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Pau Gasol: leyenda y realidad de un grande en la encrucijada

Gasol cortada

Empecemos por lo evidente: Pau Gasol es el mejor jugador español de la historia (al menos desde Quique Villalobos, pero eso ya puede ser cosa mía). Algunos podremos preferir a Navarro y defender que el Juan Carlos más inspirado es superior a Pau. Difícil de demostrar y cuestión que pasa a secundaria cuando empezamos a hablar de consistencia. Aquí y allí. Trece temporadas en la NBA promediando 18,3 puntos y 9,2 rebotes con un 51% en tiros de campo; cuatro veces all star, rookie del año y, por encima de todo, dos anillos. En el índice de similitud con otros jugadores históricos de Basketball-Reference aparecen Elgin Baylor, Kevin McHale o Elvin Hayes. Ese es el nivel. Perdón, el nivelazo. Y luego hay que sumarle más de diez años de dominio con la selección (ocho medallas, MVP de un Mundial y un Europeo, máximo anotador en Juegos, Mundial y Eurobasket…) y aquella explosión súbita en su último año en el Barça, MVP de las finales de Copa y Liga rumbo al doblete. Resumiendo: una jodida barbaridad.

Aclarados los hechos y aprovechando el (posible) final de su etapa en los Lakers, entremos en asuntos más confusos, aquellos en los que el patrioterismo, enfermedad crónica en buen número de aficionados a la NBA que duermen de noche y opinan de día, ha mezclado conceptos hasta convertir la figura del pobre Pau en una floja excusa para sacar la bandera y la bufanda a pasear. Un arma arrojadiza en una guerra absurda.

Existe un sector de puristas, en su mayoría postadolescentes que creen que la NBA empezó con Jordan, cuyo postureo exige despreciar el boom español, como si fuera un tumor que contamina su sagrado juego. Lo sé porque yo era así. Son los que se ríen del aficionado eventual, el que sólo ve los partidos en Navidad y le interesa más lo que ha hecho Calderón (o incluso Claver) que la última exhibición de Anthony Davis. Para ellos, Gasol, su contrato y sus decepcionantes últimos dos años han sido una bendición para atacar eso tan cateto de la ÑBA.

Y hay muchos motivos para criticarlo. Soy el primero que, hasta que el League Pass salvó mi vida, acabó harto de comerse partidos de Toronto o Memphis a costa de perderme encuentros mucho mejores (pese a que si yo eligiera por parte de Canal+, haría lo mismo). Y me ha dado vergüenza ajena la colección de antiespañoles que la caspa patria se ha inventado: Nate McMillan, Brandon Roy, Jarret Jack, Rudy Gay, Dwight Howard… ¡hasta Kobe Bryant, por el amor de dios! Pero, joder, meter a Gasol en esta batalla es como culpar a los Zeppelin de que exista Bon Jovi.

Kobe

Sin embargo, son pecadillos veniales al lado del esperpento del otro bando. Paul Pierce, este sí un jugador franquicia, fue traspasado tras 15 años en los Celtics junto a Kevin Garnett, uno de los cinco mejores ala-pívots de la historia. Pierce no sólo lo asumió sino que el mes pasado dijo que estaría dispuesto a volver a Boston. Los Lakers traspasaron a Shaquille. Wilt Chamberlain, Mo Malone, Jason Kidd... muchos de los más grandes de la historia hicieron las maletas y cambiaron de ciudad aún en plenitud y sin ser su deseo. ¿Saben con cuántos se habló de falta de respeto? ¿Cuántos desencadenaron una campaña por parte de medios y aficionados acusando a sus franquicias de desagradecidas? Ninguno. Sólo ha pasado en España con Gasol. Y ha sido ridículo.

Es parte del negocio, un negocio que garantiza a los jugadores los contratos firmados en su totalidad, cosa que no sucede, por ejemplo en la NFL. Una vez que firman, ya pueden engordar diez kilos, decidir retirarse, dejar de esforzarse o, incluso, sacar una pistola en el vestuario que sus franquicias seguirán obligadas a pagarles hasta el último dólar aunque ni siquiera formen ya parte del equipo. Pau Gasol ha ganado 156’6 millones de dólares en la NBA. Casi 40 en los dos últimos años, cuando su rendimiento estaba lejos de justificar un salario que sí merecía cuando lo firmó.

Los Lakers le han pagado sin rechistar, pero sólo faltaba que se pretenda negarles el derecho a buscar mientras tanto lo mejor deportivamente para ellos. Y eso era traspasarle por un jugador claramente superior como Chris Paul hace dos temporadas o intercambiarle por casi cualquier cosa este curso antes de perderle gratis en verano. No hay duda de que Kupchak ha gestionado mal el asunto (aunque si la NBA hubiera dado el OK a la operación de Paul todo sería distinto), pero su gran error no fue haber intentado traspasar a Gasol, fue no lograrlo.

Sin embargo, los corifeos se han dedicado a montar un incendio donde sólo había negocio. Y sí, la NBA es un negocio, queridos. Y los Reyes Magos, los padres. La vida es dura. Así hemos tenido que leer y escuchar cosas sonrojantes. El gran argumento es que se merece un respeto superior al del 99% de la liga porque poco menos que es el salvador de los Lakers, el que les dio dos anillos. Frenemos. Jordan no logró un anillo hasta que llegó Pippen y a nadie se le ocurre decir que el fundamental de los dos era Scottie.

Nadie gana solo en la NBA. Ni Jordan, ni Magic, ni Bird, ni LeBron. Pero la jerarquía no es discutible aquí: Gasol ganó dos anillos porque jugó con Kobe, no al revés. Y eso no es hacer de menos a Pau, uno de los mejores segundos espadas de siempre y fundamental en ambos títulos, pero no conviene olvidar que, en contra de lo que dice el mito, no llegó a unos Lakers en descomposición y los salvó: cuando llegó, llevaban un récord de 29-16, muy lejos de estar muertos. Les subió un nivel, de aspirantes a favoritos; les mejoró, pero no les resucitó.

Y tampoco podemos olvidar la palabra tabú, esa que ha provocado oleadas de indignación: soft. Cada vez que a Los Angeles Times o a la ESPN se les ocurría denominar a Pau de blando casi se pedía al Gobierno una queja formal. Es evidente que hay cierto prejuicio yankee hacia el jugador europeo, que lleva la etiqueta de soft de serie. No hay más que ver cómo se utiliza en cada análisis previo al draft de un proyecto euro, les da igual que sea Pekovic que Bargani. Dicho esto, ‘duro’ ocupa el puesto 56 en la clasificación de características de Pau, entre ‘zurdo’ y ‘bajito’. Y no pasa nada. Sigue siendo un jugador fabuloso que en defensa, más que blando, es desinteresado.

Gasol girada

En el momento preferido de los Pauliebers, la Final de 2009 contra Orlando, se vio que Gasol, por envergadura e inteligencia, puede ser muy útil atrás cuando quiere. La leyenda nacional cuenta que “se comió a Howard” y, aunque es exageradísimo, tiene su punto. Evidentemente, decir que avasalló a un tipo que promedió 15,4 puntos, 15,2 rebotes y cuatro tapones en aquella eliminatoria es absurdo, pero sí que limitó al que era (y seguramente aún sea) el mejor pívot de la NBA. Howard anotó tres puntos menos por partido que en temporada regular y, sobre todo, su porcentaje cayó en picado: del 57% al 49%. Además, Pau lo hizo sin que el esfuerzo defensivo repercutiera en su propia producción: 18,6 puntos y 9,2 rebotes, números calcados al resto del curso. Su gran actuación fue fundamental en el título, aunque coincidiremos en que los 32,4 puntos, 5,6 rebotes y 7,4 asistencias de Kobe quizás fueron aún más importantes. Quizás.

Algo parecido se repitió un año después, en la Final ganada a Boston, en el capítulo que podríamos titular “A Pau le robaron el MVP”. De nuevo, demostrando que, cuando es necesario, de soft no tiene nada, Gasol fue clave en defensa en el famoso séptimo partido que alimenta las teorías conspiratorias sobre que Bryant se llevase el premio. Tan cierto es que el 6/24 en tiros del escolta es espantoso como que el 6/16 del español, un jugador interior, tampoco es para tirar cohetes. Y que además lo acompañó de un 7/13 en libres que pudo costar caro. La producción total de aquella noche tampoco difiere tanto: 23+15 de Kobe y 19+18 de Pau.Ese día jugó mejor Pau, pero en el total de la serie promedió diez puntos menos y sólo 3,6 rebotes más que su famoso compañero. Vamos, que un robo no fue.

Y me niego a entrar en el debate  habitual más absurdo de todos: Gasol vs Nowitzki. Seamos breves: jugador franquicia de un campeón, MVP de la NBA, uno de los 15 o 20 mejores jugadores de la historia. Fin. Si alguien quiere que discutamos sobre Pau o Parker, vale, pero no con Dirk. Y, por cierto, Parker.

Dirk

Al final, es una pena que tanta loa innecesaria manche de caspa una carrera legendaria. Una que le convierte en uno de los mejores deportistas españoles de la historia y le llevará directo al Hall of Fame. Un jugador así no necesita palmeros ni que se le defienda en aras de la patria. Ya se defiende él solo, se encargan de ello su juego y su palmarés. Y precisamente ahora llega a un punto clave para definir los últimos capítulos de este legado.

Estas dos temporadas, plagadas de problemas físicos, muestran que Pau ha llegado a esa edad en la que para que el cuerpo aguante tienes que convertirte en un obseso, un loco que viva por y para jugar al baloncesto, cuyos veranos consistan en entrenar, dormir y volver a entrenar, en rodearse de expertos, en dietas tremendas. Un gen competitivo casi enfermizo que Kobe, Jordan o Garnett tenían de serie y otros eternos como Nash, Duncan o Nowitzki adquirieron al notar los primeros síntomas de declive.

Gasol nunca ha sido un deportista sin más inquietudes que su trabajo y, con su talento, puede seguir siendo un titular útil en la NBA dos o tres años más sin cambiar nada. Pero si quiere mantener el nivel de estrella le toca asumir un sacrificio extremo. Es su decisión y lo que haga será perfecto. Pero si apuesta por la opción más humana y el año que viene arrecian las críticas, no busquemos más culpables que la edad y su propia naturaleza.

Grandes mentiras de la humanidad: no se puede ganar con Carmelo

Melo

“Con Carmelo Anthony como estrella no se puede ganar”. Escucho a menudo esa frase y, la verdad, me pone de una mala hostia al nivel de “el Atleti se va caer”, “la izquierda y la derecha ya no existen” y “todo lo inventaron los Beatles”. Tópicos mentirosos o mentiras tópicas, lo que prefieran.

Melo ha ganado toda su vida. En su último año de high school, lideró a Oak Hill hasta un récord de 32 victorias y una derrota. Uno de los triunfos llegó ante el St.Vincent-St. Mary de Akron en el que jugaba, les sonará, un tal LeBron James que ya ocupaba (con motivo) portadas. En aquel 72-66, Anthony sumó 32 puntos y 11 rebotes, una de sus mejores actuaciones durante un año que acabaría en el mejor quinteto del país. En vez de dar el salto a la NBA, pese a que se proyectaba como número 2 del draft tras Yao Ming, cumplió su compromiso con Syracuse.

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En su único año en la universidad, como no podía ser de otra forma, Carmelo ganó. A lo grande. Los Orangemen jamás habían logrado el título hasta que nuestro supuesto perdedor llegó allí y en su temporada freshman promedió 22,2 puntos y 10 rebotes con una doble pirueta en la Final Four: 33 puntos en semis contra Texas y 22-10 para cortar la red en frente a Kansas.

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Ahora sí, a la NBA. Ya saben: número tres del draft tras LeBron y… Milicic. Lo peor de aquella barbaridad de Joe Dumars y los Pistons es que el chico crecido en West Baltimore hubiera sido perfecto para convertirse en ídolo de Detroit, otra ciudad trabajadora, dura, orgullosa, pero que había conocido tiempos mejores. Por contra el chaval del Este acabo en la hippiosa y relajada Denver, con su elevado nivel de vida y su escaso 10% de población negra. Todo un cambio para un crío de 19 años que pocos meses después salió en el video Stop Snitching, un alegato contra los soplones que cualquiera que haya visto The Wire sabrá relativizar. El resto pintó a Melo de demonio y alzaron el volumen de sus críticas, convirtiendo en augurio lo que sólo era su deseo: no tiene carácter de estrella, es problemático, fracasará. ¿Adivinan? Siguió ganando.

Del célebre póker de superestrellas del draft 2003 sólo Carmelo ha metido a su equipo en playoffs en las diez temporadas que llevan en la NBA (Wade nueve, LeBron ocho y Bosh cinco). Tanto él como James aterrizaron en equipos que el año anterior habían logrado 17 míseras victorias. Como rookie, Anthony ya fue de largo el mejor de unos Nuggets que ganaron 43 partidos rumbo a la postemporada. Cleveland también mejoró (35 triunfos), pero El Elegido no jugó playoffs hasta su tercer año. Esto, que es normal y no hace menos a LeBron, sí debería sumar mucho en la valoración de Melo, cuya situación no era parecida a la de Tim Duncan a su llegada a San Antonio (David Robinson recuperado tras una grave lesión). No, los dos máximos anotadores de Denver tras su joven estrella fueron Andre Miller y el inmortal Voshon Lenard. ¿Equipazo, eh? Y en el Oeste. Pero, ya saben, Carmelo no gana.

Es cierto que, excepto la Final de Conferencia de 2009, sus Nuggets nunca pasaron de primera ronda. Tanto como que tras resucitar a Denver hizo lo propio con los Knicks, a los que devolvió la relevancia la temporada pasada hasta que, al más puro estilo Dolan, la propia franquicia decidió joderle la vida. ¿Que hemos ganado 54 partidos y nuestra primera serie de playoffs de el siglo XXI con Melo de ‘4’ rodeado de tiradores? ¿Qué el rebote es nuestra cruz? ¡Fantástico! Demos una primera ronda y a uno de nuestros triplistas más fiables (Novak) a cambio de Bargnani. Un ala-pívot que tira mucho y mete poco; que cuando un balón rechazado del aro se dirige hacia su zona, se cubre la cabeza creyendo que disparan; cuya defensa parece un gag de Benny Hill, siempre corriendo tras los rivales como pollo sin cabeza, y que, como broche, manda a Carmelo de vuelta al puesto de alero acabando con el exitoso small ball. Lo que aguanta el Madison no está pagado. Y no hablo sólo de los modelitos de Spike Lee.

El caso es que, pese las lesiones de Chandler, las distracciones de J.R.Smith, el sobrepeso y las polémicas de Felton, el vodevil Phil Jackson, el caos general… Carmelo ha sido capaz de mantener su nivel y dirige ahora una furiosa reacción (12 victorias en 15 partidos) que ha devuelto a los Knicks a la zona de playoffs, algo que parecía imposible a principios de marzo. Obviamente, la temporada neoyorquina no es para sacar pecho, pero no hay diez jugadores en la NBA capaces de arrastrar así a un tren descarrilado. No los hay.

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Y cuando los Knicks no culminen su remontada o caigan, inevitablemente, en primera ronda contra Indiana o Miami, volverán los gritos: “No se puede ganar con Carmelo”.  Y se obviará la palabra clave: “Solo”. No se puede ganar con Carmelo solo. En once años de carrera, los mejores compañeros que ha tenido han sido tres estrellas en claro declive (Allen Iverson, Chauncey Billups y Amare Stoudemire), un especialista defensivo (Tyson Chandler) y un ala-pívot con rodillas de cristal que nunca ha sido all-star (Nene Hilario). ¿Puedes ganar un anillo con Carmelo como referente? Sin duda. ¿Puedes lograr el título con esos jugadores, en esos puntos de su carrera, como segundos espadas? Ay, amigos, eso ya es otra historia.

LeBron ganó cuando sumó fuerzas con Wade y Bosh; Kobe se alió con Shaq y Gasol; Duncan pasó de Robinson a Ginobili y Parker; Jordan nunca fue campeón sin Pippen; Magic y Bird estuvieron rodeados de leyendas… Hablamos de los más grandes de la historia y todos necesitaron ayuda. Mucha. Un lujo del que Carmelo jamás ha dispuesto. Por eso la decisión que tome este verano como agente libre está destinada a marcar su legado. Si se deja engañar por los trucos mentales de Phil Jackson y por el dinero de más que le pueden ofrecer los Knicks, probablemente jamás se quite la injusta etiqueta de loser. Si renuncia a algo de dinero y escucha las ofertas de Chicago y Houston, la historia cambia una barbaridad. Por eso la cuestión no es si Carmelo puede ganar, eso ya está claro que sí. La cuestión es cuánto quiere ganar. Y eso lo sabremos este verano.

Lo decente es ir con los Spurs

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Todas las temporadas nos olvidamos de los Spurs hasta mayo, así que no está mal que este año hayamos empezado en marzo. Para ello no ha bastado con que sean el mejor equipo ahora mismo de la NBA, sino que han sido necesarios un par de detalles nimios: han alcanzado su 15ª  regular season seguida con 50 victorias (récord absoluto, los Lakers de Magic tenían el anterior tope en doce) y Duncan, Parker y Ginóbili se han convertido en el segundo trío (de jugadores, de los otros aún ganan Magic y Worthy) con más victorias de la historia: 492 y sumando. Tienen en el punto de mira las 540 de Bird, McHale y Parish y, salvo que Duncan se canse de ganar y se vuelva a las islas Vírgenes a tirarse en la playa, el año que viene caerán .

 

No ha existido otro periodo de excelencia permanente como el de los Spurs y, sistemáticamente, se les infravalora. Aún hay quien discute que Tim Duncan es el mejor ala-pívot de la historia. Te sacan a Karl Malone. ¡Karl Malone! Por favor... Duncan lleva 17 años en la NBA y su equipo ha ganado 50 o más partidos en 16. La otra fue la del primer lockout, en la que sólo se jugaron 50 partidos y los Spurs acabaron 37-13, que proyectando a los 82 encuentros habituales equivale a 61 triunfos. Domina en ambas zonas y acumula 14 All Star Games, 10 veces en el mejor quinteto de la temporada, dos MVP y, por encima de todo, cuatro anillos. Bueno, cuatro y medio. El primero en 1999, el casi en 2014. Tres décadas, mismo protagonista.

  Rayray

Pero Duncan pasa de modas. No cayó en la 'Jordanitis' que intoxicaba la NBA en sus primeros años. Entendió que los anuncios y las portadas te hacen más rico y más famoso, pero no mejor; que el aclarado y el uno contra uno son un recurso y no la solución para todo, y que el único número que importa es el resultado. Después, cuando el ala-pívot que tira de tres y corre como un gamo se convirtió en la tendencia, él siguió a lo suyo: reverso y a tabla. Como un reloj. Aburrido, dicen. Según se mire. Depende de si prefieren acostarse toda su vida con Charlize Theron o días sueltos con diversas versiones de Lina Morgan.



Y a su vera, Parker y Ginóbili. A menor escala, al francés también se le valora menos en España de lo que merece. Seguramente sea el segundo mejor jugador europeo de los últimos 20 años, sólo por detrás de Nowitzki. Sé que el manual del buen patriota dice que Pau Gasol ha sido superior, pero yo sólo he visto a uno de los dos ser el líder de un equipo de cincuentaytantas victorias y finalista de la NBA. Para mí, por poco, ventaja Parker. En cuanto a Ginóbili, es un genio y punto.

 

Pero si Duncan ha sido una fuerza inmutable todos estos años, su extraña pareja, el gran Gregg Popovich, no ha parado de evolucionar. Siempre a mejor. El hombre que una vez dijo que su única revolución había sido draftear a Tim Duncan pasó del conservadurismo más defensivo a orquestar uno de los ataques más brillantes que se han visto. Cada vez que el típico Eurolover que duerme de 12 a 8 pero luego opina, me salta con eso de que en la NBA todo es uno contra uno y que el verdadero baloncesto es el de FIBA, después de partirme de risa, le invito a ver a los Spurs. No lo hacen, claro, no vaya a ser que la verdad les estropee unos prejuicios tan cuidadosamente alimentados.

  Camby

Como tantos, yo odié a los primeros Spurs. Era muy difícil no ir con los Knicks en las finales del 99. Joder, eran los Knicks, habían entrado en los playoffs como octavos del Este y allí estaba Montes para terminar de convencernos: Samurai Camby, Melodía de Seducción Sprewell, Hilo de Seda Houston… Por desgracia, baloncestísticamente no había color: un bulldozer contra un coche de feria. Les odié entonces, les ignoré luego, pero acabé rendido, como a esa chica a la que tiras de las coletas en el colegio sólo para acabar desesperado detrás de ella en el instituto. Cuando Ray Allen metió ese maldito triple en las finales del año pasado me dolió como si, en vez de los Hawks, los Spurs fueran mi equipo de toda la vida. Pensé que nos habían destrozado el desenlace perfecto para una historia increíble. Como tantas veces, subestimamos a San Antonio. No aprendemos. Tal vez, Miami no evitó ese final ideal, sólo lo ha retrasado doce meses. Ojalá.

LeBron James es Darth Vader

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Hace un año escribí esto sobre LeBron James:

A mí no me engañas, LeBron. Sé que funcionará con otros, siempre sucede. Darth Vader convenció a incautos suficientes como para construir la Estrella de la Muerte y el pardillo de Luke a punto estuvo de abrazarle, gimoteando ante el reencuentro familiar, aunque después se diera aires de jedi rebelde; siempre fue un flojo: Han disparo primero y él lo sabe. De Magneto rehabilitado y liderando la Patrulla X, mejor ni hablamos. La cosa acabó en desastre, claro: la cabra tira al monte. Así que no me engañas. Mientras el pueblo se arrodilla a tus pies, loando tu madurez y tu grandeza, preparando tu ascensión definitiva a los cielos con un segundo anillo, yo sé que sigues siendo el mismo, el tipo que lleva tatuado ‘El Elegido’ de lado a lado de esa espalda en la que se podrían escribir más palabras de las que maneja con soltura el político español medio. Lo sé, Lebron, sé que eres el mal. Y por eso te odio.

 

En pleno descenso a los infiernos de la insípida corrección política, se ha puesto de moda afirmar, con el soniquete curil del buenismo, que en el deporte no hay que ser anti nada, que sólo genera violencia. La gilipollez es de talla XXL. La violencia es un problema de educación e inteligencia, no de gustos y afinidades. En la vida diaria uno ya debería ser anti millones de cosas, desde antifascista a antichándal (sobre todo antichándal), pero en el deporte es obligado. Es la naturaleza de la bestia: hay un enfrentamiento y un marcador, quieres que unos ganen y, por lógica, que otros pierdan. De eso se trata, por más que tanto intelectual de pastel se empeñe en reinventar la competición como una ópera neutra a la que se acude a disfrutar y a aplaudir a los protagonistas. A todos. Ya. Conmigo que no cuenten. Tanto como agradezco los héroes, necesito villanos. Cuanto más poderosos, mejor. Y quiero que pierdan. Siempre.

Larrybird

En la gran rivalidad deportiva de mi existencia nadie se molestó en ocultar su obsesión por el enemigo.  Magic explicó que nada más publicarse el calendario de cada temporada marcaba con rotulador los dos partidos contra Boston: “Para mí, la liga eran Los Dos y 80 más”.  Bird no era diferente: “Lo primero que hacía cada mañana era mirar las estadísticas en el periódico para ver qué había hecho Magic; no me importaba nada más”. Aquellos partidos no eran duros, eran violentos; estrellas millonarias transformadas en estibadores borrachos. Se odiaban a muerte y no titubeaban al demostrarlo. Si se disputasen hoy, se suspenderían antes del descanso y generarían una oleada de escandalizada repulsa. Así nos va, dando premios a Casillas y Xavi porque se llamaron por teléfono para impedir que los Madrid-Barça fueran lo que deben ser. Y no me hablen de dar ejemplo.  El día después de saber que Magic tenía el VIH, los Celtics se enfrentaban a Atlanta: “Por primera vez en mi vida no me interesaba el baloncesto, me sentía enfermo, nada tenía sentido”, reconoció Bird. Boston perdió y Larry falló hasta tiros libres, no eran palabras vacías. Como no lo fueron las de Magic  años después, en la ceremonia de retirada de su némesis: “Sólo me mentiste una vez. Me dijiste que habría otro Larry Bird. Larry, nunca, nunca jamás, habrá otro Larry Bird”. ¿Dos amigos deseando destrozarse? ¿Dos enemigos incapaces de vivir sin el otro? Ambas cosas. Deporte.

 

Lo que nos lleva de nuevo a LeBron James, el espécimen más perfecto jamás creado para la práctica del baloncesto. Un prodigio que está reinventando el juego, condicionando a los otros 29 equipos de la NBA a cambiar sus filosofías sólo para intentar amoldarse a él. Y han fracasado, por supuesto. ¿Cómo se frena a un rinoceronte que se mueve como un guepardo? ¿Quién derrota  a un tipo que reúne cualidades de base, alero y pívot en el cuerpo de un defensive end de la NFL? ¿Cuál es la salida ante un portento capaz de defender mejor que nadie a cualquiera de tus jugadores, mida 1’80 o 2’15? En serio, es tan perfecto que cuando en un partido reciente no jugó el último cuarto por algo tan vulgar como unos calambres pensé que era una broma.  ¿Calambres? ¿El Elegido que hace temblar la cancha cuando se desplaza? ¿Se creen que soy tonto?

 

Y luego está LeBron, la persona. Tocó fondo tras el fiasco de La Decisión, su mal medido show para anunciar que abandonaba a los Cavaliers (el equipo de su frío e industrial Ohio natal) rumbo a las playas, el sol y el glamour grimoso de Miami. Los que le estábamos esperando nos vinimos arriba: era un traidor sin respeto por sus hinchas, un perdedor que prefería unirse a su mayor enemigo (Wade) en lugar de vencerle como hubieran hecho Jordan, Bird y Magic, un superdotado mimado que jamás alcanzaría la grandeza a la que parecía predestinado. Tras perder contra Dallas la final de 2011, se le veía tan derrotado que hasta me sorprendí simpatizando levemente con él. ¿Qué sentido tiene desear que pierda el que nunca gana?

  Chiosen

Casi me engaña: Michael  Corleone fingiendo perdonar a Fredo en el funeral del su madre antes de enviarle a pescar al fondo del lago Tahoe. Mientras le imaginábamos aprovechando el lockout para lucirse de fiesta en fiesta y hacer caja con otro millar de anuncios, él se dedicó a mejorar. Regresó a las canchas decidido a ser el que su maquinaria propagandística aseguraba que ya era y él mismo sabía que todavía no. Aprendió a aprovechar su abusiva superioridad al poste bajo, al fin se atrevió a asumir el liderazgo que tanto miedo le daba arrebatarle a Wade y todo estalló en el sexto partido de la Final de Este de 2012 ante Boston, 3-2 abajo en cancha contraria, a una derrota de que su fama de no rendir bajo presión se le quedase tatuada en esa frente cada vez más amplia, por mucha cinta enorme que se ponga. Fue una demolición: 45 puntos y 15 rebotes, los orgullosos Celtics nunca tuvieron opción. Tampoco en el séptimo partido, ni Oklahoma City en la final: LeBron había despegado.

 

Su plan de dominación mundial ha sido un éxito y por el camino ha seducido gente cual Michelle Pfeiffer disfrazada de Catwoman en un salón del cómic. Cada día más acólitos predican que los días de la Santísima Trinidad Russell-Magic-Jordan están contados, que le van a faltar dedos para tanto anillo, que es un deportista ejemplar (lo es), que El Elegido ha llegado. No hay duda de que funciona como ídolo de masas pero… Pero en el deporte es mucho más sencillo fabricar héroes que un villano de primer orden. Uno tan poderoso e indestructible que hasta cuando estás bajo su bota no puedas evitar admirarle un poco, uno tan descomunal que el reto de vencerle sea capaz de definir carreras enteras: Buster Douglas noqueando a Mike Tyson, Notre Dame acabando con la racha de 88 victorias de UCLA,el Maracanazo… Nada crea más héroes que un enemigo fabuloso. Por eso, LeBron, a mí no me engañas. Sé que eres el mal. Y por eso te quiero.

 

Hace un año escribí eso. Hoy empiezo a pensar que esta batalla está perdida.

 

 

PD: Bienvenidos a este blog que tratará principalmente de NBA, pero no sólo de NBA. La idea es actualizarlo un par de veces por semana, pero como mi fiabilidad es similar a la de J. R. Smith, cualquier cosa puede pasar. Casi todas malas.

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