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Mr. Pentland

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Míster Pentland fue justo lo que la mayoría llevamos dentro: un entrenador. El precursor y más innovador. Este rincón tratará de su gremio. De los inicios, las trayectorias y las anécdotas de sus sucesores. Modestos y profesionales. Españoles y foráneos. De club o seleccionadores. Bienvenido. Pase y tome asiento. Aquí tiene su banquillo.

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29/05/2016

Por Alfredo Matilla

Zidane y Simeone, dos héroes desacertados

Son las 4:15 de la madrugada de este domingo de Undécima y pena máxima. Y mientras el Atlético regresa abatido en silencio y el Madrid se atusa para comparecer ante Cibeles para ayudarme a cerrar mi crónica de los festejos, es buen momento para escribir sobre los apasionantes 120 minutos de Milán. Más allá del resultado. Ya ha pasado el tiempo suficiente para leer crónicas, escuchar tertulias y formar los primeros análisis subjetivos y reposados de una final emocionante e histórica: Cristiano y Torres, más bien desenfocados, se llevaron injustamente todos los focos. Uno por marcar el penalti decisivo y el otro por su triste llanto. Ambos no (me) gustaron. El portugués porque volvió a pagar su negativa a dosificarse cuando debe y por dejar a su equipo peligrosamente cojo al estar, como mucho, al 60%. Y el madrileño porque jamás hizo daño. Casemiro y Gabi, a mi juicio, fueron los verdaderos hombres del partido. Conmovieron. Revisen su partido. Danilo y Augusto, por momentos, me desesperaron. Además, Ramos se suma al optimismo nacional de cara a la Eurocopa tras ver hace días a Iniesta y Piqué. Bale no tiene techo y crecerá cuantos más galones tenga. Savic mejora a Giménez. Como Pepe a Varane. Y Filipe, qué sabio, es tan bueno que podría ser el mejor mediocentro en este Atleti. Pero aquí en este blog, ya saben, hablamos sobre todo de los entrenadores. Y ahí, precisamente, de sus papeles en esta final de Champions, casi no se ha comentado nada. El resumen general quedó en que Zidane es Dios y que Simeone no puede abandonar ahora el barco. Pero, independientemente de las sensaciones extradeportivas, convendría profundizar algo más. Ninguno de los dos, creo, estuvo acertado.

Zidanezidane

Zidane por volver a poner en riesgo un resultado encarrilado con el miedo que jamás tuvo el Madrid y que, por el contra, siempre inoculó en el adversario. La preparación del partido fue bastante acertada viendo el inicio del partido. El Madrid no sólo igualó la intensidad intimidatoria que se esperaba en el Atlético, sino que además la superó. Mandó en los balones divididos. Presionó junto, adelantado y con orden. Sin dividir sus líneas y convenciendo a la BBC de que corriendo hacia atrás también se suma. Y, para colmo, se impuso en el balón parado. Haciendo temblar a Godín como nunca en ataque y frenando a Griezmann con poderío. Sin embargo, cuando pudo matar el partido o al menos intentarlo, tiró a su equipo veinte metros atrás, como una noche cercana hizo en el Bernabéu contra el City. Ahí erró. Y pudo pagarlo. Aunque a estas horas algunos madridistas prefieran no recordarlo. Un laberinto del que pretendió salir con los cambios, con la torpeza de agotarlos en el minuto 76, cuando es materia impartida en primero del curso de entrenadores que en una final siempre hay que guardarse una bala. No quiero ser agorero en plena fiesta, disfruten, pero ese movimiento fue una temeridad innecesaria. Con Cristiano, Bale, Marcelo y Modric acalambrados en la prórroga, hubo un momento en el que Emery (o cualquier otro) tenía tantas posibilidades de entrenar al Madrid la próxima temporada que Zidane. Injustamente a mi juicio. Pero así es el que manda. Los títulos no engañan.

Simeone dejó más lagunas aún. Por eso entendí parte de su abatimiento en la rueda de prensa posterior a la final. Sentía que había fallado. Su Atleti, sin olvidar el mérito de esta trayectoria que sólo gana adeptos, arrancó el partido peor que nunca, defendió con más problemas que de costumbre y le costó imponerse en su terreno, el de la fuerza y el corazón, hasta que Gabi se multiplicó y fue adueñándose del partido. El técnico argentino ató todas las cábalas que rodearon al partido. Los preparativos, el hotel, entrenamientos en mil sitios distintos… Todo para no repetir la aciaga noche de Lisboa. Y sin embargo, falló en lo básico: la alineación. Carrasco, sin necesidad de recordar su partidazo, es uno de los mejores jugadores de este Atleti y, por tanto, no ponerlo entre los once elegidos no está justificado. Su equipo le echó de menos durante 45 minutos. Pero lo peor del Cholo no fue eso, sino no tener la ambición necesaria cuando se esperaba. La prórroga beneficiaba al Atlético tras el subidón de moral del empate en el 78’ y con medio Madrid derretido. Estábamos ante el partido de hace dos años pero con los acontecimientos justo al revés. Pudo refrescar a su once cuando Zidane ya no tenía opciones de mover nada. Y no lo hizo. Por su escasa confianza en el banquillo que él ha tenido la oportunidad de construir con una inversión millonaria. Después de haber movido ficha en el descanso, no volvió a hacer un cambio, obligado, hasta el minuto 108 y no metió gasolina en el centro con Thomas hasta el 115’. Tiago, experto, y Correa, genio, se quedaron sin opciones. Por el empecinamiento de mantener a Torres porque tira bien los penaltis (se supone que el quinto, que no lanzó, era el suyo) y arrastrando sus errores en los fichajes del verano. Jackson en China y Vietto en la grada. Cuando Simeone reaccionó, se había agotado el tiempo.

El resto ya lo saben. Penaltis. Juanfran falló, Cristiano marcó y las emociones se desataron. El Madrid con la Undécima, Cibeles sonriendo ahora que vuelvo a mirar de reojo a las 5:05 y Zidane felizmente ratificado. Y el Atleti, de nuevo con sus pupas, con Neptuno resoplando y con el Cholo meditando. Un solo gol tuvo la culpa de dejar a dos entrenadores que casi siempre aciertan, y que esta vez fallaron, con un domingo revelador por delante. Uno con el reconocimiento merecido del madridismo que ya tuvo como jugador. Y el otro con el deseo colchonero de que continúe en el club para hacer lo que mejor sabe: insistir y volver a intentarlo. No es el mismo premio. Pero son dos triunfos enormes como para no olvidarlos.

Sime

 

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