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El retrovisor

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Una mirada diferente del mundo del motor. Mi visión particular del sector del automóvil y la moto, las tecnologías de vanguardia, el tráfico, la seguridad vial y el respeto medioambiental. Si te gusta conducir, éste será un espacio que podremos compartir.

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jueves, 31 enero 2013

Por Raúl Romojaro

La mejor manera de descubrir y disfrutar la legendaria Ruta 66

¡Hola de nuevo a todos!

Quienes tenéis la generosidad de seguirme en este espacio con cierta frecuencia (costumbre que os agradezco infinitamente por la atención que me dispensáis), sabéis que soy un enamorado de los viajes, especialmente en moto y con manifiesta devoción por los Estados Unidos. Me parece un fantástico país con vocación de continente, ideal para encontrar todo aquello que busquemos durante nuestro periplo, además de inmejorable para rodar sin ningún tipo de problemas (no diría que riesgos, porque éstos siempre existen). Estas preferencias me han llevado a recorrer en varias ocasiones las interminables carreteras de los States, incluyendo la legendaria Ruta 66, un sueño para muchos motoristas entre los que me encontraba.

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Son casi cuatro mil kilómetros de costa a costa, desde Chicago a Los Angeles y atravesando ocho estados de la Unión. Y afrontar un viaje tan ambicioso requiere estar bien documentado para hacerlo con plenas garantías y disfrutarlo a tope. En anteriores ocasiones os he hablado de los tours organizados de empresas del prestigio reconocido de EagleRider o Route 66 Experiencie, pero también es cierto que son muchos los que saborean los matices de esa cierta aventura que aporta hacerlo por libre, en solitario o en compañía de otros viajeros pero sin el corsé de una planificación previa.

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Pues para unos y otros, para todos aquéllos que se propongan recorrer algún día (e incluso quienes lo hayan hecho ya, porque siempre resulta gratificante alimentar la nostalgia) acaba de publicarse una guía que considero imprescindible. Su título es ‘Route 66, mi sueño y pasión’ y su autor Víctor Muntané, uno de los grandes expertos en la también denominada ‘madre de todas las carreteras’. Y me permito recomendar la obra de Víctor porque le conozco personalmente, he tenido la oportunidad de viajar con él por Estados Unidos en varias ocasiones y os puedo asegurar que nadie como él para hacernos llegar cada detalle imprescindible de la 66. Veinte años de experiencia le avalan…

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La guía, a mi modesto entender, tiene un diseño agradable y dinámico, con toda la información perfectamente estructurada, cuenta con magníficas imágenes e ilustraciones, y recoge las claves para que nuestro viaje por la 66 sea una experiencia inolvidable. Es importante recordar que buena parte del trazado original de este grandioso trazado ha sido eclipsado por la moderna red viaria estadounidense, por lo que sólo de la mano de un especialista como Muntané podremos seguir el rumbo con la mayor precisión posible, huyendo incluso en ocasiones de las propuestas más convencionales de las empresas turísticas (que a menudo recurren a autovías para evitar complicaciones).

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Personalmente, como ya he tenido la suerte de completar la 66, he disfrutado mucho con la lectura de este libro, rememorando los lugares que entonces pude conocer y suspirando con volver a visitarlos algún día. Es mucho más que la mera descripción de un viaje; es historia, cultura, anécdotas, gastronomía, diversión, ocio, paisajes, tradiciones… En fin, todos y cada uno de los matices de un viaje extraordinario que todo aficionado al buen rodar en moto debería intentar hacer al menos una vez en la vida. Y sí, como sé que no es el mejor momento para afrontar dispendios excesivos, os aseguro que un libro como éste no puede ayudar a hacer más llevadera la espera hacia un tiempo mejor… que seguro llegará.

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Si estáis interesados en ‘Route 66, mi sueño y pasión’, lo podréis encontrar en las mejores librerías y grandes almacenes por un precio de sólo 18 euros. Yo que vosotros no lo dudaría, es una buena inversión...

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viernes, 18 enero 2013

Por Raúl Romojaro

Gorilas en la niebla

Llevamos ya unas semanas inmersos en pleno invierno, con los matices lógicos de cada latitud del país pero padeciendo las inclemencias climatológicas propias de la estación más fría del año. Unas condiciones que influyen de forma significativa en la circulación, puesto que todos sabemos que las bajas temperaturas, la lluvia, la niebla, la poca luz solar, el hielo o la nieve condicionan la conducción. ¿O no lo sabemos? Porque la verdad que llevo ya un tiempo bastante irritado con lo que me encuentro por la carretera, actitudes absolutamente irrespetuosas con el resto de los conductores y, por supuesto, de una patente peligrosidad. Son aquéllos que he decidido a bautizar como ‘gorilas en la niebla’, porque me da la impresión que este avanzado primate tiene más capacidad de raciocinio que tales personajes sobre ruedas.

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Una de las  actitudes que más me sorprende es lo que nos cuesta hacer un uso lógico de la iluminación del vehículo. Es como si pensáramos que su consumo energético nos repercute en el recibo de la luz de casa, porque de otro modo no puedo entenderlo. Un sencillo gesto de girar una ruedecita sirve para ver y ser vistos, incrementar nuestra seguridad y la de quienes nos rodean, conducir con más confort… pues nada, que no hay manera. Puede ser el amanecer o el ocaso, estar nublado o lloviendo, que un buen número de motos, coches o furgonetas van a su aire con todas las ópticas apagadas. Total, si nosotros vemos bien, ¿qué más da lo que pase a nuestro alrededor?

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El de los antiniebla es otro misterio propio de ‘Expediente X’ para mí. Un caso similar al anterior pero con el agravante de que la visibilidad suele ser en estas condiciones incluso inferior. Podemos ver menos que un gato de escayola, tener un margen realmente escaso para reaccionar, estar preocupados por lo cruda que se pone la cosa pero también pasamos por encima de lo más básico: ¡enciende los dichosos antiniebla! Aunque, claro, para hacer eso deberíamos estar pendientes de lo que hacemos y no de la emisora de radio, de la conversación con quienes nos acompañan o del teléfono móvil. La atención y la concentración mejor la dejamos para los radiantes días de verano, que igual nos hace más falta… Eso sí, si acertamos a ponerlos, mejor ya los dejamos todo el día y nos ahorramos tener que quitarlos, que tampoco deslumbra tanto…

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Y es que eso de ver y ser visto debe ser algo que pasamos todos por alto en la autoescuela y, desde luego, parece ajeno al sentido común. Las luces se encienden por la noche… y punto. Lo de tener las de posición, las cortas, las largas y las antiniebla debe ser un capricho de los fabricantes para cobrarnos más, porque tampoco nos hacen falta tantas, ¿verdad? Por no hablar ya de los que ni siquiera las tienen, porque están fuera de uso, o de los que consideran innecesario evitar convertirse en un bulto sospechoso en medio del tráfico. Entre esta última tipología incluyo a algunos ciclistas. Hace sólo unos días, de esos de cerrada niebla que hemos sufrido en la Comunidad de Madrid, adelanté a dos chavales sobre sus bicis de carretera, sin ningún tipo de equipamiento que permitiera adivinar su presencia. Pues bien, casualmente nos detuvimos juntos en la siguiente rotonda y, recordando tantas tragedias de los ciclistas en nuestras carreteras, decidí ser yo quien diera un paso al frente; bajé la ventanilla y, con toda la amabilidad del mundo, les dije: “Hola. Estaría bien que llevarais alguna luz o chaleco reflectante, ¿no os parece?”. Pensé que ni siquiera se molestarían en responderme, que quién era yo para darles consejos. Me equivoqué, sí me respondieron, abajo queda su educada contestación a mi interés por su integridad física. Quién me manda a mí meterme donde no me llaman.

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miércoles, 09 enero 2013

Por Raúl Romojaro

Sobre cómo las referencias van cambiado con el paso del tiempo

Durante unos días, he tenido la oportunidad de probar el nuevo Seat León. La tercera generación de un modelo esencial en la gama de la marca española y que representa un significativo paso adelante respecto a su predecesor, además de definir nuevos estándares en cuanto a ingeniería, calidad, eficiencia y seguridad dentro de su segmento. Y precisamente conducir este nuevo León me llevaba a la reflexión de cómo van cambiando nuestras referencias con el paso del tiempo. Las generales, las que nos mueven cada día, pero también las particulares que tienen que ver con este mundo nuestro de los coches y los motores. Sobre todo para los que tenemos ya cierta edad y, con ello, una perspectiva más amplia.

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Durante las últimas dos décadas (es algo más, pero por redondear) he venido probando a fondo vehículos para la Sección de Motor del AS. De todo tipo, condición, tamaño, potencia y filosofía. Algo así como uno por semana, porque dejamos de lado los contactos esporádicos que la Prensa especializada realiza con los nuevos modelos en las presentaciones de las marcas. Si los cálculos no me fallan, y redondeando también, ese promedio me lleva a que sean un millar de automóviles (y unas cuantas motos también) los que han pasado por mis manos en todo esto tiempo. Y con cada uno de ellos vengo a completar en torno a mil kilómetros, para alcanzar así una cifra redonda que supera, sin duda, el millón de kilómetros en estos veinte años. Ahí es nada…

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No es que pretenda hacer yo con esto alardes de ningún tipo, desde luego… Es algo absolutamente circunstancial de mi trabajo y muchos de mis compañeros de profesión me superan en experiencia, kilómetros y conocimientos. Dicho esto, por tanto, desde la humildad, tan sólo nos sirve para posicionarnos respecto a la generosa panorámica que puedo llegar a tener del sector del automóvil, su realidad y su progresión. Y es aquí (me voy por las ramas) cuando volvemos a la clave de la cuestión que nos ocupa, que no es otra que la evolución de los diferentes segmentos hasta llegar a los excelentes productos que en la actualidad conocemos. Prácticamente sin excepciones, desde los más sencillos utilitarios a las berlinas de lujo.

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Me provocaba estos pensamientos el León porque es todo un cochazo. Los modelos denominados compactos, como éste nuevo Seat, son los que más se venden en el mercado español y con diferencia. Así que podríamos decir que se trata de un coche popular, porque también su precio se antoja accesible para un grupo de compradores que necesiten un vehículo de estas características. Sin embargo, esta popularidad queda a años luz de la mediocridad, porque el nuevo León disfruta de soluciones que hasta hace muy poco parecían reservadas a productos de planteamiento mucho más ambiciosos y, por supuesto, caros. Y me refiero a este Seat porque ha sido el último vehículo realmente novedoso que he probado, pero la tendencia es aplicable a todas las grandes marcas del sector, diría que sin excepción.

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Todo esto quizá pueda sonar a perogrullo, porque probablemente lo sea. Justo éste es el motivo que me ha invitado a compartir con vosotros tal percepción, ya que me da la impresión de que damos por asumidos ciertos aspectos que en realidad deberían reclamar de nuestro interés y reconocimiento. Quiero decir que la industria de la automoción es una de las más dinámicas, innovadoras y avanzadas del mundo, pocas otras podrían plantarle cara en estos términos (quizá la tecnología informática y electrónica). Lo mejor del asunto es que de esta actitud nos beneficiamos todos, seamos conductores, pasajeros o incluso peatones.

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Coches cada día más cómodos, más seguros, más eficientes, más reciclables, más bonitos, más fáciles de mantener, más funcionales, incluso más baratos… La tecnología y la ingeniería han democratizado ventajas y cualidades que ya no son patrimonio de los segmentos superiores, de lujo e inaccesibles para la mayoría. Porque para conducir un coche estupendo sólo hace falta comprarse uno como el nuevo Seat León... que además se fabrica en España. Así que algo bueno sabemos hacer, mal que les pese a algunos.

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