Este es el diario de @SepiaHdez, cefalópodo de los pies a la cabeza. Deportista creyente y practicante. Cronista de partidos, escritor de vidas y activista de imposibles: Londres'12 ya no lo es. Participará en los Juegos Paralímpicos en las modalidades de 150 metros estilos, 50 braza y 50 espalda.
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09 septiembre 2012
Por Javier Hernández
Todos los Juegos buscan la eternidad, ser recordados para siempre por una o varias razones. Quizá Londres no haya impactado por sus escenarios como hizo Pekín, puede que el deporte español no haya podido dejar tanta huella, pero la sensación que nos acompaña en la despedida y, me temo, que no podremos quitarnos de encima en la vida, es que existe un lugar donde la igualdad, entre las personas con y sin discapacidad, no se predica. Se vive. Se cree en ella con una naturalidad que conmueve y eriza la piel.
Nadie habla de ella porque de lo cotidiano, de lo que se asume como cada respiración, no se habla. Se practica. Cada día, cada hora. A todas horas, todos los días. Habrá Juegos Paralímpicos, pero no hay deportistas paralímpicos, al menos, entendidos como una subcategoría de nada. Hay deportistas. Y se les sigue, apoya, anima y felicita como a quienes participaron en los Olímpicos. Los autógrafos se piden y las fotos se hacen con la misma frecuencia y devoción. Aquí nacieron estos Juegos en 1948 y aquí se ha regalado al planeta, en 2012, un legado que puede avivar el momento depresivo mundial que nos toca vivir: entender a cada persona como una oportunidad y nunca como una rémora. Somos todos los que estamos, estemos como estemos.
Los ingleses saben no diferenciar porque saben que no hay diferencias en lo sustancial: la vida como ensayo de la felicidad y de la realización personal. En este sentido, han sabido ubicar el evento en el epicentro de su información deportiva. Incluso, por momentos, en el de la general. ¿Alguien se imagina que una cadena nacional española dedique toda su parrilla de programación a unos Juegos Paralímpicos y que sus programas sean conducidos por periodistas con y sin discapacidad, indistintamente? Porque en España los hay, aunque casi no se les vea. Y cuanto más aparezcan y más demuestren que pueden hacerlo, más habrá. Ape Apedite, de raza negra y en silla de ruedas, copresenta la tarde en Channel4 y trasciende como uno de los profesionales más respetados de su país. Por la noche, en este mismo canal, el principal colaborador de un espacio de humor sobre las mejores imágenes del día, cuyo contenido habla por sí solo de la madurez de una sociedad, muestra sin pudor sus manos en forma de pinzas. Mientras lo hace, consigue que pronto se le mire a la cara y que la mirada ya no se retire de allí.
La vista se acostumbra. Siempre lo ha hecho. Y el oído le va ganando espacio al ojo hasta ya no darse nadie cuenta de cómo es quien lo dice y sí de lo que dice. Siempre ha sido así. Y siempre lo será, que quede claro. No se pide no llamar la atención, ni siquiera se pretende. Está en el contrato. Se acepta con deportividad y felicidad porque ese primer paso permitirá dar los siguientes: considerarnos y ser considerarnos como el resto, en el deporte y en la vida, en cada acto y no sólo con eslóganes y mensajes que sólo fatigan el manual social de las buenas intenciones.
Lord Sebastian Coe, ideólogo de estos Juegos, le puso el lema al espíritu de esta edición: Inspire a Generation. Ojalá se consiga y España pueda mimetizar el modelo inglés: una versión muy recomendable del estado del bienestar, donde todos estamos bien con todos, sin pudor por mirar y sin apuro de ser mirado. Donde todos empezamos de cero y nadie tiene que remontar el marcador tras una primera mirada. Yo quiero vivir en un país así y, sobre todo, quiero que en ese país se convierta el mío.
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08 septiembre 2012
Por Javier Hernández
‘Mi día’ en los Juegos fue in crescendo. Digamos que mi día había empezado algo frío. Cumplí mi objetivo, llegar al menos a una final, pero para eso tuve que dar gracias a que el australiano Patterson también pinchó durante la carrera. Era extraño, porque las piernas parecían funcionarme bien y mis sensaciones eran buenas, pero cuando tocaba pared parecía como si hubiesen activado el cronómetro antes. No estaba en mis marcas. Tal vez la culpa fuese sólo mía, porque me vi tan fuerte en la serie que quise cambiar el ritmo de la patada. Yo mismo me descoordiné y cuando pasa eso, por mi mecánica de nado, pierdo mucho tiempo. Al menos me relajé cuando comprobé que estaba en la final. Olvidé la espinita que tenía por no haber estado en la final de estilos y seguramente me liberé. Aquel negro punto en el horizonte que eran los Juegos cuando empecé a nadar, aquel sueño de la final, se había hecho realidad. Eso me relajó mucho con vistas a la tarde.
Por la tarde todo es distinto. Sube la temperatura de la grada, de la piscina. Las presentaciones son individualizadas. Escuchas tu nombre, escuchas a la gente que te quiere animarte. Es el ambiente que esperaba. Y aunque la marca por la mañana no había sido buena, las sensaciones sí. Por eso decidí salir a jugármela. Creo que hice unos 35 o 40 metros muy buenos y conseguí un 56.8, menos de una décima más lento que mi mejor marca. Como para estar contento.
Por eso puede decirse que cerré la historia con un buen final. No sé si esto es como lo había imaginado, ni siquiera si lo había imaginado. Pero sí sé que es una experiencia feliz, que los Paralímpicos han adquirido un nivel de juego salvaje y eso ha influido en nuestra cosecha de medallas. Rondaremos las 40, casi 20 menos respecto a los Juegos de Pekín. Es lógico. El nivel de los Juegos está experimentando una progresión casi geométrica y en España hay atletas que ya han repetido en varios Juegos. Estamos pendientes del relevo. De la nueva generación depende que España siga siendo una referencia a nivel paralímpico.
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07 septiembre 2012
Por Javier Hernández
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06 septiembre 2012
Por Javier Hernández
Ha costado. Pero ya está aquí. La expedición española ha logrado el primer oro gracias a la canaria Michelle Alonso. La alegría llegó en la categoría SB-14 (discapacidad intelectual) de 100 metros braza. Su victoria ha sido incontestable. Y no sólo porque dejó a su perseguidora a cuatro segundos. Sino porque ha batido el récord del mundo de la especialidad. Su oro no uno cualquiera. Para nosotros es redondo.
La jornada pudo ser histórica para España. Enhamed también debió coronarse pero a cinco metros del final le pasó un ucraniano como un rayo. Lástima. Logró la plata, que también es un tesoro. Su prueba era los 100 metros mariposa en la S-11 (ciegos totales). El canario ha dominado la prueba desde el principio. Israel, que también nadaba en esa prueba, quedó séptimo aunque estamos a la espera de lo que dictamina el comité de competición. Ha habido una reclamación, ya que fue obstaculizado. Algo muy normal en estas pruebas, pues la ceguera hace que los nadadores invadan en ocasiones las calles rivales. Hay doble esperanza con su caso. Por un lado están los precedentes. EEUU también reclamó hace dos días y le dieron la razón. Hicieron repetir la prueba en solitario al afectado y con su tiempo lo reubicaron en la clasificación final. Si a Israel le sucede lo mismo, tiene opciones de medalla. El listón está en 1:03 y él, con su marca personal, tendría premio. Habrá que esperar al fallo de mañana. Crucemos los dedos.
Del resto de la jornada, como siempre, rescato un par de anécdotas y alguna vivencia. La curiosidad nos viene esta vez del bando japonés. Takana ganó el oro en la categoría S-14 y fue el gran protagonista en la entrega de premios. El protocolo marca que primero recibes el metal y luego, un segundo padrino del acto, te entrega un ramo de flores que espera en la bandeja de una auxiliar colocada al lado del campeón. El primer paso se dio sin problemas. Sin embargo, tanto era el nerviosismo y la satisfacción que tenía Takana, que no esperó a la salida del padrino. Con su oro al cuello, cogió el ramo sin esperar y se puso a olerlo como quince veces. Más que el sabor de la victoria, él ansiaba el olor del triunfo. Le supo bien. Y mejor al resto. La afición rompió a aplaudir.
El segundo detalle es una doble gesta. De nacionalidad australiana. Frenei logró su séptimo oro en los Juegos en la séptima prueba en la que competía. Es la única que ha hecho pleno. En su última exhibición, en los 400 libres S-7, batió el récord del mundo. Su compatriota, Cowdrey, también voló en su especialidad, los 400 libres, y ya suma 21 medallas (12 de oro) en toda su trayectoria olímpica. Una más e igualará al gran Phelps. Tiburones.
Con tanta alegría junta uno se entrena con la motivación por las nubes. Aunque no quieras te contagias. Cuánto portento me rodea. He vuelto a entrenarme y las sensaciones son buenas. He bajado algo el ritmo y se agradece: me siento fuerte y suelto. Estoy haciendo buenas salidas y los parciales los completo en el tiempo estipulado para completar una buena carrera en los 50 metros espalda. Todo va sobre ruedas. Quizás lo digo porque ahora voy en sentado en una silla de manera preventiva porque se me inflamó el pie derecho hace días. De hecho he visitado una ortopedia para que me hagan una plantilla blanda y acolchada para que, cuando vuelva a caminar después de la prueba del sábado, lo haga sin dolores. Tan desgastada tenía la anterior que me hice daño pisando mal con tan poca suspensión. La nueva plantilla tiene pinta de ser inmejorable (marca Ottobock). Si no, no me explico que el dueño de la tienda, situada en la zona recreativa de la Villa, esté ya gozando de su jubilación a sus 45 o 50 años… Pero tranquilos. Mi pie no será una excusa. Llevo varias jornadas aplicándome hielo y bajó la inflamación. Está bien. Y la cabeza, mejor. Estoy motivado. Quiero competir ya. Mañana os cuento cómo planeo esa última carrera que me lleve a la ansiada final. Ese día glorioso que no paro de dibujar una y otra vez en mi mente.
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05 septiembre 2012
Por Javier Hernández
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04 septiembre 2012
Por Javier Hernández
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03 septiembre 2012
Por Javier Hernández
Tenía ganas de volver a tirarme a la piscina y nadar. Sabía que no tenía muchas opciones porque en los 50 metros braza los tiempos se han puesto casi imposibles. Para entrar en la final hace cuatro años en Pekín era suficiente con un tiempo de un minuto y un segundo. Cuatro años después, calculaba que no se pasaría a la final con más de 55 segundos. Me equivoqué. El tiempo de corte fue de 54,4. Una barbaridad. Creo que cumplí. Hice 58,8 que es un segundo más que mi mejor tiempo pero me sentí bien.
He intentado encontrar explicación a mi rendimiento y está claro que he llegado al límite. Creo que llegué a mi pico de forma en los meses de las pruebas de calificación para los Juegos. El cuerpo no se ha oxigenado. Me he entrenado y he trabajado bien pero sin el tiempo suficiente para adquirir la chispa. Y luego…
No es nada fácil nadar braza sin brazos. Es cierto que me puedo tirar desde arriba (en esta serie, por cierto, muy bien) pero esa ventaja es para los primeros diez metros. Soy creo el único nadador que nada braza sin brazos, así que desde los 30 metros me empiezan a coger…. Los nadadores habituales son deportistas que están en silla de ruedas pero que pueden manejar los brazos. Yo trato de que el cuerpo no se me hunda con trabajo de los lumbares, cuello y piernas. Pero ni siquiera tengo la cadera bien alineada, así que la patada tampoco está perfecta. Y hay un suplemento. Muchos de esos atletas tiran en los últimos 20 metros de la prueba de la experiencia y de los años de entrenamiento que a mí, desde luego, me faltan.
No me arrepiento. El objetivo era estar en los Juegos y aquí estoy. Con el mal sabor de boca del debut ya en el olvido y con el sábado en la cabeza. Porque en la prueba del sábado sí puede decirse que estoy en el radio de acción de llegar a la final. Si se cumple la lógica, hay dos plazas para tres nadadores: los otros dos, el australiano Patterson y el sueco Friedriksson. Yo creo que se puede soñar. En la final no tendría opciones de medalla, pero llegar a la final debe compensar aunque sea por vivir el ambiente de la tarde, que no tiene absolutamente nada que ver con el de la mañana.
Mañana los focos están en los 400 libres. Tenemos dos opciones de medalla. Además, son compañeros de apartamento. Toda la suerte para Jesús Collado y José Marí. La necesitamos porque se nos están resbalando muchas medallas y estamos haciendo muchísimos cuartos. Esperamos esa chispa de suerte para que todos disfrutemos de metales mañana. Entre esos todos está mi familia, que ha estado estos días por Londres disfrutando de la experiencia. Han estado ellos y un montón de buenos amigos que me dan fuerzas y me permiten mirar hacia el sábado como una oportunidad única.
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02 septiembre 2012
Por Javier Hernández
Estoy decepcionado con mi debut. No lo puedo ocultar. He hecho un tiempo venenoso en los 150 metros estilos (3’30) y me he quedado fuera de la final. Y lo peor no es eso. Sino saber que con una de mis dos mejores marcas personales (3’15 y 3’21) hubiera entrado sin problemas a pelear por unas medallas inalcanzables. No consigo encontrar una explicación después de un largo de tiempo de análisis. Eso es lo que más me frustra. Me he preparado muy bien durante los últimos tres años, no he tenido lesiones, ni molestias y, además, el primer largo lo he clavado con los 59 segundos que preveía. Donde se esfumaron las opciones es al cambiar a braza. En el viraje he perdido la referencia de la calle siete que ocupaba un coreano. Me he visto sin piernas. No iba. Lo he perdido de vista y ahí me he quedado clavado. Eso me ha matado. Una pena. Si es en alta mar me ahogo.
Tenía todo a favor. Mi gente estaba en la piscina para alentarme. Desde ahí abajo escuchaba los ánimos de los amigos y de la familia. También el calor de Zaragoza. Sentía hasta el liento de los que me empujaban desde casa. Pero he fallado. Y duele. Tenía buenas sensaciones y las referencias de los colegas de la primera serie me animaban. Además, a dos de mis rivales directos, ambos mexicanos, no les han dejado competir al llegar tres minutos tarde a la cámara de salida. El listón para entrar en la final estaba más bajo de lo esperado, muy barato. Y ni por esas. El objetivo era hacer 59 segundos en el primer largo, 1:06 o incluso 1:08 en el segundo y 1:08 en el último. En el segundo he hecho 1:12 y perdí todas las opciones.
Lo principal en unos Juegos es superarse a uno mismo. Lo sé. Lo dije y lo mantengo. Yo ya conseguí mi medalla al ganarme la participación en Londres. Pero cuando uno llega aquí no se conforma con disfrutar de esta experiencia. Quiere mejorar por esa inquietud e inconformismo que nos caracterizan. Es un palo pero todo no son malas noticias. La sensación de competir en una piscina con las gradas llenas es increíble. Eso nadie me lo quita. Sólo me ha faltado que compitiera a mi lado un inglés para sentir ese rugido de la hinchada con el anfitrión.
Ahora sólo me queda mirar hacia delante. Mañana mismo quiero resarcirme. Creo que esto me va a venir bien y voy a salir mejor. Sé que es la prueba en la que menos posibilidades tengo de mis tres participaciones (la otra es el próximo sábado). Esta vez compito en 50 braza, donde soy el 12º del mundo y estoy a un mundo, dos segundos, del octavo puesto que da la opción de entrar en la final. La decepción de hoy debe darme la gasolina suficiente para superarme mañana. No encuentro mejor motor para competir y hacer un buen tiempo. Igual o mejor a mi marca de 57:07 segundos.
No pierdo la esperanza de disputar una final en Londres. Se cerraría así un círculo. Lo consiga o no, mis planes pasan por disfrutar de esta maravilla ahora y luego, sólo al final, hacer balance. Me tomaré mi tiempo. Aunque el futuro no depende de uno. Es difícil seguir con esta aventura porque esto no me da de comer. Si lograse una medalla sería otra historia, pues conseguiría beca. Pero es muy difícil. Yo soy periodista y quiero volver al punto de partido. Sé que no depende de mí. Yo no soy director de un medio de comunicación y no me puedo contratar. Habrá que buscarse la vida. Como siempre. Disfrutando. Si te paras, te adelantan por todos lado.
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01 septiembre 2012
Por Javier Hernández
Si un blog es un escaparate del pensamiento más o menos elaborado, hoy sólo puedo escribir de la prueba que supone el principio y final de este viaje hacia Londres de más de tres años de duración: mañana, a las 12.26 hora española, nado la segunda semifinal de los 150 estilos en la categoría SM3[i].
Lo haré por la calle 6, con la séptima mejor marca (3’16:96, Castellón marzo’12) de los 15 participantes y al lado del principal candidato a la medalla de bronce final: el australiano Grant Patterson (3’08”93).
Ocho segundos son demasiados para considerarlo la referencia a seguir a priori. Quizá, ojalá, a las 12:30 o a las 12:35 mejor, cuando haya recuperado las pulsaciones que permiten el análisis, pueda decir otra cosa. Por ahora, antes de que suene el pitido de salida, mi objetivo no puede ser otro que superar una marca propia que no bajo desde marzo y poder acceder a una final que colmaría expectativas y abriría las puertas a nuevas metas.
Aquí todo el mundo nada con prisa y resulta casi pretencioso dar nombres de previsibles rivales directos, y más en mi condición de paralímpico aún por estrenar, pero, con el único ánimo de situar la prueba para quien le apetezca seguirla y según los tiempos de clasificación, los míos serían el mexicano Castorena (3’18”72), calle 2 de mi semi, el chino Li (3’18”11), calle 6 de la primera y el sueco Lindhe (3’16”15), calle 3 de la inicial.
El oro y la plata bailarán en los cuellos del chino Du (2’55”26) y del ucranio Vinohradets (2’56”16), demasiado superiores al resto, y la casi segura exigencia de bajar de 3’19” para disputar la final, a las 21.01 hora española, parecen sacar de foco al coreano Min (3’23”86), calle 7 de mi semifinal, y al francés Bussi (3’21”73), calle 2 de la primera.
Puesto el marco, vamos a pintar el cuadro.
¿Cómo nadar la prueba para alcanzar el doble e inseparable objetivo: mejorar mi marca y entrar en la final? Sólo he sido capaz de bajar una vez de los 3’20 y mañana deberé cruzar de nuevo esa frontera si no quiero caer eliminado. Sé que nadar la final exige mi mejor versión y, como estudiante antes del gran día, la prueba no abandona mi cabeza ni con orden de desalojo.
Compartamos la radiografía.
Son 150 metros. Tres largos. Uno por estilo: espalda, braza y libre. Y un único objetivo: nadarlos convencido de principio a fin.
La espalda debería pasarla por la mañana en 59 segundos. Un minuto exacto como máximo. Por delante de Castorena, quien mejora en los dos estilos finales. El objetivo es llegar a este parcial, nadando largo, cogiendo mucho agua en cada patada que dé, para avanzar sin subir demasiado las revoluciones y guardar algo de motor. En esta carrera la velocidad y la resistencia conviven en niveles dramáticos para quienes remamos con las piernas, ya que el ácido láctico tiene predilección por estas extremidades. Y en nuestra categoría, donde el nadador suele tener una discapacidad notable, bajar el diapasón dispara los segundos de retraso sólo al nivel de las peores dunas mauritanas en el Dakar.
Mis primeros apoyos en el largo de braza seguirán siendo largos para pronto, apenas tres o cuatro patadas después de impulsarme contra la pared, subir la intensidad y pasar a respirar cada dos patadas. Es básico respetar los plazos en el cambio de estilo porque, en mi caso, el tipo de patada que doy es siempre la misma, al tener una cadera más alta que otra y no disponer de tracción si las muevo verticales y paralelas. De este modo, paso de exprimir unos grupos musculares a hacer de propio con los antagonistas y el impacto puede requerir de una demanda de oxígeno y energía que pasa factura en la segunda mitad de la prueba.
Aumentada la intensidad, llegado al ecuador de la braza y de la prueba, a la altura del metro 75, será momento de incrementar la frecuencia de la batida para alcanzar una velocidad máxima que deberé tratar de sostener hasta el final.
La braza es para mí el estilo más duro porque, al no tener brazos, debo exigirle mucho a la zona lumbar y el esfuerzo se asemeja a la mariposa de otro nadador. Y, sin embargo, es el estilo donde hago caja. Si quiero estar en la final, debo completar este estilo y llegar a los 100 metros en 2’06”, quizá en cabeza. O no demasiado lejos de ella.
Más vale porque, a partir de ahí, los demás pisan el acelerador y yo sigo dando pedales. Contra toda ortodoxia, mi estilo más rápido no es el libre, es la braza. Ya digo que no tengo batida de crol y tengo que repetir patada, de tijera, permanentemente. ¿Cómo marco la diferencia entre estilos entonces? Por la posición del cuerpo. En espalda, naturalmente, avanzo boca arriba; en braza, boca abajo pero respirando hacia adelante y con los hombros siempre alineados; y el libre, boca abajo, muy parecido a la braza, pero respirando por un lateral y desnivelando la línea de los hombros.
Resumido con la crudeza que sólo alcanza el reloj, mis rivales directos para la final pueden recortarme entre diez y quince segundos en los últimos cincuenta.
Mi crol debe estar sobre el 1’09” para clavar el 3’15” que dé la alegría doble de bajar marca y, ante todo, tener la suerte de vivir una final en los Juegos Paralímpicos. Ojalá lo logre y las sensaciones tras nadar la semifinal hayan sido tan buenas que me anime a mirar los parciales del australiano Patterson, el ruso Meshcheryakov y hasta del tailandés Doungkaev, los favoritos para el bronce. O si, por el contrario, no es el día cuando tiene que serlo, que esta larga reflexión compartida que ya no valdrá demasiado, al menos, haya servido para dar a conocer cómo se cocina una carrera en la cabeza de un nadador antes de debutar en unos Juegos Paralímpicos.
Os dejo mi decálogo de leyes de esta carrera para terminar: no se salta hacia arriba en la salida; bucea 9-10 metros, nunca llegues al máximo de 15 para no comprometer demasiado oxígeno; nada largo el primer 50, a doce patadas y trece segundos cada diez metros: del 15 al 45; cabeza recta y piernas arriba sin romper el agua, tira de lumbar; clava el viraje y no tardes más de 12 segundos del metro 45 al 55; en los virajes, la pared no se toca, se remata; patada de mariposa nada más impulsarte en el primero y patada larga submarina antes de romper el agua con el gorro; da otra previa a la primera respiración; siente tus piernas y mide bien el momento de aumentar la intensidad y la frecuencia; cabeza abajo pero el gorro siempre es la proa que rompe el agua; lumbares y abdominales arriba, las piernas no se doblan más de 75º y, sin embargo, se abren al máximo para aumentar el apoyo sobre el agua y el avance; siete respiraciones y 14 segundos cada diez metros en braza del 55 al 95; otros 12 segundos del 95 al 105; otro remate contra la pared, respirar cada dos y 14 segundos cada diez metros del 105 al 135; cambiar hasta donde la hipoxia lleve en los metros finales, tratando de hacerlos en 20 segundos.
Espero acordarme de todo y ponerlo en práctica. Espero, en realidad, ponerlo sin tener que acordarme. Espero que sea una gran carrera y que disfrutéis con ella. Espero bajar marca y nadar la final. Y no espero, porque estoy seguro de que pase lo que pase, será un placer.
Heat 1
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Lane |
Athlete |
Qualifying Time |
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01 |
3:32.49 |
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02 |
3:21.73 |
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03 |
3:16.15 |
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|
04 |
2:56.16 |
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|
05 |
3:11.13 |
||
|
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|||
|
06 |
3:18.11 |
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|
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|||
|
07 |
3:30.30 |
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Heat 2
|
Lane |
Athlete |
Qualifying Time |
|
|
01 |
3:30.44 |
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|
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|||
|
02 |
3:18.72 |
||
|
|
|||
|
03 |
3:15.92 |
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|
04 |
2:55.24 |
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|
05 |
3:08.93 |
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|
06 |
3:16.96 |
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|
07 |
3:23.86 |
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08 |
3:38.50 |
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[i] SM hace referencia a que se trata de una prueba de estilos. Y el 3 alude a la categoría, de acuerdo a una valoración médica en camilla y agua previa a poder competir internacionalmente. Hay diez entre los nadadores con discapacidad física y con parálisis cerebral, siendo la 1 para los más afectados y la 10 para los menos.
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31 agosto 2012
Por Javier Hernández
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