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El blog de Pipo lópez

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miércoles, 22 junio 2016

Por Alfredo Relaño

Cesarini comparte protagonismo con Iniesta

Parece que por el momento los dos nombres propios más citados en la Eurocopa son Iniesta y Renato Cesarini. Aquel, por su grandioso juego; éste, por los goles de última hora, a los que acabó por dar nombre. Pero, ¿quién era Cesarini?

Renato Cesarini fue el hijo de unos inmigrantes italianos de principio del siglo pasado que se fueron a América a buscarse la vida. Había nacido el 11 de abril de 1906 en Senigallia, en la costa de Italia que mira al Adriático. Hoy es una gran localidad turística, pero en la época sólo ofrecía miseria. Se fue de allí con pocos meses.

Los padres se instalaron en Buenos Aires, y allí creció el muchacho. Un chico guapo, espigado, ocurrente, con la ley del barrio bien aprendida, ojos vivos y firmes rizos negros. Salió futbolista. Se hizo en Chacarita Juniors. Con veinte años debutó con la selección argentina, en la que jugó dos partidos, ante Paraguay ambos. Interior ocurrente y goleador, un poco sobrado, provocador, favorito de su público, abroncado por los contrarios. Y de gran ascendente entre sus compañeros. Cuentan que tenía una voz fuerte y profunda, un poco al estilo de la de Menotti, y que era sentencioso y directo en sus conversaciones. Divertido a ratos, ácido otras veces. Siempre se le escuchaba.

Por esos años se acercaba ya el Mundial de Italia, de 1934, que Mussolini había decidido que tenían que ganar los suyos. Vio cómo tanto la final de los JJ OO de Ámsterdam (1928) como la del primer Mundial, el de Uruguay en 1930, la jugaron Argentina y Uruguay. Concluyó que el gran fútbol estaba en la desembocadura del Río de la Plata. Y comprobó la cantidad de apellidos italianos que había en la selección argentina. Se le encendió la bombilla e inventó los oriundos. Impulsó a los clubes italianos a fichar a esos italianos o hijos de italianos que tanto brillaban en el fútbol.

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Y ahí regresa Renato Cesarini a Italia. Para entonces estaba en Ferrocarril Oeste. Le fichó, dentro de lo que fue un gran éxodo, la Juventus, junto a Orsi y Monti. Estos dos jugarían el Mundial del 34 y lo ganarían, como había previsto Mussolini. Monti, apodado Doble Ancho por su tremenda corpulencia, tiene un registro único: jugó la final de 1930 con Argentina y la de 1934 con Italia.
Cesarini se perdió el Mundial porque la temporada 33-34 arrastró una lesión molesta. Pero triunfó: ganó cinco campeonatos consecutivos con la Juventus, entre 1931 y 1935, en lo que fue la segunda edad de oro de aquel club. Y también en la selección italiana, en la que debutó al poco de llegar y jugó 11 partidos, entre 1931 y 1934. Entonces no había impedimento para que quien hubiera jugado en una selección lo hiciera después en otra. Eso llegó en 1962.

Y con la selección italiana nació lo de la Zona Cesarini. Fue con ocasión de un Italia-Hungría, disputado el 13 de diciembre de 1931 en Turín. En el 89’, el partido estaba 2-2 y Cesarini, impaciente. Su compañero de línea, Raffaele Costantino, tenía el balón como a cuatro metros del área, y en la zona del interior derecho y parecía no saber qué hacer con él. Cesarini se le echó encima, le apartó con un empellón que le derribó al suelo, hizo un amago y soltó un cañonazo que entró junto a la cepa del palo izquierdo del meta húngaro. Italia ganó 3-2 gracias a esa audacia de Cesarini.

Hace años encontré la narración de la jugada, y hasta un dibujo de la misma, en un precioso Manuale del Gol, de Vezio Melegari, editado en 1974. Fue la primera vez que tuve noticia de la expresión Zona Cesarini. Ahí mismo se cuenta que pocos meses antes Cesarini había marcado sobre la hora en Berna el gol que significó el 1-1 entre Suiza e Italia. Esa repetición llevó a un periodista llamado Eugenio Danese a hablar del caso Cesarini, expresión que luego el uso transformó en Zona Cesarini.

Zona no entendida como lugar, sino como espacio temporal. Zona Cesarini llegó así en Italia a significar ese tiempo final dramático de los partidos, tramo en el que tantos goles están llegando en esta Eurocopa.

En un libro raro de encontrar, Storia Illustrata della Nazionale di Calcio, de Luigi Bocali, el propio Cesarini explica que se sentía especialista en ello desde sus tiempos de Chacarita Juniors. Y cuenta la jugada: “Eché a Costantino a un lado, con una carga por la espalda como si fuera un contrario, y lo mandé lejos; luego amagué como que iba a centrar hacia la izquierda, al extremo Orsi, y con el portero húngaro moviéndose en esa otra dirección tiré hacia el palo que tenía más cerca…”.

Aquello de Zona Cesarini quizá no se hubiera repetido tanto de no ser por su gran carrera posterior en el fútbol, ya como técnico, y por su acusada personalidad. Eso refrescaba la jugada una y otra vez, al compás que engrandecía su prestigio.

Regresó a Argentina, donde volvió a jugar en Charita y se retiró en el River Plate. Se quedó de técnico en este club, donde contribuyó, a medias con Carlos Peucelle, a crear la célebre delantera conocida como La Máquina, que aún se recita de memoria allá: Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Loustau. Detrás venía Di Stéfano, que también pasó por sus manos y siempre me habló de él con un respeto máximo.

—Él y Peucelle amaban el juego por bajo, exigían rasear la pelota. Si la tirabas por alto, se enfadaban. Te decían: “Escuchá, nene, ¿de qué está hecha la pelota”. Y tú: “De cuero, señor”. Y ellos, “¿Y de dónde viene el cuero?”. Y tú: “De la vaca, señor”. Y ellos: “¿Y qué come la vaca?”. Y tú: “Pasto, señor, come pasto…”. Y ellos te decían entonces: “¡Pues echá la pelota al pasto, boludo, no la levantés!”.

Con esas máximas se hicieron La Máquina y Di Stéfano. Y más adelante Omar Sívori, alias El Cabezón, un apunte de Maradona, aunque con menos velocidad. Cesarini, reclamado por la Juventus, regresó a Italia como director técnico del club y se lo llevó con él. Al principio fue un drama, porque Sívori se echó a la mala vida, no daba una a derechas y su inutilidad comprometía el prestigio del propio Cesarini. Hasta que éste le cogió un día por la pechera, en un entrenamiento:

—¿Qué te creés, Cabezón? ¿Un galán? ¡Si hubieran querido un galán hubieran contratado otro más lindo, no a vos! ¡Vos no naciste para galán, vos naciste para la gambeta!
Sívori se corrigió y triunfó. La Juventus ganó con él dos campeonatos seguidos, los 59-60 y 60-61. Él ganó el Balón de Oro de 1961. Trotamundos, entrenó también en México, volvió a Italia, al Nápoles, dirigió a Boca, dos años en la selección argentina... Murió prematuramente, aún con 62 años, en 1969, a causa de una embolia. Aún le quedaba mucho por explicar.
Quedan vivos bastantes jugadores que pasaron por sus manos, y es una delicia escucharles repetir una y otra vez sus anécdotas, con ese estilo rico y jocoso que tienen los argentinos para hablar de fútbol. En su homenaje crearon un club, el Renato Cesarini, en principio un divertimento para veteranos, más tarde una academia que ha dado buenos jugadores, entre ellos Mascherano.
Hoy se vuelve a hablar de Renato Cesarini, por esos goles tardíos que tanto llegan en la Eurocopa. Y yo me alegro. Merece que le recordemos.

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miércoles, 15 junio 2016

Por Alfredo Relaño

Iribar se quedó sin el partido número 50

—Fue algo muy raro… Estábamos en el autobús para ir a entrenar al campo del Pegaso cuando nos dijeron que Iribar no venía… Que se marchaba a Bilbao por un problema familiar grave… Sin más explicaciones.... Ni siquiera le vimos…

El que habla es Juan Manuel Asensi, y la escena que narra se produjo el miércoles 19 de mayo de 1976, sobre las seis y media de la tarde. España estaba concentrada en Madrid, con vistas a un partido contra Alemania. Aquel hubiera sido el partido número 50 de Iribar. Pero no lo jugó ni volvería más a la selección. Se quedó en 49. La explicación a la prensa fue otra: nos dijeron que tenía un dedo mal. Luego, aunque siguió jugando a gran nivel en el Athletic tres temporadas más, no volvió a ser llamado. Nunca jugó el partido 50. Aquello quedó envuelto en una nebulosa.

 

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A vista de hoy, cincuenta partidos en la Selección no parecen algo extraordinario, pero entonces lo eran. Ricardo Zamora había dejado el récord de internacionalidades en 46, tras permanecer de 1920 a 1936 como titular, cediendo muy pocos partidos. En un tramo de tiempo parecido, Casillas ha acumulado 166. Pero es que antes había mucha menos actividad internacional. El récord de Zamora se consideró por mucho tiempo una barrera inalcanzable. Resistió a los Zarra, Gaínza, Puchades, Ramallets, Garay, Segarra, Amancio, Gento y tantos otros grandes y longevos jugadores que hubo en las décadas siguientes. Gento fue el que más se le acercó. Se quedó en 43.

Iribar apareció en el Athletic en la 1962-63, deslumbrando. Desplazó al gran Carmelo, que fue traspasado al Espanyol. Debutó en la Selección el 11 de marzo de 1964, con solo 21 años, lo que se consideró algo excepcional. Se suponía que los porteros tardaban en madurar más que los jugadores de otras posiciones. Pero era un fenómeno, con un físico perfecto para el puesto, reflejos, colocación, sobriedad… Con él, España ganó a los pocos meses la Eurocopa ante la URSS.

Pronto fue un gran favorito de la afición de toda España. Fue célebre la reacción de la afición bilbaína en la final de Copa de 1966, cuando pese a perder con el Zaragoza 2-0 le pasearon a hombros al grito de: “¡Como Iribar no hay ninguno. Iribar, Iribar, Iribar es cojonudo…!”. Toda España le quiso, como prototipo de vasco serio y futbolista cabal. Sostuvo algunos años malos del Athletic, en los que llegó a acuñarse la frase: “El Athletic son Iribar y diez más”. Era del Athletic, pero era patrimonio de todos. Se le quiso y respetó tanto como ahora se quiere y respeta a Nadal, por buscar un ejemplo próximo.

Se instaló en la selección, casi sin competencia. Por alguna lesión o baja forma, cedió algún partido a Sadurní o a Betancort, pero en general fue inamovible. Como había empezado tan joven, se empezó a especular en algún momento que sí, que esta vez alguien podría alcanzar la barrera mítica de los 46 de Zamora.

Y llegó. Fue, digamos, en dos partidos consecutivos contra Escocia, en la fase de clasificación de la Eurocopa de 1976. En Hampden Park (1-2) cumplió el 46. Era el 20 de noviembre de 1975, justo un año antes de que muriera Franco. El 5 de febrero de 1975, en Valencia (1-1), hizo el 47, desempatando con Zamora.

Los cincuenta los podría haber cumplido antes, pero por esos años empezaba a tener dolores de espalda, lo que permitió algunas apariciones de Reina, García Remón y Deusto. También tuvo un parón por un tifus que mantuvo a todo Bilbao en vilo, con mucha gente ofreciendo misas y novenas por él. Me contó que un día sintió la muerte muy cerca.

—Me vi a mí mismo en la cama, rodeado de la familia. Contemplé la escena como desde el techo. En eso sentí que caí de golpe, volví a estar dentro de mí. Me desperté, empezó a bajar la fiebre y me curé.

Cumplió el 48 ante Rumania, en abril de 1975. Los dos siguientes (ante Dinamarca y Rumania) los juega Miguel Ángel. En el primero de ellos Iribar, con molestias, es suplente. En el segundo, el suplente es Deusto.

España pasa la fase de grupos y ha de jugar en cuartos contra Alemania. (Entonces la fase final de la Eurocopa se limitaba a semifinales y final, todo lo anterior se jugaba en los distintos países). En el Manzanares, el 24 de abril de 1976 (primer partido de la selección después de muerto Franco), juega su partido número 49, 1-1.

Se vivían las agitaciones de la Transición, difíciles de entender desde la mentalidad de ahora. Iribar firmó para la llamada Junta Proamnistía, lo mismo que Irureta y varias decenas de notables de la sociedad vasca, entre ellos Chillida. Aquel movimiento no es equiparable al de las actuales gestoras proamnistía. A la muerte de Franco, estaba muy extendida en capas de la población de toda España una mirada indulgente hacia ETA, que luego esta fue perdiendo con su actitud posterior. La izquierda en general no veía a los etarras como terroristas, sino como presos políticos del franquismo.

Más tarde, Iribar daría nuevas muestras de compromiso con la causa vasca. Es muy recordada la estampa de la ikurriña, portada por él y Kortabarria en un derbi vasco, cuando aún era una enseña prohibida. Eso fue en diciembre de 1976. Tres años después, en su última temporada en activo, aceptó un puesto como independiente en la Mesa Nacional de Herri Batasuna, gesto que le generó ya rechazo general en toda España. Para entonces, ETA empezaba a ser considerada como un sabotaje al intento general de reconciliación.

Se fue apartando discretamente de aquel mundo y es sabido que el tema no le gusta.

En el aire quedó la pregunta: ¿por qué nunca jugó el partido número cincuenta? Don Balón llegó a publicar que, amenazado por ETA, rogó a Kubala que no le llamara más. Desde el mundo abertzale se deslizó que él mismo se negó, para no ser utilizado como un símbolo de España. Sin embargo, en declaraciones suyas de tiempos relativamente recientes, he leído que hubiera querido cumplir los 50 partidos. Y también en el libro Iribar irudia eta eredua, de Pedro Mari Goikoetxea, traducido al castellano por Carlos Latxaga con el título Iribar, la alargada sombra del Txopo. “Estaba en plena forma y hubiera podido conseguirlo, pero no me convocaron más”.

Sobre este asunto he cruzado unos mensajes con él estos días. No quería extenderse sobre ello, pero a mi pregunta de si existió causa (familiar o de lesión) para su abandono de la concentración antes del viaje a Alemania, me contestó:

—Estaba entero y ningún problema familiar.

Y a la de si hubiera querido retirarse con cincuenta partidos, me contestó:

—Si me hubiera convocado Kubala HUBIERA JUGADO EL CINCUENTA.

(Las mayúsculas son suyas).

El presidente de la Federación, Pablo Porta, era un hombre muy de derechas. El seleccionador era Kubala. ¿Recibió alguna orden? Ninguno de los dos vive. No se les puede consultar.

El primero que alcanzó los 50 fue Arconada. Luego, Zubizarreta llegó a los cien. Casillas pasó hace tiempo de los 150. Hoy tenemos 36 jugadores que han pasado los cincuenta. Esa barrera ya no impresiona, pero en su día fue debate nacional.

Porque Iribar fue mucho Iribar.

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miércoles, 08 junio 2016

Por Alfredo Relaño

¡¡¡Lombardía, déjate meter un gol, que está arreglaooo…!!!

A la última jornada de la temporada 1971- 1972 llegó el Oviedo ascendido a Primera, y tres equipos, Zaragoza, Castellón y Elche, en pugna por los otros dos puestos. El Oviedo cerró la Liga en Elche y allí se produjo una escena cochambrosa que habla de a qué niveles llegó el fútbol. Esta historia la conocí por el Información de Alicante,en la pluma de mi colega Toni Cabot. He recabado algunos datos, más, pero a él debo la historia y la foto, cuya autoría corresponde a Perfecto Arjones.

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El Oviedo había recibido al Zaragoza en la penúltima jornada. Le bastaba con empatar para conseguir el ascenso. Al Zaragoza, el empate le dejaba bien para la última jornada. Pactaron empatar a cero y empataron... a uno y con problemas. Galán marcó para el Oviedo, casi sin querer, y luego al Zaragoza le costó un triunfo batir a Lombardía, el meta del Oviedo, que iba por el Zamora de Segunda y no quería saber nada de apaños. Los jugadores del Zaragoza se enfadaron. Por fin empató Luis Costa, con un gol de verdad. El Oviedo celebró su ascenso.
Una semana después, el 1 de junio terminaba el campeonato. De manera singular, por cierto, pues la jornada que quedaba se arrastraba desde seis meses atrás. Era, nominalmente, la jornada 15 y debía haberse disputado el 1 de enero, pero los jugadores consiguieron que se les diera la fecha libre y que se corriera esa jornada al final del campeonato, como una especie de 38 bis.

En lo que respecta al ascenso, incluía el Elche-Oviedo, el Castellón-Mallorca y el Zaragoza-Cádiz. Mallorca y Cádiz no se jugaban nada. Al Castellón, que había ganado el domingo anterior 0-1 en Santander, le bastaba con ganar en casa y se sentía muy superior. Era un buen Castellón, con Muller en el banquillo, Araquistain en la portería y Planelles en el centro de ataque. Pero el Zaragoza necesitaba ganar su partido y que no ganara el Elche.

Lombardía, me cuenta: “El Zaragoza nos ofreció una prima enorme, un millón para repartir entre la plantilla. Aceptamos. Primas por ganar siempre se han dado y se han seguido dando. Otra cosa es cobrar por dejarse ganar. Eso no se puede hacer”.

El Elche no dio ningún paso. Martínez Valero, presidente de la entidad, confiaba en las buenas relaciones entre los dos clubes y en una especie de ley de bronce que de tiempo inmemorial existe en Segunda División. Nada más acabar el sorteo de la Liga, los clubes que se van a enfrentar en la última jornada hablan entre sí y pactan: si a uno de los dos le hacen falta los puntos y al otro no, que sean para el que los necesita. Un secreto que ha ido atravesando los tiempos. Una ley que rara vez se vulnera.

Así que Martínez Valero confiaba en que el Oviedo no apretara. Además, llegaba ya campeón, después de pasar una semana feliz y relajada, llena de comilonas y sidra con familiares y amigos.

Pero el Zaragoza estimuló al Oviedo con ese millón para la plantilla más medio millón para Eduardo Toba, el entrenador, según he podido saber por otra fuente.
A las cinco de la tarde, el estadio de Altabix está a reventar. El ambiente es de optimismo. Le avisan a Martínez Valero de que parece que el Zaragoza ha ofrecido algo, pero no se preocupa.

El Oviedo sale con todo. No perdona un balón, ataca, se repliega, corren todos bajo un sol que no les podía resultar cómodo, hechos como estaban al clima asturiano. El público empieza a mosquearse. “¿Estos por qué corren tanto?”. “Dicen que les ha untao el Zaragoza”. “¡Qué cabrones…!”. El marcador no se mueve, y mientras el simultáneo y los transistores van dando noticias inquietantes: Castellón 1, Mallorca, 0… Zaragoza 1, Cádiz 0… Castellón 2, Mallorca 0… Zaragoza 2, Cádiz 0… Cada gol provoca un ¡aaahhhh! de decepción en Altabix.

Llega el descanso con la gente comiéndose las uñas. Joaquín Vidal, directivo y delegado de campo, sube a ver a Martínez Valero y le convence de que hay que hacer algo. El presidente le autoriza a ofrecer medio millón. Joaquín Vidal baja a vestuarios, llama a la puerta del Oviedo y le permiten pasar. Lombardía retoma el relato:

—Ofreció medio millón por dejarnos ganar. Pero le dijimos que no, y no porque fuera menos. Una cosa es cobrar por ganar y otra por perder. Se enfadó, se fue gritando “peor para vosotros, porque vais a perder igual y os vais a quedar sin nada” y dio un portazo.

El Elche salió en el segundo tiempo como una moto. Atacó mucho, pero Lombardía fue una fiera. Dos veces le salvó el palo. En una ocasión se llevó una patada en la cabeza y no se inmutó: “No sé qué pasó, pero me sentía invulnerable. Aquel fue el mejor año de mi carrera”. En efecto, acabaría esa Liga con 19 goles encajados en 38 partidos, récord de todas las categorías nacionales.

De Zaragoza llegan más noticias: Zaragoza 3, Cádiz 0. Joaquín Vidal no espera más, sube a hablar con Martínez Valero y baja con una propuesta con la que se dirige a Eduardo Toba, en el propio banquillo del Oviedo. Los suplentes oyen la conversación:

—Me ha dicho el presidente que os da la taquilla de hoy. ¡Toda para vosotros!

—Demasiado tarde.

La lacónica respuesta de Toba desespera a Joaquín Vidal, que intenta una pirueta final: engañar a Lombardía. Como calcula que ha podido verle hablando con Toba, recorre la banda, luego el fondo, se coloca junto al palo y, con medio cuerpo dentro del campo, empieza a gritarle:

—“¡Lombardía, Lombardía! ¡Que está todo arreglaoooo! ¡Déjate meter un gol!”.

Lombardía tarda en oírle, con el fragor del partido, mientras el estadio entero se huele lo que está pasando. Y los que están tras la portería lo oyen perfectamente.

—Desde el banquillo, Rubiera, nuestro utilero, me hacía gestos de que no. Entendí enseguida lo que pasaba. Le dije que se fuera. Él insistió hasta que el árbitro, Juango, le echó de allí.

El Elche siguió apretando, Lombardía siguió parando. El partido acabó 0-0, el Zaragoza ganó 4-0 al Cádiz. El Elche se quedó sin ascenso.

—Nos quedamos más de una hora en el campo, porque había agitación fuera. Aún así, nos apedrearon al salir. En Aspe nos estaba esperando un enviado del Zaragoza con el dinero. Cumplieron.

Cada jugador se llevó 80.000 pesetas. Con ese dinero casi te comprabas un piso en Oviedo en la época.

Y para el recuerdo quedó el intento desesperado de Joaquín Vidal, reflejado en esa foto de Arjones, el mejor testimonio de una época que pienso que estamos camino de superar.

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sábado, 04 junio 2016

Por Alfredo Relaño

Di Stéfano le pasó la patata a Gento

—¡Qué pasa, Nene! ¡Se te va todas las veces!

—¡Es que me gambetea con las cejas!

—¡Pues no le mirés a la cara, mierda! ¡Mirále a los pies!

El Nene era Héctor Rial, el que le increpaba, Alfredo Di Stéfano, y el aludido, el sueco Liedholm, regista del Milan. La escena se producía en la final de la tercera Copa de Europa, en el viejo Heysel de Bruselas. Aunque tiene más fama la quinta, la del 7-3, todos los jugadores del Madrid de aquella época recordaron esta, la tercera, como la mejor y más difícil de cuantas ganaron.

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Fue un 28 de mayo, como la de anteayer. En 1958. No fue en Milán, pero fue contra el Milan.

El Madrid ya llevaba dos. Para alcanzar esta final había eliminado sucesivamente al Royal Antwerp (Amberes), al Sevilla y al Vasas. El Milán tuvo una eliminatoria más, que le cayó por sorteo, para cuadrar los dieciséis octavofinalistas: Rapid de Viena, Glasgow Rangers, Borussia Dortmund y, ya en semifinales, Manchester United. Un Manchester reconstruido como se pudo tras la catástrofe sufrida poco antes en Múnich, donde se estrelló su avión en la escala de vuelta de Belgrado, donde había eliminado al Estrella Roja. Murieron ocho de sus jugadores. En las semifinales contra el Milán jugaron cinco supervivientes: Gregg, Foulkes, Morgans, Viollet y Webster. El resto del equipo era nuevo.

Bruselas bullía de gentes de toda Europa y aún de América, porque celebraba la Exposición Universal, la primera tras la guerra. Era tiempo de avances científicos pasmosos y la manera de informarse de ellos era acudir presencialmente, porque la información no viajaba tanto como ahora. La perla de la Exposición era el Atomium, que allí sigue, como gran reclamo turístico de la ciudad. Situado junto al viejo Heysel, su audaz silueta era perfectamente visible desde el campo.

El Madrid viajó el lunes, feliz. Era campeón de Liga y había eliminado al Atlético en octavos de la Copa. Contaba con todos sus titulares y Di Stéfano en gran forma. Por tercer año consecutivo (todos desde su llegada) había sido Pichichi, si bien esta vez compartido con Badenes, del Valladolid. Visitaron el pabellón español, donde unas bailaoras de Cádiz eran la sensación, comieron en el restaurante de la bola superior del Atómium, que sigue en servicio. Firmaron autógrafos, se entrenaron, visitaron la embajada, pasearon, descansaron… Lo de siempre.

El Milán venía menos feliz. En su último partido de Liga había perdido 1-5 en casa ante el Genoa. Cierto es que reservó a cinco titulares, pero aún así el marcador cayó como un tiro. Buffon no estuvo exento de culpa. Buffon, tío abuelo del actual, era el gran portero italiano de la época. Enorme, tenía tendencia al sobrepeso si se descuidaba, y estaba en una de esas fases. Ese partido le costaría la final.

Los precedentes son buenos para el Madrid, que ya ha eliminado al Milan en la semifinal de la primera Copa de Europa, dos años antes, y en la Copa Latina, el año anterior. Pero aquel Milan estaba en mejoría continua. Había incorporado a dos astros argentinos, Grillo (gran jugador e insidioso provocador) y Cucchiaroni. Además, crecía en su defensa un joven llamado Cesare Maldini, que acabaría por ser el primer gran líbero de la historia. Padre, a su vez, del celebérrimo Paolo.

El partido es a las seis de la tarde y lo cuenta Matías Prats por Radio Nacional. Aún no tenemos fútbol televisado en España. Hay bastantes más italianos que españoles, aunque también los hay. Algunos, viajeros. Otros, inmigrantes, que emplean ahorros difícilmente ganados para ver al Madrid. Como siempre, Santiago Bernabéu, en su santiaguina, apelará a ellos: “Pensad que mañana podrán ir con la cara alta al trabajo si ganáis. Esta gente manda divisas a España con mucho esfuerzo. No merecen que fracaséis”.

Arbitra Alsteen, belga, y juegan estos:

Real Madrid: Alonso; Atienza, Santamaría, Lesmes; Santisteban, Zárraga; Kopa, Joseíto, Di Stéfano, Rial y Gento.

Milán: Soldan; Fontana, Maldini, Beraldo; Bergamaschi, Radice; Danova, Liedholm, Schiaffino, Grillo y Cucchiaroni.

Los cuatro últimos de la alineación del Milán son extranjeros. También el Madrid tiene cuatro importados: Santamaría, Kopa, Di Stéfano y Rial. Ambos equipos representan el modelo superprofesional e importador, que para algunos está perjudicando a sus selecciones: ni España ni Italia se han clasificado para el inminente Mundial de Suecia.

Y el partido es una maravilla. Años después, hablando con Rial, que fue quien me contó su anécdota con Liedholm, me decía: “Fue como tenis: de un lado a otro todo el rato. Llegábamos, llegábamos, llegábamos. Todo el mundo jugó bien”.

Todo el mundo, incluso los porteros. Soldan, el suplente de Bufon, estuvo enorme, lo mismo que Juanito Alonso, que había recuperado la titularidad perdida tras el fichaje de Rogelio Domínguez. Al descanso se llegó con empate a cero gracias a los dos porteros y a los postes, que repelieron disparos de Gento y Cucchiaroni. En la segunda mitad, hay veinte minutos bárbaros, entre el 59’ y el 79’, en los que marcan sucesivamente Schiaffino, Di Stéfano, Grillo y Rial, los cuatro de antología. Para entonces, Rial ha dejado el marcaje a Liedholm, que pasó a ser tarea de Joseíto.

Queda muy poco para el final cuando Antonio Ruiz, en el banco de suplentes (no había cambios, pero viajaban cuatro más por precaución) ve que llega Di Stéfano como una flecha, a cortar un avance de Cucchiaroni. Se arrastra con los pies por delante, corta, se estrella en el banquillo y grita: “¡No puedo más!”. Antonio Ruiz, un novato, se quedó impresionado: “Fue la única vez que le vi así”.

El 2-2 da paso a la prórroga. Di Stéfano aparta a Gento: “Paquito, el único que tiene fuerza ya aquí eres tú. Te las vamos a echar todas. Si tú no nos sacas de esta, no ganamos”. Gento se quedó impresionado. Llevaba cinco años en el Madrid, junto a Di Stéfano: “Él era el que lo arreglaba siempre todo. ¡Y ahora tenía que arreglarlo yo!”.

Y lo arregló. Se le ocurrió retrasarse un poco, para recibir mejor, porque así se despegaba de Fontana. Y en el 107’, nada más empezar la segunda mitad de la prórroga, soltó un tirazo raso y cruzado, desde la esquina del área, que cruzó entre un bosque de piernas y se coló junto al palo.

Juanito Alonso, que aún tuvo a su cargo un milagro final a tiro de Cucchiaroni, cogió la Copa. Tanto él como Rial, Di Stéfano y Gento me dijeron más de una vez que aquel Milán fue el mejor equipo contra el que nunca jugaron. De ningún partido estuvieron nunca tan orgullosos.

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miércoles, 18 mayo 2016

Por Alfredo Relaño

La semana gloriosa de Pichichi Porta

El lunes de Pascua de 1972, el Barça recibió al Madrid y le ganó por 1-0. Con eso, completaba dieciocho jornadas sin perder y se situaba, a seis jornadas del final, a cuatro puntos del Madrid y con el goal average particular favorable.

Pero ahora el Barça tenía que visitar al Granada, y eso era punto y aparte.

Era un equipo tremendo. En torno a Aguirre Suárez se formó un grupo durísimo, con Fernández y Jaén de lugartenientes. Tenía dos muy buenos extremos, Lasa y Vicente, y gran capacidad de gol con Barrios y sobre todo con Porta. El equipo era entusiasta y combativo. Destacaba el lateral De la Cruz, con sus subidas. En el último partido en casa, el Granada le había ganado 5-1 al Athletic de Iríbar.

Precisamente en torno a De la Cruz se organizó la polémica durante la semana. Acababa de ser fichado por el Barça por seis millones. Bernabéu se quejó:

—Nosotros no fichamos jugadores de los equipos con los que vamos a jugar.

 

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Se desata un debate nacional, y sobre todo en Granada. Pese a todo, Joseíto le alinea. Joseíto, para más complicar las cosas, había sido jugador del Madrid en las primeras Copas de Europa, compañero de fatigas de Muñoz. Se rumorea que “habrá prima”. Unos dicen que lo ha tratado Muñoz con Joseíto. Otros, que Pirri con Santos. Pirri había jugado en el Granada y de aquella plantilla aún quedaba Santos.

En fin, que el partido se espera con ambiente y llenazo. El autobús del Barça circula por las calles entre expectación y gritos. Camino de Los Cármenes, pasa frente a la plaza de toros y Rexach suelta una frase que se hará célebre:

—¡Qué suerte tienen los toreros! ¡Ellos no tienen que jugar contra el Granada!

Y eso que al partido va a faltar Aguirre Suárez, lesionado un par de semanas antes en la Copa, ante el Tenerife. Pero están los demás…

El partido empieza con un gol rápido de Porta:

—Fue un centro de Vicente, Barrios me la bajó de cabeza y yo empalmé de bote pronto, fortísimo. Uno de los goles más bonitos que he metido. Pegó en el hierro por dentro y salió tan rápido que temí que el árbitro pensara que había dado en el poste.

Iban cinco minutos. Quince más tarde, Asensi entra en el área salvando tarascadas de Fernández y Jaén y remata a gol. ¡Pero Urrestarazu señala la falta previa! El Barça protesta, pero no hay nada que hacer. La falta se tira sin consecuencias.

A los tres minutos del segundo tiempo, Porta golpea de nuevo. Es una escapada de Lasa por la derecha, centro, mal despeje de Gallego y taponazo de Porta desde el borde del área. Reina y Gallego discuten. Al Barça se le ve descentrado. Michels ha retirado a Juan Carlos para colocar a Dueñas y fortalecer el ataque, pero la distancia ya es grande. El Barça aprieta, el Granada espera, Izcoa para bien. El Barça pierde 2-0. La misma tarde, el Madrid ha ganado en el Bernabéu a Las Palmas. Otra vez a seis puntos. Michels dirá: “Hoy hemos perdido el campeonato”.

Candi, el presidente, exportero del equipo, un populista tipo Jesús Gil, baja al vestuario. Jaén le hace carantoñas, escribe en la pizarra que merecen prima doble, Candi asume la broma y lo confirma. En lugar de 20.000 pesetas por barba, como estaba previsto, son 40.000. Más las 50.000 del Madrid. Un total de 90.000. Con ese dinero, el interior Manolín se compra un Simca 1000 esa misma semana.

Porta es el héroe de la semana. Se ha disparado en el Pichichi, a tres goles ya de distancia de Germán. “Y eso que falté a los cuatro primeros partidos y que no tiraba los penaltis”. El suyo es un caso de explosión tardía. Aragonés, fue desestimado por el Zaragoza. Despuntó en el Huesca, de donde le fichó el Granada. Pero no había gustado ni a Marcel Domingo ni a Pipo Rossi ni a Joseíto. Rossi intentó ponerle de lateral derecho y le bajó unos partidos al Tercera. “Me salvó el público, que me veía marcar en los amistosos y, a partir de su creación, en la Copa de Andalucía de Reservas”. Ahí se salía, lucía su regate, era un goleador certero. Como ya había cambios, cuando la cosa iba mal Los Cármenes clamaba: “¡Porta! ¡Porta! ¡Porta…!”.

Sólo ese año había empezado a ponerle, a partir de la quinta jornada, Joseíto. Y se defendió por sus goles. Tenía ya 27 años.

—Pero cuando fuimos al Bernabéu no me puso. Dijo que yo sólo marcaba en casa y no me sacó de titular. Me metió cuando ya perdíamos 4-0, ¡y marqué dos! Perdimos 4-2.

Aquello fue el acabóse, claro. Y de eso se hablaba esa semana tras la victoria sobre el Barça porque ahora hay que recibir al Madrid, que viene sin Amancio por la gresca que tuvo con Fernández en la primera vuelta, el día del 4-2. Fernández, que salió en camilla y expulsado, se la había jurado a Amancio. (Y se lo cobraría dos años después, en la Copa de 1974, con aquella célebre patada).

El Madrid llega haciendo la pelota. Pirri recuerda que empezó allí, que lo lleva en el corazón. Muñoz confiesa que quizá se excedió en sus declaraciones aquel día. Pero el ambiente es de tremenda pasión. La taquilla llega a cinco millones, récord de récords. Candi baja antes del partido al vestuario, y se toca la chaqueta a la altura del corazón, donde se ve un gran bulto: “Estos son los billetes que os lleváis si ganáis hoy”. Otra vez prima doble. El Granada ya tiene los puntos que aseguran la permanencia, ahora Candi piensa en el quinto puesto, que le clasificaría para la UEFA.

¿Y del Barcelona? Del Barcelona no hay nada, cree que ya no hay nada que hacer.

Todavía no está Aguirre Suárez, pero sí Fernández, el agraviado del Bernabéu, que abre el marcador con un cañonazo de lejos y lo canta con furia. Luego empatará Marañón y Porta hará el 2-1:

—Fue un saque de Izcoa, empujado por el viento. Barrios saltó con Touriño, Benito se comió el bote, García Remón salió y yo me adelanté, le gané por un centímetro y se la toqué flojita, por un lado. Entró rodando, flojita, ayudada por el viento.

El Barça vuelve a estar a cuatro puntos. El final será tremendo. Es esa Liga en la que en la penúltima jornada pierde en Córdoba, con el equipo ya descendido, con un célebre penalti de Fermín, cedido por el Madrid. Ahí se le fue la Liga del todo.

Porta fue Pichichi con 20 goles, ninguno de ellos de penalti. Le siguieron Amiano y Germán, con 15. Michels le quiso fichar, pero Candi se subió a la parra. Pidió 20 millones, “uno por gol”. No se hizo.

Terminó en el Zaragoza. Aún vive allí. Puso una chocolatería, que ahora regentan sus hijos. De cuando en cuando viaja a Granada, a encontrarse con sus viejos camaradas de aquel fabuloso año del Pichichi, de aquel Granada Matagigantes que en una semana ganó consecutivamente al Barça y al Madrid.

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jueves, 12 mayo 2016

Por Alfredo Relaño

El ‘telegol’ de Argoitia a Las Palmas

—No lo supe hasta que un día en que llevaba a Platini y a Villar en mi coche a la sede del Athletic. Villar le dijo a Platini: “Mira, por un gol de éste tuvo que introducir International Board una aclaración a la Regla del Fuera de Juego”.

El que me hablaba así era José María Argoitia, delantero del Athletic en los sesenta y primeros setenta. Jugador de gran clase. Siempre le vi hacer buenos partidos en Madrid, ante el Madrid o el Atlético. Pero por una razón meramente casual su especialidad fue la Unión Deportiva Las Palmas. Le marcó muchos goles. En un mismo año, tres en San Mamés y tres en El Insular. Pero el más legendario fue el telegol' del 16 de enero de 1971. De aquello se habló un mes en toda España y años en Bilbao y Las Palmas. Y, en efecto, obligó a una aclaración formal del Reglamento.

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Las Palmas tenía muy buen equipo aquellos años, aunque en esta ocasión iba a la baja. Guedes había enfermado de cáncer (moriría en mayo) y el equipo acusaba tanto la falta de su buen juego como el pesar colectivo por su estado. En la 68-69, aquel equipo había disputado la Liga al Madrid hasta la penúltima jornada, en la 69-70 llegó a ser líder en algunas jornadas, pero ahora andaba apurado, con seis negativos.

El partido empezó a las cuatro, destinado en principio a ser uno de tantísimos partidos de Liga que no dejan nada para la historia, con estas alineaciones:

Athletic: Iribar; Sáez, Beitia, Aranguren; Betzuen, Larrauri; Arieta II, Uriarte, Zubiaga, Clemente y Argoitia. Once vascos.

Las Palmas: Oregui; Martín II, Tonono, Hernández; Castellano, Trona; León, Gilberto II, Gilberto I, Germán y Bosmediano. Diez canarios y un vasco: Oregui.

Arbitra Antonio Camacho, madrileño. San Mamés está embarrado, pese a lo cual Las Palmas juega mejor que el Athletic, en el que sólo destaca Argoitia, otra vez el mejor contra Las Palmas. Cero a cero al descanso y discusiones en la grada. Que si este, que si aquel, que si Ronie Allen, que si la prensa…

Nada más empezar la segunda parte, Argoitia, que arranca desde cerca del banquillo, se va en diagonal, profundiza y cuando está llegando al fondo centra atrás y se sale del campo: “Me salí para no quedar en fuera de juego. Hubo varios rebotes y mientras me fui acercando poco a poco al palo, pendiente de la jugada, con impaciencia por entrar”.

Hay un remate que pega en alguien, otro rebote, dos que chocan, Oregui sale, Castellano va a la raya, el balón que salta por aquí y por allá. Por fin se hace con él Martín II, que sale como hacia los fotógrafos, para desde allí despejar libre de acoso. Pero en eso, Argoitia se reincorpora por sorpresa, se le cruza y ¡zas! la clava en la escuadra.

—Lo hice instintivamente, sin malicia. Sin caer en si era ilegal o no reincorporarme así. Como traía el balón Martín II, sentí que no había fuera de juego.

León lo recuerda perfectamente: “Le dijimos a Camacho que de esa forma no podía reincorporarse, pero no nos hizo caso. Dio el gol. Perdimos 1-0, por ese gol y porque en el último instante Iribar le paró un cabezazo a Germán todavía no sé cómo. Nos volvimos frustrados. Ese año íbamos mal después de varios años muy bien”.

La cuestión era: un jugador que sale del campo por impulso de la jugada puede reintegrarse sin pedir permiso al árbitro, sí. Pero si ha salido por evitar el fuera de juego e interviene de inmediato, saca ventaja desleal de su situación. Para más enredarlo, el balón lo estaba jugando en ese momento un rival, Argoitia no acudía al pase de un compañero.

Dio para una discusión casi teológica en la propia prensa de Bilbao, de firmas muy célebres. Para Basterra, de la Hoja del Lunes, Sánchez Izquierdo, de Estadio, Joma, de Vasconia Express y Carlos Barrena, de El Correo Español-El Pueblo Vasco, el gol es válido. Argumentan que cuando Argoitia vuelve al campo la pelota la está jugando un rival. Para Arrianda, de Hierro, es “dudoso, dudosísimo” y aporta el testimonio del árbitro vizcaíno García Ibáñez, presente en el partido, que dice que debió ser anulado. José María Múgica, de La Gaceta del Norte, el más célebre quizá de todos, se posiciona en que el gol no es válido.

Las Palmas reclama al Comité de Competición, que lanza la pelota al de Árbitros. El lunes, el gol es tema nacional. TVE lo da hasta siete veces. Interviene Pedro Escartín, el gran santón del arbitraje nacional y miembro de International Board, que se pronuncia contra la validez del gol. Múgica publica el martes una entrevista con Ortiz de Mendíbil, el gran árbitro vizcaíno del momento, que coincide con Escartín y García Ibáñez:

—Un jugador no puede sacar provecho de una situación ilegal. Argoitia, al volver al campo, cometió una infracción y eso está sancionado.

—Entonces, ¿cuándo podía haber vuelto Argoitia sin cometer infracción?

—Cuando la jugada se hubiese resuelto y el balón hubiese sido despejado.

—¿En cuanto al fuera de juego?

—Eso hay que desecharlo. No había, efectivamente, fuera de juego. Pero está bien claro que Argoitia se aprovechó de una situación ilegal, ya que estaba fuera del terreno de juego para, entrando de nuevo al campo, marcar el gol.

En el mismo ejemplar de La Gaceta, Múgica bautiza la jugada como el telegol, lo que hará fortuna. Se queja con ironía de que no se repitan tanto las buenas jugadas del Athletic o las dudosas que favorecen al Madrid o al Atlético.

Pardo Hidalgo, presidente del Comité de Árbitros, se escabulle como puede. Dice que no ha podido verlo por televisión (¡?) pero que “por lo que me han contado, es ilegal”. A Camacho le prohíben hacer declaraciones. El resultado no se movió, claro.

Pedro Escartín impulsó a la International Board a ampliar una de las aclaraciones a la Regla XI, la del fuera de juego, que trataba un caso parecido a este, con el añadido: “(…) siempre que el árbitro aprecie que la salida del terreno fue consecuencia de la carrera del atacante, y no acto premeditado para buscar ventaja ilegal”. En cuyo caso se entendía que el gol no era válido.

Las Palmas lo pasó mal ese año. Le salvó de la promoción que el campeonato se ampliara de 16 a 18 equipos. León recuerda que el curso siguiente Camacho les arbitró en el Insular, ante el Granada: “Nos decía, ‘¡acercaos al área, acercaos al área!’. Yo creo que quería devolvernos algo. Jugamos muy mal, pero aún así empatamos a dos…”. En los dos partidos siguientes que les arbitró, les pitó sendos penaltis a favor.

Argoitia hoy lo recuerda divertido. No deja de hacerle gracia que una jugada suya obligara a la International Board a una aclaración especial de la regla..

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miércoles, 04 mayo 2016

Por Alfredo Relaño

Un partido nada amistoso con el City

En vísperas de las Navidades de 1979, el Madrid recibió al Manchester City en un amistoso que no lo sería tanto. Boskov, entrenador del Madrid, el de “fútbol es fútbol”, había solicitado al club, que entonces presidía Luis de Carlos, este partido. Quería que los suyos jugaran ante un equipo británico, en previsión de que en la Copa de Europa les tocara el Nottingham Forest o el Celtic de Glasgow. El club accedió.

Se escogió el City porque no era muy caro, ni muy bueno ni muy malo (iba el 14º en la Liga), había sido campeón de la Recopa no hacía mucho (quedaba alguno de los ganadores) y tenía dos atractivos singulares. Uno era Kazimierz Deyna, celebridad mundial, que, ya veterano, había obtenido permiso para salir de Polonia; el otro era un tal Mike Robinson, un chico de 20 años fichado ese verano del Preston North End por 756.000 libras, 144 millones de pesetas. Récord de traspaso en su momento en la Isla. Aquel Mike Robinson es hoy nuestro Michael Robinson, reputadísimo comentarista de televisión y radio.

Es 19 de diciembre. El Madrid viene de ganar en Málaga 1-4 aunque con polémica, por una mano de Benito que el árbitro no vio. Al acabar el partido, Juanito había dicho que sí, que había sido mano y por tanto penalti. Eso no hizo gracia ni a Boskov ni a Benito ni a casi nadie en el Madrid. Se discutía si multarle o no multarle. El autobús del Madrid había sido apedreado al salir del campo y uno de sus directivos, Manuel Mestanza, alcanzado.

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Los precios son populares: de 100 a 700 pesetas, menos de la mitad de lo habitual. La hora, las nueve de la noche. Por desgracia, la víspera entró en Madrid una ola de frío, acompañada de fuertes lluvias.

Robinson recuerda: “Yo había estado el verano anterior en Mallorca, pero ese era mi primer viaje a España para jugar al fútbol. ¡Y al Bernabéu! Venía emocionado. Mi padre me había dicho de niño que sólo en un sitio se jugaba mejor al fútbol que en Inglaterra: en el Santiago Bernabéu. En el Preston tuve de manager a Bobby Charlton y de entrenador a Nobby Stiles, y me hablaban maravillas del Madrid. Así que llegué pensando en los fantasmas de Di Stéfano, Puskas, Gento… En el vestuario me hizo ilusión creer que quizá estaba sentado donde un día se sentó Bobby Charlton. Pero…”.

Pero todo salió mal. Llovía y la entrada era floja. El Madrid salió con Miguel Ángel; Sabido, Benito, Sol, Isidro; Ángel, Del Bosque, García Hernández; Juanito, Santillana y Cunningham. (Faltó Stielike, con permiso para ir a Alemania con su selección). A los seis minutos, Santillana marca el 1-0, los ingleses reclaman fuera de juego, pero el árbitro, el madrileño Lamo Castillo, lo concede. Juanito les enfada más, con sus virguerías, regatitos, túneles y demás. “Nosotros teníamos jugadores de mucho carácter —me dice Robinson— y eso les cayó muy mal”.

Empezaron las patadas. Para el 10’, cuando el City empató con un gol olímpico, ya estaba todo lanzado. Isidro (un gran comodín que lo mismo jugaba de defensa que de extremo) se desquitó de un entradón a Juanito con sendas tremendas patadas a Daley y Bennett. Cuando en el 25’ Juanito marca el 2-1, los ingleses se alborotan más y el Madrid responde. Isidro cuenta: “Boskov te perdonaba todo menos que no metieras el pie”. De inmediato, el técnico retiró por precaución a Cunningham, que ya venía con un tobillo tocado y en su lugar sacó a Poli Rincón, que se sumó gozoso a la pelea. Era un bravo.

Lamo Castillo actuó acobardado, consintiendo lo inconsentible. Quería sacar adelante el partido. Hay una reyerta entre Ángel y Daley en la que debería haber expulsado a ambos y no lo hace En el 36’ repite gol Juanito y Boskov le retira prudentemente, porque están yendo a por él, que les espera con caños. Boskov confía en que con eso se calme algo la cosa. En el 43’, Shinton hace el 3-2 y Boskov casi lo ve como un alivio. Así me lo comentó el día siguiente: “Una cosa es partido duro, otra es lo que pasó”.

Lo que pasó fue a más en la segunda mitad. Faltos de arbitraje, y por tanto de autoridad reguladora, los dos equipos se abandonaron, en efecto jauría, a una orgía de violencia. Asistí a ese partido y puedo decir que de las cincuenta patadas más violentas que haya visto en tantos años de aficionado, quizá la mitad se produjeron allí. He sabido de partidos así en Sudamérica, pero nunca en Europa.

Poli Rincón marcó el 4-2 en el 52’, en claro fuera de juego, y los ingleses se enfurecieron aún más. Isidro tiene muy vivo el recuerdo: “Ellos venían a por nosotros y respondimos. Íbamos a reventarnos los unos a los otros. Recuerdo un córner, que subieron a rematar los dos centrales. Les teníamos que marcar Benito y yo. Nos sacaban la cabeza y venían con cara de mala uva. Yo le dije a Goyo: ‘Oye, estos vienen a por nosotros’. Y Goyo me dijo: ‘Pues vamos antes nosotros a por ellos’. Según salía el balón, ya les habíamos sacudido y estaban en el suelo. No había que mostrar miedo”.

En el 57’, Isidro hace dos entradas espeluznantes consecutivas, sin que Lamo se altere. Dejaba dar patadas a unos y a otros pitando, como mucho, falta, acompañada de un leve gesto de reproche. El entrenador del City, Malcolm Allison, hizo gestos contra el público que, enardecido, le lanzó objetos, y lo mismo hizo en adelante con sus jugadores cuando había una refriega cerca de la banda.

En medio de todo eso, un relámpago de belleza: García Hernández coloca en la escuadra un golpe franco. Un 5-2 precioso.

Pero se reanuda la carnicería. Sabido, Benito, Isidro, Ángel y Rincón destacaron por el lado madridista. Ranson, Booth, Bennett, Daley y Shinton, por el City. Este último, habilidoso interior, se echaba adrede el balón largo, para dar ventaja al defensa que salía al cruce y sacudirle. Robinson recibió cantidad de patadas de Benito: “Llegué a pensar que veía mal. Stiles, que tanta fama tuvo como leñero, solía decir medio en broma que él no iba con mala fe, sino que pegaba porque veía mal. Como Benito bizqueaba un poco, yo pensaba que en su caso era verdad. Sin embargo, Sol era calmado. Cuando nos juntábamos, nos hacíamos gestos. Yo, claro, no hablaba nada de castellano, pero nos entendíamos. Era como: ¿Qué está pasando aquí? ¡Nos vamos a acabar matando unos a los otros! Y: ¿Qué quieres que yo le haga?”.

En el 64’, Benito y Booth se cogen del cuello, casi se estrangulan, se pegan… Por fin, Lamo interviene y expulsa a ambos. Los ánimos quedan aún más calientes. Bennett le da una patada a Rincón de la que sale milagrosamente vivo y la mejora cuando se cruza con Ranson, al que manda por los aires. Un directivo del City es sacado del palco por las autoridades, porque se ha puesto, él mismo, agresivo.

En el 70’ y el 72’, Lamo se decide a expulsar a dos más, Ranson y Ángel. Durante 20 minutos vi, creo que por única vez en mi vida, un curioso nueve contra nueve, los dos jugando al 3-3-2, y todavía buscándose, dentro de las fuerzas que les quedaban y superando el dolor de los cardenales, para pegarse. Por fortuna, el ser menos les alejaba a unos de otros.

Y, sí: el siguiente sorteo europeo emparejó al Madrid con el Celtic. Los de Boskov perdieron en Glasgow 2-0 pero remontaron aquí 3-0, en otra tarde de palos. El ensayo sirvió…

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miércoles, 27 abril 2016

Por Alfredo Relaño

El primer viaje del Real Madrid a Manchester

Los ingleses no se inscribieron en la primera Copa de Europa, cuya final ganó el Madrid al Stade de Reims 3-4, en París. Prefirieron esperar. A la segunda, la 56-57, ya enviaron al Manchester United, su campeón de Liga. Un equipo joven, que apodaron los Busby Babes,los chicos de Busby, por Matt Busby, su manager escocés.

Llegó a semifinales tras deshacerse del Anderlecht, el Borussia de Dortmund y, ya en cuartos, del Athletic de Bilbao. (España tenía dos participantes, el Athletic, campeón de Liga, y el Madrid, campeón de Europa). Aquella eliminatoria fue de gran impacto. El Athletic, que acababa de eliminar al Honved de Puskas, Bozsik, Kocsis, Czibor y demás, ganó en San Mamés 5-3, con el campo nevado. Pero en la vuelta perdió 3-0 ante un Manchester perfecto.

La semifinal enfrentó al Madrid y al Manchester. Campeón de Europa contra campeón de Inglaterra. Toda Europa atenta. La ida, en el Bernabéu, la gana el Madrid 3-1. Los mismos dos goles de ventaja que el Athletic. Toca viajar a Manchester a hacerlos valer.

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El partido de Old Trafford se fija para el jueves 25 de abril. El domingo anterior ha terminado la Liga, con el Madrid campeón. La última jornada recibe al Celta, ante el que se permite reservar a algunos titulares, aunque no así a Di Stéfano, que marca tres goles. Con ellos suma 31 y es Pichichi con once de ventaja sobre Murillo. No falló ni a un partido. Estaba en su zénit.

También el Manchester ha ganado su Liga.

El Madrid viaja el lunes, tras un madrugón. Incorpora al lateral Torres, cedido por el Zaragoza. Bernabéu era muy amigo del presidente del club, César Alierta (padre del actual mandamás de Telefónica), y obtuvo esa cesión. El titular, Atienza, estaba lesionado; el suplente, Becerril, convencía poco. En Inglaterra se criticó la maniobra. La prensa británica motejó a Torres de jugador-taxi.

El Madrid voló a Londres y de ahí fue en autocar a Manchester. La idea era presenciar el Manchester United-Burnley de la noche. Pero por retraso del vuelo, llegaron a la media hora de juego. Se provocó un revuelo terrible. En Inglaterra ya estaba extendido el fenómeno fan (de ahí tomamos la palabra, apócope de fanatics) y a los madridistas se los comieron en la grada pidiéndoles autógrafos, costumbre que aquí no existía aún. Sobre todo a Di Stéfano, que nunca fue un prodigio de paciencia para estos casos.

El espionaje resultó fallido, porque el United jugó con ocho suplentes. Al salir del campo, el autobús del Madrid se vio rodeado de una multitud, que les hacía gestos de cinco (goles) con la mano o de pulgares hacia abajo. Costó salir del tumulto.

La mañana siguiente, Bernabéu recibió en el hotel a un numeroso grupo de periodistas ingleses ante los que se quejó suavemente. Dijo que el Madrid había hecho ya varias salidas por Europa y nunca le había pasado eso. Estaba recibiendo explicaciones cuando de la calle llegó una noticia que lo empeoró todo. El hotel estaba en el centro de Manchester y a Di Stéfano se le había ocurrido salir a comprarse una gabardina. Se vio asaltado por solicitantes de autógrafos y fotógrafos de prensa. Acabó por tirar al suelo un lápiz y un papel, que resultaron ser de un chiquillo de trece años que se echó a llorar.

Varios testigos entraron al hotel a contarlo. Ahora fue Bernabéu el que tuvo que dar explicaciones, e incluso invitó al niño, de nombre John Donoue, al entrenamiento. Y así fue. El niño fue al entrenamiento de la tarde, Di Stéfano le pidió disculpas y hasta le firmó su autógrafo.

El miércoles se organizó en la cámara de comercio un coloquio sobre el fútbol y la Copa de Europa, precedido de la proyección del partido de ida. Volvieron las discusiones sobre si el gol del Manchester en Madrid había traspasado o no la raya antes de que lo atrapara Alonso. Cada cual lo vio a su manera. El Madrid ya no entrenó. Hubo salida a comprar cortes de traje (Rial se hizo nada menos que con siete) pero todos en grupo, y discretamente escoltados por agentes de Scotland Yard.

Y el jueves, el mismo día del partido, el alcalde de Manchester invitó a un almuerzo a la prensa inglesa y española, en busca de conciliación.

En Madrid se seguían esas vísperas al detalle. La mejor noticia es que hace “un sol cordobés”, según expresión del entrenador blanco, José Villalonga, cordobés él mismo. Nada de frío ni niebla. Eso debe favorecer el juego técnico del Madrid, frente al más enérgico de los ingleses. Faltos de televisión, el partido será radiado para España por Matías Prats. Marca inserta un gran anuncio sobre la transmisión, gentileza de González Byass, Lambretta, Otsein y Profidén, según se hace constar.

Por fin llega el partido. Las entradas de diez chelines se han pagado a cinco libras, veinte veces más. En Madrid, muchos hinchas se dan cita para escuchar el partido por radio en tiendas del ramo. En aquel tiempo, no todo el mundo podía permitirse una en casa. De hecho, esos partidos del Madrid por Europa fomentaron mucho su venta.

El Madrid sale con: Alonso; Torres (el jugador-taxi), Marquitos, Lesmes; Muñoz, Zárraga; Kopa, Mateos, Di Stéfano, Rial y Gento. Es su mejor ataque. Su atrevimiento se contrastará después con la cobardía de Daucik no mucho antes, cuando alteró la delantera del Athletic para sacar al defensa Etura de falso interior.

El Manchester sale con los mismos del Bernabéu, salvo Viollet, estupendo interior izquierdo al que sustituye un chico de diecisiete años llamado Bobby Charlton.

Los equipos saltan en un ambiente que Matías Prats describe como “infernal”. Con cada entrada se ha dado un megáfono de cartón, pero más que ellos suenan las carracas, desconocidas en España entonces, y que luego tuvieron un uso ocasional.

La primera carga del Manchester es tremenda, pero pronto Di Stéfano, que se echa atrás, coge el hilo. De él arrancan los dos goles del Madrid: en el minuto 25, obra de Kopa, y en el 33, cabezazo de Rial. O sea, 0-2, 1-5 en total. Di Stéfano ha callado las carracas.

Se reaniman cuando en el 52 Taylor marca en un barullo. Entonces cae sobre el área del Madrid todo el peso que un buen ataque inglés de aquellos años podía provocar. Allí se multiplican todos, pero sobre todo se agiganta Marquitos, emparejado con Taylor, el ídolo local. Con los años me contaría, con orgullo: “La prensa inglesa me proclamó el mejor central del mundo”. El 1-2 dura hasta el 85, cuando un cañonazo desde fuera del jovencísimo Charlton sacude la red y reaviva las carracas, pero ahí terminó todo. 2-2 y el Madrid sigue. Su primer tiempo queda enmarcado como algo imborrable.

“Fue la lucha del hacha contra la espada”, tituló el Daily Mirror.

Torres, el jugador taxi, regresó feliz. Jugó la final, que ganó el Madrid. Campeón de Europa en dos partidos. Y campeón inmediatamente de la Copa Latina, también con dos partidos. También jugó tres de Copa, donde el Madrid fue eliminado por el Barça. Luego no hubo acuerdo para su fichaje definitivo, y regresó al Zaragoza.

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miércoles, 20 abril 2016

Por Alfredo Relaño

Helenio Herrera va a Mestalla con Canito de 9

El Barça ganó en Basilea la Recopa de 1979, ante el Fortuna de Düsseldorf. José Luis Núñez había llegado a la presidencia un año antes prometiendo un Barça triomfant. Y, en efecto, aquello pareció el albor de una nueva gran época.

Para la temporada 79-80 incorporó un brillante fichaje, Alan Simonsen, danés del Borussia Moenchengladbach, Balón de Oro en 1977. También a Canito, excelente líbero del Español, y al cerebral interior Landáburu, entre otros.


Pero el hombre propone y Dios dispone. El curso empezó mal. Rifé, el entrenador de la Recopa, chocó con Heredia y forzó su salida. En noviembre fue traspasado al River Plate. Pero nada mejoró. Al final de la primera vuelta, el Barça era noveno y Rifé señaló a Krankl, héroe del curso anterior. En febrero se marchó al First de Viena. No traspasado, sólo cedido. Núñez no quería perderle definitivamente. Para compensar tanta baja en ataque, el Barça fichó a un imponente delantero del Vasco de Gama, Roberto Dinamita, cuya llegada causó un gran revuelo. Pero daría el petardazo.

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Mientras, se perdió la Supercopa de Europa ante el Nottingham, otra decepción. En la Recopa pasó dos eliminatorias fáciles y en la tercera le tocó el Valencia. Un gran Valencia, con Kempes y Bonhof como estrellas extranjeras y Di Stéfano en el banquillo.

El 5 de marzo, el Valencia gana 0-1 la ida en Barcelona y desencadena la crisis. Cae Rifé, sorprendido por la difusión de una charla telefónica con Alex Botines, de Radio Barcelona, en la que pone a caldo a Núñez. Rifé no sabía que le grababan. Núñez prohibió a Botines la entrada en las instalaciones del Barça, con el consiguiente revuelo.

Núñez hurgó entonces en la historia del Barça y fichó a Helenio Herrera, entrenador del club en las temporadas 58-59 y 59-60, con dos títulos de Liga, uno de Copa y una Copa de Ferias. Dos grandes años. Luego triunfó en el Inter. Pero había pasado el tiempo y ya no le iba tan bien. Del Inter había pasado al Roma y de ahí al humilde Rímini. Su llegada fue vista con escepticismo salvo por algunos antiguos devotos. Al tiempo, Núñez hizo gestiones para recuperar a Krankl, pero el First se agarró al contrato.

Helenio Herrera trata de animar el ambiente con buenas palabras. Se defiende de las pegas que le ponen por la edad (la Federación dudó si expenderle la licencia por un infarto reciente): “A mis 63 años no soy viejo. Ahí tienen a Tito, y también a Sandro Pertini, quien hacía el servicio militar cuando yo llevaba chupete y ahora es el presidente de la República Italiana”. Algún año se quitaba. En un cambio de papeles se hizo nacer cuatro años más tarde de lo que de verdad nació. Carrasco lo recuerda como un gran motivador, pero algo desgastado por los años: “Los jugadores notamos que a partir de treinta metros no veía”.

Tras comprobar que Krankl no volvía y que Roberto Dinamita no pitaba, tomó una decisión sorprendente: colocar al líbero Canito como delantero centro. Algunos lo vieron como la chaladura de un gagá. Otros, como una de las genialidades que le eran propias.

Canito, natural del pueblo ilerdense de Llavorsí, fue un jugador singular con una biografía tormentosa. Abandonado por la madre, se crió en un hospicio del que se escapó a los 14 años. Se formó en la calle. El fútbol le salvó… por un tiempo. El Español lo fichó del Lloret, lo cedió al Lleida y por fin lo incorporó. La mili le llevó a jugar una temporada en el Cádiz, hasta que regresó al Español, que siempre fue su amor. Enorme jugador, como medio, líbero o central. Con estatura, empaque, control, desplazamiento largo… Fue internacional con Kubala.

El Barça lo compró a cambio de Fortes, Amarillo y 35 millones. Cuando llegó Helenio Herrera, supo que en sus inicios había sido delantero centro, y de ahí que le buscara como solución. El estreno no fue bueno: el Barça perdió en Atocha 3-0 y quedó eliminado de la Copa en octavos (había ganado 2-1 en la ida, todavía con Rifé). Aún así, Helenio Herrera insistió con Canito de nueve en Burgos, donde empató 0-0.

Y con Canito como delantero centro acudió al encuentro de Valencia, donde se jugaba la temporada. Repetir título de Recopa hubiera compensado todo. El partido se jugó el día de San José, en plenas Fallas, con luz diurna. Se televisó en simultáneo con un Madrid-Celtic de Copa de Europa. Yo asistí al de Valencia y lo recuerdo trepidante: 1-0, 1-1, 1-2, 2-2, 3-2, 4-2 y 4-3. Canito marcó dos, el primero y el tercero del Barça, y la leyenda elevó con el tiempo la cifra a tres. Así creen recordarlo muchos culés. En todo caso, con dos goles cumplió y el fallo se produjo atrás. El Barça defendió mal, en una tarde particularmente infeliz de Olmo. Muchos opinaron que el Barça hubiera necesitado dos Canitos: uno en su sitio natural, el otro en el que no habían sabido defender ni Krankl ni Roberto Dinamita. Regresó encumbrado.

Pero el fulgor de Canito en el Barça acabó pronto. Un mes después jugaban en el Camp Nou el Barça y el Athletic. El partido estaba aburrido y el público malhumorado. En eso, el marcador simultáneo anunció gol del Español en Alicante. Canito lo celebró visiblemente. A la afición le sentó como un tiro y se le volvió todo en contra. Se comentaron sus salidas, su extravagante manera de apalear el dinero. Y se dijo, y aún se comenta, que jugaba con una camiseta del Español debajo de la del Barça. Carrasco me asegura que eso no es cierto, pero sí que era españolista radical.

Y al Español volvería, año y medio más tarde, junto a 65 millones, por Urruti. Pero chocó primero con Maguregui, luego con la directiva. Pasó al Betis, al Zaragoza... Siempre era lo mismo, chocaba con el entrenador, o con la directiva, o con ambas partes. Aquella infancia tremenda le pesó siempre, le hizo llevar una vida desbocada. Murió a los 44 años, víctima de sí mismo. Su hermana y los veteranos del Barça y el Español le estuvieron tirando cables hasta el último día.

Cese y repesca

Aquella Recopa la ganó el Valencia, ante el Arsenal. Helenio Herrera cesó a final de temporada, aunque quedó en el club como consejero. Hurgando de nuevo en el baúl de los recuerdos, Núñez dio el banquillo a Kubala, pero sólo le duró hasta noviembre. Una derrota ante el Colonia en Copa de la UEFA por 0-4 acabó con él. Entonces, qué lío, Núñez repescó a Helenio Herrera, que aparcó la coquetería y se puso gafas.

Consiguió la Copa de ese curso, ante el Sporting en el Calderón. Claro que para entonces, ya tenía resuelto el problema del nueve: ahora era Quini, fichado el verano anterior precisamente del Sporting de Gijón. Él marcó a los suyos dos de los tres goles del Barça en aquella final. Antes había sufrido aquel célebre secuestro, cuando el Barça iba lanzado en persecución del Atlético hacia la cabeza de la Liga, que acabaría siendo para la Real, con aquel gol de Zamora en El Molinón. Sin secuestro, quién sabe. Quizá Helenio Herrera hubiera conseguido un doblete otoñal.

La Copa no le alcanzó para seguir. Núñez contrató a Udo Lattek, cuyas peleas con Schuster serían legendarias. El Barça de aquellos años era un lío incesante.

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miércoles, 30 marzo 2016

Por Alfredo Relaño

Cinco pequeños espantan el pesimismo ante Rumania

Al Mundial Chile 62 fuimos con un equipo de figuras pero caímos en la fase de grupos. Cesó el dúo seleccionador-entrenador, Hernández Coronado-Helenio Herrera, y entró José Villalonga como seleccionador-entrenador, fusionando ambas funciones.

José Villalonga, cordobés, era militar (comandante), como el presidente de la Federación, Benito Pico (coronel y auditor general del Cuerpo Jurídico). Voluntario en el bando franquista en la guerra, la acabó como alférez provisional. Luego ingresó en la Escuela de Mandos de Toledo, donde además de formación militar adquirió nociones de preparación física. Hasta la aparición del INEF, lo más parecido a la preparación física que se podía estudiar en España era aquello. Le tiraba el fútbol. Jugó de portero en equipos menores. Pensó que su tarea podía estar en lo físico.


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Entró en el Madrid como preparador físico en 1952, y en 1954 ascendió a entrenador por cese de Enrique Fernández, que chocó con Ipiña, el secretario técnico. Ganó las Ligas 54-55 y 56-57, y las Copas de Europa de 55-56 y 56-57. Pese a ello, Bernabéu no le quiso pagar lo que le pedía. Reemprendió su carrera militar, ascendió de capitán a comandante y ya en 1960 fichó por el Atlético, con el que ganó la Copa en 1960 y 1961 y luego la Recopa, aunque para entonces había pasado a secretario técnico a fin de tener tiempo para seguir con su carrera militar.

Su nombramiento fue polémico sobre todo porque era secretario técnico del Atlético. El primer rival es Rumania, eliminatoria a ida y vuelta para la Eurocopa. Su lista es esperada con máximo interés. ¿Cuántos de Chile caerán? ¿Caerán las vacas sagradas?

Villalonga anuncia una lista previa de 22 en la que faltan 14 de los mundialistas. Parte de la cuestión la resolvió la FIFA, que en agosto había prohibido que quienes hubieran jugado en una selección militaran después en otra. Eso eliminaba a Di Stéfano (que fue a Chile pero no jugó por lesión), Puskas, Santamaría y Eulogio Martínez. También cayeron santones como Carmelo, Garay y Segarra. Más los emigrados a Italia: Suárez, Del Sol y Peiró, los tres mejores jugadores nacionales del momento.

No hay nadie del Athletic y sólo un vasco: Araquistain. Cuando reduce la lista a 18, borra a Araquistain, Vergés, Oliveros y Marcelino. ¡Por primera vez en la historia no hay ningún vasco en el equipo nacional!

Y sí hay seis del Atlético: Rivilla, Calleja, Glaría, Jones, Adelardo y Collar, más madera. Y hay muchos jugadores sin experiencia internacional y varios con muy pocos partidos en Primera. Villalonga se defiende: “Dentro de cuatro años, todos estos jugadores estarán en plenitud”. Curiosamente, se habla más del Mundial del 66 que de la Eurocopa del 64, que es lo que se iba a jugar… y que acabaríamos ganando.

Defiende la amplia convocatoria de atléticos porque el equipo es el líder. Pero el domingo inmediatamente anterior al partido, el Atlético cae aparatosamente en Mallorca 4-0, deja el liderato y le pone en posición aún más comprometida.

El grupo se concentra en el Hotel Zurbano. Hay dos bajas de última hora: Rivilla y Amancio. Éste era el único extremo derecho. Sin él, habrá que tirar de la misma solución que se improvisó en el Mundial: Collar a un lado y Gento al otro. Ambos zurdos. En la época, lo del extremo cambiado de banda se veía sacrílego.

Los rumanos llegan el domingo. Se sabe poco de ellos. Su único jugador de algún peso internacional es el interior Ozon. Vienen de ganar en casa 4-0 a la Selección Olímpica de Checoslovaquia, 3-0 a Marruecos y de perder 3-2 en Leipzig ante Alemania Oriental. Son gente amable. Visitan El Escorial y se deshacen en elogios.

Jueves, 1 de noviembre de 1962, 16:30, Estadio Bernabéu. Es el día. Entrada de dos tercios, en tarde fresca, soleada y magnífica. Fue el primer partido de la Selección al que asistí, y antes de empezar todo eran discusiones, en el autobús, en la puerta, en la grada… Que si Di Stéfano, que si Puskas, que si el Atleti, que si se le ve el plumero. Que si Amancio está lesionado o no. Que si Collar a la derecha y Gento a la izquierda o Gento a la derecha y Collar a la izquierda. Que cuándo se ha visto una selección sin ningún vasco. Que los delanteros son cinco renacuajos. Que si coincide con un desempate en la Copa de Ferias del Barça y que por eso no está este y sí aquel… Cada cual, un seleccionador.

Villalonga ha hecho declaraciones cautelosas que trae la prensa del día. Se queja de que no haya habido un amistoso antes, de que el estreno sea oficial. Y sin tiempo: el domingo hubo Liga, sólo se pudo trabajar martes y miércoles: “Es como una obra de teatro que se representa con sólo una lectura, sin ensayos previos”.

Salen los actores: Vicente (2); Pachín (6), Rodri (2), Calleja (4); Paquito (0), Glaría (0); Collar (11), Adelardo (1), Veloso (0), Guillot (0) y Gento (29). Fuera quedan Sadurní (0), Reija (1), Antonio Ruiz (0), Jones (0) y Fusté (0). El paréntesis marca los partidos internacionales. Como se ve, salvo Collar y Gento, no había gente fogueada.

Guillot me cuenta que la víspera habían discutido quién era más alto, si Adelardo o él. Por gusto, se tallaron los cinco delanteros. El gálibo lo ponía Adelardo, con 1,69, frente al 1,68 de Guillot. Los demás eran más bajos. “Les dijimos a Paquito y Glaría que no enviaran ningún balón por alto, porque era balón perdido. Que todo por abajo”.

Arranca el partido y, en efecto, España rasea el balón. Y, sorpresa general, todo sale como la seda. Esa selección pardilla, de delanteros bajitos, sin vacas sagradas, sin “transatlánticos ni transdanubianos”, (como escribió Antonio Valencia, crítico con los internacionales de importación) jugó como los ángeles. En media hora ganaba 4-0. Terminó 6-0. Atacó con velocidad e ingenio, profundizó, divirtió. Guillot y Veloso se entendieron de maravilla, Collar lo bordó una hora en la derecha y la última media en la izquierda, cuando cambió de lado con Gento, que lució igualmente a ambos lados. Guillot debutó con tres goles, uno de ellos, ¡de cabeza!: “De los dos o tres que he marcado en mi carrera, no más. ¡Ese día salía todo! Y eso que éramos tan nuevos. Yo jamás había jugado con ninguno de esos, pero nos entendimos a la primera”. Veloso marcó uno, pero le dio dos de los suyos a Guillot. Otro fue de Collar y el sexto, en propia meta, al desviar Numweiler un tiro de Gento.

España pasó esa eliminatoria, y otra, y otra… Llegó a la semifinal y la ganó. Y a la final, ante la URSS, y ganó la Eurocopa. Con Villalonga pero con sólo uno de los de aquel día ante Rumania: Calleja. La revolución permanente. Desde Iríbar, con el que volvió a haber vasco (¡y qué vasco!) en la Selección, hasta Lapetra, el extremo-interior que le quitó el puesto a Gento, y pasando por otros ocho puestos, el equipo cambió. Guillot no lo lamenta: “Seguimos asistiendo a la Selección, pero iban apareciendo otros, y sí, en la final, veinte meses después, no quedaba casi ninguno. Pero pusimos la primera piedra en un día muy difícil. Nosotros enterramos el pesimismo que desató lo de Chile. Eso no nos lo quita nadie”.

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