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El blog de Pipo lópez

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viernes, 23 junio 2017

Por Alfredo Relaño

Al ‘Mestalleta’ no le dejaron subir

“Mi padre se vio atrapado entre la ciudad, que quería, la Federación, que no dejaba, y el Valencia, que no podía. Lo pasó fatal”. El que así habla es Luis Casanova Iranzo, hijo de Luis Casanova Giner, que fuera mítico presidente del Valencia, que en el verano de 1952 pasó un muy mal trago. El filial, Mestalla, ganó el derecho a subir a Primera, pero el ascenso no pudo consumarse.

 

El Mestalla nació de un equipo de barrio, el Cuenca, al que entrenaba el exvalencianista Rino. De él fue la idea. Se dirigió al secretario, Luis Colina, que convenció a Luis Casanova de que sería bueno tener un equipo para foguear a las promesas. Nació oficialmente el 9 de septiembre de 1944, con la misma sede social que el Valencia. Se hizo presidente a Federico Blasco, durante muchos años socio número uno del Valencia.

 

El Cuenca militaba en la categoría de Adheridos, y ahí arrancó el Mestalla que, entrenado por Valentín Reig Picolín, fue escalando, a ascenso por curso, hasta llegar a Segunda en la 47-48. Su aventura enamoró poco a poco a los valencianos. En el 46, llegó a jugar la final del Campeonato de España de Aficionados, que tenía su importancia. La jugó en Madrid, contra la Ferroviaria. El árbitro, Álvarez Orriols, era empleado de la RENFE. Expulsó al mestallista Peñalver y pitó un penalti a favor de la Ferro poco convincente. El Mestalleta, como ya se le llamaba cariñosamente, perdió 3-2, pero fue aclamado a su regreso de la capital.

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La Segunda colmaba las aspiraciones del Valencia para su filial. Ahí podía dar una experiencia de más alto nivel a sus promesas. Para entonces ya habían saltado al primer equipo Puchades, Seguí, Gago, Pomar, Bienvenido, Solves y Fuertes.

 

Jugaba los sábados en Mestalla, el Valencia lo hacía los domingos. En la 51-52, el equipo fue una maravilla que hacía disfrutar a los aficionados más que el propio Valencia. El capitán era Juan Ramón, veterano central bajado del Valencia, tras larga y gran carrera, para darle solera y experiencia a un grupo muy joven. Regresó Fuertes, que se pensó que había subido prematuramente al primer equipo. El entrenador era Carlos Iturraspe, exjugador del Valencia, muy respetado. El fútbol rápido y alegre de ese año encandiló. La gente disfrutaba más los sábados que los domingos.

 

Quedó subcampeón del Grupo Sur de Segunda, lo que le dio acceso a la liguilla de promoción, que jugaban los segundos y terceros de los dos grupos de Segunda, y los clasificados trece y catorce de Primera: Logroñés, Mestalla, Ferrol, Alcoyano, Gijón y Santander, (entonces no Sporting y Racing, estaban proscritos los nombres extranjeros).

 

¡Y la ganó el Mestalla! El 29 de junio, entre euforia, pólvora y cohetes, goleó al Logroñés, 5-1, con lo que quedaba primero y obtenía el derecho a ascender. Todavía hay en Valencia quien recita de memoria aquella alineación: Timor; Ibáñez, Juan Ramón, Domínguez; Sendra, Mangriñán; Mañó, Fuertes, Sócrates, Pla y Valderas.

 

—¿Quién iba a pensar que el Mestalleta iba a subir a Primera? Pero es que salió una generación extraordinaria, algo así como el Madrid de la Quinta, o el Barça de los Xavi, Iniesta y demás. Pero mi padre sabía que no podía subir. Primero, no era deportivo. Era como que el Valencia saliera a la Liga con dos victorias seguras. Luego, que no había dinero para mantener a dos equipos en Primera, los sueldos tendrían que ser otros. Pero eso la gente no lo entendía.

 

Se desató la euforia y Luis Casanova se vio solo. Blasco, el presidente del Mestalla, exigía el ascenso, lo mismo que la afición. Cuatro expresidentes del Valencia, Royo, Jiménez Cánovas, Leonarte y Vidal, firmaron conjuntamente una carta en el diario Levante en el mismo sentido. La calle bullía. El Valencia, campeón de Liga tres veces en los cuarenta, sólo había sido quinto ese año, lo que pareció poco. Llegó a la final de Copa, pero perdió ante el Barça. Casi se estableció una rivalidad. Ese verano casi se puede decir que hubo más mestallistas que valencianistas.

 

Luis Casanova, casi el único en la ciudad que mantenía la sensatez, llamó en su apoyo a Sancho Dávila, presidente de la Federación. Había llegado al puesto como premio a sus méritos como camisa vieja, como se llamó a los falangistas de primera hora. No se le tenía por inteligente. Corría que José Antonio había dicho de él: “Si estarán claros los puntos de la Falange, que hasta mi primo Sancho los ha entendido”. Viajó a Valencia junto a Andrés Ramírez, secretario general. Se reunió con las directivas del Valencia, el Mestalla, la Regional y el Levante, que acababa de bajar a Tercera. El argumento de que el Mestalla no podría jugar en Primera por no tener campo propio lo reventó el Levante ofreciendo el suyo, a cambio de que sus socios pudieran asistir. Sancho Dávila se fue sin emitir veredicto, lo que dejó más desamparado a Casanova. Decidió aplazar la decisión a la Asamblea de Clubes del 9 de julio.

 

La Asamblea, claro, rechazó el ascenso y salvó de bajar al Santander, tercero de la liguilla. La ciudad se indignó. Luis Casanova sólo resistió gracias a su enorme prestigio y a la gran obra que traía de atrás. (Fue, para entendernos, algo así como el Santiago Bernabéu del Valencia). Sendra, Mañó, Sócrates, Mangriñán y Fuertes subieron al Valencia. Para la mitad del Mestalla, pues, sí hubo ascenso. Y no pocos criticaron lo que se conoció como “el desmantelamiento del Mestalleta”.


Curiosamente, el año siguiente se repitió la situación, pero con el España Industrial, filial del Barça, también campeón de la liguilla. Valencia se volvió a poner de uñas. ¿Y si ahora…? Pero no. Tampoco pudo subir.

 

Pero aún reflotó el asunto, con más fuerza que nunca y nuevas críticas para Casanova, al final de la 55-56. Otra vez el España Industrial ganó el derecho a subir, y ésta lo hizo, con un subterfugio: cambió el nombre por el de Condal y aseguró haberse desvinculado del Barça. Valencia se indignó, se dijo que al Barça se le había permitido trampear para obtener una ventaja, que al Valencia no se le permitió. Que el Barça iba a tener dos victorias aseguradas. ¡Y sin campo propio! Jugaba en Las Corts, el del Barça.

 

Pero, desmintiendo las malicias, el Condal-Barça de la primera vuelta terminó en empate. Al final, al Barça le faltó un punto para ser segundo, lo que le hubiera dado derecho a jugar por primera vez la Copa de Europa. El Madrid ganó el título europeo y la Liga, y su puesto de campeón español lo aprovechó el Sevilla y no el Barça.

 

Y, lo que son las cosas, el Condal cerró su Liga en Mestalla, contra el Valencia. Perdió y ese día regresó a Segunda. Su descenso dejó alivio en la ciudad. La presencia del Condal en Primera era una afrenta.

 

En 1984 el Castilla de La Quinta del Buitre y el Bilbao Athletic de los Salinas, Andrinúa y Pizo Gómez, fueron campeón y subcampeón de Segunda. Pero para entonces ya estaba todo bien reglamentado y no hubo caso.

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jueves, 15 junio 2017

Por Alfredo Relaño

Real Madrid contra la selección española

El 21 de diciembre de 1960 se enfrentaron en un amistoso que homenajeaba al club blanco como campeón de la Intercontinental

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En septiembre de 1960, el Madrid ganó 5-1 al Peñarol, campeón americano ganando así la Copa Intercontinental en su primera edición tras haber encadenado las cinco primeras copas de Europa. En una España empobrecida y sometida al anacronismo oprobioso de una dictadura que había sobrevivido a las de Hitler y Mussolini, se convirtió en un símbolo de modernidad, audacia y calidad. En timbre de orgullo.


Y se decidió organizarle un gran homenaje nacional.

La primera idea fue enfrentarle a una Selección Europea, un Real Madrid-Resto de Europa, pero entonces surgieron voces de París, de que mejor hacerlo allí. Parecía más propio, dado que era Europa quien se lo rendía y París la cuna de la Copa de Europa. Pero el Régimen quería aquel acto para sí, y se insistió en que fuera en Madrid. El Boletín del Madrid del mes enero de 1961, que recoge la información del partido, se queja crípticamente de que “increíbles tibiezas e inexplicables manejos por parte de aquí junto a no menos increíbles e inexplicables rigideces y puntillos de ridículos celos por parte de allá” hicieran imposible el partido contra una Selección Europea.

Así que sería en Madrid y contra una selección de nuestra liga, con los mejores jugadores posibles, españoles o no. La organización correspondió a la Asociación de la Prensa. Pero uno de sus miembros, Pedro Escartín, fue justo entonces nombrado Seleccionador Nacional con vistas a la clasificación para el Mundial Chile-62. Escartín prefirió, y sus compañeros estuvieron de acuerdo, que el partido sirviera para ir formando el equipo de Chile. Sin los del Madrid, claro, pero sin extranjeros.

Mientras, se produjo un suceso. En la primera eliminatoria de la sexta Copa de Europa, se enfrentaron el Madrid y el Barça, y el Barça eliminó al Madrid. Si un equipo de la época podía compararse al Madrid, ése era el Barça, que había ganado las dos últimas Ligas. Pero las circunstancias en que se produjo la eliminación fueron irregulares. Al Madrid, que ya se quejó del arbitraje de Míster Ellis en el partido de ida, le anuló Míster Leafe cuatro goles en el de vuelta. Cayó por sólo uno de diferencia. Desde Madrid se interpretó que la UEFA quiso apartar al club que estaba monopolizando la Copa.

El homenaje, fijado para el 21 de diciembre, sólo 40 días después de aquello, pasó de golpe a tener un sentido equívoco para según quiénes: ¿homenaje al Madrid por sus éxitos o desagravio por las circunstancias de su eliminación?

Para demostrar que no se trataba de lo segundo y para reforzar la taquilla, Escartín metió como excepción una figura extranjera, el brasileño Evaristo. Justo el que había marcado el gol decisivo en el Camp Nou. Un cabezazo en plancha perfectamente recogido por dos fotógrafos, Pérez de Rozas y Nicolás. Aquella foto de Evaristo y Vicente volando el uno hacia el otro y el balón en medio, dio la vuelta al mundo. Aún se ve con frecuencia.

Evaristo era sólo uno de los cuatro barcelonistas convocados. Los otros fueron Ramallets, Garay y Kubala, internacionales habituales con España. Además, se decidió que en el banquete tras el homenaje se les impondría a Di Stéfano, Ramallets y Garay la Gran Cruz de Isabel la Católica. Lo del primero pegaba, cono ‘factótum’ de las proezas de aquel Madrid. Los otros dos tenían méritos, desde luego: Ramallets fue portero de la Selección casi inamovible en todos los 50, y Garay, que acababa de pasar al Barça tras diez años en el Athletic, era otro internacional ejemplar. Pero aun así…

La taquilla se dedicó a la Campaña Pro-Vivienda del Necesitado, cuya cara era Carmen Polo, esposa de Franco, presidenta de la Fundación del mismo nombre. Como un atractivo más, el Madrid trajo a Kopa, que año y medio antes se había vuelto al Stade de Reims. Se anunció que jugaría con el ‘9’, su número en el Stade de Reimes antes y después de sus tres años en el Madrid, en los que llevó el ‘7’. Esta vez Di Stéfano se lo cedía, para exiliarse él mismo voluntariamente al extremo.

Kubala hizo un esfuerzo por jugar el partido. Cuatro días antes había jugado en Chile, con el Universidad Católica contra el River Plate. Fue la estrella invitada para un partido de recaudación de fondos para reparar los destrozos de un tremendo terremoto, que obligó a Chile a un doble esfuerzo cara a su Mundial.

El partido se jugó a las 20.30 y para darle más solemnidad acudió Franco. Contra lo que a veces se ha dicho, no era habitual del fútbol. Sólo iba a las finales de Copa (y eso a partir de 1948) y a los partidos de la Selección en el Bernabéu. No iba a los partidos del Madrid de Liga ni de Copa de Europa, con la excepción de la final de la segunda, que se jugó en el Bernabéu y acudió como Jefe de Estado para dar la copa.

España salió de azul y con el escudo. Jugaron: Araquistain; Juan Manuel, Garay, Reija; Mauri, Maguregui; Odriozola, Kubala, Jones, Evaristo y Collar. Araquistain tuvo su oportunidad por la baja de última hora de Ramallets, con gripe. El Madrid le tenía ya echado el ojo y pronto le incorporaría. Tras el descanso salieron Etura por Juan Manuel y Ruiz Sosa por Mauri.

En el Madrid jugaron: Domínguez (Vicente); Marquitos, Santamaría, Pachín (Casado); Vidal, Zárraga (Pachín); Di Stéfano, Del Sol, Kopa, Puskas y Gento (Canario). Domínguez, Marquitos y Zárraga ya no eran titulares, pero figuraron en la foto inicial en atención a sus servicios en pasadas copas de Europa.

El Bernabéu estuvo casi repleto, a pesar de que los socios pagaban. En la víspera, los jugadores firmaron autógrafos a aficionados que acudieran con la entrada… pero en otro papel. El reverso de la entrada llevaba un espacio para que cada cual eligiera el mejor de cada equipo y al salir se echaba en una urna. A los ganadores se les daría un Balón de Plata.

El Madrid iba ese año embalado. Acababa de ganar 0-5 al Betis. La salida anterior fue un 3-5 al Barça, revancha de la eliminación. En catorce jornadas lleva una derrota, dos empates y once victorias, y en cierto modo abusó de un equipo nada conjuntado y que era España… sin los del Madrid, que entonces pesaban lo suyo en ella. El partido acabó 4-0, dos en cada tiempo, Di Stéfano jugó magníficamente de extremo. El día siguiente, su marcador, Reija, declararía que le había sorprendido: “Es igual de bueno en todas partes”. Marcaron Puskas, Del Sol, Di Stéfano y Canario.

La votación del Balón de Plata la ganaron Di Stéfano y Kubala, pero se dijo que Gento y Araquistain obtuvieron tantos votos que se les dio también. Alguien comentó maliciosamente que habían ganado estos dos, pero que convenía dárselo a Di Stéfano y Kubala. Sobre todo visto que éste había hecho 7.000 kilómetros para estar.

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jueves, 08 junio 2017

Por Alfredo Relaño

No bastó con tres goles de Puskas

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El Madrid sólo ha perdido tres de sus quince finales europeas. Rara avis. Aquí traigo a relucir la primera de aquellas derrotas, la que peor le sentó. Aquella final de 1962 la afrontó el Madrid como una reparación, pero fue lo contrario. Fue el anuncio de que sus mejores días estaban llegando a su fin. Un chasco tremendo.

 

Era la séptima copa. El Madrid había ganado las cinco primeras y de la sexta había sido eliminado por el Barça en circunstancias difíciles de admitir. Se quejó mucho de los arbitrajes de los ingleses Ellis y Leafe. En el club se pensó en una maniobra de la UEFA para cortar el monopolio madridista.

 

El Barça llegó a la final de aquella sexta Copa, y la perdió ante el Benfica. Nuevo en el gran panorama europeo, apareció en aquella final un poco por sorpresa, para ganarla de pura chiripa. El Barcelona estrelló cinco tiros en los postes y para más desgracia su gran portero, el veterano Ramallets, regaló dos.

Ahora regresaba el Madrid, y justamente ante el Benfica, que, madurando y con un jugador más, Eusebio, extraordinario atacante mozambiqueño, se había vuelto a colar hasta ahí. Entre el madridismo, aún escocido por los dos arbitrajes ante el Barça, había un sentimiento algo así como “ahora va a ver el Barça cómo se gana una final”.

El partido se jugó en Ámsterdam, en coincidencia con los festejos por las bodas de plata de la reina Juliana, jubileo que reunió en la ciudad a 118 miembros de familias reales de todo el mundo. Las calles eran un desfile alegre, en aire festivo. Los holandeses llevaban en la solapa lazos con los colores de la bandera o flores de papel con los de la Casa de Orange.

Aquella final exigió de gradas supletorias en el estadio, convocó a 460 periodistas (30 españoles) y dejó una recaudación récord para el fútbol mundial de la época, equivalente a diez millones de pesetas. Una ridiculez en las escalas de hoy, algo nunca visto entonces.

Arbitra un holandés, Horn, al que Bela Guttman, un sabio húngaro que entrena al Benfica, mete presión en las vísperas. Dice que hubiera preferido un árbitro inglés, que el fútbol holandés es muy menor (en efecto, lo era entonces), que no cree que Horn esté preparado, que teme que le influya el halo del Madrid.

La final es el 2 de mayo, a las 19:30. Llega a España por Radio Nacional y, pretendidamente, por TVE, pero esta sólo conecta en el descanso y la imagen que ofrece es casi indescifrable. Provocará muchas quejas.

Real Madrid: Araquistain; Casado, Santamaría, Miera; Felo, Pachín; Tejada, Del Sol, Di Stéfano, Puskas y Gento. De azul, porque el sorteo le ha dado como visitante.
Benfica: Costa Pereira; Joao, Germano, Angelo; Cavem, Cruz; Jose Augusto, Eusebio, Aguas, Coluna y Simoes.

Tras unos minutos de tanteo, el Benfica, que tenía vocación atacante, trata de echársele encima al Madrid. Coluna, un medio cerebral, mozambiqueño como Eusebio, dirige la maniobra. Eusebio se mueve entre la media y el ataque, amenazando con su velocidad y disparo, terribles. Di Stéfano se preocupa y baja a la media.

La cosa se pone bien para el Madrid en el 18, cuando Del Sol corta un balón cerca del área del Madrid, entrega a Di Stéfano y este lanza a Puskas, que está en el círculo central. El húngaro corre 40 metros y al llegar al área cruza con precisión. 0-1. En el 23, otra vez Puskas: recibe de Del Sol y suelta desde 30 metros un cañonazo inalcanzable para Costa Pereira. 0-2.

Parece que va ser fácil, pero en el 25 Pachín le hace falta a Eusebio. El Benfica trae una jugada del laboratorio de Guttman: en lugar de chutar directo, Coluna toca hacia a Eusebio que está a dos metros, a su misma altura. Así puede tirar con mejor ángulo. Hoy una simpleza, entonces todavía un invento. El tiro de Eusebio, tremendo, pega en la cepa del palo y el rebote lo mete Aguas. 1-2. En el 34, ataque del Benfica, una mano de Eusebio que Horn no ve y el balón llega a Cavem, que desde fuera del área lo coloca en la escuadra. 2-2. En el 37, réplica de Puskas, que recoge un balón suelto tras ataque de Tejada, Felo y Del Sol: 2-3. Todavía hay un cabezazo de Tejada al larguero poco antes de ir al vestuario.

En el descanso, Marquitos, que se ha quedado sin jugar, está preocupado. Aunque era un tipo cargado de moral, comenta con Pachín: “Esta final la vamos a perder”. El Madrid está por delante en el marcador, pero también en la fatiga. El Benfica es más joven y se está notando. En el 51 vuelve a igualar, con un tiro de lejos de Coluna: 3-3. En ese momento decisivo, Casado sufre un tirón en la ingle. Tendrá que irse arriba, como figura decorativa, mientras Felo se coloca de lateral. Y peor: en el 63 Eusebio se va por la derecha con velocidad y al llegar al lateral del área es derribado por Pachín. La falta es al borde del área, pero fuera, sigue defendiendo Pachín al cabo de los años. Horn la señala dentro. Eusebio convierte el penalti en el 4-3.

Ahora el Madrid está por detrás, tiene que tomar la iniciativa por primera vez en el partido, pero se le ve lento y está prácticamente con diez. En el 68, la puntilla. Una mano de Santamaría cerca del área, otra vez el saque corto de Coluna para Eusebio y cañonazo de este. Es el 3-5. Araquistain ha encajado tres goles desde fuera del área que pesarán en su carrera futura. Le cargarán fama de miope: “Luego fuimos al Mundial de Chile y el oculista me hizo pasar una revisión especial, de tanto que se comentó. Me dijo que tenía la vista mejor que ninguno”, me cuenta. “Tiró Cavem desde el borde del área a la escuadra. Coluna me pilló tapado. El de Eusebio, rozó en Di Stéfano, me pasó como a Buffon con Casemiro. Pero el fútbol es así, y me quedó esa leyenda”.

El Madrid tiene un arrebato final. Di Stéfano pega una arrancada de rabia, entra en el área rodeado de tres defensas y es zancadilleado por detrás. Horn no da el penalti. El enfado del Madrid es monumental. Aún hay tiempo para un cañonazo de Gento y paradón de Costa Pereira, pero nada más.

Eusebio es alzado a hombros. Le ha pedido la camiseta a Di Stéfano, que lleva estrujada bajo la parte delantera del calzón, por miedo a perderla o a que se la roben.

Por primera vez, el Madrid ha perdido una final. Tiene argumentos de defensa: el palo de Tejada, la lesión de Casado y el arbitraje, quizá influido por las palabras previas de Guttman. De hecho, Di Stéfano estuvo hasta el fin de sus días mucho más enfado con Horn que con Ellis o Leafe: “Tiempo después estaba yo con Osterreicher cuando le vimos. Quiso que le saludáramos, yo me negué”, cuenta en sus memorias.

Pero la apreciación general, en la prensa de fuera y de dentro de España, fue que el Benfica ganó por su ventaja en salud y energía. Llevó el partido de su mano.

El gran Madrid se iba apagando. Aquella noche casi se salva por la excelencia de Puskas y por lo que quedaba de Di Stéfano, pero aquello anunciaba el Ocaso de los Dioses. Dos años después, aún llegarían a otra final, ante el Inter, otro equipo joven. También la perdieron. En realidad, la llevaban perdida desde Ámsterdam.

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jueves, 01 junio 2017

Por Alfredo Relaño

De Mateos y Puskas a Isco y Bale

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Las discusiones sobre si Bale o Isco en Cardiff me recuerdan el caso de la cuarta final madridista, con Puskas y Mateos. Aquello le costó el puesto al entrenador, Carniglia.


Puskas había llegado a principios de esa temporada, después de año y medio parado. La irrupción de los tanques de Kruschev en Budapest, a finales del 56, le pilló fuera de Hungría, en viaje de Copa de Europa con el Honved. Decidió no regresar, como sus compañeros Kocsis y Czibor. La FIFA les suspendió por año y medio. El verano del 58, cumplida la sanción, los tres ficharon en España, que abría los brazos a los exiliados del comunismo. Puskas, por el Madrid; Kocsis y Czibor, por el Barça. A los tres se les nacionalizó españoles, como a Kubala siete años atrás.

El argentino Carniglia era el entrenador del Madrid. En su primera temporada había ganado Liga y Copa de Europa, ese doblete que el Madrid ahora quiere repetir. No veía lo de Puskas, que ya tenía 31 años. Aunque le avalaban 83 goles en 84 partidos con Hungría, cargaba con 12 kilos de más. Pero Bernabéu pensaba de otra manera y lo fichó. El encargado de comunicárselo a Carniglia fue Antonio Calderón, el gerente:

—Don Santiago me pide que le comunique que ya hemos fichado a Puskas.

—¿Ah, sí? ¿Y qué hacemos con la barriga?

—La barriga se la quita usted, que está para eso.

El fichaje fue visto con recelo por la plantilla, particularmente por Mateos, que se olía que perdería el puesto. Mateos, madrileño, era un delantero listo, entusiasta y trabajador. En Raúl se han podido reconocer muchas de sus virtudes. El grupo le quería mucho. Le llamaban Mateítos y Fifirichi. Entró con 19 años, ahora tenía 24.

Di Stéfano no decía nada. Todos esperaban con ansia su veredicto tras el primer entrenamiento. Y cuando acabó, Di Stéfano sentenció:


—Este Pancho maneja la bola con la zurda mejor que yo con la mano. Nos conviene.

Puskas adelgazó, en lo posible, y fue titular. En la Liga marcó 21 goles en 24 partidos. La delantera-tipo de aquel curso aún resuena como la más lujosa de la historia del club: Kopa, Rial, Di Stéfano, Puskas y Gento. Pero el Madrid no ganó esa Liga: quedó a cuatro puntos del Barça de HH. En la Champions eliminó a Besiktas, Wiener y Atlético de Madrid, ya en semifinal. Puskas no jugó la vuelta, en el Metropolitano, pero sí el desempate, en Zaragoza, resuelto precisamente con un gol suyo.

La final era en Stuttgart, el 3 de junio del 59. Frente al Stade de Reims, el mismo rival de la primera, sólo que ahora Kopa, su estrella entonces, estaba del lado del Madrid.

Pero el que no iba a estar era Puskas. Viajó con una pequeña molestia, que fue sólo parte de la justificación. Otra parte fue que podría poner en contra del Madrid al público alemán, porque tras la final del Mundial 54, Alemania 3, Hungría 2, había acusado a los alemanes de doping. Además, su padre había cambiado su apellido, Purczel, alemán, por el de Puskas, magiar, en el contexto de las iniciativas de magiarización lanzadas por el Almirante Horthy, regente de Hungría tras la caída el Imperio Austrohúngaro. El jugador ya nació como Puskas, pero la historia familiar hizo que en Alemania le consideraran un renegado, o al menos hijo de renegado. Todo eso, claro, salió a relucir en Alemania tras sus acusaciones de doping.

Pero algo más había, y se trasluce en un párrafo de Lorenzo López Sancho en su previa de ABC: </CF>Puskas se quedará en la grada y eso satisfará no solamente a la mayoría del equipo, que le reprocha sus inhibiciones recientes en Sevilla y Bilbao, sino que dará mayor conjunto y funcionamiento más uniforme”. Se trasluce que su integración aún no estaba lograda.

Jugaron: Domínguez; Marquitos, Santamaría, Zárraga; Santisteban, Ruiz; Kopa, Mateos, Di Stéfano, Rial y Gento. Mateos no cabía en sí de felicidad. Terminaba contrato, aspiraba a una buena renovación. Era su gran oportunidad.

Y salió como una moto: a los dos minutos, se coló por la izquierda y cruzó el balón con el exterior, ante la salida de Colonna. Gol magnífico: 1-0. En el 15, Jonquet le voltea en el área: penalti. Di Stéfano lo va a tirar, pero Mateos le ruega: “Déjame, Alfredo. Con dos goles en una final pido cuatro años y pillo el homenaje”. (Diez años comportaban partido de homenaje, costumbre ya perdida). Di Stéfano accede de mala gana: “Tirá fuerte. Mirá que Colonna es un gato”. “Sí, Alfredo”. Mateos tiró a media altura, no tan fuerte, a la derecha de Colonna, y éste se la agarró. Bernabéu resopló en el campo. Encima, en el 32 quedó inútil Kopa, por una entrada que le estropeó la rodilla. Siguió en el campo, pero sobre una pierna. Inservible. El Stade se creció. Al descanso se llegó 1-0, pero con malas caras en el grupo.

En el descanso bajó Antonio Calderón al vestuario, obviamente enviado por Bernabéu, a pedirle cuentas a Carniglia. “¿Por qué tiró el penalti Mateos?”, le insistía con malos modos. Carniglia se defendía como podía, argumentando que como se le habían hecho a él… Una y otra vez se repetía la pregunta, cada vez en peor tono, y la respuesta, cada vez más acobardada. Lo que latía ahí, estaba claro, era la ausencia de Puskas, que entre otras cosas era un casi infalible lanzador de penaltis. Di Stéfano, que estaba en el lavabo con las manos metidas en agua fría (siempre lo hacía, se le hinchaban) decidió intervenir. Salió del baño y se encaró con Calderón:

—¿Usted no es el gerente? ¡Pues váyase a vender entradas! ¡Acá dentro sabemos lo que tenemos que hacer!

El mal humor con que salió tras el descanso lo pagó el Stade, al que marcó un gol a los dos minutos. 2-0. Todo hecho. El Madrid ganó la cuarta, pero quedaron malas caras.

Carniglia perdió el puesto. Junto al nuevo entrenador, Fleitas Solich, Bernabéu fichó a Didí, interior derecho de la Brasil campeona del mundo, con lo que a Mateos se le puso más difícil que nunca jugar. A los dos años se fue al Sevilla. Completó su carrera en el Betis, el Recreativo y el Torrelavega.

Puskas sí jugaría la final del año siguiente, la del 7-3, en la que marcaría cuatro goles. Y tres en la del 62, que el Madrid perdió 5-3. Se fue del club con 39 años cumplidos, después de 261 partidos y 236 goles.

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jueves, 25 mayo 2017

Por Alfredo Relaño

El Málaga tentó a Puskas, pero...

Moreno de Luna fue un gran presidente del Málaga. Personaje de ímpetu, alcalde de Fuengirola, presidente del Sindicato de Hostelería, uno de los impulsores, en aquel tiempo, de la emergente industria turística española. Uno más de los admiradores de Bernabéu en aquella época, copió cosas de él. Intentó, y casi lo consigue, que Puskas se retirara en el Málaga, ya con los cuarenta cumplidos.


Moreno de Luna llegó al club en enero de 1963. Entonces el Málaga estaba en Primera, pero en dificultades. Tantas, que se le fue irremediablemente a Segunda, y con un fuerte déficit. Buscó la solución en el Madrid. Tenía un jugador estrella, Alberto Suárez, conocido futbolísticamente como Pipi. Al Madrid le interesaba. Era un buen interior de ataque, que en aquellos años de reciente prohibición de fichajes de extranjeros (que duraría de 1962 a 1973, el año en que vino Cruyff) era de lo mejor que ofrecía el mercado. Podía hacer pareja con Amancio, si este jugaba de extremo, o ser un buen reemplazo de él como media punta. Visto con perspectiva, Moreno de Luna hizo una buena operación. A cambio de Pipi le sacó al Madrid un millón de pesetas, más las cesiones de los extremos Rovira y Otiñano y el interior Velázquez. Luego, ante una serie de bajas en la defensa, también fue Antonio Ruiz, medio defensivo o central.


Moreno de Luna contrató también como entrenador a José María Zárraga, cinco veces campeón de la Copa de Europa con el Madrid de Di Stéfano. El presidente malaguista esperaba de él que trasladara al Málaga el espíritu Real Madrid. Zárraga recogió un equipo descendido, a reconstruir y sin su gran estrella, Pipi. Pero supo organizar un buen equipo, primero como entrenador, luego como secretario técnico. A final de temporada se dio el gusto de ganar el trofeo Costa del Sol, precisamente ante el Madrid, que acudió como parte de la operación Pipi. Un año más tarde, el Málaga estaba de vuelta en Primera, movido sobre todo por Velázquez, llamado a hacer pronto una larga y exitosa carrera en el Madrid. Y fueron saliendo buenos jugadores de la cantera, según la política que en esos años emprendieron mano a mano Moreno de Luna y Zárraga. De aquella siembra salieron los Aragón, Benítez, Berruezo (malogrado cuando, una vez traspasado al Sevilla, falleció por un paro cardiaco en Pasarón), Monreal, Jorge, Espejo, Conejo... Aquellos fueron los ye-yés del Málaga. Siempre en la senda de Bernabéu, Moreno de Luna creó una sección de baloncesto, dirigida por Miguel Queipo de Llano, antecedente del actual Unicaja Málaga.


Mientras, al Madrid lo de Pipi le había salido regular. Jugaba poco. El ala derecha del ataque se había consolidado con Serena (un ye-yé de la cantera) y Amancio. Además, a Bernabéu aquel apodo de Pipi, no le parecía serio. En la 64-65, además, llegó al Madrid un tal Pirri, procedente del Granada. Pipi y Pirri en una alineación se prestaba a bromas, más en una época en la que fue célebre una pareja de gemelas, actrices-bailarinas llamadas Pili y Mili. Bernabéu presionó a los periódicos para que les llamaran Suárez y Martínez, y así aparecen en algunas alineaciones de aquel curso. Pero la inercia se impuso. Eran Pipi y Pirri y así se les siguió conociendo. Pipi siempre sospechó que aquella coincidencia le perjudicó. Acabó por ser traspasado al Sevilla. Pirri resultó inamovible, con su apodo y todo.


Por su parte, Puskas envejecía y engordaba. Aquel año ya había pasado los 38. Di Stéfano se había ido al Español, donde agotaría sus dos últimos años. Puskas, por pura clase, cada día más gordo y metiéndose cada vez más arriba, sobrevivió como titular durante media campaña 64-65, hasta que Velázquez, regresado ya de Málaga, se quedó con su diez, en una delantera formada por Serena, Amancio, Grosso, él y Gento. Pirri se instaló como medio, junto a Zoco. Había equipo para años. Puskas sólo jugó en esa Liga 18 partidos, en los que dejó 11 goles.


El curso siguiente, que empezó con 38 y acabó con 39, ya fue suplente. Ocho partidos y cuatro goles en Liga. Su canto del cisne fue en septiembre de 1965, ante el Feyenoord, antes del boom holandés. Faltaron Amancio y Velázquez, jugó él y marcó cuatro goles. Estaba muy gordo, pero mantenía una precisión para el tiro con la izquierda que no se ha vuelto a ver. Luego regresó a la suplencia. Fue ejemplar. Jugó los amistosos de los jueves, en los que el Madrid solía recibir a equipos de Segunda de ida o vuelta por España para mantener en forma a los reservas, recuperar lesionados y foguear promesas.


Aquel año los ye-yés ganaron la Copa de Europa, en Bruselas, al Partizán. Él viajó como suplente. Decidió retirarse, el mismo verano que lo hizo Di Stéfano, tras dos temporadas en el Español. Ambos se acercaban ya a los 40. Entonces fue cuando acudió a él Moreno de Luna, con su oferta para el Málaga, que acababa de bajar, tras ser el cuarto por la cola y perder la promoción con el Granada. No había hecho mal campeonato, pero le había faltado gol. Con 24 en 30 partidos, había sido el equipo menos goleador de la categoría. Y Moreno de Luna pensó en Puskas.
Puskas quería manejar directamente su negocio, una fábrica de salchichas que cuadraba con su cada vez más oronda figura. Y no le hacía gracia jugar en Segunda. Con todo, por complacer a Zárraga, su viejo compañero del Madrid, fue a entrenar unos días. Benítez, jugador de la época, recuerda aquello:


-Vino, se desvistió y le vimos tal barriga que nos reímos. Él nos dijo: "¿Qué, hijoputas?", porque era muy taquero: "¿Os reís del comandante?". Había sido comandante del Ejército húngaro. "Pues ahí fuera nos vemos". Salimos y nos desafió a tirar desde fuera del área al larguero. Tiró cinco y pegó las cinco. De nosotros, el que más, pegó una. Se reía: "¿Y ahora, qué, hijoputas?". Lo pasamos formidable.


No se decidió. Lo más que consiguió Moreno de Luna fue que, ya en febrero, aceptara jugar un amistoso contra el Odense. La Rosaleda se llenó. La delantera la formaron Aragón, Valenzuela, Pepillo, Puskas y Cabrera. Pepillo había estado unos años en el Madrid como suplente de Di Stéfano. Aragón es el padre de este otro Aragón que le dio una Supercopa al Madrid con un golazo de lejos y luego triunfó en el Zaragoza. Siempre Madrid y Málaga entrelazados.


Demasiado mayor, demasiado gordo, demasiado estático. Cazó dos zambombazos desde fuera del área que se escaparon junto al palo. Eso fue todo. En el fondo, según me contó años después, lo prefirió. Había accedido ante la insistencia de Zárraga y Moreno de Luna, pero aquello no tenía sentido. "Menos mal que no metí gol. Si lo meto, igual me dejo convencer".
Y aun sin Puskas, el Málaga regresó a Primera aquella temporada. Tenía realmente un buen equipo.

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jueves, 18 mayo 2017

Por Alfredo Relaño

El día que Manolo Santana jugó para Franco en El Pardo

El extenista, cuyo padre fue encarcelado tras la Guerra Civil, jugó un partidillo ante el dictador.

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Raimundo Saporta sacó un paquete de fotos de Santana:

—Fírmelas, con una dedicatoria. La del Caudillo se la da usted esta tarde. Las otras, se las enviaremos a los ministros a sus despachos.—¿Y por qué no se las llevo a todos?

—No, Manuel. El Caudillo tiene que ver que usted tiene una atención exclusiva con él. Pero mañana, cuando todos lleguen a sus despachos se sentirán honrados de haber tenido lo mismo que el Caudillo.

—Pero luego le podrán decir que también les llegó la foto…

—No, no se lo comentarán. Ninguno se atrevería a hacer eso.

Me lo contó el propio Manuel Santana, admirado de las sutilezas de Saporta, que le había hecho interrumpir bruscamente el Torneo de Gstaad, al que había acudido justo después de ganar en Wimbledon aquel 1966. Estaba en su cénit. Pocos meses antes, España había alcanzado por primera vez la finalísima de la Copa Davis, en Australia, con aquel equipo en el que le acompañaban José Luis Arilla en el doble, Juan Gisbert para el otro individual y Juan Manuel Couder, cuarto hombre. El tenis había vivido gracias a ellos su gran explosión. La popularidad de aquellos muchachos llegó a superar a la de los futbolistas, ciclistas y boxeadores de la época.Y Franco quiso ver un partido en El Pardo. El Consejo de Ministros concedió la Encomienda de la Real Orden de Isabel la Católica a Manuel Santana y Franco sugirió que le gustaría dársela en persona en El Pardo tras verle jugar un partido.

Dicho y hecho. Solís Ruiz, ministro del Movimiento, del que dependía el deporte, habló con Raimundo Saporta, vicepresidente del Madrid. Santana acababa de fichar por el Madrid, que le daba un dinero bajo cuerda para jugar con el escudo del club. Y así había ganado Wimbledon, con un escudo del Madrid cosido a mano sobre el impecable niqui blanco. Saporta sugirió que el adversario de Santana fuese José Luis Arilla, su compañero de dobles.

Y allá fueron los tres, una tarde de julio. Les recibió Manuel Lozano Sevilla una figura singular de la época. Era taquígrafo de Franco y al tiempo destacado crítico taurino, cuya carrera como tal terminaría cuando Jaime Ostos, en Marbella y ante la tele, le dedicó un brindis venenoso en el que le tachó de “sobrecogedor”, cosa que efectivamente era.

Pero entonces estaba en su plenitud. Y él fue el encargado de recibirles y mostrarles la instalación. Arilla recuerda: —Había una piscina y una cancha de tenis. Nos cambiamos en el vestuario de la piscina. La cancha apenas se usaba, nos dijo Lozano Sevilla. Jugaban algo los nietos, solía estar abandonada, pero la habían puesto fenomenal. Se encargó, claro, Saporta. El Madrid tenía un fenómeno en la Ciudad Deportiva que se llamaba Ángel Ayuso. Él fue el que preparó la de El Pardo, con tierra batida, muy bien prensada. Estaba mejor que la pista central de Roland Garros. Perfecta. Al lado habían montado bajo un dosel una gradita para unas cuarenta personas.

Una vez vestidos, salieron a esperar. Nerviosillos, claro. Eran dos chicos de origen humilde. Arilla nació en las propias instalaciones del Club de Tenis Conde de Godó, de las que su padre, un inmigrante aragonés, era el encargado. Santana, en un barrio humilde de Madrid, hijo de un padre perdedor, que sufrió cárcel tras la guerra. Llegó al tenis como recogepelotas. Una vez fallecido su padre, fue acogido por una familia del club Velázquez de Tenis, los Romero Girón, a los que cayó en gracia. Adivinaron su talento y le dieron instrucción y oportunidades.

Lozano Sevilla fue a avisar de que ya estaban listos, y entonces salió el cortejo. Arilla lo recuerda vívidamente:

—Salieron muy ordenados, en una larga fila, de dos en dos. Cada uno, con la señora de otro. Franco abría el cortejo, del brazo de la mujer de Agustín Muñoz Grandes. Luego iba éste con la mujer de Franco. Y así, todos, de dos en dos, siempre un ministro llevando del brazo a la mujer de otro. Y al final, los nietos, unos chiquillos.

Entonces el control pasó de Lozano Sevilla a Fuertes de Villavicencio, Jefe de la Casa Civil. Él hizo la indicación de empezar. Fue un partido a siete juegos, en el que lucieron sus mejores golpes. Cuando el sol bajaba, el propio Fuertes de Villavicencio les hizo la señal de terminar, porque a esa hora bajaba un aire un poco fresco.´

Ahí mismo, entre la gradita y la pista, Franco le impuso la Encomienda a Santana, y a Arilla la Cruz de Caballero. Un grado menos, pero una alta consideración también.

Luego se ducharon y salieron a merendar. Sigue Arilla:

—Habían montado una mesa ovalada, bastante grande. Franco se puso en un extremo, con nosotros dos a los lados. Luego, a derecha e izquierda, los ministros, y al otro fondo de la mesa, las señoras y los nietos. Pasteles, refrescos…

Recuerda la locuacidad y el don de gentes de Solís Ruiz, al que se apodó en su día como La Sonrisa del Régimen. A Santana se le quedó grabada otra cosa: algo así como una disculpa de Franco por el encarcelamiento de su padre:

—Mi padre había trabajado durante la guerra en la Compañía Municipal de Transportes y estuvo en el sindicato. Le cayeron 12 años. Luego se quedó en seis, así que llegó a salir, pude convivir algún tiempo con él. Incluso le ayudaba en chapucillas. Él recuperó su trabajo, porque no tenía antecedentes, pero se ganaba tan poco que lo completaba trabajando como camarero o haciendo arreglillos eléctricos por ahí. A veces me llevaba de aprendiz. Por eso aún me gustan las cosas de la electricidad. Por desgracia no vivió mucho después de la cárcel. Salió muy consumido.

Franco se había informado antes de las vidas de ambos, claro:

—Me dijo que en las guerras a veces pagaban justos por pecadores, y que quizá ese hubiera sido el caso de mi padre. Me dejó sorprendido. Nunca llegué a decírselo a mi madre, por no resucitarle recuerdos dolorosos. Ella, además, nunca sacó el tema, no quiso que viviéramos con rencor por lo sucedido.

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jueves, 11 mayo 2017

Por Alfredo Relaño

Aquella noche del Cagliari

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Fue el 4 de noviembre de 1970 y ninguno de los que acudieron lo ha olvidado. El Atlético ganó 3-0 al Cagliari, campeón italiano, los tres de Luis, y se desató el delirio.

 

El Cagliari era y sigue siendo un club sin gran pedigrí, pero entonces estaba viviendo un tiempo luminoso. Ganó el Scudetto y alimentó a la Azurra con seis titulares: Albertosi, Nicolai, Cera, Domenghini, Gori y Riva. Este último fue estrella mundial. Alto, elástico, rápido, llevaba el 11, alternaba la posición de extremo con la de delantero centro y marcaba con facilidad, tanto de cabeza como con su zurda precisa. Gianni Brera, célebre periodista italiano, le apodó El Ruido del Trueno. Impresionaba.

El enfrentamiento en octavos entre el campeón de Liga español y el italiano atrajo la atención de toda Europa. L’Equipe lo llamó: “la Copa de Europa de los latinos”.

El partido de ida ya fue tremendo. Rodri, portero del Atlético, piensa que donde de verdad salvó el equipo la eliminatoria fue allí, en el Sant’Elia de Cagliari, el 21 de octubre: “El árbitro era un checoslovaco (Josek Krnavek) que desapareció nada más llegar allí. Nuestros directivos habían ido al aeropuerto a recibirle, porque algo se olían pero desapareció y no se le vio hasta la hora del partido”.

Consintió todo al Cagliari, que en la primera mitad agobió al Atlético. Rodri paró una barbaridad. (Acumuló 47 intervenciones en el partido). En el minuto 42, una falta inexistente (una más), un centro al área, Riva que se monta sobre Jayo y cabecea el 1-0. Aquello acabó con la paciencia de algunos: “Ya se estaba endureciendo el partido, entonces lo hizo más. Nosotros teníamos gente muy brava, como Ovejero o Jayo, por ejemplo”. Al poco del gol hay una trifulca bárbara en el medio campo, todos contra todos. Krvanek, que vio que aquello iba para catástrofe, acabó montando un congresillo de urgencia junto a los banquillos, con Calleja, Cera (capitanes), Domingo, Scopigno (entrenadores) y los dos linieres. Vuelta al juego y en el 52 (la interrupción duró mucho) otro gol del Cagliari: Riva aparta a Jayo, el balón le llega a Gori, que marca. 2-0 y al descanso.

“Pero reaccionamos. Yo creo que la trifulca hizo reflexionar al árbitro. Y ellos con dos goles se hicieron más prudentes”. Justo entonces entraba en vigor el valor preferente del gol fuera de casa para casos de empate. (Sólo hasta cuartos de final, luego se extendería a todas las eliminatorias). El Cagliari dejó de apretar y le hizo un favor al Atlético, que se adueñó del campo. En el 77 tuvo el premio, en una gran jugada de Gárate por la izquierda, regateando a tres rivales, con pase final a Luis, que marca. Del 2-0, que exigía un 3-0 en la vuelta, al 2-1, para el que bastaba un 1-0, había un mundo.

El ambiente en la vuelta fue tremendo. Por primera vez vi un campo español con aspecto inglés: bufandas rojiblancas, banderas rojiblancas, gorras rojiblancas, carracas rojiblancas… Eso lo habíamos visto en campos ingleses, pero no hasta ese día aquí. La afición del Atlético acudió al partido con una pasión sin precedentes. El prestigio del Cagliari y los hechos del partido de ida provocaron la caldera.

 

Y eso que entre un partido y otro se había producido una noticia favorable para el Atlético: la lesión de Gigi Riva, víctima, cinco días antes de la vuelta, de una entraba brutal de central Hof en el Prater de Viena, en un Austria-Italia.

Calderón decidió que socios y abonados fueran gratis. Acababa de completar la Operación 40.000, para alcanzar ese número de socios. Quería un estadio lleno. Era el cuarto año del nuevo campo y estaba costando mucho acostumbrar al madrileño a visitarlo. Fue un acierto.

El partido es a las nueve, en una noche templada y sin viento. Por el Atlético juegan: Rodri; Melo, Jayo, Calleja; Adelardo, Iglesias; Ufarte, Luis, Gárate, Irureta y Alberto. Son los mismos de la ida salvo Ovejero (lesionado) y Salcedo, que dejan su sitio a Iglesias y Alberto. El Cagliari sale sin Riva, pero con sus otros cinco internacionales más el portugués Nene, de terrible disparo de lejos.

Aquel era un gran Atleti, es hora de decirlo. Lo entrenaba Marcel Domingo, exportero de la casa, y tenía clase, genio, seguridad y calidad. Jugaba 4-4-2 (Alberto era un falso extremo) y por la banda izquierda aparecía con frecuencia Gárate, o subía Calleja. En la derecha, Ufarte era un demonio y le desdoblaba Melo si hacía falta. Luis era sabio, constante, líder y goleador. Adelardo, Irureta y Alberto llenaban de juego el medio campo. Los centrales eran feroces. Rodri era seguro y decidido.

 

El Cagliari espera. Su baza es cazar un contraataque y no encajar, o uno a lo sumo. El Atlético va y va. Melo y Calleja suben Gárate se mueve para abrir la defensa, Ufarte intenta lo suyo, Luis amenaza… Pero es difícil meter el cuchillo ahí. El campo es un griterío continuo salvo cuando llega algún contrataque del Cagliari, que a falta de Riva intimida con Domenghini, bien conocido desde sus éxitos en el Inter de Helenio Herrera. Los contraataques silencian fugazmente el campo. Y eso que nunca son servidos por más de tres jugadores.

Al fin, en el 33, una buena jugada de Calleja termina con centro al área, hay un despeje un poco precario y Luis recoge en su zona y la cuela con el exterior, con habilidad, por la única rendija que ve. ¡1-0! Ahora tendrán que abrirse, pensamos todos…

Pero no. Siguieron ahí metidos hasta el descanso, y aún después. Sentían que un gol aún les clasificaría, que podría llegar en cualquier momento, y lo mismo sentía la afición, que se debatía entre el entusiasmo y el temor. Sigue el ataque constante, sigue la defensa italianísima. En el 71, Ufarte se cuela, Tomasini le carga a destiempo y le derriba. El galés Ronald Jones señala penalti, protestadísimo por los italianos. Penalti casero, digamos. Antes del lanzamiento, Tomasini comente un segundo error, que es darle un patadón al balón, que estaba ya sobre el punto de penalti. Jones le expulsa.

 

Así que 2-0 y con diez. Ahora sí están las cosas mal para el Cagliari, que se despliega por fin. El Atlético, entre el botín y la fatiga (ha cargado con el peso del partido durante más de una hora), afloja. Vuelve el miedo. ¿Y si marcan? ¿Y si hay prórroga? Ellos están con diez pero los clásicos recuerdan aquella boutade de Helenio Herrera, de que con diez se juega mejor que con once. El público no cesa de animar y agitar sus colores, pero el aire del partido no es el mismo. Ese siniestro temor a la ciencia maquiavélica del fútbol italiano acecha a todos. Así hasta el 89, cuando Gárate se va por la izquierda, cede a Luis y éste marca su tercer gol de la noche, cuarto de la eliminatoria. Es el delirio. Hay invasión del campo para abrazar a los jugadores. Los italianos piensan que el partido está acabado, Jones dice que no. Todavía hay que jugar un minuto, que es una fiesta en las gradas. Ya nadie mira al campo, todos se abrazan, se felicitan como si todos fueran Luis, el de los tres goles, que entonces no se llamaban hat-trick.

Nadie de los que estuvieron en el campo lo ha olvidado.

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jueves, 04 mayo 2017

Por Alfredo Relaño

Un 3-6 en Chamartín con danza de Ben Barek

Para Sergio Nieto, socio número 1 del Madrid, es un mal recuerdo. Para José Luis Rodríguez, socio número 1 del Atlético, al revés: una evocación feliz. Los dos acudieron aquel 12 de noviembre de 1950 a Chamartín. El Atlético era campeón vigente de Liga, su tercer título en la competición desde la Guerra. El Madrid no había vuelto a ganar la Liga desde la República. Incluso había pasado sus apuros, porque la construcción del nuevo campo (1947) impuso gastos que le privaron de buenos fichajes.

Pero Bernabéu, al que se tachó de megalómano cuando hizo su gran campo, estaba demostrando que tenía razón. La gente iba, el zapato apretaba menos, llegaron fichajes. Había una gran pareja de ataque, Molowny-Pahíño. Al comienzo de la temporada 49-50 fichó refuerzos que sonaron bien: el catalán Navarro (que llegaría a fifo), los franceses Hon y Luciano, el húngaro Nemes… “Pero el Atleti era mucho mejor —reconoce Sergio Nieto—. ¡Menudo equipazo! Nosotros teníamos a Molowny y Pahíño. En aquel Atleti todos eran buenos. Y el entrenador, mejor aún. Hasta que no vino Di Stéfano…”.

El Atlético mantenía el equipo campeón, con su fabulosa delantera Juncosa, Ben Barek, Pérez Payá, Carlsson y Escudero. Se la conoció como “la delantera de cristal”, porque su predecesora había sido llamada “de seda” y habían salido al mercado unas medias de mujer llamadas “de cristal”, que mejoraban las de seda.

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Y seguía el entrenador, el genial Helenio Herrera. Por el contrario, el Madrid acababa de perder al suyo, el inglés Míster Keeping, que no hablaba ni papa de español. Le sustituyó Baltasar Albéniz. La cosa empezó bien: el domingo anterior al derbi, el Madrid ganó 2-5 en San Mamés.

HH sorprende a todos cuando da a elegir a los jugadores entre concentrarse en El Escorial o quedarse en sus casas. Deciden lo segundo, claro. Se toma como una muestra de liberalidad y confianza en tiempos en que eran ley las concentraciones para evitar trasnoches pecaminosos. El Madrid, por contra, se encierra viernes y sábado en el Hotel Avenida de Aranjuez, bajo una continua lluvia. Sus jugadores se aburren. En la calle se discute qué es mejor.

La mañana del domingo amanece despejado. En las declaraciones previas se percibe alegría en los atléticos, que respiran libertad, y tedio en los madridistas, encerrados en su monotonía de lluvia tras las ventanas. La cita es a las cuatro, el árbitro es García Fernández. Alinean así: Real Madrid: Alonso; Oliva, Hon, Navarro; Muñoz, Narro; Macala, Montalvo, Pahíño, Molowny y Arsuaga.
Atlético: Domingo; Tinte, Riera, Farias; Silva, Mujica; Juncosa, Ben Barek, Pérez Payá, Carlsson y Escudero. La defensa está remendada, por las ausencias de Mencía y Lozano, pero de media para adelante el equipo es el de lujo.

El partido se recordará durante décadas como un derbi trepidante, con sus nueve goles y un penalti fallado. La defensa del Madrid quedará marcada por sus fallos.

En el minuto 3 hay una llegada de Carlsson, que tira, rechaza Alonso y el balón le llega a Navarro; este se entretiene, se hace un lío y le acaba arrebatando el balón el propio Carlsson, que machaca de cerca: 0-1. En el 12’, Mujica lanza un tiro defectuoso que recoge Carlsson para rematar desde cerca: 0-2. En el 15’, Escudero lanza una falta sobre el área, Ben Barek se eleva y cabecea sin oposición: 0-3. En un cuarto de hora, el partido parece resuelto.

Pero, regalos atrás aparte, el Madrid está jugando con coraje y a ratos con acierto. Bien Muñoz, bien la dupla Molowny-Pahíño. Y el premio llega en el 18’, cuando Pahíño persigue un despeje largo de Hon, llega con ímpetu a disputarlo entre Riera y Domingo y lo cuela por encima de este: 1-3. ¡Hay partido!, piensan los madridistas. Pero el Atlético recoge pronto el hilo. Mandan Silva, Mujica, Ben Barek y Carlsson, los dos medios y los dos interiores, “el cuadrado mágico” de la WM, táctica de la época. En el 25’, Hon duda ante un balón alto al área, Alonso sale tarde y entre ambos se cuela Pérez Payá, que supera al meta con una vaselina, luego deja caer el balón y lo cabecea a puerta vacía: 1-4. Y con esa diferencia se van al descanso.

La segunda mitad también es imponente. El Madrid se rebela, el Atlético controla. Muñoz se agiganta, Molowny, que tiene una gran tarde, marca en el 62’, en buen remate de cabeza, a centro de Montalvo: 2-4. ¡Hay tiempo! Por primera vez, el Atlético parece dudar y el Madrid es dueño del juego. En el 72’, Montalvo arrebata un balón a Mujica y envía a Macala, que se escapa de Farias y bate a Domingo en la salida: ¡3-4! Farias tenía una leve afección hepática y se pasó el partido pidiendo a su entrenador permiso para retirarse, sobre todo cuando el Madrid cargó el juego por ahí. Pero no había cambios y HH era inflexible... “Tuvimos un rato bueno en la segunda mitad, pero el Atlético era más compacto, se notaba la mano de HH”, insiste Sergio Nieto.
La euforia del Madrid duró dos minutos. En el 74’, una genialidad de Ben Barek deja solo a Escudero, que fusila a Alonso: 3-5. Aún puede el Madrid meterse otra vez en el partido cuando en el 86’ hay penalti por mano de Farias. Lo lanza Pahíño, pero Domingo lo para: “Vestía colores muy llamativos, eléctricos, y eso atraía la mirada de los chutadores, o eso se decía”, explica José Luis Rodríguez. El retorno de esa jugada cierra el partido: Carlsson culmina el contraataque con un centro al área, donde Ben Barek le gana a Oliva y cabecea el 3-6. Fin. Lo celebra con un baile inédito, brazos arriba, moviendo caderas y rodillas, los pies fijos en el suelo, mientras mira a la grada. Quizá el más lejano precedente de las celebraciones heterodoxas.

“Ben Barek era un genio, aunque no siempre jugaba igual. No llegamos a saber la edad que tenía. A veces se escondía donde no le pudieran enviar el balón. Pero cuando estaba bien era incontenible, y esa fue una de sus grandes tardes —dice José Luis Rodríguez, que le recuerda con cariño y orgullo—. Fue el primero. Luego vinieron Kubala, Di Stéfano y todos los demás, pero él fue el primer genio que pisó nuestro fútbol”.

El Atlético repitió título. Bernabéu trajo ese invierno otros dos extranjeros, Olsen e Imbelloni, pero ni así. Sólo cuando llegó Di Stéfano cambiaron las cosas.

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jueves, 27 abril 2017

Por Alfredo Relaño

Homenaje de la selección de Barcelona al Madrid

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¿Imaginan una cosa así ahora? Pues sucedió, el 1 de septiembre del 56. La selección de Barcelona recibió al Real Madrid en un Les Corts repleto en partido que se planteó como un homenaje a los blancos, recientes ganadores de su primera Copa de Europa.

La iniciativa correspondió a Diego Ramírez Pastor, Presidente de la Asociación de la Prensa de Barcelona, y supuso todo un acto de hermanamiento de la ciudad con el Real Madrid. El rival del Madrid fue un combinado de jugadores de los tres clubes de la ciudad en Primera: el Barça, el Español y el Condal. Este último estaba recién ascendido con el nombre de España Industrial, que cambió por el de Condal para pasar de filial del Barça (que lo era) a club autónomo. Sólo permaneció en Primera un año, y volvió a ser filial del Barça. Con el tiempo mutó en Barcelona Atlético y finalmente en Barcelona B.

El seleccionador fue Pedro L. Lasplazas, que había sido seleccionador nacional, y que durante muchos años lo fue de la selección catalana o la barcelonesa. La mala sorpresa fue que no llamó a Kubala, por manifiesta baja forma, explicó, lo que le acarreó fuertes críticas. Sus razones tendría, porque Kubala, tras jugar el primer partido de Liga (una semana después de este homenaje), fue suplente en los siguientes cinco.

La ausencia de Kubala la compensó la aparición de Kopa, el gran jugador de Francia. Kopa había dirigido el ataque del Stade de Reims en esa primera edición de la Copa de Europa, cuya final perdió precisamente ante el Madrid. Bernabéu le había fichado, pero con un litigio por resolver. Estaba cerrada la importación de extranjeros desde 1953, así que no podría alinearle más que en la Copa de Europa. Bernabéu presionaba a la Federación para que reabriera la frontera. Algunos clubes, en especial el Atlético, presionaban en contra. El presidente atlético, Javier Barroso, pensaba que si se abría la frontera el Madrid ya tenía a su extranjero listo, y los demás tendrían que buscarlo.

En la prensa barcelonesa del día hay entrevistas en las que Bernabéu se explica. Lanza el concepto de “fútbol espectáculo”, alaba la internacionalización (“los toros no progresan porque no hay competencia exterior”), cuenta que en los tres años de Di Stéfano el Madrid ha ingresado 10, 15 y 21 millones más que antes, que hacen falta más figuras para seguir esa progresión. Defiende el fútbol espectáculo como base para el impulso del fútbol base: “No queremos los beneficios del estadio para repartírnoslos, sino para hacer una Ciudad Deportiva en la que los jóvenes puedan hacer deporte”. Hace un llamamiento a los padres: “La ciudad deportiva es para sus hijos”.

(Y realmente, sería así: con los beneficios de su gran equipo hizo una ciudad deportiva en la que jugaron al fútbol muchos chicos de Madrid. Abriría un camino).

El Barça, que está a un año de inaugurar su colosal Camp Nou, respalda implícitamente los anhelos de Bernabéu, porque al aeropuerto de El Prat acude el propio presidente culé, Miró Sans, junto a Bernabéu, para recibir a Kopa.

El día del partido es una sucesión de cortesías: vino de honor en la Asociación de la Prensa, comida de fraternidad en el Hotel Avenida, donde se lee un escrito de adhesión de la Casa de Cataluña en Madrid, visita por la tarde a las obras de ampliación de Sarrià y a las del futuro Camp Nou. A las 21.30, en Les Corts, juegan el Barça juveniles contra los juveniles de la Casa de Madrid en Barcelona. Y a las 23.00, la selección catalana y el Real Madrid. Juega Kopa, autorizado en telegrama del presidente de la Federación, Lafuente Chaos. El permiso lo solicitó el presidente de la Asociación de la Prensa de Barcelona. El interés benéfico del partido (nadie cobra, ni el Madrid por ir, ni el Barça por ceder el estadio ni los jugadores de los clubes barceloneses) ayuda a la autorización.

El día del partido, la prensa anuncia el no hay billetes, “para evitar molestias innecesarias a los que pretendan adquirirlos a última hora”. Los equipos forman así:

Selección catalana: Ramallets; Argilés, Biosca, Gracia; Bosch, Casamitjana; Arcas, Villaverde, Benavídez, Sampedro y Tejada. Tras el descanso salen Vicente, Vergés, Luis Suárez y Duró por Ramallets, Casamitjana, Sampedro y Tejada.

Real Madrid: Berasaluce; Atienza II, Marquitos, Lesmes II; Muñoz, Zárraga; Joseíto, Kopa, Di Stéfano, Rial y Gento. Es la alineación campeona en la final de París, salvo Berasaluce por Alonso y Kopa por Marsal. En la segunda mitad, Navarro, Manolín y Olsen entran por Atienza, Muñoz y Joseíto.

Lleno: 50.000 espectadores, que saldrán felices.

En el minuto 3 marca Rial a pase de Kopa. Pero en el 15’, la selección de Barcelona ya gana 3-1, gracias a un juego magnífico de su tripleta de ataque, Villaverde-Benavídez-Sampedro. En el 21’, un autogol de Gracia viene seguido, en dos minutos, de tantos de Muñoz y Rial. ¡En tres minutos se ha pasado del 3-1 al 3-4! Así se llega al descanso, entre buenas jugadas y grandes paradas de Berasaluce y Ramallets. En la segunda mitad, el Madrid va a más y marca otros tres, por Zárraga, Rial y Olsen. El Madrid gana 3-7 y se retira entre una gran ovación. La prensa barcelonesa del día siguiente no escatima elogios al juego del Madrid y refleja el éxito de la propuesta de Bernabéu en favor de la nueva época, la del “fútbol espectáculo”. Si algo se ha echado en falta es justamente a Kubala, el otro gran pilar del fútbol espectáculo. Se dice entonces que el Camp Nou se está construyendo porque en Les Corts ya no caben tantos como desean ver a Kubala.

Berasaluce fue el portero del Madrid aquella noche. Fichado del Alavés (llegó a ser internacional B) se mantuvo en el club durante las cinco primeras Copas de Europa del club, para luego pasar al Racing de Santander. Una operación de amígdalas de Alonso, titular entonces, le permitió vivir esa noche. Hoy vive tranquilo en su ciudad natal, Deva: “Lo recuerdo como algo muy grato. Todo era bonito. Campo lleno, grandes jugadas, deportividad, aplauso. Era la presentación de Kopa, que se quedó ya con nosotros. En ellos, Villaverde y Sampedro hacían diabluras. La gente disfrutó. Luego nos llevaron a cenar a una masía. Bernabéu estaba feliz…”.

Y tanto. Aquello fue el empujón definitivo para que se reabriera la importación de extranjeros, en pro del “fútbol espectáculo”. Eso sí: limitado a que sólo se podía alinear a uno por partido. Lo que hizo Bernabéu fue convencer a Di Stéfano, que ya llevaba tres años entre nosotros, para que se nacionalizara. A finales de septiembre, ya pudieron jugar los dos.

Y siguieron viniendo extranjeros hasta 1962, cuando el fracaso en el Mundial de Chile provocó otro cierre, hasta la apertura definitiva en la 73-74. La temporada de Cruyff.

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jueves, 20 abril 2017

Por Alfredo Relaño

El Bayern abandona el Bernabéu a medio partido

Los modos del árbitro español no gustaron a los alemanes. Breitner se marchó del campo y Rummenigue fue expulsado

 

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Para entonces ya habían tenido el Madrid y el Bayern algunos encontronazos. El Loco del Bernabéu. La expulsión de Amancio en el partido de vuelta, su último partido en la Copa de Europa. El 9-1 en un amistoso de verano, al que el Madrid acudió sin preparación y el Bayern, ya rodado, abusó hasta el escarnio. Boskov resolvió aquello con una frase célebre: “Mejor perder un partido por nueve goles que nueve por un gol”.

Pero aún con eso y con todo lo que ha venido después, lo peor para mí de todo lo que ha ocurrido entre el Bayern y el Madrid fue lo del Trofeo Bernabéu de 1981.

El Trofeo Bernabéu fue una creación de Luis de Carlos en honor al patriarca blanco, fallecido en el verano de 1978. Se estrenó en 1979 y en sus inicios tuvo un formato excelente, que el tiempo ha limitado por sus costos. Los cuatro participantes tenían tal rango que aquello parecía unas semifinales de Copa de Europa. Y en paralelo jugaban los juveniles de los mismos clubes. Cuatro jornadas de buen fútbol.

El Bayern había ganado las dos primeras ediciones y acudió a esta tercera, donde se enfrentaría en la semifinal con el AZ 67. La otra semifinal era Madrid-Dinamo Tblisi. El Bayern aceptó el compromiso, pero al primer partido vino sin tres internacionales, Durnberger, Breitner (que había pasado por el Madrid no mucho antes) y Rummenigge, por compromiso con su selección. Con eso, empataron a dos y perdieron en la tanda de penaltis. Se esfumó la final soñada, Madrid-Bayern. El Madrid sí cumplió y ganó al Dinamo, aunque en un partido flojo. Había malas caras. Estábamos en vísperas de huelga de futbolistas, que amenazaba el inicio de la Liga, el equipo no gustaba, se pedía una mejor ubicación de los socios. El público llegó a protestarle a De Carlos: “¡De Carlos, dimite, el socio no te admite!”.

Los alemanes quedaron malhumorados. El Madrid hizo valer el contrato y presionó para que el segundo día salieran los tres internacionales que faltaron el primer día, y así fue.

Las dos ediciones anteriores las habían arbitrado extranjeros, pero esta vez el Madrid invitó a dos extranjeros y dos españoles. Franco Martínez había arbitrado el primero del Bayern. El tercer y cuarto puesto correspondió a Pes Pérez:

—Fue por intervención de Plaza. Yo había estado recusado por el Madrid el año anterior. Por el ruego de Plaza, que me tenía estima, accedieron a levantarme la recusación y para escenificar la paz me invitaron al torneo.

Pes Pérez era árbitro de armas tomar. Valiente, encarador con los jugadores que protestaban. Halcón, como se decía entonces, expresión traída al fútbol por el periodista Alfonso Azuara desde la administración americana. Halcones eran los consejeros duros del presidente. Palomas, los prudentes. Azuara dividió a los árbitros en halcones y palomas e hizo fortuna. El sueño de todo equipo era tener halcón fuera de casa y paloma en casa.

Los modos de Pes Pérez molestaban visiblemente a los arrogantes ganalotodoalemanes, a los que además el público abroncó constantemente. En el minuto 30, le pita una falta a Breitner y este, sin más, se va del campo. Por la cara. Csernai, el entrenador, tiene que improvisar el cambio. En el 44, con 2-1 a favor del Dinamo, Rummenigge hace una falta cerca de los banquillos y el público le abronca. Él se encara y hace gestos feos. Pes Pérez acude y le expulsa. Se forma un revuelo, acude Dieter Hoennes, que también es expulsado. Breitner sale del banquillo, se junta al tumulto, le hace señales a Pes Pérez de que le falta un tornillo.

De repente, todos se marchan. Todos al túnel.

 

En la grada, los espectadores no sabíamos a qué atenernos. Más bien pensábamos que Pes Pérez había adelantado el descanso para calmar los ánimos. Pero en vestuarios se vivía otra realidad. El gerente del Bayern, Uli Hoeness, pedía a los jugadores que accedieran a regresar al campo, a lo que estos se negaban salvo que pudieran jugar los expulsados. Breitner incluso exigía que se cambiara de árbitro: “¡Yo no he venido aquí a hacer el tonto!”, gritaba una y otra vez Breitner. El Madrid trató de conseguir que Pes Pérez dejara salir a los once, pero él los daba a todos por expulsados.

Pasó un cuarto de hora, veinte minutos, media hora… Ya la megafonía lo confirma: el Bayern se ha retirado. La bronca es brutal. Hay que esperar hasta las diez de la noche para que empiece la final, ya que hay televisión. Todos aburridos e indignados. La final se sigue con el peor de los humores, nuevos gritos contra De Carlos y mal juego. Al menos gana el Madrid en los penaltis, tras un soporífero 0-0.

Ahora queda qué hacer con el Bayern. El Madrid no le paga, pero deposita la cantidad (150.000 marcos) en la Federación Alemana, que a su vez tiene una papeleta. Era norma sancionar con severidad a los equipos que tenían mala conducta en el extranjero. No hacía mucho, Keegan había sido suspendido dos meses por incidentes en un partido fuera de Alemania. Pero el Bayern mandaba mucho…

Llamaron a Pes Pérez:

—Fui allí porque me lo pidieron Porta y Plaza. Fui en coche, desde Zaragoza, con mi linier, Jesús Villanueva, que ahora es el médico del Zaragoza. Su hermano era cónsul de España en Dusseldorf, y él nos esperó en Bonn, para acompañarnos y hacernos de intérprete. Nos recibieron con alfombra roja. Me quisieron pagar muy generosamente los kilómetros nada más llegar. Luego, ante el fiscal de la federación, Hans Kinderman, estuve contestando las preguntas, con el hermano de Villanueva como traductor. Cuando acabó todo, pidió que le leyeran lo que habían transcrito y empezó a rectificarles: “No, eso no, eso tampoco…”. Habían cambiado lo que habían querido. Se molestaron mucho con las correcciones. Al despedirnos, la amabilidad inicial cambió en malas caras. ¡Me costó cobrar los kilómetros y el hotel! El presidente, Neuberger, era vicepresidente de la FIFA y luego pasó lo que ya me imaginé ese día: me puso tres cruces negras para partidos internacionales de importancia.

 

De su informe hicieron poco caso. No hubo suspensiones. El Bayern y Breitner fueron multados con cinco mil marcos. Los 150.000 que el Madrid depositó en la Federación Alemana no volvieron. De ahí se cobró las multas la Federación. El resto fue para el Bayern. Se dijo que jugarían un partido gratis en Madrid, como desagravio, pero si te he visto no me acuerdo.

Nunca antes ni después he visto a un equipo retirarse del campo. He visto amagos, pero nunca culminados.

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