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Mr. Pentland

Mr. Pentland

Míster Pentland fue justo lo que la mayoría llevamos dentro: un entrenador. El precursor y más innovador. Este rincón tratará de su gremio. De los inicios, las trayectorias y las anécdotas de sus sucesores. Modestos y profesionales. Españoles y foráneos. De club o seleccionadores. Bienvenido. Pase y tome asiento. Aquí tiene su banquillo.

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21/03/2015

Por Alfredo Matilla

Mano dura

Trescientos días después de alzar la Champions en Lisboa, Ancelotti enfila el Clásico cuestionado. La mala imagen reciente y los últimos resultados le han marcado. Para señalarle estas semanas, pocos le han echado en cara que perdió la Supercopa ante su próximo rival en Europa, que le superan los derbis o que su equipo se ha desinflado hasta haber dejado escapar el liderato. Datos irrefutables. No les ha hecho falta hablar de fútbol. Para querer hacerle daño, sonrojarle y ponerle al frente del pelotón de fusilamiento, los críticos han tomado otro camino bien distinto. El habitual y trasnochado: han apelado a su “mano blanda”. Como él mismo ironizó, la mano blanda con la que ha ganado tres Champions. Ésa, añado yo, con la que apacigua las crisis como nadie y gracias a la cuál se siente arropado por su vestuario antes de la final del 22-M. Veintidós tíos no pueden estar equivocados.

Éste es el drama actual que da para reflexionar. El pensar que pese a estar ya en el siglo XXI algunos no han evolucionado. Que para salir de las crisis, deportivas o sociales, la mayoría considere que se necesita prioritariamente y sin concesiones la mano dura. Las dictaduras, deportivas o sociales, se generaron así. Pero eso parece ya olvidado.

Como me dijo un buen día un gran amigo, maestro de cronistas, “ser un hijo de puta (perdón pero fue así) está sobrevalorado”. Por encima de la inteligencia, la educación y la capacidad. Revisen sus vidas y comprobarán que se confirma demasiadas veces este proverbio casero. En la escuela, en la calle y en el trabajo. Algo que nunca entendí. Quizás porque, política aparte y centrado en el deporte, un día me marcaron los entrenadores sargentos. Desde entonces, nunca los he tragado. En la cantera en la que aprendí a jugar, un señor recto absorbido por la gestualidad de Emery siempre me hizo desenvolverme al cincuenta por ciento. Jugaba agarrotado. Ya en la base del Albacete, otro técnico huraño y gritón me produjo hasta úlceras por miedo a perder el balón. Siendo un hombre, en la Primera División de juveniles, otro humilde paisano transformado en pitbull con el silbato me aburrió hasta dejar el equipo siendo el que más jugaba. Y ya en Tercera, un exmilitar (de cargo, no de pose) me terminó por mandar a la Universidad. Quizás fue más culpa mía que de ellos, pero con la mano dura nunca he comulgado.

MANODURA

Y creo que al final a todos nos sucede un poco lo mismo. Incluso a los que reclaman de primeras, y desesperados, orden y mando ante el caos y luego comprueban que el remedio es peor que la enfermedad. Al Barça, sin ir más lejos y centrándonos en el Clásico, le ha pasado. Si llega al duelo clave de este domingo con aires renovados es porque ha sabido corregirse. Club y afición. Cuando la temporada pasada cayó desplomado, cómo no, se reclamó mano dura como medida revolucionaria para una plantilla mal acostumbrada. Luis Enrique aterrizó entre aplausos como el sargento de hierro ideal. Todo lo que hacía parecía agua bendita. Su juego más directo era para muchos el mejor invento en la casa del tiqui-taca, se ensalzaba un físico mejorado y comenzó a verse (o inventarse) su mano en cada rincón como si fuera el Mesías. Los resultados acompañaban, claro. Hasta que Lucho comenzó a impartir la justicia por encima de lo deseado (como se le pidió) y casi acaba viendo el resto de la Liga desde casa. En Anoeta sentó a dos patas claves del tridente, el equipo perdió los puntos y las sensaciones, y se desató la tormenta. Al de la mano dura se le pidió mano blanda. Lo de siempre. Ahora, rota lo justo y, por casualidad o por las cosas de imponer la lógica a la autocracia, el Barça vuela cuando antes se arrastraba.

No digo que los sargentos no hayan logrado cosas importantes. Con todos los recursos a su disposición muchas veces han alcanzado lo que buscaban. Faltaba más. Miren Capello. Lo que intento es explicar que duran poco en el rebaño, si es que no acaban con él en su mandato. Insisto con Capello: no duró más de un año en cada una de sus dos etapas. De todos los entrenadores profesionales con los que he tenido trato directo por mi profesión, por citar algunos ejemplos, los de la mano dura han aburrido al personal o la tienen ahora escondida. Habrá excepciones, lo sé. Pero es una ley general. Son complicados de llevar. Aunque ocasionalmente ganasen. López Caro, apodado sargento de hierro, suplió un buen día a Luxemburgo en el Madrid y un amplio sector de la prensa y de la afición se aferró a él porque convenía la rigidez en el vestuario. Fracasó y estos días anda buscando equipo por ahí tras ser destituido en Arabia Saudí porque en España pocos le aguantaban. Juande está sin entrenar y, supongo, que desde que no le he vuelto a ver no habrá hecho muchos más amigos. Y con Mourinho no me extenderé. Fue irse él y llegar la Décima. En Santander, en cuatro años haciendo la mili en el exilio, el que peor parado salió, según lo que yo vi, fue Héctor Cúper. Coronel ya algo desfasado.

Igual por fin las cosas han cambiado. Se gane o se pierda siempre será mejor tener al frente a Del Bosque que a Clemente. Siempre agrada más ver cómo Moyes revierte la situación de la Real con diplomacia mientras Djukic sale por la puerta de atrás del Córdoba tras mil rajadas públicas que no sirvieron de nada. Y siempre reconforta más observar cómo con tacto y sabiduría Blanc mete al PSG en cuartos y Mou, gran técnico superado por su personaje enfadado, cae eliminado. Afortunadamente, parece que estamos ante un tiempo nuevo, al menos en España, y los aspirantes a dictadores, tras gozar de tantas simpatías, van quedando retratados. No hay más que mirar en esta grave crisis nuestro actual tablero político. Mucha alternativa y ningún sargento.

 

 

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11/03/2013

Por Alfredo Matilla

Ginés Meléndez, el mejor copiloto para Benzema

Lo temía. El pueblo ya se ha hartado. La indignación nacional hace que ya nada se pase por alto y que las risas se conviertan en garras. Las crisis debilitan el ánimo y modelan el humor. Un regateador de leyes, en otra época, podía protagonizar una anécdota a la que se le sacaban más chistes que pegas. El Dioni hasta fue actor. Ahora, con tanta competencia en el arte de infringir, corren tiempos difíciles para airear malas conductas. Sobre todo si se originan desde la clase privilegiada que emana del deporte. Modelo de muchos, espejo de todos. El personal se ha indignado al ver cómo, en cuestión de semanas, el Madrid hace carreras de coches por la M-40, Benzema esprinta mucho más con su Audi que dentro del área, Piqué va de copiloto con su bebé en brazos, Casillas maniobra con una mano escayolada, o Marcelo y Tévez conducen sin puntos. Normal este mosqueo. Pero no crean que es algo nuevo esto de que los deportistas, cúspide de esta pirámide de clases, circulen a doscientos o piloten una máquina sin permiso con el reguero de muertes que llevamos a cuestas por estas salvajadas. La diferencia es que la paciencia se nos ha agotado al ver cómo las leyes se aplican en función del acusado. Por eso surgen las preguntas más comunes: ¿Por qué a esta gente no les sancionan casi nunca y al resto casi siempre? ¿Por qué y quiénes les tapan en vez de castigarles? A mí se me ocurren otras: ¿Qué se creen? ¿Por qué lo hacen? Y, sobre todo: ¿quiénes les aconsejan?

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05/03/2013

Por Alfredo Matilla

Faubert en lugar de Valencia y las cosas de la autocracia

Hasta hace un par de décadas, si no más, la figura del entrenador era, en general, el Espíritu Santo del fútbol. No sólo dirigía. Fichaba, organizaba, mandaba en la cantera, planificaba desde viajes a pretemporadas, era psicólogo, preparador físico y, a veces, se creía hasta el médico. Todo pasaba por sus manos. Para bien o para mal. Hasta que los clubes, en su camino hacia la profesionalización máxima, acotaron sus tareas para poner especialistas en cada apartado. Sobre todo lo hicieron aquellos que vivieron amargas experiencias con la dictadura de un patriarca. Antes, a la hora de confeccionar el equipo, los gustos del técnico iban a misa. Para que éste no tuviera excusas al ejecutar su estilo de juego y por el desconocimiento del mercado de la mayoría de los directivos. El cambio de mentalidad surgió cuando los presidentes vieron las consecuencias de su confianza ciega. Por un lado, no se enteraban de las cifras (ni qué decir de las comisiones). Por otro, permanecían en la sombra sin ser tan conocidos y, por ende, sin poder abrir las nuevas vías de negocio que dan la fama y la autoridad. Y, lo peor, se desesperaban cuando al prescindir un día del técnico al que habían entregado su proyecto, algunos de sus fichajes se convertían en verdaderas cargas. Quizás por eso nació la figura del secretario técnico o la del director deportivo. Un cargo de confianza del mandamás con una función prioritaria y mil acepciones. Un nexo entre la presidencia y el vestuario cuya misión principal era y es gestionar las altas y bajas atendiendo al bien presente y futuro de una entidad, y no a los caprichos a corto y medio plazo de un entrenador. Ya saben: si alguien se va, el proyecto continúa.

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22/01/2013

Por Alfredo Matilla

Míchel y sus pretendientes

José Miguel González Martín del Campo, ‘Míchel’, ha sido uno de los nombres propios de estos últimos días. Y no sólo porque fue destituido del Sevilla por los malos resultados cosechados desde que llegó (13 victorias, 11 empates y 14 derrotas). Lo realmente novedoso del caso es que el mismo día en el que firmó su finiquito, el técnico madrileño ya tenía ofertas de Alemania y Grecia para regatear al paro. Olympiacos había pensado en un principio en Emery para suplir a Jardim, pero al poner el ex del Spartak rumbo al Sánchez Pizjuán, mandó a su director deportivo a negociar de urgencia por Míchel. Con Manzano y Oltra siempre en la recámara. La historia se repite desde entonces. Detrás de todo aquel banquillo con un inquilino en el alambre vuelve a planear de nuevo la sombra del exmadridista. Regresa a los mentideros el ‘suena Míchel’ tan jocoso que siempre aparece cuando hay que hablar de posibles sustitutos, con la consecuente catarata de elogios y críticas que siempre le acompañan. Ha desaprovechado una ocasión de oro para entrar en las próximas quinielas sucesorias en el Bernabéu. De haber hecho un buen papel en Sevilla, hubiera protagonizado muchas portadas en verano. Sin embargo, su traspié no hace decaer su relevancia.

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14/01/2013

Por Alfredo Matilla

La importancia de la primera vez

Míchel y Julio Velázquez han sido los últimos entrenadores destituidos en nuestro fútbol profesional. Del Nido se cargó al madrileño y éste desperdició una histórica oportunidad de haberse postulado para el banquillo del Real Madrid a corto plazo. De haber hecho un gran papel en el Sánchez Pizjuán, hubiera protagonizado muchas portadas en verano. Tiene buena prensa. Ahora, al salir por la puerta de atrás, obligará de nuevo a Quilón, su agente, a remangarse. Su sueño se aplaza. El Villarreal, por su parte, ha decidido que la temporada de su técnico al frente del primer equipo en Segunda dista mucho de lo esperado. A pesar de estar en puestos de playoff. Por eso, ha cambiado por completo de estrategia y le ha sustituido por un técnico experto en ascensos, Marcelino, para intentar llegar a tiempo a la hora de la verdad. La apuesta del Submarino Amarillo a principio de temporada había sido contratar al malogrado Manolo Preciado. El adiós del cántabro sorprendió a todos, pero el club castellonense respondió a los problemas con un ejercicio de confianza máxima al jugársela con un producto de la casa tras, eso sí, negociar con un par de candidatos. Le dio al último preparador del filial su alternativa en la élite, a pesar de sus 31 años, como había hecho un año antes con Molina. A pocos kilómetros, su vecino, el Valencia, había hecho algo similar con Mauricio Pellegrino. Se ve que está de moda. El ejemplo del Barcelona cunde y contagia. Y eso que en el historial del excentral argentino pesa bastante más su experiencia como ayudante de Rafa Benítez que como entrenador titular de las categorías inferiores de Paterna.

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08/01/2013

Por Alfredo Matilla

Decisiones que marcan a un club

Mucho se ha hablado de Mourinho y su recado a Casillas. Y lo que queda. Aquí prometo referirme sólo a él como introducción. Yo también estoy algo cansado del tema. Pero siendo el detalle que faltaba para contribuir a la desestabilización del Madrid, no me parece más que una gota en el charco. A pesar de ser sorprendente e innecesaria la suplencia del portero, su equipo jamás salió al campo con diez. El día que el portugués cargó definitivamente contra Valdano, sin nombrarle pero señalando, fue mucho más decisivo a mi entender. Aunque menos difundido. Y aquí llegamos a lo que me interesa. No le doy relevancia porque quiera defender al argentino o debido a que Mou alimentara mis dudas: a veces lleva razón, pero sus razonamientos se la quitan. Sino porque con aquella fricción en mayo de 2011 retó a sus jefes para acaparar todo el poder y encontró como repuesta un ‘¡Sí, buana!’ decisivo. Ahí se alimentó a la ‘bestia’.

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18/12/2012

Por Alfredo Matilla

Di Stéfano y el ‘caso Galarraga’

Nuestra bipolaridad para analizar a los entrenadores es digna de estudio. No me excluyo. A unos, por mucho que hagan o ganen, los subestimamos por las apariencias, por su pasado, debido a su poca soltura ante los micros o porque pesa más en nuestro recuerdo su perfil bajo cuando eran jugadores. No usan gomina. Dan pocos titulares. Y eso, cuenta. JIM merece un monumento. Pellegrini, el perdón de quienes lo machacaron. Djukic, una calle. Y Jémez, una plaza. Sin embargo, con otros, igual de buenos o mejores, nos pasamos. Míchel o Wenger, siendo estupendos, tienen mucha mejor fama que currículum. Con Mou y Tito, en boca de todos, también hubo, hay y habrá algo de exageración. Sus decisiones son clave, pero a veces obviamos que con Cristiano, Messi y compañía, la vida es bella y cualquier plan es bueno. Con Gento o Kubala pocos se acordaban de quiénes hacían las alineaciones. Por eso, hace unos días encontré un par de ejemplos que invitaban a la reflexión. El Madrid ganó 2-3 en Valladolid con más caos que estrategia, y al día siguiente encontré un titular demoledor cuyo mensaje se repetía en diferentes medios: “Nueve revoluciones de Mou para ganar”. La información ensalzaba los cambios de timón del portugués para desenredar problemas y ganar puntos a última hora. Mientras, el Barça barría esta temporada porque “Vilanova ha aportado más verticalidad al equipo de Guardiola”. Pensé que los técnicos, no pocas veces, están sobrevalorados.

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