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miércoles, 07 octubre 2015

Por Alfredo Relaño

Pirri y Zoco, dos bodas de impacto y diferentes

La temporada 68-69 el Madrid ganó la Liga con solvencia. Solo perdió un partido, en la penúltima jornada, en Elche. El título hizo olvidar el chasco en la Copa de Europa, en la que cayó en la segunda eliminatoria, ante el Rapid de Viena. La alegría de la Liga se cortó cuando en la primera eliminatoria de Copa el Madrid cayó ante el Atlético. La temporada madridista terminó ahí. Pero quedaban dos curiosos acontecimientos que celebrar: las bodas de Pirri y Zoco con dos celebridades de la época, la actriz Sonia Bruno y la cantante María Ostiz.

 

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Pirri y Zoco formaban la línea media en años en los que aún se cantaban las alineaciones al modo clásico, a pesar de que ya se jugaba el 4-3-3. En puridad, Zoco era defensa libre y Pirri un centrocampista de amplio espectro, con quite, despliegue y gol. Ambos eran célebres, internacionales, queridos en todos los campos por su conducta.

María Ostiz, una avilesina criada en Navarra, era cantautora de mucho éxito. Bella voz, guitarra en el regazo y canciones dulces, que evocaban las bondades de su tierra y de la descansada vida del que huye del mundanal ruido. Nada de protesta. Era muy católica, como Zoco. Se conocieron por un reportaje periodístico de José Vicente Hernáez para el ya desaparecido Dicen, de Barcelona. Era una serie en la que reunía al azar a un futbolista con una famosa. Zoco quedó prendado de María y le pidió a Hernáez el teléfono. Este, muy caballero, le dijo que previamente le pediría permiso a ella. “Se lo pidió y ella se lo dio. ¡Eso me animó!”, me comentaría años después el propio Zoco.

Paralelamente, Pirri había conocido a Sonia Bruno en la fiesta del diario vespertino Pueblo, el de más tirada de la época, que cada año entregaba unos premios llamados: Populares de Pueblo. Les sentaron juntos en la cena, se gustaron y empezaron a salir.

Sonia Bruno se llama en realidad María Antonia Oyamburu Bruno, lo de Sonia Bruno era su nombre artístico. Barcelonesa de origen vasco, había trabajado como secretaria de dirección justamente en el Dicen. Luego fue modelo y más tarde actriz de mucho éxito. La actriz de moda en España en esos años, puede decirse. Flequillo, ojos bonitos, sonrisa insuperable y la mejor minifalda de la época. No eran años aún de destape, pero sí de minifalda.

A Bernabéu le sentaron regular ambos romances, sobre todo el de Pirri, me contó un día Agustín Domínguez, número dos de Saporta. Bernabéu tenía una visión muy castrense del fútbol, cualquier relación con la farándula le parecía perturbadora. Y, en efecto, había precedentes malos. Las dos historias salieron adelante y entre la afición empezaron a conocerse y a comentarse, en general desde el mismo escepticismo de Bernabéu. ¿Para qué una famosa? ¡El único famoso de la casa tiene que ser el futbolista!

Pero llegaron a su feliz término y produjeron sendas bodas ese verano del 69, muy diferentes. Zoco y María se casaron casi en secreto, en el Castillo de San Javier, en Olite, con solo 17 invitados (familia directísima y algún amigo íntimo) y allí mismo pasaron la luna de miel. Pensaron primero en el 8 de junio, cumpleaños de ella, pero el cura les advirtió de que como era sábado habría gente y les reconocerían. Ellos buscaban estricta intimidad y se casaron el lunes 10. Ella de blanco blanquísimo, él de impecable traje negro.

Lo de Pirri y Sonia fue de muy otra forma. Se casaron el 12 de julio, en la parroquia de Santa Rita de Madrid, con multitud de famosos entre los invitados (la plantilla del Madrid y lo más granado de la gente del cine) y un tumulto a las puertas, a duras penas contenido por las fuerzas de orden público. Fue casi como lo de Lolita y aquello de Lola diciendo “si me queréis, irse”. Sonia llevó un original vestido de novia minifaldera. Pirri vistió de azul eléctrico y corbata sicodélica. Fue boda de portadas de prensa rosa. Bernabéu acudió, pese a sus reticencias iniciales, y se retrató con la pareja y con su inseparable puro. Hasta les regaló la nevera para el nuevo hogar.

También la luna de miel fue diferente: se fueron en coche a recorrer Europa: Francia, Italia, Yugoslavia, Grecia, Turquía... Turismo de cultura y de playa.

María Ostiz siguió grabando, pero restringió sus apariciones en público y en televisión. Sonia dejó radicalmente el cine. Aún hoy, ni quiere ver sus películas ni quiere que las vean sus hijos y sus nietos. Claro que durante un tiempo se siguieron proyectando, y cada vez que había alguna escena picante, un beso o algo así, saltaba alguno diciendo: “¡Que viene Pirri!”, o cosa parecida. Un día empezó a correr un rumor infamante: Sonia habría dado a luz a un hijo negro. Fue una leyenda urbana de esas que se convierten en irresistibles: “Que sí, te lo juro, la enfermera que la asistió fue al colegio con mi hermana y se lo ha contado”. Por supuesto, no hubo nada de eso, pero ser actriz y casarse con un futbolista era algo que en la época no se toleraba tan bien.

En cuanto a Zoco, ya conté aquí que su mayor apuro era que Bernabéu conociera a María. María era muy recatada, y Bernabéu era bastante bruto en bastantes cosas. En años en que se tenía por castos y sagrados los oídos de las mujeres, en años en que los varones hablábamos con extrema prudencia ante ellas, él era capaz de cualquier cosa. Por eso Zoco retrasó el encuentro, hasta que un día fue inevitable. Bernabéu cubrió ampliamente los peores temores de su jugador: “Si un día te cansas de él, nos lo devuelves al club para semental”, le dijo a María, que quedó espantada.

Pirri y Sonia siguen juntos y felices. Tuvieron hijos, tres varones, y siete nietos. Igual de unidos han estado María Ostiz y Zoco, hasta la reciente y tan sentida muerte de este. Los Zoco-Ostiz dejan dos hijos y una hija, y ocho nietos.

Cuatro vidas colmadas, pues. Y como futbolistas, los dos completaron con gran rendimiento sus carreras. Les retiró la edad, no les retiró ni acortó su tiempo ninguna distracción derivada del matrimonio con una famosa. Ellas sacrificaron sus carreras, en todo en un caso, en gran parte en otra, por ellos y por los hijos.

El tiempo no justificó las reticencias de Bernabéu.

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martes, 29 septiembre 2015

Por Alfredo Relaño

Bernabéu le quería como ‘semental’

1443464249_287351_1443464341_noticia_normalIgnacio Zoco Esparza, natural de Garde, en el Valle del Roncal, el de Gayarre. Empecé a ir al fútbol justo el año que el Madrid le fichó de Osasuna, así que puedo presumir de haber visto casi toda su carrera. Rubio, espigado, jugaba de medio, con gran despliegue, ida y vuelta, poderío por alto y espíritu incansable. Cuando conducía el balón parecía siempre a punto de perderlo, por sus zancas largas que no parecían ágiles, pero nunca la perdía. Corría por él y por su compañero de media, el exquisito Muller, un alsaciano finísimo al que llamaban ‘el fatigué’, ya imaginarán por qué.     

 

En esos primeros años vivía de patrona con Glaría, que ocupaba la misma posición en el Atlético y se la disputaba en la Selección. Era llamativo ver cómo, tras los partidos de rivalidad, salían juntos en el coche de uno de los dos, para regresar a casa. Eso acabó cuando se casó con María Ostiz, un matrimonio entre famosos. María Ostiz era una cantautora popular, no de línea protesta, como luego se tradujo el término, sino de canciones costumbristas de tinte católico.

 

Se casaron en Pamplona. Bernabéu no pudo ir a la boda, cosa que a Zoco le alivió. Bernabéu no rendía culto al recato. Un día, me contó Zoco tantos años después, se encontraron a la salida del entrenamiento:

 

- Fue a recogerme María. Salíamos hacia el coche cuando le encontramos, llegando por la acera. No había escapatoria. Les presenté: “Don Santiago, ésta es María, mi señora”. “Ya, ya te conozco, María. ¡Felicidades! Te has llevado una joya. Pero hazme un favor: si un día te cansas de Ignacio, nos lo devuelves al club como semental”. ¡Fíjate la animalada que fue a decirle a María!

Fue campeón de la Eurocopa de 1964, frente a la URSS, en una señalada tarde de junio en el Bernabéu. Y campeón de Europa de clubes, con el Madrid, ante el Partizán, en Bruselas. Once españoles, el ‘Madrid ye-yé’. Ya eran años del 4-3-3 y él jugaba en la defensa, de líbero, cortando y saliendo, con Pirri, Velázquez y Grosso por delante. Ese equipo duró, ganó muchas ligas. En los partidos apurados del Bernabéu, el estadio le reclamaba en los últimos minutos para que subiera a rematar los córners. “¡Zoco, Zoco, Zoco!”. Él miraba a Muñoz, el entrenador. Si Muñoz bajaba la barbilla, él subía, con su tranco esforzado, entre ovaciones, en busca del gol difícil. Varias veces lo marcó y aquellos goles suyos se celebraban más que cualesquiera otros.

Los años pasaron por él y por sus compañeros. Un día de 1974 se vio aturdido por el torbellino de un ataque barcelonista formado por Rexach, Cruyff y Sotil, alimentados por Juan Carlos, Marcial y Asensi. El Madrid perdió por 0-5. Zoco decidió que hasta ahí había llegado. El día siguiente fue a decirle a Bernabéu que quería dejar el fútbol.

- Ahora estás bajo un impacto. Tómate dos días, vete con María por ahí, piensa.

- Me tomé dos días, hablé con María, pensé, volví y le dije que lo dejaba.

La final de Copa fue Madrid-Barça, en el Manzanares. Él era suplente. El Madrid ganaba 4-0 cuando Grosso, capitán,fue cambiado por Zoco, que cogió el brazalate. Molowny y Grosso habían pactado esa posibilidad de antemano. Zoco jugó unos minutos y cogió la Copa. Esa fue su última foto como futbolista.

Durante años fue delegado del club. Luego perteneció a la ‘guardia de corps’ de Di Stéfano, presidente de los veteranos. Fue amigo del alma de Pachín, con el que siempre discutía, incesable polémica entre el eterno conforme, él, y el eterno disconforme, Pachín. Veraneaba siempre en Cambrils, donde cultivó una larga amistad con Sadurní, el portero del Barça durante todos aquellos años.

 

La enfermedad le asaltó hace año y medio y estuvo a punto de llevarle. “He estado ahí”, me dijo la última vez que le vi, mientras movía el mantel de la mesa para mostrarme el suelo. Gozó de una prórroga de dieciocho meses. Hace poco y menos fueron a verle mis compañeros de As Tomás Roncero y Carmen Colino: “Tranquilos. Ya sabéís que yo soy católico, estoy tranquilo. No he hecho mal a nadie y sé que me espera algo mejor”.

Que así sea.

 

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miércoles, 23 septiembre 2015

Por Alfredo Relaño

El día que el baloncesto desplazó al fútbol

La Selección de baloncesto alcanzó ya una final europea en Francia, en 1983. No la ganó, pero ese día consiguió algo más difícil: desplazar de hora la final de Copa, Madrid-Barça. Un éxito sin precedentes sobre el fútbol. Aquello despertó no poca polémica y supuso la confirmación definitiva de que el baloncesto había arraigado.

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Eran buenos años para nuestro baloncesto, con la generación de los Corbalán, Epi, Fernando Martín, Sibilio, Andrés Jiménez, Romay, López Iturriaga, Solozábal… En 1982 habían sido cuartos en el Mundial de Cali, tras el aldabonazo de una victoria sobre Estados Unidos. En 1984 ganaron plata en los JJOO de Los Ángeles. En ese 1983 intermedio se permitieron el lujo de cambiar de hora la final de fútbol.

Y eso que aquel Eurobásket no empezó bien. El primer partido, contra Italia, dejó sabor desagradable. La primera parte no se pudo ver por la negativa de la televisión francesa a enviar la señal. España se presentó con una publicidad encubierta, BEE, Banco Exterior de España. Contravenía las normas, pero se quería hacer pasar la leyenda por Baloncesto Equipo España. En conversaciones previas entre la Federación, que presidía Segura de Luna, y el comité organizador, ya salió la cuestión, pero se confiaba en la comprensión final del francés Robert Bunsel, vicepresidente de la FIBA y exentrenador del Madrid. Pero a la hora de la verdad, no coló. Tras muchas discusiones, todos queriendo forzar la situación, España salió con las camisetas con el BEE. La televisión francesa no emitió la señal. Segura de Luna rectificó ya con el partido en marcha y se llevaron al banquillo camisetas sin ese logo. Pero Díaz Miguel, el entrenador, se negó a gastar un tiempo muerto en el cambio de camiseta, así que el cambio no se produjo hasta el descanso.

La segunda parte ya se televisó, tras explicaciones difíciles de los comentaristas. Y lo que se vio fue una España que estuvo a punto de ganar… pero perdió. A falta de 8 segundos, con 74-73 y posesión, Corbalán, el mejor del partido (19 puntos) cometió uno de los pocos fallos de su vida. En lugar de retener y botar, envió a Sibilio, Villalta interceptó, entregó a Marzorati y éste puso el 74-75. Se nos quedó cara de tontos.

Pero aquel era un gran equipo, se repuso, ganó a los restantes rivales del grupo (Yugoslavia, Francia, Grecia y Suecia) y llegó a la final, tras batir en semifinales a la URSS, 95-94, con una sensacional canasta de Epi. La semifinal se jugó el 1 de junio, adelantada un día, supuestamente por interés de la televisión holandesa, que jugaba la otra semifinal contra Italia. Eso aquí se tomó como una afrenta y un perjuicio para la maltrecha espalda de Fernando Martín. La expectación subió al máximo.

Italia ganó a Holanda. Final, pues, contra Italia, el único que nos había ganado, con el fallo de Corbalán, que siguió siendo el mejor cada día, el lío de las camisetas, el adelanto de la semifinal, la canasta de Epi… El ambiente estaba en todo lo alto.

La final era el domingo, 4, a las 20.30. El mismo día, a las 20.00, tenían que jugar en La Romareda el Madrid y el Barça la final de Copa. Era el Barça de Schuster y Maradona, con Menotti de entrenador. Y el Madrid con Di Stéfano de entrenador, que ya había sido segundo en tres competiciones: Supercopa (ante la Real), Recopa (ante el Aberdeen) y Liga (ganada por el Athletic el último día por derrota del Madrid en Valencia).

Por aquellos años, mucha gente del fútbol hacía muy de menos al baloncesto, como un deporte afeminado, sobrepagado y mimado por una prensa acrítica. Pero ya tenía un arraigo, había evolucionado de ser una cosa de Saporta y el Madrid a pretenderse alternativa real al fútbol. El conflicto se discutió apasionadamente. Por supuesto, la FIBA ni se planteó cambiar la hora.

Así que tras dos días de forcejeo se pasó la final de Copa a las 22.15. El director de RTVE era Calviño, el ministro de Cultura era Javier Solana, pero quien mandaba más en esas cosas era Alfonso Guerra. Eran años del primer gobierno socialista, aún quedaban rescoldos de la idea de que el fútbol había sido cosa de Franco para embrutecer al pueblo. Además, en el 82 el fútbol había dado el cante en el Mundial, celebrado aquí. El baloncesto gozaba de imagen más moderna, sus jugadores solían tener cultura universitaria, parecía mejor imagen para la España que venía. Había dos canales. Se hubiera podido dar uno por cada uno, pero el segundo de ellos, que llamábamos UHF, tenía poca implantación fuera de las grandes ciudades. Y tampoco al gobierno socialista le pegaba dar deporte por los dos canales. Así que tras intensos cabildeos, Pablo Porta, presidente de la Federación, cedió. Emitió un comunicado en el que incluyó que había habido consultas a la Casa Real.

El fútbol se dolió. Viajaban unos 25.000 culés y 13.000 madridistas, con trastorno para el regreso. Para los periódicos deportivos (As se quejó en un editorial y en un titular de portada) el atraso era demoledor para el cierre y la distribución. Habían planteado que hubiera sido mejor un adelanto. También protestaron restaurantes, cines y teatros, a los que hasta entonces había tenido en cuenta el fútbol.

Las bromas de Di Stéfano

Pero así fue. José Ángel de la Casa, que narró la final de fútbol para TVE, recuerda que se emitió el segundo tiempo del baloncesto por las pantallas de los videomarcadores del estadio, para lo que hubieron de hacerse ciertas adaptaciones técnicas.

España perdió la final con Italia, pero el baloncesto había ganado al fútbol. En Zaragoza se impuso el Barça, 2-1, con un cabezazo acrobático muy recordado de Marcos, casi sobre la hora. Fue un partido tenso, duro y desagradable, con una patada horrible de Migueli a Bonet que retiró a este del fútbol. Cuando Tente Sánchez, el capitán, cogió la Copa de manos del Rey Juan Carlos, ya era medianoche, la hora bruja. El presidente Núñez lloró como un niño. Ahí nació su fama de llorón.

Para Di Stéfano fue el cuarto subcampeonato. Aún tendría que sufrir otro, en la final de la Copa de la Liga, invento de Núñez que no duró mucho, y precisamente ante el Barça. Mucho castigo para Di Stéfano, que precisamente era de los que más se distinguían por hacer bromas sobre el baloncesto.

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miércoles, 09 septiembre 2015

Por Alfredo Relaño

Una tragedia cerró el circuito de Montjuïc

El 27 de abril de 1975 se despidió la Fórmula 1 del viejo circuito urbano de Montjuïc en circunstancias que evolucionaron de la polémica a la tragedia. Los pilotos se aliaron para no correrlo, por estimar que al circuito le faltaba seguridad. Al final lo hicieron, bajo amenaza, todos menos Emerson Fittipaldi, líder del Mundial. La carrera sólo consumió 25 de sus 75 vueltas, porque el coche de Stommelen perdió un alerón, voló y se estrelló contra el público, muy próximo a la pista. Aquello produjo una tragedia, sombrío antecedente de la ocurrida el sábado en Galicia.

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Ya existía en España el circuito permanente del Jarama desde finales de los sesenta, pero la tradición de Montjuïc (la montaña más deportiva del mundo), coronada por el viejo estadio que se remozaría para los JJ OO de Barcelona 92, se tenía muy en cuenta. Así que desde 1968, el Gran Premio de España de Fórmula 1 alternó: los años pares en el Jarama, los impares en Montjuïc… Hasta 1975.

Montjuïc era un circuito urbano, con subida y bajada al estadio. Tenía 3.790 metros y no respondía ya a las nuevas exigencias del automovilismo. No tenía escapatorias, había una curva llamada de vías en la que los coches cabalgaban las vías del tranvía, en la recta del estadio había un fuerte cambio de rasante que hacía que los vehículos quedaran suspendidos por unos instantes en el aire, la base de los árboles se envolvía en balas de paja… Pero tenía un sabor apasionante y era una tradición amada por la ciudad, en la que había mucha afición.

Aquel año, los pilotos se plantaron. Los circuitos urbanos desaparecían, (hoy ya sólo queda Mónaco), se exigían nuevas medidas de seguridad, circuitos permanentes diseñados ad hoc, con un firme determinado, amplias escapatorias, boxes permanentes… El viernes se negaron en redondo a correr. El circuito estaba protegido por guardarraíles, precariamente instalados, algunos sin atornillar. El plante fue absoluto y hablaron de marcharse. La organización (el RACC) les amenazó con ejercer la sanción de 100.000 libras presente en el reglamento. Incluso se deslizó que la Guardia Civil retendría los coches en España.

A la noche, miembros de la organización, voluntarios y hasta mecánicos de los equipos ajustaron los guardarraíles. El sábado, los pilotos, de mala gana, accedieron a correr la calificación. Fittipaldi dio una sola vuelta y se retiró, con un tiempo pésimo. El resto (incluido su hermano Wilson) hicieron una calificación normal. La primera línea es para los dos Ferrari, de Lauda y Regazzoni. Luego, Hunt, Andretti, Bambrilla… El penúltimo puesto en la parrilla es para una mujer, Leila Lombardi. A Fittipaldi se le acusó de sabotear la carrera porque era el líder y eliminarla le favorecía. Él replicó: “Soy un piloto, no un kamikaze”.

Sergio Gil estaba encargado de hacer para TVE un reportaje sobre la seguridad del circuito. Le acompañaba Manel Esteban, con cámara de cine. Estuvo por los boxes hasta que nada más darse la salida (que Fittipaldi contempló por televisión desde la antesala de salidas de El Prat) echó a andar hacia la primera curva, para entrevistar a la gente que se acumulaba en aquel punto, uno de los más calientes:

—Lo primero que vimos fue a Lauda, que volvía andando. Había habido una montonera en la primera curva y su coche se había inutilizado. Venía de un humor de perros. Pensé que la cosa había empezado mal.

En la vuelta 25 iba en cabeza el alemán Stommelen, que había salido el noveno, lo que da idea de lo accidentado de la carrera en un tiempo en que no había paradas que alteraran el orden. En una recta en la que se alcanzaban los 240 kilómetros por hora, su alerón se desprendió, el bólido se disparó, perdió el agarre, chocó contra el guardarraíl de la derecha y rebotó, volando sobre la carretera hasta el otro lado. Allí arrasó una zona cargada de público.

—No me acuerdo de nada. Desperté el martes.

A Sergio Gil, que estuvo en coma hasta el martes y a un tris de que le amputaran un pie, “que me quedó colgando, con fractura trimaleolar” le dieron por muerto. Incluso Radio Nacional lo emitió al aire. Manel Esteban se sintió tan desconcertado que cuando quiso grabar el escenario, del espanto metió su cinta al revés, con lo que no sólo no grabó, sino que perdió material anterior.

Al conocerse la dimensión de la tragedia, la carrera se dio por concluida, con la clasificación en ese momento y la mitad de los puntos. El triste podio lo ocuparon Jochen Mass, Jacky Ickx y Lole Reutemann. Leila Lombardi fue sexta, con medio punto. Sigue siendo la única mujer que ha puntuado en la Fórmula 1.

Murieron cuatro personas al instante: dos espectadores, un bombero y un periodista italiano residente en Canadá. Otra más falleció más tarde en el hospital. Entre los 10 heridos graves estaba un colaborador directo del príncipe Rainiero de Mónaco, relacionado con la carrera del Principado. Stommelen padeció siete fracturas, de las que se repondría con el tiempo. Los bomberos intervinieron eficazmente para apagar el incendio del coche, eso evitó que la tragedia fuera mayor. La organización se defendió argumentando que el origen del accidente fue la pérdida del alerón, no el circuito, y glosando la diligencia de los bomberos. Pero daba igual. El circuito estaba condenado.

Sergio Gil, que conservó su pie en perfecto estado, llegaría con los años a ser director de deportes de TVE. Hoy es destacado ejecutivo de Movistar, donde dirige el departamento de adquisiciones, recuerda aquellos años, como me pasa a mí, con asombro por el descuido con que vivíamos:

—Yo nací otra vez ese día. Ahora pienso… Entre el guardarraíl que limitaba el circuito y la valla del público había tres metros. A esa distancia veíamos pasar los coches. Como íbamos en coche sin cinturón, y en moto sin casco, con un niño sentado delante y otro atrás… Aquel circuito había sido bueno para los coches de época, que no pasaban de 80. Para las velocidades que ya se alcanzaban era inconcebible.

No hubo más Fórmula 1 en Montjuïc, aunque sí aún 11 ediciones de las 24 horas en moto. Hubo de llegar en 1986 el fallecimiento de un piloto, Domingo Parés, para que se suspendieran definitivamente.

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sábado, 05 septiembre 2015

Por Alfredo Relaño

El Betis retiró a Di Stéfano y Puskas

En una semana, del 1 al 8 de mayo de 1966, el Betis despidió del fútbol a Di Stéfano y Puskas, ambos en el Benito Villamarín. No contento con eso, siete días después, echó de la Copa al Madrid ye-yé, flamante ganador de la Copa de Europa. Prodigios del Betis.

Rara temporada aquella. El Betis había bajado a Segunda, en el último minuto del último partido, por un gol marcado por Ontiñano en Málaga para los locales. Con el 0-1, el Betis se salvaba hasta de la promoción. Con el 1-1, bajó como último de la tabla. El gol llegó tras largo descuento y en jugada en la que el Betis reclamó dos faltas. Era el último partido que arbitraba José Plaza, aquel que luego llegaría a presidir el Colegio de Árbitros, donde fue muy denostado por el barcelonismo. El capitán del Betis, Eusebio Ríos, se irritó tanto que le levantó por el cuello hasta ponerle los pies en alto. Pero Plaza no lo puso en el acta.

Betis
Esos duros acontecimientos se produjeron el 3 de abril. Tras la Liga, tocaba la Copa. Ernesto Pons, el entrenador, aseguró que podrían llegar lejos. Pons era un entrenador singular. No había sido futbolista, sino atleta, tuvo el récord de salto de altura desde 1944 a 1958, había sido seleccionador de hockey sobre patines. Un multidisciplinar avanzado en la preparación física. Llegó al fútbol como auxiliar físico de Daucik. En la 65-66 era el ayudante de Martim Francisco hasta que éste cayó tras 12 jornadas, con sólo 5 puntos. Pons había conseguido 18 puntos en 18 jornadas.

Así que podía creer en la Copa, que empezó bien, eliminando al Oviedo. En octavos tocó el Espanyol, en el que Di Stéfano consumía su segunda temporada, tras haberse marchado del Madrid. Le quedaban poco más de tres meses para cumplir 40 años. El partido de ida, en Sarriá, lo ganó el Espanyol 2-1. El segundo gol local lo marcó el propio Di Stéfano, con un buen tiro desde fuera del área.

La vuelta se jugó el 1 de mayo en el Benito Villamarín. Di Stéfano jugó con el 6, como medio organizador. El Espanyol mezclaba veteranos ilustres, con los jóvenes delfines, que ya asomaban. Ese día debutó Marcial. El equipo fue: Carmelo; Juan Manuel, Mingorance, Granero; Bergara, Di Stéfano; Miralles, Rodilla, Re, Marcial y José María. En el Betis juega Quino, más adelante presidente-fundador de la AFE. Lleva el 8, es interior de ataque. Di Stéfano y él se marcaron mutuamente:

—Para mí fue impresionante. ¡Di Stéfano! Ni me atreví a dirigirle la palabra. Él me marcaba cuando yo atacaba, yo le tenía que marcar cuando él iniciaba la jugada.

El Betis ganó 4-0. Quino jugó bien, marcó dos goles. Borbujo, corresponsal de Marca, escribirá: “Di Stéfano, muy retrasado siempre, no funcionaba, agotado por la endiablada rapidez de la juventud bética…”. Le calificó con un 1. Eliminado el Espanyol, ahí terminó la carrera de Di Stéfano. Ese verano ya haría de periodista para Efe en el Mundial de Inglaterra. Más adelante, entrenador del Valencia, fichará a Quino, bajo el recuerdo de aquel día en el que un joven interior le ganó la última partida.

En cuartos, el rival fue el Madrid. Ida, el domingo 8 en el Villamarín. El miércoles 11, el Madrid tiene que jugar la final de la Copa de Europa, en Bruselas. Los titulares van allí ya el sábado 7, con su entrenador, Muñoz, al frente. La visita al Betis queda confiada a los suplentes, con los que va Moleiro, segundo de Muñoz. En ese equipo reserva hay dos ilustres veteranos, Santamaría y Puskas. Mayores, pesados, han caído en la suplencia mediada la temporada. Puskas, que también iba hacia los 40, como Di Stéfano, había tenido su canto del cisne en esa misma Copa de Europa, cuando en dieciseisavos le había marcado cuatro golazos al Feyenoord en el Bernabéu.

El Madrid jugó ese día con: Betancort; Calpe, Santamaría, Casado; Tejada, Miera; García Ramos, Félix Ruiz, Jaime Blanco, Puskas y Bueno. En Bruselas, jugarán once distintos: Araquistáin; Pachín, De Felipe, Sanchís; Pirri, Zoco; Serena, Amancio, Grosso, Velázquez y Gento.

El Betis gana 3-2, y eso que Betancort le para un penalti a Rogelio. Puskas, marcado por Azcárate, “es una sombra con mucha tripa”, escribe Cronos, enviado de Marca, que le pone un 0. Fue su último partido. Siete días después que Di Stéfano, también él se quita por última vez las botas en el vestuario visitante del Villamarín.

El domingo 15, día de San Isidro, el Madrid recibe al Betis en el partido de vuelta. Pero antes hay un homenaje multitudinario, porque el miércoles ha ganado su sexta Copa de Europa, esta con 11 españoles. Hay desfile de peñas y banderas. El Betis espera en el túnel a que le toque salir. Cuando lo hace, forma pasillo al Madrid y Eusebio Ríos, de capitán a capitán, obsequia un ramo de flores envuelto en celofán a Gento. Esa misma tarde, el más madridista de los toreros, Antoñete, hace en Las Ventas su célebre faena a un toro blanco de Osborne, de la que se hablará por años. A la corrida asiste Franco, llevando como invitado al presidente de Nicaragua.

El Betis sale con la misma alineación de los anteriores partidos: Vega; Aparicio, Ríos, Antón; Frasco, Azcárate; Girón, Quini, Landa, Dioni y Rogelio. En el Madrid faltan, por fatiga o golpes, tres de los campeones, Sanchís, Amancio y Grosso, reemplazados por Miera, Félix Ruiz y Jaime Blanco.

El partido será sonado, porque el Betis eliminará al Madrid tras 149 minutos de juego. El tiempo reglamentario acabó 1-0, gol de Gento. En la época no había valor preferente para los goles fuera. Prórroga. En el 96’, Pirri marca el 2-0, pero en el 118’ Landa hace el 2-1. Hay que seguir, porque tampoco había aún tandas de penaltis. Se jugaban prórrogas sucesivas de diez minutos hasta que alguien marcara un gol. La primera prórroga acaba sin gol. Cambio de campo. Diez minutos más sin gol, y Frasco expulsado por lanzar un balonazo a la grada. Cambio de campo y tercera prórroga. Cuando falta un minuto para que acabe, Landa caza otro gol. ¡El Betis, descendido a Segunda, ha eliminado al campeón de Europa!

En semifinales, el Betis cayó ante el Athletic. Pero eso no borró el buen sabor de esos 15 días milagrosos de mayo, en los que un Betis recién descendido fue noticia nacional con una alineación que los aficionados de años aún repiten de memoria. Y los más minuciosos recuerdan que fue en la bancada del vestuario visitante del viejo Benito Villamarín donde Di Stéfano y Puskas se descalzaron sus últimas botas de fútbol.

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miércoles, 26 agosto 2015

Por Alfredo Relaño

“¡Así, así, así gana el Madrid!”

El 25 de noviembre de 1979, el Madrid visitó al Sporting. Gran Sporting el de aquellos años. Tenía a Quini, formidable goleador, que más adelante pasaría al Barcelona, y varios otros jugadores locales extraordinarios que menudeaban en la selección. Y tres argentinos estupendos, los defensas Doria y Rezza y el extremo Ferrero.

Sporting

La última visita del Madrid, el curso anterior, fue con la Liga en juego. Ganó el Madrid 0-1, gol de Santillana, y cogió una distancia sólida a siete jornadas del final. Una victoria sin objeciones… o no tanto. Nadie objetó la justicia del resultado, del que fue causante, sobre todo, García Remón, infranqueable meta madridista. Pero la semana anterior, el Sporting había regresado muy dolido de Salamanca, donde el árbitro García Carrión había expulsado a Doria y a Ferrero. La consecuencia fue que, aparte de traerse un pobre 0-0 entre las manos, el Sporting sufrió esas dos bajas para recibir al Madrid. Sobre todo la de Ferrero era fundamental.

El Madrid ganó finalmente la Liga con cuatro puntos sobre el Sporting, segundo. Nunca antes el equipo gijonés había estado tan cerca del título. Eso bullía aún en el recuerdo unos meses después, cuando le toca al Madrid visitar El Molinón en la jornada 11. Los dos siguen fuertes. Es líder la Real, con 16 puntos, el Madrid es segundo, con los mismos, y el Sporting, tercero, con 15. En Gijón se habla de las expulsiones de Salamanca. La tensión crece cuando se conoce el árbitro, Ausocúa Sanz, vallisoletano, que en la Liga anterior había montado un lío en la visita del Madrid a San Mamés: anuló un gol al madridista Aguilar para volverse luego atrás y concederlo. Aquel partido acabó 3-3.

El partido tiene foco nacional. Durante la semana hay negociaciones para televisarlo, cosa que se discute hasta el mismo sábado. Al final, se da. Para el Sporting, es una primera victoria, porque va a cobrar por ello seis millones, más dos y medio de taquilla y uno de publicidad estática. Su presidente, Vega Arango, negoció bien.

El Madrid llega la mañana del sábado, en coche cama. Se entrena por la tarde en Mareo, la escuela del Sporting. Allí mismo se entrenó por la mañana el Sporting, concentrado en la instalación. Luis de Carlos, presidente del Madrid, hace relaciones públicas. Acude a Langreo, a dar una charla a peñas madridistas tras visitar una mina.

Hay ola de frío: cero grados a las ocho de la tarde, cuando empieza el partido. Con El Molinón lleno y toda la afición nacional ante la tele, saltan al campo los equipos. Novoa alinea a: Castro; Uría, Doria, Jiménez, Cundi; Joaquín, David, Mesa; Abel, Quini y Ferrero. (Castro, hermano de Quini, fallecería en condiciones trágicas y heroicas en 1993, en una playa cántabra, al salvar a un niño inglés que se ahogaba). Aguilar entró por Quini en el 82', y Rezza por Abel en el 89'. Aguilar era el del gol en San Mamés. En verano pasó del Madrid al Sporting. Boskov saca a: García Remón; San José, Benito, Pirri, Camacho; Ángel, Stielike, García Hernández; Juanito, Santillana y Cunningham. En el 38' salió Roberto Martínez por San José, ya se explicará por qué.

En el 6' llega la jugada que alborotará el partido. Ferrero encara a San José y le hace una clásica: le pasa el balón por un lado y le rodea por el otro. San José reacciona tratándole de obstruir y le lanza el codo para que no pase. Así le frena, en falta. Ferrero, enfadado, le da un empujón seguido de patada en la rodilla. San José cae y se duele. Ausocúa pita la falta… y expulsa a Ferrero. Este protesta, muestra que está sangrando por la nariz y la boca, pero Ausocúa se muestra inflexible. El público, cuando ve que Ferrero sale expulsado con la cara partida (la sangre es visible desde la grada), estalla. Tardará seis minutos en reanudarse el partido, por las sucesivas oleadas de almohadillas.

Y estalla el grito, espontáneo, unánime: “¡Así, así, así gana el Madrid!”. Desde las casas de toda España se percibe.

El partido ya está malbaratado. Los dos equipos juegan nerviosos y con suciedad. Cada vez que San José toca el balón se arma un escándalo. En el 31', el Madrid, que está jugando mal, se adelanta, en un córner que lanza Cunningham y remata García Hernández, tras rozar Quini con la cabeza. El humor del público empeora.

En el 38', Boskov retira a San José, temiendo que le expulsen o le lesionen. Sale Roberto Martínez y recompone el equipo, metiendo a Stielike en la defensa y a Juanito en la media. No funcionará. Para más escándalo, en el 41' Benito entra fuerte a Mesa, Ausocúa acude y le muestra roja… para de inmediato rectificar y mostrarle la amarilla. (Luego justificará que su idea inicial era la amarilla, y que tiró de la roja por error). Ya es el colmo.

“¡ASÍ, ASÍ, ASÍ GANA EL MADRID!”. El campo es un trueno.

Al borde del descanso empata el Sporting, en remate de Joaquín al borde del área chica. Es el 1-1. Ya no habrá más partido. El segundo tiempo es un barullo. El Sporting, con 10 e irritado, no encuentra los caminos. Ferrero era su gran baza para abrir defensas. El Madrid se encajona atrás, apenas contraataca, está desdibujado por el cambio y el punto, a fin de cuentas, le sirve. Así acaba el partido. Todo lo que ocurre es el cántico, repetido una y otra vez, cada vez que el árbitro pita algo que al público no le va: “¡Así, así, así gana el Madrid!”

El Madrid ganará esa Liga, con un solo punto de ventaja sobre la Real, que no perdió ningún partido hasta el penúltimo, en Sevilla. El Sporting fue tercero, pero ya lejos, a 14 puntos del campeón. Su gran generación se quedó sin título.

Pero de aquella aguda rivalidad surgió ese grito denuncia del que se apropiaron los antimadridistas de toda España. Y más tarde los madridistas, que lo cantan a su vez a pleno pulmón y con orgullo, dándole la vuelta en la intención, en las grandes remontadas.

"¡Así, así, así gana el Madrid!"

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miércoles, 19 agosto 2015

Por Alfredo Relaño

El curioso final de la primera Liga

Liga

Hacía ya algunos años que se hablaba en nuestro fútbol de copiar la fórmula inglesa del todos contra todos, que ya existía allí desde cuarenta años atrás. Crecía el profesionalismo, los jugadores querían cobrar más y hacían falta más y mejores partidos. Con los campeonatos regionales más la Copa, a la que acudían los mejor clasificados de aquellos, no llegaba. Se trataba de completar los ingresos con amistosos e incluso giras por el extranjero, pero la solución sólo la podía dar una Liga, con un calendario firme y otro título, distinto del de Copa, en juego.

Hubo, eso sí, discusiones sobre cuántos y quiénes debían participar. Los que habían ganado alguna vez la Copa se pusieron de acuerdo en que debían ser ellos y sólo ellos. Eso reduciría el campeonato a seis participantes: Barcelona, Athletic de Bilbao, Real Madrid, Real Sociedad (heredera del Club Ciclista de San Sebastián, como se llamaba cuando ganó la Copa), Real Unión de Irún y Arenas de Guecho. Pero otros querían participar. Tenían también un desarrollo amplio, la misma necesidad de hacer más taquillas y sostenían que con más equipos la cosa saldría mejor. A los primeros se les llamó minimalistas, a los otros, maximalistas. Estos hicieron un grupo fuerte y vindicativo, con tres que habían llegado a ser subcampeones de Copa, Atlético de Madrid, Espanyol, Europa (de Barcelona), más Celta, Iberia (de Zaragoza), Murcia, Racing de Santander, Sevilla, Sporting y Valencia.

La polémica fue larga y dura. A falta de acuerdo, durante el año 28 cada grupo organizó su Liga propia, la maximalista y la minimalista, pero ninguna de las dos llegó a completar el calendario, aunque de aquello salió la idea de hacer una Primera y una Segunda División.

Por fin llegó el acuerdo. Los minimalistas accedieron a abrirse a diez participantes, dando entrada al Atlético, el Espanyol y el Europa, más un equipo, primero llamado X, que saldría de una competición entre los restantes aspirantes. La ganó el Racing. Así que aquella primera Liga la jugaron cuatro vascos (Athletic, Real Sociedad, Real Unión y Arenas de Guecho), tres barceloneses (Barça, Espanyol y Europa), dos madrileños (Real Madrid y Atlético) y un cántabro, el Racing.

Arrancó el 10 de febrero del 29, una semana después de la final de Copa. Es la única Liga que se jugó después de la Copa, en lo sucesivo sería al revés, primero la Liga y luego la Copa, hasta estos últimos tiempos, en los que van revueltas.

Liga2


La final de Copa de ese año, por cierto, fue sonada. Se disputó el 3 de febrero en Valencia, entre el Espanyol y el Madrid. Valencia parecía un lugar propicio, por equidistancia y clima invernal que se suponía suave, pero esos días ocurrió lo que hoy conocemos como gota fría. Llovió muchísimo.

Y hubo un grave incidente político. Por la mañana llegó al puerto de Valencia, procedente de Sette (Francia), un vapor de nombre Onsala a bordo del cual iba uno de los políticos más célebres de la época: José Sánchez Guerra. Había sido jefe del Partido Conservador, presidente del Congreso, presidente del Consejo de Ministros, dos veces ministro de la Gobernación. Se había opuesto a la dictadura de Primo de Rivera y exiliado en París. Su retorno a España tenía como fin derrocarle. Fue detectado y recluido en el cañonero Dato, en el que pasaría meses.

En esas circunstancias, el delegado del Gobierno se negó a que el partido fuera aplazado dos o tres días como le pedían. No quería gente en la ciudad, y el partido había atraído a mucha. Como era inminente el comienzo de la Liga, la final sólo podría jugarse ese mismo día o ya acabado el nuevo campeonato. Confiando en una mejoría del tiempo, los equipos decidieron jugar. Pero la gota fría siguió ahí, persistente. Se jugó sobre una laguna, en condiciones que no se han vuelto a ver. Ganó el Espanyol 2-1. Pasó a la historia como La Final del Agua.

Siete días, después, el 10, empezó la Liga. El primer gol se lo marcó el extremo derecha del Espanyol, José Prat, al meta del Real Unión de Irún, Antonio Emery, abuelo del hoy entrenador del Sevilla.

Los resultados de aquella primera jornada fueron: Arenas 2, Atlético 3; Espanyol 3, Real Unión 1; Real Sociedad 1, Athletic 1; Real Madrid 5, Europa 0; Racing 0, Barcelona 2.

El 23 de junio, concluidas las dieciocho jornadas, el Barça era primero, con los mismos puntos que el Madrid, el goal average particular empatado (1-2 en Les Corts y 0-1 en Chamartín) y una ajustadísima ventaja en el general, que entonces y durante mucho tiempo se establecía por división, no por diferencia. El Barça, con 35 marcados y 23 encajados, tenía un cociente de 1,5217. El Madrid, con 40-27, tenía 1,4814.

Pero el Barça no era campeón. ¿Por qué? Porque tenía aplazado un partido, su visita a Guecho, que debía haber cubierto el 19 de mayo. Aquel partido se pospuso por luto en honor a José María Acha, presidente del Arenas y alma mater de la Liga. Era el hombre que más había luchado para superar incomprensiones y sacar adelante el campeonato. Se había matado esa misma semana, en carretera, cuando acudía a ver en Madrid el España-Inglaterra. Un partido histórico que España ganó 4-3 y que supuso la primera derrota de los ingleses con un equipo del Continente. Una ocasión jubilosa, que se ensombreció con la muerte de Acha.

Primero y con un partido aún por jugar… Pero el Barça no era campeón porque cualquier derrota en Guecho, aun por un gol, haría su cociente peor que el del Madrid. El Arenas era el quinto en la tabla, había hecho algunos resultados muy buenos.

Así que una semana después de acabados todos los partidos se jugó el decisivo Arenas-Barça, en el viejo campo de Ibaiondo, donde cuentan que una vaca miraba siempre los partidos, lo que dio lugar a no pocos dichos. (“Ese ha visto más fútbol que la vaca de Ibaiondo”. O: “No te creas que ése, por haber visto tanto fútbol, sabe mucho; más fútbol ha visto la vaca de Ibaiondo y no sabe nada”).

El partido, disputado el 30 de junio, estuvo empatado a cero hasta mediada la segunda mitad. Dos goles del extremo izquierda del Barça, Parera, lo decidieron luego. El Barça ganó 0-2 y se proclamó campeón después de una semana de suspense.

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miércoles, 05 agosto 2015

Por Alfredo Relaño

El verano que se fue Di Stéfano

Me han preguntado mucho este verano, al hilo de lo de Casillas, si la salida de Di Stéfano del Madrid fue tan traumática. Ocurrió en el verano del 64. La historia fue así:

El Madrid ganó la Liga 63-64 y llegó a la final de la Copa de Europa. Di Stéfano seguía siendo inamovible. La final, el 27 de mayo, en Viena, contra el Inter de Helenio Herrera, iba a ser el desencadenante de su salida. La víspera discutió con Muñoz, el entrenador, delante del propio Bernabéu y del gerente, Calderón. Di Stéfano sostenía que el lateral derecho, Isidro (padre de Quique Sánchez Flores), debería ir a la media con Corso, falso extremo del Inter. Muñoz decía que no, porque el lateral izquierdo, Facchetti, velocísimo, encontraría un pasillo libre para aprovechar los lanzamientos de Luis Suárez. Di Stéfano llegó a sugerir que Amancio, extremo derecha, se fuera a la izquierda junto a Gento.

 

Distefano

—¡A ver si Facchetti se atreve a quedarse en la izquierda o se va al otro lado a seguir a Amancio!

Era, me explicó en su día Di Stéfano, una forma de forzar la argumentación.

—Pasó lo que me temía. Ellos atacaban con Jair, al que cogía Pachín, y Milani, al que marcaba Santamaría. Isidro estaba solo, sin misión. Milani se movía, arrastraba a Santamaría, y Zoco tenía que bajar a tapar el centro. Total, atacaban dos y defendíamos con cuatro. Y en el medio eran más. Tenían el juego.

Di Stéfano insistía a Isidro que se fuera a la media sobre Corso, pero no se atrevía. Muñoz no quiso cambiar en el descanso. En la segunda mitad, Di Stéfano se acercaba al banquillo cada vez que podía para insistir en lo mismo. Muñoz acabó por mandarle a la mierda, Di Stéfano le mandó a la mierda a él. Todo con los peores gritos y modos.

—¡Yo me estaba preocupando por todo, matando a correr y me manda a la mierda! ¡Me podía haber quedado arriba, de delantero centro y allá cuentas!

El Madrid perdió 3-1. Era miércoles. El domingo se jugaba la vuelta de cuartos de Copa contra el Atlético. A la hora de hacer la convocatoria para el partido de vuelta, Muñoz no incluye a Di Stéfano.

Di Stéfano le pidió explicaciones. Muñoz le dijo que hablara con Saporta.

Subió a hablar con él. Bernabéu acudió al despacho, pero no decía nada. Saporta le razonó que ya tenía casi 38 años (cumplía el 4 de julio), que había perdido la velocidad. Que podía quedarse en el Madrid “de lo que quisiera”, pero no le aclaraba de qué. Después de la bronca con Muñoz, la perspectiva no le era grata. Él pedía seguir jugando, se ofreció para, si en noviembre no era titular, aceptar ese “lo que fuera”, pero sólo cuando estuviera convencido. Al fin y al cabo, había sido titular en una campaña con título de Liga y final de Copa de Europa. Aunque también era cierto su número de goles bajaba. Sólo 11 en esa Liga.

La noticia se hizo pública: el Madrid le ofrecía a Di Stéfano un puesto fuera del césped. Mientras, el equipo perdió, tras desempate, la eliminatoria contra el Atlético. El joven Grosso, que precisamente había jugado media Liga como cedido en el Atlético, cargó con el 9 de Di Stéfano.

Recibe ofertas. Del Celtic. Del Espanyol, donde Kubala acaba de pasar de jugador a técnico. Del Betis. Del Milán, ante el que en esa misma Copa de Europa había hecho su última gran exhibición, en un 4-1 en el Bernabéu.

Eso le afianza en la idea de que aún puede jugar. Mientras, pide permiso para irse de vacaciones. Se lo niegan. Tiene contrato hasta el 30 de junio y ha de cumplir. Así que el 10 de junio juega obligado un amistoso en Rouen. Era la ampliación del estadio Robert Diochon, con inauguración de luz artificial. La alineación fue: Araquistain; Miera, Santamaría, Pachín; Muller, Felo; Evaristo, Pipi Suárez, Di Stéfano, Puskas y Gento. El campo revienta, acude incluso Maurice Herzog, mítico conquistador del Annapurna, a la sazón Ministro del Deporte de Francia. En Madrid, el partido apenas merece pequeños recuadros en prensa. Ese día se concentra la Selección con vistas a la fase final de la Eurocopa, que ganará con el célebre gol de Marcelino. En el grupo hay dos madridistas, Zoco y Amancio, que por ello faltarán a ese último partido de Di Stéfano, hoy olvidado.

Juega mal. Se retira en el descanso por un tirón. Le sustituye Yanko Daucik. El Madrid gana 1-4. El otro partido de la minigira por Francia, ante el Olympique de Lyon, ya no lo juega. El 24 de junio de 1964 el club anuncia oficialmente su baja como jugador. Atrás quedaban 11 temporadas, con ocho Ligas y cinco Copas de Europa.

Veranea primero en Niza, luego en Galicia. Acude a Madrid a algún encuentro con Saporta y Bernabéu. La prensa informa escuetamente de esos contactos. Siempre se dice que el acuerdo está cera. Versión Saporta, claro.

Pero el 19 de agosto, notición: ha fichado por el Espanyol. Circula la foto de la firma, con Kubala, Ricardo Zamora y el presidente, el audaz Vila Reyes, muy sonrientes detrás. No hay ningún acto de despedida en el Madrid, ni solo ni acompañado. Por los duendes del fútbol, el primer partido de la Liga 64-65 será Espanyol-Real Madrid. Rara imagen: el Madrid a un lado, Di Stéfano al otro, vestido de blanquiazul. Jugará bien, pero gana el Madrid 1-2, los dos de Puskas.

El Boletín del Madrid de septiembre publica en su página editorial la cartas cruzadas, todavía en mayo, entre Di Stéfano y Bernabéu, donde aquel le solicita la baja antes de tiempo y donde éste le esgrimía las razones por las que se la niega. Esta carta incluye la expresión DISCIPLINA IMPRESCINDIBLE, así, en versales. La publicación me pareció en su día, y aún hoy me parece, un acto excesivo y feo.

Jugó dos temporadas en el Espanyol, con rendimiento decreciente. Al final de la 65-66, al borde de los 40, colgó las botas. El verano siguiente el Madrid le ofreció su partido de homenaje, debido a todos los que cumplían diez años de permanencia en el club. Fue ante el Celtic de Glasgow, campeón de Europa trece días antes. Jugó unos minutos y luego cedió el puesto Grosso, confirmado así como su heredero. Fue la última vez que se saludó con Bernabéu. Se esfumó lo de quedarse “de lo que sea”.

Quedó desconcertado. Aunque pronto le saldría una oferta para entrenar al Elche, pensó primero volver a Buenos Aires. Y le dejó a Bernabéu un telegrama doliente:

“Don Santiago me voy a mi tierra-No sé si volveré pronto o nunca- En estos años se habló mucho de nosotros-Yo llevé la peor parte-Fui un fenómeno o un gamberro-Si no me acerqué a usted era porque no quería que creyera que buscaba un puesto regalado-Por lo menos eso no me lo puede quitar nadie-Lo que gané siempre fue con esfuerzo-Observé que para estar bien con usted había que ser falso-Tuve muchas desilusiones y nadie me dio moral-Usted como padre me falló-Ahí se ve que nunca tuvo hijos porque los padres siempre perdonan-Si no vuelvo más le llegue a usted mi felicitación y mi recuerdo cariñoso-Un abrazo-Alfredo.”

Bernabéu cambió de nombre su barca de pesca. Borró el de Saeta Rubia, que le había puesto en homenaje a Di Stéfano, y la rebautizó como Marizápalos, el apodo con que de niña conocían en familia a su esposa, Doña María.

No se volvieron a hablar. Pero siempre preguntaron el uno por el otro a los conocidos comunes.

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jueves, 30 julio 2015

Por Alfredo Relaño

Coppi estrenó el Alpe d’Huez

“Ha sido asombrosa la subida de esta formidable cuesta de Alpe d'Huez que desbanca, desde luego, por su porcentaje y espectacularidad, a todas las cuestas de la Vuelta a Francia. Y aunque el Tourmalet le aventaja en cuatro kilómetros de longitud, no obstante la de hoy es superior desde todos los puntos de vista. Se trata de catorce kilómetros, de los que la mitad es un tendido continuado de hasta un doce por ciento como mínimo. Una vez allí, y aunque aparatosas por sus zig-zags frecuentes, su pendiente disminuye cuando las piernas parecía que tenían que resentirse y la inclinación se suponía igual a la primera parte.”

Alpe

Así describía Manuel Serdán, en su crónica de Marca del sábado 5 de julio de 1952, la subida a L’Alpe d´Huez, estreno ese año en el Tour. No era propiamente un puerto, sino la subida a una estación de esquí, sin bajada por detrás. La ganó Fausto Coppi, El Campeonísimo. Su dureza hizo que no se programara de nuevo hasta 1976. Desde entonces ha sido casi permanente y casi siempre decisiva, como ha resultado de nuevo esta vez, con Froome sufriendo los arreones de Quintana. “He creído morir de mil muertes”, dijo Froome al llegar. Lo mismo que le pasó a todo el pelotón en 1952, torturado por Coppi.

Fausto Coppi fue un genio, al que sólo la Segunda Guerra Mundial, que interrumpió las actividades en lo mejor de su edad, impidió tener un palmarés igual o mejor que Merckx. Su rivalidad con Gino Bartali, cinco años mayor, fue legendaria.

Coppi apareció en el Giro como doméstico de Bartali en 1940, y lo ganó. Desbancó a su intocable jefe de filas, ganador ya por entonces del Giro en el 36, y el 37, y del Tour del 38. ¿Quién era ese mocoso que se atrevía a desbancarle?

Ese mocoso era un chico espigado, de cuerpo leve, nariz aerodinámica, sonrisa triste y dos piernas muy largas, fortísimas en los muslos, finísimas hacia el tobillo. Apareció junto a su enigmático descubridor, Biagio Cavanna, su masajista ciego. Había sido boxeador y corredor de pista antes de perder la visión por una enfermedad venérea. Alguien le habló del joven Coppi y le tomó a su cargo. Fue su masajista (decían que sus dedos emitían radiaciones curativas) y su consejero.

No hubo Giro del 41 al 45, ni Tour desde el 40 al 46, ambos inclusive. Durante la guerra, Coppi incluso estuvo prisionero de los ingleses en Túnez, desde abril del 43 hasta febrero del 45. Con la paz volvió el ciclismo. El Giro del 46 lo ganó Bartali, por delante de Coppi. Hacía diez años que había ganado su primer Giro. Y en 1948 ganó el Tour, diez años también después del primero.

Pero Coppi no le dejaba vivir. Ganó el Giro de 1947, el Giro y el Tour de 1949. Con este Tour, en el que perdió media hora el primer día, dio el gran salto. Era la primera vez que un corredor ganaba Giro y Tour el mismo año. Los franceses quedaron de verdad impresionados. Allí, Fausto pasó a ser Fostó.

Aquella legendaria rivalidad estaba en sus máximos en 1952. Italia se dividía entre ambos. Para más leña al fuego, Coppi se había declarado agnóstico, mientras Bartali era un fervoroso creyente, al que apodaron El Monje Volador. Físicamente también eran muy distintos. Bartali era macizo, proteico; Coppi, aéreo, con tipo de ave zancuda. Coppi era el favorito de los intelectuales; Bartali, el del pueblo. Alfredo Binda, el seleccionador italiano, tuvo enormes problemas para hacer el equipo para el Tour del 52, porque ambos, más un tercero en discordia, el gran Fiorenzo Magni, querían imponer sus domésticos favoritos. Italia acudió en la idea de que Coppi sería el jefe de filas… en principio. Luego, la carrera decidiría.

Y la carrera decidió en la décima etapa, la del Alpe d’Huez. Se llegó a allí, curiosamente, con el maillot amarillo en las espaldas de otro italiano, Andrea Carrea, fiel doméstico de Coppi. La víspera se había metido en una escapada, para controlar. La fuga prosperó y él acabó la jornada como líder, sin comerlo ni beberlo. Lloró. Temía haber contravenido a su jefe, que le tuvo que tranquilizar.

Pero estábamos en la décima etapa, Lausana-Alpe d’Huez. En Bourg d’Oissans arrancaron Robic y Geminiani, dos franceses que también se las tenían entre sí. Tras ellos saltó Coppi, les alcanzó, les rebasó. Robic le aguantó la rueda más tiempo, con su cuerpo pequeño y su estilo epiléptico. Coppi subía a marcheta, con suaves acelerones, casi imperceptibles. Le soltó de rueda. Llegó arriba solo. Se puso líder.

Por las dudas, el día siguiente ganó también la gran etapa alpina, que incluía la Croix de Fer, el Galibier, Lautaret, Monginèvre y la meta en alto en Sestriere. Coppi se va solo desde el Galibier, gana de nuevo. Segundo ese día será Bernardo Ruiz, al que suelo visitar los veranos en Torrevieja: “Es el mejor que ha habido. El único que podía irse cuesta arriba y luego aumentar la ventaja bajando y llaneando. Además, corría y dejaba correr. Él marcaba unas etapas en las que resolver y el resto lo dejaba para otros”.

Bernardo Ruiz fue tercero en ese Tour, lo que le convirtió en gloria nacional. Aún tiene el récord de grandes vueltas (Vuelta, Giro y Tour) consecutivas terminadas: doce, entre 1954 y 1958. En el 55, 56 y 57 hizo las tres. Ayer, al llegar a París, le igualó Adam Hansen. Han pasado 57 años hasta que alguien ha igualado su récord.

Bartali tuvo que inclinar la cabeza ante Coppi. El signo de sumisión llegó en la etapa siguiente, Sestriere-Mónaco. Coppi pincha y Bartali le pasa la rueda. En Italia, el gesto será noticia de primera página. Muchos afirman que la célebre foto en que se pasan el agua es de ese mismo día. La superioridad de Coppi fue tal que la organización aumentó sobre la marcha en 500.000 francos el premio para el segundo. Coppi ganó con 28m17s sobre Ockers, que se llevó ese premio extra. Casi tanta distancia hubo entre Coppi y Ockers como entre éste y el décimo, el español Gelabert.

Ganó dos Tours, cinco Giros, un Mundial, el récord de la hora, tres Milán-San Remo, cinco Giros de Lombardía, una París-Roubaix y una Flecha Valona, e innumerables carreras menores. Eso después del corte de la guerra y de pasar el 1950 casi entero lesionado, con graves fracturas y 1951 hundido por la muerte de su hermano Serse, que se mató al meter la rueda en una vía de tranvía en Turín, en el Giro del Piamonte.

Su fama se agrandó por su vida personal. Abandonó a su mujer, Bruna Ciampolini, La Dama Nera, siempre vestida de negro, por la de su médico, Giulia Occhini, La Dama Bianca, siempre de blanco. La Italia de la época, tan católica, lo desaprobó. Tuvo hasta una admonición del Papa. La Dama Bianca fue encarcelada tres días, por denuncia de adulterio por parte del marido abandonado. Se casaron en Buenos Aires, matrimonio que Italia no reconocíó. Tuvieron un hijo allí, conocido en Italia como Coppino.

Murió en enero de 1960, antes de los 40. Aún corría exhibiciones para mantener a sus dos familias. Fue invitado con otros ciclistas a una cacería en Burkina Fasso, a cambio de correr un critérium. Volvió enfermo. Se pensó primero en una gripe, luego en neumonía. De Francia avisaron que Geminiani había regresado con malaria, pero no hicieron caso. Y murió de malaria, mientras Geminiani, bien tratado, se salvaba.

Una de las curvas del Alpe d'Huez lleva su nombre.

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miércoles, 10 junio 2015

Por Alfredo Relaño

Aquella final de los postes cuadrados

El 31 de mayo de 1961, el Barça saltó al estadio Wankdorf de Berna para jugar su primera final de la Copa de Europa. Dos de sus jugadores, los húngaros Kocsis y Czibor, viven un mal recuerdo: siete años antes habían perdido allí con increíble fatalidad la final de la Copa del Mundo, ante Alemania. Eso les roía por dentro.

 

Ese año el Barça participó en cuatro competiciones: Liga, Copa, Copa de Ferias y Copa de Europa. La Liga la había acabado cuarto, a veinte puntos del Madrid. En la Copa acaba de eliminarle en octavos el Espanyol. De la Copa de Ferias, cuyas dos ediciones previas había ganado, le eliminó en cuartos el Hibernian.

 

Sólo le quedaba una bala, pero como diría Valdano, era de cañón: la Copa de Europa.

 

La Copa de Europa había sido patrimonio exclusivo hasta entonces del Madrid, ganador de las cinco primeras ediciones. En la sexta se cruzó con el Barça, en octavos. Pasó el Barça, con dos muy polémicos arbitrajes ingleses. Luego, en la semifinal con el Hamburgo de Uwe Seeler, se produjo una curiosa situación. El Barça viajó a Alemania con la corta renta de un 1-0. El partido de Hamburgo se televisó en España. Iba 2-0 cuando en el minuto 89 se apagó la señal. El horario contratado de los enlaces internacionales se ajustó tanto que un pequeño retraso del partido hizo que la pantalla se fuera a negro, con 2-0 y el choque expirando. Fue entonces, en el último instante y lejos de los ojos de la afición, cuando Kocsis marcó el 2-1. En España, la mayoría nos enteramos el día siguiente, por el periódico. En la época no había ni programas de radio nocturnos. Aquel gol milagroso de Kocsis dio paso a un desempate en París que ganó el Barça.

 

Así que allí estaba el Barça, en la final, en su primer año post HH. Helenio Herrera había sido el creador de aquel equipo, ganador en el 60 de Liga, Copa y Copa de Ferias, pero no de la Copa de Europa, de la que le eliminó el Madrid, y aquello precipitó su salida al Inter de Milán. Le había sustituido un yugoslavo, Ljubisa Brocic, caído a su vez en enero ante la mala marcha en la Liga. Ahora el entrenador era su segundo, Enrique Orizaola, que se jugaba su carrera a este partido.

 

Enfrente estaba el Benfica, en el que asomaba el nuevo poder del fútbol portugués. Aún no estaba Eusebio, que los siguientes años aterrorizaría Europa con sus goles. Pero era un buen equipo, todos portugueses salvo su entrenador, el húngaro trotamundos Bela Guttman, un sabio de la época. La perla es Coluna, el diez, mozambiqueño como Eusebio y jugador con ciencia, ritmo, pase y gol.

 

El Barça viaja con un problema y una incógnita. El problema es la baja a última hora de Segarra, candado de la defensa, lesionado ante el Espanyol. Su baja se une a la ya larga del central Rodri. La incógnita es el papel de Luis Suárez. Justo cinco días antes se ha anunciado su venta al Inter de Helenio Herrera por la fabulosa cantidad de 25 millones de pesetas. Una decisión muy polémica de una comisión gestora que maneja el club tras la dimisión en febrero de Miró Sans, a la espera de nuevas elecciones. La gente se pregunta si Luis Suárez debe jugar o no. Pero es el vigente Balón de Oro, ¿cómo dejarle fuera? Arbitró el suizo Dienst y los equipos fueron:

 

Barcelona: Ramallets; Foncho, Gensana, Gracia; Vergés, Garay; Kubala, Kocsis, Evaristo, Suárez y Czibor.

 

Benfica: Costa Pereira; Joao, Germano, Ángelo; Netto, Cruz; José Augusto, Santana, Aguas, Coluna y Cavem.

 

El Barça tiene la defensa remendada, pero su equipo es de fábula, y aún quedan fuera de él tres delanteros extraordinarios: Tejada, Villaverde y Eulogio Martínez. Kubala juega de extremo derecha; aunque sin desborde, pero distribuye bien desde ahí, un poco al estilo del Beckham de la década pasada. Evaristo y Kocsis atacan por el centro, Czibor desborda por la izquierda, Luis Suárez arma desde atrás y a veces aparece por la banda derecha. El Barcelona es muy superior, a pesar de que Vergés no termina de hacerse con Coluna, única salida del Benfica. La superioridad del Barça va goteando ocasiones. Llega el 1-0 en el minuto 20; es una de las apariciones de Suárez por la derecha, con centro medido que Kocsis (Cabecita de Oro, le apodaban) cabecea a gol.

 

El Barça sigue mandando, aunque se echa en falta algo más de ritmo.

 

En tres minutos todo se complica. En el 30, Coluna lanza a Cruz, que se va de Foncho; Ramallets sale precipitadamente y Cruz que llega antes, cruza el balón y remata Aguas a puerta vacía. 1-1. En el 33, balón alto al área del Barça, Gensana lo toca de cabeza, sale hacia atrás, Ramallets, cegado por el sol, lo palmotea, pega en la parte alta de su palo izquierdo y bota en el suelo. ¿Dentro de la portería? ¿Fuera? Ramallets juró hasta su muerte que ese balón no entró. La jugada (la final entera) se puede ver en youtube. Después de botar en el suelo, el balón sale de la portería. Incluso parece levantar algo de polvo de cal, señal de que habría botado en la raya. Pero Dienst da gol.

 

Queda un tiempo, el Barça es mejor y al reanudarse el partido se masca el gol en la portería de Costa Pereira. Pero donde llega es en la otra, cuando en un raro contraataque Coluna caza un rebote y suelta una colosal volea desde la media luna. Esta vez no es culpa de Ramallets. El partido se pone 3-1 en el 54.

 

Ahora el Barça ya se lanza al ataque con otro nervio. Kubala va y viene al centro del campo, Luis Suárez prodiga más su llegada por las bandas, todos los delanteros juegan bien, el Barça achicharra el área de Costa Pereira, donde los defensas se multiplican. Hay rebotes, rechaces en la raya. En el 68, un balón parecido al del gol tonto del Barça: un centro alto al que Germano mete la cabeza, pasa sobre Costa Pereira, que iba a por él, Kocsis acude para cabecear a puerta vacía ¡y lo manda al palo! Tres minutos después, Kubala agarra un tirazo desde la frontal del área que pega en el palo derecho, recorre toda la línea, rebota en el izquierdo y vuelve al campo, donde lo recoge, ya dócil, Costa Pereira. En el 75, Czibor coloca un zurdazo terrible a la escuadra a la salida de un córner que vale el 3-2. ¡Aún hay tiempo! Sigue el acoso, los remates, las paradas de Costa Pereira. La jugada más perfecta del partido, con intervención de toda la genial delantera, termina en un remate seco de Czibor desde el punto de penalti que se estrella en el palo. El agobio es incesante. En el 88 hay tres córners seguidos. No hay respiro para el Benfica, pero el partido termina así.

 

Kocsis, en el vestuario, rompió a llorar en una especie de acceso de histeria, maldiciendo los postes de ese campo mientras Czibor se encierra en un mutismo alucinado. En la final del 54, Hungría también había estrellado dos balones en los postes de aquel campo.

 

Postes cuadrados cuya forma estaba proscrita ya entonces en muchos sitios, entre otros España. Pronto los proscribiría la FIFA para todos los campos del mundo, recomendando los ovales. Quedó la leyenda de que se cambiaron a partir de aquel partido, culpando a su forma del injusto resultado de aquel partido. Nunca he encontrado nada que certifique eso. Los postes cuadrados podían provocar daño a los jugadores, pero no atraían más balones que los ovalados. Aquel 3-2 fue simplemente inexplicable.

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