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lunes, 26 mayo 2014

Por Alfredo Relaño

Catorce anotaciones sobre la Décima

Arriba

Ha vuelto una rivalidad. Los partidos entre los dos grandes equipos madrileños los llamábamos años atrás ‘de la máxima rivalidad’. Esa ´máxima rivalidad’ formaba parte del paisaje de la ciudad. La habíamos perdido. El Madrid ya sólo miraba al Barça, crecido en los últimos años, mientras el Atlético se venía abajo. Llegó a haber hasta cierta mirada de simpatía de los madridistas a los atléticos en casos como la final de Hamburgo ante el Fulham. Una simpatía que provocaba incomodidad a los atléticos. Sentían que habían dejado de ser considerados adversarios por el Madrid. Ahora lo han vuelto a ser. Han ganado la Liga y en Lisboa le dieron al Madrid el susto de su vida. La ciudad ha recuperado algo.

¡Sí, se puede! Abundando en lo mismo: en los últimos diez minutos, el fondo ocupado por la afición madridista, justo aquel hacia el que atacaba el Madrid, gritaba en cada falta contra el área. “¡Sí, se puede!”. El grito del que está ante una misión tenida previamente por imposible. Ese grito es la medalla que los atléticos se llevan de esta final, de esta su gran temporada. La vieja visión ‘supremacista’ del Madrid quedaba a un lado. Empujar con ese grito en pos de un gol que empatara el partido ante el Atlético en campo neutral da a ver hasta qué punto el equipo rojiblanco ha llegado a ser considerado por el madridismo. Considerado y temido.

La explosión de Florentino. Y un apunte más en la misma dirección: la explosión de Florentino en el palco. Hombre de natural tan contenido, dio rienda suelta a una alegría que su cuerpo no pudo contener. Florentino es de mi generación, de los años en los que el enemigo del Madrid no era el Barça, sino el Atlético. Tuvo que pasar un quinario hasta ese gol, que le liberaba del destino más espantoso imaginable para un madridista de esa quinta: que el Atlético le ganara una final de Copa de Europa.

Costa

Diego Costa. Fue un fiasco. Los milagros en Medicina no existen, me decía un médico amigo. Los milagros están en la Historia Sagrada. Si me permiten, utilizaré la expresión de mi amigo médico: “Como dijo el aldeano, si habría algo mejor que follar, ya se sabría”. Es decir, que si de verdad existieran tratamientos para acelerar los tirones, hace tiempo que se sabría y se aplicarían. El tirón es la gripe del futbolista. Siempre se dijo: “Sin tratamiento, tres semanas; con tratamiento, veintiún días”. Diego Costa y Simeone confundieron deseos con realidades y el resultado fue un cambio malgastado. Y tuvo su importancia, porque el Atlético llegó al final hecho trizas.

El final del Atlético. Sin Diego Costa ni Arda Turan el Atlético tenía poco a que agarrarse, aparte de la lucha. Una vez más luchó hasta la extenuación. Al final se le cayó encima el esfuerzo de todo el partido y el de todo el año. El Atlético ha hecho la temporada con pocos jugadores, porque su banquillo desmerece en ciertos puestos de sus aspiraciones y sus logros. Y esos pocos que han jugado tanto lo han hecho siempre con el máximo esfuerzo, casi podría decirse que con el esfuerzo del novillero. Al final se le cayó todo encima. La caída del Atlético tuvo algo heroico.

Casillas. Levantó la copa. Es hombre de suerte. Desde que yo recuerdo, ha ganado muchos partidos y nunca se ha perdido uno por su culpa. El sábado pudo pasar y no pasó. En su única intervención midió mal, señal de que le ha faltado portería este año. Una consecuencia indeseada de esa singular alternancia de competiciones. Pero Sergio Ramos vino a salvarle con su gol decisivo. A la postre, el gol que cedió Casillas quedó sepultado por cuatro. Por eso abrazó a Sergio Ramos, le dijo “eres el puto amo”. Y por eso le cedió el alto honor de ponerle la bandera al cuello a la diosa Cibeles.

Sergio Ramos. Un tipo. Nacido para jugar en el Madrid. Su coraje es extraordinario. Su gol de ultimísima hora refleja esa virtud tan proclamada del Madrid, tan querida a sus aficionados: su resistencia a la derrota. Intentarlo hasta el último aliento, agarrarse a un clavo ardiendo. Si se pierde, que por falta de esfuerzo no haya quedado.

Ancelotti

Ancelotti. Modelo delbosquiano, tan alejado de Mourinho. No son necesarios malos modos ni pleitos con la plantilla ni mear más largo que nadie para andar bien por la vida ni para ganar títulos en fútbol. Llegó nuevo, manejó dudas, tardó en encontrar la fórmula, manejó tensiones con el presidente, los gallitos, Di María… Aguantó aquí y allá, apretó esto, aflojó lo otro, cedió… Sin llegar a lo del Atlético, tampoco tuvo al equipo en sus mejores condiciones. Le faltó Xabi Alonso, cuyo primer suplente, Illarramendi, no ha dado la talla. Khedira llevaba tiempo sin jugar. La famosa BBC llegaba en malas condiciones. Empezó mal (la pulsión italiana), pero rectificó sobre la marcha.

En caso de duda, fútbol. Continuación del apartado anterior. Hay un adagio en periodismo que dice: “En caso de duda, haz periodismo”. También vale para el fútbol. “En caso de duda, fútbol”. Con la final atascada, Ancelotti tiró de Isco y Marcelo. La reunión de talento en ese momento era descomunal. Con eso jugó el Madrid unos minutos fantásticos en los que se hizo merecedor del gol antes. Cuando se tienen jugadores (y se tienen cuando se tiene dinero para comprarlos) es lo mejor. El fútbol es de los jugadores. La pizarra surgió como necesidad de los entrenadores que veían a su once inferior al de enfrente. Cuando se puede poner talento sobre el campo, eso es lo que se debe hacer. El fútbol es talento, no cálculo.

El descuento. El Atlético se queja de los cinco minutos de descuento, promediando el cuarto de los cuales llegó el gol. Pero el descuento fue justo, por los cambios, la atención a Filipe Luis y las pérdidas de tiempo del Atlético. El Madrid venía mereciendo el gol desde antes. El Atlético había hecho poco durante el partido. Castigar la mala salida de Casillas con un gol y manejarse con calma hasta que se agotó. Cuando marcó Sergio Ramos hacía rato que se mascaba el gol.

El fatalismo. Es llamativo el paralelismo, cuarenta años (los que peregrinó Moisés por el desierto), de nuevo un defensa central que marca sobre la hora. Como Moisés, el Atlético contempló la tierra prometida, pero se quedó sin pisarla. Los duendes del fútbol. Para mí, el Madrid mereció largamente la victoria, entre otras cosas porque tenía más, pero la forma en que cayó el Atlético fue demasiado cruel.

Di María, soberbio. El hombre que en invierno se quería ir, en busca de una titularidad para no perderse el Mundial, fue el hombre de la final. Jugó un gran partido y su escapada en el 2-1 fue soberbia. Ancelotti sufrió críticas por aguantarle aquella provocación en el Bernabéu, acomodándose sus partes, y por abrirle un puesto en la media. Pero funcionó, fue un hallazgo y el suplente de Bale se convirtió en titular indispensable, equilibrio del equipo y cuchillo ocasional por la banda izquierda. Gento, invitado al partido por sus seis Copas de Europa, tuvo que estar orgulloso de él.

Cristiano
Cristiano Ronaldo, mal. Me pareció un extravío la celebración de su gol. Un gol de penalti, que al fin y al cabo es un golpe de matarife. Recuerdo un día en el que hablé con Di Stéfano, enfadado porque un jugador del Madrid marcó de penalti y se subió a la alambrada del fondo. Era el cuarto gol, goleada a un equipo ya indefenso, con varios jugadores directamente inválidos. Me pareció del peor gusto ese alarde, ese ‘balotelli’. No pude evitar el contraste con el recuerdo de Casillas, en la final de la Eurocopa, cuando  con 4-0 a favor de España frente a Italia le decía al linier que aceleraran el final.

Dos aficiones hermanas.  Fuimos y volvimos a Lisboa juntos y revueltos. Separados en el campo, juntos al entrar y al salir, al ir y al volver. Y juntos en la pantalla gigante que al final sí se instaló en Lisboa Magnífica conducta. El fútbol no es como a veces lo dibujamos. Hay menos incidentes de los que se cree, hay muy pocos, es casi insignificante. Sólo que cuando hay alguno, se televisa en directo, invade los telediarios y sigue la bola. Luego están esas pomposas declaraciones de “partido de alto riesgo” que cada poco hace Antiviolencia. Ir al fútbol no es arriesgado. Es bonito.

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miércoles, 16 abril 2014

Por Alfredo Relaño

La final de las botellas

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Una de las dos semifinales de la Copa de 1968 enfrentó al Atlético de Madrid y al Barça y fue muy polémica. Del partido del Calderón salió el Atlético indignado, reclamando dos penaltis. Con todo, ganó 1-0 y viajó al de vuelta esperanzado. Allí se llegó al final con 2-1, lo que daría paso a la prórroga. Pero Rigo, el árbitro, aplicó un descuento excesivo a ojos del Atlético y Zaldúa marcó el 3-1. El Barça iba a la final. El Atlético regresó indignado y la prensa de Madrid se hizo amplio eco de ello.

 

Salió a relucir entonces que ambos partidos, el de ida y el de vuelta, los había arbitrado el balear Rigo. El mismo que había dirigido los dos partidos de cuartos entre el Barça y el Athletic, provocando también malestar en Bilbao. El mismo que había arbitrado once de los treinta partidos de Liga del Barça, con frecuentes quejas de los adversarios. En medio del debate se conoció la designación del propio Rigo para arbitrar la final, en la que el contendiente del Barça iba a ser… ¡el Real Madrid!


¡Para qué más! Sobre la ola de enfado de los atléticos se montó la de indignación y protesta de los madridistas, que sospechaban que Rigo era árbitro de cámara del Barça. Para más problema, entre las semifinales y la final hubo más tiempo del habitual, doce días. La final se retrasó hasta el 11 de julio por problemas de agenda de Franco. Visto con perspectiva, choca que Franco, al que tanto veíamos en el NO-DO cazando o pescando (salmones en Asturias o atunes desde el Azor) tuviera una agenda tan complicada. Pero esa vez la tuvo y la polémica se alargó.

 

El Madrid instó a la federación a que cambiara la designación, pero esta no quiso. En realidad, la costumbre entonces era designar a los árbitros cotejando la posición que tenían en la lista de los equipos contendientes. Tras cada partido, los dos clubes puntuaban al árbitro. Para cada partido se buscaba el mejor colocado en la suma de ambas listas. Para el Barça, Rigo era el primero y para el Madrid, el segundo. (Hasta después de esa final, claro). El primero en la del Madrid era Ortiz de Mendibil, que estaba recusado por los azulgrana desde un gol concedido también en el descuento a Veloso en un Madrid-Barça de 1966.

 

Ellos eran los dos grandes árbitros del momento y en caso de duda hacían lo posible por agradar al grande de turno. Así estaban arriba en sus dos listas y les arbitraban con frecuencia, lo que les daba fama y currículo. Pero cuando ambos se enfrentaban había que elegir, y… El caso es que se mantuvo a Rigo, contra las protestas del Madrid. El asunto fue comidilla durante doce días. Por su parte, en Barcelona se quejaban de que la final fuese en el Bernabéu, que la Federación defendía como “campo neutral”. No había privilegio en los precios de las entradas. Pero había el privilegio de la proximidad. Viajar desde Barcelona costaba dinero y ni había tanto ni era tan fácil ni habitual viajar como ahora. Para más inri, ese 11 de julio encontrado en la apretada agenda del Caudillo era jueves, día laborable. Para los barcelonistas era muy difícil acudir.

 

El Madrid llega como campeón de Liga, pero con tres bajas duplicadas. Le faltaban el lateral Calpe y su suplente, González; el interior Velázquez y su suplente, Félix Ruiz; el extremo izquierda, Gento, y su suplente, Bueno. Y además, el delantero Veloso. Muñoz recompone el equipo como puede: Betancort; Miera, Zunzunegui, Sanchis; Pirri, Zoco; Serena, Amancio, Grosso, José Luis y Miguel Pérez. A este último se le ha conseguido repescar de la mili la víspera, con un permiso extra. Se intenta lo mismo con el interior De Diego, pero no se consigue. El Barça sale con los mejores: Sadurní; Torres, Gallego, Eladio; Fusté, Zabalza; Rifé, Pereda, Mendoza, Zaldúa y Rexach, joven canterano éste que a última hora pasa por delante de Oliveros.

 

Cien mil espectadores, con abrumadora mayoría de madridistas. En el palco, los popes del Régimen, junto a los presidentes, Santiago Bernabéu y Narcís de Carreras. El partido empieza mal para el Madrid: centro desde la izquierda e intento de despeje en pifia de Zunzunegui, que manda el balón cruzado al segundo palo de Betancort. Gol. El Barça se parapeta, el Madrid ataca. Al público madridista este inicio le frustra. Hay indignación cuando Pereda, con la pierna en alto, golpea a José Luis, que queda un rato conmocionado. Más cuando, un poco más tarde, Serena se va por la banda, Rigo pita porque el balón se le ha escapado fuera de la línea, pero el extremo sigue y Gallego le cruza violentamente, sin necesidad, puesto que no hay juego. Caen algunas botellas en el lugar. Poco más tarde, el propio Gallego voltea a Pirri, que queda en el suelo, dañado. Otro pequeño lanzamiento de botellas. Pirri está fuera ocho minutos, vuelve con luxación de clavícula y así termina el partido, con el brazo doblado hacia arriba, corriendo con dificultad.

 

El Madrid ataca y ataca. Brilla Amancio, brilla Sadurní. Se llega al descanso. A los doce minutos de la segunda parte se desata el pandemónium. Serena entra por el centro del área y cae ante la entrada de Eladio. Rigo deja seguir. La lluvia de botellas es bestial, lo nunca visto. Por la época eran muy frecuentes los lanzamientos de almohadillas al terreno de juego, pero excepcionales los de botellas. Botellas de cristal, de cuarto o tercio de litro, de cerveza, Coca-cola o Fanta. En caso de impacto podían hace mucho daño. En general, cuando algún salvaje tiraba una los vecinos de localidad se lo reprobaban. Se arriesgaban incluso a salir detenidos.

 

Algo más tarde, una fricción entre Torres y Amancio provoca otra tremenda lluvia de botellas, que los propios jugadores blancos piden al fondo que cese. Sadurní decide pasar el resto del partido, cuando no tiene el juego cerca, dentro de la portería, esperando que la red le proteja, porque algunos hacen tiro al blanco con él. En cada zona del campo, cualquier falta de un barcelonista cerca que la banda es replicada con una lluvia de botellas. Sadurní, pese a todo, completa un gran partido, con una presencia de ánimo ejemplar. También ha sido ejemplar el esfuerzo del Madrid, con tantas bajas y Pirri mermado. (No había cambios). Se llega al final con el solitario autogol de Zunzunegui. Cuando Zaldúa recoge la Copa de manos de Franco, el estadio es un grito unánime: “¡Rigo, campeón!” El Barça se retira al túnel entre más botellas, parece mentira que aún queden.

 

En el palco, cuentan después en Barcelona, la señora de Camilo Alonso Vega, ministro de Gobernación, está muy afligida. Le dice a Bernabéu: “¡Qué desgracia, hemos perdido!” Su marido le reconviene: “Felicita al presidente del Barça…” Y ella se vuelve hacia este: “¡Ah, sí, perdón! Felicidades. Porque Cataluña también es España, ¿verdad?” A lo que Narcís de Carreras responde: “Señora, no fotem”.
El Barça se va con su Copa y queda la polvareda. ¿Merece el Madrid una sanción? La federación no lo aplica, porque estima que es ella la organizadora del partido, no el Madrid. Eso provoca enfado en el mundo culé. Eso sí: antes de comenzar la Liga siguiente, la federación emitió una circular prohibiendo despachar envases de vidrio en los estadios. Desde entonces debían ser previamente escanciados por el expendedor en vasos de plástico. Eso provocaba grandes colas en las barras, retrasos y barullos, lo que hizo que todas las aficiones de España pagaran en cierto modo la zaragata.

 

Respecto a Rigo, quedó marcado. Llegó a estar recusado por nueve clubes. En 1975, la federación, que entonces presidía Porta, le relacionó con una trama de árbitros cuya cabeza era el madrileño Antonio Camacho, que supuestamente se ofrecían para venderse. El asunto trascendió en sus detalles (algún día lo contaré en esta sección), pero no hubo sanción oficial. Simplemente, se les fue apartando. Rigo cayó en ese viaje, aunque la relación con la trama nunca estuvo clara. Para el Barça, la eliminación de Rigo fue un síntoma más del poder del Madrid. Para el Madrid, su designación para la final fue una concesión inaudita al Barça. Rigo ahora hace declaraciones de cuando en cuando. Dice que no era barcelonista ni antimadridista hasta aquella final, pero que desde ese día se convirtió en ambas cosas a la vez. 

 

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miércoles, 26 marzo 2014

Por Alfredo Relaño

La polémica entrada de De Felipe a Bustillo

El campeonato 69-70 nos trajo un Madrid-Barça en la primera jornada. Ahora tal cosa no puede ocurrir, porque el sorteo se condiciona a fin de que los dos clásicos caigan en fechas convenientes, pero en aquel tiempo el calendario se definía por sorteo puro. El Barça llevaba sin ganar la Liga desde 1960, exactamente desde la marcha de Helenio Herrera. Salvo por una irrupción del Atlético, en 1966, el Madrid estaba acaparando el título en los sesenta. El Barça estaba harto.

 

Eran años del cierre de fronteras. El Madrid había sacado de la cantera sus ye-yés, un grupo espléndido, que unidos a Amancio, Pirri, Zoco, lo que quedaba de Gento y alguno más, le bastaba para el dominio en España. El Barça cada año fichaba en busca de mejorar el equipo, pero no le llegaba.

 

Esta vez esperaba que sí. Para ese campeonato incorporaba a Marcial, imponente interior que ya había triunfado en el Elche y en el Espanyol, y a un gran delantero de futuro, Bustillo, que había desplazado nada menos que a Marcelino del eje de la delantera del Zaragoza. El Barça había pagado por él 8.900.000 pesetas, un dinero en la época, más Borrás y Oliveros, dos buenos jugadores, y el costo de la presencia del Zaragoza en el Gamper. El fichaje se hizo al inicio de la 68-69, pero Bustillo jugó ese curso en el Zaragoza, como parte del acuerdo. Marcó 11 goles en 20 jornadas. En mayo del 69 apareció en la selección, donde fue en los siguientes cuatro partidos. La Copa de 68-69 ya la jugó con el Barça, pero como éste cayó ante la Real en dieciseisavos, apenas se le vio. Su presentación a lo grande fue en el Gamper del verano del 69, a dos semanas de la Liga. El Barça ganó en la semifinal al Slovan de Bratislava (que le había ganado la final de Recopa tres meses antes) y en la final, al Zaragoza. Bustillo marcó el gol de la victoria. A la salida, había esperanzas. Eran más los que decían aquest any, sí que los del aquest any, tampoc.

 

Y el 14 de septiembre empieza la Liga, con el Madrid-Barça en el Bernabéu. El Madrid estrena mejoría del alumbrado nocturno para la ocasión. El Barça presenta una delantera prometedora: Rexach, Marcial, Bustillo, Zaldúa y Puyol. Dos jóvenes extremos de la cantera, dos grandes fichajes y el valioso Zaldúa. El arranque de Bustillo es fulminante: marca en los minutos 3 y 5, ante el estupor del Bernabéu. El Madrid reacciona, se vuelca y consigue empatar a dos antes del descanso, ambos goles de Fleitas, que juega por baja de Amancio. En el descanso se saborea el partidazo. Pero a los 10 minutos de la segunda parte, la vida de Bustillo va a dar un vuelco. Calpe intercepta un ataque de Puyol por la izquierda, pero este consigue enviar a Bustillo, que ataca el área del Madrid en diagonal. El central madridista De Felipe sale a su encuentro y le cruza violentamente en la frontal. Bustillo ha llegado antes al balón, que consigue enviar a Rexach con la puntera del pie derecho, pero su pierna izquierda se queda enganchada, sufre una torsión de rodilla y se queda en el suelo. Ortiz de Mendibil no pita falta porque el balón llega a Rexach, que pronto lo pierde ante Sanchís.

 

El juego sigue. El Madrid produce un ataque, el Barça despeja, el Madrid vuelve a retomar el balón y ataca de nuevo, vuelve a cortar y a avanzar el Barça… De cuando en cuando, la tele enfoca fugazmente a Bustillo, que se duele visiblemente en el suelo. En la primera imagen, Calpe está junto a él, consciente quizá de la gravedad. Luego se incorpora al juego. Miguel Ors comenta en la transmisión de televisión que ha habido una circular recomendando a los jugadores no parar el juego, salvo decisión del árbitro, a la vista de abusos que se estaban produciendo para robar tiempo, como pasa hoy. Pero no es el caso. Al fin, Castro envía el balón fuera. Acuden Ortiz de Mendibil, Puyol y Zoco. Bustillo no se puede sostener en pie. Le retiran entre Puyol y Junquera, el meta del Madrid, hasta el fondo, donde el masajista Ángel Mur, que no ha recibido permiso para ingresar en el campo, le espera. Bustillo va con la pierna izquierda en el aire. No podrá reintegrarse. Sale Pellicer en su lugar. El partido sigue, acaba 3-3, con nuevos goles de Gento y Rexach. La sensación final es de partidazo, pero queda un malestar por Bustillo.

 

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Bustillo se retira lesionado. / DIARIO AS

 

¿Qué tendrá? Hasta que no baje la hemorragia, se informa, no se podrá conocer en detalle el alcance, pero se da por hecho que tiene roto el ligamento interior.

 

El martes se conoce el parte provisional: “Ruptura completa de ligamento lateral interno de la rodilla izquierda con posible lesión meniscal que requieren inmediata intervención quirúrgica, con un pronóstico de inactividad para la práctica del fútbol en un periodo de tres meses, salvo complicaciones”. El mismo día, El Mundo Deportivo de Barcelona se pregunta si será suspendido De Felipe por el tiempo que dure la baja de Bustillo. En la época era uso relativamente común. Eso le había costado al zaragocista Cortizo una sanción de 24 partidos por fractura de tibia de Collar dos años antes y, más recientemente, una de 12 a Guedes por lesionar a Planas II.

 

El miércoles se efectúa la operación, por los doctores Cabot, Altisench y García Cugat. “La primera impresión al operar ha sido de catástrofe”, declara Cabot al finalizar. Las consecuencias han sido más graves de lo temido, según informa el parte: “1.— Rotura total de la inserción del ligamento lateral interno en sus dos capas, superficial y profunda. 2.- Desinserción periférica del menisco interno. 3. — Ruptura del ligamento cruzado anterior”. Se augura recuperación completa, pero sin plazo.

 

Con el parte aún reciente, se conoce la decisión del Comité de Competición, que colma de indignación a los barcelonistas. No hay suspensión a De Felipe. Hay seis jugadores del Barça amonestados y multados por formular reparos al árbitro: Torres, Eladio, Castro, Gallego, Marcial… ¡y Bustillo! Bustillo se había quejado en la primera mitad de una entrada dura. Se recuerda entonces que Ortiz de Mendibil había estado recusado por el Barça dos años antes, por un gol del Madrid en el descuento y la directiva recibe críticas por haber levantado ese curso la impugnación. Ortiz de Mendibil era tenido entonces como árbitro de cámara del Madrid, lo mismo que Rigo del Barça.

 

El asunto llega a la Delegación Nacional de Deportes que preside Juan Antonio Samaranch. Este acude al NO-DO, junto a Antonio Calderón y De Felipe, a ver hasta 20 veces la repetición de la jugada, filmada con mucha nitidez. De Felipe y Calderón defienden que no hay impacto, que la lesión es un accidente. De Felipe ha ido abajo, la lesión es en la rodilla. Y así es. El propio Bustillo la describirá así, veinte años más tarde, en La Vanguardia: “Quedé con los pies trabados y al no poder articular bien el movimiento salté por encima de De Felipe pero caí en mala postura”.

 

Bustillo no jugó más esa temporada. En las dos siguientes jugó un partido cada una. Luego, aún con 25 años, se fue al Málaga, ya en posición de segundo delantero, donde jugó en las siguientes cuatro temporadas 31, 27, 24 y 13 partidos, con una producción de goles también menguante: ocho, tres, dos y por fin ninguno. Por supuesto, nunca volvió a la selección. Con 29 años dejó el fútbol. Se casó con una malagueña y hoy regenta un hotel en la Costa Dorada. No le gusta hablar del tema.

 

De Felipe jugó en el Madrid hasta la 72-73, cuando se marchó al Espanyol. Allí jugó hasta el 78, cuando se retiró, con 33 años. Volvió a enfrentarse con Bustillo, en el Málaga, y no hubo incidentes. Pero en sus años en Barcelona encontró con bastante frecuencia quien le recriminaba aquella acción. Un cúmulo de acontecimientos (la prometedora juventud de Bustillo, sus dos goles-relámpago, la actitud de Ortiz de Mendibil, la gravedad de la lesión y la ausencia de sanción a De Felipe junto a las cinco amonestaciones a blaugranas) convirtió aquel suceso en una de las partes principales de la leyenda negra del Madrid en Barcelona.

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miércoles, 05 marzo 2014

Por Alfredo Relaño

De la manita a la mano de Alsúa

Los dos derbis madrileños (entonces se decía encuentro de la máxima rivalidad) de la temporada 47-48 fueron pródigos en acontecimientos notables y quedaron unidos en el recuerdo de los aficionados por una misma palabra: mano. Manita de cinco goles en la primera vuelta, mano de Alsúa en la segunda.
Aquella temporada el Madrid lo pasó muy mal. Fue el curso en el que inauguró el nuevo Chamartín (estrenado el 14 de diciembre de 1947), para lo que jugó como local en el Metropolitano, campo del Atlético, durante la primera vuelta. El esfuerzo para la construcción del nuevo campo (cuya dimensión, gigantesca para la época, provocó que muchos tacharan a Bernabéu de megalómano y le auguraran la ruina del club) había impedido reforzar el equipo. El Madrid tenía jugadores buenos, pero algo envejecidos.

 

En esas condiciones se llega al partido de la máxima. Novena jornada, en el Metropolitano. El Atlético es quinto; el Madrid, octavo. La Liga es de 14. El partido se juega el 23 de noviembre y Hernández Coronado, el inteligente, avanzado y también algo excéntrico secretario técnico del Madrid, incorpora una llamativa novedad: los números en las camisetas. Introducidos por Chapman en el Arsenal en 1928, aún no los había utilizado nadie en España. Hernández Coronado, siempre al tanto de las novedades, decidió que el Madrid los incorporara ese día. Ya que las cosas no iban bien, era una forma de ponerse por delante al menos en algo.

 

Los hombres que estrenaron los números en España, quede constancia aquí para la pequeña historia del fútbol, fueron estos: Clemente (2), Corona (3), Pont (4), Ortiz (5), Huete (6), Macala (7), Alonso (8), Pruden (9), Molowny (10) y Cabrera (11). Calleja, el portero, no llevó número.

 

Enfrente, un Atlético que iba a más, con una alineación que remata una delantera de lujo: Juncosa, Vidal, Silva, Campos y Escudero. El partido es un monólogo del Atlético, que donde pone los números es en el marcador: uno (Escudero), dos (Campos), tres (Juncosa), cuatro (Juncosa otra vez) y cinco (Vidal). (Úbeda, exjugador del Madrid y para las fechas crítico de Pueblo, bautiza a la gran delantera como La Delantera de Seda. El apodo colectivo hará fortuna). El lunes es duro para los madridistas. Por primera vez se habla de manita, tan en boga ahora. Los atléticos agitan la mano con los cinco dedos abiertos ante la cara de los madridistas, en los colegios, las oficinas o los cafés. También circula el “Os hemos ganado por Ortiz a cero”. Ortiz era el número cinco, un veterano que había jugado en el Athlétic de Bilbao a caballo de la guerra.

 

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Alsúa marca con la mano./ AS

 

El partido de la segunda vuelta será el 29 de febrero del 48, año bisiesto. El Atlético ha ido a mejor, ya es tercero, a dos puntos del Valencia y a uno del Barça, segundo. Por su parte, el Madrid ha ido a peor. Y eso que ya juega sus partidos de casa en el nuevo Chamartín (no se llamará Santiago Bernabéu hasta 1955). Y que ha sustituido al entrenador, Albéniz, por el inglés Míster Keeping, que llega con la WM bajo el brazo. La WM se consideraba entonces la fórmula atómica. A España, tan aislada e inmovilista esos años, tardó en llegar.

 

Pero, decía, aun así el Madrid está bordeando la catástrofe. En la jornada vigésima ha perdido en casa con el Gijón (entonces, prohibidos los términos extranjeros, se le llamaba así) y ha caído al penúltimo puesto, en descenso, pues bajan dos. En la vigésimoprimera ha visitado al Sevilla, donde fue recibido con gritos de “¡A Segunda, a Segunda!” y despedido con gritos de “¡Tongo, tongo!” tras ganar por 2-3. Aun así, cuando en la jornada siguiente, a cuatro del final, recibe al Atlético, es cuarto por la cola, a un punto del descenso.

 

Las vísperas son tensas. El Madrid se concentra en El Escorial, el Atlético en El Plantío. Este va a ser el primer derbi en el nuevo campo. Marca hace gran despliegue. A Bernabéu le escuecen las preguntas sobre si el Madrid puede bajar. Opinan los entrenadores, los jugadores, camareros, taxistas, famosos... Hasta las bellas oficiales de la época: Felisa Núñez, Mari Martínez, Dioni Peralta, Maribel López, Mari Gracia, Charito Martínez, Julita González, Elena Sander… En portada aparece el árbitro, Azón, número uno de la época (irá al Mundial de 1950). Se muestra confiado…

 

El nuevo Chamartín revienta. Se calculan 80.000 espectadores, muy de largo el récord hasta el momento en el fútbol español. Hay feroz reventa. Por primera vez, los críticos con Bernabéu empiezan a admitir que quizá su idea no fuera tan mala… Por el Madrid salen: Bañón; Azcárate, Corona; Moleiro, Pont, Ipiña; Molowny, Alonso, Pruden, Barinaga y Alsúa. Por el Atlético: Saso; Riera, Aparicio; Mencía, Arnau, Cuenca; Juncosa, Vidal, Jorge, Silva y Escudero. Falta Campos en la Delantera de Seda.

 

El Atlético, que es claramente más, sale a por el partido, se vuelca y a los cinco minutos se adelanta, por medio de Escudero. Luego se deja ir un poco, confiando en que el vaivén del partido le traiga nuevos goles. El Madrid juega con nerviosismo y desesperación, carga con el partido ante un Atlético cómodo. Domina por ímpetu y orgullo. A tres minutos del descanso, llega la jugada de la que se hablará durante años: ataque por el centro, remate de Barinaga al larguero, un pequeño lío en el área chica y Alsúa (Antonio Alsúa o Alsúa I, para diferenciarle de su genial hermano Rafael) marca con un manotazo furtivo. Los atléticos protestan, pero Azón da el gol. La jugada ha sido rápida, no tan fácil de ver en el barullo, y en la grada cada cual opina lo que le conviene. En el segundo tiempo no hay más goles. La cosa acaba 1-1 y el Atlético se ve alejado de la cabeza un punto más, porque Valencia y Barça han ganado.

 

Las discusiones se avivan cuando el día siguiente aparece en la prensa una foto inequívoca del instante en que Alsúa golpea con la mano. A su lado están el meta Saso y el defensa Riera. La foto no deja lugar a dudas. Los atléticos blanden el periódico ante la cara de los madridistas, que se encogen de hombros (en blogs de inclinación atlética o barcelonista que reproducen esta foto se suele leer que el que sale junto al Alsúa es el árbitro. Pero no, es Saso. Suplantarle por Azón resulta un exceso).

 

Cuando la jugada llega al NO-DO, se provocan alborotos en el cine, hasta el punto que acaba por retirarse. Lo mismo ocurrirá más adelante con jugadas como el gol no concedido al Sevilla en la última jornada de la 50-51, los cuatro anulados al Madrid por Míster Leafe en el Camp Nou o el penalti de Guruceta, entre otras jugadas. La consigna era paz en los cines. Que el alboroto del fútbol no entrara en ellos.

 

La Liga acabó de forma curiosa. El Madrid se jugaba el descenso la última jornada. Recibía al Oviedo, mientras que el Atlético visitaba al Gijón. Si el Madrid perdía y el Gijón ganaba, descendería el Madrid. Así que el Atlético viajó a Asturias primado por el Madrid. Allí ganó 2-7. Por su parte, el Madrid ganó 2-0 al Oviedo, no hubiera necesitado de la mano (otra vez una mano) que le echó el Atlético. Bajaron el Gijón y la Real. El Madrid fue cuarto por la cola. No había promoción. Nunca antes ni después estuvo tan cerca del descenso. Le sobraron sólo dos puntos. En cuanto al Atlético, terminó tercero, a cuatro puntos del Barça, cuyo rush final fue impresionante.

 

Y en Madrid se hablaba y no se paraba de la mano de Alsúa, punto histórico de partida de las numerosas quejas arbitrales del Atlético en sus partidos contra el Madrid. 

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miércoles, 26 febrero 2014

Por Alfredo Relaño

Aquel duelo entre Esnaola e Iríbar

La Copa de 1977, cuya final jugaron el Athletic y el Betis, volvió a llamarse Copa del Rey, después de tantos años de ser Copa del Generalísimo. Ningún bético lo olvida, porque la ganaron los suyos. Y porque fue la más thriller de la historia. Se resolvió a los penaltis, en un duelo final, como de viejos pistoleros, entre Esnaola e Iríbar. Sucedió el 25 junio de aquel 77, cuando España bullía entre ilusión e inquietudes, en los albores de la Transición. Todavía ahora, todos los últimos viernes de mes se reúnen a comer en el restauranteCambados, a tiro de piedra del Villamarín, los veteranos de aquella jornada gloriosa.

 

El Athletic era favorito. Había sido tercero en la Liga y aquel mismo año había sido finalista de la Copa de la UEFA, que se le escapó por muy poco ante la fabulosa Juventus de aquellos años, cuya alineación empezaba en Zoff y terminaba en Bettega. Era el Athletic de Koldo Aguirre entrenador, un Athletic que a su vez empezaba en Iríbar y terminaba en Rojo I, ahí queda eso. Se anunciaba gran mayoría de hinchas del Athletic, en cuyas manos ya se mezclaban las banderas rojiblancas con las ikurriñas. Lo de acudir a Madrid en masa a la final de Copa era una vieja tradición del club. En Madrid se tomaba como una invasión grata, de gente alegre y nada pendenciera. Aunque, esta vez, con eso de las ikurriñas…

 

Por su parte, el Betis había sido quinto en la Liga. Un gran Betis también, cargado de internacionales, que empezaba por Esnaola y terminaba por Benítez, a falta de Rogelio, ya mayor, y de Anzarda, lesionado. Benítez era un excelente jugador, ambidextro, que podía jugar por la banda en la defensa, en la media o en el ataque. Por menos costumbre (la anterior final del Betis databa de 46 años antes) hay menos reserva de entradas. Pero Núñez Naranjo, presidente bético, no se arredra cuando en la víspera le señalan esto:

 

—Cada bético anima por cuatro vascos.

 

El Betis sufre otras bajas, además de la de Anzarda: Muehren y Ladinski, porque en la Copa no valen los extranjeros, y su fulgurante aparición, Gordillo, que ya había jugado en Copa con el Betis Deportivo. Pero al menos, el club sevillano tiene sus gotas de solera copera en el entrenador, Rafa Iriondo, nada menos. Cuatro veces campeón con el Athletic como jugador, en los 40, cuando la célebre delantera, y una más como entrenador, también con el Athletic, en 1969. Ya con Iríbar y Rojo I, por cierto.

 

La final está precedida por la de juveniles, Barça-Zaragoza. El Príncipe Felipe acude a verla íntegra. Sus padres llegarán a tiempo justo para dar la Copa y presenciar la de los mayores. Sale un partido precioso: el Barça se adelanta 3-0, el Zaragoza arranca el 3-3, finalmente, un jugadón de Lobo Carrasco acaba en gol de Calderé. Los dos jugarán en el Barça y en la Selección.

 

A las nueve empieza la final de los mayores. Arbitra García Carrión, con Soriano Aladrén y Sánchez Arminio como linieres. Los equipos salen solemnemente y forman para escuchar el himno. Banderas españolas se mezclan entre las del Betis, como se mezclan ikurriñas entre las del Athletic. Pero no hay bronca. Juegan estos:

 

Athletic: Iríbar; Lasa, Guisasola, Alexanco, Escalza; Villar, Irureta, Churruca; Dani, Carlos y Rojo I. (Astrain por Lasa en el 38’ y Amorrortu por Carlos en el 80’).

 

Betis: Esnaola; Bizcocho, Biosca, Sabaté, Cobo; López, Alabanda, Cardeñosa; García Soriano, Megido y Benítez. (Del Pozo por Cobo en el 57’ y Eulate por Megido en el 107’).

 

RELAÑO

Iríbar y Esnaola se saludan durante la tanda de penaltis. © ruesga bono

 

Se adelanta el Athletic, en el 13’: Rojo I lanza un córner, Dani remata, Esnaola rechaza y Carlos remacha. 1-0. En el 45’, golpe franco contra el Athletic, que lanza Cardeñosa al palo, hacia donde ha volado Iríbar; el rebote lo recoge López y marca a puerta vacía. Forcejeo en la segunda parte, sin goles. Prórroga. En el 97’, Benítez cede un balón atrás sin advertir que Dani andaba por ahí, y el astuto extremo bilbaíno recoge y marca con facilidad. Benítez se echa las manos a la cabeza. 2-1. En el 117’, llega una falta sobre el área del Athletic: lanza Cardeñosa y López cabecea a gol. 2-2. Hay que ir a los penaltis. Y aquí llegarán los sucesos extraordinarios.

 

Tanda de cinco. Tira el Betis por delante. Marcan alternativamente García Soriano-Guisasola, Del Pozo-Churruca, López-Escalza y Biosca-Irureta. Queda el quinto lanzamiento por bando, que los dos entrenadores han reservado al mejor especialista: Cardeñosa y Dani. Va primero Cardeñosa: pega mal, medio en el suelo, y el balón sale fuera. El Betis está perdido. Dani, especialista no solo del Athletic sino también de la Selección, tiene la final en su bota. Esnaola recuerda que le miró, sonriéndole con suficiencia. Algo en su espíritu guipuzcoano y realista (procedía de la Real Sociedad), se le revolvió por dentro: ese dichoso aire de superioridad bilbaíno… ¡Y lo paró! Las banderas béticas y rojigualdas se agitaron más fuerte que nunca.

 

Hay que seguir. Ahora, lanzamientos alternos hasta que un equipo coja ventaja. Benítez se quita las botas, no quiere tirar, aún le escuece el regalo que le hizo a Dani.

 

Se adelanta Sabaté: gol. Va Amorrortu: gol. Hay que seguir. Alabanda: para Iríbar; el Betis está otra vez con la soga al cuello, si ahora marca el Athletic se habrá acabado todo. El turno es para Villar, hoy presidente de la Federación. Tira… ¡y para Esnaola! ¡Otra vez jolgorio en el lado bético! A seguir. ¡Y ahora es Esnaola el que se adelanta para tirar! ¡Esnaola frente a Iríbar! Tira… ¡y gol! Luego se queda bajo los palos y encaja el tiro de Alexanco. Se sigue. Tira Eulate y gol. Tira Rojo I y… ¡para Esnaola! ¡Betis campeón! Pero no. García Carrión dice que Esnaola se ha movido previamente y, entre la indignación bética, ordena la repetición. Esta vez, Rojo I marca. Así que hay que seguir. Van diecinueve penaltis, contando los dos de Rojo I. Nadie puede más.

 

Bizcocho tira el número veinte, y marca. Ahora es Iríbar el que decide jugársela. Por el Athletic sólo quedaba por lanzar Astrain y no se tenía confianza. Así que Iríbar recoge el guante que le lanzó Esnaola un rato antes, rato que ya parecía una eternidad. Y el tiro de Iríbar, con el interior del pie, a media altura, y a la izquierda de Esnaola, lo atrapa éste. Han pasado las doce de la noche, ya no es sábado, ya es domingo. Y el Betis es campeón de Copa por primera vez en su historia. En el palco, Felipe González, Secretario General del PSOE y sevillano del barrio de Bellavista, muy cerquita del campo del Betis, saca pecho. No es que le importara mucho el fútbol, pero se entiende que de ser de algo, sería bético. Y esta Copa, primera tras las del Generalísimo, concuerda con la leyenda izquierdista del Betis, que en su palmarés solo tiene una Liga, a su vez conquistada en la República. Y con mayoría de vascos, por cierto, como vascos son Iriondo (superviviente del bombardeo de Guernica) y Esnaola.

 

La vuelta de la hinchada del Athletic es amarga y conflictiva. Al paso por Burgos se producen enormes incidentes, de los que se culpan ambas partes. Según los burgaleses, los bilbaínos les arrojaron mendrugos y monedas, al tiempo que exhibían billetes de mil y agitaban las ikurriñas. Según los bilbaínos, les estaban esperando. Por la tarde hubo enorme tapón en el Gamonal, hoy otra vez célebre, apedreamiento de autobuses, peleas. La Guardia Civil pudo a duras penas contener la situación y decidió desviar el tráfico, parte hacia Santander por Villarcayo, parte a Logroño, por Pedraza. No, la Transición no iba a ser tan tranquila como se deseaba.

 

Todo lo contrario en Sevilla, claro. Noche de trompetas, cohetes, tambores, cante, baile por sevillanas… El Betis aterriza a mediodía y la multitud barrió a la policía, tomó la pista y sacó a los jugadores a hombros, como toreros grandes. El más grande, Esnaola, el sencillo vasco de Andoain. Sevillano para siempre. Tras ocho años en la Real, completó doce en el Betis, donde luego se quedó en el cuadro técnico 28 años más. Acaba de jubilarse y se ha quedado a vivir en Sevilla, donde ya tiene nietas sevillanísimas.

 

El próximo viernes, 28, se reunirán de nuevo. Faltará uno, Benítez, el primero que se va. Le enterraron el viernes, en su ciudad, Jerez de la Frontera. Pero estará vivo en las conversaciones de todos. Recordarán que no le gustaba nada lo de Currobetis. Siempre se quejaba de eso. Él, como buen jerezano, era devoto de Rafael de Paula.

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miércoles, 19 febrero 2014

Por Alfredo Relaño

Cruyff y el año ‘mil novecientos cero cinco’

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Sotil cabecea entre Zoco y Benito para lograr el tanto que cerraba el 0-5 en el marcador. as

 

En la temporada 73-74 se abrió de nuevo la posibilidad de fichar jugadores extranjeros, cerrada desde la 62-63, a consecuencia del fracaso del Mundial de Chile. Madrid y Barça siempre presionaron en favor de ello. Cerradas las fronteras, el mercado nacional se les hacía muy caro, y además a la hora de competir en Europa, notaban que les faltaba algo. Con todo, le había ido mucho mejor al Madrid, gracias a Amancio, Pirri, Zoco y una buena cosecha de canteranos, los Velázquez, Grosso, Serena, De Felipe… La generación ye-yé. Desde 1960, cuando se fue Helenio Herrera, el Barça no había ganado la Liga. Aquello se convirtió en una obsesión. Y fue en esos años sesenta cuando se desarrolló la fobia al Madrid, alimentada por una cadena de acontecimientos en pocos años: un gol de Veloso fuera de hora en el 66, la final de las botellas en el 68, una estrepitosa declaración de Bernabéu (“quiero a Cataluña a pesar de los catalanes”) también en el 68, la lesión de Bustillo en el 70, el penalti de Guruceta en el 71, el gol de penalti de Fermín en Córdoba en el 72… Una cadena de episodios de los que el Barça salió dolido, casi humillado. Fue por esos mismos años cuando a partir de un artículo de Permanyer en La Vanguardia empezó a circular que el fichaje de Di Stéfano había sido un despojo al Barça a instancias del Régimen. Y cuando salió la expresión “el Barça es más que un club”, propuesta por un publicista para los actos del LXXV aniversario. No llegó a utilizarla intensamente el Barça, porque enseguida saltó el chiste. “Más que un club, pero menos que un equipo”. También es de ese tiempo la afirmación “mientras Plaza sea presidente de los árbitros, el Barça no ganará la Liga”.

 

En esas circunstancias, el Barça tuvo en el verano del 73 un éxito entusiasmante: incorporó a Johan Cruyff, del Ajax, el gran jugador de la época. Pagó una cifra récord, 100 millones. Bernabéu también lo había pretendido, pero paró en 60. Luego diría, en plan la zorra y las uvas, que no le contrató porque “no me gustaba su jeta”. El Madrid trajo como gran estrella al alemán Netzer, por 36 millones. Y al extremo argentino Mas. El Barça fichó también al peruano Sotil. Se admitían dos extranjeros por club.

 

La incorporación de Cruyff se retrasó, porque las negociaciones fueron arduas e incluso el parlamento holandés debatió su salida. El Barça empezó la Liga sin él. Organizó una serie de amistosos para ponerle en forma y recaudar, mientras el equipo empezaba mal la Liga. Tras cinco jornadas, estaba por abajo en la tabla: tres salidas, tres derrotas, en Elche, Vigo y San Sebastián. En casa, victoria sobre el Espanyol y empate a cero con un Madrid que tampoco gustaba. Además, el Barça cayó en la primera ronda de la UEFA, ante el Olympique de Niza. Era enorme la ansiedad por que Cruyff compareciera de una vez. En Madrid se hacía burla. Corría un chiste:

 

—¿Sabes que hay una plaga de ranas en Las Ramblas?

 

—¡No me digas!

 

—Sí: van todos gritando cruyff, cruyff, cruyff

 

Cruyff apareció, por fin, el 28 de octubre, en casa, ante el Granada. Deslumbró. El Barcelona ganó 4-0, con dos goles suyos. El Barça fue otra cosa, se proyectó hacia arriba.

 

Mientras, el Madrid entraba en depresión. Netzer salió vago y Mas también. Netzer pasaba bien en largo, Mas colocó alguna volea magnífica, pero nada más. El público gritaba cada día “¡Fuera Muñoz!”. Cae el 13 enero, tras una derrota en Castellón, con nueve ligas ganadas de catorce. Le sustituye Luis Molowny.

 

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Once inicial del Barça en el Bernebéu el 17 de febrero de 1974 en el 0-5 ante el Madrid: Mora, Rifé, Costas, De la Cruz, Torres, Juan Carlos, Rexach, Asensi, Cruyff, Sotil y Marcial. efe

 

El 17 de febrero, jornada 22, el Barça visita el Bernabéu. Desde que llegó Cruyff, no ha vuelto a perder: doce victorias y cuatro empates. Es líder destacado. El Madrid es séptimo, ya a nueve puntos. Esa misma semana, el miércoles, España se ha quedado sin billete para el Mundial de Alemania, tras caer en Frankfurt ante Yugoslavia. Hay un cierto aire de decadencia del fútbol español y de su gran bandera, el Madrid, frente a lo cual Cruyff inspira un viento de modernidad, por su juego, por su estilo. Se presiente una nueva época. Aun así, las declaraciones previas del Barça son respetuosas. Y hay prima doble: 60.000 pesetas por ganar, más las 8.000 por ser líderes.

 

Salen al campo a las ocho de la noche. El partido se televisa y el campo tiene buen aspecto pero no está lleno. Arbitra José Luis Orrantía. Forman así:

 

Real Madrid: García Remón; Morgado, Benito, Zoco, Rubiñán; Pirri, Netzer, Velázquez; Aguilar, Amancio y Macanás. Entrenador, Luis Molowny.

 

Barcelona: Mora; Rifé, Torres, Costas, De la Cruz; Juan Carlos, Marcial, Asensi; Rexach, Cruyff y Sotil. Entrenador, Rinus Michels.

 

El Madrid sale con furia y crea dos ocasiones, de Pirri y Velázquez, que escapan por poco. Pero pronto el Barça se apodera del medio campo, al que se retrasa Cruyff, para enlazar. Netzer está perezoso, como es. Pirri y Velázquez quedan casi mano a mano contra cuatro. Arriba, el Barça varía posiciones, desconcierta. Su juego es fluido, rápido, límpido. Corre el balón, suave, preciso. El tranco elegante de Cruyff, Marcial y Rexach embellece aún más la exhibición. Los defensas del Madrid corren de un lado para otro, sus entradas siempre alcanzan el vacío, llegan un instante después de que el atacante azulgrana haya escapado. Asensi abre el marcador en el 31’. 0-1. En el 39’, Cruyff aprovecha un boquete en la defensa para marcar el 0-2. Molowny retira a Aguilar en el descanso, para dar entrada a Santillana. Amancio pasa a extremo derecha. Pero eso no remedia nada. En el 53’, otra vez Asensi, el mejor del partido, con buen tiro cruzado,  logra el 0-3. Poco después, marca Macanás, en fuera de juego. Se anula. En el 65’, un centro tiro desde la derecha de Juan Carlos sobrevuela a García Remón y aterriza en la segunda escuadra. 0-4. En el 70’, falta sobre el área del Madrid que Sotil cabecea a placer, desmarcado. 0-5. Al momento, Michels sustituye a Marcial, con molestas en la rodilla, por Tomé. Parece que se da por conforme.

 

Final. Los madridistas se retiran alicaídos. (Zoco anunciará a Bernabéu la mañana siguiente su determinación de abandonar el fútbol). Velázquez reflexiona: “De la lucha a la precipitación hay un paso”. Benito salva de culpas a la defensa: “La derrota se fraguó en el medio campo”. Marcial consuela: “Lo siento por el Madrid, tengo buenos amigos allí”. Cruyff está exultante: “Ha sido un sueño para mí. Hemos sido más rápidos. Hemos jugado todos para todos”. En Barcelona, la explosión de júbilo es colosal, quizá mayor que la de las finales de Basilea y Wembley o que las de los grandes éxitos de Guardiola. El muelle de tantos agravios concentrados en poco tiempo salta, liberado de golpe. No ha sido una victoria, ha sido una liberación. Se ha ganado al Real Madrid, pero con él a Madrid, capital de España, al Régimen, a un tiempo oscuro que ahora ilumina Cruyff. La gente salta a las calles en los coches, va a las Ramblas, a la plaza de Sant Jordi. Junto a las banderas entremezcladas aparecen senyeras, por primera vez en cantidad, en plena identificación pública de barcelonismo y catalanismo. La Trinca hará una célebre canción, perfecta síntesis de alegría futbolera, orgullo catalán, mirada oblicua hacia Madrid y expectativa de un tiempo nuevo. La penúltima estrofa termina: “¡Visca Catalunya lliure!”/“Visca el Barça y en Montal!”.

 

Pero, paradojas, sólo once días después del partido el presidente Montal y su directiva visitarán a Franco en El Pardo para ofrecerle la medalla de oro del club, que ese año cumplía sus bodas de platino.

El Barça ganará la Liga, con 8 puntos de ventaja sobre el Atlético. El Madrid acabó octavo, a 16. Se desquitaría en parte ganando 4-0 al Barça la final de Copa, jugada en el Manzanares. En la Copa no podían jugar extranjeros. Sin Cruyff y Sotil por un lado ni Netzer y Mas por el otro, era otra cosa. Ese día se despidió Zoco, inactivo desde el 0-5, jugando los últimos minutos. Grosso, capitán, se retiró para que él cogiera la Copa.

 

El tiempo nuevo que pareció anunciar aquella goleada sí llegó en la política, pero no en el fútbol. Cruyff se hizo tan perezoso como Netzer, el Barça tardó otros doce años en ganar una Liga... No fue el fin del dominio madridista, como muchos pensaron.

 

Quizá fuera como lo que dijo Churchill cuando el desembarco aliado en Norteáfrica: “Esto no es el fin, ni siquiera el principio del fin, pero sí el fin del principio”. Aquel 0-5, que hizo que los culés rebautizaran 1974 como el mil novecientos cero cinco, no fue en efecto el fin, ni siquiera el principio del fin. Pero sí podría decirse que fue el fin del principio.

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miércoles, 12 febrero 2014

Por Alfredo Relaño

Llaudet cerró el baloncesto del Barça

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La plantilla del Barcelona en la 1962-63, en su regreso después de la desaparición de la sección
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Hasta que apareció en el Madrid Raimundo Saporta, el baloncesto del club no había sido una gran cosa. El Barça acumulaba más títulos de la entonces llamada Copa del Generalísimo, que se resolvía en una fase final de campeones regionales. A Saporta le conoció Bernabéu cuando se lo recomendaron para organizar un torneo de baloncesto durante los actos del cincuentenario del club. Le fascinó su eficacia y le incorporó, y su mano se notó para bien en muchas cosas, pero sobre todo en baloncesto. Impulsó la creación de una Liga Nacional, antecedente de la ACB, cuya primera edición, en la 56-57, ya ganó el Madrid. Saporta, que a su vez era vicepresidente de la federación y fue el delegado del equipo nacional en los Juegos Mediterráneos de 1955 disputados en Barcelona, le dio el primer pisotón al Barça al fichar a Joaquín Hernández, el gran fenómeno español de la época, hoy quizá demasiado olvidado. Era la estrella de la selección, jugaba para el Espanyol de Barcelona y lo pretendía el Barça.


También a impulso de Saporta se creó la Copa de Europa, a imagen de la de fútbol, y, claro, en la primera edición, la 57-58, el representante español fue el Madrid. Y también para la segunda, porque repitió triunfo en la Liga.

El Barça reaccionó. Miró Sans, presidente, escuchó al delegado de secciones, Enrique Llaudet, un hombre joven y emprendedor que le convenció para dar la batalla al Madrid en ese frente. Y el Barça hizo un gran equipo. Repescó del Madrid a los hermanos Alfonso y José Luis Martínez, catalanes ambos, reclutados por Saporta un año después que a Joaquín Hernández. También contrató a Joan Canals, del Joventut, a Jordi Bonareu, del Mataró, y a Nino Buscató, llamado a las mayores glorias, del Pineda (hoy es comentarista de la SER). En realidad, casi todos los grandes jugadores españoles de la época eran catalanes. El Barça hizo doblete, Liga y Copa, en la 58-59, y para la 59-60 contrató a dos puertorriqueños, Ruaño e Hiram Ruiz. Quería la Copa de Europa. Pero cayó en octavos, ante el campeón polaco. Ese curso y el siguiente resultaron malos, pese a la fuerte inversión. 


Mebyn4En junio de 1961, Enrique Llaudet accede a la presidencia, tras unas elecciones en las que gana apretadamente (122 a 98, sólo votaban los socios compromisarios) al joyero Jaume Fuset (Llaudet era empresario textil, en línea con la tradición de los presidentes del Barça). Se encuentra el club en una situación económica casi de bancarrota, y eso que la Gestora de transición entre la salida de Miró Sans y las elecciones había vendido (de acuerdo con ambos candidatos) a Luis Suárez al Inter por 25 millones. Pero el Barça arrastra el costo de la construcción del Camp Nou, y tiene el viejo campo, Les Corts, parado, sin más uso que el que le da el equipo de baloncesto, que venía jugando en un espacio habilitado debajo de un graderío.


Y Llaudet toma una decisión drástica, entre otras: cierra la sección de baloncesto, que aunque seguía figurando como amateur se estaba profesionalizando de forma perceptible. La nota del club para justificar la decisión es inequívoca:


“En el Barcelona sólo queremos deportistas que quieran defender sus colores por el mismo honor que ello representa, que estén dispuestos a pagarse el tranvía de sus desplazamientos, las zapatillas y el equipo. Bajo estas condiciones nosotros no les cerramos la puerta”.


La noticia cae como una bomba. Se acusa a Llaudet de haber utilizado el baloncesto para auparse, hacerle la cama a Miró Sans y luego, tirarlo. Los grandes jugadores que había reunido se dispersan. Buscató y los hermanos Martínez pasarán al Aismalíbar, Bonareu se retira… Sólo sigue Joan Canals, del que Buscató y Bonareu hablan con admiración todavía hoy por aquel gesto. Internacional (24 partidos llevaba), prefiere quedarse en el Barça sin cobrar nada (se entiende que pagándose hasta el tranvía y la ropa) y jugar con muchachos de verdad amateurs, entre los que se encuentra Valbuena, que luego despuntará. No alcanzó la internacionalidad número 25, que procuraba una distinción muy deseada en la época, por esa inmersión en el mundo amateur.


Paralelamente, Saporta le encarga la sección a Pedro Ferrándiz, un joven e impetuoso entrenador de la cantera, que provocará un despegue formidable. De mirada grande, renovó el equipo, dio bajas polémicas, ascendió a varios del filial Hesperia, que él misno había entrenado, y cruzó el Atlántico parafichar a Hightower, un globetrotter.

 

Mebyn5Llaudet rectificó al año. El Barça fue readmitido en Primera, pero dos años más tarde bajó a Segunda. Allí entró de entrenador Eduard Portela, el ahora Presidente de Honor de la ACB, que le volvió a subir. Poco a poco el Barça fue a más. Pero el mal estaba hecho. Aquellos primeros años sesenta fueron los de la irrupción de la televisión. El Real Madrid de baloncesto ocupó la pantalla, con sus partidos de Copa de Europa, que familiarizaron al conjunto de la población con ese nuevo deporte. Baloncesto y Real Madrid llegaron a ser sinónimos. Con frecuencia, el rival era de más allá del Telón de Acero, lo que le daba un morbo especial al asunto. El club hasta creó para la televisión un Torneo de Navidad, un cuadrangular de prestigio que cubría los ocios de los hombres en Nochebuena y Navidad, mientras las madres se afanaban en las cocinas.


En los sesenta, el Madrid ganó cuatro veces la Copa de Europa y llegó a otras tres finales. Y ganó nueve Ligas y seis Copas del Generalísimo. El Barcelona no ganó nada. España identificó baloncesto y Real Madrid, y con eso Saporta consiguió de Televisión Española, mezclando los paquetes de baloncesto y fútbol, un contrato de televisión muy ventajoso.


Llaudet tuvo un mandato de luces y sombras. Consiguió la recalificación y venta de Les Corts por 226 millones de pesetas, resolviendo el gran problema que había heredado. Creó el Gamper, homenaje al fundador. También cometió algún desliz, como el fichaje de Silva, para forzar la reapertura del mercado de jugadores extranjeros, con aquella declaración: “Siempre quise tener un chófer negro”. Y no consiguió hacer un Barça realmente fuerte en fútbol en siete años de mandato.


En conjunto no fue un mal presidente, pero aquella decisión le provocó al Barça un retraso de decenios en el segundo frente, el del baloncesto. No supo ver la oportunidad que la naciente televisión ofrecía a este deporte. Saporta, sí.

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lunes, 18 noviembre 2013

Por Alfredo Relaño

No nos hagamos líos con el fuera de juego

Me temo que nos estamos haciendo un lío con el fuera de juego. Con su mejor intención, los que manejan el fútbol han tratado de dulcificar esta regla a costa de romper un cierto equilibrio ecológico que había funcionado hasta ahora. Y empiezan a pasar cosas raras. La más rara de todas, la que dio lugar al gol anotado por el Granada frente al Levante, con Iturra colocado mucho más allá de la barrera obstruyendo la visión de Keylor Navas en el tiro de Piti. Ese gol se dio por una instrucción del comité de árbitros que a su vez daba una interpretación a mi juicio demasiado osada de la última redacción de la norma.

 

Felizmente, en la reciente reunión de árbitros se le ha dado una vuelta al asunto y se ha acordado que goles así no se concederán en el futuro. Demos ese como un accidente, fruto de una confusión que ya pasó.

 

Pero temo que lleguen otras. Sobre el fuera de juego se introdujeron unas correcciones a partir de 1994, en base a combatir el efecto excesivo que estaba provocando la extensión de la ‘trampa del fuera de juego’, ardid antiguo, pero cuya definitiva explosión se produjo en los ochenta. Durante años se discutió mucho sobre eso. Algunos desde una perspectiva moral, definiendo esa práctica como una forma de sacar ventaja desleal del reglamento (Entre ellos Menotti, que cuando por fin la adaptó la redefinió como ‘achique de espacios’, argumentando que el verdadero fin sería dejar menos espacio en el medio campo para el juego del rival, y no dejar a los atacantes en fuera de juego). Otros (Clemente entre ellos), pensaban que era jugar con fuego, que era poner el partido en manos del linier.

 

Pero los liniers mejoraron mucho. Viendo el fútbol con perspectiva, tengo la impresión de que se afina muchísimo en esa jugada, y eso que es bien difícil. En España se afina especialmente, y ese es un mérito que me gusta atribuirle a Díaz Vega, al que discuto otras cosas.

 

El caso es que la trampa del fuera de juego empezó a comerse demasiadas jugadas de ataque y que no parecía justo. Una cosa es tomarse la ventaja de situarse más allá de la defensa para esperar el pase (en tiempos en Inglaterra se llamó ‘avance furtivo’) y otra ser pillado como incauto por cuatro defensas que pasan la semana ensayando cómo adelantarse todos a una.

 

De ahí vino lo de dejar pasar si se está en línea, que ya es una modificación, porque si se está en línea con el último defensa ya no hay dos (cuento con el portero, hablo del caso más común) entre el atacante y la línea de fondo.

 

Eso no me pareció mal. Más líos ha provocado lo de posición, más influencia, más intervención… Me parece que en eso nos hemos liado. En el criterio clásico, un jugador que estando en fuera de juego pretendía intervenir ya hacía falta, aunque no le enviaran el balón. Y aun si se abstenía visiblemente de intervenir se debía señalar el fuera de juego en caso de que a juicio del árbitro su presencia dificultara la visión del portero o el movimiento de algún defensa.

 

De esos polvos hemos caído en estos lodos. Al dejar gente que habite en fuera de juego siempre que no le manden el balón hemos destruido un equilibrio ecológico. Hubo quien enseguida se abrazó al nuevo criterio y hubo quien se mantuvo en el antiguo. Hace unas cuatro temporadas vi en un partido inglés, que lamento no recordar, una jugada curiosa, reflejo de cómo aquel árbitro seguía en el criterio previo: hubo un balón largo y alto lanzado desde el círculo central, al delantero centro, situado en fuera de juego; lo persiguió entre dos defensas, que cabecearon sucesivamente el balón para que no le llegara con tan mala fortuna que el cabezazo del segundo pasó sobre su propio portero y fue gol. El árbitro lo anuló y me pareció justo. El delantero no había tocado el balón, y sí sus defensas, pero su presencia ahí fue determinante para el autogol.

 

Una interpretación justa… pero contraria al criterio que ya entonces estaba recomendado aquí. Digo justa, como juicio propio, porque el delantero trató de sacar provecho de su posición adelantada y porque si se hubiera abstenido de perseguir el balón el gol, con seguridad, no se hubiese producido.

 

Pero deslizándonos por esa pendiente de que siempre que no toques el balón no haces falta acabamos en el esperpento del gol del otro día, cuando el golpe franco del Granada al Levante, con Iturra colado en la línea de vista del portero. Una acción fea, desleal con los principios del juego, casi humillante para el jugador enviado a la triste misión de colocarse ahí para tapar.

 

Dándole tantas vueltas a lo que no las tiene se había llegado a la recomendación de señalar falta si entre el estorbo y el portero había menos de metro y medio de distancia. Es obvio que a esa distancia se estorba para todo. Pero eso sirvió para deducir, mal, que a más de metro y medio no había problema. Y ese fue el error.

 

Lo malo es darle demasiadas vueltas a lo que no las tiene. Bien lo de la línea, o lo de dejar pasar en caso de duda. Mal deslizarse por la pendiente de que cualquiera pueda vivir en fuera de juego, que acabó con Iturra (y otros en esa jornada, en otros partidos) enviado a estorbar, sin más misión posible que esa, la de estorbar, porque si metido ahí coge un rebote y marca el gol no vale por fuera de juego.

 

En fin, que cuidadín. El Reglamento no fue una cosa que escribieran unos voluntariosos muchachos en 1863. Eso sólo fue el principio. Durante los sesenta años siguientes se fue reescribiendo. Aquellas primeras reglas no tenían ni áreas, ni penalti, ni árbitro… Todo fue surgiendo de forma natural y se creó una cosa que funcionó durante muchos años y conquistó el mundo.

 

Con el tiempo se han realizado algunas modificaciones interesantes, para resolver casos que clamaban al cielo. La cesión al portero, por ejemplo. Eso ha resuelto una enorme fuga de tiempo. La expulsión en caso de que la falta interrumpa una ocasión manifiesta de gol. Bien también, dolía ese tipo de jugadas. Pero ahí ya hubo un exceso: dentro del área no es necesaria la expulsión, el penalti ya es bastante castigo.

 

El Reglamento se debe tocar con cuidado. Y si no se hace, pasa lo que pasa, que nos metemos en líos innecesarios. Menos mal que en este caso y con buen criterio el comité deshace el entuerto.

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miércoles, 13 noviembre 2013

Por Alfredo Relaño

El Barça se bajó del autobús

“Al Betis le ganaremos sin bajarnos del autobús”.

Tal frase, atribuida en su día a Helenio Herrera, aún resuena, y eso que se remonta a la Liga 58-59. Helenio Herrera tenía sobrada fama de polémico y como entrenador del Sevilla que había sido, los béticos le miraban con especial recelo. Aquel estaba siendo además un gran año del Betis, su primer gran año desde la Guerra, el final de su travesía por el desierto. Había regresado a Primera. Ganó 2-4 al Sevilla en el estreno oficial del Sánchez Pizjuán. Para cuando el Barça tuvo que visitarle, ya a sólo cinco jornadas del final, el Betis estaba cuarto en la Liga, nada menos. Los béticos no cabían en sí de gozo.

“Al Betis le ganaremos sin bajarnos del autobús”. La frase, publicada en la prensa de Madrid tras la derrota del Barça en el Bernabéu, tres semanas antes de la visita al Betis, había montado un revuelo tremendo en Sevilla. Helenio Herrera desmintió haberlo dicho y pasados los años siguió negándolo, pero corrió como la pólvora por toda España y estalló como un petardo en las páginas de los periódicos de Sevilla. Al fin y al cabo, Helenio Herrera se caracterizaba, además de por su genialidad como entrenador, por sus frecuentes ocurrencias. “Que hablen de nosotros, aunque sea bien”, era su lema. Le gustaba provocar. En todos los campos le llamaban bocazas.

Pero eso amenazaba irse de las manos. El Barça, que el jueves previo a la visita al Betis jugó un amistoso en Málaga, homenaje a Eduardo Rubio (4-4), detectó por aquellas tierras que el ambiente seguía alborotado. Para dar sensación de sevillanía, Helenio Herrera aceptó la invitación para acudir el viernes a una tienta de vaquillas en la finca de Sancho Dávila, cerca de Jerez. Sancho Dávila había sido presidente de la federación no mucho antes y estaba interesado en la distensión. Se corrieron vaquillas y todos regresaron sorprendidos por lo bien que había toreado Gensana y decepcionados con el menú: era viernes de vigilia, y en lugar de la carne a la brasa que esperaban, y el chorizo tan propio de las fiestas camperas, Sancho Dávila, falangista de primera hora y devoto cumplidor de las normas de la Iglesia, sólo les dio tortilla de patatas.

Ya en Sevilla, Helenio Herrera recibe en el hotel Cristina a los periodistas del ABC y del Sevilla, diario local de la tarde, y hace declaraciones muy respetuosas. En la noche del sábado, José Samitier, que acompañó la expedición, da una conferencia. Tipo cordial, de vivísima inteligencia y fino humor, se metió al auditorio en el bolsillo.

Barcelona
Pero que si quieres arroz, Catalina. A la hora del partido, jugado el Domingo de Ramos (22 de marzo de 1959) el ambiente está caldeadísimo. Lleno a reventar en el Villamarín, y eso que los precios fueron los mayores de la historia del club (hasta 450 pesetas) y tuvo que pagar todo el mundo, porque la fecha fue designada Día de las Instalaciones. Corrió que el Betis podría entrar en la Copa de Europa si el Madrid volvía a ganar la de ese año, como había ganado ya las tres primeras. El rumor estaba basado en que se iba a abrir la competición a los subcampeones de Liga, así que si el Madrid era campeón por cuarta vez (que lo sería) y acababa la Liga entre los dos primeros (acabaría segundo) su derecho beneficiaría al tercero. No había nada de eso, pero la voz corrió y le dio más pasión al partido. Los periódicos de Barcelona y Madrid enviaron a sus primeras figuras. La agencia EFE también, y aprovechó el partido para estrenar desde la Telefónica de Sevilla un nuevo sistema de transmisión.

Había optimismo en el Betis. Llevaba doce partidos en casa, con diez victorias, un empate y una derrota. En el Barça va a faltar Evaristo, lesionado de seriedad el domingo anterior, que es el máximo goleador de la Liga. Al llegar al Benito Villamarín, el autobús del Barça es aporreado por seguidores béticos. Los jugadores están echados en sus butacas, como si ninguno quisiera ser el primero en bajar. Helenio Herrera se pone de pie y levanta la voz:

—¿Qué pasa, chicos? ¿Os habéis creído de verdad que podéis ganar sin bajaros del autobús?

(La escena me la relata, pasados tantos años, José María Ducamp, periodista entonces de Vida Deportiva, que iba en el autobús, como José Luis Fernández Abajo, de Radio Juventud).

El partido empieza a las cuatro (hay procesión a las seis) con gran calor. Antonio Barrios, entrenador del Betis, saca a Domínguez; Portu, Ríos, Santos; Isidro, Valderas; Castaño, Moreira, Vila, Lasa y Del Sol. Helenio Herrera saca a Ramallets; Olivella, Rodri, Gracia; Gensana, Segarra; Tejada, Ribelles, Eulogio Martínez, Suárez y Czibor. Ribelles sustituye a Kubala, del que Helenio Herrera solía prescindir fuera. Eulogio Martínez cubrió la baja de Evaristo. Arbitra Zariquiegui.

El primer tiempo es apasionante, con un Betis transportado por su público, y jugando bien. El Barça es un bloque muy sólido atrás y en la media, muy trabajador, con el tono que le ha querido dar HH, para liberar a los artistas del ataque. En el minuto 42, a la salida de un córner, y tras dos rebotes, Lasa marca de cerca, entre el entusiasmo local. Pero inmediatamente después del saque de centro, el Barça ataca en tromba, Domínguez rechaza de puños y el balón le va a Segarra, que cabecea de lejos por encima del portero, adelantado, y empata. El mal humor se apodera de las gradas y de los jugadores béticos. ¡Con lo que les había costado adelantarse!

Empieza la segunda parte y en el minuto 52 se adelanta el Barça, tras un forcejeo en el área de esos en los que hay de todo: empujones, agarrones… Los béticos reclaman que alguien ha agarrado a Valderas y que Czibor estaba en fuera de juego cuando marcó. Pero Zariquiegui, en medio del follón, ha optado por dar el gol. La irritación se apodera de Luis del Sol, que en la jugada inmediata al saque de centro le entra a Tejada con el pie en alto y le da una tremenda patada en la mandíbula. Zariquiegui le expulsa. Del Sol es el capitán y la estrella del Betis (fichará por el Madrid no mucho después) y sin él todo es otra cosa. El Betis se desahoga con juego duro, en un clima de pasión extralimitada, se olvida de jugar. El Barça hace el 1-3 con Segarra y el 1-4 con Czibor. Castaño descuenta para el Betis y finalmente Ribelles hace el 2-5. El Barça se retira líder, con 44 puntos, dos más que el Madrid, que ya no podrá alcanzarle. Helenio Herrera disfrutará del título cinco jornadas más tarde, con números récord para la época: 51 puntos y 96 goles marcados frente a 27 encajados.

Fue un gran campeonato del Barça, pero de ningún partido quedó tan orgulloso Helenio Herrera como de aquel. Me lo decía muchos años después, en una conversación que mantuvimos en la Plaza Mayor de Madrid. Y me insistió:

—Yo nunca dije esa frase. Con todas las que dije, esa sin embargo no la dije. Ahora no me importaría reconocerlo si fuera verdad, pero no la dije. ¡Y la que se armó!

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Por Alfredo Relaño

El Athletic clausuró el Metropolitano

Es el 7 de mayo de 1966 y el Athletic de Bilbao visita al Atlético de Madrid. Se decía en esos años que la Copa era una competición cuya final jugaban el Athletic de Bilbao y otro, y que generalmente la ganaba el Athletic. Le llamábamos El Rey de Copas. El Atlético de Madrid había ganado la Liga. Eran tiempos en los que la Copa jugaba sus tramos decisivos, de dieciseisavos en adelante, una vez terminada aquella.

Metropolitano
El partido, de ida, se va a jugar en sábado, no en domingo. Esa mañana, el Abc informa de que aunque sólo venía siendo habitual adelantar partidos a sábado en víspera de competición europea, esta vez el Atlético lo hacía entendiendo que buena parte de su afición lo prefería así, dado que empezaba la costumbre de salir el domingo de excursión. Son los años de explosión del Seat 600 y de las primeras pequeñas salidas a la sierra, con mantel y tortilla, o al pueblo, o al chaletito, los más acomodados. Se va a jugar, todavía, en el Metropolitano. Ya están vendidos los terrenos, avanzan rápido las obras de un estadio nuevo, junto al río. Incluso, contrato en mano, habría que haber abandonado ya el Metropolitano, el 25 de marzo. De hecho, en cumplimiento del acuerdo, se convocó para ese día un acto en cierto modo solemne en el Hotel Palace, en el que el presidente del Atlético, Vicente Calderón, entregaría las llaves del campo a López Álvarez, consejero delegado de la nueva propietaria, Inmobiliaria Vista Hermosa. Pero en el acto, López Álvarez dio una sorpresa más o menos preparada a los atléticos, al anunciar que prorrogaba el derecho de uso del campo por parte del Atlético hasta el fin de su temporada oficial. Aquello fue saludado con entusiasmo. A los atléticos no les hubiera hecho la menor gracia jugar la Copa en el Bernabéu, donde hubieran tenido que admitir la presencia de los socios madridistas en sus partidos, condición que imponía el Madrid para prestarles el campo.

Así que el Atleti pudo jugar la Copa en el Metropolitano. El viejo campo databa de 1923 y había sido una brillante iniciativa de los hermanos Otamendi (Joaquín, Miguel, José María y Julián), fundadores de la Compañía Metropolitana. A fin de tirar de la ciudad hacia aquella zona por la que se extendía la Línea 1 del Metro, decidieron hacer allí un Stadium. (Tomaron la idea de Londres y su Empire Stadium en Wembley, levantado con parecido fin). La idea de los Otamendi era que lo compartieran los cinco equipos fuertes de la capital en esos días: Madrid, Atlético, Racing, Gimnástica y Unión Sport. Les cobrarían un alquiler (el propietario era, claro, la Compañía Metropolitana) y se suponía que el tirón del fútbol daría más desarrollo a la zona y, de paso, más viajeros al metro. Funcionó en su diseño general, pero el Madrid se desmarcó. Prefirió partir peras aparte, tener su propio campo, primero el velódromo de Ciudad Lineal, pronto el viejo Chamartín. Al Stadium fueron los otros cuatro. Con los años y el profesionalismo, sólo quedó en pie el Atlético, así que en la práctica el Metropolitano, popularmente conocido así, quedó para su uso exclusivo. Pagando (o dejando a deber) alquileres hasta 1950, cuando lo compró.

Aquel campo, situado al final de Reina Victoria, a la derecha, a 900 metros de la estación de metro de Cuatro Caminos (“a 15 minutos de la Puerta del Sol”, como repetía la propaganda de los Otamendi) le dio carácter al Atlético. Tenía una morfología asimétrica y entrañable. Construido aprovechando una hondonada natural, un fondo era enorme y el de enfrente muy pequeño, con un chalet en la esquina que hacía de oficina, almacén y vestuarios. Los jugadores salían por allí. Visto desde la gradona grande, a la derecha había otra zona, de altura media, donde iban los socios del Atlético, motejada por los madridistas de la gradona como La Jaula. A la izquierda, la tribuna principal, cubierta en su parte alta, con el techo sostenido por columnas. Estaba dividido en dos zonas: la más baja, descubierta, y la más alta, separadas por un pasillo bastante ancho, de unos diez metros, por el que se circulaba, paseaba y charlaba antes del partido, y en el descanso, en una especie de rito social-futbolístico singular. Se llamaba El Paseo.

Para los sesenta, el campo estaba muy envejecido. Nada que ver con el Bernabéu, el Camp Nou, Mestalla, San Mamés, La Romareda, el Sánchez Pizjuán… Le faltaban, sobre todo, localidades de asiento. Además, el tirón que concibieron los Otamendi se había producido, en efecto, y la zona estaba muy revalorizada. Aquellas dos hectáreas pedían ya torres de viviendas…

Pero estábamos en la Copa de la 65-66, con el Atlético campeón de Liga. En dieciseisavos había eliminado al Mestalla, filial del Valencia, en octavos al propio Valencia. En cuartos toca el Athletic. Ida, el 7 de mayo. El Metropolitano se llena. El Athletic llenaba entonces los dos campos de Madrid, invariablemente. A las nueve menos cuarto de la noche salen al Metropolitano los dos equipos:

Atlético de Madrid: Madinabeytia; Colo, Griffa, Rivilla; Glaría, Jayo; Ufarte, Cardona, Mendoza, Víctor y Collar.

Athletic de Bilbao: Iríbar; Zorriqueta, Echeberría, Orúe; Larrauri, Uriarte; Arieta II, Aguirre, Ormaza, Argoitia y Lavín.

Arbitra Sánchez Ibáñez. Collar y Orúe intercambian banderines.

Va a ser el fin del Metropolitano, pero nadie repara en eso, ni en la prensa ni entre los asistentes, entre los que me conté. Las pasiones del fútbol son demasiado inmediatas cuando echa a rodar el balón. Además, era partido de ida, quedaba la vuelta… Ganó el Atlético, 1-0, gol del hondureño Cardona en el 43’. Los bilbaínos pidieron mano, pero el gol valió. Al salir del campo, se hablaba del gol de Cardona de mano o pecho, de un agarrón de Larrauri a Mendoza, de que si este, de que si el otro… De lo de siempre.

Entre semana, el Madrid ye-yé ganó la sexta Copa de Europa y Antoñete le hizo una faena inolvidable a un toro blanco de Osborne. No hay espacio para reflexiones sobre el Metropolitano. El domingo 15 de mayo, el Atlético devuelve visita en Bilbao. Ese mismo día, también en Bilbao, rinde viaje la Vuelta a España, que encumbra a Gabica. Por la tarde, el Athletic gana 2-0, prórroga mediante y pasa a la semifinal. Para el Atlético ya no hay Copa, hay vacaciones. Y ya no habrá Metropolitano.

El miércoles 18 de mayo entra la piqueta en el viejo y querido campo. La iluminación es desmontada, la aprovechará el Jaén durante unos años, en su viejo campo de La Victoria. La estrenará precisamente en un amistoso contra el Atlético.

Aquel campo entrañable ocupaba la manzana que ahora encierran las calles Juan XXIII, Santiago Rusiñol, Conde de la Cimera y Beatriz de Bobadilla. Quienes ahí viven, duermen sobre un solar sagrado. Ahí ganó España 4-3 a Inglaterra, un 15 de mayo de 1929, cuando a los inventores no había sido aún capaz de ganarles nadie. Ahí jugó el Atlético durante 40 años. Aquel campo exhaló su último suspiro en un partido bronco y copero, entre el Atlético y su club matriz, el Athletic, resuelto con gol polémico de un jugador indio de raza. Un final muy apropiado, visto en la distancia.

La pequeña Plaza Ciudad de Viena, situada entre torres, está sobre el puro campo de juego. Y está pidiendo una placa que recuerde lo que hubo allí.

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