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Mr. Pentland

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Míster Pentland fue justo lo que la mayoría llevamos dentro: un entrenador. El precursor y más innovador. Este rincón tratará de su gremio. De los inicios, las trayectorias y las anécdotas de sus sucesores. Modestos y profesionales. Españoles y foráneos. De club o seleccionadores. Bienvenido. Pase y tome asiento. Aquí tiene su banquillo.

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17/04/2016

Por Alfredo Matilla

Mi Esnáider, ‘retenido’ por la Policía

Los famosos, jugadores o no, pasan por tres fases en su trayectoria: cuando se esfuerzan con ilusión por llegar a ser conocidos; cuando lo son, lo aborrecen y lo hacen saber sin disimulo; y cuando dejan de serlo y se agobian por la falta de memoria del personal.

Juan Eduardo, el personaje de esta historia, sabe algo de esto.

Hace mes y medio, el 3 de marzo en concreto, decidí airearme y salir de la redacción para acudir a Vallecas a ver el Rayo-Barça. Por eso de estar donde pasan las cosas. Lo hice con tiempo, para evitar las aglomeraciones al esperarse un lleno y jugarse entre semana. Aun así, me costó llegar a la zona de prensa. Primero, porque coincidí con la llegada del autobús blaugrana. Tuve que esperar tomando cañas. Vaya. Y después, porque la Policía acordonó los accesos con un cordón humano de esos que dan miedo. Menos mal que las acreditaciones aflojan las garras. Enseñé mi pase a un madero y amablemente me dejó pasar y enfilar mi vomitorio. Otros no tuvieron tanta suerte.

A mi lado, Juan Eduardo Esnáider (Mar de Plata, 1973), al que no tenía el gusto de conocer más que por sus hazañas futbolísticas, luchaba metiendo el codo entre la gente para que el mismo policía pusiera el semáforo en verde: “Trabajo para la tele y vengo a comentar el partido”. No hubo forma. El argentino no llevaba la acreditación pertinente y el agente, o era demasiado joven y no recordaba su volea mágica en París, o pasaba del fútbol como yo de las telenovelas. No le dejaba pasar. Le miraba incluso como a un sospechoso. Me sentí mal. No porque Esnáider no pudiera avanzar. Sólo era cuestión de tiempo. Me dejó mal sabor de boca que ese policía no hubiera disfrutado como yo de los goles que me regaló el 9 en la infancia. Que no recordase ni uno de sus 74 tantos en 197 partidos en Primera. O que no aprovechase su tirón con la de puntos que nos dio en la Liga Fantástica. Sin que él me viera, fui directo con la autoridad, quizás algo ruborizado por la situación: “Es Esnáider, exjugador del Zaragoza, Madrid, Atleti y Juve entre otros. Pon Youtube y disfruta”. Yo sudé. El poli, rió. Pero coló. Esnáider pasó y lo agradeció.

Esnaider
No lo he vuelto a ver. Pero sí he pensado en él: cómo cambia la vida, me dije, cuando Escribá cayó y Esnáider fue llamado para debutar ante el Madrid de su amigo Zidane (coincidieron en la Juve). Antes de ese día, la última vez que había coincidido con el actual entrenador del Getafe curiosamente también iba de traje, también dirigía al equipo azulón, como segundo de Míchel, y también tuvo a la Policía entre medias de su objetivo. Fue en Santander, en el último partido de la temporada 2008-09. Cinco jornadas antes, el tándem de exmadridistas se hizo cargo del equipo con el objetivo de lograr la permanencia en una situación agónica. Lo lograron con un empate ante el Racing. Esnáider, como después tuvo que hacer Míchel, tuvo que salir de El Sardinero para abrazarse con los aficionados del Geta que habían viajado y que coreaban sus nombres entre lágrimas. Se saltó el cordón policial (ya apuntaba maneras) para dar las gracias a la hinchada y para airear que eso sólo era el inicio de un futuro prometedor en los banquillos. Aquella sociedad sólo la rompió una maldita enfermedad. Tras salvar al Geta y hacer el curso siguiente los mejores números de la historia del club, Esnáider tuvo que echarse a un lado para volcarse con uno de sus hijos. Estaba en la élite. Y lo dejó todo. El fútbol le debía una. Y ahora se lo cobra.

Después de aquello, Esnáider pasó por el Zaragoza, en el filial y en la dirección de la cantera. Para seguir creciendo y para despejar la mente. Allí, comenzó a hacer sus primeras colaboraciones como comentarista en Aragón TV. Pudo incluso ingresar en el Madrid en las categorías inferiores pero, de verdad, no volvió a primera línea hasta que el Córdoba llamó a su puerta. Allí las cosas no salieron bien. Volvió a la tele como comentarista de MoviStar+, hasta que Ángel Torres llamó la semana pasada a su puerta tras fundir el timbre de la de Caparrós. Ahora tiene una buena papeleta enfrente. Se la juega el Getafe y se la juega él. Volver a entrenar o volver a sufrir.

Quienes le conocen bien saben que dará la talla, con su nervio y buen corazón de siempre. “Tiene madera de entrenador desde que jugaba. En el campo ya nos tenía a todos firmes. Si le dejan trabajar y confían en él, el Getafe saldrá adelante”, recuerdan varios de sus compañeros consultados, como Geli, de aquel Zaragoza que alzó en el 95 la Recopa. Real Sociedad, Valencia, Depor, Sporting y Betis le esperan ahora por delante para resucitar al último clasificado. Esta vez, custodiado y no retenido por la Policía al entrar al estadio, Juan Eduardo, mi Esnáider, intentará repetir el milagro. A esos cinco equipos ya les hizo goles como jugador. Sus aficiones seguro que le recuerdan y jamás lo olvidaron.

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07/04/2016

Por Alfredo Matilla

Zidane siempre tiene la culpa

Para bien o para mal, Zidane parece condenado a estar siempre en el centro de la escena. Por genio, cuando lo hace bien. Por torpe, cuando lo hace mal. Da igual a quién se enfrente. Sólo existe él. Las menciones a Cristiano se reservan para cuando se ha vivido una lluvia de goles. Ser la apuesta de Florentino es una cruz para Zizou. Viene de suceder a Benítez sin más méritos que haber jugado de cine y por llevarse fenomenal con el jefe. Del Camp Nou salió, según algunos, licenciado. De Wolfsburgo se marchó, pase lo que pase, sentenciado. Sin embargo, los argumentos para entronizarlo o atizarle suelen ser bastante peregrinos. En sólo unas horas se ha pasado del repaso táctico que no vi a Luis Enrique, a la pájara alemana en la que él es el que menos culpa tiene.

Para apuntarle errores al francés, objetivos o intencionados, sobran los motivos. Pero para analizar las causas de la doble cara del Madrid se pueden encontrar muchos más responsables. Otra cosa es que interese recordarlos. Se podían haber consumido ríos de tinta sobre Luis Enrique tras lo del sábado. E imprimir un manual sobre Ditier Hecking (51 años), el técnico del Wolfsburgo al que, más allá de su gente, no mencionará nadie.

En la semana del Clásico comenzó la deriva blanca. Y, curiosamente, lo peor pudo ser el resultado. Sabedor de que el Madrid se juega toda la temporada a una carta, la euforia, las exigencias y el hecho de tener el futuro en el aire, obligaron a Zidane a ejecutar un plan en el que no creía. Poner a todos los titulares fue temerario con la Champions a la vuelta de la esquina. El Madrid ganó porque es el que más lo necesitaba, pero sus 70 primeros minutos no fueron para sacar pecho. Más bien para generar dudas en las grandes citas. Y mucho menos no era noche, con el líder a siete puntos y siendo terceros, para airear en las redes sociales celebraciones de equipo pequeño en el vestuario. El 1-2 del Camp Nou, a mi juicio, tuvo que ver más con la mentalidad y el ritmo del rival que con un repaso o un puñetazo en la mesa. Por mucha alegría que supusiera en el madridismo, no compensó ver a Ramos, Pepe y Modric arrastrarse ante el Wolfsburgo con las piernas bien pesadas. En el Clásico vi más culpa de Luis Enrique que méritos de Zidane, no teniendo otra vez la autoridad suficiente para rotar pensando en el Atleti y contando con Neymar y Messi. Pese a que el primero tenía el cuerpo como sólo lo deja una despedida de soltero y pese a que Leo venía agotado con Argentina. Por los viajes y, sobre todo, por la tensión que le supone dar la talla con la albiceleste.

Lo de la Champions tiene más enjundia. Más allá de la pésima actuación colectiva del Madrid, del gatillazo en defensa, del agotamiento en medio campo, del suicidio manteniendo a Benzema lesionado y de que la vuelta será otra historia, hubo un equipo insultado enfrente que se comportó con grandeza. Ése que no se ha visto casi en las repeticiones. El que iba de blanco. El de la marca de automóviles serigrafiada en el pecho. El que tuvo dos laterales que sonrojaron a sus marcadores, en el que Draxler bailó a su antojo y en que el su entrenador, exjugador del Gladbach e internacional, sorprendió a todos desde la alineación, supo jugar sus cartas y, lo más complicado, acertó al contener la rabia del Madrid con el 2-0 al descanso. Ese equipo al que aún hoy nadie da opciones. “¡Cómo no va remontar el Madrid ante el octavo de Alemania…!”.

Zzbuena

Porque lo peor del Madrid no fue su desfallecimiento durante diez minutos mortales. Lo más triste fue su respuesta con más de medio partido por delante. Las soluciones de Zidane no convencieron, pero los jugadores algo tendrán que decir sobre la desidia y el aturdimiento demostrado. Aun así, lo más destacable, por si no se lo han recordado por ahí, fue la estrategia de Hecking. Naldo, al que tuve la oportunidad de entrevistar en 2007 cuando ya ganó en Europa al Madrid con el Werder Bremen, dio la clave en las horas previas. Ya fuera en declaraciones públicas o con sus mensajes: “Si jugamos todos juntos como equipo, tenemos posibilidades. Ese es el mensaje que más veces no repetimos”. Ése fue el lema que inculcó el entrenador durante la semana en un vestuario al que tiene en el bolsillo con sus didácticas y motivadoras charlas. Dicen los jugadores, los aficionados y hasta el director deportivo del Wolfsburgo, Klaus Allofs, (antes también estuvo en el Werder), que Hecking es mejor orador que cualquier político: “Siempre pronuncia las palabras adecuadas. Es muy sabio”.

Y no les falta razón a sus fieles. Hecking fue capaz de poner de titular a Bruno Henrique para descoser las bandas del Madrid. Y lo más difícil, fue capaz de mentalizar al chaval de que iba a ser la clave pese a sus 25 años, aunque no había disputado ningún minuto en Champions y sin importar que acumula 361 minutos en toda esta temporada. Eso es tan grande a estas horas para Alemania en general, y para Wolfsburgo en particular, como cuando el Madrid hizo de Hierro un mediocentro goleador o cuando Guardiola hizo de Messi un falso nuevo de leyenda. Un golpe maestro. Hecking, en vez de tirar la eliminatoria y centrarse en la Bundesliga, preparó el partido a conciencia y consiguió como premio una proeza. Su trayectoria al frente de varios modestos siempre ha sido impecable. Empezó en el Verl, pasó el Lübeck, al que ascendió a la segunda categoría, e hizo sus pinitos en el Alemania Aachen antes de progresar y cumplir los objetivos marcados en el Hannover y el Nuremberg. Llegó al Wolfsburgo en el mercado invernal de 2012 con exigencias. Y cumplió. Tras salvar a su equipo de una grave crisis, al año siguiente lo metió en la Europa League tras rozar la Champions. Un reto que logró después y que redondeó con la primera Copa alemana de la historia del club y con la sorprendente victoria luego en la Supercopa ante el mismísimo Bayern de Guardiola.

De Hecking ya no sabremos mucho más hasta que hable en conferencia de prensa el próximo lunes en Madrid en la previa de la vuelta. Ya lo saben, Zidane será mucho más importante y tendrá única y exclusivamente la culpa de lo que pase. Gane o pierda.

Heckingbuena

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