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Mr. Pentland

Mr. Pentland

Míster Pentland fue justo lo que la mayoría llevamos dentro: un entrenador. El precursor y más innovador. Este rincón tratará de su gremio. De los inicios, las trayectorias y las anécdotas de sus sucesores. Modestos y profesionales. Españoles y foráneos. De club o seleccionadores. Bienvenido. Pase y tome asiento. Aquí tiene su banquillo.

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15/11/2016

Por Alfredo Matilla

Lopetegui en el cajón

Ahora que ya ha prescrito puedo confesarlo. La entrevista por la que más elogios he recibido de un entrevistado nunca se ha publicado. Mi trabajo más satisfactorio, por las respuestas en mayor grado que por las preguntas, está guardado en un cajón. Hace unos días, sin quererlo, me encontré de nuevo con él gracias al único lado positivo que tiene el maldito síndrome de Diógenes. La tinta de esas notas aceleradas permanece impoluta aunque ya han pasado diez años. Los folios, doblados, arrugados e ilegibles, están más amarillentos que blancos. Permanecen más ordenados en mi mente que en el cubo de la basura, adonde ya los he mandado. Recién nombrado en su cargo como director de ojeadores del departamento de Internacional del Real Madrid, Julen Lopetegui me concedió un café en el Hotel Wellington de Madrid para conocernos en persona y para resolver algunas dudas. Fue una hora entretenidísima, sin grabadora pero con pluma, de la que no publiqué jamás ni una sola línea. Cosas del periodismo.

Hablamos tanto de fútbol, de su esencia y de la base; y tan poco de la actualidad, de que si Messi o Cristiano, de los chascarrillos y de la polémica del fin de semana; que recién llegado al diario no me atreví a vender ese trabajo voluntario y silencioso por miedo al rechazo. Temía el típico “¿pero cómo no le has preguntado por esto?”. También ayudó a mi decisión final el hecho de que hablar con el ahora seleccionador era, a esas alturas, algo secundario. Y que incluso él mismo me confesó al final de la charla, en la que se mostró “encantado”, que dados los continuos off the record y la inminente publicación en Realmadrid.com de una entrevista con él a modo de presentación, lo mejor era que no sacara nada en su boca. Y así lo hice. Desde ese septiembre de 2006 no he vuelto a coincidir con él, convirtiendo aquel encuentro en el ideal de entrevista que siempre persigo y casi nunca consigo.

Aquella mañana Julen, sin más testigos ni fotógrafos, reconocía que su pasión era la cantera, como luego demostró en el Castilla y en las categorías inferiores de la Selección. Hablaba de las veces que necesitaba ver a un chaval para saber que sería profesional y qué exigía para dar el paso de atarlo. De sus viajes a la Copinha de Brasil para analizar de cerca a Neymar, al que llegó a traer a Valdebebas a entrenar. De cómo se convivía en el Madrid con tantos gallos juntos en el mismo corral (coincidió con Portugal y Mijatovic). También se deshacía en elogios con un tal Marcelo y el Pipita Higuaín dos meses antes de que llegaran. De cómo era el Madrid cuando él jugaba y de cómo se lo había encontrado ahora. De su entrega por la profesión de ojeador. De su suerte por poder viajar de acá para allá viendo futbolistas junto a sus ayudantes de lujo, Rafa Monfort y Antonio Vilches. Del ejemplar trabajo de Carlos Bucero con la cantera, que curiosamente ahora se ha convertido en su representante. Llegué a casa con la sensación de que había perdido una oportunidad maravillosa de compartir con los lectores un buen rato y, sobre todo, de promocionarme como aprendiz en esos días en busca de un contrato. Sin embargo, tenía la certeza de que había ganado un conversador y quién sabe si una fuente.

Lo

Desde entonces volví a hablar con él tres o cuatro veces por teléfono. No se llevaba eso del whatsapp. Siempre para confirmar algún dato, para ver qué tal le iba por el club o para aclararnos algo. Sin tensiones ni temores. De forma muy distendida y agradable. Suele pasar que cuanta más cercanía y más cariño le tienes al interlocutor, más respetas sus silencios y menos comprometes la relación. Hasta que el 12 de marzo de 2008 le llamé por última vez para decirle que cambiaba de aires, que tuviera suerte en el futuro y que para lo que necesitara estaría por El Sardinero. Desde aquel hasta luego únicamente he sabido de él a través de amigos comunes o por los medios de comunicación. Nunca nos hemos vuelto a llamar. Ni tan siquiera a cruzar. Yo sé de él por la tele y, quizás, él de mí por sus lecturas del periódico o de nuestra web. Un error por mi parte por haberme obsesionado en abrir nuevas vías y en no mantener las ya abiertas. Y un acto reflejo y comprensible por su parte: por el estrés, por su exitoso y rápido crecimiento y porque, no me engaño y me río, yo simplemente sería uno más... Aunque suene despechado.

Por eso, hace unas semanas, cuando lo vi en persona en un encuentro informal con otros colegas de profesión al que me podría haber sumado, decidí echarme a un lado, como el que antes prefiere mantener el recuerdo que soportar la realidad. Preferí no acercarme a saludar, a pesar de las ganas que tenía de darle la enhorabuena por su cargo y de recordarle que Víctor Ruiz está de dulce. No acudí hacia él por temor a que no me recordara. No por ego ni porque aquel café lo pagara yo. Más bien por no comprobar que el idealismo está caduco. También actué así por el vértigo a no estar a la altura de nuestra única conversación o de echar abajo otro referente al que sigo admirando. De ahí que me alegre cada día más de no conocer Messi, a Bunbury o a Enric González. Además, me comporté de esa manera por pánico a tener que preguntarle en algún momento, por las exigencias del guión, por el Balón de Oro o por Casillas. Y, sobre todo, por el pavor a tener que volver a la redacción a escribir algo menor sobre él, con todo lo bueno que podría enseñarnos y yo ya sabía, que esta vez sí estaría mucho mejor guardado con llave.

 

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26/09/2016

Por Alfredo Matilla

Míster Ossamah, de refugiado en Siria a frustrado en España

Hace ahora un año, Ossamah Abdul Mohsen llegaba como un ídolo a Getafe tras huir de la guerra en Siria, su país, después de sortear zancadillas vergonzosas que le hicieron famoso y una vez que se cruzó Europa en tren junto a dos de sus hijos: “Muchas gracias a España, estoy en una nube”, dijo abrumado en Atocha. El técnico profesional de 53 años aceptó la propuesta de Miguel Ángel Galán, precandidato a la FEF y director de la escuela CENAFE de entrenadores, para comenzar una nueva vida y continuar con su carrera en los banquillos. Y sigue en el empeño. Aunque con más problemas de los esperados. Ahora está sano y salvo, pero sin curar varias heridas internas.

Ossamah continúa viviendo con dos de sus hijos (Zaid, de 8 años, y Mohammad, de 19) en una casa de 114 metros cuadrados de la calle Madrid. Vio cómo en una semana le dieron el permiso de residencia en tiempo récord. Ha comprobado cómo es el Bernabéu y Vallecas. E incluso qué agradables son Cristiano y Paco Jémez. También ríe al ver cómo su hijo pequeño ha aprendido tanto español en el colegio Ortiz Echagüe que le hace de intérprete. Y, lo más importante, mantiene su nómina intacta con un sueldo de 1.121 euros netos al mes gracias a su cargo de comercial en CENAFE y de responsable de las relaciones institucionales con los Países Árabes. Sin embargo, lleva tres años sin ver a su mujer y a su otro hijo (“Zaid llora mucho sin ellos”), la Federación no acepta homologarle su título profesional (entrenó en Primera al Al-Fotuwa) y la desesperación le llegó a deprimir. Dejó las clases de español, no acepta más donativos populares, no ha vuelto a entrenar ni como ayudante tras su paso por el juvenil del Villaverde Boetticher y ha llegado a enfrentarse hasta con Galán. “Me dijiste que traerías a mi mujer aquí, me has engañado”, llegó a reprocharle. Por eso, Ossamah amenazó en enero con irse a Turquía en busca de su familia tras darle un ataque de ansiedad.

Osa

“Yo no puedo hacer más”, se consuela Galán. “Me he pegado en la Embajada de Siria para que resuelvan el papeleo, pero el Gobierno está en funciones y no se moja, pese a que le concedieron el reagrupamiento”. Razón no le falta. Exteriores aseguró que tendrían que llegar a España 17.337 refugiados antes de 2017 y, por ahora, van 480. Galán incluso logró darle una carta a Cospedal en un mitin para que se la entregara a Rajoy, pero no ha habido respuesta. “Sólo nos queda la huelga de hambre. Y no lo descarto. Piden papeles imposibles a unos refugiados cuando han tenido que salir corriendo. Me avergüenza ser europeo”.

Ossamah está saliendo de España para dar conferencias, la última en Polonia, tiene ofertas para entrenar en el extranjero y el día 25 inaugurará la escuela de CENAFE en Argelia. Esos viajes le están dando oxígeno. Por eso está mejor. Pero su futuro es incierto. “En diciembre hablaré con Ossamah”, reconoce Galán. “Esto consta de tres fases: acogida, integración y autosuficiencia. No le voy a dejar tirado. Puedo pagarle un sueldo, pero entre eso, los 600 euros del alquiler y la ayuda que mando a su familia salgo a 3.000 euros al mes. Y eso no sé si podré mantenerlo. Debe animarse y entrenar”. Ossamah lo sabe e intenta volver a levantarse. Pero, como hombre culto que es, tiene claras sus prioridades. Lo más importante para él siempre fue el fútbol. Hasta que le faltó su familia: “Sólo quiero volver a abrazarles”, repite cada día.

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12/09/2016

Por Alfredo Matilla

Lo del Valencia no es cuestión de sexo

Comienza a suceder con el Valencia lo que era normal con el Atlético en otra época. Le rodean los problemas y, con este crónico estado, le sobrevuelan las mofas. Lo comprobé el pasado domingo, con el 0-2 en contra, y acabé de confirmarlo tras el mazazo de Rubén Castro en el descuento. Voces, mensajes, bromas y más bromas. Como si fuera la casa de los líos, el aficionado que no es de este equipo ya se divierte con todo lo que sucede por Mestalla. Y lo que más me sorprende es que, en general, sobre todo lejos del Mediterráneo, se suele señalar más en la búsqueda de culpables a la peculiaridad de la grada, a la supuesta exigencia desbordada del aficionado, e incluso, a lo mal acostumbrados que están algunos tras los títulos de antaño. Un mensaje que se repite mucho más que aquellos que apuntan al palco, a los jugadores o al que pone y quita muñecos del banquillo. Lemas manidos como este que volví a escuchar en la última jornada: “La afición se piensa que el Valencia es un grande y no lo es”. O este más dañino: “Lo que pasa desde hace tiempo es que la gente del Valencia tiene muy mala leche y ya no pasa una”. O directamente, esta versión elevada a tesis que intentaba explicar los silbidos y pañuelos: “Es que los valencianos están mal follaos y andan siempre crispados”. Expresiones tan cutres y reduccionistas como reiterativas.

Mis conclusiones a una cuestión deportiva, que ya tiene contra las cuerdas a Pako Ayestarán, sólo se pueden centrar en lo futbolístico. Mejor basarse en hechos. La grada aprieta y condiciona. En todos los clubes ha pasado. Pero ni la mala leche ni el éxito en la cama ni la caridad de los valencianos valencianistas tienen nada que ver con lo que ocurre en Mestalla desde que Cúper y Benítez dispararon al club y lo sostuvieron en el estrellato. Seamos serios. Y no lo digo porque me condicionen mis grandes veraneos en Cullera o Gandía. Si queremos bromear, hasta la ciencia, adonde uno ha tenido que rebuscar para encontrar explicaciones, consuelo y cordura, desbarata las teorías que pretenden estigmatizar al aficionado del Valencia justificando con su supuesto mal carácter y poca paciencia la sucesión de entrenadores caídos y de ilusiones derramadas.

Ayestaran

Un estudio realizado por Ikerfel para AS hace tres años señaló que al rival que más quiere la afición del Valencia era su adversario en la ciudad, el Levante (44%), cuando a la inversa sucedía al revés y el Valencia es el club que más rechazo tiene en el Ciutat (68%). Lo de mal humor, descartado. Sobra ironía. Otro estudio elaborado en agosto por la empresa de recursos humanos Randstad aseguró que los valencianos son los españoles que de media menos horas trabajaron en el primer trimestre del año (378 horas, por debajo de la media de 389). Relax tampoco falta por tanto. Otro, elaborado por la consultora GFK Emer, asegura que son los que menos resaca tienen. Con lo que enrabieta... Y uno más, el más divertido que aporta la firma de profilácticos Control, desvela que los valencianos son los que tienen los orgasmos más largos (entre 30 minutos y una hora). No está nada mal. Con estos números Mestalla afronta un partido como la Bombonera.

Fuera de broma. No puede ser culpa de la afición haber tenido una catarata de desdichas este nuevo siglo que ya se ha llevado a nueve presidentes por delante y a 16 entrenadores diferentes, de los cuales algunos ni siquiera han encontrado fuerzas o socios para volver a dirigir a un equipo tras tantos sobresaltos. Ni haber utilizado hasta 158 jugadores diferentes en Liga desde el año 2000, cuando el Madrid o el Barça, con muchas más exigencias, han tirado sólo de 130. Ni tampoco es culpa de la gente haber pagado a jugadores de segunda clase como a verdaderas estrellas, aumentando la deuda y, proporcionalmente, la frustración. Ni vender a los pilares para luego exigir a los técnicos como si estos permanecieran. Ni desconocer que supone la continuidad o la palabra proyecto. Ni por supuesto la falta de copas. Ni tantos otros fallos que tienen al Valencia sin viajar por Europa y vicecolista en España. La gente no sólo es que no tenga la culpa de este caos. Es que ya se está cansando. De sufrir y de que encima le señalen. Se aceptan más análisis, pero aquí hablemos con datos y dejemos el sexo.

 

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19/08/2016

Por Alfredo Matilla

El vértigo de Sampaoli, Escribá y compañía

Llegar a un lugar nuevo nunca es fácil. O al menos no lo era. Llevo varios años sin probarlo. De ahí que muchos eviten probar las sensaciones y prefieran lo malo conocido antes que lo bueno por conocer, rechazando incluso buenas ofertas laborales, o de cualquier otra índole, por el simple miedo al vértigo. Pero aterrizar en un sitio desconocido con el plus de las exigencias cortoplacistas para sustituir a un virtuoso, debe ser un estresante vía crucis de partida. Imaginen cómo debieron sentirse el primer día el sustituto de Tierno Galván, el recambio de Freddie Mercurie o el relevo de Michael Jordan. Sampaoli ya sabe en unos días lo que supone suplir a Unai Emery en el Sevilla. Dos Supercopas perdidas, mil goteras que tapar y la crítica acechando. Lo bueno para él, si es que le consuela o reconforta, es que no está solo en este arranque inquisitorio de temporada. Lo malo para el resto es que más clubes vivirán pronto juicios sumarísimos similares. En cuanto eche el balón a rodar en esta primera jornada. La razón es que la Liga comienza con muchos cambios de entrenador y el pesimismo sobre el futuro se centra, sobre todo, en que varios de los técnicos que ya no están han dejado el techo demasiado alto para los que llegan.

Habrá hasta diez caras nuevas en LaLiga Santander respecto a las que había. Y de ellas, salvo dos que continúan con su exitoso proyecto de Segunda, Asier Garitano y Enrique Martín, y aceptando excepciones, los otros tienen difícil superar lo realizado. Escribá ya lo ha comprobado. Tras sustituir a Marcelino, en una semana ha visto cómo el Villarreal se complica la participación en la Champions, objetivo prioritario de la temporada pasada e ilusión de ésta. El 1-2 ante el Mónaco en la ida deja muy cruda la vuelta del martes. Marcelino, desde 2013, había logrado un ascenso, meter al equipo en la Europa League y dejarlo cuarto con un ataque reconocible y una defensa rocosa. Y eso ya pesa. Mejorar esa posición le va a costar. Esperemos que no el puesto.

Sampaoliiiiii

También va a tener que sudar lo suyo Pellegrino para mantener la alegría en Vitoria tras el ascenso logrado con el Alavés por Bordalás. Quique Sánchez Flores está en este grupo de exigidos. Lo suyo no sólo será estabilizar al Espanyol, 13º el curso anterior, sino casi como obligación mirar a Europa ya que a él al menos le han fichado todo lo que negaron por las deudas a Galca (Baptistao, Reyes, Javi Fuego, Jurado…). Poyet tampoco tendrá sencillo dejar al Betis mucho más arriba de la décima posición que defiende y que logró de la mano de un hombre de la casa: Juan Merino. Ni Juande Ramos superar con el Málaga el octavo puesto de Gracia. Como tampoco está cantada la salvación del Granada de Paco Jémez tras seguir en Primera gracias a José González. Sólo Gaizka Garitano tiene, a priori, sencillo mejorar las sensación dejada por Víctor Sánchez del Amo en el Depor, pese a que éste lo salvó dos temporadas seguidas.

Los otros diez entrenadores que siguen desde el curso pasado también tendrán exigencias, no crean, pero al menos ya conocen lo que hay y serán comparados con su mismo legado. Que siempre es una ventaja y en general es bastante bueno. Por algo siguen. Zidane mira obsesivamente a la Liga porque sabe que nadie ha logrado dos Champions seguidas. Alcanzar la regularidad es su gran objetivo para confirmar que su grandeza de largo es tan buena como de corto. Luis Enrique, con ocho títulos logrados de diez disputados, sólo mejoraría sus prestaciones recuperando la Orejona. Así de duro. Sin embargo, tanto el entrenador del Madrid como el Barça se han ganado tener más crédito que exigencias. Simeone, por su parte, está ante el reto de no hastiarse y de mantener al Atlético en la pomada. Algo que parece cantado y, sin embargo, no es poca cosa. Más allá de los grandes, Ayestarán (Valencia) y Eusebio (Real) parecen los más estresados. Lim no puede sostener mucho tiempo más a un equipo que acabó 12º y fuera de Europa ni Anoeta está para aguantar más bodrios. En Valverde (Athletic) hay fe para repetir lo conseguido, Berizzo (Celta) tiene permiso y confianza para disfrutar de la Europa League en la que se metió y en Eibar, Gijón y Las Palmas van a muerte con Mendilibar, Abelardo (renovado) y Setién.

El año pasado la primera destitución llegó tras la octava jornada (Paco Herrera) y en total hubo diez despidos a lo largo de la temporada: Neville, Paco Herrera, Lucas Alcaraz, David Moyes, Sergio González, Nuno, Rafa Benítez, Pepe Mel, Sandoval y Escribá. Veremos cuánto dura la paciencia de los presidentes ahora que las deudas son menores y que hay más ingresos por la tele para fichar. El paro, más que un destino desconocido que dé vértigo a los entrenadores, es un lugar atestado que no se merece nadie.

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10/08/2016

Por Alfredo Matilla

El hombre que nunca estuvo allí

Quien haya sufrido alguna vez un trastorno por estrés postraumático, fuera cual fuera el grado, sabrá que una parte del pasado duele. A veces de manera insoportable. Se trata de traumas que se caracterizan por la aparición de síntomas específicos tras haber vivido en primera persona un acontecimiento estresante y especialmente traumático. Una mala experiencia con daño físico, amenazas o un capítulo catastrófico. No se apuren ni hagan memoria agobiados por si les pasa a ustedes algo similar. Aquí, por su levedad y pese a su importancia, está claro que no se incluyen antiguos ligues sonrojantes, excesos puntuales inapropiados ahora en la madurez o incluso el haber hecho la comunión sin ni siquiera ser preguntado. Suelen ser cosas más graves. Tampoco deberían admitirse etapas en las que el dolor, normalmente exagerado o difuminado, haya aparecido con excesiva posterioridad. Por más que Luis Enrique se resista, exagere o finja. El entrenador del Barça podría estar haciendo creer al resto que tiene un problema parecido. No hay otra explicación para tal obsesión sin gracia. Pero no teman. Sus días como madridista fueron hace más de 20 años y, más allá de sus fobias de cara a la galería, nos sirvieron para gozar con su fútbol y a él, entre otras cosas, para comenzar a ser rico.

Luis Enrique volvió a sacar el pie del tiesto hace unas horas, en su afán por parecer original, diferente, subversivo frente a los periodistas, antimadridista y barcelonista antes que cualquier otra cosa en el mundo. Qué bien entrena y lo mal que se comunica. El asturiano fue preguntado sobre qué hizo y cómo vivió el día que el Barça ganó su primera Copa de Europa el 20 de mayo de 1992 y él, ocurrente como siempre, despachó la pregunta exigiendo la siguiente. “No me acuerdo dónde estaba y casi mejor que no me acuerde. Ya sabéis dónde estaba a nivel profesional en esa época, así que siguiente pregunta”. A Luis Enrique no le importó una vez más que ese año ganase los Juegos de Barcelona, que en esa época demostrase lo buen jugador que fue, como lateral o delantero, que ganase títulos y celebrase goles espléndidos junto a un montón de aficionados a los que se entregó y que le idolatraron. Prefiere optar por renegar y parecer maleducado. Le va la marcha sin disimulo. Pero, a mi juicio, le falta clase, chispa e ingenio para hacerlo. Muchos luchamos por mantener intacto al ídolo que nos contagió desde aquellos días, pero con gracejas como ésta estamos a punto de entregar la cuchara, disfrutarle sólo con sus decisiones en el campo y activar la mosca del mando cuando hable.

Gesto

Para ser gracioso con su público, o mostrarse más culé que nadie, podría haber optado por un discurso con más gancho y decir, por ejemplo, que esos años los recuerda con cariño ya que cumplía con su misión de infiltrado culé en rodeo ajeno para contribuir a uno de los desastres de Tenerife, al 5-0 del Camp Nou y a otras noches aciagas para el Madrid en su lucha contra el eterno rival. Su continuo papel de madridista arrepentido enfada en Madrid, chirría en Barcelona y sólo le llena a él. Veo a periodistas pro-Barça mirar avergonzados para otro lado. Yo prefiero el talante de otros jugadores, dentro del paquete de 28 que jugaron en Madrid y Barça, como Soler, Nando y tantos otros. Son agradecidos. Ni siquiera ‘traidores’ como Figo y Laudrup, o polémicos como Schuster y Etoo, han sido tan ofensivos con querer borrar de un plumazo una época de sus vidas. No sé qué quiere conseguir Luis Enrique haciendo un feo a tantos compañeros, renegando de tantos recuerdos y borrando una etapa maravillosa, de los 21 a los 26 años, que nunca volverá. En fin. Morirá con este mismo discurso desfasado.

Hay otros entrenadores que son actualidad que, a diferencia de Luis Enrique, les hubiera gustado no estar a veces en ciertos sitios y, sin embargo, no lo esconden o disimulan cada vez que pueden. Más bien al contrario. Gritarían sin ruborizarse algo así como ‘Yo estuve allí’. El último podría ser Víctor Sánchez del Amo, destituido de Olympiacos otra vez 50 días después de haber sido fichado. Y también me viene a la cabeza Julen Lopetegui, el nuevo seleccionador que ha sustituido a Del Bosque en la Roja. Como Luis Enrique, el exportero militó en el Barça y el Madrid y no debe ser grato para él recordar que es el único jugador (si no me falla la memoria) que no fue capaz de ganar jamás en Liga con ninguno de los dos equipos. Pese a que su supremacía en el fútbol mundial lo facilitara. Eso sí que es difícil, ingrato y molesto como para renegar. Jugó un partido oficial con el Madrid en Liga y empató en el Calderón (3-3) en 1990. Y con el Barça disputó tres encuentros de Liga en la 94-95 (4-2 en el Pizjuán, 1-0 en Riazor y 1-1 ante el Celta), dos en la 95-96 (1-1 ante el Racing y 3-1 en el Calderón). Su peor noche fue en aquella final de la Supercopa de España ante el Zaragoza en la que el Barça cayó en el Camp Nou (4-5) con una palomita interruptus para el olvido.

El trastorno por estrés postraumático puede desarrollarse, según los expertos, con recuerdos retrospectivos. Los veteranos de guerra son normalmente los más propensos a padecerlo. Tiene solución pero hasta que llega, el camino es un drama. Y Luis Enrique, que yo sepa, el mayor peligro del que salió vivo fue el de aquella tardecita aciaga en Anoeta.

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25/06/2016

Por Alfredo Matilla

Del Bosque pondrá a siete del 4-0 e Italia, a aquella defensa…

En España, casi más que en ningún otro país, tendemos a que un solo resultado marque determinantemente la opinión y nos condicione el futuro. En general, no sabemos perder y nuestra felicidad depende demasiado de ganar. Podrían pensar que hablo de política dadas las fechas, pero me refiero al fútbol ya que éste no es lugar para otra cosa. Tengo la sensación de que sólo miramos al marcador sin dar importancia a nada más. Sin analizar el camino recorrido ni las circunstancias que lo han rodeado. Con poco respeto a veces y con excesiva pasión siempre. Más que nada, sin recordar lo conseguido ni tener paciencia para lo que puede llegar. Quizás porque hemos mamado la maldita educación donde todo es negro o blanco sin dejar hueco a una gama de grises. Por eso, cuando aparece un Del Bosque, con la mesura por bandera, nos chirría y descoloca. Nos va arrasar con todo cuando las cosas van mal y poner estatuas con el viento a favor.

Tras el Mundial y la Eurocopa ganada de forma consecutiva, el seleccionador era un fenómeno para la mayoría, más allá de los fans y detractores que arrastraba de su paso por el Madrid, y podría haberse permitido casi cualquier cosa. Sin embargo, afrontó la cita de 2014 con su base de confianza y con la única licencia, que una mayoría aclamaba de forma popular, de nacionalizar a Diego Costa. Sin embargo, tras el fracaso de Brasil se le ha perseguido tanto como al Lute. Algunos no le han pasado una y me da que le están esperando. Las mil rajadas por la lista para Francia es un aviso. Pero al final, él ha seguido a lo suyo, y sin que casi nos hayamos dado cuenta nos ha llevado a su terreno. Donde la afición pedía una revolución, él ha preferido una transición dulce. No estoy de acuerdo con lo que decía Dino Zoff a AS el otro día (“Esta España no es la misma que nos aplastó en 2012”). Para mí, afortunadamente se parece demasiado y el éxito es de Vicente por no ceder y de los jugadores por mantener el hambre intacta.

2012

Este lunes, pese a la debacle de la última gran cita donde muchos hubiesen sacado los tanques a la calle, Del Bosque va a poner un once en el que habrá al menos siete titulares de los que barrieron a Italia en el 4-0 del 1 de julio de 2012, el día en el que todos nos sentimos más orgullosos del fútbol español al imponer un estilo espectaclar; porque lo de Sudáfrica con el gol de Iniesta simplemente fue la mejor noche de nuestras vidas. Esa decisión, cuatro años después no es sencilla de tomar con un gatillazo enorme de por medio. Pero sobre todo es mucho más complicado poner ahora a seis de los titulares que cayeron en uno de los partidos más dolorosos de la historia, en aquel 1-5 ante Holanda, con la de palos que han caído. Ante Italia, como en la inolvidable la final de 2012, jugarán como titulares Piqué, Ramos, Alba, Busquets, Iniesta, Cesc y Silva. Y si no son más es porque De Gea tendrá otra oportunidad y porque Xabi Alonso y Xavi decidieron echarse a un lado. Sólo se ha bajado por el paso del tiempo Arbeloa de aquel equipo de leyenda.

Para comparar lo que supone la dificultad de mantener esta estrategia continuista de Del Bosque, más allá de las victorias y las derrotas, habría que comparar con lo que se hace en otros lugares con la mitad de presión que aquí. O con lo que ha hecho Italia, nuestro próxima rival, desde que fue vapuleada en 2012. Así, veremos cómo Conte ha cambiado el estilo, sí. Pero, como bien explicaba mi compañero Aritz Gabilondo hace días, obligado por el hecho de no tener a Pirlo y, por tanto, por tener que reconstruir una idea sin balón en pleno cambio generacional. Lo curioso y relevante es que podremos apreciar cómo Conte va a repetir en su alineación el cerrojo que precisamente saltó por los aires en aquella noche del 4-0. De su alineación ante España en esta Eurocopa únicamente repetirán Buffon, De Rossi y la particular BBC italiana: Bonucci, Barzagli y Chiellini. Quizás porque se confirma que es bueno tener memoria y respetar a aquellos que han dado gloria, más allá de un resultado. Entre otras cosas, porque la historia dice que ellos son los más aptos para volver a repartir la felicidad que tanto ansiamos.

Alineación de España en el 4-0 ante Italia de 2012: Casillas; Arbeloa, Piqué, Ramos, Alba; Busquets, Xabi Alonso; Silva, Xavi, Iniesta y Cesc.

Alineación de España en el 1-5 contra Holanda en 2014: Casillas; Azpilicueta, Piqué, Ramos, Alba; Busquets, Xabi Alonso; Silva, Xavi, Iniesta y Diego Costa.

Probable alineación de España ante Italia este lunes: De Gea; Juanfran, Piqué, Ramos, Alba; Busquets, Iniesta, Cesc; Silva, Morata y Nolito.

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29/05/2016

Por Alfredo Matilla

Zidane y Simeone, dos héroes desacertados

Son las 4:15 de la madrugada de este domingo de Undécima y pena máxima. Y mientras el Atlético regresa abatido en silencio y el Madrid se atusa para comparecer ante Cibeles para ayudarme a cerrar mi crónica de los festejos, es buen momento para escribir sobre los apasionantes 120 minutos de Milán. Más allá del resultado. Ya ha pasado el tiempo suficiente para leer crónicas, escuchar tertulias y formar los primeros análisis subjetivos y reposados de una final emocionante e histórica: Cristiano y Torres, más bien desenfocados, se llevaron injustamente todos los focos. Uno por marcar el penalti decisivo y el otro por su triste llanto. Ambos no (me) gustaron. El portugués porque volvió a pagar su negativa a dosificarse cuando debe y por dejar a su equipo peligrosamente cojo al estar, como mucho, al 60%. Y el madrileño porque jamás hizo daño. Casemiro y Gabi, a mi juicio, fueron los verdaderos hombres del partido. Conmovieron. Revisen su partido. Danilo y Augusto, por momentos, me desesperaron. Además, Ramos se suma al optimismo nacional de cara a la Eurocopa tras ver hace días a Iniesta y Piqué. Bale no tiene techo y crecerá cuantos más galones tenga. Savic mejora a Giménez. Como Pepe a Varane. Y Filipe, qué sabio, es tan bueno que podría ser el mejor mediocentro en este Atleti. Pero aquí en este blog, ya saben, hablamos sobre todo de los entrenadores. Y ahí, precisamente, de sus papeles en esta final de Champions, casi no se ha comentado nada. El resumen general quedó en que Zidane es Dios y que Simeone no puede abandonar ahora el barco. Pero, independientemente de las sensaciones extradeportivas, convendría profundizar algo más. Ninguno de los dos, creo, estuvo acertado.

Zidanezidane

Zidane por volver a poner en riesgo un resultado encarrilado con el miedo que jamás tuvo el Madrid y que, por el contra, siempre inoculó en el adversario. La preparación del partido fue bastante acertada viendo el inicio del partido. El Madrid no sólo igualó la intensidad intimidatoria que se esperaba en el Atlético, sino que además la superó. Mandó en los balones divididos. Presionó junto, adelantado y con orden. Sin dividir sus líneas y convenciendo a la BBC de que corriendo hacia atrás también se suma. Y, para colmo, se impuso en el balón parado. Haciendo temblar a Godín como nunca en ataque y frenando a Griezmann con poderío. Sin embargo, cuando pudo matar el partido o al menos intentarlo, tiró a su equipo veinte metros atrás, como una noche cercana hizo en el Bernabéu contra el City. Ahí erró. Y pudo pagarlo. Aunque a estas horas algunos madridistas prefieran no recordarlo. Un laberinto del que pretendió salir con los cambios, con la torpeza de agotarlos en el minuto 76, cuando es materia impartida en primero del curso de entrenadores que en una final siempre hay que guardarse una bala. No quiero ser agorero en plena fiesta, disfruten, pero ese movimiento fue una temeridad innecesaria. Con Cristiano, Bale, Marcelo y Modric acalambrados en la prórroga, hubo un momento en el que Emery (o cualquier otro) tenía tantas posibilidades de entrenar al Madrid la próxima temporada que Zidane. Injustamente a mi juicio. Pero así es el que manda. Los títulos no engañan.

Simeone dejó más lagunas aún. Por eso entendí parte de su abatimiento en la rueda de prensa posterior a la final. Sentía que había fallado. Su Atleti, sin olvidar el mérito de esta trayectoria que sólo gana adeptos, arrancó el partido peor que nunca, defendió con más problemas que de costumbre y le costó imponerse en su terreno, el de la fuerza y el corazón, hasta que Gabi se multiplicó y fue adueñándose del partido. El técnico argentino ató todas las cábalas que rodearon al partido. Los preparativos, el hotel, entrenamientos en mil sitios distintos… Todo para no repetir la aciaga noche de Lisboa. Y sin embargo, falló en lo básico: la alineación. Carrasco, sin necesidad de recordar su partidazo, es uno de los mejores jugadores de este Atleti y, por tanto, no ponerlo entre los once elegidos no está justificado. Su equipo le echó de menos durante 45 minutos. Pero lo peor del Cholo no fue eso, sino no tener la ambición necesaria cuando se esperaba. La prórroga beneficiaba al Atlético tras el subidón de moral del empate en el 78’ y con medio Madrid derretido. Estábamos ante el partido de hace dos años pero con los acontecimientos justo al revés. Pudo refrescar a su once cuando Zidane ya no tenía opciones de mover nada. Y no lo hizo. Por su escasa confianza en el banquillo que él ha tenido la oportunidad de construir con una inversión millonaria. Después de haber movido ficha en el descanso, no volvió a hacer un cambio, obligado, hasta el minuto 108 y no metió gasolina en el centro con Thomas hasta el 115’. Tiago, experto, y Correa, genio, se quedaron sin opciones. Por el empecinamiento de mantener a Torres porque tira bien los penaltis (se supone que el quinto, que no lanzó, era el suyo) y arrastrando sus errores en los fichajes del verano. Jackson en China y Vietto en la grada. Cuando Simeone reaccionó, se había agotado el tiempo.

El resto ya lo saben. Penaltis. Juanfran falló, Cristiano marcó y las emociones se desataron. El Madrid con la Undécima, Cibeles sonriendo ahora que vuelvo a mirar de reojo a las 5:05 y Zidane felizmente ratificado. Y el Atleti, de nuevo con sus pupas, con Neptuno resoplando y con el Cholo meditando. Un solo gol tuvo la culpa de dejar a dos entrenadores que casi siempre aciertan, y que esta vez fallaron, con un domingo revelador por delante. Uno con el reconocimiento merecido del madridismo que ya tuvo como jugador. Y el otro con el deseo colchonero de que continúe en el club para hacer lo que mejor sabe: insistir y volver a intentarlo. No es el mismo premio. Pero son dos triunfos enormes como para no olvidarlos.

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17/04/2016

Por Alfredo Matilla

Mi Esnáider, ‘retenido’ por la Policía

Los famosos, jugadores o no, pasan por tres fases en su trayectoria: cuando se esfuerzan con ilusión por llegar a ser conocidos; cuando lo son, lo aborrecen y lo hacen saber sin disimulo; y cuando dejan de serlo y se agobian por la falta de memoria del personal.

Juan Eduardo, el personaje de esta historia, sabe algo de esto.

Hace mes y medio, el 3 de marzo en concreto, decidí airearme y salir de la redacción para acudir a Vallecas a ver el Rayo-Barça. Por eso de estar donde pasan las cosas. Lo hice con tiempo, para evitar las aglomeraciones al esperarse un lleno y jugarse entre semana. Aun así, me costó llegar a la zona de prensa. Primero, porque coincidí con la llegada del autobús blaugrana. Tuve que esperar tomando cañas. Vaya. Y después, porque la Policía acordonó los accesos con un cordón humano de esos que dan miedo. Menos mal que las acreditaciones aflojan las garras. Enseñé mi pase a un madero y amablemente me dejó pasar y enfilar mi vomitorio. Otros no tuvieron tanta suerte.

A mi lado, Juan Eduardo Esnáider (Mar de Plata, 1973), al que no tenía el gusto de conocer más que por sus hazañas futbolísticas, luchaba metiendo el codo entre la gente para que el mismo policía pusiera el semáforo en verde: “Trabajo para la tele y vengo a comentar el partido”. No hubo forma. El argentino no llevaba la acreditación pertinente y el agente, o era demasiado joven y no recordaba su volea mágica en París, o pasaba del fútbol como yo de las telenovelas. No le dejaba pasar. Le miraba incluso como a un sospechoso. Me sentí mal. No porque Esnáider no pudiera avanzar. Sólo era cuestión de tiempo. Me dejó mal sabor de boca que ese policía no hubiera disfrutado como yo de los goles que me regaló el 9 en la infancia. Que no recordase ni uno de sus 74 tantos en 197 partidos en Primera. O que no aprovechase su tirón con la de puntos que nos dio en la Liga Fantástica. Sin que él me viera, fui directo con la autoridad, quizás algo ruborizado por la situación: “Es Esnáider, exjugador del Zaragoza, Madrid, Atleti y Juve entre otros. Pon Youtube y disfruta”. Yo sudé. El poli, rió. Pero coló. Esnáider pasó y lo agradeció.

Esnaider
No lo he vuelto a ver. Pero sí he pensado en él: cómo cambia la vida, me dije, cuando Escribá cayó y Esnáider fue llamado para debutar ante el Madrid de su amigo Zidane (coincidieron en la Juve). Antes de ese día, la última vez que había coincidido con el actual entrenador del Getafe curiosamente también iba de traje, también dirigía al equipo azulón, como segundo de Míchel, y también tuvo a la Policía entre medias de su objetivo. Fue en Santander, en el último partido de la temporada 2008-09. Cinco jornadas antes, el tándem de exmadridistas se hizo cargo del equipo con el objetivo de lograr la permanencia en una situación agónica. Lo lograron con un empate ante el Racing. Esnáider, como después tuvo que hacer Míchel, tuvo que salir de El Sardinero para abrazarse con los aficionados del Geta que habían viajado y que coreaban sus nombres entre lágrimas. Se saltó el cordón policial (ya apuntaba maneras) para dar las gracias a la hinchada y para airear que eso sólo era el inicio de un futuro prometedor en los banquillos. Aquella sociedad sólo la rompió una maldita enfermedad. Tras salvar al Geta y hacer el curso siguiente los mejores números de la historia del club, Esnáider tuvo que echarse a un lado para volcarse con uno de sus hijos. Estaba en la élite. Y lo dejó todo. El fútbol le debía una. Y ahora se lo cobra.

Después de aquello, Esnáider pasó por el Zaragoza, en el filial y en la dirección de la cantera. Para seguir creciendo y para despejar la mente. Allí, comenzó a hacer sus primeras colaboraciones como comentarista en Aragón TV. Pudo incluso ingresar en el Madrid en las categorías inferiores pero, de verdad, no volvió a primera línea hasta que el Córdoba llamó a su puerta. Allí las cosas no salieron bien. Volvió a la tele como comentarista de MoviStar+, hasta que Ángel Torres llamó la semana pasada a su puerta tras fundir el timbre de la de Caparrós. Ahora tiene una buena papeleta enfrente. Se la juega el Getafe y se la juega él. Volver a entrenar o volver a sufrir.

Quienes le conocen bien saben que dará la talla, con su nervio y buen corazón de siempre. “Tiene madera de entrenador desde que jugaba. En el campo ya nos tenía a todos firmes. Si le dejan trabajar y confían en él, el Getafe saldrá adelante”, recuerdan varios de sus compañeros consultados, como Geli, de aquel Zaragoza que alzó en el 95 la Recopa. Real Sociedad, Valencia, Depor, Sporting y Betis le esperan ahora por delante para resucitar al último clasificado. Esta vez, custodiado y no retenido por la Policía al entrar al estadio, Juan Eduardo, mi Esnáider, intentará repetir el milagro. A esos cinco equipos ya les hizo goles como jugador. Sus aficiones seguro que le recuerdan y jamás lo olvidaron.

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07/04/2016

Por Alfredo Matilla

Zidane siempre tiene la culpa

Para bien o para mal, Zidane parece condenado a estar siempre en el centro de la escena. Por genio, cuando lo hace bien. Por torpe, cuando lo hace mal. Da igual a quién se enfrente. Sólo existe él. Las menciones a Cristiano se reservan para cuando se ha vivido una lluvia de goles. Ser la apuesta de Florentino es una cruz para Zizou. Viene de suceder a Benítez sin más méritos que haber jugado de cine y por llevarse fenomenal con el jefe. Del Camp Nou salió, según algunos, licenciado. De Wolfsburgo se marchó, pase lo que pase, sentenciado. Sin embargo, los argumentos para entronizarlo o atizarle suelen ser bastante peregrinos. En sólo unas horas se ha pasado del repaso táctico que no vi a Luis Enrique, a la pájara alemana en la que él es el que menos culpa tiene.

Para apuntarle errores al francés, objetivos o intencionados, sobran los motivos. Pero para analizar las causas de la doble cara del Madrid se pueden encontrar muchos más responsables. Otra cosa es que interese recordarlos. Se podían haber consumido ríos de tinta sobre Luis Enrique tras lo del sábado. E imprimir un manual sobre Ditier Hecking (51 años), el técnico del Wolfsburgo al que, más allá de su gente, no mencionará nadie.

En la semana del Clásico comenzó la deriva blanca. Y, curiosamente, lo peor pudo ser el resultado. Sabedor de que el Madrid se juega toda la temporada a una carta, la euforia, las exigencias y el hecho de tener el futuro en el aire, obligaron a Zidane a ejecutar un plan en el que no creía. Poner a todos los titulares fue temerario con la Champions a la vuelta de la esquina. El Madrid ganó porque es el que más lo necesitaba, pero sus 70 primeros minutos no fueron para sacar pecho. Más bien para generar dudas en las grandes citas. Y mucho menos no era noche, con el líder a siete puntos y siendo terceros, para airear en las redes sociales celebraciones de equipo pequeño en el vestuario. El 1-2 del Camp Nou, a mi juicio, tuvo que ver más con la mentalidad y el ritmo del rival que con un repaso o un puñetazo en la mesa. Por mucha alegría que supusiera en el madridismo, no compensó ver a Ramos, Pepe y Modric arrastrarse ante el Wolfsburgo con las piernas bien pesadas. En el Clásico vi más culpa de Luis Enrique que méritos de Zidane, no teniendo otra vez la autoridad suficiente para rotar pensando en el Atleti y contando con Neymar y Messi. Pese a que el primero tenía el cuerpo como sólo lo deja una despedida de soltero y pese a que Leo venía agotado con Argentina. Por los viajes y, sobre todo, por la tensión que le supone dar la talla con la albiceleste.

Lo de la Champions tiene más enjundia. Más allá de la pésima actuación colectiva del Madrid, del gatillazo en defensa, del agotamiento en medio campo, del suicidio manteniendo a Benzema lesionado y de que la vuelta será otra historia, hubo un equipo insultado enfrente que se comportó con grandeza. Ése que no se ha visto casi en las repeticiones. El que iba de blanco. El de la marca de automóviles serigrafiada en el pecho. El que tuvo dos laterales que sonrojaron a sus marcadores, en el que Draxler bailó a su antojo y en que el su entrenador, exjugador del Gladbach e internacional, sorprendió a todos desde la alineación, supo jugar sus cartas y, lo más complicado, acertó al contener la rabia del Madrid con el 2-0 al descanso. Ese equipo al que aún hoy nadie da opciones. “¡Cómo no va remontar el Madrid ante el octavo de Alemania…!”.

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Porque lo peor del Madrid no fue su desfallecimiento durante diez minutos mortales. Lo más triste fue su respuesta con más de medio partido por delante. Las soluciones de Zidane no convencieron, pero los jugadores algo tendrán que decir sobre la desidia y el aturdimiento demostrado. Aun así, lo más destacable, por si no se lo han recordado por ahí, fue la estrategia de Hecking. Naldo, al que tuve la oportunidad de entrevistar en 2007 cuando ya ganó en Europa al Madrid con el Werder Bremen, dio la clave en las horas previas. Ya fuera en declaraciones públicas o con sus mensajes: “Si jugamos todos juntos como equipo, tenemos posibilidades. Ese es el mensaje que más veces no repetimos”. Ése fue el lema que inculcó el entrenador durante la semana en un vestuario al que tiene en el bolsillo con sus didácticas y motivadoras charlas. Dicen los jugadores, los aficionados y hasta el director deportivo del Wolfsburgo, Klaus Allofs, (antes también estuvo en el Werder), que Hecking es mejor orador que cualquier político: “Siempre pronuncia las palabras adecuadas. Es muy sabio”.

Y no les falta razón a sus fieles. Hecking fue capaz de poner de titular a Bruno Henrique para descoser las bandas del Madrid. Y lo más difícil, fue capaz de mentalizar al chaval de que iba a ser la clave pese a sus 25 años, aunque no había disputado ningún minuto en Champions y sin importar que acumula 361 minutos en toda esta temporada. Eso es tan grande a estas horas para Alemania en general, y para Wolfsburgo en particular, como cuando el Madrid hizo de Hierro un mediocentro goleador o cuando Guardiola hizo de Messi un falso nuevo de leyenda. Un golpe maestro. Hecking, en vez de tirar la eliminatoria y centrarse en la Bundesliga, preparó el partido a conciencia y consiguió como premio una proeza. Su trayectoria al frente de varios modestos siempre ha sido impecable. Empezó en el Verl, pasó el Lübeck, al que ascendió a la segunda categoría, e hizo sus pinitos en el Alemania Aachen antes de progresar y cumplir los objetivos marcados en el Hannover y el Nuremberg. Llegó al Wolfsburgo en el mercado invernal de 2012 con exigencias. Y cumplió. Tras salvar a su equipo de una grave crisis, al año siguiente lo metió en la Europa League tras rozar la Champions. Un reto que logró después y que redondeó con la primera Copa alemana de la historia del club y con la sorprendente victoria luego en la Supercopa ante el mismísimo Bayern de Guardiola.

De Hecking ya no sabremos mucho más hasta que hable en conferencia de prensa el próximo lunes en Madrid en la previa de la vuelta. Ya lo saben, Zidane será mucho más importante y tendrá única y exclusivamente la culpa de lo que pase. Gane o pierda.

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11/03/2016

Por Alfredo Matilla

Zidane corre, Setién piensa

Cuando vienen mal dadas, en la vida y en el fútbol, no dejan de sorprenderme dos cosas: las soluciones peregrinas que tantas veces se aportan y el dominio de las ideas primitivas (que las sustentan) por encima del talento. Ni Zidane, que es quien es por haber sido un mago del balón, ha logrado mantenerse firme ante esta moda. El francés, que está haciendo muchas cosas buenas y debería seguir (pase lo que pase) con este proyecto, me decepcionó tras caer ante el Atleti. Y no por la derrota ante otro grande. Más bien por su infidelidad a su estilo a la primera curva y por evidenciar que ahora no le importaría ser otro siervo en el banquillo. No quiero imaginar que dirá, hará y fichará si no logra la Champions. En su primera crisis en el Madrid, con todos los focos apuntando, dio la clave más sencilla y populista. La que quiere oír parte de la grada y de la directiva como prioritaria y mágica solución: “Hay que correr más”. Como si eso garantizara el éxito por si solo. Sin apuntar a otros males conocidos (baja forma de Ramos, el dudoso papel de Kroos, la mala presión...) ni a otras soluciones esperadas. Ni la goleada ante el Celta ni el pase a cuartos en Champions tras apear al Roma me ha quitado de la cabeza esta quemazón. Los amantes del buen fútbol esperamos más. Si no, el próximo fichaje galáctico sería Usain Bolt.

Siempre sucede lo mismo. El modus operandi con las crisis es idéntico. Hay que hacer más cosas y mucho más rápido sin importar, ni casi analizar, si se hacen mejor que antes. Por eso, durante días hemos leído maravillas difundidas por el club sobre el desgaste de Lucas Vázquez como su mayor virtud, con todas las que tiene, mientras se ha señalado a jugones como Isco o James y siempre se pone en duda a Benzema. Por eso, Casemiro ha vuelto a escena. Y por eso, los periodistas hemos sacado a relucir los kilómetros recorridos en los últimos partidos para señalar a conveniencia a los artistas que al final deben decidir y para sobrevalorar a los altares a los jornaleros que siempre les acompañarán. El ‘Juntos Podemos’, las cenas de equipo, las santiaguinas, los toques de corneta, las pretemporadas en febrero y los ultimatums muchas veces son justos y vienen bien. Pero como complemento. Aquí lo que vale y manda es hacer mejores cosas que el rival. Con y sin balón. Y este Madrid, por mucho que corra, ha dejado de mandar y gustar.

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Como terapias en busca de la reacción de un equipo ya hemos visto de todo. Rudi Guntendorf, en el Valladolid, llegó a sacar a su plantilla a primera hora de la mañana a correr por la ciudad y les hizo parar ante un andamio para mostrarles dos cosas con el objetivo de recapacitar y esforzarse más: lo que de verdad es trabajar y el privilegio que tienen los futbolistas de no estar ahí subidos. También hay entrenadores que tiran de proyecciones en grupo que toquen la fibra y recuerden los orígenes. Guardiola ya lo hacía en los días clave de su Barça. Y hasta Caparrós, por ejemplo, llegó a poner una cinta porno a sus jugadores en el Mallorca en busca de la motivación. Vale todo y particularmente me gustaría ver más innovación, aunque siempre (repito) como aliño a un plan sesudo, trabajado y justificado en el que se escondan los defectos y se potencien las virtudes. Lo de correr por correr siempre me ha parecido mezquino y tribunero. Una solución tan sencilla como, antes las dificultades, ponerse a rezar. Un atajo a corto plazo. De ahí, que admirase al Woody Allen pausado y odie al que ahora filma publirreportajes de capitales europeas contrarreloj. Vendría a ser como si al cirujano, ante un tumor del paciente, le pidiéramos abrir a toda prisa y extirpar sin un chequeo previo. O como si en la noche de bodas hubiera sexo sin caricias. Correr por correr está sobrevalorado. Zidane fue un diez de leyenda al entenderlo. Y Messi, que corre cuando debe, es el rey.

Menos mal que aún hay muchos otros entrenadores y algunas escuelas que, por encima de todo, siguen dando preferencia a otro verbo: pensar. El Villarreal, club al que admiro, ya está empezando a utilizar el ajedrez en su cantera para que los chavales mejoren la atención, la anticipación y el engaño. Y Setién, rival del Madrid esta jornada, es uno de los entrenadores que mejor está entendiendo que el esfuerzo sin inteligencia sólo puede descarrilar. Llegó a Las Palmas hace justo una vuelta con una situación angustiosa por resolver, donde sería más lógico correr y luego pensar, con un equipo recién ascendido de Segunda en sus manos, con un vestuario díscolo agobiado en los puestos de descenso y con las limitaciones de siempre para fichar en invierno. Y jamás se ha traicionado. Su plan ha sido el descaro, la posesión como forma de vida, la unión de talento en medio campo, la solidez defensiva y la velocidad en los metros finales. Con gente joven gane o pierda (hasta juveniles) y sin importarle los nombres (Willian José sentó a la estrella, Araujo).

Setién es de otra pasta. Por eso ya subió en su día a un Racing en ruinas e hizo del Lugo un ejemplo. Y por eso tiene a Las Palmas a cinco puntos del pozo con tres victorias seguidas. Salvar a la Unión le (nos) daría la razón. Setién debutó como técnico en Primera con 57 años y como metáfora de su carrera, mientras él piensa como prioridad, a Zidane (del Castilla a la Champions) las circunstancias le están empujando a correr por obligación.

 

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