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El blog de Pipo lópez

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miércoles, 18 mayo 2016

Por Alfredo Relaño

La semana gloriosa de Pichichi Porta

El lunes de Pascua de 1972, el Barça recibió al Madrid y le ganó por 1-0. Con eso, completaba dieciocho jornadas sin perder y se situaba, a seis jornadas del final, a cuatro puntos del Madrid y con el goal average particular favorable.

Pero ahora el Barça tenía que visitar al Granada, y eso era punto y aparte.

Era un equipo tremendo. En torno a Aguirre Suárez se formó un grupo durísimo, con Fernández y Jaén de lugartenientes. Tenía dos muy buenos extremos, Lasa y Vicente, y gran capacidad de gol con Barrios y sobre todo con Porta. El equipo era entusiasta y combativo. Destacaba el lateral De la Cruz, con sus subidas. En el último partido en casa, el Granada le había ganado 5-1 al Athletic de Iríbar.

Precisamente en torno a De la Cruz se organizó la polémica durante la semana. Acababa de ser fichado por el Barça por seis millones. Bernabéu se quejó:

—Nosotros no fichamos jugadores de los equipos con los que vamos a jugar.

 

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Se desata un debate nacional, y sobre todo en Granada. Pese a todo, Joseíto le alinea. Joseíto, para más complicar las cosas, había sido jugador del Madrid en las primeras Copas de Europa, compañero de fatigas de Muñoz. Se rumorea que “habrá prima”. Unos dicen que lo ha tratado Muñoz con Joseíto. Otros, que Pirri con Santos. Pirri había jugado en el Granada y de aquella plantilla aún quedaba Santos.

En fin, que el partido se espera con ambiente y llenazo. El autobús del Barça circula por las calles entre expectación y gritos. Camino de Los Cármenes, pasa frente a la plaza de toros y Rexach suelta una frase que se hará célebre:

—¡Qué suerte tienen los toreros! ¡Ellos no tienen que jugar contra el Granada!

Y eso que al partido va a faltar Aguirre Suárez, lesionado un par de semanas antes en la Copa, ante el Tenerife. Pero están los demás…

El partido empieza con un gol rápido de Porta:

—Fue un centro de Vicente, Barrios me la bajó de cabeza y yo empalmé de bote pronto, fortísimo. Uno de los goles más bonitos que he metido. Pegó en el hierro por dentro y salió tan rápido que temí que el árbitro pensara que había dado en el poste.

Iban cinco minutos. Quince más tarde, Asensi entra en el área salvando tarascadas de Fernández y Jaén y remata a gol. ¡Pero Urrestarazu señala la falta previa! El Barça protesta, pero no hay nada que hacer. La falta se tira sin consecuencias.

A los tres minutos del segundo tiempo, Porta golpea de nuevo. Es una escapada de Lasa por la derecha, centro, mal despeje de Gallego y taponazo de Porta desde el borde del área. Reina y Gallego discuten. Al Barça se le ve descentrado. Michels ha retirado a Juan Carlos para colocar a Dueñas y fortalecer el ataque, pero la distancia ya es grande. El Barça aprieta, el Granada espera, Izcoa para bien. El Barça pierde 2-0. La misma tarde, el Madrid ha ganado en el Bernabéu a Las Palmas. Otra vez a seis puntos. Michels dirá: “Hoy hemos perdido el campeonato”.

Candi, el presidente, exportero del equipo, un populista tipo Jesús Gil, baja al vestuario. Jaén le hace carantoñas, escribe en la pizarra que merecen prima doble, Candi asume la broma y lo confirma. En lugar de 20.000 pesetas por barba, como estaba previsto, son 40.000. Más las 50.000 del Madrid. Un total de 90.000. Con ese dinero, el interior Manolín se compra un Simca 1000 esa misma semana.

Porta es el héroe de la semana. Se ha disparado en el Pichichi, a tres goles ya de distancia de Germán. “Y eso que falté a los cuatro primeros partidos y que no tiraba los penaltis”. El suyo es un caso de explosión tardía. Aragonés, fue desestimado por el Zaragoza. Despuntó en el Huesca, de donde le fichó el Granada. Pero no había gustado ni a Marcel Domingo ni a Pipo Rossi ni a Joseíto. Rossi intentó ponerle de lateral derecho y le bajó unos partidos al Tercera. “Me salvó el público, que me veía marcar en los amistosos y, a partir de su creación, en la Copa de Andalucía de Reservas”. Ahí se salía, lucía su regate, era un goleador certero. Como ya había cambios, cuando la cosa iba mal Los Cármenes clamaba: “¡Porta! ¡Porta! ¡Porta…!”.

Sólo ese año había empezado a ponerle, a partir de la quinta jornada, Joseíto. Y se defendió por sus goles. Tenía ya 27 años.

—Pero cuando fuimos al Bernabéu no me puso. Dijo que yo sólo marcaba en casa y no me sacó de titular. Me metió cuando ya perdíamos 4-0, ¡y marqué dos! Perdimos 4-2.

Aquello fue el acabóse, claro. Y de eso se hablaba esa semana tras la victoria sobre el Barça porque ahora hay que recibir al Madrid, que viene sin Amancio por la gresca que tuvo con Fernández en la primera vuelta, el día del 4-2. Fernández, que salió en camilla y expulsado, se la había jurado a Amancio. (Y se lo cobraría dos años después, en la Copa de 1974, con aquella célebre patada).

El Madrid llega haciendo la pelota. Pirri recuerda que empezó allí, que lo lleva en el corazón. Muñoz confiesa que quizá se excedió en sus declaraciones aquel día. Pero el ambiente es de tremenda pasión. La taquilla llega a cinco millones, récord de récords. Candi baja antes del partido al vestuario, y se toca la chaqueta a la altura del corazón, donde se ve un gran bulto: “Estos son los billetes que os lleváis si ganáis hoy”. Otra vez prima doble. El Granada ya tiene los puntos que aseguran la permanencia, ahora Candi piensa en el quinto puesto, que le clasificaría para la UEFA.

¿Y del Barcelona? Del Barcelona no hay nada, cree que ya no hay nada que hacer.

Todavía no está Aguirre Suárez, pero sí Fernández, el agraviado del Bernabéu, que abre el marcador con un cañonazo de lejos y lo canta con furia. Luego empatará Marañón y Porta hará el 2-1:

—Fue un saque de Izcoa, empujado por el viento. Barrios saltó con Touriño, Benito se comió el bote, García Remón salió y yo me adelanté, le gané por un centímetro y se la toqué flojita, por un lado. Entró rodando, flojita, ayudada por el viento.

El Barça vuelve a estar a cuatro puntos. El final será tremendo. Es esa Liga en la que en la penúltima jornada pierde en Córdoba, con el equipo ya descendido, con un célebre penalti de Fermín, cedido por el Madrid. Ahí se le fue la Liga del todo.

Porta fue Pichichi con 20 goles, ninguno de ellos de penalti. Le siguieron Amiano y Germán, con 15. Michels le quiso fichar, pero Candi se subió a la parra. Pidió 20 millones, “uno por gol”. No se hizo.

Terminó en el Zaragoza. Aún vive allí. Puso una chocolatería, que ahora regentan sus hijos. De cuando en cuando viaja a Granada, a encontrarse con sus viejos camaradas de aquel fabuloso año del Pichichi, de aquel Granada Matagigantes que en una semana ganó consecutivamente al Barça y al Madrid.

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jueves, 12 mayo 2016

Por Alfredo Relaño

El ‘telegol’ de Argoitia a Las Palmas

—No lo supe hasta que un día en que llevaba a Platini y a Villar en mi coche a la sede del Athletic. Villar le dijo a Platini: “Mira, por un gol de éste tuvo que introducir International Board una aclaración a la Regla del Fuera de Juego”.

El que me hablaba así era José María Argoitia, delantero del Athletic en los sesenta y primeros setenta. Jugador de gran clase. Siempre le vi hacer buenos partidos en Madrid, ante el Madrid o el Atlético. Pero por una razón meramente casual su especialidad fue la Unión Deportiva Las Palmas. Le marcó muchos goles. En un mismo año, tres en San Mamés y tres en El Insular. Pero el más legendario fue el telegol' del 16 de enero de 1971. De aquello se habló un mes en toda España y años en Bilbao y Las Palmas. Y, en efecto, obligó a una aclaración formal del Reglamento.

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Las Palmas tenía muy buen equipo aquellos años, aunque en esta ocasión iba a la baja. Guedes había enfermado de cáncer (moriría en mayo) y el equipo acusaba tanto la falta de su buen juego como el pesar colectivo por su estado. En la 68-69, aquel equipo había disputado la Liga al Madrid hasta la penúltima jornada, en la 69-70 llegó a ser líder en algunas jornadas, pero ahora andaba apurado, con seis negativos.

El partido empezó a las cuatro, destinado en principio a ser uno de tantísimos partidos de Liga que no dejan nada para la historia, con estas alineaciones:

Athletic: Iribar; Sáez, Beitia, Aranguren; Betzuen, Larrauri; Arieta II, Uriarte, Zubiaga, Clemente y Argoitia. Once vascos.

Las Palmas: Oregui; Martín II, Tonono, Hernández; Castellano, Trona; León, Gilberto II, Gilberto I, Germán y Bosmediano. Diez canarios y un vasco: Oregui.

Arbitra Antonio Camacho, madrileño. San Mamés está embarrado, pese a lo cual Las Palmas juega mejor que el Athletic, en el que sólo destaca Argoitia, otra vez el mejor contra Las Palmas. Cero a cero al descanso y discusiones en la grada. Que si este, que si aquel, que si Ronie Allen, que si la prensa…

Nada más empezar la segunda parte, Argoitia, que arranca desde cerca del banquillo, se va en diagonal, profundiza y cuando está llegando al fondo centra atrás y se sale del campo: “Me salí para no quedar en fuera de juego. Hubo varios rebotes y mientras me fui acercando poco a poco al palo, pendiente de la jugada, con impaciencia por entrar”.

Hay un remate que pega en alguien, otro rebote, dos que chocan, Oregui sale, Castellano va a la raya, el balón que salta por aquí y por allá. Por fin se hace con él Martín II, que sale como hacia los fotógrafos, para desde allí despejar libre de acoso. Pero en eso, Argoitia se reincorpora por sorpresa, se le cruza y ¡zas! la clava en la escuadra.

—Lo hice instintivamente, sin malicia. Sin caer en si era ilegal o no reincorporarme así. Como traía el balón Martín II, sentí que no había fuera de juego.

León lo recuerda perfectamente: “Le dijimos a Camacho que de esa forma no podía reincorporarse, pero no nos hizo caso. Dio el gol. Perdimos 1-0, por ese gol y porque en el último instante Iribar le paró un cabezazo a Germán todavía no sé cómo. Nos volvimos frustrados. Ese año íbamos mal después de varios años muy bien”.

La cuestión era: un jugador que sale del campo por impulso de la jugada puede reintegrarse sin pedir permiso al árbitro, sí. Pero si ha salido por evitar el fuera de juego e interviene de inmediato, saca ventaja desleal de su situación. Para más enredarlo, el balón lo estaba jugando en ese momento un rival, Argoitia no acudía al pase de un compañero.

Dio para una discusión casi teológica en la propia prensa de Bilbao, de firmas muy célebres. Para Basterra, de la Hoja del Lunes, Sánchez Izquierdo, de Estadio, Joma, de Vasconia Express y Carlos Barrena, de El Correo Español-El Pueblo Vasco, el gol es válido. Argumentan que cuando Argoitia vuelve al campo la pelota la está jugando un rival. Para Arrianda, de Hierro, es “dudoso, dudosísimo” y aporta el testimonio del árbitro vizcaíno García Ibáñez, presente en el partido, que dice que debió ser anulado. José María Múgica, de La Gaceta del Norte, el más célebre quizá de todos, se posiciona en que el gol no es válido.

Las Palmas reclama al Comité de Competición, que lanza la pelota al de Árbitros. El lunes, el gol es tema nacional. TVE lo da hasta siete veces. Interviene Pedro Escartín, el gran santón del arbitraje nacional y miembro de International Board, que se pronuncia contra la validez del gol. Múgica publica el martes una entrevista con Ortiz de Mendíbil, el gran árbitro vizcaíno del momento, que coincide con Escartín y García Ibáñez:

—Un jugador no puede sacar provecho de una situación ilegal. Argoitia, al volver al campo, cometió una infracción y eso está sancionado.

—Entonces, ¿cuándo podía haber vuelto Argoitia sin cometer infracción?

—Cuando la jugada se hubiese resuelto y el balón hubiese sido despejado.

—¿En cuanto al fuera de juego?

—Eso hay que desecharlo. No había, efectivamente, fuera de juego. Pero está bien claro que Argoitia se aprovechó de una situación ilegal, ya que estaba fuera del terreno de juego para, entrando de nuevo al campo, marcar el gol.

En el mismo ejemplar de La Gaceta, Múgica bautiza la jugada como el telegol, lo que hará fortuna. Se queja con ironía de que no se repitan tanto las buenas jugadas del Athletic o las dudosas que favorecen al Madrid o al Atlético.

Pardo Hidalgo, presidente del Comité de Árbitros, se escabulle como puede. Dice que no ha podido verlo por televisión (¡?) pero que “por lo que me han contado, es ilegal”. A Camacho le prohíben hacer declaraciones. El resultado no se movió, claro.

Pedro Escartín impulsó a la International Board a ampliar una de las aclaraciones a la Regla XI, la del fuera de juego, que trataba un caso parecido a este, con el añadido: “(…) siempre que el árbitro aprecie que la salida del terreno fue consecuencia de la carrera del atacante, y no acto premeditado para buscar ventaja ilegal”. En cuyo caso se entendía que el gol no era válido.

Las Palmas lo pasó mal ese año. Le salvó de la promoción que el campeonato se ampliara de 16 a 18 equipos. León recuerda que el curso siguiente Camacho les arbitró en el Insular, ante el Granada: “Nos decía, ‘¡acercaos al área, acercaos al área!’. Yo creo que quería devolvernos algo. Jugamos muy mal, pero aún así empatamos a dos…”. En los dos partidos siguientes que les arbitró, les pitó sendos penaltis a favor.

Argoitia hoy lo recuerda divertido. No deja de hacerle gracia que una jugada suya obligara a la International Board a una aclaración especial de la regla..

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miércoles, 04 mayo 2016

Por Alfredo Relaño

Un partido nada amistoso con el City

En vísperas de las Navidades de 1979, el Madrid recibió al Manchester City en un amistoso que no lo sería tanto. Boskov, entrenador del Madrid, el de “fútbol es fútbol”, había solicitado al club, que entonces presidía Luis de Carlos, este partido. Quería que los suyos jugaran ante un equipo británico, en previsión de que en la Copa de Europa les tocara el Nottingham Forest o el Celtic de Glasgow. El club accedió.

Se escogió el City porque no era muy caro, ni muy bueno ni muy malo (iba el 14º en la Liga), había sido campeón de la Recopa no hacía mucho (quedaba alguno de los ganadores) y tenía dos atractivos singulares. Uno era Kazimierz Deyna, celebridad mundial, que, ya veterano, había obtenido permiso para salir de Polonia; el otro era un tal Mike Robinson, un chico de 20 años fichado ese verano del Preston North End por 756.000 libras, 144 millones de pesetas. Récord de traspaso en su momento en la Isla. Aquel Mike Robinson es hoy nuestro Michael Robinson, reputadísimo comentarista de televisión y radio.

Es 19 de diciembre. El Madrid viene de ganar en Málaga 1-4 aunque con polémica, por una mano de Benito que el árbitro no vio. Al acabar el partido, Juanito había dicho que sí, que había sido mano y por tanto penalti. Eso no hizo gracia ni a Boskov ni a Benito ni a casi nadie en el Madrid. Se discutía si multarle o no multarle. El autobús del Madrid había sido apedreado al salir del campo y uno de sus directivos, Manuel Mestanza, alcanzado.

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Los precios son populares: de 100 a 700 pesetas, menos de la mitad de lo habitual. La hora, las nueve de la noche. Por desgracia, la víspera entró en Madrid una ola de frío, acompañada de fuertes lluvias.

Robinson recuerda: “Yo había estado el verano anterior en Mallorca, pero ese era mi primer viaje a España para jugar al fútbol. ¡Y al Bernabéu! Venía emocionado. Mi padre me había dicho de niño que sólo en un sitio se jugaba mejor al fútbol que en Inglaterra: en el Santiago Bernabéu. En el Preston tuve de manager a Bobby Charlton y de entrenador a Nobby Stiles, y me hablaban maravillas del Madrid. Así que llegué pensando en los fantasmas de Di Stéfano, Puskas, Gento… En el vestuario me hizo ilusión creer que quizá estaba sentado donde un día se sentó Bobby Charlton. Pero…”.

Pero todo salió mal. Llovía y la entrada era floja. El Madrid salió con Miguel Ángel; Sabido, Benito, Sol, Isidro; Ángel, Del Bosque, García Hernández; Juanito, Santillana y Cunningham. (Faltó Stielike, con permiso para ir a Alemania con su selección). A los seis minutos, Santillana marca el 1-0, los ingleses reclaman fuera de juego, pero el árbitro, el madrileño Lamo Castillo, lo concede. Juanito les enfada más, con sus virguerías, regatitos, túneles y demás. “Nosotros teníamos jugadores de mucho carácter —me dice Robinson— y eso les cayó muy mal”.

Empezaron las patadas. Para el 10’, cuando el City empató con un gol olímpico, ya estaba todo lanzado. Isidro (un gran comodín que lo mismo jugaba de defensa que de extremo) se desquitó de un entradón a Juanito con sendas tremendas patadas a Daley y Bennett. Cuando en el 25’ Juanito marca el 2-1, los ingleses se alborotan más y el Madrid responde. Isidro cuenta: “Boskov te perdonaba todo menos que no metieras el pie”. De inmediato, el técnico retiró por precaución a Cunningham, que ya venía con un tobillo tocado y en su lugar sacó a Poli Rincón, que se sumó gozoso a la pelea. Era un bravo.

Lamo Castillo actuó acobardado, consintiendo lo inconsentible. Quería sacar adelante el partido. Hay una reyerta entre Ángel y Daley en la que debería haber expulsado a ambos y no lo hace En el 36’ repite gol Juanito y Boskov le retira prudentemente, porque están yendo a por él, que les espera con caños. Boskov confía en que con eso se calme algo la cosa. En el 43’, Shinton hace el 3-2 y Boskov casi lo ve como un alivio. Así me lo comentó el día siguiente: “Una cosa es partido duro, otra es lo que pasó”.

Lo que pasó fue a más en la segunda mitad. Faltos de arbitraje, y por tanto de autoridad reguladora, los dos equipos se abandonaron, en efecto jauría, a una orgía de violencia. Asistí a ese partido y puedo decir que de las cincuenta patadas más violentas que haya visto en tantos años de aficionado, quizá la mitad se produjeron allí. He sabido de partidos así en Sudamérica, pero nunca en Europa.

Poli Rincón marcó el 4-2 en el 52’, en claro fuera de juego, y los ingleses se enfurecieron aún más. Isidro tiene muy vivo el recuerdo: “Ellos venían a por nosotros y respondimos. Íbamos a reventarnos los unos a los otros. Recuerdo un córner, que subieron a rematar los dos centrales. Les teníamos que marcar Benito y yo. Nos sacaban la cabeza y venían con cara de mala uva. Yo le dije a Goyo: ‘Oye, estos vienen a por nosotros’. Y Goyo me dijo: ‘Pues vamos antes nosotros a por ellos’. Según salía el balón, ya les habíamos sacudido y estaban en el suelo. No había que mostrar miedo”.

En el 57’, Isidro hace dos entradas espeluznantes consecutivas, sin que Lamo se altere. Dejaba dar patadas a unos y a otros pitando, como mucho, falta, acompañada de un leve gesto de reproche. El entrenador del City, Malcolm Allison, hizo gestos contra el público que, enardecido, le lanzó objetos, y lo mismo hizo en adelante con sus jugadores cuando había una refriega cerca de la banda.

En medio de todo eso, un relámpago de belleza: García Hernández coloca en la escuadra un golpe franco. Un 5-2 precioso.

Pero se reanuda la carnicería. Sabido, Benito, Isidro, Ángel y Rincón destacaron por el lado madridista. Ranson, Booth, Bennett, Daley y Shinton, por el City. Este último, habilidoso interior, se echaba adrede el balón largo, para dar ventaja al defensa que salía al cruce y sacudirle. Robinson recibió cantidad de patadas de Benito: “Llegué a pensar que veía mal. Stiles, que tanta fama tuvo como leñero, solía decir medio en broma que él no iba con mala fe, sino que pegaba porque veía mal. Como Benito bizqueaba un poco, yo pensaba que en su caso era verdad. Sin embargo, Sol era calmado. Cuando nos juntábamos, nos hacíamos gestos. Yo, claro, no hablaba nada de castellano, pero nos entendíamos. Era como: ¿Qué está pasando aquí? ¡Nos vamos a acabar matando unos a los otros! Y: ¿Qué quieres que yo le haga?”.

En el 64’, Benito y Booth se cogen del cuello, casi se estrangulan, se pegan… Por fin, Lamo interviene y expulsa a ambos. Los ánimos quedan aún más calientes. Bennett le da una patada a Rincón de la que sale milagrosamente vivo y la mejora cuando se cruza con Ranson, al que manda por los aires. Un directivo del City es sacado del palco por las autoridades, porque se ha puesto, él mismo, agresivo.

En el 70’ y el 72’, Lamo se decide a expulsar a dos más, Ranson y Ángel. Durante 20 minutos vi, creo que por única vez en mi vida, un curioso nueve contra nueve, los dos jugando al 3-3-2, y todavía buscándose, dentro de las fuerzas que les quedaban y superando el dolor de los cardenales, para pegarse. Por fortuna, el ser menos les alejaba a unos de otros.

Y, sí: el siguiente sorteo europeo emparejó al Madrid con el Celtic. Los de Boskov perdieron en Glasgow 2-0 pero remontaron aquí 3-0, en otra tarde de palos. El ensayo sirvió…

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miércoles, 27 abril 2016

Por Alfredo Relaño

El primer viaje del Real Madrid a Manchester

Los ingleses no se inscribieron en la primera Copa de Europa, cuya final ganó el Madrid al Stade de Reims 3-4, en París. Prefirieron esperar. A la segunda, la 56-57, ya enviaron al Manchester United, su campeón de Liga. Un equipo joven, que apodaron los Busby Babes,los chicos de Busby, por Matt Busby, su manager escocés.

Llegó a semifinales tras deshacerse del Anderlecht, el Borussia de Dortmund y, ya en cuartos, del Athletic de Bilbao. (España tenía dos participantes, el Athletic, campeón de Liga, y el Madrid, campeón de Europa). Aquella eliminatoria fue de gran impacto. El Athletic, que acababa de eliminar al Honved de Puskas, Bozsik, Kocsis, Czibor y demás, ganó en San Mamés 5-3, con el campo nevado. Pero en la vuelta perdió 3-0 ante un Manchester perfecto.

La semifinal enfrentó al Madrid y al Manchester. Campeón de Europa contra campeón de Inglaterra. Toda Europa atenta. La ida, en el Bernabéu, la gana el Madrid 3-1. Los mismos dos goles de ventaja que el Athletic. Toca viajar a Manchester a hacerlos valer.

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El partido de Old Trafford se fija para el jueves 25 de abril. El domingo anterior ha terminado la Liga, con el Madrid campeón. La última jornada recibe al Celta, ante el que se permite reservar a algunos titulares, aunque no así a Di Stéfano, que marca tres goles. Con ellos suma 31 y es Pichichi con once de ventaja sobre Murillo. No falló ni a un partido. Estaba en su zénit.

También el Manchester ha ganado su Liga.

El Madrid viaja el lunes, tras un madrugón. Incorpora al lateral Torres, cedido por el Zaragoza. Bernabéu era muy amigo del presidente del club, César Alierta (padre del actual mandamás de Telefónica), y obtuvo esa cesión. El titular, Atienza, estaba lesionado; el suplente, Becerril, convencía poco. En Inglaterra se criticó la maniobra. La prensa británica motejó a Torres de jugador-taxi.

El Madrid voló a Londres y de ahí fue en autocar a Manchester. La idea era presenciar el Manchester United-Burnley de la noche. Pero por retraso del vuelo, llegaron a la media hora de juego. Se provocó un revuelo terrible. En Inglaterra ya estaba extendido el fenómeno fan (de ahí tomamos la palabra, apócope de fanatics) y a los madridistas se los comieron en la grada pidiéndoles autógrafos, costumbre que aquí no existía aún. Sobre todo a Di Stéfano, que nunca fue un prodigio de paciencia para estos casos.

El espionaje resultó fallido, porque el United jugó con ocho suplentes. Al salir del campo, el autobús del Madrid se vio rodeado de una multitud, que les hacía gestos de cinco (goles) con la mano o de pulgares hacia abajo. Costó salir del tumulto.

La mañana siguiente, Bernabéu recibió en el hotel a un numeroso grupo de periodistas ingleses ante los que se quejó suavemente. Dijo que el Madrid había hecho ya varias salidas por Europa y nunca le había pasado eso. Estaba recibiendo explicaciones cuando de la calle llegó una noticia que lo empeoró todo. El hotel estaba en el centro de Manchester y a Di Stéfano se le había ocurrido salir a comprarse una gabardina. Se vio asaltado por solicitantes de autógrafos y fotógrafos de prensa. Acabó por tirar al suelo un lápiz y un papel, que resultaron ser de un chiquillo de trece años que se echó a llorar.

Varios testigos entraron al hotel a contarlo. Ahora fue Bernabéu el que tuvo que dar explicaciones, e incluso invitó al niño, de nombre John Donoue, al entrenamiento. Y así fue. El niño fue al entrenamiento de la tarde, Di Stéfano le pidió disculpas y hasta le firmó su autógrafo.

El miércoles se organizó en la cámara de comercio un coloquio sobre el fútbol y la Copa de Europa, precedido de la proyección del partido de ida. Volvieron las discusiones sobre si el gol del Manchester en Madrid había traspasado o no la raya antes de que lo atrapara Alonso. Cada cual lo vio a su manera. El Madrid ya no entrenó. Hubo salida a comprar cortes de traje (Rial se hizo nada menos que con siete) pero todos en grupo, y discretamente escoltados por agentes de Scotland Yard.

Y el jueves, el mismo día del partido, el alcalde de Manchester invitó a un almuerzo a la prensa inglesa y española, en busca de conciliación.

En Madrid se seguían esas vísperas al detalle. La mejor noticia es que hace “un sol cordobés”, según expresión del entrenador blanco, José Villalonga, cordobés él mismo. Nada de frío ni niebla. Eso debe favorecer el juego técnico del Madrid, frente al más enérgico de los ingleses. Faltos de televisión, el partido será radiado para España por Matías Prats. Marca inserta un gran anuncio sobre la transmisión, gentileza de González Byass, Lambretta, Otsein y Profidén, según se hace constar.

Por fin llega el partido. Las entradas de diez chelines se han pagado a cinco libras, veinte veces más. En Madrid, muchos hinchas se dan cita para escuchar el partido por radio en tiendas del ramo. En aquel tiempo, no todo el mundo podía permitirse una en casa. De hecho, esos partidos del Madrid por Europa fomentaron mucho su venta.

El Madrid sale con: Alonso; Torres (el jugador-taxi), Marquitos, Lesmes; Muñoz, Zárraga; Kopa, Mateos, Di Stéfano, Rial y Gento. Es su mejor ataque. Su atrevimiento se contrastará después con la cobardía de Daucik no mucho antes, cuando alteró la delantera del Athletic para sacar al defensa Etura de falso interior.

El Manchester sale con los mismos del Bernabéu, salvo Viollet, estupendo interior izquierdo al que sustituye un chico de diecisiete años llamado Bobby Charlton.

Los equipos saltan en un ambiente que Matías Prats describe como “infernal”. Con cada entrada se ha dado un megáfono de cartón, pero más que ellos suenan las carracas, desconocidas en España entonces, y que luego tuvieron un uso ocasional.

La primera carga del Manchester es tremenda, pero pronto Di Stéfano, que se echa atrás, coge el hilo. De él arrancan los dos goles del Madrid: en el minuto 25, obra de Kopa, y en el 33, cabezazo de Rial. O sea, 0-2, 1-5 en total. Di Stéfano ha callado las carracas.

Se reaniman cuando en el 52 Taylor marca en un barullo. Entonces cae sobre el área del Madrid todo el peso que un buen ataque inglés de aquellos años podía provocar. Allí se multiplican todos, pero sobre todo se agiganta Marquitos, emparejado con Taylor, el ídolo local. Con los años me contaría, con orgullo: “La prensa inglesa me proclamó el mejor central del mundo”. El 1-2 dura hasta el 85, cuando un cañonazo desde fuera del jovencísimo Charlton sacude la red y reaviva las carracas, pero ahí terminó todo. 2-2 y el Madrid sigue. Su primer tiempo queda enmarcado como algo imborrable.

“Fue la lucha del hacha contra la espada”, tituló el Daily Mirror.

Torres, el jugador taxi, regresó feliz. Jugó la final, que ganó el Madrid. Campeón de Europa en dos partidos. Y campeón inmediatamente de la Copa Latina, también con dos partidos. También jugó tres de Copa, donde el Madrid fue eliminado por el Barça. Luego no hubo acuerdo para su fichaje definitivo, y regresó al Zaragoza.

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miércoles, 20 abril 2016

Por Alfredo Relaño

Helenio Herrera va a Mestalla con Canito de 9

El Barça ganó en Basilea la Recopa de 1979, ante el Fortuna de Düsseldorf. José Luis Núñez había llegado a la presidencia un año antes prometiendo un Barça triomfant. Y, en efecto, aquello pareció el albor de una nueva gran época.

Para la temporada 79-80 incorporó un brillante fichaje, Alan Simonsen, danés del Borussia Moenchengladbach, Balón de Oro en 1977. También a Canito, excelente líbero del Español, y al cerebral interior Landáburu, entre otros.


Pero el hombre propone y Dios dispone. El curso empezó mal. Rifé, el entrenador de la Recopa, chocó con Heredia y forzó su salida. En noviembre fue traspasado al River Plate. Pero nada mejoró. Al final de la primera vuelta, el Barça era noveno y Rifé señaló a Krankl, héroe del curso anterior. En febrero se marchó al First de Viena. No traspasado, sólo cedido. Núñez no quería perderle definitivamente. Para compensar tanta baja en ataque, el Barça fichó a un imponente delantero del Vasco de Gama, Roberto Dinamita, cuya llegada causó un gran revuelo. Pero daría el petardazo.

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Mientras, se perdió la Supercopa de Europa ante el Nottingham, otra decepción. En la Recopa pasó dos eliminatorias fáciles y en la tercera le tocó el Valencia. Un gran Valencia, con Kempes y Bonhof como estrellas extranjeras y Di Stéfano en el banquillo.

El 5 de marzo, el Valencia gana 0-1 la ida en Barcelona y desencadena la crisis. Cae Rifé, sorprendido por la difusión de una charla telefónica con Alex Botines, de Radio Barcelona, en la que pone a caldo a Núñez. Rifé no sabía que le grababan. Núñez prohibió a Botines la entrada en las instalaciones del Barça, con el consiguiente revuelo.

Núñez hurgó entonces en la historia del Barça y fichó a Helenio Herrera, entrenador del club en las temporadas 58-59 y 59-60, con dos títulos de Liga, uno de Copa y una Copa de Ferias. Dos grandes años. Luego triunfó en el Inter. Pero había pasado el tiempo y ya no le iba tan bien. Del Inter había pasado al Roma y de ahí al humilde Rímini. Su llegada fue vista con escepticismo salvo por algunos antiguos devotos. Al tiempo, Núñez hizo gestiones para recuperar a Krankl, pero el First se agarró al contrato.

Helenio Herrera trata de animar el ambiente con buenas palabras. Se defiende de las pegas que le ponen por la edad (la Federación dudó si expenderle la licencia por un infarto reciente): “A mis 63 años no soy viejo. Ahí tienen a Tito, y también a Sandro Pertini, quien hacía el servicio militar cuando yo llevaba chupete y ahora es el presidente de la República Italiana”. Algún año se quitaba. En un cambio de papeles se hizo nacer cuatro años más tarde de lo que de verdad nació. Carrasco lo recuerda como un gran motivador, pero algo desgastado por los años: “Los jugadores notamos que a partir de treinta metros no veía”.

Tras comprobar que Krankl no volvía y que Roberto Dinamita no pitaba, tomó una decisión sorprendente: colocar al líbero Canito como delantero centro. Algunos lo vieron como la chaladura de un gagá. Otros, como una de las genialidades que le eran propias.

Canito, natural del pueblo ilerdense de Llavorsí, fue un jugador singular con una biografía tormentosa. Abandonado por la madre, se crió en un hospicio del que se escapó a los 14 años. Se formó en la calle. El fútbol le salvó… por un tiempo. El Español lo fichó del Lloret, lo cedió al Lleida y por fin lo incorporó. La mili le llevó a jugar una temporada en el Cádiz, hasta que regresó al Español, que siempre fue su amor. Enorme jugador, como medio, líbero o central. Con estatura, empaque, control, desplazamiento largo… Fue internacional con Kubala.

El Barça lo compró a cambio de Fortes, Amarillo y 35 millones. Cuando llegó Helenio Herrera, supo que en sus inicios había sido delantero centro, y de ahí que le buscara como solución. El estreno no fue bueno: el Barça perdió en Atocha 3-0 y quedó eliminado de la Copa en octavos (había ganado 2-1 en la ida, todavía con Rifé). Aún así, Helenio Herrera insistió con Canito de nueve en Burgos, donde empató 0-0.

Y con Canito como delantero centro acudió al encuentro de Valencia, donde se jugaba la temporada. Repetir título de Recopa hubiera compensado todo. El partido se jugó el día de San José, en plenas Fallas, con luz diurna. Se televisó en simultáneo con un Madrid-Celtic de Copa de Europa. Yo asistí al de Valencia y lo recuerdo trepidante: 1-0, 1-1, 1-2, 2-2, 3-2, 4-2 y 4-3. Canito marcó dos, el primero y el tercero del Barça, y la leyenda elevó con el tiempo la cifra a tres. Así creen recordarlo muchos culés. En todo caso, con dos goles cumplió y el fallo se produjo atrás. El Barça defendió mal, en una tarde particularmente infeliz de Olmo. Muchos opinaron que el Barça hubiera necesitado dos Canitos: uno en su sitio natural, el otro en el que no habían sabido defender ni Krankl ni Roberto Dinamita. Regresó encumbrado.

Pero el fulgor de Canito en el Barça acabó pronto. Un mes después jugaban en el Camp Nou el Barça y el Athletic. El partido estaba aburrido y el público malhumorado. En eso, el marcador simultáneo anunció gol del Español en Alicante. Canito lo celebró visiblemente. A la afición le sentó como un tiro y se le volvió todo en contra. Se comentaron sus salidas, su extravagante manera de apalear el dinero. Y se dijo, y aún se comenta, que jugaba con una camiseta del Español debajo de la del Barça. Carrasco me asegura que eso no es cierto, pero sí que era españolista radical.

Y al Español volvería, año y medio más tarde, junto a 65 millones, por Urruti. Pero chocó primero con Maguregui, luego con la directiva. Pasó al Betis, al Zaragoza... Siempre era lo mismo, chocaba con el entrenador, o con la directiva, o con ambas partes. Aquella infancia tremenda le pesó siempre, le hizo llevar una vida desbocada. Murió a los 44 años, víctima de sí mismo. Su hermana y los veteranos del Barça y el Español le estuvieron tirando cables hasta el último día.

Cese y repesca

Aquella Recopa la ganó el Valencia, ante el Arsenal. Helenio Herrera cesó a final de temporada, aunque quedó en el club como consejero. Hurgando de nuevo en el baúl de los recuerdos, Núñez dio el banquillo a Kubala, pero sólo le duró hasta noviembre. Una derrota ante el Colonia en Copa de la UEFA por 0-4 acabó con él. Entonces, qué lío, Núñez repescó a Helenio Herrera, que aparcó la coquetería y se puso gafas.

Consiguió la Copa de ese curso, ante el Sporting en el Calderón. Claro que para entonces, ya tenía resuelto el problema del nueve: ahora era Quini, fichado el verano anterior precisamente del Sporting de Gijón. Él marcó a los suyos dos de los tres goles del Barça en aquella final. Antes había sufrido aquel célebre secuestro, cuando el Barça iba lanzado en persecución del Atlético hacia la cabeza de la Liga, que acabaría siendo para la Real, con aquel gol de Zamora en El Molinón. Sin secuestro, quién sabe. Quizá Helenio Herrera hubiera conseguido un doblete otoñal.

La Copa no le alcanzó para seguir. Núñez contrató a Udo Lattek, cuyas peleas con Schuster serían legendarias. El Barça de aquellos años era un lío incesante.

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miércoles, 30 marzo 2016

Por Alfredo Relaño

Cinco pequeños espantan el pesimismo ante Rumania

Al Mundial Chile 62 fuimos con un equipo de figuras pero caímos en la fase de grupos. Cesó el dúo seleccionador-entrenador, Hernández Coronado-Helenio Herrera, y entró José Villalonga como seleccionador-entrenador, fusionando ambas funciones.

José Villalonga, cordobés, era militar (comandante), como el presidente de la Federación, Benito Pico (coronel y auditor general del Cuerpo Jurídico). Voluntario en el bando franquista en la guerra, la acabó como alférez provisional. Luego ingresó en la Escuela de Mandos de Toledo, donde además de formación militar adquirió nociones de preparación física. Hasta la aparición del INEF, lo más parecido a la preparación física que se podía estudiar en España era aquello. Le tiraba el fútbol. Jugó de portero en equipos menores. Pensó que su tarea podía estar en lo físico.


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Entró en el Madrid como preparador físico en 1952, y en 1954 ascendió a entrenador por cese de Enrique Fernández, que chocó con Ipiña, el secretario técnico. Ganó las Ligas 54-55 y 56-57, y las Copas de Europa de 55-56 y 56-57. Pese a ello, Bernabéu no le quiso pagar lo que le pedía. Reemprendió su carrera militar, ascendió de capitán a comandante y ya en 1960 fichó por el Atlético, con el que ganó la Copa en 1960 y 1961 y luego la Recopa, aunque para entonces había pasado a secretario técnico a fin de tener tiempo para seguir con su carrera militar.

Su nombramiento fue polémico sobre todo porque era secretario técnico del Atlético. El primer rival es Rumania, eliminatoria a ida y vuelta para la Eurocopa. Su lista es esperada con máximo interés. ¿Cuántos de Chile caerán? ¿Caerán las vacas sagradas?

Villalonga anuncia una lista previa de 22 en la que faltan 14 de los mundialistas. Parte de la cuestión la resolvió la FIFA, que en agosto había prohibido que quienes hubieran jugado en una selección militaran después en otra. Eso eliminaba a Di Stéfano (que fue a Chile pero no jugó por lesión), Puskas, Santamaría y Eulogio Martínez. También cayeron santones como Carmelo, Garay y Segarra. Más los emigrados a Italia: Suárez, Del Sol y Peiró, los tres mejores jugadores nacionales del momento.

No hay nadie del Athletic y sólo un vasco: Araquistain. Cuando reduce la lista a 18, borra a Araquistain, Vergés, Oliveros y Marcelino. ¡Por primera vez en la historia no hay ningún vasco en el equipo nacional!

Y sí hay seis del Atlético: Rivilla, Calleja, Glaría, Jones, Adelardo y Collar, más madera. Y hay muchos jugadores sin experiencia internacional y varios con muy pocos partidos en Primera. Villalonga se defiende: “Dentro de cuatro años, todos estos jugadores estarán en plenitud”. Curiosamente, se habla más del Mundial del 66 que de la Eurocopa del 64, que es lo que se iba a jugar… y que acabaríamos ganando.

Defiende la amplia convocatoria de atléticos porque el equipo es el líder. Pero el domingo inmediatamente anterior al partido, el Atlético cae aparatosamente en Mallorca 4-0, deja el liderato y le pone en posición aún más comprometida.

El grupo se concentra en el Hotel Zurbano. Hay dos bajas de última hora: Rivilla y Amancio. Éste era el único extremo derecho. Sin él, habrá que tirar de la misma solución que se improvisó en el Mundial: Collar a un lado y Gento al otro. Ambos zurdos. En la época, lo del extremo cambiado de banda se veía sacrílego.

Los rumanos llegan el domingo. Se sabe poco de ellos. Su único jugador de algún peso internacional es el interior Ozon. Vienen de ganar en casa 4-0 a la Selección Olímpica de Checoslovaquia, 3-0 a Marruecos y de perder 3-2 en Leipzig ante Alemania Oriental. Son gente amable. Visitan El Escorial y se deshacen en elogios.

Jueves, 1 de noviembre de 1962, 16:30, Estadio Bernabéu. Es el día. Entrada de dos tercios, en tarde fresca, soleada y magnífica. Fue el primer partido de la Selección al que asistí, y antes de empezar todo eran discusiones, en el autobús, en la puerta, en la grada… Que si Di Stéfano, que si Puskas, que si el Atleti, que si se le ve el plumero. Que si Amancio está lesionado o no. Que si Collar a la derecha y Gento a la izquierda o Gento a la derecha y Collar a la izquierda. Que cuándo se ha visto una selección sin ningún vasco. Que los delanteros son cinco renacuajos. Que si coincide con un desempate en la Copa de Ferias del Barça y que por eso no está este y sí aquel… Cada cual, un seleccionador.

Villalonga ha hecho declaraciones cautelosas que trae la prensa del día. Se queja de que no haya habido un amistoso antes, de que el estreno sea oficial. Y sin tiempo: el domingo hubo Liga, sólo se pudo trabajar martes y miércoles: “Es como una obra de teatro que se representa con sólo una lectura, sin ensayos previos”.

Salen los actores: Vicente (2); Pachín (6), Rodri (2), Calleja (4); Paquito (0), Glaría (0); Collar (11), Adelardo (1), Veloso (0), Guillot (0) y Gento (29). Fuera quedan Sadurní (0), Reija (1), Antonio Ruiz (0), Jones (0) y Fusté (0). El paréntesis marca los partidos internacionales. Como se ve, salvo Collar y Gento, no había gente fogueada.

Guillot me cuenta que la víspera habían discutido quién era más alto, si Adelardo o él. Por gusto, se tallaron los cinco delanteros. El gálibo lo ponía Adelardo, con 1,69, frente al 1,68 de Guillot. Los demás eran más bajos. “Les dijimos a Paquito y Glaría que no enviaran ningún balón por alto, porque era balón perdido. Que todo por abajo”.

Arranca el partido y, en efecto, España rasea el balón. Y, sorpresa general, todo sale como la seda. Esa selección pardilla, de delanteros bajitos, sin vacas sagradas, sin “transatlánticos ni transdanubianos”, (como escribió Antonio Valencia, crítico con los internacionales de importación) jugó como los ángeles. En media hora ganaba 4-0. Terminó 6-0. Atacó con velocidad e ingenio, profundizó, divirtió. Guillot y Veloso se entendieron de maravilla, Collar lo bordó una hora en la derecha y la última media en la izquierda, cuando cambió de lado con Gento, que lució igualmente a ambos lados. Guillot debutó con tres goles, uno de ellos, ¡de cabeza!: “De los dos o tres que he marcado en mi carrera, no más. ¡Ese día salía todo! Y eso que éramos tan nuevos. Yo jamás había jugado con ninguno de esos, pero nos entendimos a la primera”. Veloso marcó uno, pero le dio dos de los suyos a Guillot. Otro fue de Collar y el sexto, en propia meta, al desviar Numweiler un tiro de Gento.

España pasó esa eliminatoria, y otra, y otra… Llegó a la semifinal y la ganó. Y a la final, ante la URSS, y ganó la Eurocopa. Con Villalonga pero con sólo uno de los de aquel día ante Rumania: Calleja. La revolución permanente. Desde Iríbar, con el que volvió a haber vasco (¡y qué vasco!) en la Selección, hasta Lapetra, el extremo-interior que le quitó el puesto a Gento, y pasando por otros ocho puestos, el equipo cambió. Guillot no lo lamenta: “Seguimos asistiendo a la Selección, pero iban apareciendo otros, y sí, en la final, veinte meses después, no quedaba casi ninguno. Pero pusimos la primera piedra en un día muy difícil. Nosotros enterramos el pesimismo que desató lo de Chile. Eso no nos lo quita nadie”.

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miércoles, 09 marzo 2016

Por Alfredo Relaño

Gaínza estrenó el ‘gol de oro’ en Mestalla

Las semifinales entre Valencia y Athletic en la Copa de 1950 fueron de aúpa. Quince goles en cuatro días. El último lo marcó Gaínza. Fue un remoto antecedente de lo que más adelante llamaríamos gol de oro.Un acuerdo de aquel día para deshacer el empate, ante la falta de fechas.

 

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Se habían enfrentado en la final del año anterior, 1949, que ganó el Valencia con un gol de Epi. Los valencianos, que vivían una edad de oro gracias a la presidencia de Luis Casanova (algo así como el Santiago Bernabéu del Valencia) se tomaron ahí la revancha de dos finales perdidas contra los bilbaínos en el 44 y el 45. Eran dos grandes equipos en plena rivalidad.

Aquellas semifinales hubieron de comprimirse. Apretaba la perspectiva del Mundial de Río. Era cuestión de Estado. Se fijó la final de Copa para el 28 de mayo, a fin de que los jugadores tuvieran dos semanas de descanso tras la larga temporada antes de la concentración para prepararse. Las semifinales hubieron de jugarse en cuatro días: el domingo 21 y el miércoles 24. Mientras, una preselección va de gira a México. Un equipo sin los que juegan en los cuatro semifinalistas.

El domingo 21 se enfrentaron en San Mamés. Hay mayoría de finalistas del año anterior. Es el tiempo de la gran delantera del Athletic, Iriondo, Venancio, Zarra, Panizo y Gaínza, aunque tanto en la final del 49 como en estas semifinales va a faltar Panizo, cuyo lugar ocupará José Félix Arrieta. El Valencia ha perdido a Epi, fenomenal extremo derecha, que se ha marchado a la Real dando un gran disgusto a Casanova.

El partido es una exhibición del Athletic, que gana 5-1. Al descanso llega ya 4-0, tres de Iriondo y uno de Arrieta. En la segunda mitad, Gago (sustituto de Epi) descuenta para el Valencia, pero Zarra marca el quinto. En Marca, José María Mateos, célebre crítico de la época, que en su día fuera seleccionador nacional, escribe: “Y como han sido cinco goles, pudieron ser nueve, sin contar con las abundantes y felicísimas actuaciones del portero valenciano”. Se refería a Pérez (fallecido este domingo a los 96 años), que había relegado a la suplencia a Ignacio Eizaguirre, fijo en la selección durante aquellos años. Fue algo extraordinario: Eizaguirre era el titular en la selección, pero el suplente de Pérez en el Valencia. De éste escribe también Mateos en esa crónica: “Pérez no puede estar muy agradecido a su defensa, pero el equipo puede estar bien agradecido a Pérez”.

Un baño, en fin. La cosa parecía resuelta.

El miércoles, 24, se juega la vuelta en Mestalla. Luis Casanova hijo, que asistió al encuentro siendo un muchacho, lo recuerda como el partido más emocionante que vio en su vida, y ya ha pasado agua bajo los puentes desde entonces. El campo se llenó, a pesar del 5-1. El Valencia era grande, y el prestigio del Athletic, imponente. Era lo más de lo más. Aquel año había empezado a viajar en avión. Los llamaron leones con alas.

Tarde calurosa y campo duro. Luis Casanova se instala, como solía, en el banquillo, junto al entrenador, Jacinto Quincoces. Casanova hijo me cuenta: “Siempre veía el fútbol ahí, para sentirlo. Salvo que fuera la final de Copa, que no tenía más remedio que ir al palco. ¡Lo pasaba muy mal! Se iba a veces al vestuario, volvía, salía otra vez. Cada poco iba el masajista, Merino, a darle novedades. Pero él, por el clamor, ya sabía lo que iba pasando. El estadio tiene un sonido propio para cada situación, no solo para los goles. ¡Quién sabe cuántas veces entró y salió ese día!”.

El Valencia empezó atolondrado. Mucho balón largo, mucho bombeo al área. El Athletic esperaba cómodo, rechazaba, no arriesgaba. El tiempo estaba de su lado. En el minuto 25, Puchades cuela un fuerte disparo raso desde lejos que se convierte en el 1-0. Mestalla se anima algo, pero el partido sigue igual. En el minuto 35, Amadeo lanza córner e Igoa cabecea a gol. 2-0 y Mestalla empieza a creer. El Valencia aprieta, jaleado por el público, y en el 44 Amadeo, en jugadón de Seguí, hace el 3-0. Mestalla se entusiasma. Ahora todo el público cree.

Iraragorri, entrenador bilbaíno, abronca a los suyos, que salen de otra manera. Abandonan la defensa, se despliegan. Zarra marca en el minuto 52 y repite en el 70. Con 3-2 frente al 5-1 a falta de 20 minutos, parece que ya no hay nada que hacer.

Pero entonces Puchades levanta al equipo y al público, en una de sus reacciones clásicas. Medio de gran estatura, potencia, presencia y espíritu, toca el tambor y lleva a los suyos hacia arriba, como un émbolo gigante. La tormenta que desata su entusiasmo contagioso da lugar a dos goles muy seguidos, en el minuto 75 y en el 78, uno de Amadeo y otro de Gago. ¡5-2! Mestalla es un trueno incesante. El Valencia aprieta y aprieta, el Athletic se mete en el área, el tiempo corre… Ya en el 89, cuando el árbitro Fombona consulta el reloj, llega el 6-2, obra de Igoa. La locura. Hace falta una prórroga.

Hay conciliábulo entre los capitanes, los entrenadores y Fombona. Se acuerda, en atención a la proximidad de la final y a evitar desgaste de los inminentes mundialistas (entre ambos equipos reunían varios) que la prórroga se juegue en dos tiempos de 10 minutos, en lugar los 15 usuales. Así se hace. La prórroga es un vaivén, un correcalles entre dos equipos desarticulados, rotos. Una sucesión de ataques malogrados en el remate por cansancio, o por intervenciones de Pérez o Lezama. El público no puede más. Cumplidos 10 minutos, cambian de lado. Otra vez lo mismo: como dos boxeadores groguis, pegándose sin defensa, pero sin hacerse daño por agotamiento. La prórroga acaba sin goles.

¿Qué hacer? La final va a ser en cuatro días, luego vendrá el Mundial. No hay fecha para un desempate. Lo de las tandas de penaltis no se había ingeniado todavía. Nuevo conciliábulo y se acuerda que el primero que marque gol, gana. No todos los jugadores se enteran. Algunos, alejados, agotados, no prestan atención.

Pita Fombona y se juega de nuevo. Seguí tiene una ocasión al minuto que se escapa de milagro. Dos minutos después, Gaínza se va y con su última fuerza mete un tiro cruzado al que Pérez no llega. Pérez, que aún vive, en Nules, nunca se quitó ese gol de la cabeza.

Gaínza se va corriendo a la caseta, en busca de la ducha, Algunos se extrañan, no saben por qué. Incluso entre los espectadores no se sabía, se esperaba otra prórroga completa. Fuera del campo, en Valencia y en toda España, sí se sabía, porque el partido fue radiado y se había informado de ello. Pero en el campo no había radio, no era aún tiempo de transistores.

Cuando llegan las explicaciones, el público desfila. El Valencia no estará en la final, pero todos ellos han visto el partido de sus vidas.

El Athletic jugó la final contra el Valladolid y la ganó… en la prórroga. Tras el 1-1 en el minuto 90, Zarra marcó tres goles en el alargue.

Un mes después, Asensi, Puchades, Igoa, Nando, Zarra y Gaínza, protagonistas de este partido viajaron a Río. Más Panizo Y Eizaguirre, que se lo perdieron. Allí, España sería cuarta en la Copa del Mundo, nuestra mejor clasificación hasta el triunfo en Sudáfrica.

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miércoles, 07 octubre 2015

Por Alfredo Relaño

Pirri y Zoco, dos bodas de impacto y diferentes

La temporada 68-69 el Madrid ganó la Liga con solvencia. Solo perdió un partido, en la penúltima jornada, en Elche. El título hizo olvidar el chasco en la Copa de Europa, en la que cayó en la segunda eliminatoria, ante el Rapid de Viena. La alegría de la Liga se cortó cuando en la primera eliminatoria de Copa el Madrid cayó ante el Atlético. La temporada madridista terminó ahí. Pero quedaban dos curiosos acontecimientos que celebrar: las bodas de Pirri y Zoco con dos celebridades de la época, la actriz Sonia Bruno y la cantante María Ostiz.

 

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Pirri y Zoco formaban la línea media en años en los que aún se cantaban las alineaciones al modo clásico, a pesar de que ya se jugaba el 4-3-3. En puridad, Zoco era defensa libre y Pirri un centrocampista de amplio espectro, con quite, despliegue y gol. Ambos eran célebres, internacionales, queridos en todos los campos por su conducta.

María Ostiz, una avilesina criada en Navarra, era cantautora de mucho éxito. Bella voz, guitarra en el regazo y canciones dulces, que evocaban las bondades de su tierra y de la descansada vida del que huye del mundanal ruido. Nada de protesta. Era muy católica, como Zoco. Se conocieron por un reportaje periodístico de José Vicente Hernáez para el ya desaparecido Dicen, de Barcelona. Era una serie en la que reunía al azar a un futbolista con una famosa. Zoco quedó prendado de María y le pidió a Hernáez el teléfono. Este, muy caballero, le dijo que previamente le pediría permiso a ella. “Se lo pidió y ella se lo dio. ¡Eso me animó!”, me comentaría años después el propio Zoco.

Paralelamente, Pirri había conocido a Sonia Bruno en la fiesta del diario vespertino Pueblo, el de más tirada de la época, que cada año entregaba unos premios llamados: Populares de Pueblo. Les sentaron juntos en la cena, se gustaron y empezaron a salir.

Sonia Bruno se llama en realidad María Antonia Oyamburu Bruno, lo de Sonia Bruno era su nombre artístico. Barcelonesa de origen vasco, había trabajado como secretaria de dirección justamente en el Dicen. Luego fue modelo y más tarde actriz de mucho éxito. La actriz de moda en España en esos años, puede decirse. Flequillo, ojos bonitos, sonrisa insuperable y la mejor minifalda de la época. No eran años aún de destape, pero sí de minifalda.

A Bernabéu le sentaron regular ambos romances, sobre todo el de Pirri, me contó un día Agustín Domínguez, número dos de Saporta. Bernabéu tenía una visión muy castrense del fútbol, cualquier relación con la farándula le parecía perturbadora. Y, en efecto, había precedentes malos. Las dos historias salieron adelante y entre la afición empezaron a conocerse y a comentarse, en general desde el mismo escepticismo de Bernabéu. ¿Para qué una famosa? ¡El único famoso de la casa tiene que ser el futbolista!

Pero llegaron a su feliz término y produjeron sendas bodas ese verano del 69, muy diferentes. Zoco y María se casaron casi en secreto, en el Castillo de San Javier, en Olite, con solo 17 invitados (familia directísima y algún amigo íntimo) y allí mismo pasaron la luna de miel. Pensaron primero en el 8 de junio, cumpleaños de ella, pero el cura les advirtió de que como era sábado habría gente y les reconocerían. Ellos buscaban estricta intimidad y se casaron el lunes 10. Ella de blanco blanquísimo, él de impecable traje negro.

Lo de Pirri y Sonia fue de muy otra forma. Se casaron el 12 de julio, en la parroquia de Santa Rita de Madrid, con multitud de famosos entre los invitados (la plantilla del Madrid y lo más granado de la gente del cine) y un tumulto a las puertas, a duras penas contenido por las fuerzas de orden público. Fue casi como lo de Lolita y aquello de Lola diciendo “si me queréis, irse”. Sonia llevó un original vestido de novia minifaldera. Pirri vistió de azul eléctrico y corbata sicodélica. Fue boda de portadas de prensa rosa. Bernabéu acudió, pese a sus reticencias iniciales, y se retrató con la pareja y con su inseparable puro. Hasta les regaló la nevera para el nuevo hogar.

También la luna de miel fue diferente: se fueron en coche a recorrer Europa: Francia, Italia, Yugoslavia, Grecia, Turquía... Turismo de cultura y de playa.

María Ostiz siguió grabando, pero restringió sus apariciones en público y en televisión. Sonia dejó radicalmente el cine. Aún hoy, ni quiere ver sus películas ni quiere que las vean sus hijos y sus nietos. Claro que durante un tiempo se siguieron proyectando, y cada vez que había alguna escena picante, un beso o algo así, saltaba alguno diciendo: “¡Que viene Pirri!”, o cosa parecida. Un día empezó a correr un rumor infamante: Sonia habría dado a luz a un hijo negro. Fue una leyenda urbana de esas que se convierten en irresistibles: “Que sí, te lo juro, la enfermera que la asistió fue al colegio con mi hermana y se lo ha contado”. Por supuesto, no hubo nada de eso, pero ser actriz y casarse con un futbolista era algo que en la época no se toleraba tan bien.

En cuanto a Zoco, ya conté aquí que su mayor apuro era que Bernabéu conociera a María. María era muy recatada, y Bernabéu era bastante bruto en bastantes cosas. En años en que se tenía por castos y sagrados los oídos de las mujeres, en años en que los varones hablábamos con extrema prudencia ante ellas, él era capaz de cualquier cosa. Por eso Zoco retrasó el encuentro, hasta que un día fue inevitable. Bernabéu cubrió ampliamente los peores temores de su jugador: “Si un día te cansas de él, nos lo devuelves al club para semental”, le dijo a María, que quedó espantada.

Pirri y Sonia siguen juntos y felices. Tuvieron hijos, tres varones, y siete nietos. Igual de unidos han estado María Ostiz y Zoco, hasta la reciente y tan sentida muerte de este. Los Zoco-Ostiz dejan dos hijos y una hija, y ocho nietos.

Cuatro vidas colmadas, pues. Y como futbolistas, los dos completaron con gran rendimiento sus carreras. Les retiró la edad, no les retiró ni acortó su tiempo ninguna distracción derivada del matrimonio con una famosa. Ellas sacrificaron sus carreras, en todo en un caso, en gran parte en otra, por ellos y por los hijos.

El tiempo no justificó las reticencias de Bernabéu.

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martes, 29 septiembre 2015

Por Alfredo Relaño

Bernabéu le quería como ‘semental’

1443464249_287351_1443464341_noticia_normalIgnacio Zoco Esparza, natural de Garde, en el Valle del Roncal, el de Gayarre. Empecé a ir al fútbol justo el año que el Madrid le fichó de Osasuna, así que puedo presumir de haber visto casi toda su carrera. Rubio, espigado, jugaba de medio, con gran despliegue, ida y vuelta, poderío por alto y espíritu incansable. Cuando conducía el balón parecía siempre a punto de perderlo, por sus zancas largas que no parecían ágiles, pero nunca la perdía. Corría por él y por su compañero de media, el exquisito Muller, un alsaciano finísimo al que llamaban ‘el fatigué’, ya imaginarán por qué.     

 

En esos primeros años vivía de patrona con Glaría, que ocupaba la misma posición en el Atlético y se la disputaba en la Selección. Era llamativo ver cómo, tras los partidos de rivalidad, salían juntos en el coche de uno de los dos, para regresar a casa. Eso acabó cuando se casó con María Ostiz, un matrimonio entre famosos. María Ostiz era una cantautora popular, no de línea protesta, como luego se tradujo el término, sino de canciones costumbristas de tinte católico.

 

Se casaron en Pamplona. Bernabéu no pudo ir a la boda, cosa que a Zoco le alivió. Bernabéu no rendía culto al recato. Un día, me contó Zoco tantos años después, se encontraron a la salida del entrenamiento:

 

- Fue a recogerme María. Salíamos hacia el coche cuando le encontramos, llegando por la acera. No había escapatoria. Les presenté: “Don Santiago, ésta es María, mi señora”. “Ya, ya te conozco, María. ¡Felicidades! Te has llevado una joya. Pero hazme un favor: si un día te cansas de Ignacio, nos lo devuelves al club como semental”. ¡Fíjate la animalada que fue a decirle a María!

Fue campeón de la Eurocopa de 1964, frente a la URSS, en una señalada tarde de junio en el Bernabéu. Y campeón de Europa de clubes, con el Madrid, ante el Partizán, en Bruselas. Once españoles, el ‘Madrid ye-yé’. Ya eran años del 4-3-3 y él jugaba en la defensa, de líbero, cortando y saliendo, con Pirri, Velázquez y Grosso por delante. Ese equipo duró, ganó muchas ligas. En los partidos apurados del Bernabéu, el estadio le reclamaba en los últimos minutos para que subiera a rematar los córners. “¡Zoco, Zoco, Zoco!”. Él miraba a Muñoz, el entrenador. Si Muñoz bajaba la barbilla, él subía, con su tranco esforzado, entre ovaciones, en busca del gol difícil. Varias veces lo marcó y aquellos goles suyos se celebraban más que cualesquiera otros.

Los años pasaron por él y por sus compañeros. Un día de 1974 se vio aturdido por el torbellino de un ataque barcelonista formado por Rexach, Cruyff y Sotil, alimentados por Juan Carlos, Marcial y Asensi. El Madrid perdió por 0-5. Zoco decidió que hasta ahí había llegado. El día siguiente fue a decirle a Bernabéu que quería dejar el fútbol.

- Ahora estás bajo un impacto. Tómate dos días, vete con María por ahí, piensa.

- Me tomé dos días, hablé con María, pensé, volví y le dije que lo dejaba.

La final de Copa fue Madrid-Barça, en el Manzanares. Él era suplente. El Madrid ganaba 4-0 cuando Grosso, capitán,fue cambiado por Zoco, que cogió el brazalate. Molowny y Grosso habían pactado esa posibilidad de antemano. Zoco jugó unos minutos y cogió la Copa. Esa fue su última foto como futbolista.

Durante años fue delegado del club. Luego perteneció a la ‘guardia de corps’ de Di Stéfano, presidente de los veteranos. Fue amigo del alma de Pachín, con el que siempre discutía, incesable polémica entre el eterno conforme, él, y el eterno disconforme, Pachín. Veraneaba siempre en Cambrils, donde cultivó una larga amistad con Sadurní, el portero del Barça durante todos aquellos años.

 

La enfermedad le asaltó hace año y medio y estuvo a punto de llevarle. “He estado ahí”, me dijo la última vez que le vi, mientras movía el mantel de la mesa para mostrarme el suelo. Gozó de una prórroga de dieciocho meses. Hace poco y menos fueron a verle mis compañeros de As Tomás Roncero y Carmen Colino: “Tranquilos. Ya sabéís que yo soy católico, estoy tranquilo. No he hecho mal a nadie y sé que me espera algo mejor”.

Que así sea.

 

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miércoles, 23 septiembre 2015

Por Alfredo Relaño

El día que el baloncesto desplazó al fútbol

La Selección de baloncesto alcanzó ya una final europea en Francia, en 1983. No la ganó, pero ese día consiguió algo más difícil: desplazar de hora la final de Copa, Madrid-Barça. Un éxito sin precedentes sobre el fútbol. Aquello despertó no poca polémica y supuso la confirmación definitiva de que el baloncesto había arraigado.

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Eran buenos años para nuestro baloncesto, con la generación de los Corbalán, Epi, Fernando Martín, Sibilio, Andrés Jiménez, Romay, López Iturriaga, Solozábal… En 1982 habían sido cuartos en el Mundial de Cali, tras el aldabonazo de una victoria sobre Estados Unidos. En 1984 ganaron plata en los JJOO de Los Ángeles. En ese 1983 intermedio se permitieron el lujo de cambiar de hora la final de fútbol.

Y eso que aquel Eurobásket no empezó bien. El primer partido, contra Italia, dejó sabor desagradable. La primera parte no se pudo ver por la negativa de la televisión francesa a enviar la señal. España se presentó con una publicidad encubierta, BEE, Banco Exterior de España. Contravenía las normas, pero se quería hacer pasar la leyenda por Baloncesto Equipo España. En conversaciones previas entre la Federación, que presidía Segura de Luna, y el comité organizador, ya salió la cuestión, pero se confiaba en la comprensión final del francés Robert Bunsel, vicepresidente de la FIBA y exentrenador del Madrid. Pero a la hora de la verdad, no coló. Tras muchas discusiones, todos queriendo forzar la situación, España salió con las camisetas con el BEE. La televisión francesa no emitió la señal. Segura de Luna rectificó ya con el partido en marcha y se llevaron al banquillo camisetas sin ese logo. Pero Díaz Miguel, el entrenador, se negó a gastar un tiempo muerto en el cambio de camiseta, así que el cambio no se produjo hasta el descanso.

La segunda parte ya se televisó, tras explicaciones difíciles de los comentaristas. Y lo que se vio fue una España que estuvo a punto de ganar… pero perdió. A falta de 8 segundos, con 74-73 y posesión, Corbalán, el mejor del partido (19 puntos) cometió uno de los pocos fallos de su vida. En lugar de retener y botar, envió a Sibilio, Villalta interceptó, entregó a Marzorati y éste puso el 74-75. Se nos quedó cara de tontos.

Pero aquel era un gran equipo, se repuso, ganó a los restantes rivales del grupo (Yugoslavia, Francia, Grecia y Suecia) y llegó a la final, tras batir en semifinales a la URSS, 95-94, con una sensacional canasta de Epi. La semifinal se jugó el 1 de junio, adelantada un día, supuestamente por interés de la televisión holandesa, que jugaba la otra semifinal contra Italia. Eso aquí se tomó como una afrenta y un perjuicio para la maltrecha espalda de Fernando Martín. La expectación subió al máximo.

Italia ganó a Holanda. Final, pues, contra Italia, el único que nos había ganado, con el fallo de Corbalán, que siguió siendo el mejor cada día, el lío de las camisetas, el adelanto de la semifinal, la canasta de Epi… El ambiente estaba en todo lo alto.

La final era el domingo, 4, a las 20.30. El mismo día, a las 20.00, tenían que jugar en La Romareda el Madrid y el Barça la final de Copa. Era el Barça de Schuster y Maradona, con Menotti de entrenador. Y el Madrid con Di Stéfano de entrenador, que ya había sido segundo en tres competiciones: Supercopa (ante la Real), Recopa (ante el Aberdeen) y Liga (ganada por el Athletic el último día por derrota del Madrid en Valencia).

Por aquellos años, mucha gente del fútbol hacía muy de menos al baloncesto, como un deporte afeminado, sobrepagado y mimado por una prensa acrítica. Pero ya tenía un arraigo, había evolucionado de ser una cosa de Saporta y el Madrid a pretenderse alternativa real al fútbol. El conflicto se discutió apasionadamente. Por supuesto, la FIBA ni se planteó cambiar la hora.

Así que tras dos días de forcejeo se pasó la final de Copa a las 22.15. El director de RTVE era Calviño, el ministro de Cultura era Javier Solana, pero quien mandaba más en esas cosas era Alfonso Guerra. Eran años del primer gobierno socialista, aún quedaban rescoldos de la idea de que el fútbol había sido cosa de Franco para embrutecer al pueblo. Además, en el 82 el fútbol había dado el cante en el Mundial, celebrado aquí. El baloncesto gozaba de imagen más moderna, sus jugadores solían tener cultura universitaria, parecía mejor imagen para la España que venía. Había dos canales. Se hubiera podido dar uno por cada uno, pero el segundo de ellos, que llamábamos UHF, tenía poca implantación fuera de las grandes ciudades. Y tampoco al gobierno socialista le pegaba dar deporte por los dos canales. Así que tras intensos cabildeos, Pablo Porta, presidente de la Federación, cedió. Emitió un comunicado en el que incluyó que había habido consultas a la Casa Real.

El fútbol se dolió. Viajaban unos 25.000 culés y 13.000 madridistas, con trastorno para el regreso. Para los periódicos deportivos (As se quejó en un editorial y en un titular de portada) el atraso era demoledor para el cierre y la distribución. Habían planteado que hubiera sido mejor un adelanto. También protestaron restaurantes, cines y teatros, a los que hasta entonces había tenido en cuenta el fútbol.

Las bromas de Di Stéfano

Pero así fue. José Ángel de la Casa, que narró la final de fútbol para TVE, recuerda que se emitió el segundo tiempo del baloncesto por las pantallas de los videomarcadores del estadio, para lo que hubieron de hacerse ciertas adaptaciones técnicas.

España perdió la final con Italia, pero el baloncesto había ganado al fútbol. En Zaragoza se impuso el Barça, 2-1, con un cabezazo acrobático muy recordado de Marcos, casi sobre la hora. Fue un partido tenso, duro y desagradable, con una patada horrible de Migueli a Bonet que retiró a este del fútbol. Cuando Tente Sánchez, el capitán, cogió la Copa de manos del Rey Juan Carlos, ya era medianoche, la hora bruja. El presidente Núñez lloró como un niño. Ahí nació su fama de llorón.

Para Di Stéfano fue el cuarto subcampeonato. Aún tendría que sufrir otro, en la final de la Copa de la Liga, invento de Núñez que no duró mucho, y precisamente ante el Barça. Mucho castigo para Di Stéfano, que precisamente era de los que más se distinguían por hacer bromas sobre el baloncesto.

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