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El blog de Pipo lópez

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jueves, 25 agosto 2016

Por Alfredo Relaño

La Real baja con cuatro madridistas

A mediados de la temporada 60-61 el Madrid fichó a Araquistain, eslabón brillante de una larga saga de grandes porteros que produjo la Real durante muchos años. En principio, se iba a quedar aún en la Real la 61-62, pero el Madrid necesitó incorporarle ya esa temporada, por lesión de Vicente en la muñeca. La Real no quería. El Madrid mejoró la cantidad hasta llegar a los seis millones (lo que limpiaba la deuda del club) y cedió a tres jugadores, que luego serían cuatro.

Dos de los cedidos procedían de la cantera. Uno era Valentín Raba, medio de ataque. Santanderino, su padre había sido el portero del Racing en la fundación de la Primera División, en 1929. Campeón de España amateur con el Madrid en 1960, había pasado luego un año de cesión en el Salamanca. El otro era Villa. Extremo o interior, exquisita clase, regate y visión de juego. Era hijo de un directivo del Madrid. Había jugado un año y medio en Segunda, en el Plus Ultra, antecedente del Castilla. Dos buenas promesas.

 

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El tercero era el sueco Simonsson, una estrella internacional. Marcó en la final del Mundial de 1958, la que el Brasil de Pelé le ganó a Suecia. Hizo dos goles en Wembley, en 1959, en la primera victoria de Suecia en casa de los inventores (2-3). Ese año fue quinto en el Balón de Oro, tras Di Stéfano, Kopa, John Charles y Luis Suárez. En el verano del 60, el Madrid jugó un amistoso en Goteborg frente a un combinado sueco. En el descanso, los suecos ganaban 2-1, los dos de Simonsson. El Madrid acabó ganando ese partido 4-5. Antonio Ruiz, que lo jugó, me contó hace años que en el descanso hubo una gran bronca en el vestuario entre Santamaría y Del Sol. “Simonsson se movía del sitio, iba atrás, arriba, nos volvía locos”. Bernabéu le fichó de inmediato, en la plaza de extranjero que dejó libre Didí. Aún no tenía 25 años, Di Stéfano ya estaba en los 34. Bernabéu pensó que podría ser su sucesor.

Jugó en el Madrid la Liga 60-61, pero sólo tres partidos (marcó un gol), y eso que Bernabéu, para hacerle sitio, había cedido a Pepillo, suplente habitual de Di Stéfano, al River Plate. Simonsson, gustaba en los amistosos entre semana, frecuentes en la época, pero a Di Stéfano no le había llegado la hora.

Su llegada a la Real se acogió con gran interés. He leído alguna vez que fue el primer extranjero del club, pero no es cierto. Aparte de los ingleses de primera hora, que los hubo en todos los clubes, la Real ya había tenido después de la guerra al portugués Bravo y al italo-francés Caligaris. Pero eso había sido años antes y la llegada de Simonsson provocó tal revuelo que hay quien le tiene por el primero. (También lo he leído recientemente sobre el malogrado Chipirón Atkinson, error sobre error).

Raba, Villa y Simonsson llegaron desde el principio. La afición de la Real se las prometía muy felices. El año anterior, el equipo había sido noveno. Ahora no estaría Araquistain, pero estaba Goicoechea, buen portero. Y Arriaga. Y había otro foco de ilusión: por segunda temporada, el Sanse, el filial, jugaba en Segunda. Era un equipo joven, activo, de ataque, bello. Iñaki Gabilondo, entonces un joven aficionado, se entusiasma aún con el recuerdo: “Jugaban en Atocha, así que había buen fútbol cada domingo. La Real uno, el Sanse el siguiente. El Sanse tiraba, llegó a ir casi tanta gente como a la Real. ¡Unas goleadas! Amas, Urreisti, Olano… El culmen fue su enfrentamiento con el Madrid, en la Copa. El Madrid no se fiaba y fue con los titulares. Ganó 1-3, pero con mucha fortuna. Di Stéfano, con el que siempre nos las teníamos tiesas, hizo tras el partido un gran elogio del Sanse que sentó muy bien”.

Mientras, la Real hizo una primera vuelta mala. Cayó el entrenador, Albéniz, sustituido por Joseba Elizondo. En enero, el Madrid cedió un cuarto jugador, el extremo Chus Herrera. Una figura en problemas. Había llegado al Madrid en la 58-59, procedente del Oviedo y les discutió el puesto un año a Kopa y el otro a Canario. Iba para estrella. Había debutado en la Selección. Fue titular en el 5-1 de la Intercontinental, en septiembre de 1960. De repente, empezó a tener molestias en un hombro. Acabó por salirle un bulto, que le extirparon en el verano del 61. Para fin de año parecía recuperado. Fue a la Real como último refuerzo, y para recuperar la forma.

Pero la Real no mejoró. Fue penúltima toda la segunda vuelta. Mientras, el Sanse iba muy bien, llegó a ser tercero. De cada grupo de Segunda (había dos, Norte y Sur), subía el campeón y promocionaba el segundo. De Primera bajaban los dos últimos y promocionaban los dos anteriores. Llegó a haber una intriga nacional: “¿Y si baja la Real y sube el Sanse? ¿Eso, se puede? ¿Quién jugaría en Primera, los del Sanse o los de la Real? ¿Y si promocionan entre ellos? ¿Obligarán a los del Sanse a dejarse ganar por los de la Real?”. De aquellas cosas hablábamos los chicos en Madrid y me figuro que en toda España, y más en San Sebastián, claro.

Al final, se consumó la catástrofe. La Real, penúltima, bajó. El Sanse acabó quinto, pero fue descendido reglamentariamente a Tercera, con lo que el desencanto en San Sebastián fue doble. Lo del Sanse provocó una oleada de lástima en toda España. Carmelo Amas, que jugaba en aquel equipo, lo recuerda como una decepción tremenda, un contraste enorme: “Jugamos muy bien, disfrutamos, todo era alegría, pero vino el mazazo. ¡Bajar así…! Pero eran las normas, y era lógico”.

A Araquistain le fue muy bien en Madrid: titularísimo, ganó Liga y Copa, fue finalista de la Copa de Europa (derrota ante el Benfica) y, a final de año, mundialista.

Por su parte, el papel de los madridistas cedidos fue desigual.

Raba jugó tres partidos de Liga y uno de Copa. Luego haría una digna carrera en Primera. De la Real marchó también cedido al Celta y al Racing, al que volvió, ya traspasado, tras un paso por el Melilla durante la mili. Allí acabó siendo el capitán.

Villa jugó 21 partidos de Liga (nueve goles) y uno de Copa. Fue figura en el Zaragoza, como uno de Los Cinco Magníficos: Canario, Santos, Marcelino, Villa y Lapetra. Llegó a ser internacional. Evoca con cariño aquel paso por la Real: “Campo lleno, buen ambiente, me sentí bien. Jugué a gusto. Pero aquello salió mal, aún no sé por qué”.

Simonsson jugó 22 partidos, con nueve goles. Regresó a Suecia, a su club de siempre, el Örgryte. Un poco por morriña, otro poco porque veía que Di Stéfano no cumplía años. Siguió siendo estrella en la selección sueca, en la que acumuló 57 partidos y 32 goles.

Chus Herrera jugó seis partidos, con dos goles. Pero recayó. Murió al poco de acabar la temporada, en octubre de 1962. Sus problemas de hombro procedían de un sarcoma óseo, algo que hasta entonces sólo se había comentado en voz baja. Su fallecimiento, con 24 años, causó impacto nacional. Toda su familia era del fútbol. Su padre fue Herrerita, el célebre interior del Oviedo que hizo pareja con Emilín. El hermano mayor de Herrerita, Herrera El Sabio, también había sido jugador célebre. Y la madre de Chus Herrera era hermana de Chus Alonso, estrella del Madrid en los cuarenta.

La Real se quedó en Segunda hasta la 66-67, cuando regresó, con un empate a dos en Puertollano. La base de aquel equipo era el Sanse de aquel dichoso año. El fútbol siempre ofrece revancha a quien la merece.

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sábado, 23 julio 2016

Por Alfredo Relaño

Sancho Dávila nombra seleccionador a su dentista

En materia de seleccionadores hemos tenido de todo. Incluso un dentista, que tuvo la suerte de tener entre sus clientes a quien a la sazón era presidente de la Federación de Fútbol, Sancho Dávila y Fernández de Celis.

Sancho Dávila, natural de Cádiz, fue un falangista muy activo desde primera hora. Era primo tercero de José Antonio. El estallido de la guerra le pilló detenido, en la Cárcel Modelo de Madrid, pero consiguió salir. Hizo la guerra en el bando franquista y participó en el célebre alboroto entre dos facciones de Falange (la suya y la de Hedilla) en Salamanca, de resultas del cual Franco lanzó su famoso decreto de unificación.

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No era hombre del fútbol, y sí del toro, donde tenía prestigio por sus conocimientos. Un hijo suyo, llamado igualmente Sancho Dávila, llegó a ser matador de toros con el nombre de Sancho Álvaro. También desciende de él Eduardo Dávila Miura. El fútbol no era lo suyo. No obstante, el General Moscardó, Delegado Nacional de Deportes, le designó como presidente de la Federación el 31 de enero de 1952, en sustitución de Manuel Valdés Larrañaga, a quien se concedió la embajada de España en Puerto Rico, destino envidiable, sin duda.

Sancho Dávila se encontró nada más llegar con la dimisión del seleccionador, Ricardo Zamora, que recibió una fantástica oferta de Venezuela. Después de varias consultas, eligió como seleccionador a Pedro Escartín, célebre exárbitro y permanente perejil de todas las salsas en el fútbol español.

Escartín debutó con derrota ante Argentina. Luego, 2-2 contra Alemania y 3-1 a Bélgica. Todo ello en casa. Lo siguiente, fue una pequeña gira por América, en el verano del 53, que iba a suponer el debut de Kubala.

Kubala, que había llegado a España en 1950, fugado de Hungría. Por su transfer FIFA Sancho Dávila peleó a brazo partido con la FIFA durante dos años y medio. Un libro raro de encontrar, titulado De vuelta a casa, cuenta esta peripecia y varias otras que le tocó lidiar. La llegada de Kubala a España fue tan sensacional que se dio por sentado que con él España sería imbatible. Pero perdimos en Buenos Aires, 1-0. Decepción y acusaciones de juego defensivo. Luego ganamos 1-2 en Santiago de Chile, con un gol de Kubala, pero ni eso compensó el disgusto. Se tenía a Kubala por un supermán y con cierta razón. Apareció en el Barça en la Copa del 51, y la ganó. Y luego Liga y Copa en el 52 y el 53. El Barça lo había ganado todo desde que apareció, era lo nunca visto, y los resultados de esa gira se juzgaron paupérrimos. Escartín dimitió con dos victorias, dos derrotas y un empate.

Había que buscar otro seleccionador. Marca hizo una encuesta nacional, de la que salieron muy destacados dos nombres, Ricardo Zamora, regresado ya de su bien remunerado paso por Venezuela, y Ramón Encinas, hombre de larga trayectoria. Exjugador del Celta, dos estancias como entrenador en la Selección, con José María Mateos y Amadeo García Salazar como seleccionadores. Y títulos nacionales con el Valencia y el Sevilla.

Pero Sancho Dávila estaba cautivado por la sapiencia futbolística de su dentista. Hombre del toro como ya he dicho, el mundillo del fútbol le hizo un poco de menos. Le vieron demasiado lego como para gastar tiempo en conversaciones con él. Su dentista, Luis Iribarren, había sido jugador amateur mucho tiempo atrás, en el Real Unión y en la Gimnástica de Madrid. Su Real Unión había llegado a ganar la Copa, aunque él sólo había jugado un partido, pues era suplente. Lo que le interesaba era la carrera. Por eso dejó un tiempo Irún por Madrid y luego se fue a Nueva York, a completar estudios. No había vuelto a tener contacto con el fútbol desde mediados los veinte.

Era un odontólogo de prestigio que seguía el fútbol, por el que le había quedado afición. Dávila, falto de mayores referentes, le consideró un pozo de ciencia futbolística. Primero le metió en el Comité de Competición, tras el desmantelamiento de éste que siguió al caso Kubala-Oliva, que ya conté en esta sección. Y ahora dio la campanada al hacerle seleccionador sin que, por supuesto, nadie se hubiera acordado de él en la encuesta de Marca. Eso sí, le acompañó Encinas como entrenador. Esa doble figura fue frecuente durante años: seleccionador, por encima, que escogía los jugadores y decidía la alineación, y entrenador, que los preparaba físicamente.

Lo que había por delante era la clasificación para el Mundial, contra Turquía. A dos partidos, ida y vuelta. Contaban puntos, no goles, así que había que ganar uno y al menos empatar otro.

El proyecto Iribarren se estrenó en San Mamés, ante Suecia (8-11-53), con Kubala de interior derecha y un resultado poco prometedor, 2-2. Dejó una sensación fría. Para el segundo partido, ya de clasificación para el Mundial, contra Turquía en Chamartín (6-1-54), sólo repiten cuatro jugadores. Dávila e Iribarren no se atreven a contar con Kubala porque aún no se han cumplido los tres años de su nacionalización, requisito para que pudiera jugar con España. Se le había utilizado en amistoso, pero en este, ya oficial, no se atrevieron. España ganó 4-1 a Turquía. Bien. Medio billete.

Ahora hay que empatar al menos en Estambul (14-3-54). Como siempre, se habla de pasión, de infierno turco, de que habrá encerrona, de que campo seco… El equipo da otro vuelco, justificado en la necesidad de jugar de otra manera. Sobreviven cinco de los de Madrid, algunos en posición distinta. Iribarren, de acuerdo con Sancho Dávila, tira de Kubala, ante la gravedad del compromiso, a ver si cuela. Juega y nadie protesta, pero España pierde 1-0. Tremenda decepción. Y vuelta a la encerrona, el infierno turco, el campo duro…

Queda el desempate, en Roma, tres días después. Esta vez Iribarren mantiene, o casi, el equipo de Turquía, con muy pocos cambios, porque lo tuvo que afrontar con los mismos convocados. Está previsto que juegue otra vez Kubala. Pero justo antes del partido, se recibe en el estadio un telegrama de la FIFA Attention equipe espagnol situation joueur Kubala. Dicho es castizo, cuidadito con lo que hacéis.

Dávila e Iribarren se sienten cazados. Había colado en Turquía, pero Hungría (gran atracción del Mundial y cuya eventual retirada habría sido una catástrofe) alertó a la FIFA, que se curó en salud con ese telegrama. Kubala deja su plaza a Escudero. El partido acaba 2-2, tras prórroga. La clasificación se decide por sorteo, donde la mano inocente de un bambino, Giuliano Gemma, saca de una copa la papeleta de Turquía. La de España, en la que previamente Sancho Dávila ha pintado una cruz como sortilegio, se queda dentro.

Sancho Dávila y Luis Iribarren cesaron inmediatamente. Ahí terminó su joint venture.

Cuatro partidos, uno ganado, dos empatados, uno perdido. Fuera del Mundial por las botas de Turquía. Ese fue todo el palmarés de Iribarren, que regresó a su consulta, como su mentor, Sancho Dávila, regresó al mundo del toro. En cuatro partidos utilizó 24 jugadores diferentes. Sólo Venancio jugó los cuatro.

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miércoles, 13 julio 2016

Por Alfredo Relaño

Salió a hombros, ‘ganó’ la Eurocopa e inauguró la moviola

Ortiz de Mendívil sigue siendo el único español que ha arbitrado una final de Eurocopa, la de 1968. Bon vivan bilbaíno de porte aristocrático, gran árbitro, con una carrera salpicada de hechos singulares. Marcó un gol en La Romareda, protagonizó uno de los grandes episodios entre el Madrid y el Barça, salió a hombros del público tras arbitrar una Copa de Europa… Una vez retirado, fue juez de sus propios compañeros en Estudio Estadio, cuando la aparición de la moviola.

Nacido en Portugalete en 1926, fue eslabón brillante en una larga saga de célebres árbitros vizcaínos, que arranca quizá en el abuelo de Iturralde. Ortiz de Mendívil sucedió en esa saga a Gardeazábal, un grande. Alto, delgado, con aire inglés, gran autoridad… Bilbaíno, nació tres años antes que Ortiz de Mendívil, y fue en parte su referente y en parte su freno, porque el segundo no pudo arbitrar un Mundial hasta que el primero dejó de hacerlo. Gardeazábal arbitró los de Suecia 58, Chile 62 e Inglaterra 66. Sigue siendo el único árbitro español que ha estado en tres. Pero un cáncer segó su carrera cuando, aunque ya veterano, aún podía seguir en activo. Falleció en 1969. Su recuerdo fue tan grato que dos años después se le hizo un homenaje, en el que jugaron sucesivamente en San Mamés selecciones de veteranos Vizcaya-Madrid, y selecciones regionales Vizcaya-Cataluña.

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Ortiz de Mendívil pasó a ocupar el primer puesto. Era alto, como Gardeazábal, esbelto, sin la delgadez de aquel, cuidadoso de su aspecto, con gran movilidad para lo que se pedía en la época. Fuera del campo era un tipo distinguido, al que los compañeros apodaron Petronio, por lo bien que vestía. Visitador médico, tenía una vida económicamente desahogada. Su mujer, Elvira Larrazábal, fue campeona de España de golf varios años seguidos, en los cincuenta.

Muy sibarita. Cuando viajaba en coche cama, pedía que su vagón lo aparcaran en vía muerta hasta que él se despertara. Si el hotel designado no le gustaba, buscaba otro y pagaba la diferencia, Era igualmente selecto con los restaurantes y con los vinos. A los que viajaban con él de jueces de línea (en la época esa función correspondía a prometedores principiantes de la misma regional) les hacía felices. Ildefonso Urízar Azpitarte me lo ha contado más de una vez:

—¡Menuda diferencia! Entre quedarte en Vizcaya arbitrando un partido de Tercera en cualquier sitio y expuesto a todo, a viajar a cuerpo de rey, con él… ¡Y lo que se aprendía! Del fútbol, de la vida… de todo.

Ortiz de Mendívil tenía una autoridad y un prestigio, que no menguaron ni siquiera cuando marcó un gol. Fue en un Zaragoza-Las Palmas de Liga. León, delantero del gran equipo canario de aquel tiempo, lo recuerda como si fuera ayer:

—Íbamos ganando 0-2 y era ya la segunda parte. Hubo un córner contra nuestra portería, un rechace corto, Santos tiró y él, al ver que le venía el balón, se dobló y se dio como la vuelta. El balón le pegó en la espalda y entró. Le rodeamos, pero él nos decía: ‘¿Qué culpa tengo yo?’ No tenía más remedio que dar el gol, para el Reglamento el árbitro es como un poste. Pero no hubo más goles. Ganamos igual, 1-2. Como no alteró el resultado, ni andaban Madrid ni Barça por medio, no hubo revuelo.

Distinto fue lo del Madrid-Barça del 20 de noviembre de 1966, en el Bernabéu. El partido llegó 0-0 al minuto 90. Habían pasado cuatro minutos y Veloso marcó para el Madrid. Los jugadores del Barça le protestaron indignados, por el tiempo transcurrido. Pero él prolongó todavía siete minutos más, con lo que el alargue total fue de once. Aquello levantó una polvareda enorme. Del lado culé se dijo que los siete minutos posteriores fueron para disimular. Con el tiempo, el suceso fue deformado por la memoria barcelonista y se suele escribir que Veloso marcó a los once minutos de descuento, y que justo ahí pitó el final. Así lo cree mucha gente aún hoy. Pero basta ver los periódicos (barceloneses o madrileños) del día siguiente para ver que fueron cuatro minutos, hasta el gol y siete más después. Aquello le costó una recusación del Barcelona.

Hablé largamente con él de aquel suceso muchos años después. Me dijo que él simplemente paraba el reloj cuando había interrupciones y lo ponía en marcha después. Que era más escrupuloso que el resto en eso. Con todo, yo lo recuerdo como algo extraordinario y es evidente que los usos han ido por otro lado. Recuérdense, por ejemplo, los comentarios por los cinco minutos de alargue de la final de Lisboa.

Mejor recuerdo tenía de la final de la Copa de Europa de 1969, también en el Bernabéu, Milán-Ajax. Ya estaba Cruyff, aunque el equipo no había fraguado aún. Ganó el Milán 4-1, en noche de exhibición de todos, pero en especial de Rivera, Sormani y Prati. Al final, algunos aficionados saltaron al campo, alzaron a Ortiz de Mendívil y le pasearon a hombros, como a un torero. Sospecho que eran madrileños, neutrales que habían acudido al partido, orgullosos de que un español hubiera sido el árbitro.

Lo de la final de Eurocopa fue de rebote. Se enfrentaron Italia (que jugaba de local y había pasado la semifinal con la URSS por moneda al aire) y Yugoslavia, ganadora de Inglaterra, con arbitraje de Ortiz de Mendívil. Estaba designado el húngaro Zsolt, pero en un trile de última hora se le dio el tercer y cuarto puesto, y la final pasó al suizo Dienst. (Sí, el mismo que en Inglaterra-66 había concedido el gol fantasma de Hurst a Inglaterra). Dienst fue infamemente casero. Los italianos camparon por libre, hubo un penalti de Castano estrepitoso. Aun así, la cosa quedó en 1-1, tras prórroga.

Dos días después, el 11 de junio, se repitió la final y el designado fue Ortiz de Mendívil. En España, los más enterados señalaron que era amigo de Italia. En el minuto 12 concedió el primer gol de Italia, marcado por Riva en rotundo fuera de juego. Amenazó severamente señalando con el índice al vestuario a los yugoslavos que le reclamaban y el resto del partido tuvo un tono menos desvergonzado que el de Dienst días antes, pero se le siguió viendo la oreja. La diferencia en su modo de contar los pasos de las barreras fue estrepitosa. Ganó Italia 2-0.

Árbitro de confianza del sistema, en fin. De los que si se equivocan lo hacen de la manera conveniente, que sigue siendo la forma de progresar. No llegó a arbitrar una final de Copa del Mundo, aunque sí una semifinal de 1970, Brasil-Uruguay, de mucho tronío. (Aquella del regate de Pelé al portero Mazurkiewicz sin tocar el balón). Y la final Intercontinental (desempate en Madrid) entre el Inter y el Independiente de 1968, que ganó el Inter. Tuvo mucha fama de amigo del Inter, tanta que alguna vez comentó Luis Suárez que Ortiz de tenía más medallas del club que él mismo. Y esa final del 69, la de la salida a hombros. Y una final de Recopa, la del 71.

Una vez retirado, alcanzó mayor celebridad cuando Pedro Ruiz le contrató para Estudio Estadio, a fin de juzgar las actuaciones arbitrales en la moviola, que estrenó. Fue apodado como Míster Moviola, Don Moviolo o El Moviolo. La siguiente generación de árbitros se revolvió contra él, por prestarse a juzgarles, pero más adelante todos ellos hicieron lo mismo cuando algún medio les llamó.

Envejeció feliz hasta una caída en 2012, que le produjo una fisura de cráneo. Falleció tres años después. Ningún otro árbitro español ha pitado una gran final de selecciones.

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jueves, 07 julio 2016

Por Alfredo Relaño

“España ganará al son del ‘La, la, la”. Pero no

El miércoles 8 de mayo del 68 recibimos a Inglaterra en el partido de vuelta de cuartos de final de la Eurocopa. España era la campeona de Europa. Inglaterra, del mundo. El no va más. El partido de vuelta, en el Bernabéu, se jugó entre la mayor euforia que he visto nunca ahí con el equipo nacional. La gasolina de aquella euforia venía de fuera: un mes antes, Massiel había ganado el festival de Eurovisión con su La, la, la, batiendo por un solo punto al inglés Cliff Richards, con su Congratulations. Aquello creó una extraña sugestión colectiva.

Habíamos llegado a aquellos cuartos un poco de rebote. Disputamos el grupo con Checoslovaquia, Irlanda del Norte y Turquía. Cuando ya habíamos jugado todo, a Checoslovaquia le quedaba un último partido, en Praga, con Irlanda. Les bastaba empatarlo para ganar el grupo. Balmanya, el seleccionador, se dio por eliminado y aceptó una oferta del Barça para ser secretario técnico. Pero Checoslovaquia perdió sorprendentemente 1-2. España ganó el grupo y Balmanya tuvo que volver a hacerse cargo del equipo.

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El sorteo de cuartos nos emparejó con Inglaterra, nada menos. Su título (1966) estaba más cercano que el nuestro (1964). De hecho, en el partido de ida, en Londres, el 3 de abril, jugaron ocho de sus campeones del mundo. De los campeones europeos de España sólo quedan Zoco y Amancio. Podría hacer estado Iríbar pero, lesionado, tuvo que dejar el puesto a Sadurní.

Por Londres andaba esos días Massiel, entonces no muy conocida, que les visitó en el hotel. Ella tenía que defender allí el La, la, la en el festival de Eurovisión, cuyo seguimiento entonces era máximo. Esa edición venía precedida de un trueno. La canción, del Dúo Dinámico, estaba destinada a Serrat. Pero este pidió cantarla en catalán y el revuelo fue tremendo. Se le sustituyó por Massiel. Pirri recuerda:

—Una chica muy simpática, nos visitó, bromeamos. Españoles a la conquista de Londres, decíamos. También vino Julio Iglesias, que era amigo de Grosso y Velázquez porque había jugado con ellos en los juveniles. Nos estuvo cantando La vida sigue igual, antes de estrenarla. ¡Luego resultó un éxito tremendo! Él vivía entonces allí, conocía el fútbol inglés. Se despidió diciéndonos una frase que se me quedó grababa: “Cuidado con los ingleses, siempre meten gol a última hora”. Me dejó inquieto con eso.

España jugó bien, Poli sujetó a Bobby Charlton, Amancio hizo un partidazo, le sacó tres paradones a Banks, pero Inglaterra ganó con un gol en el 84’. Un golpe franco por una falta que nos pareció que era al revés (cama de Jackie Charlton a Zoco que el árbitro pitó como empujón de este). Peters tocó para Charlton, que tras quebrar a Claramunt, que salió de la barrera, tiró muy esquinado, imposible para Sadurní. Y uno a cero. La sensación fue equívoca. Habíamos jugado bien, pero habíamos perdido. Pero sólo por uno. Podemos remontar. Pero ellos son los campeones del mundo. Pero, pero…

En esas estábamos cuando el 6 de abril, tres días después del partido Massiel gana con su La, la, la, y por un solo punto de ventaja sobre el inglés Cliff Richards. El seguimiento de aquella votación tuvo a toda España pegada al televisor. Amábamos u odiábamos a cada país europeo según inclinaban su voto. La victoria final de Massiel produjo el que recuerdo como mayor estado de felicidad colectiva en la España de aquellos años ingenuos.

Cuando un mes después los ingleses aterrizaron en Barajas, los ecos aún no se habían apagado. Massiel visitó a nuestra selección en La Berzosa. Todo el mundo invocaba el La, la, la. Los ingleses, ajenos a todo, hacían su vida. Se hospedaron en el Castellana Hilton, fueron al cine Paz a ver La mitad de seis peniques en versión original, fueron recibidos en su embajada, se entrenaron…

Vuelan las entradas. La mitad más uno del equipo va a ser del Madrid, que acaba de ganar la Liga y que el miércoles siguiente recibirá al Manchester United en partido de vuelta de semifinal de Copa de Europa. Resultado abierto, también 1-0 en la ida.

El miércoles 8 no cabe un alfiler en el Bernabéu. Todos cantando el La, la, la a pleno pulmón desde media hora antes, con pequeños intervalos para gritar “¡España, España, España!”. Decenas de pancartas, más de la mitad con el La, la, la. El partido empieza a las 20:30, con arbitraje del checoslovaco Krnávek y estas alineaciones:

España: Sadurní; Sáez, Gallego, Canós; Pirri, Zoco; Rifé, Amancio, Grosso, Velázquez y Gento.

Inglaterra: Bonetti; Newton, Labone, Wilson; Mullery, Bobby Moore; Ball, Peters, Bobby Charlton, Hunt y Hunter. Esta vez, sólo seis campeones del mundo. Mejor.

Primer tiempo de juego alterno. Se protesta la dureza de los ingleses, que arruga a Rifé y Gento. También a Velázquez, en duda las vísperas por una molestia en la rodilla. El resto juega bien, incluido Sadurní, que ha pasado por delante de Iríbar porque está en espléndida forma. En el 30’, un choque entre Gallego y Bobby Moore deja al español maltrecho. Grosso baja a la defensa, junto a Zoco. Cuando Gallego vuelve, renqueante, Balmanya le coloca de delantero centro, donde se batirá como un jabato. Al descanso, 0-0. La grada es un hervidero de comentarios. Ellos pegan, no, es que Rifé y Gento se arrugan, Velázquez también, no es que tenía la rodilla mal, pues que hubiera salido Germán, es que Balmanya quería mantener el bloque, y ahora, si Grosso sigue de central, ¿quién persigue a Charlton?, pues Pirri, hombre, Pirri puede con todo…

Salen los equipos y se vuelve a cantar el La, la, la. España sorprende con un ataque feroz. El balón va arriba, donde Gallego, medio rengo, pelea como un león. Lucha, choca, cae, se levanta… Es algo emocionante, que inflama el Bernabéu. En una de esas deja suelto el balón para Amancio, que dispara, hay rebote en Labone y ¡¡¡¡gol!!!! El Bernabéu casi se cae. 1-0 en el 47’. La euforia está desatada. España sigue igual, con Grosso y Pirri haciendo de todo, con Velázquez apagado y los extremos inexistentes, pero con Gallego hecho un león ahí arriba. Un león herido, pero implacable. Nunca vi a un jugador del Barça tan aplaudido en el Bernabéu. Hay dos ocasiones claras que desbarata Bonetti. Se masca el gol… pero llega en el otro lado. Un contraataque claro acaba en paradón de Sadurní. Córner. Lo saca Charlton y Peters se mete entre Zoco y Pirri y cabecea a placer. 1-1. Es el 55’.

¡Da igual! ¡Hay tiempo! Sigue la exhibición de Amancio, sigue el heroísmo de Gallego, Pirri y Grosso… pero poco más. El La-la-lá va perdiendo fuerza, a medida que vemos (yo estuve allí) que España se derrite como un helado. Inglaterra crece, con todo su prestigio histórico enriquecido por su título mundial. En el 81’, saque de banda rápido que recoge Hunt, envía al área, Charlton deja pasar y Hunter machaca. Es el 1-2. Se acabó. Se recogen las pancartas, se acaban los cánticos. Ya no somos campeones de Europa.

Y Pirri volvió a casa pensando otra vez en la advertencia de Julio Iglesias sobre los goles ingleses tardíos. Y la recordará de nuevo cuando una semana más tarde, el Manchester empate 3-3 en el Bernabéu, y eche al Madrid de Europa… también con un gol de última hora.

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miércoles, 29 junio 2016

Por Alfredo Relaño

El pesar de Messi y el pesar de Simeone

Argentina le pide a Messi que rectifique, con millones de voces, entre ellas la de Maradona, que no hace mucho le había hecho de menos, hablando con Pelé, ahí es nada. Pero no es sólo Maradona, es el presidente de la Nación, son niños grabados, llorando, pidiéndole que se le quede, es el acalde de Buenos Aires, que le levanta una estatua, son los viejos campeones del 86, reunidos en encuentro fraternal.

Messi tiene 29 años. Le quedan muchas cosas por decir en la Selección Argentina. ¿Por qué quiere irse?

 

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Tengo la sensación de que Messi ha remado siempre río arriba en ese equipo. Por un lado, por muy buenos jugadores que tenga Argentina (siempre los tuvo y es previsible que los siga teniendo) lo que no ha conseguido es el funcionamiento del Barça estos años. Un funcionamiento, servido, por cierto, por jugadores tan buenos o mejores que los que pueda tener Argentina. Y un funcionamiento que se ha creado en torno a él, crecido en ese medio, y que se ha acomodado al entorno al tiempo que el entorno se acomodaba a él. Messi y el resto del Barça, el resto del Barça y Messi. Todo ha sido uno. Y hay que insistir en que ese ‘resto del Barça’ es algo muy serio. Ha puesto buena parte en los grandes éxitos de España en estos años.

Por otra parte, Messi no se sintió plenamente bienvenido cuando apareció en la Selección Argentina. Un amigo de allá me dijo: “Es como el hijo que te viene con dieciocho años, que te dicen que es tu hijo y efectivamente es así, pero no lo has criado. No le puedes querer igual que si lo hubieras visto nacer”.

Así que Messi apareció allí como un cometa caído de Europa, rodeado de elogios en Barcelona, en España y en todo el Continente que allí escamó algo. Argentina tiene una devoción casi idólatra (y justificada) por Maradona. Messi y Maradona son próximos en muchas cosas, no son moldes de jugador muy diferentes. Zurdos, dieces, ingeniosos, incontrolables para los defensas… Las comparaciones empezaron pronto. A medida que Messi consiguió despegar y deslumbrar, empezó a correr la idea de que con el tiempo iba a merecer el primer puesto en la historia del fútbol. Y eso es más de lo que muchos argentinos pueden soportar. Allí no hay discusión con Maradona (a Gatti se le ocurrió hace muchos años decir que Pelé fue mejor y le cayó la del pulpo). Messi empezó a ser visto con recelo. Argentino, sí, pero criado en Europa y presentado como el suplantador de Maradona.

Así empezó la carrera de Messi en la albiceleste, y así ha continuado: teniéndose que hacer perdonar algo de lo que él no tiene ninguna culpa. Rodeado de compañeros ocasionales, sin el juego fluido del Barça, sin el respeto que en su club se ha ganado, casi reverencial. Todo eso puede combatirse sólo con grandes títulos.

Y cuatro veces, cuatro, ha estado Messi a punto de ‘hacerse perdonar’ con algún título, y las cuatro ha salido perdedor de la final. La última, echando fuera un penalti de la tanda, y eso a los pocos días de que Maradona le dijera  Pelé que ‘Messi no es un líder’.

Se rompió por dentro, dijo basta.

La persistencia en el fracaso es devastadora. Lo vimos en Simeone: perdió su segunda final ante el Madrid en tres años y se vino abajo. “Tengo que pensar”, dijo, y sonó a despedida. Por suerte para el Atlético, reflexionó y va a seguir. Su caso es distinto en parte, porque él ha vivido en el Atlético rodeado de aclamación. Messi, en Argentina, no. Hasta ahora.

Ahora, con el anuncio de su salida, ha habido una reacción tremenda, aunque en realidad en proporción con la magnitud de la pérdida. Por primera vez, Messi se va a sentir deseado y amado por el país que le vio nacer. Se va a sentir, también, necesario.

Así que espero, como tantos argentinos, como tantos ciudadanos del mundo, que recapacite. Tiene un par de mundiales por delante (el de Qatar le pillará con 35 años, y por su clase y por la evolución de su juego bien podrá seguir ahí) y el mundo no debe perderse eso.

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miércoles, 22 junio 2016

Por Alfredo Relaño

Cesarini comparte protagonismo con Iniesta

Parece que por el momento los dos nombres propios más citados en la Eurocopa son Iniesta y Renato Cesarini. Aquel, por su grandioso juego; éste, por los goles de última hora, a los que acabó por dar nombre. Pero, ¿quién era Cesarini?

Renato Cesarini fue el hijo de unos inmigrantes italianos de principio del siglo pasado que se fueron a América a buscarse la vida. Había nacido el 11 de abril de 1906 en Senigallia, en la costa de Italia que mira al Adriático. Hoy es una gran localidad turística, pero en la época sólo ofrecía miseria. Se fue de allí con pocos meses.

Los padres se instalaron en Buenos Aires, y allí creció el muchacho. Un chico guapo, espigado, ocurrente, con la ley del barrio bien aprendida, ojos vivos y firmes rizos negros. Salió futbolista. Se hizo en Chacarita Juniors. Con veinte años debutó con la selección argentina, en la que jugó dos partidos, ante Paraguay ambos. Interior ocurrente y goleador, un poco sobrado, provocador, favorito de su público, abroncado por los contrarios. Y de gran ascendente entre sus compañeros. Cuentan que tenía una voz fuerte y profunda, un poco al estilo de la de Menotti, y que era sentencioso y directo en sus conversaciones. Divertido a ratos, ácido otras veces. Siempre se le escuchaba.

Por esos años se acercaba ya el Mundial de Italia, de 1934, que Mussolini había decidido que tenían que ganar los suyos. Vio cómo tanto la final de los JJ OO de Ámsterdam (1928) como la del primer Mundial, el de Uruguay en 1930, la jugaron Argentina y Uruguay. Concluyó que el gran fútbol estaba en la desembocadura del Río de la Plata. Y comprobó la cantidad de apellidos italianos que había en la selección argentina. Se le encendió la bombilla e inventó los oriundos. Impulsó a los clubes italianos a fichar a esos italianos o hijos de italianos que tanto brillaban en el fútbol.

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Y ahí regresa Renato Cesarini a Italia. Para entonces estaba en Ferrocarril Oeste. Le fichó, dentro de lo que fue un gran éxodo, la Juventus, junto a Orsi y Monti. Estos dos jugarían el Mundial del 34 y lo ganarían, como había previsto Mussolini. Monti, apodado Doble Ancho por su tremenda corpulencia, tiene un registro único: jugó la final de 1930 con Argentina y la de 1934 con Italia.
Cesarini se perdió el Mundial porque la temporada 33-34 arrastró una lesión molesta. Pero triunfó: ganó cinco campeonatos consecutivos con la Juventus, entre 1931 y 1935, en lo que fue la segunda edad de oro de aquel club. Y también en la selección italiana, en la que debutó al poco de llegar y jugó 11 partidos, entre 1931 y 1934. Entonces no había impedimento para que quien hubiera jugado en una selección lo hiciera después en otra. Eso llegó en 1962.

Y con la selección italiana nació lo de la Zona Cesarini. Fue con ocasión de un Italia-Hungría, disputado el 13 de diciembre de 1931 en Turín. En el 89’, el partido estaba 2-2 y Cesarini, impaciente. Su compañero de línea, Raffaele Costantino, tenía el balón como a cuatro metros del área, y en la zona del interior derecho y parecía no saber qué hacer con él. Cesarini se le echó encima, le apartó con un empellón que le derribó al suelo, hizo un amago y soltó un cañonazo que entró junto a la cepa del palo izquierdo del meta húngaro. Italia ganó 3-2 gracias a esa audacia de Cesarini.

Hace años encontré la narración de la jugada, y hasta un dibujo de la misma, en un precioso Manuale del Gol, de Vezio Melegari, editado en 1974. Fue la primera vez que tuve noticia de la expresión Zona Cesarini. Ahí mismo se cuenta que pocos meses antes Cesarini había marcado sobre la hora en Berna el gol que significó el 1-1 entre Suiza e Italia. Esa repetición llevó a un periodista llamado Eugenio Danese a hablar del caso Cesarini, expresión que luego el uso transformó en Zona Cesarini.

Zona no entendida como lugar, sino como espacio temporal. Zona Cesarini llegó así en Italia a significar ese tiempo final dramático de los partidos, tramo en el que tantos goles están llegando en esta Eurocopa.

En un libro raro de encontrar, Storia Illustrata della Nazionale di Calcio, de Luigi Bocali, el propio Cesarini explica que se sentía especialista en ello desde sus tiempos de Chacarita Juniors. Y cuenta la jugada: “Eché a Costantino a un lado, con una carga por la espalda como si fuera un contrario, y lo mandé lejos; luego amagué como que iba a centrar hacia la izquierda, al extremo Orsi, y con el portero húngaro moviéndose en esa otra dirección tiré hacia el palo que tenía más cerca…”.

Aquello de Zona Cesarini quizá no se hubiera repetido tanto de no ser por su gran carrera posterior en el fútbol, ya como técnico, y por su acusada personalidad. Eso refrescaba la jugada una y otra vez, al compás que engrandecía su prestigio.

Regresó a Argentina, donde volvió a jugar en Charita y se retiró en el River Plate. Se quedó de técnico en este club, donde contribuyó, a medias con Carlos Peucelle, a crear la célebre delantera conocida como La Máquina, que aún se recita de memoria allá: Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Loustau. Detrás venía Di Stéfano, que también pasó por sus manos y siempre me habló de él con un respeto máximo.

—Él y Peucelle amaban el juego por bajo, exigían rasear la pelota. Si la tirabas por alto, se enfadaban. Te decían: “Escuchá, nene, ¿de qué está hecha la pelota”. Y tú: “De cuero, señor”. Y ellos, “¿Y de dónde viene el cuero?”. Y tú: “De la vaca, señor”. Y ellos: “¿Y qué come la vaca?”. Y tú: “Pasto, señor, come pasto…”. Y ellos te decían entonces: “¡Pues echá la pelota al pasto, boludo, no la levantés!”.

Con esas máximas se hicieron La Máquina y Di Stéfano. Y más adelante Omar Sívori, alias El Cabezón, un apunte de Maradona, aunque con menos velocidad. Cesarini, reclamado por la Juventus, regresó a Italia como director técnico del club y se lo llevó con él. Al principio fue un drama, porque Sívori se echó a la mala vida, no daba una a derechas y su inutilidad comprometía el prestigio del propio Cesarini. Hasta que éste le cogió un día por la pechera, en un entrenamiento:

—¿Qué te creés, Cabezón? ¿Un galán? ¡Si hubieran querido un galán hubieran contratado otro más lindo, no a vos! ¡Vos no naciste para galán, vos naciste para la gambeta!
Sívori se corrigió y triunfó. La Juventus ganó con él dos campeonatos seguidos, los 59-60 y 60-61. Él ganó el Balón de Oro de 1961. Trotamundos, entrenó también en México, volvió a Italia, al Nápoles, dirigió a Boca, dos años en la selección argentina... Murió prematuramente, aún con 62 años, en 1969, a causa de una embolia. Aún le quedaba mucho por explicar.
Quedan vivos bastantes jugadores que pasaron por sus manos, y es una delicia escucharles repetir una y otra vez sus anécdotas, con ese estilo rico y jocoso que tienen los argentinos para hablar de fútbol. En su homenaje crearon un club, el Renato Cesarini, en principio un divertimento para veteranos, más tarde una academia que ha dado buenos jugadores, entre ellos Mascherano.
Hoy se vuelve a hablar de Renato Cesarini, por esos goles tardíos que tanto llegan en la Eurocopa. Y yo me alegro. Merece que le recordemos.

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miércoles, 15 junio 2016

Por Alfredo Relaño

Iribar se quedó sin el partido número 50

—Fue algo muy raro… Estábamos en el autobús para ir a entrenar al campo del Pegaso cuando nos dijeron que Iribar no venía… Que se marchaba a Bilbao por un problema familiar grave… Sin más explicaciones.... Ni siquiera le vimos…

El que habla es Juan Manuel Asensi, y la escena que narra se produjo el miércoles 19 de mayo de 1976, sobre las seis y media de la tarde. España estaba concentrada en Madrid, con vistas a un partido contra Alemania. Aquel hubiera sido el partido número 50 de Iribar. Pero no lo jugó ni volvería más a la selección. Se quedó en 49. La explicación a la prensa fue otra: nos dijeron que tenía un dedo mal. Luego, aunque siguió jugando a gran nivel en el Athletic tres temporadas más, no volvió a ser llamado. Nunca jugó el partido 50. Aquello quedó envuelto en una nebulosa.

 

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A vista de hoy, cincuenta partidos en la Selección no parecen algo extraordinario, pero entonces lo eran. Ricardo Zamora había dejado el récord de internacionalidades en 46, tras permanecer de 1920 a 1936 como titular, cediendo muy pocos partidos. En un tramo de tiempo parecido, Casillas ha acumulado 166. Pero es que antes había mucha menos actividad internacional. El récord de Zamora se consideró por mucho tiempo una barrera inalcanzable. Resistió a los Zarra, Gaínza, Puchades, Ramallets, Garay, Segarra, Amancio, Gento y tantos otros grandes y longevos jugadores que hubo en las décadas siguientes. Gento fue el que más se le acercó. Se quedó en 43.

Iribar apareció en el Athletic en la 1962-63, deslumbrando. Desplazó al gran Carmelo, que fue traspasado al Espanyol. Debutó en la Selección el 11 de marzo de 1964, con solo 21 años, lo que se consideró algo excepcional. Se suponía que los porteros tardaban en madurar más que los jugadores de otras posiciones. Pero era un fenómeno, con un físico perfecto para el puesto, reflejos, colocación, sobriedad… Con él, España ganó a los pocos meses la Eurocopa ante la URSS.

Pronto fue un gran favorito de la afición de toda España. Fue célebre la reacción de la afición bilbaína en la final de Copa de 1966, cuando pese a perder con el Zaragoza 2-0 le pasearon a hombros al grito de: “¡Como Iribar no hay ninguno. Iribar, Iribar, Iribar es cojonudo…!”. Toda España le quiso, como prototipo de vasco serio y futbolista cabal. Sostuvo algunos años malos del Athletic, en los que llegó a acuñarse la frase: “El Athletic son Iribar y diez más”. Era del Athletic, pero era patrimonio de todos. Se le quiso y respetó tanto como ahora se quiere y respeta a Nadal, por buscar un ejemplo próximo.

Se instaló en la selección, casi sin competencia. Por alguna lesión o baja forma, cedió algún partido a Sadurní o a Betancort, pero en general fue inamovible. Como había empezado tan joven, se empezó a especular en algún momento que sí, que esta vez alguien podría alcanzar la barrera mítica de los 46 de Zamora.

Y llegó. Fue, digamos, en dos partidos consecutivos contra Escocia, en la fase de clasificación de la Eurocopa de 1976. En Hampden Park (1-2) cumplió el 46. Era el 20 de noviembre de 1975, justo un año antes de que muriera Franco. El 5 de febrero de 1975, en Valencia (1-1), hizo el 47, desempatando con Zamora.

Los cincuenta los podría haber cumplido antes, pero por esos años empezaba a tener dolores de espalda, lo que permitió algunas apariciones de Reina, García Remón y Deusto. También tuvo un parón por un tifus que mantuvo a todo Bilbao en vilo, con mucha gente ofreciendo misas y novenas por él. Me contó que un día sintió la muerte muy cerca.

—Me vi a mí mismo en la cama, rodeado de la familia. Contemplé la escena como desde el techo. En eso sentí que caí de golpe, volví a estar dentro de mí. Me desperté, empezó a bajar la fiebre y me curé.

Cumplió el 48 ante Rumania, en abril de 1975. Los dos siguientes (ante Dinamarca y Rumania) los juega Miguel Ángel. En el primero de ellos Iribar, con molestias, es suplente. En el segundo, el suplente es Deusto.

España pasa la fase de grupos y ha de jugar en cuartos contra Alemania. (Entonces la fase final de la Eurocopa se limitaba a semifinales y final, todo lo anterior se jugaba en los distintos países). En el Manzanares, el 24 de abril de 1976 (primer partido de la selección después de muerto Franco), juega su partido número 49, 1-1.

Se vivían las agitaciones de la Transición, difíciles de entender desde la mentalidad de ahora. Iribar firmó para la llamada Junta Proamnistía, lo mismo que Irureta y varias decenas de notables de la sociedad vasca, entre ellos Chillida. Aquel movimiento no es equiparable al de las actuales gestoras proamnistía. A la muerte de Franco, estaba muy extendida en capas de la población de toda España una mirada indulgente hacia ETA, que luego esta fue perdiendo con su actitud posterior. La izquierda en general no veía a los etarras como terroristas, sino como presos políticos del franquismo.

Más tarde, Iribar daría nuevas muestras de compromiso con la causa vasca. Es muy recordada la estampa de la ikurriña, portada por él y Kortabarria en un derbi vasco, cuando aún era una enseña prohibida. Eso fue en diciembre de 1976. Tres años después, en su última temporada en activo, aceptó un puesto como independiente en la Mesa Nacional de Herri Batasuna, gesto que le generó ya rechazo general en toda España. Para entonces, ETA empezaba a ser considerada como un sabotaje al intento general de reconciliación.

Se fue apartando discretamente de aquel mundo y es sabido que el tema no le gusta.

En el aire quedó la pregunta: ¿por qué nunca jugó el partido número cincuenta? Don Balón llegó a publicar que, amenazado por ETA, rogó a Kubala que no le llamara más. Desde el mundo abertzale se deslizó que él mismo se negó, para no ser utilizado como un símbolo de España. Sin embargo, en declaraciones suyas de tiempos relativamente recientes, he leído que hubiera querido cumplir los 50 partidos. Y también en el libro Iribar irudia eta eredua, de Pedro Mari Goikoetxea, traducido al castellano por Carlos Latxaga con el título Iribar, la alargada sombra del Txopo. “Estaba en plena forma y hubiera podido conseguirlo, pero no me convocaron más”.

Sobre este asunto he cruzado unos mensajes con él estos días. No quería extenderse sobre ello, pero a mi pregunta de si existió causa (familiar o de lesión) para su abandono de la concentración antes del viaje a Alemania, me contestó:

—Estaba entero y ningún problema familiar.

Y a la de si hubiera querido retirarse con cincuenta partidos, me contestó:

—Si me hubiera convocado Kubala HUBIERA JUGADO EL CINCUENTA.

(Las mayúsculas son suyas).

El presidente de la Federación, Pablo Porta, era un hombre muy de derechas. El seleccionador era Kubala. ¿Recibió alguna orden? Ninguno de los dos vive. No se les puede consultar.

El primero que alcanzó los 50 fue Arconada. Luego, Zubizarreta llegó a los cien. Casillas pasó hace tiempo de los 150. Hoy tenemos 36 jugadores que han pasado los cincuenta. Esa barrera ya no impresiona, pero en su día fue debate nacional.

Porque Iribar fue mucho Iribar.

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miércoles, 08 junio 2016

Por Alfredo Relaño

¡¡¡Lombardía, déjate meter un gol, que está arreglaooo…!!!

A la última jornada de la temporada 1971- 1972 llegó el Oviedo ascendido a Primera, y tres equipos, Zaragoza, Castellón y Elche, en pugna por los otros dos puestos. El Oviedo cerró la Liga en Elche y allí se produjo una escena cochambrosa que habla de a qué niveles llegó el fútbol. Esta historia la conocí por el Información de Alicante,en la pluma de mi colega Toni Cabot. He recabado algunos datos, más, pero a él debo la historia y la foto, cuya autoría corresponde a Perfecto Arjones.

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El Oviedo había recibido al Zaragoza en la penúltima jornada. Le bastaba con empatar para conseguir el ascenso. Al Zaragoza, el empate le dejaba bien para la última jornada. Pactaron empatar a cero y empataron... a uno y con problemas. Galán marcó para el Oviedo, casi sin querer, y luego al Zaragoza le costó un triunfo batir a Lombardía, el meta del Oviedo, que iba por el Zamora de Segunda y no quería saber nada de apaños. Los jugadores del Zaragoza se enfadaron. Por fin empató Luis Costa, con un gol de verdad. El Oviedo celebró su ascenso.
Una semana después, el 1 de junio terminaba el campeonato. De manera singular, por cierto, pues la jornada que quedaba se arrastraba desde seis meses atrás. Era, nominalmente, la jornada 15 y debía haberse disputado el 1 de enero, pero los jugadores consiguieron que se les diera la fecha libre y que se corriera esa jornada al final del campeonato, como una especie de 38 bis.

En lo que respecta al ascenso, incluía el Elche-Oviedo, el Castellón-Mallorca y el Zaragoza-Cádiz. Mallorca y Cádiz no se jugaban nada. Al Castellón, que había ganado el domingo anterior 0-1 en Santander, le bastaba con ganar en casa y se sentía muy superior. Era un buen Castellón, con Muller en el banquillo, Araquistain en la portería y Planelles en el centro de ataque. Pero el Zaragoza necesitaba ganar su partido y que no ganara el Elche.

Lombardía, me cuenta: “El Zaragoza nos ofreció una prima enorme, un millón para repartir entre la plantilla. Aceptamos. Primas por ganar siempre se han dado y se han seguido dando. Otra cosa es cobrar por dejarse ganar. Eso no se puede hacer”.

El Elche no dio ningún paso. Martínez Valero, presidente de la entidad, confiaba en las buenas relaciones entre los dos clubes y en una especie de ley de bronce que de tiempo inmemorial existe en Segunda División. Nada más acabar el sorteo de la Liga, los clubes que se van a enfrentar en la última jornada hablan entre sí y pactan: si a uno de los dos le hacen falta los puntos y al otro no, que sean para el que los necesita. Un secreto que ha ido atravesando los tiempos. Una ley que rara vez se vulnera.

Así que Martínez Valero confiaba en que el Oviedo no apretara. Además, llegaba ya campeón, después de pasar una semana feliz y relajada, llena de comilonas y sidra con familiares y amigos.

Pero el Zaragoza estimuló al Oviedo con ese millón para la plantilla más medio millón para Eduardo Toba, el entrenador, según he podido saber por otra fuente.
A las cinco de la tarde, el estadio de Altabix está a reventar. El ambiente es de optimismo. Le avisan a Martínez Valero de que parece que el Zaragoza ha ofrecido algo, pero no se preocupa.

El Oviedo sale con todo. No perdona un balón, ataca, se repliega, corren todos bajo un sol que no les podía resultar cómodo, hechos como estaban al clima asturiano. El público empieza a mosquearse. “¿Estos por qué corren tanto?”. “Dicen que les ha untao el Zaragoza”. “¡Qué cabrones…!”. El marcador no se mueve, y mientras el simultáneo y los transistores van dando noticias inquietantes: Castellón 1, Mallorca, 0… Zaragoza 1, Cádiz 0… Castellón 2, Mallorca 0… Zaragoza 2, Cádiz 0… Cada gol provoca un ¡aaahhhh! de decepción en Altabix.

Llega el descanso con la gente comiéndose las uñas. Joaquín Vidal, directivo y delegado de campo, sube a ver a Martínez Valero y le convence de que hay que hacer algo. El presidente le autoriza a ofrecer medio millón. Joaquín Vidal baja a vestuarios, llama a la puerta del Oviedo y le permiten pasar. Lombardía retoma el relato:

—Ofreció medio millón por dejarnos ganar. Pero le dijimos que no, y no porque fuera menos. Una cosa es cobrar por ganar y otra por perder. Se enfadó, se fue gritando “peor para vosotros, porque vais a perder igual y os vais a quedar sin nada” y dio un portazo.

El Elche salió en el segundo tiempo como una moto. Atacó mucho, pero Lombardía fue una fiera. Dos veces le salvó el palo. En una ocasión se llevó una patada en la cabeza y no se inmutó: “No sé qué pasó, pero me sentía invulnerable. Aquel fue el mejor año de mi carrera”. En efecto, acabaría esa Liga con 19 goles encajados en 38 partidos, récord de todas las categorías nacionales.

De Zaragoza llegan más noticias: Zaragoza 3, Cádiz 0. Joaquín Vidal no espera más, sube a hablar con Martínez Valero y baja con una propuesta con la que se dirige a Eduardo Toba, en el propio banquillo del Oviedo. Los suplentes oyen la conversación:

—Me ha dicho el presidente que os da la taquilla de hoy. ¡Toda para vosotros!

—Demasiado tarde.

La lacónica respuesta de Toba desespera a Joaquín Vidal, que intenta una pirueta final: engañar a Lombardía. Como calcula que ha podido verle hablando con Toba, recorre la banda, luego el fondo, se coloca junto al palo y, con medio cuerpo dentro del campo, empieza a gritarle:

—“¡Lombardía, Lombardía! ¡Que está todo arreglaoooo! ¡Déjate meter un gol!”.

Lombardía tarda en oírle, con el fragor del partido, mientras el estadio entero se huele lo que está pasando. Y los que están tras la portería lo oyen perfectamente.

—Desde el banquillo, Rubiera, nuestro utilero, me hacía gestos de que no. Entendí enseguida lo que pasaba. Le dije que se fuera. Él insistió hasta que el árbitro, Juango, le echó de allí.

El Elche siguió apretando, Lombardía siguió parando. El partido acabó 0-0, el Zaragoza ganó 4-0 al Cádiz. El Elche se quedó sin ascenso.

—Nos quedamos más de una hora en el campo, porque había agitación fuera. Aún así, nos apedrearon al salir. En Aspe nos estaba esperando un enviado del Zaragoza con el dinero. Cumplieron.

Cada jugador se llevó 80.000 pesetas. Con ese dinero casi te comprabas un piso en Oviedo en la época.

Y para el recuerdo quedó el intento desesperado de Joaquín Vidal, reflejado en esa foto de Arjones, el mejor testimonio de una época que pienso que estamos camino de superar.

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sábado, 04 junio 2016

Por Alfredo Relaño

Di Stéfano le pasó la patata a Gento

—¡Qué pasa, Nene! ¡Se te va todas las veces!

—¡Es que me gambetea con las cejas!

—¡Pues no le mirés a la cara, mierda! ¡Mirále a los pies!

El Nene era Héctor Rial, el que le increpaba, Alfredo Di Stéfano, y el aludido, el sueco Liedholm, regista del Milan. La escena se producía en la final de la tercera Copa de Europa, en el viejo Heysel de Bruselas. Aunque tiene más fama la quinta, la del 7-3, todos los jugadores del Madrid de aquella época recordaron esta, la tercera, como la mejor y más difícil de cuantas ganaron.

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Fue un 28 de mayo, como la de anteayer. En 1958. No fue en Milán, pero fue contra el Milan.

El Madrid ya llevaba dos. Para alcanzar esta final había eliminado sucesivamente al Royal Antwerp (Amberes), al Sevilla y al Vasas. El Milán tuvo una eliminatoria más, que le cayó por sorteo, para cuadrar los dieciséis octavofinalistas: Rapid de Viena, Glasgow Rangers, Borussia Dortmund y, ya en semifinales, Manchester United. Un Manchester reconstruido como se pudo tras la catástrofe sufrida poco antes en Múnich, donde se estrelló su avión en la escala de vuelta de Belgrado, donde había eliminado al Estrella Roja. Murieron ocho de sus jugadores. En las semifinales contra el Milán jugaron cinco supervivientes: Gregg, Foulkes, Morgans, Viollet y Webster. El resto del equipo era nuevo.

Bruselas bullía de gentes de toda Europa y aún de América, porque celebraba la Exposición Universal, la primera tras la guerra. Era tiempo de avances científicos pasmosos y la manera de informarse de ellos era acudir presencialmente, porque la información no viajaba tanto como ahora. La perla de la Exposición era el Atomium, que allí sigue, como gran reclamo turístico de la ciudad. Situado junto al viejo Heysel, su audaz silueta era perfectamente visible desde el campo.

El Madrid viajó el lunes, feliz. Era campeón de Liga y había eliminado al Atlético en octavos de la Copa. Contaba con todos sus titulares y Di Stéfano en gran forma. Por tercer año consecutivo (todos desde su llegada) había sido Pichichi, si bien esta vez compartido con Badenes, del Valladolid. Visitaron el pabellón español, donde unas bailaoras de Cádiz eran la sensación, comieron en el restaurante de la bola superior del Atómium, que sigue en servicio. Firmaron autógrafos, se entrenaron, visitaron la embajada, pasearon, descansaron… Lo de siempre.

El Milán venía menos feliz. En su último partido de Liga había perdido 1-5 en casa ante el Genoa. Cierto es que reservó a cinco titulares, pero aún así el marcador cayó como un tiro. Buffon no estuvo exento de culpa. Buffon, tío abuelo del actual, era el gran portero italiano de la época. Enorme, tenía tendencia al sobrepeso si se descuidaba, y estaba en una de esas fases. Ese partido le costaría la final.

Los precedentes son buenos para el Madrid, que ya ha eliminado al Milan en la semifinal de la primera Copa de Europa, dos años antes, y en la Copa Latina, el año anterior. Pero aquel Milan estaba en mejoría continua. Había incorporado a dos astros argentinos, Grillo (gran jugador e insidioso provocador) y Cucchiaroni. Además, crecía en su defensa un joven llamado Cesare Maldini, que acabaría por ser el primer gran líbero de la historia. Padre, a su vez, del celebérrimo Paolo.

El partido es a las seis de la tarde y lo cuenta Matías Prats por Radio Nacional. Aún no tenemos fútbol televisado en España. Hay bastantes más italianos que españoles, aunque también los hay. Algunos, viajeros. Otros, inmigrantes, que emplean ahorros difícilmente ganados para ver al Madrid. Como siempre, Santiago Bernabéu, en su santiaguina, apelará a ellos: “Pensad que mañana podrán ir con la cara alta al trabajo si ganáis. Esta gente manda divisas a España con mucho esfuerzo. No merecen que fracaséis”.

Arbitra Alsteen, belga, y juegan estos:

Real Madrid: Alonso; Atienza, Santamaría, Lesmes; Santisteban, Zárraga; Kopa, Joseíto, Di Stéfano, Rial y Gento.

Milán: Soldan; Fontana, Maldini, Beraldo; Bergamaschi, Radice; Danova, Liedholm, Schiaffino, Grillo y Cucchiaroni.

Los cuatro últimos de la alineación del Milán son extranjeros. También el Madrid tiene cuatro importados: Santamaría, Kopa, Di Stéfano y Rial. Ambos equipos representan el modelo superprofesional e importador, que para algunos está perjudicando a sus selecciones: ni España ni Italia se han clasificado para el inminente Mundial de Suecia.

Y el partido es una maravilla. Años después, hablando con Rial, que fue quien me contó su anécdota con Liedholm, me decía: “Fue como tenis: de un lado a otro todo el rato. Llegábamos, llegábamos, llegábamos. Todo el mundo jugó bien”.

Todo el mundo, incluso los porteros. Soldan, el suplente de Bufon, estuvo enorme, lo mismo que Juanito Alonso, que había recuperado la titularidad perdida tras el fichaje de Rogelio Domínguez. Al descanso se llegó con empate a cero gracias a los dos porteros y a los postes, que repelieron disparos de Gento y Cucchiaroni. En la segunda mitad, hay veinte minutos bárbaros, entre el 59’ y el 79’, en los que marcan sucesivamente Schiaffino, Di Stéfano, Grillo y Rial, los cuatro de antología. Para entonces, Rial ha dejado el marcaje a Liedholm, que pasó a ser tarea de Joseíto.

Queda muy poco para el final cuando Antonio Ruiz, en el banco de suplentes (no había cambios, pero viajaban cuatro más por precaución) ve que llega Di Stéfano como una flecha, a cortar un avance de Cucchiaroni. Se arrastra con los pies por delante, corta, se estrella en el banquillo y grita: “¡No puedo más!”. Antonio Ruiz, un novato, se quedó impresionado: “Fue la única vez que le vi así”.

El 2-2 da paso a la prórroga. Di Stéfano aparta a Gento: “Paquito, el único que tiene fuerza ya aquí eres tú. Te las vamos a echar todas. Si tú no nos sacas de esta, no ganamos”. Gento se quedó impresionado. Llevaba cinco años en el Madrid, junto a Di Stéfano: “Él era el que lo arreglaba siempre todo. ¡Y ahora tenía que arreglarlo yo!”.

Y lo arregló. Se le ocurrió retrasarse un poco, para recibir mejor, porque así se despegaba de Fontana. Y en el 107’, nada más empezar la segunda mitad de la prórroga, soltó un tirazo raso y cruzado, desde la esquina del área, que cruzó entre un bosque de piernas y se coló junto al palo.

Juanito Alonso, que aún tuvo a su cargo un milagro final a tiro de Cucchiaroni, cogió la Copa. Tanto él como Rial, Di Stéfano y Gento me dijeron más de una vez que aquel Milán fue el mejor equipo contra el que nunca jugaron. De ningún partido estuvieron nunca tan orgullosos.

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miércoles, 18 mayo 2016

Por Alfredo Relaño

La semana gloriosa de Pichichi Porta

El lunes de Pascua de 1972, el Barça recibió al Madrid y le ganó por 1-0. Con eso, completaba dieciocho jornadas sin perder y se situaba, a seis jornadas del final, a cuatro puntos del Madrid y con el goal average particular favorable.

Pero ahora el Barça tenía que visitar al Granada, y eso era punto y aparte.

Era un equipo tremendo. En torno a Aguirre Suárez se formó un grupo durísimo, con Fernández y Jaén de lugartenientes. Tenía dos muy buenos extremos, Lasa y Vicente, y gran capacidad de gol con Barrios y sobre todo con Porta. El equipo era entusiasta y combativo. Destacaba el lateral De la Cruz, con sus subidas. En el último partido en casa, el Granada le había ganado 5-1 al Athletic de Iríbar.

Precisamente en torno a De la Cruz se organizó la polémica durante la semana. Acababa de ser fichado por el Barça por seis millones. Bernabéu se quejó:

—Nosotros no fichamos jugadores de los equipos con los que vamos a jugar.

 

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Se desata un debate nacional, y sobre todo en Granada. Pese a todo, Joseíto le alinea. Joseíto, para más complicar las cosas, había sido jugador del Madrid en las primeras Copas de Europa, compañero de fatigas de Muñoz. Se rumorea que “habrá prima”. Unos dicen que lo ha tratado Muñoz con Joseíto. Otros, que Pirri con Santos. Pirri había jugado en el Granada y de aquella plantilla aún quedaba Santos.

En fin, que el partido se espera con ambiente y llenazo. El autobús del Barça circula por las calles entre expectación y gritos. Camino de Los Cármenes, pasa frente a la plaza de toros y Rexach suelta una frase que se hará célebre:

—¡Qué suerte tienen los toreros! ¡Ellos no tienen que jugar contra el Granada!

Y eso que al partido va a faltar Aguirre Suárez, lesionado un par de semanas antes en la Copa, ante el Tenerife. Pero están los demás…

El partido empieza con un gol rápido de Porta:

—Fue un centro de Vicente, Barrios me la bajó de cabeza y yo empalmé de bote pronto, fortísimo. Uno de los goles más bonitos que he metido. Pegó en el hierro por dentro y salió tan rápido que temí que el árbitro pensara que había dado en el poste.

Iban cinco minutos. Quince más tarde, Asensi entra en el área salvando tarascadas de Fernández y Jaén y remata a gol. ¡Pero Urrestarazu señala la falta previa! El Barça protesta, pero no hay nada que hacer. La falta se tira sin consecuencias.

A los tres minutos del segundo tiempo, Porta golpea de nuevo. Es una escapada de Lasa por la derecha, centro, mal despeje de Gallego y taponazo de Porta desde el borde del área. Reina y Gallego discuten. Al Barça se le ve descentrado. Michels ha retirado a Juan Carlos para colocar a Dueñas y fortalecer el ataque, pero la distancia ya es grande. El Barça aprieta, el Granada espera, Izcoa para bien. El Barça pierde 2-0. La misma tarde, el Madrid ha ganado en el Bernabéu a Las Palmas. Otra vez a seis puntos. Michels dirá: “Hoy hemos perdido el campeonato”.

Candi, el presidente, exportero del equipo, un populista tipo Jesús Gil, baja al vestuario. Jaén le hace carantoñas, escribe en la pizarra que merecen prima doble, Candi asume la broma y lo confirma. En lugar de 20.000 pesetas por barba, como estaba previsto, son 40.000. Más las 50.000 del Madrid. Un total de 90.000. Con ese dinero, el interior Manolín se compra un Simca 1000 esa misma semana.

Porta es el héroe de la semana. Se ha disparado en el Pichichi, a tres goles ya de distancia de Germán. “Y eso que falté a los cuatro primeros partidos y que no tiraba los penaltis”. El suyo es un caso de explosión tardía. Aragonés, fue desestimado por el Zaragoza. Despuntó en el Huesca, de donde le fichó el Granada. Pero no había gustado ni a Marcel Domingo ni a Pipo Rossi ni a Joseíto. Rossi intentó ponerle de lateral derecho y le bajó unos partidos al Tercera. “Me salvó el público, que me veía marcar en los amistosos y, a partir de su creación, en la Copa de Andalucía de Reservas”. Ahí se salía, lucía su regate, era un goleador certero. Como ya había cambios, cuando la cosa iba mal Los Cármenes clamaba: “¡Porta! ¡Porta! ¡Porta…!”.

Sólo ese año había empezado a ponerle, a partir de la quinta jornada, Joseíto. Y se defendió por sus goles. Tenía ya 27 años.

—Pero cuando fuimos al Bernabéu no me puso. Dijo que yo sólo marcaba en casa y no me sacó de titular. Me metió cuando ya perdíamos 4-0, ¡y marqué dos! Perdimos 4-2.

Aquello fue el acabóse, claro. Y de eso se hablaba esa semana tras la victoria sobre el Barça porque ahora hay que recibir al Madrid, que viene sin Amancio por la gresca que tuvo con Fernández en la primera vuelta, el día del 4-2. Fernández, que salió en camilla y expulsado, se la había jurado a Amancio. (Y se lo cobraría dos años después, en la Copa de 1974, con aquella célebre patada).

El Madrid llega haciendo la pelota. Pirri recuerda que empezó allí, que lo lleva en el corazón. Muñoz confiesa que quizá se excedió en sus declaraciones aquel día. Pero el ambiente es de tremenda pasión. La taquilla llega a cinco millones, récord de récords. Candi baja antes del partido al vestuario, y se toca la chaqueta a la altura del corazón, donde se ve un gran bulto: “Estos son los billetes que os lleváis si ganáis hoy”. Otra vez prima doble. El Granada ya tiene los puntos que aseguran la permanencia, ahora Candi piensa en el quinto puesto, que le clasificaría para la UEFA.

¿Y del Barcelona? Del Barcelona no hay nada, cree que ya no hay nada que hacer.

Todavía no está Aguirre Suárez, pero sí Fernández, el agraviado del Bernabéu, que abre el marcador con un cañonazo de lejos y lo canta con furia. Luego empatará Marañón y Porta hará el 2-1:

—Fue un saque de Izcoa, empujado por el viento. Barrios saltó con Touriño, Benito se comió el bote, García Remón salió y yo me adelanté, le gané por un centímetro y se la toqué flojita, por un lado. Entró rodando, flojita, ayudada por el viento.

El Barça vuelve a estar a cuatro puntos. El final será tremendo. Es esa Liga en la que en la penúltima jornada pierde en Córdoba, con el equipo ya descendido, con un célebre penalti de Fermín, cedido por el Madrid. Ahí se le fue la Liga del todo.

Porta fue Pichichi con 20 goles, ninguno de ellos de penalti. Le siguieron Amiano y Germán, con 15. Michels le quiso fichar, pero Candi se subió a la parra. Pidió 20 millones, “uno por gol”. No se hizo.

Terminó en el Zaragoza. Aún vive allí. Puso una chocolatería, que ahora regentan sus hijos. De cuando en cuando viaja a Granada, a encontrarse con sus viejos camaradas de aquel fabuloso año del Pichichi, de aquel Granada Matagigantes que en una semana ganó consecutivamente al Barça y al Madrid.

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