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Mr. Pentland

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Míster Pentland fue justo lo que la mayoría llevamos dentro: un entrenador. El precursor y más innovador. Este rincón tratará de su gremio. De los inicios, las trayectorias y las anécdotas de sus sucesores. Modestos y profesionales. Españoles y foráneos. De club o seleccionadores. Bienvenido. Pase y tome asiento. Aquí tiene su banquillo.

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24 enero, 2017 | 23:06

Por Alfredo Matilla

Guardiola, entre trincheras

El pasado viernes viví dos hechos paranormales que me hicieron darle vueltas a la cabeza. Por la mañana, antes de ir al trabajo, un viejo socialista, bañado ahora por la nueva ola de Podemos, habló bien durante un buen rato de Cristina Cifuentes y varias de sus políticas. Lo hizo casi sin pestañear, más bien con buena cara y con bastante convicción. Por la noche, tras salir del tajo, cogí el taxi de un taxista peculiar. Tras unos primeros minutos de tanteo algo serio, rompió a hablar cuando le dije que quería dirigirme al centro de Madrid. Como si necesitara desahogarse o comenzar una terapia. Me dijo que es votante del PP, pero que lo que ha hecho Carmena con los cortes de Gran Vía ha tenido mucha lógica y que, sin duda, con alguna mejora esto beneficia al sector. Recuerdo, por si alguien se ha perdido a estas alturas, que hablamos de un taxista, madrileño y conservador. Al bajarme, sonreí. Me gusta comprobar que aunque a veces parece que hemos perdido casi todo, hay gente, por poca que sea, que aún mantiene intacto y afinado el espíritu crítico. Lleve o no razón. Concuerde o chirríe con su perfil más compartido. El sábado desperté.

Llegué de nuevo al periódico rumiando lo del día anterior. Y pensando si estas actitudes eran extrapolables al fútbol. Hago con frecuencia este ejercicio. Peor es fumar. Comenzó el partido del Manchester City y ahí me di cuenta de que no cabe ningún paralelismo. Aquí, entre pelotas, el inmovilismo desde hace bastante tiempo es mayor. El gran ejemplo se aprecia con la lucha Madrid-Barça entre un amplio sector de la población que, aunque nadie lo pretende, termina salpicando a todos en el bar, por las ondas o en la tele mientras comes. La rivalidad más deportiva mutó casi en una batalla campal en este siglo, sobre todo en la era Mourinho (no sólo por él), y ahora, con las aguas más en calma, ha dejado de resaca una consecuencia aún más insoportable: la defensa de lo indefendible, el ataque por atacar y la ausencia total de criterio propio y no teledirigido. Es muy triste que el único, consensuado y justo juicio llegue al abrazarnos en los momentos dramáticos. Si eres del Madrid conviene criticar, sólo en su acepción peyorativa, todo lo que huela a Barça. Desde la plantilla actual a cualquier vínculo en blanco y negro. Y si eres del Barça está prohibido, por miedo al aislamiento, reconocer alguna virtud del enemigo. Guardiola, como antes otros, no es más que una nueva víctima de este mórbido proceso.

Guardiolabuenabuena

Dentro de unas décadas comprenderemos que, en algunos casos, bien pudimos vivir en las cavernas. Hay pocas cosas más sanas y recomendables viendo partidos de fútbol que analizar y enjuiciar, incluso deseando la derrota del vecino. A fin de cuentas esto no es más que un juego y una pasión. Pero hay otros comportamientos con menos sentido, como negar la creación, el arte, la innovación, el progreso, la valentía, la inteligencia, el pundonor, la sabiduría y tantas otras virtudes que a veces llevamos dentro y que otras muchas envidiamos en el resto. Desde el lado culé se censuran los dones de Cristiano o Ramos, por ensalzar a terceros o por simplemente hacer de menos. Algo que jamás se atreverían a hacer nuestros mayores más barcelonistas con Di Stéfano, Bernabéu o Gento. Y desde el bando madridista se niega la única dictadura buena que ha existido, la de Messi, se pone en duda a quién pertenece el corazón de Raúl por recordarlo y se echan pestes de Piqué haga lo que haga, como ningún madridista osaba hacer antes con el legado de Cruyff o con la histórica aportación de Kubala y nuestro Luis Suárez. Ahora están de moda los extremos (y no hablo de jugadores que transitan pegados a la cal), sin reparar en que quizás andemos confundidos y que ésta es la miseria que enseñaremos a los que vienen por detrás. Un atropello que hubiera sido equiparable a censurar a Goya porque uno era más de Velázquez. A quemar El Quijote para leer sólo a Shakespeare. O a prohibir en casa a Hitchcock porque el único cine digno era el de Kubrick.

Querer lo peor para Guardiola se ha convertido en deporte nacional. Aunque no es tan arriesgado como el de defenderle. El técnico porta el cartel de ex del Barça como quien carga una cruz. Pesan tanto los halagos sin matices como los improperios despiadados. Los culés le perdonan cualquier resbalón, justifican sus nuevas meteduras de pata en varios fichajes (nada nuevo), comulgan con sus inevitables borderías en rueda de prensa y les cuesta reconocer que su papel en la Premier lo hubiera podido firmar hasta ahora incluso López Caro. Mientras, los madridistas aseguran que fracasó en Alemania por ganar ‘sólo’ tres Bundesligas más alguna copa con las que en España se desbordan las fuentes. Niegan su incidencia en el avance de este deporte, dogmatizan con que todo se lo debe a Messi, que es tan manipulado como decir que García Márquez es lo que es únicamente por la familia Buendía, y aseguran que su gran arranque en la Premier fue un espejismo, obviando que aún puede dar guerra y que sigue vivo en Champions.

La realidad, en mi opinión, es otra. Salir del Madrid y del Barça complica el futuro a cualquiera. Revisen y verán cómo la mayoría de los últimos entrenadores más triunfadores, incluso aquellos que llegaron a ser ídolos, jamás han igualado después lo cosechado en LaLiga. Ya ni les hablo de dónde están Vanderlei Luxemburgo o que hay de Serra Ferrer. Lejos de casa suele hacer bastante frío. Guardiola, como tantos, acierta y se equivoca, pero convendría dar las gracias por seguir disfrutando de él. Su grandeza, para los que aún dudan de ella, se comprobaría con un solo gesto: si volviera a fichar por el Barça. Sus fieles flotarían de nuevo y sus detractores andarían bastante preocupados.
 

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Comentarios

JESÚS INIESTA CRUZ

Lleva razón el autor, pero el espíritu del artículo solo lo veremos en un medio de Madrid, nunca en un medio catalán.

Rick

El problema es cuando alguien exhibe permanentemente una falsa modestia nauseabunda. Y si además presume de saber perder y eso sólo así porque ha juegado y entrado a equipos ganadores y pierde pocas veces pero cuando lo hace gruñe, protesta al árbitro o da coces al periodista ... no puedes ser muy querido.

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