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Mr. Pentland

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Míster Pentland fue justo lo que la mayoría llevamos dentro: un entrenador. El precursor y más innovador. Este rincón tratará de su gremio. De los inicios, las trayectorias y las anécdotas de sus sucesores. Modestos y profesionales. Españoles y foráneos. De club o seleccionadores. Bienvenido. Pase y tome asiento. Aquí tiene su banquillo.

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« mayo 2017 | Inicio

06/06/2017

Por Alfredo Matilla

Pepe sólo debe ser el primero

"El cambio es ley de vida. Cualquiera que sólo mire al pasado o al presente, se perderá el futuro". John Fitzgerald Kennedy (1917-1963) Político estadounidense.

 

Impulsados por la ola del triunfo, la gran preocupación de un amplio sector del madridismo a estas horas es compararse con el glorioso Barça de Guardiola. No se conforman con ganar el desnivelado pulso de las Copas de Europa. Además pretenden salir victoriosos de la manida lucha de estilos. Es una pérdida de tiempo. Aquel dominio culé a lomos de Messi no admite comparación en cuanto al juego, pero no desmerece el hambre insaciable de Cristiano ni tapa el gen ganador de su Madrid. Se está malgastando la intranquilidad del personal en el tiro equivocado. Si yo acabara de ganar un doblete histórico andaría preocupado en otras cosas. Sobre todo en cómo no morir de éxito. En qué no repetir de todo lo que haya hecho el rival para pasar de claro dominador de Europa a fan incondicional a la desesperada del Celta, Málaga y Juventus.

A estas horas, debatir sobre la marcha de Pepe, el fichaje de De Gea o acerca de la venta de Bale o Benzema es casi tan arriesgado como hablar de religión. Pocos tocarían en estos momentos un once recitado de memoria con el que se ha alcanzado la gloria: Keylor; Carvajal, Varane, Ramos, Marcelo; Casemiro, Kroos, Modric, Isco; Cristiano y Benzema. Ni hablemos de ese banquillo ejemplar. Error. Como dijo Lampedusa, “si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”. Renovar al equipo, por mucho que el futuro se haya apuntalado por el director deportivo Florentino Pérez, no sólo es sano sino que se antoja obligatorio. Hasta este Madrid es mejorable. Otra cosa es que Zidane compre esta teoría.

La foto del once del Barça en la final de Copa debería marcar el camino. Del equipo titular de Luis Enrique en la final de Champions de 2015 a su última alineación en la final de Copa (2017), sólo había dos cambios. Se ausentaron Ter Stegen, por el capricho de las rotaciones, y Alves, por la torpeza en las negociaciones de renovación. Por el entrenador asturiano, se hubieran repetido las instantáneas gustosamente, premiando a un gran equipo y dejando dolorosamente en segundo plano un análisis inaplazable que ha borrado la sonrisa de esas imágenes: la defensa es bastante mejorable, Iniesta va arrastrando el paso del tiempo y Rakitic, siendo bueno, no puede ser indiscutible. Los grandes campeones, salvo raras excepciones, triunfaron tras campeonar por el vicio de saber renovarse. Cuanto más, mejor.

Cibuenoooooo

El Madrid tiene buenos ejemplos en casa. El gran equipo dirigido por Di Stéfano, que ganó cinco Copas de Europa seguidas en los cincuenta, siempre intentó mejorar su foto año a año. Pese a que entonces sólo jugaban once, los suplentes eran de relleno y fichar era un verbo que sobre todo conjugaban los que tenían que entrar por la mañana en la oficina. Del once que levantó la Primera Orejona en 1956 ante el Stade Reims (4-3) hubo tres cambios en la final de 1957 (2-0 a la Fiorentina). En la siguiente gran noche del Madrid frente al Milán (3-2) hubo otros tres cambios. En 1959 (2-0 al Stade Reims), dos más. Y en la última de ese lustro inolvidable (7-3 contra el Eintracht de Frankfurt), otros dos. Ahora que se habla del futuro de Keylor y hasta del de Zidane, convendría recordar que el Madrid tuvo en las seis primeras Copas de Europa (diez años entre la primera, 1956, y la última, 1966) tres porteros titulares distintos (Juanito Alonso, Domínguez y Araquistáin) y tres entrenadores (Villalonga, Carniglia y Muñoz). La renovación en la década de los sesenta, cuando por primera vez un club ejerció un dominio total de la Liga con cinco títulos seguidos, fue aún mayor y más valiente. En el Madrid campeón del 62 entraron cinco jugadores que no habían participado en el alirón del 61 (Araquistáin, Miera, Tejada, Isidro y Ruiz). Al año siguiente Bernabéu optó por meter otras cuatro pinceladas (Amancio, Zoco, Müller y Vicente Train). Y al final de su reinado en esa década fue capaz de introducir como novedades de peso a Grosso, Betancort, Pirri y Serena. Mejorar era una obsesión.

Hasta el temible Bayern de los años setenta, el Madrid de la Quinta del Buitre, el Milán de Sacchi y el Barça de Cruyff o el de Guardiola, equipos que marcaron una época, supieron año a año desterrar lo que no funcionaba pese a ganar, probar nuevas rutas hacia el triunfo y mantener lo que verdaderamente era considerado como los cimientos de unos proyectos. Si ganaron de nuevo es porque no se recrearon y actuaron. El Bayern levantó una Copa de Europa en 1974 tras tumbar al Atleti con un once de ensueño. Sin embargo, al año siguiente repitió con dos cambios en defensa. Era un plan y no una casualidad: en el tercer título seguido hubo hueco para Horsmann y Rummenigge. El Madrid de esos sensacionales años ochenta fue metiendo a Buyo y Pardeza un año, a Tendillo y Jankovic otro, a Schuster al siguiente y a Hierro al final. El Milán del achique cambió a Evani por Donadoni de una Copa de Europa (1989) a la siguiente (1990). El Dream Team vio cómo pese a su dominio, un año se caían Rekarte, Nando y Soler para dar paso a Nadal, Juan Calos y hasta a Witschge, como al siguiente el apartado era Serna o como al final Romario, Sergi e Iván Iglesias aportaron el necesario aire fresco. Y Pep fue un maestro al meter un año a Ibra, pese a haber ganado todo lo posible con una plantilla a la que ya había revolucionado, y al siguiente apostar por Villa para explorar otras variantes sin ruborizarse.

En la época moderna se recuerdan pocos campeones consecutivos que hayan hecho historia sin cambiar de cromos de una a otra alegría. Los más meritorios fueron la Real Sociedad y el Athletic, que ganaron dos veces la Liga de forma seguida (80-81, 81-82 y 82-83, 83-84 respectivamente) sin tocar apenas su plantilla pese a esas reglas que se autoimponían ambos por aquel entonces y que les hacían competir en clara desigualdad con los poderosos. Idígoras dejó la Real de un curso para otro para buscar la fortuna en el Puebla mexicano. Y Endica apareció como novedad en el Athletic de una proeza a otra. El resto de hitos se hicieron renovando en profundidad. Zidane no haría mal en repensar el tema De Gea y en plantearse, como tan aceleradamente ha hecho con Pepe (James se irá él solito), que la pasta que dejarían Bale o Benzema daría para accesorios de alta gama en ese 4-4-2 indestructible y para mejorar aún más esa segunda unidad tan socorrida. El cambio es la única cosa inmutable.

Pebueno

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04/06/2017

Por Alfredo Matilla

Ya nadie duda de Zidane

Más allá de la consagración del Madrid como mejor equipo de Europa tras la Duodécima y de la confirmación de Cristiano como el mejor delantero del momento con el quinto Balón de Oro en su mano, hay un hombre que sale de Cardiff levitando: Zidane. El entrenador que hace sólo 513 días llegó entre un mar de dudas e incluso visto como el escudo de su presidente tras el tropiezo con Benítez, ya lleva más Champions que temporadas en el club blanco. Pese a que hace nada se seguía cuestionando su futuro, dependiente como siempre de los títulos, se podrá pasear por Cibeles como uno de los hombres más importantes en la historia de este club, con la ventaja de que tiene más futuro que pasado. Gento, Di Stéfano, Puskas y demás mitos del madridismo ya tienen junto a ellos a otro ídolo que ha sido decisivo en un tercio de las Orejonas del Madrid, nada más y nada menos, después de ganar una como jugador (2002), otra como ayudante de Ancelotti (2014) y dos más como entrenador (2016 y 2017).

Con Zidane siempre se ha dudado. Dudas, dudas y más dudas. Pero él siempre ha acabado por convencer a todos con paciencia, profesionalidad, sabiduría y, sobre todo, resultados. En su etapa como jugador ya le sucedió. En su debut hubo runrún, en sus inicios se cuestionó hasta que maridara con el resto y al final, pasó lo que pasó. Magia, magia y más magia como respuesta, hasta que una volea de leyenda dio una Champions al Madrid que le relanzó al santoral blanco. Florentino Pérez, el presidente que le trajo y le mimó, fue precisamente el que le dio la alternativa en el banquillo. Primero, dándole el Castilla, donde se dudó (otra vez) en primer lugar de su preparación (tuvo una denuncia por ejercer sin carnet) y después de sus notas a final de curso. Aun así, el club tenía fe ciega en su talento. Por eso pasó pronto al primer equipo al lado de Ancelotti, donde hasta los que más le conocen dudaban de su papel por esa timidez que dejaba entrever un carácter introvertido. Otro error. Zizou comenzó a ganarse desde entonces a la plantilla. Fue clave en la resurrección de Benzema, en la madurez de Varane y en el hambre de los canteranos. Con esa unión empezó todo.

Cuando llegó Benítez al Madrid, Zidane se apartó de la escena y muchos, cómo no, dudaron (ay las dudas) de su papel desde entonces. El técnico francés siguió puliendo su formación mientras era asesor del presidente, encargo que nunca dejó de cumplir estuviera o no presente; fuera oficial su apoyo o informal. Florentino era el que tenía más fe en Zizou. Por eso, tras 18 jornadas grises en la temporada 2015-16, donde el Madrid caminaba con una irregularidad desesperante (0-4 del Barça en el Bernabéu con Messi en el banquillo), el club decidió dar un paso que muchos no entendieron. El Madrid acababa de empatar en Mestalla con una buena imagen y venía de golear a la Real (3-1) y al Rayo (10-2), pero al menor tropiezo el presidente tenía clara su jugada. Benítez fuera. Llegó Zidane, entre dudas, y las despejó de un plumazo. En el banquillo se manejó con la solvencia que ahora ha confirmado: contando con todos, tomando decisiones de enjundia y poniendo once hombres y no once nombres. En la sala de prensa se comportó con una solvencia desconocida: afable, ajeno a las polémicas, con una calma y una sonrisa contagiosas. Trajo el equilibrio y la calma con el río bien revuelto. Y así, formando una familia con más hambre que fútbol, ganó la Undécima, sin importarle que se hablaba despectivamente más de su flor que de su pizarra.

Ziiiiibuena

Pero su verdadero examen llegó esta temporada. Empezaba desde el inicio, con el efecto motivador ya disuelto por el tiempo y con la responsabilidad de gestionar un grupo al que se le perdonó todo por la Champions pero del que heredó varios marrones que consiguió templar en primera instancia hasta que se pudieran solucionar. La nueva obsesión era la Liga y, por tanto, tenía la misión de concienciar y convencer a la plantilla de que al reto obligado de cada año de Europa había que unir ahora el de un campeonato añorado. No valía ser buenos en las eliminatorias sino que había que ser los mejores cada tres días. Lo logró. Necesitaba a todos y todos le respondieron. El Madrid consiguió la Liga tras algunas dudas (siempre las dudas) por pinchazos incomprensibles o por el empeño de Messi (2-3) y, para colmo, lo bordó con esta Champions con un golpe en la mesa (1-4).

El primer día de Zidane con el Madrid (5-0 al Depor) el 9 de enero de 2016 ya dio el primer aviso de su personalidad. Del once de Benítez en el partido previo se cayeron Danilo y Kovacic para dar cabida a Carvajal e Isco, dos de los pilares de este Madrid. Su primer equipo fue Keylor, Carvajal, Pepe, Ramos, Marcelo; Kroos, Modric, Isco; Bale, Benzema y Cristiano. Desde ese momento no hizo caso de rumores y dio plenos poderes a Keylor, confirmó a Carvajal hasta convertirlo en el mejor lateral del momento, supo atreverse con Casemiro como ancla en las buenas y en las malas y no sólo como proyecto o parche, como hizo Benítez, que lo quitó contra su voluntad al primer tropiezo con él al mando. Zidane también supo repartir minutos, tener enchufados a Lucas Vázquez, Asensio y Morata, poner las pilas al personal en el apartado físico y demostrar valentía para sentar a James (80 millones de euros), para dosificar a Cristiano y para romper definitivamente un 4-3-3 que descosía al equipo. Con el 4-4-2, dio solidez al equipo y ofreció a Isco el lugar que le correspondía hasta lograr cambiar su intención de irse por sus ansias de renovar. Parecía que Zidane no hacía nada y en realidad lo estaba haciendo todo.

Zidane ha acabado en su último once con sólo dos modificaciones del que eligió para estrenarse: salvo Varane y Casemiro, el resto fueron los mismos. Lo que realmente ha cambiado es la mentalidad. Este Madrid camina firme hacia el futuro. Las dudas ya no apuntan al banquillo. Ahora éstas se sitúan justo enfrente. Son para el rival. Y ése es el gran mérito de Zidane, que despejó la gran incógnita pese a tener un año más de contrato (”está claro, me quedo”). ¿Alguien seguirá siendo capaz de dudar de su valía? Viendo como le abrazaban anoche entregados hasta los suplentes más suplentes, y escuchando incluso a Morata con ganas de continuar, la respuesta parece cantada. La única duda con el técnico es cuántas copas más va a levantar.

 

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