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El retrovisor

El retrovisor

Una mirada diferente del mundo del motor. Mi visión particular del sector del automóvil y la moto, las tecnologías de vanguardia, el tráfico, la seguridad vial y el respeto medioambiental. Si te gusta conducir, éste será un espacio que podremos compartir.

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viernes, 22 enero 2016

Por Raúl Romojaro

Cinco hábitos que no soporto mientras conduzco

La ventaja de que me guste tanto conducir (ya sea un coche o una moto) es que no me inquieta lo más mínimo recorrer cada día laborable un centenar de kilómetros para ir y volver al trabajo, un millar de ellos a la semana sumando los de ocio, para completar más de 50.000 al año. Disfruto de la mayoría, excepto en los insoportables atascos de Madrid, entre otras cosas porque cada poco tiempo suelo hacerlo con vehículos distintos y eso siempre supone un aliciente añadido importante. Son ventajas de este trabajo que tengo la suerte de ejercer, lo reconozco… En consecuencia, paso bastantes horas en la carretera y de lo que no me libro es de algunos hábitos de otros conductores (prometo que no míos, precisamente por lo que me irritan) que no consigo soportar por mucho que asuma que no me queda otra que convivir con ellos. Estas son las cinco costumbres odiosas que más me sacan de quicio al volante. Seguro que en alguna coincidimos:

El adicto al iPhone. Me preocupa especialmente el problema que representa la falta de atención que están provocando los teléfonos móviles entre los conductores. Lo de menos es ya mantener una conversación, cada día vemos a decenas de automovilistas revisando su mail, leyendo noticias o incluso escribiendo WhatsApp o respondiendo el Facebok. No se cortan ni un pelo, iluminan su rostro con una gran pantalla cuando cae la noche y  van generando constantemente situaciones de peligro en la circulación.

Teléfono

El pasota del intermitente. Más allá de la importancia que pueda tener señalizar de forma conveniente una maniobra, un cambio de carril o de dirección, lo que me enerva de todos aquéllos que pasan como norma de poner el intermitente es la falta de respeto hacia el resto de los usuarios de la calzada que esta actitud representa. El gesto para accionar esa lucecita que funciona y no funciona es tan simple como mover un dedo, así que no hacerlo es un síntoma evidente de que a ese personaje los demás le importamos un comino.

Circulacion

El 'fumón' temerario. Ni se me ocurriría entrar en disquisiciones sobre el perjuicio que el tabaco supone para la salud, que cada uno haga lo que quiera con su cuerpo. Lo que me parece intolerable es que a estas alturas de película sigan existiendo terroristas que arrojen colillas por la ventanilla; no sólo supone una actitud incívica hacia los demás usuarios (especialmente a los motoristas) sino también un delito por el riesgo de incendio que acarrea ese gesto impresentable.

Fumar

El listillo habitual. Intento llevar los embotellamientos lo mejor posible, resignación lo llaman. Escucho música o algún podcast interesante y me lo tomo con paciencia. Hasta que llega el punto de salida de la vía principal o la incorporación a una nueva; entonces mi instinto asesino sale a relucir para ponerme a alerta contra el listillo habitual. Sí, ése que cree ser más que nadie, más espabilado y habilidoso cuando en realidad es un geta de tamaño monumental que sólo pretende colarse en ese carril. Y como decía antes, no es que me preocupe lo más mínimo perder una posición o tres segundo en la fila, lo que me saca de mis casillas que es se pueda tener tan poca consideración hacia el resto de la humanidad.

ATASCO

El que se compra un carril. Otro perfil definido con claridad y que todos conocemos. Invertimos decenas de millones en mejorar las carreteras con vías de más capacidad para acabar circulando todos por el mismo carril de la izquierda. Nos podríamos haber ahorrado esos impuestos para invertirlos en algo más provechoso, ahora que soportamos tantas carencias públicas… El planteamiento de estos conductores que se compran un carril es colocarse en el que les resulta más cómodo, acoplarse a la velocidad que les parece idónea y los que vengan detrás, que arreen. Ellos van felices y relajados, nadie les estorba, evitan maniobras (y posiblemente el complicado gesto del intermitente) y asunto resuelto. Y les resulta indiferente que alguien les avise con ráfagas de que van estorbando o incluso que les deban adelantar por la derecha. Ande yo caliente… En fin, vamos a dejarlo que me estoy poniendo de mal humor incluso sentado delante del ordenador.

Carretera

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lunes, 04 enero 2016

Por Raúl Romojaro

Motoristas de pacotilla

Me siento orgulloso de pertenecer al colectivo de los motoristas. Sin falsa modestia, diría que somos gente noble, generosa, solidaria y apasionada, sabemos disfrutar de la vida y de las sensaciones únicas que depara desplazarse sintiendo el viento en el cuerpo, en una sintonía casi mística con un vehículo de dos ruedas. Quizá por eso mismo me enerva especialmente cuando me encuentro con un imbécil subido en una moto; sí, ya sé que tiene que haberlos, que somos tantos que no podían faltar los impresentables, pero me cuesta aceptar que sea así. Son una lacra tan perniciosa para el resto que desearía que no existieran, que se esfumaran por arte de magia…

Moto01
Durante estas fiestas navideñas he tenido un encuentro con uno de estos personajillos que ha reactivado mi repulsa. Circulaba yo en coche por una carretera de doble sentido, pendiente como siempre tanto de lo que tenía por delante como de lo que venía por detrás; precisamente desde la retaguardia llegó, como un misil persiguiendo su objetivo, una superdeportiva japonesa con uno de esos pilotos frustrados que no han empatado con nadie. En plena prohibición de adelantar y con otro automóvil llegando de frente, me rebasó sin miramientos, obligando al vehículo que venía en sentido contrario a desplazarse hacia la derecha para dejar el espacio suficiente para evitar una tragedia. Pude ver el pavor en la cara de ese conductor, imagino que por un instante temió encontrarse a ese chalado empotrado dentro de su Renault Laguna.

Aún faltaba la guinda, que era la acompañante del aguerrido piloto, en este caso mujer. Es decir, una motorista imbécil como el anterior porque repitió la operación de adelantar en pleno cambio de rasante y sin visibilidad alguna. Eso sí, en su caso al menos nadie venía de frente. Me estaba preguntando qué podía tener esa gente en la cabeza cuando la luz de reserva de combustible en el salpicadero reclamó mi atención, tocaba repostar. Así que me detuve en la siguiente gasolinera y, qué casualidad, allí estaba la parejita poniendo también combustible.

Moto02
Me bajé del coche y me dirigí al machote que se pasaba las normas por el arco del triunfo. “No se adelanta así, compañero”, le dije con tranquilidad. “Con una línea continua y con tanto tráfico”, apostillé. Me miró desde su casco integral preguntándose qué clase de iluminado se atrevía a recriminar su actitud. “No había línea continua”, fue su única explicación. “La había, también señales de prohibido, lo sabes. Y además, un coche venía de frente. Si te quieres matar, hazlo pero tú solo, no nos pongas en peligro a los demás. Yo soy tan motorista como tú y así no son las cosas”, le respondí esperando que al menos reconociera su error o se disculpara.

En realidad, sabía que no lo haría. Resultaba obvio que estaba delante de un tonto embutido en un mono de cuero y que no admitiría jamás su error. Tampoco su acompañante femenina lo hizo, como era previsible (aunque siempre he confiado más en el sentido común de las mujeres, tengo que reconocerlo). Dios los cría y ellos se juntan. Después vi que sonreían dentro del casco, les debía parecer graciosa la situación, supongo que se sentían por encima del bien y del mal, así que les daba lo mismo lo que alguien les pudiera decir. ¡Menudos patanes! Y ya digo que lo que más lamento es que se sientan motoristas, que presuman de serlo y quieran pertenecer a una familia en la que el respeto es una norma inquebrantable. Poner de ese modo en peligro su propia vida pero ante todo la de los demás nada tiene que ver con disfrutar de la moto o presumir de talento para ir rápido. Simplemente es inconsciencia, prepotencia, estupidez y desprecio hacia los demás.

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Os pido disculpas por mi desahogo, sé que no sirve de nada porque estos personajillos existen en cualquier ambito de la vida y, por suerte, son minoría. Este individuo seguirá campando a sus anchas y quién sabe si el destino le demostrará algún día lo equivocado que está, aunque lo que más me preocupa es que esa ineptitud se cruce también trágicamente en el camino de alguien que nada tenga que ver con el asunto. Gente como ésta es la que hace tanto daño al resto de los motoristas, la que nos pone en el punto de mira de la sociedad casi en una categoría de delincuentes sobre ruedas que no respetan las normas ni es capaz de convivir en armonía con los demás conductores. Nosotros sabemos que no es así, aunque algunos se empeñen en dar argumentos a quienes no nos entienden. Esperemos que se trate de una especie en vías de extinción…

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miércoles, 02 diciembre 2015

Por Raúl Romojaro

¿Siguen interesando los coches a los jóvenes?

En los últimos tiempos, detecto cierta preocupación o inquietud entre algunos responsables de grandes marcas del sector de la automoción. Se enfrentan a incertidumbres a corto y medio plazo que intentan vislumbrar con anticipación, es su única oportunidad para atajarlas. Y es que parece evidente que el uso y posicionamiento del automóvil está cambiando de forma significativa en los últimos tiempos y más podría hacerlo incluso en los próximos años. El reto medioambiental es evidente, pero no menos importante la forma en la que las nuevas generaciones resuelven sus necesidades de movilidad.

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La tendencia (siempre hablamos de generalidades, por supuesto que individualmente se puede encontrar de todo) entre los jóvenes apunta a una dependencia cada día menor del coche propio. Sus prioridades parecen ser otras y prefieren disfrutar de experiencias que de objetos. Mejor gastarse el dinero en un viaje que en el mantenimiento (y no digamos ya en la adquisición) de un vehículo… La movilidad colaborativa, el alquiler en momentos puntuales y, por supuesto, el transporte público (incluyendo billetes de avión a precio de autobús)se convierten en alternativa que tienen en consideración estos nuevos usuarios, más interesados en un móvil de última generación que en ponerse al volante de ese primer utilitario de segunda mano con el que tantos soñábamos en nuestra adolescencia, hace ya quizá demasiado tiempo.

Esta, llamémosla así, desconexión de la juventud con la movilidad personal ya ha sido detectada por los fabricantes, que debaten internamente la forma de dar respuesta a las necesidades de una nueva generación de usuarios y, además, atraerlos hacia un mundo que parece resultarles completamente ajeno, indiferente. No es una labor sencilla y causa cierta preocupación en este entorno, se trata de una dificultad más a añadir a un escenario ya de por sí bastante complejo por la saturación del tráfico, las limitaciones a la circulación, la siniestralidad, la contaminación… En la industria del automóvil se trabaja, como no podía ser de otro modo, a largo plazo y las marcas piensan ya hoy en retos en torno al 2050. Y ese ejercicio de proyección resulta fundamental no sólo para su éxito, también para su supervivencia: un paso en falso y corregir el rumbo puede resultar costoso y en ocasiones desastroso.

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La advertencia es real y la industria observa con atención los movimientos de sus futuros clientes. Fabricar coches para compartir, disponer de servicios eficaces y accesibles de alquiler, promover tecnologías adaptadas al entorno urbano, combinar con inteligencia el transporte privado con el público… Mil y una fórmulas por explorar, por definir y analizar que serán cruciales para definir cómo será el coche del futuro y, muy especialmente, qué utilización se hará de él. Lo indiscutible es que algo está cambiando y aquéllos que sepan interpretarlo tendrán mucho ganado.

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miércoles, 04 noviembre 2015

Por Raúl Romojaro

Los atascos del WhatsApp

En Madrid llevamos padeciendo unas semanas de auténtico suplicio con el tráfico. Atascos interminables, densos como hacía tiempo no se veían. No sé si es que realmente la crisis ya es historia (me encantaría que fuera la explicación aunque lo dudo), que el menor precio del combustible anima al uso del transporte privado o que la lluvia complica la circulación pero el caso es que los embotellamientos resultan monumentales, para desesperación de quienes los sufren casi a diario.

Un fenómeno que se produce es que las retenciones se multiplican muy a menudo por accidentes. En realidad son simples alcances, colisiones sin mayor trascendencia por lo general pero que bloquean carriles de la vía con el consiguiente cuello de botella que empeora aún más las cosas. Quizá cada vez conducimos peor, pudiera ser, lo que sí tengo claro es que cada vez lo hacemos más despistados. Así que creo que éstos que soportamos son en gran parte los atascos del WhatsApp…

App
Un porcentaje altísimo de automovilistas utiliza en estas aglomeraciones de tráfico su teléfono móvil y no precisamente para hablar. Basta con observar alrededor durante unos instantes para comprobar que un buen número tiene un smartphone en la mano para consultar las redes sociales, el correo electrónico o atender a mensajes de WhatsApp. Lo hacen en parado pero también rodando a baja velocidad, se sienten seguros y confiados porque los vehículos apenas se desplazan unos metros en cada arrancada hasta que vuelven a frenar en seco. Las colisiones se repiten y el caos pasa a ser entonces absoluto.

Siento decir lo siguiente pero tengo el convencimiento de que las sanciones para este tipo de hábitos deberían endurecerse. Hablar por el móvil mientras se conduce llega a reducir la capacidad de atención; teclear o leer no sólo limita la concentración (ya que otra tarea la reclama), también anula la visión mientras se mira la pantalla y la movilidad al manejar el dispositivo. En Estados Unidos se autorizan las conversaciones telefónicas incluso sin manos libres pero en ningún caso otra utilización del móvil, significativamente más peligrosa por estas razones evidentes.

Atasco

Me temo que no se trata de una cuestión de concienciación, el hábito se ha arraigado tanto en la sociedad española que requiere medidas más expeditivas. Hay quien incluso se jacta de todo lo que puede hacer con el móvil mientras conduce: envía fotos a sus amigos, responde mails o reserva un hotel para el fin de semana. Lo de menos es que mande su coche y el de alguien que nada tiene que ver en el asunto al taller de chapa, lo tremendo es que también puede dejar en silla de ruedas a un motorista al que no ve porque anda mirando la dichosa pantallita o atropellar a un niño que se precipita en un paso de peatones. Si todos pensáramos un poquito más en ello podríamos evitar muchos atascos… pero sobre todo bastantes desgracias.

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miércoles, 21 octubre 2015

Por Raúl Romojaro

Si te gusta viajar en moto, no deberías perderte esto...

Hace ya tiempo que rompí con la dictadura de los contenidos empaquetados. Me refiero a tener que ver en la tele, escuchar en la radio o leer en los periódicos lo que toca en cada momento, la propuesta que hacen los medios, respetable pero que no tiene que coincidir necesariamente con mis preferencias. Gracias a este milagro tecnológico de Internet (sigo frotándome los ojos cada día con todo lo que nos permite) prefiero ver los videos de YouTube que me entretienen (entre mis favoritos, los del gran Charly Sinewan), escuchar podcast sobre los temas que me interesan y leer las noticias o reportajes que realmente busco en todo tipo de soportes digitales. Y es así como he descubierto un podcast (inmejorable compañía en los embotellamientos de tráfico de esta ciudad caótica que es Madrid) dedicado a las motos que me parece muy interesante, tanto como para decidirme a recomendártelo si te apasiona este mundo y especialmente los viajes.

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Su nombre no deja lugar a la imaginación: ‘Viajo en moto’. Lo puedes encontrar en una web con idéntica denominación y también en la selección que Apple hace para sus dispositivos (la verdad es que ignoro si está disponible para otras plataformas, sólo manejo iOS). Su creador, director, productor, presentador y todo lo que podamos imaginar es Roberto Naveiras. No le conozco personalmente pero por sus podcast sé que no se dedica profesionalmente a la comunicación y que se embarcó en este proyecto por su interés por los viajes en moto. Un motivo suficiente para ponerse manos a la obra, aunque ignoro si tanto para mantener mes a mes un desafío significativo para alguien que no obtiene lucro alguno con ello.

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El de ‘Viajo en moto’ es un podcast de aficionado, lejos de las pretensiones que puede perseguir una emisora de radio o una empresa con más recursos. Más medios sí aunque diría que no más ilusión que Roberto. Y el resultado de ese esfuerzo, que imagino será considerable, se aprecia; el programa es de una calidad más que aceptable, sus personajes muestran una complicidad con el entrevistador que aporta frescura y diversión, Naveiras exhibe una locución muy radiofónica y la edición es digna de podcasts mucho más ambiciosos, al menos sobre el papel…

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Tanto acierto se traduce en que son varios miles sus seguidores, a uno y otro lado del Atlántico, que aguardan cada pocas semanas el podcast y descubren así a los muchos personajes que han pasado por allí, desde Alicia Sornosa a Fernando Quemada, pasando por Teo Romera o el propio Charly Sinewan que mencionaba antes. Creo que tiene mérito alcanzar tales niveles de audiencia y popularidad, especialmente en una temática tan de nicho como ésta. Por supuesto que todo es mejorable, pero exigir más a alguien que le dedica tanto tesón a una simple afición me parecería injusto e injustificado. A ‘Viajo en moto’ le falta un enfoque algo más periodístico, podría enriquecerse con contenidos muy variados, las entrevistas no deberían ser tan largas en ocasiones, la calidad del sonido deja que desear de cuando en cuando… Pero ya digo que todo son pecados venales cuando la realidad apunta a un producto bastante redondo y sobre todo cargado de pasión, que es lo que de verdad conecta con la comunidad a la que va dirigido.

Seguro que con algo más de medios, ciertos retoques y más dedicación el podcast mejoraría. Aunque quizá no lo necesite si a cambio debiera pagar el tributo de una pérdida de originalidad, independencia o frescura. ‘Viajo en moto’ me parece una muestra magnífica de que el potencial de la red de redes ha cambiado el mundo de la comunicación, cómo una persona en ‘el culo del mundo conocido’, como el propio Naveiras explica, puede llegar a miles de seguidores usando unos recursos técnicos básicos al alcance de cualquiera y la cocina de su casa como estudio de grabación. Me encanta que así sea, sobre todo porque su esfuerzo acerca a los aficionados a los viajes en moto a esos personajes que cada mes invitan a soñar despiertos con aventuras que gracias a él descubrimos que son más reales de lo que imaginamos.  Lo dicho, si te va el asunto deberías escucharlo. Hoy mejor que mañana…

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miércoles, 07 octubre 2015

Por Raúl Romojaro

‘Why we ride’: un emocionante retrato de la pasión por las motos

La descubrí hace no mucho pero ya he pasado varias tardes en su compañía. ‘Why we ride’ no es una película de motos, es una historia de emociones, sensaciones y pasión. Su lanzamiento fue en 2013 pero no ha sido hasta este año cuando ha estado disponible, al menos legamente (es la única forma en la que entiendo disfrutar del cine, al igual que cualquier otro contenido con derechos de autor, soy así de antiguo). Pensaba que sería una réplica de la legendaria ‘On any Sunday’ (cuya secuela también se estrenó el pasado año) y en cierto modo así es; sin embargo, creo que en muchas aspectos el planteamiento de su director, Bryan H. Carroll, y la realización supera a la anterior obra de referencia en este género.


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La crítica cinematográfica no es lo mío, vaya por delante, pese a lo que me he decidido a compartir con vosotros este comentario sobre una peli que me parece indispensable para cualquier apasionado al motociclismo. Quizá la mayoría de los motoristas no necesiten respuestas a una pregunta tan obvia como por qué pilotan, lo que no quiere decir que no haya formas maravillosas para encontrarlas y exponerlas. Y eso es precisamente lo que consigue ‘Why we ride’, con una maestría que resultan tan emocionante como cautivadora.

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Los protagonistas del documentan son en su mayoría (algunos rostros populares del mundo de las carreras también se cuelan en el guión) aficionados anónimos que explican lo que la moto llega a aportarles en su vida. Testimonios reales agrupados por temáticas concretas, como los comienzos, la familia o la superación, transmitidos con la sinceridad de que tiene muy claro lo que siente cuando se pone al manillar de una moto. Da igual que sea un domingo para ir de excursión con los amigos, para competir motocross o dar la vuelta al mundo… Hay algo tan especial en esa experiencia que sólo quienes la sienten pueden compartir y seguramente también son los únicos que la pueden llegar a entender.
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Encontramos historias increíbles, otras divertidas, todas emocionantes, cargadas de pasión, de ilusión y de sentimientos excepcionales que van mucho más allá de la utilización de un vehículo. No se trata de ir de un sitio a otro, sino de cómo hacerlo y cómo disfrutar de cada metro que se recorre. No importa el destino (cuando lo hay, que a veces ni eso), el propósito y ni siquiera la moto. Esto va de otra cosa, muy diferente, muy especial…


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Entiendo y asumo que para muchos puede resultar complicado encontrar tanta mística a una actividad que se antoja prácticamente mecánica: acelerar, cambiar de marcha, frenar, trazar la curva… Si piensas así, tampoco deberías ahorrarte ver ‘Why we ride’ porque su calidad cinematográfica me parece excepcional y creo que disfrutarás de las increíbles imágenes con las que nos deleita. Pero si entiendes de lo que estoy hablando en estas líneas, entonces sí, tengo que rogarte encarecidamente que no te pierdas este homenaje a una pasión que nos hace tan felices de una forma tan simple.


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Cada vez que he visto ‘Why we ride’ he tenido varios momentos de cosquilleo en el estómago, piel erizada o nudo en la garganta. En mi opinión, como decía al principio, supera a las dos entregas de ‘On any Sunday’: a la primera, porque su condición de original de los años 70 le cobra el tributo de unos recursos técnicos y de producción limitados; a la segunda (ya sin ese condicionante, por razones obvias de la evolución de este arte, además del apoyo de la mismísima productora de Red Bull), porque la emotividad que desprende esta nueva propuesta me resulta más cercana, honesta y real. Gente como tú o como yo, capaz de vivir la moto de la forma que sólo pueden hacerlo aquellos que han hecho de la moto su vida. Y no se trata de pilotos, dinero, fama o gloria; hablamos de experiencias que suponen un regalo impagable cada vez que se disfrutan. De eso y no de otra cosa va ‘Why we ride’.

 

 

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lunes, 05 octubre 2015

Por Raúl Romojaro

¿Pero de verdad son tan malos los de Volkswagen?

Más de dos semanas han pasado ya desde que estalló el escándalo de los coches trucados por el Grupo Volkswagen. Una crisis gravísima para las marcas de este gigante industrial, con enorme alarma social, críticas merecidas y también ataques injustificados. La magnitud de la ‘cagada’ (el término utilizado para definir la catástrofe por su responsable en Estados Unidos quedará para el recuerdo) es inconmensurable y la empresa está pagando con creces el atrevimiento de intentar infligir la ley en su propio beneficio.

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Volkswagen ha sido portada de los medios de comunicación prácticamente a diario durante todo este tiempo… y lo que les queda. Sigo insistiendo en que nunca podré entender cómo un grupo de su poderío tecnológico, su potencial y su implicación con el medioambiente ha podido caer en la tentación de una trampa burda. Dicho esto, también me parece que en líneas generales la gestión de su crisis está resultando ejemplar y ejemplarizante. Es mucho lo que está en juego. Para sus marcas, para la industria de la automoción e incluso para una nación como Alemania, paradigma (o eso creíamos) de las cosas bien hechas. Y es así como el grupo ha reaccionado con la presteza que exigía la gravedad del asunto.

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Me sorprenden ciertas críticas de los tertulianos de profesión, los ataques desmedidos de advenedizos sin conocimiento, las bromas despiadadas de muchos ante una cuestión de enorme trascendencia, los chistes de mal gusto cuando miles de personas se juegan su puesto de trabajo y sin tener responsabilidad alguna en lo ocurrido. El mal ya está hecho y eso no tiene marcha atrás. Pero considero que en Volkswagen han reaccionado con una celeridad y contundencia que ya firmaría yo para muchas otras cuestiones que nos indignan cada poco. Cada demasiado poco…

Vivimos en un país en los que los políticos piensan que la palabra dimisión no existe en el diccionario, de empresarios que defraudan con impunidad, de evasores fiscales que se escudan en la picaresca española para justificarse, de funcionarios que otorgan subvenciones fraudulentas sin pudor. Nos hemos acostumbrado a vivir con ello, resignados a que las cosas tienen que ser así porque nadie es capaz de cambiarlas o a nadie le interesa hacerlo. Sin embargo, nos indignamos hasta límites insospechados porque una empresa sólida y de prestigio ha cometido un error garrafal, sin valorar los esfuerzos que están realizando por subsanarlo cuanto antes y del mejor modo posible. Cuando menos me irrita tanta hipocresía.

VW
Por supuesto que la jugarreta de un golfo no justifica la de otro. Lo que sí me parece encomiable es la capacidad de asumir las consecuencias de una decisión equivocada y dedicar todos los esfuerzos posibles por subsanarla. El presidente de Volkswagen dimitió en días (veremos si finalmente cobra la indemnización multimillonaria con la que se ha especulado, eso sí que no me gustaría por la cuota de responsabilidad que le corresponde) y le han dado la vuelta a su cúpula directiva prácticamente por completo; la marca ha provisionado una millonada para buscar soluciones al caos en el que se encuentra sumida; se han puesto con presteza a disposición de los clientes para atender sus inquietudes; han suspendido las ventas de los modelos afectados hasta que se encuentre una solución; se han disculpado una y mil veces por la famosa ‘cagada’; informan cada poco de los avances que consiguen y vuelven a disculparse por no poder decir mucho más…


Lo normal, lo lógico, dirán muchos. Sin duda no les falta razón. Sólo que yo al menos no estoy acostumbrado a semejante despliegue de autocrítica y responsabilidad. Puede que los alemanes sí y a ellos cualquier esfuerzo les parezca poco. No es mi caso, ya digo... Lo  que me demuestra tamaño escándalo es que todos, incluso quienes se creen infalibles, podemos equivocarnos. Y hacerlo hasta límites insospechados, inexplicables y con consecuencias imprevisibles. Sólo que lo digno es asumirlo, aceptarlo y aprender del caos; primero para sobrevivir y después para salir fortalecido.

Dieselgate2
 Y creo que Volkswagen lo está haciendo. Si en cada uno de los grandes escándalos a los que hemos asistido en los últimos años la reacción de los implicados hubiera sido la de esta empresa, quizá ciertas cosas hoy serían diferentes. No comulgo con el cinismo ni con la demagogia barata. No me gusta regodearme en los defectos ajenos sin reconocer los míos antes. No quiero ser intolerante ni intransigente con los demás más que conmigo. Volkswagen se ha jugado su futuro con cartas marcadas y está pagando un alto precio por ello, pero ahora afronta el reto de evitar la catástrofe. Ojalá lo consiga. Me gustan sus coches cuando no hacen trampas con ellos, que ha sido lo habitual durante tanto y tanto tiempo.  

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jueves, 24 septiembre 2015

Por Raúl Romojaro

Volkswagen y la credibilidad de la industria del automóvil

No dejo de preguntarme cómo ha podido ocurrir algo así. No encuentro una explicación razonable al tremendo lío en que se ha metido Volkswagen. Cuando surgieron las primeras informaciones sobre el asunto, quise pensar que sería un fraude localizado en Estados Unidos, el disparate de algún espabilado al otro lado del Atlántico que se atrevía a recurrir a una chapuza propia de un taller de barrio clandestino cuando quiere pasar la ITV de un Seat Panda del 85. Desde luego no me imaginaba que el escándalo estaba amparado por las más altas esferas de una empresa como ésta, de su prestigio, seriedad… y además alemana, el último bastión occidental de las cosas bien hechas (o eso creíamos). Porque podría admitirse que el otro lado del Atlántico queda muy lejos de nuestra vieja Europa y quizá sea difícil de controlar todo lo que allí ocurre (un justificación también poco consistente, cierto); pero hablar de más de once millones de vehículos afectados en todo el mundo ya es algo más que una barrabasada de un yankee enloquecido.

Vw01Creo que nadie esperaba algo así. Volkswagen, lo sabemos todos, es un gigante de la industria de la automoción y la calidad de sus productos unida a su merecido prestigio cimentado en años de esfuerzo eran argumentos suficientes para augurarle un futuro inmejorable, dentro claro está de las complicaciones propias de una coyuntura económica aún con incertidumbres razonables. Su apuesta por la protección del medioambiente, por un futuro mejor gracias a automóviles más limpios, era tan firme como efectiva y estaban consiguiendo colocarse a la vanguardia de esta cruzada ecológica que tanto preocupa al sector. ¿Por qué han caído en la tentación de lo fácil cuando saben hacer con acierto lo difícil, casi lo imposible? ¿Qué necesidad tenían de jugarse su porvenir en una maniobra arriesgada a la vez que ruin? Difícil de entender.

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El perjuicio para Volkswagen es incuestionable y los coletazos de semejante escándalo pueden salpicar al resto de la industria. El tiempo dirá. En este caso, como en todos, será el cliente quién decida. El pueblo siempre tiene razón. La pregunta clave es: ¿te seguirías comprando un Polo, un Golf o un Passat después de lo que ha ocurrido? Cada uno tendremos nuestra respuesta, la mía desde luego lo es clarísima: sin duda que sí. El fraude que ha cometido la marca alemana es injustificable e injustificado, pero personalmente tengo el convencimiento de que no es una práctica habitual de la compañía, no me cansaré de repetirlo, se encuentra en las antípodas de su filosofía y principios. Alguien, como ya confesó el responsable de la marca en Estados Unidos, la “ha cagado” en unas proporciones monumentales, lo que no debería ser suficiente para criminalizar a toda una empresa (sólo a quienes directamente consintieron semejante tropelía) ni desde luego al sector de la automoción.

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Identifico pocas industrias (por no asumir el riesgo de exagerar diciendo que ninguna) tan implicadas en valores encomiables como la ecología, la seguridad o la responsabilidad social corporativa. Lo demuestran en sus productos y también en sus acciones, es mucho más que una pose porque entienden que sobre esos pilares debe cimentarse su futuro, el futuro de una sociedad siempre en movimiento pero cada día un poco mejor gracias al esfuerzo de todos. Cierto, justo lo contrario que ha demostrado Volkswagen en este escándalo que ha sacudido el mundo de motor como pocos otros antes; pero precisamente su excepcionalidad, lo increíble del asunto, es lo que debe animarnos a confiar en que se trata de un hecho aislado, hay que ser conscientes de que los ingenieros ya han demostrado la habilidad para diseñar motores respetuosos con el entorno sin necesidad de recurrir a argucias reprobables.

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De momento, en Volkswagen ya ha rodado la cabeza de su presidente y seguro que no será lo última. Lógico, desde luego, pero también sabemos que no todos los protagonistas de escándalos incluso, más vergonzantes, asumen con esa presteza y determinación su responsabilidad. El castigo por su culpa es mayúsculo: un cataclismo bursátil, una multa estratosférica (lo será por mucho que se negocie), el riesgo de miles de demandas particulares y la pérdida de un prestigio que tanto cuesta ganar como fácil es perder.

A partir de ahí, lo razonable es mantener la perspectiva y la objetividad, valorar todo lo bueno que las empresas del automóvil aportan a nuestra sociedad (más allá de la movilidad, trabajo, riqueza y bienestar) y mirar hacia adelante con un pronóstico que se antoja bastante certero: jamás debió ocurrir algo así pero ahora que ha sucedido nadie querrá que vuelva a repetirse. Porque la mentira tiene las patas cortas y el éxito no conoce atajos…

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jueves, 10 septiembre 2015

Por Raúl Romojaro

A los periodistas del motor se nos ha acabado el cuento

La Prensa del motor ha disfrutado, tradicionalmente, de una enorme trascendencia para este sector. Más allá de la publicidad y sus condicionantes, los periodistas hemos sido, hasta hace poco, los encargados exclusivos de hacer llegar a los automovilistas el pulso de una industria y mercado dinámicos como pocos. Presentaciones, pruebas, eventos, relaciones públicas… Los departamentos de comunicación recurren a las más variadas estrategias para difundir sus mensajes a través de esa correa de transmisión de la Prensa especializada. El modelo estaba muy asentado, durante décadas el inmovilismo fue patente, pero la revolución de Internet ha pataleado muchas certezas, también en esto, y tambalearse cimientos que se antojaban inamovibles.

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No voy a extenderme en estas líneas sobre las alteraciones que ha provocado este terremoto digital, no creo que sea el espacio indicado para ello y existen otros muchos más solventes y especializados en la materia. Mi reflexión tiene principalmente tintes de autocrítica, intento identificar las carencias de un gremio que ha vivido instalado en su zona de confort quizá demasiado tiempo y al que ahora le está costando adaptarse a una nueva realidad, tan diferente como cambiante a la velocidad del más rápido de los deportivos.

Para empezar, a los periodistas del motor (y en general a todos, pero ése es otro debate) se nos ha acabado el cuento de nuestra reputación. Mejor dicho, el vivir al amparo del prestigio (más o menos reconocido en cada caso) de nuestros medios, asumiendo casi como un dogma de fe que nuestra difusión nos colocaba en una especie de pedestal desde el que podíamos observar al sector con una posición de predominio. Aquello era una falacia que se había afianzado gracias al conformismo de unos y otros, además de un relativo beneficio común; pero los soportes on line han venido a darle la vuelta a la tortilla y esos criterios ahora ya son papel mojado (nunca mejor dicho): las difusiones maquilladas, la supuesta trascendencia de nuestras informaciones, los miles de lectores que teníamos y las decenas o cientos de miles de revistas o periódicos que se vendían. Porque ahora, todo se mide, todo se audita, todo se controla, todo se sabe…

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Por razones que no vienen al caso, he venido realizando en estas semanas un exhaustivo análisis de la realidad de la información del motor en España, principalmente en los soportes digitales (lo impreso sigue apostando por el continuismo, no sé si a la espera de una muerte dulce). Y mis conclusiones son pavorosas para muchos, aunque también esperanzadoras para algunos. Estudiando los datos de audiencias, de usuarios únicos o de páginas vistas, muchos mitos y leyendas se derrumban, caen por su propio peso lo que podríamos calificar casi como instituciones; en la mayoría de los casos, por una gestión ineficiente e ineficaz de su tránsito del papel a la web, defendiendo un modelo en decadencia en detrimento de otro pujante por el que había que apostar de forma incondicional. Sin necesidad de entrar en tanto detalle, la simple comprobación de los seguidores de los medios o los periodistas especializados en las redes sociales, junto con la difusión de sus informaciones en las mismas, nos lleva a la idéntica sensación de que no es tanto el oro que reluce. Y las grandes marcas del sector ya son conscientes de ello. Nos han pillado…

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El lector (por definir de algún modo a quienes consumen nuestros productos en los más variados formatos) es hoy más soberano que nunca y tiene la potestad de expresar sus preferencias de forma contundente y determinante. No me refiero, por supuesto, a una minoría de saboteadores que usan las redes sociales para liberar sus frustraciones, sino a la mayoría de usuarios inteligentes y cualificados para elegir lo que quieren leer, ver o escuchar. Y su huella es imborrable, cada paso que dan en el entorno digital es recogido por potentes robots capaces de dejar al descubierto virtudes pero también vergüenzas.

¿Perjudica esto a la profesión periodística? Yo diría que no. Algunos sin duda que lo hará, a los que han vivido en la dinámica de que todo valía y nada se cuestionaba; para ellos el futuro es poco halagüeño porque su engaño tiene los días contados. Sobrevivirán los que sepan, ante todo, entender que esos tiempos quizá fueron mejores aunque desde luego son historia y sean capaces de adaptarse a un nuevo entorno, mucho más exigente para la Prensa. Estamos al servicio de nuestra audiencia y debemos marcarnos el objetivo de ofrecerles lo que nos demanden, no lo que nosotros consideremos oportuno. La comunicación unidireccional ha muerto, los periodistas ahora más que nunca no somos nada sin nuestros lectores, sin nuestros seguidores en las redes, sus ‘me gusta’ en Facebook o sus retuits en Twitter, sin su beneplácito y complicidad.

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Como soplo de esperanza llega una nueva generación de periodistas, de motor y de lo que no lo es, que pertenece a esa especie de nativos digitales que entiende de otro modo la información y la comunicación. Jóvenes que son el pilar para que esta bendita profesión pueda seguir desarrollándose, aunque deben tener la habilidad y la inteligencia de no apoltronarse en las mismas falsedades que sus predecesores para disfrutar del ejercicio de un trabajo que puede ser enriquecedor para quien la desarrolla pero ante todo tendría que serlo para quien lo consume.

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lunes, 07 septiembre 2015

Por Raúl Romojaro

¿María Seguí viaja en coche?

El verano nos ha dejado uno de esos datos que nunca nos gusta escuchar: la siniestralidad en las carreteras españolas ha vuelto a aumentar. Nada menos que 225 personas se han dejado la vida en accidentes de circulación hasta el primero de septiembre, cinco más que en el mismo periodo del año anterior. Y la Directora General de Tráfico (DGT), María Seguí, está disgustada. Lógico. Como todos, aunque seguro que menos que las familias que han sufrido la tragedia de perder a un ser querido.

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María Seguí parece tener muy claro que la responsabilidad principal de este retroceso es de los conductores. Como una buena parte de los accidentes, claro está, se producen en vías secundarias, la DGT tiene como caballo de batalla convencer al Gobierno de la necesidad de reducir la velocidad en estas carreteras de 100 a 90 km/h. Seguí afirma que así “la siniestralidad bajaría de forma indudable”. Totalmente de acuerdo. Y si recuperamos las calesas o, sin más, directamente los viajes a caballo es posible que las víctimas se reduzcan a algún coceado a traición. Así que si ésa es la solución de la responsable del tráfico en nuestro país, la duda que me asalta es saber si la señora Seguí viaja en coche o sus desplazamientos los limita al avión o al tren de alta velocidad. Porque sobre la realidad de nuestras carreteras me parece que anda un poco despistada…

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Desde la Dirección General de Tráfico se empeñan en recordarnos a los usuarios de la red viaria (sea en el vehículo que sea) lo mal que hacemos las cosas, que es cierto que son muchas y con demasiada frecuencia. Para ello dedican recursos ingentes en comunicación y publicidad, de modo idéntico que lo hacen para la adquisición de artefactos de todo tipo cada día más sofisticados para el control de los ciudadanos. Quizá no estuviera mal tal inversión si el dinero sobrara, lo que sostengo también es que hacerlo mientras tantas otras carencias son patentes sólo puede calificarse como aberración.

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Ya digo que imagino que María Seguí va poco por esas carreteras que tantas desgracias provocan porque pasa por alto el pésimo estado de su firme; nadie se preocupa de la conservación de la señalización del tipo que sea, oculta por la vegetación o desaparecida por el deterioro del asfalto; nos aconsejan viajar por autopistas de peaje porque son más seguras (quizá con sus sueldos el precio es lo de menos); los motoristas siguen sufriendo las terribles consecuencias de los guardarrailes asesinos; los controles de velocidad se colocan donde más caja hacen y no en los puntos en que deberían disuadir a los infractores; se permite que sigan circulando vehículos que no deberían hacerlo por su estado; se sanciona lo ridículo y se tolera lo grave; la educación vial es casi una anécdota para nuestros escolares; la recaudación de multa es prioritaria por encima de la formación o la información…

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En fin, que con tanto por hacer lo único que parece preocupar en la DGT es que corramos menos, sin mayores consideraciones y sin asumir su enorme responsabilidad en cada uno de estos dramas que se han producido durante un verano que tantas vidas ha costado y tantas vidas ha cambiado. La demagogia es una de las lacras de la sociedad moderna y en el peliagudo asunto de la seguridad vial cobra tintes esperpénticos.


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