ganó 2-1 la final con una delantera lujosa: Lafuente, Iraragorri, Unamuno, Bata y Gorostiza. Gabriel regresó a Bilbao como polizón consentido en el autobús del Erandio.

Quedó contaminado por el fútbol desde muy joven, pues, y con motivo, porque aquel Athletic era tremendo. Llegó a ganar 0-6 al Madrid en Chamartín y 12-1 al Barça en San Mamés en una misma temporada. Respecto a lo de la botella, fue un descubrimiento accidental. Una riña de marinos en una tasca, un noruego que le pega un botellazo y él que le tumba de un cate. El botellazo no le hizo mella. Así descubrió su superpoder.

Pronto se hizo popular en San Mamés. Por el grito, que todo el estadio respondía, y por el detalle del autobotellazo, que su cráneo soportaba sin daño mientras a su alrededor saltaban trozos del vidrio. Él subrayaba el gesto con un comentario:

—¡P’a los pollos!

Que era una manera de decir que aquello no tenía importancia.

Chechu Rojo le recuerda con cariño en doble versión. Eran vecinos en el barrio de Lacruz, junto a Begoña:

—Yo era un crío, claro. Él era muy famoso, muy querido entre los vecinos. Todo el mundo le conocía. Le recuerdo grande, gordote, muy jovial, siempre con amigos. Luego, cuando yo jugaba en San Mamés le veía ahí, en su localidad, siempre la misma. Pero me mudé de barrio y le perdí la pista.

Ahí estuvo muchos años. Descolló también en la rara especialidad local de romper nueces con el culo, arte de difícil valoración. Entrando los ochenta empezó a faltar a algunos partidos, por motivos de salud. Me lo describen como el clásico hombretón que abusa de su organismo, y en este caso no me refiero a la dureza del cráneo, sino al estómago, hígado y demás vigilantes de nuestras costumbres. A su mujer y a su hija no les hacía gracia la cosa, sobre todo a partir de cierta edad. Alguna vez fueron, me cuenta Sarita Maratón, a Radio Juventud, a pedir que no le entrevistaran, que no le animaran a seguir en ese ambiente macho y futbolero, un poco brutal.

Sus últimas apariciones fueron cuando la segunda Liga de Clemente, en 1984. El estruendo de aquellos años, con aquel conflicto Clemente-Sarabia que fue debate nacional, puso sordina en su retirada, discreta. San Mamés perdió el grito de Rompecascos y su estampa chirene rompiéndose la botella en la cabeza.

Quedan algunas fotos, y alguna imagen vieja de película o TVE, que se pueden encontrar en internet, donde está todo, como en la cabeza de mi hermano. Y se puede escuchar ahí, todavía, su fenomenal grito:

—“¡¡¡¡Athleeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeetic!!!!” .

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jueves, 02 abril 2015

Por Alfredo Relaño

Violeta, Cruyff, Reina... Autogol

—¡Yo mismo me hubiera dado tres guantás a mí mismo!

El que habla así es Reina. Miguel Reina, portero excelente entre la mitad de los sesenta y los setenta. Criado en el Córdoba, brilló en el equipo califal, entonces en Primera, cuando él estaba todavía en edad juvenil. Un trueno. Le fichó el Barça, donde estuvo varios años para después pasar al Atlético. Estaba llamado a ser el sucesor de Iríbar en la Selección, pero la jugada más absurda que han registrado los casi cien años que llevamos de ella le quitó del cartel. Pasado tanto tiempo, lo toma con humor:

—¡Con todo lo que yo hice, aún me recuerdan cada poco aquello!

Testigo directo y cooperador necesario fue Violeta, brillante medio del Zaragoza en los mismos años. Fue lo que en Inglaterra se conoce aún como one club man, jugador de un solo club. Entró sobre la marcha en el Zaragoza de Los Magníficos y enlazó con el de los Zaraguayos. Futbolista estupendo, con físico, visión, colocación, manejo, pierna fuerte cuando era preciso y pie suave para mover el balón. Peleó su puesto en la Selección con gente de tanto peso como Zoco y Glaría al principio y como Luis Costas y Jesús Martínez al final. Como Reina, se cayó de la Selección aquel infausto día. También lo recuerda con relajado humor:

—¿Sabe? Me vale para ganar cafés. Alguna gente me dice que yo metí el gol. Les digo que no sé, que no me acuerdo, que no estoy seguro. Me acabo jugando un café. Antes esas apuestas se resolvían llamando al Heraldo, o al As, o al Marca. Ahora se puede mirar en Internet, y ahí lo ven. Si ha sido un tío borde, y hay muchos, le cobro el café. Si no, se lo perdono. Lo pago yo a cambio de la promesa de que siempre testifique que yo no metí el gol. Aunque tampoco es para estar feliz con lo que pasó.

Lo que pasó. ¿Qué pasó? Pasó que España jugó el 2 de mayo de 1973 en Ámsterdam frente a Holanda, el seleccionador era Kubala. Había llegado en 1969, con España ya eliminada para el Mundial de México 70. En su primer partido, goleada patriótica ante Finlandia, frente al Peñón y con despedida de Gento, fueron titulares Reina y Violeta. Aún estaba vigente Iríbar, pero avanzando ya en la treintena. Se pensaba ya en el relevo, y el relevo era Reina. En cuanto a Violeta, era un grande de nuestro fútbol. En su puesto, un primus inter pares cuando menos.

El primer chasco de Kubala fue no ir a la Eurocopa de 1972, culpa de un 0-0 ante Rusia, en Sevilla, en noche invencible de un tal Rudakov, heredero de Yashin. Ahora el objetivo era el Mundial de 1974, en Alemania.

En el plan de preparación Kubala incluyó una visita a Holanda. Como selección, Holanda aún no había adquirido mayor fama, pero sí sus clubes. El Feyenoord había ganado la Copa de Europa de 1970; el Ajax, las de 1971 y 1972. Y estaba clasificado para la final de 1973 tras eliminar entre otros al Real Madrid.

El Holanda-España llega para muchos como una mosca en la sopa. Los holandeses no lo quieren, es visible. No lo quiere el Ajax, base de la Selección, que tiene un calendario recargado y la perspectiva de la final el 30 de mayo. Y en España desconfiamos del partido, porque se percibe que en Holanda está creciendo algo grande.

Cruyff


Las vísperas son polémicas. El seleccionador de Holanda, Frantisek Fadrhonc, checoslovaco y amigo de Kubala le pidió aplazarlo. Kubala no aceptó. Los jugadores del Ajax cedieron sólo cuando apareció una empresa holandesa que ofreció mil dólares a cada uno si ganaban. Se publicitó salvando el partido. Aun así, dos días antes se dieron de baja Arnold Muhren (Ajax) y Willy Brokamp (MVV), que se sabían suplentes.

El partido se juega en Ámsterdam el 2 de mayo. Holanda sale con Van Beveren; Suurbier, Israel, Hushoff, Krol; Haan, Neeskens, Van Hanegen; Rep, Cruyff y Keizer. Van Beveren es del PSV; Israel y Van Hanegen, del Feyenoord; los otros ocho son del Ajax. En el minuto 58 entrará Schneider (Feyenoord) por Hulshoff.

España juega con: Reina; Sol, Benito, Violeta. Macías; Claramunt, Pirri, Irureta; Aguilar, Gárate y Valdez. En el descanso saldrán García Remón por Reina y Planelles por Irureta. Y en el 67, Galán por Gárate.

Marcan Rep (minuto 12) y Valdez (20). España, que cumple su partido oficial número 200, juega con ánimo y está 1-1 cerca del descanso. Pero en el 42 se produce la jugada extraordinaria.

Holanda ha atacado y el balón acaba fuera, en un centro largo, cerca del córner, a la derecha de Reina. Éste va a por él y se dispone a hacer algo que entonces permitía el Reglamento (hoy no) y era usual. Se lo envía a Violeta, para que éste saque desde el pico del área chica. Él espera fuera del área, en línea con la frontal del área chica. La cosa consiste en que Violeta le envíe el balón en paralelo a la línea de fondo, él lo meta suavemente con el pie en el área grande, lo recoja ahí con la mano y luego saque largo, en voleón. Algo, ya digo, prohibido en la actualidad, muy usual entonces.

Violeta hace el envío, y Cruyff, vivo, corre hacia Reina, en paralelo al lateral del área, a hostigarle. “Hubiera bastado con que me hubiese metido en el área coger el balón y se hubiera repetido el saque. Pero me lie…”

Dejó venir el balón y cuando le llegó ya tenía cerca a Cruyff. Nervioso, pretendió devolvérselo a Violeta con el interior del pie izquierdo, mientras se inclinaba a la derecha para protegerse de Cruyff. El resultado fue un golpeo desequilibrado, mal dirigido y fuerte, que sorprendió a Violeta. Cuando éste se dio cuenta y corrió hacia el balón, la catástrofe era inevitable. El balón siguió su carrera, pegó en el segundo palo y entró. Casi paralelo a la raya de gol, para más burla.

Al descanso, Kubala estaba endemoniado. Hizo salir a García Remón. Violeta se lo reprochó: “No por García Remón, que era muy bueno. Pero sí le dije que cambiarle con ese gol no estaba bien. Incluso si lo tuviera pensado, debería haber retrasado el cambio un cuarto de hora”. García Remón paró muy bien. El partido acabó 3-2. Valdez, un oriundo que jugó en la Selección indebidamente (si nos llegamos a clasificar para el Mundial 74 no nos hubieran dejado participar, con lo que se supo luego) hizo también el segundo, en el 48. Cruyff marcó el 3-2 en el 90, lo que contribuyó al mal humor.

El gol fue la rechifla nacional por tiempo. Eran años en los que no había piedad con la Selección. Más bien estorbaba. Hubo quien calculó el ángulo imposible: 5º26’.

Luego llegaron dos partidos muy seguidos. En Turquía, por el L Aniversario del nacimiento de la República Turca, y a los cuatro días en Belgrado, clasificatorio para el Mundial. Kubala hizo dos grupos diferentes. En Turquía jugó García Remón; en Belgrado, donde fueron los mejores, preservados de cualquier golpe en Turquía, jugó Iríbar, con Reina de suplente. Violeta, ni en uno ni en otro. Reina no volvió más. Le desbancó Deusto, un suplente de Iríbar en el Athletic que encontró sitio en el Málaga. Luego apareció Miguel Ángel, que se impuso a García Remón en el Madrid. Para él sería ya la plaza hasta Arconada.

No, Reina no volvió, se quedó en cinco partidos, pero no se queja: “Fue la más tonta de las jugadas tontas. Con ese ángulo, de izquierda, y a la primera, el único que la metía era Puskas. Yo podía haber chutado cien veces de ahí y no metería ninguna”.

Pero esa entró. Los duendes del fútbol.

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miércoles, 18 marzo 2015

Por Alfredo Relaño

La aventura de Cruyff en el Levante

Cuando terminaba 1980, Cruyff regresó a Barcelona para un partido en beneficio de Unicef. Formó parte del Humane Stars, conjunto de estrellas que se enfrentó al Barça el 16 de diciembre. Ganó el Barça, 3-2. Aunque también jugaron figuras como Rummenigge, Chinaglia, Platini o Blokhin, el suceso fue Cruyff. Había jugado en el Barça de la 73-74 a la 77-78, con rendimiento espectacular al principio, luego no. De ahí se fue a EE UU, a Los Ángeles Aztecas, después a los Washington Diplomats.

Su partido fue polémico, pues estuvo tan impertinente con el árbitro, el catalán Miguel Pérez, que este terminó por expulsarle. Pero le cubrieron de entrevistas y en ellas reflejó nostalgia por el fútbol europeo. Dijo que deseaba volver. Estaba próximo a los 34 años (cumple en abril), ya no se le veía para el primerísimo nivel, pero aún podría brillar en muchos clubes. Se habló del Espanyol, al que tentaba repetir la operación Kubala. Se habló de Arsenal y Chelsea, de Betis y Sevilla, de un segunda escocés, el Dumbarton, y de un segunda español, el Levante, rumor que nadie tomó en serio.

 

Cruyff

El Levante estaba en puestos de arriba de Segunda y aspiraba al ascenso. Su presidente era Paco Aznar, un hombre audaz. Animado por un intermediario llamado Luis Rodríguez, inspirador de la idea, y en su compañía, viajó a Ámsterdam a entrevistarse con Cruyff y su suegro, Cor Coster, que llevaba sus asuntos. La idea era que las taquillas del Levante podrían multiplicarse por cinco con Cruyff, que con él subirían seguro y así los 5.000 socios serían 21.000. Aunque se coló una oferta del Leicester, de 5.000 libras por semana (real o inventada por Coster) Aznar no cejó. A finales de enero anunció el fichaje, al que coadyuvó la marca de ropa deportiva local Ressy, que vestía al club. Los términos no fueron públicos. Corrió que cobraría dos millones de pesetas por partido, ficha de diez millones aparte. Y chalé gratis en L’ Eliana. Una copia del contrato publicada en una historia del Levante de 1984 (75º Aniversario) habla de diez millones por todos los conceptos.

El entrenador era Pachín. Cuando se lo dijeron lo tomó a broma. Igual les pasó a los jugadores. Vicente Latorre, presidente de los veteranos del club, recuerda bien el día que Pachín les dijo que venía Cruyff: “Nos parecía una broma. Luego nos hizo una ilusión enorme. ¡Imagínese! Yo era un chaval de 19 años, había entrado el año anterior por la norma que obligaba a dos sub-20 por partido. El primer año, me ponían por cumplir la norma y me cambiaban a los diez minutos. Pero en la 80-81 ya estaba consolidado. ¡Y me iba a ver al lado de Cruyff!”.

Cuando llegó, la prensa local le preguntó la diferencia entre el Cruyff Balón de Oro del 71, 73 y 74 y el de ahora. “Ahora soy más listo”, dijo. La afición se sentía feliz. Los socios veteranos recordaban al gran Faas Wilkes, que jugó allí la 58-59.

Su primer entrenamiento llenó el campo del Nou Estadi. Hizo maravillas. Pero con todo a punto para el debut, el 1 de febrero ante el Sabadell, se produjo un chasco. Instada por la AFE, la Federación rechazaba el fichaje en tanto en cuanto el Levante no pagara deudas atrasadas con jugadores, algunos de la plantilla, otros de campañas anteriores. El montante total alcanzaba los 11 millones.

Paco Aznar tuvo que buscar más dinero. Le costó un mes. Mientras, Cruyff regresó a Holanda y retomó los contactos con el Leicester. Al cabo de un mes de suspense, Aznar consiguió el plácet de la federación tras rocambolesca historia de una carta de ida y vuelta a la sede de la AFE, con los pagarés del Banco Internacional de Comercio dentro y la dirección mal anotada fuera. Por fin, a las diez de la noche del sábado 28 de febrero llega la autorización. El domingo, el Levante recibe al Palencia. El Nou Estadi no se llena del todo, quizá porque muchos han dudado hasta última hora si jugaría o no. Pero la taquilla es de cinco millones y medio, muy por encima del millón cien mil, récord de la temporada. La tribuna ha pasado de 800 a 1.200, la general, de 400 a 600. El Levante gana 1-0. Cruyff hace poco. Dos detallitos. La estrella es el árbitro, Orellana, que decide lucirse y expulsa a uno de casa y dos de fuera. El equipo se mantiene segundo, como estaba. Ascendían los tres primeros.

No se mata en los entrenamientos. La primera salida es a Granada y no va con todos, sino con el presidente, en el coche de éste. Los Cármenes se llena a reventar y gana el Granada 1-0. Pachín tuerce el gesto, porque el reclamo de Cruyff ha producido el llenazo y un ambiente tremendo que ha ayudado al rival. Y el crack no ha hecho nada.

Domingo siguiente, 1-0 ante el Barakaldo, con taquillazo y poca cosa de Cruyff. Un calco del día del Palencia. La situación hace crisis en la siguiente salida, a Vitoria. Pachín lleva al equipo a Tudela para entrenar el sábado. Cruyff va con el presidente, y llega cuando el entrenamiento ha acabado. Luego, expone la pretensión de exigirle al Alavés la mitad de la taquilla, pues entiende que el que llena el campo es él. Zárraga, gerente del Alavés (ex compañero de Pachín en el Madrid) se niega en redondo. Ya en Vitoria, Cruyff decide no jugar y regresa a Valencia con unos reporteros de televisión franceses que habían acudido a grabarle. El Levante improvisa la explicación de que su mujer ha enfermado, y de ahí el regreso. El equipo pierde 1-0. Esa semana es destituido Pachín, al que sucede Rifé, ex compañero de Cruyff en el Barça.

Pachín sospecha: “Yo creo que todo estaba preparado de antemano. Se buscó el momento para quitarme y se aprovechó el revuelo de Vitoria”.

Rifé debuta con un 2-4 en casa ante el Málaga, luego pierde 2-0 en Cádiz y empata en casa 2-2 con el Oviedo. Ese día, Cruyff marca los dos, que serán los únicos en la triste aventura. El equipo ya ha caído de la zona de ascenso a esas alturas. Luego, doble salida a Madrid, con 0-0 en Vallecas y 2-3 ante el Atlético Madrileño. En casa, 1-0 ante el Castellón. Después, salida a Linares donde, vestido y todo, decide no salir, tras fracasar la negociación por el porcentaje de taquilla. Gana el Linares, 3-1, en medio de bronca gorda. Penúltima jornada, 0-2 en casa ante el Recreativo. La última salida, a Santander, se la fuma, se va a Barcelona a jugar en el homenaje a Asensi.

En total, diez partidos, dos goles. El Levante pasó de segundo a noveno. Fue el cuento de la lechera de Paco Aznar. Las taquillas fueron a menos y no hubo ascenso ni incremento de socios.

Pachín no guarda amargura: “Era un club pequeño. Ahí no podía encajar Cruyff. Pero su llegada movió una ilusión. Lo malo es que no resultó”. Latorre lo recuerda así: “Era un lujo entrenar con él… si le apetecía. A veces llenaba un cubo de agua caliente, se sentaba en el banquillo, metía el pie en él, decía que para curarse el tobillo, y miraba. En cada partido dejaba algún detalle colosal, pero sólo eso. Con Rifé se montó todo al gusto de Cruyff, pero no salió bien”.

Para el club quedó un recuerdo agridulce y un agujero económico. A Cruyff aquello no le dio ninguna gloria, pero sí un dinero con el que empezar a reponerse del fracaso de su inversión en granjas, a la que le arrastró un socio desleal. Según cuenta Luis Rodríguez en la historia del club, sólo costó seis millones. Como responsable de la idea, pudo tener la tentación de minimizar el coste. Otras fuentes hablan de dieciocho y hasta más. A saber. Los únicos beneficiados claros fueron los jugadores o exjugadores que gracias a aquello y a la firmeza de la AFE cobraron los once millones que les debían.

En la siguiente temporada, la 81-82, el Levante pierde dos categorías y baja a Tercera por reiterado impago a sus jugadores. Para entonces, Cruyff ya estaba de regreso en el Ajax.

Pero es igualmente cierto que, pasados tantos años, el Levante conserva cierto orgullo por aquella aventura. Cruyff jugó en el Levante. Eso no se lo va a quitar nadie. En el antepalco del estadio, siempre te muestran con satisfacción la foto.

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miércoles, 04 febrero 2015

Por Alfredo Relaño

Roca Junyent, azote de falsos oriundos

A Roca Junyent es frecuente verle ahora en los telediarios, como abogado de la Infanta Cristina. Político de largo recorrido, es uno de los siete padres de la Constitución y nunca ha dejado de estar presente en el panorama nacional. Pero la primera vez que se oyó hablar de él fue por el fútbol. Un informe suyo dio fin a un lío que duró tanto que hasta tuvo dos nombres: “Timo de los Paraguayos” y “Timo de los Oriundos”.

Tras el fracaso del Mundial de 1962, en Chile, la federación prohibió la importación de futbolistas. Dejó, no obstante, entreabierto un portillo: se podría fichar descendientes de españoles… siempre que no hubieran sido internacionales en su país de origen. “Si no han sido internacionales es que no serán buenos”, razonaba el aficionado. Pero se argüía que podrían venir jóvenes con futuro, baratos y que incluso reforzaran a la selección.

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Y empezaron a venir. Venían argentinos, uruguayos, chilenos, pero sobre todo paraguayos. Algunos muy buenos. Tan buenos, que costaba pensar que no fueran internacionales, que los hubiera mejores en Paraguay. Por ejemplo, Fleitas, interior en punta que vino al Málaga, de donde lo adquirió el Madrid para hacer pareja con Amancio. O Aníbal, líbero del Valencia.

En eso, en junio de 1969 llegó a El Prat, procedente del Cerro Porteño, un tal Severiano Irala, extremo de ambos lados o media punta, fichado por el Barça. Se le presentó tan elogiosamente en la rueda de prensa que un periodista preguntó ingenuamente:

—Y si usted es tan bueno, ¿cómo no es internacional en Paraguay?

—Claro que soy internacional.

—¡Entonces no puede jugar aquí!

—¿Cómo que no?

Y citó siete nombres de paraguayos internacionales en España, entre ellos los de Fleitas y Aníbal. Fleitas había pasado justo ese verano al Madrid.

No circulaba tanta información como ahora, nadie sabía aquí quién había sido o no internacional en Paraguay. Así que intermediarios espabilados habían encontrado un funcionario venal en la Federación de Paraguay que por mil dólares expedía un certificado de no internacional. Irala, sin quererlo, descubrió el pastel.

La federación no permitió que el Barça le inscribiera, pero dio como hecho consumado los inscritos con anterioridad. En medio de todo, estaba Fleitas. El Madrid podía defender que había comprado a Fleitas aquí, al Málaga, y que eso no se lo podía echar atrás nadie. Y era verdad. Pero si no se echaba atrás a Fleitas, ¿cómo echar atrás a otros? Así que todos. ¿E Irala? Irala no, porque no llegó a ser inscrito.

Para más inri, la Liga empezó con un Madrid-Barça, 3-3. Fleitas metió dos goles. El mismo día, De Felipe lesionó a Bustillo. El Barça estaba que echaba chispas.

Se acuñó como expresión “El timo de los paraguayos”. El secretario de la federación, Andrés Ramírez, fue suspendido durante seis meses por negligencia in vigilando. Se pensó que se había cerrado la brecha. Bastaría con vigilar bien en cada caso, vía la FIFA, si el paraguayo de turno había sido o no internacional.

Pero el problema rebrotó con más fuerza. ¿Eran de verdad todos oriundos? ¿Tanto dio de sí nuestra ínclita raza ubérrima en su aventura americana? Porque venían muchos, muchísimos. Aleccionados a medias. “Sí, mis abuelos son gallegos, de Celta”. O “¿Es verdad que sus abuelos eran navarros?”. “No, eran de Pamplona”. Esto último corresponde al feroz Aguirre Suárez, argentino, que vino como paraguayo.

Se les buscaban padres para crearles un origen español. Algunos argentinos venían de paraguayos, para borrar su internacionalidad. Llegó a darse el caso de tres hermanos de padre, Carlos Martínez Diarte (Lobo Diarte), Diomedes Martínez Cabrera y Luis Óscar Martínez Leguizamon, que figuraban como hijos de un industrial gráfico de Asunción, Antonio Martínez Rubalcaba, al que utilizaron sin su consentimiento.

En el verano 72-73, en medio de aquel coladero, al Barça le echan para atrás los papeles de Juan Carlos Heredia y Fernández Cos. Para el Barça, ya es el colmo. El Barça, que está por la apertura de fronteras, que lo que quiere es traer a Cruyff, se ve de nuevo parado en un semáforo que sólo se enciende para él.

Es entonces cuando Agustín Montal dice basta. Bien asesorado por un estupendo gerente, Armando Carabén, crea una comisión de abogados, con Francisco Segura, Ignacio Gispert y Miguel Roca Junyent, el más joven de los tres, compañero de bufete en el Gabinete Jurídico y Económico de Narcís Serra, el que luego fuera alcalde de Barcelona y ministro socialista. Se decide enviar a Roca Junyent (“me tocó porque era el más joven”, me comenta con humor) a investigar in situ. Llevaba en su cartera 40 casos de oriundos sospechosos.

—Para mí fue una feliz experiencia de juventud. Lo recuerdo de una manera muy grata. Tenía un buen contacto de partida, Pertiné, muy bien relacionado. La nacionalidad española se pierde si se hace servicio de armas en otro país. O sea, que un español con doble nacionalidad que hace la mili, por ejemplo, en Argentina, deja de ser español. Y de esos había muchos casos. Hijos o nietos de españoles, pero cuyos padres ya no podían transmitir la nacionalidad, porque la habían perdido en su día.

Se vio con bastante militares “algunos de los cuales sonaron luego, cuando el golpe”, para consultar fichas de enrolamiento. En Córdoba le ayudó mucho Fernando de la Rúa, más adelante presidente de la República, época en la que fue apodado como Frenando de la Duda, por su carácter irresoluto. Felizmente, pudo regresar a Barcelona el mismo día 24 de diciembre de 1973 para pasar la Navidad en casa.

El informe era demoledor: sólo uno de los 40, Quetglás, del Mallorca, estaba legalmente. Los otros 39, no. Dos de ellos, Roberto Martínez y Rubén Valdez habían jugado de forma irregular en la Selección partidos de clasificación para el Mundial.

Lo entregó en el Barça. Montal habló con Porta, presidente de la federación española, y le propuso destruirlo a cambio de que se admitiera el fichaje de extranjeros. Porta no estaba seguro de si el informe era tan explosivo o si Montal iba de farol.

El despacho de Roca estuvo en obras esos días. La misma empresa pintaba la federación catalana. Sospechosamente, el Informe Roca fue fotocopiado y acabó en la mesa de Porta. Y éste concluyó que sí, que era inconveniente que se conociera todo aquello. Entre otras cosas, aparecía cierto cónsul español demasiado ligero a la hora de firmar papeles. Así que se reabrió la importación de extranjeros para la 73-74. El Barça fichó a Cruyff y Sotil; el Madrid, a Netzer y Mas; el Atlético, a Ayala y Cacho Heredia; el Valencia, a Keita y Kurt Jara…

Algunos falsos oriundos ficharon como extranjeros y a los dos años se hicieron españoles. Ese fue el caso de Juan Carlos Heredia, que empezó cedido en el Elche como extranjero para más tarde llegar al Barça y a la selección.

El Athletic y la Real, que durante todo el proceso se opusieron tanto a extranjeros como a oriundos, estuvieron denunciando como alineación indebida todos y cada uno de los casos. Ellos también habían enviado un detective, José Luis Gallo, que lo pasó muy mal. Las denuncias fueron acumulándose hasta que se dictó un indulto general. Y aquí paz y después gloria.

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miércoles, 14 enero 2015

Por Alfredo Relaño

El día que Marcial limpió las telarañas

Fue el domingo 3 de diciembre de 1978, en el Camp Nou. Marcial Pina, ex jugador del Barça, hizo una curiosa proeza: marcó dos golpes francos directos en el mismo partido, cada uno con un pie. El primero, en el primer tiempo, con el izquierdo. El segundo, en el segundo tiempo, con el derecho. Dos balones perfectamente tocados, a la misma escuadra, donde duermen las arañas. Lo sufrió Artola, el buen portero donostiarra del Barça.

MARCIAL


Marcial era un jugador de medio campo de calidad exquisita y planta inmejorable. Alto, rubio, de gran zancada, manejaba el balón con los dos pies. Había nacido en Asturias, donde estuvo destinado su padre como Guardia Civil, pero desde los dos años ya estaba en Elche, donde emergió como jugador de cantera entre una cosecha formidable, que incluía a los Asensi, Lico, Canós o Ballester, todos internacionales. Bernabéu lo quiso para el Madrid, llegó a un acuerdo por ocho millones con el Elche. Pero a última hora se cruzó el Espanyol, que en esos años presidía Vilá Reyes, un audaz empresario que acabaría mal, encarcelado por el caso Matesa, uno de los grandes escándalos del franquismo. Pero entonces aún estaba en buenos días y el Espanyol pudo pagar más que el propio Madrid por Marcial: diez millones. Con él, Vila Reyes compuso una célebre delantera, llamada Los Delfines: Amas, Marcial, Re, Rodilla y José María.


Era un jugador formidable, de apariencia fría por su trote con la cabeza alta, pero de amplia presencia, buen salto, gran visión de juego y desplazamiento largo de balón. Y ambidextro como no he visto casi ninguno. Regateaba igual por los dos perfiles:


—Bueno, de niño yo era diestro. Y soy diestro. Si tiraba un penalti lo tiraba con la derecha. Pero me esforcé y cada vez tuve más facilidad con la izquierda, sobre todo para regatear.


Pasó allí tres temporadas. Con el caso Matesa, el Espanyol tuvo que desprenderse de él y se fue al Barça por 20 millones. Allí pasaría ocho temporadas. Allí le pillaría la llegada de Cruyff, de modo que formaría parte del equipo del célebre 0-5 en el Bernabéu, aquella temporada en la que el Barça recuperaría el título después de 14 años.


Pero no siempre le fue bien. Le colocaban de extremo, que no le gustaba. Llegó a sospechar que al clan holandés Michels-Cruyff-Neeskens, no le iba su fútbol. La aventura acabó mal cuando tras una derrota del Barça en Burgos en la 76-77, (el célebre día que el presidente del Burgos saltó al campo, según él para proteger al árbitro, según el árbitro para agredirle) se vería comprometido en un caso sonadísimo. Tras el partido de Burgos, que terminó con un penalti fallado por Cruyff (de ahí el enfado del presidente local), el Barça viajó a Madrid a dormir. Michels iba con un humor de mil demonios. Al Barça se le iba la Liga. Por la noche, varios jugadores salieron. En la prensa aparecieron fotos: Rexach, Neeskens, Marcial... Bárbara Rey, la española más sexy de la época, aparecía hablando con Rexach.


Se armó la gorda. Michels anunció que se cargaría a los tres, pero Neeskens era "de los suyos" y Rexach era a su vez todo un símbolo del Barça en esos años ya de la Transición. Todas las culpas se las llevó Marcial. Fue él el único al que dieron la baja. Luis, entusiasmado, lo reclamó para el Atlético.


La temporada 77-78 le pilló de baja el partido del Camp Nou. Pero en la siguiente, acudió. El público del Camp Nou le recibió mal. En el tiempo que había pasado había hecho algunas declaraciones explicando sus recelos por cómo había sido tratado en el club. Así que desde que empezó el partido, cada vez que tocaba el balón tenía que escuchar pitos.


Fue un buen partido, que tuve la suerte de presenciar en directo. Ya no estaba Cruyff, pero sí Neeskens. Krankl, austriaco, era la nueva figura internacional del Barça. Jugó muy bien el Barça, pero se estrelló en Navarro, excelente portero al que una lesión mal tratada apartó demasiado pronto del fútbol.


En el minuto 13, hay un golpe franco contra el Barcelona. Marcial se prepara para tirarlo, pero Ayala se adelanta, porque ve la barrera mal armada, tira por abajo y marca. 0-1. Sólo han pasado dos minutos y otros dos ataques del Barça cuando hay una nueva falta cerca del área culé, una zancadilla de Zuviría a Guzmán, a unos seis metros de la frontal, en la zona del interior derecho. Se perfila Marcial para pegarle con la izquierda. Esta vez, sin nadie que se le cuele, suelta un tiro limpio que se cuela por la escuadra, sin que Artola llegue a pesar de su gran vuelo. 0-2.


El partido llega así al descanso. En el arranque del segundo, parece arreglarse para el Barça. En el minuto 46, Krankl hace el 1-2 de penalti. En el 48, Urízar, el árbitro, expulsa al atlético Guzmán, por doble amarilla. El partido es bonito, emocionante y accidentado. El Barça aprieta, Navarro para mucho. En eso, en el 52', penalti a favor del Atlético en un contraataque que transforma Rubén Cano: 1-3.


Y en el 55', Marcial completa su proeza. Ahora es un derribo de Olmo a Leal, cerca de la esquina derecha del área del Barça. Ahí va Marcial. Ahora, claro, se perfila como diestro. Le pega perfecto, de nuevo a la escuadra. Artola, en su vuelo, se parte la boca con el poste y tiene que ser atendido. Es el 1-4. El Barça marcará en el minuto 66, por medio de Tente Sánchez, el 2-4. Así acabará. Un partido loco, precioso, con una perla: esos dos tiros libres de Marcial, uno con cada pie.


Artola, curioso, recuerda muchas cosas del partido, incluido el resultado. Y los goles de falta. Pero no tenía registrado que uno llegara con cada pie. Artola forma parte de la larga cadena de porteros que durante 15 años traspasó la Real, que los fabricaba como churros: Araquistain (Real Madrid), Goicoechea (Málaga), Zubiarrain (Atlético), Esnaola (Betis), Urruti (Espanyol) y él mismo, al Barça. La racha paró en Arconada. Tan buenos porteros fabricó la Real por aquellos años que a la Eurocopa de Italia en 1980 Kubala llevó a tres de ellos: Arconada, Artola y Urruti.


— Marcial era extraordinario. Podía hacer cualquier cosa. Weisweiler quiso que jugara de líbero, pero él no se sentía a gusto ahí.


Marcial recuerda de forma especial aquel día, claro, como no puede ser menos. Sé que Platini y Zico han marcado golpes francos con los dos pies, pero no tengo noticia de que ninguno de ellos lo haya conseguido en un mismo día.


— Fue suerte. Le pegas y a veces va a cualquier lado. Y te ponían la barrera a seis o siete metros. Eso no se ha hecho bien hasta ahora. A mí me da envidia Cristiano, que los tira todos en el Madrid. Yo en el Elche no tiraba, tiraba Romero. En el Espanyol, sí, con frecuencia. En el Barça éramos muchos a la pelea. Y en el Atleti. Ahora lo pienso y quizá hubiera debido ser más egoísta y tirar más. Los goles cuentan.
Paradoja, Marcial fue poco a la selección. Lo mismo que Velázquez, el otro gran cerebro de la época.


—Kubala era un poco refractario a nosotros, le gustaba otra cosa. Un día me dijo Velázquez que le fastidiaba no ir, pero que le fastidiaba aún más que no fuera yo...

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miércoles, 31 diciembre 2014

Por Alfredo Relaño

Marathon, la voz que escondía a una mujer

Me lo contó Santiago Segurola hace ya algunos años. Los chicos de Bilbao eran devotos en los años sesenta de un programa deportivo de Radio Juventud de Vizcaya, llamado Stadium.Buena información, seria y firme. Bastante de todo, mucho Athletic y un comentario rotundo siempre. Un espacio editorial-informativo, crítico, valioso, con equidad y una mirada siempre al futuro, firmado por un tal Marathon. Ahí se hablaba mucho de la cantera. Eran años propicios. El Athletic fue por esos tiempos campeón de España de juveniles cinco años consecutivos, de 1962 a 1967.

Marathon abogaba por la incorporación al primer equipo de los juveniles más brillantes. Año tras año, se iba comprobando que aquellos por los que apostaba eran, efectivamente, los mejores, los que llegaban a triunfar. Su prestigio crecía. Ese tal Marathon tenía ojo. Nadie sabía de quién se trataba exactamente. Por la época, eran frecuentes los seudónimos en los periodistas deportivos. Tampoco a nadie le importaba demasiado quién fuera o dejar de ser. Bastaba con argumentar: “Lo ha dicho Marathon”. Y discusión resuelta.

Sólo con los años se supo que Marathon era una mujer. Se llama Sara Estévez, Sarita le llaman hoy, tiene 88 años y está como una niña. En Bilbao ya muchos saben quién fue, quién es, y le saludan por la calle con un cariño entrañable.

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Sara, huérfana de padre desde los dos años, entró a trabajar muy joven en Unión Química del Nordeste de España, Unquinesa. No tardó mucho en llegar a secretaria de dirección. Un buen trabajo en aquellos años de dificultades. Pero su pasión era el Athletic y en 1947 se hizo abonada del club. No socia, porque entonces no se admitían socias, pero sí abonada, tras guardar una larga lista de espera. Cuando le llegó el turno, empleó las 750 pesetas de la paga del 18 de julio de 1947 en sacar el abono. Eran los años de Iriondo, Venancio, Zarra, Panizo y Gaínza.

Chica inquieta, enseguida consiguió meterse poco a poco en el ambiente futbolístico y acabó haciendo colaboraciones en Radio Juventud de Vizcaya, llamada más adelante Radio Juventud de Bilbao. Infatigable, alimentaba con noticias y propuestas el programa de la noche del domingo, llamado Stadium. Montó un sistema artesanal de corresponsales para los partidos. En cada campo modesto conseguía alguien, en general la madre de algún jugador, que dejara el resultado en un bar próximo. Les llamaba sus comandos. Hizo que cada bar dispusiera de una pizarra para que los comandos anotaran los resultados. Luego, por teléfono, se hacía con todos los resultados y elaboraba las clasificaciones a toda prisa. Hoy resulta extraño, pero en aquel tiempo reunir todos los resultados de fútbol cada domingo en toda Vizcaya y ofrecerlos antes de las 11 de la noche era una proeza.

Empezaron a darle más cuerda. Viajó en 1958 a Madrid, a La final de los aldeanos en la que el Athletic venció al Real Madrid de Di Stéfano en el mismísimo Santiago Bernabéu. Ese día triunfó Koldo Aguirre, un juvenil por el que ella había apostado. Su buen ojo para las promesas empezó a hacerse proverbial. También anunció la llegada de Iribar, tras el partido de ida de una célebre eliminatoria Atlético de Madrid-Basconia en 1962. A ella el partido de ida le pilló en Madrid, en viaje de la empresa. Aprovechó para ver el partido en el Metropolitano y advirtió de la explosión de Iribar. También fue al de vuelta, en Basoselay, en el que el Basconia igualó el 3-1 de la ida. Su madre estaba agonizante, pero le insistió en que fuera:

—Ve hija, ve. Es lo tuyo.

El Basconia pasó, tras desempate en Valladolid, gesta muy sonada. En la siguiente ronda el Barça le metió 10 al Basconia de Iribar y no faltó quien dijera en la emisora que Sara se había precipitado en el juicio. Pero pronto se vería que no…

A todo esto, Stadium se había extendido a toda la semana. Ya se emitía cada día, a las 22:30. Empezaban los transistores y los chicos se los metían bajo la almohada cuando les mandaban a dormir. Los hombres lo escuchaban en el comedor. En los bares se ponía la radio con el programa. Aún empezaba a asomar la televisión. Lo más esperado de Stadium era el editorial de Marathon. Serio, seco, combativo, informativo, siempre con un ojo en los juveniles. Con un prestigio creciente, porque sus criterios y sus propuestas se abrían camino a la larga. Un artículo de unos dos minutos, leído por una implacable y profesional voz masculina, que firmaba: Marathon. Nada oficialista. Tomó posiciones firmes en las grandes polémicas de la época: la relación con el Indauchu, Ronie Allen, Rojo, al que defendió a capa y espada.

Esos textos tan seguidos los escribía Sara, pero los leía un hombre, Francisco Blanco. Tampoco es que éste quisiera apropiarse de nada. Nadie le relacionó con ellos. Marathon era Marathon, una personalidad misteriosa, el oráculo del Athletic. Muchas veces contra el criterio de la directiva, pero siempre en sintonía con el aficionado de verdad.

Marathon era Sara, que en ese tiempo se afanaba, como tantos españoles, en un pluriempleo. Se levantaba temprano en su piso de la calle San Francisco, donde aún vive, cogía el tren de la margen derecha para ir a Axpe, a las oficinas de Inquinasa, volvía a casa a comer, regresaba por la tarde, terminaba sobre las seis, luego cogía el tren de regreso para ir a la emisora, en la calle Irala, cerca de su casa, hasta que la trasladaron al Casco Viejo, que tampoco le iba mal. Ahí, hasta que acaba el programa. Los fines de semana, de campo en campo. Y si jugaba el Athletic, a San Mamés. Quienes se rozaban con esa chica a la entrada o la salida, o en las escaleras, o la tenían cerca en la grada, no sospechaban que se encontraban en la cercanía de Marathon.

Poca paga, pero mucha ilusión.

—No, no era por ser mujer. En ese tiempo en la radio, en todas las radios, se pedía tener muy buena voz y dicción para hablar en antena. Era frecuente que uno escribiera, hombre o mujer, y que leyera un buen locutor. O locutora, que también las hubo. Juana Ginzo fue una figura nacional. Francisco Blanco tenía muy buena dicción y tenía eso que entonces se llamaba “colocar bien la voz”.

A Sara le bastaba con su ilusión satisfecha de ver cómo cada editorial suyo tenía un eco. A veces lo escuchaba comentar en el tren de la mañana, camino de la oficina. Le gustaba ver cómo los chicos por los que había apostado saltaban al Athletic. Tuvo la satisfacción de ver a Uriarte convertirse en estrella nacional (“El mejor cabeceador que he visto nunca”). Vivió una racha fulgurante de cinco títulos consecutivos de Campeón de España de juveniles del Athletic, cuando los Arieta II, Estéfano, Iturriaga, Rojo, Lavín y demás. Trabajaba siete días de siete pero no se daba cuenta. La radio no era trabajo, era fútbol, amigos, Athletic, pasión.

Pasados bastantes años, le hicieron contrato en firme en la radio. La empresa reconoció sus méritos, aún desconocidos en la calle. Pero pronto llegó una fusión de Radio Juventud con Radio Nacional y algún genio de despacho suprimió sin remordimientos el programa Stadium. Para Bilbao aquello fue una pequeña tragedia, pero había otras.

Sara, reportera, quemó muchas horas en atentados de ETA. De cuando en cuando podía hacer alguna información de fútbol, que sentía como una liberación. Pero Stadium y Marathon ya eran recuerdo cada día un poco más lejano para los aficionados maduros. Como los cabezazos de Uriarte.

Hoy es una jubilada de Radio Nacional que vive donde siempre. Ya no va a San Mamés, porque le da pereza y no le gustan algunas de las cosas que ve allí. Pero sigue al Athletic, por la tele y los periódicos. De cuando en cuando le piden una colaboración o alguna opinión en un debate de actualidad. Ahora sí es conocida y su opinión, muy respetada.

Tanto como lo fue la de Marathon.

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lunes, 26 mayo 2014

Por Alfredo Relaño

Catorce anotaciones sobre la Décima

Arriba

Ha vuelto una rivalidad. Los partidos entre los dos grandes equipos madrileños los llamábamos años atrás ‘de la máxima rivalidad’. Esa ´máxima rivalidad’ formaba parte del paisaje de la ciudad. La habíamos perdido. El Madrid ya sólo miraba al Barça, crecido en los últimos años, mientras el Atlético se venía abajo. Llegó a haber hasta cierta mirada de simpatía de los madridistas a los atléticos en casos como la final de Hamburgo ante el Fulham. Una simpatía que provocaba incomodidad a los atléticos. Sentían que habían dejado de ser considerados adversarios por el Madrid. Ahora lo han vuelto a ser. Han ganado la Liga y en Lisboa le dieron al Madrid el susto de su vida. La ciudad ha recuperado algo.

¡Sí, se puede! Abundando en lo mismo: en los últimos diez minutos, el fondo ocupado por la afición madridista, justo aquel hacia el que atacaba el Madrid, gritaba en cada falta contra el área. “¡Sí, se puede!”. El grito del que está ante una misión tenida previamente por imposible. Ese grito es la medalla que los atléticos se llevan de esta final, de esta su gran temporada. La vieja visión ‘supremacista’ del Madrid quedaba a un lado. Empujar con ese grito en pos de un gol que empatara el partido ante el Atlético en campo neutral da a ver hasta qué punto el equipo rojiblanco ha llegado a ser considerado por el madridismo. Considerado y temido.

La explosión de Florentino. Y un apunte más en la misma dirección: la explosión de Florentino en el palco. Hombre de natural tan contenido, dio rienda suelta a una alegría que su cuerpo no pudo contener. Florentino es de mi generación, de los años en los que el enemigo del Madrid no era el Barça, sino el Atlético. Tuvo que pasar un quinario hasta ese gol, que le liberaba del destino más espantoso imaginable para un madridista de esa quinta: que el Atlético le ganara una final de Copa de Europa.

Costa

Diego Costa. Fue un fiasco. Los milagros en Medicina no existen, me decía un médico amigo. Los milagros están en la Historia Sagrada. Si me permiten, utilizaré la expresión de mi amigo médico: “Como dijo el aldeano, si habría algo mejor que follar, ya se sabría”. Es decir, que si de verdad existieran tratamientos para acelerar los tirones, hace tiempo que se sabría y se aplicarían. El tirón es la gripe del futbolista. Siempre se dijo: “Sin tratamiento, tres semanas; con tratamiento, veintiún días”. Diego Costa y Simeone confundieron deseos con realidades y el resultado fue un cambio malgastado. Y tuvo su importancia, porque el Atlético llegó al final hecho trizas.

El final del Atlético. Sin Diego Costa ni Arda Turan el Atlético tenía poco a que agarrarse, aparte de la lucha. Una vez más luchó hasta la extenuación. Al final se le cayó encima el esfuerzo de todo el partido y el de todo el año. El Atlético ha hecho la temporada con pocos jugadores, porque su banquillo desmerece en ciertos puestos de sus aspiraciones y sus logros. Y esos pocos que han jugado tanto lo han hecho siempre con el máximo esfuerzo, casi podría decirse que con el esfuerzo del novillero. Al final se le cayó todo encima. La caída del Atlético tuvo algo heroico.

Casillas. Levantó la copa. Es hombre de suerte. Desde que yo recuerdo, ha ganado muchos partidos y nunca se ha perdido uno por su culpa. El sábado pudo pasar y no pasó. En su única intervención midió mal, señal de que le ha faltado portería este año. Una consecuencia indeseada de esa singular alternancia de competiciones. Pero Sergio Ramos vino a salvarle con su gol decisivo. A la postre, el gol que cedió Casillas quedó sepultado por cuatro. Por eso abrazó a Sergio Ramos, le dijo “eres el puto amo”. Y por eso le cedió el alto honor de ponerle la bandera al cuello a la diosa Cibeles.

Sergio Ramos. Un tipo. Nacido para jugar en el Madrid. Su coraje es extraordinario. Su gol de ultimísima hora refleja esa virtud tan proclamada del Madrid, tan querida a sus aficionados: su resistencia a la derrota. Intentarlo hasta el último aliento, agarrarse a un clavo ardiendo. Si se pierde, que por falta de esfuerzo no haya quedado.

Ancelotti

Ancelotti. Modelo delbosquiano, tan alejado de Mourinho. No son necesarios malos modos ni pleitos con la plantilla ni mear más largo que nadie para andar bien por la vida ni para ganar títulos en fútbol. Llegó nuevo, manejó dudas, tardó en encontrar la fórmula, manejó tensiones con el presidente, los gallitos, Di María… Aguantó aquí y allá, apretó esto, aflojó lo otro, cedió… Sin llegar a lo del Atlético, tampoco tuvo al equipo en sus mejores condiciones. Le faltó Xabi Alonso, cuyo primer suplente, Illarramendi, no ha dado la talla. Khedira llevaba tiempo sin jugar. La famosa BBC llegaba en malas condiciones. Empezó mal (la pulsión italiana), pero rectificó sobre la marcha.

En caso de duda, fútbol. Continuación del apartado anterior. Hay un adagio en periodismo que dice: “En caso de duda, haz periodismo”. También vale para el fútbol. “En caso de duda, fútbol”. Con la final atascada, Ancelotti tiró de Isco y Marcelo. La reunión de talento en ese momento era descomunal. Con eso jugó el Madrid unos minutos fantásticos en los que se hizo merecedor del gol antes. Cuando se tienen jugadores (y se tienen cuando se tiene dinero para comprarlos) es lo mejor. El fútbol es de los jugadores. La pizarra surgió como necesidad de los entrenadores que veían a su once inferior al de enfrente. Cuando se puede poner talento sobre el campo, eso es lo que se debe hacer. El fútbol es talento, no cálculo.

El descuento. El Atlético se queja de los cinco minutos de descuento, promediando el cuarto de los cuales llegó el gol. Pero el descuento fue justo, por los cambios, la atención a Filipe Luis y las pérdidas de tiempo del Atlético. El Madrid venía mereciendo el gol desde antes. El Atlético había hecho poco durante el partido. Castigar la mala salida de Casillas con un gol y manejarse con calma hasta que se agotó. Cuando marcó Sergio Ramos hacía rato que se mascaba el gol.

El fatalismo. Es llamativo el paralelismo, cuarenta años (los que peregrinó Moisés por el desierto), de nuevo un defensa central que marca sobre la hora. Como Moisés, el Atlético contempló la tierra prometida, pero se quedó sin pisarla. Los duendes del fútbol. Para mí, el Madrid mereció largamente la victoria, entre otras cosas porque tenía más, pero la forma en que cayó el Atlético fue demasiado cruel.

Di María, soberbio. El hombre que en invierno se quería ir, en busca de una titularidad para no perderse el Mundial, fue el hombre de la final. Jugó un gran partido y su escapada en el 2-1 fue soberbia. Ancelotti sufrió críticas por aguantarle aquella provocación en el Bernabéu, acomodándose sus partes, y por abrirle un puesto en la media. Pero funcionó, fue un hallazgo y el suplente de Bale se convirtió en titular indispensable, equilibrio del equipo y cuchillo ocasional por la banda izquierda. Gento, invitado al partido por sus seis Copas de Europa, tuvo que estar orgulloso de él.

Cristiano
Cristiano Ronaldo, mal. Me pareció un extravío la celebración de su gol. Un gol de penalti, que al fin y al cabo es un golpe de matarife. Recuerdo un día en el que hablé con Di Stéfano, enfadado porque un jugador del Madrid marcó de penalti y se subió a la alambrada del fondo. Era el cuarto gol, goleada a un equipo ya indefenso, con varios jugadores directamente inválidos. Me pareció del peor gusto ese alarde, ese ‘balotelli’. No pude evitar el contraste con el recuerdo de Casillas, en la final de la Eurocopa, cuando  con 4-0 a favor de España frente a Italia le decía al linier que aceleraran el final.

Dos aficiones hermanas.  Fuimos y volvimos a Lisboa juntos y revueltos. Separados en el campo, juntos al entrar y al salir, al ir y al volver. Y juntos en la pantalla gigante que al final sí se instaló en Lisboa Magnífica conducta. El fútbol no es como a veces lo dibujamos. Hay menos incidentes de los que se cree, hay muy pocos, es casi insignificante. Sólo que cuando hay alguno, se televisa en directo, invade los telediarios y sigue la bola. Luego están esas pomposas declaraciones de “partido de alto riesgo” que cada poco hace Antiviolencia. Ir al fútbol no es arriesgado. Es bonito.

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miércoles, 16 abril 2014

Por Alfredo Relaño

La final de las botellas

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Una de las dos semifinales de la Copa de 1968 enfrentó al Atlético de Madrid y al Barça y fue muy polémica. Del partido del Calderón salió el Atlético indignado, reclamando dos penaltis. Con todo, ganó 1-0 y viajó al de vuelta esperanzado. Allí se llegó al final con 2-1, lo que daría paso a la prórroga. Pero Rigo, el árbitro, aplicó un descuento excesivo a ojos del Atlético y Zaldúa marcó el 3-1. El Barça iba a la final. El Atlético regresó indignado y la prensa de Madrid se hizo amplio eco de ello.

 

Salió a relucir entonces que ambos partidos, el de ida y el de vuelta, los había arbitrado el balear Rigo. El mismo que había dirigido los dos partidos de cuartos entre el Barça y el Athletic, provocando también malestar en Bilbao. El mismo que había arbitrado once de los treinta partidos de Liga del Barça, con frecuentes quejas de los adversarios. En medio del debate se conoció la designación del propio Rigo para arbitrar la final, en la que el contendiente del Barça iba a ser… ¡el Real Madrid!


¡Para qué más! Sobre la ola de enfado de los atléticos se montó la de indignación y protesta de los madridistas, que sospechaban que Rigo era árbitro de cámara del Barça. Para más problema, entre las semifinales y la final hubo más tiempo del habitual, doce días. La final se retrasó hasta el 11 de julio por problemas de agenda de Franco. Visto con perspectiva, choca que Franco, al que tanto veíamos en el NO-DO cazando o pescando (salmones en Asturias o atunes desde el Azor) tuviera una agenda tan complicada. Pero esa vez la tuvo y la polémica se alargó.

 

El Madrid instó a la federación a que cambiara la designación, pero esta no quiso. En realidad, la costumbre entonces era designar a los árbitros cotejando la posición que tenían en la lista de los equipos contendientes. Tras cada partido, los dos clubes puntuaban al árbitro. Para cada partido se buscaba el mejor colocado en la suma de ambas listas. Para el Barça, Rigo era el primero y para el Madrid, el segundo. (Hasta después de esa final, claro). El primero en la del Madrid era Ortiz de Mendibil, que estaba recusado por los azulgrana desde un gol concedido también en el descuento a Veloso en un Madrid-Barça de 1966.

 

Ellos eran los dos grandes árbitros del momento y en caso de duda hacían lo posible por agradar al grande de turno. Así estaban arriba en sus dos listas y les arbitraban con frecuencia, lo que les daba fama y currículo. Pero cuando ambos se enfrentaban había que elegir, y… El caso es que se mantuvo a Rigo, contra las protestas del Madrid. El asunto fue comidilla durante doce días. Por su parte, en Barcelona se quejaban de que la final fuese en el Bernabéu, que la Federación defendía como “campo neutral”. No había privilegio en los precios de las entradas. Pero había el privilegio de la proximidad. Viajar desde Barcelona costaba dinero y ni había tanto ni era tan fácil ni habitual viajar como ahora. Para más inri, ese 11 de julio encontrado en la apretada agenda del Caudillo era jueves, día laborable. Para los barcelonistas era muy difícil acudir.

 

El Madrid llega como campeón de Liga, pero con tres bajas duplicadas. Le faltaban el lateral Calpe y su suplente, González; el interior Velázquez y su suplente, Félix Ruiz; el extremo izquierda, Gento, y su suplente, Bueno. Y además, el delantero Veloso. Muñoz recompone el equipo como puede: Betancort; Miera, Zunzunegui, Sanchis; Pirri, Zoco; Serena, Amancio, Grosso, José Luis y Miguel Pérez. A este último se le ha conseguido repescar de la mili la víspera, con un permiso extra. Se intenta lo mismo con el interior De Diego, pero no se consigue. El Barça sale con los mejores: Sadurní; Torres, Gallego, Eladio; Fusté, Zabalza; Rifé, Pereda, Mendoza, Zaldúa y Rexach, joven canterano éste que a última hora pasa por delante de Oliveros.

 

Cien mil espectadores, con abrumadora mayoría de madridistas. En el palco, los popes del Régimen, junto a los presidentes, Santiago Bernabéu y Narcís de Carreras. El partido empieza mal para el Madrid: centro desde la izquierda e intento de despeje en pifia de Zunzunegui, que manda el balón cruzado al segundo palo de Betancort. Gol. El Barça se parapeta, el Madrid ataca. Al público madridista este inicio le frustra. Hay indignación cuando Pereda, con la pierna en alto, golpea a José Luis, que queda un rato conmocionado. Más cuando, un poco más tarde, Serena se va por la banda, Rigo pita porque el balón se le ha escapado fuera de la línea, pero el extremo sigue y Gallego le cruza violentamente, sin necesidad, puesto que no hay juego. Caen algunas botellas en el lugar. Poco más tarde, el propio Gallego voltea a Pirri, que queda en el suelo, dañado. Otro pequeño lanzamiento de botellas. Pirri está fuera ocho minutos, vuelve con luxación de clavícula y así termina el partido, con el brazo doblado hacia arriba, corriendo con dificultad.

 

El Madrid ataca y ataca. Brilla Amancio, brilla Sadurní. Se llega al descanso. A los doce minutos de la segunda parte se desata el pandemónium. Serena entra por el centro del área y cae ante la entrada de Eladio. Rigo deja seguir. La lluvia de botellas es bestial, lo nunca visto. Por la época eran muy frecuentes los lanzamientos de almohadillas al terreno de juego, pero excepcionales los de botellas. Botellas de cristal, de cuarto o tercio de litro, de cerveza, Coca-cola o Fanta. En caso de impacto podían hace mucho daño. En general, cuando algún salvaje tiraba una los vecinos de localidad se lo reprobaban. Se arriesgaban incluso a salir detenidos.

 

Algo más tarde, una fricción entre Torres y Amancio provoca otra tremenda lluvia de botellas, que los propios jugadores blancos piden al fondo que cese. Sadurní decide pasar el resto del partido, cuando no tiene el juego cerca, dentro de la portería, esperando que la red le proteja, porque algunos hacen tiro al blanco con él. En cada zona del campo, cualquier falta de un barcelonista cerca que la banda es replicada con una lluvia de botellas. Sadurní, pese a todo, completa un gran partido, con una presencia de ánimo ejemplar. También ha sido ejemplar el esfuerzo del Madrid, con tantas bajas y Pirri mermado. (No había cambios). Se llega al final con el solitario autogol de Zunzunegui. Cuando Zaldúa recoge la Copa de manos de Franco, el estadio es un grito unánime: “¡Rigo, campeón!” El Barça se retira al túnel entre más botellas, parece mentira que aún queden.

 

En el palco, cuentan después en Barcelona, la señora de Camilo Alonso Vega, ministro de Gobernación, está muy afligida. Le dice a Bernabéu: “¡Qué desgracia, hemos perdido!” Su marido le reconviene: “Felicita al presidente del Barça…” Y ella se vuelve hacia este: “¡Ah, sí, perdón! Felicidades. Porque Cataluña también es España, ¿verdad?” A lo que Narcís de Carreras responde: “Señora, no fotem”.
El Barça se va con su Copa y queda la polvareda. ¿Merece el Madrid una sanción? La federación no lo aplica, porque estima que es ella la organizadora del partido, no el Madrid. Eso provoca enfado en el mundo culé. Eso sí: antes de comenzar la Liga siguiente, la federación emitió una circular prohibiendo despachar envases de vidrio en los estadios. Desde entonces debían ser previamente escanciados por el expendedor en vasos de plástico. Eso provocaba grandes colas en las barras, retrasos y barullos, lo que hizo que todas las aficiones de España pagaran en cierto modo la zaragata.

 

Respecto a Rigo, quedó marcado. Llegó a estar recusado por nueve clubes. En 1975, la federación, que entonces presidía Porta, le relacionó con una trama de árbitros cuya cabeza era el madrileño Antonio Camacho, que supuestamente se ofrecían para venderse. El asunto trascendió en sus detalles (algún día lo contaré en esta sección), pero no hubo sanción oficial. Simplemente, se les fue apartando. Rigo cayó en ese viaje, aunque la relación con la trama nunca estuvo clara. Para el Barça, la eliminación de Rigo fue un síntoma más del poder del Madrid. Para el Madrid, su designación para la final fue una concesión inaudita al Barça. Rigo ahora hace declaraciones de cuando en cuando. Dice que no era barcelonista ni antimadridista hasta aquella final, pero que desde ese día se convirtió en ambas cosas a la vez. 

 

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