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Mr. Pentland

Mr. Pentland

Míster Pentland fue justo lo que la mayoría llevamos dentro: un entrenador. El precursor y más innovador. Este rincón tratará de su gremio. De los inicios, las trayectorias y las anécdotas de sus sucesores. Modestos y profesionales. Españoles y foráneos. De club o seleccionadores. Bienvenido. Pase y tome asiento. Aquí tiene su banquillo.

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17/04/2016

Por Alfredo Matilla

Mi Esnáider, ‘retenido’ por la Policía

Los famosos, jugadores o no, pasan por tres fases en su trayectoria: cuando se esfuerzan con ilusión por llegar a ser conocidos; cuando lo son, lo aborrecen y lo hacen saber sin disimulo; y cuando dejan de serlo y se agobian por la falta de memoria del personal.

Juan Eduardo, el personaje de esta historia, sabe algo de esto.

Hace mes y medio, el 3 de marzo en concreto, decidí airearme y salir de la redacción para acudir a Vallecas a ver el Rayo-Barça. Por eso de estar donde pasan las cosas. Lo hice con tiempo, para evitar las aglomeraciones al esperarse un lleno y jugarse entre semana. Aun así, me costó llegar a la zona de prensa. Primero, porque coincidí con la llegada del autobús blaugrana. Tuve que esperar tomando cañas. Vaya. Y después, porque la Policía acordonó los accesos con un cordón humano de esos que dan miedo. Menos mal que las acreditaciones aflojan las garras. Enseñé mi pase a un madero y amablemente me dejó pasar y enfilar mi vomitorio. Otros no tuvieron tanta suerte.

A mi lado, Juan Eduardo Esnáider (Mar de Plata, 1973), al que no tenía el gusto de conocer más que por sus hazañas futbolísticas, luchaba metiendo el codo entre la gente para que el mismo policía pusiera el semáforo en verde: “Trabajo para la tele y vengo a comentar el partido”. No hubo forma. El argentino no llevaba la acreditación pertinente y el agente, o era demasiado joven y no recordaba su volea mágica en París, o pasaba del fútbol como yo de las telenovelas. No le dejaba pasar. Le miraba incluso como a un sospechoso. Me sentí mal. No porque Esnáider no pudiera avanzar. Sólo era cuestión de tiempo. Me dejó mal sabor de boca que ese policía no hubiera disfrutado como yo de los goles que me regaló el 9 en la infancia. Que no recordase ni uno de sus 74 tantos en 197 partidos en Primera. O que no aprovechase su tirón con la de puntos que nos dio en la Liga Fantástica. Sin que él me viera, fui directo con la autoridad, quizás algo ruborizado por la situación: “Es Esnáider, exjugador del Zaragoza, Madrid, Atleti y Juve entre otros. Pon Youtube y disfruta”. Yo sudé. El poli, rió. Pero coló. Esnáider pasó y lo agradeció.

Esnaider
No lo he vuelto a ver. Pero sí he pensado en él: cómo cambia la vida, me dije, cuando Escribá cayó y Esnáider fue llamado para debutar ante el Madrid de su amigo Zidane (coincidieron en la Juve). Antes de ese día, la última vez que había coincidido con el actual entrenador del Getafe curiosamente también iba de traje, también dirigía al equipo azulón, como segundo de Míchel, y también tuvo a la Policía entre medias de su objetivo. Fue en Santander, en el último partido de la temporada 2008-09. Cinco jornadas antes, el tándem de exmadridistas se hizo cargo del equipo con el objetivo de lograr la permanencia en una situación agónica. Lo lograron con un empate ante el Racing. Esnáider, como después tuvo que hacer Míchel, tuvo que salir de El Sardinero para abrazarse con los aficionados del Geta que habían viajado y que coreaban sus nombres entre lágrimas. Se saltó el cordón policial (ya apuntaba maneras) para dar las gracias a la hinchada y para airear que eso sólo era el inicio de un futuro prometedor en los banquillos. Aquella sociedad sólo la rompió una maldita enfermedad. Tras salvar al Geta y hacer el curso siguiente los mejores números de la historia del club, Esnáider tuvo que echarse a un lado para volcarse con uno de sus hijos. Estaba en la élite. Y lo dejó todo. El fútbol le debía una. Y ahora se lo cobra.

Después de aquello, Esnáider pasó por el Zaragoza, en el filial y en la dirección de la cantera. Para seguir creciendo y para despejar la mente. Allí, comenzó a hacer sus primeras colaboraciones como comentarista en Aragón TV. Pudo incluso ingresar en el Madrid en las categorías inferiores pero, de verdad, no volvió a primera línea hasta que el Córdoba llamó a su puerta. Allí las cosas no salieron bien. Volvió a la tele como comentarista de MoviStar+, hasta que Ángel Torres llamó la semana pasada a su puerta tras fundir el timbre de la de Caparrós. Ahora tiene una buena papeleta enfrente. Se la juega el Getafe y se la juega él. Volver a entrenar o volver a sufrir.

Quienes le conocen bien saben que dará la talla, con su nervio y buen corazón de siempre. “Tiene madera de entrenador desde que jugaba. En el campo ya nos tenía a todos firmes. Si le dejan trabajar y confían en él, el Getafe saldrá adelante”, recuerdan varios de sus compañeros consultados, como Geli, de aquel Zaragoza que alzó en el 95 la Recopa. Real Sociedad, Valencia, Depor, Sporting y Betis le esperan ahora por delante para resucitar al último clasificado. Esta vez, custodiado y no retenido por la Policía al entrar al estadio, Juan Eduardo, mi Esnáider, intentará repetir el milagro. A esos cinco equipos ya les hizo goles como jugador. Sus aficiones seguro que le recuerdan y jamás lo olvidaron.

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07/04/2016

Por Alfredo Matilla

Zidane siempre tiene la culpa

Para bien o para mal, Zidane parece condenado a estar siempre en el centro de la escena. Por genio, cuando lo hace bien. Por torpe, cuando lo hace mal. Da igual a quién se enfrente. Sólo existe él. Las menciones a Cristiano se reservan para cuando se ha vivido una lluvia de goles. Ser la apuesta de Florentino es una cruz para Zizou. Viene de suceder a Benítez sin más méritos que haber jugado de cine y por llevarse fenomenal con el jefe. Del Camp Nou salió, según algunos, licenciado. De Wolfsburgo se marchó, pase lo que pase, sentenciado. Sin embargo, los argumentos para entronizarlo o atizarle suelen ser bastante peregrinos. En sólo unas horas se ha pasado del repaso táctico que no vi a Luis Enrique, a la pájara alemana en la que él es el que menos culpa tiene.

Para apuntarle errores al francés, objetivos o intencionados, sobran los motivos. Pero para analizar las causas de la doble cara del Madrid se pueden encontrar muchos más responsables. Otra cosa es que interese recordarlos. Se podían haber consumido ríos de tinta sobre Luis Enrique tras lo del sábado. E imprimir un manual sobre Ditier Hecking (51 años), el técnico del Wolfsburgo al que, más allá de su gente, no mencionará nadie.

En la semana del Clásico comenzó la deriva blanca. Y, curiosamente, lo peor pudo ser el resultado. Sabedor de que el Madrid se juega toda la temporada a una carta, la euforia, las exigencias y el hecho de tener el futuro en el aire, obligaron a Zidane a ejecutar un plan en el que no creía. Poner a todos los titulares fue temerario con la Champions a la vuelta de la esquina. El Madrid ganó porque es el que más lo necesitaba, pero sus 70 primeros minutos no fueron para sacar pecho. Más bien para generar dudas en las grandes citas. Y mucho menos no era noche, con el líder a siete puntos y siendo terceros, para airear en las redes sociales celebraciones de equipo pequeño en el vestuario. El 1-2 del Camp Nou, a mi juicio, tuvo que ver más con la mentalidad y el ritmo del rival que con un repaso o un puñetazo en la mesa. Por mucha alegría que supusiera en el madridismo, no compensó ver a Ramos, Pepe y Modric arrastrarse ante el Wolfsburgo con las piernas bien pesadas. En el Clásico vi más culpa de Luis Enrique que méritos de Zidane, no teniendo otra vez la autoridad suficiente para rotar pensando en el Atleti y contando con Neymar y Messi. Pese a que el primero tenía el cuerpo como sólo lo deja una despedida de soltero y pese a que Leo venía agotado con Argentina. Por los viajes y, sobre todo, por la tensión que le supone dar la talla con la albiceleste.

Lo de la Champions tiene más enjundia. Más allá de la pésima actuación colectiva del Madrid, del gatillazo en defensa, del agotamiento en medio campo, del suicidio manteniendo a Benzema lesionado y de que la vuelta será otra historia, hubo un equipo insultado enfrente que se comportó con grandeza. Ése que no se ha visto casi en las repeticiones. El que iba de blanco. El de la marca de automóviles serigrafiada en el pecho. El que tuvo dos laterales que sonrojaron a sus marcadores, en el que Draxler bailó a su antojo y en que el su entrenador, exjugador del Gladbach e internacional, sorprendió a todos desde la alineación, supo jugar sus cartas y, lo más complicado, acertó al contener la rabia del Madrid con el 2-0 al descanso. Ese equipo al que aún hoy nadie da opciones. “¡Cómo no va remontar el Madrid ante el octavo de Alemania…!”.

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Porque lo peor del Madrid no fue su desfallecimiento durante diez minutos mortales. Lo más triste fue su respuesta con más de medio partido por delante. Las soluciones de Zidane no convencieron, pero los jugadores algo tendrán que decir sobre la desidia y el aturdimiento demostrado. Aun así, lo más destacable, por si no se lo han recordado por ahí, fue la estrategia de Hecking. Naldo, al que tuve la oportunidad de entrevistar en 2007 cuando ya ganó en Europa al Madrid con el Werder Bremen, dio la clave en las horas previas. Ya fuera en declaraciones públicas o con sus mensajes: “Si jugamos todos juntos como equipo, tenemos posibilidades. Ese es el mensaje que más veces no repetimos”. Ése fue el lema que inculcó el entrenador durante la semana en un vestuario al que tiene en el bolsillo con sus didácticas y motivadoras charlas. Dicen los jugadores, los aficionados y hasta el director deportivo del Wolfsburgo, Klaus Allofs, (antes también estuvo en el Werder), que Hecking es mejor orador que cualquier político: “Siempre pronuncia las palabras adecuadas. Es muy sabio”.

Y no les falta razón a sus fieles. Hecking fue capaz de poner de titular a Bruno Henrique para descoser las bandas del Madrid. Y lo más difícil, fue capaz de mentalizar al chaval de que iba a ser la clave pese a sus 25 años, aunque no había disputado ningún minuto en Champions y sin importar que acumula 361 minutos en toda esta temporada. Eso es tan grande a estas horas para Alemania en general, y para Wolfsburgo en particular, como cuando el Madrid hizo de Hierro un mediocentro goleador o cuando Guardiola hizo de Messi un falso nuevo de leyenda. Un golpe maestro. Hecking, en vez de tirar la eliminatoria y centrarse en la Bundesliga, preparó el partido a conciencia y consiguió como premio una proeza. Su trayectoria al frente de varios modestos siempre ha sido impecable. Empezó en el Verl, pasó el Lübeck, al que ascendió a la segunda categoría, e hizo sus pinitos en el Alemania Aachen antes de progresar y cumplir los objetivos marcados en el Hannover y el Nuremberg. Llegó al Wolfsburgo en el mercado invernal de 2012 con exigencias. Y cumplió. Tras salvar a su equipo de una grave crisis, al año siguiente lo metió en la Europa League tras rozar la Champions. Un reto que logró después y que redondeó con la primera Copa alemana de la historia del club y con la sorprendente victoria luego en la Supercopa ante el mismísimo Bayern de Guardiola.

De Hecking ya no sabremos mucho más hasta que hable en conferencia de prensa el próximo lunes en Madrid en la previa de la vuelta. Ya lo saben, Zidane será mucho más importante y tendrá única y exclusivamente la culpa de lo que pase. Gane o pierda.

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11/03/2016

Por Alfredo Matilla

Zidane corre, Setién piensa

Cuando vienen mal dadas, en la vida y en el fútbol, no dejan de sorprenderme dos cosas: las soluciones peregrinas que tantas veces se aportan y el dominio de las ideas primitivas (que las sustentan) por encima del talento. Ni Zidane, que es quien es por haber sido un mago del balón, ha logrado mantenerse firme ante esta moda. El francés, que está haciendo muchas cosas buenas y debería seguir (pase lo que pase) con este proyecto, me decepcionó tras caer ante el Atleti. Y no por la derrota ante otro grande. Más bien por su infidelidad a su estilo a la primera curva y por evidenciar que ahora no le importaría ser otro siervo en el banquillo. No quiero imaginar que dirá, hará y fichará si no logra la Champions. En su primera crisis en el Madrid, con todos los focos apuntando, dio la clave más sencilla y populista. La que quiere oír parte de la grada y de la directiva como prioritaria y mágica solución: “Hay que correr más”. Como si eso garantizara el éxito por si solo. Sin apuntar a otros males conocidos (baja forma de Ramos, el dudoso papel de Kroos, la mala presión...) ni a otras soluciones esperadas. Ni la goleada ante el Celta ni el pase a cuartos en Champions tras apear al Roma me ha quitado de la cabeza esta quemazón. Los amantes del buen fútbol esperamos más. Si no, el próximo fichaje galáctico sería Usain Bolt.

Siempre sucede lo mismo. El modus operandi con las crisis es idéntico. Hay que hacer más cosas y mucho más rápido sin importar, ni casi analizar, si se hacen mejor que antes. Por eso, durante días hemos leído maravillas difundidas por el club sobre el desgaste de Lucas Vázquez como su mayor virtud, con todas las que tiene, mientras se ha señalado a jugones como Isco o James y siempre se pone en duda a Benzema. Por eso, Casemiro ha vuelto a escena. Y por eso, los periodistas hemos sacado a relucir los kilómetros recorridos en los últimos partidos para señalar a conveniencia a los artistas que al final deben decidir y para sobrevalorar a los altares a los jornaleros que siempre les acompañarán. El ‘Juntos Podemos’, las cenas de equipo, las santiaguinas, los toques de corneta, las pretemporadas en febrero y los ultimatums muchas veces son justos y vienen bien. Pero como complemento. Aquí lo que vale y manda es hacer mejores cosas que el rival. Con y sin balón. Y este Madrid, por mucho que corra, ha dejado de mandar y gustar.

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Como terapias en busca de la reacción de un equipo ya hemos visto de todo. Rudi Guntendorf, en el Valladolid, llegó a sacar a su plantilla a primera hora de la mañana a correr por la ciudad y les hizo parar ante un andamio para mostrarles dos cosas con el objetivo de recapacitar y esforzarse más: lo que de verdad es trabajar y el privilegio que tienen los futbolistas de no estar ahí subidos. También hay entrenadores que tiran de proyecciones en grupo que toquen la fibra y recuerden los orígenes. Guardiola ya lo hacía en los días clave de su Barça. Y hasta Caparrós, por ejemplo, llegó a poner una cinta porno a sus jugadores en el Mallorca en busca de la motivación. Vale todo y particularmente me gustaría ver más innovación, aunque siempre (repito) como aliño a un plan sesudo, trabajado y justificado en el que se escondan los defectos y se potencien las virtudes. Lo de correr por correr siempre me ha parecido mezquino y tribunero. Una solución tan sencilla como, antes las dificultades, ponerse a rezar. Un atajo a corto plazo. De ahí, que admirase al Woody Allen pausado y odie al que ahora filma publirreportajes de capitales europeas contrarreloj. Vendría a ser como si al cirujano, ante un tumor del paciente, le pidiéramos abrir a toda prisa y extirpar sin un chequeo previo. O como si en la noche de bodas hubiera sexo sin caricias. Correr por correr está sobrevalorado. Zidane fue un diez de leyenda al entenderlo. Y Messi, que corre cuando debe, es el rey.

Menos mal que aún hay muchos otros entrenadores y algunas escuelas que, por encima de todo, siguen dando preferencia a otro verbo: pensar. El Villarreal, club al que admiro, ya está empezando a utilizar el ajedrez en su cantera para que los chavales mejoren la atención, la anticipación y el engaño. Y Setién, rival del Madrid esta jornada, es uno de los entrenadores que mejor está entendiendo que el esfuerzo sin inteligencia sólo puede descarrilar. Llegó a Las Palmas hace justo una vuelta con una situación angustiosa por resolver, donde sería más lógico correr y luego pensar, con un equipo recién ascendido de Segunda en sus manos, con un vestuario díscolo agobiado en los puestos de descenso y con las limitaciones de siempre para fichar en invierno. Y jamás se ha traicionado. Su plan ha sido el descaro, la posesión como forma de vida, la unión de talento en medio campo, la solidez defensiva y la velocidad en los metros finales. Con gente joven gane o pierda (hasta juveniles) y sin importarle los nombres (Willian José sentó a la estrella, Araujo).

Setién es de otra pasta. Por eso ya subió en su día a un Racing en ruinas e hizo del Lugo un ejemplo. Y por eso tiene a Las Palmas a cinco puntos del pozo con tres victorias seguidas. Salvar a la Unión le (nos) daría la razón. Setién debutó como técnico en Primera con 57 años y como metáfora de su carrera, mientras él piensa como prioridad, a Zidane (del Castilla a la Champions) las circunstancias le están empujando a correr por obligación.

 

Sesesese

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27/02/2016

Por Alfredo Matilla

Zidane-Simeone: la Champions como salvación

El de hoy es un enfrentamiento inédito en los banquillos entre Zidane y Simeone con sus equipos eliminados ya en la Copa, distanciados en la pelea por la Liga y fiando todo a Europa. El francés se juega en esa búsqueda de la Undécima el futuro. El argentino, más bien, dar continuidad a este milagro. He aquí un análisis de ambos que evita cosas ya sabidas sobre ambos y referencias y estadísticas que podrán encontrar en nuestra web. Un resumen del pasado más reciente, del presente más exigente y del pasado más inesperado.

Zidane: aferrado a Europa, sueña con ser el nuevo Muñoz o Del Bosque

Dos meses y medio después de su debut en el banquillo del Madrid, ha habido tiempo para analizar la labor de Zidane antes de su primer partido grande, el derbi. Desde que llegó del Castilla, el Bernabéu se divierte más (20 goles) aunque las salidas gustan menos (cuatro puntos perdidos). Ha aportado paz e ilusión y ha dejado mejor sabor de boca en la sala de prensa (“Cristiano está de puta madre”) que en el campo (mismo dibujo, idénticos agujeros). Algo impensable en su etapa como jugador. Ha recuperado la mejor versión de las estrellas, al mismo tiempo que ha visto ampliada la renta del Barça (llegó con -5 y está con -9). Y en definitiva, se ha despedido de la Liga, tras no oler la Copa, para aferrarse a la Champions. Como proyecto colectivo y como supervivencia personal.

Una vez fijado el objetivo, sobre Zidane ya sólo falta confirmar si continuará en el club la próxima temporada, tras sustituir a Benítez con la venia de Florentino, o bien si habrá sido un simple parapeto. Otro clínex de usar y tirar. Low siempre fue el deseado. De los entrenadores del Madrid (48) que llegaron a mitad de campaña en sus 114 años, revisen, muy pocos elegidos hicieron carrera. Es lo que tiene sumarse al proyecto de otros, sin los fichajes de uno. En la época moderna sólo Miguel Muñoz y Del Bosque lo lograron. Porque en este club ni ganar la Orejona asegura la vida. Que se lo pregunten al actual seleccionador, a Heynckes o a Ancelotti.

El modus operandi siempre fue el mismo con los cambios a la carrera. Maldita hemeroteca. El presidente nombra un recambio repleto de bondades mientras reparte culpas para no sonrojarse, los primeros resultados dan alas, los jugadores escenifican o exageran una piña como dardo al caído, parte de la prensa infla los titulares harta de la crónica de sucesos y luego, a la primera curva, el invento descarrila. Antic, Beenhakker, Arsenio, Toshack, García Remón, Luxemburgo, López Caro, Juande... ya vivieron la experiencia. Todos se subieron al carro sobre la marcha. Y unos a los pocos días, otros meses más tarde y, como mucho, tras un año (que no una temporada) los echaron poniendo de moda el contrato temporal.

A Zidane, que tiene más vidas por ser quien fue y por venir recomendado por quien viene, sólo le vale comenzar ganando el derbi y repetir con los demás huesos hasta mayo. Para ello debe remangarse. El Madrid que hereda no ganó a ninguno de los cinco primeros. No puede dirigir otro tropiezo. Y en su primer Madrid-Atleti como jugador ya acabó pinchando (2-2)...

El método de Zidane

En el campo: Keylor fijo, rotaciones las justas, pretemporada para corregir la que no se hizo, Varane antes que Pepe, fe ciega en Modric, galones a Isco y cariño a Cristiano por encima de todos, incluido Bale.

Fuera: Conciliación, piña, sonrisa, amabilidad y buena cara con la prensa, optimismo pese a los pinchazos y, a diferencia de Benítez, poco intervencionismo y escasas entrevistas.

Ni altas ni cantera: Ha utilizado a 19 jugadores en Liga: seis españoles y cuatro canteranos. Poca bola a los fichajes: Casilla, Danilo, Kovacic y Lucas no juegan, Cheryshev se fue y a Casemiro se lo cargó.

Dar la talla: La misión de Zizou es brillar ante los grandes. Su Madrid, antes de que llegara ya tropezó ante PSG (0-0), Atleti (1-1), Sevilla (3-2), Barça (0-4), Villarreal (1-0) y Valencia (2-2).

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Simeone: con Luis superado y Zamora a tiro, ansía ser el rey del Bernabéu

Más allá de ganar una Liga, disputar la final de una Champions y unir a una religión, la colchonera, Simeone ha logrado lo imposible hasta la fecha en el Calderón: hacer de la continuidad un hábito e instaurar la fe inquebrantable en un guía. Por eso, si el Cholo pide rugir, su gente ruge. En un club en el que despedir entrenadores llegó a ser un pasatiempo para Gil, y donde ya pasaron 77 técnicos pese a que la entidad tiene un año menos de vida que el Madrid, el argentino regresa al Bernabéu con un logro impensable a tiro: lleva 161 partidos de Liga seguidos al frente del Atlético desde 2011 y sólo Ricardo Zamora le supera con 164. Ni Luis Aragonés lo logró. Y eso que fue ídolo, entrenó al equipo en varias etapas y es el que más partidos le ha dirigido en el campeonato (407). El Sabio pudo encadenar 155 encuentros. Si ellos ya pasaron a la historia, lo bueno de Simeone es que aún está escribiendo la suya. Hasta 2020, fin de su contrato, le quedan páginas.

Pero no es por eso por lo que le teme la afición del Madrid. Simeone ha conseguido que el Atleti se haya consolidado como china en el zapato de los grandes. Con un fútbol poco vistoso y sin la excusa de que ya no gasta millones (más de 130 este año). Pero tiene mérito. Partía desde muy abajo y será de los pocos entrenadores que tengan más victorias (2) que derrotas (1) en Liga en el Bernabéu. Por no echar mano de la Copa ni de la Supercopa. Lleva un 66% de éxito en rodeo ajeno cuando el Atlético, hasta que él llegó, llevaba el 16% (12 triunfos de 75 derbis). Su gran dolor, recordarán los madridistas y no olvidarán los atléticos, es aquella Champions de Lisboa. Una espinita que le hace tener el mismo objetivo ahora que Zidane. Conquistarla el 28 de mayo en Milán. Aunque por otro motivo: para demostrar que el crecimiento de su proyecto no decae y sigue intacto.

Para conseguir lo que nadie, tiene argumentos. Ganó 20 de 26 eliminatorias. Sólo le tumbaron el Rubin, Barça, Madrid y Celta. A ver el PSV. Pero también tiene problemas. Mientras cuenta con una defensa intachable, 24 partidos sin encajar, tiene una delantera de fogueo: siete partidos a cero. Jackson le salió rana, Vietto no explota, a Torres le cuesta y con Correa hay demasiada precaución. Sólo le queda Griezmann (19 tantos) para demostrar que tuvo razón al quedarse, para recordarle al Madrid que como técnico es la pesadilla que no fue como jugador (perdió el único duelo en Liga contra Zidane) y, sobre todo, para regalarle el gran objetivo a esa fiel hinchada a la que aún debe un milagro.

El método de Simeone

En el campo: Más de lo mismo: seguridad defensiva, más pulmones que creadores en medio campo y mucha velocidad arriba. Su descubrimiento: Carrasco. La decepción: Jackson.

Fuera: Le sigue yendo bien vender que el Atleti no compite con Madrid y Barça, pese a lo que se ha gastado. Este año ha levantado más al Calderón con sus gestos que con su apuesta.

Juventud: Ha utilizado a 24 jugadores en esta Liga, de los cuales ocho son españoles y seis canteranos: Gabi, Koke, Saúl, Lucas, Thomas y Óliver. Al ex del Oporto no le ha sabido sacar todo el jugo que tiene.

Falta un plus: Siendo meritoria la temporada, ya falló ante el Benfica (1-2), Barça (1-2 y 2-1), Villarreal (1-0 y 0-0), Real Madrid (1-1), Sevilla (0-0) y ante el Celta en la Copa. Eso sí, lleva cinco derbis invicto.

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18/02/2016

Por Alfredo Matilla

Don Pepe y sus 40 hijos

Hace un par de semanas recibí una llamada del cineasta Juan Rodríguez Briso para pedirme el número de un mítico entrenador, Rudi Gutendorf, del que había escrito una entrada en este blog ‘Hormigas en el culo’, al estar en el Libro Guiness por su récord de equipos entrenados. Me alegró saber que quiere hacer un documental sobre su legendaria trayectoria. Sin quererlo, me volvió a confirmar que las buenas historias (estén mejor o peor escritas) siempre interesan. Así que me animó a buscar más. Aunque beban del anonimato. Zidane y compañía pueden esperar. Por eso, en este blog sobre técnicos, haré un hueco de honor al mejor técnico del mes, seguro que el mejor de lo que va de año y, si me apuran, del último trienio: José Julián López. No lo verán por la tele en la Champions, pero éste merece una peli.
 
A sus 52 primaveras, 25 años más tarde de que un servidor lo admirara bajo palos en mi añorado Gimnástico de Alcázar (Ciudad Real) y 16 después de que lo tuviera como entrenador en Tercera, este madrileño anda por Assouba (una aldea de dos mil habitantes en Costa de Marfil) haciendo de misionero, entrenador, profesor, padre (y casi madre), director deportivo, médico y todo lo que puede por un sueño llamado Academia Internacional de Sudcomoe. Un proyecto personal que, tras muchas penurias en su arranque en 2013, vive sus mejores días haciendo posible el desarrollo integral de la infancia a través del fútbol. Hasta LaLiga, implicada en proyectos solidarios, le ha subvencionado con 15.000 euros que provocarán 15.000 lágrimas de alegría.

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Pepe, como le conocen en el mundo del fútbol tras sus años como portero (Alcorcón y Gimnástico, donde jugó en Copa contra el Sevilla de Maradona) y como entrenador (Gimnástico, Alcorcón, San Federico y Atlético Pinto), partió hace tres años junto a su amigo ‘Paquillo’ hacia un mundo lastrado por la pobreza, el analfabetismo, la malaria y el sida para crear una escuela de fútbol en la que, además de imitar a los ídolos, los chavales pudieran comer, creer, ilusionarse y mirar al futuro sin cerrar los ojos. “África y China son el futuro. Si hubiera mil locos más como yo saldrían cientos de profesionales. El objetivo prioritario es que vivan mejor y si alguno llega a ser futbolista, mejor. Ojalá. Por aquí vienen franceses y belgas a pescar, pero pronto se van. No les va lo de formar”, argumenta. En muchas puertas a las que llamó con sus planes le tildaron de loco. Pero tras presentar proyectos para Guinea Ecuatorial, Guinea Conakry y Uganda, un empresario francés le ‘compró’ sus ideas y le ayudó a emprender una nueva historia que tenía pinta de temporal, pero que ya lleva tres años en pie con 40 futbolistas. En septiembre, Merche, su mujer, se unirá al proyecto con planes incluso para la población femenina. “Ojalá nos quedemos allí toda la vida. Cuando me preguntan siempre digo que tengo 40 hijos”.
 
Pepe llegó, vio y ejecutó. Readaptó un residencia abandonada por unos jesuitas y la reformó (y la sigue reformando junto a dos entrenadores y dos profesores) para dar cabida a unos cuantos privilegiados. Tras hacer varias pruebas a unos dos mil niños y observar cientos de pachangas por las calles, los elegidos fueron dejando sus aldeas entre semana para instalarse en esta especie de Masia. “Muchos llegaban sin familia por la guerra. Algunos, como mucho, tenían abuelos. La mayoría comía lo que robaba”, reconoce Pepe. “Los primeros tres meses, en los que yo no hablaba nada de francés, fueron muy duros. Pensé volverme de inmediato. Lo peor, tanta enfermedad: llegué a enterrar a un niño de dos años. Jamás lo podré olvidar. Allí no tienen de nada. Pero cada vez que llegan a las seis de la mañana al campo de entrenamiento con una sonrisa, me dan la vida y hacen que siga trabajando. Jamás podría dejarles tirados”.
 
Pepe33333Pepe convive con ellos. Los despierta a las cinco para entrenar con los primeros rayos de sol y los acuesta a las ocho y media, tras un duro día de clases (se ha erradicado el analfabetismo en la residencia) y entrenamientos y, por fin, con cuatro comidas en el cuerpo. “Comen arroz los 365 días del año con algo de pescado el 90% de las veces, alguna vez con carne dura de vaca y muy de vez en cuando con pollo, que es un lujo”. Los chavales son conscientes de todo lo que les ha cambiado la vida. Por eso han decidido comer todos un poco menos cada día para poner cinco platos de más e invitar a diario a otros niños de la aldea para que se unan a la mesa. Esa conciencia convierte a esta plantilla en una familia. Pepe, cada vez que regresa a España, aprovecha para volver cargado de material deportivo o escolar que le donan excompañeros, clubes, anónimos y mecenas de buen corazón. Pero no siempre es fácil adaptar el nuevo y desconocido mundo en un ambiente tan precario. “La primera vez que les llevé botas para que dejaran de jugar descalzos no fue fácil. A los pocos minutos se las tenía que quitar. No se adaptaban y les hacían daño. Preferían jugar sin ellas…”.
 
Pepe444444Pepe dirige chavales desde categoría benjamín hasta infantiles. Allí no hay competición, así que juegan amistosos con chavales bastante más grandes que ellos en edad juvenil. Llevan dos años y medios sin perder (120 partidos) y desde hace dos años, gracias a la esponsorización de ARC y Mirsalife, ya compitieron con las mejores canteras en España en la Madrid Sur Cup, donde ya fueron campeones, y en el Cotif Youth Cup (cuartofinalistas compitiendo con equipos dos años mayores). “Venir a España es un lujo. Verla a través de sus ojos es maravilloso. La primera vez que los traje, estuve un mes hablándoles del viaje. Para prepararles. Uno de los críos me preguntó que en cuántos aviones íbamos a desplazarnos. Creía que no le había entendido por el idioma. Me lo repitió y me quedé alucinado. Le dije que en uno, todos juntos y que con más gente. Me dijo que no me creía. ‘Yo los veo a veces por el cielo y son muy pequeñitos. Ahí no cabemos todos”. La llegada a Barajas resume sus vidas: “No querían bajar por las escaleras mecánicas ni meterse en los ascensores. Les daba miedo”.
 
Pepe hace todo esto porque siempre fueron antes los demás que él. En Costa de Marfil tiene un sueldo fijo pero que, en cualquier caso, es menor que el que tenía en Pinto como director deportivo. Pone todo de su parte para intentar esquivar los peligros. Sobre todo las enfermedades. Por eso, pese a entrenar a 40 grados, casi siempre va con su chándal y una camiseta de manga larga para no atraer a los mosquitos (“son aviones”). Alguna vez, en vez de comer arroz se da el lujo de hacerse una ensalada y hasta se ha alquilado un apartamento a cinco kilómetros de la residencia, donde va cuando llega la noche para contactar con la familia a través del WhatssApp o Skype. “Pedí a la compañía Orange que por qué no ponían una antena para que las comunicaciones fueran mejores y fueron tajantes: ‘si el 90% no tiene luz, ¿no querrás una para ti solo…?”.
 
Así vive y da su vida Pepe López, el mejor técnico del mes, seguro que el mejor de lo que va de año y, si me apuran, del último trienio. Tiene tanta fe en ampliar la residencia y consolidar esta academia que se está sacando el título de agente por si puede lograr que algún talento dé el salto a Europa cuando cumpla 18. Mientras, cuenta la aventura en www.afisudcomoe.com y lucha por recaudar más fondos para beneficio de sus hijos. No ya para que puedan progresar, que ya lo hacen, sino para mejorar y dar que hablar este verano cuando vengan a España, en aviones minúsculos, a seguir su racha triunfal.

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20/01/2016

Por Alfredo Matilla

Villar, Jorge Pérez, Galán y el futuro seleccionador

Leerán en los próximos meses mucha y variada información sobre la Federación Española de Fútbol. Del presidente (Villar) que quiere aferrarse a su cortijo tras 28 años acicalándolo a su antojo, y de las alternativas (Jorge Pérez y Galán) aún no consolidadas que quieren presentarse en abril a las elecciones, juntos o separados, para sucederle. Sin embargo, me da que lo que interesa a la gente, más allá de que se produzca un cambio que la mayoría pide (los que no podrán votar) para que una minoría salga (la que vota), no es precisamente de lo que se está escribiendo y hablando. De este proceso electoral, lo que verdaderamente es de interés general para aquellos que no entienden de reglamentos, inhabilitaciones, pactos y líneas rojas es quién será el futuro seleccionador que sustituya a Del Bosque. Una decisión que jamás contentará a todos y que, en uno de mis sueños futboleros (qué iluso), votábamos todos los ciudadanos españoles con mayoría de edad, porque esto es cosa seria, a través de la web oficial de la FEF.

A estas horas, lo que ha trascendido y las cosas que les hemos venido contando en AS, se resumen en que Del Bosque no será una baza electoral ya que quiere dejar el cargo en cuanto acabe la Eurocopa de Francia este verano. Otra, que Paco Jémez es el candidato preferido por una mayoría de lectores que votaron hace meses en una encuesta lanzada por as.com. Y una más, que las alternativas que se presentan según los mentideros dividen al pueblo, y en algunos casos hasta le cabrean. Ya saben: el suena Míchel.

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Villar, si gana, podría sorprender con cualquier cosa. No hay que olvidar que cuando llegó al cargo en 1988 apostó por Luis Suárez, un hombre fantástico que ganó el único Balón de Oro para España como jugador, pero cuya trayectoria en los banquillos dejaba dudas: Hasta aquel momento era corta (Depor y poco más) para suceder a Miguel Muñoz y donde más experiencia había acumulado fue con la cantera en las categorías inferiores de la Selección. Desde entonces, Villar dio varios tumbos. Luis Suárez duró tres años (hasta 1991) tras un Mundial malo en Italia 90. Luego llegó Miera, que no metió a la Selección en la Eurocopa y duró ocho partidos en la absoluta pese a lograr luego los Juegos. Para intentar unir al país, Villar nombró a Clemente, que dirigió en un Mundial y una Eurocopa en la que se pudo hacer bastante más y que se fue con el 58% de victorias. Después llegaron Camacho e Iñaki Sáez, sin cuajar ninguno, hasta que Luis Aragonés cambió la historia y Del Bosque la perfeccionó. Ahora Villar suspira por convencer a Del Bosque aunque, por lo que uno sabe, por si acaso suspira por Valverde. Por mucho que tenga en su cabeza a Emery y Caparrós. Al final, ya saben, a veces se impone el corazón. Y el Txingurri es un emblema en su Athletic.

De Jorge Pérez, alternativa a la presidencia que aún no se ha atrevido a salir de la madriguera pese a que sus futuros colaboradores ya trabajan remangados (Vicente Casado, Javier Lozano, Luis Gil, Santi Nebot…), se conoce en la profesión que también habla maravillas de Valverde cuando puede. Pero él, conocedor al dedillo de la vida de la Selección y de sus categorías inferiores, sabe que desde hace poco se ha abierto una puerta que no se puede desdeñar. Y no hablo de Benítez, al que aún le pone más y más el día a día. Me refiero a Julen Lopetegui. Un experto en fútbol internacional (dirigió ese departamento en el Real Madrid), un conocedor de la casa (fue seleccionador Sub-21) y un joven con experiencia (viene de hacer buenas cosas con el Oporto).

Con Miguel Ángel Galán, el candidato del pueblo, no se podría esperar otra cosa que su confianza en Paco Jémez. Emery y hasta Luis Enrique también le gustan pero, por lo que dice el entorno del candidato, ve en el técnico del Rayo al entrenador ideal para mantener el bueno gusto, para no perder el hambre y para asegurar la gloria. Yo dudo de cómo se adaptaría un entrenador tan meticuloso con gente que lo ha ganado todo, pero Galán es director de la escuela de entradores CENAFE. Más que yo sabe, seguro.

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Hasta abril, cuando las elecciones se acerquen (el 22 seguramente), nadie mostrará sus cartas. Puede que Villar a esas horas ya esté inhabilitado con la cruzada que LaLiga y el CSD mantienen contra él y sus supuestas irregularidades. Puede que para entonces Jorge Pérez ya haya dejado la FEF y se haya animado a dar a conocer su candidatura. Y puede que para entonces, incluso el propio Jorge Pérez, el actual secretario general de la Federación, haya llamado a Galán para unir programas y, sobre todo, esfuerzos con tal de acabar con esta dictadura. Veremos. Lo que es seguro es que por ese mes de abril, la Selección ya estará calentando motores para Francia con Del Bosque al frente y media docena de herederos expectantes. Mi preferido entre ellos es Quique Sánchez Flores. Pero, vamos, les escucho a ustedes una vez que me hayan increpado recordándoles que sólo es una ensoñación: aquí votan y deciden asambleístas y no simples ciudadanos.

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07/12/2015

Por Alfredo Matilla

Los cambios del Barça

Las sustituciones en el fútbol me intrigan. Lo reconozco. Hay técnicos que cambian siempre a la misma hora. Unos con precipitación y otros cuando ya no queda tiempo. Hay quienes, partido tras partido, lo hacen en el descanso. Quienes, a la desesperada, meten dos y tres a la vez. Hay tantos casos como entrenadores. Esta semana han vuelto a dar que hablar. Y no me refiero al cambio de Cheryshev en el Carranza para intentar que la culpa fuera menor con la alineación indebida ya conocida en el mundo entero. Ni esta vez Paco Jémez es el protagonista por haber quitado a alguno de sus jugadores antes de que comience a sudar. Me refiero sobre todo a los cambios realizados por Luis Enrique. El asturiano ha sido protagonista en los dos últimos partidos. Uno por no agotar los recambios y dejar que el Barça acabe con diez ante el Villanovense con el partido resuelto y el personal enfadado. Y el otro por no hacer ninguna de las tres sustituciones en Mestalla que permite el reglamento. Sobre lo primero, lo entiendo pero no lo comparto. El técnico, en su afán de no arriesgar metiendo a un jugador frío que pudiera salir y simplemente caminar, puso al resto de los que quedaron sobre el césped en apuros con tanto rival mosqueado por el feo. Lo segundo, lo del sábado ante el Valencia, lo defiendo: ¿para qué tocar lo que no se puede mejorar?

Luis Enrique juntó a su equipo de gala tras siete meses sin poder hacerlo en Liga. Y estaba tan contento y tan ansioso por verlos a todos juntos que no se atrevió a modificar nada ante el Valencia. Lógico. La última vez que los vio juntos fue en Córdoba, una tarde calurosa de hace siete meses. Esta vez no fue conservador con el 0-1 para meter a más defensas o algo de músculo, ni le dio miedo el cansancio pese a la acumulación de partidos. El rival empató, pero sería injusto decir que fue una consecuencia de esta decisión de no cambiar. El Valencia hizo el 1-1 más fruto de la casualidad que de otra cosa. Aunque los críticos ven cualquier momento idóneo para enseñar la patita.

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No hacer cambios hace años era mucho más arriesgado que exponerse ante la crítica, como esta vez le ha sucedido tímidamente a Luis Enrique. Por un lado, se herían más las sensibilidades. Como cuando Víctor Fernández no hizo ningún cambio en un Zaragoza-Barça de 1992 pese al 1-6 y muchos lo entendieron como un castigo a los titulares por el esperpento que habían protagonizado. Y, por otro, porque en muchas categorías, sobre todo en las modestas, los jugadores cobraban por primas. Y los suplentes sólo veían el dinero si cumplían un requisito básico: jugar al menos un minuto. Un servidor lo ha vivido. Ahora, en la época de los millonarios en Primera y de la precariedad en Tercera, o se cobra mucho o no se cobra nada. Esa fórmula de los sueldos por variables tan sencillas ya expiró. Porque las cosas no siempre fueron como ahora. Lo de tener la oportunidad de hacer tres cambios de campo es habitual desde la temporada 1995-96. Antes no era así.

La primera ocasión en la que un entrenador hizo un cambio datado fue en 1953, en la fase de calificación para el Mundial de Suiza. Alguna vez ya lo he recordado por aquí. Fue en Alemania y el sustituido se apellidaba Eckel. Hasta entonces, no se permitían los cambios. Si había lesiones el partido continuaba con los sanos. Inglaterra fue el primer país en implantar la moda en 1965 únicamente si el sustituido tenía una lesión. Desde la temporada 1967-68 se introdujeron las sustituciones por cuestiones técnicas, aunque en España únicamente se permitían los cambios en la portería por lesión (en 1969 cuando ya se dejaba sustituir a cualquier jugador por otro lesionado). Hasta que la FIFA creó las reglas de sustitución en el Mundial de 1970 con dos cambios y España acabó por acatar la evolución. Ya en 1994 la FIFA permitió una tercera sustitución, pero este nuevo cambio se reservó sólo al portero. Un año después las tres sustituciones se podían realizar sin distinguir a jugadores de campo o porteros. Y así hasta el momento actual: una época en la que se está estudiando introducir incluso un cambio más cuando haya prórrogas.

Luis Enrique en este apartado de los cambios también está marcando tendencia. Quizás marcado por sus maestros. De Cruyff, el escritor del libro de estilo culé, recuerdo la única vez que no cambió en Liga. Fue en un Castellón-Barcelona (1-0) en 1990. Entonces, con ocho años, entendí que no era obligatorio dar paso a los suplentes como me decían, así que mi sustitución en el equipo del colegio no la volví a asumir tan fácilmente. De Van Gaal, otro de los técnicos continuista de la escuela holandesa, es el mérito de haber entrenado al último Barça que no hizo sustituciones en un partido de Liga. Fue hace 16 años: el 7 de febrero de 1999 ante el Extremadura (1-2). Benítez era aquella tarde el técnico del rival. Y Luis Enrique, heredero ahora de esa costumbre, fue uno de los beneficiarios de que no hubiera cambios, marcó un gol clave y, para colmo, mandó callar. Una foto que tras lo de este sábado en Mestalla bien podría volver a utilizar.

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23/11/2015

Por Alfredo Matilla

Luis Enrique también estuvo en el Bernabéu

En lo futbolístico (Florentino va aparte), se ha hablado mucho de Benítez. Bastante más que del Clásico perpetrado, entre otros, por Danilo, Ramos, Bale y Benzema. Y curiosamente se ha hablado poco de Luis Enrique. Bastante menos que de la lección que dieron, entre otros, Piqué, Busquets, Sergi Roberto, Neymar y Suárez. Suele pasar. Parece más fácil centrar el foco en la derrota y repartir los elogios en la victoria. Pero en este último Madrid-Barça si alguien triunfó fue Luis Enrique, sin espacio en las numerosas portadas. Tras el 0-4 dijo en sala de prensa que la victoria le sabía “a gloria bendita”. Y no le falta razón. Pese al triplete en su estreno de la temporada pasada, necesitaba aún una de esas noches que trascienden a los títulos, que hinchan el pecho y que nutren las videotecas. Sabe que ha entrado en la historia a lo grande: ganando al eterno rival una vez más, pero no de una forma cualquiera, ante su parroquia. Pese a las críticas, ya puede presumir de ser el técnico con más victorias en Liga en el Barça en los primeros 50 partidos. Con esta goleada suma ya 40 triunfos. Guardiola, mito del barcelonismo, logró 36. Tantos como el profesor Helenio Herrera. Un dato alentador el de Luis Enrique para repetir un día el legado de Guardiola.

Pero más allá de los tres puntos, la renta de seis en el campeonato y los cuatro goles; más allá de todos esos números y récords, lo que le eleva son las formas llevadas a cabo. Esas en las que cree y que nadie le impone. La planificación, la táctica, el estilo y la fidelidad a una filosofía. Una vez visto el partido por tercera vez (bendito iPlus) sólo tengo elogios a cada una de las decisiones que tomó. Es de justicia darle el peso que merece. Como el que tenía, y también le di(mos), cuando las cosas no iban bien.

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Lo primero que habría que destacar del Clásico es su atrevimiento. Tras la caída con el Tata Martino, el asturiano ha sabido renovar la plantilla y las ilusiones y se plantó en el Bernabéu, que es el examen de exámenes, con cinco canteranos en su once frente a un rival que presumió de españolización y que no puso a nadie de la casa en el equipo inicial. Y eso que no actuó Messi, un titular habitual. Jugaron Piqué, Alba, Busquets, Sergi Roberto e Iniesta. Y hasta participó después Munir, al que Luis Enrique incluso hubiera puesto de partida de no haber sanado del todo Rakitic. El Barça, que parecía muerto hace menos de un año, ha hecho una gran reconstrucción. No sólo se ha asegurado un sucesor de Messi con Neymar, también la aportación de la Masia.

También es admirable su mando. Si hubiera jugado Messi de primeras se habría hablado despectivamente de que el argentino manda y hace el once como y cuando quiere. Una verdad sólo a medias porque, está claro, un hombre que tiene cuatro Balones de Oro también se ha ganado el derecho a decidir. Pero una vez que se confirmó su suplencia se siguió diciendo que fue una decisión suya. Ni siquiera que fue algo consensuado. El caso es matar al entrenador, cuando a Benítez se le ha condenado por todo lo contrario: por poner a demasiados futbolistas juntos que andaban tocados. El caso es desestabilizar a una estrella que ha acatado lo que no todos harían por el bien individual y colectivo: ser suplente ante Atleti y Madrid pese a tener a 500 millones de admiradores mirando.

Y todo esto no es lo más importante en el papel desempeñado por Luis Enrique. Una vez confeccionado el once, lo que de verdad le encumbra es el partido. Manejar un equipo talentoso cuya mejor virtud no fue la que siempre le da fama: el manejo del balón. Siendo brillante su dominio (95% de pases buenos de Iniesta y Rakitic), lo que le dio el partido fue la defensa y la presión. La recuperación de unas tareas oscuras pero necesarias que llevó al equipo a lo más alto con Guardiola. Vean el 0-2 y lo entenderán: con el robo previo de Suárez a Modric tras perseguirle 20 metros comenzó todo. Hacer correr así a unos jugadores que hace sólo cinco meses consiguieron un triplete no es sencillo. El Barça juega de nuevo al ritmo que roba. Si defiende activo, recupera y ataca con nervio. Si defiende más atrás y blando, también recupera, sí; pero para sobar y ralentizar. Luis Enrique lo ha entendido. Tampoco debe ser sencillo preparar tan acertadamente un partido cuando tres cuartos de tu equipo está de selecciones y sólo llegan a tiempo para entrenar (o dosificar) un par de días mientras el rival tiene a casi todos en Valdebebas para machacar (si es que lo hizo) con el once elegido.

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De sus movimientos tácticos ante el Madrid se podrían escribir cien folios. Yo paro ya, no vaya a ser que alguno, a lo Marcelo, me diga que no he jugado nunca a esto. Resumiendo, no sólo podemos quedarnos con el invento de Sergi Roberto. Jugadorazo multifuncional que Luis Enrique ha patentado. Hay mucho más. El técnico ha mejorado al equipo añadiéndole el concepto mortal de la contra perfecta que tan bien aprendió este equipo del propio Madrid y que tanto daño le hacía. Y repitió cosas que han funcionado ante su gran rival antaño. Como presionar mucho la salida del balón, perseguir a los laterales con los extremos y dejar que sean los centrales rivales los que se responsabilicen de la creación. Así logró neutralizar a Marcelo, fijar a Modric y Kroos y forzar que Varane perdiese 15 balones y Sergio Ramos ocho.

Pero a mi juicio, la aportación más novedosa en este partido fue el papel de los laterales, Alves y Jordi Alba. Ambos nos han acostumbrado a ser prácticamente extremos. De hecho, Alves lo ha sido más de una vez en el Bernabéu cuando Cesc y Messi se repartían las labores de falso nueve. Y, sin embargo, esta vez ambos permanecieron muy poco tiempo en esa posición tan adelantada. O como mucho, si atacaba uno, el otro guardaba la posición. Nada de irse los dos como en el pasado. Sólo llegaron por sorpresa, en carrera, con la jugada muy clara para finalizarla sin que hubiera contra y, sobre todo, con mucha superioridad en el marcador. La consigna no era ser más defensivos, estuviera bueno con esta plantilla. La idea era ser más equilibrados para no dejar a la espalda espacios que tantas otras vez han sabido explotar Bale y Cristiano. Su mejor posicionamiento, como defensas primero y como atacantes luego, permitió una gran salida del balón al Barça (arriesgando como ya es costumbre y solución), al mismo tiempo que condenó las subidas de Danilo y Marcelo, tan bien perseguidos por Sergi Roberto y Neymar. Un plan exitoso que en Clásicos del futuro, con Messi en condiciones y puede que con un pilar en el banquillo, hará que Suárez sea el que corra detrás de Marcelo para no agotar a Messi con esas labores. Veremos.

Y pese a esos retoques en defensa, entre los que el técnico ha incluido además la defensa mixta en las jugadas a balón parado, Luis Enrique ha mejorado claramente el ataque, el fin prioritario para el que el Barça siempre pone todos los medios. Siendo decisivos los integrantes del tridente, los centrocampistas llegan más que nunca al área. Varias jugadas ante el Madrid lo demuestran, con Sergi Roberto, Rakitic e Iniesta dentro del área, y con Busquets siempre pendiente para activar las segundas jugadas.

Dirán algunos que no sólo ganó Luis Enrique y que también habrá hecho algo mal en este partido. Cierto. Sobre lo primero, una realidad: al final el principal mérito (no el único) es de unos jugadores ejemplares que no se han abandonado en tantos años a pesar de ganarlo absolutamente todo. Pero sobre lo segundo, sinceramente no lo veo. La única tarea por pulir y que no ha conseguido Lucho ni con 0-4 en este Clásico es lograr que Munir se suelte, explote y marque. Pero es que si logra eso pronto como alternativa fiable para grandes partidos, más que un técnico estaríamos hablando de un mago.

Ahora, sigamos hablando de Benítez.
 

 

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19/11/2015

Por Alfredo Matilla

Messi y los 'banquillazos' de Luis Enrique en los Clásicos

Más allá de los riesgos y la seguridad, el Clásico del sábado centra su debate en las posibilidades de que Messi sea titular o no en el Barça. Para ello, y como entretenimiento hasta que se conozcan los onces horas antes, seguramente jugaremos a ponernos en la piel del futbolista, en la de su técnico y hasta en la de sus compañeros y rivales. Hay que valorar si es arriesgada y conveniente su titularidad recién salido de una lesión de rodilla o si es mejor que comparezca en el tramo final. Nunca se sabe. Pero, sobre todo, intentamos averiguar qué incidencia puede tener una u otra decisión en el transcurso del partido y en el futuro, con tanta temporada por delante y con el Mundialito a la vuelta de la esquina. Está de sobra demostrado que una estrella sola puede marcar un Clásico. Ya sea por su bendita presencia o por su maldita ausencia.

Y más allá de la decisión final (apuesten), convendría escuchar y respetar lo que elija Luis Enrique (con permiso de Messi, claro). El asturiano ya ha vivido este tipo de partidos, como aficionado (blanco y azulgrana), como jugador y como entrenador, en los que un futbolista-bandera condiciona la previa, el partido y la resaca. Tiene experiencias para regalar desde todos los puntos de vista, algo que no puede decir casi nadie, y en diversas circunstancias, así que lo que decida, sea o no lo que más guste, estará más que sobradamente justificado.

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Luis Enrique sabe como nadie lo que supondría para el Madrid que Messi no jugara de inicio. Quizás una motivación extra. Puede que un hambre desmedida. Y seguramente una salida en tromba. Por unas razones bien distintas a las de ahora, el Madrid, su Madrid en los noventa, pasó por encima de un Barça sin una de sus estrellas en el Clásico del 7 de enero de 1995. Romario se quedó en el banquillo del Barça sin hablarse con Cruyff tras sus continuas espantadas a Brasil después de una primera temporada prodigiosa. Ese día, el equipo de Valdano, en el que jugaba el actual técnico del Barça, voló. Zamorano hizo tres goles en 39 minutos y el propio Luis Enrique y Amavisca cerraron una manita redentora tras el 5-0 sufrido sólo un año antes en el Camp Nou, curiosamente con Hierro y Butragueño, mástil y bandera del Madrid, en el banco junto a Benito Floro. Romario salió esa dura noche en el descanso, demasiado tarde y desganado, casi como castigo por su indisciplina, para hacer lo que pocos intuían: jugar sus últimos minutos con la camiseta del Barcelona.

LuchogolDesde entonces, para el barcelonismo dejar a un ídolo sin jugar en un partido de esta altura parecía estar prácticamente prohibido. Sin embargo, Luis Enrique después pudo comprobar qué siente su propio equipo cuando no cuenta con su mejor hombre. Y las sensaciones tampoco son tan malas. Hay cierto aire de reivindicación. Riquelme, discutido siempre pese a ser el gran fichaje de su época en el Barcelona, se quedó en el banquillo en el Clásico de 2003, con Luis Enrique de azulgrana. Y el Barça mordió al Madrid de los galácticos. Empató con gol del propio Lucho, arañando un punto con tres canteranos motivadísimos (Puyol, Xavi y Gabri) y a pesar de jugar con una plantilla rota entrenada por Antic, con Bonano de portero y con Sorín tapando a Zidane.

La experiencia de no poner de titular a una estrella si no está apta, ya sea por lesión o rendimiento, salió bien en aquel partido porque el resto multiplicó sus prestaciones y se unió como pocas veces lo había hecho antes. Así que a Rijkaard, atrevido como pocos, no le importó repetir lo de dejar fuera a un referente a la temporada siguiente. Esta vez fue Kluivert, que salía de una lesión, como ahora Messi, y pese a no tener tanta influencia, tuvo mucha en aquel equipo. Se quedó en el banquillo del Bernabéu con mucho menos debate y más normalidad de la actual, pese a que era el tercer máximo goleador a pesar de haber estado lesionado y después de hacer 16 tantos la temporada anterior en Liga. Jugó Saviola por él, pero el holandés salió en la segunda parte e hizo uno de los goles decisivos de aquella victoria (1-2).

Con Iniesta también se vivió otro claro ejemplo. Sorprendió su suplencia en la temporada 2009-10 en Madrid´(ya lo habñia sido antes cuando buscaba un hueco), en una época en la que ya era indiscutible en el Barça. Unas molestias físicas en semanas anteriores le hicieron quedarse en el banquillo para no arriesgar ante el asombro general. El Barça ganó 0-2 y el Madrid de Pellegrini confirmó su desesperación por volver a perder un Clásico. La jugada salió perfecta, como la de la primera vuelta de ese curso en la que Pep hizo suplente a Ibra, luego lo sacó y el sueco decidió (1-0). Después, para rematar, ya con las estrategias demasiado estudiadas y con Luis Enrique atento como técnico de la casa, Guardiola dobló su apuesta y no sólo dejó a un pilar en el banquillo del Bernabéu en la 2011-12, sino que se atrevió a hacerlo con dos: Villa y Pedro. Que no eran ni son Messi pero que en ese Barça eran mucho. El resultado volvió a ser estupendo de nuevo (1-3). Así se confirmaba que no se acaba la vida por no alinear a una estrella. El Madrid también pudo comprobarlo en 2013 cuando Cristiano fue suplente en el Bernabéu con el campeonato decidido y la Champions acechando: el Madrid ganó 2-1 con Morata de titular.

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Ahora les toca a Messi y Luis Enrique otra vez decidir. Pueden que ya lo hayan hecho. Ya hay incluso informaciones que apuntan a que el argentino será suplente. Pero también hubo (des)informaciones hace semanas que aseguraban que el 10 no llegaba seguro a esta cita. Sea como fuere, nosotros, soñadores hasta la hora del partido, seguiremos dándole vueltas al tema. Los madridistas quizás son los que más claro lo tienen con el objetivo de recortar a toda costa los tres puntos de diferencia en la Liga: cuanto menos juegue, mejor. Pero los culés se dividirán. Por un lado estarán los temerosos de antaño (Era Romario y añadas anteriores) que ansían otra alegría y ven en el concurso de Messi la única vía para dejar al Madrid a seis puntos. O los ambiciosos como Iniesta, que no quieren concesiones: “Cuanto más juegue, mejor”. Pero por otro lado estarán los estrategas que entienden que en esta jornada no se juega aún una final, que llega pronto el Mundiato, que Iniesta puede jugar donde Messi con Busquets, Rakitic y Sergi Roberto en la medular y que el cuatro veces Balón de Oro, tras dos meses fuera, debe minimizar riesgos y siempre rendirá más cuando el resto se canse y las fuerzas se igualen con campo abierto. Ya lo demostró en el Calderón. Un ejemplo entre tantos del que puede valerse Luis Enrique, un clásico en el Clásico.

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28/10/2015

Por Alfredo Matilla

Setién, por fin en el Bernabéu

Quique Setién debutó el pasado fin de semana como entrenador de Primera en el banquillo de Las Palmas. Lo hizo nada más y nada menos que con 57 años. Algo más joven sólo que cuando lo hicieron, por ejemplo, Chaparro en el Betis o Jesualdo Ferreira en el Málaga (64 ambos). Y lo ha logrado con el triple de edad con la que se estrenó en la élite como futbolista en las filas de su adorado Racing (2-10-77, Racing 1 – Betis 1). Así, esta próxima jornada llega al Santiago Bernabéu (ganó allí 0-4 en el 87 con el Atlético), donde un día pudo jugar de blanco tras ir convocado al Mundial de 1986 y por donde ya pudo pasar como técnico de la máxima categoría hace ahora 13 años.

En el primero de los deseos incumplidos, las lesiones fueron determinantes. Ramón Mendoza, expresidente blanco, le llegó a confesar a Quique pasado mucho tiempo que su nombre era prioritario para reforzar al Madrid y que únicamente esos problemas físicos truncaron los planes. El segundo de los sueños frustrados fue por iniciativa propia. Como lo oyen. El santanderino se hizo cargo del Racing en Segunda a principios de la temporada 2001-02, en sustitución de Gustavo Benítez, para catapultarlo desde la antepenúltima posición donde se arrastraba hasta el ansiado ascenso. Con el equipo confeccionándose para el regreso triunfal a Primera, decidió echarse a un lado de manera sorprendente para quedarse -como director deportivo- a organizar el club y poner en el banquillo a nuestro añorado Manolo Preciado. Juntos caminaron hasta que Piterman llegó y arrasó con todo de la forma que ya saben.

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Setién siempre ha sido así. Un caballero con carácter. Peculiar. Único. Una especie en extinción. Jamás se ha sentido más orgulloso que de aquella decisión en el Racing. Sabía que la oportunidad le llegaría algún día. Y le llegó. Pudo ser incluso este verano. Pero tampoco se precipitó. El técnico recibió varias ofertas tras seis años brillantes en el Lugo. Nunca impuso la pasta y las prisas por llegar antes que sus ideales. A algunos presidentes les dio largas y con otros se reunió para explicarles su modus operandi (exigencia), el método a seguir (seriedad), su proyecto de futuro (cantera) y su nuevo contrato (contrato corto y ampliable si se cumple el objetivo). Casi siempre espantó al personal. Donde los dirigentes buscaban un entrenador, encontraron al último mohicano. Un hombre que ya fue capaz de enfrentarse al mismísimo Jesús Gil y Gil en su etapa como jugador del Atlético, y que siempre, en el vestuario o a través de su afilada pluma como columnista de El Mundo, ha dicho lo que piensa. El mismo que podrá contarle ahora a Valerón (40 años) que hubo un tiempo, siendo ya una estrella veterana como él, en el que tuvo que entrenarse en la playa de El Sardinero porque Miera le aportó y le daba por muerto (“Igual es mejor que vayas dedicándote a otra cosa”, le dijo en verano al ídolo).

MuLa última vez que le entrevisté, poco había cambiado. Y muchas de sus lecciones son aplicables ahora para su nueva aventura. Más que esclavo de sus palabras, hace bandera de ellas. De su etapa en los banquillos fue y sigue siendo tajante: “No aspiro a ser un entrenador de renombre, sólo a ser honrado y a dejar un buen recuerdo. No diré que el dinero me da igual, pero no voy a decantarme nunca por lo económico”. Su concepto de la justicia es el de siempre: “Mientras todo prospera y mejora en el fútbol, los directivos son los únicos que no se han profesionalizado”. Los fichajes de invierno, aunque alguno tendrá que hacer ahora, no le gustan: “Cuando se tuercen las cosas, son los primeros en desconectar. Tienen contratos y la cabeza en otros lugares”. Y su sabiduría está intacta tras tantas horas de ajedrez, su pasión. Con la reciente llegada de Alí Syed a Santander ya se atrevió a pronosticar el desastre: “Al final, volveremos los de la casa; esto es cíclico y no aprendemos”. Dicho y hecho. Setién, en la distancia, es miembro de la Comisión Deportiva del Racing actual e ideólogo en un proyecto de los que le gustan: con lo justo y alejado por ahora del fútbol profesional, pero empezando de cero con la gente de la casa, como su hijo Laro.

Ya lo ven. Llega a la Liga un tipo fascinante. Y conviene disfrutar de él. No todos los días estamos ante un discípulo de Luis Aragonés: “Él significó mucho para mí porque me cambió la manera de ver el fútbol y de entender esta profesión”. No todos los días estamos ante alguien al que el mismísimo Cruyff alaba en la fabulosa biografía que de Setién escribió Raúl Gómez Samperio: “Tendremos la suerte de seguir contando mucho tiempo con él”. O como también lo hace Valdano: “Fue otro disidente del Imperio de la Furia que le puso pausa al vértigo, claridad y elegancia. Quique se fue derechito hacia la historia, ese lugar donde los números le dan la razón a quienes, como yo, le declaramos inolvidable”.

Pero sobre todo conviene aprender con un entrenador al que no le han regalado nada, que ha subido todos los peldaños de uno en uno sin precipitarse (entrenó además al Logroñés, al Poli Ejido, a la Selección de Guinea…) desde las calles donde jugaba en la Plaza Esperanza hasta el profesionalismo que le honra. Un hombre sensato que tanto amaba el fútbol y sus orígenes que su prioridad cuando reunió algo de dinero fue comprarse una casa en Liencres por cuyos pinares hizo mil pretemporadas. Su paraíso, donde lo primero que ordenó construir fue un campo de fútbol en el que, cada vez que puede, convoca a los amigos de verdad para jugar. Su verbo preferido.

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