“Diecinueve minutos. La internada de Gento. El pase atrás. Y lo clava Tejada”. La hoja del cuaderno acababa así. Eduardo Teus se echó la mano al pecho. Notó un fuerte dolor y cayó fulminado. Le había dado una fuerte angina de pecho mientras Justo Tejada había marcado el segundo tanto del Madrid en San Mamés. Corría octubre del año 1961, y Teus, uno de los grandes prohombres del Madrid en sus orígenes, había acudido al estadio bilbaíno para presenciar un choque de altura: Athletic-Real Madrid. Y allí, en un campo histórico fallecería. 

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Eduardo Teus había nacido en Manila, Filipinas, aunque regresó a España siendo un crío. De la Península partió a Inglaterra, a donde acudió a estudiar. Allí le picó el gusanillo de un nuevo deporte, el football, que arrasaba entre la población. A su regreso, con 17 años, y establecido en la capital, ingresó en las categorías inferiores del Madrid Football Club. Era 1913. Empezó jugando como delantero y en el medio. Era atrevido, osado, pero tenía un punto débil, era muy espigado. Hasta que llegó a la portería. Ahí, su punto de locura (o de atrevimiento) le elevó hasta el primer equipo. De él dicen las primeras crónicas que fue el primer portero que jugó fuera del área, que no volvía la cara a los delanteros rivales y que eso le llevó a sufrir numerosas lesiones. Compartió equipo con ilustres madridistas como el mismo Bernabéu (“Como jugador fue de los de acción lenta, a lo Olsen. Y también como éste de duro disparo. Amartillaba los goles. Su fútbol fue siempre positivo y práctico”, escribió de él), los hermanos Petit, Machimbarrena, Eulogio Aranguren, Castell, Múgica…

 

Sus tres años en el primer equipo fueron de una intensidad inusitada. En su primera campaña, el equipo se clasifico para jugar la final de Copa, que perdió ante el Athletic en Barcelona (4-0). El motivo fue que en las semifinales los blancos habían eliminado a los azulgrana en una serie de cuatro partidos que fueron cuatro batallas incomparables. Al año siguiente, de nuevo el equipo blanco se volvió a clasificar para volver a jugar la final de Copa. Esta vez, el rival fue el Arenas. Y ahí sí. Ganó el Madrid. Por la mínima (2-1) y tras dos encuentros, con una extraordinaria actuación de Teus. La final se celebró en la Ciudad Condal, curiosamente gracias también a Teus: en semifinales, los blancos eliminaron al España, que era de Barcelona. La directiva madridista, recordando los incidentes del año anterior, quiso llevarse la final a Vigo. Pero los jugadores se negaron, decidieron jugar en la Ciudad Condal alegando una mejor adaptación al campo… y de esa manera, provocar más desgaste en los rivales, e impusieron su criterio. Además, Teus redactó un manifiesto del equipo madridista dirigido a la afición catalana y eso apaciguó los aires. También jugaría la final en 1918, pero no tendría éxito… y vería su punto y final como jugador: una lesión le acabaría retirando, que no apartando, del fútbol. Tenía 22 años.

 

A su retirada se convirtió en crítico futbolístico. Trabajó para medios como El Imparcial, El Sol, La Voz de Madrid… Incluso en la radio: en Radio Nacional de España. Sería tras la Guerra Civil cuando se convertiría en seleccionador nacional. Su labor fue recomponer una selección rota, encontrar jugadores que fuesen capaces de renovar el equipo. Como seleccionador estuvo seis encuentros: tres victorias (Portugal, 5-1; Suiza, 3-2 y Francia, 4-0), dos empates (Portugal, 2-2 y Alemania, 1-1), y una derrota, ante Italia por 4-0. Ese fue su certificado de defunción como máximo responsable técnico de la Selección. Eso sí, hizo debutar a 27 jugadores... "Soy el único español que puede presumir de haber visto todos los partidos de la Selección", solía decir.

 

Tras su periplo como seleccionador, Teus volvió a su labor de cronista deportivo. Lo hizo a través del diario YA. Y fue así, el 8 de octubre de 1961, justo cuando Tejada había marcado el segundo tanto para los blancos cuando su lápiz se paró tras escribir el apellido del goleador. Un médico que estaba a su lado intentó reanimarle. Junto con otros periodistas le trasladaron a la enfermería. Pero no hubo solución. Eduardo Teus moría en el antiguo estadio de San Mamés viendo ganar a su Real Madrid.

 

"¡Qué mala suerte ha tenido Puskas!". Aseguran que esas fueron sus últimas palabras.  

50 horas en Nápoles

“San Paolo será un infierno”. La sentencia, pronunciada por Sarri, técnico del Nápoles el pasado 15 de febrero pasadas las 23:30 horas, sonaron como un duro presagio de lo que le esperaba al Madrid en el encuentro de vuelta en el vetusto estadio napolitano. Pues le esperaba algo parecido a lo que le sucedió a los jugadores madridistas que acudieron en septiembre de 1987 para dilucidar la primera ronda de la Copa de Europa de aquella edición. En aquel entonces no fue el entrenador partenopeo quien arengó a sus masas azzurri. Fue el propio Maradona, santo y seña de los napolitanos, quien lanzó su arenga, más o menos parecida a la de Sarri. “San Paolo arderá”, dijo el Pibe de Oro, mitad amenaza, mitad aviso. Como en esta ocasión, los del Sur de Italia necesitaban remontar dos goles de desventaja y apelaban a la fuerza de sus tiffosi para poder achicar a los blancos en el terreno de juego. Un gol de Francini a los 9 minutos de partido encendió aún más la caldera, pero un pase de Hugo Sánchez fue sutilmente cruzado por Butragueño al fondo de las redes italianas. El incendio se apagó.

 

Pero las horas desde la llegada a Nápoles hasta el final del encuentro sí se pueden considerar un infierno.

 

En aquella ocasión, los madridistas llegaron con dos días de ventaja a Nápoles. El domingo, un día antes, los napolitanos habían jugado su encuentro ante el Pisa. Un encuentro plagado de polémicas y de incidentes: Renica fue alcanzado por un objeto lanzado desde la grada, provocando las quejas de jugadores y aficionados napolitanos que veían una conspiración entre UEFA y la FIGC (Federación italiana) para alejarles de los puestos de cabeza de la tabla italiana y eliminarles de la Copa de Europa. Así, el momento en el que el avión que trasladaba a la afición madridista tomaba tierra en el aeropuerto de Capodichino. Allí mismo, en las pistas, bajo un sofocante calor, una nube de periodistas, policías y empleados del mismo aeropuerto, desafiando las más elementales normas de seguridad. Fueron éstos últimos los que empezaron a provocar a los miembros de la expedición blanca: gritos, insultos, trato vejatorio… Lo peor llegó a la hora de subir al autobús. Pese a estar fuertemente custodiados por la Policía, algunos jugadores fueron zarandeados cuando se subían al autobús. Además, un par de centenares de tiffosi les persiguieron unos cuantos centenares de metros arrojando escupitajos, bolsas de basura, naranjas, chorros de agua (o de otra cosa). Incluso alguna que otra botella surcó los cielos rumbo al autocar. Ya en el hotel, situado a unos 30 kilómetros de la ciudad, los seguidores napolitanos estuvieron toda la noche haciendo sonar las bocinas de sus coches y montando una jarana importante con el fin de conseguir que los blancos no descansasen en ningún momento. Llegaron hasta tirar tracas y petardos en su afán porque su equipo lograse la remontada. El más flemático con la situación fue el presidente Ramón Mendoza: “Sólo faltó que nos recibieran con la VI Flota”, explicaba la mañana del encuentro. “Ahora ya en serio, esto es un atentado deportivo. Si me apuran mucho más grave que tirar una botella”. Años más tarde, el propio Mendoza comentaría que este encuentro fue horrible. “El camino a San Paolo fue tremebundo. Nos tiraban de todo. Nos estaban esperando en la carretera y la llegada al estadio fue de las peores que he vivido en tantos años. Nunca vi tanta hostilidad desaforada, tanta garrulez y tantas amenazas por metro cúbico de babas en una boca”. Así fue. Un rosario de insultos y de gestos obscenos acompañaban el recorrido del autobús. Lanzamiento de naranjas, bolsas de basuras, papeles… de vez en cuando y pese a la escolta de los carabinieri (algún jugador los acabó llamando “Carabi… que te vi”), alguna moto se acercaba para pegar una patada en el bajo del autocar. Todo servía para amedrentar al rival.

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Era tal la tensión, palpable y miedo latente, que en un primer momento, el club devolvió todas las entradas que había solicitado para ese encuentro, más de 300 a 9.000 pesetas de la época (más de 60 euros en la actualidad): el club napolitano no había guardado un lugar específico para los seguidores blancos, que si querían ver el encuentro, tenían que verlo rodeados de tiffosi, divididos unos de otros y en una zona donde sólo podían estar de pie. Al final, y tras arduas negociaciones, unos cuantos valientes decidieron adentrarse en San Paolo para ver el encuentro. Estuvieron rodeados por un fuerte dispositivo policial que impidió cualquier problema cuando Butragueño establecía el empate con el que acabaría el encuentro.

 

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Curiosamente, apenas diez minutos tras acabar el partido, los alrededores de San Paolo estaban desiertos. El gol del Buitre sofocó un incendio que había durado algo más de 50 horas.

Estos días repasando los partidos disputados entre el Madrid y Las Palmas, me recordó un encuentro que disputaron ambos equipos en… el José Rico Pérez de Alicante. Sí, a 420 kilómetros de la capital española, del Bernabéu concretamente, que era donde se tenía que haber disputado. El choque se jugó el 12 de diciembre de 1982, domingo. Comenzó a las 16:45 horas (para que ambos conjuntos pudiesen regresar a sus respectivos puntos de origen lo más rápido posible), y acabó con un solitario tanto de Camacho.

 

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Todo comenzó en noviembre. El 28 de ese mes se disputó el Clásico del fútbol español. El Madrid recibía al Barcelona en una situación ventajosa para los blancos: estaban invictos después de 12 jornadas, y le sacaba cuatro puntos a los azulgrana (por entonces se otorgaban dos puntos por cada victoria). Estos se habían reforzado en la pretemporada fichando a Maradona, que se reunía así con Schuster, juntando quizá la pareja más talentosa de extranjeros de principios de la década de los 80. Por su parte, los blancos contaban con un estandarte en el banquillo: Alfredo Di Stéfano. Pues bien, el 28 de noviembre, blancos y azulgrana se enfrentaban en el Bernabéu… rodeados de cierto halo de polémica. Por una parte, en la Ciudad Condal se comentaban las diferencias entre los dos ases con el técnico, el alemán Udo Lattek. Aparte, empezaban otros rumores que apuntaban a escándalos mayores. En Madrid, mientras, el escándalo apuntaba a Juanito.

 

Pues bien, esa misma semana, el entonces presidente azulgrana, Josep Lluis Núñez, se reunió con la prensa de la Ciudad Condal. Una toma de contacto antes del gran combate. Todo transcurría de manera correcta, hasta que al bueno de Núñez se le cruzaron los cables. Soltó una bomba: “¿Qué dirían de nosotros si tuviéramos un jugador que va embarazando mujeres por las esquinas, como tiene otro equipo?”. Fue la espita que encendió la mecha. A la hora del partido, los ultras blancos se inventaron un estribillo contra el presidente: “¡Núñez, cabrito, tu hijo es de Juanito!”.

 

El partido fue horroroso para los intereses madridistas. Ganó el Barça 0-2, con goles de Esteban (minuto 14) y Quini (minuto 86). Pero antes se habían sucedido varias jugadas conflictivas: García de Loza, el colegiado del encuentro, no quiso señalar un claro penalti a Isidro en el minuto 7. Además, en la segunda parte expulsó a Bonet y Metgod, dos zagueros madridistas. Al término del encuentro, una lluvia de almohadillas cae sobre el campo. Tras el encuentro, el árbitro explica sus decisiones: “No ha sido penalti. Si en la televisión se ve que ha sido penalti, me corto la cabeza”. Y… Sí. La televisión demostró que Gerardo derribaba a Isidro en el área azulgrana. García de Loza intentó rectificar diciendo que no podía pitar un penalti tan temprano en un encuentro tan importante. Le cayeron tres meses sin pitar partido alguno. El Madrid pagó otro alto precio: una fuerte multa económica y el cierre del Bernabéu por un partido: precisamente el que tenía que jugar ante Las Palmas el 12 de diciembre. Para ello, una delegación madridista viajó a la capital alicantina una semana antes. Se reunieron con los dirigentes herculanos y con la directiva del Elche. ¿Por qué? Porque el conjunto ilicitano, que militaba en Segunda División, también jugaba ese fin de semana en su estadio. Para no perjudicarles, los blancos se comprometieron a pagar una cantidad de dinero. El Elche aceptó trasladar su encuentro a la mañana dominical, liberando el encuentro entre madridistas y canarios.

 

Y para allá que se fueron los dos equipos. El Madrid viajó el jueves 9, a las 16:25. Se alojó a las afueras de Alicante. Di Stéfano quería aislar a sus jugadores y, además, para efectuar algunos entrenamientos en el terreno de juego con el fin de que los jugadores se familiarizasen con el estado del terreno de juego.

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Pero más en masa fue el desplazamiento de los socios madridistas. Más de 10.000 repartidos entre autobuses y coches particulares llegaron a la ciudad mediterránea. En total dejaron casi 15 millones (alrededor de 90.000 euros) de las antiguas pesetas en taquillas. Por el Madrid jugaron: Agustín, Juan José, Bonet, Metgod, Camacho; Stielike, Acosta (un uruguayo que debutaba como madridista, y que fue sustituido por Fraile en el minuto 63), Ángel; Juanito, Santillana e Isidro. Por Las Palmas actuaron: Manolo; Mayé, Roque, Felipe, Estévez; Félix, Fortunato (Farias, minuto 65), Benito, Martínez; Julio I y Juani. El partido fue más aburrido que otra cosa. Los de Di Stéfano ganaron por la mínima con un tanto de Camacho, un disparo desde fuera del área que sorprendió a Manolo. La excursión blanca no dio para mucho más. Pero para los seguidores azulgrana fue la constatación de que el Barcelona, a través de Núñez, comenzaba a mandar más que Luis de Carlos en la Federación…

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¿Maradona en el Madrid?

Esta semana volvió la Champions. La Copa de Europa en su nuevo formato. De los cuatro encuentros celebrados uno destacó por encima de todos: el Real Madrid-Nápoles. Por la categoría de los dos equipos y por un hombre (o nombre) por encima de todas las cosas: Diego Armando Maradona. El mejor jugador del mundo en la década de los 80. Podrá gustar más. Podrá gustar menos. Pero para la historia futbolística quedan dos escenas míticas, legendarias: los dos goles que logró ante Inglaterra en el Mundial de México-86. El miércoles 15 de febrero, Maradona se sentaba en el Palco de Honor del Santiago Bernabéu en calidad de invitado. El Pelusa, que fue jugador del conjunto partenopeo desde 1984 hasta 1992, año en que se mudó a Sevilla, convirtió a un modesto equipo del sur de Italia en un equipo que miraba a los ojos a los poderosos del norte del país transalpino: les arrebató dos Ligas, una Copa y una Supercopa italiana. Además, ganó una Copa de la UEFA (1988-1989). Por esos títulos ahora es considerado un dios para los napolitanos.

 

Esa historia pudo haber sido muy diferente.

 

El Madrid estuvo a punto de ficharle dos veces. Sí. El Madrid. La entidad que le ha recibido con los brazos abiertos durante tres días.

 

Pero no pudo llevarlo a cabo.

 

La primera de esas ocasiones fue mediados los 80. El jugador quería salir del Barcelona a toda costa. Pero claro. El jugador, que siempre estuvo en la órbita madridista, sabía que eso era inviable. ¿Cómo iba a consentir Josep Lluis Núñez su venta al mayor de los enemigos/rivales del Barcelona? El Pelusa quería salir por lo civil o por lo criminal de la Ciudad Condal. Se consideraba traicionado por Núñez. Por ejemplo, en la temporada 82-83, a escasos días de disputar la final de la Copa del Rey, el president le impidió tanto a él como a Schuster participar en un partido homenaje a Breitner en tierras alemanas. Su respuesta fue ir estrellando trofeos contra el suelo. En esa ocasión, el Nápoles se metió por medio y se llevó al jugador. Fue el tema económico el que apartó a los blancos.

 

Años después, en septiembre de 1987, Madrid y Nápoles disputaron una eliminatoria de la Copa de Europa. Fue una eliminatoria curiosa: el primer encuentro se disputó a puerta cerrada como consecuencia de una sanción de la UEFA al conjunto blanco por los incidentes acaecidos en la primavera de ese año ante el Bayern de Múnich. El Bernabéu en silencio (relativo: hubo unas 200 personas entre invitados, gente del club, visitantes…). Todo lo contrario que enItalia, donde bajo un clima hostil los blancos superaron a los azzurri.

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Pero hubo una segunda intentona de cambiar la playa italiana por la costa Castellana. Fue a comienzos de los 90. Maradona, consciente de que su futuro azzurri ya estaba más que amortizado, quería buscar nuevas aventuras futbolísticas. Por aquel entonces, en España, el Barcelona había ganado la primera Liga de Cruyff (1990-91) con un juego vertical, directo, rápido y efectivo. El Madrid, por su parte, había modificado parte de su plantilla: se habían marchado jugadores como Martín Vázquez, Schuster, Ruggeri, entre otros, y los recambios no dieron el nivel esperado. Ramón Mendoza, presidente del club de Concha Espina, quería dar un golpe de timón. Pero tenía un gran problema: la falta de liquidez para llevar a cabo esas grandes empresas. Intentó ilusionar a la afición con nombres como Sacchi y Savicevic, pero se difuminaron en cuestión de horas: no había dinero.

 

Así las cosas, Maradona vino a ver a Madrid para reunirse con Mendoza. Acompañados por Valdano, estuvo un par de veces en la casa del dirigente blanco. En la primera, Mendoza le recibió enfermo (tenía gripe) pero estuvieron hablando toda la tarde. A Mendoza le constaba la gran influencia que tenía Valdano sobre El Pelusa, y por eso el hecho de que los dos estuvieran en su casa significaba que Maradona quería venir al Real Madrid a toda costa. A partir de entonces su relación se estrecharía de tal manera que Maradona acabó apodando Gardel al presidente blanco, e incluso le invitó a su boda en Buenos Aires. En esta segunda ocasión, y al igual que en la primera, el factor económico fue determinante para que no se pudiese llevar a cabo el fichaje. Pero en este caso, Mendoza siempre se lamentó de no haber forzado más la maquinaria merengue. A Maradona le quedó el consuelo de una frase que dijo en 1986: “Lo único que me queda es vestir la blanca”.

 

Sin embargo, esa temporada (1992-93), Maradona jugó en el Sevilla. El argentino deleitó en el encuentro disputado en el Sánchez Pizjuán, celebrado en diciembre. Fue su mejor encuentro con la elástica sevillista, que se impuso 2-0 (goles de Suker y Marcos). Pero en mayo fue otra historia. Los blancos golearon a los hispalenses con un concluyente 5-0 (tres de Zamorano, uno de Míchel y otro de Hierro). Pero siempre quedó en la memoria que pudo haber sido si Maradona hubiese firmado por la entidad madridista.

 

Y ahora fríamente piensen. ¿Qué hubiese pasado con Maradona en el Madrid?

Pitos en el Bernabéu

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Danilo y Benzema volvían al Bernabéu después de ser señalados como dos de los responsables del fracaso madridista en la Copa ante el Celta. Se puede caer eliminado ante cualquier equipo, pero importan las formas, los cómos. El Madrid no se rindió pese a encajar el segundo tanto vigués en el minuto 85 (dio tiempo para empatar), pero no soporta la abulia o la desgana de algunos jugadores. El principal señalado por ese aspecto es Benzema, un Gene Kelly en el área, pero al que para muchos, le falta sangre caliente. Ardor guerrero que se precisa en un delantero letal. Por la otra parte, Danilo no acaba de encajar en el ojo de la afición. Fichado a precio de oro cuando ya había un jugador en ese puesto, Carvajal, canterano para más señas. Luego, algunas de sus actuaciones irritaron a la afición madridista...

 

Pero los pitos a los propios jugadores madridistas por parte de la afición blanca no debe de sorprenderles. Madridistas de todas las épocas han recibido sonoras broncas del respetable que acude al Bernabéu. Futbolistas de la talla de Di Stéfano en los 50, Velázquez en los 60-70, Butragueño, Míchel (al que apodaban Agonías porque le daba mucha importancia a las cosas) y Martín Vázquez en los 80-90, Zidane a comienzos del siglo XX, o quizá los tres últimos grandes referentes de la cantera (Raúl, Guti y Casillas) los recibieron también. Por lo que fuera. Nadie estaba a salvo. En todos ellos hay un denominador común: la afición los adoptó como algo propio. Eran pilares de la brillante identidad blanca.  

 

Quizá por eso se les exigía más que al resto. También por su indudable calidad. Por su personalidad. A Di Stéfano se le empezó a pitar cuando las fuerzas le empezaron a fallar. Como a Velázquez. Como a Butragueño. Como a Raúl... Sin embargo, el más rotundo en su contestación al respetable fue Míchel. El 11 de junio de 1989, el Madrid recibía al Espanyol. Era el fin de fiesta de la temporada, saldada con la cuarta Liga conquistada por los blancos. El centrocampista madrileño llevaba cierto tiempo madurando la idea de marcharse del campo si le seguían pitando. Esa misma temporada, un sector de la grada del Bernabéu la tomó con el '8'. Esos pitos fueron a más en el encuentro ante el Cádiz (jornada 34), y el jugador decidió llevar a cabo su idea. En el último encuentro de la temporada, tras una actuación normal para un servidor (presente en el estadio, para otros discreta, en fin para gustos colores) en un partido de fiesta al fin y al cabo, el jugador, al escuchar los silbidos se marchó del campo antes de que llegase el descanso. Igualmente, se marchó a su casa antes de que terminase el encuentro, sin quedarse a celebrar la Liga.

 

Al término del encuentro y de la fiesta, los jugadores se trasladaron con sus mujeres a la cena final de campaña a un restaurante de Guadalix de la Sierra. Allí acudieron todos... salvo Míchel. Sus compañeros no decían nada sobre su ausencia. Pero extrañaba. La bomba saltaría dos días después. El 12 de junio, Mendoza citó a Míchel en el club. Quería conocer sus porqués a su actuación: "Hemos hablado del partido del domingo. Mendoza me ha dicho que no entendía mi comportamiento y yo le he respondido que tenía razón y que me arrepiento de haber actuado así. le he dicho que al marcharme un 80% fue porque estaba lesionado y el 20% restante había sido por la actitud de un sector del público. A mí no me discute ni la prensa, ni la afición en general, pero hay un cierto sector del público que opina que no debo jugar... Así que le he dicho al presidente que me quiero ir. En ningún equipo del mundo sucede lo que pasa aquí. Cuando juegas bien, vale, pero cuando no, te silban. No creo que sea justo que tenga que pasar un examen en cada partido ante mi propia afición". Esos días de junio fueron largos para muchos seguidores madridistas. En Italia, al contrario, se frotaban las mano con la posible llegada del merengue. Sin embargo, todo quedó en agua de borrajas. Seguiría hasta 1996. Tiempo después explicaría aquel incidente: "Me pasó por ser muy madridista. Por eso me dolían los pitos, que en cualquier otro equipo no me hubiesen dolido tanto. La gente no entendió que no era un mercenario. Fui, soy y seré profesional, pero cuando saltaba al campo sentía como un madridista. Me dolía que me persiguiesen así. Yo me sentía muy mal al escuchar que el público abroncaba a Juanito, que era un madridista acérrimo. Luego resultó que se fue al Málaga, y cuando volvía al Bernabéu, le aplaudían. Me pregunto por qué no le aplaudieron antes, cuando estaba aquí, porque le hicieron pasar malos ratos".

 

Míchel se marcharía del Madrid el 19 de mayo de 1996, besando el césped del Bernabéu tras haberle marcado dos goles al Mérida, antes de ser sustituido por Alkorta (que también se iba del club blanco). Dejaba atrás 404 partidos de Liga (96 goles), 53 de Copa (9 tantos), 6 de Copa de la Liga (2), 8 de Supercopa de España (2), 39 de Copa de Europa (8), 6 de Recopa (2) y 44 de Copa de la UEFA (10). 560 encuentros, 129 goles, seis Ligas, 2 Copas de España, 2 Copas de la UEFA, 4 Supercopas de España y 1 Copa de la Liga. El dueño de la banda derecha del Bernabéu. Nunca más volvió a repetir aquella escena. A los pitos los encaró con profesionalidad. Es decir, jugando siempre hasta el límite de sus fuerzas, nunca dándose por vencido y dando ejemplo a los canteranos que ascendían a la primera plantilla. Justo el espejo en el que se deben fijar Danilo y Benzema en estos momentos para ganarse el aplauso de la siempre exigente afición madridista.

 Arrancamos este blog con un personaje curioso dentro de la historia del Real Madrid. Hasta el momento, el conjunto blanco ha jugado cuatro encuentros a puerta cerrada en competiciones europeas: tres el primer equipo (el último ha sido el pasado mes de noviembre en Varsovia), todas en la Copa de Europa / Champions League,  y uno su equipo filial, el Castilla en la Recopa, y...

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Sí. Siempre estuvo allí. Quizá no llamase la atención. No era de los más importantes, pero su rol, con el paso del tiempo, le ha convertido en un secundario de lujo en la apasionante trayectoria del Real Madrid. Se llama Miguel Porlan Noguera. Es conocido por su apodo, Chendo (‘Chendi’ para Zidane). Para muchos, yo incluido, fue el Sexto hombre de La Quinta del Buitre. Un exfutbolista que pertenece al club blanco desde que entrase en la década de los 70. Procedente de Murcia, actuó en el lateral derecho desde 1981 hasta 1998, año en el que pasó a ser el delegado del equipo. Casi 500 partidos (497) defendiendo la elástica blanca, repartidos entre Liga (363, con tres goles), Copa (53), Copa de la Liga (8), Supercopa de España (3), Copa de Europa (34), Recopa (1) y Copa de la UEFA (35).

 

Y sí. Es uno de los pocos elegidos que ha estado en directo los cuatro partidos que el Madrid ha disputado a puerta cerrada. Tres con el primer equipo y uno con el Castilla, en 1980. Por aquel entonces ya despuntaba. Subía la banda sin problemas y cerraba al atacante rival sin ningún problema. En la temporada 1980-81, el Castilla tuvo el honor de ser el representante español en la Recopa de Europa. Había jugado la final de la Copa ante los mayores, y había perdido 6-1. El sorteo deparó un enfrentamiento con el West Ham inglés.

 

El primer encuentro, disputado el 17 de septiembre de 1980, acabó con una sonora victoria de los mirlos blancos 3-1, tras remontar el gol inicial de Cross. Paco, Balín y Cidón le dieron la vuelta en una frenética segunda mitad: marcaron tres goles en 12 minutos, del 64 al 76’. Todo quedaba pendiente para la vuelta. Sin embargo, el comportamiento de los hooligans hammers, provocando altercados en el Bernabéu y alrededores, motivó que la UEFA dictaminase que el encuentro de vuelta se jugase a puerta cerrada. Y allí, en Boleyn Ground, en Upton Park, Londres, jugó 120 minutos de partido. El Castilla caería eliminado en la prórroga, pero esa experiencia nunca se le olvidaría. La UEFA permitió un pequeño cupo de personas (262) en el estadio inglés. Y allí se presentó el joven Chendo con el resto de sus compañeros. Algunos creen que jugar sin público les perjudicó. "No hubo ni broncas. Se oía todo lo que decías", rememoraba Salguero.

 

Su segunda experiencia fue en el Bernabéu… y nada más y nada menos, ante el Nápoles de Maradona, el campeón de Italia. En 1987, la UEFA, inflexible en la década de los 80 tras la barbarie de Heysel (39 muertos y 117 heridos, todos seguidores de la Juventus y víctimas de los holigans del Liverpool), sancionó al Madrid con una dura sanción tras un encuentro plagado de incidentes entre los blancos y el Bayern Múnich: tendría que jugar un encuentro  puerta cerrada y otro a 300 kilómetros de la capital. El bombo dictaminó que los merengues se enfrentarían a los partenopeos en la primera ronda. Y allí, ante apenas 200 personas, los madridistas se impusieron a los italianos 2-0, con goles de Míchel, de penalti, y de Tendillo. Pero lo mejor de partido lo protagonizó el mismo Chendo: intentó hace un caño al mismísimo Maradona. Al Diego que un año antes se había proclamado campeón del mundo en México. Un Diego que fue sometido a un marcaje imperial por parte del murciano, que le frenó sin cometer apenas faltas. Quedó tan sorprendido por las maneras de Chendo, que le pidió a Valdano poder cenar con él esa misma noche… El mismo Valdano que luego diría: “Fue como si los pájaros se tirasen a las escopetas”, y que jalearon algunos empleados del club repartidos por los diferentes anfiteatros.

 

Chendo se retiraría en 1998 siendo campeón de Europa. Pasó a ser delegado del equipo. Y de tal guisa ha vivido otros dos encuentros a puerta cerrada. El primero, ante el Roma, en el Olímpico, en la temporada 2004-05. El conjunto romanista fue sancionado por la UEFA al ser alcanzado el colegiado sueco Anders Frisk por un objeto lanzado desde las gradas en un partido frente al Dinamo de Kiev. El Madrid también ganó (0-3, goles de Ronaldo y dos de Figo, uno de penalti). Allí ante unas 1.000 personas entre delegaciones de ambos equipos, entradas VIP (sponsors de la UEFA más la gente se servicio (policías, bomberos y técnicos sanitarios)… y diez aficionados blancos redebutaba en estas cuestiones. Allí atendió las peticiones de García Remón, técnico por aquel entonces de la primera plantilla del Madrid. Cambios, anotaciones, instrucciones, todo en un magnífico escenario donde los gritos entre los compañeros se oían incluso a través de la televisión. Y donde se produjo la única foto galáctica: celebrando un gol de Figo, acudieron Ronaldo, Beckham, Zidane y Raúl. La quintaesencia de un equipo magnífico.

 

La última ha sido este año que está terminando. Fue en Varsovia. También en un partido disputado a puerta cerrada por diversos incidentes provocados por los ultras polacos. Ultras. El estigma del fútbol. Fue un agónico empate para los madridistas a tres tantos, con un postrero tanto de Kovacic que evitó la derrota cuando al descanso se había marchado ganando 1-2. Para él, fue otro día en la oficina. En el fondo, una nueva muesca más en su currículum. Y una nueva historia que contar. Porque él siempre estuvo allí...