as.com Ver todos los blogs >

Me gusta el fútbol

El blog de Pipo lópez

Calendario

abril 2017
lun. mar. mié. jue. vie. sáb. dom.
          1 2
3 4 5 6 7 8 9
10 11 12 13 14 15 16
17 18 19 20 21 22 23
24 25 26 27 28 29 30

Subscríbete a RSS

Añadir este sitio a RSS

¿Que es RSS?

Es una tecnología que envía automáticamente los titulares de un medio a un programa lector o agregador. Para utilizar las fuentes RSS existen múltiples opciones. La más común consiste en instalar un programa llamado 'agregador' o lector de noticias.

jueves, 27 abril 2017

Por Alfredo Relaño

Homenaje de la selección de Barcelona al Madrid

1492965385_081794_1492966929_noticia_normal_recorte1

¿Imaginan una cosa así ahora? Pues sucedió, el 1 de septiembre del 56. La selección de Barcelona recibió al Real Madrid en un Les Corts repleto en partido que se planteó como un homenaje a los blancos, recientes ganadores de su primera Copa de Europa.

La iniciativa correspondió a Diego Ramírez Pastor, Presidente de la Asociación de la Prensa de Barcelona, y supuso todo un acto de hermanamiento de la ciudad con el Real Madrid. El rival del Madrid fue un combinado de jugadores de los tres clubes de la ciudad en Primera: el Barça, el Español y el Condal. Este último estaba recién ascendido con el nombre de España Industrial, que cambió por el de Condal para pasar de filial del Barça (que lo era) a club autónomo. Sólo permaneció en Primera un año, y volvió a ser filial del Barça. Con el tiempo mutó en Barcelona Atlético y finalmente en Barcelona B.

El seleccionador fue Pedro L. Lasplazas, que había sido seleccionador nacional, y que durante muchos años lo fue de la selección catalana o la barcelonesa. La mala sorpresa fue que no llamó a Kubala, por manifiesta baja forma, explicó, lo que le acarreó fuertes críticas. Sus razones tendría, porque Kubala, tras jugar el primer partido de Liga (una semana después de este homenaje), fue suplente en los siguientes cinco.

La ausencia de Kubala la compensó la aparición de Kopa, el gran jugador de Francia. Kopa había dirigido el ataque del Stade de Reims en esa primera edición de la Copa de Europa, cuya final perdió precisamente ante el Madrid. Bernabéu le había fichado, pero con un litigio por resolver. Estaba cerrada la importación de extranjeros desde 1953, así que no podría alinearle más que en la Copa de Europa. Bernabéu presionaba a la Federación para que reabriera la frontera. Algunos clubes, en especial el Atlético, presionaban en contra. El presidente atlético, Javier Barroso, pensaba que si se abría la frontera el Madrid ya tenía a su extranjero listo, y los demás tendrían que buscarlo.

En la prensa barcelonesa del día hay entrevistas en las que Bernabéu se explica. Lanza el concepto de “fútbol espectáculo”, alaba la internacionalización (“los toros no progresan porque no hay competencia exterior”), cuenta que en los tres años de Di Stéfano el Madrid ha ingresado 10, 15 y 21 millones más que antes, que hacen falta más figuras para seguir esa progresión. Defiende el fútbol espectáculo como base para el impulso del fútbol base: “No queremos los beneficios del estadio para repartírnoslos, sino para hacer una Ciudad Deportiva en la que los jóvenes puedan hacer deporte”. Hace un llamamiento a los padres: “La ciudad deportiva es para sus hijos”.

(Y realmente, sería así: con los beneficios de su gran equipo hizo una ciudad deportiva en la que jugaron al fútbol muchos chicos de Madrid. Abriría un camino).

El Barça, que está a un año de inaugurar su colosal Camp Nou, respalda implícitamente los anhelos de Bernabéu, porque al aeropuerto de El Prat acude el propio presidente culé, Miró Sans, junto a Bernabéu, para recibir a Kopa.

El día del partido es una sucesión de cortesías: vino de honor en la Asociación de la Prensa, comida de fraternidad en el Hotel Avenida, donde se lee un escrito de adhesión de la Casa de Cataluña en Madrid, visita por la tarde a las obras de ampliación de Sarrià y a las del futuro Camp Nou. A las 21.30, en Les Corts, juegan el Barça juveniles contra los juveniles de la Casa de Madrid en Barcelona. Y a las 23.00, la selección catalana y el Real Madrid. Juega Kopa, autorizado en telegrama del presidente de la Federación, Lafuente Chaos. El permiso lo solicitó el presidente de la Asociación de la Prensa de Barcelona. El interés benéfico del partido (nadie cobra, ni el Madrid por ir, ni el Barça por ceder el estadio ni los jugadores de los clubes barceloneses) ayuda a la autorización.

El día del partido, la prensa anuncia el no hay billetes, “para evitar molestias innecesarias a los que pretendan adquirirlos a última hora”. Los equipos forman así:

Selección catalana: Ramallets; Argilés, Biosca, Gracia; Bosch, Casamitjana; Arcas, Villaverde, Benavídez, Sampedro y Tejada. Tras el descanso salen Vicente, Vergés, Luis Suárez y Duró por Ramallets, Casamitjana, Sampedro y Tejada.

Real Madrid: Berasaluce; Atienza II, Marquitos, Lesmes II; Muñoz, Zárraga; Joseíto, Kopa, Di Stéfano, Rial y Gento. Es la alineación campeona en la final de París, salvo Berasaluce por Alonso y Kopa por Marsal. En la segunda mitad, Navarro, Manolín y Olsen entran por Atienza, Muñoz y Joseíto.

Lleno: 50.000 espectadores, que saldrán felices.

En el minuto 3 marca Rial a pase de Kopa. Pero en el 15’, la selección de Barcelona ya gana 3-1, gracias a un juego magnífico de su tripleta de ataque, Villaverde-Benavídez-Sampedro. En el 21’, un autogol de Gracia viene seguido, en dos minutos, de tantos de Muñoz y Rial. ¡En tres minutos se ha pasado del 3-1 al 3-4! Así se llega al descanso, entre buenas jugadas y grandes paradas de Berasaluce y Ramallets. En la segunda mitad, el Madrid va a más y marca otros tres, por Zárraga, Rial y Olsen. El Madrid gana 3-7 y se retira entre una gran ovación. La prensa barcelonesa del día siguiente no escatima elogios al juego del Madrid y refleja el éxito de la propuesta de Bernabéu en favor de la nueva época, la del “fútbol espectáculo”. Si algo se ha echado en falta es justamente a Kubala, el otro gran pilar del fútbol espectáculo. Se dice entonces que el Camp Nou se está construyendo porque en Les Corts ya no caben tantos como desean ver a Kubala.

Berasaluce fue el portero del Madrid aquella noche. Fichado del Alavés (llegó a ser internacional B) se mantuvo en el club durante las cinco primeras Copas de Europa del club, para luego pasar al Racing de Santander. Una operación de amígdalas de Alonso, titular entonces, le permitió vivir esa noche. Hoy vive tranquilo en su ciudad natal, Deva: “Lo recuerdo como algo muy grato. Todo era bonito. Campo lleno, grandes jugadas, deportividad, aplauso. Era la presentación de Kopa, que se quedó ya con nosotros. En ellos, Villaverde y Sampedro hacían diabluras. La gente disfrutó. Luego nos llevaron a cenar a una masía. Bernabéu estaba feliz…”.

Y tanto. Aquello fue el empujón definitivo para que se reabriera la importación de extranjeros, en pro del “fútbol espectáculo”. Eso sí: limitado a que sólo se podía alinear a uno por partido. Lo que hizo Bernabéu fue convencer a Di Stéfano, que ya llevaba tres años entre nosotros, para que se nacionalizara. A finales de septiembre, ya pudieron jugar los dos.

Y siguieron viniendo extranjeros hasta 1962, cuando el fracaso en el Mundial de Chile provocó otro cierre, hasta la apertura definitiva en la 73-74. La temporada de Cruyff.

Archivado en Deportes

jueves, 20 abril 2017

Por Alfredo Relaño

El Bayern abandona el Bernabéu a medio partido

Los modos del árbitro español no gustaron a los alemanes. Breitner se marchó del campo y Rummenigue fue expulsado

 

1492361060_475551_1492361463_noticia_normal_recorte1

Para entonces ya habían tenido el Madrid y el Bayern algunos encontronazos. El Loco del Bernabéu. La expulsión de Amancio en el partido de vuelta, su último partido en la Copa de Europa. El 9-1 en un amistoso de verano, al que el Madrid acudió sin preparación y el Bayern, ya rodado, abusó hasta el escarnio. Boskov resolvió aquello con una frase célebre: “Mejor perder un partido por nueve goles que nueve por un gol”.

Pero aún con eso y con todo lo que ha venido después, lo peor para mí de todo lo que ha ocurrido entre el Bayern y el Madrid fue lo del Trofeo Bernabéu de 1981.

El Trofeo Bernabéu fue una creación de Luis de Carlos en honor al patriarca blanco, fallecido en el verano de 1978. Se estrenó en 1979 y en sus inicios tuvo un formato excelente, que el tiempo ha limitado por sus costos. Los cuatro participantes tenían tal rango que aquello parecía unas semifinales de Copa de Europa. Y en paralelo jugaban los juveniles de los mismos clubes. Cuatro jornadas de buen fútbol.

El Bayern había ganado las dos primeras ediciones y acudió a esta tercera, donde se enfrentaría en la semifinal con el AZ 67. La otra semifinal era Madrid-Dinamo Tblisi. El Bayern aceptó el compromiso, pero al primer partido vino sin tres internacionales, Durnberger, Breitner (que había pasado por el Madrid no mucho antes) y Rummenigge, por compromiso con su selección. Con eso, empataron a dos y perdieron en la tanda de penaltis. Se esfumó la final soñada, Madrid-Bayern. El Madrid sí cumplió y ganó al Dinamo, aunque en un partido flojo. Había malas caras. Estábamos en vísperas de huelga de futbolistas, que amenazaba el inicio de la Liga, el equipo no gustaba, se pedía una mejor ubicación de los socios. El público llegó a protestarle a De Carlos: “¡De Carlos, dimite, el socio no te admite!”.

Los alemanes quedaron malhumorados. El Madrid hizo valer el contrato y presionó para que el segundo día salieran los tres internacionales que faltaron el primer día, y así fue.

Las dos ediciones anteriores las habían arbitrado extranjeros, pero esta vez el Madrid invitó a dos extranjeros y dos españoles. Franco Martínez había arbitrado el primero del Bayern. El tercer y cuarto puesto correspondió a Pes Pérez:

—Fue por intervención de Plaza. Yo había estado recusado por el Madrid el año anterior. Por el ruego de Plaza, que me tenía estima, accedieron a levantarme la recusación y para escenificar la paz me invitaron al torneo.

Pes Pérez era árbitro de armas tomar. Valiente, encarador con los jugadores que protestaban. Halcón, como se decía entonces, expresión traída al fútbol por el periodista Alfonso Azuara desde la administración americana. Halcones eran los consejeros duros del presidente. Palomas, los prudentes. Azuara dividió a los árbitros en halcones y palomas e hizo fortuna. El sueño de todo equipo era tener halcón fuera de casa y paloma en casa.

Los modos de Pes Pérez molestaban visiblemente a los arrogantes ganalotodoalemanes, a los que además el público abroncó constantemente. En el minuto 30, le pita una falta a Breitner y este, sin más, se va del campo. Por la cara. Csernai, el entrenador, tiene que improvisar el cambio. En el 44, con 2-1 a favor del Dinamo, Rummenigge hace una falta cerca de los banquillos y el público le abronca. Él se encara y hace gestos feos. Pes Pérez acude y le expulsa. Se forma un revuelo, acude Dieter Hoennes, que también es expulsado. Breitner sale del banquillo, se junta al tumulto, le hace señales a Pes Pérez de que le falta un tornillo.

De repente, todos se marchan. Todos al túnel.

 

En la grada, los espectadores no sabíamos a qué atenernos. Más bien pensábamos que Pes Pérez había adelantado el descanso para calmar los ánimos. Pero en vestuarios se vivía otra realidad. El gerente del Bayern, Uli Hoeness, pedía a los jugadores que accedieran a regresar al campo, a lo que estos se negaban salvo que pudieran jugar los expulsados. Breitner incluso exigía que se cambiara de árbitro: “¡Yo no he venido aquí a hacer el tonto!”, gritaba una y otra vez Breitner. El Madrid trató de conseguir que Pes Pérez dejara salir a los once, pero él los daba a todos por expulsados.

Pasó un cuarto de hora, veinte minutos, media hora… Ya la megafonía lo confirma: el Bayern se ha retirado. La bronca es brutal. Hay que esperar hasta las diez de la noche para que empiece la final, ya que hay televisión. Todos aburridos e indignados. La final se sigue con el peor de los humores, nuevos gritos contra De Carlos y mal juego. Al menos gana el Madrid en los penaltis, tras un soporífero 0-0.

Ahora queda qué hacer con el Bayern. El Madrid no le paga, pero deposita la cantidad (150.000 marcos) en la Federación Alemana, que a su vez tiene una papeleta. Era norma sancionar con severidad a los equipos que tenían mala conducta en el extranjero. No hacía mucho, Keegan había sido suspendido dos meses por incidentes en un partido fuera de Alemania. Pero el Bayern mandaba mucho…

Llamaron a Pes Pérez:

—Fui allí porque me lo pidieron Porta y Plaza. Fui en coche, desde Zaragoza, con mi linier, Jesús Villanueva, que ahora es el médico del Zaragoza. Su hermano era cónsul de España en Dusseldorf, y él nos esperó en Bonn, para acompañarnos y hacernos de intérprete. Nos recibieron con alfombra roja. Me quisieron pagar muy generosamente los kilómetros nada más llegar. Luego, ante el fiscal de la federación, Hans Kinderman, estuve contestando las preguntas, con el hermano de Villanueva como traductor. Cuando acabó todo, pidió que le leyeran lo que habían transcrito y empezó a rectificarles: “No, eso no, eso tampoco…”. Habían cambiado lo que habían querido. Se molestaron mucho con las correcciones. Al despedirnos, la amabilidad inicial cambió en malas caras. ¡Me costó cobrar los kilómetros y el hotel! El presidente, Neuberger, era vicepresidente de la FIFA y luego pasó lo que ya me imaginé ese día: me puso tres cruces negras para partidos internacionales de importancia.

 

De su informe hicieron poco caso. No hubo suspensiones. El Bayern y Breitner fueron multados con cinco mil marcos. Los 150.000 que el Madrid depositó en la Federación Alemana no volvieron. De ahí se cobró las multas la Federación. El resto fue para el Bayern. Se dijo que jugarían un partido gratis en Madrid, como desagravio, pero si te he visto no me acuerdo.

Nunca antes ni después he visto a un equipo retirarse del campo. He visto amagos, pero nunca culminados.

Archivado en Deportes

jueves, 06 abril 2017

Por Alfredo Relaño

Todo el mal que hizo Juanito cabe en un minuto

La primera vez que supe de él fue en un partido de selecciones regionales juveniles, Castellana-Tinerfeña, en Vallecas. Con los castellanos, camiseta morada y pantalón blanco, había un diablo pequeño y cabezón que nos entusiasmó a todos.

—¿Quién es el siete?

—Es un chico de Fuengirola que ha traído Víctor Martínez al Atleti.

El Atlético tenía una perla, pues. Vivía en la residencia de solteros del club, Hortaleza 19, con Leal, entre otros, figura en ciernes también. Venía de Fuengirola con maneras de golfillo que en Madrid explayó al máximo. Siempre supo divertirse, pero se entrenaba y progresaba. Miraba, aprendía, tenía afición, aunque su falta de control le costaba problemas. Pero llegó a ser la estrella del Atlético Madrileño.

1491163772_720626_1491164769_noticia_normal_recorte1


El 10 de enero del 73 le sacaron con el equipo grande en un amistoso contra el Benfica, en el Manzanares, partido en beneficio de los damnificados de la catástrofe de Managua. Estaba loco de alegría. ¡Su primer partido con los mayores! Pero fue una desdicha: le cayó sobre la pierna el meta portugués, José Henrique, y le produjo fractura completa de tibia y peroné. La recuperación duró todo el verano. El plan de incorporarle al primer equipo en la 73-74 se frenó. Prefirieron cederle al Burgos, en Segunda. Que se recuperara ahí.

No parecía mala idea. El Burgos era un buen Segunda. Pero Juanito me comentó años después: “Me equivoqué de medio a medio. Me creí figura entre los demás, no hacía mucho caso, discutía con el entrenador, con los árbitros. Me expulsaron varias veces. Me estaba hundiendo y no lo sabía”.

Al final del curso, el Atlético le dejó en libertad: “Se me vino el mundo a los pies. Yo no lo podía esperar”. Llamó al Burgos, con las orejas gachas y propósito de enmienda. Ya no era una figura en cesión, ahora necesitaba una plaza de meritorio. Martínez Laredo, el presidente, decidió creer en él. Siempre le vio un talante generoso. “Se equivocaba mucho, pero siempre reconocía el error a la primera”.

Fue una gran decisión. El Burgos pulió a un gran jugador. Juanito fue la figura del equipo, que en la segunda temporada de su regreso subió a Primera. En Primera destacó en cada partido, en especial en su visita al Calderón, una especie de venganza: el Burgos ganó 0-3. Los que le habíamos visto cinco años antes en aquel Castilla-Tenerife de juveniles reconocíamos sus regates, su velocidad, su visión, su nervio. Un genio.

En mayo, Bernabéu viajó a Roma, a la final de la Copa de Europa Liverpool-Borussia Moenchengladbach. El Madrid estaba interesado en el medio alemán Wimmer y Bernabéu quiso verlo en directo. Agustín Domínguez, que le acompañó, me contó lo que sigue: “Camino del campo nos encontramos a Lucien Müller. Don Santiago le dijo que, como se retiraba Amancio, necesitaba “uno que levantara al público de los asientos”. Bernabéu tenía esa obsesión desde Kopa. Amancio había cubierto ese papel durante años. Pero, ¿y ahora? Müller, que había entrenado al Burgos en la temporada del ascenso, le dijo que fichara a Juanito. Bernabéu se enfadó, le parecía Juanito un chico ingobernable, al que había tenido que echar el Atleti. Le gritó que se lo estaba ofreciendo Martínez Laredo, desde semanas atrás, y le parecía un disparate. Pero Müller le insistió mucho: “Don Santiago, yo le conozco, he trabajado con él, es un chico noble. Sólo necesita cuidarle las compañías”. Müller era un tipo serio y Bernabéu acabó por dejarse convencer, aunque a regañadientes. Luego vio el partido y cambió la decisión de los técnicos para el refuerzo del medio campo: “Wimmer no. Diles que ese del bigote que tiene tan mala leche”. Ese del bigote y la mala leche se llamaba Stielike.

Martínez Laredo se sintió feliz cuando Bernabéu le llamó. Se lo vendió por 31 millones, frente a una oferta mucho mayor del Barça. Laredo era un madridista radical, hasta sonó entre los posibles sucesores de Bernabéu tres años más tarde.

Müller tuvo razón y Bernabéu también. Los dos funcionaron, aunque se llevaron, andaluz el uno y alemán el otro, como el perro y el gato. Bernabéu rodeó a Juanito de buenas compañías (García Remón, Del Bosque y Camacho fueron su pandilla), pero aun así salpicó su magnífica carrera en el Madrid de continuos incidentes, dentro y fuera del campo. Los enemigos del Madrid, Núñez especialmente (“¿qué dirían de nosotros si tuviéramos un jugador que anda embarazando mujeres por las esquinas?”) le escogieron como foco de sus críticas. Él dio motivos, con sus salidas de madre, de las que inmediatamente se arrepentía: “Otra vez me ha traicionado mi pronto malo”, declaraba cada vez, sinceramente arrepentido. “No lo consigo dominar”.

Valdano me dijo en una de tantas frases felices suyas: “Todo el mal que haya hecho Juanito en su vida cabe en un minuto. Claro, que ese minuto es tremendo: dar un cabezazo a un linier, pisar la cabeza de Matthaus, escupir a Stielike... Pero siempre se arrepintió al instante”.

El público del Madrid le adoró, perdonándole eso. Su retirada tras el cuarto gol al Borussia en una de esas remontadas de la Copa de la UEFA, con sus saltos de alegría, sus manotazos al aire, quedó para la historia. Por eso lo primero que le vino a la cabeza a Casillas tras el 6-1 copero sufrido en Zaragoza fue que para la vuelta había que “apelar al espíritu de Juanito”.

Por el pisotón en la cabeza a Matthaus le suspendieron cinco años en Europa, así que tuvo que dejar el Madrid. Dio todas las facilidades, y eso que dinero no le sobraba. Era demasiado generoso y atolondrado para los negocios, que le fueron fatal.

Aún disfrutó del fútbol en el Málaga, su Málaga, que siempre quiso tanto como al Madrid. Cuando compareció como malaguista en Atocha, el campo que más le había gritado, se llevó una ovación tremenda. En la ciudad se sabía que con ocasión del homenaje a Sagarzazu había hecho más que nadie para reunir a una selección de figuras a fin de que el partido tuviera brillo.

Se retiró con Curro Romero cortándole la coleta. Aún soltó unos últimos partidos en Los Boliches, uno de sus primeros equipos, en Segunda B.

De ahí a entrenar. Iba bien en el Mérida. Relanzó a Cañizares, cuya carrera se estaba atascando. Los jugadores que pasaron por sus manos cuentan lo mejor de él. Tenía por delante una carrera, unos ingresos para tapar las trampas de los negocios olvidados y para sacar adelante una familia.

Hasta aquel Madrid-Torino de hace 25 años. Vino de Mérida a verlo, con tres jugadores, Ricardo, Echevarría y Pepe Pla, y Manuel Ángel Jiménez, Lolín, el preparador físico. Al final del partido, regresaron sin demora. Los jugadores, delante, se encontraron con unos troncos en la carretera, que se le habían caído a un camión al que vieron parado poco más adelante. Tras el susto, pensaron con aprensión en los del coche de atrás. Conducía Lolín, con Juanito dormido en el asiento de al lado. Esquivó como pudo los troncos, pero fue a estrellarse contra la trasera del camión. Juanito se rompió el cráneo, murió en el acto. Lolín resultó conmocionado, pero sobrevivió.

El impacto en la opinión pública fue tremendo. A Juanito, al cabo del tiempo, le quería todo el mundo. Vivió deprisa, se entregó a todos.

Muy poco antes, una gitana le había dicho que le quedaba poca vida. Entonces se acordó de Ramos Marcos, que le había ofrecido un seguro de vida que rechazó. Le llamó e hizo el seguro. “Para que mis hijos queden bien”.

Archivado en Deportes

jueves, 30 marzo 2017

Por Alfredo Relaño

Kopa, el ‘tourbillon’ y la glucosuria

El partido numero 100 de la Selección se jugó contra Francia en Chamartín el 17 de marzo de 1955. El anterior, exactamente un año antes (17 de marzo de 1954), había supuesto un berrinche mayúsculo, porque nos dejó sin ir al Mundial de Suiza. Fue aquel desempate empatado contra Turquía en Roma, resuelto por sorteo, con un bambino que sacó de la copa la papeleta de Turquía. Un año, pues, sin jugar. Para la reaparición se pactó un amistoso con Francia en Chamartín. No parecía mala idea. Francia no era gran cosa entonces en fútbol, pero su prestigio como país sería un plus para la previsible victoria española. De ocho partidos anteriores contra ellos habíamos ganado siete y perdido sólo uno. El último había sido una estruendosa victoria en Colombes, 1-5, con Basora en figura.

Blog

Francia aterrizó el martes 15 en Madrid, con catorce jugadores, seleccionador, entrenador, masajista, dos directivos y ¡38 periodistas! Es conocida la atracción que provoca todo lo español en Francia. Y nuestro fútbol, pese a no haber ido al último Mundial, tenía prestigio. Aquí estaba Kubala, había llegado Di Stéfano… Entre los periodistas está el célebre Gabriel Hanot, que en esos días da los últimos toques a la creación de la Copa de Europa, iniciativa suya lanzada desde L’Équipe. Como todos, no tiene dudas: ganará España. Nuestro equipo ‘B’ acababa de ganar, el domingo 13, al ‘A’ de Grecia por 7-1, con cuatro goles de Badenes y una exhibición de la media Mauri-Maguregui, del Athletic. El partido ha impresionado.

Francia sube a La Berzosa. España está en Aranjuez. Los jugadores reciben continuas visitas de amigos en busca de entradas, agotadas en Madrid. Se quejan del frío y entretienen el aburrimiento matando pajaritos con una escopeta de perdigones. El seleccionador, Ramón Melcón, es optimista. Menos lo es el entrenador, Benito Díaz, viejo zorro. (En la época, el cargo de seleccionador y el de entrenador estaban separados). ‘El Tío Benito’ sabía que Francia tenía un equipo rápido, en el que destacaba un joven menudo llamado Kopa. Se estaba forjando la Francia que sería tercera en el Mundial-58, pero aquí nadie sospechaba eso más que él, que había pasado la Guerra Civil en Burdeos entrenando al Girondins. Cuando le hablan de goleada se muestra irónico: “Sí, a los ocho o nueve deberíamos parar…”.

La víspera, la recién creada Agrupación de Periodistas Deportivos ofrece un cóctel a sus colegas del país vecino. Los españoles se enteran con asombro de que traen un camión especial para revelar y transmitir fotos desde la puerta del campo. También traen televisión. El partido se va a televisar a Francia. Aquí no, estamos en mantillas. Por la mañana ha entrenado Francia en Chamartín. Los franceses se vuelcan en elogios sobre el césped y la inmensidad de las gradas. En Francia no hay nada así. Se acaba de jugar en París un Racing-Nimes, decisivo para el título, ante 18.000 espectadores.

El jueves a las 16:30, cuando saltan los equipos, hay 125.000 aficionados en las gradas. Marca, que se vendía a 0,80 pesetas, anuncia para el día siguiente un número extraordinario, que cobrará a peseta. Tal era la expectación.

Francia sale con: Remetter; Bieganski, Jonquet, Marché; Penverne, Louis; Kopa, Glovacki, Bliard, Mahjoub y Vicente.

Por España: Ramallets; Segarra, Marquitos, Lesmes II; Muñoz, Bosch; Basora, Molowny, Arieta, Rial y Gaínza. Ramallets, Segarra, Bosch y Basora son del Barça. Arieta y Gaínza, del Athletic. Los otros cinco, del Madrid. Melcón ha barrido para casa. Marquitos y Lesmes II debutan. Falta Kubala, lesionado, y eso da sitio a Molowny, ya mayor, pero gran favorito de la afición madridista. Se podía entender: el Madrid había ganado la Liga anterior y se encaminaba a ganar esta... Pero eso se debía sobre todo a Di Stéfano, que aún era extranjero y no podía ser seleccionado. Mucha gente que ha visto el 7-1 a Grecia se pregunta si no hubieran merecido algunos de los ‘B’ estar en el partido. Sobre todo Badenes y los medios Mauri y Maguregui, que dieron un recital.

Blog2

La cosa empieza bien. Francia sale encogida ante los 125.000 espectadores que revientan la grada y animan a esa especie de Madrid reforzado. En el 10’, gol español: buena jugada de Rial que abre a Basora para que éste centre a Gaínza, que se ha metido en diagonal al área y marca. En las gradas, claro, se habla de goleada.

Pero ahí se acabaron las buenas noticias. Francia se suelta, se la ve más fuerte, más saludable y más técnica. Louis, un mulato de la Martinica, enorme y fortísimo, se mete a Molowny en el bolsillo y le sobra fuerza para armar el medio campo. Muñoz y Bosch son lentos, Rial es lento, Francia es rápida. Kopa deja la banda y se va hacia el centro. Los delanteros franceses cambian de posición constantemente, es lo que llaman el tourbillon, el torbellino. Todo con Kopa al frente de la maniobra. Ramallets retrasa el empate hasta el 34’, cuando ya no puede hacer nada ante un empalme de Kopa. 1-1. No mucho más tarde, Molowny se va por ‘lesión’ (sólo así estaba permitido el cambio) y le sustituye Arteche. Al descanso hay mal humor.

En la segunda, Francia es dueña del campo y del balón, Ramallets aguanta como puede. En el 72’, la enésima diablura de Kopa acaba en gol de Vincent. El partido queda 1-2. No ha habido goleada, no… gracias a Ramallets.

Kopa sale a hombros de aficionados franceses, como un torero. En la caseta, Molowny declara que no estaba lesionado, que le han obligado a fingir. Más polémica para el día siguiente. Benito Díaz desliza críticas a la alineación de Melcón. Nadie duda de que él hubiera preferido a Mauri y Maguregui para la media.

Pasado el fin de semana con su jornada de Liga, una palabra se apodera de la escena: GLUCOSURIA. ¿Y eso qué es? Un exceso de azúcar en la sangre, que habría sido culpable del mal rendimiento. La noticia la lanza el martes un diario de la noche y la recogen todos la mañana siguiente. Hay desconcierto. Marca respalda a la Federación, aporta testimonios de muchos médicos que descartan tal cosa. Pronto se ve que el origen ha sido una filtración del Madrid, que acaba por enseñar la patita. Primero, con una nota del club. Luego, con un largo informe de sus médicos, publicado íntegro en ABC. El parte explica que los jugadores tomaron zumo de naranja enriquecido con azúcar tras cada entrenamiento en Aranjuez y que en pruebas hechas el viernes, todos los internacionales del Madrid menos Molowny dieron un exceso de azúcar en la sangre, lo que explicaría su mal rendimiento.

¿Y los del Barça y el Athletic? Sus médicos no detectaron nada. La polémica da para días, como todo lo que envuelve al Madrid. ¿Excusa del club, comprometido en el fracaso, por la amplia presencia de jugadores propios en el partido? Han pasado muchos

años, no hay testigos vivos, pero es a lo que suena. Tanto tiempo después, nadie ha vuelto a oír nada de la glucosuria relacionada con mal rendimiento en el fútbol.

El siguiente partido de España fue un empate en Chamartín contra Inglaterra, tras el que cayó Melcón. De los de la glucosuria sólo repitió Rial. Muñoz y Molowny volvieron a la Selección. Marquitos y Lesmes II, sí, sólo una vez cada uno, y pasado mucho tiempo.

Archivado en Deportes

jueves, 23 marzo 2017

Por Alfredo Relaño

El Celta se salva a costa del Deportivo

En la 69-70, el Celta reaparecía en Primera División, tras una década de ausencia. Allí se iba a reencontrar con el Dépor, que en los sesenta llegó a ser conocido como equipo ascensor, porque subía y bajaba continuamente. Pero en ese momento, con un presidente joven y audaz, Antonio González, se sentía seguro. Aspiraba a más. Se estaba dotando de una nueva estructura. Entró como gerente un destacado periodista coruñés, Manuel Fernández Trigo, más adelante gerente del Madrid.

1

Antonio González era hombre prometedor y multifacético. Exjugador del club, fue también presidente de las federaciones gallega y española de hóckey sobre patines, deporte en el que había llegado a ser internacional. Cuando llegó la Asamblea de la Federación del verano de 1969 sonaba para el Consejo Directivo, entonces más reducido que ahora. Galicia tenía tres equipos en Primera (el otro era el Pontevedra) y dos en Segunda (Ferrol y Orense). Él era la cara más conocida de Galicia.

Un grupo de clubes que se movían en aquel tiempo entre la zona del miedo en Primera o de las aspiraciones en Segunda, presentó una propuesta: que la Primera pasara de 16 a 18 clubes. Encabezaba el movimiento el Sabadell, cuyo presidente, Ricardo Rosón, reclutó para la causa a los gallegos a cambio de apoyar a Antonio González para el Consejo Directivo.

Pero en la jaula de grillos que fue la Asamblea (como cada año), González les falló, o le fallaron ellos a él. La cosa es que ni González salió ni la Liga se amplió. En Vigo corrió que el Dépor ya no temía el descenso, que estaba agrandado y que González ni votó ni hizo campaña por la ampliación. Le acusaron de “nuevo rico futbolístico”.

Pero la realidad fue por otro lado. Al final de la primera vuelta, el Dépor era el tercero por la cola y bajaban tres mientras que el Celta estaba cerca de la zona templada. Y tercero por la cola seguía el Dépor cuando, a tres jornadas del final, le tocó recibir al Celta, que le precedía en tres puestos y cuatro puntos. El partido se presentaba con tintes dramáticos. El Dépor necesitaba ganar. El Celta sabía que ganando se salvaba seguro.

De aquel partido se hablaría durante años.

Salieron a relucir todos los agravios históricos. Saltó a relucir la fuga de varios jugadores vigueses (entre ellos el legendario Otero) al Dépor cuando se fusionaron el Fortuna de Vigo y el Vigo Sporting para dar lugar al Celta. Salió a relucir el partido en Chamartín de verano del 40, cuando el Celta le ganó al Dépor y le cerró la puerta de Primera. Salió a relucir la liguilla de promoción del 53, con HH en el Dépor, en la que los dos quedaron en Primera por carambola, tras un choque final muy polémico.

La semana previa es de gran emoción en ambas ciudades, con un paréntesis el viernes por la noche para el combate Urtain-Weiland, asalto del morrosko de Cestona al título de Europa. Weiland llegó a España diciendo “las piedras que levanta Urtain yo se las lanzo a los pajaritos”, lo que creó indignación patriótica. Hasta Vigo y La Coruña se pararon por dos horas. Una vez que ganó Urtain y quedamos todos tranquilos, el primer plano en Galicia lo volvió a ocupar el Dépor-Celta.

La Central de Espectáculos de Vigo vende 5.000 entradas. Otros 5.000 viajarán, confiando en conseguir entrada en La Coruña. Allí hay colas en las taquillas. Es día del club, tienen que pagar todos los socios y abonados. Se advierte que a las nueve del sábado se cierran las taquillas y el sobrante se venderá al público en general.

El Celta viaja el mismo sábado, duerme en Santa Cruz, en el hotel Portocobo. Se dice que llevan 100.000 pesetas de prima por cabeza, una exageración. Son 25.000. El Dépor duerme en el hotel Santa Cristina. Tiene una baja muy sensible, Domínguez, alma del equipo, y es duda Bellod, lateral atacante. Van a misa, a los jesuitas, junto al hotel.

La mañana del domingo llegan de Vigo un tren de especial, numerosos autocares y muchísimos coches con la matrícula PO. La baza del entusiasmo es viguesa. Los coruñeses van desconfiados al partido. Son las 4.30 del 5 de abril del 70 cuando con un sol reventón salen a Riazor los dos equipos:
Dépor: Joanet; Miguel, Luis, Cholo; Sertucha, Manolete; Loureda, Cervera, Beci, José Luis y Martínez. En el 39’, Bordoy por Miguel; en el 45’, Chapela por José Luis.
Celta: Bermúdez; Pedrito, Manolo, Herminio; Rivera, Costas; Lezcano, Almagro, Abel, Juan y Jiménez. Arza, entrenador del Celta, viejo zorro, ha cambiado la alineación al saber que faltaba Bellod. Rivera, habitual delantero, pasa a la media, en lugar de Hernández, más de contención.

2

Un equipo del NO-Do ha acudido a filmar el partido. Es noticia nacional.

Minutos de tanteo hasta que en el 9’ Sertucha mete un tiro en el palo. Eso anima al Dépor, que ataca con firmeza 10 minutos, pero al Celta se le ve más calmado. Pasado el chaparrón, se despliega. Rivera, el delantero convertido en medio, se hace dueño del juego. Será el hombre del partido. En el 42’, falta cerca del área del Dépor. La saca Quique Costas (que luego haría gran carrera en el Barça de Cruyff) para Rivera, y…

—Le dije que me la tocara cortita y le pegué con todo. Salió un tiro raso que pasó por debajo de la barrera y se coló junto al palo.

Para Joanet, el buen meta deportivista, un tiro inalcanzable. Para Rivera, un hito en su carrera. Nacido en O Carballiño, donde hoy vive, fue Pichichi de Tercera con el Orense, jugó en el gran Sevilla de mediados de los sesenta y regresó a Galicia para fichar por el Celta, de Segunda. “Muchos me decían que cómo me iba del Sevilla, que era puntero, al Celta en Segunda. Pero yo quería volver a Galicia”. Hizo bien. Fue Pichichi en Segunda con el Celta, vivió el ascenso y grabó en mármol su nombre en la historia de la gran rivalidad gallega con ese gol.

En la segunda mitad mandó el Celta, al que le anularon otro gol. El Dépor, falto de Domínguez, que ponía el espíritu, se embarulló.

Al regreso a Vigo hubo desfiles y cohetes en Santiago. En La Coruña quedó depresión: el Dépor estaba condenado. Aunque luego empató en Mallorca y el último día ganó al Granada 3-0, terminó tercero por la cola y bajó.

En Vigo no dejaron de recordar que si Antonio González hubiera peleado más por la ampliación, el Dépor seguiría en Primera.

Archivado en Deportes

jueves, 09 marzo 2017

Por Alfredo Relaño

Kopa lanza el ‘marketing’ y escandaliza a Francia

La 58-59 fue la tercera temporada de Kopa en el Madrid. En las tres ganó la Copa de Europa. Aquella última había sido la de la llegada de Puskas, con lo que Bernabéu había reunido su delantera perfecta: Kopa, Rial, Di Stéfano, Puskas y Gento. Kopa terminaba contrato ese su tercer año. Bernabéu le ofreció una renovación por cinco más. Estaba seguro de que aceptaría, pero se lo pensó, se lo pensó… y al final rehusó. Bernabéu no lo esperaba. En el Madrid había ganado el triple que en su club de procedencia, el Stade de Reims. Bernabéu no se explicaba cómo podía marcharse.

A Kopa le empujaban a regresar al Stade de Reims dos motivos: su mujer lo deseaba, y él era feliz sólo a medias. Reconocidísimo por Bernabéu, por el público y por sus compañeros, no se resignaba a su puesto de extremo. En Francia jugaba en el eje del ataque, como nueve retrasado, agitando el ataque, protagonizando los avances, buscado por todos los compañeros. En el Madrid ese papel era, claro, de Di Stéfano.

Ya, pensaba Bernabéu, pero ¿y el dinero?

Blog


El dinero le importaba a Kopa, como a todos. Se había enojado mucho cuando en 1951 fue traspasado de su primer club serio, el Angers, al Stade de Reims. Sólo entonces se enteró (así eran las cosas antes) de que se debía de por vida al Angers, de que estaba sometido desde su primera firma (con 17 años) al derecho de retención, de que para irse a otro club, este tendría que pagar un fuerte traspaso. Kopa hubiera encontrado natural que todo el dinero que el nuevo club estuviera dispuesto a gastarse en su contratación fuese para él.

En el Stade de Reims se completó como jugador, se convirtió en la gran estrella de Francia. En 1955 tuvimos aquí seria noticia de él: Francia pasó por Chamartín, ganó a España 1-2 y un grupo de franceses entusiasmados le sacó a hombros, como un torero. El Napoleón del Fútbol le bautizó ese día en su crónica Desmond Hacket, crítico del Daily Express. El apodo hizo fortuna en toda Europa.

Para entonces ya no era el simple muchacho hijo de emigrantes polacos al que se podía engañar fácilmente. Se orientó, tuvo amigos cultivados. Cuando le llegó la oferta del Madrid ya sabía que en España el derecho de retención no operaba con los extranjeros. Por eso aceptó la oferta de Bernabéu: contaba con que a los tres años quedaría en libertad y eso le permitiría cobrar en su siguiente destino el dinero equivalente a un traspaso, más sus emolumentos propios de estrella.

Así que comparó la propuesta de renovación de Bernabéu con las del Anderlecht y el Milan. Mientras, en Francia se creó un movimiento para recuperarle, que era lo que él deseaba. El problema para el Stade de Reims era que no tenía tanto dinero. Era el gran club de Francia (acababa de perder ante el Madrid la final de la cuarta Copa de Europa) pero no le alcanzaba para ofrecerle lo que otros. La solución fue crear un concierto con varias empresas que explotarían la imagen de Kopa.

Hubo un refresco llamado Kopa, unas botas Kopa, camisetas Kopa, calzones Kopa, unas medias Kopa y un chándal Kopa. Fue un avanzado del marketing en el fútbol, cuando eso todavía no se llamaba así ni de ninguna manera. En Francia, como luego haríamos aquí, adoptaron la palabra inglesa (o mejor, americana) para el caso.

En Francia, algunos torcieron el gesto. Por la época, el amateurismo aún tenía un prestigio, a los JJ OO no podían acudir profesionales de ningún tipo. Se admitía como algo inevitable que los futbolistas cobraran por su trabajo, pero esa explotación comercial de su apellido (sincopado, en realidad se llamaba Kopaszewski) se vio como un exceso mercantilista. Él, sin embargo, era un convencido de que era su derecho y de que el futuro le daría la razón. Se le habían abierto los ojos en ese sentido cuando un fotógrafo de la época, que les hizo un célebre posado a Bernabéu, Di Stéfano y él juntos, la colocó luego como reclamo en su estudio, lo que le atrajo multitud de clientes.

Hizo más anuncios. Creó su propia empresa para manejar esos asuntos. Al tiempo, desde su posición de figura máxima de Francia, empezó a predicar entre sus compañeros. Tuvo problemas con el seleccionador francés. Alguna vez dejó de convocarle, a instancias de la Federación.

No le acobardaban. Hijo de inmigrantes polacos, minero en su infancia como su padre (con 14 años perdió el índice de la mano izquierda, aplastado por una vagoneta en la mina), era interiormente duro, en contraste con el aire elegante de su fútbol de seda, de su apariencia, menudo de talla, rostro plácido, perfecto aseo, maneras suaves.

La gran bomba la soltó el 4 de julio de 1963, en una entrevista en France Dimanche, un semanario popular que salía los viernes. El titular fue: “Los jugadores son esclavos. Se les puede vender, hasta forzar a cambiar de país sin su acuerdo”. Aquello creó un revuelo europeo. La Federación le exigió que rectificara, no lo hizo y le suspendieron por seis meses. Así eran las cosas entonces. Algunos, para defenderle, argumentaron que hablaba así porque estaba nervioso por una grave enfermedad de su hijo. Eso le encolerizó más. Presentó demandas que algunos amigos le convencieron, con mucho esfuerzo, de retirar.

En la 63-64, sin su concurso, y con otras figuras algo gastadas, el Stade de Reims bajó a Segunda. Recobró la categoría en 1966, pero bajó otra vez de inmediato. Ni él ni el Stade de Reims volvieron a ser los mismos. Tras una corta retirada, jugó su último partido con 37 años, en 1968.

Francia se dividió en torno a su figura. Pero con su retirada más la nueva mirada surgida a partir de los sucesos de mayo de 1968, la opinión en contra fue girando, al compás que lo hacía la sociedad. Sus razones fueron mejor entendidas, se creó el sindicato de futbolistas... En 1970 fue nombrado Caballero de la Legión de Honor.

Fuera del fútbol, manejó sus negocios. El paso del tiempo hizo que su nombre fuera, progresivamente, más olvidado, menos comercial. Llegó a tener problemas y en 2001 sacó a subasta en una casa de Inglaterra sus recuerdos, premios, medallas…

Dejó fuera de esa subasta dos cosas: su Balón de Oro de 1958, y el regalo de despedida que le hizo Bernabéu: tres pequeñas reproducciones en oro de la Copa de Europa, sobre un soporte de madera.

Archivado en Deportes

jueves, 02 marzo 2017

Por Alfredo Relaño

Karag acierta y el Atleti es campeón

Acisclo Karag, nacido en Filipinas en 1891, fue médico y periodista. Su firma ya era conocida desde antes de la guerra. En los sesenta, cuando yo era un chaval, tenía una cita fija con los lectores los jueves en Marca,donde pronosticaba, con general acierto, los resultados del domingo.

Pero lo grande venía cuando, a varias jornadas del final de la Liga, anunciaba el veredicto final: el campeón, los descendidos, el orden de todos. El día se esperaba con avidez y se consideraba palabra papal. Pocos se atrevían a discutirlo. Los hinchas del campeón se crecían, los de los descendidos se abatían.

Sin título


Esta era la temporada 65-66, última del Metropolitano. El Atlético iba bien. El Barça empezó muy mal, el Madrid, regular tirando a mal. En un par de oportunidades llegó a ser líder el Pontevedra del Hai que Roelo, la segunda tras ganar al Atlético en Pasarón. Pero el Atlético volvería a coger la cabeza. Iba fuerte.

El Barça mejoró a partir de una victoria 1-3 en el Bernabéu, acabando ya la primera vuelta, pero venía muy de atrás. El Madrid también mejoró tras esa derrota, que fue causa de la aparición de Velázquez y de la titularidad de De Felipe, con lo que se conformaba lo que sería el equipo ye-yé.

Tras la jornada 18 (el campeonato tenía 30) el Atlético es primero, con 26 puntos, le siguen el Madrid con 25, el Pontevedra, con 22 y el Barça, que crece, con 21, los mismos que Zaragoza, Valencia y Athletic de Bilbao.

Es entonces cuando, el 14 de enero, Karag dictamina: el Atlético, campeón con 45 puntos, el Madrid, segundo con 43. Para los madridistas, una bomba fétida. El Madrid había ganado de tacada las cinco ligas anteriores. Y ahora había encontrado por fin el equipo tras relegar a la suplencia a los casi cuarentones Santamaría y Puskas.

Karag había adelantado mucho su pronóstico. Empezó haciéndolo a seis jornadas del final, luego a ocho, después a diez y ahora ¡con doce jornadas por jugar! Sólo iban tres de la segunda vuelta.

En Madrid se discutía en las calles, en los bares, en las oficinas, en los autobuses, y desde luego en los colegios. Karag basaba sus pronósticos en un índice de performance que atribuía a cada equipo y que, de tantas vueltas que di al asunto, supe descifrar, para asombro mío y de mis compañeros. Me sentí Einstein al descubrir que ese índice salía de la suma de dos divisiones: la de puntos conseguidos entre partidos jugados y la de goles a favor entre goles en contra. Luego, confrontaba partido a partido los índices de performance de los contendientes, con un índice corrector para el de casa y de ahí extraía el resultado, partido a partido, jornada a jornada.

El 30 de enero, recibe al Atlético en el Bernabéu, el Madrid ya le ha igualado en cabeza. Una pancarta reza: “El 30 de enero, el Madrid el primero; a final de temporada, el Penta gana. Recuerdos, Karag”. (El “Penta” era el Madrid. Así se le conocía desde sus cinco Copas de Europa, a la que estaba a punto de añadir la sexta).

Ganó el Madrid, 3-1. Fue mejor, más rápido, más joven, más ambicioso. El Atlético dio imagen de estar gastado. El Madrid cogió la cabeza con dos puntos de ventaja.

La jornada 22, 6 de febrero, nos trae la visita del Barça al Metropolitano. El Barça se ha situado ya a sólo dos puntos del Atlético. Llega el jueves. Se entrena en la Ciudad Deportiva del Madrid el viernes y el sábado (¿sería imaginable eso hoy?). Hay frases de cariño para el viejo estadio y alguna esperanza de llegar aún al título. La reacción está siendo formidable. Llaudet, presidente, explica la receta: “Un poco de juventud, mucho de disciplina, mucho de hermandad y el resto, buena voluntad”.

El mismo día, el Madrid visita al Espanyol, donde aún juega Di Stéfano, por la mañana. Se televisa. Barcelonistas y Atlético ven al Madrid empatar, lo que no es del todo bueno ni del todo malo para nadie.

Por la tarde, el Metropolitano revienta. Hay miles de madridistas el pie de guerra en la enorme gradona Este, desde donde animan al Barça tanto que el sonido del estadio está repartido, como en una final de Copa. Gana el Barça 0-1 con gol, celebradísimo en la gradona, del exmadridista Muller, rara avis. Muller era un medio francés de exquisita técnica al que un periodista catalán describió así: “Nunca hizo una falta, nunca falló un pase, nunca tiró a puerta”. Las dos primeras eran verdad, la segunda, casi. Yo le recuerdo un gol con el Madrid y este con el Barça. No chutaría muchas más veces. El Atlético jugó mal, de nuevo sin energía. Apenas llegó. Queda como único argumento la queja de un penalti claro de Eladio a Luis que el balear Rigo no pitó.

Ahora el Madrid es primero, con dos puntos sobre el Atlético y el Barça. El pronóstico se tambalea. En su crónica de Marca, Antonio Valencia, subdirector del periódico, reconoce: “(…) el pronóstico ha sufrido un impacto gravísimo por debajo de la línea de flotación y comienza a irse a pique”. También escribe: “El campeón de invierno ha resultado como esas estatuas de nieve que el sol derrite conforme se acerca la primavera”.

El entrenador atlético, Balmanya, declara: “Todo ha terminado. Me siento defraudado de mi labor, el equipo se hunde físicamente”. Y un pellizco a sus chicos: “Yo puedo controlar la preparación de mis jugadores, no su descanso”.

El lunes los madridistas llegan en triunfo al trabajo o al colegio. “¡La Liga del Atleti ha durado lo que un pastel a la puerta de un colegio!”. “¡Si será malo el Atleti que hace fracasar a Karag!”.

Pero, tras empatar su siguiente salida, a Mallorca, el Atlético lo gana todo. El Madrid tras algún tropiezo, pierde en el Camp Nou en la penúltima jornada. El Atlético llega a la última dependiendo de sí mismo. Tiene que ganar en Sarriá al Espanyol, en el que sería último partido de Liga de Di Stéfano, que ya tenía los 39 corridos. Griffa, el poderoso central del Atlético, y él, volvían a encontrarse. Los dos viejos condottieros me contaron al cabo de los años aquello. Griffa le decía: “Alfredito, vos no necesitás los puntos, no vayás a querer hacerles un favor a tus amiguitos…. Si te acercás por acá, te mato”. Di Stéfano le replicaba: “Vos qué tenés, Jorgito, ¿un cementerio privado?”.

 

Ganó el Atlético 0-2, con goles de Ufarte y precisamente Griffa. Campeón, pues, el Atleti con 44 puntos, por 43 del Madrid y 38 del Barça. El orden que previó Don Acisclo. Bajan Mallorca y Betis, los dos que anunció. Todo ¡a doce jornadas del final!

Karag fue un mago. Rara vez fallaba. Y para cuando eso ocurría, tenía explicación: “No ha fallado el pronóstico, ha fallado el equipo”. Pero el Atlético no le falló. Se despidió de su viejo y querido Metropolitano como campeón de Liga.

Archivado en Deportes

jueves, 15 diciembre 2016

Por Alfredo Relaño

Masopust, Balón de Oro con sordina

El Balón de Oro ha premiado, casi sistemáticamente, a brillantes estrellas del juego de ataque. La primera excepción fue Josef Masopust, medio del Dukla de Praga, en 1962. Curiosamente, en su país se puso sordina al premio. El pretexto oficial fue la prioridad comunista de lo colectivo frente al individuo. La razón real fue que la URSS vio con recelo que el primer Balón de Oro caído tras el telón de acero no fuera para un soviético.

Masopust nació en 1931 en un pueblo minero, Strimice, en plenos Sudetes. Un pueblo en el que convivían niños checos y alemanes con normalidad, en las escuelas. Pero esa normalidad se acabó cuando en 1938 Hitler se anexionó los Sudetes, con la complacencia de Francia e Inglaterra. “La normalidad se rompió ahí. Los alemanes se quedaban con todo. Muchos pidieron la nacionalidad alemana para que las cosas les fueran mejor. Mi padre, minero, no quiso, nosotros seguimos siendo checoslovacos”, contaba en una entrevista en France Football para el libro conmemorativo (sensacional) del 50º Aniversario del premio.

Blog

Y tanto que los alemanes se quedaron con todo. Sacando y sacando carbón, volatilizaron el pueblo para excavar bajo él. Ya no existe. Los Masopust, como todos los vecinos, se trasladaron a Most, donde empezó a jugar. Con 17 años ya le fichó el Teplice, con el que debutaría en Primera. Pero en el Teplice iba a durar poco. Cuando le llegó la hora del servicio militar, fue requerido por el Dukla de Praga, el equipo del Ejército, que tenía derecho de pernada. Todo buen jugador que pasaba por el obligatorio servicio militar era inmediatamente requisado para el Dukla. Eso le dio gran fama y admiración fuera de Checoslovaquia, pero le hizo ser muy odiado en su propio país.

Masopust jugaba en el medio campo. Eran tiempo del 4-2-4, él era uno de los dos que sujetaban la media, en el Dukla o en la selección. Le vi jugar en el Bernabéu en 1965, ya Balón de Oro, en Copa de Europa, quizá el mejor partido de la carrera de Amancio, que hizo tres goles esa noche. Me impresionó el Dukla, con su equipación originalísima, camiseta violeta con mangas amarillas, como los pantalones y las medias. Resultaba. Masopust era el mariscal de todo aquello, bajaba, subía, jugaba en corto, en largo, se ofrecía, socorría. La gente discutía si era diestro o era zurdo. Viéndole jugar se entendía por qué le habían dado el Balón de Oro tres años antes, rompiendo una serie hasta entonces ininterrumpida de estrellas del ataque: Matthews (56), Di Stéfano (57), Kopa (58), Di Stéfano (59), Luis Suárez (60) y Sívori (61). El suyo se lo ganó a Eusebio, por 65 puntos a 53.

Aquel premio se lo debió al Mundial de Chile. Checoslovaquia llegó a la final, pero la perdió con Brasil 3-1, en una tarde catastrófica de su portero, Schroiff, que justo antes del partido había sido elegido mejor portero del campeonato. El marcador lo había abierto Masopust, en una llegada rápida al área, con una pared y toque suave bajo la salida de Gilmar. Luego, Schroiff se descosió y Brasil se llevó el título.

Masopust hizo un gran mundial, empezando por el primer partido, contra España. Nuestra selección había ido casi como favorita, con Di Stéfano (que arrastraba una lesión y se quedó finalmente sin jugar) Puskas, Luis Suárez, Gento, Peiró, Del Sol… Los checoslovacos esperaban el partido tan encogidos que su seleccionador, Rudolf Vytlacil, llegó a decirles: “Tengo una noticia sensacional: España sólo va a sacar once, los mismos que nosotros”. Todos rieron y salieron animados. Masopust dio un curso, como en los restantes partidos.

En el mismo grupo estaban México y la propia Brasil. Jugando contra Checoslovaquia, Pelé sufrió un desgarro y quedó inútil para el resto del campeonato. Le pusieron de extremo y de cuando en cuando le enviaban el balón para desahogar el juego. Masopust prohibió a sus compañeros que le entraran: le parecía ventajista intentar quitar el balón a un lesionado. Pelé se lo agradeció con unas declaraciones que ensalzaban su nobleza: “Es un ejemplo de juego limpio para todo el mundo del deporte”.

Su carrera fue la propia de un jugador de la Europa socialista de aquellos años. Tenía un sueldo como militar, 40.000 coronas, más que las 25.000 del salario de un trabajador, pero infinitamente menos de lo que hubiera podido ganar con el futbol en Occidente. Muchos intentaron su fichaje, pero no le dejaron salir hasta los 37 años, en agradecimiento a sus servicios. Fue entonces cuando tuvo su primer contrato profesional, con el Molenbeek, en la Segunda División belga. Tuvo que pagar al Estado la mitad de su estipendio. El primer año fue máximo goleador del equipo, desde la media, y subieron a Primera, donde jugó un curso y se retiró con 39 años. Esa fue toda su experiencia en el futbol profesional de Occidente.

Luego fue entrenador del Dukla, del Brno (al que hizo campeón), seleccionador nacional y hasta tuvo un contrato para entrenar en Yakarta a la selección juvenil.

En 2001 el Madrid viajó a Praga, a jugar contra el Sparta. En As aprovechamos la ocasión para localizarle y visitarle. Vivía en un piso modesto, en las afueras, en un bloque típicamente comunista, de unos setenta metros cuadrados. Ahí tenía, en un humilde armarito, sobre la televisión, su entrañable Balón de Oro, entonces más pequeño y con peana más modesta que el de ahora. Nos contó el silencio que provocó su Balón de Oro:

“Vino Urbini, subdirector de L’Equipe, a dármelo, en abril, en el prolegómeno de un partido contra el Benfica. La prensa recogió un recuadrito ese día, eso fue todo. Mucha gente ni se enteró. La idea del comunismo era que el colectivo era más fuerte que el individuo, y que premios así eran propios del Occidente capitalista. Pero el año siguiente lo ganó el ruso Yashin, portero de la URSS, y su figura gozó de una enorme exaltación en todos los países del entorno, incluido el mío, que festejaron su Balón de Oro como una gran cosa, como un orgullo del fútbol de la órbita comunista. Entonces me dijeron, ya en confianza, que no habían celebrado el mío ‘porque no conviene incomodar a los rusos’. Entendí que si Yashin lo hubiera ganado antes que yo, las cosas hubieran sido distintas”.

Su recelo hacia los rusos era patente. Achacaba la derrota en la final ante Brasil, más que a los fallos de Schroiff, al arbitraje del ruso Latychev: “Se notaba que no quería que ganáramos de ninguna manera. Hubo un penalti claro de Mauro que no pitó”.

Le llevamos al hotel del Madrid. Amancio, Gento y Di Stéfano habían acompañado al equipo. El reencuentro fue de verdad emotivo, se sentía la admiración mutua entre ambos. Tiró de algunas palabras de español y de un intérprete que aportó el hotel. Di Stefano y él habían jugado juntos dos partidos célebres, el del Centenario del futbol, en 1963, Inglaterra-Resto del Mundo, y el homenaje a Stanley Matthews, también con una selección mundial. Bromearon sobre la falsa noticia de su muerte lanzada por el sitio oficial de la UEFA en 1996, en el curso de la Eurocopa. ¿De dónde saldría ese error? No supo decirlo. Por fortuna, la vida le respetó hasta 2015, y con el cambio de siglo fue proclamado mejor futbolista checoslovaco del Siglo XX, por delante de los Bican, Viktor, Planicka y Nedved.

No pudo quedarse todo el tiempo que hubiera querido, porque su mujer estaba muy enferma y a él, con su pensión, no le llegaba para contratar a nadie que pudiera cuidarla. La había dejado a cargo de una vecina y no quería abusar.

Los tres madridistas se quedaron comentando qué distintas habían sido sus vidas de la de él.

Archivado en Deportes

jueves, 24 noviembre 2016

Por Alfredo Relaño

Zamora vence ‘la maldición del francés’

La Liga 1980-1981 fue la más tremenda que he conocido. Se escapó el Atleti, cuya ventaja minaron unos arbitrajes-respuesta a las intemperancias de Alfonso Cabeza. El Barça le acechaba cuando le secuestraron a Quini. El Madrid y la Real quedaron mano a mano. Todo se decidió en Gijón, en foto finish, con un gol de Zamora que conjuró la llamada maldición del francés,proferida en 1913.

La Real estuvo invicta hasta la penúltima jornada de la Liga anterior, pero perdió en Sevilla. Eruditos del club recordaron entonces la maldición lanzada por Julien Cormet, un francés que había creado el Club Ciclista de San Sebastián. Bajo el nombre de Club Ciclista, los pioneros del fútbol en la ciudad habían ganado la Copa del Rey en 1907. Luego, ya como Real Sociedad, hicieron su campo de Atocha en 1913, para lo que demolieron el viejo velódromo. Comet se sintió agredido por los futboleros y les lanzó su maldición:

—Nunca más ganaréis el campeonato de fútbol.

Blog

Y así había sido. La Real no había ganado nunca más la Copa, ni la Liga desde su creación. Aquella caída en Sevilla, que le dio la Liga al Madrid, renovó el recuerdo, y más por la forma en que se produjo. La Real se puso 0-1, con un gol que el Sevilla protestó masivamente por fuera de juego. La intensidad de la protesta fue proporcional a la gran prima que llevaban del Madrid por ganar, y el árbitro expulsó a dos. El Sevilla se quedó nueve contra once y aun así ganó el partido, con dos goles finales de Bertoni.

Un año después, en la última jornada la Real es líder, con 44 puntos. El Madrid tiene 43. El goal average favorece a la Real, que juega en Gijón. El Madrid juega en Valladolid. A la Real le vale el empate. Incluso perdiendo, gana la Liga si el Madrid no gana.

San Sebastián es un hervidero la semana anterior. Todo el mundo quiere una de las tres mil entradas que el Sporting le vende a la Real. López Ufarte recuerda los agobios: “El club nos daba, de pago, por supuesto, veinticinco a cada jugador. Pero pedíamos más y más. Primero la familia, luego más familia, los amigos del barrio, del pueblo, de la infancia, de los comercios… No se podía atender todo”.

Se organizó un desplazamiento masivo a Gijón. Muchos sin entrada. En Gijón la alarma fue tal que se decidió instalar una pantalla gigante en el pabellón de la Feria de Muestras, para dar el partido en directo, previo pago de 400 pesetas. Las del partido iban de 900 a 1.500. Gijón se sentía expectante ante el suceso. Era un gran Sporting, que los años anteriores había apretado seriamente al Madrid. Un Sporting cargado de internacionales. Ahora la ciudad hablaba de si ganaría o no, de si acusarían al equipo de no oponer resistencia a la Real, para ajustar cuentas recientes con el Madrid o si, al revés, le acusarían de oponer demasiada por la existencia de una nueva prima. Miera, el entrenador, y un jugador, Aguilar, tenían largo pasado blanco. Se llegó a publicar que a Aguilar no se le dejó entrenar en Mareo porque pretendía trasladar la propuesta del Madrid.

El club se ve sometido a una presión inaudita de todo orden. Doce radios van a dar el partido en directo, se acreditan más de cien periodistas de toda España, hasta Radio Rivadavia de Argentina conecta la última media hora.

La Real viaja en avión a Gijón, hecho insólito, según me comenta López Ufarte. Un cordón de coches y autobuses ocupa el domingo la carretera. “Salió un domingo frío y lluvioso, muy desapacible. El campo estaba muy mal. Pero creo que íbamos convencidos. Pensábamos que el fútbol nos debía una. Particularmente lo pensaba yo, que no pude jugar el día de Sevilla”.

Penalti a López Ufarte

Los dos partidos empiezan a las cinco. La tarde empieza con un autogol del madridista Sabido en Valladolid que el árbitro anula. Según los transistores están contando eso en Gijón, Maceda le hace penalti a López Ufarte. “Yo, por lo que sea, estaba convencido de que me harían un penalti. Yo era el encargado de tirarlos, pero antes del partido se lo había dicho a Kortabarría: ‘Me van a hacer un penalti, y lo tiras tú. Yo sólo tiro si hay algún penalti que le hagan a otro’. Y pasó. Tiró Kortabarria y marcó”. Iban seis minutos.

Se acercaba el descanso y todo iba viento en popa para la Real. Pero en el minuto 43, una mala cesión de Richard a Fenoy permite a Santillana hacer el 0-1 en Valladolid. En el 44, jugada de Ferrero, avería en el área de la Real, rebotes, y gol de Mesa. 1-1.

La Real se va al descanso campeona, pero nada más regresar, en el 46, otro barullo en el área y otro remate forzado de Mesa, que da en el palo y entra llorando.

¡Ahora el Madrid sería campeón!

En Gijón, la Real pasa un largo bache, el Sporting manda, tiene cerca el tercero varias veces. En Valladolid, también aprieta el local, que empata por Gilberto en el minuto 59.

¡Ahora sería campeón la Real!

El Madrid se vuelca y sufre despistes atrás. Sabido y García Navajas salvan goles en la raya. En el minuto 79, una parábola de Santillana que Fenoy rechaza y García Hernández remacha. 1-2.

¡Otra vez el Madrid campeón! En el 85’, un tirazo de Stielike liquida el partido. 1-3.

Final en Valladolid. Los jugadores se quedan en el campo, mirando el simultáneo. Juanito se pone de rodillas: ha prometido bajar así al vestuario si gana la Liga.

Pero en Gijón aún hay partido. En el último cuarto de hora, la Real se ha venido arriba, los suyos han vuelto a levantar las banderas. Hay subidas, llegadas, remates, defensa heroica del Sporting. En el 89’, en un ataque más, el balón sale rechazado del área, le llega a Górriz, que dispara raso y fuerte; el balón se le queda a Zamora entre el pie izquierdo y el barro, se gira, ve puerta, Castro se adelanta para cerrar ángulo, él dispara, el balón pega en el pie derecho de Castro, se eleva y…

—Nos pareció que no terminaba de caer nunca. ¿Iba a caer más allá del larguero o más acá? Por fin cayó…

¡Gooool…! La explosión es tremenda mientras Zamora se sube a la alambrada. En Valladolid, hay un murmullo creciente entre los que escuchan los transistores, y el encargado del simultáneo retira el 1 de la Real y pone un 2. Juanito se levanta. Boskov se lleva a sus jugadores al vestuario.

La maldición del francés había sido vencida.

Archivado en Deportes

viernes, 11 noviembre 2016

Por Alfredo Relaño

Un Gallego de Puerto Real

Las historias del Barça y el Sevilla se entrelazaron en los 60 y 70 por un jugador singular, llamado Francisco Fernández, para el fútbol, Gallego…Alto, fuerte, rubio, entusiasta, noble, imprescindible durante siete años en la selección. Jugó de 1961 hasta 1979, en un viaje de ida y vuelta Sevilla-Barcelona-Sevilla. Vivió hechos memorables en los enfrentamientos entre sus dos equipos del alma.

Lo de Gallego era un apodo heredado del padre, al que llamaban así por rubio, aunque de gallego no tenía nada: era de Puerto Real y su familia procedía de Jerez y Paterna de la Rivera.

Desde chaval jugó muy bien al fútbol, lo que le permitiría escaparse del trabajo duro en el dique de Matarrosa. Su fama llegó a oídos de Mario Klug, célebre entrenador de categorías inferiores del Sevilla, que lo incorporó. Aquel fue su primer viaje. ¡Sevilla! Paseaba sus ojos asombrados por la ciudad. Y el segundo viaje fue, precisamente, a Barcelona para un partido de selecciones regionales juveniles. ¡Barcelona! ¿Cómo sería vivir ahí?

En la 61-62 jugó en el juvenil, con el que sería campeón de España. Pero ya tiraron cuatro veces de él para el primer equipo. En la 62-63 pasó al Sevilla Atlético, en Segunda, pero a mitad de temporada ya ascendió como titular inamovible al primer equipo. Pronto llegó la selección: primero la B, luego la militar, con la que fue campeón del Mundo. En la A empezó a ser convocado como suplente del Olivella. Como tal estuvo en La Berzosa, en la concentración para la victoriosa final contra la URSS, del 64.

Era el central del futuro. El Sevilla arrastraba aún problemas desde la construcción del Sánchez Pizjuán, y con gran dolor de la afición y polémica en la ciudad accedió a traspasarle por siete millones al final de la 64-65. Tenía 21 años. Había sido figura en el Sevilla, pero ¿en el Barcelona? El central era justamente el de la Selección Nacional, Olivella, el capitán que levantó la Eurocopa.

No tuvo que esperar mucho para ser titular, aunque no de central, sino en la media, con el francés Müller. Gallego era el medio defensivo. Su exuberancia física era un complemento perfecto del flemático Müller. Por decirlo todo, en el Barça de esos años eran pocos los que corrían, así que Gallego les vino de perlas. Al final de ese curso ya fue titular en la Selección, en el Mundial de Inglaterra.

Blog


Lo malo era jugar contra el Sevilla. Y dos veces especialmente:

—En el 68 jugamos la penúltima jornada, y les mandamos a Segunda. Hacía 31 años que el Sevilla no pisaba la Segunda. Yo tenía ahí todavía algunos compañeros, y muchos amigos. Te pones en su lugar, pero ¿qué vas a hacerle?

La otra vez fue peor, porque fue en Sevilla:

—Era en plena Feria y quedaban tres jornadas para el final. Nosotros íbamos pisándole los talones al Madrid. El Sevilla había vuelto a Primera, pero andaba mal. Les ganamos allí, y aunque eso no fue el descenso automático, les dejó liquidados.

El Barça se puso muy bien para la Liga, pero en la penúltima jornada perdió con el Córdoba.

Le pasó cerca un lío célebre, en mayo del 73. El Barça perdió 3-1 en partido de ida de la Copa en el Pizjuán. Se quedó a dormir en la ciudad, en el Hotel Colón. Rexach, Marcial, Martí Filosía, Reina, Sadurní, Pérez y Juan Carlos se reunieron en una habitación para jugar a las cartas. A las dos se agotó la bebida y encargaron dos botellas de champán. Cuando el camarero subía, se topó con el entrenador, Michels, que venía de cenar. Al saber dónde iba, le acompañó. Llamó él mismo a la puerta. Cuando abrieron, entró con la bandeja y arrojó las botellas al suelo. El caso trascendió y el escándalo fue tremendo. Gallego no estaba en el ajo: “Ese día me puse malo antes del partido. No jugué. Me quedé en el hotel con fiebre. De todo eso me enteré después”.

En la 74-75 ya asomaba Migueli, que empujaba, como él había empujado a Olivella. El Sevilla insistía en recuperarle. Ya lo había intentado el verano anterior, pero el Barça no quiso. Ahora sí, aunque se decidió muy a última hora. Tanto que se lo dijeron cuando salíade gira de pretemporada por Europa, con el equipaje ya embarcado. Dejó que otros se hicieran cargo de devolvérselo y se fue a Sevilla. Tan feliz. Atrás quedaban 427 partidos en blaugrana.

Regresó, pues, en la 75-76, con 31 años, una rodilla mal curada pero mucha ciencia y las ganas de siempre: “Quise firmar por tres años, pero sólo me dieron dos. Luego, otro, después, otro más”.

Ahí le tocó otro Sevilla-Barça sonado. Fue en 1976. “Me tocó marcar a Cruyff, ¡menudo papelón! Pero ganamos 2-0. Weisweiler no estaba contento con él y en el minuto setenta le cambió. ¡La que se armó!”. Weisweiler quedó sentenciado. A los dos meses estaba fuera del Barça.

Mediada la cuarta temporada, notó que la rodilla le molestaba más, y anunció que dejaría el fútbol ese año. Pero se recuperó, acabó bien, siempre titular, y hubiera querido seguir, pero le tomaron la palabra. Le agradecieron los servicios prestados.

Le hicieron un homenaje. Un Sevilla-Barça, el 30 de agosto de 1979, por todo lo alto. El Sánchez Pizjuán a reventar, sus amigos del Barça enfrente, la nueva ola sevillista a su lado, un 3-3 final. El cierre soñado para un hombre que había estado ocho años en el Sevilla, en dos tandas, y diez en el Barça. Jugó 17 minutos. La foto a hombros de Blanco, Rubio, Asensio y Rexach es mítica.

Pero la afición no quedó conforme, había muchos en la idea de que aún hacía falta. Encima, a las primeras de cambio, el Sevilla perdió en casa con el Xerez, 1-3, en Copa, y se armó la gorda. La grada se indignó y reclamó a Gallego. Fue un clamor. Miguel Muñoz, entrenador ese curso, se apuntó a la petición. Así que…

—Me pidieron que volviera para acallar a la gente. Yo no había entrenado en todo el verano. No estaba ya… Pero jugué tres partidos.

Aplacada la gente, Muñoz desistió. No era posible.

—Pero para mí fue bueno, fue como un aterrizaje amortiguado. Entrenaba con los chavales, daba consejos. Me fue menos duro irme así.

Archivado en Deportes

© DIARIO AS, S.L. - Valentín Beato, 44 - 28037 Madrid [España] - Tel. 91 375 25 00