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Mr. Pentland

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Míster Pentland fue justo lo que la mayoría llevamos dentro: un entrenador. El precursor y más innovador. Este rincón tratará de su gremio. De los inicios, las trayectorias y las anécdotas de sus sucesores. Modestos y profesionales. Españoles y foráneos. De club o seleccionadores. Bienvenido. Pase y tome asiento. Aquí tiene su banquillo.

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04/07/2017

Por Alfredo Matilla

La angustia del verano

Uno ya se cansa de escuchar que el papel de los entrenadores está sobrevalorado. Que su incidencia en los equipos es, si acaso, de un 30%. La mayoría de gente que me lo repite, dice y hasta argumenta que lo realmente importante aquí son los jugadores. Y puede que lleven razón. Son once contra uno. Pero para mí ésta no es más que otra teoría con escaso fundamento. Viendo a Benítez y a Zidane en el Madrid, o a Esnáider y Bordalás en el Getafe, me da que los señores del banquillo tienen bastante más influencia de la que se airea. Siempre que llega el verano me acuerdo de todos ellos. Galácticos o modestos.

Al mismo tiempo que los jugadores desconectan por completo estos días y se entregan a un descanso merecido tras nueve tensos meses, los entrenadores siguen viviendo con el alma en vilo durante los dos meses sin competición. Su labor fundamental es rezar. Sean creyentes o no tanto. Suplican como si les fuera la vida en ello para que ningún jugador se lesione con las selecciones. Ruegan para que el presidente no juegue a ser director deportivo y destroce a su antojo la plantilla diseñada de aquí hasta el 31 de agosto. Y oran para que sus pilares regresen a la pretemporada de la forma más similar, física y mentalmente, a la que se fueron. Son madres superioras con gorra y silbato.

Hay entrenadores de todo tipo y condición, con escasos escarceos para el divertimento veraniego y con raros capítulos de excesos. Aunque no son santos. Aún recuerdo el día que Unai Emery fue cazado en un control de alcoholemia algo descontrolado. En estas fechas a todos les suele unir el sufrimiento. No es casualidad que pocos cuelguen sus fotos estivales en Instagram. Hay técnicos que se marchan a sus lugares de origen para intentar, sin éxito, abstraerse de todo y no hacen más que estar colgados del teléfono. Simeone, dicen, no ha parado de hablar con Diego Costa. Hay técnicos que se van como mucho a la vuelta de la esquina. Por compromiso con la familia y siempre mirando de reojo. Marcelino, que tuvo que ir a Singapur a ver a Lim, sin ir más lejos. Y hay técnicos que directamente prefieren mirar las playas en las fotos. La oficina es su crucero. Pregunten por Muñiz o Ziganda. Los técnicos más bronceados son los que están retirados (qué envidia, Sacchi), los que residen en la costa (Escribá) o los que tienen un cuerpo técnico de última generación. El resto sabe que la exigencia es brutal y que mientras los presidentes no van a despedir a ningún futbolista bien moreno en septiembre, ellos pueden salir disparados a las primeras de cambio si las cosas arrancan mal. En Primera o en Tercera. Por eso, es normal que exfutbolistas que han tenido una amplia carrera como Guardiola o Luis Enrique hayan necesitado un año sabático nada más estrenarse como entrenadores. Tanto estrés no es una broma. De corto uno sólo piensa en sí mismo. De corbata, la vida depende del resto.

Fumabuena

Ahora, todos los clubes entregan un plan específico a cada jugador para que se activen días antes de iniciar la pretemporada, en el que se aconseja no cometer excesos, en el que se recuerda que hay que regirse por un régimen interno pese a estar a miles de kilómetros y en el que se indica cuál es el peso recomendado con el que aparecer el primer día de reencuentro. De la declaración de bienes y pago de impuestos, de momento, no hay conocimiento de que se den consignas. El objetivo de los clubes, por orden de sus entrenadores, es no tener que echar mano de las multas disuasorias pertinentes por descarrilamiento, como hizo hace poco Frederic Hantz, técnico del Montpellier, que llegó a atizar mil euros por gramo de más a su plantilla harto de tanto sobrepeso. Zidane, paisano suyo, podría dar una conferencia sobre esta tensión del verano. El francés es tranquilo, pero es en esta época donde siempre ha visto más sobresaltos. Aún podría dar detalles de cómo llegaba Ronaldo Nazario a Valdebebas en julio cuando coincidieron en el césped del Bernabéu. O cómo tuvo que despedir a Markkanen en el Castilla, ya como preparador, por llegar casi rodando (se dijo que hasta 12 kilos de más). Zizou ya está curado de espanto, pero tener a Cristiano defraudado le hará vivir hasta agosto bastante revuelto. Por mucho que la salida de Coentrao le vaya a ahorrar más disgustos innecesarios.

Los aficionados no son los únicos que, tras el Chile-Alemania de la Copa Confederaciones que echó el cierre a esta temporada, suplican porque vuelva el fútbol cuanto antes. Aunque sea a base de tediosos triangulares. Los entrenadores están a muerte con ellos. No es nada relajante ver a tantos jugadores en las páginas de sucesos este verano por cuentas pendientes (un día Messi, otro Cristiano), supuestos abusos (Santi Mina, Theo…), presuntos malos tratos (Coman), sobrepeso (¿Arda?) o por la adicción al tabaco (Verratti). El verano, para las madres superioras, sí que está sobrevalorado.

 

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06/06/2017

Por Alfredo Matilla

Pepe sólo debe ser el primero

"El cambio es ley de vida. Cualquiera que sólo mire al pasado o al presente, se perderá el futuro". John Fitzgerald Kennedy (1917-1963) Político estadounidense.

 

Impulsados por la ola del triunfo, la gran preocupación de un amplio sector del madridismo a estas horas es compararse con el glorioso Barça de Guardiola. No se conforman con ganar el desnivelado pulso de las Copas de Europa. Además pretenden salir victoriosos de la manida lucha de estilos. Es una pérdida de tiempo. Aquel dominio culé a lomos de Messi no admite comparación en cuanto al juego, pero no desmerece el hambre insaciable de Cristiano ni tapa el gen ganador de su Madrid. Se está malgastando la intranquilidad del personal en el tiro equivocado. Si yo acabara de ganar un doblete histórico andaría preocupado en otras cosas. Sobre todo en cómo no morir de éxito. En qué no repetir de todo lo que haya hecho el rival para pasar de claro dominador de Europa a fan incondicional a la desesperada del Celta, Málaga y Juventus.

A estas horas, debatir sobre la marcha de Pepe, el fichaje de De Gea o acerca de la venta de Bale o Benzema es casi tan arriesgado como hablar de religión. Pocos tocarían en estos momentos un once recitado de memoria con el que se ha alcanzado la gloria: Keylor; Carvajal, Varane, Ramos, Marcelo; Casemiro, Kroos, Modric, Isco; Cristiano y Benzema. Ni hablemos de ese banquillo ejemplar. Error. Como dijo Lampedusa, “si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”. Renovar al equipo, por mucho que el futuro se haya apuntalado por el director deportivo Florentino Pérez, no sólo es sano sino que se antoja obligatorio. Hasta este Madrid es mejorable. Otra cosa es que Zidane compre esta teoría.

La foto del once del Barça en la final de Copa debería marcar el camino. Del equipo titular de Luis Enrique en la final de Champions de 2015 a su última alineación en la final de Copa (2017), sólo había dos cambios. Se ausentaron Ter Stegen, por el capricho de las rotaciones, y Alves, por la torpeza en las negociaciones de renovación. Por el entrenador asturiano, se hubieran repetido las instantáneas gustosamente, premiando a un gran equipo y dejando dolorosamente en segundo plano un análisis inaplazable que ha borrado la sonrisa de esas imágenes: la defensa es bastante mejorable, Iniesta va arrastrando el paso del tiempo y Rakitic, siendo bueno, no puede ser indiscutible. Los grandes campeones, salvo raras excepciones, triunfaron tras campeonar por el vicio de saber renovarse. Cuanto más, mejor.

Cibuenoooooo

El Madrid tiene buenos ejemplos en casa. El gran equipo dirigido por Di Stéfano, que ganó cinco Copas de Europa seguidas en los cincuenta, siempre intentó mejorar su foto año a año. Pese a que entonces sólo jugaban once, los suplentes eran de relleno y fichar era un verbo que sobre todo conjugaban los que tenían que entrar por la mañana en la oficina. Del once que levantó la Primera Orejona en 1956 ante el Stade Reims (4-3) hubo tres cambios en la final de 1957 (2-0 a la Fiorentina). En la siguiente gran noche del Madrid frente al Milán (3-2) hubo otros tres cambios. En 1959 (2-0 al Stade Reims), dos más. Y en la última de ese lustro inolvidable (7-3 contra el Eintracht de Frankfurt), otros dos. Ahora que se habla del futuro de Keylor y hasta del de Zidane, convendría recordar que el Madrid tuvo en las seis primeras Copas de Europa (diez años entre la primera, 1956, y la última, 1966) tres porteros titulares distintos (Juanito Alonso, Domínguez y Araquistáin) y tres entrenadores (Villalonga, Carniglia y Muñoz). La renovación en la década de los sesenta, cuando por primera vez un club ejerció un dominio total de la Liga con cinco títulos seguidos, fue aún mayor y más valiente. En el Madrid campeón del 62 entraron cinco jugadores que no habían participado en el alirón del 61 (Araquistáin, Miera, Tejada, Isidro y Ruiz). Al año siguiente Bernabéu optó por meter otras cuatro pinceladas (Amancio, Zoco, Müller y Vicente Train). Y al final de su reinado en esa década fue capaz de introducir como novedades de peso a Grosso, Betancort, Pirri y Serena. Mejorar era una obsesión.

Hasta el temible Bayern de los años setenta, el Madrid de la Quinta del Buitre, el Milán de Sacchi y el Barça de Cruyff o el de Guardiola, equipos que marcaron una época, supieron año a año desterrar lo que no funcionaba pese a ganar, probar nuevas rutas hacia el triunfo y mantener lo que verdaderamente era considerado como los cimientos de unos proyectos. Si ganaron de nuevo es porque no se recrearon y actuaron. El Bayern levantó una Copa de Europa en 1974 tras tumbar al Atleti con un once de ensueño. Sin embargo, al año siguiente repitió con dos cambios en defensa. Era un plan y no una casualidad: en el tercer título seguido hubo hueco para Horsmann y Rummenigge. El Madrid de esos sensacionales años ochenta fue metiendo a Buyo y Pardeza un año, a Tendillo y Jankovic otro, a Schuster al siguiente y a Hierro al final. El Milán del achique cambió a Evani por Donadoni de una Copa de Europa (1989) a la siguiente (1990). El Dream Team vio cómo pese a su dominio, un año se caían Rekarte, Nando y Soler para dar paso a Nadal, Juan Calos y hasta a Witschge, como al siguiente el apartado era Serna o como al final Romario, Sergi e Iván Iglesias aportaron el necesario aire fresco. Y Pep fue un maestro al meter un año a Ibra, pese a haber ganado todo lo posible con una plantilla a la que ya había revolucionado, y al siguiente apostar por Villa para explorar otras variantes sin ruborizarse.

En la época moderna se recuerdan pocos campeones consecutivos que hayan hecho historia sin cambiar de cromos de una a otra alegría. Los más meritorios fueron la Real Sociedad y el Athletic, que ganaron dos veces la Liga de forma seguida (80-81, 81-82 y 82-83, 83-84 respectivamente) sin tocar apenas su plantilla pese a esas reglas que se autoimponían ambos por aquel entonces y que les hacían competir en clara desigualdad con los poderosos. Idígoras dejó la Real de un curso para otro para buscar la fortuna en el Puebla mexicano. Y Endica apareció como novedad en el Athletic de una proeza a otra. El resto de hitos se hicieron renovando en profundidad. Zidane no haría mal en repensar el tema De Gea y en plantearse, como tan aceleradamente ha hecho con Pepe (James se irá él solito), que la pasta que dejarían Bale o Benzema daría para accesorios de alta gama en ese 4-4-2 indestructible y para mejorar aún más esa segunda unidad tan socorrida. El cambio es la única cosa inmutable.

Pebueno

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04/06/2017

Por Alfredo Matilla

Ya nadie duda de Zidane

Más allá de la consagración del Madrid como mejor equipo de Europa tras la Duodécima y de la confirmación de Cristiano como el mejor delantero del momento con el quinto Balón de Oro en su mano, hay un hombre que sale de Cardiff levitando: Zidane. El entrenador que hace sólo 513 días llegó entre un mar de dudas e incluso visto como el escudo de su presidente tras el tropiezo con Benítez, ya lleva más Champions que temporadas en el club blanco. Pese a que hace nada se seguía cuestionando su futuro, dependiente como siempre de los títulos, se podrá pasear por Cibeles como uno de los hombres más importantes en la historia de este club, con la ventaja de que tiene más futuro que pasado. Gento, Di Stéfano, Puskas y demás mitos del madridismo ya tienen junto a ellos a otro ídolo que ha sido decisivo en un tercio de las Orejonas del Madrid, nada más y nada menos, después de ganar una como jugador (2002), otra como ayudante de Ancelotti (2014) y dos más como entrenador (2016 y 2017).

Con Zidane siempre se ha dudado. Dudas, dudas y más dudas. Pero él siempre ha acabado por convencer a todos con paciencia, profesionalidad, sabiduría y, sobre todo, resultados. En su etapa como jugador ya le sucedió. En su debut hubo runrún, en sus inicios se cuestionó hasta que maridara con el resto y al final, pasó lo que pasó. Magia, magia y más magia como respuesta, hasta que una volea de leyenda dio una Champions al Madrid que le relanzó al santoral blanco. Florentino Pérez, el presidente que le trajo y le mimó, fue precisamente el que le dio la alternativa en el banquillo. Primero, dándole el Castilla, donde se dudó (otra vez) en primer lugar de su preparación (tuvo una denuncia por ejercer sin carnet) y después de sus notas a final de curso. Aun así, el club tenía fe ciega en su talento. Por eso pasó pronto al primer equipo al lado de Ancelotti, donde hasta los que más le conocen dudaban de su papel por esa timidez que dejaba entrever un carácter introvertido. Otro error. Zizou comenzó a ganarse desde entonces a la plantilla. Fue clave en la resurrección de Benzema, en la madurez de Varane y en el hambre de los canteranos. Con esa unión empezó todo.

Cuando llegó Benítez al Madrid, Zidane se apartó de la escena y muchos, cómo no, dudaron (ay las dudas) de su papel desde entonces. El técnico francés siguió puliendo su formación mientras era asesor del presidente, encargo que nunca dejó de cumplir estuviera o no presente; fuera oficial su apoyo o informal. Florentino era el que tenía más fe en Zizou. Por eso, tras 18 jornadas grises en la temporada 2015-16, donde el Madrid caminaba con una irregularidad desesperante (0-4 del Barça en el Bernabéu con Messi en el banquillo), el club decidió dar un paso que muchos no entendieron. El Madrid acababa de empatar en Mestalla con una buena imagen y venía de golear a la Real (3-1) y al Rayo (10-2), pero al menor tropiezo el presidente tenía clara su jugada. Benítez fuera. Llegó Zidane, entre dudas, y las despejó de un plumazo. En el banquillo se manejó con la solvencia que ahora ha confirmado: contando con todos, tomando decisiones de enjundia y poniendo once hombres y no once nombres. En la sala de prensa se comportó con una solvencia desconocida: afable, ajeno a las polémicas, con una calma y una sonrisa contagiosas. Trajo el equilibrio y la calma con el río bien revuelto. Y así, formando una familia con más hambre que fútbol, ganó la Undécima, sin importarle que se hablaba despectivamente más de su flor que de su pizarra.

Ziiiiibuena

Pero su verdadero examen llegó esta temporada. Empezaba desde el inicio, con el efecto motivador ya disuelto por el tiempo y con la responsabilidad de gestionar un grupo al que se le perdonó todo por la Champions pero del que heredó varios marrones que consiguió templar en primera instancia hasta que se pudieran solucionar. La nueva obsesión era la Liga y, por tanto, tenía la misión de concienciar y convencer a la plantilla de que al reto obligado de cada año de Europa había que unir ahora el de un campeonato añorado. No valía ser buenos en las eliminatorias sino que había que ser los mejores cada tres días. Lo logró. Necesitaba a todos y todos le respondieron. El Madrid consiguió la Liga tras algunas dudas (siempre las dudas) por pinchazos incomprensibles o por el empeño de Messi (2-3) y, para colmo, lo bordó con esta Champions con un golpe en la mesa (1-4).

El primer día de Zidane con el Madrid (5-0 al Depor) el 9 de enero de 2016 ya dio el primer aviso de su personalidad. Del once de Benítez en el partido previo se cayeron Danilo y Kovacic para dar cabida a Carvajal e Isco, dos de los pilares de este Madrid. Su primer equipo fue Keylor, Carvajal, Pepe, Ramos, Marcelo; Kroos, Modric, Isco; Bale, Benzema y Cristiano. Desde ese momento no hizo caso de rumores y dio plenos poderes a Keylor, confirmó a Carvajal hasta convertirlo en el mejor lateral del momento, supo atreverse con Casemiro como ancla en las buenas y en las malas y no sólo como proyecto o parche, como hizo Benítez, que lo quitó contra su voluntad al primer tropiezo con él al mando. Zidane también supo repartir minutos, tener enchufados a Lucas Vázquez, Asensio y Morata, poner las pilas al personal en el apartado físico y demostrar valentía para sentar a James (80 millones de euros), para dosificar a Cristiano y para romper definitivamente un 4-3-3 que descosía al equipo. Con el 4-4-2, dio solidez al equipo y ofreció a Isco el lugar que le correspondía hasta lograr cambiar su intención de irse por sus ansias de renovar. Parecía que Zidane no hacía nada y en realidad lo estaba haciendo todo.

Zidane ha acabado en su último once con sólo dos modificaciones del que eligió para estrenarse: salvo Varane y Casemiro, el resto fueron los mismos. Lo que realmente ha cambiado es la mentalidad. Este Madrid camina firme hacia el futuro. Las dudas ya no apuntan al banquillo. Ahora éstas se sitúan justo enfrente. Son para el rival. Y ése es el gran mérito de Zidane, que despejó la gran incógnita pese a tener un año más de contrato (”está claro, me quedo”). ¿Alguien seguirá siendo capaz de dudar de su valía? Viendo como le abrazaban anoche entregados hasta los suplentes más suplentes, y escuchando incluso a Morata con ganas de continuar, la respuesta parece cantada. La única duda con el técnico es cuántas copas más va a levantar.

 

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26/05/2017

Por Alfredo Matilla

La mano que despide a Luis Enrique

Hoy es el último partido de Luis Enrique como entrenador del Barça. Y cuando acabe la final de Copa llegará el momento de los balances. El mío no necesita esperar más. No lo cambiará una estrepitosa derrota ante el Alavés o una gran goleada culé que maquille la temporada: como fotocopia a su época de jugador, el Luis Enrique persona ha sido bastante peor que el Luis Enrique entrenador. Ganar ocho títulos (o nueve este sábado) en tres años debería ser suficiente para que Suárez le hubiera cogido ya por la pechera con el objetivo de convencerle para seguir. También ha habido tiempo para que el aficionado intentara hacerle recapacitar con sus cánticos de apoyo desde el minuto uno al noventa. Y también ha habido miles de páginas por rellenar desde su renuncia para que los medios hubieran sido tan depresivos en su análisis como cuando decidió irse Guardiola. O como cuando echaron a Ancelotti. Nada de eso ha sucedido ni esperen que suceda ya. Por algo será. El único adiós doloroso en unas horas será el del Calderón.

El vestuario jamás dejó de sonreír, no ha amagado con huelgas de hambre ni ha hecho un manifiesto a su favor. No hubo ni rastro del “¡míster, quédate!” en la grada. Y son mayoría los resoplidos de alivio entre los miembros de la prensa. Si el día que Pep decidió irse había depresión (tanta que ese mismo día se anunció al nuevo entrenador con él presente); ahora percibo más bien descanso y expectación. Como ocurrió con Mourinho (siendo éste mucho peor aún) casi nadie va echar de menos al asturiano. Los malos modos, los continuos careos y las dictatoriales directrices, tan sobrevaloradas y justificadas a veces, han pasado de moda. Sólo Messi le convenció un día de que domara su soberbia tras una crisis iniciada en Anoeta. Normal. Tras Tito, Roura o Martino no estaba este vestuario, con todo lo que ha pasado, para lidiar tensiones por cualquier cosa a diario. Con los modales de Del Bosque España fue campeona de todo. Y con Zidane se está tiñendo el presente de blanco. Por eso la llegada de Valverde podría tener tanto que ver con lo que sabe como con lo que templa.

 

 

Luis Enrique volvió a salirse del carril en la previa de esta final de Copa con una rueda de prensa de esas que sólo le hacen gracia a él. Sin embargo, el gesto del día no lo protagonizó sentado ante el paredón de periodistas. Fue a solas, con un currante de Telecinco en una de esas entrevistas personalizadas que sólo concede por compromiso con la televisión que tiene los derechos. El vídeo, aquí adjunto, no tiene desperdicio. Échenle un ojo y rían o lloren, como sientan y deseen. David Ibáñez, al cual no conozco pero respeto enormemente en la profesión, le estaba esperando para comenzar su retahíla de preguntas. En un tic futbolero de confianza, como también hizo con Piqué, esperó al entrenador con la mano extendida esperando que Luis Enrique le chocara los cinco antes de empezar. Error. No por el atrevimiento o la frescura, sino por la postura y la orientación de esa mano amigable. En vez de ir a lo seguro e intentar estrecharla protocolariamente como la darías al suegro, a un banquero o en un entierro (esto era otro marrón), el periodista eligió equivocadamente una versión de saludo más común entre colegas. Luis Enrique se pispó y fue ahí cuando decidió matarlo como venganza al gremio. Pudo no dársela sin más. Cada uno decide con quién tiene confianzas. Pero no. Decidió explayarse y convertir una anécdota en una humillación. Esos son los duelos en los que se siente fuerte. Primero lanzó una mirada de desprecio a la mano floja, luego con un rictus serio se dirigió a los ojos del redactor, como diciendo ‘¿adónde vas?’, y al final lanzó una risita a modo de puntilla que confirmaba que había vuelto a ganar.

Desconozco si el periodista y el entrenador eran o son amigos o no. Si se deben algo o si ha habido entre ellos alguna tensión no conocida. Tampoco sé si después de este episodio viral se han llamado o hermanado. O ni siquiera si alguno de los dos ha dado o dará otra versión. No pienso contrastarlo porque esto no es una información, sino una opinión. La imagen queda. Duele pese a que para alguno sea inofensiva. Puesto en la piel de David Ibáñez siento frustración. Lamentablemente cada día hay más dificultades y desprecio dentro del fútbol a este digno y hermoso trabajo, cuando los que piden respeto a diario y ayuda no han mostrado ni una gota de compresión en sentido contrario, pese a ver nuestras dificultades (puta precariedad laboral). Se han aprovechado de la coyuntura para cerrar las puertas y cortar el grifo a ver si con suerte nadie les molesta más. En la piel de Luis Enrique, aun entiendo menos la escena. Qué tendrá contra el mundo en general y contra tantos reporteros en particular para llegar a pasar por un barriobajero cuando en su privilegiado puesto sólo estaría permitido sonreír. No se comprende. Sobre todo viniendo de él, que tras 17 años jurando en arameo por un codazo traicionero de Tassotti en Boston, verdugo de las ilusiones mundialistas de un país entero, se abrazó a él un 29 de octubre de 2011 en un Roma-Milán regalando un sano signo de perdón. Quizás sea ésta la moraleja que confirma que Luis Enrique primero actúa y luego piensa, y que cuando pase el tiempo se dará cuenta de que es más fácil ser buen tío que un gran entrenador. Y que, además, se puede ser ambas cosas y él está desaprovechando la oportunidad al montar este circo.

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20/05/2017

Por Alfredo Matilla

Segundo no es lo mismo que segundón

Hay quien ha nacido para mandar y nunca ha recibido órdenes. Hay quien se siente cómodo sin dirigir y reza por no tener que hacerlo jamás. Los hay que han llegado a lo más alto desde lo más bajo como camino natural y celebran que la vida les sonríe. Y hay quienes han recorrido el sendero inverso por los avatares de la vida y les cuesta un mundo adaptarse a lo que ya creían olvidado. Estos son, grosso modo, los prototipos de trabajador más comunes que nos rodean a diario. Ninguno es mejor que otro. Si acaso, van por ahí algo más trajeados. Y estas son también las principales clases de entrenadores que a menudo vemos en los banquillos de élite. Se demuestra, una vez más, que el fútbol no es más que un espejo de la vida.
 
Guardiola, por citar a uno de los más mediáticos, pertenece a la estirpe de técnicos que llegaron a lo más alto sin hornearse al lado de un experto. Hay galones que, como las verrugas, vienen de nacimiento. Rubén Uría, inseparable ayudante de Marcelino que le arropará ahora en Mestalla, lideraría el grupito de los que son felices en el anonimato. Emery es uno de los mejores ejemplos de los que han pasado de los campos de tierra a levantar títulos sin prisa, pero sin pausa, en continua ascensión. Y Schuster, por recurrir a alguno de los que se esperase mucho, estaría entre los que han descendido de repente sin frenos: del estrés de ganar una Liga al retiro de competir en torneos benéficos de golf.

Muñizbuena

La mayoría de entrenadores primero fueron ayudantes. Zidane (acaricia el doblete), Escribá (renovado) y Pellegrino (finalista de Copa) lucen en nuestra Liga y viven días más felices incluso que los que fueron sus profesores (Ancelotti, Quique Sánchez Flores y Benítez). Pero a la mayoría de ayudantes es difícil haberles visto antes como primeros espadas. Lillo es de esas humildes excepciones que se han ganado volver un día a la primera línea de parrilla. Hay que valer para dar un paso atrás, como ha hecho él, por muy buena fama que se tenga, para ser segundo después de haber entrenado a diez equipos. El día que vuelva a volar sin Sampaoli, como está a punto de hacer, habrá dado una vuelta de tuerca más al ciclo vital de los técnicos, demostrando que sólo sobreviven los que mejor se adaptan al medio. En España ya tenemos a un entrenador que puede dar un Máster sobre el fenómeno: Juan Ramón López Muñiz.
 
El asturiano (1968) se formó a la orilla de Juande Ramos hace tres lustros. Maduró en solitario sin él, cumpliendo siempre los objetivos, porque es ideal para ascender y porque es el mejor para atar la permanencia. Volvió a su lado para vivir otra aventura en Ucrania y hace unos años decidió emprender definitivamente solo su camino para reforzar la estabilidad del Alcorcón y para poner ahora al Levante en Primera como sólido campeón. Sobrándole, además, puntos y jornadas. En Santander, donde debutó en la UEFA en 2009, aún se acordarán de haberle crucificado por el pecado capital de haber dejado al equipo 12º en Primera cuando ahora lucha en 2ªB... Su cotización se ha disparado. Como su formación. En el Dnipro gustaba tanto a sus dirigentes que acabó siendo segundo por las mañanas y director deportivo por las tardes. He aquí, a mi juicio y con permiso de otros técnicos ejemplares como Garitano o con más foco como Zidane y Míchel, al verdadero técnico de las últimas semanas. No todos los días surge una esperanza para los que viven en la sombra y una amenaza para los que residen en la cima. 

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11/04/2017

Por Alfredo Matilla

Bicho raro

Por suerte he jugado mucho al fútbol. Y por desgracia he vivido demasiados capítulos violentos por la poca educación de unos pocos en los partidos de chavales. Estos días, con los bochornos de Alaró, Andorra y Laredo, he recuperado imágenes que creía olvidadas de salvajes que, no lo olviden ni señalen a este deporte, se comportan igual en la plaza que en la grada. Recordé padres insultando al colegiado, padres despotricando del entrenador por sentar a su figura o al compañero de su hijo por no pasarla, padres increpando al rival y padres enzarzados con otros aficionados. Padres, muchos de ellos, que siempre faltaban a las reuniones con los profesores, pero que pedían el día libre en el trabajo para no faltar a las pachangas de sus críos.

Mi peor día entre violentos lo viví con solo diez años. La impresión de niño siempre se graba. Mi equipo jugaba un derbi en el pueblo de al lado. El resultado se puso pronto a favor, por lo que una minoría de padres rivales comenzó a calentar el ambiente para medrar, favorecidos porque nuestra familiar afición no se había desplazado. Los improperios más graves fueron los del alcalde y los peores iban dirigidos hacia mí. El partido era una guerra más ardiente fuera que dentro, hasta que mi padre, nada asiduo a mis partidos y noble cuando él jugaba, alzó la voz: “Vámonos de aquí”. El regreso a su lugar de nacimiento le estaba doliendo. Sin embargo, la amenaza de parar el balón y quitarles el juguete a un par de bárbaros enfrió a todos. El partido acabó y, tras volver todo a su cauce, el alcalde, un cuatro por cuatro, esperó a mi padre, un dos por dos. Un cruce rápido de insultos después, ya en privado, volvimos a casa. El “te voy a arrancar la cabeza” de mi padre, que pensaba que yo no miraba, me impactó.

Peleabuenabuena

Jamás se lo he preguntado, pero desde entonces mi padre desconectó de mis partidos. Mientras los de mis compañeros, en los primeros torneos de niños o en los competitivos encuentros de adulto, jaleaban cerca de los banquillos, casi todos con exquisita educación y soportando alguna excepción, él dejó de ir al fútbol. Sólo regresó cuando un entrenador le avisó de que en casa tenía un proyecto interesante de mediocentro. Mi madre, mientras, se quedaba en casa rezando, quizás creyendo que mi vida era tan arriesgada como la de un torero. Desde entonces, mi padre acudía con el periódico en la mano sin hacer ruido y se ubicaba en el córner más lejano al gentío. Más de una vez escuché, "el padre de Matilla es un bicho raro". Seguramente tenían razón. A diferencia de lo que veo ahora con padres que quieren resarcir con sus hijos fracasos de juventud, jamás se dirigió a mí en un campo, ni al rival ni al entrenador. Sólo me pedía que me divirtiera y estudiara. Cuando un técnico le sugirió ¡con 12 años! que tenía más culo que James, ese día cené pizza en casa. Y cuando el Albacete me animó a estudiar, celebró mi vuelta a casa como si hubiera marcado en una final de Champions.

Mi padre no es un ejemplo de nada, aunque para mí lo sea de todo, pero he confirmado ahora que lo que un crío ve, lo suele imitar. La educación lo es todo y el único camino para encontrar una solución a la lacra que está de moda. Por eso yo, que aún no soy padre, espero poder ir pronto a ver a mi hijo o a mi hija y plasmar lo que he mamado. Si elige tocar el piano, perfecto. Si prefiere el teatro, adelante. Pero si le da por el fútbol por continuar una saga, ya tengo claro lo que intentaré: ser un bicho raro. Acudiré al campo con mi AS en la mano (que no Ipad), me sentaré en la esquina para ver el partido con una incurable envidia y centraré toda la energía en dar respuesta a una pregunta que siempre me hago: por qué las manos están obligadas a trabajar hasta los 67 años y a los pies sólo les dan cuerda, como mucho, hasta los 40.

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21/02/2017

Por Alfredo Matilla

La charla de Luis Enrique

El mundo de la psicología en el deporte siempre me ha fascinado. Sobre todo en el fútbol, que es la disciplina que más he mamado. Con Benito Floro ese interés inicial se acentuó, con esa terapia tan particular entre profesionales que ya había dejado huella en la cantera del Albacete. Correr y estirar al terminar los partidos siempre fue, tras su paso por allí, una norma que nadie se ha saltado. Como la devoción por el estudio y la estrategia. Sus más cercanos llegaron incluso a confirmar, cuando dejó el Bernabéu tras aquella inolvidable bronca en Lleida, otros innovadores métodos hasta entonces desconocidos: el técnico llegaba a hacerles chupar un limón a Butragueño y compañía para demostrar lo amarga que sabía la derrota.

Desde entonces, la psicología más casera o científica se ha ido incorporando en los clubes sin frenos y con una gran progresión. No sin críticas, tabúes y cientos de escépticos. Con Chema Buceta, guía de López Caro en el Madrid hasta en las ruedas de prensa, hubo mil bromas. Para mí se abría un mundo respetable y apasionante, hasta el punto de que ahora no puedo quitarle el ojo a un Máster de Psicología Aplicada al Deporte. Ando obsesionado haciéndome preguntas. ¿Qué pensaron los jugadores del Nápoles tras la arenga post-comilona de Maradona antes de saltar al Bernabéu? ¿Cómo contiene Zidane la euforia? ¿Por dónde empieza Voro sus sermones con la que está cayendo en Mestalla? ¿Qué cojones hace Simeone para que su tropa no se desplome? ¿Qué le pudo decir Luis Enrique al Tridente tras el 4-0 de París y cómo introducirá con el paso de los días la palabra remontada? Pagaría por ver todas estas charlas.

Me inquieta, me importa y me motiva. Sin haber sido profesional y quedarme en el casi (cobrar lo justo para malvivir) he visto de todo. Tuve entrenadores que sólo encontraban la motivación echándose las manos al paquete. Otros daban puñetazos en la pizarra. Alguno más se ponía tan nervioso que daba alineaciones con diez o doce jugadores. Otros delegaban por incompetencia y daban paso al presidente para que recordara, palillo en la boca incluido, que o se ganaba o allí nadie cobraba. “El dinero no me cae por un bujero. ¡O ganáis o veros de aquí!”, decía. Casi nunca funcionan esos discursos improvisados. Está claro que la mayoría de veces el futbolista va a lo suyo, no atiende, lo hace con intermitencias en el mejor de los casos o simplemente se descojona. Tiene que ser difícil para un entrenador ponerse delante de 22 profesionales con la vida resuelta y el egoísmo intacto, enseñarles algo, ayudarles a encontrar el camino, motivarles  o al menos lograr que comprendan algo que antes no sabían o que habían confundido.

Ahora se lleva de todo. Hay mucho autodidacta. Aragonés fue el precursor. Lo más común era, y sigue siendo, aislar a los equipos en un hotel donde fomentar la convivencia. Simeone ha tirado de ejemplos motivacionales como el de Irene Villa para fortalecer el carácter. Y en Santander, hasta Revilla llegó a darle charlas al Racing antes de jugarse el descenso. Otros entrenadores, por contra, dan pocas pinceladas y dejan que sean los futbolistas los que recapaciten en casa. Alguno más echa mano de las estadísticas que alientan el milagro. También se lleva mucho en el gremio proyectar vídeos con mensajes de ánimo de los familiares para tocar la fibra sensible. Depende del momento. Todo vale, todo suma y todo tiene las mismas posibilidades de triunfar.

De las inquietantes preguntas que he compartido antes, encuentro respuestas más o menos claras a corto plazo en todos los casos salvo en uno. En el Nápoles, para la vuelta ante el Madrid, hablará más Sarri que Maradona. Así que el resultado sólo puede ir a mejor. Con Zidane y con Voro no hay dudas. No se salen casi nunca del camino correcto y seguirán optando por la misma receta: humildad, justicia y sensatez. Por eso el Madrid tiene de nuevo muchas opciones de celebrar algo grande y el Valencia, de salvarse. Que no es poco. De Simeone, especialista en levantarse, levantarlos y sorprendernos, el secreto está en la obsesión por mejorar. Cuando se vaya (ese día llegará), sabremos más de sus desconocidos y sensacionales métodos por los protagonistas.

Canbuena

Con Luis Enrique es con el que más titubeo. Lo que ha hecho es sencillamente espectacular, pero no sé cómo va a salir de ésta. Si no opta por ceder la palabra a Piqué o pedir directamente como único requisito que le pasen siempre el balón a Messi, yo que él enfocaría más o menos así la charla que deberá dar el día clave, en la previa de la vuelta ante el PSG:

“Señores, pueden imaginar la gran motivación que es para mí estar aquí, entrenar a este equipo. Es el máximo honor. Por encima de todo, amo este club. Y nunca tomaré una decisión que perjudique o vaya en su contra. Todo lo que voy a hacer se basa en mi amor por el Barcelona. Necesitamos y queremos orden y disciplina. Es hora de correr y darlo todo. Yo os defenderé hasta la muerte, pero también puedo decir que voy a ser muy exigente con todos, como lo soy conmigo mismo (…). Sólo os pido esto. Podría perdonar cualquier error, pero no perdonaré al que no entregue su corazón y su alma al Barcelona. No estoy pidiendo resultados, sólo rendimiento. No voy a aceptar a los que especulen sobre el rendimiento. Esto es el Barça, señores, esto es lo que se pide de nosotros, y esto es lo que voy a pedirles. Hay que darlo todo. Un jugador por sí mismo no es nadie, necesita a sus compañeros alrededor. (…) Si no podemos llegar a ganar nada, será culpa nuestra. Estemos juntos cuando los tiempos sean difíciles. (…) Tened fe. Como exjugador, he estado en vuestro lugar y sé por lo que estáis pasando. El estilo viene determinado por la historia de este club y vamos a ser fieles a ella. Cuando tengamos el balón, no lo podemos perder. Cuando eso suceda, hay que correr y recuperarlo. Eso es todo, básicamente”.

El coaching de Luis Enrique podría copiarla y entregársela. No importa el plagio. Ni siquiera este texto es mío. Ésta es la primera charla de Guardiola cuando llegó al vestuario del Camp Nou.

Lo mejor es buscar en las fuentes la inspiración. Y en el caso del Barça y Luis Enrique, el ejercicio es necesario para parar, rebobinar y dar con la clave: recuperar unos orígenes perdidos.

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24/01/2017

Por Alfredo Matilla

Guardiola, entre trincheras

El pasado viernes viví dos hechos paranormales que me hicieron darle vueltas a la cabeza. Por la mañana, antes de ir al trabajo, un viejo socialista, bañado ahora por la nueva ola de Podemos, habló bien durante un buen rato de Cristina Cifuentes y varias de sus políticas. Lo hizo casi sin pestañear, más bien con buena cara y con bastante convicción. Por la noche, tras salir del tajo, cogí el taxi de un taxista peculiar. Tras unos primeros minutos de tanteo algo serio, rompió a hablar cuando le dije que quería dirigirme al centro de Madrid. Como si necesitara desahogarse o comenzar una terapia. Me dijo que es votante del PP, pero que lo que ha hecho Carmena con los cortes de Gran Vía ha tenido mucha lógica y que, sin duda, con alguna mejora esto beneficia al sector. Recuerdo, por si alguien se ha perdido a estas alturas, que hablamos de un taxista, madrileño y conservador. Al bajarme, sonreí. Me gusta comprobar que aunque a veces parece que hemos perdido casi todo, hay gente, por poca que sea, que aún mantiene intacto y afinado el espíritu crítico. Lleve o no razón. Concuerde o chirríe con su perfil más compartido. El sábado desperté.

Llegué de nuevo al periódico rumiando lo del día anterior. Y pensando si estas actitudes eran extrapolables al fútbol. Hago con frecuencia este ejercicio. Peor es fumar. Comenzó el partido del Manchester City y ahí me di cuenta de que no cabe ningún paralelismo. Aquí, entre pelotas, el inmovilismo desde hace bastante tiempo es mayor. El gran ejemplo se aprecia con la lucha Madrid-Barça entre un amplio sector de la población que, aunque nadie lo pretende, termina salpicando a todos en el bar, por las ondas o en la tele mientras comes. La rivalidad más deportiva mutó casi en una batalla campal en este siglo, sobre todo en la era Mourinho (no sólo por él), y ahora, con las aguas más en calma, ha dejado de resaca una consecuencia aún más insoportable: la defensa de lo indefendible, el ataque por atacar y la ausencia total de criterio propio y no teledirigido. Es muy triste que el único, consensuado y justo juicio llegue al abrazarnos en los momentos dramáticos. Si eres del Madrid conviene criticar, sólo en su acepción peyorativa, todo lo que huela a Barça. Desde la plantilla actual a cualquier vínculo en blanco y negro. Y si eres del Barça está prohibido, por miedo al aislamiento, reconocer alguna virtud del enemigo. Guardiola, como antes otros, no es más que una nueva víctima de este mórbido proceso.

Guardiolabuenabuena

Dentro de unas décadas comprenderemos que, en algunos casos, bien pudimos vivir en las cavernas. Hay pocas cosas más sanas y recomendables viendo partidos de fútbol que analizar y enjuiciar, incluso deseando la derrota del vecino. A fin de cuentas esto no es más que un juego y una pasión. Pero hay otros comportamientos con menos sentido, como negar la creación, el arte, la innovación, el progreso, la valentía, la inteligencia, el pundonor, la sabiduría y tantas otras virtudes que a veces llevamos dentro y que otras muchas envidiamos en el resto. Desde el lado culé se censuran los dones de Cristiano o Ramos, por ensalzar a terceros o por simplemente hacer de menos. Algo que jamás se atreverían a hacer nuestros mayores más barcelonistas con Di Stéfano, Bernabéu o Gento. Y desde el bando madridista se niega la única dictadura buena que ha existido, la de Messi, se pone en duda a quién pertenece el corazón de Raúl por recordarlo y se echan pestes de Piqué haga lo que haga, como ningún madridista osaba hacer antes con el legado de Cruyff o con la histórica aportación de Kubala y nuestro Luis Suárez. Ahora están de moda los extremos (y no hablo de jugadores que transitan pegados a la cal), sin reparar en que quizás andemos confundidos y que ésta es la miseria que enseñaremos a los que vienen por detrás. Un atropello que hubiera sido equiparable a censurar a Goya porque uno era más de Velázquez. A quemar El Quijote para leer sólo a Shakespeare. O a prohibir en casa a Hitchcock porque el único cine digno era el de Kubrick.

Querer lo peor para Guardiola se ha convertido en deporte nacional. Aunque no es tan arriesgado como el de defenderle. El técnico porta el cartel de ex del Barça como quien carga una cruz. Pesan tanto los halagos sin matices como los improperios despiadados. Los culés le perdonan cualquier resbalón, justifican sus nuevas meteduras de pata en varios fichajes (nada nuevo), comulgan con sus inevitables borderías en rueda de prensa y les cuesta reconocer que su papel en la Premier lo hubiera podido firmar hasta ahora incluso López Caro. Mientras, los madridistas aseguran que fracasó en Alemania por ganar ‘sólo’ tres Bundesligas más alguna copa con las que en España se desbordan las fuentes. Niegan su incidencia en el avance de este deporte, dogmatizan con que todo se lo debe a Messi, que es tan manipulado como decir que García Márquez es lo que es únicamente por la familia Buendía, y aseguran que su gran arranque en la Premier fue un espejismo, obviando que aún puede dar guerra y que sigue vivo en Champions.

La realidad, en mi opinión, es otra. Salir del Madrid y del Barça complica el futuro a cualquiera. Revisen y verán cómo la mayoría de los últimos entrenadores más triunfadores, incluso aquellos que llegaron a ser ídolos, jamás han igualado después lo cosechado en LaLiga. Ya ni les hablo de dónde están Vanderlei Luxemburgo o que hay de Serra Ferrer. Lejos de casa suele hacer bastante frío. Guardiola, como tantos, acierta y se equivoca, pero convendría dar las gracias por seguir disfrutando de él. Su grandeza, para los que aún dudan de ella, se comprobaría con un solo gesto: si volviera a fichar por el Barça. Sus fieles flotarían de nuevo y sus detractores andarían bastante preocupados.
 

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09/12/2016

Por Alfredo Matilla

Simeone y los líos de pareja

Percibo cierto revuelo en torno a Simeone por primera vez desde que llegó al Atlético. Los anteriores síntomas me los tomé como anecdóticas intermitencias. Los resultados tapan todo. Su confuso amago de abandono tras la última final de Champions ha dejado huella y ha puesto en alerta a buena parte del personal. A los aficionados colchoneros, los entiendo. Su adiós da bastante vértigo. A la gran mayoría del resto de seguidores, sinceramente no los comprendo. Hay demasiada gente, al menos a mi alrededor, deseando ver caer y huir al argentino. Unos empates en Liga y una derrota en Alemania sin consecuencias han encendido los debates.

A unos directamente Simeone no les cae bien, a otros le cansa su discurso a discurso y el resto censura su fútbol. A ellos, parece que el Atlético les gustaba más cuando se hacía divertido, si descendía o si protagonizaba las páginas de sucesos por algún puñetazo a destiempo o por sus fichajes en teletienda. Tics del pasado que le queda a esta gente, sin comprender que este Atleti ya no es ése ni seguramente lo volverá a ser. Para ellos, donde muchos vemos a Simeone como un revolucionario con sed, para otros es un incordio. Y donde el Atleti es una bendición, se presenta como una incómoda amenaza. Ésa es la realidad que de verdad inquieta. Algo que no extraña ni sorprende. Ya sucede algo similar en la política, donde en vez de aplaudir que aparezcan partidos nuevos con otras cosas que decir y mejorando con su ímpetu a la competencia, hay quien prefiere arrinconarlos para vivir en paz. Su paz. Cada día entiendo menos. No es culpar por culpar.

Por eso, ya analizo cualquier detalle y dudo si en efecto existe, como creo, un ambiente enrarecido creado desde dentro del Atleti o es que algunos se empeñan en que lo esté y no pararán hasta hacerlo realidad. Me inclino más por lo segundo.

La gente del Atleti es ambiciosa, pero no tonta. Los atléticos, ávidos de más grandeza y sufridores como pocos, adoran en su inmensa mayoría al Cholo. Un estadio entero no corea un nombre cualquiera. Los jugadores, poco pueden hacer más que ser de nuevos primeros de su grupo en Europa, de haber ganado una Liga anteayer en el Camp Nou o una Copa en el mismísimo Bernabéu y de haberse presentado a dos finales de Champions en tres años cayendo de aquella manera. Y la directiva, que siempre solía afear lo logrado en el césped, no hace más que mejorar su economía en nuestros días para reforzar el equipo a la vez que mantiene a las estrellas. No como hacía antes, gastando sin techo y vendiendo para poder comprar alguna otra pieza de nuevo ilusionante, Así, sólo nos queda mirar a Simeone. Y, particularmente, con sus cosas, creo que su mérito sigue siendo infinito. Conclusión a la que uno llega: esta crisis, originada en recientes frustraciones y alimentada por los últimos resultados adversos, igual es una más entre tantas que existen en pareja. Nada que no se pueda solucionar en Navidad, que no cicatrice el 14 de febrero y que traiga alegrías cuando toca, en la maravillosa primavera.

Simeone

No lo digo yo. Lo confirman los psicólogos. Porque este es un tema, el cholismo y el anticholismo, que me tiene en vela. Por si no lo sabían, los expertos aseguran que las relaciones de pareja (afición-Simeone también es una de ellas) viven varios baches a lo largo del tiempo. En general, La Clínica del Amor (sí, existe) resume que hay varias etapas que debemos vigilar para no descarrilar: la crisis de los dos años, la llegada de los pañales, los siete años de relación, la crisis del solsticio y el síndrome del nido vacío. Otros estudios ojeados, incluso en el Daily Mail, aseguran que “la paciencia ha menguado”. Los roces que en los años 50 aparecían a los diez años de relación se nos presentan ahora en un lustro, en la llamada “luna de miel”. Ese periodo de tiempo que, llevado al Atleti, es aquel en el que ha logrado pisar las barbas de los grandes mientras ha colado a Griezmann en las galas televisadas. Pero hay más. Dos frases encontradas en los mejores y más especializados blogs sobre asuntos de pareja resumen una teoría común aplicable a este caso futbolero. Una: “Las personas dejan de estar en ese estado de enamoramiento clásico de los primeros tiempos para enfrentarse con los problemas reales” (véase, La Liga se escapa). Y dos: “Una de las explicaciones de este riesgo de divorcio es que los miembros de la pareja atraviesan transiciones cruciales de vida (Lisboa, Milán…) y experiencias desafiantes (el Inter llama a la puerta)”. Para otros teóricos, la crisis se produce “porque todo empieza a repensarse (¿podemos mejorar?, ¿ganaremos la Primera?) y aparece la rutina (partido a partido)”.

Con tantas chorradas como escucho sobre este Atleti y Simeone, no me parece descabellado recurrir al amor y tratarlo como ciencia para entender lo que sucede en el fútbol. Sea broma o no, Simeone se hizo cargo del Atleti el 23 de diciembre de 2011, así que en nada cumplirá cinco años al lado de la gente del Calderón. A mi juicio, este bache se ha producido simplemente como consecuencia de una época de confusión creada por el propio juego y su azar. El equipo está viviendo un tránsito entre el estilo de antaño, basado en la solidez, la pierna fuerte, la contra mortal y la dulce estrategia, con el progreso hacia un fútbol más vistoso que se adapte mejor a la categoría de los nuevos fichajes. No veo nada más. Todo requiere un tiempo.

Ahora no sé qué deparará el futuro, sólo intento aclarar(me) el presente. Pero aun así, si se consultan a los psicólogos es para decirles también a qué atenerse. Y esto es lo que dicen todos. Aquellos que empiezan en esta materia, los que llevan media vida en el tajo o los que postean en rincones que es para volverse locos: “La inmadurez, la terquedad y la idealización de lo que esperamos de la relación puede llevar a la infelicidad y a sentirnos insatisfechos. Pero quienes superan esta crisis de los cinco años refuerzan su relación llegando incluso a estar juntos el resto de sus vidas”. El Inter y otras novias que pretenden a Simeone igual se cansan de esperar.

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15/11/2016

Por Alfredo Matilla

Lopetegui en el cajón

Ahora que ya ha prescrito puedo confesarlo. La entrevista por la que más elogios he recibido de un entrevistado nunca se ha publicado. Mi trabajo más satisfactorio, por las respuestas en mayor grado que por las preguntas, está guardado en un cajón. Hace unos días, sin quererlo, me encontré de nuevo con él gracias al único lado positivo que tiene el maldito síndrome de Diógenes. La tinta de esas notas aceleradas permanece impoluta aunque ya han pasado diez años. Los folios, doblados, arrugados e ilegibles, están más amarillentos que blancos. Permanecen más ordenados en mi mente que en el cubo de la basura, adonde ya los he mandado. Recién nombrado en su cargo como director de ojeadores del departamento de Internacional del Real Madrid, Julen Lopetegui me concedió un café en el Hotel Wellington de Madrid para conocernos en persona y para resolver algunas dudas. Fue una hora entretenidísima, sin grabadora pero con pluma, de la que no publiqué jamás ni una sola línea. Cosas del periodismo.

Hablamos tanto de fútbol, de su esencia y de la base; y tan poco de la actualidad, de que si Messi o Cristiano, de los chascarrillos y de la polémica del fin de semana; que recién llegado al diario no me atreví a vender ese trabajo voluntario y silencioso por miedo al rechazo. Temía el típico “¿pero cómo no le has preguntado por esto?”. También ayudó a mi decisión final el hecho de que hablar con el ahora seleccionador era, a esas alturas, algo secundario. Y que incluso él mismo me confesó al final de la charla, en la que se mostró “encantado”, que dados los continuos off the record y la inminente publicación en Realmadrid.com de una entrevista con él a modo de presentación, lo mejor era que no sacara nada en su boca. Y así lo hice. Desde ese septiembre de 2006 no he vuelto a coincidir con él, convirtiendo aquel encuentro en el ideal de entrevista que siempre persigo y casi nunca consigo.

Aquella mañana Julen, sin más testigos ni fotógrafos, reconocía que su pasión era la cantera, como luego demostró en el Castilla y en las categorías inferiores de la Selección. Hablaba de las veces que necesitaba ver a un chaval para saber que sería profesional y qué exigía para dar el paso de atarlo. De sus viajes a la Copinha de Brasil para analizar de cerca a Neymar, al que llegó a traer a Valdebebas a entrenar. De cómo se convivía en el Madrid con tantos gallos juntos en el mismo corral (coincidió con Portugal y Mijatovic). También se deshacía en elogios con un tal Marcelo y el Pipita Higuaín dos meses antes de que llegaran. De cómo era el Madrid cuando él jugaba y de cómo se lo había encontrado ahora. De su entrega por la profesión de ojeador. De su suerte por poder viajar de acá para allá viendo futbolistas junto a sus ayudantes de lujo, Rafa Monfort y Antonio Vilches. Del ejemplar trabajo de Carlos Bucero con la cantera, que curiosamente ahora se ha convertido en su representante. Llegué a casa con la sensación de que había perdido una oportunidad maravillosa de compartir con los lectores un buen rato y, sobre todo, de promocionarme como aprendiz en esos días en busca de un contrato. Sin embargo, tenía la certeza de que había ganado un conversador y quién sabe si una fuente.

Lo

Desde entonces volví a hablar con él tres o cuatro veces por teléfono. No se llevaba eso del whatsapp. Siempre para confirmar algún dato, para ver qué tal le iba por el club o para aclararnos algo. Sin tensiones ni temores. De forma muy distendida y agradable. Suele pasar que cuanta más cercanía y más cariño le tienes al interlocutor, más respetas sus silencios y menos comprometes la relación. Hasta que el 12 de marzo de 2008 le llamé por última vez para decirle que cambiaba de aires, que tuviera suerte en el futuro y que para lo que necesitara estaría por El Sardinero. Desde aquel hasta luego únicamente he sabido de él a través de amigos comunes o por los medios de comunicación. Nunca nos hemos vuelto a llamar. Ni tan siquiera a cruzar. Yo sé de él por la tele y, quizás, él de mí por sus lecturas del periódico o de nuestra web. Un error por mi parte por haberme obsesionado en abrir nuevas vías y en no mantener las ya abiertas. Y un acto reflejo y comprensible por su parte: por el estrés, por su exitoso y rápido crecimiento y porque, no me engaño y me río, yo simplemente sería uno más... Aunque suene despechado.

Por eso, hace unas semanas, cuando lo vi en persona en un encuentro informal con otros colegas de profesión al que me podría haber sumado, decidí echarme a un lado, como el que antes prefiere mantener el recuerdo que soportar la realidad. Preferí no acercarme a saludar, a pesar de las ganas que tenía de darle la enhorabuena por su cargo y de recordarle que Víctor Ruiz está de dulce. No acudí hacia él por temor a que no me recordara. No por ego ni porque aquel café lo pagara yo. Más bien por no comprobar que el idealismo está caduco. También actué así por el vértigo a no estar a la altura de nuestra única conversación o de echar abajo otro referente al que sigo admirando. De ahí que me alegre cada día más de no conocer Messi, a Bunbury o a Enric González. Además, me comporté de esa manera por pánico a tener que preguntarle en algún momento, por las exigencias del guión, por el Balón de Oro o por Casillas. Y, sobre todo, por el pavor a tener que volver a la redacción a escribir algo menor sobre él, con todo lo bueno que podría enseñarnos y yo ya sabía, que esta vez sí estaría mucho mejor guardado con llave.

 

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