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La historia del Madrid se basa en sus míticos jugadores, los extraordinarios partidos de estos y, también, en sus goles. Goles de todos los tipos, de todos los colores, en porterías de todo el mundo. Ahí surge el mito de la portería del Fondo Sur del estadio Santiago Bernabéu. Es tradicional que los blancos ataquen en dirección a esa meta siempre en las segundas partes, salvo que el rival, conocedor de esa tradición, procure romperla: gana el sorteo de campo y obliga a los blancos a atacar ahí en la primera parte.

 

Pues bien. Esa leyenda, mito, fábula, cuento... o como quieran definirlo ustedes apareció por primera vez en un Real Madrid-Sevilla. Sí, como el partido que disputan blancos y sevillistas. Fue en 1958, en la Copa de Europa, ni más ni menos. El partido se jugó el 23 de enero de ese año. Sirvió además, para festejar el Balón de Oro de Di Stéfano. Y él fue uno de los protagonistas.

 

El partido tenía un precedente que le hacía aún más especial para los madridistas: apenas unos días antes, los blancos habían sido derrotados en tierras sevillanas en partido de Liga (3-2). Había sido un encuentro brusco, muy disputado, algo que a los madridistas les había dejado huella. Además, los dos equipos viajaron hasta la capital de España en el mismo tren. En el trayecto oían que si "Arza tal, Arza cual" (Juan Arza fue, quizá, el mejor jugador de la historia del Sevilla), por lo que su rabia iba in crescendo a lo largo de los días.

 

Y así llegó el ansiado día 23 de enero. El Madrid alinea a Alonso; Santamaría, Marquitos, Lesmes; Santisteban, Zárraga; Kopa, Marsal, Di Stéfano, Rial y Gento. Los visitantes sacan a Busto; Romero, Campanal, Valero; Arenas, Maraver; Liz, Arza, Ramoní, Antoniet y Loren. Dirigidos por el colegiado holandés Van Nuffel, los blancos salieron a reventar cuanto antes el encuentro, mientras que los jugadores del club hispalense buscaban un resultado digno con el que acudir al encuentro de vuelta. Tras unos minutos de tanteo se desata la tormenta. Di Stéfano, a los 10 minutos, abre el marcador con un potente disparo desde el borde del área chica. El acoso y derribo blanco es continuo, mientras los sevillistas se encierran defendiendo la meta de Busto. Así resisten hasta el minuto 37, cuando Kopa, tras una maravillosa jugada merengue, establece el segundo gol.

 

En la segunda parte, los blancos atacan la portería del Fondo Sur. Marsal establece el tercer tanto, rematando una jugada junto a la cepa de la portería. Di Stéfano, de penalti tras una falta de Romero sobre el argentino, remacha el cuarto tanto. Los sevillistas, con ese marcador adverso y abultado, endurecen su defensa: Campanal agrede a Marsal tras un choque fortuito de éste. El zaguero sevillista le pega dos puñetazos al punta y el colegiado le expulsa. Cuando Marsal se levanta, el árbitro también le expulsa ante la sorpresa general (Ver foto de abajo).

 

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Eso terminó de calentar los ánimos blancos. Kopa afinó el quinto tanto marchándose por velocidad de la zaga y batiendo a Busto en su salida. Gento, con un disparo ajustado, establece el sexto. Di Stéfano, aprovechando un rechace de Busto fija el séptimo gol. Y es el mismo Di Stéfano quien cierra la goleada con otro certero disparo. Total: 8-0, con seis goles en la portería del Fondo Sur. Desde entonces, el Madrid siempre ataca en esa dirección. En busca de goles. En busca de agrandar su leyenda. En busca de una gloria eterna.

 

 

 

 

Mucho se ha hablado de la (mal llamada, por lo menos para un servidor) Segunda Unidad o Equipo B (como quieran definirlo ustedes) del Real Madrid (o de cualquier otro equipo de cualquier especialidad). Ese grupo de jugadores, que habitualmente son los que comienzan los encuentros en el banquillo o que a veces no son ni convocados, conforman parte de la primera plantilla, así que son miembros de pleno derecho.

 

A comienzos de la temporada 1948-49, el Madrid tenía listo su nuevo estadio, Chamartín. La temporada anterior había sido un completo desastre, rozando incluso el descenso de categoría. Pero con la inauguración del nuevo campo, todo cambiaba. El club tuvo bastantes ingresos gracias a las cuotas, abonos y venta de localidades, y la directiva decidió no volver a pasar los apuros de la campaña anterior: dio de baja a ¡15 jugadores! (Corona, Huete, Ortiz, Chus Alonso, Antonio Alsúa, Pruden, Gallardo, Calleja, Moleiro, Rafa, Marín, Sport, Elices, Mariano Terán y Rocha, un argentino que apenas dejó huella), y remodeló la plantilla. Llegaron Pahíño (formidable delantero), Miguel Muñoz, Montalvo, Pachichu, Olmedo, Narro, Marcet, Mariscal, Soto, Bermejo, Ricardito, Adauto y García Martín. Incluso se viajó a Inglaterra para ver jugadores. Se firmó a John Watson (costó 8.000 libras de la época) y se intentó contratar a George Dick, pero éste no aceptó la oferta. Incluso se contactó con el Barnsley para intentar fichar a George (Jorge) Robledo, un delantero centro chileno cuyo nombre empezaba a sonar poderosamente en los círculos futbolísticos continentales. Sin embargo, Robledo acabaría fichando por el Newcastle.

Con tales mimbres comenzaría la temporada. Bajo el mandato de Alexander Keeping, un técnico inglés contratado para que impusiera la táctica de la WM, una táctica forjada en los campos ingleses. La idea era acabar lo más arriba posible. Y ahí emerge la figura de Pablo Hernández Coronado. Éste fue un adelantado a su época. Fue jugador (portero madridista desde 1919 a 1922), entrenador, secretario técnico (figura de la que él es el verdadero artífice y creador, aunque en su época era el intermediario entre la plantilla y la directiva) y directivo. Casi como Bernabéu. Pues bien, en su etapa de secretario técnico, a Hernández Coronado se le ocurrió una de esas sus ideas: el Madrid tendría dos equipos. Sí. Una plantilla y dos equipos. El primero de ellos, formado por los mejores jugadores, únicamente disputaría los partidos que se jugasen en casa. Ese equipo (que denominaremos ‘A’) estaba formado por jugadores como Alonso, Mariscal, Barinaga, Muñoz, Cabrera, Clemente, Macala, Narro, Olmedo, Navarro y Montalvo (foto de abajo).

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El segundo, con los menos dotados técnicamente, pero con mayor físico, era para jugar en los desplazamientos. El motivo esgrimido por Coronado fue que fuera se jugaba al contraataque y se necesitaban jugadores más fuertes, más vigorosos, para actuar de esa manera. García Martín, Belmar, Mariscal, García, Marcet, Clemente, Soto, Juanco, Arsuaga, Toni y Montalvo eran los jugadores que pertenecían a ese Equipo B (Foto de abajo). Si observan detenidamente algunos jugadores como Clemente, Mariscal y Montalvo repetían en ambos conjuntos. Aquello, bien mirado y con mucho tiempo pasado, se puede entender como el principio de las rotaciones: unos jugadores descansados y preparados para compromisos más fuertes y otros, listos para una labor más de desgaste en campos donde serían visitantes.

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Sin embargo, la idea de Coronado es tomada como una tontería por algunos directivos. Así que deciden esperar. El primer partido es un cómodo triunfo ante el Sevilla (4-2). Pero el escándalo salta a lo largo de la semana de la segunda jornada. El Madrid tiene que visitar Coruña, y Hernández Coronado decide hacer pública su idea. A la ciudad gallega no viajan las estrellas del Madrid, lo que hace que a la afición coruñesa no le guste tal decisión y se muestre reacia hacia los colores blancos. Pero Coronado, astuto él, y para que las aguas no bajasen más revueltas, hace unas declaraciones conciliadoras: “Yo considero a todos los jugadores del Madrid de una calidad muy semejante. Lo que pretendo es que tener a estos dos equipos bien acoplados y bien entrenados para toda la temporada. Es una medida que se puede considerar previsora, pues me hará tener 22 jugadores en forma para cualquier momento o circunstancia”.

 

Total. El Madrid puso rumbo a la capital coruñesapero la idea de Coronado fracasa de manera rotunda: los blancos sucumben 3-0 con los gallegos. Algo que no gusta ni un pelo a Bernabéu.

 

La tercera jornada es con el Barcelona en Chamartín. Bernabéu llamó a capítulo a Coronado, pero éste le solicitó un margen de tiempo. Al ser el conjunto blaugrana el siguiente rival, todo hizo mutis por el foro… de manera temporal. El 18 de septiembre de 1949, el Madrid A (los buenos) se mide al Barcelona: a los cinco minutos de encuentro, los blancos ganan 2-0 con goles de Olmedo y Cabrera. Al descanso, el marcador ha aumentado en un tanto para los blancos, obra de Pahíño. Pero lo mejor viene en diez minutos locos, con otros tres tantos blancos (Macala, dos, y Pahíño). 6-0 a falta de 20 minutos para el final del encuentro. Gonzalvo II, a cinco minutos del final, recortaría para los azulgrana. 6-1 al final. Coronado sonríe para sus adentros. Su idea va calando y cree que el tiempo le dará la razón finalmente.

 

Pero la idea no acaba de convencer a Bernabéu. Toca viajar a San Sebastián, y el presidente le exige jugar con los buenos. El Madrid empata en Atocha (1-1). Desde entonces y hasta el final de la primera vuelta, los blancos se convierten en el líder indiscutible de la Liga. Pero todo da un giro de 180 grados al comienzo de la segunda vuelta. Los blancos dan síntomas de agotamiento. Y su granero de puntos comienza a secarse. De marchar primeros en la jornada 20 (a seis para el final del campeonato), los blancos finalizan en cuarta posición, sufriendo goleadas en ese tramo ante el Atlético (5-1), Celta (5-2) y Athletic (6-2). Siempre jugando el llamado Equipo A.

 

Bernabéu se hace cruces: en seis jornadas ha perdido la Liga. A su lado, Hernández Coronado farfullaba: “Si me hubieran dejado seguir con mi idea más tiempo, seguramente esto no habría pasado…”

Ser entrenador del Real Madrid es una profesión de alto riesgo. Si no, que se lo pregunten a Zinedine Zidane. En el pasado Clásico, el técnico francés decidió alinear el equipo que más éxitos le ha dado recientemente, salvo un cambio por obligación: la inclusión en el once de Nacho por las lesiones de Pepe y Varane. El resto, los diez jugadores típicos que han conformado casi siempre sus equipos. Uno de esos habituales es Gareth Bale. El galés no estaba en plenas condiciones físicas para afrontar, con todas las garantías, un partido frente al Barcelona. La prueba fue que tuvo que ser sustituido por Asensio a cinco minutos del final de la primera parte debido a una nueva lesión. Eso ha conllevado críticas al entrenador madridista por intentar congraciar al jugador, uno de los ojitos derechos del presidente, Florentino Pérez. Pero vamos a recordar lo que pasó con un entrenador blanco, una estrella madridista y el presidente, por entonces, de la Casa Blanca, en un encuentro de igual calado en la década de los 80…

 

A comienzos de 1989, Leo Beenhakker, entonces técnico del Madrid, comenzó a prescindir de Martín Vázquez (consideraba que no arriesgaba lo suficiente en sus intervenciones) y de Butragueño, uno de los sanctasanctórum en el imaginario madridista. El punto álgido sucedió el 15 de marzo de ese año. Se jugaba el encuentro de vuelta de los cuartos de final de la Copa de Europa ante el PSV, vigente campeón europeo. La ida finalizó con empate a un tanto, con lo que se aventuraba el pase a las semifinales del torneo. Pues bien, ese día el técnico holandés decidió dejar en el banquillo al Buitre en el banquillo. Su sustituto fue Paco Llorente. En un primer momento se temió una lesión de última hora de la estrella blanca, pero la sorpresa fue verle en el banquillo a la hora de comenzar el encuentro. En aquellos tiempos, El Buitre era un ídolo de masas. Quizá el mayor deportista mediático del momento. Había despuntado en las categorías inferiores, debutado cinco años antes, en febrero de 1984 y dado nombre a una espléndida y formidable generación de jugadores forjados en la antigua Ciudad Deportiva del Madrid: La Quinta del Buitre. Su suplencia fue un terremoto a nivel nacional e internacional.

 

El Madrid ganaría la eliminatoria y el pase a las semifinales 2-1, con goles de Hugo Sánchez (de penalti), Romario (para los holandeses) y Martín Vázquez, en la prórroga. Pero la noticia estaba en la suplencia de Butragueño, que apenas jugaría cinco minutos en ese encuentro, tras solicitarlo los más de 100.000 espectadores que abarrotaban el estadio Santiago Bernabéu.

 

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En la rueda de prensa tras el encuentro y en los días posteriores se montaría el gran lío.

 

El propio Beenhakker se arrancó: “Lo único que puedo y debo decir es que Paco Llorente también es jugador de la plantilla”.

 

Pero, ¿cuál fue la razón de optar por Llorente y dejar en el banquillo a Butragueño?”, preguntaron al técnico holandés.

 

"El PSV busca la salida de balón con Koeman, Lerby (un magnífico centrocampista danés) y también por la banda derecha, con Gerets (fabuloso lateral derecho belga en la década de los 80). Sabía que también iban a presionar mucho en el centro de campo. Con la velocidad de Paco intentábamos tapar las subidas de Gerets y buscar, además, la espalda de la defensa holandesa. Debíamos cerrar sus armas en ataque”, replicó el holandés.

 

A primera vista, era una opción válida, pero no la esperada por la afición, jugadores y presidente madridistas.

 

Más contundente se mostró Butragueño. Buscado por la Prensa, se quejó: “Estoy contento por el equipo, pero triste por no haber jugado un partido tan importante. A lo largo de esta temporada me está pasando, pero este encuentro era diferente por su importancia. Los gritos del público para que me sacaran han sido muy agradables, pero no tapan mi disgusto”.

 

Días después de la tormenta, y cuando todo parecía calmarse, el propio Butragueño se desahogó en la Prensa: “El mismo miércoles, día del partido, le dije a Losada, mi compañero de Habitación que no iba a jugar. Momentos después me llamó Beenhakker, para en apenas 30 segundos, explicarme que no jugaba y que en mi posición lo iba a hacer Paco para tapar las subidas de Gerets… ¿Marcar yo al defensa? Lo mío es jugar al fútbol y no anular a nadie. El Madrid tiene jugadores muy ingeniosos a los que no se puede limitar…”.

 

El Buitre siguió dando explicaciones: “Es el primer partido europeo que me pierdo por decisión de un técnico. Queda claro que Beenhakker no confía excesivamente en mí…”.

 

Dos misiles teledirigidos al inquilino del banquillo madridista.

 

Pero Beenhakker no se mordió la lengua. Con un par de frases dejó claro quién mandaba: “El que toma las decisiones soy yo. Siempre trato de buscar lo que es mejor para el equipo, y en Copa de Europa lo que importa es pasar la eliminatoria. Y la pasamos”.

Beenhaker

La leyenda cuenta que también intervino el presidente, Ramón Mendoza. Un par de  días después llamó al entrenador. El diálogo fue más menos el siguiente:

 

(Mendoza:) Buenos días, Leo, enhorabuena por el pase, pero ¿sabe usted lo que ha hecho? 

 

(Beenhakker:) Buenos días, presidente. Sí. Hemos eliminado al campeón de Europa.

 

(Mendoza:) Sí, pero mire usted, Leo. Butragueño tiene 25 años, forma parte del patrimonio de este club, del Real Madrid. No sólo es un jugador carismático, sino un símbolo para muchos sectores de la afición. No destruya usted al símbolo. Trátelo usted con mucho cariño. Cuídelo bien y procure ponerlo lo más que pueda...

 

Quedaba todo dicho...

 

Leo Beenhakker abandonaría el Madrid ese mismo verano de 1989. Dejaba atrás tres Ligas consecutivas y una Copa. Butragueño se marcharía en 1995, con seis títulos de Ligas, dos Copas, dos Copas de la UEFA, tres Supercopas de España y una Copa de la Liga. Ramón Mendoza también se marcharía ese año: el 20 de noviembre de 1995 dimitiría como presidente de la Casa Blanca. Pero esa es otra historia…

 

Desafio canal plus- real madrid-barça

Con motivo de la celebración de una nueva edición del Clásico vamos a viajar hasta comienzos de la década de los 90. Concretamente hasta octubre de 1990. El 11 de dicho mes, en Barcelona, se presentó el llamado Desafío Canal+. ¿En qué consistía ese desafío? Pues ni más ni menos que una serie de encuentros amistosos entre el Real Madrid y el FC Barcelona, que se iban a desarrollar a lo largo de la temporada  1991-92 y que sería retransmitida única y exclusivamente por Canal +, la primera cadena de pago que hubo en España. Dicha cadena había pagado 275 millones de pesetas (actualmente serían casi dos millones de euros) a cada equipo por tres temporadas. Se medirían prácticamente todas las categorías de fútbol y baloncesto de ambas entidades: en fútbol, las primeras plantillas, más filiales, sub-19, infantiles y veteranos, mientras que en baloncesto se verían las caras las primeras plantillas, más los juveniles y los cadetes. El ganador en más categorías se llevaría un premio, denominado La Llave de Oro. 

 

Nos vamos a detener sólo en un encuentro: el que disputaron el 1 de mayo de 1991 las primeras plantillas madridista y azulgrana. El encuentro se celebra en el estadio Santiago Bernabéu y también se le puede considerar un partido-ensayo. Se va a jugar con una llamativa norma: únicamente se señalaría fuera de juego desde el medio del campo hasta la zona del área rival dejando libre toda la zona del interior del área. Se estiró la línea del área grande hasta que cortase con la línea de banda (ver imagen de abajo). Sólo hubo un jugdor que incurrió en esa posición antirreglamentaria: Paco Llorente... Además, los equipos pactaron hacer hasta tres sustituciones a lo largo del encuentro.

 

Barr

 

Sin embargo, a la hora de la verdad, el desafío amistoso quedaría tapado por dos grandes noticias del fútbol nacional. La más importante fue la destitución de Luis Suárez al frente de la Selección española. La otra fue las duras sanciones que la UEFA impuso al Barcelona, clasificado para disputar la final de la Recopa de Europa ante el Manchester United: Amor se perdería cinco encuentros (el máximo organismo consideró que el canterano azulgrana había agredido a Schillaci en las semifinales del torneo) y otro de sanción a Zubizarreta. A la hora de la verdad, Cruyff, molesto, ni siquiera se dignó a viajar hasta la capital española. Mandó a Rexach al frente de la delegación azulgrana.

 

Así, y bajo la dirección de Urizar Azpitarte (que había anunciado su retirada y fue elegido por los dos conjuntos para dirigir el encuentro), el Madrid alineó a Jaro; Chendo, Maqueda, Hierro, Tendillo; Milla (que debutaba con el Madrid en el Bernabéu tras haberse lesionado en la pretemporada) , Michel, Villarroya, Hagi; Butragueño y Aldana. Por su parte, el once del Barcelona estuvo conformado por Zubizarreta; Ferrer, Nando, Serna; Julio Alberto, Amor, Eusebio, Goikoetxea; Laudrup; Julio Salinas y Lopez Rekarte.

 

Lo que se preveía como un encuentro descafeínado pronto se acabaría. Tras unos primeros minutos de toma de contacto, el partido se acabaría en un abrir y cerrar de ojos. Liderados por un explosivo Hagi, los blancos arrasarían a sus rivales en tres minutos: en el minuto 16, un pase de Aldana a Butragueño se convierte en el primer tanto del encuentro al picar El Buitre al balón ante la salida de Zubizarreta. Un minuto después (min. 17), Hierro marca el segundo tanto al aprovechar un despeje del meta bilbaíno, y en el minuto 18, Villarroya establece el tercer tanto blanco, cruzando con un espléndido zurdazo el balón al fondo de las mallas. Los azulgrana recortarían por medio de Goikoetxea (minuto 31). Y ya no hubo más. Los azulgrana, pensando más en el final de Liga (marchaban líderes) y sobre todo en la final europea que tenían que jugar el 15 de mayo en Rotterdam ante el Manchester United, izaron bandera blanca. Posteriormente  se produjo el carrusel de cambios en uno y otro equipo: Esnáider, que debutaba con el Madrid, entraría tras el descanso por Aldana (min. 46), Aragón supliría a Milla (min. 56) y Llorente por Hagi (min. 77). Por los azulgrana entraron Soler por Nando (min. 46), Urbano por Laudrup (min. 60) y diez minutos más tarde el también canterano Maqueda entraría por Eusebio.

 

Al final del encuentro, alegrías para los blancos (Antic, técnico blanco: "Hubo espectáculo. Hemos jugado con velocidad, ritmo alto y al primer toque"), y enfado para los azulgrana (Rexach: "En la primera parte estuvimos muy mal, excesivamente relajados. Me sentí muy molesto con mis jugadores porque parecía que no les importaba nada el partido...").

 

En septiembre de ese mismo año se jugaría la vuelta. Pero esa es otra historia...

El verano de 2015 fue duro para Keylor Navas. Cuando la marcha de Casillas le abría las puertas de la titularidad del Real Madrid, al portero costarricense le fueron creciendo los enanos constantemente con los rumores diarios de la inminente llegada de David De Gea para suplir al meta mostoleño. Sin embargo, Keylor se aferró a sus tres grandes pilares: su trabajo (siempre en silencio, pero siempre dando un extra más en cada entrenamiento), su familia y su fe (otros le llamamos constancia y creencia en lo que hacía cada día en Valdebebas). Y gracias a eso fue consiguiendo labrarse un espíritu inmune a las críticas. Bien es cierto que el último segundo del último día del mercado de fichajes de verano estuvo a punto de saltar todo por los aires, pero en ese agosto de 2015 dejó patente sus cualidades en los diversos amistosos que disputó el conjunto blanco.

Uno de los más importantes tuvo lugar en el Allianz Arena. En ese majestuoso escenario muniqués, el tico realizó una soberana actuación en la final del torneo de la Audi Cup, a la que había acudido el Madrid, junto con el Milán italiano y el Tottenham inglés para participar. El otro invitado era el Bayern Múnich. El cuadrangular dispuso  que los madridistas se enfrentaban a los Spurs, mientras que los locales se midieron a los italianos. Tanto blancos como bávaros se clasificaron para jugar la final.

Rafa Benítez, entonces técnico blanco, alineó el siguiente once Keylor; Carvajal, Pepe, Ramos, Marcelo; Kroos, Casemiro; Lucas Vázquez, Isco, Cheryshev; y Jesé.

Pero los aplausos se los llevó Keylor. El meta demostró que estaba dispuesto a apurar todas sus oportunidades de ganarse una ficha en la plantilla madridista. Realizó siete paradas, a cada cual mejor, recordando al portero que había brillado sobremanera en el Mundial de Brasil apenas un año antes y que le había abierto las puertas del Bernabéu. Comenzó rechazando de puños un poderoso disparo de Alaba desde fuera del área. Poco después fue Müller el que intentó sorprenderle, sin suerte, con una peligrosa vaselina. Al filo del descanso, corrió de poste a poste para evitar un tanto de Götze: tras un pase de la muerte de Douglas Costa hacia el alemán, Keylor, tras tener que apartar a Müller, llegó rápidamente para rechazar el chut con la rodilla cuando el estadio ya cantaba el gol muniqués.

En la segunda parte siguió con la misma tónica: se anticipó para blocar un testarazo de Müller (le amargó la noche), pero lo mejor lo protagonizó en el minuto 78: voló para desviar a mano cambiada un disparo de Höjberg (abajo), levantando la admiración en los más de 60.000 espectadores presentes en el estadio. Apenas unos minutos más tarde, estuvo ávido de reflejos para desviar un disparo de Alaba, al saque de una falta, que encaraba el fondo de las redes.

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Sólo Lewandowski, a tres minutos del final, pudo abrir el muro tico: fue una falta sacada por Douglas Costa, que Ramos no acertó a despejar y el polaco remachó al fondo de las mallas. Fue su único error de aquella noche. Pero aún habría tiempo para más: ya en el descuento, de nuevo el brasileño Costa buscó sorprender al meta madridista: hizo una ruleta seguido de una maniobra, respondiendo Keylor con un gesto rápido y abajo para desbaratar dicha ocasión. A eso hay que sumar su seguridad por alto, bloqueando hasta cinco centros. Dio 20 pases bien, dos malos, recuperó tres balones y dio la sensación de que la portería del Madrid iba a estar en buenas manos tras la marcha de Iker Casillas, su inquilino desde 1999.

Fue la primera gran noche de Keylor Navas. La primera gran reivindicación de un portero que siempre estuvo bajo el atento escrutinio de la afición madridista. Hasta que comenzó a ganársela con actuaciones como aquella en el mes de agosto de 2015.

Para los más jóvenes el nombre de Sabino Barinaga no les llamará la atención. Ni sabrán quién era. Ni que hizo en el Madrid. Mucho menos que luego se convirtió en entrenador, con cierto éxito en diversos equipos de la Liga. Incluso llegó a ser seleccionador de Marruecos a comienzos de los 70. Pues bien, Sabino Barinaga fue el autor del primer gol que se anotó en el estadio Santiago Bernabéu, marcado en el partido inaugural que enfrentó el 14 de diciembre de 1947 al Real Madrid con el Os Belenenses portugués, y que concluyó con victoria madridista por 3-1.

 

Barinaga había nacido en Durango (Vizcaya) en 1922. Acude a San Mamés con asiduidad, para luego intentar copiar los movimientos de los delanteros que ve en acción. Con el estallido de la Guerra Civil, en 1936, es enviado a Inglaterra, a Southampton, junto con sus hermanos. Allí tiene sus primeros contactos con el fútbol. No se le da nada mal e incluso ingresa en las categorías inferiores de los Saints, donde deja su huella: marcó 62 goles en 13 partidos. A su regreso, el Athletic le hace una oferta formal para que forme parte de los Leones, pero sin embargo la rechaza y acepta una del Madrid, que le ofrece un sueldo de 60.000 pesetas anuales y un sueldo mensual de 6.000 pesetas. Todo un lujo para aquella época de postguerra.

 

Su debut con la camiseta blanca se produce el 28 de abril de 1940... en San Mamés. Es la primera visita de los blancos en Liga al estadio bilbaíno. Pero pese a adelantarse en el marcador por medio de Alonso, los rojiblancos le dan la vuelta al marcador para acabar ganando 3-1. Poco a poco se va ganando el respeto de compañeros y rivales, que le apodan El inglés de Durango. Sin embargo, ese no es aval suficiente, y la temporada 42-43 se marcha cedido al Valladolid. A su vuelta explotará todas sus virtudes. Es uno de los grandes protagonistas de la goleada en Copa del Madrid al Barcelona en junio de 1943: marca cuatro tantos (él siempre presumió de haber marcado seis, pero el colegiado le anuló dos). Y una de sus virtudes era la valentía...

 

El 18 de diciembre de 1945, el Madrid recibe al Atlético en un derbi capitalino. Es un partido clave. Los blancos se disputan la cabeza de la tabla con el Oviedo. Ambos están empatados a 16 puntos cuando faltan dos jornadas para que se llegue a la mitad del campeonato. Los oviedistas reciben al Sevilla, que marcha en tercer puesto, igualado a puntos, pero peor diferencia de goles. En definitiva, una fecha clave del campeonato. 

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En Madrid, los blancos comienzan el derbi intentando sorprender a sus rivales capitalinos con un juego rápido y vertiginoso. Elices abre el marcador a los 22 minutos aprovechando un fallo de Vidal, meta rojiblanco. Pero apenas cinco minutos después casi sobreviene la tragedia: Campos, ariete rojiblanco, dispara violentísimamente sobre Bañón, portero madridista. Éste se lanza a por el esférico, lo atrapa, pero Juncosa, que había corrido en busca de un posible rechace, alcanza al meta con una fuerte patada en la cabeza. Bañón queda conmocionado y es retirado urgentemente el vestuario para realizarle las primeras exploraciones y ser tratado. Con el balón parado y los jugadores en shock, es Barinaga quien recoge la camiseta del portero, se la pone, al igual que los guantes y da la orden para reanudar el partido (ver imagen de arriba). Y así está hasta que llega el descanso. Unos 20 minutos bajo palos en los que defendió bravamente el marco madridista. Tras el descanso, y con Bañón ya recuperado, Barinaga volvió a su puesto en el ataque. Participaría en la jugada del segundo tanto blanco, obra de Vidal con un remate cruzado. Los rojiblancos acortarían distancias por medio de Campos, con un buen remate de cabeza. Mientras en Oviedo, los locales y los sevillistas empatan 1-1. El Madrid se colocaba líder de la tabla con un solo punto de ventaja... en parte defendido por la valentía de Sabino Barinaga. El inglés de Durango.

 

“Diecinueve minutos. La internada de Gento. El pase atrás. Y lo clava Tejada”. La hoja del cuaderno acababa así. Eduardo Teus se echó la mano al pecho. Notó un fuerte dolor y cayó fulminado. Le había dado una fuerte angina de pecho mientras Justo Tejada había marcado el segundo tanto del Madrid en San Mamés. Corría octubre del año 1961, y Teus, uno de los grandes prohombres del Madrid en sus orígenes, había acudido al estadio bilbaíno para presenciar un choque de altura: Athletic-Real Madrid. Y allí, en un campo histórico fallecería. 

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Eduardo Teus había nacido en Manila, Filipinas, aunque regresó a España siendo un crío. De la Península partió a Inglaterra, a donde acudió a estudiar. Allí le picó el gusanillo de un nuevo deporte, el football, que arrasaba entre la población. A su regreso, con 17 años, y establecido en la capital, ingresó en las categorías inferiores del Madrid Football Club. Era 1913. Empezó jugando como delantero y en el medio. Era atrevido, osado, pero tenía un punto débil, era muy espigado. Hasta que llegó a la portería. Ahí, su punto de locura (o de atrevimiento) le elevó hasta el primer equipo. De él dicen las primeras crónicas que fue el primer portero que jugó fuera del área, que no volvía la cara a los delanteros rivales y que eso le llevó a sufrir numerosas lesiones. Compartió equipo con ilustres madridistas como el mismo Bernabéu (“Como jugador fue de los de acción lenta, a lo Olsen. Y también como éste de duro disparo. Amartillaba los goles. Su fútbol fue siempre positivo y práctico”, escribió de él), los hermanos Petit, Machimbarrena, Eulogio Aranguren, Castell, Múgica…

 

Sus tres años en el primer equipo fueron de una intensidad inusitada. En su primera campaña, el equipo se clasifico para jugar la final de Copa, que perdió ante el Athletic en Barcelona (4-0). El motivo fue que en las semifinales los blancos habían eliminado a los azulgrana en una serie de cuatro partidos que fueron cuatro batallas incomparables. Al año siguiente, de nuevo el equipo blanco se volvió a clasificar para volver a jugar la final de Copa. Esta vez, el rival fue el Arenas. Y ahí sí. Ganó el Madrid. Por la mínima (2-1) y tras dos encuentros, con una extraordinaria actuación de Teus. La final se celebró en la Ciudad Condal, curiosamente gracias también a Teus: en semifinales, los blancos eliminaron al España, que era de Barcelona. La directiva madridista, recordando los incidentes del año anterior, quiso llevarse la final a Vigo. Pero los jugadores se negaron, decidieron jugar en la Ciudad Condal alegando una mejor adaptación al campo… y de esa manera, provocar más desgaste en los rivales, e impusieron su criterio. Además, Teus redactó un manifiesto del equipo madridista dirigido a la afición catalana y eso apaciguó los aires. También jugaría la final en 1918, pero no tendría éxito… y vería su punto y final como jugador: una lesión le acabaría retirando, que no apartando, del fútbol. Tenía 22 años.

 

A su retirada se convirtió en crítico futbolístico. Trabajó para medios como El Imparcial, El Sol, La Voz de Madrid… Incluso en la radio: en Radio Nacional de España. Sería tras la Guerra Civil cuando se convertiría en seleccionador nacional. Su labor fue recomponer una selección rota, encontrar jugadores que fuesen capaces de renovar el equipo. Como seleccionador estuvo seis encuentros: tres victorias (Portugal, 5-1; Suiza, 3-2 y Francia, 4-0), dos empates (Portugal, 2-2 y Alemania, 1-1), y una derrota, ante Italia por 4-0. Ese fue su certificado de defunción como máximo responsable técnico de la Selección. Eso sí, hizo debutar a 27 jugadores... "Soy el único español que puede presumir de haber visto todos los partidos de la Selección", solía decir.

 

Tras su periplo como seleccionador, Teus volvió a su labor de cronista deportivo. Lo hizo a través del diario YA. Y fue así, el 8 de octubre de 1961, justo cuando Tejada había marcado el segundo tanto para los blancos cuando su lápiz se paró tras escribir el apellido del goleador. Un médico que estaba a su lado intentó reanimarle. Junto con otros periodistas le trasladaron a la enfermería. Pero no hubo solución. Eduardo Teus moría en el antiguo estadio de San Mamés viendo ganar a su Real Madrid.

 

"¡Qué mala suerte ha tenido Puskas!". Aseguran que esas fueron sus últimas palabras.  

50 horas en Nápoles

“San Paolo será un infierno”. La sentencia, pronunciada por Sarri, técnico del Nápoles el pasado 15 de febrero pasadas las 23:30 horas, sonaron como un duro presagio de lo que le esperaba al Madrid en el encuentro de vuelta en el vetusto estadio napolitano. Pues le esperaba algo parecido a lo que le sucedió a los jugadores madridistas que acudieron en septiembre de 1987 para dilucidar la primera ronda de la Copa de Europa de aquella edición. En aquel entonces no fue el entrenador partenopeo quien arengó a sus masas azzurri. Fue el propio Maradona, santo y seña de los napolitanos, quien lanzó su arenga, más o menos parecida a la de Sarri. “San Paolo arderá”, dijo el Pibe de Oro, mitad amenaza, mitad aviso. Como en esta ocasión, los del Sur de Italia necesitaban remontar dos goles de desventaja y apelaban a la fuerza de sus tiffosi para poder achicar a los blancos en el terreno de juego. Un gol de Francini a los 9 minutos de partido encendió aún más la caldera, pero un pase de Hugo Sánchez fue sutilmente cruzado por Butragueño al fondo de las redes italianas. El incendio se apagó.

 

Pero las horas desde la llegada a Nápoles hasta el final del encuentro sí se pueden considerar un infierno.

 

En aquella ocasión, los madridistas llegaron con dos días de ventaja a Nápoles. El domingo, un día antes, los napolitanos habían jugado su encuentro ante el Pisa. Un encuentro plagado de polémicas y de incidentes: Renica fue alcanzado por un objeto lanzado desde la grada, provocando las quejas de jugadores y aficionados napolitanos que veían una conspiración entre UEFA y la FIGC (Federación italiana) para alejarles de los puestos de cabeza de la tabla italiana y eliminarles de la Copa de Europa. Así, el momento en el que el avión que trasladaba a la afición madridista tomaba tierra en el aeropuerto de Capodichino. Allí mismo, en las pistas, bajo un sofocante calor, una nube de periodistas, policías y empleados del mismo aeropuerto, desafiando las más elementales normas de seguridad. Fueron éstos últimos los que empezaron a provocar a los miembros de la expedición blanca: gritos, insultos, trato vejatorio… Lo peor llegó a la hora de subir al autobús. Pese a estar fuertemente custodiados por la Policía, algunos jugadores fueron zarandeados cuando se subían al autobús. Además, un par de centenares de tiffosi les persiguieron unos cuantos centenares de metros arrojando escupitajos, bolsas de basura, naranjas, chorros de agua (o de otra cosa). Incluso alguna que otra botella surcó los cielos rumbo al autocar. Ya en el hotel, situado a unos 30 kilómetros de la ciudad, los seguidores napolitanos estuvieron toda la noche haciendo sonar las bocinas de sus coches y montando una jarana importante con el fin de conseguir que los blancos no descansasen en ningún momento. Llegaron hasta tirar tracas y petardos en su afán porque su equipo lograse la remontada. El más flemático con la situación fue el presidente Ramón Mendoza: “Sólo faltó que nos recibieran con la VI Flota”, explicaba la mañana del encuentro. “Ahora ya en serio, esto es un atentado deportivo. Si me apuran mucho más grave que tirar una botella”. Años más tarde, el propio Mendoza comentaría que este encuentro fue horrible. “El camino a San Paolo fue tremebundo. Nos tiraban de todo. Nos estaban esperando en la carretera y la llegada al estadio fue de las peores que he vivido en tantos años. Nunca vi tanta hostilidad desaforada, tanta garrulez y tantas amenazas por metro cúbico de babas en una boca”. Así fue. Un rosario de insultos y de gestos obscenos acompañaban el recorrido del autobús. Lanzamiento de naranjas, bolsas de basuras, papeles… de vez en cuando y pese a la escolta de los carabinieri (algún jugador los acabó llamando “Carabi… que te vi”), alguna moto se acercaba para pegar una patada en el bajo del autocar. Todo servía para amedrentar al rival.

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Era tal la tensión, palpable y miedo latente, que en un primer momento, el club devolvió todas las entradas que había solicitado para ese encuentro, más de 300 a 9.000 pesetas de la época (más de 60 euros en la actualidad): el club napolitano no había guardado un lugar específico para los seguidores blancos, que si querían ver el encuentro, tenían que verlo rodeados de tiffosi, divididos unos de otros y en una zona donde sólo podían estar de pie. Al final, y tras arduas negociaciones, unos cuantos valientes decidieron adentrarse en San Paolo para ver el encuentro. Estuvieron rodeados por un fuerte dispositivo policial que impidió cualquier problema cuando Butragueño establecía el empate con el que acabaría el encuentro.

 

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Curiosamente, apenas diez minutos tras acabar el partido, los alrededores de San Paolo estaban desiertos. El gol del Buitre sofocó un incendio que había durado algo más de 50 horas.

Estos días repasando los partidos disputados entre el Madrid y Las Palmas, me recordó un encuentro que disputaron ambos equipos en… el José Rico Pérez de Alicante. Sí, a 420 kilómetros de la capital española, del Bernabéu concretamente, que era donde se tenía que haber disputado. El choque se jugó el 12 de diciembre de 1982, domingo. Comenzó a las 16:45 horas (para que ambos conjuntos pudiesen regresar a sus respectivos puntos de origen lo más rápido posible), y acabó con un solitario tanto de Camacho.

 

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Todo comenzó en noviembre. El 28 de ese mes se disputó el Clásico del fútbol español. El Madrid recibía al Barcelona en una situación ventajosa para los blancos: estaban invictos después de 12 jornadas, y le sacaba cuatro puntos a los azulgrana (por entonces se otorgaban dos puntos por cada victoria). Estos se habían reforzado en la pretemporada fichando a Maradona, que se reunía así con Schuster, juntando quizá la pareja más talentosa de extranjeros de principios de la década de los 80. Por su parte, los blancos contaban con un estandarte en el banquillo: Alfredo Di Stéfano. Pues bien, el 28 de noviembre, blancos y azulgrana se enfrentaban en el Bernabéu… rodeados de cierto halo de polémica. Por una parte, en la Ciudad Condal se comentaban las diferencias entre los dos ases con el técnico, el alemán Udo Lattek. Aparte, empezaban otros rumores que apuntaban a escándalos mayores. En Madrid, mientras, el escándalo apuntaba a Juanito.

 

Pues bien, esa misma semana, el entonces presidente azulgrana, Josep Lluis Núñez, se reunió con la prensa de la Ciudad Condal. Una toma de contacto antes del gran combate. Todo transcurría de manera correcta, hasta que al bueno de Núñez se le cruzaron los cables. Soltó una bomba: “¿Qué dirían de nosotros si tuviéramos un jugador que va embarazando mujeres por las esquinas, como tiene otro equipo?”. Fue la espita que encendió la mecha. A la hora del partido, los ultras blancos se inventaron un estribillo contra el presidente: “¡Núñez, cabrito, tu hijo es de Juanito!”.

 

El partido fue horroroso para los intereses madridistas. Ganó el Barça 0-2, con goles de Esteban (minuto 14) y Quini (minuto 86). Pero antes se habían sucedido varias jugadas conflictivas: García de Loza, el colegiado del encuentro, no quiso señalar un claro penalti a Isidro en el minuto 7. Además, en la segunda parte expulsó a Bonet y Metgod, dos zagueros madridistas. Al término del encuentro, una lluvia de almohadillas cae sobre el campo. Tras el encuentro, el árbitro explica sus decisiones: “No ha sido penalti. Si en la televisión se ve que ha sido penalti, me corto la cabeza”. Y… Sí. La televisión demostró que Gerardo derribaba a Isidro en el área azulgrana. García de Loza intentó rectificar diciendo que no podía pitar un penalti tan temprano en un encuentro tan importante. Le cayeron tres meses sin pitar partido alguno. El Madrid pagó otro alto precio: una fuerte multa económica y el cierre del Bernabéu por un partido: precisamente el que tenía que jugar ante Las Palmas el 12 de diciembre. Para ello, una delegación madridista viajó a la capital alicantina una semana antes. Se reunieron con los dirigentes herculanos y con la directiva del Elche. ¿Por qué? Porque el conjunto ilicitano, que militaba en Segunda División, también jugaba ese fin de semana en su estadio. Para no perjudicarles, los blancos se comprometieron a pagar una cantidad de dinero. El Elche aceptó trasladar su encuentro a la mañana dominical, liberando el encuentro entre madridistas y canarios.

 

Y para allá que se fueron los dos equipos. El Madrid viajó el jueves 9, a las 16:25. Se alojó a las afueras de Alicante. Di Stéfano quería aislar a sus jugadores y, además, para efectuar algunos entrenamientos en el terreno de juego con el fin de que los jugadores se familiarizasen con el estado del terreno de juego.

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Pero más en masa fue el desplazamiento de los socios madridistas. Más de 10.000 repartidos entre autobuses y coches particulares llegaron a la ciudad mediterránea. En total dejaron casi 15 millones (alrededor de 90.000 euros) de las antiguas pesetas en taquillas. Por el Madrid jugaron: Agustín, Juan José, Bonet, Metgod, Camacho; Stielike, Acosta (un uruguayo que debutaba como madridista, y que fue sustituido por Fraile en el minuto 63), Ángel; Juanito, Santillana e Isidro. Por Las Palmas actuaron: Manolo; Mayé, Roque, Felipe, Estévez; Félix, Fortunato (Farias, minuto 65), Benito, Martínez; Julio I y Juani. El partido fue más aburrido que otra cosa. Los de Di Stéfano ganaron por la mínima con un tanto de Camacho, un disparo desde fuera del área que sorprendió a Manolo. La excursión blanca no dio para mucho más. Pero para los seguidores azulgrana fue la constatación de que el Barcelona, a través de Núñez, comenzaba a mandar más que Luis de Carlos en la Federación…

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¿Maradona en el Madrid?

Esta semana volvió la Champions. La Copa de Europa en su nuevo formato. De los cuatro encuentros celebrados uno destacó por encima de todos: el Real Madrid-Nápoles. Por la categoría de los dos equipos y por un hombre (o nombre) por encima de todas las cosas: Diego Armando Maradona. El mejor jugador del mundo en la década de los 80. Podrá gustar más. Podrá gustar menos. Pero para la historia futbolística quedan dos escenas míticas, legendarias: los dos goles que logró ante Inglaterra en el Mundial de México-86. El miércoles 15 de febrero, Maradona se sentaba en el Palco de Honor del Santiago Bernabéu en calidad de invitado. El Pelusa, que fue jugador del conjunto partenopeo desde 1984 hasta 1992, año en que se mudó a Sevilla, convirtió a un modesto equipo del sur de Italia en un equipo que miraba a los ojos a los poderosos del norte del país transalpino: les arrebató dos Ligas, una Copa y una Supercopa italiana. Además, ganó una Copa de la UEFA (1988-1989). Por esos títulos ahora es considerado un dios para los napolitanos.

 

Esa historia pudo haber sido muy diferente.

 

El Madrid estuvo a punto de ficharle dos veces. Sí. El Madrid. La entidad que le ha recibido con los brazos abiertos durante tres días.

 

Pero no pudo llevarlo a cabo.

 

La primera de esas ocasiones fue mediados los 80. El jugador quería salir del Barcelona a toda costa. Pero claro. El jugador, que siempre estuvo en la órbita madridista, sabía que eso era inviable. ¿Cómo iba a consentir Josep Lluis Núñez su venta al mayor de los enemigos/rivales del Barcelona? El Pelusa quería salir por lo civil o por lo criminal de la Ciudad Condal. Se consideraba traicionado por Núñez. Por ejemplo, en la temporada 82-83, a escasos días de disputar la final de la Copa del Rey, el president le impidió tanto a él como a Schuster participar en un partido homenaje a Breitner en tierras alemanas. Su respuesta fue ir estrellando trofeos contra el suelo. En esa ocasión, el Nápoles se metió por medio y se llevó al jugador. Fue el tema económico el que apartó a los blancos.

 

Años después, en septiembre de 1987, Madrid y Nápoles disputaron una eliminatoria de la Copa de Europa. Fue una eliminatoria curiosa: el primer encuentro se disputó a puerta cerrada como consecuencia de una sanción de la UEFA al conjunto blanco por los incidentes acaecidos en la primavera de ese año ante el Bayern de Múnich. El Bernabéu en silencio (relativo: hubo unas 200 personas entre invitados, gente del club, visitantes…). Todo lo contrario que enItalia, donde bajo un clima hostil los blancos superaron a los azzurri.

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Pero hubo una segunda intentona de cambiar la playa italiana por la costa Castellana. Fue a comienzos de los 90. Maradona, consciente de que su futuro azzurri ya estaba más que amortizado, quería buscar nuevas aventuras futbolísticas. Por aquel entonces, en España, el Barcelona había ganado la primera Liga de Cruyff (1990-91) con un juego vertical, directo, rápido y efectivo. El Madrid, por su parte, había modificado parte de su plantilla: se habían marchado jugadores como Martín Vázquez, Schuster, Ruggeri, entre otros, y los recambios no dieron el nivel esperado. Ramón Mendoza, presidente del club de Concha Espina, quería dar un golpe de timón. Pero tenía un gran problema: la falta de liquidez para llevar a cabo esas grandes empresas. Intentó ilusionar a la afición con nombres como Sacchi y Savicevic, pero se difuminaron en cuestión de horas: no había dinero.

 

Así las cosas, Maradona vino a ver a Madrid para reunirse con Mendoza. Acompañados por Valdano, estuvo un par de veces en la casa del dirigente blanco. En la primera, Mendoza le recibió enfermo (tenía gripe) pero estuvieron hablando toda la tarde. A Mendoza le constaba la gran influencia que tenía Valdano sobre El Pelusa, y por eso el hecho de que los dos estuvieran en su casa significaba que Maradona quería venir al Real Madrid a toda costa. A partir de entonces su relación se estrecharía de tal manera que Maradona acabó apodando Gardel al presidente blanco, e incluso le invitó a su boda en Buenos Aires. En esta segunda ocasión, y al igual que en la primera, el factor económico fue determinante para que no se pudiese llevar a cabo el fichaje. Pero en este caso, Mendoza siempre se lamentó de no haber forzado más la maquinaria merengue. A Maradona le quedó el consuelo de una frase que dijo en 1986: “Lo único que me queda es vestir la blanca”.

 

Sin embargo, esa temporada (1992-93), Maradona jugó en el Sevilla. El argentino deleitó en el encuentro disputado en el Sánchez Pizjuán, celebrado en diciembre. Fue su mejor encuentro con la elástica sevillista, que se impuso 2-0 (goles de Suker y Marcos). Pero en mayo fue otra historia. Los blancos golearon a los hispalenses con un concluyente 5-0 (tres de Zamorano, uno de Míchel y otro de Hierro). Pero siempre quedó en la memoria que pudo haber sido si Maradona hubiese firmado por la entidad madridista.

 

Y ahora fríamente piensen. ¿Qué hubiese pasado con Maradona en el Madrid?