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Mr. Pentland

Mr. Pentland

Míster Pentland fue justo lo que la mayoría llevamos dentro: un entrenador. El precursor y más innovador. Este rincón tratará de su gremio. De los inicios, las trayectorias y las anécdotas de sus sucesores. Modestos y profesionales. Españoles y foráneos. De club o seleccionadores. Bienvenido. Pase y tome asiento. Aquí tiene su banquillo.

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26/05/2017

Por Alfredo Matilla

La mano que despide a Luis Enrique

Hoy es el último partido de Luis Enrique como entrenador del Barça. Y cuando acabe la final de Copa llegará el momento de los balances. El mío no necesita esperar más. No lo cambiará una estrepitosa derrota ante el Alavés o una gran goleada culé que maquille la temporada: como fotocopia a su época de jugador, el Luis Enrique persona ha sido bastante peor que el Luis Enrique entrenador. Ganar ocho títulos (o nueve este sábado) en tres años debería ser suficiente para que Suárez le hubiera cogido ya por la pechera con el objetivo de convencerle para seguir. También ha habido tiempo para que el aficionado intentara hacerle recapacitar con sus cánticos de apoyo desde el minuto uno al noventa. Y también ha habido miles de páginas por rellenar desde su renuncia para que los medios hubieran sido tan depresivos en su análisis como cuando decidió irse Guardiola. O como cuando echaron a Ancelotti. Nada de eso ha sucedido ni esperen que suceda ya. Por algo será. El único adiós doloroso en unas horas será el del Calderón.

El vestuario jamás dejó de sonreír, no ha amagado con huelgas de hambre ni ha hecho un manifiesto a su favor. No hubo ni rastro del “¡míster, quédate!” en la grada. Y son mayoría los resoplidos de alivio entre los miembros de la prensa. Si el día que Pep decidió irse había depresión (tanta que ese mismo día se anunció al nuevo entrenador con él presente); ahora percibo más bien descanso y expectación. Como ocurrió con Mourinho (siendo éste mucho peor aún) casi nadie va echar de menos al asturiano. Los malos modos, los continuos careos y las dictatoriales directrices, tan sobrevaloradas y justificadas a veces, han pasado de moda. Sólo Messi le convenció un día de que domara su soberbia tras una crisis iniciada en Anoeta. Normal. Tras Tito, Roura o Martino no estaba este vestuario, con todo lo que ha pasado, para lidiar tensiones por cualquier cosa a diario. Con los modales de Del Bosque España fue campeona de todo. Y con Zidane se está tiñendo el presente de blanco. Por eso la llegada de Valverde podría tener tanto que ver con lo que sabe como con lo que templa.

 

 

Luis Enrique volvió a salirse del carril en la previa de esta final de Copa con una rueda de prensa de esas que sólo le hacen gracia a él. Sin embargo, el gesto del día no lo protagonizó sentado ante el paredón de periodistas. Fue a solas, con un currante de Telecinco en una de esas entrevistas personalizadas que sólo concede por compromiso con la televisión que tiene los derechos. El vídeo, aquí adjunto, no tiene desperdicio. Échenle un ojo y rían o lloren, como sientan y deseen. David Ibáñez, al cual no conozco pero respeto enormemente en la profesión, le estaba esperando para comenzar su retahíla de preguntas. En un tic futbolero de confianza, como también hizo con Piqué, esperó al entrenador con la mano extendida esperando que Luis Enrique le chocara los cinco antes de empezar. Error. No por el atrevimiento o la frescura, sino por la postura y la orientación de esa mano amigable. En vez de ir a lo seguro e intentar estrecharla protocolariamente como la darías al suegro, a un banquero o en un entierro (esto era otro marrón), el periodista eligió equivocadamente una versión de saludo más común entre colegas. Luis Enrique se pispó y fue ahí cuando decidió matarlo como venganza al gremio. Pudo no dársela sin más. Cada uno decide con quién tiene confianzas. Pero no. Decidió explayarse y convertir una anécdota en una humillación. Esos son los duelos en los que se siente fuerte. Primero lanzó una mirada de desprecio a la mano floja, luego con un rictus serio se dirigió a los ojos del redactor, como diciendo ‘¿adónde vas?’, y al final lanzó una risita a modo de puntilla que confirmaba que había vuelto a ganar.

Desconozco si el periodista y el entrenador eran o son amigos o no. Si se deben algo o si ha habido entre ellos alguna tensión no conocida. Tampoco sé si después de este episodio viral se han llamado o hermanado. O ni siquiera si alguno de los dos ha dado o dará otra versión. No pienso contrastarlo porque esto no es una información, sino una opinión. La imagen queda. Duele pese a que para alguno sea inofensiva. Puesto en la piel de David Ibáñez siento frustración. Lamentablemente cada día hay más dificultades y desprecio dentro del fútbol a este digno y hermoso trabajo, cuando los que piden respeto a diario y ayuda no han mostrado ni una gota de compresión en sentido contrario, pese a ver nuestras dificultades (puta precariedad laboral). Se han aprovechado de la coyuntura para cerrar las puertas y cortar el grifo a ver si con suerte nadie les molesta más. En la piel de Luis Enrique, aun entiendo menos la escena. Qué tendrá contra el mundo en general y contra tantos reporteros en particular para llegar a pasar por un barriobajero cuando en su privilegiado puesto sólo estaría permitido sonreír. No se comprende. Sobre todo viniendo de él, que tras 17 años jurando en arameo por un codazo traicionero de Tassotti en Boston, verdugo de las ilusiones mundialistas de un país entero, se abrazó a él un 29 de octubre de 2011 en un Roma-Milán regalando un sano signo de perdón. Quizás sea ésta la moraleja que confirma que Luis Enrique primero actúa y luego piensa, y que cuando pase el tiempo se dará cuenta de que es más fácil ser buen tío que un gran entrenador. Y que, además, se puede ser ambas cosas y él está desaprovechando la oportunidad al montar este circo.

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20/05/2017

Por Alfredo Matilla

Segundo no es lo mismo que segundón

Hay quien ha nacido para mandar y nunca ha recibido órdenes. Hay quien se siente cómodo sin dirigir y reza por no tener que hacerlo jamás. Los hay que han llegado a lo más alto desde lo más bajo como camino natural y celebran que la vida les sonríe. Y hay quienes han recorrido el sendero inverso por los avatares de la vida y les cuesta un mundo adaptarse a lo que ya creían olvidado. Estos son, grosso modo, los prototipos de trabajador más comunes que nos rodean a diario. Ninguno es mejor que otro. Si acaso, van por ahí algo más trajeados. Y estas son también las principales clases de entrenadores que a menudo vemos en los banquillos de élite. Se demuestra, una vez más, que el fútbol no es más que un espejo de la vida.
 
Guardiola, por citar a uno de los más mediáticos, pertenece a la estirpe de técnicos que llegaron a lo más alto sin hornearse al lado de un experto. Hay galones que, como las verrugas, vienen de nacimiento. Rubén Uría, inseparable ayudante de Marcelino que le arropará ahora en Mestalla, lideraría el grupito de los que son felices en el anonimato. Emery es uno de los mejores ejemplos de los que han pasado de los campos de tierra a levantar títulos sin prisa, pero sin pausa, en continua ascensión. Y Schuster, por recurrir a alguno de los que se esperase mucho, estaría entre los que han descendido de repente sin frenos: del estrés de ganar una Liga al retiro de competir en torneos benéficos de golf.

Muñizbuena

La mayoría de entrenadores primero fueron ayudantes. Zidane (acaricia el doblete), Escribá (renovado) y Pellegrino (finalista de Copa) lucen en nuestra Liga y viven días más felices incluso que los que fueron sus profesores (Ancelotti, Quique Sánchez Flores y Benítez). Pero a la mayoría de ayudantes es difícil haberles visto antes como primeros espadas. Lillo es de esas humildes excepciones que se han ganado volver un día a la primera línea de parrilla. Hay que valer para dar un paso atrás, como ha hecho él, por muy buena fama que se tenga, para ser segundo después de haber entrenado a diez equipos. El día que vuelva a volar sin Sampaoli, como está a punto de hacer, habrá dado una vuelta de tuerca más al ciclo vital de los técnicos, demostrando que sólo sobreviven los que mejor se adaptan al medio. En España ya tenemos a un entrenador que puede dar un Máster sobre el fenómeno: Juan Ramón López Muñiz.
 
El asturiano (1968) se formó a la orilla de Juande Ramos hace tres lustros. Maduró en solitario sin él, cumpliendo siempre los objetivos, porque es ideal para ascender y porque es el mejor para atar la permanencia. Volvió a su lado para vivir otra aventura en Ucrania y hace unos años decidió emprender definitivamente solo su camino para reforzar la estabilidad del Alcorcón y para poner ahora al Levante en Primera como sólido campeón. Sobrándole, además, puntos y jornadas. En Santander, donde debutó en la UEFA en 2009, aún se acordarán de haberle crucificado por el pecado capital de haber dejado al equipo 12º en Primera cuando ahora lucha en 2ªB... Su cotización se ha disparado. Como su formación. En el Dnipro gustaba tanto a sus dirigentes que acabó siendo segundo por las mañanas y director deportivo por las tardes. He aquí, a mi juicio y con permiso de otros técnicos ejemplares como Garitano o con más foco como Zidane y Míchel, al verdadero técnico de las últimas semanas. No todos los días surge una esperanza para los que viven en la sombra y una amenaza para los que residen en la cima. 

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11/04/2017

Por Alfredo Matilla

Bicho raro

Por suerte he jugado mucho al fútbol. Y por desgracia he vivido demasiados capítulos violentos por la poca educación de unos pocos en los partidos de chavales. Estos días, con los bochornos de Alaró, Andorra y Laredo, he recuperado imágenes que creía olvidadas de salvajes que, no lo olviden ni señalen a este deporte, se comportan igual en la plaza que en la grada. Recordé padres insultando al colegiado, padres despotricando del entrenador por sentar a su figura o al compañero de su hijo por no pasarla, padres increpando al rival y padres enzarzados con otros aficionados. Padres, muchos de ellos, que siempre faltaban a las reuniones con los profesores, pero que pedían el día libre en el trabajo para no faltar a las pachangas de sus críos.

Mi peor día entre violentos lo viví con solo diez años. La impresión de niño siempre se graba. Mi equipo jugaba un derbi en el pueblo de al lado. El resultado se puso pronto a favor, por lo que una minoría de padres rivales comenzó a calentar el ambiente para medrar, favorecidos porque nuestra familiar afición no se había desplazado. Los improperios más graves fueron los del alcalde y los peores iban dirigidos hacia mí. El partido era una guerra más ardiente fuera que dentro, hasta que mi padre, nada asiduo a mis partidos y noble cuando él jugaba, alzó la voz: “Vámonos de aquí”. El regreso a su lugar de nacimiento le estaba doliendo. Sin embargo, la amenaza de parar el balón y quitarles el juguete a un par de bárbaros enfrió a todos. El partido acabó y, tras volver todo a su cauce, el alcalde, un cuatro por cuatro, esperó a mi padre, un dos por dos. Un cruce rápido de insultos después, ya en privado, volvimos a casa. El “te voy a arrancar la cabeza” de mi padre, que pensaba que yo no miraba, me impactó.

Peleabuenabuena

Jamás se lo he preguntado, pero desde entonces mi padre desconectó de mis partidos. Mientras los de mis compañeros, en los primeros torneos de niños o en los competitivos encuentros de adulto, jaleaban cerca de los banquillos, casi todos con exquisita educación y soportando alguna excepción, él dejó de ir al fútbol. Sólo regresó cuando un entrenador le avisó de que en casa tenía un proyecto interesante de mediocentro. Mi madre, mientras, se quedaba en casa rezando, quizás creyendo que mi vida era tan arriesgada como la de un torero. Desde entonces, mi padre acudía con el periódico en la mano sin hacer ruido y se ubicaba en el córner más lejano al gentío. Más de una vez escuché, "el padre de Matilla es un bicho raro". Seguramente tenían razón. A diferencia de lo que veo ahora con padres que quieren resarcir con sus hijos fracasos de juventud, jamás se dirigió a mí en un campo, ni al rival ni al entrenador. Sólo me pedía que me divirtiera y estudiara. Cuando un técnico le sugirió ¡con 12 años! que tenía más culo que James, ese día cené pizza en casa. Y cuando el Albacete me animó a estudiar, celebró mi vuelta a casa como si hubiera marcado en una final de Champions.

Mi padre no es un ejemplo de nada, aunque para mí lo sea de todo, pero he confirmado ahora que lo que un crío ve, lo suele imitar. La educación lo es todo y el único camino para encontrar una solución a la lacra que está de moda. Por eso yo, que aún no soy padre, espero poder ir pronto a ver a mi hijo o a mi hija y plasmar lo que he mamado. Si elige tocar el piano, perfecto. Si prefiere el teatro, adelante. Pero si le da por el fútbol por continuar una saga, ya tengo claro lo que intentaré: ser un bicho raro. Acudiré al campo con mi AS en la mano (que no Ipad), me sentaré en la esquina para ver el partido con una incurable envidia y centraré toda la energía en dar respuesta a una pregunta que siempre me hago: por qué las manos están obligadas a trabajar hasta los 67 años y a los pies sólo les dan cuerda, como mucho, hasta los 40.

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21/02/2017

Por Alfredo Matilla

La charla de Luis Enrique

El mundo de la psicología en el deporte siempre me ha fascinado. Sobre todo en el fútbol, que es la disciplina que más he mamado. Con Benito Floro ese interés inicial se acentuó, con esa terapia tan particular entre profesionales que ya había dejado huella en la cantera del Albacete. Correr y estirar al terminar los partidos siempre fue, tras su paso por allí, una norma que nadie se ha saltado. Como la devoción por el estudio y la estrategia. Sus más cercanos llegaron incluso a confirmar, cuando dejó el Bernabéu tras aquella inolvidable bronca en Lleida, otros innovadores métodos hasta entonces desconocidos: el técnico llegaba a hacerles chupar un limón a Butragueño y compañía para demostrar lo amarga que sabía la derrota.

Desde entonces, la psicología más casera o científica se ha ido incorporando en los clubes sin frenos y con una gran progresión. No sin críticas, tabúes y cientos de escépticos. Con Chema Buceta, guía de López Caro en el Madrid hasta en las ruedas de prensa, hubo mil bromas. Para mí se abría un mundo respetable y apasionante, hasta el punto de que ahora no puedo quitarle el ojo a un Máster de Psicología Aplicada al Deporte. Ando obsesionado haciéndome preguntas. ¿Qué pensaron los jugadores del Nápoles tras la arenga post-comilona de Maradona antes de saltar al Bernabéu? ¿Cómo contiene Zidane la euforia? ¿Por dónde empieza Voro sus sermones con la que está cayendo en Mestalla? ¿Qué cojones hace Simeone para que su tropa no se desplome? ¿Qué le pudo decir Luis Enrique al Tridente tras el 4-0 de París y cómo introducirá con el paso de los días la palabra remontada? Pagaría por ver todas estas charlas.

Me inquieta, me importa y me motiva. Sin haber sido profesional y quedarme en el casi (cobrar lo justo para malvivir) he visto de todo. Tuve entrenadores que sólo encontraban la motivación echándose las manos al paquete. Otros daban puñetazos en la pizarra. Alguno más se ponía tan nervioso que daba alineaciones con diez o doce jugadores. Otros delegaban por incompetencia y daban paso al presidente para que recordara, palillo en la boca incluido, que o se ganaba o allí nadie cobraba. “El dinero no me cae por un bujero. ¡O ganáis o veros de aquí!”, decía. Casi nunca funcionan esos discursos improvisados. Está claro que la mayoría de veces el futbolista va a lo suyo, no atiende, lo hace con intermitencias en el mejor de los casos o simplemente se descojona. Tiene que ser difícil para un entrenador ponerse delante de 22 profesionales con la vida resuelta y el egoísmo intacto, enseñarles algo, ayudarles a encontrar el camino, motivarles  o al menos lograr que comprendan algo que antes no sabían o que habían confundido.

Ahora se lleva de todo. Hay mucho autodidacta. Aragonés fue el precursor. Lo más común era, y sigue siendo, aislar a los equipos en un hotel donde fomentar la convivencia. Simeone ha tirado de ejemplos motivacionales como el de Irene Villa para fortalecer el carácter. Y en Santander, hasta Revilla llegó a darle charlas al Racing antes de jugarse el descenso. Otros entrenadores, por contra, dan pocas pinceladas y dejan que sean los futbolistas los que recapaciten en casa. Alguno más echa mano de las estadísticas que alientan el milagro. También se lleva mucho en el gremio proyectar vídeos con mensajes de ánimo de los familiares para tocar la fibra sensible. Depende del momento. Todo vale, todo suma y todo tiene las mismas posibilidades de triunfar.

De las inquietantes preguntas que he compartido antes, encuentro respuestas más o menos claras a corto plazo en todos los casos salvo en uno. En el Nápoles, para la vuelta ante el Madrid, hablará más Sarri que Maradona. Así que el resultado sólo puede ir a mejor. Con Zidane y con Voro no hay dudas. No se salen casi nunca del camino correcto y seguirán optando por la misma receta: humildad, justicia y sensatez. Por eso el Madrid tiene de nuevo muchas opciones de celebrar algo grande y el Valencia, de salvarse. Que no es poco. De Simeone, especialista en levantarse, levantarlos y sorprendernos, el secreto está en la obsesión por mejorar. Cuando se vaya (ese día llegará), sabremos más de sus desconocidos y sensacionales métodos por los protagonistas.

Canbuena

Con Luis Enrique es con el que más titubeo. Lo que ha hecho es sencillamente espectacular, pero no sé cómo va a salir de ésta. Si no opta por ceder la palabra a Piqué o pedir directamente como único requisito que le pasen siempre el balón a Messi, yo que él enfocaría más o menos así la charla que deberá dar el día clave, en la previa de la vuelta ante el PSG:

“Señores, pueden imaginar la gran motivación que es para mí estar aquí, entrenar a este equipo. Es el máximo honor. Por encima de todo, amo este club. Y nunca tomaré una decisión que perjudique o vaya en su contra. Todo lo que voy a hacer se basa en mi amor por el Barcelona. Necesitamos y queremos orden y disciplina. Es hora de correr y darlo todo. Yo os defenderé hasta la muerte, pero también puedo decir que voy a ser muy exigente con todos, como lo soy conmigo mismo (…). Sólo os pido esto. Podría perdonar cualquier error, pero no perdonaré al que no entregue su corazón y su alma al Barcelona. No estoy pidiendo resultados, sólo rendimiento. No voy a aceptar a los que especulen sobre el rendimiento. Esto es el Barça, señores, esto es lo que se pide de nosotros, y esto es lo que voy a pedirles. Hay que darlo todo. Un jugador por sí mismo no es nadie, necesita a sus compañeros alrededor. (…) Si no podemos llegar a ganar nada, será culpa nuestra. Estemos juntos cuando los tiempos sean difíciles. (…) Tened fe. Como exjugador, he estado en vuestro lugar y sé por lo que estáis pasando. El estilo viene determinado por la historia de este club y vamos a ser fieles a ella. Cuando tengamos el balón, no lo podemos perder. Cuando eso suceda, hay que correr y recuperarlo. Eso es todo, básicamente”.

El coaching de Luis Enrique podría copiarla y entregársela. No importa el plagio. Ni siquiera este texto es mío. Ésta es la primera charla de Guardiola cuando llegó al vestuario del Camp Nou.

Lo mejor es buscar en las fuentes la inspiración. Y en el caso del Barça y Luis Enrique, el ejercicio es necesario para parar, rebobinar y dar con la clave: recuperar unos orígenes perdidos.

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24/01/2017

Por Alfredo Matilla

Guardiola, entre trincheras

El pasado viernes viví dos hechos paranormales que me hicieron darle vueltas a la cabeza. Por la mañana, antes de ir al trabajo, un viejo socialista, bañado ahora por la nueva ola de Podemos, habló bien durante un buen rato de Cristina Cifuentes y varias de sus políticas. Lo hizo casi sin pestañear, más bien con buena cara y con bastante convicción. Por la noche, tras salir del tajo, cogí el taxi de un taxista peculiar. Tras unos primeros minutos de tanteo algo serio, rompió a hablar cuando le dije que quería dirigirme al centro de Madrid. Como si necesitara desahogarse o comenzar una terapia. Me dijo que es votante del PP, pero que lo que ha hecho Carmena con los cortes de Gran Vía ha tenido mucha lógica y que, sin duda, con alguna mejora esto beneficia al sector. Recuerdo, por si alguien se ha perdido a estas alturas, que hablamos de un taxista, madrileño y conservador. Al bajarme, sonreí. Me gusta comprobar que aunque a veces parece que hemos perdido casi todo, hay gente, por poca que sea, que aún mantiene intacto y afinado el espíritu crítico. Lleve o no razón. Concuerde o chirríe con su perfil más compartido. El sábado desperté.

Llegué de nuevo al periódico rumiando lo del día anterior. Y pensando si estas actitudes eran extrapolables al fútbol. Hago con frecuencia este ejercicio. Peor es fumar. Comenzó el partido del Manchester City y ahí me di cuenta de que no cabe ningún paralelismo. Aquí, entre pelotas, el inmovilismo desde hace bastante tiempo es mayor. El gran ejemplo se aprecia con la lucha Madrid-Barça entre un amplio sector de la población que, aunque nadie lo pretende, termina salpicando a todos en el bar, por las ondas o en la tele mientras comes. La rivalidad más deportiva mutó casi en una batalla campal en este siglo, sobre todo en la era Mourinho (no sólo por él), y ahora, con las aguas más en calma, ha dejado de resaca una consecuencia aún más insoportable: la defensa de lo indefendible, el ataque por atacar y la ausencia total de criterio propio y no teledirigido. Es muy triste que el único, consensuado y justo juicio llegue al abrazarnos en los momentos dramáticos. Si eres del Madrid conviene criticar, sólo en su acepción peyorativa, todo lo que huela a Barça. Desde la plantilla actual a cualquier vínculo en blanco y negro. Y si eres del Barça está prohibido, por miedo al aislamiento, reconocer alguna virtud del enemigo. Guardiola, como antes otros, no es más que una nueva víctima de este mórbido proceso.

Guardiolabuenabuena

Dentro de unas décadas comprenderemos que, en algunos casos, bien pudimos vivir en las cavernas. Hay pocas cosas más sanas y recomendables viendo partidos de fútbol que analizar y enjuiciar, incluso deseando la derrota del vecino. A fin de cuentas esto no es más que un juego y una pasión. Pero hay otros comportamientos con menos sentido, como negar la creación, el arte, la innovación, el progreso, la valentía, la inteligencia, el pundonor, la sabiduría y tantas otras virtudes que a veces llevamos dentro y que otras muchas envidiamos en el resto. Desde el lado culé se censuran los dones de Cristiano o Ramos, por ensalzar a terceros o por simplemente hacer de menos. Algo que jamás se atreverían a hacer nuestros mayores más barcelonistas con Di Stéfano, Bernabéu o Gento. Y desde el bando madridista se niega la única dictadura buena que ha existido, la de Messi, se pone en duda a quién pertenece el corazón de Raúl por recordarlo y se echan pestes de Piqué haga lo que haga, como ningún madridista osaba hacer antes con el legado de Cruyff o con la histórica aportación de Kubala y nuestro Luis Suárez. Ahora están de moda los extremos (y no hablo de jugadores que transitan pegados a la cal), sin reparar en que quizás andemos confundidos y que ésta es la miseria que enseñaremos a los que vienen por detrás. Un atropello que hubiera sido equiparable a censurar a Goya porque uno era más de Velázquez. A quemar El Quijote para leer sólo a Shakespeare. O a prohibir en casa a Hitchcock porque el único cine digno era el de Kubrick.

Querer lo peor para Guardiola se ha convertido en deporte nacional. Aunque no es tan arriesgado como el de defenderle. El técnico porta el cartel de ex del Barça como quien carga una cruz. Pesan tanto los halagos sin matices como los improperios despiadados. Los culés le perdonan cualquier resbalón, justifican sus nuevas meteduras de pata en varios fichajes (nada nuevo), comulgan con sus inevitables borderías en rueda de prensa y les cuesta reconocer que su papel en la Premier lo hubiera podido firmar hasta ahora incluso López Caro. Mientras, los madridistas aseguran que fracasó en Alemania por ganar ‘sólo’ tres Bundesligas más alguna copa con las que en España se desbordan las fuentes. Niegan su incidencia en el avance de este deporte, dogmatizan con que todo se lo debe a Messi, que es tan manipulado como decir que García Márquez es lo que es únicamente por la familia Buendía, y aseguran que su gran arranque en la Premier fue un espejismo, obviando que aún puede dar guerra y que sigue vivo en Champions.

La realidad, en mi opinión, es otra. Salir del Madrid y del Barça complica el futuro a cualquiera. Revisen y verán cómo la mayoría de los últimos entrenadores más triunfadores, incluso aquellos que llegaron a ser ídolos, jamás han igualado después lo cosechado en LaLiga. Ya ni les hablo de dónde están Vanderlei Luxemburgo o que hay de Serra Ferrer. Lejos de casa suele hacer bastante frío. Guardiola, como tantos, acierta y se equivoca, pero convendría dar las gracias por seguir disfrutando de él. Su grandeza, para los que aún dudan de ella, se comprobaría con un solo gesto: si volviera a fichar por el Barça. Sus fieles flotarían de nuevo y sus detractores andarían bastante preocupados.
 

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09/12/2016

Por Alfredo Matilla

Simeone y los líos de pareja

Percibo cierto revuelo en torno a Simeone por primera vez desde que llegó al Atlético. Los anteriores síntomas me los tomé como anecdóticas intermitencias. Los resultados tapan todo. Su confuso amago de abandono tras la última final de Champions ha dejado huella y ha puesto en alerta a buena parte del personal. A los aficionados colchoneros, los entiendo. Su adiós da bastante vértigo. A la gran mayoría del resto de seguidores, sinceramente no los comprendo. Hay demasiada gente, al menos a mi alrededor, deseando ver caer y huir al argentino. Unos empates en Liga y una derrota en Alemania sin consecuencias han encendido los debates.

A unos directamente Simeone no les cae bien, a otros le cansa su discurso a discurso y el resto censura su fútbol. A ellos, parece que el Atlético les gustaba más cuando se hacía divertido, si descendía o si protagonizaba las páginas de sucesos por algún puñetazo a destiempo o por sus fichajes en teletienda. Tics del pasado que le queda a esta gente, sin comprender que este Atleti ya no es ése ni seguramente lo volverá a ser. Para ellos, donde muchos vemos a Simeone como un revolucionario con sed, para otros es un incordio. Y donde el Atleti es una bendición, se presenta como una incómoda amenaza. Ésa es la realidad que de verdad inquieta. Algo que no extraña ni sorprende. Ya sucede algo similar en la política, donde en vez de aplaudir que aparezcan partidos nuevos con otras cosas que decir y mejorando con su ímpetu a la competencia, hay quien prefiere arrinconarlos para vivir en paz. Su paz. Cada día entiendo menos. No es culpar por culpar.

Por eso, ya analizo cualquier detalle y dudo si en efecto existe, como creo, un ambiente enrarecido creado desde dentro del Atleti o es que algunos se empeñan en que lo esté y no pararán hasta hacerlo realidad. Me inclino más por lo segundo.

La gente del Atleti es ambiciosa, pero no tonta. Los atléticos, ávidos de más grandeza y sufridores como pocos, adoran en su inmensa mayoría al Cholo. Un estadio entero no corea un nombre cualquiera. Los jugadores, poco pueden hacer más que ser de nuevos primeros de su grupo en Europa, de haber ganado una Liga anteayer en el Camp Nou o una Copa en el mismísimo Bernabéu y de haberse presentado a dos finales de Champions en tres años cayendo de aquella manera. Y la directiva, que siempre solía afear lo logrado en el césped, no hace más que mejorar su economía en nuestros días para reforzar el equipo a la vez que mantiene a las estrellas. No como hacía antes, gastando sin techo y vendiendo para poder comprar alguna otra pieza de nuevo ilusionante, Así, sólo nos queda mirar a Simeone. Y, particularmente, con sus cosas, creo que su mérito sigue siendo infinito. Conclusión a la que uno llega: esta crisis, originada en recientes frustraciones y alimentada por los últimos resultados adversos, igual es una más entre tantas que existen en pareja. Nada que no se pueda solucionar en Navidad, que no cicatrice el 14 de febrero y que traiga alegrías cuando toca, en la maravillosa primavera.

Simeone

No lo digo yo. Lo confirman los psicólogos. Porque este es un tema, el cholismo y el anticholismo, que me tiene en vela. Por si no lo sabían, los expertos aseguran que las relaciones de pareja (afición-Simeone también es una de ellas) viven varios baches a lo largo del tiempo. En general, La Clínica del Amor (sí, existe) resume que hay varias etapas que debemos vigilar para no descarrilar: la crisis de los dos años, la llegada de los pañales, los siete años de relación, la crisis del solsticio y el síndrome del nido vacío. Otros estudios ojeados, incluso en el Daily Mail, aseguran que “la paciencia ha menguado”. Los roces que en los años 50 aparecían a los diez años de relación se nos presentan ahora en un lustro, en la llamada “luna de miel”. Ese periodo de tiempo que, llevado al Atleti, es aquel en el que ha logrado pisar las barbas de los grandes mientras ha colado a Griezmann en las galas televisadas. Pero hay más. Dos frases encontradas en los mejores y más especializados blogs sobre asuntos de pareja resumen una teoría común aplicable a este caso futbolero. Una: “Las personas dejan de estar en ese estado de enamoramiento clásico de los primeros tiempos para enfrentarse con los problemas reales” (véase, La Liga se escapa). Y dos: “Una de las explicaciones de este riesgo de divorcio es que los miembros de la pareja atraviesan transiciones cruciales de vida (Lisboa, Milán…) y experiencias desafiantes (el Inter llama a la puerta)”. Para otros teóricos, la crisis se produce “porque todo empieza a repensarse (¿podemos mejorar?, ¿ganaremos la Primera?) y aparece la rutina (partido a partido)”.

Con tantas chorradas como escucho sobre este Atleti y Simeone, no me parece descabellado recurrir al amor y tratarlo como ciencia para entender lo que sucede en el fútbol. Sea broma o no, Simeone se hizo cargo del Atleti el 23 de diciembre de 2011, así que en nada cumplirá cinco años al lado de la gente del Calderón. A mi juicio, este bache se ha producido simplemente como consecuencia de una época de confusión creada por el propio juego y su azar. El equipo está viviendo un tránsito entre el estilo de antaño, basado en la solidez, la pierna fuerte, la contra mortal y la dulce estrategia, con el progreso hacia un fútbol más vistoso que se adapte mejor a la categoría de los nuevos fichajes. No veo nada más. Todo requiere un tiempo.

Ahora no sé qué deparará el futuro, sólo intento aclarar(me) el presente. Pero aun así, si se consultan a los psicólogos es para decirles también a qué atenerse. Y esto es lo que dicen todos. Aquellos que empiezan en esta materia, los que llevan media vida en el tajo o los que postean en rincones que es para volverse locos: “La inmadurez, la terquedad y la idealización de lo que esperamos de la relación puede llevar a la infelicidad y a sentirnos insatisfechos. Pero quienes superan esta crisis de los cinco años refuerzan su relación llegando incluso a estar juntos el resto de sus vidas”. El Inter y otras novias que pretenden a Simeone igual se cansan de esperar.

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15/11/2016

Por Alfredo Matilla

Lopetegui en el cajón

Ahora que ya ha prescrito puedo confesarlo. La entrevista por la que más elogios he recibido de un entrevistado nunca se ha publicado. Mi trabajo más satisfactorio, por las respuestas en mayor grado que por las preguntas, está guardado en un cajón. Hace unos días, sin quererlo, me encontré de nuevo con él gracias al único lado positivo que tiene el maldito síndrome de Diógenes. La tinta de esas notas aceleradas permanece impoluta aunque ya han pasado diez años. Los folios, doblados, arrugados e ilegibles, están más amarillentos que blancos. Permanecen más ordenados en mi mente que en el cubo de la basura, adonde ya los he mandado. Recién nombrado en su cargo como director de ojeadores del departamento de Internacional del Real Madrid, Julen Lopetegui me concedió un café en el Hotel Wellington de Madrid para conocernos en persona y para resolver algunas dudas. Fue una hora entretenidísima, sin grabadora pero con pluma, de la que no publiqué jamás ni una sola línea. Cosas del periodismo.

Hablamos tanto de fútbol, de su esencia y de la base; y tan poco de la actualidad, de que si Messi o Cristiano, de los chascarrillos y de la polémica del fin de semana; que recién llegado al diario no me atreví a vender ese trabajo voluntario y silencioso por miedo al rechazo. Temía el típico “¿pero cómo no le has preguntado por esto?”. También ayudó a mi decisión final el hecho de que hablar con el ahora seleccionador era, a esas alturas, algo secundario. Y que incluso él mismo me confesó al final de la charla, en la que se mostró “encantado”, que dados los continuos off the record y la inminente publicación en Realmadrid.com de una entrevista con él a modo de presentación, lo mejor era que no sacara nada en su boca. Y así lo hice. Desde ese septiembre de 2006 no he vuelto a coincidir con él, convirtiendo aquel encuentro en el ideal de entrevista que siempre persigo y casi nunca consigo.

Aquella mañana Julen, sin más testigos ni fotógrafos, reconocía que su pasión era la cantera, como luego demostró en el Castilla y en las categorías inferiores de la Selección. Hablaba de las veces que necesitaba ver a un chaval para saber que sería profesional y qué exigía para dar el paso de atarlo. De sus viajes a la Copinha de Brasil para analizar de cerca a Neymar, al que llegó a traer a Valdebebas a entrenar. De cómo se convivía en el Madrid con tantos gallos juntos en el mismo corral (coincidió con Portugal y Mijatovic). También se deshacía en elogios con un tal Marcelo y el Pipita Higuaín dos meses antes de que llegaran. De cómo era el Madrid cuando él jugaba y de cómo se lo había encontrado ahora. De su entrega por la profesión de ojeador. De su suerte por poder viajar de acá para allá viendo futbolistas junto a sus ayudantes de lujo, Rafa Monfort y Antonio Vilches. Del ejemplar trabajo de Carlos Bucero con la cantera, que curiosamente ahora se ha convertido en su representante. Llegué a casa con la sensación de que había perdido una oportunidad maravillosa de compartir con los lectores un buen rato y, sobre todo, de promocionarme como aprendiz en esos días en busca de un contrato. Sin embargo, tenía la certeza de que había ganado un conversador y quién sabe si una fuente.

Lo

Desde entonces volví a hablar con él tres o cuatro veces por teléfono. No se llevaba eso del whatsapp. Siempre para confirmar algún dato, para ver qué tal le iba por el club o para aclararnos algo. Sin tensiones ni temores. De forma muy distendida y agradable. Suele pasar que cuanta más cercanía y más cariño le tienes al interlocutor, más respetas sus silencios y menos comprometes la relación. Hasta que el 12 de marzo de 2008 le llamé por última vez para decirle que cambiaba de aires, que tuviera suerte en el futuro y que para lo que necesitara estaría por El Sardinero. Desde aquel hasta luego únicamente he sabido de él a través de amigos comunes o por los medios de comunicación. Nunca nos hemos vuelto a llamar. Ni tan siquiera a cruzar. Yo sé de él por la tele y, quizás, él de mí por sus lecturas del periódico o de nuestra web. Un error por mi parte por haberme obsesionado en abrir nuevas vías y en no mantener las ya abiertas. Y un acto reflejo y comprensible por su parte: por el estrés, por su exitoso y rápido crecimiento y porque, no me engaño y me río, yo simplemente sería uno más... Aunque suene despechado.

Por eso, hace unas semanas, cuando lo vi en persona en un encuentro informal con otros colegas de profesión al que me podría haber sumado, decidí echarme a un lado, como el que antes prefiere mantener el recuerdo que soportar la realidad. Preferí no acercarme a saludar, a pesar de las ganas que tenía de darle la enhorabuena por su cargo y de recordarle que Víctor Ruiz está de dulce. No acudí hacia él por temor a que no me recordara. No por ego ni porque aquel café lo pagara yo. Más bien por no comprobar que el idealismo está caduco. También actué así por el vértigo a no estar a la altura de nuestra única conversación o de echar abajo otro referente al que sigo admirando. De ahí que me alegre cada día más de no conocer Messi, a Bunbury o a Enric González. Además, me comporté de esa manera por pánico a tener que preguntarle en algún momento, por las exigencias del guión, por el Balón de Oro o por Casillas. Y, sobre todo, por el pavor a tener que volver a la redacción a escribir algo menor sobre él, con todo lo bueno que podría enseñarnos y yo ya sabía, que esta vez sí estaría mucho mejor guardado con llave.

 

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26/09/2016

Por Alfredo Matilla

Míster Ossamah, de refugiado en Siria a frustrado en España

Hace ahora un año, Ossamah Abdul Mohsen llegaba como un ídolo a Getafe tras huir de la guerra en Siria, su país, después de sortear zancadillas vergonzosas que le hicieron famoso y una vez que se cruzó Europa en tren junto a dos de sus hijos: “Muchas gracias a España, estoy en una nube”, dijo abrumado en Atocha. El técnico profesional de 53 años aceptó la propuesta de Miguel Ángel Galán, precandidato a la FEF y director de la escuela CENAFE de entrenadores, para comenzar una nueva vida y continuar con su carrera en los banquillos. Y sigue en el empeño. Aunque con más problemas de los esperados. Ahora está sano y salvo, pero sin curar varias heridas internas.

Ossamah continúa viviendo con dos de sus hijos (Zaid, de 8 años, y Mohammad, de 19) en una casa de 114 metros cuadrados de la calle Madrid. Vio cómo en una semana le dieron el permiso de residencia en tiempo récord. Ha comprobado cómo es el Bernabéu y Vallecas. E incluso qué agradables son Cristiano y Paco Jémez. También ríe al ver cómo su hijo pequeño ha aprendido tanto español en el colegio Ortiz Echagüe que le hace de intérprete. Y, lo más importante, mantiene su nómina intacta con un sueldo de 1.121 euros netos al mes gracias a su cargo de comercial en CENAFE y de responsable de las relaciones institucionales con los Países Árabes. Sin embargo, lleva tres años sin ver a su mujer y a su otro hijo (“Zaid llora mucho sin ellos”), la Federación no acepta homologarle su título profesional (entrenó en Primera al Al-Fotuwa) y la desesperación le llegó a deprimir. Dejó las clases de español, no acepta más donativos populares, no ha vuelto a entrenar ni como ayudante tras su paso por el juvenil del Villaverde Boetticher y ha llegado a enfrentarse hasta con Galán. “Me dijiste que traerías a mi mujer aquí, me has engañado”, llegó a reprocharle. Por eso, Ossamah amenazó en enero con irse a Turquía en busca de su familia tras darle un ataque de ansiedad.

Osa

“Yo no puedo hacer más”, se consuela Galán. “Me he pegado en la Embajada de Siria para que resuelvan el papeleo, pero el Gobierno está en funciones y no se moja, pese a que le concedieron el reagrupamiento”. Razón no le falta. Exteriores aseguró que tendrían que llegar a España 17.337 refugiados antes de 2017 y, por ahora, van 480. Galán incluso logró darle una carta a Cospedal en un mitin para que se la entregara a Rajoy, pero no ha habido respuesta. “Sólo nos queda la huelga de hambre. Y no lo descarto. Piden papeles imposibles a unos refugiados cuando han tenido que salir corriendo. Me avergüenza ser europeo”.

Ossamah está saliendo de España para dar conferencias, la última en Polonia, tiene ofertas para entrenar en el extranjero y el día 25 inaugurará la escuela de CENAFE en Argelia. Esos viajes le están dando oxígeno. Por eso está mejor. Pero su futuro es incierto. “En diciembre hablaré con Ossamah”, reconoce Galán. “Esto consta de tres fases: acogida, integración y autosuficiencia. No le voy a dejar tirado. Puedo pagarle un sueldo, pero entre eso, los 600 euros del alquiler y la ayuda que mando a su familia salgo a 3.000 euros al mes. Y eso no sé si podré mantenerlo. Debe animarse y entrenar”. Ossamah lo sabe e intenta volver a levantarse. Pero, como hombre culto que es, tiene claras sus prioridades. Lo más importante para él siempre fue el fútbol. Hasta que le faltó su familia: “Sólo quiero volver a abrazarles”, repite cada día.

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12/09/2016

Por Alfredo Matilla

Lo del Valencia no es cuestión de sexo

Comienza a suceder con el Valencia lo que era normal con el Atlético en otra época. Le rodean los problemas y, con este crónico estado, le sobrevuelan las mofas. Lo comprobé el pasado domingo, con el 0-2 en contra, y acabé de confirmarlo tras el mazazo de Rubén Castro en el descuento. Voces, mensajes, bromas y más bromas. Como si fuera la casa de los líos, el aficionado que no es de este equipo ya se divierte con todo lo que sucede por Mestalla. Y lo que más me sorprende es que, en general, sobre todo lejos del Mediterráneo, se suele señalar más en la búsqueda de culpables a la peculiaridad de la grada, a la supuesta exigencia desbordada del aficionado, e incluso, a lo mal acostumbrados que están algunos tras los títulos de antaño. Un mensaje que se repite mucho más que aquellos que apuntan al palco, a los jugadores o al que pone y quita muñecos del banquillo. Lemas manidos como este que volví a escuchar en la última jornada: “La afición se piensa que el Valencia es un grande y no lo es”. O este más dañino: “Lo que pasa desde hace tiempo es que la gente del Valencia tiene muy mala leche y ya no pasa una”. O directamente, esta versión elevada a tesis que intentaba explicar los silbidos y pañuelos: “Es que los valencianos están mal follaos y andan siempre crispados”. Expresiones tan cutres y reduccionistas como reiterativas.

Mis conclusiones a una cuestión deportiva, que ya tiene contra las cuerdas a Pako Ayestarán, sólo se pueden centrar en lo futbolístico. Mejor basarse en hechos. La grada aprieta y condiciona. En todos los clubes ha pasado. Pero ni la mala leche ni el éxito en la cama ni la caridad de los valencianos valencianistas tienen nada que ver con lo que ocurre en Mestalla desde que Cúper y Benítez dispararon al club y lo sostuvieron en el estrellato. Seamos serios. Y no lo digo porque me condicionen mis grandes veraneos en Cullera o Gandía. Si queremos bromear, hasta la ciencia, adonde uno ha tenido que rebuscar para encontrar explicaciones, consuelo y cordura, desbarata las teorías que pretenden estigmatizar al aficionado del Valencia justificando con su supuesto mal carácter y poca paciencia la sucesión de entrenadores caídos y de ilusiones derramadas.

Ayestaran

Un estudio realizado por Ikerfel para AS hace tres años señaló que al rival que más quiere la afición del Valencia era su adversario en la ciudad, el Levante (44%), cuando a la inversa sucedía al revés y el Valencia es el club que más rechazo tiene en el Ciutat (68%). Lo de mal humor, descartado. Sobra ironía. Otro estudio elaborado en agosto por la empresa de recursos humanos Randstad aseguró que los valencianos son los españoles que de media menos horas trabajaron en el primer trimestre del año (378 horas, por debajo de la media de 389). Relax tampoco falta por tanto. Otro, elaborado por la consultora GFK Emer, asegura que son los que menos resaca tienen. Con lo que enrabieta... Y uno más, el más divertido que aporta la firma de profilácticos Control, desvela que los valencianos son los que tienen los orgasmos más largos (entre 30 minutos y una hora). No está nada mal. Con estos números Mestalla afronta un partido como la Bombonera.

Fuera de broma. No puede ser culpa de la afición haber tenido una catarata de desdichas este nuevo siglo que ya se ha llevado a nueve presidentes por delante y a 16 entrenadores diferentes, de los cuales algunos ni siquiera han encontrado fuerzas o socios para volver a dirigir a un equipo tras tantos sobresaltos. Ni haber utilizado hasta 158 jugadores diferentes en Liga desde el año 2000, cuando el Madrid o el Barça, con muchas más exigencias, han tirado sólo de 130. Ni tampoco es culpa de la gente haber pagado a jugadores de segunda clase como a verdaderas estrellas, aumentando la deuda y, proporcionalmente, la frustración. Ni vender a los pilares para luego exigir a los técnicos como si estos permanecieran. Ni desconocer que supone la continuidad o la palabra proyecto. Ni por supuesto la falta de copas. Ni tantos otros fallos que tienen al Valencia sin viajar por Europa y vicecolista en España. La gente no sólo es que no tenga la culpa de este caos. Es que ya se está cansando. De sufrir y de que encima le señalen. Se aceptan más análisis, pero aquí hablemos con datos y dejemos el sexo.

 

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19/08/2016

Por Alfredo Matilla

El vértigo de Sampaoli, Escribá y compañía

Llegar a un lugar nuevo nunca es fácil. O al menos no lo era. Llevo varios años sin probarlo. De ahí que muchos eviten probar las sensaciones y prefieran lo malo conocido antes que lo bueno por conocer, rechazando incluso buenas ofertas laborales, o de cualquier otra índole, por el simple miedo al vértigo. Pero aterrizar en un sitio desconocido con el plus de las exigencias cortoplacistas para sustituir a un virtuoso, debe ser un estresante vía crucis de partida. Imaginen cómo debieron sentirse el primer día el sustituto de Tierno Galván, el recambio de Freddie Mercurie o el relevo de Michael Jordan. Sampaoli ya sabe en unos días lo que supone suplir a Unai Emery en el Sevilla. Dos Supercopas perdidas, mil goteras que tapar y la crítica acechando. Lo bueno para él, si es que le consuela o reconforta, es que no está solo en este arranque inquisitorio de temporada. Lo malo para el resto es que más clubes vivirán pronto juicios sumarísimos similares. En cuanto eche el balón a rodar en esta primera jornada. La razón es que la Liga comienza con muchos cambios de entrenador y el pesimismo sobre el futuro se centra, sobre todo, en que varios de los técnicos que ya no están han dejado el techo demasiado alto para los que llegan.

Habrá hasta diez caras nuevas en LaLiga Santander respecto a las que había. Y de ellas, salvo dos que continúan con su exitoso proyecto de Segunda, Asier Garitano y Enrique Martín, y aceptando excepciones, los otros tienen difícil superar lo realizado. Escribá ya lo ha comprobado. Tras sustituir a Marcelino, en una semana ha visto cómo el Villarreal se complica la participación en la Champions, objetivo prioritario de la temporada pasada e ilusión de ésta. El 1-2 ante el Mónaco en la ida deja muy cruda la vuelta del martes. Marcelino, desde 2013, había logrado un ascenso, meter al equipo en la Europa League y dejarlo cuarto con un ataque reconocible y una defensa rocosa. Y eso ya pesa. Mejorar esa posición le va a costar. Esperemos que no el puesto.

Sampaoliiiiii

También va a tener que sudar lo suyo Pellegrino para mantener la alegría en Vitoria tras el ascenso logrado con el Alavés por Bordalás. Quique Sánchez Flores está en este grupo de exigidos. Lo suyo no sólo será estabilizar al Espanyol, 13º el curso anterior, sino casi como obligación mirar a Europa ya que a él al menos le han fichado todo lo que negaron por las deudas a Galca (Baptistao, Reyes, Javi Fuego, Jurado…). Poyet tampoco tendrá sencillo dejar al Betis mucho más arriba de la décima posición que defiende y que logró de la mano de un hombre de la casa: Juan Merino. Ni Juande Ramos superar con el Málaga el octavo puesto de Gracia. Como tampoco está cantada la salvación del Granada de Paco Jémez tras seguir en Primera gracias a José González. Sólo Gaizka Garitano tiene, a priori, sencillo mejorar las sensación dejada por Víctor Sánchez del Amo en el Depor, pese a que éste lo salvó dos temporadas seguidas.

Los otros diez entrenadores que siguen desde el curso pasado también tendrán exigencias, no crean, pero al menos ya conocen lo que hay y serán comparados con su mismo legado. Que siempre es una ventaja y en general es bastante bueno. Por algo siguen. Zidane mira obsesivamente a la Liga porque sabe que nadie ha logrado dos Champions seguidas. Alcanzar la regularidad es su gran objetivo para confirmar que su grandeza de largo es tan buena como de corto. Luis Enrique, con ocho títulos logrados de diez disputados, sólo mejoraría sus prestaciones recuperando la Orejona. Así de duro. Sin embargo, tanto el entrenador del Madrid como el Barça se han ganado tener más crédito que exigencias. Simeone, por su parte, está ante el reto de no hastiarse y de mantener al Atlético en la pomada. Algo que parece cantado y, sin embargo, no es poca cosa. Más allá de los grandes, Ayestarán (Valencia) y Eusebio (Real) parecen los más estresados. Lim no puede sostener mucho tiempo más a un equipo que acabó 12º y fuera de Europa ni Anoeta está para aguantar más bodrios. En Valverde (Athletic) hay fe para repetir lo conseguido, Berizzo (Celta) tiene permiso y confianza para disfrutar de la Europa League en la que se metió y en Eibar, Gijón y Las Palmas van a muerte con Mendilibar, Abelardo (renovado) y Setién.

El año pasado la primera destitución llegó tras la octava jornada (Paco Herrera) y en total hubo diez despidos a lo largo de la temporada: Neville, Paco Herrera, Lucas Alcaraz, David Moyes, Sergio González, Nuno, Rafa Benítez, Pepe Mel, Sandoval y Escribá. Veremos cuánto dura la paciencia de los presidentes ahora que las deudas son menores y que hay más ingresos por la tele para fichar. El paro, más que un destino desconocido que dé vértigo a los entrenadores, es un lugar atestado que no se merece nadie.

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