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Mr. Pentland

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Míster Pentland fue justo lo que la mayoría llevamos dentro: un entrenador. El precursor y más innovador. Este rincón tratará de su gremio. De los inicios, las trayectorias y las anécdotas de sus sucesores. Modestos y profesionales. Españoles y foráneos. De club o seleccionadores. Bienvenido. Pase y tome asiento. Aquí tiene su banquillo.

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26/09/2016

Por Alfredo Matilla

Míster Ossamah, de refugiado en Siria a frustrado en España

Hace ahora un año, Ossamah Abdul Mohsen llegaba como un ídolo a Getafe tras huir de la guerra en Siria, su país, después de sortear zancadillas vergonzosas que le hicieron famoso y una vez que se cruzó Europa en tren junto a dos de sus hijos: “Muchas gracias a España, estoy en una nube”, dijo abrumado en Atocha. El técnico profesional de 53 años aceptó la propuesta de Miguel Ángel Galán, precandidato a la FEF y director de la escuela CENAFE de entrenadores, para comenzar una nueva vida y continuar con su carrera en los banquillos. Y sigue en el empeño. Aunque con más problemas de los esperados. Ahora está sano y salvo, pero sin curar varias heridas internas.

Ossamah continúa viviendo con dos de sus hijos (Zaid, de 8 años, y Mohammad, de 19) en una casa de 114 metros cuadrados de la calle Madrid. Vio cómo en una semana le dieron el permiso de residencia en tiempo récord. Ha comprobado cómo es el Bernabéu y Vallecas. E incluso qué agradables son Cristiano y Paco Jémez. También ríe al ver cómo su hijo pequeño ha aprendido tanto español en el colegio Ortiz Echagüe que le hace de intérprete. Y, lo más importante, mantiene su nómina intacta con un sueldo de 1.121 euros netos al mes gracias a su cargo de comercial en CENAFE y de responsable de las relaciones institucionales con los Países Árabes. Sin embargo, lleva tres años sin ver a su mujer y a su otro hijo (“Zaid llora mucho sin ellos”), la Federación no acepta homologarle su título profesional (entrenó en Primera al Al-Fotuwa) y la desesperación le llegó a deprimir. Dejó las clases de español, no acepta más donativos populares, no ha vuelto a entrenar ni como ayudante tras su paso por el juvenil del Villaverde Boetticher y ha llegado a enfrentarse hasta con Galán. “Me dijiste que traerías a mi mujer aquí, me has engañado”, llegó a reprocharle. Por eso, Ossamah amenazó en enero con irse a Turquía en busca de su familia tras darle un ataque de ansiedad.

Osa

“Yo no puedo hacer más”, se consuela Galán. “Me he pegado en la Embajada de Siria para que resuelvan el papeleo, pero el Gobierno está en funciones y no se moja, pese a que le concedieron el reagrupamiento”. Razón no le falta. Exteriores aseguró que tendrían que llegar a España 17.337 refugiados antes de 2017 y, por ahora, van 480. Galán incluso logró darle una carta a Cospedal en un mitin para que se la entregara a Rajoy, pero no ha habido respuesta. “Sólo nos queda la huelga de hambre. Y no lo descarto. Piden papeles imposibles a unos refugiados cuando han tenido que salir corriendo. Me avergüenza ser europeo”.

Ossamah está saliendo de España para dar conferencias, la última en Polonia, tiene ofertas para entrenar en el extranjero y el día 25 inaugurará la escuela de CENAFE en Argelia. Esos viajes le están dando oxígeno. Por eso está mejor. Pero su futuro es incierto. “En diciembre hablaré con Ossamah”, reconoce Galán. “Esto consta de tres fases: acogida, integración y autosuficiencia. No le voy a dejar tirado. Puedo pagarle un sueldo, pero entre eso, los 600 euros del alquiler y la ayuda que mando a su familia salgo a 3.000 euros al mes. Y eso no sé si podré mantenerlo. Debe animarse y entrenar”. Ossamah lo sabe e intenta volver a levantarse. Pero, como hombre culto que es, tiene claras sus prioridades. Lo más importante para él siempre fue el fútbol. Hasta que le faltó su familia: “Sólo quiero volver a abrazarles”, repite cada día.

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12/09/2016

Por Alfredo Matilla

Lo del Valencia no es cuestión de sexo

Comienza a suceder con el Valencia lo que era normal con el Atlético en otra época. Le rodean los problemas y, con este crónico estado, le sobrevuelan las mofas. Lo comprobé el pasado domingo, con el 0-2 en contra, y acabé de confirmarlo tras el mazazo de Rubén Castro en el descuento. Voces, mensajes, bromas y más bromas. Como si fuera la casa de los líos, el aficionado que no es de este equipo ya se divierte con todo lo que sucede por Mestalla. Y lo que más me sorprende es que, en general, sobre todo lejos del Mediterráneo, se suele señalar más en la búsqueda de culpables a la peculiaridad de la grada, a la supuesta exigencia desbordada del aficionado, e incluso, a lo mal acostumbrados que están algunos tras los títulos de antaño. Un mensaje que se repite mucho más que aquellos que apuntan al palco, a los jugadores o al que pone y quita muñecos del banquillo. Lemas manidos como este que volví a escuchar en la última jornada: “La afición se piensa que el Valencia es un grande y no lo es”. O este más dañino: “Lo que pasa desde hace tiempo es que la gente del Valencia tiene muy mala leche y ya no pasa una”. O directamente, esta versión elevada a tesis que intentaba explicar los silbidos y pañuelos: “Es que los valencianos están mal follaos y andan siempre crispados”. Expresiones tan cutres y reduccionistas como reiterativas.

Mis conclusiones a una cuestión deportiva, que ya tiene contra las cuerdas a Pako Ayestarán, sólo se pueden centrar en lo futbolístico. Mejor basarse en hechos. La grada aprieta y condiciona. En todos los clubes ha pasado. Pero ni la mala leche ni el éxito en la cama ni la caridad de los valencianos valencianistas tienen nada que ver con lo que ocurre en Mestalla desde que Cúper y Benítez dispararon al club y lo sostuvieron en el estrellato. Seamos serios. Y no lo digo porque me condicionen mis grandes veraneos en Cullera o Gandía. Si queremos bromear, hasta la ciencia, adonde uno ha tenido que rebuscar para encontrar explicaciones, consuelo y cordura, desbarata las teorías que pretenden estigmatizar al aficionado del Valencia justificando con su supuesto mal carácter y poca paciencia la sucesión de entrenadores caídos y de ilusiones derramadas.

Ayestaran

Un estudio realizado por Ikerfel para AS hace tres años señaló que al rival que más quiere la afición del Valencia era su adversario en la ciudad, el Levante (44%), cuando a la inversa sucedía al revés y el Valencia es el club que más rechazo tiene en el Ciutat (68%). Lo de mal humor, descartado. Sobra ironía. Otro estudio elaborado en agosto por la empresa de recursos humanos Randstad aseguró que los valencianos son los españoles que de media menos horas trabajaron en el primer trimestre del año (378 horas, por debajo de la media de 389). Relax tampoco falta por tanto. Otro, elaborado por la consultora GFK Emer, asegura que son los que menos resaca tienen. Con lo que enrabieta... Y uno más, el más divertido que aporta la firma de profilácticos Control, desvela que los valencianos son los que tienen los orgasmos más largos (entre 30 minutos y una hora). No está nada mal. Con estos números Mestalla afronta un partido como la Bombonera.

Fuera de broma. No puede ser culpa de la afición haber tenido una catarata de desdichas este nuevo siglo que ya se ha llevado a nueve presidentes por delante y a 16 entrenadores diferentes, de los cuales algunos ni siquiera han encontrado fuerzas o socios para volver a dirigir a un equipo tras tantos sobresaltos. Ni haber utilizado hasta 158 jugadores diferentes en Liga desde el año 2000, cuando el Madrid o el Barça, con muchas más exigencias, han tirado sólo de 130. Ni tampoco es culpa de la gente haber pagado a jugadores de segunda clase como a verdaderas estrellas, aumentando la deuda y, proporcionalmente, la frustración. Ni vender a los pilares para luego exigir a los técnicos como si estos permanecieran. Ni desconocer que supone la continuidad o la palabra proyecto. Ni por supuesto la falta de copas. Ni tantos otros fallos que tienen al Valencia sin viajar por Europa y vicecolista en España. La gente no sólo es que no tenga la culpa de este caos. Es que ya se está cansando. De sufrir y de que encima le señalen. Se aceptan más análisis, pero aquí hablemos con datos y dejemos el sexo.

 

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