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sábado, 05 septiembre 2015

Por Alfredo Relaño

El Betis retiró a Di Stéfano y Puskas

En una semana, del 1 al 8 de mayo de 1966, el Betis despidió del fútbol a Di Stéfano y Puskas, ambos en el Benito Villamarín. No contento con eso, siete días después, echó de la Copa al Madrid ye-yé, flamante ganador de la Copa de Europa. Prodigios del Betis.

Rara temporada aquella. El Betis había bajado a Segunda, en el último minuto del último partido, por un gol marcado por Ontiñano en Málaga para los locales. Con el 0-1, el Betis se salvaba hasta de la promoción. Con el 1-1, bajó como último de la tabla. El gol llegó tras largo descuento y en jugada en la que el Betis reclamó dos faltas. Era el último partido que arbitraba José Plaza, aquel que luego llegaría a presidir el Colegio de Árbitros, donde fue muy denostado por el barcelonismo. El capitán del Betis, Eusebio Ríos, se irritó tanto que le levantó por el cuello hasta ponerle los pies en alto. Pero Plaza no lo puso en el acta.

Betis
Esos duros acontecimientos se produjeron el 3 de abril. Tras la Liga, tocaba la Copa. Ernesto Pons, el entrenador, aseguró que podrían llegar lejos. Pons era un entrenador singular. No había sido futbolista, sino atleta, tuvo el récord de salto de altura desde 1944 a 1958, había sido seleccionador de hockey sobre patines. Un multidisciplinar avanzado en la preparación física. Llegó al fútbol como auxiliar físico de Daucik. En la 65-66 era el ayudante de Martim Francisco hasta que éste cayó tras 12 jornadas, con sólo 5 puntos. Pons había conseguido 18 puntos en 18 jornadas.

Así que podía creer en la Copa, que empezó bien, eliminando al Oviedo. En octavos tocó el Espanyol, en el que Di Stéfano consumía su segunda temporada, tras haberse marchado del Madrid. Le quedaban poco más de tres meses para cumplir 40 años. El partido de ida, en Sarriá, lo ganó el Espanyol 2-1. El segundo gol local lo marcó el propio Di Stéfano, con un buen tiro desde fuera del área.

La vuelta se jugó el 1 de mayo en el Benito Villamarín. Di Stéfano jugó con el 6, como medio organizador. El Espanyol mezclaba veteranos ilustres, con los jóvenes delfines, que ya asomaban. Ese día debutó Marcial. El equipo fue: Carmelo; Juan Manuel, Mingorance, Granero; Bergara, Di Stéfano; Miralles, Rodilla, Re, Marcial y José María. En el Betis juega Quino, más adelante presidente-fundador de la AFE. Lleva el 8, es interior de ataque. Di Stéfano y él se marcaron mutuamente:

—Para mí fue impresionante. ¡Di Stéfano! Ni me atreví a dirigirle la palabra. Él me marcaba cuando yo atacaba, yo le tenía que marcar cuando él iniciaba la jugada.

El Betis ganó 4-0. Quino jugó bien, marcó dos goles. Borbujo, corresponsal de Marca, escribirá: “Di Stéfano, muy retrasado siempre, no funcionaba, agotado por la endiablada rapidez de la juventud bética…”. Le calificó con un 1. Eliminado el Espanyol, ahí terminó la carrera de Di Stéfano. Ese verano ya haría de periodista para Efe en el Mundial de Inglaterra. Más adelante, entrenador del Valencia, fichará a Quino, bajo el recuerdo de aquel día en el que un joven interior le ganó la última partida.

En cuartos, el rival fue el Madrid. Ida, el domingo 8 en el Villamarín. El miércoles 11, el Madrid tiene que jugar la final de la Copa de Europa, en Bruselas. Los titulares van allí ya el sábado 7, con su entrenador, Muñoz, al frente. La visita al Betis queda confiada a los suplentes, con los que va Moleiro, segundo de Muñoz. En ese equipo reserva hay dos ilustres veteranos, Santamaría y Puskas. Mayores, pesados, han caído en la suplencia mediada la temporada. Puskas, que también iba hacia los 40, como Di Stéfano, había tenido su canto del cisne en esa misma Copa de Europa, cuando en dieciseisavos le había marcado cuatro golazos al Feyenoord en el Bernabéu.

El Madrid jugó ese día con: Betancort; Calpe, Santamaría, Casado; Tejada, Miera; García Ramos, Félix Ruiz, Jaime Blanco, Puskas y Bueno. En Bruselas, jugarán once distintos: Araquistáin; Pachín, De Felipe, Sanchís; Pirri, Zoco; Serena, Amancio, Grosso, Velázquez y Gento.

El Betis gana 3-2, y eso que Betancort le para un penalti a Rogelio. Puskas, marcado por Azcárate, “es una sombra con mucha tripa”, escribe Cronos, enviado de Marca, que le pone un 0. Fue su último partido. Siete días después que Di Stéfano, también él se quita por última vez las botas en el vestuario visitante del Villamarín.

El domingo 15, día de San Isidro, el Madrid recibe al Betis en el partido de vuelta. Pero antes hay un homenaje multitudinario, porque el miércoles ha ganado su sexta Copa de Europa, esta con 11 españoles. Hay desfile de peñas y banderas. El Betis espera en el túnel a que le toque salir. Cuando lo hace, forma pasillo al Madrid y Eusebio Ríos, de capitán a capitán, obsequia un ramo de flores envuelto en celofán a Gento. Esa misma tarde, el más madridista de los toreros, Antoñete, hace en Las Ventas su célebre faena a un toro blanco de Osborne, de la que se hablará por años. A la corrida asiste Franco, llevando como invitado al presidente de Nicaragua.

El Betis sale con la misma alineación de los anteriores partidos: Vega; Aparicio, Ríos, Antón; Frasco, Azcárate; Girón, Quini, Landa, Dioni y Rogelio. En el Madrid faltan, por fatiga o golpes, tres de los campeones, Sanchís, Amancio y Grosso, reemplazados por Miera, Félix Ruiz y Jaime Blanco.

El partido será sonado, porque el Betis eliminará al Madrid tras 149 minutos de juego. El tiempo reglamentario acabó 1-0, gol de Gento. En la época no había valor preferente para los goles fuera. Prórroga. En el 96’, Pirri marca el 2-0, pero en el 118’ Landa hace el 2-1. Hay que seguir, porque tampoco había aún tandas de penaltis. Se jugaban prórrogas sucesivas de diez minutos hasta que alguien marcara un gol. La primera prórroga acaba sin gol. Cambio de campo. Diez minutos más sin gol, y Frasco expulsado por lanzar un balonazo a la grada. Cambio de campo y tercera prórroga. Cuando falta un minuto para que acabe, Landa caza otro gol. ¡El Betis, descendido a Segunda, ha eliminado al campeón de Europa!

En semifinales, el Betis cayó ante el Athletic. Pero eso no borró el buen sabor de esos 15 días milagrosos de mayo, en los que un Betis recién descendido fue noticia nacional con una alineación que los aficionados de años aún repiten de memoria. Y los más minuciosos recuerdan que fue en la bancada del vestuario visitante del viejo Benito Villamarín donde Di Stéfano y Puskas se descalzaron sus últimas botas de fútbol.

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miércoles, 26 agosto 2015

Por Alfredo Relaño

“¡Así, así, así gana el Madrid!”

El 25 de noviembre de 1979, el Madrid visitó al Sporting. Gran Sporting el de aquellos años. Tenía a Quini, formidable goleador, que más adelante pasaría al Barcelona, y varios otros jugadores locales extraordinarios que menudeaban en la selección. Y tres argentinos estupendos, los defensas Doria y Rezza y el extremo Ferrero.

Sporting

La última visita del Madrid, el curso anterior, fue con la Liga en juego. Ganó el Madrid 0-1, gol de Santillana, y cogió una distancia sólida a siete jornadas del final. Una victoria sin objeciones… o no tanto. Nadie objetó la justicia del resultado, del que fue causante, sobre todo, García Remón, infranqueable meta madridista. Pero la semana anterior, el Sporting había regresado muy dolido de Salamanca, donde el árbitro García Carrión había expulsado a Doria y a Ferrero. La consecuencia fue que, aparte de traerse un pobre 0-0 entre las manos, el Sporting sufrió esas dos bajas para recibir al Madrid. Sobre todo la de Ferrero era fundamental.

El Madrid ganó finalmente la Liga con cuatro puntos sobre el Sporting, segundo. Nunca antes el equipo gijonés había estado tan cerca del título. Eso bullía aún en el recuerdo unos meses después, cuando le toca al Madrid visitar El Molinón en la jornada 11. Los dos siguen fuertes. Es líder la Real, con 16 puntos, el Madrid es segundo, con los mismos, y el Sporting, tercero, con 15. En Gijón se habla de las expulsiones de Salamanca. La tensión crece cuando se conoce el árbitro, Ausocúa Sanz, vallisoletano, que en la Liga anterior había montado un lío en la visita del Madrid a San Mamés: anuló un gol al madridista Aguilar para volverse luego atrás y concederlo. Aquel partido acabó 3-3.

El partido tiene foco nacional. Durante la semana hay negociaciones para televisarlo, cosa que se discute hasta el mismo sábado. Al final, se da. Para el Sporting, es una primera victoria, porque va a cobrar por ello seis millones, más dos y medio de taquilla y uno de publicidad estática. Su presidente, Vega Arango, negoció bien.

El Madrid llega la mañana del sábado, en coche cama. Se entrena por la tarde en Mareo, la escuela del Sporting. Allí mismo se entrenó por la mañana el Sporting, concentrado en la instalación. Luis de Carlos, presidente del Madrid, hace relaciones públicas. Acude a Langreo, a dar una charla a peñas madridistas tras visitar una mina.

Hay ola de frío: cero grados a las ocho de la tarde, cuando empieza el partido. Con El Molinón lleno y toda la afición nacional ante la tele, saltan al campo los equipos. Novoa alinea a: Castro; Uría, Doria, Jiménez, Cundi; Joaquín, David, Mesa; Abel, Quini y Ferrero. (Castro, hermano de Quini, fallecería en condiciones trágicas y heroicas en 1993, en una playa cántabra, al salvar a un niño inglés que se ahogaba). Aguilar entró por Quini en el 82', y Rezza por Abel en el 89'. Aguilar era el del gol en San Mamés. En verano pasó del Madrid al Sporting. Boskov saca a: García Remón; San José, Benito, Pirri, Camacho; Ángel, Stielike, García Hernández; Juanito, Santillana y Cunningham. En el 38' salió Roberto Martínez por San José, ya se explicará por qué.

En el 6' llega la jugada que alborotará el partido. Ferrero encara a San José y le hace una clásica: le pasa el balón por un lado y le rodea por el otro. San José reacciona tratándole de obstruir y le lanza el codo para que no pase. Así le frena, en falta. Ferrero, enfadado, le da un empujón seguido de patada en la rodilla. San José cae y se duele. Ausocúa pita la falta… y expulsa a Ferrero. Este protesta, muestra que está sangrando por la nariz y la boca, pero Ausocúa se muestra inflexible. El público, cuando ve que Ferrero sale expulsado con la cara partida (la sangre es visible desde la grada), estalla. Tardará seis minutos en reanudarse el partido, por las sucesivas oleadas de almohadillas.

Y estalla el grito, espontáneo, unánime: “¡Así, así, así gana el Madrid!”. Desde las casas de toda España se percibe.

El partido ya está malbaratado. Los dos equipos juegan nerviosos y con suciedad. Cada vez que San José toca el balón se arma un escándalo. En el 31', el Madrid, que está jugando mal, se adelanta, en un córner que lanza Cunningham y remata García Hernández, tras rozar Quini con la cabeza. El humor del público empeora.

En el 38', Boskov retira a San José, temiendo que le expulsen o le lesionen. Sale Roberto Martínez y recompone el equipo, metiendo a Stielike en la defensa y a Juanito en la media. No funcionará. Para más escándalo, en el 41' Benito entra fuerte a Mesa, Ausocúa acude y le muestra roja… para de inmediato rectificar y mostrarle la amarilla. (Luego justificará que su idea inicial era la amarilla, y que tiró de la roja por error). Ya es el colmo.

“¡ASÍ, ASÍ, ASÍ GANA EL MADRID!”. El campo es un trueno.

Al borde del descanso empata el Sporting, en remate de Joaquín al borde del área chica. Es el 1-1. Ya no habrá más partido. El segundo tiempo es un barullo. El Sporting, con 10 e irritado, no encuentra los caminos. Ferrero era su gran baza para abrir defensas. El Madrid se encajona atrás, apenas contraataca, está desdibujado por el cambio y el punto, a fin de cuentas, le sirve. Así acaba el partido. Todo lo que ocurre es el cántico, repetido una y otra vez, cada vez que el árbitro pita algo que al público no le va: “¡Así, así, así gana el Madrid!”

El Madrid ganará esa Liga, con un solo punto de ventaja sobre la Real, que no perdió ningún partido hasta el penúltimo, en Sevilla. El Sporting fue tercero, pero ya lejos, a 14 puntos del campeón. Su gran generación se quedó sin título.

Pero de aquella aguda rivalidad surgió ese grito denuncia del que se apropiaron los antimadridistas de toda España. Y más tarde los madridistas, que lo cantan a su vez a pleno pulmón y con orgullo, dándole la vuelta en la intención, en las grandes remontadas.

"¡Así, así, así gana el Madrid!"

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miércoles, 19 agosto 2015

Por Alfredo Relaño

El curioso final de la primera Liga

Liga

Hacía ya algunos años que se hablaba en nuestro fútbol de copiar la fórmula inglesa del todos contra todos, que ya existía allí desde cuarenta años atrás. Crecía el profesionalismo, los jugadores querían cobrar más y hacían falta más y mejores partidos. Con los campeonatos regionales más la Copa, a la que acudían los mejor clasificados de aquellos, no llegaba. Se trataba de completar los ingresos con amistosos e incluso giras por el extranjero, pero la solución sólo la podía dar una Liga, con un calendario firme y otro título, distinto del de Copa, en juego.

Hubo, eso sí, discusiones sobre cuántos y quiénes debían participar. Los que habían ganado alguna vez la Copa se pusieron de acuerdo en que debían ser ellos y sólo ellos. Eso reduciría el campeonato a seis participantes: Barcelona, Athletic de Bilbao, Real Madrid, Real Sociedad (heredera del Club Ciclista de San Sebastián, como se llamaba cuando ganó la Copa), Real Unión de Irún y Arenas de Guecho. Pero otros querían participar. Tenían también un desarrollo amplio, la misma necesidad de hacer más taquillas y sostenían que con más equipos la cosa saldría mejor. A los primeros se les llamó minimalistas, a los otros, maximalistas. Estos hicieron un grupo fuerte y vindicativo, con tres que habían llegado a ser subcampeones de Copa, Atlético de Madrid, Espanyol, Europa (de Barcelona), más Celta, Iberia (de Zaragoza), Murcia, Racing de Santander, Sevilla, Sporting y Valencia.

La polémica fue larga y dura. A falta de acuerdo, durante el año 28 cada grupo organizó su Liga propia, la maximalista y la minimalista, pero ninguna de las dos llegó a completar el calendario, aunque de aquello salió la idea de hacer una Primera y una Segunda División.

Por fin llegó el acuerdo. Los minimalistas accedieron a abrirse a diez participantes, dando entrada al Atlético, el Espanyol y el Europa, más un equipo, primero llamado X, que saldría de una competición entre los restantes aspirantes. La ganó el Racing. Así que aquella primera Liga la jugaron cuatro vascos (Athletic, Real Sociedad, Real Unión y Arenas de Guecho), tres barceloneses (Barça, Espanyol y Europa), dos madrileños (Real Madrid y Atlético) y un cántabro, el Racing.

Arrancó el 10 de febrero del 29, una semana después de la final de Copa. Es la única Liga que se jugó después de la Copa, en lo sucesivo sería al revés, primero la Liga y luego la Copa, hasta estos últimos tiempos, en los que van revueltas.

Liga2


La final de Copa de ese año, por cierto, fue sonada. Se disputó el 3 de febrero en Valencia, entre el Espanyol y el Madrid. Valencia parecía un lugar propicio, por equidistancia y clima invernal que se suponía suave, pero esos días ocurrió lo que hoy conocemos como gota fría. Llovió muchísimo.

Y hubo un grave incidente político. Por la mañana llegó al puerto de Valencia, procedente de Sette (Francia), un vapor de nombre Onsala a bordo del cual iba uno de los políticos más célebres de la época: José Sánchez Guerra. Había sido jefe del Partido Conservador, presidente del Congreso, presidente del Consejo de Ministros, dos veces ministro de la Gobernación. Se había opuesto a la dictadura de Primo de Rivera y exiliado en París. Su retorno a España tenía como fin derrocarle. Fue detectado y recluido en el cañonero Dato, en el que pasaría meses.

En esas circunstancias, el delegado del Gobierno se negó a que el partido fuera aplazado dos o tres días como le pedían. No quería gente en la ciudad, y el partido había atraído a mucha. Como era inminente el comienzo de la Liga, la final sólo podría jugarse ese mismo día o ya acabado el nuevo campeonato. Confiando en una mejoría del tiempo, los equipos decidieron jugar. Pero la gota fría siguió ahí, persistente. Se jugó sobre una laguna, en condiciones que no se han vuelto a ver. Ganó el Espanyol 2-1. Pasó a la historia como La Final del Agua.

Siete días, después, el 10, empezó la Liga. El primer gol se lo marcó el extremo derecha del Espanyol, José Prat, al meta del Real Unión de Irún, Antonio Emery, abuelo del hoy entrenador del Sevilla.

Los resultados de aquella primera jornada fueron: Arenas 2, Atlético 3; Espanyol 3, Real Unión 1; Real Sociedad 1, Athletic 1; Real Madrid 5, Europa 0; Racing 0, Barcelona 2.

El 23 de junio, concluidas las dieciocho jornadas, el Barça era primero, con los mismos puntos que el Madrid, el goal average particular empatado (1-2 en Les Corts y 0-1 en Chamartín) y una ajustadísima ventaja en el general, que entonces y durante mucho tiempo se establecía por división, no por diferencia. El Barça, con 35 marcados y 23 encajados, tenía un cociente de 1,5217. El Madrid, con 40-27, tenía 1,4814.

Pero el Barça no era campeón. ¿Por qué? Porque tenía aplazado un partido, su visita a Guecho, que debía haber cubierto el 19 de mayo. Aquel partido se pospuso por luto en honor a José María Acha, presidente del Arenas y alma mater de la Liga. Era el hombre que más había luchado para superar incomprensiones y sacar adelante el campeonato. Se había matado esa misma semana, en carretera, cuando acudía a ver en Madrid el España-Inglaterra. Un partido histórico que España ganó 4-3 y que supuso la primera derrota de los ingleses con un equipo del Continente. Una ocasión jubilosa, que se ensombreció con la muerte de Acha.

Primero y con un partido aún por jugar… Pero el Barça no era campeón porque cualquier derrota en Guecho, aun por un gol, haría su cociente peor que el del Madrid. El Arenas era el quinto en la tabla, había hecho algunos resultados muy buenos.

Así que una semana después de acabados todos los partidos se jugó el decisivo Arenas-Barça, en el viejo campo de Ibaiondo, donde cuentan que una vaca miraba siempre los partidos, lo que dio lugar a no pocos dichos. (“Ese ha visto más fútbol que la vaca de Ibaiondo”. O: “No te creas que ése, por haber visto tanto fútbol, sabe mucho; más fútbol ha visto la vaca de Ibaiondo y no sabe nada”).

El partido, disputado el 30 de junio, estuvo empatado a cero hasta mediada la segunda mitad. Dos goles del extremo izquierda del Barça, Parera, lo decidieron luego. El Barça ganó 0-2 y se proclamó campeón después de una semana de suspense.

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miércoles, 05 agosto 2015

Por Alfredo Relaño

El verano que se fue Di Stéfano

Me han preguntado mucho este verano, al hilo de lo de Casillas, si la salida de Di Stéfano del Madrid fue tan traumática. Ocurrió en el verano del 64. La historia fue así:

El Madrid ganó la Liga 63-64 y llegó a la final de la Copa de Europa. Di Stéfano seguía siendo inamovible. La final, el 27 de mayo, en Viena, contra el Inter de Helenio Herrera, iba a ser el desencadenante de su salida. La víspera discutió con Muñoz, el entrenador, delante del propio Bernabéu y del gerente, Calderón. Di Stéfano sostenía que el lateral derecho, Isidro (padre de Quique Sánchez Flores), debería ir a la media con Corso, falso extremo del Inter. Muñoz decía que no, porque el lateral izquierdo, Facchetti, velocísimo, encontraría un pasillo libre para aprovechar los lanzamientos de Luis Suárez. Di Stéfano llegó a sugerir que Amancio, extremo derecha, se fuera a la izquierda junto a Gento.

 

Distefano

—¡A ver si Facchetti se atreve a quedarse en la izquierda o se va al otro lado a seguir a Amancio!

Era, me explicó en su día Di Stéfano, una forma de forzar la argumentación.

—Pasó lo que me temía. Ellos atacaban con Jair, al que cogía Pachín, y Milani, al que marcaba Santamaría. Isidro estaba solo, sin misión. Milani se movía, arrastraba a Santamaría, y Zoco tenía que bajar a tapar el centro. Total, atacaban dos y defendíamos con cuatro. Y en el medio eran más. Tenían el juego.

Di Stéfano insistía a Isidro que se fuera a la media sobre Corso, pero no se atrevía. Muñoz no quiso cambiar en el descanso. En la segunda mitad, Di Stéfano se acercaba al banquillo cada vez que podía para insistir en lo mismo. Muñoz acabó por mandarle a la mierda, Di Stéfano le mandó a la mierda a él. Todo con los peores gritos y modos.

—¡Yo me estaba preocupando por todo, matando a correr y me manda a la mierda! ¡Me podía haber quedado arriba, de delantero centro y allá cuentas!

El Madrid perdió 3-1. Era miércoles. El domingo se jugaba la vuelta de cuartos de Copa contra el Atlético. A la hora de hacer la convocatoria para el partido de vuelta, Muñoz no incluye a Di Stéfano.

Di Stéfano le pidió explicaciones. Muñoz le dijo que hablara con Saporta.

Subió a hablar con él. Bernabéu acudió al despacho, pero no decía nada. Saporta le razonó que ya tenía casi 38 años (cumplía el 4 de julio), que había perdido la velocidad. Que podía quedarse en el Madrid “de lo que quisiera”, pero no le aclaraba de qué. Después de la bronca con Muñoz, la perspectiva no le era grata. Él pedía seguir jugando, se ofreció para, si en noviembre no era titular, aceptar ese “lo que fuera”, pero sólo cuando estuviera convencido. Al fin y al cabo, había sido titular en una campaña con título de Liga y final de Copa de Europa. Aunque también era cierto su número de goles bajaba. Sólo 11 en esa Liga.

La noticia se hizo pública: el Madrid le ofrecía a Di Stéfano un puesto fuera del césped. Mientras, el equipo perdió, tras desempate, la eliminatoria contra el Atlético. El joven Grosso, que precisamente había jugado media Liga como cedido en el Atlético, cargó con el 9 de Di Stéfano.

Recibe ofertas. Del Celtic. Del Espanyol, donde Kubala acaba de pasar de jugador a técnico. Del Betis. Del Milán, ante el que en esa misma Copa de Europa había hecho su última gran exhibición, en un 4-1 en el Bernabéu.

Eso le afianza en la idea de que aún puede jugar. Mientras, pide permiso para irse de vacaciones. Se lo niegan. Tiene contrato hasta el 30 de junio y ha de cumplir. Así que el 10 de junio juega obligado un amistoso en Rouen. Era la ampliación del estadio Robert Diochon, con inauguración de luz artificial. La alineación fue: Araquistain; Miera, Santamaría, Pachín; Muller, Felo; Evaristo, Pipi Suárez, Di Stéfano, Puskas y Gento. El campo revienta, acude incluso Maurice Herzog, mítico conquistador del Annapurna, a la sazón Ministro del Deporte de Francia. En Madrid, el partido apenas merece pequeños recuadros en prensa. Ese día se concentra la Selección con vistas a la fase final de la Eurocopa, que ganará con el célebre gol de Marcelino. En el grupo hay dos madridistas, Zoco y Amancio, que por ello faltarán a ese último partido de Di Stéfano, hoy olvidado.

Juega mal. Se retira en el descanso por un tirón. Le sustituye Yanko Daucik. El Madrid gana 1-4. El otro partido de la minigira por Francia, ante el Olympique de Lyon, ya no lo juega. El 24 de junio de 1964 el club anuncia oficialmente su baja como jugador. Atrás quedaban 11 temporadas, con ocho Ligas y cinco Copas de Europa.

Veranea primero en Niza, luego en Galicia. Acude a Madrid a algún encuentro con Saporta y Bernabéu. La prensa informa escuetamente de esos contactos. Siempre se dice que el acuerdo está cera. Versión Saporta, claro.

Pero el 19 de agosto, notición: ha fichado por el Espanyol. Circula la foto de la firma, con Kubala, Ricardo Zamora y el presidente, el audaz Vila Reyes, muy sonrientes detrás. No hay ningún acto de despedida en el Madrid, ni solo ni acompañado. Por los duendes del fútbol, el primer partido de la Liga 64-65 será Espanyol-Real Madrid. Rara imagen: el Madrid a un lado, Di Stéfano al otro, vestido de blanquiazul. Jugará bien, pero gana el Madrid 1-2, los dos de Puskas.

El Boletín del Madrid de septiembre publica en su página editorial la cartas cruzadas, todavía en mayo, entre Di Stéfano y Bernabéu, donde aquel le solicita la baja antes de tiempo y donde éste le esgrimía las razones por las que se la niega. Esta carta incluye la expresión DISCIPLINA IMPRESCINDIBLE, así, en versales. La publicación me pareció en su día, y aún hoy me parece, un acto excesivo y feo.

Jugó dos temporadas en el Espanyol, con rendimiento decreciente. Al final de la 65-66, al borde de los 40, colgó las botas. El verano siguiente el Madrid le ofreció su partido de homenaje, debido a todos los que cumplían diez años de permanencia en el club. Fue ante el Celtic de Glasgow, campeón de Europa trece días antes. Jugó unos minutos y luego cedió el puesto Grosso, confirmado así como su heredero. Fue la última vez que se saludó con Bernabéu. Se esfumó lo de quedarse “de lo que sea”.

Quedó desconcertado. Aunque pronto le saldría una oferta para entrenar al Elche, pensó primero volver a Buenos Aires. Y le dejó a Bernabéu un telegrama doliente:

“Don Santiago me voy a mi tierra-No sé si volveré pronto o nunca- En estos años se habló mucho de nosotros-Yo llevé la peor parte-Fui un fenómeno o un gamberro-Si no me acerqué a usted era porque no quería que creyera que buscaba un puesto regalado-Por lo menos eso no me lo puede quitar nadie-Lo que gané siempre fue con esfuerzo-Observé que para estar bien con usted había que ser falso-Tuve muchas desilusiones y nadie me dio moral-Usted como padre me falló-Ahí se ve que nunca tuvo hijos porque los padres siempre perdonan-Si no vuelvo más le llegue a usted mi felicitación y mi recuerdo cariñoso-Un abrazo-Alfredo.”

Bernabéu cambió de nombre su barca de pesca. Borró el de Saeta Rubia, que le había puesto en homenaje a Di Stéfano, y la rebautizó como Marizápalos, el apodo con que de niña conocían en familia a su esposa, Doña María.

No se volvieron a hablar. Pero siempre preguntaron el uno por el otro a los conocidos comunes.

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jueves, 30 julio 2015

Por Alfredo Relaño

Coppi estrenó el Alpe d’Huez

“Ha sido asombrosa la subida de esta formidable cuesta de Alpe d'Huez que desbanca, desde luego, por su porcentaje y espectacularidad, a todas las cuestas de la Vuelta a Francia. Y aunque el Tourmalet le aventaja en cuatro kilómetros de longitud, no obstante la de hoy es superior desde todos los puntos de vista. Se trata de catorce kilómetros, de los que la mitad es un tendido continuado de hasta un doce por ciento como mínimo. Una vez allí, y aunque aparatosas por sus zig-zags frecuentes, su pendiente disminuye cuando las piernas parecía que tenían que resentirse y la inclinación se suponía igual a la primera parte.”

Alpe

Así describía Manuel Serdán, en su crónica de Marca del sábado 5 de julio de 1952, la subida a L’Alpe d´Huez, estreno ese año en el Tour. No era propiamente un puerto, sino la subida a una estación de esquí, sin bajada por detrás. La ganó Fausto Coppi, El Campeonísimo. Su dureza hizo que no se programara de nuevo hasta 1976. Desde entonces ha sido casi permanente y casi siempre decisiva, como ha resultado de nuevo esta vez, con Froome sufriendo los arreones de Quintana. “He creído morir de mil muertes”, dijo Froome al llegar. Lo mismo que le pasó a todo el pelotón en 1952, torturado por Coppi.

Fausto Coppi fue un genio, al que sólo la Segunda Guerra Mundial, que interrumpió las actividades en lo mejor de su edad, impidió tener un palmarés igual o mejor que Merckx. Su rivalidad con Gino Bartali, cinco años mayor, fue legendaria.

Coppi apareció en el Giro como doméstico de Bartali en 1940, y lo ganó. Desbancó a su intocable jefe de filas, ganador ya por entonces del Giro en el 36, y el 37, y del Tour del 38. ¿Quién era ese mocoso que se atrevía a desbancarle?

Ese mocoso era un chico espigado, de cuerpo leve, nariz aerodinámica, sonrisa triste y dos piernas muy largas, fortísimas en los muslos, finísimas hacia el tobillo. Apareció junto a su enigmático descubridor, Biagio Cavanna, su masajista ciego. Había sido boxeador y corredor de pista antes de perder la visión por una enfermedad venérea. Alguien le habló del joven Coppi y le tomó a su cargo. Fue su masajista (decían que sus dedos emitían radiaciones curativas) y su consejero.

No hubo Giro del 41 al 45, ni Tour desde el 40 al 46, ambos inclusive. Durante la guerra, Coppi incluso estuvo prisionero de los ingleses en Túnez, desde abril del 43 hasta febrero del 45. Con la paz volvió el ciclismo. El Giro del 46 lo ganó Bartali, por delante de Coppi. Hacía diez años que había ganado su primer Giro. Y en 1948 ganó el Tour, diez años también después del primero.

Pero Coppi no le dejaba vivir. Ganó el Giro de 1947, el Giro y el Tour de 1949. Con este Tour, en el que perdió media hora el primer día, dio el gran salto. Era la primera vez que un corredor ganaba Giro y Tour el mismo año. Los franceses quedaron de verdad impresionados. Allí, Fausto pasó a ser Fostó.

Aquella legendaria rivalidad estaba en sus máximos en 1952. Italia se dividía entre ambos. Para más leña al fuego, Coppi se había declarado agnóstico, mientras Bartali era un fervoroso creyente, al que apodaron El Monje Volador. Físicamente también eran muy distintos. Bartali era macizo, proteico; Coppi, aéreo, con tipo de ave zancuda. Coppi era el favorito de los intelectuales; Bartali, el del pueblo. Alfredo Binda, el seleccionador italiano, tuvo enormes problemas para hacer el equipo para el Tour del 52, porque ambos, más un tercero en discordia, el gran Fiorenzo Magni, querían imponer sus domésticos favoritos. Italia acudió en la idea de que Coppi sería el jefe de filas… en principio. Luego, la carrera decidiría.

Y la carrera decidió en la décima etapa, la del Alpe d’Huez. Se llegó a allí, curiosamente, con el maillot amarillo en las espaldas de otro italiano, Andrea Carrea, fiel doméstico de Coppi. La víspera se había metido en una escapada, para controlar. La fuga prosperó y él acabó la jornada como líder, sin comerlo ni beberlo. Lloró. Temía haber contravenido a su jefe, que le tuvo que tranquilizar.

Pero estábamos en la décima etapa, Lausana-Alpe d’Huez. En Bourg d’Oissans arrancaron Robic y Geminiani, dos franceses que también se las tenían entre sí. Tras ellos saltó Coppi, les alcanzó, les rebasó. Robic le aguantó la rueda más tiempo, con su cuerpo pequeño y su estilo epiléptico. Coppi subía a marcheta, con suaves acelerones, casi imperceptibles. Le soltó de rueda. Llegó arriba solo. Se puso líder.

Por las dudas, el día siguiente ganó también la gran etapa alpina, que incluía la Croix de Fer, el Galibier, Lautaret, Monginèvre y la meta en alto en Sestriere. Coppi se va solo desde el Galibier, gana de nuevo. Segundo ese día será Bernardo Ruiz, al que suelo visitar los veranos en Torrevieja: “Es el mejor que ha habido. El único que podía irse cuesta arriba y luego aumentar la ventaja bajando y llaneando. Además, corría y dejaba correr. Él marcaba unas etapas en las que resolver y el resto lo dejaba para otros”.

Bernardo Ruiz fue tercero en ese Tour, lo que le convirtió en gloria nacional. Aún tiene el récord de grandes vueltas (Vuelta, Giro y Tour) consecutivas terminadas: doce, entre 1954 y 1958. En el 55, 56 y 57 hizo las tres. Ayer, al llegar a París, le igualó Adam Hansen. Han pasado 57 años hasta que alguien ha igualado su récord.

Bartali tuvo que inclinar la cabeza ante Coppi. El signo de sumisión llegó en la etapa siguiente, Sestriere-Mónaco. Coppi pincha y Bartali le pasa la rueda. En Italia, el gesto será noticia de primera página. Muchos afirman que la célebre foto en que se pasan el agua es de ese mismo día. La superioridad de Coppi fue tal que la organización aumentó sobre la marcha en 500.000 francos el premio para el segundo. Coppi ganó con 28m17s sobre Ockers, que se llevó ese premio extra. Casi tanta distancia hubo entre Coppi y Ockers como entre éste y el décimo, el español Gelabert.

Ganó dos Tours, cinco Giros, un Mundial, el récord de la hora, tres Milán-San Remo, cinco Giros de Lombardía, una París-Roubaix y una Flecha Valona, e innumerables carreras menores. Eso después del corte de la guerra y de pasar el 1950 casi entero lesionado, con graves fracturas y 1951 hundido por la muerte de su hermano Serse, que se mató al meter la rueda en una vía de tranvía en Turín, en el Giro del Piamonte.

Su fama se agrandó por su vida personal. Abandonó a su mujer, Bruna Ciampolini, La Dama Nera, siempre vestida de negro, por la de su médico, Giulia Occhini, La Dama Bianca, siempre de blanco. La Italia de la época, tan católica, lo desaprobó. Tuvo hasta una admonición del Papa. La Dama Bianca fue encarcelada tres días, por denuncia de adulterio por parte del marido abandonado. Se casaron en Buenos Aires, matrimonio que Italia no reconocíó. Tuvieron un hijo allí, conocido en Italia como Coppino.

Murió en enero de 1960, antes de los 40. Aún corría exhibiciones para mantener a sus dos familias. Fue invitado con otros ciclistas a una cacería en Burkina Fasso, a cambio de correr un critérium. Volvió enfermo. Se pensó primero en una gripe, luego en neumonía. De Francia avisaron que Geminiani había regresado con malaria, pero no hicieron caso. Y murió de malaria, mientras Geminiani, bien tratado, se salvaba.

Una de las curvas del Alpe d'Huez lleva su nombre.

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miércoles, 10 junio 2015

Por Alfredo Relaño

Aquella final de los postes cuadrados

El 31 de mayo de 1961, el Barça saltó al estadio Wankdorf de Berna para jugar su primera final de la Copa de Europa. Dos de sus jugadores, los húngaros Kocsis y Czibor, viven un mal recuerdo: siete años antes habían perdido allí con increíble fatalidad la final de la Copa del Mundo, ante Alemania. Eso les roía por dentro.

 

Ese año el Barça participó en cuatro competiciones: Liga, Copa, Copa de Ferias y Copa de Europa. La Liga la había acabado cuarto, a veinte puntos del Madrid. En la Copa acaba de eliminarle en octavos el Espanyol. De la Copa de Ferias, cuyas dos ediciones previas había ganado, le eliminó en cuartos el Hibernian.

 

Sólo le quedaba una bala, pero como diría Valdano, era de cañón: la Copa de Europa.

 

La Copa de Europa había sido patrimonio exclusivo hasta entonces del Madrid, ganador de las cinco primeras ediciones. En la sexta se cruzó con el Barça, en octavos. Pasó el Barça, con dos muy polémicos arbitrajes ingleses. Luego, en la semifinal con el Hamburgo de Uwe Seeler, se produjo una curiosa situación. El Barça viajó a Alemania con la corta renta de un 1-0. El partido de Hamburgo se televisó en España. Iba 2-0 cuando en el minuto 89 se apagó la señal. El horario contratado de los enlaces internacionales se ajustó tanto que un pequeño retraso del partido hizo que la pantalla se fuera a negro, con 2-0 y el choque expirando. Fue entonces, en el último instante y lejos de los ojos de la afición, cuando Kocsis marcó el 2-1. En España, la mayoría nos enteramos el día siguiente, por el periódico. En la época no había ni programas de radio nocturnos. Aquel gol milagroso de Kocsis dio paso a un desempate en París que ganó el Barça.

 

Así que allí estaba el Barça, en la final, en su primer año post HH. Helenio Herrera había sido el creador de aquel equipo, ganador en el 60 de Liga, Copa y Copa de Ferias, pero no de la Copa de Europa, de la que le eliminó el Madrid, y aquello precipitó su salida al Inter de Milán. Le había sustituido un yugoslavo, Ljubisa Brocic, caído a su vez en enero ante la mala marcha en la Liga. Ahora el entrenador era su segundo, Enrique Orizaola, que se jugaba su carrera a este partido.

 

Enfrente estaba el Benfica, en el que asomaba el nuevo poder del fútbol portugués. Aún no estaba Eusebio, que los siguientes años aterrorizaría Europa con sus goles. Pero era un buen equipo, todos portugueses salvo su entrenador, el húngaro trotamundos Bela Guttman, un sabio de la época. La perla es Coluna, el diez, mozambiqueño como Eusebio y jugador con ciencia, ritmo, pase y gol.

 

El Barça viaja con un problema y una incógnita. El problema es la baja a última hora de Segarra, candado de la defensa, lesionado ante el Espanyol. Su baja se une a la ya larga del central Rodri. La incógnita es el papel de Luis Suárez. Justo cinco días antes se ha anunciado su venta al Inter de Helenio Herrera por la fabulosa cantidad de 25 millones de pesetas. Una decisión muy polémica de una comisión gestora que maneja el club tras la dimisión en febrero de Miró Sans, a la espera de nuevas elecciones. La gente se pregunta si Luis Suárez debe jugar o no. Pero es el vigente Balón de Oro, ¿cómo dejarle fuera? Arbitró el suizo Dienst y los equipos fueron:

 

Barcelona: Ramallets; Foncho, Gensana, Gracia; Vergés, Garay; Kubala, Kocsis, Evaristo, Suárez y Czibor.

 

Benfica: Costa Pereira; Joao, Germano, Ángelo; Netto, Cruz; José Augusto, Santana, Aguas, Coluna y Cavem.

 

El Barça tiene la defensa remendada, pero su equipo es de fábula, y aún quedan fuera de él tres delanteros extraordinarios: Tejada, Villaverde y Eulogio Martínez. Kubala juega de extremo derecha; aunque sin desborde, pero distribuye bien desde ahí, un poco al estilo del Beckham de la década pasada. Evaristo y Kocsis atacan por el centro, Czibor desborda por la izquierda, Luis Suárez arma desde atrás y a veces aparece por la banda derecha. El Barcelona es muy superior, a pesar de que Vergés no termina de hacerse con Coluna, única salida del Benfica. La superioridad del Barça va goteando ocasiones. Llega el 1-0 en el minuto 20; es una de las apariciones de Suárez por la derecha, con centro medido que Kocsis (Cabecita de Oro, le apodaban) cabecea a gol.

 

El Barça sigue mandando, aunque se echa en falta algo más de ritmo.

 

En tres minutos todo se complica. En el 30, Coluna lanza a Cruz, que se va de Foncho; Ramallets sale precipitadamente y Cruz que llega antes, cruza el balón y remata Aguas a puerta vacía. 1-1. En el 33, balón alto al área del Barça, Gensana lo toca de cabeza, sale hacia atrás, Ramallets, cegado por el sol, lo palmotea, pega en la parte alta de su palo izquierdo y bota en el suelo. ¿Dentro de la portería? ¿Fuera? Ramallets juró hasta su muerte que ese balón no entró. La jugada (la final entera) se puede ver en youtube. Después de botar en el suelo, el balón sale de la portería. Incluso parece levantar algo de polvo de cal, señal de que habría botado en la raya. Pero Dienst da gol.

 

Queda un tiempo, el Barça es mejor y al reanudarse el partido se masca el gol en la portería de Costa Pereira. Pero donde llega es en la otra, cuando en un raro contraataque Coluna caza un rebote y suelta una colosal volea desde la media luna. Esta vez no es culpa de Ramallets. El partido se pone 3-1 en el 54.

 

Ahora el Barça ya se lanza al ataque con otro nervio. Kubala va y viene al centro del campo, Luis Suárez prodiga más su llegada por las bandas, todos los delanteros juegan bien, el Barça achicharra el área de Costa Pereira, donde los defensas se multiplican. Hay rebotes, rechaces en la raya. En el 68, un balón parecido al del gol tonto del Barça: un centro alto al que Germano mete la cabeza, pasa sobre Costa Pereira, que iba a por él, Kocsis acude para cabecear a puerta vacía ¡y lo manda al palo! Tres minutos después, Kubala agarra un tirazo desde la frontal del área que pega en el palo derecho, recorre toda la línea, rebota en el izquierdo y vuelve al campo, donde lo recoge, ya dócil, Costa Pereira. En el 75, Czibor coloca un zurdazo terrible a la escuadra a la salida de un córner que vale el 3-2. ¡Aún hay tiempo! Sigue el acoso, los remates, las paradas de Costa Pereira. La jugada más perfecta del partido, con intervención de toda la genial delantera, termina en un remate seco de Czibor desde el punto de penalti que se estrella en el palo. El agobio es incesante. En el 88 hay tres córners seguidos. No hay respiro para el Benfica, pero el partido termina así.

 

Kocsis, en el vestuario, rompió a llorar en una especie de acceso de histeria, maldiciendo los postes de ese campo mientras Czibor se encierra en un mutismo alucinado. En la final del 54, Hungría también había estrellado dos balones en los postes de aquel campo.

 

Postes cuadrados cuya forma estaba proscrita ya entonces en muchos sitios, entre otros España. Pronto los proscribiría la FIFA para todos los campos del mundo, recomendando los ovales. Quedó la leyenda de que se cambiaron a partir de aquel partido, culpando a su forma del injusto resultado de aquel partido. Nunca he encontrado nada que certifique eso. Los postes cuadrados podían provocar daño a los jugadores, pero no atraían más balones que los ovalados. Aquel 3-2 fue simplemente inexplicable.

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miércoles, 27 mayo 2015

Por Alfredo Relaño

Rompecascos, un hincha de otro tiempo

A primeros de los sesenta empezaron a televisarse partidos de Liga. Uno de los primeros fue un Athletic-Sevilla, en San Mamés. Era el Athletic de Carmelo, aún no de Iríbar, el de Ignacio Arieta, aún no de Antón Arieta. Era el Sevilla de Achúcarro y Diéguez. Vi aquel partido en casa de un tío mío. Nosotros aún no teníamos televisión.

Al poco de empezar, se oyó un grito fuerte que se impuso a la narración y al sonido ambiente. Un grito individual:

—¡¡¡Athleeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeetic!!!!

Era todo un do de pecho. San Mamés, al unísono, respondió:

—¡¡¡Euuuup!!!

Mi hermano, que me saca siete años y siempre he tenido la impresión de que lo sabía todo, entre otras cosas porque era y sigue siendo así, dijo con tranquilidad:

—Ese es el Rompecascos.

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—¿El Rompecascos?

—Sí. Cuando el Athletic meta un gol, se romperá una botella en la cabeza. Ya lo veréis.

Luego aclaró que ya le había visto en alguna final de Copa, e incluso en una exhibición en la Plaza Mayor. Para los aficionados madrileños, el Athletic de esos años era algo muy familiar, por lo frecuentemente que jugaba las finales de Copa en Madrid, arrastrando una riada de aficionados que entonces no se estilaba. La hinchada del Athletic viajaba por miles a la final de Copa, esa competición “cuya final juegan el Athletic de Bilbao y otro, y casi siempre la gana el Athletic”, se decía. Así que en Madrid, Rompecascos ya era conocido. Pero ese día, en la transmisión ante el Sevilla, adquirió nombradía nacional.

Porque, efectivamente, llegó un gol de Arieta y Rompecascos se estrelló una botella de vidrio en la cabeza, cubierta, eso sí, por una chapela. La botella se hizo trizas.

Aquel hombre fue el hincha más popular de España, en años anteriores a los de Manolo El del Bombo. Se llamó (ya no vive) Gabriel Ortiz. Nació en Bilbao, en 1920 y fue pescador. Encarnaba casi hasta la caricatura la imagen que de los vascos teníamos en la época, y que con el tiempo se ha ido endulzando: alto, fuerte, jovial, gran voz, comedor… Y con chapela. Era cuando se decía: “un vasco es una boina; dos vascos, un partido de pelota; tres vascos, un orfeón; cuatro vascos, una partida de mus...”.
Ya en 1933, con 13 años, se fugó a Barcelona en un camión de pescado, sin permiso de a sus padres, a ver una final de Copa del Athletic contra el Madrid. El mismo día y en el mismo campo (25 de junio de 1933, Montjuïc) jugaba el Erandio la final de la Copa de Aficionados contra el Sevilla. Nuestro héroe hizo doblete, porque ganaron el Erandio y el Athletic. El de aquel año era el Athletic de Míster Pentland, que ganó 2-1 la final con una delantera lujosa: Lafuente, Iraragorri, Unamuno, Bata y Gorostiza. Gabriel regresó a Bilbao como polizón consentido en el autobús del Erandio.

Quedó contaminado por el fútbol desde muy joven, pues, y con motivo, porque aquel Athletic era tremendo. Llegó a ganar 0-6 al Madrid en Chamartín y 12-1 al Barça en San Mamés en una misma temporada. Respecto a lo de la botella, fue un descubrimiento accidental. Una riña de marinos en una tasca, un noruego que le pega un botellazo y él que le tumba de un cate. El botellazo no le hizo mella. Así descubrió su superpoder.

Pronto se hizo popular en San Mamés. Por el grito, que todo el estadio respondía, y por el detalle del autobotellazo, que su cráneo soportaba sin daño mientras a su alrededor saltaban trozos del vidrio. Él subrayaba el gesto con un comentario:

—¡P’a los pollos!

Que era una manera de decir que aquello no tenía importancia.

Chechu Rojo le recuerda con cariño en doble versión. Eran vecinos en el barrio de Lacruz, junto a Begoña:

—Yo era un crío, claro. Él era muy famoso, muy querido entre los vecinos. Todo el mundo le conocía. Le recuerdo grande, gordote, muy jovial, siempre con amigos. Luego, cuando yo jugaba en San Mamés le veía ahí, en su localidad, siempre la misma. Pero me mudé de barrio y le perdí la pista.

Ahí estuvo muchos años. Descolló también en la rara especialidad local de romper nueces con el culo, arte de difícil valoración. Entrando los ochenta empezó a faltar a algunos partidos, por motivos de salud. Me lo describen como el clásico hombretón que abusa de su organismo, y en este caso no me refiero a la dureza del cráneo, sino al estómago, hígado y demás vigilantes de nuestras costumbres. A su mujer y a su hija no les hacía gracia la cosa, sobre todo a partir de cierta edad. Alguna vez fueron, me cuenta Sarita Maratón, a Radio Juventud, a pedir que no le entrevistaran, que no le animaran a seguir en ese ambiente macho y futbolero, un poco brutal.

Sus últimas apariciones fueron cuando la segunda Liga de Clemente, en 1984. El estruendo de aquellos años, con aquel conflicto Clemente-Sarabia que fue debate nacional, puso sordina en su retirada, discreta. San Mamés perdió el grito de Rompecascos y su estampa chirene rompiéndose la botella en la cabeza.

Quedan algunas fotos, y alguna imagen vieja de película o TVE, que se pueden encontrar en internet, donde está todo, como en la cabeza de mi hermano. Y se puede escuchar ahí, todavía, su fenomenal grito:

—“¡¡¡¡Athleeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeetic!!!!” .

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jueves, 02 abril 2015

Por Alfredo Relaño

Violeta, Cruyff, Reina... Autogol

—¡Yo mismo me hubiera dado tres guantás a mí mismo!

El que habla así es Reina. Miguel Reina, portero excelente entre la mitad de los sesenta y los setenta. Criado en el Córdoba, brilló en el equipo califal, entonces en Primera, cuando él estaba todavía en edad juvenil. Un trueno. Le fichó el Barça, donde estuvo varios años para después pasar al Atlético. Estaba llamado a ser el sucesor de Iríbar en la Selección, pero la jugada más absurda que han registrado los casi cien años que llevamos de ella le quitó del cartel. Pasado tanto tiempo, lo toma con humor:

—¡Con todo lo que yo hice, aún me recuerdan cada poco aquello!

Testigo directo y cooperador necesario fue Violeta, brillante medio del Zaragoza en los mismos años. Fue lo que en Inglaterra se conoce aún como one club man, jugador de un solo club. Entró sobre la marcha en el Zaragoza de Los Magníficos y enlazó con el de los Zaraguayos. Futbolista estupendo, con físico, visión, colocación, manejo, pierna fuerte cuando era preciso y pie suave para mover el balón. Peleó su puesto en la Selección con gente de tanto peso como Zoco y Glaría al principio y como Luis Costas y Jesús Martínez al final. Como Reina, se cayó de la Selección aquel infausto día. También lo recuerda con relajado humor:

—¿Sabe? Me vale para ganar cafés. Alguna gente me dice que yo metí el gol. Les digo que no sé, que no me acuerdo, que no estoy seguro. Me acabo jugando un café. Antes esas apuestas se resolvían llamando al Heraldo, o al As, o al Marca. Ahora se puede mirar en Internet, y ahí lo ven. Si ha sido un tío borde, y hay muchos, le cobro el café. Si no, se lo perdono. Lo pago yo a cambio de la promesa de que siempre testifique que yo no metí el gol. Aunque tampoco es para estar feliz con lo que pasó.

Lo que pasó. ¿Qué pasó? Pasó que España jugó el 2 de mayo de 1973 en Ámsterdam frente a Holanda, el seleccionador era Kubala. Había llegado en 1969, con España ya eliminada para el Mundial de México 70. En su primer partido, goleada patriótica ante Finlandia, frente al Peñón y con despedida de Gento, fueron titulares Reina y Violeta. Aún estaba vigente Iríbar, pero avanzando ya en la treintena. Se pensaba ya en el relevo, y el relevo era Reina. En cuanto a Violeta, era un grande de nuestro fútbol. En su puesto, un primus inter pares cuando menos.

El primer chasco de Kubala fue no ir a la Eurocopa de 1972, culpa de un 0-0 ante Rusia, en Sevilla, en noche invencible de un tal Rudakov, heredero de Yashin. Ahora el objetivo era el Mundial de 1974, en Alemania.

En el plan de preparación Kubala incluyó una visita a Holanda. Como selección, Holanda aún no había adquirido mayor fama, pero sí sus clubes. El Feyenoord había ganado la Copa de Europa de 1970; el Ajax, las de 1971 y 1972. Y estaba clasificado para la final de 1973 tras eliminar entre otros al Real Madrid.

El Holanda-España llega para muchos como una mosca en la sopa. Los holandeses no lo quieren, es visible. No lo quiere el Ajax, base de la Selección, que tiene un calendario recargado y la perspectiva de la final el 30 de mayo. Y en España desconfiamos del partido, porque se percibe que en Holanda está creciendo algo grande.

Cruyff


Las vísperas son polémicas. El seleccionador de Holanda, Frantisek Fadrhonc, checoslovaco y amigo de Kubala le pidió aplazarlo. Kubala no aceptó. Los jugadores del Ajax cedieron sólo cuando apareció una empresa holandesa que ofreció mil dólares a cada uno si ganaban. Se publicitó salvando el partido. Aun así, dos días antes se dieron de baja Arnold Muhren (Ajax) y Willy Brokamp (MVV), que se sabían suplentes.

El partido se juega en Ámsterdam el 2 de mayo. Holanda sale con Van Beveren; Suurbier, Israel, Hushoff, Krol; Haan, Neeskens, Van Hanegen; Rep, Cruyff y Keizer. Van Beveren es del PSV; Israel y Van Hanegen, del Feyenoord; los otros ocho son del Ajax. En el minuto 58 entrará Schneider (Feyenoord) por Hulshoff.

España juega con: Reina; Sol, Benito, Violeta. Macías; Claramunt, Pirri, Irureta; Aguilar, Gárate y Valdez. En el descanso saldrán García Remón por Reina y Planelles por Irureta. Y en el 67, Galán por Gárate.

Marcan Rep (minuto 12) y Valdez (20). España, que cumple su partido oficial número 200, juega con ánimo y está 1-1 cerca del descanso. Pero en el 42 se produce la jugada extraordinaria.

Holanda ha atacado y el balón acaba fuera, en un centro largo, cerca del córner, a la derecha de Reina. Éste va a por él y se dispone a hacer algo que entonces permitía el Reglamento (hoy no) y era usual. Se lo envía a Violeta, para que éste saque desde el pico del área chica. Él espera fuera del área, en línea con la frontal del área chica. La cosa consiste en que Violeta le envíe el balón en paralelo a la línea de fondo, él lo meta suavemente con el pie en el área grande, lo recoja ahí con la mano y luego saque largo, en voleón. Algo, ya digo, prohibido en la actualidad, muy usual entonces.

Violeta hace el envío, y Cruyff, vivo, corre hacia Reina, en paralelo al lateral del área, a hostigarle. “Hubiera bastado con que me hubiese metido en el área coger el balón y se hubiera repetido el saque. Pero me lie…”

Dejó venir el balón y cuando le llegó ya tenía cerca a Cruyff. Nervioso, pretendió devolvérselo a Violeta con el interior del pie izquierdo, mientras se inclinaba a la derecha para protegerse de Cruyff. El resultado fue un golpeo desequilibrado, mal dirigido y fuerte, que sorprendió a Violeta. Cuando éste se dio cuenta y corrió hacia el balón, la catástrofe era inevitable. El balón siguió su carrera, pegó en el segundo palo y entró. Casi paralelo a la raya de gol, para más burla.

Al descanso, Kubala estaba endemoniado. Hizo salir a García Remón. Violeta se lo reprochó: “No por García Remón, que era muy bueno. Pero sí le dije que cambiarle con ese gol no estaba bien. Incluso si lo tuviera pensado, debería haber retrasado el cambio un cuarto de hora”. García Remón paró muy bien. El partido acabó 3-2. Valdez, un oriundo que jugó en la Selección indebidamente (si nos llegamos a clasificar para el Mundial 74 no nos hubieran dejado participar, con lo que se supo luego) hizo también el segundo, en el 48. Cruyff marcó el 3-2 en el 90, lo que contribuyó al mal humor.

El gol fue la rechifla nacional por tiempo. Eran años en los que no había piedad con la Selección. Más bien estorbaba. Hubo quien calculó el ángulo imposible: 5º26’.

Luego llegaron dos partidos muy seguidos. En Turquía, por el L Aniversario del nacimiento de la República Turca, y a los cuatro días en Belgrado, clasificatorio para el Mundial. Kubala hizo dos grupos diferentes. En Turquía jugó García Remón; en Belgrado, donde fueron los mejores, preservados de cualquier golpe en Turquía, jugó Iríbar, con Reina de suplente. Violeta, ni en uno ni en otro. Reina no volvió más. Le desbancó Deusto, un suplente de Iríbar en el Athletic que encontró sitio en el Málaga. Luego apareció Miguel Ángel, que se impuso a García Remón en el Madrid. Para él sería ya la plaza hasta Arconada.

No, Reina no volvió, se quedó en cinco partidos, pero no se queja: “Fue la más tonta de las jugadas tontas. Con ese ángulo, de izquierda, y a la primera, el único que la metía era Puskas. Yo podía haber chutado cien veces de ahí y no metería ninguna”.

Pero esa entró. Los duendes del fútbol.

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miércoles, 18 marzo 2015

Por Alfredo Relaño

La aventura de Cruyff en el Levante

Cuando terminaba 1980, Cruyff regresó a Barcelona para un partido en beneficio de Unicef. Formó parte del Humane Stars, conjunto de estrellas que se enfrentó al Barça el 16 de diciembre. Ganó el Barça, 3-2. Aunque también jugaron figuras como Rummenigge, Chinaglia, Platini o Blokhin, el suceso fue Cruyff. Había jugado en el Barça de la 73-74 a la 77-78, con rendimiento espectacular al principio, luego no. De ahí se fue a EE UU, a Los Ángeles Aztecas, después a los Washington Diplomats.

Su partido fue polémico, pues estuvo tan impertinente con el árbitro, el catalán Miguel Pérez, que este terminó por expulsarle. Pero le cubrieron de entrevistas y en ellas reflejó nostalgia por el fútbol europeo. Dijo que deseaba volver. Estaba próximo a los 34 años (cumple en abril), ya no se le veía para el primerísimo nivel, pero aún podría brillar en muchos clubes. Se habló del Espanyol, al que tentaba repetir la operación Kubala. Se habló de Arsenal y Chelsea, de Betis y Sevilla, de un segunda escocés, el Dumbarton, y de un segunda español, el Levante, rumor que nadie tomó en serio.

 

Cruyff

El Levante estaba en puestos de arriba de Segunda y aspiraba al ascenso. Su presidente era Paco Aznar, un hombre audaz. Animado por un intermediario llamado Luis Rodríguez, inspirador de la idea, y en su compañía, viajó a Ámsterdam a entrevistarse con Cruyff y su suegro, Cor Coster, que llevaba sus asuntos. La idea era que las taquillas del Levante podrían multiplicarse por cinco con Cruyff, que con él subirían seguro y así los 5.000 socios serían 21.000. Aunque se coló una oferta del Leicester, de 5.000 libras por semana (real o inventada por Coster) Aznar no cejó. A finales de enero anunció el fichaje, al que coadyuvó la marca de ropa deportiva local Ressy, que vestía al club. Los términos no fueron públicos. Corrió que cobraría dos millones de pesetas por partido, ficha de diez millones aparte. Y chalé gratis en L’ Eliana. Una copia del contrato publicada en una historia del Levante de 1984 (75º Aniversario) habla de diez millones por todos los conceptos.

El entrenador era Pachín. Cuando se lo dijeron lo tomó a broma. Igual les pasó a los jugadores. Vicente Latorre, presidente de los veteranos del club, recuerda bien el día que Pachín les dijo que venía Cruyff: “Nos parecía una broma. Luego nos hizo una ilusión enorme. ¡Imagínese! Yo era un chaval de 19 años, había entrado el año anterior por la norma que obligaba a dos sub-20 por partido. El primer año, me ponían por cumplir la norma y me cambiaban a los diez minutos. Pero en la 80-81 ya estaba consolidado. ¡Y me iba a ver al lado de Cruyff!”.

Cuando llegó, la prensa local le preguntó la diferencia entre el Cruyff Balón de Oro del 71, 73 y 74 y el de ahora. “Ahora soy más listo”, dijo. La afición se sentía feliz. Los socios veteranos recordaban al gran Faas Wilkes, que jugó allí la 58-59.

Su primer entrenamiento llenó el campo del Nou Estadi. Hizo maravillas. Pero con todo a punto para el debut, el 1 de febrero ante el Sabadell, se produjo un chasco. Instada por la AFE, la Federación rechazaba el fichaje en tanto en cuanto el Levante no pagara deudas atrasadas con jugadores, algunos de la plantilla, otros de campañas anteriores. El montante total alcanzaba los 11 millones.

Paco Aznar tuvo que buscar más dinero. Le costó un mes. Mientras, Cruyff regresó a Holanda y retomó los contactos con el Leicester. Al cabo de un mes de suspense, Aznar consiguió el plácet de la federación tras rocambolesca historia de una carta de ida y vuelta a la sede de la AFE, con los pagarés del Banco Internacional de Comercio dentro y la dirección mal anotada fuera. Por fin, a las diez de la noche del sábado 28 de febrero llega la autorización. El domingo, el Levante recibe al Palencia. El Nou Estadi no se llena del todo, quizá porque muchos han dudado hasta última hora si jugaría o no. Pero la taquilla es de cinco millones y medio, muy por encima del millón cien mil, récord de la temporada. La tribuna ha pasado de 800 a 1.200, la general, de 400 a 600. El Levante gana 1-0. Cruyff hace poco. Dos detallitos. La estrella es el árbitro, Orellana, que decide lucirse y expulsa a uno de casa y dos de fuera. El equipo se mantiene segundo, como estaba. Ascendían los tres primeros.

No se mata en los entrenamientos. La primera salida es a Granada y no va con todos, sino con el presidente, en el coche de éste. Los Cármenes se llena a reventar y gana el Granada 1-0. Pachín tuerce el gesto, porque el reclamo de Cruyff ha producido el llenazo y un ambiente tremendo que ha ayudado al rival. Y el crack no ha hecho nada.

Domingo siguiente, 1-0 ante el Barakaldo, con taquillazo y poca cosa de Cruyff. Un calco del día del Palencia. La situación hace crisis en la siguiente salida, a Vitoria. Pachín lleva al equipo a Tudela para entrenar el sábado. Cruyff va con el presidente, y llega cuando el entrenamiento ha acabado. Luego, expone la pretensión de exigirle al Alavés la mitad de la taquilla, pues entiende que el que llena el campo es él. Zárraga, gerente del Alavés (ex compañero de Pachín en el Madrid) se niega en redondo. Ya en Vitoria, Cruyff decide no jugar y regresa a Valencia con unos reporteros de televisión franceses que habían acudido a grabarle. El Levante improvisa la explicación de que su mujer ha enfermado, y de ahí el regreso. El equipo pierde 1-0. Esa semana es destituido Pachín, al que sucede Rifé, ex compañero de Cruyff en el Barça.

Pachín sospecha: “Yo creo que todo estaba preparado de antemano. Se buscó el momento para quitarme y se aprovechó el revuelo de Vitoria”.

Rifé debuta con un 2-4 en casa ante el Málaga, luego pierde 2-0 en Cádiz y empata en casa 2-2 con el Oviedo. Ese día, Cruyff marca los dos, que serán los únicos en la triste aventura. El equipo ya ha caído de la zona de ascenso a esas alturas. Luego, doble salida a Madrid, con 0-0 en Vallecas y 2-3 ante el Atlético Madrileño. En casa, 1-0 ante el Castellón. Después, salida a Linares donde, vestido y todo, decide no salir, tras fracasar la negociación por el porcentaje de taquilla. Gana el Linares, 3-1, en medio de bronca gorda. Penúltima jornada, 0-2 en casa ante el Recreativo. La última salida, a Santander, se la fuma, se va a Barcelona a jugar en el homenaje a Asensi.

En total, diez partidos, dos goles. El Levante pasó de segundo a noveno. Fue el cuento de la lechera de Paco Aznar. Las taquillas fueron a menos y no hubo ascenso ni incremento de socios.

Pachín no guarda amargura: “Era un club pequeño. Ahí no podía encajar Cruyff. Pero su llegada movió una ilusión. Lo malo es que no resultó”. Latorre lo recuerda así: “Era un lujo entrenar con él… si le apetecía. A veces llenaba un cubo de agua caliente, se sentaba en el banquillo, metía el pie en él, decía que para curarse el tobillo, y miraba. En cada partido dejaba algún detalle colosal, pero sólo eso. Con Rifé se montó todo al gusto de Cruyff, pero no salió bien”.

Para el club quedó un recuerdo agridulce y un agujero económico. A Cruyff aquello no le dio ninguna gloria, pero sí un dinero con el que empezar a reponerse del fracaso de su inversión en granjas, a la que le arrastró un socio desleal. Según cuenta Luis Rodríguez en la historia del club, sólo costó seis millones. Como responsable de la idea, pudo tener la tentación de minimizar el coste. Otras fuentes hablan de dieciocho y hasta más. A saber. Los únicos beneficiados claros fueron los jugadores o exjugadores que gracias a aquello y a la firmeza de la AFE cobraron los once millones que les debían.

En la siguiente temporada, la 81-82, el Levante pierde dos categorías y baja a Tercera por reiterado impago a sus jugadores. Para entonces, Cruyff ya estaba de regreso en el Ajax.

Pero es igualmente cierto que, pasados tantos años, el Levante conserva cierto orgullo por aquella aventura. Cruyff jugó en el Levante. Eso no se lo va a quitar nadie. En el antepalco del estadio, siempre te muestran con satisfacción la foto.

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miércoles, 04 febrero 2015

Por Alfredo Relaño

Roca Junyent, azote de falsos oriundos

A Roca Junyent es frecuente verle ahora en los telediarios, como abogado de la Infanta Cristina. Político de largo recorrido, es uno de los siete padres de la Constitución y nunca ha dejado de estar presente en el panorama nacional. Pero la primera vez que se oyó hablar de él fue por el fútbol. Un informe suyo dio fin a un lío que duró tanto que hasta tuvo dos nombres: “Timo de los Paraguayos” y “Timo de los Oriundos”.

Tras el fracaso del Mundial de 1962, en Chile, la federación prohibió la importación de futbolistas. Dejó, no obstante, entreabierto un portillo: se podría fichar descendientes de españoles… siempre que no hubieran sido internacionales en su país de origen. “Si no han sido internacionales es que no serán buenos”, razonaba el aficionado. Pero se argüía que podrían venir jóvenes con futuro, baratos y que incluso reforzaran a la selección.

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Y empezaron a venir. Venían argentinos, uruguayos, chilenos, pero sobre todo paraguayos. Algunos muy buenos. Tan buenos, que costaba pensar que no fueran internacionales, que los hubiera mejores en Paraguay. Por ejemplo, Fleitas, interior en punta que vino al Málaga, de donde lo adquirió el Madrid para hacer pareja con Amancio. O Aníbal, líbero del Valencia.

En eso, en junio de 1969 llegó a El Prat, procedente del Cerro Porteño, un tal Severiano Irala, extremo de ambos lados o media punta, fichado por el Barça. Se le presentó tan elogiosamente en la rueda de prensa que un periodista preguntó ingenuamente:

—Y si usted es tan bueno, ¿cómo no es internacional en Paraguay?

—Claro que soy internacional.

—¡Entonces no puede jugar aquí!

—¿Cómo que no?

Y citó siete nombres de paraguayos internacionales en España, entre ellos los de Fleitas y Aníbal. Fleitas había pasado justo ese verano al Madrid.

No circulaba tanta información como ahora, nadie sabía aquí quién había sido o no internacional en Paraguay. Así que intermediarios espabilados habían encontrado un funcionario venal en la Federación de Paraguay que por mil dólares expedía un certificado de no internacional. Irala, sin quererlo, descubrió el pastel.

La federación no permitió que el Barça le inscribiera, pero dio como hecho consumado los inscritos con anterioridad. En medio de todo, estaba Fleitas. El Madrid podía defender que había comprado a Fleitas aquí, al Málaga, y que eso no se lo podía echar atrás nadie. Y era verdad. Pero si no se echaba atrás a Fleitas, ¿cómo echar atrás a otros? Así que todos. ¿E Irala? Irala no, porque no llegó a ser inscrito.

Para más inri, la Liga empezó con un Madrid-Barça, 3-3. Fleitas metió dos goles. El mismo día, De Felipe lesionó a Bustillo. El Barça estaba que echaba chispas.

Se acuñó como expresión “El timo de los paraguayos”. El secretario de la federación, Andrés Ramírez, fue suspendido durante seis meses por negligencia in vigilando. Se pensó que se había cerrado la brecha. Bastaría con vigilar bien en cada caso, vía la FIFA, si el paraguayo de turno había sido o no internacional.

Pero el problema rebrotó con más fuerza. ¿Eran de verdad todos oriundos? ¿Tanto dio de sí nuestra ínclita raza ubérrima en su aventura americana? Porque venían muchos, muchísimos. Aleccionados a medias. “Sí, mis abuelos son gallegos, de Celta”. O “¿Es verdad que sus abuelos eran navarros?”. “No, eran de Pamplona”. Esto último corresponde al feroz Aguirre Suárez, argentino, que vino como paraguayo.

Se les buscaban padres para crearles un origen español. Algunos argentinos venían de paraguayos, para borrar su internacionalidad. Llegó a darse el caso de tres hermanos de padre, Carlos Martínez Diarte (Lobo Diarte), Diomedes Martínez Cabrera y Luis Óscar Martínez Leguizamon, que figuraban como hijos de un industrial gráfico de Asunción, Antonio Martínez Rubalcaba, al que utilizaron sin su consentimiento.

En el verano 72-73, en medio de aquel coladero, al Barça le echan para atrás los papeles de Juan Carlos Heredia y Fernández Cos. Para el Barça, ya es el colmo. El Barça, que está por la apertura de fronteras, que lo que quiere es traer a Cruyff, se ve de nuevo parado en un semáforo que sólo se enciende para él.

Es entonces cuando Agustín Montal dice basta. Bien asesorado por un estupendo gerente, Armando Carabén, crea una comisión de abogados, con Francisco Segura, Ignacio Gispert y Miguel Roca Junyent, el más joven de los tres, compañero de bufete en el Gabinete Jurídico y Económico de Narcís Serra, el que luego fuera alcalde de Barcelona y ministro socialista. Se decide enviar a Roca Junyent (“me tocó porque era el más joven”, me comenta con humor) a investigar in situ. Llevaba en su cartera 40 casos de oriundos sospechosos.

—Para mí fue una feliz experiencia de juventud. Lo recuerdo de una manera muy grata. Tenía un buen contacto de partida, Pertiné, muy bien relacionado. La nacionalidad española se pierde si se hace servicio de armas en otro país. O sea, que un español con doble nacionalidad que hace la mili, por ejemplo, en Argentina, deja de ser español. Y de esos había muchos casos. Hijos o nietos de españoles, pero cuyos padres ya no podían transmitir la nacionalidad, porque la habían perdido en su día.

Se vio con bastante militares “algunos de los cuales sonaron luego, cuando el golpe”, para consultar fichas de enrolamiento. En Córdoba le ayudó mucho Fernando de la Rúa, más adelante presidente de la República, época en la que fue apodado como Frenando de la Duda, por su carácter irresoluto. Felizmente, pudo regresar a Barcelona el mismo día 24 de diciembre de 1973 para pasar la Navidad en casa.

El informe era demoledor: sólo uno de los 40, Quetglás, del Mallorca, estaba legalmente. Los otros 39, no. Dos de ellos, Roberto Martínez y Rubén Valdez habían jugado de forma irregular en la Selección partidos de clasificación para el Mundial.

Lo entregó en el Barça. Montal habló con Porta, presidente de la federación española, y le propuso destruirlo a cambio de que se admitiera el fichaje de extranjeros. Porta no estaba seguro de si el informe era tan explosivo o si Montal iba de farol.

El despacho de Roca estuvo en obras esos días. La misma empresa pintaba la federación catalana. Sospechosamente, el Informe Roca fue fotocopiado y acabó en la mesa de Porta. Y éste concluyó que sí, que era inconveniente que se conociera todo aquello. Entre otras cosas, aparecía cierto cónsul español demasiado ligero a la hora de firmar papeles. Así que se reabrió la importación de extranjeros para la 73-74. El Barça fichó a Cruyff y Sotil; el Madrid, a Netzer y Mas; el Atlético, a Ayala y Cacho Heredia; el Valencia, a Keita y Kurt Jara…

Algunos falsos oriundos ficharon como extranjeros y a los dos años se hicieron españoles. Ese fue el caso de Juan Carlos Heredia, que empezó cedido en el Elche como extranjero para más tarde llegar al Barça y a la selección.

El Athletic y la Real, que durante todo el proceso se opusieron tanto a extranjeros como a oriundos, estuvieron denunciando como alineación indebida todos y cada uno de los casos. Ellos también habían enviado un detective, José Luis Gallo, que lo pasó muy mal. Las denuncias fueron acumulándose hasta que se dictó un indulto general. Y aquí paz y después gloria.

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